Saturday 25 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Patrología > Patrología - 11.2 Iglesia sucesión apostólica obispos; reflexiones varias

 

1. Cristo Señor, Hijo de Dios vivo, que vino a salvar del pecado a su pueblo y a santificar a todos los hombres, como El fue enviado por el Padre, así también envió a sus Apóstoles, a quienes santificó, comunicándoles el Espíritu Santo, para que también ellos glorificaran al Padre sobre la tierra y salvaran a los hombres "para la edificación del Cuerpo de Cristo" (Ef., 4,12), que es la Iglesia.

 

2. En esta Iglesia de Cristo, el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, a quien confió Cristo el apacentar sus ovejas y sus corderos, goza por institución divina de potestad suprema, plena, inmediata y universal para el cuidado de las almas. El, por tanto, habiendo sido enviado como pastor de todos los fieles a procurar el bien común de la Iglesia universal y el de todas las iglesias particulares, tiene la supremacía de la potestad ordinaria sobre todas las Iglesias.

Pero también los Obispos, por su parte, puestos por el Espíritu Santo, ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas, y juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, son enviados a actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor eterno. Ahora bien, Cristo dio a los Apóstoles y a sus sucesores el mandato y el poder de enseñar a todas las gentes y de santificar a los hombres en la verdad y de apacentarlos. Por consiguiente, los Obispos han sido constituidos por el Espíritu Santo, que se les ha dado, verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores.

 

3. Los Obispos, partícipes de la preocupación de todas las Iglesias, desarrollan, en unión y bajo la autoridad del Sumo Pontífice, este su deber, recibido por la consagración episcopal, en lo que se refiere al magisterio y al régimen pastoral, todos unidos en colegio o corporación con respecto a la Iglesia universal de Dios.

E individualmente lo ejercen en cuanto a la parte del rebaño del Señor que se les ha confiado, teniendo cada uno el cuidado de la Iglesia particular que presiden, y en algunas ocasiones pueden los Obispos reunidos proveer a las Iglesias de ciertas necesidades comunes.

 

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Los grandes propulsores de la expansión del Cristianismo fueron los Apóstoles, obedientes al mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones.

Su obra no agota, con todo, el cuadro de la expansión cristiana en el mundo antiguo. Es indudable que las más de las veces serían hombres humildes y desconocidos —funcionarios, comerciantes, marinos, soldados, esclavos— los portadores de las primicias del Evangelio.

Al sonar la hora de la libertad de la Iglesia, en el siglo IV, el Cristianismo había arraigado con fuerza en diversas regiones del Oriente Próximo, como Siria, Asia Menor y Armenia; y en Occidente, en Roma y su comarca y en el África latina. La presencia del Evangelio fue también considerable en el valle del Nilo y varias regiones de Italia, España y las Galias. Fuente: José Orlandis (Historia de la Iglesia, 2001)

 

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La Iglesia católica no es de los hombres, es de Dios y aquí es donde duele: representa la belleza, la verdad, la bondad, la trascendencia de Dios y, aunque está hecha por hombres, no ha sucumbido en estos más de veinte siglos. A los hombres, lo que les ofrece es una versión moral de la existencia y un conjunto de senderos con norte claro para no desorientarse. ¿Por qué? Porque –queramos reconocerlo o no– el suceso de lamanzanita de Eva ha dejado herida –no muerta– la naturaleza del hombre. Quizá sea éste el origen de los ataques a la Iglesia católica y a sus instituciones: no querer aceptar que el hombre debe ser sanado con un tratamiento eficaz –por cierto, muy radical, porque afecta a la totalidad del ser humano–, y recetado por los representantes de Dios en la tierra. Y en esa receta mágica se contempla cómo vivir con dignidad, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; cómo ser feliz a través de la familia; cómo entender que es más importante ser que hacer o tener; o cómo morir con dignidad de hijo de Dios, entre otras numerosas afirmaciones o vibraciones positivas.
¿Por qué es tan difícil conseguir una convivencia pacífica, basada en el respeto a la libertad de las conciencias, que no es lo mismo que libertad de conciencia? Porque el cristianismo va a la raíz de las cosas, no postula soluciones aguadas, ni banaliza los problemas, ni, mucho menos, trivializa la verdad... Al contrario, ofrece alternativas exigentes, pero basadas en el amor que Dios nos tiene, y con el que podemos afrontar todo aquello que nos parezca un escollo u obstáculo insalvable. Por eso, existen
minorías minoritarias incapaces de asumir esta realidad, y, en lugar de respetarla o pasar olímpicamente, se revuelcan, atacan, buscan cómplices, y hacen daño. Lo mejor es ignorarlas, no hacerles propaganda, no colaborar con la mentira y dejar que transcurra el tiempo, ése que coloca las cosas y personas en su sitio. MMVI.III

 

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Catolicismo primitivo (2) - San Clemente Romano 

 

José Miguel Arráiz, el 13.03.2016 a las 5:34 PM 

Después de ya hace bastante tiempo continúo con esta serie, y a la vez ofrezco disculpas a quienes mantuve en espera por la continuación de la misma.

 

San Clemente Romano 

San Clemente Romano fue el tercer sucesor de San Pedro y obispo de Roma, tal como afirma San Ireneo de Lyon en su tratado Contra las herejías[1] y Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica[2], quienes también le identifican con el colaborador de San Pablo mencionado en el Nuevo Testamento (Filipenses.4,3). Se piensa que conoció personalmente a San Pedro y San Pablo. Eusebio fija su pontificado entre los años 92 al 101. Hay algunas tradiciones poco dignas de crédito que afirman que murió martir[3]. 

 

Carta a los Corintios

 

Aunque se le atribuyen varios escritos, se le considera auténtica la carta a la comunidad de Corinto, escrita para disciplinar a la comunidad que atravesaba una crisis al haber depuesto de sus cargos a los presbíteros legítimamente constituidos. Dicha carta fue considerada por algunos notables cristianos como canónico, al punto que figura en el Nuevo Testamento presentado por Cirilo patriarca de Alejandría al Rey Carlos I, que se conserva en el museo británico.

 

En lo que a nosotros respecta, cuenta con un rico contenido apologético en varios temas como la primacía petrina, la justificación, la sucesión apostólica y la unidad de la Iglesia. 

 

Primacía petrina

 

En lo que respecta al tema del primado de San Pedro es un documento importantísimo, porque recoge una fuerte evidencia implícita de que ya en el siglo I, San Clemente, como obispo de Roma y sucesor de San Pedro, contaba con una clara conciencia de su primacía como cabeza visible de la Iglesia, y por lo tanto, de su misión de mantener la unidad y.ortodoxia. De allí que al escribir a la comunidad de Corinto comienza disculpandose de su tardanza en haber atendido el problema, y posteriormente utiliza un tono de autoridad que sería completamente inapropiado en caso de carecer de jurisdicción sobre una iglesia tan distante.

 

A causa de las repentinas y sucesivas calamidades y tribulaciones que nos han sobrevenido, creemos, hermanos, haber vuelto algo tardíamente nuestra atención a los asuntos discutidos entre vosotros. Nos referimos, carísimos, a la sedición, extraña y ajena a los elegidos de Dios, abominable y sacrílega, que unos cuantos sujetos, gentes arrojadas y arrogantes, han encendido hasta punto tal de insensatez, que vuestro nombre, venerable y celebradísimo y digno del amor de todos los hombres, ha venido a ser gravemente ultrajado..” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 1,1)

 

“Mas si algunos desobedecieren a las amonestaciones que por nuestro medio os ha dirigido Él mismo, sepan que se harán reos de no pequeño pecado y se exponen a grave peligro. Mas nosotros seremos inocentes de este pecado y pediremos con ferviente oración y súplica al Artífice de todas las cosas que guarde íntegro en todo el mundo el número contado de sus escogidos, por medio de su siervo amado Jesucristo” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 59,1)

 

A lo largo de la história se repetiría una y otra vez que las distintas iglesias del orbe apelaría a la autoridad de la Sede Apostólica a lo largo de sus diversos y numerosos conflictos. 

 

Justificación y Salvación

 

En el tema de la justificación por la fe San Clemente nos deja otro rico aporte. Si bien deja claro que el hombre se justifica por la fe y no por las obras, aclara que también es necesario hacer buenas obras y cumplir los mandamientos para salvarse, de allí que haya que esforzarse perseverando en el bien para encontrarse en el número de los salvados.

 

Vigilad, carísimos, no sea que sus beneficios, que son muchos, se conviertan para nosotros en motivo de condenación, caso de no hacer en toda concordia, llevando conducta digna de Él, lo que es bueno y agradable en su presencia.” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 21,1)

 

Ahora bien, ¿qué vamos a hacer, hermanos? ¿Vamos a ser desidiosos en el bien obrar y abandonaremos la caridad? No permita el Señor que tal suceda, por lo menos en nosotros, sino apresurémonos a llevar a cabo toda obra buena con fervor y generosidad de ánimo. En efecto, el mismo Artífice y Dueño de todas las cosas se regocija y complace en sus obras … Ya vimos cómo todos los justos se adornaron con buenas obras, y el Señor mismo, engalanado con ellas, se alegró. En resolución, teniendo este dechado, acerquémonos intrépidamente a su voluntad, y con toda nuestra fuerza obremos obra de justicia” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 33,1-2.7)

 

Ahora, pues, por nuestra parte, luchemos por hallarnos en el número de los que le esperan, a fin de ser también partícipes de los dones prometidos. Mas, ¿cómo lograr esto, carísimos? Lograrémoslo a condición de que nuestra mente esté fielmente afianzada en Dios; a condición de que busquemos doquiera lo agradable y acepto a Él; a condición, finalmente, de que cumplamos de modo acabado cuanto dice con sus designios irreprochables y sigamos el camino de la verdad, arrojando lejos de nosotros toda injusticia y maldad, avaricia, contiendas, malicia y engaños, chismes y calumnias, odio a Dios, soberbia y jactancia, vanagloria e inhospitalidad. Porque los que tales cosas hacen son odiosos a Dios, y no sólo los que las hacen, sino quienes las aprueban y consienten.” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 35,4-6)

 

Porque vive Dios y vive el Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, y también la fe y la esperanza de los escogidos, que sólo el que en espíritu de humildad y perseverante modestia cumpliere sin volver atrás las justificaciones y mandamientos dados por Dios, sólo ése será ordenado y escogido en el número de los que se salvan por medio de Jesucristo, por el cual se le da a Dios la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 58,2) 

 

La Sucesión Apostólica

 

En esta carta tenemos también otro testimonio importantísimo desde el punto de vista apologético, porque nos ha dejado una definición explícita de la doctrina católica de la sucesión apostólica, en la cual es el propio Jesucristo quien instituye a los apóstoles, los cuales obedeciendo su voluntad instituyen a los obispos como sus sucesores en el ministerio apostólico.

 

Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo: una y otra cosa, por ende, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así, pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos ?después de probarlos por el espíritu? por inspectores y ministros de los que habían de creer. Y esto no era novedad, pues de mucho tiempo atrás se había ya escrito acerca de tales inspectores y ministros. La Escritura, en efecto, dice así en algún lugar: Estableceré a los inspectores de ellos en justicia y a sus ministros en fe…

 

También nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que habría contienda sobre este nombre y dignidad del episcopado. Por esta causa, pues, como tuvieran perfecto conocimiento de lo por venir, establecieron a los susodichos y juntamente impusieron para delante la norma de que, en muriendo éstos, otros que fueran varones aprobados les sucedieran en el ministerio. Ahora, pues, a hombres establecidos por los Apóstoles, o posteriormente por otros eximios varones con consentimiento de la Iglesia entera; hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente; atestiguados, además, durante mucho tiempo por todos; a tales hombres, os decimos, no creemos que se los pueda expulsar justamente de su ministerio. Y es así que cometeremos un pecado nada pequeño si deponemos de su puesto de obispos a quiénes intachable y religiosamente han ofrecido los dones” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 42,1-5; 44,1-4) 

 

Divisiones entre cristianos

 

Otro elemento importante es la condena que hace San Clemente a las divisiones en la Iglesia y que en el protestantismo dinamitado en miles de denominaciones encuentra actualmente su máxima expresión. Insiste en que los cismáticos cuando crean divisiones causan escándalos y extravían almas:

 

¿A qué fin desgarramos y despedazamos los miembros de Cristo y nos sublevamos contra nuestro propio cuerpo, llegando a punto tal de insensatez que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros? Acordaos de las palabras de Jesús, Señor nuestro. Él dijo, en efecto: ¡Ay de aquel hombre! Más le valiera no haber nacido que escandalizar a uno solo de mis escogidos. Mejor le fuera que le colgaran una piedra de molino al cuello y le hundieran en el mar que no extraviar a uno solo de mis escogidos. Vuestra escisión extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo dudar a muchos, nos sumió en la tristeza a todos nosotros. Y, sin embargo, vuestra sedición es contumaz” (Clemente Romano, Carta a los Corintios 46,7-9) 

 

NOTAS 

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[1] San Ireneo en sus Adversus haereses o tratado contra las herejías señala que “luego de haber fundado y edificado la Iglesia los beatos Apóstoles, entregaron el servicio del episcopado a Lino: a este Lino lo recuerda Pablo en sus cartas a Timoteo (2 Tim 4,21). Anacleto lo sucedió. Después de él, en tercer lugar desde los Apóstoles, Clemente heredó el episcopado, el cual vio a los beatos Apóstoles y con ellos confirió, y tuvo ante los ojos la predicación y Tradición de los Apóstoles que todavía resonaba; y no él solo, porque aún vivían entonces muchos que de los Apóstoles habían recibido la doctrina. En tiempo de este mismo Clemente suscitándose una disensión no pequeña entre los hermanos que estaban en Corinto, la Iglesia de Roma escribió la carta más autorizada a los Corintos, para congregarlos en la paz y reparar su fe, y para anunciarles la Tradición que poco tiempo antes había recibido de los Apóstoles”(San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, 3, 3)

 

[2] Narra Eusebio que “Pablo también da testimonio de que Clemente (el cual, a su vez, fue establecido tercer obispo de la iglesia de Roma) fue su colaborador y compañero de combate.” (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, III, 4, 9)

 

[3] Johannes Quasten señala lo siguiente en su obra Patrología I, publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos: “Las Pseudo-Clementinas, que hacen a Clemente miembro de la familia imperial de los Flavios, no son en modo alguno dignas de fe. Merece aún menos confianza la opinión de Dión Casio (Hist. Rom. 67,14), según el cual Clemente sería nada menos que el mismo cónsul Tito Flavio Clemente, de la familia imperial, ejecutado el año 95 ó 96 por profesar la fe de Cristo. Tampoco consta históricamente el martirio del cuarto obispo de Roma. El Martyrium S. Clementis, escrito en griego, es del siglo IV y presenta, además, un carácter puramente legendario”. 

Infocatolica.com 

 

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El obispo de Roma sucesor de Pedro

 

(Lectura: evangelio de san Mateo, capítulo 16, versículos 15-19)

 

1. La intención de Jesús de hacer de Simón Pedro la «piedra» de fundación de su Iglesia (cf. Mt 16, 18) tiene un valor que supera la vida terrena del Apóstol. En efecto, Jesús concibió y quiso que su Iglesia estuviese presente en todas las naciones y que actuase en el mundo hasta el último momento de la historia (cf. Mt 24, 14; 28, 19; Mc 16, 15; Lc 24, 47; Hch 1, 8). Por eso, como quiso que los demás Apóstoles tuvieran sucesores que continuaran su obra de evangelización en las diversas partes del mundo, de la misma manera previó y quiso que Pedro tuviera sucesores, que continuaran su misma misión pastoral y gozaran de los mismos poderes, comenzando por la misión y el poder de ser Piedra o sea, principio visible de unidad en la fe, en la caridad, y en el ministerio de evangelización, santificación y guía, confiado a la Iglesia.

Es lo que afirma el concilio Vaticano I: «Lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester es que dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos» (Cons. Pastor aeternus, 2; DS 3056).

El mismo concilio definió como verdad de fe que «es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal» (ib.; DS 3058). Se trata de un elemento esencial de la estructura orgánica y jerárquica de la Iglesia, que el hombre no puede cambiar. A lo largo de la existencia de la Iglesia, habrá, por voluntad de Cristo, sucesores de Pedro.

 

2. El concilio Vaticano II recogió y repitió esa enseñanza del Vaticano I, dando mayor relieve al vínculo existente entre el primado de los sucesores de Pedro y la colegialidad de los sucesores de los Apóstoles, sin que eso debilite la definición del primado, justificado por la tradición cristiana más antigua, en la que destacan sobre todo san Ignacio de Antioquía y san Ireneo de Lyón.

Apoyándose en esa tradición, el concilio Vaticano I definió también que «el Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado» (DS 3058). Esta definición vincula el primado de Pedro y de sus sucesores a la sede romana, que no puede ser sustituida por ninguna otra sede, aunque puede suceder que, por las condiciones de los tiempos o por razones especiales, los obispos de Roma establezcan provisionalmente su morada en lugares diversos de la ciudad eterna. Desde luego, las condiciones políticas de una ciudad pueden cambiar amplia y profundamente a lo largo de los siglos: pero permanece, como ha permanecido en el caso de Roma, un espacio determinado, en el que se puede considerar establecida una institución, como una sede episcopal; en el caso de Roma, la sede de Pedro.

 

A decir verdad, Jesús no especificó el papel de Roma en la sucesión de Pedro. Sin duda, quiso que Pedro tuviese sucesores, pero el Nuevo Testamento no da a entender que desease explícitamente la elección de Roma como sede del primado. Prefirió confiar a los acontecimientos históricos, en los que se manifiesta el plan divino sobre la Iglesia, la determinación de las condiciones concretas de la sucesión a Pedro.

 

El acontecimiento histórico decisivo es que el pescador de Betsaida vino a Roma y sufrió el martirio en esta ciudad. Es un hecho de gran valor teológico, porque manifiesta el misterio del plan divino, que dispone el curso de los acontecimientos humanos al servicio de los orígenes y del desarrollo de la Iglesia.

 

3. La venida y el martirio de Pedro en Roma forman parte de la tradición más antigua, expresada en documentos históricos fundamentales y en los descubrimientos arqueológicos sobre la devoción a Pedro en el lugar de su tumba, que se convirtió rápidamente en lugar de culto. Entre los documentos escritos debemos recordar, ante todo, la carta a los Corintios del Papa Clemente (entre los años 89-97), donde la Iglesia de Roma es considerada como la Iglesia de los bienaventurados Pedro y Pablo, cuyo martirio durante la persecución de Nerón recuerda el Papa (5, 1-7). Es importante subrayar, al respecto, que la tradición se refiere a ambos Apóstoles, asociados a esta Iglesia en su martirio. El obispo de Roma es el sucesor de Pedro, pero se puede decir que es también el heredero de Pablo, el mejor ejemplo del impulso misionero de la Iglesia primitiva y de la riqueza de sus carismas. Los obispos de Roma, por lo general, han hablado, enseñado, defendido la verdad de Cristo, realizado los ritos pontificales, y bendecido a los fieles, en el nombre de Pedro y Pablo, los «príncipes de los Apóstoles», «olivae binae pietatis unicae», como canta el himno de su fiesta, el 29 de junio. Los Padres, la liturgia y la iconografía presentan a menudo esta unión en el martirio y en la gloria.

 

Queda claro, con todo, que los Romanos Pontífices han ejercido su autoridad en Roma y, según las condiciones y las posibilidades de los tiempos, en áreas más vastas e incluso universales, en virtud de la sucesión a Pedro. Cómo tuvo lugar esa sucesión en el primer anillo de unión entre Pedro y la serie de los obispos de Roma, no se encuentra explicado en documentos escritos. Ahora bien, se puede deducir considerando lo que dice el Papa Clemente en esa carta a propósito del nombramiento de los primeros obispos y sus sucesores. Después de haber recordado que los Apóstoles «predicando por los pueblos y las ciudades, probaban en el Espíritu Santo a sus primeros discípulos y los constituían obispos y diáconos de los futuros creyentes» (42, 4), san Clemente precisa que, con el fin de evitar futuras disputas acerca de la dignidad episcopal, los Apóstoles «instituyeron a los que hemos citado y a continuación ordenaron que, cuando éstos hubieran muerto, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio» (44, 2). Los modos históricos y canónicos mediante los que se transmitió esa herencia pueden cambiar, y de hecho han cambiado a lo largo de los siglos, pero nunca se ha interrumpido la cadena de anillos que se remontan a ese paso de Pedro a su primer sucesor en la sede romana.

 

4. Este camino, que podríamos afirmar que da origen a la investigación histórica sobre la sucesión petrina en la Iglesia de Roma, queda afianzado por otras dos consideraciones: una negativa, que, partiendo de la necesidad de una sucesión a Pedro en virtud de la misma institución de Cristo (y, por tanto, iure divino, como se suele decir en el lenguaje teológico-canónico), constata que no existen señales de una sucesión similar en ninguna otra Iglesia. A esa consideración se añade otra, que podríamos calificar como positiva: consiste en destacar la convergencia de las señales que en todos los siglos dan a entender que la sede de Roma es la sede del sucesor de Pedro.

 

5. Sobre el vínculo entre el primado del Papa y la sede romana es significativo el testimonio de Ignacio de Antioquía, que pone de relieve la excelencia de la Iglesia de Roma. Este testigo autorizado del desarrollo organizativo y jerárquico de la Iglesia, que vivió en la primera mitad del siglo II, en su carta a los Romanos se dirige a la Iglesia «que preside en el lugar de la región de los Romanos, digna de Dios, digna de honor, con razón llamada bienaventurada, digna de éxito, dignamente casta, que preside la caridad« (Proemio). Caridad (ágape) se refiere, según el lenguaje de san Ignacio, a la comunidad eclesial. Presidir la caridad expresa el primado en la comunión de la caridad, que es la Iglesia, e incluye necesariamente el servicio de la autoridad, el ministerium Petrinum. De hecho, Ignacio reconoce que la Iglesia de Roma posee autoridad para enseñar: «Vosotros no habéis envidiado nunca a nadie; habéis enseñado a los demás. Yo quiero que se consoliden también esas enseñanzas que, con vuestra palabra, dais y ordenáis» (3, 1).

El origen de esta posición privilegiada se señala con aquellas palabras que aluden al valor de su autoridad de obispo de Antioquía, también venerable por su antigüedad y su parentesco con los Apóstoles: «Yo no os lo mando como Pedro y Pablo» (4, 3). Más aún, Ignacio encomienda la Iglesia de Siria a la Iglesia de Roma: «Recordad en vuestra oración a la Iglesia de Siria que, a través de mí, tiene a Dios por pastor. Sólo Jesucristo la gobernará como obispo, y vuestra caridad» (9, 1).

 

6. San Ireneo de Lyón, a su vez, queriendo establecer la sucesión apostólica de las Iglesias, se refiere a la Iglesia de Roma como ejemplo y criterio, por excelencia, de dicha sucesión. Escribe: «Dado que en esta obra sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia grandiosa y antiquísima, y por todos conocida, la Iglesia fundada y establecida en Roma por los dos gloriosos apóstoles Pedro y Pablo. Mostrando la tradición recibida de los Apóstoles y la fe anunciada a los hombres, que llega a nosotros a través de las sucesiones de los obispos, confundimos a todos los que, de alguna manera, por engreimiento o vanagloria, o por ceguera y error de pensamiento, se reúnen más allá de lo que es justo. En efecto, con esta Iglesia, en virtud de su origen más excelente, debe ponerse de acuerdo toda Iglesia, es decir, los fieles que vienen de todas partes: en esa Iglesia, para el bien de todos los hombres, se ha conservado siempre la tradición que viene de los Apóstoles» (Adv. haereses, 3, 2).

A la Iglesia de Roma se le reconoce un «origen más excelente», pues proviene de Pedro y Pablo, los máximos representantes de la autoridad y del carisma de los Apóstoles: el Claviger Ecclesiae y el Doctor gentium. Las demás Iglesias no pueden menos de vivir y obrar de acuerdo con ella: ese acuerdo implica unidad de fe, de enseñanza y de disciplina, precisamente lo que se contiene en la tradición apostólica. La sede de Roma es, pues, el criterio y la medida de la autenticidad apostólica de las diversas Iglesias, la garantía y el principio de su comunión en la «caridad» universal, el cimiento (kefas) del organismo visible de la Iglesia fundada y gobernada por Cristo resucitado como «Pastor eterno» de todo el redil de los creyentes.

JUAN PABLO II - AUDIENCIA GENERAL - Miércoles 27 de enero de 1993

 

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Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene.

 

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Pedro, Obispo de Roma crucificado en cruz invertida 64/7-ca.

enterrado en la colina vaticana, ITALIA. Pintura del XIII-

Autor: Cenni di Pepo/Cimabue-

 

Estudiando la sucesión Apostólica

 

Por Ing. José Miguel Arráiz

Introducción

 

Hace poco escuché decir en un foro evangélico que la sucesión apostólica no tenía base bíblica, que era un intento de la Iglesia Católica para adjudicarse una autoridad que no le corresponde. He querido con el presente estudio de carecer apologético, estudiar que es la sucesión apostólica, su fundamento bíblico e histórico.

 

¿Qué es la sucesión apostólica?

 

Cuando Cristo vino a la tierra y edificó su Iglesia, de entre sus discípulos eligió 12 de ellos, y les dio autoridad, poder, y un ministerio que cumplir: pastorear la Iglesia. Con la expresión sucesión apostólica se indica en teología que los Apóstoles, concientes de que no vivirían para siempre, y por voluntad de Cristo, estaban destinados a tener sucesores que continuaran su ministerio, con la misma autoridad que ellos recibieron de Cristo.

 

La autoridad


Solamente puede ostentar autoridad aquel que la tiene por derecho propio (Dios) o aquel al cual le ha sido conferida (delegada).

 

Cuando Cristo nombró a sus apóstoles les confirió autoridad:

 

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo  y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor”Lucas 6,13-16

Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades”Lucas 9,1

 

Los apóstoles siempre tuvieron claro que su autoridad provenía del mismo Cristo quien les había nombrado apóstoles.

 

Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con vosotros, como  una madre cuida con cariño de sus hijos.” 1 Tesalonicenses 2,7

         

Ellos habían sido enviados como el Padre había enviado a Cristo (con su misma autoridad):

 

“Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»  Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.  A quienes perdonéis los pecados,  les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» “ Juan 20,21-23

         

Eran los apóstoles fundaban Iglesias, y eran ellos quienes establecían las ordenanzas a ser obedecidas, ordenando con toda autoridad

 

Conforme iban pasando por las ciudades, les iban entregando, para que las observasen, las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén.” Hechos 16,4

 

En las cartas paulinas, se ve como algo común a San Pablo ordenando en todas las Iglesias

 

“Por lo demás, que cada cual viva conforme le ha asignado el Señor, cada cual como le ha llamado Dios. Es lo que  ordeno en todas las Iglesias  1 Corintios 7,17

         

Solamente puede tener real autoridad, cuando le ha sido conferida por alguien que a su vez tiene legítima autoridad. Si bien en la Iglesia primitiva se ven casos en donde algunas personas ostentan una autoridad que no les corresponde, sus actitudes son severamente condenadas por la Biblia. Ejemplos clásicos los vemos en las personas de Alejandro, Himeneo y Fileto, quienes por su propia cuenta comenzaron a predicar doctrinas diferentes a las de la Iglesia, desconocieron la autoridad del colegio apostólico y fueron excomulgados.

 

“Esta es la recomendación, hijo mío Timoteo, que yo te hago, de acuerdo con las profecías pronunciadas sobre ti  anteriormente. Combate, penetrado de ellas, el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe; entre éstos están Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendiesen a no blasfemar.” 1 Timoteo 1,18-20

 

“Evita las palabrerías profanas, pues los que a ellas se dan crecerán cada vez más en impiedad, y su palabra irá cundiendo como gangrena. Himeneo y Fileto son de éstos: se han desviado de la verdad al afirmar que la resurrección ya ha sucedido; y pervierten la fe de algunos.” 2 Timoteo 2,16-18

     

La primera sucesión apostólica

 

La primera sucesión apostólica que vemos en el Nuevo Testamento la tenemos en el capítulo 1 de los Hechos de los apóstoles. San Pedro declara que ha quedado vacante el puesto (MINISTERIO) de Judas Iscariote, y plantea la necesidad de que alguien le reemplace:

 

Uno de aquellos días Pedro se puso en pie en medio de los hermanos - el número de los reunidos era de unos ciento  veinte - y les dijo:

 

«Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había hablado ya acerca de Judas, el que fue guía de los que prendieron a Jesús. Porque él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. «Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió  con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros  de su resurrección.» Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Entonces oraron así: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido, para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse adonde le correspondía.» Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles. Hechos 1,16-17.21-26

 

Evidencia bíblica de la institución de los presbíteros con autoridad por medio de los apóstoles u otros presbíteros previamente ordenados

 

Como hemos visto, está clarísima la conciencia que tenían los apóstoles de que el ministerio del apostolado no quede vacante (posteriormente este ministerio será desempeñado por los obispos). Los apóstoles también estaban concientes de la obligación que tenían de que sus sucesores pudieran ejercer su ministerio de forma cabal, de organizar Iglesias y poner al frente hombres capaces.  Así vemos como en el libro de los hechos de los apóstoles se nos narra como una de las principales actividades de los apóstoles era fundar Iglesias y designar en ellas presbíteros:

 

“Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien  habían creído.” Hechos 14,23

         

Los presbíteros eran en un comienzo nombrados exclusivamente por los apóstoles, posteriormente también por otros presbíteros ya ordenados, y no cabía aquí lo que suele verse las Iglesias protestantes donde alguien con carisma simplemente funda una Iglesia y toma el puesto de pastor.

 

Ejemplos claros los vemos en las cartas paulinas, donde Pablo hace mención de la ordenación de Timoteo como presbítero por medio de la imposición de manos, y le exhorta a no instituir presbítero a cualquiera (queda claro que alguien no podía auto-proclamarse presbítero):

 

 “Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús,” 2 Timoteo 1,7-9

 

No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros.” 1 Timoteo 4,14

    

No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos. Consérvate puro.” 1 Timoteo 5,22

    

Vuelvo a hacer hincapié en notar la mención que Pablo ya hace de que la ordenación de Timoteo la recibió por medio de la imposición de manos del colegio de presbíteros (otras Biblias traducen consejo de ancianos, el cual es un sinónimo). Así vemos que los primeros presbíteros fueron ordenados por los mismos apóstoles, y los siguientes presbíteros podían ser ordenados por los apóstoles, o por presbíteros previamente ordenados. Lo cierto es que para que una ordenación fuera válida SIEMPREtenía el aspirante que ser ordenado por presbíteros que a su vez fueron ordenados por otros presbíteros hasta por llegar a los apóstoles. A esta legitima línea de sucesión llamamos “sucesión apostólica”.

 

Lo mismo ocurre con Tito, quien siendo también un presbítero, Pablo le ordena organizar las Iglesias, e instituir presbíteros para su gobierno.

 

“El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené.” Tito 1,5

         

La finalidad era siempre clara:

 

“Tú, pues, hijo mío, manténte fuerte en la gracia de Cristo Jesús; y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de  instruir a otros. 2 Timoteo 2,1-2

 

Pablo dejó en sus cartas gran cantidad de recomendaciones referentes a los asuntos del gobierno de la Iglesia. El tenía que asegurarse de que los candidatos a estos ministerios fueran irreprochables porque sabía que en el rebaño se infiltrarían lobos rapaces. Con estas directrices iba a poder la Iglesia identificarlos fácilmente.

 

“Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de espíscopo, desea una noble función. Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? Que no sea neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del Diablo. Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del  Diablo. También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos.” 1 Timoteo 3,1-10

 

“Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza.

 

“La Escritura, en efecto, dice: = No pondrás bozal al buey que trilla, = y también: = El obrero tiene derecho a su salario. = No admitas ninguna acusación contra un presbítero si no viene con = el testimonio de dos o tres. = A los culpables, repréndeles delante de todos, para que los demás cobren temor.” 1 Timoteo 5,17-20

 

Al sectario, después de una y otra amonestación, rehúyele; ya sabes que ése está pervertido y peca, condenado por su propia sentencia.” Tito 3,10-11

    

Puede consultar también Tito 1,5-11.       

 

La Iglesia es Visible

 

Mucha de las Iglesias protestantes que niegan la sucesión apostólica, suelen ver también a la Iglesia, no como un organismo visible (compuesto por todos los bautizados, y con las jerarquías que instituyeron los apóstoles: Obispos, presbíteros, diáconos) sino como un organismo invisible donde cada creyente con tener una relación personal con Dios tiene suficiente. Para ellos no importa mucho a que Iglesia asistas, mientras tu relación con Dios sea verdadera.

 

Este tipo de ideología es bastante peligrosa, porque si bien se puede aceptar que en estas Iglesias haya muchos creyentes con pureza de intención que pueden alcanzar la salvación eterna (CIC 818 , 819, 847), es muy distinto a decir que no importa a que Iglesia vallas, igual puedes salvarte.

 

Esto sin contar que la idea de una Iglesia invisible choca de plano con lo que la Biblia enseña. ¿Cómo hubiera podido Pablo imponer disciplina excomulgando a Himeneo, Alejando y Fileto en una Iglesia invisible? (Hubieran simplemente optado por fundar una Iglesia en la calle siguiente).

 

Sin embargo, en la Biblia la Iglesia siempre es descrita, no como un ente invisible, sino como el cuerpo de Cristo, donde cada miembro ocupa una función,

 

“Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte. Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad  de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? O ¿todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Todos con poder de milagros? ¿Todos con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?” 1 Corintios 12,27-30

         

Una forma de visualizar la Iglesia que utiliza la Escritura a menudo, es como un edificio espiritual, donde algunos son representados como cimientos o columnas (apóstoles), siendo la Piedra angular Cristo.

 

“Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu.” Efesios 2,19-22

 

Me resulta claro que la visión de una Iglesia como un ente invisible, donde el conjunto de creyentes está dispersos, no es lo que tenía en mente Cristo, cuando decía que habría un solo rebaño y un solo pastor.

         

¿Qué Iglesias reconocen la doctrina de la sucesión apostólica?

 

Actualmente reconocen la doctrina de la sucesión apostólica la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa, orientales, la Iglesia Nestoriana y la anglicana.

 

Algunas Iglesias Luteranas también pero en la práctica para la mayoría de Iglesias protestantes, esta doctrina no es importante, o incluso la niegan. Saben que en caso de reconocerla, y sin tener una legítima sucesión, la fundación de su Iglesia quedaría sin justificación y tendrían que reconocer como inválida la autoridad de su pastor.

 

¿Era creída esta doctrina por la Iglesia Primitiva?

 

Por su puesto, puede usted consultar un breve resumen en el estudio Sucesión apostólica en la enseñanza de los padres, Tomado de obras patristicas.

Agradecemos vivamente al autor – MMVI.III.XVIII

http://www.catolicosecumenicos.com/

 

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Los obispos perpetúan el oficio de los apóstoles

 

 

Tomado de Ludwig Ott
Manual de Teología Dogmática
Editorial Herder Barcelona-España1986, pp. 422-424.

 

El concilio de Trento, enseña que «los obispos, que han sucedido a los apóstoles, constituyen principalmente el orden jerárquico y han sido, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios»; Dz 960. El concilio del Vaticano I declaró: «Así pues, como Jesús envió a los apóstoles, que había escogido del mundo, lo mis­mo que El había sido enviado por el Padre (Ioh 20, 21), de la misma manera quiso que en su Iglesia hubiera pastores y maestros hasta la consumación de los siglos»; Dz 1821. Tales pastores y maestros son los obispos, sucesores de los apóstoles; Dz 1828: «episcopi, qui positi a Spiritu Sancto in Apostolorum locum successerunt» (“los obispos, establecidos por el Espíritu Santo, sucedieron en sus puestos a los apóstoles”).

La perpetuación de los poderes jerárquicos es consecuencia necesaria de la indefectibilidad de la Iglesia, pretendida y garantizada por Cristo. La promesa que Cristo hizo a sus apóstoles de que les asistiría hasta el final del mundo (Mt 28, 20) su­pone que el ministerio de los apóstoles se perpetuará en los sucesores de los apóstoles.

Estos, conforme al mandato de Cristo, comunicaron sus poderes a otras personas; por ejemplo, San Pablo, a Timoteo y a Tito. Cf. 2 Tim 4, 2?5; Tit 2, 1 (poder de enseñar); 1 Tim 5, 19-21; Tit 2, 15 (poder de regir); 1 Tim 5, 22; Tit 1, 5 (poder de santificar). En estos dos discípulos del apóstol aparece por primera vez con toda claridad el episcopado monárquico que desempeña el ministerio apostólico. Los “ángeles” de las siete comunidades del Asia Menor (Apoc 2?3), según la interpretación tradicional (que no ha carecido de impugnadores), son precisamente los obispos de esas comunidades.

 

El discípulo de los apóstoles SAN CLEMENTE ROMANO nos relata lo siguiente a propósito de la transmisión de los poderes jerárquicos por parte de los apóstoles: «Predicaban por las provincias y ciudades, y, después de haber probado el espíritu de sus primicias, los constituían en obispos y diáconos de los que habían de creer en el futuro» (Carta a los Corintios 42, 4); «Nuestros apóstoles sabían por Jesucristo nuestro Señor que surgirían disputas en torno al cargo episcopal. Por esta razón, conociéndolo bien de antemano, constituyeron a los que hemos dicho anteriormente, y les dieron el encargo de que a la muerte de ellos les sucedieran en el ministerio otros varones probados» (ídem 44, 1?2). 

SAN IGNACIO DE ANTIOQUíA da testimonio, a principios del siglo II, de que a la cabeza de las comunidades de Asia Menor y aun «en los países más remotos» (Carta a los Efesios 3, 2) había un solo obispo en cuyas manos estaba todo el gobierno religioso y disciplinario de la comunidad. «Sin el obispo, nadie haga nada de las cosas que corresponden a la Iglesia. Solamente sea considerada como válida aquella eucaristía que se celebre por el obispo o por algún delegado suyo. Doquiera se mostrare el obispo esté allí el pueblo, así como doquiera está Cristo allí está la Iglesia Católica. No está permitido bautizar sin el obispo ni celebrar el ágape; mas todo lo que él aprueba es agradable a Dios; para que todo lo que se realice sea sólido y legítimo... Quien honra al Obispo es honrado por Dios; quien hace algo sin el obispo está sirviendo al diablo» (Carta a los Esmirnios 8, 1?2; 9, 1). En toda comunidad existen, además del obispo y por debajo de él, otros ministros: los presbíteros y diáconos.

 

Según SAN JUSTINO MÁRTIR, «el que preside a los hermanos» (es decir, el obispo) es quien realiza la liturgia (Apol. 1, 65 y 67). SAN IRENEO considera la sucesión ininterrumpida de los obispos a partir de los apóstoles como la garantía más segura de la íntegra tradición de la doctrina católica: «Podemos enumerar los obispos instituidos por los apóstoles y todos los que les han sucedido hasta nosotros» (Adv. haer III 3, 1). Pero, como sería muy prolijo enumerar la sucesión apostólica de todas las Iglesias, se limita el santo a señalar la de aquella Iglesia «que es la más notable y antigua y conocida de todos, y que fue fundada y establecida en Roma por los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo». Nos refiere la más antigua lista de los obispos de la iglesia romana, que comienza con los «bienaventurados apóstoles» y llega hasta Eleuterio, 12° sucesor de los apóstoles (ibídem III, 3, 3). De San Policarpo nos refiere SAN IRENEO (ib. III, 3, 4) que fue instituido como obispo de Esmirna «por los apóstoles» -según TERTULIANO (De praescr. 32), por el apóstol San Juan-. TERTULIANO, lo mismo que San Ireneo, funda la verdad de la doctrina católica en la sucesión apostólica de los obispos (De praescr. 32).

www.apologetica.org  

 

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La sucesión apostólica en la enseñanza de los Padres

Doctrina de los Padres de la Iglesia - siglos I a IV.

 

Nota Introductoria: ¿cuál es el sentido de traer a colación la enseñanza de los Padres de la Iglesia sobre la sucesión apostólica? Queremos simplemente presentar al lector la doctrina que existía en los primeros siglos del cristianismo sobre la autoridad de los obispos, y el motivo es sencillo: hoy en día muchos cristianos no-católicos dicen que la “sucesión apostólica” es un invento de la Iglesia Católica y que no sirve de nada. Se comprende muy bien esta posición, ya que si lo que enseña la Iglesia Católica sobre la sucesión apostólica de los obispos es verdad, entonces todo el que no está con el obispo no está con Jesucristo. Con el presente artículo quedará claro que los grandes pastores, reconocidos por toda la iglesia post-apostólica, y muchos de los cuales dieron su vida por Jesucristo, creían firmemente que los obispos de la Iglesia Católica sucedían a los Apóstoles de Jesús en el oficio de guiar la Iglesia con autoridad. En otras palabras, si hoy en día un cristiano dice que en el evangelio “no hay huella” de la doctrina de la sucesión apostólica, con el presente artículo quedará en claro lo que pensaban otros cristianos, con la diferencia que estos últimos (los Padres de la Iglesia) están cronológicamente mucho más cerca de Jesús y los Apóstoles que cualquiera de nosotros (con una diferencia de uno 1800 años). Si alguien en el siglo XXI se cree con la autoridad de enseñar cómo debemos interpretar la Biblia, ¿porqué no escuchar a estos otros reconocidos cristianos y ver cómo la interpretaba la Iglesia establecida por los Apóstoles y sus discípulos? Mal no nos va a hacer… Lo que quedará en claro, al menos, es que la Iglesia Católica hoy tiene LA MISMA doctrina que la Iglesia del siglo I, II, III y IV sobre la autoridad de los obispos como sucesores de los apóstoles. Luego cada uno debe sacar sus propias conclusiones.

Vease la enseñanza bíblica sobre la autoridad post-apostólica, el artículo de A. Lang sobre el sentido de la doctrina de la sucesión apostólica y también el magisterio de la Iglesia sobre el tema.

 

Ofrecemos solo los párrafos que tocan el tema directamente.
Para un estudio más en profundidad confrontar la abundante literatura existente.

 

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CRISTO – Piedra angular de la Iglesia

 

Orígenes (hacia 185-253) presbítero y teólogo de la Iglesia Católica
Comentario al evangelio de Jn 10,20-23. PG 14, 369-386

 

El signo del templo


“Destruid este templo, y en tres días yo lo levantaré de nuevo.” (Jn 2,19) Ciertamente que el Señor era capaz de realizar miles de otros signos, pero como prueba de la autoridad “para hacer esto” (Jn 2,18) tenía que realizar este signo concreto: con ello daba respuesta a lo que tiene que ver con el templo, lo que no podían hacer otros signos que no se referirían a él. De todos modos, me parece que tanto el templo como el cuerpo de Jesús se tienen que interpretar como la figura de la Iglesia, dado que está edificada con “piedras vivas” que van “construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo” (1P 2,5); está edificada “sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular” (Ef 2,20), el auténtico templo.
Si, pues, se ve destruido la ensambladura armoniosa de las piedras del templo, ya que “vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro” (1 Cor 12,27) y, como está escrito en el salmo 21, todos los huesos de Cristo están descoyuntados (Sal 21,15) por la vehemencia de las pruebas y tribulaciones y por aquellos que por la persecución atentan contra la unidad de la Iglesia, sin embargo, este templo será reconstruido y el cuerpo resucitará el tercer día después del día de la iniquidad que lo arrasó y después del día en que se cumplirán las promesas (cf 2P 3,3-10). Porque este tercer día verá un cielo nuevo y una tierra nueva (2P 3,13), cuando los huesos se pondrán en pie (cf Ez 37,10) en el gran día del Señor, cuando la muerte será vencida, cuando la resurrección de Cristo de entre los muertos, después de su pasión y muerte, se revelará como el misterio de la resurrección del cuerpo entero de la Iglesia.

 

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II Corintios 12,14 - 13,13

‘Que todo se haga para gloria de Dios’

San Ignacio de Antioquia murió 113/5ca. Obispo de la Iglesia católica  

Carta a san Policarpo de Esmirna 5,1 - 8,1.3

 

Huye de la intriga y del fraude, más aún, habla a los fieles para precaverlos contra ello. Recomienda a mis her­manas que amen al Señor y que vivan contentas con sus maridos, tanto en cuanto a la carne, como en cuanto al es­píritu. Igualmente predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor ama a la Iglesia. Si alguno se siente capaz de permanecer en cas­tidad para honrar la carne del Señor, permanezca en ella, pero sin ensoberbecerse. Pues, si se engríe, está perdido; y, si por ello se estimare en más que el obispo, está corrom­pido. Respecto a los que se casan, esposos y esposas, con­viene que celebren su enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo. Que todo se haga para gloria de Dios.

 Escuchad al obispo, para que Dios os escuche a voso­tros. Yo me ofrezco como víctima de expiación por quie­nes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáco­nos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a tener parte con Dios! Colaborad mutuamente unos con otros, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas; vuestras cajas de fondos han de ser vues­tras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros. Así pues, tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros. ¡Ojalá pudiera yo gozar de vuestra presencia en todo tiempo!

 

 Como la Iglesia de Antioquía de Siria, gracias a vuestra oración, goza de paz, según se me ha comunicado, también yo gozo ahora de gran tranquilidad, con esa seguridad que viene de Dios; con tal de que alcance yo a Dios por mi martirio, para ser así hallado en la resurrección como discípulo vuestro. Es conveniente, Policarpo felicísimo en Dios, que convoques un consejo divino y elijáis a uno a quien profeséis particular amor y a quien tengáis por in­trépido, el cual podría ser llamado «correo divino», a fin de que lo deleguéis para que vaya a Siria y dé, para glo­ria de Dios, un testimonio sincero de vuestra ferviente caridad.

 El cristiano no tiene poder sobre sí mismo, sino que está dedicado a Dios. Esta obra es de Dios, y también de vosotros cuando la llevéis a cabo. Yo, en efecto, confío, en la gracia, que vosotros estáis prontos para toda buena obra que atañe a Dios. Como sé vuestro vehemente fer­vor por la verdad, he querido exhortaros por medio de esta breve carta.

 Pero, como no he podido escribir a todas las Iglesias por tener que zarpar precipitadamente de Troas a Neá­polis, según lo ordena la voluntad del Señor, escribe tú, como quien posee el sentir de Dios, a las Iglesias situadas más allá de Esmirna, a fin de que también ellas hagan lo mismo. Las que puedan, que manden delegados a pie; las que no, que envíen cartas por mano de los delegados que tú envíes, a fin de que alcancéis eterna gloria con esta obra, como bien lo merecéis.

 Deseo que estéis siempre bien, viviendo en unión de Jesucristo, nuestro Dios; permaneced en él, en la unidad y bajo la vigilancia de Dios. ¡Adiós en el Señor!

 

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II Corintios 11,30 12,13

Hemos de soportarlo todo por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros - San Ignacio de Antioquia murió 113/5ca. Obispo de la Iglesia católica  - Carta a San Policarpo de Esmirna 1,1 -4, 3

 

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a Policarpo, obispo de la Iglesia de Esmirna, o más bien, puesto él mismo bajo la vigilancia o episcopado de Dios Padre y del Señor Jesucristo: mi más cordial sa­ludo.

 Al comprobar que tu sentir está de acuerdo con Dios y asentado como sobre roca inconmovible, yo glorifico en gran manera al Señor por haberme hecho la gracia de ver tu rostro intachable, del que ojalá me fuese dado go­zar siempre en Dios. Yo te exhorto, por la gracia de que estás revestido, a que aceleres el paso en tu carrera, y a que exhortes a todos para que se salven. Desempeña el cargo que ocupas con toda diligencia corporal y espiritual. Preocúpate de que se conserve la concordia, que es lo me­jor que puede existir. Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de cari­dad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Há­blales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como per­fecto atleta, las enfermedades de todos, Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia.

 Si sólo amas a los buenos discípulos, ningún mérito tienes en ello. El mérito está en que sometas con manse­dumbre a los más perniciosos. No toda herida se cura con el mismo emplasto. Los accesos de fiebre cálmalos con aplicaciones húmedas. Sé en todas las cosas sagaz como la serpiente, pero sencillo en toda ocasión, como la palo­ma. Por eso, justamente eres a la vez corporal y espiritual, para que aquellas cosas que saltan a tu vista las desempe­ñes buenamente, y las que no alcanzas a ver ruegues que te sean manifestadas. De este modo, nada te faltará, sino que abundarás en todo don de la gracia. Los tiempos re­quieren de ti que aspires a alcanzar a Dios, juntamente con los que tienes encomendados, como el piloto anhela prósperos vientos, y el navegante, sorprendido por la tor­menta, suspira por el puerto. Sé sobrio, como un atleta de Dios. El premio es la incorrupción y la vida eterna, de cuya existencia también tú estás convencido. En todo y por todo soy una víctima de expiación por ti, así como mis cadenas, que tú mismo has besado.

 Que no te amedrenten los que se dan aires de hombres dignos de todo crédito y enseñan doctrinas extrañas a la fe. Por tu parte, mantente firme como un yunque golpea­do por el martillo. Es propio de un grande atleta el ser desollado y, sin embargo, vencer. Pues ¡cuánto más he­mos de soportarlo todo nosotros por Dios, a fin de que también él nos soporte a nosotros! Sé todavía más diligen­te de lo que eres. Date cabal cuenta de los tiempos. Aguar­da al que está por encima del tiempo, al intemporal, al invisible, que por nosotros se hizo visible; al impalpable, al impasible, que por nosotros se hizo pasible; al que en todas las formas posibles sufrió por nosotros.

 Las viudas no han de ser desatendidas. Después del Se­ñor, tú has de ser quien cuide de ellas. Nada se haga sin tu conocimiento, y tú, por tu parte, hazlo todo contando con Dios, como efectivamente lo haces. Mantente firme. Celébrense reuniones con más frecuencia. Búscalos a todos por su nombre. No trates altivamente a esclavos y es­clavas; mas tampoco dejes que se engrían, sino que tra­ten, para gloria de Dios, de mostrarse mejores servidores, a fin de que alcancen de él una libertad más excelente.

 

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II Corintios 12,14 - 13,13

Que todo se haga para gloria de Dios

San Ignacio de Antioquia murió 113/5ca. Obispo de la Iglesia católica  

Carta a san Policarpo de Esmirna 5,1 - 8,1.3

 

Huye de la intriga y del fraude, más aún, habla a los fieles para precaverlos contra ello. Recomienda a mis her­manas que amen al Señor y que vivan contentas con sus maridos, tanto en cuanto a la carne, como en cuanto al es­píritu. Igualmente predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor ama a la Iglesia. Si alguno se siente capaz de permanecer en cas­tidad para honrar la carne del Señor, permanezca en ella, pero sin ensoberbecerse. Pues, si se engríe, está perdido; y, si por ello se estimare en más que el obispo, está corrom­pido. Respecto a los que se casan, esposos y esposas, con­viene que celebren su enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no por solo deseo. Que todo se haga para gloria de Dios.

 Escuchad al obispo, para que Dios os escuche a voso­tros. Yo me ofrezco como víctima de expiación por quie­nes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáco­nos. ¡Y ojalá que con ellos se me concediera entrar a tener parte con Dios! Colaborad mutuamente unos con otros, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de ser gratos al Capitán bajo cuyas banderas militáis, y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de ser para vosotros como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas; vuestras cajas de fondos han de ser vues­tras buenas obras, de las que recibiréis luego magníficos ahorros. Así pues, tened unos para con otros un corazón grande, con mansedumbre, como lo tiene Dios para con vosotros. ¡Ojalá pudiera yo gozar de vuestra presencia en todo tiempo!

 Como la Iglesia de Antioquía de Siria, gracias a vuestra oración, goza de paz, según se me ha comunicado, también yo gozo ahora de gran tranquilidad, con esa seguridad que viene de Dios; con tal de que alcance yo a Dios por mi martirio, para ser así hallado en la resurrección como discípulo vuestro. Es conveniente, Policarpo felicísimo en Dios, que convoques un consejo divino y elijáis a uno a quien profeséis particular amor y a quien tengáis por in­trépido, el cual podría ser llamado «correo divino», a fin de que lo deleguéis para que vaya a Siria y dé, para glo­ria de Dios, un testimonio sincero de vuestra ferviente caridad.

 El cristiano no tiene poder sobre sí mismo, sino que está dedicado a Dios. Esta obra es de Dios, y también de vosotros cuando la llevéis a cabo. Yo, en efecto, confío, en la gracia, que vosotros estáis prontos para toda buena obra que atañe a Dios. Como sé vuestro vehemente fer­vor por la verdad, he querido exhortaros por medio de esta breve carta.

 Pero, como no he podido escribir a todas las Iglesias por tener que zarpar precipitadamente de Troas a Neá­polis, según lo ordena la voluntad del Señor, escribe tú, como quien posee el sentir de Dios, a las Iglesias situadas más allá de Esmirna, a fin de que también ellas hagan lo mismo. Las que puedan, que manden delegados a pie; las que no, que envíen cartas por mano de los delegados que tú envíes, a fin de que alcancéis eterna gloria con esta obra, como bien lo merecéis.

 Deseo que estéis siempre bien, viviendo en unión de Jesucristo, nuestro Dios; permaneced en él, en la unidad y bajo la vigilancia de Dios. ¡Adiós en el Señor!

 

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II Corintios 10,1 - 11,6

La Iglesia o convocación del pueblo de Dios

San Cirilo de Jerusalén murió + 386 ca. Obispo de la Iglesia Católica

Catequesis 18,23-25

 

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestia­les o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella po­see todo género de virtudes, cualquiera que sea su nom­bre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

 Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entra­da de la tienda del encuentro. Y es de notar que la prime­ra vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es pre­cisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oir mis pa­labras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

 Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Igle­sia, y el poder del infierno no la derrotará.

 En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que es­taba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis –dice el Señor de los ejércitos–, añadiendo a continua­ción: Del oriente al poniente es grande entre las nacio­nes mi nombre.

 Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pa­blo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad.

 

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II Corintios 11,7-29

La Iglesia es la esposa de Cristo

San Cirilo de Jerusalén murió + 386 ca. Obispo de la Iglesia Católica

Catequesis 18,26-29

 

«Católica»: éste es el nombre propio de esta Iglesia santa y madre de todos nosotros; ella es en verdad esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de dios (porque está escrito: Como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella, y lo que sigue), y es figura y anticipo de la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre, la cual, antes estéril, es ahora madre de una prole nume­rosa.

 En efecto, habiendo sido repudiada la primera, en la segunda Iglesia, esto es, la católica, Dios –como dice Pablo– estableció en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficen­cia, el gobierno, la diversidad de lenguas, y toda clase de virtudes: la sabiduría y la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y el amor a los hombres, y una paciencia insuperable en las persecuciones.

 Ella fue la que antes, en tiempo de persecución y de an­gustia, con armas ofensivas y defensivas, con honra y deshonra, redimió a los santos mártires con coronas de paciencia entretejidas de diversas y variadas flores; pero ahora, en este tiempo de paz, recibe, por gracia de Dios, los honores debidos, de parte de los reyes, de los hom­bres constituidos en dignidad y de toda clase de hombres. Y la potestad de los reyes sobre sus súbditos está limi­tada por unas fronteras territoriales; la santa Iglesia ca­tólica, en cambio, es la única que goza de una potestad ilimitada en toda la tierra. Tal como está escrito, Dios ha puesto paz en sus fronteras.

 En esta santa Iglesia católica, instruidos con esclareci­dos preceptos y enseñanzas, alcanzaremos el reino de los cielos y heredaremos la vida eterna, por la cual todo lo toleramos, para que podamos alcanzarla del Señor. Por­que la meta que se nos ha señalado no consiste en algo de poca monta, sino que nos esforzamos por la posesión de la vida eterna. Por esto, en la profesión de fe, se nos en­seña que, después de aquel artículo: La resurrección de los muertos, de la que ya hemos disertado, creamos en la vida del mundo futuro, por la cual luchamos los cris­tianos

 Por tanto, la vida verdadera y auténtica es el Padre, la fuente de la que, por mediación del Hijo, en el Espíritu Santo, manan sus dones para todos, y, por su benignidad, también a nosotros los hombres se nos han prometido verídicamente los bienes de la vida eterna.

 

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En toda esta lucha me siento rebosando de alegría

San Juan Crisóstomo – año 349ca. + 407 ca. Obispo de la Iglesia Católica

Homilías sobre la II Corintios 14,1-2

 

Nuevamente vuelve Pablo a hablar de la caridad, para atemperar la aspereza de su reprensión. Pues, después que los ha reprendido y les ka echado en cara que no lo aman como él los ama, sino que, separándose de su amor, se han juntado a otros hombres perniciosos, por segunda vez, suaviza la dureza de su reprensión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, esto es: «Amadnos». El favor que pide no es en manera alguna gravoso, y es un favor de más provecho para el que lo da que para el que lo recibe. Y no dice: «Amadnos», sino: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, expresión que incluye un matiz de compasión.

 «¿Quién –dice– nos ha echado fuera de vuestra men­te? ¿Quién nos ha arrojado de ella? ¿Cuál es la causa de que nos sintamos al estrecho entre vosotros?» Antes había dicho: Vosotros estáis encogidos por dentro, y ahora acla­ra el sentido de esta expresión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, añadiendo este nuevo motivo para atraérselos. Nada hay, en efecto, que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido.

 Ya os tengo dicho –añade– que os llevo tan en el co­razón, que estamos unidos para vida y para muerte. Muy grande es la fuerza de este amor, pues que, a pesar de sus desprecios, desea morir y vivir con ellos. «Porque os llevamos en el corazón, mas no de cualquier modo, sino del modo dicho». Porque puede darse el caso de uno que ame pero rehuya el peligro; no es éste nuestro caso.

 Me siento lleno de ánimos. ¿De qué ánimos? «De los que vosotros me proporcionáis: porque os habéis enmen­dado y me habéis consolado así con vuestras obras». Esto es propio del que ama, reprochar la falta de corresponden­cia a su amor, pero con el temor de excederse en sus re­proches y causar tristeza. Por esto, dice: Me siento lleno de ánimos y rebosando de alegría.

 Es como si dijera: «Me habéis proporcionado una gran tristeza, pero me habéis proporcionado también una gran satisfacción y consuelo, ya que no sólo habéis quitado la causa de mi tristeza, sino que además me habéis llena­do de una alegría mayor aún».

 Y, a continuación, explica cuán grande sea esta ale­gría, cuando, después que ha dicho: Me siento rebosando de alegría, añade también: En toda esta lucha. «Tan gran­de –dice– es el placer que me habéis dado, que ni estas tan graves tribulaciones han podido oscurecerlo, sino que su grandeza exuberante ha superado todos los pesares que nos invadían y ha hecho que ni los sintiéramos».

 

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¿UNA APOSTASÍA EN LA IGLESIA?


Daniel Gagnon


A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas están tomadas de la Santa Biblia, Antiguo y Nuevo Testamentos. Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569), Revisada por Cipriano de Valera (1602) [Reina-Valera]. Revisión de 1960, Con referencias. Texto © Sociedades Bíblicas Unidas 1960
  
"El cristianismo del año 440 representaba un tremendo contraste al del año 100.... Los bautistas, como sus precursores anabautistas creen que en este periodo se realizó una gran apostasía de la fe verdadera. Esta "caída de la iglesia" coincidió con "la estatización" del cristianismo por Constantino y los comienzos de la Iglesia Católica Romana. Muchas son las teorías acerca de cuando y cómo fue tal caída"(Historia de los Bautistas Tomo I. Justo Anderson. Casa 
Bautista de Publicaciones, Texas, 1978, 1993, pp 124-125)

     Muchas religiones dicen que la Iglesia católica es el resultado de una apostasía total (error completo) por la fusión del paganismo romano con ella. Lo interesante es que estas iglesias afirman poseer la verdad y que nunca habrá una apostasía entre ellas (si Dios puede 
prevenir un apostasía entre estas iglesias hoy día ¿por qué no pudo prevenirla en la Iglesia Primitiva?) Para apoyar esta afirmación, generalmente citan lo siguiente: 

     "Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos"(Mt 24,10-11). 
     "Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá´ entre vosotros falsos maestros que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negar´n al Señor que los rescató atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones..."(2 Pe 2, 1-2). 

     "Porque yo sé que después de mi partida entrar´n en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos"(Hch 20, 29-30). 

     "El Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe..." (1 Ti, 1) 

¿Cual es la verdad?...
     La Biblia nos advierte que vendrán falsos profetas, pero vemos que la palabra de Dios nunca dice que habría una apostasía universal y completa. En Mt 24, 10-11 se dice que "engañarán a muchos" pero no a todos. Igual en 2 Pedro, donde leemos que, aún en el peor momento de apostasía, en el tiempo de Lot (vv. 4-6), siempre hubo personas santas que Dios supo proteger del error: "y libró al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados... sabe el Señor librar de tentación a los piadosos..." (vv. 7 y 9). Tampoco Hch 20 dice todos, sino algunos "de vosotros". Y finalmente, 1 Ti dice "algunos apostatarán". Otros hermanos añaden 2 Ts 2, 3, y Ap 13, 4 y 6-9. Pero ambos textos hablan de la apostasía del fin del mundo como signo y anticipación de la segunda venida de Cristo y no de los primeros años de la Iglesia Primitiva. Ver el contexto de 2 Ts (1, 7-9 y 2, 1-2). 

     El mensaje del Apocalipsis es también sobre el fin, además en este texto se habla de los santos héroes y mártires de la fe, no de los malos (Ap 13, 7). "Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos...", dice Pedro (2 P 2, 9). 

     Hablando Jesús de la Iglesia que Él edificaría, dijo que las puertas del Hades no prevalecerían contra ella (Mt 16, 18). Y en Mt 28, 20 leemos: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Así que Él promete estar con nosotros siempre. Jesús no dijo "estaré con ustedes todos los días hasta el fin si se portan bien, pero si no, les dejo". Los Apóstoles no iban a vivir en esta tierra eternamente, es obvio que se refería también a sus sucesores, con ellos estará por siempre. 

     Isaías profetizó de Jesús y del reino que como Mesías comenzaría a establecer: "...y se llamará  su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponindolo y confirm ndolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre" (Is 9, 6-7). "Su reinado quedará  bien establecido" -Dios Habla Hoy-. 

     Jesús dijo que el fruto de sus discípulos permanecerá (Jn 15, 16), algo que no sería cierto si hubo una apostasía universal. Digamos que la Iglesia si cayó en apostasía. Jesús de antemano lo 
hubiera sabido.¿Por qué entonces dió el mandato a los Apóstoles de: Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt 28, 19), si sabía que pronto su Iglesia caería en error? Sería imposible evangelizar a todo el mundo en tal caso. Además, Jesucristo prometió enviar al Espíritu Santo a su Iglesia para guiarla y así mantenerla en el camino de la verdad: "Y yo rogaré al Padre, y os dará  otro Consolador para 
que esté con vosotros para siempre" (Jn 14, 16). "Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará  en mi nombre él os enseñará  todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14, 26). "Pero cuando venga el Espíritu de verdad él os guiará a toda la verdad..." (Jn 16, 13). 


¿Cómo interpretar a Jesús, Pablo y Pedro cuando hablan de los falsos profetas que vendrían?

     No negamos que hubo error entre algunos hombres que dicen ser cristianos. Siempre ha habido herejías y personas que han intentado cambiar las doctrinas recibidas de los Apóstoles. De hecho, los hombres que fundaron las diferentes sectas han hecho esto. Pero no quiere decir que TODA la Iglesia está en error. Ilustra esto la parábola del Reino en Mt 13, 24-30 en que el trigo y la cizaña crecen juntos, así mismo siempre ha habido buenos y malos en el "campo" de 
la Iglesia. Pero, como enseñó Jesús en la parábola, no nos toca a nosotros arrancar la cizaña. Jesús lo hará  por medio de los  ángeles al fin del mundo (v. 41). Porque nosotros podemos equivocarnos (v. 29). El problema de los hermanos es que se han hecho a sí mismos jueces de lo bueno y de lo malo y se apartaron ("arrancándose") del "campo" de la Iglesia en vez de trabajar dentro de ella para mejorarla. Otros textos que apoyan que habrá  pecadores en la Iglesia de Cristo son: "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tu y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.... Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia" (Mt 18, 15-17). "En una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles" (2 Ti 2,20). 

¿Cómo fue preservada la integridad de la Iglesia a través de los siglos?
     Por medio de lo que se llama SUCESIÓN APOSTÓLICA. En Hch 1, 6 leemos que los Apóstoles confiaron la autoridad apostólica a Matías. El tomó el puesto de Judas como Obispo. Jesús confirió autoridad a sus Apóstoles diciendo: De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será  desatado en el cielo (Mt 18, 18). En Jn 20, 23 les dio el poder de perdonar los pecados , y en 21, 15-17 se lee que hizo de 
Pedro Pastor principal para sus ovejas. Le dio las llaves del Reino de los Cielos: Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos... (Mt 16, 19). Pablo dijo a Timoteo: Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros (2 Ti 2, 2).¿No cumplió Timoteo este encargo de Pablo?¿No había hombres fieles para mantener la enseñanza de los Apóstoles? Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos (2 P 2, 9). 

     Al comienzo de la Iglesia Primitiva, los apóstoles confirieron a sus sucesores el poder recibido por Jesús. Pablo dijo a Timoteo: No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio (1 Ti 4, 14). Es decir, Timoteo recibió algo especial: un "don", un llamamiento de Dios a ser presbítero, y esto no se le concedió por casualidad; por lo tanto Pablo le aconseja: No impongas con ligereza las manos a ninguno (1 Ti 5, 22). 

     Existe mucha evidencia sobre la Sucesión Apostólica. Los primeros miembros de la Iglesia, los llamados "Padres Apostólicos", quienes conocieron personalmente a los Apóstoles y fueron sus 
discípulos, enseñaron doctrinas definitivamente católicas. 

"LOS PADRES DE LA IGLESIA
. ¿Quiénes son estos hombres, a las cuales se les conoce así, en el estudio de la Historia de la Iglesia? Este nombre se les da a los más distinguidos escritores eclesiásticos de los primeros siglos de nuestra era. O sea que vivieron del año 100 al 750 d.C. La importancia de estos hombres radica en que para el evangélico, éstos son sólo un testimonio histórico de lo que creían los cristianos"(Historia de la Iglesia de Cristo, por el pastor José Luis 
Montecillos, Ch. México, 19992).

Ejemplos de Padres Apostólicos

•Ignacio de Antioquía: Discípulo del Apóstol Juan, enseñado y ordenado sacerdote por Él. Así lo afirma el libro evangélico El Amor Diario (p. 35). En el año110 d.C. en su Carta a los Esmirniotas, 
Ignacio habla de la autoridad que recibieron los obispos de los Apóstoles. Hablando de los herejes que no creen en la enseñanza católica sobre el cuerpo de Cristo, Ignacio les exhorta: "Apártense también de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma que, por su bondad, resucitó el Padre (Epístola a los Esmirniotas, 7:1). Ignacio fue el primer autor 
cristiano en mencionar la palabra CATÓLICA para decir que la Iglesia es universal en todo lugar y en todo tiempo desde Cristo. Por la forma en que utiliza esta palabra se puede inferir que era una expresión común en el mundo cristiano. 

•Clemente de Roma: Discípulo de Pedro, cuarto Obispo de Roma, y Papa (es probable que sea el Clemente mencionado en Fil 4, 3). En su Epístola a los Corintios, Clemente habla de confesarse a un sacerdote y afirma que los Apóstoles escogieron sucesores para prevenir la apostasía, y que ellos establecieron la regla de que, antes de morir, los obispos escogieran a otros para reemplazarles en su ministerio sagrado. Es interesante notar la importancia del obispo de 
Roma. En 88 d.C., Clemente, mostrando su autoridad sobre otras iglesias fuera de Roma, intervino en los problemas de la Iglesia de Corinto cuando aún vivía el Apóstol Juan, quien hubiera sido el más indicado para intervenir por ser el último de los doce. En cuanto a la 
regla de sucesión apostólica leemos en su carta: "Nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que habría contiendas sobre este nombre y dignidad del episcopado. Por esta causa, pues, como tuvieran perfecto conocimiento de lo por venir, establecieron a los susodichos y juntamente impusieron para adelante la norma de que, muriendo éstos (los obispos), otros que fueran varones aprobados les sucedieran en el ministerio" (Primera 
Carta XLIV). 

•Policarpo de Esmirna: Discípulo de Juan. Hablando de Jesucristo, dice: "Sirvámosle, pues, con temor y con toda reverencia, como Él mismo nos lo mandó, y también los Apóstoles que nos predicaron el Evangelio" (#3). "Policarpo diácono probado entre los de su tiempo, al modo que lo fue Esteban entre los del tiempo de los Apóstoles,... conforme a como a él le instruyera el Señor, tuviera también en la Iglesia el discurso de instrucción catequética. Concedióle, pues, Cristo 
ante todo, la regla eclesiástica católica de la recta enseñanza..." 
(Apéndice a San Policarpo, XII). 

     Estos hombres aprendieron tales doctrinas de los Apóstoles y no las inventaron por su cuenta. Si estos Padres Apostólicos enseñaban doctrinas heréticas, ¿por qué estaban dispuestos a morir por defenderlas si eran puras mentiras?¿Tu morirías por algo falso? Ellos recibieron la verdad de los Apóstoles y la guardaron hasta dar su vida por lo que creían. 

•Epístola de Bernabé (130 d.C.): En esta carta podemos encontrar que los cristianos celebraban el culto en domingo (no en sábado, como dicen los adventistas y otros "del séptimo día"), y que las obras forman parte integral de la salvación (no sólo la fe como dicen los evangélicos). 

•La Didajé (o Didaché) La Enseñanza de los Doce Apóstoles (años 90-100 d.C.): En esta obra podemos ver que los cristianos bautizaban por inmersión y rociando agua encima de la cabeza. 

     Tenemos dos opciones: la apostasía sucedió o no sucedió. Si no sucedió, entonces la Iglesia sobrevivió intacta a través de la historia. Pero, si decimos que la Iglesia sí cayó en apostasía, entonces tenemos que concluir algo absurdo: QUE JESÚS FUNDÓ UNA IGLESIA APÓSTATA. ¿Por qué concluir esto? Porque como acabamos de ver la Iglesia del primero y segundo siglos, es la misma Iglesia del NT y si la Iglesia Primitiva era apóstata lo era desde el principio, desde los Apóstoles. Si los Padres de la Iglesia Primitiva enseñaban herejías quiere decir que sus maestros, los Apóstoles de Jesús, les enseñaron mal. Tendriamos que concluir también que Jesucristo no fue realmente el "Maestro Mayor" porque no pudo prevenir una apostasía entre sus alumnos. No sería el Dios-Todopoderoso.¿Qué clase de maestro es este que no puede asegurar que su enseñanza sea entendida? Además, si hubiese habido una apostasía completa, tendríamos un gran problema histórico: EL SILENCIO. No existe evidencia alguna de que realmente sucedió. Al contrario, toda la evidencia histórica y bíblica apoya que la Iglesia católica sigue las enseñanzas de los Apóstoles. 

     La decisión acerca de cuáles libros serían aceptados en el canon fue tomada en el Concilio de Laodicea en el año 363 d.C. (confirmada sucesivamente en los Concilios de Hipona y Cartago y apoyada por el Papa). Es decir, que si la Iglesia cayó en apostasía "pronto después de los Apóstoles" llegamos a otra conclusión absurda: que no se puede confiar en la Biblia porque la lista de sus libros (el canon) fue confirmada y preservada a través de los siglos por una iglesia apóstata.¡Poner en duda la Iglesia es poner en duda la Biblia! 

     Es antibíblico sugerir que en algún momento en el tercer o cuarto siglo (los que se oponen a la Iglesia son muy vagos en cuanto a fechas) Cristo, el Esposo, se divorció de su Iglesia-esposa por "infidelidad" (aunque le había prometido protegerla), vivió como soltero por 1200 años o más y luego ¡se casó con más de 28,000 denominaciones diferentes! 

     Es absurdo pensar que en Mt 18,17 Jesús haya pedido a sus seguidores que llevaran a los hermanos pecadores a la Iglesia si esta Iglesia iba a ser apóstata también. 

     La posición de algunos hermanos, de que hubo una apostasía, está  basada solamente en las palabras de sus fundadores. Pero la Biblia dice otra cosa: A Él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades [siglos] (Ef 3,21). Ciertos bautistas utilizan este texto para mostrar a los mormones que la Iglesia debe permanecer a través de los siglos. 

     Los primeros cristianos fueron muy cuidadosos en proteger la verdad que habían recibido de los Apóstoles : Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me has sido necesario escribiros exhortándoos a que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud 3). "Los anabautistas querían volver al Nuevo Testamento. Su objetivo no era reformar la iglesia existente, sino restaurar la iglesia apostólica. Según ellos, la iglesia verdadera había desaparecido y había que recuperarla. Esta tendencia ahistórica estaba acompañada de una actitud antiintelectual" (Latinoamérica en llamas, Pablo A. 
Deiros y Carlos Mraida, dos teólogos e historiadores bautistas, Edit Caribe, 1994, p. 37. Énfasis mío). En la p. 25 ellos citan a los Padres Apostólicos. 

     Siempre deberíamos recordar las palabras de Jesús: No todo el que dice: Señor, Señor, entrará  en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). En los siguientes temas veremos que esta voluntad divina está en la Biblia y cuál Iglesia la cumple más (Podemos ver que no son exclusivamente los milagros y las profecías los que prueban la verdad Mt 7, 22-23.)


Del libro No todo el que dice Señor, Señor 
Paulinas, 2a ed., México -·Gagnon-Daniel

 

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IGLESIA - APOSTOLICIDAD GLOBAL

Carta del Arzobispo
El ministerio del Obispo

No es mal momento el de las Visitas pastorales, tantas y en tantos años, para que ustedes y yo nos paremos a pensar, con ojos de fe, en el ministerio apostólico del obispo.
Apostólico he dicho, y esto nos remite a un momento señalado de la vida pública de Jesús, que nos describe así san Lucas: "Salió El hacia la montaña para orar y pasó la noche en oración a Dios. Cuando llegó el día, llamó a sí a los discípulos y escogió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de Apóstoles" (6, 12-13). San Marcos (3, 14) añade este detalle significativo: "Designó a doce para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios". En distintos pasajes de los evangelios se va concretando la silueta de los doce, encabezados siempre por Pedro, al que Jesús dotaría del poder de atar y desatar, fe personal indefectible, pastoreo universal de ovejas y corderos en la grey del Señor.
A todos los apóstoles les son aplicables estas grandes afirmaciones de Jesús: - Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros.
- El que a vosotros os acoge a mí me acoge, el que a vosotros os desprecia a mí me desprecia.
- Haced esto (el misterio eucarístico) en memoria mía.
- A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados.
- Id y predicad a todas las naciones.
Esos son los textos más emblemáticos sobre el ministerio de los Doce; pero, espigando por las páginas del Nuevo Testamento, encontramos que a ellos les fue dado conocer los misterios del Reino, ser amigos y no siervos, conversar con Cristo resucitado, recibir el Espíritu de Pentecostés. Y, por decirlo todo, sabemos también que, en su etapa de discipulado, discutían entre sí sobre los primeros puestos del Reino, Jesús los recriminó como hombres de poca fe, uno 
de ellos lo entregó a sus verdugos, otro lo negó tres veces y los demás, excepto Juan, lo abandonaron a su suerte en la pasión y crucifixión. Hombres de carne y hueso como nosotros, pero que lo dejaron todo por El, se rehicieron con la experiencia de la resurrección y, confortados por el Espíritu, fueron todos pregoneros del Evangelio y derramaron su sangre por el Maestro.

Los primeros sucesores
¿De qué hubiera servido todo aquello, si Cristo no hubiera garantizado otros eslabones de la cadena, para que llegaran intactas hasta nosotros su palabra bendita, su Iglesia santa, todos los dones de su salvación? Yo estaré con vosotros, aseguró el Maestro, todos los días hasta la consumación de los tiempos (Mt. 28, 20). Los apóstoles asociaron ya su ministerio a otros varones escogidos de entre los miembros de las primeras comunidades. Primero fue la 
institución de los diáconos, tal cual la describen los Hechos de los Apóstoles. Luego vendrían los responsables directos de las Iglesias nacientes.
En la primera Carta de san Pedro, dirigida a las comunidades de la diáspora judía, leemos preciosas exhortaciones a los pastores de las Iglesias, no está claro todavía si obispos o presbíteros, pero cierto que continuadores de la predicación apostólica. Les dice: "Apacentad 
el rebaño de Dios que os ha sido confiado, no por la fuerza, sino con blandura según Dios; no por sórdida ganancia, sino con prontitud de ánimo; no como dominadores sobre la heredad, sino sirviendo de ejemplo al rebaño. Así, cuando aparezca el Pastor soberano, recibiréis esa corona inmarcesible de la gloria" (I Pe. 5, 2- 4).

Timoteo y Tito, discípulos, amigos y compañeros muy jóvenes de Pablo en sus correrías apostólicas, fueron destinatarios de sendas cartas del Apóstol, que se dirige a ellos con el título de hijo amado, o hijo mío verdadero, a los que considera ya obispos y dice cosas como 
estas: "Te exhorto a que hagas revivir el carisma de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Guarda el buen depósito (de la fe) por la virtud del Espíritu, que mora en nosotros" (A Timoteo). "Es preciso que el obispo sea intachable, como administrador de Dios... 
hospitalario, amador de los buenos, modesto, justo, santo, continente, guardador de la palabra fiel; que se ajuste a la doctrina, de suerte que pueda exhortar a la doctrina sana y argŸir a los contradictores" (A Tito).

Un modelo del siglo II
Otro, que no tenía nada de joven pero sí de obispo insigne, cargado de años y lleno de sabiduría, fue Ignacio de Antioquía quien, en los primeros años del siglo II, fue condenado a las fieras en el 
Circo de Roma. En su camino hacia allá, fue dejando como joyas unas cartas a las Iglesias del recorrido sobre las comunidades y sus pastores. Suya es la expresión "Nada sin el Obispo" y suya, entre muchas, es esta semblanza entrañable del Obispo de Filadelfia: "Sé muy bien que vuestro obispo no ha recibido el ministerio de servir a la comunidad ni por propia arrogancia ni de parte de los hombres, ni por vana ambición, sino por el amor de Dios Padre y del Señor 
Jesucristo... Su vida está tan en consonancia con los preceptos divinos como las cuerdas con la lira... conozco bien sus virtudes y su gran santidad: sus modales, su paz y su mansedumbre son como un reflejo de la misma bondad del Dios vivo".
¿A qué seguir? San Agustín tiene un libro homilético sobre los pastores donde acuña la famosa expresión "Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo; el primero es un título de honor, el segundo de responsabilidad". Y, perdón ya por las citas, pero considero hoy necesaria, para el propio obispo, sus presbíteros y los demás miembros del Pueblo de Dios, una lectura de fe del ministerio apostólico, tal y como salió de las manos del Señor, fue encarnado por sus primeros titulares, los santos apóstoles, y por sus modelos arquetípicos, los santos Padres. ¡Quién pudiera!

El binomio obispo-comunidad
Dando desde allí un salto a nuestro siglo, baste recordar que lo que el Concilio de Trento fue en el XVI para apuntalar la doctrina del sacerdocio cristiano lo ha sido el Vaticano II en sus enseñanzas sobre el episcopado. Ocupan el capítulo IV de la Constitución sobre la Iglesia y todo el decreto Christus dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos en la Iglesia. Del Concilio emana una figura de obispo más bíblica, más evangélica, más eclesial, más pastoral y, en 
definitiva, más cercana y más moderna.
Se nos muestra como sucesor de los apóstoles, pastores de la Iglesia local, sacerdote en plenitud, maestro de la fe, animador de la vida cristiana, padre y hermano de los sacerdotes, promotor de las vocaciones consagradas, servidor de la unidad, respetuoso con los carismas y responsable de su discernimiento. Vínculo de comunión con el sucesor de Pedro y con todas las Iglesias. Fuente de santidad sacramental y llamado a ser modelo y estímulo de la santidad moral.
¿Ven cuán necesitados estamos de la ayuda del Pueblo de Dios los agraciados y cargados con este ministerio? Por algo se incluye una oración por el obispo en el Memento de la misa y en las Preces de Vísperas. Quien sólo se fije en la persona, ya sea en sus deficiencias y limitaciones, ya en sus talentos y virtudes, no da en el clavo. El binomio obispo-comunidad se ha de vivir con provecho eclesial en las dos direcciones, cuando nos miramos desde las dos orillas con ojos 
de fe: -Este pueblo es la heredad del Señor, su santa grey, ¿cómo podría yo menospreciarlo, no echarle cuentas, defraudarlo? -Este hermano mío encarna a Cristo-Pastor ¿cómo negarle la acogida, la docilidad religiosa, el amor filial? Quede todo así.

ANTONIO MONTERO - Semanario "Iglesia en camino"
Archidiócesis de Mérida-Badajoz
No. 234 - Año V - 14 de diciembre de 1997

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2. APÓSTOL - DOCE I/ORIGEN I/PUEBLO-
El origen de la Iglesia 
De entre las muchas y complicadas cuestiones relacionadas con el problema de la fundación de la Iglesia por Jesús, sólo cabe destacar aquí una pequeña sección. Aquélla precisamente que esclarece el núcleo del pensamiento eclesial de Jesús. Que Jesús quiso ser más que un propagandista de una nueva moralidad, que por lo demás no sería obligatoria y quedaría al capricho del individuo; que quiso más bien una nueva comunidad religiosa, un pueblo nuevo, lo expresó él mismo con un gesto único y sencillo, que Marcos formula así: «Llamó a los que quiso... y designó a doce...» (Mc 3,13s). Mucho antes de que existiera el nombre de "apóstol" (sólo apareció sin duda después de la resurrección), ya existía la comunidad de los doce, cuyo nombre esencial era cabalmente ser «los Doce». Toda la importancia que se 
daba precisamente a ese número de doce, se mostró bien a las claras después de la traición de Judas: los apóstoles (bajo la dirección de Pedro) consideraron como su primer deber restablecer el número perdido de doce (Act 1,15-26) Da hecho, ese número era cualquier cosa menos indiferente o casual. Israel seguía considerándose como el pueblo de las doce tribus, que esperaba para la era mesiánica de salvación el restablecimiento precisamente de las doce tribus de Israel, que habían nacido un día de los doce hijos de Jacob-Israel. Al "designar a doce", Jesús se confesaba como el nuevo Jacob (cf. también Jn 1,51; 4,12ss), que ponía ahora el fundamento del nuevo Israel, del nuevo pueblo de Dios, que había de nacer de estos doce nuevos patriarcas para formar el verdadero pueblo de las doce tribus en virtud de la palabra de Dios; y a esos hombres se les confiaba el esparcir su semilla.
Así, en el fondo, toda la acción de Jesús en el círculo de los doce era al propio tiempo obra de fundación de la Iglesia, en cuanto todo estaba dirigida a capacitarlos para ser padres espirituales del nuevo pueblo de Dios. Más aún, se ha hecho notar que en la autodesignación de Jesús como "Hijo del hombre" vibra siempre el factor fundacional, porque, desde su origen en Dan 7, es palabra simbólica para designar al pueblo de Dios de los últimos tiempos. Al aplicársela Jesús a sí mismo, se designa implícitamente como creador y señor de este nuevo pueblo, con lo que toda su existencia aparece referida a la Iglesia (Kattenbusch). Pero hay naturalmente ciertos 
momentos en su vida en que gravita con mayor fuerza su intención de 
fundar la Iglesia. Tales momentos son la colación del poder de atar y desatar a Pedro (Mt 16,18s y Jn 21,15-17) y a los apóstoles (Mt 18,18), y más todavía la última cena. Sabios como A. Schlatter, T. 
Schmidt, F. Kattenbusch, K.H. Schelkle han mostrado que la última cena debe concebirse como el verdadero acto fundacional de la Iglesia por parte de Jesús. Cierto que precedieron la vocación de los doce y el primado de Pedro; ni una ni otra cosa se suprimen en la cena, sino que se dan por supuestas y ambas cobran con la cena su propio y verdadero sentido. Porque sólo con la cena da Jesús a su futura comunidad un punto específico de apoyo, un acontecimiento 
aparte, que sólo a ella le conviene, la destaca de manera inconfundible de toda otra comunidad religiosa y la reúne con sus miembros y con su Señor para formar una nueva comunidad. Pero 
aquí es sobre todo instructivo el estrecho contexto con la pascua judía. Si la última cena de Jesús fue una comida pascual o si, al tiempo que se sacrificaban los corderos pascuales, se estaba él desangrando sobre la cruz, no lo sabemos con certeza. En todo caso se da un estrecho nexo con la pascua judía: o insertó Jesús su nueva comida en la antigua comida pascual y así declara su comida como verdadera pascua, o murió en la hora misma en que corría en el templo la sangre de los corderos pascuales, y demostraba así ser el nuevo y verdadero cordero pascual (cf. Jn 19,36 y Éx 12,46; lCor 5,7). 


PAS/ ISRAEL: Ahora bien, la primera noche pascual fue la verdadera hora del nacimiento del pueblo de Israel. Fue la noche en que el ángel de Dios exterminó a los primogénitos de los egipcios y perdonó a los hijos de Israel, los dinteles de cuyas casas estaban marcados con la sangre del cordero (Ex 11-12). Ello acabó por dar al pueblo esclavizado de Israel la libertad de salir de Egipto y convertirse en un verdadero pueblo. Si, pues, Israel celebraba año tras año la 
pascua, pensaba en su nacimiento como pueblo que le fue dado en aquella noche. La pascua era más que un mero recuerdo; seguía siendo el hontanar del que vivía Israel y lograba su unidad como pueblo de Dios. Israel seguía sintiéndose afirmado sobre el acontecimiento pascual, para recibir de él su renovada fundación En la fiesta de pascua vuelve a reunirse todo el pueblo de Israel, disperso por todo el mundo y en el templo único de este pueblo para encontrarse aquí, en este lugar único de culto, con su Dios y sentir así el centro de su unidad. «El culto es en el antiguo Israel un acto creador, en que se hace presente la redención histórica y escatológica e Israel es creado de nuevo como pueblo de Dios» (N.A. DAHL, Das Volk Gottes, Oslo 1941, 722). 


PUEBLO - UNIDAD - Y ahora podemos reflexionar: Cristo se entiende a sí mismo como el nuevo y verdadero cordero pascual, que muere vicariamente por todo el mundo e instituye la comida en que se come su carne y se bebe su sangre en verdadera y definitiva comida 
pascual. Esto significa que a esta comida le conviene ahora el sentido que antaño fue característico de la celebración de la pascua judía. Así, resulta que esta comida aparece como el origen de un nuevo Israel y centro permanente del mismo. Como el antiguo Israel veneró 
un día en su templo su centro y la garantía de su unidad y en la celebración común de la pascua realizó de manera viva esta unidad, así ahora la nueva comida será el vínculo de unidad de un nuevo pueblo de Dios. Éste no necesita ya el centro local de un templo exterior, porque en esta comida ha encontrado una unidad interior mucho más profunda: con su cena el Señor único está personalmente entre ellos, dondequiera que se encuentren; todos comen de un Señor, dentro del cual se funden por esa comida: el cuerpo del Señor, que es centro de la comida del Señor, es el nuevo templo único, que aúna a los cristianos de todos los lugares y tiempos con unidad 
mucho más real de lo que pudiera hacerlo un templo de piedra. Así, de esta nueva pascua cabe decir de manera más eficaz y real lo que ya se dijo de la antigua: que no sólo fue fuente y centro del pueblo de Dios, sino que lo es y lo será siempre.  
J/ TEMPLO: Aquí hay que recordar todavía otra serie de ideas, que pueden esclarecer aún más todo el problema. Mateo y Marcos, lo mismo que Juan, transmiten (aunque en contextos distintos) una palabra de Jesús según la cual reedificaría en tres días el templo destruido sustituyéndolo por otro mejor (Mc 14,58 y Mt 26,61; Mc 15,29 y Mt 27,40; Jn 2,19; cf. Mc 11,15-19 par; Mt 12,6). Tanto en los sinópticos como en Juan, es evidente que el nuevo templo «no hecho por mano de hombre» es el cuerpo glorificado de Jesús. Por eso, según todo lo dicho, el sentido de la frase completa sólo puede ser éste: Jesús anuncia la ruina del antiguo culto y, con él, del antiguo pueblo elegido y de la antigua economía mientras promete un culto nuevo y superior, cuyo centro será su propio cuerpo glorificado. Partiendo de aquí cobra también su sentido exacto el relato de que a la muerte de Jesús se rasgó el velo del Sancta sanctorum 
(/Mc/15/38:/Mt/27/51:/Lc/23/45). En este rasgarse se cumple simbólicamente de antemano la ruina del antiguo templo. El Sancta sanctorum, cuyo velo se rasga, deja de ser lugar de la presencia de Dio, el templo ha perdido su corazón, y el culto, que todavía se celebra en él por algún tiempo, se convierte así en un gesto vacío. Con la muerte de Jesús el templo antiguo y, por ende, el culto y el pueblo cuyo centro era, pierde toda su legitimidad, porque ahora ha 
nacido el nuevo culto y el nuevo pueblo cultual, cuyo centro es el nuevo templo: el cuerpo glorificado de Jesús, que representa ahora el lugar de la presencia de Dios entre los hombres y su nuevo centro de culto.
Resumiendo, puede decirse que Jesús creó una "Iglesia", es decir, una nueva comunidad visible de salvación. Jesús la entiende como un nuevo Israel, como un nuevo pueblo de Dios que tiene su centro en la celebración de la cena, en la que ha nacido y en la cual encuentra su 
centro permanente de vida. O dicho de otra manera: el nuevo pueblo de Dios es pueblo que nace del cuerpo de Cristo.

JOSEPH RATZINGER - EL NUEVO PUEBLO DE DIOS
HERDER 101 BARCELONA ESPAÑA 1972.Págs. 89-93
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Más objeciones a la Iglesia Católica

 

¿No es intolerante con opiniones socialmente aceptadas?

    —¿Y no es intolerancia por parte de la Iglesia condenar acciones o actitudes que en algunos casos están socialmente aceptadas, sin atender a las opiniones de quienes las defienden?

    Afortunadamente, ser tolerante no es compartir en todo la opinión de los demás (eso sería la forma más segura de volverse loco en poco tiempo). Ser tolerante tampoco es dejar de mantener las propias convicciones porque estén poco de moda (hacerlo sería también una forma excelente de acabar sin ninguna idea propia dentro de la cabeza), sino reconocer y respetar su derecho a pensar de otro modo. Y la Iglesia lo hace.

    Por otra parte, la tolerancia y el respeto al legítimo pluralismo, nada tienen que ver con una especie de relativismo que sostuviera que no existe nada que se considere intrínsecamente bueno y universalmente vinculante.

Si no hubiera cosas que están claramente mal

y que no deben tolerarse,

nadie podría, por ejemplo,

recriminar legítimamente a Hitler por el genocidio judío.

    Pues ese espantoso crimen fue perpetrado dentro de los amplios márgenes de la "justicia" y la "ley" nazis, establecidas a partir de unas elecciones democráticas que se realizaron de forma correcta.

    Si no hay una referencia a una verdad objetiva, los criterios morales carecen de base sólida, y tarde o temprano se produce una gran confusión acerca de lo que está bien y lo que está mal. Y es precisamente entonces cuando la sociedad queda a merced de quienes tienen el poder de crear opinión.

    Por otra parte, y como ha señalado Giacomo Biffi, a quienes piensan que la Iglesia es poco tolerante habría quizá que recordarles que la realidad histórica de la intolerancia, manifestada trágicamente como la matanza en masa de inocentes, entra en el acontecer humano precisamente con el triunfo político de la razón separada de la fe, con el triunfo del librepensamiento.

    El principio de que es lícito suprimir colectivos enteros de personas por el solo hecho de ser consideradas un obstáculo para la imposición de determinada ideología –continúa Biffi–, fue aplicado por primera vez en la historia en 1793, con la incansable actividad de la guillotina y con el genocidio de La Vendée.

    Y los frutos más amargos de esa semilla se han producido en el siglo XX, el siglo más sangriento que se conoce, con la masacre de los campesinos rusos por parte de los bolcheviques, con el genocidio hebreo por los nazis, con las matanzas de camboyanos llevadas a cabo por los comunistas, etcétera.

—Bien, pero el hecho de que haya habido gente tan terriblemente intolerante, no quiere decir nada...

    Si la intolerancia arrecia en la evolución de la historia precisamente cuando menos influencia tiene la Iglesia sobre la sociedad, cabe pensar que la Iglesia no sea tan intolerante como dices. Algo tendrá que ver, probablemente, una cosa con la otra.

    —Admito que las sociedades con fundamentos cristianos sean efectivamente más tolerantes que las ateas, pero de la tolerancia personal de los cristianos no estoy tan seguro...

    No me será fácil demostrar lo contrario, porque de la virtud de cada cristiano yo no puedo responder. Pero pienso que las personas con convicciones religiosas arraigadas caen más difícilmente en actitudes intolerantes.

    Por aportar un dato significativo –aunque es sólo un ejemplo–, un amplísimo sondeo Gallup realizado recientemente en USA para la revista First Things, en el que se establecieron doce grados para medir la religiosidad, señalaba que el segmento de población considerado más religioso (el llamado highly spiritually committed, que alcanzaba al 13% de la población) corresponde a "las personas más tolerantes, más inclinadas a realizar actos caritativos, más preocupadas por la mejora de la sociedad, y más felices".

    Y en cualquier caso, no se puede culpar a la Iglesia de todo lo que hace algún que otro católico más o menos intolerante. Te vuelvo a decir que son cosas de la vida, no de la Iglesia.

 

¿Por qué no pueden casarse los curas?

    —No entiendo por qué la Iglesia católica no permite que puedan casarse los curas, o bien ordenarse personas casadas. Sobre todo, pensando en la preocupante escasez de sacerdotes.

    La Iglesia católica de Occidente ha hecho la elección de escoger a sus sacerdotes entre hombres que han recibido el carisma del celibato. Esto –afirma Jean-Marie Lustiger– es algo más que una disciplina canónica: es una opción inspirada por el mismo Jesucristo. Pero es cierto que la Iglesia católica mantiene y recuerda también la posibilidad y su derecho de ordenar a hombres casados. Ésa es la tradición, por ejemplo, de las iglesias católicas de rito oriental unidas a Roma.

    Respecto a lo que dices sobre la acuciante falta de sacerdotes, la cuestión del matrimonio no se ha demostrado determinante ni decisiva respecto a las nuevas vocaciones. Y es algo que puede verificarse fácilmente: basta con fijarse en las iglesias orientales (en las que se ordenan también sacerdotes casados), o en el anglicanismo y el luteranismo (donde también lo hacen y, además, están bastante mejor retribuidos), y viendo los datos numéricos de vocaciones sacerdotales se comprueba fácilmente que en ninguno de los casos hay una correlación entre vocaciones y matrimonio. De hecho, la disminución de vocaciones de pastores luteranos y anglicanos es superior a la de sacerdotes católicos en esos mismos países en la misma época.

    Por el contrario, surgen de manera insistente y significativa vocaciones de sacerdotes solteros en iglesias que admiten la ordenación de casados. Es un dato poco conocido, pero que confirma una tendencia que avanza desde hace aproximadamente un siglo en el anglicanismo, las iglesias orientales, el luteranismo alemán y en algunos protestantes franceses.

 

¿Por qué impone sanciones a teólogos?

    —Si la Iglesia dice que verdad cristiana no debe imponerse más que por la fuerza de la misma verdad, ¿cómo se explica que la Iglesia siga imponiendo sanciones a teólogos que mantienen posiciones demasiado "renovadoras"?

    La Iglesia católica no obliga a ninguna persona a creer en nada. Lo que pasa es que a veces algunos se han empeñado en presentar como mártires, y como objeto de clamorosas injusticias, a algunos sacerdotes y teólogos que pretenden seguir diciendo, desde puestos oficiales de instituciones eclesiásticas, cosas que no son de ninguna manera conciliables con la teología católica.

    Cualquier persona, sea o no creyente, entiende que la Iglesia –como cualquier otra institución que no quiera acabar en la más lamentable de las confusiones– debe asegurar que las personas que la representan son personas que expresan con fidelidad su doctrina. Y aunque esa doctrina es compatible con la evidente multiplicidad del pensamiento cristiano, hay cosas que no son pluralidad sino contradicción.

    Dentro de la misión de la Iglesia está verificar si una línea de pensamiento o de expresión de la fe pertenece o no a la verdad católica. Y mantener esas garantías exige un Derecho –el Derecho Canónico–, y exige una autoridad que juzgue conforme a ese Derecho y luego se ocupe de aplicar sus decisiones.

    Y hay que decir, además, que sus procedimientos judiciales son mucho más respetuosos y contemporizadores que los que se emplean en el mundo judicial civil. No hay más que leer el Código de Derecho Canónico para ver que la Iglesia no es una institución sometida a lo arbitrario: se respeta enormemente el derecho de las personas, y eso aun a costa de incurrir a veces en cierta lentitud.

¿Por qué no modera un poco sus exigencias?

    —¿Y no crees que si la Iglesia moderara sus exigencias, habría más creyentes?

    Francamente, creo que no. Hay personas que aseguran que tendrían fe si vieran resucitar a los muertos, o si la Iglesia rebajara sus exigencias en materia sexual, o si las mujeres pudieran llegar al sacerdocio, o simplemente si su párroco fuera un poco menos antipático. Pero es muy probable que, si se cumplieran esas condiciones, su increencia encontrara enseguida otras. Porque, como dice Robert Spaemann, la persona que no cree es incapaz de saber bajo qué condiciones estaría dispuesta a creer.

    Hay personas que no creen porque, simplemente, no tienen fe, y ya está. Sin embargo, las que dicen no creer por el exceso de exigencia de la Iglesia en algunas cuestiones morales, probablemente tampoco creerían aunque un muerto resucitara ante sus mismas narices. Enseguida encontrarían alguna ingeniosa explicación que les dejara seguir viviendo como antes.

    —Pero, aunque no fuera para "captar" creyentes, la Iglesia podría moderar sus exigencias en beneficio de los que sí creen. Me parece que fue el mismo Santo Tomás quien dijo que en el punto medio está la virtud...

    Lo dijo, efectivamente. Pero se refería al punto medio entre dos extremos erróneos, y no a hacer la media aritmética entre la verdad y la mentira, o entre lo bueno y lo malo.

    Porque, de lo contrario, incurriríamos en aquello que no hace mucho decía un parlamentario de nuestro país: cuando alguien dice que dos más dos son cuatro, y algún cretino –con perdón, no lo digo por ti– le responde que dos más dos son seis, siempre surge un tercero que, en pro del necesario diálogo y respeto a las opiniones ajenas (en suma, de la moderación y del entendimiento), acaba concluyendo que dos más dos son cinco. Y lo peor es que encima puede ser considerado como un hombre conciliador y tolerante.

    La Iglesia –igual que hace cualquier persona sensata– defiende lo que considera la verdad, y no quiere aguar esa verdad. Y nadie debería llamar intolerancia a lo que sólo es defender con fortaleza las propias convicciones. Si alguien se quejara de eso, demostraría tener un intolerante concepto de la tolerancia.

    —¿Pero no te parece que la Iglesia debería ser algo más comprensiva con la debilidad de los hombres?

    Un médico no es acusado de falta de comprensión cuando diagnostica un cáncer y dice que hay que operar. De modo semejante, a los médicos del espíritu no se les debía tachar de poco comprensivos y o faltos de compasión cuando diagnostican una falta o pecado y sugieren que habría que arrepentirse y cambiar.

    Igual que el médico se compadece ante el enfermo de cáncer mostrándose inflexible contra el tumor cancerígeno, la Iglesia se compadece ante la debilidad humana del pecador mostrándose inflexible contra el pecado. Es un deber que a veces es duro de oír, e incluso de decir, pero sin duda un deber insoslayable.

 

¿No es demasiado inmovilista?

    —Aunque la Iglesia haya procurado adaptarse a las diferentes culturas y lugares, creo que, en general, le ha faltado agilidad para ponerse al día. Ha estado poco atenta a los cambios de los tiempos y adelantarse a ofrecer lo que en cada momento la gente pide. Quizá es una de las razones por las que ha perdido gente. Yo les recomendaría, como única salida para su supervivencia, que adaptaran sus posturas al mundo moderno, y quizá que les vendría bien un poco más de mentalidad empresarial, o mejorar su marketing: hoy día es imprescindible conocer bien los mercados y las leyes que los rigen.

    Sin embargo, la fe no puede entenderse como una simple estrategia de supervivencia en los mercados comerciales. Porque la Iglesia no es una empresa, ni un movimiento asociativo, ni un partido político, ni un sindicato.

Las verdades de fe

o las exigencias de la moral

no pueden tratarse

como si lo de menos fuera la verdad

y lo importante fuera ser eficaz, o ser moderno.

    La Iglesia ha de adaptarse a los tiempos, es verdad, y necesita de una continua renovación. Pero ha de mantener su identidad, sin ceder en lo fundamental de su mensaje.

    Su objetivo no es alinearse donde más gente haya, ni estar de acuerdo con la tendencia general de la época, ni satisfacer las demandas del mercado. Como decía Thoureau

Para la Iglesia, lo más importante no sería lo nuevo, sino lo que jamás fue ni será viejo.

    Y para hablar de progresismo, conviene preguntarse primero hacia dónde se quiere progresar. Porque, de lo contrario, sería usar una palabra –ser progresista–, quizá para algunos –cada vez para menos– muy sugerente, pero que, así, sola, no dice nada concreto.

    Siempre me ha parecido que el progreso es algo bueno, porque suele ser obra de los insatisfechos, de los que no se conforman, de los que buscan rutas arriesgadas en la vida.

    Pero sería una tomadura de pelo recurrir a la vieja estrategia de autodenominarse progresista, para así tachar a los demás de inmovilistas, y descalificar, sin debate alguno, a todo aquel que piense de distinta manera. Se trata de un recurso pobre y sectario que suele reducirse, salvo honrosas excepciones, a repetir que todos aquellos que piensen de otra forma son integristas, tradicionalistas, retrógrados, o cosas parecidas, todas ellas dichas habitualmente en tono despectivo o, a lo más, compasivamente indulgente.

    Y a veces son precisamente esos que tanto reprochan a la Iglesia su pasado y sus posicionamientos históricos, los que luego, contradictoriamente, piden que sea comprensiva con las nuevas realidades y adapte su mensaje –cediendo en cosas que la Iglesia considera esenciales– a las corrientes de moda del momento.

    Sin embargo, la Iglesia está obligada a decir siempre lo mismo sobre lo mismo. Eso sí, con gracia nueva cada día. Pero sin dejarse arrastrar por las modas del momento. Por eso la Iglesia tiene una lógica interna aplastante cuando dice: a mí no me pidan que cambie la norma, adapte usted su comportamiento a la norma si quiere vivir realmente la fe católica.

    Lo esencial de la fe –señala Manuel Hidalgo– es como lo esencial de la medicina. Mire, doctor, es que hoy día la gente bebe mucho, ¿podría usted autorizarme una botella de whisky al día? Pues mire usted, es que el whisky acabará por destrozarle a usted el hígado. Además, si usted no bebe, los que le vean tendrán una razón menos para destrozarse su propio hígado. Es que a mí me gusta beber. Ah, pues entonces haga usted lo que quiera y no me pregunte. Duro ¿no? Por eso muchos pasan de los médicos.

    Y más cuando de lo que se trata es del sexo, que a muchos les gusta más que el whisky. Oiga, que el ejemplo no me vale, porque el sexo es de lo más natural. Sí, y los huevos de gallina también son naturales y dan colesterol... ¡Qué le vamos a hacer!

    Esa honestidad de la Iglesia católica, que sostiene con ejemplar fortaleza sus principios morales pese a que no sean nada complacientes con la debilidad humana, es como la de los buenos médicos, que te dicen lo que tienen que decirte, te guste o no. Porque para ir de médico en médico hasta encontrar uno que te deje hacer lo que te dé la gana, es mejor no ir al médico. Y si una iglesia –con minúscula– fuera complaciente y te diera siempre la razón, no sería la Iglesia.

 

¿Por qué creer en los "curas"?

    —Hay muchos que dicen que ellos sí creen en Dios, pero no en los curas, y que, por tanto, no tienen por qué hacer caso a lo que diga la Iglesia.

   En lo de creer en Dios y no en los curas, estoy totalmente de acuerdo. Precisamente porque la fe tiene por objeto a Dios, y no a los curas, hay que distinguir bien entre la santidad de la Iglesia y los errores de las personas que la componen.

    La Iglesia no tiene su centro en la santidad de esas personas que han podido dar mal ejemplo (ni en las que lo han dado bueno), sino en Jesucristo. Y por eso no es muy consecuente afirmar que no se cree en la Iglesia porque su párroco no es ejemplar, o porque un personaje eclesiástico del siglo XV hizo no sé qué barbaridad.

    A todos nos repugna la falta de coherencia de quien no da buen ejemplo, es verdad. Y fue el mismo Dios quien dijo primero –puede leerse en el Nuevo Testamento– que a ésos los vomitaría de su boca. Pero el hecho de que un cura –o muchos curas, o quien sea– actúe o haya actuado mal en determinado momento, no debería hacernos perder la fe.

    El hecho de que haya habido cristianos –laicos, sacerdotes u obispos, me es igual– que se hayan equivocado, o hayan hecho las cosas mal –e incluso muy mal–, es algo que como católico –y como persona– me resulta doloroso, pero no me hace en absoluto perder la fe, ni pensar que esa fe ya no es la verdadera. Entre otras cosas, porque si tuviera que perder mi fe en algo cada vez que viera que actúa mal una persona que cree en ese mismo algo, lo más probable, está claro, es que ya no tuviera fe en nada.

    Y si alguno recurre a esas actuaciones desafortunadas de algunos eclesiásticos para justificar lo que no es más que una actitud de comodidad, o para obviar unas claudicaciones morales personales que no está dispuestos a corregir, sería una verdadera lástima: escudarse en los curas para negarse a vivir conforme a una moral que a uno le cuesta aceptar, sería –además de clerical– bastante lamentable.

    Personalmente puedo decir, como tantísimas otras personas a las que he tratado, que a lo largo de mi vida he conocido a sacerdotes excepcionales. Sé que no todo el mundo ha sido tan afortunado. Mi consejo es que, si has tenido algún problema con alguno, que fuera de carácter difícil, o que quizá tuviera un mal día y no te tratara bien, o no llegara a comprenderte, o no te diera buen ejemplo, o lo que sea..., mi consejo es que no abandones a Dios por una mala experiencia con uno de sus representantes. Nadie es perfecto –tampoco nosotros–, y

hemos de aprender a perdonar...

y a no echar a Dios las culpas

de la actuación libre de nadie.

Gentileza de http://interrogantes.net para la BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

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Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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Los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal.

Y permanecen todas las otras ‘inquisiciones’ ejercidas por poderes - político como religioso - a ejemplo, la protestante. 

 

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«La fe está abierta a todo aquello que en la cultura es grande, verdadero y puro... Pero, desde siempre, el cristianismo ha estado amenazado por elementos anticristianos y hoy estamos ante una cultura que se aleja de manera siempre creciente del cristianismo. Prueba de ello son las amenazas a la vida, los ataques a la familia basada en el matrimonio, la reducción de la fe a una realidad subjetiva, la secularización, la fragmentación y la relativización de la ética».

El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha subrayado que la evangelización no es una simple asimilación a la cultura dominante. 2004

 

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Dios habla a los hombres a través de esa belleza única llamada María", Madre de Dios y Madre nuestra (Juan Pablo II).

 

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La Iglesia Católica es historia desde Cristo fundara su única Iglesia hace 2000 años.  Para constatarlo sólo se requiere honestidad intelectual, quedando fuera y lejos los charlatanes, cantamañanas o fantasiosos sectarios* océanos de necedad, nacidos del protestantismo y que continúan aparecer cinco (5) semanalmente sólo en U.S.A. Pero ninguno de ellos, ‘mahometanos incluidos’ con pruebas apodícticas no logran remontarse hasta Cristo Jesús. 2004.*(Testigos de Jehová, Bautistas al menos hay 19, y un largo etc.) Mentir mil veces, recordar la verdad otras mil -

 

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San Asterio de Amasía (hacia 400) obispo de la Iglesia Católica
Homilía sobre la conversión (15) PG 40, 356-357, 361

 

Entre los textos líricos más hermosos, nos gusta citar el texto de Asterio de Amasea, llamado el Sofista, que es una lírica exaltación de la Pascua cristiana como canto de la noche santa, con acentos que resuenan en nuestro Exultet pascual:

 

"Oh noche más resplandeciente que el día.

Oh noche más hermosa que el sol.

Oh noche más blanca que la nieve.

Oh noche más brillante que la saeta.

Oh noche más reluciente que las antorchas.

Oh noche más deliciosa que el paraíso.

Oh noche libre de tinieblas.

Oh noche llena de luz.

Oh noche que quitas el sueño.

Oh noche que haces velar con los ángeles.

Oh noche terrible para los demonios.

Oh noche anhelo de todo un año...

Oh noche madre de los neófitos... “(PG 40, 433-444).

 

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Bienaventuranzas desde la Torre - Santo Tomás Moro (1477 + 1535)

... desde la Torre de Londres, preso a la espera de su ejecución:

 

Bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque tendrán diversión para rato.
Bienaventurados los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.
Bienaventurados los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas, llegarán a ser sabios.
Bienaventurados los que saben escuchar y callar, aprenderán cosas nuevas.
Bienaventurados los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio, serán apreciados por quienes los rodean.
Bienaventurados los que están atentos a las necesidades de los demás sin sentirse indispensables, serán fuente de alegría.
Bienaventurados los que saben mirar sabiamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las importantes, llegarán lejos en la vida.
Bienaventurados los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desaire, su camino estará lleno de luz.
Bienaventurados los que saben interpretar benévolamente a los demás, aun en contra de las apariencias, serán tomados por ingenuos, pero éste es el precio de la caridad.
Bienaventurados los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar, evitarán muchas tonterías.
Bienaventurados los que saben reconocer a Dios en todos los hombres, habrán encontrado la verdadera luz y la auténtica sabiduría.

 

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San Francisco de Asís (1182-1226) fundador de los Frailes Menores

 

Libro de Isaías 55,10-11.

Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.

Salmo 34,4-7.16-19.

Glorifiquen conmigo al Señor, alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: él me respondió y me libró de todos mis temores.
Miren hacia él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor: él lo escuchó y lo salvó de sus angustias.
Los ojos del Señor miran al justo y sus oídos escuchan su clamor;
pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra.
Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos.

Evangelio según San Mateo 6,7-15.

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal. Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

San Francisco de Asís (1182-1226) fundador de los Frailes Menores
Padrenuestro, parafraseado

 

“Señor, enséñanos a orar!”


“Padre Nuestro”, santo,
nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Salvador y nuestro Consolador.

“Que estás en el cielo”
que estás en los ángeles, en los santos, iluminando a todos para que te conozcan, porque tú eres, Señor, la luz;
tú los inflamas para que te amen, porque tú eres el Señor, el amor;
habitas en ellos llenándolos de tu divinidad para que sean felices, porque tú eres, Señor, el bien supremo, el bien eterno.

“Santificado sea tu nombre”
Que se haga cada día más claro el conocimiento que tenemos de tu nombre,
Para que comprendamos la grandeza de tus beneficios,
La largueza de tus promesas y la altura de tu majestad,
La profundidad de tus juicios. (Ef 3,18)

“Venga a nosotros tu reino”
Reina en nosotros desde ahora por tu gracia
Introdúcenos un día en tu reino
Donde te veremos, por fin, sin sombra alguna
Donde te amaremos perfectamente
Bienaventurada unión contigo y eterno gozo de estar contigo.

“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”
Que te amemos (Mt 12,30)
con todo corazón, pensando siempre en ti
Con toda el alma, deseándote siempre
Con todo nuestro espíritu, dirigiendo hacia ti nuestras fuerzas procurando únicamente tu gloria
Con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras energías y nuestros sentidos interiores y exteriores al servicio de tu amor y de nada más.
Que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos
Atrayéndolos a todos hacia tu amor según nuestras fuerzas
Participando en su felicidad como si fuera la nuestra
Ayudándoles a soportar sus males, sin ofenderlos nunca.

 

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Una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas y agrada a Dios. En cambio, el triste siempre obra el mal (PASTOR DE HERMAS, Mand. 10, 1).

 

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San Bernardo (1091-1153) monje cisterciense, doctor de la Iglesia Católica
Segundo sermón para el primer día de Cuaresma, 2-3; PL 183, 172- 174)

 

“Volved a mí de todo corazón!”(Jl 2, 12)


“Convertios de todo corazón” dice el Señor. Hermanos, si hubiera dicho: “Convertios”, sin añadir nada más, quizá hubiéramos respondido: “ya está hecho, nos puedes prescribir otra cosa”. Pero Cristo nos habla aquí, según mi entender, de una conversión espiritual que no se hace en un día. ¡Ojalá se realice en el transcurso de toda la vida! Presta, pues, atención a lo que tú amas, a lo que tú temes, a lo que te alegra y a lo que te entristece y verás a menudo que debajo del hábito religioso, sigues siendo un hombre del mundo. En efecto, el corazón está enteramente ocupado en estos cuatro sentimientos y de ellos, creo yo, hay que entender estas palabras: “¡Convertios al Señor de todo vuestro corazón!”

Que tu amor se convierta de tal manera que no ames sino a tu Señor o que no ames sino es por Dios. Que tu temor se vuelva hacia él porque todo temor que nos hace temer algo que está fuera de Dios y no por causa de él, es malo. Que tu alegría y tu gozo se conviertan a él; así será si te alegras o si sufres únicamente por él. Si, pues, te afliges por tus propios pecados y por los del prójimo haces bien y tu tristeza es saludable. Si te alegras de los dones de la gracia, esta alegría es santa y puedes saborearla en la paz del Espíritu Santo. Te tienes que alegrar, en el amor de Cristo, de la prosperidad de tus hermanos y compartir sus desgracias según la palabra: “Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran.” (Rm 12,15)

 

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Santo Tomás de Aquino (1225-1274) teólogo dominico, doctor de la Iglesia Católica - Opuscula omnia 2,1

 

“Pedid, ....buscad,...llamad,...” (Lc 11,9)


Cuando oramos no tenemos que inquietarnos por expresar a Dios nuestros deseos o nuestras necesidades, ya que Dios lo sabe todo. No obstante, la oración nos es necesaria para obtener la gracia de Dios; la oración nos hace cercanos a Dios ya que nuestras almas se elevan hacia él, conversan afectuosamente con él y lo adoran en espíritu y en verdad (cf Jn 4,23) Esta intimidad adquirida en la oración incita al hombre a la oración confiada. Por esto está escrito en los salmos: “Yo te invoco, oh Dios, porque tú me respondes.” (Sal 16,6) El salmista es acogido por Dios al inicio de la oración, luego ora con unaconfianza mayor. Así que en nuestra oración a Dios, la frecuencia o la insistencia no están fuera de lugar, antes bien son agradables a Dios; porque hay “necesidad de orar siempre sin desanimarse.” (cf Lc 18,1) y en otro lugar, el Señor nos invita “pedid y recibiréis; buscad y encontraréis, llamad, y os abrirán.” (Lc 11,9)

 

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San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte)

doctor de la Iglesia Católica - Sermón 211, 5-6; SC 116, pag. 169

 

“Ve y reconcíliate con tu hermano”


Hermanos, que no haya desavenencias entre vosotros en estos días santos de Cuaresma. ...Tal vez, en el pensamiento os decís: “Quiero hacer las paces, pero es el hermano que me ha ofendido...y no quiere pedir perdón.” ¿Qué hacer entonces?... Hace falta que se interpongan entre vosotros unos terceros, amigos de la paz... En cuanto a ti, sé pronto para perdonar, totalmente dispuesto a perdonarle su falte desde el fondo del corazón. Si estás del todo dispuesto a perdonarle la falta, de hecho, ya le has perdonado.

Aun te falta orar: ora por él para que te pida perdón porque sabes que no es bueno para él no hacerlo... Di al Señor: Tú sabes que yo no he ofendido al hermano...y le perjudica haberme ofendido; en cuanto a mí, te pido de corazón que le perdones.”

Esto es lo que tenéis que hacer para vivir en paz con vuestros hermanos...,para celebrar la Pascua con serenidad y vivir la Pasión de aquel que no debía nada a nadie y que, no obstante, ha pagado la deuda por todos, Nuestro Señor Jesucristo que no ha ofendido a nadie y, por así decirlo, ha sido ofendido por todo el mundo. No ha pedido castigo sino que ha prometido recompensas... A él mismo le hacemos testigo en nuestro corazón: si hemos ofendido a alguien, vamos a pedir perdón; si alguien nos ha ofendido, estamos dispuestos a perdonar y a orar por nuestros enemigos.

 

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San Pedro Crisólogo (hacia 406-450) obispo de Rávena, doctor de la Iglesia
Católica - Sermones 2 y 3; PL 52, 188-189 y 192

 

“Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.” (Lc 15,18)


El que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el pecado y exclama: “Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.” ¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le viene por el hecho mismo que se trata de su padre. “He perdido mi condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre. No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de nuevo a su hijo por el perdón. “Aunque culpable, yo iré donde mi padre.”

Y el padre, viendo a su hijo, disimula inmediatamente la falte de éste. Se pone en el papel de padre en lugar del papel de juez. Transforma al instante la sentencia en perdón, él que desea el retorno del hijo y no su perdición... “Lo abrazó y lo cubrió de besos.” (Lc 15,20) Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna, cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna deshonra. “Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado.” (Sl 31,1)

 

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, vertical y horizontal en Cristo

 

Si echamos una ojeada a la evolución de la formación cristiana y religiosa, resulta constante la presencia de «Padres espirituales», dispuestos a responder a la necesidad espontánea de quienes desean tratar con una persona y dispuesta a acompañarles preparada en su camino hacia Dios. En el curriculum de formación de las personas que se entregan directamente a Dios (sacerdotes, religiosos, religiosas, personas consagradas) la práctica de la dirección espiritual ha tenido siempre un papel fundamental.

 

La psicología humanista-existencial, con el nuevo concepto de persona que ha elaborado y a través del método terapéutico que se inspira en ella, ha ejercido una fuerte influencia en las relaciones interpersonales y en el modo de promover un proceso de maduración a nivel tanto psicológico como espiritual. Así se ha ido formando una sensibilidad cada vez más inclinada a poner a la persona en el centro de la obra formativa, relegando al papel de «acompañante» al que antes tenía un papel autoritario indiscutible y era el actor principal de la formación.

 

El nuevo planteamiento ha supuesto en el ámbito de la dirección espiritual un cambio radical de método. Los principios de inspiración para llevar a cabo una dirección espiritual, no va verticalista y autoritaria, sino basada en una interacción dirigida a estimular los recursos humanos y espirituales presentes en cada uno, se han sacado del método terapéutico « centrado-en la-persona», ideado por C. Rogers y desarrollado luego por sus discípulos.

 

Este método, a su vez. se inspira en una visión particular del hombre y en la función determinante de unos dinamismos interiores en el proceso de maduración.

 

La concepción del hombre que subyace a este método presenta una doble connotación: es positiva, en cuanto que admite el impulso interior hacia la realización plena de sí mismo, y es abierta en cuanto que tiende naturalmente hacia unos valores trascendentes (Y. Frankl). El método «centrado en – la - persona" intenta facilitar en el individuo una clara toma de conciencia de los propios recursos interiores, explotar la situación presente poniéndola en confrontación con la meta a la que tiende, despertar el deseo de comprometerse en un camino de perfección.

 

La tarea del padre espiritual consiste en estimular y en sostener a la persona a lo largo del camino, limitándose a acompañarla, sin precederla ni sustituirla en la valoración de las situaciones y en la decisión o en la asunción de responsabilidades. Está comprometido a promover en el individuo un nuevo aprendizaje, capaz de iniciar un proceso de conversión, o de purificación, o de ulterior perfeccionamiento en las relaciones con Dios.

 

El término «director espiritual» expresa exactamente todo lo contrario de la función que requiere este método, indicado también como «no-directivo». De aquí la propuesta de sustituir este término por otras denominaciones, como: consejero, consultor, acompañante, animador, facilitador.

 

El tipo de ayuda que ofrece este método no consiste en dar algo va confeccionado (exhortaciones, - consejos, prohibiciones), sino en promover en la persona un proceso de maduración y de perfección en el que los elementos dinámicos están constituidos por los recursos psicológicos y espirituales que actúan en el individuo. Se podría expresar la tarea del padre espiritual diciendo que «ayuda a la persona a ayudarse».

 

Desde un punto de vista metodológico, el encuentro de ayuda espiritual se basa en algunas actitudes mediante las cuales el padre espiritual intenta estimular en la persona una reacción específica que la debería llevar a comprometerse en el proceso hasta asumir ella misma la iniciativa y - la responsabilidad del camino. Esquematizando las actitudes del padre espiritual y las respuestas de la persona que acude a él, podríamos decir que él: - acoge con bondad y escucha con interés a la persona («prestar atención»); - interviene poniéndose en la perspectiva del otro y respetando el significado que tiene ia situación para el individuo («responder»); - ayuda a descubrir y a aceptar la  parte de responsabilidad que corresponde a la persona («personalizar"); - estimula a la acción apelando a  unos motivos a los que sea sensible la persona («iniciar"). A estas intervenciones del padre espiritual, la persona que acude a él responde normalmente con comportamientos que señalan un camino construido, como: - interesarse y comprometerse a comunicar su propia situación interior; - tomar conciencia de la situación  en que se encuentra; - tomar en cuenta el camino que de be recorrer para acercarse gradualmente a la meta deseada; - asumir con sentido de responsabilidad el compromiso para actuar el plan programado de acuerdo con el padre espiritual.

 

Son éstos los momentos que ponen  ritmo al encuentro de ayuda espiritual inspirado en el método terapéutico «centrado – en – la – persona" que surgió en los Estados Unidos por los años 40.

 

La aplicación de este método a la dirección espiritual, realizada casi inmediatamente en América (el Pastoral Counseling), se introdujo a continuación en los países del norte de Europa y en la América Latina. Sólo en los años 60 comenzó también entre nosotros una sensibilización a la propuesta de preparar a los futuros padres espirituales según un método que, además de corresponder a las esperanzas y a la nueva sensibilidad de la gente, ofrece indicaciones válidas y comprobadas para llevar a cabo un acompañamiento eficaz en el camino espiritual.

 

 B. Giordani

 Bibl.: Dirección espiritual, en DE, 1, 618 618; AA. VV , Praxis de dirección espiritual, Fomento de centros de enseñanza, Madrid 1974; G, Cruchon, La entrevista pastoral, Razón Y Fe, Madrid 1970; Ch. A. Curran, La psicoterapia autogógica, counseling y sus aplicaciones educativas y pastorales, Razón y Fe. Madrid 1963; J. Laplace, La dirección de conciencia. El diálogo espiritual, Apostolado de la Prensa, Zaragoza 1967; A. Mercatali, Padre espiritual NDE. 1046-1061.

 

 

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San Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia Católica - Homilía sobre el pobre Lázaro 2; PG 48, 988-989

 

“No olvidéis la hospitalidad”


A propósito de esta parábola, conviene preguntarnos por qué el rico ve a Lázaro en el seno de Abrahán y no en compañía de otro justo. Es porque Abrahán había sido hospitalario. Aparece pues, al lado de Lázaro para acusar al rico epulón de haber despreciado la hospitalidad. En efecto, el patriarca incluso invitó a unos simples peregrinos y los hizo entrar en su tienda. (Gn 18,15) El rico, en cambio, no mostraba más que desprecio hacia aquel que estaba en su puerta. Tenía medios, con todo el dinero que poseía, para dar seguridad al pobre. Pero él continuaba, día tras día, ignorando al pobre y privándole de su ayuda que tanto necesitaba.

El patriarca actuó de modo totalmente distinto. Sentado a la entrada de su tienda, extendió la mano a todo el que pasaba, semejante a un pescador que extiende su mano para recoger los peces en la red, y a menudo, incluso oro o piedras preciosas. Así, pues, recogiendo a hombres, en sus redes, Abrahán llegó a hospedar a ángeles ¡cosa sorprendente! sin darse cuenta de ello.

El mismo Pablo se quedó maravillado por el relato cuando nos transmite esta exhortación: “No olvidéis la hospitalidad, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles.” (Heb 13,2) Pablo tiene razón cuando dice “sin saberlo”. Si Abrahán hubiese sabido que aquellos que acogía tan generosamente en su casa eran ángeles, no habría hecho nada extraordinario ni admirable. Es elogiado porque ignoraba la identidad de los peregrinos. En efecto, él creía que estos viajeros que él invitaba a su casa eran gente corriente. Tú también sabes ser solícito para recibir un personaje célebre y nadie se extraña de ello.. En cambio, llama la atención y es verdaderamente admirable ofrecer una acogida llena de bondad al primero que llega, a la gente desconocida y ordinaria.

 

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San Juan Crisóstomo (hacia 345-407) obispo de Antioquia y Constantinopla, doctor de la Iglesia Católica - Homilía sobre Mateo 13,1; PG 57, 207-209

 

Robustecidos por las tentaciones


“Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba.” (Mt 4,1)... Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir.

Por esto, Dios no impide las tentaciones que os acechan. Primero para enseñaros que habéis adquirido más fortaleza. Luego, para que guardéis la modestia y no os enorgullezcáis de los grandes dones que habéis recibido, ya que las tentaciones tienen el poder de humillaros. A demás, sois tentados para que el espíritu del mal se convenza de que realmente habéis renunciado a sus insinuaciones. También sois tentados para que adquiráis una solidez mayor que el acero. Finalmente, sois tentados para que os convenzáis de los tesoros que os han sido dados. Porque el demonio no os asaltaría si no viera que recibís un honor mayor.

 

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San Ambrosio (340-397) obispo de Milán, doctor de la Iglesia Católica
Tratado sobre el evangelio de Lucas 9, 29-30

 

La parábola de la viña


La viña es la figura del pueblo de Dios, porque, injertado sobre la vid eterna se levanta por encima de toda la tierra. Brote de un suelo ingrato, brota y florece, se reviste de verdor, pareciéndose al yugo de la cruz cuando sus pámpanos se extienden como brazos fecundos de una viña hermosa... Con razón se llama al pueblo de Cristo la viña del Señor, sea porque está marcado con el signo de la cruz (Ez 9,4), sea porque se recoge de él los frutos en la última estación del año, sea porque como los renglones de la viña, pobres y ricos, humildes y poderosos, siervos y amos, todos en la Iglesia tienen una igualdad perfecta...

Cuando se ata la viña, ella se reconduce; cuando se la poda, no es para dañarla sino para hacerla crecer. Lo mismo pasa con el pueblo santo; atándolo se hace libre; humillado se vuelve a levantar; recortado recibe una corona. Mejor aún: igual que el brote, cogido de un árbol viejo, es injertado sobre otra raíz, asimismo el pueblo santo... alimentado en el árbol de la cruz... se desarrolla. Y el Espíritu Santo, esparcido en los surcos de una viña, se derrama en nuestro cuerpo, lavando todo lo impuro y levantando nuestros miembros para dirigirlos hacia el cielo.

Esta viña es expurgada por el viñador, es ligada, podada (Jn 15,2)...A veces quema con el sol los secretos de nuestro cuerpo, a veces nos riega con su lluvia. El viñador quiere expurgar la viña para que las zarzas no perjudiquen a los brotes tiernos, vela para que las hojas no hagan demasiada sombra...no priva nuestras virtudes de luz, y no impide la maduración de nuestros frutos.

 

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Guillermo de Saint -Thierry (hacia 1085-1148) monje benedictino /cisterciense. La Contemplación de Dios, 12

 

“Había muchas viudas en Israel.” (Lc 4,25)

 

Señor, mi alma está desnuda y aterida; desea calentarse por el calor de tu amor... En la inmensidad del desierto de mi corazón, no puedo recoger ni unas pocas ramas, sino solamente estas briznas, para prepararme algo para comer con el puñado de harina y la orza de aceite, y luego, entrando en mi aposento, me moriré. (cf 1R 17,10ss) O mejor dicho: no moriré en seguida, no Señor,”no moriré, viviré para contar las proezas del Señor.” (Sl 117,17)

Permanezco en mi soledad...y abro la boca hacia ti, Señor, buscando aliento. Y alguna vez, Señor, .... tú me metes alguna cosa en la boca del corazón; pero no permites que sepa qué es lo que metes. Ciertamente, saboreo algo muy dulce, tan suave y reconfortante que ya no busco nada más. Pero cuando lo recibo no me permites que conozco lo que me das... Cuando recibo tu don, lo quiero retener y rumiar, saborear, pero al instante desaparece...

Por experiencia sé lo que tú dices del Espíritu en el evangelio: “...no sabes ni de dónde viene y a dónde va.” (Jn 3,8) En efecto, todo lo que he confiado con atención a mi memoria para poderlo recordar según mi voluntad y saborearlo de nuevo, lo encuentro muerto e insípido dentro de mí. Oigo la palabra: “El Espíritu sopla donde quiere” y descubro que dentro de mí sopla no cuando yo lo quiero sino cuando él lo quiere...

“A ti levanto mis ojos, Señor” (Sl 122,1)... ¿Cuánto tiempo esperarás? ¿Cuánto tiempo mi alma dará vueltas cerca de ti, miserable, ansiosa, agotada? (cf Sl 12,2) Escóndeme, Señor, en el secreto de tu rostro, lejos de las intrigas humanas, protégeme en tu tienda, lejos de las lenguas pendencieras. (cf Sl 30,21)

 

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San Amadeo de Lausanne (1108-1159) monje cisterciense, obispo de la Iglesia Católica - Homilía mariana; SC 72

 

El dedo de Dios


“Que tu mano salvadora me ayude porque he elegido tus decretos.” (cf Sal 118,173) El Hijo único del Padre es llamado mano de Dios porque por él todo fue hecho. Esta mano actuó en la encarnación, no sólo dejando a su madre sin herida alguna, sino, según el testimonio de los profetas, asumiendo nuestras enfermedades y cargando con nuestros sufrimientos. (cf Is. 53,4)

Ciertamente, esta mano, llena de remedios diversos, ha curado toda enfermedad. Ha alejado todas las causas de la muerte; ha resucitado a los muertos; ha derrocado las puertas del infierno; ha encadenado al fuerte y lo ha desarmado; ha abierto los cielos; ha derramado el Espíritu de amor en les corazones de los suyos. Esta mano libera a los presos y devuelve la luz a los ciegos; levanta a los caídos; ama a los justos y guarda a los forasteros; acoge al huérfano y a la viuda. Saca de la tentación a los que están a punto de caer; reconforta a los que sufren; devuelve la alegría a los afligidos; abriga bajo su sombra a los pobres; escribe para los que quieren meditar su ley; toca y bendice los corazones que oran; los robustece en el amor por su contacto; los hace progresar y perseverar en su empeño. En fin, los conduce a la patria; los lleva al Padre.

Porque se hizo carne para atraer al hombre a través de su Humanidad, para reconducir en el amor a la oveja descarriada al Padre todopoderoso e invisible. Porque la oveja perdida, por haberse alejado de Dios, había caído “en la carne”, era necesario que esta mano, hecha hombre, la levante por su humanidad, para conducirla al Padre, en el Espíritu del amor.

 

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San Gregorio Magno (hacia 540-604) papa, doctor de la Iglesia Católica

Una brecha abierta


¡Con qué precaución pretendía el fariseo que subía al templo para la oración ayunar dos veces por semana y dar el diezmo de todo lo que ganaba! Había fortificado bien la ciudadela de su alma. Se decía: “Dios mío, te doy gracias.” Se ve claro que había venido con todas la precauciones imaginables para estar seguro ante Dios. Pero dejó un espacio abierto y expuesto al enemigo cuando añade: “porque no soy como el resto de los hombres....ni como ese publicano.” (Lc 18,11) Así, por la vanidad ha dejado entrar al enemigo en la ciudadela de su corazón que lo tenía, no obstante, bien fortificado por sus ayunos y sus limosnas.

Todas las precauciones son inútiles cuando queda en nosotros una rendija por dónde entrar el enemigo... Este fariseo había vencido la gula por la abstinencia; había dominado la avaricia por su generosidad... Pero ¿cuántos esfuerzos en vista a esta victoria han sido anulados por un solo vicio, por la brecha de una sola falta?

Por esto, no basta con pensar en practicar el bien, sino que hay que vigilar nuestros pensamientos para guardarlos puros en las buenas obras. Porque si son una fuente de vanidades o de orgullo en nuestro corazón, nuestros esfuerzos estarían llenos de vana gloria y no servirían a la gloria del Creador.

 

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Orígenes (185-253), sacerdote y teólogo de la Iglesia Católica.


“Todos tenían los ojos fijos en él”

 

“Fue a Nazaret, el sábado entró en la sinagoga como era costumbre, y se puso en pie para hacer la lectura. Desenrollando el libro, encontró el pasaje del profeta Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido” (61,1). No fue mera casualidad, sino providencia de Dios, el que, desenrollando el libro, diera con el capítulo del profeta que hablaba proféticamente de él. Pues así como está escrito: “ni un solo gorrión cae en el lazo sin que lo disponga vuestro Padre hasta los cabellos de la cabeza están contados”(Mt 10, 29-30), posiblemente el hecho de que diera precisamente con el libro del profeta Isaías y concretamente no con otro pasaje, sino con éste, subraya el misterio de Cristo, no olvidemos que es Cristo el que proclama este texto... Pues, él dice: “Me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres”, a estos que no tienen Dios, ni ley, ni profetas, ni justicia, ni ninguna otra virtud. Por este motivo, Dios lo ha enviado como mensaje cerca de los pobres, para anunciarles la liberación, “devuelve la libertad a los oprimidos”.Y ¿hay algún ser más oprimido que el hombre antes de que sea liberado y curado por Cristo.


Terminada la lectura, Jesús enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. También ahora, en esta asamblea podéis, si lo deseáis, fijar los ojos sobre él. Dirigid la mirada de vuestro corazón hacia la contemplación de la Sabiduría, de la Verdad, del Hijo único de Dios, y tened los ojos fijos sobre Jesús. ¡Dichosa la asamblea, de la que la Escritura atestigua que los ojos de todos estaban fijos en él! Que todos tengan los ojos del corazón ocupados en mirar a Jesús que nos habla. Cuando vosotros le miréis, su luz y su mirada harán más luminosos vuestros rostros, y podréis decir: “Señor, la luz de tu rostro nos ha marcado” (Ps 4, 7).

 

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San Bernardo (1091- 1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia Católica.


Sermón 24 sobre el Cántico - “Cada árbol se conoce por sus frutos”

 

Si vosotros creéis en Cristo, haced las obras de Cristo, para que se avive vuestra fe; el amor animará esta fe, la acción será la prueba. Vosotros que pretendéis permanecer en Cristo Jesús, os es necesario caminar a su mismo `paso. Si vosotros queréis encontrar la gloria, si envidiáis a los dichosos de este mundo, si decís mal de los ausentes y devolvéis mal por mal, son cosas que Cristo no ha hecho. Decís que conocéis a Dios, pero vuestros actos lo niegan... “Este hombre me honra con los labios, dice la Escritura, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13)...

 

Ahora bien la fe recta, no basta para hacer un santo, un hombre recto, si no obra el amor. Quien está sin amor es incapaz de amar a la Esposa, la Iglesia de Cristo. Y las obras, aún realizadas en la rectitud no llegan sin la fe a hacer un corazón justo. No se puede atribuir la rectitud a un hombre que no agrada a Dios; ahora bien, dice la epístola a los Hebreos: “Sin la fe, es imposible agradar a Dios”(Hb 11,6). Aquel que no agrada a Dios, no puede agradarle. Pero aquel a quien Dios agrada no podrá desagradar a Dios. Y aquel a quien Dios no agrada, la Iglesia-Esposa tampoco le agrada. Como pues podría ser recto, aquel que no ama a Dios ni a su Iglesia, a la cual se ha dicho: “los justos saben amarte”.

 

Al santo, no basta la fe sin obras, ni las obras sin la fe, para hacer justa al alma. Hermanos, nosotros que creemos en Cristo nos es necesario procurar seguir una vía recta. Elevemos a Dios nuestros corazones y nuestras manos juntas, afin de ser encontrados enteramente rectos confirmando con hechos de rectitud, la rectitud de nuestra fe, amando a la Iglesia- Esposa, y amados del Esposo, nuestro Señor Jesucristo, bendito por Dios en los siglos.

 

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Te adoro, Creador incomprensible

Creador incomprensible, yo te adoro. Soy ante ti como un poco de polvo, un ser de ayer, de la hora pasada. Me basta retroceder sólo unos pocos años, y no existía todavía...

Las cosas seguían su curso sin mi. Pero tú existes desde la eternidad.

¡Oh Dios! Desde la eternidad te has bastado a ti mismo, el Padre al Hijo y el Hijo al Padre. ¿No deberías también poder bastarme a mí, tu pobre criatura.. En ti encuentro todo cuanto puedo anhelar. Me basta si te tengo...

¡Dáteme a mí como yo me doy a ti. Dios mío! ¡Dáteme tú mismo! Fortaléceme, Dios todopoderoso, con tu fuerza interior; consuélame con tu paz, que siempre permanece; sáciame con la belleza de tu rostro; ilumíname con tu esplendor increado; purifícame con el aroma de tu santidad inexpresable; déjame sumergirme en ti y dame de beber del torrente de tu gracia cuanto puede apetecer un hombre mortal, de los torrentes que fluyen del Padre y del Hijo: de la gracia de tu amor eterno y consustancial.

(Obispo de la Iglesia Católica y Cardenal: Newman)

 

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«En este Año de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.

27. La Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración eucarística la Iglesia renueva continuamente su conciencia de ser «signo e instrumento» no sólo de la íntima unión con Dios, sino también de la unidad de todo el género humano.[25] La Misa, aun cuando se celebre de manera oculta o en lugares recónditos de la tierra, tiene siempre un carácter de universalidad. El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión.»

Lean los últimos párrafos de la reciente Carta Apostólica "Mane nobiscum Domine" de Juan Pablo II, coherente con la más pura Tradición cristiana; en nuestra sección ‘Eucaristía’ {use nuestro buscador} Gracias. 2004-10-22.

 

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loas a Dios crador

 

 

 

 

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Recomendamos: Dr.César VIDAL, Editorial: Espasa-bolsillo.

‘El legado del cristianismo en la cultura occidental’

 

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Recomendamos vivamente: La vida cotidiana de los primeros cristianos
Adalbert G. Hamman
Trad. Manuel Morera - Ediciones Palabra, 1999 - Colección Arcaduz - 294 pág.

Iglesia católica, sus casi 300 antes de Constantino - En ese salto que va de "Hechos de los Apóstoles" a esa "iglesia oficial y corrupta" que algunos protestantes y neo-gnósticos sitúan en el 325, con Constantino, pasan unos 250 años de vida cotidiana, de los que sabemos bastantes cosas; las suficientes, al menos, para desmontar historietas neopaganas, gnosticoides y demás morralla en la estela de El Código da Vinci y otras revisiones fantasiosas de los evangelios apócrifos. 2006

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Recomendamos vivamente:

Título: Históricamente incorrecto. Para acabar con el pasado único
Autor: Jean Sévilla
Editorial: Ciudadela

 

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Autor: Esther de Waal
Editorial: Sígueme

 

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Dr.César VIDAL, Editorial: Espasa-bolsillo.

 

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Recomendamos: Título: Repensar la ciencia
Autor: Natalia López Moratalla - Editorial: EIUNSA

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).