Saturday 30 August 2014 | Actualizada : 2014-08-20
 
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Mezquita de los Omeya -- templo romano y después cristiano y después ocupado como mezquita por los mahometanos--, allí se conserva la tumba de San Juan Bautista. Y, ante el gran túmulo que la guarda,  quizá pueda Vd. orar al Precursor, al Profeta que bautizó a su primo Jesucristo, primer santo y mártir la Cristiandad,  pero no se ocurra hacer la señal de la cruz. ¡Sería peligroso!”.

 

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Historia de una ambición

 

Por Martín Ibarra

Cuando estos últimos meses hemos escuchado noticias de un futuro enlace regio, hemos podido evocar multitud de historias e historietas. Por la razón que fuere, a mí me ha venido a la cabeza con insistencia la unión incestuosa de Herodes Antipas con Herodías, muy conocida por citarse en los evangelios de san Mateo y san Marcos. Pero también nos habla de ello el historiador judío Flavio Josefo. 

 

1. Herodes Antipas y Herodías en los evangelios.

Ambas narraciones se parecen, aunque cuando se analizan con detalle, presentan notables diferencias. En las dos, llega a oídos de Herodes la fama de Jesús y piensa que se trata de Juan el Bautista que ha resucitado. Y se narra el prendimiento y ejecución de Juan.

 

En san Mateo se dice claramente que Herodes “había prendido a Juan, lo había encadenado y puesto en la cárcel a causa de Herodías la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decia: No te es lícito tenerla” (14,3-4). Casi al pie de la letra san Marcos: “En efecto, el propio Herodes había mandado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, a la cual Herodes había tomado como mujer. Juan decía a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano” (6,17-18).

 

Sin embargo, san Mateo prosigue: “Y aunque quería matarlo, temía al pueblo, porque lo tenían por profeta” (14,5). Herodes desea asesinar a Juan. En la versión de san Marcos se carga la responsabilidad en Herodías: “Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía; porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y le protegía, y al oírlo tenía muchas dudas pero le escuchaba con gusto” (6,19-20).

 

La diferencia es importante. Además de la perversidad de ambos protagonistas, la segunda versión nos muestra a Herodes Antipas, al que san Marcos califica de rey (tetrarca en san Mateo), como una persona voluble y débil de carácter. Una marioneta en manos de su mujer.

 

Recordamos perfectamente la escena. Con motivo del cumpleaños de Herodes, se hizo una fiesta a la que asistieron muchos convidados. En ella bailó la hija de Herodías, gustando mucho a su padrastro, quien le ofreció que le pidiera “cualquier cosa” bajo juramento. La hija preguntó a su madre qué podía solicitar, e “instigada por su madre, dijo: Dame en esta bandeja la cabeza de el Bautista” (Mt 14,8); más directo aparece en san Marcos, donde se escriben las palabras textuales de la madre, que la hija repite: “Y saliendo, dijo a su madre: ¿Qué he de pedir? Ella dijo: La cabeza de Juan el Bautista. Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, pidió así: Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista” (6,24-25).

 

Herodes se entristece, pero ante el juramento, cede y ordena ejecutar a Juan el Bautista. Poca oposición notamos por su parte; fue imprudente primero y no es capaz de rectificar. Con su sanción –sin ella no sería posible cometer tal felonía- se convierte en el ejecutor de Juan el Bautista, el mayor hombre nacido de mujer.

 

No vamos a apurar los acontecimientos desde un punto de vista histórico, ya que otros han estudiado a este personaje, y lo haremos en otro momento . Pero sí que vamos a hacer una breve reflexión, con los ojos puestos de reojo en el momento presente.

 

En primer lugar se habla de una situación incestuosa. Herodes Antipas ha desposado a la mujer de su hermano Filipo. Porque su hermano todavía vivía y cometió con ello un doble crimen. El primero, el abandono de su propia esposa, hija del rey Aretas; el segundo, la unión incestuosa con su cuñada, viviendo su hermano. Bien claro se encontraba en el Levítico esta prohibición: “Si uno toma por esposa a la mujer de su hermano comete una ignominia. Ha descubierto la desnudez de su hermano. Quedarán sin hijos” (Lev 20,21).

 

Su conducta ha sido reprobable, impropia de un buen judío. Su mal ejemplo es tan evidente, que resulta lógico que una persona de la categoría de Juan el Bautista denuncie su situación. No les es lícito.

No parece que les afectara mucho la opinión de Juan el Bautista, al menos lo suficiente para cambiar su conducta. Herodías desea su muerte y acaba consiguiéndolo. Herodes que lo escuchaba, no le hace el menor caso y acaba dando la orden de ejecutarlo. Nos podríamos quedar con dudas respecto de la maldad de ambos incestuosos. Pero contamos con la información de Flavio Josefo que nos muestra un perfil que suponíamos en los relatos evangélicos, pero no se hallaba implícito.

 

2. En Flavio Josefo.

Merece la pena leer el breve resumen que hace de esta pareja, sin mencionar el final: “Después de que Cayo fue nombrado César, liberó de la prisión a Agripa y le hizo rey de la tetrarquía de Filipo, pues éste había muerto. Cuando Agripa tomó el mando de su reino, levantó la envidia y la ambición del tetrarca Herodes. Su mujer Herodías era sobre todo la que le incitaba a conseguir el trono. Ella le reprochaba su apatía y le decía que se veía privado de un poder mayor por no querer acudir ante César, pues si éste había nombrado rey a una persona particular, ¿cómo no iba a hacerlo con él, que era un tetrarca? Herodes, persuadido por estos razonamientos, llegó ante Cayo

 

Ya lo hemos visto: la ambición. No solo tienen pocos valores morales. No solo aparece el tetrarca (rey) Herodes como voluble y débil. En Flavio Josefo, Herodías, su incestuosa esposa, aparece como muy ambiciosa. Y le convence para que dé los pasos oportunos y colmar sus ambiciones.

 

La ambición mueve a muchas personas. A las nobles y a los innobles. A los reyes y a las cenicientas. A los ricos y a los pobres.

 

Que el ambicioso y seductor puede acabar dominando al otro cónyuge es algo bastante frecuente. Algo así parece que sucedió en el caso de Herodes Antipas y Herodías, donde ambos fueron culpables, aunque ella parece que era más inteligente y quien tenía la vara alta. En expresión cara a los antiguos, sería como el cerebro en el cuerpo, el alma racional frente a la concupiscible.

 

Herodes, el tetrarca, seducido por una ambiciosa, comete una acción moralmente reprobable, a la que siguen nuevos despropósitos, en un camino de bajada que parece no tener fin. Dominado por completo por la ambiciosa Herodías, ordenará acabar con Juan el Bautista.

 

Bueno, pues miren al momento presente y a ver si no es para que les recorra un escalofrío. ¿Qué nos hará cierto príncipe, locamente enamorado de una persona de dudosa moralidad y pasado, claramente ambiciosa? Porque aunque le guste oir a algunos obispos, es posible que, seducido por sus encantos –o los de alguna hija que tenga o tengan-, ordene ejecuciones.

 

Pero prosigamos con Flavio Josefo, para ver cómo acabó la historia de la ambición de Antipas y Herodías. Así, leemos que el emperador “castigó su ambición con el destierro a la Galia. Cayo entregó la tetrarquía de Herodes a Agripa, que le había acompañado para acusarlo. Herodes murió en el destierro de la Galia acompañado de su mujer”. Según unos manuscritos, el sitio fue Lión (Lugdunum) o Saint-Bertrand-de Comminges (Lugdunum Convenarum), lo que debió suceder el año 39 o 40

No sé lo que sucederá, aunque tal y como se están poniendo las cosas, el final de esta pareja parece bastante clarificador: el destierro.

 

Es la paga del ambicioso, en ocasiones. Pero no lo olvidemos, los que se comportan mal, cortando la cabeza a otros Juanes, no acaban bien. Con destierro o sin él. Sean o no incestuosos.

 ·- ·-· -··· ·· ·-·?Martín Ibarra - 2004-02-10 – ‘ARBIL’ Nº 77

 

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Banquete de Herodes - Fray Filippo Lippi

1460-1464. Fresco en la Catedral de Prato, Italia

 

 

Herodes también celebra la Navidad.

 

UNO de los signos más evidentes de la sobrenaturalidad de la Navidad no se manifestó en el pesebre donde nació Jesús, sino en el palacio donde moraba Herodes. Como los pastores que cuidaban sus rebaños, como los sabios venidos de Oriente, Herodes reconoce la sobrenaturalidad del nacimiento de Cristo; y, como los pastores y los sabios, se apresura a celebrarlo... a su modo. Los cristianos celebramos con la Navidad de Cristo el advenimiento de una nueva era: nuestra naturaleza caída es por fin redimida; y esa redención, que no pasa inadvertida a sus beneficiarios, mucho menos podía pasar a su máximo damnificado. Cierta iconografía cristiana ha pintado la Navidad con trazos ternuristas y algo merengosos, adulterando el sentido profundo del reinado que se instaura, que no es un reinado pacífico (o sólo lo es si consideramos que la Navidad es una prefiguración de la Parusía), sino combatiente. Las campanas de la Navidad, nos recuerda Chesterton, suenan con el estrépito de cañonazos; pues lo que la Navidad viene a instaurar es una batalla crudelísima, una guerra sin cuartel contra quien, en la narración evangélica, es encarnado por Herodes.

Herodes combate la Navidad matando niños. Es una nota característica (o, dicho más propiamente, constitutiva) de todos los cultos demoníacos el odio a las vidas nuevas; porque en toda vida nueva se resume la nueva alianza que Dios ha entablado con los hombres. Y, puesto que toda vida nueva adquiere a los ojos de Dios una condición sagrada, adquiere también la condición de víctima propiciatoria a los ojos del Enemigo. Esto, que es una verdad teológica profunda (aunque ya ni los curas hablen del Enemigo), es también una verdad histórica irrefutable. En todos los ocasos de la Historia, las vidas nuevas han sido perseguidas sin desmayo: su fragilidad golpeada, su inocencia escarnecida, su dignidad vituperada, su existencia misma perseguida con brutal y eficiente encono. En este nuevo ocaso de la Historia, la persecución herodiana de las vidas nuevas se extiende hasta lo que los profetas del Antiguo Testamento llamaban «la abominación de la desolación»; esto es, hasta la profanación del recinto sagrado donde toda vida nueva halla refugio y sustento. La conversión del seno materno es un campo de batalla donde se ejerce la más feroz de las violencias contra las vidas nuevas constituye la más estremecedora manifestación demoníaca de nuestra época; y es la forma en que Herodes sigue celebrando la Navidad.

Herodes celebró la Navidad dejándose arrastrar por un rapto repentino de cólera. Pero el Enemigo no suele emplear estrategias tan burdas; por el contrario, suele enmascarar sus crímenes bajo una fachada de farisaico humanitarismo. Y una de sus estrategias más queridas consiste en desplegar argumentos que favorezcan el ofuscamiento de la conciencia moral: «¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!», clamaba Isaías. Los enemigos de las vidas nuevas llaman ahora derecho a lo que es un crimen; y disfrazan de filantropía y feminismo lo que no es sino esencial odio al linaje humano y eterna enemistad a la mujer. Este odio es de índole demoníaca; y todas las coartadas ideológicas que se esgrimen para justificarlo o maquillarlo con afeites no son sino añagazas de quien dijo: Non serviam.

Hay un pasaje muy enigmático y disputado de las Escrituras (II Tes 2, 3-8) en el que San Pablo se refiere a un misterioso «obstáculo» que retiene al impío y lo impide manifestarse; basta con que dicho obstáculo se retire, nos dice San Pablo, para que sobrevengan los Últimos Tiempos. Yo siempre he identificado ese «obstáculo» con el discernimiento moral del hombre, con la capacidad que el hombre posee para emitir mediante la razón un juicio objetivo sobre lo que está bien y lo que está mal, según establecía Aristóteles en su Política. La persecución herodiana contra las vidas nuevas, sancionada legalmente y aceptada socialmente, nos indica que tal discernimiento se ha nublado; y tal vez que el obstáculo ha sido removido. Feliz y sacra Navidad a todos; y no olviden que la Navidad sólo puede celebrarse combatiendo a Herodes. ‘ABC’ Esp. 2008-12-22 – Dr. Juan Manuel de Prada

 

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John the Baptist Preaching to a Pharisee and a Levite  -  Giovan Francesco Rustici (Italian, 1475–1554) ?Italian, 1506–11?Bronze ?Museo dell´Opera del Duomo, Florence. Courtesy the Opera di Santa Maria del Fiore, Florence. Photos: Mike Jensen, 2009

 

San Gregorio Magno, (hacia 540-604), papa, doctor de la Iglesia Homilías sobre el Evangelio, nº 6

 

Juan el Bautista, precursor del Señor tanto en la muerte como en la vida -    ¿Por qué, desde la prisión, Juan el Bautista  envía a sus discípulos a preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro”, como si no conociera a aquel que había presentado..Esta pregunta pronto encuentra su respuesta si se examina cuando y en que orden se desarrollaron los hechos. En las riberas del Jordán,  Juan había afirmado que Jesús era el Redentor del mundo (Jn 1,29); una vez encarcelado, pide, sin embargo, si es él el que ha de venir. No es que dude de que Jesús sea el Redentor del mundo, sino que quiere saber si aquél que había venido al mundo en persona descenderá también en persona a la prisión del lugar de los muertos. Porque el que Juan, como precursor, ha anunciado ya al mundo, por su muerte le precederá también en la región de los muertos…Es como si dijera claramente: “De la misma manera que te has dignado nacer para los hombres, haznos saber si te dignarás también morir por ellos, de manera que, precursor de tu nacimiento, lo sea también de tu muerte y anuncie también a la región de los muertos que tú vendrás, tal como he anunciado al mundo que tú has venido ya”.     

Es por eso que el Señor, en su respuesta, habla de la humillación de su muerte inmediatamente después de haber enumerado los milagros realizados por su poder: “los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que no se sienta defraudado de mí!” A la vista de tantos milagros y de tan grandes prodigios, nadie tenía en qué tropezar, sino más bien de qué admirarse. Y sin embargo, los que no creyeron en él tuvieron en su espíritu una ocasión magnífica de escándalo, aún después de tantos milagros, cuando le vieron morir. De aquí la palabra de san Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los griegos” (1C 1,23)… Así pues, cuando el Señor dice: “Dichoso el que no se escandalizará de mí”, ¿no se refiere claramente a la abyección y humillación de su muerte? Es como si dijera abiertamente: “Es verdad que hago cosas admirables, pero, por otra parte, no rechazo el sufrir cosas ignominiosas. Puesto que voy a seguir a Juan el Bautista muriendo, que los hombres, esos mismos que veneran en mí los milagros, se guarden bien de despreciar en mí a la muerte”.  

 

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Catedral de Canterbury.. "Nacimiento de San Juan Bautista" Frescos de la capilla de San Gabriel. Catedral de Canterbury. Autor: Anónimo Románico


Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C.,

 

Este último miércoles del mes de agosto (2012) se celebra la memoria litúrgica del martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús. En el Calendario romano es el único santo de quien se celebra tanto el nacimiento, el 24 de junio, como la muerte que tuvo lugar a través del martirio. La memoria de hoy se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaría, donde, ya a mediados del siglo iv, se veneraba su cabeza. Su culto se extendió después a Jerusalén, a las Iglesias de Oriente y a Roma, con el título de Decapitación de san Juan Bautista. En el Martirologio romano se hace referencia a un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de San Silvestre en Campo Marzio, en Roma.

Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de san Juan Bautista. En los Evangelios se pone muy bien de relieve su papel respecto a Jesús. En particular, san Lucas relata su nacimiento, su vida en el desierto, su predicación; y san Marcos nos habla de su dramática muerte en el Evangelio de hoy. Juan Bautista comienza su predicación bajo el emperador Tiberio, en los años 27-28 d.C., y a la gente que se reúne para escucharlo la invita abiertamente a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4). Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión, sino que, reconociendo a Jesús como «el Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de mostrar en Jesús al verdadero Enviado de Dios, poniéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido. Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias. San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice así: «San Juan dio su vida por Cristo, aunque no se le ordenó negar a Jesucristo; sólo se le ordenó callar la verdad» (cf. Hom. 23: CCL122, 354). Así, al no callar la verdad, murió por Cristo, que es la Verdad. Precisamente por el amor a la verdad no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

Vemos esta gran figura, esta fuerza en la pasión, en la resistencia contra los poderosos. Preguntamos: ¿de dónde nace esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan recta, tan coherente, entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús? La respuesta es sencilla: de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Juan es el don divino durante largo tiempo invocado por sus padres, Zacarías e Isabel (cf. Lc 1, 13); un don grande, humanamente inesperado, porque ambos eran de edad avanzada e Isabel era estéril (cf. Lc 1, 7); pero nada es imposible para Dios (cf. Lc 1, 36). El anuncio de este nacimiento se produce precisamente en el lugar de la oración, en el templo de Jerusalén; más aún, se produce cuando a Zacarías le toca el gran privilegio de entrar en el lugar más sagrado del templo para hacer la ofrenda del incienso al Señor (cf. Lc 1, 8-20). También el nacimiento del Bautista está marcado por la oración: el canto de alegría, de alabanza y de acción de gracias que Zacarías eleva al Señor y que rezamos cada mañana en Laudes, el «Benedictus», exalta la acción de Dios en la historia e indica proféticamente la misión de su hijo Juan: preceder al Hijo de Dios hecho carne para prepararle los caminos (cf. Lc 1, 67-79). Toda la vida del Precursor de Jesús está alimentada por la relación con Dios, en especial el período transcurrido en regiones desiertas (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas que son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo. Pero Juan Bautista no es sólo hombre de oración, de contacto permanente con Dios, sino también una guía en esta relación. El evangelista san Lucas, al referir la oración que Jesús enseña a los discípulos, el «Padrenuestro», señala que los discípulos formulan la petición con estas palabras: «Señor enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos» (cf. Lc 11, 1).

Queridos hermanos y hermanas, celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La Verdad es Verdad, no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede tener lugar en nuestra vida si es sólida la relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las actividades apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante, confiada, será Dios mismo quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno, para superar las dificultades y dar testimonio de él con valentía. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida. Gracias.

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL - Castelgandolfo ?Miércoles 29 de agosto de 2012

 

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HERODES ANTIPAS ?, 20 a.C.-Lyon, 39 d.C.)

  

Tetrarca de Judea. Hijo de Herodes el Grande, a la muerte de su padre, Augusto le concedió el gobierno de Galilea y Perea. Herodes Antipas casó, de manera escandalosa, con Herodías, la esposa de su hermanastro Herodes Filipo, para lo que tuvo que repudiar a su anterior esposa, hija del poderoso Aretas IV, rey de los nabateos. Sólo la intervención del gobernador de Siria, Vitelio, le evitó una derrota completa a manos del nabateo. Herodes Antipas continuó la labor constructora de su padre e hizo alzar la fortaleza de Betramta y la ciudad de Tiberíades, a orillas del lago Genesaret. Por instigación de Herodías reclamó a Calígula, recién nombrado emperador, la corona de rey de los judíos, pero Calígula prefirió concedérsela a su amigo Agripa, al tiempo que ordenaba deportar a Herodes Antipas y su mujer a Lyon. 

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 El evangelio de San Marcos nos narra de la siguiente manera la muerte del gran precursor, San Juan Bautista: "Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: "No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano". Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto".

"Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños dio un gran banquete a todos los principales de la ciudad. Entró a la fiesta la hija de Herodías y bailó, el baile le gustó mucho a Herodes, y le prometió con juramento: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".

La muchacha fue donde su madre y le preguntó: "¿Qué debo pedir?". Ella le dijo: "Pida la cabeza de Juan Bautista". Ella entró corriendo a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista".

El rey se llenó de tristeza, pero para no contrariar a la muchacha y porque se imaginaba que debía cumplir ese vano juramento, mandó a uno de su guardia a que fuera a la cárcel y le trajera la cabeza de Juan. El otro fue a la prisión, le cortó la cabeza y la trajo en una bandeja y se la dio a la muchacha y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse los discípulos de Juan vinieron y le dieron sepultura (S. Marcos 6,17).

Herodes Antipas había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque esta muy prohibido por la Santa Biblia y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque esos reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni más a quien se atrevía a echarles en cara sus errores.

Herodes al principio se contentó solamente con poner preso a Juan, porque sentía un gran respeto por él. Pero la adúltera Herodías estaba alerta para mandar matar en la primera ocasión que se le presentara, al que le decía a su concubino que era pecado esa vida que estaban llevando.

Cuando pidieron la cabeza de Juan Bautista el rey sintió enorme tristeza porque estimaba mucho a Juan y estaba convencido de que era un santo y cada vez que le oía hablar de Dios y del alma se sentía profundamente conmovido. Pero por no quedar mal con sus compinches que le habían oído su tonto juramento (que en verdad no le podía obligar, porque al que jura hacer algo malo, nunca le obliga a cumplir eso que ha jurado) y por no disgustar a esa malvada, mandó matar al santo precursor.

Este es un caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo.

Juan murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: "Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar". El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Fue un verdadero mártir.

Una antigua tradición cuenta que Herodías años más tarde estaba caminando sobre un río congelado y el hielo se abrió y ella se consumió hasta el cuello y el hielo se cerró y la mató. Puede haber sido así o no. Pero lo que sí es histórico es que Herodes Antipas fue desterrado después a un país lejano, con su concubina. Y que el padre de su primera esposa (a la cual él había alejado para quedarse con Herodías) invadió con sus Nabateos el territorio de Antipas y le hizo enormes daños. Es que no hay pecado que se quede sin su respectivo castigo.

Señor: te rogamos por tantas parejas que viven sin casarse y en pecado. Perdónales y concédeles la verdadera conversión. Y te suplicamos que nunca dejes de enviarnos valientes predicadores, que como Juan Bautista no dejen a los pecadores estar tranquilos en su vida de pecado por que los puede llevar a la perdición, y que despierten las conciencias de sus oyentes para que cada uno prefiera morir antes que pecar.

 

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Cabeza de San Juan Bautista - 1507. Tabla. 46 x 43 cm. Museo del Louvre. París. Francia. Autor: Andrea Solari

 

“Herodes quería ver a Jesús” (cf Lc 9,4) -Evangelio según San Lucas 9,7-9.

El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: "Es Juan, que ha resucitado". Otros decían: "Es Elías, que se ha aparecido", y otros: "Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado". Pero Herodes decía: "A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?". Y trataba de verlo.

 

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St. John the Baptist - Master of the Harburger Altar - German, about 1515 
Partially polychromed limewood - 59 7/8 x 19 5/16 x 11 13/16 in. 
 

De Herodes Antipas en los Evangelios 

 

            Herodes Antipas es uno de los principales protagonistas de los Evangelios. Cuando hablamos de los cuatro Herodes del Nuevo Testamento (pinche aquí si desea conocerlos), ya dijimos que es uno de los cuatro hijos que se reparten el reino de Herodes el Grande a su muerte, que le toca Galilea, y que reinó entre los años 4 a. C. y 36 d. C., abarcando pues la práctica totalidad de la vida de Jesús. 

            Las menciones a su persona en el Evangelio son muchas, todas ellas en tres de los evangelios, a saber todos menos el de Juan. Mateo y Marcos lo hacen de manera muy parecida, limitando su atención al personaje al episodio que lo vincula a la muerte del Bautista, en circunstancias que tuvimos ocasión ya de analizar en su día (pinche aquí si desea conocer todo sobre Salomé y la muerte del Bautista).

            Aunque Marcos explique después con toda claridad quiénes son los enemigos de Jesús y los que quieren su perdición: 


            “En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarle” (Mc. 3, 6)

 

            Y como Mateo, explicita la participación de esos mismos herodianos en un episodio bien conocido: 

 

            “Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?» Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo.» Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Dícenle: «Del César.» Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.»” (Mt. 22, 15-21, similar a Mc. 12, 13-17).


            Lucas en cambio, sí hace hincapié en la persona del tetrarca galileo, yendo más allá que sus colegas en lo relativo al personaje.

 

            Para empezar, lo utiliza para enmarcar el ministerio de Jesús en los inicios de su Evangelio, lo que hace en estos términos:


            “En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene” (Lc. 3, 1).

 

            Por Lucas sabemos también que Jesús no era ni mucho menos un desconocido para Herodes:

 

            “Se enteró el tetrarca Herodes de todo lo que pasaba y estaba perplejo, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido, y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado. Herodes dijo: ‘A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?’” (Lc. 9, 7-9).

 

            Y más aún, que “buscaba verle” (Lc. 9, 7-9) y que “hacía largo tiempo que deseaba verle” (Lc. 23, 8).

 

            No desde luego con buenas intenciones cuando unos fariseos tienen que avisar a Jesús de que “Herodes quiere matarte” (Lc. 13, 32).


            Conocemos también la opinión que Herodes le merece a Jesús:Id a decir a ese zorro” (13, 32)


            No se hallaba Jesús tan lejos del entorno del tetrarca cuando como señala Lucas, entre las mujeres que acompañaban a Jesús se hallaba “Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes” (Lc. 8, 1-3)


            Y de hecho, el encuentro termina produciéndose, aunque sea cuando ya no hay tiempo para nada, en pleno proceso sobre su vida, y con fatídicas consecuencias para Jesús:

            “Y, al saber [Pilatos] que [Jesús] era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén. Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba que hiciera algún signo en su presencia. Le hizo numerosas preguntas, pero él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato” (Lc. 23, 6-11).

 

            Relata también Lucas que la remisión de Jesús por Pilatos a Herodes será motivo de que uno y otro dirigentes locales se hagan “amigos, pues antes estaban enemistados” (Lc. 23, 13).


            Conocemos también cuál fue el final de Herodes Antipas, aunque no en este caso por los textos del Nuevo Testamento, y algún día se lo contaré a Vds., aunque por hoy bien está que vayamos poniendo punto final al relato en los términos que lo tenemos aquí.        ©L.A.

 

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=31978 

Actualizado 3 noviembre 2013 

 

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Salomé - 1512-1516. Óleo sobre tabla. 87,5 x 71 cm. Galería de los Uffizi. Florencia. Italia. Autor:
Alonso de Berruguete

 

San Columbano (563-615), monje, fundador de monasterios

Instrucción 1,2-4 ; PL 80, 231-232

 

«Herodes tenia interés en verle» -       Dios está en todas partes, de manera total, inmensa. En todas partes está cercano tal como Él mismo da testimonio de ello : « Soy un Dios cercano, y no un Dios lejano » (Jr 23,23). El Dios que buscamos no es un Dios que esté lejos de nosotros. Lo tenemos entre nosotros. Habita en nosotros como el alma en el cuerpo si somos para Él, por lo menos, miembros sanos a quienes el pecado no ha muerto… « En Él, dice el apóstol Pablo, tenemos la vida, el movimiento y el ser » (Hch 17,28).?          Más, ¿quién podrá seguir al Altísimo hasta llegar a su ser inexpresable e incomprensible? ¿Quién escrutará las profundidades de Dios? ¿Quién se atreverá tratar sobre el origen eterno del universo? ¿Quién se gloriará de conocer al Dios infinito que lo llena todo, lo envuelve todo, lo penetra todo y lo sobrepasa todo, lo abraza todo y se esconde a todo, «a Él a quien nadie ha visto jamás » tal cual es ? (1Tm 6,16). Que nadie, pues, tenga la presunción de sondear la impenetrable profundidad de Dios, el qué, el cómo, y el por qué de su ser. Todo lo cual no se puede expresar, ni escrutar, ni penetrar. Cree simplemente, pero con fuerza, que Dios es tal como ha sido y tal como será porque en Él no hay cambios.

 

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EL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA

Maqueronte, castillo, había tomado el nombre de Maqueronte, ciudad. Ciudad cercana. Castillo emplazado en el punto de declive en que la triste meseta del desierto declina hacia el mar Muerto. Horizontes calcáreos, polvo blanco, aridez, sol y tierras calcinadas. Pendiente inclinada hacia las desoladas orillas del mar de la maldición, declive que se fragmenta en diversas cimas, aisladas unas de otras. Por Flavio Josefo, el historiador judío, conocemos interesantes noticias y pormenores de esta fortaleza de Maqueronte. Levantaba sus arrogantes murallas al oeste del mar Muerto, en la Perea. Como fortaleza —según Plinio la más segura después de la de Jerusalén— servía de recio baluarte contra los árabes nabateos, lindantes con los estados herodianos. Construcción fuerte y cómoda a la vez; era una de aquéllas que Herodes el Grande había edificado en diversos lugares de sus dominios. Se advierte en la morosidad y detalles de la prosa de Flavio Josefo un particular gusto en describirla. Dice que Herodes construyó en medio del recinto fortificado "una casa regia", suntuosa por la grandiosidad y hermosura de sus departamentos" y que la proveyó, además, de abundancia de cisternas y de toda clase de almacenes. Convenía a la aridez y apartamiento del lugar.

 La doble ventaja de Maqueronte de aunar fortaleza y casa de placer ofrecía al hijo de Herodes el Grande, Herodes Antipas, actual tetrarca, la oportunidad de atender a un doble objeto: vigilancia de sus fronteras, amenazadas por Aretas, rey de los nabateos, y solaz para sus largas horas de pequeño rey desocupado y amigo de fiestas y diversiones. De aquí su detenerse preferentemente muchas temporadas en este alcázar. El generoso abastecimiento, la alegre compañía, acomodada a sus caprichos, y los gustos que podía permitirse, convertían la aridez del desierto en amena y divertida morada.

 Y es el mismo historiador judío, Josefo, quien nos certifica de este sitio como escenario de uno de los dramas más pungentes, aleccionadores y bellos en la historia de la santidad: el del final de la vida y el martirio de Juan, el Bautista. Flavio Josefo era contemporáneo del santo Precursor. Austeridad de paisaje y palacio de deleites. Marco expresivo para aquella figura de vida penitencial que remata corno invencible víctima de ajenos placeres.

 

Salomé con la cabeza del Bautista - Lienzo. 87 x 80 cm. Museo del Prado. Madrid. España. Autor:
Tiziano Vecellio di Gregorio

 

 Una providencial incidencia nos ilustra sobre este caso sublime de la vida del hijo de Zacarías y de Isabel. San Marcos y San Mateo nos lo recuerdan, ocasionalmente, con motivo de los temores de Herodes ante la predicación y los milagros de Jesús. Cuando llegan a oídos del tetrarca galileo las noticias de la aparición del Maestro, se estremece. En su pavor, turbio y supersticioso, se pregunta: ¿Es Juan el que yo maté, que ha resucitado? "Y oyó el rey Herodes, el tetrarca, la fama de Jesús, todas las cosas que El hacía, porque se había hecho notorio su nombre, y decía: Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos; y por esto óbranse en él milagros. Y otros decían: Es Elías. Y decían otros: Es el profeta, como uno de los antiguos profetas. Cuando lo oyó Herodes, dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista. Este es aquel Juan que yo degollé, que ha resucitado de entre los muertos. Y dijo Herodes: A Juan yo lo degollé. ¿Quién, pues, es éste, de quien oigo tales cosas?" Así, los dos evangelistas nos hacen el don de unas páginas impresionantes. Consiguen en ellas uno de los relatos de más dramática viveza. Y de suprema lección moral y sublime heroísmo. Con la información de San Marcos y la complementaria, paralela, de San Mateo, se nos da, de mano sobria y segura, penetrante agudeza psicológica, desarrollo y meandros de la pasión, descripción costumbrista, altísimo ejemplo de santidad. Sintetizando la acción del drama, podríamos formular: sobre el pavimento de mármol de una sala de festín, bajo el lujo asiático de damascos y sedas, entre perfumes, copas de plata y de cristal, serpea la vileza de la lujuria, la vileza de la venganza y la vileza de la cobardía. Del juego combinado de esta triple alianza brota un crimen. Y de la negrura de este crimen, como de la tiniebla subterránea del calabozo donde se ejecuta, se alza una aurora de heroísmo, la gloria de un martirio. A través de las líneas de la narración de los sagrados escritores, centellean, con alternativa luz de horror y de hermosura, el relámpago de la espada cercenadora y la plata de la bandeja donde cae el fruto cortado por la espada.

 Casi diez meses ya que Juan, el Bautista, está encarcelado. "Herodes había hecho prender a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel por causa de Herodías." La obscuridad de una reducida mazmorra en el sótano, excavado en la propia roca, de Maqueronte, retiene su austera figura nazarena. Se intenta apagar con el aislamiento aquella voz de verdades que, con libertad de santo, amonesta a los grandes, al monarca: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano". Este monarca es Herodes Antipas, hijo de Herodes llamado el Grande, aquel perseguidor de Jesús niño que había mandado degollar a los Inocentes. Herodes Antipas reinaba, como tetrarca, en Galilea y en Perea desde la muerte de su padre. Era hermano de Arquelao, que ocupó el trono de Judea, Idumea y Samaría. Y hermano también, por parte de padre solamente, de Filipo —así le apellida San Marcos, en tanto que Flavio Josefo le llama Herodes—, que vivía como obscuro particular en la capital del Imperio. En uno de los viajes de Antipas a Roma, —viaje probablemente de información secreta sobre gobernadores romanos a Tiberio, amigo suyo, conquistado con hábiles y aduladoras complacencias— se hospedó en casa de su hermano Filipo. La intimidad y frecuencia de trato le llevó a enamorarse allí, con la tenacidad de una pasión de madurez —de otoño casi, pues Herodes pasaría de la cincuentena— de su cuñada Herodías, nieta de Herodes el Grande y sobrina de los dos, de Filipo y de Antipas. A la pasión erótica del segundo responde la ambición soñadora de la mujer. Altiva, dominadora, intrigante, fantaseando grandezas y sedienta de fausto, descubre Herodías, con la declaración de Antipas, la posibilidad de abandono de su obscura existencia en Roma. Se le abre un horizonte áureo y sonriente, de brillantez y suntuosidades. Corresponde a la pecaminosa ternura y decide, con cautela, seguir, en el momento oportuno, hasta el Mediterráneo oriental a su real amante.

 No es fácil dar apariencia legal a estos amores. Ya el matrimonio con Filipo había encontrado sus dificultades a causa de la próxima consanguinidad. Y el matrimonio entre cuñados estaba prohibido según la Ley de Moisés. Y donde reinaba Antipas regía la observancia de rabinos, duros y exigentes, por lo menos con las apariencias de la Ley. Además, el tetrarca de Galilea y de Perea tenía su esposa legítima, una princesa, la hija de Aretas, rey de los árabes nabateos. Pero triunfan la vehemencia erótica de la pasión del torpe enamorado y la vehemencia ambiciosa de la querida. Después de un tiempo de espera, en el que, y durante la ausencia del tetrarca de sus dominios, la esposa legítima informada, ha huido buscando otra vez refugio en la corte de su padre, Herodías lo salta todo, deja a su marido, y acompañada de su hija, habida del matrimonio con Filipo, marchan a Galilea. Su vanidad se colma, deslumbrada ante el boato de la corte de Herodes, cuyo amor a la fastuosidad, heredado de su padre, era conocido en Roma. Antipas, oriental educado en la capital del Imperio, unía el sentido suntuario del Oriente con el refinamiento de las costumbres paganas.

 Aretas, el rey de los nabateos, herido en su honor de monarca y en su afecto de padre por el repudio de su hija, se ha convertido en enconado y temible enemigo del tetrarca galileo. Esto justifica más la presencia de Herodes en Maqueronte. Pero su avidez de goce y de ostentación disfruta más del palacio que de la fortaleza. Los lujosos salones son testigos de frecuentes fiestas. La tensión de la vigilancia y el tedio cortesano se amenizan con diversiones. Músicas de placer tienen el encargo de ahogar el ingrato estrépito de un posible ataque. Herodías colabora, con su don de insinuación, al olvido, Y triunfa en aquel pequeño ambiente con su seducción, su brillo y ansia de distracciones. Solo el índice acusador de San Juan se hinca, como un torcedor, como un hierro afilado, en su sensualidad: —No es lícito.

 Una alegre conmemoración, con su fiesta correspondiente, brinda el anhelo de venganza, siempre al acecho, de la adúltera, una oportunidad magnífica. La fiesta del aniversario del natalicio de Herodes. Son conocidas las grandes solemnidades con que la antigüedad oriental y romana celebraba tales aniversarios. El Génesis nos evoca la pompa desplegada con este motivo por uno de los faraones egipcios. Para el fausto acontecimiento la munificencia de Herodes había invitado a lo más descollante de su reino. Y la fiesta en que cortesanos interesados habían hecho alarde de su ingenio áulico y fraseología aduladora, en felicitaciones, poemas y regalos al monarca, terminaba con la opulencia de un banquete. Y al caer de la tarde ve reunidos en torno a la mesa presidida por el rey —así le llama en sentido lato San Marcos— los principales personajes de sus Estados. Tres categorías distingue el evangelista: elevados oficiales de palacio, los altos militares de su ejército y notables de Galilea, lo más distinguido de la sociedad de su tetrarquía. Gente de autoridad y dinero. Aristocracia ávida, desde su apartamiento provinciano, de tornar parte en el tono cosmopolita de la capital, de que se preciaba el tetrarca, seguidor del ritmo de la metrópoli. Las luces, encendidas por esclavos en el bronce y plata de los candelabros, iluminaron alcatifas, triclinios, ricas vestimentas, joyas, frases ingeniosas, complacencias y sonrisas. En los manjares del banquete brilla el alarde munífico y sibarita de los gustos del asmoneo. Complementa su vanidad de deslumbrar y su irrefrenada sensualidad la astucia femenina de Herodías, con otras intenciones de sumo interés personal.

 La adúltera, ofendida y enfurecida con Juan, el profeta delator de su adulterio, cuya presencia era una admonición constante, tenía a su lado un medio muy apto: su hija. Esta hija cuyo nombre no se nos dice en el Evangelio y que sabemos por Flavio Josefo: Salomé. Y cuyo perfil físico —el de varios años después— conocemos gracias a una pequeña moneda en la que aparece con el rey de Calcis, Aristóbulo, del que fue esposa. Herodías; podría tender una trampa habilísima. La muchacha había aprendido en la alta sociedad de la urbe a bailar elegantísimamente y a ejecutar danzas desconocidas de aquellos magnates de provincia. La ayudaba su fragante juventud. Salomé tendría entonces unos diecinueve años. Supo la madre, perspicaz, multiplicados sus ardides mujeriles por el encono, estimular el amor propio de la joven. Salomé, encendida juvenilmente del deseo femenino de exhibirse, estuvo a la altura de la intención de la madre. La coreografía amenizadora de festines era habitual en las costumbres romanas. La poesía de Horacio nos informa, con su habitual desenfado, del aire atrevidamente impúdico de tales danzas. Hoy no actuarán bailarinas asalariadas. La danzarina será esta vez la propia hija de Herodías. En la apoteosis del banquete, cuando al fuego del vino y la embriaguez se inflaman los instintos menos elevados, hace su deslumbrante aparición la refinada bailarina. Se arquea su cuerpo con ritmos tan elásticos y graciosos, danza de forma tan audaz y seductora para la baja avidez de tanto instinto despertado, que Antipas se estremece. El halago de un espectáculo superior, que le eleva por encima de las demás cortes de Oriente, le sacude. Es el brillo de la metrópoli danzando en los movimientos de Salomé. Y es la lujuria y frivolidad del tetrarca que exultan hasta el entusiasmo. "Pídeme lo que quieras y te lo daré" —le asevera con la ternura viscosa de la sensualidad exaltada, entre el delirio y los aplausos de la concurrencia complacida—. "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino". Y corrobora la promesa con solemne juramento.

 Siglos antes, en otra corte de Oriente, otro monarca había hecho promesa semejante a otra mujer, pero en ocasión alta, noble y pura: Asuero a Esther. Aturdida ante tal ofrecimiento, Salomé cruza, rápida, la sala y va a la del banquete de las damas —las mujeres no podían participar como comensales en estos festines—, donde estaba su madre. Su madre en despertísimo alerta. "¿Qué le pido?" Herodías no duda un instante. Tenía madurada la respuesta desde mucho tiempo. La taima con que la zalamería femenina la envuelve no puede disimular la crueldad de la tajante decisión. Tajante como el filo de la espada que dentro de unos minutos cercenará la cabeza de un profeta. La rapidez en expresar esta voluntad y las prisas con que se ejecute —"ahora mismo", dice el texto evangélico—, descubren en su satisfacción el logro de un incontenible y represado anhelo. ¡Por fin! "La cabeza de Juan el Bautista". Vuelve Salomé apresuradamente donde estaba el rey. Pide, decidida: "Quiero que me des al instante, sobre esta bandeja —cogería una de las de la misma mesa—, la cabeza de Juan el Bautista." El rey se entristeció. Porque apreciaba a Juan. "Le tenía como profeta y le custodiaba, y por su consejo hacía muchas cosas, y le oía de buena gana. Pero por el juramento y por los que con él estaban a la mesa, no quiso disgustarla. Mas enviando uno de su guardia, le mandó traer la cabeza de Juan en un plato. Y le degolló en la cárcel. Y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha y la muchacha la dio a su madre".

 

Salomé recibiendo la cabeza del Bautista - Tabla. 62 x 78 cm. Museo del Prado. Madrid. España. Autor:
Bernardino Luini

 

 La tristeza de Antipas fue sincera. Pero ineficaz. Con la ineficacia de la cobardía. El respeto humano de los débiles que teme quedar mal ante los hombres y no tiene la entereza de defender más altos imperativos de conciencia, lleva la voluntad del monarca al crimen. Y da la orden al "speculator", o soldado destinado para estos eventuales menesteres de muerte. Sobre una de las mismas bandejas de la fiesta, ¡qué fuerza del símbolo!, aparece un trágico fruto: la cabeza de Juan. Ya calló la santa boca que recordaba el deber. La de aquel asceta santísimo que vivió austeramente en el desierto, del que dijo el Divino Maestro: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña movida por el viento? ¿Un hombre vestido de ropas delicadas? ¿Un profeta? Ciertamente os digo: Y más aún que un profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi ángel ante tu faz, que aparejará tu camino delante de Tí". Ya calló la boca del predicador de la virtud. Para cerrar esos labios santos que te señalaban la limpia trayectoria del bien, no necesitas ya tu mano blanda y cobarde, rey lascivo. El filo de tu pecado le segó la voz. La debilidad tiene también sus espadas de finísimo corte, la caricia vedada sus arañazos asesinos, Tus delicias prohibidas gotean ahora sangre en las venas del cuello mártir. No temas la mirada de estos ojos inertes. Están cerrados: Cerrados —purísimos y viriles— del horror de tu lascivia.

 La cabeza cercenada del Bautista pasó apresuradamente de manos de la hija, ligera, a las de la madre, incestuosa y adúltera. El odio acumulado ardía con los vértigos más vivos de la prisa. Más que el alfiler de plata o el puñal de acero, con que, según informe tardío de San Jerónimo, atravesó, como desahogo de su odio, la nieta de Herodes —lamentable fidelidad de crueles atavismos— la lengua del defensor de la castidad —así hizo Fulvia con la cabeza de Cicerón—, la taladran ahora, en punta confluyente de saeta, los dos ojos del adulterio de Herodías que en ella se clavan con la innoble alegría del rencor satisfecho. El tiempo había alimentado la llama del odio. "No dejes libre a este amonestador importuno", urgía a su amante. Y consiguió encarcelarlo. Ahora obtiene su remate, el hito supremo: matarle. El afilamiento definitivo de la espada lo dio la venganza de una mujer servida por los lúbricos movimientos de danza de otra mujer. Digna hija de tal madre. "La cabeza de un profeta —clama, lleno de espanto, San Ambrosio—, el premio de una danzarina."

 En la historia de los hombres se leerán estos hechos como un normal discurrir de la pasión y la intriga. En la historia de la gracia la mirada sobrenatural leerá, a través de la flaqueza y perversión de los sucesos humanos, la intención de Dios, que saca de ellos la maravilla de un santo, la corona de un mártir.

 Cuando los discípulos de Juan se enteraron de su muerte, "vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro", añade el evangelista. El respeto de los buenos a lo santo sigue al odio a lo santo de los perversos. En el silencio reverente con que envuelve esta frase evangélica la tumba de Juan Bautista, suena para la piedad y para la fe de una sinfonía triunfal. La alta sinfonía de la verdad, que no cede ante el poder y el pecado, duraderos en el tiempo. La gloria del mártir, duradera en la eternidad.

 Cuando el beduino señala hoy al viajero piadoso una cumbre, azotada por el viento frío, con unas viejísimas ruinas, y le dice, con voz de misterio, el nombre de aquel lugar, el "Mashaka", el "palacio colgado", donde se irguió Maqueronte, la memoria cristiana evoca algo más que un inane recuerdo elegíaco. Allí se cumplió la suprema aspiración de un alma nobilísima, el hito de un santo: "Yo no Soy el Esposo, sino el amigo del Esposo; no soy el Cristo, sino el precursor. El debe crecer, yo menguar, empequeñecerme". "Tú te empequeñeces, Juan —le dirá San Agustín—, con el cercén de la cabeza. Él crecerá con la cruz".

 FERMÍN YZURDIAGA LORCA 

 

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El martirio de San Juan Bautista Año 30

 

 

Señor: te rogamos por tantas parejas que viven sin casarse y en pecado. Perdónales y concédeles la verdadera conversión. Y te suplicamos que nunca dejes de enviarnos valientes predicadores, que como Juan Bautista no dejen a los pecadores estar tranquilos en su vida de pecado por que los puede llevar a la perdición, y que despierten las conciencias de sus oyentes para que cada uno prefiera morir antes que pecar.

 

El evangelio de San Marcos nos narra de la siguiente manera la muerte del gran precursor, San Juan Bautista: "Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: "No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano". Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto".

"Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños dio un gran banquete a todos los principales de la ciudad. Entró a la fiesta la hija de Herodías y bailó, el baile le gustó mucho a Herodes, y le prometió con juramento: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".

La muchacha fue donde su madre y le preguntó: "¿Qué debo pedir?". Ella le dijo: "Pida la cabeza de Juan Bautista". Ella entró corriendo a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista".

El rey se llenó de tristeza, pero para no contrariar a la muchacha y porque se imaginaba que debía cumplir ese vano juramento, mandó a uno de su guardia a que fuera a la cárcel y le trajera la cabeza de Juan. El otro fue a la prisión, le cortó la cabeza y la trajo en una bandeja y se la dio a la muchacha y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse los discípulos de Juan vinieron y le dieron sepultura (S. Marcos 6,17).

Herodes Antipas había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque esta muy prohibido por la Santa Biblia y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque esos reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni más a quien se atrevía a echarles en cara sus errores.

Herodes al principio se contentó solamente con poner preso a Juan, porque sentía un gran respeto por él. Pero la adúltera Herodías estaba alerta para mandar matar en la primera ocasión que se le presentara, al que le decía a su concubino que era pecado esa vida que estaban llevando.

Cuando pidieron la cabeza de Juan Bautista el rey sintió enorme tristeza porque estimaba mucho a Juan y estaba convencido de que era un santo y cada vez que le oía hablar de Dios y del alma se sentía profundamente conmovido. Pero por no quedar mal con sus compinches que le habían oído su tonto juramento (que en verdad no le podía obligar, porque al que jura hacer algo malo, nunca le obliga a cumplir eso que ha jurado) y por no disgustar a esa malvada, mandó matar al santo precursor.

Este es un caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo.

Juan murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: "Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar". El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Fue un verdadero mártir.

Una antigua tradición cuenta que Herodías años más tarde estaba caminando sobre un río congelado y el hielo se abrió y ella se consumió hasta el cuello y el hielo se cerró y la mató. Puede haber sido así o no. Pero lo que sí es histórico es que Herodes Antipas fue desterrado después a un país lejano, con su concubina. Y que el padre de su primera esposa (a la cual él había alejado para quedarse con Herodías) invadió con sus Nabateos el territorio de Antipas y le hizo enormes daños. Es que no hay pecado que se quede sin su respectivo castigo.

 

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Martirio de San Juan el Bautista

Autor: Itunet

Juan el Bautista era hijo de san Zacarías y santa Isabel. Casi toda su vida transcurrió en el desierto. Allí se preparó con la oración y el ayuno para la misión de precursor que Dios le había escogido ya antes de su nacimiento.??A los treinta años de edad recorrió el valle del Jordán predicando, a fin de preparar la llegada del Mesías. Cuando Jesús se acercó a Juan para que lo bautizase, éste presentó ante sus discípulos al Maestro. Y cuando el Salvador comenzó su vida púbIica, Juan continuó su camino, predicando.?Reinaba entonces en Judea el tetrarca Herodes Antipas, hijo de aquel otro Herodes llamado Ascalonita que ordenó la matanza de los inocentes. Estaban con él Herodías y su hija Salomé. En su madurez, durante un viaje a Roma, capitaI del Imperio, Herodes Antipas había arrancado Herodías a su medio hermano Filipo, para vivir con ella, llevando ambos una vida licenciosa.??El país todo se indignó, pero nadie tuvo el valor de reprochar al tetrarca su conducta escandalosa.

Nadie, excepto un hombre: Juan el Bautista, quien, apersonándose repetidamente al rey, le enrostraba: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano". Herodes no se decidía a tomar medidas en contra de él, pero Herodías clamaba a su lado pidiéndole que eliminara a aquel hombre que la humillaba. Por último, abrumado, el tetrarca mandó prenderlo y lo aherrojó a la cárcel. ?Al llegar la fiesta de su cumpleaños, Herodes invitó a un banquete a los grandes de su corte, a los jefes de las tropas y a la gente de mayor prestigio social de Galilea.??La magnificencia, eI lujo y el derroche campeaban en el festín. Los esclavos circulaban entre los invitados con bandejas cargadas de pIatos raros y exquisitos vinos procedentes de las regiones más apartadas de] Imperio.?Entró, por último, Salomé, la hija de Herodías; bailó y agradó tanto a Herodes, que éste dijo a Ia joven:??Pídeme cuanto quieras, que te lo daré. Y añadió con juramento: Aunque sea la mitad de mi reino.?Salió entonces ella de la sala y fue a una contigua, donde se hallaba su madre con las otras mujeres.??- ¿Qué pediré? le preguntó.??Respondió ésta:??- La cabeza de Juan el Bautista.??Se entristeció Herodes; mas se creyó obligado por el impío juramento. Momentos después, Juan agregaba a sus palabras el testimonio de su sangre, siendo martirizado en la cárcel de Maqueronte. Su cabeza ensangrentada apareció en la sala traída en una bandeja por el verdugo. La tomó Salomé y se la entregó a su madre, quien se ensañó con ella, según refiere san Jerónimo.??Tenía san Juan Bautista treinta y dos años de edad y corría el año 31 de nuestra era.?Aquí terminan las noticias ciertas sobre los personajes de este drama.

 

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Hoy la Iglesia recuerda y celebra el martirio de San Juan Bautista, el precursor de Cristo, antesala, preludio, anunciador del Mesías que el pueblo judío estaba esperando. Los evangelios le recuerdan como un hombre austero, solitario, que finalmente entregó su vida por aquello que configuró su misión: anunciar la Verdad -que es Cristo- y todas las "verdades" por molestas que sean de escuchar. "Convertíos…"

Por eso, de algún modo, San Juan Bautista no sólo anuncia la cercanía del Reino que llega con Cristo, sino que también con su muerte anuncia la Pascua, el Misterio cristiano. No es fácil vivir dando sentido a la muerte, y menos cuando nos encuentra violentamente. Por eso las palabras de Jeremías: no les tengas miedo… porque Yo estoy contigo para librarte; no les temas, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Es muy curiosa esta frase. ¿Cuántas veces son nuestros propios temores ante algo o alguien lo que nos hace realmente apocados, pusilánimes, cobardes?.

Jeremías experimentó que es este mismo Dios que lucha en nuestras luchas y nos acompaña en nuestras empresas, quien nos deja "atrapados" en el miedo, y todo porque no somos capaces de ver más allá, de poner nuestra confianza y nuestras fuerzas en el Señor que nos envía. Recordad a Moisés, a Abraham, o al mismo David ante Goliat: cuando luchamos creyendo firmemente que la batalla es de Dios y no nuestra, no sólo no tememos al mayor de los gigantes, sino que además, cualquier escudo y coraza nos parece demasiado pesado y preferimos seguir con nuestra pequeña onza.

San Juan Bautista no murió por confesar a Cristo y, sin embargo, la Iglesia, desde el principio, le considera mártir, testigo. Pues bien, hoy puede ser para nosotros una fuerte llamada a cuestionar nuestro testimonio en el mundo. ¡Tantas veces no será necesario hablar expresamente de Cristo para anunciarle!, ¡tantas ocasiones para denunciar lo que vemos desde el Evangelio, aún sabiendo que nuestra "cabeza" (en todos los sentidos) puede ponerse a disposición del capricho de cualquier Herodías, o de la sumisión e incoherencia de un Herodes cualquiera.

Como rezamos hoy en el salmo:?Sé tú, Señor, nuestra roca de refugio, ?nuestra peña, nuestra seguridad, nuestra única defensa. ?Porque no siempre es fácil vivir desde ti y enfrentarnos a lo que nos amenaza ?sin perdernos en nuestros propios miedos. ?Ayúdanos, Señor. Rosa Ruiz, rmi 

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2. COMENTARIO 1  - v. 17 Porque el tal Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, debido a Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado. ??Herodes priva a Juan de su libertad, impidiéndole continuar su acti­vidad; la medida de Herodes no hace caso de la opinión del pueblo, que veía en Juan un enviado divino. Sin embargo, aunque es Herodes quien da la orden de encarcelar a Juan, otra persona lo ha instigado a hacerlo, Herodías, mujer de su hermano Filipo, a la que Herodes había tomado por esposa. ??vv. 18-19 Porque Juan le decía a Herodes: «No te está permitido tener como tuya la mujer de tu hermano». Herodías, por su parte, se la tenía guardada a Juan y quería quitarle la vida, pero no podía... ??

Juan no era parcial con los poderosos y denunció esa injusticia. La frase no te está permitido apela a la Ley, que prohíbe ese matrimonio (Ex 20,17; Lv 18,16; 20,21). La más sensible a esta denuncia es Herodías, la adúltera. La denuncia de Juan desacredita ante el pueblo al poder políti­co y puede crear una fuerte opinión popular contraria a Herodes que provoque la intervención romana o que decida a Herodes a despedir a Herodías. Esta teme por su posición y su poder; Juan es una amenaza para ella. ??v. 20: porque Herodes sentía temor de Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo tenía protegido. Cuando lo escuchaba quedaba muy indeciso, pero le gustaba escucharlo. ??Herodías se propone quitar la vida a Juan, pero hay un obstáculo a su propósito, el temor que siente Herodes por Juan, al que considera un hombre justo, es decir, de conducta agradable a Dios y aprobada por él, y santo o consagrado por Dios, un profeta. Conociendo la hostilidad de Herodías, Herodes protege a Juan de sus maquinaciones y no consiente darle muerte. Es más, se siente atraído por Juan, habla familiarmente con él y lo escucha con gusto, aunque no deje de exigirle que se separe de Herodías. Cogido entre el influjo de ésta y el discurso de Juan, Herodes queda irresoluto. El peligro para Herodías es extremo; ella no respeta al profeta, es el prototipo de la impiedad. ??El episodio de la muerte de Juan tiene dos lecturas paralelas. Mc lo desarrolla en un plano narrativo, pero dejando ver a través de él un segundo plano, en el que los personajes adquieren un carácter represen­tativo. Los notables judíos de Galilea han renunciado a la idea de un Mesías enviado por Dios; tienen al pueblo sometido y lo utilizan para ganarse el favor del rey ilegítimo. Son ellos los principales responsables de la muerte de Juan Bautista. ??

v. 21 Llegó el día oportuno cuando Herodes, por su aniversario, dio un ban­quete a sus magnates, a sus oficiales y a los notables de Galilea. ??El día oportuno es la ocasión propicia para que Herodías cumpla su designio de matar a Juan (6,19). Todo lo que sigue está, por consiguiente, preparado por ella. El banquete de cumpleaños era para los judíos una costumbre pagana (Gn 40,20; Est 1,3). Se celebra la vida de Herodes, el poder absoluto, y con él la celebran los representantes de todos los esta­mentos del poder. Los magnates son probablemente los gobernadores de distrito, poder político asociado y dependiente del de Herodes; los oficia­les son los jefes de las cohortes, poder militar al servicio de Herodes; los notables de Galilea son los miembros de la aristocracia judía, poder econó­mico aliado con Herodes. ??En el plano representativo, al adulterio público de Herodes y Herodías corresponde la infidelidad a Dios de los dirigentes judíos, llamada «adulterio» en el lenguaje de los profetas: los notables de Galilea están en el banquete de Herodes, perseguidor de Juan, reconociéndolo por rey legítimo. Estos son «los herodianos» (3,6; 8,15; 12,13). La figura de Herodías, la adúltera, representa a estos dirigentes. ??vv. 22-23 Entró la hija de la dicha Herodías y danzó, gustando mucho a Hero­des y a sus comensales. El rey le dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró repetidas veces: «Te daré cualquier cosa que me pidas, incluso la mitad de mi reino». ??Aparece otro personaje, la hija de Herodías, sin nombre, que se defi­ne por su madre: no tiene personalidad propia. El oficio de bailarina en un banquete era propio de esclavas y la hija de Herodías se presta a actuar como tal; danza para divertir a Herodes y a sus invitados; humi­llante adulación al poder. La muchacha está en edad de casarse. Represen­ta al pueblo sin voluntad propia y juguete en manos de los dirigentes (los paralelos con la hija de Jairo: 5,35 y 6,22: hija; 5,41.42 y 6,28: muchacha, muestran que la madre representa a la clase dirigente y la hija al pueblo sometido). ??Herodes, muy complacido, se compromete solemnemente a dar un premio a la muchacha, dejándolo a su arbitrio. De aquí en adelante des­aparecen los nombres propios: Herodes es el rey; Herodías, la madre, subrayando el carácter representativo de los personajes. El rey se consi­dera dueño de todo y con poder para todo (cualquier cosa que me pidas); aunque sea la mitad de mi reino (cf. Est 5,3.6), promesa desmesurada. ??

v. 24: Salió ella y le preguntó a su madre: «¿Qué le pido?» La madre le con­testó: «La cabeza de Juan Bautista». ??La muchacha no tiene voluntad propia; mostrando su total depen­dencia, va a preguntar a su madre, que ha urdido toda la trama. La pro­mesa se hizo a la hija, pero decide la madre, que busca sólo su propio interés: eliminar a Juan. Su adúltera participación en el poder vale más que la vida del profeta. Por medio de su hija, somete a Herodes. No quiere la mitad del reino, quiere todo el reino. ??v. 25: Entró ella en seguida, a toda prisa, adonde estaba el rey, y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». ??Mc subraya la inmadurez de la joven: entra en seguida, a toda prisa, sin criticar ni juzgar la decisión de la madre ni considerar si era o no favora­ble para ella: es una esclava de su madre. Exige (quiero) que se cumpla su petición sin tardar (inmediatamente). El banquete de aniversario, que pre­tendía celebrar la vida, se convierte en un banquete de muerte (en una bandeja). ??

vv. 26-28: El rey se entristeció mucho, pero, debido a los juramentos hechos ante los convidados, no quiso desairarla. El rey mandó inmediatamente un ver­dugo, con orden de que le llevara la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, le llevó la cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha: y la muchacha se la dio a su madre. ??En el poder civil hay un resto de humanidad; Herodes estimaba a Juan y sabe que lo que le piden no es sólo una injusticia, sino un desprecio a Dios (6,20: «justo y santo»); pero un rey no puede quedar en mal lugar, perdería su prestigio. Por encima de lo humano están los intereses del poder. Ninguna reacción por parte de los invitados: al rey le está per­mitido todo, es dueño de la vida de sus súbditos. La joven da la cabeza a la madre, quedándose sin nada. La madre consigue su propósito, acallar definitivamente la voz del Bautista. ??Se deduce que Juan no había denunciado solamente el adulterio per­sonal de Herodes, sino también el connubio entre los dirigentes judíos y el poder del tetrarca. La muerte de Juan a manos del poder civil, por ins­tigación del poder judío (Herodías), preludia la muerte de Jesús. ??v. 29: Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. ??Los discípulos de Juan entierran el cadáver: todo ha terminado, inclu­so para sus discípulos; un cadáver no tiene vida ni futuro. No habrá con­tinuación. Como los discípulos de Juan no siguen a Jesús, no pueden hacer más que dar testimonio del fin de su maestro. ??El fin de Juan se narra cuando Jesús va a manifestarse como Mesías y, para eso, ya no hace falta más preparación. Los Doce, por su parte, están preparando al pueblo para un proyecto vano, pues Jesús no va a restaurar a Israel. 

 

 

COMENTARIO 2 Herodes había ordenado que prendieran a Juan y lo tenía encadenado en la prisión por causa de Herodías, la mujer de su hermano Herodes Filipo, con quien se había casado. Y Juan, un hombre libre con la libertad que da creer sólo en Dios, constantemente le echaba en cara aquello: "No te está permitido tener a la mujer de tu hermano". ??Herodías odiaba a Juan, porque era lo único que se interponía entre ella y sus ambiciones. Ella conocía bien a Herodes y temía que la crítica de Juan le hiciera mella; veía cómo le impactaba lo que Juan decía y cómo regresaba perplejo. ??El caso es que Herodías se la tenía jurada a Juan y quería asesinarlo, pero no veía cómo hacerlo, hasta que llegó la oportunidad: un día en que Herodes organizó un gran banquete con motivo de su cumpleaños, e invitó a todos los de la corte, a los tribunos romanos y a los principales de Galilea. Entonces la hija de Herodías salió a bailar, toda provocación de la cabeza a los pies, y se dio cuenta de que Herodes no le quitaba la vista. No era la mirada del padrastro orgulloso de la belleza de la hija de su esposa; era algo más. Y eso mismo había en las miradas de los otros. Les agradó. Les gustó. ??Herodes entonces, queriendo complacerla y complacerse, le dijo a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré... incluso si me pides la mitad de mi reino te juro que te lo doy". Ya estaba dicho: la mitad del reino. La insinuación era clara: le estaba ofreciendo hacerla reina... No era, obviamente, el partir el reino en dos, sino el compartirlo; eso era lo que le ofrecía. ??Herodías vio una doble oportunidad: de reafirmarse como la única reina, y de quitarse de una vez para siempre la amenaza de Juan. Y cuando su hija le preguntó qué le convenía pedir a Herodes, le dijo sin vacilar: "La cabeza de Juan el Bautista".

1. J. Mateos-F. Camacho, Marcos. Texto y Comentario. Ediciones El Almendro. Córdoba

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

 

 

 

 

3. DOMINICOS 2003

 

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos (Jesús)

Juan dio su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo (Prefacio)

La escena que hoy recoge el texto evangélico la hemos comentado ya en varias ocasiones. Juan Bautista, profeta denunciador de pecados, voz de trueno que remueve conciencias, precursor del Señor, es objeto de caprichos femeninos llenos de odio y venganza, que piden en una bandeja la cabeza del pregonero de la verdad.

Hagamos una pausa, y consideremos cuántas veces en la historia habrá sucedido este hecho: que quien denuncia la mentira y defiende la verdad, que quien condena el pecado y proclama la virtud, que quien fustiga la injusticia y pregona la dignidad humana, haya sido objeto de burla y condenado ante tribunal impío. Ni siquiera el Precursor se libró de ello. Mas ¿por qué encarecemos lo de “el precursor”,  si Jesús mismo fue condenado injustamente por decirse Hijo del Padre, Mesías y Salvador?

ORACIÓN:

Reconocemos, Señor, nuestra imbecilidad; nos da sonrojo ver la cabeza de Juan en la bandeja de gloria y triunfo de una pecadora. Pero tememos, Señor, de nosotros mismos, pues somos capaces de volver a herir al inocente y condenar al justo. Ilumina nuestras mentes para que seamos fieles servidores de la verdad. Amén.

 

Palabra que desafía al miedo

Profeta Jeremías 1, 17- 19:

“En aquellos días recibí esta palabra del Señor: Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No tengas miedo a tus adversarios, pues, si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira: yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país; frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”.

En este texto se da, primero, una confesión de debilidad. El profeta teme a sus perseguidores. Pero Dios sale en su defensa y le asegura su presencia, gracia, fortaleza y premio. Al fin, siempre vence –por gracia- el mensajero del Señor.

Evangelio según san Marcos 6, 17-29:

“En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Felipe, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Pero Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio. Mas no acababa de conseguirlo, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. En muchos asuntos seguía su parecer y lo escuchaba con gusto.

La ocasión de la venganza llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates... La hija de Herodías danzó y gustó mucho a Herodes y a los convidados, y el rey le dijo a la joven: pídeme lo que quieras, que te lo doy... Ella le dijo: quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista… Y el rey mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan el Bautista...”

Este párrafo nos pone en guardia: no caigamos los creyentes en la tentación de pensar que Dios, que  está con nosotros, nos librará de todo desatino humano. Dios no obra así. Hará siempre justicia, pero no en nuestra forma y tiempo.

 

Difícil papel el de ser profeta.

El texto de Jeremías nos recuerda la difícil misión asignada al profeta en un contexto que muchas veces es adverso. Aunque Jeremías se sintiera, por gracia de Dios, convertido simbólicamente en plaza fuerte, muralla y columna de hierro, la realidad era que se veía sometido a duros sufrimientos y persecuciones, como lo serán los profetas del futuro.

La situación de Jeremías pasa por una escena parecida a la que el Evangelio relata sobre Juan el Bautista, y ésa podría aplicarse a todos los evangelizadores, pues éstos de una u otra forma tienen que sufrir adversidades en el mundo.

La vida en servicio a la fe, a la verdad y a la justicia, siempre supone notable carga sobre los hombros de quienes la mantienen.

 

Crueldad femenina, la de Herodías.

En cuanto a la reflexión sobre el texto evangélico, ponderemos los contrastes que en él aparecen: Herodes es un pecador, infiel a la vida matrimonial; y Juan le denuncia su conducta, porque esta era obligación del profeta. Como Juan es honrado en sus planteamientos, Herodes, a pesar de sentirse herido, le cobra cierto afecto, como se tiene afecto a quien dice la verdad, aunque nos duela, si somos mínimamente honestos. En cambio, Herodías no quiere saber nada de la justicia y fidelidad; está dominada por las pasiones de la carne, del poder, de la gloria; y está dispuesta a acabar con Juan. A esto se llamaría perfidia. La oportunidad servida por Herodes la aprovecha al máximo: la cabeza de Juan el Bautista es el precio de un baile y de una promesa halagadora.

¡No es así como hemos de conducirnos en la vida, si tratamos de salvar un mínimo de verdad, justicia, respeto, libertad, amor!

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4. ACI DIGITAL 2003

18. Véase Lev. 18, 16: "No descubrirás la desnudez de la mujer de tu hermano; es la desnudez de tu hermano". ??26. ¿Qué valía un juramento hecho contra Dios? Fue el respeto humano, raíz de tantos males, lo que determinó a Herodes a condescender con el capricho de una mujer desalmada. No teme a Dios, pero teme el juicio de algunos convidados ebrios como él. Cf. Mat. 14, 9 y nota: "A pesar de que se afligió el rey, en atención a su juramento, y a los convidados, ordenó que se le diese". Herodes no estaba obligado a cumplir un juramento tan contrario a la Ley divina y fruto del respeto humano. S. Agustín, imitando a San Pablo (I Cor. 4, 4 s.), decía: "Pensad de Agustín lo que os plazca; todo lo que deseo, todo lo que quiero y lo que busco, es que mi conciencia no me acuse ante Dios".

 

 

 

 


5.

 

EL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA

Evangelio: Mc 6, 17-29 Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.?Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:?—Pídeme lo que quieras y te lo daré.?Y le juró varias veces:?—Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.?Y, saliendo, le dijo a su madre:?—¿Qué le pido??—La cabeza de Juan el Bautista —contestó ella.?Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:?—Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.?El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.

 

Santa Pureza     

Parece, y es verdad, que en todo momento debemos ser puros. "¿Qué tal la virtud de la Pureza?", he preguntado en ocasiones en la dirección espiritual. "Bien..., normal...", suelen responder. Y, a continuación, prosiguen con algo así como que, en ese aspecto, no tienen problemas, pues, son personas sencillas, ocupadas en sus cosas, que procuran no herir a sus semejantes y cumplir las propias obligaciones con justicia. Está claro, que no han comprendido la pregunta; que posiblemente existe en este caso, como en otros, una indeseable alianza entre la ignorancia y la falta de exigencia en el sujeto, que conduce a que muchos ni siquiera lleguen a plantearse vivir la sexualidad con los criterios de Jesucristo. Porque la Pureza –la Santa Pureza– es la virtud cristiana gracias a la cual se regula la capacidad generativa de acuerdo con la recta razón iluminada por la fe. Por lo tanto, no viven esta virtud humana y cristiana, los que incurren, consigo mismos o con otros, en acciones deshonestas, contrarias a la castidad, o se ponen en peligro de cometerlas.

        El pasaje de san Mateo que hoy consideramos, presenta una situación de clamorosa deshonestidad. No podemos detenernos en analizar con detalle el caso. Tomamos ocasión, en cambio, de aquel triste suceso para suplicar para todos la limpieza de corazón y de cuerpo, que, como anunció Jesucristo en las bienaventuranzas, es imprescindible para contemplar a Dios: Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios. La virtud de la castidad, sin ser la primera en el orden de las virtudes, es, sin embargo, imprescindible para vivir otras muchas, entre ellas, la caridad: el amor a Dios y al prójimo en que consiste la esencia de la perfección cristiana.

        Nos serviremos de algunos textos de san Josemaría, tomados todos ellos de Camino, para continuar nuestra meditación sobre esta virtud:

        ¿Pureza? —preguntan. Y se sonríen. —Son los mismos que van al matrimonio con el cuerpo marchito y el alma desencantada... ¡Cuántas veces nos encontramos por desgracia con esta paradoja! Es una pretendida alegría por haber "superado" lo que algunos llaman "perjuicios" únicamente religiosos. Esa falsa risa, tantas veces inducida por la moda, por el qué dirán..., por no ser menos..., viene a ser como el "canto del cisne": el preludio de una amargura y un desengaño, de los que algunos luego no saben o no quieren retornar. Porque parece claro –de modo especial en ciertos ambientes culturales– que la vida pública, la calle..., no colabora positivamente con el ejercicio de esta virtud. El cristiano comprometido con su fe lo sabe. No le resulta extraño, por consiguiente, vivir contracorriente en este aspecto de su vida, ni se deja amedrentar por sentirse solo y hasta raro entre una sociedad que parece haber cambiado sus fines naturales. Los hijos de Dios, responsables y orgullosos de su condición, no se arredran:

        Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia.?—Y esa cruzada es obra vuestra, asegura también San Josemaría. La verdad no se consigue ni se garantiza por mayoría. La Historia de la Salvación cuenta con abundante experiencia en este sentido. Recordemos, sin ir más lejos, a aquellos pocos discípulos de Jesús que lograron cambiar la cultura de todo un imperio; eso sí, a costa de sí mismos. Hoy como ayer los cristianos estamos convencidos del triunfo de Dios con nosotros, o también, el triunfo de los hombres en la causa de Dios: las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella, nos tiene asegurado Cristo. La Iglesia y su tan controvertida doctrina no pueden dejar de triunfar. ¡Ojalá queramos estar del lado de los que van a ganar!

        Además, no es para tanto. Sólo parece imposible a los que han claudicado sin apenas lucha: sin el empeño por la virtud que ponen en otros ideales, quizá no tan nobles.

        Cuando te decidas con firmeza a llevar vida limpia, para ti la castidad no será carga: será corona triunfal.En efecto, asegura el Santo de lo ordinario, la pureza cuesta menos –aunque siempre habrá que esforzarse– si hay una decisión firme de vivir limpiamente, de evitar las ocasiones de pecado, como evita el contagio infeccioso quien quiere permanecer sano. Porque el que vive esta virtud, aunque note humana y espiritualmente sus efectos, está en condiciones de valorar su excelencia, sin recurrir al autoengaño de los que dicen sentirse bien, cuando se dejan arrastrar por sus pasiones y debilidades. Así lo recuerda también san Josemaría:

        Me escribías, médico apóstol: "Todos sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes, frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera. Y precisamente entre los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características de poca virilidad". Recordemos la actitud de Herodes.

        La fortaleza necesaria para vivir esta virtud no será, casi nunca, un alarde de resistencia en los momentos de tentación, sino la energía humilde de quien es consciente de su debilidad y no consiente con la ocasión: No tengas la cobardía de ser "valiente": ¡huye! Así lo aconsejaba el Fundador de la Obra y así se lo pedimos a Santa María, Madre nuestra.

 

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Degollación de San Juan Bautista - 1608. Óleo sobre lienzo. 361 x 520 cm. Museo de San Juan. La Valletta. Italia. - Michelangelo Merisi da Caravaggio 

 

SAN JUAN BAUTISTA

 

El Precursor: Los Evangelios ven cumplida en la persona y predicación del Bautista la profecía de Isaías (40,3), entendida en sentido mesiánico: él es «la voz que clama en el desierto», anunciando la próxima llegada del Señor y exigiendo que el pueblo prepare los caminos, convirtiéndose de su estado de pecado (Mt 3,1-12; Le 3,3-18). En lo (1,23) el Bautista se aplica a sí mismo el texto profético y Me (1,2-8) une, en la misma cita, al texto de Isaías otro de Malaquías (3,1) sobre el mensajero que Yahwéh iba a enviar delante de sí. La misión del Bautista es ser heraldo, precursor del Mesías, cuya llegada es inminente. Él no es la luz, sino quien da testimonio de la luz (lo 1,6-8). A preguntas de la multitud (Lc 3,15) y de los sacerdotes y levitas enviados por los judíos (lo 1,19), Juan responde que ni es el Mesías ni digno de desatar el calzado de otro más fuerte que va a venir después de él bautizando en Espíritu y fuego (Lc 3,16-17; lo 1,20-28). Gracias a una revelación ha descubierto que Jesús es el que, viniendo detrás, ha sido puesto delante de él, porque era mayor que él (lo 1,29-34). Fiel a su tarea de dar testimonio de la luz y preparar al Señor un pueblo perfectamente dispuesto (Lc 1,17), consigue con su predicación que algunos de sus discípulos sigan a Cristo (lo 1,35-42) y, a los que se sienten celosos del éxito de Jesús, responde JUAN que él no es el esposo, sino el amigo del esposo que se alegra de sentir su llegada; conviene que Jesús crezca y él disminuya (lo 3,22-30).

      A pesar de tan claro testimonio, no todos los discípulos de JUAN siguieron a Jesús: Act 18,24-19,7 parece indicar que en tiempo de la predicación apostólica hay todavía «discípulos» del Bautista, quizá una secta que lleva su nombre. Ya en los sinópticos (Mc 2,18; Le 3,15), pero sobre todo en lo, hay indicios de la polémica que la Iglesia hubo de mantener con dicha secta. El cuarto evangelio silencia totalmente la actividad externa del Bautista, su vida austera, la predicación de la penitencia y del juicio; al evangelista le interesa primordialmente recalcar que JUAN da testimonio de Jesús, subrayando fuertemente la distancia que separa a éste del Precursor (lo 1,6-8.15.19 ss.29-34; 3,25-30; 10,40-41). Los términos usados por el evangelista dejan entrever que para estos discípulos el Bautista era la «luz» (lo 1,8), el Salvador. Le (3,15) constata que entre el pueblo surgió la sospecha de que JUAN era el Mesías. Por fin, las Pseudoclementinas (Recognitiones 1,60) afirman expresamente que algunos de, sus discípulos tenían al Bautista por Mesías.

      Su condición de Precursor sitúa al Bautista en un plano de absoluta inferioridad respecto a Jesús, pero a la vez le coloca por encima de todos los profetas (Mt 11,11); con él se cierra el tiempo de la antigua alianza (Mt 11,13; v.); a partir de él se proclama la Buena Noticia del Reino de Dios (Le 16,16; v.). Los cuatro Evangelios comienzan el relato de la vida pública de Jesús con la predicación del Bautista y del mismo modo se debió desarrollar la primera predicación cristiana (Act 1,22; 10,37), no principalmente en virtud de un interés por la cronología, sino debido al puesto que el Bautista ocupa en la historia de la salvación: aunque él no inaugura el reino, anuncia su inminente llegada, prepara al pueblo para recibirlo y da testimonio del que lo trae. Lucas resalta la importancia de la misión del Precursor y su vinculación a la de Jesús subrayando el paralelismo entre la infancia de ambos: el arcángel Gabriel anuncia su concepción preternatural (Lc 1,5.22.26-35); un ángel proclama como Buena Noticia («evangeliza»), no sólo el nacimiento de Jesús (Lc 2,10), sino también el de JUAN (Lc 1,19); ambos reciben un nombre impuesto por Dios a través del ángel (Juan en Lc 1,13.59-64; Jesús en Lc 1,31; 2,21), signo de su especial tarea en la instauración del reino; como Jesús (Lc 4,1 ss.), el Bautista se retira al desierto antes de comenzar su predicación (Lc 1,80). El ángel anuncia que, lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, caminará delante del Señor con el espíritu y la fortaleza de Elías (Le 15,17; cfr. Mal 3,23-24), por lo que su padre le llama «profeta del Altísimo» (Le 1,76) y Jesús mismo, el profeta más grande nacido de mujer (Lc 7,28); más que profeta, él es Elías que ha de venir (Mt 11,9-15); el Bautista sólo contradice en apariencia estas palabras de Jesús cuando responde negativamente a los judíos que le preguntan si él es Elías (lo 1,21): el judaísmo de la época esperaba, fundándose en Malaquías (3,23-24), que Elías en persona volvería al mundo, precediendo al Mesías como su precursor inmediato, con el fin de preparar al pueblo para la era mesiánica (cfr. Mt 17,10; Me 9,11; S. Justino, Diálogo 8,4; 49,1); JUAN niega ser Elías en persona vuelto al mundo, mientras Jesús subraya que en la persona y predicación del Bautista se ha cumplido la profecía de Malaquías.

      Predicación y bautismo: Le narra la llamada de JUAN a ejercer su función profética insertándola en el marco de la Historia Universal y de la situación político-religiosa de Palestina (3,1-3), subrayando así, al modo de los historiadores griegos, la importancia del acontecimiento para la historia de la salvación: con la predicación del Bautista comienza el «Evangelio» (Me 1,1 ss.). El hecho, descrito por Lucas en términos que recuerdan la vocación de los profetas (cfr. Ier 1,1-2; Os 1,1), tuvo lugar en el desierto de Judea, situado entre las montañas del mismo nombre y el Mar Muerto; JUAN se trasladó después a la cercana región del Jordán, donde comenzó su actividad (Lc 3,2-3; cfr. Mt 3,6; Mc 1,5). Con todo, JUAN es «el predicador del desierto» (Mt 3,3; Me 1,3; Lc 3,4) y es correcta la afirmación de Marcos: «se presentó Juan el Bautista en el desierto predicando...» (Mc 1,4; cfr. Mt 11,7; Le 7,24), porque al valle meridional del Jordán, estepario y sin cultivos, se le llama desierto en el A. T. y por la implicación teológica del término: los judíos esperaban que el Mesías se manifestaría en el desierto (cfr. Mt 24,26) o creían que en el desierto se realizaría la preparación de la era mesiánica [así los esenios (v.), que justificaban las convicciones de su secta con el texto de Is (40,3), aplicado en los evangelios al Bautista] ; consecuentemente, predicación en el desierto equivale a predicación mesiánica (v. DESIERTO II). La fama del Bautista se extendió rápidamente y «salía a él toda la región de la Judea y los samaritanos todos» (Mc 1,15; cfr. Mt 3,5), atraídos por aquel predicador ambulante vestido como un severo asceta, de pieles de camello y ceñido con cinturón de pieles (Mt 3,4; Mc 1,6), que, aun en su misma indumentaria, evocaba la figura de Elías (2 Reg 1,8) y se alimentaba austeramente de langostas y miel silvestre (cfr. Mt 11,7 ss.; Lc 7,24-26). El Bautista anunciaba a quienes acudían a escucharle que la era de plenitud, el Reino de los cielos anunciado por los profetas para un tiempo impreciso, y cuya realización era objeto de las esperanzas y plegarias del pueblo, estaba cerca (Mt 3,2). Su predicación tiene un evidente carácter conminatorio: el juicio será el primer acto del inminente reino de Dios -«ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, todo árbol que no lleve fruto bueno será cortado y echado al fuego» (Mt 3,10; cfr. Le 3,9)-; en aquel día ninguna preeminencia terrena, ni siquiera la descendencia carnal de Abraham (v.), como esperaban los judíos (S. Justino, Diálogo, 140), preservará del castigo de Dios. La inminencia del Reino de Dios exige preparación: la penitencia (Mt 3,2); en la línea de la piedad profética, Juan predica una penitencia no ritual y -externa -prácticas de penitencia-, sino una conversión (v.), un cambio de maneras de pensar y valorar que ha de manifestarse en obras externas; por eso exhorta: «haced frutos dignos de penitencia» (Lc 3,8; cfr. Mt 3,8). Le 3,10-14 detalla que hacer frutos dignos de penitencia es socorrer con ropas y alimentos a los necesitados, no estafar al cobrar los tributos... En resumen, hacer buen uso de las riquezas y cumplir los deberes de estado.

      Además de predicar, JUAN bautiza (Me 1,5); la administración del bautismo es de tan decisiva importancia en su ministerio que en los tres sinópticos (Mt 3,1; Me 6,25; Le 9,19...) y de labios del mismo Jesús (Mt 11, 11 s.; Le 7,23) JUAN recibe el sobrenombre de «el Bautista», o de «el que bautiza» (Me 1,4). Los escritos neotestamentarios especifican que el bautismo de JUAN es un «bautismo de penitencia para la remisión de los pecados» (Mc 1,4; Le 3,3; cfr. Act 13,24; 19,4). Efectivamente, al bautismo precedía la penitencia (Mt 3,2-6), manifestada externamente en la misma administración del bautismo mediante la confesión de los pecados. La ablución era signo externo de la conversión interior, pero un signo de alguna manera eficaz como parece insinuar la expresión Kerison baptisma, usada en Mc 1,4 y Lc 3,3. El bautismo de JUAN, lo mismo que su exhortación a la penitencia, tiene prevalentemente carácter escatológico; porque la llegada del Reino es inminente, urge preparar al Señor un pueblo perfectamente dispuesto (Le 1,17) para que en él se realice la aceptación del Reino. Mediante la penitencia y el bautismo, y no por la descendencia carnal de Abraham (Mt 3,9; Le 3,8), se entra a formar parte de este pueblo mesiánico. Por ello JUAN exige a todos los judíos la penitencia y amplios sectores de la población reciben su bautismo (Mt 3,5; Me 1,5). Esta universalidad, su carácter escatológico, y las exigencias éticas que lleva consigo, separan notablemente el bautismo de J. del de los prosélitos y lo aproximan al bautismo cristiano (v. BAUTISMO). Juan contrapone su bautismo «en agua para la penitencia» al bautismo «en Espíritu Santo y fuego» que realizará el Mesías (Mt 3,11; Le 3,16; cfr. una formulación secundaria en Mc 1,8; Act 1,5; 11,16). No hay unanimidad completa entre los exegetas al precisar en qué sentido emplea el Precursor esta expresión. Está fuera de duda que Juan, en la perspectiva escatológica del A. T., conoce una única venida del Mesías: su advenimiento en poder para el juicio. Por eso, cuando asegura que el Reino está cerca, añadees inminente el día del juicio (Mt 3,2.7-10) y, al anunciar la llegada del Mesías, lo presenta presto a realizarlo (Mt 3,12; Lc 3,17). En este contexto parece queel bautismo en Espíritu Santo y fuego se ha de interpretar como una metáfora del juicio escatológico, castigo y purificación a la Vez (V. DÍA DEL SEÑOR; JUICIO PARTICULAR Y UNIVERSAL I).

      Prisión y muerte: El tercer evangelio señala que el ministerio del Bautista comenzó «el año decimoquinto de Tiberio César» (Lc 3,1); basándose en este texto, los exegetas creen, aunque sin absoluta unanimidad, que el acontecimiento se puede fechar en el otoño del a. 27 de nuestra Era o poco después. Lucas ofrece también indicios sólidos de que el bautismo de Jesús y el comienzo de su vida pública siguieron tras breve espacio de tiempo, quizá unas semanas, a la iniciación del ministerio de JUAN (Lc 3,1-2; comp. con 3,21; Act 1,22; 10,37-38). El. Bautista debió ser encarcelado al principio de la vida pública de Jesús. Los sinópticos, al subrayar el carácter preparatorio del ministerio de JUAN, sitúan su encarcelamiento inmediatamente antes del comienzo de la predicación de Cristo (Mt 4,12-17; Mc 1,14; Lc 3,19 ss.). El cuarto evangelista, paca quien Juan Bautista es, sobre todo, testigo de Jesús, refiere que éste todavía predicaba y bautizaba cuando Jesús había realizado ya el primer milagro y tenía discípulos (lo 1,35-40; 3,22-36). Es imposible precisar la fecha exacta en que Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, encarceló al Precursor. Conocemos, en cambio, las causas de la detención: Flavio Josefo (Antiquitates Judaicae 18,5,2) -única fuente extrabíblica fidedigna sobre Juan Bautista- da como razón de este hecho el temor de Herodes a que el poderoso influjo del Bautista suscitara una revuelta entre el pueblo. El relato bíblico señala que Herodes hizo detener a JUAN por haber reprendido públicamente su vida de adulterio: el tetrarca había tomado por mujer a Herodías, esposa de su hermano Filipo (Mt 14,3-5; Me 6,17-19; Lc 3, 19 ss.).    El    Bautista    había criticado    implacablemente    a escribas y fariseos (Mt 3,7-12; Lc 3,7-9), «era un hombre excelente y exhortaba a los judíos a que practicasen la justicia unos con otros y la piedad para con Dios»(Flavio Josefo, 1. c.); es, pues, verosímil que denunciara públicamente la inmoralidad de Herodes. Esto y el haber alentado las esperanzas mesiánicas del pueblo con el riesgo de suscitar inquietudes políticas explica que Herodes, aun sintiendo respeto hacia él (Mt 14,2-9 y paralelos), le encarcelara.

      Desde los subterráneos de Maqueronte, eJ Bautista sigue con atención la actividad del Mesías (Mt 11,2). A través de sus discípulos conoce cómo se desarrolla el ministerio de Jesús (Lc 7,18). Siente tal vez extrañeza e incertidumbre porque Jesús no actúa como él había anunciado: no empuña el bieldo para limpiar la era, no bautiza en Espíritu Santo y fuego ni proclama abiertamente ante el pueblo su mesianidad. Juan tiene necesidad de saber con certeza si Jesús es realmente «el que ha de venir» (Mt 11,3; Le 7,19; cfr. Mt 3,11 y paralelos), quizá también deseos de forzarle a que confiese públicamente su mesianidad. Envía a dos de sus discípulos para que formulen a Jesús la pregunta: «¿eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?». Jesús responde de modo mucho más elocuente que una mera afirmación: dice a los discípulos de Juan que cuenten a éste lo que han visto: «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el evangelio» (Lc 7,18-22), todo lo cual es eJ cumplimiento de las profecías, en concreto de Is 35,5 y 61,1. Jesús termina su respuesta a JUAN con una bienaventuranza (Mt 11,6; Lc 7,23) que lleva en forma velada una advertencia de carácter general: bienaventurado el que acepta a Jesús, aun teniendo que renunciar a ideas preconcebidas (v. MESÍAS; JESUCRISTO II).

      Los evangelistas nada dicen del lugar ni de la duración del cautiverio del Bautista; Flavio Josefo (Antiq. Jud., 18,119) informa que JUAN estuvo encarcelado en Maqueronte y fue ejecutado allí mismo. Me 6,19-21 insinúa que la prisión del Bautista se prolongó cierto tiempo. El día del cumpleaños de Herodes bailó Salomé ante la aristocracia de la región; la danzarina agradó al tetrarca, quien le prometió darle cualquier cosa que le pidiera. Salomé, aconsejada por su madre, Herodías, pidió la cabeza del Bautista; Herodes cumplió lo prometido (Mc 6,14-29).

      ¿Fue el Bautista un esenio? Este problema que se viene planteando desde hace tiempo ha recibido nueva luz de los descubrimientos de Qumrán (v.). Lc 1,80 dice de JUAN.: «el niño crecía en el desierto» y, más adelante (3,2), «la palabra de Dios fue dirigida a Juan en el desierto». Ya vimos que esta expresión ha de entenderse del desierto de Judea, en eJ cual se encuentran las grutas de Qumrán. Pero Lucas quizá haya querido significar con el el término «desierto» un lugar más concreto y determinado al que se aplica como propio este nombre común. Los de Qumrán llamaban «el desierto» a la región que ellos habitaban. ¿Es pura coincidencia? Parece que aquellos cenobitas recibían jóvenes para educar; tal vez podría explicarse el enigma de JUAN niño creciendo en el desierto en el sentido de que era huésped del «convento» de Qumrán. Queda indicado que los esenios (v.), como el Bautista, creían que se cumplía en ellos el texto de Is 40,3, que habla de preparar los caminos en el desierto (Regla de la Comunidad 7,12-14). En el rigor ascético, en el anuncio del juicio inminente y en la predicación de la penitencia y bautismo podrían descubrirse otras coincidencias. Con todo, no parece que se pueda dar con seguridad una respuesta afirmativa a la pregunta formulada. Es evidente que los evangelistas han tenido más interés en subrayar la originalidad y el origen divino de la misión del Bautista que el contexto socio-religioso en que pudo tener lugar (Lc 3,2; lo 1,6). Cualquiera que haya sido la relación originaria de JUAN con los esenios, es evidente que en el cumplimiento de su ministerio se comporta de un modo absolutamente diferente a como lo haría un discípulo de aquéllos. Su llamamiento va dirigido a todo el pueblo, incluso a pecadores y publicanos (Lc 3,10-14), frente al espíritu particularista de la secta; su bautismo, ya descrito, tiene un sentido distinto de los baños rituales esenios; por ello, JUAN tiene discípulos que viven de modo peculiar y se diferencian de aquéllos. En última instancia, la novedad de la misión de JUAN es que anuncia la presencia del Mesías y es su testigo.

      Ya en el s. IV el culto de S. Juan Bautista estaba extendido universalmente, y gran cantidad de edificios sagrados estaban dedicados a él. El Conc. de Agde (can. 21) del 506, habla del 24 de junio como una de las fiestas mayores, fiesta que fue de precepto hasta principios del s. XX.

T. LARRIBA URRACA

 BIBL.: M. MEINERTZ, Teología del Nuevo Testamento, Madrid 1962, 13-24; S. STEINMANN, San luan Bautista y la espiritualidad del desierto, Madrid 1959; JEAN DANIÉLOU, Los Manuscritos del Mar Muerto, Madrid 1961, 22-23; D. BUzY, Saint lean Baptiste, París 1922; H. LECLERQ, Jean-Baptiste, en DACL V11,11,2167-2184.

 

Propiedad del contenido: Ediciones Rialp S.A. Gran Enciclopedia Rialp, 1991.?Propiedad de esta edición digital: Canal Social. Montané Comunicación S.L. ?Prohibida su copia y reproducción total o parcial por cualquier medio

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Ruperto de Deutz (l075-ll30) monje benedictino
Homilía sobre San Juan 

 

“Vio a Jesús que pasaba...” (Jn 1,36) -       “Juan estaba allí, de pie, con dos de sus discípulos cuando Jesús pasaba.” Se trata de una postura corporal que traduce algo de la misión de Juan, de su vehemencia de palabra y de acción. Pero, según el evangelista, se trata también, más profundamente, de esta viva tensión, siempre presente entre los profetas. Juan no se contentaba de desempeñar exteriormente su papel de precursor. El guardaba en su corazón el vivo deseo de ver a su Señor  a quien había reconocido en el bautismo... Sin duda alguna,  Juan tendía hacia el Señor con todo su ser. Deseaba verlo de nuevo, porque ver a Jesús era la salvación para quien le confesaba, la gloria para quien lo anunciaba, la alegría para quien lo mostraba. Juan se tenía de pie, alerta por el deseo profundo de su corazón. Se mantenía de pie, esperaba a Cristo todavía disimulado en la sombra de su humildad...
      Con Juan estaban dos de sus discípulos, de pie como su maestro, primicias de aquel pueblo preparado por el precursor, no por él mismo, sino por el Señor. Viendo a Jesús que pasaba, Juan dice. “Este es el Cordero de Dios!” Prestad atención a las palabras de esta narración. A primera vista, todo parece claro, pero para quien penetra en el sentido profundo, todo se manifiesta cargado de significado y misterio. “Jesús pasaba...” Qué significa sino que Jesús vino a participar en nuestra naturaleza humana que pasa, que cambia. El, a quien los hombres no conocían, se da a conocer y amar pasando por en medio de nosotros. Vino en el seno de la Virgen. Luego, pasó del seno de su madre al pesebre y del pesebre a la cruz, de la cruz al sepulcro, del sepulcro se levantó al cielo... Nuestro corazón también, si aprende a desear a Cristo como Juan, reconocerá a Jesús cuando pase. Si le sigue, llegará como los discípulos al sitio donde mora Jesús: en el misterio de su divinidad.

 

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San Isaac de Siria (siglo VII) monje de Ninive, actual Mossoul (Iraq) ?Discursos espirituales, primera serie, Nº 20 

 

Herodes quería ver a Jesús -       ¿Cómo pueden los seres creados contemplar a Dios? La visión de Dios es tan terrible que el mismo Moisés dice que tiembla de temor. En efecto, cuando la gloria de Dios aparece en la tierra, en el monte Sinaí (Ex 20) la montaña echa humo y tiembla ante la inminente revelación. Los animales que se acercan a la falda de la montaña morían. Los hijos de Israel se habían preparado: se habían purificado durante tres días según la orden de Moisés, para ser dignos de oír la voz de Dios y de ver su manifestación. Cuando llegó el tiempo no pudieron ni asumir la visión de su luz ni soportar el trueno de su voz terrible.?         Pero ahora, cuando Dios ha derramado su gracia en su venida, ya no es a través de un terremoto, ni en el fuego, ni en la manifestación de una voz terrible y fuerte que ha bajado, sino como el rocío sobre el orvalle. (Jue 6,37), como un gota que cae suavemente sobre la tierra. Ha venido a nosotros de manera diferente. Ha cubierto su majestad con el velo de nuestra carne. Ha hecho de ella un tesoro. Ha vivido entre nosotros en esta carne que su voluntad se había formado en el seno de la Virgen María, Madre de Dios, para que, viéndolo de nuestra raza y viviendo entre nosotros, no nos quedáramos turbados contemplando su gloria. Por esto, los que se han revestido con el vestido con que el Creador apareció entre nosotros, se han revestido de Cristo mismo. (Gal 3,27) Han deseado llevar en su persona interior (Ef 3,16) la misma humildad con la que Cristo se manifestó a su creación y ha vivido en ella, como se manifiesta ahora a sus servidores. En lugar del vestido de honor y de gloria exteriores, éstos se han revestido de su humildad.

 

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Pedro todo lo dejó para seguir a Cristo

 

El sol y la luna iluminan nuestros cuerpos. Así, Cristo y la Iglesia iluminan nuestro espíritu. Por lo menos los iluminan si nosotros no somos unos ciegos en el espíritu. Porque así como el sol y la luna no dejan de irradiar su claridad sobre los ciegos que no ven la luz, así Cristo envía su luz a nuestro espíritu. Pero esta iluminación sólo será efectiva si nuestra ceguera no les ofrece obstáculo. Pues bien, por de pronto que los ciegos sigan a Cristo gritando: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9,27) y cuando hayan recobrado la vista, gracias a Cristo, serán iluminados por el esplendor de su luz.?Pero no todos los que ven son iluminados de la misma manera por Cristo. Cada uno lo es según la medida de la que es capaz de recibir la luz (cf Lc 23,8ss)...No vamos todos a él por el mismo camino, sino cada uno va según sus propias posibilidades.(cf Mt 25,15)

 

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“Es curioso que este también llamado progresismo laicista, no quiera saber nada con el cristianismo, aunque luego sean los más entusiastas defensores de la tolerancia, integración y entendimiento con los musulmanes”. 2004

 

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II Corintios – Cap. 11 – San Pablo ya les reconocía ‘disfrazados de apóstoles’.

13 Porque esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo.?14  Y nada tiene de extraño: que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz.?15  Por tanto, no es mucho que sus ministros se disfracen también de ministros de justicia. Pero su fin será conforme a sus obras.

La Iglesia hace dos mil años que nos amonesta de tantos falsos predicadores.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«En la creación no hay nada aislado, y el mundo es, junto a la Sagrada Escritura, una Biblia de Dios», nos enseña San Efrén de Siria (306-373).

 

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos

ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

 

Recomendamos vivamente:

1º Jesús de Nazaret– al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’. 2007

Ser cristiano’- al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’- dedicó «a Romano Guardini, con gratitud y admiración». Editor: Desclée De Brouwer.

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Recomendamos vivamente, al autor Fernando Pascual, pbro.

"Educación y comunicación en Platón" (Barcelona –España 1996);

"Manual de historia de la filosofía antigua" (Roma 1999);

"Abrir ventanas al amor" (México 2000);

"La vida como don" (México 2002);

"Notas de metodología" (Roma, 2005);

"Modelos de bioética" (Roma 2005, 2007);

"El amor como aventura" (Roma 2007).  +

Akenaton: ‘Credo in unum Deum’, e inicio Símbolo Niceno-Constantinopolitano - (ref. Mc 12,29-30). En Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo, Dios de Dios, se hizo hombre ‘encarna’ en María. El Padre le dice: “Tu eres mi hijo”. El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).