Friday 26 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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Ya el mártir san Justino, en su Primera Apología, escrita aproximadamente el año 153, proclamaba la realización del versículo del cántico, que dice:  "de Jerusalén saldrá la palabra del Señor" (cf. v. 3). Escribía:  "De Jerusalén salieron doce hombres hacia todo el mundo. Eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias al poder de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, no sólo no luchamos ya contra los enemigos, sino que, para no mentir y no engañar a los que nos interrogan, de buen grado morimos confesando a Cristo" (Primera Apología, 39, 3:  Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 118).

 

¿Quiénes componen las sectas? Hay de todo, sin dudas. Pero particularmente hay muchas personas destrozadas, psicológicamente y espiritualmente muertas. Cada una de ellas tiene una historia distinta, sobre todo de violencia, abusos, desconfianza, poca autoestima, miedo y/o falta de oportunidades. Cada una de ellas ha recibido profundas heridas que necesitan ser curadas. ¿Qué buscan ellas? Buscan relaciones, amor, seguridad, afecto, la propia afirmación, y un mejor futuro para sí mismas y/o para sus familias. Hasta hay quienes quieren huir de la pobreza y de la falta de oportunidades y construir un futuro. ¡ Hasta la mentira es vendible !

  

Los modernos autores progres-feministas, quizá sacando partido de erróneas generalizaciones de Julio César sobre las costumbres bretonas, exaltan a la antigua sociedad celta como poliándrica y tolerante con el libertinaje sexual femenino. Sin embargo, Estrabón y otros describen a los celtas como "carentes de vicios". Resulta extraño que una sociedad antigua no diera importancia a la virginidad femenina. ¿Qué opina usted?

 

Que no tienen ni idea de la sociedad celta. No digamos ya de la germánica, porque imagino que la descripción de cómo las adúlteras eran desnudadas y empujadas a latigazos por el pueblo no se considerara aceptable... o sí, con tal de llevar la contraria a Roma y al cristianismo.

 

O tempora, o mores...

Este Diálogo ‘L.D.’ con César Vidal tuvo lugar el martes 20 de diciembre entre las 17:00 y las 18:00 horas. España.

 

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poco dura la mentira, siempre cae y se desvela en su necedad

 

Internet es el reino de la cobardía, la calumnia y el anonimato.

 

El estiércol

 

No vivo en mis tiempos y huyo de Internet. Si algo tengo que consultar, me cobijo en mi biblioteca, que me ha costado más de cincuenta años de dedicación, esfuerzo y trabajo. Me preguntan si leo los comentarios que generan mis artículos, y los de otros foros, que creo los llaman así. Mi respuesta es contundente. No. No los leo porque, según me dicen, Internet es el reino de la cobardía, la calumnia y el anonimato. Puedo mantener una correspondencia –lo he hecho en centenares de ocasiones–, con mis críticos más feroces, siempre que sepa quiénes son. Las opiniones se firman, que ya somos mayores para insultar o elogiar desde los escondites miserables de lo incógnito. De ahí que me haya interesado el inteligente artículo, publicado en LA RAZÓN de Pedro A. Cruz Sánchez titulado «Las cloacas de Internet». En «las cartas al Director» que se publican en los periódicos, se exige la identificación del comunicante. Pero en Internet, de acuerdo con lo que me cuentan, el insulto, la calumnia e incluso la amenaza, salen gratis. Ignoro si técnicamente es posible establecer un control de acuerdo con las leyes vigentes. Ignoro si en otros países sucede lo mismo. Ignoro si los parlamentos tienen mimbres y músculos parta legislar al respecto. Claro, que el origen de ese campo abierto al anonimato, no es otro que los «Confidenciales», donde todo puede decirse, e incluso inventarse, desde el amparo de las nubes. No quiero decir con esto que todos los confidenciales sean iguales. Los hay serios, y los hay chungos. Pero en un periódico, en una radio o en una televisión, las opiniones que se vierten tienen firma, voz o imagen. 

El anónimo más tonto que he recibido en mi ya larga vida de opiniones firmadas, y que guardo como un tesoro de la cobardía, lo recibí cuando escribía en ABC. Se trata de la carta de un batasuno indignado. Me adelantaba su intención de hacerme picadillo cuando me viera, amenazaba a mi familia, y me dedicaba una interminable cadena de insultos barriobajeros. Como buen cobarde, no firmaba. Y como buen cretino, no fue cuidadoso con su secreta y abominable identidad. Metió el escrito en un sobre timbrado, con su nombre, apellidos y dirección impresos. Con ayuda de la Telefónica di con su número de teléfono y llamé al cobarde. Se estercoló. –¿Cómo ha dado con mi teléfono?–; –porque usted es tan imbécil que envía un escrito sin firmar en un sobre timbrado–. Colgó como una nena asustada. Un valiente «gudari» de la «Lucha Armada».

La libertad, como todo bien democrático, se ejerce con nombre y apellidos, como bien resalta Cruz Sánchez. «Si no es así –prosigue–, se transforma en vandalismo, una variante del fascismo más virulento, que evita la posibilidad de la disensión en convivencia, para optar por la agresión o por la calumnia diseñada en laboratorio para favorecer el linchamiento moral y físico. ¿Quién está dispuesto a amparar por más tiempo toda esa red de cloacas, encargada de canalizar el detritus más hediondo de nuestra sociedad?».

Así finaliza Cruz Sánchez su inteligente y valiente comentario. Los legisladores tienen que actuar, entre otras razones para que este humilde servidor se divierta con los comentarios acerca de sus artículos. Mientras se oculten en el podrido anonimato, no merecen la pena. Y me dicen que también los hay inteligentes, educados y discrepantes desde la medida y la sabiduría. También me informan que resultan desconsoladoras las faltas de ortografía. Legislen, por favor, que estoy deseando conocerlos. Siempre que firmen, claro.

-LA RAZÓN. Es. 31. III. MMXI  - Alfonso USSÍA

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NESCIT VOX MISSA REVERTI (Horacio, Ars poét., 390). “La palabra, una vez pronunciada, no sabe volver”.

 

NESCIRE MALUM NON SEMPER EST MALUM (San Agustín, Contra Julianum Pelag, 4, 14). “Desconocer el mal no siempre es un mal”.

 

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Difamación y calumnia


Grave falta se comete al mentir para dañar el buen nombre del prójimo o manifestar sin causa justa sus pecados y defectos, aunque sean verdad.

 

Por Ricardo Sada Fernández

 

Cuando se agrava la mentira


Mayor gravedad reviste el pecado de calumnia, ya que combina tres pecados: uno contra la veracidad (mentir), otro contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y el tercero contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo). La calumnia hiere al prójimo en lo más delicado: su reputación.

Si a un hombre le robamos su reloj, puede enojarse o entristecerse, pero normalmente al cabo del tiempo quizá compre otro. Pero si lo perdido es su buen nombre, lo privamos de algo que no podrá comprar con dinero. Es fácil entender, pues, que el pecado de calumnia es mortal si con él dañamos gravemente el honor del prójimo, aunque sea en la estimación de unas pocas gentes. Y esto es así incluso aunque ese mismo prójimo no se entere del daño que le hemos causado.

Lo anterior se aplica también cuando deliberada e injustamente dañamos la reputación del prójimo sólo en nuestra propia mente. Esto es el juicio temerario, un pecado que nos afecta a todos y al que muy posiblemente demos poca importancia. Si alguien inesperadamente realiza una buena acción, y yo me sorprendo pensando: “eso lo hizo sólo por presumir”, he cometido un pecado de juicio temerario. Si alguien hace un acto de generosidad, y yo me digo: “¿a quién tratará de impresionar?”, pecó contra el octavo mandamiento.

Contra este mandamiento se peca también a través de la difamación. Consiste en dañar la fama ajena manifestando sin causa justa pecados y defectos que son verdad. Por ejemplo, cuando comunico a los amigos los pleitos que tiene el matrimonio vecino cuando el marido llega borracho a casa.

Puede que haya ocasiones en que, con el fin de prevenir males mayores, deba revelar los pecados ajenos. Será una obligación hacer ver a mi hijo que su nuevo amigo es drogadicto, o que convenga informar a la autoridad pública las actividades sospechosas en la oficina contigua. Puede ser necesario advertir a los profesores del colegio la deshonesta actitud mostrada por un compañero de mi hijo. Pero lo más usual es que cuando hablamos mal de alguien lo hagamos llevados por una intención poco recta. Por eso, si no tenemos una causa justa, aunque lo que digamos sea verdad, es ilícito difundir sin necesidad los defectos ajenos.

Ahora bien, si el hecho peyorativo que menciono es algo público, algo que resulta del conocimiento de todos, no es pecado, como el caso de crímenes pasionales que publican todos los periódicos. Pero, aun en estos casos, la caridad nos llevará a condolernos y a rezar por el pecador, más que cebarnos en su desgracia.

No sólo se falta al octavo mandamiento con la palabra y la mente, sino que también hay pecados de oído. Escuchar con gusto la calumnia y difamación, aunque no digamos una palabra, fomenta la difusión de murmuraciones maliciosas. Nuestro deber cuando se ataque la fama de alguien en nuestra presencia, es cambiar la conversación, e incluso intentar sacar a relucir las virtudes del difamado.

Afrentar la dignidad de una persona, es decir, lesionar su honor, es el pecado de contumelia. En los pecados anteriores el prójimo está ausente, en éste el prójimo está presente. Este pecado de contumelia adopta distintas modalidades. Una de ellas sería, por ejemplo, negarnos a dar al prójimo las muestras de respeto y amistad que le son debidas, como no contestar su saludo o ignorar su presencia, como hablarle de modo altanero o ponerle apodos humillantes. Un pecado parecido de grado menor es esa crítica despreciativa, ese encontrar faltas en todo, que para algunas personas -por ejemplo, para la esposa con su marido; para el marido con su suegra- parece constituir una arraigada costumbre.

Otro posible modo de ir contra el octavo mandamiento es revelar secretos que nos han sido confiados. La obligación de guardar un secreto puede surgir de una promesa hecha, de la misma profesión (políticos, médicos, investigadores, etcétera), o, simplemente, porque la caridad me lleva a no divulgar lo que pueda dañar o herir al prójimo. Se incluyen en este tipo de pecados leer la correspondencia ajena sin permiso, o escuchar conversaciones privadas atrás de la puerta o por la extensión telefónica. La gravedad del pecado dependerá en estos casos del daño o perjuicios ocasionados por nuestra actitud.

Conviene recordar por último que este mandamiento, igual que el séptimo, nos obliga a reparar los males causados. Si perjudicamos a un tercero con alguna mentira, lo difamamos, lo humillamos o revelamos sus secretos, nuestra falta no estará saldada hasta que compensemos los perjuicios lo mejor posible. Y debemos hacerlo aunque hacer esa reparación nos exija humillarnos o sufrir un perjuicio nosotros mismos.

Si he calumniado, debo decir que me había equivocado radicalmente; si he murmurado, tengo que compensar mi difamación hablando cosas buenas del afectado; si he insultado, debo pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público; si he revelado un secreto, debo reparar lo mejor que pueda las consecuencias que se sigan de mi imprudencia.
Ojalá que la comprensión de la Verdad como atributo divino nos ayude a aborrecer todo lo que sepa a doblez, simulación, charlatanería y murmuración. “Que sea tu sí, sí; y tu no, no” (Mt. 5, 37); abrir la boca sólo para decir lo que estamos seguros de que es cierto y que es oportuno para el bien de nuestro interlocutor. Que nunca hablemos del prójimo si no es para alabarlo, y, si tenemos que decir de él algo negativo, lo hagamos obligados por una razón grave y suavizando nuestras palabras con el aceite de la caridad.

 

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“Viendo lo que Jesús ha hecho por mí y por tí, ¿qué vamos, en lo adelante, a hacer por Él?” [Ignacio de Loyola (+ 1556)]

 

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Simbiosis de violencia y mentira,

denuncia de Solzhenitsyn


 

Antonio Orozco-Delclós


La simbiosis entre violencia y mentira es una de las ideas más vigorosas de Alexander Solzhenitsyn (1). En su discurso preparado para la recepción del Premio Nobel de Literatura, nunca leído oficialmente y publicado en agosto de 1972, Solzhenitsyn, escribía unas palabras llenas de actualidad:

«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira»

Poco más tarde, en un artículo titulado «¡Rechacemos la mentira», difundido contemporáneamente a su detención, febrero de 1974, advertía:

«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir»

Comentando estos párrafos el argentino Luis María Sandoval apostilla:
«es de recordar que Cristo Nuestro Señor no llamó al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44)» ("Cuando se rasga el telón", Speiro, 1992, pág. 220)

 

 

(1) Alexander Solzhenitsyn nació en 1918 en el pueblo de Kislovodsk, en el sur del país. En su juventud fue un apasionado leninista que incluso participó en el Ejército Rojo, hasta que sus comentarios críticos sobre Stalin lo llevaron a prisión en 1945. La vida del escritor fue un exilio perpetuo. Oficial del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, fue castigado y enviado a los campos de trabajo forzado por criticar el sistema stalinista. Con el deshielo de Kruschov vino su rehabilitación. Su novela "Un día en la vida de Ivan Denisovish", publicada a principios de los años setenta, en la que relataba las penalidades de un preso político, tuvo un impacto impresionante.

 

Solzenitsin fue propuesto para el Premio Lenin de Literatura, máximo galardón para un escritor. Sin embargo, cuando poco después comenzaron los intentos de rehabilitar a Stalin y su época, la censura prohibió la publicación y mera posesión de su obra literaria. Sus novelas fueron retiradas de todas las bibliotecas y la posesión de las mismas se convirtió en delito contra el Estado. El escritor respondió con numerosas cartas abiertas.


En 1969, es expulsado de la Asociación de Escritores. En 1974, poco después de la publicación en Occidente de la novela "Archipiélago Gulag", fue enviado al exilio. Estableció su residencia en Vermont, EE.UU. En 1975, con 52 años de edad le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, temeroso de que se le impidiese ingresar de nuevo a la Unión Soviética, se negó a asistir a Estocolmo a recibir el galardón.


Con la llegada de Gorbachov al poder a mediados de la década de 1980 y la implementación de la glasnost, la censura que pesaba sobre el trabajo literario de Solzhenitsyn fue eliminada y sus obras nuevamente publicadas.

Regresó a Rusia en el verano de 1994, tras veinte años de exilio. Llamado a proponer alternativas al régimen soviético, rechazó el énfasis Occidental sobre la democracia y la libertad individual, pugnando, en cambio, por la formación de un régimen benévolo si bien autoritario, que perfilara sobre los recursos los tradicionales valores cristianos de Rusia.

 

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Impunidad de la mentira

 

 

 

Por Julián MARÍAS, de la Real Academia Española, en ABC 22-XI-2001

 

(...) En la actualidad la mentira es demasiado frecuente y demasiado inquietante. No me refiero a los errores, que en principio se pueden aceptar, aunque por supuesto se pueden evitar, sino a la falsedad deliberada, buscada, difundida con grandes recursos, lo cual puede producir una intoxicación de la sociedad, una especie de septicemia que puede poner en peligro la salud colectiva.

Se miente a sabiendas, como un programa, como un arma que es sin duda desleal y muy peligrosa. La enorme difusión y la eficacia de los medios de comunicación permite que el cuerpo social quede contaminado por la mentira. Sería deseable que la evitaran los que acostumbran segregarla; deberían pensar que la mentira es dañosa también para el que la emite, que es víctima de ella y se condena al profundo descontento propio que engendra. Cuando alguien miente deliberadamente es inevitable pensar que no se estima, que tiene profundo descontento de sí mismo o de lo que pretende representar. Pero en todo caso hay que tener en cuenta la reacción de los demás, de los que quedan «expuestos» a la mentira. Me preocupa la general pasividad con que la mentira se acoge. Algunos, llevados por la fuerza de la propaganda, no la advierten, se podría decir que la aceptan; otros sienten cierto malestar, una impresión de que «no es eso», pero carecen de toda reacción propia. Esto hace que se produzca una amplísima impunidad de la mentira, que esta no tenga sanción ni remedio.

Un hecho importante es que la mayoría de los autores, promotores y difusores de la mentira dependen de la opinión de los demás, intentan influir sobre ella, modificarla, apoyarse en ella para conseguir poder e influencia. Esto quiere decir que buscan el «prestigio», la fuerza que viene de los demás. En este sentido su mejor o peor fortuna depende de la reacción social a sus propósitos. La mentira tiene que ser descubierta, mostrada, hacer que recaiga sobre sus autores o difusores. Esto es lo primero que habría que hacer, lo que haría que supiéramos a qué atenernos sobre cada cual -individuos, agrupaciones, medios de comunicación-. Si esto se realizara con acierto y energía, la impunidad sería evitada en altísima proporción. Se vería que en el fondo no trae cuenta mentir, que esa actitud tan destructora recae en primer lugar sobre los que la realizan.

Estoy pensando en las mentiras notorias, comprobables, que no pueden resistir la confrontación con los hechos, con la realidad. Los que mienten de esta manera no pueden refugiarse en ambigüedades de interpretación, en lo que es discutible. Hay que contrastar lo que se dice con lo que es. Esta operación de saneamiento es perfectamente posible; la única condición es que se haga con atención y claridad.

Pero hay un tipo de mentiras que tiene todavía mayor gravedad: las calumnias. Se leen o se oyen demasiadas, que afectan a la dignidad de personas o de sus agrupaciones en cualquier sentido. Significan la forma más perniciosa y menos tolerable de la práctica de mentir. Durante siglos existió el uso social del duelo. La persona agraviada podía desafiar al agresor, exigir una reparación en el terreno de las armas. Las espadas o las pistolas se cruzaban una madrugada, con funesto resultado para uno de los combatientes. Nuestra sensibilidad moral y social rechaza este recurso, que tiene además el defecto gravísimo de que puede afectar a la parte justa, ofendida, agraviada. El resultado del duelo era con frecuencia una injusticia más. Cuando hay algo en lo humano que desempeña una función pero es inadmisible, hay que sustituirlo por algo más justo y decente. El duelo no es practicable, y se echa de menos el temor que algunos sentían a ser desafiados y tener que enfrentarse con las consecuencias de su agravio. En nuestro tiempo parece que el recurso es la justicia. Si alguien es calumniado puede llevar el asunto a los tribunales, hacer que el agresor responda y pueda sufrir una sanción por ello. Creo que esta práctica es aconsejable y contribuiría a sanear el ambiente de nuestra sociedad. Pero es cierto que la confianza en la justicia es escasa, que su lentitud demora las respuestas, que se teme que esté sometida a diversas presiones o su politización evidente y todavía no superada.

Con todo, creo que es un recurso aplicable. Aunque los fallos se dilaten demasiado y no sean enteramente merecedores de confianza, ya el hecho de ser demandado judicialmente significaría un aviso, un toque de atención, un señalamiento muy útil. Existe, gracias a Dios, la «presunción de inocencia», que hay que conservar celosamente; pero también debe existir la «presunción de culpabilidad» cuando se funda en hechos comprobables, cuando responde a la sospecha fundada de tergiversación.

El problema es muy grave, porque se puede producir una perturbación de la convivencia, una pérdida de la confianza en el derecho, en la manifestación de las opiniones, en la democracia misma. La mentira es el máximo riesgo que ésta tiene, lo que lleva a la pérdida de su prestigio, lo que puede engendrar el riesgo máximo que es la aversión a ella. 
2003-

 

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…Se hace necesario analizar las claves de comprensión que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos entiende que son justas para limitar la libertad de expresión.

 

La primera consiste en distinguir las informaciones que proporcionan datos de hecho de los juicios de valor. Estos juicios –por fuerza subjetivos– pueden ser sancionables si se fundamentan en elementos de hecho falsos o inexistentes.

 

La segunda clave hace hincapié en la distinción entre expresiones gratuitamente ofensivas (animus iniurandi) y las que, pese a chocar o herir sensibilidades, contienen informaciones e ideas destinadas a promover el debate social. A diferencia de las anteriores, estas últimas no son sancionables ya que promueven –aunque no todos las compartan– un clima de pluralismo y tolerancia.

 

La tercera y definitiva clave, que condena siempre el Tribunal, se refiere a las expresiones que incitan al odio, la violencia y la discriminación religiosa (hate speech).

 

A la luz de estas claves de comprensión, y con independencia de cuál sea nuestra identidad religiosa, podemos los europeos dilucidar si determinadas afirmaciones, discursos o espectáculos se acomodan o no a las exigencias que dimanan del ejercicio de la libertad de expresión. Intentarlo vale la pena.  Àlex Seglers - 2006-10-16

 

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CONVERSIÓN

 

Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres, confiada y constantemente, hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo, enviado por Él para salvar a todos, a fin de que los no cristianos, bajo la acción del Espíritu Santo, que abre sus corazones, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a Él con sinceridad, quien, por ser Camino, Verdad y Vida, colma todas sus exigencias espirituales, más aún, las colma infinitamente. Esta conversión hay que considerarla, ciertamente, inicial, pero suficiente para que el hombre perciba que, arrancado del pecado, es introducido en el misterio del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación personal con Él en Cristo. Puesto que, por la acción de la gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, participando ya por la fe del misterio de la muerte y de la resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo hombre perfecto en Cristo. Trayendo consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse, paulatinamente, durante el catecumenado. Siendo el Señor, al que se confía, blanco de contradicción, el convertido sentirá con frecuencia rupturas y separaciones, pero también gozos, que Dios concede sin medida. La Iglesia prohíbe severamente que a nadie se obligue, o se induzca, o se atraiga por medios indiscretos a abrazar la fe, lo mismo que defiende con energía el derecho de que nadie sea apartado de la fe con vejaciones y amenazas. Según la antiquísima costumbre de la Iglesia, investíguense los motivos de la conversión y, si es necesario, purifíquense.Decreto Ad gentes, 13 – CONCILIO VATICANO II

 

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No darás falso testimonio ni mentirás

 

 

 

La diferencia entre la verdad y la mentira es en ocasiones tan sutil y delgada como el grueso de un cabello. Resulta obvio que no pocas mentiras saltan a la vista y que, más tarde o más temprano, dejan de manifiesto su carácter de tales y la mayor o menor bajeza moral del que las ha proferido. Sin embargo, al lado de esas rampantes faltas contra la verdad, el lenguaje escrito o hablado nos permite quebrantar este mandamiento de mil y una maneras. Con profunda tristeza hay que reconocer que algunas profesiones –como es el caso del periodismo– se prestan especialmente para incurrir en tamaño pecado. Semejante situación debería llevarnos a realizar un profundo examen de conciencia sobre nuestra acción en la sociedad.
La ocultación de la realidad por intereses económicos, empresariales, políticos, corporativos o personales es mentir. La exposición sesgada de la realidad provocando un mayor brillo de lo aparentemente positivo, o ennegreciendo de manera aún más acusada lo supuestamente negativo, es mentir. El silencio frente al mal, a la corrupción, a la inmoralidad o a la injusticia es mentir. El amoldamiento de la opinión o de la información de acuerdo con el beneficio propio es mentir. La promoción de personajes, instituciones o ideologías, no porque se crea en ellos, sino porque de semejante comportamiento pueden derivar prebendas o ventajas personales, es mentir. La práctica del rumor, de la habladuría, de la frivolidad, arrojando irresponsablemente –no digamos ya voluntariamente– lodo y tinieblas sobre la buena fama de alguien, es mentir. La invención o aliño de noticias, hallazgos, descubrimientos y revelaciones sensacionales, simplemente para aumentar la tirada o la audiencia, es mentir.
Todas y cada una de esas formas de mentir erosionan la confianza de la gente en los medios de comunicación, en los políticos, en las instituciones y en las fuerzas sociales. Todas y cada una de esas formas de mentir acaban entenebreciendo la conciencia y la profesionalidad de aquellos que las practican, hasta el punto de que no llegan a distinguir, al fin y a la postre, lo verdadero de lo falso. Todas y cada una de esas formas de mentir corroen la convivencia, creando un mundo donde la falsedad es moneda de prudente cambio, y donde cada ser humano acaba encerrado en la engañosa fortificación de su soledad. Pero además de dañinas, todas y cada una son inútiles. Bien lo advirtió Jesús cuando dijo: «Porque no hay nada encubierto, que no haya de ser descubierto; ni nada oculto que no termine por saberse» (Lucas 12, 2).
DR. EN HISTORIA ANTIGUA DON
César Vidal

 

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La honradez intelectual

 

 

Por Federico Suárez Verdaguer (*)


La mentira y el error están en desacuerdo con la realidad. Cuando un mundo se construye contra la realidad, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres.


Una definición evidente

Debió ser hacia el final de la década de los veinte, cuando un filósofo francés recientemente fallecido, Etienne Gilson, pronunció en la Universidad de Harvard una conferencia dirigida a los postgraduados en Artes y Ciencias. Versó sobre la Ética de los Estudios Superiores, y en el curso de la exposición habló de la honradez intelectual diciendo que no era otra cosa sino «un respeto escrupuloso por la verdad».

Es muy probable que los postgraduados en Ciencias asimilaran más fácilmente que los de Letras esta afirmación. Para los cultivadores de las ciencias de la Naturaleza (físicos, químicos, biólogos, astrónomos, botánicos, etc.) esta definición de la honradez intelectual se les debe aparecer casi como evidente. Dado su modo de trabajar les resulta muy difícil exponer opiniones falsas e infundadas, pues cualquier ligereza en este tipo de ciencias es detectada con rapidez. La realidad del mundo físico, el ser propio de las cosas y las leyes que rigen sus relaciones no se prestan fácilmente a tergiversaciones, ni tampoco a ser objeto de manipulación, dado que su veracidad puede ser comprobada sin grandes dificultades. Así, el fraude intelectual en este campo es poco duradero incluso en las condiciones óptimas (en caso de «doctrina oficial»), y cuando es descubierto suele terminar con el prestigio de quien lo sostuvo por prestar mayor crédito a las ideas inventadas por un hombre que a las pruebas de la experiencia. El conocido fracaso del biólogo soviético Lyssenko es una manifestación de hasta qué punto esto es así.

Las palabras y los hechos

Y hasta parece como si entre los hombres de ciencia este su particular modo de trabajar creara ciertos hábitos favorables a la honradez intelectual. Es significativa a este respecto la respuesta de un científico, Alexander Weissberg, en una situación comprometida y peligrosa. Weissberg era un físico alemán que por convicción ideológica o por su filiación comunista fue a trabajar a la Unión Soviética; detenido en una de las «purgas» de Stalin, en 1937 o 1938, un compañero de celda le instó a que dejara de razonar con conceptos burgueses tales como «verdad» o «mentira», no acabándose de explicar por qué se resistía a afirmar la confesión que le presentaban. Weissberg lo explicó diciendo lacónicamente: «Me he negado, simplemente, a suscribir cualquier palabra que no se corresponda con los hechos».

Supongo que no es tan fácil para los hombres de letras filósofos, historiadores, periodistas, escritores, economistas, sociólogos, etc. este «escrupuloso respeto a la verdad», probablemente porque en este campo la verdad no es comprobable de modo tan evidente como sucede en las ciencias de la Naturaleza. Sería necesario un valor muy grande para escribir que la velocidad de la luz es de 600 km. por hora, porque aun cuando se tolerara sin protesta la publicación de semejante disparate, no parece probable que tal error pudiera generalizarse, y menos todavía influir en la vida de un nombre o de una nación. Por el contrario, no se necesita un valor especial para dar una versión de un acontecimiento (o de un período) en la que un veinte por ciento sean datos seguros y el ochenta restante interpretaciones, comentarios, supuestos, valoraciones y deducciones a partir de los datos y en torno a ellos. Y esto sí que puede influir, y de hecho influye, en la vida de los hombres, y también en la de los pueblos.

¿Abaratar la verdad?

Unos pocos datos pueden no ser todos los datos, y siendo ciertos pueden dar lugar a una visión falsa; la urgencia de dar una noticia antes de que deje de serlo puede llevar a su publicación sin verificarla, o una escueta información se puede comentar o interpretar de tal modo que induzca al lector a formar una idea equivocada. El deseo de vender un producto puede llevar a engañar al público mediante anuncios no del todo verdaderos en lo que afirman; la conveniencia de abaratar un género puede llevar a adulterarlo.

Salvo en algún caso muy especial, difícilmente podrán influir en el trabajo de un hombre de ciencia los intereses del partido a que pertenece, sus ideas políticas, el afán de éxito o de originalidad: ninguno de estos factores puede empañar la pureza de la verdad que resulta de un experimento cien veces repetido y comprobado. Pero todos los factores mencionados, y algunos otros, se infiltran sutilmente en el trabajo del hombre de letras, y en ocasiones desfiguran de tal modo la verdad que resulta una mentira. Los hombres de ciencia escriben menos libros que los hombres de letras, porque sólo escriben lo que saben, lo que está ciertamente averiguado. Pero los hombres de letras escriben lo que opinan y, desgraciadamente, no siempre se molestan en fundar su opinión sobre algún cimiento sólido, lo suficientemente sólido para merecer crédito. Por eso es un error creer que la cultura de un pueblo se mide por el número de títulos que anualmente se editan.

Un mundo real

Hay una notable diferencia entre los que hacen afirmaciones porque tienen argumentos ciertos y aquellos que no tienen otros argumentos que sus propias afirmaciones. Llama la atención ver el cuidado que ponía Tomás de Aquino en examinar las opiniones ajenas para incorporar lo que de verdadero encontrara en ellas, al tiempo que rechazaba con argumentos lo que era falso. Lo mismo hacía Aristóteles, y no en vano ambos han venido siendo ejemplos de honradez intelectual, es decir, de un escrupuloso respeto a la verdad. Pues no es lo mismo exponer lo que después de un paciente trabajo y un examen detenido hemos hallado como cierto, que afirmar sin argumentos, como si fuera una verdad comprobada, lo que tan sólo es una opinión todavía no fundada.

Lo que no es verdadero no es real. La mentira y el error (más aún la primera que el segundo), por estar en desacuerdo con la realidad, con lo que es, acaban provocando daños a la corta o a la larga. Y cuando un mundo se construye contra la realidad, sin tener en cuenta el ser de las cosas, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres. Mentiras (o sea, violencia al ser de las cosas) como el divorcio, el aborto, el ateísmo y tantas otras nunca pueden servir para edificar una sociedad, toda vez que edificar sobre una mentira es edificar sobre arena.

El valor que nos falta

Quizá lo que nos falta para ser intelectualmente honrados, para respetar la verdad dondequiera que la encontremos, es tan sólo valor moral. No tener miedo a las consecuencias, no querer convertir la historia, el periódico, las ideas, las estadísticas, la filosofía, en herramientas para edificar tal o cual modelo de sociedad que se piensa- va a resolverlo todo. Basta sólo el valor moral (¡si lo tuviéramos...!) que Solzhenitsyn pedía a la juventud de su patria cuando, preguntado por la revista Time en 1974 cómo creía él que podrían ayudarle en su empeño los jóvenes, replicó: «Con acciones físicas no. Tan sólo negándose a mentir, no participando personalmente en la mentira. Que cada uno deje de colaborar con la mentira en todos los sitios donde la vea, le obliguen a decirla, escribirla, citarla o firmarla, o sólo a votarla o leerla». Claro que esto no es una idea nueva: es lo que manda el octavo Mandamiento de la Ley de Dios.

Ceder ante la verdad

Pienso que, teniendo en cuenta que la Universidad tiene como objeto el cultivo y la enseñanza de las ciencias, y que todas las ciencias decía Cicerón «tienen por objeto el hallazgo de la verdad», quizá el mayor servicio que hoy podrían prestar nuestras universidades, ya que la masificación está haciendo prácticamente imposible tanto cultivar las ciencias como enseñarlas, acaso fuera el hacer de sus alumnos hombres intelectualmente honrados. O lo que es lo mismo: hombres que profesaran un tan escrupuloso respeto a la verdad que no se dejaran torcer por ideologías ni por intereses. Y como la verdad hace libre al hombre, acertó E. Gilson cuando a sus oyentes de Harvard les dio este consejo: «estad siempre prestos a ceder ante la verdad, resueltos a adheriros a ella; y ella os ahorrará la pesadumbre de ceder ante cualquier otra persona o cosa».

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Federico Suárez Verdaguer (1917) –colaborador de Arvo- es catedrático de Historia Moderna y Contemporánea, autor de numerosas obras de su especialidad y de espiritualidad.


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Ante todo, es preciso tener "manos inocentes y corazón puro". "Manos" y "corazón" evocan la acción y la intención, es decir, todo el ser del hombre, que se ha de orientar radicalmente hacia Dios y su ley. La segunda exigencia es "no mentir", que en el lenguaje bíblico no sólo remite a la sinceridad, sino sobre todo a la lucha contra la idolatría, pues los ídolos son falsos dioses, es decir, "mentira". Así se reafirma el primer mandamiento del Decálogo, la pureza de la religión y del culto. Por último, se presenta la tercera condición, que atañe a las relaciones con el prójimo:  "No jurar contra el prójimo en falso". Como es sabido, en una civilización oral como la del antiguo Israel, la palabra no podía ser instrumento de engaño; por el contrario, era el símbolo de relaciones sociales inspiradas en la justicia y la rectitud.

 

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La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir. Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la experiencia humanas, pero "la certeza que da la luz divina es mayor que la que da la luz de la razón natural" (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 171,5, obj.3). "Diez mil dificultades no hacen una sola duda" (J.H. Newman, apol.).

 

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América y la humanidad entera tienen necesidad de puntos de referencia esenciales para todos los ciudadanos y responsables políticos. "No matar", "No mentir", "No robar ni codiciar los bienes ajenos", "respetar la dignidad fundamental de la persona humana" en sus dimensiones físicas y morales son principios intangibles, sancionados en el Decálogo común a hebreos, cristianos y musulmanes, y cercanos a las normas de otras grandes religiones. Se trata de principios que obligan tanto a cada persona humana como a las diversas sociedades.

 

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Mentiras

 

Siempre y nunca: mentiras


Por José Francisco Sánchez
EI profesor novel es uno de los seres más indigentes, inermes y desamparados que pueda encontrarse sobre la tierra. Si es profesor de bachillerato, más. Yo no era profesor de bachillerato, pero sí novel, y se me ocurrieron varios sistemas para paliar un poco esa indefensión en la que me veía sumido: enfrentarme todos los días a ciento cincuenta estudiantes de quinto de Periodismo. Una de las artimañas que desplegué resultaba verdaderamente innovadora, o al menos eso pensaba. Dije a mis alumnos el primer día de curso que no me vinieran con cuentos de terror ni con certificados médicos en el caso de que hubieran faltado a alguna de las inevitables prácticas: "Yo les creo siempre", añadí. Pensaba que así defendía mi debilidad de carácter, esa enfermiza propensión a comprender demasiado que me lleva, como consecuencia, a pasar por tonto o por primo. "Si les crees siempre por norma -me decía-, nadie podrá atribuirse el mérito de haberte burlado".

Una mañana recibía a mis alumnos en la puerta de cristal del aula informatizada. Una chica se paró para contarme una historia absolutamente inverosímil que pretendía explicar su ausencia continuada en las clases prácticas. La atajé:

-Vale, no te preocupes. No hace falta que me cuentes más. Está claro. Tranquila.

Lejos de tranquilizarse, para mi espanto, rompió a llorar. Y entre sollozos dijo entrecortadamente una frase que no se me olvidará mientras viva:

-Sí, sí. Usted, con eso de que nos cree siempre, no nos cree nunca.

Sentí un trallazo durísimo en algún lugar del alma. Una confusión de sentimientos encontrados. Se adensó en mi mente como una bola de mercurio deslizante. La garganta se me llenó de pequeños cristales rotos y no supe responder. Pensaba: "Es cierto, no le estoy creyendo. Sabe que no le creo y quiere que le crea y no sólo que le diga que le creo, a pesar de que ni siquiera ella cree su historia. Si al menos le dijese la verdad, podría mostrarse ofendida. Así no le queda nada. Sólo la angustia de nadar entre mentiras".

Todo era cierto: que yo no la creía, que a veces necesitamos alimentarnos de falsedades socialmente reconocidas para seguir viviendo y que la chica había dicho una gran verdad para replicar a una gran mentira. No se puede ir por la vida diciendo que todo el mundo es bueno o que todo vale: equivaldría a decir que todo el mundo es malo y que nada vale. No son dos visiones del hombre distintas, una alentada por corazones benevolentes y tolerantes, y la otra, por corazones sucios y abyectos. Son, simplemente, la misma mentira. 
(Nuestro Tiempo) Arvo Net, domingo, 12 de octubre 2003

 

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La importancia del primer paso

 

José María ALIMBAU  - 2005.
E l escritor Ernesto Psichiari era nieto de Renán quien había negado la divinidad de Cristo. Psichiari, autor de «El viaje del Centurión» en la que relata su propia conversión a Cristo y al catolicismo, afirma desde su propia experiencia: «Desde el momento en que se da el primer paso... uno está salvado».
   Johann Peter Eckermann, escritor y secretario de Goethe, decía: «No basta dar pasos que un día puedan conducir hasta la meta, sino cada paso ha de ser una meta, sin dejar de ser... un paso».
   El padre Ravignan, forjador de jóvenes, solía comentar: «Hay dos maneras de querer: la primera: querer sin que nada cueste. Y la segunda: querer porque precisamente cuesta».
   Fernán Caballero, seudónimo de Cecilia Böhl de Faber, escritora española de origen alemán, escribía: «Es una vieja y eterna verdad que el primer paso... es el que más cuesta. Los pasos –son como las cerezas– unos siguen a los otros».
   Una de las doctoras de la Iglesia católica, santa Teresa del Niño Jesús, manifestaba: «La práctica de la virtud se me hizo dulce y natural. Al principio mi rostro traicionaba la lucha interna... pero poco a poco el renunciarme a mí misma me pareció fácil... aun desde el primer momento».
   Y añadía: «Sí, verdaderamente la recompensa es grande aun en esta tierra; en este camino sólo cuesta dar... el primer paso».
   Santa Teresa de Jesús escribía: «No crean, a cada paso, que la Tierra se abrirá; no miren tanto a los pies... no llegarían jamás».
   El intento de dar el primer paso, de hacer una acción, de la propia conversión es de mucha importancia para la vida física y espiritual.
Es el primer paso.

 

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«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira» Solzhenitsyn – 1973

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Poco más tarde, en un artículo titulado «¡Rechacemos la mentira», difundido contemporáneamente a su detención, febrero de 1974, advertía Solzhenitsyn:
«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir
»
Comentando estos párrafos el argentino Luis María Sandoval apostilla: «es de recordar que Cristo Nuestro Señor no llamó al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44)» ("Cuando se rasga el telón", Speiro, 1992, pág. 220)

 

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No existe la libertad absoluta; además, la libertad no es un instrumento para usarlo contra los demás, sino para favorecer a los demás y para crecer.
La prensa necesita comprender que el espacio disponible para ejercitar la libertad está limitado por el respeto a los demás, no sólo como personas, sino también a sus creencias y a su fe. El derecho a la libertad de pensamiento y expresión «no puede implicar el derecho a ofender el sentimiento religioso de los creyentes». Pero igualmente deplorables, son las reacciones violentas de protesta: «La intolerancia real o verbal, no importa de donde venga, sea como acción o como reacción, siempre es una grave amenaza a la paz».

 

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Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad’ (Ga 5,22-23, vg.).

 

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El abad Antonio-Egipto [298 ca.] escrutaba la profundidad de los juicios de Dios, y preguntó: «Señor, ¿por qué algunos mueren después de una vida corta, mientras otros alcanzan una prolongada ancianidad? ¿Por qué unos carecen de todo y otros nadan en la abundancia? ¿Por qué los malos viven en la opulencia y los justos padecen extrema pobreza?». Y vino una voz que le dijo: «Antonio, ocúpate de ti mismo. Así son los juicios de Dios y no te conviene conocerlos».

 

Había en una comunidad un hermano que se cargaba sobre sus espaldas todas las faltas que cometían los hermanos, llegando a acusarse hasta de fornicación. Algunos hermanos, ignorando su conducta, empezaron a murmurar contra él: «Tanto mal como hace y no trabaja nada». El abad, que conocía sus obras, decía a los hermanos: «Prefiero una estera de éste con humildad, que todas las vuestras con soberbia». Y para que los juicios de Dios demostrasen quién era aquel hermano, mandó traer todas las esteras que habían fabricado los hermanos y la del hermano. Encendió una mecha y la tiró en medio de ellas. Se quemaron todas las esteras de los hermanos, pero la del hermano quedó intacta. Al ver esto los hermanos se llenaron de temor, hicieron una metanía ante el hermano y desde entonces le consideraron como un Padre.

 

Preguntaron a un anciano cómo algunos podían decir que habían visto el rostro de los ángeles. Y él contestó: «Dichoso el que ve siempre sus pecados».

 

Un hermano estaba enfadado con otro hermano. Lo supo éste y vino a pedirle perdón. Pero aquél no le abrió la puerta de su celda. Fue el hermano a contar lo sucedido a un anciano, y éste le dijo: «Mira si no conservas en tu corazón una razón que te parezca justa para culpar a tu hermano, y que ella te lleva a reprenderle a él y a justificarte a ti. Tal vez sea esta la causa por la que Dios no movió su corazón para que te abriera la puerta. Yo te aconsejo que si él te ha ofendido, asientes en tu corazón que tú le has ofendido a él y des la razón a tu hermano. Entonces Dios pondrá en su corazón lo que sea necesario para que viva en buena amistad contigo». Y le contó este ejemplo: «Dos seglares piadosos se pusieron de acuerdo y dejaron el mundo para hacerse monjes. Llenos de celo según la letra, pero no según el espíritu del Evangelio, se castraron por el Reino de los Cielos. Lo supo el arzobispo y los excomulgó. Ellos, creyendo que habían procedido bien, se indignaron contra él, diciendo: "Nos hemos castrado por el Reino de los Cielos, y él nos excomulga. Apelaremos al arzobispo de Jerusalén". Fueron, le contaron lo sucedido y el arzobispo de Jerusalén les dijo: "Yo también os excomulgo". Irritados de nuevo, acudieron al arzobispo de Antioquía, le contaron todo y también les excomulgó. Los hermanos se dijeron entonces: "Vamos al Papa de Roma, y él nos hará justicia". Acudieron pues el Sumo Pontífice, le contaron todo lo que les habían hecho los citados arzobispos, y le dijeron: "Acudimos a ti porque eres la cabeza de todos". El Papa les respondió: "Yo también os excomulgo y quedáis fuera de la Iglesia". Al verse excomulgados por todos se dijeron el uno al otro: "Estos obispos se conciertan y se apoyan unos a otros porque se reúnen en Concilio.

Vayamos a san Epifanio, obispo de Chipre, que es varón de Dios y profeta y no tiene acepción de personas". Cuando ya estaban cerca de la ciudad, san Epifanio tuvo una revelación acerca de ellos y mandó a decirles: "No entréis en esta ciudad". Entonces volvieron en si, y dijeron: "Somos verdaderamente culpables, ¿por qué tratamos de justificarnos? Pase que aquellos nos excomulgasen injustamente, ¿pero que lo haga este profeta? Tiene que ser porque Dios le ha hecho alguna revelación". Y los dos se reprocharon vehementemente la culpa que habían cometido. El que conoce los corazones vio que se reconocían de verdad culpables y se lo reveló al obispo Epifanio. Este les mandó de nuevo un mensajero, les hizo venir a su presencia, les consoló y les admitió en la Iglesia. Luego escribió sobre ellos al arzobispo de Alejandría: "Recibe a estos hijos tuyos que han hecho de verdad penitencia" ». Y añadió el anciano que contó esta historia: «Este es el secreto de la santidad y lo que Dios quiere: que el hombre arroje sus pecados a los pies de Dios». Al oír esto el hermano hizo lo que le había enseñado el anciano y fue a llamar a la puerta de su hermano. Este, apenas le oyó, se arrepintió interiormente y abrió al punto la puerta. Se abrazaron desde el fondo de su corazón, y se estableció entre ellos una profunda paz.

 

(1) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo. 

(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración

 

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faena para Cristo dejando su labor en Galilea, atrás

 

"No sigas a la muchedumbre para obrar mal, ni el juicio acomodes al parecer del mayor número, si con ello te desvías de la verdad" SAN ATANASIO + año 373

 

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Eusebio de Cesarea (hacia 265-340) obispo de la Iglesia Católica, teólogo e historiador  -  Comentario sobre Isaías 40; PG 24, 365-368

 

“¿Qué habéis ido a ver al desierto?” (Lc 7,24) -       “Voz del que clama en el desierto: Preparad una ruta al Señor, allanad los caminos de nuestro Dios.” (Is 40,3) Esta palabra muestra claramente que los acontecimientos profetizados no se cumplieron en Jerusalén sino en el desierto. La gloria del Señor aparecerá en el desierto. Allí todo el mundo conocerá la salvación de Dios. (cf Is 40,5) Esto es lo que aconteció realmente, literalmente cuando Juan Bautista proclamó en el desierto del Jordán que la salvación de Dios se iba a manifestar. Ahí apareció la salvación de Dios. En efecto, Cristo en su gloria se dio a conocer a todos cuando fue bautizado en el Jordán...
       El profeta hablaba de esta manera porque Dios tenía que residir en el desierto, este desierto que es inaccesible al mundo. Todas las naciones paganas eran desiertos del conocimiento de Dios, inaccesibles a los justos y a los profetas de Dios. Por esto, la voz clama para preparar el camino a la Palabra de Dios, de allanar la ruta inaccesible y pedregosa para que nuestro Dios que viene a habitar entre nosotros pueda avanzar por ella...
       “Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza tu voz con brío, mensajero de Jerusalén...” (Is 40,9) ¿Quién es esta Sión,...la que los antiguos llamaron Jerusalén?...¿No es, más bien, una manera de designar al grupo de los apóstoles, escogidos de entre el pueblo?  No es la que le tocó en herencia la salvación de Dios,...ella misma, situada en lo alto de la montaña, es decir, fundada sobre el Verbo único de Dios?  A ella encomienda...anunciar a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación.

 

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Santa Blandina: «Soy cristiana, nosotros no negociamos ninguna maldad» mártir del + 178ca. Lyon- France- Testimonio de la Iglesia Católica

 

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La ‘catolicidad’ la decretó Cristo, el ‘catolicismo’ va mucho del interés personal.

 

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 La Iglesia no se edifica sobre comités, juntas o asambleas. La palabra y la acción de sus miembros salvarán al mundo en la medida en que estén conectados con el sacrificio redentor de Cristo, actualizado en el misterio eucarístico, que aplica toda su fuerza salvífica. Toda palabra que se oye en la Iglesia, sea docente, exhortativa, autoritativa o sacramental, sólo tiene sentido salvífico, y edifica la Iglesia, en la medida en que es preparación, resonancia, aplicación o interpretación de la "protopalabra" [48]: la palabra de la “anamnesis” ("hoc est enim corpus meum...") que hace sacramentalmente presente al mismo Cristo y su acción redentora eternamente actual, al actualizar el sacrificio del Calvario para que se realice la obra de la salvación con la cooperación de la Iglesia, su esposa.

 

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Las costumbres cambian, es cierto, igual que cambian las modas. Pero el bien y el mal son fácilmente discernibles. Hay verdades que no dependen del valor subjetivo que les demos y que serán verdades siempre y a pesar de los nuevos inquisidores, la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

 

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HOY pocos son los que se atreven a decir lo que está bien o lo que está mal. Aquello de que nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira, ha quedado elevado a categoría absoluta. Lo importante ya no es lo que miramos, sino el color del cristal a través del cual miramos. Lo importante ya no es la verdad, sino el valor que le demos a esa verdad.

 

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«Una investigación histórica, libre de prejuicios y vinculada únicamente con la documentación científica es insustituible para derrumbar las barreras entre los pueblos» (Juan Pablo II)

 

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«Tenemos que defender la creación no sólo pensando en su utilidad para nosotros, sino por sí misma, como mensaje del Creador, como don de belleza, que es promesa y esperanza».  «El hombre tiene necesidad de la trascendencia»- Decía Sta. Teresa de Ávila: «Sólo Dios basta».  «Si Él falta, entonces el hombre tiene que tratar de superar con sus propias fuerzas los confines del mundo, de abrirse camino ante si en el espacio sin fronteras para el que ha sido creado».  En este contexto, «la droga se convierte casi en una necesidad», pero «muy pronto descubre que es una liberación ilusoria, podría decirse una burla que le hace el diablo al hombre».

 


 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor! "Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20). - Ad maiorem Dei gloriam.

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Recomendamos vivamente:

1º ‘Jesús, el Evangelio de Dios’ Edibesa - editorial. Es, sin lugar a dudas, una obra madura de un experimentado pastor y teólogo y un libro oportuno sobre Jesucristo, el protagonista de máxima trascendencia y de permanente actualidad. 2008.-

2º ‘María mujer, madre, amiga’ Edibesa – editorial - Monseñor Francisco Cerro Cháves, obispo de Coria-Cáceres-España escribió estas deliciosas 346 págs.2008

3º Jesús de Nazaret– al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’. 2007

Ser cristiano’- al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’- dedicó «a Romano Guardini, con gratitud y admiración». Editor: Desclée De Brouwer.


Recuerda siempre que el padre de a mentira, como dice el Evangelio, es el demonio. +








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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).