Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > Cruzadas - 6º hechos protestantes 'combatir por la fe', islam Vittorio Messori

"Una identidad clara y firme, primer rasgo del retrato del cristiano"

 

+++

 

Mahometanos contra cristianos-fotografía del 2006.II.06 India.

 

Mahometanos - Prosigue Cardini: «¿Creéis que me he vuelto loco? No, lo digo absolutamente en serio. Si resulta tan evidente que los cruzados no podían disponer de aviones porque todavía no estaban inventados, tampoco se puede pretender que pudieran razonar según los parámetros de tolerancia y de respeto a la vida humana que Occidente elaboró tan fatigosamente entre los siglos XVI y el XIX». Y añadía como conclusión: «Alguno rebatirá que esos principios ya estaban en el Evangelio, y que los cruzados, en teoría, eran cristianos. Sin duda, pero la fe cristiana en los siglos XI, XII y XIII no era comprendida ni vivida como en nuestros días». El historiador remacha: «Que Dios me perdone, pero las excusas que se le piden a los bisnietos en nombre de los antepasados me producirían una sonrisa si no fueran una violación de los deberes del historiador -que debe comprender y no condenar de modo ingenuamente anacrónico- y son una grave injusticia para aquellos creyentes que nos precedieron». L.R.ESP. 2006-02-08 Vittorio MESSORI

 

+++

 

PERDÓN – y el ojo por ojo mahometano - Para los cristianos el «ojo por ojo y diente por diente» de la antigua Ley está superado. No nos vale. Prima el perdón a la ofensa y el amor al enemigo. Cristo lo deja clarísimo en el Evangelio, y cualquier seguidor de Jesús que se precie no tiene otro camino que poner la otra mejilla y desear lo mejor al cabrito que te mete el dedo en el ojo. En eso consiste el mensaje de Cristo: «Ama a tu enemigo». Pero los musulmanes están a su rollo y lo del perdón no lo tienen muy cogido. Cada injusta ofensa que reciban de estos señoritos ilustrados, descreídos y poco tolerantes con las creencias de los demás, la ventilarán con una reacción violentamente desproporcionada. La espiral del odio. Mientras que el islam no encarne el perdón en su religión y los ilustrados respeten la diferencia de los que no piensan como ellos, esto es un polvorín. 2006-02-08

 

+++

 

«Las Cruzadas no han sido nunca "guerras de religión", no han buscado nunca la conversión forzada o la supresión de los infieles. Los excesos y violencias realizados en el curso de las expediciones --que han existido y no se deben olvidar-- deben ser evaluados en el marco de la normal aunque dolorosa fenomenología de los hechos militares y siempre teniendo presente que alguna razón teológica los ha justificado. La Cruzada corresponde a un movimiento de peregrinación armado que se afirmó lentamente y se desarrolló en el tiempo --entre el siglo XI y el XIII-- que debe ser entendido insertándolo en el contexto del largo encuentro entre Cristiandad e Islam que ha producido resultados positivos culturales y económicos. ¿Cómo se justifica si no el dato de frecuentes amistades e incluso alianzas militares entre cristianos y musulmanes en la historia de las Cruzadas?».

 

+++

 

 

COMBATIR POR LA FE

 

¿Por qué los Papas tuvieron que entrar en guerras o utilizar la violencia,   como sucedió en las Cruzadas, en la Inquisición, contra los moros, con las herejías,…? ¿Cómo me puedo proteger de estos ataques de los protestantes, que en mi ambiente están en mayoría? ¿Cuál era el pensamiento general de aquellas épocas?… Luis A.M., dominicano, rodeado de sextas protestantes y santeros africanos no sabe como actuar y pide ayuda por Internet.  

Hoy a la fe, especialmente a la católica,  se la ataca sin tapujos y hasta se presume de ello. Defender a la Iglesia no vende. Incluso periodistas católicos, acojonados, prefieren seguir la corriente.  Es un fenómeno cíclico que se da en todas las épocas. Las preguntas de Luis se desprenden de nuestras notas, que exponemos a continuación, con la pretensión de poder aclarar brevemente algunas cuestiones, sin entrar en profundidades:

 

a)     Tras el hundimiento del Imperio Romano la Iglesia tuvo que hacerse cargo de dirigir el mundo cristiano. Era el único grupo organizado fuera del tribal. Al tener que actuar como políticos no tuvieron más remedio que ejercer como tales con todas las consecuencias.

 

b)     En cuanto a las Cruzadas, fue un movimiento universal del cristianismo contra los árabes que nos tenían acorralados. En aquella época los árabes crearon el imperio más grande que ha existido en el mundo, se extendía desde Portugal hasta la mitad de Asia. Hubo que pararlos con las armas, y se guerreó para no ser arrasados y rescatar nuestras tierras y los lugares más sagrados del cristianismo.

 

c)     Las divisiones entre las personas de cualquier pueblo son causas de un sinnúmero de desgracias. Entre esas divisiones, unas de las más graves son las producidas por las  herejías;  por eso los gobernantes de todos los países y religiones las han combatido con especial dureza.

 

d)     Hay que recordar que en la Edad Media sólo Dios contaba. Cristianos y mahometanos se comportaban como los talibanes de hoy, guardando las distancias. Los que no estaban con Cristo eran nuestros enemigos y debían morir. Los árabes se consideraban elegidos por Alá para llevarnos a todos a su redil, aunque tuvieran que cortarnos el pescuezo. Pero, no nos engañemos, esto ha pasado y sigue pasando en el mundo actual. Los que niegan a Dios, le sustituyen por El Fascismo, el Comunismo, el Capitalismo, el Consumismo… convertidos en religiones feroces que han causado más víctimas en el siglo pasado que entre todas las demás guerras habidas en los tres mil años anteriores. Al caer el muro de Berlín aparecieron unos pueblos pobres, esclavizados, masacrados, frutos de una religión inhumana que se levantó para que fueran felices. El  Capitalismo, junto con gobernantes corruptos del tercer mundo,  no ha matado físicamente a mucha gente, pero tampoco las ha dejado vivir; contribuyendo de manera desaforada a la pobreza, al hambre y a la vida miserable de continentes enteros. Todos prescindieron de Dios para hacer felices, muy felices a sus pueblos. En su lugar pusieron a Stalin, a Hitler, a Mao Tse Tung,  a O Chi Min, a Castro, o la Coca Cola,… nuevos mesías iluminados, que se creyeron los salvadores del mundo, y vemos como lo han dejado.

 

e)     En cuanto al pensamiento general de esas épocas, para empezar, digamos  que hasta hace menos de dos siglos no sabían leer más que los curas (y no muy bien) ,  las clases dirigentes ( y no todas) y cuatro gatos más. Los reyes decidían ir o no ir a las guerras por motivos religiosos, por orgullo, por vanidad, por soberbia o simplemente por estupidez, que de todo hay en la viña del Señor. No olvidemos la locura propia de los que se consideran ungidos como dioses en todos los tiempos. Por otra parte, liarse a puñetazos y tiros va en nuestros genes. No hay más que observar las peleas entre  los niños desde su más tierna infancia.

 

f)      Respecto al comportamiento de los protestantes ante nuestra Inquisición, está ya más que demostrado que fue un juego de niños comparada con las persecuciones y muertes que provocaron los protestantes contra los católicos en Inglaterra y en Alemania. Mientras en España mueren unos mil herejes en tres siglos, en Alemania, en la Guerra de los treinta años, murieron más de cien mil personas.  Enrique VIII de Inglaterra –menos poblada que España en aquellos años- tampoco fue manco degollando a unos tres mil  católicos en pocos años. Por otra parte, los protestantes supieron aprovechar muy bien su propagando política contra España (El Imperio indiscutible de entonces) basándose en  los escritos del Padre las Casas y otros similares, y sobre todo en su deseo de suplantarnos en América

 

g)     A los que nos provocan en materia religiosa con preguntas (Que previamente se han preparado para sacarlas a colación) míralos por encima del hombro, compórtate con un poco de chulería, córtales desde el principio, no entres en su juego. No buscan la verdad, sino humillar al oponente. Contéstales: ¿Pero, hombre aún seguís creyendo  en tales payasadas? ¿Por qué no te enteras de las barbaridades que han hecho los protestantes? A los santeros y adivinos podéis contestar: Me niego a hablar sobre estupideces, si aún creéis en tales cosas no merece la pena discutir con vosotros. Otra cosa son las discusiones de buena fe y con deseos de aprender.

 

h)     En ningún siglo hubo ni hay un “pensamiento general”, y mucho menos en los siglos pasados. Cada pueblo o tribu pensaba de manera diferente. El pensamiento general lo inventan los historiadores y los poderosos para justificar sus intereses. Pensamientos ¿en qué materia? ¿en política, economía, arquitectura,…?  ¿Y en qué países?

 

i)        No hay religión que se acerque a la cristiana-católica ni de lejos. Se reduce a diez mandamientos, y estos a dos: Amar a Dios y amar al prójimo. Al final todo se resume en una sóla palabra: Amar o amor. Además nuestro Dios se hace llamar Padre, nos considera sus hijos y nos ama como a tales. Nos ha dado una madre, María. ¡Y, como envidian los protestantes nuestra unidad con el Papa y a nuestra madre María!  San Juan define al Señor con tres palabras: “Dios es amor”. Por otra parte, Cristo nos dotó de una Iglesia indestructible y nos prometió que estaría con nosotros “Hasta el final de los tiempos” ¿Quién da más? Sin embargo, la historia nos dice que con razones y argumentos no se convence a nadie en materias de religión, de fútbol, de amor o de intereses particulares; por ello toda discusión que no nos haga mejores a nosotros o a los demás, que no sirva para acercarnos más a Dios o servir al prójimo, no merece la pena ni empezarla. A Dios hay que acercarse como niños con el corazón limpio y la mirada ilusionada.

 

j)       Por otra parte, anotemos que las tres religiones más importantes del mundo: Cristianismo, Judaísmo e Islamismo adoran al mismo Dios: al Dios de Abraham, al Dios de Isaac y al Dios de Jacob.  Sucede, que en las alturas, los santos (no las autoridades)  de las tres religiones se entienden muy bien. Entre ellos habita Dios y reina la paz. La gresca, los mamporros, empiezan cuando intentamos suplantar o confundir los mandatos de Cristo o de Mahoma por nuestros  intereses terrenos.

 

k)      Sólo nuestra conducta, nuestro ejemplo y oraciones con la gracia de Dios serán las que, algunas veces, puedan cambiar las creencias de los hombres y terminar con las divisiones. En este combate no valen más armas que el Evangelio, la Oración y la Cruz, impregnados de amor. Disponemos de otra gran arma: los medios modernos de  difusión. Ya los emplea el diablo con notable éxito, llevándonos una gran delantera. Así que, amigo Luis, esto no lo arregla más que el Espíritu Santo, cuando Dios quiera, y como quiera; pero exige para ello nuestra colaboración con  oraciones, sacrificios, y  “dando la cara” , sin escondernos cuando hay que combatir.                                 

Alejo Fernández Pérez - 2004-02-11.

 

+++

 

Escuela de Beslán-Ucrania  - terroristas islámicos han tomado como rehenes a más de mil bebés, niños, maestros y padres. Han disparado sobre niños medio desnudos, que corrían por salvar su vida. Han hecho explotar bombas en medio de grandes grupos de rehenes. Han asesinado a los niños, a sus padres, abuelos…. Prácticamente todos ellos eran cristianos, por no decir todos. Esta barbarie no ha venido de la nada... es la mente cargada de odio alimentada, también, en la mezquita musulmana   06-09-2004

 

Las cruzadas, el islam y el puente aéreo (I)

Vittorio MESSORI

 

Revolviendo en mi archivo he encontrado una carpetilla con apuntes que tomé en un verano lejano en el que decidí dedicar mis lecturas estivales a las cruzadas. Quería extraer una serie de apuntes para el diario «Avvenire», pero poco después decidí suspender mi firma y el material acumulado se quedó allí, olvidado. Con aquella búsqueda intentaba responder a las inquietudes de muchos lectores, que me recordaban que había dedicado algunos párrafos pero no había profundizado nunca en el tema. Tampoco lo voy a hacer aquí, faltaría más: me limitaré a extraer algunas anotaciones. Por ejemplo, el de un especialista, el medievalista católico Franco Cardini, que un día, por aquella época en que Juan Pablo II no paraba de pedir disculpas históricas, se levantó un día de mal humor por lo que a él, como historiador, le parecía un inaceptable anacronismo y escribió: «Queriendo ser más papista que el Papa, creo que, a la larga lista de delitos atribuidos a los cruzados (“fanáticos, violentos, intolerantes, ladrones, supersticiosos...”) añadiría una acusación más: eran estúpidos. No se explica, si no, que hayan tardado tanto en llegar a Jerusalén, atravesando montañas y desiertos, pudiendo haber cogido el puente aéreo...».
   Prosigue Cardini: «¿Creéis que me he vuelto loco? No, lo digo absolutamente en serio. Si resulta tan evidente que los cruzados no podían disponer de aviones porque todavía no estaban inventados, tampoco se puede pretender que pudieran razonar según los parámetros de tolerancia y de respeto a la vida humana que Occidente elaboró tan fatigosamente entre los siglos XVI y el XIX». Y añadía como conclusión: «Alguno rebatirá que esos principios ya estaban en el Evangelio, y que los cruzados, en teoría, eran cristianos. Sin duda, pero la fe cristiana en los siglos XI, XII y XIII no era comprendida ni vivida como en nuestros días». El historiador remacha: «Que Dios me perdone, pero las excusas que se le piden a los bisnietos en nombre de los antepasados me producirían una sonrisa si no fueran una violación de los deberes del historiador -que debe comprender y no condenar de modo ingenuamente anacrónico- y son una grave injusticia para aquellos creyentes que nos precedieron».
   Fue el mismo Cardini el que volvió a recordar más adelante cómo el moderno Occidente ha contribuido a crear la reacción islámica de la que ahora es objetivo. En el mundo musulmán, todo lo que viene de Europa, de Israel, de América, es calificado, invariablemente y con odio, de «cruzada». «Cruzados» son los israelitas que destruyen casas y levantan muros; «cruzados» son los americanos que bombardean y ocupan; «cruzados» son los europeos, aunque lleguen a ellos con organizaciones humanitarias. En realidad, como ya ha documentado el historiador florentino, la memoria de las expediciones de los siglos X y XI había desaparecido prácticamente entre los musulmanes, e incluso en las zonas que contemplaron aquellos enfrentamientos. En efecto, objetivamente hablando, las cruzadas -que movilizaron a pocos miles de hombres- fueron un pinchazo de aguja en un mundo islámico que abarcaba desde Portugal a Asia central. Pero llegó la era del colonialismo y de los Gobiernos europeos -empezando por el francés-, compuestos por masones, y que actuaban como brazos políticos de las Grandes Logias, se inquietaron porque en el séquito de las tropas que conquistaban territorios en África y en Asia había misioneros. Era necesario neutralizarlos. De ahí el gran interés por instalar también en aquellos lugares la contra-Iglesia, la masonería, en la que educar a los hombres notables locales. A aquellas logias se les confió también la propaganda anticatólica: ¿cómo tomar en serio a unos sacerdotes cuyos predecesores habían organizado y gestionado campañas de guerra contra el islam, que habían masacrado a niños, violado a mujeres, robado tesoros y a todo esto le habían llamado «cruzada»? La memoria de aquellos hechos, disfrazada con las ropas de la tan cacareada leyenda negra, fue resucitada, anunciada a la plebe (que a menudo no había oído hablar de nada de eso) y cada vez se radicalizó más. El colonialismo se acabó, pero la semilla sembrada había cogido fuerza: el odio destinado a la Iglesia terminó por involucrar a todo Occidente, con los resultados que ahora vemos.
   La cruzada no fue una agresión y no fue una Guerra Santa: fue legítima defensa. Y ésta es una verdad que a la gente le cuesta asumir. Y, sin embargo, bastaría un pequeño atlas histórico para poder comprender. Cuando Constantinopla hizo llegar a Europa su llamada de auxilio, el extensísimo imperio romano de Oriente había quedado reducido a los límites de Grecia, menos de la mitad de Italia. Tras la conquista de Oriente Medio y de toda África del Norte, a los guerreros de Alá les faltaba sólo un paso más para acabar de una vez con el último bastión de la cristiandad. Para los cristianos, acudir en ayuda de los hermanos era un deber sagrado.
   Ciertamente, la Historia es misteriosa, y a los ojos humanos, quizá cruel. Nacidas también como empresas de solidaridad entre cristianos orientales y occidentales, las cruzadas terminaron por crear entre las dos comunidades un muro que todavía no se ha conseguido resquebrajar. Aquella Constantinopla que los turcos no habían conseguido expugnar hasta entonces, fue tomada y saqueada en 1204 por un ejército que había partido de Europa con la insignia de la cruzada y que, en lugar de hacerlo contra los infieles, terminó por enzarzarse con los propios hermanos en la fe.
   Si la cruzada no fue agresión, no fue tampoco, por tanto, guerra de religión. Lo que importaba era volver a abrir a los cristianos la vía de la peregrinación hacia el Santo Sepulcro; nadie tenía intención de convertir al Evangelio a los seguidores del Corán. No hubo esfuerzos misioneros y, aparte de algún hecho aislado de grupillos fanáticos, ningún musulmán fue incordiado por profesar su fe. La Iglesia, por tanto, no puso nunca este objetivo en sus cruzadas. Como muestran las fuentes, en Jerusalén los mismos Templarios, dispuestos siempre a la batalla si fuera necesario, tenían una mezquita junto a su iglesia, y cada uno dejaba que el otro rezase a su Dios. Los primeros intentos de conversión en aquellos lugares se remontan al siglo XIII, como obra de los franciscanos, cuando ya todo había terminado para los reinos cristianos y el islam había vuelto a extender su manto. No es casual que aquellos frailes terminaran casi todos siendo martirizados.
   No a la hostilidad. En cuanto a la relación con los judíos, me remito a lo que escribe un historiador americano actual, Thomas F. Madden. Me parece significativo, dado que se trata de un estudioso protestante: «Como en cualquier conflicto, hubo desventuras, errores y crímenes. A comienzos de la primera cruzada en 1095, un grupo conducido por el conde Emicho de Leiningen, se abrió camino a lo largo del Rin robando y asesinando a los judíos que se encontraban a su paso. Los obispos locales intentaron sin éxito frenar la masacre. A los ojos de aquellos guerreros, los judíos eran enemigos de Cristo. Matarlos, por tanto, no era pecado. Efectivamente, creían que se trataba de un acto de rectitud, pudiendo utilizar así el dinero de los judíos en financiar la cruzada hacia Jerusalén. Pero se habían equivocado y la Iglesia condenó firmemente la hostilidad contra los judíos. Cincuenta años más tarde, cuando la segunda cruzada estaba ya a punto de comenzar, san Bernardo proclamaba que no había que tocar a los judíos.
---
   Es curioso: los creyentes de mi edad han pasado buena parte de su vida enfrentados a los comunistas, que no tenían religión. Y ahora nos toca ajustar cuentas con los musulmanes, que tienen demasiada. 2006-02-08 L.R. España

 

 

Las cruzadas, el islam y el puente aéreo (y II)

 

Cuando la segunda cruzada estaba a punto de comenzar, san Bernardo proclamaba que no había que tocar a los judíos: «Preguntad a quien conozca las Sagradas Escrituras qué es lo que se dice para los judíos en el salmo: “Ruego por que no sean destruidos”, está escrito. Los judíos son para nosotros la palabra viva de la escritura, nos recuerdan aquello por lo que siempre sufrió nuestro Dios [...] bajo los principios cristianos soportan una prisión dura, pero “aguardan el tiempo de su liberación”».
   Con todo, un tal Radulf, monje cisterciense, azuzó a unos cuantos contra los judíos de Renania, a pesar de las cartas que le envió Bernardo para frenarlo. Finalmente, el santo se vio obligado a acudir personalmente a Alemania, donde tomó a Radulf y lo devolvió a su convento y así terminó con las masacres. El historiador norteamericano Thomas F. Madden afirma: «A menudo se dice que las raíces del Holocausto se encuentran en estos pogromos medievales. En realidad, las raíces se remontan mucho más atrás, son más profundas y se extienden más allá del tiempo de las cruzadas. Muchos judíos perecieron, pero el objetivo verdadero no era realmente matar a los judíos, sino exactamente el contrario: papas, obispos y predicadores aseguraron que los judíos no iban a ser hostigados. En la guerra moderna llamamos a las muertes trágicas como estas “daño colateral”. En los EE UU, con las tecnologías “inteligentes”, se ha asesinado a muchos más inocentes que todos los que pudieron matar nunca los cruzados. Pero ninguno osaría decir seriamente que el objetivo de las guerras americanas es masacrar mujeres y niños».
   ---
   Es curioso: los creyentes de mi quinta nos hemos pasado buena parte de la vida enfrentándonos a los comunistas que no tenían religión. Y ahora, nos toca enfrentarnos a los musulmanes, que tienen demasiada.
   ---
   España y la cruzada. Los caminos del mundo fueron abiertos por la fuerza y el entusiasmo de un ideal poderoso, que no fue sofocado con el final de las expediciones y que permanecía en el umbral de la edad contemporánea. Las velas de las carabelas de Colón llevaban la gran cruz roja de las cruzadas: se intentaba llegar a las Indias navegando hacia Occidente para encontrar oro y plata que sirvieran para financiar la reanudación de la lucha. Esta vez con España que, una vez atravesado el estrecho de Gibraltar, alcanzaría la remota Jerusalén con una marcha victoriosa a través del Norte de África. Éste era el sueño de los Reyes Católicos.
   Pero ya en 1245 se había abierto hacia Oriente la vía de Asia: el franciscano Giovanni da Pian del Carpine había sido enviado, diez años antes de Marco Polo, a la tierra de los mongoles para obtener su alianza, sorprender al islam entre dos fuegos y reanudar la cruzada. El mismo objetivo tuvieron, en 1253, las embajadas que san Luis de Francia envió a Persia (con el dominico Ivo el bretón) y a China (con el franciscano Guillermo de Rubruck).
   ¿Quién recuerda ahora que a la salvación de Europa contribuyó una realidad que sin las cruzadas no habría sido posible? Por ejemplo, la Orden del Temple y los templarios u hospitalarios, que nacieron para atender los Santos Lugares en Tierra Santa. Cuando fue expulsada de allí, después de Chipre, y más tarde de Rodas, la orden, instalada en Malta, se convertirá en la mayor potencia de todo el Mediterráneo, la única capaz de hacer frente a las flotas otomanas y mantener el mar limpio de las embarcaciones de piratas que lo surcaban a la caza de cristianos para vender como esclavos en Argelia o Túnez.
   La «Garzantina», la pequeña enciclopedia Universal, es el instrumento de primera formación más difundido en Italia, desde hace años. Yo lo tengo sobre el escritorio, como libro de primeros auxilios. Voz «cruzadas»: «Expediciones que tuvieron como base razones sociales, económicas y políticas». Éstas, y sólo éstas, según el manual. La fe, por tanto, no es un razón suficientemente importante como para incluirla, para explicar quizá que, durante siglos, millones de ricos y pobres, de jóvenes y viejos, de hombres y de mujeres (¡cuántas familias partieron al completo!) hayan afrontado miserias, fatiga y hasta la muerte persiguiendo el sueño de liberar, para siempre, los lugares santificados por Cristo. En la primavera de 1097, cuando los jefes dieron la señal de partida de Constantinopla, eran más de cien mil. Cuando, dos años después, en junio de 1099, llegaron bajo los muros de Jerusalén, eran menos de veinte mil: los otros habían muerto durante el camino o habían sido capturados, para ser vendidos como esclavos, por incursiones de saqueadores y piratas. Pero cuidado, no saquéis a relucir la fe para explicar semejante obstinación en alcanzar la meta a cualquier costa. ¿A quién queréis engañar, cristianos? ¡Sabemos muy bien que los motivos eran solo sociales, económicos y políticos! Palabra de enciclopedia.
   Políticamente incorrecto. Hablábamos de Franco Cardini, el historiador. Le debemos también una biografía de san Francisco en la que hace justicia al santo, todo diálogo, tolerancia, ecologismo; un texto construido antes del romanticismo y de las ideologías actuales, que lo instrumentalizan para su propia propaganda. En realidad, el Francisco «verdadero» se sumó a la quinta cruzada y no sólo no dijo nunca una sola palabra de condena o de crítica, sino que llegó a dar consejos a los jefes de la expedición sobre los modos y los plazos para afrontar la batalla bajo Damietta. Y se lamentó profundamente de que el éxito no acompañara a los cristianos.
   Cardini subraya cómo muchos biógrafos modernos han revestido de ropajes políticamente correctos aquella experiencia del Santo que se concilia mal con la caricatura de «tonto del lugar» que predicaba a los pajarillos, hablaba con los lobos y abrazaba alegremente a todos los que se encontraba por el camino. Incluido el sultán, aquel al que el Francisco histórico, no el del mito, fue a visitar. No para dialogar, sino para convertirlo, desafiándolo a una prueba para ver si era más poderoso el Dios de Jesús o el de Mahoma.
   Pero volvamos a Cardini: «Para sostener la imagen “correcta” del santo se han utilizado argumentos que rozan el ridículo. Por ejemplo, que nunca llevaba armas (fingiendo ignorar que su condición de clérigo le prohibía llevarlas). Se han forzado las fuentes para leer - en un episodio en que Francisco desaconseja a los cruzados ofrecer batalla, porque había tenido una visión de la derrota- una especie de astucia para evitar el combate. Se ha dicho además -¡y sin justificación alguna!- que predicó a los cruzados para que abandonaran las armas. Y se ha dicho también, para rematar esta galería de bobadas, que «Francisco ha demostrado querer convertir a los fieles a través del amor, y no con la espada». FIN.- Vittorio MESSORI  - 2006-02-15 L.R.ESP.

 

+++

 

De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

 

San Serapión + 1240

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica


SAN Serapión 1178-1240
Este es un santo poco conocido cuya vida, según la refiere el padre Ribadeneira, debió de ser una de las más azarosas de su tiempo. Una vida con dos partes igualmente activas pero muy distintas: una bélica y otra de compasión servicial.-

Se le supone inglés, quizá nacido en Londres, hijo de un noble de Escocia que era pariente de los reyes, y en unión de su padre participó en 1190 en la tercera cruzada que dirigía Ricardo I Corazón de León, distinguiéndose en las batallas contra el sultán Saladino.-

Más tarde estuvo al servicio de Alfonso VIII de Castilla y volvió a guerrear en Tierra Santa. Quizá su experiencia de soldado le hizo ver que debía combatir en otros frentes, y después de regresar a España, tomó el hábito de la Merced en Barcelona y se convirtió en uno de los frailes más fieles de San Pedro Nolasco.-

No se había hecho religioso para vivir tranquilo: acompaña al rey don Jaime en la conquista de Mallorca, vuelve a la Gran Bretaña, cae en manos de unos piratas que le azotan hasta creerle muerto, corre gravísimos peligros en Escocia, y, de nuevo en España, se dedica con tanto ardor a la redención de cautivos que parece milagroso que salga con bien de sus empresas. Muere mártir en Argel, después de largas torturas en una cruz aspada.-

¡Qué vértigo de guerras, viajes, aventuras y misericordia el del inglés Serapión, servidor de reyes primero, de humildes frailes (como su amigo san Ramón Nonato) y de pobres cautivos después! Infatigable en la violencia por la fe hasta que se hace víctima al servicio de los que no necesitan la fuerza, sino el suficiente amor para morir por ellos.-

 

+++

 

San Isaac de Siria (hacia siglo VII) monje de la Iglesia Católica en Ninive, (Mosul, Iraq) - Discursos espirituales, primera serie, 21 

 

“Oh Dios, crea en mí un corazón puro.” (Sal 50,12) -     Está escrito que sólo la ayuda de Dios salva. Cuando un hombre se da cuenta que ya no hay salvación, se pone a orar. Y cuanto más ora, tanto más su corazón se humilla, ya que no se puede orar y pedir sino es con humildad. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.” (Sal 50,19) Mientras no adquiera un corazón humilde, el hombre está expuesto a la dispersión. La humildad recoge su corazón.
      A un hombre humilde le envuelve la compasión y su corazón percibe la ayuda de Dios. Descubre una fuerza que se levanta en su interior, la fuerza de la confianza. Cuando el hombre experimenta así el auxilio de Dios, cuando le siente cercano y le ayuda, su corazón se llena de fe y comprende entonces que la oración es el refugio y el auxilio, fuente de salvación, tesoro de confianza, puerto seguro, luz de aquellos que viven en las tinieblas, sostén de los débiles, amparo en tiempos de prueba, ayuda en la enfermedad, escudo que libera del peligro en los combates, flecha disparada contra el enemigo. En una palabra, una multitud de bienes le viene al hombre por la oración. Su delicia será la oración. Su corazón queda iluminado por la confianza.

 

+++

 

 

Juan Pablo II, P.P. [conocido ya como Juan Pablo Magno]
Homilía en la conmemoración ecuménica de los testigos de la fe del siglo XX, 7 de mayo 2000 

 

“Será para vosotros la ocasión de dar testimonio” -     La experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es una característica propia de la Iglesia primitiva, sino que es el distintivo de cada período de su historia. A lo largo del siglo XX, quizá más aún que en los primeros tiempos del cristianismo, han sido numerosas las personas que han dado testimonio de su fe en medio de sufrimientos a menudo heroicos. ¡Cuántos cristianos, en los distintos continentes, en el curso del siglo XX, han llegado a derramar su sangre por ser fieles a Cristo! Han padecido formas de persecución antiguas y modernas, han hecho la experiencia  del odio y de la exclusión, de la violencia y del asesinato. Numerosos países de tradición cristiana antigua se convirtieron en lugares donde se pagaba caro el mantenerse fiel al evangelio. En nuestro siglo, el testimonio de Cristo hasta derramar la sangre ha llegado a ser un patrimonio común a los católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes. (cf Tertio millennio adveniente, 37)...
         En mi juventud, yo mismo había sido testimonio de mucho sufrimiento y de muchas pruebas. “Mi sacerdocio, desde los inicios, está relacionado con los grandes sacrificios de muchos hombres y mujeres de mi generación.” (Mi vocación, don y misterio.) La experiencia de la Segunda Guerra Mundial y de los años que la siguieron me han llevado a considerar con atención llena de gratitud el ejemplo luminoso de aquellos y aquellas que, desde el principio hasta el final del siglo XX, han sufrido la persecución, la violencia y la muerte a causa de su fe y a causa de su comportamiento inspirado en la verdad de Cristo. ¡Son tan numerosos! ¡Su recuerdo no se puede perder en el olvido!

 

+++

Cruz invertida, símbolo del apóstol Pedro (junto a Pablo aqui vemos)
Willem VRELANT - Flemish, Bruges, early 1460s
10 1/16 x 6 13/16 in.  
- MS. LUDWIG IX 8, FOL. 74V-Getty

 

«Señor: Dame una buena digestión y naturalmente alguna cosa que digerir. Dame la salud del cuerpo con el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma sana, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro, de manera que frente al pecado no me escandalice, sino que sepa encontrar la forma de ponerle remedio. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los refunfuños, los suspiros y los lamentos y no permitas que me tome demasiado en serio esa cosa tan invasora que se llama "yo". Dame el sentido del humorismo, dame el don de saber reír de un chiste, a fin de que sepa traer un poco de alegría a la vida y hacer partícipes a los otros. Amén». Tomás Moro (1478-1535) Sto. Tomás Moro, ruega por nosotros.

 

+++

 

 

Lo que ha sido predicado una vez por el Señor, o lo que en Él se ha obrado para salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra, comenzando por Jerusalén, de suerte que lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación alcance su efecto en todos en el curso de los tiempos. Para que esto se realizara plenamente, Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma. El Espíritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación; fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe por medio de la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla, comprende y abraza en la caridad todas las lenguas y supera así la dispersión de Babel. Fue en Pentecostés cuando empezaron los hechos de los Apóstoles, del mimo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María, y Cristo fue impulsado a la obra de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo descendió sobre Él mientras oraba. El mismo Señor Jesús, antes de dar voluntariamente su vida para salvar al mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre.
Concilio Vaticano II -
Decreto Ad gentes, 3-4  - VATICANO II

 

+++

 

La iglesia primitiva también creía esto. Un pasaje muy fuerte me impresionó mientras estudiaba la historia de la Iglesia: Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo: una y otra cosa, por ende, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el Reino de Dios estaba por llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos, después de probarlos por el espíritu: obispos y diáconos de entre los creyentes. Y esto no era novedad, pues de mucho tiempo atrás se había ya escrito acerca de tales obispos y diáconos.

La Escritura, en efecto dice así: " Estableceré a los obispos de ellos en justicia y a sus diáconos en fe." (Clemente de Roma, Epístola a los Corintios 45, 1 a 5) Otra cita patrística que me ayudo hacer una brecha en la muralla de mis presunciones protestantes fue la siguiente de Ireneo, obispo de Lyon: " Siendo, pues, tantos los testimonios, ya no es preciso buscar en otros la verdad que tan fácil es recibir de la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en un rico almacén, todo lo referente a la verdad" (Ap 22, 17). “Esta es la entrada a la vida." (Jn 10, 1. 8-9). " Por eso es necesario evitarlos, y en cambio amar con todo afecto cuánto pertenece a la Iglesia y mantener la Tradición de la Verdad. Entonces, si se halla alguna divergencia aún en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias?" (Contra las Herejías 3, 4,1)

 

+++

 

“Durante su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas” Expresión simbólica del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo, doctor de la Iglesia.

 

+++

 

¿En qué consiste el primado del Papa?

El Papa es la más alta autoridad de la Iglesia, como vicario de Cristo. Tiene esta potestad por ser sucesor de san Pedro, a quien Jesucristo confirió la primacía entre los apóstoles (cfr. Mt 16, 13-19). "La Iglesia, ya desde los inicios y cada vez con mayor claridad, ha comprendido que (...) el ministerio de la unidad, encomendado a Pedro, pertenece a la estructura perenne de la Iglesia de Cristo" (1).

Por tanto, la fe católica sostiene que este primado no es una institución humana, a diferencia de las formas de organización eclesiástica creadas en distintas épocas (patriarcados, conferencias episcopales, etc.).

El Papa tiene una verdadera potestad, no una simple autoridad moral. "El Romano Pontífice posee, como supremo pastor y doctor de la Iglesia, la potestad de jurisdicción suprema, plena y universal, ordinaria e inmediata, sobre todos y cada uno de los pastores y fieles" (2). Así lo declaró el Concilio Vaticano I en 1870, repitiendo el magisterio anterior, en particular el Concilio de Florencia (s. XV).

Lo mismo reiteró luego el Concilio Vaticano II en la constitución "Lumen gentium" (n. 22). El Papa no es "el primero entre iguales", como ocurre con el Arzobispo de Canterbury entre los anglicanos, que no tiene jurisdicción fuera de su diócesis; ni tampoco se limita a un primado de honor, como el del Patriarca de Constantinopla entre las iglesias autónomas ortodoxas.

Por tanto, la suprema autoridad del Papa es propia; no deriva de ninguna otra fuera de la de Cristo; no es por delegación de nadie.

 

Entonces, ¿el Papa es como un monarca absoluto?

Su poder no es equiparable al de un líder civil: "El primado difiere en su esencia y en su ejercicio de los oficios de gobierno vigentes en las sociedades humanas: no es un oficio de coordinación o de presidencia, ni se reduce a un primado de honor, ni puede concebirse como una monarquía de tipo político" (1).

La potestad del Papa no es un poder absoluto: "El Romano Pontífice, como todos los fieles, está subordinado a la palabra de Dios, a la fe católica, y es garante de la obediencia de la Iglesia y, en este sentido, ‘servus servorum’" (1), siervo de los siervos de Dios.

El ejercicio de su autoridad "no se basa en decisiones arbitrarias, sino que deben responder a la razón de ser y a la finalidad de su ministerio de comunión en la Iglesia" (2).

Esta potestad suprema es una ausencia de subordinación respecto de cualquier otra instancia eclesiástica o civil, no una independencia absoluta. Así, el Papa no puede cambiar el depósito de la fe. Un ejemplo reciente es el que dio Juan Pablo II en 1994 al confirmar solemnemente que las mujeres no pueden acceder al sacerdocio. No dijo que no permitiría la ordenación de mujeres, sino que no tenía poder para hacerlo. Se remitió a la tradición unánime de la Iglesia, que siempre ha considerado esa doctrina como recibida de Cristo y por tanto irreformable (ver Aceprensa 81/1994).

 

¿Cómo se compagina la suma potestad del Papa con la colegialidad episcopal?

El primado es una autoridad de naturaleza episcopal, pero suprema y universal. Ya el Concilio Vaticano I, en la constitución dogmática "Pastor aeternus", recordó que la potestad papal no limita ni menoscaba la de los obispos, también ordinaria e inmediata. Los obispos no son como "jefes de sucursal" en las diócesis.

La idea de que el Vaticano I subrayó unilateralmente la autoridad del Papa, dejando en la sombra a los obispos, olvida que el Concilio tenía previsto también desarrollar la doctrina sobre el colegio episcopal, pero no pudo llegar a hacerlo porque la revolución italiana obligó a suspender las sesiones. Por otro lado, la misma constitución "Pastor aeternus" es una declaración solemne de los obispos reunidos en concilio junto con el Papa.

La autoridad del Papa, aunque sea propia y no derive de los demás obispos, no está separada de la que tiene el colegio episcopal. Juan Pablo II lo explicaba así: "Ambos, el Papa y el cuerpo episcopal, tienen ‘toda la plenitud’ de la potestad. El Papa posee esta plenitud a título personal, mientras el cuerpo episcopal la posee ‘colegialmente’, estando unido bajo la autoridad del Papa" (3). De ahí que para el Papa, "escuchar la voz de las Iglesias es una característica propia del ministerio de la unidad y también una consecuencia de la unidad del cuerpo episcopal y del ‘sensus fidei’ de todo el pueblo de Dios" (1).

Esta comunión entre el Papa y los obispos se favorece por diversos medios, como los sínodos o las visitas "ad limina". Igualmente, Juan Pablo II convocó en diversas ocasiones a las conferencias episcopales de algunos países para ayudarles a alcanzar una decisión común, ante problemas en los que no conseguían ponerse de acuerdo.

En fin, la potestad del Papa refuerza y sostiene la de los obispos. El primado "es un gran don de Cristo a su Iglesia en cuanto servicio necesario a la unidad, que ha sido con frecuencia –como demuestra la historia– una defensa de la libertad de los obispos y de las Iglesias particulares frente a las injerencias del poder político" (1). Una prueba, a la inversa, es el caso de la China actual, donde el régimen comunista, para someter a la Iglesia, decretó la ruptura de los obispos con Roma.

 

¿Cuáles son las funciones del Papa?

La misión del Papa es la confiada a Pedro, según los Evangelios: Jesucristo le dio las "llaves del Reino de los Cielos", con el poder de "atar y desatar" (cfr. Mt 16, 19), para "confirmar a los hermanos en la fe" (cfr. Lc 22, 32) y "apacentar su rebaño" (cfr. Jn 21, 15-17). O sea, es un servicio a la unidad de la Iglesia en la fe y en la comunión. Se resume en dos aspectos: enseñanza y gobierno.

Al obispo de Roma, corresponde la tarea de enseñar la verdad revelada y mostrar sus aplicaciones al comportamiento humano" (3). Es una misión eminentemente positiva: "reducir el magisterio papal sólo a la condena de los errores contra la fe sería limitarlo demasiado; más aún, sería una concepción equivocada de su función" (3).

El Papa realiza esta misión de enseñanza de tres modos principales, explicaba Juan Pablo II: "Ante todo, con la palabra"; en segundo lugar, mediante escritos, propios o publicados con su autorización por la Curia Romana; tercero, mediante iniciativas institucionales para impulsar el estudio y la difusión de la fe, como en el caso de distintos consejos pontificios (3).

Esta autoridad doctrinal suprema reside a la vez en el colegio episcopal junto con su cabeza, el Papa: "Los obispos son testigos de la verdad divina y católica cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice" (1). Así se manifiesta, de modo singular, en los concilios ecuménicos.

 

¿La enseñanza del Papa es siempre infalible?

Según el dogma expuesto por el Concilio Vaticano I, el Papa goza de infalibilidad "cuando, cumpliendo su oficio de pastor y doctor de todos los cristianos, define en virtud de su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe o las costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal". La misma infalibilidad tienen las doctrinas expuestas con igual tenor por el colegio episcopal junto con el Papa (cfr. Código de Derecho Canónico, can. 749).

Esta autoridad magisterial es la de declarar lo contenido en la Revelación, como precisa el mismo Concilio: "El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y expusieran fielmente la revelación transmitida por los apóstoles".

La infalibilidad propia de las definiciones dogmáticas no significa que las enseñanzas del Papa –y del colegio episcopal– sean "falibles" en los demás casos. Junto a la infalibilidad, "existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo, concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y moral, y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano.

Este carisma no se limita a los casos excepcionales, sino que abarca en medida diferente todo el ejercicio del magisterio". El Papa es maestro de la verdad también con su magisterio ordinario, que "es de carácter permanente y continuado, mientras que el que se expresa en las definiciones ["ex cathedra"] se puede llamar excepcional" (3).

 

¿Qué facultades de gobierno tiene el Papa?

El gobierno que ejerce el Papa está al servicio de su ministerio de unidad y de supremo pastor en la Iglesia. Así, el Papa tiene "la facultad de realizar los actos de gobierno eclesiástico necesarios o convenientes para promover y defender la unidad de fe y de comunión" (1). Entre estas funciones están, por ejemplo, dar el mandato para ordenar obispos, establecer diócesis u otras estructuras pastorales para la atención de los fieles, promulgar leyes para toda la Iglesia, aprobar institutos religiosos supradiocesanos, etc.

El Papa ejerce su gobierno supremo de distintas maneras, según las circunstancias y los tiempos. Por ejemplo, en la Iglesia latina nombra directamente a los obispos, mientras que en las Iglesias orientales, por lo general, confirma la elección del obispo realizada por el sínodo local.

La designación directa por el Papa se implantó en Occidente para evitar las frecuentes injerencias del poder civil. En todo caso, "son el bien, la utilidad o la necesidad de la Iglesia universal las que determinan en cada momento histórico la oportunidad de los modos de ejercer la autoridad, según la prudencia pastoral" (2).

¿Ha habido una evolución del primado en la historia?

El primado del Papa tiene un contenido inmutable, que corresponde a su misión, y unos aspectos variables. De hecho, "la naturaleza inmutable del primado del sucesor de Pedro se ha expresado históricamente a través de modalidades de ejercicio adecuadas a las circunstancias de una Iglesia que peregrina en este mundo cambiante" (1).

Juan Pablo II ofrece un claro ejemplo de cómo un Papa adapta el cumplimiento de su misión a las peculiaridades de su tiempo. En el seno de la Iglesia, promovió activamente la colegialidad episcopal, en consonancia con el Concilio Vaticano II, con sínodos ordinarios y extraordinarios, generales o para diversas regiones.

En un mundo cada vez más interconectado, no se dirigió solo a los católicos, e insistió en temas de carácter universal, como los derechos humanos. También se adaptó a su época en la manera de cumplir el encargo de Cristo: "Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Así lo señalaba él mismo en una ocasión: "Hoy que los medios de comunicación le permiten [al Papa] hacer llegar su palabra a todas las gentes, cumple ese mandato divino mejor que nunca.

Además, gracias a los medios de transporte que le permiten llegar personalmente incluso a los lugares más lejanos, puede llevar el mensaje de Cristo a los hombres de todos los países, realizando de modo nuevo –imposible de imaginar en otros tiempos– el "id" que forma parte de ese mandato divino" (3).

 

¿No es un obstáculo el primado del Papa para la unidad de los cristianos?

No lo fue durante el primer milenio. La primacía del obispo de Roma fue reconocida por todos desde el principio; los primeros testimonios documentales se remontan al siglo I, cuando la Iglesia de Corinto recurrió al Papa san Clemente para que dirimiera sus disputas internas. "La fe del Papa, obispo de Roma, constituyó un criterio seguro de certeza para toda la Iglesia.

Las aclamaciones a la carta dogmática enviada por el Papa León I Magno al Concilio de Calcedonia (451) –‘¡Pedro ha hablado por boca de León!’– y las tributadas dos siglos más tarde por el Concilio III de Constantinopla (680-681) a la exposición doctrinal cristológica del Papa Agatón atestiguan hasta qué punto, a los ojos de los orientales, la fe del obispo de Roma era la fe de Pedro" (4).

Fueron hechos posteriores los que motivaron la ruptura de la unidad, primero en Oriente, con el cisma de 1054, y luego en Occidente, con la Reforma protestante. Por eso Juan Pablo II alentó a todos los cristianos a poner la mirada en el primer milenio, a fin de hallar vías para superar las divisiones.

 

¿Puede haber cambios en el ejercicio del primado papal?

El Papa puede siempre intervenir para mantener la unidad de la fe y la comunión eclesial. Pero las formas concretas de ejercer su autoridad pueden variar en cada momento histórico según lo exija el bien de la Iglesia. Para disipar las reservas de los no católicos hacia el primado papal, Juan Pablo II se refirió, en la encíclica "Ut unum sint" (1995), sobre el ecumenismo, a la necesidad de "encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva" (n. 95).

Y tomó la decisión inaudita de pedir sugerencias incluso a las comunidades cristianas no católicas, al invitar "a todos los pastores y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros" (ibid.). Esta llamada ha obtenido eco, y el diálogo ha comenzado ya, con distintas iniciativas en los últimos años (2). Juan Pablo II no ha tenido tiempo de culminar este proceso de reflexión, que proseguirá su sucesor.

___________________

(1) Congregación para la Doctrina de la Fe, "El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia"; texto publicado, junto con comentarios, por Ediciones Palabra, Madrid, 2003 (ver Aceprensa 161/98 y 135/2003, 2ª parte).

(2) José Ramón Villar, "El primado del Papa: lo esencial y lo mudable", Aceprensa 135/2003, 1ª parte.

(3) Catequesis de Juan Pablo II en las audiencias generales, noviembre 1992-marzo 1993, resumida en Aceprensa 66/1993: "El servicio del Papa en la Iglesia".

(4) José Orlandis, "El pontificado romano en la historia", Palabra, Madrid, 1996, p. 281 (ver Aceprensa 26/1997).

MMV.XI.XXVII.

 

+++

 

Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios.

 

+++

 

«Él mismo sobre el madero llevó nuestros pecados…», dice san Pedro (1 Pedro 2, 24). Y san Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: maldito todo el que está colgado de un madero, a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa» (Gálatas 3, 13s).
La misericordia de Cristo no es una gracia barata, no supone la banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo, muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más quedamos tocados por la misericordia del Señor, más solidarios somos con su sufrimiento, más disponibles estamos para completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Colosenses 1, 24).

 

+++

 

 

El camino hacia la «madurez de Cristo», como dice, simplificando, el texto en italiano [español]. Más en concreto tendríamos que hablar, según el texto griego, de la «medida de la plenitud de Cristo», a la que estamos llamados a llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos quedarnos como niños en la fe, en estado de minoría de edad. Y, ¿qué significa ser niños en la fe? Responde san Pablo: significa ser «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina» (Efesios 4, 14). ¡Una descripción muy actual!

Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir en el error (Cf. Efesios 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.

Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. «Adulta» no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, una bella frase: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (1 Corintios 13, 1).

Pasemos ahora al Evangelio, de cuya riqueza quisiera sacar tan sólo dos pequeñas observaciones. El Señor nos dirige estas maravillosas palabras: «No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos» (Juan 15, 15). Muchas veces no sentimos simplemente siervos inútiles, y es verdad (Cf. Lucas 17, 10). Y, a pesar de ello, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos da su amistad. El Señor define la amistad de dos maneras. No hay secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha al Padre; nos da su plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Nos da su confianza, nos da el poder de hablar con su yo: «este es mi cuerpo…», «yo te absuelvo…». Nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad, el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). Nos ha hecho sus amigos y, nosotros, ¿cómo respondemos?

El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. «Idem velle – idem nolle», era también para los romanos la definición de la amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, al llevar nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: «pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 39). En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Dios. Cuanto más amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!

El otro elemento del Evangelio que quería mencionar es el discurso de Jesús sobre llevar fruto: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16). Aquí aparece el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he destinado para que vayáis… Tenemos que estar animados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios, nos ha sido dado para que llegue también a los demás.

Hemos recibido la fe para entregarla a los demás, somos sacerdotes para servir a los demás. Y tenemos que llevar un fruto que permanezca. Pero, ¿qué queda? El dinero no se queda. Los edificios tampoco se quedan, ni los libros. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todo esto desaparece. Lo único que permanece eternamente es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que queda, por tanto, es el que hemos sembrado en las almas humanas, el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios.

Volvamos, por último, una vez más a la carta a los Efesios. La carta dice, con las palabras del Salmo 68, que Cristo, al ascender al cielos, «subiendo al cielo, dio dones a los hombres» (Efesios 4, 8). El vencedor distribuye dones. Y estos dones son apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Nuestro ministerio es un don de Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo. Vivamos nuestro ministerio de este modo, ¡como don de Cristo a los hombres! Pero, en este momento, pidamos sobre todo con insistencia al Señor que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén.

Cardenal + Ratzinger – al día S.S. BENEDICTO XVI – P.P. 2005.04

 

+++

 

San Ireneo de Lión (hacia 130-208) obispo y mártir, doctor de la Iglesia Católica - Contra las herejías, IV, 5,2; PL... 

 

El Dios de los vivos -     En su respuesta a los saduceos que negaban la resurrección y, a causa de ello, despreciaban a Dios y ridiculizaban la Ley, Nuestro Señor y Maestro demostró a la vez la resurrección e hizo conocer a Dios. En cuanto a la resurrección de los muertos ¿no habéis leído la palabra de Dios que dice: -Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob?- Y añadía: -No es un Dios de muertos sino de vivos, porque todos viven gracias a él.- Con estas palabras se refirió claramente a aquel que habló a Moisés en la zarza ardiendo y que se declaró el Dios de los padres, el Dios de los vivos. ¿Quién es el Dios de los vivos sino el Dios viviente, fuera del cual no hay otro? Este fue anunciado por el profeta Daniel cuando respondió a Ciro, rey de los persas...:-No adoro ídolos hechos por mano de hombres sino al Dios vivo que hizo el cielo y la tierra y que es Señor sobre todo lo que vive.-  Y añadió: -Adoraré al Señor Dios mío, porque es el Dios viviente.- (cf Dn 14,5.25)
       Dios, a quien adoraron los profetas, el Dios vivo, es el Dios de los vivientes, como su Verbo que habló a Moisés en la zarza ardiendo y quien refutó a los saduceos y ha obrado la resurrección. El es quien, a partir de la Ley, ha demostrado a los ciegos estas dos cosas: la resurrección y el verdadero Dios. Si él no es el Dios de los muertos sino de los que viven, y si se llama el Dios de los padres que duermen el sueno de la muerte, sin duda alguna son vivos para Dios y no muertos. “Son hijos de la resurrección.” Ahora bien, la resurrección es Nuestro Señor en persona, como lo dice él mismo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25) Y los padres son sus hijos, como lo dice el profeta: “En lugar de tus padres tendrás hijos...” (Sal 44,17)

 

+++

 

El Alma:
1. Abre, Señor, mi corazón a tu ley, y enséñame a andar en tus mandamientos. Concédeme que conozca tu voluntad, y con gran reverencia y diligente consideración tenga en la memoria tus beneficios, así generales como especiales, para que pueda de aquí adelante darte dignamente las gracias. Mas yo sé y confieso que no puedo darte las debidas alabanzas y gracias por el más pequeño de tus beneficios. Yo soy menor que todos los bienes que me has hecho; y cuando miro tu generosidad, desfallece mi espíritu a vista de tu grandeza.
2. Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo, y cuantas cosas poseemos en lo interior o en el exterior, natural o sobrenaturalmente, son beneficios tuyos, y te engrandecen, como bienhechor, piadoso y bueno, de quien recibimos todos los bienes. Y aunque uno reciba más y otro menos, todo es tuyo, y sin Ti no se puede alcanzar la menor cosa. El que más recibió, no puede gloriarse de su merecimiento, ni estimarse sobre los demás, ni desdeñar al menor; porque aquel es mayor y mejor que menos se atribuye a sí, y es más humilde, devoto y agradecido. Y el que se tiene por más vil que todos, y se juzga por más indigno, está más dispuesto para recibir mayores dones.

3. Mas el que recibió menos, no se debe entristecer, indignarse, ni envidiar al que tiene más; antes debe reverenciarte, y engrandecer sobremanera tu bondad, que tan copiosa, gratuita y liberalmente reparte tus beneficios, sin acepción de personas. Todo procede de Ti, y por lo mismo en todo debes ser alabado. Tú sabes lo que conviene darse a cada uno. Y por que tiene uno menos y otro más, no nos toca a nosotros discernirlo, sino a Ti, que sabes determinadamente los merecimientos de cada uno.

4. Por eso, Señor Dios, tengo también por grande beneficio no tener muchas cosas de las cuales me alaben y honren los hombres; de modo que cualquiera que considere la pobreza y vileza de su persona, no sólo no recibirá pesadumbre, ni tristeza, ni abatimiento, sino más bien consuelo y grande alegría. Porque Tú, Dios, escogiste para familiares domésticos tuyos a los pobres, bajos y despreciados de este mundo. Testigos son tus mismos apóstoles, a quienes constituiste príncipes sobre toda la tierra. Mas conversaron en el mundo sin queja y fueron tan humildes y sencillos; viviendo sin malicia ni fraude, que se alegraban de padecer injurias por tu nombre, y abrazaban con grande afecto lo que el mundo aborrece.

5. Por eso ninguna cosa debe alegrar tanto al que te ama y reconoce tus beneficios, como tu voluntad para con él, y el beneplácito de tu eterna disposición. Lo cual le ha de consolar de manera que quiera tan voluntariamente ser el menor de todos como desearía otro el ser mayor. Y así tan pacífico y contento debe estar en el último lugar como en el primero; y tan de buena gana sufrir verse despreciado y desechado, y no tener nombre y fama, como si fuese el más honrado y mayor del mundo. Porque tu voluntad y el amor de tu honra ha de ser sobre todas las cosas; y más se debe consolar y contentar una persona con esto, que con todos los beneficios recibidos, o que puede recibir.

 

+++

 

 

¿Dedico algunos minutos a contemplar lo bello en la naturaleza?. ¿La reconozco como obra amorosa del Creador?. ¿Yo mismo me reconozco como obra del corazón y de las manos de Dios?. ¿Le doy gracias a Dios?. ¿Cuántas veces elevo mi corazón a Dios con jaculatorias de loas y gratitud?

 

+++

 

En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

 

Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

 

Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

 

Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

 

Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

 

 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

 

 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

 

Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

 

La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

 

La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

+++

 

 

Gracias por venir a visitarnos

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).