Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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La posesión y el poder son las dos grandes tentaciones del hombre, que se hace prisionero de su propiedad y pone en ella su alma. Quien, aun siendo poseedor, no puede permanecer pobre y no reconoce que el mundo está en manos de Dios y no en sus manos, ha perdido una vez más aquella niñez sin la cual no hay acceso al Reino.

 

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El historiador judío Pinchas Lapide escribió en 1967: «La Santa Sede, los nuncios y la Iglesia católica salvaron de la muerte de 740.000 a 850.000 judíos».

 

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La católica Irena Sendler, «el Ángel del gueto

de Varsovia», salvó a 2.500 judíos del exterminio

 

 

 

El pasado martes la celebración en varios países de Europa ¬Alemania entre ellos¬ del «Día de la Memoria» de los seis millones de judíos víctimas del Holocausto recuerda también el testimonio de los «justos» que, contrarios al proyecto de exterminio, arriesgaron sus vidas. Entre ellos muchos cristianos, como Irena Sendler ¬conocida como el «ángel del gueto de Varsovia»¬ al poner a salvo a 2.500 niños judíos. 


   La fecha se eligió recordando el 27 de enero de 1945, cuando el ejército soviético llegó al campo de concentración de Auschwitz, pocos días antes abandonado por las SS alemanas, liberando a los últimos supervivientes de la locura nazi.


   Irene Sendler, católica polaca que actualmente tiene noventa y tres años, no había cumplido treinta cuando en 1939 empezó a dedicarse a proteger judíos. Salvó a 2.500 niños de la persecución nazi, una actividad que le costó torturas y la condena a muerte, de la que finalmente pudo escapar, informa Zenit.


   En 1940, los nazis decidieron cerrar el gueto de Varsovia; medio millón de judíos corrían peligro de morir de hambre. Según relata Sendler, los niños sufrían malnutrición y las enfermedades se extendieron: «Era un infierno; niños y mayores morían por la calle a cientos, bajo la silenciosa mirada del mundo entero».


   Gracias a un antiguo profesor suyo, que estaba al cargo de la Oficina Sanitaria del Ayuntamiento, consiguió pases de entrada como enfermera para ella y un grupo de amigas. Utilizando los fondos del Ayuntamiento y de organizaciones humanitarias judías, Sendler introdujo alimentos, carbón y ropa.

2004-01-28 – LA RAZÓN. ESP.

 

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Grossman no sólo fue el primer escritor que entró en el campo de concentración de Treblinka en septiembre del año 1944. Su vida simboliza como pocas otras el curso del pasado siglo. François Furet escribió que «ningún escritor soviético ha sido capaz de imaginar como él la desgracia judía ni tenido el valor de hablar de ella». Fue este coraje el que le llevó a dirigir, junto con Ilya Ehrenburg, la redacción de un «libro negro» sobre el exterminio de los judíos por los invasores alemanes en las regiones de la Unión Soviética ocupadas. Baste decir, por ejemplo, que su artículo «El infierno de Treblinka», escrito en 1944, sirvió como una de las pruebas decisivas para el conocido Proceso de Núremberg.  19 Noviembre 2008

 

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...de cómo por salvar la vida a los humanos tiene menos valor que ecologismos hartos de anti-cientificismo…

 

Sendler, la madre de los niños del Holocausto

 

† 12.V.2008

 

Fue torturada por la Gestapo, pero nunca reveló la identidad de los niños que rescató

 

EFE

Varsovia.- Irena Sendler (1910-2008), quien arriesgó su vida en la Varsovia ocupada por los nazis para salvar de la muerte a 2.500 niños judíos, ha fallecido este lunes a los 98 años, ha informado su familia.

Desde hacía varios años Irena Sendler, una de las más grandes heroínas polacas desde la Segunda Guerra Mundial, arrastraba un delicado estado de salud y salía poco del asilo en el que residía.

Durante los años de ocupación alemana, Sendler fue miembro de la resistencia y responsable de rescatar del gueto judío de Varsovia a los niños, a quienes lograba rescatar para ocultarlos entre familias católicas y en conventos para evitar su traslado a los campos de concentración.

En 1943 la Gestapo descubrió su hazaña, por lo que Irena fue capturada y torturada, pero ella nunca reveló ni la identidad ni el paradero de los niños que había rescatado.

Fue encarcelada en la prisión de Pawlak, en donde fue condenada a muerte, sentencia que nunca se cumplió porque, camino a la ejecución, un soldado la dejó escapar. Desde entonces vivió en la clandestinidad y permaneció escondida hasta el final de la guerra, en la que continuó participando activamente en la resistencia.

De acuerdo con Anna Mieszkwoska, autora de la biografía de Irena, ´La madre de los niños del Holocausto´, la heroína siempre fue muy discreta y se limitaba a hacer su trabajo.

"Yo no hice nada especial, sólo hice lo que debía, nada más", decía cuando le preguntaban sobre sus actos heroicos.

Durante años, la historia de la heroína polaca permaneció oculta, hasta que, en 1999, un grupo de estudiantes estadounidenses dieron con ella en una investigación sobre los héroes del Holocausto.

Sendler fue propuesta por Polonia para recibir el premio Nobel de la Paz en 2007, el cual fue entregado al estadounidense Al Gore*.

*Al Gore (ex -vicepresidente USA. anti católico y declarado abortero, donde la vida humana le vale menos que la del mosquito); por algunas conferencias o charlas suyas se hace pagar unos 250.000 dólares USA; que presenta informes ecologistas muy discutibles o falsos científicamente; que consume más electricidad en un mes en su casa privada que durante todo un año una familia normal americana y, entre tantas otras contradicciones, consume energías innecesarias, desplazándose en su avión privado… etc. Será que hoy vale más quien alerta del peligro que el oso polar se transforme en sardina, a haber salvado unos 2.500 niños judíos...? -conocereisdeverdad- 2008.V.12

 

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Niños judíos en campos de concentración nazis.

 

Llama la atención la católica Irena Sendler, heroína polaca durante la invasión nazi de Polonia.

Como enfermera, salvó la vida a 2500 niños judíos; se las ingeniaba para sacarlos del guetho y diseminarlos en familias católicas de Europa, no sin antes guardar la referencia para poderlos restituir pasado el peligro. Fue condenada a muerte pero se libró (hubo un soborno).

A pesar de haberse expuesto tanto, no se considera una heroína. Me maravilla su humildad: “podría haber hecho más”, “este lamento me seguirá hasta el día que muera.”, “yo no hice nada especial, sólo hice lo que debía, nada más”. Evoco las palabras del Evangelio: “Con la misma medida con que midáis, seréis medidos”. La medida de Irena Sendler, ¿no fue dilatada? Al terminar la guerra volvió a empezar: ayudó a crear casas para ancianos, orfanatos y un servicio de emergencia para niños. No sin razón, la organización Yad Vashem en Jerusalén, le concedió el título de Justa entre las Naciones. 2008

 

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Alcalde de la ciudad de Varsovia
Egregio señor alcalde: 
Le doy las gracias por haberme invitado a participar en las celebraciones del 60° aniversario de la
insurrección de Varsovia
. Con todo mi corazón me uno a los habitantes de la capital y a todos mis compatriotas en la solemne conmemoración de los dramáticos días que, en cierto modo, constituyeron el apogeo de la resistencia que durante la ocupación hitleriana toda la nación opuso al invasor. Como hijo de Polonia, deseo rendir homenaje a los héroes de aquella insurrección de agosto, a los caídos y a los que siguen vivos.

Me inclino ante los insurgentes que, en una lucha desigual, derramaron su sangre y dieron la vida por la causa de la patria. Aunque al final, por falta de medios adecuados y a causa de condicionamientos externos, sufrieron una derrota militar, su gesto permanecerá para siempre en la memoria nacional como altísima expresión de patriotismo. ¡Cuánto amor a la patria debía reinar en el corazón de los que, a pesar de su juventud -muchos de ellos eran niños que se asomaban a la vida-, subían a las barricadas en nombre de su libertad y de la de todo el pueblo! Al recordarlo, expreso mi admiración y rindo homenaje a los soldados del ejército nacional y de otras formaciones militares al mando del coronel, después general, Antoni Chrusciel ("Monter"). Les ayudaron
civiles de Varsovia,
decenas de miles de los cuales perecieron en el campo de batalla. ¡Cómo no recordar a los heroicos sacerdotes, capellanes de la insurrección, que asistieron a los combatientes hasta el final, a menudo a costa de su propia vida! De modo especial, deseo rendir homenaje a las heroicas mujeres médicos y a las enfermeras que curaban a los combatientes. Muchas de ellas fueron asesinadas junto con los heridos a los que asistían generosamente hasta el fin. Espero que el recuerdo de aquellas heroicas mujeres y muchachas permanezca siempre vivo, estimulando el servicio desinteresado a los necesitados.

Cuando recuerdo aquellos acontecimientos y a las personas involucradas en ellos, tengo la impresión de que
Varsovia, ciudad indomable,
reconstruida de las ruinas y no menos espléndida que las demás capitales europeas, es un elocuente monumento de su victoria moral. ¡Ojalá que así permanezca para siempre!

Saludo cordialmente a todos los que vivieron aquellos días y hoy constituyen un grupo de ancianos testigos de esos acontecimientos marcados por la grandeza del espíritu humano, capaz de poner el bien común por encima de los más altos valores propios de las personas. Me alegra que, después de sesenta años, a pesar de los anteriores intentos de borrar de la memoria nacional aquellos acontecimientos, gocen de los frutos de su esfuerzo militar.

Imparto mi bendición a la
amada Varsovia
y a toda Polonia. Pido a Dios que, con su gracia, haga cada vez más noble el corazón de todos los polacos, para que el recuerdo de las gestas heroicas de nuestros antepasados no sea sólo una evocación de la historia remota, sino también un ejemplo estimulante de amor a la patria que, incluso en tiempos de paz, se exprese poniendo el bien común por encima de los intereses personales.

Saludo al señor alcalde de Varsovia y a todos los participantes en las celebraciones de este aniversario. Les envío la expresión de mi unión espiritual y los bendigo de corazón. S.S. Juan Pablo II - Castelgandolfo, 27 de julio de 2004

 

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Si el número de tontos es infinito, que así lo enseña el Eclesiastés, ¿cómo podremos expresar la cifra total de quienes han hecho provechoso oficio de la manipulación de la memoria histórica nacional, europea o mundial?

 

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Historia - Estamos todos endeudados con el pasado porque nadie escapa a la impresión de la historia. ¿Acaso algo de la humano no me pertenece?.

La conducta de nuestros antepasados debemos afrontarla con honestidad ya que, como recordaba Cicerón, lo razonable y probo dimana de cuatro fuentes: el conocimiento, el sentimiento de comunidad humana, la magnanimidad y la tendencia a la moderación. Templanza, cordura y sensatez son exigidas por la verdad que tiene no sólo el derecho, sino la obligación de defenderse de la mentira, adquiera ésta la forma que fuere. Hay hoy penuria de historia fiable y, por el contrario, contamos con abundancia de fábulas y calumnias odiosas.

 

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S.S. Juan Pablo II conocido como ´el Magno´ de origen polaca.

 

 

El ángel de Varsovia

 

Se llama Irena Sendier. Salvó a 2.500 niños judíos del exterminio nazi. Se la conoce como «el ángel del gueto de Varsovia». A finales del mes de enero se recuerda el «Día de la Memo­ria» de los seis millones de judíos víctimas del Holocausto así como el testimonio de los «jus­tos», de los «ángeles» que arriesgaron sus vidas para ayudar a quienes sufrían persecución y pasaban necesidad. Como Irena, muchos cristianos, hicieron de «ángeles».
   Irena Sendier es una católica polaca que en la actualidad tiene más de noventa años. En 1939 empezó a dedicarse a proteger judíos. En 1940, los nazis decidieron ce­rrar el gueto de Varsovia con medio millón de judíos dentro y que corrían peligro de mo­rir de hambre, de frío y de enfermedades. Los niños eran los más castigados.
   Cuenta Irena: «Era un infierno... Niños y mayores morí­an por la calle... a cientos bajo la si­lenciosa mirada del mundo entero... Gracias a un antiguo profesor mío, que estaba al cargo de la Ofici­na Sanitaria del Ayuntamiento, con­seguí unos pases como enfermera para mí y para un grupo de amigas. Así conseguimos introducir alimentos, carbón, ropa y medicinas y sacamos de aquel infierno a 2.500 niños». Aquello le costó a Irena Sendier torturas y la condenaron a la pena de muerte. Final­mente pudo escapar. Irena fue un verdadero «ángel».
   «El nombre de “ángel” - escribe el teólogo Xavier León-Dufour - no es un nombre de “naturaleza”, sino de “función”: en hebreo, la palabra “mal’ak” y en griego “ángelos” significan “mensajero”». Y el apóstol San Pablo, en su epístola a los Hebreos (1, 14) dice: «Dios envía “ángeles” a favor de los hombres».
   ¡Benditos los hombres y mujeres que hacen de «ángeles»! 2006.01.25-J. Mª ALIMBAU

 

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"En la actividad, no sean descuidados... sean cariñosos unos con otros... Que la esperanza los tenga alegres... Practiquen la hospitalidad... Bendigan... Tengan igualdad de trato unos con otros... Pónganse al nivel de la gente humilde... No muestren suficiencia... No devuelvan a nadie mal por mal... No se dejen vencer por el mal, venzan al mal a fuerza de bien" (Rm 12, 9-21).

 

ASÍ SE ESCRIBE LA HISTORIA: Católicos por sus hermanos judíos.

 

Sanz Briz: el ángel español de Budapest

 

 

Salvó la vida de más de 5.000 judíos jugándose el puesto, la carrera y, por descontado, la vida.

Multiplicó por cinco la lista de Schindler pero en Hollywood nunca le harán una película, porque en Hollywood jamás se acuerdan de los que se llaman Sanz. Hagámoslo nosotros. Se lo merece.

Por Fernando Díaz Villanueva

 

Los héroes existen en todo tiempo y lugar, pero es en las guerras y allá donde se ceba la injusticia donde dan su verdadera talla. A veces hasta pasan desapercibidos y nadie sabe de su gesta durante años. Ángel Sanz Briz, un joven diplomático español destinado en la embajada de Budapest durante la guerra mundial, pertenece a esta última categoría de hombres de acero. Su nombre es desconocido y sólo unos pocos se han preocupado de recordar lo que hizo. Salvó la vida de más de 5.000 judíos jugándose el puesto, la carrera y, por descontado, la vida.

Multiplicó por cinco la lista de Schindler pero en Hollywood nunca le harán una película, porque en Hollywood jamás se acuerdan de los que se llaman Sanz. Hagámoslo nosotros. Se lo merece.

En marzo de 1944 la guerra estaba perdida para el Tercer Reich. Los rusos avanzaban decididos por el este y, al otro lado del canal de La Mancha, se ultimaban los preparativos del gran desembarco de Normandía. Ante tan sombrío panorama Hitler decidió invadir Hungría, el único país de Centroeuropa que se había librado de la zarpa nazi. Entró para saquear y dar buena cuenta de una próspera y centenaria comunidad judía que aun permanecía intacta. Las deportaciones dieron comienzo con el despuntar de la primavera. Todos los judíos húngaros fueron obligados a registrarse, a bordarse en la solapa la estrella de David y, casi de seguido, a embarcar en trenes de ganado que los llevarían hasta el sur de Polonia, hasta Auschwitz. En Hungría no hubo guetos. No fueron necesarios.

Mientras el Gobierno proalemán de Miklos Horthy colaboraba de no muy buena gana con los nuevos amos del país, el cuerpo diplomático se estremecía con los pogromos, las persecuciones por las calles y los campos de tránsito que los nazis húngaros de la Cruz Flechada instalaron para concentrar a los judíos antes de su envío al matadero. En la legación española, que no era ni mucho menos sospechosa de flirtear con los aliados, el encargado de negocios, Miguel Ángel de Muguiro, escribió a Madrid escandalizado por los registros, las palizas y otras especialidades de la casa que los miembros de las SS practicaban con deleite.

En Madrid conocían a la perfección lo que tramaba el "amigo alemán" en Hungría. Un año antes, Federico Oliván, secretario del embajador español en Berlín, había escrito al ministerio de Exteriores pidiendo permiso para ayudar a los pocos judíos que iban quedando con vida en el Gran Reich: "Si España se niega a recibir a esta parte de su colonia en el extranjero, la condena automáticamente a muerte, pues esta es la triste realidad". La colonia a la que se refería eran los judíos sefarditas, herederos lejanos de aquellos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492.

Tanto Oliván en Berlín como Muguiro en Budapest habían rescatado un viejo decreto promulgado por Primo de Rivera en 1924, en virtud del cual todos los que demostrasen pertenecer a aquella Sefarad errante, obtendrían de inmediato la nacionalidad española. Ocultaban que el efecto del decreto había expirado en 1931, pero en Madrid no se acordaban y los nazis, naturalmente, no lo sabían. Muguiro se agarró a él para solicitar a las autoridades húngaras la protección de los sefarditas. El problema es que en Hungría, sefarditas, lo que se dice sefarditas, había muy pocos. No daban ni para llenar un tren.

Eso no le arredró, se mantuvo en sus trece e informó a Madrid del negro porvenir de la desventurada comunidad hebrea. Haciendo valer su condición de diplomático intercedió a favor de todos los judíos que pudo y culminó su obra apropiándose de un cargamento de niños, 500 exactamente, cuyo destino era una cámara de gas en Polonia. Consiguió visado para todos y los despachó a Tánger, que por entonces era algo parecido a una colonia española. Esta y otras bravatas le granjearon muy mala fama entre húngaros y alemanes, que presentaron una queja ante su superior. Muguiro fue cesado fulminantemente. El puesto se lo quedaba su secretario que, no tan casualmente, estaba metido en el ajo del salvamento a granel de judíos. Se llamaba Ángel Sanz Briz, era zaragozano, tenía 32 años, una mujer hermosa y una niña recién nacida.

El cargo que ocupaba era el de encargado de negocios, clásica covachuela que tienen las embajadas y que no suele servir de gran cosa, pero Sanz Briz le dio un nuevo significado inaugurando un negociado único en su especie, el de salvar vidas. Junto a Giorgio Perlasca, un italiano que había combatido en la Guerra Civil, depuró y perfeccionó los procedimientos de Muguiro. Se trataba de hacer lo mismo pero sin armar escándalo y planificándolo mejor. A Perlasca le nacionalizó español y, para conjurar las habladurías, le contrató en la embajada. Pasó entonces Giorgio, en una mutación onomástica muy habitual en la época de Franco, a llamarse Jorge, o don Jorge, porque tanto él como Sanz Briz fueron siempre y por encima de todo un par de caballeros, en todos los sentidos de la palabra.

 

 

Había en Budapest otros diplomáticos embarcados en similar tarea. La embajada de Suecia, por donde paraba Raoul Wallenberg, se convirtió en un tablón al que se agarraron miles de condenados a muerte. En la de Suiza Carl Lutz se inventó los llamados "schutzbriefe", es decir, salvoconductos de protección, que pronto entre los judíos adoptaron el nombre de "certificados de la vida". Ese fue el modelo que inspiró a Sanz Briz. No podía informar al ministro de sus intenciones porque le hubiera supuesto el cese, pero si hacerle partícipe de las "monstruosas crueldades que nazis y cruzflechados están perpetrando en Hungría contra individuos de raza judía". Madrid respondía con el silencio. Ni sí ni no. Algo así como "haga usted lo que crea conveniente pero no enrede más de la cuenta y nos complique".

Lo que no parecía del todo mal en Madrid es que los sefarditas regresasen a su patria, aquella que, injustamente expulsados, habían abandonado cinco siglos antes. Los nazis no terminaban de entender que la España de Franco, a la que habían auxiliado en su cruzada, se preocupase de unos judíos desterrados tanto tiempo atrás. No lo entendían pero tragaban. En 1943 la embajada de Berlín había conseguido sacar de Bergen-Belsen a 365 judíos que, a decir del embajador, eran sefarditas, esto es, españoles, es decir, súbditos de un tipo de quien se decía que el mismo Führer prefería ir al dentista antes que entrevistarse con él. Un caso inaudito y probablemente único en la historia de los campos nazis. Por una vez los presos que entraron en tren salieron en tren y no por la chimenea.

Los nazis de Hungría no conocían el número exacto de sefardíes pero sabían que eran pocos, por lo que estaban dispuestos a transigir. Previo pago, claro. Sanz Briz envió una carta muy educada a Adolf Eichmann, gauleiter (gobernador) de Hungría, acompañada de una importante suma de dinero para asegurarse que los batallones descontrolados de las SS no importunasen a sus judíos. Eichmann era un asesino, un ladrón y un sinvergüenza, un desecho humano de pies a cabeza, pero procuraba guardar las formas, especialmente si las formas se las había cobrado con antelación.

Las autoridades, debidamente reblandecidas con dinero y cortesías, otorgaron al representante español un cupo de 200 personas, que era, más o menos, el número de hebreos de ascendencia sefardí en todo el país. Sólo podía emitir 200 pasaportes, ni uno más. Sanz Briz lo aceptó sin rechistar y dio órdenes en la embajada para preparar los salvoconductos, pero no 200 sino muchos más, tantos como fuese posible. El truco residía en que ninguno de los pasaportes tenía un número mayor al 200, pero tampoco estaban repetidos. Fue creando series que iban del 1 al 200, así, por ejemplo del pasaporte número 50 había varios: de la serie A-1, de la A-2, de la A-3...

El engaño era perfecto pero insuficiente. Para salvar a 1.000 necesitaba cinco series, para 2.000 diez, y así sucesivamente. Podía irse todo al traste si un agente de las SS paraba por la calle, en el mismo día, a dos portadores del mismo número pero de diferente serie. Para reducir las comprometedoras series reinterpretó el cupo concedido por los nazis aplicándoselo no a individuos sino a familias. Así, el pasaporte 50 de la serie A-1 podía pertenecer a cinco o seis personas. Esto, sin embargo, creaba otro problema, el de la cantidad. Los nazis se escamarían si veían demasiados judíos "españoles" por la calle.

Alquiló entonces varias casas en Budapest para cobijarles. Sólo podían salir un rato por las mañanas, la embajada se encargaría del resto: de la comida, de la atención médica y de mantener a los nazis y cruzflechados lejos de la puerta. Para evitar disgustos mandó colocar en cada uno de los edificios una llamativa placa en húngaro y alemán que decía "Anejo a la Legación de España. Edificio extraterritorial". Por si las moscas. Funcionó de maravilla, nunca fueron forzadas. Los judíos permanecían en las casas hasta que Sanz Briz conseguía un transporte para Suiza, para España o para cualquier parte donde no les matasen. Ya es curioso que, en un tiempo en que España padecía los peores años de la dictadura, un puñado de casas españolas en la lejana Budapest se transformaron en el templo de la libertad, en un refugio de vida.

Los certificados de la vida que expedía Sanz Briz sólo podían entregarse a sefardíes. Para el ángel español todos lo eran: "Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Josef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española", rezaba uno de los salvoconductos. Evidentemente, ni Mannheim ni el resto tenían más parientes en España que un joven aragonés que les estaba salvando la vida.

A finales de 1944 el Ejército Rojo estaba a las puertas de Budapest. La Unión Soviética no reconocía al régimen de Franco por lo que Asuntos Exteriores ordenó evacuar la embajada. Pero si él se iba, ¿quién se encargaría de sus judíos? Perlasca se ofreció voluntario, a fin de cuentas era también italiano, y para entonces Italia amigaba con los aliados. Como Perlasca carecía de título se lo inventó. Conchabado con Sanz Briz falsificó el nombramiento de embajador de España en Hungría y se presentó ante el Gobierno húngaro como el nuevo hombre de Franco en Budapest. Era todo mentira, pero a esas alturas carecía de importancia. Los judíos de Sanz Briz quedaron bajo su tutela hasta que el 16 de enero de 1945 los rusos irrumpieron en la capital poniendo fin al dominio nazi. Entonces Perlasca desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra. Misión cumplida.

En las casas de Sanz Briz esquivaron a la muerte unas 5.200 personas. Hombres, mujeres y niños que no dudaron en bautizarle, jugando con su nombre de pila, como el "Ángel de Budapest". A muchos los sacó de los trenes de deportación, a otros de las comisarías en noches en las que salía de casa cargado de pasaportes falsos, siempre del 1 al 200 y con la coartada aprendida de memoria. Para los nazis eran apestosos sefarditas, para Sanz Briz simples seres humanos cuyo derecho a la vida era sagrado.

De vuelta a España el diplomático no recibió ni felicitaciones ni censuras. Él no esperaba ninguna de las dos cosas. Cumplió con su deber de cristiano y prosiguió con su carrera diplomática. Fue destinado a los Estados Unidos y, durante 35 años estuvo representando a nuestro país por medio mundo. Murió en 1980 como embajador de España en el Vaticano.

Ha pasado a la historia como el Schindler español, aunque, en justicia, a Oskar Schindler debiera llamársele el Sanz Briz alemán. En 1991 el Gobierno de Israel reconoció su labor otorgándole la dignidad de "Justo entre las naciones" e inscribiendo su nombre en el muro del Jardín de los Justos de Jerusalén. Años después, el Gobierno húngaro honró su memoria descubriendo una placa frente al parque de San Esteban, en Budapest, en la fachada de una de las casas que alquiló como cobijo para sus judíos.

No fue el único. Hubo más diplomáticos españoles que se la jugaron por una causa tan justa como quimérica en aquellos tiempos de barbarie. En Berlín, en la boca del lobo, José Ruiz Santaella arriesgó su vida para ayudar a los judíos alemanes perseguidos. En Sofía, Juan Palencia desafío a las autoridades nazis, salvó a 600 judíos búlgaros hasta que fue declarado persona non grata y expulsado del país. En París, Bernardo Rolland de Miota consiguió arrancar 2.000 judíos al Gobierno de Vichy y trasladarlos al Marruecos español. En Atenas, Sebastián Romero Radigales sacó 500 judíos del país enfrentándose con el todopoderoso embajador alemán. En Bucarest, José de Rojas se tomó tan en serio la protección de los sefardíes que mandó poner en las puertas de sus casas un cartel con una leyenda que no dejaba lugar a equívocos: "Aquí vive un español".

Se cuentan por miles los judíos que salvaron unos pocos diplomáticos españoles. Hombres de una pieza, héroes anónimos cuya determinación y perseverancia marcó la línea entre la vida y la muerte de tantos inocentes. Quizá parezcan pocos frente al concienzudo exterminio de seis millones de personas, pero cada vida cuenta y, como dice el Talmud: "Quien salva la vida de un hombre, salva al mundo entero". Va por ellos.
2006-08-18

 

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Lo que más necesitamos en este momento de la historia son individuos que, a través de una fe iluminada y vivida, presenten a Dios en este mundo como una realidad creíble. MMVI

 

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Necesitamos hombres que tengan su mirada dirigida a Dios para aprender de Él, el verdadero humanismo. MMVI

 

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Auschwitz o el Holocausto

 

Auschwitz

 

Por Fernando Díaz Villanueva

En memoria de todos los que murieron a causa de la barbarie y el sinsentido nazi

El 27 de enero de 1945, soldados del Ejército Rojo que pertenecían al primer frente ucraniano franquearon las puertas del mayor, peor y más letal campo de exterminio que haya conocido la humanidad. Era un típico día de invierno en el sur de Polonia, la nieve lo cubría todo y aún se podía respirar el humo que salía de los crematorios, que las SS habían dinamitado para borrar las huellas del crimen. Todo lo que se encontraron los soviéticos fue una masa informe de almas deambulantes y esqueléticas que iban sin rumbo de un lado a otro, en espera de su inevitable final.

Aunque los atónitos soldados que habían llegado al campo todavía no lo sabían, en aquel rincón perdido y abandonado de la mano de Dios se había perpetrado el mayor asesinato en serie de la historia. Su nombre: Auschwitz-Birkenau. Su razón de ser: exterminar a un pueblo entero, borrarlo de la faz de la tierra; en silencio, dejando como único testigo las tupidas aguas del río Sola, adonde habían sido arrojadas, día tras día y durante años, las cenizas de los que morían de hambre, a manos de los guardias o en las cámaras de gas.

El balance era estremecedor. En el campo principal, el de Auschwitz, sólo quedaban unas mil personas con vida; en el de Birkenau, la factoría de la muerte, 6.000; en el tercero, el de Monowitz, dedicado al trabajo esclavo, 600, que se refugiaban como animales asustados en la fábrica de IG Farben, una de las empresas alemanas que se habían aprovechado de la abundante mano de obra que proporcionaba el Reich. Menos de 8.000 supervivientes en un lugar donde, en menos de un lustro, habían sido asesinadas a mansalva más de un millón de personas inocentes.

Aunque el de Auschwitz fue uno más de toda una constelación de campos consagrados al exterminio, es, por méritos propios, el símbolo inmortal del Holocausto, del asesinato premeditado y planificado de millones de seres humanos, condenados a muerte por el mero hecho de ser judíos. En su interior se dio cita toda la crueldad y la infamia que puede caber en el alma humana. Nuestra lengua carece de adjetivos para aproximarse siquiera al dolor y al sufrimiento que unos fanáticos infligieron gratuita y concienzudamente a un millón largo de inocentes.


De los guetos a la Operación Reinhard

Tras la conquista de Polonia, en 1939, los alemanes reorganizaron el país a su antojo. Una parte fue anexionada al Reich para servir de Lebensraum o espacio vital a la "raza superior", llamada a dominar el mundo. En la otra se constituyó un área ocupada que recibió el nombre de Gobierno General de Polonia. La idea de los nazis, tal y como Hitler insistía una y otra vez, era convertir a los polacos en un pueblo esclavo al servicio de sus amos, étnicamente superiores. Para ello era preciso dotarles de un pequeño territorio gobernado por alemanes y, naturalmente, mantenerles sometidos, para evitar que en un futuro se rebelasen. Se decidió entonces que ningún polaco pudiese acceder a la educación. Con las letras básicas y un profundo adoctrinamiento para enseñarles quién mandaba y quién obedecía sería suficiente.

Lo de los judíos era otro cantar. En los delirios nazis, el judío era algo peor que un pueblo esclavo destinado a servir a los alemanes: era un pueblo culpable cuyo único destino posible era la desaparición. Al principio se pensó en crear una "reserva hebrea" en los bordes del Reich, idea que fue pronto desechada. Los gobernantes nazis despreciaban al eslavo, lo consideraban inferior, pero consentían su existencia dentro del nuevo orden establecido. Al judío, sin embargo, lo aborrecían, lo culpaban de todos los males y no ocultaban que su lugar natural era estar bajo tierra. El problema es que eran muchos, especialmente en Polonia. ¿Qué hacer con ellos?

En un principio se decretó la concentración de los judíos polacos en las ciudades del Gobierno General. Decenas de miles fueron recluidos en minúsculos recintos cercados de las principales ciudades del país. En algunos, como los de Varsovia, Lodz y Cracovia, fueron hacinaros por cientos de miles. Sólo en el gueto de Varsovia malvivían 400.000 personas. Las condiciones de los guetos eran infames. Faltaban la comida, el agua y los servicios médicos. Como consecuencia, la mortalidad era altísima. Pero no era suficiente para los nazis. Morían demasiado despacio; además, el mantenimiento de los guetos representaba un continuo dolor de cabeza para el gobernador general.


Holocausto en Polonia

En 1942, después de la decisiva reunión de Wansee en la que se decidió la "Solución Final" para el problema judío, los nazis empezaron a vaciar los guetos. Su destino era un nuevo tipo de campo, concebido para albergar a los prisioneros el tiempo justo de eliminarlos. Un comandante de las SS, Herman Höfle, fue comisionado por Himmler para inaugurar el exterminio sistemático en una operación sin precedentes. Se la denominó Aktion Reinhard. Se ultimaron las obras de los campos de Majdanek, Sobibor, Treblinka y Belzec, y al poco los grandes guetos de Varsovia, Cracovia y Lodz fueron evacuados. En trenes de ganado, cientos de miles de personas fueron conducidas a estos campos y liquidadas casi en el acto.

El método era tan sencillo y, a la vez, tan perverso que causa escalofríos sólo describirlo. Nada más llegar al campo, los pasajeros descendían de los vagones y eran divididos en tres categorías: mujeres, hombres y niños. Nada hacía pensar a las víctimas su inevitable final. El engaño era absoluto. En Treblinka, por ejemplo, los alemanes crearon un bello decorado para la estación de llegada. Desde los trenes se veían casitas de madera rodeadas de jardín y junto al bosque. La estación propiamente dicha semejaba un pequeño apeadero de pueblo, con su preceptivo reloj, que, al carecer de mecanismo, marcaba siempre las tres de la tarde. Muchos de los que llegaban al matadero pensaban que ése era el lugar que Hitler había elegido para reasentar a la comunidad judía, en el confín oriental del Gran Reich. Las casitas eran reales, pertenecían a los oficiales del campo, pero la estación era un ramplón decorado de cartón piedra.

Una vez separados por sexos se les llevaba a un área específica, donde debían desnudarse y dejar todas sus pertenencias. A cambio se les entregaba un cordel, con el que debían anudar sus zapatos; para que creyeran que, tras la desinfección, iban a recuperarlos. Vana ilusión: tras desprenderse de todo pasaban a un patio, donde guardias de las SS les azotaban con látigos para que fuesen entrando en una cámara cerrada herméticamente. Les hacían correr para que, fatigados, inhalasen más aire dentro de la cámara. Allí, la máquina de la muerte se ponía en marcha.

Los guardias encendían un motor diésel, conectado por un tubo a la cámara. En pocos minutos todo había acabado. Se abría entonces la cámara y unos equipos (los Sonderkommando), formados por judíos, entraban a limpiar la estancia de cadáveres. Volvían a registrar los cuerpos uno a uno, por si habían escondido alhajas en la boca, el recto o la vagina. Una vez hecha esta comprobación los trasladaban a las fosas comunes, donde eran enterrados en hileras cubiertas de cal. Todo el proceso se había desarrollado con exactitud de relojero: en menos de cuatro horas, a contar desde la llegada al campo, los judíos habían sido ejecutados y enterrados.

Esa era, al menos, la ilusión de los que habían diseñado el sistema. Lo cierto es que no siempre fue así. Los comandantes de los campos, poseídos por un instinto asesino propio de psicópatas, forzaban la maquinaria constantemente. En Belzec, su comandante, Cristhian Wirth, apodado el Salvaje, pronto superó la capacidad de exterminio de su campo y tuvo que solicitar a Berlín la construcción de nuevas cámaras. Wirth era el modelo de oficial de las SS que siempre quiso tener Himmler: un asesino implacable y tenaz que no ahorraba sufrimientos a los judíos que le había tocado exterminar. En su campo decidió que el gas de las cámaras fuese el monóxido de carbono; pero no el proveniente de bombonas, sino el de un motor de explosión. Así provocaba una muerte más lenta, una dolorosa agonía que hacía las delicias de este demente. En Sobibor, el campo tuvo que ser cerrado durante dos meses, en el verano de 1942, para que se reordenasen las líneas férreas, que habían quedado colapsadas con los convoyes de la muerte.

Treblinka fue el emblema de los campos de la Aktion Reinhard. Entre sus alambradas se asesinó a casi un millón de judíos. Tal fue el ritmo que se imprimió a las labores de exterminio que el caos generado desembocó en una rebelión interna, la única de envergadura que tuvo lugar en los campos nazis. El comandante de Treblinka era el médico Irmfried Eberl, un trastornado que se empeñó en batir todos los récords de genocidio para hacer méritos en la cancillería del Reich. A sus órdenes se encontraba Kurt Franz, llamado Lalka por los judíos que servían en el campo, el verdadero alma de Treblinka.

Todos los hombres tenemos un entorno en el cual nos encontramos a nuestras anchas: el de Lalka era Treblinka. Se vanagloriaba de poder matar a 6.000 judíos en sólo 76 minutos, tiempo que se había tomado el trabajo de cronometrar. Bajo su supervisión directa se llegaron a despachar hasta cuatro trenes diarios llegados de Varsovia, con 25.000 personas a bordo.

El dúo Eberl-Franz estaba convencido de que podía superar los límites. Siguieron pidiendo trenes a las autoridades de las SS, asegurando que Treblinka daba abasto gracias a su eficiente gestión del campo. Las cámaras de gas funcionaban día y noche, pero no era suficiente. Franz dio orden a sus guardias de ir abatiendo a tiros a los prisioneros. Se encaramaban en tejados y disparaban sin cesar a la multitud que acababa de bajar del tren. Esto solía ocasionar un caos considerable, caos que se resolvía con más y más balas. Durante meses las vías del tren estuvieron jalonadas de un sinfín de cadáveres que no daba tiempo a enterrar. El olor de los muertos en descomposición llegaba hasta las aldeas polacas circundantes, lo que obligó a las SS a intervenir. Eberl fue cesado; pero no por genocida, sino por haber organizado tan malamente el genocidio. Porque, para la mentalidad nazi, el exterminio judío era un ajuste de cuentas privado, entre ellos y sus indefensas víctimas. Hitler moriría años más tarde orgulloso de su "obra", pero mientras la estuvo llevando a cabo se cuidó muy mucho de que fuese conocida por la comunidad internacional.

Cumplido su cometido de liquidar a los habitantes de los guetos, los campos de la Aktion Reinhard fueron cerrados y desmantelados. Los continuos reveses en la campaña rusa a partir de 1943, además, hacían temer a Himmler que algún campo cayese en manos de los rusos y se descubriese el horror. En Sobibor se abrieron las fosas y se ordenó quemar los restos para tratar de ocultar la carnicería. Hoy, de ellos tan sólo queda el recuerdo. Un ominoso recuerdo que pesará por siempre en la conciencia de Europa. En lo que fue Sobibor se erige hoy el Santuario Nacional de Polonia. El antiguo solar de Treblinka hoy lo preside un gran monolito en memoria del casi millón de vidas que se perdieron allí.


Auschwitz, la guinda de la Solución Final

La Aktion Reinhard había alumbrado un novedoso, macabro y muy eficiente tipo de exterminio de población civil. En los cuatro campos donde se aplicó se había liquidado, a finales de 1942, a casi 1,3 millones personas, la inmensa mayoría judíos polacos que habían estado confinados en guetos. El sistema había pulido todas sus deficiencias originales. Los alemanes habían aprendido, por ejemplo, que no sólo había que matar, también eliminar el cuerpo definitivamente, sin dejar rastro. Habían testado la capacidad de exterminio de las cámaras, y los flujos humanos que podían absorber en un tiempo determinado. Poseían un conocimiento directo de cómo organizar un campo y ponerlo a funcionar en pocas semanas. Los responsables del genocidio, oficiales y guardias de las SS, estaban entrenados y especialmente motivados con su cometido, que muchos consideraban sagrado. Los transportes estaban organizados, y el personal ferroviario, perfectamente adiestrado en las deportaciones masivas. A principios de 1943, en pleno ecuador de la guerra, cuando los soldados del VI Ejército alemán eran masacrados en Stalingrado, ante la indiferencia absoluta del Führer, la maquinaria de exterminio ciego y sistemático estaba perfectamente engrasada.

Le había llegado el turno a Auschwitz. El campo de la Alta Silesia había sido mandado construir tres años antes, poco después del comienzo del conflicto, junto a un pueblo llamado Oswiecim. Todo lo que había en el lugar eran unos barracones semiabandonados que utilizaba el ejército polaco y que databan de la época austrohúngara. Los primeros reclusos fueron puestos a remozar lo existente y a levantar desde cero el campo en el que, poco después, se tendrían que dejar la vida trabajando.

El diseño de campos estaba muy depurado en esa fecha. Los alemanes poseían en el territorio del Reich todo un sistema penitenciario que funcionaba a pleno pulmón. Todo estaba ya inventado. La disposición de los barracones, las jerarquías internas, la organización de los guardias. Cuando estalló la guerra, hasta el siniestro sistema de kapos de barracón estaba establecido. Los kapos fueron un invento nazi, adoptado por primera vez en Dachau, que consistía en elegir de entre los reclusos de cada barracón a uno, que disponía de un poder absoluto sobre sus compañeros de presidio. Ser kapo en Dachau, en Auschwitz o en cualquier otro campo era un requisito casi imprescindible para sobrevivir.

La idea primera era convertirlo en un simple campo de tránsito para polacos y otros prisioneros de guerra. Pronto se abandonó, y empezó a dar cabida a todo tipo de condenados, desde presos políticos hasta homosexuales. La naturaleza primigenia del campo era el trabajo, de ahí que su primer y más célebre comandante, el infame Rudolf Höss, hiciese inscribir sobre la puerta principal la leyenda "Arbeit macht frei" ("El trabajo libera"). Naturalmente, el trabajo, en Auschwitz, no liberó a nadie. El trabajo, siempre forzado, se consideró el paso previo a la muerte. Rudolf Höss, que había servido como guardia en el campo bávaro de Dachau, conocía bien lo que, para los nazis, significaba "trabajo".

Durante su primer año de existencia Auschwitz pasó casi desapercibido, y fue conformándose como un campo auxiliar donde iban a parar, principalmente, prisioneros de guerra. La invasión de Rusia, en el verano de 1941, aceleró esa tendencia. En otoño de ese año, tras el fulgurante avance de la Wehrmacht por las llanuras de Bielorrusia, fueron deportados a Auschwitz 10.000 prisioneros soviéticos, a los que, nada más llegar, se les encargó la construcción de un campo anejo, a unos tres kilómetros de distancia del principal, en el área de Brzezinka o Birkenau, tal y como lo denominaron oficialmente los alemanes. Pasados unos meses, de los constructores soviéticos de Birkenau apenas quedó una centena con vida. Las condiciones eran brutales. Se les empezó a tatuar el número de identificación en el cuerpo como si fuesen reses. Ésta fue una de las innovaciones de Auschwitz; de hecho, fue el único campo nazi que hizo uso de ella. Las raciones de comida rara vez pasaban de una sopa aguada y algo de pan de centeno, y las jornadas de trabajo las marcaba el viaje del sol por el arco celeste –lo que ocasionó que en verano superasen, con creces, las catorce horas.

La mortalidad era tan grande que el promedio de vida en las instalaciones para los trabajadores era de unas dos semanas. Los barracones amanecían cada mañana con infinidad de cadáveres, gentes que habían perecido durante la noche víctimas de la inanición y el agotamiento. Eso hacía que Höss se sintiese ufano. Auschwitz empezaba a ser el paradigma del campo perfecto. Y no sólo porque se hacía trabajar hasta el último suspiro a los internos, también porque, tras ese disfraz, su comandante estaba poniendo los cimientos de la industria de la muerte que lo convertirían, a la vuelta de unos años, en la capital del genocidio.

En Auschwitz se instaló la primera cámara de gas; y fue el primer campo en emplear el mortífero Zyklon B. Ya desde la construcción del primer campo, el principal, los mandos nazis se encargaron de que uno de los bloques, el 11, fuese destinado a las torturas y ejecuciones. Las pésimas condiciones físicas en que se encontraban los presos no hacían, en principio, temer por sublevaciones o revueltas, pero el castigo formaba parte de la naturaleza del lugar. En Auschwitz cualquiera podía ser golpeado hasta la muerte; en cualquier momento y por cualquier causa. O sin causa, que solía ser lo más habitual.

El Bloque 11 tenía su propia organización interna. Había dos procedimientos: el veredicto 1, que significaba tortura, y el veredicto 2, que era sinónimo de ejecución inmediata. Muchos condenados por el primero hubiesen deseado serlo por el segundo. El abanico de tormentos que se practicaron en el Bloque 11 hubiese dejado blanco al más avezado y cruel inquisidor español. Latigazos, descoyuntamientos, reclusiones de castigo en celdas a oscuras donde no había posibilidad de sentarse, ahogamientos. La crueldad que desplegaban los oficiales alemanes no tenía límite. A algunos presos les introducían la cabeza en estufas de carbón hasta que, ciegos y abrasados, fallecían. A otros les prolongaban el dolor metiéndoles agujas entre las uñas. Suerte tenía el que sólo recibía un balazo en la nuca, beneficio reservado sólo para unos pocos afortunados.

El descubrimiento del Zyklon B fue fortuito. El comandante Höss se encontraba fuera del campo, y a su lugarteniente Fritsch se le ocurrió que podía aplicarse a los humanos un insecticida utilizado para combatir las frecuentes plagas. Auschwitz estaba situado en una zona húmeda, drenada por dos ríos, que en verano se llenaba de mosquitos y todo tipo de insectos. La nula higiene de los prisioneros y la abundancia de cadáveres hacía, además, que este problema se multiplicase. Los guardias los combatían con ácido prúsico cristalizado, un compuesto sólido envasado en latas. La perturbada lógica de Fritsch le llevó a pensar que era un método óptimo de acabar con grandes cantidades de personas de un golpe, limpiamente, sin mancharse de sangre y, lo mejor, sin tener que mirarles a la cara. A su regreso, Höss recibió la idea con agrado, y puso en marcha la primera cámara en los sótanos del Bloque 11. Habían dado con la ejecución perfecta, y así se lo hicieron saber a Himmler, que quedó encantado.

Con el complejo de Birkenau en funcionamiento, a principios del verano de 1942 Auschwitz empezó a recibir judíos como campo auxiliar de la Aktion Reinhard. Los trenes llegaban principalmente de Europa occidental y de Eslovaquia. Ésta es la razón por la que gran parte de los judíos franceses, belgas y holandeses fueron ejecutados en Auschwitz y no en los campos de la Aktion Reinhard. En julio, Himmler en persona visitó el campo y supervisó las tareas de exterminio. Él, que había quedado tan impresionado por los fusilamientos masivos de judíos a cargo de los Einsatzgruppe el año anterior, encontró idóneos los nuevos métodos de eliminación.

En Auschwitz, sin embargo, se mataba poco en aquellos meses. Sólo tenía dos cámaras de gas operativas, conocidas como la Casita Roja y la Casita Blanca, y un crematorio de reducidas dimensiones. No era necesario más. El grueso de la operación recaía en los campos orientales de Treblinka y Sobibor. Auschwitz aún era considerado por los alemanes un centro destinado, eminentemente, al trabajo esclavo en sus dos modalidades: los trabajos forzados para los prisioneros de guerra y el trabajo en las empresas del Reich.

En menos de un año las cosas habían cambiado radicalmente, y Auschwitz, que no había dejado de crecer y mejorar sus instalaciones, era el compromiso exacto entre genocidio y trabajo que buscaban los gobernantes del Reich; especialmente, los que trataban a diario con lo que, ya en 1943 y con dos millones de muertos en su haber, seguían denominando "problema judío". Auschwitz lo tenía todo, y el responsable primero del Holocausto –el último siempre fue Adolf Hitler–, Heinrich Himmler, lo sabía. Como campo de trabajo estaba más que rodado, y su situación era idónea: ni demasiado al este como para alargar en exceso los viajes y correr el riesgo de caer en manos del enemigo, ni demasiado al oeste, en el Viejo Reich, solar de la raza aria. El campo se encontraba en el mismo corazón de la Europa nazi. Era, por decirlo de algún modo, la otra cara de Berlín, la capital del Reich de los mil años.

Las empresas alemanas habían acudido a Auschwitz como moscas a la miel. Dentro de los lindes de jurisdicción de la autoridad del campo llegó a haber decenas de subcampos destinados a albergar diversas instalaciones industriales, que se beneficiaban del trabajo esclavo. Tal fue la demanda, que la IG Farben construyó el tercer gran complejo de Auschwitz: el campo de Monowitz. Cientos de miles de judíos trabajaron hasta la muerte en esta empresa, y en otras que fabricaban todo tipo de bienes a cuenta del Reich, al cual vendían buena parte de la producción.

Las condiciones de vida de estos campos no eran mucho mejores que las de Auschwitz I o Birkenau. Las raciones de comida eran escasas e insuficientes, las jornadas, agotadoras, y enfermedades como el tifus o la disentería campaban a sus anchas. Los empresarios no tenían problema alguno: si un interno moría, y lo hacían en cantidades industriales cada semana, solicitaban a las SS los reemplazos pertinentes. Se estima que el trabajo esclavo en Auschwitz llegó a reportar a las arcas del Estado alemán unos 30 millones de marcos, que podrían haber sido muchos más si el trabajo no hubiera sido tomado como un método de ejecución lenta.

La infernal explotación de los obreros esclavos en Monowitz enlaza directamente con otra de las actividades más recordadas e infames de Auschwitz: la experimentación médica con seres humanos. En el modo de ver el mundo de los nazis, los judíos eran un tumor que había que extirpar cuanto antes del cuerpo de la humanidad. Eso, sin embargo, no era obstáculo para que los cirujanos encargados de la operación, los nazis, aprovechasen la coyuntura exprimiendo hasta la última gota los beneficios que para la sociedad podían extraerse del exterminio. Auschwitz era, para un investigador médico fanatizado y sin escrúpulos, el paraíso en la tierra. Los facultativos del Reich empezaron estudiando la esterilización en humanos. El fin no se le ocultaba a nadie: si se esterilizaba a los judíos se conjuraba para siempre la posibilidad de que su raza pudiese perpetuarse. Pero éste era un método excesivamente lento para los nazis, y pronto lo olvidaron.

En la primavera de 1943 fue destinado a Auschwitz un joven doctor de Baviera que terminaría por ligar su nombre al del campo: Josef Mengele. Mengele estaba obsesionado con la biología hereditaria; de hecho, era su especialidad científica. En el campo encontró lo que jamás hubiese soñado. Se apostaba, elegantemente vestido, a la llegada de los trenes y, con la fusta, seleccionaba niños. Quería gemelos –"Zwillinge!", gritaba en los andenes–, para realizar todo tipo de experimentos. Su idea era conseguir la fórmula de los partos múltiples, para aumentar la natalidad en Alemania y llenar Europa de arios puros.

Con sus víctimas era desalmado y cruel: se estima que, en los momentos de más actividad, llegó a asesinar en su laboratorio a un promedio de 60 niños judíos diariamente. A pesar de la gravedad de sus crímenes, Mengele moriría con otra identidad, muchos años después, en Brasil. De un paro cardíaco. Mientras se bañaba en la playa. Un injusto y benigno final para uno de los mayores criminales del siglo XX.

Casi al tiempo que Mengele se incorporaba a las labores de investigación daba comienzo el periodo más mortífero de Auschwitz. En el verano de 1943 se concluyeron las obras de ampliación del complejo de Birkenau. Una fábrica de muerte perfectamente mecanizada. Se construyeron cuatro unidades combinadas de cámara de gas y crematorio, y una vía de tren con un área específica para el desembarco. La sistematización del asesinato en masa, el genocidio en estado puro. La historia humana ha sido pródiga en matanzas de toda índole, pero nunca se había hecho algo parecido a lo del sistema de campos de exterminio nazi; sistema que alcanzó su culminación en aquellos cuatro edificios de ladrillo de Birkenau. Las nuevas instalaciones fueron poniéndose en funcionamiento a lo largo de 1943, pero sería al año siguiente cuando alcanzarían el límite de su capacidad asesina.

En marzo de 1944 Hitler ordenó la invasión de Hungría. No tenía demasiado sentido hacerlo, en un momento en que Alemania se encontraba emparedada en varios frentes que consumían muchos más recursos de los que podía generar. Pero a esas alturas de la guerra la lógica militar de los nazis se había trocado en simple saqueo. Hungría se había mantenido casi al margen de la guerra, prestando un limitado apoyo a los alemanes en las campañas de Yugoslavia y Rusia. Poseía, además, una de las más grandes y prósperas comunidades judías del continente, y se encontraba intacta. Ése fue su drama. Poco después de ocuparlo, el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann decretó la deportación de todos los judíos del país. Auschwitz fue el destino elegido.

El campo se encontraba en su plenitud. Los subcampos de trabajo operaban a pleno rendimiento, y la maquinaria de exterminio se encontraba en perfectas condiciones para recibir y liquidar sin demasiados contratiempos una avalancha que Himmler calculaba en medio millón de personas. Rudolf Höss, que había sido reintegrado a la dirección del campo tras una estancia en Berlín, volvió con ímpetus renovados. Ordenó construir otro crematorio y cavar fosas especiales para incinerar cadáveres. Estas fosas tenían peculiaridades que sólo asesinos consumados como Höss tomaban en cuenta: aparte de la profundidad adecuada para dar cabida a un gran número de cuerpos, se debían cavar zanjas de drenaje para el desagüe de la grasa humana, que posteriormente era reutilizada para avivar el fuego. Horripilante trabajo que estaba encomendado a los Sonderkommando, esas unidades formadas por judíos que se encargaban de todo el trabajo sucio de la matanza.

Las deportaciones comenzaron el 2 de mayo, y se interrumpieron, por decisión del presidente de Hungría, el 9 de julio. En poco más de dos meses fueron deportados a Auschwitz más de 400.000 judíos húngaros. Casi todos fueron ejecutados en las cámaras de gas. Otros murieron en los trenes, de hambre y sed, durante el largo viaje que les conducía al matadero. El procedimiento inventado en Treblinka se refinó y se hizo más efectivo. Al llegar a la rampa de Birkenau, los judíos eran separados por sexos y puestos en dos filas. Entonces, un oficial médico hacía una rápida selección. Los jóvenes y fuertes eran conducidos a Auschwitz I o a Monowitz, para morir trabajando; el resto, casi todas las mujeres, todos los niños y los pocos ancianos que habían llegado con vida, eran llevados a las cámaras. Se les obligaba a desnudarse y se les cortaba el pelo. Luego pasaban a la cámara, corriendo. En una secuencia perfectamente acompasada, los guardias introducían pastillas de Zyklon B por unos orificios practicados en la pared. Un minuto de gritos y el silencio. Los Sonderkommando se ponían en marcha, encendían los extractores y, con máscaras, comenzaban la labor de limpieza. Subían los cadáveres al horno con un montacargas. Si el crematorio no daba abasto, se sacaba los cuerpos al exterior para quemarlos en las fosas.

El trabajo de los Sonderkommando era tan denigrante e inhumano que muchos se volvían locos. Cada cierto tiempo eran asesinados y reemplazados, hasta que, en octubre de 1944, se produjo un motín. La guerra daba ya sus últimos jadeos, y los responsables de Auschwitz empezaron a pensar en la retirada. Pero primero había que deshacerse de todo vestigio del crimen sin nombre que habían perpetrado allí. Mandaron dinamitar los crematorios, y ordenaron a los moribundos prisioneros salir de los barracones y formar. Tenían que llevarse a los supervivientes para rematarlos tranquilamente en Alemania y evitar, así, que contasen al mundo lo que habían visto y padecido en aquel infierno. Los campos fueron vaciándose, y se organizaron columnas de prisioneros en marchas de la muerte que fueron aún más letales que el propio campo. El día de la liberación los soldados rusos entraron en algo más que un campo de concentración: entraron en el mayor patíbulo que haya conocido jamás la especie humana.

Entre los alambres de espino de Auschwitz-Birkenau murieron y fueron asesinadas 1.300.000 personas, de las cuales el 90% eran judías. Provenían de casi todos los países de Europa y hablaban una veintena de lenguas. Todas tenían nombre y apellidos, padre y madre, ilusiones y proyectos. Todas eran inocentes. Han pasado 60 años, tiempo suficiente como para que, en breve, desaparezcan los pocos supervivientes que quedan. Cuando ya no dispongamos de memoria viva de lo que ocurrió en Auschwitz, deberemos esforzarnos por transmitir a las generaciones venideras lo que las anteriores nos transmitieron a nosotros. Sólo así podremos estar seguros de que algo así no vuelva a repetirse. Nunca.

Ke este lugar, ande los nazis
eksterminaron un milyon
i medyo de ombres,
de mujeres i de kriaturas,
la mas parte djudyos
de varyos payizes de la Europa,
sea para syempre,
para la umanidad,
un grito de dezespero
i unas sinyales

(Inscripción en sefardí colocada en una placa del Auschwitz-Birkenau Memorial).

www.diazvillanueva.com 2006-08-18 - Agradecemos al autor.

 

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LA CALIDAD de las personas, como la de las sociedades, se disimula bien en la opulencia, pero se desnuda en la desgracia. Cuando las cosas van bien, es fácil sonreír y parecer alegre. Cuando sobra, es fácil dar y queda bien. Lo verdaderamente difícil es sonreír cuando las cosas van mal, pensando en los otros en vez de en uno mismo. O compartir cuando andamos con lo justo. Se ve que la supuesta civilización, la cultura que muchos ostentan, se queda en mera cáscara, incapaz de soportar la adversidad. No ha sido invadida por los bárbaros, sino por sí misma, esa realidad nuestra –tambaleante- que carece de calidad.

 

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Una Europa sin judíos

 

 

 

Por Fernando R. Genovés

LIBREPENSAMIENTOS

 

 

La historia de Europa constituye un dramático testimonio de cómo unos pueblos muy viejos y orgullosos son capaces de provocar problemas gravísimos, de origen interno pero con alcance exterior y mundial, sin saber después cómo resolverlos convenientemente. Por lo general, los dejan latentes e inconclusos, yacentes y durmientes, con la confortable y contemplativa certidumbre de que, finalmente, serán otros, los de siempre, quienes los solucionen. Por ejemplo, qué hacer con los judíos.

 

En el año 1922 Hugo Bettauer escribe la novela premonitoria La ciudad sin judíos (Die Stadt ohne Juden). Allí fantasea el autor con una especulación demasiado presente y profundamente arraigada en el subconsciente, y otros bajos fondos, de la sociedad vienesa, representativa a su vez de las pulsiones que bullen desde siglos en muchas ciudades de Europa. He aquí el cuadro expresionista descrito: de pronto, en la barroca y abigarrada capital del imperio austrohúngaro se decreta, a través de una sentencia legal y "democrática", avalada por el Parlamento, la expulsión general de los judíos de la ciudad.

 

De esta manera, reduciendo al absurdo una añeja lógica cultural, la europea, la realidad circunscrita adquiere su auténtica faz. ¿Qué queda de las sociedades y las ciudades modernas y civilizadas de Europa, como Viena o Berlín, si de repente los judíos son borrados del mapa? Muy sencillo, la vida urbana adquiere unos tonos sepia, entre el gris y el negro, un fondo de claroscuro, con tintes inconfundiblemente provincianos. Los Graben, relata Bettauer, pierden su tradicional elegancia, y todo adopta en suma un aire aldeano, entre tirolés y bávaro, de postal de feria bovina. Las autoridades locales, alarmadas ante semejante deterioro, deciden una vuelta atrás y reponer al israelita en su sitio. Pero acaso ya sea demasiado tarde.

 

¿Qué hacer con los judíos? ¿Qué hacer sin ellos, sus aliados y amigos? ¿Cómo desmarcarse de los americanos y constituir un continente frente a unos y a otros? ¿Qué relaciones peligrosas, qué horizontes lejanos, debe buscar apresuradamente Europa para frenar, y aun neutralizar, estas presentidas amenazas para su ser alterado y su identidad consumida, producto curiosamente de un exceso de ensimismamiento, de regodeo en sus propios fantasmas? Hoy Europa simboliza un alma en pena que se ha negado a sí misma, que ha renegado de sus más fértiles constituyentes, provechosas herencias y fieles compañías, para abandonarse en manos de sus propios ejecutores. Sacrificada y resignada, espera su acabamiento. Mientras tanto, vayan por delante algunas víctimas propiciatorias con las que aliviar la voracidad del ogro devorador. La suerte está echada.

 

El huevo de la serpiente vuelve a incubarse. Una Europa sin judíos y sin americanos. ¿Es esto posible? ¿Vale la pena hacer experimentos y jugar con fuego, otra vez? ¿Resulta cabal ofender e irritar a nuestro principal socio hasta hacer que pierda la paciencia? Hoy, hablar de "Unión Europea" supone una flagrante contradicción en los términos: "Lo que une a Europa hoy es el repudio a la guerra, del hegemonismo, del antisemitismo y, poco a poco, de todas las catástrofes que ha fomentado, de todas las formas de intolerancia o de desigualdad que ha desarrollado" (Alain Finkielkraut, En el nombre del Otro. Reflexiones sobre el antisemitismo que viene).

 

Europa, en rigor, no tiene un problema con los judíos. Tampoco existe, hablando en propiedad, una "cuestión judía". La asfixiante diabolización del judío y de Israel empollada por Europa comporta en la práctica una actitud tan homicida como suicida. Acaso se trate simplemente de eso. El problema de Europa, entre otros que ella misma estimula, es el antisemitismo. La cuestión palpitante, por tanto, es la "cuestión europea".

 

Aun así, aceptemos los usos corrientes y molientes, en espera de vientos lingüísticos más favorables, y, como hace André Glucksmann en su ensayo El discurso del odio, atendamos a nuestro asunto a partir de la descripción de las "tres cuestiones judías" que han recorrido Europa como un espectro.

 

La primera y más antigua cuestión: el judío molesta. Su presencia incomoda, porque no acaba nunca de desaparecer del todo, y su ausencia inquieta, porque acecha, pues en el fondo se le espera y teme. Sea en términos religiosos o populares, en la conciencia cristiana el judaísmo pesa como un plomo, incómodo e impertinente, una old religion que no acaba de aceptar la novedad, la buena nueva, traída por las Sagradas Escrituras; un extranjero en propia casa, demasiado intelectual y tenaz, demasiado obstinado; un alter ego innecesario y caprichoso, a quien es preciso exigirle que renuncie a su empeño pertinaz y se contraiga definitivamente, o que se vaya con su monserga a otra parte. Pero ¿a dónde?

 

La segunda cuestión judía remite precisamente al tema de la presunta "emancipación", la cual pasa por que los judíos dejen de trajinar errantes de acá para allá, atravesando fronteras y culturas nacionales, poniendo en evidencia la propia inconsistencia europea, y se fijen y asimilen en el interior de los Estados modernos europeos. Este proceso tiene lugar en Europa a partir de la Revolución francesa, al calor de las transformaciones políticas y sociales producidas durante el periodo de las revoluciones liberales.

 

Que el judío, pues, se asimile y sea "nacionalmente europeo", nación por nación, con particularista acatamiento de lo dado, olvidando, como apuntó Hannah Arendt, algo primordial: "Los judíos eran el único elemento europeo en una Europa dividida en naciones". Resultado: inmenso fracaso. Un ejemplo: las doctrinas racistas y antisemitas surgen precisamente de Francia, la emancipadora, la revolucionaria Francia.

 

La tercera cuestión judía, según la descripción de Glucksmann, deviene de las dos anteriores y se atasca en un punto muerto ya presagiado. En el presente, la "cuestión judía" no proviene ya del orden teológico cristiano del mundo, ni de la presión interna de los Estados-nación con vistas a la asimilación o "simbiosis" del judío con los cuerpos nacionales instituidos (o sea, con los presupuestos del nacionalismo más rancio, enemigo a muerte del universalismo y el cosmopolitismo). Proviene, en cambio, del ancestral e incombustible odio antisemita, que lo ha probado todo anteriormente (incluso Auschwitz) y decide ahora afrontar el tema de frente, nuevamente.

 

A los judíos no se les soporta, ni dentro de los Estados nacionales y en su propia patria, ni dentro ni fuera. Si se afincan en Francia, son poco franceses; si en Alemania, falsos alemanes. Si escasean en España o Japón, "antisemitismo sin judíos". Si fundan Israel y desean vivir en paz, libertad y seguridad dentro de sus fronteras, ganadas al desierto y al bandolero con esfuerzo y valor, el sionismo espanta y se le tilda de genocida. Las víctimas, para la conciencia desgraciada mundial, han de pagar el precio del dolor y del sacrificio para mayor gloria del verdugo (doctrina de la ONU); deben renunciar a la memoria y a su pasado, dejar de existir, única forma de que termine la eterna canción, la maldita reclamación.

 

He aquí la lógica impuesta en el corazón de la vieja Europa: antes de Auschwitz se les abandona en manos de sus ejecutores; después de Auschwitz se le condena al silencio. Única salida: la extinción.

 

En realidad, la manoseada historia de la asimilación judíos-Europa no es sino una inmensa farsa. Una broma pesada a cuenta de un pueblo condenado de antemano. O una "revancha póstuma" y un perverso "malentendido", como muestra con gran oportunidad y sutileza el libro de Enzo Traverso Los judíos y Alemania. Ensayos sobre la "simbiosis judío-alemana" (Pre-Textos, 2005), vertido al español en reciente y cuidada edición por Isabel Sancho García.

 

Ha habido, en efecto, una cultura judío-alemana de gran relevancia, nacida de un ánimo de asimilación, lo que supuso en gran medida la secularización de buena parte del espíritu judío y la apropiación del universo cultural alemán. Pero este proceso no adoptó en ningún momento la forma de un diálogo entre dos pueblos, de una "simbiosis judío-alemana", sino de un "monólogo judío". O, como advierte con sagacidad Isabel Sancho en el prólogo del texto mencionado: más que de simbiosis, para reproducir fielmente la situación, sería más exacto hablar de “parasitismo”, es decir, exprimir todo el potencial intelectual y humano de un pueblo al que se ofrece, si acaso, la ciudadanía, pero jamás la nacionalidad, para luego prescindir de él.

 

Comoquiera que fuese, el estatuto intelectual en el seno de la sociedad alemana, principalmente durante los años 20 y 30 del siglo XX, quedó reducido a dos figuras centrales de la modernidad judía: el paria y el parvenu. Dos modalidades distintas de existencia de la judeidad en el interior de un mundo cultural, de una cultura nacional, de la cual está excluida a priori y en la cual no es posible síntesis alguna.

 

He aquí, añade Traverso, "la paradoja de un país que vivió primero la ´perfección de la asimilación´ y luego el ´aniquilamiento sistemático´ de los judíos". He aquí, en efecto, la paradoja de un país, pero asimismo la parábola tenebrosa de un viejo continente que insiste en renunciar a uno de sus más importantes potenciales, garantía probada de universalidad y de racionalidad. Lo que dice el historiador británico Paul Johnson, en general, de la mente humana en su imprescindible Historia de los judíos podría aplicarse, estrictamente, a la cultura europea: "Sin los judíos, ésta habría podido ser un lugar mucho más vacío".

 

Un lugar sin Heinrich Heine y Karl Marx, Franz Kafka y Sigmund Freud, Edmund Husserl y Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, Eric Fromm y Franz Neuman. Sin Walter Benjamin, Ernst Bloch y George Lukács, Alfred Döblin y Kurt Tucholsky. Sin Arnold Schönberg y Gustav Mahler, Siegfried Kracauer y Karl Mannheim, Karl Kraus y Joseph Roth. Sin Mendelsshon y Ernst Kantorowicz. Sin Hanna Arendt y Rosa Luxemburgo, Han Jonas y Karl Lowitiz. Sin Oppenheimer y Einstein. Sin Henry Kissinger, Hermann Broch y Mary MacCarthy. Sin Elias Canetti y Saul Bellow. Sin Arthur Schanbel y Arthur Rubinstein. Sin Ernst Lubitsh y Billy Wilder, Max Ophüls y Alexander Korda, Peter Lorre y Elizabeth Bergner, Pola Negri y Conrad Veidt. Sin Charles Chaplin. Sin los Hermanos Marx.

 

Muchos de estos judíos europeos emigraron a Estados Unidos para poder allí comenzar una nueva vida, una vida en libertad y plena creatividad, una vida que el viejo continente, sus naciones de origen, les negaban. ¿Estados Unidos sin judíos? ¿Una Europa sin judíos? Sin este legado, aquí sólo resumido, imagínese, en fin, un mundo sin judíos. 2005-07-06 L.D.ESP.

 

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Cristo vive en su Iglesia  -   "No hay duda, amadísimos hermanos, que el Hijo de Dios, habiendo tomado la naturaleza humana, se unió a ella tan íntimamente, que no sólo en aquel hombre que es el primogénito de toda creatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo y único Cristo; y, del mismo modo que no puede separarse la cabeza de los miembros, así tampoco los miembros pueden separarse de la cabeza. 

Aunque no pertenece a la vida presente, sino a la eterna, el que Dios sea todo en todos, sin embargo, ya ahora, él habita de manera inseparable en su templo, que es la Iglesia, tal como prometió él mismo con estas palabras: Mirad, yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo. Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocernos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes. 

Él mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, una multitud innumerable de hijos sea engendrada para Dios, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre, ni del deseo carnal, ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abrahán por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor

Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso, que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar la propia vida por sus ovejas. 

Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participan en sus sufrimientos. Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado".

De los Sermones de San León Magno, papa (Sermón 12, Sobre la pasión del Señor, 3, 6-7; PL 54, 355-357)

 

María mujer judía, madre del Cristo: Rey de los Judíos.

 

ERROR - Pan nuestro de cada día es el error. Errar es humano, han repetido los clásicos hasta hoy. Sería complicado intentar rebatirlo. Perseverar en el error es diabólico, se añade a veces. Porque igualmente es cierto que nadie quiere el error por el error y menos aún que le engañen. Por eso los sabios se han preguntado siempre por las causas del error, ese «parto monstruoso» de la mente, que decía Tomás de Aquino. El error y la injerencia del no-ser en el discurso es una temática abordada por los principales filósofos desde Platón, pasando por Aristóteles, Tomás, hasta Kano y los analistas del lenguaje.

 

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PEREZA - «El conocimiento verdadero, conocido en cuanto verdadero, gracias o mediante la reflexión crítica, requiere de una diligente y sutil investigación. Ésta es la que falta en el pensamiento perezoso. Bien vista, la pereza no es causa del error, sino la ausencia de la causa de la verdad. Para que tenga lugar de hecho la verdad de nuestro conocimiento hemos de limitarnos a dejarnos llevar por el objeto. Este dejarse llevar no es en modo alguno una actitud pasiva. Por el contrario, como venimos diciendo, la preponderancia del objeto en su relación con nuestro conocimiento requiere de la reflexión crítica, esto es, de seguir la atenta marcha del conocimiento del objeto para detectar toda aquella influencia no cognoscitiva, que inhiera, perturbándola, en esta relación. La reflexión crítica, al detectar intenciones extrañas al objeto, incita a la voluntad para que las deseche, a veces con violencia, protegiendo la fuerza objetiva, conditio sine qua non del conocimiento verdadero. Esta limpieza de la inteligencia se realiza con denuedo, especialmente cuando se trata de desechar la información y la memoria, desviándonos a otros conocimientos análogos pero diferentes, y las pretensiones subjetivas del propio yo, que pretende engañarse a sí mismo pensando que sus circunstancias reales no son como son, sino como quiere que sean.

«En la pereza falta este denuedo, es decir, la lucha caracterológica para que las otras potentes fuerzas del alma no opaquen a la del objeto. La pereza es la causa más peligrosa del error, precisamente porque para que se dé no hay que hacer nada. Basta dejar que todas las demás fuerzas anímicas campeen libremente en el limpio espacio que se da que ha de darse entre el conocimiento y el objeto. Falta el dominio caracterológico que coloca en su lugar y en su función a cada uno de los movimientos del espíritu. Al dejarlas al desgaire, las desordenadas influencias que inhieren en nuestros naturales procesos, perturban la función que a cada uno de ellos le corresponde dentro del orgánico conjunto de la vida espiritual humana.

«Las consecuencias de ello en el conocimiento son graves. Siendo el conocimiento la tarea suprema del alma, todas las demás, dependientes de ella, se descomponen sin remedio hasta tanto no se logre que el proceso noético se someta dócilmente a las manifestaciones de la realidad objetiva. De ahí que el hombre afectado de pereza no es un individuo de fiar, pues le falta la primera cualidad que pedimos al ser humano como nota mínima en que se fundamenta toda personalidad. El perezoso es veleta movida por el viento de las circunstancias, es decir, carente del dominio de sí.»

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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Juan Pablo II, Pont. Max. (1920-2005), conocido como  ‘Magno’.
Homilía ante los trabajadores en Luxemburgo, mayo 1985

 

“Hacedlos fructificar” (cf Lc 19,13): trabajo humano y Reino de Dios. -       Cuando Dios creó la humanidad, el hombre y la mujer, dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla.” (cf Gn 1,28) Este es, de alguna manera, el primer mandamiento de Dios, relacionado con el orden de la creación. El trabajo humano corresponde a la voluntad de Dios. Cuando decimos: “Hágase tu voluntad...” nos referimos también al trabajo que llena todas las jornadas de nuestra vida. Nos damos cuenta que cumplimos esta voluntad del creador cuando nuestro trabajo y las relaciones humanas que genera están impregnados de los valores de la iniciativa, del coraje, de la confianza, de la solidaridad que son otros tanto reflejos de la imagen de Dios en nosotros...
      El creador ha dotado al hombre del poder de dominar la tierra. Le confía el dominio de la naturaleza por el propio trabajo, por sus capacidades para llegar a un desarrollo feliz de su propia personalidad y de la comunidad entera. Por su trabajo, el hombre obedece a Dios y responde a su confianza. Esto no está ajeno a la petición del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino.” El hombre actúa para que el plan de Dios se realice, consciente de ser imagen y semejanza de Dios y de haber recibido de él su fuerza, su inteligencia, sus aptitudes para realizar una comunidad de vida por el amor desinteresado hacia sus hermanos. Todo lo bueno y positivo en la vida del hombre se desarrolla y llega a su meta auténtica en el Reino de Dios. Habéis escogido bien el lema: “Reino de Dios, vida del hombre,” porque la causa de Dios y la causa del hombre están ligadas la una a la otra. El mundo progresa hacia el Reino de Dios gracias a los dones de Dios que permiten el dinamismo del hombre. Dicho de otro modo: orar para que venga el Reino de Dios significa orientar todo el ser hacia aquella realidad que es el fin último del trabajo del hombre.

 

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San Ambrosio (hacia 340-397) obispo de Milán y doctor de la Iglesia Católica - Tratado sobre el evangelio de Lucas, 7, 86-87

 

Marta y María acogiendo a la Sabiduría -    La virtud no tiene más que una cara. El ejemplo de Marta y María nos demuestra en las obras de una la dedicación activa y en la otra la atención piadosa del corazón a la palabra de Dios. Si esta atención está unida a una fe profunda, es preferible a las obras mismas: “María ha escogido la mejor parte y no se le quitará.” Esforcémonos, pues, nosotros también, para poseer lo que nadie nos podrá quitar jamás, prestando atención; porque sino, el mismo grano de la palabra divina puede ser arrebatado si cae en el borde del camino. (cf Lc 8,5.12).
        Sé, pues, como María, animado por el deseo de la sabiduría; es una obra mayor y más perfecta. Que las preocupaciones del servicio no te priven de aprender a conocer la palabra celestial. No critiques ni juzgues como holgazanes a los que vieras aplicarse a la sabiduría, porque Salomón, el pacífico, la invocó para que haga morada en su casa. (Cf Sg 9,10) Con todo, no se trata de reprochar a Marta sus buenos servicios, pero María tiene la preferencia por haber elegido la mejor parte. Jesús tiene muchas riquezas y las distribuye con largueza. La mujer más sabia ha escogido lo que había juzgado como más importante.
        En cuanto a los apóstoles, no prefirieron dejar la palabra de Dios para servir las mesas (He 6,2)  Las dos actitudes son obra de la sabiduría, porque Esteban, él también, estaba lleno de sabiduría y fue escogido como servidor... Porque el cuerpo de Cristo es uno; y si los miembros siendo diversos, tienen necesidad los unos de los otros. “El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito...” (1Cor 12,21)... Si algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. La sabiduría reside en la cabeza, la actividad en las manos. “El sabio, dice el Eclesiastés, tiene sus ojos en la cabeza” (2,14) porque el auténtico sabio es aquel cuyo espíritu está en Cristo y cuyo ojo interior está mirando hacia las alturas.

 

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«Si el sacerdocio es un don y la Iglesia no es una empresa, ¿cómo se puede decir cuántos curas necesita y cuántos no necesita la Iglesia?. No es necesario dotarnos de un número determinado de dirigentes, precisamente porque no somos una empresa». Cardenal patriarca de Venecia, Angelo Scola, relator del Sínodo de los Obispos en curso en la Santa Sede. 2005-10-04

 

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La dictadura de los tolerantes

Los que tienen en la boca todo el día la palabra «tolerancia


El Papa ahora no ha hablado de la dictadura del relativismo, como entonces, sino de la dictadura de los tolerantes. Resulta, ha dicho el Papa, que en Occidente todo el mundo tiene derecho a hablar, pero cuando un obispo o una Conferencia Episcopal se atreve a expresar su opinión, le llueven las descalificaciones y los insultos. Así se comportan precisamente, los que tienen en la boca todo el día la palabra «tolerancia». Aquí en España sabemos algo de eso, porque la dictadura de los tolerantes está muy reforzada por el imperio mediático que controla buena parte de los medios de comunicación, y porque la izquierda vive de la demagogia de utilizar palabras grandilocuentes cuyo contenido no tiene intención de poner en práctica. Por lo que dice el Papa, el problema se está volviendo universal. Es una lástima, porque no nos va a quedar ni el recurso a emigrar. En todo caso, hay que agradecer a Dios que Benedicto XVI se atreva a decir las cosas por su nombre. Occidente es cada vez menos democrático. Y eso, como también ha dicho el Papa, se paga. Santiago MARTÍN  - 2005-10-04. Esp.

 

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«Los aforismos son las golondrinas de la dialéctica».

«Vivir es gestar un ángel para alumbrarlo en la eternidad».

«Nada hay tan moderno como lo que no debe cambiarse».

 

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“Por consiguiente, la fe proviene de la predicación, y la predicación es el mensaje de Cristo”. San Pablo en ‘Romanos 10:17’.

“El que os escucha a vosotros me escucha a mí; y el que os rechaza a vosotros  rechaza a mí; y el que rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” Dice Jesús en el evangelio según San Lucas 10,16

La Iglesia –solo ella- en la sucesión apostólica predica a Jesucristo hace 2000 años.

Las sectas predican ‘interpretaciones’, llegando en la actualidad a unas 20.000 cerca.

 

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Esta es la fe de los católicos: así enseña el Señor:

 

Epístola de Santiago 3,13-18. - El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanaglorien ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

 

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Como Naamán, muchos querrían imponer sus condiciones a Dios, para tomarlo en serio y creer. Pero es Dios quien tiene la palabra. Y Dios no convoca oposiciones, ni valora el curriculum, ni acepta enchufes. Dios sale al encuentro de todos los que le buscan con sincero corazón, y se les muestra en los acontecimientos más insospechados de la vida. Moisés lo descubrió en una zarza que ardía sin consumirse. Lo importante es saber ver, saber mirar con ojos nuevos, tener el corazón limpio para poder ver a Dios.

 

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En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación. Dos mil años navega la barca de Pedro, como Cristo ordena: ‘pescadora de hombres’.

  

«Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo».

S. S. Benedicto XVI reconoció que «esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así», aseguró Su Santidad.

«El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir --señaló--. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra».

«Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo».

Según el Papa, esta fue la misión de Juan Pablo II, «cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural».

«La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud», aclaró S. S. Benedicto XVI


«El Papa es consciente de estar, en sus grandes decisiones, ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia» 2005.05 Vat.

 

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Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora, en esta etapa final, ha hablado por el Hijo. Pues envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre; Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna. La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor.
Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos, gusto en aceptar y creer la verdad. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones.
Constitución Dei Verbum, 4-5 – VATICANO II

 

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Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, 1891-1942, judía convertida la Iglesia fundada por Cristo, carmelita descalza, filósofa, mártir, copatrona de Europa
“A Dios Padre”; OOCC. Edith STein, trad. co-ed. Carmelitana, Burgos 2004, pag. 811

 

“...vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.” (Mt 18,14)


A DIOS PADRE

Bendice el ánimo agobiado de pena de los oprimidos por el dolor,
La pesada soledad de almas hundidas;
El ser totalmente agitado de los hombres,
el sufrimiento que el alma nunca ha confiado a otra alma hermana.

Bendice ese grupo de caminantes nocturnos,
Los que no temen caminos desconocidos.
Bendice a los hombres necesitados, que en este momento están muriendo,
Dales, Dios bueno, un feliz y tranquilo final.

Bendice los corazones de todos, en especial, Señor, los entristecidos,
Sobre todo alivia a los enfermos, da paz a los atormentados.
Enseña olvidar a los que llevaron su amor al sepulcro.
Haz que en todo el mundo no viva un corazón bajo el tormento del pecado.

Bendice a los alegres, Señor, consérvalos bajo tu protección.
Todavía nunca me has quitado el vestido de luto.
A veces siento pesada la carga sobre mis cansadas espaldas,
Pero si tú me das fuerza,
llevaré esta carga como penitencia hasta el sepulcro.

Después bendice mi sueño, el sueño de todos los muertos.
Recuerda lo que tu Hijo sufrió por mí en la angustia de muerte.
Tu Ser tan misericordioso para con todas las necesidades humanas
Dé el descanso a todos los muertos en tu paz eterna.

 

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Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita descalza, mártir de la Iglesia Catóica; de origen judía, co-patrona de Europa (1891-1942), asesinada por el nacional-socialismo nazi. 


El misterio de Navidad, 31 enero 1931

“No todo el que me dice “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos....” (Mt 7, 21).


    El “fiat voluntas tua”  en toda su extensión tiene que ser el hilo conductor de toda vida cristiana. Debe regular el curso del día, de la mañana a la noche, el pasar de los años, y, en suma, la vida total. Esa habrá de ser además la única preocupación del cristiano. Todas las demás preocupaciones las toma el Señor sobre sí. Esa, sin embargo, nos queda mientras estemos todavía “in statu viae”. Objetivamente hablando nunca tendremos la seguridad total de permanecer hasta el fin en los caminos de Dios. Así como los primeros hombres pasaron de la filiación divina a apartarse de Dios, de la misma manera cada uno de nosotros se encuentra en el filo de la navaja entre lanada y la plenitud de la vida divina; y tarde o temprano lo percibimos también subjetivamente.
       En la infancia de la vida espiritual, cuando comenzamos a abandonarnos a la mano conductora de Dios, lo percibimos con fuerza e intensidad; con toda claridad vemos qué es lo que tenemos que hacer u omitir. Sin embargo esta situación no permanece siempre así. Quien pertenece a Cristo debe vivir la vida de Cristo en su totalidad, ha de alcanzar la madurez del Salvador y andar por el camino de la cruz, hasta el Getsemaní y el Gólgota. Y todos los sufrimientos que pueden venir de fuera son nada en comparación con la noche del alma, cuando la luz divina ha desaparecido y la voz del Señor no se escucha más....Es así que los que están realmente unidos a Cristo permanecen inquebrantables, aun cuando en la oscuridad de la noche experimentan personalmente la lejanía y el abandono de Dios...Por eso, “hágase tu voluntad”, también y precisamente en la noche más oscura.

 

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…como Pedro y Pablo, afrontar mares y romper confines anunciando a Cristo.

Libertad religiosa y libertad de expresión son derechos humanos fundamentales. Esto implica que en la sociedad deben existir espacios para expresiones fundamentalistas de fe, aunque esto lleve a sectarismos y divisiones.

Ahora bien, el terrorismo en nombre de Dios es una ofensa a todos los credos, porque es violencia contra Dios. El antídoto al fundamentalismo puede ser solamente una interpretación más auténtica de las Sagradas Escrituras. La Iglesia debe seguir manteniendo el equilibrio entre tolerancia y verdad.  La globalización del desasosiego y de la desesperación requiere la globalización de la salvación y de la esperanza. Los líderes religiosos están llamados a un ministerio de paz y de reconciliación. MMVIII

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

QUIEN, como CDV, no puede ni quiere dar lecciones a nadie de casi nada pero, sin embargo, tiene el atrevimiento de exponer en los medios de comunicación lo que piensa sobre casi todo con persistente regularidad, a veces siente la necesidad de detenerse en el camino para recapacitar y plantearse el bien que puede hacer o el sufrimiento que tantas veces inflige.

 

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto, para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. CDV

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

“Conocereisdeverdad.org” no se identifica necesariamente con todas las opiniones y matices vertidos por los autores en los artículos aquí publicados, sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto.

† Ayúdanos, Señor, a traducir en hechos de vida tu Evangelio

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).