Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1492 - 28º Historia General de las Indias - 4º Cuzco; gobernador

 Historia General de las Indias – 4º

 

Texto clásico:

Historia General de las Indias – 4º

 

 

- CXLV - Lo que hizo don Diego de Almagro

después de muerto Pizarro –

 

Al ruido que mataban al gobernador Pizarro acudieron sus amigos, y a las voces de que ya era muerto venían los de Almagro; y así hubo muchas cuchilladas y muertes entre pizarristas y almagristas; mas cesaron presto, porque los matadores hicieron que don Diego cabalgase luego por la ciudad, diciendo que no había otro gobernador ni aun rey sino él en el Perú. Saquearon la casa de Pizarro, que rica estaba, y la de Antonio Picado y otros muchos y ricos hombres. Tomaron las armas y caballos a cuantos vecinos no querían decir "Viva don Diego de Almagro", aunque pocos osaron contradecir al vencedor. Hicieron también que los del regimiento y oficiales del rey recibiesen y jurasen por gobernador al don Diego hasta mandar otra cosa el emperador. Todo lo pudieron hacer a su salvo, por estar Fernando Pizarro en España y Gonzalo en lo de la canela; que si entrambos o el uno estuviera allí, quizá no le mataran. Estaba en tanto por enterrar el cuerpo de Francisco Pizarro, y había muchos llantos de mujeres allí en Los Reyes, por los maridos que tenían muertos y heridos; y no osaban tocar Francisco Pizarro sin voluntad de don Diego y de los que lo mataron. Juan de Barbarán y su mujer hicieron a sus negros llevar los cuerpos de Francisco Pizarro y de Francisco Martín a la iglesia; y con licencia de don Diego los sepultaron, gastando de suyo la cera y ofrenda, y aun escondieron los hijos, porque no los matasen aquellos que andaban encarnizados. Don Diego quitó y puso las varas de justicia como le plugo; echó preso al doctor Velázquez y Antonio Picado, Diego de Agüero, Guillén Juárez, licenciado Caravajal, Barrios, Herrera y otros. Hizo su capitán general a Juan de Rada, y dio cargos y capitanías a García de Alvarado, a Juan Tello, a otro Francisco de Chaves y a otros, en el ejército que juntó, de ochocientos españoles. Tomó los bienes de los difuntos y ausentes y los quintos del rey, que fueron muchos, para dar a los soldados y capitanes. Hubo entre ellos pasión sobre mandar, y quisieron matar a Juan de Rada, que lo mandaba todo. Y por eso hizo don Diego dar un garrote a Francisco de Chaves y castigó a muchos otros, y aun degolló a Antonio de Origüela, recién llegado de España, porque dijo en Trujillo que todos aquéllos eran tiranos. Escribió don Diego a todos los pueblos que lo admitiesen por gobernador, y muchos de ellos lo admitieron por amor de su padre, y algunos por miedo. Alonso de Alvarado, que con cien españoles estaba en los Chachapoyas, prendió los mensajeros que tales nuevas y recado llevaban. Don Diego despachó luego que lo supo a García de Alvarado por mar a Trujillo y a San Miguel para tomar las armas y caballos a los vecinos que favorecían a Alonso de Alvarado, con las cuales fuese sobre él. García de Alvarado tomó en Piura mucha plata y oro, que los vecinos tenían en Santo Domingo, y lo dio a los soldados, y ahorcó a Montenegro, [211] y prendió a muchos; y en Trujillo quitó el cargo a Diego de Mora, teniente de Pizarro, porque avisaba de todo a Alonso de Alvarado, y en San Miguel cortó las cabezas a Villegas, a Francisco de Vozmediano y Alonso de Cabrera, mayordomo de Pizarro, que con los españoles de Guanuco huían de don Diego. Diego Méndez, que fue a la villa de la Plata con veinte de caballo, tomó en Porco once mil y setenta marcos de plata cendrada, y puso en cabeza de don Diego las minas y haciendas de Francisco, Fernando y Gonzalo Pizarro, que riquísimas eran, y las de Peranzures, Diego de Rojas y otros.

 

Momia peruana.

 

- CXLVI -

Lo que hicieron en el Cuzco contra don Diego

Diego de Silva, de Ciudad-Rodrigo, y Francisco de Caravajal, alcaldes del Cuzco, usaron de maña con don Diego, ca le demandaron más cumplidos deberes que los que había enviado para recibirle por gobernador, y entre tanto apellidaron gente de la comarca. Gómez de Tordoya supo, andando a caza, la muerte de Pizarro y el pedimento de don Diego. Torció la cabeza de su halcón, diciendo que más tiempo era de pelear que de cazar. Entró en la ciudad de noche, habló con el cabildo de secreto, partió antes del día para donde estaba Nuño de Castro, y avisaron entrambos de todas estas cosas a Peranzures, que residía en los Charcas, y a Perálvarez Holguín, que andaba conquistando en Choquiapo, y a Diego de Rojas, que estaba en la villa de la Plata, y a los de Arequipa y otros lugares. Trataban éstos secretamente, porque había en el Cuzco muchos almagristas, que procuraban por don Diego, tomando la voz del rey, e hicieron su capital y justicia mayor a Perálvarez Holguín, y se obligaron a pagar el dinero del rey, que tomaban para sustentar la guerra, si el emperador no le diese por bien gastado. Perálvarez hizo su maestre de campo a Gómez de Tordoya; capitanes de caballo, a Peranzures y a Carcilaso de la Vega, y de infantería, a Nuño de Castro y a Martín de Robles, alférez del pendón real. Matriculáronse a la reseña ciento y cincuenta de caballo, noventa arcabuceros y otros doscientos y más peones. Como los que hacían por don Diego vieron esto, ciscábanse de miedo y saliéronse huyendo más de cincuenta. Fueron tras ellos Nuño de Castro y Hernando Bachicao con muchos arcabuceros, y trajéronlos presos. Perálvarez, que avisado era del intento de don Diego, salió del Cuzco a recoger los que andaban remontados por miedo, y a juntarse con Alonso de Alvarado para ir a Los Reyes a dar batalla a don Diego, entendiendo que se le pasarían muchos a su parte de los que con él estaban. Don Diego, que supo esto, envió por García de Alvarado, y en viniendo se partió de Los Reyes con cien arcabuceros, ciento y cincuenta piqueros y trescientos de caballo [212] y muchos indios de servicio. Y por que con su ausencia no se alzasen, echó de allí los hijos de Francisco Pizarro. Atormentó reciamente a Picado por saber de los dineros de su amo, y matóle. Llegó a Jauja y paró allí, porque adoleció y murió Juan de Rada, que su deseo y seguro era desbaratar a Perálvarez antes que se juntase con Alvarado ni con Vaca de Castro, que ya estaba en el Quito, y escrito a Jerónimo de Aliaga, Francisco de Barrionuevo y fray Tomás de San Martín, provincial dominico. De allí se le fueron el provincial, Gómez de Alvarado, Guillén Juárez de Caravajal, Diego de Agüero, Juan de Saavedra y otros muchos; y Perálvarez le tomó ciertos espías, que lo informaron de todo. Ahorcó tres de ellos, y prometió tres mil castellanos a otro porque espiase lo que don Diego hacía, diciendo que quería dar con él por un atajo despoblado y nevado; mas era engaño para descuidarlos. Don Diego prendió al hombre en llegando, por sospecha de la tardanza, dióle tormento, confesó la verdad y ahorcólo por espía doble. Fuese luego a poner en aquella traviesa nevada y estuvo allí tres días con su campo, sufriendo gran frío. Entre tanto se le pasó Perálvarez y se juntó con Alvarado en Guaraiz, tierra de los Guaylas, y escribieron ambos a Vaca de Castro que viniese a tomar el ejército y la tierra por el emperador. Don Diego siguió diez leguas a Perálvarez, y como no lo podía alcanzar, tiró la vía del Cuzco, robando lo que hallaba.

 

 

- CXLVII -

Como Vaca de Castro fue al Perú

Sabidas por el emperador las revueltas y bandos del Perú y la muerte de Almagro y otros muchos españoles, quiso entender quién tenía la culpa, para castigar los revoltosos; que castigados aquéllos se apaciguarían los demás. Envió allá con bastante poder e instrucción al licenciado Vaca de Castro, natural de Mayorga, que oidor era de Valladolid; y porque fuese le dio el consejo real y el hábito de Santiago y otras mercedes, y todo a intercesión del cardenal fray García de Loaisa, arzobispo de Sevilla y presidente de Indias, que le favoreció mucho por amor del conde de Siruela, su amigo. Fue, pues, Vaca de Castro al Perú, y con tormenta que tuvo después que salió de Panamá paró en puerto de Buenaventura, gobernación de Benalcázar y tierra desesperada, como los manglares de Pizarro. No quiso o no pudo ir por mar a Lima, y caminó al Quito. Pensó perecer, antes de llegar allá, de hambre, dolencias y otros veinte trabajos. Recibióle muy bien Pedro de Puelles, que Gonzalo Pizarro aún no era vuelto de la Canela, y avisó de su venida a muchos pueblos. Vaca de Castro descansó en Quito, proveyó algunas cosas y partióse a Trujillo a tomar la gente que tenía Perálvarez y Alvarado para [213] resistir a don Diego. Cuando llegó allá llevaba más de doscientos españoles, con Pedro de Puelles, Lorenzo de Aldana, Pedro de Vergara, Gómez de Tordoya, Garcilaso de la Vega y otros principales hombres que acudían al rey. Presentó sus provisiones al cabildo y ejército, y fue recibido por justicia y gobernador del Perú. Volvió las varas y oficios de regimiento a quien se las entregó y las banderas y compañías a los mismos capitanes, reservando para sí el estandarte real. Envió a Jauja con el cuerpo del ejército a Perálvarez, maestro de campo. Dejó allí en Trujillo a Diego de Mora por su teniente, y él fuése a Los Reyes, donde hizo armas y gente para engrosar el ejército, y para lo pagar tomó prestados cien mil ducados de los vecinos de allí, los cuales se pagaron después de quintos y haciendas reales. Puso por teniente a Francisco de Barrionuevo, de Soria, y por capitán de los navíos a Juan Pérez de Guevara, mandándoles que si don Diego viniese allí se embarcasen ellos con todos los de la ciudad, y él partió a Jauja con la gente que había armado y con muchos arcabuces y pólvora. En llegando hizo alarde, y halló seiscientos españoles, de los cuales eran ciento y setenta arcabuceros, y trescientos y cincuenta de caballo. Nombró por capitanes de caballo a Perálvarez, Alonso de Alvarado, Gómez de Alvarado, Pedro de Puelles y otros; y a Pedro de Vergara, Nuño de Castro, Juan Vélez de Guevara, de arcabuceros. Hizo maestro de campo al mismo Perálvarez Holguín y alférez mayor a Francisco de Caravajal, por cuya industria y seso se gobernó el ejército. Estando en esto vinieron cartas del Quito cómo era vuelto Gonzalo Pizarro y quería venir a ver a Vaca de Castro; mas el mandó luego que no viniese hasta que se lo escribiese, porque no estorbase los tratos de don Diego, que andaba por concertarse, o quizá porque le alzasen los del ejército por cabeza y gobernador por respeto de su hermano Francisco Pizarro, cuyo amor y memoria estaban en las entrañas de los más capitanes y soldados.

 

 

- CXLVIII -

Apercibimiento de guerra que hizo don Diego en el Cuzco

Al tiempo que don Diego llegó al Cuzco andaban revueltos los vecinos porque fue Cristóbal Sotelo delante con despachos y gente, estando ya dentro Gómez de Rojas, que tenía la posesión por Vaca de Castro; mas estuvieron quedos todos, y él apoderóse de la ciudad y tierra. Hizo luego pólvora y artillería y muchas armas de cobre y plata, y dio cuanto pudo a sus capitanes y soldados. Riñeron en aquel medio tiempo García de Alvarado y Cristóbal Sotelo, y el García mató al Cristóbal a estocadas. Intentó matar a don Diego, robar la ciudad e irse al Chile con sus amigos. Y para hacerlo a su salvo [214] convidólo a comer a su casa. Supo don Diego la traición, e hízose malo aquel día, y metió en su recámara secretamente a Juan Balsa, Diego Méndez, Alonso de Saavedra, Juan Tello y otros amigos de Sotelo. García de Alvarado tomó ciertos amigos suyos y fue a llamar y traer a don Diego, y no se quiso tornar del camino aunque Martín Carrillo y Salado le avisaron de la celada. Rogó a don Diego que se fuese a comer, pues era hora y estaba guisado. Dijo él: "Mal dispuesto me siento, señor Alvarado; empero, vamos". Levantóse de sobre la cama y tomó la capa. Comenzaron a salir los de Alvarado, y uno de don Diego cerró la puerta, dejando dentro y solo al García de Alvarado, y matáronlo, y aun dicen que don Diego le hirió primero. Alborotóse mucho la gente por su muerte, que tenía grandes amigos, mas luego don Diego la puso en paz, aunque algunos se le fueron a Jauja. Aderezó su ejército, que serían obra de setecientos españoles, los doscientos con arcabuces, otros doscientos y cincuenta con caballos y los demás con picas y alabardas, y todos tenían corazas o cotas, y muchos de caballos arneses. Gente tan bien armada no la tuvo su padre ni Pizarro. Tenía también mucha artillería y buena, en que confiaba, y gran copia de indios, con Paulo, a quien su padre hiciera inca. Salió del Cuzco muy triunfante, y no paró hasta Vilcas, que hay cincuenta leguas. Llevó por su general a Juan Balsa y por maestro de campo a Pedro de Oñate, que Juan de Rada ya se había muerto.

 

 

- CXLIX -

La batalla de Chupas entre Vaca de Castro y don Diego

Fue Vaca de Castro de Jauja a Guamanga con todo su ejército, que hay doce leguas, a gran prisa, por entrar allí primero que don Diego, ca le decían cómo venían los enemigos a meterse dentro. Es fuerte Guamanga por las barrancas que la cercan e importante para la batalla. Escribió a don Diego, con Idiáquez y Diego de Mercado, que le perdonaría cuantas muertes, robos, agravios e insultos había hecho si entregaba su ejército, y le daría diez mil indios donde los quisiese, y que no procedería contra ninguno de sus amigos y consejeros. Respondió que lo haría si le daba la gobernación del nuevo reino de Toledo y las minas y repartimientos de indios que su padre tuvo. Andando en demandas y respuestas llegó a Guaraguaci un clérigo, que dijo a don Diego cómo venía de Panamá, y que lo había perdonado el emperador y hecho gobernador del nuevo Toledo; por tanto, que le diese las albricias. Dijo asimismo que Vaca de Castro tenía pocos españoles, mal armados y descontentos, nuevas que, aunque falsas y no creídas, animaron mucho a sus compañeros. Tomaron también los corredores del campo a un Alonso García, que iba en hábito de indios con cartas del rey y Vaca de Castro para [215] muchos capitanes y caballeros, en que les prometían grandes repartimientos y otras mercedes. Ahorcólo don Diego por el traje y mensaje, y quejóse mucho de Vaca de Castro porque, tratando con él de conciertos, le sobornaba la gente. Fue gran constancia o indignación la del ejército de don Diego, porque ninguno lo desamparó. Escribieron desvergüenzas a los del rey, y que no fiasen de Vaca de Castro ni del cardenal Loaisa, que lo enviaba, pues no traía provisiones del emperador; y si las traía, no valían, por ser hechas contra la ley, pues le hacían gobernador si muriese Pizarro, Don Diego, si le dieran un perdón general firmado del rey, se diera por la renta y gobierno del padre, según dicen; mas, o enojado o confiado; publicó la batalla en presencia de Idiáquez y Mercado. Y prometió a sus soldados las haciendas y mujeres de los contrarios que matasen: palabra de tirano. Movió luego el real y artillería de Vilcas, y fue a ponerse en una loma dos leguas de Guamanga. Vaca de Castro, que supo su determinación y camino, dejó a Guamanga, por ser áspera para los caballos, que tenía muchos más que don Diego y púsose en un llano alto, que llamaban Chupas, a 15 de setiembre, año de 1542. Estaban los ejércitos cerquita y los corazones lejos, ca los de don Diego deseaban la batalla y los otros la temían; y así decían que Fernando Pizarro estaba preso porque dio la batalla de las Salinas, y que venía él a castigar los demás. Vaca de Castro los animó a la batalla, y porque peleasen condenó a muerte a don Diego de Almagro y a todos los que le seguían. Firmó la sentencia y pregonóla; y así repartió luego a otro día, con voluntad de todos, los caballos en seis escuadras. Echó delante a Nuño de Castro con cincuenta arcabuceros que trabase una escaramuza, y él subió un gran recuesto a mucho trabajo, donde asentó su artillería Martín de Valencia el capitán. Y si don Diego les defendiera la subida, los desbaratara, según iban desordenados y cansados. No había entre los ejércitos más de una lomilla, y escaramuzaban ligeramente, hablándose unos a otros. Don Diego estaba en aventajado lugar y orden, si no se mudara. Tenía la infantería en medio, y a los lados los de caballo, y delante la artillería en parte rasa y anchurosa para jugar de hito en los enemigos que le acometiesen. Puso también a su mano derecha a Paulo, inca, con muchos honderos y que llevaban dardos y picas. Vaca de Castro hizo un largo razonamiento a los suyos y se puso en la delantera con la lanza en puño para romper de los primeros, pues así lo quería don Diego. Ellos, respondiendo fiel y animosamente, les rogaron e hicieron que fuese detrás; y así quedó en la retaguardia con treinta de caballo, Puso a la mano derecha los medios caballos con Alonso de Alvarado y con el pendón real, que llevaba Cristóbal de Barrientos, y los otros a la izquierda con Perálvarez y los otros capitanes, y en medio a los peones. Mandó a Nuño de Castro que anduviese sobresaliente con cincuenta arcabuceros. Era ya muy tarde cuando esto pasaba, y jugaba tan recio la artillería de don Diego, que hacía temer a muchos; y un mancebo, por guardarse de ella, se puso tras una gran piedra; dióle la pelota en ello, saltó un pedazo y matóle. Quisiera Vaca de Castro dejar la batalla para otro día, con parecer de algunos capitanes; mas Alonso de Alvarado y Nuño de Castro porfiaron [216] que la diese, aunque peleasen de noche, diciendo que si la dilataba se resfriarían los soldados y se pasarían a don Diego, pensando que de miedo la dejaba, por ser más y mejores los enemigos. Tuvieron otro inconveniente para no pelear, y era que no podían ir derechos sin recibir mucho daño de los tiros. Francisco de Caravajal y Alonso de Alvarado guiaron el ejército por un vallejo o quebrada que hallaron a la parte izquierda, por donde subieron a la loma de don Diego sin recibir golpe de artillería, que se pasaba por alto, y aun dejaron la suya por la subida y porque un tiro de ella mató cinco personas de las que la llevaban. Don Diego caminó hacia los enemigos con la orden que tenía, por no mostrar flaqueza, que así fue aconsejado de sus capitanes; empero fue contra la de Pero Suárez, sargento mayor, que sabía de guerra más que todos. Y dicen por muy cierto que si quedo estuviera, él venciera esta batalla. Mas vino a ponerse a la punta de la loma, y no pudo aprovecharse de su artillería. Comenzaron los indios de Paulo a descargar sus hondas y varas con mucha grita. Fue a ellos Castro con sus arcabuceros, y retrájolos. Socorrióles Marticote, capitán de arcabucería, y comenzóse la escaramuza. Comenzaron a subir a lo alto y llano los escuadrones de Vaca de Castro al son de unos atambores. Disparó en ellos la artillería y llevó una hilera entera, y los hizo abrir y aun ciar; mas los capitanes los hicieron cerrar y caminar delante con las espadas desnudas, y por romper fueran rompidos, si Francisco de Caravajal, que regía las haces, no los detuviera hasta que acabase de tirar la artillería. Mataron en esto los arcabuceros de don Diego a Perálvarez Holguín y derribaron a Gómez de Tordoya, por lo cual, y por el daño que los tiros hacían en la infantería, dio voces Pedro de Vergara, que también herido estaba, a los de caballo que arremetiesen. Sonó la trompeta, y corrieron para los enemigos. Don Diego salió al encuentro con gran furia. Cayeron muchos de cada parte con los primeros golpes de lanza y muchos más con los de espada y hacha. Estuvo en peso buen rato la batalla sin declarar victoria por ninguna de las partes, aunque los peones de Vaca de Castro habían ganado la artillería y los de don Diego habían muerto muchos contrarios y tenían dos banderas enteras. Anochecía ya y cada uno quería dormir con victoria; y así peleaban como leones, y mejor hablando como españoles, ca el vencido había de perder la vida, la honra, la hacienda y señorío de la tierra, y el vencedor ganarlo. Vaca de Castro arremetió con sus treinta caballeros al cuerno izquierdo contrario, donde muy enteros y como vencedores estaban los enemigos, y trabóse allí como de nuevo otra pelea; mas al fin venció, aunque le mataron al capitán Jiménez, a Mercado de Medina y otros muchos. Don Diego, viendo los suyos de vencida, se metió en los enemigos, porque le matasen peleando, mas ninguno lo hirió, o porque no lo conocieron o porque peleaba animosísimamente. Huyó, en fin, con Diego Méndez, Juan Rodríguez Barragán, Juan de Guzmán y otros tres al Cuzco, y llegó allá en cinco días. Cristóbal de Sosa se nombraba también, y Martín de Bilbao, diciendo: "Yo maté a Francisco Pizarro"; y así los hicieron pedazos combatiendo. Muchos se salvaron por ser de noche, y hartos de tomar a los caídos de Vaca de Castro las [217] bandas coloradas que por señal llevaban. Los indios, que como los lobos aguardaban al fin de la batalla, mataron a Juan Balsa, a un comendador de Rodas, su amigo, y muy muchos otros que huyendo iban a otro inca. Murieron trescientos españoles de la parte del rey, y muchos, aunque no tantos, de la otra; así que fue muy carnicera batalla, y pocos capitanes escaparon vivos: tan bien pelearon. Quedaron heridos más de cuatrocientos, y aun muchos de ellos se helaron aquella noche: tanto frío hizo.

 

 

- CL -

La justicia que hizo Vaca de Castro en don Diego de Almagro y en otros muchos

Gran parte de la noche gastó Vaca de Castro en hablar y loar sus capitanes y otros caballeros y hombres principales que a él llegaban a darle la norabuena de la victoria, y a la verdad ellos merecían ser loados y él ensalzado. Saquearon el real de don Diego, que mucha plata y oro tenía, no sin muertes de los que lo guardaban. No dejaron las armas, con recelo de los enemigos, ca no sabían por entero cuán de veras habían huido. Pasaron fríos y hambres, y aun lástima por las voces y gemidos y quejas que los heridos daban sintiéndose morir de hielo y desnudar de los indios, ca los achocaban también algunos con porras que usan, por despojarlos. Corrieron el campo en amaneciendo, curaron los heridos y enterraron los muertos, y aun llevaron a sepultar en Guamanga a Perálvarez Holguín, a Gómez de Tordoya y otros pocos. Arrastraron y descuartizaron el cuerpo de Martín de Bilbao, que mataron en la batalla, según dije, porque mató a Francisco Pizarro. Otro tanto hicieron por la misma causa Martín Carrillo, Arbolancha, Hinojeros, Velázquez y otros; en lo cual gastaron todo aquel día, y otro siguiente en ir a Guamanga, donde Vaca de Castro comenzó a castigar los almagristas, que presos y heridos estaban; ca bien más de ciento y sesenta se recogieron allí, y entregaron las armas a los vecinos que los prendieron. Cometió la causa al licenciado de la Gama, y en pocos días se hicieron cuartos los capitanes Juan Tello, Diego de Hoces, Francisco Peces, Juan Pérez, Juan Diente, Marticote, Basilio, Cárdenas, Pedro de Oñate, maestro de campo y otros treinta que por brevedad callo. Vaca de Castro desterró también algunos y perdonó los demás. Envió a sus casas casi todos los que con él estaban que tenían repartimiento y cargo. Envió a Pedro de Vergara a poblar los Bracamoros, que había conquistado, y fuese al Cuzco, que lo llaman, porque no les quitasen a don Diego algunos que bien lo querían. Acogióse don Diego con solos cuatro al Cuzco, pensando rehacerse allí. Mas su teniente Rodrigo de Salazar, de Toledo, y Antón Ruiz de Guevara, alcalde, y otros vecinos, [218] lo echaron preso, como lo vieron vencido y solo. Vaca de Castro lo degolló en llegando, ahorcó a Juan Rodríguez Barragán y al alférez Enrique y a otros. Diego Méndez Orgoños se soltó y se fue al inca, que estaba en los Andes, y allá le mataron después los indios. Con la muerte de don Diego quedó tan llano el Perú como antes que su padre y Pizarro descompadrasen, y pudo muy bien Vaca de Castro regir y mandar los españoles. Loaban muchos el ánimo de don Diego, aunque no la intención y desvergüenza que tuvo contra el rey, ca siendo tan mozo vengó, a consejo de Juan de Rada, la muerte de su padre, sin querer tomar nada de Pizarro, aunque tuvo necesidad. Supo conservar los amigos y gobernar los pueblos que lo admitieron, aunque usó algún rigor y robos por amor de los soldados. Peleó muy bien y murió cristianamente. Era hijo de india, natural de Panamá, y más virtuoso que suelen ser mestizos, hijos de indias y españoles, y fue el primero que tomó armas y que peleó contra su rey. También se maravillaban de la constante amistad que los suyos le tuvieron, ca nunca lo dejaron hasta ser vencidos, por más perdón y mercedes que les daban: tanto puede el amor y bandos una vez tomados. Había muchos soldados que no tenían hacienda ni qué hacer; y porque no causasen algún bullicio como los pasados, y también por conquistar y convertir los indios, envió Vaca de Castro muchos capitanes a diversas partes, como fue a los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez, de Madrid, y Nicolás de Heredia, que llevaron mucha gente. Envió a Monroy en socorro de Valdivia, que tenía gran necesidad en el Chili; y también fue a Mullubamba Juan Pérez de Guevara, tierra comenzada a conquistar y rica de minas de oro, y entre los ríos Marañón y de la Plata, o por mejor decir nacen en ella, y crían unos peces del tamaño y hechura de perros, que muerden al hombre. Anda la gente casi desnuda, usan arco, comen carne humana y dicen que cerca de allí, hacia el norte, hay camellos, gallipavos de Méjico y ovejas menores que las del Perú, y amazonas de Orellana. Llamó a Gonzalo Pizarro y dióle licencia que fuese a sus pueblos y repartimiento de los Charcas. Encomendó a los indios que vacos estaban, aunque muchos se quejaban por no les alcanzar parte. Hizo muchas ordenanzas en gran utilidad de los indios, los cuales comenzaron a descansar y cultivar la tierra, ca en las guerras civiles pasadas habían sido muy mal tratados, y aun dicen que murieron y mataron millón y medio en ellas, y más de mil españoles. Residió Vaca de Castro en el Cuzco año y medio, y en aquel tiempo se descubrieron riquísimas minas de oro y de plata.

 

 

- CLI -

Visita del Consejo de Indias

De las revueltas del Perú que contado habemos resultó visita del Consejo de Indias y nuevas leyes para regir aquellas tierras, causadoras de grandes muertes [219] y males, no por ser muy malas, sino por ser rigurosas, como luego diremos. Hizo la visita el doctor Juan de Figueroa, oidor del Consejo y Cámara del Rey. Eran oidores de aquel Consejo el doctor Beltrán, el licenciado Gutiérrez Velázquez, el doctor Juan Bernal de Luco y el licenciado Juan Suárez de Caravajal, obispo de Lugo; fiscal, el licenciado Villalobos; secretario, Juan de Sámano, y presidente, fray García de Loaisa, cardenal y arzobispo de Sevilla. El emperador, vista la información y testigos, quitó de la audiencia al doctor Beltrán y obispo de Lugo. El obispo perseveró en corte, y desde a cuatro o cinco años lo hizo el rey comisario general de la Cruzada. El doctor Beltrán se fue a Nuestra Señora de Gracia, de Medina del Campo, donde tenía casa, y también le perdonó el emperador y le mandó dar su hacienda y salario acostumbrado en su casa; mas la cédula de estas mercedes llegó con la muerte. Daba gracias a Dios que lo dejó morir sin negocios, sin juegos ni trapazas. Era agudo y resoluto; tuvo muchos y grandes salarios siendo abogado; dejólos por el Consejo Real, y removiéronle de él. Vile llorar sus desventuras, quejándose de sí mismo porque dejó la abogacía por la audiencia. Fue muy tahúr, y jugaban mucho su mujer e hijos, que lo destruyeron. A toda suerte de hombres está mal el juego, y peor a los que tienen negocios, y negocios de rey y reinos. No faltó quien tachase al cardenal, pensando suceder en la presidencia; mas él era libre, acepto al emperador y amigo del secretario Francisco de los Cobos, que tenía la masa de los negocios.

 

Ángel arcabucero - escuela cuzqueña - Perú

 

- CLII -

Nuevas leyes y ordenanzas para las Indias

Sabiendo el emperador los desórdenes del Perú y malos tratamientos que se hacían a los indios, quiso remediarlo todo, como rey justiciero y celoso del servicio de Dios y provecho de los hombres. Mandó al doctor Figueroa tomar sobre juramento los dichos de muchos gobernadores, conquistadores y religiosos que habían estado en Indias, así para saber la calidad de los indios con el tratamiento que se les bacía, y aun porque le decían algunos frailes que no podía hacer la conquista de aquellas partes. Así que buscó personas de ciencia y de conciencia que ordenasen algunas leyes para gobernar las Indias buena y cristianamente; las cuales fueron el cardenal fray García de Loaisa, Sebastián Ramírez, obispo de Cuenca y presidente de Valladolid, que había sido presidente en Santo Domingo y en México; don Juan de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe y comendador mayor de Castilla; el secretario Francisco de los Cobos, comendador mayor de León; don García Manrique, conde de Osorno y presidente de Ordenes, que había entendido en negocios de Indias mucho tiempo, en ausencia del cardenal; el doctor Hernando de [220] Guevara y el doctor Juan de Figueroa, que eran de la Cámara, y el licenciado Mercado, oidor del Consejo Real; el doctor Bernal, el licenciado Gutiérrez Velázquez, el licenciado Salmerón, el doctor Gregorio López, que oidores eran de las Indias, y el doctor Jacobo González de Artiaga, que a la sazón estaba en consejo de Órdenes. Juntábanse a tratar y disputar con el cardenal, que posaba en casa de Pero González de León, y ordenaron, aunque no con voto de todos, obra de cuarenta leyes, que llamaron ordenanzas, y firmólas el emperador en Barcelona y en 20 de noviembre, año de 1542.

 

 

- CLIII -

La grande alteración que hubo en el Perú por las ordenanzas

Tan presto como fueron hechas las ordenanzas y nuevas leyes para las Indias, las enviaron los que de allá en corte andaban a muchas partes: isleños a Santo Domingo, mexicanos a México, peruleros al Perú. Donde más alteraron con ellas fue en el Perú, ca se dio un traslado a cada pueblo; y en muchos repicaron campanas de alboroto, y bramaban leyéndolas. Unos se entristecían, temiendo la ejecución; otros renegaban, y todos maldecían a fray Bartolomé de las Casas, que las habían procurado. No comían los hombres; lloraban las mujeres y niños, ensorberbecíanse los indios, que no poco temor era. Carteáronse los pueblos para suplicar aquellas ordenanzas, enviando al emperador un grandísimo presente de oro para los gastos que había hecho en la ida de Argel y guerra de Perpiñán. Escribieron unos a Gonzalo Pizarro y otros a Vaca de Castro, que holgaban de la suplicación, pensando excluir a Blasco Núñez por aquella vía y quedar ellos con el gobierno de la tierra, no digo entrambos juntos, sino cada uno por sí, que también fuera malo, porque hubiera sobre ello grandes revoluciones. Platicaban mucho la fuerza y equidad de las nuevas leyes entre sí y con letrados que había en los pueblos para escribirlo al rey y decirlo al virrey que viniese a ejecutarla. Letrados hubo que afirmaron cómo no incurrían en deslealtad ni crimen por no obedecerlas, cuanto más por suplicar de ellas, diciendo que no las quebrantaban, pues nunca las habían consentido ni guardado; y no eran leyes ni obligaban las que hacían los reyes sin común consentimiento de los reinos que les daban la autoridad, y que tampoco pudo el emperador hacer aquellas leyes sin darles primero parte a ellos, que eran el todo del reino del Perú: esto cuanto a la equidad. Decían que todas eran injustas, sino la que vedaba cargar los indios, la que mandaba tasar los tributos, la que castiga los malos y crueles tratamientos, la que dice sean enseñados los indios en la fe con mucho cuidado, y otras algunas. Y que ni era ley, ni habían de [221] aconsejar al emperador que firmase, con las otras, la que manda se ocupen ciertas horas cada día los oidores y oficiales a mirar cómo el rey sea más aprovechado, ni la que nombra por presidente al licenciado Maldonado, y otras que más eran para instrucciones que para leyes, y que parecían de frailes. Con esto, pues, se animaban mucho los conquistadores, y soldados a suplicar de las ordenanzas, y aun a contradecirlas, y también porque tenían dos cédulas del emperador que les daba los repartimientos para sí y a sus hijos y mujeres porque se casasen, mandándoles expresamente casar; y otra, que ninguno fuese despojado de sus indios y repartimientos sin primero ser oído a justicia y condenado.

 

El descubrimiento del ‘nuevo mundo’ trajo consecuentemente el hallazgo de nueva flora y fauna


- CLIV -

De cómo fueron al Perú Blasco Nuñez vela y cuatro oidores

Cuando fueron hechas las ordenanzas de Indias, dijeron al emperador que enviase hombre de barba con ellas al Perú, por cuanto eran recias y los españoles de allí revoltosos. Él, que bien lo conocía, escogió y envió, con título de virrey y salario de dieciocho mil ducados, a Blasco Núñez de Vela, caballero principal y veedor general de las guardas, hombre recio, que así se requería para ejecutar aquellas leyes al pie de la letra. Hizo también una Chanchillería en el Perú, que hasta allí a Panamá iban con las apelaciones y pleitos. Nombró por oidores al licenciado Diego de Cepeda, de Tordesillas; al doctor Lisón de Tejada, de Logroño; al licenciado Pero Ortiz de Zárate, de Orduña, y al licenciado Juan Álvarez. Y porque nunca se había tomado cuenta a los oficiales del rey después que se descubrió el Perú, envió a tomárselas a Agustín de Zárate, que era secretario del Consejo Real. Partió, pues, Blasco Núñez con la Audiencia y llegó al Nombre de Dios a 10 de enero de 1544. Halló allí a Cristóbal de Barrientos y otros peruleros de partida para España, con buena cantidad de oro y plata, y requirió a los alcaldes embarazasen aquel oro hasta que se averiguase de qué lo llevaban, ca le dijeron cómo aquellos hombres habían vendido indios y traídolos en minas, cosa de que mucho se alteraron y quejaron los vecinos y los dueños del oro, así por el daño como por no ser aquella ciudad de su jurisdicción y gobierno. Y si por los oidores no fuera, se lo confiscara, conforme a la instrucción y cédula que llevaba contra los que hubiesen traído indios en minas. Fue a Panamá, puso en libertad cuantos indios pudo haber de las provincias del Perú, y enviólos a sus tierras a costa de los amos y del rey. Algunos hubo que se escondieron por no ir, diciendo que mejor estaban con dueño que sin él. Otros se quedaron en Puerto-Viejo y por allí a ser putos, que se usa mucho, y se cortaron el cabello a la usanza bellaca. Desembargó Blasco Núñez el oro [222] a los del Nombre de Dios, y porque no se alborotasen más los españoles de aquellos dos pueblos, dijo que solamente procedería contra Vaca de Castro que traía y mandaba traer indios a las minas. Comenzaron a diferir él y los oidores en algunas cosas. Estuvieron malos ellos y ocupados, y él partióse sin esperarlos, aunque mucho se lo rogaron y aconsejaron, porque supo la negociación y escándalo del Perú. Llegó a Túmbez a 4 de marzo, libertó los indios, quitó las indias que por amigas españoles tenían, y mandóles que ni diesen comida sin paga, ni llevasen carga contra su voluntad, lo cual entristeció tanto a los españoles cuanto alegró a los indios. Entrando en San Miguel mandó a unos españoles pagar los indios de carga que llevaban, ya que no se podía excusar el cargarlos. Pregonó las ordenanzas, despobló los tambos, dio libertad a los indios esclavos y forzados, tasó los tributos y quitó los indios de repartimiento a Alonso Palomino, porque había sido allí teniente de gobernador, que así lo disponían las nuevas leyes; por lo cual le quitaban el habla y la comida, como a descomulgado, y a la salida del lugar le dieron gritas las españolas y lo maldijeron como si llevara consigo la ira de Dios. Y en Piura dijo que ahorcaría a los que suplicaban de sus provisiones, refrendadas de un su criado, que no era escribano del rey; y los vecinos de allí se escandalizaban más de sus palabras y aspereza que de las ordenanzas.

 

 

- CLV -

Lo que paso Blasco Núñez con los de Trujillo

Entró Blasco Núñez en Trujillo con gran tristeza de los españoles; hizo pregonar públicamente las ordenanzas, tasar los tributos, ahorrar los indios y vedar que nadie los cargase por fuerza y sin paga. Quitó los vasallos que por aquellas ordenanzas pudo, y púsolos en cabeza del rey. Suplicó el pueblo y cabildo de las ordenanzas, salvo de la que mandaba tasar los tributos y pechos y de la que vedaba cargar los indios, aprobándolas por buenas. Él no les otorgó la apelación, antes puso muy graves penas a las justicias que lo contrario hiciesen, diciendo que traía expresísimo mandamiento del emperador para ejecutarlas, sin oír ni conceder apelación alguna. Díjoles, empero, que tenían razón de agraviarse de las ordenanzas; que fuesen sobre ello al emperador, y que él le escribiría cuán mal informado había sido para ordenar aquellas leyes. Visto por los vecinos su rigor y dureza, aunque buenas palabras, comenzaron a renegar. Unos decían que dejarían las mujeres, y aun algunos las dejaran si les valiera, ca se habían casado muchos con sus amigas, mujeres de seguida, por mandamiento que les quitaran las haciendas si no lo hicieran. Otros decían que les fuera mucho mejor no tener hijos ni mujer que mantener, si les habían de quitar los esclavos, que los sustentaban [223] trabajando en minas, labranzas y otras granjerías; otros pedíanle pagase los esclavos que les tomaba, pues los habían comprado de los quintos del rey y tenían su hierro y señal. Otros daban por mal empleados sus trabajos y servicios, si al cabo de su vejez no habían de tener quien los sirviese; éstos mostraban los dientes caídos de comer maíz tostado en la conquista del Perú; aquéllos, muchas heridas y pedradas; aquellos otros, grandes bocados de lagartos; los conquistadores se quejaban que, habiendo gastado sus haciendas y derramado su sangre en ganar el Perú al emperador, le quitaban esos pocos vasallos que les había hecho merced. Los soldados decían que no irían a conquistar otras tierras, pues les quitaban la esperanza de tener vasallos, sino que robarían a diestro y a siniestro cuando pudiesen; los tenientes y oficiales del rey se agraviaban mucho que los privasen de sus repartimientos sin haber maltratado los indios, pues no los hubieron por el oficio, sino por sus trabajos y servicios. Decían también los clérigos y frailes que no podrían sustentarse ni servir las iglesias si les quitaban los pueblos; quien más se desvergonzó contra el virrey y aun contra el rey fue fray Pedro Muñoz, de la Merced, diciendo cuán mal pago daba su majestad a los que tan bien le habían servido, y que olían más aquellas leyes a interés que a santidad, pues quitaban los esclavos que vendió sin volver los dineros, y porque tomaban los pueblos para el rey, quitándolos a monasterios, iglesias, hospitales y conquistadores que los habían ganado, y, lo que peor era, que imponían doblado pecho y tributo a los indios que así quitaban y ponían en cabeza del rey, y aun los mismos indios lloraban por esto. Estaban mal aquel fraile y el virrey porque lo acuchilló una noche en Málaga siendo corregidor.

 


- CLVI -

La jura de Blasco Núñez y prisión de Vaca de Castro

Vaca de Castro, que había visto las ordenanzas y cartas en el Cuzco, donde residía, se aderezó para ir a Los Reyes a recibir a Blasco Núñez; empero, con muchos españoles en orden de guerra, que dio gran sospecha de su voluntad, ca los vecinos de Los Reyes, como supieron que con armas venía, le enviaron a decir que no viniese, pues ya no era gobernador, temiendo algún castigo por no haber admitido los días atrás un su teniente, y escribieron a Blasco Núñez algunos particulares que apresurase el paso para entrar primero que Vaca de Castro, porque si se tardaba quizá no le recibirían a la gobernación. Vaca de Castro dejó las armas, y casi todos los que traía, donde supo la voluntad de aquéllos; fue requerido de los suyos se volviese al Cuzco y lo tuviese por el rey, suplicando de las ordenanzas; nunca quiso sino llegar primero a Lima, donde halló diversas intenciones, ca unos querían [224] al virrey y otros no. Gaspar Rodríguez, viendo venir cerca a Blasco Núñez, dejó a Vaca de Castro y tornóse al Cuzco, llevando consigo muchos vecinos de él, y las armas que habían quedado en el camino, para levantar la tierra por quien pudiese; Blasco Núñez partió de Trujillo aprisa, llegó al tambo que dicen de la Barranca, donde no halló qué comer, mas halló un mote que decía: "El que me viniere a quitar mi hacienda, mire por sí, que podrá ser que pierda la vida". Maravillóse de tal dicho, y preguntado quién lo pudo escribir, le dijeron ciertos malsines que Juárez de Caravajal, factor del rey, que poco antes había estado allí. En este tambo estuvo Gómez Pérez con cartas del inca Mango y de Diego Méndez y otros seis españoles del bando de don Diego de Almagro, en los cuales pedían licencia y salvoconducto para se venir a Blasco Núñez con el inca; él holgó de perdonarlos y que viniesen; mas ellos fueron muertos a cuchillo por ceguedad del Gómez Pérez. Solían jugar a la bola él y Mango, y jugaron como llegó; era porfiado el Gómez y mal comedido en medir las bolas, por lo cual dijo Mango a su criado que lo matase la primera vez que porfiase, bajándose a medir la bola; avisó de esto al Gómez una india. Él, sin mirar adelante, dio de estocadas al inca. Como los indios vieron muerto a su señor, matáronle a él y a los otros españoles y tomaron por inca un hijuelo del muerto, con el cual se han estado en unas asperísimas montañas sin querer más amistad con cristianos. Antes de llegar a Lima entendía Blasco Núñez cómo los de aquella ciudad estaban con propósito de no recibirlo dentro si primero no se les otorgaba la suplicación de las ordenanzas, jurando de no ejecutarlas, y si no, que lo enviarían preso y atado fuera del Perú; supo asimismo que todos estaban indignados contra él por ejecutar las ordenanzas tan de hecho, y que decían mil males de su recia condición. Para deshacer esto y otras veinte cosas que publicaban, envió delante a Diego Agüero, regidor de Los Reyes, el cual aplacó algo la indignación del pueblo, diciendo cómo Blasco Núñez traía mudado el rigor en mansedumbre, por ver el daño y descontento que todos recibían con la ejecución de las ordenanzas. Antes de entrar en Los Reyes Blasco Núñez, le tomó juramento en nombre del cabildo el factor Guillén Juárez que les guardaría los privilegios, franquezas y mercedes que del emperador tenían los conquistadores y pobladores del Perú, y que les otorgaría la suplicación de las nuevas ordenanzas que traía; él juró que haría todo lo que cumpliese al servicio del emperador y bien de la tierra; los vecinos y españoles que allí estaban dijeron luego que había jurado con cautela, entendiendo la ejecución de las ordenanzas ser bien de los indios y servidos del emperador. Entró en la ciudad con gran silencio y tristeza de todo el pueblo; nunca hombre así fue aborrecido como él, en do quiera que del Perú llegase, por llevar aquellas ordenanzas. Pregonó las ordenanzas y comenzólas a ejecutar, aunque muy mucho le rogaron no lo hiciese, diciendo que se alborotarían los españoles y querían conservar sus repartimientos; mas él se hizo sordo a todo, por cumplir la voluntad y mandado del emperador. Procuró saber qué intención era la de Vaca de Castro, qué trataba Gonzalo Pizarro en el Cuzco, quiénes y cuántos se mostraban de veras contra las ordenanzas. [225] Habló a los indios que se amotinaban y querían alzarse sin hacer la, sementeras. Encarceló a Vaca de Castro, diciendo que firmaba cédulas de repartimiento y pleitos como gobernador, estando él allí, y que indignaba la gente hablando mal de las ordenanzas, y porque dejó volver al Cuzco a Gaspar Rodríguez y a los otros. Hubo gran ruido, y división sobre la prisión de Vaca de Castro, don Luis de Cabrera y de los otros que con él prendió.

 

 

- CLVII -

Lo que Gonzalo Pizarro hizo en el Cuzco contra las ordenanzas

Tantas cosas escribieron a Gonzalo Pizarro muchos conquistadores del Perú, que lo despertaron allá en Los Parcas, donde estaba, y le hicieron venir al Cuzco después que Vaca de Castro se fue a Los Reyes. Acudieron muchos a él como fue venido, que temían ser privados de sus vasallos y esclavos, y otros muchos que deseaban novedades por enriquecer, y todos le rogaron se opusiese a las ordenanzas que Blasco Núñez traía y ejecutaba sin respeto de ninguno, por vía de apelación, y aun por fuerza, si necesario fuese; que ellos, que por cabeza lo tomaban, lo defendían y seguirían. Él, por probarlos o por justificarse, les dijo que no se lo mandasen, pues contradecir las ordenanzas, aunque por vía de suplicación, era contradecir al emperador, que tan determinadamente ejecutarlas mandaba, y que mirasen cuán ligeramente se comenzaban las guerras, que tenían sus medios trabajosos y dudosos los fines; y no quería complacerlos en deservicio del rey, ni aceptar cargo de procurador ni de capitán. Ellos, por persuadirlo, le dijeron muchas cosas en justificación de su empresa: unos decían que siendo justa la conquista de Indias, lícitamente podían tener por esclavos los indios tomados en guerra; otros, que no podía justamente quitarles el emperador los pueblos y vasallos que una vez les dio durante el tiempo de la donación, en especial que se los dio a muchos como en dote por que se casasen; otros, que podían defender por armas sus vasallos y privilegios como los hidalgos de Castilla sus libertades, las cuales tenían por haber ayudado a los reyes a ganar sus reinos de poder de moros, como ellos por haber ganado el Perú de manos de idólatras; decían, en fin, todos que no caían en pena por suplicar de las ordenanzas, y muchos, que ni aun por contradecirlas, pues no les obligaban antes de consentirlas y recibirlas por leyes. No faltó quien dijese cuán recio y loco consejero era emprender guerra contra su rey so color de defender sus haciendas, y hablar aquellas cosas que no eran de su arte ni de su lealtad; empero aprovecha poco hablar a quien no quería escuchar, ca no solamente decían aquello que algo en su favor era, pero desmandábanse, como soldados, a [226] decir mal del emperador y rey, su señor, pensando torcerle el brazo y espantarlo por fieros. Decían eso mismo que Blasco Núñez era recio, ejecutivo, enemigo de ricos, almagrista, que había ahorcado en Túmbez un clérigo y hecho cuartos un criado de Gonzalo Pizarro, porque fue contra Diego de Almagro; que traía expreso mandado para matar a Pizarro y para castigar los que fueron con él en la batalla de las Salinas; y para conclusión de ser mal acondicionado, decían que vedaba beber vino y comer especias y azúcar, y vestir seda y caminar en hamacas. Con estas cosas, pues, parte fingidas, parte ciertas, holgó Pizarro ser capitán general y procurador, pensando, como lo deseaba, entrar por la manga y salir por el cabezón. Así que lo eligieron por general procurador el cabildo del Cuzco, cabeza del Perú, y los cabildos de Guamanga y de la Plata y otros lugares, y los soldados por capitán, dándole todos su poder cumplido y llenero. Él juró en forma lo que en tal caso se requería; alzó pendón, tocó atambores, tomó el oro de la arca del rey, y como había muchas armas de la batalla de Chupas, armó luego hasta cuatrocientos hombres a caballo y a pie, de que mucho se escandalizaron y arrepintieron los del regimiento de lo que habían hecho, pues Gonzalo Pizarro se tomaba la mano dándole solamente el dedo. Pero no le revocaron los poderes, aunque de secreto protestaron muchos del poder que le habían dado; entre los cuales fueron Altamirano, Maldonado, Garcilaso de la Vega.

 

 

- CLVIII -

La asonada de guerra que hizo Blasco Nuñez Vela

Como Blasco Núñez vio alterados a los vecinos y gente que estaban en Los Reyes porque no consintió la apelación y por la prisión de Vaca de Castro y los otros, hizo cincuenta soldados arcabuceros y diólos al capitán Diego de Urbina, que lo acompañase con ellos. Envió al Cuzco, luego que supo la junta, al provincial dominico fray Tomás de San Martín, y tras él a fray Jerónimo de Loaisa, primer obispo y arzobispo de Los Reyes, a certificar a Gonzalo Pizarro que no traía provisión ninguna en su daño, sino que antes tenía voluntad el emperador de gratificarle muy bien su servicio y trabajos, y que le rogaba se dejase de aquello y se viniese llanamente a ver con él y hablarían del negocio. Gonzalo Pizarro no dejaba entrar al obispo ni aun le quiso escuchar después de haber entrado, antes trató que lo proveyesen de gobernador, y envió por veinte piezas de artillería a Guamanga, y aderezó muchas cosas de guerra. Blasco Núñez, que supo la ruin intención de Pizarro, que comenzaba la gente a temer, hizo llamamiento de gente y juntó cerca de mil hombres, ca luego acudieron a él los almagristas y muchos pueblos, especial los septentrionales a la ciudad de Los Reyes, y ordenó ejército y paga [227] con gana de muchos, y con parecer de los oidores y oficiales del rey, que firmaron la guerra en el libro del acuerdo; hizo general a Vela Núñez, su hermano; alférez del pendón, a Francisco Luis de Alcántara; capitanes de caballo, a don Alonso de Montemayor y a Diego Cueto, su cuñado, y capitanes de peones, a Pablo de Meneses y a Martín de Robles y a Gonzalo Díez; maestro de campo, a Diego de Urbina, que tenía muchos arcabuceros, y a otros, ca tenía doscientos caballos y otros tantos arcabuces, y la ciudad fortalecida para defensa. Dio grandes pagas y socorros a los soldados y gente, en que gastó los quintos y oro del rey que Vaca de Castro tenía para enviar a España, y aun tomó prestados buenos dineros de mercaderes para el ejército. Llegaron en esto allí Alonso de Cáceres y Jerónimo de la Serna en dos naos, de Arequipa. El Serna venía del Cuzco, enviado por Gaspar Rodríguez a decir a Blasco Núñez lo que allá pasaba y a pedirle un mandamiento para matar o prender a Gonzalo Pizarro, ca se ofrecían a ello el Rodríguez con ayuda de sus amigos; y de camino persuadió al Cáceres que se viniese al virrey con aquellas dos naos, y no a Pizarro, como quería. Blasco Núñez holgó con su venida; mas pesóle de que Pizarro tuviese tantas armas y artillería y la gente tan favorable. Suspendió las ordenanzas por dos años y hasta que otra cosa el emperador mandase; aunque se dijo luego el protesto que hizo y asentó en el libro del acuerdo cómo la suspensión era por fuerza, y que ejecutaría las ordenanzas en apaciguando la tierra: cosa de odio para todos. Dio mandamiento, y pregonólo, para que pudiesen matar a Pizarro y a los otros que traía, y prometió al que los matase sus repartimientos y hacienda, cosa que indignó mucho a los del Cuzco y que no agradó a todos los de Lima, y aun dio luego algunos repartimientos de los que se habían pasado a Pizarro. Decía públicamente que todos eran traidores sino los de Chili; y decía a éste que era traidor aquél, y a aquél, que éste, y que los había de castigar a todos. Tuvo mandado que matasen a Diego de Urbina y a Martín de Robles, cuando a su casa viniesen, si señalaba con el dedo; mas como el Robles le habló sabrosamente, que era gracioso y avisado, no hizo la señal, y así no murieron; empero díjoles a ellos mismos el concierto, como no sabía tener secreto, por lo cual ellos y aun otros no osaban dormir en sus casas.

 

- CLIX -

La muerte del factor Guillen Juárez de Caravajal

Temiendo Blasco Núñez el suceso de los negocios por la gente de Gonzalo Pizarro, envió a muchas partes por españoles; como decir a Hernando de Alvarado a Trujillo y a Villegas a Guanuco. Vinieron muchos de diversos pueblos, y entre ellos Gonzalo Díez de Pinera con hartos del Quito, y Pedro [228] de Puelles, de Guanuco, donde era corregidor; los cuales, aunque traían poderes de sus pueblos para negociar con el virrey, se pasaron a Pizarro; el Puelles con quince amigos, en que fueron Francisco de Espinosa, de Valladolid, y el Serna, que lo llamara Gonzalo Díez con su compañía, yendo tras Puelles con Vela Núñez. De los Chachapoyas también se fue al Cuzco entonces Gómez de Solís, de Cáceres, con Diego Bonifaz, Villalobos y otros veinte hombres escogidos. Desconfió con esto Blasco Núñez de dar ni ganar batalla y tapió las calles de Lima, dejando troneras y traveses, a guisa de hombre cercado, por donde acabó de desanimar a los suyos y a los vecinos, y no le tuvieron por tan esforzado como decían. Trajo antes y a vueltas de esto Luis García, de San Mamés, que por corregidor estaba en Jauja, unas cartas en cifra del licenciado Benito de Caravajal al factor Guillén Juárez, su hermano; el virrey sospechó mal de la cifra, ca no estaba bien con el factor, y mostró las cartas a los oidores, preguntando si lo podría matar; dijeron que no, sin saber primero lo que contenían, y para saberlo enviaron por él. Vino el factor; no se demudó por lo que dijeron, aunque fueron palabras recias, y leyó las cartas, notando el licenciado Juan Álvarez. La suma de la cifra era la gente, armas e intención que traía Pizarro, quién y cuáles estaban mal con él, y que luego se vendría él a servir al señor virrey, en pudiendo descabullirse, como el mismo factor se lo mandaba. Envió luego por el abecedario, y concertó con lo que leyera; y así vino a Lima el licenciado Caravajal dos o tres días después que Blasco Núñez fue preso, sin saber la muerte del factor. Desde a ciertos días que Gonzalo Díez huyera, se fueron a Pizarro Jerónimo de Caravajal y Escovedo, sobrinos del factor, con Diego de Caravajal, el Galán, vecino de Plasencia, que posaban en casa del mismo factor y que también fueron causa de su muerte. Fuéronse también con ellos don Baltasar de Castilla, hijo del conde de la Gomera; Pedro Caravajal y Rojas, de Antequera; Gaspar Mejía, de Mérida; Pero Martín, de Sicilia; Rodrigo de Salazar, el Corcovado, toledano, y otros veinte buenos soldados que hacían falta en el ejército. Hubo muy gran enojo e ira el virrey con la ida de éstos, y mayormente porque se fueron a casa del factor y con sus sobrinos. Envió tras ellos al capitán don Alonso de Montemayor con cincuenta de caballo, al cual prendieron los huídos por malicia de sus compañeros. Envió a llamar al factor aquella misma noche, domingo, a 14 de diciembre, y viniendo, díjole: "Señor, ¿qué traición es ésta, pecador de mí?" O según otros: "En mal hora vengas, traidor". Respondió el factor: "Yo soy tan buen criado y servidor del rey como vuestra señoría"; y otras cosas. El virrey, que tenía cólera, replicó: "Traiciones y bellaquerías son enviar vuestros sobrinos con tanta gente de bien a Pizarro y escribir aquello en el tambo, y no dar mula a Baltasar de Loaisa en que llevase mis despachos al Cuzco, y justificar vuestro hermano el licenciado la causa de Gonzalo Pizarro". Tras esto, como replicaba el factor en disculpa de aquellas cosas, dióle dos puñaladas con una daga, voceando: "Mátenle, mátenle". Llegaron sus criados y acabáronle, aunque algunos otros le echaban ropa encima para que no le matasen. Mandó echarlo por los corredores abajo, y unos negros le sacaron por los [229] pies arrastrando. Alonso de Castro, teniente de alguacil mayor por Vela Núñez, lo hizo llevar a enterrar en un repostero. De esta manera lo contaban Lorenzo Mejía de Figueroa, Lorenzo de Estopiñán, Rivadeneyra y otros caballeros que se hallaron presentes a todo lo susodicho, aunque Blasco Núñez juraba que no le hirió ni quisiera que muriera. Causó mucho bullicio la muerte del factor, que tan principal persona era en aquellas partes, y tanto miedo, que se ausentaban de noche los vecinos de sus propias casas; y aun el mismo Blasco Núñez dijo a los oidores y otros muchos cómo aquella muerte lo había de acabar, conociendo el yerro que había hecho.

 

 

- CLX -

La prisión del virrey Blasco Núñez Vela

Murmuraban en Lima reciamente la muerte del factor, diciendo que otro día mataría el virrey a quien se le antojase, y deseaban a Pizarro. Blasco Núñez sentía mucho esto, y por no estar donde tan mal le querían, cuando viniese, propuso de irse a Trujillo con toda la Audiencia y la Contaduría del rey; y para llevar las mujeres y hacienda armó dos o tres naos, e hizo capitán de ellas a Jerónimo de Zurbano, vizcaíno, y aun para guardar la costa; que decían cómo armaba Pizarro dos navíos en Arequipa para señorear la mar. Metió en aquellas naos al licenciado Vaca de Castro y a los hijos del marqués Francisco Pizarro, con don Antonio de Ribera, de Soria, que los tenía en cargo, juntamente con su mujer, doña Inés, y encomendó la guarda de todos ellos a Diego Álvarez Cueto. Habló a los oidores tres días después de muerto el factor, persuadiéndoles la ida de Trujillo con llevar sus mujeres y todo el oro y fierro que había; que llevar las mujeres de los oidores y vecinos de Los Reyes era para obligarlos a seguirle, y el oro y plata para sustentar el ejército, y el fierro, para que no lo hubiese Pizarro, que tenía falta de ello para herraduras y para arcabuces. Contradijéronle los oidores, diciendo que ni debían ni podían salir de aquella ciudad de Los Reyes, por cuanto les mandaba el emperador en las ordenanzas residir allí, y por no mostrar temor a Gonzalo Pizarro, que aún estaba setenta leguas de ellos y no se sabía que viniese a prenderlos, y por no desanimar a los vecinos y a los que allí estaban para servir y seguir al rey. Por estas razones y otras que le dijeron les prometió de no irse; pero en saliendo ellos de su casa, donde tenían audiencia, envió por los oficiales del rey y capitanes del ejército, y vinieron Alonso Riquelme, tesorero; Juan de Cáceres, contador; García de Saucedo, veedor; Diego Álvarez Cueto, Vela Núñez, don Alonso de Montemayor, Diego de Urbina, Pablo de Meneses, Martín de Robles, Jerónimo de la Serna, que hubo la bandera de Gonzalo [230] Díez, y Pedro de Vergara, que aún no tenía compañía; a los cuales dijo el virrey su intención y las causas que le movían para dejar a Los Reyes e irse a Trujillo; y mandóles estar a punto para otro día, que sin duda se partirían, él por la mar, y mujeres y Vela Núñez por tierra con la gente de guerra. Ninguno de ellos le contradijo, de pusilánimes, ca si le contradijeran como los oidores, no se determinara a irse tan total y prestamente; y así, ni entonces le prendieran, ni después lo mataran. Fueron, empero, a decirlo a todos los oidores, los cuales se juntaron en casa de Cepeda y se resumieron, después de bien pensado el negocio, en no salir de allí, ni dejar ir a los vecinos, creyendo que Pizarro no traía tan dañadas entrañas como después mostró; y ordenaron un requerimiento para el virrey por que no se fuese, y una provisión para que no le dejasen los vecinos embarcar sus mujeres, ya que él se fuese. Pretendían ellos, estando quedos en Los Reyes, que se iría Blasco Núñez a España a dar cuenta al emperador del negocio, viéndose solo, y que Gonzalo Pizarro desharía su campo otorgándole la suplicación de las ordenanzas; y si no quisiese, que fácilmente le prenderían o la matarían, pues quedarían ellos con el mando y con el palo. Ordenaron esta provisión Cepeda y Álvarez; escribióla Acebedo, sellóla Bernaldino de San Pedro, que era chanciller, el cual trajo en blanco dos sellos, con Tejada, que fue por ellos; eran amigos y naturales de Logroño. En esto pasaron los oidores aquel día, y el virrey en cargar los navíos y aderezar cabalgaduras. Cepeda forneció luego aquella noche una torre que había en su casa de armas y vitualla, con diez o doce amigos y criados, para si menester le fuese. Tejada, que tuvo miedo, pidió diez arcabuceros al virrey. En la mañana se juntaron los oidores a casa de Cepeda; y como parecía casa de munición más que de audiencia, fue corriendo un arcabucero de aquellos de Tejada a decir al virrey que se armaban los oidores contra él. Levantóse luego el virrey a tales nuevas y mandó tocar arma por la ciudad. Acudieron a su casa Vela Núñez, Meneses y Serna con sus compañías de infantes, y Francisco Luis de Alcántara con la caballería. De suerte que se juntaron en breve cuatrocientos españoles de los más principales y bien armados de Lima; algunos de los cuales, que les pesaba con la estada del virrey en el Perú, le rogaron que se metiese dentro en casa y no se pusiese a peligro. Él se metió, que no debiera, con obra de cincuenta caballeros, de lo cual unos se holgaron y otros desmayaron; y cierto si él no se metiera en casa, que pareció cobardía, no le prendieran, ca su presencia los animara y detuviera. Quedó Vela Núñez con el escuadrón, esperando lo que sería, ca se hundía la ciudad a gritos de las mujeres. Los oidores, que no tenían treinta hombres, se vieron perdidos, y pregonaron la provisión que dije. Francisco de Escobar, natural de Sahagún (que llamaban el Tío), les dijo: "Salgamos, cuerpo de Dios, señores, a la calle, y muramos peleando como hombres, y no encerrados como gallinas". Salieron, pues, los oidores fuera, y caminaron para la plaza. Martín de Robles y Pedro de Vergara acudieron a los oidores, o por no ser con el virrey, o por cumplir la provisión real, o porque, como dicen, estaban de acuerdo con ellos; acudieron asimismo [231] muchos otros a pie y a caballo, y aun apellidando libertad, a lo que oí decir, para levantar el pueblo. Tiráronse algunos arcabuzazos de la boca de la calle que sale a la plaza, y si Vela Núñez acometiera, los rompiera y prendiera. Estando así, salió Ramírez el Galán, alférez de Martín de Robles, y campeó la bandera en la plaza; arremetió delante el capitán Vergara con su espada y adarga; salieron luego todos muy determinadamente. Los capitanes del virrey huyeron a su casa, y los más soldados se pasaron con los oidores, que estaban asentados en un escaño, a la puerta de la iglesia; no hubo sangre, como se temía. Unos ponen la culpa de huir a los capitanes, que tuvieron poca gana de pelear; otros a los soldados y vecinos, que volvían las picas y arcabuces hacia atrás. Combatieron la casa del virrey, que se defendía bien, y algunos con ánimo de hacerle mal y afrenta, según la pasión que sobre esto se hizo después donde dicen: "Su sangre sobre nos y sobre nuestros hijos", y otras cosas tan verdaderas como graciosas. Ventura Beltrán y otros decían: "¡Al combate!" que se guardaban para aquel día. Antonio de Robles entró solo dentro de la casa, hizo que abriesen las puertas, diciendo al virrey que se diese. Blasco Núñez, que tal no podía hacer, se entregó a Martín de Robles, Pedro de Vergara, Lorenzo de Aldana y Jerónimo de Aliaga, rogando que lo llevasen a Cepeda. Algunos dicen cómo el virrey quería morir antes de rendirse; mas que se dio a ruegos de frailes y caballeros, que lo aseguraron si se iba del Perú. Algunos de los que llevaban a Blasco Núñez iban diciendo: "Viva el Rey". "Pues, ¿quién me mata?", preguntaba él; y Padarve, criado del factor Guillén Juárez, encaró el arcabuz para matarle, y le matara, sino que no soltó ni prendió, aunque ardió el polvorín: otras befas y escarnios hicieron de él por la calle. El virrey, como fue delante los oidores, que muy acompañados estaban, se demudó y dijo: "Mirad por mí, señor Cepeda, no me maten"; él respondió no tuviese miedo, porque no le tocarían más que a su vida; y así, lo llevaron a casa de Cepeda, aunque dicen que no le quitaron las armas.

 

 

- CLXI -

La manera como los oidores repartieron los negocios

Grande arrepentimiento mostraron al virrey los oidores de su prisión, y le decían palabras de tristeza, si ya no eran fingidas, jurando que no habían sido en prenderle ni lo habían mandado, y que a qué árbol se arrimarían faltándoles él, y otras cosas tales; mas no que le soltarían; antes le dijo Cepeda delante Alonso Riquelme, Martín de Robles y otros: "Señor, juro por Dios que mi pensamiento nunca fue de prender a vuestra señoría; pero ya que está preso, entienda que lo tengo de enviar al emperador con la información [232] de lo que se ha hecho; y si tentare de amotinar la gente o revolverla más, sepa que le daré de puñaladas, aunque yo me pierda; y si estuviere paciente, servirle y darle su hacienda". Blasco Núñez respondió: "Por nuestro Señor, que es vuestra merced hombre, y que siempre le tuve por tal, y no esos otros, que, habiéndolo ellos urdido, han llorado conmigo"; y rogóle que vendiese su ropa entre los vecinos, que valía muchos dineros, para gastar por el camino. Diego de Agüero y el licenciado Niño, de Toledo, y otros le dijeron muchas cosas; mas dejando esto, por cosa larga y enojosa, digo que los oidores, para despachar negocios con más brevedad y atender a todo, partieron los oficios de esta manera: que Cepeda, como más entendido y animoso, atendiese a las cosas de la gobernación y de la guerra, por donde algunos dijeron que se llamaba presidente, gobernador y capitán; Tejada y Zárate, que entendiesen en las cosas de justicia; y que Juan Álvarez ordenase los despachos para España y la información contra el virrey. Tras esto, luego aquel mismo día que fue preso llevó Juan Álvarez al virrey a la mar para meterlo en las naos, y tomarlas y tenerlas a su mandado, por que nadie escribiese a España primero que ellos y por que no las hubiese Pizarro. Llevaron también a Vela Núñez, que, como no pudo entrar en casa de su hermano, con la prisa o con el miedo, se acogiera a Santo Domingo, el cual fue a las naves y se quedó dentro sin volver con respuesta. Blasco Núñez dio al licenciado Álvarez por el camino, sabiendo que lo había de llevar a España, una esmeralda de quinientos castellanos, que pidió y no pagó, a Nicolás de Ribera. Cueto y Zurbano soltaron a los hijos del marqués Francisco Pizarro con todos los otros presos, sino a Vaca de Castro, que no quiso salir; mas no quisieron recibir al virrey ni entregar las naos, por concierto que había entre ellos. Voceaban de tierra que diese los navíos; si no, que matarían al virrey; y hacían tantas cosas, que vino Zurbano con el batel bien esquifado de hombres y tiros a preguntar qué querían. Y como le respondieron que las naos o la muerte del virrey, dijo que no se las daría, mas que tomaría al virrey. Reprendiólos mucho, y soltó un tiro y algunos arcabuces, dando vuelta para los navíos. Ellos entonces le deshonraron tirándole de arcabuzazos, y aun maltrataron al virrey, diciendo: "Hombre que tales leyes trajo, tal galardón merece. Si viniera sin ellas, adorado fuera. Ya la patria es libertada, pues está preso el tirano". Y con estos villancicos lo volvieron a Cepeda, que posaba en casa de María de Escobar, donde le tuvieron sin armas y con guarda, que le hacía el licenciado Niño; empero comía con Cepeda y dormía en su misma cama. Blasco Núñez, temiéndose de yerbas, dijo a Cepeda la primera vez que comieron juntos, y estando presentes Cristóbal de Barrientos, Martín de Robles, el licenciado Niño y otros hombres principales: "¿Puedo comer seguramente, señor Cepeda? Mirad que sois caballero". Respondió él: "¡Cómo, señor! ¿Tan ruin soy yo que si le quisiese matar no lo haría sin engaño? Vuestra señoría puede comer como con mi señora doña Brianda de Acuña (que era su mujer); y para que lo crea, yo haré la salva de todo". Y así la hizo todo el tiempo que lo tuvo en su casa. Entró un día fray Gaspar de Caravajal a Blasco Núñez y díjole [233] que se confesase, que así lo mandaban los oidores. Preguntóle el virrey si estaba allí Cepeda cuando se lo dijeron, y respondió que no, más de los otros tres señores. Hizo llamar a Cepeda, y se le quejó. Cepeda lo confortó y aseguró, diciendo que ninguno tenía poder para tal cosa sino él; lo cual decía por la partición que habían hecho de los negocios. Blasco Núñez entonces lo abrazó y besó en el carrillo delante el mismo fraile.

 


- CLXII -

De como los oidores embarcaron al virrey para España

Estaban presos muchos españoles de cuando el virrey. Don Alonso de Montemayor, Pablo de Meneses, Jerónimo de la Serna y otros de aquellos presos ordenaron un motín por salir de la cárcel y librar al virrey. Mas sintiéronlo los oidores y remediáronlo. También hubo muchos de los de Chili que importunaron a los oidores que matasen al Virrey. Cepeda prendió los más culpados para mostrar cómo no quería matarlo; empero luego los soltó porque Pizarro no los matase cuando viniese, que eran grandes enemigos suyos; y aun ayudó para el camino a Juan de Guzmán, Saavedra y a otros. Andaban las cosas revueltas en Los Reyes con la prisión de Blasco Núñez y venida de Gonzalo Pizarro, ca unos querían que llegase Pizarro, otros no querían. Muchos querían matar o echar de allí al virrey, y muchos soltarle. Quién holgaba con los oidores, y quién no. El virrey temía la muerte y suspiraba por España. Los oidores no sabían qué hacerse, en especial los tres que no se les diera mucho por aquella muerte. Mas al cabo determinaron enviarlo a España, según al principio pensaron, confiando de sí que se darían tan buena maña en allanar y gobernar la gente que se tuviese por bien servido el emperador; y en que el mismo virrey se tenía la culpa de su prisión, según la información que enviaban. Acordaron que lo llevase o el licenciado Rodrigo Niño o Antonio de Robles o Jerónimo de Aliaga, vecinos de Los Reyes; pero Cepeda porfió que lo llevase Juan Álvarez, oidor, que lo tenía por más amigo y por más letrado para saber hablar en Castilla e informar al emperador. Contradijéronle terriblemente los otros dos oidores; y el licenciado Zárate le dijo delante los oidores y de Alonso Requelme, Juan de Cáceres y García de Saucedo, que estaban en la consulta, que era muy confiado y que no conocía como él a Juan Álvarez; y que los había de vender. Y quejándose de esto el Álvarez, replicó Zárate: "Sí, juro a Dios que vos nos tenéis de vender; y si vos no quedárades acá, Cepeda lo había de llevar". Llegó a Lima en este medio Aguirre, gran amigo del factor Guillén Juárez, y dijo malas palabras al virrey; el cual, oyéndolas y entendiendo que llegaba el licenciado Benito de Caravajal, temió que le matasen, y rogó a [234] Cepeda, según dicen, que lo enviase a España. Cepeda, que lo deseaba, lo envió a la isla que está en el puerto de Lima, mandando al licenciado Niño que lo guardase con otros ciertos vecinos de Los Reyes. Cuando Blasco Núñez vio que lo embarcaban, dijo a Simón de Alcate, escribano, que le diese por testimonio cómo lo enviaban sus propios oidores a una isla despoblada y en una balsilla de juncos para que se ahogase, y que lo echaban de la tierra del rey para darla a Gonzalo Pizarro. Cepeda mandó al mismo escribano que asentase cómo llevaban al señor virrey porque así lo pedía su señoría, por que no lo matasen sus enemigos por lo que había hecho; y que aquellas barcas de paja eran los navíos que usan allí; y que iban con él Juan de Salas, hermano de Fernando Valdés, presidente del Consejo Real de Castilla; el licenciado Niño y otros muchos vecinos de Lima. Así que lo llevaron a la isla y lo tuvieron ocho días o más. Estaba Cepeda acongojado por no tener navíos para enviar a España a Blasco Núñez ni para tener la mar libre y segura. Temía no viniesen Zurbano, Cueto y Vela Núñez a tomar al virrey de la isla y juntando gente le matasen. Encargó al capitán Pedro de Vergara que con cincuenta buenos soldados procurase de coger las naos de Zurbano, que estaban en Guaura, diez y ocho leguas de Lima. Escogió Vergara cincuenta compañeros y comenzó a buscar en qué ir entre los barcos del puerto que quemara Jerónimo Zurbano; y por no hallar ni saber hacer en qué ir, ca era poco ingenioso, o por ser cinco las naos, volvió diciendo que no hallaba quien quisiese ir con él a tal empresa. Cepeda hizo llevar muchas carretas de tablas y otros materiales a la mar, en casa del veedor García de Saucedo, con las cuales adobó de presto algunos barcos y mandó a su maestre de campo Antonio de Robles que enviase luego gente para tomar las naos. A la noche dijo Antonio de Robles, cenando, a Cepeda que no hallaba soldados para ir a tan peligroso negocio. Respondió Cepeda que tomar cinco naos con trescientos mil ducados de Vaca de Castro y del virrey y de otros, que guardaban veinte hombres, no era mucho; mas que él hallaría quien fuese, y que no irían sino aquellos a quien él quisiese enriquecer. A la voz de tanto ducado hubo luego más de cincuenta soldados que se ofrecieron a ir. Cepeda entonces encomendó el negocio a García de Alfaro, que era hombre diestro en mar, el cual fue a Guaura con veinte y cuatro compañeros, ca en los barcos no cupieron más, y escondióse entre unas peñas, llegando de noche, a esperar los que iban por tierra. Fueron por tierra Ventura Beltrán, señor de Guaura; don Juan de Mendoza y otros pocos; capearon a los navíos. Pensaron los de las naos que eran algunos amigos y salió a recogerlos Vela Núñez en dos barcos con la más gente que tenían. Mas en pasando de las peñas arremetieron a él los de García de Alfaro, y tornóse atrás. Alcanzáronlo, y rindióse por no aventurar la vida, aunque hizo muestra de quererse defender; y un Piniga, vizcaíno, hizo todo su posible por defender el barco en que venía. Con medio de Vela Núñez tomó Alfaro cuatro naos, que la otra llevara poco antes Zurbano. Llevaron al virrey a Guaura, y metiéronlo en una nave con muy buen recaudo. Fue luego el licenciado Álvarez a guardarlo y llevarlo a España con una larga información. Diéronle porque [235] fuese seis mil ducados, repartidos entre vecinos de Lima, y todo el salario de un año; con lo cual, y con otras cosas suyas que vendió, hizo hasta diez mil castellanos; riqueza, que nunca pensó. Dieron también a los soldados y marineros de la nao dos mil ducados porque no fuesen descontentos. De la misma manera que dicho habemos fue preso y echado el virrey Blasco Núñez Vela, al cabo de siete meses que llegó al Perú.

 

 

- CLXIII -

Lo que Cepeda hizo tras la prisión del virrey

Luego que fue preso el virrey partieron los oidores, según ya dije, los negocios, y Cepeda, que gobernaba, deshizo las albarradas de la ciudad que hizo Blasco Núñez, dio pagas a los soldados y comida; repartió a cada vecino como tenía, hizo y aderezó arcabuces y otras armas; nombró por capitanes de la infantería a Pablo de Meneses, Martín de Robles, Mateo Ramírez, Manuel Estacio, y a Jerónimo de Aliaga de los caballos; por maestre de campo, a Antonio de Robles, y a Ventura Beltrán por sargento mayor. Ordenó dos provisiones, con acuerdo de los oidores y oficiales del rey, para Gonzalo Pizarro, en que le mandaba dejar y deshacer la gente de guerra, so pena de ser traidor, si quería venir a Los Reyes; y si no quería venir, que enviase procuradores con poderes e instrucciones bastantes a suplicar de las ordenanzas, como publicaba; que la Audiencia le oiría y guardaría justicia, pues el virrey, de quien se temía, no estaba allí; envió la una de aquellas provisiones con Lorenzo de Aldana, el cual se comió la provisión sin presentarla; porque si la presentara en el real de Pizarro o guardara en el pecho, lo ahorcara Francisco de Caravajal, maestro de campo, y aun así lo quiso ahorcar; mas valióle Gonzalo Pizarro, que fueran amigos y prisioneros de Almagro. La otra envió con Agustín de Zárate, contador mayor de cuentas, dándole por acompañado a don Antonio de Ribera, amigo y cuñado de Pizarro, ca era casado con doña Inés, mujer que fue de Francisco Martín, hermano de madre del marqués Francisco Pizarro. Cuando las provisiones llegaron había muerto Pizarro a Felipe Gutiérrez, Arias Maldonado y Gaspar Rodríguez, y no osó o no quiso fiarse de los oidores ni deshacer su gente. Envió a Hierónimo de Villegas que detuviese y atemorizase al contador Zárate para que cuando llegase al real no osase hacer sino lo que él y sus capitanes quisiesen; y por esto Zárate no pudo hacer otra diligencia ni traer más recaudo del que ellos mismos le dieron; la suma del cual fue que hiciesen los oidores gobernador a Gonzalo Pizarro; si no, que los mataría. [236]

 


- CLXIV -

De como Gonzalo Pizarro se hizo gobernador del Perú

Al tiempo que pasaba en Los Reyes lo que dicho es entre Blasco Núñez y los oidores, se aderezó Gonzalo Pizarro en el Cuzco de lo que menester hubo para la jornada que comenzaba. Partióse para el virrey, publicando ir a suplicar de las ordenanzas, como procurador general del Perú, mas otro tenía en el corazón, y aun lo mostraba en la gente y artillería que llevaba, y en que no quiso aceptar los partidos del virrey, que le hacía el provincial. Uno de los cuales era que por el otorgamiento de la suplicación de las ordenanzas hiciesen al emperador un buen presente, y otro, que pagasen los gastos hechos sobre aquel caso. De Xaquixaguana se le huyeron a Pizarro Gabriel de Rojas, Pedro del Barco, Martín de Florencia, Juan de Saavedra, Rodrigo Núñez y otros; mas cuando llegaron a Los Reyes estaba ya preso el virrey. Grande alboroto causó la ida de aquellos en el real de Pizarro, que eran principales hombres, y aun el Pizarro temió mucho. Volvió al Cuzco, rehízose de más gente y para pagarla tomó dineros y caballos a los vecinos que se quedaban Dejó por su lugarteniente a Diego Maldonado, y caminó para Los Reyes. Topó a Pedro de Puelles y a Gómez de Solís, que le dijeron grande ánimo y esperanza, con la mucha gente que llevaban. Vio los despachos del virrey, que llevaba Baltasar de Loaisa, clérigo de Madrid; a Gaspar Rodríguez y a otros, ca se los tomaron los Caravajales cuando de Los Reyes huyeron. Vino Loaisa por un perdón o salvoconducto para muchos que se querían pasar al virrey y temían, y a dar aviso del camino, gente y ánimo que Pizarro traía. El virrey se le dio para todos, salvo para Pizarro, Francisco de Caravajal y licenciado Benito de Caravajal, y otros así; de que mucho se enojaron Pizarro y su maestre de campo; y dieron garrote a Gaspar Rodríguez, Felipe Gutiérrez y Arias Maldonado, que se carteaban con el virrey. Este fue el comienzo de la tiranía y crueldad de Gonzalo Pizarro. Quemó dos caciques cerca de Parcos, y tomó hasta ocho mil indios para carga y servicio, de los cuales escaparon pocos, con el peso y trabajo. Espantó a Zárate y a Lorenzo de Aldana, según poco ha contamos, y amenazó a los oidores si no lo hacían gobernador, que era muy contrario al pleito homenaje que no mucho antes les enviara con el provincial fray Tomás de San Martín y con Diego Martín, su capellán; donde juraba cómo su voluntad ni la de los suyos era apelar solamente de las ordenanzas y obedecer a la Audiencia como a señora, e informar al emperador de lo que a su majestad cumplía, contándole toda verdad; y que si por sobrecarta mandase guardar y ejecutar sus nuevas leyes, que lo haría llanamente aunque viese perder la tierra y los españoles, y que de solo virrey se temía, por ser hombre recio y favorecedor de las cosas de Almagro. Muchos tuvieron este homenaje por engaño. Llegó Pizarro a la ciudad de Los Reyes y asentó real a media legua, como si la hubiera de cercar y combatir. Pidió la gobernación, amenazando el pueblo; [237] los más que dentro estaban querían que se diesen, temiendo la muerte o el saco, y porque deseaban desterrar para siempre las ordenanzas por aquella vía. Cepeda quisiera darle batalla, pues ya no le aprovechaban mañas, por estar suelto el virrey; requirió la gente y capitanes, y como le dijeron que no la podían dar, por habérseles ido a Pizarro muchos de sus soldados, ni convenía al servicio del rey ni a la seguridad de la tierra, por las muertes que haber podía, lo dejó. Entró Francisco Caravajal en la ciudad, sin contradicción ninguna de noche. Prendió a Martín de Florencia, Pedro de Barco y Juan de Saavedra, y ahorcólos, porque dejaron a Pizarro, y aun por tomar sus repartimientos, que muy buenos eran; y dijo que así haría a los que no quisiesen al señor Pizarro por gobernador. Mucho temor puso esta crueldad a muchos, y sospecha en algunos, y en otros deseo de Blasco Núñez; y todos en fin dijeron que recibiesen por gobernador a Gonzalo Pizarro. Cepeda rehusaba, por quedar él en el gobierno y por no saber cómo lo trataría Gonzalo Pizarro. Mas empero, como no podía ofender ni resistir al contrario, y temía más al virrey, que libre andaba, que no a otro ninguno, fue del parecer que todos. Entró, pues, Gonzalo Pizarro en la ciudad de Los Reyes por orden de guerra, con más de seiscientos españoles bien armados, llevando su artillería delante, y con más de diez mil indios. Plantó los tiros en la plaza, e hizo alto allí con los soldados. Envió por los oidores, que estaban en audiencia en casa de Zárate, por estar enfermo, y dióles una petición, firmada de Diego Centeno y de todos los procuradores del Perú, que con él venían, en la cual les pedían que hiciesen gobernador a Gonzalo Pizarro, por cuanto así cumplía al servicio del rey, sosiego de los españoles y bien de los naturales. Ellos entonces le dieron una provisión de gobernador con el sello real, y a los cabildos otra para que le obedeciesen por consejo y voto de los oficiales del rey y de los obispos del Quito, Cuzco y Reyes y del provincial de los dominicos, y tomáronle pleito homenaje que dejaría el cargo en mandándolo el emperador, y que ejercitaría el oficio bien y fielmente a servicio de Dios y del rey y al provecho de los indios y españoles, conforme a las leyes y fueros reales. Pizarro lo juró así, y dio fianzas de ello ante jerónimo de Aliaga. Protestaron del nombramiento y elección los oidores Cepeda y Zárate, diciendo cómo lo habían hecho de miedo, y asentáronlo en el libro de acuerdo. Tejada dijo que lo hacía de su voluntad y no forzado, ca temió que lo matarían si contradecía, aunque sospecharon algunos que se hablaban con Pizarro y que todo aquello era fingido. [238]

 

 

- CLXV -

Lo que Gonzalo Pizarro hizo en siendo gobernador

Proveía oficios Gonzalo Pizarro y despachaba negocios por audiencia, en nombre del rey; empero, recelándose mucho de Cepeda, ca pensó que la prisión del virrey fuese trato doble, pues ya estaba suelto y hacía gente en Túmbez con el oidor Juan Álvarez, y porque Juan de Salas, el licenciado Niño y otros, por congraciarse, le decían cuán mañoso, entendido y animoso era, y que lo prendería o mataría cuando menos pensase, ca por eso sustentó la gente de guerra y procuró darle batalla, y así dicen que entendía mejor que todos los del Perú la guerra y gobernación. Dicen también cómo Francisco de Caravajal, que gobernaba al gobernador, y otros capitanes del ejército trataron de matar los oidores, y nombradamente a Cepeda, temiendo que, o los mataría o desprivaría si tuviese cabida con el gobernador. Pizarro dijo que tenía por amigo a Cepeda, y que los otros no eran para nada; pero que lo tentasen, preguntándole algo en la consulta de lo que a él y a ellos tocase, y si respondiese a su gusto, que se fiasen de él, y si no, que le matasen. Fue Cepeda avisado de esto por Cristóbal de Vargas, regidor de Lima, y por don Antonio de Ribera, cuñado, y alférez de Pizarro, y hablaba en las consultas tan a favor de ellos, que luego ganó la gracia del gobernador y vino después a mandarlo todo y a tenerlos debajo el pie y tener ciento y cincuenta mil ducados de renta. No se daba Pizarro buena maña en contentar la gente, y así se le huyeron en un barco Íñigo Cardo, Pero Antón, Pero Vello, Juan de Rosas y otros, y se fueron al virrey, que hacía gente en Túmbez, y hubo sobre ello algún bullicio, y Francisco de Caravajal ahogó al capitán Diego de Gumiel en su casa una noche, y lo sacó después a degollar a la picota, diciendo que con aquello escarmentaría, y lo colgó con un título a los pies: "por amotinador". Parece que había hablado libremente contra el gobernador y maestro de campo, y reprehendido a un soldado que entrando en Los Reyes matara a un señor indio con arcabuz por su pasatiempo, el cual miraba la entrada de Pizarro en una ventana de Diego de Agüero. Tomó Pizarro cuarenta mil ducados de la caja del rey, con acuerdo de los oidores, oficiales y capitanes, para pagar los soldados, diciendo que los pagaría de sus rentas, y que lo hacía también por tenerlos sujetos, pues metían prendas, votando que los tomase y diese para contra el rey. También dicen que repartió un empréstito entre los que tenían indios para sustentación del ejército; proveyó a muchos, de quien se confiaba, por sus tenientes, como fueron Alonso de Toro al Cuzco, Francisco de Almendras a los Charcas, Pedro de Fuentes a Arequipa, Hernando de Alvarado a Trujillo, Jerónimo de Villegas a Piura, Gonzalo Díez al Quinto, y otros a otras villas; muchos de los cuales hicieron por el camino robos y muertes. Armó el navío donde estaba preso Vaca de Castro, para enviar a Túmbez contra el virrey; mas Vaca de Castro se fue con él a Panamá, enviando a decir a Pizarro con un Hurtado [239] cuán mal lo había hecho en hacerse gobernador y en descoyuntar con tormentos a sus criados Bobadilla y Pérez, por saber del tesoro que no había. Sacó también Pizarro poderes de todos los cabildos para el doctor Tejada y Francisco Maldonado, que los escogió por sus procuradores para enviar al emperador sobre la revocación de las ordenanzas y por confirmación del oficio de gobernador, y a informar a su majestad cómo todo lo sucedido en aquellos reinos fuera culpa del virrey.

 


- CLXVI -

De como Blasco Núñez se libró de la prisión, y lo que tras ella hizo

El oidor Juan Álvarez, que, como dicho queda, tomó encargo de llevar preso a España al virrey, lo soltó en Guaura, juntamente con Vela Núñez y Diego de Cueto, por perdón que le dio, por ganar mercedes del rey y porque ya estaba rico. Pensó ganar con él como cabeza de lobo, y aun Blasco Núñez pensó que lo tenía todo hecho en verse puesto en libertad; mas después se arrepintió muchas veces, diciendo que Juan Álvarez lo había destruido en soltarle; que si lo llevara a España, el emperador se tuviera por muy bien servido de él y el Perú quedara en paz porque Cepeda se aviniera con Pizarro de otra manera que se avino, si el virrey no se soltara, y Pizarro estuviera por el rey si el virrey se fuera a España; de manera que a todos hizo mal la libertad del virrey, y más a él mismo que a otro, y luego a Juan Álvarez, que murió por ello. El daño viose por el suceso, que la intención y principios buenos fueron. Fuése, pues, Blasco Núñez, como estaba suelto, a Túmbez, donde hizo gente y audiencia, llamando los pueblos comarcanos. Tomó todo el dinero del rey y de mercaderes que pudo, en Túmbez, Puerto Viejo, Piura, Guayaquil y otros. Envió a Vela Núñez por dineros a Chira, el cual se hubo mal en el camino, y ahorcó un soldado bracamoro dicho Argüello. Envió a Juan de Guzmán por su gente y caballos a Panamá; despachó a Diego Álvarez Cueto a España con una muy larga carta para el emperador de cuanto le había sucedido hasta entonces con los oidores y con Gonzalo Pizarro y con los otros españoles que perseguido le habían. Muchos acudieron a Túmbez a la fama de la libertad y ejército del virrey, y otros a su llamamiento. Vino Diego de Ocampo con muchos de Quito, don Alonso de Montemayor con los que huyeron de Pizarro, y Gonzalo Pereira con los que estaban en los Bracamoros, al cual saltearon una noche Jerónimo de Villegas, Gonzalo Díez de Pineda y Hernando de Alvarado y lo ahorcaron, tomando los de Bracamoros que venían al virrey, y en Túmbez comenzaron a temer por esto. Sobrevino Hernando Bachicao por mar, y acometiólos con [240] más ánimo que gente, por lo cual huyó de allí Blasco Núñez, y aun por desconfiar de los que con él estaban, ca ciertos de ellos le hacían e hicieron tratos dobles con Pizarro. Llegó a Quito Blasco Núñez muy fatigado porque no hallara de comer en más de cien leguas que hay de Túmbez allá; pero fue bien recibido y proveído de dineros, armas y caballos; por lo cual prometió de no ejecutar las ordenanzas. Hizo arcabuces y pólvora; envió por Sebastián de Benalcázar y por Juan Cabrera, que trajeron muchos españoles; por manera que allegó en poco tiempo más de cuatrocientos españoles y muchos caballos. Hizo general a Vela Núñez; capitanes de caballo, a Diego de Ocampo y a don Alonso de Montemayor, y de peones, a Juan Pérez de Guevara, Jerónimo de la Serna y Francisco Hernández de Aldana, y maestre de campo, a Rodrigo de Ocampo. Llegaron en aquello a Quito ciertos soldados de Pizarro, que dijeron cómo estaba muy malquisto de todos los de Lima, y que si el virrey fuese allá se les pasarían los más del ejército; y a la verdad ello fue así al principio que entró en la gobernación; mas entonces era muy al contrario. Blasco Núñez lo creyó, y queriendo probar ventura, caminó para Los Reyes a grandes jornadas. Supo cómo en la sierra de Piura estaban Jerónimo de Villegas, Hernando de Alvarado y Gonzalo Díez, capitanes de Pizarro, con mucha gente, mas no junta. Fue callando, amaneció sobre ellos, y como los tomó a sobresalto, desbaratólos fácilmente. Usó de clemencia con los soldados, por cobrar fama y amor, ca les volvió su ropa, armas y caballos, con tal que le ayudasen. Quedó Blasco Núñez con este vencimiento muy ufano, y los suyos muy soberbios, que así es la guerra. Entró, en San Miguel, hizo justicia de algunos pizarristas, que de los suyos no osó, aunque saquearon el lugar; reparó las armas, haciendo algunas de cuero de bueyes, y acrecentó su gente de tal manera que pudiera defenderse del contrario, y aun ofenderle.

 

 

- CLXVII -

Lo que Hernando Bachicao hizo por la mar

No se hallaba seguro Gonzalo Pizarro con saber que Blasco Núñez Vela estaba suelto y juntaba gente y armas en Túmbez, y para asegurarse de la Audiencia, que siempre la temía, pensó cómo deshacerla, y deshízola con enviar a España, so color de su procuración, al doctor Alisón de Tejada, y por que fuese dióle cinco mil y quinientos castellanos en rieles de oro y pedazos de plata, y el repartimiento de Mesa, vecino del Cuzco, que con Blasco Núñez estaba. Casó a su hermano de madre, Blas de Soto, con doña Ana de Salazar, hija del licenciado Zárate, por tenerlo de su mano; aunque por vía de temor poco caso hacía de él, que andaba muy malo. A Cepeda [241] traíale consigo. Quiso también Pizarro señorear la mar por asegurar la tierra; y como no tenía ni naos ni las había, armó dos bergantines con cincuenta buenos soldados e hizo capitán de ellos a Hernando Bachicao, hombre de gentil denuedo y apariencia, que lo escogieran entre mil para cualquiera afrenta, pero cobarde como libre; y así solía él decir: "Ladrar, pese a tal, y no morder". Era hombre bajo, mal acostumbrado, rufián, presuntuoso, renegador, y que se había encomendado al diablo, según él mismo decía; gran allegador de gente baja y mayor amotinador; buen ladrón por su persona, con otros, así de amigos como enemigos, y nunca entró en batalla que no huyese. Tal lo pintan a Bachicao; pero él hizo una jornada por mar de animoso capitán; porque partiendo de Lima con dos bergantines y cincuenta compañeros, entró en Panamá con veintiocho navíos, cuatrocientos soldados. De Lima fue Bachicao a Trujillo, y allí tomó y robó tres navíos. En Túmbez, salió a tierra con cien hombres, y tan denodadamente, que hizo huir al virrey Blasco Núñez Vela, que tenía doblada gente y mejor armada: muchas veces quien acomete vence. Pensó el virrey que traía Bachicao trescientos soldados, y no se confiaba de algunos que consigo tenía y que después castigó de muerte. Robó el pueblo y no mató a nadie; pero dicen que llevaba mandamiento de matar al virrey. Tomó luego siete mil y ochocientos pesos de oro a Alonso de San Pedro, natural de Medellín. Tomó después una nao, y prendió a Bartolomé Pérez, capitán de ella por el virrey. Hubo en Guayaquil la ropa del licenciado Juan Álvarez, ya que a él no pudo, por huir a uña de caballo. En Puerto-Viejo tomó los navíos que había, saqueó el lugar, soltó a Juan de Olmos y a sus hermanos; prendió a Santillana, teniente del virrey; afrentaba a quien no le daba obediencia y comida, iba tan soberbio, que temblaban de él doquiera que llegaba. En Panamá hubo gran miedo de Bachicao, porque Juan de Llanes, que fue huyendo de él, contó sus maldades, aunque no las sabía todas. Juan de Guzmán, que hacía gente para el virrey, y otros muchos, no lo querían acoger en el puerto. Los vecinos y mercaderes no se querían poner en armas por no perder las mercaderías que allí y en el Perú tenían. Estando en esto, envióles a decir Bachicao que no iba más que a poner allí los procuradores del Perú que pasaban al emperador, y que luego se volvería sin hacerles daño ni enojo. Pedro de Casaos, que gobernaba la ciudad, dijo que no debían impedir el paso a los embajadores ni dar ocasión que hubiese guerra ni muertes de hombres; y así se salieron Juan de Guzmán en un bergantín y Juan de Llanes en su nao, viendo cerca a Bachicao, el cual entró en el puerto con seis o siete naos, llevando colgado de una antena a Pedro Gallego, de Sevilla, porque no amainó las velas de su nao a "viva Pizarro" y aun mató dos hombres combatiendo aquella nao. Apoderóse de más de veinte navíos que allí estaban; huyeron muchos vecinos viendo tales principios; echó en tierra sus soldados, y entró en Panamá en ordenanza con son de atambores, pífanos y chirimías, y tirando arcabuces por alto, y aun uno pasó el brazo a Francisco de Torres, que los miraba de su ventana. Apañó luego la artillería, y atrajo los soldados que Juan de Guzmán hacía, dándoles de comer a costa del pueblo [242] y ofreciéndoles pasaje franco al Perú, y así tuvo en breve más de cuatrocientos soldados y veinte y ocho navíos. Tomaba los dineros y ropa que se le antojaba a los vecinos y mercaderes; vendía licencias para ir al Perú; comía a discreción; en fin, hacia como capitán de tiranía. El doctor Tejada, que a todo esto fue presente, y Francisco Maldonado, se fueron al nombre de Dios y luego a España; mas el doctor se murió antes de llegar a ella. Visto cuán disoluto y dañoso andaba Bachicao, trataron muchos de matarle. Adelantáse Bartolomé Pérez por ganar la honra, o porque lo había querido ahorcar en Túmbez, y conjuróse con el capitán Antonio Hernández y con el alférez Cajero, los cuales, no atreviéndose, requirieron a un Marmolejo, que descubrió el secreto. Bachicao, desde que lo supo, degollólos a todos tres el mismo día que matarlo querían, y degollara a Luis de Torres, a don Pedro de Cabrera, a Cristóbal de Peña, a Hernando Mejía y a otros, que los hallaba culpados, si no huyeran. Con tanto se volvió Bachicao para el Perú en cabo de cuatro meses que a costa y daño de los vecinos estuvo en Panamá. Desembarcó en Guayaquil con cuatrocientos hombres, por carta que de Pizarro tuvo para ir contra el virrey.

 


- CLXVIII -

De como Gonzalo Pizarro corrió a Blasco Nuñez Vela

Determinó Gonzalo Pizarro, después de partido Bachicao, de ir contra el Virrey, ca le iba su vida en la muerte o destierro de Blasco Núñez. Puso tenientes en todos los pueblos que tuviesen la tierra por él; dijo a los más principales de cada lugar que le siguiesen, por meterlos en la culpa; y así fueron con él Pedro de Hinojosa, Cristóbal Pizarro, Juan de Acosta, Pablo de Meneses, Orellana y otros vecinos de los Charcas. De Guamanga, Vasco Juárez, Garcí Martínez, Garay y Sosa. De Arequipa, Lucas Martínez con otros. Del Cuzco, Diego Maldonado el Rico Pedro de los Ríos, Francisco de Caravajal, que era maestre de campo, Garcilaso de la Vega, Martín de Robles, Juan de Silvera, Benito de Caravajal, García Herrezuelo, Juan Díez, Antonio de Quiñones, Porras y otros muchos. De Lima, Guanuco, Chachapoyas y otros pueblos fueron los más vecinos. Vino a Los Reyes Pedro Núñez, un fraile buen arcabucero, de quien ya en otra parte hablamos, que solicitaba el bando de Pizarro, con la nueva del desbarato que habían hecho Hernando de Alvarado, Gonzalo Díez, Hierónimo de Villegas, de la gente de los Bracamoros que llevaba Gonzalo Pereira al virrey; por lo cual se partió luego Pizarro, dejando en Lima por su lugarteniente a Lorenzo de Aldana. Fue por mar hasta Santa Marta en un bergantín con los licenciados Cepeda, Niño, León, Caravajal y bachiller Guevara, y con Pedro de Hinojosa, Blasco de Soto y otros criados suyos. El mismo día que llegó a Trujillo [243] llegó también Diego Vázquez, natural de Avila, con la nueva que Blasco Núñez desbaratara a Gonzalo Díez, Hernando de Alvarado y Hierónimo de Villegas cerca de Piura, y se tomara la más gente, y que habían muerto Gonzalo Díez de hambre, por huir, y Alvarado a manos de indios. Pesóle mucho esto a Pizarro, por las fuerzas que iba cobrando el virrey. Llamó a consejo sus letrados y capitanes sobre lo que hacer debía, y determinaron ir al virrey, que estaba en San Miguel, con los pocos que eran, y porque no fuesen sentidos, enviaron al capitán Juan Alonso Palomino con doce buenos soldados a tomar el camino. Hubo muchos hombres ricos que de miedo dijeron cómo era locura ir sobre Blasco Núñez con tan poca gente, y que enviasen primero por Bachicao; mas como llegase a otro día Francisco de Caravajal y confirmase lo acordado, salieron de Trujillo. En Colbique se les juntaron Gómez de Alvarado y Juan de Saavedra con los que traían de Guanuco, Levanto y Chachapoyas; de Motupe envió Pizarro a Juan de Acosta con veinte y cuatro de caballos, hombres de confianza, por el camino de los Xuagueyes, que es el real, pero sin agua; y él con todo el campo fue por Cerrán, que es otro camino para ir a Piura, más a la sierra, a fin que Blasco Núñez acudiese a Juan de Acosta, pensando que iba por allí todo el ejército; mas deshízole su ardid un yanacona de Juan Rubio que iba con Juan de Acosta, ca fue preso de los contrarios yéndose a Piura, su naturaleza, y dijo lo que hacía Pizarro. Blasco Núñez tuvo miedo de que lo supo y huyó al Quito por el camino de Cajas. Salieron a él los de San Miguel, que andaban por los montes, y tornáronle gran parte del bagaje, diciendo que se pagaban del saco. Pizarro dijo luego aquella tarde a Francisco de Caravajal, delante Hinojosa y Cepeda, cómo quería enviar a Juan de Acosta con ochenta buenos arcabuceros tras el virrey, que le dijese su parecer. Él respondió que le parecía tan bien, que lo había querido hacer él; y preguntado cómo lo pensaba hacer, dijo: "¿A mí me lo dice vuestra señoría? (que era su manera de hablar). Yo los tomaré a todos como en red barredera". Díjole Pizarro entonces que tenía ganado el juego si lo alcanzaba; por tanto, que caminase toda la noche, ca si hallaba sin centinelas a los enemigos podía matar cuantos quisiese, y si en la sierra, que los entretuviese por aquellos estrechos pasos hasta el día, que todo el campo sería con él. Fue, pues, Caravajal con más de cincuenta de caballo y alcanzó los enemigos, tres horas de noche, durmiendo tan descuidadamente, que certísimo los mataba y prendía si quisiera. Mas él no quería acabar la guerra, sino sustentarla, por tener mando y señorío. Toco arma con una trompeta que llevaba, contra el parecer de los suyos, que alancearlos querían viéndolos dormidos. Blasco Núñez sintió el negocio, diciendo que Caravajal usaba de maña, y, como valiente hombre se puso a la defensa, tomando a la par de sí a su primo Sancho Sánchez de Avila y a Figueroa de Zamora, que eran muy esforzados; mas viendo ciar los contrarios, se fue a su paso y orden. Caravajal, que lo vio ido, prendió ciertos del virrey, ahorcó algunos y esperó al ejército. Estuvieron tan mal con él porque no peleó con Blasco Núñez, Pizarro y todos, que le mandaban cortar la cabeza; y se la cortaran, sino por Cepeda y Benito de Caravajal, que [244] se les encomendó. Pizarro mandó seguir el virrey al licenciado Caravajal con doscientos hombres, por serle tan enemigo, que haría el deber. El licenciado fue muy alegre de ello, así por tornar en gracia de Pizarro como por ir a vengar la muerte del factor su hermano, ca le quitara el repartimiento de indios y le pusiera la soga a la garganta, mandándole confesar. Pidió a Francisco de Caravajal un escogido puñal que tenía; juró si alcanzaba al virrey de matarlo con él. Caminó mucho, y antes de Atabaca, que son catorce leguas desde Cajas y de áspero camino, tomó mucha gente del virrey, y él se le escapó con hasta setenta, muchos de los cuales le siguieron por miedo de Pizarro y no por amor del rey, siendo los de Chili y de los renegados que llamaban. El maestre de campo Caravajal, que iba con el licenciado, ahorcó en Ayacaba a Montoya, que traía cartas del virrey a Pizarro; a Rafael Vela, mulato, pariente de Blasco Núñez, y a otros tres vecinos de Puerto-Viejo y de allí. Leyó Pizarro las cartas del virrey públicamente, y contenían que le pagase lo que había gastado suyo y del rey y de particulares en las guerras, y que se iría a España, de lo cual, o por otras cosas que dirían, se enojó y mandó matar al Montoya y envió tras Blasco Núñez a Juan de Acosta, con sesenta compañeros de caballo a la ligera, por que aguijasen. El virrey anduvo lo posible hasta Tumebamba con tanto trabajo y hambre cuanto miedo; alanceó a Jerónimo de la Serna y a Gaspar Gil, sus capitanes, sospechando que se carteaban con Pizarro, y diz que no hacían, a lo menos Pizarro nunca recibió carta de ellos entonces. Hizo también matar a estocadas, por la misma sospecha, a Rodrigo de Ocampo, su maestre de campo, que no tenía culpa, según todos decían, y que no se lo merecía, habiéndole sustentado y seguido. Llegado a Quito, mandó al licenciado Álvarez que ahorcase a Gómez Estacio y Álvaro de Caravajal, vecinos de Guayaquil, porque conjuraron de matarle, y de hecho lo mataran, que eran valientes y osados y no les faltaba favor, sino que manifestó la traición Sarmiento, cuñado del Gómez, y sin esto merecía cualquiera castigo, ca en Túmbez se fue a Bachicao, y viendo la poca y ruin gente que traía, se volvió al virrey con achaque que iba por sus caballos. Supo luego el virrey cómo Bachicao se había juntado con Pizarro en Muliambato y que caminaban al Quito a perseguirle, y fuése a Pasto, cuarenta o más leguas de Quito, que es en la provincia de Popayán, pensando que no irían más tras él. Pizarro fue también a Pasto con su ejército; mas cuando llegó era ido Blasco Núñez a Popayán casi sin gente. Envió en seguimiento de él al licenciado Caravajal, aunque deseó ir Francisco de Caravajal por enmendar lo de la otra vez; mas el licenciado se volvió presto con algunos hombres y ganado que tomó al virrey; y con tanto se volvió Pizarro a Quito, habiendo corrido a Blasco Núñez de todo el Perú. Quiso también matar entonces el virrey un Olivera, que había sido su paje, y aun por mandado de Pizarro (según la fama), el cual no siendo cuerdo, ni aun valiente, se descubrió a Diego de Ocampo para que le ayudase, con decir que así vengaría la muerte de su tío Rodrigo de Ocampo. El virrey lo mandó matar, por más que prometía de matar él a Gonzalo Pizarro. [245]

 

 

- CLXIX -

Lo que hizo Pedro de Hinojosa con la armada

Eran tantas las quejas que daban a Pizarro sobre los agravios y robos de Bachicao, que se determinó en consejo que fuese otro capitán hombre de bien a pagarlos, o en la misma ropa o en dineros del mismo Pizarro. Llamaban de Pizarro todo lo que tenía entonces. Hubo dificultad y negociación sobre quién iría, ca Pizarro y los más querían que fuese Pedro de Hinojosa, hombre de bien y valiente. Francisco de Caravajal y Guevara, capitán de arcabuceros; Bachicao, que tenía las voluntades de la mayor parte del ejército, y otras principales personas querían que volviese el mismo Bachicao; así que Pizarro no todas veces hacía lo que quería, sino lo que podía. Habló a Martín de Robles y a Pedro de Puelles, que mal estaban con Caravajal y Bachicao, porque llevaban tras sí los más soldados, para que hiciesen, juntamente con Cepeda, en la consulta, que Bachicao no fuese. Cepeda, teniendo palabra de ellos que serían con él, dijo muchas razones por donde no cumplía que volviese Bachicao, sino Hinojosa; y así, lo eligieron. Bachicao, que a todo fue presente, calló; Caravajal replicó, pero no prevaleció. Tomó Pedro de Hinojosa la armada para ir a Panamá y pagar buenamente lo que Bachicao tomara y para no dejar juntar un navío con otro en toda aquella costa; ya tenía por cierto, como era, que, siendo señor del mar, señorearía la tierra. Llegando a Buenaventura, prendió a Vela Núñez, que hacía gente para su hermano, y a otros muchos, y cobró un hijo de Gonzalo Pizarro que allí tenían y veinte mil castellanos, con que compraban caballos y armas para el virrey. Antes de llegar a Panamá escribió al cabildo con Rodrigo de Caravajal la intención que llevaba; mas no le creyeron, y Juan de Llanes, Juan Fernández de Rebolledo, Juan Vendrell, catalán; Baltasar Díez, Arias de Acebedo y Muñoz de Avila, vecinos de la ciudad, llamaron a Pedro de Casaos que trajese gente del Nombre de Dios, donde estaba; el cual vino y se puso a la defensa con los que trajo y con los que allí había; y respondieron que, hostigados de Bachicao, no le querían recibir con toda la gente y flota; mas que, dejando los navíos en Taboga, isla, y viniendo con solos cuarenta hombres que bastaban para compañía, lo recibirían y hospedarían en tanto que paga los robos de Bachicao. Él, no aceptando tal condición, tomó los navíos del puerto y requirió a los de la ciudad con un fraile que lo acogiesen de paz, pues no venía a hacerles mal, sino bien. Ellos, no fiándose del fraile, pidieron caballeros y hombres honrados con quien tratar el negocio: él les envió a Pablo de Meneses y al mismo Rodrigo de Caravajal; mas antojándosele que tardaban, caminó para la ciudad, topóles, y como le dijeron que los de Panamá en armas estaban, desembarcó una legua de la ciudad, sacó la gente a tierra, caminó con ella en escuadrón, llevando cerca las barcas con artillería. Pedro de Casaos, Juan de Llanes y otros capitanes sacaron su gente y artillería hacia Hinojosa. Como a vista unos de otros llegaron, se [246] ordenaron todos a la batalla; los de Panamá eran más personas; los de la flota, más arcabuceros y tenían ventaja en el sitio y barcas. Ya los escuadrones querían arremeter, cuando don Pedro de Cabrera y Andrés de Areiza, diciendo: "Paz, paz", fueron a demandar treguas al Hinojosa para entre tanto dar un buen corte en aquel negocio, y concertaron con él que enviase toda la flota y gente a Taboga y entrase con cincuenta compañeros en la ciudad. Él lo hizo así, y otro día entró, con placer de todos, y comenzó a entender a lo que iba: envió a Lima presos a Vela Núñez, Rodrigo Mejía, Lerma, Saavedra, que después degolló Pizarro; hacía o decía cosas por donde los soldados de la ciudad se fueron a Taboga. Llanes se le quejó de ello; y viendo que todos acostaban al bando de Pizarro, entregó las armas, munición y artillería que tenía al cabildo y al doctor Ribera, juez de residencia, y fuese a Santa Marta con algunos que seguirle quisieron. Estaba entonces en Nicaragua Melchor Verdugo haciendo gente para Blasco Núñez, el cual había tomado dineros y un navío a los de Trujillo, con mandamiento del virrey; e ido allí Hinojosa, por ser contra Pizarro, envió allá a Juan Alonso Palomino con una nao bien armada de hombres y tiros, para echar a fondo los navíos de Nicaragua si no quisiesen dársele. Palomino fue y tomó los navíos que halló, y volvióse; Verdugo metió en ciertas barcas ochenta españoles y fuése por el desaguadero de la laguna al Nombre de Dios, con propósito de dañar por allí el partido de Pizarro y de Francisco de Caravajal, que mal quería; entró casi sin que lo viesen, cercó y puso fuego a las casas de Hernando Mejía y de su suegro don Pedro de Cabrera, que allí estaban con gente de Hinojosa y Pizarro: ellos huyeron a Panamá, y él se apoderó del lugar e hizo lo que quiso con trescientos soldados que juntó. Quejáronse los vecinos del Nombre de Dios al doctor Ribera de los daños, costa y agravios que Verdugo les hacía en su jurisdicción: él pidió favor a Hinojosa para castigarlo; Hinojosa le dio ciento cuarenta arcabuceros y se fue con él: tomaron las escuchas de Verdugo, y sabiendo cuán pujante y fuerte estaba, lo requirió el doctor que se fuese de allí, haciendo primero enmienda de los daños y gastos hechos; y como le respondió soberbiamente, arremetieron a ellos arcabuceros de Hinojosa y retrajéronlo a la mar, donde tenía una nao y barcos a tierra pegados, hiriendo y matando. Verdugo, aunque peleó bien con sus trescientos hombres, se metió en la nao y huyó; Hinojosa dejó allí a don Pedro de Cabrera y a Hernán Mejía como antes los tenía, y volvióse a Panamá.[247]

 


- CLXX -

Robos y crueldades de Francisco de Caravajal, con los del bando del rey

Lope de Mendoza, enojado porque le habían quitado su repartimiento, impuso a Diego Centeno, de Ciudad-Rodrigo, alcalde de la villa de la Plata, en que matasen a Francisco de Almendras, teniente de Pizarro, y se alzasen por el rey. Centeno, que muy contento se estaba, vino en ello por no ser notado de traidor y cobarde, ca era valiente hombre, y juntó en su casa secretamente a Lope de Mendoza, Luis de León, Diego de Rivadeneyra, Alonso Pérez de Esquivel, Luis Perdomo, Francisco Negral y otros cuatro o cinco, y díjoles que quería matar a Francisco de Almendras, que había quitado los repartimientos a muchos y muerto a don Gómez de Luna, y alzarse por el rey con aquella villa y tierra. Ellos, loando la determinación, respondieron que le ayudarían; él entonces se fue con Lope de Mendoza, que le había puesto en aquello, a casa del Francisco de Almendras, su vecino y amigo; díjole que había sabido cómo el virrey tenía preso a Gonzalo Pizarro en el Quito; y como se turbó con la nueva, abrazóse con él diciendo: "Sed preso". Sobrevinieron sus diez compañeros, degolláronlo, y con un criado suyo y con otros que loaran la prisión del virrey; pusieron la justicia y bandera por el emperador, e hicieron capitán general a Diego Centeno, el cual convocó gente de guerra; dióle paga de su hacienda y de la del rey; tomó por maestro de campo a Lope de Mendoza y por sargento a Hernán Núñez de Segura; pregonó guerra contra Pizarro, y caminó para el Cuzco con doscientos españoles a caballo y a pie, pensando hacer allí otro tanto; mas como salió a él Alonso de Toro, teniente del Cuzco por Pizarro, con trescientos hombres, dio la vuelta, y como le dejaron por ella los soldados, metióse a las montañas, no osando parar en los Charcas. Alonso de Toro lo siguió, robó los Charcas, puso en la Plata con gente a Alonso de Mendoza, y tornóse al Cuzco, donde ahorcó a Luis Álvarez y degolló a Martín de Candía porque hablaban mal de Pizarro. Diego Centeno, desde que lo supo, volvió sobre la Plata, rogó a Alonso de Mendoza que, pues era caballero, siguiese al rey; y como no lo quiso escuchar, ganó la villa, reformó el pueblo, rehizo el ejército, púsose en campo. Alonso de Mendoza se retiró con treinta hombres casi cien leguas sin perder un hombre. Es Alonso de Mendoza uno de los señalados hombres de guerra que hay en el Perú, con quien ninguna comparación tenía Centeno ni Caravajal. Sabiendo Gonzalo Pizarro la muerte de Francisco de Almendras y alzamiento de Centeno, por carta de Alonso de Toro, que trajo Machín de Vergara, envió de Quito a la Plata, que hay quinientas leguas, a Francisco de Caravajal con gente a castigar a Centeno y a los otros que contra él se habían mostrado. Caravajal fue robando la tierra so color de pagar su gente y los gastos de Pizarro hechos contra Blasco Núñez; ahorcó en Guamanga cuatro españoles sin culpa, y en el Cuzco cinco, [248] entre los cuales fueron Diego de Narváez, Hernando de Aldana y Gregorio Setiel, hombres riquísimos y honrados; tomóles sus repartimientos, diólos a sus soldados y caminó para Centeno, publicando que no le quería hacer mal, sino reducirlo en gracia de Pizarro. Centeno rehusó su vista y habla; dejó en Chaian, donde tenía el real, a Lope de Mendoza con la infantería, y salióle al camino con ciento de caballo; dio sobre Caravajal una noche apellidando al rey, ca pensaba que se le pasarían muchos oyendo aquella voz, entre tanto que decían: "¡Arma, arma!" Empero ninguno se le pasó, trabó una escaramuza, como fue salido el sol, por el mismo efecto; mas como los vio tan firmes, tornóse a Chaian, desconfiado de poder guardar la tierra por el rey. Caravajal corrió tras él, desbaratóle y siguióle hasta Arequipa, que hay ochenta leguas; ahorcó en el alcance doce españoles, y los más sin confesión. Diego Centeno, aunque iba huyendo, levantaba la tierra contra Pizarro, diciendo que se guardasen del cruel Caravajal; hizo escribir a don Martín de Utrera una carta para el Cuzco, en que decía cómo Diego Centeno había muerto a Francisco de Caravajal, y que iba sobre ellos. Alonso de Toro creyó la carta, por ser vecino de aquella ciudad el don Martín, y huyó con los más que pudo; pero luego tornó, sabida la verdad y ahorcó a Martín de Salas, que alzó banderas por el rey, y a Martín Manzano, Hernando Díez, Martín Fernández, Baptista el Galán y Sotomayor, y otros que mostrado se habían contra Pizarro. De que Centeno tan perseguido se vio de Caravajal y con no más de cincuenta compañeros, envió los quince con Diego de Rivadeneyra por un navío en qué salvarse; mas no le dio tanto vagar su enemigo; y como se vio perdido y casi en las manos de Caravajal, lloró con sus treinta compañeros la desventura del tiempo; abrazólos, y rogándoles que se guardasen del tirano, se partió de ellos y se fue a esconder con un su criado y con Luis de Ribera a unos lugares de indios que tenía Cornejo, vecino de Arequipa: cada uno echó por donde mejor le pareció, temiendo morir presto a cuchillo o hambre. Lope de Mendoza se fue con doce o quince de ellos a unos pueblos suyos; juntó hasta cuarenta españoles; y queriendo meterse con ellos en los Andes, que son asperísimas sierras, supo de Nicolás de Heredia, que venía con ciento y cuarenta hombres, de la entrada que hicieron Diego de Rojas y Felipe Gutiérrez el río de la Plata abajo en tiempo de Vaca de Castro, y juntóse con él, y entrambos se hicieron fuertes y a una contra los pizarristas. Caravajal fue con sus cuatrocientos soldados en sabiéndolo, y púsose a vista corno en cerco. Lope de Mendoza, confiando en muchos caballos que tenía, dejó el lugar fuerte, por ser áspero o porque no le cercasen y tomasen por hambre, y asentó real en un llano. Caravajal con un ardid que hizo se metió en la fortaleza, escarneciendo la ignorancia de los enemigos. Lope de Mendoza, queriendo enmendar aquel error, con osadía acometió la fortaleza luego aquella noche con los peones por una puerta, y Heredia por otra con los caballos: los de pie entraron gentilmente y pelearon matando y muriendo; los de caballo no atinaron a la puerta con la gran oscuridad de la noche, y convínoles retirar y huir. Caravajal fue herido de arcabuz en una nalga malamente; mas ni lo dijo ni se quejó hasta vencer [249] y echar fuera los enemigos: curóse y corrió tras ellos; alcanzólos a cinco leguas, orillas de un gran río; y como estaban cansados y adormidos, desbaratólos fácilmente; prendió muchos, ahorcó hartos y degolló al Lope de Mendoza y a Nicolás de Heredia; despojó los Charcas, saqueó la Plata, ahorcando y descuartizando en ella nueve o diez españoles de Lope de Mendoza que halló allí; fue a Arequipa, robóla y ahorcó otros cuatro; caminó luego al Cuzco y ahorcó otros tantos. Hacía tantas crueldades y bellaquerías, que nadie osaba contradecirle ni parecer delante.

 


- CXLI -

Muerte de Almagro

Con la victoria y prendimiento de Almagro enriquecieron unos y empobrecieron otros, que usanza es de guerra, y más de la que llaman civil, por ser hecha entre ciudadanos, vecinos y parientes. Fernando Pizarro se apoderó del Cuzco sin contradicción, aunque no sin murmuración. Dio algo a muchos, que a todos era imposible; mas como era poco para lo que cada uno que con él se halló en la batalla pretendía, envió los más a conquistar nuevas tierras, donde se aprovechasen; y por no quedar en peligro ni cuidado, enviaba los amigos de Almagro con los suyos. Envió también a Los Reyes, en son de preso, a don Diego de Almagro, porque los amigos de su padre no se amotinasen con él. Hizo proceso contra Almagro, publicando que para enviarlo juntamente con el preso a Los Reyes y de allí a España; mas como le dijeron que Mesa y otros muchos habían de salir al camino y soltarlo, o porque lo tenía en voluntad, por quitarse de ruido sentenciólo a muerte. Los cargos y culpas fueron que entró en el Cuzco mano armada; que causó muchas muertes de españoles; que se concertó con Mango contra españoles; que dio y quitó repartimientos sin tener facultad del emperador; que había quebrado las treguas y juramentos; que había peleado contra la justicia del rey en Abancay y en las Salinas. Otras hubo también que callo, por no ser tan acriminadas. Almagro sintió grandemente aquella sentencia. Dijo muchas lástimas y que hacían llorar a muy duros ojos. Apeló para el emperador; mas Fernando, aunque muchos se lo rogaron ahincadamente, no quiso otorgar la apelación. Rogóselo él mismo, que por amor de Dios no le matase, diciendo que mirase cómo no le había él muerto, pudiendo, ni derramado sangre de [203] pariente ni amigo suyo, aunque los había tenido en poder; que mirase cómo él había sido la mayor parte para subir Francisco Pizarro, su caro hermano, a la cumbre de honra y riqueza que tenía; díjole que mirase cuán viejo, flaco y gotoso estaba, y que revocase la sentencia por apelación para dejarle vivir en la cárcel siquiera los pocos y tristes días que le quedaban para llorar en ellos y allí sus pecados. Fernando Pizarro estuvo muy duro a estas palabras, que ablandaran un corazón de acero, y dijo que se maravillaba que hombre de tal ánimo temiese tanto la muerte. Él replicó que, pues Cristo la temió, no era mucho temerla él; mas que se confortaría con que, según su edad, no podía vivir mucho. Estuvo Almagro recio de confesar, pensando librarse por allí, ya que por otra vía no podía. Empero confesóse, hizo testamento y dejó por herederos al rey y a su hijo don Diego. No quería consentir la sentencia, de miedo de la ejecución, ni Fernando Pizarro otorgar la apelación, por que no la revocasen en Consejo de Indias y porque tenía mandamiento de Francisco Pizarro. En fin la consintió. Ahogáronle, por muchos ruegos, en la cárcel, y después lo degollaron públicamente en la plaza del Cuzco, año de 1540. Muchos sintieron mucho la muerte de Almagro y lo echaron menos; y quien más lo sintió sacando a su hijo, fue Diego de Alvarado, que se obligó al muerto por el matador y que libró de la muerte y de la cárcel al Fernando Pizarro, del cual nunca pudo sacar virtud sobre aquel caso, por más que se lo rogó; y así vino luego a España a querellar de Francisco Pizarro y de sus hermanos y a demandar la palabra y pleitesía a Fernando Pizarro delante el emperador, y andando en ello murió en Valladolid, donde la corte estaba; y porque murió en tres o cuatro días dijeron algunos que fue de yerbas. Era Diego de Almagro natural de Almagro; nunca se supo de cierto quién fue su padre, aunque se procuró. Decían que era clérigo y no sabía leer. Era esforzado, diligente, amigo de honra y fama; franco, mas con vanagloria, ca quería supiesen todos lo que daba. Por las dádivas lo amaban los soldados, que de otra manera muchas veces los maltrataba de lengua y manos. Perdonó más de cien mil ducados, rompiendo las obligaciones y conocimientos, a los que fueron con él al Chili. Liberalidad de príncipe más que de soldado; pero cuando murió no tuvo quien pusiese un paño en su degolladero. Tanto pareció peor su muerte, cuanto él menos cruel fue, ca nunca quiso matar hombre que tocase a Francisco Pizarro. Nunca fue casado, empero tuvo un hijo en una india de Panamá, que se llamó como él y que se crió y enseñó muy bien, mas acabó mal, como después diremos. [204]

 


- CXLII -

Las conquistas que se hicieron tras la muerte de Almagro

Pedro de Valdivia fue con muchos españoles a continuar la conquista de Chili, que Almagro comenzó. Pobló y comenzó a contratar con los naturales, que lo habían recibido pacíficamente, aunque con engaño, ca luego en cogiendo el grano y cosas de comer se armaron y dieron tras los cristianos, y mataron catorce españoles que andaban fuera de poblado. Valdivia fue al socorro, dejando en la ciudad la mitad de la gente con Francisco de Villagrán y Alonso de Monroy. Entre tanto vinieron hasta ocho mil chileses sobre la ciudad. Salieron a ellos Villagrán y Monroy con treinta de caballo y otros algunos de pie, y pelearon desde la mañana hasta que los despartió la noche, y todos holgaron de ello, los nuestros de cansados y heridos con flechas, los indios por la carnicería que de los suyos había y por las fieras lanzadas y cuchilladas que tenían, aunque no por eso dejaron las armas, antes daban guerra siempre a los españoles y no les dejaban indio de servicio, a cuya falta los nuestros mismos cavaban, sembraban y hacían las otras cosas que para se mantener son necesarias. Mas con todo este trabajo y miseria descubrieron mucha tierra por la cos ta, y oyeron decir que había un señor dicho Leuchen Golma, el cual juntaba doscientos mil combatientes para contra otro rey vecino suyo y enemigo, que tenía otros tantos, y que Leuchen Golma poseía una isla, no lejos de su tierra, en que había un grandísimo templo con dos mil sacerdotes, y que más adelante había amazonas, la reina de las cuales se llamaba Guanomilla, que suena cielo oro, de donde argüían muchos ser aquella tierra muy rica; mas pues ella está, como dicen, en cuarenta grados de altura, no tendrá mucho oro; empero, ¿qué digo yo, pues aún no han visto las amazonas, ni el oro, ni a Leuchen Golma, ni la isla de Salomón, que llaman por su gran riqueza? Gómez de Alvarado fue a conquistar la provincia de Guanuco; Francisco de Chaves, a guerrear los conchucos, que molestaban a Trujillo y a sus vecinos, y que traían un ídolo en su ejército, a quien ofrecían el despojo de los enemigos, y aun sangre de cristianos. Pedro de Vergara fue a los Bracamoros, tierra junto al Quito por el norte; Juan Pérez de Vergara fue hacia los Chachapoyas, y Alonso de Mercadillo, a Mullubamba, y Pedro de Candía, a encima del Collao; el cual no pudo entrar donde iba por la maleza de aquella tierra o por la de su gente, ca se le amotinó mucha de ella; que amigos eran de Almagro con Mesa, capitán de la artillería de Pizarro. Fue allá Fernando Pizarro y degolló al Mesa por amotinador y porque había dicho mal de Pizarros y tratado de ir a soltar a Diego de Almagro si a Los Reyes lo llevasen. Dio los trescientos hombres de Candía a Peranzures y enviólo a la misma tierra y conquista. De esta manera se esparcieron los españoles y conquistaron más de setecientas leguas de tierra en largo, de este a casi oeste, con admirable [205] presteza, aunque con infinitas muertes. Fernando y Gonzalo Pizarro sujetaron entonces el Collao, tierra rica de oro, que chapan con ello los oratorios y cámaras, y abundante de ovejas, que son algo acamelladas de la cruz adelante, aunque más parecen ciervos. Las que llaman pacos crían lana muy fina; llevan tres y cuatro arrobas de carga, y aun sufren hombres encima, mas andan muy despacio: cosa contra la impaciente cólera de los españoles. Cansadas, vuelven la cabeza al caballero y échanle una hedionda agua. Si mucho se cansan, cáense, y no se levantan hasta quedar sin peso ninguno, aunque las matasen a palos. Viven en el Collao los hombres cien años y más; carecen de maíz y comen unas raíces que parecen turmas de tierra y que llaman ellos papas. Tornóse Fernando Pizarro al Cuzco, donde se vio con Francisco Pizarro, que hasta entonces no se habían visto desde antes que Almagro fuese preso. Hablaron muchos días sobre lo hecho y en cosas de gobernación. Determinaron que Fernando viniese a España a dar razón de ambos al emperador, con el proceso de Almagro y con los quintos y relaciones de cuantas entradas habían hecho. Muchos de sus amigos, que sabían las verdades, aconsejaron al Fernando Pizarro que no viniese, diciendo que no sabían cómo tomaría el emperador la muerte de Almagro, especial estando en corte Diego de Alvarado, que los acusaba, y que muy mejor negociarían desde allí que allá. Fernando Pizarro decía que le había de hacer grandes mercedes el emperador por sus muchos servicios y por haber allanado aquella tierra, castigando por justicia a quien la revolviera. A la partida rogó a su hermano Francisco que no se fiase de almagrista ninguno, mayormente de los que fueron con él al Chile, porque los había él hallado muy constantes en el amor del muerto, y avisólo que no los dejase juntar, porque le matarían, ca él sabía cómo en estando juntos cinco de ellos trataban de matarlo. Despidióse con tanto, vino a España y a la corte con gran fausto y riqueza; mas no se tardó mucho que lo llevaron de Valladolid a la Mota de Medina del Campo, de donde aún no ha salido.

 

- CXLIII -

La entrada que Gonzalo Pizarro hizo a la tierra de la Canela

Entre otras cosas que Fernando Pizarro tenía de negociar con el emperador era la gobernación del Quito para Gonzalo, su hermano, y con tal confianza hizo Francisco Pizarro gobernador de aquella provincia al susodicho Gonzalo Pizarro. El cual para ir allá y a la tierra que llamaban de la Canela armó doscientos españoles, y a caballo los ciento, y gastó en su persona y compañeros bien cincuenta mil castellanos de oro, aunque los más prestó. [206] Tuvo en el camino algunos encuentros con indios de guerra. Llegó al Quito, reformó algunas cosas del gobierno, proveyó su ejército de indios de carga y servicio y de otras muchas cosas necesarias a su jornada y partióse en demanda de la Canela, dejando en Quito por su teniente a Pedro de Puelles, con doscientos y más españoles, con ciento y cincuenta caballos, con cuatro mil indios y tres mil ovejas y puercos. Caminó hasta Quijos, que es al norte de Quito y la postrera tierra que Guaynacapa señoreó. Saliéronle allí muchos indios como de guerra, mas luego desaparecieron. Estando en aquel lugar tembló la tierra terriblemente y se hundieron más de sesenta casas y se abrió la tierra por muchas partes. Hubo tantos truenos y relámpagos, y caló tanta agua y rayos, que se maravillaron. Pasó luego unas sierras, donde muchos de sus indios se quedaron helados, y aun, allende del frío, tuvieron hambre. Apresuró el paso hasta Cumaco, lugar puesto a las faldas de un volcán, y bien proveído. Allí estuvo dos meses, que un solo día no dejó de llover, y así se les pudrieron los vestidos. En Cumaco y su comarca, que cae bajo o cerca de la Equinoccial, hay la canela que buscaban. El árbol es grande y tiene la hoja como de laurel, y unos capullos como de bellotas de alcornoque. Las hojas, tallos, corteza, raíces y fruta son de sabor de canela, mas los capullos es lo mejor. Hay montes de aquellos árboles, y crían muchos en heredades para vender la especiería, que muy gran trato es por allí. Andan los hombres en carnes, y atan lo suyo con cuerdas que ciñen al cuerpo; las mujeres traen solamente pañicos. De Cumaco fueron a Coca, donde reposaron cincuenta días y tuvieron amistad con el señor. Siguieron la corriente del río que por allí pasa y que muy caudoloso es. Anduvieron cincuenta leguas sin hallar puente ni paso; mas vieron cómo el río hacía un salto de doscientos estados con tanto ruido, que ensordecía, cosa de admiración para los nuestros. Hallaron una canal de peña tajada, no más ancha que veinte pies, do entraba el río, la cual, a su parecer, era honda otros doscientos estados. Los españoles hicieron una puente sobre aquella canal y pasaron a la otra parte, que les decían ser mejor tierra, aunque algo se lo defendieron los de allí; fueron a Guema, tierra pobre y hambrienta, comiendo frutas, yerbas y unos como sarmientos, que sabían a ajos. Llegaron, en fin, a tierra de gente de razón, que comían pan y vestían algodón; mas tan lluviosa, que no tenían lugar de enjugar la ropa. Por lo cual, y por las ciénagas y mal camino, hicieron un bergantín, que la necesidad los hizo maestros. La brea fue resina; la estopa, camisas viejas y algodón, y de las herraduras de los caballos muertos y comidos labraron la clavazón, y a tanto llegaron, que comieron los perros. Metió Gonzalo Pizarro en el bergantín el oro, joyas, vestidos y otras cosillas de rescate, y diólo a Francisco de Orellana en cargo, con ciertas canoas en que llevase los enfermos y algunos sanos para buscar provisión. Caminaron doscientas leguas, según les pareció, Orellana por agua y Pizarro por la ribera, abriendo camino en muchas partes a fuerza de manos y fierro. Pasaba de una ribera a otra por mejorar camino; mas siempre paraba el bergantín donde él hacía su rancho. Como en tanta tierra no hallase comida ni riqueza ninguna de aquellas del Cuzco, Collado, Jauja y [207] Pachacama, renegaban los suyos. Preguntó si había el río abajo algún pueblo abastado, donde reposar y comer pudiesen. Dijéronle que a diez soles había una buena tierra, y dieron por señal que se juntaba en ella otro gran río con aquél. Con esto envió a Orellana que le trajese comida de allí, o le esperase a la junta de los ríos; mas ni volvió ni esperó, sino fuese, como en otra parte se dijo, el río abajo, y él caminó sin parar y con gran trabajo, hambre y peligro de ahogarse en ríos que topó. Cuando llegó al puesto y no halló el bergantín en que llevaba su esperanza y hacienda, cuidaron él y todos perder el seso, ca no tenían pies ni salud para ir adelante, y temían el camino y montañas pasadas, donde habían muerto cincuenta españoles y muchos indios. Dieron finalmente la vuelta para Quito, tomando a la ventura otro camino, el cual, aunque bellaco, no fue tan malo como el que llevaron. Tardaron en ir y volver año y medio. Caminaron cuatrocientas leguas. Tuvieron gran trabajo con las continuas lluvias. No hallaron sal en las más tierras que anduvieron. No volvieron cien españoles, de doscientos y más que fueron. No volvió indio ninguno de cuantos llevaron, ni caballo, que todos se los comieron, y aun estuvieron por comerse los españoles que se morían, ca se usa en aquel río. Cuando llegaron donde había españoles, besaban la tierra. Entraron en Quito desnudos y llagadas las espaldas y pies, por que viesen cuáles venían, aunque los más traían cueras, caperuzas y abarcas de venado. Venían tan flacos y desfigurados, que no se conocían; y tan estragados los estómagos del poco comer, que les hacía mal lo mucho y aun lo razonable.

 


- CXLIV -

La muerte de Francisco Pizarro

Vuelto que fue Francisco Pizarro a Los Reyes, procuró hacer su amigo a don Diego de Almagro; mas él no quería, ni aun mostró serlo, porque de suyo y por consejo de Juan Rada, a quien el padre le encomendara cuando murió, estaba puesto en tomar venganza de él, matándole. Pizarro le quitó los indios, porque no tuviese qué dar de comer a los de Chile que se llegaban, pensando necesitarlo por allí a que viniese a su casa y estorbar la junta y monipodio que contra él podían hacer. Él y ellos se indignaron mucho más por esto, y traían, aunque a escondidas, cuantas armas podían a casa de don Diego. Avisaron de ello a Pizarro; mas él no hizo caso, diciendo que harta mala ventura tenía sin buscar más. Ataron una noche tres sogas de la picota, y pusiéronlas una en derecho de casa de Pizarro, otra del teniente y doctor Juan Velázquez y otra del secretario Antonio Picado; mas ningún castigo tú pesquisa por ello se hizo, que dio mucha osadía a los almagristas, y así vinieron de doscientas y más leguas muchos a tratar con don Diego la muerte de Pizarro; que a río revuelto, ganancia de pescadores. No querían matarle, aunque determinados [208] estaban, hasta ver primero respuesta de Diego de Almagro, que, como dije, había ido a España a acusar a los Pizarros; mas apresuráronse a ello con la nueva que iba el licenciado Vaca de Castro, y con que les decían que Pizarro los quería matar; lo cual, si verdad no era, fue malicia de algunos que, deseando la muerte de Pizarro, tiraban la piedra y escondían la mano. Tornaron a decir a Pizarro cómo sin duda ninguna le querían matar, que se guardase. Él respondió que las cabezas de aquéllos guardarían la suya, y que no quería traer guarda, porque no dijese Vaca de Castro que se armaba contra él. Fue Juan de Rada con cuatro compañeros a casa de Pizarro a descubrir lo que allá pasaba. Preguntóle por qué quería matar a don Diego y a sus criados. Juró Pizarro que tal no quería ni pensaba; mas antes ellos lo querían matar a él, según muchos le certificaban, y para eso compraban armas. Rada respondió que no era mucho que comprasen ellos corazas, pues él compraba lanzas. Atrevida y determinada respuesta y gran descuido y desprecio del Pizarro, que oyendo aquello y sabiendo lo otro no lo prendía. Pidióle Rada licencia para irse don Diego de aquella tierra con sus criados y amigos. Pizarro, que no entendía la disimulación, cogió unas naranjas, ca se paseaba en el jardín, y dióselas, diciendo que eran de las primeras de aquella tierra, y si tenía necesidad, que la remediaría. Con tanto Rada se despidió y se fue a contar esta plática a los conjurados, que juntos estaban, los cuales determinaron de matar a Pizarro estando en misa el día de San Juan. Uno de los determinados descubrió la conjuración al cura de la iglesia Mayor, el cual habló luego aquella noche a Pizarro, y al mismo Pizarro, dándole noticia de la traición. Pizarro, que cenando estaba con sus hijos, se demudó algo; mas de ahí a un poco dijo que no lo creía, porque no había mucho que Juan de Rada le habló, y que el descubridor decía aquello por echarle cargo. Envió con todo por Juan Velázquez, su teniente; y como no vino, por estar en la cama malo, fue luego allá con solo Antonio Picado y unos pajes con hachas, y dijo al doctor que remediase aquel monipodio. El respondió que podía estar seguro, teniendo él la vara en la mano. De Picado me maravillo, que no avivó la tibieza del gobernador ni del teniente en remediar tan notorio peligro. Pizarro descuidó con su teniente, y no fue a la iglesia, siendo día de San Juan, por los conjurados, que propuesto tenían de matarlo en misa; mas oyóla en casa. El teniente Francisco de Chaves y otros caballeros se fueron, saliendo de misa mayor, a comer con Pizarro, y cada vecino a su casa. Viendo los conjurados que Pizarro no salió a misa, entendieron cómo eran descubiertos y aun perdidos ni no hacían presto. Eran muchos los de Chile que favorecían a don Diego, y pocos los escogidos y ofrecidos al hecho, ca no querían mostrarse hasta ver cómo salía el trato que traía Juan de Rada. Él, que mañoso era y esforzado, tornó luego once compañeros muy bien armados, que fueron Martín de Bilbao, Diego Méndez, Cristóbal de Sosa, Martín Carrillo, Arbolancha, Hinojeros, Narváez, San Millán, Porras, Velázquez Francisco Núñez; y como todos estaban comiendo, fue adonde Pizarro comía, las espadas sacadas, y voceando por medio de la plaza. "Muera el tirano, muera el traidor, que ha hecho matar [209] a Vaca de Castro". Esto decían por indignar la gente. Pizarro, sintiendo las voces y ruido, conoció lo que era, cerró la puerta de la sala. Dijo a Francisco de Chaves que la guardase con hasta veinte hombres que dentro había, y entróse a armar. Rada dejó un compañero a la puerta de la calle, que dijese cómo ya era muerto Pizarro, para que acudiesen a lo favorecer todos los de Chile, que serían doscientos, y subió con los otros diez. Chaves abrió la puerta, pensando detenerlos y amansarlos con su autoridad y palabras. Ellos, por entrar antes que cerrasen, diéronle una estocada por respuesta. Él echó mano a la espada, diciendo: "¡Cómo, señores!, ¿y a los amigos también?". Y diéronle luego una cuchillada que le llevó la cabeza a cercén, y rodó el cuerpo las escaleras abajo. Como esto vieron los que dentro estaban, descolgáronse por las ventanas a la huerta, y el doctor Velázquez el primero, con la vara en la boca, porque no le embarazase las manos. Solamente quedaron y pelearon en la sala siete; los dos quedaron heridos y los cinco muertos; Francisco Martín de Alcántara, medio hermano de Pizarro; Vargas y Escandón, pajes de Pizarro; un negro, y otro español criado de Chaves. Defendieron la puerta de la cámara do se armaba Pizarro una pieza. Cayeron los pajes muertos. Salió Pizarro bien armado, y como no vio más de a Francisco Martín, dijo: "¡A ellos, hermano; que nosotros bastamos para estos traidores!". Cayó luego Francisco Martín, y quedó solo Francisco Pizarro, esgrimiendo la espada tan diestro, que ninguno se acercaba, por valiente que fuese. Reempujó Rada a Narváez, en que se ocupase. Embarazado Pizarro en matar aquél, cargaron todos en él y retrujéronlo a la cámara, donde cayó de una estocada que por la garganta le dieron. Murió pidiendo confesión y haciendo la cruz, sin que nadie dijese "Dios te perdone", a 24 de junio, año de 1541.

Era hijo bastardo de Gonzalo Pizarro, capitán en Navarra. Nació en Trujillo, y echáronlo a la puerta de la iglesia. Mamó una puerca ciertos días, no se hallando quien le quisiese dar leche. Reconociólo después el padre, y traído a guardar los puercos, y así no supo leer. Dióles un día mosca a sus puercos, y perdiólos. No osó tornar a casa de miedo, y fuése a Sevilla con unos caminantes, y de allí a las Indias. Estuvo en Santo Domingo, pasó a Urabá con Alonso de Hojeda, y con Vasco Núñez de Balboa a descubrir la mar del Sur, y con Pedrarias a Panamá. Descubrió y conquistó lo que llaman el Perú, a costa de la compañía que tuvieron él y Diego de Almagro y Hernando Luque. Halló y tuvo más oro y plata que otro ningún español de cuantos han pasado a Indias, ni que ninguno de cuantos capitanes han sido por el mundo. No era franco ni escaso; no pregonaba lo que daba. Procuraba mucho por la hacienda del rey. Jugaba largo con todos, sin hacer diferencia entre buenos y ruines. No vestía ricamente, aunque muchas veces se ponía una ropa de martas que Fernando Cortés le envió. Holgaba de traer los zapatos blancos y el sombrero, porque así lo traía el Gran Capitán. No sabía mandar fuera de la guerra, y en ella trataba bien los soldados. Fue grosero, robusto, animoso, valiente y honrado; mas negligente en su salud y vida. [210]

 

- CXLV -

Lo que hizo don Diego de Almagro después de muerto Pizarro

Al ruido que mataban al gobernador Pizarro acudieron sus amigos, y a las voces de que ya era muerto venían los de Almagro; y así hubo muchas cuchilladas y muertes entre pizarristas y almagristas; mas cesaron presto, porque los matadores hicieron que don Diego cabalgase luego por la ciudad, diciendo que no había otro gobernador ni aun rey sino él en el Perú. Saquearon la casa de Pizarro, que rica estaba, y la de Antonio Picado y otros muchos y ricos hombres. Tomaron las armas y caballos a cuantos vecinos no querían decir "Viva don Diego de Almagro", aunque pocos osaron contradecir al vencedor. Hicieron también que los del regimiento y oficiales del rey recibiesen y jurasen por gobernador al don Diego hasta mandar otra cosa el emperador. Todo lo pudieron hacer a su salvo, por estar Fernando Pizarro en España y Gonzalo en lo de la canela; que si entrambos o el uno estuviera allí, quizá no le mataran. Estaba en tanto por enterrar el cuerpo de Francisco Pizarro, y había muchos llantos de mujeres allí en Los Reyes, por los maridos que tenían muertos y heridos; y no osaban tocar Francisco Pizarro sin voluntad de don Diego y de los que lo mataron. Juan de Barbarán y su mujer hicieron a sus negros llevar los cuerpos de Francisco Pizarro y de Francisco Martín a la iglesia; y con licencia de don Diego los sepultaron, gastando de suyo la cera y ofrenda, y aun escondieron los hijos, porque no los matasen aquellos que andaban encarnizados. Don Diego quitó y puso las varas de justicia como le plugo; echó preso al doctor Velázquez y Antonio Picado, Diego de Agüero, Guillén Juárez, licenciado Caravajal, Barrios, Herrera y otros. Hizo su capitán general a Juan de Rada, y dio cargos y capitanías a García de Alvarado, a Juan Tello, a otro Francisco de Chaves y a otros, en el ejército que juntó, de ochocientos españoles. Tomó los bienes de los difuntos y ausentes y los quintos del rey, que fueron muchos, para dar a los soldados y capitanes. Hubo entre ellos pasión sobre mandar, y quisieron matar a Juan de Rada, que lo mandaba todo. Y por eso hizo don Diego dar un garrote a Francisco de Chaves y castigó a muchos otros, y aun degolló a Antonio de Origüela, recién llegado de España, porque dijo en Trujillo que todos aquéllos eran tiranos. Escribió don Diego a todos los pueblos que lo admitiesen por gobernador, y muchos de ellos lo admitieron por amor de su padre, y algunos por miedo. Alonso de Alvarado, que con cien españoles estaba en los Chachapoyas, prendió los mensajeros que tales nuevas y recado llevaban. Don Diego despachó luego que lo supo a García de Alvarado por mar a Trujillo y a San Miguel para tomar las armas y caballos a los vecinos que favorecían a Alonso de Alvarado, con las cuales fuese sobre él. García de Alvarado tomó en Piura mucha plata y oro, que los vecinos tenían en Santo Domingo, y lo dio a los soldados, y ahorcó a Montenegro, [211] y prendió a muchos; y en Trujillo quitó el cargo a Diego de Mora, teniente de Pizarro, porque avisaba de todo a Alonso de Alvarado, y en San Miguel cortó las cabezas a Villegas, a Francisco de Vozmediano y Alonso de Cabrera, mayordomo de Pizarro, que con los españoles de Guanuco huían de don Diego. Diego Méndez, que fue a la villa de la Plata con veinte de caballo, tomó en Porco once mil y setenta marcos de plata cendrada, y puso en cabeza de don Diego las minas y haciendas de Francisco, Fernando y Gonzalo Pizarro, que riquísimas eran, y las de Peranzures, Diego de Rojas y otros.

 

- CXLVI -

Lo que hicieron en el Cuzco contra don Diego

Diego de Silva, de Ciudad-Rodrigo, y Francisco de Caravajal, alcaldes del Cuzco, usaron de maña con don Diego, ca le demandaron más cumplidos deberes que los que había enviado para recibirle por gobernador, y entre tanto apellidaron gente de la comarca. Gómez de Tordoya supo, andando a caza, la muerte de Pizarro y el pedimento de don Diego. Torció la cabeza de su halcón, diciendo que más tiempo era de pelear que de cazar. Entró en la ciudad de noche, habló con el cabildo de secreto, partió antes del día para donde estaba Nuño de Castro, y avisaron entrambos de todas estas cosas a Peranzures, que residía en los Charcas, y a Perálvarez Holguín, que andaba conquistando en Choquiapo, y a Diego de Rojas, que estaba en la villa de la Plata, y a los de Arequipa y otros lugares. Trataban éstos secretamente, porque había en el Cuzco muchos almagristas, que procuraban por don Diego, tomando la voz del rey, e hicieron su capital y justicia mayor a Perálvarez Holguín, y se obligaron a pagar el dinero del rey, que tomaban para sustentar la guerra, si el emperador no le diese por bien gastado. Perálvarez hizo su maestre de campo a Gómez de Tordoya; capitanes de caballo, a Peranzures y a Carcilaso de la Vega, y de infantería, a Nuño de Castro y a Martín de Robles, alférez del pendón real. Matriculáronse a la reseña ciento y cincuenta de caballo, noventa arcabuceros y otros doscientos y más peones. Como los que hacían por don Diego vieron esto, ciscábanse de miedo y saliéronse huyendo más de cincuenta. Fueron tras ellos Nuño de Castro y Hernando Bachicao con muchos arcabuceros, y trajéronlos presos. Perálvarez, que avisado era del intento de don Diego, salió del Cuzco a recoger los que andaban remontados por miedo, y a juntarse con Alonso de Alvarado para ir a Los Reyes a dar batalla a don Diego, entendiendo que se le pasarían muchos a su parte de los que con él estaban. Don Diego, que supo esto, envió por García de Alvarado, y en viniendo se partió de Los Reyes con cien arcabuceros, ciento y cincuenta piqueros y trescientos de caballo [212] y muchos indios de servicio. Y por que con su ausencia no se alzasen, echó de allí los hijos de Francisco Pizarro. Atormentó reciamente a Picado por saber de los dineros de su amo, y matóle. Llegó a Jauja y paró allí, porque adoleció y murió Juan de Rada, que su deseo y seguro era desbaratar a Perálvarez antes que se juntase con Alvarado ni con Vaca de Castro, que ya estaba en el Quito, y escrito a Jerónimo de Aliaga, Francisco de Barrionuevo y fray Tomás de San Martín, provincial dominico. De allí se le fueron el provincial, Gómez de Alvarado, Guillén Juárez de Caravajal, Diego de Agüero, Juan de Saavedra y otros muchos; y Perálvarez le tomó ciertos espías, que lo informaron de todo. Ahorcó tres de ellos, y prometió tres mil castellanos a otro porque espiase lo que don Diego hacía, diciendo que quería dar con él por un atajo despoblado y nevado; mas era engaño para descuidarlos. Don Diego prendió al hombre en llegando, por sospecha de la tardanza, dióle tormento, confesó la verdad y ahorcólo por espía doble. Fuese luego a poner en aquella traviesa nevada y estuvo allí tres días con su campo, sufriendo gran frío. Entre tanto se le pasó Perálvarez y se juntó con Alvarado en Guaraiz, tierra de los Guaylas, y escribieron ambos a Vaca de Castro que viniese a tomar el ejército y la tierra por el emperador. Don Diego siguió diez leguas a Perálvarez, y como no lo podía alcanzar, tiró la vía del Cuzco, robando lo que hallaba.

 

- CXLVII -

Como Vaca de Castro fue al Perú

Sabidas por el emperador las revueltas y bandos del Perú y la muerte de Almagro y otros muchos españoles, quiso entender quién tenía la culpa, para castigar los revoltosos; que castigados aquéllos se apaciguarían los demás. Envió allá con bastante poder e instrucción al licenciado Vaca de Castro, natural de Mayorga, que oidor era de Valladolid; y porque fuese le dio el consejo real y el hábito de Santiago y otras mercedes, y todo a intercesión del cardenal fray García de Loaisa, arzobispo de Sevilla y presidente de Indias, que le favoreció mucho por amor del conde de Siruela, su amigo. Fue, pues, Vaca de Castro al Perú, y con tormenta que tuvo después que salió de Panamá paró en puerto de Buenaventura, gobernación de Benalcázar y tierra desesperada, como los manglares de Pizarro. No quiso o no pudo ir por mar a Lima, y caminó al Quito. Pensó perecer, antes de llegar allá, de hambre, dolencias y otros veinte trabajos. Recibióle muy bien Pedro de Puelles, que Gonzalo Pizarro aún no era vuelto de la Canela, y avisó de su venida a muchos pueblos. Vaca de Castro descansó en Quito, proveyó algunas cosas y partióse a Trujillo a tomar la gente que tenía Perálvarez y Alvarado para [213] resistir a don Diego. Cuando llegó allá llevaba más de doscientos españoles, con Pedro de Puelles, Lorenzo de Aldana, Pedro de Vergara, Gómez de Tordoya, Garcilaso de la Vega y otros principales hombres que acudían al rey. Presentó sus provisiones al cabildo y ejército, y fue recibido por justicia y gobernador del Perú. Volvió las varas y oficios de regimiento a quien se las entregó y las banderas y compañías a los mismos capitanes, reservando para sí el estandarte real. Envió a Jauja con el cuerpo del ejército a Perálvarez, maestro de campo. Dejó allí en Trujillo a Diego de Mora por su teniente, y él fuése a Los Reyes, donde hizo armas y gente para engrosar el ejército, y para lo pagar tomó prestados cien mil ducados de los vecinos de allí, los cuales se pagaron después de quintos y haciendas reales. Puso por teniente a Francisco de Barrionuevo, de Soria, y por capitán de los navíos a Juan Pérez de Guevara, mandándoles que si don Diego viniese allí se embarcasen ellos con todos los de la ciudad, y él partió a Jauja con la gente que había armado y con muchos arcabuces y pólvora. En llegando hizo alarde, y halló seiscientos españoles, de los cuales eran ciento y setenta arcabuceros, y trescientos y cincuenta de caballo. Nombró por capitanes de caballo a Perálvarez, Alonso de Alvarado, Gómez de Alvarado, Pedro de Puelles y otros; y a Pedro de Vergara, Nuño de Castro, Juan Vélez de Guevara, de arcabuceros. Hizo maestro de campo al mismo Perálvarez Holguín y alférez mayor a Francisco de Caravajal, por cuya industria y seso se gobernó el ejército. Estando en esto vinieron cartas del Quito cómo era vuelto Gonzalo Pizarro y quería venir a ver a Vaca de Castro; mas el mandó luego que no viniese hasta que se lo escribiese, porque no estorbase los tratos de don Diego, que andaba por concertarse, o quizá porque le alzasen los del ejército por cabeza y gobernador por respeto de su hermano Francisco Pizarro, cuyo amor y memoria estaban en las entrañas de los más capitanes y soldados.

 

- CXLVIII -

Apercibimiento de guerra que hizo don Diego en el Cuzco

Al tiempo que don Diego llegó al Cuzco andaban revueltos los vecinos porque fue Cristóbal Sotelo delante con despachos y gente, estando ya dentro Gómez de Rojas, que tenía la posesión por Vaca de Castro; mas estuvieron quedos todos, y él apoderóse de la ciudad y tierra. Hizo luego pólvora y artillería y muchas armas de cobre y plata, y dio cuanto pudo a sus capitanes y soldados. Riñeron en aquel medio tiempo García de Alvarado y Cristóbal Sotelo, y el García mató al Cristóbal a estocadas. Intentó matar a don Diego, robar la ciudad e irse al Chile con sus amigos. Y para hacerlo a su salvo [214] convidólo a comer a su casa. Supo don Diego la traición, e hízose malo aquel día, y metió en su recámara secretamente a Juan Balsa, Diego Méndez, Alonso de Saavedra, Juan Tello y otros amigos de Sotelo. García de Alvarado tomó ciertos amigos suyos y fue a llamar y traer a don Diego, y no se quiso tornar del camino aunque Martín Carrillo y Salado le avisaron de la celada. Rogó a don Diego que se fuese a comer, pues era hora y estaba guisado. Dijo él: "Mal dispuesto me siento, señor Alvarado; empero, vamos". Levantóse de sobre la cama y tomó la capa. Comenzaron a salir los de Alvarado, y uno de don Diego cerró la puerta, dejando dentro y solo al García de Alvarado, y matáronlo, y aun dicen que don Diego le hirió primero. Alborotóse mucho la gente por su muerte, que tenía grandes amigos, mas luego don Diego la puso en paz, aunque algunos se le fueron a Jauja. Aderezó su ejército, que serían obra de setecientos españoles, los doscientos con arcabuces, otros doscientos y cincuenta con caballos y los demás con picas y alabardas, y todos tenían corazas o cotas, y muchos de caballos arneses. Gente tan bien armada no la tuvo su padre ni Pizarro. Tenía también mucha artillería y buena, en que confiaba, y gran copia de indios, con Paulo, a quien su padre hiciera inca. Salió del Cuzco muy triunfante, y no paró hasta Vilcas, que hay cincuenta leguas. Llevó por su general a Juan Balsa y por maestro de campo a Pedro de Oñate, que Juan de Rada ya se había muerto.

 

- CXLIX -

La batalla de Chupas entre Vaca de Castro y don Diego

Fue Vaca de Castro de Jauja a Guamanga con todo su ejército, que hay doce leguas, a gran prisa, por entrar allí primero que don Diego, ca le decían cómo venían los enemigos a meterse dentro. Es fuerte Guamanga por las barrancas que la cercan e importante para la batalla. Escribió a don Diego, con Idiáquez y Diego de Mercado, que le perdonaría cuantas muertes, robos, agravios e insultos había hecho si entregaba su ejército, y le daría diez mil indios donde los quisiese, y que no procedería contra ninguno de sus amigos y consejeros. Respondió que lo haría si le daba la gobernación del nuevo reino de Toledo y las minas y repartimientos de indios que su padre tuvo. Andando en demandas y respuestas llegó a Guaraguaci un clérigo, que dijo a don Diego cómo venía de Panamá, y que lo había perdonado el emperador y hecho gobernador del nuevo Toledo; por tanto, que le diese las albricias. Dijo asimismo que Vaca de Castro tenía pocos españoles, mal armados y descontentos, nuevas que, aunque falsas y no creídas, animaron mucho a sus compañeros. Tomaron también los corredores del campo a un Alonso García, que iba en hábito de indios con cartas del rey y Vaca de Castro para [215] muchos capitanes y caballeros, en que les prometían grandes repartimientos y otras mercedes. Ahorcólo don Diego por el traje y mensaje, y quejóse mucho de Vaca de Castro porque, tratando con él de conciertos, le sobornaba la gente. Fue gran constancia o indignación la del ejército de don Diego, porque ninguno lo desamparó. Escribieron desvergüenzas a los del rey, y que no fiasen de Vaca de Castro ni del cardenal Loaisa, que lo enviaba, pues no traía provisiones del emperador; y si las traía, no valían, por ser hechas contra la ley, pues le hacían gobernador si muriese Pizarro, Don Diego, si le dieran un perdón general firmado del rey, se diera por la renta y gobierno del padre, según dicen; mas, o enojado o confiado; publicó la batalla en presencia de Idiáquez y Mercado. Y prometió a sus soldados las haciendas y mujeres de los contrarios que matasen: palabra de tirano. Movió luego el real y artillería de Vilcas, y fue a ponerse en una loma dos leguas de Guamanga. Vaca de Castro, que supo su determinación y camino, dejó a Guamanga, por ser áspera para los caballos, que tenía muchos más que don Diego y púsose en un llano alto, que llamaban Chupas, a 15 de setiembre, año de 1542. Estaban los ejércitos cerquita y los corazones lejos, ca los de don Diego deseaban la batalla y los otros la temían; y así decían que Fernando Pizarro estaba preso porque dio la batalla de las Salinas, y que venía él a castigar los demás. Vaca de Castro los animó a la batalla, y porque peleasen condenó a muerte a don Diego de Almagro y a todos los que le seguían. Firmó la sentencia y pregonóla; y así repartió luego a otro día, con voluntad de todos, los caballos en seis escuadras. Echó delante a Nuño de Castro con cincuenta arcabuceros que trabase una escaramuza, y él subió un gran recuesto a mucho trabajo, donde asentó su artillería Martín de Valencia el capitán. Y si don Diego les defendiera la subida, los desbaratara, según iban desordenados y cansados. No había entre los ejércitos más de una lomilla, y escaramuzaban ligeramente, hablándose unos a otros. Don Diego estaba en aventajado lugar y orden, si no se mudara. Tenía la infantería en medio, y a los lados los de caballo, y delante la artillería en parte rasa y anchurosa para jugar de hito en los enemigos que le acometiesen. Puso también a su mano derecha a Paulo, inca, con muchos honderos y que llevaban dardos y picas. Vaca de Castro hizo un largo razonamiento a los suyos y se puso en la delantera con la lanza en puño para romper de los primeros, pues así lo quería don Diego. Ellos, respondiendo fiel y animosamente, les rogaron e hicieron que fuese detrás; y así quedó en la retaguardia con treinta de caballo, Puso a la mano derecha los medios caballos con Alonso de Alvarado y con el pendón real, que llevaba Cristóbal de Barrientos, y los otros a la izquierda con Perálvarez y los otros capitanes, y en medio a los peones. Mandó a Nuño de Castro que anduviese sobresaliente con cincuenta arcabuceros. Era ya muy tarde cuando esto pasaba, y jugaba tan recio la artillería de don Diego, que hacía temer a muchos; y un mancebo, por guardarse de ella, se puso tras una gran piedra; dióle la pelota en ello, saltó un pedazo y matóle. Quisiera Vaca de Castro dejar la batalla para otro día, con parecer de algunos capitanes; mas Alonso de Alvarado y Nuño de Castro porfiaron [216] que la diese, aunque peleasen de noche, diciendo que si la dilataba se resfriarían los soldados y se pasarían a don Diego, pensando que de miedo la dejaba, por ser más y mejores los enemigos. Tuvieron otro inconveniente para no pelear, y era que no podían ir derechos sin recibir mucho daño de los tiros. Francisco de Caravajal y Alonso de Alvarado guiaron el ejército por un vallejo o quebrada que hallaron a la parte izquierda, por donde subieron a la loma de don Diego sin recibir golpe de artillería, que se pasaba por alto, y aun dejaron la suya por la subida y porque un tiro de ella mató cinco personas de las que la llevaban. Don Diego caminó hacia los enemigos con la orden que tenía, por no mostrar flaqueza, que así fue aconsejado de sus capitanes; empero fue contra la de Pero Suárez, sargento mayor, que sabía de guerra más que todos. Y dicen por muy cierto que si quedo estuviera, él venciera esta batalla. Mas vino a ponerse a la punta de la loma, y no pudo aprovecharse de su artillería. Comenzaron los indios de Paulo a descargar sus hondas y varas con mucha grita. Fue a ellos Castro con sus arcabuceros, y retrájolos. Socorrióles Marticote, capitán de arcabucería, y comenzóse la escaramuza. Comenzaron a subir a lo alto y llano los escuadrones de Vaca de Castro al son de unos atambores. Disparó en ellos la artillería y llevó una hilera entera, y los hizo abrir y aun ciar; mas los capitanes los hicieron cerrar y caminar delante con las espadas desnudas, y por romper fueran rompidos, si Francisco de Caravajal, que regía las haces, no los detuviera hasta que acabase de tirar la artillería. Mataron en esto los arcabuceros de don Diego a Perálvarez Holguín y derribaron a Gómez de Tordoya, por lo cual, y por el daño que los tiros hacían en la infantería, dio voces Pedro de Vergara, que también herido estaba, a los de caballo que arremetiesen. Sonó la trompeta, y corrieron para los enemigos. Don Diego salió al encuentro con gran furia. Cayeron muchos de cada parte con los primeros golpes de lanza y muchos más con los de espada y hacha. Estuvo en peso buen rato la batalla sin declarar victoria por ninguna de las partes, aunque los peones de Vaca de Castro habían ganado la artillería y los de don Diego habían muerto muchos contrarios y tenían dos banderas enteras. Anochecía ya y cada uno quería dormir con victoria; y así peleaban como leones, y mejor hablando como españoles, ca el vencido había de perder la vida, la honra, la hacienda y señorío de la tierra, y el vencedor ganarlo. Vaca de Castro arremetió con sus treinta caballeros al cuerno izquierdo contrario, donde muy enteros y como vencedores estaban los enemigos, y trabóse allí como de nuevo otra pelea; mas al fin venció, aunque le mataron al capitán Jiménez, a Mercado de Medina y otros muchos. Don Diego, viendo los suyos de vencida, se metió en los enemigos, porque le matasen peleando, mas ninguno lo hirió, o porque no lo conocieron o porque peleaba animosísimamente. Huyó, en fin, con Diego Méndez, Juan Rodríguez Barragán, Juan de Guzmán y otros tres al Cuzco, y llegó allá en cinco días. Cristóbal de Sosa se nombraba también, y Martín de Bilbao, diciendo: "Yo maté a Francisco Pizarro"; y así los hicieron pedazos combatiendo. Muchos se salvaron por ser de noche, y hartos de tomar a los caídos de Vaca de Castro las [217] bandas coloradas que por señal llevaban. Los indios, que como los lobos aguardaban al fin de la batalla, mataron a Juan Balsa, a un comendador de Rodas, su amigo, y muy muchos otros que huyendo iban a otro inca. Murieron trescientos españoles de la parte del rey, y muchos, aunque no tantos, de la otra; así que fue muy carnicera batalla, y pocos capitanes escaparon vivos: tan bien pelearon. Quedaron heridos más de cuatrocientos, y aun muchos de ellos se helaron aquella noche: tanto frío hizo.

 

- CL -

La justicia que hizo Vaca de Castro en don Diego de Almagro y en otros muchos

Gran parte de la noche gastó Vaca de Castro en hablar y loar sus capitanes y otros caballeros y hombres principales que a él llegaban a darle la norabuena de la victoria, y a la verdad ellos merecían ser loados y él ensalzado. Saquearon el real de don Diego, que mucha plata y oro tenía, no sin muertes de los que lo guardaban. No dejaron las armas, con recelo de los enemigos, ca no sabían por entero cuán de veras habían huido. Pasaron fríos y hambres, y aun lástima por las voces y gemidos y quejas que los heridos daban sintiéndose morir de hielo y desnudar de los indios, ca los achocaban también algunos con porras que usan, por despojarlos. Corrieron el campo en amaneciendo, curaron los heridos y enterraron los muertos, y aun llevaron a sepultar en Guamanga a Perálvarez Holguín, a Gómez de Tordoya y otros pocos. Arrastraron y descuartizaron el cuerpo de Martín de Bilbao, que mataron en la batalla, según dije, porque mató a Francisco Pizarro. Otro tanto hicieron por la misma causa Martín Carrillo, Arbolancha, Hinojeros, Velázquez y otros; en lo cual gastaron todo aquel día, y otro siguiente en ir a Guamanga, donde Vaca de Castro comenzó a castigar los almagristas, que presos y heridos estaban; ca bien más de ciento y sesenta se recogieron allí, y entregaron las armas a los vecinos que los prendieron. Cometió la causa al licenciado de la Gama, y en pocos días se hicieron cuartos los capitanes Juan Tello, Diego de Hoces, Francisco Peces, Juan Pérez, Juan Diente, Marticote, Basilio, Cárdenas, Pedro de Oñate, maestro de campo y otros treinta que por brevedad callo. Vaca de Castro desterró también algunos y perdonó los demás. Envió a sus casas casi todos los que con él estaban que tenían repartimiento y cargo. Envió a Pedro de Vergara a poblar los Bracamoros, que había conquistado, y fuese al Cuzco, que lo llaman, porque no les quitasen a don Diego algunos que bien lo querían. Acogióse don Diego con solos cuatro al Cuzco, pensando rehacerse allí. Mas su teniente Rodrigo de Salazar, de Toledo, y Antón Ruiz de Guevara, alcalde, y otros vecinos, [218] lo echaron preso, como lo vieron vencido y solo. Vaca de Castro lo degolló en llegando, ahorcó a Juan Rodríguez Barragán y al alférez Enrique y a otros. Diego Méndez Orgoños se soltó y se fue al inca, que estaba en los Andes, y allá le mataron después los indios. Con la muerte de don Diego quedó tan llano el Perú como antes que su padre y Pizarro descompadrasen, y pudo muy bien Vaca de Castro regir y mandar los españoles. Loaban muchos el ánimo de don Diego, aunque no la intención y desvergüenza que tuvo contra el rey, ca siendo tan mozo vengó, a consejo de Juan de Rada, la muerte de su padre, sin querer tomar nada de Pizarro, aunque tuvo necesidad. Supo conservar los amigos y gobernar los pueblos que lo admitieron, aunque usó algún rigor y robos por amor de los soldados. Peleó muy bien y murió cristianamente. Era hijo de india, natural de Panamá, y más virtuoso que suelen ser mestizos, hijos de indias y españoles, y fue el primero que tomó armas y que peleó contra su rey. También se maravillaban de la constante amistad que los suyos le tuvieron, ca nunca lo dejaron hasta ser vencidos, por más perdón y mercedes que les daban: tanto puede el amor y bandos una vez tomados. Había muchos soldados que no tenían hacienda ni qué hacer; y porque no causasen algún bullicio como los pasados, y también por conquistar y convertir los indios, envió Vaca de Castro muchos capitanes a diversas partes, como fue a los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez, de Madrid, y Nicolás de Heredia, que llevaron mucha gente. Envió a Monroy en socorro de Valdivia, que tenía gran necesidad en el Chili; y también fue a Mullubamba Juan Pérez de Guevara, tierra comenzada a conquistar y rica de minas de oro, y entre los ríos Marañón y de la Plata, o por mejor decir nacen en ella, y crían unos peces del tamaño y hechura de perros, que muerden al hombre. Anda la gente casi desnuda, usan arco, comen carne humana y dicen que cerca de allí, hacia el norte, hay camellos, gallipavos de Méjico y ovejas menores que las del Perú, y amazonas de Orellana. Llamó a Gonzalo Pizarro y dióle licencia que fuese a sus pueblos y repartimiento de los Charcas. Encomendó a los indios que vacos estaban, aunque muchos se quejaban por no les alcanzar parte. Hizo muchas ordenanzas en gran utilidad de los indios, los cuales comenzaron a descansar y cultivar la tierra, ca en las guerras civiles pasadas habían sido muy mal tratados, y aun dicen que murieron y mataron millón y medio en ellas, y más de mil españoles. Residió Vaca de Castro en el Cuzco año y medio, y en aquel tiempo se descubrieron riquísimas minas de oro y de plata.

 

- CLI -

Visita del Consejo de Indias

De las revueltas del Perú que contado habemos resultó visita del Consejo de Indias y nuevas leyes para regir aquellas tierras, causadoras de grandes muertes [219] y males, no por ser muy malas, sino por ser rigurosas, como luego diremos. Hizo la visita el doctor Juan de Figueroa, oidor del Consejo y Cámara del Rey. Eran oidores de aquel Consejo el doctor Beltrán, el licenciado Gutiérrez Velázquez, el doctor Juan Bernal de Luco y el licenciado Juan Suárez de Caravajal, obispo de Lugo; fiscal, el licenciado Villalobos; secretario, Juan de Sámano, y presidente, fray García de Loaisa, cardenal y arzobispo de Sevilla. El emperador, vista la información y testigos, quitó de la audiencia al doctor Beltrán y obispo de Lugo. El obispo perseveró en corte, y desde a cuatro o cinco años lo hizo el rey comisario general de la Cruzada. El doctor Beltrán se fue a Nuestra Señora de Gracia, de Medina del Campo, donde tenía casa, y también le perdonó el emperador y le mandó dar su hacienda y salario acostumbrado en su casa; mas la cédula de estas mercedes llegó con la muerte. Daba gracias a Dios que lo dejó morir sin negocios, sin juegos ni trapazas. Era agudo y resoluto; tuvo muchos y grandes salarios siendo abogado; dejólos por el Consejo Real, y removiéronle de él. Vile llorar sus desventuras, quejándose de sí mismo porque dejó la abogacía por la audiencia. Fue muy tahúr, y jugaban mucho su mujer e hijos, que lo destruyeron. A toda suerte de hombres está mal el juego, y peor a los que tienen negocios, y negocios de rey y reinos. No faltó quien tachase al cardenal, pensando suceder en la presidencia; mas él era libre, acepto al emperador y amigo del secretario Francisco de los Cobos, que tenía la masa de los negocios.

 

- CLII -

Nuevas leyes y ordenanzas para las Indias

Sabiendo el emperador los desórdenes del Perú y malos tratamientos que se hacían a los indios, quiso remediarlo todo, como rey justiciero y celoso del servicio de Dios y provecho de los hombres. Mandó al doctor Figueroa tomar sobre juramento los dichos de muchos gobernadores, conquistadores y religiosos que habían estado en Indias, así para saber la calidad de los indios con el tratamiento que se les bacía, y aun porque le decían algunos frailes que no podía hacer la conquista de aquellas partes. Así que buscó personas de ciencia y de conciencia que ordenasen algunas leyes para gobernar las Indias buena y cristianamente; las cuales fueron el cardenal fray García de Loaisa, Sebastián Ramírez, obispo de Cuenca y presidente de Valladolid, que había sido presidente en Santo Domingo y en México; don Juan de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe y comendador mayor de Castilla; el secretario Francisco de los Cobos, comendador mayor de León; don García Manrique, conde de Osorno y presidente de Ordenes, que había entendido en negocios de Indias mucho tiempo, en ausencia del cardenal; el doctor Hernando de [220] Guevara y el doctor Juan de Figueroa, que eran de la Cámara, y el licenciado Mercado, oidor del Consejo Real; el doctor Bernal, el licenciado Gutiérrez Velázquez, el licenciado Salmerón, el doctor Gregorio López, que oidores eran de las Indias, y el doctor Jacobo González de Artiaga, que a la sazón estaba en consejo de Órdenes. Juntábanse a tratar y disputar con el cardenal, que posaba en casa de Pero González de León, y ordenaron, aunque no con voto de todos, obra de cuarenta leyes, que llamaron ordenanzas, y firmólas el emperador en Barcelona y en 20 de noviembre, año de 1542.

 

- CLIII -

La grande alteración que hubo en el Perú por las ordenanzas

Tan presto como fueron hechas las ordenanzas y nuevas leyes para las Indias, las enviaron los que de allá en corte andaban a muchas partes: isleños a Santo Domingo, mexicanos a México, peruleros al Perú. Donde más alteraron con ellas fue en el Perú, ca se dio un traslado a cada pueblo; y en muchos repicaron campanas de alboroto, y bramaban leyéndolas. Unos se entristecían, temiendo la ejecución; otros renegaban, y todos maldecían a fray Bartolomé de las Casas, que las habían procurado. No comían los hombres; lloraban las mujeres y niños, ensorberbecíanse los indios, que no poco temor era. Carteáronse los pueblos para suplicar aquellas ordenanzas, enviando al emperador un grandísimo presente de oro para los gastos que había hecho en la ida de Argel y guerra de Perpiñán. Escribieron unos a Gonzalo Pizarro y otros a Vaca de Castro, que holgaban de la suplicación, pensando excluir a Blasco Núñez por aquella vía y quedar ellos con el gobierno de la tierra, no digo entrambos juntos, sino cada uno por sí, que también fuera malo, porque hubiera sobre ello grandes revoluciones. Platicaban mucho la fuerza y equidad de las nuevas leyes entre sí y con letrados que había en los pueblos para escribirlo al rey y decirlo al virrey que viniese a ejecutarla. Letrados hubo que afirmaron cómo no incurrían en deslealtad ni crimen por no obedecerlas, cuanto más por suplicar de ellas, diciendo que no las quebrantaban, pues nunca las habían consentido ni guardado; y no eran leyes ni obligaban las que hacían los reyes sin común consentimiento de los reinos que les daban la autoridad, y que tampoco pudo el emperador hacer aquellas leyes sin darles primero parte a ellos, que eran el todo del reino del Perú: esto cuanto a la equidad. Decían que todas eran injustas, sino la que vedaba cargar los indios, la que mandaba tasar los tributos, la que castiga los malos y crueles tratamientos, la que dice sean enseñados los indios en la fe con mucho cuidado, y otras algunas. Y que ni era ley, ni habían de [221] aconsejar al emperador que firmase, con las otras, la que manda se ocupen ciertas horas cada día los oidores y oficiales a mirar cómo el rey sea más aprovechado, ni la que nombra por presidente al licenciado Maldonado, y otras que más eran para instrucciones que para leyes, y que parecían de frailes. Con esto, pues, se animaban mucho los conquistadores, y soldados a suplicar de las ordenanzas, y aun a contradecirlas, y también porque tenían dos cédulas del emperador que les daba los repartimientos para sí y a sus hijos y mujeres porque se casasen, mandándoles expresamente casar; y otra, que ninguno fuese despojado de sus indios y repartimientos sin primero ser oído a justicia y condenado.

 

- CLIV -

De cómo fueron al Perú Blasco Nuñez vela y cuatro oidores

Cuando fueron hechas las ordenanzas de Indias, dijeron al emperador que enviase hombre de barba con ellas al Perú, por cuanto eran recias y los españoles de allí revoltosos. Él, que bien lo conocía, escogió y envió, con título de virrey y salario de dieciocho mil ducados, a Blasco Núñez de Vela, caballero principal y veedor general de las guardas, hombre recio, que así se requería para ejecutar aquellas leyes al pie de la letra. Hizo también una Chanchillería en el Perú, que hasta allí a Panamá iban con las apelaciones y pleitos. Nombró por oidores al licenciado Diego de Cepeda, de Tordesillas; al doctor Lisón de Tejada, de Logroño; al licenciado Pero Ortiz de Zárate, de Orduña, y al licenciado Juan Álvarez. Y porque nunca se había tomado cuenta a los oficiales del rey después que se descubrió el Perú, envió a tomárselas a Agustín de Zárate, que era secretario del Consejo Real. Partió, pues, Blasco Núñez con la Audiencia y llegó al Nombre de Dios a 10 de enero de 1544. Halló allí a Cristóbal de Barrientos y otros peruleros de partida para España, con buena cantidad de oro y plata, y requirió a los alcaldes embarazasen aquel oro hasta que se averiguase de qué lo llevaban, ca le dijeron cómo aquellos hombres habían vendido indios y traídolos en minas, cosa de que mucho se alteraron y quejaron los vecinos y los dueños del oro, así por el daño como por no ser aquella ciudad de su jurisdicción y gobierno. Y si por los oidores no fuera, se lo confiscara, conforme a la instrucción y cédula que llevaba contra los que hubiesen traído indios en minas. Fue a Panamá, puso en libertad cuantos indios pudo haber de las provincias del Perú, y enviólos a sus tierras a costa de los amos y del rey. Algunos hubo que se escondieron por no ir, diciendo que mejor estaban con dueño que sin él. Otros se quedaron en Puerto-Viejo y por allí a ser putos, que se usa mucho, y se cortaron el cabello a la usanza bellaca. Desembargó Blasco Núñez el oro [222] a los del Nombre de Dios, y porque no se alborotasen más los españoles de aquellos dos pueblos, dijo que solamente procedería contra Vaca de Castro que traía y mandaba traer indios a las minas. Comenzaron a diferir él y los oidores en algunas cosas. Estuvieron malos ellos y ocupados, y él partióse sin esperarlos, aunque mucho se lo rogaron y aconsejaron, porque supo la negociación y escándalo del Perú. Llegó a Túmbez a 4 de marzo, libertó los indios, quitó las indias que por amigas españoles tenían, y mandóles que ni diesen comida sin paga, ni llevasen carga contra su voluntad, lo cual entristeció tanto a los españoles cuanto alegró a los indios. Entrando en San Miguel mandó a unos españoles pagar los indios de carga que llevaban, ya que no se podía excusar el cargarlos. Pregonó las ordenanzas, despobló los tambos, dio libertad a los indios esclavos y forzados, tasó los tributos y quitó los indios de repartimiento a Alonso Palomino, porque había sido allí teniente de gobernador, que así lo disponían las nuevas leyes; por lo cual le quitaban el habla y la comida, como a descomulgado, y a la salida del lugar le dieron gritas las españolas y lo maldijeron como si llevara consigo la ira de Dios. Y en Piura dijo que ahorcaría a los que suplicaban de sus provisiones, refrendadas de un su criado, que no era escribano del rey; y los vecinos de allí se escandalizaban más de sus palabras y aspereza que de las ordenanzas.

 

- CLV -

Lo que paso Blasco Núñez con los de Trujillo

Entró Blasco Núñez en Trujillo con gran tristeza de los españoles; hizo pregonar públicamente las ordenanzas, tasar los tributos, ahorrar los indios y vedar que nadie los cargase por fuerza y sin paga. Quitó los vasallos que por aquellas ordenanzas pudo, y púsolos en cabeza del rey. Suplicó el pueblo y cabildo de las ordenanzas, salvo de la que mandaba tasar los tributos y pechos y de la que vedaba cargar los indios, aprobándolas por buenas. Él no les otorgó la apelación, antes puso muy graves penas a las justicias que lo contrario hiciesen, diciendo que traía expresísimo mandamiento del emperador para ejecutarlas, sin oír ni conceder apelación alguna. Díjoles, empero, que tenían razón de agraviarse de las ordenanzas; que fuesen sobre ello al emperador, y que él le escribiría cuán mal informado había sido para ordenar aquellas leyes. Visto por los vecinos su rigor y dureza, aunque buenas palabras, comenzaron a renegar. Unos decían que dejarían las mujeres, y aun algunos las dejaran si les valiera, ca se habían casado muchos con sus amigas, mujeres de seguida, por mandamiento que les quitaran las haciendas si no lo hicieran. Otros decían que les fuera mucho mejor no tener hijos ni mujer que mantener, si les habían de quitar los esclavos, que los sustentaban [223] trabajando en minas, labranzas y otras granjerías; otros pedíanle pagase los esclavos que les tomaba, pues los habían comprado de los quintos del rey y tenían su hierro y señal. Otros daban por mal empleados sus trabajos y servicios, si al cabo de su vejez no habían de tener quien los sirviese; éstos mostraban los dientes caídos de comer maíz tostado en la conquista del Perú; aquéllos, muchas heridas y pedradas; aquellos otros, grandes bocados de lagartos; los conquistadores se quejaban que, habiendo gastado sus haciendas y derramado su sangre en ganar el Perú al emperador, le quitaban esos pocos vasallos que les había hecho merced. Los soldados decían que no irían a conquistar otras tierras, pues les quitaban la esperanza de tener vasallos, sino que robarían a diestro y a siniestro cuando pudiesen; los tenientes y oficiales del rey se agraviaban mucho que los privasen de sus repartimientos sin haber maltratado los indios, pues no los hubieron por el oficio, sino por sus trabajos y servicios. Decían también los clérigos y frailes que no podrían sustentarse ni servir las iglesias si les quitaban los pueblos; quien más se desvergonzó contra el virrey y aun contra el rey fue fray Pedro Muñoz, de la Merced, diciendo cuán mal pago daba su majestad a los que tan bien le habían servido, y que olían más aquellas leyes a interés que a santidad, pues quitaban los esclavos que vendió sin volver los dineros, y porque tomaban los pueblos para el rey, quitándolos a monasterios, iglesias, hospitales y conquistadores que los habían ganado, y, lo que peor era, que imponían doblado pecho y tributo a los indios que así quitaban y ponían en cabeza del rey, y aun los mismos indios lloraban por esto. Estaban mal aquel fraile y el virrey porque lo acuchilló una noche en Málaga siendo corregidor.

 

- CLVI -

La jura de Blasco Núñez y prisión de Vaca de Castro

Vaca de Castro, que había visto las ordenanzas y cartas en el Cuzco, donde residía, se aderezó para ir a Los Reyes a recibir a Blasco Núñez; empero, con muchos españoles en orden de guerra, que dio gran sospecha de su voluntad, ca los vecinos de Los Reyes, como supieron que con armas venía, le enviaron a decir que no viniese, pues ya no era gobernador, temiendo algún castigo por no haber admitido los días atrás un su teniente, y escribieron a Blasco Núñez algunos particulares que apresurase el paso para entrar primero que Vaca de Castro, porque si se tardaba quizá no le recibirían a la gobernación. Vaca de Castro dejó las armas, y casi todos los que traía, donde supo la voluntad de aquéllos; fue requerido de los suyos se volviese al Cuzco y lo tuviese por el rey, suplicando de las ordenanzas; nunca quiso sino llegar primero a Lima, donde halló diversas intenciones, ca unos querían [224] al virrey y otros no. Gaspar Rodríguez, viendo venir cerca a Blasco Núñez, dejó a Vaca de Castro y tornóse al Cuzco, llevando consigo muchos vecinos de él, y las armas que habían quedado en el camino, para levantar la tierra por quien pudiese; Blasco Núñez partió de Trujillo aprisa, llegó al tambo que dicen de la Barranca, donde no halló qué comer, mas halló un mote que decía: "El que me viniere a quitar mi hacienda, mire por sí, que podrá ser que pierda la vida". Maravillóse de tal dicho, y preguntado quién lo pudo escribir, le dijeron ciertos malsines que Juárez de Caravajal, factor del rey, que poco antes había estado allí. En este tambo estuvo Gómez Pérez con cartas del inca Mango y de Diego Méndez y otros seis españoles del bando de don Diego de Almagro, en los cuales pedían licencia y salvoconducto para se venir a Blasco Núñez con el inca; él holgó de perdonarlos y que viniesen; mas ellos fueron muertos a cuchillo por ceguedad del Gómez Pérez. Solían jugar a la bola él y Mango, y jugaron como llegó; era porfiado el Gómez y mal comedido en medir las bolas, por lo cual dijo Mango a su criado que lo matase la primera vez que porfiase, bajándose a medir la bola; avisó de esto al Gómez una india. Él, sin mirar adelante, dio de estocadas al inca. Como los indios vieron muerto a su señor, matáronle a él y a los otros españoles y tomaron por inca un hijuelo del muerto, con el cual se han estado en unas asperísimas montañas sin querer más amistad con cristianos. Antes de llegar a Lima entendía Blasco Núñez cómo los de aquella ciudad estaban con propósito de no recibirlo dentro si primero no se les otorgaba la suplicación de las ordenanzas, jurando de no ejecutarlas, y si no, que lo enviarían preso y atado fuera del Perú; supo asimismo que todos estaban indignados contra él por ejecutar las ordenanzas tan de hecho, y que decían mil males de su recia condición. Para deshacer esto y otras veinte cosas que publicaban, envió delante a Diego Agüero, regidor de Los Reyes, el cual aplacó algo la indignación del pueblo, diciendo cómo Blasco Núñez traía mudado el rigor en mansedumbre, por ver el daño y descontento que todos recibían con la ejecución de las ordenanzas. Antes de entrar en Los Reyes Blasco Núñez, le tomó juramento en nombre del cabildo el factor Guillén Juárez que les guardaría los privilegios, franquezas y mercedes que del emperador tenían los conquistadores y pobladores del Perú, y que les otorgaría la suplicación de las nuevas ordenanzas que traía; él juró que haría todo lo que cumpliese al servicio del emperador y bien de la tierra; los vecinos y españoles que allí estaban dijeron luego que había jurado con cautela, entendiendo la ejecución de las ordenanzas ser bien de los indios y servidos del emperador. Entró en la ciudad con gran silencio y tristeza de todo el pueblo; nunca hombre así fue aborrecido como él, en do quiera que del Perú llegase, por llevar aquellas ordenanzas. Pregonó las ordenanzas y comenzólas a ejecutar, aunque muy mucho le rogaron no lo hiciese, diciendo que se alborotarían los españoles y querían conservar sus repartimientos; mas él se hizo sordo a todo, por cumplir la voluntad y mandado del emperador. Procuró saber qué intención era la de Vaca de Castro, qué trataba Gonzalo Pizarro en el Cuzco, quiénes y cuántos se mostraban de veras contra las ordenanzas. [225] Habló a los indios que se amotinaban y querían alzarse sin hacer la, sementeras. Encarceló a Vaca de Castro, diciendo que firmaba cédulas de repartimiento y pleitos como gobernador, estando él allí, y que indignaba la gente hablando mal de las ordenanzas, y porque dejó volver al Cuzco a Gaspar Rodríguez y a los otros. Hubo gran ruido, y división sobre la prisión de Vaca de Castro, don Luis de Cabrera y de los otros que con él prendió.

 

- CLVII -

Lo que Gonzalo Pizarro hizo en el Cuzco contra las ordenanzas

Tantas cosas escribieron a Gonzalo Pizarro muchos conquistadores del Perú, que lo despertaron allá en Los Parcas, donde estaba, y le hicieron venir al Cuzco después que Vaca de Castro se fue a Los Reyes. Acudieron muchos a él como fue venido, que temían ser privados de sus vasallos y esclavos, y otros muchos que deseaban novedades por enriquecer, y todos le rogaron se opusiese a las ordenanzas que Blasco Núñez traía y ejecutaba sin respeto de ninguno, por vía de apelación, y aun por fuerza, si necesario fuese; que ellos, que por cabeza lo tomaban, lo defendían y seguirían. Él, por probarlos o por justificarse, les dijo que no se lo mandasen, pues contradecir las ordenanzas, aunque por vía de suplicación, era contradecir al emperador, que tan determinadamente ejecutarlas mandaba, y que mirasen cuán ligeramente se comenzaban las guerras, que tenían sus medios trabajosos y dudosos los fines; y no quería complacerlos en deservicio del rey, ni aceptar cargo de procurador ni de capitán. Ellos, por persuadirlo, le dijeron muchas cosas en justificación de su empresa: unos decían que siendo justa la conquista de Indias, lícitamente podían tener por esclavos los indios tomados en guerra; otros, que no podía justamente quitarles el emperador los pueblos y vasallos que una vez les dio durante el tiempo de la donación, en especial que se los dio a muchos como en dote por que se casasen; otros, que podían defender por armas sus vasallos y privilegios como los hidalgos de Castilla sus libertades, las cuales tenían por haber ayudado a los reyes a ganar sus reinos de poder de moros, como ellos por haber ganado el Perú de manos de idólatras; decían, en fin, todos que no caían en pena por suplicar de las ordenanzas, y muchos, que ni aun por contradecirlas, pues no les obligaban antes de consentirlas y recibirlas por leyes. No faltó quien dijese cuán recio y loco consejero era emprender guerra contra su rey so color de defender sus haciendas, y hablar aquellas cosas que no eran de su arte ni de su lealtad; empero aprovecha poco hablar a quien no quería escuchar, ca no solamente decían aquello que algo en su favor era, pero desmandábanse, como soldados, a [226] decir mal del emperador y rey, su señor, pensando torcerle el brazo y espantarlo por fieros. Decían eso mismo que Blasco Núñez era recio, ejecutivo, enemigo de ricos, almagrista, que había ahorcado en Túmbez un clérigo y hecho cuartos un criado de Gonzalo Pizarro, porque fue contra Diego de Almagro; que traía expreso mandado para matar a Pizarro y para castigar los que fueron con él en la batalla de las Salinas; y para conclusión de ser mal acondicionado, decían que vedaba beber vino y comer especias y azúcar, y vestir seda y caminar en hamacas. Con estas cosas, pues, parte fingidas, parte ciertas, holgó Pizarro ser capitán general y procurador, pensando, como lo deseaba, entrar por la manga y salir por el cabezón. Así que lo eligieron por general procurador el cabildo del Cuzco, cabeza del Perú, y los cabildos de Guamanga y de la Plata y otros lugares, y los soldados por capitán, dándole todos su poder cumplido y llenero. Él juró en forma lo que en tal caso se requería; alzó pendón, tocó atambores, tomó el oro de la arca del rey, y como había muchas armas de la batalla de Chupas, armó luego hasta cuatrocientos hombres a caballo y a pie, de que mucho se escandalizaron y arrepintieron los del regimiento de lo que habían hecho, pues Gonzalo Pizarro se tomaba la mano dándole solamente el dedo. Pero no le revocaron los poderes, aunque de secreto protestaron muchos del poder que le habían dado; entre los cuales fueron Altamirano, Maldonado, Garcilaso de la Vega.

 

- CLVIII -

La asonada de guerra que hizo Blasco Nuñez Vela

Como Blasco Núñez vio alterados a los vecinos y gente que estaban en Los Reyes porque no consintió la apelación y por la prisión de Vaca de Castro y los otros, hizo cincuenta soldados arcabuceros y diólos al capitán Diego de Urbina, que lo acompañase con ellos. Envió al Cuzco, luego que supo la junta, al provincial dominico fray Tomás de San Martín, y tras él a fray Jerónimo de Loaisa, primer obispo y arzobispo de Los Reyes, a certificar a Gonzalo Pizarro que no traía provisión ninguna en su daño, sino que antes tenía voluntad el emperador de gratificarle muy bien su servicio y trabajos, y que le rogaba se dejase de aquello y se viniese llanamente a ver con él y hablarían del negocio. Gonzalo Pizarro no dejaba entrar al obispo ni aun le quiso escuchar después de haber entrado, antes trató que lo proveyesen de gobernador, y envió por veinte piezas de artillería a Guamanga, y aderezó muchas cosas de guerra. Blasco Núñez, que supo la ruin intención de Pizarro, que comenzaba la gente a temer, hizo llamamiento de gente y juntó cerca de mil hombres, ca luego acudieron a él los almagristas y muchos pueblos, especial los septentrionales a la ciudad de Los Reyes, y ordenó ejército y paga [227] con gana de muchos, y con parecer de los oidores y oficiales del rey, que firmaron la guerra en el libro del acuerdo; hizo general a Vela Núñez, su hermano; alférez del pendón, a Francisco Luis de Alcántara; capitanes de caballo, a don Alonso de Montemayor y a Diego Cueto, su cuñado, y capitanes de peones, a Pablo de Meneses y a Martín de Robles y a Gonzalo Díez; maestro de campo, a Diego de Urbina, que tenía muchos arcabuceros, y a otros, ca tenía doscientos caballos y otros tantos arcabuces, y la ciudad fortalecida para defensa. Dio grandes pagas y socorros a los soldados y gente, en que gastó los quintos y oro del rey que Vaca de Castro tenía para enviar a España, y aun tomó prestados buenos dineros de mercaderes para el ejército. Llegaron en esto allí Alonso de Cáceres y Jerónimo de la Serna en dos naos, de Arequipa. El Serna venía del Cuzco, enviado por Gaspar Rodríguez a decir a Blasco Núñez lo que allá pasaba y a pedirle un mandamiento para matar o prender a Gonzalo Pizarro, ca se ofrecían a ello el Rodríguez con ayuda de sus amigos; y de camino persuadió al Cáceres que se viniese al virrey con aquellas dos naos, y no a Pizarro, como quería. Blasco Núñez holgó con su venida; mas pesóle de que Pizarro tuviese tantas armas y artillería y la gente tan favorable. Suspendió las ordenanzas por dos años y hasta que otra cosa el emperador mandase; aunque se dijo luego el protesto que hizo y asentó en el libro del acuerdo cómo la suspensión era por fuerza, y que ejecutaría las ordenanzas en apaciguando la tierra: cosa de odio para todos. Dio mandamiento, y pregonólo, para que pudiesen matar a Pizarro y a los otros que traía, y prometió al que los matase sus repartimientos y hacienda, cosa que indignó mucho a los del Cuzco y que no agradó a todos los de Lima, y aun dio luego algunos repartimientos de los que se habían pasado a Pizarro. Decía públicamente que todos eran traidores sino los de Chili; y decía a éste que era traidor aquél, y a aquél, que éste, y que los había de castigar a todos. Tuvo mandado que matasen a Diego de Urbina y a Martín de Robles, cuando a su casa viniesen, si señalaba con el dedo; mas como el Robles le habló sabrosamente, que era gracioso y avisado, no hizo la señal, y así no murieron; empero díjoles a ellos mismos el concierto, como no sabía tener secreto, por lo cual ellos y aun otros no osaban dormir en sus casas.

 

- CLIX -

La muerte del factor Guillen Juárez de Caravajal

Temiendo Blasco Núñez el suceso de los negocios por la gente de Gonzalo Pizarro, envió a muchas partes por españoles; como decir a Hernando de Alvarado a Trujillo y a Villegas a Guanuco. Vinieron muchos de diversos pueblos, y entre ellos Gonzalo Díez de Pinera con hartos del Quito, y Pedro [228] de Puelles, de Guanuco, donde era corregidor; los cuales, aunque traían poderes de sus pueblos para negociar con el virrey, se pasaron a Pizarro; el Puelles con quince amigos, en que fueron Francisco de Espinosa, de Valladolid, y el Serna, que lo llamara Gonzalo Díez con su compañía, yendo tras Puelles con Vela Núñez. De los Chachapoyas también se fue al Cuzco entonces Gómez de Solís, de Cáceres, con Diego Bonifaz, Villalobos y otros veinte hombres escogidos. Desconfió con esto Blasco Núñez de dar ni ganar batalla y tapió las calles de Lima, dejando troneras y traveses, a guisa de hombre cercado, por donde acabó de desanimar a los suyos y a los vecinos, y no le tuvieron por tan esforzado como decían. Trajo antes y a vueltas de esto Luis García, de San Mamés, que por corregidor estaba en Jauja, unas cartas en cifra del licenciado Benito de Caravajal al factor Guillén Juárez, su hermano; el virrey sospechó mal de la cifra, ca no estaba bien con el factor, y mostró las cartas a los oidores, preguntando si lo podría matar; dijeron que no, sin saber primero lo que contenían, y para saberlo enviaron por él. Vino el factor; no se demudó por lo que dijeron, aunque fueron palabras recias, y leyó las cartas, notando el licenciado Juan Álvarez. La suma de la cifra era la gente, armas e intención que traía Pizarro, quién y cuáles estaban mal con él, y que luego se vendría él a servir al señor virrey, en pudiendo descabullirse, como el mismo factor se lo mandaba. Envió luego por el abecedario, y concertó con lo que leyera; y así vino a Lima el licenciado Caravajal dos o tres días después que Blasco Núñez fue preso, sin saber la muerte del factor. Desde a ciertos días que Gonzalo Díez huyera, se fueron a Pizarro Jerónimo de Caravajal y Escovedo, sobrinos del factor, con Diego de Caravajal, el Galán, vecino de Plasencia, que posaban en casa del mismo factor y que también fueron causa de su muerte. Fuéronse también con ellos don Baltasar de Castilla, hijo del conde de la Gomera; Pedro Caravajal y Rojas, de Antequera; Gaspar Mejía, de Mérida; Pero Martín, de Sicilia; Rodrigo de Salazar, el Corcovado, toledano, y otros veinte buenos soldados que hacían falta en el ejército. Hubo muy gran enojo e ira el virrey con la ida de éstos, y mayormente porque se fueron a casa del factor y con sus sobrinos. Envió tras ellos al capitán don Alonso de Montemayor con cincuenta de caballo, al cual prendieron los huídos por malicia de sus compañeros. Envió a llamar al factor aquella misma noche, domingo, a 14 de diciembre, y viniendo, díjole: "Señor, ¿qué traición es ésta, pecador de mí?" O según otros: "En mal hora vengas, traidor". Respondió el factor: "Yo soy tan buen criado y servidor del rey como vuestra señoría"; y otras cosas. El virrey, que tenía cólera, replicó: "Traiciones y bellaquerías son enviar vuestros sobrinos con tanta gente de bien a Pizarro y escribir aquello en el tambo, y no dar mula a Baltasar de Loaisa en que llevase mis despachos al Cuzco, y justificar vuestro hermano el licenciado la causa de Gonzalo Pizarro". Tras esto, como replicaba el factor en disculpa de aquellas cosas, dióle dos puñaladas con una daga, voceando: "Mátenle, mátenle". Llegaron sus criados y acabáronle, aunque algunos otros le echaban ropa encima para que no le matasen. Mandó echarlo por los corredores abajo, y unos negros le sacaron por los [229] pies arrastrando. Alonso de Castro, teniente de alguacil mayor por Vela Núñez, lo hizo llevar a enterrar en un repostero. De esta manera lo contaban Lorenzo Mejía de Figueroa, Lorenzo de Estopiñán, Rivadeneyra y otros caballeros que se hallaron presentes a todo lo susodicho, aunque Blasco Núñez juraba que no le hirió ni quisiera que muriera. Causó mucho bullicio la muerte del factor, que tan principal persona era en aquellas partes, y tanto miedo, que se ausentaban de noche los vecinos de sus propias casas; y aun el mismo Blasco Núñez dijo a los oidores y otros muchos cómo aquella muerte lo había de acabar, conociendo el yerro que había hecho.

 

- CLX -

La prisión del virrey Blasco Núñez Vela

Murmuraban en Lima reciamente la muerte del factor, diciendo que otro día mataría el virrey a quien se le antojase, y deseaban a Pizarro. Blasco Núñez sentía mucho esto, y por no estar donde tan mal le querían, cuando viniese, propuso de irse a Trujillo con toda la Audiencia y la Contaduría del rey; y para llevar las mujeres y hacienda armó dos o tres naos, e hizo capitán de ellas a Jerónimo de Zurbano, vizcaíno, y aun para guardar la costa; que decían cómo armaba Pizarro dos navíos en Arequipa para señorear la mar. Metió en aquellas naos al licenciado Vaca de Castro y a los hijos del marqués Francisco Pizarro, con don Antonio de Ribera, de Soria, que los tenía en cargo, juntamente con su mujer, doña Inés, y encomendó la guarda de todos ellos a Diego Álvarez Cueto. Habló a los oidores tres días después de muerto el factor, persuadiéndoles la ida de Trujillo con llevar sus mujeres y todo el oro y fierro que había; que llevar las mujeres de los oidores y vecinos de Los Reyes era para obligarlos a seguirle, y el oro y plata para sustentar el ejército, y el fierro, para que no lo hubiese Pizarro, que tenía falta de ello para herraduras y para arcabuces. Contradijéronle los oidores, diciendo que ni debían ni podían salir de aquella ciudad de Los Reyes, por cuanto les mandaba el emperador en las ordenanzas residir allí, y por no mostrar temor a Gonzalo Pizarro, que aún estaba setenta leguas de ellos y no se sabía que viniese a prenderlos, y por no desanimar a los vecinos y a los que allí estaban para servir y seguir al rey. Por estas razones y otras que le dijeron les prometió de no irse; pero en saliendo ellos de su casa, donde tenían audiencia, envió por los oficiales del rey y capitanes del ejército, y vinieron Alonso Riquelme, tesorero; Juan de Cáceres, contador; García de Saucedo, veedor; Diego Álvarez Cueto, Vela Núñez, don Alonso de Montemayor, Diego de Urbina, Pablo de Meneses, Martín de Robles, Jerónimo de la Serna, que hubo la bandera de Gonzalo [230] Díez, y Pedro de Vergara, que aún no tenía compañía; a los cuales dijo el virrey su intención y las causas que le movían para dejar a Los Reyes e irse a Trujillo; y mandóles estar a punto para otro día, que sin duda se partirían, él por la mar, y mujeres y Vela Núñez por tierra con la gente de guerra. Ninguno de ellos le contradijo, de pusilánimes, ca si le contradijeran como los oidores, no se determinara a irse tan total y prestamente; y así, ni entonces le prendieran, ni después lo mataran. Fueron, empero, a decirlo a todos los oidores, los cuales se juntaron en casa de Cepeda y se resumieron, después de bien pensado el negocio, en no salir de allí, ni dejar ir a los vecinos, creyendo que Pizarro no traía tan dañadas entrañas como después mostró; y ordenaron un requerimiento para el virrey por que no se fuese, y una provisión para que no le dejasen los vecinos embarcar sus mujeres, ya que él se fuese. Pretendían ellos, estando quedos en Los Reyes, que se iría Blasco Núñez a España a dar cuenta al emperador del negocio, viéndose solo, y que Gonzalo Pizarro desharía su campo otorgándole la suplicación de las ordenanzas; y si no quisiese, que fácilmente le prenderían o la matarían, pues quedarían ellos con el mando y con el palo. Ordenaron esta provisión Cepeda y Álvarez; escribióla Acebedo, sellóla Bernaldino de San Pedro, que era chanciller, el cual trajo en blanco dos sellos, con Tejada, que fue por ellos; eran amigos y naturales de Logroño. En esto pasaron los oidores aquel día, y el virrey en cargar los navíos y aderezar cabalgaduras. Cepeda forneció luego aquella noche una torre que había en su casa de armas y vitualla, con diez o doce amigos y criados, para si menester le fuese. Tejada, que tuvo miedo, pidió diez arcabuceros al virrey. En la mañana se juntaron los oidores a casa de Cepeda; y como parecía casa de munición más que de audiencia, fue corriendo un arcabucero de aquellos de Tejada a decir al virrey que se armaban los oidores contra él. Levantóse luego el virrey a tales nuevas y mandó tocar arma por la ciudad. Acudieron a su casa Vela Núñez, Meneses y Serna con sus compañías de infantes, y Francisco Luis de Alcántara con la caballería. De suerte que se juntaron en breve cuatrocientos españoles de los más principales y bien armados de Lima; algunos de los cuales, que les pesaba con la estada del virrey en el Perú, le rogaron que se metiese dentro en casa y no se pusiese a peligro. Él se metió, que no debiera, con obra de cincuenta caballeros, de lo cual unos se holgaron y otros desmayaron; y cierto si él no se metiera en casa, que pareció cobardía, no le prendieran, ca su presencia los animara y detuviera. Quedó Vela Núñez con el escuadrón, esperando lo que sería, ca se hundía la ciudad a gritos de las mujeres. Los oidores, que no tenían treinta hombres, se vieron perdidos, y pregonaron la provisión que dije. Francisco de Escobar, natural de Sahagún (que llamaban el Tío), les dijo: "Salgamos, cuerpo de Dios, señores, a la calle, y muramos peleando como hombres, y no encerrados como gallinas". Salieron, pues, los oidores fuera, y caminaron para la plaza. Martín de Robles y Pedro de Vergara acudieron a los oidores, o por no ser con el virrey, o por cumplir la provisión real, o porque, como dicen, estaban de acuerdo con ellos; acudieron asimismo [231] muchos otros a pie y a caballo, y aun apellidando libertad, a lo que oí decir, para levantar el pueblo. Tiráronse algunos arcabuzazos de la boca de la calle que sale a la plaza, y si Vela Núñez acometiera, los rompiera y prendiera. Estando así, salió Ramírez el Galán, alférez de Martín de Robles, y campeó la bandera en la plaza; arremetió delante el capitán Vergara con su espada y adarga; salieron luego todos muy determinadamente. Los capitanes del virrey huyeron a su casa, y los más soldados se pasaron con los oidores, que estaban asentados en un escaño, a la puerta de la iglesia; no hubo sangre, como se temía. Unos ponen la culpa de huir a los capitanes, que tuvieron poca gana de pelear; otros a los soldados y vecinos, que volvían las picas y arcabuces hacia atrás. Combatieron la casa del virrey, que se defendía bien, y algunos con ánimo de hacerle mal y afrenta, según la pasión que sobre esto se hizo después donde dicen: "Su sangre sobre nos y sobre nuestros hijos", y otras cosas tan verdaderas como graciosas. Ventura Beltrán y otros decían: "¡Al combate!" que se guardaban para aquel día. Antonio de Robles entró solo dentro de la casa, hizo que abriesen las puertas, diciendo al virrey que se diese. Blasco Núñez, que tal no podía hacer, se entregó a Martín de Robles, Pedro de Vergara, Lorenzo de Aldana y Jerónimo de Aliaga, rogando que lo llevasen a Cepeda. Algunos dicen cómo el virrey quería morir antes de rendirse; mas que se dio a ruegos de frailes y caballeros, que lo aseguraron si se iba del Perú. Algunos de los que llevaban a Blasco Núñez iban diciendo: "Viva el Rey". "Pues, ¿quién me mata?", preguntaba él; y Padarve, criado del factor Guillén Juárez, encaró el arcabuz para matarle, y le matara, sino que no soltó ni prendió, aunque ardió el polvorín: otras befas y escarnios hicieron de él por la calle. El virrey, como fue delante los oidores, que muy acompañados estaban, se demudó y dijo: "Mirad por mí, señor Cepeda, no me maten"; él respondió no tuviese miedo, porque no le tocarían más que a su vida; y así, lo llevaron a casa de Cepeda, aunque dicen que no le quitaron las armas.

 

- CLXI -

La manera como los oidores repartieron los negocios

Grande arrepentimiento mostraron al virrey los oidores de su prisión, y le decían palabras de tristeza, si ya no eran fingidas, jurando que no habían sido en prenderle ni lo habían mandado, y que a qué árbol se arrimarían faltándoles él, y otras cosas tales; mas no que le soltarían; antes le dijo Cepeda delante Alonso Riquelme, Martín de Robles y otros: "Señor, juro por Dios que mi pensamiento nunca fue de prender a vuestra señoría; pero ya que está preso, entienda que lo tengo de enviar al emperador con la información [232] de lo que se ha hecho; y si tentare de amotinar la gente o revolverla más, sepa que le daré de puñaladas, aunque yo me pierda; y si estuviere paciente, servirle y darle su hacienda". Blasco Núñez respondió: "Por nuestro Señor, que es vuestra merced hombre, y que siempre le tuve por tal, y no esos otros, que, habiéndolo ellos urdido, han llorado conmigo"; y rogóle que vendiese su ropa entre los vecinos, que valía muchos dineros, para gastar por el camino. Diego de Agüero y el licenciado Niño, de Toledo, y otros le dijeron muchas cosas; mas dejando esto, por cosa larga y enojosa, digo que los oidores, para despachar negocios con más brevedad y atender a todo, partieron los oficios de esta manera: que Cepeda, como más entendido y animoso, atendiese a las cosas de la gobernación y de la guerra, por donde algunos dijeron que se llamaba presidente, gobernador y capitán; Tejada y Zárate, que entendiesen en las cosas de justicia; y que Juan Álvarez ordenase los despachos para España y la información contra el virrey. Tras esto, luego aquel mismo día que fue preso llevó Juan Álvarez al virrey a la mar para meterlo en las naos, y tomarlas y tenerlas a su mandado, por que nadie escribiese a España primero que ellos y por que no las hubiese Pizarro. Llevaron también a Vela Núñez, que, como no pudo entrar en casa de su hermano, con la prisa o con el miedo, se acogiera a Santo Domingo, el cual fue a las naves y se quedó dentro sin volver con respuesta. Blasco Núñez dio al licenciado Álvarez por el camino, sabiendo que lo había de llevar a España, una esmeralda de quinientos castellanos, que pidió y no pagó, a Nicolás de Ribera. Cueto y Zurbano soltaron a los hijos del marqués Francisco Pizarro con todos los otros presos, sino a Vaca de Castro, que no quiso salir; mas no quisieron recibir al virrey ni entregar las naos, por concierto que había entre ellos. Voceaban de tierra que diese los navíos; si no, que matarían al virrey; y hacían tantas cosas, que vino Zurbano con el batel bien esquifado de hombres y tiros a preguntar qué querían. Y como le respondieron que las naos o la muerte del virrey, dijo que no se las daría, mas que tomaría al virrey. Reprendiólos mucho, y soltó un tiro y algunos arcabuces, dando vuelta para los navíos. Ellos entonces le deshonraron tirándole de arcabuzazos, y aun maltrataron al virrey, diciendo: "Hombre que tales leyes trajo, tal galardón merece. Si viniera sin ellas, adorado fuera. Ya la patria es libertada, pues está preso el tirano". Y con estos villancicos lo volvieron a Cepeda, que posaba en casa de María de Escobar, donde le tuvieron sin armas y con guarda, que le hacía el licenciado Niño; empero comía con Cepeda y dormía en su misma cama. Blasco Núñez, temiéndose de yerbas, dijo a Cepeda la primera vez que comieron juntos, y estando presentes Cristóbal de Barrientos, Martín de Robles, el licenciado Niño y otros hombres principales: "¿Puedo comer seguramente, señor Cepeda? Mirad que sois caballero". Respondió él: "¡Cómo, señor! ¿Tan ruin soy yo que si le quisiese matar no lo haría sin engaño? Vuestra señoría puede comer como con mi señora doña Brianda de Acuña (que era su mujer); y para que lo crea, yo haré la salva de todo". Y así la hizo todo el tiempo que lo tuvo en su casa. Entró un día fray Gaspar de Caravajal a Blasco Núñez y díjole [233] que se confesase, que así lo mandaban los oidores. Preguntóle el virrey si estaba allí Cepeda cuando se lo dijeron, y respondió que no, más de los otros tres señores. Hizo llamar a Cepeda, y se le quejó. Cepeda lo confortó y aseguró, diciendo que ninguno tenía poder para tal cosa sino él; lo cual decía por la partición que habían hecho de los negocios. Blasco Núñez entonces lo abrazó y besó en el carrillo delante el mismo fraile.

 

- CLXII -

De como los oidores embarcaron al virrey para España

Estaban presos muchos españoles de cuando el virrey. Don Alonso de Montemayor, Pablo de Meneses, Jerónimo de la Serna y otros de aquellos presos ordenaron un motín por salir de la cárcel y librar al virrey. Mas sintiéronlo los oidores y remediáronlo. También hubo muchos de los de Chili que importunaron a los oidores que matasen al Virrey. Cepeda prendió los más culpados para mostrar cómo no quería matarlo; empero luego los soltó porque Pizarro no los matase cuando viniese, que eran grandes enemigos suyos; y aun ayudó para el camino a Juan de Guzmán, Saavedra y a otros. Andaban las cosas revueltas en Los Reyes con la prisión de Blasco Núñez y venida de Gonzalo Pizarro, ca unos querían que llegase Pizarro, otros no querían. Muchos querían matar o echar de allí al virrey, y muchos soltarle. Quién holgaba con los oidores, y quién no. El virrey temía la muerte y suspiraba por España. Los oidores no sabían qué hacerse, en especial los tres que no se les diera mucho por aquella muerte. Mas al cabo determinaron enviarlo a España, según al principio pensaron, confiando de sí que se darían tan buena maña en allanar y gobernar la gente que se tuviese por bien servido el emperador; y en que el mismo virrey se tenía la culpa de su prisión, según la información que enviaban. Acordaron que lo llevase o el licenciado Rodrigo Niño o Antonio de Robles o Jerónimo de Aliaga, vecinos de Los Reyes; pero Cepeda porfió que lo llevase Juan Álvarez, oidor, que lo tenía por más amigo y por más letrado para saber hablar en Castilla e informar al emperador. Contradijéronle terriblemente los otros dos oidores; y el licenciado Zárate le dijo delante los oidores y de Alonso Requelme, Juan de Cáceres y García de Saucedo, que estaban en la consulta, que era muy confiado y que no conocía como él a Juan Álvarez; y que los había de vender. Y quejándose de esto el Álvarez, replicó Zárate: "Sí, juro a Dios que vos nos tenéis de vender; y si vos no quedárades acá, Cepeda lo había de llevar". Llegó a Lima en este medio Aguirre, gran amigo del factor Guillén Juárez, y dijo malas palabras al virrey; el cual, oyéndolas y entendiendo que llegaba el licenciado Benito de Caravajal, temió que le matasen, y rogó a [234] Cepeda, según dicen, que lo enviase a España. Cepeda, que lo deseaba, lo envió a la isla que está en el puerto de Lima, mandando al licenciado Niño que lo guardase con otros ciertos vecinos de Los Reyes. Cuando Blasco Núñez vio que lo embarcaban, dijo a Simón de Alcate, escribano, que le diese por testimonio cómo lo enviaban sus propios oidores a una isla despoblada y en una balsilla de juncos para que se ahogase, y que lo echaban de la tierra del rey para darla a Gonzalo Pizarro. Cepeda mandó al mismo escribano que asentase cómo llevaban al señor virrey porque así lo pedía su señoría, por que no lo matasen sus enemigos por lo que había hecho; y que aquellas barcas de paja eran los navíos que usan allí; y que iban con él Juan de Salas, hermano de Fernando Valdés, presidente del Consejo Real de Castilla; el licenciado Niño y otros muchos vecinos de Lima. Así que lo llevaron a la isla y lo tuvieron ocho días o más. Estaba Cepeda acongojado por no tener navíos para enviar a España a Blasco Núñez ni para tener la mar libre y segura. Temía no viniesen Zurbano, Cueto y Vela Núñez a tomar al virrey de la isla y juntando gente le matasen. Encargó al capitán Pedro de Vergara que con cincuenta buenos soldados procurase de coger las naos de Zurbano, que estaban en Guaura, diez y ocho leguas de Lima. Escogió Vergara cincuenta compañeros y comenzó a buscar en qué ir entre los barcos del puerto que quemara Jerónimo Zurbano; y por no hallar ni saber hacer en qué ir, ca era poco ingenioso, o por ser cinco las naos, volvió diciendo que no hallaba quien quisiese ir con él a tal empresa. Cepeda hizo llevar muchas carretas de tablas y otros materiales a la mar, en casa del veedor García de Saucedo, con las cuales adobó de presto algunos barcos y mandó a su maestre de campo Antonio de Robles que enviase luego gente para tomar las naos. A la noche dijo Antonio de Robles, cenando, a Cepeda que no hallaba soldados para ir a tan peligroso negocio. Respondió Cepeda que tomar cinco naos con trescientos mil ducados de Vaca de Castro y del virrey y de otros, que guardaban veinte hombres, no era mucho; mas que él hallaría quien fuese, y que no irían sino aquellos a quien él quisiese enriquecer. A la voz de tanto ducado hubo luego más de cincuenta soldados que se ofrecieron a ir. Cepeda entonces encomendó el negocio a García de Alfaro, que era hombre diestro en mar, el cual fue a Guaura con veinte y cuatro compañeros, ca en los barcos no cupieron más, y escondióse entre unas peñas, llegando de noche, a esperar los que iban por tierra. Fueron por tierra Ventura Beltrán, señor de Guaura; don Juan de Mendoza y otros pocos; capearon a los navíos. Pensaron los de las naos que eran algunos amigos y salió a recogerlos Vela Núñez en dos barcos con la más gente que tenían. Mas en pasando de las peñas arremetieron a él los de García de Alfaro, y tornóse atrás. Alcanzáronlo, y rindióse por no aventurar la vida, aunque hizo muestra de quererse defender; y un Piniga, vizcaíno, hizo todo su posible por defender el barco en que venía. Con medio de Vela Núñez tomó Alfaro cuatro naos, que la otra llevara poco antes Zurbano. Llevaron al virrey a Guaura, y metiéronlo en una nave con muy buen recaudo. Fue luego el licenciado Álvarez a guardarlo y llevarlo a España con una larga información. Diéronle porque [235] fuese seis mil ducados, repartidos entre vecinos de Lima, y todo el salario de un año; con lo cual, y con otras cosas suyas que vendió, hizo hasta diez mil castellanos; riqueza, que nunca pensó. Dieron también a los soldados y marineros de la nao dos mil ducados porque no fuesen descontentos. De la misma manera que dicho habemos fue preso y echado el virrey Blasco Núñez Vela, al cabo de siete meses que llegó al Perú.

 

- CLXIII -

Lo que Cepeda hizo tras la prisión del virrey

Luego que fue preso el virrey partieron los oidores, según ya dije, los negocios, y Cepeda, que gobernaba, deshizo las albarradas de la ciudad que hizo Blasco Núñez, dio pagas a los soldados y comida; repartió a cada vecino como tenía, hizo y aderezó arcabuces y otras armas; nombró por capitanes de la infantería a Pablo de Meneses, Martín de Robles, Mateo Ramírez, Manuel Estacio, y a Jerónimo de Aliaga de los caballos; por maestre de campo, a Antonio de Robles, y a Ventura Beltrán por sargento mayor. Ordenó dos provisiones, con acuerdo de los oidores y oficiales del rey, para Gonzalo Pizarro, en que le mandaba dejar y deshacer la gente de guerra, so pena de ser traidor, si quería venir a Los Reyes; y si no quería venir, que enviase procuradores con poderes e instrucciones bastantes a suplicar de las ordenanzas, como publicaba; que la Audiencia le oiría y guardaría justicia, pues el virrey, de quien se temía, no estaba allí; envió la una de aquellas provisiones con Lorenzo de Aldana, el cual se comió la provisión sin presentarla; porque si la presentara en el real de Pizarro o guardara en el pecho, lo ahorcara Francisco de Caravajal, maestro de campo, y aun así lo quiso ahorcar; mas valióle Gonzalo Pizarro, que fueran amigos y prisioneros de Almagro. La otra envió con Agustín de Zárate, contador mayor de cuentas, dándole por acompañado a don Antonio de Ribera, amigo y cuñado de Pizarro, ca era casado con doña Inés, mujer que fue de Francisco Martín, hermano de madre del marqués Francisco Pizarro. Cuando las provisiones llegaron había muerto Pizarro a Felipe Gutiérrez, Arias Maldonado y Gaspar Rodríguez, y no osó o no quiso fiarse de los oidores ni deshacer su gente. Envió a Hierónimo de Villegas que detuviese y atemorizase al contador Zárate para que cuando llegase al real no osase hacer sino lo que él y sus capitanes quisiesen; y por esto Zárate no pudo hacer otra diligencia ni traer más recaudo del que ellos mismos le dieron; la suma del cual fue que hiciesen los oidores gobernador a Gonzalo Pizarro; si no, que los mataría. [236]

Coninúa

///
Francisco López de Gómara

Agradecemos al autor - 2003. MAYO 03-ARBIL Nº58 – REVISTA. ESP.


"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«El cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano» - En un libro sagrado, muy querido para millones de creyentes, se lee que, en el comienzo de los tiempos, Dios creó el universo en todos sus maravillosos aspectos: el cielo, la tierra, el mar y, al final, creó al hombre como rey de este cosmos, confiándolo a sus cuidados. Es la narración del Génesis.

La visión de la Iglesia católica, y de la Santa Sede en particular, sobre los problemas que se debaten (ecología), se inspira en esas páginas de la Biblia. Permítase que, por un breve momento, recordemos estas páginas que pertenecen al patrimonio de la humanidad. Ellas nos dicen que el cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano, que ocupa un lugar central en el mundo, para que lo gobierne con sabiduría y responsabilidad, respetando el orden que Dios ha establecido en su creación (cf. Juan Pablo II Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6).

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

-.-

«Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio. Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte sino con tu buena voluntad». San Pedro Crisólogo (hacia 380?ca.450), Obispo de Rávena, doctor de la Iglesia - Sermón 168, 4-6; CCL 24B, 1032

-.-

¡¡¡ Paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20). - In Obsequio Jesu Christi.

-.-

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

-.-

2º Recomendamos vivamente: ‘Inquisición’  historia crítica.

Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

 

+++

Recomendamos vivamente:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

In Obsequio Jesu Christi.




Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).