Los abuelos son para los nietos una fuente inagotable de experiencia en el arte de vivir, de desprendimiento, de compañía y de grandeza espiritual.
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Un aborto practicado en las primeras doce semanas quizá resulte menos aparatoso que uno de siete meses, del mismo modo que asesinar a un anciano o a un tullido es menos arduo que hacerlo con un joven en plenitud física. A la hipocresía, por lo que se ve, le importa el tamaño. 2004-09-03 - Juan Manuel de Prada, escritor España.
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El corolario de la propuesta ética para la atención y cuidado de los enfermos y de los ancianos es, en definitiva, no llegar al deterioro del deterioro, al envejecimiento del envejecimiento. Precisamente, desde la Bioética personalista, el deterioro, el envejecimiento y la muerte obligan al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido mismo de la vida. Bellamente lo expresó Panero (1972):
Señor, el viejo tronco se desgaja el recio amor nacido poco a poco, se rompe. El corazón, el pobre loco, está llorando a solas, en voz baja. Del viejo tronco haciendo pobre caja Señor, la encina en huesos toco deshecha entre mis manos, y Te invoca en la santa vejez que resquebraja sin noble fuerza. Cada rama, en nudo, era hermandad de savia y todas juntas daban sombra feliz, orillas buenas Señor, el hacha llama al tronco mudo, golpe a golpe, y se llena de preguntas el corazón del hombre donde sueñas.
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La Iglesia y las personas solas
(Lectura: 1ra carta a Timoteo, capítulo 5, versículos 9-10)
1. En la tradición cristiana, ya desde los primeros tiempos, se prestó atención particular a las mujeres que, después de haber perdido a su marido, quedaban solas en la vida a menudo necesitadas e indefensas. Ya en el Antiguo Testamento se recordaba con frecuencia a las viudas por su situación de pobreza y se las recomendaba a la solidaridad y solicitud de la comunidad, especialmente de los responsables de la ley (cf. Ex 22, 21; Dt 10, 18; 24, 17; 26, 12; 27, 19).
En los evangelios, los Hechos y las cartas de los Apóstoles abundan los ejemplos de caridad para con las viudas. En repetidas ocasiones Jesús manifiesta su atención solicita con respecto a ellas. Por ejemplo, alaba públicamente a una pobre viuda que da un óbolo para el templo (cf. Lc 21, 3 Mc 12, 43); se compadece de la viuda que, en Naím, acompaña a su hijo difunto a la sepultura, y se acerca a ella para decirle dulcemente: "No llores", y luego le devuelve a su hijo resucitado (cf. Lc 7, 11-15). El evangelio nos transmite, también, el recuerdo de las palabras de Jesús sobre la "necesidad de orar siempre, sin desfallecer", tomando como ejemplo a la viuda que con la insistencia de sus demandas obtiene del juez injusto que le haga justicia (cf. Lc 18, 5); y las palabras con que Jesús critica severamente a los escribas que "devoran la hacienda de las viudas", ostentando de forma hipócrita largas oraciones (cf. Mc 12, 40; Lc 20, 47).
Esa actitud de Cristo, que es fiel al auténtico espíritu de la antigua alianza, sirve de fundamento a las recomendaciones pastorales de san Pablo y Santiago sobre la asistencia espiritual y caritativa a las viudas: "Honra a las viudas" (1 Tm 5, 3); "la religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación" (St 1, 27).
2. Pero en la comunidad cristiana a las viudas no sólo les correspondía el papel de recibir asistencia; también desempeñaban una función activa, casi por su participación específica en la vocación universal de los discípulos de Cristo en la vida de oración.
En efecto, la primera carta a Timoteo explica que una tarea fundamental de las mujeres que quedaban viudas consistía en consagrarse a "sus plegarias y oraciones noche y día" (5, 5). El evangelio de Lucas nos presenta como modelo de viuda santa a "Ana, hija de Fanuel", que quedó viuda después de sólo siete años de matrimonio. El evangelista nos relata que "no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones" (2, 36-37) y tuvo la gran alegría de encontrarse en el templo en el momento de la presentación del niño Jesús. Del mismo modo, las viudas pueden y deben contar, en su aflicción, con grandes gracias de vida espiritual, a las que están invitadas a corresponder generosamente.

3. En el marco pastoral y espiritual de la comunidad cristiana había también un catálogo en el que se podía inscribir la viuda que, para usar las palabras de la misma carta a Timoteo, "no tenga menos de sesenta años (es decir, que sea anciana), haya estado casada una sola vez, y tenga el testimonio de sus buenas obras: haber educado bien a los hijos, practicado la hospitalidad, lavado los pies de los santos (antiguo rito de hospitalidad, que el cristianismo hizo suyo), socorrido a los atribulados, y haberse ejercitado en toda clase de buenas obras" (1 Tm 5, 9-10).
La Iglesia primitiva da, en esto, un ejemplo de solidaridad caritativa (cf. Hch 6, 1), que encontramos en muchos otros momentos de la historia cristiana, sobre todo cuando, por razones sociales, políticas, bélicas, epidémicas, etc., el fenómeno de la viudez o de otras formas de soledad alcanzaba dimensiones preocupantes. La caridad de la Iglesia no podía permanecer inerte.
Hoy existen muchos otros casos de personas solas, con respecto a las cuales la Iglesia no puede menos de ser sensible y solicita. Está, ante todo, la categoría de los separados y los divorciados, a los que he dedicado atención particular en la exhortación apostólica Familiaris consortio (cf. n. 83). Viene luego la de las madres solteras, expuestas a especiales dificultades de orden moral, económico y social. A todas estas personas quisiera decirles que, cualquiera que sea su responsabilidad personal en el drama en que se ven envueltas, siguen formando parte de la Iglesia. Los pastores, partícipes de su prueba, no las abandonan a sí mismas, sino que, por el contrario, quieren hacer todo lo posible para ayudarlas, confortarlas y hacer que se sientan vinculadas a la grey de Cristo.
La Iglesia, incluso cuando no puede establecer costumbres que estarían en contradicción con las exigencias de la verdad y con el mismo bien común de las familias y de la sociedad, no renuncia nunca a amar, a comprender, a estar al lado de todos los que se hallan en dificultad. Y se siente especialmente cerca de las personas que, tras un fracaso matrimonial perseveran en la fidelidad, renunciando a una nueva unión, y se dedican, en la medida de sus posibilidades, a la educación de sus hijos. Esas personas merecen de parte de todos apoyo y aliento. La Iglesia y el Papa no pueden menos de alabarlas por el hermoso testimonio de coherencia cristiana, vivida generosamente en la prueba.
4. Pero, dado que esta catequesis está dedicada, como las demás del ciclo que estamos desarrollando, al apostolado de los laicos en la Iglesia, quisiera mencionar aquí el gran número de personas solas y especialmente de viudas y viudos que, hallándose menos ocupados por obligaciones familiares se han dedicado voluntariamente al desarrollo de las actividades cristianas en las parroquias o en obras de más alcance. Su existencia queda así elevada a una participación más alta en la vida eclesial, como fruto de un grado mayor de amor. De allí brota, para la Iglesia y para la humanidad, el beneficio de una entrega más generosa de parte de personas que encuentran así el modo de alcanzar una mayor calidad de vida, realizándose plenamente en el servicio que prestan a sus hermanos.
5. Así pues, para concluir, recordemos lo que nos dice el concilio Vaticano II: el ejemplo de la caridad benéfica no sólo lo dan los esposos y padres cristianos, sino que "lo proporcionan, de otro modo, quienes viven en estado de viudez o de celibato, los cuales también pueden contribuir no poco a la santidad y a la actividad de la Iglesia" (Lumen gentium, 41). Sea cual sea el origen de su estado de vida, muchas de estas personas pueden reconocer el designio superior de la sabiduría divina que dirige su existencia y la lleva a la santidad por el camino de la cruz, una cruz que en su situación se manifiesta particularmente fecunda. 10.VIII.1994
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La eutanasia del abandono
El profesor Jose Manuel González Porras, catedrático de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba, repasa en este texto la evolución de la familia a lo largo de la Historia, para concluir con una reflexión sobre el abandono del que son víctimas los ancianos, como consecuencia del individualismo imperante en la sociedad
El corazón de la sociedad es la familia. Todavía, y a pesar de tantas cosas, sigue siendo así, y la familia y la sociedad guardan una relación llena de valores, de afectos y de influencias recíprocas, en las que unas veces influye la familia, y en otras, la sociedad, dependiendo de las vicisitudes históricas. La antropología cultural nos enseña que, desde los primeros alientos de la Humanidad hasta el Renacimiento, cabe afirmar que fue decisiva la influencia de los valores familiares, no exenta, claro está, de sombras; y era criterio generalmente compartido que la familia era principium urbis et quasi seminarium Reipublicae. Con posterioridad, y con la caída de las estructuras feudales, fue la sociedad la que tomó la iniciativa, y sin que tal cosa fuera absolutamente perniciosa, lo fue el que se comenzó a subordinar con radicalidad la institución de la familia.
En nuestros tiempos de postmodernidad, la familia empieza a vivir momentos de una carencia grave de valores y de sentimientos, y creo advertir una excesiva integración de lo individual y una acentuación de los valores personales sobre los familiares. Una manifestación de la familia excesivamente individualista, en la que todas las voces, ¡bueno, no todas, claro está!, se dirigen a conseguir la subordinación de la familia al libre desarrollo de la personalidad, y esto no es lo correcto, a mi juicio. No parece sino que la persona, dentro del grupo familiar, se considera como un bien fungible. Un exasperado individualismo, que puede llevar a la negación de la familia, no solamente como institución, sino también como comunidad de vida. Y todo este preámbulo lo traigo a cuento como reflexión que me ha sugerido esta noticia de hace días, recogida en la prensa nacional y en casi todos los medios de información: unos familiares –hija, yerno, nieta y novio de la nieta– abandonan en una carretera a la madre y abuela anciana y enferma no autosuficiente... El abandono también mata; de abandono también se muere. Con frecuencia, leemos que en las grandes ciudades fallecen ancianos en la más sobrecogedora soledad. Asistimos a un drama silencioso. ¿Cómo pueden ocurrir estas cosas en una nación que se considera civilizada? Es necesario llamar la atención, llamar a nuestras conciencias, a todas, a la mía y a la de todos, para así contribuir a romper este silencio, la complicidad y la apatía que parece que se cierne sobre un verdadero drama humano, pues, de seguir así, llegar a anciano y estar enfermo puede ser igual a pena de muerte. La sociedad de nuestros días suele equiparar anciano con persona enferma, siempre desvalida e inútil, y que en ocasiones ni siquiera se trata de un enfermo, sino que es la vejez y punto. Son graves errores de percepción y de falta de valores que conducen inexorablemente a una estrategia del abandono de los más débiles dejados a su suerte..., ¡a su mala suerte! Asistimos a lo que se podría llamar la eutanasia del abandono de aquellos que difícilmente pueden hablar, que difícilmente se pueden hacer notar y que, en la mayoría de los casos, ya ni pueden votar... Se hace necesario reaccionar, pues de otra forma las conciencias se adormecerán y se irá construyendo un sistema de abandono que dejará morir sin compañía, sin dignidad, sin derechos. También seremos viejos nosotros, unos ya, otros dentro de poco..., pero todos, antes o después, seremos ancianos o podremos serlo. Se hace necesaria una verdadera alianza entre el poder y quienes no tenemos nada más que la palabra. Es el momento –con independencia de tantas leyes que parecen estar en el limbo jurídico– de movilizar las conciencias demostrando que el anciano es una persona con todos sus derechos, y que no hay ni una sola razón, y menos de naturaleza económica, que pueda justificar la condena a morir solo y abandonado.
José Manuel González Porras - 2004.02. Esp.
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Acerca de la eutanasia. Escribo estas líneas desde la experiencia de varias décadas* de enfermedad irreversible e invalidez total, que me hacen vivir las veinticuatro horas postrada en mi cama con la excepción de algún rato en la silla de ruedas, hasta que mi cuerpo se niega rotundamente a seguir medianamente incorporado.
Pese al dolor, la limitación absoluta, el sufrimiento; y como cualquier otra persona, siempre he sentido unas inmensas ganas de vivir, de superarme, de luchar contra la adversidad, de dar y recibir afecto, de ser útil, de ayudar en la medida de mis fuerzas, de disfrutar al máximo todas las posibilidades que la existencia me ofrece en cada momento.
La vida es un don que se me ha dado y trato de vivirla intensamente, en plenitud, con la dignidad propia de nuestra humanidad.
Por eso experimento una penosa sensación y una profunda vergüenza ajena al escuchar y ver noticias y opiniones, que, bajo el pretexto de aliviar al que sufre, buscan hacer expedito el camino que conduce a la muerte.
Desde hace tiempo, y cada vez con mayor periodicidad, intensidad y refinamiento, personajes e instituciones que mueven con mano poderosa los grandes medios de comunicación, se ocupan de presentar entre oropeles filantrópicos y envuelta en buenas y “nobilísimas” intenciones, disfrazada de poesía y de sensibilidad, adornada de garantías, derechos y legalismos, intentando confundirla con una buena muerte, con una muerte digna, una realidad dura y terrorífica: el homicidio de los débiles, la eutanasia.
Corren aires siniestros en torno a ancianos, inválidos, enfermos crónicos... Se avanza descaradamente en busca de leyes que autoricen a eliminar a quienes, parece ser, no resultan cómodos en esta sociedad.
Una sociedad que desean esté, huérfana de valores, carente de toda referencia ética, fuertemente anestesiada de hedonismo, para llevar a cabo sus inconfesables y crueles fines.
Se atenta con ello, descaradamente, contra la dignidad de la personas, contra el respeto que toda vida merece, se quiere disponer libremente de la existencia ajena a toda costa.
Por ello frente a los tenebrosos ideólogos de la eutanasia, debemos apostar con rotundidad por la vida, don de Dios, abrir nuestros corazones a ella, henchirnos de esperanza, de aire límpido, de valores. Enseñar a los sufrientes, a los doloridos de este mundo, a vivir en plenitud, siendo fuertes ante la adversidad, dignificando como humanos que somos, hasta la elegancia, el dolor y el sufrimiento, y gozando, disfrutando en los momentos agradables y coloreados de la existencia. Pero, siempre, tanto en la umbría como en la solana de nuestro devenir, vivir apasionadamente, vivir a manos llenas ese regalo de Dios, que es nuestro existir. María Josefa García - 2005. Málaga ESPAÑA
*40 años
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Sr. Director: La " voz anciana" que se puso al tfno. es mi tía. Vive conmigo desde siempre. Ella lleva en la cama con una serie de enfermedades crónicas, cuarenta años. Es la hermana de mi madre. Mis padres murieron y ella sigue conmigo.
Es una persona que lleva la enfermedad muy bien, desde un punto de vista profundamente cristiano. Eso hace que nosotros no tengamos sensación de tener una tía enferma. Es una más de la familia. Necesitamos mucho más de su ayuda que ella de nosotros. Ella nos consuela, nos escucha,... desde siempre. Tiene una fe muy fuerte. De la Iglesia le traen la Sagrada Comunión casi todos los días que es su gran y verdadero alimento. 2005-03-24 Málaga- España
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Evangelio según San Mateo 6,24-34. Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero. Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: ´¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?´. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

Catecismo de la Iglesia católica - Párrafos 302-305
“No os preocupéis por vuestra vida” (cf M 6,25) - La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada “en estado de vía” (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección... El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: “Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza” (Sal 115,3); y de Cristo se dice: “si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3,7); “hay muchos proyectos en le corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza.” (Prov 29,21)... Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¡qué vamos a comer, qué vamos a beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.” (Mt 6,311-33; cf 10,29-31)
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La vejez es un logro
Hay mucho que mejorar. Una de las principales carencias es la formativa. Nadie entendería que en una guardería trabajase gente sin una preparación específica. Sólo se cuenta con un 30% de geriatras en los hospitales; unidades de geriatría, camas, sólo existen en un 10%. Las residencias deberían favorecer la autonomía del paciente y ser centros abiertos integrados en el habitat urbano, pero los Ayuntamientos suelen ceder terrenos a las afueras. La falta de especialización dentro de las residencias públicas es otra realidad; en la mayoría, existe la clasificación de válidos, semiasistidos o asistidos, y el anciano es mucho más complejo. En residencias pequeñas están todos mezclados; esto reduce la calidad en el terreno asistencial y psicosocial. La persona mayor debe estar cómoda, el trastorno depresivo es algo muy frecuente y casi normal al ingreso de un anciano en una residencia; más, si a este ingreso le sumamos un ambiente inadecuado. La vejez no tiene por qué ser sinónimo de dependencia. La dependencia es la punta del iceberg; lo que la provoca es la enfermedad. En función de la prevención de la enfermedad y de las atenciones que reciba el anciano, la dependencia variará. Cuanto mayor dependencia, mayor riesgo de muerte, y cuanto mayor dependencia, mayor institucionalización. Si la persona ingresa en un centro con una unidad especializada de geriatría, tendrá más oportunidades de ser mejor atendida. Hoy existe deficit. Una mejora en esto disminuiría la dependencia y la necesidad de ingreso en residencias, y en muchos casos el riesgo de mortalidad. La vejez se va a convertir en un problema, y la vejez es un logro. Todos luchamos por llevar a viejos. Es preciso romper su aspecto peyorativo... Vivimos una situación social en la que el anciano está casi marginado, y la persona mayor, dependiente o no, puede ser muy útil en la sociedad en sus distintas esferas, y no sólo en el aspecto económico, sino en el creativo, en el aspecto de desarrollo personal. Javier Gómez Pavon - 2004-07-10 Secretario General de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología
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ANCIANOS Y ABUELOS
Pensemos que ellos jamás se jubilan de ser padres; no nos jubilemos nosotros jamás de ser hijos. Se lo debemos todo, desde la vida, a lo que somos y cómo somos; la deuda es impagable, pero quizás podemos devolverles algo pagándoles con mucho amor, esa moneda que nunca pierde su validez porque es oro puro.
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«El espíritu humano –escribe Juan Pablo II, anciano, a los ancianos–, aun participando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido permanece siempre joven si vive orientado hacia lo eterno; esta perenne juventud –añade el Papa– se experimenta mejor cuando, al testimonio interior de la buena conciencia, se une el afecto atento y agradecido de las personas queridas». Se habla de la creciente esperanza de vida como de un logro del progreso, y resulta que nos encontramos con una sociedad en la que apenas hay niños, envejecida, en el peor sentido de la palabra, y desesperanzada. No deberíamos extrañarnos. Sin lazos verdaderos entre los hombres que en la familia tienen su paradigma ejemplar, excluyendo a los hijos, e incluso matándolos en el seno de sus madres, y marginando a los ancianos, como si de seres inservibles se tratase, ¿cómo va a existir esa perenne juventud, que es en realidad aquella para la que todos hemos sido creados? Lo que existirá, como no podría ser de otro modo, son fenómenos como los llamados terrorismo doméstico, o violencia de género. ¿Y se pretende luchar contra ellos fomentando sus causas?
Casi veinte años antes de su Carta a los ancianos, en la Exhortación Familiaris consortio, Juan Pablo II, con más energías del cuerpo, que no del espíritu, hablaba de las culturas que, «especialmente como consecuencia de un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son fuente, a la vez, de agudos sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para tantas familias»; por el contrario, «hay culturas que manifiestan una singular veneración y un gran amor por los ancianos; lejos de ser apartado de la familia o de ser soportado como un peso inútil, el anciano permanece en la vida familiar, y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro». ¡Cuán necesitados estamos hoy de tal sabiduría! Si excluimos a los ancianos, estamos rechazando el pasado, precisamente donde hunde sus raíces el presente, de modo que no quede infecundo. ¿Qué clase de futuro puede existir sin esta trabazón de las generaciones, sin esta comunión de vida entre los más jóvenes y los más mayores? Es verdad que la fragilidad del cuerpo de los ancianos necesita de la energía de los hijos y de los nietos, pero más aún lo es que, en su avanzada edad, pueden ofrecer a éstos mucho más de cuanto puedan imaginar. El paso de los años en esa cultura cristiana, justamente la que construyó lo más precioso de la vieja Europa, amante de los hijos y llena de veneración por los ancianos, precisamente porque mira a lo eterno, lejos de rebajar esa ilusión de vivir propia del niño, la incrementa sobremanera. Así se lo testimonia el mismo Juan Pablo II a los ancianos: «A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del reino de Dios». Ha cumplido ya los 84 años. Años, sin duda, de juventud. 2004-07-10
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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.
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Si camino por la calle y de pronto tropiezo, pierdo el equilibrio e involuntariamente arrojo al suelo a un transeúnte, lo que procede es pedirle una disculpa. Si la víctima de mi accidente se da cuenta de que mi acción ha sido, en efecto, involuntaria, me dis-culpará, es decir, reconocerá que no fui culpable. En cambio, si ese mismo transeúnte, al llegar a su casa, insulta a su esposa, no bastará con que posteriormente solicite ser dis- culpado: deberá pedir perdón, porque ha sido culpable de la ofensa cometida. Por tanto, se disculpa al inocente y se perdona al culpable.
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La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.
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Excepto en caso de necesidad en días festivos haz solo uso de los establecimientos de ocio. Comprando en festivos potencias que tengan que trabajar los empleados de grandes almacenes y superficies comerciales y esclavizas a los pequeños comerciantes que no pueden pagar empleados extras, dificultando que todos ellos descansen, hagan vida familiar y santifiquen las fiestas, así como se anula la singularidad social de la Festividad o del Domingo.
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Señor: parece que tomas por obligación, desde las primeras páginas del evangelio, repetirnos una y otra vez: “No quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva.” (Ez 18,23) O Dios, Padre de misericordia, nos quieres decir que hay esperanza y gracia incluso para los culpables, irremediablemente envilecidos, los más desgraciados, los más manchados por la culpa. Los que a los ojos de los hombres son los más despreciables y hundidos, son para ti nobles y agraciados a tus ojos. Que se arrepienten, que digan como David: “He pecado.” (2S 12,13) Tú abres generosamente los tesoros de tu gracia para estas almas que el mundo da por perdidas y que tú has reencontrado, regenerado, purificado, embellecido. Ningún favor tuyo les es negado, ninguna grandeza les es inaccesible.
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Alegría y generosidad - I. Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, formados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque algunas veces nos desconcierten. Jesús nos invita a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios, y nuestra alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa. La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra existencia; quizá ahora mismo. Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes: a Jesús se le sigue o se le pierde.
II. Nosotros nos entristecemos cuando nos negamos a entregar nuestra libertad a Dios, como en la parábola del joven rico del Evangelio de hoy (Mateo, 19, 16-22) Libertad que, si no nos sirve para llegar a la meta, a Cristo que pasa por nuestra vida, de poco habrá de servirnos. La tristeza nace en el corazón como una planta dañina cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Puede haber enfermedad, puede haber cansancio, pero la tristeza del corazón es distinta; en su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo. “Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se quedan junto al altar, y se consumen alumbrando hasta
gastarse” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja)
III. La tristeza hace mucho daño al alma, un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! ¡Cuántos ideales ha roto! “Luz, para que investigues en los motivos de tu tristeza” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino) Siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios.
Examinemos nuestra generosidad con los demás, y nos preguntamos: ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces? Muchas personas pueden encontrar a Dios a través de nuestra alegría. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
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Las sectas: falsificación y caricatura de lo divino
La Iglesia comienza con la bajada del Espíritu Santo y el Espíritu Santo –entra- en una comunidad que ora, que se mantiene unida y cuyo centro son María y los apóstoles. Dos mil años de testimonio no lo dan las sectas.
Los apóstoles habían escuchado de labios del mismo Jesús la advertencia, «Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy el Cristo", y engañaran a muchos. ... Surgirán muchos falsos profetas que engañarán a muchos» (Mt. 24, 4-5. 11). El maligno sembraría la cizaña (cf. Mt. 13, 24-30; 36-42) para confundir y dividir, para alejar al hombre de Dios y de su misma vida, incluso en el nombre de lo divino. El príncipe de las tinieblas y padre de la mentira, homicida desde el principio, estaría detrás del espíritu anticristiano, combatiendo el Evangelio de Jesucristo (cf. Jn. 8, 44-47). El Señor llamó a los falsos profetas «lobos rapaces con disfraces de ovejas» (Mt. 7, 15) alertándonos acerca del engaño y de los prodigios que obrarían usurpando su divino Nombre (cf. Mc. 13, 5.22-23; Mt.7,21). Cuando se encasquilla la razón se disparan las sectas.
Filosofía socrática - Tiempos de sofistas: En tiempos de argumentaciones sofísticas y predominio de la retórica y el halago a las masas sobre la verdad (acaso lo sean todos los tiempos), nada tan pertinente como volver al viejo sabio que nada sabía, a Sócrates, a la meditación sobre su vida y muerte. Especialmente, a la imperecedera Defensa que escribió Platón. La filosofía no sólo es necesaria para la vida, sino que es la verdadera vida, la vida correcta. Y puede aprenderse. Ella convierte todo en pregunta, pero niega que los muchos, en cuanto muchos, piensen. Busca ante todo la excelencia. ¿Hay entendidos en la excelencia humana, como los hay en las demás artes? La filosofía es la tensión (no la improbable posesión) hacia la Sabiduría absoluta. Al fin, Sócrates nos revela la existencia de dos morales, dos formas de vida, incluso dos políticas: una busca halagar a los muchos; la otra, obrar siempre bien. Y ya sabemos cuál fue la opción y el destino de Sócrates, magistralmente expuestos por Miguel García-Baró. El pensar es una tarea moral, santa. Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA – 2005.
El camino mas corto y seguro para vivir con honor en este mundo es ser en realidad lo que aparentamos. Todas las virtudes humanas se incrementan y fortalecen. SOCRATES.
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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.
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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).
El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas.
Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.
“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).
“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).
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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!
¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!
“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
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Carta I de San Pablo a los Corintios 15,1-8.
Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano. Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.
Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-
Recomendamos: Madre de la gracia – Autor: José Morales
El autor ofrece una síntesis de puntos salientes de vida cristiana, que se iluminan y hacen operativos desde la figura de María. El misterio de María ayuda así directamente a configurar y orientar la existencia de los cristianos según el Evangelio de Jesús de Nazaret. Ediciones RIALP. IX-2206
Recomendamos: El amor que da vida – Autora: Kimberly Hahn,
De un modo luminoso y positivo, la autora muestra un camino de amor que ayuda a crear familias unidas y felices: el maravilloso plan de Dios para el matrimonio, revelado en la Sagrada Escritura y desarrollado en el magisterio de la Iglesia Católica. Ofrece una descripción del verdadero significado del amor conyugal, y aborda también cuestiones como planificación familiar natural, infertilidad, aborto, anticoncepción o esterilización. Además de contar su experiencia, aporta los testimonios de numerosas familias. Ediciones RIALP.
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