Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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"¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?". Si la segunda pregunta se refiere al futuro último, al término definitivo, la primera se refiere al origen del mundo y del hombre y es también fundamental. Por eso estamos justamente impresionados por el extraordinario interés reservado al problema de los orígenes. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos y ha aparecido el hombre, cuanto más bien en descubrir qué sentido tiene tal origen, si lo preside el caos, el destino ciego o bien un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Efectivamente, en el mundo existe el mal y el hombre que tiene experiencia de ello no puede dejar de preguntarse de dónde proviene y por responsabilidad de quién, y si existe una esperanza de liberación. "¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?", se pregunta en resumen el Salmista, admirado frente al acontecimiento de la creación (Sal 8, 5).

 

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El origen de la vida

 

Carlos Javier Alonso
Profesor de Filosofía.

 

1. Una definición harto compleja.


“¿Qué es la vida[1], cuál es su origen? ¿Cómo han surgido los seres vivos que nos rodean? La respuesta a estas preguntas constituye uno de los problemas más grandes de las ciencias naturales”,[2]afirma categóricamente A.I. Oparin. Consciente o inconscientemente, todos los hombres, cualquiera que sea el nivel de su desarrollo, se plantean estas preguntas y, mal o bien, les dan una respuesta. Sin responder a estas preguntas no puede haber ninguna concepción del mundo, ni siquiera la más primitiva. El término “vida” -del latín vita, fuerza o actividad interna mediante la que obra el ser que la posee-, sirve para caracterizar el conjunto de propiedades de los organismos diferenciados de la pura materia inerte. De hecho, ya en esta primera aproximación se muestra la dificultad de una definición de este término, ya que involucra las nociones de “organismo” y de lo “inerte”, en cuya definición ya se presupone, circularmente, la vida. En realidad no existe una definición clara de este concepto, de manera que más que definirlo procuraremos comprenderlo a partir de las propiedades y características comunes a todos los seres “vivos”, aunque según el nivel de análisis en el que nos movamos se darán distintas definiciones.

Según el nivel de análisis en que nos coloquemos (Biología celular, Biología molecular, Termodinámica) se consideran una serie de características como definitorias de la vida, aunque según desde qué perspectivas no se considerarán fundamentales las mismas propiedades. No obstante, de entre las características comunes de todo “ser vivo”[3] se han señalado como rasgos propios definitorios los siguientes: el nacimiento, el metabolismo (crecimiento, nutrición y asimilación de la energía externa), la reproducción, la evolución y la capacidad de adaptación al medio, la homeostasis, la sensibilidad (o las diversas formas de taxias) y, en algunos casos, la autonomía motriz. Tradicionalmen-te, las funciones que distingue la Biología comprenden esencialmente la nutrición, la reproducción y la relación. Por la nutrición, el ser vivo permanece en su ser -valga la redundancia- y crece; por la reproducción, genera otros seres semejantes a sí mismo, y por la relación, entra en comunicación con el mundo exterior. Modernamente se habla de otra función más, la regulación, por la cual, el ser vivo mantiene la relación armónica de todas sus partes. Algunos biólogos contemporáneos la han definido como “la propiedad de los objetos dotados de un proyecto” (Jacques Monod, en El azar y la necesidad), y la han caracterizado por su teleonomía, su capacidad para una morfogénesis autónoma y su invariancia reproductiva (el mismo Monod y François Jacob).

Pero cada una de estas características, por separado, no son suficientes para caracterizar a los seres vivos. Así, el metabolismo (capacidad para utilizar la energía y la materia externas al propio organismo para la preservación y reproducción de éste), aunque en los organismos evolucionados es un proceso muy complejo, no se distingue de otros procesos que se dan en el mundo no vivo. No obstante, en los fenómenos vitales se aprecia siempre un proceso de autoorganización relativamente independiente del medio externo, de manera que en ellos se produce (no tomado en su conjunto y en relación con el medio, sino en el organismo vivo), una inversión del sentido general de la entropía, ya que, en lugar de aumentar, genera una entropía negativa o neguentropía, regulada por procesos de homeostasis (estabilización de los parámetros biológicos frente a las exigencias y constricciones del mundo externo). Pero, tal como lo ha teorizado Prigogine y tal como se ha estudiado en la moderna física del caos, el orden y la autoorganización surgen del desorden, sin necesidad de un ser vivo que invierta el proceso entrópico. Por su parte, tampoco la reproducción, tomada aisladamente, es una característica específica de los seres vivos., ya que los cristales, por ejemplo, también presentan propiedades de reproducción semejantes a las propias de los seres vivos. Así, la introducción de gérmenes de cristales en determinadas soluciones salinas permite la reproducción indefinida de dichos cristales, que siguen unas pautas de organización que copian del germen inicial introducido.

En cuanto a la evolución y capacidad de adaptación al medio, se ha sugerido que es una propiedad común a los seres vivos y a otras estructuras, tales como la misma cultura. Esta tesis es la que defiende Popper en su concepción del “mundo tres”, capaz de evolucionar de un modo semejante a como se efectúa la evolución darwiniana. Además, la sensibilidad (entendida como respuesta a estímulos exteriores) y la autonomía motriz pueden verificarse también en máquinas y artefactos que difícilmente situaríamos entre los seres vivos. De ahí que ninguno de los mencionados rasgos tomados aisladamente sea suficiente para caracterizar el fenómeno vital. Por ello, cualquiera que sea la definición que se haya dado de la vida, siempre se presenta un problema de demarcación entre lo vivo y lo inerte, ya que, tanto las propiedades de autoorganización, como las del nacimiento, crecimiento y muerte (en el sentido de desestructuración), se dan en el mundo considerado inerte.

No obstante, la Biología nos muestra que, más allá de la gran diversidad aparente y de la gran multiplicidad de seres vivos conocidos, se encuentra una unidad estructural a nivel molecular. Por esta razón una mejor comprensión del fenómeno vital debe darse en dicho nivel. En su organización molecular todos los seres vivos (conocidos) están constituidos por los mismos componentes fundamentales: proteínas y ácidos nucleicos, que, a su vez, se componen de solamente veinte aminoácidos y cinco nucleótidos, y todo ello basado en la química del carbono[4].

Característica de todos los seres vivos es la propiedad de la transcripción de su código genético, que correlaciona cadenas de nucleótidos en ácidos nucleicos con cadenas de amino-ácidos en proteínas. Esta transcripción se basa en un código genético esencialmente común que asocia un conjunto de tres nucleótidos (llamado codón) en un orden determinado, con uno, y sólo uno, de los veinte aminoácidos de las proteínas. De esta manera, se ha comparado un ácido nucleico (formado por un máximo de 64 codones) con una “palabra” formada por “letras” (los nucleótidos) y por “sílabas” (los codones), de manera que el ácido nucleico puede “traducirse” por la proteína cambiando cada uno de los codones por los aminoácidos que están asociados a él. Teniendo en cuenta esta unidad estructural, puede decirse que el “alfabeto” que constituye el código genético es universal, y vale tanto para una bacteria como para un elefante. Puesto que esta es la característica mejor conocida de los seres vivos, la noción del fenómeno vital debe probablemente entenderse a partir de este nivel, que, en la medida en que muestra unas características universales para todos los seres “vivos” terrestres, sugiere la existencia de un origen común de éstos, lo que nos remite, por una parte, a las teorías evolutivas y, por otra parte, al problema de la biogénesis.


2.Teorías clásicas sobre el origen de la vida

Pues bien, lo enigmático de la vida no consiste en saber cuándo apareció, sino cómo apareció. La Tierra se formó hace unos 4.000 a 5.000 millones de años. Existen fósiles de criaturas microscópicas del tipo de las bacterias que prueban que surgió la vida hace más de 3.000 millones de años. En algún momento entre estas dos fechas —la evidencia molecular supone que hace cerca de 4.000 millones de años— debió de tener lugar el increíble suceso del origen de la vida. Nadie sabe qué ocurrió, aunque los teóricos coinciden en que la clave fue la aparición espontánea de seres que se autorreplicaban, es decir, algo equivalente a los ‘genes’ en sentido general. Existe menos acuerdo sobre cómo llegó a producirse. Muchas veces los filósofos y científicos se han preguntado si la vida pudo surgir de la no-vida.

Desde la Filosofía, un punto básico que debemos dejar claro es que la vida no constituye una realidad única ni unívoca. Dos son, al menos, las acepciones que recubren este término: a) el ser de una sustancia viviente, es decir, de una sustancia capaz de automovimiento; y b) la operación vital, esto es, el moverse a sí mismo, el actualizarse a sí mismo. La introducción de la noción de vida en las discusiones sobre la biogénesis es causa frecuente de confusiones. No es una noción aristotélica, sino platónica. Para Platón existe una vida, mientras que Aristóteles no conoce sino seres vivos, y su descripción correcta no implica necesariamente el recurso a una fuerza especial que se llamaría vida.

2.1. Teorías míticas y racionalizadoras del mito: Tales de Mileto y otros filósofos jónicos.

El problema del origen de la vida se ha planteado desde diversas perspectivas, que, obviamente, en sus inicios, fueron especialmente de tipo mítico y religioso, pero que, ya desde la aparición de la filosofía, intentaron evitar recurrir necesariamente al mito, lo que preparó el terreno para explicaciones de orden científico. Las hipótesis se remontan ya a la especulación griega. La noción de ser vivo plenamente diferenciado del resto de la naturaleza va apareciendo paulatinamente. De hecho, algunas concepciones presocráticas, como las de los milesios, por ejemplo, no establecían esta distinción de manera tajante, puesto que consideraban que toda la materia es viva (hilozoísmo). Para el filósofo griego Tales de Mileto (624-547 a. C.), la vida posee su principio último explicativo -su arjé- en el agua. El agua es el elemento constitutivo de la materia eternamente viva y eternamente cambiante.

2.2. El mecanicismo: Concepción mecánica de los fenómenos vitales.

a) Teoría atomista

Para hallar la génesis del concepto “azar”, hemos de remontarnos a los griegos. Empédocles y Demócrito elaboran sus teorías filosóficas descartando el concepto de finalidad como factor realmente explicativo. El amor y el odio, de los que Empédocles habla, son para él simples fuerzas, energías que no implican ninguna inteligencia ordenadora. En Demócrito el azar se refiere únicamente a la “necesidad ciega”, con lo cual termina por identificar el concepto de azar con el de fortuna, transmitiendo la idea de una completa ausencia de finalidad. Demócrito admite solamente los átomos y el vacío en el que éstos se mueven, sin un “logos” que en definitiva los ordene y dirija. El atomismo de Demócrito y Leucipo alumbró una concepción, un modelo mecanicista de la naturaleza llevado hasta sus últimas consecuencias: el Universo no está presidido por plan alguno trazado por una inteligencia trascendente, ni existe tampoco finalidad inmanente que preste inteligibilidad a los procesos naturales. El Universo es el resultado de una necesidad ciega y opaca que para el hombre viene a confundirse con el azar. Pero la concepción mecanicista, es decir, la consideración de los organismos como mecanismos en los que no hay más que un puro conjunto de elementos y fuerzas físico-químicas, tal explicación podría ser suficiente dentro de un planteamiento estrictamente empírico, pero el científico sabe que la realidad no se agota a ese nivel. Explicar los seres vivos atendiendo sólo a sus componentes materiales es, en el fondo, no explicar, pues todo lo que existe ha requerido, además de su materialidad, un diseño previo y una ejecución del diseño.

Aristóteles no se adhirió a las tesis de Demócrito, sino que las criticó declarando absurdo que el cielo -que obedece a movimientos más regulares que ninguna de las cosas de la Tierra- hubiese sido producido por azar o fuese algo en que suceden acontecimientos azarosos. Aristóteles proporcionó el primer análisis detallado del concepto de azar en la historia de la Filosofía occidental. Después de examinar los cuatro diferentes tipos de causas (material, formal, eficiente, final), el Estagirita se pregunta si hay otro tipo de “causa”.[5] Por lo pronto, parece haber otros dos tipos: el azar y la suerte o fortuna. Ambos tipos de “causas” se refieren a clases de acontecimientos que se distinguen de los ordinarios por un rasgo preminente: la excepcionalidad. Ni el azar ni la suerte tienen que ver con cosas que acontecen siempre ni siquiera la mayor parte de las veces. Pero el azar y la suerte son causas “reales”, si bien expresan un tipo de causalidad por accidente -causa per accidens-. Cuando un arquitecto de tez pálida o con dotes musicales construye una casa, el arquitecto es la causa directa -o una de las causas directas- de la construcción de la casa. Pero el tener la tez pálida o el poseer dotes musicales son sólo causas accidentales de tal construcción. El arquitecto es necesario para la construcción de la casa, pero no es menester a tal fin que tenga tez pálida o posea dotes musicales. El que sea accidental excluye que sea necesario, pero no implica que sea absurdo o inexplicable.

Común al azar y a la suerte es el hecho de designar acontecimientos “excepcionales” que tienen lugar cuando se entrecruzan series causales independientes. Cuando una ardilla se come una mazorca, se han cruzado dos series causales: la serie “vida y movimiento de la ardilla” y la serie “crecimiento de la mazorca”, produciéndose el acontecimiento excepcional e inesperado -pero no inexplicable- llamado azar. El acontecimiento por suerte o fortuna tiene una característica que no posee el acontecimiento por azar: el que pudiendo ser el acontecimiento objeto de un propósito, tenga lugar, al menos en una de las dos series causales, sin propósito. La suerte es, por ejemplo, mayor cuando el que va al ágora para mercar aceite no tiene en aquel momento el propósito de cobrar su deuda y encuentra allí a alguien que le debía dinero y que le paga. La suerte o la fortuna -lo mismo que el azar- no son fundamentos irracionales de los acontecimientos, sino, como ha escrito Aristóteles, “privaciones”: la suerte es una privación del arte, y el azar es una privación de la naturaleza.[6]

De la unión al azar de determinados átomos sutiles surgiría la vida. En esto coinciden Demócrito, Leucipo y Lucrecio.La idea de que la vida pueda deberse a una generación espontánea fue expuesta por Demócrito, quien la consideraba, como todo cuanto existe, como el fruto de la unión al azar de átomos en el vacío. Para Demócrito (460-370 a. C.), la materia se compone de una multitud de pequeñísimas partículas dotadas de movimiento constante y separadas unas de otras por espacios vacíos. De la unión de determinados átomos, especialmente sutiles, surgiría la vida, sin necesidad de sustentar la intervención de los dioses ni de ningún mecanismo teleológico. También Lucrecio proclamaba que “dondequiera que la materia inmensa encuentre un espacio que la contenga, no habrá dificultad ninguna para su desarrollo, y hará nacer la vida bajo formas variadas”. Pero estas tesis materialistas no fueron aceptadas en la antigüedad, ya que prevaleció la concepción de tipo vitalista y animista que se reforzó con la filosofía platónica.

No obstante, se siguió creyendo (hasta bien entrado el siglo XIX) que determinados seres vivos, tales como los hongos, los gusanos, la mayoría de los insectos, e incluso las ratas y ratones, en determinadas condiciones, podían surgir espontáneamente de la materia, especialmente si ésta se hallaba en estado de descomposición o putrefacción. Pero ya desde el siglo XVII algunos naturalistas (Francesco Redi o Leeuwenhoeck, por ejemplo) redujeron la creencia en la generación espontánea a algunos pocos casos, como los infusorios, descubiertos gracias al microscopio, que eran de los pocos seres vivos considerados todavía como fruto de la generación espontánea. También se defendía desde determinadas corrientes de la filosofía (Schelling, por ejemplo, y su discípulo Oken).

Pero en 1862 Pasteur asestó un golpe definitivo a esta teoría. Desde entonces, fue totalmente abandonada. Ya nadie podía creer que pudiese surgir la vida de la mera materia sin más. Pero esto tuvo como consecuencia el crecimiento de las concepciones de corte vitalista, teleológico y animista. Por ello E. Haeckel declaró que “negar la generación espontánea significa aceptar un milagro: la creación divina de la vida. O la vida aparece espontáneamente sobre la base de ciertas leyes particulares, o bien ha sido producida por fuerzas sobrenaturales”. Ahora bien, esta declaración de Haeckel daba un significado distinto a la generación espontánea: una cosa es afirmar que los organismos surgen espontáneamente de la materia, y otra es afirmar que la vida como tal tiene su origen en las propiedades fisicoquímicas de la materia.

b) El mecanicismo cartesiano

En siglo XVII, a partir de la obra de Galileo y, especialmente, de Descartes, se concibió la posibilidad de entender los fenómenos vitales como reducibles a leyes mecánicas (lo que para los cartesianos, seguidores de una concepción dualista entre mente y materia, no era aplicable al caso del ser humano). A partir de su diferenciación entre la sustancia pensante y la sustancia extensa, el mecanicismo cartesiano negó la existencia de alma en los animales, a los que consideraba como meras máquinas. El mecanicismo ya había sido sustentado por Hobbes, y el descubrimiento del mecanismo de la doble circulación de la sangre por parte de Harvey en 1628, lo vino a reforzar. Esta concepción del animal-máquina, concebido como un autómata, condujo a la radicalización del mecanicismo reduccionista, que tuvo sus máximos exponentes en los filósofos materialistas del siglo XVIII: La Mettrie, D"Holbach y Helvetius.

Julien Offroy de la Mettrie centra su estudio en el hombre, afirmando que su diferencia esencial con los animales es que tienen más cerebro. La Mettrie dice que no podemos saber si la materia es eterna o ha sido creada, si hay Dios o no lo hay, y que, en definitiva, el materialismo es el resultado de todas las observaciones y experiencias:


“El hombre es una máquina, y que en todo el Universo no existe más que una sola substancia diversamente modificada. No se trata aquí de una hipótesis construida a base de postulados y suposiciones; ésta no es obra del prejuicio, ni tampoco de la sola razón. Habría desdeñado una guía que creo tan poco segura, si mis sentidos, llevando por así decir la antorcha, no me hubieran impulsado a seguirla, iluminándola. La experiencia me ha hablado, pues, para la razón, y así es como las he reunido a ambas”. [7]


Los efectos inmediatos de esta consideración fueron la anulación de la diferencia de género, o de naturaleza, entre el hombre y el animal, que pasa a ser una diferencia de grado, y la extensión del mecanicismo filosófico a todo el universo, transformándose en materialismo. En su obra El hombre máquina, La Mettrie -basándose en los estudios de los biólogos de su época: Trembley, Réaumun y Haller-, señala en la materia una tendencia natural al movimiento y a la autoorganización. De esta manera la noción de alma como “principio vital” queda completamente descartada y, por tanto, se descarta también toda relación entre cuerpo y alma. Teniendo en cuenta que, en esta concepción, la diferencia entre el hombre y los otros animales es sólo de grado, La Mettrie señala incluso la posibilidad de educar a los primates. Además, puesto que ha quedado descartada la noción de alma, sustenta un pleno monismo materialista que le conduce a postular una continuidad entre lo físico y lo moral (y le acerca a posiciones defendidas por Spinoza). Las ideas de La Mettrie estaban plenamente en consonancia con las de otros filósofos de la Ilustración, como el sensualismo de Condillac, que consideraba al hombre como una estatua con sentidos, o el pensamiento del barón d´Holbach.

Paul Henri, barón d’Holbach, el otro materialista destacado del siglo XVIII, afirma en El Sistema de la Naturaleza que la materia ha existido siempre y que a su movimiento se deben los cambios, combinaciones y formas de la realidad, una realidad exclusivamente material. D´Holbach, sin embargo, no tiene para su materialismo más apoyo que el que tiene La Mettrie. Como todo buen materialista, ha de limitarse a postular como científicas afirmaciones que no lo son. Una vez lanzado a ese juego, no hay ningún inconveniente para decir que la materia sensible se llega a cambiar en materia pensante.[8]

El mecanicismo adoptó distintas formas, una de ellas fue la del emergentismo de Malpighi, que consideraba todo cuerpo como una conjunción de máquinas diminutas interrelacionadas, y el cuerpo total resultante como un fenómeno emergente. Esta tesis se fue imponiendo a medida que fueron realizándose los primeros descubrimientos de biología celular. Durante el s. XIX, el mecanicis-mo entra en polémica abierta con el vitalismo. Entre finales del s. XIX y comienzos del XX, se produce una crisis del mecanicismo como consecuencia de una profunda revisión de la mecánica y de la introducción de la noción de “campo”.

2.3. Finalismo: Concepción teleológica de los fenómenos vitales.

Los conceptos de “azar” y “finalidad”, que guardan una estrecha conexión con los procesos biológicos, se remontan ya a los presocráticos. En Anaxágoras aparece por primera vez de modo explícito la idea de Dios como principio rector del Universo. Esto parecía llevar a una concepción del orden del Universo como resultado de una inteligencia que actúa conforme a fines, de modo tal que el resultado de los procesos naturales sea siempre la consecución de lo mejor, de la máxima perfección y belleza. El entusiasmo con que Sócrates acogió la lectura de la obra de Anaxágoras nos es narrado en un diálogo de Platón, el Fedón en que Sócrates recuerda:


“Pues bien, en cierta ocasión oí la lectura de un libro de Anaxágoras en que se decía que es el entendimiento el ordenador y la causa de todo. Una cosa tal me llenó de alegría y me pareció muy bien que el entendimiento sea la causa de todo. Y pensé que, de ser así, el entendimiento ordenador ordenaría todas las cosas y a cada una la dispondría de forma que alcanzase el estado más perfecto”.[9]


Sin embargo, Anaxágoras apenas desarrolla este aspecto implícito en su cosmología, concediendo de hecho el papel fundamental en la construcción del Universo al remolino y, por tanto, a fuerzas de carácter mecánico. En el mismo diálogo platónico expresa más adelante Sócrates la desilusión que le produjo Anaxágoras:


“Pero, amigo, hube de abandonar mi maravillosa esperanza cuando, avanzando en su lectura, observé que este hombre (Anaxágoras) no echaba mano para nada del entendimiento, sino que recurría como causas al aire, al éter y a otras muchas cosas”.[10]


Sócrates reaccionaba contra algunos sofistas para quienes la idea de la finalidad carece de valor explicativo. Según Sócrates, nadie explica de modo suficiente el hallarse en algún lugar, si se limita a decir que sus pies le han llevado a él, y no acaba por expresar la finalidad que ha perseguido al ponerlos en movimiento. Sócrates se dio cuenta de que el conocimiento cuantitativo, científico, empirista no proporciona ninguna clave acerca del sentido de la finalidad, del significado de la existencia, ni, por supuesto, acerca de la inmortalidad. Comprendió esto tan claramente que eligió la muerte, obedeciendo a su conciencia, y en este acto trascendió las limitaciones humanas. Pero hubo una limitación que no consiguió trascender. No se dio cuenta de que intentaba remediar las limitaciones de un tipo de conocimiento, las limitaciones del razonamiento cuantitativo, empirista, utilizando otro tipo de conocimiento igualmente limitado, el basado en la reflexión y en la introspección. los dos milenios siguientes heredaron en gran medida esta limitación de Sócrates. La herencia consistía en la concentración casi exclusiva en cuestiones relacionadas con la finalidad.

Si para Platón existe una vida, para Aristóteles no hay sino seres vivos. Fue precisamente el Estagirita (384-322 a. C.) quien dio a su tesis una forma seductora gracias a un análisis teórico bastante profundo e influyó así en varias generaciones de pensadores posteriores. Su teoría hilemórfica sustentaba la necesidad de la intervención de un principio formal estructurante de la materia, y se hacía eco de las concepciones que atribuían al alma la existencia de la vida. En el caso de los seres vivos, este principio formal era, según Aristóteles, las diversas almas: vegetativa, sensitiva e intelectiva. Debido a la gran influencia de este autor y a la preponderancia del pensamiento religioso, las concepciones vitalistas y animistas fueron las más extendidas durante siglos. Aristóteles incorporó en su sistema la noción de generación espontánea como origen de los gusanos, larvas, avispas y garrapatas... Así, se siguió creyendo (hasta bien entrado el siglo XIX) que determinados seres vivos, tales como los hongos, los gusanos, la mayoría de los insectos, e incluso las ratas y ratones, en determinadas condiciones, podían surgir espontáneamente de la materia, especialmente si ésta se hallaba en estado de descomposición o putrefacción.

La causa final es, en cambio, una de las dos causas extrínsecas de los entes. Desde Aristóteles, se ha entendido con frecuencia la noción de finalidad en relación con la idea de causa.[11] El fin es “causa final”, o “aquello por lo cual algo se hace”. Así, la salud es fin del pasear, pues se pasea con el fin de conseguir o mantener la salud. A veces, es difícil distinguir entre el fin como causa final y la causa eficiente. A veces, en cambio, como sucede con las acciones humanas, el fin como causa final es principio del obrar.[12] Conviene distinguir entre el ser para el cual algo es un fin y el fin mismo. Según Aristóteles, en el segundo sentido el fin puede existir en los seres inmóviles, pero no en el primer sentido.

De acuerdo con la concepción finalista aristotélica, las cosas del mundo físico no se agotan en su mera facticidad, sino que poseen una interna inteligibilidad, un sentido que se manifiesta en que su función no es arbitraria o casual, sino que está intrínsecamente orientada hacia la consecución de una finalidad. El fin no es mensurable ni calculable; sólo se puede decir que está ahí. La causalidad final de los seres vivos no se muestra a la vista, no la conocemos. Pero eso no nos permite negarla. Aristóteles consideraba tan evidente la finalidad en la naturaleza que se preguntaba cómo sus predecesores no la habían visto o, aún peor, cómo habían podido negar su presencia. A sus ojos, este error explicaba por qué aquéllos se habían equivocado en las nociones de esencia y de sustancia[13]. La historia posterior había de confirmar la exactitud de su diagnóstico, pues mientras sobrevivió la noción aristotélica de la sustancia como unidad de una materia y de una forma, la noción de finalidad permaneció indiscutida; pero, desde que, en el siglo XVII, Bacon y Descartes negaron la noción de forma sustancial -forma que en su unión con una materia constituye una sustancia-, la noción de causa final se hizo inconcebible.

La analogía del arte, sostiene Aristóteles, nos ayuda a conocer la presencia, en la naturaleza, de una causa análoga a lo que es la inteligencia en las operaciones del hombre; mas no sabemos qué es esta causa. La noción de una finalidad sin conocimiento e inmanente a la naturaleza permanece, para nosotros, en el misterio, pero Aristóteles no cree que sea una razón para negar su existencia. La finalidad, en Aristóteles, es una de las causas inmanentes al ser vivo, que no tiene otro ser real que el suyo. Por consiguiente, la materia, la forma y el fin son constituyentes reales del ser, pero no existen más que en él y para él. En ello se distingue la finalidad de la naturaleza de la del arte. El artista es exterior a su obra, luego la obra de arte es exterior al arte que la produce. El fin de la naturaleza viva le es, por el contrario, consustancial. Aristóteles concibe al artista como un caso particular de la naturaleza. Por eso, en su filosofía natural, el arte imita a la naturaleza, y la naturaleza no imita el arte. Un técnico, un artista que actuar con la seguridad de una araña tejiendo su tela o de un pájaro haciendo su nido, sería el artista más perfecto que jamás se hubiera visto. Pero no es así. Los artistas más poderosos y fecundos no se parecen más que de lejos a las fuerzas de la naturaleza, siempre preparadas, que dan forma al árbol y, por el árbol, al fruto. Por eso, dice Aristóteles que hay más plan, más bien y más belleza en las obras de la naturaleza que en las del arte.

Respecto a esta finalidad natural, Aristóteles afirma que la existencia de comportamientos regulares en los seres naturales, y de tal manera que esos comportamientos se combinan entre sí para producir efectos óptimos, prueba que existe una finalidad en esa actuación. De ahí se concluye que debe existir una Inteligencia superior que ha creado ese orden natural, puesto que se da en seres que carecen de conocimiento. El mundo es una gigantesca obra de ingeniería, que, a la vez, es una obra de arte -en el sentido clásico, el “arte” coincide con la “técnica”-, y que, por tanto, reclama la existencia de Alguien que lo haya proyectado.

No es de extrañar que toda la física aristotélica, que giraba en torno a la finalidad, fuera en gran medida una proyección injustificada de la finalidad en todos los fenómenos de la naturaleza. La finalidad se proyectaba en la caída de los cuerpos, en el movimiento de los astros, en el levantamiento de los vientos, incluso en la diferencia entre las aguas saladas y las dulces. Por tanto, no hay que admirarse de que toda la física aristotélica fuera una cadena continua de proposiciones erróneas y tampoco resultará extraño que la reacción contra ella fuera tan extremada como la de Sócrates contra la física de los filósofos jónicos. Puesto que el mayor error de la física aristotélica fue la proyección de la finalidad en todas las cosas, la reacción contra ella -el mecanicismo- sólo podía consistir en poner en duda la finalidad de todos los modos posibles.

En la pugna que mantienen desde hace veinte siglos el mecanicismo y el finalismo, las fuerzas no son iguales. Los mecanicistas que admiten que haya finalidad en la naturaleza son raros, y los finalistas que niegan el mecanicismo y su función necesaria en los seres naturales son, si es que los ha habido, rarísimos. Esto se pudo ya constatar en tiempos de Aristóteles. Este nunca negó que fuera verdadero el mecanicismo de Empédocles, pero le reprochaba que fuera planteado como una explicación total de la realidad en el orden de los seres vivos, y mantuvo la presencia del fin en el ser vivo. Normalmente, el mecanicismo excluye el finalismo, pero el finalismo no excluye el mecanicismo; por el contrario, lo implica necesariamente. [14]

En la Edad Media, con la introducción del aristotelismo en Occidente, se discutieron de nuevo las distinciones propuestas por Aristóteles. Ello puede verse en S. Alberto Magno y en Santo Tomás de Aquino, que emplearon las expresiones casus y fortuna. Santo Tomás trató con detalle estas cuestiones en varios escritos[15]. El problema del azar, especialmente en tanto que suerte o fortuna, fue ampliamente tratado durante el Renacimiento, entre otros por Marsilio Ficino y Gassendi. En la medida en que dominó durante la Edad Moderna la idea de un encadenamiento causal estricto, cuando menos en los procesos naturales, los filósofos modernos mostraron escasa inclinación a ocuparse del problema nuevamente. Ulteriormente, Descartes mantiene una actitud equívoca, en la que da frecuentemente la impresión de tratar de explicarlo todo prescindiendo de la finalidad, y Spinoza usa un método transferido de la Matemática, donde sólo se atiende a las causas formales.

Más sutil que Descartes, puesto que era menos sistemático, Bacon jamás negó completamente la finalidad. Se limitó a decir que la consideración de las causas finales era científicamente vana. Dividiendo las causas en dos clases, físicas y metafísicas, atribuía la consideración de las causas material y formal a la Física y las de las causas finales a la Metafísica.[16] Esta separación de la Física y la Metafísica, decisión en sí muy “moderna” constituía por sí sola una revolución de considerable alcance. La abstracción sólo es necesaria para fijar el contenido flotante de la experiencia sensible. Sin conceptos abstractos, el espíritu se perdería en sus imágenes particulares. Las palabras dan significado a tales conceptos, pero se pueden dar nombres abstractos a los seres sin saber gran cosa de lo que son. Buscando un ejemplo que citar en el pasado, Bacon se acuerda de Demócrito, que, habiendo el menos intentado describir la estructura de los seres, hizo más progresos que Aristóteles en su clasificación:


“Más vale disecar la naturaleza que abstraerla... Lo mejor de todo es examinar la materia, su conformación, su acción propia o la ley de esa acción o de ese movimiento, pues las formas son simples ficciones del espíritu humano, a no ser que llaméis así a tales leyes”.[17]


¿Y por qué reconocer esa superioridad de la Física sobre la Metafísica? Porque, como dice Bacon, el conocimiento físico de la causa material hace posible nuevas invenciones, mientras que el conocimiento abstracto de la causa formal es inútil en cuanto a su carácter práctico. No dice cómo actúan, funcionan o viven los seres. Tras la crítica de la causa formal, viene la de la otra causa metafísica, la causa final. Bacon con gran penetración, va derecho al centro del problema. Su principal objeción es que el goce contemplativo del espectáculo de las causas finales desvió la atención de los antiguos filósofos del estudio de las causa materiales y motrices, las únicas cuyo conocimiento tiene alguna utilidad práctica. En este punto Bacon tenía razón. Totalmente absorbidos por las “armonías de la naturaleza”, perdidos en la contemplación de su belleza, los antiguos creyeron haber comprendido la naturaleza, cuando sólo la habían admirado.

La causa mecánica, además de ser la única movida por la naturaleza, es la única útil para conocerla. Incluso si hay finalidad, cosa que Descartes negaría, pero que Bacon concedería, no hay sitio para ella en una ciencia cuyo fin es hacernos dueños y poseedores de la naturaleza. La finalidad no se deja reinventar. Es superfluo decir que los pájaros se han hecho para volar. Es demasiado evidente. Pero si alguien puede decir cómo vuelan los pájaros, podremos intentar fabricar alguna máquina voladora. Si la filosofía identifica el conocimiento verdadero con el conocimiento útil, como hace el cientificista moderno, la finalidad será eliminada a la vez de la naturaleza y de la ciencia como inútil.

Durante la Edad Moderna, el término “azar” pierde su acepción ontológica, restringiéndose solamente a su dimensión epistemológica. Así, para Laplace, el azar es tan sólo una palabra que encubre nuestra ignorancia. Mas a partir del s. XIX abundaron los análisis sobre el concepto de azar, polarizándose en tres posturas: a) El azar no existe más que como un concepto. Se mantiene que hay azar sólo porque se desconocen algunos elementos en el encadenamiento riguroso y universal de todos los fenómenos; b) Hay efectivamente azar en toda la realidad, tanto la natural como la social o histórica; c) No hay azar en la Naturaleza, pero lo hay en la Historia.

Entre los que defienden la inexistencia ontológica del azar, se encuentran Boutroux, Poincaré, y De Broglie. E. Boutroux describía el azar del modo siguiente: “Esta palabra, con la cual cubrimos nuestra ignorancia, lejos de explicar las cosas, implica la renuncia misma a toda tentativa de explicación y, en alguna manera, la abdicación del pensamiento”.[18]

Setenta años más tarde, Henri Poincaré reproduciría la misma idea, al recoger el sentir de los científicos de su época en la afirmación de que “el azar no es más que la medida de nuestra ignorancia”[19]. Para Poincaré, como para Laplace o Boutroux, el verdadero azar no existe. Si en ciertos fenómenos hay un azar aparente, esta apariencia es debida, bien a nuestra dificultad para resolver un problema demasiado arduo, bien a nuestra ignorancia de los datos necesarios para su solución. Así, si se lanza un dado al aire, no se puede predecir de antemano qué cara quedará arriba cuando llegue a detenerse en el suelo, y, sin embargo, la aparición de una o de otra cara dependerá de las leyes que rigen en la caída y en los choques de los cuerpos. Es decir, que la cara finalmente resultante dependerá de la forma del dado y del cubilete, de la posición de aquél dentro de éste, de la fuerza y dirección que imprimamos al dado, etc. Pero, son tantas las variables que intervienen en el proceso, que nosotros no somos capaces de prever el resultado final. Es lo que expresa más recientemente Louis de Broglie sobre este punto:


“A veces conocemos las leyes de los fenómenos y las ecuaciones diferenciales que es necesario escribir para expresarlos, pero la complicación del problema es tal que no sabemos encontrar soluciones; a veces lo que nos falta es un conocimiento exacto de los datos iniciales que nos permitiría elegir entre las integrales de las ecuaciones diferenciales aquélla que debe representar el curso exacto de los acontecimientos, y esta incertidumbre sobre los datos trae consigo la incertidumbre de nuestras previsiones; a veces nuestra ignorancia puede ser aún más grave, pues podemos ignorar la forma misma de las leyes que se aplican a los fenómenos estudiados”.[20]



Según esta concepción, el término “azar” designaría simplemente la resultante -determinada en realidad- de procesos muy numerosos y desconocidos hasta tal punto y coimplicados de tal forma, que hacen imposible su determinación[21].

Entre los que han defendido la teoría de que hay realmente azar, se encuentran Peirce, Cournot, Borel y François Meyer. Según Charles Sanders Peirce, el azar es un principio real. Peirce considera el tychismo -afirmación del azar- como una de las grandes categorías cosmológicas, junto al synechismo -afirmación de la continuidad- y el agapismo -afirmación de la evolución-[22]. Augustin Cournot ha mantenido una doctrina sobre el azar semejante a la aristotélica, distinguiendo dos tipos de series causales: las solidarias -que expresan el orden- y las independientes entre sí -que expresan el azar-:


“Los acontecimientos producidos por la combinación o la coincidencia de otros acontecimien-tos pertenecientes a series independientes son los que se llaman acontecimientos fortuitos o resultados al azar”.[23]



Según Émile Borel, la necesidad y el determinismo pueden ser afirmados de la realidad globalmente, pero no de las realidades en particular; cuanto más particular es una realidad, tanto más azarosa es. El azar puede tratarse mediante leyes estadísticas que tienden a convertirse, pero sin jamás lograrlo, en “leyes absolutas”. Borel indica que las leyes deterministas expresan el “estado más probable”. Para François Meyer, el universo en estado corpuscular, que obedece a leyes estadísticas de la mecánica cuántica, representa el “estado de menor probabilidad”, mientras que el universo “formado” representa el “estado de mayor probabilidad”.[24]

El concepto de “finalidad” ha corrido pareja suerte al del “azar”. Las dudas sobre la finalidad se vieron fuertemente reforzadas por el éxito de la física de Newton, que se apoyaba precisamente en la evidencia sensorial o experimental. En virtud de ese éxito, resultaba muy tentador deducir que sólo un conocimiento directamente relacionado con lo sensorial o cuantitativo era válido. Al final de su Enquiry concerning Human Understanding (Investigación acerca del entendimiento humano), David Hume llegaba a esta conclusión, que ya había estado fraguándose dentro de la escuela empirista, de Ockham en adelante. Hume invitaba a sus lectores a expurgar las bibliotecas según los preceptos contenidos en el Enquiry. Sus lectores, ya humeanos convencidos, debían examinar cada libro, especialmente los que versaran sobre teología y filosofía escolástica y hacer dos preguntas: “¿Contiene algún razonamiento abstracto acerca de la cantidad o el número?” y “¿Contiene razonamientos experimentales acerca de la realidad y la existencia?” ¿Qué se debía hacer si la respuesta era negativa?: “Entonces -aconseja Hume- entrega el libro a las llamas porque no puede contener más que sofistería e ilusiones”.[25]

Rechazado ampliamente durante la Edad Moderna, tampoco los positivistas lo admiten, considerando su uso un puro “antropomorfismo”, solamente explicable en las mentalidades primitivas. Otros, como el filósofo de la naturaleza Matisse, arguyen que en el mundo inanimado la finalidad no se manifiesta y, como el ser viviente no es más que una suma de fenómenos físico-químicos, concluyen que la finalidad no existe. Pero el problema estriba en saber si el ser viviente es sólo “una suma de fenómenos físico-químicos”, o más bien una integral de dichos fenómenos. No se pueden identificar dos estados -el de la materia viva y el de la materia inerte- que, a la vez que obedecen a las leyes de la Física y de la Química, difieren profundamente[26]. Entre los positivistas, uno de los más fieles y entusiastas discípulos de Comte, así como uno de los más ardorosos adversarios de la causa final es, sin duda, Émile Littré, que la convierte en el blanco de sus más rebuscadas ironías. Un ejemplo de esta mordacidad nos lo dan las siguientes frases:


“Decidme para qué están en el mundo las chinches y los cáncanos o, sencillamente, las lombrices, y yo aceptaré también la explicación para los caballos y los bueyes; decidme cuál es la finalidad de que Rothschild no tenga menos oro y la de que éste no sea más abundante en el erario de Austria o del Vaticano, y la aceptaré también para que el aire no haya ni más ni menos oxígeno, ni más ni menos nitrógeno (...) Decidme para qué el agua del mar es salada, y admitiré también sus propiedades. No cabe duda de que al navegante le vendría mejor que fuese dulce”.[27]


Pero es igualmente un antropomorfismo negar la existencia de la finalidad en los casos en los que no podemos señalarla de una manera concreta. Nuestra ignorancia de cuál sea la finalidad en ciertos casos no es realmente ninguna prueba de que en ellos no exista, como no sea que nos tengamos a nosotros mismos por la medida absoluta de la verdad y del ser, lo cual, evidentemente, constituye una antropomorfismo radical de mucha mayor envergadura que el escarnecido por Littré. Prescindiendo de algunas puntualizaciones -como que en el agua salada es más fácil la flotación-, lo decisivo estriba en que dentro del pensamiento de Littré, al igual que en el de tantos otros seguidores de la manera positiva de pensar, el concepto de finalidad no está ni analizado ni explicado en sus presupuestos ontológicos, sino que es sólo objeto de una mera consignación, y ello, a su vez, en una forma exclusivamente psicológica.

El concepto de antropomorfismo suele ser empleado con una frecuencia solidaria de la escasa o nula hondura de su examen, con lo que ha llegado a convertirse en algo así como un “espantapájaros” frente a cualquier pretensión, por modesta que pueda ser, de dar un valor científico a la causa final. No cabe la menor duda de que la atribución de tendencias conscientes a los seres que no poseen la capacidad de la conciencia es un antropomorfismo craso, aunque también, ciertamente, algo mucho más grave: una burda contradicción. Pero ello no demuestra, en modo alguno, que el hablar de tendencias inconscientes sea un mero antropomorfismo, ni que sea una contradicción el atribuir esas tendencias a unos seres que de ningún modo son conscientes. La única contradicción aquí posible sería aquella en la que, sin duda, se estaría incurriendo en el caso de atribuir unas tendencias conscientes a los seres que carecen de conciencia.

 

 


2.4. Vitalismo: Doctrina que sostiene el peculiar carácter específico de los fenómenos vitales.

Según esta concepción, los fenómenos vitales poseen un carácter singular y específico y, por tanto, se desprende su irreductibilidad a los fenómenos mecánicos y a la dinámica puramente físico-química del mundo inorgánico.

a) Vitalismo platónico

Para Platón, el cosmos material tiene una causa, un principio representado por el Demiurgo, un artífice divino que sacó al mundo del caos, dándole orden y forma según un modelo. Este modelo es lo “vivo en sí”: el mundo se presenta, pues, como un gran organismo dotado de un alma y de un cuerpo. El alma del mundo está formada por la esencia de lo indivisible, por la esencia de lo divisible y por una tercera esencia, que es una mezcla de lo idéntico y lo diverso. El cuerpo está representado por los cuatro elementos de Empédocles (tierra, aire, agua y fuego), a los que el Demiurgo da una estructura de carácter geométrico constituyéndolos así en figuras sólidas. En su conjunto, el mundo tiene forma esférica (siendo la esfera la más perfecta de las figuras) y está dotado de movimiento circular.

Pero el Demiurgo no creó de la nada, sino que sacó al mundo de una especie de materia prima, un receptáculo universal absolutamente informe, pues había de ser capaz de acoger todas las formas: el espacio. El espacio es el reino de la necesidad, de un mero mecanismo irracional en el que interviene la inteligencia del Demiurgo. En el mundo operan, pues, dos tipos de causas: las finales o primarias, de orden intelectual, y las mecánicas, subordinadas a las primeras. Por ello, en Platón, están presentes tanto el mecanicismo como el finalismo, aunque el segundo es el que prevalece claramente. En el terreno de la biología, la descripción correcta de los fenómenos vitales implica necesariamente el recurso a una fuerza especial denominada “vida”, vinculada esencialmente al alma del mundo.

b) El vitalismo “científico”.

En el siglo XVIII, hubo un renacimiento de concepciones organicistas, vitalistas y animistas, revitalizadas por la Naturphilosophie y la filosofía de Schelling. Simultáneamente, Leibniz entendía el fenómeno vital a partir de su teoría de la armonía preestablecida, situándose al margen de la polémica que enfrentó a los mecanicistas con sus oponentes, los organicistas-vitalistas capitaneados por Blumenbach, y con los defensores del animismo, como Stahl. En este contexto, la filosofía del romanticismo tendió a condenar el reduccionismo mecanicista. La pugna entre mecanicismo (no necesariamente dualista, como el cartesiano, sino también plenamente materialista) y vitalismo marcó el desarrollo de la filosofía en el siglo XIX y comienzos del siglo XX.

La tesis central de la corriente vitalista era la de defender que, aunque formalmente un organismo se pueda describir como un entramado de órganos o células con una determinada composición bioquímica, ello no explica todavía la diferencia entre lo vivo y lo inerte. Es decir, negaban el reduccionismo que explica el fenómeno vital a partir de las propiedades físico-químicas o bioquímicas de la misma materia, sustentaban que la vida sólo puede ser explicada a partir de algún principio vital (la entelequia de Driesch, o el élan vital de Bergson, por ejemplo) irreductible a la simple materia. Otros importantes defensores del vitalismo fueron: J. Reinke y J. Uexküll. Eminentes biólogos, como L.V. Bertalanffy y R. Sheldrake han defendido formas menos estrictas de vitalismo.

Los estudios empíricos de embriología le condujeron a Driesch[28] a la filosofía, ya que necesitaba de unas bases filosóficas para exponer su concepción de la evolución, opuesta, por completo, a las corrientes mecanicistas. En este sentido, en el contexto de la filosofía de la biología, Driesch figura como uno de los máximos representantes del vitalismo. De hecho, su interés por la filosofía era fruto de la elaboración de sus hipótesis biológicas evolucionistas antimecanicistas, motivadas por sus estudios embriológicos.

La experiencia con las células de la gástrula de un erizo de mar, que al ser divididas no daban lugar a individuos incompletos, sino que reproducían en tamaño más pequeño el individuo completo, le dio armas contra el mecanicismo. Para Driesch estaba claro que el desarrollo biológico no era reductible a fenómenos meramente mecánicos pero, para conceptualizar este rechazo del mecanicismo, reelaboró una serie de conceptos filosóficos, en especial, los conceptos de causalidad total, de totalidad y de entelequia. Por el concepto de totalidad, un todo (en el mundo orgánico) es mayor que la suma de sus partes y, a su vez, en la parte (en el germen) está ya contenida la totalidad que, en virtud de la causalidad total, está orientada teleológicamente (al modo de la ortogénesis).

En cuanto a la entelequia (concepto que, evidentemente, es tomado de Aristóteles, para quien designa la actualización plena de lo que está en potencia), la concibe como un principio inmaterial que explica la evolución de la vida y del mundo. La entelequia aparece como un principio teleológico, cuyo carácter plenamente metafísico es defendido por Driesch en sus obras filosóficas. La entelequia es irreductible a los mecanismos de los procesos inferiores. Driesch divide la filosofía en «doctrina del orden» (que estudia el mundo inorgánico) y en «doctrina de la vida» (que estudia el mundo orgánico). Esta división es fruto de su convencimiento en la irreductibilidad de lo superior (la vida, lo orgánico) a lo inferior (lo inerte, lo inorgánico), y parte -como también lo hizo Bergson- de la distinción entre dos tipos de órdenes.La entelequia, que en cierto modo es concebida por Driesch como una mónada en sentido leibniziano, es la que determina todo el desarrollo del ser orgánico, y es supraindividual. De esta manera, cada individuo es solamente una parte de la vida suprapersonal de la entelequia.

Pero es muy probablemente Bergson el máximo representante de la corriente vitalista. Henri Bergson[29] recogió su pensamien­to sobre la evolución en La evolución creadora (1907) y Las dos fuentes de la moral y de la religión (1932). En La evolución creadora Bergson extiende la noción de duración que ha elaborado en sus dos grandes obras anteriores. Ahora la duración no constituye solamente el ser de la conciencia; la realidad exterior también es duración, siempre cambiante. Esta extensión y generalización de la duración, surgida del análisis de la propia conciencia, la efectúa Bergson sobre las bases del evolucionismo de Spencer, elaborando un evolucionismo cosmológico. Al igual que la conciencia, que es una creación continua de sí misma (tesis en la que Bergson recibe el influjo del empirismo británico), también la existencia en general consiste en un proceso de autocreación indefinida. Y de la misma manera que la psicología positivista y mecanicista fragmenta la conciencia real en unidades discretas y yuxtapuestas en el espacio, la ciencia también espacializa la realidad y la fragmenta en cosas yuxtapuestas espacialmente distintas para estudiar sus rasgos comunes, dentro de una visión mecanicista.

El conocimiento de la realidad se obtiene, por consiguiente, con la ciencia y con la filosofía: la ciencia alcanza sólo el aspecto material del mundo, según el cual las cosas se disponen en el espacio, recurriendo a los métodos analíticos y espacializadores de la inteligencia; mientras que la filosofía capta el espíritu, la realidad en cuanto es conciencia, duración, recurriendo a la intuición que define como “la simpatía por la cual nos trasladamos a lo interior de un objeto para coincidir con lo que tiene de único y por consiguiente de inexpresable”. El aspecto ontológico de la duración (también la realidad es duración, tiempo verdadero -no espacializado- que se manifiesta como “evolución creadora”), se manifiesta especialmente en los procesos evolutivos de los seres vivos, que son expresión de un élan vital, impulso creador.

En la realidad no hay cosas, sino acciones, y todo se debe a la acción del impulso vital, que es la actualización de lo virtual (opuesto a lo meramente posible), y que engendra la imprevisible novedad. En este sentido, y en tanto que todo es duración, invención, impulso, energía creadora, todo es conciencia. Todas las características del ser vivo son también características de la conciencia: “continuidad en el cambio, conservación del pasado en el presente, verdadera duración”. En contra del evolucionismo de Darwin, al que todavía considera una explicación mecanicista de la vida, y en contra también de las tesis finalistas, Bergson sustenta la “evolución creadora” como explicación de los procesos evolutivos.

Para ilustrar esta hipótesis estudia la formación evolutiva de diversos órganos, en especial dedica su atención a los procesos de formación del ojo en los moluscos y en los vertebrados. La semejanza que muestran (“complejidad de estructura y simplicidad del funcionamiento”), siendo fruto de líneas evolutivas tan divergentes, no se explica recurriendo a un evolucionismo darwinista, pero en cambio puede explicarla la hipótesis de un impulso vital común. La evolución de las especies es fruto del impulso vital originario, mientras que la materia es el impulso vital degradado, su reflujo o aspecto reactivo ante el impulso creador activo que debe vencer su inercia.

Además, en la evolución se manifiestan dos grandes líneas filéticas distintas: la que origina el triunfo del instinto -en los insectos, por ejemplo-, y la que genera el triunfo de la inteligencia, capaz de fabricar instrumentos artificiales y dominar la tierra. El hombre ha desarrollado al máximo la inteligencia y nuestra especie se ha constituido como homo faber, pero esta misma inteligencia, orientada a la acción y a la supervivencia, entendida como dominación de la tierra, crea sus propias barreras a otro estadio superior, el de la intuición. La inteligencia permite la formación de conceptos, crea esquemas y categorías vacías, y engendra el lenguaje. Procediendo de una necesidad de adaptación a la vida y de solución de problemas prácticos, la inteligencia está todavía demasiado atada a sus grandes logros: la abstracción, la técnica y la ciencia.

Pero la ciencia no es realmente cognoscitiva, sino práctica y utilitaria. Bergson defiende una concepción del conocimiento científico que, por una parte, le acerca a las tesis de los defensores del pragmatismo, como su íntimo amigo William James y, por otra parte, se asemeja a la mantenida por los filósofos vitalistas, como Nietzsche, por ejemplo. La ciencia fracciona lo real en unidades discretas y la convierte en estática. Como el cine, cuya sensación de movimiento es la irreal yuxtaposición de fotogramas estáticos. Esta estatificación de lo real permite su cómodo etiquetado lingüístico en conceptos también estáticos y fácilmente cuantificables. No obstante, si la inteligencia, surgida como superación del instinto en una etapa de la evolución biológica, es capaz de mantener su vinculación con la conciencia pero, a la vez, recuperar lo instintivo, entonces surge la intuición, que permite un conocimiento más profundo que el suministrado por la inteligencia, y que hace posible la superación de las barreras interpuestas por un lenguaje incapaz de fundirse con lo real.

Según Bergson, la explicación darwinista, al ser consecuencia del re­duccionismo científico, sólo puede explicar los fenómenos mecánicos del origen de la vida y de los seres vivos. La ciencia no puede com­prender el hecho de la vida en toda su simplicidad ni captar cuál es su naturaleza; sólo puede observarla compartimentalizada, dividida en cada una de las piezas que la forman.

La teoría vitalista también ha sido defendida por algunos físicos relacionados con la mecánica cuántica (Schrödinger, por ejemplo), quienes afirmaban que las leyes causales propias de la física newtoniana no podían dar explicación de los fenómenos específicamente vitales y que, de la misma manera que la mecánica cuántica, según el principio de indeterminación de Heisenberg, debía afrontar una cierta acausalidad en la explicación de los fenómenos microfísicos, debería constituirse una biología independiente de las reducciones mecanicistas heredadas de una concepción física ya superada. Aunque, por comodidad, se agrupen bajo la misma denominación de vitalistas, cada uno de estos autores ha mantenido posiciones muy distintas. Así, por ejemplo, unos afirmaron explícitamente la existencia de un “principio vital”, mientras que otros se limitaban a señalar la imposibilidad de reducir lo inorgánico a mecanicismo y lo vital a orgánico, sin afirmar de manera explícita una fuerza vital. Justamente la afirmación de tal principio o fuerza vital es el aspecto más débil de estas concepciones, puesto que no se trata de ninguna entidad observable. No obstante, desde otras perspectivas, algunas corrientes de corte neovitalista (también llamadas organicistas o biologistas), o inspiradas en ellas, han impulsado otras ramas de la ciencia, tales como la teoría general de los sistemas, como en el caso de Ludwig von Bertalanffy.

En el escrito programático que le hizo famoso, Perspectivas en la teoría general de sistemas, Bertalanffy criticó desde un comienzo el vitalismo, que pretende explicar lo viviente mediante la introducción de entidades misteriosas como el élan vital o la entelequia, y a el mecanicismo, implícito, según él, en buena parte de la biología contemporánea. Bertalanffy reprochó principalmente al mecanicismo su carácter “analítico-sumatorio”, o sea, su tendencia a analizar cada fenómeno en sus constituyentes, considerándolo la suma de éstos; le reprochó asimismo, el ser “maquinístico”, es decir, el identificar la base de la vida con un conjunto de mecanismos físico-químicos predeterminados, y el ser “reaccionístico”, o sea, el concebir los organismos vivos como autómatas que sólo reaccionan cuando son estimulados. Por el contrario, los organismos vivos deben considerarse sistemas complejos y dotados de propiedades específicas. Así, por ejemplo, no se aplican a ellos los mismos principios termodinámicos que valen para los “sistemas cerrados” tal como los estudia la Física. Si, por otra parte, es verdad que existen propiedades específicas de los sistemas vivientes, también hay propiedades generales de todos los sistemas, las cuales, precisamente, forman el objeto de la “teoría general de sistemas”, perspectiva según la cual se han de reconducir, a juicio de Bertalanffy, todas las ciencias a su unidad.

2.5. Evolucionismo: Concepción dinámica de los fenómenos vitales.

En el contexto de pugna entre mecanicismo y vitalismo del s. XIX, surge el evolucionismo de Lamarck y de Darwin.Lamarck había sopesado la idea del origen evolutivo de los seres vivos a partir de la materia inerte, guiado por la generación espontánea, pero no prosiguió esta línea de investigación. Darwin sostuvo un origen común de todos los seres vivos a partir de la materia inorgánica, pero creyó que nunca podríamos llegar a saber de qué manera habría surgido la vida. Herbert Spencer (1820-1903) introdujo en 1865 la idea de la biogénesis en el marco del fenómeno evolutivo. Asimismo, Friedrich Engels (1820-1895) sostuvo en 1870 que el proceso evolutivo es la única vía por la cual pudo surgir la vida a partir de la materia inerte. E. A. Schäfer subrayó en 1912 que la materia viva tuvo como causas las mismas que han producido las otras formas de materia del universo. Descartó toda idea de modificación repentina ejercida por una acción natural o sobrenatural. K. Timiryasev abundó en la misma idea, al afirmar en 1912: “La teoría de la evolución abarca hoy día no sólo la Biología, sino todas las demás Ciencias Naturales, la Astronomía, la Geología, la Química y la Física. Nos explica que la transición del mundo inorgánico al mundo orgánico se produjo probablemente también por un proceso de evolución”.[30]

Pero si la teoría de la evolución, a pesar de sus lagunas, daba explicaciones suficientemente satisfactorias para la aparición de las especies, la elaboración de una teoría científica sobre el origen de la vida no se desarrolló hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, ya en el siglo XIX un hecho fundamental fue la síntesis de materia orgánica a partir de materia inorgánica (concretamente la síntesis de la urea), que abrió la posibilidad de explicar por causas puramente naturales el origen de la vida, ya que se demostraba la posible continuidad entre materia inorgánica y orgánica. Pero, si bien la teoría de la evolución explica el desarrollo y la formación de las diversas especies vivas sobre la Tierra, presupone la previa existencia de la vida, lo que conduce inevitablemente a preguntarse por el concepto mismo de qué es la vida, y al problema de su origen o problema de la biogénesis. La integración de una teoría sobre la biogénesis en el seno de una teoría evolutiva haría de ésta una vasta teoría relativa al proceso de transformación de la materia desde el origen del universo; proceso que integraría, pues, tanto la evolución de la materia inorgánica, como la de la materia orgánica. De esta manera, mientras las teorías evolutivas remiten al problema del origen de la vida, la biogénesis remite a las teorías cosmológicas relativas al origen del universo.

Así, podemos señalar que desde el siglo XIX hasta hoy las diversas concepciones científicas para explicar el origen de la vida han sido fundamentalmente las siguientes: 1) El modelo Oparin-Haldane. 2) La teoría de la panspermia. 3) La hipótesis del ARN. 4) Otros modelos alternativos. 5) Teorías finalistas. Concentremos nuestra atención en ellas y veámoslas con mayor detenimiento.




3. Teorías actuales acerca del origen de la vida

El desarrollo de la Bioquímica y de la Genética molecular en las últimas décadas ha permitido conocer con bastante profundidad el funcionamiento químico de las células y la base molecular de sus funciones. Estos conocimientos han servido de base para elaborar un conjunto de hipótesis que intentan explicar cómo la vida se ha podido originar en la Tierra a partir de la materia inerte. Fue el ruso Oparin quien dio una base sólida a la biogénesis. En 1924, A.I. Oparin y, en 1928, el investigador inglés J.B.S. Haldane crearon las bases teóricas para que, posterior-mente, en 1952 M. Calvin y, especialmente, en 1953, S.L. Miller pudieran experimentar de acuerdo con las hipótesis de los autores anteriormente mencionados. En los años 1960, los investigadores Oró, Fox y Ponnanperuma prosiguieron estos experimentos que demostraban la posibilidad de la síntesis de aminoácidos y otras moléculas complejas dentro de una evolución prebiótica. Desde J.B.S. Haldane, Oparin, Melvin Calvin, H. Urey, Stanley Miller, y otros relevantes científicos, se da prioridad al enfoque evolucionista de la vida, englobando el problema de la biogénesis dentro de una vasta teoría evolutiva que iría desde el Big Bang hasta el ser humano y sus producciones culturales. A partir de los autores mencionados se ha considerado que la vida puede surgir como un fenómeno de autoorganización de la materia en unas determinadas condiciones prebióticas (es decir, previas a la aparición de la vida). Por otra parte, los estudios contempo-ráneos sobre sistemas alejados del equilibrio (Prigogine) han señalado la posibilidad de fenómenos de autoorganización en la cuales, a partir de un caos se genera espontáneamente un orden.

a) El modelo Oparin-Haldane: biogénesis por azar (1924)

Oparin[31], bioquímico ruso, es sobre todo conocido por haber formulado en 1924 una teoría científica sobre el origen de la vida sobre la Tierra. Aunque ya en 1910 E. Giglio-Tos había lanzado una hipótesis semejante, se debe a Oparin la primera formulación rigurosa de una teoría de la biogénesis. El núcleo central de su teoría biogenética estriba en la aplicación de la teoría de la evolución a la materia terrestre. De hecho, esta orientación no era nueva, pues ya el mismo Lamarck había sopesado la idea del origen evolutivo de los seres vivos a partir de la materia inorgánica, aunque, guiado por la idea de la generación espontánea (que aceptaba para los infusorios), no prosiguió esta línea de investigación. Posteriormente Darwin también sostuvo un origen común de todos los seres vivos a partir de la materia inorgánica, pero creyó que nunca podríamos llegar a saber de qué manera había surgido la vida, tesis que Haeckel compartía.

Según la hipótesis de Oparin, la biogénesis o formación de la vida habría surgido a partir de una evolución de la materia terrestre en condiciones de atmósfera reductora, que son las que, presumiblemente, existían en el planeta en tiempos remotos. En dichas condiciones, se habrían formado moléculas orgánicas que evolucionarían sin la existencia de ningún ser vivo, reuniéndose y formando sistemas cada vez más complejos, regidos por las leyes darwinistas de la sujeción al medio y la evolución natural, que darían lugar a la aparición de los seres vivos en un proceso completamente natural. En el ambiente reductor de esta atmósfera se habría producido un medio rico en sustancias orgánicas y habría generado un primer periodo heterótrofo, en el cual los precursores de los seres vivos hallaron disueltos en un medio acuoso los constituyentes que necesitaban. Posteriormente habrían surgido de manera progresiva sistemas físico-químicos estacionarios, termodinámicamente abiertos, a los que Oparin llamó coacervados, y finalmente se habría producido la intervención de la selección natural entre dichos coacervados. En definitiva, la hipótesis de Oparin se basa en la extensión de la noción de evolución al mundo inorgánico, de manera que se establecería una continuidad desde la materia menos organizada hasta los seres vivos.

Esta teoría fue progresivamente completada por el autor en diversas obras, de entre las cuales El origen de la vida sobre la Tierra sirvió como punto de partida y referencia obligada a todos los científicos que trataban este tema, proponiendo no sólo un modelo posible de explicación del origen de la vida desde una perspectiva bioquímica rigurosa, sino que además señalaba las posibles vías de experimentación capaces de poner a prueba su teoría. Caminos de experimentación que en 1953 fueron explorados por el bioquímico Stanley L. Miller, y que demostraban la posibilidad de la síntesis de las principales moléculas que componen los seres vivos en condiciones prebióticas (en ausencia de seres vivos) y a partir sólo de metano, amoníaco, hidrógeno y vapor de agua (sustancias que presumible-mente formaban la atmósfera terrestre primitiva). Otras obras destacables son: La vida en el universo (1959) y La vida: su naturaleza, origen y desarrollo (1961). Numerosos especialistas le siguieron: J.B.S. Haldane[32] (1929) en Inglaterra y A. Dauvillier (1938) en Francia. Sus trabajos se impusieron paulatina-mente.

El modelo Oparin-Haldane llenó el vacío sobre el origen de la vida que existía desde el desmoronamiento llevado a cabo por Pasteur de la hipótesis de la generación espontánea. Pasteur había demostrado que los seres vivos sólo provienen de seres vivos anteriores; pero, entonces, ¿cómo surgió la primera forma viva? Haldane publicó sus ideas en una ocasión[33] y luego centró su atención en otras áreas de la ciencia. Oparin, sin embargo, persistió en el desarrollo de su teoría[34], la cual cobró importancia y credibilidad cuando Harold Clayton Urey la apoyó y amplió a principios de los años cincuenta en su obra The Planets.[35] Esta teoría se puede resumir como sigue:

1) La Tierra, por la época en que comenzó la vida, tenía una atmósfera reductora, libre de oxígeno, con metano, amoníaco, hidrógeno y agua. 2) Esta atmósfera se vio expuesta a diversas fuentes de energía -como los relámpagos, la radiación solar y el calor volcánico- que condujeron a la formación de compuestos orgánicos. 3) Estos compuestos debieron de acumularse hasta que los océanos primitivos alcanzaron la consistencia de una sopa caliente diluida. 4) La vida se desarrolló en esta sopa merced a transformaciones ulteriores. Según Oparin, los ingredientes de la sopa permanecerían durante largos períodos de tiempo en los océanos primitivos y esto supondría una situación muy favorable para el origen de la vida:


“Hemos pasado revista -sintetiza en una de sus obras más conocidas- al largo camino seguido por el desarrollo de la materia y que condujo a la aparición de la vida en la Tierra. Al principio, vimos al carbono disperso en átomos sueltos por la atmósfera incandescente de las estrellas. Posteriormente, lo descubrimos formando parte de los hidrocarburos que se originaron en la superficie de la Tierra. Más adelante estos hidrocarburos dieron derivados oxigenados y nitrogenados y se convirtieron en las sustancias orgánicas más simples. En las aguas del océano primitivo esas sustancias formaron cuerpos más complejos. Aparecieron las proteínas y otras sustancias análogas. Así fue como se formó el material de que están constituidos los animales y los vegetales. Al principio, este material se hallaba simplemente disuelto, pero después se separó, formando los coacervados. Los coacervados primitivos tenían una estructura relativamente sencilla, pero poco a poco se fueron produciendo en ellos cambios esenciales, se fueron haciendo cada vez más complicados y su estructura cada vez más perfecta, hasta que por fin se convirtieron en seres vivos primitivos, progenitores de todo lo vivo en la Tierra”.[36]



Tanto Oparin como Haldane señalaron que los compuestos orgánicos requeridos para la vida no podrían haberse formado sobre la Tierra si la atmósfera de ésta hubiera sido tan rica en oxígeno (oxidante) como lo es ahora. El oxígeno, que captura átomos de hidrógeno de otros compuestos, impide las reacciones que permiten transformar moléculas orgánicas sencillas en otras más complejas. Oparin y Haldane propusieron, por tanto, que la atmósfera del joven planeta era reductora, lo mismo que la de los planetas exteriores: contenía muy poco oxígeno y abundaba en hidrógeno (H2) y en compuestos capaces de ceder átomos de hidrógeno a otras sustancias. Entre los gases presentes, se suponía que existían metano (CH4) y amoníaco (NH3).



b) El experimento de Miller y Urey (1953): ¿Una confirmación experimental?

Las ideas de Oparin y Haldane inspiraron el famoso experimento de Miller y Urey, que en 1953 marcó el inicio de la era de la Química prebiótica experimental. Harold Clayton Urey y Stanley Lloyd Miller trataron de imaginar el tipo de reacciones que ocurrieron cuando la Tierra estaba aún rodeada por una atmósfera reductora. Ésta es en síntesis la crónica histórica de aquel acontecimiento. El estudiante de Química en Chicago Miller trabajaba en el laboratorio del premio Nobel Dr. Urey en los primeros años de la década de los 50. Había oído hablar a su maestro de que sus investigaciones sobre cómo debió de ser la primera envuelta gaseosa que tuvo la tierra al formarse le llevaban a las mismas conclusiones que de manera más hipotética habían sugerido Haldane y Oparin. Consistían estas coincidentes hipótesis en suponer que en aquella pre-atmósfera, en vez del aire actual, había una mezcla de hidrógeno con vapor de agua, y moléculas de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno. A partir de aquélla, por acción directa de la energía solar, pudieron formarse las primeras moléculas orgánicas, que más tarde constituirían la materia de los seres vivos.[37]

Harold Urey pidió a su alumno que intentara la producción experimental de moléculas orgánicas, simulando en el laboratorio las supuestas condiciones primitivas. Un intento anterior de sintetizar esas moléculas por medio de un acelerador de partículas había sido realizado por el bioquímico alemán-americano Melvin Calvin, de la Universidad de Berkeley, pero sin que produjera nada que tuviera mucho interés.[38] Por eso, causó bastante asombro que el experimento de Miller arrojara cantidades apreciables de aminoácidos y otras moléculas orgánicas, después de un espacio breve de descargas eléctricas. Miller consiguió obtener 4 de los 20 aminoácidos que entran en la composición de las proteínas. Desde entonces, otros investigadores han sometido diversas mezclas de gases simples a multitud de fuentes de energía. Y se ha visto que, bajo condiciones reductoras, los aminoácidos se forman fácilmente: bajo condiciones oxidantes, no se constituyen en absoluto o sólo en pequeñas cantidades. Como consecuencia de ello, se han multiplicado los experimentos y las hipótesis sobre el origen de la vida.[39]

No obstante, en los experimentos citados no se sintetizaron todos los aminoácidos esenciales de los organismos y se formaron otros que no se encuentran en ellos. Poco después de la experiencia de Miller, el grupo de Calvin, de una mezcla similar de amoníaco, metano y agua, sintetizó adenina, uno de los componentes del ADN. En 1961, Juan Oró trató de determinar si los aminoácidos podían obtenerse por procesos químicos más simples que los que operaban en el experimento de Miller-Urey. Mezcló cianuro de hidrógeno con amoníaco en una solución acuosa, sin introducir ningún aldehído, y encontró que se formaban aminoácidos, sin ayuda de dicho reactivo. Se encontró con otro descubri-miento inesperado: la molécula más compleja identificada era la adenina, una de las cuatro bases nitrogenadas presentes en el ARN y en el ADN. El trabajo de Oró implicaba que, si la atmósfera era reductora, la adenina habría estado disponible para contribuir a la aparición de la vida.

Suponiendo que la vida que encontramos en la Tierra evolucionó inicialmente sobre ella, ¿cuáles eran las condiciones ambientales del planeta cuando se inició el proceso? Una cosa parece segura: la atmósfera era pobre o estaba exenta de oxígeno libre y no era fuertemente oxidante como hoy día es. No se debe olvidar que el oxígeno es un gas venenoso y corrosivo, peligro del que los seres humanos y otros organismos están protegidos por mecanismos físicos y químicos muy elaborados. Pero las bacterias anaeróbicas carecen de estos sistemas protectores: el oxígeno les resulta, por tanto, un gas inútil y letal. El bioquímico británico J.B.S. Haldane fue, según parece, el primero en darse cuenta de que la presencia de una atmósfera reductora, sin oxígeno libre, era una condición necesaria para la evolución de la vida a partir de materia orgánica. La ausencia de oxígeno en la atmósfera implica que falte también la capa de ozono, en la zona alta de aquélla, que bloquea actualmente la mayor parte de la radiación ultravioleta solar. Así la radiación ultravioleta alcanzaría, sin obstáculos entonces, la superficie del planeta y proporcionaría la energía necesaria para la síntesis de una gran variedad de compuestos orgánicos a partir de moléculas de agua, anhídrido carbónico y amoníaco. Al faltar en la atmósfera el oxígeno libre que volvería a destruirlos, estos compuestos se almacenarían en los océanos hasta que, según palabras de Haldane, “los océanos primitivos alcanzaran la consisten-cia de un caldo caliente y diluido”.

Lástima que, de acuerdo con investigaciones recientes, la Tierra primitiva nunca fue tan reductora como Oparin, Haldane, Urey y Miller imaginaron.[40] Parece, pues, aconsejable dirigir la mirada hacia otros mecanismos de acumulación de constituyentes de proteínas y de ácidos nucleicos en la “sopa” prebiótica. En efecto, el estudio de la historia de la Tierra precámbrica no corrobora la hipótesis de la ausencia inicial de oxígeno molecular, dado que muchas rocas precámbricas, incluidos los sedimentos más antiguos, contienen minerales de óxido férrico que indican alguna fuente de oxígeno libre en la época en que se precipitaron y depositaron. ¿De dónde procedía ese oxígeno libre? Fred Hoyle ha estudiado el proceso químico y considera que no hubo nunca “sopa primigenia”, y que la atmósfera siempre contuvo oxígeno; en apoyo de su idea, señala la falta de depósitos carbonosos en las rocas primitivas.

Al margen de este escollo, otra de las dificultades con que tropieza el mopdelo de Oparin-Haldane es la existencia de cálculos estadísticos adversos. Los cálculos de probabilida-des que se han realizado demuestran la insuficiencia del azar en el origen de la vida. Todos los vivientes que conocemos poseen proteínas y ácidos nucleicos. Los nucleótidos son los constitu-yentes básicos de los ácidos nucleicos. Los aminoácidos son los componentes básicos de las proteínas, y éstas son los ladrillos de las células. Sin las proteínas es imposible construir el edificio celular. Veamos por separado las probabilidades de aparición de cada uno de estos compuestos, según los referidos cálculos. Du Noüy[41] calculó la probabilidad de que se formara por azar una molécula proteica. Considerando que la probabilidad de que salga en un dado la cara con 6 puntos, tirado al azar, es de 1/6, a Lecomte de Noüy le salió una probabilidad de 1/2,3600. Traducido a términos de comprensión más patente, y entendiendo que la probabilidad aumenta con la masa y con el tiempo, si se tiene en cuenta un tiempo de 2.000 millones de años, para que apareciera por casualidad la molécula proteica, haría falta una masa de materia que, medida por su radio, tendría 1085 años-luz. Es decir, una esfera que, tomando la tierra como centro, integraría todas las estrellas visibles y sus espacios interestelares. Si se tiene en cuenta la masa de nuestro planeta, para que se diera la probabilidad de la aparición casual de esa molécula, haría falta un tiempo de 10263 años. Es evidente que la molécula proteica no ha contado ni con tanta masa ni con tanto tiempo para que se pudiera haber formado.

Otro de los trabajos clásicos en este campo lo realizó el bioquímico británico J.B.S. Haldane. Haldane suponía cuatro fases para entender la probabilidad de formación del sistema autorreplicativo más primitivo, con las que intentaba explicar la formación de una enzima que fuese capaz de poner en marcha sucesivas reacciones. En efecto, no hay reacción sin enzima. Resumiendo el complicado proceso, Haldane quería comprobar experimentalmente si se cumplió desde el principio el dogma fundamental de la bioquímica molecular “un gen -porción de nucleótido- especifica una enzima”; sin comprobar eso, no tenía sentido hablar de la evolución de la vida, al menos en términos biológicos. Haldane supuso que la primera enzima que apareció fue la fosfoquinasa, especificada por un gen formado por ARN. Pero, al realizar los cálculos estadísticos y bioquímicos, se encontró con la sorpresa de que -sometida al azar- la probabilidad de que apareciera esa enzima era de 1/ 1,3 X 1030, lo que de un modo gráfico representa la probabilidad de que arrojando desde la torre de Eiffel cien mil cartulinas de colores, aparezca una reproducción del cuadro de Velázquez “La Rendición de Breda”. De ocurrir esto, bien podría suceder cualquier otra cosa.

Otros cálculos más recientes muestran las exigentes condiciones matemáticas requeridas para el origen casual de una protoenzima. Dicha proteína primitiva podría formarse espontáneamente sólo una vez en 100 millones de años, a condición de que una cantidad suficiente de aminoácidos comparezcan cada minuto, a lo largo de 100 trillones de pruebas simultáneas. La superficie terrestre no es lo suficientemente amplia para contener tal mole de sustancias reaccionando al mismo tiempo[42]. La Bioquímica moderna parece haber llegado a la imposibilidad matemática de la constitución espontánea de, incluso, la más pequeña proteína enzimática. Hay que tener en cuenta que una proteína enzimática de sólo 100 aminoácidos, tiene la probabilidad de formarse correctamente sólo una vez sobre 10130, mientras que la suma de partículas subatómicas del universo no parece superar la cifra de 1080. Por otra parte, estas condiciones son poquísimas en comparación con las exigencias que presenta la ínfima y más simple unidad dotada de vida y de capacidad reproductiva: el Bacterium coli, uno de los microbios más pequeños, posee en su estructura más de 2.000 proteínas.

Shapiro[43] ha calculado el número de “pruebas” que han podido tener lugar desde el origen de Tierra. “Tomemos el colibacilo, por ejemplo: se divide cada 20 minutos. Pero supongamos una bacteria más simple que se divida una vez por minuto. Desde el origen del mundo disponemos de 5 x 1014 minutos. Supongamos que tenemos un contenedor de 10 km de profundidad y un volumen de un micrómetro cúbico por ensayo, lo que permite 1036 ensayos simultáneos. En 2.000 millones de años obtendríamos 2,5 x 1051 ensayos. ¿Qué probabilidades hay de obtener un enzima funcional que contenga al menos 200 aminoácidos, suponiendo que se combinen al azar? Hoyle y Wickramansinghe estiman que la probabilidad es de 1 x 1020. Pero para obtener la reproducción de una bacteria hay que reunir por lo menos 2.000 enzimas: la probabilidad es entonces de 1 sobre 1040.000, esto es, aproximadamente las mismas probabilidades de que un tornado en un desguace produzca un Boeing con el motor encendido.”

Por otra parte, es sabido que un gen está formado por miles de unidades elementales llamadas nucleótidos, cada uno de los cuales contiene por lo menos 33 átomos, y aunque los nucleótidos se forman espontáneamente -a partir de mezclas de compuestos inorgánicos que poseen agua, anhídrido carbónico, amoníaco y compuestos de fósforo sometidos al efecto de la energía-, ante la pregunta de si los nucleótidos podrían fabricar espontáneamente moléculas de ADN, la respuesta de la ciencia es negativa por el momento. En conclusión, habría que admitir que el surgimiento de un gen por azar es un hecho verdaderamente improbable. Frank B. Salisbury, de la Universidad del Estado de Utah, ha calculado la probabilidad de aparición de la molécula de ADN en el universo durante un período de 4.000 millones de años. Según él, es de 1/10585: una cifra incomprensiblemente pequeña[44].

En círculos neodarwinistas se objeta a veces que tales cálculos son superfluos e irrelevantes. J. Moreau, por ejemplo, ha criticado que tales cálculos no tienen ninguna significa-ción, puesto que es evidente que la vida existe.[45] Por su parte, Haldane sostiene que “un origen sobrenatural de la vida nos parece hoy un milagro mucho mayor de lo que parecía hace 3.000 años o incluso 200 años”. Subrayamos el defecto de razonamiento: la vida existe, y es casi inexplicable si se rechaza la idea de un Dios Creador. Tal es la conclusión filosófica que se obtiene a partir de los datos científicos. Porque, finalmente, quienes niegan la existencia de Dios deberían reconocer que su hipótesis carece prácticamente de consistencia. Haldane, sin duda, imagina que, para el metafísico, la creación de la vida es una operación pura y exclusivamente sobrenatural, que no recurre a ninguna causalidad física y química, lo que efectivamente es un error. Por esto, Haldane establece su falsa alternativa: o bien las causalidades empíricas, o bien la causalidad invocada por el metafísico. Pero esta alternativa descansa en una confusión, porque la causalidad discernida por el metafísico integra y utiliza las causalidades físico-químicas.

Para el neodarwinista Jacques Monod, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1965, la vida y el hombre son ciertamente el resultado de la evolución, pero no su finalidad. El resultado pudo haber sido otro: si han aparecido es por pura casualidad, por puro azar. Es la tesis de un libro que hizo mucho ruido en 1a década de los 70:


“La vida ha aparecido sobre la Tierra: ¿cuál era antes del acontecimiento la probabilidad de que apareciera? No queda excluida, por la estructura actual de la biosfera, la hipótesis de que el acontecimiento decisivo no se haya producido más que una sola vez. Lo que significaría que su probabilidad “a priori” es casi nula (...) El Universo no estaba preñado de la vida ni la biosfera del hombre. Nuestro número salió en el juego de Montecarlo. ¿Qué hay de extraño en que, igual que quien acaba de ganar mil millones, sintamos la rareza de nuestra condición?”.[46]

Aunque es evidente que la vida existe, no lo es de ningún modo su aparición casual. En esta dirección apuntan las opiniones de numerosos científicos. El biólogo Edwin Conklin sostiene que “la probabilidad de que la vida se originara de modo accidental es comparable a la probabi-lidad de que el diccionario no abreviado fuera el resultado de una explosión en una imprenta”.[47] Para el matemático J.W.N. Sullivan, “la hipótesis de que la vida se ha desarrollado a partir de materia inorgánica es, en la actualidad, todavía un artículo de fe”.[48] El bioquímico Georges Wald considera que “basta con contemplar la magnitud de esta tarea para admitir que la generación espontánea de un organismo vivo es imposible”.[49] El bioquímico Francis Crick asegura que “el hombre honrado, armado con todo el conocimiento que nos está disponible ahora, sólo podría declarar que, en algún sentido, por el momento parece que el origen de la vida es casi un milagro”.[50] Y el astrónomo Fred Hoyle, en colaboración con Chandra Wickramasinghe, llega a concluir: “A no ser que uno se deje dominar por el prejuicio, sea debido a creencias sociales o debido a educación científica, de modo que acepte la convicción de que la vida se originó espontá-neamente en la Tierra, este simple cálculo (las posibilidades matemáticas contra ello) desestima tal idea completamente”.[51]

Queda ya claro y centrado cuál es el principal obstáculo con que ha de enfrentarse cualquier hipótesis que intente explicar la evolución de la vida por un mecanismo puramente casual: las probabilidades de que ocurrieran los primeros pasos iniciales son tan bajas que resultan despreciables. No quedan, por tanto, más que dos salidas válidas: el tiempo prebiótico inicial fue muchísimo más largo de lo que suponemos; o bien, existieron causas ajenas al sistema que lo dirigieron hacia un camino determinado. Analicemos la primera hipótesis.

Quizá el aspecto más sorprendente de la evolución de la vida en la Tierra sea la rapidez con que se llevó a cabo. Recientemente se ha puesto de manifiesto que los primeros restos de vida sobre la Tierra son casi tan antiguos como la edad de las mismas rocas, lo cual contradice la concepción darwinista, que sitúa el nacimiento de la vida tras un largo proceso temporal. El grupo más antiguo de rocas sedimentarias del Precámbrico que se conoce se encuentra en Swazilandia, África del Sur, y entre ellas están los yacimientos de Fig Tree, de 3.200 millones de antigüedad, que pueden verse en el distrito de Baberton, una zona en la que hay minas de oro. En 1965, E. Barghoorn recogió muestras de esas formaciones y, al volver a Harvard, él y J. William Schopf las examinaron al microscopio electrónico. Los dos se asombraron no poco al encontrar en sus muestras unos bastoncillos con paredes dobles, distintos de todo lo que se había visto hasta entonces. Dieron a ese organismo el nombre de Bacterium isolatum. Más tarde, descubrieron a la luz del microscopio otros fósiles más grandes, de forma esférica, y también nuevos, a los que bautizaron como Archaeospheroides barbertonensis. Un lustro después, Barghoorn comentaba: “La existencia de estos dos organismos, habitantes de un medio acuático hace más de 3.000 millones de años, es prueba de que el primer umbral evolutivo -la transición de la evolución química a la orgánica- se había cruzado ya en alguna fecha todavía más antigua”.[52]

Más recientemente, en 1979, la fecha del origen de la vida ha retrocedido todavía más. Un biólogo alemán, H.D. Pflug y otro francés, H. Jaeschyke-Boyer, estudiaron las rocas antiguas de Isua, en Groenlandia, que datan de hace 3.800 millones de años.[53] Lo que había despertado su interés en un principio era que esas rocas fueran carbonosas, lo que significaba que la atmósfera estaba ya cargada de dióxido de carbono, no de nitrógeno. Pero, para asombro suyo, encontraron algo mucho más extraño: inclusiones a modo de célula, de aparente origen biológico, que llamaron Isosphera. Este organismo, que se parece mucho a la célula de levadura moderna, se reproducía por brotes. Sin embargo, la de la levadura es una eucariota, mientras que estas células tienen que haber sido muy anteriores a cualquier eucariota. Pflug y su colega francés proponen lo siguiente: “La isosfera podría representar una línea intermedia entre un protobionte semejante a una microesfera y la subsiguiente evolución”. En palabras más sencillas, un eslabón entre materia orgánica e inorgánica. Otros descubrimientos recientes, sobre todo en la región de Pilbara (Australia), han aportado nuevas pruebas de vida hacia esa época. Los paleontólogos E.G. Nisbet y C.T. Pillinger, del departamento de Ciencias de la Tierra, de Cambridge, al revisar la situación, en 1981, anunciaron: “Es posible que ya hace 3.500 millones de años hubiera en los mares una comunidad abundante y simple, pero diversa”.

Tenemos, por tanto, el problema número uno. La Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años. No se enfrió hasta hace quizá 4.200 millones de años. Sin embargo, la vida se manifestó después de sólo un 15 % de su existencia completa, cuando uno habría considerado que las condiciones eran sumamente desfavorables. Eso no es tiempo suficiente para la serie de circunstancias felices que habrían sido necesarias. Pongamos esto frente al hecho de que las eucariotas no aparecieron hasta hace 1.000 millones de años. En ese caso, se necesitaron 3.000 millones de años para pasar de las procariotas a las eucariotas, frente a menos de 500 millones de años para que apareciese la vida misma. Esto parece no tener mucho sentido

Considerando los datos precedentes, es fácil concluir que la vida se originó muy pronto y que el tiempo prebiótico inicial es insuficiente para justificar su aparición. Es decir, que resulta improbable en grado sumo la génesis casual de la vida, dado el corto espacio de tiempo. Descartada la primera hipótesis, recurrimos ahora a la segunda: la necesidad de una cierta dirección en el origen de la vida. El mismo Oparin no ha tenido más remedio que dar marcha atrás en lo que hace al carácter aleatorio del proceso biogenético. Según el bioquímico ruso, aludir al azar para explicar que, de entre billones y cuatrillones de combinaciones, se haya podido formar casualmente esa consecuencia indispensable que exige, por ejemplo, la síntesis de las proteínas, es irracional. La estructura de estas proteínas no sólo es muy complicada, sino que además está perfectamente adaptada para realizar definidas funciones catalíticas que desempeñan un importante papel en la vida del organismo entero; esta estructura ha sido estrictamente concebida con esta finalidad. Una tal adaptación a su función biológica, una tal estructura conforme a su finalidad, son también características de los ácidos nucleicos de los organismos actuales, y afirmar que se haya logrado al azar es tan imposible como la reunión por azar, a partir de sus elementos, de una fábrica capaz de elaborar no importa qué producto particular.[54]

En el fondo de estas palabras subyacen dos profundas convicciones: la insuficiencia del azar para explicar por sí solo todo el proceso y la necesidad de una orientación finalista en el origen de la vida. No queda, en buena lógica, sino suponer que existieron causas ajenas al sistema que lo orientaron según una dirección determinada. Esto es lo que concluye, en otro lugar, afirmando que:


“la evolución procede según un itinerario preciso, por el cual una molécula que podemos llamar A se transforma en un sistema supermolecular B y este en un sistema C, etc. Sin embargo, si nuestros estudios no prevén un plan preexistente o, en general, alguna interferencia que venga de fuera del sistema, el origen de la vida se topa con enormes dificultades”.[55]


A parecidas conclusiones ha llegado su colega, el bioquímico británico J.B.S. Haldane, un año antes de morir:


“Si un organismo, reducido a los términos mínimos, debe comprender no sólo los genes para una o más proteínas, sino también aquellos para los 20 tipos de RNA transfert, uno para cada aminoácido, además de los genes para el RNA ribosoma, nuestros descendientes podrían ser capaces de construir uno, pero nosotros debemos abandonar la idea de que un tal organismo pueda haberse producido en el pasado a no ser por obra de un organismo preexistente o por obra de un agente natural o sobrenatural, al menos tan inteligente como nosotros y con un alto grado de conocimiento”.[56]


Como es natural, el hecho de que las moléculas orgánicas aparecieran en este caldo primitivo, no es suficiente. Como hemos mencionado antes, el paso más importante fue la aparición de moléculas que se autorreplicaban, capaces de producir copias de sí mismas. Hoy, la molécula más conocida que se autorreplica es el ácido desoxirribonucleico (ADN). La creencia de que el propio ADN no podría haber estado presente en el origen de la vida está muy extendida, ya que su replicación depende demasiado de estructuras muy especializadas que no pudieron existir antes del inicio de la propia evolución. El ADN ha sido descrito como una molécula de ‘alta tecnología’ que apareció con toda probabilidad algún tiempo después del origen de la vida. Tal vez la molécula con la que está emparentada, el ácido ribonucleico (ARN), que aún desempeña varias funciones vitales en las células vivas, fue la molécula autorreplicativa original. O tal vez ésta fue un tipo de molécula diferente.

De acuerdo con las tesis darwinistas, una vez que las moléculas autorreplicativas se habían formado por casualidad, pudo haberse iniciado algo parecido a la selección natural darwiniana: las variaciones presentes en las poblaciones podrían tener su origen en errores aleatorios en el copiado. Las variantes con una replicación especialmente buena habrían predominado automáticamente en el caldo primitivo, mientras que aquellas que no se replicaron, o que lo hicieron de forma errónea, estarían en una proporción relativamente menos numerosa. Una forma de selección natural molecular condujo a una eficacia mayor entre las moléculas que se replicaban.

Al tiempo que la competitividad entre las moléculas que se replicaban aumentó, el éxito debió alcanzar a aquellas que conseguían desarrollar una habilidad o mecanismo especial para su autoconservación y replicación rápida. Estos mecanismos fueron construidos probablemente mediante la manipulación de otras moléculas, tal vez proteínas. Otros mecanismos manipulados fueron aquellas estructuras previas a las membranas que proporcionaron espacios circunscritos donde incluir las reacciones químicas. Pudo haber sido poco después de este estadio cuando las criaturas simples del tipo de las bacterias dieron lugar a los primeros fósiles hace más de 3.000 millones de años.

El resto de la evolución puede ser considerada como una continuación de la selección natural de las moléculas replicativas, ahora denominadas genes, debida a su capacidad para construir por sí mismas estructuras eficaces (cuerpos celulares y multicelulares) para su propia supervivencia y reproducción. Las células eucarióticas se originaron como una unión simbiótica de varias células procarióticas. Dentro de las células eucarióticas existen orgánulos, como las mitocondrias y los cloroplastos, que contienen su propio ADN y que son casi con certeza los descendientes lineales de procariotas ancestrales. Tres mil millones de años es un periodo de tiempo largo, y parece que ha sido lo suficientemente prolongado como para haber dado origen a estructuras tan increíblemente complejas como el cuerpo de los vertebrados y de los insectos. Con frecuencia, se hace referencia a los genes como al medio que emplean los cuerpos para reproducirse. Esto es a primera vista innegable, aunque es más cierto el hecho de que los cuerpos son el medio que utilizan los genes para reproducirse.

Los fósiles no se depositaron más que en una pequeña proporción hasta la era del cámbrico, hace casi 600 millones de años. Por aquel entonces, la mayoría de los principales filos de animales (los grupos mayores en los que se clasifica el reino Animal) habían aparecido. Como es obvio, las criaturas con partes esqueléticas duras, incluyendo los dientes, tienen más probabilidades de fosilizarse y por tanto predominan en el registro de fósiles. Un gran número de los primeros vertebrados apareció en yacimientos de hace más de 300 millones de años: criaturas pisciformes, completamente cubiertas por un armazón duro, tal vez adaptadas para escapar de los Euryptéridos, que eran depredadores submarinos gigantes del tipo de los escorpiones que abundaban en los mares en aquellos tiempos. Dentro de los vertebrados, la Tierra fue colonizada en primer lugar, hace aproximadamente 250 millones de años, por peces con aletas lobuladas y pulmones, después por anfibios y por varios tipos de animales más perfeccionados que denominamos reptiles. Los mamíferos y, más tarde, las aves surgieron de dos ramas diferentes de reptiles. La rápida divergencia de los mamíferos en la rica variedad de tipos que existen hoy en día, desde las zarigüeyas a los elefantes, de los osos hormigueros a los monos, parece que ha sido originada por el vacío dejado por la extinción catastrófica de los dinosaurios hace 65 millones de años.

Pero no es suficiente con aclarar el enigma del origen de la vida. Además, hay que resolver otros problemas nada irrelevantes, como el surgimiento espontáneo del código genético primitivo con un mecanismo tan complejo y perfectamente establecido como el que actualmente presentan los seres vivos; la aparición de enzimas catalizadores de reacciones específicas; la aparición de la membrana celular; el nacimiento de la capacidad fotosintética, el de los orgánulos existentes en el interior de las células, y otros que sería prolijo detallar. Además, como es obvio, para poder explicar el desarrollo de la vida tal como parece haber sucedido, es imprescindible la existencia de dos mecanismos: la capacidad de replicar un patrón inicial (factor generador) y un sistema automantenedor y controlador de esa capacidad replicativa (factor regulador). Estos dos mecanismos, representados por los nucleótidos y las proteínas respectivamente, permiten que el hecho de la vida se mantenga y se transmita en cada uno de los sistemas biológicos existentes. Aquí topamos con otra dificultad de asombrosa magnitud. No se pueden fabricar proteínas sin ADN, pero no se puede hacer ADN sin enzimas, que son proteínas. Por tanto, si la vida se originó a partir de la materia inanimada, debieron de formarse conjuntamente los dos tipos de compuestos mencionados. En 1982, el genetista español Alvaro del Amo sintetizaba la cuestión en los términos siguientes:

“En cuanto al origen de los primeros seres vivientes (...), quisiéramos disponer de una hipótesis unitaria, que se pueda aplicar no sólo a todos los fenómenos vitales, sino también a su génesis: es decir, aceptar que lo vivo se haya originado a partir de lo inerte. Esto implica muchas dificultades. Por ejemplo, todos los vivientes que conocemos poseen proteínas y ácidos nucleicos, y al revés. No es fácil explicar cómo se puede haber montado esa mutua exigencia”.[57]

No necesitamos deternernos en estos detalles técnicos. Todo lo que pretendemos es hacer constar que las teorías darwinistas no son suficientes para explicar un desarrollo tan asombroso. No explican cómo apareció la meiosis. No explican la aparición de estructuras nuevas, como el nucleolo, el aparato de Golgi, o los microtúbulos que distinguen a la célula eucariótica. Sobre todo, no explican cómo el ADN llegó a estar organizado en cromosomas y envuelto en una membrana nuclear. Son demasiadas cosas las que parecen haber ocurrido al mismo tiempo para que el azar pueda dar una explicación adecuada, por lo que el enigma queda sin resolver.

La teoría de la panspermia: origen extraterrestre de la vida.

Los partidarios de la panspermia o teoría del origen extraterrestre de la vida objetan a la hipótesis Oparin-Haldane que supone procesos enormemente largos y complejos, de modo que, en el supuesto de que se hubiesen dado realmente, se trataría casi de un milagro, tantas son las condiciones que habrían tenido que satisfacerse. Debe distinguirse entre la panspermia propiamente dicha (origen extraterrestre de la vida) de la concepción de la aportación, por parte de meteoritos carbonatados (condritos) de componentes de carbono útiles o incluso necesarios para la aparición de la vida en la Tierra. En este caso no se afirma que la vida provenga del espacio, sino que de él proceden los compuestos carbonados necesarios para la evolución química que daría lugar a la vida.

Los astrónomos Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe han sugerido que en las vastas extensiones del espacio interestelar las condiciones pudieron ser particularmente adecuadas para el origen de la vida. El espacio podría estar entonces lleno de esporas que nunca hubieran estado sobre un planeta. Quizá tales organismos nacidos en el espacio pudieron infectar un planeta como la Tierra. Se supone entonces que tal vez el espacio sería un sitio mejor para las fases críticas iniciales de un proceso evolutivo. Las bacterias -nacidas en un lugar mucho más favorable- habrían encontrado en la Tierra un ambiente propicio para desarrollarse y dar lugar a otras formas de vida. Pero este punto no está en absoluto claro, como tampoco lo está que organismos que hubieran evolucionado en el espacio sobrevivieran bajo las condiciones tan diferentes de una superficie planetaria.

De cualquier modo, la teoría de la panspermia no es en absoluto novedosa. Ya, en la antigüedad, Anaxágoras había declarado que la vida está originada por un conjunto de “gérmenes etéreos” y es que, de la misma manera que observamos que la vegetación puede invadir las islas surgidas por movimientos volcánicos, como producto de la fecundación de las lavas estériles por esporas transportadas por el viento, se creyó también en la posibilidad de que tal fenómeno afectase al conjunto de la Tierra. El planeta habría podido ser sembrado por ciertos gérmenes venidos de otros mundos y la concepción de la existencia de vida en otros mundos fue bastante extendida, no sólo en la antigüedad, sino también durante el Renacimiento. Giordano Bruno, por ejemplo, proclamaba que “existen innumerables soles e innumerables tierras que giran alrededor del Sol, de la misma manera como nuestros siete planetas giran alrededor de nuestro Sol. Hay seres vivos habitando estos mundos”.

Dentro de esta concepción se puede distinguir entre la radiopanspermia y la litopanspermia. La radiopanspermia, defendida a finales del siglo XIX y principios del siglo XX por el biólogo y físico sueco Svan Arrhenius[58] (El devenir de los mundos, 1907), sostiene que los “gérmenes” o “esporas” iniciales fueron transportados a la Tierra (y lo son todavía) por la radiación cósmica. Las esporas bacterianas, protegidas por un grueso revestimiento, son muy resistentes al frío y a la deshidratación, y es concebible que se conserven durante un prolongado período de tiempo en el vacío interestelar. Asimismo tienen las dimensiones apropiadas para ser más afectadas por la presión externa de la radiación solar, que por el empuje centrípeto de la gravedad. Desgraciadamente, un hecho experimental combatía la teoría de Arrhenius de las esporas errantes por el espacio: aunque las esporas son resistentes al frío y al vacío, no lo son a la luz ultravioleta y a otras radiaciones energéticas. Como el espacio está surcado por esas radiaciones, la supervivencia de esas esporas es muy dudosa, puesto que esos gérmenes serán inmediatamente destruidos por los rayos cósmicos.

Para salvar este escollo, se ha postulado una segunda hipótesis, la litopanspermia, denominada también “teoría del impacto”. Basada en el descubrimiento de aminoácidos, hidrocarburos y otros compuestos de carbono en meteoritos que reciben el nombre de “condritas carbonáceas”, los gérmenes primitivos que habrían venido de otros mundos habrían sido transpor-tados en el seno de meteoritos que impactaron con la superficie. Esta hipótesis mantiene, pues, que los meteoritos pudieron ser el medio de transporte y las esporas enterradas en ellos quedarían protegidas de este modo de las radiaciones destructoras durante su viaje. El problema que se plantea aquí es que el enorme calor generado en el impacto pudo destruir las moléculas orgánicas.

Francis Harry Compton Crick, uno de los descubridores de la estructura del ADN, que recibió por ello el premio Nobel en 1962, en su libro Life itself[59], defiende una tercera hipótesis: la de la panspermia dirigida, en virtud de la cual, la vida se originó fuera de la Tierra y que habría llegado a ésta por microorganismos enviados en una especie de navío espacial por una alta civilización extraterrestre (sic). Más recientemente, la hipótesis de Crick, ha sido apoyada por el bioquímico británico Leslie E. Orgel. Quizá seamos el resultado de un proyecto de investigación de otros seres inteligentes; quizá la Tierra fue sembrada deliberadamente en algún momento del remoto pasado. Pero, aquí hay un desplazamiento del problema: ¿cómo se originó la vida? Si la vida no se originó en la Tierra, sino en otro mundo y nos alcanzó en la forma de esporas con vida, ¿cómo nació la vida en el otro mundo?, ¿cómo se originó la vida en esos lugares lejanos? Esto significa que no constituye en realidad una solución al origen de la vida, sino una traslación del problema. Los intentos de respuesta de esta cuestión han dado lugar a la exobiología, entendida como ciencia que estudia los orígenes y evolución de la vida en el Universo. Dicha ciencia (cuyo nombre se debe al biólogo y premio Nobel Joshua Lederberg) ocupa un lugar importante en las actuales investigaciones espaciales.

Otras varias hipótesis se han formulado en conexión con las postuladas por Arrhenius, Hoyle, Wickramasinghe, Crick y Orgel. Se ha especulado que los cometas o incluso una colisión con una nube de polvo cósmico pudieron proveer suficiente material orgánico para abastecer los océanos prebióticos. Aunque tales hipótesis pueden prescindir de la exigencia de una atmósfera reductora, hay que partir de postulados especiales acerca de la frecuencia de llegada de cuerpos extraterrestres y la supervivencia de los compuestos orgánicos durante el proceso de entrada e impacto. Ninguna prueba corrobora estas hipótesis.

d) La hipótesis del ARN

d.1. ¿Qué fue antes el protobionte (Oparin) o el “gen desnudo” (Haldane)?

Desde un principio, Oparin y Haldane mantuvieron puntos de vista divergentes con respecto a las condiciones iniciales de mayor importancia para la evolución de la vida, desacuerdo que perdura hasta hoy. Cualquier célula viva se caracteriza por dos valores: capacidad de metabo-lismo y capacidad de reproducción. A corto plazo, la célula sobrevive mediante la reordenación de los compuestos que ingiere, transformándolos en moléculas necesarias para su propio manteni-miento. A largo plazo, sobrevive indirectamente, al poder reproducirse y dar lugar a una descendencia con capacidades bioquímicas similares. Pero ¿qué se desarrolló primero, un metabo-lismo funcional, protegido mediante algún tipo de membrana contra la destrucción por parte del mundo circundante, o una gran molécula cuya supervivencia consistiría en realizar copias de sí misma a partir de materiales procedentes del medio ambiente? En otras palabras, ¿quién llegó antes, el protobionte o el gen desnudo? Haldane estaba a favor del segundo. En cambio, para Oparin, el ADN y la maquinaria reproductora son tan sólo las últimas sutilezas bioquímicas que acabaron de transformar en células vivas a los protobiontes que competían entre sí desde el punto de vista metabólico. La discusión sobre la preponderancia inicial del metabolismo sobre la reproducción (o, lo que es lo mismo, de las proteínas sobre los ácidos nucleicos) acaba por resultar tan estéril como la disputa sobre el huevo y la gallina sostenida antaño. Resulta inverosímil que las proteínas y los ácidos nucleicos, dotados unas y otros de estructuras complejas, aparecieran espontáneamente en el mismo lugar y al mismo tiempo.

d.2. El ARN prebiótico (Carl R. Woese y Leslie E. Orgel).

Quizá por esta razón, a finales de los sesenta, Carl R. Woese y Leslie E. Orgel sugirieron, sin previo acuerdo, un camino para superar la aporía. Propusieron que el ARN pudo ser el primero en aparecer para instaurar un mundo de ARN: un mundo en que el ARN catalizaba todas las reacciones necesarias para que un precursor del último antepasado común de la vida sobreviviera y se reprodujera. Postularon, asimismo, que el ARN podría luego haber desarrollado la capacidad de unir aminoácidos entre sí y formar proteínas. Este escenario se habría producido en el caso exclusivo de que el ARN prebiótico poseyera dos propiedades de las que hoy carece: capacidad de replicarse sin ayuda de proteínas y capacidad de catalizar cada etapa de la síntesis proteica.[60]

A lo largo de los últimos diez años, hemos asistido a una sucesión de pruebas que apoyan esta hipótesis de la existencia real de un mundo de ARN, del que arrancó la vida fundada en ADN, ARN y proteínas. En 1983, por ejemplo, Thomas R. Cech y Sidney Altman descubrieron, cada uno por su cuenta, las primeras ribozimas, enzimas hechas de ARN. Creíase, hasta entonces, que las proteínas realizaban todas las reacciones experimentadas en los organismos contemporáneos. Y así el término “enzima” se reservaba para tales proteínas. Las primeras ribozimas conocidas podían apenas hacer algo más que cortar y unir ARN preexistente. Pero ese comportamiento “enzimático” dio soporte a la idea de que el antiguo ARN pudiera también haber sido catalítico.

d.3. La “macromolécula primordial” de A. Eschenmoser.

Sin embargo, cualquiera que fuera el proceso por el que se formaron los constituyentes de los ácidos nucleicos, los partidarios de la hipótesis de un mundo de ARN deberían explicar cómo se generó ARN autorreplicante a partir de dichos elementos fundamentales. A tenor de la explicación más sencilla, los nucleótidos del ARN saldrían de reacciones químicas directas que condujeron a la unión del azúcar ribosa con bases de ácidos nucleicos y con fosfato (que sería asequible como material orgánico). A continuación, los ribonucleótidos se engarzarían espontá-neamente en polímeros, de los cuales uno al menos habría logrado organizar su propia repro-ducción. El químico suizo Albert Eschenmoser y su equipo investigan actualmente la posibilidad de una estructura intermedia entre el ARN (molécula duplicativa, pero extremada-mente frágil) y las proteínas (no duplicativas) que sería, según ellos, el tipo de macromolécula primordial.

Este modelo, aunque atractivo, resulta muy difícil de confirmar. En primer lugar, en ausencia de enzimas, cuesta sintetizar ribosa en cantidad y pureza adecuadas. Se sabe desde hace mucho tiempo que la ribosa se forma fácilmente a través de reacciones entre moléculas de formaldehído. Ahora bien, cuando se producen dichas reacciones, se crea una mezcla de azúcares en la que la ribosa es siempre un componente minoritario. La escasez relativa de ribosa no estimula el desarrollo de un mundo de ARN porque los demás azúcares, combinados con bases nucleicas, forman productos que inhiben la síntesis y replicación de ARN. Ante las dificultades que entrañan la síntesis de nucleótidos y la replicación del ARN bajo condiciones prebióticas razonables, niegan muchos que esa molécula fuera la primera que se autorreplicó en la Tierra primitiva. Los virus, en particular los de vegetales, son poco más que una asociación molecular de ácidos nucleicos y proteínas, resultando incluso cristalizables. No es extraño, por tanto, que haya parecido tentador tomar a los virus como un modelo mínimo de organización viviente. Frente a tal supuesto, se ha objetado su carácter parasitario -sólo pueden ser cultivados en medios vivos-, como su aparente naturaleza muy evolucionada. Es evidente que ambas objeciones son válidas, pero no obligan a descartar, sin más, cualquier otra posible formación acelular como factor clave en el origen de la vida.[61]

e) Otros modelos alternativos

e.1. La teoría de las “nubes biogenéticas” (Carl R. Woese).

El biólogo Carl R. Woese, de la Universidad de Illinois, ha propuesto recientemente otra hipótesis original. Propone que la vida comenzó en los más tempranos días de la Tierra, antes de que el planeta estuviera completamente formado. Por entonces, manto, núcleo y corteza todavía no estaban diferenciados del todo. En la superficie había grandes cantidades de hierro metálico. Participaba éste en reacciones químicas que produjeron una atmósfera con dióxido de carbono e hidrógeno. La cantidad de dióxido de carbono era suficiente para producir el “efecto invernadero”: unas condiciones tórridas, similares a las que imperan en el planeta Venus. La superficie estaba caliente, fundida quizás en algunos lugares. La lluvia de meteoros era intensa. Los fuertes vientos producían tormentas de polvo violentísimas, arrastrando partículas a lo alto de la atmósfera. El vapor de agua se condensaba en esas partículas, lo cual producía inmensas nubes de diminutas gotitas de agua. Dichas nubes, el único oasis habitable en un planeta turbulento, hicieron de plataforma de la vida. Cada gotita actuó como una célula primitiva, como un pequeño laboratorio para experimentos de evolución química. Los primeros organismos en evolucionar fueron los metanógenos, lo que redujo el dióxido de carbono de la atmósfera al combinarlo con hidrógeno. A medida que menguaron las concentraciones de dióxido de carbono, amainaron las condiciones del efecto invernadero y la Tierra se enfrió. Pudieron formarse los océanos y nuestro planeta se aproximó a su estado presente.[62]

e.2. La hipótesis de “las fuentes hidrotermales”.

Oparin había supuesto que los materiales básicos de la vida tendrían que estar de alguna forma encerrados en una cápsula y había señalado unas gotitas, conocidas como coacervados, que pueden formarse mediante mezclas apropiadas, como posibles progenitores de la célula. En la década de los 70, el bioquímico americano Sidney W. Fox, de la Universidad de Miami, ha descu-bierto una capacidad natural de los poliaminoácidos obtenidos térmicamente. Una vez producidos, al entrar en contacto con el agua, se convierten instantáneamente en microesferas. De este modo, encerrados en la cápsula, los recién formados ADN y enzimas habrían sobrevivido mucho mejor. Sólo de este modo se pueden salvar los tremendos obstáculos que se interfieren en la formación de los genes. En efecto, el gen sólo se reproduce en un ambiente celular; luego el origen del gen, fuera de los límites de la célula, sería un acontecimiento muy extraordinario.[63] Fox postula que la aparición de estas esferas iría estrechamente asociada con la formación inicial de proteínas, que considera pudo producirse en las proximidades de áreas de actividad geotérmica, donde los aminoácidos, al calentarse en presencia de catalizadores, se polimerizarían -a temperaturas inferiores a 70º ya lo hacen en presencia del ácido polifosfórico-, siendo después arrastrados al océano. Hoy día se han construido más de 200 sistemas coacervados.

A tenor de este descubrimiento, ha surgido una hipótesis que vincula el origen de la vida en la Tierra con las fuentes termales. Si hace falta un medio ambiente reductor para el origen de la vida, no es preciso supeditar todo un planeta a tal fin. Bastaría con tener algún nicho local donde prevalecieran las condiciones reductoras, como por ejemplo, las fuentes termales del fondo del mar. Estas fuentes se presentan en lugares donde la corteza terrestre es delgada y la roca fundida se aproxima a la superficie. Durante los años sesenta, se descubrieron surgencias hidrotermales o humeros en los fondos marinos, generalmente cerca de los límites entre placas tectónicas. En ellas se han encontrado bacterias, gusanos y moluscos, para los que la principal fuente de energía son los compuestos de azufre que arrojan estas emanaciones. Las fuentes termales emiten compuestos químicos reductores, entre otros ácido sulfhídrico, metano y amoníaco, además de agua caliente. Las bacterias que allí viven obtienen la energía química del ácido sulfhídrico, mientras que otros organismos más avanzados, como los gusanos y los moluscos, dependen en último término de las bacterias como recurso alimenticio. Así pues, en el fondo del mar existe todo un ecosistema independiente de la radiación solar. Estas circunstancias inusuales, junto con las condiciones reductoras que imperan en las aguas de las fuentes, han animado la hipótesis de que la vida surgió en esas fuentes al comienzo de la historia de la Tierra. Los procesos químicos se desarrollarían a ritmo acelerado en este medio, con independencia de los sucesos atmosféricos. Pero, esta hipótesis debe afrontar y superar con éxito el número limitado y la vida relativamente breve de las fuentes termales, que son importantes factores en contra. En suma, las fuentes termales son una posible alternativa al modelo Oparin-Haldane sobre el origen inorgánico de la vida.

e.3. Los sistemas de vida cristalina. (J.D. Bernal y Cairns-Schmith).

En 1949, J.D. Bernal propuso la intervención de las arcillas en este proceso. Entre las redes cristalinas de estos minerales se pueden disponer capas de agua. Los silicatos de las arcillas ofrecen un buen sustrato –cargas positivas y negativas- para que las moléculas orgánicas presentes en el agua se concentren y se unan para formar polímeros. Para el químico británico Cairns-Schmith, el origen de la vida terrestre estaría en sistemas de vida cristalina y basada en materiales inorgánicos que, posterior-mente, desembocarían en la vida orgánica, mientras que el químico alemán Günther Wächterhäuser sostiene que los primeros sistemas capaces de autorreplicarse estaban constituidos por granos de pirita envueltos en materia orgánica, con lo que se acerca a la tesis de Cairns-Smith, pero se basa en los tipos de vida descubiertos en profundas fosas marinas alrededor de fuentes cálidas surgidas en chimeneas volcánicas submarinas, pobladas de bacterias que viven de quimiosíntesis de materiales sulfurados. Aunque los modelos precitados parecen lógicamente plausibles, hace falta algo más que coherencia interna a una teoría científica. La ausencia de datos que permitan avalar estas hipótesis es su principal laguna, lo que las convierte hoy por hoy en conjeturas sin confirmación experimental.

f) Teorías finalistas

f.1. Teoría del “punto Omega”.

Teilhard de Chardin[64] intentó llegar a una síntesis entre la explicación científica y la explicación filosófica de la evolución. Desde una perspectiva filosófica, en su concepción pueden rastearse influencias del vitalismo, de Bergson, del agustinismo y del neoplatonismo. Como filósofo, Teilhard intentó sintetizar los datos de la biología y la doctrina cristiana en una interpretación evolucionista y personalista del universo, del hombre y de la historia. En este sentido, concebía el universo como una totalidad orgánica en perpetua evolución, y a toda la evolución como un proceso de hominización, y consideraba que la materia inanimada (la “pre-vida”) se vitaliza, y la vida se hominiza para dar lugar a la aparición del espíritu (la “noosfera”), a través de la complejidad del sistema nervioso y del psiquismo humano, que es la “flecha de la evolución”.

Teilhard de Chardin considera que el Universo se presenta como una totalidad que sólo tiene sentido y valor como realidad única y sin divisiones. Es un organismo donde la energía, cuando se transforma, pone en comunicación todos sus elementos, que forman una complicada red, un sistema unificado. En consecuencia, la evolución no es simplemente una teoría biológi­ca, sino una concepción global aplicada a todo el Universo. La vida, la mente, la conciencia, el espíritu, etc., no son elementos añadidos que se hayan ido superponiendo uno tras otro. Todo estaba presente en la materia desde siempre, esperando el momento oportuno para emerger. El mundo ha ido evolucionando a lo largo del tiempo hacia su objetivo. El espíritu, incubándose en la materia cósmica, es el que va procurándose la propia manifestación en la conciencia que anida en la base de la humanidad. De manera inevitable, la historia evolu­tiva del cosmos avanza hacia su plena realización en el punto Ome­ga, a través de la personificación de cada ser humano en la búsqueda de la comunión global de toda la humanidad. El pensamiento y el amor son sus vehículos.

Así, Teilhard, de manera especulativa y basándose en analogías, traza una cosmogé-nesis, una biogénesis, una antropogénesis y, finalmente, una noogénesis. Todo el proceso lo considera orientado teleológicamente y converge hacia un fin: la trascendencia, denominada punto Omega, en un devenir del mundo que aparece como un proceso de desmaterialización y espiritualización. La noosfera, punto culminante de un tramo de la evolución y punto de partida del proceso consciente hacia la trascendencia, se caracteriza por la aparición de la conciencia que supone un salto cualitativo radical en el proceso evolutivo, y que se manifiesta en el carácter reflexivo y autoconsciente del hombre (“el hombre sabe que sabe”), razón por la cual debe realizar lo ultra-humano.

Según Teilhard, la realización plena del fenómeno humano se alcanza con el cristianismo ya que mediante la redención, la humanidad accede a lo trascendente y el mundo en su totalidad se convierte en “el medio divino”. (“La evolución avanza hacia el espíritu; el espíritu halla su realización en algo personal, y lo sumamente personal es el Cristo universal”). Este proceso evolutivo está orientado por lo que Teilhard llama el punto Omega, centro trascendente y divino que orienta y da sentido a toda la evolución y a la historia humana. A su vez, este punto Omega es al mismo tiempo término y origen, es, pues, Alfa y Omega a la vez, puesto que ya estaba en la providencia divina: el “Alfa y el Omega del círculo que abraza el cuerpo místico hacia su excentración en el Uno, elemento que aglutina y dirige desde arriba y desde abajo, desde fuera y desde dentro, desde el tiempo y desde la eternidad”.

f.2. Teoría del “principio antrópico” (Brandon Carter y Robert Dicke).

En la década de los 70 cobraron fuerza las propuestas de algunos científicos como J. Lovelock, quien plantea “la hipótesis Gea”, y de Brandon Carter, a quien se debe la primera formulación del “principio antrópico”. Para estos investigadores, no resulta convincente el origen químico de la vida en la Tierra como resultado ciego del puro azar. La expresión “principio antrópico” fue introducida por el cosmólogo Brandon Carter en 1973 (siguiendo orientaciones de Gerald Whitrow) para explicar las condiciones que hacen posible la existencia del ser humano en el Universo. En particular dicho principio explica por qué el Universo es tan desproporcionadamente grande respecto del ser humano y cómo es posible -cosmológicamente hablando- nuestra existencia y, en general, la de la aparentemente rara existencia de la vida. Puesto que la existencia de vida inteligente supone un dilatado período evolutivo y un largo proceso de formación de moléculas complejas, el Universo, en estado de expansión desde el Big Bang, ha debido crecer hasta proporciones gigantescas para que sea posible la existencia de la vida inteligente capaz de formularse dicha pregunta. De esta manera se explica que, de no ser el universo de tales inmensas proporciones, no hubiera sido posible la existencia de la vida. Dicho de otra manera: no podríamos vivir en un Universo de tamaño más reducido, porque en su proceso expansivo no habría tenido tiempo de formar las moléculas necesarias para la existencia de la vida. Es decir, según el principio antrópico, si las condiciones no fuesen las correctas (o sea, que la interacción electromagnética sea la adecuada para permitir la formación de los átomos, la fuerza nuclear sea la adecuada para permitir la formación de los núcleos atómicos, etc.), entonces, nosotros mismos no estaríamos aquí.

Los cosmólogos Brandon Carter y Robert Dicke utilizaron este principio para explicar varias relaciones numéricas sorprendentes entre la constante gravitatoria, la masa del protón, etc., que, al parecer, solamente son válidas para la época actual (en un sentido amplio que puede abarcar unos cuantos millones de años) de la historia de la Tierra, lo que parecería indicar que estamos en un período muy especial, y que en cualquier otra época no existiría vida sobre el planeta. Una formulación fuerte de este principio sostiene, que la vida humana aparece para dotar de sentido al universo. Los defensores de esta tesis sostienen que, de no darse aquí y ahora las condiciones de nuestra existencia, existiríamos en alguna otra región y en algún otro tiempo.

Así, pues, según esta formulación, la respuesta a la pregunta “¿por qué es el universo tal como es?” es que, de haber sido distinto, no estaríamos aquí y no podría realizarse esta pregunta. Pero es que, además, se invoca este principio para explicar la aparición de la conciencia, señalando que las condiciones del universo son justamente las que son (con un precario equilibrio) para permitir la existencia de una inteligencia capaz de formularse esta pregunta. En las formulaciones de este principio suele darse cierta confusión, ya que el hecho de que nuestra existencia y, en general, la vida (sea en la Tierra o en otra región del universo), dependa de unas condiciones que puedan considerarse precarias, no supone que nuestra existencia determine las propiedades del universo que observamos, sino más bien a la inversa: no es nuestra existencia la que determina estas propiedades, sino que son estas propiedades las que la permiten. Dicho principio no tiene, pues, por qué involucrar ningún aspecto teleológico.

¿Hubo un plan preconcebido? De acuerdo con la teoría del principio antrópico, las leyes y constantes de la Naturaleza y las condiciones iniciales para el Universo fueron, en efecto, preparados para permitir la producción de seres inteligentes. La idea es sugerente, pero, aun cuando nuestro Universo pudiera estar preparado, deberíamos buscar, en todo caso, la improbable forma en que la vida pudo haber comenzado.

4. Conclusiones biogenéticas

Hemos de reconocer que, hoy por hoy, no existe propiamente una teoría científica aceptable sobre el origen de la vida, sino más bien una serie de conjeturas altamente especulativas. Todos los conocimientos biogenéticos se hallan lastrados de hipótesis sin suficiente fundamento, y actualmente no hay nada sobre la biogénesis que no sean aserciones arbitrarias o suposiciones aventuradas sobre las que ni siquiera podemos evaluar su grado de verosimilitud. A propósito de esta cuestión, el cosmólogo Freeman Dyson escribe: “No sabemos nada del origen de la vida. No sabemos siquiera si este origen fue gradual o repentino... En realidad, el origen de la vida debe de haber sido un proceso complejo”.[65] Abundando en la misma cuestión, William Thorpe, etólogo británico y director del Departamento de Zoología de la Universidad de Cambridge sostiene:

“Se ha comprobado que todos los razonamientos y discusiones superficiales que se han publicado durante los últimos diez o quince años para explicar el modo cómo se originó la vida manifiestan demasiado simplismo y tienen muy poco peso. De hecho, parece que el problema está tan lejos de solución como siempre lo ha estado”.[66]

Para no pocos autores actuales, la ignorancia de que adolecemos sobre el origen de la vida no es meramente coyuntural, sino que se prolongará por siempre. Dichos autores sostienen que este problema jamás será resuelto debido a la ausencia de testimonios sobre las etapas que desembocaron en la vida. A. Lazcano, especialista en la materia de la Universidad Autónoma de México, reconoce abiertamente las limitaciones que existen en un campo de estudio tan complejo como éste: “No sabemos cómo se originó la vida en la Tierra y probablemente no lleguemos a saberlo nunca”.[67] Jamás se hallará, según esta tesis, una solución a este enigma. Las conclusiones finales de Preston Cloud sintetizan de modo paradigmático esta postura ciertamente pesimista, pero enteramente lógica:


“¿Cómo se animó la materia? Nadie lo sabe. Y nadie podrá saberlo nunca exactamente. Los resultados del último cuarto de siglo de investigación dan fuerte apoyo a la hipótesis de que la vida que observamos evolucionó de remotos antepasados que surgieron en la Tierra de procesos naturales de evolución, y lo que nunca podrá conocerse en detalle es cuáles fueron los pasos por los cuales se produjo la evolución de la materia orgánica a la materia viviente y en qué punto del proceso un observador autorizado habría proclamado el origen de la vida”.[68]

 

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[1] Desde la Biología, las diferencias cualitativas entre los seres vivientes conducen a una definición de vida bastante genérica como “cualidad de toda población por la que sus miembros poseen las propiedades de multiplicación, heredabilidad y variabilidad”. A tenor de ella, algunos piensan que la primera forma viva es un ácido portador de la información hereditaria, constituyente principal de los cromosomas: el ADN o ácido desoxirribonucleico. Otros sostienen que el sistema más simple de vida es el gen -segmento de la molécula de ADN- que determina todo o parte de un carácter anatómico, funcional o etológico del futuro individuo. Otros, finalmente, reclaman como primera forma de vida al coacervado, una estructura casi celular, compuesta en gran parte de proteínas, algunas de las cuales con capacidad enzimática. Dadas las dificultades con que se topa cualquier definición de vida que pretenda ser tomada en serio, habitualmente en Biología se recurre, más que a definiciones, a descripciones más o menos detalladas y precisas de las características comunes a los seres vivos, es decir, de sus operaciones o funciones.

[2] A.I. OPARIN: El origen de la vida, Akal, Madrid, 1984, p. 7.

[3] Los seres vivos se clasifican, desde el punto de vista biológico, en dos grandes grupos o reinos, vegetal y animal. La distinción entre estos reinos es fácil entre plantas y animales superiores, pero se hace difícil entre plantas y animales unicelulares; por eso, hay muchos partidarios de la creación de un reino aparte llamado protista, en el que se incluirían tanto los protozoos como las protofitas. También se ha sugerido la separación sólo de bacterias y cianoficeas, formando un reino aparte, el de las monera, antes del reino vegetal; los clasificados en ese reino o grupo monera tienen en común ser procariotas -organismos unicelulares sin núcleo-. Los reinos se dividen grandes grupos conocidos como phyla (singular: phylum). Todos los vertebrados, por ejemplo, constituyen un phylum. Criaturas con patas articuladas y esqueleto externo, como los cangrejos o los insectos, constituyen el phylum conocido como artrópodos. Los phyla están divididos en clases. Así, el phylum vertebrado contiene cuatro clases: aves, peces, mamíferos y reptiles. Las clases están divididas en órdenes, los órdenes en familias, las familias en géneros, los géneros en especies. Así, el tigre y el león son dos especies dentro del género Felis. Y nosotros -hombres y mujeres- somos miembros del phylum vertebrados, clase mamíferos, orden primates, suborden antropoides, género Homo, y especie sapiens.

[4] Del centenar largo de elementos químicos que componen el sistema periódico, sólo veintidós están presentes en los seres vivos, y dieciséis de ellos se encuentran en cualquier tipo de organismos. Son los siguientes: carbono (C), oxígeno (O), hidrógeno (H), nitrógeno (N), fósforo (P), cloro (Cl), sodio (Na), potasio (K), magnesio (Mg), calcio (Ca), azufre (S), manganeso (Mn), hierro (Fe), cobalto (Co), cobre (Cu), cinc (Zn), boro (B), aluminio (Al), vanadio (V), molibdeno (Mo), yodo (I) y silicio (Si). Los elementos químicos reseñados se encuentran formando parte de una gran variedad de moléculas, cuya composición es muy semejante en los distintos organismos, y suelen clasificarse en los siguientes grupos: proteínas, glúcidos, lípidos, ácidos nucleicos y sales. Aparte de ellos, la molécula más abundante es el agua. Existe también un elevado número de sustancias orgánicas, derivadas de aquéllas, y, aunque se encuentran en cantidades muy pequeñas, desempeñan funciones muy importantes en el organismo. Llegados a este punto, hemos de hacer una precisión. Decir que los seres vivos se componen de los mismos elementos químicos que los cuerpos inertes, es en el fondo una banalidad carente de significado. Ahora bien, decir que los seres vivos se rigen por las mismas leyes que los cuerpos inertes es una afirmación sin fundamento. Lo bioquímico no es la vida, sino un sustrato o nivel de la vida; reducir la vida a lo bioquímico es amputar artificialmente lo real, negar el pluralismo auténtico de la realidad y de la vida, y con ello negar el valioso y complementario pluralismo de las ciencias, confundiendo los diversos métodos de conocimiento y el valor y el alcance de cada uno de ellos.


[5] ARISTÓTELES: Physica, II 4, 195 b 30 ss.

[6] Cfr. idem: Metaphysica, A 3.1070 a 8.

[7] J. O. DE LA METTRIE: Obra filosófica, Editora Nacional, Madrid, 1983, p. 251.

[8] Cfr. M. ARTIGAS: Ciencia, Razón y Fe, op. cit., p. 63.

[9] PLATÓN: El Fedón, 97 b.

[10] Ibidem, 98 b.

[11] Cfr. Aristóteles: Physica, II, 3, 194 b y 32.

[12] Cfr. idem: Ética a Nicómaco, VII, 8, 1151 a 16.

[13] Cfr. idem: Las partes de los animales, I, 1. Sobre este problema, ver Lucien CUÉNOT: Invention et finalité en biologie, Flammarion, Paris, 1941.

[14] Cfr. E. GILSON: De Aristóteles a Darwin (y vuelta). Ensayo sobre algunas constantes de la biofilosofía, EUNSA, Pamplona, 1976, p. 237.

[15] Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO: Contra Gentiles, I, 72; II, 92; III, 72, 74, 86 y 92; Summa Theologiae, I, q. CIII; II, II a, q XCV.

[16] F. BACON: On the Proficience..., II, 7, 3.

[17] Idem: Novum Organum, I, Losada, Buenos Aires, 1949, p. 51.

[18] E. BOUTROUX: De la contingeance des lois de la nature, Germer Baillière, Paris, 1874, p. 159.

[19] H. POINCARÉ: Ciencia y método, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1944, p. 43.

[20] L. DE BROGLIE: Savants et découvertes, Albin Michèle, Paris, 1951, p. 57.

[21] Cfr. J. M. RIAZA: Azar, ley, milagro, Madrid, BAC, 1964, p. 33.

[22] C. S. PEIRCE: “The Doctrine of Chances”, Popular Science Monthly, vol. 12, 1878, 286-302.

[23] A. COURNOT: Essai sur les fondements de la connaisance et sur les caractères de la critique philosophique, t. I, 1951, p. 51.

[24] Cfr. F. MEYER: L’accélération évolutive, 1947; y Problématique de l’évolution, 1954.

[25] D. HUME: Enquiry concerning Human Understanding, Gateway, Henry Regenery Company, Chicago, 1956, p. 173.

[26] Cfr. P.P. GRASSÉ: La evolución de lo viviente, op. cit., p. 15.

[27] M. P. E. LITTRÉ: Prólogo a la edición de las Obras de Auguste Comte.

[28] Hans Driesch (1867-1941). Biólogo y filósofo alemán. Nació en Kreuznach y estudió en Jena con Ernst Haeckel. Posteriormente, se especializó en embriología. Entre 1891 y 1900 dirigió el centro zoológico de Nápoles y, más tarde, fue profesor en diversas universidades (Aberdeen, en 1907-1908; Heidelberg, entre 1909-1920; Colonia y Leipzig).

[29] Henri-Louis Bergson (1859-1941). Filósofo vitalista y espiritualista francés. Nació en París, de madre inglesa y padre exiliado polaco de origen judío. Cuando era joven demostró aptitudes tanto para las disciplinas humanísticas como para las científicas (ganó varios concursos de matemáticas), pero decidió estudiar filosofía en la École Normale Supérieure, con E. Boutroux y L. Ollé-Laprune. Tras la publicación de su segunda gran obra, Materia y memoria, en 1896, y La risa, en 1900, obtuvo una cátedra en el Collège de France, donde sus conferencias alcanzaron gran fama. En 1907 publica su tercera gran obra: La evolución creadora. En 1914 fue aceptado como miembro de la Academia francesa y en 1928 recibió el premio Nobel de literatura. Durante la primera guerra mundial, y en los años posteriores, obtuvo varios encargos diplomáticos, y viajó por varios países dando conferencias filosóficas (Londres, Nueva York, Madrid...). Su última obra, Las dos fuentes de la moral y de la religión, apareció en 1932. Murió en París, al año siguiente a la ocupación de los nazis. Pese a haberse acercado muchísimo al catolicismo en los últimos años de su vida, quiso morir como judío, como dijo en su testamento, para participar de la suerte de los que habían de ser perseguidos.

[30] K. TIMIRYASEV cit. en A.I. OPARIN: El origen de la vida, Akal, Madrid, 1984, p. 88.

[31] Alexandr Ivánovich Oparin (1894 -1980), bioquímico ruso, fue pionero en el desarrollo de teorías bioquímicas acerca del origen de la vida en la Tierra. Oparin se graduó en la Universidad de Moscú en 1917, donde fue nombrado catedrático de bioquímica en 1927, y desde 1946 hasta su muerte fue director del Instituto de Bioquímica A. N. Bakh de Moscú. Muy influido por la teoría evolutiva de Charles Darwin, intentó explicar el origen de la vida en términos de procesos químicos y físicos. Planteó la hipótesis de que la vida había surgido, a todos los efectos, por azar, a través de una progresión de compuestos orgánicos simples a compuestos complejos autorreplicantes. Su propuesta se enfrentó inicialmente a una fuerte oposición, pero con el paso del tiempo ha recibido respaldo experimental y ha sido aceptada como hipótesis legítima por la comunidad científica. La principal obra de Oparin es El origen de la vida sobre la Tierra (1936).

[32] John Burdon Sanderson Haldane (1892-1964), genetista británico, nacido en Oxford, era hijo de John Scott Haldane, el famoso fisiólogo del sistema respiratorio. Estudió en Eton y en la Universidad de Oxford. En la Universidad de Cambridge (1922-1933) formuló una aproximación matemática al proceso de selección natural que abrió el camino para determinar las tasas de cambio genético en poblaciones humanas. Su interés por la genética humana le llevó a trabajar sobre la hemofilia y el daltonismo en un intento de establecer la frecuencia de aparición de mutaciones en el ser humano. Haldane aportó su gran capacidad analítica y habilidad literaria a las controversias de su tiempo, convirtiéndose en marxista en la década de 1930 para después enfrentarse a la línea oficial del partido, que respaldaba las ideas del agrónomo soviético T.D. Lysenko. Haldane poseía una fuerte personalidad y sus obras disfrutaron tanto de la atención del público en general como de la de los especialistas. Entre sus libros se encuentran La desigualdad del hombre (1932), Las causas de la evolución (1933), Herencia y política (1938), La filosofía marxista y las ciencias (1939), Nuevos caminos en genética (1941) y La bioquímica de la genética (1954).

[33] Véase su Possible Worlds and Other Essays, Chatto & Windus, London, 1927.

[34] Fruto de sus investigaciones posteriores es la obra Genesis and Evolutionary Development of Life, Academic Press, New York, 1968.

[35] H. UREY: The planets, their origin and development, Yale University Press, New Haven, 1952.

[36] A.I. OPARIN: El origen de la vida, Akal, Madrid, 1984, p. 109.

[37] Las circunstancias del primer experimento de Stanley Miller se describen en el libro The heritage of Copernicus: Theories “pleasing to the mind”, de J. Neyman (comp.), Cambridge University Press, Massachusetts, 1974, pp 228-242.

[38] Cfr. G. R. TAYLOR: The Great Evolution Mistery, Martin Secker and Warburg Limited, London, 1982; trad. esp.: El gran misterio de la evolución, Planeta, 1983, Barcelona, p. 190.

[39] Los trabajos más recientes, con atmósferas menos favorables, están descritos en S. L. MILLER y G. CHLESINGER: “Carbon and energy yields in prebiotic synteses using atmospheres containing CH4, CO y CO2”, Origins of Life, vol. 14, 1984, pp 83-89.

[40] Cfr. L. E. ORGEL: “Origen de la vida sobre la Tierra”, Investigación y Ciencia, diciembre, 1994, p. 50.

[41] Cfr. L. DU NOÜY: L’Homme et sa destinée, Flammarion, Paris, 1948.

[42] Cfr.: G. WALD: Life, origins and evolution, Freeman, San Francisco, 1979; y N. H. HOROWITZ: Energy flow in biology, Academic Press, New York, 1968.

[43] Cfr. R. SHAPIRO: Origins: A Skeptic’s Guide to the Creation of Life on Earth, Bantam Books, New York, 1987.

[44] Cfr. F.B. SALISBURY: “Natural selection and the complexity of the gene”, Nature, vol. 224, 1969, p. 342.

[45] J. MOREAU: “Au carrefour de deus philosophies: Finalisme et déteminisme”, Revue générales des sciences pures et appliquées, vol. 62, supl.
7 y 8.

[46] J. MONOD: El azar y la necesidad, op. cit., pp. 158-160 y 193.

[47] E. CONKLIN: Reader Digest, Enero, 1963, p. 92.

[48] J.W.N. SULLIVAN: The Limitations of Science, 1933, p. 95.

[49] G. WALD: Scientific American, VIII-1954, p. 46.

[50] F.H.C. CRICK: Life itself, Simon and Schuster, New York, 1981; trad. esp.: La vida misma, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, p. 88.

[51] F. HOYLE y N.C. WICKRAMASINGHE: Evolution From Space, 1981, p. 24.

[52] E. BARGHOORN: “Los fósiles más antiguos”, Scientific American, vol. 224, 1971, p. 30.

[53] Cfr. H.D. PFLUG y H. JAESCHYKE-BOYER: “Análisis combinado estructural y químico de los microfósiles de 3.800 millones de años de antigüedad”, Nature, vol. 280, 1979, p. 483.

[54] Cfr. A.I. OPARIN: Origen de la vida sobre la tierra, trad. esp. de la 3ª ed. rusa, Tecnos, Madrid, 1973, pp 228.

[55] A.I. OPARIN: Ponencia presentada en el Simposio Internacional sobre el Origen de la Vida, London, 1964, p. 14.

[56] Ibidem, p. 14.

[57] A. DEL AMO: Ciencia y cultura al servicio del hombre, Dossat, Madrid, 1982, p. 94.

[58] Svante August Arrhenius (1859-1927), químico y físico sueco, premio Nobel de Química en 1903 fue el primero en defenderla en un libro titulado Formación de los mundos (1908). En él indicaba que la vida en la Tierra había empezado cuando llegaron a ella a través del espacio vacío, esporas con vida. Señalaba que las esporas podían resistir el frío y la falta de aire en el espacio durante períodos indefinidos, y creía que la fuerza que guiaba a las esporas de estrella en estrella era la presión de la radiación, presión que acababa de medir Lebedev. En otras palabras, la presión de las ondas luminosas pudo haber impulsado esporas desde un sistema planetario a otro. En consecuencia, creía que la vida estaba extendida por el Universo en donde tuviese probabilidades de existir. Se interesó particularmente en la posibilidad de vida en Marte, cuestión que se había hecho popular por los trabajos de Schiapasrelli y Lowell.

[59] F. H. C. CRICK: Life itself, Simon and Schuster, New York, 1981; trad. esp.: La vida misma, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.

[60] Ibidem, p. 48.

[61] Cfr. M. CRUSAFONT y COL.: La Evolución, 3ª ed., B.A.C., Madrid, 1976, p. 193.

[62] Cfr. R. SHAPIRO: Origins, Simon and Schuster, New York, 1986, pp 105-106.

[63] Cfr. G. R. TAYLOR: The Great Evolution Mistery, Martin Secker and Warburg Limited, 1982; trad. esp.: El gran misterio de la evolución, Planeta, Barcelona, 1983, p. 191.

[64] Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), paleontólogo, teólogo y filósofo francés, nació el primero de mayo de 1881 en Sarcenat, en la región de Auvernia, en el seno de una familia de la baja nobleza y de tradición católica. Murió en Nueva York el 10 de abril de 1955. Estudió física, geología y paleontología, y en 1899 entró a formar parte de la orden de los jesuitas, ordenándose sacerdote en 1911. Fue alumno de M. Boule, famoso especialista del estudio del hombre de Neandertal. Posteriormente, fue profesor de geología y paleontología en el Institut Catholique de París. Como paleontólogo participó en la expedición en la que se descubrió el sinantropo en Chou-Kou Tien, al que calificó de auténtico homo faber. Sus obras filosóficas, algunas de las cuales alcanzaron gran resonancia, (como El fenómeno humano, escrita entre 1938 y 1948, y publicada en 1955, el año de su muerte) provocaron una fuerte polémica. Por una parte, desde el ámbito científico se acusaba a dichas obras de vanas especulaciones místicas sin auténtica base científica, y basadas solamente en analogías infundamentadas; por otra parte, desde el ámbito religioso católico, en una época en que todavía se consideraba el evolucionismo como algo sospechoso de ateísmo, se veían como excesivamente heterodoxas, razón por la cual la mayor parte de ellas solamente se publicaron después de la muerte de su autor.

[65] F. DYSON: El infinito en todas direcciones, Barcelona, Tusquets, 1991, p. 76.

[66] W. THORPE cit. por F. HITCHING: The Neck of the Giraffe, New American Library, 1982, p. 68.

[67] A. LAZCANO: Autotrophic or Heterotrophic Origins of Life?, Universidad Autónoma de México, México, 1998.

[68] P. CLOUD: El Cosmos, la Tierra y el Hombre, Alianza Editorial, Madrid, 1988, pp. 156-157.

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© 2002 Edición digital Arvo Net en línea.
Publicado en este Sitio el 20-XII-2002

 

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Ciencia y fe son sus ámbitos naturales de trabajo y cree que el avance de la primera no resta espacio a la segunda. «Ningún experimento puede demostrar si existe Dios». 2009.XII


- Ha realizado varios trabajos para la Nasa, ¿en qué consistieron?

- Trabajé en proyectos financiados por la Nasa en Washington y en Cleveland. En un caso construí un detector de radiación de alta energía para un satélite artificial; en el otro, un sistema de dirección de aeronaves con fibras ópticas en lugar de cables eléctricos.


- ¿Es posible la vida extraterrestre?

- Todo lo que no es contradictorio es posible, pero no tiene por qué ser probable. Es posible pues la materia es la misma en todo el Universo y actúa según las mismas leyes, pero el cálculo de la probabilidad es totalmente pesimista.


- ¿Cuál es el trabajo del Observatorio Vaticano?

- Tiene un telescopio moderno en Arizona, compartido con la Universidad, y el grupo de jesuitas (seis, más varios adjuntos) tiene diversos intereses, desde Astronomía teórica hasta el estudio de meteoritos, frecuentemente en colaboración con astrónomos.

«La vida extraterrestre es posible, pero no probable», dice Carreira, doctor astrofísico, miembro Observatorio Astronómico Vaticano colaborador en proyectos de la NASA, y además sacerdote jesuita –

. Ciencia y fe son sus ámbitos naturales de trabajo y cree que el avance de la primera no resta espacio a la segunda. «Ningún experimento puede demostrar si existe Dios». 2009.XII

Cristina Arias/El Progreso  11.XII.2009


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«La razón sin Dios y la ciencia sin ética no redimen al hombre» Benedicto PP. XVI. - 2007.XI.


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Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

 

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Libertad / Liberación - En la Biblia el campo semántico que abarca este vocablo es considerablemente amplio. Puede designar la "libertad de" (la autonomía o independencia socioeconómica, a diferencia de la esclavitud; cf. p.e. Es 21,2); la "libertad de" (la capacidad de elección, el libre arbitrio que concierne sobretodo una vida más o menos conforme al deseo divino; cf. p.e. Dt 30,15-20; Si 15,14-20); o "la libertad para" (como la del joven esposo dispensado del servicio militar para dedicarse a la mujer y a la casa; cf. Dt 24,5). La libertad es de todos modos siempre teo-céntrica: es Dio el autor y el garante de la libertad. En cuanto Creador pone al hombre en estado de libertad y responsabilidad (Gn 2,16-17), en cuanto Redentor (Go´el), Él libra a su pueblo de la opresión de la esclavitud egipcia o del exilio babilónico (cf. p.e. Ex 3,8; Is 14,3). La posición liberadora de Yhwh hacia su pueblo debía suscitar por parte de los Israelitas una actitud liberadora hacia los oprimidos (cf. p.e. Jr 34,17). Pero los profetas anuncian una liberación más radical, la eliminación de la muerte (cf. Is 25,8) y la redención para los corazones abatidos (Is 61,1-3). En el NT Jesucristo es el portador de la verdadera libertad (cf. Lc 4,1-4). Él mismo manifiesta su suprema libertad mediante la autoridad (exousia) y la franqueza (parrhêsia) de su enseñanza (cf. Mc 1,22; 8,32), pero sobre  todo, según el IV Evangelio, en la libre entrega a la muerte por amor al Padre y a los hombres (cf. Jn 10,18). Jesús dispone del poder único de donar su vida. En esto está su libertad y majestuosidad (cf. Mt 26,53; Jn 18,36). Tal prerrogativa cristológica ahonda sus raíces en la intimidad filial de Jesús con el Padre, en el Amor en el que permanece y del que rinde testimonio (cf. Jn 15,9-13). Los fieles también podrán participar de la divina libertad de amar sin condiciones, en la gratuidad total (cf. Lc 6,32ss), después de haber sido amados y perdonados primero (1 Jn 4,10), liberados del pecado y del miedo a la muerte (cf. Hb 2,14-15), colmados por el Espíritu de libertad (cf. 2 Tm 1,7).

La Iglesia con su Doctrina social enseña el valor y la necesidad de la libertad socio-política y económica, pero su mensaje no puede reducirse a este tipo de liberación. "La libertad, traída por Cristo en el Espíritu Santo, nos ha devuelto la capacidad, de la que el pecado nos había privado, de amar a Dios por encima de todo y de permanecer en comunión con él. Estamos libres del amor desordenado de nosotros mismos, que es la fuente del desprecio del prójimo y de las relaciones de dominio entre los hombres" (CDF, Libertatis conscientiae 53).

 

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JESUCRISTO:
1. Hijo, guárdate de disputar de materias altas, y de los secretos juicios de Dios; por qué uno es desamparado y otro tiene tantas gracias; por qué está uno muy afligido y otro tan altamente ensalzado. Estas cosas exceden a toda humana capacidad; y no basta razón ni disputa alguna para investigar el juicio divino. Por eso, cuando el enemigo te trajere esto al pensamiento, o algunos hombres curiosos lo preguntaren, responde aquello del profeta: JUSTO ERES, SEÑOR, Y JUSTO TU JUICIO. Y también: LOS JUICIOS DEL SEÑOR SON VERDADEROS Y JUSTIFICADOS EN Sí MISMOS. Mis juicios han de ser temidos, no examinados; por que no se comprende con entendimiento humano.

2. Tampoco te pongas a inquirir o disputar de los merecimiento de los Santos, cuál sea más Santo o mayor en el reino de los cielos. Estas cosas muchas veces causan contiendas y disensiones sin provecho; aumentan también la soberbia y la vanagloria, de donde nacen envidias y discordias, cuando uno quiere preferir imprudentemente un Santo, y otro quiere a otro. Querer saber e inquirir tales cosas, ningún fruto trae, antes desagrada mucho a los Santos; por que Yo no soy DIOS de discordia, sino de paz; la cual consiste más en la verdadera humildad, que en la propia estimación.

3. Algunos con celo de amor se aficionan a unos Santos más que a otros; pero más por afecto humano que divino. Yo soy el que hice a todos los Santos; Yo les di la gracia; Yo les he dado la gloria. Yo sé los méritos de cada uno; Yo les previne con bendiciones de mi dulzura. Yo conocí mis amados antes de los siglos; Yo los escogí del mundo, y no ellos a Mí. Yo los llamé por gracia y atraje por misericordia; Yo les llevé por diversas tentaciones. Yo les envié grandes consolaciones, les di la perseverancia y coroné su paciencia. 4. Yo conozco al primero y al último.

Yo los abrazo a todos con amor inestimable. Yo soy digno de ser alabado en todos mis Santos, y ensalzado sobre todas las cosas; Yo debo ser honrado por cada uno de cuantos he engrandecido y predestinado, sin preceder algún merecimiento suyo. Por eso quien despreciare a uno de mis pequeñuelos, no honra al grande, porque yo hice al grande y al pequeño. Y el que quisiere deprimir alguno de los Santos, a Mí me deprime y a todos los demás del reino de los cielos. Todos son una misma cosa por vínculo de la caridad; todos tienen un mismo parecer y un mismo querer; y todos se aman recíprocamente.

5. Y sobre todo, más me aman a Mí que a sí mismos y a todos sus merecimientos. Porque elevados sobre sí libres de su propio amor, se pasan del todo al mío; y en él descansan y se regocijan con gozo inexplicable. No hay cosa que los pueda apartar ni declinar; porque llenos de la verdad eterna, arden en el fuego inextinguible de la caridad. Callen, pues, los hombres carnales y animales, y no disputen del estado de los Santos, pues no saben amar sino los gozos particulares. Quitan y ponen según su inclinación, no como agrada a la eterna verdad.

6. Muchos por efecto de ignorancia, especialmente los que se hallan con poca luz interior, con dificultad saben amar a alguno con perfecto amor espiritual. Y aun los lleva mucho el afecto natural, y la amistad humana, con la cual se inclinan más a unos que a otros; y así como sienten de las cosas terrenas, así imaginan de las celestiales. Mas hay grandísima diferencia entre lo que piensan los hombres imperfectos y lo que saben los varones espirituales por la revelación divina.

7. Guárdate, pues, hijo, de tratar curiosamente de las cosas que exceden a tu alcance: de lo que debes tratar es de que puedas ser siquiera el menor en el reino de Dios. Y aunque uno supiese quién es más Santo que otro, o el mayor en el reino del cielo, ¿de qué le serviría el saberlo, si no se humillase delante de Mí por este conocimiento, y no se levantase a alabar más puramente mi nombre? Mucho más agradable es a Dios el que piensa en la gravedad de sus propios pecados, y la poquedad de sus virtudes, y cuán lejos está de la perfección de los Santos, que el que porfía cuál será mayor o menor Santo. Mejor es rogar a los Santos con devotas oraciones y lágrimas, y con humilde corazón invocar su favor, que escudriñar sus secretos con inútil investigación.

8. Ellos están cumplidamente contentos, si los hombres saben contentarse y refrenar la vanidad de sus lenguas. No se glorían de sus propios merecimientos, pues que ninguna cosa buena se atribuyen a sí mismos; sino todo a Mí; porque yo les di todo cuanto tienen con mi infinita caridad. Llenos están de tanto amor de la divinidad, y de tal abundancia de gozos, que ninguna parte de gloria les falta, ni les puede faltar cosa alguna de bienaventuranza. Todos los Santos, cuanto más altos están en la gloria tanto más humildes son en sí mismos, y están más cercanos a Mí, y son más amados de Mí. Por lo cual está escrito que abatieron sus coronas delante de Dios, y se postraron sobre sus rostros delante del Cordero, y adoraron al que vive por los siglos de los siglos.

9. Muchos preguntan quién es el mayor en el reino de Dios, que no saben si serán dignos de ser contados con los ínfimos. Gran cosa es ser en el cielo siquiera el menor, donde todos son grandes, porque todos se llamarán y serán hijos de Dios. El menor será grande entre mil, y el pecador de cien años morirá. Pues cuando preguntaban los discípulos quién fuese mayor en el reino de los cielos, tuvieron esta respuesta: Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por eso, cualquiera que se humillare como niño, aquel será el mayor en el reino del cielo.

10. ¡Ay de aquellos que se desdeñan de humillarse de voluntad con los pequeñitos; porque la puerta humilde y angosta del reino celestial no les permitirá entrar! ¡Ay también de los ricos, que tienen aquí sus deleites; porque cuando entraren los pobres en el reino de Dios, quedarán ellos fuera aullando y llorando a lágrima viva! Alegraos los humildes, y regocijaos los pobres, que vuestro es el reino de Dios, si andáis en el camino de la verdad.

 

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La Iglesia de Cristo, fundada sobre una piedra inconmovible, nada tiene que temer por sí, puesto que sabe ciertamente que jamás las puertas del infierno prevalecerán contra ella (Mt 16,18); antes bien, por la experiencia de todos los siglos, tiene claramente demostrado que siempre ha salido más fuerte de las mayores borrascas y coronado por nuevos triunfos. Simón responde: "Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 4-5).

 

El Evangelio de Cristo del siglo I al XXI la Iglesia Católica fielmente proclama.

 

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Santo Tomás de Aquino (1225-1274) teólogo dominico, doctor de la Iglesia

 

“Nuestro título de gloria: El Hijo del hombre, entregado a las manos de los hombres”-       “En cuanto a mí, dice San Pablo, jamás presumo de algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” (Gal 6,14) “Mira, dice San Agustín, ahí donde el sabio de este mundo pensó encontrar la vergüenza, el apóstol Pablo descubre un tesoro.” Lo que a los otros les parecía una locura se convirtió para él en sabiduría y causa de gloria. (cf 1Cor 1,17ss). 
       Cada uno considera glorioso lo que le hace grande ante sus propios ojos. Si uno se cree un gran hombre porque es rico, se gloría de su riqueza. El que no ve grandeza más que en Jesucristo, se gloría sólo de él. Así era San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.” (Gal 2,20) Así sólo se gloría en Cristo, y ante todo en la cruz de Cristo. En ella se encierran todos los motivos que uno puede tener para gloriarse.
       Hay gente que se gloría de la amistad con gente rica e importante. Pablo no tiene necesidad más que de la cruz de Cristo para descubrir el signo más evidente de la amistad de Dios. “La prueba que Dios nos ama es que Cristo, cuando aún éramos pecadores, murió por nosotros.” (Rm 5,8) No, no hay nada que manifieste más el amor de Dios para con nosotros que la muerte de Cristo. “Oh testimonio inestimable del amor, exclamó San Gregorio, para rescatar al esclavo entregaste al Hijo.”

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

‘APRENDER A VIVIR Y A PENSAR’

(Las reflexiones que componen esta pequeña obra, tienen por objeto ayudar al Hombre moderno a lograr la unidad).

Autor: Jean GUITTON – filósofo eminente

Editorial. ENCUENTRO (bolsillo)

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

En caso de hallar un documento en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por E-Mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo documentos fieles al Magisterio".

La Iglesia es comparada con la luna porque no resplandece con luz propia, sino con la de Cristo. Fulget Ecclesia non suo sed Christi lumine, escribe san Ambrosio

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).