Saturday 1 November 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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La lengua de la predicación y de la liturgia en Roma era el griego. Sólo al desaparecer la mayoría griega se sintió la necesidad de traducir al latín las Escrituras Sagradas, de predicar en latín y emplear finalmente el latín como lengua de la liturgia. La primera Biblia latina en Roma se remonta a la segunda mitad del siglo II.

 

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“Hablar impropiamente es el origen de las herejías. Por eso, con los herejes no debemos tener ni siquiera en común el lenguaje, para no favorecer sus errores”. ?San Jerónimo 

 

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¿ENSEÑA LA BIBLIA LA DOCTRINA

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD?

 

Lo que el autor en su libro ha escrito en forma de nota al pie de página,
en esta edición digital se encuentra entre [])

  

NOTA SOBRE LAS VERSIONES DEL TEXTO SAGRADO: A lo largo de la obra he utilizado con preferencia mi propia traducción directa del griego para el Nuevo Testamento, y del hebreo y arameo para el Antiguo. En el primer caso me he valido del Greek-English New Testament, de Nestlé y Aland, Editio XXVI, Stuttgart 1981, y en el segundo de la Biblia Hebraica Stuttgartensia, Editio Minor, Stuttgart 1984. Cito también de las versiones prestigiosas de la Biblia comunes en el mundo de habla hispana y de las propias ediciones de las sectas. Las siglas siguientes son las utilizadas en relación con las diversas traducciones de la Biblia: VNM: Versión del Nuevo Mundo o Biblia de los Testigos de Jehová; EP: La Santa Biblia, de Ediciones Paulinas; BJ: Biblia de Jerusalén; NC: Nácar Colunga;VP: Versión Popular; VM: Versión Moderna; NBE: Nueva Biblia Española; RV: Reina-Valera. Cuando no se indica referencia, la traducción es mía.

 

El que haya seguido pacientemente los dos capítulos anteriores (sobre la divinidad de Cristo y la personalidad divina del Espíritu Santo, cuya lectura supongo en el presente capítulo) seguramente habrá llegado a la conclusión de que la Trinidad es una enseñanza plenamente bíblica, además de capital para la comprensión del cristianismo. Católicos, protestantes y ortodoxos, aun separados por cuestiones teológicas de no escaso relieve, coinciden en la aceptación de la misma como verdad revelada y esencial de la fe cristiana, lo que resulta lógico.

Desearía, no obstante, y aunque sea brevemente, hacer algunas referencias a esta doctrina, no ya en los aspectos parciales de la divinidad plena del Hijo y del Espíritu Santo, sino en los de la vinculación de las tres personas en el texto bíblico. A esta cuestión, aunque sea someramente, dedicaremos las páginas siguientes.

 

l. La prefiguración de la doctrina de la Trinidad en el AT

Resulta evidente que la manifestación plena de la doctrina de la Trinidad se encuentra en el Nuevo Testamento. No obstante, el Antiguo parece contener algunas prefiguraciones de la pluralidad de personas dentro de la divinidad que fueron señaladas por los primeros cristianos y que constituyeron un auténtico quebradero de cabeza para sus oponentes judíos. Veamos alguno de estos textos: "Y Dios pasó a decir: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza... Y Dios procedió a crear al hombre a su imagen, a la imagen de Dios lo creó" (Gén 1,26-27) (VNM). "Y Jehová Dios pasó a decir: Mira que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros al conocer lo bueno y lo malo" (Gén 3,22). "Y Jehová procedió a bajar para ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres habían edificado. A continuación dijo Jehová: Mira, son un solo pueblo y hay un solo lenguaje para todos ellos, y esto es lo que comienzan a hacer. Pues ahora no hay nada que tengan pensado hacer que no les sea posible lograr. Vamos. Bajemos y confundamos allí su lenguaje para que no escuche el uno el lenguaje del otro. Por consiguiente, Jehová los esparció desde allí sobre toda la superficie de la tierra, y poco a poco dejaron de edificar la ciudad" (Gén 11,5-9) (VNM). "Y empecé a oír la voz de Jehová que decía: ¿A quién enviaremos y quién irá por nosotros? Y yo procedí a decir: Aquí estoy yo. Envíame a mí" (Is 6,8) (VNM).

 

Todos estos pasajes fueron interpretados por los primeros cristianos como prueba irrefutable de que el Antiguo Testamento ya hacía referencia a la pluralidad de personas que hay en Dios. Prueba de que fue así es que el Talmud y otros escritos teológicos judíos registran la manera en que los rabinos judíos intentaron desvirtuar su contenido para así negar la posibilidad de que Dios fuera una Trinidad. Así, por ejemplo, leemos en Gen. R., VIII, 9: "R. Simlai dijo: En todo lugar donde encontréis un texto que es utilizado por los minim [Uno de los nombres despectivos con que se califica a los cristianos (y otros herejes) en la literatura judía. El decreto contra los minim, anterior, en nuestra opinión, al año 70 d.C., implicó la excomunión generalizada de todos los judeo- cristianos que aún seguían conectados con el judaísmo.] en apoyo de sus opiniones, encontrarais la refutación al lado. Volvieron y le preguntaron: ¿Qué pasa con lo que está escrito: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza? Él contestó: Leed lo que sigue; no se dice: Y dioses creó al hombre a su imagen, sino Dios creó al hombre a su propia imagen. Cuando se hubieron marchado, sus discípulos le dijeron: Te los has quitado de encima con una tontería; ¿qué respuesta nos darás a nosotros? Él les dijo: En el pasado Adán fue creado del polvo de la tierra, y Eva fue creada de Adán. Por eso es a nuestra imagen, según nuestra semejanza; queriendo dar a entender que el hombre no puede llegar a existir sin la mujer, ni la mujer sin el hombre, ni ninguno de ellos sin la Shejinah".

 

El texto es sumamente revelador por varias razones. La primera, porque se alude al hecho de que los primeros cristianos (y al tratarse aquí de cristianos judíos debe ser una época muy temprana) creían en la Trinidad y trataban de demostrársela a los judíos apelando a textos del Antiguo Testamento como los que yo he señalado arriba. La segunda, porque queda claro que el mismo judaísmo rabínico no sabía muy bien cómo refutar a los cristianos primitivos y tenía que recurrir para ello a respuestas alambicadas. La tercera, porque pone de manifiesto que la única manera de negar la Trinidad consiste en forjar una caricatura de ella que la equipare con el politeísmo (lo que no es), exponiéndola al ridículo. Tal ha sido hasta ahora la táctica del rabinismo talmúdico, del racionalismo y del islamismo. En ninguno de los tres casos parece, sin embargo, que llegue a entenderse lo que implica este dogma.

 

Otra muestra de hasta qué grado debió impresionar al judaísmo rabínico la creencia trinitaria de los primeros cristianos la tenemos en la afirmación, contenida en los Principios de Fe del judaísmo, de que Dios es una unidad (clara contraposición a Trinidad). Debe notarse, sin embargo, que la palabra que se usa en los Principios de Fe en hebreo para decir "unidad" es yajid. Esto implica un cambio sustancial sobre el término hebreo que se utiliza al decir que Dios es uno en, por ejemplo, Dt 6,4. Allí el término empleado es ejad. ¿A qué se debe este cambio? A nuestro juicio, la idea es clara: ejad aparece en el Antiguo Testamento en multitud de ocasiones como "uno"; pero no "uno simple", sino "uno formado por varios". Citemos algunos ejemplos: "Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y tiene que adherirse a su esposa, y tienen que llegar a ser una sola carne" (Gén 2,24) (VNM). "Ahora bien, toda la tierra continuaba siendo de un solo lenguaje y de un solo conjunto de palabras" (Gén 11,1) (VNM). "Son un solo pueblo y hay un solo lenguaje para todos ellos" (Gén 11,6) (VNM). "Y haz que se acerque el uno al otro hasta formar un solo palo para ti, y realmente llegarán a ser uno solo en tu mano" (Ez 37,17).

 

En todos los casos precedentes la palabra hebrea que aparece es ejad, pero conserva la idea de "uno formado por varios": un matrimonio formado por un hombre y una mujer, una lengua que hablan varios, un solo pueblo formado por todos los hombres, etc.

 

El judaísmo poscristiano no podía negar que había referencias en el Antiguo Testamento susceptibles de servir de argumento en favor de la Trinidad (igual que de apoyar la idea de que el mesías sería un siervo sufriente) y fue reinterpretando los pasajes para evitar su utilización apologética por los cristianos primitivos. No obstante, como vimos arriba, esa reinterpretación distó mucho de ser sólida. Así, por citar sólo un ejemplo, el mismo término "Dios" en hebreo es Elohim, que significa literalmente "dioses"; y, aunque generalmente lleva el verbo en singular, en repetidas ocasiones éste va también en plural; v.gr.: Gén 20,13; 35,7, etc. No sólo eso; también en repetidas ocasiones el adjetivo calificativo que acompaña a Elohim, aunque se traduzca como singular, es plural; v.gr.: Dt 4,7, Jos 24,19, etc.

 

No es de extrañar por ello que brotes seculares de esta consciencia hayan aparecido, acá y allá, en la literatura judía de todos los tiempos como vestigios de la época en que, no habiendo aún aparecido el cristianismo, no había por qué oponerse ferozmente a la idea de la divinidad del mesías o del Dios plural. Quisiera concluir este apartado con una cita al respecto tomada del Zohar, uno de los clásicos de la literatura de espiritualidad judía:

 

"Escucha, oh Israel: Yahveh nuestro Dios, Yahveh es uno. ¿Por qué hay necesidad de mencionar el nombre de Dios en este versículo? El primer Jehová es el Padre de arriba. El segundo es la descendencia de Jesé, el mesías que vendrá de la familia de Jesé pasando por David. Y el tercero es el Camino que está debajo (es decir, el Espíritu Santo, que nos muestra el camino), y estos tres son uno".

 

Difícilmente un autor trinitaria lo hubiera podido expresar mejor.

  

2. Las referencias trinitarias en el NT

Por todo lo que hemos visto en las páginas precedentes no debería resultarnos chocante que el Nuevo Testamento una de manera repetida al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Tal conducta sería ilógica de no creer sus autores en la Trinidad, porque, ¿cuál sería la razón para justificar la presentación conjunta del Dios omnipotente, un mini-dios y una fuerza sin personalidad? No vamos a tratar este tema de manera exhaustiva, pero sí podemos ver algunos ejemplos antes de concluir este capítulo:

 

Los primeros cristianos utilizaban fórmulas trinitarias. "La bondad inmerecida del Señor Jesucristo y el amor de Dios y la participación en el Espíritu Santo estén con todos ustedes" (2Cor 13,13) (en la VNM aparece numerado por razones desconocidas como versículo 14).

 

"Pero ustedes han sido lavados, pero ustedes han sido santificados, pero ustedes han sido declarados justos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y con el espíritu de nuestro Dios" (1Cor 6,11) (VNM).

 

"Un cuerpo hay y un espíritu, así como ustedes fueron llamados en una sola esperanza a la cual fueron llamados; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que es sobre todos y por todos y en todos" (Ef 4,4-6) (VNM).

 

Aquellos primeros cristianos no se sentían avergonzados de concluir sus cartas, como la Segunda a los Corintios, con una triple invocación en la que se unían el Padre, el Hijo y el Espíritu; tampoco les avergonzaba recordar que toda la labor de salvación en su vida era fruto del Padre, del Hijo y del Espíritu, y sentían un especial orgullo al poder decir que en su vida estaba presente un solo Señor, un solo Espíritu y un solo Padre. Ésa era su experiencia vital y su fe, y jamás se les hubiera podido pasar por la cabeza que el Espíritu que movía a la Iglesia era una simple fuerza activa sin personalidad, y que el Hijo no era sino un dios, un arcángel encarnado.

 

Los primeros cristianos creían que los carismas entregados a la Iglesia procedían de la Trinidad. No era sólo el testimonio de los apóstoles lo que movía a los primeros cristianos a confirmarse en aquella fe trinitaria, sino también la propia experiencia cotidiana de vida eclesial. Existía en ellos la absoluta convicción de que su vida de fe edificada por los carismas divinos era alimentada por las tres personas de la Trinidad: "Ahora bien, hay variedades de dones, pero hay el mismo Espíritu, y hay variedades de ministerios, y sin embargo hay el mismo Señor, y hay variedades de operaciones, y sin embargo es el mismo Dios quien ejecuta todas las operaciones en todos" (1Cor 12,4-6).

 

El bautismo en el nombre de la Trinidad. A fin de cuentas, todo lo que hemos visto con anterioridad no tenía nada de extraño para los primeros cristianos. En la enseñanza de los apóstoles se había transmitido la orden dada por el propio Jesús en el sentido de que el sacramento de entrada en la comunión de los creyentes, el bautismo, se celebrara en el nombre común del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: "Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo" (Mt 28,19) (VNM).

 

Fíjese bien el lector que Jesús no atribuyó nombres distintos a cada una de las tres personas de la Trinidad, sino que enseñó la existencia de un nombre común a los tres. Pero ¿es siquiera verosímil que Dios iba a tener un nombre común con un arcángel y una fuerza que ni siquiera tiene personalidad? Resulta patente que no; como también le resultará seguramente claro al lector, tras la lectura de las evidencias bíblicas indicadas en las páginas anteriores, que la Biblia sí enseña la doctrina de la Trinidad.

  

3. Conclusión

Al autor de estas líneas, y no dice esto con petulancia, le parece que el concepto de la divinidad que aparece en el Nuevo Testamento es con mucho el más grandioso que podría captar la atención del ser humano. Frente a la grosería de los politeísmos o la frialdad del panteísmo, surge la grandeza moral del monoteísmo. Pero no se trata de un monoteísmo como el islámico (y, en buena medida, el del judaísmo), en el que Dios es un ser lejano e inaccesible a nosotros. El Nuevo Testamento enseña que ese Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, que creció como un ser humano, que conoce hasta la fibra más íntima de nuestro ser y que, por ello, hace posible que nos acerquemos a él con toda confianza (Heb 2,17-18; 4,15-16).

Este mismo Dios, lleno de amor y compasión, no retrocedió ante nada en favor nuestro, hasta el punto de verse injustamente juzgado, escarnecido, escupido, torturado, condenado y, finalmente, muerto en uno de los suplicios más terribles que ha ideado el ser humano: la cruz.

Pero la muerte no podía contener al autor de la vida (He 3,15) y, vuelto de entre los muertos, provocó entre sus discípulos una convicción más firme aún de que era su Señor y su Dios (Jn 20,28).

 

Aquello no era el final, sino casi el principio. El Espíritu Santo enviado por el Padre ha guiado desde entonces a la Iglesia redimida por la sangre del Hijo. La ha impulsado, le ha dado dones y carismas, ha intercedido por ella. La misma vida eclesial sería inconcebible sin su presencia continua.

 

Frente a estas realidades gloriosas, las sectas ofrecen un panorama que, en realidad, arranca de concepciones paganas: Jesús fue sólo un hombre o, como mucho, un arcángel, un dios. Su obra fue de mucho menos valor del que señalan las Escrituras, e incluso necesita ser enmendada por las revelaciones de los profetas o mesías de turno.

 

El Espíritu Santo es una mera fuerza, como la electricidad. Un impulso desprovisto de razón o personalidad que, en la mayoría de las teologías de las sectas, ya no actúa en medio del pueblo de Dios.

 

Puede que a alguien le resulte consoladora una visión tan patética, tan capitidisminuida, tan tergiversada del Dios de la Biblia. Al que escribe estas líneas, sin embargo, le atrae más la gloriosa realidad que sólo hemos podido ver a vuelo de pájaro en las páginas anteriores. Le convence más el Dios de amor encarnado que el arcángel enviado en sustitución de Dios a salvarnos. Le conmueve más el Dios-Espíritu Santo que intercede por él con gemidos indecibles (Rom 8,26-27) que esa fuerza activa impersonal que, a semejanza de la electricidad, ni siente ni padece y se mueve ciega y sin saber adónde la llevan. A ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sea la gloria por los siglos de los siglos.

 

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Es el primer testigo de la existencia de una Biblia Latina, a pesar de que frecuentemente traducía, de una Biblia en griego, mientras escribía. Zahn niega que Tertuliano haya poseído una traducción latina de la Biblia, sin embargo, su opinión ha sido comúnmente rechazada, ya que Santa Perpetua tenía una en Cartago en 203.

 

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Evangelio de Ntro.Señor Jesucristo según San Mateo:

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas". ?Él les dijo: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” ?Mat 16,13-15

En las palabras de Cristo y la primera respuesta de los discípulos vemos que la gente no era todavía consciente de la verdadera identidad de Aquel que iba predicando el evangelio, perdonando pecados y realizando todo tipo de milagros. A todo lo más que llegaban era a considerarle un gran profeta, un hombre de Dios. ¿Podía ser que le ocurriera lo mismo a sus discípulos? El primero (protos) de ellos contesta en nombre de todos:

Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". ?Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos".?Mat 16,16-19

En la respuesta de Pedro y las palabras consiguientes de Jesús está presente el alma de la fe católica. Pedro, iluminado por el Padre, confiesa quién es Cristo y Cristo confiesa quién es Pedro y su papel en la Iglesia. Desgraciadamente son muchos los cristianos que no aceptan las palabras de Cristo sobre Pedro, pero todos, sin excepción, aceptan las palabras de Pedro sobre Cristo, de tal manera que quien no cree en ellas no puede ser considerado como cristiano.

 

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Es posible que sea mucho más exacto traducir "consubstantialem Patri" por "consustancial al Padre" y no por "de la misma naturaleza del Padre". Esta manera de traducir el Credo se ha hecho muy común desde hace unos años (incluso en la liturgia) y creo que es un error. Yo soy "de la misma naturaleza" que tí, es decir, de naturaleza humana, pero eso no es lo que quiere decir la palabra consubstancial. La palabra refiere a una misma y única sustancia.

 

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El Dios único es la inefable y Santísima

 Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo

 

1. La Iglesia profesa su fe en el Dios único, que es al mismo tiempo Trinidad Santísima e inefable de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la Iglesia vive de esta verdad, contenida en los más antiguos Símbolos de Fe, y recordada en nuestros tiempos por Pablo VI, con ocasión del 1900 aniversario del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (1968), en el Símbolo que él mismo presentó y que se conoce universalmente como "Credo del Pueblo de Dios".

Sólo el que se nos ha querido dar a conocer y que "habitando una luz inaccesible" (1 Tim 6, 16) es en Sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada... puede darnos el conocimiento justo y pleno de Sí mismo, revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya eterna vida nosotros estamos llamados, por su gracia, a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz perpetua... (cf. Insegnamenti di Paolo VI, Vol. VI, 1968, págs. 302-303.).


2. Dios, que para nosotros es incomprensible, ha querido revelarse a Sí mismo no sólo como único creador y Padre omnipotente, sino también como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta revelación la verdad sobre Dios, que es amor, se desvela en su fuente esencial: Dios es amor en la vida interior misma de una única Divinidad.

Este amor se revela como una inefable comunión de Personas.


3. Este misterio —el más profundo: el misterio de la vida íntima de Dios mismo— nos lo ha revelado Jesucristo: "El que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Según el Evangelio de San Mateo, las últimas palabras, con las que Jesucristo concluye su misión terrena después de la resurrección, fueron dirigidas a los Apóstoles: "Id... y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"(Mt 28, 19). Estas palabras inauguraban la misión de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental y constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y bautizar —y bautizar quiere decir "sumergir" (por esto, se bautiza con agua)— en la vida trinitaria de Dios.

Jesucristo encierra en estas últimas palabras todo lo que precedentemente había enseñado sobre Dios: sobre el Padre, sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo. Efectivamente, había anunciado desde el principio la verdad sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A la pregunta: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?", Jesús había respondido: "El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor" (Mc 12, 29). Y al mismo tiempo Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a "su Padre", hasta asegurar: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10, 30). Del mismo modo había revelado también al "Espíritu de verdad, que procede del Padre" y que —aseguró— "yo os enviaré de parte del Padre" (Jn 15, 26).


4. Las palabras sobre el bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", confiadas por Jesús a los Apóstoles al concluir su misión terrena, tienen un significado particular, porque han consolidado la verdad sobre la Santísima Trinidad, poniéndola en la base de la vida sacramental de la Iglesia. La vida de fe de todos los cristianos comienza en el bautismo, con la inmersión en el misterio del Dios vivo. Lo prueban las Cartas apostólicas, ante todo las de San Pablo. Entre las fórmulas trinitarias que contienen, la más conocida y constantemente usada en la liturgia, es la que se halla en la segunda Carta a los Corintios: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros" (2Cor 13, 13). Encontramos otras en la primera Carta a los Corintios; en la de los Efesios y también en la primera Carta de San Pedro, al comienzo del primer capítulo (1 Pe 1, 1-2).

Como un reflejo, todo el desarrollo de la vida de oración de la Iglesia ha asumido una conciencia y un aliento trinitario: en el Espíritu, por Cristo, al Padre.


5. De este modo, la fe en el Dios uno y trino entró desde el principio en la Tradición de la vida de la Iglesia y de los cristianos. En consecuencia, toda la liturgia ha sido —y es— por su esencia, trinitaria, en cuanto que es expresión de la divina economía. Hay que poner de relieve que a la comprensión de este supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido la fe en la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de Cristo. Ella manifiesta la misión del Hijo y del Espíritu Santo que en el seno de la Trinidad eterna proceden "del Padre", revelando la "economía trinitaria" presente en la redención y en la santificación. La Santa Trinidad se anuncia ante todo mediante la soteriología, es decir, mediante el conocimiento de la "economía de la salvación", que Cristo anuncia y realiza en su misión mesiánica. De este conocimiento arranca el camino para el conocimiento de la Trinidad "inmanente", del misterio de la vida íntima de Dios.


6. En este sentido el Nuevo Testamento contiene la plenitud de la revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesucristo, por una parte desvela quién es Dios para el hombre y, por otra, descubre quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su vida íntima. La verdad "Dios es amor" (1 Jn 4, 16), expresada en la primera Carta de Juan, posee aquí el valor de clave de bóveda. Si por medio de ella se descubre quién es Dios para el hombre, entonces se desvela también (en cuanto es posible que la mente humana lo capte y nuestras palabras lo expresen), quién es Él en Sí mismo. Él es Unidad, es decir, Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


7. El Antiguo Testamento no reveló esta verdad de modo explícito, pero la preparó, mostrando la Paternidad de Dios en la Alianza con el Pueblo, manifestando su acción en el mundo con la Sabiduría, la Palabra y el Espíritu (Cf., por ejemplo, Sab 7, 22-30; Prov 8, 22-30; Sal 32/33, 4-6; 147, 15; Is 55, 11; Sab 12, 1; Is 11, 2; Sir 48, 12). El Antiguo Testamento principalmente consolidó ante todo en Israel y luego fuera de él la verdad sobre el Dios único, el quicio de la religión monoteísta. Se debe concluir, pues, que el Nuevo Testamento trajo la plenitud de la revelación sobre la Santa Trinidad y que la verdad trinitaria ha estado desde el principio en la raíz de la fe viva de la comunidad cristiana, por medio del bautismo y de la liturgia. Simultáneamente iban las reglas de la fe, con las que nos encontramos abundantemente tanto en las Cartas apostólicas, como en el testimonio del kerygma, de la catequesis y de la oración de la Iglesia.


8. Un tema aparte es la formación del dogma trinitario en el contexto de la defensa contra las herejías de los primeros siglos. La verdad sobre Dios uno y trino es el más profundo misterio de la fe y también el más difícil de comprender: se presentaba, pues, la posibilidad de interpretaciones equivocadas, especialmente cuando el cristianismo se puso en contacto con la cultura y la filosofía griega. Se trataba de "inscribir" correctamente el misterio del Dios trino y uno "en la terminología del ´ser´ ", es decir, de expresar de manera precisa en el lenguaje filosófico de la época los conceptos que definían inequívocamente tanto la unidad como la trinidad del Dios de nuestra Revelación.

Esto sucedió ante todo en los dos grandes Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381). El fruto del magisterio de estos Concilios es el "Credo" niceno-constantinopolitano, con el que, desde aquellos tiempos, la Iglesia expresa su fe en el Dios uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Recordando la obra de los Concilios, hay que nombrar a algunos teólogos especialmente beneméritos, sobre todo entre los Padres de la Iglesia. En el período pre-niceno citamos a Tertuliano, Cipriano, Orígenes, Ireneo, en el niceno a Atanasio y Efrén Sirio, en el anterior al Concilio de Constantinopla recordamos a Basilio Magno, Gregorio Nacianceno y Gregorio Niseno, Hilario, hasta Ambrosio, Agustín, León Magno.


9. Del siglo V proviene el llamado Símbolo atanasiano, que comienza con la palabra "Quicumque", y que constituye una especie de comentario al Símbolo niceno-constantinopolitano.

El "Credo del Pueblo de Dios" de Pablo VI confirma la fe de la Iglesia primitiva cuando proclama: "Los mutuos vínculos que constituyen eternamente las tres Personas, que son cada una el único e idéntico Ser divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces Santo, infinitamente más allá de todo lo que nosotros podemos concebir según la humana medida (cf. D.-Sch. 804)" (Insegnamenti di Paolo VI, 1968, pág. 303): realmente, ¡inefable y santísima Trinidad - único Dios! 09.X.1985

 

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EL MISTERIO DE DIOS, UNO Y TRINO

LA TRINIDAD EN PELIGRO EN EL SIGLO III


La Trinidad, ¿símbolo o realidad? Modalismo y sabelianismo

¿Bastaba que los doctores cristianos del siglo II hubiesen afirmado victoriosamente su fe y la de la Iglesia en las tres personas divinas y la hubiesen establecido con solidez en el alma de los fieles? Pensarlo sería caer en error acerca de las exigencias del espíritu humano. El hombre no sólo debe creer sino que pide además saber. Pues bien, en el siglo segundo se cree más que se sabe. Se vive la fe, más que explicársela. No hay que asombrarse, pues, si uno encuentra, acerca del Dios-Trino, explicaciones que no pudieron ser aceptadas por aquellos a quienes guiaba el verdadero sentido de la fe 16. 
La herejía capital del siglo III ha tomado, en la historia de la teología, el nombre de modalismo, o también monarquianismo y sabelianismo. ¿Qué hay que entender por estos nombres? Los «modalistas» o «monarquianos» se mueven, en su prurito de 
explicarlo todo, por la voluntad de mantener cueste lo que cueste la unidad o «monarquía» divina. Y, al mismo tiempo, porque quieren hacer obra de buenos teólogos, se dedican a poner a salvo la divinidad de Jesu-Cristo. Pero no lo consiguen más que proclamando que no hay distinción de persona entre el Padre y el Hijo, ni entre ellos y el Espíritu Santo. No existe más que un solo Dios a quien se llamó Padre en el Antiguo Testamento. Ese Dios-Padre se encarnó un día en
la Virgen María, nació de ella y, por su nacimiento temporal, se convirtió en su propio hijo, el que es 
llamado «el Hijo de Dios». En la cruz, Dios-Padre, convertido en su propio Hijo, había, pues, sufrido. Los adversarios del error caracterizan a este error «monarquiano» con el nombre de «patripacianismo», esto es: herejía del Dios-Padre que ha sufrido. Por último, es también El quien ha resucitado. A menudo se limitaba 
a hablar sólo del Padre y del Hijo, pasando en silencio al Espíritu 
Santo. 
Por haberse el Padre manifestado como Hijo y, por tanto, se decía, bajo otro modo, el error se designaba también con el nombre de «modalismo». La conclusión era ésta: el Verbo no tiene existencia propia. Tertuliano se lo echará en cara a Práxeas: para ti, el Verbo es un yo no sé qué, un «flatus vocis», una palabra. 
Los dos principales propagadores de esta herejía se llaman Práxeas, contra quien se midió Tertuliano, y Noeto, cuyo adversario fue Hipólito de Roma. Mas pronto vino a completar, si cabe decirlo así, la herejía, Sabelio. Este perfeccionará ese sistema unitarista. Pues imagina un Dios único, personal o «prosopón único» 17 y que ha desempeñado en la historia papeles distintos. La única «persona», o prosópon divino, se manifestó de diversos modos (por tanto, se mantiene modelista): como legislador en el Antiguo Testamento: es el Padre; como redentor con Jesús: es el Hijo, como santificador en la Iglesia: es el Espíritu Santo. Gracias a su «prosópon» único de tres caras, Sabelio evitaba el «patripacianismo» y no clavaba al Padre en
la cruz. Mas so pretexto de explicarla, destruía la Trinidad divina. Era necesario, 
decididamente, que a la fe se añadiese la ciencia, si no se quería consentir en la pérdida de la fe misma. 

Tertuliano contra Práxeas

El gran doctor africano del siglo lII, Tertuliano, nació hacía 150-160. Convertido en 195, cayó por desgracia en el montanismo18 en 206, y murió hacia 240-250. Entre 213 y 218 encuentra a Práxeas, a quien reprocha haber hecho una obra doblemente diabólica: al pasar en silencio al Espíritu Santo, ha desterrado todo poder profético en la Iglesia; en segundo lugar, ha crucificado al Padre.

Unidad y Trinidad. 

El gran problema con el que debe enfrentarse nuestro doctor es el de dar cuenta de dos aspectos de Dios. Es necesario, no obstante la unidad divina, admitir una Trinidad real, la existencia real en Él de tres personas. Tal es su profesión de fe: al igual que Práxeas, cree en la monarquía (unidad) divina; contra él, sostiene que hay en Dios tres personas. Y he aquí lo que explica. 
Dios, eternamente, tiene en sí una «razón» (ratio), en la cual hay una «palabra» (sermo) que es su pensamiento y su sabiduría. 
Ahora bien, cuando Dios quiso crear, su Palabra o Verbo, que es su Hijo, fue proferida. Cuando Dios quiso redimir, ese Verbo vino a
la Virgen y, nacido de ella, se llamó Jesu-Cristo. Mas, antes que apareciese el Hijo, Dios tenía su propio misterio eterno. Librémonos, dice Tertuliano, de las novedades de Práxeas. 
Comprendemos, así, la vida divina: no hay más que un solo Dios, es decir, una única substancia divina; sin embargo, en el seno de su unidad puédese descubrir un misterio (que caería en la tentación de llamar «familiar»), que organiza la unidad en Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No porque los tres sean tres por su esencia 19 (status), sino que son tres según los grados o rango (gradus) según los que se les contempla (es decir, que están jerarquizados). No son tres por la substancia, sino tres debido a sus particularidades (forma); no tres por su poder, que es único, sino tres según sus relaciones (species) propias. Así, afirmamos un solo Dios, de una 
substancia única, de una única esencia y de un poder único, pero este Dios único es trino por el rango, las particularidades y los aspectos que se descubren en Él. 

Los grados en Dios. 
¿Se quiere bajar ahora a un análisis más pormenorizado de los diversos rangos que permiten distinguir «número» en Dios? ¿Se quiere examinar el orden en que nos aparecen el Padre, el Hijo y el Espíritu? Aquí Tertuliano nos descubre sus observaciones de africano. El tímido esbozo del Verbo descubierto en la razón divina 
es abandonado. El teólogo mira a su alrededor y la tierra de África se ofrece espontáneamente como signo de Dios. Ella le permitirá explicar los «grados» que jerarquizan las tres personas. El «misterio» familiar de Dios es dejado de lado. Lo enfoca ahora al modo de San Ireneo, como el Dios fuente de vida para nosotros. La 
primera persona es el Padre, manantial de todo; la segunda es el Hijo, agente de la gracia; la tercera es el Espíritu, el que viene a vivificar nuestras almas. 


TERTULIANO: Las imágenes abundan, cantan y viven. He ahí ante todo la del fruto sabroso. Es el símbolo del Espíritu Santo; se coge en la rama (imagen del Hijo); pero nada sería ésta sin la raíz que la nutre, imagen del Padre, origen de toda vida. La raíz es el símbolo del Padre, la rama el del Hijo, y el fruto, el objeto del deseo, a causa del cual son cultivados con amor raíz y rama, es el símbolo del Espíritu Santo que nos es dado. El Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo. 
He aquí ahora, la realidad más africana de la fuente, del río y del canal de riego. Cuando se sabe lo que es la tierra tunecina desecada por el ardor del sol, estéril y árida cuando falta el agua, la comparación de Tertuliano adquiere fuerza de imagen, como antaño el versículo del salmista: 
«Dios, Dios mío eres; búscote con ansia. 
Mi espíritu de ti se halla sediento, 
y mi carne por ti vive anhelante, 
como tierra sin agua, árida y seca» (Salmo LXIII, 2). 

El agua es la bendición de los países secos. Pero la fuente no es nada, ni el río, si no hay canales de riego que vengan a captar el agua bienhechora y a verterla en la tierra abrasada: «Agua, tú eres la vida», decía Saint-Exupéry. La imagen del Padre es, pues, la fuente; el Hijo es el río que se origina en la fuente paterna; pero los 
canales de riego, he ahí el símbolo maravilloso del Espíritu dado a las almas.
Postrera imagen, por último, africana también ella. Olvidemos los daños de los ardores excesivamente prolongados del estío. En primavera y otoño el sol es el dios fecundante, que reanima a la naturaleza adormecida en invierno, muerta después de la canícula del verano. El agua ha llegado, pero sin el sol sería más perjudicial que útil. El Padre es aquí el sol. El rayo que proyecta es el Hijo. Mas el rayo, que el sol jamás deja de emitir, no es rayo vivificador para nosotros, a no ser que su aguda punta llegue a tocarnos y a calentarnos. Esa punta es el símbolo del Espíritu, que comunica calor y vida. 
Tal era la refutación que Tertuliano levantaba contra la herejía de Práxeas. La Trinidad no destruye la unidad divina, decía, sino que más bien da razón de ella. La Trinidad es el misterio del único Dios. Lejos, pues, de manifestarse bajo tres modos diversos, está constituido por una especie de «economía familiar, que le muestra 
perfectamente organizado en sí mismo. ¿Se dirá que sus explicaciones son harto poco explícitas, que le falta aliento para profundizar en el misterio? Es verdad, mas no había llegado aún la hora de acudir a escrutar, como San Agustín lo hará, las 
profundidades de Dios. Y ¿será de lamentar que, por el contrario, nos haya hablado de Dios y de las tres divinas personas con esas imágenes que cantan y viven? Reprochárselo seria inculpar, al mismo tiempo, a San Pablo y San Juan, que por su parte habían considerado al Espíritu Santo como el enviado por el Padre y el Hijo, 
para investirnos con la vida divina. 
De buena gana se le perdonarán las líneas que dirigía a Hermógenes, en las que parecía negar la eternidad del Hijo. En aquella época (hacia el año 200), su pensamiento es menos seguro. No se atreve a llamar a Dios: Padre, ni a decir que tiene un Hijo, mientras
la «Palabra» no ha venido a redimir el pecado del hombre. Si «el Hijo» es el redentor, no hay redentor, ni, por consiguiente, Hijo, más que desde el momento en que hay pecado para destruir. Una vez la «Palabra» nacida de la Virgen, cuando el Hijo se halló en el mundo, entonces Dios se pudo llamar «Padre». 
Es verdad que este texto es mucho menos preciso que la refutación de Práxeas. Pero, aun aquí, Tertuliano no negaba que Dios tuviese una «Palabra» eterna; sólo que no
la llamaba Hijo, como lo hace la Escritura, más que desde su aparición entre los hombres. Dios no podía ser llamado Padre más que a partir de dicho momento. 
Retengamos, pues, del gran teólogo de Cartago, la admirable distinción que establece en Dios: la naturaleza única y las personas distintas y el orden de su venida en el hombre divinizado: el Espíritu viene del Padre por el Hijo. Es, pues, Dios, y nos aporta la vida de Dios. Tertuliano se inscribe a la cabeza de los grandes teólogos que, gracias a sus fórmulas, han permitido hablar de Dios uno y trino sin confusión: «Hay tres personas en Dios, pero una única substancia». Mas es también un espiritual que sabe que la vida del hombre es la posesión de
la vida de Dios por el Espíritu. Así, bajo la pluma del gran Tertuliano, las imágenes se habían acumulado, ricas y abundantes, el pensamiento había hecho un noble esfuerzo. Sin embargo, quedaba por proclamar la absoluta igualdad de las personas divinas. Será la tarea, ruda, del siglo IV, al establecerla. Hay en esto una larga historia, que es necesario, 
ahora, referir.

BERNARD PÍAULT
EL MISTERIO DE DIOS, UNO Y TRINO
Edit. CASAL I VALL. ANDORRRA 1958

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16. No se crea, desde luego, que un hereje sea, en principio, alguien de mala voluntad. Es un hombre que busca y reflexiona, pero que busca y reflexiona por sí solo, es decir, dejándose guiar por filosofías humanas, en vez de buscar la luz en la fe de la Iglesia, fe y luz que Dios no niega, desde el momento en que se es fiel al Espíritu Santo viviente en la Iglesia. La regla de la fe es la Tradición, que es el organismo vivo en que se la descubre y a partir del cual es posible un nuevo avance de
la reflexión.. Se recordarán los consejos de Pablo a Timoteo (2 Tm IV, 3-5) y la regla de oro trazada por San Vicente de Lerins: «Enseña lo que aprendiste, para no 
inventar, sino para decir las cosas de una manera nueva». 
17. La palabra griega prosópon tiene ahora el sentido de «persona».
18. Montanismo, herejía de Montano, que pretendía que sólo tienen autoridad para enseñar en la Iglesia los verdaderos espirituales guiados por el Espíritu Santo. Era la primera tentativa encaminada a oponerse a la jerarquía constituida de
la Iglesia. Montano consideraba que aquélla carece de autoridad doctrinal, cuando deja de ser «espiritual». Por su parte, él se pretendía el órgano de elección por quien hablaba el Espíritu; pero todo «montanista» gozaba evidentemente de una parte de estas 
prerrogativas. 
19. Esencia o naturaleza de una cosa, lo que
la constituye. Es el equivalente práctico de la palabra substancia y naturaleza.

 

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La dimensión trinitaria, mariana y eclesiológica de la Santa Eucaristía es muy importante para las tradiciones orientales, que ven en ella la vía más segura para la esperada unidad con todos los hermanos en Cristo.

 

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Mysterium: el término es utilizado por san Pablo para indicar el designio salvífico de la Trinidad. Un designio que encuentra su origen en el amor intratrinitario entre el Padre y el Hijo en el Espíritu que quiere hacer partícipes a todos los hombres de su misma Vida; que se cumple en la Pascua de Jesucristo – muerte y resurrección – encuentro de benevolencia trinitaria y obediencia del Verbo encarnado; que da lugar al nacimiento de la Iglesia como forma mundi y que incluye la redención del cosmos[2].

Y mysterium fidei: la referencia a la fe presente en la aclamación eucarística implica el contenido de la fe de la Iglesia que se transmite de generación en generación y el acto de libertad en virtud del cual el cristiano se adhiere con toda su humanidad (razón y voluntad) a la libertad trinitaria que le sale al encuentro en el sacramento.

 

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Dos argumentos contra el protestantismo

 

A las 1:16 PM, por Daniel Iglesias  24. III. MMXIII

Los católicos creemos que todos quienes han recibido un bautismo válido (como el de las comunidades eclesiales protestantes históricas) son verdaderos cristianos, aunque no estén en perfecta comunión con la Iglesia Católica, la verdadera Iglesia de Cristo. Por ende, los protestantes son nuestros hermanos en la fe, aunque “hermanos separados”. En este artículo presentaré dos cuestionamientos a los fundamentos doctrinales de esa separación.

 

1. La definición del canon bíblico

En el contexto de la doctrina católica, el problema de la definición del canon bíblico (pese a su larga y complicada historia) admite una solución que básicamente es muy sencilla: la Iglesia fundada por Cristo y asistida por el Espíritu Santo tiene autoridad suficiente para determinar el canon bíblico, es decir para discernir cuáles libros están inspirados por Dios y cuáles no.

La Iglesia no es una mera organización humana, sino una institución divina y humana a la vez. El Espíritu Santo guía a los Pastores de la Iglesia para que ellos conduzcan a todo el Pueblo de Dios por caminos de fidelidad a la Palabra de Dios en Cristo. En esa Iglesia, por voluntad de Dios, hay diversas instancias de autoridad (los Obispos, sucesores de los apóstoles) pero hay también una autoridad última e inapelable (el Papa, sucesor de Pedro, la roca de la Iglesia). Por eso, cuando Roma habla con intención de definir una cuestión teológica, la discusión termina (1). La autoridad conferida por Cristo a Pedro y sus sucesores les permite dirimir de una vez para siempre cuestiones teológicas como la del canon bíblico.

 

En cambio, en el contexto de la doctrina protestante el problema del canon bíblico es completamente insoluble. La Biblia misma no determina el canon bíblico. Por lo tanto, dado el principio protestante de que la Biblia es la única autoridad en materia religiosa, no queda en pie autoridad alguna que pueda determinar el canon bíblico.

De hecho, los protestantes recibieron el canon bíblico (en principio) de la Iglesia Católica, aunque luego Lutero –contradictoriamente y sin fundamento válido alguno– se arrogó el derecho de modificar ese canon, quitando de la Biblia a siete libros del Antiguo Testamento.

En definitiva, para los protestantes la Biblia es un conjunto (o lista) no infalible de libros que infaliblemente transmiten la Palabra de Dios. La Carta a los Gálatas transmite infaliblemente la Palabra de Dios, pero el protestante no puede tener certeza de que esa Carta sea realmente Palabra de Dios.

La “solución protestante” del problema del canon bíblico (y de muchos otros problemas doctrinales) es demasiado “humana". Cada protestante apela directamente a la asistencia del Espíritu Santo para sostener su propia interpretación de la Sagrada Escritura, pero esas interpretaciones se contradicen entre sí. Unos protestantes creen en la validez del bautismo de los niños y otros no; unos protestantes creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y otros no; unos protestantes apoyan la legalización del aborto y otros no; y así sucesivamente, hasta el infinito… Por lo cual hoy hay decenas de miles de “iglesias” protestantes enfrentadas entre sí.

 

Pero en el problema del canon bíblico su posición es aún más débil, porque la Biblia no dice nada sobre cuál es concretamente el canon bíblico. ¿Cómo sabe el protestante que la carta a los Romanos es un libro inspirado por Dios? ¿Porque lo dice Lutero? ¿Quién dio a Lutero autoridad para decidir esa cuestión? ¿Y quién le dio autoridad para definir que los siete libros “deuterocanónicos” no son inspirados por Dios? En su rebelión contra la autoridad auténtica (de origen divino), los protestantes terminan sometidos a autoridades falsas, de origen meramente humano.

 

 

2. El fundamento del dogma de la Santísima Trinidad

Los protestantes, como los católicos, creen en la Santísima Trinidad; pero además creen en el principio protestante de la “sola Escritura” (2). Sin embargo, el dogma de la Santísima Trinidad no está enunciado explícitamente en ningún lugar de la Sagrada Escritura. Por supuesto, está contenido implícitamente en la Escritura, pero no de un modo tan evidente que no se hayan necesitado muchas intervenciones de Papas y Concilios de los primeros siglos de la era cristiana para evitar las interpretaciones erradas de la Biblia acerca de esta cuestión esencial de la fe cristiana (nada menos que nuestra noción de Dios). He aquí pues otra gran contradicción: los protestantes aceptan la doctrina de los primeros Concilios Ecuménicos (Nicea, año 325; Constantinopla I, año 381; Éfeso, año 431; Calcedonia, año 451; etc.) con respecto al dogma de la Trinidad (y también, dicho sea de paso, con respecto al dogma de la Encarnación) y niegan la autoridad de esos mismos Concilios (y todos los posteriores) sobre todos los demás temas teológicos.

 

El dogma de la Santísima Trinidad no puede ser deducido de la Sagrada Escritura de un modo tan fácil que haga innecesaria la ayuda de la Sagrada Tradición de la Iglesia para evitar los errores y herejías en ese punto fundamental. Las grandes disputas teológicas de los primeros siglos de la era cristiana sobre los dogmas de la Trinidad y la Encarnación serían totalmente inexplicables si esos dogmas pudieran deducirse muy fácilmente de la Biblia. Incluso grandes teólogos católicos ortodoxos (es decir, de doctrina verdadera) discutieron entre sí sobre estos temas, porque la terminología teológica no estaba bien definida, y así unos y otros daban significados diferentes a términos como “naturaleza” o “persona”.

En el caso de las disputas teológicas sobre la Trinidad se ve claramente que la función del Magisterio de la Iglesia no es inventar dogmas que no estaban contenidos en la Divina Revelación, sino preservar el depósito de la fe mediante interpretaciones autorizadas de la Revelación, que declaran su auténtico sentido y ayudan a toda la Iglesia a avanzar en su comprensión. El Magisterio brinda así a todo el Pueblo de Dios un servicio esencial: el servicio de la verdad.

La falta de un auténtico Magisterio de la Iglesia conduce inevitablemente a la confusión y la dispersión del Pueblo de Dios. No en vano las herejías antitrinitarias de los unitarios, los Mormones y los Testigos de Jehová surgieron y prosperaron en ambientes protestantes.

En suma, si hoy los protestantes creen que Dios es uno en naturaleza, sustancia o esencia (un solo Dios), y trino en personas, hipóstasis o subsistencias (Padre, Hijo y Espíritu Santo), eso se lo deben a la Tradición de la Iglesia Católica que, a través de todo lo que ella es y cree, transmite la verdad revelada; y a los Papas y Concilios que, con la autoridad conferida a ellos por el mismo Jesucristo, resolvieron de una vez para siempre las principales cuestiones teológicas sobre la Santísima Trinidad.

Daniel Iglesias Grèzes

Notas:

1) “Roma locuta causa finita” (“Roma ha hablado, la discusión ha terminado”) es un principio teológico, no histórico. De hecho algunas discusiones teológicas prosiguieron después de la decisión final del Papa; pero de derecho deberían haber terminado y terminaron en la perspectiva católica ortodoxa.

 

2) Ese principio (que dice que la Divina Revelación es transmitida sólo en la Sagrada Escritura, y no también en la Sagrada Tradición de la Iglesia) es claramente auto-contradictorio, porque él mismo no está contenido en la Biblia, ni implícita ni explícitamente.

http://infocatolica.com/blog/razones.php/1303240116-dos-argumentos-contra-el-prot#more19728

 

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La Trinidad, protagonista del don eucarístico

 

Protagonista del don eucarístico es la Trinidad. La encíclica profundiza este aspecto en el número 13: «el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn 10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Jn 10, 15), pero don ante todo al Padre: sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo ‘obediente hasta la muerte’ (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección». La Eucaristía, sacramento de la Pascua del Verbo encarnado, es don del Padre en cuanto es el Padre quien, en comunión perfecta con el Verbo y el Espíritu, entrega al Hijo encarnado al sacrificio de la cruz: «a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en El» (2 Cor 5, 21). Desde este punto de vista el misterio pascual de Jesucristo es obra de la benevolencia misericordiosa y gratuita de la Trinidad. Dicha benevolencia, sin embargo, no actúa en solitario sino que encuentra la cooperación del misterio de la obediencia del Hijo encarnado: he aquí la razón por la que el Santo Padre no duda en hablar de la Eucaristía como don de amor de Jesucristo al Padre. Pero en la lógica trinitaria todo don implica reciprocidad. Por esta razón a la obediencia del Hijo encarnado corresponde la sobreabundancia paterna del don de la resurrección. El Papa, citando el número 18 de la encíclica Redemptor hominis, no teme hablar de entrega paternal: come hemos dicho la muerte de Cristo es el «sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo ‘obediente hasta la muerte’ (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección» (EdE 13).

Así pues nuestra redención es el fruto de la cooperación salvífica de la benevolencia trinitaria y de la obediencia humana de Jesucristo[3]. Una obediencia que encuentra su perfección en la acogida de la nueva vida de la resurrección, don del Padre. Por esta razón la obediencia di Jesucristo es salvífica: se trata, en efecto, de la obediencia humana de una Persona divina.

El Espíritu Santo – la Persona-don como la llama Juan Pablo II en la encíclica Dominum et vivificantem 10 – es el nexo eterno y económico que vincula internamente la dinámica del don, fruto de la convergencia entre la benevolencia trinitaria y la obediencia de Jesucristo[4]. El Espíritu mantiene en unidad Padre e Hijo incluso en el momento del supremo abandono en la cruz y, al mismo tiempo, constituye el don supremo del Resucitado. En virtud de la obra del Espíritu el don del misterio pascual permanece en la historia de los hombres como don sacramental, como don eucarístico: «no queda relegado al pasado, pues ‘todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos» (EdE 11).

Un primer filón que se ofrece a la teología dogmática lo encontramos, por tanto, en la raíz trinitaria del misterio eucarístico. Dicho filón posee, además, la ventaja de permitir una elaboración de la teología eucarística a partir de la analogía de la fe con los dogmas cristológico y trinitario.

 

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El designio eterno de Dios es que los hombres participen de su vida trinitaria: a través de Jesucristo, en el Espíritu Santo, el hombre llega al Padre. La Paternidad de Dios no representa un hecho sentimental; es, más bien, una realidad que transfigura al hombre introduciéndolo en la intimidad de su familia trinitaria. Los cristianos « participan de la naturaleza divina » (2 Pe 1,4) ya que, como lo afirma la Carta a los Efesios, « por él llegamos al Padre en un mismo Espíritu » (cf. Ef 2,18). Ser santos significa participar de la naturaleza de Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Así pues los cristianos se convierten en « conciudadanos del pueblo de los santos: son de la casa de Dios » (cf. Ef 2,19). El designio eterno de Dios consiste, por tanto, en « recapitular en Cristo todas las cosas »; desde antes de la creación « eligió » a los hombres para que estuvieran en comunión con Él, reuniéndolos en su Hijo encarnado: « Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya... Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. » (Ef 1,3-6.9-10).

 

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Jesús, antes de entregarse a sí mismo para la salvación del mundo, ruega al Padre para que todos sean una cosa sola, indicando como paradigma de esta unidad su eterna relación filial: « como Tú, Padre, estás en Mí, y Yo en Ti, sean también uno en nosotros... Así seré yo en ellos y tú en mí, y alcanzarán la perfección en esta unidad. Entonces el mundo reconocerá que tú me has enviado y que yo los he amado como tú me amas a mí » (17,21.23). Todo el empeño de Dios en el mundo tiene este fin: que los hombres participen de la vida divina que es amor perfecto, reciprocidad perfecta de entrega entre Padre y Hijo en el Espíritu Santo. El Padre creó a cada hombre, envió a su Hijo unigénito y al Espíritu para que cada cual fuera introducido en la vida divina y viviera en comunión con todos.

La Iglesia, que nace del sacrificio de Cristo y de la efusión del Espíritu, no tiene otro fin sino el de hacer posible la « comunión » de los hombres, abrir la vida trinitaria a toda la humanidad. Así pues, ya que la vida divina es vida trinitaria (comunional), la Iglesia es el « sacramento » que permite a los hombre salvarse como miembros de la única familia de Dios.

S. Pablo escribe: « Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un único cuerpo », (1 Co 12,13; cf. Ef 4,4). En efecto, el Espíritu es principio de comunión porque es la expresión personificada del Ágape (Amor) divino que por su naturaleza une: « El amor de Dios ya fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dio » (Rom 5,5). Él es principio de unidad y de comunión porque la unidad de la Iglesia es gracia y don de Dios: llegando a ser una sola cosa con Cristo se constituye la Iglesia, realización del designio eterno de Dios. Jesús se hizo carne, murió y resucitó para que se realizara esta unidad, para que los hombres, destruidos por el pecado, volvieran a la unidad con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (cf. Ef 2,11-22).

 

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El tema "El obispo: servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo" es de trascendencia apremiante para la familia. La Comunión Trinitaria manifestada por el Obispo para la unidad de las Iglesias particulares tiene un significado especial para la familia cristiana. La espiritualidad de la Comunión Trinitaria tiene fundamento ontológico. Una de las aportaciones más importantes de Familiaris Consortio es el énfasis puesto en la Comunión Trinitaria como principio fundador de la vida y la estructura familiares. La conciencia del carácter trinitario de la familia nos permite entender más claramente el papel de la familia como Iglesia doméstica, según lo que prevé la nueva Evangelización. Si la familia tiene que ser consciente de su realidad eclesial de una forma más plena y concreta, la Familia Cristiana va a exigir mayor comunión y solidaridad con el Obispo. Entonces, la pregunta es: ¿puede, el Obispo, manifestar la Comunión Trinitaria con la Iglesia doméstica de una forma semejante a su manifestación de la Comunión Trinitaria con las Iglesias particulares y la Iglesia universal? La realidad ontológica de la Comunión Trinitaria que subyace en todas las relaciones humanas (en especial, las familiares) aclara mejor de qué forma las asociaciones, como los Caballeros de Colón, que combinan la preocupación por la vida familiar con el cuidado de su seguridad financiera, y ayudan a los laicos a llevar a cabo su misión para renovar la sociedad, son estructuras de mediación que pueden ayudar a los laicos a realizar su misión en la vida cotidiana de las parroquias si trabajan de forma solidaria con el Obispo.

 

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La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida.

La justificación, como la conversión, presenta dos aspectos. Bajo la moción de la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo Alto.

La justificación entraña la remisión de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior.

La justificación nos fue merecida por la Pasión de Cristo. Nos es concedida mediante el Bautismo. Nos conforma con la justicia de Dios que nos hace justos. Tiene como finalidad la gloria de Dios y de Cristo y el don de la vida eterna. Es la obra más excelente de la misericordia de Dios.

La gracia es el auxilio que Dios nos da para responder a nuestra vocación de llegar a ser sus hijos adoptivos. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria.

La iniciativa divina en la obra de la gracia previene, prepara y suscita la respuesta libre del hombre. La gracia responde a las aspiraciones profundas de la libertad humana; y la llama a cooperar con ella, y la perfecciona.

La gracia santificante es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para curarla del pecado y santificarla.

La gracia santificante nos hace ‘agradables a Dios’. Los carismas, que son gracias especiales del Espíritu Santo, están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Dios actúa así mediante gracias actuales múltiples que se distinguen de la gracia habitual, que es permanente en nosotros.”

El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios sino como consecuencia del libre designio divino de asociarlo a la obra de su gracia. El mérito pertenece a la gracia de Dios en primer lugar, y a la colaboración del hombre en segundo lugar. El mérito del hombre retorna a Dios.

La gracia del Espíritu Santo, en virtud de nuestra filiación adoptiva, puede conferirnos un verdadero mérito según la justicia gratuita de Dios. La caridad es en nosotros la principal fuente de mérito ante Dios.

Nadie puede merecer la gracia primera que constituye el inicio de la conversión. Bajo la moción del Espíritu Santo podemos merecer en favor nuestro y de los demás todas las gracias útiles para llegar a la vida eterna, como también los necesarios bienes temporales.”

‘Todos los fieles... son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad’ (LG 40). ‘La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite’ (San Gregorio de Nisa, v. Mos.).

‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame’ (Mt 16, 24).

 

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El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios (cf Mt 4, 17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn 3, 2; 1 Co 13, 12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25, 21. 23); la entrada en el Descanso de Dios (Hb 4, 7-11):

Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín, civ. 22, 30).

Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn 17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.

Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, ‘nadie verá a Dios y seguirá viviendo’, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... ‘porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios’. (S. Ireneo, haer. 4, 20, 5).

La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:

El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje ‘instintivo’ la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración. (Newman, mix. 5, sobre la santidad).

El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf la parábola del sembrador: Mt 13, 3-23).

 

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- Con la expresión "modalismo» se califica a la doctrina trinitaria que se afirmó en el siglo II, según la cual el único Dios se nos manifiesta de " modos » diversos: como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo, Esta orientación de pensamiento encontró una amplia difusión incluso en los ambientes oficiales, ya que protegía al mismo tiempo la unidad de Dios y la divinidad de Cristo. Los modalistas creían que podían salvar la unidad de Dios solamente rechazando una verdadera distinción entre el Padre y el Hijo.

Sirvió para allanar el camino a esta concepción la falta de distinción entre los conceptos de naturaleza y de persona, pero también el hecho de que el título de "Padre», antes de convertirse en el nombre «propio» de una persona divina (el Padre de Jesucristo), en el lenguaje religioso común y dentro del cristianismo del siglo II constituía un sinónimo de «Dios», atributo de la naturaleza divina.

Fue Noeto de Esmirna el que difundió el pensamiento modalista (final del siglo V). Para él, «Cristo es el Padre: el Padre es el que se encarnó, sufrió y murió» (Hipólito, Contra Noetum 1).

Con esta concepción modalista o patripasiana (el Padre que sufre) se unió una cristología de tipo pneumático, que distinguía entre Jesús (Hijo) y Cristo (Padrel. Como nos confirma Tertuliano en el Adversus Praxeam (27, 1), los modalistas «distinguen ciertamente, aunque siempre dentro de una única persona, al uno y al otro, al Padre y al Hijo´ diciendo que el Hijo es la carne, o sea, el hombre, o sea Jesús: mientras que el Padre es el Espíritu, o sea Dios, o sea Cristo". Se trataba evidentemente de una distinción de naturaleza, no de persona.

Noeto fue condenado por los presbíteros de la ciudad de Esmirna, pero encontró un discípulo, Epígono, que propagó su doctrina en Roma. Por su parte Tertuliano, en su Adversus Praxeam (por el año 213), combatió el modalismo de este personaje desconocido llegando a precisar con claridad unos términos y ~ unos conceptos que adquirió de esta manera la especulación teológica occidental («persona)", «substantia», «trinitas"...).

L. Padovese

Bibl.: S. del Cura Elena, Modalismo, en DCDT 916-922: M. Simonetti, Praxeas, en DPAC, 11, 1828: J M. Rovira Belloso, La humanidad de Dios, Secretariado Trinitario, Salamanca 1986: A, Orbe, Introducción a la teología de los siglos 11 y 111 Sígueme, Salamanca 1988.

 

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Modalismo - Herejía del siglo III, según la cual en Dios sólo hay una persona como una es también su naturaleza: los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo no son otra cosa sino aspectos diversos del Dios único, esto es, son modos de considerar a Dios en sus operaciones ad extra: como la creación, la encarnación, la efusión de la gracia. No existe, por tanto, Trinidad en Dios sino "monarquía" (de donde se le da también el nombre de monarquismo); y cuando decimos que el Hijo de Dios se encarnó y que sufrió pasión y muerte, es una simple manera de hablar, puesto que, en realidad, fue el mismo Padre quien sufrió y se encarnó y murió en la cruz (de donde también se les da el nombre de patripasianos). Los primeros padres de esta herejía parece ser que fueron Praxeas y Noeto, de primeros del siglo III, contra los que escribieron Tertuliano (Adversus Praxeam) e Hipólito romano (Contra Noetum); otros defensores de la herejía fueron, en Roma, Epígono, Cleomenes y Sabelio; del nombre de este último se llamó sabeliana a la secta modalista y duró hasta el siglo V combatida por Eusebio de Cesarea (Contra Marcellum y De ecclesiastica theologia) y por san Hilario de Poitiers (De Trinitate).

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La herejía modalista fue difundida principalmente por Noeto de Esmirna, Epígono, Cleómenes, Praxeas y Sabelio. Rechazaron éstos –aunque diferenciados por matices propios- el dogma Trinitario, por considerar que la misma ponía en peligro la unidad de Dios. En general, y para salvar tal dificultad, sostuvieron que Dios era una única Persona Divina pero que actuaba de diversos ‘modos’ o ‘funciones’ para hacerse conocer por el hombre y salvarlo. Noeto de Esmirna, quien predicó principalmente por Asia Menor, acusó a la Iglesia de ‘dietismo’, atento entendía que ella defendía la existencia de una divinidad doble, la del Padre y la del Hijo, lo que motivó que en el año 200 fuera excomulgado de la Iglesia de Esmirna. Praxeas, solía ufanarse de haber confesado su fe en tiempos de persecución. En el período en que residió en Cartago tuvo en Tertuliano un implacable adversario, al punto tal que escribió contra Praxeas la notable obra ‘Adversus Praxeam’.


 Como fruto de su sólida y abrumadora argumentación, impulsó a Praxeas a retractarse. Dentro de esta corriente, en el s. III surgieron dos nuevos líderes del modalismo, Cleómenes y Sabelio de Ptolemaida. Sin duda alguna, sobresalió la figura de éste último atento que fue quien renovó las ideas de sus antecesores. Influenciado por el monoteísmo riguroso propugnado por los judíos, consideraba a Dios como una sustancia individual y universal, eterna y espiritual (o mónada) que se manifestaba en tres operaciones diversas: como Padre creó el mundo, como Hijo fue su redentor y como Espíritu Santo obraba en su santificación. Sus ideas hacían emanar de la unidad silenciosa, tranquila y absoluta de Dios, el alma de Cristo, el Espíritu Santo y por último, el alma del hombre y de todo el universo. Estas doctrinas alcanzaron un nivel tan inusitado de aceptación que todo tipo de monarquianismo fue designada en adelante bajo el nombre de ‘sabelianismo’. Combatida la herejía por Tertuliano, Eusebio de Cesarea, San Hipólito y San Hilario de Poitiers, el modalismo fue condenado por los papas San Calixto ( (218-222), San Dionisio (259-268) y San Felipe I (269-274), para luego languidecer en el s. V.

Agradecemos al autor - Mercaba.org 

 

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La comunión escatológica del hombre con Dios

 

1. "En la resurrección... ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como ángeles en el cielo" (Mt 22, 30; análogamente Mc 12, 25); "... son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección" (Lc 20, 36).

La comunión (communio) escatológica del hombre con Dios, constituida gracias al amor de una perfecta unión, estará alimentada por la visión "cara a cara": la contemplación de esa comunión más perfecta, puramente divina, que es la comunión trinitaria de las Personas divinas en la unidad de la misma divinidad.


2. Las palabras de Cristo, referidas por los evangelios sinópticos, nos permiten deducir que los que participen del "otro mundo" conservarán —en esta unión con el Dios vivo, que brota de la visión beatífica de su unidad y comunión trinitaria— no sólo su auténtica subjetividad, sino que la adquirirán en medida mucho más perfecta que en la vida terrena. Así quedará confirmada, además, la ley del orden integral de la persona, según el cual la perfección de la comunión no sólo está condicionada por la perfección o madurez espiritual del sujeto, sino también, a su vez, la determina. Los que participarán en el "mundo futuro", esto es, en la perfecta comunión con el Dios vivo, gozarán de una subjetividad perfectamente madura. Si en esta perfecta subjetividad, aún conservando en su cuerpo resucitado, es decir, glorioso, la masculinidad y la feminidad, "no tomarán mujer ni marido", esto se explica no sólo porque ha terminado la historia, sino también y sobre todo por la "autenticidad escatológica" de la respuesta a esa "comunicación" del Sujeto Divino, que constituirá la experiencia beatificante del don de sí mismo por parte de Dios, absolutamente superior a toda experiencia propia de la vida terrena.


3. El recíproco don de sí mismo a Dios —don en el que el hombre concentrará y expresará todas las energías de la propia subjetividad personal y, a la vez, sicosomática— será la respuesta al don de sí mismo por parte de Dios al hombre [1]. En este recíproco don de sí mismo por parte del hombre, don que se convertirá, hasta el fondo y definitivamente, en beatificante, como respuesta digna de un sujeto personal al don de sí por parte de Dios, la "virginidad", o mejor, el estado virginal del cuerpo se manifestará plenamente como cumplimiento escatológico del significado "esponsalicio" del cuerpo, como el signo específico y la expresión auténtica de toda la subjetividad personal. Así, pues, esa situación escatológica en la que "no tomarán mujer ni marido", tiene su fundamento sólido en el estado futuro del sujeto personal, cuando después de la visión de Dios "cara a cara", nacerá en él un amor de tal profundidad y fuerza de concentración en Dios mismo, que absorberá completamente toda su subjetividad sicosomática.


4. Esta concentración del conocimiento ("visión") y del amor en Dios mismo —concentración que no puede ser sino la plena participación en la vida íntima de Dios, esto es, en la misma realidad Trinitaria— será, al mismo tiempo, el descubrimiento, en Dios, de todo el "mundo" de las relaciones constitutivas de su orden perenne ("cosmos"). Esta concentración será, sobre todo, del descubrimiento de sí por parte del hombre, no sólo en la profundidad de la propia persona, sino también en la unión que es propia del mundo de las personas en su constitución sicosomática. Ciertamente, ésta es una unión de comunión. La concentración del conocimiento y del amor sobre Dios mismo en la comunión trinitaria de las personas puede encontrar una respuesta beatificante en los que llevarán a ser partícipes del "otro mundo" únicamente a través de la realización de la comunión recíproca proporcionada a personas creadas. Y por esto profesamos la fe en la "comunión de los Santos" (communio sanctorum), y la profesamos en conexión orgánica con la fe en la "resurrección de los muertos". Las palabras con las que Cristo afirma que en el "otro mundo... no tomarán mujer ni marido", constituyen la base de estos contenidos de nuestra fe y al mismo tiempo requieren una adecuada interpretación precisamente a la luz de la fe. Debemos pensar en la realidad del "otro mundo" con las categorías del descubrimiento de una nueva, perfecta subjetividad de cada uno y, a la vez, del descubrimiento de una nueva, perfecta intersubjetividad de todos. Así, esta realidad significa el verdadero y definitivo cumplimiento de la subjetividad humana y sobre esta base la definitiva realización del significado "esponsalicio" del cuerpo. La total concentración de la subjetividad creada, redimida y glorificada en Dios mismo no apartará al hombre de esta realización, sino que, por el contrario, lo introducirá y lo consolidará en ella. Finalmente, se puede decir que así la realidad escatológica se convertirá en fuente de la perfecta realización del "orden trinitario" en el mundo creado de las personas.


5. Las palabras con las que Cristo se remite a la resurrección futura —palabras confirmadas de modo singular por su resurrección— completan lo que en las reflexiones precedentes solíamos llamar "revelación del cuerpo". Esta revelación penetra de algún modo en el corazón mismo de la realidad que experimentamos, y esta realidad es, sobre todo, el hombre, su cuerpo, el cuerpo del hombre "histórico". A la vez, esta revelación nos permite sobrepasar la esfera de esta experiencia en dos direcciones. Ante todo, en la dirección de ese "principio", al que Cristo hace referencia en su conversación con los fariseos respecto a la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19, 3-9); en segundo lugar, en la dirección del "otro mundo", sobre el que el Maestro llama la atención de sus oyentes en presencia de los saduceos, que "niegan la resurrección" (Mt 22, 23). Estas dos "aplicaciones de la esfera" de la experiencia del cuerpo (si así se puede decir) no son completamente accesibles a nuestra comprensión (obviamente teológica) del cuerpo. Lo que es el cuerpo humano en el ámbito de la experiencia histórica del hombre, no queda totalmente anulado por esas dos dimensiones de su existencia, reveladas mediante la palabra de Cristo.


6. Es claro que aquí se trata no tanto del "cuerpo" en abstracto, sino del hombre que es a la vez espiritual y corpóreo. Prosiguiendo en las dos direcciones indicadas por la palabra de Cristo, y volviendo a la consideración de la experiencia del cuerpo en la dimensión de nuestra existencia terrena (por lo tanto, en la dimensión histórica), podemos hacer una cierta reconstrucción teológica de lo que habría podido ser la experiencia del cuerpo según el "principio" revelado del hombre, y también de lo que él será en la dimensión del "otro mundo". La posibilidad de esta reconstrucción, que amplía nuestra experiencia del hombre-cuerpo, indica, al menos indirectamente, la coherencia de la imagen teológica del hombre en estas tres dimensiones, que concurren juntamente a la constitución de la teología del cuerpo.

Al interrumpir por hoy las reflexiones sobre este tema, os invito a dirigir vuestros pensamientos a los días santos del Adviento que estamos viviendo. 16.XII.1981


Notas

[1] "En la concepción bíblica, se trata de una inmortalidad "dialogística" (resurrección); es decir, la inmortalidad no resulta simplemente del no poder morir de lo indivisible, sino de la acción salvadora del amante que tiene poder para hacer inmortal. El hombre no puede, por tanto, perecer totalmente, porque es conocido y amado por Dios. Si todo amor quiere eternidad, el amor de Dios no sólo quiere, sino que opera y es inmortalidad... Puesto que la inmortalidad en el pensamiento bíblico no procede del propio poder de lo indestructible en sí mismo, sino del hecho de haber entrado en diálogo con el Creador, debe llamarse resurrección (en sentido pasivo)..." (J. Ratzinger, "Resurrección de la carne - aspecto teológico", en Sacramentum Mundi vol. VI, Barcelona-ESPAÑA, 1976, edit. Herder, págs. 74-75).

 

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Hoy, fiesta de la Trinidad, la celebración litúrgica nos invita a recordar con especial espíritu de fe el hecho de que María en la Anunciación fue introducida de modo singular al misterio de la revelación y de la vida trinitaria. El ángel anuncia a María que el Señor está con Ella, porque Dios la ha colmado de gracia, de la plenitud del don de la vida divina. Junto con tal saludo se le revela la obra del Espíritu Santo que descenderá sobre Ella y la cubrirá con su sombra (Lc 1, 35). En la Anunciación María comprende el misterio de la encarnación del Hijo de Dios: Aquel que nacerá de Ella es el Verbo de Dios, que se ha hecho carne en Ella (cf. Jn 1, 14). En el signo salvífico de la Santísima Trinidad el don de la encarnación constituye, por tanto, el vértice y el centro de toda la revelación que Dios ha querido hacer de Sí mismo al hombre, y el vértice de la donación salvífica que Dios hace de Sí y de su vida por nuestra salvación. En Cristo, efectivamente, Dios nos ha comunicado la palabra definitiva de su verdad: "Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15); y en Cristo se ha cumplido la promesa de la redención.

2. Participando de este misterio de Dios Uno y Trino, María se hace instrumento de gracia destinado a traer la salvación, por obra de Jesús, a toda la humanidad. La "gracia", que tiene su fuente en la vida trinitaria, se le da a María en plenitud, y en virtud de este privilegio María se convierte para nosotros en "Madre en el orden de la gracia" (Lumen gentium, 61).

Con estos pensamientos, he contemplado el dulcísimo rostro de la "Virgen de las Gracias", que el conocido pintor Matteo di Giovanni, movido por sentimientos de fe y de amor, ha pintado estupendamente en el cuadro que se custodia en esta catedral desde hace siglos, y que la población venera como icono milagroso, como punto de referencia de la piedad y de la fe.

 

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EL ROSARIO DE BENEDICTO XVI

 

En el libro en el libro “Dios y el Mundo: Cardenal Joseph Ratzinger, Una conversación con Peter Seewalad", el peridodista pregunta al hoy papa Benedicto XVI: ¿Reza usted el rosario de alguna forma especial? (pag. 300). Responde el entonces cardenal Joseph Ratzinger: «Lo rezo con gran sencillez, igual que lo hacían mis padres. A los dos les encantaba el rosario. Y mucho más a medida que envejecían. Cuando más envejece uno, menos esfuerzos intelectuales puede hacer, y más necesita un refugio interno y adentrase en la oración de la Iglesia. Así que yo lo rezo como lo rezaban ellos»

 Pocos párrafos más arriba se había referido Benedicto XVI decía que esta oración a María «los misterios de la vida de Jesucristo ensartados a modo de las perlas de un collar…afectan al que reza de una forma meditativa, en la que la repetición tranquiliza al alma, y aferrarse a la palabra, sobre todo a la figura de María y a las imágenes de Cristo que pasan ante uno mientras tanto, sosiega y libera  el alma y le concede una visión de Dios» (pág. 299) 

 

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la creación refleja la bondad de Dios, siempre

 

San Policarpo (69-155) obispo y mártir en la naciente Iglesia Católica
Carta a los Filipenses; SC 10, pag. 214-217; 221

 

“Igual que me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros.” (Jn 15,20)


Hermanos míos, permanezcamos siempre sólidamente unidos a nuestra esperanza y a la prenda de nuestra justificación, a Cristo Jesús... Imitemos su paciencia y si padecemos por causa de su nombre, démosle gracias. Este es el modelo de vida que él nos ha presentado y en el que nosotros hemos creído.
       Os exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia y a perseverar en la paciencia que habéis contemplado con vuestros propios ojos, no únicamente en el bienaventurado Ignacio, Zósimo y Rufus, sino también en otros miembros de vuestra comunidad, y en Pablo mismo y los otros apóstoles. Estad convencidos de que todos estos no han corrido en vano sino animados por la fe y la justicia y que ahora están junto al Señor, en el lugar que él les había prometido por haber sufrido con él. No amaron “el tiempo presente” (2Tim 4,10) sino a Cristo que murió por ellos y que Dios resucitó para ellos...
       Que Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el Sumo Sacerdote eterno, el Hijo de Dios, Jesucristo, os haga crecer en la fe y en la verdad, en toda dulzura y sin cólera, en paciencia y longanimidad, perseverancia y castidad. Que os conceda tener parte en la herencia de los santos y a nosotros juntamente con vosotros y a todos los que viven bajo el cielo y creen en Nuestro Señor Jesucristo y en su Padre que lo ha resucitado de entre los muertos. Orad por todos los santos. Pedid por los reyes y autoridades, orad por los que os persiguen y os odian y por los enemigos de
la cruz. Así el fruto de vuestra vida será visible a todos y seréis perfectos en el Señor Jesucristo.

 

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labores dejó atrás Pedro para seguir a Cristo en la barca de la Iglesia

 

Debemos practicar la caridad fraterna según el ejemplo de Cristo 

"Nada nos anima tanto al amor de los enemigos, en el que consiste la perfección de la caridad fraterna, como la grata consideración de aquella admirable paciencia con la que aquel que era «el más bello de los hombres», entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió aquellos ojos, cuyo parpadear rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos; aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas; aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos; con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, sin dejar de mantenerse en todo momento suave, manso y tranquilo. En resumen, como cordero fue llevado al matadero, como una oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.


¿Habrá alguien que al escuchar aquella frase admirable, llena de dulzura, de caridad, de inmutable serenidad: «Padre, perdónalos», no se apresure a abrazar con toda su alma a sus enemigos? «Padre», dijo, «perdónalos». ¿Quedaba algo más de mansedumbre o de caridad que pudiera añadirse a esta petición?

Sin embargo, se lo añadió. Era poco interceder; quiso también excusarlos. «Padre», dijo, «perdónalos, porque no saben lo que hacen». Son desde luego grandes pecadores, pero muy poco perspicaces; por tanto, Padre, perdónalos. Crucifican; pero no saben a quién crucifican, porque «si lo hubieran sabido, nunca hubiesen crucificado al Señor de la gloria»; por eso, «Padre, perdónalos». Piensan que se trata de un prevaricador de la ley, de alguien que se cree presuntuosamente Dios, de un seductor del pueblo. Pero yo les había escondido mi rostro, y no pudieron conocer mi Majestad; por ello, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

En consecuencia, para que el hombre se ame rectamente a sí mismo, procure no dejarse corromper por ningún atractivo mundano. Pero para no sucumbir ante semejantes inclinaciones, trate de orientar todos sus afectos hacia la suavidad de la naturaleza humana del Señor. Luego, para sentirse serenado más perfecta y suavemente con los atractivos de la caridad fraterna, trate de abrazar también a sus enemigos con un verdadero amor.

Pero para que este fuego divino no se debilite ante las injurias, considere siempre con los ojos de la mente la serena paciencia de su amado Señor y Salvador."

De la obra Espejo de caridad, del beato Aelredo, abad (Libr. 3, 5: PL 195, 582)

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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† Con Jesús, ofrezcamos el Reino, ofrezcamos la Buena Noticia, ofrezcamos el perdón...   

 

 

 

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).