Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1492 - 4º América, gesta hispánica contexto; Cervantes, lenguas;

Una democracia sin valores degenera en dictadura encubierta. S. S. Benedicto  PP XVI – MMV


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España fue (entre bastantes cosas más) evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, pluma mística de Santa Teresa de Jesús…etc.

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).
S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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Hay años particularmente felices o por lo menos cargados de sucesos decisivos. Uno de ellos es el de 1492: se termina la Reconquista, se expulsa (ay) a los judíos y se descubre América. Es la fecha en que se publica la primera Gramática castellana, la de Antonio de Lebrija o Nebrija. Era la primera gramática de una lengua no clásica, pero se apoya en el dominio del latín, materia de la que el de Lebrija era catedrático. En 1611 (al tiempo en que se difundía el Quijote) Sebastián de Covarrubias publica su Tesoro de la lengua castellana o española, el primer diccionario y también sobre la base del latín.

 

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HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

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1492, 17 de Abril - Capitulaciones de Santa Fe, entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos, para financiar el viaje a las Indias, que culminó con el descubrimiento de América.

 

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  • 1494, 5 de mayo: en el mar Caribe, Cristóbal Colón descubre a la actual Jamaica.
  • 1518, 5 de mayo: en la costa de México, Juan de Grijalva descubre las islas de Yucatán.

 

 

ESPAÑA - RAÍCES CRISTIANAS

 

España y sus raíces cristianas

2003-V -01

 

 La presencia del Papa entre nosotros, testimonio de la presencia de Aquel que estará con nosotros hasta el fin de los siglos, reavivará las raíces cristianas de nuestro pueblo. Como él mismo nos dijo en la madrileña Plaza de Colón, en la que de nuevo proclamará la santidad de otros cinco hijos de España, «en nuestros días, para afrontar con decisión y esperanza el reto del futuro, este país necesita volver a sus raíces cristianas». Cuando nos advierte de esta necesidad, no debemos ignorar que, como también nos dijo él en su primera visita, «la fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español». No podemos entender su historia sin el cristianismo, ni podremos avanzar hacia un futuro cargado de esperanza al margen de él, excluyendo a Cristo de ella o, menos todavía, tratando de edificarla contra Él.
Esperamos anhelantes, pues, sus palabras, llenas de afecto y del vigor del Espíritu, que nos repitan a nosotros las que dirigió a toda Europa desde Compostela en 1982 : «Vuelve a encontrarte. Sé tú misma; aviva tus raíces; reconstruye tu unidad espiritual. Amando vuestro pasado y purificándolo seréis fieles a vosotros mismos y capaces de abriros con originalidad al porvenir». Esperamos esas palabras suyas, que, sin duda, serán palabras llenas de luz e iluminadoras en esta hora crucial para el futuro de la fe y de la misma sociedad en España. En las palabras del Papa, en el gesto de su presencia, en el encuentro con los jóvenes o en la proclamación de cinco santos, podremos escuchar y ver el testimonio del Dios vivo, en quien no da lo mismo creer que no creer para superar la quiebra moral y de humanidad que hoy tanto y tan hondamente nos hiere.


Nos animará a la esperanza, porque nos hablará desde Dios. En su mensaje de esperanza, que oímos y vemos a lo largo de todo su dilatado pontificado, toma la palabra la realidad misma incontrastable de Dios: Dios, que para la conciencia secularizada de nuestra sociedad es algo lejano, evanescente e inactivo, en el testimonio del Papa pasa al primer plano de toda la realidad, como quien con su palabra y sus promesas la determina decisivamente. Por ello, deseamos que venga a nosotros, confiamos en su testimonio y su palabra que, de nuevo, nos diga: «La hora presente debe ser la hora del anuncio gozoso del Evangelio, la hora del renacimiento moral y espiritual. La nueva evangelización necesita nuevos testigos, personas que hayan experimentado la transformación real de su vida en contacto con Jesucristo y sean capaces de transmitir esa experiencia a otros. Ésta es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda».
En el Evangelio se muestra la fuerza salvadora de Dios; es Dios mismo quien nos sale al encuentro de los hombres de hoy, en nuestra quiebra de humanidad y moral, en nuestra miseria, en los retos que nos desafían en lo más profundo de nuestro ser personal y social. El Evangelio tiene así todo el futuro por delante. Ahí está en juego la vida y la muerte, ya que está en juego el futuro y la esperanza.


No es casual que, en esta Visita a España, el Papa venga, de manera principal y especialmente significativa, a canonizar y proponer a toda la Iglesia como modelos de santidad a los Beatos Pedro Poveda, José María Rubio, Genoveva Torres, Ángela de la Cruz y Maravillas de Jesús. Los santos son, de manera eminente, testigos del Dios vivo, presencia testificante de Jesucristo entre los hombres, manifestación de su rostro y de la vida nueva de las Bienaventuranzas, testimonio real y cercano de la esperanza a la que estamos llamados, hechura de Dios y de su gracia, obra acabada en quienes podemos palpar y ver la Humanidad nueva obra del Espíritu. La santidad, que es seguimiento fiel de Jesucristo, no merma en nada la plenitud de nuestras vidas, al contrario, la multiplica, la ensancha hasta abrazar con nuestro amor los confines del mundo. Los santos son así luz de vida y esperanza para la sociedad.
Éste es el camino, el único y verdadero camino que se nos abre ante nosotros en estos años con los que comenzamos un nuevo milenio. Los santos, por ser testigos singulares de Dios, son por lo mismo testigos de la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres recorriendo el camino que Cristo recorrió: el camino de las Bienaventuranzas, retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro y descripción concreta de su infinita caridad, obra acabada de verdadera humanidad. Los santos reflejan la vida que Jesucristo mismo encarnó y vivió históricamente, aquella que los discípulos vieron con sus propios ojos y palparon con sus manos.


La Iglesia santa, hecha de santos, dará a conocer a Jesucristo, origen y meta de una Humanidad nueva y verdadera. Sólo la vida santa conduce a la experiencia viva del Evangelio del reino de Dios; sólo con santos será creíble, visible y seguible el Evangelio. Una Iglesia de santos podrá renovar el mundo, reavivará la vitalidad de los cristianos y sus comunidades, con capacidad para meter dentro de nuestra Historia la semilla del Evangelio, que hace surgir una Humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos; una Iglesia de santos podrá dar esperanza a esta Humanidad tan necesitada de ella. Como recuerdan los obispos españoles con ocasión de esta Visita, «la floración de santos ha sido siempre la mejor respuesta de la Iglesia a los tiempos difíciles, pues sólo una Iglesia de santos aparece nítidamente como fuente de esperanza para el mundo». Así también la Iglesia aparece con su rostro más atrayente, hermoso y joven, capaz de entusiasmar, porque se muestra como lo que es: testimonio vivo de Jesucristo, esperanza para los hombres, lleno de vida y de verdad.-  ALFA Y OMEGA. 2003-05-01

 

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P.¿Cuáles son los tres mejores clásicos de la literatura mundial?

 

No es fácil reducirlo a tres. Por supuesto, Cervantes, Shakespeare y Homero están en la lista, pero no me atrevería a omitir la Biblia como obra de conjunto o a Dante.

 

 

P.¿Por qué se empeñan en igualar Islam y Cristiandad, y Cristo y Mahoma, diciendo que el problema son los "radicales"? ¿Por qué no se desvela de una vez que el Corán promueve el asesinato y que Mahoma era un asesino, saqueador?

 

La verdad es que resulta imposible comparar a alguien que murió en la cruz perdonando a sus enemigos con alguien que impuso el islam con la espada y que además exterminó, por ejemplo, a tribus judías, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Del 24 de enero 2006 con César Vidal –L-D-Esp.

 

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España y los judíos - Tan pronto como España expulsó a los judíos, el país floreció en las artes y las letras, desarrolló su comercio y sus manufacturas durante un siglo hasta que por diversas razones empezó a decaer económicamente, descubrió buena parte del mundo, colonizó extensas tierras, y se convirtió en la primera potencia mundial. ¿Qué les parece el aserto? Ciertamente, sus dos partes son verdaderas, pues a la expulsión de los judíos siguió un florecimiento de España como nunca antes o después. Sin embargo, sugerir una relación de causa a efecto entre las dos cosas es una estupidez que no merece comentario, y que, por lo demás, nadie sostiene, que yo sepa.

 

Lo que sí sostienen muchos, con aires de seriedad y buenos sentimientos, es una estupidez contraria y equivalente: que la expulsión de los judíos dejó a España esquilmada de sus mejores y más preparados elementos en los órdenes intelectual y económico, que sobrevino inmediatamente una decadencia profunda aunque por el momento no fuera aparente, y que sobre España cayó, por tal acto, una especie de estigma imborrable, manifiesto, por ejemplo, en nuestra propensión a la guerra civil, a matarnos entre nosotros. Algo así creyó descubrir el buen Américo Castro, seguido luego por Juan Goytisolo y una legión de escritores supuestamente progresistas, tan tenaces que han convertido aquella necedad en un lugar común incuestionable en amplios e influyentes medios intelectuales. Y ello a pesar de que España fuera entre el siglo XVI y el XIX quizás el país internamente más estable de Europa no digamos si hacemos la comparación con el Magreb, tan querido por aquellos y cuya historia casi se resume en una guerra civil permanente. Las luchas intestinas en España pertenecen más bien al siglo XIX, como una plaga de la época, con una prolongación en el XX que cabe esperar sea la última, si los nacionalistas periféricos cesan por fin en su empeño de balcanizar el país.

 

Desde luego, la expulsión de los judíos no es un hecho del que podamos sentirnos orgullosos; pero dista mucho de lo que pretender esos supuestos bienintencionados. Con ocasión del V centenario de América, el célebre cazador de criminales de guerra nazis Simon Wiesenthal afirmó que aquella expulsión constituía un precedente del exterminio de los judíos por Hitler. Nada de eso. Si constituye algún precedente sólo puede serlo de la expulsión de los palestinos por los israelíes en el siglo XX. Con dos diferencias, y no muy favorables a las tesis de Wiesenthal: que los palestinos fueron expulsados por medio del terror, y que aquella tierra había sido suya por muchos siglos. ¿O no?

Pío Moa. Libertad Digital - 26.II.2001

 

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1547 Miguel de Cervantes Saavedra + 1616 - NACE EN ALCALÁ DE HENARES-MADRID, MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA, EL MÁS GRANDE LOS ESCRITORES ESPAÑOLES Y UNO DE LOS GENIOS LITERARIOS DE LA HUMANIDAD, AUTOR DE “DON QUIJOTE”. CONSIDERADA POR LA REAL ACADEMIA DE LOS PREMIOS NÓBELES DE SUECIA COMO:  LA MEJOR PIEZA LITERARIA NUNCA ESCRITA. (SEGÚN COMUNICADO DEL VIII DE MAYO EN EL MMII).

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1547. 29. 09? Cervantes, bautizo…

MIGUEL DE CERVANTES ES BAUTIZADO EN ALCALÁ DE HENARES. ALGUNOS INVESTIGADORES APUNTAN COMO FECHA DE SU NACIMIENTO EL 29.9.

 

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1547 Miguel de Cervantes Saavedra + 1616

 

Dramaturgo, poeta y novelista español, autor de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, considerada como la primera novela moderna de la literatura universal. Miguel de Cervantes Saavedra tuvo una vida azarosa de la que poco se sabe con seguridad. Nació en Alcalá de Henares (Madrid), probablemente el 29 de septiembre de 1547. Pasó su adolescencia en varias ciudades españolas (Madrid, Sevilla) y con poco más de veinte años se fue a Roma al servicio del cardenal Acquaviva. Recorrió Italia, se enroló en la Armada española y en 1571 participó con heroísmo en la batalla de Lepanto, donde comienza el declive del poderío turco en el Mediterráneo. Allí Cervantes resultó herido y perdió el movimiento del brazo izquierdo, por lo que fue llamado el Manco de Lepanto. En 1575, cuando regresaba a España, los corsarios le apresaron y llevaron a Argel, donde sufrió cinco años de cautiverio (1575-1580).

Liberado por los frailes trinitarios, a su regreso a Madrid encontró a su familia en la ruina. Se casa en Esquivias (Toledo) con Catalina de Salazar y Palacios. Arruinada también su carrera militar, intenta sobresalir en las letras. Publica La Galatea (1585) y lucha, sin éxito, por destacar en el teatro. Sin medios para vivir, marcha a Sevilla como comisario de abastos para la Armada Invencible y recaudador de impuestos. Allí acaba en la cárcel por irregularidades en sus cuentas. Después se traslada a Valladolid. En 1605 publica la primera parte del Quijote. El éxito dura poco. De nuevo es encarcelado a causa de la muerte de un hombre delante de su casa. En 1606 regresa con la Corte a Madrid. Vive con apuros económicos y se entrega a la creación literaria. En sus últimos años publica las Novelas ejemplares (1613), el Viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses (1615) y la segunda parte del Quijote (1615). El triunfo literario no lo libró de sus penurias económicas. Dedicó sus últimos meses de vida a Los trabajos de Persiles y Segismunda (de publicación póstuma, en 1617). Murió en Madrid el 22 de abril de 1616 y fue enterrado al día siguiente.

Su obra: poesía y teatro


Cervantes centró sus primeros afanes literarios en la poesía y el teatro, géneros que nunca abandonaría. Su obra poética abarca sonetos, canciones, églogas, romances, letrillas y otros poemas menores dispersos o incluidos en sus comedias y en sus novelas. También escribió dos poemas mayores: Canto de Calíope (incluido en La Galatea) y Viaje del Parnaso (1614). La valoración de su poesía se ha visto perjudicada por su publicación dispersa en otras obras, por la celebridad alcanzada por el autor en la novela e incluso por su propia confesión en este famoso terceto del Viaje del Parnaso:

 

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

 

Aunque en otras ocasiones se enorgullece de sus versos, en su tiempo no logró ser aceptado como poeta.

Tampoco tuvo mejor suerte en el teatro, por el que se sintió atraído desde joven. Al regreso del cautiverio llegó a estrenar con éxito varias comedias. Pero tampoco sus contemporáneos lo aceptaron como dramaturgo. Cervantes, con una concepción clásica del teatro, tuvo que soportar el triunfo arrollador de Lope de Vega en la renovación de la escena española con su Arte nuevo de hacer comedias. De la primera época (1580-1587), anterior al triunfo de Lope de Vega, se conservan dos tragedias: El trato de Argel y La destrucción de Numancia. A la segunda época pertenecen las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados (1615). Las comedias son El gallardo español, La casa de los celos y selvas de Ardenia, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran Sultana doña Catalina de Oviedo, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas. Y éstos son los entremeses: El juez de los divorcios, El rufián viudo, La elección de los alcaldes de Daganzo, La guarda cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso.


Prosa: La Galatea

En la prosa narrativa Cervantes empezó escribiendo una novela pastoril que fue su primer libro publicado, con el título de Primera parte de La Galatea (1585). Como en otras novelas de su género, los personajes son pastores convencionales que cuentan sus penas amorosas y expresan sus sentimientos en una naturaleza idealizada. La Galatea se compone de seis libros en los cuales se desarrollan una historia principal y cuatro secundarias. La principal refiere los amores de los pastores Elicio y Galatea, a la cual su padre quiere casar con el rico Erastro. Y las secundarias añaden otros tantos episodios amorosos protagonizados también por pastores. Lo más importante reside en que ya en esta primera novela Cervantes aparece como un escritor renovador. Acepta las convenciones del género pastoril, pero a veces rompe el patrón idílico en las relaciones entre los pastores y en la geografía —convencional y real a un tiempo— del río Tajo. Lo más innovador es la integración de cuatro historias secundarias que acaban confluyendo en la acción principal y dejando abierta la posibilidad de una continuación. Esta segunda parte prometida fue a menudo recordada por Cervantes, hasta en la dedicatoria del Persiles, pero no se publicó nunca.


Novelas ejemplares

Entre 1590 y 1612 Cervantes fue escribiendo una serie de novelas cortas que, después del reconocimiento obtenido con la primera parte del Quijote en 1605, acabaría reuniendo en 1613 en la colección de Novelas ejemplares. Teniendo en cuenta las dos versiones conservadas de Rinconete y Cortadillo y de El celoso extremeño, se cree que Cervantes introdujo en ellas algunas variaciones encaminadas a la ejemplaridad social, moral y estética de estas novelas o narraciones cortas, y después las ordenó de acuerdo con un criterio artístico que obedece a la visión orgánica del conjunto. En el prólogo Cervantes proclama su novedad: "Yo soy —dice— el primero que he novelado en lengua castellana". En efecto, así fue, pues en la literatura española no había entonces tradición de novela corta; las que circulaban eran adaptaciones o traducciones de los novellieri italianos. Cervantes españolizó el género, lo ennobleció y creó la novela corta en la literatura castellana.

La colección se abre con La gitanilla, fantasía poética creada en torno a la figura de Preciosa y la relación entre la gitanilla y un joven capaz de renunciar a su alcurnia por amor. En contraste con tan embellecido marco sigue El amante liberal, novela bizantina de amor y aventuras, con las adversidades que Ricardo y Leonisa han de superar antes de su matrimonio. Después del idealismo, el amor y la aventura de estas dos primeras novelas se cae en los bajos fondos del hampa sevillano con Rinconete y Cortadillo, en cuyas páginas sobresalen la mejor ironía y humor cervantinos. Su crítica social, que constituye una denuncia de la degradación moral de la España del siglo XVI, culmina en el insuperable cuadro realista de la cofradía de Monipodio, que negocia todo el crimen de Sevilla. El contraste entre Rinconete y Cortadillo y las dos primeras novelas se prolonga hacia la cuarta, La española inglesa, en la cual, sobre un fondo de guerras de religión entre España e Inglaterra, se desarrollan las pruebas que han de superar Ricaredo e Isabela antes de su unión matrimonial.


Tras tantas aventuras y dichas amorosas, vuelve la crítica de la sociedad con la narración de un intelectual trastornado por un hechizo amoroso en El licenciado Vidriera, cuyo protagonista cree que es de vidrio y hace gala de una extraña lucidez e ingenio. Los juegos mentales de Vidriera dejan paso a la violencia sexual y la reconciliación en La fuerza de la sangre, donde se cuenta la violación de Leocadia por un joven de la nobleza toledana y el posterior compromiso matrimonial entre ambos. Curiosamente, el ingenio y el impulso de los instintos son las fuerzas que derriban los muros levantados contra natura por el viejo Carrizales en El celoso extremeño, con el popular motivo del viejo y la niña en la casa-prisión en la que el indiano Carrizales encierra a su joven esposa. Por el contrario, la más celebrada libertad en nada merma el recato de Constanza en La ilustre fregona, entre las andanzas toledanas de Carriazo y Avendaño, prendado éste de la bella fregona de la Posada del Sevillano, hija natural del padre de Carriazo.

Amores y aventuras, disfraces y casualidades, engaños y reparaciones entre gentes de la nobleza configuran las intrigas de Las dos doncellas y La señora Cornelia. Los engaños de las doncellas Teodosia y Leocadia componen una intriga con temas pastoriles y técnicas de la novela bizantina. La señora Cornelia, localizada en ambientes estudiantiles y de la alta sociedad de Bolonia, cuenta la azarosa historia de amor de Cornelia hasta su boda con el duque de Ferrara. Y de tales ambientes nobiliarios descendemos a la vileza moral, la marginación social, la estafa y la corrupción en El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. Como otro burlador burlado, el alférez Campuzano sale de su casamiento engañado con sus mismas artimañas y enfermo de sífilis. Esta pálida sombra del desengaño barroco es buena imagen de la caída del ideal cervantino del heroico soldado de Lepanto. El interés del Coloquio se centra en tres aspectos: la corrupción social denunciada por Berganza en la narración de su vida, las cínicas disquisiciones filosóficas de ambos perros sobre las convenciones sociales y la maldad en el mundo, y la integración de teoría y práctica narrativas que constituyen la renovación formal más importante en el curso de la novela occidental. He aquí el magistral cierre de la colección de doce historias en once novelas, porque El casamiento y El coloquio forman una sola: ambas comparten el tema del engaño-desengaño, y El casamiento es el marco en el que se introduce El coloquio, que el sifilítico alférez Campuzano escribió mientras se curaba en el hospital y que es ahora un diálogo leído por su amigo el licenciado Peralta.


En este cierre de las Novelas ejemplares se representa el proceso completo de la creación literaria: el alférez Campuzano se presenta como autor del Coloquio; el perro Berganza es el narrador del mismo al contar en él su vida; su compañero Cipión actúa como interlocutor crítico que corrige y matiza al narrador, y el licenciado Peralta interviene como lector del texto escrito por Campuzano. Si a ello se añade que El coloquio de los perros pretende superar las limitaciones de la novela picaresca incluyendo la perspectiva que allí faltaba, la del destinatario, y que el delirio producido por la fiebre de Campuzano en El casamiento engañoso da verosimilitud poética a sus desvaríos acerca del diálogo racional de unos perros, se comprenderá mejor la extraordinaria lección de teoría y práctica narrativas de esta genial mentira dotada de asombrosa coherencia artística: la verosimilitud literaria depende de sus reglas poéticas, no de su confrontación con la realidad externa.

Don Quijote: sus orígenes

Es posible que Cervantes empezara a escribir el Quijote en alguno de sus periodos carcelarios a finales del siglo XVI. Mas casi nada se sabe con certeza. En el verano de 1604 estaba terminada la primera parte, que apareció publicada a comienzos de 1605 con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El éxito fue inmediato. En 1614 aparecía en Tarragona la continuación apócrifa escrita por alguien oculto en el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, quien acumuló en el prólogo insultos contra Cervantes. Por entonces éste llevaba muy avanzada la segunda parte de su inmortal novela. La terminó muy pronto, acuciado por el robo literario y por las injurias recibidas. Por ello, a partir del capítulo 59, no perdió ocasión de ridiculizar al falso Quijote y de asegurar la autenticidad de los verdaderos don Quijote y Sancho. Esta segunda parte apareció en 1615 con el título de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. En 1617 las dos partes se publicaron juntas en Barcelona. Y desde entonces el Quijote se convirtió en uno de los libros más editados del mundo y, con el tiempo, traducido a todas las lenguas con tradición literaria.

Algunos cervantistas han defendido la tesis de que Cervantes se propuso inicialmente escribir una novela corta del tipo de las "ejemplares". Esta idea se basa en la unidad de los seis primeros capítulos, en los que se lleva a cabo la primera salida de don Quijote, su regreso a casa descalabrado y el escrutinio de su biblioteca por el cura y el barbero. Otra razón es la estrecha relación sintáctica entre el comienzo de cada capítulo y el final del anterior. Y también apoya esta tesis la semejanza entre los seis primeros capítulos y el anónimo Entremés de los romances, donde el labrador Bartolo, enloquecido por la lectura de romances, abandona su casa para imitar a los héroes del romancero, defiende a una pastora y resulta apaleado por el zagal que la pretendía, y cuando es hallado por su familia imagina que lo socorre el marqués de Mantua. Pero la tesis de la novelita ejemplar es rechazada por otros estudiosos que consideran que Cervantes concibió desde el principio una novela extensa. Éstos argumentan que la unidad de la primera salida de don Quijote —sin Sancho Panza, para que no pueda presenciar la grotesca ceremonia en que su amo es armado caballero— adelanta la composición circular que se repite, ampliada, en las otras dos salidas; la semejanza con el Entremés de los romances puede ser una manifestación más de la presencia constante del romancero en el Quijote, y las relaciones sintácticas entre final y comienzo de capítulo no son exclusivas de la primera salida.


Propósitos de Cervantes con el Quijote

Lo que sí resulta seguro es que Cervantes escribió un libro divertido, rebosante de comicidad y humor, con el ideal clásico del deleitar aprovechando. Por eso quiso crear una obra para todos los lectores, según las capacidades de cada cual. Su ambición de totalidad abarca desde el lector más inocente hasta el más profundo, de modo que todo cuanto preocupa al ser humano parece incluido en sus páginas.

Cervantes afirmó varias veces que su primera intención era mostrar a los lectores de la época los disparates de las novelas de caballerías. En efecto, el Quijote ofrece una parodia de las disparatadas invenciones de tales obras. Pero significa mucho más que una invectiva contra los libros de caballerías. Por la riqueza y complejidad de su contenido y de su estructura y técnica narrativa, la más grande novela de todos los tiempos admite muchos niveles de lectura, e interpretaciones tan diversas como considerarla una obra de humor, una burla del idealismo humano, una destilación de amarga ironía, un canto a la libertad o muchas más. También constituye una asombrosa lección de teoría y práctica literarias. Porque, con frecuencia, se discute sobre libros existentes y acerca de cómo escribir otros futuros, ya desde la primera parte: escrutinio de la biblioteca de don Quijote, lectura de El curioso impertinente en la venta de Juan Palomeque y disputa sobre libros de caballerías y de historia, revisión crítica de la novela y el teatro de la época en la conversación entre el cura y el canónigo toledano. En la segunda parte de la novela algunos personajes han leído ya la primera y hacen la crítica de la misma. La primera parte será así el punto de referencia de las discusiones sobre teoría literaria incluidas en la segunda. Teoría y ficción se integran con perfecta armonía en el coloquio entre Sansón Carrasco, don Quijote y Sancho, en episodios como la cueva de Montesinos y el retablo de Maese Pedro; y la teoría se ilustra con la práctica en las narraciones interpoladas en el relato principal, las cuales constituyen otras tantas formas de novelar representativas de los géneros narrativos anteriores a Cervantes.


Entre otras aportaciones más, el Quijote ofrece asimismo un panorama de la sociedad española en su transición de los siglos XVI al XVII, con personajes de todas las clases sociales, representación de las más variadas profesiones y oficios, muestras de costumbres y creencias populares. Sus dos personajes centrales, don Quijote y Sancho, constituyen una síntesis poética del ser humano. Sancho representa el apego a los valores materiales, mientras que don Quijote ejemplifica la entrega a la defensa de un ideal libremente asumido. Mas no son dos figuras contrarias, sino complementarias, que muestran la complejidad de la persona, materialista e idealista a la vez.


Personalidad de Don Quijote

Muchos episodios del Quijote ejemplifican otros tantos casos de amor. El de don Quijote representa una concepción del amor caballeresco sustentada en la tradición del amor cortés. Por eso, antes de cada aventura, don Quijote invoca siempre a su amada Dulcinea y pide su amparo, porque ella es su señora y por ella se fortalecen las virtudes del caballero. En este sentido, Dulcinea del Toboso es uno de los ideales más sublimes de cuantos ha creado la mente humana.

Don Quijote es también un modelo de aspiración a un ideal ético y estético de vida. Se hace caballero andante para defender la justicia en el mundo y desde el principio aspira a ser personaje literario. En suma, quiere hacer el bien y vivir la vida como una obra de arte. Se propone acometer "todo aquello que pueda hacer perfecto y famoso a un andante caballero". Por eso imita los modelos, entre los cuales el primero es Amadís de Gaula, a quien don Quijote emula en la penitencia de Sierra Morena. Como en la segunda parte don Quijote ya es personaje literario —protagonista de la primera—, en su tercera salida busca sobre todo el reconocimiento. Y lo encuentra en quienes han leído la primera parte: Sansón Carrasco, los duques... Ni siquiera cuando es vencido por el Caballero de la Blanca Luna y tiene que abandonar la caballería andante renuncia a su concepción de la vida como obra de arte: piensa en hacerse pastor, con lo cual el mito renacentista de la Arcadia pastoril sustituye al mito medieval de la caballería andante. De todo ello se desprende que el Quijote es una magna síntesis de vida y literatura, de vida vivida y vida soñada, como explica E. C. Riley; una genial integración de realismo y fantasía y una insuperable manifestación de las dificultades de novelar las complejas relaciones humanas desde múltiples perspectivas abarcadoras de la realidad siempre escurridiza. Todo lo humano es relativo. Ésta es la base de la generosa comprensión cervantina, que evita los dogmatismos y huye de simplificaciones. He aquí la genialidad del neologismo baciyelmo, creado por Sancho Panza para zanjar la disputa entre don Quijote, convencido de que se trata del yelmo de Mambrino, y los demás, que ven una bacía de barbero.


El Quijote como juego literario

Muchos componentes del Quijote obedecen a su condición de novela concebida como un juego. Su construcción se sustenta en el artificio narrativo del manuscrito encontrado. Este procedimiento es parodia del mismo recurso empleado en los libros de caballerías. Pero Cervantes va mucho más allá, adueñándose de la máxima libertad artística que un autor haya logrado jamás. Varios elementos sobresalen en tan fecundo proceso. En la ficción, el historiador moro Cide Hamete Benengeli aparece como primer autor del Quijote, un morisco toledano es su primer traductor y el mismo Cervantes aparece ficcionalizado como segundo autor, que entrega a los lectores una historia sobre la cual podrá comentar lo que quiera porque la conoce toda de antemano por la traducción del morisco. Este juego de autores, traductores, narradores y lectores produce una gran libertad creadora a la vez que siembra la ambigüedad y la duda en muchas páginas, por ejemplo en el relato de la cueva de Montesinos. Cualquier perspectiva es posible. Siempre se podrá acusar de los engaños al moro Cide Hamete, al morisco traductor y aun al impresor, a quien, en la segunda parte, se culpa de las incoherencias cometidas en torno al robo del rucio de Sancho en la primera.

El sistema lúdico abarca también la misma locura del protagonista. La locura era un motivo frecuente en la literatura del renacimiento, como prueban las obras de Ariosto y de Erasmo de Rotterdam. Don Quijote actúa como un paranoico enloquecido por los libros de caballerías. Unos lo consideran un loco rematado, otros creen que es un "loco entreverado", con intervalos de lucidez. En general se admite que don Quijote actúa como loco en lo concerniente a la caballería andante y razona con sano juicio en lo demás. Pero los escritores españoles Arturo Serrano Plaja y Gonzalo Torrente Ballester interpretan la locura de don Quijote como un juego codificado en la ficción según unas reglas que el caballero respeta siempre. Entrega su vida a un ideal sublime y se estrella contra la realidad porque los demás no cumplen las reglas del juego. Don Quijote finge estar loco y decide jugar a caballero andante. Para ello acude a los libros de caballerías, transforma la realidad y la acomoda a su ficción caballeresca: imagina castillos donde hay ventas, ve gigantes en molinos de viento.., y cuando se produce el descalabro también lo explica según el código caballeresco: los malos encantadores le han escamoteado la realidad, envidiosos de su gloria.


Semejante juego narrativo resulta enriquecido por el perspectivismo y el relativismo, que se manifiestan en toda la novela, ya en la variedad de nombres que se atribuyen al hidalgo manchego: Quijada, Quesada, Quejana, Quijana y Alonso Quijano. Perspectivismo y relativismo aparecen también en la forma de muchos nombres comunes, como el neologismo baciyelmo, que resuelve una cuestión sin excluir ninguna perspectiva. En esto se revela la comprensión cervantina ante todo lo humano. Y la misma libertad que Cervantes reclamó para sí como creador se la concedió en idéntico grado a don Quijote, el primer personaje auténticamente libre de la literatura universal. El comienzo de la novela es bien conocido: "En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo". Con estas palabras Cervantes destaca que los hechos que va a contar no ocurrieron en tierras lejanas, como las historias de la caballería andante, sino muy cerca, en La Mancha, ni tampoco en tiempos remotos, sino ayer mismo. Se han dado muchas explicaciones a este comienzo de la novela: un octosílabo de un romance anónimo, negativa a decir el nombre del pueblo natal de don Quijote por deseo de incluir a toda La Mancha, comienzo característico de los cuentos populares, rechazo del autor al pueblo donde supuestamente estuvo preso y comenzó la novela. Sin negar estas razones Leo Spitzer y Avalle-Arce explican el comienzo del Quijote como una defensa de la libertad del creador y del personaje con repercusiones fundamentales en la evolución literaria. La literatura anterior a Cervantes se regía por unas convenciones restrictivas. En aquellos modelos tradicionales la cuna del héroe determinaba su vida futura. Amadís era hijo de reyes, nació en Gaula y estaba llamado a ser héroe. Lazarillo nació en el Tormes, era hijo de padres viles y será un antihéroe. En cambio Cervantes no especifica la cuna, ni la genealogía, ni el nombre exacto de don Quijote para que pueda caminar libre de todo determinismo, creando su propia realidad. Por eso a partir del Quijote la vida del personaje literario será más libre. Porque, como señala Carlos Fuentes, Cervantes ha puesto a dialogar a Amadís de Gaula con Lazarillo de Tormes y en el proceso ha disuelto para siempre la interpretación unívoca del mundo.


Los trabajos de Persiles y Segismunda

Finalmente, el Persiles fue tal vez el libro más querido de la fantasía de Cervantes, quien ya no tuvo tiempo para hacer las últimas correcciones en un texto no del todo acabado y se puso a escribir el prólogo tres días antes de morir. Viejo y cansado de tanta experiencia amarga, Cervantes lo sublima todo refugiándose en el mundo fantástico inventado por él. Acude a la novela bizantina y renueva sus técnicas con el fin de superar el género y crear una gran epopeya cristiana en prosa. De este modo, Cervantes ocupó hasta sus últimos días la vanguardia narrativa de su tiempo, acercando la novela a la poesía, a la vez que con esta idealizada novela de aventuras construye una hermosa ficción llena de modernidad y cosmopolitismo.

La novela cuenta la peregrinación de Persiles y Segismunda desde el norte de Europa hasta Roma. El viaje se enriquece con la diversidad de lugares recorridos, desde la geografía nórdica de la mítica isla Bárbara, Islandia, Noruega, Irlanda y Dinamarca, hasta las tierras ya conocidas de Portugal, España, Francia e Italia. Su complejidad aumenta con la constante aparición de nuevos personajes en el recorrido y con la interpolación de historias particulares en la peripecia de los amantes protagonistas. Y el interés y la intriga de la trama se intensifican por acumulación de arriesgadas navegaciones, naufragios, piraterías, desafíos, batallas, cautiverios, fugas, raptos, encuentros, separaciones y aventuras de toda índole.

 

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El gran injerto: La lengua española

 

 

Por Julián Marías, filósofo, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 10 de abril de 1997

 

Se está hablando mucho de la lengua española, a ambos lados del Atlántico; no sé si la reflexión ha llegado hasta los confines del Pacífico. Se habla con gran conocimiento y talento, a veces con frivolidad. Desconfío de las grandes reuniones, en que rara vez se escucha, y menos veces se retiene lo que merece recordarse y se olvida lo que no busca resonancia. Pero siempre es bueno meditar sobre esa lengua que es la nuestra. Porque lo más interesante es que se trata de más de trescientos millones de personas, camino de los cuatrocientos, y sobre todo que esa lengua es verdaderamente "nuestra", de cada uno de nosotros.

La lengua es la primera interpretación de la realidad. Antes de lo que se diga, eso está condicionado, hecho posible, limitado, matizado por la lengua en que se dice. El "decir" va unido a la condición humana, mejor dicho, a la condición personal; en el caso del hombre, la forma primaria del decir es el "lenguaje"; pero el lenguaje sin más no existe: se realiza histórica y socialmente en multitud de "lenguas". A lo largo de los siglos, incontables; en el presente, unos cuantos millares, la inmensa mayoría muy restringidas y limitadas. Unas cuantas han recibido gran desarrollo y perfección, porque en ellas se han formado egregias literaturas –la literatura es gran instrumento de creación de lengua–. Algunas, por último, son "lenguas universales", habladas y escritas por diversos pueblos, de los cuales son "propias".


Una de las contadísimas que tienen este carácter es el español. Hace unos años encontré y formulé una imagen botánica para distinguir las dos formas de presencia europea en América. En su parte norte, por obra principal de los ingleses, secundariamente de holandeses y franceses, se realizó un "trasplante": sociedades europeas fueron trasladadas a suelo americano, para fundar sociedades también europeas, que se desarrollaron en el Nuevo Mundo. En el centro y el sur del Continente, españoles y en menor proporción portugueses llevaron a cabo un "injerto": porciones vivas de sociedades europeas se introdujeron en las diversas americanas, modificándolas; no fueron españolas, sino americanas hispanizadas, con gérmenes nuevos, de manera que dieron frutos distintos de los que sin ese injerto hubiesen tenido.

Pues bien, el principal instrumento y a la vez el mayor fruto de ese injerto fue la lengua española. La incorporación de los españoles al mundo recién descubierto fue tal, que se ha llegado a reprochar a los misioneros que dedicasen tanto tiempo y esfuerzo a aprender –y estudiar, por primera vez– las lenguas indígenas, para evangelizar a los habitantes en sus hablas propias, antes que enseñarles el español. Desde el punto de vista de la cultura, del aprendizaje de usos y técnicas, ése era el instrumento más importante; los misioneros creían que la adquisición de la fe cristiana era lo primero. Se suele olvidar que el español significaba algo decisivo: la posibilidad de comunicación, no ya con los españoles, sino de los indios entre sí, más allá del grupo propio, dilatado en algunos casos, ínfimo en la inmensa mayoría.

En todo caso, el español es "la lengua" de la América hispánica –el portugués, la del Brasil–. Es decir, la lengua española fue el instrumento de la constitución de América, que antes era una simple designación geográfica en la mente de los extranjeros, algo que carecía de todo sentido para los aborígenes.

En los países en que existía una población densa y con desarrollo cultural, los demás colonizadores europeos han introducido sus lenguas, que han conocido y hablado minorías cultivadas, comerciantes, funcionarios, personas dedicadas a la administración: pero no han sido, ni son, la lengua de esos países, la inmensa mayoría de cuyos habitantes conocen solamente las originarias, que pueden ser decenas o centenares en los países extensos y muy poblados.


Esas lenguas europeas son "propias" en aquellos países poblados primariamente por europeos trasplantados, no por los aborígenes. Algo totalmente distinto de los que hablan español o portugués, en países diversos, sea cualquiera su origen, incluso los esclavos africanos trasladados a algunas porciones de América, respecto de los cuales se realizó ese "injerto" –en el Brasil, mucho más que con la población aborigen.

Y esto explica que en la América española existieran desde muy pronto, ya desde el siglo XVI, escritores originales en español, y con frecuencia mestizos –la otra forma capital del injerto–. Fueron escritores porque escribían en su lengua, la propia, no una aprendida o impuesta.

En las Filipinas las cosas fueron algo diferentes, por varios motivos, que rara vez se tienen presentes. La enorme distancia entre España y ese archipiélago –todavía en el siglo XIX las fragatas tardaban cuatro meses en la travesía–, la difícil comunicación entre las innumerables islas, la multiplicidad de las poblaciones originarias, con sus lenguas, el escaso número de españoles, que nunca emigraron en grandes números..., todo eso hizo que el pueblo filipino en su conjunto no hablase español, limitado a grandes minorías, grandes pero minorías. Por eso no es la lengua del país, no ha resistido la presión del inglés –y ahora se intenta que también se desplace, sustituido por el tagalo, lengua de muchos filipinos pero no de la totalidad: no parece suficiente si lleva consigo la renuncia a dos ilustres lenguas universales.


El español es ahora la lengua de España –con perdón de los que tienen vocación de "aldeanismo"– y de la mayor parte de América. Su unidad, como creía Valera a fines del siglo pasado, permanece y es más fuerte que nunca. Se leen textos de escritores de varios países, y no se sabe de cuál, si no se dice. En el habla coloquial y popular hay diferencias, no ya entre países, sino entre las regiones de cada uno de ellos; pero la comprensión es fácil y segura en toda la inmensa extensión del idioma –y esta palabra es adecuada, porque es "propio" de cada uno y todos ellos.

El español de América tiene fuertes influjos de la variedad andaluza en la Península, por razones muy claras. Y va a tener una consecuencia menor, que me complace. En España hay, desde la época clásica, una propensión al "leísmo" –el uso del pronombre "le", no sólo para el dativo, sino también para el acusativo, al menos de persona–. Se encuentra en excelentes escritores, y en el uso general. La Academia lo acepta para el acusativo singular de persona. El uso lo extiende al plural y hasta a las cosas –"Este libro le compré en París". Soy "loísta", empleo "lo" para todo acusativo, y así lo prefiero. Pero estoy en minoría.

Pero hay una excepción: Andalucía es predominantemente loísta. Y América lo es también. A muchos hispanoamericanos les molesta el frecuente "leísmo" español. Y son más, muchos más que nosotros. Aunque España sea cada vez más leísta, el español en su conjunto será loísta, más a mi gusto. Salvo que los medios de comunicación, sobre todo la televisión, dispongan, aquí o allá, otra cosa.


Con tal de que se conserve la ortografía, tan razonable en nuestra lengua, que viene a ser la buena educación en la lengua escrita. Y, sobre todo, la garantía de la unidad de la lengua escrita. Imagínese lo que sería si cada uno escribiese de acuerdo con su particular pronunciación. La fijeza fonética del español haría relativamente soportable lo que en otras lenguas, como el inglés, sería el desastre, el comienzo de una Babel escrita.

 

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Lenguas de España

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 16 de julio de 1998


 En 1737 escribía el valenciano Gregorio Mayans y Siscar en su libro «Orígenes de la lengua española»: «Por "lengua española" entiendo aquella lengua que solemos hablar todos los españoles cuando queremos ser entendidos perfectamente unos de otros». Al final de su vida, José de Cadalso (1741-1782) escribió unas «Apuntaciones autobiográficas» que en 1967 publicó Ángel Ferrari en el «Boletín de la Real Academia de la Historia». Allí puede leerse: «"De mi familia". Dicen que mi casa solar está en un lugar pequeño de Vizcaya, llamado Zamudio... "De mi abuelo". Fue un hombre que se fue al otro mundo sin vestirse a la castellana, ni hablar castellano: muy llena la cabeza de que un antepasado suyo había hecho algo con Carlos V no le pareció justo trabajar en ser algo con Carlos II, ni Felipe V. Pero para que se ve cuán a paso de gigante camina el hijo, mi abuela encargó que le enviasen de Bilbao un hombre que enseñara el español a sus muchos hijos... "De mi padre". Nació con demasiada viveza para gastar su vida en hablar vascuence, beber chacolí, plantar castaños y conversar de abuelos, y así se escapó como pudo de casa y fue a parar a Indias en busca de un tío suyo: el cual tuvo buen cuidado de desconocerle luego que le vio pobre».

No puedo competir en antigüedad con estos ilustres autores, pero puedo recordar que desde 1965, es decir, diez años antes del establecimiento de la Monarquía en España, me he preocupado públicamente por la cuestión de las diversas lenguas habladas en nuestro país. En ese año escribí quince artículos, con el título general «Consideración de Cataluña», en el «Noticiero Universal de Barcelona»; al año siguiente aparecieron reunidos en libro, con el mismo título (Aymá, Barcelona 1966). El libro tuvo varias ediciones y multitud de comentarios, impresos o no. Agotado hace mucho tiempo, lo he reeditado en 1994 (Editorial Acervo, Barcelona), sin cambiar una sola palabra.

Tres capítulos íntegros están dedicados a las cuestiones lingüísticas, tratadas con minuciosidad y rigor: «Las lenguas de Cataluña», «La sociedad y la lengua», «El catalán como posibilidad»; además, reaparecen a lo largo de todo el libro. El punto de partida es que «la primera instalación lingüística de Cataluña es el catalán». «Pero es un hecho también, y no menos respetable, que los catalanes hablan español». Concluía que los catalanes tienen dos lenguas: el catalán, su lengua privativa, y el español, la lengua general de España. Y no por igual, ciertamente: lo que llamaba la «casa lingüística» de los catalanes tiene dos pisos, con diversas funciones, y en ambos siguen en su casa.


«Yo creo necesario -escribía en 1965-, dado el estado real de las cosas, que el catalán sea poseído con plenitud, escrito con espontaneidad y esmero, usado con libertad. Creo que cada cual debe decidir por sí lo que escribe al frente de su tienda, en qué lengua compone e imprime sus libros, revistas y periódicos, cómo conversa o negocia. El amor, el gusto, la conveniencia, el prestigio se encargarán de regularlo... El catalán sólo sería una limitación, un factor de "tibetanización" de Cataluña; unido al español, a la segunda lengua propia de los catalanes, puede ser el instrumento y la expresión de su personalidad plena, segura, actual y no arcaica, arraigada y universal al mismo tiempo».

Y todavía añadía: «Creo que si se hiciera difícil el tránsito entre los dos pisos, si "el de arriba" se prohibiera, se cerrara o sólo se pudiera visitar de vez en cuando, los catalanes se sentirían profundamente incómodos, casi tanto como se sienten hoy». No recuerdo que nadie planteara estos problemas de manera parecida hace treinta y tres años, cuando dominaba el silencio. Es curioso que nadie recuerde ahora todo esto, ni siquiera los que entonces expresaron su sorprendido agradecimiento.


Pero la cosa no termina aquí. Entre 1974 y 1981 escribí incesantemente sobre los problemas españoles; todo ello puede verse en la reedición de «La España real» (Espasa-Calpe, 1998). Desde el comienzo hasta el final, a lo largo de casi 800 densas páginas, se examinan los pasos que se han dado en España desde los años finales del régimen ya lejano hasta el establecimiento de la Constitución en 1978 y sus perspectivas inmediatas. Los problemas regionales, los que afectan a la integridad de la nación española y la personalidad de sus miembros, los que se refieren a la historia y la cultura de nuestro país, ocupan un puesto decisivo. Entre ellos, los que conciernen a las lenguas han sido objeto de una atención especial y minuciosa.

Cataluña, su cultura, su literatura, aparecen con mayor frecuencia y detenimiento, por motivos objetivamente justificados. Hay un examen detallado de cómo han visto las cosas, en diferentes épocas, catalanes famosos. Uno de los que me parecen más admirables, el gran poeta Joan Maragall, cuya obra entera he leído en sus dos lenguas, y que ya apareció en «Consideración de Cataluña», es estudiado aquí en cuatro artículos, bajo el título global «Los ojos de Maragall». En España se hablan varias lenguas -no tantas como en la mayoría de las naciones europeas, cuya diversidad lingüística es por lo común mayor-. No son equivalentes, ni comparables. En las regiones correspondientes, algunas son habladas por la mayoría; en otras, por los habitantes de algunas zonas geográficas o por ciertos estratos sociales. El cultivo literario es muy variable, desde la considerable riqueza -con interrupciones que pueden abarcar varios siglos- hasta la escasez, tal vez extremada. Habría que preguntarse, no ya qué se ha escrito en cada una de las lenguas, sino qué se puede leer en ellas, de cualquier origen. Esta consideración es decisiva para determinar el puesto adecuado y las posibilidades que ofrecen.


Y hay una lengua, la que se llamó castellana por su origen y hoy debe llamarse española, porque no es privativa de ninguna porción de España, ni de ella en su conjunto, ya que es propia de todos los países hispánicos. Lo menos importante es que sea la lengua «oficial» en las legislaciones recientes; lo decisivo es que es la lengua común, propia de todos los españoles y de trescientos millones más, poseída y entendida por todos, instrumento de comunicación de uno de los más grandes grupos humanos.

Por si esto fuera poco, en esta lengua se ha escrito una de las más ilustres culturas, durante un milenio sin interrupción, desde hace medio en las dos orillas del Atlántico. Es excelente el cultivo de las lenguas particulares que viven en España. Es justo que sean libremente usadas, enseñadas, perfeccionadas, que tengan cooficialidad en la comunidades en que se hablan. La pretensión de «exclusividad» es, por supuesto, ilegal, pero no es esto lo que más importa. Es una muestra de provincianismo, que puede llegar a ser aldeanismo. Es una manera de suicidio cultural e histórico. Cuando recibo un documento en que una institución es denominada solamente en la lengua particular, pienso que se hace un despojo a sus habitantes, y me sorprende que lo consientan. No cabe duda de que quienes corren el riesgo mayor son los ciudadanos de tales comunidades. A España en su conjunto la afecta sólo en la medida en que todo lo español es entrañablemente propio.

(c) 1998 Prensa Española S. A.

  

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¿Son tan difíciles los clásicos españoles?

 

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Premio Rivadeneyra de la Real Academia Espalñola

«En Lope de Vega busco el fondo, más allá de la belleza del verso», leo en unas declaraciones hechas a la prensa por un director encargado de poner en escena una de las comedias de Lope en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¡Ya estamos, me digo resignado, y me voy a buscar la botella de ron!

Aclara un poco más la entrevista: «Al leer a Lope la estética del siglo XVII me aleja de la parte más humana donde puedo indagar y a la que necesito tocar con la mano para que los personajes no suenen a cuadros. He respetado el verso, pero no he querido que su belleza nos hiciera quedarnos únicamente en la forma». Se insiste, pues, en que el verso es un estorbo para ahondar en el «fondo del asunto». La estética del XVII, por lo demás, parece que no es humana y al director aludido tampoco le convence el sonido de los cuadros. No sé si es el ron, pero me siento confundido. Me imagino unas declaraciones análogas de un director de escena empeñado en montar La Traviata o Rigoletto: «He procurado no quedarme en la belleza de la música; quería buscar el fondo, más allá de la mera forma. Al final hemos optado por respetarla, pero en realidad pensamos que la ópera queda mejor sin tantos violines».

Yo creía que el verso es el vehículo esencial del teatro del Siglo de Oro; de que los poetas lo usan porque están haciendo poesía, no «fondo»; que suena infinitamente mejor (al menos el de Lope) que la prosa ramplona de muchas piezas teatrales que se consideran "más humanas". En el Siglo de Oro, muy señores míos, la gente tampoco hablaba en verso por la calle, y el público comprendía el «fondo» precisamente porque el verso le enseñaba muchas cosas. Hoy el público podría hacer lo mismo, pero los directores, actores e «intelectuales» se empeñan en que el verso estorba, lo miran con malos ojos y lo mancillan con oprobios y vilipendios. En mi desorientación pensaba yo que difuminar el verso del teatro clásico era como traducir en prosa las «Soledades» de Góngora, o quitarle a Shakespeare las metáforas. (Pero sin la maravillosa retórica shakespeariana, «Ricardo III» podría considerarse una tontería truculenta, «Otelo» la historieta inverosímil de un general bobo, y «El rey Lear» una anécdota sobre sandez cazurra de un viejo chocho... ¿entonces?).

También se empeñan en poner fecha de caducidad a los clásicos: ¿por qué la estética del siglo XVII -la de Lope, Quevedo, Velázquez-nos aleja de la parte "más humana" (¿de la parte más humana de quién?)? ¡Pobre Terencio!: cuando escribió aquello de «homo sum, humani nihil a me alienum puto» (soy hombre y nada humano lo considero ajeno) y se quedó tan contento, no sabía que la parte más humana sería para algunos responsables culturales solamente lo que ellos pudieran comprender con poco esfuerzo. (¡Ay, Terencio!, reconozcamos que el latín no está precisamente en buena posición).

En un congreso sobre Calderón de la Barca, oí contar al director de una escuela de teatro su experiencia al proponer a sus alumnos el montaje de una pieza calderoniana. Al parecer la reacción de los estudiantes se caracterizó por un tono general de sorpresa, y por comentarios del tipo: «Calderón, qué horror, en verso, qué aburrimiento... alguien expresó lacónico: pedazo ladrillo, o algún título más onomatopéyico como buf, o el más simple pero expresivo puagg». Imaginemos la escena en una escuela de teatro inglesa y sustituyamos Calderón por Shakespeare. Entre el asombro indignado y dolorido, y la resignación estoica, nos preguntamos: ¿Por qué, quienes desean dedicarse al teatro rechazan así la más importante tradición teatral del occidente moderno, que es la española del Siglo de Oro? Deberían ser condenados a representar a don Jacinto Benavente o a los plúmbeos trágicos de las Galias.

La situación, por desdicha, es coherente en todos sus extremos: de directores a estudiantes, pasando por los críticos de la prensa, parece que una epidemia de trivialidad se resiste a desaparecer de la cultura española a propósito de los clásicos. El crítico teatral de un importante diario nacional comentaba una representación de «El alcalde de Zalamea» admitiendo a regañadientes que esta tragedia apasionada abordaba «las escasas posibilidades de modernidad de don Pedro Calderón» (¡Qué cruz, don Pedro, paciencia!); seguía diciendo que Calderón es sutil en ocasiones y «bastante cafre» en otras. En la escasa página de su crítica no olvida sacar a relucir la moral tridentina, el carácter reaccionario y el catolicismo «más retrógrado» como centro del universo barroco... ¡Misión cumplida! (Que yo sepa no le han despedido del periódico).

En realidad Calderón fue admirado por gentes de inteligencia y sensibilidad muy notables: Goethe, Camus, Becket, Falla, García Lorca... Es el mayor trágico del teatro español, espléndido poeta cómico, una figura de primer orden mundial. Nadie que lea unas pocas obras suyas con una mínima atención queda inmune a su grandeza...

¿Qué sucede con los clásicos españoles? ¿Tan difíciles son de entender? Me parece que no. El problema no son los clásicos. El problema es su desconocimiento, y cierto complejo de inferioridad de la cultura española, que admite que Molière sí, Shakespeare, por supuesto, pero ¿Calderón? ¿Lope?

Empecemos por leerlos con más atención y mente y oído más abiertos, sin prejuicios ni complejos, si es posible en ediciones adecuadas con explicaciones pertinentes. Algunos trozos en voz alta, para que suene el verso, que está precisamente para eso. No busquemos en las obras maestras del pasado las menudas cuestiones locales que marcan nuestra aventura cotidiana. Y no cerremos los ojos a las verdades permanentes que encarnan sus protagonistas: deseos, frustraciones, deberes, sacrificios trágicos o enredos humorísticos que son para nosotros perfectamente comprensibles y apasionantes.

A Lope, Tirso o Calderón les importa poco lo que hagamos; pervivirán de todas formas. A nosotros nos debería importar algo más: nos los estamos perdiendo.
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Fecha: 1 de junio de 2002 - Publicado en: Diario de Navarra
En este Sitio: 7.06.2002

  

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La interpretación literaria de los países

 

 

Por JULIÁN MARÍAS
de la Real Academia Española

 

 

DURANTE la Edad Moderna, digamos desde el siglo XVI, la literatura ha influido decisivamente en la manera de sentirse los europeos pertenecientes a su nación, y no menos en la constitución de una imagen coherente de esas naciones.

Hasta el siglo XVI no hubo propiamente naciones en Europa. Había Reinos, Ducados, Condados, diversas formas de articulación política y social. Entre nosotros, Castilla, por supuesto; también Aragón, en cierta medida Navarra, con la presencia menguante del Islam en el Sur, que no terminará hasta la Reconquista de Granada a fines del siglo XV.

La unificación territorial de España, la política con los Reyes Católicos, el nacimiento de un proyecto colectivo bien distinto del medieval de la Reconquista, todo eso hace que se constituya por primera vez lo que desde entonces será la Nación Española. Este hecho se está intentando desdibujar en la época reciente, ejerciendo violencia sobre lo que era la situación desde el siglo XVI, y no digamos en la realidad posterior.

Antes de 1500 no había naciones en Europa. España, Portugal, Francia, Inglaterra fueron las primeras, ya plenamente constituidas en el siglo XVI. El resto de Europa realizó lentamente un proceso desigual de nacionalización, que en rigor no culminó hasta 1870 -unidad nacional de Alemania e Italia-, dejando fuera de ese proceso a amplias zonas de Europa en deficiente estado de nacionalización.

Las nuevas naciones significan el nacimiento de proyectos colectivos coherentes, expresados, más que en la política real, en una conciencia de personalidad a la que contribuyó esencialmente una diplomacia que antes no existía como tal; había legados, se enviaban embajadores ocasionalmente de unos países a otros. La diplomacia en el sentido que hoy tiene este término fue en buena medida y durante bastante tiempo una creación española.

Paralelamente se empieza a ver cada una de las naciones como una personalidad definida, con atributos visibles sobre todo para los demás: empieza a haber una imagen exterior de cada país visto por los demás. La tosquedad e inexactitud de los llamados caracteres nacionales es evidente, pero no lo es menos la eficacia real que esas imágenes han tenido.

En gran parte ha sido la literatura la que ha elaborado esas imágenes; muy principalmente el teatro, cuya importancia ha variado enormemente a lo largo de los siglos. Se leía menos que en siglos posteriores; la lectura, además, se hace usualmente en soledad; el teatro significaba reunión, colectividad, algo compartido y que por ello era «consabido».

De ahí el decisivo influjo de la escena en la constitución de la imagen interna de España, Francia o Inglaterra. La existencia de un teatro «nacional» -allí donde ha existido- ha sido un factor decisivo de coherencia, transparencia y proyección histórica. Es un género que consiste en convivencia, en ese tipo de asamblea que es un corral de comedias o un teatro, frente a la lectura solitaria, aislada, a cualquier hora. El que esto haya cambiado enormemente a lo largo de varios siglos no debe ocultar su decisiva función.

En épocas más recientes, otros factores han ocupado el puesto que correspondió inicialmente al teatro. La novela llegó a ser multitudinaria, de enorme difusión desde el siglo XIX; no se olvide que hasta esa época no era un género «noble», de reconocido prestigio, como habían sido la poesía, el drama o la tragedia. Aun dentro de la vigencia de la novela, puede comprobarse la escasez y tardanza del prestigio de algunos géneros, por ejemplo el policiaco; para ser un «gran» escritor era menester cultivar ciertos géneros; los otros apenas se perdonaban; muchos han sido desdeñados hasta hace muy poco tiempo. Dumas, Conan Doyle, Simenon, a pesar de su fabuloso éxito, tenían un escaso e inseguro puesto en el Parnaso.

Hasta muy entrado el siglo XIX, la poesía, el teatro, especialmente la tragedia o el drama, eran los factores de prestigio. Cambios sociales en algunos países, desigualmente repartidos, determinan los ascensos y descensos de los diversos géneros. Paralelamente se produce una adscripción de esos géneros a los países que los cultivan con más asiduidad y éxito. Es evidente que la novela tiene incomparable mayor importancia en Francia e Inglaterra que en Alemania. Aparece ocasionalmente y con gran fuerza en Rusia, pero sin la continuidad y permanencia de aquellos otros países.

Se crean interpretaciones nacionales condicionadas por las grandes novelas de amplia difusión y éxito, coincidentes en cierta medida con su calidad. Se establecen modelos vigentes por su mayor éxito, que se imitan en países que así resultan literariamente dependientes.

Todo esto es plenamente válido hasta la aparición de factores nuevos, que alteran radicalmente la situación, ante todo el cine, nutrido de literatura, más de la novela que del teatro, aunque parezca extraño dado su carácter de espectáculo. Los centros de creación, los mecanismos de difusión, una universalidad muy superior a la que habían alcanzado las literaturas nacionales, todo ello confiere al cine enorme vitalidad a la vez que suscita nuevos problemas. El primero, los actores; en segundo lugar, la dependencia de las lenguas; las pérdidas y ganancias que supone el conocimiento de ellas o los «remedios» que se aplican para conseguir cierta universalidad: el doblaje, los subtítulos, el valor de las voces y la limitación impuesta por su pérdida.

El cine ha adquirido caracteres nacionales unidos a estilos y a la personalidad de los actores. Mientras el teatro estaba reducido a públicos limitados y localizados, el cine nació con una exigencia de universalidad. Su concreción originaria era el gran estorbo; los intentos de superarlo han sido un problema constante, nunca resuelto. Durante bastante tiempo existió el predominio absoluto del cine americano; después, con mejor o peor fortuna, se han intentado estilos diferentes que eran a la vez interpretaciones de los diversos países. Uno de los riesgos actuales es el recurso a las técnicas, a los «efectos especiales» en detrimento de la presencia viva de los actores y de la historia contada; es decir, el argumento, la tonalidad, el posible lirismo.

 

 

 

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MANIPULAR LA HISTORIA

 

POR Jorge TRIAS SAGNIER

EL hijo de unos amigos que estudia en ICADE (jesuitas) me cuenta como la cosa más normal del mundo que su profesora de Derecho Constitucional les advirtió el primer día de curso, y lo repite cuando puede o se tercia, que ella es republicana, no cree en la Monarquía y milita en la izquierda. Toma nísperos, que diría el maestro Campmany. Ah, pero el chico, a continuación, nos dice «pero es muy buena persona, muy simpática». Faltaría más. Me parece lógico que eso ocurra en la Casa jesuítica, les comento a mis perplejos amigos, ya que también tienen una o varias escuelas de teólogos que, como primera providencia, se cuestionan la divinidad de Jesucristo y, como segunda, no respetan la autoridad del Papa ni creen en su infalibilidad. Pero opiniones constitucionales como las de esa voluntarista, oposiciones teológicas como la de esos descreídos, suelen tener buena acogida en la Prensa «políticamente correcta». Son los mismos que se descuelgan, sin que nadie les suspenda, con eso de que España no es una nación, y, en cambio, se refieren a Cataluña o el País Vasco como «Comunidades históricas». Los mismos a quienes les ha dado un ataque de histeria cuando el presidente del Tribunal Constitucional ha dicho, por cierto con sentido del humor, pues no en vano es andaluz, lo que constituye, nos guste o no, una verdad incontrovertible.


Nadie puede poner en duda que en el siglo X la Córdoba de los Califas celebraba solemnemente la fiesta de san Isidoro, obispo hispalense y salvador de la cultura occidental, cuyo ejemplo no tenía todavía imitadores en los reinos del norte, que por esa época andaban a palos unos con otros, y cuyas historias tan sólo comenzaban a dibujarse, no eran más que un pálido bosquejo de lo que llegaron a ser varios siglos después los reinos de Aragón (Cataluña nunca fue un reino) y de Castilla. Ferrán Soldevila, el historiador de Cataluña, escribe (página 125, tomo I de su «Historia de Catalunya») que en esa época -la de los Ramón Berenguer y Mío Cid-, cuando en lo que hoy es Andalucía ya llevaban varios siglos de cultura e historia, «és tot el panorama de la nostra història, que comença a dibuixar-se».

Además, que los reyes, condes o caudillos castellanos, navarros, leoneses, ilerdenses o de Barcelona eran en esa época bastante puercos, visto con nuestra higiénica visión occidental de comienzos del siglo XXI, y en comparación con los califas cordobeses o monarcas nazaríes, es algo que, por evidente, no debería molestar a nadie. ¿O es que alguien se ofendería en Francia y organizaría un problema de Estado, por ejemplo, si les recordásemos que no se instaló un cuarto de baño completo en el Palacio del Elíseo hasta, si no recuerdo mal, la presidencia de Clemenceau? Se comprende que los nacionalistas vascos se suban por las paredes porque el Tribunal Constitucional les haya tumbado los Presupuestos, pero reaccionar como lo han hecho por el ocurrente comentario de Jiménez de Parga, resulta infantil, y la reacción de los catalanes apuntándose al rebufo del intento de linchamiento, patética y ridícula. Porque, ¿de qué estamos hablando, de historia o de otra cosa?

2003-01-27 ABC. ESP.

 

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P: ¿Coincide con la tesis que apuntan que la identidad española surge con la creación del Estado-Nación imperial de la Edad Moderna, y que queda diluida en la era del nacionalismo posterior a Napoleón, con la impotencia o culpabilidad de los gobiernos liberales?

R: No, creo que la identidad española es indiscutible ya en el siglo IV –quizá incluso antes– y su relativización es fruto de la labor conjunta de los movimientos nacionalistas, anarquista y socialista. 2003-04-19 Dr. CESAR VIDAL. LIBERTAD DIGITAL.

 

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P: ¿Cuántos muertos cree que hubo, aproximadamente, en el ataque a Guernica?

R: La respuesta es fácil. Algo menos del centenar. Se conocen los nombres y las circunstancias. 2003-04-24. CÉSAR VIDAL. LIBERTAD DIGITAL. ESP.

  

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Conmemoraciones

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 14 de octubre de 1999

El uso de ordenadores o computadores, que ponen todos los datos al alcance de cualquiera, hace que muchos se pasen el tiempo recordando los aniversarios, cincuentenarios y centenarios de casi todo. Es una forma inorgánica, a veces injustificada, de evocar lo pretérito, a veces de minucias sin mayor importancia, pero resulta saludable en un pueblo de desmemoriados. Gracias a ello, se va reconstruyendo la historia, por fragmentos, a veces en desorden, pero más vale así que el olvido.

El año 1998 coincidió con el centenario de la muerte de Felipe II, cuya figura y época fueron traídas a la memoria histórica, revividas, analizadas, puestas en circulación. El azar hace que el centenario de su padre, Carlos V, nacido en 1500, coincida con el año próximo, el ya inmediato 2000, y ya nos estamos preparando para la correspondiente evocación. Es decir, el padre va a suceder en la conmemoración al hijo, en una curiosa inversión del orden real. Se puede, sin embargo, corregir esa anomalía, mediante una mayor fidelidad a las evocaciones cronológicas. Hay otro centenario ilustre en puertas: el del nacimiento de Velázquez, en 1599.

Es uno de los grandes nombres de la historia de España, de los tres o cuatro indispensables para entender. Si pensamos en él, hay que tener presente, no sólo su nacimiento, sino su obra entera, hasta su muerte en 1660. Si tomamos las dos fechas de los dos personajes, desde el nacimiento de Carlos V hasta la muerte de Velázquez, nos encontramos con el periodo que va de 1500 a 1660, algo más de siglo y medio, en que el papel de España fue, no sólo relevante, sino absolutamente decisivo para la historia del mundo. Se hablará de "hegemonía española", y así fue en realidad, pero creo que algo más, de un alcance extraordinario.


Me propongo indagar, con la colaboración de unos cuantos investigadores eminentes, que suplirán con su sabor a mi modesta capacidad de hacer preguntas, lo principal que aconteció en ese siglo y medio o dos siglos, si miramos un poco atrás, desde finales del siglo XV, hasta el casi concluso XVII: la fundación de Occidente. Esta realidad, en la que vivimos desde entonces, uno de los "mundos" que existen en el mundo total, que en modo alguno es unitario, aunque todo él esté en presencia, no existía hasta la época que se trata de recordar. Europa había sido "intraeuropea"; desde las expediciones españolas y portuguesas del final del siglo XV, se proyecta fuera de sí misma, hacia tierras casi desconocidas o enteramente ignoradas, de existencia dudosa, hacia el Oeste, lo que llevó al descubrimiento del Nuevo Mundo, y hacia el Este, lo que exigió el reconocimiento de buena parte de África, desde las islas Canarias hasta el Cabo de las Tormentas o Buena Esperanza, hasta el Océano Índico.

Pero no sólo esto, sino que desde América, desde la Tierra Firme, se avista el Océano Pacífico, inmenso y desconocido, y se inicia su navegación y exploración. Magallanes lo cruza hasta las Islas Filipinas, donde muere; desde allí, Elcano prosigue la navegación y da la vuelta al mundo. Se toma posesión de la redondez de la Tierra, queda completa la figura y extensión del planeta. Y empieza la exploración minuciosa, por navegantes españoles y portugueses, del Pacífico, hasta los tiempos de Mendaña y tras él su mujer, Isabel de Barreto. A esto llamo la fundación de Occidente, la creación humana de su realidad. Pero no se trata sólo de geografía, sino de la vida humana como tal, y por tanto de la historia. Tras la fundación de las dos primeras naciones de Europa en el sentido moderno de la palabra, España y Portugal, se constituye la Supernación en dos hemisferios, lo que va a ser la Monarquía católica o hispánica, precisamente la de Carlos I, desde la cual va a ser Emperador como Carlos V. La "universitas christiana" que va a ser su proyecto histórico se concibe desde la nueva realidad occidental, hasta entonces inexistente.

Esta radical innovación es de un orden de magnitud nunca antes superado, a no ser por la romanización del mundo antiguo, a una escala menor. ¿Se tiene esto presente? ¿No ocurre que la atención, retenida por asuntos que en el fondo resultan "provinciales", pasa por alto la nueva realidad de Occidente? ¿No sucede que todavía hoy se la pasa por alto sin advertirla? Y no se trata sólo del ámbito en que se va a mover la vida europea -que ya será algo más-, de la extensión del "mundo" en que se vive -desde luego los españoles, pero no todos- sino del contenido de la vida. Las instituciones, el derecho, las formas políticas, se van a dilatar mucho más allá de sus límites originarios. Dos lenguas europeas -luego una tercera- se van a convertir en "lenguas universales", unificadoras de inmensos territorios siempre fragmentados.

El mandato evangélico "Docete omnes gentes" se va a cumplir por primera vez más allá de los límites del mundo antiguo. El arte, la literatura, el pensamiento van a lograr un alcance casi universal, inimaginable hasta entonces. Y esto refluye sobre Europa misma, que no va a ser lo que era. El concepto de la oikouméne, la "tierra habitada", ha experimentado una inmensa transformación. Ha pasado de ser una idea, una aspiración, a lo sumo un ideal, a convertirse en una realidad. Y eso quiere decir, sobre todo, algo con lo que "hay que contar". Desde ese siglo y medio originado en la Península Ibérica, los europeos no van a estar "solos". Van a tener que vivir a escala universal.

Los productos, que van y vienen -no se olvide, por inverosímil que parezca, que América era un continente sin caballos ¡ni rueda! hasta que los llevaron los españoles. Y tantas cosas, y lo que no son cosas, cruzan el Atlántico para asentarse y florecer en el otro hemisferio, mientras Europa se enriquece con tantas cosas americanas sin las cuales no nos entendemos. He dicho que los europeos van a tener que vivir a escala universal. ¿Y pensar? Acaso no, porque es cuestión delicada y que a veces llega con retraso. Habría que indagar con rigor qué personas, qué países de Europa, empiezan a pensar desde el ámbito ya real de Occidente. Habría que ver cómo se va gestando la incorporación del viejo mundo a los nuevos, la visión de éstos desde el antiguo.

He propuesto los dos términos botánicos "transplante" e "injerto" para la acción europea sobre América. Habría que dar a esas nociones toda su extensión, desde los comportamientos sociales hasta la idea misma del "hombre". "Tolgamos la corteza, al meollo entremos." ¿No valdría la pena, con ocasión de estos centenarios, penetrar, más allá de la superficial corteza, en el fondo de la realidad en que vivimos? Por añadidura, se descubriría qué ha sido, qué es, qué puede ser España.

(c) 1999 Prensa Española S.A.

 

 

 

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Hidalguía - (Caballería)

 

 

 

La hidalguía (derivada del Francés Cheval del Latín Caballus) como una institución se debe considerar desde tres puntos de vista: lo militar, lo social y lo religioso. Consideraremos también la historia de la Hidalguía como un todo.

 

 

Militar

En el sentido militar, Hidalguía fue la caballería pesada de la edad media la cual constituyó la principal y más efectiva fuerza marcial. El caballero o chevalier era el soldado profesional de la época; en latín vulgar
medieval, la palabra miles (soldado) era equivalente a "caballero". Esta supremacía de caballería era correlativo con el rechazo de la infantería en el campo de batalla.
Cuatro particularidades distinguieron al guerrero profesional:

    • Sus armas;
    • Su Caballo;
    • Sus sirvientes, y
    • Su bandera.

Armas

El ejército medieval estaba pobremente equipado para combate a larga distancia, y arcos y ballestas eran las únicas empleadas, aún cuando el clero pretendía prohibir su uso, al menos entre multitudes cristianas, como adverso a la humanidad. En todos los actos ellos eran considerados como desleales en combate por el caballero medieval. Sus únicas armas ofensivas eran la lanza para el choque y la espada para el combate cuerpo a cuerpo, armas comunes para ambos, armas ligeras y caballería pesada. La característica distintiva de lo más reciente, lo cual realmente constituyó la hidalguía, se reveló en sus armas defensivas, lo cual varió con las diferentes épocas. Estas armas fueron siempre costosas de obtener y pesadas para cargar, tal como la BRUNIA o Camisote de la época Carlovingia, el arnés, el cual predominó durante las cruzadas, y finalmente el blindaje se introdujo en el siglo catorce.


Caballos

Ningún caballero era considerado a estar equipado apropiadamente sin al menos tres caballos:

·         El caballo de batalla, o DEXTERARIOUS, el cual era dirigido a mano, y usado sólo para el comienzo (de aquí el decir, "para montar una actitud arrogante"),

·         Un segundo caballo, palafren o corcel, para el camino, y

·         El caballo de carga para el equipaje.

Sirvientes
El caballero requería de varios sirvientes:

o        Uno para conducir los caballos,

o        Otro para cargar las armas más pesadas, particularmente el blindaje o escudo de armas (scutum, de aquí SCUTARIOS, del francés ESCUYER, escudero);

o        Otro más para ayudar a su amo a montar su caballo de batalla o para levantarlo si era desmontado;

o        Un cuarto sirviente para custodiar prisioneros, mayormente aquellos de calidad, por quienes era esperado un gran rescate.

Estos sirvientes, quienes eran de baja condición, no eran confundidos con los asistentes armados, quienes formaban la escolta de un caballero, Desde el siglo trece los escuderos también fueron armados y montados a caballo y pasaban de un grado a otro, fueron elevados finalmente a la caballería.

Banderas
Los estandartes fueron también una marca distintiva de Hidalguía. Eran fijados y llevados a la lanza. Había una clara definición entre el pendón, una bandera en punta y ahorquillada en la extremidad, usada por un simple caballero o mancebo como una insignia personal, y el estandarte, de forma cuadrada, usada como la insignia de una banda y reservada al barón en mando de un grupo de al menos diez caballeros, llamada una guardia civil. Cada bandera o estandarte era ensalzado con las armas de su dueño para distinguir uno de otro en el campo de batalla. Esta relación heráldica llegó a ser después hereditaria y dio lugar a la complicada ciencia heráldica.

Social
La carrera de un caballero era costosa, requiriendo de medios personales de conformidad con la estación, un caballero tenía que sufragar sus propios gastos en una época cuando el monarca no tenía tesoro ni presupuesto de guerra disponible. Cuando la tierra era la única clase de riqueza, cada soberano que deseaba formar un ejército dividía sus dominios en feudos militares, el arrendatario apoyaba el servicio militar con sus propios gastos personales por un número determinado de días (cuarenta en Francia e Inglaterra durante el periodo Normando). Estos derechos como otras concesiones feudales, llegaron a ser hereditarios, y de este modo se desenvolvió la clase noble, para quienes la profesión caballeresca era la única carrera.

La Encomienda, sin embargo, no era hereditaria, previsto sólo a los hijos de un caballero que estuviera elegible a su categoría. En su puericia eran enviados a la corte de algún noble, donde eran entrenados en el uso de los caballos y armas además de enseñarles clases de cortesía. Desde el siglo trece, los candidatos, después de que habían obtenido la categoría de escudero, se les permitía formar parte en las batallas; pero era sólo cuando habían llegado a la edad, comúnmente a los veintiún años a la que eran admitidos en el grado de caballero, a través de una ceremonia propia llamada "Armar caballero". Cada caballero era apto para investir la encomienda, proporcionando al aspirante requisitos completos de sus condiciones de linaje, edad, y entrenamiento. Cuando la condición de linaje era carencia en el aspirante, el monarca únicamente podía crear un caballero, como parte de su privilegio real.

Religioso
En la ceremonia de investir la encomienda, la Iglesia participaba a través de la bendición de la espada, y en virtud de esta bendición la hidalguía asumía su carácter religioso. En el principio de la cristiandad, no obstante las enseñanzas de tertuliano acerca de que la cristiandad y la profesión de las armas eran incompatibles era condenado como herético, la carrera militar era considerada como un pequeño privilegio. En la hidalguía, la religión y la profesión de las armas era reconciliable. Este cambio de actitud en la parte de la Iglesia viene, de acuerdo a algunos, desde las cruzadas, cuando los cristianos armados fueron por primera vez devotos de un propósito sagrado. Aún antes de las cruzadas, sin embargo, un anticipo de esta actitud se encontró en la costumbre llamada "Tregua de Dios". Fue entonces que la clericatura aprovechada de la oportunidad ofrecida por estas treguas exigió de los guerreros rudos de épocas feudales una promesa religiosa para usar sus armas ampliamente para la protección de los débiles e indefensos, especialmente mayores y huérfanos, y de las Iglesias. La hidalguía, en el sentido moderno, se sustentó en una promesa, fue esta promesa la que dignificó al soldado, elevado en su propia estima, y levantado casi al nivel del monje en la sociedad medieval. Como correspondencia a esta promesa, la Iglesia decretó una bendición especial para el caballero en la ceremonia llamada en el PONTIFICADO ROMANO, "Benedictio novi militis".

Al principio muy simple en su forma, este ritual gradualmente se desarrolló dentro de una ceremonia elaborada. Antes de la bendición de la espada sobre el altar, muchos exámenes preliminares fueron requeridos del aspirante, tales como la confesión, una vigilia de oración, ayuno, un baño simbólico, y una investidura con una túnica blanca, con el propósito de imprimir en el candidato la pureza del alma con las cuales comenzaba como tal una noble carrera.

Arrodillado, en la presencia del clero, pronunciaba la promesa solemne de la hidalguía, al mismo tiempo muchas veces renovando la promesa bautismal; al escogido como padrino enseguida lo golpea levemente en la nuca con una espada (armar caballero) en el nombre de Dios y San Jorge, el patrono de la hidalguía.

Historia
Existen cuatro periodos distintos en la historia de la hidalguía. El periodo de la fundación, es decir, el tiempo cuando la tregua de Dios estaba en vigor, atestiguando la larga competencia de la Iglesia contra la violencia de la época ante el éxito del refrenamiento del espíritu silvestre de los guerreros feudales, quienes anterior a esto reconocían no la ley sino fuera por la fuerza bruta.

Primer periodo: Las cruzadas
Las cruzadas introdujeron la época de oro de la hidalguía y el cruzado era el modelo del caballero perfecto. El rescate de los lugares sagrados de Palestina desde la dominación musulmana y la defensa de peregrinos llegó a ser el nuevo objetivo de su promesa. En correspondencia, la Iglesia lo acogió bajo su protección de una forma especial, y confiriéndole a él privilegios espirituales temporales excepcionales, tales como el perdón de todas sus penas, dispensa de la jurisdicción de las cartas mundanas, y como una forma de sufragar los gastos de la jornada a la Tierra Santa, los caballeros fueron dispensados de la décima parte de todos los ingresos de la Iglesia.

La promesa del cruzado estuvo limitado a un tiempo específico. Por los viajes distantes dentro de Asia, el promedio de tiempo fue de dos a tres años.

Segundo periodo: Las órdenes militares
Después de la conquista de Jerusalén, la necesidad de un ejército permanente llegó a ser definitiva; para prevenir la pérdida de la Ciudad Santa cercándola de las naciones enemigas. Fuera de esta necesidad surgieron las órdenes militares las cuales fueron adoptadas como una cuarta promesa monástica la del combate permanente contra los infieles. Fue en estas órdenes donde se llevó a cabo la perfecta fusión de lo religioso y el espíritu militar, la hidalguía alcanzó su auge. Este espíritu heroico tuvo también a notables representantes entre los cruzados seglares, como Godofredo de Boullion, Tancredo de Normandía, Ricardo Corazón de León y sobre todo Luis IX de Francia, en quien la encomienda estuvo coronada por santidad. Como el monástico, la promesa del caballero se limita con vínculos comunes de los guerreros de cada país y condición, y enrolados en una enorme fraternidad de manera, ideales y objetivos. La hermandad seglar tuvo, como la regular imposición de reglas sobre la fidelidad de sus miembros hacia allá; los patrones y sus mandatos proceso legal en el campo de batalla y la observación de la sentencia de honor y cortesía. El caballero medieval, por otra parte abrió un nuevo capítulo en la historia de la literatura. Preparó el camino y dio un pronto uso corriente a un movimiento épico y romántico a la literatura reflejando el ideal de la encomienda y elaborando sus logros y alcances. Provenza y Normandía fueron los centros principales de esta clase de literatura, la cual fue divulgada por todo Europa por los trovadores.

Tercer periodo: La Hidalguía seglar
Después de las cruzadas la hidalguía perdió gradualmente su aspecto religioso. En este, su tercer periodo, el honor queda en el culto particular de la encomienda. Este espíritu es manifestado en las muchas hazañas caballerescas las cuales llenan las crónicas de las largas contiendas entre Inglaterra y Francia durante la Guerra de los cien años. Las Crónicas de Froissart dan una descripción intensa de esta época, donde las batallas sangrientas se alternan con torneos y manifestaciones vistosas. Cada país contendiente tiene sus héroes. Si Inglaterra se ufanaba de las victorias del Príncipe negro, Caudos, y Talbat, Francia podía jactarse de las proezas de Du Guesclin, Boucicaut, y Dunois.

Pero con toda la brillantez y hechizo de sus alcances, el principal resultado era un inútil derrame de sangre, desperdicio de dinero y miseria para las clases más bajas. El carácter cariñoso de la nueva literatura hubo contribuido no en poco a desvía la hidalguía de su ideal original. Bajo la influencia de las aventuras el amor llevó a ser ahora la causa principal de la hidalguía. Como consecuencia aquello levantó un nuevo tipo de Caballero, haciendo un voto al servicio de alguna dama noble, quien podría aún ser otra esposa del hombre. Este ídolo de su corazón tenía que ser reverenciado a la distancia. Desafortunadamente, a pesar de las obligaciones abusando del caballeresco aficionado, estas fantasías extravagantes a menudo llevaban a resultados lamentables.

Cuarto periodo: La hidalguía cortesana
En sus últimas etapas, la Hidalguía llegó a ser un simple servicio cortesano. La orden de la Jarretera, fundada en 1348 por Eduardo III de Inglaterra, la orden del vellocino de oro (Toison d’or) de Felipe de Brogoña, remontado a 1430, formó una hermandad, no de cruzadas, sino de cortesanos, sin otra finalidad que contribuir al resplandor de la soberanía.

Sus más serias tareas fueron el deporte de justas y torneos. Hicieron sus votos no en capillas, sino en salones de banquetes, no en la cruz, sino sobre algunas aves emblemáticas. El "Voto del cisne" de 1306, fue instituido durante la fiesta del armado caballero del hijo de Eduardo I. Fue ante Dios y el cisne que el antiguo rey juró con sus caballeros de vengar en Londres el asesinato de su lugarteniente. Más celebrado es "el voto del Faisán", hecho en 1454 en la corte de Felipe de Borgoña. La razón más importante por cierto, siendo nada más que el rescate de Constantinopla, la cual había caído el año anterior en las manos de los Turcos. Pero la solemnidad del motivo no disminuyó la frivolidad de la ocasión. Un voto solemne fue tomado ante Dios y el faisán en un banquete suntuoso al costo licencioso del cual podía mejor haber sido afecto a la diligencia misma. No menos que ciento cincuenta caballeros, la flor de la nobleza, repitieron el voto, pero la misión llegó a nada. La hidalguía había degenerado en un vano pasatiempo y en una promesa vacía.

La literatura, que tuvo en el pasado tan gran contribución a la exaltación de la hidalguía, ahora reaccionó contra sus extravagancias. En la primera parte del siglo catorce esta crisis llega a ser evidente en la poesía de Chaucer. No obstante el mismo había hecho muchas traducciones de las novelas francesas, y que suavemente ridiculiza a su modo en su "Sir Thopas".

El golpe final fue reservado para el inmortal trabajo de Cervantes, "Don Quijote", el cual suscitó la risa de todo Europa. La infantería en su renacimiento como una fuerza efectiva en el campo de batalla durante el siglo catorce empezó a disfrutar la supremacía que la hidalguía pesada había disfrutado por largo tiempo. La hidalguía que descansó del todo en la superioridad del soldado de caballería en combate, rápidamente decayó.

En Crecy (1346) y Auicourt (1415) la caballería francesa fue diezmada por las flechas de los arqueros Ingleses de Eduardo III y Enrique V.

La nobleza austriaca en Sempach (1476) fue incapaz de sostener el opresor ataque furioso del campesinado suizo. Con la llegada de los rifles de pólvora y el uso general de armas de fuego en la batalla, la hidalguía rápidamente se desintegró y finalmente desapareció para siempre.

CH. MOELER
Traducido por: Ramón Terrazas

The Catholic Encyclopedia, Volume I - Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur +John Cardinal Farley, Archbishop of New York

  

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Arte y simbología en el capítulo barcelonés

de la Orden del Toisón de Oro (1519)

 

Rafael Domínguez Casas

Profesor de la Universidad de Valladolid


http://www.caballerosdeyuste.es/escudo/escudo.htm 

     La Orden del Toisón de Oro(1) fue fundada en Brujas por Felipe el Bueno el martes 10 de enero de 1430, durante las fiestas celebradas con motivo de su matrimonio con la infanta Doña Isabel de Portugal, hija de los reyes portugueses Joao I de Avís y Felipa de Lancáster. El cronista Georges Chastelain(2) (1415-1475) señala que Felipe llevaba largo tiempo meditando sobre la posible creación de una orden caballeresca, pero no acierta a dar una explicación concreta sobre su origen. Uno de los detonantes fue la invitación a ingresar en la prestigiosa Orden de la Jarretera cursada al Duque a través de Jean de Lancáster, duque de Bedford y regente de Francia, en nombre de Enrique VI de Inglaterra. Felipe rechazó educadamente tal ofrecimiento, alegando que planeaba fundar su propia orden cortesana. De este modo logró eludir un juramento de fidelidad que le hubiese puesto a merced del Monarca inglés.

     Sobre Felipe el Bueno sigue diciendo Chastelain que «ce noble prince, le jour principal de ses noces,... se présente premièrement et se montre partant de sa chambre, le vingt-quatrième des nobles chevaliers portant au cou l´ordre de la Toison d´Or, tous semblables a lui»(3). Añade Enguerrand de Monstrelet(4) que «le Duc Philippe de Bourgogne mit sus en l´honneur de Dieu et de monseigneur Saint André, dont, en armes, il portait l´embleme [la Cruz de San Andrés], un ordre et fraternité de vingt-quatre chevaliers sans reproche, gentilshommes de quatre côtés, et il donna à chacun d´entre eux un collier moult gentiment ouvré à sa devise, c´est à savoir, du Fusil. Et à chacun de ces colliers pendait sur le devant, de la même manière que les dames ou demoiselles portent images, fermaux et autres joyaux, une toison d´or en souvenir de la toison que jadis Jason conquit anciennemente en l´île de Colchos, comme on le trouve par écrit en l´Histoire de Troie(5). De laquelle il n´est trouvé en nulle histoire que jamais un prince chrétien avant lui eût relevée ni mise sus. Et l´ordre dessus dit, à l´image de ce que dit est, fut nommé par ledit Duc l´Ordre de la Toison d´Or...»

     El primer patrono de la Orden fue el héroe griego Jasón(6) quien, según la leyenda medieval, viajó con Hércules y los Argonautas en el navío Argo hasta la Cólquide, tierra situada en Oriente (la actual Georgia), donde conquistó el Vellocino de Oro gracias a la ayuda de los talismanes mágicos de Medea, hija del rey Eetes de la Cólquida. De este modo, el Toisón de Oro que pendía el collar de la nueva Orden se convirtió en el símbolo de Jerusalén, Ciudad Santa situada a Oriente que debía ser reconquistada por el Duque y sus caballeros mediante una Cruzada, para devolverla al seno de la Iglesia de Roma.

     Pero Jasón era un pagano de discutible conducta, ladrón por robar el Vellocino y perjuro al repudiar a Medea para casarse con Creúsa, hija del rey Creonte de Corinto. Por ello fue necesario buscar un héroe vinculado a la tradición cristiana. Durante el primer Capítulo de la Orden, celebrado en Lille en 1431, el obispo de Nevers Jean Germain, canciller del Toisón de Oro, recordó a los presentes la historia de la incredulidad de Gedeón que figuraba en el Antiguo Testamento (Jueces 6, 34-38). Mediante dos pruebas nocturnas el Vellocino de Gedeón vaticinó la victoria del Pueblo de Dios sobre los Madianitas. Del mismo modo, al incorporarse a la emblemática de la Orden flamenco-borgoñona, el Toisón de Oro presagiaba la futura victoria del Duque sobre el Islam. Sus vedijas blancas cargadas de rocío celestial simbolizaron desde entonces la pureza virginal de María. Con ello adquirió sentido cristiano la nueva Orden caballeresca, cuyo fin primordial venía explicado en el epitafio de la desaparecida tumba de Felipe el Bueno en la Cartuja de Champmol de Dijon:

     Felipe el Bueno fijó «le lieu, chapitre et collège» de la Orden del Toisón de Oro en la desaparecida Sainte-Chapelle del Palacio Ducal de Dijon. En el capítulo XXI de los Estatutos de la Orden, aprobados en Lille en 1431, dejó ordenado que «en el coro de dicho Templo de Dijon se fije sobre la silla del Soberano de esta Orden un escudo, en que estén representadas sus armas e insignias... y ordenamos que se haga lo mismo sobre los asientos de los caballeros de la Orden, según las armas de cada uno»(7). Los primeros treinta y un paneles armoriados ya estaban colocados en la sillería en 1433, cuando en ella se celebró el tercer Capítulo de la Orden. El panel del Duque de Borgoña fue ejecutado por Hue de Boulogne, pintor de la Corte, y en 1460 se añadieron otros diecinueve escudos, pintados por Guillaume Spicre y Adam Dumont, para sustituirlos por los paneles de los caballeros fallecidos, los cuales habían sido desmontados y colgaban ahora en los muros del templo(8).

     Prescribía el ceremonial de la nueva Orden que los escudos de los caballeros decorasen los respaldos de la sillería del templo donde iba a reunirse el Capítulo. Cada escudo, rodeado con el collar del Vellocino y timbrado con un yelmo que siempre mira al altar mayor, era pintado en un panel rectangular de madera de roble cuyas dimensiones suelen aproximarse a 85 x 65 cm. Encima y debajo se escribía en letra gótica el nombre y títulos del caballero que iba a ocupar el sitial, con la particularidad de que en el caso de los fallecidos se suprimía el yelmo con su cimera y se escribía la palabra tréspassé al final del nombre y títulos. Después de la ofrenda de la Santa Misa de Difuntos, estos escudos se llevaban a la nave de la Iglesia para que los fieles rezasen por el alma de los fallecidos. Los escudos de los caballeros que habían sido expulsados de la Orden por haber cometido una falta grave eran cubiertos con pintura negra y sobre ellos se escribían los motivos de su expulsión.

     El Capítulo duraba cuatro jornadas(9) del mes de mayo y tenía lugar en un palacio donde los caballeros y el Soberano disfrutaban de pantagruélicos banquetes. Había que acudir varias veces al templo elegido para la celebración de los oficios religiosos, los cuales incluían vísperas vespertinas y cuatro grandes misas cada mañana, celebradas respectiva y sucesivamente por San Andrés, de Requiem por los caballeros difuntos, por el Espíritu Santo (ésta se suprimió más tarde) y por la Virgen María. En días sucesivos los caballeros y el Soberano se reunían en la sillería de la iglesia o en una sala de palacio, donde en el más absoluto secreto era analizado el comportamiento de cada caballero, incluyendo el del Soberano. Otro día eran propuestos y elegidos por votación secreta los aspirantes a ingresar en la Orden. El voto del Soberano valía siempre por dos, e incluso por tres si había empate. Seguía el juramento de los caballeros electos, a los que el Soberano imponía los collares de la Orden. Reuniones sucesivas servían para tomar decisiones de carácter político.

     En todos estos actos vestían los caballeros ropa talar, manto y chaperón de lana púrpura con cenefas doradas de fusils y toisones, excepto durante las vísperas, vigilias y misa de Requiem por los fallecidos, a las que acudían con vestiduras negras de paño sin cenefa alguna. En 1473 Carlos el Temerario aumentó el boato, estableciendo el uso de chaperón, ropa talar y manto de terciopelo carmesí, yendo éste bordado con cenefas de oro, que incluían las divisas ducales, y forrado interiormente de raso blanco. Continuó el uso de ropas de paño negro durante las ceremonias fúnebres, pero se estableció que a la misa del tercer día, celebrada en honor de la Virgen María, los caballeros acudirían con vestiduras talares blancas de damasco. Carlos V introdujo una última mejora en el Capítulo de 1516, ordenando que las túnicas, mantos y gorras de paño negro, usadas para las vigilias y misas de difuntos, fuesen en adelante de terciopelo negro, con forro de tafetán en las túnicas y de raso liso negro en los mantos. Sobre esta variedad de ropajes centelleaban siempre los collares del Toisón de Oro, que estaban numerados y debían ser devueltos al Tesorero de la Orden cuando moría su poseedor. 

     Coordinaban este teatro político los cuatro oficiales de la Orden: Canciller, Greffier, Tesorero y rey de armas Toison d´Or(10). El Canciller era un alto eclesiástico que tenía a su cargo el sello de la Orden y hacía el examen moral de cada caballero. Custodiaba el Tesorero los libros y documentos referentes a la fundación y propiedades de la Orden, así como las joyas, collares, reliquias, tapices, libros ricos y vestiduras. El Grefier, que podía ser eclesiástico o seglar, era el historiador de la Orden y se encargaba de guardar y escribir los dos libros que contenían la historia, los Estatutos y los retratos del duque Felipe el Bueno y de los veinticuatro primeros caballeros del Toisón. Uno de esos libros estaba en la Sainte-Chapelle de Dijon y el otro se ponía ante el sitial del Soberano donde había Capítulo. En otro libro escribía el Grefier las hazañas de cada caballero y en un cuarto libro tomaba nota de los acuerdos capitulares, de los castigos impuestos a los malos caballeros y de las ausencias injustificadas. Tenía obligación de dominar el latín, el dialecto borgoñón y el thiois o neerlandés(11). Toison d´Or era el decano de los heraldos del Duque. Servía como mensajero y maestro de ceremonias de la Orden e informaba al Grefier sobre los hechos heroicos de cada caballero.

I. Los capítulos: arte al servicio de la seducción política

     El propio fundador elevó de 25 a 31 el número de caballeros y presidió los capítulos de Lille (1431), Brujas (1432), Dijon (1433), Bruselas (1435), Lille (1436), Saint-Omer (1440), Gante (1445), Mons (1451), La Haya (1456) y Saint-Omer (1461). Su hijo y sucesor Carlos el Temerario sólo tuvo tiempo para reunir dos capítulos: Brujas (1468) y Valenciennes (1473). Del contenido de estas reuniones podemos deducir que ambos soberanos utilizaron la Orden con una doble finalidad: propagandística y política. La primera de ellas estaba sustentada en el brillo de un ceremonial que superaba a los de las cortes regias. En el plano político la Orden posibilitó la cohesión del mosaico multinacional y plurilingüe sujeto a la soberanía del Duque. De hecho, cada Capítulo servía para reunir en torno al Soberano a los aristócratas de esos territorios de lenguas y costumbres tan diferentes, contribuyendo a crear en sus súbditos una suerte de «nacionalismo» borgoñón(12) que todavía permanecerá vivo en la mentalidad del emperador Carlos V. Así, podemos constatar que de 1430 a 1473(13) formaron parte de la Orden 61 caballeros nacidos en los territorios de Felipe el Bueno. De ellos, 36 eran naturales de los pays de par-delà o Países Bajos, y sólo 25 eran de las dos borgoñas o pays de par-deçà.

     Pero también sirvió la Orden como instrumento de política exterior, para asegurar las alianzas internacionales. En 1431 fue admitido en ella el renano Federico III, conde de Meurs, y en 1440 los franceses Jean V, duque de Bretaña; Jean II, duque de Alençon; Mathieu de Foix, conde de Comminges, y Charles, duque de Orleans. Pero el auténtico lanzamiento internacional de la Orden del Toisón de Oro comenzó en 1445, cuando Felipe el Bueno entregó el collar a Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, de Sicilia y de Nápoles. Muerto éste, fueron recibidos en la Orden sus sucesores Juan II, rey de Aragón y de Navarra, en 1461, y los reyes Fernando V el Católico de Aragón y Fernando I de Nápoles, en 1473. Siguiendo la misma estela recibieron el collar en 1451 Don Juan de Guevara, conde de Ariano, y Don Pedro de Cardona, conde de Golisano, y en 1456 el napolitano Giosia Acquaviva, conde de Terrano. Otros extranjeros admitidos en la Orden fueron Joao de Portugal, duque de Coimbra, en 1456, y Felipe de Saboya, conde de Bresse, en 1468. Carlos el Temerario y el rey Eduardo IV de Inglaterra pusieron el colofón a esta política cuando intercambiaron en 1468 sus respectivas insignias, el collar del Toisón de Oro y la Jarretera, rompiendo la premisa que exigía la pertenencia a una sola orden de caballeros.

     Tras la desdichada muerte en combate de Carlos el Temerario junto a Nancy en 1477, su hija la duquesa María de Borgoña contrajo matrimonio con Maximiliano de Habsburgo, que en 1478 se convirtió en el tercer Jefe y Soberano de la Orden, aunque de modo provisional. Como tal presidió los capítulos de Brujas (1478) y Hertogenbosch (1481), admitiendo a 16 nuevos caballeros, de los cuales 8 eran flamencos, 2 de Borgoña, 2 de Hainaut, 2 de Artois-Picardía, 1 francés y 1 alemán de Liechtenstein. El hijo de María y Maximiliano, llamado Felipe el Hermoso (1478-1506), fue Soberano de la Orden del Toisón de Oro desde 1484, como Duque de Borgoña, llegando a presidir los capítulos de Malinas (1491), Bruselas (1501) y Middelbourg (1505). Al contrario que su padre, Felipe era natural de los Países Bajos, ahora pays de par-deçà, y por ello se atrevió a admitir en la Orden a su abuelo el emperador Federico III, al rey Enrique VII de Inglaterra, a 7 caballeros alemanes, a un francés y a un español, que era su favorito, llamado Don Juan Manuel, Señor de Belmonte. Además admitió a 9 flamencos, 6 de Artois-Picardía, 2 de Holanda, 2 borgoñones y 1 de Hainaut.

     A Maximiliano y a Felipe el Hermoso se debe el renacer de la Orden del Toisón de Oro. Pero su mentor fue Olivier de la Marche, quien terminó su obra Espitre pour tenir et célébrer la noble feste du Thoison d´Or(14) en 1501, coincidiendo con la celebración del XVI Capítulo de la Orden. El autor, que contaba setenta y seis años de edad, había conocido los fastos más gloriosos de Felipe el Bueno y Carlos el Temerario, y dedicó este libro a Felipe el Hermoso, príncipe consorte de Castilla y de Aragón, a quien consideraba como legítimo continuador de la dinastía de los Valois borgoñones. Por ello advertía a este príncipe que dicha Orden «c´est le principal parement de vostre maison et l´honneur que vous devez maintenir et exaucer..., car par ce moien vous et voz confreres aurez et avez en plusieurs grans et notables aliances fraternelles, comme Empereurs, Roys, ducz, contes, barons et chevaliers de haulte et grande renommée»(15).

     En su Espitre, La Marche recoge todo el ceremonial del Capítulo del Toisón de Oro tal y como se seguía en tiempos del Temerario. Pone especial cuidado en describir el complicado ritual del banquete(16) de los caballeros, que se celebraba durante la primera jornada del Capítulo en una sala grande de palacio. Primaba una disposición rigurosamente jerárquica en la colocación de los asistentes. Sobre un estrado elevado se disponía la grande table, reservada a los caballeros y a su Jefe y Soberano, el cual se sentaba en el centro bajo un dosel(17) de tapicería, más rico y alto que el que cobijaba a los demás caballeros en su larga mesa. Todos vestían hábitos de terciopelo carmesí con cenefas doradas, que ellos mismos habían costeado. Adornábanse los muros de la sala con ricos tapices en los que se narraban las historias de Alejandro Magno, de Hércules y de los héroes troyanos. No faltaban las series de tapices con las historias de Jasón y Gedeón, patronos de la Orden del Toisón de Oro.

     A la mano izquierda del Príncipe y más abajo, sin estrado, se preparaba una mesa más pequeña para los cuatro oficiales de la Orden, a saber, el Canciller, el Tesorero, el Greffier y el Rey de armas Toison d´Or, que vestían sus hábitos carmesís sin cenefas ni collares, a excepción de Toison d´Or, el cual portaba la Potence, que era un collar de oro decorado con las armas esmaltadas del Soberano y de los caballeros de la Orden. Entretanto preparaba el garde des joyaux las vajillas de oro y plata, tanto para el servicio de mesa como para disponerlas en el aparador que construían los carpinteros por orden del fourrier y era colocado en el lado opuesto a los ventanales y cerca de las mesas del Soberano y los caballeros, a fin de aumentar la luminosidad.

     Debía colocarse en la sala otra mesa larga para los oficiales de armas -reyes de armas, heraldos y persevantes-, con capacidad para veinte o treinta personas, sentadas en los dos lados. Delante y contigua a ella, del lado de la «grande table», se disponía otra mesa algo más elevada que recibía el nombre de «gallée de la salle» (galera), donde se sentaban, con el rostro siempre vuelto hacia el Jefe y Soberano, dos huissiers d´armes con sus bastones, flanqueados por dos sergents d´armes con sus mazas. Estos maceros estaban encargados de reprender y apresar a cualquiera de los presentes que hiciese algo molesto a los ojos del Príncipe, cuyo rostro miraban continuamente esperando alguna señal al respecto. Comían dos por dos platos y los heraldos cuatro por cuatro, en medio servicio. Ningún oficial podía sentarse en esta mesa sin su bastón y ningún heraldo sin su cota de armas.

     A mano derecha de la mesa del Jefe y Soberano estaba situada la mesa reservada a los embajadores extranjeros, «afin que, plus à leur aise, ils puissent regarder et voir l´honnesteté du service des chevaliers»(18). Estos embajadores eran servidos de modo similar a como se hacía con el Príncipe, para, a la vez, halagarlos e impresionarlos. Con ello deja claro La Marche el fin político que tenían estas reuniones, en las que mediante una cuidada puesta en escena se afirmaba el prestigio del Soberano borgoñón. Felipe el Bueno y Carlos el Temerario siempre tuvieron en cuenta la colocación de esos embajadores y de su séquito, pues sabían que iban a ser los mejores propagandistas del esplendor borgoñón.

     Para completar ese proceso de seducción política a través del arte y del ceremonial, La Marche añade a la reunión del Toisón de Oro un ingrediente esencial en el ideario caballeresco de la Edad Media: la mujer. Así, señala La Marche que las damas contemplan la sala desde una tribuna con celosía: «Et affin que je ne faice faulte en ceste ordonnance, se le lieu de la salle le peult porter, il doibt avoir au boult de ladite salle, regardant sur la grant table, ung hourt qui soit treillié, affin que la princesse et les dames puissent estre sur ledit hours et puissent veoir en non estre veues, s´il ne leur plaist, et par ce moien porront les dames regarder et veoir ladite solempnité»(19).

     Además había que preparar otras dos salas con dos mesas en cada una. En cada sala se servían dos platos de vianda solamente. Una de ellas se reservaba a los embajadores, que no podían asistir a los banquetes del segundo y del tercer día de la fiesta, pues otros embajadores iban ocupando sus puestos en la Gran Sala. Ocupan la otra sala secundaria ocho o diez notables de la burguesía de la villa en que se celebra el Capítulo: hombres de leyes, clérigos y otros personajes de calidad que no pertenecen a la nobleza. Aconseja La Marche que estén presentes dichos notables, pues sabe que el verdadero poder económico de los Países Bajos reside en su industria, en sus comerciantes y en sus banqueros. Además, esos notables «font dons et gratuitz pour tenir icelle feste»(20).

     Se recrea después La Marche en la descripción del servicio de mesa, donde cada movimiento de gentilhombres y criados estaba reglamentado escrupulosamente. Llegaban a la sala, por este orden, los oficiales de la Orden, los caballeros y el Soberano, que se colocaban en el graderío que ascendía a su grande table, a mano derecha. Se traía un aguamanil para el Soberano, actor principal de la representación, que se hacía lavar las manos por el premier echanson y dar la servilleta por un caballero de calidad que podía no pertenecer a la Orden. Después los demás écuyers ofrecían aguamaniles para que se lavasen las manos los caballeros y los oficiales de la Orden, a excepción del Canciller, que se lavaba aparte. Al mismo tiempo recibían el aguamanos los embajadores extranjeros. A continuación el Soberano se sentaba en el centro de la mesa y después de él los caballeros a ambos lados, en perfecto orden de antigüedad. Después se sentaban los oficiales de la Orden y los embajadores, en un riguroso orden de precedencia que era supervisado por el Rey de armas Toison d´Or.

     Nos encontramos ante un ballet sincronizado y perfectamente coreografiado, pues sólo en la grande table servían a un tiempo unos cuarenta gentilhombres. Primero servían frutas de temporada: en mayo mantequilla fresca, en junio fresas y cerezas, en julio ciruelas o moras, y en agosto y septiembre uvas. Los días de pescado se comenzaba bebiendo hypocras y comiendo carne asada. El huissier de salle llamaba en voz alta a los chambelanes para que trajesen la vianda. Tomaba la servilleta el premier panetier y los maîtres d´hôtel se ponían delante de él para ir a buscar la vianda, seguidos de los gentilhombres (écuyers panetiers, écuyers echansons y écuyers tranchants) y de los portadores de la vianda. Cargada la vianda, entraban primero en la sala los trompetas, menestriles y músicos, seguidos por los heraldos. Tras estos y por parejas entraban los caballeros pensionarios y los grandes señores de la Corte no pertenecientes a la Orden. Detrás venían los maîtres d´hôtel, el grand maître d´hôtel y el premier maître d´hôtel; el panetier y los panes, y los gentilhombres con los portadores de vianda que traen los platos. Para evitar encontronazos cada écuyer sabe con precisión a qué caballero debe servir.

     Primero es servido el Soberano, de pan por el premier panetier y de vino por el premier echanson, mientras trincha la vianda el écuyer tranchant. El resto de los caballeros reciben las viandas de los gentilhombres presentes. Bajo la dirección de los maîtres d´hôtel, servían los écuyers a la grande table cuatro servicios de quince platos cada uno, estando compuesto cada plato de ocho o diez fuentes de viandas diferentes. Si hay algún entremetz teatral preparado para realce de la fiesta, tendrá lugar durante el tercer servicio. Cuatro platos, de ocho a diez fuentes cada uno, se servían en la mesa de los cuatro oficiales. Era también necesario un plato de vianda servido en cuatro veces para las damas que miran la fiesta desde el estrado, ocultas tras celosías. No entraban en juego en este caso los maîtres d´hôtel, sino los gentilhombres y criados de la Casa de la Princesa. A la «gallée à potence» o mesa de oficiales y heraldos, se sirven al final pequeños servicios de mesa, dos por dos y cuatro por cuatro. Termina el banquete con hypocras, servido por los écuyers, y las oublies, de las que sirve algunas al Príncipe el premier panetier. No se sirve esto a los oficiales ni a los heraldos, que se levantan mientras los fourriers retiran sus dos mesas para hacer la sala más espaciosa.

     Terminado el banquete, se levantan al tiempo los cuatro oficiales de la Orden y los embajadores, siendo retiradas sus mesas. Después los fourriers retiran la grande table y se levantan los caballeros, que hacen reverencia al Soberano. De la oración final se encarga el aulmosnier o el premier chapellain. Enseguida los maîtres d´hôtel hacen traer las especias (pasteles azucarados) en un drageoir cubierto para el Príncipe y en otros recipientes similares y descubiertos para los caballeros y demás invitados. Antes que a nadie, el premier echanson debe servir vino al Príncipe, excepto si se halla presente el heredero del trono, quien servirá la copa a su padre. El caballero de mayor categoría, no perteneciente a la Orden, servirá las especias al Príncipe y después devolverá el drageoir al épicier. Una vez servido el Soberano, los maîtres d´hôtel sirven a los caballeros los drageoirs con especias y los écuyers hacen lo mismo con el vino. Después son servidos igualmente los oficiales de la Orden y los embajadores. Tras este convite los caballeros y el Soberano se reunían en cónclave en una sala cercana y más tarde cabalgaban juntos hasta la iglesia, para oír vísperas en los sitiales armoriados de la sillería de coro.

     En el plano artístico la sillería del Toisón de Oro de la Catedral de Barcelona supera a las sillerías de coro de la Iglesia de Nuestra Señora de Brujas (1468) y de la Catedral de San Salvador (1478) de la misma ciudad, que han conservado sus tablas armoriadas íntegramente. No tuvieron tanta suerte otras sillerías, aunque han sobrevivido escudos que formaron parte de ellas. El más antiguo(21) de los conservados es el de Simón de Lalaing, señor de Santes y de Montigny (h. 1405-1476), que procede del I Capítulo celebrado en Lille en 1431 (Museo del Hôtel Sandelin, Saint-Omer). En el mismo museo se conservan otros dos escudos(22) que decoraron el coro de la Iglesia abacial de Saint-Bertin de Saint-Omer durante el VI Capítulo de 1440 y durante el X Capítulo de 1461. Se trata de los blasones de Jehan de Villiers, señor de l´Isle-Adam (†1439), y de Carlos el Temerario, conde de Charolais (1433-1477).

     Sobre el coro de la Catedral de San Bavón en Gante están los blasones del VII Capítulo de 1445, y de los muros de su transepto meridional cuelgan los blasones del XXIII Capítulo, que presidió el Rey Felipe II de España en 1559 y fue el último de la historia de la Orden. Uno de los pilares de la Catedral de Amberes luce el blasón de este Monarca, procedente del Capítulo de 1555. Paneles con escudos del IX Capítulo celebrado en 1456 en la Iglesia de Santiago de La Haya, pueden verse hoy día en la Catedral de dicha ciudad, figurando entre ellos el de Don Juan de Guevara(23), conde de Ariano (†1456). Fueron repintados tras un incendio sufrido en aquel templo. Otras tablas heráldicas(24) del Toisón, guardadas en el Museo del Hôtel Sandelin en Saint-Omer, son la de Jehan de Melun, señor de Antoing y de Espinoy (h. 1398-1484), y la de Philippe de Croy, conde de Chimay (1395-1483). Proceden del XIV Capítulo que se celebró en 1481 en la Iglesia de San Juan de Hertogenbosch. Otros dos escudos de la misma procedencia se guardan en el Rijksmuseum de Amsterdam.

     En el VIII Capítulo de la Orden, celebrado en Mons, ingresó en la Orden el catalán Don Pedro de Cardona, conde de Golisano (†1451), que era el embajador de Alfonso V de Aragón ante el duque Felipe el Bueno. En 1460 fue colocado un panel de roble, pintado con sus armas, en el coro de la Sainte-Chapelle del Palacio Ducal de Dijon, junto a los blasones de los demás caballeros. Los paneles desaparecieron en 1794, pero el de Don Pedro fue descubierto en 1972, formando parte de un mueble de finales del siglo XVIII. Del mismo modo fue hallado un panel con las armas de Antoine, Gran Bastardo de Borgoña y señor de Bévre (1422-1504). Ambos(25) son perfectamente reconocibles, a pesar de haber sido mutilados por tres de sus lados. Se conservan en la Sala Capitular de la desaparecida Sainte-Chapelle del Palacio de Dijon, situada en la planta baja de la Torre de Bar (Musée des Beaux-Arts, Dijon).

     En la capilla de las Reliquias de la Catedral de Saint-Rombaut de Malinas se han conservado 32 de los 46 paneles heráldicos que originariamente decoraron los sitiales del coro durante el XV Capítulo de 1491, midiendo cada uno 67 x 85 cm. La mayor parte de ellos son auténticos, como es el caso del correspondiente al archiduque Felipe el Hermoso, pero otros desaparecieron a consecuencia del ataque inglés de 1580 y de la ocupación francesa de fines del siglo XVIII. Por esta razón, en 1838 fueron pintados sobre tabla, a imitación de los conservados, los escudos de Maximiliano I de Habsburgo, Juan II de Aragón, Fernando I de Nápoles, Guillaume de la Baume, Don Fernando el Católico, Jean de Lannoy y Engelbert de Nassau. Así se explican anacronismos como el del escudo del Rey Católico, que va entado en punta de Granada, cuando en 1491 aún no figuraba este mueble en sus armas, o el de Maximiliano I, que ya cuenta con el águila de dos cabezas y la corona imperial, aunque no fue coronado hasta 1508.

II. El capítulo barcelonés, antesala del Imperio de Carlos V

     Don Carlos, duque de Luxemburgo, ingresó en la Orden del Toisón de Oro con el número 111 en el XVI Capítulo, reunido en Bruselas en 1501. Fue el quinto Chef et Souverain de la Orden desde 1506, año en que falleció en Burgos su padre Felipe I de Castilla, hasta 1555, año en que renunció a esta dignidad en favor de su hijo el rey Felipe II. Desde 1515 Carlos gobierna en los Países Bajos y al año siguiente se convierte en Rey de las Españas. Bajo su cetro, Castilla se va a erigir en cabeza del primer gran Imperio de la historia con conciencia de abarcar territorios en todo el Orbe. Tal poderío adquiere reflejo en la heráldica y en la emblemática de la Monarquía Española, donde se funden definitivamente los símbolos castellano-aragoneses con los austro-borgoñones.

     Residía Carlos I en Valladolid, en el Palacio del Marqués de Astorga, cuando ordenó iniciar los preparativos del XIX Capítulo del Toisón de Oro(26), que fue el único celebrado fuera de los dominios del Duque de Borgoña. El 22 de diciembre de 1517 comunicó su decisión a los doce caballeros de la Orden que le acompañaban. Propuso fijar la reunión para el mes de abril siguiente, pero no determinó ni el día ni el lugar de celebración. El Premier secrétaire Jean Hannart(27) redactó las cartas de convocatoria dirigidas a los caballeros. Una vez firmadas por el Rey, se las envió a Laurent du Blioul, Grefier(28) de la Orden, quien las recibió en Utrecht el 10 de febrero de 1518. Tras firmarlas, Du Blioul las hizo llegar a sus destinatarios. Después se desplazó a Bruselas y preparó con el tesorero Louis Quarré el transporte a España de los ornamentos necesarios para hacer el Capítulo.

     Tras varios retrasos, el 21 de agosto de 1518, estando en Zaragoza, el rey Don Carlos I escribe al grefier Laurent du Blioul para comunicarle que ha decidido celebrar el Capítulo en Barcelona el segundo domingo de octubre. Por ello le ordena que viaje a la ciudad catalana con los libros y documentos de la Orden que tiene a su cargo. Además le pone al corriente de que los hábitos, collares y ornamentos de la Orden, a cargo del anciano tesorero Louis Quarré, van a ser enviados a la misma población bajo la custodia de un hombre de confianza elegido por el propio Tesorero a instancias del Soberano. En el Capítulo anterior, reunido en Bruselas en 1516, Carlos I había decidido aumentar el número de caballeros de 31 a 51. Había por ello en el Tesoro de la Orden veinte nuevos collares del Toisón de Oro que debieron ser cincelados por Jean van den Perre(29), orfebre de cámara del Soberano.

     Dicho orífice realizaría la Potence, o collar de ceremonia del rey de armas Toison d´Or (Cámara del Tesoro, Museo de Viena), que hubo de ser rediseñado para dar cabida a nuevos esmaltes armoriados, debido a la ampliación del número de caballeros. Sustituía a otros más antiguos, pues sabemos que Felipe el Bueno ordenó realizar una primera Potence(30) en 1435. Podría tratarse del collar representado en una miniatura de Le Troisième Livre de la Toison d´Or(31), conservado en la Biblioteca Real de Copenhague e iluminado hacia 1473. En ella aparece representado un Capítulo presidido por Carlos el Temerario. Vestido con una ropeta corta carmesí, Toison d´Or luce junto al corazón el Émail o insignia esmaltada con las armas del Soberano, pero también ostenta un rico collar de oro en cuya parte más baja hay un escudo, suponemos que el del Duque. Cuelga de él una joya formada por cuatro eslabones puestos en cruz y chocando con un pedernal central incendiado, elemento que no aparece en la copia del mismo libro conservada en la Biblioteca Nacional de Viena.

 

 

     La representación capitular en la que aparece la primera Potence blasonada se contiene en el libro de Estatutos de la Orden del Toisón de Oro(32) conservado en la Biblioteca Real de La Haya. Fue pintada hacia 1473 y en ella aparecen los cuatro oficiales de la Orden vestidos con manto de terciopelo carmesí sin cenefas doradas. Pero además, el rey de armas Toison d´Or lleva ahora una Potence o collar ceremonial compuesto de una fila de eslabones de oro decorados con los escudos esmaltados de los caballeros, unidos por enganches. Entre cada dos escudos, por debajo, surge un fusil con un pedernal. Fue esta la primera Potence propiamente dicha y vuelve a lucirla Jean Lefèvre de Saint-Remy, rey de armas Toison d´Or, en otra miniatura del mismo manuscrito (fol. 38vº), donde se le representa entregando el Libro de Estatutos a Felipe el Bueno. Estas dos miniaturas constituyen la única fuente que nos ofrece el aspecto de aquella joya, pues en la fiesta de San Andrés de 1491 decidió Felipe el Hermoso que esta Potence fuese refundida y desmantelada para hacer otra nueva.

 

 

 

 

 

     Como hemos indicado, Van den Perre realizaría a comienzos de 1517 la famosa Potence(33) del Museo de Viena, pues la Bula mediante la cual Leon X concedió a Carlos I el permiso para aumentar a 51 el número de caballeros de la Orden, data del 8 de diciembre de 1516(34). Es un collar de oro formado por la habitual cadena de eslabones y pedernales de la que cuelga el Vellocino y por 26 placas trapezoidales y convexas dobles, unidas entre sí mediante bisabras y decoradas con los escudos esmaltados de todos los caballeros. La placa central muestra un rectángulo superior con el blasón del Soberano timbrado de corona real, que fue realizado hacia 1517, y otro rectángulo inferior que incluye las divisas del Fusil y de las Columnas de Hércules con el lema Plus Oultre surmontado de corona imperial, cuyo diseño corresponde a los inicios del siglo XVIII. Algunas plaquetas esmaltadas proceden de una Potence más antigua, pues contienen escudos que fueron recortados por su parte inferior para adaptarlos al nuevo marco de 1517, como ocurre con el blasón de Don Juan Manuel. Las placas podían intercambiarse para sustituir los blasones de los caballeros difuntos por las armas de los nuevos.


 

 

     Du Blioul recibió la carta zaragozana del Rey Don Carlos el 4 de septiembre de 1518, cuando se encontraba en La Haya. A fin de iniciar los preparativos, tres días más tarde se reunió en el Palacio de esa ciudad con siete caballeros de la Orden, figurando entre ellos el infante Don Fernando, que acababa de llegar desde España. Antes de acabar ese mes, Doña Leonor de Austria abandonó Zaragoza para dirigirse a Portugal, adonde iba para contraer matrimonio con el rey Manuel I el Afortunado. Viajaba acompañada por la Marquesa de Aarschot y por un numeroso séquito. Su hermano Carlos I había comisionado a Thomas Isaac, rey de armas Toison d´Or, y a Jean, segundo Barón de Trazegnies, para entregar al Monarca portugués el collar del Toisón que le había sido conferido en el Capítulo reunido en 1516 en Bruselas. Pero cuando llegó el momento de partir hacia Portugal Toison d´Or cayó enfermo y fue sustituido por otro rey de armas.

     Más imprevista fue la pérdida de los sellos de la Orden, que habían sido enviados por la Posta del Emperador Maximiliano I desde Bruselas a París, donde residía Philibert Naturel, canciller de la Orden, en su calidad de embajador de Carlos I ante Francisco I de Francia. Debía el Canciller sellar los despachos relativos al envío del collar para el rey Manuel I de Portugal, pero ante tan inesperada contingencia tuvo que escribir a su Soberano para informarle sobre la pérdida de aquellos preciados sellos, conminándole a sellar los documentos con el Gran Sello.

     Procedente de Bruselas, de donde había salido el 6 de octubre de 1518, el greffier Laurent Du Blioul llegó a Barcelona antes del 22 de noviembre con el fabuloso Tesoro de la Orden caballeresca(35). Permanecían ausentes el canciller Philibert Naturel, en misión diplomática ante Francisco I de Francia, y el tesorero Louis Quarré, quien a causa de su avanzada edad se había quedado en Bruselas. Thomas Isaac, rey de armas Toison d´Or y maestro de ceremonias de la Orden, se repuso de su enfermedad y fue enviado por el Rey a Barcelona para habilitar el coro de la Catedral de Santa Eulalia, donde iba a celebrarse el Capítulo. En enero de 1519, después de haber permanecido durante nueve meses en Zaragoza, la Corte de Borgoña se puso en movimiento para dirigirse a Barcelona, adonde llegó el 18 de febrero siguiente.

     No era nada halagüeño el ambiente político. La fuerte oposición que Carlos había encontrado en las Cortes de Castilla reunidas en Valladolid, se había multiplicado en las de Aragón celebradas en Zaragoza. Era el momento de ser jurado como Príncipe de Cataluña en las Cortes catalanas de Barcelona, una ciudad unida simbólicamente a la idea del Imperio de Occidente, por haber formado parte de la Marca Hispánica de Carlomagno a comienzos del siglo IX.

 

 

III. Los artistas y la pintura heráldica

     Entretanto se introducían algunas modificaciones en la sillería gótica del coro de la Catedral barcelonesa, que había sido ejecutada en roble de Brujas entre 1394 y 1399 por el catalán Pere Ça Anglada, cuyo estilo vivía a caballo entre el preciosismo del gótico internacional y el realismo borgoñón. El conjunto fue ampliado a lo largo del siglo XV por otros artífices, como Maciá Bonafé, autor de la sillería baja en 1462, o el alemán Michael Lochner, que talló los doseletes calados, al modo del gótico renano, en 1483(36).

     Ya el 7 de mayo de 1517 habían firmado un contrato previo los escultores Bartolomé Ordóñez y Jean Mone(37), en el que se comprometían a hacer nueva obra de madera en el coro y a ejecutar el trascoro de mármol que cerraría el conjunto. El escultor Antonio Carbonell tallaba a comienzos de 1519 la elaborada decoración de medallones y grutescos a candelieri, en madera dorada, que sirven de marco a las tablas heráldicas de los sitiales, así como las columnillas abalaustradas que separan cada respaldo. Esta decoración abrió los caminos del Renacimiento italiano a la mise en scène de la Orden. Para el Capítulo de 1519 ya estaban instalados, en los accesos a la sillería y en la silla episcopal, los relieves de madera de Ordóñez y Monet con escenas del Antiguo Testamento y de la Pasión, de estilo miguelangelesco. Pero Bartolomé Ordóñez fallecerá en Carrara en diciembre de 1520 y sus relieves de mármol para el trascoro no llegarán a Barcelona hasta 1563, siendo concluidos por el escultor aragonés Pedro Villar.

     Juan de Borgoña pintó los 64 paneles heráldicos de los sitiales(38). Siguió en ellos la estética tardogótica de los Capítulos del Toisón de Oro, pero introdujo un mayor naturalismo de progenie renacentista. Quizá le ayudó Jacob van Laethem(39), que era el pintor del Rey especializado en pintura heráldica. Thomas Isaac, rey de armas Toison d´Or, supervisó personalmente su ejecución, haciendo observar las leyes del blasón y el orden de precedencia en los 50 sitiales de los caballeros, a los que se añaden el del Soberano, el del Emperador Maximiliano, otros 6 respaldos decorados con frases laudatorias, 4 más con divisas borgoñonas y 2 con las fechas de celebración del Capítulo. Hay otros cuatro paneles más estrechos en los chaflanes de los pies, flanqueando al sitial de esquina respectivo. Los errores en los esmaltes de algunos escudos se deben al nefasto repinte que sufrieron en 1748. Pese a ello, podemos afirmar que nos encontramos ante la sillería del Toisón de Oro más bella y suntuosa de Europa.

     Su aspecto más interesante radica en el hecho de que la disposición de los sitiales imperial y real responde a los preceptos escritos por Olivier de la Marche en su Espitre pour tenir et célébrer la noble feste du Thoison d´Or, siguiendo en lo demás lo marcado en los Estatutos de la Orden. El punto XVII de estos Estatutos(40) señala que tenían precedencia los emperadores, reyes y duques, viniendo después los caballeros con mayor antigüedad en la Orden y los de mayor edad entre los elegidos en un mismo día. La Marche recuerda que después de la muerte de Carlos el Temerario en Nancy, fue Maximiliano de Habsburgo quien salvó a la Orden de su destrucción. En 1484 su hijo Felipe el Hermoso se convirtió en el cuarto Chef et Souverain del Toisón. Como contrapartida, a Maximiliano le fue reconocido el mérito de haber salvado la Orden. Por ello:

     «le nom de vous deux [Felipe y Maximiliano] n´est que ung mesme nom en ceste partie, et ne debvez avoir que ung siege à l´eglise parez de deux tableaux; et à la table, au disner solempnel, devez estre assiz l´ung d´emprès l´autre et ne devez avoir que ung plat pour vous deux et aller à l´offrande ensemble. Et tousjours vous devez l´honneur au pere comme humble et obeissant filz. Et ainsi je concluz que, jaçoit ce que vous soyez XXXII chevalliers portans l´ordre pour le present, toutesfoiz ilz ne s´entent que XXXI, pour ce que le pere et le filz n´est que une meisme chose en ceste cause»(41).

     Esta relación de respeto que hubo entre el emperador Maximiliano I y el rey Felipe I de Castilla, sobrevive entre abuelo y nieto en el coro de la Catedral de Barcelona, donde, a los pies de la sillería y en un plano de igualdad, se disponen los sitiales de ambos. El de Carlos I está ubicado en el lado de la Epístola y el de su abuelo el Emperador se dispone simétricamente en el del Evangelio. 

III.1 Armas y divisas del Rey Carlos I de las Españas

     En el sitial del Rey figura su complicada heráldica. Es un escudo cuartelado. El primero y el cuarto es contracuartelado del cuartelado de los reinos de Castilla y de León y del partido de los reinos de Aragón y Aragón-Sicilia; entado en punta del reino de Granada. Lleva el segundo y tercero contracuartelado del archiducado de Austria moderno y de los ducados de Borgoña moderno, Borgoña antiguo y Brabante; sobre el todo escusón partido de los condados de Flandes y Tirol brochante. Va timbrado de yelmo y corona real abierta de oro y lleva por cimera un castillo de oro con un león saliente de púrpura que empuña en su garra derecha una espada de plata guarnecida de oro (este león fue eliminado en el repinte). Los lambrequines son de oro y armiños. Flanquean este blasón dos tablas que conforman una leyenda, escrita en lengua francesa y con letras latinas de oro. Dicha leyenda viene a expresar el inmenso poder territorial adquirido por Carlos I: 

     «TRES HAUT ET TRES EXCELLENT ET TRES PVISSANT ET TRES CATHOLIQVE PRINCE CHARLES ET PAR LA GRACE DE DIEV PREMIER DE CE NOM, ROY DES ESPAIGNES ET DES DEVX SECILLES, DE JHI(E)R(USALE)M ET DES ISLES ET TERRE FIRME DE LA MER OCCIANE, Sr. EN AVEERICQVE, E(T)C(ETERA), ARCHIDVC DAVSTRICE, DVC DE BOVRG(GOGNE), ETC, CHIEF ET SOVERAI(N) DV T(RES) NOBLE ORDRE DE LA THOYSON DOR».


     Las dos esquinas de los pies de la sillería recuperan una vieja divisa de Juan sin Miedo, duque de Borgoña: el Rabot, o cepillo de carpintero, que despide raboteures o coupeaux, esto es, virutas. Unido al lema Ic houd o Je le tiens (Yo soy constante) en el pasado el Rabot(42) había significado el poder de Juan sin Miedo para debilitar a su enemigo Luis, duque de Orleans, cuya divisa era el Bâton Noueux con el lema Je l´ennuie (Yo le molesto). El Rabot iba desgastando lenta, pero inexorablemente, al Bastón nudoso del de Orleans, símbolo del partido de los Armagnacs. En la sillería barcelonesa aparece el Rabot repetido cuatro veces, avisando del desgaste que el joven Carlos I iba a producir poco a poco en las huestes de cualquier posible enemigo. Cada par de tablas con el Rabot flanquea otra mayor, situada en cada chaflán de los pies del coro, donde se lee:

 

      «INVICTISSIMVS CAROLVS DEI GR(AC)IA HISPANIAR(UM) REX CATOLICVS E(T)C(ETERA), ARCHI-DVX AVSTRIE, DVX BURGVNDIE E(T)C(ETERA). SOLEMNITATEM INSIGNISSIMI ORDINIS AVREI VELLERIS CVI TANQVA(M) SVPREMVS PREERAT, IN HAC ECCLESIA Vº. VIº. VIIº. VIIIº. DIEBVS ME(N)SIS MARTII ANO D(OMI)NI MILLESIMO QVINGE(N)TESIMO DECIMONONO ET REGNI EIVS 4º SOLE(M)NISSIME CELEBRAVIT».

     La presencia de estos rabots estaría relacionada con la condición de invictísimo que se atribuye al Rey de España. Carlos era además el descendiente directo de Juan sin Miedo y con este símbolo se erigía en futuro vengador de la fracasada expedición de Nicópolis contra el Turco (1396)(43). Asimismo revalidaba el Voto de Cruzada pronunciado por Felipe el Bueno y sus caballeros del Toisón en la fiesta de los Voeux du Faisan, celebrada en Lille el 17 de enero de 1454.

     Por otra parte es sabido que el Rabot despidiendo virutas es el antecedente de la divisa del Fusil creada para Felipe el Bueno hacia 1419, la cual está formada por un briquet o encendedor metálico en forma de «B» de Borgoña que golpea a una pierre à feu (pedernal), arrojando chispazos(44). Significaba que Felipe el Bueno iba a continuar la política de su padre con mayor fuerza y tesón. El cepillo de carpintero de Juan sin Miedo desprendía virutas inertes, pero el choque del eslabón metálico con el pedernal generaba fuego destructivo. De hecho, la palabra fusil procede del adjetivo latino focilis, significando «que produce el fuego, que reanima», y del sustantivo focus o «fuego». En el siglo XV designaba al objeto utilizado junto con el pedernal para encender las chimeneas, pero también las mechas de las temibles bombardas pesadas del Duque de Borgoña. Desde 1430 la nueva divisa formó parte de la simbología de la Orden del Toisón, cuyo collar está formado por fusils y pedernales despidiendo chispas.

     La divisa de Felipe el Bueno pasó a ser el emblema dinástico de sus sucesores(45). Carlos el Temerario le añadió la cruz de San Andrés y Felipe el Hermoso la corona real. Carlos I hizo pintar esta divisa en dos tablas de los lados largos del coro barcelonés, junto a los blasones de los reyes Manuel I de Portugal y Luis II de Hungría, marcando de este modo una separación simbólica y jerárquica entre el Soberano de la Orden, el Emperador y los reyes, con respecto a los demás caballeros. La tradicional divisa del Fusil aparece aquí como la utilizara Felipe I el Hermoso: el eslabón, golpeando al pedernal y despidiendo chispas, puesto en el centro de la cruz de San Andrés, que viene surmontada de la corona real de Castilla y Aragón. Flanquean esta composición dos iniciales «C» mayúsculas afrontadas, como antes las había utilizado Carlos el Temerario, bisabuelo del rey Carlos I. 

     Los paneles que flanquean simbólicamente la entrada central situada a los pies de la sillería están ocupados a uno y otro lado por la nueva divisa del Monarca: las Columnas de Hércules(46) emplazadas sobre dos lenguas de tierra y rodeadas por el mar, unidas al lema PLVS VLTRA. Entre ellas planea la antigua divisa del Fusil de Borgoña, recordando que Carlos I iba a actuar políticamente con la misma contundencia que su antepasado Felipe el Bueno. 

     Contaban los relatos antiguos y medievales que Hércules había fijado el límite de sus victorias mediante dos columnas que erigió en Gades (Cádiz, España), pues más allá sólo existía un inmenso mar deshabitado. Pero en 1516 Carlos I se convirtió en Rey de las Españas y en el dueño y señor de las Islas y Tierra Firme de la Mar Océana, superando el límite señalado por el héroe griego. Por esta razón, en el verano de 1516 el médico y humanista milanés Luigi Marliano(47) ideó la divisa de las Columnas de Hércules para el joven Monarca, que ahora superaba los límites marcados en la Antigüedad por el mítico antepasado de la Dinastía Borgoñona. Esta nueva divisa, con su lema en francés PLVS OVLTRE, había aparecido por primera vez pintada en un respaldo del coro de la Iglesia de Santa Gúduda de Bruselas(48), durante el XVIII Capítulo del Toisón de Oro celebrado del 25 al 28 de octubre de 1516 bajo la presidencia del Soberano, el cual recompensó a Marliano con el Obispado de Tuy (Pontevedra, Galicia, España).

III.2 Armas y divisas del Emperador Maximiliano I

     También a los pies de la sillería, pero en lado del Evangelio, se encuentra el asiento reservado al Emperador Maximiliano I de Habsburgo, que había fallecido en Wels (Alta Austria) el 12 de enero de 1519. Su escudo aparece todavía timbrado con yelmo y corona imperial, aunque una cartela lateral nos indica que es trespassé, esto es, difunto. De ello se deduce que sus armas habían sido pintadas antes de que llegase la noticia de su muerte, pues en las tablas armoriadas de los caballeros difuntos no se pintaba el yelmo y sólo era visible el tiracol, con una corona encima en el caso de emperadores y reyes. Tiene el escudo de Maximiliano I el campo de oro, con un águila de dos cabezas de sable cargada en abismo de un escusón del Archiducado de Austria partido del Ducado de Borgoña antiguo. Como timbre lleva un yelmo con corona imperial, del que descienden a ambos lados lambrequines de oro y armiño. Viene flanqueado por dos tablas escritas en francés y con letras latinas de oro, que dicen: 

     «TRES HAVT, TRES EXCEL(LE)N(T), TRES ILLVSTRE, TRES PVISAN(T) PRINCE MAXIMILIAN, PAR LA CLEMENCE DE DIEV EMPEREVR DES ROMAINS TOVSOVRS AVGUSTE, ROI DE GERMANIE, DE HONGRIE, DE DALMACIE, DE CROACIE ET ARCHIDVC D´AVSTRICHE, DVC DE BOVRG(OGN)E, DE STIRIE, DE CARINTIE, DE CARNIOLE ET CONTE DE HABSBOVRG, DE TIROL, TRESPASSE».

     A la izquierda está la segunda tabla que combina la divisa de las Columnas de Hércules, unida al Plus Ultra, con la divisa del Fusil de Borgoña. Como Duque consorte y viudo de Borgoña, Maximiliano seguía utilizando la divisa del Fusil de los Valois borgoñones. En la esquina derecha vuelve a aparecer duplicado el Rabot, flanqueando la tabla del chaflán que repite la dedicatoria del lado opuesto: «INVICTISSIMVS CAROLVS DEI GRA(T)IA HISPANIARVM REX...», etc.

III.3 Sitiales de cuatro monarcas europeos

     Continúa la sillería con los asientos de cuatro reyes que en 1519 pertenecían a la Orden del Toisón de Oro. Sus blasones delatan una disposición jerárquica en la que primaba la antigüedad. Cerca del sitial de Carlos I, en el lado de la Epístola, está el asiento del rey Enrique VIII de Inglaterra (1491-1546), elegido en 1505 con el número 119. En el lado opuesto y cerca del de Maximiliano, se dispone el del rey Francisco I de Francia (1494-1547), elegido caballero número 129 en 1516. En dicho capítulo también ingresaron en la Orden los reyes Manuel I de Portugal (1469-1524), con el número 144, y Luis II de Hungría y Bohemia (1506-1526), con el número 145. El orden de precedencia les sitúa frente por frente en la sillería barcelonesa. De este modo quedan en el lado del Evangelio los escudos de Enrique VIII y de Manuel I, y en el de la Epístola los de Francisco I y Luis II. En ambos casos vienen escoltados por las divisas del Rabot y del Fusil, como si fuesen advertidos sobre el poder del Soberano. Ninguno de ellos acudió al Capítulo barcelonés, siendo representados en las ceremonias por sus embajadores respectivos. 

     Bajo la frase «Roy d´Angleterre» se dispone el escudo de Enrique VIII de Inglaterra. Es un cuartelado de Francia moderno (de azur tres flores de lis de oro) y de Inglaterra-Plantagenet (de gules tres leopardos de oro armados y lampasados de azur). Como timbre lleva un yelmo de oro tocado con un chapeau de gules vuelto de armiño, un león de oro como cimera y lambrequines de oro y armiños.

     Frente a él, en el lado del Evangelio y bajo la leyenda «Roy de France», figura el escudo de Francisco I de Francia, que es de azur con tres flores de lis de oro, timbrado de yelmo dorado con corona real abierta de lo mismo y cimado de una flor de lis de oro, con lambrequines de oro y azur.

     Junto al de Inglaterra y bajo la inscripción «Roy de Portugal» figura el escudo de Manuel I el Afortunado, de plata, con las quinas portuguesas y la bordura de gules cargada de nueve castillos de oro masonados de sable y aclarados de azur. Viene timbrado de yelmo con un dragón alado de oro como cimera, siendo sus lambrequines de oro y gules.

     En el lado del Evangelio sigue al de Francia el de Luis II «Roy de Honguerie», que es cuartelado de los reinos de Hungría (fajado de plata y gules de ocho piezas) y de Bohemia (de gules un león rampante de plata, coronado, armado y lampasado de oro, la cola partida y cruzada en sotuer), y en abismo escusón del Reino de Polonia (de gules un águila de plata coronada, picada, linguada y membrada de oro, cargada de un creciente floronado de oro) brochante. Como timbre posee yelmo con corona real abierta de oro y un águila de Polonia como cimera. Vuelan a los lados lambrequines de oro y gules, que serían de plata y gules antes del repinte de 1748.


III.4 Sitial del Infante don Fernando de España

     El infante Don Fernando (1503-1564) había nacido en Alcalá de Henares el 10 de marzo de 1503, siendo educado en España bajo la tutela de su abuelo el rey Fernando el Católico. Fue elegido caballero del Toisón de Oro con el número 130 en el XVIII Capítulo de la Orden, reunido en Bruselas en 1516. El 12 de noviembre de 1517, cerca de Mojados (Valladolid) se encontró por primera vez con su hermano el rey Carlos I, quien seis días más tarde le impuso el collar del Toisón en la Iglesia del Monasterio franciscano de El Abrojo. Don Fernando no asistió al Capítulo barcelonés, pues tuvo que abandonar España para evitar una posible rebelión. Se despidió de su hermano en Aranda de Duero el 23 de abril de 1518, dirigiendo sus pasos hacia Santander, donde embarcó el 25 de mayo con destino a los Países Bajos. Nunca regresó a España.

     El sitial blasonado reservado al infante Don Fernando se encuentra en el lado del Evangelio. Es el quinto a partir del ocupado por la divisa del Fusil y está flanqueado por los de Ferry de Croy, señor de Roeulx, caballero número 127, y Juan V, marqués de Brandenburgo, caballero número 132. Don Fernando utilizó las armas de su hermano con los cuarteles invertidos. El primero y el cuarto es contracuartelado de Austria, Borgoña moderno, Borgoña antiguo y Brabante, cargado en abismo de un escusón de Frandes partido de Tirol brochante. Los cuarteles segundo y tercero llevan el contracuartelado del cuartelado de Castilla y León y del partido de Aragón y Aragón-Sicilia, entado en punta de Granada. Va timbrado con corona de Archiduque de Austria. Alrededor y en elaborada letra gótica, se lee la frase «Tres hault et Puissant Prince don Fernande, p(ar) la grace de dieu Infant desespa(i)gne Archiduc daustrice». Su escudo de armas sufrirá cambios cuando sea coronado Rey de Bohemia y Hungría en 1526, Rey de Romanos en 1531 y Emperador de Alemania en 1558. 

III.5 Los caballeros de Borgoña y los Países Bajos

     Pero el alma de la Orden del Toisón de Oro seguía estando en los antiguos territorios de los Duques de Borgoña. En el XVIII Capítulo reunido en Bruselas en 1516, fueron elegidos 5 caballeros de Flandes y Brabante, 3 de Artois-Picardía, 3 de Borgoña, 2 de Holanda y 2 de Hainaut. Barcelona conoce la elección de 2 de Artois-Picardía: Jacques de Luxembourg, conde de Gavre, y Adrien de Croy, señor de Beaurain.

     Ocupa en el coro de Barcelona el primer lugar del lado de la Epístola el sitial de Hugues de Melum, vizconde de Gante, caballero elegido en el Capítulo de Malinas de 1491 con el número 109. Es su escudo de azur con siete bezantes de oro y el jefe de oro. Como timbre lleva un yelmo con una cabeza de vaca de oro como cimera y lambrequines de oro y gules. Frente a él, en el lado del Evangelio, se encuentra el sitial del caballero difunto más antiguo, que es Jacques de Luxembourg, señor de Fiennes, con el número 84 en la Orden. Lleva un escudo cuartelado, el primero y el cuarto de plata, un león rampante de gules coronado y armado de oro y lampasado de azur, la cola partida y cruzada en sotuer, y el segundo y el tercero de azur, con un sol sombreado de sol. Por ser difunto o trespassé no lleva timbre alguno.

     El resto de los caballeros de los Países Bajos y Borgoña ofrece sus blasones habituales. Por última vez aparece el de Felipe, Bastardo de Borgoña y señor de Sommerdijck, que abandonaba la Orden por haber aceptado el Obispado de Utrecht, habiendo pertenecido a ella desde 1501. Lleva su escudo el campo de oro con un chevrón de Borgoña. Como cimera luce la lechuza dorada de los bastardos de Borgoña, símbolo de la Sabiduría, pues era hijo del duque Felipe el Bueno. 

     Otros sitiales muestran las armas de otros caballeros norteños: Charles, barón de Lalaing, Jacques, conde de Hornes; Ferry de Croy, señor de Roeulx; Philippe de Croy, conde de Porchian; Antoine de Croy, señor de Tour y de Sempy; Antoine de Lalaing, señor de Montigny y conde de Hoechstraten (sic.); Charles de Lannoy, señor de Senzeille,... etc. Sus asientos se disponen alternativamente a uno y otro lado de la sillería de coro, según el orden de elección. No se incluyó el blasón de Philibert de Châlons, príncipe de Orange, pues seguía sin aceptar el collar aunque había sido elegido en el Capítulo de 1516. Para ajustar la distribución aparecen juntos en el lado de la Epístola los sitiales del Conde de Hoogstraten, caballero 139, y del Señor de Senzeille, número 140. 

III.6 Los caballeros «extranjeros»

     Existía en el seno de la Orden del Toisón de Oro una corriente contraria a su internacionalización, la cual consideraba que sólo debían entrar en ella los aristócratas de los antiguos dominios de los Duques de Borgoña, pues eran los únicos que podían comprender y valorar el auténtico significado espiritual y político de la Orden. Esta tendencia creció después de la muerte en Burgos de Felipe I el Hermoso en 1506, envenenado por los castellanos, según se dijo.

     Ya en el XVI Capítulo de Bruselas de 1501 Felipe el Hermoso había sugerido la admisión en la Orden de algunos caballeros alemanes, pues «à la mort du Roi des Romains son père, dont il était l´héritier apparent, plusieurs grands états d´Allemagne passeraient sous sa domination»(49). Además se acababa de convertir en el príncipe heredero de Castilla y de Aragón y, por ello, antes de viajar a España, propuso conceder tres collares a los principales caballeros de esos reinos, «persuadé que c´était-là le moyen le plus efficace pour se les attacher»(50), los cuales podrían ser propuestos por Fernando el Católico. Pero éste hizo todo lo posible por evitar tal intromisión política y Felipe el Hermoso tuvo que esperar a la muerte de la reina Isabel, acaecida en 1504, para conceder un collar a Don Juan Manuel, señor de Belmonte, que era su favorito en asuntos de política hispánica. Este caballero castellano recibió el collar del Toisón de Oro en el XVII Capítulo, reunido en Middelbourg en 1505.

     En 1516 Don Carlos celebró el XVIII Capítulo de la Orden en Bruselas y admitió en ella a su hermano el infante Don Fernando de Castilla, que vivía en España; a seis caballeros alemanes, al Rey de Hungría, al de Francia, y a un caballero francés. Pese a las reticencias de ciertos nobles de los Países Bajos, entre ellos Guillermo de Croy, señor de Chiévres, el Soberano propuso aumentar el número de los caballeros del Toisón a 51, pensando en la admisión de varios aristócratas de las coronas de Castilla y de Aragón. Solicitó para ello permiso al Papa León X, que lo concedió mediante una Bula fechada en Roma el 8 de diciembre de 1516.

     Carlos I vio cumplidos sus deseos en el Capítulo de Barcelona, donde admitió a diez notables de sus territorios hispánicos: 7 castellanos, 1 catalán, 1 napolitano y 1 siciliano. Estos eran Don Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba, marqués de Coria y conde de Salvatierra (154); Don Diego López Pacheco, segundo duque de Escalona, marqués de Villena, conde de Santisteban y señor de Sigena (155); Don Diego Hurtado de Mendoza y de la Vega, tercer duque del Infantado (156); Don Íñigo Fernández de Velasco, tercer Condestable de Castilla, segundo duque de Frías y cuarto conde de Haro (157); Don Álvaro de Stúñiga y Guzmán, segundo duque de Béjar, marqués de Gibraleón y conde de Bañares (158); Don Antonio Manrique de Lara, segundo duque de Nájera y tercer conde de Treviño (159); Don Fernando Ramón Folch, segundo duque de Cardona y marqués de Pallarés (160), que será virrey de Nápoles; Don Pedro Antonio de San Severino, príncipe de Bisignano, duque de San Marco y conde de Trecrato (161); Don Fadrique Enríquez de Cabrera(51), conde de Módica (título siciliano), cuarto Almirante de Castilla y tercer conde de Melgar (162), y Don Alvaro Pérez Osorio, tercer marqués de Astorga, conde de Trastámara y de Santa Marta (163).

     Sus escudos están ordenados según el número de elección, disponiéndose alternativamente a uno y otro lado de la sillería. Por esta razón, en el lado de la Epístola están los sitiales armoriados de los duques de Alba, Infantado, Béjar y Cardona, y el del Almirante de Castilla. Frente a ellos, en el lado del Evangelio y con el yelmo mirando hacia el altar mayor, aparecen los escudos del Duque de Escalona, del Condestable de Castilla, del Duque de Nájera, del Duque de San Marco y del Marqués de Astorga. Termina este lado con un sitial en cuyo respaldo figura un escudo cuyo campo lleva la fecha 1518, rodeado por la frase: «L´an de Grace Cincq Cens dixhuyt». Aquí se siguió la costumbre de los Países Bajos, que en aquel mes de marzo todavía estaban en 1518 avant Pâques (1519, nuestro estilo). 

      Mucho más cercano al sitial del futuro Emperador se halla el correspondiente a Don Juan Manuel, segundo señor de Belmonte de Campos y señor de Cevico de la Torre. Era el caballero número 123 de la Orden, a la que pertenecía desde 1505. Fue el hombre más poderoso de Castilla durante el corto reinado de Felipe I(52), cuya muerte prematura en 1516 apagó su buena estrella y le obligó a regresar a los Países Bajos. En 1514 Don Juan Manuel fue detenido en Malinas y sufrió destierro en Viena, debido a las presiones diplomáticas de Fernando el Católico sobre Margarita de Austria. Le rehabilitó el príncipe Don Carlos en 1515, a instancias del emperador Maximiliano I. En 1516 regresó a Bruselas y asistió al XVIII Capítulo de la Orden, donde demostró que su detención había sido contraria a los Estatutos del Toisón de Oro. 

     El sitial barcelonés de Don Juan Manuel se ubica entre el de Felipe, Bastardo de Borgoña (caballero número 115), y el de Jacques, conde de Hornes (caballero número 125). Delata su escudo sangre real. Es cuartelado, el primero y el cuarto de gules con una mano alada de oro empuñando una espada de plata guarnecida de oro; el segundo y tercero de plata con un león rampante de púrpura. Va timbrado de yelmo con burelete señorial, del que surge como cimera un brazo empuñando una espada. Los lambrequines son de oro y gules(53).

     Entre los aparatosos blasones germánicos destaca el de Juan, quinto marqués de Brandenburgo, duque de Stettin y duque de Pomerania, hijo de Federico, marqués de Brandenburgo y de la princesa Sofía de Polonia. Su escudo es cuartelado, el primero de plata con un águila de gules coronada, picada y membrada de oro, el pecho cargado de un creciente floronado de oro; el segundo de plata con un grifo alado de gules, picado, membrado y armado de oro; el tercero de oro con un león rampante de sable armado y lampasado de gules, y bordura componada de plata y gules; el cuarto es cuartelado de plata y sable. Como timbre posee tres yelmos con cimeras muy recargadas y lambrequines de oro y gules.

 

     Por expreso deseo de Carlos I, el marqués Juan de Brandenburgo se casó en Barcelona en junio de 1519 con la reina Germana de Foix, viuda del rey Fernando el Católico. En 1523 Carlos V nombró a Doña Germana Lugarteniente del Reino de Valencia, concediendo al Marqués el cargo de Capitán General. Falleció este caballero alemán en julio de 1525 y un mes más tarde su viuda contrajo matrimonio con Don Fernando de Aragón, duque de Calabria. Poco después Carlos V nombró Virreyes de Aragón a los nuevos esposos. Del testamento de Doña Germana de Foix, firmado el 28 de septiembre de 1536 en el Palacio Real de Valencia, se deduce que durante los lejanos días de 1519 ella y el joven Carlos V habían tenido una hija llamada Isabel, a la que titularon Infanta de Castilla(54).


IV. Las ceremonias capitulares y la elección imperial

     Cuando se inició el Capítulo del Toisón de Oro hacía un mes que Carlos I conocía la noticia de la muerte de su abuelo, el Emperador Maximiliano I, por cuya alma hizo celebrar solemnes exequias en la Catedral de Barcelona. Entretanto, la Dieta reunida en Frankfurt era un hervidero de embajadores y banqueros que trataban de conseguir el voto de los siete Príncipes Electores para alguno de los tres candidatos, que eran los reyes de España, Francia e Inglaterra.

     Las cuatro jornadas del Capítulo barcelonés fueron las más brillantes de la historia de la Orden. El 5 de marzo de 1518 se reunieron en Palacio los caballeros del Toisón y los procuradores de los caballeros que no podían asistir. Debido a su avanzada edad, fueron dispensados de hacerlo los duques de Escalona y del Infantado. Cabalgaron los presentes hasta la Catedral, donde asistieron a las Vísperas. Al día siguiente, que era 6 de marzo, salieron en procesión hacia el Templo para oír la «Haulte Messe» en honor de San Andrés. Abrían el cortejo varios prelados y grandes señores. Tras ellos cabalgaban los reyes de armas españoles, que eran el sahagunense Garci Alonso de Torres, alias Aragón; Juan de Peraza, alias Castilla, y el heraldo Sancho Navarro, alias Cataluña(55). Oficiales de armas foráneos(56) eran los reyes de armas Josse Nulant, alias Brabant; Jehan de Leeurbe, alias Hainaut; Jehan des Fontaines, alias Artois, y Michiel Vranclx, alias Grenade; el heraldo Henry de Feure, alias Namur, y los persevantes Henry de la Tour, Jehan Desprez y Le Songeur. Les seguían el grefier Du Blioul y Thomas Isaac, rey de armas Toison d´Or, que lucía la nueva Potence de oro.

     A continuación venían los caballeros del Toisón que, vestidos de terciopelo carmesí, cabalgaron en dos filas por orden de antigüedad, yendo detrás los más veteranos. El último era el propio Carlos I, Chef et Souverain de l´Ordre, que iba precedido por dos sergens d´armes con sus mazas de plata dorada al hombro. Cerraban la procesión los grandes de título y los embajadores de otras monarquías. Una vez en el Templo, cada caballero se dirigió a la fastuosa sillería de coro, para ocupar el asiento adornado con su blasón personal, y comenzó la Santa Misa, cantada por la Grande Chapelle borgoñona.

     Ya en Palacio y antes del comienzo del banquete, Thomas Isaac entregó a Garci Alonso de Torres, rey de armas Aragón, tres lanzas con banderas decoradas con los blasones de los tres caballeros que debían sentarse a comer junto al Rey. Terminado el banquete, Carlos I bautizó como nuevo rey de armas Navarra al hasta entonces heraldo Cataluña y creó dos nuevos persevantes, denominados Malines y Fuenterrabía, siendo este último Guillermo Peraza(57). Finalmente armó nuevos caballeros. A continuación se celebraron en la Catedral las Vísperas por los difuntos, vistiendo los caballeros sus hábitos y sombreros de terciopelo negro. Del mismo modo acudieron enlutados el 7 de marzo a la misa de Requiem en honor de los tres caballeros fallecidos desde el Capítulo anterior, entre los que figuraba Maximiliano I.

     El 8 de marzo se celebró la Misa cantada en honor de la Virgen María, con los caballeros vestidos de damasco blanco y cubiertos con chaperón carmesí. Después el Grefier examinó el comportamiento que habían mostrado el Soberano y los caballeros desde el Capítulo anterior, no encontrando en ellos nada censurable. Creó el Soberano el nuevo título de Marqués de Aarschot para Guillermo de Croy, señor de Chièvres, cuyas virtudes fueron glosadas ante los presentes por Pedro Ruiz de la Mota, obispo de Badajoz. Philippe, Bastardo de Borgoña y señor de Sommerdijck, fue obligado a devolver su collar al Tesorero, pues en 1516 había aceptado el Obispado de Utrecht, dignidad eclesiástica que era incompatible con la pertenencia a la Orden. A continuación se procedió a la elección de los nuevos caballeros en votación secreta, siendo admitidos los reyes Christian II de Dinamarca y Segismundo I de Polonia, y los nobles Jacques de Luxembourg, primer conde de Gavre, y Adrien de Croy, señor de Beaurain. El Soberano impuso personalmente el collar a los dos últimos.

     En los meses sucesivos fueron celebradas varias reuniones concernientes a la elección del Príncipe de Orange y de los dos monarcas antes citados. Entretanto, el 28 de junio de 1519 Carlos había sido elegido en Frankfurt «Rey de los Romanos» y «Emperador electo». A comienzos de julio, cuando residía en Molins del Rey, el Rey Carlos I de España recibió la noticia de manos de Federico, Conde Palatino del Rin y embajador de los Príncipes Electores. Después inició el Monarca un largo viaje hacia La Coruña para embarcarse con destino a Aquisgrán, donde sería coronado el 23 de octubre de 1520 en el trono de Carlomagno, aquel soberano medieval que a comienzos del siglo IX había reconquistado Barcelona a los árabes.

V. Conclusión

     Carlos utilizó el Capítulo barcelonés del Toisón de Oro conforme a la tradición borgoñona, como un instrumento de integración de sus variadas posesiones. Mediante un ceremonial que sumergía a los asistentes en un ambiente mágico de destellos dorados, ropajes suntuosos y música sacra, le fue posible arrancar un juramento de fidelidad a la élite de unos territorios cada vez más extensos y diversos. La puesta en escena recreaba el ideal de unidad política expresado en el mito del Rey Arturo y la Tabla Redonda, anunciando una nueva edad dorada en la cual el Soberano y los caballeros del Toisón asegurarían la cohesión política que iba a traer la prosperidad a sus súbditos. Fue también el instrumento diplomático que le sirvió para sellar las alianzas con cuatro monarcas europeos, marcando el punto de partida al renacer de la idea medieval del Imperio Universal Cristiano, que tan presente estará en la Corte de Carlos V.

     Jugó un papel primordial el símbolo. Carlos V, como nuevo Hércules, flanqueó al final del Capítulo barcelonés la divisa de las Columnas pintada a ambos lados de la salida del coro catedralicio, superando los límites del mundo Antiguo. En la puesta en escena se daban cita dos mentalidades diferentes, la medieval, ya en completa decadencia, y la renaciente, que traía consigo profundos cambios sociales. Ambas concepciones del mundo parecían fundirse en el propio Soberano y en sus caballeros. Así, por primera vez en la historia de la Orden adoptaron la estética del Renacimiento italiano, pero al mismo tiempo mantuvieron viva la esencia medieval de los relatos troyanos y de su derivación literaria: la novela de caballerías. Imbuídos del espíritu aventurero de un Amadís de Gaula, los nuevos Argonautas, ahora llamados Conquistadores, sobrepasaron las Columnas de Hércules y descubrieron para el César Carlos un nuevo Continente, donde recrearon un mítico Vellocino de Oro, al que llamaron «El Dorado».

 

 

1      Sobre la Orden del Toisón de Oro, véase: CHIFFLET, J. J. Insigna gentilitia equitum Ordinis Velleris Aurei. Anvers: 1632; MOLINET, B. La Toison d´Or ou recueil des statuts et ordonnance du noble Ordre. Cologne: 1689; BARON DE REIFFENBERG, Histoire de l´Ordre de la Toison d´Or. Bruxelles: 1830; KERVYN DE LETTENHOVE, H. La Toison d´Or, Bruges, 1907; PAYER VON THURN, R. Der Orden vom Goldenen Vlies. Vienne: 1918; ZUYLEN VAN NYVELT, A. Van. L´Ordre de la Toison d´Or á Bruges. Bruges: 1929; HOMMEL, L. L´Histoire du noble Ordre de la Toison d´Or. Bruxelles: 1947; MARQUÉS DE CÁRDENAS, El Toisón de Oro, Orden dinástica de los Duques de Borgoña. Madrid: 1960; TERLINDEN, Ch. La Toison d´Or. Cinq Siècles d´Art et d´Histoire. Bruges: 1962; AQUILINA, R. et M. L´héraldique des chevaliers de l´Ordre de la Toison d´Or de Philippe le Bon, Duc de Bourgogne, à Philippe II, Roi d´Espagne: representation équestre des 284 chavaliers promus de 1430 à 1596. Rosny-sous-Bois: 1982; FILLITZ, H. (coord.) Tresors de la Toison d´Or. Europalia 87 Österreich. Bruxelles: 1987; DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte y Etiqueta de los Reyes Católicos. Madrid: 1993, pp. 655-699; COCKSHAW, P.(dir.) y BERGEN-PANTENS, H.Van Den (ed) L´ordre de la Toison d´or, de Philippe le Bon à Philippe le Beau (1430-1505): Idéal ou reflet d´une société?. Bruxelles: 1996. La bibliografía más reciente sobre la Orden, en: LIEZ, J.-L. (dir.). La Toison d´Or. Un mythe européen. Paris-Metz: 1998, pp. 219-222.

 

      CHASTELAIN, G. Oeuvres, KERVYN DE LETTENHOVE, J. (ed.). Bruxelles, II, 1863-1866, pp. 9-15; RÉGNIER-BOHLER, D.(dir.) Splendeurs de la Cour de Bourgogne. Récits et Chroniques, Paris: 1995, pp. 778-781.

      CHASTELAIN, G. Oeuvres, KERVYN DE LETTENHOVE, J. (ed.). Bruxelles, II, 1863-1866, pp. 9-15; RÉGNIER-BOHLER, D.(dir.) Splendeurs de la Cour de Bourgogne. Récits et Chroniques, Paris: 1995, pp. 778-781.

CHASTELAIN, G. Oeuvres, KERVYN DE LETTENHOVE, J. (ed.), II, 1863-1866, 5-8; RÉGNIER-BOHLER, D. (dir.) Splendeurs..., o. c.,p. 776.

      MONSTRELET, E. de. Chronique (1400-1444), DOUËT D´ARCQ, L. (ed.). IV, Paris: 1857-1862, pp. 373-374.

      Monstrelet se refiere al Roman de Troie (h. 1160) de Benoît de Sainte-Maure, a De bello troiano (h. 1188) de Joseph of Exeter y a la Historia destructionis Troiae (1287) de Guido delle Colonne, juez en Messina. Estas versiones se basan en la Ephemeris belli troiani de Dictis Cretense (s. IV d. C.) y en el De excidio Troiae Historia de Dares Frigio (s. VI d. C.). Tomando como punto de partida los relatos medievales, el capellán Raoul Lefèvre elaborará entre 1464 y 1467 el Recueil des Troyennes Histoires, por encargo expreso del duque Felipe el Bueno. En estas obras están presentes los dos grandes mitos borgoñones: Hércules y Jasón. Véase también: BAYOT, A. La légende de Troie à la Cour de Bourgogne, Mélanges de la Societé d´Émulation de Bruges, I, 1908;CHEYNS-CONDÉ, M. L´Épopée Troyenne dans la «librairie» ducale bourguignonne au XVe siècle. En: CAUCHIES, J. (ed.) A la Cour de Bourgogne. Le Duc, son entourage, son train. Burgundica, I, Turnhout: 1998, pp. 85-114; DOMÍNGUEZ CASAS, R. Fiesta y ceremonial borgoñón en la corte de Carlos V, Carlos V y las Artes. Promoción Artística y Familia Imperial. Valladolid: 2000, pp. 14-17.

      DOUTREPONT,G. Jasón et Gédéon, patrons de la Toison d´Or, Mélanges offerts à Godefroid Kurth. Paris-Liége: 1908, pp.191-208;. LIEZ, J.-L. (dir.), La Toison..., o. c.1998, pp. 62-64. Sobre los principales símbolos de la Orden, véase: PASTOUREAU, M. Emblèmes et symboles de la Toison d´or, en COCKSHAW, P.dir.) y BERGEN-PANTENS. Ch. Van den (ed.) L´ordre..., o. c., pp. 99-106.

      VICENS, B. Y GIL DE TEJADA, B. Historia de las Órdenes de Caballería y de las Condecoraciones Españolas. Orden del Toisón de Oro, I/2. Madrid: 1864, p. 474.

      QUARRÉ, P. La Chapelle du Duc de Bourgogne à Dijon, «lieu, chapitre et collège» de l´Ordre de la Toison d´Or. Publication du Centre Européen d´Etudes Burgondo-médianes, Louvain: 1962, pp. 56-64; SALET, F. La Fête de la Toison d´Or de 1468, Annales de la Société Royale d´Archéologie de Bruxelles. LI, Bruxelles: 1962-1966, pp. 5-29. Sólo han sobrevivido dos de aquellas tablas blasonadas, pintadas en 1460: La de Antoine, Gran Bastardo de Borgoña, y la de Don Pedro de Cardona, conde de Golisano (Musée des Beaux-Arts, Dijon). Véase: QUARRÉ, P. Deux panneaux de l´Armorial de la Toison d´Or de la Sainte-Chapelle de Dijon. Bulletin de l´Institut Royal du Patrimoine Artistique, XV, 1975, pp. 8-325.

      Los Estatutos del Toisón de Oro, pueden consultarse en: VICENS Y GIL DE TEJADA, B. o. c., pp. 467-508. Este autor se basa en la conocida obra del Barón de Reiffenberg.

      VICENS, B. o. c. pp. 489-493. Véase: KOLLER, F. Au service de la Toison d´Or. Les officiers, Dison: 1971.

      TERLINDEN, Ch. La Toison..., o. c. 1962, p. 24.

      A este respecto, véase: LAFORTUNE-MARTEL, A. Fête noble en Bourgogne au XVe siècle. Montréal-Paris:1984, pp. 63-69.

      TERLINDEN, Ch. La Toison..., o. c., pp. 35-37; SCHNERB, B. L´État bourguignon, 1363-1477, Saint-Amand-Montrond:1999, pp. 300-303.

      Se conservan tres manuscritos de esta obra. LA MARCHE, O. de.Mémoires, IV, Paris: 1883-88, cxxii-cxxiv, pp. 158-189.

      Id. IV, pp. 158-159.

      Id., IV, pp. 173-188.

      Sobre el origen y función simbólica del dosel, véase: LAFORTUNE-MARTEL, A. Fête noble..., o. c., pp. 102-103. La autora recoge una amplia bibliografía sobre el tema.

      LA MARCHE, O. de o. c., IV, pp. 175-176.

      Id., IV, p. 176.

      Id., IV, p. 183.

      TERLINDEN, Ch. o. c., 1962, 101, cat. 20.

      Id., pp. 95-96, cat. 15 y 115, cat. 33.

      AQUILINA, R. et M. Le 9e Chapitre de la Toison d´Or tenu à La Haye en l´Eglise de Saint-Jacques mai 1456. Rosny-sous-Bois 1980, planche 14. El escudo de Don Juan de Guevara tiene la particularidad de que sus cuarteles segundo y tercero llevan de gules con cinco tréfeles de oro, en lugar de las cinco panelas de plata de este linaje, como sería lo correcto.

      TERLINDEN, Ch. o. c., (1962) 101-102, cat. 21.

      QUARRÉ, P. Deux panneaux, o. c., XV, 1975, pp. 318-325. El escudo de don Pedro de Cardona es cuartelado: 1 partido: A de oro dos palos de gules; B de azur sembrado de flores de lis de oro; 2 y 3 de gules tres cardos de oro; 4 partido: A de plata, un león rampante de púrpura; B de gules, espada en pal de plata con puño de oro, sostenida por una mano alada de oro. Timbre: un yelmo de oro con burelete de plata y azur. Cimera: un manojo de árboles de su color. Véase: DOMÍNGUEZ CASAS, R. Fiesta y ceremonial..., o. c., 2000, p. 21.

      BARON DE REIFFENBERG, o. c., pp. 338-344. La crónica del borgoñón Jean de Vandenesse en: GARCÍA MERCADAL, J. Viajes de Extranjeros por España y Portugal. I, Madrid:1952, p. 914.

      Archives Générales du Royaume (A. G. R.), Bruxelles, Papiers d´état et audience, leg. 23, fol. 43. Gante, 21 de junio de 1517. «Estat et Ordonnance de l´Ostel du Roy de Castille... pour le voyaige qu´il va prontement faire en ses Royaulmes d´Espaigne... Secrétaires: maistre Jehan Hannart, Premier Secrétaire pour Espaigne, tousiours compté, durant le dit prochain voyaige, à xxx sols par jour».

      Sobre los cuatro oficiales de la Orden, Canciller, Tesorero, Grefier y Rey de armas Toison d´Or, véase:VICENS, B. o. c., pp. 489-493; KOLLER,F. Au service de la Toison d´Or.es officiers. Dison: 1971.

      A. G. R., Papiers d´état et audience, leg. 23, fol. 42. Gante, 21 de junio de 1517. «Ung orfèvre a ix sols par jour: Maistre Jehan van den Perre». En: DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte y etiqueta..., o. c., pp. 157, 605.

      FILLITZ, H. Der Schatz des Ordens vom Goldenes Vlies. Viena:1988, p. 25, nota 1.

      Copenhague, Det Kongelige Bibliotek, Ms 465-2. Otra copia en: Viena, Haus-, Hof-und Staatsarchiv, Ms nº 2.

      Statuts de l´Ordre de la Toison d´Or et portraits des chevaliers de la Toison d´Or depuis la fondation de l´Ordre jusqu´à l´admision de Philippe le Beau (h. 1481), en: La Haya, Koninklijke Bibliotheek, Ms 76 E 10, fol. 5vº. Véase: KORTEWEG, A. S. Un présent offert au chapitre de 1473: Le livre des Statuts avec armorial. La Haye, KB, Hs 76 E 10. En: COCKSHAW, P. (dir.) y BERGEN-PANTENS, Ch.Van den (ed.). L´ordre..., o. c., pp. 50-55.

      HARTMANN-FRANZENSCHULD, E. Von. Die Potence des Toison d´Or und ein Wappenbuch des Ordens vom Goldenen Vlies. Jahrbuch der k. k. heraldischen Gesselschaft «Adler», Jg. X, 1883, p. 1 y ss.; DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte y Etiqueta..., o. c., p. 662.

      FILLITZ, H. (coord.), Tresors..., o. c., pp. 124-125, y 188-189.

      Archives Départementales du Nord, Lille, Chambre des Comptes, B 18.880, nº imm. 32828. Zaragoza, 22 de noviembre de 1518. «De par le Roy. Chier et feal, nous avons scu vôtre arrivée de Barcelonne avec noz baghes de l´ordre, dont avions eu plaisir. Ci vous ordonnons venir vers nous et laissier en bonne securité et garde nos dites baghes au dit Barcelonne et qu´il ayt faulte. Cher et feal, nôtre Seigneur vous ayt en sa garde. Escript en nôtre cité de Sarragose le XXII jour de novembre. Charles». Dirigido «À nôtre amé et feal conseillier et greffier de nôtre ordre, maistre Laurent de Blioul, seigneur de Fars».

      TERÉS TOMÀS, M. R. Pere Ça Anglada, maestro del coro de la Catedral de Barcelona: Aspectos documentales y formales. En Revista del Departamento de Historia del Arte. Universidad de Barcelona, 5, 1979, pp. 51-64.

      MADURELL-MARIMÓN, J. M. Bartolomé Ordóñez. En Anales y Boletín de los Museos de Arte de Barcelona. VI, nº 3 y 4, 1948, pp. 345-373; AINAUD DE LASARTE, J. El contrato de Ordóñez para el coro de Barcelona. En Anales y Boletín de los Museos de Arte de Barcelona, VI, 1948, pp. 375-379; ROGGEN, D. Jehan Mone, artiste de l´Empereur, Gentse Bijdraghen tot de Kunstgeschiedenis. V, 1953; GÓMEZ MORENO, Mª. E.Bartolomé Ordóñez. Madrid:1956, pp. 12-24; DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte y Etiqueta..., o. c., pp. 114-116; ESTELLA, M. Escultores cortesanos del siglo XVI. En El Arte de las Cortes de Carlos V y Felipe II, Madrid, 1999, pp. 60-61. Jean Mone fue nombrado en 1524 maître artiste del Emperador, título que sólo ostentaron en su época el arquitecto y escultor Jacques Du Broeucq y el pintor Pieter Coecke van Aelst. Véase: JONGE, K. De.. Architekturpraxis in den Niederlanden in der frühen Neuzeit: Die Rolle des italienischen Militärarchitekten, der status quaestionis. En BERS,G. y DOOSE, C.. (coord.), Der Italienische Architekt Alessandro Pasqualini (1493-1559) und die Renaissance am Niederrhein. Kenntnisstand und Forschungsperspektiven. Tagungshandbuch I, Jülicher Pasqualini-Symposium am 30. Oktober 1993, Juliers, 1993, pp. 364-365.

      AINAUD DE LASARTE, J. El Toisó d´or a Barcelona. Barcelona: 1949, p. 58.

      A. G. R., Papiers d´état et audience, leg. 23, fol. 42vº. Gante, 21 de junio de 1517. «Ung paintre, à ix sols par jour, maistre Jaques van Lathem». En: DOMÍNGUEZ CASAS,R. Arte y Etiqueta..., o. c., pp. 129-130; DOMÍNGUEZ CASAS R. y ZALAMA, M. A. Jacob van Laethem, pintor de Felipe el Hermoso y Carlos V: Precisiones sobre su obra. En Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, LXI, 1995, pp. 347-358.

      VICENS Y GIL DE TEJADA, B. o. c., 1/2, pp. 472, 501-502, 505-506. Dicho artículo XVII fue confirmado por Carlos I en 1516 y por Felipe II en 1555, lo cual hace sospechar que eran frecuentes las disputas en cuestión de precedencia (adiciones IX y XVI a los Estatutos).

      LA MARCHE, O. de o. c., IV, pp. 160-161.

      CALMETTE, J. Les Grands Ducs de Bourgogne. Paris (1949): 1987, pp. 104-114; DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte y Etiqueta..., o. c., pp. 678-679.

      ROSENTHAL, E. E. The invention of the columnar device of Emperor Charles V at the Court of Burgundy in Flanders in 1516, Journal of the Warburg and Courtauld Institutes, XXXVI, 1973, p. 204.

      Chastelain explica su origen: «En suivant la nature de son père le duc Jean, qui en son temps avait eu beaucoup de grandes affaires en France et qui portait, comme symbole... le Rabot, celui-ci [Felipe], ne voulant pas s´éloigner du symbole de son père en le diminuant, mais plutôt l´approcher par une signification plus vive et plus pénétrante... prit et institua comme insigne perpétuel de sa maison le Fusil; s´il le choisit sans autre conseil que le sien, du moins il ne le prit pas sans raison profonde, me semble t-il, compréhensible à chacun». En: CHASTELAIN, G. o. c.,KERVYN DE LETTENHOVE, J. (ed.), II, 5-8; RÉGNIER-BOHLER, D.(dir.), o. c., p. 777.

      DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte..., o. c., pp. 679-687.

      ROSENTHAL, E. E. Plus Ultra, Non Plus Ultra, and the columnar device of Emperor Charles V. En Journal of the Warburg and Courtauld Institutes, XXXIV, 1971, pp. 204-228 y The invention..., o. c., XXXVI, 1973, pp. 198-230.

      A. G. R., Papiers d´état et audience, leg. 23, fol. 38. Gante, 21 de junio de 1517. En la «Fourriere» de Carlos I figuran tres médicos, uno de los cuales es «Maistre Loys de Marlian». Gana cada uno 30 sols en moneda de Flandes.

      ROSENTHAL, E. E. The invention..., o. c., XXXVI, 1973, p. 202.

      BARON DE REIFFENBERG, o. c., p. 245.

      Id., p. 244.

      El testamento de Don Fadrique Enríquez de Cabrera, fechado el 13 de mayo de 1537, contiene una cláusula que dice: «Otrosí mando se lleve a la cesárea majestad del emperador y rey, nuestro señor, porque soy a ello obligado y lo tengo jurado, el Toisón de Oro, para que se entregue a quien S. M. mandase...» Murió al año siguiente. En: Archivo Histórico Nacional, Madrid, Colección Salazar y Castro, ms. 50, fols. 121-133, nº 37. Citado por:DE CASTRO, M. El Real Monasterio de Santa Clara de Palencia y los Enríquez, Almirantes de Castilla. Palencia: 1982, p. 208.

      La hermana de Don Juan Manuel, Doña Marina Manuel de la Cerda, había contraído matrimonio en 1489 con Balduino, Bastardo de Borgoña (†1508) y señor de Falais, uno de los seis hijos naturales reconocidos por el difunto duque Felipe el Bueno. En: BARóN DE REIFFENBERG, o. c., pp. 285-353.

      Este blasón figura en su capilla funeraria del Monasterio de San Pablo de Peñafiel (Valladolid). Recorre su interior una cenefa que dice: «ESTA CAPILLA MANDO HACER DON JVAN MANVEL. DE LA ORDEN DEL TVSON. HIXO DE DON JVAN MANVEL. POR SEGVNDA SVCESION DE VARONES. BIZNIETO DE DON JVAN MANVEL FVNDADOR DE ESTE MONESTERIO I DE OTROS DOCE. I ENTRE ELLOS EXCOXIO ESTE PARA SV ENTERRAMIENTO. EL CVAL FVE HIXO DEL INFANTE DON JVAN MANVEL CVYO PADRE FVE EL REI DON FERNANDO EL SANTO. EL QUE GANO A SEVILLA. ACABOSE EN EL AÑO MDXXXVI». En: DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte y Etiqueta..., o. c., pp. 624-627.

      DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte..., o. c., pp. 656-667.

      A. G. R., Papiers d´état et audience, leg. 30, fol. 7vº, h. 1520. «Libro de los officiales de la Casa Real de Aragón». DOMÍNGUEZ CASAS, R. Arte..., o. c., pp. 656-667.

      A. G. R., Papiers d´état et audience, leg. 23, fol. 40.

      CONDE DE VILANOVA, y DOMÉNECH Y ROURA, F. Capítulo del Toisón de Oro celebrado en Barcelona el año 1519. Barcelona: 1930, pp. 87-102. Citado por: RIQUER, M. de. Heráldica Castellana en tiempos de los Reyes Católicos. Barcelona: 1986, pp. 65-66.

 

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Baruch de Spinoza 1632 + 1677

 

Origen español  

La conexión del futuro idealismo con Descartes se realizó sobre todo a través de Spinoza; que completó la operación cartesiana dándole mayor coherencia interna.

La importancia que se reconoce a este filósofo judío, en el posterior desarrollo idealista (y; por tanto, también en el marxista), puede resumirse en la conocida afirmación de Hegel: «ser spinoziano es el inicio de todo filosofar». Y, en efecto, la conexión del futuro idealismo con Descartes se realizó sobre todo a través de Spinoza; que completó la operación cartesiana dándole mayor coherencia interna.

Si Descartes, después de la supuesta intuición inmediata del espíritu (pensamiento del pensamiento: cogito, ergo sum), para garantizar tanto .el espíritu (res cogitans) como la materia (res extensa), necesitó recurrir a la idea de Dios, Spinoza radicalizó esa «conexión» entre espíritu y materia, poniendo directamente como inicio absoluto de la filosofía la intuición inmediata de Dios: Substancia única y causa de sí misma; «aquello cuya esencia encierra la existencia», aquello que es por sí y se concibe sin relación a otra cosa: Esta es la supuesta intuición fundamental que no se demuestra; el punto de partida y de llegada a la vez, el compendio y esencia del sistema spinoziano.

En lugar de afirmar entre Dios y el mundo una relación de causalidad, Spinoza afirma una relación de pertenencia del mundo a Dios: el mundo es manifestación o exteriorización de la única substancia divina, en infinitos modos o determinaciones finitas, que por ser tales son negativas de la infinitud de la substancia: toda determinación es negación. Pero esos modos los conocemos agrupados en dos tipos, según que sean determinaciones de la materia o del pensamiento, que son los «atributos» que conocemos de la Substancia divina.

Tenemos, pues; en Spinoza un monismo (afirmación de una única sustancia), pero en cuyo seno pervive aún la dualidad cartesiana de materia y pensamiento. Tenemos ya un precursor más inmediato del marxismo que Descartes.

[....]

Con su inmanencia metafísica (única substancia, dentro de la cual todo se identifica y se auto-causa), que contiene un panteísmo fatalista ó determinista, Spinoza supone una continuación superadora (en la coherencia del pensamiento abstracto) respecto a Descartes, pero sin renunciar al inicio del error: la negación del ente (lo que es), que nos es dado conocer a partir de los sentidos, como primer objeto de conocimiento intelectual y aquello en que todo otro conocimiento se fundamenta: [En cambio, para Tomás de Aquino] «Lo inmediato y evidentísimo que sabemos de las cosas es que son. La noción de ente es lo primero que nuestro entendimiento alcanza (cfr. Santo Tomás, In I Sent. d. 8, q. 1, a. 3); y que explícita su verdad en este primer juicio radical y originario: "esto es". Sin este primer conocimiento, nada conoceríamos; y en él se resuelve -como en lo más evidente- cualquier conocimiento posterior» (Cardona, Opción intelectual, 28).

 

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P. Baruch de Spinoza nació en Holanda, en 1632, en el barrio judío de Amsterdam. Su familia había emigrado de España a Portugal y de allí a los Países Bajos. Su madre falleció cuando tenía seis años. Se educó en una escuela judía y durante la adolescencia comenzó a prepararse para ser rabino. Pero el estudio de la Física y la lectura de Hobbes y Descartes le fueron apartando del judaísmo. A la muerte de su madre se sumó la de su padre en 1654. Para esa época comenzaron a multiplicarse las acusaciones de ateísmo contra él. En 1656 lo expulsaron de la sinagoga y optó por dejar su ciudad natal y dedicarse al oficio de pulir lentes, ganándose con ello la vida. Con el tiempo, y luego de publicar sus obras, le fue ofrecida la Cátedra de Filosofía en la prestigiosa universidad alemana de Heidelberg, ofrecimiento que rechazó para mantenerse al margen de las presiones y limitaciones de los teólogos. Se dice que en 1776 recibió la visita de Leibnitz, pero éste negó luego tal encuentro. Murió de tisis*, en La Haya, en 1677.

*Tuberculosis pulmonal

 

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Porque la verdadera catolicidad es pluriforme: ‘unidad en la multiplicidad y multiplicidad en la unidad’ S. S. Benedicto XVI – P. P. MMV.

 

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La fraternidad entre los cristianos no es simplemente un vago sentimiento y ni siquiera nace de una forma de indiferencia hacia la verdad. La fraternidad está fundada sobre la realidad sobrenatural del único bautismo, que nos incluye a todos en el único cuerpo de Cristo (cfr. 1 Cor 12,13; Gal 3, 28; Col 2,12).- S. S. Benedicto XVI – P. P. MMV

 

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Es evidente que una conciencia recta pide una formación constante. Por esto hay que acercarse a la palabra de Dios y a los contenidos de la moral cristiana en orden a un mayor conocimiento. La firmeza de la Iglesia en la defensa de las normas universales e inmutables está al servicio de la verdadera libertad humana, ya que Jesús dijo que "la verdad os hará libres".

 

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Pedro abandona su lago de Tiberíades y sigue a Jesús

 

Los cristianos en el mundo - "Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. 

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. 

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad. 


Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres. 

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."  

De la Carta a Diogneto (Cap. 5-6; Funk 1, 317-321)  

 

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El Misterio eucarístico -sacrificio, presencia, banquete- no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada.
Ecclesia de Eucharistia, n. 61

 

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“La contemplación de la Eucaristía debe animar a todos los miembros de la Iglesia, en primer lugar a los sacerdotes, ministros de la Eucaristía, a reavivar su compromiso de fidelidad. Sobre el misterio eucarístico, celebrado y adorado, se funda el celibato que los presbíteros han recibido como don precioso y signo del amor indiviso hacia Dios y hacia el prójimo”. En la Homilía de la Clausura del Sínodo de los obispos y del Año de la Eucaristía (23.X.2005) el papa Benedicto XVI –P.M. pronunció esas palabras.

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Nada perturba tanto la vida humana como la ignorancia del bien y el mal.
Cicerón

 

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Recuerda lo que San Policarpo decía de San Juan que, cuando escuchaba a alguno decir herejías, Juan se tapaba los oídos. No es malo tomar ese ejemplo en estos tiempos en que los charlatanes de tantas sectas nos quieren vender sus herejías.

 

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Toda persona tiene derecho a la libertad religiosa (...) de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros. oncilio Vaticano II

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La laicidad está para asegurar a libertad religiosa, y no para imponer la ausencia de religiosidad. Jesús Sanz Rioja

 

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Por la calle del "ya voy", se va a la casa del "nunca".
Miguel de Cervantes Saavedra. Escritor español.

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«Los perezosos siempre hablan de lo que piensan hacer, de lo que harán; los que de veras hacen algo no tienen tiempo de hablar ni de lo que hacen». J. W. Goethe. Escritor alemán.

 

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Si alguien quiere deshacerse de los dementes, los minusválidos o los ancianos enfermos porque exigen demasiado tiempo o dinero, que contrate verdugos profesionales, pero que no se esconda detrás de una apariencia de respetabilidad.
Stuart Horner.

 

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Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres.
Rabindranath Tagore. Dramaturgo, poeta y filósofo indio.

 

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En realidad vivir como hombre significa elegir un blanco -honor, gloria, riqueza, cultura- y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un fin es señal de gran necedad. Aristóteles

 

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Si la escalera no está apoyada en la pared correcta, cada peldaño que subimos es un paso más hacia un lugar equivocado. Stephen Covey

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

 

 

 

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Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica – última edición 2005.
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

 

Recomendamos El libro: FE, VERDAD Y TOLERANCIA [el cristianismo y las religiones del mundo] por Joseph RATZINGER, al día: S.S. Benedicto XVI; ed. SÍGUEME

 

"Conocereis de verdad" no se identifica necesariamente con todas las opiniones y matices vertidos por los autores en los artículos aquí publicados, sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto.

Aven María +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).