Sunday 19 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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¿Por qué les oigo hablar tanto de antisemitismo, por qué se les odia a los judíos?

 

Supongo que se nos oye hablar porque existe lamentablemente. Sus razones son diversas. Hoy en día su origen es una combinación de postulados de la izquierda más rancia y del islamismo, siendo, curiosamente, escaso el peso de la extrema derecha.

2005-IV-06

 

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Hay que recordar también que en las elecciones de 1932, el Partido Nacional socialista nazista tuvo mucho más apoyo en los estados alemanes protestantes que en los católicos.

 

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P: ¿Quién cree que fue el creador de la solución final: Hilter, Himmler o Heydrich?

 

R: Creo que la idea es de Hitler y de mucho antes de dar inicio la guerra. Himmler y Heydrich son sólo instrumentos aunque, desde luego, muy cualificados.

Este diálogo con el Dr.César Vidal tuvo lugar entre las 17.00 y las 18.00 del martes 31 de octubre 2006

 

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En Alemania fue la Renania Westfalia, de clara mayoría católica la pionera de la revolución industrial en ese país, lo que en otro tiempo se conocia como el Ruhr.


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Judios - Lo que no vale decir es que si es legal [el aborto] ya está bien, que es un argumento muy socorrido. Y aquí permítame que le diga la lección de la historia que es tremendamente monumental: la esclavitud era legal, la solución final de los nazis también era legal, el gulag de los soviéticos era legal también. Era legal. ¿Era legal o no era legal? Los espartanos despeñaban a los hijos con apariencia de discapacidad y era legal. Los cartagineses ofrecían sacrificios de niños a los dioses y era legal y moral. Para los romanos, el niño recién nacido no era nada hasta que un ‘pater familias’ lo alzaba y lo introducía en su familia. Hasta ese momento, el niño podía ser asesinado, vendido como esclavo, arrojado a la calle o dado de comer a los leones del circo. Las culturas andinas tenían entre sus rituales legales y morales los sacrificios humanos, a menudo doncellas, mujeres vírgenes y niños”. 

01.2014 

 

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Deseamos recordar. Pero deseamos recordar con una finalidad, a saber, para asegurar que no prevalezca nunca más el mal, como sucedió con millones de víctimas inocentes del nazismo.
¿Cómo pudo sentir el hombre un desprecio tan hondo por el hombre? Porque había llegado hasta el punto de despreciar a Dios. Sólo una ideología sin Dios podía planear y llevar a cabo el exterminio de un pueblo entero.

El honor que el Estado de Israel ha tributado a los "gentiles justos" en el Yad Vashem por haberse comportado heroicamente para salvar a judíos, a veces hasta el punto de dar su vida, es un reconocimiento de que ni siquiera en la hora más oscura se extinguieron todas las luces. Por eso los Salmos, y toda la Biblia, aunque son conscientes de la capacidad humana de hacer el mal, también proclaman que el mal no tendrá la última palabra. Desde el abismo del dolor y el sufrimiento, el corazón del creyente grita:  "Yo confío en ti, Señor, te digo:  "¡Tú eres mi Dios!"" (Sal 31, 14).

3. Judíos y cristianos comparten un inmenso patrimonio espiritual, que deriva de la autorrevelación de Dios. Nuestras enseñanzas religiosas y nuestra experiencia espiritual exigen que venzamos el mal con el bien. Recordamos, pero no con deseo de venganza o como un incentivo al odio. Para nosotros, recordar significa orar por la paz y la justicia, y comprometernos por su causa. Sólo un mundo  en  paz, con justicia para todos, puede  evitar que se repitan los errores y los terribles crímenes del pasado.

 

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Europa - Las viejas ideologías se han revelado ineficaces para dar respuesta a los interrogantes más profundos del hombre. El vacío dejado por las ideologías lo ocupa una razón desencantada, que no se atreve a mirar a la verdad de frente, que se contenta con soluciones parciales a los problemas del hombre, y que en definitiva no resuelven nada. En esta encrucijada histórica, el Evangelio se presenta como la única alternativa posible capaz de crear una cultura nueva que responda a las expectativas más hondas del hombre, y por tanto, devolverle la esperanza.
La Universidad, como lugar privilegiado de creación de cultura y de forja de pensamiento, tiene una importancia estratégica para la Iglesia en esta hora
. La Iglesia, que ha creado la Universidad, tiene mucho que aportar: un modelo de universidad humanista, que busque no sólo informar, sino formar; no sólo tener más, sino ser mejor; que ofrezca no sólo conocimiento, sino también sabiduría. Una universidad libre de la esclavitud de las ideologías o de la economía, capaz de abrirse al hombre concreto y al mundo.

 

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Apertura de los Archivos Vaticanos - Benedicto XVI ha dado indicaciones –informa Zenit– para que los Archivos Vaticanos, incluido el Archivo Secreto, abran toda su documentación sobre el pontificado de Pío XI, que abarca desde 1922 a 1939. Los investigadores acreditados podrán consultar toda la documentación en el Archivo Secreto Vaticano referida a esas fechas, lo que hará que se comprenda mejor la relación de la Iglesia con los dramáticos totalitarismos del siglo XX: comunismo, nazismo y fascismo, así como nuevos documentos de la relación de la Santa Sede con España, antes y durante la Guerra Civil española. MMVI.VII

 

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El Holocausto fue la persecución y el asesinato sistemático burocráticamente organizado de aproximadamente seis millones de judíos por el gobierno nazi y sus colaboradores. “Holocausto” es una palabra de origen griega, que significa “sacrificio por fuego.” Los nazis, que tomaron el poder en Alemania en enero de 1933, creían que los alemanes eran una “raza superior” y que los judíos, considerados “inferiores”, no merecían vivir. Durante el Holocausto, los nazis también tuvieron en su mira a otros grupos por razón de su percibida “inferioridad racial”: los romas (gitanos), los discapacitados, y algunos grupos eslavos (polacos, rusos, y otros). Otros grupos fueron perseguidos por razones políticas, religiosas o de orientación sexual: sacerdotes (inclusive Obispos), monjes y religiosos católicos; familias cristianas protestantes, comunistas, socialistas, testigos de Jehová como otras sectas y homosexuales.

 

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‘La Rosa Blanca’: la resistencia de jóvenes

cristianos que tuvo en jaque al nazismo


Tres de sus miembros están incluidos hoy en el martirologio de la Conferencia Episcopal Alemana

Por Isis Barajas - 2006-03-22

 

Madrid- «El nombre alemán permanecerá para siempre mancillado si la juventud alemana no se alza para vengar y expiar, al mismo tiempo; para aniquilar a sus opresores y construir una nueva Europa espiritual». Éste fue uno de los mensajes que contenía la última octavilla que los jóvenes de la Rosa Blanca enviaron a miles de personas de Múnich y otras ciudades alemanas en febrero de 1943. Con sólidas convicciones cristianas y edades comprendidas entre los 20 y 25 años, estos universitarios tuvieron en vilo a las autoridades del nazismo durante meses.
   La película actualmente en cartel, «Sophie Scholl: los últimos días», narra las detenciones y ejecuciones de tres de los miembros de la Rosa Blanca. El film, aunque bastante fiel a los hechos, no entra a valorar los principios cristianos e intelectuales que motivaron la lucha pacífica contra la maquinaria del nazismo. Sí lo hace, en cambio, a través de cartas, declaraciones de familiares y otros documentos, el libro recién editado de José M. García Pelegrín, «La Rosa Blanca» (LibrosLibres).
   El núcleo de la Rosa Blanca estaba formado por seis estudiantes con espíritu ecuménico: los hermanos Hans y Sophie Scholl (evangélicos), Alex Schmorell (ortodoxo), Christoph Probst y Willi Graf (católicos). Ellos, junto con el profesor universitario católico Kurt Huber, llegaron a escribir hasta seis octavillas que reproducían por miles con el fin de romper «el manto de la indiferencia» de los alemanes y animarles a ejercer una «resistencia pasiva» contra el régimen. En febrero de 1943 fueron descubiertos por la Gestapo y en un tiempo récord se inició un proceso judicial que terminaría con la ejecución, entre otros, de los siete miembros principales y la encarcelación de otros jóvenes afines al grupo.


   Las razones que motivaron la oposición frontal a Hitler no fueron sólo políticas, sino sobre todo morales y religiosas. Es más, en algunas octavillas se ve claramente la base cristiana de sus proclamas, cuando hablan del «trasfondo metafísico de esta guerra (la Segunda Guerra Mundial)» y comparan la boca de Hitler con «las fauces malolientas del infierno». Y añaden: «El hombre es libre pero no tiene defensas contra el mal sin el verdadero Dios». Por ello, exhortan a los cristianos: «¿No te ha dado Dios mismo la fuerza y el ánimo para luchar? Tenemos que atacar el mal allí donde es más poderoso y lo es en el poder de Hitler».
   El valor de la vida. La Rosa Blanca se alzó además contra el exterminio de judíos y la aplicación de la «eutanasia» a enfermos mentales. La hermana de Christoph comenta la postura de éste al respecto: «Me explicó que ninguna persona, independientemente de las circunstancias, está autorizada a tomar decisiones que sólo puede tomar Dios. (...) Toda vida es valiosa. Todos somos hijos de Dios». Casado y con tres hijos, Christoph pidió ser bautizado por un sacerdote católico horas antes de ser ejecutado y en las últimas palabras escritas a su madre decía: «Te agradezco que me hayas dado la vida. Si reflexiono sobre ella, ha sido un único camino hacia Dios». Él y los otros dos miembros católicos del grupo están incluidos actualmente en el «Martirologio alemán del siglo XX» editado por la Conferencia Episcopal Alemana.
   El terrible final que sufrieron estos jóvenes fue aceptado siempre con fortaleza. Así lo refleja Alex Schmorell en la última carta dirigida a sus padres:
«Según la voluntad de Dios, hoy acabaré mi vida terrena para entrar en otra nueva que nunca terminará (...). Me voy siendo consciente de que he servido a mis firmes convicciones y a la verdad. Todo esto me hace esperar con la conciencia tranquila la cercana hora de la muerte». LR.ESP.

 

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Estrofas del himno popular bávaro: «Dios esté contigo, país de los bávaros, tierra alemana, ¡Patria! Sobre tus vastos territorios repose su mano que bendice. Él proteja sus campos y los edificios de la ciudades y conserve los colores de su cielo blanco y azul».

 

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Ni un solo partido de izquierdas de toda Europa condenó oficialmente y de manera transparente, nunca, nunca las matanzas de judíos por parte de los Nazis.

Todo es una absurda y gigantesca cortina de humo para desviar la cuestión ante prácticamente los únicos que denunciaron abiértamente el antisemitismo: los católicos.

Mucho menos los protestantes (pocos lo hicieron a tal época), pues el nazismo triunfa especialmente en la parte protestante de Alemania.

 

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La fascinación del éxito nazi

 

Por César Vidal

 

Los mecanismos psicológicos que proporcionaron a Hitler el poder y, muy especialmente, el respaldo del que tanto él como su régimen disfrutaron constituyen uno de los temas de estudio más sugerentes en la Historia del siglo pasado.  

 

No puede decirse, desde luego, que hayan faltado las interpretaciones. Mientras que los autores marxistas se refirieron a una fase de descomposición del capitalismo, Erich Fromm, por ejemplo, remitió todo a un supuesto miedo a la libertad que aquejaba de manera especial a los alemanes.
Recientemente, un joven historiador llamado Goldhagen incluso ha pretendido explicar el III Reich sobre la base de un antisemitismo generalizado en Alemania y en el resto de la Europa ocupada. Ciertamente, Goldhagen obtuvo un gran éxito de ventas y una considerable repercusión en los medios, pero ningún especialista en el estudio del Holocausto ha suscrito sus tesis que resultan demasiado ramplonas. El III Reich tuvo un contenido antisemita claro y para Hitler, esencial, pero ese no fue el motivo de su éxito entre
la población. En ese sentido, el libro de Gellately constituye uno de los grandes aportes sobre la historia del nazismo y, posiblemente, el estudio más agudo e inteligente sobre el mismo publicado durante los últimos diez años.

¿Cuáles fueron, a juicio del autor, las razones del triunfo de Hitler, un triunfo que la mayoría de sus contemporáneos, sin excluir a los judíos, contempló como algo que apenas duraría unos meses y que concluiría en medio de un fracaso estrepitoso? La primera de ellas, sin ningún género de dudas, fue el rechazo que la república de Weimar había creado entre la inmensa mayoría de la población alemana. A décadas de distancia y sabiendo lo que vino después, es comprensible la idealización de aquel período, pero para los alemanes que lo vivieron se trató de una época intolerablemente convulsa en la que el partido comunista ansiaba desencadenar una revolución similar a la bolchevique, los socialdemócratas se radicalizaban con un rumbo nada democrático y las derechas —con alguna excepción— soñaban con restaurar la monarquía o implantar algún régimen autoritario.

A aquel comportamiento suicida de los partidos se sumaron un desempleo sin precedentes, una inflación galopante, una creciente delincuencia y un sin número de humillaciones procedentes de las potencias extranjeras. Cualquiera de estos factores resultaba preocupante, pero que todos se volcaran sobre una nación que en 1914 competía con Gran Bretaña por el dominio mundial resultaba demasiado explosivo, que bien pudo derivar en una guerra civil. Con todo, la llegada de Hitler al poder podría haber sido breve de no haber logrado rápidos y fulminantes éxitos en todos esos terrenos y ahí radica en buena medida la razón del consenso social recibido. De entrada, cada paso que dio desde la cancillería del Reich —especialmente los que entrañaban graves cuestiones éticas como la eutanasia o las medidas antisemitas— fue pensado meticulosamente y nunca fue seguido por otro en la misma dirección antes de comprobar fehacientemente que la mayoría de la población lo había asimilado y aceptado siquiera tácitamente.
Cuando no tenía lugar ese respaldo —como sucedió con la eutanasia— Hitler daba marcha atrás y esperaba a mejores momentos. Esa prudencia explica que las primeras medidas legales contra los judíos no se produjeran antes de dos años de alcanzar el poder y que la primera explosión masiva de violencia aún esperara algunos años más y sólo después de un atentado contra un diplomático alemán perpetrado por un judío. En el interim, buena parte del pueblo alemán había ido prestando un decidido apoyo a Hitler fundamentalmente porque los éxitos eran innegables: el paro había desaparecido, la economía se había estabilizado con recetas intervencionistas que harían las delicias de las izquierdas actuales de no venir de donde venían y la delincuencia había disminuido de manera espectacular. Este último aspecto —extraordinariamente bien estudiado por el autor— muestra la manera en que la sociedad no tuvo inconveniente en mirar hacia otro lado o incluso apoyar las medidas nazis cuando las víctimas fueron delincuentes habituales que habían escapado de la acción de la justicia a través de los tecnicismos legales democráticos; degenerados sexuales cuya conducta antinatural —por cierto, bastante extendida entre la jerarquía nazi— corroía los cimientos morales y demográficos de una sociedad sana o comunistas que habían tenido un interés especial en dinamitar la república de Weimar.

Se trataba de gente indeseable para la aplastante mayoría de la población y que acabaran en un campo de concentración por medios discutibles no era preocupante. Si acaso una demostración de que la eficacia y el bien común exigen en ocasiones métodos expeditivos. De manera bien reveladora, las diversas policías del Reich no tuvieron problemas para encontrar informadores sino para navegar en medio del océano de denuncias que se les presentaban contra ciudadanos de a pie. El número de alemanes detenidos hubiera sido tan grande que, de hecho, las autoridades nazis tuvieron que arbitrar medidas para saber lo que era cierto y lo que no en aquellas delaciones.
Cuando estalló la guerra, las conquistas exteriores sólo sirvieron para aumentar ese apoyo. El Führer había tenido un éxito tras otro y ahora añadía los bélicos. Incluso con los bombardeos masivos de los aliados y la sensación creciente de que Alemania defendía sus logros, Hitler siguió manteniendo un enorme consenso social que no veía mal ni siquiera el Holocausto —más que aireado por los medios de comunicación nazis— por la sencilla razón de que estaba convencida de la existencia de una conspiración judía mundial contra Alemania. Sin duda, Hitler había recurrido a la represión pero el apoyo social del que gozaba no era menor. Ese apoyo sólo se quebró en los últimos meses de la guerra cuando los aliados hollaron el suelo del Reich y la misma gente que había apoyado el nazismo se convirtió en víctima de un terror que ahora se dirigía contra ella a fin de que resistieran hasta el final.

Únicamente entonces esa misma población se sintió desvinculada de Hitler e incluso comenzó a contemplarlo como a un embustero. Hitler había dejado de ser, a sus ojos, el azote necesario de la peor morralla y el triunfador en incomparables gestas militares para convertirse en el problema de la gente decente. Algo, obviamente, intolerable para ellos.
El libro de Gellately no nos muestra —y eso es lo más sobrecogedor— una nación de asesinos perversos y antisemitas. En realidad, enfoca la cuestión en su justos términos: el fracaso de una democracia a causa de unas izquierdas utópicas y escasamente democráticas y unas derechas carentes de pragmatismo o autoritarias. Ese fracaso se tradujo en inseguridad ciudadana, crisis económica, relajación de las costumbres y desempleo, algo que a la inmensa mayoría de los alemanes —la gran mayoría silenciosa— les causaba espanto y repugnancia. Apoyado en ese malestar, Hitler llegó al poder pero debió a sus éxitos el mantenerse y, sobre todo, el ir dando prudente y astutamente paso tras paso en una política que llevaba a los planes de eutanasia, a la guerra y a las cámaras de gas.

Cuando Alemania se dio cuenta de lo que sucedía, siguió mirando hacia otro lado o lo apoyó porque no veía alternativas o porque creía en el éxito final. Las consecuencias son conocidas de todos.
Robert Gellately, No solo Hitler. La Alemania nazi entre la coacción y el consenso, Barcelona, España-Crítica, 450 páginas. L. E. 2003.

 

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Nacionalsocialismo - Pero conviene preguntarse si la persecución del nazismo con respecto a los judíos no fue facilitada por los prejuicios antijudíos presentes en la mente y en el corazón de algunos cristianos. El sentimiento antijudío ¿hizo a los cristianos menos sensibles, o incluso indiferentes, ante las persecuciones desencadenadas contra los judíos por el nacionalsocialismo, cuando alcanzó el poder?

Cualquier respuesta a esta pregunta debe tener en cuenta que estamos tratando de la historia de actitudes y modos de pensar de gente sujeta a múltiples influjos. Más aún, muchos desconocían totalmente la «solución final» que estaba a punto de aplicarse contra todo un pueblo; otros tuvieron miedo por sí mismos y por sus seres queridos; algunos se aprovecharon de la situación; otros, por último, actuaron por envidia. La respuesta se ha de dar caso por caso y, para hacerlo, es necesario conocer cuáles fueron las motivaciones precisas de las personas en su situación específica.

Al inicio, los jefes del Tercer Reich querían expulsar a los judíos. Por desgracia, los Gobiernos de varios países occidentales de tradición cristiana, incluidos algunos de América del norte y del sur, dudaron mucho en abrir sus fronteras a los judíos perseguidos. Aunque no podían prever cuán lejos iban a llegar los líderes nazis en sus intenciones criminales, las autoridades de esas naciones conocían bien las dificultades y los peligros a que se hallaban expuestos los judíos que vivían en los territorios del Tercer Reich. En esas circunstancias, el cierre de las fronteras a la inmigración judía, sea que se debiera a la hostilidad o sospecha antijudía, o a cobardía y falta de clarividencia política, o a egoísmo nacional, constituye un grave peso de conciencia para dichas autoridades.

En los territorios donde el nazismo practicó la deportación de masas, la brutalidad que acompañó esos movimientos forzados de gente inerme debería haber llevado a sospechar lo peor. ¿Ofrecieron los cristianos toda asistencia posible a los perseguidos, y en particular a los judíos?


Muchos lo hicieron, pero otros no. No se debe olvidar a los que ayudaron a salvar al mayor número de judíos que les fue posible, hasta el punto de poner en peligro su vida. Durante la guerra, y también después, comunidades y personalidades judías expresaron su gratitud por lo que habían hecho en favor de ellos, incluso por lo que había hecho el Papa Pío XII, personalmente o a través de sus representantes, para salvar la vida a cientos de miles de judíos[16]. Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos fueron condecorados por el Estado de Israel.

A pesar de ello, como ha reconocido el Papa Juan Pablo II, al lado de esos valerosos hombres y mujeres, la resistencia espiritual y la acción concreta de otros cristianos no fueron las que se podía esperar de unos discípulos de Cristo. No podemos saber cuántos cristianos en países ocupados o gobernados por potencias nazis o por sus aliados constataron con horror la desaparición de sus vecinos judíos, pero no tuvieron la fuerza suficiente para elevar su voz de protesta. Para los cristianos este grave peso de conciencia de sus hermanos y hermanas durante la segunda guerra mundial debe ser una llamada al arrepentimiento[17].

Deploramos profundamente los errores y las culpas de esos hijos e hijas de la Iglesia. Hacemos nuestro lo que dijo el concilio Vaticano II en la declaración Nostra aetate, que afirma inequívocamente: «La Iglesia (...) recordando el patrimonio común con los judíos e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona»[18].

Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con vosotros, la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo»[19]. La Iglesia católica repudia, por consiguiente, toda persecución, en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un grupo humano. Condena del modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas que los han hecho posibles. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos entristece profundamente la violencia que ha afectado a grupos enteros de pueblos y naciones. Recordamos, en particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América, en África y en los Balcanes. No olvidamos los millones de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión, «demasiados hombres son todavía víctimas de sus hermanos»[20].

 

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…como que los nazis “rechazaron muchos elementos del cristianismo pero conservaron otros”. Difícil papeleta la de delimitar las influencias. Imaginemos el hijo de un hombre de fuertes convicciones políticas que es asesinado por su hijo que ha abrazado la postura ideológica contraria. Es lícito considerar que el acto del hijo es culpa del padre porque ha tomado algunos elementos que le enseñó éste, como por ejemplo acercarse al lugar del crimen andando (se lo enseñó su padre) hablando con su misma lengua, y usando pantalones como él en lugar de vestir un Sari, por ejemplo. ¿Convierte al cristianismo culpable de los crímenes de Hitler el hecho que Hitler hablase bien de la persona de Jesús?

Una vez más nos encontramos frente al uso de la Historia como una arma para la guerra, en este caso, para la guerra contra el cristianismo una vez más. En todo caso, puede haber dolor pero no sorpresa.

 

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¿Judíos que combatieron por Hitler?

 

Por César Vidal

El antisemitismo no es una ideología reciente. Existen rastros de ella en el Antiguo Egipto y tuvo una presencia considerable en el mundo clásico. Pero no admite discusión que su peor forma fue la derivada del nacionalsocialismo alemán, que costó la vida a seis millones de judíos. Sin embargo, desafiando toda lógica, hubo no menos de ciento cincuenta mil judíos que sirvieron bajo la bandera de la cruz gamada.

 

 

El siglo XIX marcó un verdadero hito para los judíos alemanes. Tras recibir la emancipación social y política que derivaba del liberalismo, se produjo en el seno de las juderías germánicas un movimiento de asimilación que contaba con escasos antecedentes históricos. Entre 1800 y 1900 no fueron menos de setenta mil judíos los que se convirtieron al cristianismo en Alemania y Austro-Hungría y todo ello sin incluir a los que se limitaron a abandonar el judaísmo sin abrazar ninguna otra creencia religiosa. En torno a 1870, la fecha de creación del II Reich, incluso los judíos que seguían profesando el judaísmo eran profundamente nacionalistas. En 1890, el filólogo Hermann Steinthal llegaba a afirmar que “hoy podemos ser buenos judíos sólo si somos buenos alemanes y buenos alemanes sólo si somos buenos judíos”.

Sin embargo, con el cambio de siglo el número de matrimonios mixtos y de asimilados crecería considerablemente. El estallido de la Primera Guerra Mundial provocó también una corriente de entusiasmo patriótico entre los judíos y no deja de ser significativo que, junto con los austriacos de habla alemana, fueran la minoría que más lamentó la desaparición del imperio austro-húngaro de los Habsburgo o que constituyeran, en el caso del Reich alemán, un porcentaje muy elevado de los heridos en combate y condecorados por acción de guerra. Semejante resultado era lógico en la medida en que, como escribió un poeta judío en 1914, “seamos de alta o baja cuna, seamos judíos o cristianos, sólo existe un pueblo en nuestra tierra y juntos combatimos por el kaiser y el Reich”.

Por supuesto, la propaganda nacionalista posterior –y no sólo la hitleriana– desarrollaría la tesis de la puñalada por la espalda que había acabado con el II Reich y atribuiría tan ficticia situación a los judíos, pero la realidad histórica es que 30.000 judíos alemanes fueron condecorados durante la guerra y que 19.000 recibieron ascensos. El avance de un movimiento nacionalista como el nazismo provocó sentimientos muy encontrados entre la población judía de Alemania y Austria. La inmensa mayoría consideró que se trataba de un fenómeno pasajero frente al que no había que preocuparse en exceso porque la población germánica –la más culta del globo– acabaría repudiándolo. Un cierto porcentaje –especialmente judíos de ascendencia liberal o izquierdista– lo consideró activamente como un peligro real, pero tampoco faltaron los judíos, especialmente de ascendencia mezclada, que lo abrazaron con entusiasmo.

Hans Sander, por ejemplo, era en 1935 Sturmführer de las SA, así como miembro del partido nazi y receptor de la Medalla de oro del partido. Nazi entusiasta, Sander acabó recibiendo del propio Hitler un Deutschblüutigkeitserklärung –certificado de sangre alemana limpia– que le permitió no sólo ser considerado ario, sino servir incluso en el Ejército alemán como oficial. El certificado, expedido el 30 de julio de 1935 con la firma de Hitler, señalaba: “Apruebo su petición, en lo que a usted respecta personalmente, en consideración a su larga pertenencia al partido y su servicio digno de mención a nuestro movimiento. No existe razón por la que no debería usted permanecer en el partido o en las SA y retener su puesto de mando”. En realidad, esas razones existían y no eran otras que las propias leyes nazis, que privaban de la ciudadanía alemana no sólo a los judíos al cien por cien sino también a los que lo eran en parte e incluso a aquellos que siendo totalmente arios se hubieran convertido al judaísmo, lo que, dicho sea de paso, no dejaba de ser curioso para un antisemitismo que se pretendía fundamentalmente racial.

El caso de Sander no fue, desde luego, excepcional y, de hecho, no menos de 150.000 judíos sirvieron a las órdenes de Hitler. Por añadidura, en un porcentaje muy elevado obedeció a su propio deseo y obligó a un expediente previo que les permitiera combatir. Por ejemplo, el 30 de octubre de 1941, Hitler firmó un certificado de sangre alemana limpia a favor del teniente Ernst Prager, medio-judío, a fin de que pudiera incorporarse al servicio activo con un “status igual al de las personas de sangre alemana con respecto a las leyes raciales alemanas con todos sus derechos y obligaciones consiguientes”. Estos judíos, de acuerdo con las leyes nazis, llegaron a alcanzar incluso puestos de mando de relevancia. Por ejemplo, Ernst Bloch y Felix Bürkner fueron coroneles; Helmut Wilberg, general de la Luftwaffe; Paul Ascher, primer oficial de Estado mayor del almirante Lütjen en el famoso acorazado Bismarck; y los hermanos Johannes y Karl Zukertort, generales.

Por supuesto, el número de oficiales y suboficiales fue mucho mayor e incluyó al futuro canciller alemán Helmut Schmidt, que era un cuarto de judío y que llegó al grado de teniente de primera clase. La situación reviste un carácter aún más llamativo si se tiene en cuenta que en virtud de una orden de 8 de abril de 1940 se eximió de servir en el Ejército a todos los medio-judíos y que muchos de ellos se entregaron a un largo proceso para conseguir su readmisión en las unidades de combate. No sólo lo consiguieron, sino que obtuvieron numerosas condecoraciones militares por su valentía en el campo de batalla. Los ejemplos pueden, desde luego, contarse por docenas e incluyen al teniente judío Paul-Ludwig Hirschfeld condecorado con la medalla por heridas de guerra y la cruz de servicio militar con espadas, al capitán judío Edgar Jacoby, que recibió tres condecoraciones incluida la medalla por heridas de guerra; al medio judío Ernst Bloch, con cinco medallas incluida la cruz de hierro de primera clase; al Fedlwebel medio judío Wilhelm von Helmolt, con cuatro condecoraciones incluida la de heridas de guerra; al general medio judío Werner Maltzahn, con cuatro medallas incluida la cruz de servicios de guerra de segunda clase y un largo etcétera.

No pocos de ellos recibieron por añadidura certificados de sangre alemana limpia firmados por el propio Hitler. De hecho, la integración de estos judíos en el Ejército llegó a extremos tragicómicos. Por ejemplo, el medio judío Werner Goldberg, que era Gefreiter, fue presentado en una fotografía de propaganda del III Reich como “El soldado alemán ideal”. Tampoco faltaron los casos de judíos a los que se otorgó la plena ciudadanía aria por su cercanía con algún soldado alemán. Seguramente, el caso más conocido –aunque no el único– fue el del general y defensor de Berlín Gotthard Heinrici, que estaba casado con una medio judía. Legalmente, debería haberse divorciado pero logró para su esposa e hijos un certificado de sangre alemana limpia firmado por Hitler. ¿Cómo pudieron servir bajo el régimen antisemita de Hitler tantos judíos? Las razones son diversas.

Por supuesto, hubo casos en que la parte de sangre judía era aborrecida y se deseaba, sobre todo, aferrarse a la ascendencia aria. Sin embargo, éstos fueron, al parecer, excepcionales. En la mayoría de los casos, obedeció ciertamente a la convicción de ser alemanes por encima de todo. Por supuesto, el nazismo era antisemita, pero las deportaciones de judíos no comenzaron antes del inicio de la guerra y muchos creían –o querían creer– que el antisemitismo nazi se acabaría diluyendo como otros movimientos similares en el pasado. Mientras esperaban a que esto sucediera, la conducta normal era la de combatir a favor de la patria común. Semejante comportamiento puede parecernos disparatado ahora, pero tenía una enorme coherencia en la época. Baste pensar que cuando Hitler invadió la URSS en muchas aldeas y ciudades las poblaciones judías salieron a recibir a los alemanes como libertadores enarbolando la bandera del kaiser. Stalin les había ocultado lo que sucedía en el III Reich y aquellos judíos seguían identificando Alemania con la tierra de la emancipación que, bajo Guillermo II, tanto bien les había hecho. Según se desprende de los sorprendidos informes de los genocidas nazis, aquel comportamiento facilitó considerablemente la labor de exterminio en la URSS.

La siguiente pregunta que cabe formularse es cómo pudieron los judíos que lucharon por Hitler pasar por alto el Holocausto. Una vez más las respuestas son varias. En algunos casos, consideraron que ese conflicto no les concernía; en otros, durante algún tiempo no se supo nada, pero sobre todo a partir de 1942 su conocimiento era prácticamente general y más teniendo en cuenta que algunos de aquellos soldados fueron deportados como fue el caso del Obershütze medio-judío Rolf Schenk detenido en Buchenwald o el soldado medio-judío Werner Eisner que a pesar de ostentar la medalla por heridas de guerra fue enviado a Auchswitz. En su mayoría, los soldados judíos de Hitler optaron por el silencio convencidos de que las protestas sólo servirían para ser enviados también a un campo de exterminio. No obstante, también se produjeron excepciones. Por ejemplo, el medio-judío Ernst Prager que fue herido siete veces mientras combatía en el frente del Este mantuvo una entrevista con Eichmann para interceder por sus familiares. Dotado de un certificado de sangre alemana limpia y apoyado por algunos oficiales arios, Prager logró salvar de la muerte a su padre, que no fue deportado, y a su tío Stephan –un convencido converso al cristianismo además de entusiasta patriota alemán– que pasó la guerra en Theresienstadt y no en un campo de exterminio. Sin embargo, la suerte de la mayoría de sus familiares no fue tan afortunada.

El nazismo no estaba dispuesto, salvo de manera realmente excepcional, a dejar con vida a un grupo humano al que causó millones de muertos. Ésa era la amarga realidad que buen número de judíos –y de gentiles– no llegó a percibir durante años con resultados especialmente trágicos.

 

L.D. 2003

 

 

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Judería: Conjunto de judíos referidos a un espacio. (Por ejemplo, la judería toledana).

 

Judaísmo: Religión, cultura y civilización de los judíos.

Judeidad: Conjunto ecuménico de los judíos.

Judaicidad: Características distintivas de los judíos según épocas u otras circunstancias.

 

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«Hermanos judíos»

 

«A los ojos de los paganos hitlerianos no sólo los judíos, también los cristianos son hijos de Israel. Y para cualquiera que comprenda claramente las cosas es obvio que el antisemitismo fue un pretexto y que en realidad se trata de un anticristianismo. Se ha escupido a la estrella de David para atacar la cruz».

 

En su primera misa Benedicto XVI se dirigió a los judíos con estas palabras: «hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces en las irrevocables promesas de Dios». Algunos han señalado el hecho, azaroso o providencial según quiera pensar cada uno, de que el inicio solemne del pontificado coincidió con el inicio de la Pascua judía. Por ese motivo no pudo estar presente, como le hubiera gustado, el rabino de Roma. Pero han sido muchos, procedentes del judaísmo, los que han saludado con esperanza al nuevo Pontífice. Esas mismas voces han dejado en agua de borrajas los intentos de enturbiar la imagen de Benedicto XVI apelando a un supuesto «pasado nazi». El judío es el pueblo de la memoria y difícilmente se deja llevar a engaño por los advenedizos de la historia.
   En atención a ese hecho, he recordado un escrito de Joseph Roth, judío exiliado de la Alemania nazi, quien en 1937 escribió: «A los ojos de los paganos hitlerianos no sólo los judíos, también los cristianos son hijos de Israel. Y para cualquiera que comprenda claramente las cosas es obvio que el antisemitismo fue un pretexto y que en realidad se trata de un anticristianismo. Se ha escupido a la estrella de David para atacar la cruz». Alfred Rosemberg, el ideólogo de pacotilla del régimen nazi, señaló el parentesco entre la estrella de David y la cruz de Cristo. No se trata de minimizar el holocausto de los judíos, pero sí de penetrar en su sentido sobre el que Roth apunta: «quizás por primera vez en la historia europea los judíos hayan arriesgado la piel por el cristianismo, y tal vez sea ésa la intención de la providencia, cuyo sentido y designio desconocemos». Estos apuntes están tomados de un libro recientemente publicado en castellano y que se titula «La filial del infierno en la tierra».
   El Catecismo no deja de señalar, comentando la llegada de los magos en busca del «rey de los judíos», que «los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento». Cristo no abolió las antiguas promesas, sino que las llevó a cumplimiento. Por eso, como ha dicho el nuevo Papa: judío, hermano. 2005-05-04
David Amado

 

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eugenismo y al antisemitismo?

 

Entrevista a Leonardo Macrobio

ROMA, lunes, 31 enero 2005 (
ZENIT.org).- Si bien una ideología compleja subyace en el antisemitismo nazista --que llegó al horror de las cámaras de gas--, gran parte de los historiadores advierte de las responsabilidad de las teorías eugenésicas, ampliamente difundidas en los años ’30 y ’40.

En el libro «El estado racial – Alemania 1933-1945» (Ed. Rizzoli, Milán, 1992) Michael Burleigh y Wolfgang Wippermann explican que Adolf Hitler fusionó las teorías del darwinismo social, de la higiene racial y del antisemitismo dando vida a un movimiento político que después se transformó en una feroz dictadura.

Para profundizar en los vínculos entre eugenismo y antisemitismo Zenit ha entrevistado a Leonardo Macrobio --profesor en el Máster de Ciencias Ambientales del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma)--, quien acaba de concluir un primer estudio sobre las teorías eugenésicas y sobre cómo la Iglesia, y en particular Pío XII, se opusieron a ellas.

--¿Cuáles son los orígenes conceptuales y organizativos de las teorías raciales y del antisemitismo que se difundieron en Europa en los años ‘30 y ‘40?

--Leonardo Macrobio: Para comprender las raíces conceptuales del racismo como teoría racial hay que remontarse a la segunda mitad del siglo XIX en Inglaterra. En esta nación, de hecho, en una treintena de años, de 1853 a 1883, fueron publicados algunos ensayos que pondrán las bases teóricas al nacimiento de las leyes raciales. Me refiero a trabajos cuyos títulos y autores no requieren especiales comentarios: Joseph Arthur Gobineau en 1853-55 escribe «Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas»; Charles Darwin en 1859 publica «El origen de la especie», de donde emerge la teoría de la supervivencia del más fuerte.

En 1862 Herbert Spencer aplica la teoría darwinista a la sociedad en el ensayo «Primeros principios», dando origen al movimiento del darwinismo social. Francis Galton, en 1869, retoma los trabajos de Darwin, Spencer y Gobineau en «La herencia del genio». Sólo en 1871, en la guía de los estudios recién citados, Darwin decidirá aplicar su teoría evolucionista al hombre en el volumen «The descent of man».

Finalmente, en 1883, Galton publicará «Inquiries into Human Faculty and its Development», en la que, por primera vez, aparece el término «eugenics», eugenesia. Todos estos trabajos introducen el concepto según el cual la vida incumbe a los más fuertes, mientras que los más débiles sucumben.

La definición de «fuerte» o «débil» es vaga y por su naturaleza requiere una puntualización. El problema, al que las leyes raciales darán su trágica solución, es el siguiente: ¿quién puede decidir quién es fuerte (y por lo tanto merece vivir) y quién es débil (y por lo tanto está, por naturaleza, destinado a sucumbir)?

El clima de finales del XIX en que estas teorías se desarrollaron halló una respuesta propia en la ciencia médica: los cánones de valía fueron indicados por las ciencias fisiognómicas y, más en general, antropométricas. Se buscaba, en otras palabras, justificar científicamente un presupuesto ideológico: o sea, que hubiera razas inferiores y superiores.

Según estas teorías los judíos eran considerados una raza inferior. Y aún cuando las teorías eugenésicas consideraban inferiores a una amplia categoría de personas, se desarrolló en todo el mundo una virulenta forma de antisemitismo.

--¿Cuál fue la reacción de las élites intelectuales y de los gobiernos a estas teorías?

--Leonardo Macrobio: Las élites culturales abrazaron de muy buena gana las teorías racistas, entre ellas, el antisemitismo. Esto, a decir verdad, por un tipo de legado de finales del XVIII por parte de las teorías de Thomas Malthus.

Es evidente que, si como sostenía Malthus, el planeta está superpoblado y ya no habrá recursos precisamente a causa de la «bomba demográfica», el eugenismo proporcionaba una óptima vía de salida indicando parámetros «objetivos» para eliminar grupos de personas considerados superfluos.

Los gobiernos, por su parte, activaron muchos recursos para perseguir una higiene racial. Severas y selectivas fueron las leyes de inmigración de América de inicio del XX. Pero también en Europa, junto a los totalitarismos, surgieron pronto leyes de carácter eugenésico y, por lo tanto, raciales.

Países como Suecia, Noruega, Finlandia, Suiza, Francia, Austria y España se dotaron enseguida, ya desde las primeras décadas del XIX, de legislaciones que, en nombre de la salvaguarda de la raza, obligaban a la esterilización de algunas categorías de ciudadanos, como los retrasados mentales, los asociales, los discapacitados.

--¿Cuáles fueron en cambio las reacciones de la Iglesia católica?

--Leonardo Macrobio: La Iglesia, ya desde el nacimiento de las teorías de Malthus, de Darwin, Gobineau, Spencer y Galton, se encontró en fuerte desacuerdo respecto a estas posturas. El punto esencial es el choque de dos concepciones distintas del hombre. La Iglesia hace referencia al hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, y rechaza toda forma de reduccionismo biológico del ser humano. La visión católica del hombre es que cada hombre, cualquiera que sea su estado, tiene una enorme dignidad, tanto que su presencia es determinante en la historia.

--Usted ha dirigido algunas investigaciones sobre la enseñanza bioética de Pío XII. ¿Puede decirnos qué pensaba el Papa Pío XII de las teorías eugenésicas y del antisemitismo?

--Leonardo Macrobio: El Pontífice tomó claramente posición contra el eugenismo y el antisemitismo. El 2 de diciembre de 1940 el Santo Oficio promulgaba un decreto, aprobado y confirmado por Pío XII, en el que respondía a la siguiente pregunta: «¿Puede ser que sea lícito, por encargo de la autoridad pública, matar directamente a aquellos que, aunque no hayan cometido ningún crimen merecedor de muerte, sin embargo por sus defectos físicos o psíquicos no pueden ser útiles a la Nación y pueden ser para ella un peso y se estima que puedan ser impedimento para su vigor y su fuerza?» (obsérvese aquí el eco del lenguaje de las leyes raciales).

La respuesta, como de costumbre para estos documentos, era muy sintética: «No, por ser contrario a la ley natural y al precepto divino». Vale la pena notar la sucesión de las dos motivaciones: el eugenismo es contrario
in primis a la ley natural. O sea, es prerrogativa de todos los hombres, creyentes y no creyentes, reconocer la profunda irracionalidad de esta postura.

Un segundo documento es el siguiente: «Esta Sede Apostólica, fiel a los principios eternos que irradian de la ley escrita por Dios en el corazón de cada hombre (...) no ha dejado nunca, ni en ningún momento por más crítico que fuera, duda alguna de que sus máximas y su acción externa no admitían, ni pueden admitir, ninguna de esas concepciones, las cuales en la historia de la civilización serán citadas entre las más deplorables y deshonrosas tergiversaciones del pensamiento y del sentimiento humano».

Esta frase fue pronunciada por Pío XII el 29 de noviembre de 1945, poquísimo tiempo después del final de la guerra. ¡Estas palabras fueron dirigidas a un grupo de delegados judíos prófugos procedentes de los campos de concentración en Alemania!

En esta misma línea, el 3 de agosto de 1946 (a poco menos de dos meses del final del juicio de Nuremberg, que terminará el 1 de octubre de 1946), Pío XII, hablando a los delegados del Supremo Comité Árabe de Palestina, afirma «(...) así como condenamos, en otras ocasiones, en el pasado, las persecuciones de un fanático antisemitismo desencadenadas contra el pueblo judío. Esta actitud de perfecta imparcialidad, Nosotros la hemos observado siempre en las circunstancias más variadas, y Nosotros pretendemos conformarnos a ella también en el futuro». Una vez más una declaración explícita en la que se alude a más intervenciones contra el antisemitismo, y una vez más no se hallan desmentidos a esta afirmación por parte de los interesados.

--¿Por qué la Iglesia se opuso y sigue oponiéndose a las teorías eugenésicas?

--Leonardo Macrobio: Las teorías eugenésicas introducen una discriminación arbitraria en la definición de hombre. Para la Iglesia católica no existe un «hombre más» ni un «hombre menos», porque la humanidad no está definida a partir de características exteriores (salud, belleza, aspecto...) ni tampoco interiores: desde el mayor pecador al mayor santo todos somos hijos en Cristo.

Obsérvese que «ser hijos en el Hijo» elimina de raíz dos posibles derivas igualmente peligrosas. Por un lado, en efecto, no se puede ser «más hijo» o «menos hijo»: la filiación pertenece a la naturaleza del hombre, a su ser profundo, y no es cuantificable. Por otro lado se evita caer en la homologación más total: la relación padre-hijo es única, aunque los hijos sean muchos. Es más, es precisamente tarea de un padre actuar de forma que cada hijo «sea lo que es», exprese al máximo sus potencialidades.

La Iglesia, por lo tanto, en la medida en que es fiel a este dato, no puede sino oponerse a toda teoría que penalice a un hombre en favor de otro. Y esto independientemente del método empleado. Ya se trate de racismo verbal, ya se intervenga en la sexualidad de las personas, ya --como ocurrió en los totalitarismos nazifascistas y comunistas— se llegue a eliminar físicamente al hombre o se intente «programar» un hombre nuevo seleccionando algunas características, el concepto no cambia: donde esté amenazada la dignidad filial de un hombre la Iglesia tiene el deber moral de oponerse firmemente. ZS05013121

 

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Es particularmente preocupante observar el crecimiento de un clima cultural que, favorecido por informaciones no siempre científica y/o deontológicamente correctas, lleva a la práctica del diagnóstico prenatal y la preimplantación hacia una dirección que ya no es la de la perspectiva terapéutica, sino más bien a la de la discriminación de aquellos que no resulten sanos o perfectos incluso en las fases primarias de sus vidas. Una discriminación que se transforma cada vez más en un atentado a sus propias vidas, que nunca verán la luz. A este respecto, los Miembros de la Academia, se unen al Santo Padre en denunciar el « surgir y difundirse de un nuevo eugenismo selectivo, que provoca la supresión de embriones y de fetos afectados de cualquier enfermedad » , valiéndose de pretendidas diferencias antropológicas y éticas entre las varias fases del desarrollo de la vida prenatal.

Las legislaciones vigentes sobre las biotecnologías y la nueva genética dejan entrever esperanzas pero también temores. La fundamentación antropológica y la sensibilidad ética en la formación de los juristas y en la redacción de las leyes, deberían asegurar un justo orden social, el respeto a la persona, a la familia y a los más débiles. Podremos alcanzar este nuevo orden social realizando acciones positivas y generosas que restablezcan en la sociedad la relación entre vida, libertad y verdad.

La Sagrada Escritura nos dice que la persona es configurada por medio de una íntima correlación entre la criatura humana y su Creador: « Él, que tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de Hombre » (Job 12, 10). Son las manos del mismo Creador que hacen la persona a su imagen y semejanza (cf. Gen. 1, 26), dándole la capacidad de generar, a su vez, vida humana (procreación) como signo de su obra creadora. Dios llama al ser humano desde el seno materno (cf. Sal. 22,11) para que por medio de esta llamada, la persona pueda actuar libre y responsablemente el Plan divino de Redención y Salvación. 1998

 

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La experimentación biomédica que no tenga como objetivo el bien del sujeto considerado implica aspectos selectivos y discriminatorios inaceptables; en efecto, toda actividad terapéutica o de investigación debe tener como finalidad el ser en la que se realiza. Los beneficios hipotéticos para la humanidad y para el progreso de la investigación no pueden de ningún modo constituir un criterio decisivo de bondad moral. Esto contribuye indudablemente a un debilitamiento de las convicciones morales que conciernen al ser humano, favoreciendo la aceptación de la práctica de descartar a las personas afectadas por discapacidades congénitas, a las que dan lugar el diagnóstico pre-implantador y un desarrollo abusivo del examen prenatal. Numerosos países ya están llevando a cabo una selección de los niños por nacer, tácitamente incentivada, que constituye un verdadero eugenismo y lleva a una especie de anestesia de las conciencias, hiriendo gravemente, por lo demás, a las personas afectadas por discapacidades congénitas y a las que las acogen. Esta actitud más o menos generalizada, como se comienza a percibir, es también causa de la aparición de un cierto número de patologías conyugales y familiares. Por otra parte, esos comportamientos no pueden por menos de disuadir la realización de los esfuerzos necesarios para descubrir nuevas terapias, acoger e integrar a las personas discapacitadas, acentuando en estas últimas un fuerte sentimiento de anormalidad y exclusión. Doy gracias por los esfuerzos de los padres que han aceptado acoger un niño discapacitado, mostrando con este gesto su aprecio a la vida. Es de desear que los sostenga y ayude continuamente la sociedad, que tiene el deber de ser solidaria. El desarrollo del examen prenatal con finalidad selectiva y el diagnóstico pre-implantador, así como la utilización, la producción y la destrucción de embriones humanos con el mero fin de experimentación y obtención de células madre embrionarias, constituyen graves atentados contra el respeto absoluto debido a toda vida y a la grandeza de todo ser humano, que no depende de su aspecto exterior o de los vínculos que tiene con los demás miembros de la sociedad. Doy las gracias al Consejo permanente de la Conferencia episcopal de Francia por haber puesto en guardia a la opinión pública y haber contribuido a formar las conciencias, publicando en 1998 el documento "Desarrollo de la genética y dignidad humana". MMI

 

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Desde este punto de vista, es obligatorio denunciar la aparición y la difusión de un nuevo eugenismo selectivo, que suprime embriones y fetos afectados por alguna enfermedad. Para esa selección, a veces se recurre a teorías infundadas sobre la diferencia antropológica y ética de los diversos grados de desarrollo de la vida prenatal: la así llamada «gradualidad de la humanización del feto». Otras veces se recurre a una concepción equivocada de la calidad de la vida, que, según se dice, debería prevalecer sobre su carácter sagrado. A este propósito, es preciso exigir que el sujeto de los derechos proclamados por las convenciones y declaraciones internacionales sobre la tutela del genoma humano y, en general, sobre el derecho a la vida, sea todo ser humano ya desde el momento de la fecundación, sin discriminaciones, ya sea que dichas discriminaciones se relacionen con imperfecciones genéticas o con defectos físicos, ya sea que se refieran a los diversos períodos de desarrollo del ser humano. Por eso, es urgente reforzar los bastiones jurídicos frente a las inmensas posibilidades de diagnóstico que plantea el proyecto de secuenciación del genoma humano. 24. FEB. 1998 – Vat.

 

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Leyendas negras y leyendas rosas del Judaismo

 

por Ángel Expósito Correa

 

Una visión del autor sobre la verosimilitud de Los Protocolos de los Sabios de Sión; el nuevo antisemitismo progresista: el caso de los grupos anti-sectas franceses y su anti-americanismo patológico; la auténtica interpretación de la libertad religiosa; los judíos, ¿víctimas, verdugos o sencillamente hombres sin el verdadero Dios?; la alianza islamo-social-comuno-nacionalista en el seno de Naciones Unidas: la sentencia de la Corte Internacional de La Haya contra el muro de contención israelí y sus contradicciones; las relaciones entre misticismo judío, antinomismo y moral en una exposición en el Museo Judío de Viena, y las falsificaciones del antisemitismo

 

Siguen siendo fuente de polémica los Protocolos de los Sabios de Sión, el más conocido de los falsos antisemitas del siglo XX expuesto en el mes de enero de 2004 en la nueva gran Biblioteca de Alejandría de Egipto. Tras haber presentado a los visitantes de una exposición sobre los textos sagrados judíos una edición de los Protocolos como fuente de informaciones auténticas e importantes sobre el judaísmo, la dirección de la Biblioteca ha cedido ante las críticas de la prensa de varios países, y ha quitado de la exposición el volumen contestado. Ahora la asociación de los Hermanos Musulmanes, la mayor organización fundamentalista mundial que tiene su sede central en Egipto, pide la dimisión del director de la Biblioteca, acusado de servilismo hacia Occidente e Israel. Quinientos intelectuales lo defienden en un llamamiento, donde no podían faltar las referencias a los «legítimos derechos árabes”.

Los Protocolos son el supuesto «documento» de un plan judío de control del mundo, redactado según las hipótesis más recientes y fiables en Rusia entre 1902 y 1903 por ambientes antisemitas rusos, de donde pasa a la policía zarista, que sin embargo parece no haber sido el cliente, en base a un texto anti-bonapartista de 1864 del abogado parisino Maurice Joly (1829-1879), cambiando el sujeto del complot, de la familia Bonaparte a los judíos, y de la novela Biarritz (1868) del periodista alemán antisemita Hermann Goedsche (1815-1878). Son publicados por primera vez, en ruso, en 1903 en versión reducida en el periódico Znamia, luego en 1905 como opúsculo en San Petersburgo. De aquí pasan más o menos al mundo entero. Que se trate de un falso es algo obvio desde hace decenios para quien haya estudiado la cuestión.

O, al menos, es obvio en Occidente. Escribe el profesor Menahem Milson en un estudio de 2003 que “cuando los Protocolos son mencionados en los medios de comunicación árabes, siempre son presentados como absolutamente auténticos”. En 2002 la serie de televisión egipcia “Caballeros sin caballo” ha puesto en escena los Protocolos en el mes del Ramadán, con audiencias fenomenales en todo el mundo árabe. Tras las protestas occidentales, para el Ramadán de 2003 varios canales de televisión árabes han puesto otra serie – esta vez siria, La Diáspora – que en esencia tiene las mismas referencias e incluso aumenta la dosis, aun declarando en una advertencia antes de cada capítulo de no estar basado en los Protocolos.

El antisionismo (1) árabe a menudo utiliza confusamente argumentos sacados del antijudaísmo y del antisemitismo occidentales, Protocolos incluidos, sin olvidar la existencia de un antijudaísmo religioso específicamente islámico. La mixtura es explosiva. Puede explotar fácilmente, merced también a la tolerancia de aquello que en Occidente se manifiesta, como ha declarado el filósofo Jürgen Habermas en una entrevista a Le Monde, como “antisemitismo de izquierdas bajo forma de amalgama de temas anticapitalistas y antisionistas”, unido a un “anti-americanismo que sirve a los incorregibles como tapadera a su antisemitismo”. Un auténtico complejo antisionista empuja a ésta izquierda a tolerar con benevolencia en los “amigos” árabes aquéllo que no es una legítima crítica a Israel sino un retorno a las manifestaciones más oscuras del antisemitismo (2).

Un buen ejemplo de la degeneración patológica de cierto anti-americanismo europeo lo tenemos en la investigadora de ciencias políticas en la Universidad de Paris 1 Florence Lacroix, autora de una polémica tesis sobre la Soka Gakkai. En efecto, como comenta el director del CESNUR Massimo Introvigne, “En uno de los más importantes estudios sociológicos recientes de las relaciones entre nuevos movimientos religiosos y sociedad, New Religious Movements in the 21st Century, por Phillip Charles Lucas y Thomas Robbins (Routledge, Nueva York-Londres 2004), sea Danièle Hervieu-Leger (3) sea Susan Palmer notan como, tras el 11-S, la violenta campaña “ contra las sectas” (4) de las instituciones fue atenuándose. El terrorismo del ultra-fundamentalismo islámico se presenta como una amenaza más concreta e inmediata, y es a este frente que se trasladaron los recursos anteriormente ubicados en la “lucha anti-sectas”. Existe sin embargo el peligro que las organizaciones anti-sectas, empujadas al margen del escenario y apoyadas por fondos públicos reducidos, den espacio a las posturas de tipo «conspirativo» y patológico que, como apunta en el mismo libro Susan Palmer, han estado siempre presentes – aunque no siempre hayan prevalecido – en sus filas.


“Por qué en Francia existan violentas campañas contra las “sectas” que serían inconcebibles en países como Italia o Gran Bretaña es objeto de numerosos estudios – en especial, de la misma Danièle Hervieu-Leger– sobre los que no voy a tratar temáticamente en esta sede. Brevemente, las hipótesis sociológicas predominantes son las de una crisis del modelo de la laïcité [que debe ser traducido como laicismo y no laicidad, n.d.r.] (acompañada por una crisis de la Iglesia católica, que sobre la aceptación de la laïcité había jugado su apuesta pastoral), a la cual las instituciones reaccionan atacando todo aquel que se ponga fuera de este modelo (desde las «sectas» a las alumnas musulmanas que llevan el velo), y con miedo frente a la globalización y a la pérdida de un papel internacional relevante de Francia, que alimenta y refuerza un antiguo anti-americanismo. Sea el laicismo sea el anti-americanismo existen no obstante en una gama de variantes que van del moderado al patológico. Cuando el laicismo patológico encuentra el anti-americanismo patológico nacen “teorías del complot” según las cuales los Estados Unidos usan las “sectas” (o la religión en general) para su maligno proyecto de debilitar a Francia y negarle su grandeur (a su vez distintamente interpretada según que el “conspirativismo” sea de derechas o de izquierdas). Uno de los aspectos más preocupantes de estas degeneraciones es la conexión del odio patológico por los Estados Unidos con un odio asimismo patológico contra Israel (que es bien distinto de una crítica a éste o aquél aspecto de la política israelí).

[...] Que la degeneración patológica envuelva a los movimientos anti-sectas franceses (y a algún que otro ingenuo epígono en otros países) está confirmado por la publicidad que organismos anti-sectas dan a tesis y textos de uno de los personajes más esperpénticos del conspirativismo anti-americano, la investigadora en ciencias políticas en la Universidad de París 1 Florence Lacroix. Las opiniones de Florence Lacroix sobre «sectas» son una impresionante antología de las «teorías del complot» que la izquierda de otros países ha abandonado desde hace varios lustros, y que sobreviven casi únicamente en los manifiestos de alguna organización terrorista.


«Según Florence Lacroix en los Estados Unidos, «país de pioneros», «el ateo es percibido como un peligro. Mejor creer en cualquier cosa más bien que no creer». Para los americanos, «todo ateo es potencialmente un comunista. De aquí la inclinación de los Estados Unidos en apoyar a los movimientos religiosos, incluso a los más fanáticos. Las «nuevas religiones» se han convertido para Estados Unidos en una forma de lucha contra los movimientos populares en todos los continentes. (...) La mayoría de las sectas son «made in USA». Un buen número de ellas ha sido creado por especialistas de la guerra psicológica para controlar el espacio político y difundir la cultura americana. Parece, por lo tanto, tratarse de instrumentos de difusión de la hegemonía cultural americana relacionados íntimamente con los servicios secretos americanos”. Además del ejemplo obsoleto del “uso de las sectas para la defensa de los intereses americanos en América del Sur”, según Florence Lacroix «no se debe olvidar que la Nueva Era es una creación de la costa Oeste americana y constituye el terreno sobre el que proliferan los nuevos movimientos sectarios”. La investigadora francesa defiende asimismo que no sólo la familia Bush está pagada por las “sectas”: La señora Clinton era “cronista del Washington Time (sic), que pertenece a Moon” y “las costosas campañas electorales del señor Clinton han sido financiadas por Moon y su Cienciología”.


“Que en este pasaje todo sea falso es evidente para cualquier especialista de nuevos movimientos religiosos, cuando no a cualquier persona con sentido común. La Iglesia de la Cienciología nunca ha financiado Clinton (es posible que Lacroix se confunda con un grupo religioso taiwanés). Los vínculos del reverendo Moon con el Partido Republicano de Estados Unidos son notorios, y no son alterados por el hecho que el Washington Times haya alojado en la página de las “opiniones” un artículo de Hillary Clinton (lo cual obviamente no la convierte en una “cronista” de éste periódico). La Nueva Era ha sido creada en Inglaterra, no en Estados Unidos, y la mayor parte de aquellos que Lacroix llama “movimientos sectarios” preexistían a la Nueva Era y con ella no tienen nada que ver. El mito según el cual el pentocostalismo ibero-americano (una expresión del protestantismo que no se entiende bien por qué es llamada “secta”) ha tenido éxito a causa de las financiaciones americanas que entendían “parar” la teología de la liberación de simpatías marxistas ha sido creado, precisamente por los teólogos de liberación, en los años setenta pero desmentido por los más informados entre ellos en los años noventa. Sea como fuere, los movimientos pentecostales que han tenido más éxito en Iberoamérica son aquellos de origen autóctono, no las importaciones de los Estados Unidos, y algunos de los primeros tienen posturas nacionalistas y anti-estadounidenses. Gracias al Freedom of Information Act se han podido obtener numerosos documentos sobre las relaciones entre CIA y nuevos movimientos religiosos estadounidenses: de él se desprende un cuadro donde la CIA ha sí tratado de infiltrar ciertos movimientos religiosos controvertidos, pero para desacreditarlos o destruirlos considerándolos hostiles precisamente a la “cultura americana” y al gobierno de los Estados Unidos.


“Sin embargo, sería equivocado responder a las tesis de Florence Lacroix como se respondería a un texto respetable de tipo académico. Las “teorías del complot” no pertenecen a las ciencias sociales, sino a la patología de la vida cultural y política. Florence Lacroix merece atención sólo en cuanto documenta – de un modo realmente impresionante – qué mixtura explosiva componen el anti-americanismo patológico y la animadversión patológica hacia las “sectas”, con la consecuencia potencial de suscitar o al menos justificar actos de violencia contra los “agentes americanos” y las “sectas”.

“Uno de los problemas de la Lacroix es que algunas de las “sectas” con las que se la toma no son « americanas». No importa: los gobiernos aliados de los Estados Unidos han a su entender aprendido el arte, y persiguen la misma estrategia. Así, «el gobierno japonés recurre a las sectas, o a organizaciones a ellas vinculadas, para misiones de política exterior» o como «instrumentos de una estrategia de intelligence». No obstante, los aprendices de brujo de los servicios japoneses no son buenos como sus maestros americanos, y la «secta» más grande, la Soka Gakkai, se les ha escapado de las manos y actúa como una «red de intelligence» (y de actividades criminales de tipo mafioso) independiente de todo control gubernamental.


«[...] Nos limitaremos, por tanto, a evidenciar la ironía – considerado el marco político en el que se mueve la investigadora francesa – de una teoría del “lavado de cerebro” especialmente trivial, en la cual el cerebro humano es comparado a un disquete para ordenadores que pueda ser borrado y reescrito. Ésta no es sólo la versión caricatural de la teoría del brainwashing, rechazada como incurablemente ridícula también por los académicos disponibles a discutir sobre la manipulación de la influencia y sobre el denominado “totalismo”. Desgraciadamente para la Lacroix, es también una teoría de la que se conocen los orígenes. Ha sido inventada en el contexto de la Guerra Fría para explicar cómo alguien pueda adherirse a una ideología absurda como el comunismo, y ha sido inventada precisamente por la némesis de Florence Lacroix: la CIA. La reconstrucción del lavado de cerebro en el texto de la Lacroix contra la Soka Gakkai es idéntica – modernizando los viejos discos del fonógrafo en disquetes para el ordenador – a la de un famoso discurso pronunciado en 1953 por el director de la CIA Allen Welsh Dulles, según el cual el cerebro es “un tocadiscos” y los comunistas han aprendido a “cambiar el disco”: quitan el viejo disco y ponen otro nuevo. Como sabemos por la trágica experiencia del proyecto MK-Ultra, la CIA llegó a creerse su propia propaganda, y a experimentar (en Canadá, con pacientes no conformes) la posibilidad, parafraseando a la Lacroix, de borrar el contenido del disquete y poner un nuevo contenido. Sólo la primera fase tuvo éxito: los cerebros “vaciados” con técnicas que iban desde la privación del sueño al uso de dosis intensas de drogas reducían los pacientes al estado de zombies, mientras fracasaba la segunda fase en la que en el disquete debería haberse escrito un nuevo programa. El zombie no adquiría nuevas ideas o una nueva identidad, pero seguía siendo zombie, a menudo para siempre (5).


“La calidad de la propaganda de la CIA de aquéllos años era más o menos semejante a la de los textos de Florence Lacroix. En un caso como en otro, la propaganda ha hecho daños y destruido vidas humanas. El anti-sectarismo patológico no puede que generar violencia, tanto más cuando se mezcla al anti-americanismo patológico que en Francia se ha convertido a menudo en tolerancia hacia grupos terroristas”.

Para evitar malosentendidos, vaya por delante que aquí no se defiende una idea de libertad religiosa “relativista” y/o “liberal”, usurpadora de la facultad legislativa de Dios, sino que [...] Como la libertad de religiosa que los hombres piden se refiere a la inmunidad frente a la coacción civil, nada cambia en la doctrina tradicional sobre el deber de los individuos y de la sociedad en relación con la verdadera religión” (6). Por lo tanto, lo que aquí defendemos – tanto más en una sociedad ética y doctrinalmente pluralista – es la libertad de las conciencias frente a campañas y asociaciones – con el apoyo de algunos gobiernos e instituciones internacionales – de tipo laicista y/o masónico y no, repito, una concepción relativista de la religión que niegue u olvide la doctrina tradicional de la Iglesia acerca de la reconquista de la homogeneidad cultural y religiosa – una futura Cristiandad – y sus enseñanzas acerca de los deberes del Estado en relación con la verdadera religión. Una cosa, en efecto, es combatir doctrinalmente contra los errores, herejías e irracionalidades de todo tipo de las “sectas” y/o demás denominaciones cristianas y religiones para su conversión, y otra muy distinta poner en manos de Estados tendencialmente totalitarios (por mor de su relativismo) la facultad de decidir qué doctrinas y qué comportamientos son compatibles con el pensamiento único relativista. Lo primero obliga a un examen serio y profundo de conciencia para tratar de discernir las razones por las cuales sociedades que hasta hace pocos lustros eran mayoritariamente católicas han dejado de serlo para convertirse en una nebulosa de creencias y prácticas totalmente ajenas a las enseñanzas de la Iglesia (incluso en el caso de católicos de Misa dominical): es lo que podríamos denominar contrarreforma permanente, esto es, purificación continua de la doctrina y la pastoral - según las exigencias y retos de cada época y, claro está, según las pautas marcadas por la Tradición y la acción del Espíritu Santo - de todo aquello que apague el fervor apostólico y, por lo tanto, evangelizador de la Iglesia. Algo, por otra parte, que la Iglesia lleva haciendo en su ya bimilenaria historia a través de órdenes religiosas, Padres de la Iglesia, santos, papas y concilios y, últimamente, merced a los movimientos surgidos en su seno. Lo segundo, en cambio, nos llevaría directamente a la persecución administrativa cuando menos. Y no se crea que exageramos pensando que en el fondo tales campañas afectan solamente a las “sectas”: Los ejemplos de campañas denigratorias contra movimientos católicos como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, Lumen Dei, Alianza Católica, los neocatecumenales, etc., desatadas por las asociaciones anti-sectas (a menudo con la complicidad de instituciones públicas), por no hablar de la reciente ley francesa contra los símbolos religiosos en los colegios públicos, son un buen botón de muestra.

Bien, aclarado este punto sobre el que volveremos en futuros artículos, retomemos el hilo de nuestra argumentación.

Otro ejemplo – esta vez más directamente vinculado con el antisemitismo progresista – nos lo brinda la sentencia de la Corte Internacional de La Haya y la decisión de las Naciones Unidas sobre el muro de contención que Israel está levantando para protegerse de los terroristas palestinos. Sobre el muro se pueden tener opiniones distintas: la misma Corte Suprema de Israel ha criticado el recorrido y ordenado modificaciones a las que tendrá que atenerse Sharon.

Un elemento, sin embargo, es evidente: la “opinión no vinculante” emitida por la Corte Internacional a petición de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a su vez solicitada por algunos países árabes, representa una anomalía jurídica y un precedente peligroso. La Corte no se ha ocupado jamás en su historia de “excesos defensivos” de un país amenazado por la guerrilla o por el terrorismo. La opinión que en esta ocasión arremete contra Israel mañana podría arremeter contra los Estados Unidos, el nuevo gobierno iraquí, o cualquier otro. Resulta escandaloso que – salvo una oblicua referencia a “tensiones” en la zona – la opinión de La Haya no diga una palabra sobre las más de mil víctimas del 2000 a hoy del terrorismo palestino que mata israelíes de religión judía o musulmana, turistas, transeúntes, mujeres embarazadas y por último incluso niños en las guarderías infantiles. Hablan de todo los jueces de La Haya – condicionados por los países islámicos – menos que de los veinte mil ataques terroristas salidos de los Territorios contra Israel en cuatro años, que son precisamente la razón por la cual algunos han pensado en la solución extrema del muro (cabe recordar, en passant, que desde su construcción el número de atentados ha bajado en un 90 por cien...).

 

Resulta también tremendamente contradictorio e hiriente escuchar al presidente de la Corte de La Haya, un chino, declarar ante las televisiones del mundo entero que se trata de proteger los derechos humanos de los palestinos, cuando un complejo sistema de intercambios entre el mundo árabe, países comunistas y algunos Estados europeos liderados por Francia (7) ha impedido hasta el momento con éxito a la Corte Internacional y a Naciones Unidas ocuparse de los derechos humanos de los cristianos, de los tibetanos y demás minorías religiosas a las que no es reconocido el derecho legal de existir en China. En cuanto a Naciones Unidas, tienen una larga tradición de prejuicio anti-israelí y de complicidad con países islámicos que no respetan siquiera los más mínimos derechos de las personas (8), cuando no genocidas, como Sudán (ya, ¿por qué sólo ahora tanta preocupación por el destino de las poblaciones de etnia negra en Darfur cuando ya son varios lustros que se comete un auténtico genocidio contra las poblaciones negras, además de cristianas y animistas, del Sur de Sudán? ¿Es que acaso los cristianos y animistas tienen menos derecho a existir que los musulmanes de etnia negra víctimas del racismo árabe en la región del Darfur? ¿No se tratará de un nuevo episodio de la guerra intra-islámica, sirviéndose del plácet complaciente de Naciones Unidas, auténtico detonante de la Cuarta Guerra Mundial (9).

En definitiva, la sentencia de la Corte Internacional sirve sólo para que se agiten las masas islámicas – con perjuicio de los mismos gobiernos que han promovido el procedimiento, y que corren el riesgo de ver incrementada la oposición fundamentalista -, a Arafat y a los terroristas palestinos para justificar el terrorismo, y a una cierta izquierda para atacar Israel, los Estados Unidos, y los gobiernos que los apoyan (10).


Las anteriores críticas contra la deriva patológica del anti-americanismo y del antisemitismo no deben por otra parte llevar a crear una “leyenda rosa” sobre el pueblo judío. No se trata, en efecto, de desconocer u obviar, por ejemplo, las relaciones de una parte de éste con la masonería y con todas aquellas asociaciones, movimientos, partidos, ideologías, etc., que de una u otra forma han luchado por una sociedad laicista e incluso atea como la comunista. Tampoco debemos pasar por alto los orígenes judíos de algunos de los fundadores y financiadores de la ideología mundialista tan bien descrita por Padre Schooyans (11), ni dejar de criticar, cuando sea necesario, la política israelí. Y ello, sin remontarnos a la auténtica tragedia del pueblo judío, esto es, el rechazo de la Persona y Revelación de Nuestro Señor Jesucristo, y a muchos otros episodios tristes que han jalonado su trágica historia. Se trata, más bien, de poner las cosas en su sitio y de barrer el campo de todos aquellos prejuicios - fruto muchas veces de teorías conspirativas patológicas que, entre otras cosas, no tienen en cuenta la inmensa complejidad de toda realidad humana que se desenvuelve en la historia - que imposibilitan un análisis sereno y objetivo de tan singular pueblo y de su andadura histórica - con vistas - a una reconciliación en la verdad y a un diálogo y colaboración – en la medida de lo posible – como instrumento para la reconciliación definitiva de nuestros Hermanos Mayores con su auténtico Mesías, Jesucristo. Ya el hablar de por sí de pueblo judío resulta, hasta cierto punto, desviante, puesto que a la par de todas las demás realidades humanas, también los judíos conocen una multiplicidad de diferenciasde todo tipo (con el problema añadido de la diáspora y de su consecuente tensión entre integración y salvaguarda de su identidad) que resulta realmente imposible reducir a unidad tan complejo fenómeno (salvo, claro está, en las mentes de los teóricos de la “Conspiración”).

Un buen ejemplo de la complejidad del mundo judío (que asimismo nos permite denunciar las falsificaciones del antisemitismo en temas como las relaciones entre misticismo judío, antinomismo y moral y, por otra parte, arrojar luz sobre los posibles puntos de contacto entre el esoterismo judío y el gentil en la época moderna) nos la vuelve a ofrecer el ya mencionado Massimo Introvigne. He aquí una síntesis: “Una importante exposición Kosher Nostra (y un pequeño pero precioso catálogo curado por Oz Almog), montada en el Museo Judío de la Ciudad de Viena ha vuelto a proponer la historia de los gánsters del mundo judío americano y de su curiosa relación con la religión en la que habían sido educados. Desde el rey de la criminalidad de Las Vegas, Bugsy Siegel (1906-1947), al brazo derecho de Al Capone (1899-1947), Jack Guzik (1886-1956), la exposición pone en escena con todo lujo de documentos una galería de personajes esenciales para la historia de la criminalidad americana y al mismo tiempo siempre de alguna manera en contacto – desde los matrimonios a los funerales – con su religión.


“Ya Gershom Scholem (1897-1982) el mayor estudioso del misticismo judío, afirmaba hace algunos años que el estudio de la criminalidad judía, que siempre ha interaccionado con rabinos más o menos marginales, “sería urgente”, pero – “comprensiblemente” – ha sido descuidado o al menos aplazado para no alimentar el antisemitismo. Un aspecto paradójico de toda la tradición cabalística y del subsiguiente hassidismo es en efecto la presencia de maestros y corrientes antinomistas, las cuales defienden que aquello que es pecado y transgresión para los no iluminados puede ser misteriosamente lícito para los maestros y para sus más directos seguidores. Se trata de tendencias que se vuelven a presentar en las franjas mesiánicas y esotéricas de casi todas las religiones, y su presencia en el hassidismo no debe ser sobrevalorada. El lujo extravagante y la simbología real e imperial del Rizhiner Rebbe, Yisrael de Rizhin (1797-1850), figura que sigue siendo veneradísima en el mundo hassídico, se mueven en esta dirección, aunque se pase por alto cierto carácter controvertido de rumores de otros excesos de su corte. Tendencias antinomistas se presentan periódicamente en el mundo cabalístico, y ofrecen a algunas franjas justificaciones para sus prácticas ilegales.

«Por otra parte, como ha apuntado Scholem, la historia de la criminalidad judía no está solamente vinculada a la Qabbalah, ni nace con la emigración en el continente americano, sino que se desarrolla sobre todo en Alemania “ya desde el siglo XVI y sobre todo a partir de los siglos XVII al XVIII”, con la consecuencia por ejemplo que “la jerga de la delincuencia alemana es yiddish en su mayoría”. El antisemitismo ha explotado estos hechos, y ha a menudo defendido que la Ley judía permetiría engañar o incluso robar a los no judíos. Un número sorprendente de citas pasadas de un texto antijudaico o antisemita a otro desde los comienzos de la edad moderna hasta nuestros días sencillamente no se encuentra en las fuentes, en particular en el Talmud, en los lugares indicados. Otros pasajes, a menudo citados, se refieren a pueblos específicos con los cuales los judíos antiguos se consideraban en guerra y no a los no judíos en general. Ciertamente se encuentran en las fuentes pasajes problemáticos, que hay que leer en el contexto según las normales reglas de la interpretación. Pero es raro que la literatura antisemita cite el claro precepto de la Tosefta según la cual “aquél que roba a un gentil está obligado a devolver al gentil [lo que ha robado]. Una regla más estrecha se aplica al robo cometido contra un gentil respecto al robo cometido contra un israelita a causa de la profanación del Nombre de Dios [causada por robar a un gentil]” (Baba Qamma 10,11).

“De hecho, el tema del antinomismo judío como supuesta justificación de actividades criminales ha sido a menudo agitado por el antisemitismo, y en particular por una cierta prensa argentina – de la que pasa a muchos países – en los años treinta, tras la condena en un juicio en Buenos Aires, el 27 de septiembre de 1930, de 108 exponentes de la sociedad de mutuo socorro judía Zwi Migdal (con anterioridad llamada Sociedad Israelita de Mutuo socorro Varsovia, fundada en 1906), como responsables de aquella que se convertirá en la más célebre red internacional de “trata de blancas”: las polacas, chicas de la Europa del Este casi exclusivamente judías (contrariamente a cuanto afirman posteriores leyendas) llevadas a Hispanoamérica para ejercer la prostitución. El juicio – que nace de la denuncia de una prostituta, Raquel Liberman (1900-1935), heroína de éxitosas series de televisión y películas (aunque, abandonada por todos tras su momento de gloria, haya vuelto voluntariamente a la prostitución) – se celebra pocos días después del golpe de Estado del general José Félix Uriburu (1868-1932), apoyado por varias fuerzas políticas y sociales algunas de las cuales antisemitas. En realidad, no parece que hubiera alguna forma de antinomismo (cierto filtrada y trivializada desde las alturas de la Qabbalah a razonamientos harto más terrrenales) que alentara algún rabino a justificar las actividades de la Zwi Migdal. Expulsados de la comunidad judía mayoritaria – que antes bien, los había denunciado a las autoridades ya antes de la intervención de la Liberman -, los exponentes de esta sociedad se habían hecho con una sinagoga propia y con un cementerio (que todavía existe, semiabandonado, en Avellaneda), servidos por rabinos disponibles a asistirles por razones de interés [...]”.


“La cuestión del antinomismo es por otra parte mucho más compleja de sus interesadas simplificaciones. Como ha apuntado Shaul Magid en Hasidism on the Margin (University of Wisconsin Press, Madison 2003) una obra consagrada a una corriente hassídica especialmente conocida por su antinomismo, la que estaba vinculada a la “dinastía” Izbica/Radzin, que origina de Mordecai Joseph Lainer (1800-1854) y cuyas ideas fueron codificadas por el sobrino de éste, Gershon Henokh Lainer (1839-1891), los “textos hasídicos justifican el comportamiento antinómico a través del determinismo religioso”, que niega el libre albedrío y considera a Dios autor directo de toda acción humana, buena o (aparentemente) mala. Según Magid el antinomismo puede convertirse – particularmente en la versión que llama hard, donde antinomismo significa liberación de toda regla moral o comportamental – en libertinismo, pero también puede contestar la vieja ley en nombre de la instauración de una nueva (“neonomismo”: así se habría comportado el cristianismo naciente en relación al judaísmo), o aun – en una versión soft – ir más allá de la ley mediante un comportamiento ascético donde actos de por sí no obligatorios son sin embargo solicitados (“hipernomismo”).

“Si se exceptúan casos aislados como los del mesianismo de Jakob Frank (1726-1791), “en el judaísmo la mayoría de las instancias antinómicas van acompañadas por un pietismo severamente ascético más que por un comportamiento libertino” (12).

Por lo tanto, si no deseamos echar más leña al fuego del antisemitismo islamo-social-comuno-nacionalista rampante en Occidente y en los países musulmanes (sin por ello olvidar el antisemitismo de cierto mundo “cristiano” y – en especial – “católico”), debemos librarnos de todas aquellas leyendas (ya sean “negras” o bien “rosas”) que hacen imposible una visión objetiva de la realidad. De lo contrario le haremos el juego a todos aquellos por una u otra razón tienen interés en nublar la vista con toda clase de artilugios legendarios.

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Ángel Expósito Correa http://www.arbil.org ó http://www.arbil.tk

 

Notas:

 

(1)   Sobre el sionismo y sus relaciones con la política y la religión en el actual Estado de Israel y el conflicto en Tierra Santa, cfr. http://www.iespana.es/revista-arbil/(61)expo.htm y http://www.iespana.es/revista-arbil/(62)expo.htm

(2)   http://www.cesnur.org/2004/mi_sion.htm

(3)   http://www.iespana.es/revista-arbil/(75)expo.htm

(4)   Sobre los movimientos anti-sectas y su peligrosidad, ver la voz del Diccionario del Pensamiento Fuerte "Movimientos y campañas anti-sectas" (en español); www.alleanzacattolica.org

(5)   http://www.cesnur.org/2004/mi_lacroix.htm

(6)   cfr. Concilio Vaticano II, «Declaración sobre la libertad religiosa», Sumario, pág. 576

(7)   http://www.iespana.es/revista-arbil/(68)ange.htm

(8)   http://internetopina.com/print.php?sid=249

(9)   http://www.iespana.es/revista-arbil/(80)expo.htm

(10)   http:www.cesnur.org/2004/mi_toghe.htm

(11)   http://www.iespana.es/revista-arbil/(65)scho.htm

(12)  http:www.cesnur.org/2004/mi_kosher.htm  

2004 http://www.iespana.es/revista-arbil/(83)judi.htm

 REVISTA ARBIL. Nº83-84 – ESPAÑA.

 

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Jesús, el judío

 

“El gran problema de nuestro tiempo es que el hombre quiere experimentar la salvación y la plenitud pasando por encima de la verdad y queriendo realizarse a sí mismo a través de una libertad desconectada de esa verdad”. 2004

 

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«La cultura no es un lujo, una diversión como con frecuencia se repite, sino una tarea para ser uno mismo y para que los otros se conviertan en ellos mismos».

 

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Vivir lentamente no es perder el tiempo sino ganarlo. Además, si sólo una cosa es importante, ¿a qué viene tanta prisa?

 

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“Lo único que busco es a Dios en Cristo Jesús por el Espíritu Santo en la Iglesia católica; en obediencia incondicional al Vicario de Cristo en la tierra, el Sumo Pontífice, sirviendo a todos los seres humanos por igual.” [San Ignacio de Loyola]

 

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"Sed maestros de la verdad, de la verdad que el Señor quiso confiarnos no para ocultarla o enterrarla, sino para proclamarla con humildad y coraje, para potenciarla, para defenderla cuando está amenazada." [S.S. Juan Pablo II]

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.

Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre: ‘alfa y omega’

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).