Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > Indulgencias - 2º no son invencion en el medioevo; ¿Qué son? historia

 

El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

 

No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. S. S. Juan Pablo II

 

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“La fe y la razón son necesarias y complementarias en la búsqueda de la sabiduría.”

«La universidad no podía existir sin la facultad de Teología, ya que hubiera quedado incompleta». «La presencia de las ciencias teológicas entre los otros campos de reflexión universitaria posibilita un intercambio válido de pensamiento».
”La fe y la razón «se encuentran en la búsqueda de la sabiduría. Se sirven de diversos instrumentos y métodos, pero se enriquecen mutuamente en el descubrimiento de las múltiples dimensiones de la verdad».” S. S. Juan Pablo II a una delegación de la Universidad de Silesia, en Katowice (Polonia). 2005-01-13: Italia, Roma, Vat. donde la Iglesia fundada por Cristo, tiene su sede histórica.

 

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Las indulgencias no son una

invención de la Edad Media

 

«Las indulgencias rectamente comprendidas y plenamente alcanzadas son un momento vital de esa conversión continua, de ese continuo proceso de santificación que caracteriza la vida sobrenatural en la tierra». Con estas palabras abrió esta mañana el cardenal William Wakefield Baum, penitenciario mayor de la Iglesia católica, la rueda de prensa de presentación de la nueva edición del «Enrichiridion Indulgentarium», redactado por la misma Penitenciaría Apostólica.

 

Al afrontar el candente tema de las indulgencias, el cardenal Baum añadió que «la indulgencia está íntimamente ligada al sacramento de la Reconciliación, y ofrece una contribución eficaz al crecimiento global del pueblo de Dios no sólo porque ayuda interiormente a la salvación de cada uno de los cristianos, sino también porque está unida a la comunión eclesial, al ejercicio de la oración pública, a la caridad vivida y a la ascética voluntaria».

 

Indulgencias y Jubileo El Vaticano publica ahora la cuarta edición de este documento (la tercera edición latina fue publicada en 1986) pues, según explicó en la rueda de prensa monseñor Dario Rezza, canónigo vaticano, «el gran Jubileo del 2000 es un motivo precioso para redescubrir este tesoro que hoy día ignoran muchos fieles católicos. La indulgencia es uno de los elementos constitutivos del acontecimiento jubilar».

 

Silencio sobre las indulgencias Monseñor Rezza reconoció que se ha extendido una cortina de silencio sobre este argumento por dos razones: el rechazo por parte de las Iglesias reformadas, tras la contestación contra las mismas indulgencias y su aplicación en tiempos de la Reforma; así como algunas investigaciones históricas recientes sobre la Edad Media que las han considerado como "abusos de devoción", surgidos en concomitancia con la "invención medieval" del purgatorio».

 

«La doctrina católica sobre las indulgencias --explicó el Canónico Vaticano-- se basa en presupuestos teológicos muy precisos y en precedentes históricos de la tradición bien documentados». En la parte doctrinal de la constitución apostólica de 1967, conocida con el nombre latino de «Indulgentiarum doctrina», se fundamentan teológicamente las indulgencias recordando, ante todo, que la naturaleza del pecado comporta una pena que hay que descontar; en segundo lugar, explica que existe una ley de solidaridad espiritual entre todos los hombres, lo que los católicos llaman «comunión de los santos», por el que el pecado no sólo tiene una dimensión personal, sino también comunitaria que debe ser reparada; y, por último, aclara que existe un tesoro de la Iglesia, constituido por los méritos de Cristo, por la Virgen y los santos, que puede ser puesto a disposición de los fieles por medio de la Iglesia.

 

Con frecuencia se ha interpretado mal el sentido de las indulgencias, reconoció monseñor Rezza, pues no constituyen una reparación robotizada de la culpa, sino que llevan a los cristianos a realizar obras de penitencia y caridad, especialmente aquellas que ayudan al incremento del bien común y de la fe. «Este es el motivo por que el la Iglesia anuncia las indulgencias y convoca los jubileos».

 

Novedad La gran novedad del nuevo documento vaticano sobre las indulgencias, explicó el canónigo vaticano, consiste precisamente en subrayar «cómo su concesión sirve para aumentar la búsqueda de la caridad sobrenatural ya sea en cada uno de los fieles ya sea en la misma comunidad eclesial». En concreto, entre los nuevos motivos que sirven para conceder la indulgencia, el texto que ahora publica la Santa Sede señala la consolidación de las bases cristianas de la familia, la participación en las jornadas y semanas de oración con finalidades religiosas específicas, el culto de la Eucaristía, la extensión de la indulgencia plenaria por el rezo en grupo (aunque no esté jurídicamente constituido) del Rosario y del himno «Akathistos».

 

¿Invención medieval? El padre Ivan Fucek, teólogo adjunto de la Penitenciaría Apostólica, explicó que la doctrina de la Iglesia sobre las indulgencias y el Purgatorio, negada por algunos, se encuentra claramente expresada en Santo Tomás. Ahora bien, no fue él quien la inventó, se encontraba implícitamente en la doctrina de la Iglesia desde sus orígenes. Los Concilios que siguieron se encargaron de confirmarla.

 

En este sentido, Fucek reconoció que no es fácil encontrar un acuerdo con los protestantes, pues «no reconocen los sacramentos y la indulgencia forma parte del sacramento de la Confesión». Ahora bien, añadió, «se han dado muchos pasos adelante».

 

El teólogo, quien es también catedrático de la Universidad Pontificia Gregoriana, concluyó afrontando el tema de la venta de indulgencias. «La Iglesia nunca ha vendido indulgencias --explicó--, algunas personas lo hicieron, y otras han acusado a la Iglesia por ello. En sus 95 tesis, Martín Lutero acusó a la Iglesia de culpas que no cometió».

 

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¿Qué son las indulgencias?

¿Tiene sentido hablar hoy de las indulgencias?

 

Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net

 

Seguramente hemos oído la palabra “indulgencias”, entendiendo por tal una especie de gracia o favor que se vincula al cumplimiento de una acción piadosa: el rezo de alguna oración, la visita a un santuario o a otro lugar sagrado, etc. También al oír la palabra “indulgencias” vienen a nuestra memoria las disputas entre Lutero y la Iglesia de Roma, y las críticas subsiguientes de los otros reformadores del siglo XVI.

Pero, ¿qué son las indulgencias? La etimología latina de la palabra puede ayudarnos a situarnos en una pista correcta. El verbo “indulgeo” significa “ser indulgente” y también “conceder”. La indulgencia es, pues, algo que se nos concede, benignamente, en nuestro favor.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos proporciona, con palabras de Pablo VI, una definición más precisa: “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos” (Catecismo, 1471).

La definición, exacta y densa, relaciona tres realidades: la remisión o el perdón, el pecado, y la Iglesia. La indulgencia consiste en una forma de perdón que el fiel obtiene en relación con sus pecados por la mediación de la Iglesia.

¿Qué es lo que se perdona con la indulgencia? No se perdonan los pecados, ya que el medio ordinario mediante el cual el fiel recibe de Dios el perdón de sus pecados es el sacramento de la penitencia (cf Catecismo, 1486). Pero, según la doctrina católica, el pecado entraña una doble consecuencia: lleva consigo una “pena eterna” y una “pena temporal”. ¿Qué es la pena eterna? Es la privación de la comunión con Dios. El que peca mortalmente pierde la amistad con Dios, privándose, si no se arrepiente y acude al sacramento de la penitencia, de la unión con Él para siempre.

Pero aunque el perdón del pecado por el sacramento de la Penitencia entraña la remisión de la pena eterna, subsiste aún la llamada “pena temporal”. La pena temporal es el sufrimiento que comporta la purificación del desorden introducido en el hombre por el pecado. Esta pena ha de purgarse en esta vida o en la otra (en el purgatorio), para que el fiel cristiano quede libre de los rastros que el pecado ha dejado en su vida.

Podemos poner una comparación. Imaginemos una intervención quirúrgica: un trasplante de corazón, por ejemplo. El nuevo corazón salva la vida del paciente. Se ve así liberado el enfermo de una muerte segura. Pero, cuando ya la operación ha concluido exitosamente, e incluso cuando está ya fuera de peligro, subsiste la necesidad de una total recuperación. Es preciso sanar las heridas que el mal funcionamiento del corazón anterior y la misma intervención han causado en el organismo. Pues de igual modo, el pecador que ha sido perdonado de sus culpas, aunque está salvado; es decir, liberado de la pena eterna merecida por sus pecados, tiene aún que reestablecerse por completo, sanando las consecuencias del pecado; es decir, purificando las penas temporales merecidas por él.

La indulgencia es como un indulto, un perdón gratuito, de estas penas temporales. Es como si, tras la intervención quirúrgica y el trasplante del nuevo corazón, se cerrasen de pronto todas las heridas y el paciente se recuperase de una manera rápida y sencilla, ayudado por el cariño de quienes lo cuidan, la atención esmerada que recibe y la eficacia curativa de las medicinas.

La Iglesia no es la autora, pero sí la mediadora del perdón. Del perdón de los pecados y del perdón de las penas temporales que entrañan los pecados. Por el sacramento de la Penitencia, la Iglesia sirve de mediadora a Cristo el Señor que dice al penitente: “Yo te absuelvo de tus pecados”. Con la concesión de indulgencias, la Iglesia reparte entre los fieles la medicina eficaz de los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos por la humanidad. Y en ese tesoro precioso de los méritos de Cristo están incluidos también, porque el Señor los posibilita y hace suyos, las buenas obras de la Virgen Santísima y de los santos. Ellos, los santos, son los enfermeros que vuelcan sus cuidados en el hombre dañado por el pecado, para que pueda recuperarse pronto de las marcas dejadas por las heridas.

¿Tiene sentido hablar hoy de las indulgencias? Claro que sí, porque tiene sentido proclamar las maravillas del amor de Dios manifestado en Cristo que acoge a cada hombre, por el ministerio de la Iglesia, para decirle, como le dijo al paralítico: “Tus pecados están perdonados, coge tu camilla y echa a andar”. Él no sólo perdona nuestras culpas, sino que también, a través de su Iglesia, difunde sobre nuestras heridas el bálsamo curativo de sus méritos infinitos y la desbordante caridad de los santos.

 

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Las Indulgencias -


Autor: Félix Velasco Santandreu
Capítulo 2: Un poco de historia
Sed

Jubileo que cada treinta años celebraban los reyes del antiguo Egipto, y que consistía en una repetición de los ritos de la coronación, los cuales servían para afirmar la soberanía real, ya que así quedaba consagrado el poder divino del faraón. La primera mención de estos ritos parece en el reinado del rey Udimu (quinto soberano de la I dinastía: c. 3100 a C.), el pueblo era favorecido con festejos y perdones.

Jubileo

Entre los judíos, nombre del año consagrado a Dios y al descanso que, según la ley, debía celebrarse cada cincuenta años. Este nombre ha pasado también a los cristianos.

Año Santo o jubilar

Entre los católicos, año privilegiado en que los peregrinos que acuden a Roma se benefician de una indulgencia plenaria. El primer año santo se celebró en 1300, proclamado por Bonifacio VIII (Anagni, c. 1235-Roma, 1303) Papa (1294-1303), el 2 de febrero de ese mismo año. El Papa puede promulgar otros por motivos especiales. Desde entonces se han celebrado 125 jubileos 25 ordinarios y 100 extraordinarios, que pueden ser universales, particulares o locales. Tienen lugar a intervalos regulares (cada 100 años bajo Bonifacio VIII, cada 50 años bajo Clemente VI y Nicolás V, cada 25 años desde Pablo II). Su duración es de un año, de una Navidad a otra. Comienzas en Roma con la apertura de la puerta Santa. Los fieles deben visitar las basílicas de San Pedro y San Pablo desde Bonifacio VIII, también la de Letrán a partir de Clemente VI, y Santa María la Mayor desde Gregorio IX; deben arrepentirse y confesarse y rezar por las intenciones del Papa. Las visitas debían hacerse durante treinta días continuos o intercalados por los romanos y quince días por los no romanos. León XIII redujo esos días a veinte y diez respectivamente. Pío XII estableció una sola visita. Pablo VI ordenó que al Jubileo de 1975 le precediera un año de preparación. Juan Pablo II ha dispuesto para el 2000 una fase antepreparatoria (1994-96) y otra preparatoria (1997-99) y ha establecido que el mismo tenga lugar simultáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las demás Iglesias locales.

Bula de la Santa Cruzada

Creada en la Alta Edad Media por la cual se obtenían numerosos privilegios e indulgencias que se adquiría mediante la limosna. La recaudación servía para ayudar a la Reconquista y a las cruzadas. Abolida mediante la constitución apostólica Paenitemini, publicada por Pablo VI el 17 de febrero de 1966.

Disputa sobre las indulgencias

Conflicto religioso, preludio de la ruptura de Lutero con la Iglesia romana. El Papa León X promulgó el 31 de mayo de 1515 una indulgencia en favor de quienes diesen limosna para terminar las obras de la basílica de San Pedro en Roma. Johannes Tetzel, dominico español, fue delegado por el arzobispo de Maguncia para predicar las indulgencias en esa diócesis. Los abusos que se cometieron con tal motivo indignaron a muchos. El monje agustino Martín Lutero también ambicionaba esta predicación y fue más lejos, atacó las bases mismas de las indulgencias. El 31 de octubre de 1517, la víspera del día de Todos los Santos, a la llegada de Tetzel, colocó, en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, 95 tesis redactadas en latín, en las que atacaba el sistema de contribuciones y afirmaba que las indulgencias pontificias no podían ser otra cosa que la remisión de la pena infligida por el mismo Papa, este hecho marcó el comienzo de la reforma protestante. Estas tesis, fueron condenadas por el Papa en 1519, invitándole a retractarse mediante la bula Exurge, Domine (1520), pero Lutero rehusó y quemó en una plaza pública de Wittenberg la bula pontificia, por lo que condenado de forma definitiva. El cisma se consumó tras la Dieta de Worms (1521), en la que nuevamente se negó a retractarse.

El camino de Santiago

Durante la Edad Media fue utilizado por los peregrinos que se dirigían a venerar el sepulcro del apóstol Santiago, el Mayor. Según la tradición, esta vía surgió tras el hallazgo del sepulcro, durante el reinado de Alfonso II. Ello dio lugar a la edificación de un templo, renovado por Alfonso III en 874, y a la llegada de peregrinos de toda Europa. El camino de Santiago mantuvo su esplendor hasta la introducción de las doctrinas de Lutero; en el siglo XVIII decayó su importancia. Los peregrinos, tras hacer testamento, salían de sus poblaciones provistos de saya, bordón y escarcela, viajaban en grupos y en varias etapas. Gozaban de protección en los reinos por los que pasaban, y eran acogidos en los monasterios y hospitales fundado a lo largo del camino. Las órdenes militares, especialmente los templarios, se encargaban de la protección de los viajeros. Se cree que la actual Francia era atravesada por cinco rutas hacia la península Ibérica: una llegaba a Somport y las demás a Roncasvalles. Todas ellas convergían en Puente la Reina, y desde allí hacia Logroño, Nájera, Burgos, Sahagún, León, Astorga y Ponteferrada, como ciudades principales. Los peregrinos, después de cumplir con las ceremonias rituales en la catedral de Compostela, recibían un documento, llamado Compostela que acreditaban su peregrinación. La importancia del camino de Santiago fue decisiva tanto en sentido económico, como cultural y artístico. Actualmente, se celebra el año Santo de Santiago, cuando el 25 de julio fiesta del Apóstol, cae en domingo. La indulgencia plenaria que se gana en Santiago, según el derecho común, puede ser: visitando la Catedral en la fiesta del Apóstol el 25 de julio; el día de la dedicación de la Catedral, el 21 de abril, el día 30 de diciembre fiesta de la Traslación del Apóstol. La Indulgencia parcial, se gana siempre por el hecho de visitar la catedral en las debidas condiciones e intención de conseguirla.

Decreto sobre las Indulgencias del Concilio de Trento

"Habiendo Jesucristo concedido a su Iglesia la potestad de conceder indulgencias, y usando la Iglesia de esta facultad que Dios le ha concedido, aun desde los tiempos más remotos; enseña y manda el sacrosanto Concilio que el uso de las indulgencias sumamente provechoso al pueblo cristiano y aprobado por la autoridad de los sagrados concilios, debe conservarse en la Iglesia, y fulmina anatema contra los que, o afirman ser inútiles, o niegan que la Iglesia tenga potestad de concederlas. No obstante, desea que se proceda con moderación en la concesión de ellas, según la antigua y aprovechada costumbre de la Iglesia; para que por la suma facilidad de concederlas no decaiga la disciplina eclesiástica. Y anhelando a que se enmienden, y corrijan los abusos que se han introducido en ellas, por cuyo motivo blasfeman los herejes de este glorioso nombre de indulgencias; establece en general por el presente decreto que, absolutamente se exterminen todos los lucros ilícitos que se sacan porque los fieles las consigan; pues se han originado de esto muchísimos abusos en el pueblo cristiano. Y no pudiéndose prohibir fácil ni individualmente los demás abusos que se han originado de la superstición, ignorancia, irreverencia, o de otra cualquiera causa, por las muchas corruptelas de los lugares y provincias en que se cometen; manda a todos los Obispos que cada uno note todos estos abusos en su Iglesia, y los haga presentes en el primer concilio provincial, para que conocidos y calificados por los otros obispos, se delaten inmediatamente al Sumo Pontífice Romano, por cuya autoridad y prudencia se establecerá lo conveniente a la Iglesia universal: y de este modo se reparta a todos los fieles piadosa, santa e íntegramente el tesoro de las santas indulgencias". No era ésta la primera vez que un concilio ecuménico discutía el tema de las indulgencias -la primera vez fue en 1415, cuando el Concilio de Constanza afirmó la práctica- pero en Trento la doctrina fue proclamada infaliblemente por primera vez.

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Las Indulgencias
Autor: Félix Velasco Santandreu

Capítulo 3: Errores más frecuentes sobre las indulgencias

Una persona puede comprar su salida del infierno mediante las indulgencias.

Este es un error habitual, debido a la ignorancia. Las indulgencias sólo remitan penas temporales, no pueden remitir la pena eterna del infierno. Una vez que alguien está en el infierno, ninguna cantidad de indulgencias cambiará jamás ese hecho. La única manera de evitar el infierno es apelando a la misericordia eterna de Dios mientras todavía estamos en vida. Luego de la muerte, el destino eterno queda fijado: Hebreos 9,27.

Una persona puede "comprar el perdón" con indulgencias:

La definición de indulgencias presupone que el perdón ya ha tenido lugar: "Una indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa"(7). Las indulgencias no perdonan pecados en absoluto. Sólo conciernen a las penas que permanecen luego de que los pecados han sido perdonados.

Si la Iglesia tiene los recursos y el poder para borrar todas las penas temporales de todas las personas, ¿por qué no lo hace?

Porque Dios no desea que se haga. Dios mismo instituyó el hecho de que las penas temporales permanecieran. Estas penas temporales llevan a cabo funciones válidas, una de ellas disciplinaria, al igual que hacen los padres con los hijos. La Iglesia no puede borrar todas las penas temporales porque su remisión depende de las disposiciones de las personas que sufren esas penas temporales. Así como el arrepentimiento y la fe se requieren para la remisión de las penas eternas, también son necesarios para la remisión de las penas temporales.

Una persona puede comprar indulgencias

El Concilio de Trento instituyó severas reformas en la práctica reformas en la práctica de conceder indulgencias y, a causa de anteriores abusos, en 1567 el Papa Pio V canceló todas las concesiones de indulgencias que tuvieran que ver con estipendios u otras transacciones financieras. Las indulgencias se desarrollaron a partir de una reflexión profunda sobre el sacramento de la reconciliación. Son una manera de acortar la penitencia de la disciplina sacramental y estaban en uso siglos antes de que aparecieran problemas relaciones con el dinero y con Lutero.

Una indulgencia acortará el tiempo en el purgatorio en un número fijo de días

El número de días que solía asociarse con las indulgencias era una referencia al período de penitencia que uno podría realizar durante la vida terrena. Se desconoce lo duradero que puede ser el purgatorio para cada persona concreta. Hasta el Concilio Vaticano II se decía que cada indulgencia remitía un cierto número de "días" de la disciplina de una persona -por ejemplo, un acto podía ganar "300 días de indulgencia"- pero el uso del término "días" confundía a la gente, dándoles la impresión errónea de que en el purgatorio sigue existiendo el tiempo y de que podemos calcular nuestro "tiempo de descuento" en una manera matemática. El número de días asociado con las indulgencias realmente nunca significó que esa cantidad de "tiempo" fuera descontada de la estancia que le correspondiera a alguien en el purgatorio. En lugar de ello, significaba que se concedería un monto de remisión indefinido pero parcial, proporcionado a lo que los antiguos cristianos hubieran recibido llevando a cabo obras piadosas durante esa cantidad de días. Para solucionan esta confusión, Pablo VI emitió una revisión del Enchiridion o manual de indulgencias. Hoy ya no se asocian cantidades de días con las indulgencias, que pueden ser plenarias o parciales. Sólo Dios sabe exactamente lo eficaz que es una indulgencia parcial o si se ha recibido de hecho una indulgencia plenaria.

Una persona puede comprar indulgencias para que se le perdonen pecados futuros

La Iglesia siempre ha enseñado que las indulgencias no se aplican a pecados aún cometidos. Una indulgencia no es un permiso para pecar, ni un perdón del pecado, ni un perdón del pecado futuro. Su beneficio recae únicamente sobre faltas realizadas con anterioridad.

Nota

7. Indulgentarium doctrina Nº 1.

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Las Indulgencias
Autor: Félix Velasco Santandreu

Capítulo 4: Condiciones para ganar la Indulgencia

Para poder beneficiarse de las indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado y en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas para ganar la indulgencia. Esto es fundamental para no caer en la superstición o pensar que se trata de algo mágico.

Para que el sujeto que reúne estas condiciones se beneficio debe tener intención aunque sea general, de ganarlas y de cumplir las obras prescritas dentro del tiempo establecido y en la forma debida.

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Las Indulgencias
Autor: Félix Velasco Santandreu

Capítulo 5: Indulgencia plenaria

Las siguientes oraciones y acciones, entro otras, tienen indulgencia plenaria, si se cumplen las condiciones requeridas:

- "A tí, oh Dios, te alabamos..." (Te Deum): 1 de enero y en la Solemnidad de Pentecostés.

- "Adorad postrados..." (Tantum ergo): Jueves Santo después de la Misa en Coena Domini y en la acción litúrgica del Corpus Christi.

- "Jesús dulcísimo..." (Acto de reparación): rezado públicamente el día del Sagrado Corazón.

- "Miradme, oh mi amado y buen Jesús...": Los viernes de Cuaresma.

- "Ven Espíritu Creador..." (Veni Creator): rezado públicamente el 1 de enero y en la solemnidad de Pentecostés.

- Rezar el Vía Crucis: ante las estaciones, pasando de una a otra por lo menos quien lo dirige, meditando las escenas si se desea, con alguna oración vocal.

- Rezo del Santo Rosario: rezándolo en una iglesia, en un oratorio, en familia, o en comunidad. Es suficiente con rezar sólo cinco de los quince misterios, con la meditación de los misterios que se rezan.

- Adoración al Santísimo durante al menos media hora.

- Adoración de la Cruz: en la acción litúrgica del Viernes Santo.

- Realizar Ejercicios Espirituales o retiros similares, al menos de tres días de duración.

- Recibir la Bendición Papa Urbi el Orbi, también es válida por radio o televisión.

- Asistir al rito con que se clausura un Congreso Eucarístico.

- Al sacerdote que celebra los 25, 50, 60 años como aniversario de su ordenación, es extensiva a quienes le acompañen en la Santa Misa.

- Lectura de la Sagrada Escritura: al menos media hora.

- Visitar la iglesia parroquial en la fiesta titular y el 2 de agosto (indulgencia de la Porciúncula). Lo mismo vale para la Iglesia catedral o concatedral o para las iglesias cuasiparroquiales.

- Recibir la bendición apostólica en peligro de muerte inminente. En el caso de que no haya sacerdote, la Iglesia concede esta misma indulgencia con tal que se haya rezado habitualmente algunas oraciones (se suplen las tres condiciones habituales para ganar la indulgencia plenaria).

- Asistir a la predicación de algunos sermones, participando en la clausura de una Santa Misión.

- Visitar una iglesia u oratorio el día de su santo Fundador, rezando un Padrenuestro y un credo.

- Visitar las Basílicas Patriarcales o Mayores de Roma el día de la fiesta titular, en cualquier día de precepto o en día cualquiera del año elegido por el mismo fiel: ha de rezarse el Padrenuestro y el Credo.

- Visitar una iglesia u oratorio el día de Todos los difuntos (o con consentimiento del obispo, el domingo anterior o el posterior). Esta indulgencia sólo es aplicable a las almas del purgatorio.

- Visitar una iglesia o altar en el día de su dedicación, rezando un Padrenuestro y un Credo.

- Usar el día de los Santos Pedro y Pablo (29 de junio) algún objeto piadoso bendecido por el Papa o un obispo, rezando un Credo.

- Al nuevo sacerdote en su Primera Misa Solemne, y a quienes asistan a ella.

- Renovación de las promesas del bautismo: en la Vigilia pascual o en el aniversario del bautismo.

- Visitar la iglesia en que se celebra el Sínodo diocesano mientras éste dura, rezando el Padrenuestro y el Credo.

- Visitar las iglesias estacionales en su día propio, asistiendo a las funciones de la mañana o de la tarde.

- Al fiel que hace la Primera Comunión, y a quienes le acompañan.

- Visita al cementerio en los primeros ochos días del mes de noviembre, orando (basta mentalmente) por los fieles difuntos.

- En la visita pastoral, pueden beneficiarse de la indulgencia una vez si se asiste a una función sagrada presidida por el visitador.

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Las Indulgencias
Autor: Félix Velasco Santandreu

Capítulo 6: Condiciones para la indulgencia plenaria

Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia cumpliendo tres condiciones:

Confesión sacramental

Comunión Eucarística

Oración por las intenciones del Papa.

Con una sola confesión sacramental puede ganarse varias indulgencias plenarias; en cambio con una solo comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Papa sólo se gana una indulgencia plenaria. Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia, pero es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.

La condición de orar por las intenciones del Papa se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de orar con cualquier fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia plenaria únicamente puede ganarse una vez al día, pero el fiel cristiano puede alcanzar indulgencia plenaria in artículo mortis, aunque el mismo día haya ganado otra indulgencia plenaria.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

La obra indicada para obtener la indulgencia plenaria aneja a una iglesia y oratorio consiste en la visita piadosa de este lugar, rezando el Padrenuestro y el Credo, a no ser que en algún caso especial se establezcan otras condiciones.

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Las Indulgencias
Autor: Félix Velasco Santandreu

Capítulo 7: Indulgencia parcial

Las siguientes oraciones y acciones tienen indulgencia parcial, todas las que van señalizan con (*) pueden alcanzar la indulgencia plenaria si se cumplen los requisitos de la misma:

- "A tí, bienaventurado José...".

- "A ti, oh Dios, te alabamos..."(Te Deum)*.

- "Acordaos, oh piadosísima Virgen María...".

- "Ángel de Dios, tú que eres mi custodio...".

- "Aquí estamos, Señor, Espíritu Santo..."

- "Santos Apóstoles Pedro y Pablo...".

- "Misericordia, Dios mío..." (Salmo 50).

- "María, Madre de gracia y de clemencia..."

- "Adorad postrados..." (Tantum ergo)*.

- "Oh, sagrado banquete".

- Miradme, oh mi amado y buen Jesús..."*.

- "Señor, a todos lo que por amor..." (Oración por nuestros benefactores).

- "Señor, Dios Todopoderoso que nos has hecho llegar al comienzo de este día..."

- "Bajo tu protección..." (Sub tuum praesidium).

- "Señor, dales el descanso eterno..." Esta indulgencia se aplica sólo a los difuntos.

- "Adorote devotamente..." (Adoro te devote).

- "Alma de Cristo...".

- "Proclama mi alma..." (Magnificat).

- "Oremos por nuestro Pontífice...".

- "Jesús dulcísimo, cuya caridad...".

- "Desde lo hondo..."

- "Ven, Espíritu Creador..." (Veni Creator).

- "Ven, Espíritu Santo..." (Veni, Spiritus Sanctus).

- "Jesús dulcísimo, Redentor del género humano..." (Consagración a Cristo Rey).

- "Te damos gracias..."

- "Señor... dígnate enviar a su santo ángel...".

- "Señor, que tu gracia inspire...".

- "Visita, Señor esta habitación...".

- Rezar la Salve.

- Rezar el Santo Rosario.

- Rezar el Ángelus durante el tiempo ordinario.

- Rezar el Credo, ya sea el apostólico o el niceno-constantinopolitano*.

- Rezar Regina Coeli durante el tiempo pascual.

- Rezar Laudes o Vísperas del Oficio de difuntos.

- Rezo de cualquiera de las Letanías aprobadas por la Iglesia, entre otras: del Santísimo Nombre de Jesús, del Sagrado Corazón de Jesús, de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, de Santa María Virgen, de San José y de los Santos.

- Rezar las oraciones para pedir por las vocaciones.

- Rezar por la unidad de los cristianos.

- Rezo de cualquiera de los oficios parvos.

- Rezar una oración en honor de un santo en el día de su celebración litúrgica.

- Adoración del Santísimo Sacramento (Visita al Santísimo)*.

- Hacer un acto de contrición.

- Leer la Sagrada Escritura como lectura espiritual*.

- La comunión espiritual.

- Asistir a las Novenas con motivo de Navidad, Pentecostés o de la Inmaculada Concepción.

- Cualquier acto de fe, esperanza o caridad.

- Hacer un raro de oración mental.

- Renovar las promesas del bautismo*.

- Impartir o aprender la doctrina cristiana.

- Realizar la Señal de la cruz, pronunciando las palabras de costumbre.

- Visitar las catacumbas.

- Asistir a la predicación de la palabra de Dios*.

- Visitar una iglesia u oratorio en los días en que se realiza la visita pastoral*.

- Usar los objetos piadosos con la bendición debida*.

- Visitar las iglesias estacionales en su día propio.

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Las Indulgencias
Autor: Félix Velasco Santandreu

Capítulo 8: Condiciones generales para la indulgencia parcial

La indulgencia parcial se concede a los fieles cristianos que, en el cumplimiento de sus obligaciones y en el sufrimiento de las dificultades de la vida, eleva su alma a Dios con humilde confianza, añadiendo, aunque sólo sea mentalmente, alguna piadosa invocación.

La indulgencia parcial se concede al fiel cristiano que, movido por el Espíritu de fe, se entrega a si mismo o sus bienes, con sentimientos de misericordia, al servicio de los hermanos necesitados.

Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que, con espíritu de penitencia, se priva voluntariamente de alguna cosa lícita y agradable.

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http://es.catholic.net/temacontrovertido/331/1608/

articulo.php?id=23003

 

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Introducción a las Indulgencias


Seguramente has oído decir muchas veces: "Los católicos solían creer en las indulgencias, pero actualmente ya no creen en ellas." Esta afirmación se oye de labios de muchos católicos, incluso de algunos sacerdotes. Se dice con cierta incomodidad y como deseando cerrar un capítulo de la historia de la Iglesia, con el cual muchos católicos se sienten incómodos.

Los que alegan que las indulgencias ya no son parte de la enseñanza de la Iglesia tienen el admirable deseo de distanciarse de los abusos que ocurrieron alrededor de la época de la Reforma Protestante. También desean remover obstáculos que impiden a los no católicos tener una visión positiva de la Iglesia. Pese a lo admirable que puedan ser estos motivos, la afirmación de que las indulgencias no forman parte de la enseñanza actual de la Iglesia, es falsa.

Esto queda probado por el Catecismo de la Iglesia Católica, que afirma: "Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concebido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados." La Iglesia no hace esto solamente para ayudar al cristiano, sino también para "impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad." (Catecismo de la Iglesia Católica, 1478)

Las indulgencias son parte de la enseñanza infalible de la Iglesia. Esto significa que ningún católico está en libertad de ignorarlas o descreer de ellas. El Concilio de Trento estableció que "sean anatema quienes dicen que las indulgencias son inútiles o que la Iglesia no tiene poder para concederlas". El anatema de Trento coloca a las indulgencias en el campo de la enseñanza infaliblemente definida.

No era ésta la primera vez que un concilio ecuménico discutía el tema de las indulgencias -la primera vez fue en 1415, cuando el Concilio de Constanza afirmó la práctica- pero en Trento la doctrina fue proclamada infaliblemente por primera vez.

El uso piadoso de las indulgencias se remonta a siglos atrás, mucho antes del Concilio de Constanza, hasta los primeros días de la Iglesia. Los principios sobre los que se apoyan las indulgencias se remontan a la Biblia misma. Los católicos que se sienten incómodos con respecto a las indulgencias no se dan cuenta de cuán bíblicas son. Los principios que subyacen tras las indulgencias están tan claros en las Escrituras, como aquellos sobre los que se basan otras doctrinas más familiares, como la Trinidad.

Antes de examinar más de cerca estos principios, deberíamos definir las indulgencias. En su constitución apostólica sobre las indulgencias, el Papa Pablo VI dijo: "Una indulgencia es una remisión ante Dios, de la pena temporal debida por pecados cuya culpa ya ha sido perdonada, que el fiel cristiano debidamente dispuesto obtiene bajo ciertas condiciones definidas a través de la ayuda de la Iglesia, cuando ésta, como ministro de la Redención, dispensa y aplica con autoridad el tesoro de satisfacciones ganado por Cristo y los santos."

Esta definición técnica puede expresarse más simplemente de este modo: "Una indulgencia es lo que recibimos cuando la Iglesia disminuye la pena temporal a la que pudiéramos estar sujetos aunque nuestros pecados hayan sido perdonados." Para entender esta definición, debemos examinar los principios bíblicos subyacentes tras las indulgencias.

Principio 1: El pecado acarrea culpa y castigo.

Cuando una persona peca, esto le acarrea ciertas consecuencias: la consecuencia de la culpa y la consecuencia del castigo. La Escritura habla de la primera cuando describe a la culpa como adhiriéndose a nuestras almas, y haciéndolas descoloridas e impuras ante Dios: "Venid, pues, y disputemos dice Yahveh-: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán" (Isaías 1, 18).

Esta idea de la culpa adhiriéndose a nuestras almas aparece en textos que describen el perdón como una limpieza o lavado y el estado de nuestras almas perdonadas como limpias y blancas: "Lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame... Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame, y quedaré más blanco que la nieve" (Salmo 51, 4.9).

No sólo incurrimos en culpa, sino también en la pena de castigo cuando pecamos: "Pasaré revista al orbe por su malicia y a los malvados por su culpa. Haré cesar la arrogancia de los insolentes, y la soberbia de los desmandados humillaré" (Isaías 13, 11). El juicio atañe incluso a las cosas más pequeñas: "Porque toda obra la emplazará Dios a juicio, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo." (Eclesiastés 12, 14).

Principio 2: Los castigos son tanto temporales como eternos.

La Biblia enseña que algunos castigos son eternos, durando para siempre, pero otros son temporales, durando sólo un tiempo. El castigo eterno es mencionado en Daniel 12, 2: "Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno."

Normalmente nos centramos en las penas eternas del pecado, porque son las más importantes, pero la Escritura enseña que las penas temporales son reales y se remontan al primer pecado cometido por los seres humanos: "A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará.

"Al hombre le dijo: Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás." (Génesis 3, 16-19).

Principio 3: Las penas temporales pueden permanecer cuando un pecado es perdonado.

Cuando alguien se arrepiente, Dios quita su culpa ("Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán" [Isaías 1, 18]) y todo castigo eterno ("¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!" [Romanos 5, 9]), pero las penas temporales pueden permanecer. Un pasaje que demuestra esto es 2 Samuel 12, en el cual el profeta Natán confronta a David con su adulterio. "David dijo a Natán: He pecado contra Yahveh. Respondió Natán a David: También Yahveh perdona tu pecado; no morirás. Pero por haber ultrajado a Yahveh con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio." (2 Samuel 12, 13-14). Dios perdonó a David, hasta el punto de salvar su vida, pero David todavía tuvo que sufrir la pérdida de su hijo además de otros castigos temporales.

En Números leemos: "Moisés respondió a Yahveh: ... Si haces perecer a este pueblo como un solo hombre, dirán los pueblos que han oído hablar de ti: Yahveh, como no ha podido introducir a ese pueblo en la tierra que les había prometido con juramento, los ha matado en el desierto... Dijo Yahveh: Le perdono, según tus palabras. Pero, vivo yo ... que ninguno de los que ... no han escuchado mi voz, verá la tierra que prometí con juramento a sus padres." (Números 14, 13-23) Dios afirma que, aunque perdonaba al pueblo, les impondría una pena temporal al impedirles entrar a la tierra prometida.

Más tarde, a Moisés, que es evidentemente uno de los salvados (ver Mateo 17, 1-5), se le dice que sufrirá una pena temporal: "Dijo Yahveh a Moisés y Aarón: Por no haber confiado en mí, honrándome ante los israelitas, os aseguro que no guiaréis a esta asamblea hasta la tierra que les he dado." (Números 20, 12; cf. 27, 12-14).

Los protestantes frecuentemente niegan que las penas temporales permanezcan luego del perdón de los pecados, pero en la práctica lo reconocen por ejemplo, cuando insisten en que la gente devuelva las cosas robadas. Los ladrones pueden ser perdonados, pero deben ocuparse de la restitución.

Los protestantes se dan cuenta de que, si bien Jesús pagó ante Dios el precio por nuestros pecados, no nos relevó de nuestra obligación de reparar lo que hemos hecho. Admiten totalmente que si tú robaste el automóvil de alguien, debes devolverlo; no basta simplemente con arrepentirse. El perdón de Dios (¡y el del hombre!) no incluye el permitirle quedarse con el auto robado.

Los protestantes también admiten el principio en la práctica, al tratar el tema de la muerte. La Escritura dice que el pecado entró en el mundo a causa del pecado original (Génesis 3,22-24; Romanos 5, 12). Cuando venimos a Dios por primera vez somos perdonados, y cuando pecamos más tarde podemos ser perdonados, no obstante lo cual eso no nos libera de la pena de la muerte física. Incluso los perdonados mueren; una pena permanece luego de que nuestros pecados son perdonados. Esta es una pena temporal, ya que la muerte física es temporaria y seremos resucitados (Daniel 12, 2).

Un protestante podría decir que Dios da penas temporales para enseñar una lección al pecador, haciendo que las penas sean una disciplina más bien que un castigo. Hay tres respuestas a esto: 1) nada en los textos anteriores dice que sean disciplinas, 2) un católico también podría llamarlas disciplinas, y 3) no hay nada malo en llamarlas "castigos", ya que "disciplinar" a un niño, en el habla habitual, es sinónimo de castigar a un niño.

Como Greg Krehbiel, un protestante que ha escrito para This Rock, lo indica en un artículo de circulación privada, la idea de que todas las penas temporales se desvanecen cuando uno es perdonado "es el error central del evangelio de la salud y riqueza, es decir Jesús se llevó mi pobreza y enfermedad, de modo que debería estar sano y rico."

El católico tiene buenos fundamentos para sostener que las penas temporales pueden permanecer luego de que un pecado es perdonado. La Iglesia ha mostrado esto desde sus primeros siglos, y por medio de actos de penitencia prescriptos como parte del sacramento de reconciliación.

Principio 4: Dios bendice a determinadas personas como recompensa a otras.

Supongamos que un padre ora por su hijo seriamente enfermo y dice: "¡Amado Señor, si yo te he agradado, por favor sana a mi hijo!" El padre está pidiendo que su hijo sea sanado domo recompensa al hecho de que él (el padre) ha agradado a Dios. Intuitivamente reconocemos que ésta es una oración válida que a veces Dios contesta positivamente. Pero no necesitamos quedarnos en nuestras intuiciones: la Escritura confirma este hecho.
Luego de que Abraham libró una batalla a favor del Señor, Dios le habló en una visión y dijo: "No temas, Abram [Abraham]. Yo soy para ti un escudo. Tu premio será muy grande. Dijo Abram: Mi Señor, Yahveh, ¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos...? Dijo Abram: He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar. Mas he aquí que la palabra de Yahveh le dijo: No te heredará ése, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas. Y sacándole afuera, le dijo: Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó por justicia." (Génesis 15, 1-6). Dios prometió a Abraham una recompensa una multitud de descendientes que de otro modo no hubieran nacido. Estas personas recibieron un gran don el don de la vida porque Dios recompensó al patriarca.
Más adelante dios dijo a Abraham que de él saldrían naciones y reyes, que Dios haría un pacto con sus descendientes, y que ellos heredarían la tierra prometida (Génesis 17, 6-8). Todas estas bendiciones vinieron sobre los descendientes de Abraham como recompensa de Dios a él.
Este principio también está en el Nuevo Testamento. Pablo nos dice que "en cuanto a la elección [los judíos son] amados en atención a sus padres" (Romanos 11, 28); el principio se encuentra también en pasajes en los que una persona se acerca a Jesús pidiendo la curación o el exorcismo de otra, como en la historia de la mujer cananea (Mateo 15, 22-28).

Principio 5: Dios remite las penas temporales de algunos como recompensa a otros.

Cuando Dios bendice a una persona como recompensa a otra, a veces la bendición específica que da es una reducción de las penas temporales a las cuales la primera persona está sujeta. Por ejemplo, el corazón de Salomón fue desviado del Señor hacia el final de su vida, y Dios prometió arrancarle el reino como resultado. "Yahveh dijo a Salomón: Porque de tu parte has hecho esto y no has guardado mi alianza y las leyes que te ordené, voy a arrancar el reino de sobre ti y lo daré a un siervo tuyo. No lo haré sin embargo en vida tuya por causa de David tu padre; lo arrancaré de mano de tu hijo. Tampoco arrancaré todo el reino; daré una tribu a tu hijo, en atención a David, mi siervo, y a causa de Jerusalén que he elegido." (1 Reyes 11, 13-13). Dios disminuyó la pena temporal de dos maneras: difiriendo el retiro del reino hasta los días del hijo de Salomón y dejando una tribu (Benjamín) bajo Judá.

Dios fue claro acerca de por qué hacía esto: no a causa de Salomón, sino "por causa de David tu padre". Si David no hubiera agradado a Dios, y si Dios no le hubiera prometido ciertas cosas en relación con su reino, Dios le hubiera quitado a Salomón el reino entero, y lo hubiera hecho durante la vida de Salomón. Éste es un ejemplo de Dios disminuyendo un castigo en atención a uno de sus santos.

Es fácil pensar en otros ejemplos. Dios prometió a Abraham que, si podía encontrar un cierto número de justos en Sodoma, estaba dispuesto a diferir la destrucción temporal (y eterna) de la ciudad en atención a esos justos. (Génesis 18, 16-33).

Pablo escribió: "En cuanto al Evangelio, [los judíos] son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables" (Romanos 11, 28-29). Pablo indicaba que sus contemporáneos judíos eran tratados más favorablemente de lo que de otro modo hubieran sido tratados (los dones y la vocación de Dios no fueron quitados de ellos) porque sus antepasados eran amados de Dios, que les dio dones irrevocables (los que son enumerados en Romanos 9, 4-5).

Principio 6: Dios remite castigos temporales a través de la Iglesia.

Dios utiliza a la Iglesia cuando remite penas temporales. Ésta es la esencia de la doctrina de las indulgencias. Antes habíamos definido a las indulgencias como "lo que recibimos cuando la Iglesia disminuye la pena temporal a la que pudiéramos estar sujetos aunque nuestros pecados hayan sido perdonados". Los miembros de la Iglesia tomaron conciencia de este principio a través del sacramento de la penitencia. Desde el comienzo, actos de penitencia fueron asignados como parte del sacramento, porque la Iglesia reconoció que los cristianos tienen que afrontar las penas temporales, como la disciplina de Dios y la necesidad de compensar a aquellos a quienes nuestros pecados han perjudicado.

En la Iglesia primitiva las penitencias a veces eran severas. Por pecados serios, como la apostasía, el asesinato, y el aborto, las penitencias podían extenderse por años, pero la Iglesia reconoció que los pecadores arrepentidos podían acortar sus penitencias agradando a Dios mediante actos piadosos o caritativos que expresaban el arrepentimiento y el deseo de compensar su pecado.

La Iglesia también reconoció que la duración de las penas temporales podía ser acortada mediante la intervención de otras personas que hubieran agradado a Dios (principio 5). A veces un confesor o alguien próximo a ser martirizado intervenía y pedía, como recompensa para el confesor o el mártir, que el penitente viera disminuido su tiempo de disciplina. Fue así como la Iglesia reconoció su función de administrar las penas temporales (principio 6); esta función era simplemente parte del ministerio del perdón que Dios había dado a la Iglesia en general.

La Escritura dice que Dios dio la autoridad de personar los pecados "a los hombres" (Mateo 9, 8) y a los ministros de Cristo en particular. Jesús les dijo: "Como el padre me envió, también yo os envío. ... Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Juan 20, 21-23).

Si Cristo dio a sus ministros la capacidad de perdonar las penas eternas del pecado, ¡cuánto más tendrían la capacidad de remitir las penas temporales del pecado! Cristo también prometió a su Iglesia el poder para atar y desatar en la tierra, diciendo: "Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo" (Mateo 18, 18). Como queda claro por el contexto, el atar y desatar cubren la disciplina de la Iglesia, y la disciplina de la Iglesia involucra el administrar y remover penas temporales (tales como separar de y readmitir a los sacramentos). Por lo tanto, el poder de atar y desatar incluye la administración de las penas temporales.

Principio 7: Dios bendice a los cristianos difuntos como bendición a los cristianos en vida.

Desde el principio la Iglesia reconoció la validez de la oración por los difuntos para que su transición al cielo (a través del purgatorio) fuera rápida y suave. Esto significaba orar para la disminución o remisión de las penas temporales que les impedían la gloria plena del cielo.

Si es razonable pedir que esas penas sean remitidas en general, entonces sería razonable pedir que sean remitidas en un caso particular como una recompensa. Un viudo podría orar a Dios y pedir que, si él ha agradado a Dios, la transición de su esposa a la gloria sea acelerada. Por esta razón la Iglesia enseña que "las indulgencias siempre pueden ser aplicadas a los difuntos por vía de oración".

Un paralelo cercano a esta aplicación se encuentra en 2 Macabeos. Judas Macabeo encuentra los cuerpos de soldados que murieron portando amuletos supersticiosos durante una de las batallas del Señor. Judas y sus hombres "pasaron a la súplica, rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido" (2 Macabeos 12, 42). La referencia a que el pecado "quedara completamente borrado" atañe a sus penas temporales. El autor de 2 Macabeos nos relata que para esos hombres Judas "consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente" (v.45); él creía que aquellos hombres dormían piadosamente, lo cual no hubiera sido el caso si estuvieran en pecado mortal. Si no estaban en pecado mortal, entonces no habrían tenido penas eternas a sufrir, y por lo tanto el borrado completo de su pecado tiene que referirse a las penas temporales por sus acciones supersticiosas. Judas, "después de haber reunido entre sus hombres cerca de dos mil dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando ... en favor de los muertos, para que quedaran librados del pecado" (v. 43.45).

Judas no solamente oró por los muertos, sino que proveyó para ellos la entonces apropiada acción eclesial para disminuir sus penas temporales: un sacrificio por el pecado. Concordantemente, podemos tomar la ahora apropiada acción eclesial para disminuir las penas temporales las indulgencias y aplicarlas a los difuntos por vía de oración.

Hay una diferencia entre la manera en la cual obtenemos las indulgencias para nosotros en esta vida y la manera en la cual son aplicadas a los difuntos. Los documentos oficiales de la Iglesia, como la constitución apostólica sobre las indulgencias del Papa Pablo VI, el Código de Derecho Canónico y el Catecismo de la Iglesia Católica, todos hacen notar que las indulgencias son aplicadas a los difuntos por vía de oración.

Esto es así, porque los cristianos en el más allá ya no están bajo la jurisdicción de la Iglesia terrena. Ya no pueden recibir sacramentos, incluyendo la penitencia, y la Iglesia no tiene autoridad para liberarlos de sus penas temporales. Todo lo que puede hacer es dirigirse a Dios y orar para que disminuya esas penas. Ésta es una forma válida de oración, como indica 2 Macabeos. Podemos confiar en que Dios aplicará las indulgencias a los difuntos de alguna manera, pero la manera exacta y el grado de aplicación son desconocidos.

Estos siete principios, que como hemos visto son estrictamente bíblicos, son los fundamentos de las indulgencias, pero aún quedan preguntas para formular.

(Publicado en inglés en "This Rock", marzo de 1994, (c) Catholic Answers Inc., P.O.Box 17490, San Diego, CA92177, Estados Unidos. Traducido con el permiso del editor. Toda reproducción del presente artículo debe mencionar la fuente original y ser gratuita o cubrir solamente el costo de impresión).
Por James Akin, apologetica.org
Traducido por Daniel Cotarelo García
www.iglesia.org – Agradecemos al autor

 

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Más preguntas sobre las indulgencias


¿Quiénes son las partes involucradas? ¿Cuánto puede remitirse de la pena temporal de una persona? Si la Iglesia tiene los recursos y el poder para borrar todas las penas temporales de todas las personas, ¿por qué no lo hace? ¿Cómo se determina qué parte de las penas ha disminuido?¿Las indulgencias no duplican o incluso niegan la obra de Cristo? ¿Pero qué hay de los méritos de los santos? ¿La doctrina de las indulgencias no hace de los santos co-salvadores con Cristo?¿Debiéramos estar considerando todo esto? ¿No es mejor poner todo el énfasis en Cristo solamente?

¿Quiénes son las partes involucradas?

Hay cuatro partes: la primera agradó a Dios y lo movió a dar una recompensa, proveyendo la base para la indulgencia; la segunda pide la indulgencia y la obtiene llevando a cabo el acto prescripto para ella; la tercera concede la indulgencia (ésta es Dios obrando a través de la Iglesia); y la cuarta recibe el beneficio de la indulgencia al ver disminuidas sus penas temporales.

¿Cuánto puede remitirse de la pena temporal de una persona?

Potencialmente, toda. La Iglesia reconoce que Cristo y los santos están interesados en ayudar a los penitentes a afrontar las consecuencias de sus pecados, como queda indicado por el hecho de que siempre oran por nosotros (Hebreos 7, 25; Apocalipsis 5, 8). Llevando a cabo su función en la administración de las penas temporales, la Iglesia se apoya en el rico caudal de recompensas que Dios quiso conceder a los santos, que lo agradaron, y a su Hijo, que lo agradó más que nadie.

Las recompensas en que se apoya la Iglesia son infinitas porque Cristo es Dios, de modo que las recompensas que obtuvo son infinitas y nunca pueden ser agotadas. Sus recompensas solas, sin contar las de los santos, podrían remitir todas las penas temporales de todas las personas, en todos los lugares. Las recompensas de los santos fueron agregadas a las de Cristo no porque les falte nada a las de él, sino porque es conveniente que sean unidas con sus recompensas así como los santos están unidos con él. Aunque inmensas, las recompensas de los santos son finitas, pero las de él son infinitas.

Si la Iglesia tiene los recursos y el poder para borrar todas las penas temporales de todas las personas, ¿por qué no lo hace?

Porque Dios no desea que se haga. Dios mismo instituyó el hecho de que las penas temporales permanecieran. Ellas llevan a cabo funciones válidas, una de ellas disciplinaria. Si un niño nunca fuera disciplinado, nunca aprendería la obediencia. Dios nos disciplina como a niños "pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge" (Hebreos 12, 6) de modo que algunas penas temporales deben permanecer.

La Iglesia no puede borrar, de un plumazo, por decirlo así, todas las penas temporales porque su remisión depende de las disposiciones de las personas que sufren esas penas temporales. Así como el arrepentimiento y la fe se requieren para la remisión de las penas eternas, también son necesarios para la remisión de las penas temporales. El Papa Paulo VI afirmó: "Las indulgencias no pueden ser ganadas sin una sincera conversión y búsqueda de unidad con Dios" Podríamos decir que el grado de remisión depende de cuán bien el penitente ha aprendido su lección.

¿Cómo se determina qué parte de las penas ha disminuido?

Antes del Vaticano II se decía que cada indulgencia remitía un cierto número de "días" de la disciplina de una persona por ejemplo, un acto podía ganar "300 días de indulgencia" pero el uso del término "días" confundía a la gente, dándoles la impresión errónea de que en el purgatorio sigue existiendo el tiempo y de que podemos calcular nuestro "tiempo de descuento" en una manera mecánica. El número de días asociado con las indulgencias realmente nunca significó que tal cantidad de "tiempo" fuera descontada de la estadía que le correspondiera a alguien en el purgatorio. En lugar de ello, significaba que se concedería un monto de remisión indefinido pero parcial (no completo), proporcionado a lo que los antiguos cristianos hubieran recibido llevando a cabo obras piadosas durante esa cantidad de días. De este modo, alguien que ganaba una indulgencia de 300 días, obtenía aproximadamente lo que un cristiano primitivo hubiera obtenido, por ejemplo, recitando una oración determinada al levantarse, durante 300 días.

Para solucionar esta confusión, Pablo VI emitió una revisión del manual (Enchiridion es el nombre formal) de indulgencias. Hoy ya no se asocian cantidades de días con las indulgencias, que pueden ser plenarias o parciales.

Sólo Dios sabe exactamente cuán eficaz es una indulgencia parcial o si se ha recibido de hecho una indulgencia plenaria. El nuevo sistema de reconocimiento deja a Dios los montos exactos y atribuye a la Iglesia solamente principios generales.

¿Las indulgencias no duplican o incluso niegan la obra de Cristo?

Pese a los fundamentos bíblicos de las indulgencias, algunos son críticos p2unzantes de las mismas, e insisten en que la doctrina suplanta la obra de Cristo y nos hace nuestros propios salvadores. Esta objeción resulta de una confusión acerca de la naturaleza de las indulgencias y acerca de cómo es aplicada a nosotros la obra de Cristo.

Las indulgencias se aplican solamente a penas temporales, no a las eternas. La Biblia indica que estas penas pueden permanecer luego de que un pecado ha sido perdonado y que Dios disminuye estas penas como recompensa a aquellos que lo han agradado. Ya que la Biblia enseña esto, no puede decirse que la obra de Cristo sea suplantada por las indulgencias.

Los méritos de Cristo, siendo infinitos, constituyen la mayor parte del tesoro de los méritos. Aplicándolos a los creyentes, la Iglesia actúa como servidora de Cristo en la aplicación de lo que él ha hecho por nosotros, y sabemos por la Escritura que la obra de Cristo se aplica a nosotros a través del tiempo y no de una sola vez. (Filipenses 2, 12; 1 Pedro 1, 9).

¿Pero qué hay de los méritos de los santos? ¿La doctrina de las indulgencias no hace de los santos co-salvadores con Cristo?

De ninguna manera. En el mejor de los casos sólo estarían salvándonos de calamidades temporales, cosa que todo ser humano puede hacer (¡y debiera hacer!) por otro sin por eso estar blasfemando contra Cristo. Además, los santos tienen la capacidad de agradar a Dios porque el amor de Dios ha sido puesto en sus corazones (Romanos 5, 5). Es la gracia de Dios la que les posibilita agradarlos. Su gracia produce todas sus buenas obras, y su gracia les es dada a ellos a causa de lo que hizo Cristo. Las buenas acciones de los santos son por consiguiente producidas por Cristo obrando a través de ellos, lo que significa que Cristo es en definitiva la causa, incluso de esta "salvación" temporal.

¿Debiéramos estar considerando todo esto? ¿No es mejor poner todo el énfasis en Cristo solamente?

No. Si ignoramos el hecho de las indulgencias, estamos menospreciando lo que Cristo hace a través de nosotros, y dejamos de reconocer el valor de lo que ha hecho en nosotros. Pablo usó este tipo de lenguaje: "Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1, 24).

Aunque los padecimientos de Cristo fueron sobreabundantes (mucho más de lo necesario para pagar por cualquier cosa), Pablo hablaba acerca de completar lo que "falta" a los sufrimientos de Cristo. (Como lo expresó Agustín, "el Dios que te creó sin tu cooperación, no te salvará sin tu cooperación.") Si este modo de hablar estaba permitido a Pablo, entonces nos está permitido a nosotros, aunque el lenguaje católico acerca de las indulgencias es mucho menos chocante que el lenguaje de Pablo acerca de su propia función en la salvación.

Los católicos no debieran estar a la defensiva acerca de las indulgencias. Están basadas en principios tomados directamente de la Biblia, y podemos confiar no solamente en que las indulgencias existen, sino en que son útiles y que vale la pena obtenerlas.

El Papa Pablo VI declaró: "La Iglesia invita a todos sus hijos a meditar y sopesar en sus mentes tan bien como puedan, cómo el uso de las indulgencias beneficia a sus vidas y a toda la sociedad cristiana. ... Fundada en estas verdades, la santa Madre Iglesia nuevamente recomienda a los fieles la práctica de las indulgencias. Ella ha sido muy querida al pueblo cristiano durante muchos siglos, al igual que en nuestros días. La experiencia lo demuestra."

(Publicado en inglés en "This Rock", marzo de 1994, (c) Catholic Answers Inc., P.O.Box 17490, San Diego, CA92177, Estados Unidos. Traducido con el permiso del editor. Toda reproducción del presente artículo debe mencionar la fuente original y ser gratuita o cubrir solamente el costo de impresión).
James Akin, apologetica.org
Traducido por Daniel Cotarelo García,
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¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica

acerca de las Indulgencias?


X Las indulgencias

1471. La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia.
La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos.

La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente.
Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias (Código de Derecho Canónico, can.992-994).

1472. Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que tienen necesidad de purificación, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecado, de modo que no subsistiría ninguna pena. (cf. Concilio de Trento: Denzinger-Schönmetzer 1712-1713; 1820).

1473. El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del "hombre viejo" y a revestirse del "hombre nuevo" (cf. Efesios 4, 24).

1474. El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística". (Pablo VI, const. ap. "Indulgentarium doctrina", 5).

1478. Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad (cf. Pablo VI, ibíd. 8; Concilio de Trento: Denzinger-Schönmetzer 1835).

Tomado del Catecismo de la Iglesia

 

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¿Podemos expiar nuestros pecados?

Y en todo caso, ¿Qué significa "expiar"?


Algunos critican a las indulgencias, diciendo que involucran el hecho de que hagamos "expiación" por nuestros pecados, algo que sólo Cristo puede hacer. Si bien esto suena como una noble defensa de la suficiencia de Cristo, esta crítica está infundada, y la mayoría de los que la hacen no saben qué significa la palabra "expiación" o cómo funcionan las indulgencias.

El protestante Leon Morris, especialista en Escritura, comenta acerca de la confusión en lo tocante a la palabra "expiación": "La mayoría de nosotros ... no entendemos muy bien qué es expiación... Expiación es ... el enmendar algo malo ... Expiación es una palabra impersonal; se expía un pecado o un crimen" (The Atonement [Downers Grove: InterVarsity, 1983], 151). La Enciclopedia Bíblica Wycliff da una definición similar: "La idea básica de expiación tiene que ver con la reparación del mal, la satisfacción de las demandas de justicia a través del pago de una pena."

Los términos usados en estas definiciones expiación, satisfacción, enmienda, reparación significan básicamente lo mismo. Hacer expiación o satisfacción por un pecado es hacer enmienda o reparación por él. Cuando alguien hace reparaciones, trata de enmendar la situación causada por su pecado.

Ciertamente cuando se trata de los efectos eternos de nuestros pecados, sólo Cristo puede hacer enmienda o reparación. Sólo él fue capaz de pagar el precio infinito para cubrir nuestros pecados. Somos completamente incapaces de hacerlo no solamente porque somos criaturas finitas incapaces de hacer una satisfacción infinita (o cualquier cosa infinita), sino porque todo lo que tenemos nos fue dado por Dios. Para nosotros, tratar de satisfacer la justicia eterna de Dios sería como usar dinero que le hemos pedido prestado a alguien para restituirle lo que le habíamos robado a esa misma persona. No habría habido ninguna restitución real (cf. Salmo 49, 7-9; Job 41, 11; Romanos 11, 35). Esto no quiere decir que no podamos hacer enmiendas o reparación de los efectos temporales de nuestros pecados. Si alguien roba algo, puede devolverlo. Si alguien daña la reputación de otra persona, puede corregir públicamente la calumnia. Cuando alguien destruye la propiedad de otro, puede compensar al dueño por su pérdida. Todas éstas son maneras en las que se puede hacer enmiendas (expiación) al menos parciales por lo que se ha hecho.

Hay maneras en las que se espera que hagamos compensaciones, como admiten incluso los más acerbos críticos de las indulgencias. Si yo he dañado a otra persona, entonces, además de ponerme en la debida relación con Dios, debo reparar, o al menos tratar de reparar, el daño causado a esa persona. Para una reparación total es necesario no solamente restituir lo que había sido tomado o dañado, sino también compensar al dueño por el tiempo durante el cual fue privado de su propiedad, o ésta fue dañada. En casos financieros esto se lleva a cabo mediante el pago de un interés.

Se nos dan excelentes ilustraciones bíblicas de este principio en Levítico 6, 1-7 y Números 5, 5-8, que nos dicen que en el Antiguo Testamento un penitente tenía que pagar un veinte por ciento adicional al valor de lo que había tomado o dañado. (Esto se aplicaba a un penitente que voluntariamente efectuaba la restitución; un ladrón capturado tenía que pagar el doble del valor de lo robado [Éxodo 22, 1-9]).

(Publicado en inglés en "This Rock", marzo de 1994, (c) Catholic Answers Inc., P.O.Box 17490, San Diego, CA92177, Estados Unidos. Traducido con el permiso del editor. Toda reproducción del presente artículo debe mencionar la fuente original y ser gratuita o cubrir solamente el costo de impresión).
Por James Akin, apologetica.org.
Traducido por Daniel Cotarelo García,
www.conoze.com - www.iglesia.org

  

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CÓMO OBTENER UNA INDULGENCIA


Para obtener cualquier indulgencia usted debe ser un católico en estado de gracia. Tiene que ser un católico para estar bajo jurisdicción de la Iglesia, y tiene que estar en estado de gracia porque fuera de la gracia de Dios ninguna de sus acciones son fundamentalmente agradables a Dios (meritorias). También tiene que tener al menos la intención habitual de obtener una indulgencia mediante el acto que lleva a cabo.

Para ganar una indulgencia parcial, debe llevar a cabo con un corazón contrito el acto al cual la indulgencia está asociada.

Para ganar una indulgencia plenaria debe llevar a cabo el acto con un corazón contrito, y además debe confesarse (una confesión puede ser suficiente para varias indulgencias plenarias), recibir la Sagrada Comunión, y orar por las intenciones del Papa. (Son suficientes un Padrenuestro y un Avemaría rezados por las intenciones del Papa, aunque usted es libre de sustituirlos por otras oraciones de su propia elección). La condición final es que debe estar libre de todo apego al pecado, incluso al pecado venial.

A causa de la extrema dificultad para cumplir la última condición, rara vez se obtiene una indulgencia plenaria. Si usted trata de recibir una indulgencia plenaria, pero no es capaz de cumplir la última condición, recibe en su lugar una indulgencia parcial.

Más adelante se citan indulgencias enumeradas en el Manual de Indulgencias (Nueva York: Catholic Book Publishing, 1991). Nótese que hay una indulgencia para la lectura de la Biblia. De modo que, en lugar de desalentar la lectura de la Biblia, ¡la Iglesia Católica la promueve concediéndole indulgencias! (Esto data de mucho antes del Vaticano II).

-Un acto de comunión espiritual, expresado mediante cualquier fórmula devota, es recompensado con una indulgencia parcial.

-Se concede una indulgencia parcial a los fieles cristianos que devotamente pasen tiempo en oración mental.

-Se concede una indulgencia parcial a los fieles cristianos que lean la Sagrada Escritura con la veneración debida a la Palabra de Dios y como una forma de lectura espiritual. La indulgencia será plenaria cuando dicha lectura sea realizada al menos durante media hora [siempre que se cumplan las otras condiciones].

-Se concede una indulgencia parcial a los fieles cristianos que devotamente se hagan la señal de la cruz diciendo al mismo tiempo la fórmula acostumbrada: "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén."

-Los sacerdotes que administren los sacramentos a los fieles cristianos que estén en situación de peligro de muerte no deben descuidar el impartirles la bendición apostólica, con su indulgencia asociada.

-Pero si un sacerdote no puede estar presente, la Santa Madre Iglesia amorosamente concede a las personas que están debidamente dispuestas una indulgencia plenaria para ser obtenida in articulo mortis, al aproximarse la muerte, siempre que hayan orado habitualmente de alguna manera durante sus vidas. El uso de un crucifijo o una cruz es recomendado para obtener esta indulgencia plenaria. En tales condiciones las tres condiciones habituales requeridas para ganar una indulgencia plenaria son sustituidas por la condición "siempre que hayan orado habitualmente de alguna manera". Los fieles cristianos pueden obtener la indulgencia plenaria mencionada aquí, al aproximarse la muerte (in articulo mortis) aunque ya hayan obtenido otra indulgencia plenaria el mismo día.

(Publicado en inglés en "This Rock", marzo de 1994, (c) Catholic Answers Inc., P.O.Box 17490, San Diego, CA92177, Estados Unidos. Traducido con el permiso del editor. Toda reproducción del presente artículo debe mencionar la fuente original y ser gratuita o cubrir solamente el costo de impresión).
Por James Akin, apologetica.org
Traducido por Daniel Cotarelo García,
www.conoze.com - www.iglesia.org

 

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Antecedentes: el perdón y el dinero

 

La obtención de indulgencias, que había surgido como práctica más o menos frecuente ya en los albores del cristianismo, reportaba al principio enormes sacrificios y grandes mortificaciones para quienes deseaban adquirirlas.

Para tratar de entender en qué momento y de qué manera se produjo la “degradación” en la práctica de las indulgencias, que terminaría por fracturar a la Iglesia fundada por Cristo, es necesario explicar lo más sucintamente que sea posible el espíritu y la doctrina que subyacen en el fondo de esta práctica.

 

Para tal efecto, extractamos una breve cita de la Constitución Apostólica “Indulgentiarum Doctrina”, emitida por el Papa Pablo VI, en 1967, que condensa las enseñanzas y la tra-dición de la Iglesia sobre esta materia: “El fin que se propone la autoridad eclesiástica, al otorgar las indulgencias, está no sólo en ayudar a los fieles cristianos a expiar las penas debidas, sino en impulsarlos a practicar obras de piedad, de penitencia y de caridad, mayormente las que sirven al incremento de la fe y del bien común...”

En este párrafo se encuentra, casi “escondido”, el porqué de que en cierto momento la obtención de indulgencias se vinculase con cuestiones económicas. Así pues, al proponerse no sólo la búsqueda de la propia salvación, sino también la promoción de la caridad cristiana, la doctrina de las indulgencias incorporó la limosna como una de las prácticas que proporcionaban una remisión o expiación de las penas temporales. Hasta allí, ningún problema...

Sin embargo, el deseo de los fieles de obtener indulgencias, combinado con las acuciantes necesidades económicas de la Iglesia durante la Edad Media, y la crisis moral generalizada de aquella época, dieron pie a una circunstancia fatal, que en 1517 desencadenaría el cisma más importante de la historia del cristianismo.

En aquel tiempo, la corrupción había invadido a todos los sectores que detentaban algún tipo de influencia, llegando, incluso, hasta las cúpulas de la Iglesia. Entonces, la acumulación de bienes, riqueza y poder ya no era privativa de los Señores Feudales, la ambición también había contaminado las conciencias de obispos, clérigos y seglares, que comenzaron a cometer una serie de abusos con este asunto.

Probablemente el origen de aquel mal pueda remontarse hasta el siglo XII, cuando algunas autoridades eclesiásticas procuraron, a través del dinero obtenido de limosnas y de la “venta” de indulgencias, el financiamiento para la construcción de templos y la realización de campañas mili-tares (Cruzadas), ante el real peligro que implicaban las invasiones turcas al continente europeo.

Inmediatamente, surgieron varios personajes inescrupulosos, que comenzaron a abusar y enriquecerse ilícitamente, al constatar que la concesión de indulgencias podía convertirse en una importante fuente de recursos, dado que ciertos cre-yentes cristianos no escatimaban el dinero ni los esfuerzos con tal de aminorar las penas del purgatorio.

Convencían pues a los fieles, de que era un requisito indispensable para ganar la indulgencia el depositar “en favor de la Iglesia” una suma de dinero que fuera proporcional a la cuantía de sus pecados.

En poco tiempo, esta contribución pecuniaria, que jamás debió haber sido más que un accesorio en la obtención de indulgencias, se convirtió muchas veces en el fin principal, y con esto la indulgencia se alejó de su objetivo original de ofrecer perdón y misericordia para el pecador arrepentido y se rebajó hasta convertirse en una simple operación financiera con fines de lucro.

Así lo denunciaría Martín Lutero, promotor de la “Reforma Protestante”: “El elemento financiero adquirió enorme volumen en las indulgencias de cruzada, porque los fondos (diezmos) que de ellas se recaudaban eran tan fuertes, que con ellos les era posible a los reyes y a los papas sostener las guerras contra los infieles.” (Tomado de R. G. Villoslada, “Martín Lutero”. Segunda edición, BAC, Madrid, 1976. pp. 319-351. Edición digital de Apologética.org)

Es en ese contexto cuando surge este importante personaje que partiría en dos el corazón mismo de la Iglesia Católica.

1. Martín Lutero

Lutero era un fraile agustino, considerado dentro de su orden como célebre teólogo y uno de los más ilustres profesores de la Universidad de Wittenberg, en la actual Alemania. Entre sus muchos amigos doctos, eruditos y piadosos, tenía fama de sabio y de hombre espiritual, aunque había también quienes criticaban su espíritu arrogante, la temeridad de sus opiniones y su soberbia.

Corría el mes de abril del año 1517 cuando llegó a oídos de Fray Martín Lutero la noticia de que a unos treinta kilómetros de Wittenberg, cierto fraile dominico predicaba una nueva indulgencia plenaria concedida por el Papa León X en favor de la basílica de San Pedro. Aquel predicador se llamaba Juan Tetzel.

En realidad, ésta no era una nueva causa de indulgencia, ya que el anterior Pontífice, Julio II, la había promovido durante su gestión con intenciones de otorgar indulgencias plenarias a los fieles que pagaran fuertes sumas de dinero, que se utilizarían para la construcción de la Nueva Basílica de San Pedro.

Aparentemente, éste fue el hecho que llevó a Lutero a pu- blicar, en octubre de ese mismo año (1517), un escrito donde cuestionaba la venta de indulgencias y otros abusos perpetrados en el seno de la Iglesia.

En este documento, posteriormente dividido en 95 tesis, se pone en duda la autoridad moral de los altos jerarcas de la iglesia, incluyendo al mismo Papa. Las “95 tesis” fueron concebidas y escritas por el fraile agustino, publicadas y difundidas en las principales iglesias y ciudades alemanas donde se daban con frecuencia estas erróneas prácticas... De este modo se iniciaba la Reforma Protestante.

Así como no se pueden negar los abusos que de hecho eran cometidos por varios clérigos, seglares y jerarcas católicos de aquella época, tampoco pueden ocultarse los móviles nacio-nalistas y oportunistas que guiaron a Lutero a producir este documento.

En efecto, ya desde el Siglo XIII se sostenía en diversos ámbitos que, “a causa de las tributaciones a la curia romana, Alemania quedaría empobrecida”. Esta queja sostenida, acompañada de una serie de críticas por los abusos que en esa región de Europa cometían numerosos miembros de la Iglesia, hallarían eco en el monje Lutero y le empujarían a buscar una diferenciación, en términos de “buenos y malos”, (amigos y enemigos), que a su criterio pasaría por una “reforma radical”, aunque siempre dentro del seno de la Iglesia.

Lo cierto es que, si bien la crítica luterana tuvo en sus orígenes sólidos, razonables y hasta loables fundamentos, al monje alemán se le cargaron demasiado los húmores y las tintas, perdió la brújula y los estribos, y cometió abusos tan graves en sus denuncias, que después le fue intelectual y éticamente imposible volver atrás.

En efecto, no de otro modo puede interpretarse, como ejemplo, lo que expresaba en su Tesis Nº 29: “¿Quién sabe si todas las almas del purgatorio quieren ser liberadas?”
Verdaderamente, parecía como si un espíritu maligno se hubiese apoderado de él y le guiase a escribir una serie de improperios y heregías...

2. Las 95 tesis Luteranas

Lutero no fue el único en protestar por el manejo de las indulgencias. Anteriormente, diversos personajes pertenecientes o ajenos a la Iglesia, habían levantado sus voces en contra de estos abusos. Pero Fray Martín, impugnaba además ciertos dogmas importantes de nuestra religión, como el tesoro espiritual de la Iglesia, el poder Papal para conceder indulgencias y la validez de las mismas... todo esto sin estar conciente de que con ello estaría sentando las bases de una nueva doctrina cristiana, que daría origen al Protestantismo.

Consideramos apropiado publicar algunas de las 95 tesis de Lutero, a fin de que se tenga una idea más clara sobre la posición y las demandas del fraile agustino, y los terribles excesos que terminaron por separarlo de nuestra Iglesia:

20. “Lo que el Papa entiende por indulgencia plenaria no es la remisión de todas las penas en absoluto, sino tan sólo de las impuestas por él”.
21. “Yerran, pues, los predicadores de indulgencias, según los cuales, por las indulgencias papales, queda el hombre libre y salvo de toda pena”.
29. “¿Quién sabe si todas las almas del purgatorio quieren ser liberadas?”
30. “Nadie está absolutamente cierto (securus) de estar verdaderamente contrito (arrepentido); mucho menos de haber obtenido plenaria remisión”.
32. “Se condenarán eternamente, junto con sus maestros, cuantos se crean seguros de su salvación por las letras indulgenciales”.
58. “Esos tesoros no son los méritos de Cristo y de los santos, porque éstos, sin intervención del Papa, siempre obran la gra-cia del hombre interior y tienen por efecto la cruz, la muerte y el infierno del hombre exterior”.
65. “Los tesoros evangélicos son redes con que antiguamente se pescaba a los hombres que tenían riquezas” (divitiarum viros).
66. “Los tesoros de las indulgencias son redes con que hoy día se pescan las riquezas de los hombres” (divitias virorum).
82. “¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio, dada su santísima caridad y la suma necesidad de las almas?”
(Tomado de R. G. Villoslada, “Martín Lutero”. Segunda edición, BAC, Madrid, 1976. pp. 319-351. Edición digital de Apologética.org)
Como puede apreciarse claramente, sus escritos llegaron a destilar un letal veneno, que lamentablemente se tornaría en su contra y en contra de millones de almas... almas que, con el paso del tiempo, adherirían a las distintas iglesias tristemente desprendidas de aquella que fundó el mismo Cristo; porque, sin ánimo de presumir, todas las demás fueron fundadas por X, Y o Z hermano, tal vez muy bueno, muy justo, muy “santo”... pero nunca equiparables al Santo de los Santos, que edificó SU Iglesia sobre el Primado de Pedro.

3. Surgimiento del Protentantismo

Después de la publicación del polémico documento, las Tesis de Protesta Luteranas, se desató una serie de réplicas por parte de los predicadores de indulgencias. Uno de los principales oponentes a las tesis luteranas fue el mismo Juan Tetzel, quien se enfrascó con Lutero en una discusión casi académica sobre el manejo de las Indulgencias.

Tetzel se oponía a la aceptación de las tesis luteranas porque -según sus argumentos- con ello se despreciarían la autoridad y el poder del Sumo Pontífice y de la santa sede romana; se omitirían las obras de la satisfacción sacramental y cada quien interpretaría la Sagrada Escritura a su antojo (lo que hoy sucede con la doctrina protestante).

Por su parte, todos los elementos que en Alemania se hallaban descontentos de la Curia, por motivos políticos, económicos, nacionales o de cualquier otra especie, recibieron con beneplácito el precedente sentado por Lutero, quien, sin preverlo quizás, conduciría a la separación de una gran parte del pueblo devoto alemán. Al principio fue una simple resquebrajadura que pareció de escasa importancia, pero pronto se convirtió en un cisma que afectaría de manera definitiva a la Iglesia Católica Universal y a varios miles de almas.

 

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SACROSANTO, ECUMÉNICO Y GENERAL
CONCILIO DE TRENTO


Esta es la fe del bienaventurado san Pedro, y de los Apóstoles;
esta es la fe de los Padres; esta es la fe de los Católicos

 

LAS INDULGENCIAS, LA MORTIFICACIÓN,
EL ÍNDICE Y LOS EMBAJADORES
DECRETO SOBRE LAS INDULGENCIAS
LA ELECCIÓN DE MANJARES, DE LOS AYUNOS Y DÍAS DE FIESTA
ÍNDICE DE LOS LIBROS, DEL CATECISMO, BREVIARIO Y MISAL
LUGAR DE LOS EMBAJADORES

 

DECRETO SOBRE LAS INDULGENCIAS

Habiendo Jesucristo concedido a su Iglesia la potestad de conceder indulgencias, y usando la Iglesia de esta facultad que Dios le ha concedido, aun desde los tiempos más remotos; enseña y manda el sacrosanto Concilio que el uso de las indulgencias, sumamente provechoso al pueblo cristiano, y aprobado por la autoridad de los sagrados concilios, debe conservarse en la Iglesia, y fulmina antema contra los que, o afirman ser inútiles, o niegan que la Iglesia tenga potestad de concederlas. No obstante, desea que se proceda con moderación en la concesión de ellas, según la antigua, y aprobada costumbre de la Iglesia; para que por la suma facilidad de concederlas no decaiga la disciplina eclesiástica. Y anhelando a que se enmienden, y corrijan los abusos que se han introducido en ellas, por cuyo motivo blasfeman los herejes de este glorioso nombre de indulgencias; establece en general por el presente decreto, que absolutamente se exterminen todos los lucros ilícitos que se sacan porque los fieles las consigan; pues se han originado de esto muchísimos abusos en el pueblo cristiano. Y no pudiéndose prohibir fácil ni individualmente los demás abusos que se han originado de la superstición, ignorancia, irreverencia, o de otra cualquiera causa, por las muchas corruptelas de los lugares y provincias en que se cometen; manda a todos los Obispos que cada uno note todos estos abusos en su iglesia, y los haga presentes en el primer concilio provincial, para que conocidos y calificados por los otros Obispos, se delaten inmediatamente al sumo Pontífice Romano, por cuya autoridad y prudencia se establecerá lo conveniente a la Iglesia universal: y de este modo se reparta a todos los fieles piadosa, santa e íntegramente el tesoro de las santas indulgencias.

LA ELECCIÓN DE MANJARES, DE LOS AYUNOS Y DÍAS DE FIESTA

Exhorta además el santo Concilio, y ruega eficazmente a todos los pastores por el santísimo advenimiento de nuestro Señor y Salvador, que como buenos soldados recomienden con esmero a todos los fieles, cuanto la santa Iglesia Romana, madre y maestra de todas las iglesias, y cuanto este Concilio, y otros ecuménicos tienen establecido; valiéndose de toda diligencia para que lo obedezcan completamente, y en especial aquellas cosas que conducen a la mortificación de la carne, como es la abstinencia de manjares, y los ayunos; e igualmente lo que mira al aumento de la piedad, como es la devota y religiosa solemnidad con que se celebran los días de fiesta; amonestando frecuentemente a los pueblos que obedezcan a sus superiores: pues los que los oyen oirán a Dios remunerador, y los que los desprecian, experimentarán al mismo Dios como vengador.

ÍNDICE DE LOS LIBROS, DEL CATECISMO, BREVIARIO Y MISAL

En la Sesión segunda, celebrada en tiempo de nuestro santísimo Padre Pío IV, cometió el santo Concilio a ciertos Padres escogidos, que examinasen lo que se debía hacer sobre varias censuras, y libros o sospechosos o perniciosos, y diesen cuenta al mismo santo Concilio. Y oyendo ahora que los mismos Padres han dado la última mano a esta obra, sin que el santo Concilio pueda interponer su juicio con distinción y oportunidad, por la variedad y muchedumbre de los libros; manda que se presente al santísimo Pontífice Romano cuanto dichos Padres han trabajado, para que se determine y divulgue por su dictamen y autoridad. Y lo mismo manda hagan respecto del Catecismo los Padres a quienes estaba encomendado, así como respecto del Misal y Breviario.

LUGAR DE LOS EMBAJADORES

El santo Concilio declara, que por causa del lugar señalado a los Embajadores, así eclesiásticos como seculares, en los asientos, procesiones o cualesquiera otros actos; no se ha causado perjuicio alguno a ninguno de ellos; sino que todos los derechos y prerrogativas suyas, y del Emperador, sus Reyes, Repúblicas y Príncipes, quedan ilesas y salvas, y permanecen en el mismo estado en que se hallaban antes del presente Concilio.

FINALIZACIÓN DEL SACROSANTO Y ECUMÉNICO
CONCILIO DE TRENTO

Que los decretos del Concilio se deben recibir y observar Que los decretos del Concilio hechos en tiempo de los Pontífices Paulo III y Julio III se reciten en esta Sesión Del fin del Concilio, y de que se pida al Papa su confirmación

Que los decretos del Concilio se deben recibir y observar

Ha sido tan grande la calamidad de estos tiempos, y tan arraigada la malicia de los herejes, que no ha habido aserto de nuestra fe, por claro, constante y cierto que haya sido, al que instigados por el enemigo del humano linaje no hayan contaminado con algún error. Por esta causa, el sagrado Concilio ha procurado ante todas cosas condenar y anatematizar los principales errores de los herejes de nuestro tiempo, y explicar y enseñar la doctrina verdadera y católica; como en efecto ha condenado, y anatematizado, y definido. Mas no pudiendo hallarse ausentes por tanto tiempo de sus iglesias tantos Obispos, convocados de varias provincias del orbe cristiano, sin grave daño y peligro universal de la grey que les está encomendada; no quedando tampoco esperanza alguna de que los herejes, convidados tantas veces, aun con el Salvoconducto que desearon, y esperados por tanto tiempo, hayan de concurrir ya a esta ciudad; y por esta causa sea necesario dar últimamente fin a este sagrado Concilio; resta ahora que amoneste, como lo hace en el Señor, a todos los Príncipes, para que presten su auxilio, de suerte que no permitan que los herejes corrompan, o violen lo que el mismo Concilio ha decretado, sino que estos, y todos lo reciban con respeto, y lo observen con exactitud. Y si sobreviniere alguna dificultad al recibirlo, u ocurren algunas cosas que pidan (lo que no cree) declaración, o definición; a más de otros remedios establecidos en este Concilio, confía él mismo, que cuidará el Beatísimo Pontífice Romano de ocurrir, por la gloria de Dios y tranquilidad de la Iglesia, a las necesidades de las provincias, o llamando de estas, en especial de aquellas en que se haya suscitado la dificultad, las personas que tuviere por conveniente para evacuar aquellos puntos; o celebrando otro concilio general, si lo juzgare necesario; o de cualquiera otro modo que le pareciere el más oportuno.

Que los decretos del Concilio hechos en tiempo de los Pontífices Paulo III y Julio III se reciten en esta Sesión

Por cuanto se ha establecido y definido en este sagrado Concilio muchas cosas, así dogmáticas como sobre la reforma de costumbres, y en diversos tiempos en los Pontificados de Paulo III y Julio III de feliz memoria; quiere el santo Concilio que todas ellas se reciten y lean al presente. Se recitaron.

Del fin del Concilio, y de que se pida al Papa su confirmación

Ilustrísimos Señores, y Reverendísimos Padres: ¿Convenís en que a gloria de Dios omnipotente se ponga fin a este sacrosanto y ecuménico Concilio? ¿y que los Legados y Presidentes de la Sede Apostólica pidan, a nombre del mismo santo Concilio, al Beatísimo Pontífice Romano, la confirmación de todas, y cada una de las coas que se han decretado y definido en él, así en el tiempo de los Romanos Pontífices Paulo III y Julio III de feliz memoria, como en el de nuestro santísimo Padre Pío IV? Respondieron: Así lo queremos.

A consecuencia de esto, el Ilustrísimo y Reverendísimo Cardenal Morón, primer Legado y Presidente, dijo, echando su bendición al santo Concilio: Después de dar gracias a Dios, id en paz, Reverendísimos Padres. Respondieron. Amen.

ACLAMACIONES DE LOS PADRES AL FINALIZAR EL CONCILIO

El Cardenal de Lorena.

Muchos años, y memoria sempiterna a nuestro Beatísimo Padre y Señor, el Papa Pío, Pontífice de la santa y universal Iglesia.

Los PP. Dios y Señor, conserva para tu Iglesia por larguísimo tiempo al santísimo Padre: concede larga vida.

El Card. Conceda el Señor paz, eterna gloria, y felicidad entre los santos a las almas de los beatísimos sumos Pontífices Paulo III y Julio III, por cuya autoridad se comenzó este sacro y general Concilio.

Los PP. Sea su memoria en bendición.

El Card. Sea en bendición la memoria del Emperador Carlos V y de los Serenísimos Reyes que han promovido y protegido este Concilio universal.

Los PP. Así sea, así sea.

El Card. Larga vida al serenísimo y siempre Augusto, católico y pacífico Emperador Ferdinando, y a todos nuestros Reyes, Repúblicas y Príncipes.

Los PP. Conserva, Señor, este piadoso y cristiano Emperador: Emperador del cielo, ampara los Reyes de la tierra, que conservan tu santa fe católica.

El Card. Muchas gracias y larga vida a los Legados de la Sede Apostólica Romana, que han presidido en este santo Concilio.

Los PP. Muchas gracias: Dios les de la recompensa.

El Card. A los Reverendísimos Cardenales, e ilustres Embajadores.

Los PP. Muchas gracias: larga vida.

El Card. Larga vida, y feliz regreso a sus iglesias a los santísimos Obispos.

Los PP. Sea perpetua la memoria de estos proclamadores de la verdad: larga vida a este católico Senado.

El Card. El Concilio Tridentino es sacrosanto y ecuménico: confesemos su fe; observemos siempre sus decretos.

Los PP. Siempre la confesemos, siempre los observemos.

El Card. Así lo creemos todos: todos sentimos lo mismo; y consintiendo todos los abrazamos y suscribimos. Esta es la fe del bienaventurado san Pedro, y de los Apóstoles: esta es la fe de los PP.: esta es la fe de los católicos.

Los PP. Así lo creemos; así lo sentimos; así lo firmamos.

El Card. Insistiendo en estos decretos, hagámonos dignos de las misericordias y gracia del primero, grande y supremo Sacerdote, Jesucristo Dios, por la intercesión de su santa inmaculada Madre y Señora nuestra, y la de todos los santos.

Los PP. Así sea, así sea.

El Card. Anatema a todos los herejes.

Los PP. Anatema, anatema.

Después de esto, mandaron los Legados y Presidentes, so pena de excomunión, a todos los Padres, que antes de ausentarse de la ciudad de Trento, firmasen de propia mano los decretos del Concilio o los aprobasen por instrumento público; y todos suscribieron después en número de 255: es a saber: 4 Legados; 2 Cardenales; 3 Patriarcas; 25 Arzobispos; 168 Obispos; 7 Abades; 39 Procuradores con legítimo poder de los ausentes; y siete Generales de órdenes religiosas.

FIRMAS DE LOS PADRES

En el nombre de Dios. Amén.

Yo Juan de Morón, Cardenal de la S. R. I., Obispo de Palestina, Presidente, y legado a latere del SS. Señor el Papa Pío IV y de la santa Sede Apostólica en el sagrado y ecuménico Concilio de Trento, definí, y firmé de propia mano.

Yo Estanislao Hosio, Presbítero Cardenal de Vormes del título de san Eustaquio, Legado a latere del mismo SS. Señor el Papa Pío IV y de la santa Sede Apostólica, y Presidente en el mismo sagrado ecuménico Concilio de Trento, firmé de propia mano.

 

Yo Luis Simoneta, Cardenal del título de san Ciriaco in Thermis, Legado, y Presidente en el mismo Concilio, firmé.

Yo Bernardo Navagerio, Cardenal del título de san Nicolás inter imagines, Legado y Presidente en el mismo Concilio general, firmé.

Yo Carlos de Lorena, Presbítero Cardenal de la S. R. I. del título de san Apolinar, Arzobispo, Duque de Rems, y Par primero de Francia, definí, y firmé de propia mano.

Yo Luis Madruci, Diácono Cardenal de la S. R. I. del título de san Onofre, electo Obispo de Trento, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio Elio, de Cabo de Istria, Obispo de Pola, y Patriarca de Jerusalen, definí, y firmé de propia mano.

Yo Daniel Bárbaro, Veneciano, Patriarca electo de Aquileya, definí, y firmé.

Yo Juan Trevisani, Patriarca de Venecia, definí, acepté, y firmé de propia mano.

Pedro Landi, Veneciano, Arzobispo de Candia, definí, y firmé.

Yo Pedro Antonio de Capua, Napolitano, Arzobispo de Otranto, definí, y firmé.

Yo Marcos Cornelio, Arzobispo electo de Spalatro, definí, y firmé.

Yo Pedro Guerrero, Español, Arzobispo de Granada, definí, y firmé.

Yo Antonio Altovita, Florentino, Arzobispo de Florencia, definí, y firmé.

Yo Paulo Emilio Verali, Arzobispo de Capaccio, definí, y firmé.

Yo Juan Bruno, de nación Dulcinota, Arzobispo de Antibari la Dioclense, y Primado de todo el reino de Servia, definí, y firmé.

Yo Juan Bautista Castaneo, Romano, Arzobispo de Rosano, firmé de propia mano.

Yo Juan Bautista Ursini, Arzobispo de Santa Severina, definí, y firmé.

Yo Mucio, Arzobispo de Zara, definí, y firmé.

Yo Segismundo Saraceny, Napolitano, Arzobispo de Azerenza y Matera, firmé de propia mano.

Yo Antonio Parragues de Castillejo, Arzobispo de Caller, definí, y firmé de propia mano.

Yo Bartolomé de los Mártires, de Lisboa, Arzobispo de Braga, Primado de España, definí, y firmé de propia mano.

Yo Agustín Salvaigo, Arzobispo de Génova, definí, y firmé de propia mano.

Yo Felipe Mocenigo, Veneciano, Arzobispo de Nicosia, Primado y Legado nato en el reino de Chipre, definí, y firmé.

Yo Antonio Cauco, Veneciano, Arzobispo de Patras, y coadjutor de Corfú, definí, y firmé.

Yo Germánico Bandini, de Sena, Arzobispo de Corinto, y coadjutor de Sena, definí, y firmé.

Yo Marco Antonio Colorana, Arzobispo de Taranto, definí, y firmé.

Yo Gaspar de Foso, Arzobispo de Regio, definí, y firmé.

Yo Antonio de Muglitz, Arzobispo de Praga, definí, y firmé.

Yo Gaspar Cervantes de Gaeta, Arzobispo de Mesina, electo de Salerno, definí, y firmé de propia mano.

Yo Leonardo Marini, Genovés, Arzobispo de Lanciano, definí, y firmé.

Yo Octaviano de Preconis, Franciscano, de Mesina, Arzobispo de Palermo, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio Justiniani, de Chio, Arzobispo de Nascia y Paros, definí, y firmé.

Yo Antonio de Puteis, de Niza, Arzobispo de Bari, definí, y firmé.

Yo Juan Tomás Sanfelici, Napolitano, Obispo el más antiguo de Cava, firmé.

Yo Luis de Pisa, Veneciano, electo Obispo de Padua, clérigo de la cámara Apostólica, definí, y firmé.

Yo Alejandro Picolomini, Obispo de Pienza, firmé.

Yo Dionisio Griego, Obispo de Milopotamo, firmé.

Yo Gabriel de Veneur, Francés, Obispo de Evreaux, definí, y firmé de propia mano.

Yo Guillermo de Montbas, Francés, Obispo de Lectour, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio de Camera, Obispo de Belay, firmé.

Yo Nicolás María Caraccioli, Napolitano, Obispo de Catania, definí, y firmé.

Yo Bernardo Bonjuan, Obispo de Camerino, definí y firmé.

Fabio Mirto, Napolitano, Obispo de Gayazo, definí, y firmé.

Jorge Cornelio, Veneciano, Obispo de Trivigi, definí, y firmé.

Yo Mauricio Petra, Obispo de Vigebano, definí, y firmé de mano propia.

Yo Marcio de Medicis, Florentino, Obispo de Marcia-nova, firmé.

Yo Gil Falcetta de Cingulo, Obispo de Bertinoro, definí, y firmé de propia mano.

Yo Tomás Casell, de la ciudad de Rossano en Calabria, del orden de Predicadores, Obispo de Cava, definí y firmé de mi mano.

Yo Hipólito Arrivabeno, Mantuano, Obispo de Giera Petra, firmé de propia mano.

Yo Gerónimo Macabeo, Duscanense, Obispo de santa Marinela en la provincia del patrimonio de san Pedro, definí, y firmé de propia mano.

Yo Pedro Agustín, Obispo de Huesca y Jaca, de la provincia de Zaragoza en la España citerior, definí, y firmé.

Yo Jacobo, Florentino, Obispo de Chizzoa, firmé de propia mano.

Yo Bartolomé Sirgio, Obispo de Castellaneta, definí, y firmé.

Yo Tomás Estela, Obispo de Cabo de Istria, definí y firmé.

Yo Juan Suarez, Obispo de Coimbra, definí, y firmé de propia mano.

Yo Juan Jacobo Barba, Napolitano, Obispo de Terani, y Sacristán del S. P. N. S. firmé de propia mano.

Yo Miguel de Torre, Obispo de Ceneda, definí de propia mano.

Yo Pompeyo Zambicari, Obispo de Sulmona, firmé de propia mano.

Yo Antonio de Comitibus a Cuturno, Obispo de Bruneto, firmé de propia mano.

Yo César Fogia, Obispo de Umbriático, definí y firmé de propia mano.

Yo Martín de Ayala, Obispo de Segovia, firmé de propia mano.

Yo Nicolás Psalm, Lorenés, Obispo de Verdun, Príncipe del sacro Imperio, definí, y firmé de propia mano.

Yo Julio Parisiani, Obispo de Rimini, definí, y firmé de propia mano.

Yo Bartolomé Sebastián, Obispo de Patti, definí, y firmé de propia mano.

Yo Francisco Lamberti, Saboyano, Obispo de Niza, definí, y firmé de propia mano.

Yo Maximiliano Doria, Genovés, Obispo de Noli, definí, y firmé de propia mano.

Yo Bartolomé Capranico, Romano, Obispo de Carinola, definí, y firmé de propia mano.

Yo Ennio Massario de Nardi, Obispo de Ferenzuola, definí, y firmé de propia mano.

Yo Aquiles Brancia, Napolitano, patricio de Sorrento, Obispo de Boyano, definí, y firmé de propia mano.

Yo Juan Francisco Virdura, de Mesina, Obispo de Chiron, definí, y firmé.

Yo Tristán de Biset, Francés, Obispo de Santoigue, firmé de propia mano.

Yo Ascanio Geraldini, Amerino, Obispo Cathacense, definí, y firmé.

Yo Marcos Gonzaga, Mantuano, Obispo Auxerense, definí, y firmé de propia mano.

Yo Pedro Francisco Palavicini, Genovés, Obispo de Leria, definí, y firmé.

Yo Fr. Gil Foscarari. Obispo de Módena, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Timoteo Justiniani, de Chio, del orden de Predicadores, Obispo de Calamona, definí, y firmé.

Yo Diego Henríquez de Almansa, Español, Obispo de Coria, definí, y firmé.

Yo Lactancio Roverela, Obispo de Asculi, definí, y firmé.

Yo Ambrosio Montícola, de Sarzana, Obispo de Segni, definí, y firmé.

Don Honorato Fascio Tello, Obispo de Isola, de su mano.

Yo Pedro Camayano, Obispo de Fiezoli, firmé de propia mano.

Yo Horacio Griego, de Troya, Obispo de Lesina, definí, y firmé.

Yo Gerónimo de Bourg, Obispo de Chalons, firmé.

Yo Julio Canani, Ferrarés, Obispo de Adria, firmé de propia mano.

Yo Carlos de Rovey, Obispo de Soissons, firmé de propia mano.

Yo Fabio Cuppalata, de Placencia, Obispo de Cedonia, firmé.

Yo Adriano Fusconi, Obispo de Aquino, definí y firmé.

Yo Fr. Antonio de san Miguel, Español, de la observancia de san Francisco, Obispo de Monte-Marano, definí, y firmé.

Yo Gerónimo Melchiori, de Recanate, Obispo de Macerata, y clérigo de la cámara Apostólica, definí, y firmé.

Yo Pedro de Petris, Obispo de Luzara, juzgué y firmé.

Yo César Jacomeli, Romano, Obispo de Belicastro, definí, y firmé de propia mano.

Yo Jacobo Silvestri Picolomini, Obispo de Aprigliano, defini, y firmé de propia mano.

Jacobo Mignaneli, Obispo de Sena, defini, y firmé de propia mano.

Francisco Ricardot, Borgoñon, Obispo de Arras, definí, y firmé de propia mano.

Juan Andrés de Cruce, Obispo de Tiboli, definí y firmé de propia mano.

Carlos Cicada, Genovés, Ob. de Albenga, definí y firmé de propia mano.

Francisco María Picolomini, Senés, Obispo Ilcinense, definí, y firmé de propia mano en mi nombre, y como Procurador del Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Oton Trueses, Obispo de Augusta, Cardenal de la santa Iglesia Romana, Obispo de Alba.

Ascisclo, Obispo de Vique, en la provincia de Tarragona en España, firmo.

Yo Julio Galleti, natural de Pisa, Obispo de Alezano, definí y firmé.

Yo Agapito Belhomo, Romano, Obispo de Caserta, definí y firmé de propia mano.

Yo Diego Sarmiento de Sotomayor, Español, del reino de Galicia, Obispo de Astorga, definí y firmé.

Yo Tomás Godvel, Obispo de S. Asaph en la provincia de Cantorberi en Inglaterra, definí y firmé.

Yo Belisario Balduino, de Monte arduo en la diócesis de Alesano, Obispo de Larina, definí, y firmé de propia mano.

Yo Urbano Vigori de Robera, Obispo de Sinigalia, definí y firmé.

Yo Santiago de Sureto de Saintes, Griego, Obispo el más moderno de Milopontamo, definí, y firmé.

Yo Marcos Laureo, del orden de Predicadores, de Tropea, electo Obispo de Campania y Satriano, definí y firmé.

Yo Julio de Rubeis, de Polimasia, Obispo de san León, definí, y firmé.

Yo Carlos de Grassis, Boloñes, Obispo de Montefalisco, definí, y firmé.

Yo Arias Gallego, Obispo de Gerona, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Juan de Muñatones, Obispo de Segorbe, y Albarracín, de la provincia de Zaragoza en el reino de España, firmé.

Yo Francisco Blanco, Obispo de Orense en el reino de Galicia en España, definí, y firmé.

Yo Francisco Bachodi, Saboyano, Obispo de Ginebra, definí y firmé.

Yo Vicente de Luchis, Boloñes, Obispo de Ancona, definí, y firmé.

Yo Carlos de Angennes, Francés, Obispo de Mayne, definí, y firmé de propia mano.

Yo Gerónimo Nichesola, Veronés, Obispo de Teano, firmé de propia mano.

Yo Marcos Antonio Bobba, Obispo de Agosta, definí, y firmé.

Yo Jacobo Lomelini, Mesinés, Obispo de Mazzara, definí, y firmé.

Yo Donato de Laurentis, de Ascoli, Obispo de Ariano, definí como está expuesto, y firmé de propia mano.

Yo Gerónimo Savornani, Obispo de Sibinica, definí, y firmé.

Yo Jorge Dracovitz, Obispo de Cinco Iglesias a nombre y por mandado de los Rmos. Arz. de Estrigonia, de los Obispos todos de Ungría, y de todo su clero, firmé.

Yo Jorge Dracovitz, Croato, Obispo de Cinco Iglesias, definí, y firmé de propia mano.

Yo Francisco de Aguirre, Español, Obispo de Cortona en el reino de Nápoles, definí, y firmé de propia mano.

Yo Andrés Cuesta, Español, Obispo de León, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio Gorrionero, Español, Obispo de Almeria, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio Agustín, Obispo de Lérida en la provincia de Tarragona en la España citerior, definí, y firmé.

Yo Domingo Casablanca, Mesinés, del orden de Predicadores, Obispo de Vico, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio Chiurelia, de Bari, Obispo de Budoa, definí, y firmé de propia mano.

Yo Angel Massarell de san Severino en la costa de Amalfi, Obispo de Telese, secretario del sagrado Concilio de Trento en el tiempo de los SS.PP. Paulo III, Julio III y Pío IV, definí, y firmé de propia mano.

Yo Pedro Fauno, de Costaciario, Obispo de Aqui, firmé.

Yo Juan Carlos, Obispo de Astrungo, definí, y firmé.

Yo Hugo Boncompagni, antes Obispo de Vestino, firmé.

Yo Salvador Pazini, de Cole, Obispo de Chiuza, firmé.

Yo Lope Martínez de Lagunilla, Obispo de Elna, definí, y firmé.

Yo Gil Spifame, Parisiense, Obispo de Nevers, definí, y firmé.

Yo Antonio Sebastián Minturno, de Trayect, Obispo de Ugento, definí, y firmé.

Yo Bernardo el Bene, Florentino, indigno Obispo de Nimes, firmé.

Yo Domingo Bolano, Veneciano, Obispo de Brezza, definí, y firmé.

Yo Juan Antonio Vulpi, Obispo de Como, definí, y firmé por mí mismo, y como Procurador a nombre del Rmo. Sr. Tomás Planta, Obispo de Hoff.

Yo Luis de Genolhac, Francés, Obispo de Tulle, definí, y firmé.

Yo Juan Quiñones, Español, Obispo de Calahorra y la Calzada en la provincia de Cantabria, definí, y firmé.

Yo Diego Covarrubias de Leyva, Español, Obispo de Ciudad-Rodrigo, definí, y firmé.

Yo Juan Pedro Delfini, Obispo de Zante, definí, y firmé.

Yo Felipe Geri, de Pistoya, Obispo de Isquia, definí, y firmé.

Yo Juan Antonio Fachinetti de Nuce, Obispo de Neocastro, firmé.

Yo Juan Fabricio Severino, Obispo de Acerra, definí y firmé.

Yo Martín Ritow, Obispo de Ipres, firmé.

Yo Antonio Habet, Obispo de Namur, definí, y firmé.

Yo Constantino Boneli, Obispo de Cita de Castelo, definí, y firmé.

Yo Julio Superquio, Mantuano, Obispo de Caprula en la Marca Trevigiana, definí, y firmé.

Yo Nicolás Sfrondati, Obispo de Cremona, definí, y firmé.

Yo Ventura Bufalini, Obispo de Massa de Carrara, definí, y firmé.

Yo Juan Antonio Beloni, Mesinés, Obispo de Massa, definí, y firmé.

Yo Federico Cornelio, Obispo de Bergamo, definí, y firmé.

Yo Juan Pablo Amani, de Cremasco, Obispo de Agnona y Tursis, definí, y firmé.

Yo Andrés Mocenigo, Veneciano, Obispo de Limiso en la isla de Chipre, firmé de propia mano.

Yo Benito Salini, de Fermo, Obispo de Veroli, firmé de propia mano.

Yo Guillelmo Cazador, Obispo de la Iglesia de Barcelona, de la provincia de Tarragona en la España citerior, definí, firmé de propia mano, y confieso la misma fe que los PP.

Yo Pedro Gonzalez de Mendoza, Obispo de Salamanca, definí, firmé, y confieso la misma fe que los PP.

Yo Martín de Córdoba y Mendoza, Obispo de la Iglesia de Tortosa, definí, firmé, y confieso la misma fe que los PP.

Yo Fr. Julio Magnani, Franciscano, de Placencia, Obispo de Calvi, definí, y firmé.

Yo Valentino Herbot, de nación Polaco, Obispo de Pruesmil, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Pedro de Xaque, Español, del orden de Predicadores, Obispo de Nioche, definí, y firmé.

Yo Próspero Rebiba, Mesinés, Obispo de Troya, definí, y firmé.

Yo Melchor Alvarez de Vosmediano, Obispo de Guadix, definí, y firmé.

Yo Hipólito de Rubeis, de Parma, Obispo de Conon, y auxiliar de Pavia, definí, y firmé.

Yo A. Sforcia, Romano, clérigo de la cámara Apostólica, electo de Parma, firmé.

Yo Diego de León, Obispo Columbriense, definí, y firmé.

Yo Anníbal Sarraceni, Napolitano, por la gracia de Dios Obispo de Licia, firmo de propia mano.

Yo Pablo Jovio, de Como, Obispo de Nocera, definí, y firmé.

Yo Gerónimo Ragazzoni, Veneciano, Obispo de Nazianzo, y auxiliar de Famagosto, definí y firmé.

Yo Lucio Maranta, de Venosa Obispo de Lavelo, definí y firmé.

Yo Simón Pascua, Obispo de Luna y Sarzana, definí, y firmé.

Yo Teófilo Galupi, Obispo de Oppido, definí de mano propia.

Yo Julio Simoneta, Obispo de Pésaro, definí, y firmé.

Yo Jacobo Guidio, de Volterra, Obispo de Penua y Adria, definí, y firmé.

Yo Diego Ramírez Sedeño, Obispo de Pamplona, definí, y firmé.

Yo Francisco Delgado, Español, Obispo de Lugo en el reino de Galicia, definí, y firmé.

Yo Santiago Gilberto de Nogueras, Español, Aragonés, Obispo de Alife, definí, y firmé.

Yo Juan Domingo Annio, Obispo de Hipona, auxiliar del de Boyano, definí, y firmé.

Yo Mateo Priuli, electo de Lubiana, definí, y firmé.

Yo Fabio Piñateli, Napolitano, Obispo de Monópoli, definí, y firmé.

Yo Francisco Guarini, de Cita di Casteo, Obispo de Imola, definí, y firmé.

Yo Tomás Ohierllanthe, Obispo de Ross, definí, y firmé.

Yo Francisco Abondi, de Castellon en el Milanesado, Obispo de Robio, definí, y firmé.

Yo Eugenio Oharet, Obispo de Achonri, definí, y firmé.

Yo Donaldo Magongail, Obispo de Rapoe, definí, y firmé.

Yo Juan Bautista Sighiceli, Boloñés, Obispo de Favenza, definí, y firmé.

Yo Sebastián Vanti, de Rimini, Obispo de Orvieto, definí, y firmé este sacrosanto Concilio de Trento.

Yo Juan Bautista Lomelini, Mesinés, Obispo de Guarda, definí, y firmé.

Yo Agustín Molignani, de Verceli, Obispo de Trevico, definí, y firmé.

Yo Carlos Grimaldi, Genovés, Obispo de Sagona, definí, y firmé.

Yo Fabricio Landriani, Milanés, Obispo de S. Marcos, definí, y firmé de propia mano.

Yo Bartolomé Farratini, Amerino, Obispo de Amerino, definí, y firmé de propia mano.

Yo Pedro Frago, Aragonés, de Uncastillo, Obispo de Usel, y Alez en Cerdeña, definí, y firmé.

Yo Gerónimo Gaddi, Florentino, electo de Cortona, definí, y firmé de propia mano.

Yo Francisco Contarini, Veneciano, Obispo de Pafos, definí, y firmé de propia mano.

Yo Juan Delfini, Veneciano, Obispo de Toledo, definí, y firmé.

Yo Alejandro Molo, de Valvisona en la diócesis de Como, Obispo de Minori, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Gerónimo Vielmi, Veneciano, Obispo de Argos, firmé.

Yo Jacobo, Ragusino, Obispo de Mercha y Trebigno, firme.

Yo D. Gerónimo, Abad de Claraval, creó y firmó de mi mano las cosas que se han definido pertenecientes a la fe; y respecto de las pertenecientes al gobierno y disciplina de la Iglesia, estoy pronto a obedecer.

Yo D. Simpliciano de Wltelina, Abad de san Salvador, de la congregación de Monte-casino, definí, y firmé de propia mano.

Yo D. Esteban Catani, de Novara, Abad de santa María de las gracias, en la diócesis de Placencia, de la congregación de Monte-casino, definí, y firmé.

Yo D. Esteban Catani, de Novara, Abad de santa María de las gracias, en la diócesis de Placencia, de la congregación de Monte-casino, definí, y firmé.

Yo D. Agustín Loscos, Español, Abad de san Benito de Ferraria, de la congregación de Monte-casino, definí, y firmé.

Yo D. Eutiquio, Flamenco, Abad de san Fortunato de Basano, de la congregación de Monte-casino, definí, y firmé.

Yo Claudio de Lunevill firmé las determinaciones de fe, y obedeceré a la reforma, suplicando a Jesucristo nuestro Señor el adelantamiento en la virtud.

Yo Cosme Damian Hortola, Abad de la B. V. María de Villa Bertrando, en la provincia de Tarragona, firmé.

Yo Fr. Vicente Justiniani, de Chio, Maestro General de la orden de Predicadores, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Francisco Ramoza, Español, General de la Observancia de religiosos Menores de san Francisco, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Antonio de Sapientibus, de la provincia de Augusta, General de los Menores Conventuales, definí, y firmé.

Yo Fr. Cristóbal de Padua, Prior General de la orden de los Ermitaños de san Agustín, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Juan Bautista Miliovaca, de Asté, maestro en sagrada teología, Prior General de la orden de los Servitas, definí, y firmé de propia mano.

Yo Fr. Juan Estéban Facini, Cremonés, doctor en sagrada teología, indigno provincial de Lombardia, y Vicario General de la orden de Carmelitas, firmé de propia mano.

Yo Diego Laynez, Prepósito General de la Compañía de Jesús, definí, y firmé de propia mano.

Yo Antonio Montiareno Demalzaret, teólogo de la Sorbona, como Procurador del Rmo. mi Sr. Juan, Obispo de Lisieux, firmé.

Yo Luis de Mata, Abad de san Ambrosio de Burges, Procurador del Reverendísimo Señor Nicolás de Pelve, Arzobispo de Sens; de Gabriel de Bouveri, Obispo de Aujou; de Pedro Danés, Obispo de Levaur; de Carlos de Espinay, de Dol; de Felipe de Ber, de Vennes; de Pedro de Val, de Seez; de Juan Clause, de Ceneda, mis Rmos. Sres. que con excusa legítima se han retirado del Concilio, firmé.

Yo Ana Delaigenal, Abad de Besse, de la diócesis de Clermont, Procurador de mi Reverendísimo Señor Guillermo Dananson, Arzobispo de Embrun; de Eustaquio de Belay, Parisiense; de Francisco Valete, de Vabres; de Juan Marvilier, de Orleans; de Antonio Lecirier, de Abranches; de Aubespine, de Limoges; de Esteban Bonissier, de Quimper, mis Reverendísimos Señores Obispos, que con excusa legítima se retiraron del Concilio, firmé.

Yo Diego Payva de Andrade, Portugués, Pror. del Rmo. Señor Gonzalo Piñeyro, Obispo de Viseo, firmé.

Yo Melchor Cornelio, Portugués, Pror. del Rmo. Sr. Jaime de Alencastro, Obispo de Ceuta, firmé.

Yo el doctor Pedro Zumel, Español, canónigo de Málaga, firmé a nombre del Rmo. Obispo de Málaga, y del Rmo. Arzobispo de Sevilla Inquisidor general en los reinos de España.

Yo Fr. Francisco Orantes, Español, firmé a nombre del Rmo. Sr. Ob. de Palencia.

Yo Jorge Hochenuarter, doctor teólogo, firmé a nombre del Rmo. e Ilmo. Príncipe y Sr. el Sr. Ob. de Basilea.

Yo Fr. Francisco Forer, Portugués, profesor de sagrada teología, Procurador del Rmo. Sr. Juan de Mello, Obispo de Silves, firmé.

Yo Francisco Sancho, maestro, y doctor catedrático de sagrada teología en la Universidad de Salamanca, Procurador del Rmo. Arzobispo de Sevilla, firmé, y también a nombre del Reverendísimo Alepus, Arzobispo de Sacer.

Yo Fr. Juan de Ludeña, profesor de sagrada teología, y Procurador del Rmo. Sr. Obispo de Sigüenza, firmé.

Yo Gaspar Cardillo de Villalpando, de Segovia, doctor teólogo, consintiendo a cuanto se ha ejecutado, firmé como Pror. de D. Alvaro de Mendoza, Obispo de Avila.

Yo Miguel Tomás, doctor en decretos, firmé como Procurador del Ilmo. Sr. Francisco Tomás, Obispo de Ampurias, y Civitatense en la provincia de Torre, en Cerdeña, y a nombre de D. Miguel Torrella, Obispo de Anagni.

Yo Diego Sobaños, Español, doctor teólogo, Arcediano de Villamuriel, y canónigo de la Iglesia de León, como Procurador del Ilustrísimo, y Reverendísimo Señor Don Cristóbal de Roxas y Sandoval, Obispo de Badajoz, al presente de Córdoba, dando mi consentimiento a cuanto se ha hecho, firme de propia mano.

Yo Alfonso Salmeron, teólogo de la Compañía de Jesús, y Pror. del Ilmo. y Rmo. Señor Oton de Truchses, Cardenal y Obispo de Augusta, consentí, y firmé.

Yo Juan Polanco, teólogo de la Compañía de Jesús, y Procurador del mismo Ilmo. y Rmo. Sr. Cardenal Ob. de Augusta, consentí, y firmé.

Yo Pedro de Fuentes, doctor en sagrada teología, y Procurador del Ilmo. y Rmo. Señor el Señor en Cristo Padre Carlos de la Cerda, Abad del monasterio de la Virgen María de Veruela, del Orden del Cister, llamado a este público, y general Concilio de todo el mundo, firmé de propia mano.

Juan Delgado, canónigo, con las veces de mi Señor Juan de san Millan, Obispo de Tuy, firmé.

Nicolás Cromer, doctor en ambos derechos, canónigo de Breslau, y de Olmuz, Procurador del Reverendísimo Señor Marcos, Obispo de Olmuz y de toda la Moravia.

Concuerda con el original; en cuya fe firmamos.

Yo Angel Massarel, Obispo de Telese, secretario del sagrado Concilio de Trento.

Yo Marcos Antonio Peregrini, de Como, notario del mismo Concilio.

Yo Cintio Panfili, clérigo de la diócesis de Camerino, notario del mismo Concilio.

CONFIRMACIÓN DEL CONCILIO

BULA de N. SS. Sr. Pio Papa IV de este nombre sobre la Confirmación del Ecuménico y General Concilio de Trento

Nos Alejandro Farnese, Cardenal diácono del título de san Lorenzo in Damaso, Vicecanciller de la S. R. I., damos fe y atestamos, como el día de hoy miércoles 26 de enero de 1564, y quinto año del Pontificado de nuestro SS. Sr. Pio, por divina providencia Papa IV de este nombre, mis Rmos. Sres. los Cardenales Moron y Simoneta, recién llegados del sagrado Concilio de Trento, al que presidieron como Legados de la Sede Apostólica, hicieron en consistorio secreto al mismo SS. Papa la petición que sigue:

Beatísimo Padre: en el decreto que dio fin al Concilio general de Trento, publicado el día 4 del próximo mes de diciembre, se ordenó que a nombre del dicho Concilio pidiesen a V. Santidad, los Legados y Presidentes de V. Santidad, y de la santa Sede Apostólica, la confirmación de todas, y cada una de las cosas que se decretaron y definieron en los tiempos de Paulo III y Julio III de feliz memoria, y en los de V. Santidad. Por cuya causa deseando nosotros Juan Morón y Luis Simoneta, Cardenales, que a la sazón eramos Legados y Presidentes, poner en ejecución lo que se ordenó en el mencionado decreto, pedimos humildemente a nombre del Concilio de Trento, se digne V. Santidad confirmar todas y cada una de las cosas, que se decretaron y definieron en él, así en los tiempos de Paulo III y Julio III de feliz memoria, como en los de V. Santidad.

Oído esto, visto también, y leído el tenor del decreto mencionado, y tomados los votos de mis Rmos. Sres. los Cardenales, respondió su Santidad en los términos siguientes:

Condescendiendo a la petición hecha a Nos en nombre del Concilio ecuménico de Trento por los referidos Legados, sobre su confirmación: Confirmamos con nuestra autoridad Apostólica, con dictamen y asenso de nuestros venerables hermanos los Cardenales, habiéndolo antes deliberado con ellos, todas y cada una de las cosas que se definieron y decretaron en el dicho Concilio, así en los tiempos de nuestros predecesores de feliz memoria Paulo III y Julio III, como en el de nuestro Pontificado; y mandamos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo a todos los fieles cristianos que las reciban y observen inviolablemente. Así es. Alejandro Cardenal Farnese. Vice Canciller.

BULA de N. SS. Sr. Pio Papa IV de este nombre sobre la Confirmación del ecuménico y general Concilio de Trento

Pio Obispo, siervo de los siervos de Dios: para perpetua memoria. Bendito Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias, y Dios de todo consuelo; pues habiéndose dignado volver los ojos a su santa Iglesia, afligida y maltratada con tantos huracanes, tormentas, y gravísimos trabajos como se le aumentaban de día en día, la ha socorrido en fin con el remedio oportuno y deseado. El Concilio ecuménico, y general indicado mucho tiempo hace para la ciudad de Trento por nuestro predecesor Paulo III, de piadosa memoria, con el fin de extirpar tantas perniciosísimas herejías, enmendar las costumbres, restablecer la disciplina eclesiástica, y procurar la paz y concordia del pueblo cristiano, se principió en aquella ciudad, y se celebraron algunas Sesiones: y restablecido segunda vez en la misma Trento por su sucesor Julio, ni aun entonces se pudo finalizar, por varios impedimentos y dificultades que ocurrieron, después de haberse celebrado otras Sesiones. Se interrumpió en consecuencia por mucho tiempo, no sin gravísima tristeza de todas las personas piadosas; pues la Iglesia incesantemente imploraba con mayor vehemencia este remedio. Nos empero, luego que tomamos el gobierno de la Sede Apostólica, emprendimos, como pedía nuestra pastoral solicitud, dar la última perfección, confiados en la divina misericordia, a una obra tan necesaria y saludable, ayudados de los piadosos conatos de nuestro carísimo en Cristo hijo Ferdinando, electo Emperador de Romanos, y de otros reinos, repúblicas y príncipes cristianos; y al fin hemos conseguido lo que ni de día ni de noche hemos dejado de procurar con nuestro trabajo y diligencia, ni de pedir incesantemente en nuestras oraciones al Padre de las luces. Pues habiendo concurrido en aquella ciudad de todas partes y naciones cristianas, convocados por nuestras letras, y movidos también por su propia piedad, muchos Obispos y otros insignes Prelados en número correspondiente a un concilio general, además de otras muchísimas personas piadosas, sobresalientes en sagradas letras, y en el conocimiento del derecho divino y humano, siendo Presidente del mismo Concilio los Legados de la Sede Apostólica, y condescendiendo Nos con tanto gusto a los deseos del Concilio, que voluntariamente permitimos en Bulas dirigidas a nuestros Legados, que fuese libre al mismo aun tratar de las cosas peculiarmente reservadas a la Sede Apostólica; se han ventilado con suma libertad, y diligencia, y se han definido, explicado, y establecido con toda la exactitud y madurez posible, por el sacrosanto Concilio, todos los puntos que quedaban que tratar, definir y establecer sobre los Sacramentos, y otras materias que se juzgaron necesarias para confutar las herejías, desarraigar los abusos, y corregir las costumbres. Ejecutado todo esto, se ha dado fin al Concilio, con tan buena armonía de los asistentes, que evidentemente ha parecido que su acuerdo y uniformidad ha sido obra de Dios, y suceso en extremo maravilloso a nuestros ojos, y a los de todos los demás: por cuyo beneficio tan singular y divino publicamos inmediatamente rogativas en esta santa ciudad, que se celebraron con gran piedad del clero y pueblo, y procuramos que se diesen las debidas gracias, y alabanzas a la Majestad divina, por habernos dado el mencionado éxito del Concilio grandes y casi ciertas esperanzas de que resultarán de día en día mayores frutos a la Iglesia de sus decretos y constituciones. Y habiendo el mismo santo Concilio, por su propio respeto a la Sede Apostólica, insistiendo también en los ejemplos de los antiguos concilios, pedídonos por un decreto hecho en pública Sesión sobre este punto, la confirmación de todos sus decretos publicados en nuestro tiempo, y en el de nuestros predecesores; Nos, informados de la petición del mismo Concilio, primeramente por las cartas de los Legados, y después por la relación exacta que, habiendo estos venido nos hicieron a nombre del Concilio, habiendo deliberado maduramente sobre la materia con nuestros venerables hermanos los Cardenales de la santa Iglesia Romana, e invocado ante todas cosas el auxilio del Espíritu Santo; con conocimiento de que todos aquellos decretos son católicos, útiles, y saludables al pueblo cristiano; hoy mismo, con el consejo y dictamen de los mismos Cardenales, nuestros hermanos, en nuestro consistorio secreto, a honra y gloria de Dios omnipotente, confirmamos con nuestra autoridad Apostólica todos, y cada uno de los decretos; y hemos determinado que todos los fieles cristianos los reciban, y observen; así como para más clara noticia de todos, los confirmamos también por el tenor de las presentes letras, y decretamos que se reciban y observen. Mandamos, pues, en virtud de santa obediencia, y so las penas establecidas en los sagrados cánones, y otras más graves, hasta la de privación, que se han de imponer a nuestra voluntad, a todos en general, y a cada uno en particular de nuestros venerables hermanos los Patriarcas, Arzobispos, Obispos, y a otros cualesquiera prelados de la Iglesia, de cualquier estado, graduación, orden, o dignidad que sean, aunque se distingan con el honor de púrpura Cardenalicia, que observen exactamente en sus iglesias, ciudades y diócesis los mismos decretos y estatutos, en juicio y fuera de él, y que cada uno de ellos haga que sus súbditos, a quienes de algún modo pertenecen, los observen inviolablemente; obligando a cualesquiera personas que se opongan, y a los contumaces, con sentencias, censuras y penas eclesiásticas, aun con las contenidas en los mismos decretos, sin respeto alguno a su apelación; invocando también, si fuere necesario, el auxilio del brazo secular. Amonestamos, pues, a nuestro carísimo hijo electo Emperador, a los demás reyes, repúblicas, y príncipes cristianos, y les suplicamos por las entrañas de misericordia de nuestro Señor Jesucristo, que con la piedad que asistieron al Concilio por medio de sus Embajadores, con la misma, y con igual anhelo favorezcan con su auxilio y protección, cuando fuese necesario, a los prelados, a honra de Dios, salvación de sus pueblos, reverencia de la Sede Apostólica, y del sagrado Concilio, para que se ejecuten y observen los decretos del mismo; y no permitan que los pueblos de sus dominios adopten opiniones contrarias a la sana y saludable doctrina del Concilio, sino que absolutamente las prohiban. Además de esto, para evitar el trastorno y confusión que se podría originar, si fuese lícito a cada uno publicar según su capricho comentarios, e interpretaciones sobre los decretos del Concilio, prohibimos con autoridad Apostólica a todas las personas, así eclesiásticas de cualquier orden, condición, o graduación que sean, como las legas condecoradas con cualquier honor o potestad; a los primeros, so pena del entredicho de entrada en la iglesia, y a los demás, cualesquiera que fueren, so pena de excomunión latae sententiae; que ninguno de ningún modo se atreva a publicar sin nuestra licencia, comentarios ningunos, glosas, anotaciones, escolios, ni absolutamente ningún otro género de exposición sobre los decretos del mismo Concilio, ni establecer otra ninguna cosa bajo cualquier nombre que sea, ni aun so color de mayor corroboración de los decretos, o de su ejecución, ni de otro pretexto. Mas si pareciere a alguno que hay en ellos algún punto enunciado, o establecido con mucha oscuridad, y que por esta causa necesita de interpretación, o de alguna decisión; ascienda al lugar que Dios ha elegido; es a saber, a la Sede Apostólica, maestra de todos los fieles, y cuya autoridad reconoció con tanta veneración el mismo santo Concilio; pues Nos, así como también lo decretó el santo Concilio, nos reservamos la declaración, y decisión de las dificultades y controversias, si ocurriesen algunas, nacidas de los mismos decretos; dispuestos, como el Concilio justamente lo confió de Nos, a dar las providencias que nos parecieren más convenientes a las necesidades de todas las provincias. Decretando no obstante por írrito y nulo, si aconteciere que a sabiendas, o por ignorancia, atentare alguno, de cualquiera autoridad que sea, lo contrario de lo que aquí queda determinado. Y para que todas estas cosas lleguen a noticia de todos, y ninguno pueda alegar ignorancia, queremos y mandamos, que estas nuestras letras se lean públicamente, y en voz clara, por algunos cursores de nuestra Curia, en la basílica Vaticana del Príncipe de los Apóstoles, y en la iglesia de Letran, en el tiempo en que el pueblo asiste en ellas, a la misa mayor; y que después de recitadas se fijen en las puertas de las mismas iglesias; así como también en las de la cancelaría Apostólica, y en el sitio acostumbrado del campo de Flora; y queden allí algún tiempo, de suerte que puedan leerse, y llegar a noticia de todos. Y cuando se arranquen de estos sitios, queden algunas copias en ellos, según costumbre, y se impriman en esta santa ciudad de Roma, para que más fácilmente se puedan divulgar por las provincias y reinos de la cristiandad. Además de esto, mandamos y decretamos que se de cierta, e indubitable fe a las copias de estas nuestras letras, que estuvieren escritas de mano de algún notario público, o firmadas, o refrendadas con el sello, o firma de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica. No sea, pues, permitido absolutamente a persona alguna tener la audacia y temeridad de quebrantar, ni contradecir esta nuestra bula de confirmación, aviso, inhibición, reserva, voluntad, mandamientos y decretos. Y si alguno tuviere la presunción de atentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente, y de sus Apóstoles los bienaventurados S. Pedro y S. Pablo. Dado en Roma en S. Pedro, año de la Encarnación del Señor de 1563, a 26 de enero, y quinto año de nuestro Pontificado.

Yo Pio obispo de la Iglesia Católica.

Yo F. Cardenal de Pisa, obispo de Ostia, Decano.

Yo Fed. Cardenal de Cesis, obispo de Porto.

Yo Juan Cardenal Morón, obispo de Frascati.

Yo A. Card. Farnesio, Vice-canciller, obispo de Sabina.

Yo R. Cardenal de Sant-Angel, Penitenciario mayor.

Yo Juan Card. de san Vital.

Yo Juan Miguel Cardenal Saraceni.

Yo Juan Bautista Cicada Card. de san Clemente.

Yo Scipion Card. de Pisa.

Yo Juan Card. Reomani.

Yo Fr. Miguel Ghisleri Card. Alejandrino.

Yo Clemente Card. de Aracoeli.

Yo Jacobo Card. Savelo.

Yo B. Card. Salviati.

Yo Ph. Card. Aburd.

Yo Luis Card. Simoneta.

Yo P. Card. Pacheco y de Toledo.

Yo M. A. Card. Amulio.

Yo Juan Franc. Card. de Gambara.

Yo Carlos Card. Borromeo.

Yo M. S. Card. Constant.

Yo Alfonso Card. Gesualdo.

Yo Hipólito Card. de Ferrara.

Yo Francisco Card. de Gonzaga.

Yo Guido Ascanio Diácono Card. Campegio.

Yo Vitelocio Card. Vitelio.

Antonio Florebelli Lavelino.

H. Cumin.

 

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El «Teólogo del Papa»

 

El Cardenal Georges Cottier es un dominico suizo de 82 años, teólogo de la Casa Pontificia, también llamado «teólogo del Papa». Alfa y Omega ha publicado un extracto de la entrevista realizada por Gianni Valente y publicada en la revista italiana 30 Giorni.

 

Parece ser que una vez un periodista le preguntó, como para provocarle, cómo se sentía viviendo y trabajando «en el corazón de la última monarquía absolutista aún existente». «Yo soy republicano», respondió Cottier sin énfasis. Porque ayudar al sucesor de Pedro a llevar su tarea es cosa de hombres libres, no de cortesanos. Lo demuestra toda la vida de este suizo de 82 años, que ha visto de cerca lo que ha vivido la Iglesia desde la segunda guerra mundial hasta hoy. Relee y da el «nihil obstat» teológico-doctrinal a casi todos los textos firmados por el Pontífice reinante. «De los textos del Papa yo no escribo nada. Yo corrijo solamente», dice.


¿Qué hace, de profesión, el teólogo del Papa?

Es una figura que existe desde la Edad Media. Ahora el trabajo consiste en releer casi todos los textos del Santo Padre, excluidos los de carácter diplomático, para dar un juicio teológico. El Papa se hace ayudar por muchos colaboradores, y hay que estar atentos a muchas cosas. Primero, hay que cuidar la armonía de los textos. Si la fuente es diferente, hay que darles a los textos el estilo del Papa. También hay que garantizar la claridad de los textos, porque no hay que dar pretexto a malentendidos.

De los documentos que ha tenido que revisar, ¿cuáles son los que más esfuerzos le han requerido?


El Catecismo de la Iglesia católica, para mí, es uno de los frutos más hermosos de este pontificado, y aún no ha sido absorbido en toda su riqueza


El primer texto importante que tuve en mis manos fue la encíclica social Centesimus annus. Y luego la Ut unum sint sobre el ecumenismo, la encíclica moral Veritatis splendor, y la Fides et ratio…, también el Catecismo de la Iglesia católica, que para mí es uno de los frutos más hermosos de este pontificado, y que aún no ha sido absorbido en toda su riqueza. Algunos obispos dicen que ni siquiera tienen tiempo de leer todo lo que produce la Santa Sede y los dicasterios romanos. Yo distinguiría la posición del Papa. Los escritos de Juan Pablo II ocupan todo ese armario. Para los de Pablo VI bastan esos dos estantes (señala las colecciones ordenadas en su despacho). Pío XI no escribía casi nunca nada oficial. Improvisaba. Pero ahora no se puede. Siempre hay al acecho alguna grabadora, y luego los periódicos escribirían de todos modos según su interpretación lo que ha dicho el Papa, obligando quizás a la Santa Sede a desmentir, en el caso de indicaciones no exactas. Por eso, incluso cuando recibe a un pequeño grupo, hay que tener siempre un texto, aunque sea breve, pero que sea oficial y tenga autoridad. Esto va en perjuicio de la espontaneidad. Si hay una persona espontánea es el actual Pontífice, y este mecanismo debe ser para él una especie de penitencia. Pero no puede librarse, y tampoco nosotros. Además hay una presión que se debe afrontar. Hasta los años sesenta se viajaba mucho menos. Ahora todos vienen a Roma, todos los congresos quieren la audiencia del Papa…

Hay temas sobre los que circulan muchos equívocos. Por ejemplo, la infabilidad del Papa.

Recuerdo una conversación que tuve en Ginebra con un pastor protestante, que confundía la infalibilidad con la impecabilidad. Como si el Primado petrino preservara al Papa de las consecuencias del pecado original. El Papa es un hombre como los demás. Supongamos que un Papa peque gravemente: para volver a estar en la gracia de Dios también para él el único modo es el sacramento de la Confesión, como para todos. Es algo obvio, pero hoy la confusión es tanta que parece una novedad extraordinaria.

Entonces, conviene quizá repetirlo.

La intervención del carisma de infalibilidad se da sólo en circunstancias concretas. Según la definición del Concilio Vaticano I, la tarea del Papa no es manifestar nuevas doctrinas, sino conservar, exponer y defender lo que ya está contenido, si bien de manera implícita, en las verdades reveladas, objeto de fe. Y la Revelación se cumplió con la muerte del último apóstol. En esta exposición fiel de la fe de los apóstoles, la asistencia del Espíritu Santo es absoluta y garantiza la infalibilidad de las definiciones. El Papa no declara infalibles sus ideas u opiniones personales. Hay definiciones infalibles sólo en materia de fe y de moral. Si, por ejemplo, el Papa hace un diagnóstico sobre un problema que atañe a la cultura o a la política, la infalibilidad, por supuesto, no tiene nada que ver. En el mudable flujo de las circunstancias históricas, una decisión que puede parecer oportuna, algún tiempo después quizá puede dejar de serlo. Algunos deducen que la Iglesia se contradice. Pero la mayor parte de las veces se ve el deseo de los pastores de descifrar eso que también La Pira, después del Papa Juan y el Concilio, llamaba los signos de los tiempos.
Agradecemos a: Alfa y Omega Nº 409 / 1-VII-2004

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Es oportuno hacer notar a los lectores que los que se oponen a la infalibilidad papal tienen en general la idea de que es una infalibilidad cuasi-divina. No es así, la infalibilidad que esta doctrina reclama, es muy limitada y NO incluye la posibilidad de revelar NUEVAS doctrinas, tan solo de ampliar el entendimiento del depósito apostólico de la fe. [Es el progreso de la verdad que Cristo prometió a su Iglesia con el Paráclito]

Lo anterior es una gran verdad: Se niega un dogma por que, o se entiende mal o se desconoce por completo.

He aquí como el Sagrado Concilio Vaticano I, en la sesión IV, Constitución Dogmática Pastor aeternus, capítulo 4, define, bajo inspiración del Espíritu Santo, el dogma:
Por esto, adhiriéndonos fielmente a la tradición recibida de los inicios de la fe cristiana, para gloria de Dios nuestro salvador, exaltación de la religión católica y salvación del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma divinamente revelado que:

"Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe....


El ‘Romano Pontífice*, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables. De esta manera si alguno, no lo permita Dios, tiene la temeridad de contradecir esta nuestra definición: sea anatema."

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* Obispo primus inter-pares’

 

La intervención del carisma de infalibilidad se da sólo en circunstancias concretas. Según la definición del Concilio Vaticano I, la tarea del Papa no es manifestar nuevas doctrinas, sino conservar, exponer y defender lo que ya está contenido, si bien de manera implícita, en las verdades reveladas, objeto de fe. Y la Revelación se cumplió con la muerte del último apóstol. En esta exposición fiel de la fe de los apóstoles, la asistencia del Espíritu Santo es absoluta y garantiza la infalibilidad de las definiciones. El Papa no declara infalibles sus ideas u opiniones personales. Hay definiciones infalibles sólo en materia de fe y de moral. Si, por ejemplo, el Papa hace un diagnóstico sobre un problema que atañe a la cultura o a la política, la infalibilidad, por supuesto, no tiene nada que ver. En el mudable flujo de las circunstancias históricas, una decisión que puede parecer oportuna, algún tiempo después quizá puede dejar de serlo. Algunos deducen que la Iglesia se contradice. Pero la mayor parte de las veces se ve el deseo de los pastores de descifrar eso que también La Pira, después del Papa Juan y el Concilio, llamaba los signos de los tiempos.

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En pocas palabras: si Cristo fundó una Iglesia y el diablo la corrompió y luego tuvo que venir Lutero para "reformarla": ¿Qué papel hace Cristo prometiendo una Iglesia invencible? Y si eso fuera posible: ¿Cuál de las miles de divisiones del protestantismo heredó el "Espíritu de Verdad" del que Cristo habla y que promete con tanta certeza?.

 

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"El relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo, y deja como última medida ´el falso yo´ y sus pasiones"

 

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El “Padre Nuestro”

 

"«Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No en el sentido de que Dios haga lo que quiere, sino en cuanto nosotros podamos hacer lo que Dios quiere. Pues ¿quién puede estorbar a Dios de que haga lo que quiera? Pero porque a nosotros se nos opone el diablo para que no esté totalmente sumisa a Dios nuestra mente y vida, pedimos y rogamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios: y para que se cumpla en nosotros, necesitamos de esa misma voluntad, es decir, de su ayuda y protección, porque nadie es fuerte por sus propias fuerzas, sino por la bondad y misericordia de Dios. En fin, también el Señor, para mostrar la debilidad del hombre, cuya naturaleza llevaba, dice: Padre, si puede ser, que pase de mí este cáliz (Mt 26,39), y para dar ejemplo a sus discípulos de que no hicieran su propia voluntad, sino la de Dios, añadió lo siguiente:

Con todo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres. Y en otro pasaje dice: No bajé del cielo para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me envió (lo 6,38). Por lo cual, si el Hijo obedeció hasta hacer la voluntad del Padre, cuánto más debe obedecer el servidor para cumplir la voluntad de su señor, como exhorta y enseña en una de sus epístolas Juan a cumplir la volun­tad de Dios, diciendo: No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno amare al mundo, no hay en él amor del Padre, porque todo lo que hay en éste es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y ambición de la vida, que no viene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo; y el mundo pa­sará y su concupiscencia, mas el que cumpliere la voluntad de Dios permanecerá para siempre, como Dios permanece eternamente (1 lo 2,15-17). Los que queremos permanecer siempre, debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno. La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se le hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque es Padre, temerle porque es Dios; no anteponer nada a Cristo, porque tampoco él antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor, abrazarse a su cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las palabras la firmeza con la que le confesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto es cumplir la voluntad del Padre.

Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu. se cumpla su voluntad. Por eso debemos pedir con cotidianas y aun continuas oraciones que se cumpla sobre nosotros la voluntad de Dios tanto en el cielo como en la tierra; porque ésta es la voluntad de Dios, que lo terreno se posponga a lo celestial, que prevalezca lo espiritual y divino.

También puede darse otro sentido, hermanos amadísimos, que puesto que manda y amonesta el Señor que amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que Cristo cumplió conservando y reparando al hombre. Porque si ya no llama El a los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del barro de la tierra y el segundo del cielo, nosotros, que debemos ser semejantes a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos v llueve sobre justos e injustos (Mt 5,45), con razón pedimos y rogamos, ante el aviso de Cristo, por la salud de todos, que como en el cielo, esto es, en nosotros, se cumplió la voluntad de Dios por nuestra fe para ser del cielo, así también se cumpla su voluntad en la tierra, esto es, en los que no creen, a fin de que los que todavía son terrenos por su primer nacimiento empiecen a ser celestiales por su nacimiento segundo del agua y del Espíritu."

S. Ciprián de Cartago, Tratado sobre el “Padre Nuestro”, 14 – 17.

 

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San Agustín (354-430) obispo de Hipona, doctor de la Iglesia Católica
Sobre la santa virginidad,5

María, madre de Cristo, madre de la Iglesia.

Aquel que es fruto de las entrañas de una única Virgen es la gloria y el honor de todas las demás vírgenes santas, porque ellas son también, como María, madres de Cristo si cumplen la voluntad de su Padre. La gloria y la dicha de ser la madre de Jesucristo resaltan en las palabras del Señor: “Quien cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mt 12,50)     Así indica el parentesco espiritual que los incluye en el pueblo que ha sido rescatado. Sus hermanos y sus hermanas son los hombres y las mujeres santos que participan con él en la herencia celestial. Su madre es la Iglesia entera, porque ella, por la gracia de Dios, engendra los miembros de Cristo, es decir, a los que le son fieles. Su madre es también cada alma santa que cumple la voluntad de su Padre y cuya caridad fecunda se manifiesta en aquellos que ella engendra para él, hasta que Cristo quede formado en ellos. (cf Gal 4,19)...

María es, ciertamente, la madre de los miembros del Cuerpo de Cristo, de todos nosotros, porque por su caridad ella ha cooperado en la generación de los fieles en la Iglesia, que son miembros de la cabeza divina, Cristo, de manera que ella es verdaderamente mi madre según la carne.

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

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LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).