Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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P: Dice Ricardo de la Cierva que el antisemitismo nace en la Rusia zarista por el interés de los zares de golpear a los judíos, entonces aliados de los comunistas ¿Existe algún otro momento que influya en el antisemitismo?

 

R: El antisemitismo es anterior y está muy relacionado con cuestiones como el monopolio del alcohol. Personalmente, yo no creo que los zares impulsaran el antisemitismo, pero sí es verdad que la implicación de algunos judíos en movimientos de izquierda tuvo esa consecuencia. Fue muy injusto porque, por regla general, eran judíos –como Trostsky–que ya no se identificaban con el Dios de sus padres y que extendieron el estigma sobre judíos que eran totalmente inocentes. Hubo un rabino que dijo: El mal siempre lo hace el judío Trotsky (es decir, el revolucionario que no se siente judío) pero lo paga el judío Kaplan (es decir, el pobre que no se mete con nadie). Dr. César VIDAL. Historiador y filósofo. L.D. ESP.

 

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En los Protocolos de los sabios de Sión se hace referencia, de manera espectacular a la dominación del mundo mediante la amenaza de destruir las ciudades más importantes del mundo con explosivos subterráneos. Con una antigüedad de más de un siglo, dichos protocolos fueron escritos con la correspondiente mentalidad de la época y me refiero a que en aquel entonces no existían las cabezas nucleares. ¿Qué opina?

 

Los Protocolos de los sabios de Sión son un fraude plagiado del Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Originalmente, el Diálogo iba dirigido contra Napoleón III y su proyecto del metro de París. En los Protocolos el enemigo son los judíos.Dr. CÉSAR VIDAL. 05.IX.2006-L.D.ESP.

 

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Luchar con el mismo compromiso contra el antisemitismo como contra el resto de las demás formas de violencia y discriminación de las religiones, en particular del cristianismo.

La Shoá«se extiende como una sombra sobre Europa y sobre el mundo entero», es «un crimen que ensombrece para siempre la historia de la humanidad».

«La enorme tragedia del holocausto es también una dramática llamada para educar, sobre todo a las jóvenes generaciones, a no ceder ante ideologías que justifican la posibilidad de "pisotear" la dignidad humana basándose en la diversidad étnica, lingüística, nacional o religiosa».

La Iglesia católica «deplora todas las manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona».

«La intolerancia y la discriminación contra los cristianos y los miembros de las otras religiones son fenómenos preocupantes, a los que hace falta poner fin con la misma determinación con que se combate el antisemitismo y la discriminación de los musulmanes».

«En efecto, sería paradójico omitir medidas concretas para garantizar a los cristianos y a los miembros de las otras religiones la libertad religiosa sin forma alguna de discriminación e intolerancia, precisamente cuando en un plan general se trata de eliminar la discriminación y la intolerancia».

«Evitar que se haga del antisemitismo, las discriminaciones de los musulmanes o de los cristianos una especie de jerarquía».

«Cada una de estas "plagas" hace que el hombre "se enferme", lo degrada y, por tanto, ha de ser "curada" con rapidez». 2005

 

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SIGLO XX - Hitler y los judíos


Por Jorge Vilches 

El negacionista y el polemista son dos figuras de seudohistoriador ya pasadas de moda. Ha ocurrido en Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, hace un par de décadas, y aquí en España también. El debate sobre su obra se ha tornado irrelevante, y suscitan una gran indiferencia, por mucho que reiteren sus provocaciones.

 

Sus escritos, reiterativos y llenos de autocitas, carecen de repercusión más allá del círculo de sus acólitos, quienes incondicionalmente aplauden cualquiera de sus palabras. En realidad, no son verdaderos debates, sino campañas de publicidad que sólo benefician la economía del polemista. Quizá el caso más señalado haya sido el de David Irving, que ha negado, entre otras cosas, el Holocausto (Shoá) y que Hitler tuviera conocimiento de los campos de exterminio. A gran distancia de esta farsa está el debate suscitado por la sugerente y controvertida obra del historiador y politólogo Daniel J. Goldhagen titulada Los verdugos voluntarios de Hitler: los alemanes corrientes y el Holocausto (1997). Al hilo de esto, merece la pena recordar el vínculo entre Hitler y el antisemitismo en Alemania.

Hitler no dio jamás una orden escrita para matar judíos –hay quien señala que hubo una orden secreta en 1941, aunque no hay constancia–; sin embargo, los que organizaron las matanzas siguieron sus ideas, palabras y textos. El antisemitismo era una obsesión para Hitler, cuya argumentación procede en gran medida de la obra de Dietrich Eckhart El bolchevismo de Moisés a Lenin (1920). Sus planteamientos eran bastante simples. Los judíos, decía, habían destruido el orden natural en la Antigüedad con el cristianismo y, en el siglo XX, con el comunismo. Los judíos, además, habían perturbado el orden racial, pues ellos mantenían la pureza de su raza al tiempo que contaminaban otras, en especial la aria. Por último, los judíos tenían un plan de dominio mundial que ejecutaban infiltrándose en sectores, instituciones y partidos. Esta invención paranoica procedía de un fraude antisemita elaborado en el siglo XIX por la policía rusa, los célebres Protocolos de los sabios de Sión. Así las cosas, la raza aria era víctima de los judíos, cuya injerencia impedía a aquélla realizar su destino.

El discurso hitleriano insistía en que Alemania era una víctima acosada por sus enemigos exteriores, las otras potencias europeas, y por los interiores, principalmente los judíos, a los que consideraba el origen de "ideas destructoras" como la democracia, el liberalismo, el cristianismo o el bolchevismo. El nazismo recogía aquí la raíz del rancio tradicionalismo europeo contrario a la Ilustración y a la libertad, que perduró en Alemania como resultado de una construcción nacional romántica tardía, protagonizada por Prusia y su espíritu. El nacionalismo cultural y racial fue alimentado por las instituciones alemanas durante la Primera Guerra Mundial, y luego por una paz humillante.

Prueba de esa mentalidad generalizada fue la obra de Arthur Moeller van der Bruck El Tercer Reich (1923), donde se hablaba de la conspiración judía, el espacio vital alemán y la necesidad de desquite por la "humillación" de 1918. Alfred Rosenberg, en El mito del siglo XX (1930), identificaba –siguiendo al francés J. A. de Gobineau y, en especial, al H. S. Chamberlain de Los fundamentos del siglo XIX (1899)– el progreso de la Humanidad con el dominio de la raza aria, que alcanzaría su cénit con Hitler. Éste, por su parte, escribió en Mi lucha (1924) que había tres categorías de hombres: los creadores, que eran los arios; los conservadores, las otras razas, y los destructores: los judíos. Por eso, afirmaba, luchaba contra los semitas.

 

En cuanto a los ejes ideológicos sobre los que se forjó el nazismo en los años 20, fueron tres: el imperio (Reich), la lucha de razas (Rassenkampf) y el espacio vital (Lebensraum).

El éxito del nazismo en la sociedad alemana no se explica sólo por la torpeza y el fracaso de los partidos que levantaron la República de Weimar, también en el propio discurso hitleriano, que incidía en aquellas cuestiones que mejor encajaban en la mentalidad del momento, entre las que se contaban el racismo, la xenofobia y el victimismo nacional.

El antisemitismo estaba muy arraigado en toda Europa, incluida la URSS, y en Estados Unidos, por lo que la identificación del "enemigo interior" era bien sencilla: los judíos, su obra política y económica, y todos aquellos que no saludaran su discriminación. De poco hubiera valido la acción propagandística de Goebbels si no hubiera tenido una audiencia dispuesta a escuchar y a creer. Por eso las leyes eugenésicas de 1933, que tenían el objetivo de depurar la raza aria, aprobadas nada más llegar el NSDAP al poder, fueron tan bien aceptadas. Esas leyes se asentaban sobre un sentimiento y una mentalidad muy arraigados, que posibilitaría la aceptación o cuando menos la indiferencia de buena parte de la sociedad ante el exterminio de los enemigos interiores. Eso sí, como señala Hans Mommsen, no se puede obviar que hubo alemanes que se resistieron a esa política.

En el genocidio pueden distinguirse dos etapas: la signada por las operaciones aisladas de los Gauleiters –jefes del partido nazi en cada región–, las SS, la Gestapo y los Einsatzgruppen –escuadrones de la muerte–, y la que se desarrolla a partir de la Conferencia de Wannsee (enero de 1942), donde se decidió la Solución Final, es decir, la eliminación sistemática de los judíos en campos de la muerte y de trabajo.

Reparemos un instante en la primera etapa. A las leyes eugenésicas de 1933 les siguieron otras como la Ley sobre el Delincuente Habitual (1933), que señalaba a comunistas, liberales, mendigos, homosexuales y judíos –entre otros–; la Ley de Servicio Civil, que permitía la expulsión de jueces, abogados y profesores judíos; la Ley contra la Masificación de los Colegios Alemanes (1933), que reducía al 1,5% la cuota de judíos en colegios y universidades, y las denominadas Leyes de Núremberg (Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes y Ley de Ciudadanía del Reich, ambas de 1935), que privaron de derechos a los judíos, deshumanización que preparaba el camino al genocidio.

Ese maridaje entre ley y mentalidad social culminó con el pogromo de la Noche los Cristales Rotos (1938), que causó 91 muertos y numerosas pérdidas materiales. A esto siguió el internamiento de 30.000 judíos en campos de concentración y la expropiación de numerosas empresas y riquezas personales. Después se prohibió a los judíos ir al cine, visitar jardines públicos y algunos hoteles. Hasta 1938 los judíos pudieron dejar el país a cambio de dejarse expropiar. Un año después sólo quedaban 180.000 en Alemania, a los que se pensó deportar primero a Madagascar, luego a Pripiet (Ucrania), y finalmente a Galitzia (Polonia). Esta política desembocó en la primera masacre colectiva de judíos, en Babi Yar (Polonia), donde los Einsatzgruppen fusilaron a 33.771 personas en septiembre de 1941.

 

La segunda etapa comenzó, como dije, tras la Conferencia de Wannsee. El ministro de Justicia, Thierack, solicitó y consiguió la aprobación de Hitler para "liberar al pueblo alemán de polacos, rusos, judíos y gitanos, de modo que los territorios anexionados qued[en] libres para los alemanes". Para que la colonización de 750.000 alemanes fuera posible fueron ejecutados 330.000 polacos, y otros 860.000 fueron deportados al Gobierno General o al Reich como trabajadores forzados. Con la orden firmada por Hitler, se les transfirió a los campos de Himmler, donde la mitad murió en pocos meses.

Hitler siguió de cerca y aprobó la persecución y el genocidio de los judíos. Himmler fue explícito al respecto en un discurso que pronunció en Posen (Poznan) el 24 de enero de 1944:

Cuando el Führer me dio la orden de poner en práctica la solución final de la cuestión judía, me pregunté si podía exigir a mis hombres una tarea tan terrible (...) Pero se trataba de una orden del Führer, ante la cual no se podía dudar. Entre tanto, la tarea se ha llevado a cabo y ya no existe una cuestión judía.

No se sabe a ciencia cierta el número de muertos, pero se calcula que al menos cinco millones y medio de seres humanos fueron exterminados, aunque otros hablan de seis y hasta de siete millones. A partir de 1943, los discursos de Roosevelt y Churchill insistían en que la guerra serviría para hacer justicia a los autores del genocidio. En el año 1946 fueron sometidos a juicio en Núremberg una veintena de altos dirigentes nazis, como Göring, Hess y Ribbentrop. Para entonces Hitler, Goebbels, Himmler y Bormann se habían suicidado. Los subalternos fueron juzgados por las autoridades alemanas de ambas zonas.

El proceso no fue totalmente satisfactorio. El vicepresidente del Tribunal, el británico Peter Calvocoressi, aseguró que el juicio debía haber incluido a muchas más personas del establishment político y militar alemán. Se tenía la certeza –como refleja la película El juicio de Núremberg (1961), de Stanley Kramer– de que la aceptación o la participación en el exterminio fue moneda corriente en la sociedad alemana, y de que muchos habían mirado hacia otro lado. No en vano, en la segunda mitad del siglo XX los alemanes han intentado sobrellevar su pasado responsabilizando a unos personajes concretos, los nazis, en vez de al país.

7 septiembre 2011

http://historia.libertaddigital.com/hitler-y-los-judios-1276239329.html

 

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ALEMANIA - La guerra de los campesinos


Por Fernando Díaz Villanueva

 

La manía que Marx y Engels tenían a la gente del campo –Lenin y la camada bolchevique no podía verla ni en pintura– viene de una revuelta campesina que se produjo en el sur de Alemania en la primera mitad del siglo XVI. Fue la Guerra de los Campesinos o Bauernkrieg, y en su momento tuvo mucha importancia. Trajo por la calle de la amargura al emperador, al Papa y a casi todos los reyes de Europa.

 

La malquerencia de Marx y su padrino viene del fracaso de la revuelta. Los campesinos perdieron, como era previsible, la guerra contra los señores, y media teoría de la guerra de clases se les iba al traste si reparaban en ello. Para los dos rentistas prusianos, esta guerra era la irrefutable prueba de que la revolución llegaría de la mano de los obreros fabriles, y no de los pequeños propietarios rurales o de los jornaleros, de naturaleza conservadora, cuando no abiertamente contrarrevolucionaria. Sus cogitaciones al respecto las dejó por escrito Engels en un bodrio que lleva por título La guerra campesina en Alemania y que, como todo lo de estos dos, está disponible en español desde hace muchos años.

El problema de Engels es que no se informó sobre la guerra en cuestión, o se informó pero no se enteró absolutamente de nada, que es lo más probable. El magnate industrial, a fuer de padre del comunismo, quiso ver una revolución proletaria donde sólo hubo una revuelta –muy violenta, eso sí– de campesinos hasta el gorro de pagar impuestos, gabelas y servicios sin cuento a los políticos de la época, que no eran otros que los aristócratas locales.

La Alemania del siglo XVI era un país muy fragmentado. Había cientos de principados, ducados, condados, señoríos y margraviatos. Algunos eran tan pequeños que se salía de ellos sin apenas darse cuenta. En aquella época, para ir de Fráncfort a Zúrich (distantes unos 400 kilómetros) había que atravesar el señorío de Falkenstein, los condados de Erbach, Löwenstein, Württemberg, Zollern, Hohenberg y Fürstenberg, los landgraviatos de Hesse y Nellenburg, los obispados de Speyer y Constanza, las ciudades libres de Heilbronn, Reutlingen, Esslingen y Rottweil y los amplios dominios del elector del Palatinado y del propio emperador, que a su vez era rey de Austria.

Cada uno de los mandarines tenía corte, ejército y muchas bocas que alimentar. Para compartir gastos, especialmente defensivos, se formaban ligas principescas. Se reunían en dietas para no agredirse mutuamente y poner algunas cosas en común, como, por ejemplo, cuánto cobrar al siguiente Habsburgo que quisiese ser nombrado emperador.

La guerra de los campesinos estalló en 1524 contra una de estas ligas, la de Suabia, formada por los señores del llamado Schwäbischer Reichskreis (Círculo Imperial Suabo), una región estratégicamente situada en el cruce de caminos entre Renania y los Alpes y la llanura danubiana y Francia.

 

Suabia no era una región de jornaleros, sino de pequeños propietarios que, por costumbre, dividían sus parcelas entre sus hijos. Tenían, además, que trabajar de tanto en tanto gratuitamente para el señor que les tocase por cercanía en lo que se conocía como servicio. Esto produjo que, con los años, las propiedades fueran menguando. Aunque la tierra del lugar es fértil, bien regada y propensa a las buenas cosechas (especialmente en la Baja Edad Media, cuando el clima se calentó y hasta se pudo cultivar vino), la atomización de las parcelas, los continuos servicios y una fiscalidad asfixiante llevaron a los campesinos a una situación límite.

La chispa prendió en la zona del lago de Constanza, donde hoy confluyen Alemania, Austria y Suiza. Espoleados por la necesidad, se fueron formando bandas de campesinos que exigían a los señores rebajas fiscales y reformas legales que aliviasen su situación. Para reconducir el asunto por la vía reglamentaria, sin tener que verse obligados a meter fuego a un castillo, cada una de las bandas eligió representantes, que viajaron hasta la ciudad libre de Memmingen para reunirse y redactar un memorándum con todas sus exigencias.

En la primavera de 1525 ultimaron el documento, que dieron en llamar Los doce puntos de Memmingen. Aunque la mayoría eran analfabetos, contaban con muchos burgueses instruidos que simpatizaban con ellos, y hasta con miembros de la baja nobleza, que se apuntaron al movimiento de los rústicos por si les caía algo. Los doce puntos fueron redactados por el abogado Wendel Hipler, pronto conocido como "el canciller de los campesinos". No tenían nada de revolucionarios. Pedían que se respetasen los servicios pactados con los señores, que se rebajasen algunos impuestos y se suprimiesen otros y que se fijasen adecuadamente los derechos de propiedad de los bosques.

Por descontado, los señores no estaban dispuestos a pasar por esas y estalló la guerra, que duró unos tres meses. El ejército campesino, compuesto por cerca de 200.000 hombres de todo el sur del Imperio, se enfrentó a las huestes bien pagadas y entrenadas de los príncipes en unas cuantas batallas a campo abierto. En todas fue derrotado estrepitosamente. Aproximadamente la mitad de los campesinos en armas y todos sus cabecillas perecieron en la revuelta. El resto se replegó a toda prisa y volvió a sus quehaceres tratando de pasar desapercibido.

Martín Lutero, que acababa de colgar sus 95 tesis en una iglesia de Sajonia, apoyó primero a los sublevados, pero se desdijo cuando vio que estos se enfrentaban abiertamente a los nobles. Lutero necesitaba a la nobleza para que su Reforma llegase a buen puerto. El emperador Carlos V había apoyado a la Liga de Suabia en su empeño de detener la revuelta, y respiró tranquilo cuando supo que había sido sofocada; aunque no por mucho tiempo: pocos años después estallaron en Alemania las guerras de religión, que durarían más de un siglo y que dejaron esta algarada campesina en un inocente juego de niños.

Para entonces, la Bauernkrieg era ya un lejano recuerdo de otra época. Dormitó en la conciencia alemana durante siglos, hasta que los escritores románticos y los padres del socialismo la revivieron. Los unos para escribir novelas, los otros para apuntalar sus tesis prefabricadas y señalar en ellas al pequeño propietario, al kulak, como el primer enemigo de una revolución que, sí o sí, tendría que venir de la fábrica. 

http://historia.libertaddigital.com/la-guerra-de-los-campesinos-1276239332.html

07. IX. MMXI

 

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La ignorancia es como ese laberinto o lugar formado artificiosamente

por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él,

de modo que no pueda acertar con la salida.

 

La mentira ocurre que suele confundirse con la ignorancia, pero siempre es negación de la verdad. «No hay poder político más inquebrantable que el que se asienta sobre la ignorancia ciudadana. …y la burla de la inteligencia». Así, instruir a través de las escuelas, institutos educativos, universidades que a docenas creó, sin descuidar la parte sanitaria, las instituciones de la Iglesia realizaron una tarea de incalculable valor para preservar y magnificar la cultura universal. ¡La huella es indeleble en la civilización europea, evidentemente!

 

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«Y ya se hizo evidente
que hubo en ocurrencia tal,
reflexión en el cristal
y falta de ella en la gente».
Fray Benito Jerónimo Feijoo (nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 08 de octubre de 1676 - España.

«Los ignorantes por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?» Fray Benito Jerónimo Feijóo (Esp.1676 † 1764).

 

”Busco la verdad en sí misma.. . no pretendo ser creído sobre mi palabra, sino sobre mi prueba. Mis razones se han de examinar, no mis méritos”. Fray Benito Jerónimo Feijóo (monje benedictino español: 1676 † 1764).

 

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Sólo apegado a la eterna lozanía de la verdad: Jesucristo.

Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en Casdemiro, aldea del obispado de Orense, el 8 de octubre de 1676, y murió en Oviedo el 26 de septiembre de 1764. A los catorce años entró en la orden benedictina, y fue tan recta su vida y tan segura su vocación, que confesaba en su ancianidad no haber sentido un solo minuto de hastío o desabrimiento en el claustro.

Caritativo con extremo, justo, abierto, jovial, sincerísimo, las prendas del corazón no desmayaban ante las excelencias del entendimiento. Desdeñador de la corte, encerrado en su colegio de Oviedo, fueron los honores a buscarle. Fernando VI le nombró consejero real y Carlos III le obsequió con las “Antigüedades de Herculano”. Su fama desbordó las fronteras, llegó a Europa, América y hasta las colonias asiáticas.
Y el gran Benedicto XIV -saludado por Voltaire como el hombre más sabio de su siglo- honró al monje polígrafo citándolo dos veces en sus bulas.
Feijoo es de aquellos incorruptibles amadores de la verdad, pensadores positivamente libres y fuertes, igualmente desdeñosos de la novelería y de la rutina, ni miedosos de lo nuevo por lo nuevo ni enemigos de lo viejo por lo viejo: sólo apegados a la eterna lozanía de
la verdad. Lúcida la razón para ver lo justo, ardiente la voluntad para abrazarlo, intrépida la lengua para decirlo. Pero sin alharacas ni intemperancias: con la serena macicez , con el ímpetu consciente del que no quiere hacer ruido sino hacer bien; del que intenta reformas constructivas y no estériles subversiones.

Y el estilo, a la par sobrio y fértil, preciso y suelto, docto y vivaz, repartiendo sustancia en breves párrafos sin cosa amazacotada ni indigesta, redondea el hechizo de este hombre cabal.


Tratando incesantemente nuestro benedictino tan graves e infinitos asuntos; batallando contra todo abuso, preocupación y corruptela; hiriendo tantos intereses y susceptibilidades, tuvo lógicamente que padecer de la Inquisición una censura.

 

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Antisemitismo contemporáneo

 

Las razones para ser antisemita, a estas alturas de la historia, son diversas, aún tras rememorar el mundo el horror de Auschwitz cada aniversario del descubrimiento de ese campo de exterminio, en donde miles de personas habían sido asesinadas, judías y no judías.

 

Como en otros casos de rechazo social e ideológico, el antisemitismo tiene grados y enfoques diversos. Hay quienes son antijudíos por causa y simpatía de Palestina, considerando al Estado de Israel como "el malo" y a Palestina como "la víctima". Parece que los ataques terroristas de grupos como Hamas no tuvieran relevancia y sólo la tengan los ataques de represalia y los asesinatos políticos de líderes terroristas de Palestina.

Otros sienten antipatía contra los judíos por hábitos sociales frecuentes, que en una sociedad abierta se comportan como un grupo muy cerrado, aislado. Es el caso de sus niveles socio-económicos más altos, educados y financieramente poderosos, que muchas veces dan la impresión de ser más bien ellos los que discriminan al resto del mundo. Se trata más de resentimiento social que real antisemitismo como discrimación racial.

Dentro del pueblo judío, y por razones históricas de rechazo y persecución sufridos durante siglos, hay una amplia cultura de superación y desarrollo personal al máximo de las cualidades personales, que ha hecho destacar a personalidades judías en los campos de la ciencia, la medicina, la cultura y el arte, con la música en especial. Pero al destacar otros judíos en el medio financiero y económico, con un estereotipo de explotación laboral y comercial, la gente tiende fácilmente a ignorar a los anteriores, con sus aportaciones al progreso humano.

No puede negarse, por los defensores del judaísmo, que existen empresarios judíos que efectivamente son abusivos, que evitan en lo posible cubrir obligaciones laborales e impositivas, es decir ahorrar dinero a costa de los demás, que evitan pagar deudas, que compran y venden tan ventajosamente como sea posible, todo como una forma de vida egoísta y avara. Toda usura se etiqueta judía. Pero no son rasgos exclusivos del empresariado judío, ni todos los hombres de negocio judíos tienen este perfil.


El rechazo al pueblo judío, basado en la creencia de que son ricos, poderosos y dispuestos a aumentar su poder y riqueza casi como sea posible, y considerarse como una élite cerrada y con superioridad racial, olvida que la mayoría de los judíos, dentro y fuera de Israel, son familias de clase media y humilde, sin más poder o dinero que el que ganan con su trabajo diario. Por cada judío rico hay miles de clasemedieros y humildes. Pagan justos por pecadores.

Estas dos formas de antisemitismo palidecen ante el antisemitismo ideológico que, en base a libros destacados de la primera mitad del siglo XX, acusan al pueblo judío — haciendo tabla rasa—, de ser una especie de mafia juramentada que busca destruir todo lo bueno y moral de la humanidad no-judía. Esto es lo más preocupante, ya que en los demás casos, quitarse las etiquetas socio-culturales y políticas será algo que tengan que enfrentar, como pueblo y como individuos durante largo tiempo.

Pero acusar al judaísmo, a Sión, de sistemáticamente destruir la familia, la moral, las buenas costumbres es otra cosa, algo que debería haber quedado atrás, después de que libros como Los Protocolos de los Sabios de Sión fueron descalificados por estudiosos no-judíos hace ya varios decenios. Quienes odian a los judíos por estas razones, las mismas esgrimidas por Hitler y sus nazis para aplicar "la solución final" al problema judío, son quienes aún justifican su persecución y muerte, y llegan a afirmar que "el holocausto" no existió.

 

Quienes todavía afirman que el pueblo judío es el gran enemigo de los demás pueblos del mundo, y que busca su degeneración moral y social, para prevalecer como comunidad cerrada y privilegiada, lo creen porque alguien se los ha dicho, o porque lo leyeron en textos antisemitas. Pero lo interesante es que la evidencia de tal labor de destrucción moral no aparece.

Por razones históricas, amén de su cultura religiosa, al pueblo judío mucho le importan valores como la familia, la solidaridad de raza, la patria y Dios. Si cumplen en qué grado sus obligaciones con el mismo Dios, con su comunidad, con su patria y su familia, es asunto que comparten con los demás pueblos del mundo; hay judíos y "gentiles" cumplidos y no cumplidos y cumplidos a medias.

Se puede acusar —justificadamente o no, generalizando o no—, a los poderosos del pueblo judío de avaricia, de soberbia y demás debilidades humanas semejantes, pero el antisemitismo por ver al judaísmo como el gran enemigo de la humanidad, es injustificable, no tiene bases pragmáticas ni académicas.

La discriminación racial, por más injustificada que sea como debilidad humana, la que considera inferiores a los negros o despreciables a los judíos, la que predica la supremacía de la raza aria —no acabada con la muerte del nacional-socialismo hitleriano—, no va a desaparecer. El hombre tiende a repetir sus errores y persiste en creencias que ha formado sin cuestionarlas. Todos los "antis" culturales tienen mucho en común, y el antisemitismo no es diferente.

Los genocidios de los años recientes en el mundo nada tienen que ver con el pueblo judío, fueron y son contra otros pueblos, a veces por odios ancestrales y otras por intereses políticos, facciosos y nacionalistas. Lo único en común, es que todos imponen el odio, el desprecio por la vida humana, ajenos a la dignidad del hombre y su derecho a convivir con otras naciones y comunidades.

Combatir el antisemitismo es combatir toda discrimación racial como lacra social. Los cristianos compartimos un Dios y el Antiguo Testamento con el judaísmo, y la Iglesia Católica pone el ejemplo: acercamientos formales con el pueblo y líderes religiosos judíos, y la enseñanza católica contra el antisemitismo y toda otra forma de discriminación racial, son asuntos cotidianos. Sigamos esta guía, los hombres de buena voluntad deben dejar atrás los odios raciales.

Salvador Ignacio Reding Vidaña – conoze.com 2007.I.04

 

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Las fuentes de inspiración de los Protocolos

 

 

La verdadera intencionalidad del panfleto de Nilus, de los Protocolos de los sabios de Sión, una defensa de la autocracia nobiliaria y antisemita, sus aspectos más ridículos y el carácter espurio de la composición permitieron desde el principio intuir el carácter falso y fraudulento de su contenido. Sin embargo, su fuente de inspiración tardará en ser descubierta algunos años.

 

Los días 16, 17 y 18 de agosto de 1921, The Times publicaba un despacho del corresponsal en Constantinopla, Philip Graves, en el que se revelaba la fuente auténtica de los Protocolos. Estos no eran sino un plagio de un folleto dirigido contra Napoleón III, publicado originalmente en 1865. Graves señalaba a un ruso, al que denominaba Mr. X, el que había entregado incluso una copia del libro del que se habían plagiado los Protocolos: "Como ya he dicho, antes de recibir el libro de Mr. X, tenía sentimientos de incredulidad. No creía que los Protocolos de Serge Nilus (en la foto) fueran auténticos. Pero de no haberlo visto, no hubiera podido creer que el autor del que Nilus tomó el original fuera un plagiario sin cuidado ni vergüenza. El libro de Ginebra es un ataque apenas disfrazado contra el despotismo de Napoleón III, en forma de una serie de 25 diálogos... entre Montesquieu y Maquiavelo..."

 

Efectivamente, Graves había dado en el clavo. De hecho, antes de publicar sus informaciones, The Times había realizado una investigación en el Museo Británico, fruto de la cual fue el hallazgo de un libro, editado no en Ginebra sino en Bruselas en 1864, titulado Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, y obra de un abogado francés llamado Maurice Joly. La obra era una crítica al régimen de Napoleón III que utilizaba como vehículo un diálogo entre Montesquieu, defensor del liberalismo, y Maquiavelo, paladín de un despotismo cínico que era similar al gobierno imperial. Pese a lo ingenioso del artificio, la policía francesa detuvo a Joly que, juzgado el 25 de abril de 1865, fue condenado a quince meses de prisión. En cuanto al libro fue prohibido. Prohibido.., pero no eliminado. De hecho, hay cerca de doscientos pasajes de los Protocolos copiados de la obra de Joly. La proporción del material copiado varía según cada protocolo. En algunos casos, por ejemplo el protocolo séptimo, casi todo el texto es un plagio, en otros nueve supera la mitad, etc. Hoy en día no cabe la menor duda salvo a los que siguen deseando mover el espantajo de la conjura judía para llevar a cabo sus propios planes políticos como es el caso de los islamistas de que los Protocolos son un fraude absoluto. Al dato documental pronto se unirían las confesiones de los partícipes en el fraude. Henri Bint, un alsaciano que desde 1880 había estado al servicio de la policía secreta rusa, confesó, en el curso de una investigación judicial, que los Protocolos habían surgido como respuesta a órdenes emanadas de Piotr Ivanovich Rachkovsky, jefe de la organización. Su testimonio fue confirmado por el conocido periodista Vladimir Burtsev.

 

Rachkovsky fue un personaje absolutamente novelesco entre cuyas creaciones figuró la de la organización antisemita Unión del Pueblo ruso, que distribuiría con auténtico tesón los Protocolos. Estos se idearon en alguna fecha situada entre 1894 y 1899, su país de origen material fue Francia (en medio del ardor provocado por el "affaire Dreyfus"), aunque la falsificación se debió claramente a la mano de un ruso y estaba destinada a ser utilizada por la extrema derecha rusa. Originalmente, el documento pretendía una finalidad similar a la del Diálogo... del que estaba plagiado: dañar a un gobernante que, en el caso ruso, era el ministro ruso, modernizador y reformista, Witte, al que se tenía la intención de presentar como un instrumento del poder judío en la sombra. Sólo con posterioridad Rachkovsky concibió la idea de convertirlo de manera preeminente en un panfleto antisemita. La versión de Nilus es la que más se aproxima al primer texto de la falsificación aunque no fue el primero en publicarla pero sigue sin estar claro como cayó en sus manos.

 

El mismo personaje de Nilus no deja de tener un cierto interés y, en buena medida, puede decirse que se trataba del sujeto ideal para difundir el fraude de los Protocolos. Nihilista admirador de Nietzsche en una primera época, vivió plácidamente con su amante en Biarritz hasta que se arruinó. Aquella desgracia marcó un punto de inflexión en su vida. Se convirtió en cristiano ortodoxo y en defensor de la autocracia zarista. A esto unió un rechazo frontal por la civilización contemporánea y por el racionalismo. No parece haberle costado mucho llegar a la conclusión de que estaba dotado de virtudes místicas y de una misión salvadora, misión centrada en oponerse a una supuesta conjura judía de carácter universal. En esta sí parece que creía... pero no en los Protocolos. El testimonio de una de las personas que más intimó con él, Du Chayla, nos proporciona unos datos muy interesantes al respecto. Aunque Nilus pensaba que los Protocolos podían ser falsos, argumentaba que semejante circunstancia no invalidaba la tesis de una conjura universal judía. Merece la pena reproducir el relato de una conversación entre Nilus y Du Chayla recogida por este último. Ante la pregunta de Du Chayla sobre lo dudoso del texto, Nilus contestó:

 

"¿Sabe usted cuál es mi cita favorita de san Pablo? La fuerza de Dios actúa a través de la flaqueza humana. Reconozcamos que los Protocolos son falsos. Pero, ¿no puede Dios usarlos para desenmascarar la maldad que se está preparando? ¿No profetizó la burra de Balaam? ¿No puede Dios, por nuestra fe, transformar la osamenta de un perro en reliquias que realicen milagros? ¡De la misma manera puede colocar el anuncio de la verdad en una boca mentirosa!"

 

No fue el único en Rusia, aparte de sus forjadores, que supo que eran falsos. Ante la impresión que el escrito produjo en el zar Nicolás II cuando accedió a su lectura, el ministro ruso del Interior, Stolypin encargó a Martinov y Vassiliev, dos oficiales de la gendarmería, una investigación secreta sobre los orígenes de los Protocolos. El resultado de la misma no pudo resultar más claro. La obra era una falsificación. Stolypin entregó el informe al zar que decidió abandonar su uso por esa causa:

 

"Abandonemos los Protocolos. No se puede defender una causa noble con métodos sucios", reconocería el soberano. Posiblemente, el libro habría caído en el olvido el propio Nilus se quejaba de su falta de eco de no haber sido por el estallido de la Revolución de 1917. A partir de ese entonces, el ridículo panfleto fue contemplado por muchos como una profecía. Entre los ejércitos blancos que combatieron a los bolcheviques, los Protocolos conocieron asimismo una enorme popularidad. De hecho, el almirante blanco Kolchak estaba literalmente obsesionado por ellos e incluso se realizó una versión abreviada para uso de todos los oficiales y suboficiales del ejército blanco.

 

Además el denominado "Documento Zunder" que vinculaba la Revolución rusa a los judíos fue considerado como una confirmación de la veracidad de los asertos contenidos en el panfleto. Sin embargo, el fenómeno no quedaría limitado a Rusia. Para enero de 1918, antes incluso de la derrota en la Primera Guerra Mundial, comenzaron a aparecer en Alemania escritos en que se defendía la tesis de la conspiración antisemita como una variación del "Discurso del rabino". A partir de 1919, el fenómeno experimentó un auge espectacular siendo incluso apoyado por algunos miembros de la caída dinastía de los Hohenzollern. En calidad de frutos de la conspiración judía mundial se presentaban tanto la revolución bolchevique como la derrota de las potencias centrales en la Gran Guerra. Al igual que había sucedido en Rusia, algunos de los propaladores (en este caso el antiguo kaiser y el general Ludendorf) creían en la veracidad de la obra. Otros como el conde Ernst zu Reventlow, que acabaría siendo miembro del partido nazi eran conscientes de su falsedad y se limitaban a aprovecharse de ella.

 

En 1919 ya existían media docena de organizaciones consagradas a hacer propaganda de la obra y a partir de 1920, la misma hacía furor en Alemania atreviéndose pocos como el hebraista Strack a enfrentarse con ella. En sus páginas se podía hallar una explicación delirante pero íntimamente tranquilizadora que arrojaba todas las culpas de los padecimientos del pueblo alemán no sobre sus clases gobernantes, sobre el imperialismo militar o sobre la dinastía de los Hohenzollern. Las responsabilidades eran transferidas, agradablemente, sobre un chivo expiatorio con precedentes no sólo en la historia alemana sino en la de toda Europa. Sin percibirlo, al prestar oído a las burdas falacias de los Protocolos millones de alemanes no revisaban convenientemente su historia y se aprestaban para repetirla esta vez descargando sus propias responsabilidades en millones de inocentes. Para cuando Hitler llegó el poder en 1933, el libro había alcanzado más de una treintena de ediciones. En Polonia, provocó incluso una reacción favorable de parte de la jerarquía católica y tuvo, entre otros efectos, la redacción de un llamamiento firmado por dos cardenales, dos arzobispos y dos obispos en contra del bolchevismo que no sólo estaba dirigido, según ellos, por los judíos sino que era "la encarnación y la consagración del espíritu del Anticristo en la Tierra".

 

Semejante dislate para empezar, la aplastante mayoría de los judíos polacos era antibolchevique tendría un efecto de no escasa envergadura en millones de católicos no sólo de Polonia sino de todo el mundo. El fenómeno, sin embargo, no se limitó a las naciones que habían sido objeto de la derrota en la Gran Guerra o que habían padecido revueltas comunistas. Así, desde 1918 habían aparecido en Gran Bretaña algunas obras antisemitas que volvían sobre el tópico de la conspiración. Finalmente, a inicios de 1920 los Protocolos aparecieron publicados con el título de The Jewish Peril (El peligro judío). El 8 de mayo de ese año The Times cuestionaba la autenticidad de los documentos pero dejando entrever que podría no tratarse de una falsificación. Sin embargo, la marea duró poco. En agosto de 1921, este mismo periódico publicó durante tres días consecutivos un reportaje al que ya hemos hecho referencia con anterioridad en el que se demostraba que los Protocolos no pasaban de ser un plagio aderezado. Con ello, la popularidad de la obra tocaba, sensatamente, a su fin.

 

En Estados Unidos, la situación fue ligeramente distinta. Durante 1920, el Dearborn Independent, un periódico propiedad del industrial Henry Ford, publicó una serie de artículos que darían lugar al libro antisemita conocido como The International Jew: the world´s foremost problem (El judío internacional: el problema principal del mundo). Los artículos y posterior libro de Ford (aunque en realidad no fue él quien lo escribió sino un alemán residente en Estados Unidos llamado August Máller y un refugiado ruso de nombre Boris Brasol, que después colaboraría con los nazis) estaban plagados de dislates, como el de atribuir a Lenin unos hijos que no tuvo afirmando que hablaba con ellos en yiddish, pero tuvieron un enorme impacto a la hora de popularizar los Protocolos que eran interpretados al estilo alemán. Naturalmente, la actitud de Ford que volvió a referirse al tema de la conspiración judía mundial en dos libros publicados en 1922 despertó la codicia de los aprovechados que se ofrecieron a darle más pruebas de la supuesta conjura así como la oposición de la gente sensata, fuera o no judía. Entre los opositores a las tesis de Ford ocupó un lugar de importancia Herman Bernstein, un diplomático estadounidense, cuya obra History of a Lie (Historia de una mentira) aparecida en 1921 es uno de los primeros estudios rigurosos sobre la falsificación en la que se sustentaban los Protocolos. No se limitó a eso el papel de Bernstein, sino que llegó a presentar una querella por libelo contra Ford.

 

Finalmente, en junio de 1927 el industrial se retractaba en una carta dirigida a Louis Marshall, presidente del Comité Judío de Estados Unidos, negando toda responsabilidad en los artículos del Dearborn Independent y en El judío internacional. Se retractaba asimismo de las acusaciones contenidas en ambos y adquiría el compromiso de retirar la obra de la circulación. Sin embargo, tal paso poco podía hacer para remediar el daño causado. El mismo Hitler tuvo durante años un retrato de Ford en su escritorio, manifestó su satisfacción al saber que el industrial se presentaba a la presidencia americana en 1923 y, cuando llegó al poder, lo condecoró. En Francia, otra de las potencias vencedoras de la Gran Guerra, los Protocolos iban a tener un éxito duradero. En 1920, las publicaciones relacionadas con la derechista Acción francesa publicaron reseñas de la obra y durante el verano aparecieron tres traducciones íntegras de la misma, una de ellas debida a monseñor Jouin, párroco de la Iglesia de san Agustín en París.

 

En Italia, Giovanni Preziosi afecto desde 1916 a la teoría de la conspiración publicó la primera traducción de los Protocolos al italiano en 1921. Preziosi demostró una capacidad premonitoria extraordinaria, ya que en agosto de 1922, su revista, La vita italiana, publicaba un artículo titulado "Los judíos, pasión y resurrección de Alemania (Pensamientos de un alemán)", que, aunque firmado con el pseudónimo "Un bávaro", se debía a un sujeto, entonces anónimo, llamado Adolf Hitler. Preziosi fue además el único publicista italiano que desde el primer momento apoyó a Hitler y al nazismo. La tarea antisemita de Preziosi no tuvo mucho éxito hasta que en 1938 Mussolini, para cimentar mejor su alianza con la Alemania hitleriana, dio comienzo a una campaña antisemita y lo nombró ministro de Estado. Además, en 1935 el proceso dejó establecido que los Protocolos eran, efectivamente, un plagio del libro de Joly. El mismo Hitler no creía en la autenticidad del texto tal y como publicaría en 1939 su antiguo amigo Rauschning, pero semejante circunstancia no le apartó de considerarlo útil en su campaña antisemita:

 

-"¿No cree usted objeté que atribuye demasiada importancia a los judíos?"

-"¡No, no, no! exclamó Hitler. Resulta imposible exagerar la calidad formidable del judío como enemigo".

 

-"Pero dije los Protocolos son una evidente falsificación... Me resulta obvio que no pueden ser auténticos".

 

-¿Por qué no? gruño Hitler.

 

"Le importaba un pito dijo que el libro fuera históricamente cierto. Si no lo era, su verdad intrínseca le parecía aún más convincente...".

 

En marzo de 1940, el hijo de Nilus le diría a Rosenberg, uno de los ideólogos principales del movimiento nazi: "Soy el hijo único de S. A. Nilus, el descubridor de los Protocolos de los Sabios de Sión. Ni puedo ni debo permanecer indiferente en estos tiempos en que está en juego el destino de todo el mundo ario. Creo que la victoria de ese genio que es el Fuhrer liberará también a mi pobre país... he hecho todo lo posible para ganarme el derecho a participar de manera activa en la liquidación del veneno judío...". Que semejante afirmación, además de disparatada, fuera homicida carecía de importancia. En el fondo, como sucede con la utilización islámica contemporánea de los Protocolos, lo que tenemos enfrente no es la prueba de una absurda conjura judía mundial sino la utilización de un instrumento propagandístico que permita llevar a cabo con mayor eficacia una política antisemita que sólo se sentiría satisfecha con la eliminación de todos los judíos.

‘REVISTA DIGITAL’ 21.12.2002.

DR. CÉSAR VIDAL. HISTORIADOR, FILÓSOFO TEÓLOGO Y ABOGADO. ESP.

 

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P:… ¿Cree usted que la acusación de deicidio es la base histórica de la judeofobia que tradicionalmente hemos tenido en Europa?

 

R:  … No, el antisemitismo es muy anterior a la aparición del cristianismo y aparece en egipcios como Manetón o autores clásicos como Cicerón, Tácito o Juvenal. A decir verdad, yo sostengo la tesis de que es esa herencia clásica la que acabó tiñendo de antisemitismo a algunos autores cristianos. 2004-03-30. César VIDAL. Esp.

 

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La Iglesia Católica –ha declarado solemnemente el Concilio Vaticano II– deplora todas las manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los Judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona (Nostra Aetate, n. 4), condena la discriminación y advierte que se ha de huir también de la intolerancia, que casi siempre se transforma en limitación de los derechos y libertades, y que puede llegar incluso a la marginación y la opresión de la persona humana y de las comunidades a las que pertenece.

La Santa Sede se alegra de que el diálogo interreligioso favorezca y promueva la tolerancia, el reconocimiento mutuo y, por tanto, una coexistencia entre los Pueblos que sea factor de paz. Precisamente porque desea sea así, rehuye subordinar dicho diálogo a una finalidad meramente pragmática y política. En efecto, esto degrada tanto a Dios como al hombre mismo, "mortifica" la tolerancia en vez de promoverla, porque la evalúa con el parámetro precario y mudable de los equilibrios políticos, en vez de confrontarla con el metro seguro de la verdad y la dignidad humana.

 

Hace falta, además, evitar que se haga del antisemitismo, las discriminaciones de los musulmanes o de los cristianos una especie de jerarquía. Cada una de estas "plagas" hace que el hombre "se enferme", lo degrada y, por tanto, ha de ser "curada" con rapidez. Para evitar eventuales reticencias o una injustificada selectividad en las actuaciones por parte de los Estados miembros, es preciso pues asegurar un correcto equilibrio entre los compromisos adoptados por ellos mismos, en la perspectiva de las tres orientaciones antes recordadas. 08 VI. MMV

 

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 Los Protocolos de los sabios de Sión

 

Por César Vidal 

Utilizado por los antisemitas de todo el mundo —sin excluir a los nazis o a los árabes de las últimas décadas— los Protocolos constituyen un documento de enorme interés histórico y político. Sin embargo, ¿tienen realmente alguna relación con los judíos? ¿Quién escribió los Protocolos de los sabios de Sión?

  

En las últimas semanas se ha producido un revuelo considerable en el mundo árabe a consecuencia de una serie de TV egipcia en la que se sostenía la autenticidad de un documento denominado los Protocolos de los sabios de Sión. El citado texto, redactado a finales del siglo XIX, contendría las líneas maestras de un plan de dominio mundial por parte de los judíos.

El antisemitismo constituye una actitud mental y una conducta que se pierde en la noche de los tiempos. Manetón, el sacerdote e historiador judío del periodo helenístico, ya dedicó vitriólicas páginas a los primeros momentos de la Historia de Israel y sus pasos siguieron los antisemitas de la Antigüedad clásica —prácticamente todos los autores de renombre— desde Cicerón a Tácito pasando por Juvenal. En términos generales, su antisemitismo, que presentó manifestaciones de enorme dureza en medio de una considerable tolerancia legal, era cultural más que racial. Durante la Edad Media, el antisemitismo estuvo relacionado con categorías de corte religioso (la resistencia de los judíos a convertirse al islam o al cristianismo) y social (el desempeño de determinados empleos por los judíos). Solamente con la llegada de la Ilustración, el antisemitismo se fue tiñendo de tonos raciales que aparecen ya en escritos injuriosos —y falsos— de Voltaire y que volvemos a encontrar muy acentuados en Nietzsche o Wagner. Aunque la figura del judío perverso y conspirador no se halla ausente de algunas de estas manifestaciones antisemitas y aunque, por ejemplo, Wagner y Nietzsche insistieron en tópicos como el del poder judío o el de su capacidad de corrupción moral (e incluso racial) no llegaron a agotar hasta el final el tema de una de las acusaciones ya popularizadas en su tiempo, la de la conspiración judía mundial. Ambos autores no llegaron a articular —aunque no les faltó mucho para ello— la tesis de que todo el poder degenerador de los judíos en realidad obedecía a un plan destructivo de características universales cuya finalidad era el dominio del orbe. Semejante papel le correspondería a un panfleto de origen ruso conocido generalmente como “Los Protocolos de los sabios de Sión”, en el que, supuestamente, se recogían las minutas de un congreso judío destinado a trazar las líneas de la conquista del poder mundial.

El análisis de esa obra constituye el objeto del presente Enigma, sin embargo, antes de entrar en el contenido y en las circunstancias en que la misma se forjó debemos detenernos siquiera momentáneamente en algunos de sus antecedentes. “Los Protocolos de los sabios de Sión” no fueron, en buena medida, una obra innovadora. Aunque, sin lugar a dudas, cuentan con el dudoso privilegio de constituir la obra más conocida y difundida sobre la supuesta conjura judía mundial, no son ni con mucho la única ni la primera. La idea de una conjura parcial (para envenenar las aguas, para empobrecer a la gente, para sacrificar niños, etc) aparecía periódicamente durante la Edad Media. Sin embargo, siempre se trataba de episodios aislados, regionales, desprovistos de un carácter universal. El cambio radical se produjo en 1797. Con la publicación de la
Memoria para servir a la historia del Jacobinismo no quedará perfilada la tesis de una conspiración subversiva mundial. El autor de la obra, un clérigo llamado Barruel, pretendía que la orden de los Templarios, disuelta en el s. XIV, no había desaparecido sino que se había transformado en una sociedad secreta encaminada a derrocar todas las monarquías.

Cuatro siglos después, la misma se habría hecho con el control de la masonería y, a través de la organización de los jacobinos, habría
provocado la revolución francesa. Barruel afirmaba también que los masones eran, a su vez, una marioneta en manos de los iluminados bávaros que seguían a Adam Weishaupt. A menos que se acabara con estos grupos, afirmaba Barruel, pronto el mundo estaría en sus manos. Como suele ser habitual en todas las obras que desarrollan la teoría de la conspiración no sólo los datos expuestos recogen tergiversaciones sino también absolutos disparates. Barruel pasaba por alto, entre otras cosas, que el grupo de Weishaupt ya no existía en 1786, que siempre estuvo enemistado con los masones y que éstos no sólo por regla general habían sido monárquicos y conservadores sino que además habían experimentado la persecución a manos de los revolucionarios, muriendo centenares de ellos en la guillotina. Con todo Barruel, que había tomado sus ideas de un matemático escocés llamado John Robinson, apenas mencionaba a los judíos porque, ciertamente, éstos no habían tenido ningún papel de importancia durante la Revolución y porque además incluso habían sido víctimas de los excesos de ésta.

Pese a sus evidentes deficiencias, la obra de Barruel despertó, sin embargo, la pasión de un oficial llamado J. B. Simonini que le escribió desde Florencia proporcionándole supuestas informaciones sobre el papel judío en la conspiración masónica. En una carta —que fue un fraude de Fouchá para impulsar a Napoleón hacia una política antisemita— el militar felicitaba al clérigo por desenmascarar a las sectas que estaban “abriendo el camino para el Anticristo” y se permitió señalarle el papel preponderante de la “secta judaica”. Según Simonini, los judíos, tomándole por uno de los suyos, le habían ofrecido hacerse masón y revelado sus arcanos. Así se había enterado de que el Viejo de la Montaña (el fundador de la secta islámica de los Asesinos que tanto agradaba a Nietzsche) y Manes eran judíos, que la masonería y los iluminados habían sido fundados por judíos y que en varios países —especialmente Italia y España— los clérigos de importancia eran judíos ocultos. Su finalidad era imponer el judaísmo en todo el mundo, objetivo que sólo tenía como obstáculo la Casa de Borbón a la que los judíos se habían propuesto derrocar. Ni que decir tiene que las afirmaciones de Simonini carecían de la más mínima base (por esa época tanto los masones como los iluminados si acaso habían tenido alguna actitud hacia los judíos era de rechazo). Sin embargo, los dislates contenidos en la misma hicieron mella en la mente de Barruel, que, a juzgar por su obra, estaba bien predispuesto a creer este tipo de relatos.

De hecho, pese a que juzgó más prudente no publicarla, entre otras razones porque temía que provocara una matanza de judíos, distribuyó algunas copias en círculos influyentes. Finalmente, antes de morir en 1820, relató todo a un sacerdote llamado Grivel. Nacería así el mito, tan querido a tantos personajes posteriores, de la conjura judeo-masónica, mito al que se incorporaron los datos suministrados por Simonini en su carta. Con todo, inicialmente, la idea de una conspiración judeo-masónica iba a caer en el olvido y durante las primeras décadas del siglo XIX ni siquiera fue utilizada por los antisemitas. Con posterioridad, una obra de creación titulada
Biarritz volvería a resucitarlo en Alemania. El autor de la novela se llamaba Hermann Goedsche y ya tenía un cierto pasado en relación con documentos de carácter sensacional. En el período inmediatamente posterior a la revolución de 1848 había presentado unas cartas en virtud de las cuales se pretendía demostrar que el dirigente demócrata Benedic Waldeck había conspirado para derrocar al rey de Prusia.

El acontecimiento dio origen a una investigación cuyo resultado no pudo resultar más bochornoso: los documentos eran falsos y además Goedsche lo sabía. Este se dedicó entonces a trabajar como periodista en el
Preussische Zeitung, el periódico de los terratenientes conservadores, y a escribir novelas como Biarritz. Esta se publicó en 1868, una fecha en que la población alemana comenzaba a ser presa de renovados sentimientos antisemitas a causa de la Emancipación —sólo parcial— de los judíos. En un capítulo del relato, que se presentaba como ficticio, se narraba una reunión de trece personajes, supuestamente celebrada durante la fiesta judía de los Tabernáculos, en el cementerio judío de Praga. En el curso de la misma, los representantes de la conspiración judía mundial narraban sus avances en el control del gobierno mundial, insistiendo especialmente en la necesidad de conseguir la Emancipación política, el permiso para practicar las profesiones liberales o el dominio de la prensa. Al final, los judíos se despedían no sin antes señalar que en cien años el mundo yacería en su poder. Como en el caso de la conjura judeo-masónica, el episodio narrado en este capítulo de Biarritz iba a hacer fortuna.

En 1872, se publicaba en San Petersburgo de forma separada señalándose que, pese al carácter imaginario del relato, existía una base real para el mismo. Cuatro años después en Moscú se editaba un folleto similar con el título de “En el cementerio judío de la Praga checa (los judíos soberanos del mundo)”. Cuando en julio de 1881
Le Contemporain editó la obra, ésta fue presentada ya como un documento auténtico en el que las intervenciones de los distintos judíos se habían fusionado en un solo discurso. Además se le atribuyó un origen británico. Nacía así el panfleto antisemita conocido como el “Discurso del Rabino”. Con el tiempo la obra experimentaría algunas variaciones destinadas a convertirla en más verosímil. Así el rabino, anónimo inicialmente, recibió los nombres de Eichhorn y Reichhorn e incluso se le hizo asistir a un (inexistente) congreso celebrado en Lemberg en 1912.

Un año después de la publicación de
Biarritz, Francia iba a ser el escenario donde aparecería una de las obras clásicas del antisemitismo contemporáneo.
Se titulaba Le juif, le judaásme et la judaásation des peuples chrátiens y su autor era Gougenot des Mousseaux.
La obra partía de la base de que la cábala era una doctrina secreta transmitida a través de colectivos como la secta de los Asesinos, los templarios o los masones pero cuyos jerarcas principales eran judíos. Además de semejante dislate —que evidencia una ignorancia absoluta de lo que es la cábala— en la obra se afirmaba, igual que en la Edad Media, que los judíos eran culpables de crímenes rituales, que adoraban a Satanás (cuyos símbolos eran el falo y la serpiente) y que sus ceremonias incluían orgías sexuales. Por supuesto, su meta era entregar el poder mundial al Anticristo para lo que fomentarían una cooperación internacional en virtud de la cual todos disfrutaran abundantemente de los bienes terrenales, circunstancias estas que, a juicio del católico Gougenot des Mousseaux, al parecer sólo podían ser diabólicas. Pese a lo absurdo de la obra, no sólo disfrutaría de una amplia difusión sino que además inspiraría la aparición de panfletos similares generalmente nacidos de la pluma de sacerdotes. Tal fue el caso de Les Francs-Maçons et les Juifs: Sixième Age de l´Eglise d´après l´Apocalypse (1881) del abate Chabauty, canónigo honorario de Poitiers y Angulema, donde aparecen dos documentos falsos que se denominarían “Carta de los judíos de Arles” (de España, en algunas versiones) y “Contestación de los judíos de Constantinopla”. Tanto la obra de Chabauty como la de Gougenot de Mousseaux serían objeto de un extenso plagio —a menos que podamos denominar de otra manera al hecho de copiar ampliamente secciones enteras sin citar la procedencia— por parte del antisemita francés Edouard Drumond, cuyo libro La France juive (1886) demostraría ser un poderoso acicate a la hora de convertir en Francia el antisemitismo en una fuerza política de primer orden.

El único país donde, por aquel entonces, el antisemitismo resultaba más acentuado que en Francia y Alemania, y donde, dicho sea de paso, se originaría el plan que culminaría en los
Protocolos, era Rusia. Las condiciones de vida de los judíos bajo el gobierno de los zares se han calificado de auténticamente terribles pero la cuestión es digna de considerables matizaciones ya que no pocos progresaron considerablemente y llegaron a escalar socialmente puestos que les estaban vedados en países limítrofes al imperio zarista. Sin embargo, tras el asesinato de Alejandro II y el acceso al trono de Alejandro III empeoraron en parte, siquiera porque no eran pocos los judíos —generalmente jóvenes idealistas de familias acomodadas— que participan en grupos terroristas de carácter antizarista y, en parte, porque los revolucionarios recurrieron al antisemitismo en no pocas ocasiones como forma de obtener un ascendente sobre el pueblo. Así, a un antisemitismo instrumental de izquierdas —del que participaron no pocos judíos filorevolucionarios— se sumó otro popular que abominaba de la subversión y que estallaba ocasionalmente en pogromos. Tal situación estaba acompañada por la propaganda antisemita. Fue esta una floración libresca pletórica de odio, mala fe e ignorancia, que se extendió desde el Libro del Kahal (1869) de Jacob Brafman, editado con ayuda oficial, y en el que se pretendía que los judíos tenían un plan para eliminar la competencia comercial en todas las ciudades, hasta los tres volúmenes de El Talmud y los judíos (1879©1880) de Lutostansky, obra en que el autor demostraba ignorar lo que era el Talmud y además introducía en Rusia el mito de la conjura judeo-masónica.

No obstante, es posible que la obra de mayor influencia de este período fuera
La conquista del mundo por los judíos (7ª ed. 1875) escrita por Osman-Bey, pseudónimo de un estafador cuyo nombre era Millinger. El aventurero captó fácilmente la paranoia antisemita que había en ciertos segmentos de la sociedad rusa y la aprovechó en beneficio propio. Su panfleto sostenía que existía una conjura judía mundial cuyo objetivo primario era derrocar la actual monarquía zarista. De hecho, sirviéndose de semejantes afirmaciones, el 3 de septiembre de 1881 salía de San Petersburgo con destino a París, provisto del dinero que le había entregado la policía política rusa, con la misión de investigar los planes conspirativos de la Alianza Israelita Universal que tenía su sede en esta última ciudad. Pasando por alto, como lo harían muchos otros, que este organismo sólo tiene fines filantrópicos Millinger afirmó que se había hecho con documentos que la relacionaban con grupos terroristas que deseaban derrocar el zarismo. En 1886, se editaban en Berna sus Revelaciones acerca del asesinato de Alejandro II. Con el nuevo panfleto quedaba completo el cuadro iniciado con La conquista... No sólo se afirmaba la tesis del peligro judío sino que además se indicaba ya claramente el camino a seguir para alcanzar “la Edad de Oro”. Primero, había que expulsar a los judíos basándose en “el principio de las nacionalidades y de las razas”. Un buen lugar para enviarlos sería África. Pero tales acciones sólo podían contemplarse como medidas parciales. En realidad, sólo cabía una solución para acabar con el supuesto peligro judío:

“La única manera de destruir la Alianza Israelita universal es a través del exterminio total de la raza judía”. El camino para la aparición de los
Protocolos —y para realidades aún más trágicas— quedaba ya más que trazado. Del 26 de agosto al 7 de septiembre de 1903 aparecía en el periódico de San Petersburgo Znamya (La Bandera) la primera edición de los Protocolos, bajo el título de Programa para la conquista del Mundo por los judíos. El panfleto encajaba como un guante en el medio ya que el mismo estaba dirigido por P. A. Krushevan, un furibundo antisemita que había sido un personaje clave en el desencadenamiento del pogromo de Kishiniov. Krushevan afirmó que la obra —cuyo final aparecía algo abreviado— era la traducción de un documento original aparecido en Francia.

En 1905, el texto volvía a editarse en San Petersburgo en forma de folleto y con el título de
La raíz de nuestros problemas a impulsos de G. V. Butmi, un amigo y socio de Krushevan que junto con éste se dedicaría a partir de ese año a sentar las bases de la Centurias negra. En enero de 1906, el panfleto era reeditado por la citada organización con el mismo título que le había dado Butmi e incluso bajo su nombre. Sin embargo, se le añadía un subtítulo que, en forma abreviada, haría fortuna: Protocolos extrañados de los archivos secretos de la Cancillería Central de Sión (donde se halla la raíz del actual desorden de la sociedad en Europa en general y en Rusia en particular).

Las ediciones mencionadas tenían una finalidad masivamente propagandística y consistieron en folletos económicos destinados a todos los segmentos sociales. Pero en 1905 los
Protocolos aparecían incluidos en una obra de Serguei Nilus titulada Lo grande en lo pequeño. El Anticristo considerado como una posibilidad política inminente. El libro de Nilus ya había sido editado en 1901 y 1903, pero sin los Protocolos. En esta nueva edición se incluyeron con la intención de influir de manera decisiva en el ánimo del zar Nicolás II. La reedición de Nilus contaba con algunas circunstancias que, presumiblemente, deberían haberle proporcionado un éxito impresionante. Así, el metropolitano de Moscú llegó incluso a ordenar que en las 368 iglesias de la ciudad se leyera un sermón en el que se citaba esta versión de los Protocolos. Inicialmente, no resultó evidente si prevalecería la versión de Butmi o la de Nilus. Finalmente, sería esta última reeditada con ligeras variantes y bajo el título de Está cerca la puerta... Llega el Anticristo y el reino del Diablo en la Tierra la que llegaría a consagrarse. El motivo de su éxito estaría claramente vinculado a haberse publicado una vez más en 1917, el año de la Revolución rusa. El texto de Nilus está dividido en 24 supuestos protocolos en los que, realmente, se intenta demostrar la bondad del régimen autocrático (obviamente el zarista) y la perversidad de las reformas liberales.

Como justificación última de semejante discurso político se aduce la existencia de un plan de dominio mundial desarrollado por los judíos. Así el panfleto deja claramente establecido el supuesto absurdo del sistema liberal ya que la idea de libertad política no sólo resulta irreal sino que además sólo puede tener desastrosas consecuencias:

“La
libertad política no es una realidad, sino una simple idea”. (1, 5)

“La idea de la libertad no puede realizarse porque nadie sabe hacer de ella el uso adecuado. Basta con permitir que el pueblo se gobierne durante un período breve de tiempo para que la administración se transforme al poco en desenfreno... los Estados arden en llamas y toda su grandeza se viene abajo convertida en cenizas”. (1, 6)

La razón fundamental que aduce Nilus, por boca de los supuestos conspiradores judíos, es similar a la esgrimida por otros antidemócratas anteriores y posteriores. Es absurda la libertad ya que la gente del pueblo no puede llegar a comprender lo que es la política:

“Los miembros de la plebe que han salido del pueblo, por más dotados que están, al no comprender la alta política no pueden guiar a la masa sin despeñar a toda la nación en la ruina”. (1, 18)

Si la idea de libertad política podía ser relativamente tolerada, esto se debería a algunas condiciones previas. Primero, su sumisión al poder clerical; segundo, la exclusión de los enfrentamientos sociales y, tercero, la eliminación de la búsqueda de reformas. En resumen, puede ser aceptable si no afecta en absoluto el sistema autocrático:

“La libertad podría ser inofensiva y darse sin peligro para el bienestar de los pueblos en los estados si se basase en la fe en Dios y en la fraternidad de los seres humanos y se alejase de la idea de igualdad, que está en contradicción con las leyes de la Creación...” (4, 3)

Sin embargo, la libertad no ha discurrido por los cauces deseados por Nilus y puestos en boca de los presuntos conspiradores judíos. El resultado ha sido por ello especialmente peligroso y ha degenerado en la mayor de las aberraciones posibles, la corrupción de la sangre:

“Después de haber instalado en el órgano estatal el “veneno del liberalismo”, toda su condición política ha sufrido una metamorfosis; los Estados han sido atacados por una dolencia mortal, “la corrupción de la sangre”; sólo hace falta esperar el final de su agonía. Del liberalismo han surgido los Estados constitucionales que han sustituido a la autocracia, único gobierno útil a los no judíos”. (10, 11-12)

Las afirmaciones relativas a lo nocivo de la libertad política tienen, lógicamente, en esta obra un reverso diáfano consistente en alabar las supuestas virtudes de la autocracia. Esta —sea la política de los zares o la religiosa de los papas— constituye, según los
Protocolos, el único valladar contra el peligro judío:

“La autocracia de los zares rusos fue nuestro único enemigo en todo el mundo junto con el papado”. (15, 5)

Precisamente por eso, el poder del autócrata debe tener para ser efectivo un tinte innegable de cinismo, de maquiavelismo, de pura hipocresía utilitarista:

“La política no tiene nada que ver con la moral”. Un soberano que se deja guiar por la moral no actúa políticamente y su poder descansa sobre frágiles apoyos. “El que quiera reinar debe utilizar la astucia y la hipocresía”. (1, 12)

Sin embargo, tal actitud no debe causar malestar ni ser objeto de censura. Está más que justificada por el hecho de que la autocracia es la única forma sensata de gobierno y la única manera de crear y mantener en pie la civilización, algo que nunca puede emanar de las masas:

“Solamente una personalidad educada desde la juventud para la autocracia puede entender las palabras que forman el alfabeto político”. (1, 19) “... Sin despotismo absoluto no hay civilización; ésta no es obra de las masas sino sólo de su guía, sea quien fuere”. (1, 21)

Naturalmente, el modelo autocrático no se sustenta sólo sobre la figura del soberano sino sobre otros pilares del sistema. Los
Protocolos contienen, por lo tanto, loas a estos estamentos concretos que se sitúan en labios de los supuestos conspiradores judíos. El primero de ellos es la nobleza:

“... El triunfo más importante... es acabar con los “privilegios”, que son indispensables para la vida de la “nobleza no-judía” y la única protección que las naciones tienen frente a nosotros” (1, 30)

Obviamente, la aristocracia es presentada en términos ideales y, dicho sea de paso, radicalmente falsos desde una perspectiva histórica. Así se afirma que es la protectora de las clases populares y que comparte sus mismos intereses:

“Bajo nuestra dirección fue “aniquilada la nobleza”, que es la protectora natural y la madre nutricia del pueblo, y cuyos intereses están unidos inseparablemente del bienestar del pueblo... La nobleza, que conforme a un derecho legal exigía la fuerza de trabajo de los trabajadores, estaba interesada en que los trabajadores estuvieran bien alimentados, sanos y fuertes”. (3, 6 y 8)

Obviamente el otro estamento que debe colaborar —y al que se retrata de nuevo en términos excesivamente positivos— es el clero que en Rusia llegó a extremos de cesaropapismo extraordinarios:

“Controlado por su fe, el pueblo avanzará bajo la tutela de su clero, pacífica y modestamente de la mano de sus pastores espirituales”. Frente al panorama idealizado de la autocracia, sustentada por la nobleza y el clero, Nilus opone el retrato de una supuesta conjura mundial tras la que se encuentran los judíos. Estos, en teoría, se hallarían ya muy cerca de la conquista del poder:

“... Hoy estamos sólo a unos pocos pasos de nuestra meta. Sólo un tramo breve y el círculo de la serpiente simbólica”, el símbolo de nuestro pueblo se cerrará. Y una vez que se cierre el círculo, todos los Estados de Europa quedarán apresados en él como dentro de un torno”. (3, 1)

Siguiendo un patrón multisecular, Nilus presenta como base del poder judío el dominio económico, dato no sólo falso sino sangrante si tenemos en cuenta la situación miserable de los judíos de la Rusia de la época:

“Toda la maquinaria de gobierno depende de un motor que está en nuestras manos y es el oro”. (5, 8)

La conjura, obviamente, se manifiesta en una serie de acciones moralmente perversas desencadenadas por los judíos. La primera es, naturalmente, intentar contaminar con su materialismo a los que no son como ellos:

“Para no dejar tiempo a los no-judíos para la reflexión y la observación, debemos apartar sus pensamientos hacia el comercio y la industria” (4, 4)

Pero eso es sólo el comienzo. Según los
Protocolos de Nilus, para que los judíos dominen el mundo se entregan a una serie de actividades simultáneas que desafían la imaginación más delirante. A ellos se les atribuye potenciar la idea de un “gobierno internacional” (5, 18), crear “monopolios” (6, 1), apoyarse en “las logias masónicas” (15, 13) (de nuevo la tesis de la conjura judeo-masónica!), fomentar “el incremento de los armamentos y de la policía” (7, 1), provocar una “guerra general”, “idiotizar y corromper a la juventud de los no-judíos” (9, 12), aniquilar “la familia” (10, 6), “distraer a las masas con diversiones, juegos, pasatiempos, pasiones” (13, 4), eliminar “la libertad de enseñanza” (16, 7) e incluso “destruir todas las otras religiones” (14, 1). En suma no hay nada que repugne a la mente autocrática de Nilus que no se deba atribuir a los judíos.

En esa paranoia que ve la mano judía detrás de todo lo inaceptable llega en algunos casos hasta el retorcimiento más absoluto o el ridículo más absurdo. Así queda de manifiesto al afirmar que los no-judíos padecen “las enfermedades que les causamos (los judíos) mediante la inoculación de bacilos” (10, 25) o al atribuir la construcción del metro a turbias intenciones políticas:

“Pronto se habrán construido en todas las capitales “trenes subterráneos”; partiendo de los mismos volaremos por los aires todas las ciudades junto con todas sus instalaciones y documentos”. (9, 14)

Al final, los judíos conseguirán mediante semejantes artimañas su meta final:

“El “Rey de Israel” será el patriarca del mundo cuando se ciña en la cabeza santificada la corona que le ofrecerá toda Europa”. (15, 30)

Los últimos
Protocolos están dedicados presuntamente a pergeñar una descripción de cómo deberá gobernar mundialmente el Rey de Israel. En realidad, son una descripción de la monarquía autocrática ideal según Nilus. En la misma el monarca ideal deberá evitar “los impuestos demasiado elevados” (20, 2) para evitar sembrar la semilla de la revolución (20, 5), introducirá reformas como la creación de un impuesto progresivo de timbres (20, 12), de un fondo de reservas (20, 14), de un tribunal de cuentas (20, 17) y de un patrón basado en la fuerza de trabajo (20, 24) y llevará a cabo una serie de medidas económicas como la restricción de los artículos de lujo (23, 1), el fomento del trabajo artesanal (23, 2) y de la pequeña industria (23, 3) o el castigo del alcoholismo (23, 4).

LIBERTAD DIGITAL. ESP. DR. CÉSAR VIDAL.

 

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Entrevista a Leonardo Macrobio

ROMA, lunes, 31 enero 2005 - Si bien una ideología compleja subyace en el antisemitismo nazista --que llegó al horror de las cámaras de gas--, gran parte de los historiadores advierte de las responsabilidad de las teorías eugenésicas, ampliamente difundidas en los años ’30 y ’40.

En el libro «El estado racial – Alemania 1933-1945» (Ed. Rizzoli, Milán, 1992) Michael Burleigh y Wolfgang Wippermann explican que Adolf Hitler fusionó las teorías del darwinismo social, de la higiene racial y del antisemitismo dando vida a un movimiento político que después se transformó en una feroz dictadura.

Para profundizar en los vínculos entre eugenismo y antisemitismo Zenit ha entrevistado a Leonardo Macrobio --profesor en el Máster de Ciencias Ambientales del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma)--, quien acaba de concluir un primer estudio sobre las teorías eugenésicas y sobre cómo la Iglesia, y en particular Pío XII, se opusieron a ellas.

--¿Cuáles son los orígenes conceptuales y organizativos de las teorías raciales y del antisemitismo que se difundieron en Europa en los años ‘30 y ‘40?

--Leonardo Macrobio: Para comprender las raíces conceptuales del racismo como teoría racial hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XIX en Inglaterra. En esta nación, de hecho, en una treintena de años, de 1853 a 1883, fueron publicados algunos ensayos que pondrán las bases teóricas al nacimiento de las leyes raciales. Me refiero a trabajos cuyos títulos y autores no requieren especiales comentarios: Joseph Arthur Gobineau en 1853-55 escribe «Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas»; Charles Darwin en 1859 publica «El origen de la especie», de donde emerge la teoría de la supervivencia del más fuerte.

En 1862 Herbert Spencer aplica la teoría darwinista a la sociedad en el ensayo «Primeros principios», dando origen al movimiento del darwinismo social. Francis Galton, en 1869, retoma los trabajos de Darwin, Spencer y Gobineau en «La herencia del genio». Sólo en 1871, en la guía de los estudios recién citados, Darwin decidirá aplicar su teoría evolucionista al hombre en el volumen «The descent of man».

Finalmente, en 1883, Galton publicará «Inquiries into Human Faculty and its Development», en la que, por primera vez, aparece el término «eugenics», eugenesia. Todos estos trabajos introducen el concepto según el cual la vida incumbe a los más fuertes, mientras que los más débiles sucumben.

La definición de «fuerte» o «débil» es vaga y por su naturaleza requiere una puntualización. El problema, al que las leyes raciales darán su trágica solución, es el siguiente: ¿quién puede decidir quién es fuerte (y por lo tanto merece vivir) y quién es débil (y por lo tanto está, por naturaleza, destinado a sucumbir)?

El clima de finales del XIX en que estas teorías se desarrollaron halló una respuesta propia en la ciencia médica: los cánones de valía fueron indicados por las ciencias fisiognómicas y, más en general, antropométricas. Se buscaba, en otras palabras, justificar científicamente un presupuesto ideológico: o sea, que hubiera razas inferiores y superiores.

Según estas teorías los judíos eran considerados una raza inferior. Y aún cuando las teorías eugenésicas consideraban inferiores a una amplia categoría de personas, se desarrolló en todo el mundo una virulenta forma de antisemitismo.

--¿Cuál fue la reacción de las élites intelectuales y de los gobiernos a estas teorías?

--Leonardo Macrobio: Las élites culturales abrazaron de muy buena gana las teorías racistas, entre ellas, el antisemitismo. Esto, a decir verdad, por un tipo de legado de finales del XVIII por parte de las teorías de Thomas Malthus.

Es evidente que, si como sostenía Malthus, el planeta está superpoblado y ya no habrá recursos precisamente a causa de la «bomba demográfica», el eugenismo proporcionaba una óptima vía de salida indicando parámetros «objetivos» para eliminar grupos de personas considerados superfluos.

Los gobiernos, por su parte, activaron muchos recursos para perseguir una higiene racial. Severas y selectivas fueron las leyes de inmigración de América de inicio del XX. Pero también en Europa, junto a los totalitarismos, surgieron pronto leyes de carácter eugenésico y, por lo tanto, raciales.

Países como Suecia, Noruega, Finlandia, Suiza, Francia, Austria y España se dotaron enseguida, ya desde las primeras décadas del XIX, de legislaciones que, en nombre de la salvaguarda de la raza, obligaban a la esterilización de algunas categorías de ciudadanos, como los retrasados mentales, los asociales, los discapacitados.

--¿Cuáles fueron en cambio las reacciones de la Iglesia católica?

--Leonardo Macrobio: La Iglesia, ya desde el nacimiento de las teorías de Malthus, de Darwin, Gobineau, Spencer y Galton, se encontró en fuerte desacuerdo respecto a estas posturas. El punto esencial es el choque de dos concepciones distintas del hombre. La Iglesia hace referencia al hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, y rechaza toda forma de reduccionismo biológico del ser humano. La visión católica del hombre es que cada hombre, cualquiera que sea su estado, tiene una enorme dignidad, tanto que su presencia es determinante en la historia.

--Usted ha dirigido algunas investigaciones sobre la enseñanza bioética de Pío XII. ¿Puede decirnos qué pensaba el Papa Pío XII de las teorías eugenésicas y del antisemitismo?

--Leonardo Macrobio: El Pontífice tomó claramente posición contra el eugenismo y el antisemitismo. El 2 de diciembre de 1940 el Santo Oficio promulgaba un decreto, aprobado y confirmado por Pío XII, en el que respondía a la siguiente pregunta: «¿Puede ser que sea lícito, por encargo de la autoridad pública, matar directamente a aquellos que, aunque no hayan cometido ningún crimen merecedor de muerte, sin embargo por sus defectos físicos o psíquicos no pueden ser útiles a la Nación y pueden ser para ella un peso y se estima que puedan ser impedimento para su vigor y su fuerza?» (obsérvese aquí el eco del lenguaje de las leyes raciales).

La respuesta, como de costumbre para estos documentos, era muy sintética: «No, por ser contrario a la ley natural y al precepto divino». Vale la pena notar la sucesión de las dos motivaciones: el eugenismo es contrario
in primis a la ley natural. O sea, es prerrogativa de todos los hombres, creyentes y no creyentes, reconocer la profunda irracionalidad de esta postura.

Un segundo documento es el siguiente: «Esta Sede Apostólica, fiel a los principios eternos que irradian de la ley escrita por Dios en el corazón de cada hombre (...) no ha dejado nunca, ni en ningún momento por más crítico que fuera, duda alguna de que sus máximas y su acción externa no admitían, ni pueden admitir, ninguna de esas concepciones, las cuales en la historia de la civilización serán citadas entre las más deplorables y deshonrosas tergiversaciones del pensamiento y del sentimiento humano».
Esta frase fue pronunciada por Pío XII el 29 de noviembre de 1945, poquísimo tiempo después del final de la guerra. ¡Estas palabras fueron dirigidas a un grupo de delegados judíos prófugos procedentes de los campos de concentración en Alemania!

En esta misma línea, el 3 de agosto de 1946 (a poco menos de dos meses del final del juicio de Nuremberg, que terminará el 1 de octubre de 1946), Pío XII, hablando a los delegados del Supremo Comité Árabe de Palestina, afirma «(...) así como condenamos, en otras ocasiones, en el pasado, las persecuciones de un fanático antisemitismo desencadenadas contra el pueblo judío. Esta actitud de perfecta imparcialidad, Nosotros la hemos observado siempre en las circunstancias más variadas, y Nosotros pretendemos conformarnos a ella también en el futuro». Una vez más una declaración explícita en la que se alude a más intervenciones contra el antisemitismo, y una vez más no se hallan desmentidos a esta afirmación por parte de los interesados.

--¿Por qué la Iglesia se opuso y sigue oponiéndose a las teorías eugenésicas?

--Leonardo Macrobio: Las teorías eugenésicas introducen una discriminación arbitraria en la definición de hombre. Para la Iglesia católica no existe un «hombre más» ni un «hombre menos», porque la humanidad no está definida a partir de características exteriores (salud, belleza, aspecto...) ni tampoco interiores: desde el mayor pecador al mayor santo todos somos hijos en Cristo.

Obsérvese que «ser hijos en el Hijo» elimina de raíz dos posibles derivas igualmente peligrosas. Por un lado, en efecto, no se puede ser «más hijo» o «menos hijo»: la filiación pertenece a la naturaleza del hombre, a su ser profundo, y no es cuantificable. Por otro lado se evita caer en la homologación más total: la relación padre-hijo es única, aunque los hijos sean muchos. Es más, es precisamente tarea de un padre actuar de forma que cada hijo «sea lo que es», exprese al máximo sus potencialidades.

La Iglesia, por lo tanto, en la medida en que es fiel a este dato, no puede sino oponerse a toda teoría que penalice a un hombre en favor de otro. Y esto independientemente del método empleado. Ya se trate de racismo verbal, ya se intervenga en la sexualidad de las personas, ya --como ocurrió en los totalitarismos nazifascistas y comunistas— se llegue a eliminar físicamente al hombre o se intente «programar» un hombre nuevo seleccionando algunas características, el concepto no cambia: donde esté amenazada la dignidad filial de un hombre la Iglesia tiene el deber moral de oponerse firmemente. ZS05013121

 

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El mayor extravío de la mente humana es creer algo porque uno desee que sea así. Pasteur

 

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El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia.  Alexander Kuprin

 

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Hay toda la diferencia del mundo entre que pongamos la verdad en primer lugar o en el segundo.  Whateley

 

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El despotismo perfecto parte de convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad.

 

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«Usted no debe decirnos lo que dijo el soldado ni ninguna otra persona, señor», respondió el Juez: «Esto no es evidencia.»

 

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La verdad nos hace libres, la mentira nos esclaviza y nos hunde en el rencor. Por eso es imprescindible revisar sin imposturas, todas las falsificaciones que nos han venido sirviendo en estos años los historieteros de turno y charlatanes con poses y mohines.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). S.S. JUAN PABLO II

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¿Quién puede captar la naturaleza de las aves del cielo? ¿Cómo es que unas poseen una lengua experta en el canto, mientras otras poseen una gran variedad de colores en sus plumas y algunas, como las aves de presa, se mantienen, en medio del vuelo, inmóviles en el aire? Pues es por mandato de Dios por lo que «el halcón emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur» (Job 39,26). ¿Qué hombre percibe cómo «se remonta el águila» a «las alturas» (cf Job 39,27). Pues si con toda tu capacidad de pensar no puedes darte cuenta de cómo las aves se elevan a lo alto, ¿cómo podrás entonces abarcar con tu mente al autor de todas las cosas?

¿Quién ha llegado a saber simplemente los nombres de todas las fieras? ¿Y quién se ha dado cuenta de la naturaleza de cada una de ellas y de su fuerza? Pero si ni siquiera conocemos sus nombres, ¿cómo podremos abarcar a su autor?

Cirilo de Jerusalén, 313 386 ca. - Catequesis bautismal, 9,10-15

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios.

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

Recomendamos vivamente:

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

Recomendamos vivamente: Cristóbal Colón y el descubrimiento de América

Autores: Florentino Perez-Embid / Charles Verlinden

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Salve, oh María +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).