Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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No se llega a la verdad del ser humano solamente con los medios que ofrece la ciencia" , subrayó Juan Pablo II, sino también "gracias a la mirada llena de amor de Cristo. Y El, el Señor, nos sale al encuentro en el misterio de la Eucaristía. Por tanto, no dejáis nunca de buscarlo y descubriréis en sus ojos un reflejo atrayente de la bondad y de la belleza que El mismo ha puesto en vuestros corazones con el don de su Espíritu". 2004-12-15

 

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“Los cuatro desafíos de la humanidad: vida, pan, paz y libertad”. Juan Pablo Magno. (S.S. Juan Pablo II). 2005.01

 

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El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

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No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. S. S. Juan Pablo II

 

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S. S. Benedicto XVI nos ha recordado varias veces que, si la razón y la fe avanzan juntas de un modo nuevo; si superamos la limitación impuesta por la razón misma a lo que es empíricamente verificable, generaremos así nuevos horizontes.
La dignidad humana es un concepto que engloba no pocas de las características definitorias de lo humano. Pero la dignidad humana también es una pregunta que nos remite a un presupuesto anterior; la pregunta por la dignidad humana, y las consecuencias que se derivan de su respuesta, es hoy una exigencia cultural del catolicismo. Si la acción humana, como nos recordaba el profesor David L. Schindler, «sólo llega a ser dramática penetrando a fondo en la vida hasta llegar al encuentro de la Fuente divina del ser, el eco del fiat mariano y del canto del Magnificat que brota del centro de la criatura humana es un encuentro que debe desarrollarse como completo modo de vida». 2007

 

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“La fe y la razón son necesarias y complementarias en la búsqueda de la sabiduría.”

«La universidad no podía existir sin la facultad de Teología, ya que hubiera quedado incompleta». «La presencia de las ciencias teológicas entre los otros campos de reflexión universitaria posibilita un intercambio válido de pensamiento».
”La fe y la razón «se encuentran en la búsqueda de la sabiduría. Se sirven de diversos instrumentos y métodos, pero se enriquecen mutuamente en el descubrimiento de las múltiples dimensiones de la verdad».” S. S. Juan Pablo II

a una delegación de la Universidad de Silesia, en Katowice (Polonia). 2005-01-13: Italia, Roma, Vat. donde la Iglesia fundada por Cristo, tiene su sede histórica.

 

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Historia - "En el siglo que acabamos de dejar atrás hemos visto revoluciones, cuyo programa era de no esperar más la intervención de Dios y tomar en sus manos el destino del mundo (...) La verdadera revolución consiste en acercase sin reservas a Dios que es la medida de lo justo y al mismo tiempo del amor eterno. ¿Qué nos puede salvar si no es el amor?", S. S. Benedicto XVI – P.M. - 2005.08

 

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Están esos de los viejos tópicos anticlericales del cientifismo del siglo pasado, según los cuales es incompatible el ser católico con el ser científico. Una prueba palmaria de esta incompatibilidad sería la ausencia, entre los científicos más destacados, de católicos, y más en general, de creyentes. Este hecho, en último término, habría que reconducirlo al caso Galileo, responsable de haber alejado la actividad científica de los países católicos, donde era considerada peligrosa e incluso reprimida, a las zonas protestantes, donde el libre pensamiento habría permitido una rápida floración científica. Esta burda generalización simplista goza de tal arraigo que quien intente desafiarla aportando datos fehacientes, será inmediatamente tachado de manipulador de la historia. Quien, al oponer una religión basada en la revelación y el dogma a la ciencia, basada en la observación y el razonamiento, en realidad excluye a priori que pueda haber una revelación racional y que el dogma pueda ser razonable. Olvida también que la ciencia misma necesita sus dogmas para progresar, es decir, preconcepciones que nadie demuestra, sino que se aceptan sencillamente. Nadie comienza a investigar desde cero, ni puede verificar experimentalmente todo lo que los demás miembros de la comunidad científica dicen haber demostrado. La personalidad del investigador, el lugar donde se han realizado las investigaciones y el medio en que se han hecho públicas, son criterios suficientes para aceptar por buenos ciertos resultados y nos dispensan de repetir un experimento. La ciencia, como en general, todo conocimiento humano, necesita también de una fe natural para progresar. Una ciencia basada pura y exclusivamente en la observación empírica, opuesta a una revelación acogida críticamente, es simplemente, un mito falso.

…Los fenómenos históricos, sin embargo, se miden con una escala diferente, hecha de años o de decenios. En este sentido, el Jubileo de los científicos, ha constituido un hito en las relaciones entre la Iglesia y la ciencia, punto de llegada y de partida, cuyos resultados podrán apreciarse y valorarse sólo con el tiempo. MM.

 

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Una Iglesia pionera

 

 

 

La mala imagen que la Iglesia católica tiene en algunos ámbitos científicos se debe a que es una presencia molesta, contraria al todo vale en investigación. Sin embargo, la Iglesia siempre se ha pronunciado a favor del progreso del ser humano, y siempre ha buscado su bien material y espiritual, no sólo en el campo asistencial o en el relacionado con la enseñanza, sino también en el campo científico. Pocos saben que el Observatorio Vaticano es uno de los centros astronómicos más antiguos del mundo. El Papa Gregorio XIII ya había creado una comisión científica encargada de estudiar los elementos necesarios para la realización de la reforma del calendario litúrgico que tuvo lugar en 1582. Desde entonces, el papado ha apoyado la investigación astronómica. Para responder a quienes acusaban a la Iglesia de oponerse a la ciencia, el Papa León XIII, en 1891, fundó formalmente la Specola Vaticana (Observatorio Vaticano) y lo colocó en una montaña detrás de la basílica de San Pedro. Durante cuatro décadas, la investigación astronómica de esta institución, que llegó a realizar un famoso programa de gran prestigio científico para trazar un mapa de las estrellas, tenía lugar a la sombra de San Pedro.
Asimismo, la Academia Pontificia de las Ciencias es, actualmente, la única Academia de las Ciencias con carácter supranacional existente en el mundo. Tiene como fin honrar la ciencia dondequiera que se encuentre, asegurar su libertad y favorecer las investigaciones, que constituyen la base indispensable para el progreso de las ciencias. Nació en 1603 de la mano del Papa Clemente VIII, y está compuesta por 80 académicos elegidos entre los investigadores internacionales más punteros de las ciencias matemáticas y experimentales, sin ningún tipo de discriminación religiosa. Se ocupa de estudiar temas tan dispares como las armas nucleares o la ecología, y fue denominada por Pío XI como el Senado científico de la Iglesia.

 

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Fe y ciencia: en busca de la verdad

 

 

 «Fe empirista. Ni somos ni seremos./ Todo nuestro vivir es prestado./ Nada trajimos; nada llevaremos»: estos versos de Antonio Machado, de su libro Campos de Castilla, contienen la sabiduría de quien ha conocido paisajes y paisanajes, y cuya mirada –como decía de él Rubén Darío– era «tan profunda que apenas se podía ver». Si sobre el templo de Delfos se podía leer la expresión Conócete a ti mismo, los versos de Machado son una primera aproximación al misterio profundo de la vida humana, a la mera existencia desnuda –en palabras de Viktor Frankl– del hombre sobre la tierra: Nada trajimos, nada llevaremos. La vida del hombre sobre la tierra es un paréntesis que se cierra en un momento que no está en sus manos prever; quizá por ello, todas nuestras fuerzas deberían dirigirse a conocer a Quien nos ha prestado este vivir nuestro.

 

Ya desde los primeros años de vida, la cabeza de los niños parece haberse convertido en un ilimitado almacén de datos, bien compartimentado en asignaturas: Matemáticas, Lengua, Ciencias Naturales... Todos los padres –como buenos padres– buscan para sus hijos los mejores colegios y la mejor educación, aquella que les otorgue una buena profesión y una buena situación en el mundo. Sin embargo, muchos de ellos olvidan que todo nuestro vivir es prestado, y así la vida se acaba convirtiendo en una asignatura pendiente. Conocemos muchas cosas, pero ¿sabemos vivir? En el hombre –en todos los hombres– existe una inclinación a conocer la verdad; es algo que nos viene dado: nadie quiere que le engañen. Esta inclinación es ilimitada: todos deseamos conocer más y más, desde las últimas noticias aparecidas en los medios de comunicación, hasta el estado de ánimo de nuestros seres queridos; y, especialmente en determinados momentos de la vida, nos hacemos las preguntas esenciales: ¿Quién soy?; ¿para qué vivo?; ¿qué ocurrirá cuando me muera?
Dos fenómenos especialmente nocivos atentan contra la búsqueda de respuestas a estas cuestiones fundamentales: por un lado, el intelectualismo, que reduce al hombre a un mero gestor de datos –a la manera de un chip informático– con los que producir y trabajar; y la especialización que conlleva la fragmentación del saber, lo que hace que sepamos mucho acerca de muy poco, y seamos unos completos ignorantes en el arte de vivir. Si, en épocas pasadas, los pocos que estudiaban intentaban abarcar todas las áreas del conocimiento, ahora la universalización de la educación pone a disposición de muchos un saber cada vez más concreto y cada vez más técnico, al mismo tiempo que deja de lado las Humanidades, por considerarlas poco útiles.
Juan Pablo II afirma, en la Carta encíclica Fides et ratio: «Una razón llena de interrogantes ha desarrollado sucesivamente su deseo de conocer cada vez más, y más profundamente. Se han construido sistemas de pensamiento complejos, que han producido sus frutos en los diversos ámbitos del saber, favoreciendo el desarrollo de la cultura y de la Historia. La antropología, la lógica, las ciencias naturales, la Historia, el lenguaje..., de alguna manera se han abarcado todas las ramas del saber. Sin embargo, los resultados positivos alcanzados no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio, y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso, la razón se ha doblegado sobre sí misma, haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser».


Una ciencia desorientada
En los últimos años, el progreso está dejando atrás millones de vidas humanas: niños arrebatados del seno materno durante sus primeros días o meses de vida; ancianos que estorban, porque su enfermedad o su vejez hace de ellos una pesada carga, y a los que se les aplica la eutanasia; miles de embriones que son desechados, porque son portadores de una enfermedad, víctimas de una discriminación sin entrañas; embriones congelados en todo el mundo, olvidados ya por sus padres, que están en el codicioso punto de mira de unos científicos sin formación humana que se frotan las manos ante la posibilidad de su disección... Todo ello, bajo la bandera del progreso.
La ciencia, hoy en día, está, en gran parte, desorientada; sólo responde al incierto estímulo de un pragmatismo al servicio de la rentabilidad: la inocente concepción de una técnica que avanza para el bien de la Humanidad ha dejado paso a una investigación encaminada a hacer la vida más confortable, un mundo feliz, al estilo del que denunciaba Aldous Huxley en la novela del mismo título, donde los pocos que puedan pagar sus avances puedan llevar una vida sin sufrimientos, a costa de lo que sea y de quien sea. Recientemente, una votación en la ONU acerca de la clonación decidió posponer por dos años el debate sobre la clonación terapéutica, con lo que se ha preferido investigar primero, y sólo después preguntarse por el sentido de tal investigación. Por todas partes surgen los llamados comités de ética, muchos de cuyos miembros son víctimas de la antropología que ve al hombre como un mero cuerpo que produce y consume; así, la discusión ética ha quedado reducida a lo que se permite y lo que se prohíbe, sin considerar qué es lo bueno para el hombre en todas sus dimensiones, no sólo la material.
Esta concepción está calando poco a poco en la sociedad: los diarios de todo el país sacan frecuentemente a sus páginas frases como éstas: «Una de cada 100.000 personas está condenada a enfermar»; «Mi mujer tuvo que abortar porque el feto era portador de una enfermedad»; «Por ignorancia, traen personas al mundo que cuestan más que los tratamientos»... Asimismo, es común la manipulación del lenguaje para tratar de enmascarar la mentira y edulcorar el mal; así, se distingue entre embrión y pre-embrión; entre vida humana y ser humano; se sustituye la expresión aborto por la falsa «interrupción» voluntaria del embarazo; se habla de un presunto gen homosexual, con lo que parece que quien lo portase estaría determinantemente condenado a ser homosexual; en aras de una supuesta neutralidad, la educación sexual en los colegios se reduce a la simple genitalidad, completamente desgajada del amor. ¿Quién nos puede salvar de esta idolatría del cientificismo? ¿Quién puede librar hoy a la ciencia de su patente desorientación?


El delirio de la omnipotencia
La única voz que se enfrenta a los abusos de un progreso mal entendido es la de la Iglesia. Durante muchos años, el diálogo entre fe y razón, entre los hombres de ciencia y los teólogos, fue especialmente tenso. Los descubrimientos acerca del origen del hombre y del mundo pusieron en entredicho, para algunos, la misma existencia de Dios. Un punto de inflexión importante en esta discusión fue el nacimiento de la filosofía racionalista, de la mano de René Descartes. Ante las evidencias que parecían cuestionar la existencia de Dios, Descartes pretendió demostrar su existencia a través de la sola razón; el resultado fue un Dios prisionero en la mente del hombre, ajeno a su discurrir en el mundo. La existencia de Dios quedaba demostrada, pero quedaba una razón huérfana y omnipotente, abandonada a sí misma, expuesta a cualquier exceso. Al pretender demostrar a Dios con un método científico y racional, lo único que Descartes consiguió fue reducirle –y con él, toda norma que pudiera orientar la existencia humana– al ámbito privado de la intimidad de cada hombre. La consecuencia principal que ha tenido este modo de pensar racionalista, en el diálogo con la ciencia, es que la fe en Dios ha quedado sustituida por la fe en los axiomas de los científicos y en sus descubrimientos. La acusación de dogmatismo que muchos científicos hacían a la Iglesia católica ha dejado paso a un dogmatismo científico demoledor.
Los resultados han sido espectaculares: si, durante los primeros días de la Revolución Francesa, se tiraron abajo las imágenes de los santos en la catedral de Nôtre Dame, de París, para sustituirlas por otra que representaba a la diosa Razón, hoy en día el icono cultural más venerado es el de la diosa Ciencia. Los dos últimos siglos han sido testigos de descubrimientos científicos asombrosos, impensables en el pasado, como el hecho de que el hombre pudiera pisar la luna, o curarse de enfermedades letales gracias a las vacunas. Sin embargo, muchos de estos avances han atentado contra el propio hombre; las dos guerras mundiales constataron que el deseo del hombre por conocer el mundo y dominarlo también puede servir para hacer el mal; la euforia por el avance de la ciencia ha dejado paso a la perplejidad por su capacidad destructiva. El mito del progreso indefinido y el de su supuesta neutralidad se hicieron añicos durante el siglo pasado; muchos habitantes de nuestro planeta, asediados por el hambre, las guerras y las enfermedades cuya investigación no es rentable, son aún sus principales víctimas.
El Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, monseñor Rino Fisichella, afirma que «la trasgresión de Adán equivale hoy a que es el hombre el que decide qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, y esto supone caer en el delirio de la omnipotencia y en el del poder de un hombre sobre otro. Me sorprende la testadurez del hombre en su búsqueda de nuevas formas de autodestrucción. La historia de Babel no nos ha enseñado nada; el deseo de ser Dios resurge a cada momento. El hombre, sin embargo, tiene un límite, y este límite supone tomar conciencia de lo que el hombre es. Éste es el único límite que reconozco: el hombre no puede ser Dios».
«Ningún método es inocente», afirmaba Paul Ricoeur. Tampoco lo es el método empírico, pues siempre tendrá detrás la precomprensión de quien lo utiliza. Una concepción previa acerca del hombre, del mundo, e incluso de la existencia o no de Dios, condicionan de hecho la labor de cualquier científico. Según la agencia Aciprensa, un informe elaborado por los historiadores Edward Larson, de la Universidad de Georgia, y Larry Witham, del Instituto Discovery, de Seattle, reveló que sólo el 40 por ciento de los científicos en Estados Unidos cree en un Ser Supremo y en la existencia de una vida después de la muerte, mientras que la mayoría rechaza la sola posibilidad de la existencia de un ser trascendente. Así, según el informe, el 45 por ciento de científicos encuestados niega la existencia de Dios y se declara ateo, mientras que un 15 por ciento de indecisos se declara agnóstico. Esta precomprensión de la realidad no podría dejar de influir en el trabajo cotidiano de los hombres y de las mujeres dedicados a la investigación; un sentido moral distorsionado, de corte materialista y ajeno a cualquier orientación externa, sólo puede ofrecer avances científicos cuestionables, aunque el motivo de dicho trabajo científico sea, presuntamente, el bien del ser humano.

 
Un enriquecimiento mutuo
La Iglesia no ha dejado de recordar que la ciencia tiene necesidad de la guía de la fe, y la fe tiene necesidad de la contribución de la ciencia al bien de la Humanidad. Don Manuel García Doncel, en su intervención en las III Jornadas de Teología, del Instituto Teológico Compostelano, sobre Fe en Dios, y ciencia actual, subraya las siguientes palabras del Papa Juan Pablo II: «Tanto la religión como la ciencia deben preservar su autonomía y su peculiaridad. Mientras cada una debe y puede apoyar a la otra como dimensiones distintas de una cultura humana común, ninguna puede suponer que constituye una premisa necesaria para la otra. La oportunidad sin precedentes que tenemos hoy es la de lograr una relación interactiva común, en la que cada disciplina conserve su integridad y, al mismo tiempo, esté radicalmente abierta a los descubrimientos y concepciones de la otra. La ciencia se desarrolla mejor cuando sus conceptos y conclusiones se integran en la gran cultura humana y en su interés por el sentido y valor últimos. Por ello, los científicos no pueden mantenerse totalmente al margen de las cuestiones tratadas por los filósofos y teólogos. Al mismo tiempo, la ciencia puede liberar a la religión del error y la superstición; y la religión puede purificar la ciencia de idolatría y falsos absolutos».
Y en dichas Jornadas, don Manuel Carreira concluía así su ponencia: «Todo nuestro conocimiento del mundo físico, decía Einstein, es incompleto y pueril, pero para él era lo más precioso que tenemos. Conocer la obra de Dios en cualquier aspecto de su grandeza es una labor ennoblecedora, y puede y debe hacerse sin prejuicios ni miedos. Como ha dicho Carl von Weiszacker, el primer sorbo de la copa de la ciencia aparta de Dios, pero cuanto más se bebe de ella, más claro se ve en su fondo el rostro del Creador».
Juan Luis Vázquez

 

 

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El progreso del cristianismo

 

 

En la civilización cristiana, y sólo en ella, se han desarrollado las ciencias tal como hoy las conocemos. La primera razón la tenemos en que las demás civilizaciones son paganas, es decir, creen en numerosos dioses, que andan mezclados con las realidades materiales del universo. Así la existencia de los hombres se creía dominada por ciegas fuerzas de carácter sobrenatural: el fatum o destino. Con el cristianismo, la situación cambia radicalmente, pues enseña que hay un único Dios, trascendente al mundo, el cual ha entregado a los hombres como su heredad, para que lo cuiden y trabajen. El hombre es radicalmente libre; el destino inexorable no es señor de su vida, sino que cada persona queda en manos de su propia responsabilidad. El mundo no es resultado de la casualidad ni de ciegas fuerzas desconocidas: es obra de un Dios personal, que es Inteligencia y Amor, y que ha hecho al mundo inteligible, dotándolo de unas leyes y un orden que el hombre puede y debe descubrir. No hay, por lo tanto, misterios en la naturaleza, sino el orden de una racionalidad que Dios mismo le ha dado.
Pero la influencia del cristianismo no se ha limitado a crear una mentalidad que haga posible las ciencias, pues también se deben al cristianismo los medios concretos y prácticos que han conducido al desarrollo, de hecho, de las ciencias. La principal de las instituciones creadas por la Iglesia para alcanzar ese fin es la universidad. Las civilizaciones no cristianas consideraban los conocimientos como una fuente de poder sagrado, que procuraban mantener oculto toda una casta de magos, brujos, chamanes y hechiceros. En la universidad, la Iglesia proporcionaba los medios para progresar en el conocimiento, y era un lugar en el que se practicaba una de las primeras y más importantes obras de caridad y misericordia: enseñar al que no sabe.

Tirso de Andrés Argente  - de Cristianismo y progreso


 

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La ciencia de la Cruz

 

 


Uno de los principales objetivos de la ciencia es la eliminación o la disminución del sufrimiento, la enfermedad y el dolor. Es precisamente en esos momentos difíciles de la vida del hombre, en los que más se hacen patentes su precariedad y finitud, cuando muchos se vuelven a Dios buscando ayuda; cada vez más médicos y psicólogos recomiendan la oración como un coadyuvante en la curación del enfermo, y periódicamente aparecen estudios acerca de sus beneficios en los casos de cáncer u otras enfermedades graves. El Estado del bienestar ha hecho de la salud un ídolo que hay que mantener a toda costa; la Iglesia también se ha dedicado con todas sus fuerzas a paliar los efectos de la enfermedad –las innumerables Órdenes religiosas dedicadas a ello son una muestra más que suficiente–, pero siempre ha luchado contra la falsa religiosidad que hace de Dios un instrumento de bolsillo, a nuestro servicio siempre que queramos que nos quite un sufrimiento, y sometido a nuestra voluntad. Muchos padecen la tentación de pedirle cuentas a Dios por sus males; sin embargo, éstos son una preciosísima oportunidad de reflexionar sobre el sentido de su vida y volverse a Dios. Contra esa religiosidad que intenta valerse de Dios para nuestros deseos, y contra una fe basada en un traicionero sentimentalismo que nos puede conducir al autoengaño y la alienación, Dios se manifiesta en nuestra Historia con el acontecimiento del sufrimiento y la Cruz, precisamente para desalienarnos de falsos y efímeros placeres y preocupaciones, y llevarnos a acogerle a Él. Aceptar el sufrimiento sin estoicismos ni falsas heroicidades, sabiendo que es un don precioso de Dios, un detalle de amor para encontrarnos con Él, supone descansar en la Cruz y empezar a recibir ya la vida eterna. Frente a un mundo y una ciencia que pretenden quitar la Cruz –no sólo de las escuelas u hospitales, sino de la misma vida–, la Iglesia posee el tesoro de un Dios que en Cristo nos ama tal como somos. Al fin y al cabo, la ciencia no lo puede curar todo; sólo el amor de Cristo es más fuerte que la muerte.

 

2004-01-25 ALFA Y OMEGA. ESP.

 

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 Estudios de ADN fósil cuestionan

 la versión clásica de nuestros orígenes

 

 

 

Por Octavio Rico

Como uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX ha sido calificado el yacimiento fosilífero de la sierra de Atapuerca (Burgos, España), donde se han encontrado los fósiles humanos presumiblemente más viejos de Europa (unos 800.000 años de antigüedad). Los hallazgos ponen en cuestión la teoría de que toda la humanidad procede de una sola rama de predecesores que salieron de África hace unos 100.000 años. Pero estudios posteriores sugieren que el asunto es más complicado y que caben otras interpretaciones.

Hasta hace poco se venía afirmando que el primer poblamiento humano de Europa se produjo hace medio millón de años, durante el Pleistoceno medio. Los protagonistas de esa primera colonización fueron, según la mayoría de los expertos, los "hombres de Hei­delberg" (Homo heidelbergensis), que muchos autores proponen como los ancestros de las dos variedades hu­manas más recientes: los neandertales (H. neandertha­lensis) y los cromañones (H. sapiens). El debate sobre esta cuestión cambió de rumbo en 1994, tras el descu­brimiento de los fósiles procedentes de la Gran Dolina, uno de los yacimientos de la sierra de Atapuerca.

Un nuevo antecesor

En 1997, tras el estudio minucioso de los fósiles de la Gran Dolina, el equipo de Atapuerca revolucionó la sociedad científica con la presentación de una nueva especie de homínido, que llamó H. antecessor. Se tra­ta, según sus "padrinos", de una forma intermedia entre homínidos africanos muy primitivos (H. ergaster, de más de 1,5 millones de años de antigüedad) y las poblaciones que vivieron en la sierra de Atapuerca ha­ce poco más de 200.000 años, que son consideradas como formas primitivas de neandertales. De este últi­mo tipo son los fósiles de la Sima de los Huesos, otro de los enclaves importantes del yacimiento burgalés. Desde entonces, H. antecessor es considerado por mu­chos como la especie antepasada tanto de los neander­tales como del hombre moderno o de Cromañón.

La llamada Sima de los Huesos es un rico depósito de restos humanos. En concreto, parece que toda una tribu (un. grupo de al menos 33 individuos) encontró allí la muerte hace más de 200.000 años. Gracias a es­tos fósiles, por primera vez se ha podido hacer un estu­dio bastante completo de un grupo humano del Pleisto­ceno medio.

El equipo que dirige las excavaciones de Atapuer­ca piensa que la acumulación de esos cadáveres humanos, lejos de ser casual, obedece a una práctica funera­ria. Si esto llegase a confirmarse, se habría de aceptar como la más antigua evidencia conocida de enterra­miento. Lo que parece claro es que los fósiles de la Si­ma de los Huesos ocupan un lugar intermedio entre los H. antecessor, que algunos investigadores proponen como los primeros pobladores de Europa, y los nean­dertales, posteriores, que supuestamente desaparecie­ron de la faz de la Tierra hace unos 30.000 años.

Expansión del cerebro

La mayoría de los estudiosos de la evolución hu­mana piensa que la expansión del cerebro tuvo un pa­pel decisivo en la conquista del mundo por parte de nuestros antecesores, es decir, el género Homo. Juan Luis Arsuaga, codirector del equipo de Atapuerca, y sus colaboradores piensan que tal expansión experi­mentó dos momentos de aceleración. El primero se ha­bría dado en África, cuando ese continente fue poblado por los primeros individuos del género Homo, hace en­tre uno y dos millones de años. La segunda aceleración se produciría, en Europa y África independientemente, durante el tiempo de los neandertales más primitivos y de los primeros hombres modernos, hace unos 300.000 años. El inicio del segundo acelerón cerebral se encon­traría reflejado en los restos hallados en la Sima de los Huesos. El antepasado común (H. antecessor), tanto de los neandertales como de los hombres modernos, hay que situarlo, según el equipo de Arsuaga, entre esos dos momentos de expansión.

En realidad, no se sabe a ciencia cierta si las capa­cidades mentales que supuestamente compartimos con los neandertales son herencia de un antepasado común; ni tampoco hay certeza de qué antepasado en concreto nos las habría transmitido (¿H. antecessor?, ¿H. hei­delbergensis?...).

¿Dos especies humanas?

Ciertos autores, como Arsuaga, sostienen que hubo una evolución independiente y paralela de los neander­tales por un lado, y los hombres modernos por otro, como dos especies diferentes. Los primeros serían el resultado de una evolución local ?rama europea? a partir de H. heidelbergensis, mientras que H. sapiens sería producto de una evolución, también local, de ori­gen africano. Ambas ramas convergerían solamente en la nueva especie, H. antecessor. "Si es verdad dice Arsuaga? que los neandertales evolucionaron hacia un cerebro cada vez más grande al mismo tiempo que lo hicieron nuestros antepasados, pero de forma indepen­diente, podríamos encontrarnos ante la más fascinante de las historias: la de dos especies humanas que alcan­zaron la inteligencia por separado, para después entrar en contacto" (1).

Sin duda, la historia sería de lo más fascinante... si fuera verdad. De momento, no pasa de ser más que una conjetura. Si las diferencias entre los neandertales y los cromañones fueron sólo subespecíficas ?con posibili­dad, por tanto, de cruces?, o si, por el contrario, se tra­taba de dos especies distintas, es también una cuestión no resuelta. De hecho, algunos científicos manejan la hipótesis de que los neandertales en realidad no se ex­tinguieron y, por consiguiente, nosotros seríamos los herederos de sus genes.

En cualquier caso, según los investigadores de Atapuerca, los H. antecessor fueron los primeros euro­peos (descendientes de antepasados africanos), llega­dos al viejo continente hace poco más de 800.000 años, hacia finales del Pleistoceno inferior. Si así fuera, habría que aceptar un poblamiento de Europa mucho más antiguo de lo que se había pensado hasta ahora. Pero una vez más se impone la prudencia, pues nuevos descubrimientos parecen abrir horizontes antes insos­pechados en el cada día más versátil y sorprendente es­cenario de nuestros orígenes.

Insuficiencia del registro fósil

El año pasado, la revista Science (2) informaba de ciertos fósiles humanos encontrados a orillas del mar Negro, bajo el suelo de la antigua ciudad medieval de Dmanisi (Georgia), al sur del Cáucaso. No pocos cien­tíficos los consideran ahora como los fósiles humanos más viejos de Europa, con lo que privarían de tal condición a los hallados en Atapuerca. Se trata principal­mente de dos cráneos, de entre 1,6 y 1,7 millones de años de antigüedad. Clasificados provisionalmente co­mo H. ergaster (o sea, formas muy primitivas de H. erectus), podrían obligar a reescribir uno de los capítu­los clave de la evolución humana: el de la expansión de la humanidad por el mundo. En efecto, si se confirmara la datación de esos fósiles, se habría también de ade­lantar la fecha de salida de África del género humano en más de medio millón de años respecto a la fecha fi­jada a partir de los fósiles de Atapuerca.

La historia de la paleoantropología muestra una y otra vez lo cambiantes que pueden llegar a ser las ex­plicaciones que tratan de aclarar el intrincado camino que recorrieron nuestros antepasados. Los paleontólo­gos no disponen más que de un puñado de fósiles, por lo general fragmentarios, y muchas veces aislados y dispersos en el espacio y en el tiempo. Tiene razón Ar­suaga cuando afirma que "son más vastas las lagunas del registro [fósil] que los aspectos conocidos" (3). Esa es la razón por la que los paleontólogos ?sin despreciar los fósiles? fijan cada vez más su atención en otros bancos de pruebas, y muy particularmente en los estu­dios genéticos comparados.

El material genético de las especies vivas contiene las claves de su propia historia evolutiva. Buena parte del problema consiste en aprender a trabajar con mues­tras fósiles de ese material. Eso ha intentado un equipo de investigadores australianos, bajo la dirección de Alan Thorne, con muestras de ADN fósil de varios es­pecímenes de antiguos H. sapiens. Tales estudios pare­cen poner en aprietos la versión clásica de la evolución humana, o sea, la suposición de que toda la humanidad reciente proviene de África.

Memorias de Africa

Desde hace bastante tiempo, casi todos los entendi­dos en el origen de H. sapiens aceptan la teoría conoci­da como Out of Africa. Según ella, nuestra especie apa­reció en África hace unos 200.000 años y después, ha­ce unos 100.000, salió de allí y se extendió por los de­más continentes, desplazando a neandertales y a H. erectus. Sin embargo, las recientes investigaciones lle­vadas a cabo con ADN procedente de fósiles de nuestra especie cuestionan que toda la humanidad venga de África.

Según la teoría multirregional, H. sapiens apareció en África, sí, pero hace más de un millón de años, para evolucionar después simultáneamente en África, Asia y Europa. Desde entonces, prosigue la hipótesis, ha habi­do un flujo genético incesante entre grupos humanos. Además, los defensores de la teoría del múltiple origen afirman también que neandertales y H. erectus no se extinguieron, sino que se aparearon con los H. sapiens llegados de África: en tal caso, serían "nuestros abue­los", y millones de europeos llevaríamos sus genes.

Milford Wolpoff, de la Universidad de Michigan, y Alan Thorne, de la Universidad Nacional Australiana, son los representantes más destacados de la teoría mul­tirregional. El estudio dirigido por este último (4) pare­ce demostrar que "la situación es mucho más compleja de lo que cualquiera de los defensores de la teoría Out of Africa hubiera imaginado", según declaraba el pro­pio Thorne a Associated Press el pasado 9 de enero.

El ADN da una sorpresa

Los científicos australianos han analizado un frag­mento de ADN del hombre de Mungo, que vivió en Australia hace 60.000 años, y de otros nueve especíme­nes, también australianos, que vivieron hace más de 8.000 años, todos ellos clasificados como H. sapiens.

Hasta ahora, las únicas muestras de ADN antiguo (de entre 28.000 y 45.000 años) que se habían analiza­do pertenecían a neandertales. Los resultados muestran que ese ADN es "lo suficientemente parecido a noso­tros como para admitir que procede de un ser humano, pero tan distinto como para rechazar que pertenezca a un ser humano actual" (5). Esos resultados hicieron pensar enseguida que los neandertales y los humanos modernos son especies distintas. Pero faltaba comparar el ADN de los H. sapiens actuales con el de H. sapiens antiguos.

Eso es precisamente lo que acaban de hacer los científicos australianos. Y lo que de momento han visto es que el ADN del hombre de Mungo (H. sapiens anti­guo) es distinto del ADN de los modernos H. sapiens. Con ello, podría estar desmoronándose la hipótesis de que los neandertales eran una especie distinta porque tenían un ADN distinto, y Wolpoff podría estar en lo cierto.

Existen, desde luego, otras posibilidades. Una de ellas es que las dos teorías, aunque aparentemente con­tradictorias, en realidad correspondan a diferentes mo­mentos de la evolución humana: "Se podría decir que los cambios corporales acaecidos en la etapa de huma­nización [desde H. habilis hasta los H. sapiens arcai­cos] habrían tenido lugar inicialmente según el modelo multirregional, y después, hace 150.000 años, se habría acelerado el ritmo del cambio, y una población única africana se expandiría por el mundo, desplazaría a las antiguas, y daría lugar a los diversos tipos humanos ac­tuales" (6). Esta formulación podría ser una posible vía para conciliar las aparentes contradicciones entre el re­gistro fósil y los genes.

Más incógnitas que respuestas

En cualquier caso, hay que dar la razón a Arsuaga cuando afirma que "cuanto mejor conocemos la evolu­ción humana, más nos damos cuenta de lo extraordina­riamente compleja, en número de ramas, que fue" (7). No se entiende, en cambio, que en un campo tan sem­brado de incógnitas, a veces se hagan declaraciones como esta del propio Arsuaga: "La ciencia ya ha re­suelto las cuestiones fundamentales: sabemos que pro­cedemos de un primate, es decir, que no hemos sido creados por ningún ser superior, que somos producto de la evolución biológica" (El País, Madrid, 13?VIII­99). Y añadía: "Lo que hay que tener claro es que la evolución no se propone nada, no es nadie, no respon­de a ningún plan, a ningún propósito, no se dirige a ninguna parte".

Tales presupuestos nada tienen que ver con la cien­cia. Con esa clase de dogmatismos se incurre en la manía cientifista de pretender reducir todos los argu­mentos a los propios y específicos de las ciencias ex­perimentales.
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(1) J.L. Arsuaga, El collar del neandertal (1999), Temas de Hoy, p. 87.
(2) D. Lordkipanidze, "Earliest Pleistocene Hominid Cranial Remains from Dmanisi, Republic of Georgia: Taxonomy, Geological Setting, and Age", Science, 12-V-2000; 288: 1019-1025.
(3) J.L. Arsuaga e I. Martínez, La especie elegida (1998), Temas de Hoy, p. 298.
(4) Cfr. M.H. Wolpoff et al., "Modern Human Ancestry at the Peripheries: A Test of the Replacement Theory", Science, 12-1-2001; 291: 293-297.
(5) J.L. Arsuaga e 1. Martínez, o.c., p. 308.
(6) N. López Moratalla, "Origen monogenista y unidad del género humano: reconocimiento mutuo y aislamiento procreador", Scripta Theologica 32 (2000/1), p. 236.
(7) J.L. Arsuaga, EL collar del neandertal, pp. 85?86.
"Aceprensa", Servicio 18/01 - 
2003-11-18 - www.arvo.net

 

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Miguel Serveto y Conesa, más conocido como Miguel Servet, nace en Villanueva de Sigesa, en Huesca en 1511. Hijo de Antón Serveto, noble infanzón y notario del Monasterio de Sigena, y de Catalina Conesa, de linaje judeo-converso, se forma en España, en el castillo de Montearagón, y en Francia, en Tolosa, donde estudia derecho, que une a sus amplios conocimientos de latín, griego y hebreo, así como de todas las materias sobre las que escribirá y disertará: teología, filosofía, anatomía, meteorología, geografía o medicina.

 

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Miguel Servet, ese desconocido

 


 

Jesús López Medel
Me sumo a Fernando Solsona, presidente del Ateneo de Zaragoza, y a otros muchos aragoneses, sobre la probable suspensión de actos, con ocasión del 450 Aniversario de Miguel Servet, que habían sido previstos, y promovidos por Ángel Alcalá. Lo hago sin conocer a fondo las razones de tal suspensión, o aplazamiento.


   Era una oportunidad para que Aragón, con la plataforma internacional que el tema y la personalidad lo requería, pudiera de una vez, reivindicar para la Historia, la figura señera de Servet en la España del siglo XVI, dentro de Europa, Y no sólo en sus aspectos médico-científicos, sino sobre todo por su saber histórico filosófico-teológico, y jurídico, como tuve ocasión de exponer con motivo de mi ingreso en la Academia Aragonesa de Jurisprudencia y Legislación, en presencia de la entonces ministra de Justicia, Margarita Mariscal de Gante, y el pleno de las autoridades autonómicas, provinciales y locales, y los juristas aragoneses. El discurso se difundió en Hispanoamérica, especialmente. De él se hizo eco Ángel Alcalá en Estados Unidos. En la Real Academia de Doctores, fue objeto de otra investigación.

 

 

   Estuvo Miguel Servet, a la altura de los componentes de la Escuela Española de nuestro siglo de Oro. Cercano al confesor de Carlos I de España, propició la reunión con Erasmo en Valladolid, lo que hubiera supuesto, seguramente, una aproximación recíproca a Lutero, lo que, él personalmente, con tenacidad aragonesa, intentó también con Melachton, aunque se estrellara con Calvino, con sus famosas 30 cartas, que luego sirvieron, con las propias obras incautadas, como leña para la hoguera lenta, entre sus invocaciones a Jesucristo. Luego, el «silencio», explicable más allá de las fronteras, porque nadie como Servet, en Europa, se había atrevido a descubrir las desviaciones y la utilización política de Calvino, hecho religioso cristiano. A aquel Servet sin fronteras, en Europa, se le cerraron en España, entregada a combatir el hecho religioso protestante, sin llegar a disponer de los textos de Miguel Servet.


   Si estas ideas, reiteradas por mí, en diferentes foros, y que espero seguir redescubriendo fuera de mi tierra, sirven para reforzar la oportunidad e insistencia de la celebración de los actos del 450 Aniversario de Servet, me alegrarían. Por nuestro gran sabio del siglo XVI, por Aragón y por España. (Quizá no terminamos de aprender lo que sobre Servet se haría en otros lugares de España).
 

LA RAZÓN. ESP. 2003-09-28

 

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"El cristianismo no teme a la cultura sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero quien puede hacer la ´crítica de la cultura´ puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel" JEAN GUITTON –filósofo fr.

 

 

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La verdad nos hace libres, la mentira nos esclaviza y nos hunde en el rencor. Por eso es imprescindible revisar sin imposturas, todas las falsificaciones que nos han venido sirviendo en estos años los historieteros de turno y charlatanes con poses y mohines.

 

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«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira»

Solzhenitsyn – 1973

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Poco más tarde, en un artículo titulado «¡Rechacemos la mentira», difundido contemporáneamente a su detención, febrero de 1974, advertía Solzhenitsyn:

«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir»

Comentando estos párrafos el argentino Luis María Sandoval apostilla:
«es de recordar que Cristo Nuestro Señor no llamó al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44)» ("Cuando se rasga el telón", Speiro, 1992, pág. 220)

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

En el Magnificat María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras: «Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

 

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!

 

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Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos.  

 

Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).