Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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13 obispos asesinados.7.000 sacerdotes mártires. Miles de fieles asesinados, pero todo ello después del 18 Julio 1936.

Después del triunfo del Frente Popular en Febrero hasta el 18 Julio 1936: ¿Existen datos de persecución religiosa en España o todo surge después del 18 de Julio?

 

No, hay incendios de iglesias ya en mayo de 1931 y asesinatos de religiosos, sacerdotes y fieles en octubre de 1934. Por cierto, algunos ya beatificados.

Dr. César VIDAL, historiador, teólogo, filósofo, escritor: 2005-X-11- L.D.ESP.

 

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Las imágenes nunca vistas de la Guerra Civil

 

http://www.abc.es/especiales/guerra-civil/fotos.asp 

 

18 julio 2011

 

P: Acabo de escuchar en Antena que Hitler provocó la muerte de 40 millones. Este verano he leído el libro de Martin Amis “Koba el temible”, y me parece muy bueno, ¿Cuando se desenmascarará definitivamente a Stalin?

 

R: Yo creo que lleva décadas desenmascarado, cuestión aparte es que haya gentes que se empeñen en incensarlo siquiera porque saben que es su padre intelectual.

Dr. César VIDAL. Historiador y filósofo. L.D. ESP.

 

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¿Cuál cree usted que hubiese sido el panorama político y social en España si el Frente Popular hubiese ganado la guerra civil? ¿España sería ahora un país más o menos desarrollado?

 

Tal y como Negrín había pactado con los soviéticos, España se hubiera convertido en una dictadura comunista. Quizá eso hubiera significado que el escenario de la guerra fría hubiera resultado aún más difícil para las democracias y, en cualquier caso, ahora andaríamos como la antigua Yugoslavia o Albania. Vamos, como para llorar la derrota del Frente popular.

César VIDAL-Dr.historia antigua, filosofía, teología; es abogado,escritor-2005.01.18

 

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Razones históricas hay más que sobradas para que en el centro de Madrid se ubique una estatua del Generalísimo Franco. Sobre todo, porque habiendo derrotado en el campo de batalla a las ideologías representadas por Largo, Prieto y Carrillo, introdujo a España en el conjunto de las naciones libres. Por mucho que le pese a la izquierda nacional-socialista comunista y a los deformadores de la memoria histórica.

 

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Como le pregunté a César Vidal:  Se habla del Holocausto, se habla de los millones del comunismo, se habla del exterminio de los armenios por los turcos, pero ¿por qué no se habla de lo que hizo Leopoldo II en el Congo? ¿Por qué no se habla de los tasmanos, exterminados por los ingleses? ¿Por qué no se habla de los genocidios de pueblos atrasados en el siglo XIX? ¿Es que eran salvajes?

 

Sí se habla. El gran libro sobre Leopoldo se publicó hace poco y hubo muchas referencias en la prensa. Pero como era Bélgica y no Estados Unidos, se olvidó pronto. En cuanto a Tasmania, confieso que ni yo me sé bien esa historia. Lo investigaré.

 

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Si bien es verdad que el régimen franquista ayudó a muchos judíos durante la II Guerra Mundial, ¿no es también cierto que acogió con los brazos abiertos a nazis como Degrelle, Prebke, el "poglavnik" Ustaha, Ante Pávelic (un auténtico matarife), etc.? ¿Y que muchos otros hallaron desde España con la connivencia activa de las autoridades paso franco a la Argentina de Perón?

 

Muy cierto. Serían posiblemente menos pero también existieron y aquí vivieron y murieron. Menos mal que Mengele no se quedó a darle cursillos al yerno de Franco. Pero me parece una observación muy atinada.

Federico Jiménez Losantos – Esp. L.D.2005-02-09

 

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Así también una parte muy considerable de la izquierda política e intelectual europea en el verano de 1939, cuando después de que se hiciera público el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin, encontró razones para justificar la alianza de los soviéticos con quienes parecían sus peores enemigos, es más, con quienes habían establecido la filial del infierno en la tierra.

Digámoslo sin ambages: las palabras pueden ser retorcidas de modo que expliquen cualquier cosa y el partidario de una ideología puede vivir inmune a los desmentidos de la realidad, censurando en el adversario aquello que aprueba en los suyos sin ver en ello doble fondo ni contradicción alguna ni hipocresía de ningún tipo.

 

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«Los falsos antifascismos»: ¿Por qué se les sigue llamando antifascistas, en vez de radicales de izquierda, por ejemplo? ¿No es esa una manera de darles carta de naturaleza, de reconocer explícitamente esa condición que se atribuyen sólo ellos, y que tenemos todos? Puestos a seguir por ese camino, ¿se terminará llamando a los terroristas luchadores por la libertad del pueblo vasco, como ellos se llaman?. Y a los que como ellos no piensan, automáticamente nos etiquetan de fascistas, cuando, peor es ser comunista, nazista, incluido islamofascismo y luego el resto. 2007

 

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Sigo con mucho interés las tesis que usted mismo ha expuesto al igual que otros historiadores en las que se afirma que la Guerra Civil tuvo sus orígenes en el año 34. Y quisiera preguntarle entonces, ¿por qué el conflicto bélico como tal no tuvo lugar hasta dos años después y fue impulsado desde el norte de África si la situación del 34 fue el origen de la guerra?

 

Yo no creo que la guerra comenzara en 1934. Creo que en 1934 un golpe de estado de las izquierdas –fundamentalmente el PSOE y la ERC– quebró el orden republicano y empujó a la nación a un callejón sin salida. La victoria del Frente popular en febrero de 1936 significó un salto en el camino hacia la revolución que acabó provocando una reacción.

 

Esa reacción inicialmente iba a ser un golpe no en África sino en toda España, pero es sabido que el golpe fracasó degenerando en una guerra civil con intervención internacional. Creo que ésta es una descripción bastante adecuada de lo sucedido. No lo es el pensar que el golpe de julio de 1936 surgió por generación espontánea.

Dr.César VIDAL, historiador, filósofo, teólogo, escritor. MMV.XI.XV. [LD.ESP.].

 

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«Juan Negrín. Presidente de la República?». «Juan Negrín - nunca fue presidente de la República. Fue nombrado presidente del Gobierno, con las carteras de Hacienda y Economía el 17 de mayo de 1937, siendo presidente de la República Azaña. Permaneció en dicho cargo casi toda la guerra y cesó el 6 de marzo de 1939, fecha de su huida a Francia. En el mismo recuadro se afirma que «era mucho más anglófilo que filomarxista». Creo que son dos adjetivos que no tienen nada que ver para su comparación. Lo que sí está claro es que se decantó por la ayuda de Stalin, pagada en oro».

 

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Hoy sabemos que el número real de muertos en España, entre el frente y la retaguardia y después de casi tres años de lucha entre ejércitos de más de un millón de hombres cada uno, no llegó a los 300.000.  2007.XI.22. Pío MOA.

 

 

Falsificando la historia

 

En agosto de 1999 tuvo lugar en los cursos de verano de San Lorenzo de El Escorial uno dedicado al estudio de la guerra civil española. Como es habitual en los últimos veinte años, desde prejuicios hostiles, se ha pretendido analizar diversos aspectos de la contienda, especialmente el final de la misma.

Estos seminarios suelen ser no sólo dirigidos, sino, además, protagonizados por un equipo de manifiesta parcialidad. Cada año se abordan los mismos temas con enconada beligerancia en un intento de reescribir la Historia y de confundir a quienes no vivieron aquella tragedia.

Los profesionales de la Historia, expertos, veraces, asépticos e investigadores -muchos de ellos contemporáneos de lo que se relata- no suelen ser invitados, para evitar réplicas que harían sonrojar la prepotencia de los ponentes, habituados a sentar cátedra de autosuficiencia sin objetor alguno.

El impresentable Hugh Thomas, en la sesión inaugural, se atrevió a decir: «aún no acierto a explicarme la falta de sentimientos, de arrepentimientos y de perdón del franquismo que ganó la guerra». Compartió parecida opinión el catedrático Angel Bahamonde. Una grave provocación al pueblo español, consciente de que el Alzamiento fue una cruzada contra el comunismo y una respuesta contundente a la persecución religiosa desencadenada las primeras semanas de la República, incrementada en la revolución de octubre de 1934. Terribles acontecimientos, que desvincularon del nuevo régimen a los fundadores de la Agrupación al Servicio de la República -Ortega, Marañón y Pérez de Ayala- así como precipitaron la dimisión del ministro de la Gobernación Miguel Maura Gamazo en octubre de 1931, por motivos religiosos.

Otro ponente, José Cervera, secretario del curso, afirmó: «Es evidente que Franco ganó la guerra, lo que no se sabe es cómo lo hizo». La guerra se ganó porque en la zona nacional, desde los primeros momentos, hubo una firme voluntad de victoria, porque hubo orden, disciplina, unidad de mando, e impulso moral, por la simbiosis entre el ejército y el pueblo que contribuyó con grandes contingentes de voluntarios procedentes de toda la geografía nacional -ocasionalmente tres generaciones de una misma familia- reforzando las diversas unidades militares, porque había un caudillo que empeñó su vida en conducir a su pueblo a la victoria. Frente al lema «No pasarán» que preconizaba el ejército rojo, observa críticamente Fernando Díaz Plaja: «las guerras no se ganan impidiendo el paso a los contrarios sino avanzando hacia ellos».

Es asombroso que el socialista británico Thomas no exija que el Psoe y el Pc pidan perdón por la revolución de Asturias, por el genocidio religioso, por las matanzas en las chekas, por la prolongación de una guerra, que tenían técnicamente perdida desde 1938, por incluir a España en la órbita soviética, por la entrega del oro a la URSS, y por haber dejado una nación que, como creía el funesto Azaña, tardaría medio siglo en alcanzar los niveles socioeconómicos de 1936 (se tardó menos de una década). En cambio, los nacionales tendrían que arrepentirse de haber impedido que España, como Albania, hubiera padecido sesenta años de miseria y terror.
Manuel Clemente Cera
2000.

 

 

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Recomendamos vivamente: ‘La otra memoria histórica’. Autor don Nicolás SALAS. Editorial ALMUZARA. Un libro indispensable y riguroso con 500 testimonios gráficos y documentales de la represión marxista en España (1931-1939).

 

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Pío MOA. La mayor contribución de Moa han sido sus investigaciones sobre el periodo que va de 1933 a 1936. Ha efectuado un análisis realmente original y ha llegado a conclusiones que no han sido todavía refutadas. Le han denunciado, le han vetado pero no han logrado rebatir con pruebas las tesis de Moa sobre la República.

2007-

 

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P: ¿Cuál es la principal diferencia entre Marxismo-revolucionario y Marxismo-leninismo?

 

R: El marxismo por definición es revolucionario como sabe cualquiera que haya leído el Manifiesto comunista. Lenin es uno de los grandes referentes de cómo llevar a cabo esa revolución pero, obviamente, no es el único. Por ejemplo, el PSOE’español’ compartió desde su fundación esa misma tesis –y lo demostró en varias ocasiones: 1917, 1930, 1931, 1934, 1936... – sin referencia, al menos en sus primeras décadas, a Lenin.

 

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¿Qué grado de culpabilidad criminal tuvo Santiago Carrillo* en los crímenes realizados por las Juventudes socialistas en los años de la Guerra Civil al ser éste su líder? ¿Debería ser recordado un personaje como este por la historia como un demócrata consagrado o debería rendir cuentas ante la justicia por sus crímenes como hace la izquierda con, por ejemplo, Pinochet?

 

1. Carrillo tuvo un papel muy importante en las matanzas de Paracuellos que aparece incluso en la documentación soviética de la época. 2. No creo que alguien que tenía como héroe a Stalin pueda ser considerado un demócrata. Por lo que se refiere a las muertes, en Paracuellos fueron asesinadas más personas de las que murieron bajo el régimen de Pinochet. Ese es un hecho indiscutible. 2005.02.22.

Don César VIDAL.2005-02-22-Dr. en historia antigua, filosofía, teología, escritor.

* Comunista, policía político y criminal del partido comunista español (2005.02 aún en viviendo en España libremente y sin pedir perdón)

 

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P.¿Podría recomendarme algún libro en castellano en el que se explique de forma clara que fue Lenin quien propugno el gulag, los fusilamientos en masa, la cheká o el uso del gas para matar en masa civiles?

 

R: La ocasión perdida, ediciones Península. 2006

 

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BREVE HISTORIA DE ESPAÑA...

 

"El pacto Hitler-Stalin hizo que Franco se mantuviera neutral en la Il da. Guerra Mundial"

 

Federico y César Vidal han analizado en Breve historia... la política exterior de Franco durante los últimos meses de la Guerra Civil española y durante la Segunda Guerra Mundial. Jorge Alcalde nos recuerda con qué medios de transporte contaban los españoles de la posguerra como los coches de gasógeno.

 

Federico Jiménez Losantos y César Vidal han repasado en Breve historia de España la política internacional de Franco en los primeros años de la dictadura. Vidal ha explicado que Franco tenía 4 metas en cuanto a política exterior: pagar las deudas (aceptó las contraídas por el Frente Popular salvo las de la Unión Soviética, ya que pedía que devolviesen el oro del Banco de España), acercarse al Vaticano, evitar el avance del comunismo y evitar inmiscuirse en un conflicto bélico mundial.

De esa forma, Franco firma el 18 de mayo del 39, sin que hubiera terminado la guerra civil, "un tratado de amistad con Portugal que incluía que no se podía usar el territorio de España para invadir Portugal ni viceversa. Así se conjuraba un ataque de Gran Bretaña, el enemigo secular de España y amigo secular de Portugal", ha subrayado Vidal.

César ha continuado relatando los pactos que firmó Franco: "el 7 de abril del 39 publica la adhesión al Pacto Antikomintern (en el que estaban Alemania, Japón, Italia...) que tenía como objetivo evitar la expansión del comunismo y el 8 de abril, Franco renuncia al puesto de la Sociedad de Naciones para acercarse a las potencias del eje. Sin embargo, el 19 y 20 de agosto Hitler pacta con Stalin,algo que desorientó a Franco que veía que ese acuerdo "va a suponer la extensión del comunismo".

"Franco reacciona intentado salir del embrollo, así el 4 de septiembre promulga un decreto donde exige la neutralidad más estricta a todos los funcionarios españoles". De esa forma, a ambos bandos se les permite comerciar con España. César ha recordado que "era gracioso ver en el puerto de Cádiz naves alemanas, británicas, francesas, italianas... costado con costado".

El director de Es la noche de César, ha asegurado que "la política exterior de Franco va a quedar muy influenciada por Camilo Barcia Trelles y su libro Puntos cardinales de la política internacional de España". La guía de Barcia establece 3 ejes para la política exterior española: "la amistad con los países hispanoamericanos y árabes, marcar distancias con el III Reich y buscar la ayuda de EEUU, porque son una potencia, lo van a ser aún más en el futuro y porque si estamos con ellos nos liberamos de la influencia de Francia y Gran Bretaña que ha sido nefasta".

Sobre la escasa participación de España en la Segunda Guerra Mundial, César nos ha recomendado "libro lamentablemente descatalogado pero que es el que mejor recoge lo que fue la división azul":

Título: "DIVISIÓN 250"

Autor: TOMÁS SALVADOR

Editorial: Descatalogado

Federico ha querido contextualizar la época con una canción de María Teresa Valcárcel, de la película Los últimos de Filipinas.

El transporte de la época

Jorge Alcalde se ha encargado de explicarnos qué medios de transporte utilizaban los españoles de la posguerra. "Había ferrocarriles pero eran impuntuales, incómodos y no contaban con las últimas novedades tecnológicas". En 1941 "nace lo que luego sería Renfe de la fusión de las 4 ó 5 compañías privadas que había, que tenían incompatibilidades en cuanto a anchos de vía".

No obstante, "en 1942 empiezan a producirse los primeros experimentos tecnológicos, las primeras experiencias con el TALGO (Tren Articulado Ligero Goicoechea Oriol)". En la España de la posguerra había un medio de transporte llamado Trolebus, "un híbrido entre un autobús y un tranvía, ya que tomaba su energía de catenarias", objeto "donde quería colgar Magdalena Álvarez a Esperanza Aguirre", ha recordado Federico.

El director de la revista Quo ha dicho que "el primero se construyó en 1940 en Bilbao, luego en Villa de Vallecas, en Madrid". En cuanto a los coches no estábamos mejor. Así Alcalde recuerda que "en 1939 había 132.000 coches en toda España, que no estaban a la vanguardia".

Lo curioso es con qué se movían los coches de la época, "ya que la gasolina no entraba con facilidad". Lo hacían con gasógeno, mediante motores de combustión. "El gasógeno era quemar leña, hacer una combustión incompleta que generara monóxido de carbono que era el que permitía moverse al coche". 

http://www.esradio.fm/es-la-manana-de-federico/el-pacto-hitler-stalin-hizo-que-franco-se-mantuviera-neutral-en-la-iigm-1276402315/

09.2010

 

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Los crímenes de la guerra de España

 

El siglo XX se inauguró con la invención de los campos de concentración, organizados por los británicos durante la guerra de los boers. En ellos fueron encerrados decenas de miles de mujeres y niños, tras ser despojadas sus familias de sus bienes, y a menudo incendiadas sus casas. La mortandad por agotamiento y maltrato fue muy elevada, y alzó una ola de indignación en Europa, indignación que no iba a impedir un próspero y tétrico futuro para esas instituciones.

 

Este siglo ha alcanzado, muy posiblemente, las más altas cotas de la historia en criminalidad de guerra. Muy groso modo, la proporción de bajas civiles respecto de las militares ofrece un buen indicio de la magnitud de estos crímenes en el siglo recién concluido. Así suele estimarse que de la I a la II Guerra Mundial el porcentaje de víctimas civiles saltó de acaso un 20 a un 50 por 100 o más, y ha seguido aumentando en las guerras subsiguientes como las de Argelia, Vietnam, etc. Aunque, obviamente, no todas las bajas civiles entran en esa categoría, y sí lo hacen muchas bajas militares: suelen considerarse crímenes de guerra los ataques deliberados a la población no combatiente, los asesinatos de retaguardia, el exterminio de prisioneros, el uso de armas de acción indiscriminada y especialmente destructiva, etc.

Los sucesos de la guerra civil española deben contemplarse en este marco histórico, si bien con rasgos especiales. Aquí hubo pocas víctimas civiles de bombardeos, o prisioneros exterminados por hambre y brutalidades. En cambio fue muy alto el número de asesinatos por motivos ideológicos.

Los bombardeos terroristas sobre la población civil repugnan especialmente, por implicar poco riesgo y aniquilar sobre todo a niños, mujeres, ancianos y trabajadores ajenos a la acción bélica. Un tópico archirrepetido presenta la contienda española como el ensayo sistemático de este tipo de crimen, pero las cifras no autorizan tal presunción: unos 15.000 civiles muertos en casi tres años y en centenares de acciones tanto por accidentes como en acciones deliberadas. El máximo de víctimas en un solo ataque (unas 800) correspondió a Barcelona, al caer una bomba sobre un camión de municiones, que magnificó la explosión (1).

Contra lo que suele decirse fue el Frente Popular el iniciador de estos bobardeos, de los cuales se jactó en numerosos partes de guerra, siendo Oviedo y Huesca las ciudades más masacradas. El mando nacional los prohibió, aunque no siempre. Pese a ello, los populistas denunciaron a todos los vientos los bombardeos nacionales, con el eco de escritores tan influyentes como Hemingway, sobre todo durante la batalla de Madrid (2). Allí, la Legión Cóndor fue autorizada a esos ataques, que en diez días causaron 244 muertos y 303 edificios destruidos o muy dañados. Guernica marcó otro hito, más que por los muertos -unos 120, como prueba la investigación, no superada, de Jesús Salas Larrazábal-, por su efecto internacional3. Habitualmente se citan para Guernica trece y hasta treinta veces más víctimas que las reales, siguiendo a la prensa conservadora inglesa, que buscaba, probablemente, impresionar a la opinión pública británica, influida por el pacifismo laborista, para que aceptase la necesidad del rearme frente a Alemania )4).

Estos hechos no admiten comparación con los bombardeos terroristas de la II Guerra Mundial, en los que destacaron norteamericanos e ingleses, mitificadores, por paradoja, de Guernica. Ambos multiplicaron casi por mil la mortandad de Guernica en sus gigantescas incursiones sobre los suburbios de Tokio o sobre Dresde, y lanzaron decenas de otras acciones de exterminio contra poblaciones, aparte de las bombas atómicas. Si bien el método lo iniciaron los nazis, también es cierto que éstos encontraron discípulos en extremo aventajados, y que los norteamericanos no pueden alegar el argumento inglés sobre quién empezó.

Otro crimen típico fue el asesinato de presos y prisioneros. El más masivo fue el de Paracuellos del Jarama, durante la batalla de Madrid, y también fue muy sangrienta la represión inicial en Badajoz, aunque más que dudosa la matanza indiscriminada de que suele hablarse (5). En los campos de concentración durante el conflicto, y en la inmediata posguerra, menudearon los malos tratos y la escasa alimentación, ocasionando un número de muertos difícil de estimar, quizá entre diez y veinte mil.

Estas atrocidades, con todo su horror, tampoco llegan a ser un precedente de lo ocurrido durante la guerra mundial, cuando masas de prisioneros fueron eliminadas por hambre, tratos brutales y trabajo agotador. Suele calcularse que los alemanes acabaron así con entre dos y cuatro millones de soldados soviéticos, y éstos con dos millones de alemanes. Tema apenas tratado ha sido el del exterminio de prisioneros en los campos franceses y norteamericanos. En su libro Other losses, el historiador canadiense James Bacque da la cifra, difícil de creer, de un mínimo de 850.000 prisioneros alemanes así aniquilados (6).

Tampoco tiene parangón en España el asesinato de seis millones de judíos, además de gitanos y otros, en los campos de concentración de Hitler. Crimen que en rigor no fue de guerra, pues ni los judíos ni las otras minorías habían declarado la guerra a Alemania. Se trató de uno de los genocidios más espeluznantes de la historia, hijo de las razones ideológicas.

El crimen practicado con preferencia en España consistió en el asesinato de enemigos políticos en la retaguardia, una «limpia», como se la llamó, hecha con saña por uno y otro bando. El tema, especialmente siniestro, conserva en parte, aun hoy, el carácter polémico y confuso que le prestó la propaganda. Ese terror dio a los contendientes una poderosa argucia para descalificar al adversario como esencialmente criminal, y para aplicarle la misma represalia. Y volvió más tenaz la lucha, por la seguridad de que quien venciese ejecutaría una cumplida venganza. Prieto lo anunció tres días antes de la sublevación: «Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel». Es evidente que se trató de una explosión del odio ideológico acumulado desde muy pronto en la República, y especialmente desde el año 1934, cuando se sublevaron el PSOE y los nacionalistas de izquierda catalanes, y más todavía en los meses siguientes a las elecciones del 36, como hemos visto (7).

En ese ambiente, no ya enrarecido, sino enloquecido, cada parte exageró sin tasa la barbarie del contrario. Al final de la guerra Franco creía que sus enemigos habían sacrificado a 400.000 personas. La investigación oficial de posguerra, la «causa general» bajó el número a 86.000, para decepción de quienes deseaban mayor excusa a su ansia vengativa. Y aun había de bajar bastante, pues muchos nombres aparecían repetidos en varios registros. Pero en cuanto a exagerar, los republicanos superaron a sus contrarios. Todavía en un libro publicado en 1977, Vidarte considera «quizá» exagerada la cifra difundida por el novelista R. Sender, de 750.000 ejecuciones de izquierdistas hasta mediados del 38, y atribuye unas 150.000 a Queipo de Llano en su zona de Andalucía sólo hasta principios de dicho año, o suma 7.000 en Vitoria (ciudad de 43.000 habitantes). Si fuera cierto, los nacionales habrían matado a no menos de un millón de izquierdistas, incluyendo 200.000 en la posguerra, cuentas que darían visos de realidad a la propaganda del Frente Popular, según la cual Franco planeaba exterminar literalmente a los trabajadores. En 1965 Jackson no dudaba en cargar 400.000 muertes a la represión franquista, aunque posteriormente las redujo a la mitad. Tamames hablaba, en 1977, de 208.000. Preston, en su biografía de Franco, de 1993, repetía el bulo de las 200.000 ejecuciones sólo en la inmediata posguerra. Estas desmesuras, típica arma de propaganda bélica, pierden toda justificación en la paz, salvo que se pretenda alimentar un espíritu de guerra civil (8).

En ese maremagnum empezó a poner orden, en 1977, Ramón Salas Larrazábal, el primero en abordar de forma seria el asunto, apartándolo de la propaganda e introduciéndolo en la historiografía. En su concienzudo estudio Pérdidas de la guerra, Salas empieza metódicamente por demostrar la inconsistencia de los cálculos vistos, y de otros aportados por historiadores franceses. Calcula luego la magnitud global de la mortandad en la guerra, mediante un detenido análisis de las estadísticas demográficas y teniendo en cuenta las deficiencias del censo de 1940. Esta aproximación global tiene el mayor interés, pues marca ciertos límites máximos y descarta numerosas fantasías. De otro modo, el único método posible consistiría en acumular testimonios documentales, orales, rumores, etc., con obvia imposibilidad de comprobarlos fehacientemente (9).

Según las diferencias de población, las víctimas de la guerra tenían que ascender a unas 625.000, incluyendo las causadas por combates, represión, enfermedades, ejecuciones de posguerra, maquis y participación en la II Guerra Mundial. Si excluimos las de posguerra (159.000 por enfermedad, 23.000 por ejecuciones y 10.000 por el maquis y por la guerra civil), la cuenta se reduce a 433.000. De ellas, 165.000 se deben a enfermedades, con lo que las muertes violentas sumarían unas 268.000. Computados con bastante seguridad los caídos en combate (unos 160.000), quedan las víctimas de la represión, que rondarían las 108.000. Cifras aproximadas, pero orientadas correctamente, incomparablemente más correctas que las hasta entonces manejadas. Salas, pues, introdujo la cuestión en el ámbito del debate racional (10).

En cuanto a la distribución de ejecuciones y asesinatos, Salas estima en 72.500 los realizados por el Frente Popular, y 58.000 por los nacionales (incluyendo 23.000 en la represión de posguerra). Otro dato es que el 95 por 100 de los muertos serían varones, salvo en Barcelona, donde la proporción femenina más que dobló la normal en el resto de la zona populista: 13,05 por 100 frente a un 6,32 por 100 en Valencia. La proporción sería menor aún en la zona nacional.

Salas funda estos datos en los del Movimiento Natural de la Población y en un muestreo en los registros municipales. Para ello supuso que todas las víctimas habían sido registradas (con bastante posterioridad al conflicto muchas de ellas), y que las inscripciones en los registros habían sido hechas de manera correcta. Estos supuestos han sido severamente criticados por varios autores (11), pero no parece fácil que las críticas alteren en lo fundamental las cifras de Pérdidas de la guerra.

Sin embargo, aun si los datos de Salas hubieran de ser corregidos con cierta amplitud, no hay duda de que su investigación introducía por primera vez, como hemos dicho, el rigor científico en cuestión tan vidriosa. Ahora bien, este decisivo mérito, a cuyo reconocimiento obliga la honradez intelectual, ha sido despreciado en bastantes medios, proclives, en cambio, a creer fantasías que apoyen sus ideas previas. De lo vivas que en esos medios continúan las pasiones da idea la acogida a Pérdidas de la guerra, obra silenciada en lo posible o atacada con lenguaje reminiscente de las viejas contiendas, impidiéndose al autor la réplica en ciertas publicaciones (12). Parece que la guerra no acaba de entrar en el campo del estudio desprejuiciado y sereno.

Así las cosas, en 1999, veintidós años después del libro de Salas, ha salido otro, intensamente promocionado, de los estudiosos Julián Casanova, José María Solé, Joan Villaroya y Francisco Moreno, coordinados por Santos Juliá y titulado Víctimas de la guerra civil (aunque trata sólo las víctimas de la represión). Vale la pena compararlo con el anterior para constatar cómo no siempre el paso del tiempo mejora la historiografía.

Las tesis básicas de Víctimas son:

a) El terrror desplegado por el Frente Popular fue una respuesta al de los sublevados.

b) Fue un terror popular y en gran medida espontáneo.

c) Su responsabilidad última y definitiva recae sobre los franquistas, que lo provocaron al alzarse contra la legalidad republicana y democrática.

d) Las víctimas del franquismo fueron muchas más (en torno al triple) que las causadas por la república.

Estos asertos, nada nuevos, son, precisamente, los de Vidarte, elaborados por la propaganda republicana ya durante la guerra. Si fueran veraces, la represión populista tendría toda clase de atenuantes -en rigor, no podría hablase de crímenes, sino apenas de excesos-, mientras que la represión contraria cargaría con todos los agravantes posibles. Sin embargo, el examen de los hechos muestra una realidad algo diferente.

¿Fue el frentepopulista un terror «de respuesta», como asegura Víctimas? J. Casanova lo expresa así: «Para respuesta brutal, la que se dio contra los militares sublevados que fracasaron en su intento, y a quienes se consideraba responsables de la violencia y la sangre que estaba esparciéndose por ciudades y campos de la geografía española» (13). La tesis tiene suma importancia, pues claro está que a quien se ve agredido y con su vida en peligro no puede exigírsele un ánimo tranquilo y ponderado, sino admitir que reaccione con lógica y justificable furia. Pero, como creo que ha quedado claro en estas páginas, el terror populista tenía unas raíces propias y nada debía a las violencias franquistas. Fue practicado ya desde 1933 y sobre todo en 1934 y después de las elecciones de 1936, y nacía de una propaganda que cultivaba abiertamente el odio como una imprescindible virtud revolucionaria. Hemos visto el papel crucial que desempeñó la campaña sobre la represión en Asturias, eje de la política de las izquierdas hasta las elecciones de 1936 y aun después. Si el terror populista respondió a algo, fue justamente a esa propaganda martilleante, y Besteiro sabía de qué hablaba al prevenir contra aquellas prédicas que, a su entender, «envenenaban» a los trabajadores y preludiaban la mantanza. Un estudio que olvide estas cosas queda también privado de cualquier rigor historiográfico.

Ese odio se manifestó en la primera mitad de 1936 en forma de varios cientos de asesinatos, en su mayoría cometidos por fuerzas afectas al Frente Popular, y en la destrucción de innumerables iglesias, obras de arte, asaltos a locales y prensa derechista, etc., no correspondidos por las derechas. Al estallar la guerra y derrumbarse los restos de legalidad republicana debido al reparto de armas a los sindicatos, ese ambiente se transformó en terror masivo, y la ola de incendios y asesinatos comenzó el mismo 18 de julio, sin aguardar noticias fehacientes de la represión en el campo contrario. Los dos bandos actuaban, ante todo, porque consideraban llegada la hora de una «limpieza» definitiva. El terror ha sido un rasgo acentuadísimo en todos los países y momentos en que se han desatado revoluciones socialistas o anarquistas, y España no fue excepción.

En cuanto a la derecha, el examen de su prensa y documentación a lo largo de la república no muestra, ni en intensidad ni en sistematicidad, y salvo excepciones, una comparable incitación al odio. Parece más veraz, entonces, sostener que si hubo un terror «de respuesta» éste fue más bien el de las derechas frente al que sus adversarios venían predicando y ejerciendo durante más de dos años, con numerosísimos atentados, incendios y amenazas, y una insurrección que en 1934 causó 1.300 muertos.

También alentó esas conductas la creencia -que ahuyentaba el escrúpulo o el remordimiento-, en una pronta derrota de los franquistas. Como por entonces escribía Araquistáin a su hija, «la victoria es indudable, aunque todavía pasará algún tiempo en barrer del país a todos los sediciosos. La limpia va a ser tremenda. Lo está siendo ya. No va a quedar un fascista ni para un remedio (14)». Idea sin duda muy generalizada.

El carácter «popular» de la represión republicana tiene similar sustancia propagandística: el lector tiende a alinearse instintivamente con «el pueblo», aunque sea «el pueblo en armas», como reza un epígrafe de Casanova. Así, los crimenes populistas constituirían una especie de «justicia popular», justicia histórica, acaso irregular y brutal, pero explicable y en definitiva justificable, máxime si era una respuesta a las fechorías contrarias. Esta idea, que empapa el libro citado, la exponen francamente en otro lugar dos de los autores, J. Villarroya y J. M. Solé: «La represión ejercida por jornaleros y campesinos, por trabajadores y obreros y también por la aplicación de la ley entonces vigente, era para defender los avances sociales y políticos de uno de los países con más injusticia social de Europa. Los muchos errores que indudablemente se cometína, pretendían defender una nueva sociedad. Más libre y más justa. La represión de los sublevados y de sus seguidores era para defender una sociedad de privilegios» (15). Estas frases renuevan el tono bélico, aunque mencionen «errores», bien comprensibles dadas las circunstancias. De ahí a gritar «¡Bien por la represión contra los explotadores!» no media ni un paso, pues la conclusión está implícita.

Claro que con ello Solé y Villarroya identifican al pueblo -¿y en cierto modo a sí mismos?- con la minoría de sádicos y ladrones (los crímenes solían acompañarse de robo) que al hundirse la ley obraron a su antojo (16). Ejercieron el terror popular los partidos y sindicatos, y dentro de ellos sujetos politizados y fanáticos, a veces también delincuentes comunes liberados por aquellos. No fue el pueblo, ciertamente. En las elecciones del 16 de febrero, los votantes se dividieron mitad por mitad, aparte un tercio de abstenciones, no identificables con ningún bando. Sólo apoyaba al Frente Popular, pues, una fracción del pueblo, alrededor de un tercio, y es probable que esta proporción disminuyese en los meses siguientes a las elecciones. Desde luego, ni siquiera ese tercio fue el que tomó las armas, sino, básicamente, los miembros de las organizaciones obreristas, de los cuales sólo una minoría, a su vez, cometió atrocidades: los que permanecieron en retaguardia, más bien que los que marcharon a los frentes.

Lo mismo vale el tópico de la espontaneidad. Nada de espontáneo tuvo el largo e intenso cultivo de una propaganda irreconciliable, llegada al paroximo ante la sublevación del 36, como refleja la prensa republicana de entonces. La rabia, apenas contenida durante meses, se desató por fin gracias al reparto de armas, acuerdo político con efectos de sobra previsibles. No sin razones de peso rechazó Casares el reparto mientras tuvo fuerzas. La decisión de armar a los sindicatos hace al último gobierno republicano, el de Giral, plenamente responsable de sus consecuencias, tanto si éstas se tienen por buenas (así lo pensaron y lo piensan muchos políticos e historiadores), como si se las juzga nefastas. Pero, además, ocurre que el terror fue organizado por los organismos oficiales del gobierno Giral, en rivalidad con los partidos y sindicatos del Frente Popular. Así aparece con claridad en la lista de «checas» que ofrece Javier Cervera en su documentado libro Madrid en guerra. La ciudad clandestina, 1926-1939. La «checa de Fomento», «la más importante de Madrid y sólo su mención producía escalofríos a los madrileños», fue montada por el director general de Seguridad de Giral. La disolvió Santiago Carrillo en noviembre, y no precisamente para disminuir el terror. La «checa de Marqués de Riscal» funcionaba bajo los auspicios de la Primera Compañía de enlace del Ministerio de Gobernación. Otras checas tenían carácter anarquista, comunista o socialista, y a menudo se interrelacionaban entre sí (17).

La tesis de que la responsabilidad de las atrocidades, incluso las realizadas por los republicanos, recae sobre los rebeldes, ya que éstos se habrían alzado, sin la menor justificación moral y política, contra una legalidad democrática y normal, es otra forma de decir lo anterior. En referencia tanto al golpe de Primo de Rivera en 1923 como al de julio del 36, S. Juliá dice: «La historia comienza realmente cuando los militares vuelven a intervenir en el normal desarrollo de la política con el propósito de imponer por las armas un cambio de Gobierno» (18). Definir como «normal desarrollo» la política española después de las elecciones de 1933, y sobre todo después de febrero del 36, debe ser una humorada. Hay que esperar que el propio Juliá no desee una vuelta de España a tales normalidades.

Vale la pena observar que casi todos los historiadores y políticos que defienden con puntillosidad extrema la legalidad republicana de 1936, muestran total desprecio por esa misma legalidad cuando se trata de la revolución de 1934, muy justificada a su entender. Pero todo indica que, desde ésta última, aquel régimen no volvió a ser normal: quedó tambaleante, y los hechos siguientes lo llevaron al colapso. Madariaga ha escrito que con la insurrección de Asturias las izquierdas habían perdido cualquier derecho moral a condenar el alzamiento derechista de 1936, pero hay que añadir que no sólo porque fueran las izquierdas las que empezaron a dinamitar la legalidad, sino, sobre todo, porque no cejaron luego en su actitud. ¿Puede escribirse la historia olvidando estos desarrollos?

Los autores de Victimas van más allá. Admiten que en julio del 36 se produjo una revolución en la zona populista, pero no ven en ella nada irreparable: la república del 14 de abril se habría rehecho a los pocos meses, cuando Largo Caballero sustituyó a Giral: «El golpe no derribó al Estado republicano, pero (...) destruyó su cohesión y le hizo tambalearse», opina J. Casanova; y detalla S. Juliá: «No es que la República quedara liquidada, sino que su Gobierno carecía de los recursos necesarios para imponer su poder, que se dispersó(sic) entre las manos de los comités sindicales (...). Sólo lentamente, y tras levantar de la nada un ejército en toda regla, pudo el Estado republicano recomponerse» (19). Ese ejército, el verdadero órgano de poder y única gran institución que funcionó con eficacia en el Frente Popular, era abiertamente político, y sin nada o casi nada en común con el que diseñó Azaña. Hay algo de extravagancia y de insulto a la inteligencia en la pretensión de que el régimen del 14 de abril fue recompuesto en septiembre o noviembre del 36 gracias a los esfuerzos conjugados de anarquistas -inconciliables con la república, a la que asestaron gravísimos golpes desde su implantación-, los socialistas -que hicieron otro tanto a partir de 1934-, o los comunistas, simples peones de Stalin como ha quedado demostrado desde la izquierda y desde la derecha; sin olvidar a la Esquerra catalana, coautora del golpe revolucionario de 1934. Santos Juliá y sus compañeros no vacilan en presentar a esos partidos como ardientes paladines de la democracia, quizá porque sea ése el tipo de democracia con que ellos simpatizan. Pero los tozudos hechos demuestran que la revolución de julio del 36 destruyó a la República en tal medida que el gobierno de Giral quedó como un simple adorno, y cuando en septiembre surgió un gobierno adecuado a la realidad, sus fuerzas determinantes eran precisamente las que con mayor insistencia y dureza habían vapuleado a la república los años anteriores.

El gobierno de Largo, que sucedió al de Giral, significaba el intento de asentar un nuevo régimen, no la república del 14 de abril. Necesitado de imponer su autoridad y consciente del enorme perjuicio moral que fuera de España le estaba causando la oleada represiva, procuró racionar ésta y someterla a trámites jurídicos. El fenómeno ocurrió en los dos campos después de la feroz siega de verano y otoño del 36, cuando cayeron la mayoría de las víctimas de uno y otro color. Ello no impidió que hasta el final mismo de la contienda siguiesen siendo frecuentes los asesinatos y muy discutible la legalidad de muchas ejecuciones, también en los dos bandos.

¿Cómo se distribuyeron las ejecuciones y asesinatos entre las partes? El estudio de Salas, pese a la hostilidad con que fue acogido por historiadores apasionados y de dudosa solvencia -aunque a menudo influyentes-, ha pesado por fuerza en los investigadores posteriores, destruyendo las exageraciones tradicionales. Aun así, a partir de él se desató en diversos sectores una carrera por recontar las víctimas y probar que en realidad los nacionales habían matado en retaguardia más que los populistas. Víctimas, en concreto, reduce las causadas por los populistas a 50.000 (72.000 en Salas), y aumenta las de los nacionales a unas 150.000 (58.000 en Salas), lo que hace sumando resultados obtenidos a menudo con métodos dudosos (informes orales, rumores, etc.) y sumando los obtenidos en diversas provincias, cuando es frecuente la doble contabilidad, al estar registrada una misma persona en la localidad de su ejecución y en la de su nacimiento. El investigador don Martín Rubio ha echado por tierra esas cifras y, más comedido, calcula en 60.000 las víctimas populistas y en 80.000 las de sus contrarios, cifras siempre aproximadas y nunca del todo concluyentes (20).

La dificultad para establecer los datos precisos es muy grande, pues las estadísticas demográficas dejan un cierto margen de error, y el recuento caso por caso se funda a menudo en rumores o testimonios dudosos. Además, no son cifras bien comparables, porque la represión frentepopulista sólo pudo afectar a algo más de la mitad del país, en disminución según avanzaba la guerra, mientras que la contraria se extendió por el país entero, lo que significa menos víctimas relativas. También resulta incomparable la represión de posguerra, al verse los populistas imposibilitados de ejercerla. Cabría presumir que tampoco la hubieran ejercido de ser ellos vencedores, pero la presunción es más que aventurada si tenemos en cuenta los precedentes, las ideas de «limpieza» con que se planteó ya la insurrección del 34, y la llamada permanente al odio, mucho más masiva y tenaz que las ocasionales apelaciones de Azaña y otros a la piedad y el perdón.

Al establecer las cifras se detecta otro fallo importante en Víctimas, que pinta un cuadro, perfectamente irreal, de básica armonía entre los republicanos, y dedica muy escasa atención al terror desatado entre ellos mismos. Ese terror dejó, sin embargo una trágica carga de torturas y muertes, con frecuencia encubiertas con bajas en el frente o en intentos de deserción. Por ejemplo, el SIM (Servicio de Información Militar), fundado por Prieto y dominado por los comunistas y un sector socialista, destacó como una maquinaria especialmente cruel y mortífera, según testimonios anarquistas y socialistas. Véase, por contraste, cómo lo enfocan Solé y Villarroya: El SIM «ha sido juzgado de forma crítica incluso desde el propio sector republicano, pero lo cierto es que logró desenmascarar y desarticular casi todas las redes quintacolumnistas, o las dejó semiparalizadas. Sus éxitos se deben a la incorporación de técnicas rusas de contraespionaje, a la utilización de elementos tecnológicos innovadores en su tiempo, a la adecuada selección de personal policial y, quizá lo más importante, al uso del terror. En conclusión, técnica y terror al servicio judicial» (21). Descripción eufemística y burocrática donde las haya, en la línea, muy stalinista, de recalcar la eficacia. Pero si diversos republicanos, juzgaron al SIM y «de forma crítica», como dice también eufemísticamente, no se debió a sus éxitos contra la quinta columna, sino al uso de una extraordinaria brutalidad y provocación contra otros frentepopulistas, de la que hay casos significativos.

En fin, me inclino a creer básicamente correctos los datos de Salas, aun considerándolos más inseguros de lo que él los creyó. Pero sean cuales fueren los datos precisos, sabemos con certeza que en una y otra zona el terror fue masivo. Si resultase que uno de los bandos hubiera asesinado poco y el otro mucho, ello sería un poderoso argumento histórico, moral y político en favor del menos sanguinario. pero tal cosa no ocurrió. De ahí que sea escaso el valor historiográfico de esta carrera por demostrar quién derramó más sangre, y desproporcionada la energía que le han consagrado tantos estudiosos. Lo cual sugiere que en esa pugna ha influido menos el deseo de clarificar la historia que una motivación de otra de índole: política y propagandística. En contraste con los autores de Víctimas, Salas, bien consciente de una realidad lo bastante horrible, imposible de justificar con argumentos morales o políticos, no utiliza sus cálculos para disimular o justificar la represión nacional. Si alguna lección extrae es una llamada a la reconciliación: «Todos tenemos mucho de qué avergonzarnos y muy poco que reprocharnos» (22) en su conclusión, con la que nadie medianamente objetivo puede estar en desacuerdo. Actitud muy distinta, como digo, de la de Santos Juliá y sus compañeros, que justifican la represión izquierdista al extremo de cargar su responsabilidad sobre el bando contrario, en una retórica que quiere mantener la llaga en carne viva.

Sean cuales fueren sus inexactitudes o errores, Pérdidas de la guerra fue un trabajo científico y pionero, mientras que Víctimas tiene un carácter diferente. Ello se percibe desde el mismo lenguaje, sobrio, ponderado, cuidadoso de los posibles fallos u objecciones a su método, en el primer libro; apasionado en extremo, a menudo panfletario en el segundo. Y no es que un historiador deba ocultar su idignación ante sucesos crueles o injustos, pero cabe dudar de la sinceridad del sentimiento cuando el mismo se esfuma ante hechos semejantes si los comete el bando con que el historiador simpatiza.

Ya la portada de Víctimas busca un impacto político: un grupo de prisioneros atados y humillados entre soldados franquistas que les apuntan con fusiles. Ya la frase con que empieza el libro: «¿Cómo fue posible tanta crueldad, tanta muerte?», suena falsa en un historiador, que por su oficio sabe que la crueldad y la muerte están demasiado presentes en la historia de todos los países como para afectar tan especial aflición en este caso. Aunque el libro admite -no podría dejar de hacerlo sin desacreditarse por completo-, la ola de sangre causada por los republicanos, el relato de la crueldad y la muerte se centra con total preferencia en los franquistas, y lo hace con métodos típicos de la propaganda: sus crímenes son expuestos con constantes detalles personales y macabros, destinados a impresionar al lector desprevenido. El método sería admisible si lo aplicaran también a los crímenes contrarios, pero de éstos se habla en un estilo impersonal y general, y en un marco de esencial justificación.

El sectarismo llega al extremo de que las víctimas republicanas reciben constante encomio, mientras las otras llegan a ser tratadas con verdadero escarnio. Así, Maeztu es «el intelectual de mayor prestigio que pudieron pasear como mártir los franquistas». Cabe destacar que las derechas en España han condenado el asesinato de García Lorca y se han sumado a las conmemoraciones del autor, mientras que nada parecido han hecho las izquierdas con Maeztu o Muñoz Seca; todo lo contrario. De Ledesma Ramos dice el libro: «el magro pensamiento fascista español (el autor parece creer que el pensamiento socialista o republicano era muy fértil) andaba necesitado de mitos, de jóvenes fogosos caídos por la Patria en la flor de sus vidas». Como si su asesinato hubiera respondido a tal supuesta necesidad. José Antonio resulta «el más insigne de los asesinados por los rojos, el mártir de la Cruzada, el «ausente» en cuyo honor se levantaron edificios, a la vez que se designaba con su nombre cientos de calles, plazas y escuelas». Y lo caracteriza como jefe del «partido que mejor incorporó la violencia a su retórica y más la practicó en la calle en la atmósfera cargada de la España de los años treinta». «En el mes que siguió a las elecciones (de febrero del 36) él y su partido calentaron el ambiente, inyectándole buenas dosis de violencia política». La conclusión lógica de un lector que sólo tenga informes como los de este libro será: ¿por qué no había entonces de ser ejecutado José Antonio, y más en situación de guerra? Claro está que los autores ocultan al lector dos datos esenciales para que éste forme su juicio: que los atentados falangistas, en 1934 y en 1936, no fueron de iniciativa, sino de respuesta a los sufridos por la Falange a manos de socialistas y comunistas; y que, lejos de ser el partido más violento por entonces, fue superado en mucho tanto por el PSOE como por la CNT. Estos son hechos indudables que un historiador, si pretende serlo en serio, no puede pasar por alto. Y parece claro que los autores se suman disimuladamente al «Espectacular (...) mofa carnavalesca de la parafernalia eclesiástica». Aparte de lo extremdamente ofensivas que eran para los creyentes esas mofas, los autores desdeñan la enorme destrucción de libros y obras de arte producida en los «espectáculos» de la «parafernalia». Aunque atenuados, en esas frases se perciben los ecos de la propaganda que creó el ambiente político de 1934 a 1936 (23).

En la misma línea, las frases feroces de personajes franquistas reciben constante atención, olvidando las correspondientes del Frente Popular, que podrían llenar muchas páginas. Frases, por lo demás, corrientes en todas las guerras. En cambio son destacadas las llamadas humanitarias de algunos populistas: «Hubo abundantes voces que se alzaron desde el principio contra la masacre, algo muy raro entre los cruzados del otro bando». De hecho fueron muy poco abundantes, en comparación con las prédicas del terror, y, como recoge el citado Martín Rubio, tampoco faltaron las apelaciones humanitarias entre los nacionales. Pero lo cierto es que para 1936 las cosas habían llegado a tal extremo que tales exhortaciones fueron escasas y poco atendidas en los dos campos. A este respecto conviene poner en su contexto el discurso de Azaña pidiendo paz, piedad y perdón. Fue sin duda un noble ruego, que reverdeció su popularidad entre la gente harta de la sangre y sacrificios impuestos por la lucha, pero también llegaba demasiado tarde: el 18 de julio del 38, cuando los suyos encaraban un porvenir sombrío. Los que iban ganando la guerra sólo podían considerar aquellas palabras como un intento de distracción, y los que la iban perdiendo, pero querían resistir para enlazar la guerra civil con la guerra mundial, tenían que ver en la frase azañista poco menos que una traición: «A los ocho días de hablar de piedad y perdón me refriegan 58 muertos», clama aquél en sus diarios, refiriéndose a unos fusilamientos en Montjuich (24).

Abundan en el libro errores y omisiones como los citados sobre José Antonio. Así, «el intenso anticlericalismo del primer bienio republicano y de la primavera de 1936 nunca había sido acompañado de actos de violencia». ¿Cómo llamar entonces a la quema de templos, bibliotecas, escuelas y laboratorios y obras de arte, a las agresiones a clérigos o sucesos como el de los «caramelos envenenados»? El golpe de Primo, en 1923, aparece como la «primera lección que los españoles del siglo XX recibían acerca de la legitimidad del recurso a la violencia y a las armas para derribar un Gobierno y alcanzar el poder y cambiar de hecho un régimen político» ¿Debemos creer que la huelga revolucionaria de 1917, seis años antes, no tenía esos objetivos ni recurrió a la violencia? «El exilio de 400.000 personas, la mayoría catalanas (...) marcará generaciones», provocando un «vacío cultural y social». Pero los estudios de J. Rubio muestran que el grueso de esos exiliados (más de dos tercios), regresó a España antes de un año, y otros siguieron luego en un goteo permanente. Contradiciéndose, el mismo Víctimas suma, entre Francia y América, unos 160.000 exiliados para 1949. La vasta mayoría de los catalanes huidos volvieron enseguida, no siendo su presencia en el exilio más significativa que la de otros españoles; y el «vacío social y cultural» fue mucho menor de lo que da a entender el libro. También, a juicio de Solé y Villarroya, el SIM era cosa de «Madrid», aunque fue montado desde Valencia y Barcelona: «policía novel, conversa de nuevo cuño al comunismo estalinista, fuera de Madrid no entendía la compleja vida sociopolítica de la sociedad catalana». Esa «incomprensión», como la llaman eufemísticamente, se manifestó en forma general, y no sólo en la «compleja» sociedad catalana, tan incomprensible, según la ingenua vanidad de Solé y Villarroya, para el «madrileño» SIM. Para dichos autores, los franquistas practicaron una «represión general sobre Cataluña, considerada el baluarte de la República», aunque lo cierto es que la represión no afectó a Cataluña en mayor medida que a otras regiones. Choca además, en unos historiadores, el anacronismo del «baluarte de la República», consigna en desuso desde octubre de 1934. Audaz, a la vista de lo ocurrido, resulta su presunción de que la sociedad catalana «era la más entregada al espíritu republicano, por su talante liberal». La Esquerra catalana fue probablemente el más exaltado de los partidos republicanos, y ya en 1934 organizó la insurrección y la guerra civil con propósitos que nada tenían de liberales. En la misma línea se atribuye al régimen de Franco una «voluntad de desindustrializar Cataluña para empobrecerla», cuando la indiscutible realidad histórica, al margen de cualquier propaganda, es que la industria catalana fue protegida durante la era de Franco y prosperó como nunca antes. F. Moreno pasa buenamente por alto los sucesos de España desde 1934 y los de julio del 36: «Han caído ya, con la victoria militar, las instituciones democráticas». O descubre que «La violencia fue un elemento estructural del franquismo»: lo es de todos los regímenes políticos. Etc. (25).

Estos errores tienen traza de no ser involuntarios y van más allá de los inevitables yerros de detalle que se cuelan en cualquier libro de historia. Su sentido coincide con el de otras apreciaciones repetidas machaconamente. El terror «fue una parte integral del glorioso Movimiento Nacional, de su asalto a la República y de la conquista gradual del poder, palmo a palmo, masacre tras masacre, batalla tras batalla». «La represión y el terror (...) no eran algo episódico, sino el pilar central del nuevo Estado, una especie de principio fundamental del Movimiento». «A las personas de izquierda, a los vencidos, que anhelaban reconstruir sus vidas, se les negó por completo tal derecho, se les condenó a la humillación y a la marginación (social, económica, laboral). El franquismo les negó la consideración de personas». «Se puede afirmar que Franco convirtió a Madrid en un gran presidio». «El fenómeno de la tortura fue masivo y generalizado», etc. Estas frases son de Moreno, cuyo lenguaje, panfletario sin disimulo, sigue la tónica de sus estudios sobre la represión en Córdoba, según los cuales la política franquista fue «de exterminio», de «exterminio de clase», con una represión, además, «muy diferente de la represión republicana», en el sentido que ya vimos en Solé y Villarroya. «Las declaraciones de Franco y de sus generales no disimularon nunca su propósito de exterminio», mientras que, asegura osadamente, entre los dirigentes republicanos «jamás se escucharon las rotundas llamadas a la violencia que realizaron, en cambio, los principales militares del franquismo». «Cárceles, torturas y muerte, lejos de disminuir al término de la guerra, se incrementaron al máximo». «Por todas partes se humilla a la gente sencilla», y especialmente, dice él, a las mujeres. S. Juliá tampoco se queda corto: durante años, «el fusilamiento de los derrotados continuó siendo un fin en sí mismo (...). Los enemigos sólo gozaban de un destino seguro: el exilio o la muerte» (26).

Esta retórica recuerda a la de la campaña de 1935 sobre la represión en Asturias, falsa en un porcentaje elevadísimo, pero que forjó el espíritu del terror de 1936. Y, desde luego, desafía a la experiencia y a la estadística. Aunque hubo una dura represión en los primeros años de posguerra, en la que debieron caer responsables de crímenes junto con inocentes, ni de lejos existió tal exterminio, de clase o no de clase. La inmensa mayoría de quienes lucharon a favor del Frente Popular (1.750.000 hombres, en principio), de quienes lo votaron en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones), no fueron fusilados ni se exiliaron; se reintegraron pronto en la sociedad y rehicieron sus vidas, dentro de las penurias que en aquellos años afectaron a casi todos los españoles. Esto es tan obvio que resulta increíble leer a estas alturas semejantes diatribas, quizá pensadas para «envenenar», en expresión de Besteiro, a jóvenes que no vivieron la guerra ni el franquismo.

Ello no impide que el libro proclame nobles y enjundiosos objetivos: que «el dolor de tantas y tantas víctimas anónimas del odio más irracional no sea inútil y, establecida la verdad tras el necesario debate, la guerra civil se incorpore definitivamente a nuestra historia» (27). No es nada seguro que los apasionados enfoques y desenfoques vistos cumplan tan loable propósito; ni cabe tomar muy en serio su propósito de «establecer la verdad», y mucho menos la reconciliación, a la que también dicen aspirar los autores. Queda la impresión de que esta obra, al contrario que la de Salas, entra en la categoría de propaganda con un punto de vista político muy definido, y no en la de la investigación histórica.

Para establecer la verdad en lo posible, unas conclusiones como las del historiador José García Escudero parecen más a propósito: ambas zonas sufrieron represión oficial e incontrolada, en las dos se alzaron peticiones de humanidad y clemencia, y las dos llegaron a superar las manifestaciones más brutales del terror, sin acabar del todo con él. La pesadumbre producida por este fenómeno en la conciencia española sólo puede quedar mitigada por el testimonio de la dignidad y el valor que en general demostraron las víctimas, y no por un grotesco pugilato en torno a cuál de los bandos vertió más sangre (28).

Siendo la causa del terror la tensión y odios ideológicos típicos de la época, España no podía ser un caso aislado. Francia e Italia, por ejemplo, sufrieron en 1943-45 y dentro de la guerra mundial, una especie de contienda civil. R. Salas calcula, analizando las estadísticas oficiales de mortalidad, que en esos años la represión y los ajustes de cuentas se llevaron por delante a 87.000 franceses y a 67.000 italianos. Teniendo en cuenta que la guerra civil en esos dos países fue mucho menos intensa y prolongada que en España, sus cifras de la represión superan proporcionalmente a las españolas. Recientemente, el periodista norteamericano Herbert Lottman, estudiando la depuración realizada en Francia en los últimos tiempos de la guerra mundial, estima en 10.000 el número de los homicidios y ejecuciones, cometidos por los franceses antinazis. Sumados a los 60.000 en que De Gaulle cifraba los cometidos por los alemanes y colaboradores, da un total cercano al de Salas, aunque parece muy improbable que la proporción fuera realmente de 6 a 1. Otro aspecto de la depuración fue la humillación de miles de mujeres acusadas de «colaboración horizontal» con los alemanes (29).

Una vez más comprobamos que los sucesos de España, con todas sus peculiaridades, no se entienden si no son enmarcados en los que caracterizaron aquella época en el mundo, y especialmente en Europa.

Notas

1 Salas Larrazábal, R.: Los datos exactos de la guerra civil, Madrid, Drácena, 1980, p. 310.

2 Durante la batalla de Madrid, «Franco ordenó un ensayo de actuación desmoralizadora de la población mediante bombardeos aéreos», desistiendo a los diez días, según el jefe de la aviación nacional, Kindelán. En todo noviembre los bombardeos causaron en Madrid 312 muertos. Ejemplos de partes populistas: «La aviación y el intenso fuego de artillería sobre la ciudad de Oviedo aumenta por horas la desmoralización de los sitiados y de la población civil» (5-9-36). «En las primeras horas de la mañana se ha iniciado un terrible fuego sobre Oviedo (...), cuyos efectos pueden apreciarse a simple vista» (8-9-36). «La aviación republicana ha bombardeado Córdoba y Granada» (12-9). Y así otros muchos, incluyendo Teruel, Huesca, etc. Constan, por el bando contrario, una instrucción de 6-1-37: «Cuando se bombardeen objetivos militares en las poblaciones o próximos a ellas, se cuidará de la precisión del tiro con objeto de evitar víctimas en la población no combatiente». De 10-5-37 es este telegrama: «Por indicación del Generalísimo (...) no deberá ser bombardeada ninguna población abierta y sin tropas o industrias militares, sin orden expresa del Generalísimo o del General Jefe del Aire». Otra instrucción del 28-3-38: «En lo sucesivo (...) no se efectuarán bombardeos del casco urbano de poblaciones sin una orden expresa de la Jefatura del Aire». La reiteración de la orden obedece a los bombardeos de Guernica, en abril de 1937, y de Barcelona, en marzo del 38, realizados por alemanes e italianos, al margen de las instrucciones del mando franqista, que corrigió tales hechos. Salas Larrazábal, R.: Historia del Ejército Popular de la República, I, Madrid, Editora Nacional, 1973, p. 624-5. J. Salas: Guernica, p. 236 y ss; 324 y ss.

3 Salas Larrazábal, R.: Historia del Ejército Popular de la República, I, Madrid, Editora Nacional, 1973, p. 624-5. Salas, J.: Guernica, p. 236 y ss.; 324 y ss. No obstante, algunos historiadores pasan arbitrariamente por alto la investigación de Salas y ofrecen datos sin base alguna, como el de 1.600 muertos que da Avilés Farré todavía en 1996. No hubo, como afirmó la propaganda, el propósito de destruir los edificios simbólicos de la tradición vasca, que ni fueron atacados ni sufrieron daños, pese a haber situado el PNV cuarteles en sus cercanías. Al principio, la prensa vizcaína se abstuvo de reproducir las exageraciones difundidas en Inglaterra y Estados Unidos, hasta que el gobierno de Aguirre comprendió su utilidad propagandística. La estudiosa P. Aguilar recoge sin crítica y olvidando a Salas, la versión de que el bombardeo trataba de destruir los símbos de las libertades vascas y tuvo que ver con la crueldad de Franco. ¿En qué grado de crueldad clasificaría para ser coherente, a Churchill, Roosevelt o Truman? Los franquistas achacaron el incendio de Guernica a los propios populistas, falsedad que apenas fue creida, aunque se apoyaba en los precedentes de Irún y Eibar, donde los populistas en retirada sí provocaron vastos incendios. A. Viñas ha hecho consideraciones muy elaboradas sobre la responsabilidad que pudo caber en el bombardeo a las autoridades franquistas—que no lo habían autorizado—, pero olvida mencionar la cifra de víctimas, aunque conoce el estudio de Salas, a quien cita secundariamente. La indignación de Viñas no se extiende, lamentablemente, a las responsabilidades por los bombardeos de Oviedo y Huesca.

4 J. Salas Larrazábal, J.: Guernica, Madrid, Rialp, 1987, pp. 163 y ss.; 263 y ss. Avilés Farré, J.: Las grandes potencias ante la guerra de España, Madrid, Arco, 199, p. 40. Viñas, A.: Guerra, dinero y dictadura, Barcelona, Crítica, 1984, p. 98 y ss.

5 Según muestra A. D. Martín Rubio, las noticias iniciales sobre la matanza no son fiables, y la cifra habitual, de en torno a 1.200 víctimas, menos aún: las inscripciones de muertes atribuibles a la represión correspondientes a agosto de 1936 son 172, y 493 hasta diciembre. Ello indica la dureza represiva, pero no autoriza la idea de una carnicería indiscriminada. La versión de tal carnicería fue difundida especialmente por el periodista norteamericano Jay Allen, incondicional del Frente Popular, ausente de la ciudad en aquellos días y que inventó los detalles más escabrosos. La sensibilidad de Allen por la matanza que no presenció, desaparecería ante las que sí pudo comprobar en el bando de sus preferencias. Ricardo de la Cierva sugiere, razonablemente, que el reportaje de Allen fue elaborado para contrarrestar la impresión mundial causada por la matanza de presos de la cárcel Modelo madrileña. MartÍn Rubio, A. D.: Salvar la memoria, Badajoz, 1999, p´. 140 y ss. De la Cierva, R.: Historia esencial de la guerra española, Madrid, Fénix, 1996, p. 224-6.

6 Cito el dato indirectamente, de una recensión del libro en el número 49 de Razón Española, de septiembre-octubre de 1991. The economist del 17 al 23 de julio de 1999 reseñaba otro libro, An intimate history of killing, por Joanna Bourke, en el que habla de las «orgías de violaciones y asesinatos» practicadas por tropas norteamericanas en Alemania. Como es sabido, la propaganda soviética llegó a incitar a sus soldados a matar alemanes y violar a sus mujeres (se ha dicho que los rusos las violaban y los norteamericanos las prostituían). La actitud rusa, con todo, resulta en cierto modo más explicable, dados los extraordinarios sufrimientos ocasionados en Rusia por los nazis

7 El Liberal, Bilbao, 14-7-1936.

8 Salas, R.: Los fusilados en Navarra en la guerra civil de 1936, Madrid, 1983, p.13. Vidarte, J. S.: Todos fuimos culpables, Barcelona, Grijalbo, 1978, p. 418. Jackson, G., en R. Salas: Pérdidas de la guerra, Barcelona, Planeta, 1977, p. 116 y ss. Tamames, R.: La República. La era de Franco, Madrid, Alianza, 1977, p. 323.

9 El historiador marxista Pierre Vilar desconfía de los testimonios orales: «Tres aragoneses me brindaron respectivamente, como balence de las ejecuciones en Zaragoza, tres fusilados, 10.0000 víctimas, ¡por lo menos 30.000 (!)». No obstante, este pésimo método es aplicado con frecuencia. Tengo experiencia sobre el influjo de la propaganda en la memoria de muchos testigos. En una conferencia que di en el Ateneo madrileño acerca de la batalla de Madrid, al citar la presencia de tanques y aviones rusos, dos de los presentes se levantaron airados asegurando que no había habido tal cosa, pues los republicanos apenas disponían de unos pocos fusiles. ¡Ellos habían vivido aquellas jornadas y podían dar fe! También han sido típicas de años recientes las personas, que sin haber movido un dedo contra el franquismo, «recordaban» de pronto hazañas que habrían protagonizado en manifestaciones estudiantiles, etc. La memoria engaña a menudo, incluso sin intención.Vilar, P.: La guerra civil española, Barcelona, Crítica, 1986, p. 151.

10 En 1964, Jesús Salas, hermano del anterior, hizo una investigación de la sobremortalidad masculina, mediante análisis comparativos de los decenios 1930-40 y 1940-50. Puesto que las víctimas femeninas directas de la guerra fueron escasas, debía obtenerse así una buena aproximación al total de muertos. El resultado coincide grosso modo con los datos más precisos de su hermano Ramón: un cuarto de millón de víctimas varones. De ellos, J. Salas estima en 165.000 los caídos en combate y 85.000 los represaliados. La semejanza de las cifras logradas con métodos distintos es un indicio a favor de la corrección de ambos. En Salas, R.: Pérdidas, p.139-40.


11 Se ha aducido que muchas víctimas de la represión franquista están registradas con causas de muerte ficticias, como en el caso de García Lorca, cuya defunción atribuye el registro a «hecho de guerra». También se cita el caso de 150 ejecutados por los populistas y fallecidos oficialmente por «anemia aguda». Según Salas, esta crítica nace de un desconocimiento de las reglas registrales, que exponen las causas clínicas de la muerte, y no las circunstancias de ella, por ley de 1870, cuyo objeto es salvaguardar la intimidad y el honor de los individuos. Esa regla obliga a un esfuerzo de interpretación de los registros, que Salas considera casi siempre factible. También se ha dicho que la mayoría de las víctimas del franquismo no se habrían inscrito nunca, por temer represalias sus familiares. Salas descarta esta crítica señalando las facilidades registrales ofrecids años después de la contienda, cuando ya no eran de temer represalias, y que fueron aprovechadas por numerosas personas. Además, el historiador hizo un estudio especial sobre Navarra, donde, según él, los nacionales habían fusilado a algo menos de un millar de personas, que multiplicaban por quince los historiadores nacionalistas próximos a ETA, y por ocho o nueve los del PNV, cifra esta última acogida sin crítica por historiadores más serios. Otros se han visto obligados a multiplicarla, finalmente, «sólo» por tres. La investigación de Salas ratificó sus cifras originales, con pequeñas correcciones. Sin embargo, algo de razón hay en esta crítica, pues tras la muerte de Franco se produjeron nuevas inscripciones, aunque ni de lejos la riada de ellas que suponían los adversarios de Salas.

12 «Resultaba descorazonador que quienes acogían con fe de carbonero las cifras aireadas por el rumor, el rencor o el revanchismo, fueran tan puntillososo a la hora de enjuiciar un trabajo con firme apoyatura documental y rigor científico», lamenta Salas. Este historiador, indudablemente uno de los mejores entre los que han tratado la guerra, simplemente «no existe» en muchos ámbitos universitarios. La revista barcelonesa Destino, que pasaba por imparcial y seria, le impidió contestar en igualdad de condiciones al escritor Carlos Rojas, que en un artículo le atacaba desvirtudando sus argumentos. Salas, R: Los fusilados, p.19-20 y 17.

13 JuliÁ, S. y otros: Víctimas de la guerra, Madrid, Alianza, 1999, p. 68

14 La actitud de euforia, o al menos despreocupación por estas cosas estaba muy extendida entre los dirigentes. Cuenta Vidarte: «Cuando le dije (a Companys) que hacía el viaje acompañando a un fraile, soltó la carcajada. «De esos ejemplares, aquí no quedan». Araquistáin, L.: Sobre la guerra civil y en la emigración, edic. de J. Tusell, Madrid, Austral, 1983, p. 22. Vidarte, J. S.: Todos fuimos, p. 503.

15 En MartÍn Rubio, A. D.: Paz, piedad, perdón... y verdad, Madrid, Fénix, 1997, p. 71.

16 Y tampoco los revolucionarios defendían avances sociales y políticos o una sociedad «más libre y más justa», como afirman dichos estudiosos en contra de una abrumadora experiencia histórica. En los países en que triunfaron los correligionarios de los frentepopulistas españoles, la población perdió cualquier libertad y derecho, sometida al poder omnímodo de una minoría burocrática dueña de un estado policial. Que España fuera «uno de los países con más injusticia social de Europa» es aserto muy discutible, pero de lo que no hay duda es de que el remedio propuesto por los revolucionarios era mucho peor que la enfermedad, si de libertad, justicia y riqueza hablamos. Solé y Villarroya tienen derecho a preferir remedios tales, pero quizá no tanto a invocar en su beneficio la libertad y la justicia.

17 Cervera, J.: Madrid en la guerra. La ciudad clandestina, 1936-1939, Madrid, Alianza, 1998, p. 62 y ss.

18 JuliÁ, S.: Víctimas, p.14.

19 JuliÁ, S.: p. 60-1 y 21.

20 Martín Rubio considera, no obstante, más alta la tasa de la represión populista, al no haberse podido ejercer ésta más que sobre la mitad del país.Juliá, S.: p. 410. Salas, R.: Pérdidas, p. 362 y 371. Martín Rubio, A. D.: Paz, p. 371-5.

21 JuliÁ, S. Víctimas, p. 244.

22 Salas, R. Pérdidas, p. 442.

23 JuliÁ, S. Víctimas, p. 133, 142-3 y 154.

24 Según la propaganda, los gobiernos populistas trataron de evitar los crímenes de los incontrolados, en otros momentos identificados con el pueblo. Así lo decía Vidarte a un periodista francés, a quien informaba de la siguiente manera, recogida en el capítulo «Desvaneciendo falsedades»: «En un solo año, el Tribunal de la Inquisición de Toledo pronunció más de 3.000 condenas, la mayoría a muerte», a lo que comenta el francés: «Y todavía les preocupa a ustedes el que se destruya una iglesia de más o de menos?» «Nos preocupa la protección de nuestro tesoro artístico. Las iglesias pertenecen a la nación y es deber nuestro el conservarlas». Vidarte hablaba en agosto de 1936, cuando desde mucho antes de julio se venía destrozando «nuestro tesoro artístico» entre la indiferencia o complicidad de los gobiernos. No vale más el dato sobre las muertes de la Inquisición, la cual, como se sabe, hizo ejecutar a un millar de personas en tres siglos. A ese respecto no hay duda de que fue una institución muy atrasada, por decir así, en comparación con las modernas policías políticas de las dictaduras de izquierdas o de derechas, capaces de superar esa cifra en cuestión de meses. Ibid.: p. 121. Martín, A. D.: Paz, p. 449 y ss. Azaña, M.: Memorias de guerra, Barcelona, Grijalbo, 1978, p. 400.
JuliÁ, S.: Víctimas, 159, 227-8, 290, 303 y 27. Moreno, F.: Córdoba en la posguerra. La represion y el maquis. Madrid, 1987, p. 18 y ss.

25 JuliÁ, S. Víctimas, pp. 156, 14, 238, 256, 226, 238 y 277. En Salas, R.: Pérdidas, p. 82 y ss.

26 JuliÁ, S. Víctimas, 159, 227-8, 290, 303 y 27. Moreno, F.: Córdoba en la posguerra. La represión y el maquis. Madrid, 1987, p. 18 y ss.

27 JuliÁ, S.: Víctimas, contraportada.

28 GarcÍa Escudero, J. M.: Historia política de las dos Españas, Madrid, Editora Nacional, 1976.

29 Salas, R.: Pérdidas, p. 433 y ss. Lotman, H.: La depuración, Barcelona.
Tusquets, 1998, p. 466 y ss.

2003-06-11

 

 

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P: Le agradecería si me pudiera aclarar qué postura adoptó Franco durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Recibió partidarios del régimen de Hitler o por el contrario personas que escapaban de él?

 

R: Durante la Segunda Guerra Mundial Franco se declaró inicialmente neutral –algo obligado viendo como estaba España– a partir de la caída de Francia se convirtió en no-beligerante e incluso en 1941 envió la División Azul al frente del Este y, finalmente, jugó a partir de 1942 una carta de neutralidad en la que llegó a dar acogida –o permitió pasar– a gente que huía de Hitler. Al concluir la guerra también proporcionó refugio a nazisy a sus aliados o les permitió escapar a través de España.

2004-05-25 Dr. en Historia Don César VIDAL. España

 

 

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¿No cree que la inmensa mayoría de los avances sociales (sufragio universal, libertad de culto, derechos de los trabajadores...) han venido de la mano de gobiernos de izquierda?

 

Ni por aproximación. La libertad religiosa se consagró por primera vez en la paz de Augsburgo por presiones de los protestantes: el sufragio universal lo instituyeron masivamente gobiernos de derechas vg: en España; las primeras leyes laborales se aprobaron en Gran Bretaña por influjo de cristianos como Lord Shaftesbury... La izquierda ha aparecido históricamente ayer por la tarde y ha tenido una larga noche de tropelías.

 

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Incitación a un holocausto

 

Sectores izquierdistas y, sorprendentemente en algunos casos, miembros de la Iglesia, están insistiendo en que la Iglesia española pida perdón por haber apoyado a los nacionales en la guerra civil de 1936-1939. Estas sugerencias, hechas principalmente por personas de filiación marxista, encontraron eco, nada más y nada menos, en un obispo, que brindó esta magnífica «perla»: «El Episcopado español debería pedir perdón por la colaboración de la Iglesia con el franquismo».

Parece que el obispo desconoce por completo que la persecución que sufrió la Iglesia por parte de los rojos en el período 1936-1939 fue la más terrible de toda la historia de la cristiandad, inmensamente superior a la que truvieron que sufrir los cristianos en la antigua Roma. Así pues, habría que preguntar a esos individuos si después de todas las barbaridades que perpetraron los milicianos, asesinando a obispos, curas, religiosos y seglares, quemando iglesias y conventos, cometiendo sacrilegios, profanando las tumbas y sacando las momias de las monjas del convento de las Salesas de Barcelona para exponerlas al escarnio público, saqueos, torturas y demás, ¿por quién tenía que tomar parte la Iglesia? Y ¿aún debe pedir perdón? Bastante ha hecho y hace guardando piadoso silencio.

Para confirmar esta persecución estrictamente antirreligiosa, no hay más que leer la prensa de la zona que, con benevolencia, calificamos como «republicana». Páginas teñidas de odio a la fe cristiana, de ánimo persecutorio, incitando al lector, mediante mentiras y usando unos términos provocativos, procaces y soeces, a exterminar la institución, a sus ministros y a sus creyentes.

Hemos seleccionado de las hemerotecas algunos textos publicados desde julio de 1936 a julio de 1937.

La Traca (Valencia, 17-7-36). A la siguiente pregunta de encuesta: «¿Qué haría usted con la gente de sotana?, da el siguiente resultado: «Ahorcar a los frailes con las tripas de los curas».

Solidaridad Obrera (26-7-36). «No queda ninguna iglesia ni convento en pie, pero apenas han sido suprimidos de la circulación un dos por ciento de los curas y monjas. La hidra religiosa no ha muerto. Conviene tener esto en cuenta y no perderlo de vista para ulteriores objetivos».

La Vanguardia (2-8-36). Andrés Nin (POUM): «La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia no dejando en pie ni una siquiera.»

La Vanguardia (8-8-36). Mitin del POUM. «Había muchos problemas en España que los republicanos burgueses no se habían preocupado de resolver. Uno de ellos era el de la Iglesia. Nosotros lo hemos resuelto totalmente yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto.»

Diario de Barcelona (Organo de ERC, 16-8-36). «No se trata de incendiar iglesias y de ejecutar a los eclesiásticos, sino de destruir a la Iglesia como institución social».

La Batalla (POUM, 19-8-36), «No se trata de incendiar iglesias y de ejecutar a los eclesiásticos, sino de destruir a la Iglesia como institución social».

Boletín Informativo de CNT-FAI «Para que la Revolución sea un hecho, hay que derribar los tres pilares de la reacción: la Iglesia, el capitalismo y el ejército. La Iglesia ya se ha llevado su parte. Los templos han sido pasto de las llamas; y de los cuervos eclesiásticos, que no han podido escapar, el pueblo ha dado cuenta de ellos.»

Una vez finalizada la Cruzada de Liberación con la victoria del Ejército nacional a las órdenes de Franco, se comprobó que habían sido sacrificados por las hordas marxistas trece obispos, unos siete mil sacerdotes y religiosos, y decenas de miles de seglares, asesinados por su condición de católicos. El carácter antirreligioso de la persecución es de los más claros en la historia de la Iglesia. Hubo una verdadera caza de sacerdotes, religiosos y seglares apostólicos sólo por serlo.

Terminada la guerra civil, la Iglesia española experimentó un sentimiento vivo de liberación. Libertad de predicación y de culto, que
habían sido interrumpidos en media España a sangre y fuego. Obtuvo la reconstrucción y la restauración de templos y conventos que habían sido quemados y destruidos por los rojos, así como subvenciones para la construcción de nuevos templos. No es de extrañar que la persona de Franco suscitase un sentimiento casi unánime de gratitud, admiración y confianza en el clero, religiosos, seminaristas, militantes apostólicos, y la mayoría de los practicantes.2
003-06-11

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 Franco y Hitler en Hendaya

 

Llega el tren que conduce a S.E. el Caudillo a la estación de Hendaya poco después de las tres de la tarde. Hace Su Excelencia el viaje en el break de Obras Públicas acompañado por el Ministro de Asuntos Exteriores Sr. Serrano Suñer, y los Jefes de su Casa Militar y Civil.

A la llegada del tren es recibido en el andén por el Führer, a quien acompaña su Ministro de Negocios Extranjeros Sr. Ribbentrop, Mariscal Keitel y todo su Estado Mayor. Una vez hechas las presentaciones de los séquitos respectivos, invita el Führer a Su Excelencia a pasar a su coche-salón, donde se ha de celebrar la entrevista.

En dicho coche-salón, y en una mesa rectangular para seis personas, toman asiento Su Excelencia el Jefe del Estado, el Führer, el Sr. Serrano Suñer, el Sr. Ribbentrop, un intérprete alemán y el Barón de las Torres que actúa como intérprete por parte española, prohibiéndose el acceso a dicho salón de ninguna otra persona, ya que los Embajadores de Alemania en Madrid Sr. von Sthore y de España en Berlín, General Espinosa de los Monteros, han permanecido con el resto del séquito.

El Führer está sentado en una cabecera, teniendo a su derecha al Caudillo y a su izquierda al Sr. Serrano Suñer; a la derecha del Caudillo está el Sr. Ribbentrop.

Comienza Su Excelencia el Jefe del Estado señalando la satisfacción que le produce encontrarse por vez primera con el Führer, a quien de nuevo reitera las gracias por la ayuda que Alemania prestó a España durante nuestro Glorioso Movimiento Nacional.

El Führer contesta a Su Excelencia diciendo que es también para él muy grato el momento de encontrarse con el Generalísimo, y después de ensalzar la gesta del pueblo español, que ha sabido enfrentarse contra el comunismo a las órdenes de Su Excelencia, señala la importancia que tiene la reunión de ambos Jefes de Estado en este momento crítico de la guerra en Europa, en que acaba de ser derrotada Francia.

Empieza el Führer por hacer una relación bastante minuciosa de todos los acontecimientos ocurridos hace trece meses, y que han dado origen a la guerra mundial, insistiendo que él no quería la guerra, pero que se ha visto obligado a aceptarla con todas sus consecuencias. Pinta la situación de Europa como completamente favorable a las armas alemanas, diciendo textualmente: soy el dueño de Europa y como tengo doscientas divisiones a mi disposición, no hay más que obedecer. Continua el Führer ponderando la eficiencia y dominio de las fuerzas alemanas, asegurando que será cuestión de muy poco tiempo el aniquilamiento de Inglaterra, cuya invasión se está preparando con gran eficacia, y que le interesa tener prevenidos y sujetos todos los puntos neurálgicos que puedan ser de interés para sus enemigos, y por ello es por lo que le ha interesado tener esta conversación con el Caudillo, pues hay varios puntos en los que España está llamada a desempeñar un papel muy importante, y que no duda que velando por sus intereses políticos lo llevará a cabo, ya que si dejara pasar esta oportunidad no se le podría presentar nunca.

A este respecto, dice que le interesan y preocupan tres puntos que son: Gibraltar, Marruecos e Islas Canarias.

Continua diciendo el Führer al pasar a tratar de Gibraltar, que ésta es una cuestión de honor para el pueblo español el volver a reintegrar a la Patria ese pedazo de suelo que está todavía en manos extranjeras, y que por su situación privilegiada en el Estrecho sea el punto de apoyo más importante que para la navegación por el Mediterráneo tienen los aliados, y que, por tanto, hay que ir tomando en consideración la necesidad de que se cierre el Estrecho, ya que entre Ceuta y Gibraltar, en manos españolas, sería imposible la navegación.

Ataca el segundo punto referente a Marruecos, diciendo que España, por su historia y por otros muchos antecedentes, es la llamada a quedar en posesión de todo el Marruecos francés y de Orán y que, desde luego, si España entraba en la guerra al lado del Eje, se le garantizaba el dominio de los territorios antes citados.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias dice que aunque está convencido de que los Estados Unidos no han de entrar en la guerra, pues no tienen intereses de gran envergadura en ella, no así los ingleses, que aunque sufren de una situación precaria actualmente, en cualquier golpe de mano podrían hacerse con ellas y sería, desde luego, un golpe muy fuerte contra la campaña submarina que con toda eficacia se está llevando a cabo.

Su Excelencia el Jefe del Estado contesta a los puntos que acaba de mencionar el Führer, diciendo que, aunque es exacto que Gibraltar es un pedazo de tierra española que hace muchos años está en manos ajenas, y que sería de gran satisfacción para el pueblo español que volviera a formar parte de la Patria, hay que comprender que lo que al Führer le parece muy fácil que es tomar la ofensiva para Gibraltar, supone para un pueblo que acaba de pasar por una de las más terribles guerras civiles, un sacrificio excesivo, ya que no tiene aun cerradas las heridas de todo orden que ha sufrido, y que sería una muy pequeña compensación para los estragos y dificultades que la entrada en guerra con Inglaterra supondría.

Por otro lado, continua el Caudillo, por lo que se refiere a Marruecos debe tenerse muy en cuenta al esfuerzo que para una España aun no rehecha de la guerra civil, supone el mantenimiento de los efectivos militares que tiene en su Zona y que obliga a las tropas francesas a mantener ellas mismas unos efectivos importantes inactivos que no pueden acudir a otros sectores. Continua el Caudillo diciendo que agradece mucho los ofrecimientos que para después de la guerra, y en el caso que entrara España en ella se le hacen de la Zona francesa y del Oranesado, que no se le ha ocurrido pedir, pero que estima que para ofrecer las cosas es necesario tenerlas en mano, y que, hasta ahora el Eje no dispone de ellas. Añade el Caudillo que este problema de Marruecos lo ha considerado él vital para España, y comprende que no se le ha hecho justicia a nuestro país y que no se le ha reconocido la situación que por derecho e historia le corresponde; pero que habiendo sido, como lo prueba la Conferencia de Algeciras, problema que siempre suscitó la intervención de todos los países, aun de aquellos que más alejados se encontraban de él, estima que no debe procederse a la ligera, sino por el contrario, sin hacer dejación ninguna de los derechos que le asisten, examinar el problema con toda frialdad.

Por lo que se refiere a las Islas Canarias, no cree el Caudillo que puedan ser objeto de un ataque, pero, desde luego, reconoce que aun cuando existen en las Islas los efectivos necesarios, los medios de defensa de que disponen las Islas no están a la altura de las circunstancias, pues el armamento no es eficiente.

A esto contesta el Führer diciendo que se enviarían por Alemania las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias, así como los técnicos encargados de montarlas y enseñar su manejo.

Señala el Caudillo, con referencia al cierre del Estrecho de Gibraltar, que considera de mucha más urgencia e importancia el cierre del canal de Suez, pues el corte de éste traería aparejada la inutilidad del Estrecho de Gibraltar, y pasaría a ser un mar muerto el Mediterráneo.

El Führer se mantiene en su postura de que considera más importante cerrar por Gibraltar, que por Suez.

Insiste el Führer en señalar los grandes beneficios que reportaría a España una intervención al lado del Eje, manifestando que cree llegado el momento en que España tiene que tomar una determinación, pues no puede permanecer indiferente a la realidad de los hechos y de que las tropas alemanas se encuentran en los Pirineos. Y añade que como mañana o pasado tiene concertada una entrevista con el Mariscal Pétain y el Sr. Laval en Montoire, quiere saber a qué atenerse respecto a la actitud de España para obrar en consecuencia con respecto a Francia.

Contesta a esto el Caudillo que no cree que tenga nada que ver la actitud de España en las conversaciones de una Potencia que acaba de ser derrotada por Alemania, y a costa de la cual se le acaban de hacer ofrecimientos, pues una de dos, o estos ofrecimientos no son más que el cebo para una posible entrada de España en la guerra, o no se piensa llevar a cabo, si la actitud de Alemania con el Gobierno de la Francia derrotada no es excesivamente dura.

Esta contestación del Caudillo no parece agradar mucho al Führer, (seguramente porque es verdad) y recalca de una manera un poco vehemente y sin recoger lo dicho por el Generalísimo, que él no puede ir a Montoire a entrevistarse con Pétain sin conocer una actitud definitiva por parte de España.

El Caudillo vuelve a insistir en lo antes manifestado, y además reitera que España, que acaba de sufrir una gravísima guerra civil, que ha tenido cerca de un millón de muertos por todos conceptos, que está falta de víveres y de armamento, no puede ser llevada sin más ni más a una guerra cuyo alcance no se puede medir, y en la cual no iba a sacar nada.

(Al llegar a este momento se suspende la sesión, que ha durado desde las cuatro menos cuarto a las siete menos veinte. La conversación ha resultado lenta por tener que traducirse del español al alemán y del alemán al español. Una vez terminada la conferencia se traslada el Caudillo a su coche-salón hasta la hora de la comida que ofrece el Führer a Su Excelencia y a su séquito. Se reanuda la conferencia poco después de las diez y media de la noche).

En la segunda parte de la conferencia se nota desde el principio el afán del Führer de hacer ver al Caudillo la conveniencia de entrar al lado de Alemania en la guerra, por estar ésta, como quien dice, virtualmente ganada, y asegurando que tendría España cuanta ayuda pudiera necesitar, tanto en provisiones como en armamentos.

Vuelve el Caudillo a insistir en lo que tantas veces ha repetido durante el curso de la conversación, de que España no está preparada para entrar en ninguna guerra, y que no se le pueden pedir sacrificios inútiles para no obtener nada por ellos, y que considera que ya es buena ayuda la neutralidad española que le permite no tener efectivos en los Pirineos y la distracción de fuertes contingentes franceses por nuestras fuerzas militares en la Zona de Marruecos, aparte de lo que representa el haberse adueñado España de Tanger, evitando que lo hicieran otros.

El Führer a esta contestación, y visiblemente contrariado, manifiesta que aunque eso sea verdad no es lo suficiente ni lo que necesita Alemania.

El Caudillo le vuelve a contestar que él no puede llevar al pueblo español a una guerra que, desde luego, sería impopular, ya que en ella no se podría alegar que iba envuelto el prestigio ni la conveniencia de España.

Después de un forcejeo insistiendo ambos Jefes de Estado en sus puntos de vista, y teniendo en cuenta que quiere llegarse a una solución por parte de Alemania, propone el Führer, de acuerdo con su Ministro de Asuntos Exteriores, Sr. Ribbentrop, que se firme por parte de España un compromiso en el que se comprometa a entrar en la guerra al lado de Alemania, cuando ésta estime necesario que lo haga más adelante.

El Caudillo vuelve a insistir en los tan repetidos puntos de vista respecto a la imposibilidad de España de entrar en una guerra que no le habría de reportar ningún beneficio, y que, por tanto, aunque fuera un compromiso aplazado él no lo puede aceptar.

Se siguen manteniendo durante más de tres cuartos de hora los respectivos puntos de vista, y pasadas las doce y media, el Führer que ha ido cada vez perdiendo más su control, se dirige en alemán a Ribbentrop y le dice: ya tengo bastante; como no hay nada que hacer nos entenderemos en Montoire.

El Führer, dando muestras de su soberbia o de su mala educación, se levanta de la mesa, y de forma completamente militar y agria se despide de los presentes, acompañado de su Ministro de Asuntos Exteriores.

Poco después, y ya de manera oficial, tiene lugar la despedida en el andén de forma aparentemente cordial.

A la una menos cinco arranca el tren que conduce a Su Excelencia, quien creo ha sacado una impresión del Führer distinta a la que se había imaginado, como aquel señor que cree encontrarse con otro y se lleva un chasco.

Mi impresión, como español, no puede ser mejor, pues conozco a los alemanes y sé sus procedimientos, y teniendo en cuenta la fuerza que tienen hoy en día dominando Europa entera, la actitud del Caudillo ni ha podido ser más viril, ni más patriota, ni más realista, pues se ha mantenido firme ante las presiones, justificadas o no, del Führer, y ha pasado por alto con la mayor dignidad los malos modos, al no ver satisfechos sus deseos, del Führer-Canciller.
Luis Alvarez de Estrada, Barón de las Torres

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Franco frente a Hitler

 

1. HENDAYA
El momento histórico más importante y controvertido de España en la segunda guerra mundial es la entrevista de Hendaya entre Franco y Hitler. Para los historiadores y propagandistas del antifranquismo éste es un caballo de batalla; para ellos Franco quiso entrar en la guerra y fue Hitler quien le despreció. Sinceramente creo que esta tesis no se tiene de pie ni ante los documentos que pudiéramos llamar clásicos ni sobre todo ante los que hemos conocido recientemente.

Hitler, el conquistador y dueño de casi toda Europa, el hombre que había obligado a un premier británico y a otros líderes europeos a visitarle en su propio terreno, había emprendido el viaje más largo de su vida para entrevistarse en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, con el Caudillo de España Francisco Franco. Pero Hitler no viaja sólo para hablar con Franco. La víspera convoca al jefe del gobierno francés, Pierre Laval, a una conversación con él y el ministro von Ribbentrop en la pequeña estación francesa de Montoire-sur-Loire. Allí se concierta una entrevista del Führer para el día 24 con el mariscal Pétain. La conversación de Hitler con Franco está enmarcada en dos contactos del máximo nivel con Francia, a la que Hitler pretende captar como pieza fundamental para su Orden Nuevo y, por tanto, no hará nada que pueda herir a Francia cuando hable con Franco; con lo cual el fracaso de la entrevista con Franco estaba cantado según la perspectiva de Franco. Mientras el tren de Hitler, Erika se va aproximando al sur de Francia, Franco y Serrano Suñer descansan en el palacio de Ayete, cerca de San Sebastián, donde han llegado aquella tarde. A Franco le cuesta conciliar el sueño, pero al fin lo consigue.

Para la reconstrucción de la entrevista de Hendaya voy a transcribir como principal documento, el que nos ha legado el barón de las Torres, don Luis Alvarez de Estrada, introductor de embajadores e intérprete de Franco, que dominaba perfectamente el alemán y fue el único testigo entre los presentes que tomó notas durante el encuentro y tres días después las paso a limpio. Utilizo la versión que se ha publicado recientemente en la revista Razón Española 1. Me apoyo también en la exposición del profesor Luis Suárez, quien recoge el testimonio del intérprete alemán Schmidt, que no actuó como tal, pero pudo observar la escena, recopilar testimonios directos y resulta fidedigno. He aquí fragmentos del testimonio del barón de las Torres:

«En el coche salón y en una mesa rectangular para seis personas, toman asiento Su Excelencia el jefe del Estado, el Führer, el Sr. Serrano Suñer, el Sr. Ribbentrop, un intérprete aleman (Gross, n. de A.) y el barón de las Torres que actúa como intérprete por parte española, prohibiéndose el acceso al salón de ninguna otra persona, ya que los Embajadores de Alemania en Madrid Sr. Von Stohrer y de España en Berlín, General Espinosa de los Monteros, han permanecido con el resto del séquito.

«El Führer está sentado en una cabecera, teniendo a su derecha al Caudillo y a su izquierda al Sr. Serrano Suñer, a la derecha del Caudillo está el Sr. Ribbentrop.

«Empieza el Führer por hacer una relación bastante minuciosa de todos los acontecimientos ocurridos hace trece meses y que han dado origen a la guerra mundial, insistiendo en que él no quería la guerra, pero que se ha visto obligado a aceptarla con todas sus consecuencias. Pinta la situación de Europa como completamente favorable a las armas alemanas, diciendo textualmente: Soy el dueño de Europa y como tengo doscientas divisiones a mi disposición, no hay más que obedecer. Comienza el Führer ponderando la eficacia y dominio de las fuerzas alemanas, asegurando que será cuestión de muy poco tiempo el aniquilamiento de Inglaterra cuya invasión está preparando con gran eficacia, y que le interesa tener prevenidos y sujetos todos los puntos neurálgicos que puedan ser de interés para sus enemigos y por ello es por lo que le ha interesado tener esta conversación con el Caudillo, pues hay varios puntos en los que España está llamada a desempeñar un papel muy importante, y que no duda que velando por sus intereses políticos lo llevará a cabo, ya que si deja pasar esta oportunidad no se podría presentar nunca.

"En este respecto dice que le interesan y preocupan tres puntos que son, Gibraltar, Marruecos e islas Canarias.

"Continúa diciendo el Führer al pasar a tratar de Gibraltar, que ésta es una cuestión de honor para el pueblo español el volver a reintegrar a la patria ese pedazo de suelo que está todavía en manos extranjeras, y que por su posición privilegiada en el Estrecho sea el punto de apoyo más importante que para la navegación en el Mediterráneo tienen los aliados, y que parece por tanto que hay que ir tomando en consideración la necesidad de que se cierre el Estrecho, ya que entre Ceuta y Gibraltar, en manos españolas, sería imposible la navegación.

"Por lo que se refiere a las islas Canarias, dice que, aunque está convencido de que los Estados Unidos no han de entrar en la guerra, pues no tienen intereses de gran envergadura en ella, no así los ingleses, que aunque sufren una situación precaria actualmente, en cualquier golpe de mano podrán hacerse con ellas y sería desde luego un golpe muy fuerte contra la campaña submarina que con toda eficacia se está llevando a cabo.

"Su Excelencia el Jefe del Estado contesta a los puntos que acaba de mencionar el Führer diciendo que aunque es exacto que Gibraltar es un pedazo de tierra española que hace muchos años está en manos ajenas, y que sería gran satisfacción para el pueblo español que volviera a formar parte de la Patria, hay que comprender que lo que al Führer le parece muy fácil, que es tomar la ofensiva para Gibraltar, supone para un pueblo que acaba de pasar por una de las más terribles guerras civiles, un sacrificio excesivo ya que no tiene aún cerradas las heridas de todo orden que ha sufrido y que sería muy pequeña compensación para los estragos y dificultades que la entrada en guerra con Inglaterra supondrá.

"Por otro lado, continúa el Caudillo, por lo que se refiere a Marruecos, debe tenerse muy en cuenta el esfuerzo que para una España aún no rehecha de la guerra civil, supone el mantenimiento de los efectivos militares que tiene en su Zona y que obliga a las tropas francesas a mantener ellas mismas unos efectivos importantes inactivos que no pueden acudir a otros sectores. Continua el Caudillo diciendo que agradece mucho los ofrecimientos que para después de la guerra y en el caso que entre España en ella, se le hacen de la zona francesa y del Oranesado, que no se le ha ocurrido pedir, pero que estima que para ofrecer las cosas es necesario tenerlas en mano y que hasta ahora el Eje no dispone de ellas. Añade el Caudillo que este problema de Marruecos lo ha considerado él vital para España y comprende que no se le ha hecho justicia a nuestro país y que no se le ha reconocido la situación que por derecho e historia le corresponde, pero que habiendo sido, como prueba la Conferencia de Algeciras, problema que siempre suscitó la intervención de todos los países, aun de aquellos que más alejados se encontraban de él, estima que no debe procederse a la ligera, sino por el contrario, sin hacer dejación ninguna de los dere- chos que le asisten, examinar el problema con toda frialdad.

"Por lo que se refiere a las islas Canarias, no cree el Caudillo que puedan ser objeto de un ataque, pero desde luego reconoce que, aun cuando existen en las islas los efectivos necesarios, los medios de defensa de que disponen las islas no están a la altura de las circunstancias, pues el armamento no es eficiente.

"A esto contestó el Führer diciendo que se enviarían por Alemania las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias, así como los técnicos encargados de montarlas y enseñar su manejo.

"Señala el Caudillo, con referencia al cierre del Estrecho de Gibraltar, que considera de mucha más urgencia e importancia el cierre del canal de Suez, pues el corte de éste traería aparejada la inutilidad del Estrecho de Gibraltar y pasaría a ser un mar muerto el Mediterráneo.

"El Führer se mantiene en su postura de que considera más importante cerrar por Gibraltar que por Suez.

"Insiste el Führer en señalar los grandes beneficios que reportaría a España una intervención al lado del Eje, manifestando que cree llegado el momento en que España tome una determinación, pues no puede permanecer indiferente a la realidad de los hechos y de que las tropas alemanas se encuentran en los Pirineos. Y añade que como mañana o pasado tiene concertada una entrevista con el mariscal Pétain y el Sr. Laval en Montoire, quiere saber a qué atenerse respecto a la actitud de España para obrar en consecuencia con respecto a Francia.

"Contesta a esto el Caudillo que no cree que tenga nada que ver la actitud de España en las conversaciones de una Potencia que acaba de ser derrotada por Alemania, y a costa de la cual se le acaban de hacer ofrecimientos pues una de dos, o estos ofrecimientos no son más que el cebo para una posible entrada de España en la guerra o no se piensa llevar a cabo, si la actitud de Alemania con el gobierno de Francia no es excesivamente dura.

"Esta contestación del Caudillo no parece agradar mucho al Führer (seguramente porque es verdad) y recalca de una manera un poco vehemente y sin recoger lo dicho por el Generalísimo que él no puede ir a Montoire a entrevistarse con Pétain sin conocer una actitud definitiva por parte de España.

"El Caudillo vuelve a insistir en lo antes manifestado, y además reitera que España, que acaba de sufrir una gravísima guerra civil, que ha tenido cerca de un millón de muertos por todos conceptos, que está falta de víveres y de armamento, no puede ser llevada sin más a una guerra cuyo alcance no se puede medir y en la cual no iba a sacar nada".

"En la segunda parte de la conferencia se nota desde el principio el afán del Führer de hacer ver al Caudillo la conveniencia de entrar al lado de Alemania en la guerra, por estar ésta, como quien dice, virtualmente ganada y asegurando que tendría España cuanta ayuda pudiera necesitar, tanto en provisiones como en armamentos.

"Vuelve el Caudillo a insistir en lo que tantas veces ha repetido durante el curso de la conversación, que España no está preparada para entrar en ninguna guerra, y que no se le pueden pedir sacrificios inútiles para no obtener nada por ellos y que considera que ya es buena ayuda la neutralidad española que le permite no tener efectivos en los Pirineos y la distracción de fuertes contingentes franceses por nuestras fuerzas militares en la Zona de Marruecos, aparte de lo que representa el haberse adueñado España de Tánger, evitando que lo hicieran otros.

"El Führer a esta contestación, y visiblemente contrariado, manifestó que aunque eso sea verdad, no es lo suficiente ni lo que necesita Alemania.

"El Caudillo le vuelve a contestar que él no puede llevar al pueblo español a una guerra que, desde luego, sería impopular, ya que en ella no se podría alegar que iba envuelto el prestigio ni la conveniencia de España.

"Después de un forcejeo insistiendo ambos jefes de Estado en sus puntos de vista y teniendo en cuenta que quiere llegarse a una solución por parte de Alemania, propone el Führer, de acuerdo con su ministro de Asuntos Exteriores Ribbentrop, que se firme por parte de España un compromiso en el que se comprometa a entrar en la guerra al lado de Alemania cuando ésta estime necesario que lo haga más adelante.

"El Caudillo vuelve a insistir en los repetidos puntos de vista respecto a la imposibilidad de España de entrar en una guerra que no le habría de reportar ningún beneficio y que, por tanto, aunque fuera un compromiso aplazado, él no lo puede aceptar.

"Se siguen manteniendo durante más de tres cuartos de hora los respectivos puntos de vista y, pasadas las doce y media, el Führer, que ha ido cada vez más perdiendo su control, se dirige en alemán a Ribbentrop y le dice: Ya tengo bastante. Como no hay nada que hacer, nos entenderemos en Montoire.

"El Führer, dando muestras de su soberbia o de su mala educación, se levanta de la mesa y de forma completamente militar y agria se despide de los presentes, acompañado de su ministro de Asuntos Exteriores.

"La actitud del Caudillo no ha podido ser más viril, ni más patriota, ni más realista, pues se ha mantenido firme ante las presiones, justificadas o no, del Führer y ha pasado por alto con la mayor dignidad los malos modos al no ver satisfechos sus deseos, del Führer-Canciller.

Luis Alvarez de Estrada

Barón de las Torres."

Este testimonio cabal, comunicado por el único asistente que comprendió directamente todo lo tratado (el intérprete alemán no entendía bien el español, y el otro intérprete, Schmidt, no estuvo sentado en la mesa) es, dada además la personalidad y profesionalidad del barón de las Torres, el único que hace fe de lo tratado en Hendaya. ¿Qué harán ahora Paul Preston, y otros obcecados comentaristas de lo que nunca fue? Cierto que existen otros testimonios, forzosamente secundarios, aunque puedan ser más o menos fidedignos, sobre posibles conversaciones marginales, observaciones durante la cena etc., que conservan su interés en un segundo plano. Existe por ejemplo un "acta" incompleta en los documentos alemanes, transcrita por Detwiler, que se refiere sólo a la intervención de Hitler, con más detalles (ninguno esencial) y sin registrar las respuestas de Franco. Las demás fuentes y estudios (Detwiler, Proctor, Schmidt) confirman de plano la versión directa del barón de las Torres. Ante el autor de este libro, el almirante Carrero insistió mucho en 1972 en que Franco había expuesto ante Hitler que la estrategia a emplear en el desierto africano contra Inglaterra, así como la defensa de Inglaterra, se asemejarían más a una guerra naval que a la terrestre, y Schmidt confirma esa concepción. Otra réplica importante de Franco es que Inglaterra no estaba vencida, como pretendía el Führer; Alemania no había ganado la batalla del espacio aéreo como Hitler pretendía y, además, aun perdidas las islas, Inglaterra continuaría la guerra en el Imperio con el apoyo de los Estados Unidos, que Hitler negaba cerradamente; a fines de 1941, algo más de un año después, los hechos darían la razón a Franco en este punto vital.

Me parecen de suma importancia los recuerdos del propio Franco en sus conversaciones intimas, años después. El 20 de diciembre de 1955 afirmaba: "Hice todo lo posible para convencerle de que la guerra no estaba ganada ni mucho menos, pues al continuarla Inglaterra como lo estaba haciendo, ello hacía suponer que esta nación tenía la seguridad de que los Estados Unidos entrarían en la contienda. "¿Usted cree que la guerra va a ser larga?" me preguntó Hitler. "Ello sería una gran complicación para nosotros". "No le quepa la menor duda. Y por ello, aunque crea en el triunfo de Alemania, España no está en condiciones de entrar en la contienda sin resolver antes muchos problemas, el principal de ellos el abastecimiento del pueblo". El Führer, como si fuera un iluminado, afirmaba constantemente que la guerra estaba ganada y que el triunfo sería rápido".

El 5 de julio de 1965 y ante un artículo de Georges Roux, volvió sobre el tema de Hendaya. Dijo Franco que entonces no le pidió Hitler la entrada de España en la guerra porque le repetía que la guerra estaba ganada; en esto le falló a Franco la memoria porque como acabamos de ver consta documentalmente que sí se lo pidió y con suma insistencia. El resto del testimonio es importante: "Deseaba Hitler para mantener la paz una estrecha alianza con España antes que lo hiciera Francia. Me ponderó el brillante papel que la Historia había reservado a nuestra Patria en el nuevo orden que se iba a organizar en Europa. Me negué diplomáticamente a ello diciéndole que lo que España necesitaba era su reconstrucción, pues había queda- do muy quebrantada después de nuestra guerra. Le manifesté además mi absoluta convicción de que Inglaterra no estaba vencida y de que seguiría la lucha en Francia, en la metrópoli o en un sitio cualquiera de su gran imperio. Que no creyera que el pueblo francés estaba a su lado, pues ahora siente más que nunca antipatía por las potencias del Eje. En aquellos difíciles momentos, como en todo el tiempo que duró el conflicto mundial, no tuve otro afán que salvar la neutralidad de España. Estaba decidido a ello costase lo que costase y me hubiera defendido contra cualquier agresor, fuese Alemania o los aliados. Hubiésemos repetido la gesta de España contra Napoleón. Creo que Hitler se dio cuenta de mi manera de pensar y por ello nos respetó, lo mismo que Inglaterra o Norteamérica".

Al terminar la primera sesión de la conferencia, von Ribbentrop entregó a Serrano Suñer un protocolo con las exigencias alemanas que Hitler había concretado en la entrevista. Era el compromiso de que España entrase en la guerra cuando Alemania lo considerase oportuno. Vuelvo ahora al testimonio de Serrano Suñer, porque para este punto está dictado por la serenidad sin asomos de resentimientos posteriores. "Franco -dice- se mostró con toda razón indignado ante aquel documento que los alemanes traían preparado con la pretensión de empujarnos a la guerra sin darnos ninguna compensación. Es intolerable esta gente -me decía- quieren que entremos en la guerra a cambio de nada, no nos podemos fiar de ellos si no contraen, en lo que firmemos, el compromiso formal terminante de defendernos desde ahora los territorios que como les he explicado son nuestro derecho, de otra manera ahora no entraremos en la guerra. Este nuevo sacrificio nuestro -decía Franco- sólo tendría la justificación con la contrapartida de lo que ha de ser la base de nuestro imperio. Después de la victoria, contra lo que dicen, si ahora no se comprometen formalmente no nos darían nada". Pero Serrano Suñer no dice que Franco, al comenzar la entrevista, sabía ya por sus contactos secretos con Francia que Hitler no pensaba acceder a las pretensiones territoriales de España para no malquistarse con Francia, lo que quedaba claro en el acta del barón de las Torres. Por tanto en Hendaya lo único que Franco hizo fue defender eficazmente la neutralidad española, sin ceder un ápice en este objetivo primordial.

Entre las dos sesiones de la conferencia Serrano Suñer habló con Ribbentrop -hacia las siete de la tarde- y le expuso las razones por las que España no podía firmar el protocolo. Al término de la segunda sesión los dos ministros vuelven a reunirse para tratar de revisar el primer protocolo. El ministro español, que acababa de recibir nuevas instrucciones expresas de Franco, se muestra inflexible en la necesidad de concretar las reivindicaciones españolas. Ribbentrop le pidió que le enviase una contrapropuesta de España antes de las ocho de la manana siguiente. Serrano Suñer, al cabo de los años, revela que cuando Franco saludaba militarmente desde la plataforma del tren español ya en marcha, trastabilló y estuvo a punto de caerse, aunque le sostuvo el general Moscardó. Los comentarios, en el tren de Franco y en el de Hitler, echaban humo. "Son unos perturbados y unos mal educados" decía, en el mayor exabrupto de su vida, el muy diplomático barón de las Torres. Lo que dijo Hitler puede deducirse de los testimonios posteriores. Cuando explicó lo sucedido al conde Ciano, éste anotó en su diario: "Las demandas de España para entrar en la guerra son demasiado altas. Nueve horas duraron las conversaciones y Hitler, antes de sufrir la experiencia otra vez, preferiría que le sacasen tres o cuatro muelas". Testigos del séquito alemán contaron luego a Juan Antonio Ansaldo que Hitler, acreditado histrión, imitaba furibundo los gestos de Franco muchos meses después del encuentro. En una conversación florentina con el Duce pocas semanas después, Hitler insultaba de nuevo a Franco: pero reconocía que "es un hombre de temple". Se indignaba allí de que los españoles "tan engreidos y vanidosos, se inclinaban a realizar cosas de que eran incapaces, pedían sin cesar exorbitantes concesiones a Alemania, pero no se comprometían jamás a nada, se habían reservado enteramente la importante cuestión de decidir la fecha de su entrada en guerra".

A las dos de la mañana Franco y Serrano Suñér llegan al palacio de Ayete y durante una hora redactan una versión atenuada del protocolo -la llamaremos segunda versión- "que recogiera nuestras condiciones dilatorias y nuestras reivindicaciones concretas", según el ministro. Enrique Giménez Arnau2, director general de prensa, actuó de mecanógrafo y muchos años después, en 1998, nos ha ofrecido un importante testimonio sobre el asunto. Había conocido a Franco en Zaragoza, desde 1925; registrador y notario, fue capitán del Cuerpo jurídico en la guerra civil, destinado en la secretaría de Serrano Suñer en Burgos y director general de Prensa en 1940. Estuvo en el séquito de Franco en Hendaya. Recuerda que el conductor del tren de Franco fue el teniente coronel Martínez Maza, antiguo profesor de la Academia General Militar. Recuerda el sol radiante de Hendaya el día de la entrevista. Asistió a la cena en el vagón de Hitler. Muchos años después le llamó Serrano Suñer y al recordar Hendaya, el ex ministro se empeñaba en que Franco salió de la conferencia apesadumbrado y preocupado, pero Giménez Arnau insiste en que parecía muy tranquilo y distendido. En Ayete, Franco entregó al director general el segundo protocolo para que lo pusiera en limpio y así lo hizo. Se lo devolvió a Franco y se despidió; eran las cuatro de la madrugada. "En el documento, fechado pero sin firma ni antefirma se consignaban las peticiones de España, con mínimas condiciones previas muy generales, para una eventual intervención en el conflicto: suministros de material bélico (era el único punto relativamente detallado) ayuda económica y garantía de abastecimientos de artículos básicos, entre ellos combustibles. Además se reivindicaba Gibraltar y se formulaban reclamaciones territoriales en el norte de Africa. No era un proyecto de tratado ni tampoco incluia compromisos. Parecía un resumen de lo expuesto por Franco a los alemanes. El memorando apenas tenía puntos de contacto con un borrador alemán del Convenio de Hendaya, supuesta adhesión de España al pacto tripartito de 27 de septiembre de 1940, publicado sin firma alguna por los norteamericanos en 1960 e inexistente en el registro de tratados del Ministerio de Asuntos Exteriores. Supe después que el documento fue muy mal acogido por los alemanes y que se trabajó en otro". Giménez Arnau coincide con el barón de las Torres en que Franco fue a Hendaya con el decidido propósito de que España no entrase en la guerra y cree que el memorando transcrito por él constituye una clara prueba de ello.

De madrugada se presentó en Ayete el embajador de España en Berlín, general Eugenio Espinosa de los Monteros, con la petición, por parte alemana, de que se firme el protocolo entregado por Ribbentrop la noche anterior. "De otra manera -transmitía el embajador- puede ocurrir cualquier cosa". Franco ordenó que se cntregase al embajador el segundo protocolo. "Nuestras enmiendas -dice Serrano Suñer- desvirtuaban el grave texto propuesto por los alemanes en Hendaya". Sobre todo porque dejaba la decisión y la fecha para la entrada en la guerra "cuando la situación general lo exigiese, la de España lo permitiera y se diera cumplimiento a las exigencias puestas por nosotros para dar aquel paso". Serrano Suñer afirma que este protocolo (al que hemos llamado segundo) lo entregó a Ribbentrop a primeras horas de la mañana el embajador de España en Berlín. No dice más. Pero hay más.

Ribbentrop rechazó el segundo protocolo, el redactado en Ayete entre Franco y Serrano Suñer. El acta secreta de Hendaya -el tercer protocolo- publicada por los norteamericanos en 1960 coincide con el texto español publicado por Serrano Suñer en sus memorias y mantiene las reservas expresas que se suprimían en la propuesta enviada por Ribbentrop antes de partir. Consta, por los documentos alemanes, que Serrano Suñer firmó con fecha 11 de noviembre el último protocolo -que sería el cuarto- diferente de los dos anteriores al menos en un punto; la nueva redacción del artículo quinto que rebaja, sin concretar, las reivindicaciones españolas en Africa. Franco se lo había adelantado ya a Hitler en una carta que le escribió el 30 de octubre y que Serrano reproduce. "En ella Franco dice que ante la insistencia de Hitler en llegar a un acuerdo con Pétain, "me pareció admisible vuestra propuesta de que en nuestro pacto no figurase concretamente lo que es nuestra aspiración territorial". Sin embargo Franco, por esa carta, concreta de nuevo sus reivindicaciones al Oranesado "y a la parte de Marruecos que está en manos de Francia y que enlaza nuestra zona del norte con las posesiones españolas Ifni y Sahara". Sin embargo esta redacción final del protocolo no contradice las posiciones fundamentales de Franco y Serrano Suñer sobre la decision de entrar en la guerra, que en todo caso quedaba reservada a España.

Ribbentrop se había marchado de Hendaya camino de Montoire "bufando de rabia... y se pasó todo el trayecto echando pestes del jesuita Serrano Suñer y el cobarde desagradecido de Franco, que nos lo debe todo y ahora no quiere cooperar". El segundo de Stohrer, Eberlein, declaró a Detwiler en carta del 10 de enero de 1960: "Quizá hayan existido en España algunas personas que hubieran visto con gusto la participación activa de España en la guerra. Pero según mi opinión personal, ni el jefe del Estado Franco ni sus colaboradores inmediatos ni especialmente Serrano Suñer tuvieron nunca la intención de meter a España en guerra al lado de los países del Eje. Tenían motivos muy fundados para esta posición que usted cita...no eran en absoluto pretextos, sino hechos reales. También creo que Franco, muy bien informado sobre la situación general y militar de Alemania nunca consideró con mucho optimismo las perspectivas de una victoria final de Alemania". Detwiler acumula en el mismo sentido otros testimonios alemanes directos, como el del propio Schmidt, según el cual la actuación de Franco en Hendaya fue la de un cunctator profesional". Con el rechazo por Alemania de un acta adicional enviada por España sobre la liquidación de la deuda de la guerra civil y el aprovechamiento futuro de materias primas en Marruecos, terminaron las negociaciones de Hendaya con el fracaso completo del principal objetivo que había hecho emprender a Hitler el viaje más largo y más frustrante de su vida 3.

2. Operación Felix

No es difícil imaginar los comentarios de Hitler en la tarde del 24 de octubre y en otra estación, la de Montoire, cuando Ribbentrop, antes de la entrevista con el mariscal Pétain, le informa sobre el asunto de los protocolos de Hendaya empantanados. Montoire fue, en frase de Schmidtt, otro "monólogo en un tren" y el Führer tampoco logró resultados concretos, pero aunque el veterano mariscal jugó a dos barajas y tranquilizó simultáneamente a los ingleses, tuvo que conceder algo vital en el terreno de los símbolos; en la declaración oficial francesa del día 26 suena por primera vez la palabra que los años y los hechos harían fatídica, "El principio de la colaboración". El día 28, con preaviso de sólo tres días a Hitler, Mussolini ordena a su ejército de Albania que ataque a Grecia. Es un disparate estratégico que a la larga favorece a Franco, ya que va a forzar la intervención alemana en los Balcanes; pero de momento Hitler apremia con mayor energía a los españoles para el cierre del Mediterráneo. El testimonio del general Guderian es importante: "El primer resultado del arbitrario gesto de Mussolini -según Hitler me dijo- fue que Franco decidiese evitar la colaboración con las potencias del Eje ya que no deseaba comprometerse con personas que actuaban tan imprevisiblemente". En mayo de 1943 Hitler confiaba a Doenitz: "El ataque italiano a Grecia disgustó a España". El ataque, además de inoportuno, acabó en ridículo. Grecia no sólo resistió, sino que avanzó sobre Albania. El chiste de más éxito en España durante ese invierno fue el cartel ateniense: "Si quieres visitar Italia, alístate en el ejército griego". El 28 de octubre, en Florencia, Hitler se había desahogado con Mussolini al referirle sus frustraciones en la entrevista de Hendaya.

Noviembre y diciembre de 1940: los meses de máximo peligro para España en la fase alemana de la guerra. Hitler va a endurecer su decisión, convirtiéndola en seca instrucción operativa para sus divisiones. España debe acentuar, ante ello, sus concesiones verbales y marginales. Serrano Suñer, al dejar Gobernación, perdió el control directo de la prensa, pero mantenía sus contactos personales y los órganos oficiosos se inclinaban cada vez más parcialmente hacia la intervención. El 1 de noviembre llega a Inglaterra la misión dirigida por el teniente coronel Juan Antonio Ansaldo, con los capitanes Larios y Avial, que pueden comprobar la tremenda voluntad británica de resistencia.

El Estado Mayor alemán, reunido con Hitler, decide respaldar a Italia tras su mal paso contra Grecia, pero también acelerar la operación Félix contra Gibraltar. Cincuenta expertos alemanes estudian en Madrid los detalles de la operación y de la posible invasión alemana a Portugal a través de España, para lo que necesitan el acuerdo de España que nunca obtuvieron.

Intenta Franco mantener en forma a su ejército con unas intensas maniobras militares en las vaguadas de Colmenar Viejo. Los aviones torpederos de la escuadra británica, que despegan del portaaviones Invencible hunden material y moralmente a la escuadra italiana en su base de Tarento el 11 de noviembre. Esa fecha es la que llevaba la versión formal (que hemos llamado "cuarta") del protocolo de Hendaya, firmada por Serrano Suñer, en la que España se reservaba la decisión sobre la entrada en la guerra y la fecha de esa entrada.

El 12 de noviembre Hitler firma su XVIII Instrucción general para la ejecución de la Operación Félix sobre la toma de Gibraltar. Pero Gibraltar no es el único objetivo por que el fin general de la operación es "englobar toda la Península en el teatro de operaciones de los países del Eje y expulsar a la flota inglesa del Mediterráneo occidental". El primer paso era la toma de Gibraltar; el segundo, invadir Portugal a través de España si Inglaterra viola la neutralidad portuguesa; tercero, trasladar al norte de Africa dos divisiones (una de ellas acorazada) para asegurar esa zona. El mando nominal de la operación se reconocerá al jefe del Estado español. Si los españoles aceptan, podrán participar en el asalto a la Roca, pero su misión será asegurar el Campo de Gibraltar hasta la llegada de las tropas alemanas. La fecha para la entrada terrestre y aérea en España se fija en el 10 de enero de 1941 . La entrada en España se hará por Irún. El asalto masivo al Peñón comenzará unos 25 días tras el cruce de la frontera española. Se debe considerar a España como país aliado y aparentar que son los españoles quienes defienden las dos orillas del Estrecho una vez realizada la operación. Se entregará a España artillería para la defensa de Canarias. Los generales en jefe de tierra, mar y aire enviarán al Cuartel General del Führer sus informes sobre preparación de estas operaciones el 16 de diciembre de 1940.

Es evidente su menosprecio por la cooperación española que parece dar por supuesta; no prevé que España pueda oponerse. Según Canaris el Führer confirmó ese menosprecio con esta expresión: "Con Franco o sin Franco tomaré Gibraltar".

Unos días antes de esta Instrucción von Ribbentrop invita a Serrano Suñer a un encuentro con Hitler en su nido de águilas de Berchtesgaden. El ministro inicia su segundo viaje a Alemania el 14 de diciembre. Antes de partir asiste a una importante reunión en el Pardo con los tres ministros militares, Varela, del Ejército, Vigón, del Aire y el almirante Salvador Moreno, de Marina. El almirante presentó un informe de gran importancia.

Debo dar la razón a don Ignacio Espinosa de los Monteros, que nos ofrece su descubrimiento del informe de la Marina. El ministro se limitó a transcribir casi exactamente el informe que le había entregado el 8 de noviembre el jefe de operaciones del Estado Mayor de la Armada, capitán de fragata Luis Carrero Blanco, del que nos ofrece un facsímil en su libro El silencio es Historia. Luis Suárez ha visto el mismo informe en un coleccionable posterior de ABC sobre la segunda guerra mundial. Naturalmente que acepto la autenticidad del informe Carrero y su identidad con el de don Salvador Moreno. En el informe Carrero se apunta que las fuerzas alemanas se disponen a cerrar la tenaza sobre Suez, que Alemania ha desistido o al menos aplazado la operación de desembarco en Inglaterra y que tiene decidido el cierre del Mediterráneo por Gibraltar y por Suez. La ocupación de Gibraltar requiere cooperación de España, que, al producirse, provocaría el corte de las comunicaciones atlánticas de España con pérdida de las aportaciones de combustibles y cereales que son imprescindibles para la vida de la nación. Mientras los ingleses estén en Alejandría la única vía para el aprovisionarniento de España será la pinenaica, totalmente insuficiente "Parece claro que por una razón de imposibilidad material España no intervenga en la guerra en tanto que el canal (de Suez) esté en poder de los ingleses". En cambio, si el canal de Suez cae en poder del Eje, sería preciso inutilizar la base de Gibraltar", lo que exigiría la entrada de España en la guerra". Entonces, dice Carrero, "España tendrá que intervenir". Este es el punto en que el informe del ministro suaviza al de Carrero; hay algunas otras modificaciones menores. Luego Carrero se extiende en consideraciones sobre la situación después de la caída de Suez; que interesan menos ahora porque la operación del Eje sobre Suez estaba ya muy comprometida cuando Serrano Suñer viajaba a Alemania, por el desastre naval italiano de Tarento y por las cada vez peores perspectivas que ofrecía la actuación militar de Italia en Grecia y en el norte de Africa. La condición sine qua non que habia incluido Carrero en su informe de 8 de noviembre (y Moreno en el del 11) para que España interviniese en la guerra -es decir el dominio previo por el Eje del canal de Suez- se perdía en el mundo de los futuribles. Lo importante del informe Carrero-Moreno fue la tajante negativa a que España interviniese en el conflicto antes de que se cumpliera esa condición. A Serrano Suñer le impresionó el informe de la Marina, aceptado por Franco.

Llega Serrano Suñer a la estación de Berchtesgaden el 18 de noviembre. No lleva más mandato que el que se le ha confiado en la reunión militar del Pardo: "España no podía ni debía tomar parte en la guerra". Almuerza al día siguiente con Ciano y Ribbentrop; por la tarde le recibe Hitler, junto al ministro de Exteriores alemán en el Berghof. Hitler no quiere que se repitan las frustraciones de Hendaya. Durante cuatro horas opresivas trata de imponerse sin apelación. En su primer alegato, de una hora ininterrumpida, comenta el error de Italia en Grecia. Estima esencial el cierre del Mediterráneo por uno y otro extremo. Amenaza sin ambages: de sus 230 divisiones pueden actuar inmediatamente: 186 sobre los Pirineos. Exagera ese número pero Serrano no puede saberlo. Concreta bruscamente: "He decidido tomar Gibraltar".

Serrano Suñer se defiende con la espalda contra la pared. Dice que llega sin mandato alguno, con carácter estrictamente personal. Ha observado una elevación de moral entre los partidarios de Inglaterra por el retraso alemán en el ataque a las islas. Considera como esencial y previo el cierre del canal de Suez. La caída de Gibraltar cerraría el camino para el trigo de América, cuya necesidad cifra España en tonelajes mucho más elevados que en la conferencia de Hendaya; responde a la velada amenaza de Hitler con la evocación napoleónica: "El pueblo español se opondría a cualquier invasión". Invoca a la opinión pública española, hostil a la entrada en guerra. Exige garantías escritas sobre las reivindicaciones de España y se extiende al expresar su amargura por la redacción final del protocolo de Hendaya.

Hitler, que ha intervenido varias veces, no puede más y estalla. "Los caballeros españoles tendrán que creer en mi palabra y no insistir en una declaración escrita precisa". Continúa abruptamente la entrevista con la magnánima concesión de "algún mes más" para la entrada en guerra de España. Después Hitler recibe a Ciano y le advierte su firme decisión de avanzar por España, tomar Gibraltar y ocupar el norte de Africa. Ribbentrop vuelve a reunirse con Serrano Suñer y sin esperar su aquiescencia le advierte que España debe entrar en la guerra, a favor o en contra de Alemania, hacia Navidad.
Serrano Suñer, sin ceder en lo esencial, replica que comunicará la exigencia a Franco y concreta algo más que de costumbre las buenas palabras sobre la reanudación de los suministros a los submarinos alemanes desde las costas españolas. A esta conversación asistió el embajador español en Berlín, general Eugenio Espinosa de los Monteros, informado por los alemanes sin que Serrano le hubiera invitado. Espinosa envió luego un informe a Franco en que se reflejan las malas relaciones que mantenía con el ministro, pero también la firmeza de Serrano en su conversación con Ribbentrop. El día 20 emprende Serrano el camino de regreso, con la muerte en el alma, pero en el más difícil de los terrenos, y por encima de todos sus errores y desenfoques políticos, se había ganado un puesto de honor en la historia de España.

Es evidente que Serrano Suñer logró regresar de su segundo viaje a Alemania sin agravar lo que Franco había defendido en la entrevista de Hendaya y sin comprometer a España para su entrada en la guerra. Esta es también la opinión del máximo especialista en las relaciones entre España y Alemania en este período, D.S. Detwiler. Pero Serrano Suñer, que volvía sin haber firmado compromiso alguno, era también portador de un ultimátum de Hitler a Franco. Está en Madrid el 22 de noviembre; inmediatamente acude a una reunión en el palacio del Pardo con Franco y los ministros militares. Seguramente había advertido, antes de volver, lo fundamental de su entrevista alemana, porque esa misma mañana del 22 el general Dávila, jefe del Alto Estado Mayor, había convocado una reunión previa con los jefes de operaciones en el Estado Mayor del Ejército (Cuesta), Marina (Carrero) y Aire (Lacalle).

Poco antes de su muerte el almirante Carrero me llamó a su despacho en la Presidencia del gobierno situado en Castellana 3, el mismo edificio donde estaba el Alto Estado Mayor cuando se celebró esa reunión. Le pedí permiso para tomar notas y me comunicó casi exactamente lo siguiente:

"Carrero me insiste en que recuerde bien la fecha, (noviembre 1940). Da los nombres de los jefes de operaciones y cita también como asistentes a los jefes de sección del Alto Estado Mayor. Serrano Suñer -me decía- regresaba de Berlín (sic) con el virtual compromiso de entrar en guerra pro-Eje hacia Navidad. Dávila preguntó por la preparación de España. Cuesta le dice que ante todo habría que invadir Portugal. Lacalle dice que aviones y bombas son insuficientes, lo que queda de nuestra guerra. Carrero pregunta al jefe de Intendencia del Alto Estado Mayor cuánto tiempo resistiría España sin la línea del trigo (Plata) y la línea del petróleo (USA-Caribe). Es decir, no plantea el problema en plan táctico o logístico, sino de corte estratégico total. Por otra parte Moreno (el ministro) había entregado a Franco un informe de Carrero en este sentido". Mi amigo Ignacio Espinosa se enfada mucho de que Carrero me dijera eso pero, con enfados o no, esto es lo que me dijo.Y además creo que decía la verdad y que en el informe previo de Carrero fechado el 8 de noviembre y entregado por el ministro a Franco el día 11 se aconseja lo mismo en lo esencial: no entrar en la guerra hasta que se cerrase el canal de Suez. Ahora, al regresar Serrano Suñer, el panorama había empeorado mucho por las dificultades italianas en Tarento, en Grecia y en el norte de Africa. También se enfadó conmigo don Ramón Serrano Suñer en 1974 cuando me refería a esta conversación en uno de mis libros, que me hizo don Ramón el honor de presentar; pero debió enfadarse con Carrero, no conmigo, porque en ese libro yo no aceptaba la expresión de Carrero sobre el compromiso que traía Serrano de Alemania; no era un compromiso (aunque Carrero le llamó así) sino un ultimátum, con lo que mi conclusión era favorable, como ahora, a Serrano Suñer. Carrero me sugirió también que lo esencial de su informe estaba reproducido en su libro posterior España y el mar, y también tenía razón, decía la verdad. En mi Franco de 1982 admití expresamente que en el informe Carrero hubieron de influir, necesariamente, las informaciones y opiniones de don Alvaro Espinosa de los Monteros, agregado naval en Roma, padre de don Ignacio Espinosa, aunque no se hayan encontrado aún los documentos que puedan probarlo. Pero no cabe negar el informe Carrero, ni su acierto fundamental para evitar la entrada de España en la guerra en 1940, sin que la cuestión de Suez tuviera en la práctica la menor importancia porque Inglaterra permaneció en el canal de Suez durante la guerra, después de haber frenado en Egipto a los italianos en 1940 y, luego, al Afrika Korps el general Erwin Rommel.

En el consejo celebrado por Franco en El Pardo cuando regresó Serrano Suñer, en el que se tuvieron presentes las conclusiones del Alto Estado Mayor, se decidió mantener a todo trance la neutralidad, no provocar a Alemania con ostensibles preparativos de defensa y confiar en la Providencia; como insiste Luis Suárez, Franco era creyente de toda la vida y cuando recomendaba "ponerse a rezar" lo hacía de veras, como volvería a suceder ante el peligro de invasión aliada en noviembre de 1942. El 28 y 29 de noviembe de 1940 el embajador von Stohrer telegrafiaba a Berlín: "El ministro de Exteriores acaba de decirme que el Generalísimo está de acuerdo en comenzar los preparativos propuestos, pero no podía determinar la fecha exacta de la declaración de guerra". Franco, con perfecta información del desastre italiano, se mantiene en la exigencia de dominar el canal de Suez y trata de ganar tiempo solicitando el envío de nuevas comisiones técnicas alemanas.

Entonces Hitler decide pasar a la acción, aun sin contar con España. El 5 de diciembre fija el arranque definitivo de la operación Félix para el 10 de enero de 1941 En relación con el envío de expertos solicitado por Franco, el almirante Canaris llega el 7 de diciembre por la tarde a Madrid y a las diecinueve treinta Franco le recibe en El Pardo en presencia de Juan Vigón. D.S. Detwiler reproduce el acta de la reunión Canaris-Franco, que he transcrito en mi Franco de 1982. Canaris comunica la fecha señalada por Hitler para la entrada de las divisiones alemanas en España; el 10 de enero siguiente. Franco le contesta que es imposible la entrada de España en la guerra en esa fecha, porque España perdería inmediatamente Guinea y poco después las Canarias, amén de la ocupación inmediata por los aliados (en los que ya incluye a los Estados Unidos) de las islas portuguesas del Atlántico. Los preparativos de España han progresado pero no de forma suficiente. Hay un déficit de un millón de toneladas de cereales. El transporte es deficiente. La situación de muchas provincias se haría insostenible. España no puede comprometerse a fijar fecha alguna del futuro para su intervención. Por los comentarios del propio Franco y de los marinos que gozaban de la confianza de Franco, me consta que Canaris transmitió el ultimátum de Hitler, pero comprendió perfectamente la posición de Franco; el acta de Vigón no transmite los gestos ni los tonos. Cinco años después, poco antes de su ejecución, el mariscal Keitel, que estuvo en contacto telegráfico con Canaris durante esta misión del almirante, escribió: "Ahora dudo de que fuera Canaris la persona adecuada para esta misión, pero parece haber disimulado muy bien durante años; supongo que no se esforzó en serio para convencer a España, sino que previno en contra nuestra a sus amigos de ese país".

El informe de Canaris sobre la actitud negativa de Franco se transmitió inmediatamente a Hitler. La situación, como venimos diciendo, había cambiado dramáticamente en el Mediterráneo oriental. El 7 de diciembre, día de la entrevista de Canaris y Franco, se había comunicado la noticia sobre la catástrofe de las tropas italianas en su posición avanzada de Egipto, Marsa Matruk, ante las divisiones británicas del general Wavell; el ejército italiano de Egipto y Cirenaica se había hundido tras dejar treinta y ocho mil prisioneros en manos inglesas. Estos hechos desviaron inmediatamente la atención de Hitler hacia el Mediterráneo oriental y le forzaron a cancelar, un mes antes de su ejecución, la operación Félix. El diario del mando supremo del Ejército (OKW) de 10 de diciembre confirmaba: "Habido el telegrama del almirante Canaris (10 de diciembre) el Fuhrer decide que no se realice la operación Félix pues ya no existen los requisitos políticos necesarios". Es decir que Hitler, a quien Serrano Suñer acababa de recordar la resistencia española contra Napoleón, no quiso acometer su empresa de Gibraltar contra la oposición de España. El mariscal Keitel confirmaría en Nüremberg: "Hitler anunció que abandonaba la idea; no le gustaba verse obligado a transportar sus tropas a la fuerza, contra la cólera de Franco" La nueva instrucción de Hitler no se dirige contra Gibraltar sino a los Balcanes. Aun así Hitler se resistía a abandonar su proyecto de Gibraltar. Luis Suárez ha descrito el intento de Ribbentrop el 26 de diciembre de 1940 para que el embajador en Berlín, general Espinosa de los Monteros, preguntase a Franco cuándo pensaba entrar en la guerra; Serrano Suñer se negó a recibir oficialmente la petición alemana, cerró el paso al embajador, que hubo de dimitir ante Franco a fines de enero de 1941. Hitler se concentró en otros proyectos, sin abandonar del todo a Félix. Al acabar el año 1940 las divisiones alemanas seguían en los Pirineos, pero España se había librado de la guerra mundial y de la operación Félix4. Aunque faltaba el coletazo final de Hitler.

3. EL ULTIMATUM ALEMAN


El nuevo año 1941, con media España sumida en el hambre y la penuria, nace bajo un temporal de nieve y frío que entonces solía llamarse "siberiano"

El 21 de diciembre, Hitler había celebrado una reunión con sus altos consejeros militares Keitel, Jodl y Raeder. El enemigo --les dice- avanza por doquier: Grecia, Albania, Libia, Africa oriental. El almirante Raeder, que es el militar alemán con mayor visión estratégica, insiste en que la solución para los problemas del sur es el cierre del Mediterráneo en Gibraltar. Hitler decide presionar de nuevo a Franco en ese sentido y en carta de 31 de diciembre de 1940 se lo comunica así a Mussolini. El 9 de enero dice el Führer a sus generales: "La actitud de España se ha vuelto vacilante, pero aunque parezca muy difícil conseguirlo, intentaremos otra vez que entre en la guerra". En la carta a Mussolini censura duramente a Franco a quien llama "vendido al enemigo por la promesa de alimentos".

¿Cómo historiadores profesionales como Preston se obstinan en atribuir a Franco en 1940 y 1941 propósitos belicistas a favor de Alemania después de conocer los documentos y testimonios que estamos aduciendo? ¿Cómo pueden existir españoles que acepten las tesis de estos señalados autores antifranquistas a la hora de valorar momentos capitales de la historia española?

El 18 de enero y tras un sorprendente telegrama del encargado de negocios en Madrid (von Stohrer iba de viaje a Berlín) el general Halder anota que quizá pueda resucitarse la operación Félix. En ese telegrama se subrayan las supuestas disensiones en el seno del gobierno español, se atribuye a Franco la idea, contradicha por Serrano, de intentar el equilibrio de todas las tendencias políticas viables. Esto era verdad; así había hecho Franco desde su designación el 1 de octubre de 1936 y el supuesto monopolio político de Falange estaba sólo en la mente de los falangistas, que tardarían aún muchos años en renunciar a algo que nunca habían poseído. Es probable que Hitler pretendiera ahora aprovechar las supuestas dificultades políticas en las alturas del régimen, entre las que destacaba una: la oposición permanente de los ministros militares contra Serrano Suñer. Mientras tanto, el diario oficioso emprende una vigorosa campaña contra la injusticia en la distribución de los racionamientos. "No llega a las clases humildes -apunta el 18 de enero Arriba- la cantidad asignada". Ante la desastrosa actuación italiana en Grecia y Libia, Hitler convoca a Mussolini para el 19 de enero. Pero no insulta a Mussolini sino a Franco, a quien llama "incapaz y esclavo de la Iglesia católica" además de atribuirle poca fe en sí mismo; evidentemente no le conocía. Pide a Mussolini una gestión personal para convencer a Franco de que entre en la guerra. Ciano comenta en su diario: "Nos ha correspondido la dura misión de hacer regresar al hijo pródigo español". No le bastaba a Hitler con la intercesión italiana y demuestra su desesperación enviando a Franco un nuevo ultimátum después de los que le había transmitido poco antes por boca de Serrano Suñer y del almirante Canaris. No otra cosa es el memorándum que ha recogido el embajador von Stohrer en Berlín y entrega a Franco en su audiencia, solicitada con suma urgencia, el 20 de enero de 1941. "Para España acaba de sonar la hora histórica. Ha de tomarse una decisión inmediatamente, sin embargo el ministro (Ribbentrop) ha concedido para esto cuarenta y ocho horas". Franco no acepta el ultimátum ni el plazo, responde que necesita tiempo para contestar y así lo transmite el embajador de Alemania a Berlín.

Al recibir el telegrama, Hitler y von Ribbentrop saltan. El ministro dicta un nuevo ultimátum de seis puntos, abiertamente insultante. "Sin ayuda de Hitler y Mussolini hoy no habría ni España nacional ni Caudillo". El quinto punto era éste: "El Führer y el gobierno alemán están profundamente disgustados por la equivoca y vacilante actitud de España". El sexto: "El gobierno alemán actúa de esta manera a fin de evitar que España emprenda a última hora un camino que, según su firme convicción, sólo puede terminar en catástrofe; pues a menos que el Caudillo decida inmediatamente unirse a la guerra de las potencias del Eje, el gobierno alemán no puede sino prever el fin de la España nacional".

Von Stohrer, que conoce el terreno, consigue que Ribbentrop dulcifique algo la redacción del punto sexto antes de entregar a Franco el ultimátum en presencia de Serrano. Aun así Franco estalla fríamente: "Estas afirmaciones son muy graves y no son ciertas", recusa, en la audiencia más breve y seca que recuerda el embajador. A continuación centra el problema en el único terreno apto para un gobernante español: "Independientemente de los favores pasados y de la gratitud por ellos, todo espíritu honrado se permite una sola cosa: seguir el camino que más interesa a la nación". Franco, con la huella de Africa siempre candente en su espíritu, tenía un nuevo dato para fijar ese camino: desde diciembre, el general Wavell arrollaba a los italianos en Egipto y luego en Libia y en la fecha del ultimátum alemán, 21 de enero, los británicos reconquistaban Tobruk.

Berlín no aprende nada. El 24 de enero Ribbentrop exige una nueva audiencia de Stohrer con Franco para entregar un nuevo ultimatum,: "El Reich pide, una vez más, al general Franco una respuesta clara". Pero Franco no recibe al embajador hasta el 27 de enero, junto a Serrano; entona una vez más la lista de exigencias, con una variante: la dureza del invierno español influiría negativamente en la penetración alemana. Ahora, de forma bien preparada, Franco se indigna de nuevo y acaba de forma no muy original, pidiendo una nueva misión de consejeros militares. Von Ribbentrop no se lo cree y pide a su embajador "una declaración precisa de si usted ha leído al general Franco palabra por palabra los mensajes del gobierno alemán". Y exige una vez más a von Stohrer que fuerce a Franco para obtener una sencilla respuesta a la petición de que España entre en la guerra; sí o no, nada menos.

Ante el callejón sin salida, Stohrer decidió muy prudentemente abandonar la gestión, y la operación Félix volvió al archivo. Pero Hitler y sus consejeros intentarán resucitarla más de una vez a lo largo del año 1941 5.

Ricardo de la Cierva

* Vid. R. de la Cierva: Franco, Madridejos 2000, págs. 448 y ss.

1 «Razon Española», núm. 90, julio 1998, págs. 56-60.

2 Giménez Arnau E.: La entrevista de Hendaya en «Razón Española» num. 88, marzo 1998 pags. 133 y ss.

3 El documento fundamental sobre Hendaya es el testimonio del barón de las Torres, que hemos transcrito de Razón Española 90 (julio-agosto 1998) págs. 56y ss. Esencial además la reconstrucción y documentación de Detwiler, Hitler, Franco…, op. cit., capítulo V. p. 51-67. Con las limitaciones indicadas, son fundamentales las Memorias de Serrano Suñer, op. cit., p. 283s Testimonios de Franco en Mis conversaciones… op. cit., 154, 454. Ver mi Franco de 1982, capítulo final del tomo IV y Luis Suárez, Franco, España…, op. cit., p. 249s.

4 Sobre la entrevista en Montoire cfr. Detwiler, Hitler, Franco…, op. cit. p., 82s. y Robert S Paxton La Francia de Vichy, Barcelona, Noguer, 1974 p. 70s. Reacciones españolas y alemanas a la entrevista de Hendaya cfr. Proctor, La agonía…, op. cit., 100s. La carta de Franco a Hitler de 30 de octubre en Serrano Suñer, Memorias op. cit. p. 301, fuente para todo este período con las salvedades indicadas. Misión aérea a Inglaterra en J.A. Ansaldo ¿Para qué? Buenos Aires, Ekin, 1951, p. 256. Para la entrevista en Berchtesgaden, cfr. Detwiler, ibd. y Serrano Suñer, Entre Hendaya…, op. cit., p. 323s. Informes Carrero y almirante Moreno en Ignacio Espinosa, El silencio de la Historia ms. Muy bien ilustrado. Mi entrevista con Carrero en mi Franco de 1982, IV, p. 292. La cita de Carrero en mi entrevista pertenece a su libro España y el mar, Madrid, Inst. de Estudios Políticos 1964 II p. 59s. Para la conversación Franco-Canaris v. el acta de Vigón en el apéndice de mi Franco de 1982, tomo IV. Estoy por lo general de acuedo con la documentación y valoraciones de L. Suárez en Franco, España…, op. cit., p. 257s. Sobre la muerte cristiana de Azaña, cfr. mi libro Misterios de la Historia, segunda serie, Barcelona, Planeta, 1992, p. 311s.

5 Ver Proctor, R.: La agonía… op. cit. p. 112s; D.S. Detwiler, Hitler, Franco… op. cit. y C. Burdick, Germany’s…, op. cit., p. 113s. Los datos sobre la reconstrucción en F. Vizcaíno Casas, La España de la posguerra, Barcelona, Planeta, 1975, que no es sólo un ameno anecdotario sino un riguroso repertorio de datos comprobados. El discurso de Serrano Suñer en Entre Hendaya…, op. cit., p. 330, recuadro.

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Dos historiadores alemanes descubren una

biografía secreta de Hitler escrita para Stalin

 

 

El único ejemplar de este informe estaba en los archivos estatales rusos y se publica ahora como libro.

Tras la muerte de Adolf Hitler en su búnker el 30 de abril de 1945, Stalin dudaba si era cierto que su enemigo había muerto y ordenó a la policía secreta soviética (NKWD) esclarecerlo. El resultado de las investigaciones se redactó en forma de biografía, basada en los interrogatorios soviéticos de dos ayudantes de Hitler, Otto Günsche y Heinz Linge. Stalin guardó el único ejemplar de este libro en su archivo personal. Cinco décadas después, dos historiadores alemanes, Henrik Eberle y Matthias Uhl, han descubierto esta biografía secreta de Hitler en los archivos estatales rusos y ahora se publica en Alemania.

Berlín- ¿Se suicidó realmente? ¿De verdad que está muerto?, se preguntaba Stalin (1879-1953) tras conocer la noticia de que el tirano nazi Adolf Hitler (1889-1945) había preferido quitarse la vida en su búnker junto a Eva Braun el 30 de abril de 1945 antes de caer en manos de los soviéticos. Stalin, que recibió la noticia el 1 de mayo, ordenó a la policía secreta soviética que abriera una investigación para esclarecer las causas de su muerte. Las conclusiones de la llamada «operación mito» se redactaron en forma de biografía. La detención en mayo de 1945 de dos ayudantes de Hitler, Otto Günsche y Heinz Linge, fue clave a la hora de confirmar el suicidio del dictador nazi en su búnker. La policía secreta soviética contaba con dos testigos de excepción. Günsche y Linge fueron los encargados de incinerar los cadáveres de Hitler y Eva Braun con gasolina.
      
Silencio sobre el Holocausto. Después de años de investigación, el 29 de diciembre de 1949 Stalin recibió el único ejemplar de esta biografía de 413 páginas redactada especialmente para él. Tras leerla, el dictador soviético la guardó en sus archivos personales. Los historiadores alemanes Henrik Eberle y Matthias Uhl, han descubierto la biografía en los Archivos Estatales Rusos de Historia Contemporánea de Móscú y acaban de publicarla en Alemania con el título «El libro Hitler» (Gustav Lübbe).
   La biografía secreta abarca desde la llegada del dictador nazi al poder
   hasta su muerte. En ella se hace un repaso de los principales acontecimientos históricos, desde la «Anschluss» (unión) de Austria al Tercer Reich en 1938, hasta la capitulación de la Alemania nazi en mayo de 1945, pasando por los preparativos para la denominada «operación Barbarroja» para la invasión de la Unión Soviética, el 22 de junio de 1941.
   Curiosamente, dos acontecimientos importantes quedan silenciados: el Holocausto judío y el pacto germano-soviético de no agresión firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939 por el ministro de Asuntos Exteriores nazi, Joachim von Ribbentrop y por el comisario soviético de Asuntos Exteriores, Viacheslav Molotov. No hay que olividar que el libro se redactó «en el punto culminante de la política antijudía de la Unión Soviética», recuerdan Eberle y Uhl en el epílogo.
   La prensa alemana se ha mostrado bastante precavida con el libro. El diario «Die Welt» asegura que «no contiene ninguna verdad sino intepretaciones» realizadas por la policía secreta soviética según los interrogatorios de los dos testigos principales, Linge y Günsche. El diario considera que el volumen no aporta grandes revelaciones, aunque lo considera «interesante para los historiadores». Beatriz Juez -
2005-03-28

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Otra versión de la entrevista de Hendaya

En la biografía secreta encargada por Stalin sobre Hitler, se alude en varios ocasiones a Franco. También se hace referencia a la supuesta neutralidad española durante la Segunda Guerra Mundial, a la Guerra Civil española y a la histórica entrevista entre ambos dictadores, Franco y Hitler, el 23 de octubre de 1940 en Hendaya para negociar la participación de España en el conflicto junto a las potencias del eje Roma-Berlín-Tokio. Hitler, «que se tenía por un general», no estaba en mayo de 1937 muy satisfecho con los progresos de Franco en la Guerra Civil española: «Desde del punto de vista militar, Franco es totalmente inepto. Un típico sargento y nada más», dijo Hitler en una ocasión.
   Ahora, «El libro Hitler» ofrece también otra versión a la difundida desde España de aquel encuentro. Según el libro de Henrik Eberle y Matthias Uhl, Franco, que ya había solicitado previamente la obtención de Gibraltar y de todo el territorio de Marruecos a cambio de su beligerancia en el conflicto –aunque la versión oficial apuntaba únicamente al Marruecos francés–, no arguyó durante la reunión que las dificultades económicas impedían la intervención española en la segunda Guerra Mundial. Según los soviéticos, fue el propio Hitler el que decidió que no era conveniente abrir otro frente bélico en la Península Ibérica. «El plan Isabella/Felix (de Hitler y Franco para conquistar el peñón de Gibraltar) debía llevarse a cabo en enero o febrero de 1941. Pero Hitler volvió a rechazar este plan y renunció a una participación abierta de España en la guerra, porque había decidido que en poco tiempo iba a invadir la Unión Soviética», asegura la biografía secreta de Stalin sobre el tirano nazi. 2005-03-28

 

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El antifranquista soy yo

 

 

 

 

Juan Luis CALLEJA
Carlos Semprún Maura publicó en LA RAZÓN un interesante alegato con ese título. Carlos Semprún es un veterano de la izquierda, campo donde ha ido de un lado para otro, un tanto zarandeado por los disparates del propio campo. Fue agente comunista y es ahora pregón anticomunista. Es antifranquista con larga historia que mira y alude de reojo a los que, sin haberlo sido, presumen de ello. Todo eso, y otras cosas, sabe explicarlo con un estilo despierto, hablando de su vida y de su familia. 


   A Carlos Semprún Maura no lo conozco ni de vista y nada tenemos en común, salvo, esto es curioso, un poco de esa familia: unos sobrinos con apellidos de su madre y de la mía. El actual duque de Maura, por ejemplo, es hijo de un sobrino de Semprún y de una de mis primas hermanas. ¿Cómo Semprún pudo hacerse comunista? No lo sé. En cuanto a sus motivos para apuntarse a la coreografía contra Franco, me parecen más teóricos que prácticos, en un sentido; y mucho más prácticos que justos, en otros. No voy a discutirlos. Sólo intentaré explicarle por qué yo, contemporáneo y «recontrapariente» suyo, no he sido, no soy, ni seré antifranquista. Me lo impiden la memoria, la gratitud y el entendimiento.


   Mi memoria: al mismo día siguiente de invadirnos la República, 1931, vi cómo se ahorcaba a un enorme muñeco igual que Alfonso XIII, entre chuflas y risotadas. Al mes siguiente, desde un alto balcón de Goya 95, vi las manchas de humo saliendo de iglesias y conventos incendiados. Poco después, un tío carnal, jesuita, fue echado de España, por jesuíta. Un día de aquéllos, al llegar a mi colegio, creí que habían expulsado también a todos los marianistas porque parecían sustituidos por maestros civiles. Pero no era tanto. La República democrática sólo había prohibido los hábitos religiosos en la enseñanza, generosamente. Tenía yo ocho años.


   Un verano más tarde, el de 1932, masas «republicanas» de Santander respondieron al general Sanjurjo apedreando y quemando el Club Marítimo, enfrente de donde yo vivía. Aquellas larguísimas llamas (el club era, casi todo, de madera) nos hicieron huir a casa de mis abuelos.


   Octubre de 1934. Madrid. Se refugian entre nosotros los primos Cernuda, escapados de la revolución de Asturias. Ya no nos asombra lo que nos cuentan, aunque es espantoso. También en Cataluña se sublevan contra España. Otro tío mío que trabaja allí preocupa a mi padre, que sufre un infarto de miocardio. Quiso Dios que saliera adelante.


   1936: huelgas, asaltos, tiroteos, muertes. Por si fuera poco, Largo Caballero amenazó con «cerros de muertos y ríos de sangre» si sus planes socialistas se frenaban. Teníamos miedo. Yo iba al colegio llevando en el revés de la solapa una tarjeta con mi nombre y mis señas, algo así como la chapa de identificación militar en tiempo de guerra. Ya tenía 13 años y ya discutía de política, como todos los chicos de mi edad que veían muy claro, y lo decían, que se iba a armar la gorda. Gil Robles, amenazado, se va a Francia.


   14 de julio de 1936: bombazo congelador: Calvo Sotelo ha aparecido muerto a las tapias de un cementerio. Lo han tirado allí los guardias de asalto que lo sacaron de su casa. ¿Guardias de asalto de la República! Como dijo más tarde Gil Robles, ya no era posible la paz. Lo veíamos hasta los niños.
   Rompió el Alzamiento. No pudo cogernos de sorpresa. Algo así esperábamos como inevitable. Pero la reacción de la izquierda radical, crecida allí donde el Movimiento fracasó, fue satánica.


   En 1936, mis padres se habían mudado al Paseo de Rosales, junto al parque del Oeste y no lejos de la cárcel Modelo. Aún tengo en los oídos el estruendo de las matanzas en la cárcel, y los tiros nocturnos en el parque. Mataron de todo: curas, civiles y militares; monárquicos y republicanos; hombres y mujeres; familias enteras, como la de mi condiscípulo Arizcun. Gracias a que mi abuelo materno nació en Cuba, mi padre logró el pasaporte cubano para mi madre y sus hijos, que salimos para Alicante, rumbo al «Gipsy», destructor británico que nos llevaría a Marsella. Aún me angustia recordar a mi padre quedándose solo en el andén de Atocha mientras el tren nos arrancaba de su lado. Mi padre nunca se había metido en política. Como editor, había publicado obras de izquierdistas de gran relieve, como Pérez de Ayala y Azaña. Sin embargo, hubo de pedir asilo en la Embajada de Méjico (Méjico, con jota) y su casa de Rosales fue saqueada, vaciada, con la fontanería rota por quienes hasta en las tuberías buscaron escondites. No dejaron ni un libro. Y hablando de libros: mientras esto escribo, no voy detrás de literaturas. Sólo me gustaría contar aquello como lo habría hecho el chaval que entonces era yo. En Alicante, unos agentes, de no sé qué, expropiaron a mi madre el poco dinero que llevaba encima. En Marsella, pudo arreglárselas gracias a Maurice Robert, editor francés, para ir en tren a San Juan de Luz, donde nos esperaban mis tíos Peña que habían escapado, a tiempo, de «la que se va a armar». Mi tía Elvira, la estoy viendo en la estación, esperaba un niño que resultó niña y que es, hoy, la duquesa viuda de Maura, madre de los sobrinos que yo comparto con Carlos Semprún Maura. Gracias a la ascendencia cubana, o al muy previsor transplante a Francia o a las piernas escuetas, Escudo arriba, casi toda mi familia de Santander se salvó. De los nueve que no escaparon, seis fueron asesinados. Seis.


   Diciembre de 1936: paso a zona nacional con mi madre y hermanos. Efecto sedante. La bandera de siempe era otra vez la bandera. Las calles respiraban tranquilas y limpias. Las iglesias abiertas. Curas y monjas, con sus hábitos. Mi tío jesuíta, vuelto. Todo funcionaba. Había ya un «Auxilio Social», germen de la Seguridad Social. Fue entonces, en Burgos, cuando nació la ONCE. Mi hermano menor y yo hicimos tres cursos del Bachillerato, de un Bachillerato muy mejorado en plena guerra, con más sosiego y más tranquilidad que antes, en Madrid. La zona nacional parecía en paz. Sólo la variedad y abundancia de uniformes y los heridos recordaban la guerra, en la retaguardia. Y, claro es, las noticias; buenas, casi siempre. Cuando oímos el último parte y terminada la guerra volvimos a Madrid, lo encontré como ennegrecido, triste, pobre. Además, todas mis cosas de niño habían desaparecido, robadas de nuestro saqueado piso en Rosales. Queda mucho sin contar de aquel tiempo. Dejémoslo. Pronto hirvió el de la Guerra Mundial. Y nos libramos de ella. ¿Nos damos bien cuenta? Con Franco, nos libramos de ella. Sí, ya sé: todo lo bueno que se hizo en su régimen, se atribuye a otros. Franco era un dictador espantoso, terrible, que dejaba de serlo cuando quería entrar en la guerra, o rechazar la industrialización, o frustrar la ONCE o fastidiar al obrero. En casos así, sus equipos, los equipos nombrados por él, no le hacían ni caso y resolvían como les daba la gana. ¿Bueno!


   Hay una célebre fotografía de Hitler envejecido, encorvado, con cara de frío y el cuello subido del capote, ante unos soldados, en los finales de aquel horror. Hitler da unas palmaditas en la mejilla de uno de ellos, casi niños de no más de quince años. Alemania se había quedado sin hombres de diecisiete a cincuenta. Y esto habría sucedido aquí, si hubiéramos entrado en las guerra. Es decir, que millones de españoles actuales fueron concebidos, paridos y criados gracias a la paz mantenida por aquel hombre que, además dejó a España en el puesto noveno entre los adelantados del mundo. La memoria, la gratitud y el entendimiento no me dejan apuntarme al bando de Carlos Semprún Maura, mi admirado y desconocido «recontrapariente».


   Tengo en la memoria aquel fantoche ahorcado como Alfonso XIII, la quema de los conventos, los horrores de Austria y Cataluña, el asesinato por agentes oficiales del jefe de la oposición, las orgías de sangre en la Modelo, nuestra huida a Francia, los seis asesinados de mi familia, mi padre solo y amontonado en la embajada de Méjico con otros cientos de refugiados en peligro... Siento gratitud por el triunfo redentor sobre tanta lágrima; por el pasmoso quiebro torero ante Hitler de un diestro apodado el Caudillo, a quien debieron la vida las quintas de aquel tiempo y se la deben sus descendientes de hoy: millones; y siento pasmada gratitud por la increíble carrera de España hasta el noveno puesto mundial. Sin apenas impuestos. Con gratitud y memoria, mi entendimiento dice que no, que el antifranquista no puedo ser yo. No me gustan nada los antifranquismos oportunistas que tampoco entusiasman a Semprún Maura, si leo bien sus siempre palpitantes artículos. A quien mi entendimiento cree comprender es a Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I cuando nos habla de trabajar y discutir en Democracia, con el futuro en la cabeza y dejando en paz a Franco. Que nadie lo ataque en su presencia. Que le debemos mucho.

 

2003-11-06 – LA RAZÓN. ESP.

 

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Presentan la biografía del fundador del catolicismo social de la República

 

TULIO DEMICHELI 

MADRID. Se trata de la reivindicación histórica de una figura de trascendental importancia para la derecha democrática. Luis Lucia, primero afecto al carlismo, muy pronto se apartaría de él para impulsar el catolicismo social español, germen de la democracia cristiana. Aceptó la proclamación de la República, fue ministro de Comunicaciones en 1934 y formó parte de la «Operación Prieto» para salvar la legitimidad republicana en 1935. Al producirse el Alzamiento, envió un telegrama de adhesión a la República que le valdría la pena de muerte en 1940, pena que fue conmutada por la de confinamiento en Mallorca. Tampoco ese telegrama le libró de procesamiento durante la guerra. Igualmente se pedía la pena de muerte, pero la vista no llegó a celebrarse por la caída de Barcelona.

Preston destacaba a ABC la importancia de Lucia pues, aunque «los historiadores serios distinguen entre la derecha accidentalista (la que aceptó la República) y la que la rechazaba (carlistas, falangistas, etc), muchas veces se reproduce el punto de vista de los años 30, cuando la izquierda veía a la derecha como fascista, y la derecha a la izquierda como comunista. Si no hubiera habido un golpe de Estado, los problemas de la República se hubieran solucionado; hombres como Lucia y Jiménez Fernández tenían, por ejemplo, un plan para dar cumplimiento a la Reforma Agraria». En ese mismo sentido se manifestaron Fusi y Tusell. «Luis Lucia es parte de esa «Tercera España»- declaró el primero a ABC-. Hubo un mundo católico que aceptó el orden republicano y que rechazó que el golpe militar y la guerra fueran la respuesta adecuada a los problemas de la República». «Creo -señaló el segundo- que la CEDA fue una organización muy plural, con amplios sectores democráticos y republicanos, como lo demuestran políticos como Lucia y Jiménez Fernández». 

ABC. 2003-06-06 ESP.

 

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Un coronel llamado Segismundo. Mentiras

y misterios de la guerra de Stalin en España

 

 

MONTIEL, Francisco-Félix: Un coronel llamado Segismundo. Mentiras y misterios de la guerra de Stalín en España. Ed. Criterio-Libros. Apartado 3.198, Madrid. 1998. 236 págs.

Cuando podía pensarse que se conocía casi todo respecto a nuestra guerra 1936-1939, la obra de Francisco-Félix Montiel descubre facetas desconocidas, particularmente del final.
Mentiras y misterios de la guerra de Stalin en España. Tal es el subtítulo acertado y preciso. Y es que por encima no sólo del gobierno de la República, sino del verdadero centro de poder que en los últimos tiempos de la guerra fue el partido comunista, figuraba no la política, sino la metapolítica del partido comunista de la Unión Soviética. Y de su motor y cerebro: Stalin.
Desde 1938, el hoy denominado «ejército republicano», era republicano en una medida cada vez más exigua. Con propiedad su calificación era la de «ejército rojo». En la batalla del Ebro, los mandos de los cuerpos del ejército pertenecían al partido comunista en su totalidad. Y al producirse los sucesos de marzo de 1939 en Madrid, de los cuatro cuerpos de ejército de la zona Centro, tres estaban bajo el mando del partido comunista. Además, las unidades blindadas, las unidades guerrilleras, y la aviación tenían su inequívoco control por el PCE.
La influencia del partido comunista español sobre el gobierno republicano alcanzó una extensión y profundidad inmensas. Dicho gobierno poco o nada podía hacer frente al partido. Si añadimos el colaboracionismo de su presidente Juan Negrín, mucho más útil desde su teórica adscripción socialista que si hubiese sido miembros del partido, no ya el colaboracionismo, sino la entrega de ministros como Álvarez del Vayo, de quien en 1998 se sabe ya su papel no sólo al servicio del partido, sino de la simbiosis servicios de información-policía política: N.K.V.D. El control comunista de la República era casi absoluto.
El partido comunista español era una simple correa de trasmisión de la Internacional comunista -la Komintern-. Y ésta, perdido con la derrota trotskysta su papel internacionalista, era un instrumento al servicio del partido comunista de la Unión Soviética, a las ordenes de Stalin.
El profesor Montiel acierta plenamente con el subtítulo de mentiras y misterios de la guerra de Stalin en España. El testimonio es esclarecedor, pues Montiel fue miembro del aparato del partido. Conoce sus entresijos. No la verdad oficial, sino la de los que dirigen la función entre bastidores.
Desmitifica a Casado, rompe los esquemas clásicos, deshace los tópicos sobre el final de nuestra guerra. ¿Podía Segismundo rodeado de fuerzas comunistas enormemente superiores levantarse contra el gobierno, es decir, contra los comunistas sin perder la cabeza en la aventura? pregunta Montiel con considerables dosis de lógica.
Casado fue un mero instrumento, aunque él se creyera bien intencionadamente, héroe. Sin él saberlo, utilizándole, manipulándole, se convirtió en un modo de poner fin a la guerra de acuerdo con el plan comunista. Mas no de un plan pensado por José Díaz, Jesús Hernández, o por esa mujer histérica y delatora de sus propios camaradas -hoy magnificada en la España del PP de 1998-, la Pasionaria, o por otros miembros del buró político.
Casado fue utilizado según las instrucciones dadas sin posibilidad de réplica por Palmiro Togliatti -el cruel y sanguinario Togliatti como también se le ha conocido a finales de los 90, con datos incontrovertibles-. Y naturalmente por encima de Togliatti, el lider supremo: Stalin.
Montiel aporta datos desconocidos: El partido comunista, desde las intenciones de Stalin de llegar a un pacto con Hitler, se encuentra a un coronel llamado Segismundo. Odiado y vilependiado por los comunistas, antes de mayo de 1938, pasa a ser promovido por el verdadero poder -el partido- a jefe fantasma del Ejército del Centro. «Es difícil imaginarse una alimaña más cobarde y escurridiza que el coronel Segismundo Casado», calificaría la Pasionaria. O «masón, politicastro…» Tales son los epítetos que le adjudican.
Francisco Félix Montiel quien ocuparía cargos importantes en el PCE hasta que abandona el comunismo en 1948, analiza desde dentro. Con documentos propios, de primerísima mano, señala las contradicciones en que tal personaje, de repente, sea promovido con la anuencia indispensable del partido a puestos militares de máxima importancia.
Cumplido su papel, mediante la función dirigida e interpretada desde Moscú, Segismundo de nuevo será insultado con mayor fuerza todavía. Montiel, empleando irónicamente la palabra de Calderón, «Segismundo resultará segismundeado».
Obra indispensable para conocer el fin de la guerra española en el lado vencido desde dentro no ya del gobierno, sino desde dentro de las altas esferas del partido, pues el militante de base y los mandos intermedios
serían meras comparsas destinadas a sufrir las durezas de la derrota. Los miembros del buró-político, por el contrario, tienen sus aviones disponibles para desde Monóvar huir de la derrota.
La aportación de documentos confiere un valor extraordinario a la obra de Montiel. No es historia más o menos fidedigna. Es la exposición vivida en primera persona por quien era el director del aparato de propaganda gubernamental de la república. Por tanto del responsable del aparato de propaganda del partido comunista, dueño del gobierno en los días finales de aquel régimen.
Agradecemos al autor- A. MAESTRO - 2003-06-09

 

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P: En el golpe de estado del 34, ¿es cierto que una parte importante de la insurrección asturiana fue espontánea de la misma población?


R: No. Nada fue espontáneo en el 34. Todo fue cuidadosamente preparado por el PSOE. Léase el primer libro de la trilogía de Moa, "Los orígenes de la guerra civil". Es irrefutable.

2003-04-25 LD.

 

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P: En varias ocasiones he oído la cifra de "un millón de muertos" como víctimas totales de ambos bandos en la Guerra Civil del 36. Según usted,¿es una cifra exagerada o responde aproximadamente a la verdad?

 

R: Totalmente exagerada y creo que eso hoy en día no lo discute nadie. Una cifra en torno a la tercera parte sería mucho más ajustada a la realidad.

 

 

2004-05-04 César VIDAL. ESP. Dr. en historia antigua, filosofía, teología.

 

 

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"El hombre es el único ser que manifiesta su libertad a la hora de elegir sus esclavitudes"

 

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“La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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“No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)

 

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‘Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios’. Cardenal de la Iglesia Católica + J. Ratzinger.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

Desde su primera encíclica, de 1979, Redemptor hominis, Juan Pablo II lo definía con toda nitidez: «El hombre parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo. En cambio, era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como dueño y custodio inteligente y noble, y no como explotador y destructor sin ningún reparo».

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

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Recomendamos vivamente:  Historia de la Persecución Religiosa en España (1936-39) de Antonio Montero –Editorial ‘BAC’ excelente libro histórico y testimonial.

 

‘CHECAS DE MADRID: LAS CARCELES REPUBLICANAS AL DESCUBIERTO’

Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo
ISBN: 9788497931687  - Colección: BEST SELLER DEBOLSILLO
Nº Edición:1ª  - Año de edición:2004 - Plaza edición: BARCELONA - ESPAÑA
Polémico y riguroso estudio sobre un período convulso y de gran crueldad.
La instauración de la represión por parte de las fuerzas progresistas durante la República Española. Análisis del proceso revolucionario que le dio lugar, iniciado a finales del siglo XIX, y que alcanza sus mayores victorias en 1931 y 1936, con el exterminio como arma de poder.

 

Las discriminaciones y los graves ataques de los que han sido víctimas, … millares de cristianos, muestran cómo la que socava la paz no es sólo la pobreza material, sino también la pobreza moral. De hecho, es en la pobreza moral donde dichas atrocidades hunden sus raíces. Al reafirmar la valiosa contribución que las religiones pueden dar a la lucha contra la pobreza y a la construcción de la paz, quiero repetir ante esta asamblea que representa idealmente a todas las naciones del mundo:  el cristianismo es una religión de libertad y de paz, y está al servicio del auténtico bien de la humanidad. Discurso del Papa Benedicto XVI al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, lunes 8 de enero 2009- †  

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).