Thursday 23 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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1492 – El 11 de agosto el Cardenal Rodrigo de BORJA es elegido sucesor de Pedro, Papa con el nombre de Alejandro VI, segundo español que sube al solio pontificio.

 

 

Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!   

 

Francisco de Vitoria, al tener conocimiento en 1536 de las violencias cometidas durante la conquista de Perú, escribe su relección De indis, en la que declara que los indios no son seres inferiores a los que es legítimo esclavizar y explotar sino seres libres, con iguales derechos que los españoles y dueños de sus tierras y bienes. De este modo se inició el derecho de gentes.

 

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HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

¿Quién ignora, que son innumerables las personas de uno, y otro sexo, a quienes contiene, para que no suelten la rienda a sus pasiones el temor del qué dirán? Este temor ya no subsistirá en el caso de que no haya murmuradores en el mundo, que son los que dicen, los que hablan, y aun los que acechan los pecados ajenos. Luego esos innumerables de uno, y otro sexo, faltando el freno de la infamia, o descrédito a que los expone la murmuración, desenfrenadamente se darán a saciar sus criminales pasiones.

 

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SUCESOS - Es bueno valorar acontecimientos y hechos que han sucedido en el pasado, reflexionar sobre ellos, para caminar con los talentos de la historia como bastón de guía.

 

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Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo. MM.

 

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Historia y pasado - «La dominante cultura cínica de la amnesia se mueve en la abstracción de prescindir sistemáticamente del pasado, de la realidad, de la Historia y de la tradición, lo que le confiere empero un falso carácter innovador. Es una cultura neutral en la que está ausente la imaginación creadora. Ésta se suple, justamente, con el olvido o el rechazo de la realidad y de la tradición, para que parezca nuevo todo lo que produce. Y eso explica los absurdos proyectos y programas educativos vigentes, que parten del supuesto de que toda la cultura anterior carece de valor y debe ser desechada. Trátase de una inane y pervertida reproducción de la eterna polémica entre los antiguos y los modernos en la que el Estado como tal no solía tomar parte y que, por ende, impulsaba la cultura».

 

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Las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan esta página, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al texto presentado; tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Gracias.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar». (1999).  S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

 

CEUTA SE ADHIERE A LA CORONA DE ESPAÑA EN 1580, CUANDO FELIPE II ES PROCLAMADO REY DE PORTUGAL Y QUE MELILLA LO HARÁ EN 1497, AÑO EN QUE PEDRO DE ESTOPIÑAN DESEMBARCA EN ESTA CIUDAD, QUE HABÍA SIDO ABANDONADA POR SUS HABITANTES TRAS ASISTIR A LA LUCHA ENTRE MERINIDAS Y BANIS WATTAS, QUE LA DEJARÍAN DESTRUIDA…

SI LA INTEGRACIÓN DE CEUTA Y MELILLA A LA CORONA ESPAÑOLA SE LLEVA A CABO DURANTE LOS SIGLOS XV Y XVI Y MARRUECOS, POR ESAS FECHAS, NO ES AÚN UNA ENTIDAD POLÍTICA ESTATAL. EH ALLÍ LA REALIDAD HISTÓRICA DE AMBAS CIUDADES. ABC. ENERO 2003. ESP.

 

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Los que más odiaban en España a los judíos no eran los cristianos sino los conversos. Y forzaron su expulsión. Vese claramente en la documentación de época, documentos apodícticos, no novelas.-

 

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La primera misión diplomática europea en Asia Central, la realizó el embajador Ruy González de Claviajo, enviado de Enrique III de Castilla, ante el Gran Tamerlán, en 1403.

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EL 14 DE ENERO DE 1514 - REAL CÉDULA AUTORIZANDO EL MATRIMONIO DE ESPAÑOLES CON INDIAS AMERICANAS. [Que diferencia con las sectas americanas].

 

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ALONSO DE OROZCO 1591

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Nació en Oropesa (Toledo) en 1500. Fue ordenado sacerdote en 1527, de la Orden de Frailes Ermitaños de San Agustín. El emperador Carlos V lo nombró predicador real en 1554 y, desde entonces, su vida estuvo ligada a la Corte. Escribió más de ochenta obras siendo uno de los primeros autores que hizo el uso del castellano para escribir libros de espiritualidad. Visitaba a los pobres y necesitados y fundó tres conventos en Madrid. Murió en 1591. Fue beatificado por el Papa León XIII en 1882. Fue canonizado por Juan Pablo II el pasado 19 de mayo de 2002.

 

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Siglo XVI, imprenta y protestantismo - El protestantismo y la imprenta, junto con otras condiciones históricas, van a ocasionar en el libro cristiano cambios muy profundos. De una parte, los libros se van a multiplicar rápidamente, y de otra, el libre examen subjetivista va a erosionar notablemente el aprecio por la Tradición eclesial y por el Magisterio apostólico, colocando a los teólogos por encima de los pastores en la determinación y predicación de la fe cristiana.

En el mismo campo católico, vemos con alarma que a partir del XVI no pocas veces la mediocridad cuantitativa va prevaleciendo sobre la excelencia cualitativa, y que cualquier Despertador de conciencias dormidas, o cosa semejante, alcanza a veces mayor difusión que las obras de un San Juan de la Cruz. Cuando exploramos las bibliotecas importantes de estos siglos, en conventos o universidades, nos quedamos abrumados al ver la cantidad de piadosa morralla allí acumulada desde la invención de la imprenta. Encontramos también en ellas, sin duda, las obras excelentes, pero están semiocultas en la abundancia de la vulgaridad. Se hace patente ya un cambio muy marcado con respecto a las bibliotecas antiguas. Ahora la cantidad predomina sobre la calidad. La calidad está perdida entre la cantidad.

 

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1506 – colocación de la primera piedra de la Basílica de San Pedro, en Roma, por el Papa Julio II. Construida sobre la tumba del Apóstol San Pedro en la colina vaticana, Italia.

 

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Pontífice - En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

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El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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Iglesia - ¡La Iglesia fundada por Jesucristo, lleva 2.000 años siendo Madre y Maestra!“. Desde el Gólgota en Jerusalem como desde la crucifixión en cruz invertida de San Pedro en el gólgota vaticano -esa admirable colina romana-, somos trayectoria evangélica y evangelizante.

 

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Iglesia - No dominio, sino servicio «gratuito» es la jerarquía en la santa Iglesia Católica, apostólica y con sede romana desde Pedro muerto mártir bajo Nerón, crucificado cabeza abajo y Pablo decapitado, ambos en Roma.

 

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San Francisco Javier (1506 1552), misionero jesuita
Cartas 4 y 5 a San Ignacio de Loyola.

 

“Les envía proclamar el reino de Dios” - Después que yo vine aquí, no he parado: he recorrido activamente las ciudades, he bautizado a todos los bebés que no estaban... En cuanto a los niños, no me dejaban recitar el oficio divino, ni comer, ni descansar tanto que ni les había enseñado la oración. Entonces comencé a comprender que el reino de los cielos pertenece a aquellos que se le parecen(Mc10,14).También, como yo no podía sin impiedad rechazar una petición piadosa, comenzando por la confesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, yo les inculcaba el símbolo de los Apóstoles, el Padrenuestro el Ave María. Yo había notado que ellos estaban muy dotados: y si tenía alguno que formarlo en la fe cristiana estaba seguro que llegarían a ser muy buenos cristianos.
En este país, cantidad de gente no son cristianos únicamente porque no hay nadie hoy que los haga cristianos.Yo a menudo tuve la idea de recorrer todas las universidades de Europa, y primero la de París, para gritar por doquier de una manera loca y empujar a aquellos que son más de doctrina que de caridad, diciéndoles: “¡Hay, qué número enorme de almas, excluidos del cielo por vuestra falta, de adentra en el infierno!”.

Lo mismo que ellos se consagran a las bellas letras, si pudiesen solo consagrarse también a este apostolado, ¡afin de rendir cuentas a Dios de su doctrina y de los talentos que les ha sido confiados! Muchos entre ellos, conmovidos por este pensamiento, ayudados por la meditación de cosas divinas, se prepararían para escuchar lo que el Señor les dice y, rechazando sus ambiciones y sus afanes humanos, ellos se someterían por completo, definitivamente, a la voluntad y al decreto de Dios. Si, creerían desde el fondo del corazón: “¿Señor, heme aquí, qué quieres tú que yo haga? (Ac 9,10; 22,10) Envíame dónde tu quieras no importa, incluso hasta las Indias”

 

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El Santo Nombre de María año 1513  -
El Santo Nombre de María
El hecho de que la Santísima Virgen lleve el nombre de María es el motivo de esta festividad, instituida con el objeto de que los fieles encomienden a Dios, a través de la intercesión de la Santa Madre, las necesidades de la iglesia, le den gracias por su omnipotente protección y sus innumerables beneficios, en especial los que reciben por las gracias y la mediación de la Virgen María.-

Por primera vez, se autorizó la celebración de esta fiesta en
1513, en la ciudad española de Cuenca; desde ahí se extendió por toda España y en 1683, el Papa Inocencio XI la admitió en la iglesia de occidente como una acción de gracias por el levantamiento del sitio a Viena y la derrota de los turcos por las fuerzas de Juan Sobieski, rey de Polonia.-

 

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Textos Clásicos:

Los Reyes Católicos, reyes de España

 

Por Santiago Cantera Montenegro

 

Tradicionalmente se ha visto en la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492, así como en la posterior incorporación del Reino de Navarra en 1512 a la nueva monarquía fundada por ellos, la culminación de la reunión de los distintos territorios hispanos bajo estos gobernantes y, por lo tanto, el logro de la unidad nacional española. Sin embargo, esta valoración, que era prácticamente aceptada sin plantear problemas ni dudas tanto por los historiadores como por el resto de la sociedad, ha venido siendo puesta en entredicho desde hace unos veinticinco años a partir de ciertas posturas

 

Por eso mismo también, los miembros de mi generación hemos escuchado muchas veces, de la boca de diversos políticos y periodistas, así como de bastantes profesores de Historia tanto de Enseñanza Media como Universitaria, que «hasta el siglo XVIII y los Borbones, y más concretamente hasta Carlos III, no se puede hablar de Reyes de España», y no pocas veces se añadía a esto que «tampoco puede hablarse de España». Afirmaban que «los Reyes Católicos no eran Reyes de España». Incluso un eminente hispanista y buen conocedor del período y la obra de Isabel y Fernando, como Joseph Perez, después de haber titulado su estudio sobre estos monarcas Isabelle et Ferdinand. Rois Catholiques d´Espagne, cambia este nombre en su edición española, dándole ahora el de Isabel y Fernando. Los Reyes Católicos, y nos sorprende nada más comenzar la introducción con estas palabras: «He titubeado mucho antes de dar a este libro el título de Fernando e Isabel, Reyes Católicos de España. Para empezar, España no es, a fines del siglo XV, más que una expresión geográfica, como ocurrirá con Italia hasta el siglo XIX. [. . .] Fernando e Isabel no fueron jamás reyes de España, sino reyes de Castilla y de Aragón, por así decirlo. Para ser totalmente exactos, habría que escribir, por lo menos: Reyes de Castilla, de Aragón, de Valencia, Condes de Barcelona...» (2)

Por supuesto, resulta evidente que los Reyes Católicos nunca usaron en su intitulación la forma «Reyes de España», sino que siempre emplearon la de «Rey e Reyna de Castilla, de Leon, de Aragon, de Siçilia, de Toledo...» Sin embargo, también es innegable que numerosos autores contemporáneos, tanto extranjeros como aún más hispanos, les denominaban «Reyes de España».

Así pues, ¿cómo pueden conjugarse estos aspectos al menos en apariencia contradictorios? ¿Se les puede llamar «Reyes de España», tal como se lo llamaban sus contemporáneos, o es incorrecto, tal como nos dicen algunos historiadores, políticos y periodistas que aseveran, rotundamente y dejando constancia de su autoridad, que no es apropiado? Trataremos de responder aquí a estas cuestiones, acercándonos a los textos de la época y ofreciendo asimismo un marco más amplio.

La expresión "Reyes de Espana" en el medievo Hispánico

Acerca del problema de si se puede hablar de España en la Edad Media y, en general, antes del siglo XVIII, se debe recordar la existencia de algunas obras bien documentadas y trabajadas como la ya clásica, pero no por ello falta de un gran valor actual, de José Antonio Maravall acerca de El concepto de España en la Edad Media (3). Ciertamente, se trata de un libro bastante largo y denso, y por ello puede resultar algo pesada a veces su lectura. Por eso es probable que no haya sido tan leído como merece. Por otra parte, recientemente se han editado unas muy interesantes reflexiones de destacados académicos de la Historia sobre el ser de España (4), que aportan luz de nuevo sobre la hoy tan debatida cuestión de qué es España y cómo se ha concebido a lo largo de su Historia.

Maravall se acerca de manera profunda a la realidad de los diversos reinos cristianos de la Península Ibérica en el Medievo, y analiza la razón de las expresiones «Regnum Hispaniae», «Reges Hispanici», «Reges Hispaniae», etc., que tantas veces aparecen en textos medievales (5). No vamos a tratar aquí con detalle ni a resumir ampliamente estos asuntos, pero sí diremos que, propiamente, el autor deja claro que en la Edad Media se habla de España y que este vocablo no se reduce a un simple valor geográfico, ya que «¿cuál es en tal caso, la extraña condición de una entidad geográfica capaz de dar origen a un hecho tan singular (la realidad de las expresiones "Regnum Hispaniae" o "Reges Hispanici")?» Después de estudiar la cuestión, Maravall viene a concluir que la idea medieval de España hace referencia a una comunidad de identidad histórica, religiosa y cultural, que en un pasado (la época visigótica) había estado unida también políticamente, pero que luego perdió este último aspecto y no se aspira a recuperarlo de una manera plenamente intencionada. Es decir, los distintos reyes hispanos o españoles y sus reinos, son legítimos y no se piensa en acabar con ellos, pero sí existe entre ellos una solidaridad asentada sobre esa unidad histórico-religioso-cultural que hemos señalado. Y esto les confiere una identidad frente al Islam y dentro de la Europa cristiana. En palabras suyas, «la "divisio regnorum" es un sistema, si no querido, por lo menos aceptado y que se mantiene de tal forma que se da, a la vez, una variedad de reinos y pluralidad de reyes con la conservación de una conciencia de unidad del que concomitantemente se llama "Regnum Hispaniae´" [...] Durante siglos, nadie piensa, o tal vez muy pocos, en reunir los reinos hispánicos, en restablecer efectivamente la "Monarquía hispánica"; pero esta situación de división de reinos no resulta incompatible con el sentimiento de comunidad de los hispanos y con el concepto de Hispania -con todo el contenido histórico y, por consiguiente, político, que ese concepto lleva en sí».

Así, por lo tanto, estos reyes «forman un grupo claramente definido y fijo: los reyes de España. Y cabe decir, incluso, que la expresión se va estabilizando y generalizando a medida que el tiempo avanza». Hay que señalar que Maravall no afirma todas estas cosas a la ligera, sino que, como ya hemos dicho, el suyo es un trabajo muy documentado y fruto de un notable esfuerzo. De este modo, indica cómo la expresión de la que se ocupa aparece en diplomas reales, crónicas y textos literarios, tanto pontificios y del extranjero, como de toda España: Castilla, Cataluña, Navarra... y la expresión es conocida por los mismos reyes. Y «unidad fundamental es aquella en la que descansa la expresión "Reges vel principes Hispaniae", no de mera circunstancia geográfica, ni aún histórica». Muntaner la reduce a términos de absoluto, porque no dice siquiera que "son de una carne y de una sangre", sino que "son una carne y una sangre"». Exactamente, Muntaner dice en su Crónica que «si aquest quatre reis que ell nomena, d´Espanya, qui son una carn e una sang, se tenguessen ensems, poc dubtaren e prearen tot l´altre poder del mon».

Por otra parte, se debe recordar cómo al final del Poema de Mio Cid, el matrimonio definitivo de las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar emparenta a éste con los linajes regios hispanos, de tal modo que el autor afirma: «Oy los reyes d´España sos parientes son; / a todos alcança onrra por el que en buena ora naçio» (6). Menéndez Pidal ya vio un «valor nacional» en esta expresión y en todo el Poema, y no deja de tener interés el hecho de que viene a mostrarse así al Cid como un vínculo entre las casas reales hispanas, con lo cual incluso podemos considerar que, de ser un héroe castellano, pasa a convertirse en un héroe español.

En la obra editada por la Real Academia de la Historia, a la que ya nos hemos referido, uno de sus autores resalta cómo, «ciñéndonos a la época medieval, no parece que pueda haber muchas dudas sobre la presencia de España como realidad histórica, de la que sus propios habitantes, integrados en la Europa medieval, tomaron conciencia creciente a partir de los siglos XI al XIII, a través de ideas que, como suele suceder, fueron expresadas por los grupos dominantes pero que alcanzarían amplia aceptación social» (7). En otro trabajo, este mismo autor afirma que «el concepto de España es, ante todo, un concepto histórico y cultural, más allá de lo geográfico y más allá de lo político, que son dos de sus elementos componentes, relativamente fijo el primero, cambiante en el tiempo el segundo.» (8)

En línea con Maravall, se refiere igualmente a la situación de «los cinco reinos», a la realidad de la pluralidad de entidades políticas en la Península, pero indicando que «no hay motivo para ignorar o negar que existió una España medieval», independientemente del grado de cohesión o disgregación política que existiera en ella. Hacia el año 1300, en el que concluye su estudio, «la hipótesis de traducir la realidad histórica española, que era sentida conscientemente por los dirigentes, en una entidad política común que favoreciera la concentración de poder en manos de una sola monarquía, era eso: una hipótesis». También matiza la idea de Maravall de que los «reyes de España» regían el ámbito hispano solidariamente, pues recuerda que en realidad fueron frecuentes los enfrentamientos entre ellos, si bien esto no significa que no existiese ese sentimiento de comunidad. Y, por otro lado se ocupa del neogoticismo y de la «Reconquista» como elementos característicos de las cuestiones tratadas. Y en este sentido, debemos recordar cómo Sánchez Albornoz insistió siempre en el papel de la Reconquista en la configuración de España.

Así, pues, hacia el 1300 «existía, en fin, un concepto ya muy elaborado sobre la existencia histórico-cultural de España que permitiría en el futuro, entre otras cosas, imaginar y justificar proyectos de convergencia política».

Por eso, no debe extrañarnos que los reyes de Castilla se acogieran a la protección del Apóstol Santiago, a quien se referían habitualmente en los preámbulos de los documentos que otorgaban como «el bienaventurado Apóstol Señor Santiago, Luz e Espejo [o Patrón] de las Españas, caudillo e guiador de los reyes de Castilla e de León». Y cabe recordar que el arzobispo de Toledo era el «primado de las Españas», y «cardenal de España» cuando se le concedía el capelo cardenalicio.

Tampoco debe sorprendernos que en documentos elaborados en el ámbito vasco se aludiera en muchas ocasiones a su integración en la Corona de Castilla y a la idea de España, como se puede observar, por ejemplo, en la fundación del mayorazgo del solar de Muñatones, en Somorrostro (Vizcaya), por Juana de Butrón y Múgica, esposa de Lope García de Salazar, en 1469, en virtud de la facultad real dada por Juan II de Castilla, y en la que se indica que se da preeminencia a los hijos mayores sobre los otros, «lo qual guarda y comúnmente es guardado, y se acostumbra a guardar en todo el mundo, y especialmente en España, y aún singularmente en estas montañas y costa de la mar». El mencionado Lope García se definía en 1471 como «morador en Somorrostro, vassallo del muy alto y esclarecido Príncipe y muy poderoso Rey y Señor nuestro, el Rey don Enrique [IV], Rey de Castilla e de León, a quien Dios mantenga» (9).

Y que España era algo más que un simple concepto geográfico y se sentía muy hondo, lo reflejan frases como la recogida en el preámbulo de la fundación de mayorazgo que hizo Juan Ramírez de Guzmán, señor de Teba y Ardales (Málaga), mariscal de Castilla, previa facultad del citado rey Enrique IV, en 1460, al referirse a «los reyes de nuestra España de gloriosa memoria, ya los pasados y los que viben» (10). Esto es lo que puede explicar también que los embajadores del rey Alfonso V de Aragón, Juan de Hijar y mosén Berenguer Mercader, exhorten a Juan II de Castilla a trabajar por la unidad de la Iglesia, esfuerzo para el que deben llegar a un acuerdo entre ambos monarcas y, asimismo, con los de Navarra y Portugal, para que «axi unida tota Spanya o pur la major part», otros príncipes cristianos se adhieran y les sigan, y de esta concordia obtendrán «gran merit davant Deu, gran gloria en tot lo mon, e sería gran honor de tota la naçió de Spanya» (11). Ya en el concilio de Constanza de 1414, los cuatro reinos habían actuado con un voto único como «nación»: entonces, este término se entendía básicamente como lugar de nacimiento, pero ha-bían tenido la conciencia de ser una entidad que, en su comunidad, era distinta de las otras cuatro «naciones» con voto, a saber, Italia, Alemania, Francia e Inglaterra. Y, más aún, Italia y España eran las que habían mantenido el nombre romano, mientras que las otras habían adoptado el de los pueblos «bárbaros» que se habían asentando en ellas (12).

Por lo tanto, habiendo visto brevemente que en el Medievo hispano se emplean con frecuencia las expresiones referentes a España y a los reyes de España, y habiéndonos acercado a la manera en que se conciben, pasemos ahora a tratar el punto tocante a la denominación de «Reyes de España» que varios autores de la época de los Reyes Católicos dieron a éstos.

Los autores de la época de los Reyes Católicos

Uno de los autores que más emplea el término es el franciscano Fray Ambrosio Montesino, perteneciente al círculo de Cisneros y poeta y predicador de los Reyes Católicos, que cuenta en su obra poética con dos piezas dedicadas a San Juan Evangelista, compuestas a petición de la Reina Isabel la Católica, quien, como sabemos, era muy devota de este Apóstol. Incluso el escudo de los Reyes Católicos, como también es de sobra conocido, nos muestra el águila de San Juan acogiendo y protegiendo bajo sus alas las armas de todos los territorios englobados en la unión dinástica. En las Coplas escritas hacia 1485 ya encontramos uno de los más antiguos poemas del fraile franciscano: las coplas In honore Sancti Johannis Evangelista (13), realizadas «por mandado de la reyna de españa nuestra señora». Y en ellas, las últimas cuatro estrofas adquieren un interés especial. En la primera de estas cuatro dice el autor:

«Todo el çielo te acompaña
y te honora,
y la reina te es despaña
servidora [. . . ]»

Fray Ambrosio denomina a Isabel «Reina de España» y en los siguientes versos alude a la construcción en Toledo del magnífico monasterio franciscano de San Juan de los Reyes, levantado por los monarcas para conmemorar la batalla de Toro y el triunfo en la Guerra de Sucesión de Castilla, y a la vez para impulsar la reforma observante. No hay que olvidar que en este edificio, asimismo, se plasma de forma constante la simbología política de Isabel y Fernando. La siguiente estrofa es una «Suplicación a sant Juan por la reina nuestra señora», y lo que pide especialmente es la asistencia en la Guerra de Granada. Por fin, las dos últimas estrofas se dirigen a la propia Reina Católica, de la que hace varios elogios y dice creer ser su capitán «vuestro dulçe evangelista / que es sant Juan». Y en las otras Coplas de San Juan Evangelista, igualmente compuestas «por mandado de la cristianísima reina doñaÊIsabel», también denomina a ésta «reina de las Españas», en el sexto verso.

Asimismo, este autor llama «Reyes de España» a los Reyes Católicos en el romance heroico sobre la muerte del príncipe don Alfonso de Portugal en 1491, hecho a petición de la infanta viuda doña Isabel, y que alcanzó una divulgación muy amplia, incluso en Francia. Cuando llega el caballero con la fatídica noticia, se le pregunta así: «decid, ¿qué nuevas son estas / de tan triste lamentar?, / los grandes reyes d´España / son vivos o váles mal?, / que tienen cerco en Granada / con triunfo imperial».

En cuanto a las traducciones hechas por él, la «Epístola Prohemial» de la revisión del libro de las Epistolas y Evangelios (1512) la dedica «al Rey de España don Fernando nuestro Señor», y ahí dice ser «su mas leal y antiguo predicador y siervo» (14).

De un modo singular destaca el «Prohemio epistolar» de Montesino a la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia, «el Cartujano» (Alcalá de Henares, 1502-03) (15). La traducción de esta extensa obra al castellano fue un encargo de los Reyes Católicos e interesó de manera especial también a Cisneros, pues veía en ella un elemento importante para la reforma de los seglares, sin por eso dejar de suponerlo igualmente para la de los religiosos y eclesiásticos en general. El proemio está «endereçado a los christianissimos e muy poderosos principes el rey don Fernando e la reyna doña Isabel, reyes de España e de Sicilia, etc., inuictissimos e muy excelentes, por cuyo mandamiento lo interpreto (la Vita Christi)». Y lo comienza así Fray Ambrosio: «Cristianissimos principes rey e reyna, reyes clementissimos de España, rey don Fernando e reyna doña Isabel muy poderosos; fray Ambrosio Montesino, el menor de los frayles menores de observancia, e el mas desseoso del servicio de vuestras altezas, implora e suplica a Dios por la salud e prospero estado de vuestra celsitud muy esclarescida, en lugar de la reverencial e acostumbrada salutacion que a la magestad real se debe.»

El proemio se puede dividir en tres partes. La primera es una digresión teológico política sobre el gobierno y los reyes, y en la cual Fray Ambrosio se convierte en un exponente del «máximo religioso». La segunda es un elogio de toda la labor desarrollada por los Reyes Católicos. Y la tercera trata del profundo valor de la obra traducida. En cierta manera, la división entre las partes segunda y tercera no resulta del todo clara, ya que el franciscano considera el mandato de traducir la Vita Christi del Cartujano como una más de las grandes tareas emprendidas por Isabel y Fernando. La verdad es que este proemio no tiene desperdicio alguno, y para el asunto que estamos tratando es de gran interés su segunda parte. Dentro de la primera, destacan las siguientes palabras: «Ansi que serenissimos principes: en este prohemio epistolar, no entiendo explicar por extenso la particularidad de vuestros excelentes e muy esclarescidos hechos, porque assaz basta ver por experiencia, que son de tal calidad e tantos, que ponen en olvido las victoriales hazañas de los reyes passados, e dan admiracion e espanto a los presentes, e son imagen de bivo original para los tiempos advenideros, en que miren vuestros successores, e aun los reyes de toda la cristiandad, para no errar en las costumbres de sus personas, e para ser siempre notables e diestros en las administraciones de sus reynos». Aún hace alguna alabanza más a continuación, en esta primera parte.

Pero es realmente en la segunda parte del proemio donde Fray Ambrosio realiza un gran elogio de Isabel y Fernando y de su obra.

Digamos sólamente que un poco más tarde, Fray Ambrosio Montesino se declara ser «su pobrezillo e muy leal seruidor» (de los monarcas), y que la portada de los volúmenes de la edición alcalaína nos muestra un dibujo en el cual Fray Ambrosio, arrodillado, está entregando un volumen a los Reyes Católicos, quienes se hallan sentados en el trono. A la izquierda aparece otro fraile franciscano, que tal vez pudiera ser Cisneros, como me ha sugerido la investigadora estadounidense Bethany Aram. Debajo del dibujo aparece el escudo de armas de Isabel y Fernando, evidentemente ya con la granada, y una leyenda que dice: «Vita christi cartuxano romançado por fray Ambrosio». La edición de Alcalá de Henares de 1502-03 es sin duda una auténtica joya tipográfica, igual que lo son las ediciones portuguesa y valenciana de la misma obra.

Ciertamente, la segunda parte del proemio tiene un alto contenido de propaganda política, como buena parte de los elogios de la época a la labor y las personas de los Reyes Católicos. Pero ello no quiere decir que no haya sinceridad de sentimiento en el autor, ni tampoco significa que no sea verdad lo que dice, pues el conocimiento de la Historia nos hace ver que todo lo que se ensalza fue verídico. Y es lógico que los contemporáneos alabasen una época de tantos éxitos reunidos y a aquéllos que los habían hecho posibles.

Cabe pensar en el modo en que este texto pudo calar en los lectores, y no sólo en los del momento, sino también en los posteriores. Habría que considerar incluso el efecto que pudo tener en quienes lo leyeron no muchos años después de salir a la luz, cuando a España volvieron unos tiempos más dificiles, como dificiles habían sido los precedentes al gobierno de los Reyes Católicos. Así, por ejemplo, el propio San Ignacio cuenta en su Autobiografía que leyó la obra durante su convalecencia en la casa-torre de Loyola en 1521, cuando se recuperaba de la herida sufrida en el asedio de Pamplona (16). Y el P. Leturia, buen conocedor del vasco Iñigo de Loyola, dice que, al encontrarse con el panegírico que Fray Ambrosio Montesino hace de los Reyes Católicos, «había de leerlo el enfermo con gusto, pues le llevaba a recordar sucesos por él mismo vividos en su pubertad, y que ofrecían afilado contraste con los disturbios y marejadas que habían seguido en todos los órdenes desde la muerte de la Reina Católica» (17).

Por otra parte, podemos resaltar el interés de los Reyes Católicos por ésta y otras vidas de Cristo difundidas por toda España y que tanto éxito tenían en esa época aquí y en toda Europa. Así, por ejemplo, fijándonos en Valencia, cabe señalar que Fernando el Católico escribió en marzo de 1496 al batlle general de aquel Reino, Diego de Torres, solicitándole la edición de la traducción de la misma Vita Christi del Cartujano, que Joan Roís de Corella hizo al catalán valenciano y que fue publicándose entre 1495 y 1500 (18). Por otro lado, la Reina Isabel pidió una copia de la Vita Christi que había escrito en un precioso catalán valenciano Sor Isabel de Villena, abadesa del monasterio de clarisas de la Trinidad de Valencia. Y gracias a esta petición, la obra fue enviada a la imprenta, ya que la sucesora de Sor Isabel en el cargo, Sor Aldonca de Montsoriu consideró que así cumpliría mejor el encargo de la Reina, y a ella, a la «molt alta, molt poderosa, christianissima Reyna e Senyora», le dedicó la obra en el prólogo que le puso y que firma como su «humil serventa e oradora Sor Aldonça de Montsoriu, indigna abbadessa del monestir de la Sancta Trinitat» (19).

Pero también otras personas e instituciones del momento hablaron de España y de los Reyes Católicos como Reyes de España con total naturalidad, como varios historiadores han observado. Así, los predicadores se dirigían a los monarcas en sus sermones como al «Rey y Reina de las Españas» o de «España», y un poeta valenciano les reconocía como «Reys d´Espanya», mientras que en 1493 el gobierno municipal de Barcelona se refirió a don Fernando como el «rey de Spanya, nostre senyor» y en 1511 el concejo de Murcia le indicó que «toda la nación [de] España» le rogaba que no se arriesgase personalmente en una expedición a Africa (20). Cabría añadir algunos ejemplos más, como son los que se recogen en la pluma de Diego de Valera y en la de Pedro Mártir de Anglería, entre otros (21), o por supuesto, el caso de Antonio de Nebrija, del que más adelante recogeremos una cita de gran valor, pero del que ahora podemos recordar que en su Historia de la guerra de Navarra, escrita en lengua latina, habla del enfrentamiento entre «hispani» (españoles, bien es cierto que a veces los identifica en especial con los castellanos, pero no sólo) y «galli» (galos, franceses) y presenta a Isabel la Católica como «Regina Hispaniarum» y a su hijo el príncipe don Juan como «Princeps Hispaniarum», a la vez que exalta toda la labor de Fernando el Católico y del duque de Alba en la incorporación del Reino y expone que éste era parte de España: «At Navariam, quis aequus rerum aestimator iudicet, ab Hispania posse disiungi?» (22)

Incluso el propio Fernando el Católico, satisfecho y orgulloso de su labor, decía en 1514 que «Ha mas de setecientos años que nunca la Corona de España estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora, asi en Poniente como en Levante, y todo, despues de Dios, por mi obra y trabajo.» (23)

Sin duda alguna adquieren una relevancia destacable los textos referidos al hijo mayor y heredero de los Reyes Católicos, el príncipe don Juan, y en especial los que lamentan la muerte de aquella joven «esperanza de España» (24).

Luis Ramírez de Lucena dedicó su Arte del ajedrez (Salamanca, 1494-95) al «sereníssimo e muy sclarescido don Johan el tercero, Príncipe de las Spañas», y lo mismo hizo Juan del Encina con su Arte de poesía castellana (Salamanca, 1496), en cuyo proemio aludía a la labor del «dottísimo maestro Antonio de Lebrixa [o Nebrija], aquel que desterró de nuestra España los barbarismos que en la lengua latina se avían criado»; y también le dedicó su traducción de las Bucólicas de Virgilio (Salamanca, 1496), saludándole en el prólogo como «¡
O bienaventurado príncipe, esperança de las Españas, espejo y claridad de tantos reinos, y de muchos más merecedor!» Por su parte, de un modo semejante a como denominaba Fray Ambrosio Montesino a Isabel y Fernando, Lucio Marineo Sículo llamó en latín «Princeps Hispaniae et Siciliae» a don Juan.

Ahora bien, según hemos indicado, la muerte de este personaje suscitó un tremendo dolor no sólo en sus padres, los monarcas, sino en toda España, pues se había puesto en él toda la esperanza de la continuación de la época de paz y esplendor de Isabel y Fernando y la definitiva consolidación de la unión de Coronas y Reinos bajo un mismo cetro. Así la lloró el mismo Juan del Encina, en un poema A la dolorosa muerte del príncipe don Juan, de gloriosa memoria, hijo de los muy católicos Reyes de España, donde recuerda cómo éstos habían logrado restaurar el orden en la Corona de Castilla: «dionos Dios reyes de tal perfeción / que fueron remedio de mal tan entero [dicho desorden], / dioles Dios hijo varón, heredero, juntando a Castilla, Sicilia, Aragón. / ¡O, quántos plazeres España sintió / en todos lugares haziendo alegrías, / fiestas las noches y fiestas los días / quando el gran Príncipe ya nos nació! / [...] Él era de España la flor y esperança», y en su boda con «la gran Margarita, la flor de Alemaña, / juntónosla Dios con la flor de España / [...] ¿Quién dirá el gozo que España mostró, / sintiendo gran gloria destos casamientos?» El mismo poeta, en un romance, comienza lamentándose así: «Triste España sin ventura, / todos te deven llorar, / despoblada de alegría / [. . . ] / pierdes Príncipe tan alto, / hijo de reyes sin par.»

Hacia 1498, el comendador Román, criado de los Reyes Católicos, publicó unas Coplas sobre el fallecimiento del hijo de éstos, en las cuales aparece en cierto momento «una señora, la qual dezía ser España, haziendo grandísimo planto por el Príncipe», afirmando que «Yo soy la que más perdió / en este Príncipe santo / que la muerte nos llevó», pues había puesto en él gran esperanza de que fuera la garantía de continuidad del buen gobierno de sus padres. Y también Garci Sánchez de Badajoz compuso unas Coplas con el mismo tema, donde decía: «Y cantemos sobre Spaña, / con triste voz y sonido / de ronco pecho salido, / la desventura tamaña / que a todos nos ha venido»; en este mismo poema denomina a Isabel «Reina de los afligidos, / leona brava de Spaña» y refiere que el dolor por la muerte del Príncipe «por toda Spaña puebla».

De manera semejante, Pedro Mártir de Anglería elaboró un poema en latín titulado De obitu catholici Principis hispaniarum, y Diego Ramírez de Villaesclusa se refirió a Fernando el Católico, también en la lengua de los romanos, como rey de las Españas y de Sicilia. En castellano, Alfonso Ortiz redactó un Tratado del fallecimiento del príncipe don Juan, a quien designa igualmente como «príncipe de las Españas», «don Juan de las Españas» y «heredero primogénito de las Españas». A todo esto cabe añadir unos romances populares que recogen similares ideas y sentimientos, como el que comienza «Nueva triste, nueva triste que sona por toda España».

Por lo tanto, el príncipe don Juan fue ampliamente considerado «príncipe de las Españas» y futuro continuador de la época de paz, esplendor y unión hispánica lograda por sus padres, y su muerte supuso un tremendo dolor que afectó, y esto está documentado, a todas las capas de la sociedad y en todos los reinos, como lo reflejaron los funerales celebrados por su alma y el sentimiento de tristeza general que se observó en todos los lugares.

Los Reyes Católicos, ¿reyes de España o no?

Hemos visto con claridad que en la Edad Media hispana se habla de España y que ésta no se concibe como una entidad meramente geográfica, sino como una comunidad histórica y religioso-cultural, que confiere a sus miembros unos vínculos de solidaridad y de identidad. En principio, aunque se recuerda y en cierta manera se añora la antigua unidad política habida en la época visigótica y rota con la invasión islámica (es la idea de la «pérdida de España» desarrollada ya en la Crónica mozárabe del 754), no se aspira a recuperarla de un modo plenamente intencionado, al menos hasta fechas bastante tardías, pues se afirma la legitimidad jurídica de los distintos reinos y entidades políticas de la España medieval. Eso sí, éstos se ven interrelacionados entre sí por ese sentimiento realmente existente de comunidad hispánica y que les proporciona una identidad especial ante el Islam y en el seno de la Europa cristiana. Para la época de los Reyes Católicos, sin embargo, sí nos encontramos con unos deseos, en ocasiones muy marcados, de anhelo y búsqueda de la unión política, y las directrices del gobierno de los monarcas apuntan a ese fin. Esto, sin embargo, no procede de la nada, sino que se ha ido fraguando a lo largo de siglos, en especial desde el XIII. Según hemos indicado ya, en la propia centuria del 1400 toda una serie de textos fue preparando el terreno para la realización de la unidad hispánica bajo una sola Corona (25).

Por otro lado, los contemporáneos extranjeros e hispanos denominaron con cierta frecuencia «Reyes de España» a los Reyes Católicos, y además usaban el término con naturalidad. Sin embargo, es cierto que los monarcas nunca emplearon tal designación en su intitulación, sino que conservaron la larga lista de títulos que ya conocemos y que estaba abierta a añadir otros nuevos; y, efectivamente, ellos la agrandaron de forma sobresaliente.

Respecto de esta segunda cuestión, Fernando del Pulgar, en su Crónica de los Reyes Católicos refiere que en el Consejo Real se debatió qué intitulación debían emplear, y que, a pesar de que los votos de algunos consejeros se inclinaron porque se denominasen «reyes e señores de España, pues subçediendo en aquellos reynos del rey de Aragón eran señores de toda la mayor parte della, pero determinaron de no lo hacer e yntitularonse en todas sus cartas en esta manera» (es decir, la de la lista de reinos y señoríos).

Por lo tanto, hubo una negación por parte de Isabel y Fernando a la idea de autodenominarse de forma oficial «Reyes de España». Y, sin embargo, es evidente que no sólo les llamaron así numerosas personas e instituciones, sino que los monarcas no pusieron impedimento alguno a que lo siguieran haciendo. Más aún, lo permitieron e incluso ordenaron que se imprimieran libros en los que aparecía tal término. El caso del propio Fray Ambrosio Montesino es bien claro y significativo: se dirige a Isabel como «Reina de España», al menos ya desde las coplas que por encargo suyo compone hacia 1485; a ella y a Fernando les denomina «Reyes de España» en la Vita Christi en 1502; y finalmente dedica al segundo, como «Rey de España», las Epístolas y Evangelios en 1512.

Esto último lleva a reflexionar sobre otro aspecto: el calificativo se aplica tanto a Isabel sola, como únicamente a Fernando, y a los dos juntos. Es decir, cabe afirmar que hay una conciencia clara de que los dos son los Reyes de España, y que el «Tanto monta» funciona al menos en la teoría.

Así pues, ¿podemos considerar y llamar «Reyes de España» a los Reyes Católicos?

En primer lugar, queda fuera de duda que España es una realidad en la Edad Media y que existe un concepto de ella que no se limita a mera geografía, sino que, si bien ésta puede ser y es la base, hay bastante más: hay una conciencia de identidad y de comunidad. Por lo tanto, en caso de considerar a Isabel y Fernando «Reyes de España», lo serán de algo que no se restringe a lo geográfico.

En segundo lugar, ya se ha visto cómo se habla con frecuencia de los «Reyes de España» en el Medievo hispánico, así que tampoco es del todo novedoso que se aplique el término a Isabel y Fernando, sino que tiene una larga tradición. Pero lo que sí es novedoso es que se les considera como reyes de la unión recuperada de España, gracias a su matrimonio y a toda su labor, en la que cuentan como elementos muy importantes la incorporación de Granada, Canarias, Navarra... La expansión norteafricana, el descubrimiento de América... y, desde luego, la política matrimonial de los monarcas. Todo esto, sin olvidar lo que desarrollan en lo que toca a la hacienda y la moneda, la justicia, el ejército, la reforma y unidad religiosas, etc.

En tercer lugar, no sólo otras personas e instituciones denominan a Isabel y Fernando «Reyes de España», sino que ellos mismos tienen conciencia de serlo, aun cuando no quieran usar de manera oficial esta designación. Si no fuera así, no se comprendería que permitieran que se les llamase de este modo una y otra vez a lo largo de todo su reinado, y tanto por separado como en conjunto.

¿Por qué entonces no aceptaron el uso oficial del título «Reyes de España»? Como apunta Suárez (26), se pueden encontrar varias posibles respuestas a tal cuestión.

La primera de ellas puede ser la tradición: a lo largo de la Edad Media, los monarcas hicieron uso de un sistema de titulación plural, que fue plenamente heredado por los Reyes Católicos. Este factor ya lo señala Maravall (27), y hay que recordar que Isabel y Fernando eran tenidos, y ellos a sí mismos se tenían, más como «restauradores» que como «fundadores" (28).

La segunda razón es que pudo deberse a que la unión política de España aún no estaba acabada del todo: no eran todavía reyes de toda España, sino de una parte, aunque fuera la mayor, lo que creaba en ellos el deber de completarla (29).

En relación con esto hay que poner la cuestión de Portugal: ya sabemos que, a través de su política matrimonial, uno de los fines de los Reyes Católicos era la armonización política con este reino. Pero el uso del título »Reyes de España» de forma oficial podía molestar al vecino lusitano, que también se consideraba parte de España. Maravall ya indica este aspecto, y realiza un comentario acerca de que el rey don Manuel de Portugal hizo una reclamación a Fernando el Católico porque éste se hacía llamar «rey de España» (30). De todas formas, el hecho de que, en cambio, Isabel y Fernando aceptaran que personas e instituciones les denominasen así, podía constituir un elemento de propaganda de cara también a Portugal.

Y, hablando de propaganda, una cuarta razón la podemos ver en la fuerza que podía tener una larga intitulación, la cual, además, estaba abierta a nuevos añadidos. Ladero matiza que la efectividad y la fuerza de cada título era diversa: los había honoríficos (Atenas y Neopatria, por ejemplo), reivindicativos (Rosellón y Cerdaña hasta 1493) y efectivos (31). Como decimos, la lista podía ir aumentándose mediante la incorporación de nuevos reinos o señoríos y esto confería un evidente prestigio al monarca o monarcas (32). Y, como igualmente hemos dicho, los Reyes Católicos hicieron crecer en su época el número de títulos de forma considerable.

En fin, la última razón es quizá la más importante: la unidad estaba construida sobre la base de la diversidad territorial. Suárez también opina que éste fue el motivo principal de la cuestión y concretamente recalca que la unión se estaba edificando según el modelo de la Corona de Aragón (33). Ladero, por su parte, da importancia igualmente a la realidad de que la monarquía tenía dominios y componentes variados (34). Y Hillgarth, recordando que en la intitulación de los Reyes Católicos los reinos de la Corona de Castilla y los de la de Aragón se enumeran uno tras otro en rigurosa alternancia, cita a Gómez Mampaso en la idea de que esto parece reflejar «la concepción pluralista del Estado, yuxtaponiendo los reinos sin fundirlos» (35). Sin duda alguna, el corporativismo u organicismo cristiano medieval pudo jugar un papel muy destacado en la configuración de la unión dinástica. Cepeda Adán tiene en cuenta este factor al referirse a la concepción del reino, del Estado, en los Reyes Católicos (36). Son muy esclarecedoras, por otra parte, estas palabras de Antonio de Nebrija en el prólogo que dedica a Isabel la Católica, «Reina i señora natural de españa e las islas de nuestro mar», en su Gramatica de la lengua castellana de 1492: «I assi crecio [la lengua castellana] hasta la monarchia e paz de que gozamos, primeramente por la bondad e prouidencia diuina, despues por la industria e trabajo e diligencia de vuestra real majestad. En la fortuna e buena dicha de la cual los miembros e pedaços de España que estauan por muchas partes derramados, se reduxeron e aiuntaron en un cuerpo e unidad de reino. La forma e travazon del cual assi esta ordenada que muchos siglos, iniuria e tiempos no la podran romper ni desatar.» (37)

Nebrija ve con claridad que se ha alcanzado la unidad que llevaba esperando siglos y que ya es irrompible. Pero, además de esto, habla de «miembros» y «cuerpo», y cualquier entendido en textos políticos medievales sabe que no son palabras dichas al azar o sin significado. El reino se concibe orgánicamente en lo social y en lo territorial, y los territorios que lo componen son los miembros que forman el cuerpo del reino. Este no puede existir sin aquéllos, y aquéllos, a su vez, no tienen sentido y finalidad fuera del reino. Y, sin duda alguna, ésta era la visión de los Reyes Católicos. Ellos fundamentaron la unidad sobre la diversidad, bebiendo doctrinalmente para ello en buena medida del pensamiento corporativo del Medievo cristiano, que se fue perpetuando y renovando posteriormente y que en España tiene una de sus expresiones más recientes y bastante fiel heredera de él en el tradicionalismo carlista; en Portugal podemos verlo en el miguelismo y el integralismo. El foralismo carlista se explica bien desde esa perspectiva y trata de conjugar la unidad nacional con la diversidad regional, de una manera no muy lejana al modelo de los Reyes Católicos. Los cuales, aunque sin duda dieron muchos y muy importantes pasos en la construcción del «Estado moderno», seguían vinculados a las doctrinas de la Edad Media cristiana.

Otro reflejo claro de tal concepción es el escudo de armas de Isabel y Fernando, en el cual se integran los distintos territorios y la personalidad de cada uno de ellos queda tan patente como la unidad alcanzada, al mismo tiempo que todo queda consagrado y protegido por el águila de San Juan Evangelista, por la fe católica (38).

Y esta diversidad en la unidad es la que también explica que muchas veces se hable de España en plural: «las Españas». También Felipe II utilizó, además de la larga lista de territorios en su intitulación, esa otra de «Philippus Hispaniarum Princeps» o «Philippus, Dei gratia Rex Hispaniarum...». Y esto ya lo había hecho su padre Carlos I, como se observa en varios sellos (39). Es decir, que después de los Reyes Católicos y antes de Carlos III, también otros monarcas fueron denominados (en los casos de Carlos I y Felipe II que aquí se refieren, se autodenominaron) «Reyes de España» o «de las Españas».

Los historiadores de la Edad Moderna, acogiéndose a veces a textos de autores de los siglos XVI y XVII, por ejemplo del P. Mariana, han propuesto, quizá como términos menos conflictivos, los de «Monarquía Católica» y «Monarquía Hispánica», para hablar de los reyes que gobernaron España desde Isabel y Fernando hasta la centuria del 1700. En realidad, son términos ciertamente bastante adecuados y que hacen referencia sobre todo a dos aspectos: la fe sobre la que se asienta la Monarquía y la universalidad. Porque, en realidad, tanto catolicidad como Hispanidad son conceptos que expresan universalidad, y la España de la Epoca Moderna muestra sin duda esta vertiente. Pero ello no quita el que, después de haber tratado toda esta cuestión, podamos sin temor hablar también de «Reyes de España» antes de Carlos III y que podamos aplicar tal calificativo igualmente sin miedo a los Reyes Católicos. Del mismo modo, no hay por qué evitar hablar de España antes del siglo XVIII, ni hay razones verdaderas para afirmar que España no existe ni ha existido en la Historia. Como bien dice el profesor Eloy Benito Ruano: «¿Negación actual de España? Síntoma de incultura histórica.» (40)
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Santiago Cantera Montenegro

1)     Resumen de la conferencia pronunciada en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid el 4 de mayo de 2001, dentro de las Jornadas sobre La creación del Estado moderno español: una transición política a finales del siglo XV. En buena medida, habíamos abordado el tema en el artículo "Fray Ambrosio Montesino y los Reyes Católicos como Reyes de España", en Fundación, revista de la Fundación para la Historia de España (Argentina), II (1999-2000), pp. 261-282.
2) Tanto la edición francesa (París) como la española (Madrid, Nerea), son de 1988. La cita, p. 9.

3) Maravall Casesnoves, J. A.: El concepto de España en la Edad Media. Manejamos la 4a edicio~ilMadrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1997); la la es de 1954.

4) Espana. Reflexiones sobre el ser de Espana. Madrid, Real Acadernia de la Historia, 1997.

5) Op. cit., 2a parte. A continuación, recogemos algunas citas de las pp. 342, 345, 388-390 y 398.

6) Versos 3724-3725. Manejamos la 4a edición de Ramón Menéndez Pidal (Madrid, Espasa-Calpe, 1940, p. 298) y la de Colin Smith (Madrid, Cátedra, lg9l, p. 267).

7) Ladero Quesada, M. A.: ~España: Reinos y señoríos medievales (Siglos XI a XIV)", en España. ReJlexiones sobre..., pp. 95-129; p. 95.

8) Ladero Quesada, M. A.: "Ideas e imágenes sobre España en la Edad Media", en Sobre la realidad de España. Madrid, Universidad Carlos III de Madrid - Boletín Oficial del Estado, 1994, pp. 35-53; p, 38. Recogemos a continuación algunas citas de este trabajo y del mencionado antes.

9) Real Academia de la Historia (RAH), Col. Salazar y Castro, 9/356 (antiguo E-18), fols. 119 r. - 122 v.

10) RAH, Col. Salazar y Castro, 9/832 (antiguo M-25), fols. 180 r. - 188 r.

11) RAH, Col. Salazar y Castro, 9/706, (antiguo K-81), fols. 21 r. - 22 r.

12) En esta idea incide habitualmente el profesor Luis Suárez.

13) Para este autor, usamos principalmente la edición de la BAE (Biblioteca de Autores Españoles), vol. 35 (Madrid, Rivadeneyra, 1855), pp. 401-466; aquí, pp. 441-444. Y Rodríguez Puértolas, Cancionero de Fray Ambrosio Montesino, Cuenca, Diputación Provincial, 1987; pp. 253-260 y 260-268.

14) De la primera edición de Toledo, 1512, solo se conoce un ejemplar en el British Museum.

15) Por ejemplo, en la Biblioteca Nacional de Madrid (BN), R-4 a R-7. El proemio, en vol. I, fols. II-IV.

16) San Ignacio de Loyola: Obras Completas, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos (E3AC), 1977 (3a ed. revisada); p. 94.

17) Leturia, P. de S.I.: El gentilhombre íñigo López de Loyola en su Patria y en su siglo, Barcelona, Labor (Colección "Pro Ecclesia et Patria"), 1949 (2a ed. corregida); p. 152.

18) Riquer, M. de; Comas, A.; Molas, J.: Historia de la Literatura Catalana, vol. IV (Part Antiga, per Martí de Riquer. Barcelona, Ariel. 1985, 4a ed.); p. 117.

19) Existe ed. crítica reciente de la obra completa, realizada por Josep Almiñana i Vallés, 2 vols. Valencia, Ajuntament de Valencia, Regidoría d´Acció Cultural, 1992. El prólogo en vol. I, p. 204.

20) Hillgarth, J. N.: Los Reyes Católicos. 1474-]516, Barcelona, Grijalbo, 1984; p. 282.

21) Maravall, op. cit., p. 467. LADERO, "Ideas e imágenes...", pp. 46-48.

22) Nebrija, E. A.: Historia de la guerra de Navarra, Madrid, 1953.

23) Ladero, "Ideas e imágenes...", p. 48.

24) Para esta cuestión, es interesante Pérez Priego, M. A.: El Príncipe Don Juan, heredero de los Reyes Católicos, y la literatura de Stl época, Madrid, UNED, 1997; antología de textos literarios en pp. 55-101.

25) Ladero Quesada, M. A.: Los Reyes C~atólicos: la Corona y la Unidad de España Valencla, Asociación Francisco López de Gomara, 1989; pp. 88-90.

26) Suárez Fernández, L.: Los Reyes Católicos. Fundamentos de la monarquía, Madrid, Rialp, 1989, p. 14.

27) Maravall, op. cit., pp. 352-353.

28) Suárez, Los Reyes (~atólicos. Fundamentos..., capítulo I, 1 (pp. 9-14). De este autor, cabe recordar también "España. Primera forma de Estado", en España. Rellexiones sobre..., pp. 131-150.

29) Esta razón la apuntan también los profesores Maravall, Suárez (quien no cree que sea la más importante) y Ladero.

30) Maravall, op. cit., p. 470.

31) Ladero, Los Reyes Católicos ., p. 94.

32) Así lo veía Maravall, op. cit., p. 353.

33) Aparte de trabajos mencionados, es de gran interés el primer capítulo de su obra Claves históricas en el reinado de Fernando e Isabel, Madrid, Real Academia de la Historia, 1998.

34) Ladero, Los Reyes Católicos , pp. 93-94. En su obra España en 1492, Madrid, Hernando, 1978, p. 112, señala: "La Inonarqllía de ambos esposos es a la vez unión dinástica y ejercicio unido del poder en su cúspide. No supone un cambio en la constitución interna de los reinos y, tal vez por eso, Isabel y Fernando no se titularon oficialmente reyes de España, aunque como tales se considerasen, sino que mantuvieron las titulaciones tradicionales, incluso las honoríficas, unificadas en una larga relación donde cada reino -castellano o aragonés- tiene su puesto y a la que se incorporan las conquistas y anexiones efectuadas por ellos. Los monarcas de la Casa de Austria conservarían este procedimiento de titulación: [. ]".

35) Hillgarth, op. cit., p. 283.

36) Cepeda Adán, J.: En torno al concepto de Estado en los Reyes Católicos. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Escuela de Historia Moderna. 1956; pp. 74-75.

37) Nebnrija, A. de: Gramatica de la lengua castellana, Salamanca, 1492. Hay edición facsímil de Valencia, Librerías París-Valencia, 1992. La cita, pp. 5-6.

3) 8 Es muy interesante el estudio de Menéndez Pidal de Navascués, F.: "Los emblemas de España", en Espaiia. Reflexiones sobre .., pp. 429-473.

39) Por ejemplo, en un sello de 1526 aparece la fórmula "Carolus Dei Gracia Rex Hispaniarum" (Archivo Histórico Nacional de Madrid [AHN], Sigilografía-Sellos, Caja 17, n° 63). Y en otro de 1541, "loana, Carlos su hiio, Reis de Spanna" (AHN, Sigilograffa-Sellos, Caja 47, n° 19).

40) Benito Ruano, E.¨"Reflexiones sobre el ser de España", en España. Reflexiones sobre..., pp. 583-587; p. 587.

 

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P: Tengo una curiosidad en cuanto a los judíos sefarditas expulsados en 1492. ¿Porqué han conservado la lengua castellana, ladino, y no se conocen casos de que hayan conservado catalán, valenciano, mallorquín...?

R: Casi el noventa por ciento de ellos vivían en Castilla e incluso en la corona de Aragón se hablaba el castellano.

 

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P: Ha dicho que los Reyes Católicos han sido los mejores monarcas que ha tenido España. De estas decisiones: ocupación de un continente entero que no nos pertenecía, asesinato de millones de indígenas, esclavización de otros tantos, imposición de nuestra cultura y religión, expulsión de los judíos, ¿cuál es que más le ha gustado?


R: El trato a los indígenas como súbditos y no como esclavos (a diferencia de otras potencias), la prohibición de la esclavitud de aquellos que habían sido reducidos a ese estado por Colón, la unificación de la cultura de casi todo un continente en el que las luchas tribales eran feroces, la inclusión de ese continente en la esfera occidental, la consumación victoriosa de la lucha secular contra el Islam... hay más pero me falta espacio. 2003-03-29

 

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Ceuta y Melilla: La defensa de las dos

ciudades españolas, desde impero romano

 

Por Jesús María Ruiz Vidondo

Es una obviedad hablar de la españolidad de las dos ciudades y de las islas de soberanía española de la zona del Estrecho. Históricamente han formado parte de España siglos antes de que se procediera a la creación de Marruecos. Lo que a nuestros gobernantes les debe preocupar es la defensa de estas dos ciudades. ¿Militarmente se pueden defender?, ¿Cuales son los peligros a los que nos enfrentamos?. La posibilidad de un ataque por parte de nuestros vecinos marroquíes es posible. ¿Cómo responderíamos a ese ataque? ¿Somos capaces de derrotar a un posible enemigo como el marroquí?.

 

Un ataque relámpago marroquí.


Ceuta y Melilla son defendibles, siempre y cuando, nuestras tropas estén preparadas y tengan conocimiento de un posible enfrentamiento. Con el conflicto de Perejil se ha demostrado la capacidad de nuestras tropas en una movilización rápida. Nuestros buques de guerra estuvieron preparados en un tiempo record. El problema viene si el ejército marroquí logra engañar a nuestros servicios de inteligencia y de información, y consigue que nuestras fuerzas se encuentren en situación de paz antes del ataque. Y que el ataque repentino pille a nuestras fuerzas militares en Ceuta y Melilla sin un apoyo peninsular por falta de tiempo.

En 1973 los egipcios y los sirios consiguieron engañar a, posiblemente, el mejor ejército del mundo, y desde luego el mejor preparado, mediante una sucesión de maniobras, instalación de tropas en las cercanías de la frontera egipicio- israelí y en los altos del Golán que se venían realizando desde 1971. Los israelíes llegaron a acostumbrarse a estas maniobras. Cuando en 1973 atacaron los enemigos del Estado de Israel los israelíes no estaban prevenidos, y, sobre todo en los Altos del Golán, estuvieron a punto de ser derrotados.

La invasión de Kuwait por parte de Irak en agosto de 1990 no fue detectada por los medios de alerta occidentales. El engaño vino por la realización de unas maniobras en la frontera kuwaití por parte de las tropas iraquíes. Estas maniobras no fueron sospechosas para los occidentales. Cuando un ejército realiza maniobras, moviliza las fuerzas combatientes y algunos Servicios, pero no lleva los suministros ni la capacidad logística necesaria para una invasión. Los servicios occidentales pensaron que eran unas meras maniobras puesto que Irak no movilizó las fuerzas de reserva y de suministros necesarias para una invasión.

Los ataques en los meses de agosto de 1990 y en la fiesta Yom Kippur israelí colocan a las fuerzas atacadas en una posición complicada, puesto que la mayoría de los efectivos se encuentran de vacaciones.

No sería sorprendente una maniobra similar por parte de los marroquíes contra las dos ciudades.

Suponiendo que se realizase este ataque, nuestras fuerzas tendrían muy complicado la defensa de las ciudades, puesto que no habría tiempo material para poder enviar los necesarios refuerzos desde la Península (estamos hablando de menos de una hora). Este ataque repentino marroquí debería ser rápido, sorprendente y con fuerzas acorazadas para tomar las dos ciudades de una manera rápida. Nuestro gran problema es que son dos ciudades con un perímetro defensivo muy pequeño (algo similar a lo que ocurre en Israel, por ello el Estado hebreo ha realizado ataques preventivos, imprescindibles para su defensa). Melilla y Ceuta ampliaron el perímetro defensivo a lo largo de las guerras coloniales para evitar los ataques de las agrupaciones nómadas. Se consideró que estas dos ciudades no eran defendibles si no se tomaba más terreno a su alrededor. Hoy en día son defendibles siempre y cuando nuestros sistemas de alerta detecten con suficiente tiempo el ataque, y tengamos a nuestras unidades en Ceuta y Melilla con un nivel del 100% de capacidad.

Reacción ante la toma de las dos ciudades.

Suponiendo que las dos ciudades hubiesen sido tomadas, España tendría varias opciones siempre y cuando quisiese recuperar las islas. Un ataque directo sobre Ceuta y Melilla con desembarcos, algo que sería costoso en vidas humanas o un ataque con desembarco desde las islas Canarias sobre una de las poblaciones marroquíes para canjearla por las dos ciudades.

Si, esperemos que nunca lo piensen nuestros dirigentes, no se quisiese recuperar las dos plazas o bien no harían nada o bien bombardearían territorio marroquí para lavar la cara interior.

Las dos Fuerzas Armadas enfrentadas.

Las Fuerzas Armadas españolas tienen en estos momentos un material muy superior al marroquí.

Nuestras fuerzas aéreas tienen aviones más modernos y pilotos que se han entrenado en diferentes ejercicios internacionales. De todos es conocido nuestro armamento aéreo F- 18, F- 1... y el futuro avión europeo.

Nuestro mayor problema es que aún no hemos comprado el helicóptero de ataque. Lo lógico será la compra del Tiger, puesto que, aunque el Apache se supone que ha sido probado en los campos de batalla, en un posible conflicto los Apache, ante la famosa clausula americana que impide utilizar el armamento americano ante un aliado de EEUU, posiblemente no podrían ser utilizados.

Se han dado diferentes versiones sobre el material que poseen los marroquíes. A partir de Perejil los diferentes medios de comunicación hablaron de la posible compra de F- 16 por parte de Marruecos, y de helicópteros Apache. Parece ser que en ninguno de los dos casos las noticias pueden llegar a buen fin. Es difícil que Marruecos pueda comprar F- 16 y Apache, aunque en estos temas el asegurar algo es muy arriesgado. La base de material aéreo marroquí se basa en los Mirage. Poseen Mirage F- 1 y el F- 5 americano. Sus pilotos son buenos en maniobras aéreas, y muchos han sido formados en España. Tienen capacidad para atacar nuestro territorio peninsular, pero nuestros sistemas de detección son excelentes, al igual que nuestro material antiaéreo. Poseen helicópteros Puma, y parece ser que Panther. Estos últimos tienen capacidad de ataque a barcos, lo que podría poner en aprietos a nuestro portaaeronaves.

La marina española solamente tienen tres inconvenientes: la necesidad de tener unos submarinos nuevos (no se han comprado aún los Scorpene), la imperiosa necesidad de un segundo portaaeronaves que sustituya al Príncipe de Asturias cuando se encuentre en el muelle de reparaciones para su mantenimiento y que sea el nudo entre las Baleares y el Estrecho, mientras el Príncipe de Asturias lo sea entre las Canarias y el Estrecho, y la posibilidad de tener lanchas con misiles, ante una crisis como la de Perejil estas lanchas evitarían la necesidad de utilizar Corbetas y Fragatas que pueden ser atacadas desde la costa causando graves y costosas averías a estos barcos. Hemos recibido la primera unidad de una de las Fragatas más modernas del mundo la F- 100.

Los marroquíes tienen material español como la Corbeta Descubierta y han recibido la primera fragata francesa clase Floreal con posibilidad de llevar misiles EXOCET. Parece ser que van a recibir dos fragatas.

Nuestra superioridad marítima es evidente, siempre y cuando solucionemos estos problemas señalados. La flota marroquí está mejor preparada para defender costas (Sáhara y costa marroquí- argelina) que para atacar en mar abierto.

Las Fuerzas de Tierra españolas tienen carros de diferentes tipos (el Leopard es la punta de lanza), unidades altamente eficaces, pero tenemos un problema en cuanto al número de soldados.

Lo mejor de sus fuerzas armadas son las unidades de tierra, por otra parte las fuerzas que utilizarían en un ataque a Ceuta y Melilla. Poseen 320 M- 60 similares a los españoles con capacidad de tiro en movimiento y, posiblemente, T- 72 bielorrusos. Sus tropas terrestres están muy fogeadas en el combate en el Sáhara. Su moral es alta y su capacidad de combate amplia, pero sus mejores fuerzas están colocadas en el sur de Marruecos por el conflicto en el Sáhara por lo que un movimiento amplio de sus fuerzas sería fácilmente detectado por nuestras tropas.

Ventajas y desventajas de nuestra defensa.

Todos estos datos podrían hacer creer al lector que las plazas de Ceuta y Melilla están bien defendidas, cosa que es real pero no debemos de confiarnos. Cuando se produce un conflicto no cuenta solamente el material. Además del material y de las tropas se deben tener en cuenta otra serie de factores. Nuestro material tiene una importante base americana. En la guerra de Ifni en 1957 EEUU no permitió utilizar el material que el Ejército español poseía. En un posible conflicto con Marruecos ocurriría igual. El material, aunque sea mejor el americano, que debemos comprar no debe de ser americano ante un conflicto con Marruecos.

Hay que tener en cuenta el nivel de repuestos que poseamos. Nuestros repuestos se dice que son mínimos. Necesitamos tener una industria militar fuerte que permita a España poderse autoabastecer del material sin necesidad de depender del exterior. Se ha hablado mucho sobre la postura europea y de la OTAN ante un conflicto hispanomarroquí. Es verdad que el territorio español está protegido por diferentes tratados, pero no se incluye a Ceuta y Melilla. Posiblemente ante un ataque marroquí a las dos ciudades estaríamos solos ante Marruecos. Esto no es un problema, posiblemente, durante el primer mes, pero a partir de este mes tendríamos problemas de repuestos en ciertos materiales.

Otro problema con el que nos encontramos es el tipo de sociedad que tiene Marruecos. En Marruecos ha penetrado el integrismo en amplios sectores de la sociedad. Esto significa que su fanatismo, su tenacidad y su esfuerzo serían mayúsculos en caso de conflicto. Ese integrismo unido a un nacionalismo que solicita constantemente las dos ciudades se enfrentaría con una sociedad española que dentro de sus fronteras tiene nacionalismos separatistas que aprovecharían la situación y una sociedad que no está preparada para ver llegar cadáveres de sus tropas.

El gran problema de la defensa de Ceuta y Melilla es: 1º una mayor capacidad disuasoria defensiva que evite el ataque; 2º la opinión pública y el nacionalismo separatista interior español; y 3º la posibilidad de que nuestros aliados no nos defendiesen.

Si creemos que la defensa de España la van a realizar nuestros aliados y las organizaciones militares extranjeras estamos equivocados. España debe tener unas fuerzas ofensivas que eviten un conflicto y que en caso de producirse la victoria sea inmediata. El tiempo corre a favor de Marruecos en un conflicto. Un conflicto largo significa mayor cantidad de soldados y material.
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Jesús María Ruiz Vidondo – Revista ‘arbil’ 66

 

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FERNANDO I, UN EMPERADOR ESPAÑOL

EN EL SACRO IMPERIO (1503-1564)

 

Por RAMÓN GONZÁLEZ NAVARRO. Doctor en Farmacia y en Filosofía y Letras

 

SE cumple hoy 10 de marzo, el V centenario del nacimiento en Alcalá de Henares del Infante Don Fernando, hijo de la Reina Juana de Castilla y Felipe el Hermoso, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano I de Austria. También, hermano menor de Carlos V.

A pesar de todos estos antecedentes españoles, un perfecto desconocido. E incluso olvidado por nuestros historiadores en multitud de ocasiones cuando se trata de valorar sus intervenciones en los hechos que se sucedieron en el segundo y tercer cuarto del siglo XVI. En aquella circunstancia su papel fue crucial para la estabilidad de Europa y para el futuro de España, inmersa como estaba en la lucha contra el protestantismo puesto que la obsesión de Fernando por encontrar la paz religiosa beneficiaba a las arcas exhaustas de Castilla y Aragón y permitía que no se derramara más sangre juvenil española en los campos alemanes, húngaros o bohemios.

Los primeros meses de su vida estuvo alejado de sus padres, cuidado por su abuela Isabel moribunda, primero en Alcalá, luego en Segovia y finalmente en Arévalo ya a merced de un grupo de servidores que le atendían. Su abuelo Fernando de cuando en cuando se acercaba a verle mitigando su soledad con el bálsamo de su compañía. A su padre, el Rey consorte Felipe el Hermoso, le conoció fugazmente cuando él tenía algo más de tres años ya que meses después el Monarca moriría en Burgos. Ese hecho luctuoso y la postración de su madre la Reina Juana alimentaron los intereses de ciertos nobles que pusieron en peligro la seguridad del Infante. Él mismo, comprobaría desde los torreones del castillo de Simancas, con su coracina y su lanza, la tensión, el miedo, la preocupación por el ataque de aquellos que se decían partidarios suyos y que querían tomarle como bandera de sus apetencias personales. Simancas y Valladolid, al unísono se aprestaron a defenderlo con un ejército de dos o tres mil hombres y perfectamente custodiado fue llevado a la ciudad del Pisuerga alojándose por unos días en la Chancillería.

Una cosa sí pudo hacer, educarse a la española, ser formado bajo el espíritu que implantaba la Orden de Calatrava de la mano de su ayo, Pero Núñez de Guzmán, que por aquel entonces era Comendador de dicha Orden. De su abuelo Fernando aprendió a gustar de la caza, de la cultura pues no en balde el Rey aragonés había recibido de su familia toda la tradición cultural de la Corona de Aragón importada desde Nápoles. A modo de ejemplo, sabemos que años después este Infante alcalaíno podría entenderse en siete idiomas con los embajadores de las distintas cortes europeas.

Catalina de Hermosilla y Francisca de Orozco le amamantaron desde el primer día y aunque perdió las esencias maternales recibió en compensación el vigor y la fuerza castellana de sus matronas. Como también recibió de Alcalá la sabiduría de su Universidad cuando de visita, o algo más que desconocemos en esencia, recogió en sus aulas en los momentos en que Antonio de Nebrija percibía a través de sus gramáticas cómo el lenguaje castellano se iba sometiendo a la regla desde la férrea vigilancia de las universidades españolas.

En 1518 fue expulsado de España por su hermano y en Flandes junto a su tía Margarita aprendió a entender el valor de la primogenitura, el concepto de la unidad dinástica, la defensa de la herencia habsburguesa en beneficio de unos descendientes que estaban por llegar y sobre todo de la idea del dominio centro-europeo frente al enemigo francés que permanentemente acechaba las debilidades españolas para intentar conquistar las tierras del Imperio. Era, entonces, una lucha constante de estas dos naciones por ocupar la primacía en el mundo.

Este alcalaíno se casó con Ana Jagellón y por matrimonio accedió al Trono de Bohemia, de Hungría y entró en posesión del Archiducado de Austria por herencia de su abuelo Maximiliano. Aquella situación privilegiada obligó a Carlos V, muy a su pesar, a nombrarle gobernador del Sacro Imperio Romano Germánico dándole el título preceptivo de Rey de Romanos. Desde entonces, bajo las órdenes de Carlos batalló sin descanso, obediente, para hacer realidad los sueños imperiales de su hermano. Por un lado los turcos, por otro los protestantes, y sin dinero, aguantó y coronó con éxito hasta la extenuación la búsqueda de la paz. Aquel lema, zu eine einigen christlichen Wahrheit zu vergleichen, referido al valor de la negociación por encima del enfrentamiento era suficientemente explicativo de la soterrada lucha de Fernando por convencer a los católicos de llegar a acuerdos concretos con los protestantes en aquella guerra religiosa que los había dividido funestamente. Para él mismo era muy difícil gobernar en países en los que el 70 por ciento eran protestantes mientras él y su Corte se mantenían en la más pura ortodoxia católica.

A pesar de que las relaciones con su sobrino Felipe II no fueron muy cordiales sí mantuvieron ambos la unidad dinástica de los Habsburgos. Con esa intención Fernando, al final de su existencia, ¿nostalgia alcalaína?, solicitó varias veces al Rey de España que permitiera a sus nietos una formación castellana. Está claro que no quería que ellos ya nacidos en diferentes ciudades austriacas o bohemias perdieran el contacto con España. Así, los hijos de Maximiliano II, Rodolfo y Matías, ambos Emperadores después, junto con su hermano Alberto, estudiaron varios años en nuestro país. Incluso, se tiene constancia documental que una rama bastarda de los Austrias, afincados en tierras de Andalucía, tuvo un representante, Maximiliano de Austria, nacido en Jaén, que con permiso de Felipe II, hizo sus estudios de Artes y Teología en las Universidades de Alcalá y Sigüenza. Llegaría a ser Arzobispo de Santiago de Compostela.

Fernando, después del paso fugaz de Carlos V por el Imperio, al sucederle en este Trono, mantuvo la dinastía de los Habsburgo en esas tierras y con ello la presencia de sangre española que mezcló con la húngara de los Jagellones. Aquella nueva «hemato-conjunción» dio lugar a la ocupación del trono del Sacro Imperio Romano Germánico hasta 1740.

No es frecuente que en las Casas Reales de aquellos tiempos fueran tan prolíficos en engendrar vástagos: Fernando con Ana tuvo quince hijos y su primogénito Maximiliano II con su prima hermana María, hija de Carlos V, trece. Un contingente humano distribuido con gran inteligencia por el «patriarca» Fernando para gobernar o estar emparentados con reinos circundantes, Estados limítrofes, ducados y condados de Italia, Austria y Alemania.

Allá en Praga, en la catedral de San Vito, en una tan preciosa como impresionante sepultura de mármol blanco, obra de Alexander Colin, se encuentran enterrados el matrimonio: Fernando y Ana y su hijo primogénito Maximiliano. ¿No es evidente el concepto dinástico de la familia castellana-jagellón cuando años después de fallecer los tres, el Emperador Rodolfo II, nieto e hijo, quiso que reposaran juntos por toda la eternidad?

Su papel fue crucial para la estabilidad de Europa y para el futuro de España, inmersa como estaba en la lucha contra el protestantismo

ABC. 2003-03-10

  

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Sancho III el Mayor, Rey de Pamplona y de las Españas

 

Juan Miguel Arrieta fue alcalde de Pamplona
El Ayuntamiento de Fuenterrabía, gobernado por el PNV, con motivo del próximo milenario de la elevación al trono del Reino de Pamplona de Sancho Garcés III, llamado el Mayor, ha adoptado el insólito acuerdo de erigir un monumento al monarca navarro como «Rey del Estado Vasco». Tan descomunal despropósito no nace por generación espontánea o es obra de un irresponsable indocumentado, que también lo es, sino obedece a una calculada estrategia del nacionalismo vasco en su afán de confundir y apropiarse de la historia de Navarra, una vez más, para esgrimir unas raíces históricas de las que carece, tratando de justificar su pretendida existencia mediante la manipulación y falsificación de la historia al servicio de sus intereses de partido.
   El lehendakari Ibarreche, en su anticonstitucional propuesta de creación de un estado libre asociado, rechazada hasta por la Conferencia Episcopal, llega a afirmar sin pudor alguno que «el ámbito geográfico en el que se ha asentado el Pueblo Vasco a lo largo de su historia, ha sido conocido con diferentes denominaciones, Vasconia, Reino de Navarra, Euskalherria, País Vasco-Navarro, Euskadi o País Vasco». Para el lehendakari de la Comunidad Autónoma Vasca, Euskadi, el nacionalismo vasco y el Reino de Navarra, con más de mil años de historia y madre de diversos reinos forjadores de la unidad de España, como Castilla y Aragón, entre otros, son todo una misma cosa.
   La realidad histórica es sin embargo bien diferente. Sancho III el Mayor accede al trono del Reino de Pamplona -que pasaría a denominarse Reino de Navarra un siglo más tarde bajo el reinado de Sancho VI el Sabio- en el año 1004 tras la muerte de su padre García Sánchez II, conocido por El Trémulo. Tenía a la sazón unos doce o catorce años de edad y su abuelo Sancho Abarca cedió a Almanzor a una de sus hijas para que las incursiones de este fanático caudillo musulmán, el mayor azote que hasta entonces habían conocido los reinos cristianos de la Península, respetase su territorio.
   Almanzor contrajo matrimonio con esta princesa navarra, hija de Sancho Abarca, y fruto de esta unión nació Abd al-Rahman, al que en recuerdo de su abuelo se le denominó «Sanchuelo».
   La figura histórica de Sancho III el Mayor, así como su obra trascendental en la historia de España, es poco conocida para la inmensa mayoría de los navarros y de los españoles en general. Bien merece una breve semblanza el primer rey cristiano que frente al Califato de Córdoba aglutinó en torno a su persona a todos los reinos y condados existentes hasta convertirse en el rey cristiano más poderoso de la Península y centro político de la España medieval. Sus dominios y áreas de influencia de su reino llegaron a comprender a Navarra, Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, Castilla, Álava, Vizcaya, León y Astorga. Los Condados de Barcelona y de Gascuña le rindieron vasallaje, el primero para defenderse de los reyes moros de
   Tortosa y Zaragoza y el segundo por relaciones de parentesco ¬el Conde de Gascuña Sancho Guillermo era primo del monarca navarro-, con el que además le unía una gran amistad y una plena identificación con las profundas innovaciones que se estaban llevando a cabo en el vecino país. El rey navarro logró que su soberanía fuese reconocida al otro lado del Pirineo.
   Sin embargo, en ningún documento anterior a 1032, fecha de la muerte de Sancho Guillermo, se tituló el rey pamplonés Conde de Gascuña a pesar de su inclinación a la acumulación de títulos. De esta forma, la extensión de su reinado y su área de influencia llegó a comprender aproximadamente un tercio de la totalidad de la Península Ibérica, desde el Mediterráneo hasta las proximidades del Atlántico.
   Falleció en el año 1035 en viaje de regreso a Pamplona desde León a cuyo reino se trasladó en los años 1033/1034. Tras tomar posesión del mismo usó el título de Emperador, acuñando moneda en Nájera con el título de Imperator. Se ignora el lugar y las circunstancias de su muerte aun cuando se afirma por los historiadores que fue natural, creyéndose que el fallecimiento se produjo en la región de La Bureba, territorio burgalés bajo la soberanía del reino de Pamplona, y de aquí su enterramiento en el Monasterio de San Salvador de Oña, donde reposan sus restos junto a los de su esposa y Reina, Doña Munia, también llamada Doña Mayor, hija del conde de Castilla.
   A su fallecimiento dividió el reino entre sus hijos: al primogénito García le dejó Navarra; a Fernando, Castilla con el título de Rey; a Ramiro, su hijo bastardo, Aragón con el título de Rey; y a Gonzalo, igualmente con título de Rey, Sobrarbe y Ribagorza. Nunca pudo imaginar el monarca navarro que los dos reinos que creaba, Castilla y Aragón, iban con el paso de los siglos a reducir el suyo a los límites actuales. Es muy posible que de no haberse producido la división de su reino entre sus hijos la Historia de España habría sido diferente.
   Sancho III el Mayor se adelantó en quinientos años a la concepción de la unidad hispánica de los Reyes Católicos. En el acta de traslación del cuerpo de San Millán fechada el 14 de mayo de 1030 - según recuerda el historiador Vaca de Osma- se dice: «reinando en Nájera, en Castilla y en León el rey de las Españas». Fue gran protector del Monasterio de Leyre ¬donde deberían reposar sus restos junto a otros reyes navarros¬ y restaurador de la Catedral de Pamplona, en cuyo Decreto de restauración se refiere a «nuestra patria España». Bajo su reinado los monjes de San Salvador de Leyre fueron quienes fundaron otro monasterio en las cercanías de Hernani para evangelizar las tierras guipuzcoanas, poniendo el nuevo monasterio bajo la advocación de San Sebastián, dando nombre con ello a la actual capital de Guipúzcoa.
   Cuatro siglos después de su muerte, hacia 1454, Don Carlos, Príncipe de Viana ¬cuyo título ostenta en la actualidad el Príncipe de Asturias como heredero de la Corona de España¬ descendiente a su vez de Sancho III el Mayor, rememora su figura histórica y la grandeza de su obra hispánica ensu Crónica del Príncipe de Viana. Nos cuenta, entre otros muchos pasajes históricos, como , «el quoal rey don Sancho el Mayor e emperador de España en su elevatión juró los fueros e amejoró e hordenó», «e fizo el camino de Santiago, el quoal por miedo de los alarabes, passaba por Alaba e por Asturias, e fízole passar por Nágera, por Birbisca e por Mayonan; e tornando al rey Don Sancho, no solamente seynoreó Navarra, Castilla e Aragón, más sennoreó el ducado de Cantabria, e todas las tierras de su agüelo el rey don Sancho Abarqua; e por proheza et virtud Gascunna se sozmetió a su imperio, e sojuzgó al conde de Sobrarbe e fue su vasallo reconociéndole por sennor, e por la inmensidat de tierras que posseya e senoriaba, fízose intitular emperador».
   Navarra y España se encuentran en deuda con la figura histórica de Sancho III el Mayor, de cuyo tronco descienden todos los reyes españoles. El próximo milenario de su entronización como Rey de Pamplona, en el año 2004, debe ser ocasión para rendirle el homenaje que su dimensión histórica merece. Tengo razones fundadas para creer que llegado el momento de conmemorar este acontecimiento histórico, tanto el Ayuntamiento de Pamplona como el Gobierno Foral de Navarra honrarán su memoria al más alto nivel y de la forma más solemne e institucional.

ABC. XI. I. MMIII. ESP.

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P: ¿Coincide con la tesis que apuntan que la identidad española surge con la creación del Estado-Nación imperial de la Edad Moderna, y que queda diluida en la era del nacionalismo posterior a Napoleón, con la impotencia o culpabilidad de los gobiernos liberales?

 

R: No, creo que la identidad española es indiscutible ya en el siglo IV –quizá incluso antes– y su relativización es fruto de la labor conjunta de los movimientos nacionalistas, anarquista y socialista. 2003. Dr. historiador afamado don CESAR VIDAL. 2003-04-19

 

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MOMIAS EN ESPAÑA DE 3.500 AÑOS.

 

Redacción - Madrid.-
Las momias desenterradas el pasado mes de noviembre en el yacimiento granadino de Castellón Alto proporcionarán un caudal de información sobre la Edad del Bronce en la Península ibérica. Lo afirmó ayer Fernando Molina, el coordinador del equipo científico encargado de estudiar los restos momificados hallados en una de las 130 tumbas del antiguo poblado.
   Los cuerpos momificados por la deshidratación pertenecen a un varón de algo menos de 30 años y a un niño, que vivieron hace 3.500 años en el seno de la Cultura de El Argar, extendida por el sureste de nuestro país. Según los investigadores, se trata de las segundas momias más antiguas encontradas en Europa.
   El adulto tenía pelo largo y su sepultura contenía piezas de madera indicativas de un alto desarrollo de la carpintería y prendas de lana tejida. Tanto éste como el niño aportarán datos valiosos sobre la salud, alimentación y comportamiento de estas poblaciones. Los arqueólogos grandinos no descartan nuevos descubrimientos, a medida que se abran las tumbas restantes de este yacimiento descubierto en 1980. . ‘ABC. 01.21.2003

 

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Las cartas secretas de Felipe II ven la luz

 

POR TRINIDAD DE LEÓN-SOTELO

Rafael Vargas Hidalgo dio cuenta a ABC a mediados de los noventa de su descubrimiento, en un archivo romano, de la correspondencia entre Felipe II y Andrea y Juan Andrea Doria. Hoy aquel epistolario se ha transformado en un interesante y documentado volumen que ilustra sobre el modo de ser del Monarca y los importantes acontecimientos de su época

MADRID. «Don Phelipe Segundo por la gracia de Dios rey de las Españas, de Aragón, de León, de las dos Sicilias, de Herusalem, etc...» Así comienzan las cartas que Andrea Doria y Juan Andrea Doria escribían al Monarca español desde Italia. Las que le llegaban y las que él respondía están fechadas entre los años 1556 y 1598.

Rafael Vargas Hidalgo las encontró mediada la década de los noventa en el palacio Doria Pamphili, en Roma. Entre unas cosas y otras -se dijo que la correspondencia sería publicada por la Sociedad Estatal para el Centenario de Felipe II, en 1998-, el epistolario no ha sido publicado hasta ahora. Con el antetítulo «Guerra y diplomacia en el Mediterráneo» y el sugestivo título de «Correspondencia inédita de Felipe II con Andrea Doria y Juan Andrea Doria» (Polifemo), Vargas-Hidalgo ve por fin en letra impresa un trabajo de investigación que le ha llevado 14 años.

De su hallazgo dio cuenta a ABC. Eran días en los que él relataba que en el archivo en el que tuvo las cartas en sus manos sucedió algo curioso: «Cuando desaté la cinta de seda que las unía -algo que permitiría afirmar que nadie las había tocado hasta entonces-, se deshizo en polvo. Al estar tan apretadas unas con otras se debe el buen estado de conservación».

Las epístolas estaban en ocho archivadores del archivo privado del palacio romano de los Doria Pamphili , donde llegaron en el siglo XVIII cuando la familia dejó Génova, su ciudad de origen.

Diccionario Biográfico y Geográfico

El estudioso Vargas-Hidalgo puede estar satisfecho de su tarea, porque el volumen que aparece no contiene sólo la correspondencia citada. Son dignos de especial atención los apéndices con los que ha enriquecido su hallazgo. Una introducción detallada, una orientación cronológica, que permite entender mejor la información que aportan las cartas amén de un Diccionario Biográfico y Geográfico y Glosario de Términos que no sólo facilitan la lectura del epistolario, sino de otros documentos del XVI, relacionados con la historia española, italiana y otomana. Para el diccionario citado se ha empleado documentación inédita de fuentes diversas.

Según el editor, Ramón Alba, «el libro no cambia las líneas fundamentales de la Historia, pero sí enriquece de modo esencial las perspectivas del día a día». Al margen de los importantes asuntos que se ventilan en las cartas, Alba considera que era el despacho del Rey en El Escorial, el lugar desde el que se gobernaba el mundo. «El Rey no sólo trataba los grandes problemas, sino que daba instrucciones incluso para contratar y por cuánto a un maestro de galeras», dice admirado.

En lo que se refiere a Vargas-Hidalgo, no hay duda de que el trato con el Monarca durante años le ha permitido apasionarse con su figura: «Lo admiro y le profeso afecto, porque a través de las cartas se le conoce. No era un ser lleno de orgullo como muchos podrán pensar, sino que poseía un gran sentido de la humildad. En sus cartas se advierte que está convencido de que él no es inmune a las debilidades y flaquezas de los seres humanos». Y añade: «Prueba de ello es que le escribe a los Doria para conocer sus opiniones acerca de las decisiones que él ha de tomar como señor de un imperio. Queda claro que siempre se interesa por la justicia». Ha trabajado intensamente, pero ahora piensa que su tarea «abre un ancho campo de posibilidades a otros estudiosos».

Y es que las páginas del volumen reúnen documentos de primera magnitud que llevan a conocer con detalle tanto las guerras como las acciones diplomáticas emprendidas por el Rey español en el Mediterráneo. Así, por ejemplo, puede accederse a las órdenes y a las peticiones de consejo que el Monarca mandaba a sus Capitanes Generales de la Mar, Andrea y Juan Andrea Doria todos los meses. A veces llegaba a enviar cuatro cartas mensuales, tanto era su deseo de compartir los avatares del gobierno.

De cómo trabajaba el Rey

La correspondencia arroja nueva luz sobre la diplomacia filipina y hay datos muy valiosos sobre el sistema administrativo del Imperio así como de la forma de trabajar de Felipe II. Las cartas fueron y vinieron durante los cuarenta y dos años que duró su reinado, aunque hay algunas de cuando sólo era Príncipe.

Las acciones más destacadas de la política internacional en el Mare Nostrum y lo relativo al Imperio Otomano y a los reinos o enclaves en el norte de África, amén de lo relativo a la Inquisición y a los conflictos con Francia están, también, presentes en la correspondencia. No faltan acontecimientos como la batalla de San Quintín. la de Lepanto, la inesperada derrota de la Armada Invencible, la conquista de Portugal, la muerte del Príncipe Carlos, la construcción del monasterio de El Escorial...un sinfín de hechos que han marcado la Historia de España y del mundo y, por supuesto, la de un Rey sobre el que se tejió una terrible leyenda negra.

Como dato curioso cabe decir que aunque las cartas están escritas por los escribientes de la Corte, llevan apostillas de puño y letra del Monarca. Algunas, que contienen secretos de Estado, están escritas en clave. Algunas fueron descifradas por sus destinatarios y otras contienen un código para lograrlo.

El caso es que la publicación de la correspondencia entre Felipe II y los Doria, padre e hijo, más las páginas que aporta Rafael Vargas-Hidalgo, para su mejor entendimiento, supone una muy valiosa contribución a la Historia del Mediterráneo y de España en la edad moderna. Sus textos permitirán hacer nuevas reflexiones sobre una etapa crucial.

2003 ABC. 02.II.2003-ESP.

 

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El Alcázar de Sevilla recorre en una exposición

el esplendor de la fiesta y el teatro del XVIII

 

La SEACEX reúne 241 piezas para ilustrar el poliédrico mundo del espectáculo del Siglo de Oro

 

El Real Alcázar de Sevilla muestra, hasta el 22 de junio, el desarrollo de la fiesta y el teatro barroco a través de la exposición «Teatro y fiesta del Siglo de Oro en tierras europeas de los Austrias», que ha organizado la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior. Comisariada por José María Díez Borque, la muestra, en la que han participado con importantes préstamos más de 80 instituciones y en la que se ha invertido 18.000 euros para restaurar 18 piezas, viajará posteriormente al Castillo Real de Varsovia, lugar donde se desarrolla «La vida es sueño», obra señera de Calderón.

 

Marta Borcha - Madrid.-
La fiesta cortesana, la popular y la sacramental junto al teatro vivieron su esplendor en el siglo XVII. La Europa de los Austrias desarrolló un poliédrico panorama artístico de festejos y celebraciones teatrales en un siglo que también vivió la crisis desde la espectacularidad barroca de contrastes y contradicciones. Reflejo de aquella época son las más de 200 piezas, entre dibujos, esculturas, manuscritos, grabados, planos, armaduras, marionetas, instrumentos musicales y hasta una máquina de vientos, con las que la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior ha querido ilustrar ese rico y plural mundo en la exposición que acoge el Real Alcázar de Sevilla: «Teatro y fiesta del Siglo de Oro en tierras europeas de los Austrias». Un marco ideal para esta muestra, según su comisario, José María Díez Borque, ya que en «la Sevilla barroca la fiesta tuvo un protagonismo especial».

Formas artísticas comunes

En el siglo XVII «hubo una auténtica comunidad cultural europea y se desarrollaron formas artísticas comunes», explica el comisario. Sin embargo, aunque el teatro y la fiesta tuvieron estrechas vinculaciones, apunta, «el teatro adquirió su madurez e independencia como espectáculo». Por ello, el itinerario de la exposición se presenta en dos apartados: la fiesta y el teatro. El recorrido se inicia con la fiesta cortesana, utilizada como propaganda por el poder, con imágenes de los monarcas y de los espacios urbanos, que según el comisario «conocieron un espacio inusitado en la Europa de los Austrias en el arte efímero». En este apartado se plantean los escenarios y componentes esenciales de la fiesta como las arquitecturas y decorados efímeros, con arcos, pirámides, altares, obeliscos así como el cortejo-procesión, los carros triunfales o las diversiones de la época como los toros y torneo. Enlazamos así con la fiesta popular, donde el carnaval se manifiesta como su expresión máxima junto a la mascarada. La poesía celebrativa destaca también en este espacio, donde se exhiben varios libros. Se trata de una poesía «con un desbordante ingenio en la asociación de verso e imagen que nos lleva al terreno del caligrama en su variedad de formas y procedimientos», añade Díez Borque.
   Los versos y autos de Calderón de la Barca y sus puestas en escena ilustran la fiesta sacramental. Los autos sacramentales fueron, según el comisario, «una de las mayores aportaciones de la cultura española a la cultura universal. Constituyen el mejor teatro alegórico de la Europa del XVII».
   La sección dedicada al teatro, situada en la planta superior del Real Alcázar, a la que se accede por una escalera en la que se exhiben varias maquetas que recrean los espacios teatrales de la época, muestra los retratos de los grandes dramaturgos, como Lope de Vega, Calderón o Tirso de Molina, que vienen acompañados por varias joyas literarias: dos manuscritos autógrafos de Lope de Vega, «La mayor virtud del rey» y «Amor con vista»; uno de Tirso de Molina, «La Santa Juana», y otro de Calderón, «El secreto a voces». A continuación se presentan los distintos componentes que constituyen el espectáculo: los espacios y formas de representación del teatro cortesano y popular, destacando tanto la arquitectura teatral como los decorados, los aparatos escénicos, instrumentos musicales, marionetas, máquinas de viento, trajes o elementos de atrezzo.

LA RAZÓN. 2003-04-24 – ESP.

 

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¿Por qué fracasó la Armada invencible? 1

 

A finales de mayo de 1588, una impresionante flota abandonaba el Tajo con rumbo a Inglaterra. Su finalidad era invadir el reino gobernado por Isabel Tudor y, tras derrocar a la hija de Enrique VIII, reimplantar el catolicismo. En apariencia, la empresa no podía fracasar pero al cabo de unos meses se convirtió en un sonoro desastre.

 

PRIMERA PARTE

Las causas fueron identificadas por Felipe II con “los elementos” adversos mientras que los ingleses las atribuyeron a su flota supuestamente dotada de una mayor pericia que la ostentada por la española. Tampoco han faltado los que han buscado un elemento sobrenatural que ha ido de la acción de las brujas inglesas a la intervención directa de Dios castigando la posible soberbia española o protegiendo la Reforma. Sin embargo, por encima de consideraciones trascendentes, ¿por qué fracasó la Armada invencible?

A finales de mayo de 1588, una armada española de impresionantes dimensiones descendía por el Tajo. Dos días fueron necesarios para que la flota —que contaba con más de 130 navíos entre los que se hallaban sesenta y cinco galeones— se agrupara en alta mar. El propósito de aquella extraordinaria agrupación que llevaba a bordo treinta mil hombres era atravesar el canal de la Mancha y reunirse en la costa de Flandes con un ejército mandado por el duque de Parma. Una vez realizada la conjunción de ambos ejércitos, la flota se dirigiría hacia el estuario del Támesis con la intención de realizar un desembarco y marchar hacia Londres. De esa manera, las tropas españolas procederían a derrocar a la reina Isabel I Tudor para, acto seguido, reinstaurar el catolicismo. No sólo se asestaría un golpe enorme al protestantismo sino que además Felipe II vería favorecida su situación en los Países Bajos donde una guerra que, aparentemente, iba a durar poco estaba drenando peligrosamente los recursos españoles.

Para el verano de 1588, Inglaterra y España llevaban en un estado de guerra no declarada casi cuatro años. En 1584, precisamente, el duque de Parma, al servicio de Felipe II, había asestado un terrible golpe a los rebeldes holandeses al conseguir que unos agentes a su servicio asesinaran al príncipe de Orange. Por un breve tiempo, pareció que la causa de los flamencos estaba perdida y que el protestantismo podría ser extirpado de los Países Bajos. Sin embargo, justo en esos momentos, Isabel de Inglaterra decidió ayudar a los holandeses con tropas y dinero. La acción de Isabel implicó un notable sacrificio en la medida en que sus recursos eran muy escasos pero a la soberana no se le escapaba que un triunfo católico en Flandes significaría su práctico aislamiento, aislamiento aún más angustioso dada la pena de excomunión que contra ella había fulminado el papa al fracasar los intentos de casarla con un príncipe francés o con el propio Felipe II trayendo así a Inglaterra nuevamente a la obediencia al papa. La ayuda inglesa —a pesar de sus deficiencias— resultó providencial para los flamencos y a este motivo de encono se sumó que en 1587 Isabel ordenara ejecutar a María Estuardo, reina escocesa de la que pendía la posibilidad de una restauración del catolicismo en Inglaterra y sobre la que giraba una conjura católica que pretendía asesinar a la soberana inglesa. A todo lo anterior, se sumaban las acciones de los corsarios ingleses —especialmente Francis Drake—, que en 1586 lograron que no llegara a España ni una sola pieza de plata de las minas de México o Perú precisamente en una época en que las finanzas de Felipe II necesitaban desesperadamente los metales de las Indias.

La posibilidad de que la invasión tuviera éxito no se le escapaba a nadie. De hecho, el papa Sixto V ofreció a Felipe II la suma de un millón de ducados de oro como ayuda para la expedición y, por otra parte, resultaba obvio que el poder inglés era muy menguado si se comparaba con el español. A la sazón, las nunca bien establecidas finanzas de Inglaterra pasaban uno de sus peores momentos y, de hecho, aunque las noticias de la expedición española no tardaron en llegar, no se tomaron medidas frente a ella fundamentalmente porque no había fondos. Por si fuera poco, en los cinco años anteriores no se había gastado ni un penique en mejorar las defensas costeras. Sin embargo, la realidad no era tan sencilla y, desde luego, no se le ocultaba ni a Felipe II ni a sus principales mandos.

Hacia finales de junio, unas cuatro semanas después de que la Armada hubiera dejado el Tajo, el duque de Medina Sidonia, que estaba al mando de la expedición y que acababa de sufrir la primera de las tormentas con que se enfrentaría en los siguientes meses, viéndose obligado a buscar refugio en La Coruña, escribió a Felipe II señalándole que muy pocos de los embarcados tenían el conocimiento o la capacidad suficientes para llevar a cabo los deberes que se les habían encomendado. En su opinión, ni siquiera cuando el duque de Parma se sumara a sus hombres tendrían posibilidades de consumar la empresa. Semejante punto de vista era el que había sostenido el mismo duque de Parma desde hacía varios meses. En marzo, por ejemplo, había comunicado a Felipe II que no podría reunir los 30.000 hombres que le pedía el rey y que incluso si así fuera se quedaría con escasas fuerzas para atender la guerra de Flandes. Dos semanas más tarde, Parma volvió a escribir al rey para indicarle que la empresa se llevaría a cabo ahora con mayor dificultad. No sólo eso. En las primeras semanas de 1588, el duque de Parma había propuesto entablar negociaciones de paz con Isabel I, una posibilidad que la reina había acogido con entusiasmo dados los gastos que la guerra significaba para su reino y que hubiera podido acabar en una solución del conflicto entre ambos permitiendo a Felipe II ahogar la revuelta flamenca. Sin embargo, el monarca español no estaba dispuesto a dejarse desanimar —como no se había desanimado cuando en febrero de 1588 murió el marqués de Santa Cruz, jefe de la expedición, y hubo que sustituirlo deprisa y corriendo por el duque de Medina Sidonia— ni por el pesimismo de sus mandos ni tampoco por las noticias sobre el agua corrompida, la carne podrida y la extensión de la enfermedad entre las tropas. Ni siquiera cuando el embajador ante la Santa Sede le informó de que el papa “amaba el dinero” y no pensaba entregar un solo céntimo antes de que las tropas desembarcaran en Inglaterra, dudó de que la expedición debía continuar su camino. A fin de cuentas, el cardenal Allen había asegurado a España que los católicos ingleses —a los que Isabel, deseosa de reinar sobre todos los ciudadanos y evitar un conflicto religioso como el que Felipe II padecía en Flandes, había concedido una amplia libertad religiosa inexistente para los disidentes en el mundo católico— se sublevarían como un solo hombre para ayudar a derrocar a la reina. Así, en contra de los deseos de Medina Sidonia, Felipe II ordenó que la flota prosiguiera su camino.

El 22 de julio, la armada española se encontró con otra tormenta, esta vez en el golfo de Vizcaya. El 27, la formación comenzó a descomponerse por acción del mar y al amanecer del 28, se habían perdido cuarenta navíos. Durante veinticuatro horas no se tuvo noticia de ellos pero, finalmente, uno consiguió llegar al lugar donde se encontraba el grueso de la flota para indicar dónde se hallaban los restantes barcos. Por desgracia para Medina Sidonia, ese grupo de embarcaciones fue avistado por Thomas Fleming, el capitán del barco inglés Golden Hind, que inmediatamente se dirigió a Plymouth para dar la voz de alarma. Allí llegaría el viernes 29 de julio encontrándose con Francis Drake que, a la sazón, jugaba a los bolos. La leyenda contaría que Drake habría dicho que había tiempo para acabar la partida y luego batir a los españoles. No es seguro pero de lo que cabe poca duda es de que para la flota española fue una desgracia el que la descubrieran tan pronto. Mientras las naves de Medina Sidonia bordeaban la costa de Cornualles, pasaban Falmouth y se encaminaban hacia Fowey, los faros ingleses daban la voz de alarma.

 

 

¿Por qué fracasó la Armada invencible? 2

 

Por César Vidal

 

A finales de julio de 1588 mientras las naves de Medina Sidonia bordeaban la costa de Cornualles, pasaban Falmouth y se encaminaban hacia Fowey, los faros ingleses daban la voz de alarma. Para la flota inglesa, la llegada de los españoles significó una desagradable sorpresa.

 

Habían especulado con la idea de atacar la Armada mientras se hallaba fondeada en La Coruña —una idea defendida por el propio Drake— y ahora los navíos de Medina Sidonia estaban a la vista de la costa cuando distaban mucho de poder considerarse acabados los preparativos de defensa. Ahora, lo quisieran o no, los navíos ingleses no tenían otro remedio que enfrentarse con los españoles e intentar abortar el desembarco. El domingo 31 de julio, hacia las nueve de la mañana, mientras la Armada avanzaba por el canal de la Mancha en formación de combate, un barco inglés llamado Disdain navegó hasta su altura y realizó un único disparo. En el lenguaje de la época aquel gesto equivalía al lanzamiento de un guante previo al inicio del combate. Aquel día, la flota española —la vencedora de Lepanto— iba a descubrir que en tan sólo unos años su táctica se había quedado atrasada.

La Armada española se desplazaba en forma de V invertida. Ese tipo de formación no sólo permitía enfrentarse con ataques lanzados desde ambos flancos sino que además, situando los galeones en las alas, facilitaba entablar combate con las naves enemigas que, finalmente, eran abordadas por los infantes españoles, a la sazón los mejores de Europa. Esa forma de combate naval había dado magníficos resultados en el pasado y de manera muy especial en Lepanto, pero durante los años siguientes los españoles no habían reparado en los avances de la guerra naval. Sus cañones tenían un calibre inferior al de los ingleses, sus proyectiles eran de peor calidad, sus naves —aunque impresionantes— eran más lentas en la maniobra y, sobre todo, su formación implicaba un tipo de maniobra que, en realidad, repetía en el mar la disposición de las fuerzas de tierra. Para sorpresa suya, los barcos ingleses se acercaban en una formación nunca vista, es decir, en una sola fila, lo que llevó a pensar que debía existir otra fila que podía aparecer en cualquier momento. Para colmo, a diferencia de los turcos de Lepanto, los ingleses no se acercaban hasta los barcos enemigos buscando el combate casco contra casco sino que disparaban y, a continuación, se retiraban evitando precisamente que se produjera el abordaje. El enfrentamiento resultó desconcertante pero no puede decir que fuera adverso para los españoles. De hecho, cuando concluyó, la Armada estaba intacta y prácticamente no había recibido ningún daño de importancia. Al final de la jornada, dos navíos españoles se verían fuera de combate pero la razón fue una colisión entre ellos.

Al amanecer del día siguiente, la flota española había llegado hasta Berry Head, el extremo suroriental de la bahía de Tor. A esas alturas, Lord Howard, el almirante inglés, contaba con refuerzos considerables y hubiera podido atacar a la Armada pero sir Francis Drake, al que se había conferido el honor de llevar la luz que indicaba a los otros barcos la ruta que debían seguir, se lo impidió. Drake, corsario más que otra cosa, había previsto la posibilidad de capturar una presa y se había apartado de la flota inglesa sin encender una luz que habría puesto sobre aviso a su potencial captura. El resultado fue que el resto de la flota se mantuvo inmóvil y tan sólo el buque insignia de Lord Howard y un par de barcos más persiguieron a los españoles. Drake, efectivamente, capturó el barco español pero la flota inglesa no se reagrupó antes del mediodía y ni siquiera entonces llegó a hacerlo correctamente. Esa circunstancia fue captada por la flota española y Medina Sidonia decidió junto con la mayoría de sus mandos aprovecharla para asestar un golpe de consideración a los ingleses. Para llevar a cabo el ataque, resultaba esencial la participación de las galeazas que estaban al mando de Hugo de Moncada, el hijo del virrey de Cataluña. Sin embargo, Moncada no estaba dispuesto a colaborar. Tan sólo unas horas antes, Medina Sidonia le había negado permiso para atacar a unos barcos ingleses y ahora Moncada decidió que respondería a lo que consideraba una ofensa con la pasividad. Ni siquiera el ofrecimiento de Medina Sidonia de entregarle una posesión que le produciría 3.000 ducados al año le hizo cambiar de opinión. Se trató, no puede dudarse, de un acto de desobediencia deliberada y de no haber muerto Moncada unos días después seguramente hubiera sido juzgado pero, en cualquier caso, el mal ya estaba hecho. Cuando, finalmente, se produjo la batalla, los ingleses se habían recuperado.

Poco después del amanecer del 2 de agosto de 1588, Lord Howard dirigió su flota hacia la costa de Pórtland Bill en un intento de desbordar el flanco español que daba sobre tierra, pero Medina Sidonia lo captó impidiéndolo. Durante las doce horas que duró la lucha, los españoles hicieron esfuerzos denodados por abordar a los barcos enemigos y en alguna ocasión estuvieron a punto de conseguirlo. No lo lograron pero tampoco pudo la flota inglesa, a pesar de los intentos de Drake, causar daños a la española. Cuando concluyó la batalla, la Armada se reagrupaba con relativa facilidad, no había perdido un solo barco y continuaba su rumbo para encontrarse con el duque de Parma y, ulteriormente, desembarcar en Inglaterra. A decir verdad, esta última parte de la operación era la que seguía mostrándose angustiosamente insegura. La noche antes de la batalla de Pórtland Bill, el duque de Medina Sidonia había despachado otro mensajero hasta el duque de Parma y para cuando se produjo el combate ya eran dos los correos españoles que se habían entrevistado con él. Las noticias no eran, desde luego, alentadoras porque el duque de Parma no tenía a su disposición ni las embarcaciones ni las tropas necesarias.

Sin embargo, los ingleses carecían de esta información y para colmo de males al hecho de no haber causado daño alguno a la Armada se sumaba el agotamiento de sus reservas de pólvora y proyectiles y el pesimismo acerca de la táctica utilizada hasta entonces. Mientras sus navíos se rearmaban, Lord Howard convocó un consejo de guerra para decidir la manera en que proseguiría la lucha contra la Armada. Finalmente, se decidió dividir las fuerzas inglesas en cuatro escuadrones —mandados por Lord Howard, Drake, Hawkins y Frobisher— que atacarían a las fuerzas españolas para romper su formación y así impedir su avance hacia el este. La nueva batalla duró cinco horas —desde el amanecer hasta las diez de la mañana— y los ataques ingleses tuvieron el efecto de empujar a la flota española con un rumbo norte-este —un hecho que muchos han interpretado como una hábil maniobra, ya que hubiera significado empujar a la flota enemiga contra una de las zonas más peligrosas de la costa— pero Medina Sidonia captó rápidamente el peligro y evitó el desastre. Ciertamente, la Armada no había sufrido daños pero se vio desplazada al este del punto donde Medina Sidonia deseaba esperar noticias del duque de Parma y, finalmente, el mando español decidió seguir hacia el este hasta encontrarlo. Ya eran cinco los días que ambas flotas llevaban combatiendo y con sólo un par de barcos españoles fuera de combate y ninguno hundido, la moral de los ingleses estaba comenzando a desmoronarse.

Medina Sidonia se dirigió entonces hacia Calais con la idea de encontrarse posteriormente con el duque de Parma a siete leguas, en Dunkerque y desde allí atacar Inglaterra. Sin embargo, Medina Sidonia seguía abrigando dudas y volvió a enviar un mensajero al duque de Parma con la misión de informarle de que si no podía acudir con tropas, por lo menos enviara las lanchas de desembarco.

El descanso en Calais significó un verdadero respiro para la flota española. Francia, a pesar de ser una potencia católica, mantuvo en relación con la expedición de la Armada una actitud relativamente similar a la adoptada con ocasión de Lepanto. No obstante, en este caso la población tenía muy presente los siglos de lucha contra Inglaterra y simpatizaba con los españoles. El gobernador de Calais —antigua plaza inglesa en suelo francés— no tuvo ningún reparo en permitir que la flota española fondeara y se surtiera de lo necesario. El domingo 7 de agosto, llegó a Calais uno de los mensajeros enviados por Medina Sidonia al encuentro del duque de Parma. Las noticias no por malas resultaban inesperadas. El duque de Parma no estaba en Dunkerque, donde además brillaban por su ausencia los barcos, las municiones y las tropas esperadas. La situación era preocupante y Medina Sidonia decidió enviar en busca del anhelado duque a don Jorge Manrique, inspector general de la Armada.

Advertido por el sobrino del gobernador de Calais de que la Armada se hallaba anclada en una zona de corrientes peligrosas y de que sería conveniente que buscara un abrigo más adecuado, Medina Sidonia volvió a poner en movimiento la flota. La decisión la tomó precisamente cuando la flota inglesa, ya dotada de refuerzos y aprovisionamientos, llegaba a las cercanías de Calais con un plan especialmente concebido para dañar a la hasta entonces invulnerable Armada. Iba a dar comienzo la denominada batalla de Gravelinas, la más importante de toda la campaña. 31 enero 2003. – L.D. ESP.

 

 

¿Por qué fracasó la Armada invencible? 3

 

El domingo 7 de agosto de 1588 llegó a Calais uno de los mensajeros enviados por Medina Sidonia al encuentro del duque de Parma. Las noticias no por malas resultaban inesperadas. El duque de Parma no estaba en Dunkerque, donde además brillaban por su ausencia los barcos, las municiones y las tropas esperadas

 

La moral de las fuerzas españolas había comenzado a descender de tal manera que Medina Sidonia hizo correr el rumor de que las tropas del duque de Parma se reunirían con la Armada al día siguiente. Para colmo de males, en torno a la medianoche, se descubrió un grupo de ocho naves en llamas que se dirigían hacia la flota. No se trataba sino de las conocidas embarcaciones incendiarias que podían causar un tremendo daño a una flota y que los ingleses habían enviado contra la Armada. La reacción de Medina Sidonia fue rápida y tendría que haber bastado para contener las embarcaciones. Sin embargo, cuando la primera de las embarcaciones estalló al ser interceptada, los españoles pensaron que se debía a Federico Giambelli, un italiano especializado en este tipo de ingenios, y emprendieron la retirada. Lo cierto, no obstante, es que Giambelli ciertamente se había pasado a los ingleses pero no tenía nada que ver con aquel lance y, de hecho, se encontraba construyendo una defensa en el Támesis que se vino abajo con la primera subida del río. Para remate, un episodio que podría haber concluido con un éxito de la Armada tuvo fatales consecuencias para ésta. Ciertamente, ni uno de sus barcos resultó dañado pero la retirada la alejó del supuesto lugar de encuentro para no regresar nunca a él.

De hecho, para algunos historiadores a partir de ese momento la campaña cambió totalmente de signo. Posiblemente, este juicio es excesivo pero no cabe duda de que cuando amaneció, la Armada se hallaba en una delicada situación. Con la escuadra inglesa en su persecución y sin capacidad para maniobrar sin arriesgarse a encallar en las playas de Dunkerque, Medina Sidonia tan sólo podía intentar que el choque fuera lo menos dañino posible. Una vez más, el duque —que no contaba con experiencia como marino— dio muestras de una capacidad inesperada. No sólo hizo frente a los audaces ataques de Drake sino que además resistió con una tenacidad extraordinaria que permitió a la Armada reagruparse. Con todo, quizá su mayor logro consistió en evitar lanzarse al ataque de los ingleses descolocando así una formación que se hubiera convertido en una presa fácil. Aunque no le faltaron presiones de otros capitanes que insistían en que aquel comportamiento era una muestra de cobardía, Medina Sidonia lo mantuvo minimizando extraordinariamente las pérdidas españolas.

La denominada batalla de Gravelinas iba a ser la más importante de la campaña y, tal y como narrarían algunos de los españoles que participaron en ella, las luchas artilleras que se presenciaron en el curso de la misma superaron considerablemente el horror de Lepanto. Fue lógico que así sucediera porque, al fin y a la postre, Lepanto había sido la última gran batalla naval en la que sobre las aguas se había reproducido el conjunto de movimientos típicos del ejército de tierra. Lo que sucedió en Gravelinas el lunes 8 de agosto fue muy distinto. Mientras los ingleses hacían gala de una potencia artillera muy superior, incluso incomparable, los españoles evitaron la disgregación de la flota y combatieron con una dureza extraordinaria, el tipo de resistencia feroz que los había hecho terriblemente famosos en todo el mundo. Estas circunstancias explican que cuando concluyó la batalla, la Armada sólo hubiera perdido tres galeones, lo que elevaba sus pérdidas a seis navíos. Mayores fueron las pérdidas humanas alcanzando los seiscientos muertos, los ochocientos heridos y un número difícil de determinar de prisioneros. Los ingleses perdieron unos sesenta hombres y ningún barco. La fuerza de la Armada seguía en gran medida intacta pero sin municiones y sin pertrechos —como, por otro lado, les sucedía a los ingleses que no pudieron perseguirla— la posibilidad de continuar la campaña estaba gravemente comprometida.

Por si fuera poco, el martes 9 de agosto, la Armada tuvo que soportar una tormenta que la colocó en la situación más peligrosa desde que había zarpado de Lisboa, ya que la fue empujando hacia una zona situada al norte de Dunkerque conocida como los bancos de Zelanda. Mientras contemplaban cómo los barcos ingleses se retiraban, las naves españolas tuvieron que soportar impotentes un viento que las lanzaba contra la costa amenazándolas con el naufragio. La situación llegó a ser tan desesperada que Medina Sidonia y sus oficiales recibieron la absolución a la espera de que sus naves se estrellaran. Entonces sucedió el milagro. De manera inesperada, el viento viró hacia el suroeste y los barcos pudieron maniobrar alejándose de la costa. Posiblemente, el desastre no sucedió tan sólo por unos minutos.

Aquella misma tarde, Medina Sidonia celebró consejo de guerra con sus capitanes para decidir cuál debía ser el nuevo rumbo de la flota. Se llegó así al acuerdo de regresar al Canal de la Mancha si el tiempo lo permitía, pero si tal eventualidad se revelaba imposible, las naves pondrían rumbo a casa bordeando Escocia.

No se cruzaría ya un solo disparo entre las flotas española e inglesa y la expedición podía darse por fracasada pero en el resto de Europa la impresión de lo sucedido era bien distinta. En Francia, por ejemplo, se difundió el rumor de que los españoles habían dado una buena paliza a los ingleses en Gravelinas y los panfletos que ordenó imprimir el embajador de la reina Isabel en París desmintiendo esa versión de los hechos no sirvieron para causar una impresión contraria. El único que no pareció dispuesto a creer en la victoria española fue el papa, que se negó a desembolsar siquiera una porción simbólica del dinero que había prometido a Felipe II y que jamás le entregaría.

Durante las semanas siguientes, la situación de la Armada no haría sino empeorar. Apenas dejada atrás la flota inglesa, los españoles arrojaron al mar todos los caballos y mulas, ya que no disponían de agua, y Medina Sidonia ajustició a un capitán como ejemplo para las tripulaciones. Durante los cinco primeros días de travesía hacia el norte, la lluvia fue tan fuerte que era imposible ver los barcos cercanos. No era eso lo peor. El número de enfermos, que crecía cada día, superaba los tres mil hombres, el agua se corrompió en varios barcos y el frío dejó de manifiesto la falta de equipo. Para colmo, no tardó en quedar de manifiesto que buen número de las embarcaciones no estaban diseñadas para navegar por el mar del Norte. A 3 de septiembre, el número de barcos perdidos se elevaba ya a diecisiete y a mediados de mes la cifra podía alcanzar las dos decenas. Entonces se produjo un desastre sin precedentes.

Las instrucciones de Medina Sidonia habían sido las de navegar mar adentro para evitar no sólo nuevos enfrentamientos con la flota inglesa sino también la posibilidad de naufragios en las costas. De esa manera, se bordeó las islas Shetland, el norte de Escocia y a continuación Irlanda. Fue precisamente entonces cuando algo más de cuarenta naves se vieron arrojadas por el mal tiempo contra la costa occidental de Irlanda. De ellas se perdieron veintiséis a la vez que morían seis mil hombres. De manera un tanto ingenua habían esperado no pocos españoles que los católicos irlandeses se sublevarían contra los ingleses para ayudarlos o que, al menos, les brindarían apoyo. La realidad fue que los irlandeses realizaron, por su cuenta o por orden de los ingleses, escalofriantes matanzas de españoles. Hubo excepciones como la representada por el capitán Christopher Carlisle, yerno de sir Francis Walsingham, el secretario de la reina Isabel, que se portó con humanidad con los prisioneros, solicitó que se les tratara con humanidad y, finalmente, temiendo que fueran ejecutados, les proporcionó dinero y ropa enviándolos acto seguido a Escocia. También se produjeron fugas novelescas como la del capitán de Cuellar. Sin embargo, en términos generales, el destino de los españoles en Irlanda fue aciago muriendo allí seis séptimas partes de los que perdieron la vida en la campaña. No fue mejor en Escocia. Allí también esperaban recibir la ayuda y solidaridad del católico rey Jacobo. No recibieron ni un penique. Mientras tanto, más de la mitad de la flota llegaba a España. Era la hora de buscar las responsabilidades.

 

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¿Por qué fracasó la Armada invencible? y 4

 

El destino de los españoles en Irlanda fue aciago. Allí murieron seis séptimas partes de los que perdieron la vida en la campaña. No fue mejor en Escocia. También esperaban recibir la ayuda y solidaridad del católico rey Jacobo. No recibieron ni un penique. Mientras tanto, más de la mitad de la flota llegaba a España. Era la hora de buscar las responsabilidades.

 

En términos objetivos, el comportamiento de Isabel I y Felipe II con sus tropas fue bien diferente. Mientras que Isabel se desentendió de su suerte posterior a la batalla alegando dificultades financieras —una excusa tan sólo a medias convincente— el monarca español manifestó una enorme preocupación por los soldados. Sin embargo, no pocos de éstos se sintieron abrumados por la culpa. Miguel de Oquendo, que demostró un valor extraordinario durante la expedición, se negó a ver a sus familiares en San Sebastián, se volvió cara a la pared y murió de pena. Juan de Recalde, que aún tuvo un papel más destacado, falleció nada más llegar a puerto. Sin embargo, Felipe II no culpó a nadie —desde luego no a Medina Sidonia o al duque de Parma— y aunque mantuvo en prisión durante quince meses a Diego Flores de Valdés, asesor naval del jefe de la escuadra, finalmente lo puso en libertad sin cargos.

Fue en realidad la opinión pública la que estableció responsabilidades culpando del desastre al mal tiempo y a un Medina Sidonia inexperto e incluso cobarde. La tesis del mal tiempo pareció hallar una confirmación directa cuando en 1596 una nueva flota española partió hacia Irlanda para sublevar a los católicos contra Inglaterra y fue deshecha por la tempestad antes de salir de aguas españolas y, al año siguiente, otra escuadra que debía apoderarse de Falmouth y establecerse en Cornualles fue destrozada por el mal tiempo. La verdad, sin embargo, como hemos visto, es que el tiempo sólo tuvo una parte muy reducida en la incapacidad de la Armada para desembarcar en Inglaterra. Ciertamente, las condiciones climatológicas causaron un daño enorme a la flota pero ya cuando regresaba a España y bordeaba la costa occidental de Irlanda.

Menos culpa tuvo Medina Sidonia del desastre. A decir verdad, si algo llama la atención de su comportamiento no es la impericia sino lo dignamente que estuvo a la altura de las circunstancias. La misma batalla de Gravelinas podía haber resultado un verdadero desastre si hubiera perdido los nervios y cedido a las presiones de sus subordinados. Ciertamente era pesimista pero, si hemos de ser sinceros, hay que reconocer que no le faltaban razones.

Papel más importante que todos los aspectos citados anteriormente tuvo, sin duda, la inferioridad técnica de los españoles. Fiados en sus éxitos terrestres y en la jornada de Lepanto, se habían quedado atrás en lo que a empleo de artillería, disposición de fuerzas y formas de ataque se refiere. Lo realmente sorprendente no es que no ganaran batallas como la de Gravelinas sino que ésta no concluyera en un verdadero desastre. Dada su superioridad técnica —y también la de su servicio de inteligencia— lo extraño verdaderamente es que los ingleses no ocasionaran mayores daños a los españoles y tal hecho hay que atribuirlo a factores como la extraordinaria valentía de los combatientes de la Armada y a la competencia de Medina Sidonia.

Aunque el duque de Parma tuvo un papel mucho menos airoso en la campaña —y se apresuró a defenderse para no convertirse en el chivo expiatorio de la derrota— tampoco puede acusársele de ser el responsable del desastre. En repetidas ocasiones avisó a Felipe II de la imposibilidad de la empresa y, al fin y a la postre, no se le puede achacar que no lograra lo irrealizable. En realidad, las responsabilidades del fracaso de la campaña deben hallarse en lugares más elevados y más concretamente en el propio Felipe II. A diferencia de otras campañas de su reinado, la empresa contra Inglaterra no se sustentaba en intereses reales de España sino más bien en los de la religión católica tal y como él personalmente los entendía. En 1588, Isabel I estaba bien desengañada de su intervención en los Países Bajos y más que bien dispuesta a llegar a la paz con España. Semejante solución hubiera convenido a los intereses españoles e incluso hubiera liberado recursos para acabar con el foco rebelde en Flandes. Sin embargo, Felipe II consideraba que era más importante derrocar a Isabel I y así recuperar las islas británicas para el catolicismo. Con una Escocia gobernada por el católico Jacobo y una Inglaterra sometida de nuevo a Roma, sería cuestión de tiempo que el catolicismo volviera a imperar en Irlanda.

¿Cómo abandonar semejante plan a favor de los intereses de España? Vista la cuestión desde esa perspectiva, el papa Sixto V, en teoría al menos, tenía que ver con placer semejante empresa e incluso bendecirla. Aquí Felipe II cometió un nuevo y craso error. El denominado “pontífice de hierro” era considerablemente corrupto y avaricioso hasta el punto de no dudar en vender oficios eclesiásticos para conseguir fondos y, de hecho, su comportamiento era tan aborrecido que, años después, nada más conocerse la noticia de su muerte, el pueblo de Roma destrozó su estatua. Aunque prometió un millón de ducados de oro a Felipe II si emprendía la campaña contra Inglaterra, lo cierto es que no llegó a desembolsar una blanca.

Tampoco fue mejor la disposición del resto de los países católicos. Francia no quiso ayudar a España y lo mismo sucedió con Escocia e incluso con la población irlandesa. De esa manera, se repetía en versión aún más grave lo sucedido años atrás con Lepanto. España ponía nuevamente a disposición de la iglesia católica los hombres, el dinero y los recursos pero en esta ocasión ni siquiera recibió un apoyo real de la Santa Sede que, por añadidura, vio con agrado la derrota de un monarca como el español al que consideraba excesivamente peligroso.

Fue la convicción católica de Felipe II la que le hizo iniciar la empresa en contra de los intereses nacionales de España —algo muy distinto de lo sucedido en Lepanto— y también la que le impidió ver que, sin el apoyo de Parma, la misma era irrealizable. En todo momento —y así lo revela la correspondencia— pensó que cualquier tipo de deficiencia, por grave que fuera, sería suplida por la Providencia no teniendo en cuenta, como señalaría medio siglo después Oliver Cromwell, que en las batallas hay que “elevar oraciones al Señor y mantener seca la pólvora”. No faltaron voces entonces y después que clamaron en España contra esa manera de concebir la religión que ni siquiera compartía la Santa Sede. En los cuadernos de cortes de la época se halla el testimonio de quienes se preguntaban si el hecho de que Castilla se empobreciera haría buenas a naciones malas como Inglaterra o clamaban que “si los herejes se querían condenar, que se condenasen”.

El desastre de 1588 costó a España sesenta navíos, veinte mil hombres —incluyendo cinco de sus doce comandantes más veteranos— y junto con enormes gastos materiales, un notable daño en su prestigio en una época especialmente difícil. El principal responsable de semejante calamidad no fueron los elementos, ni la pericia militar inglesa, ni siquiera la incompetencia —falsa, por otra parte— de Medina Sidonia. Lo fue un monarca imbuido de un peculiar sentimiento religioso que, ausente en las demás potencias de la época sin excluir a la Santa Sede, acabaría provocando el colapso del imperio español.

02.19.2003. L.D. -  DR. CÉSAR VIDAL. ESP.

 

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España inteligible

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

 

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 7 de diciembre de 2000

Hace quince años, en 1985, publiqué un libro por el que siento cierta predilección: España inteligible. No es que sea mi "mejor" libro -esto no tendría demasiado sentido-, pero es acaso el que ha ayudado más a que los españoles se entiendan a sí mismos. Tiene un subtítulo: "Razón histórica de las Españas", porque desde 1500 España es inseparable de América y el resto del mundo hispánico.

Este libro se ha leído bastante: diez ediciones en español, traducciones al inglés y al japonés. No se ha hablado demasiado de él, lo que puede ser explicable. Lo que me sorprende es la escasez de comentarios a su título. Dije que el libro cumple lo que el título promete: inteligibilidad. Por lo visto, esta noción irrita; se prefiere la idea de que España es un país "anormal", conflictivo, irracional, enigmático, un conglomerado de elementos múltiples y que no se entienden bien.

Mostré que España es coherente, más razonable que otros países, en suma, inteligible si se lo mira desde su génesis, sus proyectos, su argumento histórico. Como se ha decretado lo contrario, hay una manifiesta resistencia a mirar la realidad y tomarla en serio. Lo inaceptable es el título, que va contra las ideas recibidas y aceptadas sin crítica, aunque la experiencia las desmienta. Todo antes que admitir que se entienda lo que ha acontecido, que se comprenda un proceso histórico excepcionalmente coherente si se lo mira con la razón histórica y no con la razón abstracta; es mucho pedir que se mire la historia con mirada histórica, humana. Se trata de un caso particular de la evidente resistencia a mirar como personal la realidad humana, aunque sea al precio de no entenderla, de suplantarla por las "cosas" o, en el caso más favorable, por lo biológico, lo meramente animal. Si se considera casi todo lo escrito sobre cuestiones humanas en los dos últimos siglos, asombra el deliberado olvido de los caracteres personales, irreductibles a ninguna otra forma de realidad: no hay ningún "eslabón" ambiguo, equívoco, en que sea dudosa la condición humana, identificada con lo personal. Hay que refugiarse en el pasado imaginario para alojar en él lo que no existe en la realidad actual.

Se repiten monótonamente todos los tópicos acumulados sobre España durante varios siglos. Casi nadie se atreve a considerar la realidad y la interpretación fundada en su examen. El reconocer que las cosas no son como se dice parece a muchos una "infidelidad". Habría que preguntar a qué. He insistido a veces en la "fragilidad" de la evidencia, que se descubre y entrevé un momento y se pierde pronto por la presión del hábito. La idea de que España pueda ser "normal", una realidad colectiva humana y por tanto inteligible parece una "herejía".

Lo verdaderamente innovador e interesante es que habría que dar un paso más en la misma dirección. No solo España ha sido y es inteligible, sino también otros pueblos a los que se les ha atribuido esa condición sin suficiente motivo y sobre todo sin atender adecuadamente a su realidad y a los métodos que reclama. Quiero decir que otros países son más inteligibles de lo que se piensa, porque tampoco se los mira con los instrumentos mentales necesarios. Habría que intentar una revisión histórica de los demás países; creo que se aumentaría considerablemente su nivel de inteligibilidad, de racionalidad.

¿Podría extenderse este criterio de todos los pueblos? No lo creo así. Los pueblos procedentes de una herencia histórica que es la nuestra y que incluye el mundo helénico y el romano han conservado la continuidad y la pretensión de inteligibilidad. Por eso sus historias presentan, a pesar de azares, errores, violencias y crisis, que pueden ser graves y duraderas, algo que se puede entender y narrar; dicho con otras palabras, han realizado una historia que es susceptible de ser narrada, aunque en etapas bien distintas.

En otros casos la continuidad ha sido mucho menor, la inestabilidad de las poblaciones, la complejidad étnica, la ausencia de proyectos coherentes, el carácter precario y vacilante de su expresión, hace sumamente difícil esa inteligibilidad, precaria, vacilante. Finalmente, hay y por supuesto ha habido durante siglos o milenios, pueblos que sólo han poseído y conservado el mínimo de inteligibilidad que pertenece a lo humano, que sólo se encuentra en forma residual, como el grado inferior de la condición personal.

Vemos, pues, que la inteligibilidad, lejos de ser un privilegio de la condición histórica española, es la condición de lo humano y personal. Pero las diferencias de grado, forma y contenido pueden ser enormes. Para que esto se vea es menester una intensidad que lo haga perceptible. Lo curioso es que esto resulte particularmente evidente cuando se examina la historia española, objeto preferente de la imputación de conflicto e irracionalidad.

Pero las consideraciones que acabo de hacer descubren las diversas formas, las articulaciones y los límites de la historia. Podemos distinguir entre grados de ese carácter de todo lo humano que es la historicidad. Esto permitiría algo que no se ha hecho y que es una tarea apasionante: una tipología profunda y radical de las formas históricas. He mencionado apresuradamente tres niveles bien distintos, tanto que son irreductibles. En rigor, sólo desde los niveles superiores se puede percibir la forzosa historicidad.

Se ve igualmente la imposibilidad de una "historia universal" si no se ha llegado al descubrimiento de la inteligibilidad plena de algunas formas históricas. Solamente desde las formas superiores de inteligibilidad puede lanzarse una mirada al resto, y hallar así la universalidad de esa condición, aun en su grado ínfimo.

Todavía se suscita otra cuestión, cuyo interés teórico es del mayor alcance: en qué medida está ligada la noción de historia universal a la posibilidad de su realización, en la medida de las posibilidades reales. El hecho de que los griegos, los romanos y los españoles, en diversas épocas, hayan sido realizadores y teóricos de lo que podemos llamar "versiones" distintas de la historia universal llevaría a barruntar esa conexión. En otros ciclos humanos, ni la realidad ni el pensamiento parecen vinculados a la noción de historia universal.

Baste pensar un momento en estas cuestiones para recordar la complejidad y el apasionante interés de la condición histórica del hombre. Resulta inquietante, y sugestivo, darse cuenta de lo que falta para que esta condición de la vida personal se haya puesto adecuadamente en claro.

(c) 2000 Prensa Española S.A.

 

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LAS LEYES SON COMO LAS TELAS DE ARAÑA. SÓLO ATRAPAN A LAS CRIATURAS DÉBILES. LOS FUERTES LAS ROMPEN. SOLÓN

 

EL QUE ESTÁ FRENTE A LOS OTROS CON LA AUTORIDAD, DEBE ESTAR AL FRENTE DE ELLO CON LAS VIRTUDES. SAN ISIDORO.

 

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Hacia la historia de España

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 6 de julio de 2000

 

Personalmente, he empezado por lo particular y concreto. Lo primero que he escrito sobre la realidad colectiva española ha consistido en dos largas series de artículos escritos en 1964 -conviene tener presente este hecho- publicadas en 1965 en dos libros: Nuestra Andalucía y Consideración de Cataluña. Ambos tuvieron varias ediciones de amplia difusión. Desde 1951 escribí mucho sobre Hispanoamérica, a lo largo de constantes viajes por el Nuevo Continente y las múltiples reflexiones que me sugirieron. Ese mismo año descubrí los Estados Unidos, y comenzaron mis residencias, largas y también muchas breves en ese país. A las varias ediciones de Hispanoamérica se añadieron dos libros más: Los Estados Unidos en escorzo (1956) y Análisis de los Estados Unidos (1968).

Todo esto había sido vivido y escrito desde mi condición de español, desde esa instalación, sobre la cual no recaía directamente la reflexión intelectual. La América hispanizada, resultado del injerto español que modificó lo americano sin que dejara de serlo. "Las Españas" antes que "España", que aparecía sólo como una de ellas. Por otra parte, algo tan diferente como los Estados Unidos, resultado del trasplante, en el Norte del Continente, de sociedades europeas para fundar otras también europeas en suelo americano, en este territorio. La realidad española de la que yo partía me permitió ver, admirar, comprender esta otra tan diferente.

Como se ve, la historia española como tal ha tardado mucho en convertirse en centro de atención. Primero en 1963, en el estudio de un capítulo particularmente dramático -y claro- de ella: La España posible en tiempo de Carlos III. Esto me llevó a completar reflexiones sobre figuras singulares, reveladoras (Los Españoles, 1960), algunas muy reveladoras del siglo XVIII (Feijoo, Jovellanos, Cadalso, Moratín). La necesidad de una visión total, argumental, en suma, histórica, se impuso tras este largo recorrido.

El resultado fue un libro relativamente breve -que se puede leer y retener-, acaso el que más me alegro de haber escrito: España inteligible. Lleva un subtítulo: Razón histórica de las Españas, porque desde 1500 son inexcusables e inseparables.

El título era "polémico" en el único sentido aceptable de esta palabra: el examen de "errores arraigados", como decía Feijoo, que se desvanecen mediante la consideración de la realidad. Se ha dicho repetidamente de España que es un país conflictivo, inestable, violento, invertebrado, incomprensible. Pensé que esto se debía a un error de perspectiva: a no ver cómo ha sido y es; a proyectar sobre él imágenes inadecuadas, trasladadas de otros países de distinto origen, formación, proyecto, argumento. España parecía "rara" y escasamente comprensible porque no se reparaba en su realidad. Un pez extraño porque no era un pez, sino un pájaro. Visto así, sorprendentemente inteligible.

El libro, creo, da lo que el título promete. Ha tenido diez ediciones en español (otra en inglés y otra en japonés), lo que me satisface. No ha sido muy comentado. Hay cierta resistencia a contar con él, a usarlo como instrumento de conocimiento, de aclaración de bastantes cosas. Esto, sin duda, ha disminuido su posible eficacia para que los que se ocupan de España -y ante todo los españoles- estén en claro sobre sí mismos y a salvo de las falsedades que los acechan.

Ante todo, la ignorancia, que es la peor de todas, porque hace posibles todas las demás. Un conocimiento mínimo de la realidad reduciría al ridículo el noventa por ciento de las cosas que se dicen y escriben. Se dirá que también se habían dicho otras igualmente risibles durante varios decenios; pero no tenían prestigio, sino lo contrario, y las que prevalecían en la estimación eran razonables y en conjunto verdaderas. Convendría repasar el ingente progreso del conocimiento de la historia en los últimos cuarenta años; respecto al siglo XVIII y los dos más cercanos, espectacular, obra de un grupo de historiadores españoles, secundados por algunos extranjeros, a los que ahora se intenta desprestigiar, en una exhibición penosa de un cúmulo de bajas pasiones, presididas por la envidia, amarilla, como decía Quevedo porque muerde y no come.

Se habla ahora de "nacionalismo español", algo inexistente. El nacionalismo es exclusivista, negativo, hostil, reductor; la visión que los españoles han tenido de su país ha sido usualmente lo contrario. Los grandes defensores y propagadores de la "leyenda negra", aceptada y aplicada con entusiasmo, desmontada dificultosamente por algunas mentes claras y veraces, ayudadas por extranjeros de análogas cualidades. Hay algo evidente: los nacionalismos dependen de una deformación de la realidad, de un empobrecimiento de ella. La atención se concentra sobre una porción de la realidad, más allá de la cual nada interesa, salvo para la comparación, exclusión y hostilidad. En su núcleo último, alteraciones patológicas de la atención y de la percepción.

Esas actitudes han sido el germen de la discordia en los dos últimos siglos, y las guerras más atroces y menos justificadas han tenido ese origen. Los nacionalismos han sido una enfermedad de algunas naciones, de la cual otras se han librado en alguna medida. Pero como se trata de una actitud anormal, de una alteración de la visión de lo real, pueden generalizarse. He citado con admiración la frase de Capmany en 1773, "Europa es una escuela general de civilización", la idea de Sempere y Guarinos de la conveniencia de omitir toda referencia regional a los escritores, para retener su condición común, el "patriotismo europeo" y del siglo que alentaba en las mejores mentes.

En nuestro tiempo se ha producido otro nacionalismo: el de lo que no son naciones ni lo han sido nunca -incluso porque en las épocas en que se las supone no las había-, sino otras formas de realidad social e histórica que podían ser tan importantes como la Hélade o el Imperio Romano o el Califato, pero que a los ojos de los "nacionalistas" eran inferiores.

Hoy Europa está en gran parte atomizada, enfrentada, envenenada, ensangrentada, en nombre de porciones de humanidad que son -que podrían ser- tan dignas y valiosas como las demás, si aceptasen eso que son y no pretendiesen ser, en una actitud patológica, que envuelve la no aceptación de su realidad, la suplantación por algo que por eso es intrínsecamente estéril.

Cada persona, cada individuo y cada grupo social, si quiere "ser" y no fingirse, tiene que descubrir y aceptar su verdadera condición y realizarla con la perfección posible. Y he escrito cada "persona" porque esta exigencia afecta a los individuos en sus dos versiones, recíprocas e inseparables: varón y mujer.

(c) 2000 Prensa Española S.A.

 

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P: ¿Coincide con la tesis que apuntan que la identidad española surge con la creación del Estado-Nación imperial de la Edad Moderna, y que queda diluida en la era del nacionalismo posterior a Napoleón, con la impotencia o culpabilidad de los gobiernos liberales?

R: No, creo que la identidad española es indiscutible ya en el siglo IV –quizá incluso antes– y su relativización es fruto de la labor conjunta de los movimientos nacionalistas, anarquista y socialista. 2003-04-19 Dr. CESAR VIDAL.  L.D.

 

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Felipe II

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 4 de marzo de 1999

 

El año pasado ha estado lleno de conmemoraciones del cuarto centenario de la muerte de Felipe II. Lo más interesante es que se ha dedicado considerable atención a una figura decisiva en la historia de España y, por supuesto, en la del mundo. Varios libros, cursos, conferencias, exposiciones, coloquios en la televisión, han mostrado que la sociedad española -con algunos estudiosos e investigadores extranjeros- ha vuelto la mirada a algo particularmente importante, con voluntad de comprensión, de revisión de tópicos, de dilatación del horizonte.

No han faltado gestos de malhumor. Algunos han visto con despego que se hayan escrito libros que acaso hubiesen deseado escribir -esto es algo que difícilmente se perdona-. Ha dolido que se descubra la magnitud de España y de los que la dirigieron en la segunda mitad del siglo XVI -y, por supuesto, antes y después-: se ha dado por supuesto la mediocridad de todos ellos, a pesar de la inverosimilitud de que fueran decisivos en la complejísima operación de regir una inmensa porción del mundo.

Ha sido, por supuesto, desigual el resultado de esa mirada retrospectiva, y todavía más variable su resonancia pública, su eco en los medios de comunicación. El interés de esto no reside en la «fama» de que puedan gozar sus autores, sino en la posibilidad de su aprovechamiento, de que se parta del esfuerzo de algunos para lograr una mayor comprensión de la realidad.

Existe una especie de consenso tácito para que los esfuerzos intelectuales españoles caigan en el vacío y no tengan consecuencias. Sería aleccionador hacer un catálogo de las cosas de que por principio «no se habla». Contrasta esto con la respuesta de la sociedad a esas mismas cosas: conferencias y cursos rebosantes de oyentes, con extraña asiduidad, y participación creciente de jóvenes; ediciones y reediciones de libros de pensamiento rara vez comentados, tal vez ni mencionados.

Los azares de la cronología hacen que el centenario de Felipe II se haya estudiado antes de que se cumpla el del nacimiento de su padre, Carlos I, es decir, del Emperador Carlos V. Hubiera sido mejor aclarar la enorme figura europea -y americana, no lo olvidemos- de la primera mitad del siglo XVI, para seguir adelante; pero no importa, y no carece de interés ver la época de Carlos V desde sus consecuencias, ya que se narra siempre desde los proyectos. Por eso me parece necesario que se retenga lo que ha dado la visión del mundo de Felipe II, y que no se desvanezca en el olvido.

Entre los muchos esfuerzos por mejorar su comprensión se puede recordar el curso anual organizado por la Fundación de Estudios Sociológicos (Fundes), que versó precisamente sobre Felipe II. Como es habitual no se habló para nada de él. Ahora se ha publicado un número extraordinario de «Cuenta y Razón» con la totalidad de las conferencias de ese curso. Es un libro más que se añade a los demás del centenario.

Como es habitual, inicié y terminé el curso, para presentar la cuestión y hacer en cierto modo su balance. Estudié «La Europa de Felipe», para situarlo en contexto efectivo, ya que Felipe II fue el rey europeo que conoció más Europa y residió más tiempo en diversos países, fuera de sus reinos. Y para terminar examiné una figura humana de ese tiempo: «Un español del reinado de Felipe II:Cervantes». Fue primariamente un escritor del tiempo de Felipe III, del temprano siglo XVII, pero se formó y vivió tantos años en el reinado anterior, en el siglo XVI, lo que significa que Cervantes ese hombre original y sin el cual no se entiende la España posterior, fue «posible» en esa época, lo que obliga a revisar la imagen usual que de ella circula.

Pero lo verdaderamente valioso fue el estudio de diversas dimensiones de la realidad de ese periodo histórico. «El arte en España», por Fernando Marías; «La economía», por Gonzalo Anes; «El Escorial: una revolución en la Arquitectura», por Fernando Chueca Goitia; «Portugal y Felipe II», por Fernando Bouza; «Las Indias en tiempo de Felipe II», por Francisco Morales Padrón; «Las mujeres de Felipe II», por Carlos Seco Serrano; «El nivel literario en el tiempo de Felipe II», por Gregorio Salvador.

Unas cuantas miradas convergentes, desde distintas perspectivas, que parten de diversos supuestos, con el uso de métodos diferentes, que tienen en común la competencia y la voluntad de esclarecimiento. Componen un verdadero libro, cuya unidad estriba en la realidad considerada de varias maneras; es esa realidad -la de un mundo, unos personajes, una figura central en torno a la cual se mueve el conjunto- la que impone una convergencia de las visiones, de gran diversidad, lo que hace posible la libre «construcción» de un fragmento de la historia.

El resultado es bastante sorprendente. Ante todo, ¡qué interesante esa fracción del mundo y esa etapa de la historia! Se despliega ante los ojos un panorama fascinador, un drama con personajes complejos, en muchos casos apasionantes, contrapuestos, incluso consigo mismos. En segundo lugar, todo eso resulta inteligible, penetrado por una luz, la de la interpretación, que descubre las conexiones; que cumple la función de la historia, que es ella misma «razón», que da razón de lo real. Y no sólo eso, sino la inesperada riqueza que desborda por todas partes lo que da la visión abstracta, parcial, no digamos si es partidista.

Se ha conseguido, gracias a múltiples esfuerzos, un enriquecimiento particularmente valioso: la toma de posesión de una parcela significativa de nuestra realidad. Y al decir «nuestra» no la reduzco a España, porque nunca ha estado sola, menos aún en el momento en que estaba en todas partes, en que tenía que habérselas con casi todo el mundo, en que éste dependía de los actos y gestos españoles, inesperable, impensables sin la realidad total.

Se desprende del análisis de esa época una lección que muestra la imposibilidad del provincianismo. Y a la vez la posibilidad creadora de una realidad histórica limitada que tiene conciencia de sí misma, cuyos problemas son universales, que tiene que hacerles frente desde sí misma, es decir, desde una perspectiva, un proyecto, unas trayectorias abiertas al éxito o al fracaso, al destino próspero o adverso.

Y lo más visible es que los españoles de entonces estaban persuadidos del interés de lo que pretendían hacer y ser, de que aquello en que estaban empeñados estaba justificado, valía la pena, y justificaba los posibles reveses de la fortuna, que no impiden seguir el camino libremente elegido.

(c) 1999 Prensa Española S.A.

 

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MANIPULAR LA HISTORIA

 

POR Jorge TRIAS SAGNIER

 

EL hijo de unos amigos que estudia en ICADE (jesuitas) me cuenta como la cosa más normal del mundo que su profesora de Derecho Constitucional les advirtió el primer día de curso, y lo repite cuando puede o se tercia, que ella es republicana, no cree en la Monarquía y milita en la izquierda. Toma nísperos, que diría el maestro Campmany. Ah, pero el chico, a continuación, nos dice «pero es muy buena persona, muy simpática». Faltaría más. Me parece lógico que eso ocurra en la Casa jesuítica, les comento a mis perplejos amigos, ya que también tienen una o varias escuelas de teólogos que, como primera providencia, se cuestionan la divinidad de Jesucristo y, como segunda, no respetan la autoridad del Papa ni creen en su infalibilidad. Pero opiniones constitucionales como las de esa voluntarista, oposiciones teológicas como la de esos descreídos, suelen tener buena acogida en la Prensa «políticamente correcta». Son los mismos que se descuelgan, sin que nadie les suspenda, con eso de que España no es una nación, y, en cambio, se refieren a Cataluña o el País Vasco como «Comunidades históricas». Los mismos a quienes les ha dado un ataque de histeria cuando el presidente del Tribunal Constitucional ha dicho, por cierto con sentido del humor, pues no en vano es andaluz, lo que constituye, nos guste o no, una verdad incontrovertible.

Nadie puede poner en duda que en el siglo X la Córdoba de los Califas celebraba solemnemente la fiesta de san Isidoro, obispo hispalense y salvador de la cultura occidental, cuyo ejemplo no tenía todavía imitadores en los reinos del norte, que por esa época andaban a palos unos con otros, y cuyas historias tan sólo comenzaban a dibujarse, no eran más que un pálido bosquejo de lo que llegaron a ser varios siglos después los reinos de Aragón (Cataluña nunca fue un reino) y de Castilla. Ferrán Soldevila, el historiador de Cataluña, escribe (página 125, tomo I de su «Historia de Catalunya») que en esa época -la de los Ramón Berenguer y Mío Cid-, cuando en lo que hoy es Andalucía ya llevaban varios siglos de cultura e historia, «és tot el panorama de la nostra història, que comença a dibuixar-se».

Además, que los reyes, condes o caudillos castellanos, navarros, leoneses, ilerdenses o de Barcelona eran en esa época bastante puercos, visto con nuestra higiénica visión occidental de comienzos del siglo XXI, y en comparación con los califas cordobeses o monarcas nazaríes, es algo que, por evidente, no debería molestar a nadie. ¿O es que alguien se ofendería en Francia y organizaría un problema de Estado, por ejemplo, si les recordásemos que no se instaló un cuarto de baño completo en el Palacio del Elíseo hasta, si no recuerdo mal, la presidencia de Clemenceau? Se comprende que los nacionalistas vascos se suban por las paredes porque el Tribunal Constitucional les haya tumbado los Presupuestos, pero reaccionar como lo han hecho por el ocurrente comentario de Jiménez de Parga, resulta infantil, y la reacción de los catalanes apuntándose al rebufo del intento de linchamiento, patética y ridícula. Porque, ¿de qué estamos hablando, de historia o de otra cosa? 2003-01-27 ABC. ESP.

 

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¿LA HISTORIA… COMO ES?...

 

La Historia hay que aceptarla tal como es, y no cabe ni mistificarla ni mentirla. Así, la familia, en la que se encierra el proceso más inmediato de la tradición, es muchas veces no como nosotros hubiéramos querido que fuese, sino como la realidad nos la presenta. No elegimos los abuelos, ni los padres, ni los hermanos; no podemos tampoco elegir la patria, y, por esto, hemos de aceptarla con el corazón en alto, tal como es. El español puede sentirse orgulloso de su historia, mas es pueril que intente inmovilizarla en un momento, en un período, en un siglo. La Historia se nos ofrece, como la vida, en un curso, y ni podemos retener la corriente, ni nos podemos engañar a la sombra de los árboles, en un soto o en una vega, pensando que aquello tan hermoso que comtemplamos es todo el río.
Ni los pueblos pueden volver atrás en su historia, ni pueden inmovilizar en el tiempo el fenómeno que más les agrade de ella. A veces, los errores, los desvíos, los desastres y aun las catástrofes preparan las grandes reacciones. Todo renacimiento implica una decadencia. Los pueblos no se han
mantenido nunca en una actitud alerta; a veces se duermen, se confían, se enervan, y es un acontecimiento desgraciado el que, de nuevo, los pone en pie. No podemos, pues, renunciar a los defectos, ya que la Historia se nos ofrece así, en ciclos de prosperidad y decadencia, entre luces y sombras, que ya marcan el cenit, como la noche. Los pueblos hallan siempre el remedio de sus males en un impulso de renacimiento. A España muchas veces se la creyó muerta, perdida, y renació en un punto, con un impulso poderoso de reintegración. Es como si los muertos enpujaran a los vivos en la corriente del tiempo para que la Historia continuase.Si quisiéramos sintetizar la historia de España en una palabra, diríamos simplemente: reconquista. La actitud más eminente del español es reconquistar lo perdido. Unas veces los territorios, otras las costumbres, las ideas, los modos de ser. Toda la historia nacional se mueve en esta disyuntiva de acción permanente, perder y ganar. Lo que se pierde hoy se gana mañana.
Francisco de Cossío. 2003 - ALFA Y OMEGA. en Meditaciones españolas.

 

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USURPACIÓN CULTURAL

 

Pío Moa  - 2001

En Túnez y en Marruecos se encuentran restos de ciudades romanas mucho mejor conservadas que en España.

 

Atraen turismo y nadie negaría a esos países la propiedad de ello, pero está claro que no forman parte de sus culturas. La cultura magrebí es fundamentalmente árabe y bereber, aunque tenga algunos rasgos secundarios latinos, heredados de un pasado remoto (la influencia reciente de Francia y España es otro asunto). La conquista árabe del Magreb dio, precisamente, el golpe de gracia a la cultura latina, antes tan importante en la región, y ya debilitada por los vándalos y la expansión de los moros no romanizados al caer el Imperio Romano. No podemos juzgar si ello ocurrió para bien o para mal. Lo que cuenta es que los actuales magrebíes, con todo derecho, son y se sienten ajenos a la herencia latina, a su idioma, a sus leyes, al cristianismo.

España pudo haber seguido la suerte del Magreb, pero aquí sucedió lo contrario: la herencia latina y cristiana conservó fuerza bastante para restablecerse tras la invasión islámica y recuperar la península, quedando la cultura árabe más o menos como la latina en África del norte: como restos arqueológicos, más algunos préstamos en el idioma y las costumbres. Pero a veces, como con motivo de la reciente reconstrucción de Medina Zahara, diversos políticos y seudo-historiadores nos incita a considerar aquella cultura como “cosa nuestra”, y hacen de esa mixtificación una prenda de tolerancia y modernidad. En España, bajo el arco de triunfo de un supuesto progresismo, no paran de desfilar las falsificaciones históricas, que a menudo no supera el nivel de simples “trolas”.

Durante la Edad Media lucharon en la península dos concepciones políticas, España y al Ándalus; dos culturas, la latina y la árabe; y dos religiones, la cristiana y la islámica, en una época en que la religión definía decisivamente a los pueblos. De esa lucha salió lo que hoy somos: España ha sido el único país islamizado que volvió al cristianismo. De otro modo, hoy hablaríamos árabe, profesaríamos mayoritariamente el Islam y tendríamos mucho más en común con Marruecos que con Europa. Pero, en fin, todo ello tuvo que repasar el estrecho, junto con grandes masas humanas. Si alguien es heredero legítimo de la cultura andalusí, como algo vivo y no como recuerdo histórico o arqueológico, son los marroquíes. Los andalusíes se llevaron muy mal con ellos, al punto de preferir, a veces, las imposiciones de los cristianos a la protección de sus hermanos de África, pero en conjunto fue con éstos con quienes se identificaron. España es la propietaria de los magníficos edificios dejados aquí por el poder islámico, pero pasar de ahí a “apropiarnos” su cultura no sólo entraña una falsificación sino una usurpación.

 

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«El nacionalismo supedita lo personal a lo colectivo»

 

Entrevista con el profesor Vicente Palacio Atard, catedrático de Historia:

Este catedrático de Historia y director del ciclo de conferencias El concepto de España a través de los siglos,
que organiza el Colegio Libre de Eméritos, ofrece su visión sobre la utilización partidista que los nacionalistas hacen de la Historia y las consecuencias de los fallos en la enseñanza de esta materia en la primera adolescencia

 

Los nacionalismos utilizan frecuentemente la Historia a su antojo. ¿La Historia une, o separa?
Los nacionalismos, del tipo que sean, no sólo los periféricos españoles, hacen una Historia en función de la idea de la superioridad de la nación, como entidad a la que quedan sujetos todos los individuos que pertenecen a ella. Es decir, la esencia del nacionalismo es estar por encima del individuo y, por tanto, la Historia que se haga tiene que ser de sublimación de esa entidad superior, prescindiendo de la condición individual de los hombres. Esto da motivo a enfoques y tergiversaciones discutibles y, a veces, erróneas, porque no interesa tanto la verdad del dato histórico como que sirva de soporte para esa idea de la superioridad de la nación. En los países europeos, la gran exaltación de los nacionalismos del siglo XIX se hizo sobre esta idea.

 

¿El nacionalismo crea naciones, o viceversa?
El nacionalismo no deriva necesariamente de la existencia de una nación, porque muchas veces son los nacionalismos los que crean una nación. En España nunca ha existido una nación vasca. Existían unos territorios históricos, diferenciados, que tenían su propia organización: el señorío de Vizcaya, el condado de Álava, la povincia de Guipúzcoa y el reino de Navarra. Todos ellos tenían algunas afinidades, quizá humanas, a veces idiomáticas, pero que nunca habían constituido una sola entidad jurídico política. Con esos territorios, que nunca han formado una nación, el nacionalismo vasco inventa la nación vasca. Sabino Arana inventa hasta la palabra Euskadi. Euskal Herría, el pueblo que habla vasco, se ha usado muchas veces. Pero País Vasco, Euskadi, aparece en la invención de Sabino Arana a finales del XIX.
A mi modo de ver, el nacionalismo es una perversión social, porque supedita el valor supremo de la persona humana a unos intereses colectivos, ficticios o reales, de una entidad a la que el hombre como individuo queda sometido.

¿Qué es entonces una nación?
La consolidación de una idea de nación, sin que sea nacionalista, se ha debido generalmente a varios factores que actúan como catalizadores: un territorio; unos hombres con sus costumbres; algunas veces, muchas, la religión; otras veces, no siempre, el idioma; pero siempre un catalizador que no ha faltado nunca ha sido la respuesta a una agresión exterior. En España tuvimos una en 1808, con la invasión napoleónica.

¿Qué pasa con estos nacionalismos periféricos que tenemos en España?
¿Se da cuenta de que todos se sienten victimistas? «En Madrid no nos entienden; el Gobierno de España no sabe de esto nada». Se sienten incomprendidos y agredidos intelectual y políticamente. Desde los nacionalismos se fomenta la idea de resistencia a una agresión, y a eso responden con una exaltación nacionalista. Y así es como están creando la conciencia nacionalista, siempre como una negación de todo lo que pudiera ser común a los demás. Lo que se presenta como llegado de fuera es siempre algo negativo.

Ha nombrado a la religión como uno de los factores que funcionan como catalizador de la nación. ¿Qué papel cree que está jugando la Iglesia en el País Vasco?
Creo que hay una Iglesia universal de la que formamos parte las comunidades religiosas de distintos países. La Iglesia como tal no puede ser nacionalista. Se puede hablar, desde el punto de vista de la organización administrativa, de una Iglesia española, por ejemplo. Además, soy feligrés de una parroquia, de una diócesis, en mi caso, de Fuenterrabía. Tengo un párroco que es un hombre de Dios, admirable, que nos transmite la Palabra de Dios, el espíritu cristiano. No sé qué sentimientos políticos tendrá, pero no es un párroco nacionalista, sino el párroco de todos los feligreses. No traslada a la vida social ningún problema político. Me gustaría poder decir lo mismo en todos los casos, sin que hubiera excepciones.

¿Qué ha supuesto la devaluación de la enseñanza de la Historia?
Pienso que la Historia que se enseña en esos años de la primera juventud es la que luego queda para siempre como base. Pediría que se enseñara la Historia con datos rigurosos, no muchos, sobre los que puedan afirmarse las ideas fundamentales, porque no cabe servirla en forma de interpretación.

Si olvidamos la Historia, ¿nos puede ocurrir que caigamos cientos de veces sobre la misma piedra?
Aun sabiendo Historia, podemos caer cientos de veces sobre la misma piedra. La Historia no nos vacuna necesariamente contra los errores cometidos en otros tiempos, pero sí puede ayudar en muchos casos a evitarlos y, sobre todo, a buscar los nuevos caminos por donde los hombres puedan transitar mejor durante su vida.
María Altaba - 2004-02-20 –

 

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P: ¿Coincide con la tesis que apuntan que la identidad española surge con la creación del Estado-Nación imperial de la Edad Moderna, y que queda diluida en la era del nacionalismo posterior a Napoleón, con la impotencia o culpabilidad de los gobiernos liberales?


R: No, creo que la identidad española es indiscutible ya en el siglo IV –quizá incluso antes– y su relativización es fruto de la labor conjunta de los movimientos nacionalistas, anarquista y socialista. 2003-04-19 Dr. CESAR VIDAL. L.D. ESP.

 

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1.  ¿Cuál fue la verdadera dolencia de

Enrique IV el Impotente?

 

Por César Vidal

La figura de Enrique IV ha sido objeto de duras críticas a lo largo de los siglos. No sólo demostró escasa habilidad para ocuparse de las tareas de estado sino que además las hablas populares insistieron en que no podía mantener relaciones sexuales normales.

 

Incluso sostenían que su hija Juana no era sino una bastarda nacida de los amoríos de la reina con el favorito Beltrán de la Cueva. Pero, ¿era Enrique IV realmente un enfermo? En caso afirmativo, ¿cuál era su verdadera dolencia? Enrique IV de Castilla fue hijo único de Juan II y de la reina María, hija de Fernando de Aragón. Al parecer, los horóscopos insistieron en lo feliz del reinado de Enrique IV, lo que constituye un ejemplo más del carácter absoluto de pseudociencia de la astrología. Alonso de Palencia llegó a insinuar que Enrique IV había sido hijo adulterino pero la verdad es que el parecido con su padre —comenzando por los rasgos físicos— es tan acentuado que hay que tomar la declaración del clérigo por una mentira destinada a denigrar a un personaje odiado.

Débil y fácil de sugestionar, Enrique fue controlado con facilidad por Juan Pacheco, un personaje puesto a su lado por don Álvaro de Luna con la intención de fiscalizar sus acciones. Pacheco era homosexual y arrastró al niño a practicar su misma conducta. Ya a los doce años se apreciaron en Enrique signos de impotencia. Cuatro años después el príncipe fue casado con doña Blanca de Navarra, pero fue incapaz de consumar el matrimonio, tal y como pudo deducirse de la ausencia total de manchas de sangre en la sábana conyugal.

El matrimonio duró trece años y, al parecer, los reyes cohabitaron durante tres pero nunca llegó a consumarse. Sin embargo, la impotencia de Enrique no era total. Por aquella misma época, mantuvo relaciones con diferentes mujeres de Segovia que dieron testimonio de que la cópula con ellas había sido normal. La realidad de esa situación explica que no tardara en correrse la voz de que el monarca estaba hechizado. Hoy, sin embargo, tendemos más bien a creer que lo que padecía entonces Enrique era una impotencia psíquica que estaba limitada por esa época a su esposa —quizá porque concebía las relaciones con ella como una obligación y no como un placer— y que no afectaba, por lo menos no siempre, a su trato con otras mujeres.

Fuera como fuese, la tesis de la hechicería resultó convincente durante un tiempo y cuando se solicitó la anulación del matrimonio con doña Blanca existía una obvia esperanza de que la situación cambiara con un nuevo enlace. La elegida para nueva esposa fue en este caso doña Juana, hermana del rey de Portugal. Si aquel matrimonio llegó a consumarse es discutible y más cuando, como paso previo, Enrique IV declaró abolida la norma castellana que exigía exhibir la sábana donde habían yacido los esposos para mostrar la sangre de la virginidad. Sabido es también que hubo sospechas sobre la legitimidad de Juana, la hija nacida a la reina tiempo después. Sin embargo, ese tema se escapa del objeto de este enigma.

 

y 2. ¿Cuál fue la verdadera dolencia

de Enrique IV el Impotente?

 

Por César Vidal

A partir del nacimiento de la princesa Juana, el rey se fue distanciando de la reina e incluso las relaciones —fueran reales o puro exhibicionismo— que mantenía con Beatriz de Sandoval y con Guiomar, sus dos amantes más famosas, se fueron espaciando hasta el punto de desaparecer.

 

Las noticias que nos suministran las fuentes referentes a ese periodo del reinado nos muestran a un hombre que gustaba cada vez más de aislarse para dedicarse a la caza, que se apartó totalmente de las relaciones con mujeres y que se entregó sin apenas rebozo a la práctica de la homosexualidad. Sabemos así por distintos cronistas que aparte de su relación inicial con Pacheco, Enrique IV mantuvo trato homosexual con distintas personas. Una de ellas fue Gómez de Cáceres, que aprovechó la torpeza del rey para escalar puestos en la corte a pesar de su carencia total de méritos. Algo similar podría haber sucedido con Francisco Valdés pero éste acabó huyendo de la corte ya que no deseaba entregarse a los apetitos del monarca. Pagó Valdés cara su resistencia porque por orden regia fue recluido en una prisión a donde iba a visitarle el rey con cierta frecuencia para reprocharle, según Palencia, “su dureza de corazón y su ingrata esquivez”.

Un destino similar fue el sufrido por Miguel de Lucas, futuro condestable, que tampoco se sometió a los deseos del rey por sus creencias religiosas y se vio obligado a huir al reino de Valencia. Más afortunado fue Enrique IV con Alonso de Herrera —al que capturaron una noche pensando que era el rey, dado que yacía en su cama— quizá con el mismo Beltrán de la Cueva y con algunos de los moros que aparecían por la corte castellana.

A todo lo anteriormente descrito, Enrique IV añadía un gusto por lo extravagante —incluso lo monstruoso— y una tendencia patológica a inducir a sus esposas a cometer adulterio. Semejante combinación de dolencias explica sobradamente el reinado errático de Enrique IV, su debilidad y, finalmente, su fracaso en una época de enorme relevancia. Sin embargo, ¿a qué dolencia —o dolencias— obedecían estos comportamientos?

El diagnóstico de Marañón —posiblemente el que mejor ha estudiado las enfermedades de Enrique IV— señala a una displasia eunucoide ligada a la acromegalia y a la homosexualidad. En otras palabras, Enrique IV no fue totalmente impotente. Padecía una debilidad sexual que se tradujo no pocas veces en impotencia pero que, en otros casos, quizá le permitió mantener relaciones sexuales completas. Esa falta de secreción sexual provoca en no pocas ocasiones una actividad de la hipófisis que se traduce en la acromegalia que podía apreciarse en Enrique y que reunía manifestaciones como la estatura elevada, la longitud extraordinaria de las piernas, la dimensión exageradamente grande de las manos y de los pies y el encorvamiento con el que caminaba. A esa debilidad sexual se sumó —posiblemente en la niñez, con seguridad tras su segundo matrimonio— un tipo de inclinación homosexual bastante frecuente precisamente en varones hiposexuados. Que la misma nació en la pubertad parece fuera de duda ya que, como señalaría Marañón, “en ella, por razones orgánicas y psicológicas bien conocidas, se puede invertir el instinto sexual, aun en muchachos de apariencia y tendencia normales”.

Hoy sabemos que semejante acción tenía motivaciones no sólo perversas sino también políticas. De hecho, también hubo personas que intentaron inclinar hacia la homosexualidad a don Alfonso, el hermano de la futura Isabel la católica, pero la mayor fortaleza de carácter de este príncipe impidió que lograran sus objetivos. La especial homosexualidad de Enrique IV fue también la causa, según Marañón, de su gusto por lo extraño y de su repugnante comportamiento de inducción al adulterio de sus esposas, una conducta nada inhabitual en algunos sujetos hipo-sexuados u homosexuales. El cuadro de dolencias de Enrique IV ciertamente alteró su vida y con ella la Historia de España. Incapaz de tener un heredero, débil ante la nobleza, complaciente y dadivoso para con sus amantes, su reinado implicó un parón en la evolución del reino precisamente durante una época crucial. Sin embargo, tuvo una ventaja indirecta. Al fin y a la postre, el reino fue heredado por su hermanastra, la futura Isabel la católica. Difícilmente habría podido concebirse mejor destino para Castilla y para España. L.D. MMIII. Esp.

 

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Tomás de Kempis (1380+1471), el gran escritor y místico alemán, autor de uno de los libros de espiritualidad más traducidos y leídos de todos los tiempos: –«La imitación de Cristo»–.

 

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"El cristianismo no teme a la cultura sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero quien puede hacer la ‘crítica de la cultura’ puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel" JEAN GUITTON –filósofo fr.

 

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La verdad nos hace libres, la mentira nos esclaviza y nos hunde en el rencor. Por eso es imprescindible revisar sin imposturas, todas las falsificaciones que nos han venido sirviendo en estos años los historieteros de turno y charlatanes con poses y mohines.

 

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«No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira»

Solzhenitsyn – 1973

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Poco más tarde, en un artículo titulado «¡Rechacemos la mentira», difundido contemporáneamente a su detención, febrero de 1974, advertía Solzhenitsyn:

«No cada día, ni en cada hombro, posa la violencia su pesada zarpa: sólo exige de nosotros sumisión a la mentira [...] Aquí yace precisamente la clave que despreciamos. La más sencilla, la más asequible para nuestra liberación: ¡la no participación personal en la mentira! [...] Cuando las gentes se apartan de la mentira, ésta sencillamente, deja de existir».
Comentando estos párrafos el argentino Luis María Sandoval apostilla: «es de recordar que Cristo Nuestro Señor no llamó al Demonio «padre de la violencia», sino padre de la mentira (Jn 8, 44)» ("Cuando se rasga el telón", Speiro, 1992, pág. 220)

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Glorificación a Dios, Señor y Creador, es el cosmos todo.

Por otra, reconocemos su bondad condescendiente, puesto que Dios está cercano a sus criaturas y viene especialmente en ayuda de su pueblo:  "Él acrece el vigor de su pueblo, (...) su pueblo escogido" (v. 14), como afirma también el salmista.

 

 

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Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).