Friday 28 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Judíos - 4º ¿deben entonar el mea culpa? Juan Crisóstomo, persecuciones

 

Las matanzas de judíos acontecidas en Francia y Alemania en 1096 con ocasión de la primera cruzada carecieron de parangón español y no son pocos los casos, como en vísperas de las Navas de Tolosa, en que los caballeros españoles protegieron a sus compatriotas judíos del antisemitismo de los franceses y demás extranjeros que acudían a España a combatir contra el islam. Tampoco comenzaron en España las disputas antitalmúdicas, sino en Francia en 1240, impulsadas por un judío converso llamado Nicolás Donín. Cuando en 1263 el judío Najmánides se vio inmerso en Barcelona en una controversia semejante gozó de una libertad de argumentación absolutamente impensable para un correligionario suyo al norte de los Pirineos. La acusación vergonzosa de crimen ritual contra los judíos tampoco surgió en España, sino en la inglesa Lincoln, con ocasión de un episodio absolutamente bochornoso, y el primer cargo contra los judíos por profanar una hostia consagrada tampoco se dio en nuestro suelo sino en una localidad cercana a Berlín en 1243. Ni siquiera fue España la primera en expulsar a los judíos. En 1290 se decretó su expulsión total de Inglaterra, en 1306 de Francia aunque había sido precedida por otras parciales, durante el siglo XIII de diversas zonas de Alemania y todavía en 1519 se produjo la expulsión de Ratisbona. Sí hubo empero una diferencia entre estos episodios y el español, la de que los judíos -procedentes en no pocos casos de otros países europeos- la sintieron más porque precisamente en Sefarad habían vivido una edad dorada que no tuvo equivalencia en ningún otro lugar del mundo.

 

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«De veras este hombre era Hijo de Dios» - Evangelio según san Marcos nos recuerda la agonía de Cristo en la cruz. Oigamos las emotivas palabras: « Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?, que significan: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?... Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró » (Mc 15, 34.37). Y precisamente en ese momento, en el instante mismo de la muerte del Hijo del hombre, el centurión romano, es decir, un pagano, hizo una confesión de fe extraordinaria: «De veras este hombre era Hijo de Dios» (ib. 15, 39). El Evangelista añade que el centurión pronunció estas palabras al ver el modo como Jesús expiró.

 

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FREDRICH OVERBECK (1789-1869)
ACUARELA SOBRE CARTÓN - MUSEOS VATICANOS

 

Se comprende, ante todo, que, si la muerte es el enemigo inexorable del hombre, que trata de dominarlo y someterlo a su poder, Dios no puede haberla creado, pues no puede recrearse en la destrucción de los hombres (cf. Sb 1, 13). El proyecto originario de Dios era diverso, pero quedó alterado a causa del pecado cometido por el hombre bajo el influjo del demonio, como explica el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sb 2, 23-24). Esta concepción se refleja en las palabras de Jesús (cf. Jn 8, 44) y en ella se funda la enseñanza de san Pablo sobre la redención de Cristo, nuevo Adán (cf. Rm 5, 12.17; 1 Co 15, 21). Con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia.

3. A la luz de lo que Jesús realizó, se comprende la actitud de Dios Padre frente a la vida y la muerte de sus criaturas. Ya el salmista había intuido que Dios no puede abandonar a sus siervos fieles en el sepulcro, ni dejar que su santo experimente la corrupción (cf. Sal 16, 10). Isaías anuncia un futuro en el que Dios eliminará la muerte para siempre, enjugando «las lágrimas de todos los rostros» (Is 25, 8) y resucitando a los muertos para una vida nueva: «Revivirán tus muertos; tus cadáveres resurgirán. Despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío, y la tierra parirá sombras» (Is 26, 19). Así, en vez de la muerte como realidad que acaba con todos los seres vivos, se impone la imagen de la tierra que, como madre, se dispone al parto de un nuevo ser vivo y da a luz al justo destinado a vivir en Dios. Por esto, «aunque los justos, a juicio de los hombres, sufran castigos, su esperanza está llena de inmortalidad» (Sb 3, 4).

 

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Contra Israel – Cristo era judío

 

Es una vieja historia. Las persecuciones y preterición antijudías en el mundo europeo y mediterráneo se remontan a tiempos anteriores a Cristo. No podemos ir tan lejos, pero sí recordar que durante toda la Edad Media las acusaciones contra las comunidades hebreas establecidas en Europa –a causa de la Diáspora forzada por los romanos o por migraciones anteriores– se basaban en dos puntos fundamentales: deicidio y practicar la usura. La culpa se lanzaba de forma colectiva sobre todos los judíos, como si los nacidos en el siglo XIII hubieran intervenido en la muerte de Cristo y como si todos fuesen prestamistas. También se olvidaba algo elemental: Cristo también era judío, aspecto de la cuestión que suscitaba interesantes asuntos teológicos imposibles de abordar aquí. Pero, básicamente, se trataba de un grupo endógamo –y por tanto poco simpático ya de partida– al que se colgaban sambenitos milenarios.

 

En frecuentes ocasiones se pasaba de la antipatía a los hechos, con el consiguiente asalto de juderías y destrucción de cuanto documento de préstamo había a mano, amén de saqueos y no pocas muertes. En el lado musulmán del Mare Nostrum y en al-Andalus la situación no era mejor: para abreviar el cuento, remito a los lectores al excelente libro de Bernard Lewis "Los judíos del Islam" (Madrid, Letrúmero S.L., 2001) con la recomendación de que –si tienen la suerte de ver un ejemplar– no lo dejen en la tienda.

La Inquisición, refundada por los Reyes Católicos, la expulsión de 1492 y la persecución de conversos sospechosos en su fe cristiana son capítulos poco honrosos de nuestra historia, sin que se mitigue la gravedad de esos acontecimientos con el recuerdo de las persecuciones y pogroms que periódicamente padecían los judíos de la Europa Central y Oriental. Una animadversión generalizada cuyo desenlace más trágico tuvo lugar en la Alemania nazi que, por cierto, contó con la decidida y voluntaria cooperación de legiones de franceses, belgas, polacos, eslovacos, croatas, rusos, etc. No hay la menor duda de que en el imaginario colectivo de los pueblos occidentales "los judíos" ocupan un espacio poco florido, en el más suave de los casos y la circulación de expresiones ofensivas, todavía, en el habla popular, documenta bien la bajísima conceptuación social que se les adjudica. Nada de esto está muerto en las reacciones de una "izquierda" española tan escasa de lecturas como ahíta de consignas.

Hasta principios de los noventa la "izquierda" fue proisraelí y antipalestina (sugiero acudir a la hemeroteca y consultar el diario El País, si es que ése es un periódico "de izquierdas"), pero por arte de magia –sería bueno saber por qué–, por aquellas fechas, PRISA encontró la Verdad y la Vida en su peculiarísimo Camino de Damasco, y la opinión autotitulada "progresista" giró 180 grados y dio con la asociación –tan difícil anteriormente- entre sionismo e imperialismo americano. Con lo cual los repugnantes dictadores árabes –ya se trate de tiranos coronados o de asesinos en masa, de origen militar o de partido único– se convirtieron en especies dignas de protección, aunque su extinción diste mucho de estar próxima. Se pasó a defender a cuanto terrorista esté dispuesto a propagar la revolución o el islam poniendo bombas en Occidente y ahí tenemos, burla burlando, al Llamazares Pico de Oro manifestándose a favor del Hezbolá proiraní (responsable solidario del exterminio de los comunistas en Irán: también se manifestó con gran vistosidad por Sadam, eficaz aniquilador de los comunistas iraquíes) y tenemos al siempre airoso Zerolo en la misma tesitura, enarbolando su pancarta de amor prochií y obviando el bonito número de 6.000 homosexuales ejecutados en Irán desde el triunfo de la "revolución" jomeinista (¿qué dirá ahora Juan Goytisolo, que tanto la defendió en los años 79-80?).

Como en el caso de Sadam Husein, aclararán que ellos no defienden la teocracia y el reaccionarismo islámico, sino la paz y los prados con margaritas y, si acaso –los más atrevidos–, reconocerán el justo derecho al empleo de la violencia por "el pueblo", por aquello de la liberación y bla, bla, bla. Pero jamás admitirán que sin guerra de Irak, Sadam Husein seguiría plácidamente gaseando kurdos, exterminando iraníes en sus guerras imperiales y asesinando a cientos de miles de iraquíes, como ya hizo. Ni admitirán que, si Israel no se defiende, Hezbolá y Hamás continuarán su hostigamiento permanente a base de asesinatos en goteo: un colono, dos conductores, ocho ferroviarios, cuatro escolares, treinta y cinco pasajeros de un autobús... Las noticias cotidianas, vaya. Nada de importancia para los muy selectivos amantes de la paz, nunca detectados manifestándose con los españoles víctimas del terrorismo (ya se sabe, ¡son fascistas!) o contra los asesinos etarras, por ejemplo en el Festival de Cine de San Sebastián. Prefieren conflictos lejanos y cuidadosamente elegidos: nada de Sudán, de Sierra Leona, Costa de Marfil, Congo, Ruanda, Timor Oriental... Y a propósito, ¿qué me dicen de las tropas españolas en Afganistán? ¿En qué difiere nuestra presencia en ese país respecto a Irak? Zerolo y Trini, Pepiño y Rodríguez, Moratinos y Alonso, iluminadnos, porfa.

Un aguerrido rebaño de pisaverdes oportunistas que cuando en España pintaban bastos jamás se mojó en nada, bien emboscados en sus madrigueras, ni arriesgó un adarme de su situación personal por compromiso político de ningún género, se lanza ahora enardecido a las calles. ¡Han descubierto la paz y la justicia universales! Coherentes como son, redactan peligrosos manifiestos, difunden arriesgadas recogidas de firmas, promueven utilísimas cuestaciones. Todos contra Israel. ¡Cuánta lucidez, cuánta integridad, cuánto valor!

Gracuas al autor Serafín Banjul - 2006.07.25. L.D.ESP.

 

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Cuando Pilatos dictó - firmando así tu sentencia,

la palangana pidió - y las manos se lavó - olvidando su conciencia.

 

Pilatos lo presenta a la multitud diciendo: «¡Ecce homo!», para reclamar compasión por el quebrantado y torturado, en quien no ha quedado ninguna belleza exterior. Agustín, quien en su juventud había escrito un libro sobre la belleza y la armonía De Pulchro et apto y era un enamorado apasionado de la belleza en las palabras, en la música y en la pintura, ha experimentado muy enérgicamente esta paradoja y ha considerado que la gran filosofía griega de la belleza no era simplemente rechazada en este pasaje, sino dramáticamente cuestionada: lo que es bello, lo que significa la belleza tendría que ser debatido y experimentado nuevamente. Refiriéndose a la paradoja presente en estos textos, él hablaba de los sonidos contrastantes de «dos trompetas», producidos por el mismo resuello, es decir, por el mismo Espíritu. Él sabía que la paradoja es un contraste, no una contradicción. Ambas antífonas provienen del mismo Espíritu que inspira a toda la Escritura, pero que hace sonar notas diferentes en ella, de tal modo que nos sitúa frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma. Frente al texto de Isaías surge en primer lugar la pregunta que ha ocupado a los Padres de la Iglesia: si en ese momento Cristo era hermoso o no. Aquí está implícita la pregunta más radical: si la belleza es verdadera o si, por el contrario, es la fealdad la que nos conduce a la verdad propia de la realidad. Quien cree en Dios, en el Dios que se ha revelado precisamente en la apariencia desfigurada del Crucificado por amar «hasta el extremo» (Jn 13,1), sabe que la belleza es la verdad y que la verdad es la belleza, pero en el Cristo sufriente también aprende que la belleza de la verdad contiene la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que esto sólo puede ser encontrado cuando se acepta el sufrimiento, no cuando se le ignora.

 

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Un judíohombre sin culpa alguna está ante Pilatos.
La ley y el derecho lo dejan al albitrio de un poder totalitario que busca el consenso de la muchedumbre.
En un mundo injusto, el justo acaba siendo rechazado y condenado.
Viva el homicida, muera el que da la vida.
Si liberas a Barrabás, el bandolero llamado "hijo del Padre", se crucifique al que ha revelado al Padre y es el verdadero Hijo del Padre.
Otros, no Jesús, son los hostigadores del pueblo.
Otros, no Jesús, han hecho lo que está mal a los ojos de Dios.
Pero el poder teme por su propia autoridad, renuncia a la autoridad que le viene de hacer lo que es justo, y abdica.
Pilatos, la autoridad que tiene poder de vida y muerte, Pilatos, que no titubeó en ahogar en la sangre los focos de la revuelta (Lc 13, 1) Pilatos, que gobernaba con puño de hierro aquella oscura provincia del imperio, soñando poderes más vastos, abdica, entrega a un inocente, y con ello la propia autoridad, a una muchedumbre vociferante.
El que en el silencio se entregó a la voluntad del Padre es de este modo abandonado a la voluntad de quien grita más fuerte.

 

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¿Los judíos deben entonar el mea culpa?

 

  

“Esa turba frente a Pilatos no condena a toda una raza por la muerte de Cristo, del mismo modo que las maldades horrendas de Stalin no condenan a todos los rusos, ni los crímenes inenarrables de Hitler no condenan a todo el pueblo alemán, ni los actos atroces de Mussolini no condenan a todos los italianos, ni el genocidio comunista de Pol Pot no condenan a toda la etnia camboyana, ni los asesinatos y maldades del musulmano Sadam Husein no condenan a todo el pueblo iraquí ni a todos los mahometanos.

Todos somos culpables de la muerte de Cristo. Mis pecados, tus pecados, todos nuestros pecados le clavaron en esa cruz. Cada vez que no amo a un ser humano en la dignidad que le es debida por ser ‘persona humana’, he desfigurado y hasta asesinado al Cristo que está en mi hermano, más aún, he destruido la imagen de Dios en mí mismo, llamada a reflejar el Amor”

 

Ni encuentra ni encontrará desmentido la expresión anglosajona «jews are news», los judíos son noticia. El cristiano ve precisamente en la capacidad de movilizar la historia, de ser su fermento - en el éxito como en la desventura - la señal del Misterio del que este pueblo es portador. Me quiero referir a una de las polémicas que últimamente han implicado al judaísmo: una conocida ensayista Barbara Spinelli (que tiene además orígenes judíos, al menos por parte de padre) ha escrito en la primera página de La Stampa un artículo que ha incendiado los ánimos. Preocupada por las consecuencias desastrosas del enfrentamiento que arrasa Medio Oriente, Spinelli ha pedido no sólo al estado de Israel, sino a todo el judaísmo de la diáspora que lo sostiene, que a ejemplo del Papa, entone su mea culpa. O por lo menos, que haga un serio examen de conciencia respecto de ciertos comportamientos y de la mentalidad que los guía y que, según ella, los explica.

 

Polémica viva

 

Un debate televisivo formó parte del alboroto que se siguió en los medios. Allí las contestaciones al artículo (que en verdad era parcial y por lo mismo discutible en muchos puntos) eran mayoría. Escuché por casualidad algo de aquel debate, y me dejó impresionado un participante que textualmente decía: «¿Nosotros, los judíos, no tenemos que pedir perdón de nada a nadie!» Una afirmación tan tajante me hizo recordar un texto que me había desconcertado y sobre el que he reflexionado a menudo para tratar de penetrar en su significado.

 

Se trata del Testamento manuscrito de Henri Bergson, uno de los mayores filósofos del siglo pasado, premio Nobel en 1928, académico de Francia, nombrado por la Sociedad de las Naciones para altos encargos culturales - tanto por su prestigio mundial como por la coherencia de su vida con sus nobilísimas ideas - . Pues bien, el 8 de febrero de 1937, a cuatro años de su muerte, Bergson redactaba su Testamento moral, que literalmente dice: «Mis reflexiones me han llevado cada vez más hacia el catolicismo, donde veo la realización completa del judaísmo. Me habría convertido si no hubiese visto prepararse desde hace años (en gran parte, para mi desgracia, por culpa de un cierto número de judíos completamente desprovistos de sentido moral) la formidable oleada de antisemitismo que está a punto de desencadenarse sobre el mundo. He querido permanecer entre aquellos que mañana serán perseguidos. Con todo, espero que un sacerdote católico quiera, si el cardenal arzobispo de París lo autoriza, venir a rezar las oraciones en mis exequias. En el caso de que no se consiguiera esta autorización, sería preciso dirigirse a un rabino, pero sin esconderle ni esconder a nadie mi adhesión moral al catolicismo, junto con mi deseo de tener sobre todo las oraciones de un sacerdote católico.»

 

Un judío que quería a Cristo

 

Precisemos que cuando Bergson murió, en el invierno de 1941, París estaba ocupada por los alemanes, pero el arzobispo de la ciudad dio el permiso solicitado, de modo que un sacerdote católico estuvo presente en los funerales, por lo que tuvo no pocos problemas con las autoridades nazis.

 

A raíz del debate suscitado por el artículo de Spinelli, publiqué en el Corriere della Sera este Testamento bergsoniano, pidiendo que alguien, quizá judío, me ayudase a comprender qué podía significar la frase desconcertante que Bergson había puesto entre paréntesis y que he señalado con la cursiva. Me tocó entonces ser embestido por el fuego de la polémica: como respuesta, muy dura, el periódico publicaba dos notas, una del rabino jefe de Milán y otra de Claudio Magris. Recibí además cartas, llamadas de teléfono, correos electrónicos... en todos prevalecían los comentarios negativos a la publicación por mi parte de aquel documento, prácticamente inédito en Italia, fuera de algún texto universitario.

 

La claridad del Talmud

 

Entre las réplicas, encontré particularmente digna de reflexión la de un conocido y estimado intelectual, el profesor Giorgio Israel, que en una revista suya en Internet escribía, entre otras cosas: «A nosotros, en verdad, el sentido de aquella frase nos parece perfectamente claro: quizás Messori no sabe, cosa extraña para quien debería tener una cultura de historia de las religiones, que la pregunta sobre los pecados y los errores que han anticipado persecuciones y desventuras constituye un tema recurrente, es más, central en el pensamiento hebreo. La literatura profética constituye su manifestación más evidente y clamorosa. Pero no sólo. El rabino Adin Steinsaltz ha recordado en un libro suyo un pasaje del Talmud en el que se pregunta por qué el Segundo templo fue destruido, precisamente en un período en el que el pueblo judío seguía de modo irreprensible los mandamientos y estudiaba intensamente la Torah. El Talmud apunta con amargura que Jerusalén fue destruida solamente porque allí se seguía escrupulosamente la ley de la Torah ».

 

Esta pista de reflexión indicada por el profesor Israel me ha parecido provechosa. De todos modos tiene razón quien ha recordado que ninguna eventual «culpa de un cierto número de judíos enteramente desprovisto de sentido moral» - para usar la cruda expresión de Bergson - puede explicar, ni mucho menos justificar, los crímenes antisemitas de los años treinta y cuarenta, ni de ninguna otra época.

 

Bergson y los nazis

 

En cambio, me han dejado perplejo aquellos que han replicado que si Bergson hubiera sabido lo que iba a pasar, con la victoria del nazismo, se hubiera guardado muy mucho de escribir esas palabras. Digo perplejo porque cuando el filósofo se expresaba así, en 1937, ya habían pasado dos años de las tristemente famosas leyes de Nüremberg, prueba clara de las intenciones de Hitler. Pero hay más: Bergson murió en 1941, en la París ocupada desde un año antes por los alemanes. Por tanto, vio, es más, experimentó sobre su propia piel lo que era el odio nacionalsocialista. Sin embargo, no modificó aquel testamento. Es más, recordó su existencia al aproximarse su muerte, para que se respetara su voluntad de tener, si no unos funerales católicos (no había recibido el bautismo por aquella heroica solidaridad que ya sabemos) sí al menos la presencia de un sacerdote católico. Se comprende, al menos por su pragmatismo, la expresión del rabino jefe de Milán que ha escrito en su réplica: «Bergson lo pensaba así. ¿Y qué? Era su opinión, ¿no es el oráculo de Delfos!».

 

Admito que, reflexionando sobre ciertas reacciones, me he dado cuenta de que aunque mi intención era buena, probablemente era inoportuno afrontar ciertos argumentos, sobre todo en momentos dramáticos como los actuales. Aunque mi oficio es el de manejar palabras, quizás alguna expresión era susceptible de equívocos, incluso por la consabida tiranía del espacio de los periódicos. Y comprendo bien que algunos amigos judíos, ya cansados por el ansia y las crecientes preocupaciones, hayan comprendido mal (lo que lamento) mi intención, que no era otra que la de quien se ve apenado, movido por el afecto solidario, al caer por casualidad en un debate televisivo y encontrarse con un judío gritando que ninguno de los suyos tiene que pedir perdón de nada a nadie. Me parecía que se dejaba llevar por la tentación de la ybris, del orgullo de sentirse impecables, más allá de todo bien y de todo mal.

 

Cristianos e Israel

 

Los cristianos, en su relación con Israel, parecen oscilar de un extremo al otro: de la búsqueda a toda costa de la conversión (incluso con predicaciones impuestas, como se hacía los sábados en el ghetto romano, o con la promesa de recompensas monetarias) a la sospecha actual, nutrida por muchos, de que proponer el Evangelio a un israelita es no sólo una especie de falta de educación, sino incluso un pecado.

 

Por lo que a mí respecta, Dios no lo quiera, si una vez más nubarrones negros se acumularan sobre la cabeza de este Pueblo al que Dios ha privilegiado también en el sufrimiento, naturalmente que lucharía de cualquier manera, con todos los medios a mi alcance, por desviar esa amenaza. 23.01.2002. LA RAZÓN. ESP. VITTORIO MESSORI – HISTORIADOR, ESCRITOR, COMENTARISTA.

 

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JESÚS EL REY DE LOS JUDÍOS

 

Se debe tener en cuenta que el Nuevo Testamento es un libro judío sobre un mesías judío de familia y seguidores judíos; y que los personajes que aparecen bajo una luz negativa en sus páginas como algunos fariseos o saduceos, aparecen aún peor retratados en el Talmud o los documentos de Qumrán.

 

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P:… ¿Cree usted que la acusación de deicidio es la base histórica de la judeofobia que tradicionalmente hemos tenido en Europa?

  

R:  … No, el antisemitismo es muy anterior a la aparición del cristianismo y aparece en egipcios como Manetón o autores clásicos como Cicerón, Tácito o Juvenal. A decir verdad, yo sostengo la tesis de que es esa herencia clásica la que acabó tiñendo de antisemitismo a algunos autores cristianos. 2004-03-30. César VIDAL. Esp.

 

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Una antífona del 2 de febrero reza así: «el anciano llevaba al Niño, el Niño guiaba al anciano». Aunque nos muramos de viejos ha de guiarnos ese Niño, debemos dejarnos guiar, debemos acogerlo en nuestros brazos y dejarnos invadir por su Luz.

 

 "Vamos en procesión, llevando en las manos las candelas: el signo de la luz que ilumina a todo hombre  (Jn 1, 9).

 

 Signo de Cristo nacido en Belén.

 Signo de Cristo presentado en el templo.

 Signo de contradicción (cf. Lc 2, 34)

 (...) signo de Cristo crucificado y resucitado"

 

«No hay época -decía Juan Pablo II en 1982- en la que no se le haya contradicho. Pero -añadía- en esta contradicción se ha desvelado de nuevo cada vez la Luz para iluminar al hombre. Sus contemporáneos le infligieron la muerte, para apagar la Luz". Pero «la muerte de cruz no extinguió la luz de Cristo. No fue aplastado por la losa de la tumba». Resucitó y vive. «¿No es también nuestro siglo la época de una contradicción múltiple con relación a Cristo? ¿Y precisamente en este siglo, no se revela El de nuevo como la Luz para iluminar a los hombres y a los pueblos?»

 

«Cuida de que tu luz no tenga parte de tinieblas». Purificación en la vida cotidiana,  purificación de la memoria , del entendimiento, de la voluntad, de los sentidos. De ordinario, con y en el pequeño deber de cada momento, con alma sacerdotal.

 

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San Juan Crisóstomo: HOMILÍA IX

 

 Ext. de San Juan Crisóstomo, Homilías exegéticas del evangelio de san Juan, Apostolado Mariano, Sevilla,1991.

TEXTO COMPRENDIDO:

San Juan, cap. 1, v. 11. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

 

EXPOSICIÓN HOMILÉTICA:

I. Introducción.

II. Los suyos son los judíos. Ilústrase la exposición con otros pasajes de la Escritura y ponderase la diferencia de judíos y gentiles.

III. La causa de tanto mal para los judíos fue la incredulidad, nacida de la soberbia.

IV. De aquí provino también su envidia contra los gentiles. Pondérase cuán irracional era. Testimonios de San Pablo contra los judíos.

V. Exhortación a evitar la soberbia y considerar la propia miseria.

 

I

Cap. 1, v. 11. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

Si os acordáis de las ideas que preceden, añadiré lo que sigue a continuación con más gusto, por ver que lo hago con grande utilidad. Pues de esta manera para vosotros será más fácil de entender mi palabra, por acordamos de lo ya dicho, y yo no necesitaré tanto trabajo, pues podréis por la mucha aplicación penetrar lo demás con mayor perspicacia. El que siempre pierde lo que se le da, siempre necesitará de maestro, y nunca llegará a saber nada; pero el que conserva lo que recibió y añade más todavía, pronto de discípulo llegará a maestro, y será útil no sólo para sí, sino también para todos los demás. Así espero yo que ha de suceder con esta reunión, y lo conjeturo por la grande atención que me prestáis. Ea, pues, depositemos en vuestras almas, como en segurísimo tesoro, la riqueza del Señor, y examinemos lo que hoy se nos propone en cuanto nos favorezca la gracia del Espíritu Santo.

 

II

Dijo (el Evangelista) que el mundo no le conoció, hablando de los tiempos antiguos. Después desciende también a los tiempos de la predicación (evangélica) y dice: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron, llamando ahora suyos a los judíos, como a pueblo peculiar, o también a todos los hombres, como a criados por Él. Y así como más arriba, atónito de la necedad de los más de los hombres, y avergonzado por causa de toda nuestra naturaleza, decía que el mundo hecho por Él no reconoció a su Criador, así en este lugar a su vez, amargado por la ingratitud de los judíos y de la mayor parte de los demás hombres, pone la acusación con más energía, diciendo: Los suyos no le recibieron, y eso, cuando Él vino a ellos.

Y no sólo el Evangelista, sino también los Profetas decían con admiración lo mismo, y últimamente Pablo, lleno de estupor por este motivo. En efecto, los Profetas, revistiendo la persona de Cristo, clamaban de esta manera: Un pueblo a quien no conocí me sirvió, con obediencia me obedeció; hijos extraños me mintieron; hijos extraños envejecieron y erraron sus caminos (Ps. XVII, 45, 46). Y de nuevo: Aquellos, a quienes no se habló de Él, le verán y los que no oyeron entenderán (Isai., LII, 15): y además: Fui hallado por los que no me buscaban; me manifesté a los que no preguntaban por mí (Is., LXVI, 1). Y San Pablo, escribiendo a los romanos, decía: Pues ¿qué? Lo que buscaba Israel, esto no lo alcanzó, mas los escogidos lo alcanzaron (Rom., XI, 7). Y otra vez: Pues, ¿qué diremos? -Que los gentiles que no seguían la justicia, han alcanzado la justicia; mas Israel, yendo tras la ley de justicia, no ha llegado a la ley de justicia (Rom., IX, 30). Y es verdaderamente cosa que pone asombro, cómo los educados en los libros de los Profetas, los que cada día oyen a Moisés, que dice tantas cosas de la venida de Cristo, y a los demás Profetas de las épocas siguientes, más todavía, los que veían al mismo Cristo, haciéndoles cada día milagros, y hablando con ellos solos, el cual por entonces ni aún a los discípulos permitía ir camino de gentiles, ni entrar en ciudad de samaritanos, y tampoco Él lo hacia, sino que una y otra vez decía haber sido enviado para las ovejas descarriadas de la casa de Israel; sin embargo, a pesar de tantos milagros en su favor, de la voz de los Profetas que oían diariamente, de las amonestaciones continuas del mismo Cristo, tan absolutamente cegaron y ensordecieron, que con nada de esto pudieron ser traídos a creer en Él. Y era cambio los gentiles, sin haber gozado de ninguno de estos favores, ni haber oído jamás, ni aun por sueño, los divinos oráculos, antes envueltos siempre en fábulas de locos (pues a esto se reduce la filosofía profana), y revolviendo las vaciedades de los poetas, y sujetos a la adoración de troncos y piedras, y no sabiendo cosa útil ni sana, ni en doctrina, ni en costumbres, ya que su vida era más impura y execrable que sus doctrinas -y ¿cómo no lo había de ser, viendo como veían a sus dioses que se gozaban en toda maldad, y eran adorados con torpes palabras, y obras todavía más torpes, y esto tenían por fiesta y honor, y eran honrados por sus execrables asesinatos y muertes de niños, y así trataban sus adoradores de imitarlos?; a pesar de todo, hundidos en el abismo de toda maldad, de repente, como por encanto, se nos presentan resplandecientes arriba, en la misma cumbre de los cielos.

 

III

¿Cómo tuvo esto lugar y por qué causa? Óyelo de labios de San Pablo. Pues él no cesó de investigarlo con gran diligencia, hasta hallar la causa, y se la descubrió a todos los demás. Y ¿cuál es ésta? Y ¿de dónde a los judíos tanta ceguedad? Óyeselo decir a él, que estuvo encargado de este ministerio. ¿Qué es, pues, lo que él dice, para soltar la duda de muchos? No conociendo ellos, dice, la justicia de Dios, y tratando de establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios (Rom., X, 3). Por eso les fue tan mal. Y otra vez, explicando lo mismo de otro modo, dice: Pues ¿qué diremos -Que los gentiles que no seguían la justicia han alcanzado la justicia, pero la justicia que es por fe; mas Israel, que iba tras la ley de justicia, no ha llegado a la ley de justicia. Dime: ¿por qué? porque no (la buscaron) por fe, pues tropezaron en la piedra del escándalo (Rom., IX, 30, 32): Y lo que dice significa: la causa de estos males fue para ellos la incredulidad, y ésta nació de la soberbia. Porque como, habiendo sido antes superiores a los gentiles por haber recibido la ley y conocer a Dios, y todo lo demás de que habla San Pablo, después de la venida de Cristo vieron que también aquellos por la fe eran llamados con el mismo honor, y que recibida la fe no había diferencia entre circunciso y gentil; de la soberbia pasaron a la envidia, sintiéndose mordidos de ella, y no pudieron sufrir la benignidad inefable y sobreabundante de Señor. Lo cual no les nació sino de su arrogancia, perversidad y odio de los demás.

 

IV

En efecto, ¿qué daño se os seguía a vosotros, oh hombres los más insensatos, de la providencia ejercida en favor de otros? ¿En qué si disminuían vuestros bienes, porque otros participaran de los mismos ¡Ciega es, verdaderamente, la maldad e incapaz de ver por el momento lo que conviene! Comidos, pues, de envidia, por haber de tener participantes de su misma libertad, volvieron la espada contra sí, y de esta manera rechazaron la benignidad de Dios. Y con sobrada razón. Pues Él dice: Amigo, no te hago injusticia; quiero dar también a éstos lo mismo que a ti (Matth., XX, 13, 14). Mejor dicho, ellos no sol dignos ni aún de esta respuesta. Porque aquel, aunque lo llevaba a mal, con todo, podía alegar los trabajos de todo el día, y fatigas, calores y sudores; pero ellos ¿qué pueden decir? Nada de eso, si no es pereza, intemperancia e innumerables males que continuamente le reprendían los Profetas todos, por lo cual también ellos ofendieron a Dios lo mismo que los gentiles. Y esto lo declaraba Pablo, diciendo Porque no hay distinción (entre judíos y gentil); pues todos pecaron y necesitan de la gloria de Dios, siendo justificados de balde por la gracia de él (Rom., III, 22, 24). Este capítulo lo desarrolla en aquella carta con utilidad y grande sabiduría. Y más arriba hace ver que son dignos de mayor castigo. Porque todos los que en la ley pecaron, dice, por la ley serán juzgados (Ibid., II, 12); esto es, más duramente pues además de la naturaleza tienen la ley que los acusa. Y no sólo por esta razón, sino también por haber sido causa de que entre lo gentiles fuera Dios blasfemado: Porque mi nombre, dice, es por vuestra causa blasfemado entre los gentiles (Rom., II, 24; Is., LII, 5; Ezech., XXXVI, 20). Ya, pues, que esto era lo que más los carcomía -como que a los mismos convertidos del judaísmo a la fe les parecía cosa estupenda, y por eso echaban en cara a Pedro, cuando volvió a ellos de Cesarea, que había ido a gente incircuncisa, y comido con ellos; y aún después de enterados de la providencia de Dios, todavía aún así se admiraban de cómo se había derramado también a los gentiles la gracia del Espíritu Santo, dando a entender con su asombro que jamás hubieran esperado ellos esta maravilla-: como sabía, pues, que esto era lo que más les llegaba al alma, no deja piedra por mover, a fin de vaciar su hinchazón y deshacer su arrogancia, inflada hasta más no poder.

Y mira cómo lo hace. Después de haber hablado de los gentiles, y demostrado que no tenían por ningún aparte excusa alguna ni esperanza de salvación, y reprendídolos fuertemente por su perversidad de doctrinas e impureza de vida, traslada su razonamiento a los judíos, y después de haber recapitulado lo que de ellos dijo el Profeta, que eran execrables, fraudulentos, astutos, que todos se hicieron inútiles, y que nadie entre ellos buscaba a Dios, sino que todos se desviaron y otras cosas semejantes, añadió: Y sabemos que cuanto la ley dice, se lo dice a aquellos que están en la ley; para que toda boca se cierre, y todo el mundo se sujete a Dios... Pues todos pecaron y necesitan de la gloria de Dios (Rom., III, 18, 23). Luego, ¿por qué te engríes, oh judío? ¿Por qué te ensorberdeces? Cerrada queda tu boca, destruida tu libertad, con todo el mundo quedas tú también hecho súbdito, y lo mismo que los demás estás en necesidad de ser justificado gratuitamente. Debieras, cierto, aunque hubieses obrado bien, y tuvieses mucha libertad con Dios, no envidiar por eso a los que habían de obtener misericordia y ser salvos por clemencia. Porque maldad extrema sería consumirse por los bienes ajenos, y sobre todo cuando no se te seguía de ello perjuicio alguno. Si la salvación de los demás dañara a tus bienes, tendría razón de ser la tristeza: aunque ni aún entonces para quien sabe filosofar (y ser virtuoso). Pero si ni con el castigo ajeno aumenta tu premio, ni con su bien disminuye, ¿por qué te atormentas a ti mismo, porque otro se salva gratis? Convenía, pues, como antes he dicho, que aunque fueras del número de los que obraron bien, no te mordiera la envidia por la salvación concedida gratis a los gentiles, pero, siendo como eres reo de los mismos delitos ante el Señor, y habiéndole ofendido lo mismo también tú, llevar a mal los bienes ajenos, y engreírte como si tú solo debieras ser particionero de la gracia, es hacerte reo no sólo de envidia y arrogancia, sino también de extrema locura, y acreedor por ello a todos los más terribles tormentos: pues plantaste en ti mismo la soberbia, que es raíz de todos los males. Por lo cual un sabio decía: Principio de pecado es la soberbia (Eccli., X, 15); esto es, raíz, fuente y madre. Así cayó el primer hombre de aquel feliz estado; así también el mismo Satanás que le engañó fue derribado de la cumbre de su dignidad. De ahí que, viendo el perverso que la naturaleza de este pecado bastaba para derribar de los mismos cielos, emprendió este camino, cuando trató de derribar a Adán de tan grande honor. Pues habiéndole inflado con la promesa de la igualdad con Dios, le hizo reventar y le derribó a las mismas profundidades del infierno. Y es que nada hay que así nos enajene de la benignidad de Dios, y deje a merced del fuego del infierno, como la tiranía de la soberbia. Porque si la tenemos, toda nuestra vida se corrompe, por más que ejercitemos la castidad, la virginidad, el ayuno, la oración, la limosna y cualquiera otra virtud. Inmundo, dice (la Escritura), delante del Señor todo soberbio en su corazón (Prov., XVI, 6).

 

V

Reprimamos pues, esta hinchazón del alma, sajemos este tumor, si es que queremos ser puros y librarnos del suplico preparado para el diablo. Pues, en efecto, que el arrogante haya de sufrir necesariamente lo mismo que él, óyeselo decir a San Pablo: No sea neófito, para que hinchado de soberbia, no caiga en el juicio y lazo que el diablo (1 Tim., III, 6). ¿Qué significa juicio? En la misma condenación, dice, en el mismo suplicio.

Pues ¿cómo, se dirá, puede uno huir de este mal? Si considera su propia naturaleza y la muchedumbre de sus pecados, la grandeza de los tormentos de la otra vida y lo pasajero de lo que en ésta parece glorioso, que no se diferencia del heno, y se marchita con más facilidad que las flores de primavera.

Si revolvemos continuamente estas ideas dentro de nosotros mismos, y tenemos en nuestra memoria a los que más se distinguieron por su virtud, no podrá fácilmente levantarnos el demonio, por mucho que se esfuerce, ni aún comenzar siquiera a suplantarnos. El Dios de los humildes, el bueno y benigno, Él nos de a vosotros y a mí un corazón contrito y humillado. Puesto que así podremos llevar a cabo todo lo demás con facilidad, para honor de Nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

2003-07-08

 

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El mayor extravío de la mente humana es creer algo porque uno desee que sea así. Pasteur

 

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Cementerio judío ultrajado - 2005.06.15 Budapest-

 

El ideal o el proyecto más noble puede ser objeto de burla o de ridiculizaciones fáciles. Para eso no se necesita la menor inteligencia.  Alexander Kuprin

 

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Hay toda la diferencia del mundo entre que pongamos la verdad en primer lugar o en el segundo.  Whateley

 

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El despotismo perfecto parte de convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad.

 

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«Usted no debe decirnos lo que dijo el soldado ni ninguna otra persona, señor», respondió el Juez: «Esto no es evidencia.»

 

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La verdad nos hace libres, la mentira nos esclaviza y nos hunde en el rencor. Por eso es imprescindible revisar sin imposturas, todas las falsificaciones que nos han venido sirviendo en estos años los historieteros de turno y charlatanes con poses y mohines.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).  S.S. JUAN PABLO II

 

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El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación.

347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1, 14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.

349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).

 

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Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

 

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La obra maestra de la Creación, el ser humano. Dios le presta una particular atención ya desde su primer momento de vida, cuando le “tejía en el seno materno”, como dice el salmista. Ya entonces, Dios se fija en él con amor para completar su designio en esta obra prodigiosa que es el hombre. De cada uno conoce todo, su pasado y su futuro, sin descuidar nada ni a nadie. Por eso, como decía san Gregorio Magno, por pequeños e informes que sean, no se apartan del amor a Dios y al prójimo según sus posibilidades, contribuyendo a su modo a la edificación de la Iglesia. Este es, pues, un mensaje de esperanza, que se dirige también a los que aún son débiles en la vida espiritual. S. S. Benedicto P.P. XVI – MMV.XII.XXVIII

 

El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado, una gloria que eleva una naturaleza que ha sido redimida. Además, el cristianismo, tanto en la teología oriental como occidental, anima a la humanidad a encontrar el amor y la bondad de Dios en el orden creado.

Esta visión, no obstante, no lleva a una suerte de optimismo fácil sobre la naturaleza y la economía de la vida y la muerte. El cristiano contemplaría el mundo con ojos imbuidos de amor. Esta visión va más allá de la elaborada máquina de los deístas o de la visión mecanicista de la modernidad. Un cristiano ve el mundo en su belleza y terror, y en su primera y última verdad: no sólo naturaleza, sino creación.

En cuanto al mal y al sufrimiento, que también producen las catástrofes como los sucesos infaustos de la naturaleza, el pensamiento cristiano da otra dimensión a estos acontecimientos. Dios puede hacerlos ocasiones para cumplir sus fines buenos, aunque no sean en sí bienes morales. Además, el Evangelio enseña que Dios no puede ser derrotado y que la victoria sobre el mal y la muerte ya ha sido ganada. Pero es una victoria que no ha alcanzado su cumplimiento, debemos esperar hasta la venida final de Dios.

Para los cristianos que realmente tienen fe en esta promesa, la realidad de la muerte y el sufrimiento no debería presentarse como un obstáculo insuperable. Es, de hecho, mucho más que una piedra de tropiezo para un optimismo superficial o un fatalismo pagano. Los creyentes cristianos, por el contrario, abrazan la esperanza en la victoria final de Dios.

 

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A ti, Padre omnipotente,
origen del cosmos y del hombre,
por Cristo, el que vive,
Señor del tiempo y de la historia,
en el Espíritu que santifica el universo,
alabanza, honor y gloria
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

 

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El respeto de la integridad de la creación

Catecismo de la Iglesia Católica

 

2415 El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri.

2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas.

2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.

 

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos  

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).