Saturday 29 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
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"He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).


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Iglesia - Cristo es –piedra angular- origen y principio de donde dimana la luz y santidad que le sirve de base, alimento y razón, a su Iglesia Católica. La Iglesia, madre y maestra, respetuosa con la verdad que Cristo le depositara hace 2.000 años, expone con detalles y datos históricos su trayectoria evangélica. Ininterrumpidamente predica a Jesucristo y las virtudes cristianas. Estas sectas (adventistas, álamos, bautistas, jehovistas, etc.)  inexistiendo durante no menos de 1.600 años, y, sin dicha trayectoria histórica, no pasan de tener algunos aviesos parlanchines. Estos, podrán ser menos honrados y veraces, pero han resultado siempre más hábiles en la manipulación y la maniobra inescrupulosa. Ricos en lisonjear, motes y requiebros, como de dividirse inventando por arte de magia, sectas y más sectas día a día.  Porque tanto da para todos: sola gracia, sola fe, sola escritura, solo Cristo, solo gloria a Dios… solo sectas y más sectas; ¡mala combinación la protesta con el resentimiento! ¡extraña y agria hermandad vomita quien es más etéreo que hombre cabal! Lobos rapaces que hacen -cada día- nacer nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 


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“Omnia instaurare in Christo” La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda, dice Pablo.


“El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres”. S. S. Benedicto XVI – P.P. - MMV.


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Iglesia: Es la comunidad, la comunión (koinonia), al mismo tiempo espiritual y visible, de aquellos que acogen con fe la evangelización; comparten la misma esperanza en el Reino y participan a la misma caridad. Se entra a formar parte de la Iglesia a través del Bautismo, que sella la conversión. Principio de la comunión íntima con Dios - conocido y amado como Padre - es el Espíritu Santo: Espíritu filial de Jesucristo. El principio visible de unidad de los fieles de una Iglesia particular es el Obispo; en cambio, sobre el plano universal de la comunión de todos los fieles, el fundamento de unidad es el Romano Pontífice. Éste es el sucesor de Pedro y cabeza de la comunidad cristiana de Roma que "preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía). El principio sacramental de la unidad de la Iglesia es la Eucaristía: celebración memorial del misterio pascual, en donde los bautizados, unidos a sus legítimos pastores, se unen a Cristo y entre ellos, mediante los signos del pan y del vino, consagrados. El Credo profesa la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El Espíritu de Amor, donado por Cristo a su Iglesia, la transforma necesariamente en una (cf. UR 4,3) y santa (cf. LG 39,1). Así el Espíritu de Verdad la hace católica y apostólica, manteniéndola fiel a la tradición (Parádosis) de los apóstoles y a su misión de difundir, a todos los hombres y en todos los tiempos, toda la plenitud (Plêrôma) de verdad y santidad que se encuentra en Jesucristo. Esta prerrogativa de indefectibilidad se concede a la Iglesia concreta guiada por el Papa y por los Obispos en comunión con Él, en donde subsiste la única Iglesia de Cristo (cf. LG 8,2). No obstante, ésta debe purificarse y convertirse constantemente para hacer brillar, siempre mejor, la gloria de su Señor, para recuperar la plena unidad con los hermanos separados y para adquirir mayor credibilidad en su misión ad gentes (cf. AG 6;  EN 77; RM 50; UUS 23; 98).


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"Obedecer al Obispo y al clero con mentes sin divisiones y compartir el pan -la medicina de la inmortalidad- y el remedio soberano para escapar la muerte y vivir en Jesucristo para siempre... La única Eucaristía que deben apreciar como válida es una que es celebrada por Obispo mismo o por una persona autorizada por él. Donde está el Obispo, ahí debe estar su gente, al igual que donde estaba presente Jesucristo, ahí está la Iglesia católica..."

[San Ignacio de Antioquía, eminente miembro de la Iglesia católica, discípulo de San Juan Evangelista, (+ 107)] Ignacio nació en los días en que Cristo era crucificado. Conoció a San Pedro y a San Pablo.


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El aparente poco cuidado que el escritor sagrado tuvo para con los sucesos de la vida y enseñanza de los apóstoles, hasta el punto de no reseñar más que algunos detalles de San Pedro y de San Pablo en el libro de los Actos, no es tal. En verdad no fue más que la inteligencia Divina que no quiso que la vida de la Iglesia pasara por la letra escrita, sino ante todo por la docencia apostólica regida por el Papado.


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Obispos - Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha colocado como Obispos [“episkopos”]: pastoreen la Iglesia del Señor, que ÉL [Jesucristo] adquirió con su propia sangre. Sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos voraces que no perdonarán al rebaño [y querrán acabar con La Iglesia]. De entre ustedes mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas falsas [deformarán la sana doctrina cristiana] e intentarán arrastrar a los discípulos tras sí. Estén, pues, atentos, y recuerden que durante tres años no he dejado de aconsejar a cada uno de ustedes noche y día, incluso entre lágrimas.” [San Pablo - Hechos Cap. 20].


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Santa Marcelina, Virgen (c. 398 d.C.).  (17 de julio).

Marcelina era hermana de San Ambrosio de Milán. Nació antes que San Ambrosio, probablemente en Tréveris, donde su padre era prefecto de los galos. Marcelina se trasladó a Roma con su familia y, desde muy temprana edad, empezó a concentrarse exclusivamente en el fin para el que había sido creada. Se encargó del cuidado de sus dos hermanos y, con sus palabras y ejemplo, les inspiró el amor a la virtud verdadera, no simplemente de la apariencia de virtud. Marcelina tenía por única mira la gloria de Dios. Para conseguir su objetivo, decidió renunciar al mundo. El día de la Epifanía del año 353, recibió el velo de las vírgenes de manos del Papa Liberio, en la basílica de San Pedro. En el discurso que pronunció el Pontífice en esa ocasión, exhortó a Marcelina a amar exclusivamente a Jesucristo, a vivir en continuo recogimiento y mortificación y a conducirse en la iglesia con el más grande respeto y modestia. San Ambrosio, a quien debemos los ecos de esa exhortación, no vacila en criticar la elocuencia del Papa Liberio cuando la juzga insuficiente. San Ambrosio dedicó a su hermana su tratado sobre la excelencia de la virginidad. Siendo ya obispo, Marcelina le visitó varias veces en Milán y habló con él sobre la vida espiritual; en esa forma, ayudó a su hermano en sus relaciones con las vírgenes consagradas.

Marcelina practicó la más alta perfección. Ayunaba diariamente hasta el atardecer y consagraba la mayor parle del día y de la noche a la oración y la lectura espiritual. En los últimos años de su vida, San Ambrosio le aconsejó que moderase sus penitencias y aumentase el tiempo de oración; en particular, le recomendó los Salmos, la Oración del Señor y el Credo, al que llamó sello del cristiano y guardián del corazón. Marcelina siguió viviendo en Roma después de la muerte de su madre, no en comunidad, sino en una casa privada, junio con oirá mujer que participaba en todos sus ejercicios de devoción. Marcelina sobrevivió a San Ambrosio, pero no sabemos exactamente en qué año murió. En la oración fúnebre pronunciada por San Ambrosio en memoria de su hermano Sátiro, llamó a Marcelina "...santa hermana, admirable por su inocencia, su rectitud y su bondad con el prójimo."


En Acta Sanctorum, julio, vol. IV, se citan ciertos pasajes de San Ambrosio y un Panegírico latino que se conservó gracias a Mombritius.


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La sucesión apostólica

en la enseñanza de la Iglesia

 

Algunos textos del magisterio sobre el origen apostólico de los obispos

 

Gentileza de http://apologetica.org para la
BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

Nota introductoria: Toda la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios, el templo del Espíritu Santo. Y todos los miembros de la Iglesia tienen la misma fundamental dignidad de los hijos de Dios, tienen por cabeza a Cristo y tienen por fin la dilatación del reino de Dios. Pero no todos tienen las mismas funciones dentro de la comunidad, ni las mismas responsabilidades. Y esto no sólo por la necesidad inherente a toda comunidad bien organizada, sino por voluntad expresa del Señor, que cimentó la Iglesia sobre el ministerio apostólico unido en la roca de Pedro y perpetuado hasta el final de los tiempos en sus sucesores. Ellos son los que han recibido de Cristo la misión de fundar y perpetuar la Iglesia, predicando la palabra de Dios, de la cual fueron hechos depositarios auténticos; confiriendo los sacramentos de la nueva Alianza, y organizando la Iglesia con autoridad recibida de Cristo y no por delegación de la comunidad. Esto quiere decir que la estructura sacramental de la Iglesia divino-humana es jerárquica, o sea, que la responsabilidad última respecto a la fiel transmisión de la Palabra de Dios, a la administración de los sacramentos y a la dirección de la Iglesia, no reside en el pueblo indiferenciado, sino en aquella parte del Pueblo de Dios que ha recibido de Cristo, a través de la sucesión apostólica, el encargo de enseñar, de santificar y de regir la Iglesia. La fe de la Iglesia afirma que éstos son los obispos. También afirma que el episcopado tiene su principio de unidad en el sucesor de Pedro, el obispo de Roma. Trascribimos aquí algunos textos del magisterio en relación a la autoridad de los obispos como sucesores de los apóstoles. Es de notar que las dudas sobre este tema surgen en la Iglesia casi exclusivamente a partir de la Reforma de los “protestantes”, es decir unos quince siglos después de Cristo. Por este motivo las pronunciaciones del magisterio antes de la reforma son indirectas.

Véanse los artículos sobre la sucesión apostólica en la Escritura, en los Padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos y un breve artículo de presentación del tema de A. Lang.

 

1.- Carta del papa Clemente Romano a los corintios (alrededor del año 97)[1]

“Los apóstoles fueron constituidos por el Señor Jesucristo los predicadores del evangelio para nosotros; Jesucristo fue enviado por dios. Así, pues, Cristo fue enviado por Dios; los apóstoles, por Cristo; y ambas cosas se realizaron ordenadamente, según la voluntad de Dios. Así, pues, recibido el mandato los apóstoles y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron con la plena seguridad que les infundió el Espíritu Santo, dando la buena noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, a medida que iban predicando por lugares y ciudades, iban estableciendo -después de probarlos en el espíritu- a las primicias de ellos, como obispos y diáconos de los que habían de creer. […] Y también nuestros apóstoles conocieron por nuestro Señor Jesucristo que habría de haber emulación por el episcopado. Por esta razón, con pleno conocimiento de lo que había de suceder, establecieron a los susodichos y dieron para lo sucesivo la norma de que cuando ellos murieran, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio. Así, pues, los hombres establecidos por ellos, o después por otros varones eximios, en comunidad de sentimientos con toda la Iglesia; hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente; que durante mucho tiempo han gozado de la aprobación de todos; estos hombres creemos que en justicia no pueden ser apartados de su ministerio”.[2]

2.- Carta del papa Julio I a los antioquenos (año 341)[3]

“Y si de verdad, como decís, había alguna culpa contra ellos, se tenía que haber celebrado el juicio conforme con las normas de la Iglesia y no de esa manera. Se nos debió de haber escrito a todos nosotros para que se hubiera determinado por todos lo que era justo. Porque eran obispos los que padecían y no eran iglesias vulgares las que sufrían, sino aquellas que los mismos apóstoles gobernaron personalmente. ¿Por qué no se nos escribió, sobre todo tratándose de Alejandría? ¿Es que ignoráis, por ventura, que ésa es la costumbre? Que primero se nos escriba, y desde aquí se determine lo que es justo. Desde luego, si recaía alguna sospecha sobre el obispo de allí, había que haberlo escrito al obispo de aquí (Roma)”[4].

 

3.- SÍNODO DE SENS (bajo el Papa Inocencio II, año 1140-1141) contra los errores de Pedro Abelardo

Entre la lista de errores reprobados por el Sínodo de lee el siguiente:

“La potestad de atar y desatar fue dada solamente a los Apóstoles, no a sus sucesores”[5]

 

4.- CONCILIO DE FLORENCIA, Bula sobre la unión con los armenios (año 1439)  

“El ministro ordinario -de la confirmación- es el obispo. Y aunque el simple sacerdote puede administrar las demás unciones, ésta no debe conferirla más que el obispo, porque sólo de los Apóstoles - cuyas veces hacen los obispos- se lee que daban el Espíritu Santo por la imposición de las manos, como lo pone de manifiesto el pasaje de los Hechos de los Apóstoles” (8,14-17).[6]

 

5.- Concilio de Trento, Sesión XXIII (año 1563)

“Y por cuanto en el sacramento del Orden, así como en el Bautismo y Confirmación, se imprime un carácter que ni se puede borrar, ni quitar, con justa razón el santo Concilio condena la sentencia de los que afirman que los sacerdotes del nuevo Testamento sólo tienen potestad temporal, o por tiempo limitado, y que los legítimamente ordenados pueden pasar otra vez a legos, sólo con que no ejerzan el ministerio de la predicación. Porque cualquiera que afirmase que todos los cristianos son promiscuamente sacerdotes del nuevo Testamento, o que todos gozan entre sí de igual potestad espiritual; no haría más que confundir la jerarquía eclesiástica, que es en sí como un ejército ordenado en la campaña; y sería lo mismo que si contra la doctrina del bienaventurado san Pablo, todos fuesen Apóstoles, todos Profetas, todos Evangelistas, todos Pastores y todos Doctores. Movido de esto, declara el santo Concilio, que además de los otros grados eclesiásticos, pertenecen en primer lugar a este orden jerárquico, los Obispos, que han sucedido en lugar de los Apóstoles; que están puestos por el Espíritu Santo, como dice el mismo Apóstol, para gobernar la Iglesia de Dios (Hechos 20,28); que son superiores a los presbíteros; que confieren el sacramento de la Confirmación; que ordenan los ministros de la Iglesia, y pueden ejecutar otras muchas cosas, en cuyas funciones no tienen potestad alguna los demás ministros de orden inferior. Enseña además el santo Concilio, que para la ordenación de los Obispos, de los sacerdotes, y demás órdenes, no se requiere el consentimiento, ni la vocación, ni autoridad del pueblo, ni de ninguna potestad secular, ni magistrado, de modo que sin ella queden nulas las órdenes; antes por el contrario decreta, que todos los que destinados e instituidos sólo por el pueblo, o potestad secular, o magistrado, ascienden a ejercer estos ministerios, y los que se los arrogan por su propia temeridad, no se deben estimar por ministros de la Iglesia, sino por rateros y ladrones que no han entrado por la puerta. Estos son los puntos que ha parecido al sagrado Concilio enseñar generalmente a los fieles cristianos sobre el sacramento del Orden; resolviendo al mismo tiempo condenar la doctrina contraria a ellos, en propios y determinados cánones, del modo que se va a exponer, para que siguiendo todos, con el auxilio de Jesucristo, esta regla de fe, puedan entre las tinieblas de tantos errores, conocer fácilmente las verdades católicas, y conservarlas”.

 

6. Concilio Vaticano i, Sesión iv (año 1870) 

“Ahora bien, tan lejos está esta potestad del Sumo Pontífice de dañar a aquella ordinaria e inmediata potestad de jurisdicción episcopal por la que los obispos que, puestos por el Espíritu Santo (cf. Hechos 20,28), sucedieron a los Apóstoles, apacientan y rigen, como verdaderos pastores, cada uno la grey que le fue designada…”[7]

 

7. CONCILIO VATICANO II, Lumen Gentium (1964), Núm. 19-27.

(Incluimos sólo las notas que revisten particular importancia; para todas las notas del texto confrontar una edición de papel. Los subtítulos no son parte del documento, se los introduce claritate causa)

 

 

La institución de los Apóstoles

19. El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que El quiso, eligió a los doce para que viviesen con El y enviarlos a predicar el Reino de Dios (cf. Mc., 3,13-19; Mt., 10,1-42): a estos, Apóstoles (cf. Lc., 6,13) los fundó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, y puso al frente de ellos, sacándolo de en medio de los mismos, a Pedro (cf. Jn., 21,15-17). A éstos envió Cristo, primero a los hijos de Israel, luego a todas las gentes (cf. Rom., 1,16), para que con la potestad que les entregaba, hiciesen discípulos suyos a todos los pueblos, los santificasen y gobernasen (cf. Mt., 28,16-20; Mc., 16,15; Lc., 24,45-48; Jn., 20,21-23) y así dilatasen la Iglesia y la apacentasen, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos los días hasta la consumación de los siglos (cf. Mt., 28,20). En esta misión fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Act., 2,1-26), según la promesa del Señor: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea y Samaría y hasta el último confín de la tierra" (Act., 1,8). Los Apóstoles, pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc., 16,20), que los oyentes recibían por influjo del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia universal que el Señor fundó sobre los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro su cabeza, siendo la piedra angular del edificio Cristo Jesús (cf. Ap., 21,14; Mt., 16,18; Ef., 2,20).

 

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles

20. Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin de los siglos (cf. Mt., 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir en todo tiempo es el principio de la vida para la Iglesia. Por lo cual los Apóstoles en esta sociedad jerárquicamente organizada tuvieron cuidado de establecer sucesores.

En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio[8], sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los Apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada[9], encomendándoles que atendieran a toda la grey en medio de la cual el Espíritu Santo, los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Act., 20,28). Establecieron, pues, tales colaboradores y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio[10]. Entre los varios ministerios que ya desde los primeros tiempos se ejercitan en la Iglesia, según testimonio de la tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, constituidos en el episcopado, por una sucesión que surge desde el principio[11], conservan la sucesión de la semilla apostólica primera[12]. Así, según atestigua San Ireneo, por medio de aquellos que fueron establecidos por los Apóstoles como Obispos y como sucesores suyos hasta nosotros, se pregona[13] y se conserva[14] la tradición apostólica en el mundo entero.

Así, pues, los Obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad[15] para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores[16], como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad[17]. Y así como permanece el oficio concedido por Dios singularmente a Pedro como a primero entre los Apóstoles, y se transmite a sus sucesores, así también permanece el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, oficio que permanentemente ejercita el orden sacro de los Obispos[18]. Por eso enseña este sagrado Sínodo que los Obispos han sucedido por institución divina en el lugar de los Apóstoles[19] como pastores de la Iglesia, y quien a ellos escucha, a Cristo escucha, a quien los desprecia a Cristo desprecia y al que le envió (cf. Lc., 10,16)[20].

 

 

El episcopado como sacramento

21. Así, pues, en los Obispos, a quienes asisten los presbíteros, Jesucristo nuestro Señor está presente en medio de los fieles como Pontífice Supremo. Porque, sentado a la diestra de Dios Padre, no está lejos de la congregación de sus pontífices, sino que principalmente, a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las gentes y administra sin cesar los sacramentos de la fe a los creyentes y, por medio de su oficio paternal (cf. 1Cor., 4,15), va agregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural; finalmente, por medio de la sabiduría y prudencia de ellos rige y guía al Pueblo del Nuevo Testamento en su peregrinación hacia la eterna felicidad. Estos pastores, elegidos para apacentar la grey del Señor, son los ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1Cor., 4,1), y a ellos está encomendado el testimonio del Evangelio de la gracia de Dios (cf. Rom. 15,16; Act., 20,24) y la administración del Espíritu y de la justicia en gloria (cf. 2Cor., 3,8-9).

Para realizar estos oficios tan altos, fueron los apóstoles enriquecidos por Cristo con la efusión especial del Espíritu Santo (cf. Act., 1,8; 2,4; Jn., 20, 22-23), y ellos, a su vez, por la imposición de las manos transmitieron a sus colaboradores el don del Espíritu (cf. 1Tim., 4,14; 2Tim., 1,6-7), que ha llegado hasta nosotros en la consagración episcopal. Este Santo Sínodo enseña que con la consagración episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden, que por esto se llama en la liturgia de la Iglesia y en el testimonio de los Santos Padres "supremo sacerdocio" o "cumbre del ministerio sagrado"[21]. Ahora bien, la consagración episcopal, junto con el oficio de santificar, confiere también el oficio de enseñar y regir, los cuales, sin embargo, por su naturaleza, no pueden ejercitarse sino en comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio. En efecto, según la tradición, que aparece sobre todo en los ritos litúrgicos y en la práctica de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente es cosa clara que con la imposición de las manos se confiere la gracia del Espíritu Santo[22] y se imprime el sagrado carácter, de tal manera que los Obispos en forma eminente y visible hagan las veces de Cristo, Maestro, Pastor y Pontífice y obren en su nombre[23]. Es propio de los Obispos el admitir, por medio del Sacramento del Orden, nuevos elegidos en el cuerpo episcopal.

 

 

El Colegio de los Obispos y su Cabeza

22. Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un solo Colegio Apostólico, de igual modo se unen entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos sucesores de los Apóstoles. Ya la más antigua disciplina, conforme a la cual los Obispos establecidos por todo el mundo comunicaban entre sí y con el Obispo de Roma por el vínculo de la unidad, de la caridad y de la paz[24], como también los concilios[25], convocados para resolver en común las cosas más importantes[26] después de haber considerado el parecer de muchos[27], manifiestan la naturaleza y forma colegial propia del orden episcopal. Forma que claramente demuestran los concilios ecuménicos que a lo largo de los siglos se han celebrado. Esto mismo lo muestra también el uso, introducido de antiguo, de llamar a varios Obispos a tomar parte en el rito de consagración cuando un nuevo elegido ha de ser elevado al ministerio del sumo sacerdocio. Uno es constituido miembro del cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio.

El Colegio o cuerpo episcopal, por su parte, no tiene autoridad si no se considera incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los pastores como sobre los fieles. Porque el Pontífice Romano tiene en virtud de su cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda Iglesia potestad plena, suprema y universal sobre la Iglesia, que puede siempre ejercer libremente. En cambio, el orden de los Obispos, que sucede en el magisterio y en el régimen pastoral al Colegio Apostólico, y en quien perdura continuamente el cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia, potestad que no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor puso tan sólo a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt., 16,18-19), y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn., 21,15ss); pero el oficio que dio a Pedro de atar y desatar, consta que lo dio también al Colegio de los Apóstoles unido con su Cabeza (Mt., 18,18; 28,16-20). Este Colegio expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios en cuanto está compuesto de muchos; y la unidad de la grey de Cristo, en cuanto está agrupado bajo una sola Cabeza. Dentro de este Colegio, los Obispos, actuando fielmente el primado y principado de su Cabeza, gozan de potestad propia en bien no sólo de sus propios fieles, sino incluso de toda la Iglesia, mientras el Espíritu Santo robustece sin cesar su estructura orgánica y su concordia. La potestad suprema que este Colegio posee sobre la Iglesia universal se ejercita de modo solemne en el Concilio Ecuménico. No puede hacer Concilio Ecuménico que no se aprobado o al menos aceptado como tal por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos Concilios Ecuménicos, presidirlos y confirmarlos. Esta misma potestad colegial puede ser ejercitada por Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial, o por lo menos apruebe la acción unida de ellos o la acepte libremente para que sea un verdadero acto colegial.

Relaciones de los Obispos dentro de la Iglesia

23. La unión colegial se manifiesta también en las mutuas relaciones de cada Obispo con las Iglesias particulares y con la Iglesia universal. El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, así de los Obispos como de la multitud de los fieles. Del mismo modo, cada Obispo es el principio y fundamento visible de unidad en su propia Iglesia[28], formada a imagen de la Iglesia universal; y de todas las Iglesias particulares queda integrada la una y única Iglesia católica[29]. Por esto cada Obispo representa a su Iglesia, tal como todos a una con el Papa, representan toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad.

Cada uno de los Obispos, puesto al frente de una Iglesia particular, ejercita su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se le ha confiado, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero, en cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos sucesores de los Apóstoles, todos deben tener aquella solicitud por la Iglesia universal que la institución y precepto de Cristo exigen, que si bien no se ejercita por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, grandemente, al progreso de la Iglesia universal. Todos los Obispos, en efecto, deben promover y defender la unidad de la fe y la disciplina común en toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor del Cuerpo místico de Cristo, sobre todo de los miembros pobres y de los que sufren o son perseguidos por la justicia (cf. Mt., 5,10); promover, en fin, toda acción que sea común a la Iglesia, sobre todo en orden a la dilatación de la fe y a la difusión plena de la luz de la verdad entre todos los hombres. Por lo demás, es cosa clara que gobernando bien sus propias Iglesias como porciones de la Iglesia universal, contribuyen en gran manera al bien de todo el Cuerpo místico, que es también el cuerpo de todas las Iglesias[30].

El cuidado de anunciar el Evangelio en todo el mundo pertenece al cuerpo de los pastores, ya que a todos ellos en común dio Cristo el mandato imponiéndoles un oficio común, según explicó ya el Papa Celestino a los padres del Concilio de Efeso. Por tanto, todos los Obispos, en cuanto se lo permite el desempeño de su propio oficio, deben colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien particularmente se le ha encomendado el oficio excelso de propagar la religión cristiana. Deben, pues, con todas sus fuerzas proveer no sólo de operarios para la mies, sino también de socorros espirituales y materiales, ya sea directamente por sí, ya sea excitando la ardiente cooperación de los fieles. Procuren finalmente los Obispos, según el venerable ejemplo de la antigüedad, prestar una fraternal ayuda a las otras Iglesias, sobre todo a las Iglesias vecinas y más pobres, dentro de esta universal sociedad de la caridad.

La divina Providencia ha hecho que en diversas regiones las varias Iglesias fundadas por los Apóstoles y sus sucesores, con el correr de los tiempos se hayan reunido en grupos orgánicamente unidos que, dentro de la unidad de fe y la única constitución divina de la Iglesia universal, gozan de disciplina propia, de ritos litúrgicos propios y de un propio patrimonio teológico y espiritual. Entre los cuales, concretamente las antiguas Iglesias patriarcales, como madres en la fe, engendraron a otras como a hijas, y con ellas han quedado unidas hasta nuestros días, por vínculos especiales de caridad, tanto en la vida sacramental como en la mutua observancia de derechos y deberes. Esta variedad de Iglesias locales, dirigidas a un solo objetivo, muestra admirablemente la indivisa catolicidad de la Iglesia. Del mismo modo las Conferencias Episcopales hoy en día pueden desarrollar una obra múltiple y fecunda a fin de que el sentimiento de la colegialidad tenga una aplicación concreta.

 

El ministerio de los Obispos

24. Los Obispos, en su calidad de sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación por medio de la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos (cf. Mt., 28,18; Mc., 16,15-16; Act., 26,17ss.). Para el desempeño de esta misión, Cristo Señor prometió a sus Apóstoles el Espíritu Santo, a quien envió de hecho el día de Pentecostés desde el cielo para que, confortados con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines de la tierra ante las gentes, pueblos y reyes (cf. Act., 1,8; 2,1ss.; 9,15). Este encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, y en la Sagrada Escritura se llama muy significativamente "diakonía", o sea ministerio (cf. Act., 1,17-25; 21,19; Rom., 11,13; 1Tim., 1,12).

La misión canónica de los Obispos puede hacerse ya sea por las legítimas costumbres que no hayan sido revocadas por la potestad suprema y universal de la Iglesia, ya sea por las leyes dictadas o reconocidas por la misma autoridad, ya sea también directamente por el mismo sucesor de Pedro : y ningún Obispo puede ser elevado a tal oficio contra la voluntad de éste, o sea cuando él niega la comunión apostólica.

 

 

El oficio de enseñar de los Obispos

25. Entre los oficios principales de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, es decir, herederos de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida, la ilustran con la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación las cosas nuevas y las cosas viejas (cf. Mt., 13,52), la hacen fructificar y con vigilancia apartan de la grey los errores que la amenazan (cf. 2Tim., 4,1-4). Los Obispos, cuando enseñan en comunión por el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como los testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte tienen obligación de aceptar y adherirse con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su Obispo en materias de fe y de costumbres cuando él la expone en nombre de Cristo. Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según el deseo que haya manifestado él mismo, como puede descubrirse ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas.

Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso anuncian infaliblemente la doctrina de Cristo. la Iglesia universal, y sus definiciones de fe deben aceptarse con sumisión. Esta infalibilidad que el Divino Redentor quiso que tuviera su Iglesia cuando define la doctrina de fe y de costumbres, se extiende a todo cuanto abarca el depósito de la divina Revelación entregado para la fiel custodia y exposición.

Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, en razón de su oficio, cuando proclama como definitiva la doctrina de fe o de costumbres en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles a quienes ha de confirmarlos en la fe (cf. Lc., 22,32). Por lo cual, con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de los Obispos cuando ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del Espíritu Santo en virtud de la cual la grey toda de Cristo se conserva y progresa en la unidad de la fe.

Cuando el Romano Pontífice o con él el Cuerpo Episcopal definen una doctrina lo hacen siempre de acuerdo con la Revelación, a la cual, o por escrito, o por transmisión de la sucesión legítima de los Obispos, y sobre todo por cuidado del mismo Pontífice Romano, se nos transmite íntegra y en la Iglesia se conserva y expone con religiosa fidelidad, gracias a la luz del Espíritu de la verdad. El Romano Pontífice y los Obispos, como lo requiere su cargo y la importancia del asunto, celosamente trabajan con los medios adecuados, a fin de que se estudie como debe esta Revelación y se la proponga apropiadamente y no aceptan ninguna nueva revelación pública dentro del divino depósito de la fe.

 

El oficio de los Obispos de santificar

26. El Obispo, revestido como está de la plenitud del Sacramento del Orden, es "el administrador de la gracia del supremo sacerdocio", sobre todo en la Eucaristía que él mismo celebra, ya sea por sí, ya sea por otros[31], que hace vivir y crecer a la Iglesia. Esta Iglesia de Cristo está verdaderamente presente en todas las legítimas reuniones locales de los fieles, que, unidos a sus pastores, reciben también el nombre de Iglesia en el Nuevo Testamento[32]. Ellas son, cada una en su lugar, el Pueblo nuevo, llamado por Dios en el Espíritu Santo y plenitud (cf. 1Tes., 1,5). En ellas se congregan los fieles por la predicación del Evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor "a fin de que por el cuerpo y la sangre del Señor quede unida toda la fraternidad". En toda celebración, reunida la comunidad en torno al altar bajo el ministerio sagrado del Obispo[33], se manifiesta el símbolo de aquella caridad y "unidad del Cuerpo místico de Cristo sin la cual no puede haber salvación"[34]. En estas comunidades, por más que sean con frecuencia pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, Cristo está presente, el cual con su poder da unidad a la Iglesia, una, católica y apostólica[35]. Porque "la participación del cuerpo y sangre de Cristo no hace otra cosa sino que pasemos a ser aquello que recibimos"[36].

Ahora bien, toda legítima celebración de la Eucaristía la dirige el Obispo, al cual ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religiosa cristiana y de administrarlo conforme a los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia, las cuales él precisará según su propio criterio adaptándolas a su diócesis.

Así, los Obispos, orando por el pueblo y trabajando, dan de muchas maneras y abundantemente de la plenitud de la santidad de Cristo. Por medio del ministerio de la palabra comunican la virtud de Dios a todos aquellos que creen para la salvación (cf. Rom., 1,16), y por medio de los sacramentos, cuya administración sana y fructuosa regulan ellos con su autoridad, santifican a los fieles[37]. Ellos regulan la administración del bautismo, por medio del cual se concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo. Ellos son los ministros originarios de la confirmación, dispensadores de las sagradas órdenes, y los moderadores de la disciplina penitencial; ellos solícitamente exhortan e instruyen a su pueblo a que participe con fe y reverencia en la liturgia y, sobre todo, en el santo sacrificio de la misa. Ellos, finalmente, deben edificar a sus súbditos, con el ejemplo de su vida, guardando su conducta no sólo de todo mal, sino con la ayuda de Dios, transformándola en bien dentro de lo posible para llegar a la vida terna juntamente con la grey que se les ha confiado.

 

Oficio de los Obispos de regir

27. Los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que se les han encomendado, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y con su potestad sagrada, que ejercitan únicamente para edificar su grey en la verdad y la santidad, teniendo en cuenta que el que es mayor ha de hacerse como el menor y el que ocupa el primer puesto como el servidor (cf. Lc., 22,26-27). Esta potestad que personalmente poseen en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata aunque el ejercicio último de la misma sea regulada por la autoridad suprema, y aunque, con miras a la utilidad de la Iglesia o de los fieles, pueda quedar circunscrita dentro de ciertos límites. En virtud de esta potestad, los Obispos tienen el sagrado derecho y ante Dios el deber de legislar sobre sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo cuanto pertenece al culto y organización del apostolado.

A ellos se les confía plenamente el oficio pastoral, es decir, el cuidado habitual y cotidiano de sus ovejas, y no deben ser tenidos como vicarios del Romano Pontífice, ya que ejercitan potestad propia y son, con verdad, los jefes del pueblo que gobiernan. Así, pues, su potestad no queda anulada por la potestad suprema y universal, sino que, al revés, queda afirmada, robustecida y defendida, puesto que el Espíritu Santo mantiene indefectiblemente la forma de gobierno que Cristo Señor estableció en su Iglesia.

El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir (cf. Mt., 20,28; Mc., 10,45); y a entregar su vida por sus ovejas (cf. Jn., 10, 11). Sacado de entre los hombres y rodeado él mismo de flaquezas, puede apiadarse de los ignorantes y de los errados (cf. Hebr., 5,1-2). No se niegue a oír a sus súbditos, a los que como a verdaderos hijos suyos abraza y a quienes exhorta a cooperar animosamente con él. Consciente de que ha de dar cuenta a Dios de sus almas (cf. Hebr., 13,17), trabaje con la oración, con la predicación y con todas las obras de caridad por ellos y también por los que todavía no son de la única grey; a éstos téngalos por encomendados en el Señor. Siendo él deudor para con todos, a la manera de Pablo, esté dispuesto a evangelizar a todos (cf. Rom., 1,14-15) y no deje de exhortar a sus fieles a la actividad apostólica y misionera. Los fieles, por su lado, deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia lo está con Cristo y como Cristo mismo lo está con el Padre, para que todas las cosas armonicen en la unidad[38] y crezcan para la gloria de Dios (cf. 2Cor., 4,15).

 

8.- Catecismo de la Iglesia Católica (año 1992), Núm. 857-865

 

La Iglesia es apostólica

857 La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

— Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

— Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles (cf 2 Tm 1, 13-14).

— Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (AG 5):

Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (MR, Prefacio de los apóstoles).

 

La misión de los apóstoles

858 Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, "llamó a los que él quiso, y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la palabra griega "apostoloi"]. En ellos continúa su propia misión: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16).

859 Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él (cf Jn 15, 5) de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como "ministros de una nueva alianza" (2 Co 3, 6), "ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores de Cristo" (2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (1 Co 4, 1).

860 En el encargo dado a los apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28, 20). "Esta misión divina confiada por Cristo a los apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir... sucesores" (LG 20).

Los obispos sucesores de los apóstoles

861 "Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio" (LG 20; cf San Clemente Romano, Cor. 42; 44).

862 "Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos". Por eso, la Iglesia enseña que "por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió" (LG 20).

 

El apostolado

863 Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (AA 2).

864 "Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo (cf Jn 15, 5; AA 4). Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "que es como el alma de todo apostolado" (AA 3).

865 La Iglesia es una, santa, católica y apostólica en su identidad profunda y última, porque en ella existe ya y será consumado al fin de los tiempos "el Reino de los cielos", "el Reino de Dios" (cf Ap 19, 6), que ha venido en la persona de Cristo y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por él, hechos en él "santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor" (Ef 1, 4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9), "la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios" (Ap 21, 10-11); y "la muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14).


NOTAS

[1] Sobre la autoridad de esta carta baste señalar que era considerada como canónico (parte de la Biblia) por algunas comunidades antiguas, como la iglesia de Siria. La escribe Clemente, obispo de Roma, a la comunidad cristiana de Corinto. Esta carta es interesante por muchos aspectos. El motivo de la misma fue la injusta deposición de varios presbíteros en la iglesia de Corinto. Contra esta sedición apela Clemente al principio de sucesión establecido por Cristo y los apóstoles; principio que establece en la Iglesia un orden jerárquico que no se puede alterar. En segundo lugar, el hecho mismo de su intervención en una iglesia distante, con fórmulas que dan a entender su responsabilidad, y parecen exigir de los corintios una verdadera obediencia, muestra que ya a finales del siglo I poseía la Iglesia romana una sólida organización, y que velaba con maternales cuidados por las comunidades lejanas.

[2] Números 42 y 44. J. Collantes, La fe de la Iglesia Católica, Madrid 1995, p. 430.

[3] Las violentas intrigas de los arrianos contra San Atanasio (298-373) se encarnizaron a la muerte del emperador Constantino (337). Con mezquinas campañas de difamación y calumnias se procuraba colocar en puestos claves a obispos simpatizantes del arrianismo, doctrina que entre otras cosas negaba la divinidad de Jesucristo. Así se había hecho en un sínodo de Tiro (335), en el que se depuso a Atanasio. Reunidos en Antioquia los obispos a la muerte de Eusebio de Cesarea (337), nombraron su sucesor al arriano Acacio; renovaron la deposición de Atanasio, tomaron por la fuerza las iglesias de Alejandría, de donde el santo luchador de Nicea tuvo que huir. Enterado el papa Julio I, escribió una severa carta a los obispos antioquenos, reclamando su derecho a ser informado y a dirimir las cuestiones entre obispos. La conciencia de esta responsabilidad y arbitraje de Roma era para entonces algo vividos como tradicional.

[4] J. Collantes, La fe de la Iglesia Católica, Madrid 1995, p. 434s.

[5] Denzinger-Hünermann 732.

[6] Denzinger-Hünermann 1318.

[7] Denzinger-Hünermann 3061.

[8] Cf. Hech 6,2-6; 11,30; 13,1; 14,23; 20,17; 1 Tes 5,12-13; Flp 1,1; Col 4,11 y pasim.

[9] Cf. Hech 20,25-27; 2 Tim 4,6s; 1 Tim 5,22; 2 Tim 2,2; Tit 1,5; San Clemente Romano, Ad Corintios­ 44,3, ed Funk, I, p. 154s.

[10] San Clemente, Ad Corintios 44,2, ed. Funk, I, p. 154s.

[11] Cf. Tertuliano, Praescr. haer. 32; San Ignacio de Antioquia, passim.

[12] Cf. Tertuliano, Praescr. haer. 32.

[13] Cf. San Ireneo, Adv. haer. III, 3,1.

[14] Cf. San Ireneo, Adv. haer. III, 2,2.

[15] San Ignacio de Antioquia, Ad Philad., prefacio, ed. Funk I p. 264.

[16] San Ignacio de Antioquia, Ad Philad 1.1; Ad Magn 6,1.

[17] San Clemente Romano, Ad Corint. 42,3-4; 44,3-4; 57,1-2; ed. Funk, I, 152-156.171s; San Ignacio de Antioquia, Ad Philad. 2; Ad Smirn. 8; Ad Magn. 3; Ad Trall. 7. San Justino, Apol., 1,65; San Cipriano, Epistol. passim.

[18] Cf. León XIII, encíclica Satis cognitum del 29 de junio de 1896.

[19] Cf. Concilio de Trento, Sesión 23, decr. De sacr. Ordinis, cap 4; Concilio Vaticano I, Sesión 4, const. dogm. De Ecclesia Christi, cap. 3; Pío XII, enc. Mystici Corporis, 29 de junio 1943.

[20] Cf. León XIII, carta Et sane, 17 diciembre 1888.

[21] En la obra Tradición Apostólica 3 (escrita alrededor del 215 por Hipólito de Roma), se atribuye al obispo el “primado del sacerdocio”; se dice para la ordenación episcopal de los presbíteros: “Completa en ellos, Señor, la cumbre del ministerio”. Se dice de los obispos: “concédeles Señor la sede episcopal para regir tu Iglesia y a todo el pueblo”.

[22] Tradición Apostólica 2.

[23] Cf. San Cipriano, Epist. 63, 14; S. Juan Crisóstomo, In 2 Tim. Hom 2,4; San Ambrosio In Ps. 38,25-26.

[24] Cf. Eusebio, Hist. Eccl. V,24,10; Dionisio, en Eusebio, ib. VII,5,2.

[25] Cf., acerca de los Concilios antiguos, Eusebio, Hist. Eccl. V,23-24; Concilio de Nicea, canon 5.

[26] Cf. Tertuliano, De ieiunio, 13.

[27] San Cipriano, Epist. 56,3.

[28] San Cipriano, Epist. 66,8. Allí dice: “El obispo en la Iglesia, y la Iglesia en el obispo”.

[29] San Cipriano, Epist. 55,24. Allí dice: “una sola Iglesia por todo el mundo dividida en muchos miembros”. También Epist. 36,4.

[30] San Hilario de Poitiers, In Ps. 14,3; San Gregorio Magno, Moral. IV,7,12.-

[31] Cf. San Ignacio de Antioquia, Ad Smyrn. 8,1.

[32] Cf. Hech 8,1; 14,22-23; 20,17 y passim.

[33] Cf. San Ignacio de Antioquia, Ad Smyrn. 8,1.

[34] Santo Tomás de Aquino, Summa Theol. III, q.73, a.3.

[35] Cf. San Agustín, C. Faustum, 12,20; Serm. 57,7.

[36] San León Magno, Serm. 63,7.

[37] Traditio Apostolica de Hipólito, 2-3.

[38] Cf. San Ignacio de Antioquia, Ad Ephes. 5,1.

 

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La palabra "iglesia" deriva de la palabra del griego tardío "kyriakon", casa del Señor, edificio eclesiástico. El NT traduce la palabra con el griego ekklesia. En el griego secular la palabra designaba una asamblea pública, significado que se conservó en el NT (Hechos 19:32, 39, 41).

En el OT hebreo la palabra "qahal" designa a la asamblea del pueblo de Dios (e.g., Deut. 10:4; 23:2 - 3; 31:30; Salmos 22:23), y los LXX, la versión griega del OT, tradujeron esta palabra por ekklesia y también por synagoge. Incluso en el NT ekklesia puede significar la asamblea de los israelitas (Hechos 7:38; Heb. 2:12); pero aparte de estas excepciones, el término ekklesia en el NT designa a la iglesia cristiana una, santa, apostólica,

católica-universal fundada por Cristo, tanto en lo local (e.g., Mat. 18:17; Hechos 15:41; Rom. 16:16; I Cor. 4:17; 7:17; 14:33; Colos. 4:15) como universal ´católica´ en (e.g., Mat. 16:18; Hechos 20:28; I Cor. 12:28; 15:9; Efes.1:22).

Origen - Según Mateo, único Evangelio que usa el término "iglesia", el origen de la iglesia se remonta a Jesús mismo (Mat. 16:18). Es Mateo en 16:18 y 18:17 cuando usa Jesús la palabra "iglesia".

 

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Concilio Vaticano II - Lumen Gentium, 19-20

La sucesión apostólica


       Los apóstoles, mediante el anuncio del evangelio en todas partes acogido por los oyentes bajo la acción del Espíritu Santo, reúnen la Iglesia universal que el Señor fundó en los apóstoles... Esta misión divina, confiada por Cristo a los apóstoles, tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida para la Iglesia. Por eso los apóstoles se preocuparon de instituir en esta sociedad jerárquicamente organizada a sus sucesores.

       En efecto, no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio. También, para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios...Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos, que, a través de una sucesión que se remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica. Así, como lo atestigua San Ireneo, a través de aquellos que los apóstoles nombraron obispos y de sus sucesores hasta nosotros, se manifiesta y conserva la tradición apostólica en todo el mundo.

 

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Cristo, siervo de Dios

1. En nuestro itinerario a través de los salmos y cánticos que constituyen la liturgia de las Horas nos encontramos con el cántico del capítulo segundo de la carta a los Filipenses, versículos 6-11, que se reza en las primeras Vísperas de los cuatro domingos en que se articula la liturgia.

Lo meditamos por segunda vez, para seguir penetrando en su riqueza teológica. En estos versículos brilla la fe cristiana de los orígenes, centrada en la figura de Jesús, reconocido y proclamado hermano nuestro en la humanidad, pero también Señor del universo. Por consiguiente, es una auténtica profesión de fe cristológica, que refleja muy bien el pensamiento de san Pablo, pero que también puede ser un eco de la voz de la comunidad judeocristiana anterior al Apóstol.

2. El cántico comienza hablando de la divinidad, propia de Jesucristo. En efecto, a él le corresponde la "naturaleza" y la condición divina, la morphè -como se dice en griego-, o sea, la misma realidad íntima y trascendente de Dios (cf. v. 6). Sin embargo, él no considera su identidad suprema y gloriosa como un privilegio del cual hacer alarde, un signo de poder y de mera supremacía.
El movimiento del himno avanza claramente hacia abajo, es decir, hacia la humanidad. "Al despojarse" y casi "vaciarse" de aquella gloria, para asumir la morphè, o sea, la realidad y la condición de esclavo, el Verbo entra por esta senda en el horizonte de la historia humana. Más aún, se hace semejante a los seres humanos (cf. v. 7) y se rebaja hasta someterse incluso a la muerte, signo del límite y de la finitud. Esta es la humillación extrema, porque acepta la muerte de cruz, que la sociedad de entonces consideraba la más infame (cf. v. 8).

3. Cristo elige rebajarse desde la gloria hasta la muerte de cruz:  este es el primer movimiento del cántico, sobre el que volveremos a reflexionar para ponderar otros aspectos.

El segundo movimiento avanza en sentido inverso:  desde abajo se eleva hacia lo alto, desde la humillación se asciende hacia la exaltación. Ahora es el Padre quien glorifica al Hijo, arrancándolo de la muerte y entronizándolo como Señor del universo (cf. v. 9). También san Pedro, en el discurso de Pentecostés, declara que "al mismo Jesús que vosotros crucificasteis Dios lo ha constituido Señor y Mesías" (Hch 2, 36). Así pues, la Pascua es la epifanía solemne de la divinidad de Cristo, antes velada por su condición de siervo y de hombre mortal.

4. Ante la grandiosa figura de Cristo glorificado y entronizado todos se postran en adoración. No sólo en el horizonte de la historia humana, sino también en los cielos y en los abismos (cf. Flp 2, 10) se eleva una intensa profesión de fe:  "Jesucristo es Señor" (v. 11). "Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos" (Hb 2, 9).

Concluyamos este breve análisis del cántico de la carta a los Filipenses, sobre el que hemos de volver, dando la palabra a san Agustín, el cual, en su Comentario al evangelio de san Juan, remite al himno paulino para celebrar el poder vivificador de Cristo que realiza nuestra resurrección, arrancándonos de nuestro límite mortal.

5. He aquí las palabras del gran Padre de la Iglesia:  "Cristo, "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios". ¿Qué hubiera sido de nosotros, aquí en el abismo, débiles y apegados a la tierra, y por ello imposibilitados de llegar a Dios? ¿Podíamos ser abandonados a nosotros mismos? De ninguna manera. Él "se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo", pero sin abandonar la forma de Dios. Por tanto, el que era Dios se hizo hombre, asumiendo lo que no era sin perder lo que era; así, Dios se hizo hombre. Por una parte, aquí encuentras la ayuda a tu debilidad; y, por otra, todo lo que necesitas para alcanzar la perfección. Que Cristo te eleve en virtud de su humanidad, te guíe en virtud de su humana divinidad y te conduzca a su divinidad. Queridos hermanos, toda la predicación cristiana y la economía de la salvación, centrada en Cristo, se resumen en esto y en nada más:  en la resurrección de las almas y en la resurrección de los cuerpos. Ambos estaban muertos:  el cuerpo, a causa de la debilidad; y el alma, a causa de la iniquidad; ambos estaban muertos y era necesario que ambos, el alma y el cuerpo, resucitaran. ¿En virtud de quién resucita el alma sino en virtud de Cristo Dios? ¿En virtud de quién resucita el cuerpo sino en virtud de Cristo hombre? (...) Que resucite tu alma de la iniquidad en virtud de su divinidad y resucite tu cuerpo de la corrupción en virtud de su humanidad" (Commento al Vangelo di san Giovanni, 23, 6, Roma 1968, p. 541).

04.08.2004

 

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IRENEO DE LYON. Obispo de la Iglesia católica

140 ca. - El primado de Roma.

 

Después de declarar que, afortunadamente, está en condición de poder enumerar los obispos designados por los Apóstoles y la serie de los que han ido sucediéndoles hasta su tiempo, Ireneo observa que sería demasiado largo establecer la lista sucesoria de los obispos de todas las iglesias fundadas por los Apóstoles. Por esta razón se limita a darnos la sucesión episcopal de las principales iglesias (3,3,2):

Pero como sería muy largo, en un volumen como éste, enumerar las sucesiones de todas las iglesias, nos limitaremos a la Iglesia más grande, más antigua y mejor conocida de todos, fundada y establecida en Roma por los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo, demostrando que la tradición que tiene recibida de los Apóstoles y la fe que ha anunciado a los seres humanos han llegado hasta nosotros por sucesiones de obispos. Ello servirá para confundir a todos los que de una forma u otra, ya sea por satisfacción propia o por vanagloria, ya sea por ceguedad o por equivocación, celebran reuniones no autorizadas.

Luego sigue una declaración sobremanera importante. Desgraciadamente no poseemos el texto griego original de esta sentencia, sino tan sólo la traducción latina, que, con todo, parece ser muy servicial: Ad hanc enim ecclesiam propter potentiorem principalitatem necesse est omnem convenire ecclesiam, hoc est omnes qui sunt undique fideles. in qua semper ab his qui sunt undique, conservata est ea quae est ab apostolis traditio.

La cuestión que se plantea es ésta: ¿cuál es el significado de la palabra principalitas? Por desgracia, las palabras latinas principalitas, principalis, principaliter, pueden servir para traducir bastantes palabras griegas que difieren notablemente de significado unas de otras, e. g.: αυθεντία, εξουσία, καθολικός, ηγεμονικός, προηγουμένως, πρωτεύειν. Van den Eynde y Bardy sugieren la traducciσn de principalitas por αρχή, άρχαΐον ο αρχοηότης. En este caso, Ireneo asignaría a la Iglesia de Roma un lugar más elevado por razón de su "origen superior," o sea, por haber sido fundada por los dos Príncipes de los Apóstoles. Ehrhard traduce propter potentiorem principalitatem "por razón de su liderazgo más eficaz" (wirksamere Führerschaft). Entonces todo el pasaje rezaría así:

Porque, a causa de su liderazgo eficaz, es preciso que concuerden con esta Iglesia todas las iglesias, es decir, los fieles que están en todas partes, ya que en ella se ha conservado siempre la tradición apostólica por (los fieles) que son en todas partes.

F. M. Sagnard, en su nueva edición y traducción, traduce propter potentiorem principalitatem: "por razón de su más poderosa autoridad de fundación." Las palabras "es preciso que concuerden" afirman probablemente un hecho, no una obligación. La prueba está en el mismo contexto. Ireneo, en efecto, trata de demostrar que las fábulas y ficciones de los gnósticos son extrañas a la tradición apostólica. Por consiguiente, el pasaje en cuestión no se refiere a la constitución eclesiástica, sino a la fe que es común a todas las iglesias particulares y que está en abierta oposición con la gnosis y sus especulaciones. Es significativo que Ireneo, a continuación de este pasaje, enumere los obispos romanos hasta Eleuterio (174-189); luego prosigue:

En este orden y con esta sucesión han llegado hasta nosotros la tradición que existe en la Iglesia a partir de los Apóstoles y la predicación de la verdad. Y ésta es una prueba muy fuerte de que la fe vivificante que existe en la Iglesia, recibida de los Apóstoles, conservada hasta ahora y transmitida en la verdad, es siempre la misma (3,3,3).

 

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LA SUCESIÓN APOSTÓLICA EN

EL NUEVO TESTAMENTO

 

¿De veras "no hay huella" de la doctrina de la sucesión apostólica en el N.T.?.

 

Por el P. Juan Carlos Sack, Apologetica.org

Agradecemos al autor - www.apologetica.org  

 

Nota Introductoria: si buscamos en los textos del Nuevo Testamento un pasaje donde diga: "Por la presente, yo, Apóstol N.N., declaro a fulano mi sucesor", sin duda no lo vamos a encontrar. De semejante expresión, "no hay huellas". ¡Tampoco es necesario una frase de ese porte para mantener la doctrina de la sucesión apostólica! Basta ver lo que los apóstoles de hecho hicieron para darnos cuenta que tuvieron la intención de establecer sucesores, es decir, hombres que guiasen las iglesias locales con autoridad recibida de los apóstoles. En otros artículos de este sitio se puede ver cómo los Padres de la Iglesia de los primeros cuatro siglos y el magisterio de la Iglesia han interpretado las Escrituras y han enseñado sobre este punto. Para una breve exposición de la doctrina y saber a qué se refiere la expresión "sucesión apostólica" y a qué no se refiere, ver el artículo de A. Lang.

 

    Si leemos con atención las Escrituras, y sobretodo sin prejuicios, veremos que el oficio que Jesús da a los Apóstoles de regir, enseñar y santificar la Iglesia de Dios no puede terminar con la muerte de éstos. Jesús tenían intención de que la Iglesia permaneciese hasta el final de los tiempos (Mt 28,20), que sea predicada a toda creatura (Mc 16,15; Mt 28,18) y que arribase hasta el confín de la tierra (Hechos 1,8). Esta misión encomendada por Jesús a los Apóstoles es imposible llevar a cabo si el oficio de regir, enseñar y santificar no se extiende de algún modo hasta el final de los tiempos y hasta el confín de la tierra, cosa que no puede realizarse si ese oficio termina con los Apóstoles, como es obvio.

    Veamos algunos textos en particular donde se comprueba que los Apóstoles, conscientes de que ellos morirían y de que la Iglesia debía perdurar hasta el fin del mundo, y que era como "una ciudad sobre la montaña" (es decir... ¡visible!) tuvieron la intención de instituir hombres que, en lugar de ellos, gobernasen la Iglesia con autoridad, y que a su vez esos hombres instituyesen a otros en su lugar. Es lo que llamamos "sucesión apostólica". Sin duda que los Apóstoles lo hicieron no por voluntad propia, sino movidos por el Espíritu Santo, y muy probablemente por instrucciones precisas de parte del mismo Jesús, como lo dice Clemente, obispo de Roma (véase el artículo con los textos de los Padres). De este modo la autoridad que tuvieron estos sucesores de los apóstoles se considera como proveniente de Dios, y no meramente organizativa, y mucho menos "invisible", ya que estos sucesores ocupan el puesto de los Apóstoles. (Véase el artículo del magisterio de la Iglesia y el de A. Lang para la distinción entre lo que era transmisible en el oficio apostólico y lo que no lo era). Esto quedará claro luego de analizar algunos pasajes.

 

Las cartas "pastorales"

    Con razón anota Tomás de Aquino que la materia de estas cartas es "la instrucción a los que rigen el pueblo de Dios" (Comentario a 1 Timoteo, prólogo). En estas cartas, tanto Timoteo como Tito aparecen como:

    a) los que ostentan el lugar de Pablo, es decir, obran en su nombre, con su autoridad:

Te escribo estas cosas, esperando ir a ti pronto, pero en caso que me tarde, te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad... Te encargo solemnemente en la presencia de Dios y de Cristo Jesús y de sus ángeles escogidos, que conserves estos principios sin prejuicios, no haciendo nada con espíritu de parcialidad.
(1 Tim 3,14s y 5,21)

Incluso les confiere la autoridad de nombrar a otros al frente de la iglesia:

Por esta causa te dejé en Creta, para que pusieras en orden lo que queda, y designaras ancianos en cada ciudad como te mandé (Tit 1,5) No impongas las manos sobre nadie con ligereza, compartiendo así la responsabilidad por los pecados de otros; guárdate libre de pecado (1 Tim 5,22). Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2 Tim 2,2).

Es claro pues que el Apóstol les encomienda que obren en su lugar, sin hacer nada sino lo que él les había dicho, e incluso les confiere la autoridad que hasta el momento se reservaba sólo a los Apóstoles, a saber, establecer a los guías de la iglesia (ver Hechos 14,22-23).

Pablo los está instruyendo, sabiendo que la muerte le es próxima (2 Tim 4,5-8); se trata pues de instrucciones para ser puestas en práctica por los líderes de las iglesias después de su muerte, y hasta la venida del Señor (1 Tim 6,14), por lo que se entiende la preocupación de Pablo en que Tito y Timoteo tengan especial cuidado en elegir a los que deban suceder a ellos (ver citas más arriba). Es claro que los está dejando, de hecho, como responsables de las iglesias en lugar de él.

b) están al cuidado de las iglesias puestas a su cargo con toda autoridad: A Timoteo le encomienda la delicada misión de custodiar la doctrina, misión que si bien es compartida por todos los creyentes, encuentra en Timoteo el principal responsable:

Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido... Esto manda y enseña... Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza... Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan... (1 Tim 4,6.11.13.16)

Es claro que el oficio de Timoteo es exclusivo de él, en el sentido que Pablo deja un responsable de la comunidad en lo que toca a la enseñanza, y ese es Timoteo. Los demás "escuchan" (1 Tim 4,16). Más adelante continúa en la misma línea:

Enseña y predica estos principios. Si alguno enseña una doctrina diferente y no se conforma a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido y nada entiende... Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo...  Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, y evita las palabrerías vacías y profanas, y las objeciones de lo que falsamente se llama ciencia... (1 Tim 6,3.13-14,20)

Luego agrega con más fuerza aún:

Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción (2 Tim 4,1s).

Le mandará lo mismo a Tito:

Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina... muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana e irreprochable...  Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te desprecie (Tit 2,1.7-8,15).

Palabra fiel es ésta, y en cuanto a estas cosas quiero que hables con firmeza, para que los que han creído en Dios procuren ocuparse en buenas obras (Tit 3,8).

Es de recordar que el oficio de la enseñanza "con toda autoridad" era el oficio propio de los Apóstoles, como consta en todas las Escrituras del Nuevo Testamento (ver por ejemplo Hechos 6,2-4).

También se le advierte a Timoteo (1 Tim 2,1-11) cómo debe ser el culto de los cristianos, para que él supervise y no permita que se hagan las cosas de cualquier manera.

Por otro lado, Pablo es cuidadoso de transmitir a Timoteo y Tito asuntos importantes del gobierno de la Iglesia, como por ejemplo las cualidades que deben tener los que quieran servir como obispos, diáconos o presbíteros; no sólo eso, sino también cómo deben ser considerados si son acusados y llevados a juicio, todas cosas estas que, por su misma naturaleza, corresponden a personas que ostentan autoridad sobre toda la comunidad (ver 1 Tim 3,1-10; 5,15-20; 2 Tim 2,2; Tit 1,5-9; 2,15ss). Y también les encomienda a todo el resto de la comunidad: ancianos, jóvenes, doncellas, viudas, adolescentes y esclavos (1 Tim 5,1-16; Tit 2,2-10). Y finalmente les enseña cómo deben ser amonestados y eventualmente anatematizados los herejes:

Al hombre que cause divisiones, después de la primera y segunda amonestación, deséchalo, sabiendo que el tal es perverso y peca, habiéndose condenado a sí mismo (Tit 3,10)

En una palabra, Tito y Timoteo son establecidos por Pablo para gobernar con toda autoridad las iglesias. Una iglesia "invisible", como teorizan algunos, sin hombres de nombre y apellido con autoridad apostólica, ¿cómo podría aplicar la disciplina de la "excomunión", o como dice el texto "desechar" a uno que causa divisiones? ¡Pues sin duda que ese uno encontrará pasajes bíblicos que, según él, confirman su doctrina! ¿Y quién tendrá razón?

c) son establecidos con autoridad divina: de hecho Timoteo y Tito (y luego los demás) recibieron la autoridad a través de la imposición de manos por parte del Apóstol, cosa que comportaba siempre la gracia de Dios que les venía concedida para llevar adelante el oficio que recibían:

Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad... Guarda, mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros, el tesoro que te ha sido encomendado (2 Tim 1,6-9.13-14).

No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio (1 Tim 4,14).

Un oficio, como el de regir las iglesias, que es dado con signos de la gracia divina ("espíritu", "poder de Dios", "don espiritual") no puede provenir sino de Dios mismo, que es el único que puede conceder esas gracias.

Por otro lado, esos mismos que Pablo había establecido "presbíteros en cada una de las iglesias" (Hechos 14,23) eran considerados por todos como establecidos por el mismo Espíritu Santo:

Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre (Hechos 20,28).

En decir, aquellos que han sido puestos al frente de las iglesias como sus pastores con la imposición de manos (Timoteo y Tito son los ejemplos más claros de todo el Nuevo Testamento) son considerados como puestos en ese oficio por el mismo Espíritu Santo; es claro, entonces, que la autoridad que ellos poseen les viene como carisma de parte de Dios. A ese carisma en favor de la transmisión fiel del mensaje evangélico hasta el final de los tiempos llamamos "sucesión apostólica".

 

Hechos de los Apóstoles

    Todo el libro de Hechos, como su mismo título lo declara, es el relato de las primeras acciones apostólicas de la Iglesia primitiva, y en particular de Pedro y Pablo. Es un verdadero gusto, y damos gracias a Dios y a Lucas, su autor, por semejante tesoro. Allí podemos ver declarado, no a modo de definición dogmática, como lo hará la Iglesia más tarde para alejar toda duda, sino como práctica pastoral de hecho, la realidad de hombres que ostentan la suprema autoridad en las iglesias locales no por voluntad propia, sino por disposición de Dios y de los Apóstoles. A esta autoridad llamamos "sucesión apostólica", es decir, la autoridad que los mismos Apóstoles quisieron que tuviesen los que irían a presidir las comunidades cristianas "hasta el fin del mundo", y a los cuales el cristiano debe considerar como ocupando el lugar de los Apóstoles.

a) Santiago, el hermano del Señor

    La figura que más resalta en este sentido, y con gran claridad, es Santiago.

    Hay que saber que en las Escrituras del Nuevo Testamento aparecen varios personajes llamados "Santiago" (gr: "Iakobus"). Para lo que nos ocupa ahora es importante saber que el Santiago que aparece en la reunión conciliar de Jerusalén y en algunas cartas de Pablo no es uno de los Doce. Se pueden consultar, por ejemplo, estos artículos (en inglés) del "The Word Biblical Commentary" (dirigido por estudiosos protestantes) sobre el autor de la carta canónica de Santiago, y sobretodo "The Anchor Bible Dictionary" (también dirigido por autores protestantes) sobre el nombre "Santiago" en el Nuevo Testamento, y Santiago, el hermano del Señor. También se puede ver cualquier comentario o diccionario bíblico.

    Pues bien, este Santiago, que no siendo uno de los Doce está sin embargo a la cabeza de la comunidad de Jerusalén, es visto por Pablo y los Doce como un sucesor de ellos en el gobierno de esa comunidad, con toda la autoridad del caso, de tal modo que los fieles e incluso los mismo Apóstoles se sujetan a sus disposiciones. Veamos lo que nos dicen las Escrituras.

Y (Pedro) haciéndoles señal con la mano para que guardaran silencio, les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Y les dijo: Informad de estas cosas a Santiago y a los hermanos. Entonces salió, y se fue a otro lugar. (Hechos 12,17)

    De notar aquí la importancia de Santiago en la dirección de la comunidad, que debe ser avisado del evento extraordinario de la liberación de Pedro; ¿el motivo? Sin duda por tratarse del pastor de esa comunidad de Jerusalén, pastor reconocido por Pedro.

    Leemos sobre el concilio de Jerusalén:

Cuando terminaron de hablar, Santiago respondió, diciendo: Escuchadme, hermanos. Simón ha relatado cómo Dios al principio tuvo a bien tomar de entre los gentiles un pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, tal como está escrito: DESPUÉS DE ESTO VOLVERÉ, Y REEDIFICARÉ EL TABERNÁCULO DE DAVID QUE HA CAÍDO. Y REEDIFICARÉ SUS RUINAS, Y LO LEVANTARÉ DE NUEVO, PARA QUE EL RESTO DE LOS HOMBRES BUSQUE AL SEÑOR, Y TODOS LOS GENTILES QUE SON LLAMADOS POR MI NOMBRE, DICE EL SEÑOR, QUE HACE SABER TODO ESTO DESDE TIEMPOS ANTIGUOS. Por tanto, yo juzgo que no molestemos a los que de entre los gentiles se convierten a Dios, sino que les escribamos que se abstengan de cosas contaminadas por los ídolos, de fornicación, de lo estrangulado y de sangre. Porque Moisés desde generaciones antiguas tiene en cada ciudad quienes lo prediquen, pues todos los días de reposo es leído en las sinagogas. (Hechos 15,13-21).

    Sabemos que esta intervención de Santiago es decisiva en el concilio de Jerusalén, y se trata nada menos que de decidir sobre lo que es necesario, y lo que no, para la salvación. ¡Qué autoridad la de este hombre, que no es un apóstol y que está a la cabeza de la Iglesia nada menos que en Jerusalén! Luego, en la carta que envían a las comunidades del Asia, se dice: "Pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros..." (15,28). Son palabras en verdad llenas de significado: ese "nosotros" no son sólo los apóstoles, sino también Santiago y los ancianos, que se habían reunido para deliberar sobre ese asunto (15,6). De modo que tenemos, ya en la época apostólica, que algunos hombres actuaban con autoridad sobre cuestiones de fe y de gobierno, cosa que, por supuesto, se continuaría con la desaparición de los Apóstoles, a medida que morían. Eso es lo que, en la Iglesia Católica, se conoce como "sucesión apostólica".

    Otro texto sobre la autoridad con la que obraba Santiago y de los demás ancianos. Cuenta Lucas:

Después de estos días nos preparamos y emprendimos el camino hacia Jerusalén. Y nos acompañaron también algunos de los discípulos de Cesarea, quienes nos condujeron a Mnasón, de Chipre, un antiguo discípulo con quien deberíamos hospedarnos. Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con regocijo. Y al día siguiente Pablo fue con nosotros a ver a Santiago, y todos los ancianos estaban presentes. Y después de saludarlos, comenzó a referirles una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles mediante su ministerio. Y ellos, cuando lo oyeron, glorificaban a Dios, y le dijeron: Hermano, ya ves cuántos miles hay entre los judíos que han creído, y todos son celosos de la ley; y se les ha contado acerca de ti, que enseñas a todos los judíos entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. Entonces, ¿qué es lo que se debe hacer? Porque sin duda la multitud se reunirá pues oirán que has venido. Por tanto, haz esto que te decimos: Tenemos cuatro hombres que han hecho un voto; tómalos y purifícate junto con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos sabrán que no hay nada cierto en lo que se les ha dicho acerca de ti, sino que tú también vives ordenadamente, acatando la ley. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito, habiendo decidido que deben abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a los hombres, y al día siguiente, purificándose junto con ellos, fue al templo, notificando de la terminación de los días de purificación, hasta que el sacrificio se ofreciera por cada uno de ellos. (Hechos 21,15-26)

 

 

    Tenemos aquí a Pablo, el que era Apóstol no por designio humano, sino por voluntad directa y tajante de Jesucristo, que había recibido el evangelio directamente del Señor (ver Gal 1,1), pues bien este mismo Pablo ¡va a ver a Santiago!, con quién estaban también los ancianos. A ellos les da cuenta de lo que hace con los gentiles, y luego de que estos glorificaran a Dios por lo que había hecho mediante la predicación de Pablo, les mandan que cumpla con preceptos de la ley que no tenían ya ningún valor, pero para escandalizar a los judíos que eran aún escrupulosos en esto. ¿Qué hace Pablo? ¡Pues sin decir ni una palabra va y cumple con los ritos que le mandan! ¿Porqué hace eso? Porque Santiago y los demás ancianos TENÍAN AUTORIDAD, aunque no eran Apóstoles. Podemos preguntarnos: ¿se interrumpió el gobierno de la Iglesia en los años que siguieron?

    En Gal 2,9, Pablo dice que Santiago, junto a Pedro y Juan, eran considerados "columnas" de la Iglesia (sobre la identidad de este Santiago, que no es uno de los Apóstoles, véase un comentario bíblico, por ejemplo Richard Longenecker, en "The Word Biblical Commentary", volúmen 41, "Galatians", 1990).

    De modo que si los Apóstoles mismos reconocían a uno que no era Apóstol, como Santiago, y también a los demás ancianos (gr. "presbyteroi") como válidos pastores de la iglesia en Jerusalén con toda la autoridad que hemos visto (¡columnas!), ¿cuál es la duda acerca de la sucesión apostólica? Y si, como dicen algunos, no se trata de un sucederse de hombres en el cargo de cabezas de la comunidad con autoridad de enseñar y de gobernar conferida por los Apóstoles, es decir, de una "sucesión apostólica", entonces ¿de qué se trata?

b) Los presbíteros de la comunidad de Efeso

    Hay un texto, que ya hemos citado más arriba, de gran valor a la hora de ver la autoridad con la que contaban los líderes de la comunidad post-apostólica. Se trata del discurso de Pablo en Mileto, poco antes de partir para Roma, de donde no volvería más (cosa que Pablo sabía -Hechos 20,25-). Quedándose en Mileto, Pablo manda un mensaje a Efeso para que vengan a verlo, pero curiosamente no llama a toda la comunidad de creyentes, sino "a los ancianos de la Iglesia" (20,17). ¿Porqué? Se verá en el discurso que les da (citamos sólo los pasajes más importantes para nuestro tema):

Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos; cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo...

Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios. Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre. Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán el rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas. Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados...

En todo os mostré que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: "Más bienaventurado es dar que recibir." Cuando terminó de hablar, se arrodilló y oró con todos ellos. Y comenzaron a llorar desconsoladamente, y abrazando a Pablo, lo besaban, afligidos especialmente por la palabra que había dicho de que ya no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta el barco. (Hechos 20,18-38).

    Señalamos sólo algunas cosas:

    - Pablo llama a los ancianos de Efeso, ya que les quiere encomendar sus últimas palabras, darles ánimo, advertirles. ¿Porqué a ellos y no a todos los creyentes de Efeso? Porque Pablo sabía que, después de él y de los Doce, ELLOS GOBERNARÍAN LA IGLESIA DE DIOS. Eso es lo que llamamos "sucesión apostólica". "Ancianos" es un término técnico, y se refiere a los que gobernaban las iglesias; en otras palabras, Pablo no mandó llamar a los "viejos", que pobrecitos se queden en sus casas, sino a los responsables de la comunidad, que serían en su mayoría de una cierta edad, sin duda, de donde se origina el vocablo.

    - Esos ancianos habían oído de Pablo (por tradición oral, el único modo de transmitir el evangelio entonces) muchísimas cosas relacionadas al "propósito de Dios", "durante tres años, de noche y de día" y "uno por uno" como también "públicamente". Estas cosas permitían a los ancianos gobernar la iglesia según Dios, y distinguir la sana doctrina de la que no era, y consecuentemente ejercer una verdadera autoridad sobre los demás fieles.

    - Pablo les manda que "tengan un cuidado muy atento" (gr. "proséjete") de sí mismos y "de todo el rebaño" (gr. "panti to poimnío") en el cual el Espíritu Santo "os estableció" (gr. "étheto") para "pastorear" (gr. "poimánein") "como obispos" (gr. "episkopous") "de la Iglesia de Dios" (gr. "ten ekklesían tou theoú"). De modo que los ancianos son puestos como "obispos" por el Espíritu Santo, para ser pastores, y como sabemos nadie puede ser pastor si no tiene autoridad para ello. En otros textos del Nuevo Testamento encontramos que los ancianos y obispos son establecidos "por los Apóstoles" por la "imposición de manos" (ver por ejemplo 1 Tim 4,14), y no se daba la práctica -corriente en algunas denominaciones cristianas- que el que se creía llamado al obispado daba un paso adelante y se establecía en tal. De modo que el Espíritu Santo no excluye la elección que hace la iglesia de los ancianos, ni la elección que hace la iglesia de los ancianos excluye la elección del Espíritu Santo: éste obra en aquella, porque se trata de "la Iglesia de Dios". Resuena en los oídos aquella expresión de la carta post conciliar de Jerusalén: "Nos pareció bien, al Espíritu Santo y a nosotros..." (Hechos 15,28) siendo que en realidad no había habido ninguna manifestación extraordinaria del Espíritu en ese concilio, sino más bien las apasionadas discusiones de los apóstoles, ancianos y toda la iglesia (ver Hechos 15,2.7). Así, de modo "invisible", se manifestaba el Espíritu muy visiblemente por medio de los "obispos" que Él mismo había "establecido" para "pastorear" la Iglesia de Dios.

    - Pablo sabe que son hombres de barro, y que pueden naufragar en la fe: "de entre vosotros se levantarán lobos feroces", etc. (29 y 30). De modo que también debía saber que no era en base a la sabiduría personal, ni a la santidad de vida que los "obispos" habían sido establecidos por el Espíritu Santo. A PESAR de que eran sólo hombres, son ELLOS los que siguen siendo considerados por Pablo como los "pastores" del rebaño, con autoridad divina ("el Espíritu Santo os estableció"). Para no caer en los errores doctrinales Pablo les dice que "estén alertas" (gr. "gregoréite") "recordando constantemente" (gr. "mnemonéuontes") lo que les había enseñado POR TRES AÑOS. (Ya que el presente artículo tiene carácter apologético, nos permitimos notar que, curiosamente, no les dice que se atengan a la sola autoridad de las Escrituras como arma infalible para pastorear el rebaño, que es la doctrina actual del evangelismo) De modo que los lobos feroces serán aquellos que enseñen al rebaño doctrinas contrarias a lo que él les había trasmitido "por tres años, día y noche", "uno por uno y en público". En otros lugares Pablo, teniendo en cuenta esta misma necesidad de custodiar el depósito de la fe íntegramente, dirá que conservemos "las tradiciones que de mí habéis aprendido, sea por carta, sea oralmente" (2 Tes 2,15), y Pedro dirá que en los escritos de Pablo, como en las demás Escrituras, "hay pasajes de difícil interpretación" que los ignorantes e inestables usan "para su propia perdición" (2 Pe 3,16), de modo que la doctrina de la "sola biblia" como norma de fe no solo no aparece en las Escrituras, sino que le es contraria. En la historia del cristianismo de los primeros siglos, los lobos feroces se respaldarán SIEMPRE en textos bíblicos (interpretados cada uno a su modo) y la verdad del evangelio será defendida SIEMPRE en nombre de "lo que hemos recibido de los apóstoles" y "se trasmite en las iglesias fundadas por ellos" (ver el artículo sobre la sucesión apostólica en los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, para los textos). Esto, como vemos por Hechos, no es una invención de Constantino, sino que es la disposición que dejaron los Apóstoles.

    - Pablo los encomienda "a Dios y a la palabra de su gracia" que "es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados". Algunos verán aquí, sin duda, la supuesta doctrina de la "sola scriptura" de Pablo, porque los encomienda a la "palabra" de su gracia, que sería la Biblia... No podemos detenernos en todos los puntos, y además estamos preparando un artículo sobre el significado de "palabra de Dios" en las Escrituras, pero baste mencionar que:

a) cuando Pablo dio este discurso, no había ninguna "palabra" escrita del Nuevo Testamento a la cual los ancianos hubiesen tenido que ir para "edificarse", y ciertamente no se trataba de los escritos de la Antigua Alianza, en los cuales no está la doctrina de la Nueva sino sólo oscuramente;

b) la "palabra" de Dios, en Pablo, es mucho más que la Biblia, como lo es en los demás escritores del Nuevo Testamento, comenzando por Juan que dice que la palabra "era Dios", y que "habitó entre nosotros", refiriéndose a Jesús;

c) "palabra de su gracia", en este pasaje, se entiende más bien como "toda la revelación de Dios", incluyendo su "gracia", su obrar, su presencia, su ayuda, su fuerza, etc. Pablo no les está diciendo que "lean las Escrituras", sino que los "encomienda a la gracia de Dios", que aquí se expresa con la bella expresión "palabra de su gracia". La mismísima expresión aparece en Hechos 14,3, donde de ningún modo puede significar "la Biblia", sino más bien "evangelio", es decir, todo el mensaje de la salvación en todos sus aspectos. De modo que la fuerza de los ancianos (y podemos decir, de los líderes de las iglesias en lo porvenir) reside en la gracia de Dios, en su presencia que edifica la iglesia, una iglesia EN LA CUAL surgirán lobos feroces, pero que el Señor no permitirá que destruyan el rebaño, como es obvio.

    Digamos como conclusión que en el discurso de Pablo a los ancianos de Efeso se ve que los Apóstoles (aquí Pablo) querían que en la Iglesia de Dios hubiese autoridad, visible, que son hombres elegidos por el Espíritu Santo como obispos para pastorear el pueblo de Dios, y que eso no los vuelve santos necesariamente: habrá buenos pastores y habrá malos pastores, pero la gracia de Dios estará en su Iglesia para gobernarla hasta el último día de su existencia. Después de todo, es el mismo Espíritu el que los elige, y por tanto provee también a darles su gracia.

 

El Apocalipsis

    En el libro del Apocalipsis se mencionan los “ángeles de las Iglesias”, a los cuales Jesús les habla, les amonesta, los anima, etc. (capítulos 2 y 3). Según la interpretación más común, esos “ángeles” serían los obispos de las respectivas iglesias, quienes tienen la responsabilidad de la conducción de las mismas, y por eso reciben el reproche o la alabanza por parte de Jesús.

    En la literatura extra bíblica contemporánea con el libro del Apocalipsis, nos encontramos con una organización eclesial fuertemente centrada en torno a la figura del obispo, como lo afirma repetidamente S. Ignacio de Antioquia en sus cartas, dirigidas en su mayoría a las comunidades del Asia Menor, la misma región geográfica donde se ubican las “siete iglesias” que reciben los mensajes apocalípticos. Si bien S. Ignacio no usa el nombre de “ángel” cuando habla del obispo de una comunidad (cosa muy lógica ya que no tenían la intención de escribir una carta de carácter simbólico, como lo es el Apocalipsis), sin embargo la alta estima en la que era tenido como representante de Dios en la comunidad permite pensar que el autor del Apocalipsis se esté refiriendo a ellos cuando habla de los “ángeles de las iglesias”.

    En el libro del Apocalipsis Jesús se dirige a las iglesias a través de los “ángeles” de esas comunidades, los que difícilmente pueden tomarse como los “ángeles” del mundo celestial, ya que algunos son duramente juzgados por Jesús debido a sus pecados, cosa imposible en un “ángel” en sentido estricto. Así encontramos por ejemplo estos reproches dirigidos a los “ángeles” de las iglesias: “no eres ni frío ni caliente, y por eso te vomitaré de mi boca” (3,15) “conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, pero estás muerto” (3,1), etc. Sería difícil -por no decir imposible- aplicar estas expresiones a un ángel de la corte celestial; más bien parecería que bajo el nombre simbólico de “ángel de la iglesia” el autor del libro - todo él simbólico - quiera referirse a un ser humano, que a diferencia del ángel es capaz de pecado, como sería el obispo, figura puesta al frente de una comunidad de creyentes (Iglesia).

    Otro dato a tener en cuenta es que estos “ángeles”, siempre según el libro del Apocalipsis, cumplen la función que cumpliría precisamente un obispo: enseñar con autoridad y organizar las comunidades, aplicando la debida disciplina interna. Es lo que se ve claramente en 2,12-16, donde aparece el mensaje al “ángel de la iglesia de Pérgamo”, que luego de una alabanza inicial recibe también un reproche “porque tienes ahí a los que mantienen la doctrina de Balaam… Así tú también tienes algunos que de la misma manera mantienen la doctrina de los nicolaítas. Por tanto, arrepiéntete; si no, vendré a ti pronto y pelearé contra ellos con la espada de mi boca”. Evidentemente se trata de una comunidad de personas, o más bien del guía de esa comunidad (se usa la segunda persona singular) que no ha sabido ordenar esa asamblea convenientemente, dejando entrar a los falsos maestros nicolaítas. Se trata claramente de un oficio de gobierno, que como sabemos estaba en manos del “epískopos” u “obispo”.

    En 1,20 los “ángeles de las iglesias” son llamados también “estrellas”, término común en el ambiente judío para designar a los que presiden una comunidad (ver por ejemplo Daniel 12,3). También se dice que Jesús tiene “fuertemente en su mano” estas estrellas, mostrando su poder y dominio sobre las mismas.

    Con respecto al número de siete, según la aritmética apocalíptica, representa la totalidad, de modo que tendríamos en las “siete iglesias” representadas todas las iglesias, y con ellas también a los “ángeles de las siete iglesias”.

 

Conclusión

    Como decíamos al inicio, la lectura atenta de las Escrituras, particularmente de los textos más tardíos que nos muestran cuál fue la evolución de la disciplina de la Iglesia en los últimos años apostólico y del comienzo de la era post-apostólica, muestra que los Apóstoles establecieron a los obispos, presbíteros y diáconos como sus sucesores, en grado diferenciado, para el buen gobierno de la Iglesia (sobre el particular de los "grados" del ministerio, ver el Catecismo de la Iglesia Católica, números 1536 a 1600); con este fin imponían las manos a hombres selectos para que, con autoridad, gobernasen la grey, enseñasen la doctrina y administrasen el culto; en una palabra, para que "cuidasen de la grey en la que el Espíritu Santo los había establecido como obispos para pastorear la Iglesia de Dios" (Hechos 20,28). Sin necesidad de buscar la expresión "sucesión apostólica" en las Escrituras -que ciertamente no aparece, como tampoco aparece la palabra Trinidad sin que por eso no podamos creer en la doctrina trinitaria- podemos estar seguros que los Apóstoles tuvieron la intención, y de hecho así lo hicieron, de establecer en las distintas iglesias "sucesores", que a su vez debían cuidar de nombrar a otros (Tit 1,5-9), hasta que el Señor tornase en gloria. Este es el modo con el cual el Espíritu Santo no permite que el evangelio de Dios se corrompa con el paso del tiempo, la debilidad humana y la rapacidad de los lobos disfrazados de ovejas.

P. Juan Carlos Sack - Ponzano, Italia, 2001

 

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Carta de San Pablo a los Romanos 8,31-39. - ¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores? ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros? ¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Como dice la Escritura: Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte; se nos considera como a ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

 

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Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado-Autor: Francisco Varo-Editorial: Planeta Testimonio-2006

 

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El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta.

 

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La humildad - "Así pues, hermanos, tengamos sentimientos humildes, desprendiéndonos de toda jactancia, vanidad, insensatez e ira y hagamos lo que fue escrito (pues el Espíritu Santo dice: No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza, ni el rico en su riqueza, sino que el que se gloríe hágalo en el Señor al buscarle a Él y obrar la ley y la justicia [Cf. Jer 9, 22-23; 1 S 2, 10; 1 Co 1,31; 2 Co 10,17]) recordando sobre todo las palabras del Señor Jesús que habló para enseñar la benignidad y la paciencia. 2. Pues dijo así: Apiadaos para que vosotros halléis piedad; perdonad para que os perdonen. Como vosotros obréis, así se obrará con vosotros. Como deis, se os dará. Como juzguéis, así seréis juzgados. Con la bondad con que obréis, se obrará con vosotros. Con la medida que midáis se os medirá (Cf. Mt 5, 7; 6, 14-15; 7, 1-2; Lc 6, 31.36-38). 3. Con este mandamiento y estos preceptos fortalezcámonos para caminar en obediencia a sus santas palabras, con sentimientos de humildad. Pues la palabra santa dijo: ¿Sobre quién volveré la mirada sino sobre el manso, el pacífico y el que teme a mis palabras? (Is 66,2)"

 

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María, la Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras clave del misterio del nacimiento de su Hijo divino: humildad, silencio, asombro y alegría.

Nos exhorta, ante todo, a la humildad, para que Dios encuentre espacio en nuestro corazón, no oscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los ángeles y el llanto del Niño, sin ahogarlos con el alboroto y la confusión. Junto a ella nos presentaremos ante el belén con íntimo asombro, saboreando la alegría sencilla y pura que este Niño trae a la humanidad.

 

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La caridad 

XLIX. 1. "El que tenga amor en Cristo, cumpla los mandamientos de Cristo. 2. ¿Quién puede explicar el vínculo del amor de Dios? 3. ¿Quién puede dar a conocer suficientemente lo magnífico de su hermosura? 4. La altura, a la que nos conduce el amor, es indescriptible. 5. El amor nos une a Dios; el amor cubre la muchedumbre de los pecados (1 P 4, 8); el amor todo lo soporta; tiene paciencia con todo. En el amor nada es vulgar, nada soberbio. El amor no ocasiona cisma, el amor no se subleva, el amor todo lo hace en armonía. En el amor alcanzaron la perfección todos los elegidos de Dios; sin amor nada es agradable a Dios. 6. En el amor nos acogió el Señor. Por el amor que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre en favor nuestro por voluntad de Dios, y su carne en favor de nuestra carne, y su alma en favor de nuestras almas. 

L. 1. Amados, ved qué grande y admirable es el amor, y no hay explicación de su perfección. 2. ¿Quién es capaz de ser encontrado en él, sino aquéllos a los que Dios juzgue dignos? Por tanto, supliquemos e imploremos de su misericordia para que seamos encontrados inmaculados en el amor sin parcialidad humana. 3. Todas las generaciones desde Adán hasta el día de hoy pasaron, pero los que fueron perfectos en el amor poseen, por la gracia de Dios, el lugar de los piadosos, los cuales se manifestarán en la visita del Reino de Cristo. 4. Pues está escrito: Entrad un poco en los graneros hasta que haya pasado mi ira y cólera, y recordaré el día bueno y os resucitaré de vuestros sepulcros (Cf. Is 26, 20 ; Ez 37, 12). 5. Amados, somos bienaventurados si obramos los mandatos del Señor en la concordia del amor para que, por el amor, nos sean perdonados los pecados. 6. Pues está escrito: Bienaventurados aquéllos cuyas indignidades fueron perdonadas y cuyos pecados fueron cubiertos. Bienaventurado el hombre al que el Señor no tuvo en cuenta el pecado y en cuya boca no hay engaño (Sal 31, 1-2; Rm 4, 7-8). 7. Esta bendición sobrevino sobre los elegidos de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén."

Clemente de Roma, Carta a los Corintos, XIII, 1; XLIX, 1 – L, 1.

 

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"La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento."

 

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Un cristiano libre es un cristiano responsable - Un gran riesgo, que a mi juicio puede haber en la sociedad católica, es encerrarse en la sacristía, donde se está a gusto, y no confrontarse con la realidad. Otro gran riesgo es el dualismo, dejar su vida de fe sólo para lo privado, que es también motivo de estos congresos y que ustedes han denunciado en su semanario, y que lo ha vuelto a hacer ahora el Santo Padre.
Hay un punto que tendríamos que recordar y se nos está olvidando por días, y cada vez más: hay que hablarle al pueblo de Dios de lo que significa, al fin y al cabo, la palabra martirio. Los martirios son muchos, y hay que vivirlos con alegría. Hay que ir al martirio, llenos de esperanza. Limitamos en exceso las objeciones de conciencia, cuando hay que empezar a reivindicar la insumisión, que es lo que realmente transforma la sociedad. Hay que ser insumisos cuando el poder plantea cuestiones que son contrarias al orden natural. Eso hay que reivindicarlo de una vez por todas. Si hubiésemos sido insumisos ante el aborto, seguramente cuando la gente hubiese visto a sus médicos entrar en la cárcel hubiese dicho: «Esto es una barbaridad». Como no hemos sido objetores de conciencia, hoy se siguen matando 70.000 niños todos los años. Y al que no le duelan 70.000 niños es que no tiene nada de corazón. Hay que reclamar ser objetor, y hay que saber que eso es un bien para nosotros, para la Iglesia, incluso para los no creyentes. El martirio del siglo XXI pasa por la difamación, por la exclusión social, por señalar a la persona como un loco, o como una persona que ya no está en el mundo, pasa seguramente también por las distintas formas de insulto, por ser quemado en la plaza pública de la opinión.
Yo, cuando quiero dejar de ser egoísta, pienso en mis hijos y en mis nietos, en los hijos de mis hermanos y de mis amigos, a ver qué sociedad les vamos a traer. Que piensen que si este cúmulo de derechos y libertades tan maravilloso que hemos tenido en Europa vamos a ser capaces de dejárselo dentro de cincuenta años, cuando a lo mejor otras religiones que no son la nuestra y que, obviamente, no considero mejores que la nuestra, les quiten derechos o libertades a nuestras hijas y a nuestros hijos de los que hemos reivindicado para nosotros. España 2005-11-

 

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« Pulchritudo habet similitudinem cum propriis Filii » - « La belleza está relacionada con lo que es propio del Hijo » La Iglesia es Esposa amada de Cristo. Tomás de Aquino.

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“Si alguno ha fijado la mirada en Aquel que, dispensando a todos belleza, permanece inmóvil en sí mismo y, ofreciendo todo, no recibe nada para sí…

¿De qué belleza tendrá nunca necesidad?... la Belleza primordial vuelve bellos y amables a sus amantes” Plotino, Enneadi, I,6,1:«Sobre lo bello».

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Dios es el Abierto, es comunicación, es fuente de vida y de donación de cuanto posee. Dios es riqueza a gozar en la vida sacramental de su Esposa la Iglesia.

 

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La Iglesia católica no es de los hombres, es de Dios y aquí es donde duele: representa la belleza, la verdad, la bondad, la trascendencia de Dios y, aunque está hecha por hombres, no ha sucumbido en estos más de veinte siglos. A los hombres, lo que les ofrece es una versión moral de la existencia y un conjunto de senderos con norte claro para no desorientarse. ¿Por qué? Porque –queramos reconocerlo o no– el suceso de la manzanita de Eva ha dejado herida –no muerta– la naturaleza del hombre. Quizá sea éste el origen de los ataques a la Iglesia católica y a sus instituciones: no querer aceptar que el hombre debe ser sanado con un tratamiento eficaz –por cierto, muy radical, porque afecta a la totalidad del ser humano–, y recetado por los representantes de Dios en la tierra. Y en esa receta mágica se contempla cómo vivir con dignidad, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; cómo ser feliz a través de la familia; cómo entender que es más importante ser que hacer o tener; o cómo morir con dignidad de hijo de Dios, entre otras numerosas afirmaciones o vibraciones positivas.
¿Por qué es tan difícil conseguir una convivencia pacífica, basada en el respeto a la libertad de las conciencias, que no es lo mismo que libertad de conciencia? Porque el cristianismo va a la raíz de las cosas, no postula soluciones aguadas, ni banaliza los problemas, ni, mucho menos, trivializa la verdad... Al contrario, ofrece alternativas exigentes, pero basadas en el amor que Dios nos tiene, y con el que podemos afrontar todo aquello que nos parezca un escollo u obstáculo insalvable. Por eso, existen minorías minoritarias incapaces de asumir esta realidad, y, en lugar de respetarla o pasar olímpicamente, se revuelcan, atacan, buscan cómplices, y hacen daño. Lo mejor es ignorarlas, no hacerles propaganda, no colaborar con la mentira y dejar que transcurra el tiempo, ése que coloca las cosas y personas en su sitio.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

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Alégrese la madre naturaleza
con el grito de la luna llena:
que no hay noche que no acabe en día,
ni invierno que no reviente en primavera,
ni muerte que no dé paso a la vida;
ni se pudre una semilla
sin resucitar en cosecha.

 

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“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

 

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Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador (cf Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17). La luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

¡Que tu conducta nunca sea motivo de injustificada inquietud a la creación, en la que tu eres el rey!

 

El ecologismo espiritual nos enseña a ir más allá de la pura «protección» y del «respeto» de la creación; nos enseña a unirnos a la creación en la proclamación de la gloria de Dios.

 

«La belleza podrá cambiar el mundo si los hombres consiguen gozar de su gratuidad» Susana Tamaro – católica, escritora - 2004.12.

 

¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!»

 

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Señor Jesús, queremos recoger la lección de S. Francisco que aprendió de la Iglesia.
Como él queremos verte en tus obras y a través de ellas llegar a Ti.
Que todo el universo sea para nosotros un cántico de alabanza en tu honor.
Que a través de nuestras buenas obras, los demás también Te glorifiquen y juntos construyamos esa fraternidad universal, de la cual el mundo entero está necesitado. AMÉN.

 

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Se multiplican los diagnósticos desesperados sobre el estado de la tierra:  "un hormiguero que se resquebraja", "un planeta que agoniza"... La ciencia describe cada vez con más detalles el posible escenario de la disolución final del cosmos. Se enfriarán la tierra y los demás planetas; se enfriarán el sol y las demás estrellas; se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... Un día, la expansión se agotará y comenzará la contracción; al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Se producirá entonces el "Big Crunch", o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión, o "Big Bang", de hace quince mil millones de años.

Nadie sabe si las cosas sucederán realmente así o de otro modo. Pero la fe nos asegura que, aunque fuese así, ese no sería el final total. Dios no ha reconciliado consigo al mundo para luego abandonarlo a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para luego retirarse, él solo, a su cielo, en el momento en que llegue ese fin. "Te he amado con un amor eterno", dijo Dios al hombre en la Biblia (Jr 31, 3) y las promesas de "amor eterno" de Dios no son como las del hombre.

 

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«Las catástrofes naturales nos sitúan en la verdad. A pesar de tantos progresos, no estamos en grado de poder gobernar la realidad en su totalidad. No encontramos respuesta a estos hechos porque hemos perdido el sentido de la grandeza de Dios»

 

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‘Si la técnica no se reconcilia con  la naturaleza, ésta se rebelará’ 12 nov.2000 S. S. Juan Pablo II - Magno

 

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Crisis ecológica y crisis moral - La crisis ecológica contemporánea es un aspecto preocupante de una más profunda crisis moral y es efecto de una equivocada concepción de un desarrollo desmedido que no tiene en cuenta el ambiente natural, sus límites, sus leyes y su armonía, especialmente en cuanto se refiere al uso-abuso del progreso científico-tecnológico. La tierra sufre a causa del egoísmo del hombre.

 

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San Pedro Crisólogo (380 ca. 450 ca.) en el Segundo discurso sobre el ayuno: "Son grandes las obras del Señor". Pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la creación, este poder, es superado por la grandeza de la misericordia. En efecto, el profeta dijo:”Son grandes las obras de Dios"; y en otro pasaje añade:”Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo y llena la tierra. (...) Precisamente por eso, la grande, generosa y única misericordia de Cristo, que reservó cualquier juicio para el último día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia. (...) Precisamente por eso, confía plenamente en la misericordia el profeta que no confiaba en su propia justicia:  "Misericordia, Dios mío —dice— por tu bondad" (Sal 50, 3)" (42, 4-5:  Discursos 1-62 bis, Scrittori dell area santambrosiana, 1, Milán-Roma 1996, pp. 299. 301).
Así decimos también nosotros al Señor:  "Misericordia, Dios mío, por tu bondad".

 

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«El cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano» - En un libro sagrado, muy querido para millones de creyentes, se lee que, en el comienzo de los tiempos, Dios creó el universo en todos sus maravillosos aspectos: el cielo, la tierra, el mar y, al final, creó al hombre como rey de este cosmos, confiándolo a sus cuidados. Es la narración del Génesis.

La visión de la Iglesia católica, y de la Santa Sede en particular, sobre los problemas que se debaten aquí, se inspira en esas páginas de la Biblia. Permítanme que, por un breve momento, recordemos estas páginas que pertenecen al patrimonio de la humanidad. Ellas nos dicen que el cosmos creado ha sido confiado por Dios al ser humano, que ocupa un lugar central en el mundo, para que lo gobierne con sabiduría y responsabilidad, respetando el orden que Dios ha establecido en su creación (cf. Juan Pablo II Discurso a la Pontificia Academia de las ciencias, 22 de noviembre de 1991, n. 6).

 

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EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS   

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas. 

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.   

“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).   

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).   

 

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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

 

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005  expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
 
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.

2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.

3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.

4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.

6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.

7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.

8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.

9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.

10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.

 

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En la creación del mundo y del hombre, Dios ofreció el primero y universal testimonio de su amor todopoderoso y de su sabiduría, el primer anuncio de su "designio benevolente" que encuentra su fin en la nueva creación en Cristo.

316 Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación.

317 Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda.

318 Ninguna criatura tiene el poder Infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf DS 3624).

319 Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza.

320 Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida.

321 La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último.

322 Cristo nos invita al abandono filial en la providencia de nuestro Padre celestial (cf Mt 6, 26-34) y el apóstol S. Pedro insiste: "Confiadle todas vuestras preocupaciones pues él cuida de vosotros" (I P 5, 7; cf Sal 55, 23).

323 La providencia divina actúa también por la acción de las criaturas. A los seres humanos Dios les concede cooperar libremente en sus designios.

324 La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo coneceremos plenamente en la vida eterna.

 

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“De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. S. S. Benedicto XVI. P.M. – MMV.XI.X.

 

“Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni es un ser oscuro e indescifrable, como el hado, con cuya fuerza misteriosa es inútil luchar”.

 

Dios se manifiesta «como una persona que ama a sus criaturas, que vela por ellas, les acompaña en el camino de la historia y sufre por la infidelidad de su pueblo «a su amor misericordioso y paterno».

«El primer signo visible de esta caridad divina hay que buscarlo en la creación»: «los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas».

«Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de un pueblo, se da una revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador»

«Existe, por tanto, un mensaje divino, grabado secretamente en la creación», signo de «la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo».

«De las obras creadas se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia».


El Papa acabó su discurso, dejando a un lado sus papeles, comentó un pensamiento de san Basilio Magno, doctor de la Iglesia, obispo de Cesárea de Capadocia, quien constataba que algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban dentro de sí, imaginaron el universo sin un guía ni orden, a la merced de la casualidad».

«Creo que las palabras de este padre del siglo IV son de una actualidad sorprendente», reconoció S. S. Benedicto XVI preguntándose: «¿Cuántos son estos "algunos" hoy?».

«Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de un guía y de orden».

«El Señor, con la sagrada Escritura, despierta la razón adormecida y nos dice: al inicio está la Palabra creadora. Al inicio la Palabra creadora --esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el cosmos-- es también Amor».

El Papa concluyó exhortando a dejarse «despertar por esta Palabra de Dios» e invitando a pedirle que «despeje nuestra mente para que podamos percibir el mensaje de la creación, inscrito también en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora y esta Sabiduría es amor y bondad».
S. S. Benedicto XVI. P.M. MMV.XI.X.

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por visitarnos

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado-Autor: Francisco Varo-Editorial: Planeta Testimonio-2006

 

Pero lo verdaderamente importante es que la Iglesia renueva sin cesar su fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Porque de eso estamos hablando: de una persona, de un ser vivo, y no de una cosa o una idea. La Eucaristía es Él. Y todos, en la Iglesia, vivimos por Él, con Él y gracias a Él, y soñando con unirnos algún día plenamente a Él. O al menos, así debería ser.

 

«Sobre el misterio eucarístico se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo».

 

Benedicto XVI animó a los laicos a hacer de la Eucaristía el «motor interior de toda actividad» y recordó que «ninguna dicotomía es admisible entre la fe y la vida». 2005-10-23, al cerrar el Sínodo de los Obispos y el año de la Eucaristía.

 

Recomendamos 4 libros : Joseph +cardenal Ratzinger, al día S. S. BENEDICTO XVI P.M.: Fe, verdad y tolerancia; Introducción al cristianismo; La fraternidad de los cristianos; Un canto nuevo para el Señor; Ediciones SIGUEME -

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Recomendamos vivamente: PATROLOGÍA

Domingo RAMOS-LISSON. Editorial EUNSA-Es. 2006

Profesor de patrología e Historia de la Iglesia (edad antigua) en la Universidad de NAVARRA-España. La aportación de los Padres de la Iglesia a la historia del pensamiento que va gestando la humanidad a través de los siglos, representa un legado riquísimo que las nuevas generaciones deben conocer. La valoración de esta herencia es ya un motivo más que suficiente para iniciar la lectura de las obras patrísticas. La motivación se acrecienta si es lector es cristiano y tiene interés por conocer las raíces del mensaje de Jesús, puesto que los escritores cristianos de los primeros siglos de la Iglesia son órganos vivos de la transmisión de la fe revelada.

Fe custodiada fielmente por la Iglesia católica y sólo ella hace dos mil años, desde el mismo Pentecostés.

 

Recomendamos vivamente: Filología e historia de los textos cristianos.

Giovanni María Vian – Editorial Ediciones Cristiandad – 2006. Este libro dibuja por primera vez una historia general de los textos cristianos y de su significado en la historia de la cultura, desde los orígenes de la Biblia al sc. XX, pasando por la confrontación con el judaísmo y el helenismo, el nacimiento de la filología cristiana con Orígenes, Eusebio y Jerónimo, la Edad Media entre el Oriente bizantino y el Occidente latino, el esplendor del humanismo, la gran erudición entre los siglos XVI y XVIII, la relación problemática de la tradición cultural cristiana con la modernidad.

 

Autor: Joseph Ratzinger – en el siglo: S.S. BENEDICTO XVI

La fraternidad de los cristianos” Joseph Ratzinger Ediciones ‘sígueme’

“Verdad, valores, poder” Joseph Ratzinger. Editorial Rialp

“Principios de moral cristiana”         98 p.p.     6,00 € editorial EDICEP

“Evangelio, catequesis, catecismo”  80 p.p.     4,75 € “

“La eucaristía, centro de vida”        170 p.p.  10,00 € “

“En el principio creó Dios”              128 p.p.    7,25 € “

“La provocación del discurso sobre Dios”  - Editorial TROTTA

“Dios y el mundo” Editorial Galaxia Gutenberg



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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).