Friday 20 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
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ANTISEMITA. - «José Luis Ramos se queja de que en LD se escriba "antisemita" para calificar a los enemigos de los israelíes en el conflicto de Israel con Líbano-Siria-Irán. Arguye así: "Considero que no es correcto ese uso, en tanto en cuanto tan semitas son unos como otros". Técnicamente tiene razón don José Luis, pues tan descendientes de Sem son los judíos como los árabes. Solo que vaya usted a saber quién es descendiente de quién. En la práctica el término antisemita se reserva para los que se oponen a los hebreos, judíos o israelíes, no los enemigos de los árabes. De todas formas, yo prefiero decir "antijudíos" que "antisemita" por la razón apuntada. Pero no es un error el uso corriente de "antisemitismo" para agrupar a los que se oponen a los judíos. Curiosamente, hoy es más bien una tacha de la izquierda, así como en su día caracterizó más a la derecha. Antijudíos son, por ejemplo, Zapatero, Moratinos o Chaves (el de Venezuela). Personalmente me siento "projudío", aunque ese término no sea reconocido en los diccionarios. Casi todos los personajes de los Evangelios eran judíos, como lo fue San Pablo. Quizá haya que distinguir los "israelitas" (los hebreos de los tiempos bíblicos) de los actuales "israelíes" (los nacionales del Estado de Israel). Aun así, me declaro "proisraelí". No soy contrario a los árabes o a los musulmanes más que cuando se muestran como terroristas o cosa parecida». L.D.ESP. Amando de MIGUEL. 2006-09-14

 

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¿Violenta y antisemita? - [Jesús Sanz Rioja]

 

Parece que Mel Gibson ha conseguido el objetivo más preciado de todo artista en los días que corren: la provocación. Así titula, al menos, El País: "Mel Gibson provoca con La Pasión”. Cuando un titular habla de una obra como transgresora, provocadora o algo similar, tiene asegurado no sólo un plus de taquilla sino el respeto de la crítica. Sin embargo, creo detectar en este caso una especie de histeria que no está presente en otras transgresiones. La prens a no cesa de destilar cierto pánico ante la violencia de la cinta y ante su presunto antisemitismo.

 

Y es un pánico inexplicable. Ya sabemos que decir algo malo de los judíos despierta hoy tantas alarmas (quizá por reacción) como el propio hecho de judaizar en la España de Felipe II. Pero, si hay que hacer caso a los informes que van apareciendo sobre la película, ésta es rigurosamente fiel al relato evangélico. Y allí lo que se cuenta es cómo unos judíos buscan y logran la condena de otro judío al cual seguían muchos otros judíos. Porque la historia se desarrolla en Judea. Vamos, que eran judíos tanto los malos como los buenos, a excepción de algunos romanos (malos y buenos también). No he oído protestar al gobierno alemán y acusar de antigermanismo a La lista de Schindler o a La vida es bello, por ejemplo. Un poco de juicio, por favor.

 

Más extraño resulta lo de la violencia. En primer lugar, la producción de Gibson se halla en la línea de las narraciones piadosas sobre la Pasión, que buscan mover a arrepentimiento a los fieles poniéndoles ante los ojos, lo más crudamente posible, los sufrimientos de Cristo. Y el australiano lo ha hecho utilizando los medios que la técnica pone hoy a su disposición y de los que también otros se han valido para realizar filmes no menos naturalistas y violentos: ¿qué me dicen de la primera media hora de Salvar al soldado Ryan, ante la que nadie se puso histérico, antes bien algunos excombatientes afirmaron su verismo? Eso para no mencionar películas como La matanza de Texas o similares, porque estamos hablando de cine. ¿Les han explicado alguna vez lo que es una crucifixión, o una flagelación como la practicaban los romanos? Pues les aseguro que no es una sesión de masajes.

 

Ahora, a estas histerias se suma la de la presunta falta de historicidad. De lo que cabría hacer tantos comentarios que lo dejo para otro momento.

2004-02-23. www.PiensaUnPoco.com    

 

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“Esa turba frente a Pilatos no condena a toda una raza por la muerte de Cristo, del mismo modo que las maldades horrendas de Stalin no condenan a todos los rusos, ni los crímenes inenarrables de Hitler no condenan a todo el pueblo alemán, ni los actos atroces de Mussolini no condenan a todos los italianos, ni el genocidio comunista de Pol Pot no condenan a toda la etnia camboyana, ni los asesinatos y maldades del musulmano Sadam Husein no condenan a todo el pueblo iraquí ni a todos los mahometanos.

 

Todos somos culpables de la muerte de Cristo. Mis pecados, tus pecados, todos nuestros pecados Le clavaron en esa cruz. Cada vez que no amo a un ser humano en la dignidad que le es debida por ser ‘persona humana’, he desfigurado y hasta asesinado al Cristo que está en mi hermano, más aún, he destruído la imagen de Dios en mí mismo, llamada a reflejar el Amor”

 

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«La Pasión», de Mel Gibson

 

 

En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo.

 

Por Vittorio Messori

En la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender después de dos horas y seis minutos. Somos apenas una docena, de muchos países, conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson y del productor Steve Mc Eveety, somos los primeros en Europa en ver la cinta recién llegada de Los Ángeles. La misma que el próximo miércoles se estrenará en dos mil salas americanas, en quinientas inglesas, en otras tantas australianas, la misma que ha llevado al colapso a todos los sitios de Internet y que en la primera semana recuperará los 30 millones de dólares de coste de la producción. Ni siquiera el Papa ha visto más que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros (los españoles la verán el 2 de abril y los italianos tendrán que esperar hasta el día 7, Viernes de Dolores).

Llorando en silencio

Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, donde los nombres americanos se alternan con los italianos, donde los agradecimientos al ayuntamiento de Matera se alienan junto al nombre de teólogos y especialistas en lenguas antiguas; cuando el técnico le da al interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor en clergyman que tengo a mi lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario atormenta nervioso un rosario; un tímido, solitario comienzo de aplauso se apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era cierto: «The Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos; ninguna minucia histórica de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos de amor y de odio.

Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman».

En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que --se dieron cuenta después-- es, en alemán, la «Estrella de la mañana» de la letanía del Rosario.

Comprender con el corazón

Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: «Para pintar a Cristo, hace falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad de Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido aquel de las sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.

Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece blasfema. (*) El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película.

El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas --terribles y maravillosas-- que se bastan a sí mismas.

En el plano técnico, el film es de una altísima calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto, confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión más católica --con el beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger-- de la que «La Pasión» es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.

En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo.

Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro --o la otra-- con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de san Juan, que también yo propuse. Un «vaciamiento» del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo ha triunfado sobre la muerte.

¿Antisemitismo?

¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos americanos que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión (aquel saduceo colaboracionista que no representaba al pueblo judío: el Talmud tiene para él y su suegro palabras terribles) hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín --episodio añadido por el director-- que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de que el drama se desencadene, la Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?». «Porque --responde María-- todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más». Todos, pero absolutamente todos. Sean «judíos o gentiles». Esta obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas, quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería este si excluyese a alguien?

Vittorio MESSORI

(*) Conviene no confundir a los "nuevos liturgos" de que habla Messori, entre los que puede haber blasfemos, con la nueva Liturgia de la Iglesia católica, que es siempre fiel, aunque siempre deficiente y mejorable, por la infinitud del misterio que actualiza, al Evangelio de Jesucristo.
(Nota de Arvo Net)

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La noticia, dada hace algún tiempo

Hace unos años, Roberto Begnini acudió al Vaticano para mostrar en preestreno su película «La vida es bella» a Juan Pablo II, quien la aplaudió y le aseguró que sería un éxito mucho antes de que el cineasta soñara realmente con el Oscar. «La Pasión» es un proyecto mucho más arriesgado, víctima de precipitadas acusaciones automáticas de antisemitismo, que han lamentado ya destacados personajes judíos y numerosos rabinos.

Mel Gibson, director y productor, ha invertido más de 20 millones de dólares de su bolsillo, y está terminando la versión definitiva, que llegará a los cines el próximo mes de febrero en la lengua original de cada protagonista: latín, hebreo y arameo, muy probablemente sin subtítulos, pues las imágenes tienen una fuerza inaudita, como se aprecia en el breve trailer disponible en www. la-pasion.com.

Según Gibson, «es una película que intenta inspirar, sin ofender a nadie. Mi intención es crear una obra de arte duradera y provocar una reflexión seria entre personas de cualquier religión o sin ninguna creencia». El director de «La Pasión», filmada el pasado año en un pueblecito del sur de Italia, asegura que «yo no odio a nadie, y menos a los judíos, entre los que cuento muchos amigos y socios, tanto en mi trabajo como en mi vida social. Ésta es una película de fe, esperanza, amor y perdón, algo extremadamente necesario en estos tiempos turbulentos».

Karol Wojtyla, el Papa artista que fue actor de teatro y ha continuado escribiendo poemas hasta el año pasado, contempla cada día la Pasión de Jesús y preside cada año un emocionante «Via Crucis» en el Coliseo romano la noche del Viernes Santo. Aparte de ser el primer Papa que visitó una sinagoga, fue también el primero que volvió a Jerusalén, casi 2.000 años después de que el arresto de Pedro de Betsaida y el comienzo de una fuerte persecución obligase a los primeros apóstoles a abandonar la Ciudad Santa.

Maia Morgenstern, la actriz judía rumana que interpreta a María, precisó que «el sumo sacerdote Caifás aparece como malo, pero representa al régimen judio, no al pueblo. La película no es antisemita, sino que denuncia la locura de la intolerancia y la crueldad». Gibson no ahorra ni rebaja esa violencia, central en el acontecimiento histórico. Pero, según el teólogo vaticano Augustine Di Noia, «el actor Jim Caviezel hace ver muy claramente que Cristo sufre la pasión y muerte por voluntad propia, para reparar la desobediencia del pecado». Monica Bellucci como María Magdalena y Rosalinda Celentano, como el demonio, completan la primera interpretación artísticade la muerte de Jesús en el siglo XXI.

El cardenal colombiano Dario Castrillon Hoyos, prefecto de la Congregacion del Clero, confiesa que «estaría dispuesto a cambiar muchas de mis homilías sobre la Pasión de Cristo por unas pocas escenas de esta película, que captura la sutileza del horror y del pecado, así como el poder del amor y del perdón, sin condenas generalizadas contra ningún grupo».

2004-02-23.

 

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Mel Gibson, Tomás de Aquino y la Pasión de Cristo

 

El padre Romanus Cessario ofrece una perspectiva teológica

BOSTON, sábado, 23 abril 2004
- Si la violencia en «La Pasión de Cristo» parece excesiva, puede que su director haya tenido una razón teológica válida.

Así lo afirma el padre Romanus Cessario, un dominico que enseña en el seminario de St. John’s, en Brighton, Massachussets, en este ensayo sobre la película de Mel Gibson.

Mel Gibson y Tomás de Aquino: cómo opera la Pasión
Por el padre Romanus Cessario, O. P.


Ningún crítico que yo sepa ha sugerido que Mel Gibson, antes de ponerse a dirigir «La Pasión de Cristo», haya leído la «Summa Theologiae».

Pero debe haber leído la cuestión 48 de la tercera parte de la «Summa» del Aquinate. Allí, Santo Tomás examina cómo produce su efecto –su eficiencia, si se quiere- la pasión de Cristo.

La palabra eficiencia es un término técnico y filosófico que nos lleva a las cuatro causas de Aristóteles, y nos impulsa a investigar sobre qué es responsable de que algo llegue a ser. Al utilizarlo Santo Tomás, «eficientemente» no tiene las connotaciones que tiene su restringido significado en el lenguaje moderno de «trabajar productivamente con una pérdida mínima de esfuerzo o gasto».

Modos de la eficiencia
La palabra latina «modum» puede compararse más o menos con la palabra «modelo». Los cinco modos que Santo Tomás discute en la cuestión 48 recogen juntos todo lo que los Evangelios transmiten sobre la salvación cristiana. Estos modelos responden a la pregunta, «¿Cómo logra nuestra salvación la pasión de Cristo?». Incluso los más declarados críticos de Mel Gibson están de acuerdo en que ésta es la cuestión que también él ha intentado contestar.

El modo del mérito
Cuando Santo Tomás dice que «Cristo por su pasión mereció la salvación no sólo para sí mismo sino también para todos los que sean sus miembros», introduce la cuestión de la relación de la cruz con la Iglesia (1).

El mérito denota el derecho a una recompensa. La recompensa de la pasión de Cristo es la comunión beatífica abierta a todo miembro de la raza humana. Según la fórmula de San Anselmo, sólo Dios podría merecer tal gracia, mientras que sólo el hombre debe empeñarse en recuperar lo que había perdido. Cristo da la gracia no sólo por sí mismo sino también por sus miembros.

Por eso nosotros llamamos a esta gracia la «gracia capital» de Cristo ya que él sigue siendo la «caput Ecclesiae», la cabeza de la Iglesia. Algunos se preguntan por qué no podrían ser suficientes otros méritos de Cristo para ganarnos la recuperación de la vida eterna. Santo Tomás replica que Cristo hizo todo con la caridad más grande, pero la pasión sigue siendo una «clase de obra» que es la mejor conseguida para los efectos que nosotros le atribuimos.

Mel Gibson ha construido claramente su película de forma que asegure que el espectador entiende que esta clase de obra se ordena a un efecto que transciende a cualquier persona o suceso particular presentado en el drama. Es la pasión de «el Cristo».

Como en el drama griego, Gibson ha formado un reparto para la película que permita que emerja lentamente su significado universal dentro de la conciencia del espectador. Las proporciones épicas de la película, acentuadas por el acompañamiento musical, hacen partícipe al espectador de un sentido de lo universal y de lo majestuoso.

El modo de la satisfacción
Santo Tomás recoge un tema que ha estado presente en la teología católica desde casi principios del siglo VI, pero que la mayoría de los estudiantes identifican ahora con el trabajo del arzobispo de Canterbury del siglo XI, Anselmo (1033-1109), «Cur Deus Homo?».

Santo Tomás informa sobre la enseñanza recibida: «La pasión de Cristo no sólo fue suficiente para la satisfacción de los pecados de la humanidad, sino sobreabundante» (2). La satisfacción cristiana está entre los temas teológicos menos estudiados en el periodo post-conciliar.

Al mismo tiempo, la renovación del interés en la Eucaristía como sacrificio debería incitar a los teólogos a volver a este modo de la pasión de Cristo, ya que sigue siendo la estrella polar de la práctica sacramental católica.

Santo Tomás sostiene que el sufrimiento de Cristo era completo y su dolor tan grande a causa de la dignidad de su persona que, junto a otras razones, la satisfacción que él ofrece es suficiente como recompensa por los pecados del mundo, desde el pecado original hasta el último pecado cometido. Mientras que el mérito logra la recompensa gracias a las buenas obras, la satisfacción exige la aceptación del castigo, de las obras difíciles.

Ningún otro tema emerge con más claridad en la película de Mel Gibson que el de la satisfacción de Cristo. Muchos comentaristas no han logrado observar que existe una razón teológica al presentar, incluso como algunos han afirmado, de modo excesivo, los sufrimientos de Cristo desde el momento de su arresto en el Huerto de Getsemaní hasta el «Consummatum est» final.

Si se admite que las escenas de castigo exceden la modestia de las mismas Escrituras, o si seguimos a quienes opinan que tras tales golpes y duro trato, nadie sería capaz de llevar a hombros la cruz o incluso andar, todavía estaría la explicación de que el artista eligió este exceso por una razón teológica.

Una larga tradición teológica apoya esta clase de modificación iconográfica: la Iglesia nos pide que ponderemos el precio que pagó el Salvador del mundo. Sin esta meditación, no se puede abrazar la plena dimensión de la piedad católica; por el contrario, nos podríamos ver rápidamente arrastrados a esas variadas formas de cristianismo dessacramentalizado que se ocupan exclusivamente de los estados psicológicos interiores.

El modo del sacrificio
El sacrificio, escribe Santo Tomás, «designa lo que los hombres ofrecen a Dios como símbolo del especial honor que se le debe, y para apaciguarlo» (3).
En su discusión sobre este modo, Santo Tomás permite que San Agustín proporcione la instrucción sobre el sacrificio, especialmente lo que el Doctor de Hipona dice en el libro X de «La Ciudad de Dios» (capítulos 5 y 6) y en su «De Trinitate». Brevemente, el sacrificio crea unidad: «para que podamos seguir siendo uno con él» (4).

La pasión de Cristo opera según el modo del sacrificio porque da lugar, en última instancia, a aquella unión de Dios y el hombre que llamamos visión beatífica. Qué diverso es el papel de los implicados en causar este sacrificio único, en el que Cristo es tanto víctima como sacerdote.

Santo Tomás contestaba a la objeción de que, puesto que los que matan a Cristo cometen un crimen horrible, no habrían podido dar cumplimiento a algo sagrado: «Por parte de quienes llevan a la muerte a Cristo, la pasión fue un crimen; por parte de Cristo, que sufrió por amor, fue un sacrificio» (5).

Mel Gibson presenta este tema con una exactitud que se adecua no sólo a los relatos bíblicos de la pasión, sino también a las afirmaciones teológicas aprobadas por la Iglesia con respecto a la responsabilidad de quienes participaron en llevar a Cristo a la muerte.

Nadie puede ver la película e irse sin un conocimiento de que hay dos clases de personas rodeando la escena de la crucifixión: quienes creen que lo que está ocurriendo se conforma con el plan de Dios, incluso aunque sufran un gran dolor, aunque no tristeza; y quienes no comprenden el misterio. Esta última clase de personas incluye, de un lado, aquellos con simpatías humanas naturales, expuestas principalmente a través de la mujer de Pilato, Claudia, y, de otro lado, aquellos que muestran una crasa indiferencia, especialmente los rangos más bajos de soldados romanos.

El modo de la redención.
El tema de la redención o rescate emerge de los textos bíblicos donde se afirma que Cristo nos redime: 1 Pedro 1: 18ss., «sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia... con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla», y Gálatas 3:13: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley».

Cristo libera al hombre tanto del castigo del pecado mismo, el cautiverio o esclavitud que el pecado impone, como de la pena de la justicia divina que se opone a todo pecado porque Dios no puede actuar contra su justicia. La redención es lo opuesto a la esclavitud y al castigo; «estamos liberados», dice Santo Tomás, «de ambas obligaciones» (6).

El poeta y escritor de himnos latino Prudencio (348-410) expresa esta antigua verdad: «Mira, ahora al fiel se ha abierto,/ el brillante camino que conduce al Paraíso;/ se permite otra vez que entre el hombre/ al jardín que perdió por la serpiente» (7).

Por supuesto, este efecto sólo es posible porque es obra de la Trinidad entera. «Cristo como hombre, por tanto, es, hablando con propiedad, el Redentor inmediato, aunque la redención actual se puede atribuir a la entera Trinidad como causa primera» (8).

Desde el principio hasta el final, Mel Gibson no duda en incluir al diablo en la acción dramática de «La Pasión de Cristo». El diablo, «que incluso intentaría desviar a Jesús de la misión recibida de su Padre», aparece de forma andrógina no, según mi punto de vista, como un comentario sobre las costumbres sociales contemporáneas, sino para recordar a los espectadores que el diablo es «un mentiroso y el padre de la mentira» (9).

Lo que la gente cree que es bueno cambia para constituirse en una mentira sobre el bien de la persona humana. Es el relato más antiguo en el libro. En este caso, el libro es el Génesis... La Pasión de Cristo invierte la participación del hombre que ha sido expulsado del Jardín. Cristo aplasta decisivamente la cabeza de la serpiente.

Acaso no reconocemos de hecho que Gibson coloca en labios de María Magdalena la pregunta acostumbrada reservada al hijo más joven de una familia judía, «Para qué es esta noche...», y el que haga la pregunta a María, Madre de Cristo, es una muestra de que obra la nueva Eva. Por encima de todos los demás, María, la Nueva Eva, comprende que se ha inaugurado el gran cambio del apesadumbrado perdón del hombre.

El modo de la causa eficiente
El artículo final de la «Summa Theologiae» IIIa q. 48 completa la discusión de la pasión al clarificar el estatus especial de quien ha sido crucificado.

«Dios es la causa eficiente principal de la salvación del hombre. Pero,» dice Santo Tomás, «puesto que la humanidad de Cristo es el instrumento de su divinidad, todos los actos y sufrimientos de Cristo operan instrumentalmente en virtud de su divinidad para llevar a cabo la salvación del hombre» (10).

Puesto que resulta imposible representar visualmente lo que es invisible, es difícil, sino imposible, representar a Cristo. El rostro de Dios permanece invisible. Los santos reconocen esta verdad. Se dice que el bendito Juan de Fiésole, Fra Angelico, había observado que, «Para pintar a Cristo, es necesario vivir con Cristo». Deberíamos tomarlo en su sentido escatológico.

Mel Gibson dirige a Jim Caviezel de forma que, en mi opinión, se acerca a la consecución de lo imposible. Hay Cristos de Pasolini, Zeffirelli, y Rosellini, pero el Cristo de Gibson consigue representar la más alta expresión de los valores humanos.

Aunque no soy crítico de arte, me parece que los principales excesos, incluso distorsiones, que algunos comentaristas han cuestionado, de hecho tienen el fin de mostrarnos que este hombre es más que un hombre. Que tenemos que buscar en otra parte la fuente de su resistencia humana.

¿Sería demasiado aventurado preguntar si Mel Gibson también indica la naturaleza divina de Cristo al sugerir que posee el conocimiento infuso? ¿Por ejemplo, cuando Cristo diseña una mesa europea del siglo XVI para palestinos del siglo I? ¿O cuando sin esfuerzo Cristo comienza a hablar con Pilato en latín?

Algunos expertos se han preguntado acerca de la ausencia del griego en la película; nadie que conozca ha conjeturado que el «Jesús histórico» pudiera haber tenido ocasión de aprender el latín conversacional.

No deberíamos dejar el modo de la eficiencia sin observar que Gibson no deja de lado la visualización de los signos de intervención divina en el momento de la muerte de Cristo que recogen los Evangelios.

«La Pasión de Cristo» no termina con meditaciones sobre las presumibles disposiciones interiores de los seguidores de Cristo. La película concluye más bien con la afirmación incuestionable de que esta crucifixión tiene como resultado eventos de significación cósmica que sólo puede producir Dios.

Déjenme concluir con unas palabras sobre la relación de la pasión de Cristo con la Iglesia.

Mel Gibson triunfa al enfatizar el carácter femenino de la Iglesia --sólo las mujeres tocan con reverencia la sagrada sangre, la Verónica, María, María Magdalena, y, por extensión, incluso Claudia, que proporciona el lino limpio para dicho propósito--.

Y al mismo tiempo, coloca a la Virgen Madre de Dios, María Inmaculada, en lo que obviamente es el contacto más cercano a los sufrimientos de su Hijo. Ella que es Madre del Redentor se convierte por este hecho en madre de todos los que son redimidos.

Vemos la meditación maternal de María desarrollada en la película. Gibson presenta a María que «se pone entre su Hijo y los hombres (¡Las escenas en que María nos mira directamente a nosotros!) en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos (La escena de Pedro a sus pies). Se pone ‘en medio’, o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre» (11). Las palabras son del Papa Juan Pablo II. Mel Gibson recoge lo que el Papa escribe en «Madre del Redentor» de una forma que sólo esto merece para la película el título de «católica».

Si reconocemos que la Pasión está relacionada con la Iglesia, también reconoceremos que está relacionada con la realidad de la conversión eucarística. Existe un cierto sentido de que toda la película trata de la Eucaristía. El Pan de Vida.

San Jerónimo ilustra esta verdad: «Pero dirás: ¿Cómo me prohíbes llorar, cuando también Jacob vestido de saco lloró a José? (Ver Génesis 37:35)... porque Cristo no había aún quebrantado la puerta del paraíso, todavía su sangre no había apagado la famosa espada de fuego y el torbellino de querubines sentados delante (ver Génesis 3:24; Cf. Ezequiel 1:15-20)... conforme a lo que dice el Apóstol, ‘Y reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no pecaron’ (Romanos 5:14); mientras que en Jesús, es decir, en el Evangelio, en Jesús, por quien fue abierto el paraíso, a la muerte sigue el gozo» (12).

«La Pasión de Cristo» invita a sus espectadores a que reconozcan que, en el pan eucarístico que ofrece Jim Caviezel a sus discípulos-sacerdotes, descubrimos una fuente de amor que nunca termina.
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NOTAS.
(1) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 1.
(2) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 2.
(3) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3.
(4) «De Trinitate» IV, 14 (PL 42:901), citado en Ibid.
(5) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 3, ad 3.
(6) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 4.
(7) "The Poems of Prudentius," trans. Sister M. Clement Eagan, "The Fathers of the Church," vol. 43 (Washington, D.C.: Catholic University of America Press, 1962), p. 77.
(8) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 5.
(9) Ver 1 Juan 3:8 citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 392; también, n. 394.
(10) «Summa Theologiae» IIIa q. 48, art. 6.
(11) Carta Encíclica de Juan Pablo II, «Mater Redemptoris», no. 21
(12). San Jerónimo, Carta 39, A Paula, sobre la Muerte de Blesila (Roma 389), en Epistolario, San Jerónimo, BAC, Madrid, 1993, págs.
345-347.
ZSI04042401

 

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«LA PASIÓN DE GIBSON HA ROTO EL

VELO DE LA HIPOCRESÍA

 

 

El cineasta italiano Andrea Piersanti: "La Pasión de Gibson ha roto el velo de la hipocresía de los bienpensantes y la new age"

 

 

 El director de cine italiano Andrea Piersanti, presidente del Instituto Luce de Roma, dijo hoy en Valencia que La Pasión de Mel Gibson ha rasgado "el velo de la hipocresía de los bienpensantes y la "new age".
     
     Para Piersanti, "estos años habían intentado convencernos de que el mensaje de Jesús era una especie de filosofía existencial, tipo "new age"; pero tras la visión de la película de Gibson, se ha encendido un resorte aún en el espectador menos advertido, como si el verdadero mensaje subliminal de esta película fuera un acto de guerra contra el difuso relativismo cultural de nuestra época".
     
     "El relativismo cultural, que es típico del disfraz "new age" del mensaje de Cristo, choca con una realidad histórica que ha sido reformulada crudamente y sin medias tintas. El pecado existe y el mal está entre nosotros, en nuestros pecados", añadió.
     
     El cineasta hizo estas afirmaciones durante una conferencia que pronunció esta mañana en el I Simposio Internacional La Función Educativa del Cine que se está celebrando en Valencia, organizado por la Universidad San Vicente Mártir.
     
     Piersanti afirmó que "la religión ha sido utilizada como instrumento de propaganda política y el mensaje evangélico ha quedado desnaturalizado", pero tras La Pasión de Gibson, los que han intentado convencer durante años de que "Jesús era, alternativamente, autor de la teología de la liberación, fan de los centros sociales y manifestante contra la globalización, ahora tras el éxito indiscutible de la película, deben enfrentarse a una realidad histórica que ha sido revisada con claridad y firmeza y que no saben cómo gestionar".
     
     El cineasta se preguntó "¿dónde prendió la chispa del escándalo que ha hecho rasgarse las vestiduras a los columnistas de los periódicos de todo el mundo?", si "la película de Gibson no ha hecho otra cosa que contar, una vez más, una de las historias más conocidas del mundo".
     
     En una conferencia titulada "La Pasión que divide, la Pasión que une", Piersanti analizó los factores de la película de Gibson en torno a los cuales se ha suscitado la crítica negativa de los medios y la respuesta favorable del público.
     
     "La sensación creciente, leyendo los millones de artículos escritos en relación con la película de Gibson, es que tras dos mil años, la humanidad tiene todavía miedo de aceptar la realidad histórica de este evento", afirmó.

2004-05-14 AGENCIA CATÓLICA VERITAS.

 

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"El cine debe descubrir el mundo de los valores porque después se convierten en comportamientos sociales"

 

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Esta es la fe de los católicos: así enseña el Señor:

Epístola de Santiago 3,13-18.

 

El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanaglorien ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

 

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Como Naamán, muchos querrían imponer sus condiciones a Dios, para tomarlo en serio y creer. Pero es Dios quien tiene la palabra. Y Dios no convoca oposiciones, ni valora el curriculum, ni acepta enchufes. Dios sale al encuentro de todos los que le buscan con sincero corazón, y se les muestra en los acontecimientos más insospechados de la vida. Moisés lo descubrió en una zarza que ardía sin consumirse. Lo importante es saber ver, saber mirar con ojos nuevos, tener el corazón limpio para poder ver a Dios.

 

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La Iglesia, bajo la Palabra de Dios


La Iglesia, como atestigua su historia, puede también oscurecer a Jesucristo y su palabra. En su manifestación exterior, puede también, como ocurrió en la baja Edad Media, convertirse en antisigno y en la ramera Babilonia. 
Sobre este trasfondo de tales abusos en la Iglesia, hoy ya difícilmente imaginables, es preciso entender que Lutero y los otros reformadores remitieran al testimonio del evangelio original, como aparece atestiguado en la Sagrada Escritura, y establecieran la Escritura sola como norma de toda palabra y de toda acción de la Iglesia. La Iglesia bajo la palabra de Dios era para ellos una Iglesia que necesita constantemente de reforma a partir del evangelio ("ecclesia semper reformanda"). 

ESCRITURAS/TRADICIÓN-TRADICIÓN/ESCRITURAS El Concilio de Trento rechazó el principio "la Escritura sola" y defendió el carácter vinculante de la Tradición. De hecho, la Sagrada Escritura no se puede aislar de la Tradición viva; ella misma es un producto de la tradición de las comunidades primitivas y tiene en la Iglesia su "contexto vital". Así como nació de la vida de la Iglesia y se escribió para la vida de la Iglesia, del mismo modo, sólo se puede entender e interpretar correctamente, a su vez, cuando se está arraigado en la vida de la Iglesia, es decir, en su Tradición. Pero esa recta interpretación es decisiva. Porque la Escritura en sí ayuda poco; a ella apelan todas las Iglesias y grupos cristianos. Se trata de interpretar correctamente la Escritura. Y esto sólo es posible cuando se está y se vive en el mismo contexto vital de la Iglesia del que nació también la Escritura. Así, por ejemplo, sólo entenderá plenamente los relatos de la eucaristía del Nuevo Testamento, que ya son testimonios de la liturgia primitiva, quien celebre a su vez la eucaristía. Esta es la razón más profunda por la que la doctrina católica considera siempre estrechamente unidas la Escritura y la Tradición. Hoy se perfila un amplio consenso sobre ello entre las iglesias. 
Igualmente se abre paso un consenso en que hoy también la Iglesia católica acentúa que la Iglesia, sin menoscabo de lo dicho hasta ahora, no está sobre la palabra de Dios, sino bajo ella. Ya el Concilio de Trento distingue entre las tradiciones apostólicas originales y siempre vinculantes y las tradiciones humanas en la Iglesia, que no sólo son cambiantes, sino que incluso puede oponerse a la tradición apostólica original u oscurecerla. No todo lo que comúnmente es tradición en la Iglesia es, pues, en la misma medida, vinculante e inmutable; al contrario, las múltiples tradiciones tienen que medirse sin cesar con la única Tradición -transmitida de una vez por todas- del testimonio apostólico. Así, ya Trento pudo introducir una de las mayores reformas en la vida de la Iglesia. El Vaticano II ha mostrado con mucha más claridad este aspecto y la importancia que en él tiene la Escritura, y ha hablado de que la Iglesia tiene que seguir siempre el camino de la purificación y de la renovación. 
La Iglesia está, desde luego, convencida de que le han sido dadas inamisiblemente la palabra y la verdad de Dios. Pero sabe al mismo tiempo que esta verdad es tan elevada y tan rica que nunca podrá ella agotarla con ninguna de sus afirmaciones de fe. Éstas son, sin duda, ciertas en lo que dicen; pero su fuerza de expresión es, como la de todas las palabras humanas, limitada. Así, aun en las afirmaciones de fe, a toda semejanza corresponde una diversidad aún mayor entre lo 
que se dice y lo que se quiere expresar. Toda afirmación de fe se transciende a sí misma; el acto de fe no se dirige, como dice Tomás de Aquino, a la afirmación como tal, sino, a través de ella, a lo que se pretende decir con ella, al "objeto" propio de la fe, es decir, al misterio del Dios trinitario. Por eso toda afirmación de fe puede ser profundizada. Sobre todo, es posible y necesario purificar y renovar constantemente en la Iglesia muchas cosas que desfiguran y 
oscurecen el verdadero sentido de las afirmaciones eclesiales de fe. 
Creer desde la Iglesia y con la Iglesia no significa adoptar una posición ideológica fija ni un triunfalismo eclesial; significa, más bien, recorrer desde la Iglesia y con la Iglesia el camino de una incesante conversión y de una escucha siempre nueva de la palabra de Dios. No sólo la fe del individuo es camino; también la fe de la Iglesia es un camino y un proceso, que frecuentemente pasa por interrogantes, crisis y sacudidas. No es la primera vez que esto sucede; ya en la historia de la Iglesia hubo desarrollos y transformaciones que esclarecieron el contenido preciso de la fe eclesial. Es creyente y católico no el que está incólume, o incluso en actitud orgullosa y arrogante por encima de todas estas dificultades, sino quien recorre el camino con toda la comunidad de los creyentes y contribuye, en la medida de sus fuerzas, al esclarecimiento y profundización de la fe. Precisamente como Iglesia peregrinante, que conoce el arrepentimiento, la Iglesia puede adquirir una nueva credibilidad. 

 


¿Iglesia infalible? Hasta ahora hemos desarrollado, sobre todo, dos puntos de vista: en la Iglesia, la buena noticia de la salvación definitiva ha llegado ya al mundo y está siempre presente. Pero la Iglesia todavía no es el Reino consumado de Dios; también ella está aún en camino con su testimonio de fe. Esta tensión tiene una importancia fundamental si ahora preguntamos por las afirmaciones definitivas e inmutables de fe y por las declaraciones 
infalibles de la Iglesia. La infalibilidad de la Iglesia en cuestiones de fe y de costumbres suscita hoy en no pocas personas considerables dificultades. Ven en ello una rigidez e inmovilidad que, según ellas, especialmente hoy, a la vista de los nuevos conocimientos que aumentan con rapidez y de los veloces cambios en todos los sectores de la vida, es un gran inconveniente. 
Pero veamos, en primer lugar, lo positivo. Precisamente en la profusión de palabras de nuestro tiempo, en la inconsistencia de ideologías y en el cambio estremecedor de todas las cosas, en la agitación y precipitación de nuestra época, también necesitamos, como hombres, un lugar en el que podamos fondear de manera estable y permanente; necesitamos "algo" en lo que se pueda confiar con carácter definitivo, un ámbito en el que ya ahora nos sintamos seguros y tranquilos. En esta situación es precisamente un beneficio el hecho de que en las declaraciones solemnes de fe de la Iglesia se nos diga, haciéndose la Iglesia garante de ello: si te atienes a esta verdad, no vas por el camino erróneo, te mantienes "en rumbo", estás en la verdad que permanece y tiene consistencia. Es cierto que infalible en sentido propio sólo es Dios; por eso, sólo Él es el fundamento de nuestra fe. Sin embargo, Dios, que se ha comunicado a sí mismo en Jesucristo, hace participar a su Iglesia, por el Espíritu Santo, en su verdad, es decir, en su consistencia y solidez; Él da a la Iglesia en sus ministerios, especialmente en el ministerio de Pedro, por decirlo así, una boca por la que ella puede hablar de manera vinculante. Esta univocidad y obligatoriedad está basada en la esencia de la fe, en la que lo definitivo irrumpe ya ahora en el tiempo. Sin afirmaciones firmes y seguras, la fe se disolvería en su esencia más íntima. 
En los últimos doscientos años, desde que se generalizó una conciencia más histórica, ha quedado también más claro el otro aspecto: las declaraciones infalibles de fe no sólo participan del "ya", sino también del "todavía no" de la realidad salvífica. Así como son permanentemente ciertas en aquello que dicen, así también expresan esta verdad en palabras e imágenes humanas e históricas, en palabras cuya fuerza de expresión es limitada. Además, en la mayoría de los 
casos sus afirmaciones tienen carácter delimitador y su formulación está dirigida contra un error determinado; por eso muchas veces sólo tienen en cuenta un aspecto; no pretenden en absoluto decirlo todo. De ahí que hayan de interpretarse en el marco del testimonio global más amplio de la Escritura y de la Tradición. En esta tarea pueden ser complementadas y profundizadas; en determinados casos, se puede formular después mejor y de manera más amplia lo que se expresó 
antes. Así pues, no sólo hay un desarrollo doctrinal hasta que se llega a una declaración solemne de fe; después de la definición suele comenzar el proceso de la interpretación. Este proceso no sólo está encomendado a la teología, sino a toda la comunidad de los creyentes. 
En la fe y en la vida de toda la comunidad de fe queda claro de manera definitiva lo que es espiritualmente fecundo en una declaración dogmática del magisterio eclesiástico. 
Así como no se debe subestimar la importancia de las declaraciones solemnes de fe de la Iglesia, tampoco se las debe sobrevalorar o quedar fijado a ellas. Son acontecimientos relativamente raros, extraordinarios, en la vida de la Iglesia, insertos en la vida, la fe y la predicación cotidianas. Muchas verdades centrales de la fe, ante todo la confesión de fe apostólica, no han sido nunca formalmente definidas y, sin embargo, se mantienen inalterables en virtud de la fe común de la Iglesia. Este hecho pone a su vez de manifiesto que el sujeto propio de la fe no es un individuo, ni siquiera un ministro particular de la Iglesia, sino toda la comunidad de los creyentes, en la unidad y multiplicidad de sus carismas, servicios y funciones. A la totalidad de los creyentes y a su consenso está infaliblemente confiada, por la asistencia del Espíritu, la verdad del evangelio. 

La comunidad de fe en concreto I/C: 
La afirmación que acabo de hacer nos lleva a una última pregunta: ¿se experimenta todavía hoy la Iglesia como comunidad? ¿Es realmente hogar, en el que el cristiano concreto se encuentra a gusto, o se percibe como institución extraña? Esta pregunta quizá no admite una respuesta válida para todos los casos. Las experiencias son muy distintas. Sin embargo, el ideal que nos dibuja el Nuevo Testamento, sobre todo en la comunidad primitiva de Jerusalén, es inequívoco. 
I/ SIGNIFICADOS: En efecto, si examinamos en el Nuevo Testamento la palabra-guía "Iglesia", encontraremos no uno, sino tres significados diversos. En primer lugar, se habla de la Iglesia en el sentido en que hoy solemos entenderla: Iglesia como Iglesia universal, Iglesia en el sentido de Iglesia "católica". Pero "lglesia" significa también, en muchísimos pasajes del Nuevo Testamento, la Iglesia en un lugar, la Iglesia local. Entonces se identificaba ampliamente con una comunidad y significaba no sólo un sector o un distrito administrativo de la Iglesia universal, sino realización y representación de la Iglesia en un lugar concreto. La unidad de la Iglesia universal era en la antigüedad una red de comunión de tales iglesias locales relativamente autónomas. 
Hoy se considera como iglesia local en sentido pleno sólo la diócesis bajo la dirección de un obispo. Sin embargo, el nombre de "iglesia" puede aplicarse también análogamente a la comunidad local o parroquia; al menos así se hace en la reciente teología de la comunidad. En la comunidad se experimenta la iglesia de un lugar; en ella tienen que darse de manera concreta el enraizamiento y la familiaridad. Pero también es importante en el Nuevo Testamento un tercer significado: "iglesia" como "iglesia doméstica`´, la comunidad o grupo en comunión que se reúne en la casa de un cristiano o de una familia cristiana (Rom 16,5.23; 1 Cor 16,19; Flm 2; Col 4,15). En cierto sentido, se puede decir incluso que la Iglesia del comienzo se constituyó "en forma doméstica". La imagen ideal de la comunión fraterna es la comunidad primitiva de Jerusalén: "Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno. A diario frecuentaban el templo en grupo; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón" (Hch 2, 44-46). Este sistema de las iglesias domésticas perduró en la Iglesia antigua, 
en principio, hasta el giro constantiniano. Sólo tras la época de persecución, cuando la Iglesia fue permitida como comunidad religiosa y, más tarde, incluso reconocida como religión del Estado, y las masas afluyeron a ella, fue posible y, por razones prácticas manifiestas, también necesario construir grandes edificios eclesiásticos propios. Hoy en muchas iglesias del tercer mundo, no sólo en América Latina, sino también en África, se vuelve a optar por las pequeñas comunidades, 
llamadas con frecuencia comunidades de base. El papa Pablo Vl y el Sínodo episcopal de Roma de 1985 hablaron de estas comunidades como de una gran esperanza para la Iglesia universal. En ellas, una iglesia en muchos casos percibida como anónima puede experimentarse y vivirse otra vez en concreto como comunidad de fe: en la lectura e interpretación comunes de la Sagrada Escritura, en la oración y en el canto en común, en la instrucción cristiana, en la actuación común en situaciones concretas de necesidad. Esto es posible de muchas maneras, en múltiples grupos, círculos, movimientos, comunidades religiosas, agrupaciones y asociaciones eclesiales. 
Sin vinculación a una comunidad concreta de creyentes, en el mundo de hoy será cada vez más difícil mantener la vida y la fe cristianas. De tales comunidades de fe depende hoy también, de forma decisiva, la transmisión de la fe a la próxima generación. Por eso les corresponde una alta prioridad pastoral. 
Ciertamente, no hay que subestimar el peligro de "conventiculismo" y de riñas partidistas. Este peligro se daba ya, como atestigua la 1ª carta a los Corintios, en la época del Nuevo Testamento. Lo decisivo será, pues, que las comunidades concretas no vivan aisladas entre sí, y menos aún en oposición mutua. Una comunidad sólo puede ser legítima y auténtica comunidad de Jesucristo si está en comunión con todas las otras comunidades, en las que Jesucristo también está presente (cf. Mt 18,20). No obstante, se deberían ver no sólo los peligros, sino también las posibilidades positivas de la opción por las pequeñas comunidades. Éstas deberían emplearse como oportunidad para llevar a cabo una renovación y vivificación de la imagen bíblica y original de la Iglesia: Iglesia como comunidad de fe concretamente experimentada en un lugar, en comunicación ilimitada dentro de la única Iglesia universal. 
Tal Iglesia, entendida y vivida como "communio", podría ser experimentada de nuevo más claramente como signo e instrumento de la salvación para el mundo. En su rostro resplandecería más límpida y claramente la luz de Cristo como luz del mundo y de los hombres. Así, la fe cristiana podría adquirir nuevos contornos en nuestra época.

WALTER KASPER - LA FE QUE EXCEDE TODO CONOCIMIENTO
SAL TERRAE Col. ALCANCE 42- SANTANDER-1988.Págs. 107-126

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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El mundo, visto a través de Dios, es fraterno y hermoso, hasta en la hermana muerte, se disfruta en su voluntaria privación. Es el arte de la posesión en Dios, el arte de poseer la tierra con esa extraña lógica de los santos que es su tener y no tener: no teniendo nada, no deseando nada, se posee de verdad todo, siendo libre de las cosas se señorea alegremente el universo.-
¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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In Obsequio Jesu Christi.

 

Cinco libros sin imposturas ni ocultamientos:

 

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden - Dr. hist. César VIDAL -

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).