Wednesday 8 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
Inicio > Biblia > Antropología - 1º bíblica patrística; colaboración del hombre y la mujer
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DIOS TIENE UN ROSTRO - El creyente sabe que este Dios tiene un rostro y que, una vez para siempre, en Jesucristo se hizo cercano a cada hombre. Lo recordó con agudeza el concilio Vaticano II:  "El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado" (Gaudium et spes, 22). Conocerlo a él es conocer la verdad plena, gracias a la cual se encuentra la libertad:  "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). …[…]… X.2006-

 

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En un mundo caracterizado por el relativismo, y que con demasiada frecuencia excluye la trascendencia de la universalidad de la razón, necesitamos con urgencia un auténtico diálogo entre las religiones y entre las culturas, que pueda ayudarnos a superar juntos todas las tensiones con espíritu de colaboración fecunda.

 

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 El profesor de filosofía de la Universidad Complutense y también director del Instituto Mounier, Carlos Díaz: habló sobre la necesidad de crear una ética para la antropología actual, afirmó que “el hombre actual vive en una barbarie democrática: una cosa es el nacional, otra el extranjero y otra las leyes. Su figura es la del burgués que ha perdido el sentido del tú: yo pienso, yo existo, yo gano dinero”.

    
      El filósofo personalista propone “una antropología del don, con dos ejes: eje de abcisas, “soy amado, luego existo”; eje de ordenadas, “soy imperado por el rostro ajeno, luego existe””. Y añadió que es necesaria “una antropología personalista-comunitaria capaz de comunizar la persona sin abolir su identidad, y de abrirla a lo que la fundó”. 2005-02-26 España

 

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Magisterio. (Del lat. magisterĭum).1. m. Enseñanza y gobierno que el maestro ejerce con sus discípulos.2. m. Cargo o profesión de maestro.3. m. Conjunto de los maestros de una nación, provincia, etc.4. m. En la religión católica, autoridad que en materia de dogma y moral ejercen el Papa y los obispos.5. m. Gravedad afectada y presunción en hablar o en hacer algo.6. m. Título o grado de maestro que se confería en una facultad.7. m. En la química antigua, materia que se posa en las reacciones químicas, precipitado

 

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En cuanto a la investigación teológica propiamente dicha, por definición no puede existir sin que busque su fuente y su norma en la Escritura y en la Tradición, en la experiencia y las decisiones de la Iglesia transmitidas por el Magisterio a lo largo de los siglos. Estas breves observaciones marcan las exigencias específicas de la responsabilidad del cuerpo docente de las facultades católicas. Siguiendo esta dirección, deben salvaguardar las Universidades Católicas su carácter propio. Así encuadradas, dan testimonio no sólo ante los estudiantes, sino también ante las otras universidades, de la seriedad con que la Iglesia aborda el mundo del pensamiento y, al mismo tiempo, de comprensión inteligente de la fe. 24.02.1979

 

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Antropología. (De antropo- y -logía).1. f. Estudio de la realidad humana.2. f. Ciencia que trata de los aspectos biológicos y sociales del hombre.

 

Biólogo, ga.(Del gr. βιολγος).1. m. y f. Persona que profesa la biología o tiene en ella especiales conocimientos

 

Biología. (De biólogo).1. f. Ciencia que trata de los seres vivos.~ molecular.1. f. Parte de la biología que estudia los seres vivientes y los fenómenos vitales con arreglo a las propiedades de su estructura molecular.

 

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Es inevitable hacer generalizaciones cuando se realiza cualquier discurso. Sin hacerlas nadie escribiría nada excepto casuística concreta.  

 

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Según san Pablo, cada hombre lleva en sí la imagen de Adán y al mismo tiempo está llamado a ser portador de la imagen de Cristo resucitado. Esta imagen es una realidad escatológica, porque ha sido revelada mediante la resurrección de Cristo. 

 

El «hombre celestial» según San Pablo

1. De las palabras de Cristo sobre la futura resurrección de los muertos, referidas por los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), hemos pasado a la antropología paulina sobre la primera Carta a los Corintios, capítulo 15, versículos 42-49.

En la resurrección el cuerpo humano se manifiesta —según las palabras del Apóstol— «incorruptible, glorioso, lleno de poder, espiritual». La resurrección, pues, no es sólo una manifestación de la vida que vence a la muerte —como un retorno final al árbol de la Vida, del que el hombre fue alejado en el momento del pecado original—, sino que es también una revelación de los últimos destinos del hombre en toda la plenitud de su naturaleza psicosomática y de su subjetividad personal. Pablo de Tarso —que siguiendo las huellas de los otros Apóstoles experimentó en el encuentro con Cristo resucitado el estado de su cuerpo glorificado—, basándose en esta experiencia, anuncia en la Carta a los Romanos «la redención del cuerpo» (Rom 8, 23), y en la Carta a los Corintios (1Cor 15, 42-49) el cumplimiento de esta redención en la futura resurrección.

2. El método literario que San Pablo aplica aquí, corresponde perfectamente a su estilo. Se sirve de antítesis, que a la vez acercan lo que contraponen y de este modo resultan útiles para hacernos comprender el pensamiento paulino sobre la resurrección: tanto en su dimensión «cósmica», como en lo que se refiere a la característica de la misma estructura interna del hombre «terrestre» y «celeste». Efectivamente, el Apóstol, al contraponer Adán y Cristo (resucitado) —o sea, el primer Adán al último Adán— muestra, en cierto sentido, los dos polos, entre los cuales, en el misterio de la creación y de la redención, está situado el hombre en el cosmos: también se podría decir que el hombre ha sido «puesto en tensión» entre estos dos polos con la perspectiva de los destinos eternos, que se refieren, desde el principio hasta el fin, a su misma naturaleza humana. Cuando Pablo escribe: «El primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo hombre fue del cielo» (1Cor 15, 47), piensa tanto en Adán-hombre, como también en Cristo en cuanto hombre. Entre estos dos polos —entre el primero y el último Adán— se desarrolla el proceso que él expresa con las siguientes palabras: «Como llevamos la imagen del hombre terreno, llevamos también la imagen del celestial» (1Cor 15, 49).

3. Este «hombre celestial» —el hombre de la resurrección, cuyo prototipo es Cristo resucitado— no es tanto la antítesis y negación del «hombre terreno» (cuyo prototipo es el «primer Adán»), cuanto, sobre todo, es su cumplimiento y su confirmación. Es el cumplimiento y la confirmación de lo que corresponde a la constitución psicosomática de la humanidad, en el ámbito de los destinos eternos, esto es, en el pensamiento y en los designios de Aquel que, desde el principio, creó al hombre a su imagen y semejanza. La humanidad del «primer Adán», «hombre terreno», diría que lleva en sí una particular potencialidad (que es capacidad y disposición) para acoger todo lo que vino a ser el «segundo Adán», el Hombre celestial, o sea, Cristo: lo que Él vino a ser en su resurrección. Esa humanidad de la que son partícipes todos los hombres, hijos del primer Adán, y que, juntamente con la heredad del pecado —siendo carnal— es, al mismo tiempo, «corruptible», y lleva en sí la potencialidad de la «incorruptibilidad».

Esa humanidad, que en toda su constitución psicosomática se manifiesta «innoble» y, sin embargo, lleva en sí el deseo interior de la gloria, esto es, la tendencia y la capacidad de convertirse en «gloriosa», a imagen de Cristo resucitado. Finalmente, la misma humanidad, de la que el Apóstol dice —conforme a la experiencia de todos los hombres— que es «débil» y tiene «cuerpo animal», lleva en sí la aspiración a convertirse en «llena de poder» y «espiritual».

4. Aquí hablamos de la naturaleza humana en su integridad, es decir, de la humanidad en su constitución psicosomática. En cambio, Pablo habla del «cuerpo». Sin embargo, podemos admitir, basándonos en el contexto inmediato y en el remoto, que para él se trata no sólo del cuerpo, sino de todo el hombre en su corporeidad, por lo tanto, también de su complejidad ontológica. De hecho, no hay duda alguna de que si precisamente en todo el mundo visible (cosmos), ese único cuerpo que es el cuerpo humano, lleva en sí la «potencialidad de la resurrección», esto es, la aspiración y la capacidad de llegar a ser definitivamente «incorruptible, glorioso, lleno de poder, espiritual», esto ocurre porque, permaneciendo desde el principio en la unidad psicosomática del ser personal, puede tomar y reproducir en esta «terrena» imagen y semejanza de Dios también la imagen «celeste» del último Adán, Cristo. La antropología paulina sobre la resurrección es cósmica y, a la vez, universal: cada uno de los hombres lleva en sí la imagen de Adán y cada uno está llamado también a llevar en sí la imagen de Cristo, la imagen del Resucitado. Esta imagen es la realidad del "otro mundo", es la realidad escatológica (San Pablo escribe: «llevaremos»); pero, al mismo tiempo, esa imagen es ya en cierto sentido una realidad de este mundo, puesto que se ha revelado en él mediante la resurrección de Cristo. Es una realidad injertada en el hombre de «este mundo», realidad que en él está madurando hacia el cumplimiento final.

5. Todas las antítesis que se suceden en el texto de Pablo ayudan a construir un esbozo válido de la antropología sobre la resurrección. Este esbozo es, a la vez, más detallado que el que emerge del texto de los Evangelios sinópticos (Mt 22, 30; Mc 12, 25; Lc 20, 34-35), pero, por otra parte, es, en cierto sentido, más unilateral. Las palabras de Cristo referidas por los Sinópticos, abren ante nosotros la perspectiva de la perfección escatológica del cuerpo, sometida plenamente a la profundidad divinizadora de la visión de Dios «cara a cara», en la que hallará su fuente inagotable tanto la «virginidad» perenne (unida al significado esponsalicio del cuerpo), como la «intersubjetividad» perenne de todos los hombres, que vendrán a ser (como varones y mujeres) partícipes de la resurrección. El esbozo paulino de la perfección escatológica del cuerpo glorificado parece quedar más bien en el ámbito de la misma estructura interior del hombre-persona. Su interpretación de la resurrección futura parecería vincularse al «dualismo» cuerpo-espíritu que constituye la fuente del «sistema de fuerzas» interior en el hombre.

6. Este «sistema de fuerzas» experimentará un cambio radical en la resurrección. Las palabras de Pablo, que lo sugieren de modo explícito, no pueden, sin embargo, entenderse e interpretarse según el espíritu de la antropología dualística (1), como trataremos de demostrar en la continuación de nuestro análisis. Efectivamente, nos convendrá dedicar todavía una reflexión a la antropología de la resurrección a la luz de la primera Carta a los Corintios. 03.II.1982


Notas

1 - «Paul ne tient absolument pas compte de la dichotomie grecque "âme et corps"... L’apôtre recourt à une sorte de trichotomie où la totalité de l’homme est corps, âme et esprit... Tous ces termes sont mouvants et la division elle-même n’a pas de frontière fixe. Il y a insistance sur le fait que le corps et l’âme sont capables d’être "pneumatiques", spirituels» (B. Rigaux, Dieu l’a ressuscité. Exégèse et théologie biblique, Gembloux, 1973, Duculot, pp. 406-408).

 

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La antropología biológica responde al error de considerar al ser humano sólo un animal

 

Campo de batalla, el hombre

Uno de los axiomas de la modernidad es que el cerebro constituye la totalidad de la vida del hombre; así, en él cabría de todo, desde la idea de Dios hasta la configuración de la propia realidad: así es, si así me parece. Junto a ello, algunos van más allá en este proceso reduccionista del ser humano hasta el punto de afirmar que las facultades superiores del ser humano son sólo impulsos físicos de origen biológico. El resultado: el hombre sería simplemente un mono evolucionado cuyo cerebro es capaz de crear aquello en lo que decide creer

 

El reduccionismo zoológico, que ha querido hacer del hombre un mero mono desnudo, tiene su origen en la filosofía de corte antimetafísico que nace del empirismo y del utilitarismo, y encuentra una raíz más próxima en el darwinismo. El padre Leopoldo Prieto, autor de El hombre y el animal (BAC), reconoce en esta corriente «un elemento ideológico, que no ha de implicar per se mala voluntad». También tiene «graves consecuencias éticas, sociales y jurídicas, que están a la vista: la selección genética, el aborto, el infanticidio, la eutanasia..., exigidos a gritos por sus representantes».
Nada malo hay -aducen- en eliminar a un mero animal más evolucionado. Desde el campo interdisciplinar de la antropología biológica, que pretende explicar qué es el hombre en su cuerpo, el padre Prieto responde que, biológicamente, el hombre presenta dos rasgos distintos a los demás animales. Uno es la inespecializacion morfológica: tiene características físicas más primitivas que las de los simios. «Sin negar la evolución -explica-, existiría un movimiento a la inversa o de una naturaleza distinta, que rechaza quedar aprisionado por formas especializadas». Esto, junto a la carencia de instintos, «no se puede explicar a la luz de la sola biología» y, filosóficamente, es compatible con la tesis de que hay un alma que «influye, de algún modo, en la conformación morfológica del cuerpo» y le infunde una razón abierta al mundo y una voluntad libre.

Mente y cuerpo

El cerebro y su relación con la mente es uno de los principales interrogantes de la ciencia moderna. El doctor Aquilino Polaino, psiquiatra y catedrático de Psicopatología, explica que la enorme plasticidad del cerebro humano se debe a que «la biología no determina al hombre» como al resto de los animales, lo que hace posible la libertad. «El cerebro -explica- es un fundamento necesario para que el espíritu se manifieste, pero no es condición suficiente». El doctor Polaino advierte de otros errores, además del empirismo, que son corrientes en nuestra sociedad, como el constructivismo, «que defiende que el hombre no conoce la realidad sino que la construye». En cuanto a la relación del hombre con sus semejantes, cita el individualismo egoísta y el colectivismo, que hace de la persona un hombre-masa. Para evitarlos, «hay que entender que la persona no es un ser en sí ni para sí, sino para otro». María Martínez – 2009.I.09- alfa y omega.es

 

 

Ni monos, ni tampoco ángeles

El padre Leopoldo Prieto advierte del peligro del materialismo, pero también de un riesgo «en el que se puede caer con más facilidad dentro de la Iglesia: hacer un énfasis excesivo en las facultades espirituales hasta el punto de negar que el hombre es un animal», en una suerte de platonismo o reduccionismo espiritual. Cree que todavía es necesaria, en el ámbito de la Iglesia, una reivindicación del cuerpo en sus justos términos, «aunque ya Juan Pablo II hizo bastante al respecto». En este sentido, recuerda la doctrina católica sobre la naturaleza a la vez corporal y espiritual, «amada en su totalidad por Dios», y la resurrección de la carne, «que supone un notable ennoblecimiento del cuerpo».

 

¿Animales inteligentes?

Con cierta frecuencia salen en los medios noticias sobre estudios científicos acerca de la inteligencia o el lenguaje de los animales, a veces presentándolos como iguales a los seres humanos, o sólo diferentes en cantidad, no en naturaleza. Se quiere designar con ello -argumenta el padre Leopoldo Prieto- «alguna capacidad psicológica que le permite realizar conductas complejas o de gran precisión», algo que efectivamente tienen. Pero inteligencia se refiere, en realidad, al conocimiento abstracto, «la capacidad de ver lo universal en lo concreto, cosa que los animales no hacen», y que implica una «capacidad de aprendizaje y de progreso». Algo similar ocurre con el lenguaje: existe la posibilidad de comunicación en los animales, pero se comunica el conocimiento sensible, no el intelectual, abstracto o simbólico, que es lo que se puede llamar, con rigor, lenguaje. Los experimentos destinados a demostrar la existencia de aptitudes lógicas en los monos han sido siempre, según el padre Prieto, «un gran fracaso, pues sólo han logrado probar la memoria asociativa que es la base del adiestramiento, pero que no implica comprensión». MMIX

 

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LOS DATOS FUNDAMENTALES
DE LA ANTROPOLOGÍA BÍBLICA

 

5.Una primera serie de textos bíblicos a examinar está constituida por los primeros tres capítulos del Génesis. Ellos nos colocan «en el contexto de aquel ‘‘principio´´ bíblico según el cual la verdad revelada sobre el hombre como ‘‘imagen y semejanza de Dios´´ constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana».4

En el primer texto (Gn 1,1-2,4), se describe la potencia creadora de la Palabra de Dios, que obra realizando distinciones en el caos primigenio. Aparecen así la luz y las tinieblas, el mar y la tierra firme, el día y la noche, las hierbas y los árboles, los peces y los pájaros, todos «según su especie». Surge un mundo ordenado a partir de diferencias, que, por otro lado, son otras tantas promesas de relaciones. He aquí, pues, bosquejado el cuadro general en el que se coloca la creación de la humanidad. «Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó» (Gn 1,26-27). La humanidad es descrita aquí como articulada, desde su primer origen, en la relación de lo masculino con lo femenino. Es esta humanidad sexuada la que se declara explícitamente «imagen de Dios».

 

6.La segunda narración de la creación (Gn 2,4-25) confirma de modo inequívoco la importancia de la diferencia sexual. Una vez plasmado por Dios y situado en el jardín del que recibe la gestión, aquel que es designado —todavía de manera genérica— como Adán experimenta una soledad, que la presencia de los animales no logra llenar. Necesita una ayuda que le sea adecuada. El término designa aquí no un papel de subalterno sino una ayuda vital.5 El objetivo es, en efecto, permitir que la vida de Adán no se convierta en un enfrentarse estéril, y al cabo mortal, solamente consigo mismo. Es necesario que entre en relación con otro ser que se halle a su nivel. Solamente la mujer, creada de su misma «carne» y envuelta por su mismo misterio, ofrece a la vida del hombre un porvenir. Esto se verifica a nivel ontológico, en el sentido de que la creación de la mujer por parte de Dios caracteriza a la humanidad como realidad relacional. En este encuentro emerge también la palabra que por primera vez abre la boca del hombre, en una expresión de maravilla: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2,23).

 

En referencia a este texto genesíaco, el Santo Padre ha escrito: «La mujer es otro ‘‘yo´´ en la humanidad común. Desde el principio aparecen [el hombre y la mujer] como ‘‘unidad de los dos´´, y esto significa la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba ‘‘una ayuda que fuese semejante a él´´ (Gn 2,20). ¿Se trata aquí solamente de la ‘‘ayuda´´ en orden a la acción, a ‘‘someter la tierra´´ (cf Gn 1,28)? Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella ‘‘una sola carne´´ y abandonando por esto a ‘‘su padre y a su madre´´ (cf Gn 2,24)».6

La diferencia vital está orientada a la comunión, y es vivida serenamente tal como expresa el tema de la desnudez: «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro» (Gn 2, 25).

 

De este modo, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la femineidad, «desde ‘‘el principio´´ tiene un carácter nupcial, lo que quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el hombre-persona se hace don, verificando así el profundo sentido del propio ser y del propio existir».7 Comentando estos versículos del Génesis, el Santo Padre continúa: «En esta peculiaridad suya, el cuerpo es la expresión del espíritu y está llamado, en el misterio mismo de la creación, a existir en la comunión de las personas ‘‘a imagen de Dios´´».8

En la misma perspectiva esponsal se comprende en qué sentido la antigua narración del Génesis deja entender cómo la mujer, en su ser más profundo y originario, existe «por razón del hombre» (cf 1Co 11,9): es una afirmación que, lejos de evocar alienación, expresa un aspecto fundamental de la semejanza con la Santísima Trinidad, cuyas Personas, con la venida de Cristo, revelan la comunión de amor que existe entre ellas. «En la ‘‘unidad de los dos´´ el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir ‘‘uno al lado del otro´´, o simplemente ‘‘juntos´´, sino que son llamados también a existir recíprocamente, ‘‘el uno para el otro... El texto del Génesis 2,18-25 indica que el matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental de esta llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco ‘‘para´´ el otro en la ‘‘comunión´´ interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo ‘‘masculino´´ y de lo ‘‘femenino´´».

 

La visión serena de la desnudez con la que concluye la segunda narración de la creación evoca aquel «muy bueno» que cerraba la creación de la primera pareja humana en la precedente narración. Tenemos aquí el centro del diseño originario de Dios y la verdad más profunda del hombre y la mujer, tal como Dios los ha querido y creado. Por más transtornadas y obscurecidas que estén por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podrán ser nunca anuladas.

 

7.El pecado original altera el modo con el que el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios y su relación con el Creador. Inmediatamente después de haberles donado el jardín, Dios les da un mandamiento positivo (cf Gn 2,16) seguido por otro negativo (cf Gn 2,17), con el cual se afirma implícitamente la diferencia esencial entre Dios y la humanidad. En virtud de la seducción de la Serpiente, tal diferencia es rechazada de hecho por el hombre y la mujer. Como consecuencia se tergiversa también el modo de vivir su diferenciación sexual. La narración del Génesis establece así una relación de causa y efecto entre las dos diferencias: en cuando la humanidad considera a Dios como su enemigo se pervierte la relación misma entre el hombre y la mujer. Asimismo, cuando esta última relación se deteriora, existe el riesgo de que quede comprometido también el acceso al rostro de Dios.

 

En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (Gn 3,16). Será una relación en la que a menudo el amor quedará reducido a pura búsqueda de sí mismo, en una relación que ignora y destruye el amor, reemplazándolo con el yugo de la dominación de un sexo sobre el otro. La historia de la humanidad reproduce, de hecho, estas situaciones en las que se expresa abiertamente la triple concupiscencia que recuerda San Juan, cuando habla de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1 Jn 2,16). En esta trágica situación se pierden la igualdad, el respeto y el amor que, según el diseño originario de Dios, exige la relación del hombre y la mujer.

 

8. Recorrer estos textos fundamentales permite reafirmar algunos datos capitales de la antropología bíblica.

Ante todo, hace falta subrayar el carácter personal del ser humano. «De la reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre —ya sea hombre o mujer— es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal».10 La igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica «unidualidad» relacional, que sólo el pecado y las ‘‘estructuras de pecado´´ inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropología bíblica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.

Además, hay que hacer notar la importancia y el sentido de la diferencia de los sexos como realidad inscrita profundamente en el hombre y la mujer. «La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones».11 Ésta no puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que «es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano».12 Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus expresiones en el carácter esponsal del cuerpo, en el que se inscribe la masculinidad y femineidad de la persona.

Se trata de la dimensión antropológica de la sexualidad, inseparable de la teológica. La criatura humana, en su unidad de alma y cuerpo, está, desde el principio, cualificada por la relación con el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su bondad originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creación; es también alterada por la desarmonía entre Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteración no corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la verdad sobre la relación de los sexos. De esto se deduce, por lo tanto, que esta relación, buena pero herida, necesita ser sanada.

¿Cuáles pueden ser las vías para esta curación? Considerar y analizar los problemas inherentes a la relación de los sexos sólo a partir de una situación marcada por el pecado llevaría necesariamente a recaer en los errores anteriormente mencionados. Hace falta romper, pues, esta lógica del pecado y buscar una salida, que permita eliminarla del corazón del hombre pecador. Una orientación clara en tal sentido se nos ofrece con la promesa divina de un Salvador, en la que están involucradas la «mujer» y su «estirpe» (cf Gn 3,15), promesa que, antes de realizarse, tendrá una larga preparación histórica.

 

9.Una primera victoria sobre el mal está representada por la historia de Noé, hombre justo que, conducido por Dios, se salva del diluvio con su familia y las distintas especies de animales (cf Gn 6-9). Pero la esperanza de salvación se confirma, sobre todo, en la elección divina de Abraham y su descendencia (cf Gn 12,1ss). Dios empieza así a desvelar su rostro para que, por medio del pueblo elegido, la humanidad aprenda el camino de la semejanza divina, es decir de la santidad, y por lo tanto del cambio del corazón. Entre los muchos modos con que Dios se revela a su pueblo (cf Hb 1,1), según una larga y paciente pedagogía, se encuentra también la repetida referencia al tema de la alianza entre el hombre y la mujer. Se trata de algo paradójico si se considera el drama recordado por el Génesis y su reiteración concreta en tiempos de los profetas, así como la mezcla entre sacralidad y sexualidad, presente en las religiones que circundaban a Israel. Y sin embargo, este simbolismo parece indispensable para comprender el modo en que Dios ama a su pueblo: Dios se hace conocer como el Esposo que ama a Israel, su Esposa.

Si en esta relación Dios es descrito como «Dios celoso» (cf Ex 20,5; Na 1,2) e Israel denunciado como esposa «adúltera» o «prostituta» (cf Os 2,4-15; Ez16,15-34), el motivo es que la esperanza que se fortalece por la palabra de los profetas consiste precisamente en ver cómo Jerusalén se convierte en la esposa perfecta: «Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios» (Is62,5). Recreada «en justicia y en derecho, en amor y en compasión» (Os 2,21), aquella que se alejó para buscar la vida y la felicidad en los dioses falsos retornará, y a Aquel que le hablará a su corazón, «ella responderá allí como en los días de su juventud» (Os 2,17), y le oirá decir: «tu esposo es tu Hacedor» (Is54,5). En sustancia es el mismo dato que se afirma cuando, paralelamente al misterio de la obra que Dios realiza por la figura masculina del Siervo, el libro de Isaías evoca la figura femenina de Sión, adornada con una trascendencia y una santidad que prefiguran el don de la salvación destinada a Israel.

El Cantar de los cantares representa sin duda un momento privilegiado en el empleo de esta modalidad de revelación. Con palabras de un amor profundamente humano, que celebra la belleza de los cuerpos y la felicidad de la búsqueda recíproca, se expresa igualmente el amor divino por su pueblo. La Iglesia no se ha engañado pues al reconocer el misterio de su relación con Cristo, en su audacia de unir, mediante las mismas expresiones, aquello que hay de más humano con aquello que hay de más divino.

A lo largo de todo el Antiguo Testamento se configura una historia de salvación, que pone simultáneamente en juego la participación de lo masculino y lo femenino. Los términos esposo y esposa, o también alianza, con los que se caracteriza la dinámica de la salvación, aun teniendo una evidente dimensión metafórica, representan aquí mucho más que simples metáforas. Este vocabulario nupcial toca la naturaleza misma de la relación que Dios establece con su pueblo, aunque tal relación es más amplia de lo que se puede captar en la experiencia nupcial humana. Igualmente, están en juego las mismas condiciones concretas de la redención, en el modo con el que oráculos como los de Isaías asocian papeles masculinos y femeninos en el anuncio y la prefiguración de la obra de la salvación que Dios está a punto de cumplir. Dicha salvación orienta al lector sea hacia la figura masculina del Siervo sufriente que hacia aquella femenina de Sión. Los oráculos de Isaías alternan de hecho esta figura con la del Siervo de Dios, antes de culminar, al final del libro, con la visión misteriosa de Jerusalén, que da a luz un pueblo en un solo día (cf Is 66,7-14), profecía de la gran novedad que Dios está a punto de realizar (cf Is 48,6-8).

 

10.Todas estas prefiguraciones se cumplen en el Nuevo Testamento. Por una parte María, como la hija elegida de Sión, recapitula y transfigura en su femineidad la condición de Israel/Esposa, a la espera del día de su salvación. Por otra parte, la masculinidad del Hijo permite reconocer cómo Jesús asume en su persona todo lo que el simbolismo del Antiguo Testamento había aplicado al amor de Dios por su pueblo, descrito como el amor de un esposo por su esposa. Las figuras de Jesús y María, su Madre, no sólo aseguran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que superan aquel. Como dice San Ireneo, con el Señor aparece «toda novedad».13

Este aspecto es puesto en particular evidencia por el Evangelio de Juan. En la escena de las bodas de Caná, por ejemplo, María, a la que su Hijo llama «mujer», pide a Jesús que ofrezca como señal el vino nuevo de las bodas futuras con la humanidad. Estas bodas mesiánicas se realizarán en la cruz, dónde, en presencia nuevamente de su madre, indicada también aquí como «mujer», brotará del corazón abierto del crucificado la sangre/vino de la Nueva Alianza (cf Jn 19,25-27.34).14 No hay pues nada de asombroso si Juan el Bautista, interrogado sobre su identidad, se presenta como «el amigo del novio», que se alegra cuando oye la voz del novio y tiene que eclipsarse a su llegada: «El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,29-30).15

En su actividad apostólica, Pablo desarrolla todo el sentido nupcial de la redención concibiendo la vida cristiana como un misterio nupcial. Escribe a la Iglesia de Corinto por él fundada: «Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2 Cor 11,2).

En la carta a los Efesios la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia será retomada y profundizada con amplitud. En la Nueva Alianza la Esposa amada es la Iglesia, y —como enseña el Santo Padre en la Carta a las familias— «esta esposa, de la que habla la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una persona que se ofrece a la mirada de su esposo: ‘‘Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para... presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada´´ (Ef 5,25-27)».16

Meditando, por lo tanto, en la unión del hombre y la mujer como es descrita al momento de la creación del mundo (cf Gn 2,24), el apóstol exclama: «Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,32). El amor del hombre y la mujer, vivido con la fuerza de la gracia bautismal, se convierte ya en sacramento del amor de Cristo y la Iglesia, testimonio del misterio de fidelidad y unidad del que nace la «nueva Eva», y del que ésta vive en su camino terrenal, en espera de la plenitud de las bodas eternas.

 

11.Injertados en el misterio pascual y convertidos en signos vivientes del amor de Cristo y la Iglesia, los esposos cristianos son renovados en su corazón y pueden así huir de las relaciones marcadas por la concupiscencia y la tendencia a la sumisión, que la ruptura con Dios, a causa del pecado, había introducido en la pareja primitiva. Para ellos, la bondad del amor, del cual la voluntad humana herida ha conservado la nostalgia, se revela con acentos y posibilidades nuevas. A la luz de esto, Jesús, ante la pregunta sobre el divorcio (cf Mt 19,1-9), recuerda las exigencias de la alianza entre el hombre y la mujer en cuanto queridas por Dios al principio, o bien antes de la aparición del pecado, el cual había justificado los sucesivos acomodos de la ley mosaica. Lejos del ser la imposición de un orden duro e intransigente, esta enseñanza de Jesús sobre el divorcio es efectivamente el anuncio de una «buena noticia»: que la fidelidad es más fuerte que el pecado. Con la fuerza de la resurrección es posible la victoria de la fidelidad sobre las debilidades, sobre las heridas sufridas y sobre los pecados de la pareja. En la gracia de Cristo, que renueva su corazón, el hombre y la mujer se hacen capaces de librarse del pecado y de conocer la alegría del don recíproco.

 

12.«Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay... ni hombre ni mujer», escribe S. Pablo a los Gálatas (Ga 3,27-28). El Apóstol no declara aquí abolida la distinción hombre-mujer, que en otro lugar afirma pertenecer al proyecto de Dios. Lo que quiere decir es más bien esto: en Cristo, la rivalidad, la enemistad y la violencia, que desfiguraban la relación entre el hombre y la mujer, son superables y superadas. En este sentido, la distinción entre el hombre y la mujer es más que nunca afirmada, y en cuanto tal acompaña a la revelación bíblica hasta el final. Al término de la historia presente, mientras se delinean en el Apocalipsis de Juan «los cielos nuevos» y «la tierra nueva» (Ap 21,1), se presenta en visión una Jerusalén femenina «engalanada como una novia ataviada para su esposo» (Ap 21,20). La revelación misma se concluye con la palabra de la Esposa y del Espíritu, que suplican la llegada del Esposo: «Ven Señor Jesús» (Ap 22,20).

Lo masculino y femenino son así revelados como pertenecientes ontológicamente a la creación, y destinados por tanto a perdurar más allá del tiempo presente, evidentemente en una forma transfigurada. De este modo caracterizan el amor que «no acaba nunca» (1 Cor 13,8), no obstante haya caducado la expresión temporal y terrena de la sexualidad, ordenada a un régimen de vida marcado por la generación y la muerte. El celibato por el Reino quiere ser profecía de esta forma de existencia futura de lo masculino y lo femenino. Para los que viven el celibato, éste adelanta la realidad de una vida, que, no obstante continuar siendo aquella propia del hombre y la mujer, ya no estará sometida a los límites presentes de la relación conyugal (cf Mt 22,30). Para los que viven la vida conyugal, aquel estado se convierte además en referencia y profecía de la perfección que su relación alcanzará en el encuentro cara a cara con Dios.

Distintos desde el principio de la creación y permaneciendo así en la eternidad, el hombre y la mujer, injertados en el misterio pascual de Cristo, ya no advierten, pues, sus diferencias como motivo de discordia que hay que superar con la negación o la nivelación, sino como una posibilidad de colaboración que hay que cultivar con el respeto recíproco de la distinción. A partir de aquí se abren nuevas perspectivas para una comprensión más profunda de la dignidad de la mujer y de su papel en la sociedad humana y en la Iglesia. 31.05.1984

 

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La antropología bíblica y patrística

 

Por Vicente Huerta

La aportación del cristianismo al pensamiento antropológico ha supuesto en muchos casos una revolución de insospechadas consecuencias. Por ejemplo, el lema "libertad, igualdad y fraternidad" que enarboló la Revolución francesa, no hubiera sido posible en una cultura sin sustrarto cristiano. Esta revolución arranca, en su raíz, de la cultura hebrea y de una peculiar concepción de Dios, entendido como un ser personal que es fundamento único de todos los seres. La Biblia no contiene ninguna teogonía. Sí una cosmogonía: el cosmos nace por un acto libre y creador de Dios. El hombre es criatura de Dios.

Además, Dios se ha hecho más accesible al hombre por la revelación, obrada por amor con obras y palabras a lo largo de la historia. La plenitud de la revelación es Cristo. Dios ha hecho a los hombres cooperadores de su providencia para que perfeccionen la obra de la creación. El pecado, tanto el original como el personal, es el apartarse el hombre de la voluntad divina. La consecuencia de ese desorden conlleva un castigo eterno, a menos que medie el arrepentimiento, como conlleva premio eterno la aceptación del designio divino sobre cada quien. Ese designio no es arbitrario, pues Dios no se contradice, no realiza acciones absurdas sino perfectas. Por ello ese designio, también llamado vocación (1), es lo mejor para cada quien, y decir sí a él es la respuesta fiel y responsable del hombre que se encamina a la felicidad, a Dios mismo, porque no cabe felicidad personal al margen de Dios sino en Dios.

El Antiguo Testamento (s. IX-II a. C)

La Biblia no es un manual de antropología, pero en ella subyace indudablemente una concepción del hombre. Su tema principal es la revelación de Dios, pero como Dios se revela al hombre, se nos dicen una serie de verdades respecto de éste último. Entre las contenidas en el Antiguo Testamento cabe mencionar que el hombre es criatura de Dios (ex Deo) (2), "capaz de conocer y amar a su Creador"; "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (3). Constituidos desde el principio varón-mujer.

La tradición del pensamiento hebreo desconoce o ignora los mitos órficos: no existe dualismo alma - cuerpo. Para ella no hay "preexistencia" de las almas; ni se puede hablar de una "caída" del alma en el cuerpo; ni hay una concepción negativa del cuerpo y de la sexualidad. En este sentido, es significativo que exista un término para designar el alma (nefesch) y otro para el cadáver, pero no existe una palabra para el cuerpo en cuanto distinto del alma. El hombre es considerado como una unidad psicosomática indisociable.

En el Génesis se relata que Dios infunde el alma (cada alma es creada por Dios directamente) sobre una materia preexistente (4). Dios forma a cada uno desde el seno materno. La naturaleza del alma humana es espiritual e inmortal. El hombre es el centro de la creación y Dios cuida de él. El alma creada a imagen de Dios fue dotada al inicio con unos dones preternaturales (5), pero esa condición primera fue rota por la primera desobediencia a Dios, llamada pecado original. Esta culpa se transmite a los descendientes de la primera pareja. La muerte es una de las consecuencias de ese caída. Usando la ironía podríamos decir que la "buena noticia" que encontramos en la Sagrada Escritura es el pecado original, pues si el hombre es culpable del pecado significa que se le supone dueño de sus actos, es decir, libre. Ante el determinismo fatalista de las culturas paganas, la Biblia aporta una idea verdaderamente novedosa y revolucionaria: el hombre es auténticamente libre (6), no está sometido a un destino fatal.

 

 

El Nuevo Testamento (s. I d. C.)

Aparece claro en el Nuevo Testamento que el hombre es radicalmente hijo de Dios. Dios es trino en Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El hombre es hijo de Dios Padre en el Hijo. Esta es la radical novedad humana del Nuevo Testamento: la filiación divina. Por lo demás, la concepción del hombre en otros aspectos, abunda y profundiza en la del Antiguo Testamento, porque todos esos asuntos son entendidos desde la filiación divina. Por ejemplo, de ahí deriva también la dignidad del cuerpo humano (7).

En los textos neotestamentarios se ve que el ser humano es compuesto de materia y espíritu, pero no existe un dualismo como en Platón, o en los gnósticos, maniqueos (8), etc. Tampoco el hombre es sólo su alma, ni sólo su cuerpo, sino alma y cuerpo. Por lo demás, en cuanto al origen, naturaleza, inmortalidad individual y juicio particular y restitución tras la muerte, etc., el Nuevo Testamento va más allá que el Antiguo, en el sentido de abundar y clarificar, pero en la misma línea

Con el cristianismo el hombre adquiere el papel hegemónico de la creación. Es la criatura central del Universo físico. Se desmitifica la visión del mundo, pues ya no se le rinde culto al cosmos, merced a la noción de creación, y ahora el hombre pasa a ocupar el centro (no geográfico, sino en importancia) de la creación visible. En efecto, no se concibe sólo al hombre como criatura sino como hijo de Dios en el Hijo de Dios, Jesús. Éste es el Dios-Hombre, no el "hombre-Dios", nombre que aparece en otras religiones o mitos. Todo lo demás está en función de éste y éste en función de Dios. De este modo, tanto el hombre como el cosmos se entienden como dependientes de Dios, y la religión se abre a la pura trascendencia del espíritu respecto de lo material (pero sin descalificarlo).

La Patrística y Agustín de Hipona (354-430)

El periodo de la Patrística alcanza su esplendor en los años que median entre el Concilio de Nicea (325) y el ocaso del Imperio Romano (476). La cumbre de todo este periodo es sin duda San Agustín. En cuanto al problema del alma, la influencia de Platón en esta época es clara. Las verdades básicas defendidas por todos los autores son la existencia del alma, su creación por Dios, la espiritualidad, (aunque no tan pura como la divina), la inmortalidad, la vida futura, etc. Se duda, en cambio, respecto del modo cómo se origina el alma y cómo será inmortal tras la muerte del cuerpo.

SAN AGUSTÍN de Hipona (354-430) es reunión y cumbre de la patrística. Su antropología es de un claro sabor platónico: "El hombre, tal como aparece como hombre, es un alma racional, que usa de un cuerpo terreno y mortal" (9). Un alma que se sirve de un cuerpo pero no admite el dualismo, porque el alma vivifica y gobierna al cuerpo (10). Sobre el origen del alma, sostiene que es creada por Dios. Pero no acierta a decir cuál es el momento de ese origen. Duda si Dios creó a cada alma individual por separado, o si creó las demás almas en la de Adán, de modo que fuese transmitida por los padres (traducianismo) (11).

En cuanto a la naturaleza del alma sostiene San Agustín que ésta es una sustancia por sí misma, que es imagen de Dios, y que su fin es la unión con él. El alma no es de naturaleza corporal, y sin embargo está dotada de cantidad, pero esta cantidad, según el obispo de Hipona, no se refiere a su extensión sino a su potencia, virtud o capacidad. No duda respecto de la inmortalidad del alma. Libertad y gracia, historia y providencia, intimidad y conciencia, tiempo del alma y diversidad de potencias, autrascendencia como vía de acceso a Dios e imagen de la Trinidad en el alma humana, son algunos de los grandes temas nucleares humanos introducidos por Agustín de Hipona, cuyo influjo a lo largo de la historia ha sido enorme. Aportes que siguen estando vigentes y que para hacerle justicia a este autor de primera línea deberíamos tratar pormenorizadamente. Sin embargo, la síntesis de nuestra redacción de momento lo impide (12).

La noción cristiana de persona

A distinción de los griegos el pensamiento cristiano no cifra lo diferencial del hombre en el tener, sino en el ser, en la persona. "Persona", "corazón", "cada quien", "hijo de Dios" etc., son denominaciones equivalentes dentro del cristianismo. Aunque alguno de estos modos de designar a cada persona humana tiene precedentes dentro del judaísmo, no es explícito en él el descubrimiento de la persona, que es un hallazgo netamente cristiano (13). Sin embargo, lo radical de la persona humana dentro del cristianismo no estriba en que sea un ser clausurado, como lo es el ser del Universo, sino un ser que crece como tal, y ello merced a la fuente y origen de todo ser, Dios, el Ser al que permanece abierto y que lo hace rebrotar. Podemos afirmar, pues, quela noción de persona es un descubrimiento cristiano. No está en los escritos de los filósofos griegos. Para ellos esa noción (prosopon) está tomada del teatro, y designa el papel que el artista desempeña. Los griegos describen al ser humano con el término "hombre" (antropos), no con el de "persona".

En el Antiguo Testamento, a pesar de contener referencias implícitas, la revelación de las tres Personas divinas no es explícita. El misterio de la Santísima Trinidad es revelación neotestamentaria. Descubrir la trinidad de Personas en Dios es conocer que existen varias Personas en un único Dios, y que, por tanto, no es lo mismo la noción de persona que la de divinidad, puesto que en Dios caben otras Personas. No es, pues, lo mismo persona que Dios, pero cada Persona divina es Dios no menos que las demás. Cada Persona divina es Dios, pero se distinguen entre sí. A la par, la revelación sobre el Verbo (la Segunda Persona de la Trinidad) ayudó a conocer mejor al hombre. En efecto, si en Cristo se distingue entre Persona (la divina) y dos naturalezas (divina y humana), ello indica que persona no equivale a naturaleza.

Por otra parte, la naturaleza humana es propia de la especie hombre, pero no coincide con cada hombre. La naturaleza humana es, además dual, constituida por varón y mujer, pero cada persona, como tal, no es dual. Por esto, el hombre es social por naturaleza debido a la comunidad de origen (14). Por consiguiente, la familia es una institución natural. Conviene, por tanto, establecer en el hombre la distinción entre persona y naturaleza. Ello permite distinguir entre hombre y persona. Ambas realidades no se confunden porque no se reducen una a otra. Si bien todo hombre es persona, no toda persona es hombre (pues los ángeles, por ejemplo, también son personas y no son hombres).

Persona, según la concepción cristiana, es cada quien. Alguien distinto de todos los demás, pero abierto a ellos. Capaz, por tanto, no sólo de conocerse y amarse a sí, sino también a los demás y a Dios. La persona humana es un ser a la vez corporal y espiritual, dotado de alma y cuerpo. "A menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana o toda la persona humana. Pero designa también lo que hay de más íntimo en el hombre (cfr. Mt 26, 38) y de más valor en él (cfr. Mt 10, 28), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: alma significa el principio espiritual en el hombre. "El cuerpo está animado por el alma espiritual" (15). Hay una unidad profunda entre alma y cuerpo, es decir, que no se trata de "dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza" (16). Cada alma es creada directamente por Dios y es inmortal (17). El término "carne" designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad, pero que resucitará al final de los tiempos.

La persona humana es lo radical. Sus rasgos radicales no se reducen a lo propio de la naturaleza humana. La persona es cada quien, el ser irrepetible e irreductible a la humanidad, a lo común de los demás hombres. Es de la naturaleza humana la corporeidad, la razón, la voluntad, pero no la persona. los griegos desconocieron este hallazgo, pero los modernos lo olvidaron. No así los cristianos. temáticamente la recuperación del hallazgo data de hace poco. En la filosofía moderna se habla de yo o de sujeto, pero aquello que conciben como lo distintivo de él no es lo radical de la persona. En efecto, se habla de racionalidad, conciencia, conjunto de fenómenos psíquicos, subsistencia, totalidad substancial, independencia, fundamento, "en sí", "para sí", etc., pero ninguno de esos rasgos es un radical como la persona.

Notas:

1. Vocación no es algo que tenga cada persona, sino que es cada persona. Cada quien es una vocación. Es la relación de cada quien con Aquél de quien recibe el ser persona: el Creador. Toda vocación personal proviene de Dios, e incluye las diversas facetas de lo más humano, como la profesional, la matrimonial, etc.

2. "Y por fin dijo: hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra... Dios creó el hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó", Génesis 1, 26-27. Esta semejanza con Dios consiste en ser persona y es lo que dignifica al hombre.

3. Génesis 24, 3. Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, No 24.

4. "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente", Génesis 2, 7.

5. Los dones preternaturales son regalos divinos no exigidos por la naturaleza humana, pero conformes a ella y a su ennoblecimiento. El Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto: "Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir (cfr. Gn 2, 17; 3, 19) ni sufrir (cfr. Gn 3, 16). La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado "justicia original"", No 376.

6. "El (Dios) al principio hizo al hombre y le ha dejado en manos de su propio albedrío" (Eccli 15,14).

7. Un texto de SAN PABLO referente a ello dice: "¿Por ventura no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que ya no os pertenecéis? Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad a Dios con vuestro cuerpo", I Corintios 6, 19-20.

8. El gnosticismo de esta época es una corriente herética del cristianismo iniciada en el s. II, que respecto del hombre piensan que está compuesto de dos elementos contrapuestos, uno malo, la materia, y otro bueno, el alma, la cual procede de un mundo superior y está en el cuerpo encarcelada. El alma sería de origen divino, pero ahora no recuerda nada: no sabe quién es. Una de las escuelas gnósticas más destacada era la también denominada maniquea, debido a Manes, su fundador. El gnosticismo ha perdurado estando presente en todas las épocas; también hoy.

9. De Moribus Ecclesiae, I, 27, 52 (PL, 32, col. 1332).

10. "A ti te digo, ¡oh alma! porque tú vivificas la mole de tu cuerpo prestándole la vida, lo que ningún cuerpo puede prestar a otro", Confesiones, l. X, c. VI, 10.

11. Esta segunda posibilidad explicaría, según el autor, la transmisión del pecado original, y por eso parece inclinarse en ocasiones a su favor, cfr. De anima et eius origine, l. 1, c. 15.

12. Por ejemplo, es el autor más citado (90 veces) en el Catecismo de la Iglesia Católica.

13. "La noción de persona (...) es cristiana y no hay precedente pagano de ella. La noción de persona se desarrolla dentro del pensamiento cristiano, primero en los padres griegos y luego en la teología-filosofía medieval", POLO, L., Introducción a la Filosofía, Pamplona, Eunsa, 1995, p. 199. Cfr. asimismo "La originalidad de la concepción cristiana de la persona", en Sobre la existencia cristiana, Pamplona, Eunsa, 1996, pp. 247-270.

14. La naturaleza humana es dual (varón mujer). Lo masculino o lo femenino es lo común a todas las personas de ese sexo. No se trata de que por "Adán" o "Eva" haya de entenderse un grupo o comunidad de personas, tesis rechazada por el Magisterio, sino de notar que Adán y Eva, dos personas humanas concretas de diverso sexo, son creados a la vez y son inviables por separado. No cabe Adán a solas como tampoco Eva a solas, porque ninguno de los dos por separado constituyen la naturaleza humana completa, pues ésta es varón y mujer conjuntamente.

15. Catecismo, No 364.
16 Ibidem, No 365.
17. Cfr. Ibidem, No 366.

 

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La colaboración del hombre y la mujer

en la Iglesia y el mundo

 

Autor: Congregación para la Doctrina de la Fe
Capítulo 2: Los datos fundamentales de la antropología bíblica

5.Una primera serie de textos bíblicos a examinar está constituida por los primeros tres capítulos del Génesis. Ellos nos colocan "en el contexto de aquel ´´principio´´ bíblico según el cual la verdad revelada sobre el hombre como ´´imagen y semejanza de Dios´´ constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana".(4)

En el primer texto (Gn 1,1-2,4), se describe la potencia creadora de la Palabra de Dios, que obra realizando distinciones en el caos primigenio. Aparecen así la luz y las tinieblas, el mar y la tierra firme, el día y la noche, las hierbas y los árboles, los peces y los pájaros, todos "según su especie". Surge un mundo ordenado a partir de diferencias, que, por otro lado, son otras tantas promesas de relaciones. He aquí, pues, bosquejado el cuadro general en el que se coloca la creación de la humanidad. "Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó" (Gn 1,26-27). La humanidad es descrita aquí como articulada, desde su primer origen, en la relación de lo masculino con lo femenino. Es esta humanidad sexuada la que se declara explícitamente "imagen de Dios".

6.La segunda narración de la creación (Gn 2,4-25) confirma de modo inequívoco la importancia de la diferencia sexual. Una vez plasmado por Dios y situado en el jardín del que recibe la gestión, aquel que es designado -todavía de manera genérica- como Adán experimenta una soledad, que la presencia de los animales no logra llenar. Necesita una ayuda que le sea adecuada. El término designa aquí no un papel de subalterno sino una ayuda vital.(5) El objetivo es, en efecto, permitir que la vida de Adán no se convierta en un enfrentarse estéril, y al cabo mortal, solamente consigo mismo. Es necesario que entre en relación con otro ser que se halle a su nivel. Solamente la mujer, creada de su misma "carne" y envuelta por su mismo misterio, ofrece a la vida del hombre un porvenir. Esto se verifica a nivel ontológico, en el sentido de que la creación de la mujer por parte de Dios caracteriza a la humanidad como realidad relacional. En este encuentro emerge también la palabra que por primera vez abre la boca del hombre, en una expresión de maravilla: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gn 2,23).

En referencia a este texto genesíaco, el Santo Padre ha escrito: "La mujer es otro ´´yo´´ en la humanidad común. Desde el principio aparecen [el hombre y la mujer] como ´´unidad de los dos´´, y esto significa la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba ´´una ayuda que fuese semejante a él´´ (Gn 2,20). ¿Se trata aquí solamente de la ´´ayuda´´ en orden a la acción, a ´´someter la tierra´´ (cf Gn 1,28)? Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella ´´una sola carne´´ y abandonando por esto a ´´su padre y a su madre´´ (cf Gn 2,24)".(6)

La diferencia vital está orientada a la comunión, y es vivida serenamente tal como expresa el tema de la desnudez: "Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro" (Gn 2, 25).

De este modo, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la femineidad, "desde ´´el principio´´ tiene un carácter nupcial, lo que quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el hombre-persona se hace don, verificando así el profundo sentido del propio ser y del propio existir".(7) Comentando estos versículos del Génesis, el Santo Padre continúa: "En esta peculiaridad suya, el cuerpo es la expresión del espíritu y está llamado, en el misterio mismo de la creación, a existir en la comunión de las personas ´´a imagen de Dios´´".(8)

En la misma perspectiva esponsal se comprende en qué sentido la antigua narración del Génesis deja entender cómo la mujer, en su ser más profundo y originario, existe "por razón del hombre" (cf 1Co 11,9): es una afirmación que, lejos de evocar alienación, expresa un aspecto fundamental de la semejanza con la Santísima Trinidad, cuyas Personas, con la venida de Cristo, revelan la comunión de amor que existe entre ellas. "En la ´´unidad de los dos´´ el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir ´´uno al lado del otro´´, o simplemente ´´juntos´´, sino que son llamados también a existir recíprocamente, ´´el uno para el otro... El texto del Génesis 2,18-25 indica que el matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental de esta llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco ´´para´´ el otro en la ´´comunión´´ interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo ´´masculino´´ y de lo ´´femenino´´".(9)

La visión serena de la desnudez con la que concluye la segunda narración de la creación evoca aquel "muy bueno" que cerraba la creación de la primera pareja humana en la precedente narración. Tenemos aquí el centro del diseño originario de Dios y la verdad más profunda del hombre y la mujer, tal como Dios los ha querido y creado. Por más transtornadas y obscurecidas que estén por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podrán ser nunca anuladas.

7.El pecado original altera el modo con el que el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios y su relación con el Creador. Inmediatamente después de haberles donado el jardín, Dios les da un mandamiento positivo (cf Gn 2,16) seguido por otro negativo (cf Gn 2,17), con el cual se afirma implícitamente la diferencia esencial entre Dios y la humanidad. En virtud de la seducción de la Serpiente, tal diferencia es rechazada de hecho por el hombre y la mujer. Como consecuencia se tergiversa también el modo de vivir su diferenciación sexual. La narración del Génesis establece así una relación de causa y efecto entre las dos diferencias: en cuando la humanidad considera a Dios como su enemigo se pervierte la relación misma entre el hombre y la mujer. Asimismo, cuando esta última relación se deteriora, existe el riesgo de que quede comprometido también el acceso al rostro de Dios.

En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: "Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gn 3,16). Será una relación en la que a menudo el amor quedará reducido a pura búsqueda de sí mismo, en una relación que ignora y destruye el amor, reemplazándolo con el yugo de la dominación de un sexo sobre el otro. La historia de la humanidad reproduce, de hecho, estas situaciones en las que se expresa abiertamente la triple concupiscencia que recuerda San Juan, cuando habla de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1 Jn 2,16). En esta trágica situación se pierden la igualdad, el respeto y el amor que, según el diseño originario de Dios, exige la relación del hombre y la mujer.

8. Recorrer estos textos fundamentales permite reafirmar algunos datos capitales de la antropología bíblica. Ante todo, hace falta subrayar el carácter personal del ser humano. "De la reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre -ya sea hombre o mujer- es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal".(10) La igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica "unidualidad" relacional, que sólo el pecado y las ´´estructuras de pecado´´ inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropología bíblica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.

Además, hay que hacer notar la importancia y el sentido de la diferencia de los sexos como realidad inscrita profundamente en el hombre y la mujer. "La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones".(11) Ésta no puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que "es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano".(12) Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus expresiones en el carácter esponsal del cuerpo, en el que se inscribe la masculinidad y femineidad de la persona.

Se trata de la dimensión antropológica de la sexualidad, inseparable de la teológica. La criatura humana, en su unidad de alma y cuerpo, está, desde el principio, cualificada por la relación con el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su bondad originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creación; es también alterada por la desarmonía entre Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteración no corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la verdad sobre la relación de los sexos. De esto se deduce, por lo tanto, que esta relación, buena pero herida, necesita ser sanada.

¿Cuáles pueden ser las vías para esta curación? Considerar y analizar los problemas inherentes a la relación de los sexos sólo a partir de una situación marcada por el pecado llevaría necesariamente a recaer en los errores anteriormente mencionados. Hace falta romper, pues, esta lógica del pecado y buscar una salida, que permita eliminarla del corazón del hombre pecador. Una orientación clara en tal sentido se nos ofrece con la promesa divina de un Salvador, en la que están involucradas la "mujer" y su "estirpe" (cf Gn 3,15), promesa que, antes de realizarse, tendrá una larga preparación histórica.

9.Una primera victoria sobre el mal está representada por la historia de Noé, hombre justo que, conducido por Dios, se salva del diluvio con su familia y las distintas especies de animales (cf Gn 6-9). Pero la esperanza de salvación se confirma, sobre todo, en la elección divina de Abraham y su descendencia (cf Gn 12,1ss). Dios empieza así a desvelar su rostro para que, por medio del pueblo elegido, la humanidad aprenda el camino de la semejanza divina, es decir de la santidad, y por lo tanto del cambio del corazón. Entre los muchos modos con que Dios se revela a su pueblo (cf Hb 1,1), según una larga y paciente pedagogía, se encuentra también la repetida referencia al tema de la alianza entre el hombre y la mujer. Se trata de algo paradójico si se considera el drama recordado por el Génesis y su reiteración concreta en tiempos de los profetas, así como la mezcla entre sacralidad y sexualidad, presente en las religiones que circundaban a Israel. Y sin embargo, este simbolismo parece indispensable para comprender el modo en que Dios ama a su pueblo: Dios se hace conocer como el Esposo que ama a Israel, su Esposa.

Si en esta relación Dios es descrito como "Dios celoso" (cf Ex 20,5; Na 1,2) e Israel denunciado como esposa "adúltera" o "prostituta" (cf Os 2,4-15; Ez16,15-34), el motivo es que la esperanza que se fortalece por la palabra de los profetas consiste precisamente en ver cómo Jerusalén se convierte en la esposa perfecta: "Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios" (Is62,5). Recreada "en justicia y en derecho, en amor y en compasión" (Os 2,21), aquella que se alejó para buscar la vida y la felicidad en los dioses falsos retornará, y a Aquel que le hablará a su corazón, "ella responderá allí como en los días de su juventud" (Os 2,17), y le oirá decir: "tu esposo es tu Hacedor" (Is54,5). En sustancia es el mismo dato que se afirma cuando, paralelamente al misterio de la obra que Dios realiza por la figura masculina del Siervo, el libro de Isaías evoca la figura femenina de Sión, adornada con una trascendencia y una santidad que prefiguran el don de la salvación destinada a Israel.

El Cantar de los cantares representa sin duda un momento privilegiado en el empleo de esta modalidad de revelación. Con palabras de un amor profundamente humano, que celebra la belleza de los cuerpos y la felicidad de la búsqueda recíproca, se expresa igualmente el amor divino por su pueblo. La Iglesia no se ha engañado pues al reconocer el misterio de su relación con Cristo, en su audacia de unir, mediante las mismas expresiones, aquello que hay de más humano con aquello que hay de más divino.

A lo largo de todo el Antiguo Testamento se configura una historia de salvación, que pone simultáneamente en juego la participación de lo masculino y lo femenino. Los términos esposo y esposa, o también alianza, con los que se caracteriza la dinámica de la salvación, aun teniendo una evidente dimensión metafórica, representan aquí mucho más que simples metáforas. Este vocabulario nupcial toca la naturaleza misma de la relación que Dios establece con su pueblo, aunque tal relación es más amplia de lo que se puede captar en la experiencia nupcial humana. Igualmente, están en juego las mismas condiciones concretas de la redención, en el modo con el que oráculos como los de Isaías asocian papeles masculinos y femeninos en el anuncio y la prefiguración de la obra de la salvación que Dios está a punto de cumplir. Dicha salvación orienta al lector sea hacia la figura masculina del Siervo sufriente que hacia aquella femenina de Sión. Los oráculos de Isaías alternan de hecho esta figura con la del Siervo de Dios, antes de culminar, al final del libro, con la visión misteriosa de Jerusalén, que da a luz un pueblo en un solo día (cf Is 66,7-14), profecía de la gran novedad que Dios está a punto de realizar (cf Is 48,6-8).

10.Todas estas prefiguraciones se cumplen en el Nuevo Testamento. Por una parte María, como la hija elegida de Sión, recapitula y transfigura en su femineidad la condición de Israel/Esposa, a la espera del día de su salvación. Por otra parte, la masculinidad del Hijo permite reconocer cómo Jesús asume en su persona todo lo que el simbolismo del Antiguo Testamento había aplicado al amor de Dios por su pueblo, descrito como el amor de un esposo por su esposa. Las figuras de Jesús y María, su Madre, no sólo aseguran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que superan aquel. Como dice San Ireneo, con el Señor aparece "toda novedad".(13)

Este aspecto es puesto en particular evidencia por el Evangelio de Juan. En la escena de las bodas de Caná, por ejemplo, María, a la que su Hijo llama "mujer", pide a Jesús que ofrezca como señal el vino nuevo de las bodas futuras con la humanidad. Estas bodas mesiánicas se realizarán en la cruz, dónde, en presencia nuevamente de su madre, indicada también aquí como "mujer", brotará del corazón abierto del crucificado la sangre/vino de la Nueva Alianza (cf Jn 19,25-27.34).(14) No hay pues nada de asombroso si Juan el Bautista, interrogado sobre su identidad, se presenta como "el amigo del novio", que se alegra cuando oye la voz del novio y tiene que eclipsarse a su llegada: "El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya" (Jn 3,29-30).(15)

En su actividad apostólica, Pablo desarrolla todo el sentido nupcial de la redención concibiendo la vida cristiana como un misterio nupcial. Escribe a la Iglesia de Corinto por él fundada: "Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo" (2 Cor 11,2).

En la carta a los Efesios la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia será retomada y profundizada con amplitud. En la Nueva Alianza la Esposa amada es la Iglesia, y -como enseña el Santo Padre en la Carta a las familias- "esta esposa, de la que habla la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una persona que se ofrece a la mirada de su esposo: ´´Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para... presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada´´ (Ef 5,25-27)".(16)

Meditando, por lo tanto, en la unión del hombre y la mujer como es descrita al momento de la creación del mundo (cf Gn 2,24), el apóstol exclama: "Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Ef 5,32). El amor del hombre y la mujer, vivido con la fuerza de la gracia bautismal, se convierte ya en sacramento del amor de Cristo y la Iglesia, testimonio del misterio de fidelidad y unidad del que nace la "nueva Eva", y del que ésta vive en su camino terrenal, en espera de la plenitud de las bodas eternas.

11.Injertados en el misterio pascual y convertidos en signos vivientes del amor de Cristo y la Iglesia, los esposos cristianos son renovados en su corazón y pueden así huir de las relaciones marcadas por la concupiscencia y la tendencia a la sumisión, que la ruptura con Dios, a causa del pecado, había introducido en la pareja primitiva. Para ellos, la bondad del amor, del cual la voluntad humana herida ha conservado la nostalgia, se revela con acentos y posibilidades nuevas. A la luz de esto, Jesús, ante la pregunta sobre el divorcio (cf Mt 19,1-9), recuerda las exigencias de la alianza entre el hombre y la mujer en cuanto queridas por Dios al principio, o bien antes de la aparición del pecado, el cual había justificado los sucesivos acomodos de la ley mosaica. Lejos del ser la imposición de un orden duro e intransigente, esta enseñanza de Jesús sobre el divorcio es efectivamente el anuncio de una "buena noticia": que la fidelidad es más fuerte que el pecado. Con la fuerza de la resurrección es posible la victoria de la fidelidad sobre las debilidades, sobre las heridas sufridas y sobre los pecados de la pareja. En la gracia de Cristo, que renueva su corazón, el hombre y la mujer se hacen capaces de librarse del pecado y de conocer la alegría del don recíproco.

12."Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay... ni hombre ni mujer", escribe S. Pablo a los Gálatas (Ga 3,27-28). El Apóstol no declara aquí abolida la distinción hombre-mujer, que en otro lugar afirma pertenecer al proyecto de Dios. Lo que quiere decir es más bien esto: en Cristo, la rivalidad, la enemistad y la violencia, que desfiguraban la relación entre el hombre y la mujer, son superables y superadas. En este sentido, la distinción entre el hombre y la mujer es más que nunca afirmada, y en cuanto tal acompaña a la revelación bíblica hasta el final. Al término de la historia presente, mientras se delinean en el Apocalipsis de Juan "los cielos nuevos" y "la tierra nueva" (Ap 21,1), se presenta en visión una Jerusalén femenina "engalanada como una novia ataviada para su esposo" (Ap 21,20). La revelación misma se concluye con la palabra de la Esposa y del Espíritu, que suplican la llegada del Esposo: "Ven Señor Jesús" (Ap 22,20).

Lo masculino y femenino son así revelados como pertenecientes ontológicamente a la creación, y destinados por tanto a perdurar más allá del tiempo presente, evidentemente en una forma transfigurada. De este modo caracterizan el amor que "no acaba nunca" (1 Cor 13,8), no obstante haya caducado la expresión temporal y terrena de la sexualidad, ordenada a un régimen de vida marcado por la generación y la muerte. El celibato por el Reino quiere ser profecía de esta forma de existencia futura de lo masculino y lo femenino. Para los que viven el celibato, éste adelanta la realidad de una vida, que, no obstante continuar siendo aquella propia del hombre y la mujer, ya no estará sometida a los límites presentes de la relación conyugal (cf Mt 22,30). Para los que viven la vida conyugal, aquel estado se convierte además en referencia y profecía de la perfección que su relación alcanzará en el encuentro cara a cara con Dios.

Distintos desde el principio de la creación y permaneciendo así en la eternidad, el hombre y la mujer, injertados en el misterio pascual de Cristo, ya no advierten, pues, sus diferencias como motivo de discordia que hay que superar con la negación o la nivelación, sino como una posibilidad de colaboración que hay que cultivar con el respeto recíproco de la distinción. A partir de aquí se abren nuevas perspectivas para una comprensión más profunda de la dignidad de la mujer y de su papel en la sociedad humana y en la Iglesia.

Notas
4Juan Pablo II, Carta Apost. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 6: AAS 80 (1988), 1662; cf S. Ireneo, Adversus haereses, V, 6, 1; V, 16, 2-3: SC 153, 72-81; 216-221; S. Gregorio de Nisa, De hominis opificio, 16: PG 44, 180; In Canticum homilia, 2: PG 44, 805-808; S. Agustín, Enarratio in Psalmum, 4, 8: CCL 38, 17.

5La palabra hebrea ezer, traducida como ayuda, indica el auxilio que sólo una persona presta a otra persona. El término no tiene ninguna connotación de inferioridad o instrumentalización. De hecho también Dios es, a veces, llamado ezer respecto al hombre (cf Esd 18,4; Sal 9-10,35).

6Juan Pablo II, Carta Apost. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 6: AAS 80 (1988), 1664.

7Juan Pablo II, Catequesis El hombre-persona se hace don en la libertad del amor (16 de enero de 1980), 1: Enseñanzas III, 1 (1980), 148.

8Juan Pablo II, Catequesis La concupiscencia del cuerpo deforma las relaciones hombre-mujer (26 de julio de 1980), 1: Enseñanzas III, 2 (1980), 288.

9Juan Pablo II, Carta Apost. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 7: AAS 80 (1988), 1666.

10Ibid., n.6, l.c., 1663.

11Congregación para
la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Lineamientos de educación sexual (1 de noviembre de 1983), 4: Ench. Vat. 9, 423.

12Ibid.

13Adversus haereses, 4, 34, 1: SC 100. 846: «Omnem novitatem attulit semetipsum afferens».

14La Tradición exegética antigua ve en María en el episodio de Caná la «figura Synagogæ» y la «inchoatio Ecclesiæ».

15El cuarto Evangelio profundiza aquí un dato ya presente en los Sinópticos (cf Mt 9,15 y par.). Sobre el tema de Jesús Esposo, cf Juan Pablo II, Carta a las Familias (2 de febrero de 1994), 18: AAS 86 (1994), 906-910.

16Juan Pablo II, Carta a las familias (2 de febrero de 1994), 19: AAS 86 (1994), 911; cf Carta Apost. Mulieris dignitatem (15 de agosto de 1988), 23-25: AAS 80 (1988), 1708-1715.

 

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ANTROPOLOGÍA BÍBLICA - 

En ese mundo tan complejo de la Biblia hay que distinguir dos modalidades diferentes de aproximación a la realidad humana. La primera es esencialmente una perspectiva teológica y sirve para atestiguar la comprensión del hombre, que va madurando a la luz de la fe. La segunda, por el contrario, es una perspectiva más estrictamente antropológico-estructural y define al hombre en su constitución natural de ser mundano.

Si tomamos en consideración la perspectiva antropológico-estructural, no es de extrañar el hecho de que el mundo bíblico se encuentre en sintonía con la cultura de síntesis que caracteriza a la mayor parte de los pueblos primitivos del área semítica, Y por lo que se refiere a una posible relaci6n con la cultura dualista de cuño grecorromano (sobre todo en textos tardíos como el libro de la Sabiduria), esto no constituye una asunción explícita de una antropología dicot6mica, en la que se considera al hombre como un compuesto de alma (principio espiritual) y cuerpo (principio material). La Biblia presenta substancialmente una concepción del hombre que resulta ser concreta y unitaria. Es decir, el hombre es considerado como una unidad de fuerza vital a través de la cual está en relación con Dios y con su ambiente; y es posible deducir este modo de considerar unitario y sintético del hecho de que las afirmaciones antropológicas se refieren tanto a cada una de sus partes como a todo el hombre.

Las afirmaciones más representativas de la antropología bíblica, respectivamente para la lengua hebrea y la griega, son: nefesh/psyche (alma), basar/sarx (carne), ruah/pneuma (espíritu), neshama (respiración), soma (cuerpo).

-A.  Nefesh/psyche.- Su significado es tan complejo que no puede encerrarse, en cuanto tal, en una sola categoría verbal (suele traducirse con el término alma). Nefesh/psyche tiene realmente una multiplicidád de significados en relación con los diversos contextos en que se emplea. Sin embargo, puede decirse que, mientras objetivamente nefesh/psyche es todo ser vivo, tanto animal como humano, subjetivamente es el yo del hombre, el ((centro de la con ciéncia» la naturaleza humana, en cuanto persona responsable que piensa y quiere y que es sujeto de sus propias accionés (cf. Gn 2,7; 12,10; Jos 10,28-39. Mc 34.

, Mt 10,39. Lc 12,2223; Jn lÓ,l 1; FI~ 2,19).

-B.  Basar/sarx.- No referido nunca a Dios, este término significa la substancia corpórea del hombre, la naturaleza humana, el género humano (con el añadido del adjetivo pasa, “toda”), la fragilidad física y moral del hombre (cf. Gn 2,21; sál 16,9" Job 10 4. Mt 24,22; Lc 24,39. Jn 1,14; 1 Cor 15,39. Rom 4,1; G~1 5,16-26).

Basar/sarx es el hombre en su dimensión horizontal, terrena, limitada y por tanto contrapuesta a Dios; semejante al polvo del que fue sacada con las caracteristicas de la fragilidad y - de la dependencia.

-C. Neshama - Indica el soplo vital como alimento del organismo humano, la sede de las disposiciones íntimas del ánimo, de los sentimientos, del conocimiento, el deseo (cf Gn 45,27. Nm 5,14. Prov 16,32; Mc 8,12; Mt 5,3; Lc 8,55; Jn 1 1,33). En particular, esta acepción indica la apertura del hombre a Dios, su dimensión vertical y por tanto en contraste con sarx (cf. bál 5,16-17; Rom 8,3-13). NeShama y soma.- Indican respectivamente al- ser vivo que respira, en cuanto que ha recibido de Dios el soplo de la vida (cf Gn 2,7. Dt 20,16; 1s 57 16); y la presencia externa del cuerpo, la dimensión sexual del hombre y sobre todo la persona capaz de relacionarse con Dios, con los demás y con el mundo (cf. 1 Cor 5,3; Rom 1,24. 6,1213.16; 12,1; Flp 1,20).

G. Ancona

Bibl.: X. Pikaza, Antropologia bíblica, Sígueme, Salamanca 1993: H. W Wolff, Antropología del Antiguo Testamento, sígueme, Salamanca 1975; F Pastor Ramos, Antropologia bíblica, Verbo Divino, Estella 1995.

 

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ANTROPOLOGÍA - TEOLOGÍA FUNDAMENTAL

 

SUMARIO: 

I. BÍBLICA. 

1. El diálogo entre las ciencias bíblicas y las ciencias humanas. 
2. ¿Ciertas secciones o el conjunto de la Biblia? 
3. La utilización bíblica de las imágenes. 
4. Antropología y antropomorfismo. 
5. Evolución de la antropología bíblica. 
6. Una antropología de transformación. 
7. Antropología y teología. 
8. La finitud humana. 
9. La antropología bíblica como solución. 
10. Conclusión (E.S. Farrell). 

II. CRISTIANA. 

1. El concepto. 
2. El hombre creado a imagen de Dios. 
3. El hombre, llamado a ser hijo de Dios en Cristo. 
4. La unidad del hombre en la dualidad de cuerpo y alma. 
5. El hombre, ser personal abierto a la trascendencia (L F. Ladaria).

I. Bíblica

Son varios los autores que han presentado ya la historia de las investigaciones relativas a la antropología bíblica. En este sentido, el lector puede consultar la bibliografía al final de este artículo (cf sobre todo Hahn, Osiek y Rogerson). Más que de pasar revista de nuevo al conjunto de las investigaciones realizadas en nuestros días sobre antropología bíblica, reflexionaremos sobre algunas cuestiones que plantea esta ciencia.

 

I. EL DIÁLOGO ENTRE LAS CIENCIAS BÍBLICAS Y LAS CIENCIAS HUMANAS. Si en Cristo Dios se ha hecho verdaderamente hombre, lo ha hecho, desde luego, respetando la naturaleza humana. No hay que temer, por tanto, someter los datos de la fe cristiana al examen de las ciencias antropológicas, como la filología, la sociología o la psicología. H.U. von Balthasar, uno de los mayores teólogos de nuestro siglo, desarrolla esta perspectiva en una conferencia titulada Dios ha hablado un lenguaje de hombre (1958). Estamos lejos de aquel tiempo en que muchos autores católicos tenían miedo a la investigación científica; creían que con ella se ponían en peligro algunos aspectos de la fe cristiana.

Pero el diálogo entre las ciencias bíblicas y las ciencias humanas, por muy adelante que haya ido en nuestros días, deja todavía mucho que desear. Todavía una gran distancia separa la visión bíblica del ser humano de las que predican las ciencias modernas. Ante muchos de los estudios sobre el tema, se saca la impresión de que el investigador tiene que hacer todavía una opción fundamental: o someter la Biblia a algunos de los sistemas de pensamiento propuestos por la ciencia moderna (podríamos pensar aquí en N.K. Gottwald, The Tribes of Yahveh, 1979, que plantea una hipótesis marxista), o someter el propio pensamiento del investigador a las exigencias de una visión de fe; entonces construye una "antropología teológica" (tal como hacen muchas Introducciones a la Biblia). ¿No habría que buscar más bien conciliar las justas exigencias de las ciencias bíblicas con las de las ciencias humanas?

 

2. ¿CIERTAS SECCIONES O EL CONJUNTO DE LA BIBLIA? Las investigaciones inspiradas en el método antropológico suscitan otra cuestión, de la que raras veces hablan los "status quaestionis" que tratan de la antropología bíblica; parece ser que la perspectiva atropológica de la Biblia limita al investigador al estudio de ciertos "trozos escogidos", los que tratan directamente de algún que otro aspecto de la vida humana. Tanto si se trata de los "mitos" de la creación, como de las "sagas" de las familias patriarcales o de las "leyes" que regulan la vida en sociedad, se encuentra uno limitado en la elección de los textos que hay que estudiar desde un ángulo antropológico. Se piensa entonces que una gran parte de la Biblia carece de interés para esta investigación.

Pero si es verdad que la Biblia es la palabra de Dios transmitida por unas personas humanas, y si desemboca en el Verbo encarnado -en quien se unen perfectamente la divinidad y la humanidad-, parece que todo este libro, y no sólo una parte de sus textos, tendría que desarrollar una cierta visión antropológica.

Una forma de realizar una investigación sobre el conjunto de la Biblia es estudiar el vocabulario bíblico, como lo hizo H.W. Wolff (Antropología del Antiguo Testamento, Salamanca 1973), y más recientemente A. Fernández Ardanaz (en "RCT", 1987). Además, algunos de los principales métodos exegéticos que se utilizan para estudiar el conjunto de la Escritura -como el método histórico-crítico y el método estructural- no ignoran por completo el aspecto antropológico de los textos. Después de todo, uno de estos métodos traza las etapas históricas (y por tanto humanas) que el texto conoció, mientras que el otro intenta poner de manifiesto en el texto bíblico ciertas estructuras universales del pensamiento humano.

 

3. LA UTILIZACIÓN BÍBLICA DE LAS IMÁGENES. El libro de Wolff muestra cómo las Escrituras hebreas dan a conocer la vida interior u oculta del ser humano hablando de la vida humana exterior y visible. Se puede señalar en este sentido el uso que hace la Biblia de la palabra "corazón": en ella esta palabra designa no sólo un órgano del cuerpo humano, sino sobre todo ciertos movimientos interiores y personales, como el sentimiento, el deseo, la razón y la decisión (Gefühl, Wunsch, Vernunft, Willenentschluss). Así pues, la Biblia se sirve de la palabra "corazón" -algo concreto y visible- para evocar ciertos fenómenos más bien abstractos de la vida humana.

La relación que establecen las Escrituras entre el órgano del corazón y los fenómenos evocados no es arbitraria. El corazón está situado dentro del cuerpo lo mismo que el sentimiento, el deseo y la razón están situados dentro de la persona. El corazón es el centro de la energía corporal, lo mismo que la "decisión" es la fuente de la energía del comportamiento. A veces el órgano del corazón y los movimientos del "alma" humana están estrechamente unidos, incluso en el nivel experiencial; por ejemplo, en un estado de excitación, en donde el corazón palpita más aprisa. Por tanto, en su representación "gráfica" de los aspectos personales y subjetivos de la vida humana, las Escrituras los hacen objetivos y capaces de ser compartidos.

¡Pero cuidado! No es la acción de "imaginar" lo que tiene importancia para la antropología bíblica. Lo importante es la forma de conseguirlo: para hacer visibles y concretos ciertos aspectos invisibles de la vida humana, las Escrituras utilizan ante todo y sobre todo un instrumento muy particular. Este instrumento es incluso el mejor conocido por todo ser humano. En efecto, para expresar lo invisible, las Escrituras recurren a la realidad concreta, visible y tangible que es el cuerpo humano. ¿Y acaso hay algo más claramente antropológico que el cuerpo humano?

 

4. ANTROPOLOGÍA Y ANTROPOMORFISMO. Al describir con la ayuda de términos corporales ciertas realidades humanas que son más bien espirituales, nos encontramos muy cerca del antropomorfismo bíblico, es decir, de la forma con que las Escrituras utilizan ciertas imágenes antropológicas para hablar de Dios. Decir que Dios habla es ya expresarse de una manera antropológica. El Dios de la Biblia habla con Moisés "cara a cara" (Núm 12,8). Ese mismo Dios es celebrado como un guerrero que aplasta con su "brazo diestro" al enemigo (Éx 15,6). Si otras tradiciones distintas de la del yavista vacilan en utilizar un lenguaje tan visual para describir a Dios, siguen con todo aplicando a Dios términos antropopáticos, es decir, sacados de las experiencias que puede conocer todo ser humano. El Deuteronomio habla del Dios "celoso" (Dt 4,24); los Salmos alaban la "fidelidad" y la "bondad" de Dios (Sal 106,1). En los profetas, Dios mismo describe sus emociones: "Mi corazón está turbado, todas mis entrañas se conmueven" (Os 11,8).

Los hebreos no eran el único pueblo del Próximo Oriente que describía a su Dios en términos antropomórficos. Hay muy pocos antropomorfismos bíblicos que no tengan algún paralelo en la literatura no bíblica del Próximo Oriente antiguo. Pero convendría indicar aquí algunas distinciones. Según Michaeli, que publicó un estudio clásico sobre este tema (Dieu á l´image de l´homme, 1950), habría que distinguir entre un antropomorfismo moral y un antropomorfismo más bien grosero cuando se compara la religión de Yhwh con ciertas religiones no bíblicas. Mientras que algunas religiones prestan a sus dioses comportamientos que inspiran poco respeto, la Biblia presenta a un Dios que posee un carácter moral y que es fuente de obligaciones morales.

Así pues, habría que decir que se da una relación estrecha entre el antropomorfismo de la Biblia y la antropología del mismo libro. Lo sugiere Michaeli, cuando plantea las siguientes preguntas: "La función del antropomorfismo, ¿es únicamente darnos un conocimiento teológico, o tiene que dar además un conocimiento moral al ser humano? Si Dios crea, habla, actúa, ¿no es también el que llama al hombre a ser, a hablar y a actuar? (o.c.,161).

 

5. EVOLUCIÓN DE LA ANTROPOLOGÍA BÍBLICA. No queremos dar a entender que la antropología ofrece el sentido último de la Biblia. Se trata más bien de ver cómo y por qué el ser humano es importante a lo largo de toda la Escritura. La antropología bíblica tuvo ciertamente un desarrollo a partir de los orígenes del pueblo hebreo hasta los tiempos de la primera comunidad cristiana. Pero lo que hay que señalar ante todo es la antigüedad de la perspectiva antropológica.

Antes de la visión de la historia humana presentada al comienzo del Génesis, antes del universalismo de la salvación del que habla Isaías, la tradición bíblica utilizaba un lenguaje que remitía a la experiencia de todo ser humano. Este lenguaje, del que los antropomorfismos no son más que un elemento, se desarrolló gracias a las diversas experiencias históricas que conoció el pueblo hebreo. Este lenguaje progresó también gracias al encuentro y a la integración de ciertos mitos y de ciertas filosofías.

Por eso habría que hablar de una evolución del lenguaje bíblico, que se enriqueció acudiendo no solamente a la experiencia humana física, emocional y moral, sino también, un día, a la experiencia humana metafísica: la que conoció el pensamiento griego ante el descubrimiento del ser. Puede, por tanto, trazarse el desarrollo de la antropología bíblica, no sólo en los libros hebreos de la Biblia, sino también en sus libros griegos. Semejante crecimiento prosiguió durante un período de más de diez siglos de historia y de relaciones interculturales.

 

 

6. UNA ANTROPOLOGÍA DE TRANSFORMACIÓN. Si hubiera que describir en una sola palabra la antropología de la Biblia, habría que hablar de transformación. Porque la antropología que desarrolla la Biblia vendrá a transformar todo el ser humano. La prosecución de este objetivo es ya evidente por la forma con que la Biblia utiliza los datos que saca de otras literaturas. Tanto si se habla de antropomorfismo, como de la creación de los seres humanos o de la inmortalidad del alma, no basta con señalar en las tradiciones no bíblicas ciertos paralelismos con los textos bíblicos. Hay que ver sobre todo cómo se sirve la Biblia de estos datos: en la mayor parte de los casos, los modifica de una manera progresiva. Lo mismo hace cuando los saca del pensamiento "primitivo", cuyos elementos se complacen algunos antropólogos en identificar en la Biblia.

¿Cuál es la fuerza motora que impone esta adaptación? En este punto de la discusión es donde hay que reconocer un elemento propio de la antropología bíblica. Se trata de una presencia de Dios, que el pensamiento bíblico señala ante todo en la historia de un pueblo y, más tarde, en la vida de todo ser humano.

 

7. ANTROPOLOGÍA Y TEOLOGÍA. Así pues, la antropología de la Biblia está necesariamente ligada a su teología. Dios -y no el ser humano- está en el centro de la antropología bíblica. Esta visión de las cosas no es natural al hombre. Exige una purificación semejante a la que vivió Job, que, después de haber encontrado a Dios, hizo esta confesión: "Reconozco que lo puedes todo; ningún proyecto te es imposible... He hablado sin cordura de maravillas que no alcanzo ni comprendo... Sólo te conocía de oídas; pero ahora, en cambio, te han visto mis ojos. Por eso retracto mis palabras y en polvo y ceniza hago penitencia" (Job 42,23b.5-6).

Este texto de Job -y otros del mismo género- puede iluminarnos sobre un aspecto capital y muy difícil de la antropología bíblica. Se trata de la cuestión penosa del pecado. Parece ser que sólo encontrando a Dios es como Job toma conciencia de su pecado; porque, hasta el capítulo 43 del libro, protesta más bien de su inocencia. Al encontrar a Dios, Job se da cuenta de que el ser humano no es el centro del tiempo y del espacio. Su pecado es el de no haberlo comprendido antes.

Para Alonso Díaz, el libro de Job aporta a la Biblia una "desantropologización" de la idea bíblica de Dios ("EstBibl" 27 [1968] 333-346). Mientras que en muchos lugares de la Biblia se presenta a Dios de una manera antropomórfica, el Dios de Job es un Dios separado del ser humano por un abismo infranqueable. Es sobre todo en el libro de Job donde uno se da cuenta de que existe entre Dios y la humanidad una diferencia de naturaleza. El Dios de la Biblia vive eternamente; el ser humano, por su parte, apenas vive setenta años. Lo dirá elocuentemente el Qohélet: "No tiene poder el hombre sobre su vida para retenerla, ni sobre el día de la muerte; y no hay quien se libre de este combate, ni la iniquidad salva al que la posee" (Qo 8,8).

 

 Una calavera del "Homo Heidelbergensis" se remonta a 400.000 años y es considerada una de las más completas calaveras humanas encontradas; está expuesta en el museo arqueológico de Madrid. ESPAÑA. MMV.

 

8. LA FINITUD HUMANA Así es la condición humana. Cada cultura, cada religión, cada pueblo, cada individuo, tiene que enfrentarse un día u otro con la finitud de la vida humana. El libro de S.G.F. Brandon Man and his Destiny in the Great Religions (1962), examina la forma como cada una de las grandes religiones se ha enfrentado con esta realidad antropológica.

Al estudiar los textos bíblicos, situados en cuanto es posible por su orden cronológico de redacción, se ve brotar lentamente una respuesta al problema de la finitud humana. Irónicamente, se encuentra un primer destello de esta respuesta en Job. Por muy desesperado que esté, hace esta profesión de esperanza: "Reconozco, (Señor), que lo puedes todo; ningún proyecto te es imposible" (Job 42 2). Se lee esta frase en un libro bíblico que la mayor parte de los exegetas sitúan a mitad del siglo v a.C. Aunque se presenta como la reflexión de un individuo sobre su propio destino, el libro de Job es el fruto de los sufrimientos de la nación, los del destierro y los de los tiempos posteriores al destierro.

Trescientos años más tarde, y como el fruto de otros sufrimientos nacionales ligados a una persecución religiosa, aparece el relato de una mujer que estimula a sus hijos al martirio hablándoles de este modo: "No sé yo cómo habéis aparecido en mi seno, puesto que no he sido yo la que os ha dado el espíritu y la vida, y la que unió los miembros de vuestro cuerpo. Dios, creador del mundo, que formó el género humano y ha creado cuanto existe, él os dará de nuevo él espíritu y la vida por su misericordia, ya que por sus santas leyes la despreciáis" (2Mac 7,22-23).

Estas declaraciones de Job y de la mujer del libro de los Macabeos son profesiones de fe; esas personas son víctimas de situaciones que las desbordan; se encuentran desamparadas; son llevadas casi a su pesar a abandonarse a la Providencia en un acto de fe. Sus declaraciones constituyen el desafío más serio lanzado a los antropólogos que se interesan por la Biblia.

En efecto, ¿qué lugar puede encontrar en una ciencia humana un "más allá de la razón"? En Jung y compañía, ese "más allá" se identificaría quizá con el inconsciente. Es ésta una solución accesible al investigador que no conoce la existencia de un Otro; se queda en el nivel del "hombre en sí" o quizá del "hombre en relación con otras personas humanas". Pero no puede poner al ser humano (limitado) en relación con el ser ilimitado.

 

9. LA ANTROPOLOGÍA BÍBLICA COMO SOLUCIÓN. La antropología bíblica es una antropología de superación. Propone una transformación del ser humano que lo lleva más allá de él mismo. Ofrece al ser de setenta años, que es cada uno de nosotros, la vida eterna. Se trata de una transformación inimaginable, que va más allá de este mundo perecedero. Inimaginable, pero no imposible. El "antropomorfismo supremo" de los evangelios -que designa una forma de ser, y no sólo una forma de expresarse- está ahí para probarlo: "Aquel que es la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros" (Jn 1,14).

Esta transformación que anuncia la antropología bíblica respeta a la naturaleza humana. Y así el Verbo encarnado -hombre-Dios- conoció incluso la experiencia del sufrimiento y de la muerte. Pero esta vez la historia humana no acabó allí. El hombre-Dios que había muerto resucitará y dirá: "Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo" (Lc 24,38-39). Aunque se identifique con ayuda de las heridas de la crucifixión al Jesús resucitado, se adivina en el curso de sus apariciones que su humanidad ha entrado en una vida nueva, en una vida eterna.

En adelante se hablará de una transformación del ser humano realizada por el don del "espíritu de Jesús", o del "Espíritu Santo". Y lejos de violar la libertad del individuo, semejante antropología incrementará la libertad humana: "La ley del espíritu, que da la vida en Cristo Jesús, me ha librado de la ley del pecado y de la muerte" (Rom 8,2).

 

10. CONCLUSIÓN. Como habrá podido constatar el lector, sigue siendo difícil -y hasta imposible- descubrir todas las riquezas de la antropología bíblica recurriendo solamente a unas teorías elaboradas por las ciencias humanas. Pero habría que considerar igualmente el beneficio que los estudios bíblicos han recibido del diálogo con esas ciencias. Nuestro artículo ha recordado un buen número de aportaciones que las ciencias humanas han hecho al estudio de la antropología bíblica.

Un diálogo implica un intercambio mutuo entre dos interlocutores. De hecho, las Introducciones a la ciencia humana que el la antropología señalan a menudo cómo la Biblia ha jugado un papel importante en el nacimiento y el crecimiento de esta ciencia moderna. Cabe esperar que los estudios bíblicos sigan teniendo este papel capital en el desarrollo de la antropología. Por ejemplo, la antropología bíblica invita a estudiar si otras tradiciones culturales distintas de la Biblia proponen también una transformación del ser humano. La antropología de la Biblia invita igualmente a preguntarse en qué medida el ideal humano propuesto por esas otras tradiciones podría ser comprendido y hasta vivido por cualquier persona. Finalmente, la antropología bíblica recuerda a los investigadores modernos que muchas de las tradiciones culturales están quizá centradas en otras realidades distintas de las de cada persona humana.

BIBL.: ALONSO-Dínz J., Proceso antropomorfizante y desantropomorfizante en la formación del concepto bíblico de Dios, en "EstBib" 27 (1968) 333-346; BALTHASAR H.U. von, Dieu a parlé un langage d7tomme, en Parole de Dieu et liturgie, París 1958; $ARR J., La foi biblique et la théologie naturelle, en "ETR" 64 (1989) 355368; BRANDON S.G.F., Man and his Destiny in the Great Religions, Manchester 1962; CussoN G., Notes d itnthropologie biblique, Roma 1977; FERNÁNDEZ ARDANAZ S., Evolución en el pensamiento hebreo sobre el hombre: estudio diacrónico de los principales conceptos antropológicos, en "RCT" XII (1987) 263-311; GfiNNAaO G. de, L ántropologia bíblica, Nápoles 1981; Go7-rwnc.n N. K., The Tribes ojYahweh, Nueva York 1979; HAHN H.F., The Old Testament in Modem Research, Filadelfia 1966 JoussE M., L ánthropologie dugeste, París 1969; JUMG C.G., Psychologie und Religion III. Aufl. Zurich 1947; Lwnc B. (ed.), Anthropological Approaihes to the oía Testament, Londres 1985; .CHAED F., Dieu á Itmage de lhomme, Neuchátel 1950; oSIEK C., The New Handmaid: The Bible and the Social Sciences, en "TS" 50 (1989) 260-278; PEDERSEN J., Israel, lis Life and Culture I-IV, Londres 1926; ROGfiR50N J.W., Anthropology and the Old Testament, Sheffield 1984; ROLLINS W.G., Jung and the Bible, Atlanta 1983; WESeseMnNn C., Genesis (Kapitell-II), Neukirchen-Vluyn 1974; WOLFF H.W., Antropología del Antiguo Testamento, Salamanca 1974.

E. S. Farrell

 

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II. Antropología Cristiana

 

1. EL CONCEPTO. En la concepción más genuinamente cristiana del término, la revelación no tiene otro objeto sino Dios mismo, que se da a conocer mediante Cristo, Verbo encarnado, para que los hombres, en el Espíritu Santo, por medio del mismo Cristo tengan acceso al Padre (cf Vaticano II, DV 2). El hombre, en una primera aproximación, es el destinatario de la revelación y de la salvación que ésta anuncia y realiza, no su objeto directo. Pero, por otro lado, el conocimiento de Dios y de la salvación que en Cristo se nos ofrece nos descubre la definitiva vocación del ser humano, el designio de Dios sobre él, con una profundidad que de otro modo no nos hubiera sido nunca accesible. En este sentido el hombre, precisamente en cuanto destinatario de la revelación divina, se convierte también en objeto de la misma. Sólo a la luz de la salvación que Cristo nos trae descubrimos a qué estamos llamados y, por consiguiente, quiénes somos: "Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (GS 22). La revelación cristiana presupone el hombre y por tanto una cierta idea que éste tendrá de sí mismo; pero, por otra parte, la novedad de la encarnación del Hijo no puede dejar de enriquecer e iluminar esta visión. Por tanto, a partir de la revelación el cristianismo puede, y aun debe, reivindicar una noción propia del hombre, que en muchos aspectos coincidirá con la que ofrezcan la filosofía y las ciencias humanas y que deberá enriquecerse con sus aportaciones, pero que poseerá una irrenunciable originalidad. En este sentido hablamos de "antropología cristiana".

 

2. EL HOMBRE, CREADO A IMAGEN DE Dios. De hecho, si bien es claro que la Sagrada Escritura no trata de ofrecernos una antropología sistemática, es igualmente evidente que habla del hombre en muchísimas de sus páginas, comenzando por las primeras. El relato yavista de la creación y la caída (Gén 2-3) nos presenta ya al hombre como el centro de la obra creadora de Dios: es formado por sus manos y recibe la vida del propio aliento divino (Gén 2,7). Para él planta Dios el jardín de Edén y le ordena que ponga nombre a los animales (cf Gén 2,9.19-20); le da, por último, una ayuda adecuada, porque no es bueno que el hombre esté solo (cf Gén 2,9.20-24). Tenemos aquí el núcleo de una profunda antropología: el hombre está llamado a servirse de la creación y a dominarla y es un ser eminentemente social, hecho para estar en comunión con los otros. Pero vivirá solamente si mantiene la relación con Dios, que lo ha creado y le ha comunicado su misma vida, y si es fiel a sus mandatos (cf Gén 2,16). Esto quiere decir que la relación con Dios es esencial al hombre y es aquella dimensión totalizante a partir de la que se articulan todas las demás.

El relato sacerdotal de Gén 1, 1-2,4a señala también la primacía del hombre sobre el resto de la creación. Se introduce aquí por primera vez la idea de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (cf Gén 1,26-27); ésta es la característica del ser humano que el concilio Vaticano II (GS 12) coloca en primer lugar cuando trata de explicar la respuesta de la Iglesia al interrogante acerca del hombre, sobre el que se han dado a lo largo de la historia, y se dan todavía, opiniones tan diversas, e incluso contradictorias. Merece la pena, por tanto, que veamos brevemente el sentido de estas expresiones y el modo como han sido interpretadas en la Biblia y en la tradición de la Iglesia hasta el momento actual.

El dominio del hombre sobre las criaturas es un elemento que encontramos también presente en el documento sacerdotal, y deriva ciertamente del hecho de su creación a imagen y semejanza de Dios (cf Gén 1,26-27); igualmente se pone de relieve en estos versículos el carácter social del hombre; el hombre hecho a imagen de Dios es varón y mujer. Pero también aquí la relación del hombre con Dios, aun con la diferencia radical entre Creador y criatura, es lo que parece determinante. El simple dato de que Dios cree "a su imagen y semejanza" cualifica en primer lugar el obrar divino, y determina a su vez que el hombre sea distinto de las demás criaturas. El ser humano ha sido creado para existir en relación con Dios, para vivir en comunión con él. Estos mismos elementos se hallan en Gén 5,1-3, donde se establece además una cierta analogía entre la creación del hombre por Dios a su imagen y la generación de Set según la semejanza e imagen de su padre Adán. La condición de imagen de Dios hace que la vida humana sea sagrada (cf Gén 9,6). El dominio sobre el resto de las criaturas y la vocación de Dios a participar de su vida inmortal son los puntos que se ponen de relieve en relación con la creación del hombre a imagen y semejanza divina en los otros textos del AT donde vuelve a aparecer este motivo (cf Si 17,3; Sab 2,23; cf también Sal 8,5-9).

En el NT se afirma que la imagen de Dios es Cristo (cf 2Cor 4,4; Col 1,15; también Heb 1,2; Flp 2,6). Esto no significa que se olvide la condición del hombre como creado a imagen y semejanza de Dios; por el contrario, se afirma que el hombre ha sido llamado a convertirse en imagen de Jesús si acepta por la fe la revelación de Cristo y la salvación que éste le ofrece (cf 2Cor 3,18); el Padre nos ha predestinado a conformarnos según la imagen de su Hijo, para que éste sea primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8,29); y como hemos llevado la imagen del primer Adán, el terrestre, hecho alma viviente, llevaremos también la imagen del Adán celeste, Cristo resucitado, en la participación de su cuerpo espiritual (cf 1Cor 15,45-49). El destino del hombre es, por consiguiente, pasar de ser imagen del primer Adán a serlo del segundo; todo ello no es algo marginal o accesorio a su "esencia", sino que esta vocación a la conformación con Cristo y a revestir su imagen constituye lo más profundo de su ser. Junto a esta reinterpretación cristológica del tema de la imagen notamos en el NT una fuerte orientación escatológica de este motivo (cf también (Jn 3,2). Con todo, no es aventurado afirmar que si el hombre está orientado a Cristo como meta final de su existencia, esta ordenación, de un modo o de otro, ha de existir desde el principio. Es convicción general del NT que el orden de la creación y el de la salvación se hallan en relación profunda: todo ha sido hecho mediante Cristo y todo camina hacia él (cf 1 Cor 8,6; Col 1,15-20; Ef 1,3-10; Jn 1,3.10; Heb 1,3); Jesús es alfa y omega, principio y fin de todo (Cf Ap 1,8; 21,6; 22,13).

La reinterpretación cristológica del motivo de la imagen prosiguió en la teología patrística. Ya en relación con el momento de la creación, y no sólo con el de la consumación final, se pone de relieve la ejemplaridad del Verbo. En efecto, sólo el Hijo es la imagen de Dios. El hombre no es estrictamente "imagen", sino que ha sido hecho "según la imagen". Pero aunque esto sea reconocido en general por todos, defieren las escuelas de la antigua Iglesia cuando se trata de precisar el significado de la imagen de Dios que es el Hijo; ello tendrá inmediatamente consecuencias antropológicas. Por una parte, los alejandrinos (Clemente, Orígenes; les seguirá sustancialmente san Agustín) consideran al Verbo preexistente la imagen de Dios; según esta imagen ha sido creado el hombre. Por ello la imagen de Dios en el ser humano sólo hace referencia a su elemento espiritual, el alma. Por el contrario, otros padres y escritores eclesiásticos (san Ireneo, Tertuliano) considerarán que la imagen de Dios Padre es el Hijo encarnado, que da así a conocer al Dios invisible. El hombre ha sido creado desde el primer instante según la imagen del Hijo, que habría de encarnarse y resucitar glorioso en su humanidad. Cuando Dios modelaba al primer Adán del barro, pensaba ya en su Hijo que habría de hacerse hombre y ser así el Adán definitivo. Según esta línea de pensamiento, el hombre ha sido creado a imagen de Dios según todo lo que es, en su alma y en su cuerpo, con una insistencia especial en este último. Ningún aspecto del ser humano queda excluido de esta condición de imagen, ya que todo él ha sido llamado a participar de la resurrección de Cristo. A pesar de estas notables diferencias, hallamos de nuevo unida la teología de los primeros siglos en la distinción entre la imagen y semejanza divinas: mientras la primera viene ya. dada con la creación, la segunda se. refiere a la perfección escatológica, a la consumación final. Aunque esta distinción no encuentre un apoyo totalmente literal en la Escritura, no es del todo ajena a ella (cf Un 3,2), y por otra parte pone bien de relieve un aspecto muy presente en el NT: el carácter de camino de la existencia humana, la necesidad constante del progreso en la unión y el seguimiento de Jesús.

Esta distinción no se mantuvo en general en los tiempos sucesivos. Por otra parte, el sentido cristológico de la creación del hombre a imagen y semejanza divina se ha hecho menos explícito en la teología y en la conciencia cristiana. Por ello es tanto más de alabar la contribución del concilio Vaticano II en la GS, al poner, como notábamos ya, en el hecho de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios el comienzo y la base de la respuesta cristiana al interrogante sobre el misterio del ser humano. Según el número 12 de la constitución pastoral, esta condición significa ante todo que el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador, es decir, que es capaz de entrar en relación personal con Dios. A ello se añade su posición de señorío sobre las criaturas terrenas, de las que se ha de servir para gloria de Dios, y la condición social del ser humano, llamado a existir en la comunión interpersonal. Como se ve, se recogen aquí muchas de las intuiciones que veíamos. presentes en nuestro rápido recorrido escriturístico, sobre todo del AT: Pero este número 12 de GS ha de leerse juntamente con el número 22, que citamos al comienzo de estas páginas: "El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que tenía que venir (cf Rom 5,14), es decir, Cristo nuestro Señor... No es extraño, por consiguiente, que todas las verdades antes expuestas encuentren en Cristo su fuente y en él alcancen su vértice. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado..." La orientación cristológica de la antropología cristiana ha sido, por tanto, fuertemente subrayada por el concilio (como también en el magisterio de Juan Pablo lI; cf, p.ej., Redemptor hominis 8,2; 13,13; 28,1).

Naturalmente, el magisterio de la Iglesia no ha explicado en detalle las relaciones entre la cristología y la antropología. Éstas no son entendidas de modo totalmente idéntico por la teología contemporánea. Rebasaría los límites de este artículo la exposición, siquiera sucinta, de las diferentes posiciones y modelos de explicación. Pero para todos es claro que, al recoger la revelación de Cristo, el hombre encuentra respuesta a sus más profundos interrogantes. Seguir a Cristo no es, por consiguiente, algo que se le imponga solamente desde fuera y que no tenga relación ninguna con su ser. Todo lo contrario. Solamente en Jesús alcanza la definitiva, porque desde el primer instante de la creación Dios le ha impreso esta orientación. Por ello el concilio Vaticano II (GS 41) puede afirmar que quien sigue a Cristo, el hombre perfecto, se hace también él más hombre. La novedad indeducible de la encarnación del Hijo de Dios, fruto solamente del libérrimo designio de salvación del Padre, y la orientación del mundo y del hombre hacia Cristo de tal manera que éste constituye la perfección a que tienden en este concreto orden de creación, serán dos puntos (sólo en apariencia contradictorios) que la teología cristiana, y en especial la antropología, deberán siempre tener presentes.

La fe cristiana nos dice que el hombre no ha sido fiel a este designio divino y que desde el principio el pecado ha sido una realidad que ha entorpecido la relación con Dios. Pero, en su fidelidad, Dios nos ha mantenido siempre su amor y, en Cristo, la semejanza divina deformada ha sido restaurada (GS 22). Por lo demás, la naturaleza humana, sin duda profundamente afectada por el pecado, no ha quedado con todo corrompida de raíz.

 

3. EL HOMBRE, LLAMADO A SER HIJO DE DIOS EN CRISTO. La antropología cristiana afirma que no hay más que una perfección del hombre: la plena conformación con Jesús, que es el hombre perfecto. Esto significa la participación en su filiación divina, en la relación irrepetible que Cristo, Hijo unigénito de Dios, tiene con el Padre. Ya en los evangelios leemos que Jesús, que se dirige siempre a Dios con el apelativo de "Padre", enseña a sus discípulos, sin colocarse él nunca en el mismo plano, a hacer lo mismo (cf Me 11,25; Mt 5, 48; 6,9; 6,32; Le 6,36; 11,2, etc.). Pablo nos dirá que ello es posible solamente por el don del Espíritu Santo, enviado a nuestros corazones y que clama en nosotros "Abba, Padre" (Gál 4,6; cf Rom 8,15), en virtud del cual podemos llevar una vida auténticamente filial respecto a Dios y fraterna respecto a los hombres. Así el Hijo unigénito de Dios se hace el primogénito entre muchos hermanos (cf Rom 8,29; Heb 2,11-12.17; tal vez Jn 20,17). La antropología cristiana contempla, por lo tanto, al hombre llamado a participar de la misma vida del Dios trino: en un mismo Espíritu tenemos todos acceso al Padre mediante Cristo (Ef 2,18); la misma unión entre los discípulos de Cristo, a la que todos los hombres están llamados, es reflejo de la unión de las personas divinas (cf Jn 17, 21-23).

Nuestro breve recorrido por algunos de los puntos de la antropología cristiana no puede dejar de mencionar la categoría de la "gracia", esencial a la visión cristiana del hombre. Nos hemos referido a la novedad indeducible de la encarnación de Jesús. Dios se autocomunica libremente en su Hijo y en su Espíritu, y es igualmente don de Dios y nunca mérito del hombre la incorporación personal a la salvación (=justificación por la fe). La visión cristiana del hombre no puede olvidar este elemento: la plenitud del hombre es recibida como don gratuito, no reducible al donde la creación, como no se deduce de ésta la encarnación de Jesús. Es, por consiguiente, un nuevo elemento irrenunciable de la visión cristiana del hombre que éste recibe su plenitud como un don inmerecido, lo cual, a su vez, no excluye que tenga que aceptarlo libremente y cooperar con Dios, que se lo otorga en su infinita bondad.

 

 

 

4. LA UNIDAD DEL HOMBRE EN LA DUALIDAD DE CUERPO Y ALMA. La doctrina bíblica de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios muestra la íntima relación de los órdenes de la creación y de la salvación. La fe cristiana a lo largo de los siglos se ha preocupado no sólo de exponer el sentido de la salvación, sino también de insistir en la configuración creatural del hombre, en su "naturaleza", apta para recibir esta salvación gratuita de Cristo como su intrínseca perfección. Punto esencial sin duda de esta preocupación ha sido la unidad del ser humano en la pluralidad de sus dimensiones. Ya el NT, siguiendo las huellas del AT, a la par que insiste en la unidad original del ser humano, conoce diversos aspectos del mismo: el hombre es "cuerpo" por su dimensión material, que lo hace un. ser cósmico, inserto en este mundo, solidario con los otros, con una identidad definida en los diferentes estadios de su existencia (cf 1 Cor 15,44-49); esta condición corporal del hombre se asocia a veces a la "carnal", que con frecuencia adquiere un sentido negativo, ya que indica la debilidad del hombre (cf Mc 14,38; Mt 26,41), o incluso, especialmente en Pablo, su existencia bajo el dominio del pecado (cf Rom 6,19; 8,3-9; Gál 5,13.16-17). El hombre es también "psique", vida, alma; es sujeto de sentimientos (cf Mc 3,4; 8,35; Mt 20,28; 26,38; Col 3,23). Por último el hombre tiene también la "capacidad de lo divino", está en relación con Dios; todo ello se expresa con el término "espíritu", que indica tanto la vida de Dios comunicada al hombre y principio de vida para él como el hombre mismo en cuanto movido por el Espíritu Santo; se opone con frecuencia a la "carne" en cuanto débil o sometida al pecado (cf Mc 14,38; Jn 3,6; Rom 8,2-4.6.10.15-16; Gál 5,16-18.22-25). Aunque no se haya pretendido una reflexión sistemática sobre la cuestión, no hay duda de que el NT en su conjunto nos muestra al hombre como un ser a la vez mundano y trascendente a este mundo, capaz de relación con Dios.

Es lo que a lo largo de la historia, partiendo ya de los primeros siglos cristianos, se ha expresado con la idea del hombre como formado de alma y cuerpo. El cristianismo asimiló estas nociones de la antropología griega, aunque no sin transformarlas. Los esquemas cristológicos y soteriológicos (encarnación, resurrección) han hecho que algunos Padres basaran su antropología precisamente en el cuerpo. Y aunque pronto, por el predominio de los esquemas platónicos, se pasa a considerar que el alma tiene una primacía sobre el cuerpo (y se llega a afirmar a veces que ésta es en rigor el hombre), nunca en la teología cristiana se ha considerado al cuerpo malo en sí mismo; ha sido también creado por Dios y es llamado a la transformación final en la resurrección. Santo Tomás ha subrayado la unidad de los dos componentes del hombre en su famosa fórmula "anima forma corporis". Existe una unidad sustancial originaria del hombre que abraza estos dos aspectos, de tal manera que ninguno de los dos separado del otro sería hombre o persona. No hay, por consiguiente, alma sin cuerpo ni cuerpo sin alma (prescindiendo de la pervivencia del alma después de la muerte). La unidad sustancial de alma y cuerpo se subrayó también en el concilio de Viena, el año 1312 (cf DS 900.902); el concilio V de Letrán, del año 1513, define que el alma no es común a todos los hombres, sino que es individual e inmortal (DS 1440). Del cuerpo y el alma del hombre en su unidad habla también la GS 14.

La antropología moderna prefiere no tanto hablar de que el hombre tiene un alma y un cuerpo, sino de que es alma y cuerpo. Y a veces se subraya que tanto el alma como el cuerpo son del hombre; el lenguaje expresa bien la unidad que somos y experimentamos. Nuestro psiquismo y nuestra corporalidad se condicionan mutuamente. Por ser cuerpo nos hallamos sometidos a la espacio-temporalidad estamos unidos a los demás hombres, somos finitos y mortales; por ser alma trascendemos el mundo, y estamos llamados a la inmortalidad. Una inmortalidad que, desde el punto de vista cristiano, no tiene sentido si no es en la comunión con Dios, y que por otra parte garantiza la continuidad del sujeto en nuestra vida actual y en la plenitud de la resurrección en la configuración plena con Cristo resucitado.

 

5. EL HOMBRE, SER PERSONAL ABIERTO A LA TRASCENDENCIA. La constitución psicosomática del hombre, en virtud de la cual; siendo un ser cósmico, trasciende este mundo, está en íntima relación con su ser "personal". El ser humano no es un objeto más en el mundo; es un sujeto irrepetible. El pensamiento cristiano ha desarrollado la noción de "persona" para expresar este carácter del hombre, que lo hace radicalmente distinto de todos los seres que le rodean y que le confiere una dignidad y un valor en sí mismo, no en función de lo que hace o de la utilidad que reporta a los demás. El concilio Vaticano II (GS 24) señala que el hombre es la única criatura terrestre que Dios ha amado por sí misma. No deja de ser significativo observar que el desarrollo antropológico de esta noción ha sido posterior en el tiempo al uso de la misma en la teología trinitaria y en la cristología. El sentido del valor y la dignidad de la persona, ampliamente reconocido en nuestros días (a pesar de numerosas contradicciones que no pueden desconocerse) aun fuera del ámbito cristiano, adquiere a partir de la visión cristiana del hombre su última fundamentación: el hombre tiene un valor absoluto para el hombre porque lo tiene para Dios, que lo ama en su Hijo Jesús y lo llama a la comunión con él.

A la condición del hombre persona y sujeto irrepetible va unida necesariamente su libertad. Ésta no significa sólo, aunque incluya necesariamente este aspecto, la posibilidad de elegir entre diversos bienes o posibilidades concretas, sino que es ante todo la capacidad de configurarse a sí mismo de acuerdo con las propias opciones. Por ello se ha podido decir que el hombre no tiene libertad, sino que lo es, porque a pesar de los evidentes condicionamientos a que se halla sometido, tiene una auténtica capacidad de autodeterminarse. En el ejercicio de su libertad el hombre opta primariamente sobre sí mismo. No se debe hablar, por tanto, sólo de libertad de las trabas o impedimentos internos o externos, sino de libertad para el proyecto humano que se ha de realizar. Nada tiene que ver la libertad con el capricho. De ahí que aquélla alcance sólo su plenitud en la opción por el bien; cristianamente hablando, ello significa dejarse liberar por el Espíritu, romper las ataduras del pecado y el egoísmo para vivir en la libertad de los hijos de Dios, que es la de Jesús, que se entrega hasta la muerte por amor. Es importante notar que la libertad del hombre se da incluso frente a Dios y a su Palabra. En su revelación Dios quiere establecer un diálogo con nosotros y nos llama a la comunión de vida con él. Todo ello sería imposible en la hipótesis de que Dios nos forzara a aceptarlo. Cuando insistimos en la libertad humana aseguramos, por tanto, que también ante Dios y para Dios somos y permaneceremos siempre un auténtico sujeto, un verdadero tú.

El hombre, como ser personal y libre, se halla necesariamente abierto al mundo y los demás. Frente a ellos ejerce su libertad y en este mismo ejercicio puede experimentar su propia trascendencia. El hombre necesita del mundo que le rodea para su propia subsistencia. Ésta es una experiencia fundamental e incontrovertida. Pero en esta misma relación de dependencia frente al mundo se abre el sentido de su trascendencia a él: efectivamente, con el hombre y su capacidad de transformar la realidad que lo circunda se produce en ésta una novedad; por el esfuerzo humano se dan en la naturaleza posibilidades nuevas que de otro modo nunca se hubieran alcanzado. El trabajo del hombre es, pues, un fenómeno nuevo en el ámbito cósmico; por ello puede ser calificado de "creador". Estas posibilidades de la naturaleza se convierten a su vez en posibilidades nuevas para el hombre mismo, para su libertad. Inserto en el mundo, en su misma acción, en él el ser humano muestra que lo trasciende, que no es una simple pieza de un mecanismo. Experimenta además la perpetua insatisfacción ante los logros alcanzados, entre lo que tiene y aquello a lo que aspira. Difícilmente podrá el mundo, por tanto, dar al hombre el último sentido de su vida.

La comunión entre personas es un fenómeno nuevo respecto a la relación hombre-mundo . Sólo en el otro ser humano encuentra el hombre la "ayuda adecuada", según la vieja sabiduría bíblica. Sólo el hombre es digno del hombre. Únicamente en el ejercicio de sus dimensiones sociales, y en particular con la comunión y donación interpersonal, puede el hombre ser él mismo. La noción de persona, ya en sus profundas raíces teológicas a que hemos aludido, lleva consigo esta dimensión. En el encuentro con el otro en tanto que persona nos hallamos ante un valor absoluto que no hemos creado nosotros. Tampoco es el otro o la sociedad sin más el fundamento de este valor absoluto que hallamos ante nosotros, porque también nuestro propio ser personal es valor absoluto ante los demás. La relación interpersonal, por tanto, nos abre también al misterio de la trascendencia del hombre a cuanto nos rodea.

La limitación e indigencia humanas, que se manifiestan sobre todo en la muerte; la sensación de truncamiento que de modo casi inevitable se experimenta cuando se piensa en esta última, nos colocan también ante la cuestión del sentido de la existencia humana y de la dificultad de hallarlo si queremos permanecer en los límites de lo que vemos. La esperanza cristiana, sobre todo si se manifiesta en la vida de los creyentes, es capaz de ofrecer una respuesta plausible a estos interrogantes del hombre.

La revelación cristiana nos ofrece, según hemos visto, una imagen del hombre centrada ante todo en Jesús, el hombre perfecto, en quien somos hijos de Dios. Si ésta es nuestra última vocación, la teología cristiana no puede desentenderse de aquellos aspectos de la constitución y del ser creatural del hombre que lo hacen apto para esta llamada divina. En ellos descubre ya la huella del designio de Dios, que nos quiere para él. El ser humano aparece así abierto a la comunicación de Dios mismo en la revelación cristiana. Ésta nos abre unas perspectivas que por nuestra parte jamás hubiéramos podido imaginar; es pura gracia y don de la benevolencia divina, y al mismo tiempo responde a nuestras íntimas aspiraciones y deseos: la íntima comunión con Dios, a la que Cristo nos da acceso, y la plena comunión con los hermanos con quienes vivimos en la Iglesia, "instrumento de la plena unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" (LG 1), reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (LG 4).

BIBL.: ALFARO J., De la cuestión del hombre a la cuestión de Dios, Salarnanca 1988; BALTHASAR H.U. von, Teodramática 2: El hombre en Dios, Madrid 1991; COLZANI G, Antropología teológica, Salamanca 19712; CROUZEL H., Théologie de l image de Dieu chez Origine, París 1954; FLICK M. y ALSZEGHY Z., Fondamenti di una antropología teologica, Florencia 1970; GANOKZY A., Der schópferische Mensch und die Schópfung Gottes, Mainz 1976; GONZÁLEZ FAUS J.I., Proyecto de hermano. Visión cristiana del hombre, Santander 1987; GOZZELLING G., Vocazione e destino dell úomo in Cristo, Turín 1985; KASPER W., Cristología y antropología en teología e Iglesia, Barcelona 1989, 266-269; LADARIA L.F., Antroplogía teológica, Madrid-Roma 1983; LATOURELLE R., El hombre y sus problemas a la luz de Cristó, Salamanca 1989; ORBE A., Antropología de san Ireneo, Madrid 1969; PANNENBERG W., Fundamento cristológico de una antropología cristiana, en "Con" 86 (1973) 358-416; ID, Anthropologie in theologischer Perspektive, Gotinga 1983; RAHNER K., Curso fundamental sobre lafe, Barcelona 1979; RUIZ DE LA PEÑA J.L., Imagen de Dios. Antropología teológicafundamental, Santander 1988; SCHEFFCZYK L. (ed.), Der Mensch als Bild Gottes, Darmstadt 1969.

L. L. LADARIA

 

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Los datos fundamentales de la antropología bíblica

 

 

Anne-Marie Pelletier

Profesora de Literatura y Exégesis del Colegio-Catedral de Paris

Cfr. Alfa y Omega, 25-III-2005

 

La segunda parte de la Carta sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo recorre las Sagradas Escrituras para intentar llamar la atención, a la luz de la Revelación, sobre los «datos fundamentales de la antropología bíblica», como señala el mismo título de la sección. Los números del 5 al 12 proponen la relectura y el comentario de algunos textos clave del Antiguo y del Nuevo Testamento que permiten sacar a la luz:

- los rasgos fundamentales e inalienables de una Humanidad creada como hombre y como mujer, y situada desde el principio como tal bajo el signo del muy bueno (Gn 1, 30);

- el drama de esta relación que, en nuestra historia actual, está marcada por el pecado, privada de su verdad y bondad originales y, por tanto, en espera de la curación de la que tiene necesidad;

- la forma con la que Cristo, al salvar a la Humanidad, interviene para rescatar esta relación fundamental, restituyéndola a su verdad original, es decir, al pensamiento eterno de Dios.

 

I. Tres observaciones generales preliminares

- El orden de exposición de los textos es el mismo que siguen las Sagradas Escrituras en su forma canónica para afrontar y elaborar esta temática, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis. De esta manera, se confirma de forma implícita una verdad importante: la Revelación abre, ciertamente, a la Humanidad al conocimiento de Dios, a su proyecto de amor en la Historia, al rostro del Padre manifestado a través del Hijo; pero, al mismo tiempo, esta misma Palabra de Dios enseña al hombre el conocimiento de su propia identidad, la naturaleza de su dignidad y las condiciones de una vida humana auténtica. Dios revela quién es Él y quién es el hombre cada vez que habla. La antropología cristiana percibe en este dato una primera y decisiva característica: al hombre y a la mujer no les basta el conocimiento de sí mismos a través del saber y de las experiencias adquiridas con sus solas fuerzas. Si el hombre y la mujer quieren conocerse verdaderamente es necesario que reciban de Dios el secreto de su identidad más profunda.

- El análisis realizado en esta sección revela también que la diferencia de los sexos en las Sagradas Escrituras no es una cuestión marginal o provisional, destinada a ser superada al final de la Historia. Al contrario, por un lado, esta realidad está presente desde el principio en los textos de la creación: esta realidad surge en el momento del gesto creador del que nace la Humanidad. Por otro lado, se representa al final de la Historia, en la visión futura de la Humanidad transfigurada en la Jerusalén celestial. Además, en el curso del tiempo y de la Historia, la distinción entre lo masculino y lo femenino se sitúa en el centro de la obra salvadora, con la que Dios viene a visitar a los suyos por medio de su Hijo, que se hace carne en una figura masculina, a través de la acogida de una mujer, María, Hija de Sión, en la cual la Humanidad encuentra la perfección de su relación con Dios. Precisamente aquí se entiende que la declaración de san Pablo: «Ya no hay ni hombre ni mujer» (Ga 3, 28) no se puede interpretar como una afirmación de abolición, en Cristo, de la diferencia de los sexos, ya que esta diferencia es querida y dispuesta por Dios en el acto mismo con el cual llama a la Humanidad a la existencia (n.12). En cambio en Jesús, que comparte su santidad con aquellos que le han sido confiados por el Padre, se superan la rivalidad y la violencia en la que corre el riesgo de caer la relación entre el hombre y la mujer, y se hace posible vivir con armonía, serenidad y felicidad.

- Es necesario llamar la atención sobre la importante contribución que este recorrido de la Escritura debe a Juan Pablo II, sobre la cuestión de la persona, de la antropología de la pareja y de la teología del matrimonio dirigida al conocimiento renovado del cuerpo y de la relación matrimonial, tema tratado con frecuencia por el Sumo Pontífice. La segunda parte del presente documento pone el acento constantemente en las Sagradas Escrituras y en el análisis realizado por Juan Pablo II, respectivamente, en la Exhortación postsinodal Familiaris consortio, en la Carta apostólica Mulieris dignitatem, en la Carta a las familias y en sus catequesis sobre el matrimonio y sobre el lenguaje del cuerpo. Estas enseñanzas dan testimonio de un innegable progreso en la comprensión del contenido de la Revelación, en un ámbito de la antropología que llega al corazón del misterio de la salvación. De esta manera, según san Gregorio Magno, «el texto crece con su lector», desde el momento en el que este último deja que la caridad actúe en él y permite al Espíritu revelarle la profundidad de Dios y de su propia existencia.

 

II. Los temas tratados

- La Humanidad, realidad que ontológicamente es relación con.- El documento inicia en el n.5 con el enunciado del principio clave de la antropología cristiana, continuamente retomado y comentado por la Iglesia de Occidente (san Ireneo, san Agustín) y de Oriente (san Gregorio de Nisa), que es que la Humanidad fue creada «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 26). Esta afirmación está asociada al reclamo de la diferencia de sexos, como se puede leer en el Génesis (1, 27): «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó». Dios crea distinguiendo, haciendo surgir del caos realidades diferenciadas. La distinción es precisamente el presupuesto y la condición necesaria de la relación, que está en la base de la vida humana, concebida para la comunión entre personas. Desde su nacimiento, por tanto, cualquier ser humano está marcado por la diferencia de los sexos y está llamado vivir esta diferencia de la forma más adecuada. Estamos, por tanto, muy lejos de una valoración de las relaciones indistintas o confusas, que la Biblia reconoce como estériles y portadoras de muerte. En la experiencia del cara a cara con el otro, cercano y al mismo tiempo diferente, el ser humano encuentra su identidad y realiza en sí mismo algo de la imagen de Dios que se encuentra en él. En una época en la que circula un ideal de relaciones que tiende a confundir los sexos, y en la que prosperan concepciones antropológicas que querrían incluso cancelar la diferencia entre sexos, se entiende lo oportuno y lo valioso que es el texto bíblico. En una época en la que también se habla de competición entre los sexos, o de reconquista de poderes como remedio a las injusticias, la Palabra de Dios restituye al hombre y a la mujer su verdadera identidad: el uno no puede vivir sin el otro, cada uno existe a través del otro y para el otro.

 

- El significado de la sexualidad.- Todo lo que hemos afirmado antes es decisivo para emitir un juicio sobre la sexualidad humana. En los números 6 y 8 del documento, que tratan este tema, asumen una especial relevancia los análisis de Juan Pablo II sobre la naturaleza esponsalicia del cuerpo humano. El cuerpo, de hecho, está marcado por una diferencia que le hace ser masculino o femenino, y que invita a la relación, según las respectivas modalidades expresivas, no sólo físicas, sino también psicológicas y espirituales. Esto significa que la dimensión antropológica de la sexualidad se amplía a una dimensión teológica que se refiere a la Humanidad como un ser que se relaciona y, por tanto, que está también en relación con la imagen del Dios amor presente en cada hombre y en cada mujer.

 

- Cuando la relación con el otro se deteriora.- A partir de esta perspectiva situada bajo el signo del muy bueno se afronta en un momento posterior el drama descrito en el capítulo 3 del Génesis. El nexo entre el deterioro de las relaciones entre la Humanidad y Dios –por la desobediencia a la prohibición divina– y el deterioro de la relación entre el hombre y la mujer es claro y evidente. Existe una especie de implicación mutua entre la sospecha respecto a Dios y la resistencia a reconocerse como criatura ante el Creador, por un lado, y, por el otro, la dificultad para vivir la diferencia entre los sexos que caracteriza a la Humanidad en su ser relación con. Por tanto, considerada la imagen divina de la que el hombre es impronta, se advierte el peligro posterior que esta situación comporta: el de hacer problemática la manifestación del rostro de Dios a través de aquellos que Él ha creado a su imagen y semejanza. Por eso se entiende también que esta misma relación conyugal necesita inmediatamente de la redención de Cristo cuando reconcilia a la Humanidad con su Creador y la hace confluir en su propia relación filial con el Padre (n.11).

 

- La alianza en el centro de la Revelación.- La misma lógica explica que la historia de Israel y la revelación que Dios hace de sí mismo a su pueblo se expresen en los términos de una Alianza, con alusión a la alianza conyugal. La literatura profética ilustra ampliamente esta realidad tratando la relación entre Dios e Israel como una relación entre el Esposo y la esposa, con sus riesgos, con sus dramas y con su posibilidad de recuperación en la novedad de un amor fiel (n.9). El libro de Oseas enseña a Israel a descifrar su historia como un drama espiritual asimilable a una relación conyugal, puesta a prueba por la infidelidad. Esto hace que la esperanza y la promesa de la salvación se expresen, a su vez, en términos sociales, como muestran los libros de Oseas y de Isaías. El profeta Isaías puede evocar el misterio de la salvación que Dios prepara, asociando los oráculos del Siervo a los oráculos de Sión, uniendo lo masculino a lo femenino con una modalidad que se aclarará sólo en el momento de la manifestación de Jesús, el Mesías, hijo de la Virgen María. El Cantar de los Cantares, que une lo más humano y lo más divino que existe según la interpretación tradicional de la Iglesia, constituye la expresión de la realización de la Alianza donde se reconstruyen las relaciones entre Dios y la Humanidad, y las relaciones que están en la base de la pareja y del amor humano. El documento subraya el hecho de que en este misterio de salvación la realidad divina retoma, asume y supera la experiencia humana. Sin embargo, no se trata de una simple metáfora que podría abandonarse y sustituirse por otra equivalente. Las Sagradas Escrituras invitan a reconocer una afinidad mucho más profunda entre la Alianza divina y la alianza del hombre y de la mujer. Todo sucede como si la Revelación tuviera necesidad, para expresarse y darse a conocer, de pasar a través de esta realidad central de la vida humana.

 

- La nueva creación en Cristo.- El Nuevo Testamento desarrolla y lleva a cumplimiento la revelación del amor nupcial de Dios iniciado en el Antiguo Testamento (n.10). Jesús, el Hijo predilecto del Padre, en su masculinidad asume la palabra de los profetas sobre el amor de Dios Esposo, y hace explícita la dimensión de esta palabra, más allá de cualquier expectativa, a través del don de su vida en la cruz. Especialmente el evangelio de Juan en el relato inicial de las bodas de Caná y en el relato de la Pasión da a conocer las bodas mesiánicas que inauguran y realizan la nueva Alianza. La cuestión de la pareja y de la fidelidad a la relación conyugal vuelve a ser actualidad precisamente gracias a la novedad de esta Alianza. Así, en el capítulo 19 del evangelio de Mateo, Jesús remite a las disposiciones del origen para desaprobar el repudio, indicando así la novedad de un tiempo en el que hombres y mujeres puedan ser, en Cristo y gracias a Él, testigos de una fidelidad más fuerte que el pecado. De esta manera se anuncia la gracia que hace nuevas todas las cosas y, en especial, que renueva el corazón humano que recibe de Cristo la capacidad de amar como Dios mismo ama (n.11).

La relación entre el hombre y la mujer aparece, más que nunca, esencial en el proyecto de Dios y en la vida de la Humanidad. Lejos de quererla abolir o superar, Cristo introduce esta relación en una condición de justicia destinada a florecer en la eternidad. El final del Apocalipsis, donde la Esposa y el Espíritu invocan la llegada del Esposo, demuestra que la eternidad preparada por Dios para aquellos que le aman no se puede separar de la diferencia entre el hombre y la mujer, aunque esta diferencia esté llamada a ser transfigurada, ya que no será entonces vivida en un mundo marcado por la muerte y, por tanto, por la generación. A este propósito, el celibato consagrado no es una descalificación del estado conyugal. También el célibe está implicado en la distinción entre el hombre y la mujer y en su relación, aunque con otra modalidad diferente a la de la vida conyugal. Este mismo celibato debe poder vivirse como figura y promesa del tiempo de la Jerusalén celestial donde esta diferencia fundamental recibirá plenitud de verdad, para gloria de Dios y felicidad de la Humanidad. Lo masculino y lo femenino pertenecen ontológicamente a la creación (n.12).

 

Las palabras del Protoevangelio revelan, además, el singular destino de la mujer que, a pesar de haber precedido al hombre al ceder ante la tentación de la serpiente, luego se convierte, en virtud del plan divino, en la primera aliada de Dios. Eva fue la aliada de la serpiente para arrastrar al hombre al pecado. Dios anuncia que, invirtiendo esta situación, él hará de la mujer la enemiga de la serpiente.

 

- La identidad de la mujer.- Esta relectura de las Sagradas Escrituras en una óptica valorizadora de la relación entre hombre y mujer ofrece una valiosa contribución clarificadora, en especial, sobre la identidad propia de la mujer. Así, el término del Génesis, que la define como ezer del hombre va acompañado de un breve comentario (n.6). Contrariamente a una comprensión rápida y superficial del texto, se trata de reconocer en la mujer que Dios presenta al hombre, en el capítulo segundo del Génesis, mucho más que una simple ayuda destinada a aliviar sus fatigas terrenales. La palabra ezer va mucho más allá en su significado, ya que en la Biblia el mismo término –como recuerda la nota 5 del documento– se refiere a Dios, en su relación con la Humanidad, como ayuda vital. El mismo n.6 remite también a la frase de san Pablo en 1 Co 11, 9: «Ni fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre». A la luz de la Revelación está claro que con esta expresión no se pretende relegar a la mujer a un estado de sumisión o de alienación. Por el contrario, es una invitación a reconocer en el ser femenino, así definido, un reflejo de la esencia misma de Dios que se da a conocer como alguien que es para los hombres, y se revela como un misterio saludable de amor en la diferencia y en la comunión de las tres Personas trinitarias. Por fin, el n.10 remite al capítulo 5 de la Carta a los Efesios para indicar a todo bautizado que reconozca, en el amor vivido dentro de la pareja cristiana, el misterio del amor nupcial de Cristo por la Iglesia.

 

Conclusión

La vida humana encuentra de esta forma verdad y claridad en su doble polaridad del ser masculino y femenino más allá de los desafíos y de las violencias sufridas por los hombres y por las mujeres, más allá de las ambigüedades de algunas corrientes de pensamiento contemporáneo. El hombre y la mujer tienen la vocación de vivir el uno gracias al otro y el uno para el otro. Cada uno de ellos está llamado a reconocer en el otro la dignidad que proviene de su Creador. Se invita a cada uno a encontrarse y acoger al otro en una colaboración que encuentra su cumplimiento en la comunión, es decir, en la participación en la caridad que es la esencia misma de Dios revelado como Santa Trinidad. Esta mirada nueva, renovada por el Espíritu que hace nuevas todas las cosas y que convierte los corazones, es la buena noticia que la fe cristiana trae a los hombres y a las mujeres de hoy que esperan la verdad y la felicidad.

 

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«Una ciencia que haga referencia sólo a las traducciones de los textos latinos y griegos no merece el nombre de ciencia», S.S. Juan Pablo II. 04.2004 Vat.

  

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«Si la historia es maestra de vida, la Iglesia es maestra de vida cristiana». S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.

 

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«Son totalmente indispensables sólidos conocimientos de las lenguas latina y griega, sin los cuales se impide el acceso a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su ayuda es posible también hoy redescubrir la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha venido acumulando en los dos mil años pasados» S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.

 

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“Para que el testimonio cristiano sea eficaz, sobre todo en temas delicados y controvertidos, es importante realizar un esfuerzo especial en explicar con rigor las razones de la posición de la Iglesia, subrayando que no se trata de imponer a los no creyentes una visión que nace de la fe, sino de interpretar y defender los valores enraizados en la misma naturaleza del hombre”. JUAN PABLO II - MAGNO

 

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Saber vivir la vida: no es tan trivial y nos va en ello la felicidad ahora y para siempre.

 

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El hombre no solamente resuelve problemas, sino que además los provoca.

 

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No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos. Lao-Tsê

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«Son totalmente indispensables sólidos conocimientos de las lenguas latina y griega, sin los cuales se impide el acceso a las fuentes de la tradición eclesiástica. Sólo con su ayuda es posible también hoy redescubrir la riqueza de la experiencia de vida y de fe que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, ha venido acumulando en los dos mil años pasados» S.S. Juan Pablo II – 04.2004 Vat.

 

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Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

 

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Toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para cada una de las obras de los "seis días" se dice: "Y vio Dios que era bueno". "Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden" (GS 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad Infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que desprecie al Creador y acarree consecuencias nefastas para los hombres y para su ambiente.

 

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El orden en el universo

1. La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios.

2. El progreso científico y los adelantos técnicos enseñan claramente que en los seres vivos y en las fuerzas de la naturaleza impera un orden maravilloso y que, al mismo tiempo, el hombre posee una intrínseca dignidad, por virtud de la cual puede descubrir ese orden y forjar los instrumentos adecuados para adueñarse de esas mismas fuerzas y ponerlas a su servicio.

3. Pero el progreso científico y los adelantos técnicos lo primero que demuestran es la grandeza infinita de Dios, creador del universo y del propio hombre. Dios hizo de la nada el universo, y en él derramó los tesoros de su sabiduría y de su bondad, por lo cual el salmista alaba a Dios en un pasaje con estas palabras: ¡Oh Yahvé, Señor nuestro, cuán admirable es tu nombre en toda la tierra! Y en otro texto dice: ¡Cuántas son tus obras, oh Señor, cuán sabiamente ordenadas! De igual manera, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dotándole de inteligencia y libertad, y le constituyó señor del universo, como el mismo salmista declara con esta sentencia: Has hecho al hombre poco menor que los ángeles, 1e has coronado de gloria y de honor. Le diste el señorío sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto debajo de sus pies.

 

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¡Laudetur Iesus Christus!

gracias por venir a visitarnos

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

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Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

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Recomendamos vivamente: COMPRENDER LOS EVANGELIOS.

(Necesidad de la investigación histórica).

Vicente BALAGUER, Doctor en Teología y en Filología, profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Imparte habitualmente cursos sobre los Evangelios y sobre la interpretación de la Biblia. Editorial Eunsa – Astrolabio/Religión -

 

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Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde CDV es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas,etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».

«Cuando se sirve a la Iglesia, sólo cabe la alegría».

 


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