Thursday 27 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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“Desconocer e irrespetar la ineludible vinculación de unas cosas con otras es el fondo reprochable de la incoherencia. Aceptar algo y rechazar sus consecuencias es incoherencia. Bien examinada, pues, la incoherencia no es otra cosa que mantener desvinculado, desajustado y desintegrado lo que debe estar vinculado, ajustado e integrado. Algo así, como una “esquizofrenia”. Lo significativo y alarmante es que en el trasfondo de este comportamiento hay siempre un superficial o un frívolo o un irresponsable o un perverso. Y ante tanta incoherencia, creciente y desenvuelta, lo justo es no gritar “cuanto incoherente”, sino decir con mucha pena: “cuanto superficial, cuanto frívolo, cuanto irresponsable, cuanto perverso.” [Mons. F. J. Arnaiz  S.J.]

 

 

 

 

Lo peor no es la mentira. Lo peor es instalarse en la confusión mental y difundir alrededor esa neblina de la inteligencia en la cual ya no hay ni verdad ni error. Y es que, donde no hay error, tampoco hay verdad. Si no se admite que hay juicios falsos, tampoco se sabe ya qué podrán significar los ciertos. Pero quien denuncie que algo oficialmente establecido no es verdadero, será acusado de derrotismo. Y muchos se sentirán obligados a creer tal censura, porque viene marcada por el solemne sello de la autoridad.

 

        Tal es la estrategia del totalitarismo. Consiste en mantener que "todo es política", en excluir cualquier ámbito de la realidad que no esté sometido a la aspiración de dominio. Nada queda fuera de una retórica hecha de apelaciones a la emotividad, de gestos y sonrisas, más que de argumentos. Pero ya Platón hizo ver que, cuando la retórica se convierte en la más alta instancia, lo que se busca con ella no es el conocimiento sino el poder. Ya no se trata de hacer verosímil lo verdadero, sino de hacer verosímil lo que interese en cada caso a los poderosos. Lo cual ni siquiera merece el nombre de retórica: es sofística. Quienes no se sometan a los lugares comunes establecidos por este simulacro de razonamiento, quedarán fuera del discurso dominante y se verán excluidos de una cultura tan superficial como fácil de digerir.

 

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Abriendo a los estudiosos los ‘Archivos Históricos’, la Iglesia

expone los documentos de época para estudiar y así averiguar,

por el ejercicio de las facultades intelectuales, la naturaleza,

cualidades y relaciones de las cosas. Las fábulas como las

leyendas se desmoronan en su propia ignorancia, por falta de

ciencias, letras y noticias como de honestidad intelectual.  

 

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De cómo se construye «la verdad»

con muchas mentiras

 

Por Jaime SEPTIÉN. 31.05.2002. www.periodismocatólico.com 

 

Mientras los sacerdotes franciscanos en Belén, los misioneros en África o los diocesanos en Colombia estaban entregando su vida por la paz de Cristo, los periódicos mexicanos nos machacaban con que todos los curas del país y del mundo son como el baboso cura de Boston (de cuyo nombre se acordará Dios el Día del Juicio, no se preocupen).
17 de abril de 2002

En una verdadera feria de la insensatez, de la ignorancia y de la pobreza tanto moral como intelectual, hemos visto desfilar toda suerte de petardos, dirigidos a dañar la confianza de los católicos en su Iglesia y, sobre todo, en sus ministros. Junto con ello, el desprecio por lo que exigieron los obispos mexicanos en su reunión de Lago de Guadalupe en materia de libertad religiosa y, para acabarla de amolar, los eructos de algunos teólogos del cuarto para las doce, pidiendo la renuncia del Papa, como si su martirio no fuera una señal maravillosa al mundo del sentido salvador del sufrimiento.

Medios contra seminarios

En su libro Un antropólogo en Marte, el muy afamado neurólogo y escritor Oliver Sacks pone al inicio una frase esencial, pronunciada por el doctor canadiense William Osler: «La cuestión no es qué enfermedad tiene una persona, sino quién es la persona que ha sucumbido a la enfermedad».
Debemos empezar por distinguir: la cuestión es que la pederastia y la pedofilia no son parte del ejercicio sacerdotal, sino que algunos (y, por cierto, bien pocos) sacerdotes en el mundo han sucumbido a ellas.

Es bien diferente -y solamente cuando entendemos esa diferencia podemos comenzar a entender algo- decir (como una señora de apellido Rodríguez en La Jornada) que los seminarios son «los paraísos de la pederastia» y que la profesión de cura «da licencia» para ejercerla, a precisar que este mal social está tan extendido que algunos sacerdotes, o algunos seminaristas, han caído en sus garras, destruyéndose, destruyendo a seres inocentes y avergonzando a los demás sacerdotes que abrazan -como el Papa- el misterio de la Cruz y se esfuerzan en alcanzar la santidad. Como a los críticos de la Iglesia católica les encanta mentir con números, vamos a darles un poco de verdad, con números. En este mismo instante hay cerca de 450 mil sacerdotes católicos en el mundo viviendo la aventura espiritual más libre de todas las aventuras espirituales: la que ha dicho «Sí» a Cristo. De ellos, ¿cuántos han abandonado su celibato por la pederastia? Cifras extraoficiales hablan del 0.3 %. No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que en Estados Unidos, nación donde se prendió la mecha, habrían sido denunciados 30 casos en los últimos 20 años. Por otro lado, en ese país se tiene un promedio de 105 mil casos anuales de abuso sexual a menores. ¡Y es a la Iglesia a la que se le carga la enfermedad!

El imperio de la impunidad

Entendemos que cada violación, venga de donde venga, es un crimen, y el violador tiene que pagar su falta ante la ley; pero, ¿por qué los medios apuntan con el dedo a los sacerdotes y se «olvidan» del monstruoso número de crímenes que contra los niños -muchos de ellos robados en México- se cometen a diario en el país del Norte? Por una sencilla razón: porque el sensacionalismo alrededor de la Iglesia católica vende más que cualquier otro sensacionalismo alrededor de cualquiera otra institución formada por seres humanos. Porque descubrir que un sacerdote católico sucumbió al mal es más escandaloso -misterios de la modernidad- que informar que 15 millones de niños son, hoy mismo, explotados sexualmente por la «industria» de la pornografía en el mundo.

El semanario Time se preguntaba hace días en su portada: «¿Puede la Iglesia salvarse a sí misma?», en recuerdo de los gritos de los judíos ante la Cruz de Cristo. Pues bien, dada la magnitud del mal en Estados Unidos, lugar donde se cometen 50 mil crímenes al año, donde 4 de cada 10 estudiantes de secundaria van armados a su escuela, donde 2% de su población está en la cárcel y donde uno de cada 2 matrimonios termina en divorcio antes del primer año de relación, el mayor consumidor de droga del planeta, y un largo etcétera, la pregunta adecuada no es la ironía del Time, sino «¿Puede salvarse Estados Unidos de alguna forma?».

Y los medios mexicanos, tan gallitos ellos cuando de defender la «soberanía» de México se trata, haciéndole coro a los gringos.

Investigando «concienzudamente» la pederastia cural en sus diócesis, lanzando números al aire, cebándose en el amarillismo, revolcándose en la porquería inventada, convirtiendo planas en muladares bajo el peregrino pretexto de que quieren defender a la Iglesia de las víboras que la emponzoñan. Gracias, qué amables…

 


De cómo se hace guiso de pollo sin pollo


En un curso reciente, el filósofo español Julián Marías dijo: «Cada vez estoy más persuadido de que la causa más profunda de los males que padece la Humanidad es la mentira. (…) La tendencia dominante en la actualidad a la impunidad en todos los aspectos adquiere particular gravedad cuando se trata de la mentira. Es lo que puede llamarse la impunidad verbal, el que la mentira circule y pase sin corrección ni apenas conciencia de su existencia. El influjo de la mentira cuando está potenciada por la organización y los medios de confusión es enorme, y rara vez hay reacción contra ella». Esta cita tiene un precioso material de reflexión. La Iglesia católica en México (por reflejo de lo que sucede en el mundo), está siendo perseguida por una campaña de impunidad verbal, de mentiras o de «noticias» no comprobadas, sin precedentes. Nadie parece querer dudar que los señores curas son -todos- violadores de niños en potencia, que los obispos encubren, que los seminaristas en lugar de aprender teología van y aprenden técnicas pederastas avanzadas, en fin, y ahí está el peligro brutal y la conclusión que muchos están sacando: que se puede (y se debe, según los medios de confusión) ser católico prescindiendo de la Iglesia. Que es lo mismo que si dijéramos que se puede comer guisado de pollo prescindiendo del pollo.

«En el pasado -apunta el psiquiatra italiano Vittorino Andreoli- si a una persona del poder se le descubría en una afirmación falsa, se avergonzaba y no se le creía más… El mentiroso no tenía dignidad por definición». Hoy estamos comprobando que el mentiroso en el poder (porque nadie podría dudar que los medios de comunicación y sus personajes tienen poder) es el gran triunfador. La estafa vende más que la verdad, y el estafador -aquel que miente para ganar auditorio-es, en palabras de Andreoli, «un campeón de la capacidad de adaptarse a lo nuevo».
«Lo nuevo» consiste en esparcir a los cuatro vientos la inmunda frase de los propagandistas del terror: «miente, miente, que algo queda». Y ese algo que queda es la sospecha, que cae sobre cientos de miles (por lo menos el 95 por ciento de los 450 mil) de sacerdotes que no viven su celibato con el agua al cuello, que llevan su ministerio con enorme dignidad, que son signos del Amor de Cristo y que trabajan -ojo, señoritas y señoritos mentirosos- por la paz, en su parroquia, en su modesta vicaría, en el templo, en el confesionario o en las misiones remotas. Y ojo, también, católicos-flanes. Tengamos el coraje de defender a nuestra Santa Madre la Iglesia contra las vacilaciones de la rapiña. O, de plano, declarémonos sin Madre, y afrontemos las consecuencias de la orfandad.

Aprender de la dolorosa experiencia

En tres puntos resumimos para nuestros lectores la importantísima carta emitida recientemente por el cardenal de Boston, Bernard Law, a raíz de la petición de su renuncia por ser la diócesis que ha desatado la polémica mundial sobre casos de pederastia y pedofilia.

1. Como Iglesia, hemos seguido inadecuadamente los casos de nuestra experiencia histórica sobre abuso infantil y no hemos aprendido a tratarlos desde la perspectiva de la víctima. Tampoco hemos hecho frente a estos casos como muestras -que lo son- de patologías tanto emocionales como psicológicas.

2. Estos casos no pueden ni deben ser reducidos a un componente puramente moral. El deseo de proteger la privacidad de la víctima y la reputación del sacerdote nos hizo no entender que ambos -sacerdote y víctima-son parte de una misma sociedad. Este error pone a otros en riesgo muy serio, pues prolonga la posibilidad de que se sigan cometiendo abusos en seres inocentes.

3. Hay que encarar estos casos desde su naturaleza criminal. Por el deseo de dar una respuesta pastoral, no hemos tenido en cuenta la criminalidad evidente que envuelve un caso de abuso. Por el deseo de acompañar a las víctimas que se acogían a nosotros por no querer entrar en un proceso judicial, no comunicamos estos casos a las autoridades públicas.

De ello, con valentía, el cardenal Law pide perdón, al tiempo que a los católicos de todo el mundo y en especial a los de su arquidiócesis, ruega que oren para poder superar, con humildad y amor, esta hora de retos para la Iglesia. Lo mismo ha pedido el cardenal Rivera Carrera al instar a denunciar abusos criminales en la Iglesia ante la autoridad civil.

Es bueno valorar acontecimientos y hechos que han sucedido en el pasado, reflexionar sobre ellos, para caminar con los talentos de la historia como bastón de guía.

«El que es feliz se entontece y no tiene capacidad para inventar historias»

  

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Las ofensas a la verdad

 

2475 Los discípulos de Cristo se han ‘revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad’ (Ef 4, 24). ‘Desechando la mentira’ (Ef 4, 25), deben ‘rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias’ (1 Pe 2, 1).

2476 Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf Pr 19, 9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18, 5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.

2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf  CIC can. 220). Se hace culpable:

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo;

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran;

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno debe interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

2479 La maledicencia y la calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y de la caridad.

2480 Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago, adulación o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.

2481 “La vanagloria o jactancia constituye una falta contra la verdad. Lo mismo sucede con la ironía que trata de ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola tal o cual aspecto de su comportamiento.

2482 ‘La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar’ (S. Agustín, mend. 4, 5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: ‘Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira’ (Jn 8, 44).

2483 La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene el derecho de conocerla. Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.

2484 La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, y los daños padecidos por los que resultan perjudicados. Si la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, sin embargo llega a ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.

2485. La mentira es condenable por su misma naturaleza. Es una profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad.

2486 La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia

 

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No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia.

 

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El Odio y la Mentira

 

La convivencia social necesita de juego limpio, honestidad, respeto a las instituciones, tanto a las que nos configuran como nación, como a la familia, anterior a la existencia misma de los estados; respeto a los personas en sus creencias y valores, respeto a los adversarios políticos, una administración transparente que dé exacta razón del dinero que pagan los ciudadanos, respeto a las libertades que nos ha reconocido la Constitución, pero que ya poseíamos antes de su promulgación porque son inherentes a nuestra condición de personas, y sobre todo una apasionada búsqueda del bien común, del bien de todos los españoles.

Todas estas cosas están ausentes de la vida política española, imperan el odio y la mentira que no pueden construir nada sino llevarnos al desastre. El partido que nos gobierna, llevado del odio, busca eliminar al contrario, echarlo del tablero político, para imponernos sus confusas ideas, su ideología progresista, aunque no esté nada claro la meta de tal progreso, su actitud antirreligiosa, sus leyes antifamiliares, su ocurrencia de nuevos derechos, otorgados por un parlamento empeñado en decidir una nueva moral, mientras que se destruyen aquellos que han hecho posible hasta ahora nuestra civilización.

El otro partido espera simplemente que el Gobierno caiga en esta crisis y heredarlo. No utiliza la mentira sistemática, pero no sabemos si está dispuesto a atajar el desmadre de los gobiernos autonómicos, ni a reformar la nefasta ley electoral, ni a defender la vida, ni a trabajar por un poder judicial profesional e independiente, por una educación de calidad, por garantizar los derechos, valores y libertades de los españoles, por una administración limpia y transparente, por una ética política exigente.

El problema más grave es que los españoles van siendo engullidos por la poderosa máquina de propaganda y se alinean con mayor o menor entusiasmo en las únicas ofertas que se ofrecen. El exagerado papel de las minorías garantiza, mediante el oportuno pago, el mantenimiento de este sistema que se va destruyendo aceleradamente.

Los españoles que nos confesamos cristianos podemos hacer mucho si nos ponemos a llevar a la práctica la última encíclica del Papa, Caridad en la Verdad. Si el odio tiene un poder destructivo, el amor, caridad, es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es decir es necesaria una actitud positiva y llevarla a la práctica. «Donde haya odio ponga yo amor» es la consigna de Francisco de Asís que todos, cristianos o no, podemos seguir.

Amar es buscar activamente el bien de quien se ama. Desear el bien común. y esforzarse por él, es una exigencia de la caridad y la justicia. Trabajar por el bien común es cuidar y utilizar el conjunto de instituciones que estructuran nuestra vida social. Predicamos el amor al prójimo, pero tanto más eficazmente lo amaremos si trabajamos por un bien común que responda a sus necesidades reales.

Frente a todas las formas de relativismo, es necesario amar la verdad, defenderla, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida. Son formas exigentes e insustituibles de caridad. Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad,

El único garante de que el amor y la verdad pueden construir un mundo mejor es Dios. Si lo eliminamos de nuestras vidas fracasaremos. La historia está llena de personas, ideologías y sistemas que pretendieron ocupar el lugar de Dios y se resolvieron en opresión, dolor y fracaso. Los cristianos tenemos que ser los testigos de este Dios que nos ama en Jesús y hacerlo presente en la sociedad con nuestra conducta, nuestra palabra, nuestra acción. Su ayuda no nos faltará.

http://www.conoze.com/doc.php?doc=9187

 

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"No se oye a ningún musulmán que pida perdón por conquistar España y estar allí ocho siglos". En el Islam no hay una figura que se pueda asimilar a la del sucesor de Pedro, pero no se conoce en ninguno de los más sobresalientes teólogos islamistas ningún pensamiento que se pueda parecer al examen de conciencia, la petición del perdón por los errores propios y el propósito de enmienda. 2006-09-24

 

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La Enciclopedia francesa, vademécum de la ilustración, recordaba que Europa era un continente pequeño, pero el faro del mundo debido a su cultura, su historia, su arte y, "sobre todo", su religión{la Iglesia Católica fundada por Jesucristo - Dios nuestro}

 

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«La Historia ¬afirmaba Voltaire¬ está con frecuencia desfigurada por la fábula, hasta que alguna vez son derribados los monumentos erigidos para perpetuar la mentira».

 

 

 

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No existe la libertad absoluta; además, la libertad no es un instrumento para usarlo contra los demás, sino para favorecer a los demás y para crecer.
La prensa necesita comprender que el espacio disponible para ejercitar la libertad está limitado por el respeto a los demás, no sólo como personas, sino también a sus creencias y a su fe. El derecho a la libertad de pensamiento y expresión «no puede implicar el derecho a ofender el sentimiento religioso de los creyentes». Pero igualmente deplorables, son las reacciones violentas de protesta: «La intolerancia real o verbal, no importa de donde venga, sea como acción o como reacción, siempre es una grave amenaza a la paz».

 

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«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira» Solzhenitsyn – 1973

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Poco más tarde, en un artículo titulado «¡Rechacemos la mentira», difundido contemporáneamente a su detención, febrero de 1974, advertía Solzhenitsyn:
«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir
»
Comentando estos párrafos el argentino Luis María Sandoval apostilla: «es de recordar que Cristo Nuestro Señor no llamó al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44)» ("Cuando se rasga el telón", Speiro, 1992, pág. 220)

 

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“A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible”». «Deus caritas est» - Encíclica de Benedicto P.P. XVI - MMVI

 

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Iglesia y Estado - No se puede acusar a la Iglesia de invadir la esfera pública. El cardenal Newman escribió: «El mundo se contenta con caminar sobre la superficie de las cosas, mientras que la Iglesia busca regenerar la profundidad misma del corazón». Por eso, la Iglesia reivindica la libertad de expresar su juicio moral sobre las realidades humanas, porque su misión las abraza a todas. Si por influencia se entiende el hecho de que el magisterio de la Iglesia entra profundamente en el mismo vivir del hombre, entonces sí: la Iglesia debe estar presente. Y se trata de un bien, ya que Occidente se enfrenta a un peligro que no había conocido hasta ahora: la posibilidad de redefinir los contenidos esenciales de la misma naturaleza humana, defendiendo incluso que no existe ninguna verdad sobre el bien del hombre que no sea producto del consenso social. Pensar que debe existir una separación entre religión y vida pública, encerrando la fe en la conciencia privada de los creyentes, no es más que un residuo del pasado.
Se sostiene que, en la esfera privada, cada uno puede hacer lo que quiera, mientras que en la esfera pública valen sólo las reglas basadas en principios de justicia formal y procedimental. No estoy de acuerdo; la comunidad civil y política no se sustenta sólo en normas racionales obtenidas por consenso, sino también –y sobre todo– por una concepción compartida de una vida nueva. Negar esto es una prueba de ingenuidad. No creo que haya una sola persona que atribuya al bien humano una relevancia puramente subjetiva; existe un universo de valores morales que precede a las normas públicas. El progreso en el bien común sólo es alcanzable a través de la confrontación entre argumentos, que es algo serio si todos –la Iglesia incluida– pueden participar, y si existe la certeza de que existe una verdad acerca del bien común. Si, en lugar de esto, la condición suficiente para determinar las normas de la sociedad fuese sólo el consenso, el diálogo se convertiría en voluntad de imponer el propio punto de vista.

+ Carlo Caffarra - arzobispo de Bolonia, ITALIA. MMV. XII en una entrevista.

 

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Pedro serenamente dejó su barca en el mar de Galilea para seguir a Cristo

 

Confiados ante una Belleza

No invita este evangelio a una pasividad irresponsable y crédula, sino a una confianza operosa.

 

El Evangelio de este domingo nos debe provocar. No se trata de la provocación que humilla, sino la que nos permite despertar. Jesús, en esa larga explicación que está haciendo de las bienaventuranzas, llega a un punto particularmente desconcertante: ¿hasta cuándo te fías verdaderamente de Dios? ¿hasta qué punto crees en su mirada y en sus manos para explicar la Divina Providencia?

Toda la predicación de Jesús, hecha de signos, milagros y palabras, pasaban por la vida real, esa que tiene circunstancia, morada y edad. Unas veces serán los lirios y las flores como hoy nos relata el texto evangélico, o los pájaros y sus nidos, otras el juego de los niños en la plaza del pueblo, o la pobre viuda con su pobre e infinita limosna, o el corazón bueno que se escondía detrás de pecadores públicos como Zaqueo o la Magdalena. Sí, Jesús era un observador atento de las cosas que ocurrían, y a través de todas ellas Él leía lo que en esas páginas de la vida escribían las manos del Padre Dios.

No os agobiéis, porque hay Alguien más grande que vela por vosotros. No hagáis del dinero ni de ningún otro ídolo se llame como se llame su poder, su placer o su tener, el alia do falso de una imposible felicidad según una mezquina medida. Es entonces cuando Jesús abre la ventana de la realidad, cuya belleza inocente y gratuita nadie ha podido manchar: los lirios del campo. O las avecillas que vuelan zambullidas y seguras en el aire de la libertad. Él ha puesto en nuestra manos el talento para trabajar y en nuestro corazón la entraña de compartir con los demás.

No invita este evangelio a una pasividad irresponsable y crédula, sino a una confianza operosa. Porque cuando nos llega la prueba, el dolor físico o moral, cuando nos hacemos mil preguntas y parece que nadie es capaz de responder, ni de abrazar, ni siquiera de acompañar, nos sentimos morir de algún modo. Pero todo eso sólo tiene la penúltima palabra, por dura y difícil que sea: es sólo la palabra penúltima. Lo que en verdad genera una alegría que nadie puede arrebatarnos es la espera y la esperanza de poder escuchar la palabra final sobre las cosas, ésa que Dios mismo se ha reservado. Y entonces, como dice Jesús, ya no preguntamos más, ni nos agobiamos. Sólo damos gracias conmovidos por ver nuestro corazón lleno de la alegría para la que fue creado. Lo dice también el salmo: Dios nos quitará los lutos y sayales, para revestirnos por dentro y por fuera de danza y de fiesta. Es la confianza que se despierta ante la belleza de una Presencia como la de Dios, que se deja entrever y balbucir con mesura y discreción en los rincones de la vida que nos da.

Comentario al Evangelio del domingo octavo del tiempo ordinario (Mateo 5, 24-34).  Arzobispo Jesús Sanz Montes – 27.II.MMXI

 

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Si leemos más libros llegaremos a ser más libres: leer ensancha nuestro vivir, porque amplia nuestras vidas con la inteligencia y la sensibilidad de los demás.

 

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Un país no puede ni debe estar en manos de, mal les pese, personajes que fabrican aparentes democracias con materiales falsos. Tales personajes, que además ignoran que la legitimidad democrática no procede sólo de los votos, sino ante todo el respeto a la Constitución, del compromiso de cumplir y hacer cumplir la ley. Ley que nunca puede estar contrapuesta a la Ley natural, la Ley moral.

 

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«Una concepción  moderna del Estado de Derecho y de los derechos humanos, afirma que cualquier principio jurídico que eventualmente se reconozca en una constitución, está absolutamente subordinado a los derechos humanos.»

 

«Lo primario es reconocer que toda persona humana, por el mero hecho de ser persona, debe de ser respetado su derecho a la libertad religiosa, y sólo de manera posterior, concebir la manera en la que el Estado y las iglesias deben relacionarse.»

 

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«Aquí está la mayor paradoja del hombre. La felicidad no se alcanza en el afán de hacer lo que uno quiere, sino al contrario, olvidándose de ello, para darse a los demás. Tomás de Aquino reconduce las virtudes cardinales al amor del fin último y éste al amor de Dios, y lo hace de modo sorprendente y también paradójico. El hombre, dice el santo de Aquino, por su misma naturaleza, está ordenado a amar a Dios más que a sí mismo. De manera que cuando se ama a sí mismo sobre todas las cosas, sucede que fracasa en la realización de su ser, no se ama adecuadamente a sí mismo.»

 

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todo aclama con alegría la belleza de Dios creador

 

La ‘catolicidad’ la decretó Cristo, el ‘catolicismo’ va mucho del interés personal.

 

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Sin una considerable dosis de bondad se puede ser listo, pero no inteligente.
La bondad es una de las raíces morales de la inteligencia, que consiste en abrirse a la realidad y que la realidad penetre en nuestras mentes, y eso es bueno por definición.

 

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«Una investigación histórica, libre de prejuicios y vinculada únicamente con la documentación científica es insustituible para derrumbar las barreras entre los pueblos» (Juan Pablo II)

 

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Eusebio de Cesarea (hacia 265-340) obispo de la Iglesia Católica, teólogo e historiador  -  Comentario sobre Isaías 40; PG 24, 365-368

 

“¿Qué habéis ido a ver al desierto?” (Lc 7,24) -       “Voz del que clama en el desierto: Preparad una ruta al Señor, allanad los caminos de nuestro Dios.” (Is 40,3) Esta palabra muestra claramente que los acontecimientos profetizados no se cumplieron en Jerusalén sino en el desierto. La gloria del Señor aparecerá en el desierto. Allí todo el mundo conocerá la salvación de Dios. (cf Is 40,5) Esto es lo que aconteció realmente, literalmente cuando Juan Bautista proclamó en el desierto del Jordán que la salvación de Dios se iba a manifestar. Ahí apareció la salvación de Dios. En efecto, Cristo en su gloria se dio a conocer a todos cuando fue bautizado en el Jordán...
       El profeta hablaba de esta manera porque Dios tenía que residir en el desierto, este desierto que es inaccesible al mundo. Todas las naciones paganas eran desiertos del conocimiento de Dios, inaccesibles a los justos y a los profetas de Dios. Por esto, la voz clama para preparar el camino a la Palabra de Dios, de allanar la ruta inaccesible y pedregosa para que nuestro Dios que viene a habitar entre nosotros pueda avanzar por ella...
       “Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza tu voz con brío, mensajero de Jerusalén...” (Is 40,9) ¿Quién es esta Sión,...la que los antiguos llamaron Jerusalén?...¿No es, más bien, una manera de designar al grupo de los apóstoles, escogidos de entre el pueblo?  No es la que le tocó en herencia la salvación de Dios,...ella misma, situada en lo alto de la montaña, es decir, fundada sobre el Verbo único de Dios?  A ella encomienda...anunciar a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación.

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

 

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Pablo VI, papa desde 1963 a 1978 - Constitución apostólica «Paenitemini»

La sal de la penitencia -      Todo cristiano debe seguir al Maestro, renunciando a sí mismo, llevando su cruz y participando en los sufrimientos de Cristo (Mt 16,24). Así, transfigurado a imagen de su muerte, se vuelve capaz de meditar la gloria de la resurrección. Igualmente seguirá a su Maestro no viviendo ya más para sí, sino por aquél que le amó y se entregó a sí mismo por él como también para sus hermanos, completando «en su carne lo que falta a los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (Ga 2,20; Col 1,24).

     Además, estando la Iglesia íntimamente unida a Cristo, la penitencia de cada cristiano tiene igualmente una relación propia e íntima con toda la comunidad eclesial. En efecto, no es tan sólo a través del bautismo en el seno de la Iglesia que recibe el don fundamental de la metanoia, es decir, del cambio y renovación del hombre todo entero, sino que este don es restaurado y reafirmado por el sacramento de la penitencia en los miembros del Cuerpo de Cristo que han caído en pecado. «Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen el perdón de la ofensa hecha a Dios por la misericordia de Éste, y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que, pecando, ofendieron, la cual, con caridad, con ejemplos y con oraciones, les ayuda en su conversión» (Vaticano II: LG 11). Es, en fin, en la Iglesia que la pequeña obra de penitencia que se impone a cada penitente en el sacramento participa, de manera especial, en la expiación infinita de Cristo. +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).