Sunday 19 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Calumniar - 1º síndrome maledicencia, denigrar, falsedad doblez sufijo ismo

Del mismo modo que el mal uso del servicio público puede llevar a la manipulación ideológica y política, así, la comercialización no reglamentada y la privatización de la difusión tiene profundas consecuencias. En la práctica, y frecuentemente de forma oficial, la responsabilidad pública del uso de las ondas está infravalorada. Se tiende a evaluar su éxito en función del beneficio y no del servicio. Los motivos de beneficio y los intereses de los anunciantes ejercen una influencia anormal sobre el contenido de los medios de comunicación: se prefiere la popularidad a la calidad y uno se alinea en el mínimo común denominador. Los anunciantes, traspasando su legítimo papel, que consiste en identificar las verdaderas necesidades y responder a ellas, empujados por motivos mercantiles, se esfuerzan por crear necesidades y modelos artificiales de consumo.

 

 

El Papa Pío XII indicó una vez que no era apropiado referirse a nuestra religión con el término “cristianismo”:

Para alcanzar estos fines, la Iglesia no obra sólo como un sistema ideológico. Sin duda se le define también como tal sistema, cuando se utiliza la expresión “catolicismo”, que no le es habitual ni plenamente adecuada. La Iglesia es mucho más que un sistema ideológico; es una realidad, como la naturaleza visible, como el pueblo o el Estado. Es un organismo plenamente vivo con su finalidad y su vida propios [Pío XII, Discurso al X Congreso Internacional de Ciencias históricas, 1955].-  

Efectivamente, y sin censurar el uso vulgar, lo cierto es que el sufijo ‑ismo remite, en castellano, bien a unos estudios especializados, bien a algún género de ideología. Y el empleo de un solo sustantivo (cristianismo) y de un solo adjetivo (cristiano) puede conducir a la confusión, ciertamente grave, de que cristiano es el que participa de las ideas del cristianismo, y no el seguidor de Cristo, como es su verdadero sentido.

Compárese esto con los mahometanos, cuya religión recibe el nombre de islam, y lo a ella referente de islámico, en tanto que el término “islamistas” se aplica sólo a los convictos de “islamismo” (o a los expertos occidentales en la religión mahometana) [Y se da el caso de que en el islam esa riqueza terminólogica es menos necesaria que en la Religión Cristiana, por cuanto el “islamismo”, en cuanto ideología extremista, está contenido expresamente en el propio Corán, en tanto que los musulmanes ‘moderados’ poco pueden argumentar en favor de su postura además de una cómoda e incongruente -aunque sin duda más que razonable- inaplicación de parte de las aleyas coránicas].

 

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Si hablamos…, algunos dirán que estamos polemizando innecesariamente o que estamos “entrando al trapo”. Si callamos…, otros concluirán que “quien calla otorga” o simplemente, que la Iglesia no es capaz de dar respuesta a las acusaciones que se le hacen. Aun sabiendo que mis palabras serán objeto de interpretaciones encontradas, muchas veces es necesario hablar.

 

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Una persona se define por como habla de sus amigos. Pero se define mucho más, se autorretrata – en su grandeza y en su bajeza, en su nobleza y en su mezquindad – sobre todo por como habla de los antiguos amigos y de sus enemigos.


 

La maledicencia

 

A las 3:31 PM, por José Miguel Arráiz


Quiero comenzar estas reflexiones con esta antigua anécdota:

Un joven discípulo de Sócrates llega a casa de éste y le dice:

- Escucha, maestro. Un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…

- ¡Espera! –lo interrumpe Sócrates- ¿Ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

- ¿Las tres rejas?

- Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

- No. Lo oí comentar a unos vecinos.

- Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme ¿es bueno para alguien?

- No, en realidad, no. Al contrario…

- ¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

- A decir verdad, no.

- Entonces –dijo el sabio sonriendo- si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.


Uno de los pecados de la lengua es la maledicencia, el cual no solo afecta la sociedad en general, sino también a todos los que profesamos la fe cristiana y que no por eso nos vemos libres de emitir juicios negativos en perjuicio del prójimo y de nuestros hermanos en la fe.

El diccionario de la Real Academia Española define la palabra maledicencia como la acción o hábito de hablar con mordacidad en perjuicio de alguien, denigrándolo. El Catecismo es aún más preciso y define como maledicencia cuando, sin razón objetivamente válida, se manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran. San Basilio el Grande, en sus Reglas Breves explica que está permitido manifestar el pecado del hermano, con exclusión de todos los casos donde se habla de otro con el fin de difamarlo o burlarse de él. Esto no quiere decir que es un deber cristiano ocultar los defectos del prójimo (o lo que consideramos tales), pero si evitar manifestarlos a otros cuando no hay una razón válida para ello.


Por qué evitar la malediencia

La razón la explica el Catecismo de la siguiente manera:

“El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC, can. 220). Se hace culpable
…
Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

Maledicencia y calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y la caridad” CEC 2478-2479


Que nos impulsa a la maledicencia

Muchas son las razones por las que somos impulsados a caer en la maledicencia, pero se puede decir que una de las principales es la envidia o el rencor. A este respecto explicaba San Juan Climaco: “Los demonios intentan por todos los medios hacernos pecar y, cuando no obtienen lo que quieren, nos impulsan a criticar a los que se equivocan. Al hacer esto, infectan nuestra resistencia a sus tentaciones. Has de saber que la maledicencia es la señal de los que guardan rencor y de los que sufren por celos: con alegría acusan y critican las enseñanzas o acciones del prójimo” .


San Nilo de Ancira también dice: “Algunos que parecen ignorados a pesar de su devoción, buscan la fama a través de la maldad e, impulsados por la envidia que otros le han infundido, se esfuerzan en encontrar pretextos para criticar a los que son primeros en la virtud”.


Entre otras razones que le atribuyen los padres está la superficialidad, las habladurías, la costumbre de contar chismes. Caritone el Confesor dice también que “Evita, con todas tus fuerzas, juzgar a tu hermano, porque el juicio nace de un alma llena de desprecio. El que critica se comporta como un fariseo, porque se presenta como un santo para autojustificarse”

Un ejemplo típico de maledicencia es el que critica por medio de la burla y la mofa lo que considera algunos defectos del prójimo. Las primeras palabras del libro de los Salmos están dedicadas a ensalzar como bienaventurado al hombre que “ no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta” .


Otro tipo de maledicencia muy común es el chisme, porque la persona se habitúa a criticar y a hacer resaltar los defectos aparentes o reales del prójimo. Este tipo de maledicencia es particularmente peligrosa porque hace propenso a la persona que la practica a caer en otros pecados de la lengua como el juicio temerario o la calumnia. El juicio temerario es aquel que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo; la calumnia esa aquella que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos. Cuando nos hacemos eco de rumores o acusaciones infundadas sobre el prójimo, corremos riesgo de hacernos cómplices también de juicio temerario y de calumnia. EL hecho mismo de comentar estas acusaciones con personas que las ignoran nos hace instrumento y colaborador del originario de la calumnia.


No es lícita moralmente la maledicencia ni siquiera para hacer referencia a personalidades públicas

En una ocasión una compañera me comentaba que todos podíamos tener la opinión que quisiéramos respecto a personalidades públicas sin que eso implicara alguna falta moral, dando a entender que no había problema en que alguien expresara públicamente juicios negativos sobre ese tipo de personalidades. En este caso hay que distinguir entre la opinión personal privada sobre alguien, y la manifestación en público de dichas opiniones y las consecuencias que pueden tener en la reputación ajena.

Es aquí donde también es importante distinguir entre la libertad legal para criticar incluso en forma destructiva al prójimo (e incluso respecto a esto la libertad de expresión tiene sus límites), y la libertad moral para hacerlo. Los cristianos no somos libres moralmente de caer en maledicencia, y en el caso de personalidades públicas la materia grave del objeto del acto moral puede ser mayor, porque afecta su imagen respecto a un mayor número de personas.


Las faltas contra la reputación del prójimo deben ser reparadas

A este respecto dice el Catecismo:

“Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no pude ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia” CEC 2847


La Biblia y los padres de la Iglesia y la maledicencia

Respecto a los padres de lglesia, hay un fragmento de un libro bastante completo publicado aquí:

Los padres combaten la maledicencia y la crítica

La Biblia también condena duramente la maledicencia, y por el contrario nos invita a practicar la virtud opuesta: la benedicencia. Aquí algunos textos bíblicos al respecto:


“Si alguno se cree religioso, pero no pone freno a su lengua, sino que engaña a su propio corazón, su religión es vana.” Santiago 1,26

“Que no te llamen murmurador, no enredes a los demás con tu lengua, porque sobre el ladrón cae la vergüenza, y una severa condena sobre el que habla con doblez” Eclesiástico 5,14

”El que murmura se perjudica a sí mismo, y el vecindario le detesta” Eclesiástico 21,28

“No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez” Santiago 4,11

“Muchos han caído a filo de espada, pero no tantos como las víctimas de la lengua. Dichoso el que de ella se protege, el que no ha probado su furor, el que no ha cargado su yugo, ni ha sido atado con sus cadenas. Porque su yugo es de hierro, y sus cadenas de bronce. Trágica es la muerte que ocasiona, ¡es mucho mejor el abismo! Pero no tiene poder sobre los piadosos, en sus llamas no se quemarán. Los que abandonan al Señor caerán en ella, en ellos prenderá y no se apagará. Como un león se lanzará contra ellos, como una pantera los desgarrará. Mira, valla tu hacienda con espinos, guarda bien tu oro y tu plata. Balanza y pesos para tus palabras, puerta y cerrojo para tu boca. Guárdate bien de resbalar con la lengua, no sea que caigas ante el que te acecha” Eclesiástico 28,18-26

“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” Efesios 4,31

“Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo. Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande. Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos. Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados y de hecho han sido domados por el hombre; en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así. ¿Acaso la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga? ¿Acaso, hermanos míos, puede la higuera producir aceitunas y la vid higos? Tampoco el agua salada puede producir agua dulce. ¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta las obras hechas con la dulzura de la sabiduría. Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad. Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca.” Santiago 3,2-15

Moraleja

Cuando vayas a decir algo malo de los demás, detente y piensa: ¿Es algo bueno lo que voy a decir? ¿Es necesario que lo diga? ¿Beneficia a alguien que lo diga? ¿Qué hay dentro de mí que me mueve a decirlo?, y si no es bueno y tampoco necesario simplemente sigue la regla básica de la prudencia:

…Si no tienes nada bueno que decir de tu prójimo, mejor no digas nada.


http://infocatolica.com/blog/apologeticamundo.php/1112230323-la-maledicencia#more14875

23.XII. 2011


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San Francisco de Sales, "el murmurador o maledicente, comete de ordinario con solo una estocada de su lengua, tres crímenes de homicidio: primero, dando muerte espiritual a su propia alma, segundo asesinando también espiritualmente al que le escucha y tercero dándole muerte civil a la persona de quien murmura"

 

San Josemaría Escrivá, en su libro “Camino” tiene un punto que dice: “Habla bien de todo el mundo y si no puedes cállate”.

 

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“nunca hablar mal de otras personas, porque cuando hablar se convierte en habladuría, murmuración, esto es una venta, y la persona que está en el centro de nuestra murmuración se convierte en una mercancía. No sé por qué –dijo el Santo Padre 28. III. 2013- existe una alegría oscura en el chisme”.

 

Santiago Apóstol el Menor, es poseedor de la pluma que más fuertemente ha atacado los pecados de la lengua. Hallamos su Carta en el Nuevo Testamento:

Si alguno se imagina que es hombre religioso, pero no domina su lengua, se engaña a sí mismo y su religión es falsa (Stgo 1, 26).

 

Es un  aviso de que no hay religión donde abunda la murmuración, la calumnia y la mentira, y sigue: Si alguien no peca con su lengua, es un hombre perfecto.

A los caballos les ponemos un freno en el hocico para dominarlos, con el freno sometemos todo su cuerpo. Lo mismo los barcos, por grandes que sean y estén impulsados por fuertes vientos, el piloto los maneja con un pequeño timón.

Del mismo modo la lengua es algo pequeña, pero que puede mucho. Basta una llama pequeña para incendiar un bosque inmenso. La lengua también es un fuego, en un mundo de maldad, pues mancha toda la persona y comunica el fuego del infierno a toda nuestra vida.

 

Animales salvajes y pájaros, repites y animales marinos de toda clase son y han sido dominados por el hombre, por el contrario, la lengua nadie puede dominarla, es un látigo incansable llena de mortal veneno, con ella bendecimos a Dios Padre, y con ella maldecimos a los hombres hechos a imagen y semejanza de Dios.

De la misma boca sale la bendición y la maldición. No creo que exagere, porque es corriente que se pruebe cuánto veneno sale de muchas bocas cristianas. Críticas aceradas llenas de purulencia, exposición de desgracias que desean para los demás, torcida interpretación de la conducta ajena, manifestación de secretos que crucifican hermanos, exageración de hechos y dichos, calumnias viles a sabiendas de que están contra la verdad.

 

Es que no se dan cuenta de que el Primer Mandamiento, es decir el más importante, es justo el amor de Dios y el amor al prójimo, y que estos abusos de la lengua son un atentado contra el principal mandamiento.

Luego por ser consecuencia puede resultar el más grave de los pecados que se pueden cometer. El Catecismo de la Iglesia Católica concluye:

 

Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia (2487).

 

Asertivo el Papa cuando nos advierte de la maldad que encierra la murmuración, cuando se despelleja al otro.

¡Qué peligrosa es la serpiente de la lengua! Doméñala antes de que te lleve al abismo de la condenación.

 

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En el mundo actual, tan fuertemente influido por los medios de comunicación, es preciso, por ejemplo, que el personal de la Iglesia tenga al menos una buena visión de conjunto del impacto que las nuevas tecnologías de la información y los nuevos medios de comunicación ejercen sobre las personas y la sociedad. También los agentes pastorales deben estar dispuestos a dispensar su ministerio tanto a los que son «ricos en información» como a los que son «pobres en información». Hace falta que sepan invitar al diálogo, evitando un estilo de comunicaciones susceptible de sugerir la dominación, la manipulación o el provecho personal. Por lo que se refiere a los que están más comprometidos en el trabajo de los medios de comunicación al servicio de la Iglesia, es preciso que adquieran las competencias profesionales necesarias en esta materia, así como una formación doctrinal y espiritual.


La verdadera dignidad del hombre se encuentra en la verdad revelada por Cristo. El es la luz del mundo y el que cree en Él no camina en tinieblas (cf. Jn 12.46). Por ello, la ofuscación de la luz, la mentira personal y la doblez social deben ser superadas por la cultura de la verdad, de modo que respetando profundamente cada persona y cada cultura, se anuncie la convicción de que la plenitud de la vida se alcanza cuando se transciende el marco de los materialismos y se accede a la Luz inefable y trascendente que nos libera de todo egoísmo.

 

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“Venciéndome me vencí y enseñándome a vencer, supe vencerme y vencer”. Sor Mariana de San José. Museo monasterio de la Encarnación. Madrid de los Austrias.

 

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INDIFERENTE COMO UN MUERTO A LOS INSULTOS y HALAGOS DEL MUNDO, porque el que hoy te halaga mañana te puede insultar, y quien hoy te insulta mañana te puede halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en Ti mismo, más allá de los claros y los oscuros del mundo. (Cuento popular árabe).

 

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Compórtate con los demás como quisieras que los demás se comporten contigo.-


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No huyas, cobarde.... tu mentira tiene patas cortas y además, te aprovechas del anonimato y escondes tu madriguera

 

Internet es el reino de la cobardía, la calumnia y el anonimato.


El estiércol


No vivo en mis tiempos y huyo de Internet. Si algo tengo que consultar, me cobijo en mi biblioteca, que me ha costado más de cincuenta años de dedicación, esfuerzo y trabajo. Me preguntan si leo los comentarios que generan mis artículos, y los de otros foros, que creo los llaman así. Mi respuesta es contundente. No. No los leo porque, según me dicen, Internet es el reino de la cobardía, la calumnia y el anonimato. Puedo mantener una correspondencia –lo he hecho en centenares de ocasiones–, con mis críticos más feroces, siempre que sepa quiénes son. Las opiniones se firman, que ya somos mayores para insultar o elogiar desde los escondites miserables de lo incógnito. De ahí que me haya interesado el inteligente artículo, publicado en LA RAZÓN de Pedro A. Cruz Sánchez titulado «Las cloacas de Internet». En «las cartas al Director» que se publican en los periódicos, se exige la identificación del comunicante. Pero en Internet, de acuerdo con lo que me cuentan, el insulto, la calumnia e incluso la amenaza, salen gratis. Ignoro si técnicamente es posible establecer un control de acuerdo con las leyes vigentes. Ignoro si en otros países sucede lo mismo. Ignoro si los parlamentos tienen mimbres y músculos parta legislar al respecto. Claro, que el origen de ese campo abierto al anonimato, no es otro que los «Confidenciales», donde todo puede decirse, e incluso inventarse, desde el amparo de las nubes. No quiero decir con esto que todos los confidenciales sean iguales. Los hay serios, y los hay chungos. Pero en un periódico, en una radio o en una televisión, las opiniones que se vierten tienen firma, voz o imagen. 

El anónimo más tonto que he recibido en mi ya larga vida de opiniones firmadas, y que guardo como un tesoro de la cobardía, lo recibí cuando escribía en ABC. Se trata de la carta de un batasuno indignado. Me adelantaba su intención de hacerme picadillo cuando me viera, amenazaba a mi familia, y me dedicaba una interminable cadena de insultos barriobajeros. Como buen cobarde, no firmaba. Y como buen cretino, no fue cuidadoso con su secreta y abominable identidad. Metió el escrito en un sobre timbrado, con su nombre, apellidos y dirección impresos. Con ayuda de la Telefónica di con su número de teléfono y llamé al cobarde. Se estercoló. –¿Cómo ha dado con mi teléfono?–; –porque usted es tan imbécil que envía un escrito sin firmar en un sobre timbrado–. Colgó como una nena asustada. Un valiente «gudari» de la «Lucha Armada».

La libertad, como todo bien democrático, se ejerce con nombre y apellidos, como bien resalta Cruz Sánchez. «Si no es así –prosigue–, se transforma en vandalismo, una variante del fascismo más virulento, que evita la posibilidad de la disensión en convivencia, para optar por la agresión o por la calumnia diseñada en laboratorio para favorecer el linchamiento moral y físico. ¿Quién está dispuesto a amparar por más tiempo toda esa red de cloacas, encargada de canalizar el detritus más hediondo de nuestra sociedad?».

Así finaliza Cruz Sánchez su inteligente y valiente comentario. Los legisladores tienen que actuar, entre otras razones para que este humilde servidor se divierta con los comentarios acerca de sus artículos. Mientras se oculten en el podrido anonimato, no merecen la pena. Y me dicen que también los hay inteligentes, educados y discrepantes desde la medida y la sabiduría. También me informan que resultan desconsoladoras las faltas de ortografía. Legislen, por favor, que estoy deseando conocerlos. Siempre que firmen, claro.

-LA RAZÓN. Es. 31. III. MMXI  - Alfonso USSÍA

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NESCIT VOX MISSA REVERTI (Horacio, Ars poét., 390). “La palabra, una vez pronunciada, no sabe volver”.


NESCIRE MALUM NON SEMPER EST MALUM (San Agustín, Contra Julianum Pelag, 4, 14). “Desconocer el mal no siempre es un mal”.

 

 

Constantemente se atribuyen a la Iglesia Católica, palabras, declaraciones que no ha pronunciado, y, de las realmente dichas, hay falsarios charlatanes que las exponen torcidamente con alevosía, es decir, con el agravante de traición.

 

De allí nuevamente nace una calumnia y tantas leyendas negras, si el talante del escritor o comunicador, no es serio, responsable y honesto.

 

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Yo le tengo mucho miedo al sufijo ismo. Hay que ser de una nación, pero no nacionalista, de una raza, pero no racista. El ismo, normalmente, desfigura las cosas. Tiene un significado parecido al del sufijo itis, que quiere decir inflamación. Julián MARÍAS, filósofo español - 2004-07-10 Alfa y Omega.

 

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"Los productores de basura no pueden diluir su responsabilidad apelando al ilegítimo tribunal de la audiencia. Ésta no hace sino incrementar las proporciones de su indignidad. Pero el espectador nunca es inocente, pues sin su anuencia no sería posible perpetrar el mal..."

 

... "El escritor que busca el éxito y la risa halagadora mediante la reducción de una persona a la condición de objeto de escarnio, por más que ésta pueda dar motivos para ello, incurre en la misma inmoralidad. Toda burla incluye la deshumanización del burlado, su cosificación. Estos comportamientos entrañan la vulneración de la moral y, en muchos casos, también del Derecho". Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA - En ABC, 19.08.2002

 

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Eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día.

 

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denigrar.(Del lat. denigrāre, poner negro, manchar).1. tr. Deslustrar, ofender la opinión o fama de alguien.2. tr. injuriar (ǁ agraviar, ultrajar).

 

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calumnia.(Del lat. calumnĭa).1. f. Acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño.2. f. Der. Imputación de un delito hecha a sabiendas de su falsedad.

 

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"Los diáconos – enseña San Policarpo – son servidores de Dios y de Cristo y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni amor por el dinero; que sean castos en todo, compasivos, siempre diligentes según la verdad del Señor, que se ha hecho servidor de todos" (Ad Philipp., V,2).

 

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Puesto que sois cristianos, sed los primeros en vivir el sentido de las bienaventuranzas, haciéndoos en vuestra vida promotores decididos de misericordia, de justicia, de moralidad, de obras en favor de la paz.

 

Que nadie os pueda recriminar por vuestra conducta, por falta de honestidad, por abuso de los demás, por despreocupación en vuestros deberes individuales, familiares o sociales; pero si se os calumnia mientras obráis el bien, por encima de la defensa de vuestros legítimos derechos con todo medio honesto, estad seguros de que grande será vuestra recompensa en el cielo. Es la palabra de Cristo que hemos escuchado en el evangelio de hoy la que nos da la certeza. S.S. Juan Pablo II – Magno; Bata (Guinea Ecuatorial), 18 de febrero de 1982

 

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El síndrome de la calumnia

 

 

Autor: Fernando Pascual - Fuente: catholic.net - 11.06.2003.

 

Cada nueva epidemia provoca un auténtico terremoto en el mundo de la medicina y en la vida de miles (quizá millones) de personas. Lo hemos visto con el SARS ("severe acute respiratory syndrome", en español "síndrome respiratorio agudo severo").

Podríamos preguntarnos si no existen también "epidemias" en el mundo del espíritu. Pensemos, por ejemplo, en el chismorreo, en los insultos, en la calumnia. En cuestión de pocos días (a veces en pocas horas) un hombre o una mujer pierden su fama, el afecto de sus amigos o conocidos, incluso tal vez de sus familiares más cercanos.

Todo inicia con una alusión que alguien susurra en un rato de cotilleo. Luego, la suposición se convierte en sospecha. Alguno hace de la sospecha certeza, y la certeza (fundada a veces sólo en una mezcla de imaginación, mentiras y rencores profundos) se propaga como la peste, como el SARS: ¡qué difícil es detener una calumnia!

Los cristianos deberíamos actuar contra cualquier nuevo brote de maledicencia con firmeza. En algunas situaciones deberíamos ser tan firmes y tajantes como los médicos que luchan contra reloj para cortar el avance de un nuevo virus. Un virus puede destruir una vida, y eso es muy grave. Pero sólo quien ha sufrido el veneno de la calumnia, quien se ha visto insultado, señalado, abandonado por culpa de una mentira que corre veloz de boca en boca, o de una a otra página o foro de internet, puede comprender que hay formas de muerte moral más dolorosas que la misma enfermedad física.

¿Podemos tomar medidas radicales, firmes, profundas, contra la mentira, el chismecillo, la calumnia espontánea o promovida de modo organizado y sistemático?

La primera cosa que podríamos hacer es mirar nuestros corazones. Si guardamos rencores, si la envidia asoma de vez en cuando su cabeza repugnante, hemos de pedir a Dios un corazón bueno, que sepa perdonar, que sepa amar. Quien no ama a su hermano no puede amar a Dios (1Jn 4,20). Del corazón malo sólo salen malas cosas. El virus de la calumnia se origina en mentes que viven fuera del Evangelio, en fuentes incapaces de ofrecer el agua del amor (St 3,10-18).

Por lo mismo, hemos de decidirnos a no ser nunca los primeros en lanzar una crítica contra nadie. ¿Para qué voy a decir esto? ¿Es sólo una imaginación mía? ¿Me gustaría que alguien dijese algo parecido de mí?

Al contrario, necesitamos aprender a ser ingeniosos para alabar y defender a los demás. Esto es posible si tenemos un corazón realmente cristiano, bueno, comprensivo, misericordioso. En ocasiones veremos fallos, pero el amor es capaz de cubrir la muchedumbre de los pecados (1Pe 4,8). Cuando sea posible, podremos corregir al pecador, pero siempre con mansedumbre, como nos enseña san Pablo: "Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Ga 6,1-2).

Después, como ante una epidemia grave, hemos de levantar una barrera firme, decidida, contra cualquier calumnia. Nunca divulgar nada contra nadie, mucho menos una suposición, una mentira como tantas otras lanzadas por ahí (a través de la prensa, de internet, a viva voz). Incluso cuando sepamos que alguien ha sido realmente injusto (lo sepamos por haberlo visto, no sólo de oídas), ¿para qué divulgarlo? ¿Es esto cristiano? ¿No es mejor amonestar a solas al hermano para ver si puede convertirse, si puede cambiar de vida? Tendríamos que ser firmes como muros: delante de nosotros nadie debería poder hablar mal de otras personas.

De un modo especial deberíamos defender el buen nombre del Papa, de los obispos, de los sacerdotes, de todos los demás bautizados. Todos somos Iglesia. El amor debe ser el distintivo de los cristianos. Andar continuamente con quejas y lamentaciones, con rencores y espíritu de lucha mundana, no soluciona nada y fomenta ese veneno que originará nuevos rencores, chismes y, en ocasiones, calumnias. ¡Qué triste imagen la de una comunidad "cristiana" en la cual unos acusan a los otros, los denigran, les ponen la zancadilla a sus espaldas!

La distinción de los discípulos de Jesús será siempre la misma: el amor (Jn 13,35). Desde el amor y con amor podremos (¡sí se puede!) eliminar cualquier nuevo brote de calumnia entre cristianos. Podemos... si oramos humildemente, si se lo pedimos a Cristo con todo el corazón.

Entonces sí podremos vivir, de verdad, como cristianos, porque estaremos dentro del amor. "Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo" (Ef 4,31-32).

Perdonarnos y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar, dentro de nuestra amada Iglesia, el síndrome de la calumnia, para vivir con salud, en autenticidad, nuestra fe en el Señor Jesús.

 

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La maledicencia o calumnia aparece donde no la esperas.

 

No darás falso testimonio contra tu prójimo’ (Ex 20, 16). Los discípulos de Cristo se han ‘revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad’ (Ef 4, 24).

 

2505 La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

 

2506 El cristiano no debe ‘avergonzarse de dar testimonio del Señor’ (2 Tm 1, 8) en obras y palabras. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe.

 

2507 El respeto de la reputación y del honor de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia.

 

2508 La mentira consiste en decir algo falso con intención de engañar al prójimo que tiene derecho a la verdad.

 

2509 Una falta cometida contra la verdad exige reparación.

 

2510 La regla de oro ayuda a discernir en las situaciones concretas si conviene o no revelar la verdad a quien la pide.

 

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Decir mentiras

 

 

Cuando la mentira sale de la boca de quienes creen tener vocación de servicio a la sociedad, atenta contra el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad a fin de adoptar de modo libre y responsable sus decisiones sobre el funcionamiento de las instituciones públicas y sobre sus propios representantes.

 

LUIS GUTIÉRREZ/Obispo de Segovia – España
El Norte de Castilla 2005-08-28

 

ESCUCHAMOS con demasiada frecuencia reproches mutuos entre nuestros políticos, en los que se echan en cara unos a otros ocultar la verdad o decir mentiras. Lo cual no deja de sorprender, ya que cuando los valores morales parecería que van en franco retroceso, a ellos se recurre desde las más altas instancias de la vida pública. ¿Será para reafirmar que la verdad es uno de esos valores? ¿Será para servirse de ella para mantenerse en el poder o para conseguirlo?

 

La mentira tiene una calificación moral en tanto que violación de la virtud de la veracidad. Sin embargo, hay quienes sostienen la legitimidad de la mentira en casos particulares con tal de que ella resulte útil para resolver una situación difícil, sin perjuicio de terceros.

 

Dejando de lado la discusión sobre este punto, tratándose de la vida pública, vivir de la mentira, instalarse en ella, considerarla como algo inevitable, servirse de la misma con fines políticos, es socavar la confianza entre los ciudadanos y rasgar el tejido de las relaciones sociales.

 

Además, cuando la mentira sale de la boca de quienes creen tener vocación de servicio a la sociedad, atenta contra el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad a fin de adoptar de modo libre y responsable sus decisiones sobre el funcionamiento de las instituciones públicas y sobre sus propios representantes.

 

Cuando la mentira llega a convertirse en plataforma de la vida política, el diálogo y el debate, propios de los sistemas democráticos, quedan incapacitados para buscar la verdad. Y cuando ello se ve como la cosa más natural, caemos en la negación de la verdad como valor objetivo para considerarla solo -según afirmaba Nietzsche- como la suma de relaciones humanas realizadas, extrapoladas y adornadas teóricamente y que después de prolongado uso, un pueblo tiene ya por firmes, normativas y vinculantes. Para este filósofo alemán, la verdad y las verdades no existen. Ellas son ilusiones de las que hemos olvidado que lo son; metáforas que, una vez desgastadas, ya no poseen fuerza sensible; monedas que habiendo perdido su troquelado, no tienen otro valor que el del propio metal. Estas son algunas de las expresiones de un hombre que, propugnando como valores la voluntad de vivir y el poder, ataca de modo casi obsesivo los valores cristianos por decadentes y burgueses.

 

No es que hoy se niegue la verdad en cuanto valor moral y social. Lo que puede ocurrir, sin embargo, es que a fuerza de tanto relativismo como nos rodea, terminemos creyendo aquello que el matemático y escritor Lewis Carrol dejó escrito: «Es verdad aquello que repito tres veces de la misma manera». Pilato, después de haber preguntado a Jesús «¿qué es la verdad?», sin esperar respuesta cambió inmediatamente de discurso. Le interesaba conocer lo que aquel procesado entendía por verdad. A él como pretor y juez romano le bastaba saber que la verdad sería solamente el veredicto que él iba a pronunciar sobre Jesús.

 

Una sociedad, por muy organizada que se sienta, no puede ser estable sin la verdad que nos debemos unos a otros, porque es ella la que mantiene la armonía interior de cada cual y el orden y la justicia en las relaciones mutuas.

 

Aquel Nietzsche, en cuya doctrina se inspiraron el socialnacionalismo germánico y no pocos extremismos sociales y políticos, escribió un tanto frustrado: «Lo que en realidad me hace estremecer no es el hecho de queme hayas mentido, sino que yo mismo ya no te crea más». Quiera Dios que nadie se vea en la necesidad de dirigirse a sus políticos con esas palabras tan llenas de amargura.

 

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PJuan Pablo II – Magno – Pont. Max.
Redemptor hominis 12

La verdad nos hará libres (cf Jn 8,32)


         Jesucristo sale al encuentro del hombre de todas las épocas, también en la nuestra, con las mismas palabras: “Así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (Jn 8,32) Estas palabras contienen una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de honestidad frente a la verdad como condición de una auténtica libertad; y también la advertencia de evitar toda libertad aparente, toda libertad superficial y unilateral, toda libertad que no llega hasta la raíz de la verdad sobre el hombre y sobre el mundo.
         Todavía hoy, después de dos mil años, Cristo se nos presenta como aquel que trae al hombre la libertad fundada en la verdad, como aquel que libera al hombre de lo que limita, disminuye y, por decirlo así, destruye esta libertad hasta las raíces mismas, en el espíritu del hombre, en su corazón, en su conciencia. ¡Admirable prueba de todo esto han dado y siguen dando aquellos que, por Cristo y en Cristo, han llegado a la verdadera libertad y han dado testimonio de ello incluso en condiciones de opresión desde el exterior!
        Y cuando Jesucristo mismo aparece ante el tribunal de Pilatos...,¿no responde: “Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad.” (Jn 19,37)? Por estas palabras pronunciadas ante el juez en un momento decisivo, Jesús confirmaba de nuevo lo que había dicho anteriormente: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (Jn 8,32) A lo largo de los siglos y las generaciones, comenzando por el tiempo de los apóstoles ¿no fue Cristo mismo que compareció ante los jueces en los hombres juzgados a causa de la verdad, y que fue hasta la muerte en tantos hombres condenados a causa de la verdad? ¿Dejaría de ser el abogado del hombre que vive “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23)?

 

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Propósitos de un príncipe justo

 

Después de las dos catequesis dedicadas al significado de las celebraciones pascuales, reanudamos nuestra reflexión sobre la liturgia de las Laudes. Para el martes de la cuarta semana nos propone el salmo 100, que acabamos de escuchar.

Es una meditación que pinta el retrato del político ideal, cuyo modelo de vida debería ser el actuar divino en el gobierno del mundo:  un actuar regido por una perfecta integridad moral y por un enérgico compromiso contra las injusticias. Ese texto se vuelve a proponer ahora como programa de vida para el fiel que comienza su día de trabajo y de relación con el prójimo. Es un programa de "amor y justicia" (cf. v. 1), que se articula en dos grandes líneas morales.

2. La primera se llama "senda de la inocencia" y está orientada a exaltar las opciones personales de vida, realizadas "con rectitud de corazón", es decir, con conciencia totalmente recta (cf. v. 2).

Por una parte, se habla de modo positivo de las grandes virtudes morales que hacen luminosa la "casa", es decir, la familia del justo (cf. v. 2):  la sabiduría, que ayuda a comprender y juzgar bien; la inocencia, que es pureza de corazón y de vida; y, por último, la integridad de la conciencia, que no tolera componendas con el mal.

Por otra parte, el salmista introduce un compromiso negativo. Se trata de la lucha contra toda forma de maldad e injusticia, para mantener lejos de su casa y de sus opciones cualquier perversión del orden moral (cf. vv. 3-4).

Como  escribe  san  Basilio, gran  Padre de la Iglesia de Oriente, en su obra El bautismo, "ni siquiera el placer de un instante que contamina el pensamiento debe turbar a quien se ha configurado con Cristo en una muerte semejante a la suya" (Opere ascetiche, Turín 1980, p. 548).

3. La segunda línea se desarrolla en la parte final del salmo (cf. vv. 5-8) y precisa la importancia de las cualidades más típicamente públicas y sociales. También en este caso se enumeran los puntos esenciales de una vida que quiere rechazar el mal con rigor y firmeza.

Ante todo, la lucha contra la calumnia y la difamación secreta, un compromiso fundamental en una sociedad de tradición oral, que atribuía gran importancia a la función de la palabra en las relaciones interpersonales. El rey, que ejerce también la función de juez, anuncia que en esta lucha empleará la más rigurosa severidad:  hará que perezca el calumniador (cf. v. 5). Asimismo, se rechaza toda arrogancia y soberbia; se evita la compañía y el consejo de quienes actúan siempre con engaño y mentiras. Por último, el rey declara el modo como quiere elegir a sus "servidores" (cf. v. 6), es decir, a sus ministros. Los escoge entre "los que son leales". Quiere rodearse de gente íntegra y evitar el contacto con "quien comete fraudes" (cf. v. 7).

4. El último versículo del salmo es particularmente enérgico. Puede resultar chocante al lector cristiano, porque anuncia un exterminio:  "Cada mañana haré callar a los hombres malvados, para excluir de la ciudad del Señor a todos los malhechores" (v. 8). Sin embargo, es importante recordar que quien habla así no es una persona cualquiera, sino el rey, responsable supremo de la justicia en el país. Con esta frase expresa de modo hiperbólico su implacable compromiso de lucha contra la criminalidad, un compromiso necesario, que comparte con todos los que tienen responsabilidades en la gestión de la administración pública.

Evidentemente, esta tarea de justiciero no compete a cada ciudadano. Por eso, si los fieles quieren aplicarse a sí mismos la frase del salmo, lo deben hacer en sentido analógico, es decir, decidiendo extirpar cada mañana de su propio corazón y de su propia conducta la hierba mala de la corrupción y de la violencia, de la perversión y de la maldad, así como cualquier forma de egoísmo e injusticia.

5. Concluyamos nuestra meditación volviendo al versículo inicial del salmo:  "Voy a cantar el amor y la justicia..." (v. 1). Un antiguo escritor cristiano, Eusebio de Cesarea, en sus Comentarios a los Salmos, subraya la primacía del amor sobre la justicia, aunque esta sea también necesaria:  "Voy a cantar tu misericordia y tu juicio, mostrando cómo actúas habitualmente:  no juzgas primero y luego tienes misericordia, sino que primero tienes misericordia y luego juzgas, y con clemencia y misericordia emites sentencia. Por eso, yo mismo, ejerciendo misericordia y juicio con respecto a mi prójimo, me atrevo a cantar y entonar salmos en tu honor. Así pues, consciente de que es preciso actuar así, conservo inmaculadas e inocentes mis sendas, convencido de que de este modo te agradarán mis cantos y salmos por mis obras buenas" (PG 23, 1241). 30 Abril 2003. S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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¿Quién es justo ante el Señor?

 

Los estudiosos de la Biblia clasifican con frecuencia el salmo 14, objeto de nuestra reflexión de hoy, como parte de una "liturgia de ingreso". Como sucede en algunas otras composiciones del Salterio (cf., por ejemplo, los salmos 23, 25 y 94), se puede pensar en una especie de procesión de fieles, que llega a las puertas del templo de Sión para participar en el culto. En un diálogo ideal entre los fieles y los levitas, se delinean las condiciones indispensables para ser admitidos a la celebración litúrgica y, por consiguiente, a la intimidad divina.

En efecto, por una parte, se plantea la pregunta:  "Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?" (Sal 14, 1). Por otra, se enumeran las cualidades requeridas para cruzar el umbral que lleva a la "tienda", es decir, al templo situado en el "monte santo" de Sión. Las cualidades enumeradas son once y constituyen una síntesis ideal  de  los compromisos morales fundamentales recogidos en la ley bíblica (cf. vv. 2-5).

2. En las fachadas de los templos egipcios y babilónicos a veces se hallaban grabadas las condiciones requeridas para el ingreso en el recinto sagrado. Pero conviene notar una diferencia significativa con las que sugiere nuestro salmo. En muchas culturas religiosas, para ser admitidos en presencia de la divinidad, se requería sobre todo la pureza ritual exterior, que implicaba abluciones, gestos y vestiduras particulares.

En cambio, el salmo 14 exige la purificación de la conciencia, para que sus opciones se inspiren en el amor a la justicia y al prójimo. Por ello, en estos versículos se siente vibrar el espíritu de los profetas, que con frecuencia invitan a conjugar fe y vida, oración y compromiso existencial, adoración y justicia social (cf. Is 1, 10-20; 33, 14-16; Os 6, 6; Mi 6, 6-8; Jr 6, 20).

Escuchemos, por ejemplo, la vehemente reprimenda del profeta Amós, que denuncia en nombre de Dios un culto alejado de la vida diaria:  "Yo detesto, desprecio vuestras fiestas; no me gusta el olor de vuestras reuniones solemnes. Si me ofrecéis holocaustos, no me complazco en vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados. (...) ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne!" (Am 5, 21-24).

3. Veamos ahora los once compromisos enumerados por el salmista, que podrán constituir la base de un examen de conciencia personal cuando nos preparemos para confesar nuestras culpas a fin de ser admitidos a la comunión con el Señor en la celebración litúrgica.

Los tres primeros compromisos son de índole general y expresan una opción ética:  seguir el camino de la integridad moral, de la práctica de la justicia y, por último, de la sinceridad perfecta al hablar (cf. Sal 14, 2).

Siguen tres deberes que podríamos definir de relación con el prójimo: 
eliminar la calumnia de nuestra lengua, evitar toda acción que pueda causar daño a nuestro hermano, no difamar a los que viven a nuestro lado cada día (cf. v. 3).

Viene luego la exigencia de una clara toma de posición en el ámbito social:  considerar despreciable al impío y honrar a los que temen al Señor.

Por último, se enumeran los últimos tres preceptos para examinar la conciencia:  ser fieles a la palabra dada, al juramento, incluso en el caso de que se sigan consecuencias negativas para nosotros; no prestar dinero con usura, delito que también en nuestros días es una infame realidad, capaz de estrangular la vida de muchas personas; y, por último, evitar cualquier tipo de corrupción en la vida pública, otro compromiso que es preciso practicar con rigor también en nuestro tiempo (cf. v. 5).

4. Seguir este camino de decisiones morales auténticas significa estar preparados para el encuentro con el Señor. También Jesús, en el Sermón de la montaña, propondrá su propia "liturgia de ingreso" esencial:  "Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5, 23-24).

Como concluye nuestra plegaria, quien actúa del modo que indica el salmista "nunca fallará" (Sal 14, 5). San Hilario de Poitiers, Padre y Doctor de la Iglesia del siglo IV, en su Tractatus super Psalmos, comenta así esta afirmación final del salmo, relacionándola con la imagen inicial de la tienda del templo de Sión. "Quien obra de acuerdo con estos preceptos, se hospeda en la tienda, habita en el monte. Por tanto, es preciso guardar los preceptos y cumplir los mandamientos.
Debemos grabar este salmo en lo más íntimo de nuestro ser, escribirlo en el corazón, anotarlo en la memoria. Debemos confrontarnos de día y de noche con el tesoro de su rica brevedad. Y así, adquirida esta riqueza en el camino hacia la eternidad y habitando en la Iglesia, podremos finalmente descansar en la gloria del cuerpo de Cristo" (PL 9, 308). 04 Febrero 2004. S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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“¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo. Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega.

 

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma san Pablo, «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Colosenses 2, 9). En un cierto sentido, una experiencia análoga es la de los discípulos Pedro, Santiago y Juan, recordada por la Fiesta de la Transfiguración celebrada precisamente ayer, a quienes Jesús, en el monte Tabor, les reveló su gloria divina, anunciando la victoria definitiva sobre la muerte. Luego, con la Pascua, Cristo crucificado y resucitado manifestará plenamente su divinidad, ofreciendo a todos los hombres el don de su amor redentor. Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores de Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. S. S. Benedicto XVI. 2005.

 

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«La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los “hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (I Pe, 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico».

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Están los que dicen; “no hay religiones mejores ni peores”, lo cual es mucho decir, sobre todo si tenemos en cuenta que en la historia de las religiones nos encontramos con que algunas han admitido los sacrificios humanos, la esclavitud, las castas  o la prostitución sagrada, sólo por poner algunos ejemplos, sin necesidad de preguntar a las mujeres.

 

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“¿Cómo es posible imaginar un consejo o una confederación mundial cristiana, en la que cada uno de sus miembros pueda, hasta en materia de fe, conservar su sentir y juicio propio aún estos contradigan al juicio y sentir de los demás?... Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos... De esa diversidad de opiniones es fácil es fácil el paso al menosprecio de toda religión, o "indiferentismo", y al llamado "modernismo", con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea, proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable al a vida de los hombres... Porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual EL mismo la fundó para la salvación de todos... No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodia con casto pudor la santidad de una sola estancia... Vuelvan los hijos disidentes, no ya con el deseo y al esperanza de que La Iglesia de Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad, abdique de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para someterse al magisterio y al gobierno de ella...[“Mortalium Animos”, ¿cómo fomentar la verdadera unidad de los cristianos?, de S.S. Pió XI, 1928]

 

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Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha colocado como Obispos [“episkopos”]: pastoreen la Iglesia del Señor, que ÉL [Jesucristo] adquirió con su propia sangre. 29Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces que no perdonarán al rebaño [y querrán acabar con La Iglesia]. 30De entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas falsas [deformarán la sana doctrina cristiana] e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí. 31Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.” [San Pablo - Hechos Cap. 20]

 

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San Pablo.

 

«La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de opciones humanas» S. S. Benedicto XVI P.P.


«Ante el desencadenamiento de energías malvadas, ante la irrupción vehemente de Satanás, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia».

«Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que penetra en ellas realizando sus "caminos", es decir, sus proyectos y sus "obras" eficaces».


«Esta intervención divina tiene un fin preciso: ser un signo que invita a todos los pueblos de la tierra a la conversión. Las naciones deben aprender a "leer" en la historia un mensaje de Dios».

Para S. S. Benedicto XVI «la aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado, ni está sometida a la prevaricación de los prepotentes y perversos» y, de hecho, «existe la posibilidad de reconocer la acción de Dios en la historia».

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la constitución pastoral «Gaudium et spes», invita al creyente «a escrutar, a la luz del Evangelio, los signos de los tiempos para ver en ellos la manifestación de la acción misma de Dios».

«Esta actitud de fe lleva al ser humano a reconocer la potencia de Dios que actúa en la historia, y a abrirse así al temor del nombre del Señor», «temor» que no es «miedo», sino «el reconocimiento del misterio de la trascendencia divina».

«Gracias al temor del Señor no se tiene miedo del mal que irrumpe en la historia y se retoma con vigor el camino de la vida», repitiendo las últimas palabras de Jesús sobre la tierra: «¡Ánimo! yo he vencido al mundo».

Papa Juan XXIII, solía repetir: «el que cree no tiembla, pues el que cree no debe tener miedo del mundo ni del futuro».

S. S. Benedicto XVI P.P. 2005-05-11 – Vat. Roma – Italia

 

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Cuando nació el cristianismo en la primera mitad del siglo I hubiera sido difícil imaginar qué pasaría de ser un reducido movimiento judío. Sin embargo, ofreció esperanza a sectores sociales como las mujeres, los esclavos, los desposeídos o los enfermos. Durante la Edad Media, creó la Universidad y sentó las bases de la revolución científica. En el siglo XVI la Reforma proporcionó el concepto de libertades políticas, la recuperación del papel del individuo o la necesidad de controlar públicamente al poder mediante resortes democráticos. Durante los siglos siguientes combatió la esclavitud, defendió a los indígenas y apuntó hacia los peligros de un capitalismo salvaje o de la utopía marxista. Así fue modelando un ámbito de justicia y libertad a lo largo de la Historia.

 

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Pedro va en pos de la Verdad en Cristo y deja su lago de Tiberíades

 

“Las Escrituras no se pueden interpretar solo con los instrumentos de la ciencia de la exégesis –como hacen los protestantes-, mas va leída a la luz de la Tradición del Magisterio”. “En la Iglesia, las Sagradas Escrituras, cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el misterio de la interpretación auténtica, dado a los apóstoles, pertenecen el uno al otro en modo indisoluble. Y entonces, allí donde la Sagrada Escritura viene separada de la voz viviente de la Iglesia, vemos que esa cae prisionera a las disputas de los expertos”.

2005-V-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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Evangelio de san Juan habla de «tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida» y reza para destruir «el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras» y para que «el muro del materialismo» no «llegue a ser insuperable». El Cardenal Ratzinger despliega una visión crítica de la labor de ciertos miembros de la Iglesia: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!», escribió el purpurado para la novena estación del Vía Crucis, la tercera caída de Jesús. 2005-03-25 Viernes Santo – Colina vaticana, Roma- Italia.

 

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La Divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios, y sin embargo se esfuerzan ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta (GS 16).

 

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“Seamos resplandecientes y nuestras lámparas sean brillantes. Como hijos de la luz ofrecemos cirios a la verdadera Luz que es Cristo”

 

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«Cristo sigue resucitando:
Cada vez que nos queremos,
cada vez que abrimos y ofrecemos nuestras manos,
cada vez que compartimos con el otro,
cada vez que nos superamos,
cada vez que cargamos con el prójimo,
cada vez que perdonamos,
cada vez que damos lo que tenemos,
cada vez que ofrecemos lo que somos,
cada vez que creamos y engendramos,
cada vez que rompemos ataduras,
cada vez que sembramos alegría,
cada vez que cultivamos esperanza,
cada vez que hacemos comunión, familia,
cada vez que nos hacemos como niños,
cada vez que en amor
florecen nuestras manos,
cada vez que oramos en Espíritu
y en Espíritu gritamos.


Dios nos trae la Pascua, no nos hace la pascua. En estas horas luminosas y alegres, tanto como oscuras y tristes, cuando Occidente parece que ha renunciado a sus raíces cristianas, sintiéndose orgulloso de su progreso material y creyéndose autosuficiente, da la espalda a la Vida y a la Salvación. Pero sin Él, sin nuestro Padre-Dios, Creador, la criatura se diluye. Por eso, en esta Pascua, tan llena de significado para el pueblo español, se nos pide, más que en otros momentos, perseguir ideales altos, muy altos, humanizadores y humanizantes. ¡Cuántos más, mejor! Y es tarea del cristiano intentarlo, ser la sal y fermento en el silencio, y compromiso en la vida diaria; así hacemos patente y presente la Pascua, así nos parecemos más a Cristo.

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre

sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

 

Gracias por venir a visitarnos; gracias por elegirnos, por sugerirnos ideas y comentarios.

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

Así tu Beato siervo Daniel Comboni – que había soñado abrazar misionariamente toda el África – al final de su vida se encontró aplastado por la calumnia y vio aproximarse la destrucción de toda su obra.

Murió a los cincuenta años, cansado de las vigilias y de las fatigas apostólicas, pero fiel a aquello que había inicialmente prometido a sus amadísimos africanos: "El día más feliz de mi vida será aquel en que podré dar mi vida por vosotros".

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -  Editorial: CIUDADELA. 

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2º Recomendamos vivamente: ‘Inquisición’  historia crítica.

Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

 

Vivir amando... para encontrar el Tesoro ‘Cristo’.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).