Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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El nombre de ateísmo abarca fenómenos muy diversos. Una forma frecuente del mismo es el materialismo práctico, que limita sus necesidades y sus ambiciones al espacio y al tiempo. El humanismo ateo considera falsamente que el hombre es ‘el fin de sí mismo, el artífice y demiurgo único de su propia historia’ (GS 20, 1). Otra forma del ateísmo contemporáneo espera la liberación del hombre de una liberación económica y social para la que ‘la religión, por su propia naturaleza, constituiría un obstáculo, porque, al orientar la esperanza del hombre hacia una vida futura ilusoria, lo apartaría de la construcción de la ciudad terrena’ (GS 20, 2).

 

El materialismo teórico como programa político, por una parte, y el materialismo práctico como coeficiente del desarrollo económico, ligado al liberalismo, por otra. Aunque es difícil valorar este encuentro según las experiencias europeas, sin embargo, no se puede, a la vez, prescindir de ellas.

 

En cuanto rechaza o niega la existencia de Dios, el ateísmo es un pecado contra la virtud de la religión (cf Rm 1, 18). La imputabilidad de esta falta puede quedar ampliamente disminuida en virtud de las intenciones y de las circunstancias. En la génesis y difusión del ateísmo ‘puede corresponder a los creyentes una parte no pequeña; en cuanto que, por descuido en la educación para la fe, por una exposición falsificada de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religión, más que revelarlo’ (GS 19, 3).

Con frecuencia el ateísmo se funda en una concepción falsa de la autonomía humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia respecto a Dios (GS 20, 1). Sin embargo, ‘el reconocimiento de Dios no se opone en ningún modo a la dignidad del hombre, ya que esta dignidad se funda y se perfecciona en el mismo Dios’ (GS 21, 3). ‘La Iglesia sabe muy bien que su mensaje conecta con los deseos más profundos del corazón humano’ (GS 21, 7).

 

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1303 - Universidad romana de La Sapienza - Histórica institución, cuyo origen está en una Bula del Papa Bonifacio VIII, de 1303.

 

La Iglesia Católica sembró de Universidades en Europa, precisamente en el medioevo. - Ciertamente la universidad debería ser un lugar privilegiado para practicar la razón sin prejuicios ni vetos ideológicos, un lugar en el que afrontar todos los aspectos de la realidad más allá de esquemas preconcebidos, pero precisamente en este ámbito vemos que con frecuencia, no domina ese coraje del razón al que invoca diariamente el Papa Benedicto XVI-  Obispo de Roma 2008.

 

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La Biblia, primer libro impreso en italiano. 1472
La célebre Biblia de Johannes Gutenberg denominada “Mazarina” o “de las 42 líneas” –con la que se había iniciado la nueva etapa revolucionaria de la historia del libro– se remontaba, en efecto, al año 1456ca.


La Iglesia y sus instituciones por la cultura - Segovia es la primera localidad española que tuvo imprenta, traída por su obispo, Juan Arias Dávila,  con el fin de editar textos para la formación del clero en el Estudio General de la ciudad. Estuvo a cargo del taller el alemán, procedente de Roma, Juan Párix, que realizó al menos ocho ediciones entre 1472 y 1474 ó 1475, antes de trasladarse a Toulouse. Uno de sus trabajos, el Sinodal de Aguilafuente, es considerado el primer libro español. Aunque son conocidos por la mayoría de los especialistas, en este artículo se presentan los últimos datos del origen de la imprenta en Segovia, que avalan aún más la presencia de Párix en la ciudad, para su divulgación en el vasto ámbito de la Biblioteconomía y la Documentación.  - La imprenta llega a España en los años setenta del siglo XV, tras dos décadas de aplicación por Alemania, Suiza, Italia y Francia. Diversos tipógrafos, procedentes de Italia y de Centroeuropa, atraídos por un mecenas o por las posibilidades del mercado, se trasladaron a localidades tan dispares como Segovia, Sevilla, Valencia, Barcelona, Zaragoza o La Puebla de Montalbán.
EL OBISPO ARIAS DÁVILA, PATROCINADOR DE LA IMPRENTA - Ya he mencionado antes cómo la iniciativa de este gran obispo fue esencial para la llegada de la imprenta a España. De familia conversa, lo que le ocasionó problemas al final de su vida, accedió al obispado en 1466, que mantuvo, a pesar de su estancia en Roma, hasta su muerte en 1497. Formado en leyes en Salamanca, era el superintendente del estudio general de Segovia, razón por la cual decidió la edición de textos de carácter jurídico. De hecho, se aprecia un criterio de selección y un plan editorial en la mayoría de las ediciones de Párix, que solo se justifica por la actividad docente de la institución segoviana.  Además, su afición a los libros y sus relaciones con Roma le llevaron a conocer el nuevo sistema de elaboración, que importó a su ciudad. Como es sabido, la primera imprenta italiana estuvo, desde 1464, en el monasterio de Subiaco, cuyo abad era el español Juan de Torquemada; poco después se expandió por Roma y por otras ciudades. Por ello, es lógico que Arias Dávila hiciera venir a un impresor de Roma para cumplir con su proyecto editorial. Curiosamente, en los años 1471 y 1472 se produce un período de crisis en la producción romana, tras gran actividad previa y posterior . Tal vez esta «crisis» favoreciera la salida de Párix de la Ciudad Eterna.  Por otra parte, el análisis de la biblioteca del cabildo y la del mismo obispo, confirman la presencia de tempranos incunables romanos y, por supuesto, de los de Párix. Se da también otra circunstancia, la relación personal del obispo con el autor de uno de los textos impresos en Segovia, Pedro de Osma, pues ambos estudiaron en el colegio de San Bartolomé de Salamanca. Osma elaboró los Commentaria in simbolum «quicumque vult salvus esse», impreso por Párix, y en palabras de Reinhardt, «se puede presumir con fundamento que Pedro de Osma compuso esta obra a instancias del obispo de Segovia, Juan Arias Dávila, pues ya había escrito para este obispo el pequeño tratado sobre el pecado original y el pecado actual». Por último, refuerza la relación entre ambos que entre los libros pertenecientes al obispo está el de Osma titulado Commentaria in decem libri ethicorum.  No menos importante es la posible elaboración del propio obispo de las glosas al ordenamiento de Briviesca, una de las obras publicadas en Segovia, según teoría del profesor Pérez Martín (1998). De ser así, y sin descartar totalmente la tradicional atribución de este texto a Arias de Balboa, se reforzaría el impulso de Arias Dávila a la imprenta española. Sea como fuere, la apasionante y poliédrica figura del obispo segoviano se sitúa como clave para la comprensión de este significativo episodio de la historia española.

 

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"La Iglesia de la época de Galileo se atuvo más a la razón que el propio Galileo, y tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina galileana" filósofo agnóstico Paul Feyerabend.-

 

Un discurso pronunciado por el cardenal Ratzinger en Parma hace dieciocho años (en 1990), y que por cierto, retomó en Madrid en un encuentro con intelectuales con motivo del XIV Centenario del III Concilio de Toledo.

En dicho discurso, Ratzinger – probablemente el más grande intelectual viviente-2008), afrontaba la crisis de la fe en la ciencia como uno de los rasgos culturales del momento presente, y para ello realizó una sugerente cala sobre el famoso (y generalmente manipulado) "caso Galileo", para mostrar que se ha producido una inversión en el modo de juzgarlo por parte de los filósofos de la ciencia. Y para ello, Ratzinger cita al filósofo agnóstico Paul Feyerabend, quien afirma que "la Iglesia de la época de Galileo se atuvo más a la razón que el propio Galileo, y tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina galileana". Por este motivo, el laico Feyerabend sostenía (para escándalo de estos presuntos científicos de La Sapienza) que el juicio contra Galileo "fue racional y justo, y sólo se puede justificar su revisión por motivos de oportunismo político". El propio Ratzinger mostraba su sorpresa ante esta toma de posición, y advertía que la fe nunca puede crecer a partir del rechazo de la racionalidad. Sin embargo la cita de Feyerabend era útil para ilustrar hasta qué punto es profunda la puesta en cuestión que la modernidad, la ciencia y la técnica hacen de sí mismas.

 

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Los hombres de la Iglesia son, desde siglos, custodios y favorecedores del ‘Patrimonio artístico como historia de la humanidad’.

 

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¡COMUNISMO: El Gobierno del régimen comunista de Rumania saqueó, quemó, robo y destruyo millares de ‘todo tipo de obras de arte del milenario patrimonio cultural del país’, incluyendo soberbias obras del arte religioso pertenecientes a la Iglesia ortodoxa rumana, patrimonio de la historia de la humanidad. También el déspota régimen nacional-socialista comunista, confiscó en 1948 ciertos cuadros para exponerlos en el Museo Nacional de Bucarest. Entre ellos se cuentan piezas excepcionales como «La Crucifixión», de Antonello da Messina; «San Jerónimo», de Lorenzzo Lotto; dos retratos de «Donadores», de Hans Memling; «El hombre del gorro azul», de Jan van Eyck, y «La matanza de los inocentes», de Brueghel «el Viejo».

 

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Valga pues esta excelente reflexión hecha por don Ángel Santos Ruiz, Catedrático de Bioquímica de la Universidad Complutense de Madrid: “Ningún hecho científico, plenamente confirmado, ha tenido que rechazarse por estar enfrentado con la doctrina revelada... De hecho, ningún físico, químico, biólogo, etc., ha tenido que renunciar nunca a sus convicciones sobre Dios, el alma, la Ley Moral y lo sobrenatural, porque fueran incompatibles con su ciencia”. 2007

 

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EXPOSICIÓN DE LOS ERRORES MODERNOS

 

«A todos los fieles, en especial a los que mandan o tienen cargo de enseñar, suplicamos encarecidamente por las entrañas de Jesucristo, y aun les manda­mos con la autoridad del mismo Dios y Salvador nuestro, que trabajen con empeño y cuidado en alejar y desterrar de la Santa Iglesia estos errores. » («Concilio Vaticano. Const.» «Dei Filius». «IV Can. 3.°»). :

 

Los errores principales condenados por la Iglesia, son catorce, a saber:

 

El primero, Materialismo.

El segundo, Darvinismo.

El tercero, Ateísmo.

El cuarto, Panteísmo.

El quinto, Deísmo.

El sexto, Racionalismo.

El séptimo, Protestantismo.

El octavo, Socialismo.

El noveno, Comunismo.

El décimo, Sindicalismo.

El undécimo, Liberalismo.

El duodécimo, Modernismo.

El décimo tercio, Laicismo.

 El, décimo cuarto; la Masonería.

 

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El engañoso materialismo

 

  

 

El mayor riesgo del método científico es la concepción del mundo y del hombre como sola materia. Uno de los más conocidos astrofísicos del mundo, Carl Sagan, llegó a afirmar: «Soy un conglomerado de agua, calcio y moléculas llamado Carl Sagan». Javier Igea, sacerdote y astrofísico, que ha sido miembro del Observatorio Vaticano y profesor de Cosmología filosófica, desenmascara en estas líneas la ilusión del materialismo.

 

En 1998, la National Academy of Science, de Estados Unidos, afirmó, en un pequeño folleto, que la ciencia es neutral con respecto a la cuestión de Dios. Dicha afirmación tiene claras consecuencias: las afirmaciones que desde ella se hacen, negando o afirmando la existencia de Dios –por ejemplo, las que algunos investigadores de Atapuerca han hecho en los últimos años–, no son científicas. Partiendo de posiciones filosóficas materialistas, no es de extrañar que lleguen a conclusiones incluidas en sus premisas. No hay muchos avances en la investigación

  

La relación entre ciencia y fe no ha de considerarse desde la perspectiva de la ciencia positiva, pues las realidades a las que la fe se refiere no son verificables científicamente, y viceversa. La relación existe, pero hay que ponerla en su justo lugar, que es el del análisis de la ciencia como actividad racional, y en la interpretación de lo que la ciencia descubre del universo y del hombre.
La ciencia es un ejercicio de la razón que busca la verdad, y en esta búsqueda no se siente satisfecha cuando se para en los datos o en verdades parciales, que no satisfacen totalmente al hombre. Éste lleva en si la búsqueda de la verdad total, de la verdad última. Y para tener certezas en esta búsqueda, la razón debe subir dos peldaños: primero debe analizarse a sí misma, descubrir sus propios límites, formular los primeros principios a partir de los cuales se piensa bien. Después debe buscar una explicación de lo que ve y de sus leyes. Es esta explicación la que no pueden dar los que tienen planteamientos materialistas: si sólo existe la materia, si no hay nada aparte de la materia, ¿cuál es el origen de ésta? ¿Y por qué la materia tiene estas leyes, y no otras? ¿Puede una estructuración de complejidad creciente de materia producir pensamiento y consciencia?
Las respuestas que hoy se dan desde la ciencia a la primera pregunta, a veces, presentan al universo surgiendo a partir de una fluctuación de la nada cuántica, y se llega a identificar la solución a este problema científico con la creación del universo. En buena lógica uno tiene que afirmar que, para que algo fluctúe, tiene primero que existir, pues lo que no existe no fluctúa. Por tanto, no se explica la existencia del universo, sino sólo un cambio de éste. Lo que existe tiene su origen en otro, en un Alguien que lo ha creado, pues no puede salir nada de la nada. Podía existir o no existir, pero existe. Es libre quien lo ha hecho.
La respuesta a la segunda pregunta nos llevaría muy lejos. Simplemente, el que exista una ley en la materia es algo que un materialista no puede explicar, pues supondría introducir un principio distinto de la materia que selecciona, entre todas las leyes posibles, las que de hecho tiene la materia; y esto es algo que al materialista tiene prohibido. Y no sólo esto, sino que ese conjunto de leyes que rige el universo muestra que ha sido posible el que surja la vida inteligente en la tierra. Ciertamente es muy inteligente el que ha pensado esas leyes.

Un ejemplo elocuente

 
La respuesta a la última pregunta es también fácil: no es posible que una estructuración de complejidad creciente de materia produzca pensamiento o consciencia. Hace no muchos años, un matemático de fama mundial, Penrose, propuso un ejemplo para explicar cómo el cerebro era cualitativamente superior a la estructuración de las neuronas: imaginemos que un número de personas aproximadamente igual al de neuronas de un cerebro, se conectan entre sí como están conectadas éstas. Imaginemos, además, que están programadas para pasarse mensajes como lo hacen estas células. Nadie diría que dicha estructura es consciente o que es capaz de conocimiento abstracto de la realidad. La conclusión se impone: utilizando como instrumento el cerebro humano, hay algo unido a éste que posibilita nuestros pensamientos y nuestros quereres; algo que, en definitiva, nos hace personas. El que nos ha hecho nos ha hecho capaces de conocer y de querer.
No nos asustemos porque hoy haya científicos que se profesan materialistas. Grandes científicos del siglo XX han descubierto al Dios libre, inteligente, que quiere revelarse a quienes ha hecho capaces de conocer y amar, a nosotros. Así como los científicos son muy competentes en sus campos, no tienen por qué serlo en campos que no son los suyos. Si no tenemos que seguir a un biólogo cuando habla de economía, o a un físico cuando habla de Historia, ¿por qué nos ha de preocupar que un científico hable de religión, cuando puede que sea un ignorante en este campo?

 2004-01-25 - ALFA Y OMEGA. ESP.

 

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Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.

 

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«HUMANI GENERIS»

 

DE LAS FALSAS OPINIONES CONTRA LOS
FUNDAMENTOS DE LA DOCTRINA CATÓLICA

 

Carta encíclica del Papa Pío XII
promulgada el 12 de agosto de 1950

 

 

 

 

Las disensiones y errores del género humano en cuestiones religiosas y morales han sido siempre fuente y causa de intenso dolor para todas las personas de buena voluntad, y principalmente para los hijos fieles y sinceros de la iglesia; pero en especial lo son hoy, cuando vemos combatidos aun los principios mismos de la civilización cristiana.

 

INTRODUCCIÓN

I. DOCTRINAS ERRÓNEAS

II. DOCTRINA DE LA IGLESIA

III. LAS CIENCIAS

INTRODUCCIÓN

 

Ni es de admirar que siempre haya habido disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque, aun cuando la razón humana, hablando absolutamente, procede con sus fuerzas y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único y personal que con su providencia sostiene y gobierna el mundo, y, asimismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas; sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural. Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia.

2. Ahora bien; para adquirir tales verdades, el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las malas concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Por todo ello, ha de defenderse que la revelación divina es moralmente necesaria, para que, aun en el estado actual del género humano, con facilidad, con firme certeza y sin ningún error, todos puedan conocer las verdades religiosas y morales que de por sí no se hallan fuera del alcance de la razón[1].

Más aún; a veces la mente humana puede encontrar dificultad hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables señales exteriores, por medio de las cuales aun con la sola luz de la razón se puede probar con certeza el origen divino de religión cristiana. De hecho, o guiado por prejuicios o motivo por las pasiones y la mala voluntad, puede no sólo negar la clara evidencia de esos indicios externos, sino también resistir a las inspiraciones que Dios infunde en nuestra almas.

3. Dando una mirada al mundo moderno, que se halla fuera del redil de Cristo, fácilmente se descubren las principales direcciones que siguen los doctos. Algunos admiten de hecho, sin discreción y sin prudencia, el sistema evolucionista, aunque ni en el mismo campo de las ciencias naturales ha sido probado como indiscutible, y pretenden que hay que extenderlo al origen de todas las cosas, y con temeridad sostienen la hipótesis monista y panteísta de un mundo sujeto a perpetua evolución. Hipótesis, de que se valen bien los comunistas para defender y propagar su materialismo dialéctico y arrancar de las almas toda idea de Dios.

La falsas afirmaciones de semejante evolucionismo, por las que se rechaza todo cuanto es absoluto, firme e inmutable, han abierto el camino a las aberraciones de una moderna filosofía , que, para oponerse al idealismo, al inmanetismo y al Pragmatismo se ha llamado a sí mismaExistencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares.

Existe, además, un falso historicismo que, al admitir tan sólo los acontecimientos de la vida humana, tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas cristianos destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta.

4. En medio de tal confusión de opiniones, Nos es de algún consuelo ver a los que hoy no rara vez, abandonando las doctrinas de Racionalismo en que antes se habían formado, desean volver a las fuentes de la verdad revelada, y reconocer y profesar la palabra de Dios, conservada en la Sagrada Escritura como fundamentos de la Teología. Pero al mismo tiempo lamentamos que no pocos de ésos, cuanto con más firmeza se adhieren a la palabra de Dios, tanto más rebajan el valor de la razón humana; y cuanto con más entusiasmo realzan la autoridad de Dios revelador, con tanta mayor aspereza desprecian el magisterio de la Iglesia, instituido por nuestro Señor Jesucristo para guardar e interpretar las verdades revelada por Dios. Semejente desprecio no sólo se halla en abierta contradicción con la Sagrada Escritura, sino que se manifiesta en su propia falsedad por la misma experiencia. Porque con frecuencia hasta los mismos disidentes de la Iglesia se lamentan públicamente de la discordia entre ellos reinante en las cuestiones dogmáticas, de tal suerte que, aun no queriéndolo, se ven obligados a reconocer la necesidad de un Magisterio vivo.

5. Los teólogos y filósofos católicos, que tienen la difícil misión de defender e imprimir en las almas de los hombres las verdades divinas y humanas, no deben ignorar ni desatender estas opiniones que, más o menos, se apartan del recto camino. Aun más, es necesario que las conozcan bien, ya porque no se pueden curar las enfermedades si antes no son suficientemente conocidas; ya que en las mismas falsas afirmaciones se oculta a veces un poco de verdad; ya, por último, porque los mismos errores estimulan la mente a investigar y ponderar con mayor diligencia algunas verdades filosóficas o teológicas.

6. Si nuestros filósofos y teólogos procurasen tan sólo sacar este fruto de aquellas doctrinas estudiadas con cautela, no tenía por qué intervenir el Magisterio de la Iglesia. Pero, aunque sabemos que los maestros y estudiosos católicos en general se guardan de tales errores, Nos consta, sin embargo, que aun no faltan quienes, como en los tiempos apostólicos, amando la novedad más de lo debido y temiendo ser tenidos por ignorantes de los progresos de la ciencia, procuran sustraerse a la dirección del Sagrado Magisterio, y así se hallan en peligro de apartarse poco a poco e insensiblemente de la verdad revelada y arrastrar también a los demás hacía el error.

7. Señálase también otro peligro, tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud. Muchos deplorando la discordia del género humano y la confusión reinante en las inteligencias humanas, son motivos por un celo imprudente y llevados por un interno impulso y un ardiente deseo de romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; por ello, propugnan una especie tal de irenismo que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático. Y como en otro tiempo hubo quienes se preguntaban si la apologética tradicional de la Iglesia no era más bien un impedimento que una ayuda en el ganar las almas para Cristo, así tampoco faltan hoy quienes se atreven a poner en serio la duda de si conviene no sólo perfeccionar, sino hasta reformar completamente, la teología y su método tales como actualmente, con aprobación eclesiástica, se emplean en la enseñanza teológica, a fin de que con mayor eficacia se propague el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilización o su opinión religiosa.

Si los tales no pretendiesen sino acomodar mejor, con alguna renovación, la ciencia eclesiástica y su método a las condiciones y necesidades actuales, nada habría casi de temerse; mas, al contrario, algunos de ellos, abrasados por un imprudente irenismo, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina.

8. Los que, o por reprensible afán de novedad, o por algún motivo laudable, propugnan estas nuevas opiniones, no siempre las proponen con el mismo orden, con la misma claridad o con los mismos términos, ni siempre con plena unanimidad de pareceres entre sí mismos; y de hecho, lo que hoy enseñan algunos más encubiertamente, con ciertas cautelas y distinciones, otros más audaces lo propalan mañana a las claras y sin limitaciones, con escándalo de muchos, sobre todo del clero joven, y con detrimento de la autoridad eclesiástica. Y aunque ordinariamente se suelen tratar, con mayor cautela, esas materias en los libros que se publican, con mayor libertad se habla ya en folletos distribuidos privadamente, ya en lecciones dactilografiadas, conferencias y reuniones. Estas doctrinas se divulgan no sólo entre los miembros de uno y otro clero, en los seminarios e institutos religiosos, sino también entre los seglares, sobre todo entre quienes se dedican a la educación e instrucción de la juventud.

I
DOCTRINAS ERRÓNEAS

9. En las materias de la teología, algunos pretenden disminuir lo más posible el significado de los dogmas y librar el dogma mismo de la manera de hablar tradicional ya en la Iglesia y de los conceptos filosóficos usados por los doctores católicos, a fin de volver, en la exposición de la doctrina católica, a las expresiones empleadas por las Sagradas Escrituras y por los Santos Padres. Así esperan que el dogma, despojado de los elementos que llaman extrínsecos a la revelación divina, se pueda coordinar fructuosamente con las opiniones dogmáticas de los que se hallan separados de la Iglesia, para que así se llegue poco a poco a la mutua asimilación entre el dogma católico y las opiniones de los disidentes.- Reducida ya la doctrina católica a tales condiciones, creen que ya queda así allanado el camino por donde se pueda llegar, según exigen las necesidades modernas, a que el dogma pueda ser formulado con las categorías de la filosofía moderna, ya se trate del Inmanentismo, o del Idealismo, o del Existencialismo, ya de cualquier otro sistema. Algunos más audaces afirman que esto se puede, y aún debe hacerse, porque los misterios de la fe -según ellos- nunca se pueden significar con conceptos completamente verdaderos, mas sólo con conceptos aproximativos -así los llaman ellos- y siempre mutables, por medio de los cuales de algún modo se manifiesta la verdad, sí, pero necesariamente también se desfigurar. Por eso no creen absurdo, antes lo creen necesario del todo, el que la teología, según los diversos sistemas filosóficos que en el decurso del tiempo le sirven de instrumento, vaya sustituyendo los antiguos conceptos por otros nuevos, de tal suerte que con fórmulas diversas y hasta cierto punto aun opuestas-equivalente, dicen ellos-expongan a la manera humana aquellas verdades divinas. Añaden que la historia de los dogmas consiste en exponer las varias formas que sucesivamente ha dio tomando la verdad revelada, según las diversas doctrinas y opiniones que a través de los siglos han ido apareciendo.

10. Por lo dicho es evidente que estas tendencias no sólo conducen al llamado relativismo dogmático, sino que ya de hecho lo contienen, pues el desprecio de la doctrina tradicional y de su terminología favorecen demasiado a ese relativismo y lo fomentan. Nadie ignora que los términos empleados, así en la enseñanza de la teología como por el mismo Magisterio de la Iglesia, para expresar tales conceptos, pueden ser perfeccionados y precisados, y sabido es, además, que la Iglesia no siempre ha sido constante en el uso de aquello mismos términos. También es cierto que la Iglesia no puede ligarse a un efímero sistema filosófico, pero las nociones y los términos que los doctores católicos, con general aprobación, han ido reuniendo durante varios siglos para llegar a obtener algún conocimiento del dogma, no se fundan, sin duda, en cimientos tan deleznables. Se fundan, realmente, en principios y nociones deducidas del verdadero conocimiento de las cosas creadas; deducción realizada a la luz de la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba, como una estrella, la mente humana. Por eso no es de admirar que algunas de estas nociones hayan sido no sólo empleadas, sino también aprobadas por los Concilios ecuménicos, de tal suerte que no es lícito apartarse de ellas.

11. Por todas estas razones, pues, es de suma imprudencia el abandonar o rechazar o privar de su valor tantas y tan importantes nociones y expresiones que hombres de ingenio y santidad no comunes, bajo la vigilancia del sagrado Magisterio y con la luz y guía del Espíritu Santo, han concebido, expresado y perfeccionado -con un trabajo de siglos- para expresar las verdades de la fe, cada vez con mayor exactitud, y (suma imprudencia es) sustituirlas con nociones hipotéticas o expresiones fluctuantes y vagas de la nueva filosofía, que, como las hierbas del campo, hoy existen, y mañana caerían secas; aún más, ello convertiría el mismo dogma en una caña agitada por el viento. demás de que el desprecio de los términos y nociones que suelen emplear los teóricos escolásticos conducen forzosamente a debilitar la teología llamada especulativa, la cual, según ellos, carece de verdadera certeza, en cuanto que se fundan en razones teológicas.

12. Por desgracia, estos amigos de novedades fácilmente pasan del desprecio de la teología escolática a tener en menos y aun a despreciar también el mismo Magisterio de la Iglesia, que con su autoridad tanto peso ha dado a aquella teología. Presentan este Magisterio como un impedimento del progreso y como un obstáculo d el ciencia; y hasta hay católicos que lo consideran como un freno injusto, que impide que algunos teólogos más cultos renueven la teología. Y aunque este sagrado Magisterio, en las cuestiones de fe y costumbres, debe ser para todo teólogo la norma próxima y universal de la verdad (ya que a él ha confiado nuestro Señor Jesucristo la custodia, la defensa y la interpretación del todo el depósito d el fe -o sea, las Sagradas Escrituras y la tradición divina), sin embargo a veces se ignora, como si no existiese, la obligación que tienen todos los fieles de huir de aquellos errores que más o menos se acercan a la herejía, y, por lo tanto, de observar también las constituciones y decretos en que la Santa Sede ha proscrito y prohibido las tales opiniones falsas[2].

Hay algunos que, de propósito y habitualmente, desconocen todo cuanto los Romanos Pontífices han expuesto en las Encíclicas sobre el carácter y la constitución de la Iglesia; y ello, para hacer prevalecer un concepto vago que ellos profesan y dicen haber sacado de los antiguos Padres, especialmente de los griegos. Y, pues los Sumos Pontífices, dicen ellos, no quieren determinar nada en la opiniones disputadas entre los teólogos, se ha de volver a las fuentes primitivas, y con los escritos de los antiguos se han de explicar las constituciones y decretos del Magisterio.

13. Afirmaciones éstas, revestidas tal vez d un estilo elegante, pero que no carecen de falacia. Pues es verdad que los Romanos Pontífices, en general, conceden libertad a los teólogos en las cuestione disputadas -en distintos sentidos- entre los más acreditados doctores; pero la historia enseña que muchas cuestiones que algún tiempo fueron objeto de libre discusión no pueden ya ser discutidas.

14. Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio.

Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a Mí me oye[3]; y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos.

15. También es verdad que los teólogos deben siempre volver a las fuentes de la Revelación divina, pues a ellos toca indicar de qué manera se encuentre explícita o implícitamente[4] en la Sagrada Escritura y en la divina tradición lo que enseña el Magisterio vivo. Además, las dos fuentes de la doctrina revelada contienen tantos y tan sublimes tesoros de verdad, que nunca realmente se agotan. Por eso, con el estudio de las fuentes sagradas se rejuvenecen continuamente las sagradas ciencias, mientras que, por lo contrario, una especulación que deje ya de investigar el depósito de la fe se hace estéril, como vemos por experiencia. Pero esto no autoriza a hacer de la teología, aun de la positiva, una ciencia meramente histórica. Porque junto con esas sagradas fuentes, Dios ha dado a su Iglesia el Magisterio Vivo, para ilustrar también y declarar lo que en el depósito de la fe no se contiene sino oscura y como implícitamente. Y el divino Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este depósito a cada uno de sus fieles, ni un a los teólogos, sino sólo al Magisterio de la Iglesia. Y si la Iglesia ejerce este su oficio (como con frecuencia lo h hecho en el curso de los siglos, con el ejercicio, ya extraordinario, del mismo oficio), es evidentemente falso el método que trata de explicar lo claro con lo oscuro; antes bien, es menester que todos sigan el orden inverso. Por los cual Nuestro Predecesor de i. m., Pío IX, al enseñar que es deber nobilísimo de la teología el mostrar cómo una doctrina definida por la Iglesia se contiene en las fuentes, no sin grave motivo añadió aquellas palabras: con el mismo sentido, con que ha sido definida por la Iglesia.

16. Volviendo a las nuevas doctrinas de que tratamos antes, algunos proponen o insinúan en los ánimos muchas opiniones que disminuyen la autoridad divina de la Sagrada Escritura, pues se atreven a adulterar el sentido de las palabras con que el Concilio Vaticano define que Dios es el autor de la Sagrada Escritura y renuevan una teoría, ya muchas veces condenada, según la cual la inerrancia de la Sagrada Escritura se extiende sólo a los textos que tratan de Dios mismo, de la religión o de la moral. Más aún: sin razón hablan de un sentido humano de la Biblia, bajo el cual se oculta el sentido divino, que es, según ellos, el sólo infalible. En la interpretación de la Sagrada Escritura no quieren tener en cuenta la analogía de la fe ni la tradición de la Iglesia, de manera que la doctrina de los Santos Padres y del sagrado Magisterio, debe ser medida por la de las Sagradas Escrituras, explicadas - éstas- por los exégetas de un modo meramente humano, más bien que exponer las Sagradas Escrituras según la mente de la Iglesia, que ha sido constituida por Nuestro Señor Jesucristo como guarda e intérprete de todo el depósito de las verdades reveladas.

17. Además, el sentido literal de la Sagrada Escritura y su exposición, que tantos y tan eximios exégetas, bajo la vigilancia de la Iglesia, han elaborado, deben ceder el puesto, según las falsas opiniones de éstos [los nuevos], a una nueva exégesis que llaman simbólica o espiritual, con la cual los libros del Antiguo Testamento, que actualmente en la Iglesia son como una fuente cerrada y oculta, llegarían por fin a abrirse para todos. De esta manera, afirman, desaparecen todas las dificultades, que solamente encuentran los que se atienen al sentido literal de las Sagradas Escrituras.

18. Todos ven cuánto se apartan estas opiniones de los principios y normas hermenéuticas justamente establecidas por Nuestros Predecesores, de f. m., León XIII, en la encíclica Providentissimus, y Benedicto XV, en la encíclica Spiritus Paraclitus, y también por Nos mismo en la encíclica Divino aflante Spiritu.

19. No hay, pues, que admirarse que estas novedades hayan producido frutos venenosos ya en casi todos los tratados de teología. Se pone en duda si la razón humana, sin la ayuda de la divina revelación y de la divina gracia, puede demostrar la existencia de un Dios personal con argumentos deducidos de las cosas creadas; se niega que el mundo haya tenido principio, y se afirma que la creación del mundo es necesaria, pues procede de la necesaria liberalidad del amor divino; se niega asimismo a Dios la presencia eterna e infalible de las acciones libres de los hombres: opiniones todas contrarias del Concilio Vaticano[5].

20. También hay algunos que plantean el problema de si los ángeles son personas; y si hay diferencia esencial entre la materia y el espíritu. Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica. Y, no contentos con esto, contra las definiciones del Concilio de Trento, destruyen el concepto del pecado original, junto con el del pecado en general en ofensa de Dios, así como también el de la satisfacción que Cristo ha dado por nosotros. Ni faltan quienes sostienen que la doctrina de la transubstanciación, al estar fundada sobre un concepto ya anticuado de la substancia, debe ser corregida de manera que la presencia real de Cristo en la Eucaristía quede reducida a un simbolismo, según el cual las especies consagradas no son sino señales eficaces de la presencia espiritual de Cristo y de su íntima unión con en el Cuerpo Místico con los miembros fieles.

21. Algunos no se consideran obligados por la doctrina -que, fundada en las fuentes de la revelación, expusimos Nos hace pocos años en una Encíclica-, según la cual el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una sola y misma cosa[6]. Otros reducen a una pura fórmula la necesidad de pertenecer a la verdadera Iglesia para conseguir la salud eterna. Otros, finalmente, no admiten el carácter racional de los signos de la credibilidad de la fe cristiana.

22. Es notorio que estos y otros errores semejantes se propagan entre algunos hijos Nuestros, equivocados por un imprudente celo o por una ciencia falsa; y con tristeza nos vemos obligados a repetirles -a estos hijos- verdades conocidísimas y errores manifiestos, señalándoles con preocupación los peligros del error.

Todos conocen bien cuánto estima la Iglesia el valor de la humana razón, cuyo oficio es demostrar con certeza la existencia de un solo Dios personal, comprobar invenciblemente los fundamentos de la misma fe cristiana por medio de sus notas divinas, establecer claramente la ley impresa por el Creador en las almas de los hombres y, por fin, alcanzar algún conocimiento, siquiera limitado, aunque muy fructuoso, de los misterios[7].

II
DOCTRINA DE LA IGLESIA

23. Pero este oficio sólo será cumplido bien y seguramente, cuando la razón esté convenientemente cultivada, es decir, si hubiere sido nutrida con aquella sana filosofía, que es como un patrimonio heredado de las precedentes generaciones cristianas, y que, por consiguiente, goza de una mayor autoridad, por que el mismo Magisterio de la Iglesia ha utilizado sus principios y sus principales asertos, manifestados y precisados lentamente, a través de los tiempos, por hombres de gran talento, para comprobar la misma divina revelación. Y esta filosofía, confirmada y comúnmente aceptada por la Iglesia, defiende el verdadero y genuino valor del conocimiento humano, los inconcusos principios metafísicos -a saber: los de razón suficiente, causalidad y finalidad- y, finalmente sostiene que se puede llegar a la verdad cierta e inmutable.

24. En tal filosofía se exponen, es cierto, muchas cosas que ni directa ni indirectamente se refieren a la fe o las costumbres, y que, por lo mismo, la Iglesia deja a la libre disputa de los especialistas; pero no existe la misma libertad en muchas otras materias, principalmente en lo que toca a los principios y a los principales asertos que poco ha hemos recordado. Aún en estas cuestiones esenciales se puede vestir a la filosofía con más aptas y ricas vestiduras, reforzarla con más eficaces expresiones, despojarla de cierta terminología escolar menos conveniente, y hasta enriquecerla -pero con cautela- con ciertos elementos dejados a la elaboración progresiva del pensamiento humano; pero nunca es lícito derribarla o contaminarla con falsos principios, ni estimarla como un gran monumento, pero ya anticuado. Pues la verdad y sus expresiones filosóficas no pueden estar sujetas a cambios continuos, principalmente cuando se trate de los principios que la mente humana conoce por sí misma o de aquellos juicios que se apoyan tanto en la sabiduría de los siglos como en el consentimiento y fundamento aun de la misma revelación divina. Ninguna verdad, que la mente humana hubiese descubierto mediante una sincera investigación, puede estar en contradicción con otra verdad ya alcanzada, porque Dios la suma Verdad, creó y rige la humana inteligencia no para que cada día oponga nuevas verdades a las ya realmente adquiridas, sino para que, apartados los errores que tal vez se hayan introducido, vaya añadiendo verdades a verdades de un modo tan ordenado y orgánico como el que aparece en la constitución misma de la naturaleza de las cosas, de donde se extrae la verdad. Por ello, el cristiano, tanto filósofo como teólogo, no abraza apresurada y ligeramente las novedades que se ofrecen todos los días, sino que ha de examinarlas con la máxima diligencia y ha de someterlas a justo examen, no sea que pierda la verdad ya adquirida o la corrompa, ciertamente con grave peligro y daño aun para la fe misma.

25. Considerando bien todo lo ya expuesto más arriba, fácilmente se comprenderá porqué la Iglesia exige que los futuros sacerdotes sean instruidos en las disciplinas filosóficas según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico[8], pues por la experiencia de muchos siglos sabemos ya bien que el método del Aquinatense se distingue por una singular excelencia, tanto para formar a los alumnos como para investigar la verdad, y que, además, su doctrina está en armonía con la divina revelación y es muy eficaz así para salvaguardar los fundamentos de la fe como para recoger útil y seguramente los frutos de un sano progreso[9].

26. Por ello es muy deplorable que hoy en día algunos desprecien una filosofía que la Iglesia ha aceptado y aprobado, y que imprudentemente la apelliden anticuada por su forma y racionalística (así dicen) por el progreso psicológico. Pregonan que esta nuestra filosofía defiende erróneamente la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera; mientras ellos sostienen, por lo contrario, que las verdades, principalmente las trascendentales, sólo pueden convenientemente expresarse mediante doctrinas dispares que se completen mutuamente, aunque en cierto modo sean opuestas entre sí. Por ello conceden que la filosofía enseñada en nuestras escuelas, con su lúcida exposición y solución de los problemas, con su exacta precisión de conceptos y con sus claras distinciones, puede ser útil como preparación al estudio de la teología escolástica, como se adaptó perfectamente a la mentalidad del medievo; pero -afirman- no es un método filosófico que responda ya a la cultura y a las necesidades modernas. Agregan, además, que la filosofía perenne no es sino la filosofía de las esencias inmutables, mientras que la mente moderna ha de considerar la existencia de los seres singulares y la vida en su continua evolución. Y mientras desprecian esta filosofía ensalzan otras, antiguas o modernas, orientales u occidentales, de tal modo que parecen insinuar que, cualquier filosofía o doctrina opinable, añadiéndole -si fuere menester- algunas correcciones o complementos, puede conciliarse con el dogma católico. Pero ningún católico puede dudar de cuán falso sea todo eso, principalmente cuando se trata de sistemas como el Inmanentismo, el Idealismo, el Materialismo, ya sea histórico, ya dialéctico, o también el Existencialismo, tanto si defiende el ateísmo como si impugna el valor del raciocinio en el campo de la metafísica.

Por fin, achacan a la filosofía enseñada en nuestras escuelas el defecto de que, en el proceso del conocimiento, atiende sólo a la inteligencia, menospreciando el oficio de la voluntad y de los sentimientos. Lo cual no es verdad. La filosofía cristiana, en efecto, nunca ha negado la utilidad y la eficiencia de las buenas disposiciones que todo espíritu tiene para conocer y abrazar los principios religiosos y morales; más aún: siempre ha enseñado que la falta de tales disposiciones puede ser la causa de que el entendimiento, bajo el influjo de las pasiones y de la mala voluntad, de tal manera se obscurezca que no pueda ya llegar a ver con rectitud. Y el Doctor común cree que el entendimiento puede en cierto modo percibir los más altos bienes correspondientes al orden moral, tanto natural como sobrenatural, en cuanto experimenta en lo íntimo una cierta efectiva connaturalidad con esos mismos bienes, ya sea natural, ya por medio de la gracia divina[10]; y se comprende bien cómo ese conocimiento, por poco claro que sea, puede ayudar a la razón en sus investigaciones. Pero una cosa es reconocer la fuerza de la voluntad y de los sentimientos para ayudar a la razón a alcanzar un conocimiento más cierto y más seguro de las cosas morales, y otra lo que intentan estos innovadores, esto es, atribuir a la voluntad y a los sentimientos un cierto poder de intuición y afirmar que el hombre, cuando con la razón no puede ver con claridad lo que debería abrazar como verdadero, acude a la voluntad, gracias a la cual elige libremente para resolverse entre las opiniones opuestas, con lo cual de mala manera mezclan el conocimiento y el acto de la voluntad.

27. No es de maravillar que, con estas nuevas opiniones, estén en peligro las dos disciplinas filosóficas que por su misma naturaleza están estrechamente relacionadas con la doctrina católica, a saber: la teodicea y la ética. Sostienen ellos que el oficio de éstas no es demostrar con certeza alguna verdad tocante a Dios o a cualquier otro ser trascendente, sino más bien el mostrar que cuanto la fe enseña acerca de Dios personal y de sus preceptos, es enteramente conforme a las necesidades de la vida, y que por lo mismo todos deben abrazarlo para evitar la desesperación y alcanzar la salvación eterna. Afirmaciones éstas, claramente opuestas a las enseñanzas de nuestros Antecesores León XIII y Pío X, e inconciliables con los decretos del Concilio Vaticano. Inútil sería el deplorar tales desviaciones de la verdad si, aún en el campo filosófico, todos mirasen con la debida reverencia al Magisterio de la Iglesia, la cual por divina institución tiene la misión no sólo de custodiar e interpretar el depósito de la verdad revelada, sino también vigilar sobre las mismas disciplinas filosóficas para que los dogmas no puedan recibir daño alguno de las opiniones no rectas.

III
LAS CIENCIAS

28. Resta ahora el decir algo sobre determinadas cuestiones que, aún perteneciendo a las ciencias llamadas positivas, se entrelazan, sin embargo, más o menos con las verdades de la fe cristiana. No pocos ruegan con insistencia que la fe católica tenga muy en cuenta tales ciencias; y ello ciertamente es digno de alabanza, siempre que se trata de hechos realmente demostrados; pero es necesario andar con mucha cautela cuando más bien se trate sólo de hipótesis, que, aun apoyadas en la ciencia humana, rozan con la doctrina contenida en la Sagrada Escritura o en la tradición. Si tales hipótesis se oponen directa o indirectamente a la doctrina revelada por Dios, entonces sus postulados no pueden admitirse en modo alguno.

29. Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que -según el estado actual de las ciencias y la teología- en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente -pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios-. Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión -es decir la defensora y la contraria al evolucionismo- sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe[11]. Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiere en las fuentes de la revelación, que exija la máxima moderación y cautela en esta materia.

30. Mas, cuando ya se trata de la otra hipótesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio[12].

31. Y como en las ciencias biológicas y antropológicas, también en las históricas algunos traspasan audazmente los límites y las cautelas que la Iglesia ha establecido. De un modo particular es deplorable el modo extraordinariamente libre de interpretar los libros del Antiguo Testamento. Los autores de esa tendencia, para defender su causa, sin razón invocan la carta que la Comisión Pontificia para los Estudios Bíblicos envió no hace mucho tiempo al Arzobispo de París[13]. La verdad es que tal carta advierte claramente cómo los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerdan con el método histórico usado por los eximios historiadores greco-latinos y modernos, no obstante pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exégetas han de investigar y precisar; los mismos capítulos -lo hace notar la misma carta- con estilo sencillo y figurado, acomodado a la mente de un pueblo poco culto, contienen ya las verdades principales y fundamentales en que se apoya nuestra propia salvación, ya también una descripción popular del origen del género humano y del pueblo escogido.

32. Mas si los antiguo hagiógrafos tomaron algo de las tradiciones populares -lo cual puede ciertamente concederse-, nunca ha de olvidarse que ellos obraron así ayudados por la divina inspiración , la cual los hacía inmunes de todo error al elegir y juzgar aquellos documentos. Por lo tanto, las narraciones populares incluidas en la Sagrada Escritura, en modo alguno pueden compararse con las mitologías u otras narraciones semejantes, las cuales más bien proceden de una encendida imaginación que de aquel amor a la verdad y a la sencillez que tanto resplandece en los libros Sagrados, aun en los del Antiguo Testamento, hasta el punto de que nuestros hagiógrafos deben ser tenidos en este punto como claramente superiores a los escritores profanos.

33. En verdad sabemos Nos cómo la mayoría de los doctores católicos, consagrados a trabajar con sumo fruto en las Universidades, en los Seminarios y en los Colegios religiosos, están muy lejos de esos errores, que hoy abierta u ocultamente se divulgan o por cierto afán de novedad o por un inmoderado celo de apostolado. Pero sabemos también que tales nuevas opiniones hacen su presa entre los incautos, y por lo mismo preferimos poner remedio en los comienzos, más bien que suministrar una medicina, cuando la enfermedad esté ya demasiado inveterada. Por lo cual, después de meditarlo y considerarlo largamente delante del Señor, para no faltar a Nuestro sagrado deber, mandamos a los Obispos y a los Superiores generales de las Ordenes y Congregaciones religiosas, onerando gravísimamente sus consecuencias, que con la mayor diligencia procuren el que ni en las clases, ni en reuniones o conferencias, ni con escritos de ningún género se expongan tales opiniones, en modo alguno, ni a los clérigos ni a los fieles cristianos.

34. Sepan cuantos enseñan en Institutos eclesiásticos que no pueden en conciencia ejercer el oficio de enseñar que les ha sido concedido, si no acatan con devoción las normas que hemos dado y si no las cumplen con toda exactitud en la formación de sus discípulos. Esta reverencia y obediencia que en su asidua labor deben ellos profesar al Magisterio de la Iglesia, es la que también han de infundir en las mentes y en los corazones de sus discípulos.

Esfuércense por todos medios y con entusiasmo para contribuir al progreso de las ciencias que enseñan; pero eviten también el traspasar los límites por Nos establecidos para la defensa de la fe y de la doctrina católica. A las nuevas cuestiones que la moderna cultura y el progreso del tiempo han hecho de gran actualidad, dediquen los resultados de sus más cuidadosas investigaciones, pero con la conveniente prudencia y cautela; finalmente, no crean, cediendo a un falso irenismo, que pueda lograrse una feliz vuelta-a la Iglesia- de los disidentes y los que están en el error, si la verdad íntegra que rige en la Iglesia no es enseñada a todos sinceramente, sin ninguna corrupción y sin disminución alguna.

Fundados en esta esperanza que vuestra pastoral solicitud aumentará todavía, como prenda de los dones celestiales y en señal de Nuestra paternal benevolencia, a todos vosotros, Venerables Hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo, impartimos con todo amor la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 12 de agosto de 1950, año duodécimo de Nuestro Pontificado.

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[1] Conc. Vat. DB 1876, Const. De Fide cath. cap. 2 De revelatione.

[2] C.I.C. c. 1324; cf. Conc. Vat. DB 1820, Const. De Fide cath. cap. 4 De Fide et ratione.

[3] Luc. 10, 16.

[4] Pius IX Inter gravíssimas 28 oct. 1870 Acta 1, 260.

[5] Cf. Conc. Vat. Const. De Fide cath. cap. 1 De Deo rerum omnium creatore.

[6] Cf. enc. Mystici Corporis Christi, A.A.S. 34, 193 ss.

[7] Cf. Conc. Vat. DB 1796.

[8] C.I.C. can. 1366, 2.

[9] A.A.S. 38 (1946) 387.

[10] Cf. S. Th. 2. 2ae., 1, 4 ad 3 et 45, 2 in c.

[11] Cf. Alloc. Pont. ad membra Academiae Scientiarum 30 nov. 1941: A.A.S. 33, 506.

[12] Cf. Rom. 5, 12-19; Conc. Trid. sess. 5, can. 1-4.

[13] 16 ian. 1948: A.A.S. 40, 45-48.

 

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El materialismo de Thomas A. Edison

 

El escritor y polemista británico G. K. Chesterton nos ofrece un delicioso ejemplo de cómo conviven, al parecer, en un mismo sujeto –se trata nada menos que de Thomas A. Edison, que tanta luz aportó al mundo-, el genio indudable y la estulticia manifiesta. Valga como aviso a navegantes entre las ondas de ilustres científicos, literatos, filósofos, escritores, artistas y famosos en general.

SOBRE UNA NEGACIÓN

G. K. Chesterton
En Charlas, III.

Es cosa evidente que un materialista es siempre un místico. Igualmente es cierto que con frecuencia, es, además, un mistagogo. Es un místico porque se ocupa enteramente de misterios, de cosas que nuestra razón no puede describir, tal como un mandato insulso o sencillamente algo objetivo que se trueca en algo subjetivo, Y es un mistagogo porque, en ocasiones, oculta, en realidad, esos misterios con supercherías. Dogmatiza, es pomposo; trata de amedrentar o hipnotizar por medio del encantamiento que produce al pronunciar extensos discursos con palabras altisonantes o valiéndose de la exposición, en forma solemne, de asuntos sencillísimos. Tal es el carácter de gran parte de la ciencia popular en boga: vista por su lado mejor es misteriosa, y por su lado peor, no tiene sentido alguno.

Nunca comprobé estas verdades tan bien como cuando leí el respetuoso relato de una entrevista a Mr. Edison, el afamado hombre de la electricidad, aparecido con el título de «¿Vivimos otra vez?». Es posible, sin duda, que el célebre científico no haya tenido casi nada que ver con este relato. Es posible que el respetuoso relator sea el mismo autor y cronista de la aludida exposición. A mi modesto entender, no es evidente que un electricista tenga que ser una autoridad acerca de la inmortalidad del alma, lo mismo que tampoco lo es que un estratega militar, que haya alcanzado grandes éxitos en su rama, tenga un oído admirable para la música, o que un celebrado cocinero francés entienda de matemáticas superiores. Pero, tal vez, el aire de autoridad que se transmite en esa relación no ha provenido del hombre de ciencia, sino del periodista. De todas maneras, existe una muy larga y muy solemne carta que quién sabe de qué modo compusieron entre el electricista famoso y el periodista; y éste será uno de los puntos que trataré aquí. Pido disculpas a aquel de los dos que no sea el responsable del razonamiento expuesto en dicha solemne carta.

Empezaré por el aspecto menos importante de la pomposidad. Tal como aparece en el informe, Mr. Edison no dice mucho acerca de «si vivimos otra vez», pero en unas pocas palabras, bien escogidas, niega la existencia del alma:

«Mi inteligencia es incapaz de concebir el alma. Puedo estar en un error, y puede ser que el hombre tenga alma, pero yo, sencillamente, no lo creo. En qué consiste el alma está más allá de lo que yo puedo entender.»

Esto último está bien; muy bien, amén. Pero yo pido al lector que recuerde esta declaración agnóstica al considerar lo que sigue. En seguida, Mr. Edison trata del origen de la vida, o, mejor dicho, no trata del origen de la vida. La declaración siguiente es de tan terrible intensidad e importancia que el reportero la cita en letra cursiva y yo la reproduciré de la misma manera:

Creo que la forma de energía que llamamos vida vino a la tierra de algún otro planeta, o de alguna parte de los grandes espacios, fuera de nuestro alcance.

En resumen, en adelante tendremos que grabar en nuestros cerebros la convicción de que la vida vino de alguna parte y probablemente bajo algunas condiciones de espacio. Pero la sugerencia de que vino de otro planeta parece más bien una evasiva débil. Aun una inteligencia enervada por la ciencia en boga no podría conmoverse y sentirse satisfecha con tal aserto. Si vino de otro planeta, ¿cómo surgió en ese planeta? Y, de cualquier manera, ¿cómo en este planeta? Estamos tratando de algo reconocidamente único y misterioso; como que es un espíritu. El principio original de que la vida surgió de la nada es tan extraordinario como surgir de la muerte. Pero la declaración que hemos transcrito es lo mismo que explicar el paseo visible de un fantasma en un cementerio diciendo que debe haber venido del cementerio de otra ciudad.

Seguimos con la misma forma solemne y declaratoria. La energía vital proviene de algún otro planeta, donde las energías vitales se manifiestan en los árboles, o son amontonadas allí para en seguida ser servidas a este planeta, encontrándose especialmente en ciertas cosas, tal como los huevos. En este punto el intérprete se torna muy grave y, profundo. ¿Qué significa esto? Significa, primero, que si Edison es exacto, «la vida es vida se encuentre donde se encuentre». Pienso que valientemente podemos inclinarnos, con franca alegría y lealtad, a afirmar que Edison no se equivoca cuando dice que la vida es vida, dondequiera que se encuentre. La vida es vida, tal como aquí se sugiere, en cualquier clase de huevo en que pueda encontrarse, ya sea en el ínfimo pez, ya en el ave más altiva. Esto es tan cierto, de acuerdo con la tradición popular precientífica, como que los huevos son huevos, o, por deferencia a la tradición literaria americana, como que los puercos son puercos. Pero, al mismo tiempo que estas frases rítmicas, a las cuales se recurre -que la vida es la vida, y los huevos son huevos, y los puercos son puercos-, tienen algo de la belleza perfeccionada del canto y de la danza y de la obra decorativa, con ellas no se va muy lejos en materia de argumento. Y, evidentemente, Edison tiene algo que decir, un poco más definido que la declaración que su intérprete nos presenta a manera de revelación. Lo que dice es que los huevos no tienen gérmenes de vida, son todos «muerte» ; y, lo mismo se puede decir de las semillas. Niega que haya un germen de vida en cada huevo o en cada semilla. «Una semilla o un huevo es sencillamente una "calcografía", como los planos o proyectos de un arquitecto para la construcción de un edificio. Son tan carentes de vida como cualquier calcografía. La energía que llamamos vida se desparrama por la calcografía e inicia la obra. Si la calcografía provino de un rosal, la energía vital produce otro rosal.

Si en las características del proyecto se consultó producir un ser humano, la energía vital produce un ser humano.» No estoy muy seguro de que Mr. Edison se imagine que su argumento se está volviendo contra él; adonde, lógicamente, podría conducirlo, es hacia el argumento más antiguo y más ortodoxo del diseño o del proyecto. La metáfora, a la cual da tanta importancia, ofrece una apariencia un tanto fantástica. Pocos entre nosotros, paseando por nuestros jardines, al anochecer, nos hemos encontrado verdaderamente con un rosal que produjese una calcografía. Y creer que el rosal verdaderamente proyecta otro rosal es convertir nuestro jardín en un país de hadas. Pero si el rosal no lo hace, ¿quién lo hace? La noción de una vida oculta en el germen favorecía, por lo menos, cierta vaga idea evolucionista de una oculta producción desarrollándose en el vacío. Pero en las calcografías de Mr. Edison la evolución tiene probabilidades mucho menores. Son sólo los proyectos de un arquitecto; .¿qué proyectos y de qué arquitecto? Es el resultado de un presupuesto detallado; ¿quién ejecuta ese presupuesto?

Hasta donde avanza con su argumento parece que el exponente se ha visto obligado a solicitar la ayuda de dos seres mitológicos. Uno es un dios llamado Vida, que ha volado desde una extraña estrella donde habitan tales deidades, y que tiene talento para comprender y realizar los proyectos más intrincados que encuentra. El otro es el Espíritu del Rosal, una especie de dríada que proyecta los planes más complicados para la posteridad y los deja como su última voluntad y testamento. La existencia de ambos, según lo que se ve, es mucho menos probable que la tradicional verdad en que ha creído la mayor parte de la Humanidad: que ambos eran fruto del designio de un espíritu.

El filósofo advierte que a pesar de ser materialista se está poniendo muy, místico. En seguida trata la energía vital sencillamente como un instrumento: «Es como si hubiera dicho que la electricidad, cuya energía imprime un libro, pudiera exactamente haber pulverizado embutidos, al ser aplicada a un moledor de embutidos, en vez de a una prensa.» Pero un libro no se imprime solo; menos todavía se imprime solo un apéndice, que contiene las instrucciones para la impresión de otro libro. Menos aún, muele una máquina moledora de embutidos una descripción de otra máquina moledora. No se aplicaría la electricidad para producir, ya libros, ya embutidos, si no existiera una inteligencia fuera y sobre ellos, una inteligencia que no es ni una máquina, ni un libro, ni un embutido, ni una corriente eléctrica. Su propia analogía demostraría que detrás de la Naturaleza existe una inteligencia tal como existe un hombre detrás de máquinas.

Retrocediendo de esta terrible posibilidad, vuelve a caer en una última teoría fantástica. Dice que son las células las que tienen alma. Afirma, nuevamente, en letra cursiva: Aparentemente todas las células emprenden, conscientemente, la reproducción de las formas de vida de donde ellas han surgido. No puedo poner en letra bastardilla la letra cursiva, y por eso subrayaría la palabra «conscientemente». Cada una de las pequeñas células de la cola de un elefante tiene, en su espíritu, un cuadro vivo y completo de un elefante. Dejaré la cuestión en este punto, El artículo termina informando ,acerca de la triste muerte del padre de Mr. Edison a la edad de noventa y tres años; y el escritor está muy, seguro (no explica por qué) de que el anciano caballero falleció en lo mejor de su vida, porque las células conscientes no pudieron ponerse de acuerdo. Parece que demoraron algún tiempo en descubrir su diferencia. Por mi parte sólo pido al lector que lea nuevamente las palabras que cité al comienzo de este ensayo: «Mi inteligencia es incapaz de concebir el alma.» ¿Es tal vez mucho más fácil concebir cosas como éstas?
¿Es tal vez mucho más fácil concebir millones de almas, donde suponemos que existen células, que concebir un alma donde, por lo menos, sabemos que existe una inteligencia?.
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Nota de la Redacción:
THOMAS ALVA EDISON (1847-1931)
El más grande inventor de los Estados Unidos y quizás de la historia ha sido Thomas Alva Edison, quien cambio la vida de la gente en todos los lugares del mundo con inventos tales como la luz eléctrica y el fonógrafo.
Patento alrededor de 1,100 inventos de su creación y mejoro los inventos de muchas otras personas, tales como el teléfono, la maquina de escribir, el generador eléctrico y las imágenes en movimiento. Quizás lo más importante de todo, es que fue el primero en organizar la investigación, empleando simultáneamente unos 3,000 ayudantes.

Edison nació en Milan, Ohio, Estados Unidos, el menor de siete hijos. Tuvo solo 3 meses de educación formal porque su madre lo saco de la escuela y se encargo de su enseñanza. Hacia demasiadas preguntas para lo que se acostumbra ante un maestro de escuela. Quedo exento del servicio militar a causa de su sordera y durante la Guerra Civil de Estados Unidos anduvo errante de ciudad en ciudad como operador de telégrafos. Durante ese tiempo patento mejora en el teleimpresor existente y vendió la patente en la cantidad entonces pasmosa de 40,000 dólares.

En 1876 se estableció en Menlo Park, New Jersey, y desde allí su flujo continuo de inventos lo hizo famoso en el mundo. La luz eléctrica fue su gran invento, pero para abastecerla por todos los lados, diseño también la primera planta de potencia eléctrica. Su descubrimiento del efecto Edison sobre el movimiento de los electrones en el vacío de su bulbo de luz marco también el principio de la era de la electrónica.
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La riqueza humana no salva - La muerte irrumpe con su capacidad para demoler toda ilusión, barriendo todo obstáculo, humillando toda confianza en uno mismo y encaminando a ricos y pobres, soberanos y súbditos, ignorantes y sabios hacia el más allá.
Con frecuencia, tratamos de ignorar con todos los medios la realidad de la muerte, alejándola del horizonte de nuestro pensamiento. Pero este esfuerzo, además de inútil, es inoportuno. La reflexión sobre la muerte, de hecho, es benéfica, pues relativiza muchas realidades secundarias que, por desgracia, hemos absolutizado, como es el caso de la riqueza, el éxito, el poder... Por este motivo, un sabio del Antiguo Testamento, el Sirácida, advierte: «En todas tus acciones ten presente tu fin y jamás cometerás pecado».
El justo, pobre y humillado en la Historia, cuando llega a la última frontera de la vida, no tiene bienes, no tiene nada que ofrecer como rescate para detener la muerte y librarse de su gélido abrazo. Pero llega entonces la gran sorpresa: el mismo Dios ofrece un rescate y arranca de las manos de la muerte a su fiel, pues Él es el único que puede vencer a la muerte, inexorable para todas las criaturas humanas.
Las palabras de Jesús nos describen el verdadero tesoro que desafía a la muerte: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen y ladrones que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón».(25/X/2004) S.S. JUAN PABLO II  - P.P.

 

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El permisivismo es negación de libertad, porque libertad significa ante todo dominio, señorío de sí, y permisivismo supone abandono, sometimiento de la razón a lo irracional y de la voluntad libre a la pasión sin norma y sin cauce. (A. Orozco)


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Concluyamos nuestra reflexión con una oración de alabanza y de acción de gracias por la redención que Cristo ha obrado en nosotros. Lo hacemos con las palabras de un texto conservado en un antiguo papiro del siglo IV.

"Nosotros te invocamos, Señor Dios. Tú lo sabes todo, nada se te escapa, Maestro de verdad. Has creado el universo y velas sobre cada ser. Tú guías por el camino de la verdad a aquellos que estaban en tinieblas y en sombras de muerte. Tú quieres salvar a todos los hombres y darles a conocer la verdad. Todos juntos te ofrecemos alabanzas e himnos de acción de gracias". El orante prosigue:  "Nos has redimido, con la sangre preciosa e inmaculada de tu único Hijo, de todo extravío y de la esclavitud. Nos has liberado del demonio y nos has concedido gloria y libertad.
Estábamos muertos y nos has hecho renacer, alma y cuerpo, en el Espíritu. Estábamos manchados y nos has purificado. Te pedimos, pues, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo: confírmanos en nuestra vocación, en la adoración y en la fidelidad". La oración concluye con la invocación: ”Oh Señor benévolo, fortalécenos, con tu fuerza. Ilumina nuestra alma con tu consuelo... Concédenos mirar, buscar y contemplar los bienes del cielo y no los de la tierra. Así, por la fuerza de tu gracia, se dará gloria a la potestad omnipotente, santísima y digna de toda alabanza, en Cristo Jesús, el Hijo predilecto, con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén" (A. Hamman, Preghiere dei primi cristiani, Milán 1955, pp. 92-94).

 

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Cardenal + Joseph Ratzinger, (Benedicto XVI, Papa, MMV)
Via Crucis, Roma, Viernes Santo 2005

 

“El que quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará.” (Mt 16,25) -          Señor Jesucristo...estamos apegados a nuestra vida. No la queremos entregar sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no ofrecerla. Pero tú nos precedes y nos muestras que únicamente entregando nuestra vida la podremos salvar... La cruz—la entrega de nosotros mismos--, nos pesa. Pero, en tu Via Crucis, tú has llevado también mi cruz, no en un momento cualquiera del pasado, ya que tu amor es presente, contemporáneo a mi existencia. Tú la llevas hoy conmigo y por mí, y, de manera admirable, quieres que yo también, hoy, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo tu cruz y te acompañe, que me ponga contigo al servicio de la redención del mundo...
         Ayúdanos no sólo a acompañarte con nobles pensamientos sino a caminar en tu camino de todo corazón, con los pasos concretos de nuestra vida diaria... Líbranos del miedo a la cruz, del miedo al ridículo, del miedo a que nuestra vida se nos pueda escapar si no nos lanzamos a poseer todo lo que nos ofrece. Ayúdanos a desenmascarar las tentaciones que nos prometen la vida pero cuyas consecuencias nos dejan, a fin de cuentas, decepcionadas y sin rumbo. Ayúdanos a no hacernos los dueños de la vida sino a entregarla. Acompañándote en el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (cf Jn 12,24), ayúdanos a encontrar, “perdiendo la vida”, el camino del amor, el camino que nos lleva de verdad a la vida, la vida en abundancia.
(Jn 10,10)

 

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“¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo. Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega.

 

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma san Pablo, «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Colosenses 2, 9). En un cierto sentido, una experiencia análoga es la de los discípulos Pedro, Santiago y Juan, recordada por la Fiesta de la Transfiguración celebrada precisamente ayer, a quienes Jesús, en el monte Tabor, les reveló su gloria divina, anunciando la victoria definitiva sobre la muerte. Luego, con la Pascua, Cristo crucificado y resucitado manifestará plenamente su divinidad, ofreciendo a todos los hombres el don de su amor redentor. Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores de Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. S. S. Benedicto XVI. 2005.

 

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San Clemente I – Obispo de la Iglesia católica ya en el año 95


“Clemente vio a los Apóstoles en persona, tuvo relación con ellos, oyó con sus propios oídos su predicación y conservaba aún ante su vista su tradición”. Con estos términos presenta San Ireneo, un siglo más tarde, a aquel que, tras los desdibujados episcopados de Lino y Cleto, aparece como la figura prominente de primer sucesor de Pedro.-
Es cierto que su intimidad con los Apóstoles contribuyó no poco a imponer la elección de Clemente a la comunidad romana, aun cuando resulte imposible el reconocer a ciencia cierta su nombre entre aquellos de los que asegura San Pablo que se hallan inscritos en el «Libro de la Vida»
En la carta que, hacia el año 95, dirigió en nombre de «la Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto» - a fin de exhortar a los cristianos de Corinto a la unidad y al amor - Clemente evoca con emoción la memoria de Pedro y Pablo.-
El espíritu que se deja entrever detrás de esta carta es el de un hombre que se nutría de la Escritura, el de un ciudadano que se mueve muy a sus anchas dentro del mundo grecolatino - cuya cultura había recibido - y el de un cristiano a quien había enseñado a orar el propio San Pablo ¿Fue llamado a dar su sangre por Cristo? Eso al menos es lo que atestigua la tradición a partir de fines del siglo IV.-
«Cristo dice Clemente
-obispo de la Iglesia Católica por allá en el 95ca.- pertenece a las almas sencillas y no a aquellos que se engríen por encima del rebaño»

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

 

 

Gracias de la visita

 

Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cuál es Jesucristo"  (1° Corintios 3:11) Así siempre nos enseña la Iglesia.

 

“Por consiguiente, la fe proviene de la predicación, y la predicación es el mensaje de Cristo”. San Pablo en ‘Romanos 10:17’. “El que os escucha a vosotros me escucha a mí; y el que os rechaza a vosotros rechaza a mí; y el que rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” Dice Jesús en el evangelio según San Lucas 10,16. La Iglesia –solo ella- en la sucesión apostólica predica a Jesucristo hace 2000 años.

 

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

Recomendamos: DIOS Y EL MUNDO Joseph Ratzinger. Ed. Galaxia Gutemberg-

 


“A cada uno pediré cuentas de la vida de su hermano” (Gn 9, 5) +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).