Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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 La Edad Media guarda numerosas sorpresas a todo el que desea correr la aventura de adentrarse por sus intimidades.


914: El monarca leonés García I muere tras ser herido en Arnedo y le sucede Ordoño II.

 

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1285, el 10 de mayo en España, las tropas musulmanas de Ayyad Al-Asseni atacan el castillo de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), matando un buen número de pobladores cristianos, sin conseguir su conquista

 

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Durante todo el medioevo, frente a tantas dificultades no cesó de proclamar desde cimas de sus Catedrales –severas y brillantes-, lo que dice el apóstol san Pablo. "Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 23). Pero los cristianos no exaltan una cruz cualquiera, sino la cruz que Jesús santificó con su sacrificio, fruto y testimonio de inmenso amor. Cristo en la cruz derramó toda su sangre para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, de signo de maldición la cruz se ha transformado en signo de bendición, de símbolo de muerte en símbolo por excelencia del Amor que vence el odio y la violencia y engendra la vida inmortal. "O Crux, ave spes unica!", "¡Oh cruz, única esperanza!". Así canta la liturgia.

 

Siglos de luz y esplendor, siglos de avances y progresos, siglos de perplejidades y confusiones; como todos los largos periodos, siglos de nieblas densas y ruidos de armas. Señores feudales con sus mesnadas guerreras. Castillos defensores con puentes levadizas y celadas astutas por las encrucijadas de los caminos. Invasión de los bárbaros, en una palabra, que ha preparado este precario estado de cosas y ha liquidado una cultura decadente y cansada. Brilla ahora mucho más el ejercicio de las armas que el conocer la cultura clásica. Y entre los nobles llega a ser un timbre de gloria el ser analfabeto: "El señor no firma porque es noble", terminan algunos documentos del tiempo.

 

 Pero la ciencia no ha desaparecido. Se ha refugiado en los monasterios. La Iglesia, por los monjes sobre todo, es la gran y única educadora de los pueblos. Clérigo y letrado, son ahora palabras sinónimas. Para penetrar, pues, bien la Edad Media es preciso conocer también la vida apretada y fecunda de los monasterios. Entrar en ellas con el ánimo purificado y sereno, dócil y abierto a toda sugerencia. Descalzarse, previamente, de toda predisposición a lo complicado y vertiginoso, a las velocidades supersónicas y a las carreras contra reloj. Para sorprender mejor a aquellos hombres, enjambres de Dios elaborando, en, sus celdas, la miel dulcísima de las ciencias del espíritu para el bien de las almas, progreso de la humanidad y búsqueda de una felicidad radicada en el diálogo entre el alma y Dios.

 

 

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P: Di como fecha “fundacional” de España la muerte de Fernando el Católico. Al morir sin hijos. Juana I era la reina del conjunto llamado España. Me lo negaron, me dijeron de todo.... En su faceta de historiador.... ¿Qué fecha pondría como la fundacional de España? ¿Cuál sugiere usted?

R: No es fácil. De entrada yo creo que la mayoría de las naciones tan antiguas como España no pueden señalar ese hecho como pueden hacerlo, por ejemplo, Estados Unidos o Argentina. Desde luego, la Hispania a la que se refirieron los romanos, San Pablo o Alfonso III de León fue muy anterior al s. XV.

P: ¿Cuándo apareció Hispania o España en el mundo?

R: Como mínimo estamos hablando del s. III a. de C. y eso sobre la base de que no aceptemos ese genérico en textos que pudieran incluirlo. Por ej
emplo: el libro del profeta Jonás en torno al s. VIII a. de C.

Dr. César VIDAL-historiador y filósofo. 2002.10.01 L.D. ESP.

 

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Don Pío Moa, en efecto, está en perfecta sintonía con lo que, respecto a los judíos *definitivamente* salidos de España, arrojan ahora los más solventes estudios, una vez abandonados los mohosos aspavientos leyendanegristas:

 

 

 

"Las cifras conjeturadas del exilio sefardí se hallan en franco descenso. Kamen proponía en su edición de 1966 un número de entre 165.000 y 400.000 judíos emigrados; hoy sostiene que no debieron de irse más de 40.000 (descontados los que retornaron). Yitzhak Baer y Joseph Pérez también incurrieron en su día en exageración cuando calculaban el número de exiliados en 150.000 y ´menos de 200.000´ respectivamente. Por otra parte, Béatrice Leroy (´Expulsion des juifs d’Espagne´, 1990) señala que fueron un tercio al menos los que regresaron a España tras aceptar el bautismo, lo que desmiente un tanto el supuesto terror que les debía de infundir la Inquisición".

 

(GARCÍA OLMO, Miguel Ángel, "´¡Oh desdichada España!´... La Leyenda Negra cinco siglos después", en "Humanidades para un siglo incierto", UCAM, Murcia, 2003, nota 39)

 

 

 

Expulsión de los judíos, Inquisición, nazismo y racismo.

 

 

 

*Blog: Considerada junto con sus imprescindibles derivaciones de implantación de la Inquisición y confesionalidad, (la expulsión de los judíos) es una pieza fundamental del primer experimento de ingeniería social de la era moderna: la consolidación de un estado que se concibe homogéneo para que la voluntad del poder real pueda enseñorearse. En realidad, los judíos fueron expulsados de muchos lugares, y la expulsión de España fue mucho menos dura que las otras. Y no solo ellos fueron expulsados, también otros muchos pueblos. En época moderna, los habitantes de las Highlands fueron expulsados de sus tierras, los bolcheviques (judíos muchos de sus dirigentes) expulsaron a diversos pueblos en la URSS. Después de la II Guerra Mundial doce millones de alemanes fueron a su vez expulsados. Israel se reconstruyó en 1948, y hubo expulsión de palestinos, asimismo, en peores condiciones que en España. En nuestros días, en la propia Europa,  ha habido expulsiones en los Balcanes. Y las políticas de exterminio han sido abundantes. Según la Biblia, los judíos se impusieron en Israel mediante una política de exterminio.  Como vemos, en todas partes cuecen habas, o con agua, como se diga. Y decir que el objetivo de la expulsión de los judíos era que “el poder real se enseñorease”, apenas si  puede calificarse de bobada.

 

(Sigue) En este sentido de control social enlaza directamente con experimentos posteriores tales como el terror de la Francia revolucionaria, el gulag soviético, o la gestapo nazi, manifestándose en todos ellos idéntico afán homogeneizador si bien con técnicas cada vez más depuradas de persuasión, manipulación y represión paralelas al proceso paulatino de divinización del Estado. Puestos a disparatar, ¿no podríamos decir que la ocupación de Israel después de Moisés para fundar una teocracia homogeneizadora enlaza directamente con el nazismo?  Parece haber una tendencia a resumir el nazismo como la culminación de todos los males de la historia anterior, y a hacer de la actitud hacia los judíos la piedra de toque de la moral política, incluso de la moral a secas. Qué barbaridades.

 

**Más sobre el asunto: Nueva historia de España, cap. 32: “La expulsión de los judíos y la Inquisición”.

 

 

 

** Una pequeña polémica: a) http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/aclarando-algunos-conceptos-16377/

 

b) http://www.libertaddigital.com/opinion/alejandro-baer/sobre-el-antisemitismo-16425/

 

c) http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/insistiendo-en-algunas-aclaraciones-16447/

 

2015.03 

 

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Manipular frases famoso-históricas - "Ese repudio sobre España se produce cuando Erasmo es invitado por Cisneros, reformador de la Iglesia antes que Erasmo, a venir a nuestro país y disfrutar de una Cátedra en la nueva universidad de Alcalá (…) Y le dice Erasmo a su amigo Moro que no le gusta nuestro país (non placet Hispania) porque “hay demasiados judíos en España”.

Erasmo se refería a los judíos cristianizados o conversos, que le displacían profundamente. La pandilla de golfos o “gárrulos sofistas” que organizó la exposición Salamanca 2002 con dinero de todos, aisló la célebre frase y le dio una falsa interpretación, que la ignorancia habitual dio por buena. En fin, es su "cultura".

 

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El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

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SUCESOS - Es bueno valorar acontecimientos y hechos que han sucedido en el pasado, reflexionar sobre ellos, para caminar con los talentos de la historia como bastón de guía.

 

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ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!


HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron.

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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Los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal.

Y permanecen todas las otras ‘inquisiciones’ ejercidas por poderes - político como religioso - a ejemplo, la protestante, tan cruel en algunas zonas de Europa...

 

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P.¿Cuáles son los tres mejores clásicos de la literatura mundial?

 

No es fácil reducirlo a tres. Por supuesto, Cervantes, Shakespeare y Homero están en la lista, pero no me atrevería a omitir la Biblia como obra de conjunto o a Dante.

 

P.¿Por qué se empeñan en igualar Islam y Cristiandad, y Cristo y Mahoma, diciendo que el problema son los "radicales"? ¿Por qué no se desvela de una vez que el Corán promueve el asesinato y que Mahoma era un asesino, saqueador?

 

La verdad es que resulta imposible comparar a alguien que murió en la cruz perdonando a sus enemigos con alguien que impuso el islam con la espada y que además exterminó, por ejemplo, a tribus judías, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Del 24 de enero 2006 con César Vidal –L-D-Esp.

 

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Leyenda negra: Expulsión de los Judíos

 

Vittorio Messori
En conoZe.com

 

«Las presiones de los judíos a través de los medios de comunicación y las protestas de los católicos empeñados en el diálogo con el judaísmo han tenido éxito. La causa de la beatificación de Isabel la Católica, reina de Castilla, recibió en estos días un imprevisto frenazo [...]. La preocupación por no provocar las reacciones de los israelíes, irritados por la beatificación de la judía conversa Edit Stein y por la presencia de un monasterio en Auschwitz, favoreció el que se hiciera una "pausa para reflexionar" sobre la conveniencia de continuar con la causa de la Sierva de Dios, título al que ya tiene derecho Isabel I de Castilla.»

Así dice un artículo publicado en Il Nostro Tempo, Orazio Petrosillo, informador religioso de Il Messaggero. Petrosillo recuerda que el frenazo del Vaticano llegó a pesar del dictamen positivo de los historiadores, basado en un trabajo de veinte años contenido en veintisiete volúmenes. «En estas cantidades ingentes de material -dice el postulador de la causa, Anastasio Gutiérrez- no se encontró un solo acto o manifestación de la reina, ya fuera público o privado, que pueda considerarse contrario a la santidad cristiana.» El padre Gutiérrez no duda en tachar de «cobardes a los eclesiásticos que, atemorizados por las polémicas, renuncian a reconocer la santidad de la reina». Sin embargo, Petrosillo concluye diciendo, «se tiene la impresión de que la causa difícilmente llegue a puerto».

Se trata de una noticia poco reconfortante. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre; ciñéndonos a España, recordemos que Pablo VI bloqueó la beatificación de los mártires de la guerra civil, por lo que podemos comprobar que, una vez más, se consideró que las razones de la convivencia pacífica contrastaban con las de la verdad, que en este caso es atacada con una virulencia rayana en la difamación, no sólo por parte de los judíos (a los que en la época de Isabel les fue revocado el derecho a residir en el país), sino también por parte de los musulmanes (expulsados de Granada, su última posesión en tierras españolas), y por todos los protestantes y los anticatólicos en general, que desde siempre montan en cólera cuando se habla de aquella vieja España cuyos soberanos tenían derecho al título oficial de Reyes Católicos. Título que se tomaron tan en serio que una polémica secular identificó hispanismo y catolicismo, Toledo y Madrid con Roma.

En cuanto a la expulsión de los judíos, siempre se olvidan ciertos hechos, como por ejemplo, el que mucho antes de Isabel, los soberanos de Inglaterra, Francia y Portugal habían tomado la misma medida, y muchos otros países iban a tomarla sin las justificaciones políticas que explican el decreto español que, no obstante, constituyó un drama para ambas partes.

Es preciso recordar que la España musulmana no era en absoluto el paraíso de tolerancia que han querido describirnos y que, en aquellas tierras, tanto cristianos como judíos eran víctimas de periódicas matanzas. Sin embargo, está más que probado que si había que elegir entre dos males -Cristo o Mahoma- los judíos tomaron partido por este último, haciendo de quinta columna en perjuicio del elemento católico. De ahí surgió el odio popular que, unido a la sospecha que despertaban quienes formalmente habían abrazado el cristianismo para continuar practicando en secreto el judaísmo (los marranos), condujo a tensiones que con frecuencia degeneraron en sanguinarias matanzas espontáneas y continuas a las que las autoridades intentaban en vano oponerse. El Reino de Castilla y Aragón surgido del matrimonio de los reyes todavía no se había afianzado y no es­taba en condiciones de soportar ni de controlar una situación tan explosiva, amenazado como estaba por una contraofensiva de los árabes que contaban con los musulmanes, a su vez convertidos por compromiso.

Desde el punto de vista jurídico, en España, y en todos los reinos de aquella época, los judíos eran considerados extranjeros y se les daba cobijo temporalmente sin derecho a ciudadanía. Los judíos eran perfectamente conscientes de su situación: su permanencia era posible mientras no pusieran en peligro al Estado. Cosa que, según el parecer no sólo de los soberanos sino también del pueblo y de sus representantes, se produjo con el tiempo a raíz de las violaciones de la legalidad por parte de los judíos no conversos como de los formalmente convertidos, por los cuales Isabel sentía una «ternura especial» tal que puso en sus manos casi toda la administración financiera, militar e incluso eclesiástica. Sin embargo, parece que los casos de «traición» llegaron a ser tantos como para no poder seguir permitiendo semejante situación.

En cualquier caso, como mantiene la postulación de la causa de santidad de Isabel, «el decreto de revocación del permiso de residencia a los judíos fue estrictamente político, de orden público y de seguridad del Estado, no se consultó en absoluto al Papa, ni interesa a la Iglesia el juicio que se quiera emitir en este sentido. Un eventual error político puede ser perfectamente compatible con la santidad. Por lo tanto, si la comunidad judía de hoy quisiera presentar alguna queja, deberá dirigirla a las autoridades políticas, suponiendo que las actuales sean responsables de lo actuado por sus antecesoras de hace cinco siglos».

Añade la postulación (no hay que olvidar que ha trabajado con métodos científicos, con la ayuda de más de una decena de investigadores que dedicaron veinte años a examinar más de cien mil documentos en los archivos de medio mundo): «La alternativa, el aut-aut "o convertirse o abandonar el Reino", que habría sido impuesta por los Reyes Católicos es una fórmula simplista, un eslogan vulgar: ya no se creía en las conversiones. La alternativa propuesta durante los muchos años de violaciones políticas de la estabilidad del Reino fue: "O cesáis en vuestros crímenes o deberéis abandonar el Reino."» Como confirmación ulterior tenemos la actividad anterior de Isabel en defensa de la libertad de culto de los judíos en contra de las autoridades locales, con la promulgación de un seguro real así como con la ayuda para la construcción de muchas sinagogas.

No obstante, resulta significativo que la expulsión fuera particularmente aconsejada por el confesor real, el muy difamado Tomás de Torquemada, primer organizador de la Inquisición, que era de origen judío. También resulta significativo y demostrativo de la complejidad de la historia el hecho de que, alejadas de los Reyes Católicos, aunque fuera por el clamor popular y por motivos políticos de legítima defensa, las familias judías más ricas e influyentes solicitaron y obtuvieron hospitalidad de la única autoridad que se la concedió con gusto y la acogió en sus territorios: el Papa. De esto sólo puede sorprenderse todo aquel que ignore que la Roma pontificia es la única ciudad del Viejo Continente en la que la comunidad judía vivió altibajos según los papas que les tocaron en suerte, pero que nunca fue expulsada ni siquiera por breve tiempo. Habrá que esperar al año 1944 y a que se produzca la ocupación alemana para ver, más de mil seiscientos años después de Constantino, a los judíos de Roma perseguidos y obligados a la clandestinidad; quienes consiguieron escapar lo hicieron en su mayoría gracias a la hospitalidad concedida por instituciones católicas, con el Vaticano a la cabeza.

El camino a los altares le está vedado a Isabel también por quienes terminaron por aceptar sin críticas la leyenda negra de la que hemos hablado y de la que seguiremos ocupándonos, y que abundan incluso entre las filas católicas. No se le perdona a la soberana y a su consorte, Fernando de Aragón, el haber iniciado el patronato, negociado con el Papa, con el que se comprometían a la evangelización de las tierras descubiertas por Cristóbal Colón, cuya expedición habían financiado. En una palabra, serían los dos Reyes Católicos los iniciadores del genocidio de los indios, llevado a cabo con la cruz en una mano y la espada en la otra. Y los que se salvaron de la matanza habrían sido sometidos a la esclavitud. Sin embargo, sobre este aspecto, la historia verdadera ofrece otra versión que difiere de la leyenda.

Veamos, por ejemplo, lo que dice Jean Dumont: «La esclavitud de los indios existió, pero por iniciativa personal de Colón, cuando tuvo los poderes efectivos de virrey de las tierras descubiertas; por lo tanto, esto fue así sólo en los primeros asentamientos que tuvieron lugar en las Antillas antes de 1500. Isabel la Católica reaccionó contra esta esclavitud de los indígenas (en 1496 Colón había enviado muchos a España) mandando liberar, desde 1478, a los esclavos de los colonos en las Canarias. Mandó que se devolviera a las Antillas a los indios y ordenó a su enviado especial, Francisco de Bobadilla, que los liberara, y éste a su vez, destituyó a Colón y lo devolvió a España en calidad de prisionero por sus abusos. A partir de entonces la política adoptada fue bien clara: los indios son hombres libres, sometidos como los demás a la Corona y deben ser respetados como tales, en sus bienes y en sus personas».

 

Quienes consideren este cuadro como demasiado idílico, les convendría leer el codicilo que Isabel añadió a su testamento tres días antes de morir, en noviembre de 1504, y que dice así:

 

«Concedidas que nos fueron por la Santa Sede Apostólica las islas y la tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe católica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habitantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres poniendo en ello el celo debido; por ello suplico al Rey, mi señor, muy afectuosamente, y recomiendo y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan y cumplan y que éste sea su fin principal y que en él empleen mucha diligencia y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrieren algún daño, lo repararen».

 

Se trata de un documento extraordinario que no tiene igual en la historia colonial de ningún país. Sin embargo, no existe ninguna historia tan difamada como la que se inicia con Isabel la Católica.

 

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Los romanos nunca expulsaron por completo a los judíos y siguió habiendo comunidades judías desde entonces, aunque siempre sometidas  a uno u otro imperio –como las comunidades no judías, antes y después de la conquista del territorio por los musulmanes, cuando  la mayoría era cristiana—. Hubo un estado judío, destruido por los romanos, y nunca un estado palestino. Los judíos expulsados, o gran parte de ellos, siempre soñaron con volver a Israel, un caso único en la historia, pero real. Cuando llega la independencia de Israel hay una mayoría árabe, tan antijudía como antidemocrática y antioccidental, sometida a jefes tiránicos, corruptos e irresponsables, que sueña con echar a sus vecinos hebreos al mar, amparados por la fuerza masiva de los estados musulmanes colindantes. Esa antigua mayoría tiene también, en abstracto, derechos sobre esa tierra, pero en concreto su triunfo significaría un segundo holocausto, la conversión del país en una tiranía más de la zona y un éxito que les permitiría hostigar con más entusiasmo e intensidad a occidente, pues verían en ello confirmado que la victoria y el futuro son suyos. Por eso decía que los israelíes cumplen un papel semejante al de la España de la Reconquista, absorbiendo parte de la energía agresiva del islam.

 

 

 

 

Una reflexión sobre las tres culturas

 

Los pobladores de la España de 1492

Por Antonio Domínguez Ortiz

Las relaciones entre las diferentes culturas de los pobladores del territorio español en la época de la conquista de América ha sido uno de los temas que más ha ocupado las reflexiones de los historiadores. El profesor Domínguez Ortiz dedica estas páginas a mostrar el alcance de cada una de esas tres culturas y las mutuas influencias que en su convivencia —a veces difícil— podemos descubrir. Es una reflexión sobré el momento más importante de la historia de España.


Entramos en 1992 en pleno debate sobre los centenarios, sobre la pertinencia y significado de su conmemoración. Resido en Granada, que es como estar en el ojo del huracán, porque en esta ciudad confluyeron los hechos más importantes y los más debatidos; se abrió aquel año con la entrada de los Reyes Católicos en la capital del reino nazarita; tres meses después los soberanos promulgaban aquí el decreto de expulsión de los judíos, y con muy corta diferencia de tiempo firmaban con Colón las Capitulaciones de Santa Fe. ¡Jamás, en la historia de España, se han acumulado hechos tan trascendentales al mismo tiempo y en el mismo lugar! Estos hechos están siendo analizados dentro de una variadísima gama de actitudes, desde la investigación profunda a la diatriba irresponsable. Quizás lo que llega al gran público no sea lo mejor, porque lo que los grandes medios de comunicación transmiten no suele ser las conclusiones de los congresos y simposios especializados, sino lo que, a su juicio, tiene más garra: declaraciones de políticos, declamaciones de ideólogos e via dicendo. La manipulación, la instrumentación de la historia sigue estando a la orden del día. Pero bajo esta gran faramalla se esconde mucho trabajo serio, no sólo de aportación de nuevos datos, sino de interpretación de los ya conocidos: Yo temí que estas conmemoraciones se redujeran a ejercicios de retórica hueca y actos de relumbrón, y mis temores aumentaron al ver que en el Comité Nacional del V Centenario se daba de lado, no sé si intencionadamente, a los historiadores; pero veo que, al margen de las celebraciones oficiales, se está haciendo mucho trabajo serio. Un acto celebrado recientemente en esta ciudad sobre la convergencia de las Tres Culturas me ha obligado a reflexionar, a replantearme un aspecto de dicha convivencia.

Estoy de acuerdo con el gran historiador sefardí David Romano en que durante nuestra Edad Media, más que de convivencia, cabe hablar de una difícil coexistencia. Se exagera mucho acerca de la fraternización de pueblos y religiones en nuestro suelo; cierto que antes del conflictivo siglo XIV las aristas eran menos agudas, los choques menos violentos, pero, aun prescindiendo de la intolerancia bien demostrada de almorávides y almohades, es innegable que un verdadero espíritu de colaboración sólo se dio en ciertos lugares y en ciertas épocas, y que las diferencias religiosas eran un telón de fondo que separaba a los pueblos peninsulares. Una desdeñosa tolerancia, con no pocas huellas de subordinación y desprecio, eran el lote de los cristianos en territorio musulmán, de los musulmanes en tierra cristiana y de los judíos en ambas comunidades.

La colaboración cultural es lo que más se ha estudiado, lo que más se ha querido resaltar. La Escuela de Traductores de Toledo ha monopolizado la atención; en realidad, no hubo Escuela, sino labor personal, individual; y no se limitó a Toledo: Zaragoza, Vich, Guadalajara, Sevilla y otras ciudades fueron también escenario de estos encuentros, que se realizaron (esto es importante recordarlo) en una sola dirección: los cristianos accedían a las fuentes árabes por intermedio de judíos bilingües. El Occidente reconocía su inferioridad intelectual y trataba de superarla apropiándose del saber contenido en manuscritos árabes. No se dio una postura correlativa por parte de los árabes; puede que hubiera excepciones que desconozco, pero los musulmanes de
Al Andalus no intentaron aprender nada de Occidente. Esta actitud podía justificarse hasta el siglo XII por la evidente superioridad del pensamiento oriental. Ya entre fines de aquel siglo y comienzos del XIII Europa había progresado lo suficiente como para que pueda hablarse de un equilibrio entre las dos grandes culturas.

Arrojados de Sicilia, que también había sido un importante centro de intercambios, el Islam occidental quedó reducido al reino de Granada tras las grandes conquistas de Femando III y Jaime I. La historia del reino nazarita es la de una larga agonía, lo mismo en el terreno político que en el cultural. Su última personalidad relevante, Ibn-al-Jatib, teólogo, filósofo, poeta y hombre de Estado, murió en el destierro, en Marruecos, en 1378. Previamente había aconsejado a familiares y amigos que no invirtieran en bienes raíces; tenía la suficiente clarividencia para comprender que el Islam español ya no tenía ningún porvenir. Evidentemente, un Estado reducido a luchar por la supervivencia no podía permitirse el lujo de hacer grandes inversiones culturales.

Sin embargo, de esa época, de ese fatídico siglo XIV datan las construcciones esenciales de la Alhambra, que no es sólo un monumento arquitectónico, sino una especie de álbum marmóreo, que recoge en sus paredes poesías de los mejores vates de su época. La fuente de la inspiración poética no se había secado; lo que había retrocedido enormemente era el nivel científico; ya no había cosmógrafos, cartógrafos, matemáticos y astrónomos; la Madrasa o Medersa granadina sólo formaba teólogos, juristas y, accesoriamente, médicos. La escena, emitida en una reciente serie televisiva, en la que un cosmógrafo granadino instruye a Colón sobre la ruta que debe seguir en su viaje transatlántico no es más que una de esas groseras supercherías a las que nos tiene acostumbrados el más potente de nuestros
mass media. Colón nada aprendió ni podía aprender de los granadinos; su ciencia náutica se forjó al contacto con la técnica occidental, con la experiencia marítima de los lusitanos, con el globo terrestre de Beheim, con el italiano Toscanelli, con la tradición cartográfica y cosmográfica de los judíos españoles, cuyo más notorio representante, Abraham Zacut, protegido por el obispo de Salamanca, al llegar el infausto decreto de 1492 prefirió exiliarse y permanecer fiel a su fe.

Por estos rodeos llegamos a la pregunta que yo quería formularme: ¿Por qué la cultura hebraicoespañola resistió mucho mejor que la arábiga? ¿Por qué ésta sucumbió y aquélla salió de la terrible prueba de la persecución y el exilio con renovada brillantez? Ante todo, hay que aclarar que esto no pudo deberse a un mejor comportamiento de la sociedad cristiana vieja hacia la minoría hebrea y su cultura. Más bien ocurrió lo contrario. Dentro del rechazo común había grados, y el que sufrieron los judíos y sus descendientes fue mayor que el que se abatió sobre los islámicos. La especie de horror casi supersticioso con que llegó a mirarse el más leve vestigio de sangre judía no admitía excepciones; en el caso de los descendientes de sarracenos, sí; no pocos miembros de familias de la aristocracia granadina y de la dinastía nazarita obtuvieron en Castilla títulos, honores, incluso hábitos de Ordenes militares, a pesar de que el Consejo de las Ordenes hilaba muy fino en sus probanzas. Y lo mismo puede afirmarse que ocurría a un nivel más bajo, a un nivel popular; hubo en los siglos XVI-XVII una
maurofilia literaria sin correspondencia en el lado hebraico.

Tampoco puede buscarse la razón en una inicial superioridad. Las Tres Culturas en su raíz eran una sola, por tener un tronco religioso común y porque el patrimonio científico, basado en el sustrato helenístico, era también común. Andando el tiempo, la rama cristiana se destacó cada vez con más fuerza, mientras la hebraica siguió apegada a la cultura islámica; no hay que olvidar que en los siglos X-XII notables poetas y pensadores hispanohebreos se expresaron habitualmente en lenguaje árabe, y su cultura fue como un apéndice de la arábiga; pero no faltaban los judíos que, en ciudades y territorios fronterizos, conocieran y utilizaran también el latín y el romance; justamente por ello fue tan notable su papel como traductores.

Desde el siglo XIII el agotamiento de la cultura arabigoespañola es evidente, mientras la judeoespañola (que se expresaba en castellano, catalán y latín) no sólo mantenía su vigor, sino que se fortalecía. Llega la fecha crucial, 1492; salen de España figuras insignes: Zacut, Ben Verga, Isaac Abravanel, los autores de la Biblia de Ferrara... Más elevado aún fue el nivel de los que en España quedaron a título de conversos; su número ha crecido en los últimos años y crece como consecuencia de las recientes investigaciones. Resulta penoso confrontar esta realidad con el pobre nivel de los musulmanes españoles en su etapa final; no ya desde 1492, sino desde fechas bastante anteriores, es difícil hablar de la existencia en España de Tres Culturas, a menos que tomemos la palabra cultura en un sentido amplio, centrada más bien en el folklore y la antropología que en las manifestaciones culturales superiores. Frente a una cultura cristiana que iniciaba su etapa más gloriosa y una cultura hebraica de gran vitalidad, de gran capacidad creativa, las manifestaciones de la cultura árabe son francamente pobres, degradadas, en vías de extinción. ¿Por qué?

Sociedad urbana y sociedad rural

Una primera clave nos la puede proporcionar el carácter urbano de los judíos y conversos españoles en contraste con la adscripción mayoritariamente rural de los moriscos. Los documentos nos hablan de judíos que vivían en pequeños núcleos de población, que poseían tierras, de algunos se sabe que las labraban con sus manos. Pero eran casos minoritarios. Los que vivían en pueblos solían tener ocupaciones no agrícolas; eran comerciantes, escribanos, artesanos, administradores, etc. Los escritores antisemitas insistían en este aspecto; el Cura de los Palacios, por ejemplo, que escribía sus
Memorias en el reinado de los Reyes Católicos, después de censurar su «empinación e lozanía», decía de ellos que «todos vivían de oficios holgados... Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron a sus fijos, salvo oficios de poblados, y de estar sentados ganando de comer con poco trabajo», acusación que va a seguir repitiéndose hasta el siglo XVIII.

Formar parte de la sociedad urbana en una época en que ésta representaba sólo un pequeño porcentaje de la población total implicaba un nivel de vida más elevado, mayores oportunidades para la comunicación y la instrucción, para las lecturas y los viajes. Estar adscritos al terruño significaba estar ausente de estas ventajas. Los moriscos de Valencia y Aragón tenían conciencia de ello, y de algún modo lucharon contra su destino; se sabe que hubo escuelas clandestinas en las que, además del Corán, se impartían rudimentos de medicina y derecho islámico; hallazgos accidentales han puesto al descubierto minúsculas bibliotecas privadas, si bien los documentos y manuscritos se hallan más en romance o aljamiado que en lengua árabe. Estos esfuerzos no podían compensar la enorme desventaja que para aquellas comunidades suponía su condición rural. En el reino de Granada sí hubo, en un primer momento, una minoría culta, una débil burguesía urbana, pero la política de los Reyes Católicos tendente a vaciar los recintos fortificados de los vencidos por razones de seguridad y la emigración espontánea de las clases dirigentes redujo al mínimo el coeficiente de población urbana morisca.

No tenemos, en cuanto a estas minorías, estadísticas de alfabetización, pero simplemente con aplicar los índices que diversos autores, como Bennassar o Larquié han hallado, y que muestran el enorme desfase entre una población urbana capaz, al menos, de estampar su firma, y las masas rurales iliteratas, podemos sacar conclusiones por analogía; el analfabetismo morisco debía de ser casi general, y agravado por la extraña alergia del Islam a la letra impresa. Faltando el escalón primario, pocos progresos podían hacer en la carrera de las letras. Añadamos la falta de oportunidades en un medio rural para entablar relaciones, adquirir noticias, contrastar opiniones, contemplar monumentos, acceder de alguna manera a niveles superiores de cultura, y tendremos aquí una de las claves de la inferioridad cultural de la minoría islámica en los albores de los tiempos modernos.

Sin embargo, como todo es relativo, los mudéjares y moriscos emigrados a tierras del Magreb no sólo vitalizaron zonas rurales, sino el débil tejido urbano, dotando a aquellos países de un elemento indispensable para apoyar unas estructuras estatales harto rudimentarias. Un contraste que sólo cobra sentido cuando se piensa en la distancia abismal que existía entre la Europa renacentista y el decaído mundo del Islam occidental.

Lazos más profundos

Aunque las tres grandes religiones monoteístas tienen raíces comunes, no cabe duda de que es más estrecho el parentesco de la Iglesia con la Sinagoga que con el Islam. A pesar del odio profundo que llegó a separarlos, cristianos y judíos tenían una herencia común que incluía todo el Antiguo Testamento, y de aquí se derivaban consecuencias de gran alcance; entre ellas, una de gran interés cultural: la imposibilidad de proscribir el hebreo como llegó a proscribirse la lengua árabe. No sólo fue perseguida a nivel popular, como parte de un complejo sociológico que se quería destruir: incluso en el plano académico, universitario, en el terreno de la ciencia pura, se pasó de un clima de interés a otro totalmente adverso.

Esta actitud contrasta con el interés que en la Baja Edad Media había despertado (y no sólo por motivos misionales) el estudio de la lengua árabe; en 1298 el beato Lulio pidió a la Sorbona que estableciera una cátedra, y éste es sólo un detalle del interés que inspiraba al sabio mallorquín. Más tarde tenemos la gran figura de Fray Pedro de Alcalá, cuyo vocabulario árabe-hispánico interesa más allá de los límites de la pura filología. Pero no ya el conocimiento científico de la lengua, sino su mero uso a nivel popular cayeron en barrena a raíz de las medidas persecutorias; las escuelas coránicas que solían ir adosadas a las mezquitas, incluso en pueblos pequeños, se cerraron y no fueron sustituidas. El ambiente que reinaba en Andalucía poco después de 1492 lo pinta gráficamente una peripecia biográfica de Clenard narrada por Bataillon. Clenard era un humanista flamenco, profesor del Colegio Trilingüe de Lovaina. Vino a España deseoso de aprender árabe; se le dieron las señas de un morisco que vivía en Sevilla, hombre docto aunque reducido a la pobreza, trabajaba en un taller de cerámica de Triana. Cuando escuchó la pretensión del flamenco se negó en redondo, alegando que él había ganado ya fama de buen cristiano y no quería ponerla en peligro.

En el terreno de la ciencia pura, al prejuicio religioso se unía el desprecio de los humanistas por las versiones arábigas de obras clásicas que se habían utilizado en la Edad Media y que ahora habían sido desplazadas por versiones más fidedignas o por el estudio directo de los originales; los médicos humanistas despreciaban el.
Canon de Avicena, como los filósofos despreciaban el Aristóteles arábigo; Dioscorides y Tolomeo eran estudiados en sus originales griegos. Quizás esto explica que en 1544 Salamanca cerrara la única cátedra de árabe que existía en España. Naturalmente, había espíritus selectos que no participaban de esta manera de pensar, que conocían la importancia del legado árabe, superior al mero mecanismo de transmisión. Felipe II, que en materias culturales siempre tuvo amplitud de criterios, aprobó la idea, compartida por Arias Montano y Sigüenza, de que en la biblioteca de El Escorial hubiera un fondo árabe, y con este objeto se hicieron adquisiciones importantes, procedentes de las bibliotecas particulares de Hurtado de Mendoza y Páez de Castro. El fondo se acreció posteriormente, en particular con la captura de un barco que transportaba una biblioteca completa para el rey de Marruecos. Pero aquellas riquezas permanecieron largo tiempo inexplotadas; El Escorial fue un almacén de libros, no un centro de estudios arábigos hasta épocas muy posteriores.

Entre tanto, el estudio de la lengua hebraica, aunque rudamente amenazado por los sectores más oscurantistas, no era prohibido ni podía serlo. De nuevo hay que evocar a Felipe II, que cubrió con su autoridad la edición mejorada de la Políglota, la
Biblia Regia de Amberes. Los decretos romanos contra la lectura de la Biblia en lengua vulgar no podían alcanzar a los doctos que la leían en sus lenguas originales. A pesar de las tensiones que cristalizaron en el proceso de Fray Luis de León, no se interrumpió la enseñanza del hebreo en Salamanca; siempre hubo una minoría que, junto con la lengua, preservó el conocimiento de unas parcelas de la cultura hebraica.

El papel de los conversos

A estas alturas no es preciso insistir en la importancia que en el terreno cultural tuvo la existencia de la minoría judeoconversa dentro y fuera de España. Ya fueran conversos sinceros, ya criptojudíos, ya vacilaran entre ambas creencias, constituyeron un eslabón entre dos culturas con resultados enriquecedores para ambas. Ya en los siglos XIV y XV había hombres como Pablo de Santa María, el famoso arzobispo de Burgos, que dominaron con igual intensidad el hebreo y el latín, la Torah y la Escolástica, el conocimiento del Talmud y el de los Santos Padres. Y esta simbiosis, aunque decantada hacia la polémica anticristiana, la hallamos siglos después en grandes figuras del exilio como Isaac Cardoso, Orobio de Castro y el mismo Benito Espinosa.

Márquez Villanueva, en un artículo titulado
Los otros conversos, aduce algunos casos de moriscos que también intentaron una integración o una síntesis de ambas culturas; pero, sin negar la existencia de este fenómeno, es innegable que no puede compararse en intensidad al de los judeoconversos. Quizás el caso más curioso es el de los moriscos granadinos Miguel de Luna y Alonso del Castillo, autores de la gran superchería que ha pasado a la historia con el nombre de Los Plomos del Sacro Monte, descabellado intento de sincretismo cristiano-islámico cuya finalidad presumible sería rehabilitar el Islam y sus seguidores a los ojos de los cristianos y aliviar la situación en que se encontraban los moriscos y sus descendientes. No conozco ninguna tentativa semejante por parte de los judeoconversos; lo que sí es patente en muchos de ellos es la penetración de conceptos cristianos injertados en un fondo de fe mosaica; aludiendo a este tipo de simbiosis, J. A. van Praag escribió acerca de La certeza del camino, obra escrita en Amsterdam por Tomás Rodríguez Pereira, uno de aquellos judíos hispanoportugueses que, tras recibir una educación católica, volvió a la fe primitiva: «Respira espíritu católico; el profundo concepto del pecado, la creencia en el demonio, el dedicar sendos capítulos a los siete pecados capitales, la necesidad de la fe y las buenas obras para alcanzar la salvación, la preocupación por la predestinación, la gracia y el libre albedrío, el recomendar la mortificación y la penitencia, la representación plástica de las penas del infierno y especialmente el poner por encima de todas las cosas la salvación del alma. Todo esto es católico.»

Una tal compenetración con la cultura dominante, conservando la suya propia, no la alcanzaron ni de lejos los moriscos; minoría enquistada y carente de esa flexibilidad, esa capacidad de adaptación que caracteriza al judío, su empobrecida cultura cayó víctima a la vez de desplome interior y de acoso exterior. Las barreras que los judeoconversos salvaban por ingeniosos métodos resultaron infranqueables para los moriscos. García Ballester ha relatado los esfuerzos que hicieron para salvar del naufragio al menos una parcela de su tradición cultural que habían cultivado con predilección: la Medicina, que era entonces entendida como un saber enciclopédico, con mucho contenido filosófico. Carentes de formación humanística, el pequeño número de los que aspiraban a renovar o al menos mantener un ejercicio médico, que podía proporcionarles prestigio social, trató de obtener el ingreso en alguna facultad de Medicina (Granada, Valencia, Toledo) o, al menos, poder examinarse ante el tribunal del Protomedicato, que despachaba títulos a los médicos
romancistas, menos prestigiosos que los latinistas. Sus esfuerzos fueron vanos ante la exigencia de limpieza de sangre, las protestas de las Cortes y otras barreras que levantó frente a ellos la sociedad cristiana vieja. Decaídos a la categoría de meros sanadores y curanderos, su pobre bagaje cultural no tardó en contaminarse con elementos supersticiosos y mágicos. O sea, que podían ser perseguidos no sólo por la autoridad civil por intrusismo profesional, sino por las autoridades eclesiásticas por hechicería. Y la amenaza se materializó en no pocos casos.

En resumen, el doble proceso que sancionó el auge de la cultura judeo-hispánica y el hundimiento de la arábiga no dependió de la esencia de estas culturas, que en gran medida eran una y la misma, sino de la distinta capacidad de recepción y adaptación de su base social, de su base humana. Los judíos se enlazaron como la hiedra al tronco arábigo en su época vital y lo abandonaron por el cristiano occidental cuando éste se manifestó más potente. Esta estrategia tenía el peligro de perder su identidad, dejarse absorber. El reto fue asumido; una gran masa de judíos españoles abandonó su antigua fe, y los que la conservaron quedaron marcados por no pocos rasgos ajenos. Pero tanto unos como otros mantuvieron un alto nivel. Los islámicos se mantuvieron más fieles a su identidad, pero la falta de transfusiones vitales, el aislamiento ideológico y social por propia elección o por la interposición de barreras que no pudieron superar, condujeron al agotamiento y disolución de lo que en tiempos fue una brillante cultura.

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Publicado en el nº 10 de la revista Atlántida-Edición autorizada de arvo.net

 

 

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En la Edad Media se esgrimía una razón religiosa para alimentar el odio contra los judíos. Sin embargo, para el pueblo judío, el mundo moderno aún fue mucho más cruel que la Edad Media».

Hubo dos antisemitismos clásicos, el más benigno fue el religioso (España), el más terrible, el racial (Francia, Alemania, Ucrania, Rusia, Centro Europa...).

Aarón Appelfeld-(judío)  ‘ABC’ 2005-II-08

 

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ISLAM:lo que lo define es la conquista del poder mezclado con un elemento religioso. La ideología marxista hacía lo mismo, sólo que ésta rechazaba a Dios.

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Un libro histórico -como son Los Evangelios por ejemplo- merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro.Es decir, cuándo el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), cuando el autor del libro conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad), y, por último, cuando ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad).

 

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Sabios no tan sabios.Otro problema serio es que la enseñanza islámica la llevan a cabo los ulemas (sabios) que en realidad son «sabios» solo en un pequeño ámbito del saber: han aprendido el Corán de memoria, han tomado los viejos dichos atribuidos a Mahoma (Sunna) y centenares de miles de respuestas jurídicas de otros imanes. Pero no han estudiado matemáticas, sociología, psicología; la Historia para ellos se limita al mundo islámico; el estudio de las religiones se hace sólo con función apologética, por si el islam es atacado. Es como si nuestros sacerdotes hubieran estudiado sólo la Biblia y además, partiendo de comentarios antiguos.

 

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Convivencia - El problema de la convivencia cívica, y el de la convivencia entre personas de diferentes creencias religiosas, tradiciones culturales, etc., es un problema real, en todo tiempo y de modo especial en la época contemporánea. Pretender resolverlo postulando la separación programática entre política y religión es condenarse a hacerlo insoluble, ya que es .precisamente el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre lo que lleva a fundamentar radicalmente la trascendencia de la persona y, por tanto, a poner de relieve la necesidad del respeto a la intimidad de las conciencias y los consiguientes límites de toda autoridad estatal (cfr. Conc. Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 1-3).´

 

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REYES CATÓLICOS. 1492 – EJEMPLO DE CONDUCTA. - ¿Recuerdan ustedes las capitulaciones secretas de los Reyes Católicos que obraron el milagro de convencer a Boabdil para que abandonase Granada? En ellas, los cristianos aseguraban a los moros granadinos sus vidas y haciendas, les garantizaban que serían juzgados por sus propias leyes y cadíes, no se les impondría tributos por tres años y se pagarían a Boabdil, el día de la entrega de Granada, 30.000 castellanos de oro. Así de claro está escrito en el Legajo 1, titulado: «Capitulaciones con moros y caballeros de Castilla», que está depositado en el archivo de Simancas entre otros treinta millones de documentos. Así se rinde cualquiera. Aunque tenga que llorar un poco para disimular

 

 

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La España Medieval

 

 

 

 Frontera de la Cristiandad

 

 

Fernando Domínguez Reboiras
Albert-Ludwigs-Universität Freiburg
Raimundus-Lullus-Institut -

 

La Europa cristiana es un bello ente de razón que se ha ido forjando en la cabeza de los historiadores como secuela de esa obligación profesional de dividir y delimitar los acontecimientos históricos, reduciendo a conceptos simples estructuras sociales y culturales muy complejas. Se la llama también «cristiandad occidental» para distinguirla del «oriente cristiano» aquella parte de la cristiandad, también en Europa, bajo el dominio de Bizancio sin influjo directo del Papa de Roma. En la historiografía centroeuropea se viene identificando el Occidente cristiano con el sacro Imperio romano-germánico cuya cabeza visible era en lo temporal el emperador y su cabeza espiritual el papa de Roma. El conflictivo eje emperador-papa se complicó con las pretensiones de la casa real francesa de presentarse como protectora del Papa y aprovecharse de las ventajas que tal preferente trato suponía para sus pretensiones de dominio del área mediterránea. En resumidas cuentas, la historia de la cristiandad occidental hasta la ruptura de su pretendida unidad con la Reforma protestante, se cuenta en los libros de historia de los países de Centroeuropa como un tira y afloja entre los dos poderes, el civil y el eclesiástico, es decir, entre el emperador y el Papa. Una historia de conflictos que se centra en un área geográfica limitada a Alemania, Francia e Italia. Todo el acontecer político fuera de este reducido espacio se ve como periférico complemento de ese conflicto central. La historia de los otros países europeos se estudia casi exclusivamente en función de esa confrontación o como mera ilustración de la misma.

Si la historia política sigue ese esquema, en el campo de la historia cultural esa visión unitaria de la cristiandad medieval tiene como punto de referencia la Universidad de París, que era el centro indiscutible del pensamiento cristiano en los siglos medievales. La cultura de la cristiandad occidental tiene a partir del siglo XII en París su última y definitiva referencia.

La simple necesidad de querer ver la cristiandad occidental como algo compacto y perfectamente delimitado reduce el horizonte de nuestra visión de la ciencia y cultura medievales e impide ver la Europa medieval como algo más complejo y diversificado. En el marco de una visión francogermánica de la cultura medieval juega el área geográfica del Mediterráneo occidental un papel secundario. Dentro de esa visión centroeuropea que pretende ver la cristiandad como un todo armónico la periferia mediterránea sería algo que no toca al meollo y a la esencia de aquella pretendida unidad de religión y destino. Desde esta perspectiva sería el Mediterráneo un punto de encuentro de diferentes culturas y religiones que tocaría sólo de una manera accidental y exterior el concepto redondo que se fue formando de la Europa cristiana. Ese escenario, enormemente conflictivo donde la cristiandad hubo de enfrentarse con los enemigos de la fe común europea sería, siguiendo esa concepción, más impedimento que forja de esa pretendida unidad de la cristiandad occidental. Todo lo tocante al sur de la cristiandad quedaría decididamente al margen del devenir histórico que galvanizó la formación de Europa. Europa se habría formado en un espacio central interior e íntimo, mientras lo ocurrido en sus márgenes y frentes externos seria algo accidental que enmarcó pero no determinó el devenir histórico fundamental.

La investigación sobre la Edad Media y el pensamiento medieval en los últimos treinta años ha roto decididamente con esa visión parcial y rudimentaria. Nuestra visión de la Edad Media no se contenta con la bella quimera de una cristiandad medieval unida y cerrada, ejemplo de armonía y estabilidad ideológica. La apertura y ampliación del horizonte hacia la periferia europea permite fijar la atención en aspectos olvidados o marginados en el idealizado panorama anterior permitiendo englobar todas las manifestaciones culturales de los siglos medievales y no sólo aquellas controladas y dinamizadas por una exigencia de unidad y ordenamiento jerárquico. Este necesario cambio de perspectiva tiene un fundamento objetivo y subjetivo. Se puede constatar, por un lado, un cambio en el objeto mismo pues la nueva historiografía, relativizando el devenir político, ha abierto nuevos campos de observación que nos muestran un objeto más complejo, variado y lleno de contrastes. Por otro lado, podemos constatar una nueva forma de acercamiento a ese objeto sin presupuestos y exigencias ideológicas partiendo de una visión más global por encima del raquítico horizonte dictado por historias de signo nacionalista.

Está claro que, bajo las premisas de una visión centroeuropea menos diferenciada, todo lo que ocurrió en la península ibérica durante la Edad Media, aunque no carece de interés, no tiene nunca ni puede tener un carácter definidor y decisivo para el desarrollo de la historia europea en su conjunto. Ocuparse de la historia de España responde únicamente al imperativo de redondear una visión total del marco europeo. Una actitud de este tipo crea una tendencia interpretativa propicia a generalizaciones y simplificaciones pues el trato detallado y diferenciado de los hechos que daría su verdadera dimensión real complicaría las visiones unitarias preconcebidas. Por eso se han cimentado con respecto a la historia de España una serie de tópicos que, como todo tópico, no son fruto de una reflexión sobre los hechos, sino el resultado de adaptar esos hechos a una visión generalizada y terminada.

En los países centroeuropeos se ha fomentado en los últimos siglos una visión de España como ejemplo de fanatismo e intolerancia religiosa, donde la Inquisición española sirve para demostrar el carácter marginal del cristianismo ibérico y su influjo negativo de cara a una pretendida evolución más tolerante y abierta de la cristiandad europea en los siglos que siguieron a la Reforma. Curiosamente se va dibujando en la historiografía centroeuropea de los últimos decenios otra imagen extrema de España como un ejemplo jamás repetido de tolerancia y convivencia de las tres religiones del área mediterránea: judaísmo, cristianismo e islam. Esta paradójica confrontación de dos visiones extremas de cara a la realidad cultural y religiosa de la península ibérica parece estar pidiendo una explicación de cómo se pasó de una sociedad ejemplo de tolerancia y convivencia pacífica a una sociedad ejemplo de intolerancia y represión ideológica. Sobre el origen y las consecuencias de tan extrema dicotomía no ha sido hecha, que yo sepa, una reflexión a fondo. Hasta qué punto se podría justificar la necesidad o urgencia de tal reflexión es sumamente cuestionable. Un análisis de esos tópicos pondría muy pronto de manifiesto que las actitudes del cristianismo peninsular no fueron tan extremas como se pretende hacer ver. Seguramente no fue tan tolerante la pretendida tolerancia ni tan intolerante la pretendida intolerancia. Una reflexión sobre esta temática resulta más interesante si se atiende al origen y evolución de ese tópico y no tanto a su pretendida realidad. El motivo y contexto de tales afirmaciones es siempre más interesante que la verificación del contenido real de las mismas. En otras palabras: más interesante que la constatación de una extrema tolerancia o intolerancia en una época concreta del devenir histórico español es descubrir las razones que llevaron a admitir la existencia de tal esquema interpretativo.

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España fue durante muchos siglos un país de frontera en la cristiandad occidental. Apurando esta afirmación se puede decir incluso que España era la única región de la cristiandad occidental que vivía en contacto directo con otras religiones. Ese contacto entre las religiones en España no fue sólo de signo conflictivo sino que tuvo desde el siglo VIII hasta el siglo XV manifestaciones de convivencia e intercambio muy dispares. Desde la diáspora mozárabe hasta los levantamientos moriscos del siglo XVI el cristianismo español hubo de ensayar, por pura necesidad, una serie de modelos de convivencia entre los miembros de varias religiones. Esos modelos eran reacción a situaciones históricas y planteamientos sociales muy diversos. Las consecuencias de tales esfuerzos tuvieron necesariamente resultados muy diferentes.

El simple hecho de que los cristianos en España vivían en contacto con el Islam y en un orden social donde los judíos jugaban un papel decisivo en los centros urbanos, tanto bajo dominio musulmán como cristiano, tuvo enormes consecuencias para la identidad personal de cada individuo cristiano dentro de aquella sociedad plurirreligiosa. Un cristiano en el norte de Francia tenía necesariamente otra visión del mundo que la del cristiano en la Córdoba musulmana o, más tarde, en la frontera del reino nazarí de Granada. El infiel para el francés era un ser humano fuera de la sociedad cristiana, una persona que no creía en todo aquello en lo que se fundamentaba su existencia, pero una persona, sobre todo, de la que adivinaba su existencia pero que jamás había visto. Ese cristiano, fuese culto o analfabeto, podía vivir cien años sin encontrar una persona no cristiana. Para el cordobés, en cambio, era el infiel una persona de carne y con la que se encontraba a diario en la calle y de quien podía necesitar asistencia médica, a quien compraba el pan o las berenjenas, o con quien de niño había jugado a las canicas. Esta sencilla realidad no se puede olvidar al plantearse las diferentes visiones de la humanidad dentro de una generalizada e hipotética cristiandad occidental.


Desde que Juan de Mariana inventó el término «reconquista» para definir la expansión de los reinos cristianos peninsulares hacia el sur lleva éste una carga ideológica sumamente equívoca. Esos reinos cristianos, en principio enemigos del Islam, pusieron en práctica, por razones de supervivencia, una generosa política de asentamientos y repoblación dictada por motivos económicos muy concretos dejando en segundo término consideraciones de carácter religioso. Los fueros de las ciudades admitían y garantizaban el libre ejercicio de la religión. Judíos y musulmanes podían vivir en paz y sin temor a ser perseguidos. Las complicadas estructuras jurídicas y sociales de esa difícil convivencia ofrecían una amplia superficie para conflictos de todo tipo. La tolerancia, aun siendo real, no se fundaba en las premisas del concepto moderno de tolerancia. La tolerancia religiosa tiene hoy en día su fundamento, o bien en la indiferencia religiosa, o bien en el respeto a la dignidad y libertad de la persona humana, conceptos ambos que no caben dentro de una visión medieval del mundo. En la España medieval funcionó una tolerancia política que nunca estuvo dictada por reverencia a las demás religiones o por respeto a la libertad de los otros creyentes, sino, simplemente, por la necesidad de integrar dentro del sistema político una existente realidad social.

Esta tolerancia no supuso una mezcla o asimilación de las religiones. Los jerarcas de las tres religiones lucharon decidida y eficazmente por el mantenimiento de las diferencias. Tampoco la Iglesia se preocupó por fundamentar teóricamente la situación de hecho: de un lado sacaba todas las ventajas que aquella circunstancia singular le ofrecía y por el otro trataba de crear las condiciones para su eliminación. En frase de Américo Castro la tolerante estructura social medieval en España fue el «resultado de un modo de vivir y no de una teología». La Iglesia y los representantes de los otros grupos religiosos estaban teóricamente en contra de aquel orden y no hacían nada por conservarlo. La Iglesia oficial, en simbiosis con el poder civil, aceptaba esta situación sin canonizarla. La consecuencia inmediata de tal situación fue una sociedad multicultural que se diferenciaba enormemente de los postulados de la uniforme cultura cristiana en Occidente, determinada fundamentalmente por un ideario clerical, es decir, por los intereses de curas y frailes.


El grado de literalidad y formación científica de los judíos, cristianos y musulmanes fue, a lo largo del Medioevo español, muy diferente. Durante el dominio árabe fueron los musulmanes y su clase dirigente la que determinó las nervatura cultural en la península ibérica. En todas las manifestaciones culturales, desde la arquitectura a la música, la cristiandad española se adaptaba a su entorno. Con el dominio cristiano la cultura de los musulmanes, casi todos en menesteres agrícolas y artesanales, fue descendiendo paulatinamente, aunque no hay que olvidar que esos musulmanes sabían leer, pues por exigencias de su religión tenían que recitar los textos coránicos. La población judía fue conservando un alto grado de cultura y fueron desempeñando en la sociedad multirreligiosa bajo dominio cristiano una función de portadores de cultura, ejerciendo oficios que exigían un alto nivel de alfabetización. La cultura judía registró en la España medieval una verdadera edad dorada. En sus aljamas no sólo se cuidaban las ciencias relacionadas con el estudio de la Biblia, su alto nivel cultural motivó que numerosos judíos ocupasen en la administración de los estados cristianos puestos clave y ejerciesen una enorme influencia en las finanzas y estructuras administrativas de los mismos. También hubo judíos en otras partes de Europa. Fuera de España, sin embargo, vivían marginados y tuvieron que esperar al siglo XIX para emanciparse y afirmarse dentro de la sociedad. La conocida tesis de Américo Castro sigue siendo válida: mientras la historia de la Europa medieval se puede exponer sin nombrar a los judíos, la historia de España no se puede explicar sin considerar la acción e influjo de las aljamas judías.

Frente al alto nivel cultural de los judíos, se constata con claridad un alto déficit cultural en las masas cristianas. La cristiandad española era una sociedad de frontera, una sociedad que había encontrado su identidad en la lucha contra el infiel. La ideología de la clase dirigente estaba dictada por las armas y no por las letras. El catálogo de virtudes del cristiano español correspondía a una mentalidad militar y a un ideario castrense sin concesiones hacia manifestaciones de carácter cultural o humanístico. Al término de la primera gran expansión de los reinos cristianos a finales del siglo XIII, la cristiandad española hizo enormes esfuerzos por recuperar la tradición cultural musulmana y afirmar su hegemonía política en el campo de las letras. Con el apoyo de intelectuales judíos se procedió, sobre todo bajo Alfonso X, el Sabio, a una traducción y asimilación del acervo cultural árabe. Esta acción no sólo supuso un enorme empuje a las estructuras jurídicas de los reinos hispánicos, sino también en la literatura y en las artes plásticas. La labor cultural de los cristianos españoles, sobre todo en la traducción de la ciencia árabe, influyó en Europa y fue, sin duda alguna, la mayor aportación de España a la cultura europea.


Esta cultura cristiana, empapada de tradiciones musulmanas y judías, que se fue estableciendo en España se diferenciaba substancialmente de la cultura clerical tal y como se desarrollaba en la Europa cristiana bajo los postulados teológicos y jurídicos de las universidades de París y Bolonia. La cultura de los reinos cristianos descuidaba sus vínculos con la cultura de la cristiandad europea. Sobre todo en el pensamiento jurídico se ignoraban sacrosantos principios de la tradición civil y canonística de corte cristiano. Los juristas de la curia romana y la ciencia oficial desconfiaban de los fundamentos jurídicos del orden social de la cristiandad española. La famosa fundación de un colegio para estudiantes españoles en Bolonia, promovida por el influyente cardenal Gil de Albornoz, tenía como finalidad primaria la formación de juristas según el espíritu del derecho romano cristiano tal como se concebía y se venía dictando en los medios intelectuales de la jerarquía eclesiástica. Con ello se pretendía frenar el camino especial y las estructuras originales de la sociedad hispana cuyo derecho estaba influenciado por las concepciones del derecho judío e islámico, que imperaban todavía en numerosas estructuras vitales de la sociedad hispana. También las compilaciones de Raimundo de Peñafort, que tanto éxito tuvieron en la formación del Derecho eclesiástico, contribuían a dejar en claro las bases jurídicas de la sociedad cristiana y a crear un cuerpo jurídico único y válido para toda la cristiandad bajo la clara y decidida superioridad del obispo de Roma.

El golpe decisivo a la estructura multicultural en España lo dieron los frailes mendicantes. Los dominicos y los franciscanos dependían directamente de Roma y estaban exentos de la jurisdicción territorial de los obispos. Toda su labor pastoral estaba dictada por los postulados monárquicos y exclusivistas del Papa romano. La formación intelectual de los frailes estaba dictada por la Universidad de París, donde muy pronto se hicieron fuertes, determinando decisivamente el desarrollo de la cultura cristiana occidental.


Desde un punto de vista estrictamente cristiano, la cultura que se desarrollaba en España bajo el influjo de la ciencia árabe y judía no estaba en consonancia con los ideales unitarios de la cristiandad. El orden social que se imponía en España era un escándalo más allá de los Pirineos. Sobre todo, el trato que se daba a los judíos era criticado dura y constantemente desde la Curia romana. En España no se regulaba la convivencia y el trato con los judíos con la rigidez que se imponía en Europa. Tampoco se dictaron normas sobre su vestimenta y obligaciones de tipo social. Los europeos constataban en España un estilo de vida que difería fundamentalmente del estilo de vida cristiana en el resto de Europa. Cuantos más extranjeros visitaban España tanto más cundía el escándalo y la incomprensión sobre formas de vida extrañas al resto de la cristiandad. Pero fue, sobre todo, cuando los españoles empezaron a atravesar los Pirineos, donde se dejaron constatar más esas diferencias.

La representación de lo español como algo no acorde con lo europeo surge preferentemente en las repúblicas marineras de Italia cuando los «hispani» procedentes de la franja mediterránea de la península ibérica, comienzan a mostrar sus pretensiones de dominio en las islas del Mediterráneo occidental. Poco a poco, se va formando en Europa una actitud de reserva frente a todo lo hispano. Los europeos comienzan a ver en España un país de frontera no del todo cristianizado con costumbres que califican, por el mero hecho de no darse en el resto de Europa, de no cristianas y contaminadas de islamismo y judaísmo. Con el término «español» se denomina todo lo que resulta extraño y se sale de la norma. Aún hoy en alemán para decir que una cosa nos suena a chino se utiliza, en lugar de «chino», e1 término «spanisch». Los viajeros del resto de la cristiandad occidental constatan en aquella tierra, para ellos tan lejana como hoy para nosotros la China, raras reglas de conducta. En las cortes y en las ciudades anotan raras costumbres y comportamientos orientalizantes que, unidos a una presencia masiva de miembros de otras religiones, causan extrañeza, admiración y, en espíritus pusilánimes, temor por la pureza de la fe. El lema «Spain is different» se hizo realidad en las conciencias europeas mucho antes que lo hiciera suyo la propaganda turística.


La imagen de España toma las conturas clásicas de una representación colectiva sobre una nación y cualidades diferenciales de un pueblo. Las afirmaciones sobre los hombres de la península ibérica son cada vez más tajantes y negativas. En ellas se expresa el miedo a perder aquella idealizada identidad cristiana y el claro orden jerárquico que ella implicaba. Esa representación negativa se hace lugar común en la literatura oral y escrita de los pueblos europeos. El español es un mal cristiano, una mezcla de judío, cristiano y moro, un medio judío, un medio moro o un cristiano judaizante. Esta imagen se propaga sobre todo cuando la casa real de Cataluña y Aragón comienza a poner en práctica sus pretensiones imperialistas por el mar Mediterráneo. Aquellos mercaderes, aventureros, marineros y guerreros a sueldo que merodeaban por los centros del comercio marítimo en la Italia septentrional o entraban a sangre y fuego por tierras de Grecia y Sicilia eran «hispani» y como tales se les denominaba y temía. Las brutales aventuras del caballero de origen germánico Roger de Flor o de aquel caballero calabrés Roger de Launa al mando de mercenarios catalanes entraron en la historia de los pueblos que las sufrieron como obra de españoles. Esos «españoles» desdecían en los centros donde prevalecía la refinada cultura de la naciente burguesía mercantil italiana. Aquellos «hispani» por donde pasaban imponían nuevos criterios de dominio destruyendo la formal y rígida estructura de su entramado social. Al español se le odia y se le identifica con un objeto ya anteriormente odiado y despreciado en la cristiandad: el judío y el moro. Los italianos veían en la raza española rasgos de las odiadas razas judía y mora. Los españoles pertenecen a un pueblo impuro y proceden de una sociedad no del todo ortodoxa, una sociedad no del todo integrada en la sociedad cristiana.


Esta representación del español, que con tanto cuidado y fidelidad a las fuentes ha descubierto el investigador sueco Sverker Arnoldson y magistralmente ha interpretado Pierre Chaunu, es el comienzo de algo que se puede, o no se puede, llamar «leyenda negra». Sea negra o blanca, fue una representación colectiva que tuvo una larga cola. Esa imagen nacida en Italia se propagó por el norte de Europa como secuela de las guerras de religión. Se utilizó como propaganda bélica para desprestigiar al enemigo español. Con ella se pretendía frenar la expansión de una nación periférica defensora del Papa identificándola con las odiadas razas no cristianas. Para el europeo es España una tierra de raza inferior y dudosa ortodoxia. Esta representación colectiva se fue afianzando y reforzando porque en ella se iban recogiendo solamente aquellos aspectos que apoyaban los prejuicios ya admitidos. Así, en la propaganda antiespañola de los franceses durante las guerras de Italia, el rey de Aragón es un «fis de marran et marrane». Para el poeta alemán Opitz los españoles son «scheubliche Maranen, Scheinchristen und Dreckskerle» (horripilantes marranos, cristianos sólo en apariencia y tipos puercos). Martín Lutero, por ejemplo, prefería ver Alemania dominada por los turcos que por los españoles. Es decir, Lutero prefería verse bajo el dominio de los árabes otomanos que bajo los judíos o árabes magrebíes. En resumidas cuentas: la cristiandad occidental veía en España una tierra donde no se había logrado plenamente la cristianización. Cuando esos mediocristianos comienzan a dominar con sus ejércitos el norte de Europa, se levanta la conciencia cristiana de esas naciones y deja al descubierto tendencias nacionalistas y racistas recubiertas de un manto religioso.


Esta visión tan negativa e insistente hería de lleno la conciencia y el orgullo de los cristianos españoles. La nobleza hispana, que siempre se preocupó en demostrar su ascendencia gótica, se consideraba tan cristiana como el que más. ¿No habían luchado durante siglos en la vanguardia de la fe defendiendo y extendiendo las fronteras de la cristiandad? El altivo hidalgo español que constataba esa imagen negativa por Europa adelante no podía comprender como alguien podía dudar de la pureza de su cristianismo. Sin este contexto malamente podríamos llegar a comprender con que seriedad y extrema consecuencia los españoles se dedicaron durante siglos a demostrarle al mundo la pureza de su sangre cristiana. Todo un género literario que floreció en los siglos XVI y XVII y que se podría denominar «Laudes seu defensio Hispaniae» se dedicó a contrarrestar esa propaganda negativa sobre las gentes de España. Este tipo de literatura tuvo su corona en la magna y hoy, por desgracia, poco leída y reconocida versión latina de la Historia de España del jesuíta Juan de Mariana, quien página a página va construyendo una idea de España en claro contraste con las representaciones negativas relativas a su nación que el había conocido todavía muy joven en sus estancias en Italia y Francia.

Esta defensa de España solía comenzar con la demostración de la pureza cristiana de raza y fe de los habitantes de la península ibérica llamados por Dios a ser punta de lanza en la lucha por la expansión del cristianismo. Todo el impresionante tinglado de los estatutos de limpieza de sangre y aquella burguesía traicionando sus orígenes en una costosa carrera por conseguir cartas de hidalguía, es decir, todas aquellas cosas relativas al linaje que marcaron la convivencia española en los primeros siglos de la modernidad son, en gran parte, reacción a este herido orgullo de raza. Los españoles querían demostrar al mundo la integridad de su religión. Integrarse plenamente en Europa significaba eliminar el pasado judío y musulmán que la especial situación de frontera había impuesto en la sociedad española, es decir, los hechos diferenciales de la cristiandad española frente a la europea. Con cierto tono provocativo se podría decir que España dejó de ser una sociedad abierta a otras culturas y religiones en el momento en que pretendió, a toda costa, integrarse en la cristiandad europea. Una cristiandad que defendía un modelo de sociedad cerrado, totalmente cristiano, sin concesiones a otras religiones o formas de vida.

El modelo europeo de cristiandad acabó con todos los intentos de integración de las otras comunidades religiosas y sus secuelas culturales en el cuerpo social español. La sociedad española pretendió cristianizar sus estructuras según la normativa europea de sociedad cristiana. Los modelos ensayados en España estaban en abierta contradicción con la visión clerical y exclusivista de la cristiandad europea. Europa exigió de España la reconquista de su identidad cristiana sin concesiones a formas de convivencia o formas de cultura que ponían en entredicho la intolerante concepción exclusivista del «orbis christianus» donde sólo cabía una alternativa: creer en Cristo o morir. España dejó de ser tolerante cuando se quiso adaptar al modelo de cristiandad propugnado en Europa. En frase de Pierre Chaunu: «la intolerancia entró en España con vientos que venían de fuera».


La progresiva integración de la España medieval en la cristiandad europea tiene un paradójico epílogo. Aquella zona de la cristiandad a la que se le imputaba una cierta negligencia en aceptar las reglas sociales comunes a la cristiandad medieval se convierte, durante los primeros siglos de la Edad Moderna, en defensora a ultranza de todos aquellos presupuestos que tanto le había costado recuperar. Cuando una Europa dividida en naciones se preocupaba y luchaba por intereses particulares, interesándole un pito todos los programas de carácter universal que Roma y su clerecía seguían declamando, seguía España creyendo y esperando contra toda esperanza que se podían defender los sacrosantos valores de una cristiandad unida en un destino común. En el altar de la defensa de esos valores universales no se dudaba en sacrificar otros valores civiles y entorpecer el desarrollo de los derechos y libertades del individuo, tal y como imponían los nuevos tiempos.

Aquella España, que apenas había conocido la Inquisición medieval, desarrolló en la Edad Nueva una nueva Inquisición cuyo inicial objetivo fue erradicar todo el substrato judío en su cuerpo social. Un perfecto control ideológico que se puso al servicio de unos ideales obsoletos que ningún estado en su entorno se atrevía ya a hacer suyos.

 

 

 

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Esta breve reseña sobre las derivaciones que conlleva la situación periférica de la cristiandad medieval en España exige una consideración final que pretende aplicar todo lo dicho a la investigación del pensamiento medieval en la península ibérica.

Es muy importante considerar que, en España, hubo pensadores que vivieron conscientemente esa situación de frontera y la integraron en su pensamiento, en claro distanciamiento con el ideario teológico propuesto desde París. En la historia de la teología medieval española se pueden constatar actitudes y concepciones originales, desarrolladas por personas que reflexionaron sobre el cristianismo en su situación fronteriza, es decir, un cristianismo en diálogo con las otras religiones. Estos pensadores no exigían otra fe, sino la consideración de la fe en una perspectiva más universal. Eran personas conscientes de la situación real de un cristianismo que se creía centro del mundo y era en la conciencia de frontera una religión minoritaria dentro del ancho mundo. Por eso no dejaban de criticar profunda y seriamente la visión particularista del cristianismo cerrado, un cristianismo exclusivista ensimismado en sus problemas particulares sin la visión universal y dinámica del mandamiento de Cristo al final del Evangelio de San Mateo: «id por el mundo y predicad el evangelio a toda criatura». Sólo quien vivía en contacto con el infiel podía comprender que el cristianismo no era todo el mundo, sino una parte del mismo. Desde Álvaro de Córdoba a Bartolomé de las Casas, pasando por Raimundo Lulio, se puede trazar una línea de pensamiento cristiano consciente de ser levadura y no masa. Un pensamiento centrado en la comprensión del otro y en el mandamiento de propagar la fe que se planteaba necesariamente una cristiandad abierta al mundo y no un mundo cristiano reducido a los limitados horizontes de Centroeuropa.


Estos pensadores han de ser estudiados en su contexto hispano y no como corolario de los grandes pensadores de la cristiandad medieval. Los planteamientos escolásticos contemporáneos no son suficientes para definir una visión de la cristiandad que había nacido en un contexto más amplio y completo. Los estudios de teología medieval estuvieron hasta hace poco decisivamente determinados por los postulados teóricos de la Neoescolástica. Esta investigación, aunque supo mostrar el valor perenne de los planteamientos y soluciones de la época medieval, dejó, sin embargo, una visión parcial, monolítica y, por ello, incompleta del pensamiento medieval en su conjunto. Se estudiaba las aportaciones intelectuales de la cristiandad española como un corolario prescindible al margen de los geniales sistemas escolásticos. Los pensadores de la península ibérica se analizaban sólo en relación a esa sistemática.

Quizá sea Raimundo Lulio el pensador más característico en este sentido. Lulio desarrolló un sistema aparentemente hermético al que sólo se puede acceder si se tiene en cuenta su circunstancia de habitante de Mallorca en la generación que siguió a la reconquista de la isla por Jaime I. La metodología neoescolástica no permite acercarse a su pensamiento. La interpretación que se vino haciendo de Lulio dentro esa neoescolástica visión del pensamiento medieval, se limitaba a estudiar los escritos de Raimundo Lulio como reflejo del monolítico pensamiento escolástico, buscando afinidades y divergencias con Santo Tomás y, sobre todo, con la tradición franciscana, lamentando casi siempre la falta de rigor intelectual que se excusaba en Lulio por su falta de formación universitaria. Contra esta visión se viene resaltando en los últimos años, el carácter original de su pensamiento sin medir sus logros o deficiencias de cara a la teología escolar contemporánea. La grandeza del pensamiento luliano no se comprende en relación con los grandes autores medievales, sino en el hecho de haber encontrado o intentado Lulio nuevos y originales caminos en la comprensión de los problemas fundamentales de su tiempo.

Raimundo Lulio desarrolló su pensamiento en más de 250 obras escritas durante los cincuenta años que median entre su conversión (ca. 1263) y su muerte (1316). Su obra, sin embargo, no sólo es difícil de comprender a causa de su volumen sino, sobre todo, por la amplia gama de temas tratados que van más allá del monolítico temario lógico y teológico de la enseñanza escolar. También su estilo singular nacido del contacto con otras religiones, otras culturas y otras lenguas hace que los no habituados vean en sus escritos una extraña mezcla de geniales pensamientos con increíbles representaciones, singulares malabarismos gramaticales y aburridas repeticiones. A esto hay que añadir la barrera de su hermético lenguaje. Los que conocen el latín medieval encuentran en la mayoría de sus obras un lenguaje insulso y mediocre (por no decir deficiente). Además de este no fácil acceso formal a la lectura de sus obras el pensamiento luliano está íntimamente ligado a su personalidad y a su agitada biografía, todos los temas están tratados desde una perspectiva muy personal y en la íntima convicción de estar llevando a cabo una tarea impuesta y dictada por Dios.


Las dificultades del discurso luliano vienen condicionadas, no tanto por la complejidad de los conceptos y sus aparentes contradicciones, sino por las censuras y silencios que impone la lectura de sus obras en las que no se plantea presentar una exposición académica y sistemática de sus presupuestos intelectuales. Su única y exclusiva finalidad es la conversión del infiel. La determinante del discurso luliano no es, por ello, discursiva sino fundamentalmente apologética. Toda su obra se subordina a ese único fin. Todo lo que en Lulio tiene parecido con el común discurso intelectual de la época tiene que ser interpretado siempre desde esa determinante perspectiva de hombre de frontera, es decir, ha de tener su explicación en las constantes apologéticas que determinan la obra de Raimundo Lulio en general, y su teología en particular. Estas constantes se reducen a una doble finalidad: de un lado se persigue que el creyente alcance una mayor comprensión y vivencia moral de su fe, mientras la otra se propone proporcionar a ese creyente un instrumento para la acción misionera. El Ars de Raimundo Lulio es el medio en que se hallan contenidos los principios que fundamentan y hacen posible esta doble tarea, en tanto que dichos principios coinciden o reflejan exactamente los principios ontológicos universales.

Comienzo, fundamento y razón de todo quehacer luliano es el objetivo misionero, es decir, la conversión del infiel. Un objetivo que está fuera de las coordenadas en que se movían los intelectuales de su tiempo en los centros de cultura de la cristiandad europea. Pero la acción misional, en el caso de Lulio, no sólo se ocupa de los infieles, destinatarios naturales de la acción misional, ni de los medios para realizarla, sino también intensamente del actor, del misionero. Metodológicamente, el misionero es el primer destinatario de la incansable actividad luliana como escritor, y punto de referencia de su pensamiento. Esta prioridad, sin embargo, no sólo obedece a la lógica de los acontecimientos, sino que se convierte en condición de producción del sistema. La labor persuasiva del misionero se fundamenta y se realiza a través de los elementos que constituyen el proceso de formación propio. Los argumentos que convencieron al propio misionero en su reflexión comparativa con las otras religiones son los mismos argumentos que convencerán al destinatario final. El pensamiento luliano, su Ars como instrumento apologético y argumentativo debe considerar y repetir el proceso operado en el mismo sujeto que pretende convencer al infiel o simplemente al artista del Arte luliano. El Ars de Lulio no se inscribe en la normal transmisión del saber, sino que se presenta como obra de autor, algo nuevo en la cultura y causa, sin duda, de la profunda incomprensión del sistema. Lulio presenta el Ars como punto de llegada de un proceso personal. El calificarla como don divino y la constante referencia autobiográfica explican y definen constitutivamente su estilo y pensamiento. La comprensión intelectual de los artículos de la fe sirve, tanto para describir el punto final del esfuerzo personal del misionero y del artista, como punto final de todo esfuerzo de cara al infiel o al fiel alumno.


Desde su Mallorca natal pensó Lulio, con cierta ingenuidad, que todos los principes y jerarcas de la cristiandad estaban convencidos de la necesidad de convertir a los infieles. Lo único que él veía problemático era convencerlos de la viabilidad de tal tarea. Lulio, temperamento pragmático, bien sabía que sus planes de conversión necesitaban una base económica firme con el fin de financiar la formación de misioneros sabedores de la lengua árabe que habían de comunicarlo a los infieles. El desengaño de Raimundo en este sentido fue enorme. Cuanto más se aleja de Mallorca tanto más recibe el impacto de una cristiandad mirándose a su ombligo. Con la ilusión y optimismo del converso se había hecho una imagen de la cristiandad totalmente falsa. Ese encuentro de Lulio, hombre de frontera, con la cristiandad europea ignorante de sus fronteras está lleno de dramatismo. Lulio llegó pronto a la conclusión que «por culpa de la Iglesia los infieles permanecen en el error» (propter defectum ecclesiae infideles permanent in errore)[1]. Este defecto fundamental de la Iglesia, que se despreocupa de su funcion primordial, la recuerda Raimundo Lulio constantemente. A esta tarea de concienciar a los cristianos la llama él expresamente: «Facere conscientiam de errore fidelium»[2], que es su principal tarea como abogado procurador de los infieles.

Con el tiempo, se da cuenta de que toda tarea de conversión es ineficaz porque falta el entusiasmo y la voluntad de los cristianos de cara al infiel. Obsesionado por la difusión de su obra, que él continuamente perfeccionaba, se encontró el apoyo de sus correligionarios que lógicamente deberían ayudarle en su empresa. Dispuesto a batirse en la frontera con el infiel se percata Lulio que la fe se ha extendido pero las costumbres se han corrompido. La Iglesia se ha dilatado pero la multitud de los pecados es cada vez mayor. La virtud de la fe y la inteligencia de esa fe está por los suelos. Llegó, pues, a la conclusión que era inútil luchar en el frente infiel cuando la retaguardia seguía inmersa en una indiferencia total hacia ese problema.


Por eso tiene el término «conversión» en Raimundo Lulio una doble cara. De un lado, la aceptación de la fe cristiana por parte del infiel; de otro, la aceptación por parte del cristiano de sus obligaciones frente al infiel. El cristiano, ensimismado en los problemas internos de su entorno social, ha de ampliar su horizonte en función del ideal que aglutinó toda la existencia de Lulio y que formuló con toda claridad en la primera de sus obras, el Libro del gentil y de los tres sabios:

«E así como habemos un Dios, un creador, un señor, oviesemos una fe, una ley, una secta y una manera de amar e honrar a Dios, e fuésemos amadores e ayudadores los unos de los otros y entre nos no fuese ninguna diferencia e contrariedad de fe nin de costumbres...»[3].

 

Esta visión utópica de la humanidad es, para Lulio, una realidad alcanzable por la sencilla razón de que tal unidad es lo que Dios quiere. Si no se ha alcanzado y parece tan lejana su consecución, se debe a que aquellos que tienen en sus manos el llevarla a cabo no quieren poner los medios para realizarla. Todo el pensamiento luliano se explica desde esa experiencia de hombre de frontera en contacto con un cristianismo que no cumple con su función de ser elemento de unidad para toda la humanidad. Lulio exige de los cristianos que vivan conscientes de sus limites, de sus fronteras y que planteen su existencia individual y colectiva de cara a la conversión de todos al único Dios. Han de mirar hacia fuera por encima de los conflictos y pequeñeces de su administración interna.

No es el momento de analizar a fondo todos los aspectos de la alternativa luliana. Sólo importa darse cuenta de que el estudio de Lulio, o de cualquier pensador medieval fuera del recinto escolástico, ha de hacerse desde su circunstancia concreta y no como fuente de posibles relaciones con esta o aquella tendencia escolar. Sólo así se puede captar su originalidad. La consideración de su ideario nos proporcionará una visión de la ciencia y la cultura medievales más compleja, más amplia y más diversificada. Raimundo Lulio, un pensador en la frontera de la cristiandad al margen de las instituciones académicas, es también uno de los pocos pensadores de la península ibérica que ha traspasado las fronteras y ha acaparado la atención de importantes figuras del pensamiento europeo. Por haber asumido conscientemente su experiencia como hombre de frontera, aunque difícil de comprender, estuvo su pensamiento presente en la historia intelectual de Europa desde la Edad Media, pasando por los sueños de una ciencia universal en el Renacimiento, hasta las discusiones sobre el método científico de la primera modernidad. Gracias a su consecuente manera de plantearse la realidad cristiana, para encomiarlo o para censurarlo, pasó Raimundo Lulio por la mente y atrajo la atención de pensadores de signo muy diverso e intenciones dispares. La pacífica figura del laico Raimundo buscó toda su vida la concordia de la cristiandad como punto de partida de la unidad final de la humanidad. Fantástico programa de aquel «vir phantasticus» que vivía al margen de la cristiandad pero más consciente de las verdaderas dimensiones del mundo y el papel del cristianismo dentro de ese mundo.


[1] Cf. Liber de consilio III, 6 (Raimundi Lul1i opera latina, tom. X, Corpus Christianorum Continuatio mediaevalis 36, p. 197, lin. 436).

[2]Ibidem, p, 198, lin. 485.

[3] Reproducimos aquí el texto del Libro del gentil en una versión castellana del siglo XV, inédita, que se encuentra en el manuscrito de la British Library Add. 14041. La cita corresponde al fol. 80r.

 

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Con toda la razón del mundo, Ignacio Alonso García recuerda que el lema del escudo de España es “plus ultra” y no “non plus ultra”. Se me trabucaron las ideas al hablar por la radio. Yo iba a que el signo del dólar ($) es la estilización de las dos columnas de Hércules y el lema “plus ultra” que se escribe en una cinta ondulante. Fue un añadido que Carlos I hizo al escudo real para reconocer la hazaña del descubrimiento de América. La leyenda dice que en las columnas de Hércules, que estaban en Gibraltar, figuraba el lema “Non plus ultra”, es decir, no hay tierras más allá del océano. Por eso, al descubrirse América, el lema legendario se trocó en “plus ultra”, esto es, sí hay tierras más allá. 2004.

(Nota: Ahora en Europa con el dinero ‘Euro’, las dos columnas han quedado horizontales y no verticales como anteriormente).

 

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 «Una religión política» - «La cultura y la civilización árabes no son musulmanas», asegura Khalil. «Yo soy cristiano y soy árabe. Lo musulmán también forma parte de mi cultura, del mismo modo que para un ateo español lo católico es parte sustancial de su cultura, aunque no comparta ni practique esa fe. Lo que en Occidente no se sabe es que el Renacimiento que entra en Europa por la recuperación del pensamiento helenístico que traen los árabes a España, es un renacimiento cultural que se debe en su gran mayoría a los cristianos árabes, no a los musulmanes. En el siglo X, el noventa por ciento de los médicos árabes eran cristianos. Quienes tradujeron del griego al árabe a los pensadores, filósofos y matemáticos griegos, fueron los cristianos. Ellos aportaron al mundo musulmán algo que éste no tenía: el humanismo que surge del uso de la razón, no de la lectura del Corán. El islam es una religión pensada para el control del poder político, y el progreso de la cultura árabe se debió siempre a la presencia de los cristianos en todos los niveles». 

Señor doctor Samir Khalil Samir, sacerdote católico jesuita profesor de la Universidad St. Joseph de Beirut y del Pontificio Instituto Oriental de Roma, es hoy en día uno de los mayores especialistas en relaciones entre cristianismo e islam.  - 2003-11-19

 

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«Si el nacionalismo y la xenofobia llevan a la muerte por asfixia en Europa, el multiculturalismo a ultranza equivale a un suicidio programado. Cardenal Poupard. 2003-11-20-Madrid

 

EUROPA - Esperanza de futuro - En cuanto a la petición presentada por el Papa para el reconocimiento de las Iglesias cristianas en Europa, la futura Constitución se limita a una simple mención en el artículo 51 del título VII, donde se dice que «la Unión respetará y no prejuzgará el estatuto reconocido, en virtud del derecho nacional, a las Iglesias y las asociaciones o comunidades religiosas en los Estados miembros». «Se trata ¬continuó Poupard¬ de un artículo que las Iglesias comparten con las llamadas organizaciones filosóficas y no confesionales , con las que la Unión mantendrá un diálogo abierto, transparente y regular . Esta ¬explicó Poupard¬ es una solución poco afortunada y que plantea no pocos problemas de tipo jurídico: ¿quiénes son estas organizaciones filosóficas y no confesionales? ¿Es posible, a la luz de este artículo distinguir entre sectas, movimientos religiosos alternativos e Iglesias de arraigo en Europa?», se preguntó.
   El cardenal concluyó apelando a la memoria de los pueblos: «Un pueblo sin memoria es un pueblo sin esperanza. Yo no creo en el futuro de una Europa que abandone a Cristo para recorrer su camino en solitario. La memoria es la esperanza del futuro».
Cardenal Poupard – Madrid 2003-11-20

 

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La invasión a Hispania, propiamente dicha, inicia al romper el alba del 28 de abril de 711. Así comienza la inédita historia de la mozarabía hispana, grupo social de cristianos, que durante la invasión musulmana de la Península Ibérica, no abandonaron sus tierras cristianas. Por su permanencia histórica en sus lares durante siglos, recibieron el mote de ‘mozárabes’. Estos antepasados nuestros, en total soledad e indefensión, afrontaron el riesgo que tal determinación supuso, y al precio de la sangre y el fuego, pagaron. A la mujer le correspondió la peor parte desde el primer momento, agravándose su suerte un siglo más tarde, cuando un buen número de mozárabes «bajo la presión de extorsión, usurpación y vituperios mahometanos», había abrazado forzadamente el islam. Si la ofensiva militar, capitaneada por don Pelayo en defensa de Hispania, fue la réplica simultánea a la invasión sarracena, iniciándose así la Reconquista de nuestro suelo, en Córdoba, más tarde, en el siglo IX, tendrá lugar otra réplica, pero en el campo de las ideas.

Ante el peligro evidente de un sistemático proyecto de siembra de ambigüedades en el terreno metafísico, doctrinal o filosófico, dio mucho que hablar la manifestación cristiana, alentada principalmente por monjes y monjas de los numerosos monasterios cordobeses, cuyo entusiasmo prendió también entre los sacerdotes y fieles comprometidos. La cabeza de esta contestación en defensa de la fe y de la filosofía cristiana, fue san Eulogio. Así, la página martirial cordobesa, es un precioso legado mozárabe de fe cristiana. Una luminosa página de la Iglesia Católica que bajo el martirio y acoso de las fuerzas aterradoras del mahometismo, quedó escrita con sangre y fuego para ejemplo de todos. Y, las tropas sirias comandadas por el jefe Balch Ibn Birhr, fueron entre las más crueles y sanguinarias, como las de Abderramán II, causando millares de mártires entre las vírgenes consagradas; precisamente ellas y los monjes que, en silencio claustral vivían en loas a Dios.

 

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   Le pondré otro ejemplo: la caída, aparentemente fácil, del reino hispanogodo. Es un hecho indudable que España fue entonces conquistada por los musulmanes en tres a cinco años. De ahí han concluido numerosos historiadores que el hecho solo pudo deberse a que el reino estaba carcomido por dentro, que la población detestaba a los gobernantes y prefería a los musulmanes, que aquel reino no tenía nada que ver con lo que sería España y que esta se habría forjado durante la Reconquista desde la nada, como quien dice…

   Pero esas conclusiones no se apoyan realmente en nada, son simples lucubraciones muy poco refinadas a partir del hecho del derrumbe relativamente rápido del reino de Toledo. No toman en consideración el dato de que los musulmanes, en plena fase expansiva, habían derrotado a reinos y ejércitos mucho más poderosos que el visigodo y conquistado, con relativamente pocas fuerzas materiales,  países más extensos, poblados y ricos. O no quieren valorar un factor esencial: la traición de una parte del ejército godo, por disputas internas y que puede darse y se da a menudo sin necesidad de que exista una descomposición acentuada. Otros datos  importantes nada tenían que ver con la descomposición política: pestes y sequías arrasadoras que debilitaban inevitablemente la capacidad de resistencia del país.  Por otra parte, en el siglo XX hemos visto cómo un país tan grande y poderoso como Francia caía en manos de Alemania no en cuestión de años, sino de meses. Y a nadie se le ha ocurrido, que yo sepa, concluir de ahí que los franceses estaban hartos de su independencia y de sus gobiernos y deseaban el yugo alemán.


   Por otra parte no se puede disociar, como a menudo se pretende, la Reconquista del previo reino hispano-godo. La Reconquista fue emprendida desde el principio como reivindicación de la España perdida. Digo desde el principio porque, aunque los primeros documentos conocidos que lo plantean así son de algunos años después de Covadonga, tampoco muchos, la rebelión asturiana tuvo desde el primer momento un carácter muy distinto de las antiguas correrías, prácticamente de bandidaje, realizadas por la población local en tiempos de Roma y del propio reino de Toledo. Sin este, resulta muy difícil imaginar la Reconquista.

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/yave-prometeo-y-naturaleza-humana-manifiesto-gibraltar-es-arbitraria-la-historia-9328/

http://blogs.libertaddigital.com/ - Pio MOA, prestigioso historiador y escritor.

CDV. 25. III.MMXI Festividad del Verbo encarnado, Anunciación a la Stma. Virgen


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INVASIÓN MAHOMETANA AÑO 707, 710, 711

 

Conrad, Philippe: Histoire de la Reconquista, ed. Presses Universitaires, París 1997, 128 págs.

Dentro de la popular colección "Que sais-je ?", el profesor Conrad aborda un capítulo de la historia de España que se inicia con la caída del reino visigodo y la invasión norteafricana hasta la definitiva expulsión de los últimos moriscos en 1609.

A pesar de la resistencia de los bereberes, el primer califa omeya terminó su conquista de lo que hoy es Marruecos,
el año 707, y un trienio después una pequeña hueste de reconocimiento (400 hombres) cruzó el estrecho sin encontrar resistencia. El 711, el gobernador de Tánger con unos diez mil hombres invadió la península y venció en el Guadalete al último rey visigodo, Rodrigo. Vino instigado y apoyado por los witizianos, partidarios de los hijos del monarca anterior; pero también por los judíos, punto éste que apunta aunque no desarrolla Conrad. Así los hebreos se vengaron de la persecución sufrida durante el periodo visigodo y obtuvieron del invasor un trato benigno, al menos hasta la oleada de los fundamentalistas almorávides y almohades. La importante complicidad hebrea ha sido estudiada, entre otros, por el máximo especialista español en el periodo, el prof. Orlandis. Conrad equipara la traición judeo-witiziana con la apelación de Atanagildo a los bizantinos y la de Sisenando a los francos; pero estos últimos se dirigieron a cristianos sin las dramáticas consecuencias de la ocupación islámica de la península como ampliación de la ya realizada en la mayor parte de la cuenca mediterránea.

Las poco numerosas tropas norteafricanas, compuestas en su mayoría por reclutas bereberes, ocupan la península en una guerra relámpago. ¿Cómo se explica este hundimiento visigodo? Conrad insinúa que para los hispanos aquello fue un "cambio de dinastía" relativamente "normal". No. La rapidez de la ocupación solo puede explicarse por la interna descomposición de los visigodos, empeñados en una guerra civil, minados por los judíos, y con algunos condes como Teodomiro y Casio, dispuestos a convertirse en dóciles feudatarios del Islam.

¿Se arabizó España? Sánchez Albornoz ha demostrado que la influencia islámica fue muy superficial; pero el autor, sin sumarse al ya refutado extremismo de Américo Castro, se adhiere a una tesis intermedia, fundada en la presunta expansión lingüística del árabe y en una presencia étnica. Ahora bien, la lengua hispano-romana nunca dejó de dominar en la Península (sólo unas cuantas decenas de vocablos españoles tiene raíz semítica), y la aportación de sangre árabe fue insignificante. La huella de la islamización es definitiva en el norte de África, en Turquía y en algunas áreas balcánicas; pero es mínima en el sur de Italia, en Portugal y en España. Esa es la prueba definitiva de la superficialidad de la arabización.

¿Por qué se prolongó la ocupación hasta 1492? Principalmente a causa de las rivalidades entre los reinos cristianos. Sólo la unidad nacional lograda por los Reyes Católicos permitió desalojar a los invasores: los que no quisieron convertirse al cristianismo fueron expulsados en 1525. El autor justifica esta medida contra una minoría cultural y políticamente inasimilable; también rechaza la versión tremendista de la Inquisición, pieza esencial de la Leyenda Negra.

Apoyado en una selecta bibliografía, en la que destacan las investigaciones del profesor Luis Suárez, el autor, con erudita claridad, reconstruye el lento y alternante proceso de la reconquista, convertida en cruzada en los siglos XII y XIII y, luego, debilitada hasta el impulso final en 1492. Este libro es una seria revisión académica de los tópicos que ciertos anacrónicos manuales franceses aún arrastran sobre la historia de España.
Diego Arnedo - LIBROS: Histoire de la Reconquista

http://galeon.hispavista.com/razonespanola/re91-con.htm

 

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Mahoma guerrero y sus crímenes. - No obstante, hay que reconocer que en la historiografía musulmana y en el propio Corán quedan testimonios de episodios de violencia liderados por el propio profeta o convalidados posteriormente por una revelación. Por citar sólo dos incidentes resumiré los siguientes. La batalla de Badr en marzo de 624, en la que una emboscada de Mahoma a la caravana de Abû Sufyân, acabó con una victoria de 300 musulmanes sobre 1.000 mequíes que acudieron en auxilio de la caravana, de los que 70 murieron en lucha y otros tantos cayeron prisioneros.

Este episodio es presentado en el Corán como una victoria que Dios concedió a sus fieles: "No erais vosotros quienes les mataban, era Dios quien les mataba" (Corán 8,17). La victoria es presentada como prueba de la verdad de la revelación coránica. La batalla del foso en abril de 627 fue iniciada por los mequíes con objeto de acabar con dos años de guerra de guerrillas. En torno a 10.000 guerreros se dirigieron contra Medina. Una trinchera ante la ciudad detuvo a los confederados mientras Mahoma negociaba secreta y exitosamente con algunas de las tribus de la confederación mecana en medio de diversos combates aislados, hasta que consiguió sobornarlas.

Una tempestad cayó sobre el campamento mecano y provocó el retorno de los confederados a la Meca. Impulsado por esta victoria a medias, Mahoma atacó a la última tribu judía de Medina, los Banû Qurayza, que había pactado con los mequíes. Puestos anteb la alternativa de conversión o muerte, solo cuatro se convirtieron al islam, mientras entre 600 y 900 hombres fueron decapitados, siendo las mujeres y los niños reducidos a la esclavitud (Cfr. Corán 32,26).

 

 

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Mahoma el profeta, en Medina hubo de constituir y estructurar una comunidad y un estado. Se encontró, en palabras de un predicador musulmán, siendo el que está delante en la mezquita (al-Imâm fî-l-masyid) gobernante de los musulmanes (hakim al-muslimûn) y jefe en la batalla (qâ´id fî-l-ma´araka). Es decir, líder religioso, jefe político y caudillo militar. Esto ha marcado la cristalización del derecho islámico en las cuatro escuelas jurídicas islámicas.

 

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P: Se habla mucho de las tres culturas y de la convivencia que había entre ellas. ¿No es cierto que los musulmanes persiguieron vivamente a los judíos y en concreto los judíos de Lucena fueron exterminados por los almorávides?.

 

R: Me veo obligado a remitirle a mi "España frente al islam" que, Dios mediante, aparecerá a finales de enero. Desde luego, le adelanto que el islam llevó a cabo un verdadero genocidio con los cristianos mozárabes e hizo la vida bien difícil a los judíos forzándolos a apostatar bajo pena de muerte como fue el caso de Maimónides que tuvo que exiliarse. Dr. historiador don César VIDAL. L.D. 2003-12-23.


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Almudena: ¿de al-mudaina, o de al-mudín?
Orígenes del nombre de nuestra Patrona 1085

 

 

Santa María de la Almudena, como otras advocaciones de la Virgen, tiene una relación directamente topográfica. A las Almudenas, que son primero María, quizá se les haya explicado que la segunda parte de su nombre viene de al-mudaina,la ciudadela, diminutivo en alguna región árabe de al-medina: la ciudad. Como la iglesia de Santa María, después de la reconquista definitiva de Madrid por Alfonso VI en 1083 y del reencuentro del pueblo con la imagen de su Virgen el 9 de noviembre de 1085, estaba en medio de la ciudadela que era Madrid –en el ángulo que forman las actuales calles Mayor y Bailén, frente al Palacio de los Consejos–, por eso se le habría añadido esa connotación local. Además, al famoso palacio de Mallorca se le continúa llamando Almudaina, y un pueblo y una sierra de la provincia de Alicante tienen la misma denominación. No obstante, al-mudaina no figura en el diccionario de la Real Academia Española, porque no derivó a palabra castellana alguna.
Pero es que la determinación Almudena añadida a Santa María, para referirse a su imagen y a su iglesia, no aparece escrita hasta bien avanzado el siglo XIV. Y, hasta entonces, cuando escriben exclusivamente almudaina se refieren nada más que a la ciudadela. En el fuero de Madrid de 1202, o en otros documentos durante casi trescientos años, de esta imagen de la Virgen y de su iglesia se escribe únicamente «de Santa María», o «de Santa María la Mayor». Todavía en 1427 se designa a la parroquia –sólo– «de Santa María». Si Almudena, para calificar a la imagen e iglesia de Santa María, proviniera de la referencia con la ciudadela rodeada de la antigua muralla, ¿no hubiera tenido que aparecer antes? Porque, normalmente, se escribe después de lo que se habla.
En cambio
almudí, o almudín, es palabra española, proveniente –según el diccionario de la RAE– de la palabra árabe al-muddi, y ésta de al-mudd, almud: unidad de medida para áridos (no hay que confundir la palabra española almudín con la actual árabe que suena igual y significa religioso, mientras que el español almudín se sigue diciendo en árabe al-muddi, con acento grave y no agudo). Almudín se ha venido empleando para designar alhóndiga, edificio para compraventa de trigo, o alholí, para almacenarlo. Es bien conocido el Almudín de Valencia, como espléndida lonja de trigo, y acaban de ser descubiertas las ruinas de otro en el centro de Teruel, como granero de trigo para toda la ciudad. Y filólogos creen posible que Almudena provenga de un masculino como almud, o, almudín.
Consta que, cuando Alfonso VI quiso dedicar en Madrid una iglesia a la Madre de Dios construida sobre la mezquita, que a su vez había sido edificada sobre otra iglesia visigótica anterior, se tomó el local del vecino
al-muddi para ampliarla. Y consta que años más tarde, cuando Madrid estuvo cercada en 1197 por las tropas de Miramamolín, al escarbar en una pared recién hecha del mismo templo caía del antiguo al-muddi copioso trigo, del que la población sitiada pudo abastecerse en abundancia.

Citas en textos

Hay que reconocer que existe también el mismo problema del silencio hasta que, ya en 1377, un bachiller en Cánones ordenó en su testamento que dieran «para la obra de Santa María de la Almudena, de aquí de Madrid, mil maravedíes, especialmente para la claustra que está derribada», y cabalmente en ese mismo año fue reconstruido el claustro y fueron alargadas las naves de la iglesia para igualarlas con la central. Desde entonces, pues, ya se la conocía como Santa María de la Almudena, por el lugar donde estaba situada la iglesia y donde se rendía culto a su imagen. No cabe duda de que se la denominaría así para distinguirla de otra advocación coexistente en el mismo tiempo, con imagen y ermita tan sólo a poco más de media legua, la de Atocha (por los atochares o espartizales del lugar).
Además, ya en 1569, Juan López de Hoyos, maestro de Cervantes, explicaba que Almudena procedía de
almud, porque en la puerta de la vega hubo uno de piedra; y en 1853 José María Cuadrado, en 1861 José Amador de los Ríos, en 1868 Ramón Mesonero Romanos, en 1885 Vicente de la Fuente, en 1949 Alfonso Iniesta y L. Gonzalo Calavia, y en 1951 Antonio Velasco Zazo, cronistas de Madrid, han afirmado que proviene de almudín.
No es impensable, por tanto, que Almudena pueda proceder más de
al-mudín que de al-mudaina. Y que en esta advocación, tan antigua y tan hermosa, de la Virgen, Patrona de Madrid y de la archidiócesis, coincidan: su relación con la ciudad amurallada, puesta sobre un monte, y su conexión con el trigo, y el pan consubstancial para la vida y transubstancial en la Eucaristía.

Joaquín Martín Abad

 

 

Grabado en cobre por Mariano Salvador Maella y Juan Moreno Tejada,
hacia 1.085. (La Imagen va cubierta con un velo que corresponde
a la talla de madera y que en la actualidad no existe)

 

 

 

 

Etimología de la Almudena

Sobre el nombre de Almudena he visto varias veces que se buscan penosamente etimologías y orígenes, sin mucho acierto. Por poco árabe que se sepa, es claro que Almudena es una sencilla palabra árabe, que es un diminutivo de Al Medina, es decir: La Ciudad, y por tanto significa La Pequeña Ciudad o La Ciudadela, que es lo que era Madrid en el primer milenio, una ciudadela. Como de Alcalá, El Castillo, deriva Alcolea, El Castillejo; y de Alcaniza, La Iglesia, deriva Alcuneza, La Iglesuela; así de Al Medina, La Ciudad, deriva Almudena, La Ciudadela, palabra normal en árabe. Por tanto, hablar de la Virgen de la Almudena es hablar de la Virgen de la ciudad de Madrid, justamente Patrona de la Villa.

Julio Sagredo Viña - Madrid – España 2008.XI.21

 

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El Niño desnudo de la Almudena

 

Al contemplar la talla de Nuestra Señora de la Almudena llama la atención hasta el interrogante: ¿por qué la Virgen está vestida y el Niño completamente desnudo?

 

Al contemplar la talla de Nuestra Señora de la Almudena, llama la atención el Niño desnudo. Mucho más llama la atención si se la compara con las tallas de la Virgen de Atocha y de Nuestra Señora de Madrid, en las que el Niño Jesús está vestido; o como también sus vestidos están tallados o esculpidos en las de: Begoña (Bilbao) y Los Reyes (Sevilla); la Virgen Blanca, de Vitoria, o la de la catedral de Toledo; la de Monserrat (Monistrol de Monserrat) o la de los Ojos Grandes (Lugo); y la de Lluc (Mallorca) o la de Guadalupe (Cáceres). De norte a sur y de este a oeste. (El Niño de la del Rocío es muy posterior a la talla de la Virgen).
Además, los Austrias auspiciaron mantos de telas ricas y bordadas sobre las imágenes que, a su vez, dentro de ellas llevan pintados sobre la escultura sus propios vestidos. Cosa distinta es otra serie de imágenes, llamadas
de vestir, a las que sólo se les talla caras, manos y pies, y luego se entroncan en un armazón que sostiene las túnicas y los mantos de tela.
No obstante, el Niño de la Almudena, a quien la Virgen tiene actitud de mostrarlo, está desnudo del todo y sin nada en las manos. Igualmente el de la Virgen del Pilar en Zaragoza, Patrona de la Hispanidad, aunque éste lleva en la mano izquierda una paloma; el de la Santina de Covadonga (Cangas de Onís) -añadido a la Virgen-, aunque se le suele ver con manto de tela por encima; y el de
la de Aránzazu (Oñate), imagen esculpida en piedra, Niño que lleva en su mano izquierda un fruto.
Las imágenes de la Virgen del románico y del gótico -hasta mitad del siglo XV- llevan al Niño con vestido de talla o esculpido. Las imágenes desde la segunda mitad del siglo XVI en adelante también, porque el Concilio de Trento ordenó el decoro de las imágenes en las iglesias. Pero en la segunda mitad del XV, llamado
el siglo de la Encarnación, y en la primera mitad del XVI, andando el Renacimiento, fueron talladas imágenes de la Virgen con el Niño completamente desnudo con esta intención: mostrar al Niño como verdadero niño y que, siendo Hijo de Dios, y Dios, es simultáneamente Hijo de la Virgen María, y hombre. Era poner en imagen el poema latino atribuido al papa Inocencio VI: «Ave, verum Corpus natum de Maria Virgine (Salve, verdadero Cuerpo nacido de María Virgen)», que desde 1362 se fue extendiendo y divulgando en el culto eucarístico por toda la Iglesia. O el texto evangélico, que repetimos diariamente en la recitación del Ángelus: «Et Verbum caro factum est. Y el Verbo se hizo carne». Para que, al ver la imagen del Cuerpo de Cristo, admiremos con fe la encarnación del Verbo. Las señales de que había nacido el Hijo de Dios fueron la de los pañales y la del pesebre, como aparece en el evangelio de San Lucas. San Francisco de Asís se encargó de ponerlas en imagen, en Greccio, para que el Misterio entrara a todos por los ojos hasta el corazón. La señal del misterio de la Encarnación era mostrar al Niño en todo su cuerpo, que es cabalmente varón, sin pañales ni vestidito, sino tal cual. En cuerpo y alma. Para que se pueda comprender y adentrar desde los ojos hasta el espíritu el texto de la carta a los Hebreos: «Me has formado un cuerpo». La humanación de Dios.
Así, el Niño desnudo en brazos de su Madre Virgen hasta resulta un dato para fechar las imágenes de hace siglos. No sabemos cómo era la primitiva imagen de la Almudena, ni
la del Pilar ni la de la Santina, que perecieron incendiadas. Pero la señal del Niño desnudo nos indica que estas actuales imágenes pudieron ser talladas entre esos cien años que van desde la mitad del XV a la del XVI. Después, muchos escultores optaron por vestir al Niño Jesús, medio desnudo, con el fin de compaginar el sentido del recato de su época con la mostración de la humanidad del Señor.
En el museo de la catedral de Madrid se pueden contemplar los trajes y las distintas coronas con que en otros tiempos se ha vestido a Nuestra Señora de la Almudena y al Niño. Pero ahora se muestra la imagen en su talla original y, por cierto, bien restaurada recientemente en el
Estudio-taller de restauración, de la Fundación del Arzobispado de Madrid Nuestra Señora de la Almudena.
El Niño
, pues, totalmente desnudo. Y, al ser mostrada la imagen de Nuestra Señora de la Almudena con el Niño sin vestir, podemos rezar, en el templo o en la procesión, exclamando desde la hondura de nuestro amor: ¡Salve, Señora!
y, a la vez, dirigiéndonos al Hijo, sobre todo en el culto eucarístico donde está realmente su Cuerpo y ya no sólo una imagen: ¡Salve, verdadero Cuerpo nacido de la Virgen María!

Joaquín Martín Abad – 2008.XI.13

http://www.alfayomega.es/revista/2008/615/15_contraportada.html

 

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¿Fue Madrid fundadas por los invasores musulmanes? Parece que  no…


El hallazgo de un esqueleto visigodo y la falta de evidencias sobre un asentamiento civil en Magerit (el origen de Madrid), descubiertas en las obras del Museo de Colecciones Reales han revuelto lo establecido hasta ahora por la Historia sobre el nacimiento del poblado que llegó a convertirse en la capital de España. Hasta ahora se había admitido por la mayoría de los historiadores que Madrid nació en el siglo IX. Los musulmanes, que habían conquistado el antiguo reino visigodo un siglo antes, se establecieron entonces en este lugar del centro peninsular y le dieron un nombre árabe. Su objetivo fue construir una fortaleza para vigilar la sierra de Guadarrama ante posibles abatidas de los cristianos del norte, que ya habían comenzado la Reconquista.

La arqueóloga responsable de las excavaciones, Esther Andréu, señala que «el origen histórico de Madrid se firma en la época islámica. De eso no hay ninguna duda. Pero no hay nada publicado por nadie que apunte a que hubiera una población civil entonces, sólo hay documentos hablando de militares. De Magerit no hay anotaciones en los libros y las crónicas de época islámica son todas de época posterior», afirma.

Los arqueólogos han descubierto entre la plaza de la Armería y la catedral ese esqueleto visigodo, único vestigio de esa civilización hallado en la ciudad. Según Andréu, se trata de un hombre de unos 25 años que vivió antes de la invasión musulmana. La arqueóloga jefa ha indicado que no se trataría de una necrópolis o un enterramiento programado, sino de una posible muerte de un pastor que erraba por la zona, por lo que se descarta la idea de asentamiento visigodo urbano. Sin embargo, la experta no desdeña que pudiera haber en la zona un pequeño villorio visigodo. No se descartan nuevos descubrimientos.

13.V.MMXI. ‘ABC’ Es.

 

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«Es mártir el que, aunque parece que le arrancan la vida con violencia por seguir a Jesucristo, la entrega voluntariamente. San Agustín ha definido lo que hace al mártir: no la condena ni el tormento, sino la causa: por Jesucristo. Los mártires no mueren por cualquier causa, sino por el llamado odio contra la fe, y los mártires de todos los tiempos –también los de los tiempos recientes– expresan el amor hacia Dios por encima de todo. El martirio es la expresión mayor que pueda existir del amor a Dios. Y un amor tan grande es, a su vez, un don de Dios, pues no se funda en la fortaleza humana, sino que proviene de la fortaleza del Espíritu Santo que, en los mártires, a pesar de su debilidad, les lleva a tal grado de amor».

 

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“Sólo el amor es digno de fe” el teólogo Hans Urs von Baltasar

 

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Quien ora es un hombre que vive con Dios, más aún, en Dios. S.S. Benedicto XVI

 

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El obispo, cualificado por la plenitud del sacramento del Orden, es el administrador de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia vive y se desarrolla sin cesar. Toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el obispo, al cual le fue confiada la tarea de ofrecer a la Divina Majestad el culto cristiano y de regularlo según los mandamientos del Señor y las leyes de la Iglesia, que su criterio particular determinará más tarde para su diócesis. De esta manera, los obispos, al orar y trabajar por el pueblo, difunden de muchas maneras y abundantemente la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio de la Palabra, comunican a los creyentes la fuerza de Dios para la salvación y santifican a los fieles por medio de los sacramentos, cuya administración frecuente y provechosa determinan con su autoridad. Ellos regulan la administración del Bautismo, que da una participación en el sacerdocio real de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la Confirmación, y los que realizan las ordenaciones sagradas y fijan la manera de celebrar el sacramento de la Penitencia. Además, animan y enseñan con todo cuidado a su pueblo para que participe en la liturgia, sobre todo en el santo sacrificio de la Misa, con fe y con respeto sagrado. Finalmente, deben ayudar a sus fieles con el ejemplo de su vida, evitando el mal y, con la gracia de Dios, intentando el bien con todas sus fuerzas para llegar a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado. - Constitución Lumen gentium, 26 – VATICANO II

 

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Todas las sociedades se han hecho una idea de la grandeza humana basada fundamentalmente en relaciones de poder. Otras culturas, más sabias que la nuestra, han tenido en cuenta otros factores en la vida: el parentesco, la amistad, las alianzas. Sólo tal vez una cultura tan bruta en su nihilismo lineal y sin matices como la nuestra ha pretendido reducir todas las relaciones humanas, y todas las esferas de la actividad humana (la ética, la estética, la política), a una cuestión de puro poder. Pero en todas las culturas el poder ha sido un factor importante.
En esa concepción del poder humano, además, ha jugado siempre un papel decisivo la imagen de Dios. Estudios históricos recientes, por ejemplo, han venido subrayando más y más el nexo que existe entre una concepción de Dios que surgió en la Baja Edad Media, y que, desviándose de la tradición cristiana, subrayó de manera inadecuada y errónea la omnipotencia de Dios con respecto al mundo (errónea porque hacía del poder de Dios sobre las criaturas algo arbitrario), y el nacimiento de los absolutismos en los comienzos de la Edad Moderna. Esa misma concepción de Dios ha dado lugar a una imagen de la relación del hombre con el mundo en la que el factor determinante es el poder, el puro
dominio instrumental de la realidad. Para comprender la cultura de la modernidad –y para explicar su fracaso–, estos dos hechos son de suma importancia.
En el evangelio de este domingo, el Señor habla primero de una falsa religiosidad que Él denunció incansablemente, a pesar de lo observante y cumplidora que era, porque representaba una deformación profunda de la relación con Dios. En la mentalidad farisea, la relación con Dios se establecía como una relación comercial:
do ut des. Tú mandas y prometes, yo cumplo; Tú pagas lo prometido, y en paz. Dios puede ser ahí muy importante, sobre todo si las cosas que manda y se cumplen son costosas y difíciles, pero no es Dios. No el Dios verdadero.
Luego habla del poder. El Dios verdadero se revela como verdadero porque su ejercicio del poder subvierte la imaginación humana. En un discurso a la Curia Romana de Juan Pablo II hace algunos años, el Papa señalaba que el nacimiento del Hijo de Dios en Belén significaba, para la Iglesia, la renuncia al empleo de todo tipo de poder del mundo para hacer
avanzar el Evangelio. Sólo el amor es digno de fe, reza magníficamente el título de un libro del teólogo Hans Urs von Balthasar. Sólo la caridad teologal hace crecer la Iglesia. Lo demás es querer tapar el mar con una mano. Querer apoyar la fe en lo que por definición es incapaz de sostenerla. O, peor aún, querer disimular hipócritamente nuestra falta de fe y de caridad detrás de unos aparatos del mundo tan efímeros y tan falsos como los decorados de una película. No debería escandalizarnos –¡muy al contrario!– que tales aparatos se vengan abajo a la menor dificultad.

+ Javier Martínez - arzobispo de Granada, ESPAÑA 2005-10-28

 

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Hay que dar a los hijos la posibilidad de hablar con Dios. Hablando con Él, obtenemos respuestas a preguntas difíciles como ¿Por qué existe el dolor?; o ¿Por qué sufro? La espiritualidad ayuda a combatir el miedo, a desapegarse de lo material, a amar libremente, a desear el bien del otro.

 

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La causa del terrorismo islamista es el islamismo, como la causa del terrorismo comunista es el comunismo, como la causa del terrorismo nacionalista es el nacionalismo. Ideologías todas que desandan el camino de considerar al hombre como un ser digno de derecho y que consideran que el individuo debe someterse al colectivo. Ideologías del mal. ¡Basta ya de totalitarismo, terrorismos, dictaduras!

 

 

 

 

 

 

 

P: No se si estará de acuerdo, pero creo que el Islam es indiferente a la democracia y en muchos aspectos contraria a ella. Desde este punto de vista, si para algunos la democracia es el único régimen legítimo los países islámicos tendrán que renunciar a ella, porque como usted sabrá el Islam para un musulmán consecuente no es algo privado, sino que se extiende a todas las facetas de la vida.

 

 

R: Totalmente de acuerdo. Esa es una de las tesis principales de mi "España frente al islam" que, Dios mediante, se publicará en enero 2004.

2003-11-06 – César VIDAL – Dr. en Historia antigua, filosofía, teología, licenciado en derecho, escritor con mas de 100 libros, articulista, comentarista. LIBERTAD DIGITAL.

 

 

 

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P: ¿Es verdad que el llamado pueblo palestino son los descendientes de tribus trashumantes expulsadas de los países árabes amigos?


R: El llamado pueblo palestino comenzó a existir como tal en 1948. Antes de eso eran poblaciones de origen diverso a veces, efectivamente, semi-nómadas y a veces plenamente sedentarias.

 

 

P: La semana pasada le pregunté acerca de las violentas imágenes de los soldados israelíes dinamitando a un palestino y haciéndolo saltar por los aires. Usted se escudó en que las imágenes de guerra son siempre desagradables. Bien, si son imágenes de guerra, ¿por qué a un bando se le tilda de terrorista y al otro no? No me diga lo de las víctimas inocentes, porque de esas hay en ambos lados.


R: Pues muy sencillamente porque no todas las acciones bélicas –por terribles que puedan ser– implican un comportamiento terrorista. De hecho –y por definición y aunque pueda haber excepciones– las acciones de guerra las llevan a cabo militares, sujetos a una normativa internacional, con uniformes y distintivos. Las acciones terroristas (condenadas por la legislación internacional de guerra) carecen de cualquiera de esas características. Los que las ejecutan no son soldados y carecen por ello de la protección del derecho de guerra. Aún más, dadas esas circunstancias –sin uniforme, sin distintivos, atacando población civil– en el curso de una guerra, de ser capturados, podrían ser pasados por las armas.
2003-10-01 Dr.CÉSAR VIDAL

 

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P: He leído muchas veces que el pueblo Israelí es un pueblo que ha vagado históricamente de un lado a otro y que nunca ha sido acogido en ningún lugar, ¿qué opina al respecto?

 

 

R: Es una verdad a medias. Fue un reino independiente sujeto a diversas vicisitudes desde el s.XI a. de C. al s. I d. de C. y tanto antes como después tuvo una existencia en la tierra de Israel sin ser una monarquía.

 

 

 

P: ¿Cómo respondería a la objeción de que si comunismo fue lo que sucedió en la URSS, cristianismo fue lo que hizo la Inquisición?

 

 

 

R: En primer lugar, el comunismo no sólo fue la URSS sino también China, Camboya, Cuba, Vietnam, etc. En todos y cada uno de los casos hubo, con diferentes nombres, GULAG y era imposible que el sistema subsistiera sin él (como muy bien vieron Babeuf, Marx o Lenin). Históricamente sí ha habido cristianismo sin inquisición y además la existencia de la inquisición lejos de derivar del cristianismo lo contradice esencialmente.

 

 

 

P: Estoy de acuerdo con el criterio tantas veces expresado por usted de reconocimiento, como gran estadista, de Isabel la Católica. Pero siempre me queda una duda. ¿Cómo serlo con la expulsión de los judios?

 

 

R: La expulsión de los judíos fue un gravísimo error. Tengo la impresión de que vino motivada de manera inmediata por el caso del Niño de la Guardia que, en términos estrictamente legales, fue un proceso impecable pero, moralmente, constituyó un verdadero atropello antisemita. 2003-11-11 L.D. Esp. 

 

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El musulmán Saladino se apoderó de Jerusalén en 1187 y, desde entonces, la peregrinación a los Santos Lugares fue una empresa casi suicida para todos los cristianos y más aún para los cristianos negros que provenían desde Etiopía.

 

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«Santa Teresa: mujer, monja católica y escritora», destacanse las obras de la gran santa Teresa, pues constituyen los primeros escritos en lengua castellana que, siendo mujer, entraron a formar parte del patrimonio cultural en occidente.

 

 

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Para Gregorio Marañón médico y literato, cuyos trabajos testimonian su preocupación por el exilio, la expulsión de los moriscos «fue un mal», pero una mal necesario porque «era el único remedio de otro mal peor: la existencia y el auge dentro del Estado español de un pueblo extraño y hostil». La cuestión de los moriscos fue, según las páginas de su ensayo, un cabo suelto que dejaron los Reyes Católicos en su tarea de hacer la unidad hispánica. Un problema que tardó más de un siglo en cerrarse y que zanjó Felipe III. La Razón. Esp. 2003-11-13

 

 

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Visión objetiva:Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria".

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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Al-Andalus sólo es una leyenda

-¿Y en Castilla?

 

-Castilla era lo más avanzado de Europa, por donde entraban las cosas. Hay latín, se traduce luego al francés, al inglés... Cierto, la castellana es una vía, porque también está la vía directa del latín, por la que entraron muchas novelas. La historia del sabio Secundo, que estaba tan desengañado del mundo que decía que no quería hablar, que todo era tan desagradable que lo mejor era callarse. Tenía unas historias tremendas con las mujeres; decía que todas eran prostitutas, excepto su madre, y ni siquiera ella... El emperador Adriano le manda un speculator para hacerle preguntas: «¿Qué es el mundo, qué es Dios, que es la vida, qué la muerte?» Esta cultura llegó por la vía del griego, al latín, al castellano. Pero está esta otra vía: griego, árabe, latín, castellano. O como, en el caso del «Calila», la vía persa, árabe, latín, castellano. La gente se cree que toda esta literatura se producía en Al Andalus y esto no es verdad. Es una leyenda. De estos cuatro libros, tres están traducidos en Bagdad, y el cuarto, «Los bocados de Oro», en El Cairo. Los de Al Andalus los compraban y leían, bueno, a partir de ahí, ellos trabajaban y hacían sus cosas, Averroes trabajó sobre Aristóteles, pero los textos los traían de Oriente. Esa es la historia. En general, en el mundo árabe sólo ha habido pequeños grupos intelectuales. Era una sociedad muy limitada. «ABC» XIV. VII. MMII – ESPAÑA.

 

 

 

 

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S. S. Juan Pablo II: "Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de un modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido de hecho abandonada.

 

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"Mientras el Evangelio nos obliga a los cristianos a amar y a perdonar. No nos obliga a ser ingenuos"

 

 

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Encuentros marcados por el miedo. Una pesadilla que anida en el ánimo y la mente de quienes nacieron bajo el signo de Alá y su profeta Mahoma pero han decidido seguir a Cristo. Son conscientes de que la apostasía en el Islam no es un simple sustantivo, sino la posibilidad de una condena a muerte, pero hay quien está decidido a desafiar al terror. Son fieles cristianos y ciudadanos europeos que se sienten discriminados y temen por su vida. Hasta hoy han sobrevivido huyendo de cualquier manifestación pública de su fe. Ahora reivindican su derecho a vivirla abiertamente. Magdi Allam /Mar Velasco - Roma.- 2003-10-29

 

 

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Como escribe el Papa Juan Pablo II a los obispos de Asia. “Aunque la Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de verdadero y de santo en las tradiciones religiosas del Budismo, del Hinduismo y del Islam -reflejos de aquella verdad que ilumina a todos los hombres-, sigue en pie su deber y su determinación de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es “el camino, la verdad y la vida”... El hecho de que los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser salvados por Cristo independientemente de los medios ordinarios que Él ha establecido, no quita la llamada a la fe y al bautismo que Dios quiere para todos los pueblos”. La Virgen nos asista en esta misión a nosotros encomendada.

S. S. JUAN PABLO II – MAGNO  -  Obispo de Roma-2003.

 

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El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER

 

 

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Dr.César Vidal es historiador, novelista, tertuliano y mil cosas más, pero en este ámbito sus conocimientos vienen avalados por su Enciclopedia de las religiones.

Responde: Dr. CÉSAR VIDAL MANZANARES. ESP.Autor de más de 100 libros.

 

P.¿Cree usted que el Islam tiene más dificultades que el cristianismo para sostener sociedades abiertas y tolerantes?

 

R.Sin ningún género de dudas. Conceptos como derechos humanos o democracia resultan absolutamente ajenos al Islam, a diferencia de lo que sucede con el cristianismo.

 

P.¿No cree, sin embargo, que en épocas pasadas hubo países islámicos notablemente más tolerantes que sus coetáneos europeos?

 

R.No, eso es una leyenda. En la misma Al Andalus, los periodos de cierta tolerancia se alternaron con matanzas y persecuciones. Piense que a partir del s. XI los judíos empiezan a emigrar hacia los reinos cristianos. A fin de cuentas, ellos y los cristianos sólo pueden ser dhimmíes.

 

P.¿Es de recibo que se siga recurriendo a la Inquisición para "demostrar" que el Islam y el Catolicismo son religiones equivalentes y que los europeos, simplemente, hemos llegado antes a la civilización de la libertad individual?

 

R.El Islam y el Catolicismo –a pesar de la Inquisición y de las cruzadas– no son religiones equivalentes. Por ejemplo, el catolicismo siempre ha conservado una veta pacifista (aunque fuera minoritaria) y no cree en la guerra santa por sistema, pero además afirma la individualidad frente al concepto de ummah islámico.

 

P.Perdone mi ignorancia islámica, pero... ¿cual es el concepto de ummah?

 

R.Frente a la idea de persona individual propia del cristianismo –en mucha menor medida del judaísmo– el Islam preconiza sobre todo la inserción en la comunidad de los creyentes o ummah. Ésta es verdaderamente la sujeto de deberes y obligaciones.

 

P.Entonces, ¿cabría pensar en el Islam como en un colectivismo, con todo lo que han conllevado los colectivismos en la historia (especialmente la del siglo pasado: comunismo, fascismo, nazismo...)?

 

R.En buena medida, sí; de ahí el desafío que supone para las sociedades democráticas. Por ejemplo, las dictaduras en el este de Europa o en la América hispana han podido ser seguidas por un proceso de transición, pero semejante proceso es implanteable en el mundo islámico... aún tenemos a Sadam Hussein  miércoles 26 – 2002

 

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P: ¿Cómo se explica que la "Granada de las 3 culturas" (árabe, judía y cristiana) no se repita en ninguna comunidad islámica? ¿O es que nunca existió tal tolerancia religiosa en Al-Andalus?

R: Jamás existió esa tolerancia. Para ser sinceros ni siquiera entre los musulmanes, porque la historia de Al-Andalus es prácticamente la de una guerra civil continuada entre los distintos grupos musulmanes. Imagínese la suerte de los judíos y no digamos ya la de los mozárabes.

 

 

 

P: No le parece hipócrita llamar "antisemita" a la izquierda cuando el Holocausto lo provocó la extrema derecha, y el actual gobierno está formado por los descendientes de los que temían "al sionismo y la masonería"?

 

R: No, es una realidad histórica como se vio, por ejemplo, durante el affaire Dreyfus en que había un antisemitismo de izquierdas y otro de extrema derecha. Al final, una y otra están más cerca de lo que parece y son antiamericanas, antisemitas, antiliberales, estatalistas...

 

 

2003-10-08 – L.D. Dr. César VIDAL- historiador, filósofo, teólogo, abogado, escritor de mas de 100 libros, comentarista, articulista.

 

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España año 1609 –

 

 

P: ¿Fue la expulsión de los moriscos nuestro Kosovo? ¿Se empleó el ejército contra la población civil? ¿No constituyó un desastre económico para algunas regiones?

R: 1. No, la expulsión fue necesaria y dadas las circunstancias de la época incluso se produjo con clemencia. En ese sentido apuntan hoy, desde luego, la mayoría de los historiadores. 2. Tampoco es cierto que se empleara al ejército contra la población civil ni que fuera un desastre económico porque a esas alturas los moriscos significaban ya bien poco.
L.D. ESP. 2003-09-25 – DR.CÉSAR VIDAL.

 

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P: ¿Cree que no se valora suficientemente el papel de los mozárabes en la reconquista, que fueron determinantes en la superioridad de los reinos cristianos del norte, y también deja sin documentos a muchos musulmanofilos ensoñados con el Al-Andalus?

 

R: No tengo la menor duda de que los mozárabes fueron un fenómeno de una importancia verdaderamente excepcional. A dos siglos de la invasión islámica seguían conservando el romance y una cultura que los musulmanes se empeñaron en exterminar adoptando medidas verdaderamente genocidas. ¡Como para creer en la estupidez esa de la convivencia de las tres religiones! DR.CÉSAR VIDAL. 2003-10-21 L.D.

 

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Suele suceder que los mahometanos se sientan despreciados en occidente lo que no es verdad. Simplemente tienen que vivir en una sociedad abierta y pluralista que no está dispuesta a dejarles ser ciudadanos de primera mientras que los demás son de segunda. ¿Conoce usted algún país islámico donde podría tener estos Diálogos en libertad? CÉSAR VIDAL - LIBERTAD DIGITAL. 2003-06-24

 

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P: Tras leerle semanalmente he deducido que no ve en la ocupación de España por los árabes los beneficios que afirmaban mis libros en EGB, ¿es así?, ¿se puede afirmar que nos habría ido mejor sin esa ocupación?

R: Sin ningún género de dudas. Nos cercenaron de la Europa a la que pertenecíamos durante siglos obligándonos a una lucha por la supervivencia verdaderamente salvaje. Va a ser el tema de mi próximo libro, Dios mediante.

 

P: ¿Por qué dicen que los musulmanes descienden de Ismael, hijo de Abraham, del mismo modo que los judíos lo hacen de Isaac?

R: No los musulmanes sino los árabes.

 

 

2003-07-17 Dr. ewn historia Don César VIDAL. L.D. ESP.

 

 

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Libia, Marruecos y Malasia financian una mezquita en Granada, pero impiden el cristianismo en sus países

 

Estas naciones imponen la pena de muerte a todo musulmán que se convierta al catolicismo La predicación del Evangelio está castigada con largas penas de prisión

 

La inauguración de la gran mezquita del Albaicín culmina un periodo de la historia de España dominado por las complejas relaciones interreligiosas cristiano-musulmanas, que han atravesado diversas fases desde el enfrentamiento, la guerra, las razzias, la expulsión y el mutuo desconocimiento. El centro religioso musulmán ha sido objeto durante los 22 años que se ha demorado su construcción, de numerosos debates y polémicas. Su apertura es una señal inequívoca de la tolerancia cristiana de España, que no tiene equivalente en el mundo islámico.

 

Pedro Canales - Granada.-
El proyecto de la mezquita del Albaicín fue pilotado por el movimiento islámico «Al Murabitun», un grupo fundamentalista de oscuras intenciones organizado por un jeque escocés de nombre Ian Dallas y de adopción Abdelkader El Murabit e integrado por un grupo de españoles conversos algunos de los cuales se dejaron ver en Chiapas intentando «islamizar» a los indios rebeldes contra el poder central mexicano. Aun así, las autoridades españolas haciendo gala de una permisividad sin parangón permitieron a la Comunidad Islámica en España «Al Murabitun» finalizar el proyecto con los fondos provenientes de Marruecos, Malasia, Libia y sobre todo el emirato de Sharja, uno de los integrantes en la federación de los Emiratos Árabes Unidos (EAU).

Nula reciprocidad

En ninguno de los países que han aportado los cuatro millones de euros que ha costado el proyecto existe esta misma tolerancia. En Marruecos, como en los Emiratos, un converso al cristianismo puede ser condenado a muerte. El Islam no permite a sus fieles abrazar otras religiones. Hace años en la ciudad marroquí de Nador fueron sentenciados a muerte un grupo de marroquíes bahais, que sólo pretendían lograr un sincretismo entre cristianismo e Islam. Recientemente, han sido condenados a penas de cárcel y expulsión del país un sorprendido grupo de jóvenes cristianos norteamericanos que sólo pretendían distribuir Biblias en Casablanca. La susodicha tolerancia de la que hacen gala las autoridades marroquíes es sólo de culto para los extranjeros residentes, americanos, ingleses, españoles o franceses, pero en absoluto es algo que pudiéramos llamar libertad religiosa. En los países musulmanes las comunidades cristianas, a menudo órdenes religiosas, curas, hermanos y monjas, son bien recibidas para ocuparse de leprosos, enfermos de sida, pobres, desahuciados o bebés abandonados, pero incurrirán en las penas máximas del Código Penal si se les ocurre hacer proselitismo. A principios de los años 80, «Al Murabitun» compró un solar en lo alto del Albaicín, frente a la Alhambra. Su objetivo era construir una mezquita más alta que la iglesia que conmemoraba la toma de Granada por los Reyes Católicos y la derrota del reino nazarí. El desafío era evidente: se trataba de una reconquista espiritual de Al Andalus. En el barrio morisco hubo en esos tiempos 26 mezquitas; con la reconquista, doce de ellas fueron convertidas en iglesias, las otras destruidas. Veinte años después de iniciarse el proyecto, haciendo gala de una madurez sin igual en el entendimiento de la libertad religiosa, las autoridades españolas aceptarán la mezquita, aunque su minarete tuvo que ser recortado para no sobrepasar el campanario de San Nicolás. El movimiento «Al Murabitun» se estableció hace dos décadas en Granada y pidió ayuda al rey Hassan II de Marruecos y a los Emiratos Árabes. El monarca alauí concedió un discreto sostén, al comprender que no podía controlar como hubiese querido al grupo islamista. En Granada abundan las asociaciones islámicas, hay diez registradas legalmente en el Ministerio de Justicia. Algunas albergan en su seno cristianos conversos al Islam, pero la mayoría son de musulmanes afincados por estudios o trabajo. A mediados de los 90, cuando la crisis financiera para la construcción de la gran mezquita del Albaicín era más aguda, todas estas comunidades junto con asociaciones de estudiantes musulmanes y algunos movimientos del Islam político presentes entre los universitarios aceptaron sumarse al movimiento de «Al Murabitun» siempre que la gestión de la futura mezquita fuese colectiva. El movimiento del jeque escocés quería acaparar el proyecto, pero al final tuvo que aceptar la colaboración de los otros grupos, lo que permitió convencer al sultán de Saryaj, Ben Mohamed Al Qasimi, para que diera los tres millones de dólares que se necesitaban para finalizar el proyecto. La condición fue formar una Fundación Mezquita de Granada que preside el converso Malik Abderramán Ruiz. LA RAZÓN. ESP. 2003-07-16

 

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Pedir aquí lo que se niega en Arabia

 

 

 

Pedro Fernández Barbadillo

MEZQUITA DE GRANA, ESPAÑA

 

Ya en el franquismo, a todo gobernante árabe-musulmán que visitaba España se le paseaba por Granada. La costumbre se mantuvo en la democracia. Y así el iraquí Sadam Husein, el saudí Faisal, el marroquí Hassán, el iraní Jamenei y otros muchos conocieron la ciudad y, dicen los españoles que les acompañaron, todos suspiraron por la pérdida de Al-Ándalus. Hace unos días, el islam ha puesto una pica en Granada. Tras 20 años de obras y papeleos se ha inaugurado una enorme mezquita en el barrio del Albaicín. El edificio está junto al Mirador de San Nicolás, separado una calle de la iglesia de San Nicolás, y tiene una vista privilegiada de la Alhambra, que contribuirá a ahondar la nostalgia de los fieles y a inspirar las citas históricas en los sermones.

 Al acto asistieron cientos de mahometanos, tanto de nacionalidad española como extranjeros. Hubo representantes diplomáticos de numerosos países musulmanes, como el delegado de la Autoridad Nacional Palestina. Asistieron musulmanes de Marruecos, Malasia, Turquía, Arabia Saudí, Indonesia, Siria y otros lugares donde el islam impera. De Marruecos vino Abdelkrim Khatib, miembro del integrista Partido Justicia y Democracia. Tuvo un puesto central en el protocolo Sharjan, Jalid bin Sultán al-Qassimi, emir de Sharjah, reino integrado en los Emiratos Árabes Unidos, que es el financiador del proyecto. Gracias a él y al dinero que le procura el petróleo vendido a Occidente, los musulmanes que viven Granada y su comarca disponen de algo que ellos niegan a los cristianos y los judíos que viven en sus países de origen: un templo en el que rezar.

 


De acuerdo con la prensa local, todos los oradores elogiaron la tolerancia. Es una ruindad que quienes reclaman tolerancia y respeto donde son minoría se olviden de éstas donde son mayoría. Prácticamente en todos los países de origen de los musulmanes que se acogerán a la mezquita granadina, los cristianos y otras confesiones religiosas carecen de la plenitud de derechos reservada a los musulmanes. No deja de ser sarcástico que muchos cristianos árabes que han huido a Europa debido a la persecución de los musulmanes se encuentren aquí con sus martirizadores, obligados éstos a la emigración por la incapacidad de sus Gobiernos, y les oigan exigir los mismos derechos que les negaron.

 


Otros comportamientos entran ya en la categoría del cinismo. Por ejemplo, el príncipe Sultán, ministro de Defensa del reino saudí, declaró en marzo que en Arabia no se construirán nunca iglesias y calificó de “fanáticos” a quienes las solicitan. A la vez, su familia dota instituciones que levantan mezquitas por todo el mundo y pleitean contra Oriana Fallaci y Michel Houllebeq por denigrar el islam.

 


De gestionar la mezquita se encarga una fundación, formada por la Asociación Comunidad Islámica en España y por los Emiratos Árabes Unidos. Otra de las finalidades de esta entidad es la difusión del “verdadero” contenido del islam entre los españoles y su deseo de hermandad. Les sugiero varias maneras de convencernos a los demás españoles de lo que sostienen. Por un lado, que dejen de protestar contra la conmemoración de la Reconquista de Granada por los Reyes Católicos, enterrados en la catedral de la diócesis y fundadores del municipio, y, por otro, que muchos de los asistentes a la mezquita, sobre todo españoles conversos al islam, entierren la versión que propagan de que los “castellanos” cometieron un genocidio contra los andalusíes.
Se suele olvidar algo tan sencillo como que los musulmanes que llegaron a España, y que dejaron reliquias tan admiradas, invadieron el reino visigodo. LIBERTA DIGITAL. 2003-07-14 ESP.

 

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P: Según usted la unidad de España viene desde los tiempos de los romanos, porque a la península se le llamaba Hispania. Pero resulta que a Portugal también se le llamaba Hispania, ¿es que Portugal es España?

 

R: Indudablemente. Su proceso de separación se produjo durante la Edad Media, se interrumpió durante el reinado de Felipe II y volvió a reanudarse con Felipe IV. En todo eso hay que reconocer que es peculiar porque las otras partes de España nunca se separaron y siempre siguieron una tendencia a la reunificación. César VIDAL – Dr.en historia antigua, filosofía y teología; es abogado y escritor.

 

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846 Invasión, saqueo, destrucción, incendios, pillajes, violaciones, etc. por parte de las turbas mahometanas, en la ciudad santa del cristianismo ‘Roma’. Una importante parte del patrimonio artístico-cultural de la Humanidad, quedó destruido para siempre.

 

El fanatismo y la ignorancia de los seguidores de Mahoma, les llevó a robar, destruir e incendiar los antiguos papiros y códices de la biblioteca vaticana. Así, parte del patrimonio y memoria escrita de la humanidad, han quedado aniquilados para siempre. 

 

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En el siglo VII los musulmanes invadieron a griegos, romanos, godos, judíos, iranios, indios. Los consideraban decadentes, como ahora a nosotros. Traían una cultura cerrada y dogmática, una teocracia de guerreros que, si morían, iban al paraíso. 2004.

 

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dejó todo Pedro en el mar de Galilea, para seguir a Cristo y bregar por su Iglesia

 

La honestidad histórica debe ser recíproca y los mahometanos saben que la invasión a la península ibérica, no fue ajena a las mayores barbaridades, incluyendo el martirio a cristianos. Hans T.Z.W.Esp.

 

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¿Por qué gran parte de la jerarquía mahometana casi nunca denuncia las posibles – y muchas veces tan evidentes - actividades de terrorismo en las mezquitas italianas, españolas y del orbe?

 

¿Por qué hay tantos imanes al servicio del terrorismo islamista?

 

¿Qué tiene el islamismo tan atrayente al homicidio, terrorismo y crimen?

 

¿Qué hay en el trasfondo del islam tan fértil para atraer al desprecio de la propia vida y obsesionarse para matar la ajena en nombre de Dios?   

 

¿Qué nutre – detrás de las apariencias e intenciones – el islam para tener dificultades en condenar siempre y abiertamente el islamismo terrorista?

 

¿Por qué la clerecía islámica condena ‘a pena de muerte’ sin tapujos ni disfraces, a quien blasfema contra Dios o minimiza al señor Mahoma, o cuestiona al ambiguo Corán como libro iluminado, y no emana ‘fatwas’ contra quienes indiscriminada y bestialmente matan a seres humanos?

 

¡Buenos, caritativos y sinceros musulmanes – amantes de la vida, la paz y de la libertad – a menudo se muestran reticentes en denunciar y limpiar las mezquitas de las actividades terroríficas, tráficos no siempre lícitos y personas implicadas en obras impropias a un lugar de culto!

 

«Y quien calla consiente - o quien consiente, suele callar»

«Hay silencios que matan»

 

“Hoy no es aceptable para quien quiere participar verdaderamente en la sociedad de las Naciones en sentido pleno, y no sólo fingir que reconoce principios para después pensarse si éstos no son conformes al Corán.”

2004.05.

 

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Todas las acciones de terroristas islamistas degradan y corrompen el débil tejido en el que se basa la civilización; el que diferencia civiles de militares, iglesias y campos de batalla.

 

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El calvario de los cristianos españoles bajo la persecución mahometana, fue bárbaro, persistente e insidioso.

Algunos comentaristas hablan del Islam calificándolo de religión pacifista, cuando en realidad su extensión por el mundo no se efectuó mediante un proselitismo misionero pacífico, sino con guerras sangrientas; y su intransigencia hacia otras creencias, o la falta de ellas, es una realidad histórica que continúa en nuestros días, como puede comprobarse con sólo visitar cualquier país musulmán.

 

 

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Que María, "mujer eucarística" y Madre de la Sabiduría, os ayude en vuestro caminar, ilumine vuestras decisiones y os enseñe a amar lo que es verdadero, bueno y bello. Que Ella os conduzca a su Hijo, el único que puede satisfacer las esperanzas más íntimas de la inteligencia y del corazón del hombre.¡Con mi bendición!  S. S. Juan Pablo II – 2004.10. Vat.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

Que el ‘domingo’ sea un aliciente para recobrar el sosiego interior que nos permite descubrir con mayor nitidez la hermosura de los muchos dones que hemos recibido de Dios a través de la naturaleza y contemplarlos en familia y con los demás en espíritu de amistad. ¡Feliz domingo!

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

 

gracias por venir a visitarnos

 

Recomendamos vivamente:

 

CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’

Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr. -

Editorial: CIUDADELA. 

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In Obsequio Jesu Christi.

 

† Con Jesús, ofrezcamos el Reino, ofrezcamos la Buena Noticia, ofrezcamos el perdón... †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).