Saturday 2 August 2014 | Actualizada : 2014-06-23
 
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El recelo de los españoles hacia su propia historia y su sentimiento de culpa, es criticado por el novelista. «Hemos sufrido las consecuencias de la leyenda negra: nos la hemos creído. Gran Bretaña la creó para limpiar su conciencia, pero hay que preguntarse quién mató a Servet, a Juana la Loca, a Tomás Moro. La leyenda negra nos ha quitado la autoestima». Adalid sostiene que en el siglo XVI «estábamos extenuados de la Reconquista y afrontamos América, el mediterráneo y Europa. Hoy, en cambio, hemos perdido la confianza en nosotros mismos». 2004.06

 

 

Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda. El que desconozca el espíritu medieval hispano de conquista y evangelización que actuó en las Indias, y trate de explicar aquella magna empresa en términos mercantilistas y liberales, propios del espíritu burgués moderno -«cree el ladrón que todos son de su condición»-, apenas podrá entender nada de lo que allí se hizo, aunque conozca bien los hechos, y esté en situación de esgrimirlos. Quienes proyectan sobre la obra de España en las Indias el espíritu del colonialismo burgués, liberal y mercantilista, se darán el gusto de confirmar sus propias tesis con innumerables hechos, pero se verán condenados a no entender casi nada de aquella grande historia.

 

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1497: el 06 de mayo en España, por Real Cédula se declara libre de impuestos el comercio de las Indias americanas.


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06.IX.1492 – Colón emprende desde la isla de Gomera la última etapa de su primer viaje hacia el descubrimiento de América.

 

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06.IX.1522 – Tras dar la primera vuelta al mundo en barco, llegan a Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) Juan Sebastián Elcano y 16 hombres más, únicos supervivientes de la expedición de Magallanes.

 

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06.IX.1593Desembarca en Corea el sacerdote español Gregorio Céspedes, cuyas cartas son el primer testimonio occidental en ese país.

 

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La memoria no se opone a la historia. Esto es evidente. Son dos géneros distintos. Primero es la memoria y luego, la historia. La memoria, que radica en la persona, es recuerdo de una familia, una comunidad, una nación o un pueblo y tiene un fuerte componente afectivo y, por lo mismo, es selectiva. En consecuencia, las memorias no siempre coinciden, porque cada grupo social evoca unos sucesos según su origen y su identidad. La historia, en cambio, es una elaboración científica posterior.

 

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La expresión "se obedece, pero no se cumple". Hay quien opina que habría sido mejor recurrir a la expresión clásica de "se acata, pero no se cumple" que se empleaba, por ejemplo, respecto a las leyes de Indias. Es verdad. El "acatamiento" es una fórmula de cortesía política, de reconocer la legitimidad de la ley. Pero la ley se desobedece o se incumple cuando, al mismo tiempo, se considera que es de imposible o perjudicial cumplimiento. Hay también otra expresión clásica, la de "banderas fuera". Se refiere al momento en que las tropas de los Tercios de Flandes se amotinaban al no recibir las correspondientes pagas. El motín era contra esa decisión de los mandos y no contra España o su Rey. Esa autoridad máxima se simbolizaba por la bandera del Tercio. De esa forma, con las banderas fuera, el honor quedaba a salvo y los soldados, una vez terminado el motín, podían volver a las filas sin menoscabo del honor". Añado: ¿se entenderá ahora la importancia del símbolo de la bandera?

 

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Las civilizaciones, observó Toynbee, fructifican o perecen según respondan a los retos que les presenta la historia. Aserto aplicable a cualquier sociedad y al propio individuo en sus planes vitales. Puede sonar a perogrullada, pero no tanto si tenemos en cuenta que una sociedad, como un individuo, puede no percibir el reto con claridad, y por tanto ser incapaz de responder a él; e, incluso siendo consciente del mismo, puede carecer del talento, del valor o de la fuerza material para afrontarlo. Las crisis históricas conducen así a la quiebra o al rejuvenecimiento de una sociedad, según ésta sepa reaccionar.

En los años 30, la sociedad española hubo de afrontar el reto de la revolución (el totalitarismo de izquierda), complicado secundariamente con las amenazas separatistas. Hoy, el reto se presenta como fundamentalmente separatista, complicado secundariamente con tendencias totalitarias. En cierto modo viene a ser el episodio final de la gran crisis moral y política abierta con el “desastre” del 98, y todavía no resuelta por completo.

La crisis puede plantearse así: ¿saldrá adelante y se fortalecerá la España democrática, o, por el contrario, nos hallamos ante el finis Hispaniae a manos de sus enemigos separatistas, terroristas y demagogos?

Ante la traición de unos partidos a la democracia española, y la abrumadora ineptitud de otros para defenderla, son los ciudadanos conscientes quienes han de dar la respuesta, organizándose al efecto. De hecho, el fenómeno ya está ocurriendo, pero ha de alcanzar mayor impulso. De todos nosotros depende.

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/archivo-2006-06.html PIO MOA. Es.

 

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Aprender de la historia

 

Como americanista he tratado de penetrar en el porqué de la aventura que vivieron los españoles de fines del siglo XV lanzándose a encontrar nuevos caminos para el comercio con Oriente en una Europa de capitalismo inicial que buscaba mejorar su calidad de vida.

 

Elisa Luque Alcaide
Instituto de Historia de la Iglesia
Universidad de Navarra

Esos hombres, sin esperarlo, se toparon con un mundo desconocido, primero unas islas en el Caribe, pobladas por seminómadas, después, un continente habitado por hombres de cultura muy variada: altas culturas: aztecas, en México; mayas, en América Central y Yucatán; incas, en el área andina; ciudades-estados: muiscas en la Gran Colombia; seminómadas aguerridos: chichimecos del Norte y araucanos del Sur; y muchos más que sería difícil de enumerar.

Descubrieron sus modos de vivir, grandiosos monumentos y ciudades con alto desarrollo y población: Tenochtitlán (México, con unos 80.000 habitantes) y Cusco, con sus calles y edificios de piedra sillar, capital de un Imperio de unos ocho millones de súbditos. Hallaron restos de otras ciudades ya desaparecidas de alto nivel: Teotihuacán, la ciudad de los templos de piedra, con unos 50.000 habitantes, Tikal (Guatemala), Copán (Honduras), Palenque (México). Encontraron pueblos de cultura cazadora y recolectora, seminómadas, en las zonas periféricas de los grandes imperios, en la selva y en los llanos y páramos.

Su asombro creció al constatar que ninguno de ellos conocía el Evangelio, la Buena Nueva de la Redención del hombre por el sacrificio del Hijo de Dios que nos ha restituido la amistad con Dios, haciéndonos partícipes de su gracia. Los hombres americanos tenían en general un profundo sentido religioso; se sabían inmersos en un mundo movido por fuerzas desconocidas que podían proporcionales la abundancia y la carencia, serles propicio. Descubrieron modos de tener de su parte a esas divinidades desconocidas: rendirles tributo y sacrificios, también de vidas humanas. Los aztecas tras sacar el corazón del vencido, víctima propiciatoria, los arrojaban desde lo alto de sus pirámides sagradas. En la zona andina, se usó arrojarlos al fondo de los lagos donde habitaban los dioses. Los hombres americanos que habían alcanzado un elevado desarrollo económico, social, político y cultural, no sabían que Jesucristo había asumido en la Cruz el único sacrificio propiciatorio del pecado. Que en el Calvario "había hecho nuevas todas las cosas", como se le oye decir a su Madre en la película de Mel Gibson.

Al constatar esa carencia los españoles se aprestaron a suplir la desinformación que padecía y que costaba tanta incertidumbre, y tantas vidas humanas; su respuesta fue la labor de evangelización llevada a cabo por seglares y clérigos, aunque la parte del león correspondió a las Órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios, seguidos, varios decenios después, por los jesuitas. No fue tarea fácil; se trataba de dar a conocer a un Dios Uno y trino, Amor para el hombre, sin saber sus lenguas; darle a conocer a pesar de que la vida de algunos de los cristianos españoles no traslucía el cristianismo que decían profesar, pues vivían la aventura americana con fines de lucro o de autoafirmación.

Señor director, a mi entender, la aventura de España en América, tercera gesta evangelizadora de la Iglesia universal, tras la conversión del mundo greco-latino en el mundo Antiguo, y la cristianización de los germanos en la Edad Media, se apoyó sobre tres pilares: un capitalismo mercantilista inicial y pujante; la afirmación de la monarquía nacional; y una Iglesia castellano-aragonesa viva y renovada desde fines del siglo XIV, que haría posible disponer de humanistas de la talla de Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, y Francisco de Marroquín; juristas de pro, como santo Toribio de Mogrovejo; apóstoles entregados como el minorita san Francisco Solano, o el dominico san Luis Bertrán, o transportistas y comerciantes que buscaron a Dios, como san
Sebastián de Aparicio.

La supresión de la enseñanza religiosa a los niños católicos españoles les privará de entender la propia historia en América. Sin entender el pasado del pueblo al que pertenecemos, la génesis de la propia cultura, se hace muy difícil caminar con soltura en el presente. ¿Volverá la historia al revés? ¿Necesitaremos ahora en esta España que se adentra en el siglo XXI que vengan los latinoamericanos a recordarnos algo que los españoles de hace siglos les llevaron allá? ¿Será este el sentido de la emigración que cruza en nuestros días el Atlántico en dirección inversa a la que realizaron Colón, los hermanos Pinzón y los que le siguieron?

Como historiadora me auguro de que quiénes han decidido la supresión de esta enseñanza de un plumazo, escuchen las voces de muchos españoles de hoy y del futuro que clama por su derecho a la propia cultura. Hay un refrán de gran solera y profunda veracidad, como todo saber popular: de sabios es rectificar. Así lo espero de quiénes han iniciado su mandato bajo el lema de diálogo.

Diario de Noticias (Pamplona), 7 de mayo de 2004
Arvo Net, 12 de junio 2004

 

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«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

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El historiador y el moralista

30 de Octubre de 2008 - 08:27:59 - Pío Moa -

La moral del historiador consiste en aproximarse lo más posible a la verdad de los hechos, labor sumamente trabajosa aunque gratificante. Debe exponer los hechos con sobriedad y explicarlos con la mayor lógica posible, matizando sus conclusiones y sin ejercer de juez de la historia ni dedicarse a condenas o disculpas simplistas, suponiéndose a sí mismo mejor de lo que es: él debe saber que los crímenes más repugnantes son parte de la naturaleza humana; que se han cometido y cometen a menudo invocando esa moralina fácil divulgada por quienes se sienten puerilmente superiores a base de condenas a diestra y siniestra; y no sabe cómo reaccionaría él mismo en circunstancias extremas.  

…[…]…


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La Iglesia os presenta el mensaje salvador de Cristo, en actitud de profundo respeto y amor. Ella es bien consciente de que cuando anuncia el Evangelio, debe encarnarse en los pueblos que acogen la fe y asumir sus culturas.

Vuestras culturas indígenas son riqueza de los pueblos, medios eficaces para transmitir la fe, vivencias de vuestra relación con Dios, con los hombres y con el mundo. Merecen, por tanto, el máximo respeto, estima, simpatía y apoyo por parte de toda la humanidad. Esas culturas, en efecto, han dejado monumentos impresionantes –como los de los mayas, aztecas, incas y tantos otros– que aún hoy contemplamos asombrados.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II - A LOS INDÍGENAS; Ciudad de Guatemala, lunes 7 de marzo de 1983

 

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Un gozo íntimo y una trepidante conmoción invaden Nuestro ánimo al ver que la Providencia Nos ha reservado el privilegio de ser el primer Papa que llega a esta nobilísima tierra, a este cristiano Continente, donde un día arcano - predestinado en los designios salvíficos de Dios - comenzó a añadirse la altura de la Cruz sobre las cimas andinas y, en los viejos caminos de los chibchas y de los mayas, de los incas, aztecas y tupis-guaraníes, empezó a dibujarse la silueta de Cristo.

¡Pueblos de América Latina! mecidos en idénticos mares; cuyos ríos y cordilleras entrelazan comunidades de gentes honradas, pacientes, trabajadoras e hidalgas; cuyas fisonomías peculiares tienen el rasgo común de la fe en Cristo que ha vivificado siglos de historia y suscitado innumerables iniciativas promotoras de vuestra cultura y de vuestro bienestar. Pueblos de América! A todos y cada uno va, desde el suelo de la hospitalaria Colombia, Nuestro saludo, Nuestro afecto, Nuestra plegaria. Y Nuestro corazón se dilata para agradecer a Dios el don inmenso de vuestras creencias católicas y para implorar de El que el dinamismo de vuestra fe, tradicional y renovada, despierte cada vez más el sentido de fraternidad y de colaboración armoniosa en orden a una constante convivencia pacífica, e impulse y consolide los esfuerzos por un progreso ordenado que, con el desarrollo técnico y el cultivo racional de tantas riquezas como el Señor puso en vuestros suelos, alcance equitativamente a todas las familias y categorías, en conformidad con los principios de justicia y de caridad cristianas. DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI – P.P.
DURANTE EL ENCUENTRO CON EL PRESIDENTE DE COLOMBIA

Jueves 22 de agosto de 1968

 

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Perú es un país grande (un millón trescientos mil kms. cuadrados y 18.230.000 habitantes), constituido por tres regiones geográficas (costa, sierra y selva) y no menos compleja étnicamente. En tiempos estuvo aquí el Imperio de los Incas y buena parte de la población habla todavía sus lenguas (quechua, aymara y otras). Al mismo tiempo toda la nación es católica y la Iglesia constituye un vínculo particular entre todos los habitantes del país. Asimismo existe "el problema social" en gran escala y la responsabilidad de la Iglesia en solucionarlo adecuadamente. JUAN PABLO II – Pont.Max. AUDIENCIA GENERAL- Miércoles 13 de febrero de 1985

 

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Se escuchan voces que se auto-llaman ‘progresistas’ y piden que se olvide lo que Colón logró hacer porque a esta conquista le siguieron las acciones feroces de algunos conquistadores; como siempre, los hombres son capaces de lo mejor y lo peor. No puede negarse y es verdad que algunos comportamientos fueron deplorables, pero tampoco puede negarse la grandeza de la Roma antigua y la necesidad que tenemos de la Grecia clásica. La espléndida aventura de Colón tuvo su saldo altamente positivo: rompió una lanza en favor de nuestra autoestima. Ya está bien de que nos flagelemos y de que siempre tengamos que pedir perdón. Podemos avergonzarnos de algunos excesos-comportamientos de la justicia de la Inquisición como de la Justicia de nuestros días y en todos los países del mundo, pero no de lo que logró Colón. La acertada y gran aventura de Cristóbal Colón enciende luces y alarga sombras: Colón fue un magnífico navegante y un pésimo gobernante, pero ahí estaba la Reina Isabel para frenar sus intentos de sometimientos exagerados o esclavitud. Fue la gran Reina Isabel la Católica su protectora al cien por cien. Colón es el primer navegante que se atreve a penetrar en el mar ignoto, en el mar Tenebroso para alcanzar las Indias Orientales, que resultan ser las tierras del Nuevo Continente. Esa es la magnífica aventura de Colón de la que nadie puede negar y enorgullece el coraje de las generaciones futuras, hace suntuoso el anhelo de descubrir respetando la vida. Como decía Séneca: ««No se descubrirá nunca nada, si se considera satisfecho de lo ya descubierto».

 

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Los cuatro traslados en cuatro siglos de los restos de Colón. Enterrado en 1506 en la iglesia de San Francisco de Valladolid, tres años después su hijo don Diego dispone que sus restos pasaran a la Cartuja de las Cuevas de Sevilla. Y treinta y cinco años más tarde, en 1544, muerto ya don Diego, su viuda doña María de Toledo consigue el permiso del emperador Carlos V y lleva los restos del Almirante y de su hijo a la catedral primada de las Américas, a Santo Domingo: «Parecía un sitio digno del Almirante. Era como un desagravio: que sus restos reposaran en aquella isla que descubrió y de la que fue el primer Gobernador».

Y pasaron los siglos sin que nada alterase esa paz. Hasta que a finales del XVIII la Monarquía de Carlos IV considera que no debe dejar bajo autoridad extranjera los restos del Almirante: «Así se decide su traslado a otro dominio español en ultramar: La Habana, isla descubierta por Colón. Un siglo después España perdía Cuba. La Patria reclamó aquellos gloriosos restos. Y se produjo el último traslado a la catedral de Sevilla».

 

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1497 – Julio 07 – zarpa de Lisboa una pequeña flota, al mando de Vasco de Gama, con la misión de hallar un camino hacia India, doblando el Cabo Esperanza, límite entonces de la navegación europea.

 

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«El fundamento de nuestro conocimiento es de dos clases: el que se conforma con la percepción directa y presente de las cosas y el que proviene del testimonio que prestan otras fuentes. La mayor parte de lo que sabemos procede del segundo origen. Natural. La vida es breve, y conocer significa ante todo aprender de otros, y discernir, discriminar y seleccionar de entre el piélago de hechos que hay. Ah, y no perder el tiempo en lo baladí.»

 

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P: Según usted la unidad de España viene desde los tiempos de los romanos, porque a la península se le llamaba Hispania. Pero resulta que a Portugal también se le llamaba Hispania, ¿es que Portugal es España?

 

R: Indudablemente. Su proceso de separación se produjo durante la Edad Media, se interrumpió durante el reinado de Felipe II y volvió a reanudarse con Felipe IV. En todo eso hay que reconocer que es peculiar porque las otras partes de España nunca se separaron y siempre siguieron una tendencia a la reunificación. César VIDAL – Dr.en historia antigua, filosofía y teología; es abogado y escritor.

 

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Quería que me diera su opinión sobre el papel que desempeñó la Iglesia en el descubrimiento de América y sobre todo de fray Bartolomé de las Casas.

 

En el descubrimiento ninguno (lo que, por otra parte, es normal). Si se refiere al periodo de conquista y colonia, fue muy importante ya que estuvo vinculado a la educación, la culturización, la defensa de los indios y el cambio de creencias religiosas. 2. Mi opinión sobre Bartolomé de las Casas es menos generosa de lo que suele ser habitual. Seguramente, era hombre de buena fe pero muchos de sus juicios son disparatados.

Dr. en historia antigua César VIDAL, filósofo, teólogo 2005-04-12- L.D.España

 

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Pregunta: ¿Es cierto que el mayor obstáculo para la igualdad de derecho en el Sur de los Estados Unidos durante los años 50 y 60 del siglo XX era el lobby demócrata y que la población negra de estos estados había votado tradicionalmente y su mayoría al partido republicano?

 

Respuesta: Es cierto lo del partido demócrata. Por lo que se refiere a los negros votaron a los republicanos en el periodo inmediatamente posterior a la guerra civil antes de que la aprobación de los black codes impulsados por demócratas les impidieran votar.

Dr.César VIDAL, historiador, filósofo, teólogo, escritor. MMV.XI.XV. [LD.ESP.].

 

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La conquista de las indias.

 

 

La minúscula del título es correcta, porque el artículo se refiere a las relaciones entre los conquistadores y las mujeres que se encontraron en la conquista, junto con las cuales, fruto de sus relaciones, dieron lugar a la "raza cósmica" que cantara el ensayista y el poeta.

Con la visita a cualquier ciudad de Hispanoamérica, sólo con ver los rostros de sus habitantes, se corrobora que este encuentro fue fecundo.

 

La epopeya de la conquista americana no ha tenido igual a través de los siglos, por lo cual su historia, bajo cualquier aspecto, es tan larga como apasionante aun en el campo en que nosotros la espigamos: el de las relaciones de los conquistadores con las indias sometidas. ¿Quién era el conquistador?, pregunta Miguel Antonio Caro, uno de los mayores talentos literarios de Colombia. ¿Eran todos los aventureros gente vulgar, criminal y vagabunda? Más bien pertenecían al tipo del caballero andante de siglos heroicos, contesta Prescott. «Era un mundo de ilusiones el que se abría a sus esperanzas, porque cualquiera que fuese la suerte que corriesen, lo que contaban al volver tenía tanto de novelesco que estimulaba más y más la ardiente imaginación de sus compatriotas y daba pasto a los sentimientos quiméricos de un siglo de caballería andante ... » No hay que olvidar que Gonzalo Fernández de Oviedo tradujo al castellano un libro de caballerías llamado Don Clarifalte. «La fiebre de la emigración fue general, y las principales ciudades de España llegaron a despoblarse. La noble ciudad de Sevilla llegó a padecer tal falta de habitantes, que parecía hubiese quedado exclusivamente en manos de las mujeres, según dice el embajador veneciano Navagero, en sus Viajes por España.»

La orden de que sentenciados e infames fuesen mandados a las Indias es de 1503, por los Reyes Católicos. Fue dada porque al entusiasmo de los primeros momentos siguió un profundo desengaño en la gente, la cual, ante las noticias del gobierno deplorable de los Colones y de que la realidad de las colonias de Indias era bien distinta de las fantásticas relaciones de don Cristóbal, no sintió ganas de embarcarse. Faltaron hombres voluntarios en las naos dispuestas a zarpar en Sevilla, y por tal razón los reyes se vieron obligados a adoptar esta medida. Fue derogada en tiempos posteriores. El generalizar, motejando a los conquistadores españoles de criminales desterrados de España, que encontraron en las Indias campo libre para realizar con completa impunidad toda clase de fecharías y desmanes, es faltar a la verdad histórica. En 1548 no se consiente ya
«pasar a ninguno sin licencia esspresa del emperador a su Consejo, e que -no sean infames, ni sospechosos a la fe, ni padezcan otros defectos», según Fernández de Oviedo.

¿Era la crueldad el rasgo característico del conquistador?
«Su valor estaba manchado por la crueldad... [pero] esta crueldad nacía del modo de cómo se entendía la religión en un siglo en que no hubo otra que la del cruzado.» Y en cuanto al valor de aquellos descubridores intrépidos, considérese que «la desproporción entre los combatientes era tan grande como aquella de que nos hablan los libros de caballería, en que la lanza de un buen caballero derribaba centenares de enemigos a cada bote. Los peligros que rodeaban al aventurero y las penalidades que tenía que soportar apenas eran inferiores a los que acosaban al caballero andante. El hambre, la sed, el cansancio, las emanaciones mortíferas de los terrenos cenagosos, con sus innumerables enjambres de venenosos insectos; el frío de la sierra, el sol calcinador de los trópicos: tales eran los enemigos del caballero andante que iba a buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Era la novela realizada. La vida del aventurero español constituía un capítulo más, y no el menos extraordinario, en las crónicas de la caballería andante.» ¿Era la codicia su único móvil? «El oro era estímulo y recompensa, y al correr tras él su naturaleza inflexible pocas veces vacilaba ante los medios. Pero en los motivos que tenía para obrar se mezclaban de una manera extraña influencias mezquinas con las aspiraciones más nobles y lo temporal con lo espiritual.»

Otra de las notas características de la conquista española fue el afán en la conversión de los indios. Volvemos a citar a Prescott, por ser inglés y protestante, y por tanto testigo de monta. Dice:.
«Los puritanos, con igual celo religioso, han hecho comparativamente menos por la conversión de los indios, contentándose, según parece, con haber adquirido el inestimable privilegio de adorar a Dios a su modo. Otros aventureros que han ocupado el Nuevo Mundo, no haciendo por si mismo gran caso a la religión, no se han mostrado muy solícitos por difundirla entre los salvajes. Pero los misioneros españoles, desde el principio hasta el fin, han mostrado profundo interés por el bienestar espiritual de los naturales. Bajo sus auspicios se levantaron magníficas iglesias, se fundaron escuelas para la instrucción elemental y se adoptaron todos los medios racionales para difundir el conocimiento de las verdades religiosas, al mismo tiempo que cada uno de los misioneros penetraba por remotas y casi inaccesibles regiones, o reunía sus neófitos indígenas en comunidades, como hizo el honrado Las Casas en Cumaná, o como hicieron los jesuitas en California y Paraguay. En todos los tiempos, el animoso eclesiástico español estaba pronto a levantar la voz contra la crueldad de los conquistadores y contra la avaricia no menos destructora de los colonos; y cuando sus reclamaciones eran inútiles, todavía se dedicaba a consolar al desdichado indio, a enseñarle a resignarse con su suerte y a iluminar su oscuro entendimiento con la revelación de una existencia más santa y más feliz. Al recorrer las páginas sangrientas de la historia colonial española, justo es, y al propio tiempo satisfactorio, observar que la misma nación de cuyo seno nació el endurecido conquistador envió asimismo al misionero para desempeñar la obra de beneficencia y difundir la luz de la civilización cristiana en las regiones más apartadas del Nuevo Mundo.»

Y queda el tercer aspecto de la conquista, a su vez causado por una tercera faceta del carácter español. Si la primera tiene su representación en Don Quijote y Sancho; si la segunda en San Ignacio y San Luis Bertrán; la tercera la tiene en Don Juan. El primero ama a la dueña ideal de sus pensamientos; los segundos, a la Virgen; el tercero se declara rebelde ante la sociedad y ante Dios y personifica la exaltación de los instintos. Don Juan viaja, conquista mujeres y tierras, es errabundo y cosmopolita, cada aventura tiene lugar en un punto dado, y deja una estela de lágrimas y sangre tras si. Don Juan en América tiene representantes históricos magníficos en su vida y a la hora de la conversión, como son don César Tavera en México y el virrey Solís en Nueva Granada. El temperamento tenorio español hizo que no sólo se conquistaran reinos y pueblos, sino también mujeres indias, de las que habían de nacer desde los primeros tiempos de la invasión oleadas de mestizos que habían de transformar el cuadro demográfico racial del Nuevo Mundo. Y si no veamos cómo no perdieron el tiempo ni las tropas de Cortés, ni las de Jiménez de Quesada, ni las de Pizarro, ni tantos otros conquistadores de nuevos reinos de Indias.

No habían aún empezado la conquista del Anahuac, cuando Hernán Cortés recibió de los caciques de Tabasco, según cuenta Bernal Díaz del Castillo, además de mantas y de objetos de oro,
«veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer que se dijo doña Marina». Cortés aceptó el obsequio, y pocos días después el padre Olmedo las bautizó, después de haberlas predicado con ayuda de un intérprete «muchas buenas cosas de nuestra santa fe». Entonces Cortés repartió estas primeras cristianas de la Nueva España entre sus capitanes, y a doña Marina, «como era de buen parecer y entremetida y desenvuelta, dio a Alonso Hernández Puertocarrero que... era muy buen caballero, primo del conde de Medellín; y desque fue a Castilla el Puertocarrero, estuvo la doña Marina con Cortés e d´ella hubo un hijo, que se dijo Martín Cortés, que andando el tiempo fue comendador de Santiago». Doña Marina, que era, según Camargo, hermosa como diosa, era hija de los caciques de Painala, a ocho leguas de la villa de Guacaluco. Huérfana de padre, la madre casó con otro cacique y tuvieron un hijo, el que deseaban que fuese el heredero. Con este fin dieron la niña a unos indios de Xicalango y dijeron que era muerta, haciendo pasar como su cadáver el de la hija de una esclava. Doña Marina fue la amante de Cortés, su fiel consejera y su intérprete. Andando los años, en 1523, volvió a su pueblo con Cortés; estando allí «vino la madre, y su hija, y el hermano, y conocieron que claramente era su hija porque se le parecía mucho. Tuvieron miedo d´ella, que creyeron que los enviaba a llamar para ´matarlos, y lloraban, y así que los vido llorar la doña Marina, los consoló y dijo que no hubiesen miedo, que cuando la trapusieron con los de Xicalango que no supieron lo que hacían y se lo perdonaba... y que Dios le habla hecho mucha merced en quitarla de adorar ídolos agora y ser cristiana, y tener un hijo de su amo y señor Cortés, y ser casada con un caballero como era su marido, Juan Jaxamillo». No hay necesidad de insistir en la importancia que tuvo doña Marina en la conquista de México.

El mismo hecho tuvo lugar en otras ciudades, con curiosas variantes. En Cempoal, los indios dijeron a Cortés que
«puesto éramos ya amigos -seguimos fielmente a Bérnal Diaz del Castillo-, que nos quieren tener como hermanos, que será bien tomásemos de sus hijas y parientas para hacer generación; y para que más fijas sean las amistades trujeron ocho indias, hijas todas de caciques, y dieron a Cortés una de aquellas cacicas, y era sobrina del mismo cacique gordo, y otra dieron a Alonso Hernández Puertocarrero, y era hija de otro gran cacique que se decía Cuesco en su lengua; y traíanlas vestidas a todas ocho con ricas camisas de la tierra y bien ataviadas a su usanza, y cada una de ellas un collar de oro al cuello, y en las orejas cercillos de oro, y venían acompañadas de otras indias para se servir d´ellas. Cuando el cacique gordo las presentó, dijo a Cortés: "Tecle (que quiere decir en su lengua señor), estas siete mujeres son para los capitanes que tienes, y ésta, que es mi sobrina, las para ti, que es señora de pueblos y vasallos. " Cortés las recibió con alegre semblante y les dijo que se lo tenían en merced; mas para tomallas... hay necesidad que no tengan aquellos ídolos en que creen y adoran.... que no les sacrifiquen... y que habían de ser limpios de sodomías, porque tenían muchachos vestidos con hábitos de mujeres que andaban a ganar en aquel maldito oficio». Gómara, en cambio, escribe que «Cortés recibió el don con mucho contentamiento, por no enojar al dador.» De todos modos, días después se celebró una misa, en la cual se bautizaron a las ocho indias. «Se llamó a la sobrina del cacique gordo doña Catalina, y era muy fea; aquélla dieron a Cortés por la mano, y la recibió con buen semblante; a la hija de Cuesco, que era un gran cacique, se puso por nombre doña Francisca; ésta era muy hermosa para ser india y la dio Cortés a Alonso Hernández Puertocarrero; las otras seis ya no se me acuerda el nombre de todas, más sí que Cortés las repartió entre los soldados.»

La paz con los caciques de Tlaxcala, Maseescassi y Xicotenga se selló de la misma forma.
«Otro día vinieron los mismos caciques viejos y trujeron cinco indias hermosas, doncellas y mozas, y para ser indias eran de buen parecer y bien ataviadas y traían para cada india otra moza para su servicio, y todas eran hijas de caciques, y dijo Xicotenga a Cortés: Malinche, ésta es mi hija, y no ha sido casada, que es doncella; tomadla para vos; la cual le dio la mano, y las demás que las diese a los capitanes.» Ixtlililxochilt dice que le dio sus dos hijas, Tecuiloatzin, que después recibió el nombre de doña Luisa, y Tolquequetzaltzin. Cortés siguió la misma política: antes de aceptarlas hizo derribar los ídolos, plantar una cruz y hacer decir una misa, en la que se bautizaron aquellas cacicas. Según Diaz del Castillo, «se puso por nombre a la hija del Xicotenga doña Luisa, y Cortés la tomó por la mano y, la dio a Pedro de Alvarado, y dijo a Xicotenga que aquél la daba era su hermano y su capitán y que lo hubiese por bien, porque sería dél muy bien tratada... ; y a la hija o sobrina de Xaseescassi se puso por nombre doña Elvira, y era muy hermosa y paréceme que la dio a Juan Velázquez de León; y a las demás se pusieron nombres de pila, y todas con dones, y Cortés las dio a Cristóbal de Olí, Gonzalo de Sandoval y Alonso de Ávila».

De doña Luisa tuvo Pedro de Alvarado
«siendo soltero» un hijo llamado don Pedro y una hija llamada doña Leonor, de la que escribía el mestizo Garcilaso de la Vega que fue mujer de «don Francisco de la Cueva, buen caballero, primo del duque de Alburquerque, e ha habido en ella cuatro o cinco hijos muy buenos caballeros; y aquesta señora doña Leonor es tan excelente señora, en fin, como hija de tal padre, que fue comendador de Santiago, adelantado y gobernador de Guatemala, y que es el que fue al Perú con gran armada, y por parte del Xicotenga, gran señor de Tlaxcala».

En este plan siguió Cortés su conquista por México. Cuando llegó a la capital, Moctezuma le hizo un presente de oro, plata, mantas o indias, según Oviedo, y después se informó por los intérpretes de las necesidades y de la calidad de cada uno de los españoles, y los hizo proveer de todo,
«assí como de mujeres de servicio como de cama». Pero todavía debía de haber guerreros a los que faltara compañía, pues es significativo lo que cuenta Bernal Díaz del Castillo de sí mismo. Entonces Moctezuma era ya prisionero. Ello es lo que sigue. «Y como en aquel tiempo era yo mancebo, y siempre estaba en su guarda o pasaba delante dél, con muy grande acato le quitaba mi bonete de armas, y aún le había dicho el paje Ortegui que le quería demandar a Montezuma que me hiciese merced de una india hermosa, y como lo supo el Montezuma, me mandó llamar y me dijo: Bernal Díaz del Castillo, hánme dicho que tenéis motolinea (pobreza) de oro y ropa, y yo os mandaré dar hoy una buena moza; tratadla muy bien, que es hija de hombre principal, y también os darán oro y mantas ... » Añade: «Y entonces alcanzamos a saber que las muchas mujeres que tenía por amigas casaba de ellas con sus capitanes o personas principales muy privados, y aun de ellas dio a nuestros soldados, y la que me dio a mí era una señora de ellas, que se dijo doña Francisca.»

El mismo Moctezuma un buen día le dijo a Cortés también.
«Mira Malinche, que tanto os amo que os quiero dar a una hija mía muy hermosa para que os caséis con ella y que la tengáis por legítima mujer.» Cortés, como buen caballero, le manifestó que estaba casado, y que como cristiano no podía tener más que una mujer legítima; pero diplomáticamente aceptó el ofrecimiento y le dijo «que él la tendría en aquel grado que hija de tan gran señor merece». Pero antes de nada hizo que la purificaran las aguas del bautismo.

Una vez que surgió la guerra con los aztecas las circunstancias variaron, puesto que entonces los conquistadores podían hacer a las indias esclavas, marcarlas en la frente y venderlas. Pero las que eran atractivas las escamoteaban y las hacían pasar por naborías o indias de servicio. Fray Bernardino de Sahagún describe que en la toma de México los españoles no sólo buscaban el oro, sino también
«las mujeres mozas hermosas... ; las mujeres bonitas, las de color moreno claro». Para escaparse, éstas «se untaban [el rostro] de barro y envolvían las caderas con un sarape viejo destrozado, se ponían un trapo viejo como camisa sobre el busto y se vestían con meros trapos vicios».

Bernal Diaz del Castillo trata de las trampas de los soldados y las indias. Los primeros, descontentos y escarmentados porque en los repartos de Tepeaca, Cachila, Tecamachaleo y Tezcoco, los capitanes escamoteaban las indias mejores y sólo les daban las viejas y ruines, cuando
«tomábamos -dice- algunas buenas indias, porque no nos las tomasen como las pasadas, las escondíamos y no las llevábamos a herrar, y decíamos que se habían huido; ... y muchas se quedaban en nuestros aposentos y decíamos que eran naborías que habían venido en paz de los pueblos comarcanos y de Tlaxeala».

Las indias también inventaron sus trampas. Bernal Diaz nos dice
«que como había dos o tres meses pasados que algunas de las esclavas que estaban en nuestra compañia, y en todo el real conocían a los soldados cuál era bueno, cuál era malo, y trataba bien a las indias naborías que tenía y cuál las trataba mal, y tenían fama de caballeros y de otra manera, cuando las vendían en almoneda, si las sacaban algunos soldados que las tales indias o indios no les contentaban o las habían tratado mal, de presto se desaparecían, que.no las veían más y preguntar por ella era por demás y, en fin, todo se quedaba por deuda en los libros del rey».

En la lista de los conquistadores de México presentada por Orozco y Berra figuran entre los que vinieron con Cortés ocho mujeres, aparte de doña Marina, y cuatro entre los acompañantes de Pánfilo Narváez; pero, sin embargo, en la lista de varones se da noticia de hombres casados con mujeres que no figuran en la lista. Así sucede con el ballestero Juan Barro, primer marido de doña Leonor de Solís; con Alonso Rodríguez, sin que se diga quién era su esposa; con Lorenzo Suárez, portugués, llamado el viejo, que mató a su mujer y murió fraile; con Juan Tirado, marido de Andrea Ramírez; con Antonio de Villarreal, casado con Isabel de Ojeda, y con Villafuerte, esposo de una parienta de la primera esposa de Hernán Cortés.

En la lista de los conquistadores llegados al Anahuac con Narváez figura en idénticas condiciones Baltasar Bermúdez, casado con doña Iseo Velázquez de Cuéllar.

No aparecen casadas en las listas Elvira Hernández, Beatriz Hernández, que era hija de la anterior; Isabel Rodrigo, María Vera ni Juana Martín, fuese por olvido de los cronistas o porque hubiesen ido de aventureras. La primera, según un memorial publicado por Dorantes de Carranza, fue esposa de Tomás de Rijoles.

Las mujeres ciertamente casadas de la lista primera citada son: Beatriz o Elvira Hernández, casada con Tomás Ecijoles o Rijoles, intérprete e italiano; Francisca Ordaz, esposa de Juan González de León; Catalina Márquez, llamada "la Bermuda», desposada con el herrero Hernán Martín; Beatriz Ordaz, mujer del herrero Alonso Hernando, que, según noticias de Panés,
«fue natural del condado de Niebla, y al cual lo quemaron en 1538 por judaizante en México, en cuya catedral está su sambenito». Las de la segunda, o sea las que vinieron con Narváez, son: Beatriz Palacios, parda, casada con Pedro Escobar; Beatriz Bermúdez de Velasco, esposa de Francisco Olmos, y María Estrada, mujer de Pedro Sánchez Farfán, con quien pobló Toluca.

Bernal Díaz del Castillo cita entre los conquistadores casados a Pedro de Guzmán, que lo estaba con una valenciana; Maldonado de la Veracruz, esposo de María del Rincón; Ginovés, marido de una portuguesa vieja; Tarfa, casado con Catalina Muñoz; Aparicio Martín, casado con "la Medina"; Martín, soldado, que se casó en Veracruz; Pedro de Palma, primer marido de Elvira López "la Larga". En tan pocos matrimonios hubo verdaderos dramas pasionales. A Yáñez, mientras fue a la expedición de Las Higueras, la mujer se le casó con otro. Escobar, que parece que vino casado, murió ahorcado, por revoltoso y por haber forzado a una mujer casada.

Pronto los conquistadores trajeron de España a sus mujeres e hijos. Muchas de las principales familias de México descienden del comendador de Santiago don Leonel de Cervantes, que estuvo en la conquista con Cortés, y que después de su estancia en España regresó a México con sus seis hijas, que casó luego ventajosamente. Éstas fueron: doña Isabel de Lara, que casó con el capitán don Alonso Aguilar y Córdoba; doña Ana Cervantes, que contrajo matrimonio con el alférez real Alonso de Villanueva; doña Catalina, con el capitán Juan de Villaseñor Orozco; doña Beatriz Andrada, con don Francisco Velasco, caballero de Santiago; doña María, con el capitán Pedro de Ircio, y doña María de Lara, con el factor Juan Cervantes Casans. También vinieron de España Francisco de Orduña con seis hijas y un hijo; cinco de ellas casaron con conquistadores y le dieron 41 nietos. Inés de Sigüenza, esposa del médico licenciado Gamboa, trajo también a Nueva España seis hijas doncellas.

La forma más corriente de unión de los españoles y las indias aztecas fue el concubinato, las más de las veces fecundo. El caso más célebre fue el del marinero Álvaro, que en obra de tres años tuvo treinta hijos de las indias; lo mataron los indígenas en Las Higueras, que si no, Dios sabe los que hubiera tenido.

Casi todos los conquistadores tuvieron hijos naturales mestizos. Hernán Cortés, que estuvo casado dos veces, tuvo a Martín, hijo de doña Marina; a doña Catalina, hija de Leonor Pizarro, india de Cuba; doña Leonor y doña María, hijas de las indias nobles que le regalaron los caciques. Los dos primeros fueron legitimados por el papa Clemente VII y el varón recibió el hábito de Santiago. Los compañeros siguieron el ejemplo, como sucedió con Alonso Guisado, que tuvo un hijo y una hija naturales; Pedro de Carranza, dos mestizos; García del Pilar, Hernando de Lorita, Alonso Mateos y Antonio Anguiano, una hija cada uno; Diego Muííoz, dos hijos mestizos; Díaz del Castillo, un hijo; Francisco Granados, que dejó muchos hijos e hijas mestizos y pobres, etc.

Algunos conquistadores se casaron con princesas indias y con hijas de caciques. Doña Isabel, hija de Moctezuma y viuda de Guatemozín, se casó en primeras nupcias con Pedro Gallego de Andrada y en segundas con Juan Cano; del primero tuvo por lo menos un hijo, que fue el origen de los Andrada-Moctezuma; y del segundo, cuatro varones y dos hembras, que fundaron la casa de los Cano-Moctezuma. Citaremos algunos nombres: Sebastián de Moscoso casó con una india principal y tuvo dos hijas y un hijo; Pedro Moreno de Nájera casó con la india Leonor y tuvo cuatro hijos y una hija; Melchor de Villacorta casó con Isabel, india principal de Tlaxeala, y tuvo dos hijas, etc.

Es frecuente el que los conquistadores tuvieran además de sus descendientes legítimos otros ilegítimos, naturales o bastardos. Así sucede con Juan Ortiz de Zúñiga, con cuatro legítimos y tres ilegítimos; con Juan Pérez de Herrera, que tuvo diez y cuatro; con Gonzalo Hernández de Mosquera, cinco y ocho; con Diego de Porras, cuatro y tres; Alonso Hidalgo, siete y muchos; Serván Bejarano, ocho y dos; Juan Sánchez Galindo, cuatro y tres; Juan de Ledesma, siete y tres; Pero Franco seis y uno; Francisco Portillo, cinco y otros; Pero Núñez, cinco y tres; Bartolomé de Celi, siete y cuatro, etc.

Esta primera generación de mestizos llegó a preocupar al rey y a los virreyes. El primero despachó el 3 de octubre de 1533 una cédula que dice lo que sigue:
«He sido informado que en toda esa tierra hay mucha cantidad de hijos de españoles que han habido de indias, los cuales andan perdidos entre los indios, e muchos dellos, por mal recaudo, se mueren y los sacrifican, de que Nuestro Señor sea deservido; e que para evitar lo susodicho e otros daños y malos recaudos que de andar ansí perdidos podría recrescer, me fue suplicado mandase que fuesen recogidos en un lugar que para ello fuese señalado, adonde se curasen o fuesen mantenidos ellos y sus madres; e queriendo proveer en el remedio de lo susodicho, visto en el nuestro Consejo de Indias fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos; por ende, yo vos mando que luego que ésta recibáis procuréis cómo los hijos de españoles que hubiesen habido en indias e anduvieren fuera de su poder en esa tierra entre los indios della, se recojan y alberguen todos en esa dicha ciudad y en los otros pueblos de españoles cristianos que os parecieren, e ansí recogidos los que dellos vos constaren que tuvieren padre y que tienen hacienda o aparejo para los poder sustentar, hagáis como luego los tomen en su poder e los sustenten de lo necesario; e a los que no tuvieren padres, los que dellos fueren de edad los hagáis poner a oficios para que lo aprendan, e a los que no lo fueren encargarlos heis a las personas que tuvieren encomienda de indios, dando a cada uno el suyo para que los tengan y mantengan hasta tanto que sean de edad y que puedan aprender oficio y hacer de sí lo que quisiere, encargándoles que los traten bien.»

En cumplimiento. con la voluntad del Monarca se fundó en 1557 un colegio para recoger a los niños mestizos pobres, y en fecha posterior un colegio de niñas mestizas.

Como los mestizos y los indios eran en 1553 más numerosos que los blancos, se justifica la preocupación del primer virrey, don Luis de Velasco, de que se rebelaran. El virrey Enríquez, en carta dirigida a Felipe 11, de 9 de enero de 1574, dice así:
«Sola una cosa va cada día poniéndose en peor estado, y si Dios y vuestra majestad no lo remedian, temo que venga a ser la perdición desta tierra, y es el crecimiento grande en que van los mulatos, que de los mestizos no hago tanto caudal, aunque hay muchos entre ellos de ruin vivienda y de ruines costumbres, mas al fin son hijos de españoles y todos se crían con sus padres, que, como pasen de cuatro o cinco años, salen de poder de las indias y siempre han de seguir el bando de los españoles, como la parte de que ellos más se honran.»

En la conquista de Santa Marta y del Nuevo Reino de Granada, las mujeres indias se relacionaron estrechamente con los españoles desde el primer momento.

Las mujeres de Santa Marta las describe Oviedo
«de color algo más claro que loros ... ; las bragas que ellas traen son como las de la gobernación de Venezuela ... ; bragas sueltas de algodón que ninguna cosa encubren, aunque las tengan, por poco viento que haya».

En Santa María, cuando Pedrarías Dávila tomó puerto, apresan los castellanos a nueve o diez indias, una de las cuales era una cacica. Oviedo dice de ella que
«era hermosa, porque en verdad parecía mujer de Castilla por su blancura, y en su manera y gravedad era para admirar, viéndola desnuda, sin risa ni liviandad, sino con semblante austero, pero honesto, puesto que no podía aver de diez y seys a diez y siete años adelante». Dicha india murió de coraje de ser presa.

El gobernador Rodrigo de Bastidas firmó las capitulaciones para poblar Santa Marta en 1524. Una de las condiciones era que la ciudad, a los dos años, había de tener por lo menos cincuenta vecinos, de ellos quince por lo menos con sus esposas. Por esta razón, como buen poblador que era, según Oviedo, envió por su mujer e hijos a Sevilla. Con García de Lerma llegaron veinticinco portugueses casados con sus mujeres y familia.

La otra puerta de entrada para el descubrimiento y conquista de Colombia fue Cartagena de Indias, la cual fundó don Pedro de Heredia. Desde el primer momento ayudó a éste una india lenguaraz, nacida en Cartagena misma, que fue hecha cautiva y que después de mil azares fue a parar a manos del jefe español. Ella servía de intérprete, convence a los caciques y ataba alianzas.

Las relaciones de las indias con los españoles fueron hechas del mismo modo que en otras partes. Castellanos nos habla de que eran hermosas las indias de Cartagena de Cipacua, gallardas y honestas las cenúes, agraciadas las buritacas, etc. Todas ellas iban desnudas, con un simple delantal en todo caso. Muy significativo es el siguiente episodio que describe Castellanos en malos versos.

En Cipacúa recibieron a los castellanos con ricos presentes de oro y gran cantidad de víveres llevados por cuatrocientas viejas. Más tarde, según Castellanos:

«Vinieron a los ranchos después desto
sobre cien mozas bien encaconadas,
cada cual dellas de gracioso gesto,
en todos miembros bien proporcionadas,
pero todas en traje deshonesto.
Porque sus cueros eran las delgadas y las partes impuras al oreo con un bestial y rústico rodeo.

No vírgenes vestales, sino dueñas,
ensimismo ningunas conyugadas
pero solteras todas y risueñas.

Traían por los cuellos y muñecas
cuentas de oro y otros ornamentos,
de chaquiras compuestas o sus ruecas
labradas con mil primos instrumentos.

Pero los españoles eran:
hombrazos de valor y de prudencia
y que sabían do menester era
vivir con vigilancia y advertencia,
no queriendo por bajas aficiones
cobrar con indios malas opiniones.»


Por esta razón se llamó a Tubará el valle de las Hermosas.

Entre los caribes del centro del valle del Magdalena no fue grato el mestizaje. El obispo Piedrahíta escribe sobre ellos, o sea pijaos, natagalmas, coyaimas y panches, que
«son celosos en tanto grado que no se hallará en sus pueblos mestizo que sea hijo de español y de india de su nación, porque temerosas las madres de la condición de estos indios, si acaso por flaqueza han tenido ayuntamiento con algún hombre blanco se van a parir a los rías (costumbre usada en ellas), y si por el color de la criatura reconocen que tiene mezcla, la ahogan para que también lo quede su delito».

Indias de Santa María acompañaron a los soldados de Jiménez de Quesada en su osada marcha por él valle del Magdalena y en su trepada por la cordillera, en demanda de las sabanas de Cundinamarca, puesto que Castellanos las cita como intérpretes. Un verdadero problema era entender la lengua de los muiscas, por lo que los españoles procuraron aprenderla, pero mayormente las indias que escaparon de las que trajeron de la costa y con facilidad comprendieron los términos del bárbaro lenguaje.

Una india del valle de Opón prestó a los castellanos un buen servicio, según el padre Aguado, bien porque estaba a mal con el cacique, o por mala fe, o porque con más amor que las otras se aficionó a los españoles, pues les indicó dónde podían prender a su cacique, que estaba celebrando sus bodas con una nueva mujer, hecho que les vino muy bien para reponer sus fuerzas. Como el dicho cacique quiso meterlos en una emboscada, la india lo denunció a los españoles, quienes ,sanos y salvos pudieron llegar al valle del Alférez, antesala del reino de los muiscas.

En la conquista de éste las mujeres ayudaron a los españoles como intérpretes o en otros menesteres. Dice sobre ellas Castellanos:

«No se extrañaban de la gente nueva,
pues voluntariamente les servían.
Muchas que, como todas, comúnmente
amicísimas son de novedades
y no pocas salaces y lascivas.»


Las zalamería de las indias moscas empezaron desde que los españoles llegaron a la sabana. A los soldados les picaron las nigüas y no podían andar,
«hasta que -según refiere el padre Simón- algunas de las indias que allí hubieron a las manos y otras que llevaban de servicio se las sacaron con los topos ... »; las primeras, medio de fuerza, medio de grado, siguieron al servicio de los soldados. Las hubo que se vengaron de esta servidumbre, pues, según Fernández Oviedo, les echaron en la comida a los españoles una hierba llamada tectec, con la que se enloquecían, y «desde que estaban locos íbanse ellas esa noche a su salvo, porque como quedaban sus amos sin seso, no sabían ni podían impedir su fuga». Tal hierba era el borrachera (Datura arbore, y D. sanguínea).

En el Nuevo Reino de Granada, escribe el obispo Piedrahíta que
«así hombres como mujeres, por la mayor parte, [son] de hermosos rostros y buena disposición, singularmente en Diutama, Tota y Sogamoso, en jurisdicción de Tunja, y en Guane y Chanchón, de la provincia de Vélez, donde las mujeres son hermosísimas y de buena disposición». De las mujeres guanes dice por otra parte el P. Simón que eran «más amorosas con los españoles de lo que fuera menester». No menos las celebra el P. Castellanos al decir que «eran a las demás aventajadas en la disposición y hermosura, aire, donaire, gracia y atavío».

En más de una ocasión ampararon a los castellanos o denunciaron a éstos los manejos de los indios.

Un episodio de la conquista de Nueva Granada que se relaciona con lo primero es el del capitán gaditano Lázaro Fonte. Éste fue uno de los que marchaban en la vanguardia en aquella memorable marcha desde el río Magdalena hasta la sabana de Bogotá. Era como tantos otros; valiente, atrevido y un poco fanfarrón, como se deduce del desafío que tuvo con un indio respecto a ver quién corría más, si éste a pie o él a caballo. Naturalmente, aunque le dio ventaja lo alcanzó, y para humillarlo lo tomó por los cabellos y lo arrastró un rato. El padre Zamora discrepa de Castellanos, que relata así el hecho, y lo convierte en un combate singular, pero añade este dato significativo, que Jiménez de Quesada,
«que no quiso bien al héroe», parafraseara el hecho en su Compendio Historial y lo convirtiera en un simple juego.

Lo cierto es que cuando Quesada fundó Bogotá y emprendió la marcha a Cartagena volvió a los pocos días sobre sus pasos, porque malas lenguas le habían porfiado que Lázaro Fonte había jurado que lo denunciaría a la justicia por llevarse una cantidad de esmeraldas de la que no se había deducido el quinto real. El hecho es que utilizando el general una denuncia de un soldado de que Fante había negociado una esmeralda de gran precio, lo cual estaba prohibido, se le siguió causa y se le condenó a ser decapitado.

El reo apeló al rey, y el juez negó la apelación; pero como la sentencia había causado pésimo efecto entre sus compañeros, se reunieron los capitanes y caballeros con Jiménez de Quesada y le rogaron que lo perdonara y
«que supiera vencerse a sí mismo quien tan gloriosa mente había triunfado de las más bárbaras naciones».

Muy remolón, el general conmutó a Fonte la pena de muerte por la de destierro e insistió en que éste sería en el sitio que se le indicara. La alegría de sus amigos se vio turbada cuando supieron que el lugar a donde debía marchar Fonte era la provincia de los panches,
«nación fiera y detestable», de bárbaros caníbales, lo cual era condenarlo a una muerte más horrible que el cadalso; después de mucho pedir consiguieron que se le asignase como prisión el pueblo de Pasea, a siete leguas de Santa Fe, poblado por indios muiscas, enemigos de los españoles y muy guerreros y valientes.

Allí llevaron a Lázaro Fonte veinticinco soldados y lo dejaron no sin pena abandonado, con grillos y sin armas, con la sola compañía de una india de Bogotá llamada, según una única referencia, Zoratama,
«la cual la tenía a su servicio y le habla cobrado amor, en la cual, después de Dios, estuvo su buena suerte, pues, por ella le salvó la vida». Pasó la noche el pobre capitán sin más consuelo que el que con sus bárbaras y mal contadas razones le daba la india, la cual, añade el padre Simón, uno de los cronistas del suceso, «luego que amaneció, que se pudo presumir que vendrían los indios a sus casas por haber sabido que se habían ido de ellas los españoles, se vistió lo mejor que pudo a la usanza que se vestían las cacicas y señoras principales de su tierra [de] Muequetá, que estaba de allí a nueve leguas; llenóse de sus estimadas sartas de cuentas el cuello y muñecas de las manos, que con esto y el buen cuerpo y parecer natural que tenía le pareció también el aficionar sus razones al cacique [de] Pasea para mitigar la fiereza de su ánimo, que temía tener contra su amo».

 

 

La belleza de la india, la gracia y el donaire con que expresaba sus ideas, la elocuencia en la defensa y el apasionado elogio del capitán hizo que los indios bajaran al pueblo y consideraran como amigo al afligido capitán, el cual, pasados treinta días, fue quien avisó a Quesada de que hablan pasado los páramos nuevas tropas españolas procedentes de los Llanos, consiguiendo así su perdón.

Las crónicas nada nos dicen de la suerte de la india. El capitán, después de muchas aventuras en Nueva Granada y Perú, contrajo matrimonio en Quito con doña Juana de Bonilla, hija legítima del gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, de quien tuvo varios hijos.

Respecto a las denuncias de manejos de los indios por las mujeres indígenas bastará citar la que fue descubierta por la denuncia de una india ladina, natural de Duitama, a su amo y señor el capitán Maldonado, de que los indios de la provincia de Tunja tenían determinado rebelarse contra los españoles. Hecha la información se halló ser verdad la conspiración, la cual se castigó severamente.

Con Benalcázar, que llegó a Bogotá desde Quito buscando el Dorado, vinieron al Nuevo Reino buen número de indios de la región por él gobernada. A Hernán Pérez de Quesada, cuando gobernó la ciudad, como era, según Castellanos,
«no poco sensual y derramado», la gente de Benalcázar, o peruleros, procuran lograr sus favores enviándole aquellas indias «de que venían todos proveídos, pues, había soldado que traía ciento y cincuenta piezas de servicio entre machos y hembras amorosas, las cuales regalaban a sus amos en cama y en otros ministerios; y de las más lustrosas le enviaban, so color de llevar algún mensaje, o con alguna buena golosina de buñuelos, hojuelas o pasteles, de que ellas eran grandes oficialas. Y aún hubo un portugués que cuando una criada suya, dicha Ñusta, iba, a los de su cuartel dixo fisgando: "Allá va mina Ñusta; praxa a Deus aproveite a seu amo su traballo."»

Las primeras mujeres que llegaron al Nuevo Reino de Granada vinieron con la expedición de Jerónimo de Lebrón en 1540. Castellanos dice fue la primera semilla de raza blanca que ha fructificado igual que el trigo y la cebada que llevaron por vez primera en esa expedición.

Tanto Castellanos como el padre Simón sólo citan el nombre de dos:
«Isabel Romero, que venía allí con su marido, Francisco Lorenzo, vecino antiguo de Santa Marta», y una hija llamada doña María, a la que dio a luz en el río Magdalena y que fue la primera criolla. Páginas después (II, 375) refiere que en Sompallón tuvo lugar el rapto de una mujer española por los indios; era mujer de Francisco Enrique, vecino de Santa Marta, a la cual había despachado su marido a un repartimiento de indios que tenía en la provincia de Tamalameque. Por lo tanto queda aclarado el que ésta, y no otra, la española que varios autores citan que viajaba para Bogotá con Lebrón y que fue robada por los indios.

Otros autores añaden a Leonor Jiménez, mujer que fue de Alfonso Díaz; a Catalina de Quintanilla, que casó con Francisco Gómez de Feria, y Eloísa Gutiérrez, que casó con Juan Montalvo, la cual fue la primera que molió harina e hizo pan en Santa Fe de Bogotá. Todavía otros autores añaden a una tal María Díaz. Como el historiador colombiano afirma que los primeros matrimonios que se celebraron en Santa Fe fueron los de Catalina de Quintanilla y de Isabel Romero, se llega a dudar de si ésta iría de manceba de Francisco Lorenzo.

En la expedición de Alonso Luis de Lugo y en la de Lope Díez Auxde Armendáriz entraron más mujeres. El último, según Piedrahíta, vino en compañía de tantas
«que se le siguió mucho descrédito». De Armendáriz se cuenta de que en Cartagena de Indias se salía disfrazado por la noche en busca de conquistas, por lo que los vecinos no dejaban solas a sus mujeres para que no abusara de ellas el licenciado. Cuentan que tuvo amores con doña Ana, la mujer de Sebastián de Heredia; con la Sotomayor, mujer de Alcocer, que era amiga de Pedro de Ursúa; con la Pimentela, Lucía Álvarez... A Catalina López le puso la mano cuando fue a pedirle la libertad de su marido; entraba en la casa de la gente que estaba de vigilancia por la noche, como le sucedió a Escalante, que encontró juntos a su mujer y al licenciado. En Bogotá fue más juicioso, pero esta ciudad no era excepción respecto a otras de la colonia. Tiene el padre Aguado un curioso capítulo que se titula así.- «En el cual se escribe la disolución que en este Reyno hay entre los españoles de vivir tan lujuriosamente y el poco remedio que en ello pone la justicia, y las desastrosas muertes que han sufrido algunas personas que de esta suerte han vivido», por lo cual es lástima que esté mutilado en el manuscrito. Pero el principio es bueno: «Es tan grande la disolución que en algunas partes hay entre españoles de vivir lujuriosa y carnalmente, que verdaderamente me pone espanto y admiración; y ponen en este desorden tan poco remedio los jueces y justicias que... jamás he visto que sobre este caso se haya hecho ningún castigo por la justicia, ni aún siquiera imponer terror a los muchachos que nueva y libremente crían, de los cuales pocos hay que no se precian de tener una, dos y tres mancebas indias o mestizas, y eso no muy cautamente, porque todas o las más, en son de criadas que tienen en sus casas, sujetas a su apetito y voluntad.»

Entre los conquistadores del Nuevo Reino de Granada que tuvieron hijos naturales con las indias figuran: el capitán Juan Tafur, que tuvo una hija natural que casó con Luis de Ávila; Juan de Ortega el bueno, que tuvo un hijo natural; el capitán Juan Fuertes estuvo casado con la Palla y tuvo hijos; Nicolás de Troya tuvo una hija natural, etc. Pero en general fueron pocos.

Otros conquistadores fueron también muy prolíficos, como el capitán Hernando Villegas, que casó con doña Juana Ponce de León, de la que tuvo ocho hijos legítimos y por lo menos un hijo natural, que mató al capitán Gonzalo Zorro en unos juegos de cañas.

Quedaría este artículo incompleto si no dedicáramos unas líneas a la fracasada conquista alemana de Venezuela. Sería un olvido imperdonable, puesto que hay ... (prefiero no calificar) quienes se preguntan cuál hubiera sido la suerte de América si la hubieran descubierto y colonizado los pueblos anglosajones. Y como de la intervención de éstos en el Nuevo Mundo tenemos un bonito ejemplo, bien merece la pena de dedicarle algunas páginas.

La historia comienza con los apuros económicos de Carlos I de España, quien obtuvo grandes créditos de las dos firmas bancarias de su tiempo, los Fugger y los Welser, para comprar las voluntades de los electores alemanes en la sucesión del imperio. La corona de emperador de Alemania le costó 851.666 ducados, con lo cual quedan empeñadas las rentas de la cruzada y del maestrazgo de las órdenes militares, las minas de mercurio de Almadén, " de plata de Guadalcanal y todos, o casi todos, los grandes negocios y rentas de la corona de España. Entre otros, América. Pronto consiguen los Welser o los Belzares la gobernación de Venezuela, a donde se dirigieron, desde Santo Domingo, sus agentes Ambrosio Ehinger, que los cronistas llamaron Alfinger, y Jerónimo Sayler.

Años antes, Juan de Ampiés había fundado Coro, colonia pobre y mal comida, donde vivían incluso cinco o seis hombres casados con sus mujeres. El cacique se ha hecho cristiano. Se vive en paz con los naturales. Las indias no estaban mal, pues, según el cura Castellanos:

«Son mujeres de tanta hermosura
que se pueden mirar por maravilla;
trigueñas, altas, bien proporcionadas;
en habla y en meneos agraciadas.»


Micer Ambrosio dispone la primera salida a la laguna de Maracaibo, donde funda la ciudad de este nombre, en la que deja las
«mujeres casadas y criaturas y otros géneros de carruajes que en semejantes jornadas causan estorbo y embarazo». Sus correrías no dan resultado; el oro es tan escaso como las simpatías de los soldados españoles. Éstos, según Oviedo Baños, «entendieron que lo que trabajaban había de ser para gente extranjera y que la peor parte había de ser y era para ellos; jamás pretendan poblar, ni hacer ningún beneficio en los pueblos y naturales que topaban, mas todo lo procuraban destruir y arruinar a fin de que aquellos señores extranjeros ni gozasen de lo que el rey les había dado, ni de lo que a ellos les había costado sus dineros».

A todo esto llegaron a Coro Nicolás Federmann y Jorge Ehinger, con nuevos refuerzos, en el momento preciso en que micer Ambrosio regresa de Maracaibo enfermo y sin grandes resultados, y se retira a Santo Domingo. Entonces Federmann lleva a cabo su primera expedición, que penetra hasta los Llanos, pero no fundó un pueblo, ni llevó un objetivo. Fue un vagar inútil que dejó una estela de sangre y fuego. Cuando regresa a Coro, el fracaso le lleva a la cárcel.

Pasada Hacarigua, refiere Castellanos, en cuyos malos versos se encierra más verdad que en muchas prosas floridas y correctas, que:

«No sin recelo de guerreras tramas
dieron en unas grandes poblaciones,
do no faltaron amorosas llamas,
pues por ser de tan buenas proporciones,
le llamaron el Valle de las Damas,
con las demás anejas condiciones
en usar de grandísima franqueza
de aquello que les dio naturalezas»


Micer Ambrosio regresó a Coro y organizó otra expedición, esta vez por tierras que no eran suyas, sino de la gobernación de Santa Marta. El país de Tamalameque
«lo corrió todo, talando, robando y destruyendo a sus miserables habitantes, y sin que la hermosura de tan alegre país fuese bastante a templar la saña de su cruel pecho; convirtió en cenizas todas las poblaciones y sembrados, valiéndose al mismo tiempo de las voracidades del fuego y de los incendios de su cólera». «Jamás ejército alguno, a todo lo largo de la conquista de América, ha sido tan cruel como éste», escribe Germán de Arciniegas. La memoria de Micer Ambrosio no se extinguirá en muchos siglos en la región.

Aunque en algunos poblados los indios
«los salían a recibir con cantares y bailes y con muchos presentes de oro en gran cantidad», no modificaba sus planes, ni tampoco la vista de las indias, desnudas, con un solo delantalito, como las de Santa Marta y Coro, y con tatuajes en la cara y en los pechos.

Así llegó a Tamalameque, y logró gran cantidad de oro por el pillaje y por el rescate del cacique. Como la tierra promete, encarga a Iñigo de Vasconia de llevar una parte del botín y de traer refuerzos, pero éste se pierde en la montaría y de su tropa sólo se salva Francisco Martín, que se indianiza. Desnudo y hambriento, se presentó a un poblado indio, en el que fue vendido por dos sartas de cuentas al cacique Babur. Como curara a éste de cierta llaga:

«Viéndose restaurado de doliente,
mostrósele Babur agradecido;
y porque supo ser hombre valiente
hízole general de su partido
diole indios, y diole juntamente
a una hija suya por marido,
el cual, como mamó leche de España,
en guerra y en paz se daba buena maña.»


Otro caudillo logra llegar a Coro y trae los refuerzos deseados, pero continuó sin poblar una ciudad y sin explotar una mina. Llega al limite del reino de los chibchas, no pasa; les hablan los indios de las riquezas de los cenúes y de los quimbayas, y no se decide a pasar el Magdalena. Después de andar por las montañas decide volver a Coro, y entonces muere, por las flechas de los indios, en el valle de Chinacota.

Poco importan las protestas de los españoles de Coro. Nuevamente vuelve Federmann a Venezuela, esta vez acompañado por Jorge Hohermuth, que será conocido con el nombre de Jorge de Espira, por gobernador y capitán general. De lo que era bastará decir que Herrera le llama en sus Décadas «el demente».

La expedición de Espira fue tan cruel e inútil como las anteriores; solamente la segunda de Federmann, o mejor dicho, la tercera, tiene éxito, aunque llegara tarde al reino de los muiscas, puesto que se le adelantó Jiménez de Quesada. Pero el triunfo no se le debe a él, sino al capitán Pedro de Limpias. En el trío de conquistadores que se juntan en Bogotá, Quesada, Benalcázar y Federmann, éste no tiene otro mérito que el que su capellán Juan Verdejo había traído las primeras gallinas.

Mientras tanto, Coro se despuebla y se desmoraliza. Ni Felipe Hutten ni Bartolomé Welser pueblan la tierra, deslumbrados por el espejismo del Dorado. Los soldados se amotinan y, con Juan de Carvajal a la cabeza, acaban con ellos. De esta manera muere la gobernación alemana de Venezuela con el más estupendo de los fracasos. Y el contraste con los propósitos españoles es de los más patentes. No había acabado de despachar a sus rivales el traidor y criminal Carvajal cuando funda la ciudad Nuestra Señora del Tocuyo. Sin embargo, el padre Simón dice que fue una ranchería y que fue fundada por el gobernador de Venezuela, licenciado Juan Pérez de Tolosa. El capitán don Diego García Paredes recibió el encargo de fundar otra ciudad en la tierra de los cuicas, la cual bautizó con el nombre de Trujillo. Ausente de la misma, pronto le llegó la noticia de que algunos mozuelos, «no poniendo freno a sus ruines y juveniles indignaciones, comenzaron a desmandarse, haciéndoles algunas fuerzas y robos... y aprovechándose de sus mujeres e hijas tan desvergonzadamente, que no se recataban de poner en ejecución sus torpes deseos dentro de las mismas casas de sus padres y maridos, y aun a su vista, con lo que... tomaron las armas y matando a todos los que les habían agraviado, se determinaron que no quedase rastro en sus tierras de la nación españolas. Ante el empuje de los indios, la ciudad se abandonó; en 1558 se volvió a fundar por personas de noble trato, de naturaleza afable y de intenciones sanas y rectas.

La conquista de la provincia de los caracas se hizo por los hermanos Faxardos, mestizos, hijos de una india señora de la misma provincia.

En 1550, según carta del obispo de Coro den Miguel Gerónimo Ballesteros, habla en esta ciudad ocho vecinos casados;
«los más estaban amancebados con indias, que les hacen olvidar la mujer y los hijos, que están en España». Informa de que el chantre es buen eclesiástico, pero en todo el tiempo que ha residido en Coro «siempre ha tenido siete y ocho indias por mancebas, y grandes contiendas con los del pueblo sobrellas; y juntamente tuvo mucho tiempo una mujer española, que casó con un vecino de Coro, y después dio casada la tomó a tener por manceba».

El padre Aguado también da noticia de que Julián Gutiérrez estaba casado con una sobrina del cacique de Urabá y que, acompañado por ella, hacía expediciones desde Acla hasta allá, dentro de la jurisdicción de don Pedro de Heredia.

Respecto de las primeras mujeres españolas, estamos mal informados. Juan de Castellanos nombra a una tal Catalina de Miranda, que fue la causa de que bajara a tierra García de Paredes de regreso de España y lo mataran los caracas en una emboscada. Una mujer -el padre Aguado omite el nombre-, que había venido, con su marido, con la gente de Sedeño, se defendió de un indio que intentó ofenderla una vez, el cual volvió una noche, con otros más, a perseverar en sus propósitos, saliendo malparados.

No hizo más que desembarcar en Tumbez el primer español, que se llamaba Alonso de Molina, cuando fue rodeado por las mujeres indias, que lo miraron con tal sorpresa y satisfacción, que le invitaron a que se quedara, en cuyo caso le proporcionarían una mujer hermosa. Este fue el preludio de la prodigiosa aventura que Francisco Pizarro habla de emprender años después con unos 500 hombres: el conquistar el imperio de los incas. Los caminos eran malos. Los Andes durísimos de pasar, y a las dificultades materiales se sumaban las morales: la desconfianza ante la buena fe de Atahualpa, la existencia de numeroso ejército y de poblaciones densas y el hallarse metidos en una ratonera. Antes de prender al Inca en Caxamarca, Pizarro y su tropa tuvieron miedo. Era cuestión de vida o muerte atacar por sorpresa o perecer. La victoria ocasionó la muerte de millares de indios (para unos, dos; para otros, diez) y la cautividad de Atahualpa. La cantidad de esclavos fue grande:
«Cada español de los que allí vivían tomaron para sí muy grande cantidad, tanto, que como andaba todo a rienda suelta, havía español que tenía doscientas piezas de indios e indias de servicio.»

Atahualpa sugirió la idea a Pizarro de que contrajera matrimonio con sus parientes Angelina e Inés, que habían sido bautizadas; pero se conoce que el buen extremeño, que era también un buen diplomático, adoptó la mejor de las fórmulas: no contraer matrimonio canónico con ninguna para no comprometerse el día de mañana, pero al mismo tiempo amancebarse con ambas, para dar gusto al inca y afianzar la sumisión de los indios. De doña Angelina, hija de Atahualpa, tuvo un hijo mestizo, que se llamó don Francisco, y de doña Inés Huayllas Ñusta, hija de Huaina Cápac, una hija llamada Francisca Pizarro, la cual casó con su tío Hernando, con el que tuvo tres hijos y una hija. Hay documentos que tratan de otro hijo de Pizarro y de doña Inés, llamado don Gonzalo.

Sus compañeros siguieron el ejemplo, y raro fue el que no dejara hijos mestizos, ya con indias de sangre real o con plebeyas. Gonzalo Pizarro tuvo un hijo natural, llamado Fernando, y una hija, pero no se sabe si fueron mestizos, puesto que tuvo varias amantes españolas; al marido de una de ellas lo hizo matar. Juan Pizarro tuvo una hija mestiza, a la cual, junto con la de Gonzalo, envió a España en 1549 el licenciado Lagasca.

El historiador criollo Garcilaso de la Vega fue hijo natural del capitán Garcilaso de la Vega y de la ñusta Isabel Chimpu Oello, hija del príncipe Huallpa Túpac Inca y sobrina de Huaina Cápac. Cuando el capitán tenía cincuenta años, se casó con doña Luisa Martel de los Pies, pero reconoció al hijo, el cual continuó viviendo en la casa. La ñusta Isabel casó después con el soldado Juan de Pedroche, de quien tuvo dos hijas.

Martín de Bustincia contrajo matrimonio con Beatriz Coya, hija de Huaina Cúpac, y tuvieron tres hijos varones. Cuando enviudó, el presidente Lagasca la obligó a casarse con un buen soldado y hombre de bien, llamado Diego Hernández, de quien decían malas lenguas que había sido sastre en su mocedad. «Cuando lo supo la infanta -cuenta donosamente Garcilaso de la Vega-, rehusó el casamiento diciendo que no era justo casar la hija de Huaina Cápac con un ciracamayo, que quiere decir sastre; y aunque se lo rogó e importunó el obispo de Cozco y el capitán Diego Centeno, con otras personas graves que fueron al desposorio, no aprovechó cosa alguna. Entonces enviaron a llamar a don Cristóbal Paullu, su hermano, el cual, venido que fue, apartó la hermana a un rincón de la sala, y a solas le dijo que no convenía rehusar aquel casamiento, que era hacer odiosos a todos los de su linaje real para que los españoles los tuviesen por enemigos mortales y nunca les hiciesen amistad. Ella consintió en lo que le mandaba el hermano, aunque de muy mala gana, y así se pusieron delante del obispo, que quiso hacer oficio de cura por honrar los desposados. Y preguntado, con un indio intérprete, a la novia si se otorgaba por mujer y esposa del susodicho, el intérprete dijo que si quería ser mujer de aquel hombre... La desposada respondió en su lenguaje, diciendo -. Ïchack munani, Ïchack manamunani, que quiere decir: «quizá quiero, quizá no quiero», con lo que el desposorio siguió adelante, y se celebró en casa de Diego de Píos, vecino de Cozco, y yo les dejé vivos, que hacían vida maridable cuando salí del Cozco».

Diego Maldonado, el Rico, tuvo un hijo mestizo, Juan Arias Maldonado, que fue deportado a España, junto con su hermano Cristóbal, por haber intervenido en un supuesto complot de mestizos. Cristóbal se casó
«por fuerza y malos tratos con la hija de la Coya, de siete años, descendiente de los incas».

El pariente de San Ignacio de Loyola, capitán Martín García de Loyola, casó con doña Beatriz Clara Coya, hija del príncipe Sairi Túpac. Tuvieron una hija llamada Ana, que vino a España a la muerte de sus padres. Felipe III le concedió el titulo de marquesa de Oropesa. Casó con don Juan Enríquez de Borja, hijo del marqués de Alcañices. Son sus descendientes los marqueses de Oropesa y Alcañices.

Con doña Angelina, manceba que fue de Pizarro, se casó el intérprete de lengua quechua e historiador del Perú Juan de Betanzos, y tuvieron un hijo, llamado también Juan de Betanzos, que fue maestro de quechua.

La otra manceba de Pizarro, doña Inés Huaillaz Ñusta, se casó con el capitán Francisco de Ampuero, regidor del Cabildo de Cuzco. Tuvieron una hija, doña María Josefa de Ampuero, de la cual desciende una de las familias más distinguidas de Lima.

El padre Blas Valera, historiador latino de los Incas, era hijo ilegitimo de Luis Cabrera y de una mujer de la corte de Atahualpa. Mestizo también era su hermano o sobrino fray Jerónimo de Valera, autor de unos comentarios; sobre la Lógica de Aristóteles y de Duns Scotto, publicados en Lima.

Juan Collantes se casó con la ñusta Francisca, de la sangre de Huaina Cápac. Una nieta de ambas, Catalina Collantes, casó con Domingo Hernández de Soto Piedrahíta, los que tuvieron un hijo, que fue don Lucas Fernández de Piedrahita, obispo de Santa Marta y Panamá y cronista de Nueva Granada.

Los casos de príncipes indios casados con españolas son excepcionales. Puede mencionarse que don Carlos Inca, hijo del inca Paullu y nieto de Huaina Cápac, casó con una mujer criolla, hija de padres españoles, de la cual tuvo un hijo que se llamó don Melchor Carlos Inca.

Las indias fueron excelentes amas de casa. La ñusta Isabel, madre de Garcilaso de la Vega, hacía los honores de su casa y como una verdadera princesa atendía a los ciento cincuenta a doscientos españoles que se sentaban a su mesa. También acompañaban a sus amantes o maridos a la guerra, aun con el riesgo de cambiar de amos si iban mal dadas. Según Cieza de León, cuando la batalla de Chupas, entablada entre Diego Almagro, que era mestizo, y Vaca de Castro,
«había en los reales muchas señoras pallas del Cuzco, las cuales, como viesen el día final de la guerra, siendo por los españoles muy queridas, y ellas teniendo para con ellos el mismo amor, deleitándose por andar en servicio de gente tan fuerte y de ser comblezas (significa la relación de la mujer manceba con la del amante casado) de las mujeres legítimas que ellos tenían en España, barruntando la muerte que por ellos había de venir, aullaban de una parte a otra».

La primera generación de mestizos peruanos tuvo una gran importancia social y cultural. Un canónigo de Cuzco dio lecciones de gramática latina a docena y media de muchachos mestizos nobles y ricos, entre los que se destaca Garcilaso de la Vega, el Inca, historiador de su patria y el mejor prosista de América. El tal canónigo, viendo su aplicación, ingenio y habilidad, les decía:
«¡Oh, hijos, y cómo quisiera ver una docena de vosotros en la Universidad de Salamanca!»

Ni con Pizarro ni con Almagro vinieron mujeres españolas al Perú. La primera, que formaba parte de la expedición de Alvarado, pereció de cansancio y de frío, con su esposo y dos niñitas, al atravesar los Andes. Después comenzaron a venir acompañando a sus maridos. Algunos conquistadores trajeron las propias para no perder las encomiendas. También vinieron varias damas ligeras de cascos. El virrey don Andrés Hurtado de Mendoza se propuso casar a los pretendientes que solicitaban mercedes antes de concedérselas. Así, escribe Garcilaso,
«a muchos de los pretensores les señalaron las mujeres con quien doblan de casar, que como el virrey no las conocía, las tenía a todas por muy honradas y honestas, pero muchas de ellas no lo eran. Por lo cual se escandalizaron los que las habían de recibir por mujeres, rehusando la compañía dellas, porque las conocían de atrás».

Tales españolitas llevaban también la aventura en la masa de la sangre y no se quedaron atrás de los varones en cuanto a escándalos y aventuras. La "monja alférez", doña Catalina de Erazo, podría considerarse como el caso extraordinario de un marimacho, de una anormal viriloide, pero la crónica escandalosa del Perú colonial señala hechos análogos como, por ejemplo, doña Eustaquia de Sousa y doña Ana Brinza, que una noche salieron a pasear en traje de hombre y le mataron al corregidor dos criados con unas pistolas. En Carnestolondas, en Potosí, salían cuadrillas de hombres muy galantes, y con ellos las mujeres, con costosos vestidos y sombreros con joyas y plunmo con sus banderas; y por quitárselas los unos a los otros se acuchillaban y ,se mataban, dejando por calles y plazas cincuenta a cien muertos, así mujeres como hombres. En 1636 se le huyó en Potosí a don Juan Pasquier doña Clara, su hija, hermosa doncella, y en hábito de hombre, y en compañía de su hermano, andaba entre los bandos destrozando hombres, y habiéndose hallado en una batalla de criollos y vascongados en la que murieron seis de éstos, fueron presos, y con ellos doña Clara, que estuvo a punto de ser degollada, sin ser conocida, hasta que el hermano avisó a su padre y fue librada. Y por último, lo siguiente:
«Este año (1641), continuando su gobierno el general Acuña, que fue notado de libidinoso, por lo cual experimentó un total descrédito, sucedió aquella batalla tan celebrada de los poetas del Perú y cantada por las calles, en la cual salieron al campo doña Juana y doña María Morales, doncellas nobles, de la una parte, y de la otra don Pedro y don Graciano González, hermanos, como también lo eran las otras. Diéronse la batalla en cuatro feroces caballos, con lanzas y escudos, donde fueron muertos lastimosamente don Graciano y su hermano, quizá por la mucha razón que les asistía a las contrarias, que era caso de honra.»

A causa de su elevada altura (4.300 m.), en Potosi las mujeres españolas no pudieron dar a luz hasta 1598. El 24 de diciembre de ese año nació el primer criollo, llamado Nicolás Flores. El hecho se atribuyó a un milagro de San Nicolás de Tolentino. Las madres tenían que descender a los valles porque los hijos morían. En cambio, los mestizos se desarrollaban perfectamente. Era un fenómeno biológico, puesto que las gallinas no sacaban pollos.

El crecimiento numérico de los mestizos peruanos fue, al igual de lo que sucedió en México, una preocupación de los virreyes, especialniente de don Francisco de Toledo. Pero de esto trataremos en otro artículo.

En el Brasil, el proceso del mestizaje fue intensísimo desde los comienzos, pues se hizo con fines políticos para poblar la colonia sin despoblar la metrópoli, cuya población en el primer tercio del siglo XVI se calculaba en 1.125.000 habitantes. Freyre cree posible que se desterrase al Brasil, teniendo en cuenta el interés de la colonización, a individuos condenados por delitos sexuales.
«A yermos apenas poblados -escribe-, tan sólo matizados de gente blanca, convenían superexcitados sexuales que aquí ejerciesen una actividad genética por encima de lo común, provechosa tal vez en sus resultados a los intereses políticos y económicos de Portugal.»

Mujeres blancas no hubo en el Brasil en los primeros años de la colonia. En 1538 llegaron hombres casados, con sus mujeres e hijos, a la colonia de San Vicente, y en 1551 la reina Catalina envió a Bahía algunas doncellas de buena cuna. Posteriormente llegaron otras expediciones de huérfanas. Todas ellas se casaron ventajosamente y fueron las madres de los criollos brasileños.

Dice Freyre que ningún pueblo superó al portugués en mixibilidad, prolifidad y en la tanta consideración a los hijos bastardos. Por eso la mestización se practicó libremente, unas veces en forma de matrimonio y las más en la de concubinato. Desde Pernambuco escribía el padre Nábregas:
«Los más de aquí tenían por gran infamia casarse con ellas (las indias). Ahora se van casando y tomando vida de buen estado.» Por parte de las indias, la unión con los portugueses fue tan viable por su moral sexual relajada. El padre Anchieta escribía en 1552: «Las mujeres andan desnudas y no saben negarse a ninguno, sino que ellas mismas acometen e inoportunan a los hombres..., porque tienen en mucha honra dormir con los cristianos.»

Lo mismo sucedía a las indias de Paraguay, las cua- les, según Álvar Núñez Cabeza de Vaca,
«de costumbre, no son escasas de sus personas y tienen por grande afrenta negallo a nadie que se lo pida, y dicen que para qué se lo dieron sino para aquello». En muchos textos se alude a casos semejantes, así como a la facilidad con que los indios paraguayos regalaban a los españoles sus hijas y hermanas «para que hicieran con ellas lo que solían de las otras que tenían» y para anudar la amistad con los vínculos del parentesco.

Tales facilidades y el temperamento ardiente de las indias y de los españoles originó el que a la Asunción, que se fundó en 1537, se la llamara "el Paraíso de Mahoma". Irala y todos los conquistadores tenían verdaderos harenes de indias. El capellán González Paniagua escribía al rey en 1545 que
«acá tienen algunos a setenta [mujeres]; si no es algún pobre, no hay quien baje de cinco o de seis; la mayor parte de quince y de veinte, de treinta y cuarenta».

En estas condiciones, los mestizos se hicieron numerosos en poco tiempo. En 1545 había en la Asunción 500 hijos de españoles e indias; en 1570, según López de Velasco, el número se eleva a dos mil mestizos y otras tantas mestizas; en 1575, sólo en la ciudad de la Asunción, según el padre Martín, los españoles eran 280 y unos cinco mil mestizos y otro tanto las mestizas. Sólo en cuatro años, de 1580 a 1585, nacieron en el país 1.000 muchachos.

En su testamento reconoció Irala tres hijos y seis hijas: don Diego, don Antonio, doña Ginebra, doña Marina, doña Isabel, doña Úrsula, Martín, Ana y María. Sus madres eran sus criadas María, Juana, Águeda, Leonor, Escolástica, Marina y Beatriz. Algunas de ellas emparentaron con personajes principales y por eso hay sangre guaraní en figuras principales de nuestra historia contemporánea.

La historia del mestizaje se repite otra vez en Chile. La unión de las indias y los conquistadores, en el valle de Mapocho, fue regular y consentida por el gobernador y el capellán. Cada soldado se apoderaba de cuantas indias podía; en unos casos se encargaban de ellas y de la prole, pero en otros ésta recaía a cargo de la madre. Para extraer oro de Malga-Malga, el cacique Michimalango prestó a Pedro de Valdivia 1.200 indios de veinticuatro a treinta años y 500 indias, que, según el padre Escobar, eran
«doncellas blancas y hermosas y de edad ocasionada para toda lascivia» (quince a veinte años). Los soldados iban a la guerra «con cuatro o seis indios varones y hembras, con quien van amancebados con color de llevarlas para su servicio». En el campamento del centenar de soldados de Álvarez de Luna «hubo semanas que parieron sesenta indias de las que estaban a su servicio, aunque no al de Dios». Había español que tenía 30 concubinas. Francisco de Aguirre reconoció 50 hijos varones.

Como veremos, la mujer española fue muy escasa en este tiempo. La primera, y durante mucho tiempo la única, fue la amante de Valdivia, doña Inés Suárez. El primer grupo vino en 1555, en un barco dieciséis y en otro diez. Ellas fueron,
según José Toribio Medina, las fundadoras de la sociedad chilena. En 1583 había 50 españolas para 1.000 hombres, sin contar 300 mestizas. Por otra parte, en la población indígena cinco mujeres por hombre, todo lo cual explica muchas cosas.
José Pérez de Barradas. REVISTA ARBIL. MMI

 

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P: ¿De verdad nos quiere hacer creer que el anticlericalismo surge por generación espontánea?¿No tendrá algo que ver la Inquisición, las matanzas de indígenas americanos, la obligación a aceptar sus creencias o lo que le hicieron a científicos como Kepler o Galileo?

 

R: Yo no creo que nada surja por generación espontánea. Ahora bien, los indígenas americanos fueron defendidos por cristianos y no por una izquierda que no existía y la Inquisición - a la que he dedicado alguna novela - a pesar de que me repugna profundamente fue una excursión de jesuitinas comparada con las matanzas perpetradas por la Revolución francesa en la Vendée, las realizadas por Lenin y sus acólitos en Rusia o las del Frente Popular en España. El anticlericalismo fundamentalmente nace del odio a un adversario al que se desea aniquilar y para ello se recurre a mentiras como las de decir que daban caramelos envenenados a los niños, que envenenaban las fuentes o que disparaban desde los conventos. A fin de cuentas es una muestra más del espíritu ilustrado de la izquierda...

DR. (en historia, filosofía, teología) CESAR VIDAL. 2004-07-13. ESPAÑA.


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LA DIMENSIÓN AMERICANA [DE ESPAÑA]

 

No parece que la empresa española en América haya sido ajena a la implantación americana de los ideales de la racionalidad filosófica y científica de raíz griega, de la dignidad del hombre de raíz cristiana y del principio del imperio de la ley de...

 

Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA

España sólo resulta inteligible en América y desde América. Ausente esta dimensión americana, resulta incompleta e ininteligible. En ocasiones se ha pensado, y el reproche no ha faltado desde la otra orilla del Atlántico, que el europeísmo de España, su participación en el proceso de la construcción política europea, se nutría del olvido de su dimensión americana. Pero no existe incompatibilidad ni contradicción entre las dos dimensiones, la europea y la americana.

España no se convierte al europeísmo, no redescubre una realidad que le fuese ajena. Siempre fue parte esencial de la civilización europea. Lo que sí es cierto es que en la hora de la crisis, España, o, al menos, sus minorías rectoras, consideró que los principios que gestaron la civilización europea eran el remedio para los males nacionales. Así, europeización y regeneración se convirtieron en términos equivalentes.

No es extraño que la concentración en la construcción europea haya podido ser entendida como un olvido de nuestra vocación americana, incluso como una traición a nuestros deberes históricos hacia las naciones hermanas, que nunca fueron consideradas como colonias sino como parte integrante de las Españas. Pero europeísmo y americanismo no son incompatibles. Por el contrario, la empresa americana forma parte esencial del ser europeo de España. Esa ha sido la obra histórica de España, la apertura de los pueblos americanos a los principios y valores de la civilización europea.

La pertenencia de nuestra nación a la Unión Europea ni impide ni dificulta la construcción de una Comunidad Iberoamericana de Naciones. Pero para que ésta sea viable quizá fuera necesario articularla en torno a la fidelidad a unos principios y valores compartidos, entre los que, sin duda, se encuentran el respeto a los derechos humanos y la adhesión a la democracia liberal. Quizá fuera necesario excluir a las naciones que no cumplan estos requisitos. De paso, se evitarían los tradicionales esperpentos del castrismo.

La intensificación de la emigración americana a España puede también contribuir a este acercamiento histórico. Con ella, cumple nuestra nación tanto un deber histórico y político como satisface su propio interés. Tampoco sería mala terapia la superación de resentimientos y de tergiversaciones históricas sobre la obra española en América, a los que tanto contribuye una buena parte de la izquierda española, en la que hubo mucho más que sólo errores y agravios. No parece que la empresa española en América haya sido ajena a la implantación americana de los ideales de la racionalidad filosófica y científica de raíz griega, de la dignidad del hombre de raíz cristiana y del principio del imperio de la ley de raíz romana. En cualquier caso, la dimensión americana de España ni es cosa del pasado ni es incompatible con la realidad europea de nuestra nación ni con su vocación europeísta. El filósofo Nietzsche, sumido ya en las nieblas de la locura pero sin perder la lucidez, oyendo a unos visitantes de su hermana hablar de España, mientras improvisaba al piano, dijo que los españoles quisimos ser demasiado. Malo sería que ahora nos conformáramos con ser demasiado poco. Europa es nuestra realidad; América, nuestro deber y nuestra vocación.

Agradecemos al autor – Arvo.net – MMV. XII.

 

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EL NUEVO PAGANISMO - Triunfo del ilusionismo

 

¿Tiene hoy mayor atractivo el paganismo? ¿Cabe hablar de que el paganismo se ha convertido para nuestra civilización en la gran tentación?

 

Por José Miguel Odero

 

¿Tiene hoy mayor atractivo el paganismo? ¿Cabe hablar de que el paganismo se ha convertido para nuestra civilización en la gran tentación?

Esta es el tesis del filósofo norteamericano Thomas Molnar, autor de una interesante publicación sobre el tema: La tentación pagana (Thomas MOLNAR, The Pagan Temptation, W.B. Eerdmans Publishing Cy., Grand Rapids (Michigan) 1987, 201 pp.).

Molnar piensa que las sociedades de raigambre cristiana han ido apartando equivocadamente de la vida de los hombres los signos de lo sagrado: El escenario de cualquier ciudad del mundo occidental muestra que la religión ha sido total y sistemáticamente excluida de la vida activa de los ciudadanos. Las viejas iglesias parecen museos, las nuevas parecen naves industriales. Sacerdotes y religiosas parecen burócratas atareados, sobre todo desde que no ostentan signo alguno de su vocación sagrada. Los sermones, como los editoriales de los periódicos, tratan de temas políticos, sociales y económicos. Las escuelas cristianas imitan a las laicistas… No se pueden encontrar rastros del componente cristiano de la civilización en ningún sector de la vida política, legal o económica, tampoco en los medios de comunicación y ni siquiera en la literatura y el arte.

La descripción de Molnar es algo drástica, y quizás responde más a la situación de los Estados Unidos que a la de España; sin embargo, como tendencia dominante en la sociedad y en la cultura actuales es innegable el empuje de ese secularismo creciente.

El diagnóstico del Autor es que, ante la racionalización progresiva de la cultura cristiana, se ha ofuscado la sacralidad, que es una necesidad auténtica de la vida humana. Por eso se explica que muchos hombres busquen hoy esa sacralidad en experiencias exóticas: las religiones orientales, las sectas…

El libro de Molnar propone acertadamente que es precisa una resacralización dentro del plan de recristianización de la civilización occidental: Debemos afirmar y creer que tal retorno es posible, y hemos de trabajar para restaurar el papel de los símbolos en la verdad cristiana, en oposición a las falsas ideologías del paganismo.

El tema del neopaganismo también ha desatado el interés y la preocupación de otros autores.

El neopaganismo del siglo XX -ha escrito Peter Kreef- ha renunciado a tres de las componentes del paganismo clásico grecorromano: La pietas, es decir, el sentido de lo sagrado que debe ser venerado; la moderación y la conciencia de que existe una ley moral universal. El neopaganismo es profundamente subjetivista, porque desconoce a un Dios personal. De este modo, un dios panteísta como la Fuerza de "La Guerra de las Galaxias" es inmensamente popular, porque es como un libro en la estantería -según escribió C.S. Lewis-: asequible cuando uno quiere, sin que moleste cuando no se desea. ¡Cuánto más conveniente pensar que somos burbujas de la espuma divina, que hijos rebeldes de un razonable Padre divino! El panteísmo carece de sentido del pecado, porque pecado significa separación, y nadie puede ser separado nunca del Todo. El nuevo paganismo es el triunfo del ilusionismo. Sin perder la emoción y la pátina de la religión, se elimina el temor de Dios.

El fenómeno está ahí. El conocido periodista y escritor Tom Wolfe hacía notar recientemente que para muchos ciudadanos el arte ha reemplazado literalmente a la religión. El arte es la forma de religión que los gobiernos y los ricos encuentran decoroso promover.

Una de las formas del neopaganismo del siglo XX ha sido descrita y alabada hace años por Albert Camus. Camus describía el encanto del naturalismo, del culto al propio cuerpo. Un culto que tantos hombres obsesionados con la preocupación por la salud tributan diariamente mediante ritos continuados: dietas sacrificadas, un "jogging" exhaustivo, baños de sol… Estos bárbaros que se relajan en las playas -escribía Camus-, tengo la esperanza insensata de que, quizá sin saberlo, están modelando el semblante de una cultura en que la grandeza del hombre encontrará al fin su verdadero rostro. Este pueblo, totalmente lanzado a su presente, vive sin mitos, sin consuelo. Ha situado todos sus bienes en esta tierra, y por eso ha quedado sin defensa contra la muerte. Me entero de que no hay dicha humana ni eternidad fuera de la curva de los días. Estos bienes irrisorios y esenciales, estas verdades relativas, son las únicas que me conmueven. Los otros, los "ideales", no tengo bastante alma para comprenderlos. No es que sea preciso portarse como bestias, pero no encuentro sentido a la dicha de los ángeles (-Noces-).

Camus trataba de interpretar el neopaganismo como si fuese un humanismo terrenal, cerrado a la trascendencia. ¿Es tal cosa posible? La historia reciente, sin embargo, subraya la experiencia dolorosa de tantas ideologías neopaganas que en este siglo han arrollado los derechos humanos de los modos y maneras más increíbles. El proyecto de "pasar" de los grandes ideales cristianos es simultáneamente un asesinato por la espalda a cualquier humanismo posible. Pueden ser humanistas, ciertamente, quienes no han tenido la dicha de conocer a Jesucristo, pero no quienes rechazan su figura o la condenan al silencio con su indiferencia. Más tarde o más temprano se puede constatar que el neopaganismo conlleva volver a la "ley" de la selva, a la barbarie, a la angustia, al suicidio de lo mejor que hay en el hombre.

Chesterton, en cuyos escritos brilla cada vez con más luz un talante profético, se preocupó de desenmascarar ese falso atractivo que el paganismo tiene para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo vivido con autenticidad vence de antemano a cualquier paganismo, porque la alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se ha convertido en el gigantesco secreto del cristiano (-Ortodoxia-).

La respuesta de Chesterton a Camus es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute más pleno de los bienes de esta tierra sólo son posibles de verdad para quien mira confiado el horizonte de la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por la fe, por una fe en el porvenir que no es ciega, que encuentra en la razón una aliada.

Por otra parte, Chesterton sustentaba una visión de la historia más optimista que la de Molnar. Mantenía que la intelectualización del dogma cristiano que se inició en los Padres de la Iglesia y se impulsó definitivamente con la teología medieval, lejos de dar pie al neopaganismo, le cortó definitivamente sus alas: Fue casi totalmente un movimiento de entusiasmo teológico ortodoxo desarrollado desde dentro. No fue un compromiso con el mundo, ni una rendición a paganos o herejes, ni siquiera una petición de ayuda externa (...) En tanto que llegaba a la luz del día común era semejante a la acción de una planta que por su propia inclinación impulsa a las hojas hacia la luz del sol; distinto de la acción de uno que se limita a no impedir que la luz del día penetre en una prisión. En breve, ello fue lo que técnicamente se denomina un desarrollo doctrinal. (…) Fue Tomás quien bautizó a Aristóteles cuando éste no pudo haberle bautizado a él; fue puramente un milagro cristiano el que levantó al gran pagano de entre los muertos (-S. Tomás de Aquino-).

La desacralización y secularización de la civilización occidental contemporánea no son en realidad una continuación de esa gran corriente intelectual cristiana que llega a su ápice en el siglo de las Universidades, el siglo XIII. Sólo aparentemente la desacralización se apoya en ese proceso de intelectualización; su origen debe buscarse -y Molnar lo pone de relieve- en Maquiavelo, Ockam, Descartes y Lutero-. Su génesis está en el racionalismo, que es -decía Chesterton- una herejía sobre el papel de la inteligencia en la vida de los hombres, es una verdad que se ha vuelto loca.

Entre las parábolas de Borges hay una llena de sugestividad sobre el pretendido retorno del paganismo a la cultura europea; se titula Ragnarök. El poeta cae en un sueño extraño: El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora al atardecer. (…) Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: ¡Ahí vienen! , y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos llorando; eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia adelante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. (…) Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. (…) Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses (-El hacedor-). 

El paganismo que parece liberar del yugo ligero de la fe en Cristo, supone regresar a los miedos y esclavitudes de un hombre desarmado, rodeado de poderes y fuerzas mundanales, ante las cuales no tiene ninguna garantía de sobrevivir. Como ya Chesterton había advertido: Una de las curiosas características de la fuerza del cristianismo es que, desde que llegó, ningún pagano ha sido capaz en nuestra civilización de ser realmente humano (-El hombre eterno-). José Miguel Odero – Agradecemos al autor – Arvo. Net – MMV.

 

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FETICHES

 

Uno creía que la cultura no casaba demasiado con la superstición. Pues no. Una reciente exposición exhibía en Madrid los fetiches de quince directores de cine españoles.

 

Por Pedro de Miguel


Es una pregunta que ya nunca falta en las entrevistas, cualquiera que sea la víctima: escritor, cineasta, político o sepulturero. "¿Y sus fetiches?", indaga el periodista hacia el final, en la parte dedicada a asuntos íntimos. La pregunta supone de antemano que todo el mundo tiene algún fetiche, algún idolillo al que otorga un poder mágico.

Lo sorprendente, sin embargo, y a juzgar por las respuestas, es que efectivamente todo el mundo guarda alguno. Uno creía que la cultura no casaba demasiado con la superstición. Incluso se podría pensar que la educación tiene por objeto liberarnos precisamente de esos ídolos que nuestros antepasados adoraron confundiéndolos con la divinidad. Pues no. Todo fin de siglo es barroco, dicen los analistas de la civilización, y parece que el barroquismo del nuestro consiste en buena parte en recuperar los tótems, el toca madera y las señales de humo.

Una reciente exposición exhibía en Madrid los fetiches de quince directores de cine españoles. Allí había un hacha, unas playeras de piel de serpiente, un elefante -de plomo-, una estrella de mar. Claro, a cualquier cosa se llama fetiche. La capacidad de los humanos por venerar tonterías, inventarse ritos y leer el futuro en los objetos inertes es ilimitada. Lo que antes se describía como comportamiento neurótico, como manía, ahora se purifica bajo la capa del fetichismo, convirtiéndolo en algo saludable. Porque el fetiche no se utiliza sólo para ahuyentar fantasmas, sino que se ha convertido en un instrumento más de trabajo.

Quienes se escandalizan ante el chador islámico están tejiendo en su propia vida decenas de velos tan anacrónicos como ese, y mucho más inútiles.

¿Qué pensarían los primitivos ante tamaña trivialización? Opondrían sus fetiches a los nuestros para pasarnos por la piedra.
Nuestro Tiempo, Marzo 1998

 

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PONTIFICIA COMISIÓN - «IUSTITIA ET PAX»

 

 

 


LA IGLESIA ANTE EL RACISMO PARA

 UNA SOCIEDAD MAS FRATERNA

 

INTRODUCCIÓN

 

Los prejuicios o las conductas racistas siguen empañando las relaciones entre las personas, los grupos humanos y las naciones. La opinión pública se conmueve siempre más. Y la conciencia moral no puede de ninguna manera aceptar tales prejuicios o conductas.

La Iglesia es particularmente sensible a las actitudes discriminatorias: el mensaje que ella recibe de la Revelación bíblica afirma vigorosamente la dignidad de cada persona creada a imagen de Dios, la unidad del género humano en el designio del Creador y la dinámica de la reconciliación realizada por el Cristo Redentor, quien ha derribado el muro de odio que separaba los mundos contrapuestos[1] para recapitular en sí la humanidad entera.

En virtud de esto, el Santo Padre ha confiado la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax" la misión de ayudar a esclarecer y estimular las conciencias acerca de esta cuestión capital: el recíproco respeto entre los grupos étnicos y raciales y su convivencia fraterna. Esto supone a su vez un lúcido análisis de ciertos hechos complejos del pasado y del presente y una apreciación imparcial de las deficiencias morales o las iniciativas positivas, a la luz de los principios éticos fundamentales del mensaje cristiano.

Cristo ha denunciado el mal, incluso con riesgo de su vida; lo ha hecho no para condenar, sino para salvar.

A ejemplo suyo, la Santa Sede siente el deber de estigmatizar proféticamente las situaciones condenables, pero se cuida bien de condenar o excluir las personas; querría en cambio ayudarlas a verse libre de esas situaciones mediante un esfuerzo determinado y progresivo. Desea, con realismo, animar la esperanza de una renovación que siempre es posible, y proponer orientaciones pastorales adecuadas, a los cristianos como a los hombres de buena voluntad, preocupadas por conseguir los mismos fines.

El presente documento se propone examinar ante todo el fenómeno del racismo en sentido estricto. No obstante, trata también ocasionalmente de algunas otras manifestaciones (actitudes conflictivas, intolerancia, prejuicios) en la medida en que tales manifestaciones están vinculadas al racismo o conllevan elementos racistas. A la luz de su tema central, el documento subraya así las conexiones existentes entre ciertos conflictos y los prejuicios raciales.

 

PRIMERA PARTE
LAS CONDUCTAS RACISTAS EN EL CURSO DE LA HISTORIA[2]

2. Las conductas y las ideologías racistas no han comenzado ayer; hunden sus raíces en la realidad del pecado desde el origen del género humano, tal como la Biblia nos lo presenta con el relato acerca de Caín y Abel y de la Torre de Babel.

Históricamente, el prejuicio racista en sentido estricto, en cuanto conciencia de la superioridad biológicamente determinada de la propia raza o grupo étnico respecto de los otros, se ha desarrollado sobre todo a partir de la práctica de la colonización y la esclavitud, al principio de la época moderna. Si se mira, a ojo de águila, la historia de las civilizaciones precedentes, al Occidente como al Oriente, al Norte como al Sur, se encuentran ya comportamientos sociales injustos o discriminatorios, si bien no siempre racistas, en propiedad de términos.

La antigüedad greco-romana, por ejemplo, no parece haber conocido el mito de la raza. Los griegos estaban ciertamente convencidos de la superioridad cultural de su civilización, pero no por eso consideraban los pueblos que llamaban "bárbaros" como inferiores por razones biológicas congénitas. No cabe duda que la esclavitud mantenía un número considerable de individuos en una situación deplorable, tenidos por "objetos" a disposición de sus dueños. Pero, originariamente, se trataba sobre todo de miembros de los pueblos sometidos por la guerra, no de grupos humanos despreciados por la raza.


El pueblo hebreo, según atestiguan los libros del Antiguo Testamento, era consciente, a un grado único, del amor de Dios por él, manifestado bajo la forma de una alianza gratuita entre Dios y el pueblo. En ese sentido, objeto de la elección y de la promesa, era un pueblo aparte de los otros pueblos. Pero el criterio de la distinción era el plan de salvación que Dios despliega en el curso de la historia. Israel era considerado como la propiedad personal del Señor entre todos los pueblos[3]. El lugar de esos otros pueblos en la historia de la salvación no fue siempre bien percibido desde el principio, y a veces esos pueblos eran estigmatizados en la predicación profética, en la medida en que permanecían idólatras. Pero no fueron objeto ni de menosprecio ni de una maldición divina a causa de su diferencia étnica. El criterio de la distinción era religioso. Y un cierto universalismo comenzaba a ser entrevisto.

Según el mensaje de Cristo, en orden al cual el pueblo de la Antigua Alianza debía preparar la humanidad, la salvación es ofrecida a la totalidad del género humano, a toda creatura y a todas las naciones[4]. Los primeros cristianos aceptaban de buen grado que se los considerara como el pueblo de la "tercera raza", conforme a una expresión de Tertuliano[5]; no ciertamente en sentido racial, sino en el sentido espiritual de nuevo pueblo, en el cual confluyen, reconciliadas por Cristo, las dos primeras razas humanas desde una óptica religiosa: los judíos y los paganos. Igualmente, la Edad Media cristiana distinguía los pueblos según criterios religiosos, en cristianos, judíos e "infieles". Y, a causa de ello, dentro de los límites de la Cristiandad, los judíos, testigos de un rechazo tenaz de la fe en Cristo, conocieron a menudo graves humillaciones, acusaciones y proscripciones.

 

3. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, las actitudes cambian. La primera gran corriente de colonización europea es acompañada de hecho por la destrucción masiva de las civilizaciones pre-colombinas y por la sujeción brutal de sus habitantes. Si los grandes navegantes de los siglos XV y XVI eran libres de prejuicios raciales, los soldados y los comerciantes no practicaban el mismo respeto: mataban para instalarse, reducían a esclavitud los "indios" para aprovecharse de su mano de obra, como después de la de los negros, y se empezó a elaborar una teoría racista para justificarse.

Los Papas no tardaron en reaccionar. El 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus de Pablo III denunciaba a los que sostenían que "los habitantes de las Indias occidentales y de los continentes australes... debían ser tratados como animales irracionales y utilizados exclusivamente en provecho y servicio nuestro"; y el Papa afirmaba solemnemente: "Resueltos a reparar el mal cometido, decidimos y declaramos que estos indios, así como todos los pueblos que la cristiandad podrá encontrar en el futuro, no deben ser privados de su libertad y de sus bienes -sin que valgan objeciones en contra-, aunque no sean cristianos, y que, al contrario, deben ser dejados en pleno gozo de su libertad y de sus bienes"[6]. Las directivas de la Santa Sede eran así de claras, incluso si, por desgracia, su aplicación conoció en seguida varias vicisitudes. Más tarde, Urbano VIII llegaría a excomulgar los que retuvieran a indios como esclavos.

Por su parte, los teólogos y los misioneros habían asumido ya la defensa de los autóctonos. El compromiso decidido en favor de los indios de un Bartolomé de Las Casas, soldado ordenado sacerdote, luego profeso dominico y obispo, seguido pronto por otros misioneros, conducía los gobiernos de España y Portugal al rechazo de la teoría de la inferioridad humana de los indios y a la imposición de una legislación protectora, de la cual se beneficiarán también, de algún modo, un siglo más tarde, los esclavos negros traídos de África.

La obra de de Las Casas es uno de los primeros aportes a la doctrina de los derechos universales del hombre, fundados sobre la dignidad de la persona, independientemente de toda afiliación étnica o religiosa. A su zaga, los grandes teólogos y juristas españoles, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, iniciadores del derecho de gentes, desarrollaron esta doctrina de la igualdad fundamental de todos los hombres y de todos los pueblos. Sin embargo, la estrecha dependencia en que el régimen del Patronato mantenía al clero del Nuevo Mundo no siempre permitió a la Iglesia tomar las decisiones pastorales necesarias.

 

4. En el contexto del menosprecio racista, aunque la motivación dominante fuera la de procurarse mano de obra barata, no se puede dejar de mencionar aquí la trata de negros, traídos de África, por dinero, hacia las tres Américas, en centenares de miles. El modo de captura y las condiciones de transporte eran tales que un gran número desaparecía antes de la partida o antes de llegar al Nuevo Mundo, donde eran destinados a los trabajos más penosos prácticamente como esclavos. Ese comercio comenzó ya en 1562 y la esclavitud consiguiente perduró por casi tres siglos. Los Papas y los teólogos, como asimismo numerosos humanistas, protestaron contra esta práctica. León XIII la ha condenado con vigor en su encíclica In plurimis del 5 de mayo 1888, felicitando al Brasil por haberla abolido. El presente documento coincide con el centenario de este texto memorable. El Papa Juan Pablo II no vaciló, en su discurso a los intelectuales africanos, en Yaoundé (13 de agosto 1985), en deplorar que personas pertenecientes a naciones cristianas hayan contribuido a la trata de negros.

 

5. Preocupada siempre de mejorar el respeto a las poblaciones indígenas, la Santa Sede no ha dejado de insistir en que se mantuviera una cuidadosa distinción entre la obra de evangelización y el imperialismo colonial, con el cual se corría el peligro de verla confundida. La Sagrada Congregación de Propaganda Fide fue creada, en 1622, con esta inspiración. En 1659, la Congregación dirigía a los "vicarios apostólicos a punto de partir hacia los reinos chinos de Tonkín y la Cochinchina" una esclarecedora Instrucción acerca de la actitud de la Iglesia ante los pueblos a los que se abría ahora la posibilidad de anunciar el Evangelio[7].

Allí donde los misioneros permanecieron en una más estrecha dependencia de los poderes políticos, les fue más difícil poner freno a la voluntad de dominio de los colonizadores. A vece, los han incluso apoyado, recurriendo a interpretaciones falaces de la Biblia[8].

 

6. En el siglo XVIII, una verdadera ideología racista ha sido forjada, opuesta a las enseñanzas de la Iglesia, en contraste también con el empeño de algunos filósofos humanistas en pro de la dignidad y libertad de los esclavos negros, que eran entonces objeto de un desvergonzado comercio de considerables proporciones. Esta ideología creyó poder encontrar en la ciencia la justificación de sus prejuicios. Apoyándose en la diferencia de los rasgos físicos y en el color de la piel, entendía concluir a una diversidad esencial, de carácter biológico hereditario, a fin de afirmar que los pueblos sometidos pertenecían a "razas" intrínsecamente inferiores, en cuanto a sus cualidades mentales, morales o sociales. La palabra "raza" es utilizada por primera vez, a fines del siglo XVIII, para clasificar biológicamente los seres humanos. El siglo siguiente, esto condujo a interpretar la historia de las civilizaciones en términos biológicos, como una competencia entre razas fuertes y débiles, éstas genéticamente inferiores a las otras. La decadencia de las grandes civilizaciones se explicaría por su "degeneración", es decir, por la mezcla de razas que comprometía la pureza de la sangre[9].

 

7. Semejantes afirmaciones encontraron un eco considerable en Alemania. Es sabido que el partido totalitario nacional socialista erigió la ideología racista en fundamento de su programa demencial, encaminado a la eliminación física de aquéllos que juzgaba pertenecer a "razas inferiores". El partido en cuestión se hizo responsable de uno de los más grandes genocidios de la historia. Su locura homicida hirió en primer término al pueblo judío, en proporciones inauditas; luego a otros pueblos, como los Gitanos y Tziganos, todavía a otras categorías de personas, como los lisiados o los enfermos mentales. Del racismo al eugenismo no había más que un paso, rápidamente franqueado.

La Iglesia no ha dejado de alzar su voz[10]. El Papa Pío XI condenó sin ambajes las doctrinas nazis en su encíclica Mit brennender Sorge, declarando que: "Quien toma la raza, o el pueblo o el Estado... o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana... para separarlo de la escala de valores... y los diviniza por un culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden de las cosas creado y establecido por Dios"[11]. El 13 de abril de 1938, el Papa hacía que la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades dirigiera a todos los rectores y decanos de Facultades una carta, imponiendo a todos los profesores de teología la obligación de refutar, según el método propio de cada disciplina, las seudo-verdades científicas con las cuales el nazismo intentaba justificar su ideología racista[12]. El mismo Pío XI preparaba, ya desde 1937, una gran encíclica sobre la unidad del género humano, que debía condenar el racismo y el antisemitismo. Fue sorprendido por la muerte antes de que pudiera publicarla. Su sucesor, Pío XII, incorporó algunos elementos en su primera encíclica Summi Pontificatus[13], y sobre todo en el Mensaje de Navidad de 1942, donde afirmaba que entre los falsos postulados del positivismo jurídico "hay que incluir una teoría que reivindica para tal nación, tal raza, tal clase, el "instinto jurídico", imperativo supremo y norma inapelable". Y el Papa lanzaba a la vez un llamado vibrante en favor de un orden social nuevo y mejor: "Este empeño, la humanidad lo debe a centenares de miles de personas, que sin la menor culpa de su parte, sino a veces simplemente porque pertenecen a tal raza o a tal nacionalidad, son destinadas a la muerte o a una progresiva consunción"[14]. En la misma Alemania, hubo entonces una valiente resistencia del catolicismo, de la cual el Papa Juan Pablo II se ha hecho eco el 30 de abril de 1987[15], con ocasión de su segundo viaje a ese país.

La insistencia en el drama del racismo nazi no debe hacer caer en el olvido otras exterminaciones en masa de poblaciones, como los armenios al acabar la primera guerra mundial y, más recientemente, una parte importante del pueblo cambogiano, por razones ideológicas.

La memoria de los crímenes así cometidos no debe ser jamás cancelada: las jóvenes generaciones y las todavía por venir deben saber a qué extremos el hombre y la sociedad son capaces de llegar, cuando ceden al poder del desprecio y el odio.

En Asia y África, hay todavía sociedades donde reina una muy neta división entre castas diferentes, así como otras estratificaciones sociales, de difícil superación. El mismo fenómeno de la esclavitud, otrora universal en el tiempo y en el espacio, no se puede considerar, por desgracia, del todo liquidado. Estas manifestaciones negativas, y muchas otras que se podría enumerar, si no dependen siempre de concepciones filosóficas racistas, en el sentido propio de la palabra, revelan no obstante la existencia de una tendencia bastante extendida e inquietante a servirse de otras creaturas humanas para los fines propios, y de ese modo, a considerarlas como de menor valor, y, por así decir, de inferior categoría.

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE
FORMAS ACTUALES DEL RACISMO

 

8. El racismo no ha desaparecido todavía; incluso se es testigo aquí y allá de inquietantes resurgimientos, que se presentan bajo formas diferentes, espontáneas, oficialmente toleradas o institucionalizadas. En efecto, si las situaciones de segregación, fundadas sobre teorías raciales son, al presente, en el mundo, una excepción, no se puede decir lo mismo de ciertos fenómenos de exclusión o de agresividad, de los cuales son víctimas ciertos grupos de personas, cuya apariencia física, características étnicas, culturales o religiosas, difieren de las propias del grupo dominante, y son por él interpretadas como indicios de una inferioridad innata y definitiva, apta a justificar cualquier práctica discriminatoria respecto de ellos. Pues, si la raza define un grupo humano en función de ciertos rasgos físicos inmutables y hereditarios, el prejuicio racial, que dicta los comportamientos racistas, puede extenderse, con los mismos efectos negativos, a todas las personas cuyo origen étnico, lengua, religión y costumbres señalan como diversas.

 

9. La forma más patente de racismo, en sentido propio, que se presenta hoy día, es el racismo institucionalizado, sancionado todavía por la constitución y las leyes de un país y justificado por una ideología de superioridad de las personas de origen europeo sobre las de origen africano, indio o "de color", a veces sustentada por una interpretación aberrante de la Biblia. Es el régimen de apartheid o del "separate development". Este régimen se caracteriza, desde tiempo atrás, por una segregación radical, en varias manifestaciones de la vida pública, entre las poblaciones negra, mestiza, india y blanca. Esta última, aunque minoritaria numéricamente, es la única detentora del poder político y se considera dueña de la inmensa mayoría del territorio. Todo sudafricano es definido por una raza que le es atribuida reglamentariamente. Si bien en los últimos años, se han dado algunos pasos en dirección de una reforma, la mayoría de la población negra permanece excluida de la real representación en el gobierno nacional y no disfruta de la ciudadanía sino de nombre. Muchos son asignados a "homelands" poco viables, que son además económica y políticamente dependientes del poder central. La mayoría de las Iglesias cristianas del país han denunciado la política de segregación. La comunidad internacional[16] y la Santa Sede[17] se han pronunciado también enérgicamente en el mismo sentido.

Africa del Sud es un caso extremo de una concepción de la desigualdad de las razas. La prolongación del estado de represión del cual es víctima la población mayoritaria es cada vez menos tolerada. Esto conlleva, entre los que son así oprimidos, un germen de reflejos racistas tan inaceptables como aquéllos que hoy padecen. Por esta razón es urgente superar el abismo de los prejuicios, a fin de construir el futuro sobre los principios de la igual dignidad de todos los hombres. La experiencia ha podido mostrar, en otros casos, que evoluciones pacíficas son posibles en este terreno. La comunidad sudafricana y la comunidad internacional deben poner por obra todos los medios para favorecer un diálogo correcto entre los protagonistas. Es importante desterrar el miedo que provoca tanta rigidez. Es importante igualmente evitar que los conflictos internos sean explotados por otros, en detrimento de la justicia y la paz[18].

 

10. En un cierto número de países, subsisten todavía formas de discriminación racial respecto de las poblaciones aborígenes, las cuales no son, en muchos casos, más que los restos de la población original de esas regiones, sobrevivientes de verdaderos genocidios, realizados en otro tiempo por los invasores o tolerados por los poderes coloniales. Y no es raro que esas poblaciones aborígenes resulten marginadas respecto al desarrollo del país.

En varios casos, la suerte que les cabe se acerca, de hecho sino de derecho, a los regímenes segregacionistas, en la medida en que quedan acantonadas en territorios estrechos y sometidos a estatutos que los nuevos ocupantes les han otorgado, casi siempre por un acto unilateral. El derecho de los primeros ocupantes a una tierra, a una organización social y política que preserve su identidad cultural, aún en la apertura a los demás, les debe ser garantizado. A este respecto, la justicia requiere que, acerca de las minorías aborígenes a menudo exiguas como número, dos escollos opuestos sean evitados: por una parte, que se las acantone en reservas como si debieran habitar en ellas para siempre, replegadas hacia su pasado; y por la otra, que se las someta a una asimilación forzada, sin consideración de su derecho a mantener una identidad propia. Ciertamente, las soluciones son difíciles: la historia no puede ser rescrita. Pero se puede encontrar formas de convivencia que tomen en cuenta la vulnerabilidad de los grupos autóctonos y les brinde la posibilidad de ser ellos mismos en el contexto de conjuntos más amplios, a los que pertenecen con pleno derecho. La integración más o menos intensa en la sociedad circunstante debe poder realizarse conforme a su elección libre[19].

 

 

(mahometanos) 

11. Otros Estados conservan, en diverso grado, restos de una legislación discriminatoria, que limita apreciablemente los derechos civiles y religiosos de aquéllos que pertenecen a minorías de religión diferente, miembros en general de grupos étnicos diversos de aquél al cual pertenece la mayoría de los ciudadanos. En razón de tales criterios religiosos y étnicos, los miembros de esas minorías, aún si se les otorga hospitalidad, no pueden obtener, en el caso de que la solicitaran, la ciudadanía del país donde residen y trabajan. Sucede también que la conversión a la fe cristiana comporta la pérdida de la ciudadanía. Estas personas son siempre, en todo caso, ciudadanos de segunda categoría, en cuanto concierne, por ejemplo, la educación superior, el alojamiento, el empleo, especialmente en los servicios públicos y la administración de las comunidades locales. En este contexto se debe mencionar también aquellas situaciones en que, en un mismo país, se impone a otras comunidades la propia ley religiosa con sus consecuencias en la vida diaria, como por ejemplo la "sharia" en algunos estados de mayoría musulmana.

 

12. De manera general, hay que mencionar aquí el "etnocentrismo", actitud bastante difundida, según la cual un pueblo tiende naturalmente a defender su identidad, denigrando la de otros, hasta el extremo de negarles, simbólicamente al menos, la cualidad humana. Semejante conducta responde sin duda a una instintiva necesidad de proteger los propios valores, creencias y costumbres, percibidos como puestos en peligro por los demás. Se ve a qué consecuencias extremas puede llevar ese sentimiento, si no es purificado y relativizado por la apertura recíproca, por la información objetiva y el mutuo intercambio. El rechazo de la diversidad puede conducir hasta aquélla forma de aniquilación cultural, que los etnólogos llaman "etnocidio", la cual no tolera la presencia del otro si no en cuanto se deja asimilar a la cultura dominante.

Rara vez las fronteras políticas de un país coinciden exactamente con las de los pueblos, y casi todos los Estados, sean ellos de constitución antigua o reciente, conocen el problema de minorías alógenas instaladas dentro de las propias fronteras. Cuando los derechos de las minorías no son respetados, los antagonismos pueden tomar el aspecto de conflictos étnicos y generar reflejos racistas y tribales. De este modo, el fin de regímenes coloniales y de situaciones de discriminación racial no ha traído siempre consigo el ocaso del racismo en los nuevos Estados independientes de África y de Asia. Dentro de las fronteras artificiales, heredadas de las potencias coloniales, la cohabitación entre grupos étnicos de tradiciones, lenguas, culturas, incluso religiones diferentes, choca a menudo con el obstáculo de una hostilidad recíproca de tipo racista. Las oposiciones tribales ponen a veces en peligro, si no la paz, al menos la búsqueda del bien común al conjunto de la sociedad, creando así dificultades a la vida de las Iglesias y a la acogida de pastores de otro origen étnico. Incluso cuando las Constituciones de esos países afirman formalmente la igualdad de todos los ciudadanos entre sí y ante la ley, no es extraño que unos grupos étnicos dominen a otros y les rehúsen el pleno disfrute de sus derechos[20]. A veces, estas situaciones de hecho han desembocado en conflictos sangrientos, siempre presentes a la memoria. Otras veces todavía, los poderes públicos no dudan en aprovechar las rivalidades étnicas como diversivo de sus dificultades internas, con gran detrimento del bien común y de la justicia que están llamados a servir.

Es importante subrayar aquí que se dan situaciones análogas, cuando, por rabones complejas, poblaciones enteras son mantenidas en estado de desarraigo, refugiadas fuera del país donde estaban legítimamente instaladas, a menudo carentes de techo, y en todo caso, sin patria; o bien, cuando, residentes en la propia tierra, se encuentran en condiciones humillantes 21.

 

13. No es exagerado afirmar que, dentro de un mismo país y de un mismo grupo étnico, pueden darse formas de racismo social, cuando, por ejemplo, inmensas masas de campesinos pobres son tratados sin ninguna consideración por su dignidad y sus derechos, expulsados de sus tierras, explotados y mantenidos en un estado de inferioridad económica y social por propietarios omnipotentes, que gozan además de la inercia o la activa complicidad de las autoridades. Son nuevas formas de esclavitud, frecuentes en el Tercer Mundo. No hay mucha diferencia entre aquéllos que consideran inferiores a otros hombres por razón de su raza, y aquéllos que tratan como inferiores a sus propios conciudadanos cuya mano de obra explotan. Es necesario que, en este caso, los principios de justicia social sean eficazmente aplicados. Se evitará así entre otras cosas, que las clases demasiado privilegiadas lleguen a abrigar sentimientos propiamente "racistas" hacia los propios conciudadanos y encuentren en ello un pretexto más para mantener estructuras injustas.

 

14. Más universal y más extendido, sobre todo en países de fuerte inmigración, es el fenómeno del racismo espontáneo, que es dable observar entre los habitantes de esos países respecto de los extranjeros, especialmente cuando éstos se distinguen por su origen étnico y su religión. Los prejuicios con los cuales estos inmigrantes son con frecuencia recibidos, corren el riesgo de desencadenar reacciones que se pueden manifestar al principio por un nacionalismo exacerbado, más allá del legítimo orgullo por la propia patria e incluso de un superficial chauvinismo, degenerando después fácilmente en xenofobia o incluso en odio racial. Tales actitudes reprensibles nacen de un temor irracional, provocado a menudo por la presencia del otro y la necesidad de confrontarse con lo diverso. El objetivo expreso o implícito que las inspira es la negación al otro del derecho a ser lo que es, y en todo caso del serlo "entre nosotros". Puede haber, sin duda, problemas de equilibrio de poblaciones, de identidad cultural y de seguridad. Pero deben ser resueltos en el respeto del otro, con la confianza también en la riqueza que aporta la diversidad humana. Ciertos grandes países del Nuevo Mundo han recibido un aumento de vitalidad de ese crisol de culturas. Por el contrario, el ostracismo y los múltiples vejámenes de los cuales son a menudo víctima refugiados o inmigrantes, exigen reprobación, mientras tienen como resultado el empujarles a estrechar sus filas, a vivir por así decir en un ghetto; y esto a su vez retrasa su integración en la sociedad que los ha recibido, desde el punto de vista administrativo, pero no de manera plenamente humana.

 

15. Entre las manifestaciones de desconfianza racial sistemática, es preciso volver aquí explícitamente sobre el antisemitismo. Ha sido ciertamente la forma más trágica que la ideología racista ha asumido en nuestro siglo, con los horrores del "holocausto" judío[22], pero por desgracia no ha desaparecido todavía del todo. Parece, en efecto, que algunos no hubieran aprendido nada de los crímenes del pasado: hay organizaciones que alimentan, mediante ramificaciones en numerosos países, el mito racista antisemita, con el apoyo de una red de publicaciones. En estos últimos años, se han multiplicado los actos de terrorismo que tienen por mira personas y símbolos judíos y muestran la radicalización de esos grupos. El antisionismo -de otro orden, ya que consiste en una contestación del Estado de Israel y su política- sirve a veces de cobertura al antisemitismo, se nutre de él y lo promueve. Además, ciertos países aducen pretextos seudo-jurídicos y ponen restricciones a una libre emigración de los judíos.

 

16. Un temor difuso ante la posible aparición de nuevas formas, todavía desconocidas, de racismo, se expresa ocasionalmente a propósito del uso que se podría hacer de las "técnicas de procreación artificial", con la fecundación in vitro y las posibilidades de manipulación genética. Si bien tales temores se inspiran en parte todavía de hipótesis, no dejan de llamar la atención de la humanidad sobre una nueva inquietante dimensión del poder del hombre sobre el hombre, y en consecuencia, sobre la urgencia de la ética correspondiente. Es necesario que el derecho determine, cuanto antes, barreras infranqueables, a fin de que esas "técnicas" no caigan en manos de poderes abusivos e irresponsables, dedicados a "producir" seres humanos seleccionados según criterios de raza, u otras peculiaridades, cualesquiera sean. Se podría ser testigo así del resurgimiento del funesto mito del racismo eugénico, cuyos efectos desastrosos el mundo ha ya padecido[23]. Un abuso parecido consistiría en evitar que vinieran al mundo seres humanos de tal o cual categoría social o étnica, mediante el recurso al aborto y a campañas de esterilización. Cuando se esfuma el respeto absoluto que se debe a la vida y a su transmisión, conforme a la voluntad del Creador, es de temer que desaparezca a la par todo freno moral al poder de los hombres, incluido el de elaborar una humanidad a la triste imagen de esos aprendices de brujo.

A fin de rechazar con firmeza tales modos de proceder, y extirpar de nuestras sociedades las conductas racistas, cualesquiera fuesen, y las mentalidades que a ellas conducen, es necesario poseer profundas convicciones acerca de la dignidad de toda persona y de la unidad de la familia humana. La moral brota de estas convicciones. Las leyes pueden contribuir a la salvaguardia de las aplicaciones esenciales de la moral. Pero no bastan para cambiar el corazón del hombre. El momento llega, pues, de escuchar el mensaje de la Iglesia que estructura aquellas convicciones y les brinda su fundamento.

  

[1] Cf. Ef. 2, 14.

[2] La intención de estas páginas no es hacer una historia completa del racismo, ni de la actitud de la Iglesia a su respecto, sino tan sólo enumerar algunos puntos salientes de esa historia y subrayar la coherencia de la enseñanza del Magisterio frente al fenómeno racista. Al hacerlo no se pretende disimular las debilidades y, a veces, también las connivencias tanto de los hombres de Iglesia como de los simples cristianos.

[3] Cf. Ex. 19, 5.

[4] Cf. Mc. 16, 15; Mt. 28, 19.

[5] Ad. Nat. I, 8; PL 1, 601.

 

[6] Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, vol. 7, Madrid 1867, 414. Ver también el Breve Pastorale officium del 29-5-1537 al Arzobispo de Toledo, ib. 414; y H. Denzinger - A. Schoenmetzer, Enchiridion Symbolorum, Barcelona 1973.

[7] "No dediquéis vuestro celo, no propongáis ningún argumento para convencer esos pueblos a cambiar sus ritos, sus hábitos y sus costumbres, a menos que sean claramente contrarias a la religión y a la moral. Nada más absurdo que transferir a los chinos, Francia, España, Italia o cualquier otro país de Europa. No llevéis a esos pueblos vuestros países, sino la fe... No procuréis suplantar los usos de esos pueblos con los europeos y tratad de adaptaros vosotros a ellos".
Collectanea S. Congregationis de Propaganda Fide, seu Decreta Instructiones, Prescripta pro apostolicis missionibus (1622-1866), vol. I, Roma 1907, n. 135; Codicis Iuris Canonici Fontes (ed. Card. J. Serédi), Vaticano 1935, vol. VII, n. 4463, p. 20.

[8] Es conocida, entre otras, la interpretación que los fundamentalistas dan de la maldición pronunciada por Noé sobre su hijo Cam, en su nieto Canaán, condenado a ser servidor de sus hermanos (cf. Gen. 9, 24-27). Se engañaban acerca del sentido y el contenido verdadero del texto sagrado, que se refiere a una concreta situación histórica: las relaciones difíciles entre los Cananeos y el pueblo de Israel. Veían en Cam o Canaán el antepasado de los pueblos africanos a ellos sometidos, y en consecuencia, los consideraban como signados por Dios con una imborrable inferioridad que los destinaba a ser para siempre esclavos de los blancos.

[9] Cf. entre otras la obra de J. A. Gobineau, Essai sur l´inegalité des races humaines, 4 vol. París 1853-55. Gobineau se inspiraba de Darwin y extendía a las sociedades y a las civilizaciones las tesis sobre la selección natural de las especies.

[10] El 25-3-1928, un decreto del Santo Oficio condenaba el antisemitismo: AAS XX (1928), 103-104.

[11] AAS XXIX (1937), 149.

[12] Cf. texto francés en Documentation Catholique 1938, 579-580. El Papa Pío XI decía todavía, en un discurso a los miembros del Colegio de Propaganda Fide, el 28-7-1938: "Católico quiere decir universal, no racista, no nacionalista, en el sentido de separación que pueden tener estos dos atributos... No queremos separar nada en la familia humana... La expresión "género humano" revela precisamente la familia humana. Es preciso decir que los hombres son ante todo un único, grande, género, una grande y única familia de seres vivientes... Existe una sola raza humana universal, "católica"... y con ella y en ella, variaciones diversas... Esta es la respuesta de la Iglesia", en L´ Osservatore Romano, 30-7-1938.

[13] Cf. Encíclica Summi Pontificatus del 28-10-1939: AAS XXXI (1939), 481-509.

[14] Radiomensaje de Navidad 1942, AAS XXXV (1943), 14; 23.

[15] Ante los obispos de la Conferencia episcopal alemana, reunidos en la Maternushaus de la arquidiócesis de Colonia, el Papa Juan Pablo II ha propuesto el testimonio del Cardenal Conde Clemens August von Galen, de la carmelita Edith Stein, del jesuita Rupert Mayer;... "otros muchos testigos valerosos de la fe que, frente a aquella tiranía inhumana, se opusieron a la arbitrariedad y la injusticia impías movidos por sus convicciones de fe o en nombre de la humanidad... Todos ellos representan a la otra Alemania que no se doblegó ante la brutal arrogancia y la violencia y que, tras el hundimiento definitivo, pudo constituir el núcleo y la fuente de energía para la posterior y grandiosa reconstrucción moral y material" (L´ Osservatore Romano, en español, 17 de mayo de 1987, p. 9). 

[16] El 30-11-1973, las Naciones Unidas adoptaron una Convención internacional para la supresión y el castigo del crimen del apartheid. Cf. también, a propósito de las incidencias del apartheid sobre el empleo, la séptima Conferencia Regional de la OIT en Harare (Zimbabwe) del 29-11 al 7-12-1988.

[17] Pablo VI, Alocución al Comité especial de las Naciones Unidas sobre el apartheid, 22-5-1974, L´ Osservatore Romano, en español, 9 de junio de 1974, pp. 9-10; Juan Pablo II, Alocución al mismo Comité, 7-7-1984, L´ Osservatore Romano, en español, 9 de diciembre de 1984, p. 18; Discurso a los Cuerpos constituidos y al Cuerpo Diplomático en Yaoundé, 12-8-1985 n. 13, L´ Osservatore Romano, en español, 1 de setiembre de 1985, p. 8.

[18] Cf. discurso de Juan Pablo II al Cuerpo Diplomático, 11-1-1986 n. 4, L´ Osservatore Romano, en español, 19 de enero de 1986, p. 2.

[19] Cf. los siguientes discursos de Juan Pablo II:
- a los indios de Ecuador, en Latacunga, 31-1-1985, L´ Osservatore Romano, en español, 10 de febrero de 1985, pp. 16-17;
- a los indios de Perú, en Cuzco, 3-2-1985, L´ Osservatore Romano, en español, 17 de febrero de 1985, pp. 9-10.
- a los aborígenes de Australia, en Alice Springs, 29-11-1986, L´ Osservatore Romano, en español, 14 de diciembre de 1986, p. 18;
- a los indios de América del Norte, en Phoenix, 14-9-1987, L´ Osservatore Romano, en español, 11 de octubre de 1987, p. 20;
- a los indios del Canadá, en Fort Simpson, 20-9-1987, L´ Osservatore Romano, en español, 15 de noviembre de 1987, p. 22.
- Cf. también el Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada de la Paz 1989: "Para construir la paz, respeta las minorías".

[20] Por lo que toca al Africa, ver Pablo VI, Mensaje Africae Terrarum 20-10-1967, en AAS LIX (1967), 1073-1097; Discurso al Parlamento de Uganda, Kampala, 1-8-1969, AAS LXI (1969), 584-585; Discurso al Cuerpo Diplomático, 14-1-1978, L´ Osservatore Romano, en español, 22 de enero de 1978, pp. 2 y 11; Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático en Yaoundé, 12 de agosto de 1985, nn. 11-12, L´ Osservatore Romano en español, 1 de setiembre de 1985, pp. 7-8.

[21] El Papa Juan Pablo II ha recordado a menudo el derecho del pueblo palestino como el del pueblo judío, a tener una patria.

[22] Cf. el discurso de Juan Pablo II cuando su visita a la Sinagoga de Roma, 13-4-1986, L´ Osservatore Romano, en español, 20 de abril de 1986, pp. 1 y 12.

[23] Cf. Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, Donum Vitae, del 22-2-1987, III: "El eugenismo y la discriminación entre los seres humanos podrían verse legitimados, lo cual constituiría un grave atentado contra la igualdad, contra la dignidad y contra los derechos fundamentales de la persona humana".

 

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TERCERA PARTE


LA DIGNIDAD DE TODA RAZA Y LA UNIDAD DEL GENERO HUMANO. VISION CRISTIANA

 

17. La doctrina cristiana sobre el hombre se ha desarrollado a partir de la Revelación bíblica y a su luz, así como también en una incesante confrontación con las aspiraciones y experiencias de los pueblos. Es esta doctrina que ha inspirado las actitudes de la Iglesia, que hemos señalado ya, en el curso de la historia. Ha sido reiterada de manera clara y sintética, para nuestro tiempo, por el Concilio Vaticano II, en varios textos decisivos. El siguiente texto puede servir de ilustración: "La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino"[24].

Esta enseñanza es reiterada a menudo por los Papas y los obispos. Así, Pablo VI precisaba ante el cuerpo diplomático: "Para quien cree en Dios, todos los seres humanos, incluso los menos favorecidos, son hijos del Padre universal que los ha creado a su imagen y guía sus destinos con amor solícito. La paternidad de Dios significa fraternidad entre los hombres: éste es uno de los puntos clave del universalismo cristiano, un punto en común también en otras grandes religiones, y un axioma de la más profunda sabiduría humana de todos los tiempos, la que rinde culto a la dignidad del hombre"[25].

Y Juan Pablo II insiste: «La creación del hombre por Dios "a su imagen" confiere a toda persona humana una dignidad eminente; supone además la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en el mismo ser del hombre, adquiere la dimensión de una fraternidad espacialísima mediante la encarnación del Hijo de Dios... En la redención realizada por Jesucristo, la Iglesia contempla una nueva base para los derechos y deberes de la persona humana. Por ello, cualquier forma de discriminación por causa de la raza... es absolutamente inaceptable"[26].

 

18. Este principio de la igual dignidad de todos los hombres, cualquiera sea la raza a que pertenecen, encuentra ya un serio apoyo en el plano científico, y un sólido fundamento en el plano de la filosofía, de la moral y de las religiones en general. La fe cristiana respeta esta intuición y la afirmación consiguiente y se regocija por ella. Revela una convergencia muy digna de nota entre las diversas disciplinas que refuerza las convicciones de la mayoría de los hombres de buena voluntad y permite la elaboración de declaraciones, convenciones y pactos internacionales para la salvaguardia de los derechos del hombre y la eliminación de toda forma de discriminación racial. En este sentido Pablo VI podía hablar de "un axioma de la más profunda sabiduría humana de todos los tiempos".

Sin embargo, todos estos abordajes no son del mismo orden y es importante respetar sus niveles respectivos.

Las ciencias, por su parte, contribuyen a disipar no pocas falsas certidumbres con las cuales se intenta cubrirse cuando se quiere justificar conductas racistas o retrasar las transformaciones necesarias. Según el texto de una declaración, redactada en la UNESCO el 8 de junio de 1951 por un cierto número de personalidades científicas: "Los sabios reconocen generalmente que todos los hombres actualmente vivientes pertenecen a una misma especie, el homo sapiens, y que proceden de un mismo tronco"[27]. Pero las ciencias no son suficientes para asegurar las convicciones anti-racistas: por sus métodos mismos, ellas se prohíben a sí mismas decir una palabra final sobre el hombre y su destino y definir reglas morales universales obligatorias para las conciencias.

La filosofía, la moral y las grandes religiones se interesan, ellas también, del origen, la naturaleza y el destino del hombre, y ello en un plano che supera la investigación científica abandonada a sus fuerzas. Procuran fundamentar el respeto incondicional de toda vida humana sobre una base más firme que la observación de las costumbres y el consenso, siempre frágil y ambiguo, de una época. Logran así, en el mejor de los casos, adoptar un universalismo que la doctrina cristiana apoya sólidamente en la Revelación divina.

 

19. Según esta Revelación bíblica, Dios ha creado el ser humano -hombre y mujer- a su imagen y semejanza[28]. Este vínculo del hombre con su Creador funda su dignidad y sus derechos humanos inalienables, con Dios mismo como garante. A esos derechos personales corresponden evidentemente deberes hacia los demás hombres. Ni el individuo, ni la sociedad, ni el Estado, ni ninguna otra institución humana, pueden reducir al hombre -o un grupo de hombres- al estado de objeto.

La fe es un Dios que está al origen del género humano, trasciende, unifica y da sentido a todas las observaciones parciales que la ciencia puede acumular sobre el proceso de la evolución y el desenvolvimiento de las sociedades. Es la afirmación más radical de la idéntica dignidad de todos los hombres en Dios. Conforme a esta concepción, la persona escapa a todas las manipulaciones de los poderes humanos y de la propaganda ideológica destinada a justificar la sujeción de los más débiles. La fe en un solo Dios, Creador y Redentor de todo el género humano, hecho a su imagen y semejanza, constituye la negación absoluta e insoslayable de toda ideología racista. Pero es preciso extraer de ella todas sus consecuencias: "No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios"[29].

 

20. La Revelación insiste, en efecto, igualmente, en la unidad de la familia humana: todos los hombres creados tienen en Dios un mismo origen. Cualquiera sea, en el curso de la historia, su dispersión geográfica o la acentuación de sus diferencias, están siempre destinados a formar una sola familia, según el plan de Dios establecido "al principio". En el primer hombre, la unidad de todo el género humano, presente y futuro, es tipológicamente afirmada. Adán -de adama, la tierra- es un singular colectivo. Es la especie humana que es "imagen de Dios". Eva, la primera mujer, es llamada "la madre de todos los vivientes"[30]. De la primera pareja "proviene la raza de los hombres"[31]. Todos son de la "familia de Adán"[32]. San Pablo declarará a los atenienses: "Dios creó, de un solo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra"; de manera que todos pueden decir con el poeta que son del "linaje" mismo de Dios[33].

La elección del pueblo judío no contradice este universalismo, se trata de una pedagogía divina que se propone asegurar la preservación y el desarrollo de la fe en el Eterno, que es único, y fundamentar así las responsabilidades consiguientes. Si el pueblo de Israel ha tomado conciencia de una relación especial con Dios, ha afirmado también que hay una alianza con El de todo el género humano[34], y que, aún en la Alianza concluida con él, todos los pueblos son llamados a la salvación: "Y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra" declara Dios a Abraham[35].

 

21. El Nuevo Testamento refuerza esta revelación de la dignidad de todos los hombres, de su unidad fundamental y de su deber de fraternidad, porque todos han sido igualmente salvados y reunidos por Cristo.

El misterio de la Encarnación manifiesta en qué honor Dios ha tenido la naturaleza humana, ya que, en su Hijo, ha querido, sin confusión ni separación, unirla a la suya. Cristo se ha unido, en cierto modo con todo hombre[36]. Cristo es, por título exclusivo, la imagen de Dios invisible"[37]. Sólo El revela de manera perfecta el ser de Dios en la humilde condición humana que ha asumido libremente[38]. Por ello, es el "nuevo Adán", prototipo de una humanidad nueva, "primogénito entre muchos hermanos"[39], en quien ha sido restaurada la semejanza divina empañada por el pecado. Al hacerse carne entre nosotros, el Verbo eterno de Dios "ha compartido nuestra humanidad"[40] para conformarnos a su divinidad. La obra de salvación realizada por Cristo es universal. No tiene como destinatario solamente el pueblo elegido. Toda la "raza de Adán" es afectada, "recapitulada" en Cristo, según la expresión de San Irineo[41]. En Cristo, todos los hombres son llamados a entrar, por la fe, en la Alianza definitiva con Dios[42], al margen de la circuncisión, de la Ley de Moisés y de la raza.

Esta Alianza ha sido realizada y sellada por el sacrificio de Cristo, que obró la Redención de una humanidad pecadora. Por su cruz fue abolida la división religiosa -que se había hecho más rígida como división étnica- entre el pueblo de la promesa, ahora cumplida, y el resto de la humanidad. Los gentiles, hasta ahora "excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la promesa", "han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo"[43]. El, "de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad"[44]. A partir del judío y del gentil, Cristo ha querido "crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo". Este "Hombre Nuevo" es el nombre colectivo de la humanidad redimida por El, en toda la variedad de sus componentes, reconciliada con Dios para formar un solo Cuerpo que es la Iglesia, gracias a la cruz que ha suprimido la enemistad[45]. De esta manera, no hay ya más "griego ni judío, circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos"[46]. El creyente, cualquiera fuera su condición anterior, ha revestido así ese Hombre Nuevo, que no cesa de ser renovado a imagen de su Creador. Y Cristo reúne los hijos de Dios que estaban dispersos[47].

El mensaje de Cristo no mira solamente a una fraternidad espiritual. Presupone y pone en marcha comportamientos concretos, muy importantes en la vida cotidiana: Cristo mismo ha dado el ejemplo. El marco estrecho de Palestina, donde se ha desarrollado casi toda su vida terrestre, no le brindaba demasiadas ocasiones de encontrar gente de otras razas. No obstante, se ha mostrado acogedor con todas las categorías de personas con las cuales entró en contacto. No temió dedicarse a los samaritanos[48] y ponerlos como ejemplo[49], cuando eran menospreciados por los judíos y tratados como herejes. Ha hecho beneficiarios de su salvación a todos los que estaban marginados por una u otra razón: los enfermos, los pecadores hombres y mujeres, las prostitutas, los publicanos, los paganos como la mujer sirofenicia[50].

Han quedado excluidos solamente los que se auto-excluyen, por su suficiencia, como algunos fariseos. Y él nos amonesta solemnemente: habremos de ser juzgados según la actitud que tuvimos hacia el extranjero, o hacia el más pequeño de sus hermanos. Incluso sin saberlo, encontramos en ellos a El mismo[51].

La resurrección de Cristo y el don del Espíritu Santo en Pentecostés han inaugurado esta humanidad nueva. La incorporación a ella se realiza por la fe y el bautismo, a la zaga de la predicación y la libre adhesión al Evangelio. Y esta buena nueva está destinada a todas las razas. "Haced discípulos a todas las gentes"[52].

 

22. La Iglesia tiene en consecuencia la vocación de ser, en medio del mundo, "el pueblo de los redimidos", reconciliados con Dios y entre sí, siendo "un solo cuerpo y un solo espíritu" en Cristo[53] y manifestando a todos los hombres respeto y amor. "Todas las naciones que hay bajo el cielo" estaban representadas simbólicamente en Jerusalén, el día de Pentecostés[54], superación y antitipo de la dispersión de Babel[55]. Como afirma Pedro, cuando fue llamado a casa del pagano Cornelio: "a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre... Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas"[56].

La Iglesia ha recibido la vocación sublime de realizar, primero en sí misma, la unidad del género humano, más allá de toda división étnica, cultural, nacional, social y otras todavía, a fin de significar precisamente el término de esas divisiones, abolidas por la cruz de Cristo. Al hacerlo, contribuye a promover la convivencia fraterna entre los pueblos. El Concilio Vaticano II ha definido muy justamente la Iglesia "como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano"[57], porque "Cristo y la Iglesia... trascienden todo particularismo de raza o de nación"[58]. En la Iglesia no hay "ninguna desigualdad por razón de la raza o de la nacionalidad, de la condición social o del sexo"[59]. Es precisamente el sentido del término "católico", es decir, universal; él caracteriza la Iglesia. Y a medida que ésta realiza su expansión, la catolicidad se vuelve más manifiesta: la Iglesia reúne efectivamente los fieles de Cristo de todas las naciones del mundo, con las culturas más variadas, guiadas por los pastores de sus pueblos, comulgando todos en la misma fe y en la misma caridad.

Aquéllo que la Iglesia tiene vocación y misión de realizar, por mandato divino, sus fracasos repetidos, obra de la dureza de los hombres y de los pecados de sus miembros, no pueden de ninguna manera anularlo. Esto conforma que no se trata de una empresa de hombres, sino de un proyecto que supera las fuerzas humanas. Es importante, en todo caso, que los cristianos se den cuenta mejor que son llamados, todos ellos, a ejercer el papel de signos en el mundo. A través de su conducta, que excluye toda forma de discriminación racial, étnica, nacional o cultural, el mundo debe poder reconocer la novedad del Evangelio de la reconciliación. Les toca anticipar, en la Iglesia, la comunidad escatológica y definitiva del Reino de Dios.

 

23. La doctrina cristiana, que acabamos de exponer, tiene, en efecto, serias consecuencias morales, que se puede resumir en tres palabras claves: respeto de las diferencias, fraternidad, solidaridad. Si los hombres y las comunidades humanas, son todos iguales en dignidad, ello no quiere decir que todos disfrutan, simultáneamente, de las mismas capacidades físicas, los mismos dones culturales, las mismas fuerzas intelectuales y morales, el mismo estadio de desarrollo. La igualdad no es uniformidad. Importa reconocer la diversidad y la complementariedad de las riquezas culturales y las cualidades morales de unos y de otros. La igualdad de trato presupone así un cierto reconocimiento de la diferencia, que las minorías reclaman a fin de desenvolverse según su genio propio, en el respeto de los demás y del bien común de la sociedad y de la comunidad mundial. Pero ningún grupo humano se puede engreir de poseer sobre otros una superioridad de naturaleza[60], ni de ejercer ninguna discriminación que afecte los derechos fundamentales de la persona.

Sin embargo, el mutuo respeto no basta. Es preciso instaurar una fraternidad. El dinamismo necesario para tal fraternidad no es otro que la caridad, que está, también ella, en el corazón del mensaje cristiano: "Todo hombre es mi hermano"[61]. La caridad no es un simple sentimiento de benevolencia o de piedad; se orienta más bien a hacer que cada uno se beneficie efectivamente de aquéllas condiciones de vida dignas que le corresponden por justicia, en orden a su subsistencia, su libertad y su desarrollo bajo todos los aspectos. Ella hace ver en todo hombre y en toda mujer otro ser como uno, en Cristo, conforme al precepto divino: "amarás a tu prójimo como a ti mismo".

El reconocimiento de la fraternidad no basta. Se trata de ir hasta la solidaridad activa con todos, y en especial entre ricos y pobres. La reciente encíclica de Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre 1987) insiste en el hecho de la interdependencia, «percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual... y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como "virtud", es la solidaridad»[62]. En esto se juega la paz entre hombres y naciones: "Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad"[63].

 

 

 

 

CUARTA PARTE


CONTRIBUCIÓN DE LOS CRISTIANOS A LA PROMOCIÓN, CON LOS DEMÁS, DE LA FRATERNIDAD Y LA SOLIDARIDAD ENTRE LAS RAZAS

 

24. El prejuicio racista, que niega la igual dignidad de todos los miembros de la familia humana y blasfema de su Creador, sólo puede ser combatido donde nace, es decir, en el corazón del hombre. Del corazón brotan los comportamientos justos e injustos[64], según que el hombre se abra a la voluntad de Dios, en el orden natural y en su Palabra viva, o se encierre en sí mismo y en su egoísmo, dictado por el miedo o por el instinto de dominio. Es la visión del otro que es preciso purificar. Alimentar concepciones y fomentar actitudes racistas es un pecado contra la enseñanza específica de Cristo, para quien el "prójimo" no es solamente el hombre de mi tribu, de mi ambiente, de mi religión o de mi nación, es todo ser humano que encuentro en mi camino.

Los medios externos, legislación o demostración científica, no bastan para extirpar al prejuicio racista. No es suficiente, en efecto, que las leyes eviten o sancionen toda clase de discriminación racial. Pueden ser fácilmente soslayadas, si la comunidad a la cual son destinadas no adhiere a ellas plenamente. Y para esto, una comunidad debe apropiarse los valores que inspiran las leyes justas y además traducir en la vida cotidiana la convicción de la igual dignidad de todo ser humano.

 

25. La conversión del corazón no puede ser alcanzada, sin afirmar las convicciones del espíritu acerca del respeto debido a las otras razas y grupos étnicos. La Iglesia, por su lado, coopera a la formación de las conciencias presentando claramente la íntegra doctrina cristiana sobre este punto. Pide en especial a los pastores, a los predicadores, a los maestros y a los catequistas, esclarecer la enseñanza auténtica de la Escritura y la tradición acerca del origen de todos los hombres en Dios, de su destino final común en el Reino de Dios, del valor del precepto del amor fraterno y de la total incompatibilidad entre el exclusivismo racista y la vocación universal de todos los hombres a la misma salvación en Jesucristo. El recurso a la Biblia para justificar a posteriori prejuicios racistas debe ser enérgicamente condenado. La Iglesia no ha autorizado nunca semejante distorsión de la interpretación bíblica.

La obra de persuasión de la Iglesia se realizara igualmente mediante el testimonio de vida de los cristianos: respeto de los extranjeros, aceptación del diálogo, la participación, la ayuda fraterna y la colaboración con los otros grupos étnicos. El mundo necesita la verificación entre los cristianos, de esta parábola en acción, a fin de dejarse convencer por el mensaje de Cristo. Sin duda, los cristianos ellos mismos deben confesar humildemente que miembros de la Iglesia, en todos los niveles, no han tenido siempre una conducta coherente, en este punto, en el curso de la historia. No obstante, deben continuar proclamando lo que es justo, mientras se empeñan a la vez por "realizar" la verdad[65].

 

26. No basta tampoco exponer la doctrina y proponer un ejemplo. Es necesario además asumir la defensa de las víctimas del racismo dondequiera se encuentren. Los actos de discriminación entre los hombres y pueblos, por motivos racistas, o por otros motivos, sean religiosos o ideológicos, pero que desembocan en una actitud de menosprecio o de exclusión, deben ser dados a conocer con severidad y enérgicamente reprobados, para suscitar comportamientos, disposiciones legales y estructuras sociales equitativas.

Son muchos aquellos que se han vuelto más sensibles a esta injusticia y se empeñan en la lucha contra toda forma de racismo. Lo hagan por convicción religiosa o por razones humanitarias, son llevados a veces a desafiar las represiones de ciertos poderes, o por lo menos la presión de una opinión pública sectaria, y a hacer frente a persecuciones y a la cárcel. Los cristianos no dudan en asumir su propio lugar en esta lucha por la dignidad de sus hermanos, con el necesario discernimiento y prefiriendo siempre los medios no violentos[66].

 

27. La Iglesia, en su denuncia del racismo, procura mantener una actitud evangélica respecto de todos. En esto consiste su originalidad. Si ella no teme analizar lúcidamente las causas del racismo y manifestar su desaprobación, incluso delante de los responsables, procura también comprender cómo se ha podido llegar a estos extremos, y querría ayudar a encontrar una salida razonable del callejón en el cual aquéllos responsables se han encerrado. Como Dios, que no se regocija con la muerte del pecador[67], la Iglesia mira más bien a su reconciliación, si consiente en reparar las injusticias cometidas. Ella se preocupa también de evitar que las víctimas recurran a la lucha violenta y acaben por caer en un racismo análogo al que rechazan. Quiere ofrecer un espacio de reconciliación y no acentuar las oposiciones. Exhorta a obrar de tal modo que se excluya el odio. Predica el amor y prepara pacientemente un cambio de mentalidad, sin el cual un cambio de estructuras sería inútil.

 

28. Para la instauración de una conciencia no racista, el papel de la escuela es primario. El Magisterio de la Iglesia ha subrayado siempre la importancia de una educación que insiste en lo que es común a todos los seres humanos. Importa también ayudar a ver que el otro, porque es diferente, puede precisamente enriquecer nuestra experiencia. Es normal ciertamente que la historia, por ejemplo, cultive el aprecio por la propia nación, pero sería lamentable que condujera a un miope chauvinismo y asignara a las realizaciones de las otras naciones sólo un lugar accesorio que resulte inferior. Como se ha hecho ya en algunos países, puede llegar a ser necesario revisar los manuales escolares que falsifican la historia, al callar los crímenes históricos del racismo o justifican sus principios. Igualmente, la instrucción civica debe ser concebida de tal manera que sean arrancados de raíz los reflejos discriminatorios respecto de personas que pertenecen a otros grupos étnicos. La escuela brinda siempre más, a los hijos de inmigrantes, la ocasión de mezclarse con los autóctonos: ¡ojalá se aprovechara esta circunstancia para ayudar unos y otros a conocerse mejor y preparar una convivencia armoniosa!

Muchos jóvenes parecen, hoy día, estar menos ligados a prejuicios raciales. Se nos brinda así un recurso para el futuro, que es preciso saber cultivar. Mueve tanto más a amargura comprobar que otros jóvenes se organizan en bandas para cometer violencias contra ciertos grupos raciales o transformar encuentros deportivos en manifestaciones de chauvinismo que culminan en actos vandálicos o en masacres. Los prejuicios raciales, si no se nutren de ideologías, nacen, más a menudo, de una ignorancia del otro, que abre la puerta a la imaginación legendaria y engendra el temor. Ahora bien, no faltan, hoy, ocasiones para acostumbrar los jóvenes al respecto y la estima de la diversidad: intercambios internacionales, viajes, cursos de lenguas, creación de vínculos entre ciudades gemelas, campamentos de vacaciones, escuelas internacionales, actividades deportivas y culturales.

 

29. La persuasión y la educación deben ir acompañadas paralelamente por la voluntad de traducir en textos legales el respeto de otros grupos étnicos, así como también en las estructuras y el funcionamiento de las instituciones regionales o nacionales.

Cuando el racismo muere en los corazones, acaba por desaparecer en las leyes. Pero es preciso actuar directamente también en el terreno jurídico. Donde existen todavía leyes discriminatorias, los ciudadanos, conscientes de la perversidad de tal ideología, deben asumir sus responsabilidades a fin de que, por medio de los procesos democráticos, el derecho sea puesto de acuerdo con la ley moral. Dentro de un mismo Estado, la ley debe ser igual para todos los ciudadanos indistintamente. Un grupo dominante, numéricamente mayoritario o minoritario, no puede, en ningún caso, disponer a su arbitrio de los derechos fundamentales de los demás grupos. Es necesario que las minorías étnicas, lingüísticas o religiosas que viven dentro de las fronteras de un mismo Estado, se vean reconocer los mismos derechos inalienables de los otros ciudadanos, incluido el de vivir como grupo según sus finalidades culturales y religiosas. Deben gozar de la facultad de integrarse libremente a la cultura circundante[68].

El estatuto de otras categorías de personas, como los inmigrantes, los refugiados, o también los trabajadores extranjeros estacionales, es a menudo más precario todavía. Es así más urgente que sus derechos humanos fundamentales sean reconocidos y garantizados. Ahora bien, son estas personas quienes, más frecuentemente, resultan víctimas de prejuicios racistas. Las leyes deberán atender a que sean reprimidos los actos de agresión respecto de ellos, como también los comportamientos de quienquiera (empleador, funcionario o persona privada) pretendiera someter las personas más desprotegidas a diversas formas de explotación, económicas u otras.

Pertenece, sin duda, a los poderes públicos, responsables del bien común, determinar la proporción de refugiados o inmigrantes que el país acoge, atendidas las posibilidades de empleo y las perspectivas de desarrollo, pero también la urgencia de las necesidades de otros pueblos. El Estado cuidará igualmente que no se creen situaciones de grave desequilibrio social, acompañadas por fenómenos sociológicos de rechazo como puede ocurrir cuando una excesiva concentración de personas de diferente cultura es percibida como una amenaza directa a la identidad y las costumbres de la comunidad de acogida. En el aprendizaje de la diversidad, todo no se puede exigir de entrada. Pero es preciso considerar las posibilidades que se abren de una nueva convivencia y aún de un mutuo enriquecimiento. Y una vez que un extranjero ha sido admitido y se ha sometido a los reglamentos de orden público, tiene derecho a la protección de la ley, mientras dure el periodo de su inserción social.

Igualmente, la legislación laboral no debe permitir que, por una prestación igual de trabajo, los extranjeros que hubieran encontrado empleo en un país del cual no son ciudadanos, padezcan discriminación en cuanto al salario, los beneficios sociales y seguro de ancianidad, respecto de los trabajadores autóctonos. Es justamente en las relaciones de trabajo que debería surgir un mejor conocimiento y aceptación mutuos entre personas de origen étnico y cultural diferente, y crearse una solidaridad humana capaz de superar los prejuicios de la primera hora.

 

30. En el plano internacional, importa continuar a elaborar instrumentos jurídicos de lucha contra el racismo, y sobre todo conferirles plena eficacia.

Luego de los excesos del nazismo, las Naciones Unidas se empeñaron intensamente en favor del respeto de hombres y pueblos[69]. Una importante Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial fue adoptada por la XX Asamblea General de las Naciones Unidas el 21 de diciembre de 1965. Estipula, entre otras cosas, que "nada podría justificar, en ninguna parte, la discriminación racial, ni en teoría, ni en la práctica" (Preámbulo, 6a. parte); y prevé medidas legislativas y judiciales para poner por obra estas disposiciones. Entró en vigor el 4 de enero de 1969 y fue formalmente ratificada por la Santa Sede el 1o. de mayo de ese mismo año.

La ONU decidía todavía, el 2 de noviembre de 1973, proclamar un "Decenio de lucha contra el racismo y la discriminación racial". El Papa Pablo VI manifestó enseguida su "gran interés" y su "viva satisfacción" por esta nueva iniciativa: "Esta iniciativa eminentemente humana encontrará una vez más lado a lado la Santa Sede y las Naciones Unidas, si bien en planos diversos y con medios diferentes"[70].

El Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) comprende desde 1946 una Comisión de Derechos Humanos, la cual ha instituido a su vez una Subcomisión de prevención de discriminaciones y protección a las minorías.

La contribución de la Santa Sede ha proseguido mediante la participación de sus delegaciones en numerosas manifestaciones importantes del primer decenio y en otras reuniones intergubernamentales[71]. Un segundo Decenio ha sido proclamado después (1983-1993).

 

31. Estos esfuerzos de la Santa Sede en cuanto miembro cualificado de la comunidad internacional, no deben ser disociados de los múltiples esfuerzos de las comunidades cristianas en el mundo ni del empeño personal de los cristianos en el marco de las comunes instituciones sociales.

En este contexto, es necesario mencionar especialmente la contribución de algunos episcopados. Se puede citar, por ejemplo, los esfuerzos realizados por los obispos de dos países signados por una experiencia aguda, si bien distinta en cada caso, de los problemas del racismo.

El primer caso es el de Estados Unidos de América, donde la discriminación racial ha sido mantenida en la legislación de varios Estados, mucho después de la Guerra civil (1861-1865). Recién en 1964 la Ley sobre los derechos civiles puso punto final a toda forma de discriminación racial legalmente practicada. Fue un gran paso adelante, largamente madurado y jalonado por numerosas iniciativas de carácter no-violento. La Iglesia católica, particularmente por medio de las declaraciones del Episcopado[72], y su extensa red educacional, contribuyó a este proceso.

A pesar de los esfuerzos continuados y múltiples, mucho queda todavía por hacer para eliminar del todo el prejuicio y la conducta racista, incluso en este país que puede ser tenido por uno de los más interraciales del mundo. Prueba de ello es la declaración adoptada por el "Administrative Board" de la Conferencia católica de los Estados Unidos, el 26 de marzo de 1987, que llama la atención sobre la persistencia de indicios de racismo en la sociedad americana y condena la actividad de organizaciones de tipo racista como el "Ku Klux Klan".

El segundo ejemplo es el de la Iglesia de Africa del Sud, que hace frente a una situación muy diferente. El empeño de los obispos sudafricanos, a menudo en estrecha colaboración con otras Iglesias cristianas, en favor de la igualdad racial y contra el apartheid, es bien conocido. A este respecto, se pueden mencionar algunos recientes documentos de la Conferencia episcopal: la Carta Pastoral del 1o. de mayo de 1986, con el título significativo: "La esperanza cristiana en la crisis actual"[73], y el mensaje dirigido al Jefe del Estado en agosto del mismo año[74].

La situación en Africa del Sud ha suscitado en todas partes numerosas manifestaciones de solidaridad con los que sufren a causa del apartheid y de apoyo a las iniciativas eclesiales[75], tomadas por los demás frecuentemente en un acuerdo ecuménico. El Papa Juan Pablo II, de parte suya, no ha dejado de demostrar a menudo su solicitud a los obispos católicos de este país[76]. Durante su viaje al Africa Austral, el 10 de setiembre de 1988, el Papa se dirigió a todos los obispos de la región, reunidos en Harare, diciéndoles entre otras cosas: "El problema del apartheid, entendido como sistema de discriminación social, económica y política, ocupa vuestra misión como maestros y guías espirituales de vuestra grey en un esfuerzo serio y resuelto para contrarrestar injusticias y propugnar la sustitución de esa política por una que esté de acuerdo con la justicia y el amor. Yo os aliento a que continuéis manteniendo firme y valientemente los principios en los que se basa la respuesta pacífica y justa a las legítimas aspiraciones de vuestros conciudadanos. Tengo presentes las actitudes expresadas a lo largo de estos años por la Conferencia Episcopal Sudafricana, desde su primera declaración conjunta de 1952. La Santa Sede y yo mismo hemos llamado la atención sobre las injusticias del apartheid en numerosas ocasiones y muy recientemente ante un grupo ecuménico de líderes cristianos de Sudáfrica en visita a Roma. Les recordé que "puesto que la reconciliación está en el corazón del Evangelio, los cristianos no pueden aceptar estructuras de discriminación racial que violen los derechos humanos. Pero deben advertir también que un cambio de estructuras está ligado a un cambio de corazones. Los cambios que buscan están enraizados en la fuerza del amor, el amor divino del que brota toda acción y transformación cristiana" (Discurso a una Delegación Ecuménica Conjunta de Sudáfrica, 27 de mayo de 1988)"[77].

 

32. Finalmente, el racismo, si perturba la paz de las sociedades, contamina asimismo la paz internacional. Cuando falta la justicia en este punto capital, la violencia y las guerras se desencadenan fácilmente, y las relaciones con las naciones vecinas se alteran.

En el campo de las relaciones entre los Estados, la aplicación leal de los principios sobre la igual dignidad de todos los pueblos debería impedir que unas naciones sean tratadas por otras a partir de prejuicios racistas. En situaciones de tensión entre Estados, es posible incriminar tal decisión política de un adversario, su comportamiento injusto en tal o cual punto, eventualmente el faltar a la palabra dada, pero no se puede condenar globalmente un pueblo por lo que no es a menudo más que una falta de sus dirigentes. Es en estas reacciones primarias e irracionales que los prejuicios racistas pueden reanimarse y comprometer de manera perdurable las relaciones entre las naciones.

La comunidad internacional no dispone de medios de coacción respecto de los Estados que practican todavía, conforme a su sistema jurídico, la discriminación racial con sus propias poblaciones. No obstante, el derecho internacional permite que adecuadas presiones exteriores puedan serles aplicadas a fin de conducirlos, según un plan orgánico y negociado, a abolir la legislación racista y a establecer, en su lugar, una legislación conforme a los derechos humanos. La comunidad internacional deberá, en este caso, atender, con sumo cuidado, a que su acción no arroje al país en cuestión a conflictos interiores todavía más dramáticos.

En cuanto a los mismos países donde reinan graves tensiones raciales, es preciso que se den cuenta de lo precario de una paz que no se funda sobre el consenso de todos los componentes de la sociedad. La historia enseña que el desconocimiento prolongado de los derechos del hombre concluye casi siempre por provocar explosiones de violencia incontrolable. A fin de generar un orden fundado en el derecho, es necesario que los grupos antagonistas se dejen vencer por los valores supremos y trascendentes que están en la base de toda comunidad humana y de toda relación pacífica entre las naciones.

 

33. Conclusión.

La lucha contra el racismo parece ser ahora un imperativo ampliamente radicado en las conciencias humanas. La Convención de la ONU (1965) ha formulado con fuerza esta convicción: "Toda doctrina de superioridad fundada sobre la diferenciación entre las razas, es científicamente falsa, moralmente condenable y socialmente injusta y peligrosa"[78]. La doctrina de la Iglesia afirma lo mismo, con no menos vigor: toda doctrina racista es contraria a la fe y al amor cristianos. No obstante, en contradicción con esta conciencia más madura de la dignidad humana, el racismo todavía existe, y resurge incluso bajo nuevas formas. Es como una llaga que sigue misteriosamente abierta en el flanco de la humanidad. Es necesario entonces que nos empeñemos todos en curarla con gran firmeza y paciencia.

Pero no hay que exponerse a confusiones. Hay grados y tipos de racismo. El racismo propiamente tal consiste en el desprecio de una raza, caracterizada por su origen étnico, su color o su lengua. El apartheid es hoy día la forma más típica y sistemática: un cambio es aquí absolutamente necesario y urgente. Pero hay muchas otras formas de exclusión y de rechazo, cuya motivación explícita no es la raza; los efectos son, sin embargo, análogos. Así, se trata de oponerse firmemente a todas las formas de discriminación. Sería hipócrita señalar con el dedo un solo país. El rechazo de tipo racista existe en todos los continentes. Muchos practican en los hechos la discriminación que aborrecen en las leyes.

El respeto por todo hombre, por toda raza, es el respeto por los derechos fundamentales, la dignidad, la igualdad básica. No se trata ciertamente de ignorar las diferencias culturales. Importa más bien educar a apreciar de manera positiva la diversidad complementaria entre los pueblos. Un pluralismo bien entendido resuelve el problema del racismo cerril.

La condenación del racismo y de los hechos racistas es necesaria. La aplicación de medidas legislativas, disciplinarias y administrativas contra lo uno y lo otro, sin excluir las adecuadas presiones exteriores, puede ser oportuna. Los países y las organizaciones internacionales disponen, en orden a ello, de todo un ámbito de iniciativas por tomar o suscitar. Y es igualmente responsabilidad de los ciudadanos afectados, sin que por eso se deba llegar a reemplazar, mediante la violencia, una situación injusta por otra. Hay que procurar siempre soluciones constructivas.

Todo esto, la Iglesia católica lo anima. La Santa Sede tiene también su parte en ello, en el marco de su misión específica. Todos los católicos son llamados a obrar sobre el terreno, lado a lado con los otros cristianos y con cuantos se inspiran del mismo respeto por el ser humano. La Iglesia se empeña sobre todo en cambiar la mentalidad racista, también en sus propias comunidades. Por su parte, apela ante todo el sentido moral y religioso del hombre. Presenta sus exigencias utilizando la persuasión fraterna, que es su única arma. Pide a Dios que cambie los corazones. Brinda un espacio de reconciliación. Promueve iniciativas de acogida, de intercambio, y de ayuda respecto de los hombres y mujeres de otros grupos étnicos.

En esta empresa gigantesca en favor de la fraternidad humana, su misión es aportar un suplemento de alma. A pesar de los límites de sus miembros pecadores, ella, hoy como ayer, es consciente de haber sido constituida testigo de la caridad de Cristo sobre la tierra, signo e instrumento de la unidad del género humano. La consigna que propone a todos y que ella procura vivir es: "Todo hombre es mi hermano".

3 de noviembre de 1988

Memoria litúrgica de San Martín de Porres

(nacido en Lima de un español y una esclava negra)

 

Roger Cardenal Etchegaray - Presidente de la Pontificia Comisión

"Iustitia et Pax"

 

+ Jorge Mejía - Vice-Presidente de la Pontificia Comisión

"Iustitia et Pax

 

[24] Constitución Gaudium et spes, n. 29; cf. también ibid. n. 60 (para el derecho a la cultura); cf. Declaración Nostra aetate, n. 5; Decreto Ad Gentes, n. 15; Declaración Gravissimum educationis, n. 1 (para el derecho a la educación).

[25] Discurso al Cuerpo Diplomático, 14-1-1978, AAS LXX (1978), 172. Numerosos textos anteriores se pronunciaban en el mismo sentido, especialmente: enc. Populorum Progressio, nn. 47, 63; Mensaje de Pablo VI Africae Terrarum, 1-8-1969, AAS LXI (1969), 580-586; Carta apostólica Octogesima adveniens, de Pablo VI, n. 16, AAS LXIII (1971), 413; Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1971: "Todo hombre es mi hermano".

[26] Alocución de Juan Pablo II al Comité especial de las Naciones Unidas contra el apartheid, 7-7-1984, L´ Osservatore Romano, en español, 9 de diciembre de 1984, p. 18.

[27] El racismo ante la ciencia, UNESCO, París 1973, n. 1, p. 369.

[28] Cf. Gen. 1, 26-27; 5, 1-2; 9, 6; está prohibido derramar la sangre del hombre creado a imagen de Dios.

[29] Declaración Nostra aetate, n. 5, citada en el discurso de Juan Pablo II a los jóvenes musulmanes, en Casablanca, 19-8-1985, quien añade: "Por otra parte, la obediencia a Dios y el amor hacia el hombre ha de conducirnos a respetar los derechos del hombre, esos derechos que son expresión de la voluntad de Dios y exigencia de la naturaleza humana como Dios la ha creado" (L´ Osservatore Romano, en español, 15 de setiembre de 1985, p. 14).

[30] Gen. 3, 20.

[31] Tob. 8, 6.

[32] Cf. Gén. 5, 1.

[33] Cf. Hech. 17, 26, 28, 29.

[34] Cf. Gén. 9, 11 ss.

[35] Gen. 12, 3; Hech. 3, 25.

[36] Cf. Constitución Gaudium et spes, n. 22.

[37] Col. 1, 15; cf. 2 Co. 4, 4.

[38] Cf. Fil. 2, 6-7.

[39] Rm. 8, 29.

[40] Missale romanum, offertorium.

[41] Cf. Adversus Haereses, III, 22, 3: "El Señor es quien ha recapitulado en sí mismo todas las naciones dispersas desde Adán, todas las lenguas y todas las generaciones, incluido el mismo Adán". Ireneo se inspiraba en San Pablo: Ef. 1, 10; Col. 1, 20.

[42] Cf. Rm. 1, 16-17.

[43] Cf. Ef. 2, 11-13.

[44] Ibid. 2, 14.

[45] Cf. ibid. 2, 15-16.

[46] Col. 3, 11; cf. Ga. 3, 28.

[47] Cf. Jn. 11, 52.

[48] Cf. Jn. 4, 4-42.

[49] Cf. Lc. 10, 33.

[50] Cf. Mc. 7, 24.

[51] Mt. 25, 38; 40.

[52] Mt. 28, 19.

[53] Oración eucarística, n. 3.

[54] Cf. Hech. 2, 5.

[55] Cf. Gen. 11, 1-9.

[56] Hech. 10, 28; 34.

[57] Constitución Lumen gentium, n. 1.

[58] Decreto Ad gentes, n. 8.

[59] Constitución Lumen gentium, n. 32.

[60] Cf. Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, 11-4-1963, que denuncia, después de Pío IX, el escándalo de la persistencia de las ideologías, según las cuales "ciertos seres humanos o ciertas naciones son superiores a otras por naturaleza".

[61] Tema de la Jornada Mundial de la Paz 1971.

[62] Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 38.

[63] Ibid., n. 39.

[64] Cf. Mc. 7, 21-23.

[65] Cf. Jn. 3, 21.

[66] Instrucción de la Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis conscientia, 22-3-1986, 78-79: "Determinadas situaciones de grave injusticia requieren el coraje de unas reformas en profundidad y la supresión de unos privilegios injustificables. Pero quienes desacreditan la vía de las reformas en provecho del mito de la revolución, no solamente alimentan la ilusión de que la abolición de una situación inicua es suficiente por sí misma para crear una sociedad más humana, sino que incluso favorecen la llegada al poder de regímenes totalitarios. La lucha contra las injusticias solamente tiene sentido si está encaminada a la instauración de un nuevo orden social y político conforme a las exigencias de la justicia. Esta debe ya marcar las etapas de su instauración. Existe una moralidad de los medios... En efecto, a causa del desarrollo continuo de las técnicas empleadas y de la creciente gravedad de los peligros implicados en el recurso a la violencia, lo que se llama hoy "resistencia pasiva" abre un camino más conforme con los principios morales y no menos prometedor de éxito".

[67] Cf. Ez. 18, 32.

[68] Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada de la Paz 1989: "Para construir la paz, respeta las minorías".

[69] En especial: Carta de las Naciones Unidas, 26-6-1945, art. 1, *** 3; Declaración universal de los derechos del hombre, 10-12-1948, art. 1; 2; 16; 26, II; Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial, 20-11-1963.

[70] Mensaje a las Naciones Unidas por el 25o. aniversario de la Declaración universal de los derechos del hombre, 10-12-1973, AAS LXV (1973), 673-677. Con ocasión de ese decenio, la Pontificia Comisión "Iustitia et Pax" publicó en 1979, con la firma del R.P. Roger Heckel s.j., un libro intitulado La lucha contra el racismo: aportes de la Iglesia que presentaba el estado preciso de la cuestión.

[71] Se puede citar especialmente: la Conferencia internacional sobre la Namibia y los derechos del hombre (Dakar, 5-8 de enero de 1976); -la Conferencia mundial para la acción contra el apartheid (Lagos, 22-26 de agosto de 1977);- la reunión de representantes de los Gobiernos encargados de elaborar un proyecto de Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales (UNESCO, París 13-21 de marzo de 1978); -la Conferencia mundial para la lucha contra el racismo y la discriminación racial (Ginebra 14-25 de agosto de 1978); -la 2a. Conferencia mundial para la lucha contra el racismo y la discriminación racial (Ginebra 1-12 de agosto de 1983).

[72] Cf. el documento más importante del último decenio: "Brothers and Sisters to Us: a Pastoral Letter on Racism in Our Day", publicado en 1979.

[73] Cf. Origins vol. 16, n. 1, p. 11.

[74] Cf. L´ Osservatore Romano, 3-4 de noviembre de 1986, p. 6.

[75] Se puede mencionar la carta que el Cardenal Roger Etchegaray dirigió el 8-3-1986 a Mons. Denis Hurley, entonces Presidente de la Conferencia episcopal, a fin de animar los esfuerzos de los obispos y examinar las vías posibles para superar el conflicto; cf. L´ Osservatore Romano 19-4-1986, p. 5.

[76] En particular con ocasión de las visitas ad limina; la última tuvo lugar en noviembre 1987; cf. discurso de Juan Pablo II, en L´ Osservatore Romano, en español, 14 de febrero de 1988, pp. 9-10.

[77] L´ Osservatore Romano, en español, 9 de octubre de 1988, p. 14.

[78] Convención internacional sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial (adoptada el 21 de diciembre de 1965 y con fuerza de ley desde el 4 de enero de 1969), consideración preliminar n. 6.

 

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¿QUÉ SIGNIFICA CIVILIZACIÓN?

 CIVILIZACIÓN UNIVERSAL

 

El sentido moral del hombre ha ido cristalizando en una serie de consensos sobre aquello que se debe y no se debe hacer, las instituciones que se adaptan mejor a su naturaleza, los derechos que nadie debe violar. Ese camino no ha terminado aún de recorrerse, pero no es difícil discernir donde se ha caminado más lejos. La civilización occidental, con sus problemas y oportunidades para avanzar aún más, representa la cumbre más alta a la que el hombre ha llegado. Es una realidad que, si hiciera falta hacerlo, se demuestra en un hecho sencillo: son los países occidentales los que reciben a los refugiados de las naciones que los oprimen, económica o políticamente.

 

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Aconsejaba Kant no discutir con estultos, porque fácilmente pueden confundirnos con ellos. Supongo que quien discute frases absurdas corre los mismos riesgos que el que discute con estúpidos

 

La “alianza de civilizaciones” es un absurdo en los términos, un imposible, porque sólo pueden llevar a cabo pactos, contratos y alianzas sujetos con responsabilidades, con derechos y deberes, pero no las “civilizaciones”, que es un termino que, en sentido estricto, sólo puede utilizarse en singular. Sí, no hay civilizaciones, sino civilización, que es, al menos etimológicamente, lo que nos hace civilizados, civiles.

 

La civilización tiene como principal objetivo civilizar, es decir, sacar a los individuos de un estado salvaje hasta hacerlos sujetos, individuos autónomos, capaces de problematizar todo, incluida nuestra propia existencia privada. Quizá la civilización no tiene soluciones, pero, al menos, hemos conseguido orientarnos.

 

El resultado final, pues, de la civilización es la ciudadanía, que es algo, dicho sea de paso, que sólo ha realizado nuestra civilización. La civilización, paradójicamente llamada occidental, es genuina civilización, o sea, universal, porque tiene el don de la ubicuidad. Está en todas partes. Hablamos de civilización occidental, incluso utilizamos un adjetivo geográfico donde otros usan un adjetivo religioso, pero, de hecho, nuestra civilización está en cualquier parte y lugar. Es verdadera civilización porque no se restringe a un territorio determinado. Es universal. Tienen razón, pues, quienes al utilizar con rigor el término “civilización” mantienen que no habría civilizaciones sino una única civilización. Kant en esto es preciso, pues, al final, la civilización o tiende a agruparse en un gobierno universal, algo parecido a una ONU tomada en serio, o desaparece.

 

En otras palabras, si la ONU consiguiera alcanzar algo parecido a un “pacto” de civilizaciones, correría el serio peligro de desaparecer. La nación que es una manera ejemplar de civilización desaparecería por algo tan “nebuloso” como las “civilizaciones”. Una especie de etnología salvaje haría desaparecer la política ciudadana. Las naciones, en efecto, son sujetos jurídicos y por ello pueden unirse, eso es la ONU, pero las “civilizaciones” no existen nada más que como Civilización. Esto sería un argumento suficiente para desechar la expresión “alianza de civilizaciones”, pero, como la expresión tiene tan buena receptividad en públicos analfabetos, otro día les comentaré la perversidad “buenista”, de “buena voluntad” y peor mala fe, que soporta la expresión: “alianza de civilizaciones”. La propuesta es tan cruel y obtusa como el “buenismo” que la soporta. Agapito MESTRE-2005. 07

 

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«Pedro expresó en primer lugar, en nombre de los apóstoles, la profesión de fe: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios vivo».

S. S. Benedicto XVI reconoció que «esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así», aseguró Su Santidad.

«El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir --señaló--. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra».

«Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo».

Según el Papa, esta fue la misión de Juan Pablo II, «cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural».

«La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud», aclaró S. S. Benedicto XVI


«El Papa es consciente de estar, en sus grandes decisiones, ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia» 2005.05 Vat.


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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholastic’s.

 

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“La Iglesia Católica, la Santa Iglesia de los pecadores. La magnifica obra de la mano del Señor, en su misericordioso trabajo por transformar a los pecadores en santos.” (Dr. Sánchez Rojas Prof. de Teología).

Cuando uno va a un museo y contempla una obra maestra, admira la obra pero más admira al autor. Amo a la Iglesia como la obra magnifica que es, pero más amo al Artista… Dios mismo. Glorifiquemos al Señor con nuestras vidas.

 

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Cómo se entregó al servicio de los leprosos -  "Después, el santo enamorado de la perfecta humildad se fue a donde los leprosos; vivía con ellos y servía a todos por Dios con extremada delicadeza: lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus úlceras purulentas, según él mismo lo refiere en el testamento: ´Como estaba en pecado, me parecía muy amargo ver leprosos; pero el Señor me condujo en medio de ellos y practiqué con ellos la misericordia´. En efecto, tan repugnante le había sido la visión de los leprosos, como él decía, que en sus años de vanidades, al divisar de lejos, a unas dos millas, sus casas, se tapaba la nariz con las manos.

Mas una vez que, por gracia y virtud del Altísimo, comenzó a tener santos y provechosos pensamientos, mientras aún permanecía en el siglo, se topó cierto día con un leproso, y, superándose a sí mismo, se llegó a él y le dio un beso. Desde este momento comenzó a tenerse más y más en menos, hasta que, por la misericordia del Redentor, consiguió la total Victoria sobre sí mismo.

También favorecía, aun viviendo en el siglo y siguiendo sus máximas, a otros necesitados, alargándoles, a los que nada tenían, su mano gene Rosa, y a los afligidos, el afecto de su corazón. Pero en cierta ocasión le sucedió, contra su modo habitual de ser - porque era en extremo cortés -, que despidió de malas formas a un pobre que le pedía limosna; en seguida, arrepentido, comenzó a recriminarse dentro de sí, diciendo que negar lo que se pide a quien pide en nombre de tan gran Rey, es digno de todo vituperio y de todo deshonor. Entonces tomó la determinación de no negar, en cuanto pudiese, nada a nadie que le pidiese en nombre de Dios. Lo cumplió con toda diligencia, hasta el punto de llegar a darse él mismo todo en cualquier forma, poniendo en práctica, antes de predicarlo, el consejo evangélico que dice: A quien te pida, dale, y a quien te pida un préstamo, no le des la espanda." 

TOMÁS DE CELANO, Vida primera, nn. 348-349

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

 

El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

Comentando la creación del hombre, ‘Gregorio De Nisa’ (doctor de la Iglesia del siglo IV) subraya que Dios, «el mejor de los artistas, forja nuestra naturaleza de manera que sea capaz del ejercicio de la realeza. A causa de la superioridad del alma, y gracias a la misma conformación del cuerpo, hace que el hombre sea realmente idóneo para desempeñar el poder regio» («De hominis opificio» 4: PG 44,136B).

Pero vemos cómo el hombre, en la red de los pecados, con frecuencia abusa de la creación y no ejerce la verdadera realeza. Por este motivo, para desempeñar una verdadera responsabilidad ante las criaturas, tiene que ser penetrado por Dios y vivir en su luz. El hombre, de hecho, es un reflejo de esa belleza original que es Dios: «Todo lo que creó Dios era óptimo», escribe el santo obispo. Y añade: «Lo testimonia la narración de la creación (Cf. Génesis 1, 31). Entre las cosas óptimas también se encontraba el hombre, dotado de una belleza muy superior a la de todas las cosas bellas. ¿Qué otra cosa podía ser tan bella como la que era semejante a la belleza pura e incorruptible?... Reflejo e imagen de la vida eterna, él era realmente bello, es más, bellísimo, con el signo radiante de la vida en su rostro» («Homilia in Canticum» 12: PG 44,1020C).

El hombre fue honrado por Dios y colocado por encima de toda criatura: «El cielo no fue hecho a imagen de Dios, ni la luna, ni el sol, ni la belleza de las estrellas, ni nada de lo que aparece en la creación. Sólo tú (alma humana) has sido hecha a imagen de la naturaleza que supera toda inteligencia, semejante a la belleza incorruptible, huella de la verdadera divinidad, espacio de vida bienaventurada, imagen de la verdadera luz, y al contemplarte te conviertes en lo que Él es, pues por medio del rayo reflejado que proviene de tu pureza tú imitas a quien brilla en ti. Nada de lo que existe es tan grande que pueda ser comparado a tu grandeza» («Homilia in Canticum 2»: PG 44,805D).  San Gregorio de Nisa - Dos grandes doctores de la Iglesia del siglo IV, Basilio y Gregorio Nacianceno, obispo en Capadocia, en la actual Turquía. El hermano de Basilio, san Gregorio de Nisa, hombre de carácter meditativo, con gran capacidad de reflexión y una inteligencia despierta, abierta a la cultura de su tiempo. Se convirtió así en un pensador original y profundo de la historia del cristianismo.

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† Seguir a Jesús es apropiarnos de sus criterios, de sus actitudes y de su conducta, fieles en toda su doctrina, sirviendo a nuestro tiempo. †






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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).