Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1492 - 16º gesta hispánica: contexto hecho histórico mundo; Perú

 

La conciencia renacentista e ilustrada era mucho menos cristiana que la conciencia medieval.

 

La conciencia de aquellos cristianos toleró la esclavitud más o menos como la conciencia actual de muchos cristianos e ilustrados filántropos ha resistido que el comunismo haya matado más de cien millones de hombres, sin mayores aspavientos, o como tolera que la matanza de los niños inocentes, por el aborto, se haya hecho legal y subsidiada.


«Mientras más se aleje una sociedad de la verdad, más odiará a aquellos que la proclaman». (George Orwell, escritor y periodista Inglés- 1950 +) 


El Hospital de Santa Ana para indígenas se fundó en Lima –PERÚ-en 1549.

El primer hospital de EEUU, el Hospital de Pennsilvania se fundó en 1751, 100 años después de comenzar la colonización inglesa (1607). Y falta averiguar si atendían a indígenas....

Dicen que las comparaciones son odiosas pero es útil para ver lo adelantada que estaba la corona española.

 

Para las personas que SI les interesa la HISTORIA con fuentes fidedignas aquí pueden leer la historia de los hospitales en el Virreinato del Perú: minsa.gob.pe/dgiem/cendoc/pdfs/Hospitales%20-Lima-1.pdf

 

(y es una página del ministerio de salud)

 

.

 

La corona española desde el inicio se preocupó por la salud de los españoles y también de los indios y ordenó fundar hospitales entre los cuales se fundó un hospital para los enfermos de lepra, incurable por cierto, pero igual los malpensados dirán que la corona quería asegurarse brazos para trabajar por eso había que proteger a niños huérfanos, leprosos y negros. Algunos de esos hospitales siguen en pie...

 

.

 

"Se inicia con la consolidación de la conquista española y el asentamiento de los españoles. Al analizar el origen y desarrollo de los

 

hospitales en esta época se debe destacar el esfuerzo de las hermandades religiosas y el rol que tuvo la autoridad, en este caso la Corona española. Se impulsó a través de las Reales Células y Leyes de la Corona desde el inicio del Virreinato en 1542 el desarrollo de

 

estos servicios. La Recopilación de las Leyes de Indias de 1680 igualmente obligaba a la fundación de hospitales en todos los pueblos de indios y españoles para curar a los enfermos (Real Célula del 7 de octubre de 1541, Libro I Título IV de la Recopilación) entre

 

otras reales células.El desarrollo de los hospitales se encuentra muy ligado con la evolución de los servicios de salud de la Ciudad de Lima. Es así que por el año 1538 se crea el primer servicio o casa enfermería en la Calle de la Rinconada de Santo Domingo (posteriormente se convertiría en el Hospital San Andrés), sobre dos solares asignados por el fundador don Francisco Pizarro, el cual estaba dirigida a población de bajos recursos y enfermos sin distinción.

.

 

En Lima llegaron a haber casi tantos hospitales y asilos como templos, entre los cuales cabe mencionar la Primera Enfermería (1538), el hospital de Santa Ana para indígenas

 

(1549), Hospital de San Andrés para españoles (1551), Hospital o Ladrería de San Lázaro(1559), Hospital de Santa María de La Caridad (San Cosme y Damián) para mujeres pobres (1563), Hospital del Espíritu Santo de los Marinos (1575), Hospital de Convalecencia de San Diego (1593), Hospital de Sacerdotes de San Pedro (1594),

 

Hospital de Niños Huérfanos y Expósitos (1598), Hospital San Bartolomé para negros (1646), de Convalecencia de Naturales Nuestra Señora del Carmen (1648), Hospital de Santiago del Cercado para los Indios (1648), Hospital de Niñas Santa Cruz de Atocha (1649), y Hospital Refugio de Incurables Santo Toribio de Mogrovejo (1669)"

 

21/08/2015 5:32 PM

 

Muestra pobre capacidad de razonamiento quien considera que los españoles trajeron enfermedades como el tifus,sarampión y viruela con la intención de matar a los indios... Utilizarlo como acusación es una bajeza.

 

21/08/2015 5:42 PM infocatolica.com

 

 

 

+++ 

Fue a partir de 1987 cuando salió a la luz la deslumbrante tumba del Señor de Sipán, de la civilización Mochica, que surgió al norte de Perú entre el siglo III a. de C. y el siglo VII. El noble fue enterrado con sus esposas y sus bienes: pectorales de oro, joyas y vestimentas. (Foto: Explora Films) 2007-05-17

 

ESPAÑA – VALENCIA:La ciudad de Valencia fue fundada en el año 138 a.c. Ante la invasión de los pueblos bárbaros a partir del siglo V, la ciudad de Valencia mantuvo su actividad bajo el reino visigodo y durante la ocupación musulmana de Hispania, que comenzó en el año 711. En el año 1238, el rey de Aragón, Jaime I, el Conquistador, creó el reino cristiano de Valencia, dotándolo de leyes propias.

El siglo XV, fue un verdadero “siglo de oro” para Valencia, especialmente bajo los reinados de Alfonso V el Magnánimo, y de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel. Se concluyeron la catedral gótica de Valencia y la torre del micalet; se edificaron iglesias y monasterios. Este “siglo de oro” culminó con la creación de la universidad de Valencia por el Papa Alejandro VI (1501).

 

+++


Plano de Lima en 1687, por entonces una de las ciudades más avanzadas del mundo 

 

Derechos - Señor del mundo, Padre de todos los hombres, por medio de tu Hijo nos has pedido amar a los enemigos, hacer bien a los que nos odian y orar por los que nos persiguen. Muchas veces, sin embargo, los cristianos han desmentido el Evangelio y, cediendo a la lógica de la fuerza, han violado los derechos de etnias y pueblos; despreciando sus culturas y tradiciones religiosas: muéstrate paciente y misericordioso con nosotros y perdónanos. Por Cristo nuestro Señor. R. Amén.

 

+++


El cristianismo es directo responsable de algunos de los conceptos que hoy nos parecen irrenunciables: la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos, y el derecho a la vida de todos y cada uno de ellos, desde el vientre materno a la muerte natural.

 

+++

 

Desde que Escipión el Africano desembarcó en Ampurias en el año 218 a.C. para combatir a los cartagineses hasta la caída del Imperio Romano occidental en 476 d.C., la península Ibérica estuvo ligada estrechamente a los destinos de Roma. Más de seiscientos años de historia compartida, muchas veces turbulenta, en los que Hispania se convirtió en uno de los ejes principales del Mediterráneo. Aníbal, los Escipiones, Viriato, Catón, Sertorio, Pompeyo, César, Augusto, Séneca, Trajano, Adriano o Teodosio son algunos de los grandes personajes vinculados de una forma u otra con Hispania. Mientras que Mérida, Zaragoza, Tarragona, Sevilla, Cádiz, León, Lisboa o Lugo forman parte de las grandes urbes cuyos orígenes se remontan a la presencia de las legiones. Los monasterios cristianos fueron eslabones primordiales para la unicidad y consolidación ‘firmeza y solidez’, de la vida cultural, religiosa y política en la península Ibérica.

 

+++


En entrevista concedida a ACI Prensa el historiador René Millar Carvacho, profesor en la Pontificia Universidad Católica de Chile, especializado en el tema de la Inquisición en el virreinato peruano, explicó que "gran parte de toda la leyenda negra de esta época gira en torno a la tortura, pero es que la tortura, como medio de prueba, formó parte del método de castigo de la época". V. 2012


+++


“Oh desdichada España! Revuelto he mil veces en la memoria tus antigüedades y anales y no he hallado por qué causas seas digna de tan porfiada persecución”.?Francisco de Quevedo.


+++


Teodoro Francisco de Croix Heuchin (Lille, Flandes, 30 de junio de 1730 - †Madrid, España, 8 de abril de 1792) fue un aristócrata y militar flamenco al servicio de España, que ejerció el cargo de Virrey del Perú desde 1784 hasta 1790.

Nació en la ciudad de Lille (entonces en los Países Bajos españoles y actualmente en Francia). A los 17 años entró al servicio del rey de España como alférez de granaderos. Llamado por su tío Carlos Francisco, virrey en Nueva España. Pasó al Nuevo Mundo, donde fue gobernador de Acapulco. En 1784, se le nombró virrey del Perú, donde descentralizó el gobierno con la creación de siete intendencias. Creó el Anfiteatro Anatómico e inició el Jardín Botánico de Lima. Adoptó medidas rigurosas contra las ideas enciclopedistas revolucionarias. Fortaleció las costas y colaboró en la creación de la Junta Superior de Comercio y el Tribunal de Minería (1786). Tras su relevo y vuelta a España, en 1790, pasó a ser coronel de las Guardias Valonas.En dónde se sabe hizo también muchas cosas de buen proceder fue en los territorios antes llamados Provincias Internas del Norte de la Nueva España. En el libro de Álvaro Canales Santos editado por el Gobierno del Estado de Coahuila, se pueden encontrar muchos datos.


+++


La evangelización de América: El gran Toribio de Mogrovejo


 

LA PRESENCIA DE SANTO TORIBIO EN LIMA FOMENTÓ UN RENACIMIENTO CULTURAL Y RELIGIOSO ÚNICO EN LA HISTORIA DE AMÉRICA – 20. V. MMX

 

En el seno de una noble familia de Mayorga, antiguo reino de León, España, nacía el 16 de noviembre de 1538 Toribio Alfonso de Mogrovejo. Sus padres, don Luis de Mogrovejo y doña Ana de Robledo y Morán, pertenecían a la más distinguida estirpe de la comarca, que en aquellos tiempos de fe sumaba al aprecio por sus derechos y privilegios el celo por la integridad de la fe y la pureza de las costumbres. A los doce años Toribio fue enviado por sus padres a estudiar a Valladolid, donde destacó por sus virtudes y sus dotes intelectuales.

 

Después de algunos años, teniendo en vista su gran apetencia por el estudio del Derecho civil y eclesiástico, se trasladó a la famosa Universidad de Salamanca. Allí recibió la benéfica influencia de su tío Juan de Mogrovejo, profesor en dicha Universidad y en el Colegio Mayor de San Salvador en Oviedo. Habiendo sido invitado por Don Juan III, Rey de Portugal, a enseñar en Coimbra, Juan de Mogrovejo llevó consigo a su sobrino, y ambos residieron algunos años en esa renombrada universidad portuguesa.

De vuelta a Salamanca, su tío falleció poco después del regreso. Toribio resolvió seguir la carrera de éste, tornándose profesor en el Colegio Mayor de San Salvador de Oviedo. Su vida austera y sus penitencias de tal modo llamaron la atención que algunos de sus amigos ponderaron que aquella vida podría terminar por perjudicarle la salud, sin mayor provecho espiritual, pues muchos podrían juzgar que él practicaba aquellas penitencias por ostentación. El argumento, que aquello podría desedificar a otros, fue decisivo para que Toribio concordase en moderar sus austeridades. En esa época emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela, en trajes de peregrino, pidiendo limosnas.

 

En 1575, tal vez por influencia de uno de sus amigos, Diego de Zúñiga, fue nombrado por Felipe II para el cargo de Inquisidor en Granada, que desempeñó con sabiduría, prudencia justicia y rectitud, de modo que noticias suyas llegaron pronto al Rey. Y ocurrió que, estando vacante la sede episcopal de Lima tras la muerte en 1575 de su primer Arzobispo, Jerónimo de Loaysa, sobre el que hemos hablado abundantemente en esta página web, en 1578 Felipe II comunicó a Toribio su intención de presentarlo al Papa Gregorio XIII para ocupar el Arzobispado de la Ciudad de los Reyes. Toribio vacilaba en aceptar tal propuesta, y escribió al Rey y al Consejo de Indias renunciando a la misma. Pero después, cediendo a los argumentos de sus amigos y colegas de la Universidad, terminó por aceptarla, pues ellos lo convencieron de que esa era la voluntad divina.

 

Así, en marzo de 1579 recibió las bulas de Gregorio XIII con el nombramiento para el cargo. Como ni siquiera era sacerdote, habiendo recibido dispensa papal para la recepción de las diversas órdenes menores, fue ordenado en Granada y poco después recibió la consagración episcopal en Sevilla. Finalmente, en septiembre de 1580 embarcó con destino a su sede episcopal, donde llegó en mayo del año siguiente. Como ya sabemos, en Lima se respiraba un aire de religiosidad, gracias a la actuación de las diversas órdenes religiosas que en la capital virreinal mantenían residencias, conventos, hospitales, etc. En esta ciudad se produjo en pocos años un fenómeno religioso que pocas veces se ha repetido en la historia, esto es que en una población heterogénea en la que se mezclaban indios, mestizos, negros, criollos y españoles, convivieron casi al mismo tiempo, con pocos años de diferencia, cinco santos, tres de ellos nacidos en España -Santo Toribio, San Francisco Solano y San Juan Macías- y dos nativos, Santa Rosa y San Martín de Porres. Éstos, sumados a los numerosos siervos de Dios que habitaban la ciudad, irradiaron con la santidad de su vida y sus virtudes a la ciudad de Lima de la segunda mitad del siglo XVI y comienzos del siglo XVII.

La diócesis de Lima, de inmensa extensión geográfica, como ya sabemos, fue encontrada por el nuevo Arzobispo en estado de gran desorden, en un sistema en que el régimen de patronato facultaba a los Virreyes a intervenir en asuntos eclesiásticos, dando origen a frecuentes disputas entre el poder espiritual y el temporal. Se trataba por lo tanto de moralizar las costumbres, reformar el clero y defender los derechos de la Iglesia contra las intromisiones indebidas del poder temporal, tarea a la cual Santo Toribio se dedicó con vigor extraordinario desde su llegada a Lima, durante los 25 años en que permaneció al frente de la diócesis.

Obedeciendo las directrices del Concilio de Trento reunió tres Concilios Provinciales, el primero de los cuales, realizado en 1582, un año después de su llegada, trazó las normas que rigieron todas las diócesis de las Américas por más de tres siglos. Además, cada dos años realizaba sínodos diocesanos, también siguiendo las resoluciones tridentinas.

 

Reformó el clero diocesano en la disciplina y en las costumbres, comenzando por aquellos que deberían ser sus auxiliares más próximos, convirtiendo su residencia en un local “más semejante a un convento de religiosos fervorosos y contemplativos, que al palacio de algún señor rico y poderoso”. Reglamentó toda la predicación para los indígenas y mandó escribir e imprimir bajo su dirección un catecismo especial para ellos, consiguiendo que los predicadores aprendiesen las lenguas indígenas, para las cuales creó una cátedra en la decana de las universidades americanas, la Universidad de San Marcos.

 

A fin de entrar en contacto con todos sus diocesanos, realizó varias visitas pastorales por el inmenso territorio de su diócesis. Tres veces visitó completamente su inmensa arquidiócesis de Lima. En la primera vez gastó siete años recorriéndola. En la segunda vez duró cinco años y en la tercera empleó cuatro años. La mayor parte del recorrido era a pie. A veces en mula, por caminos casi intransitables, pasando de climas terriblemente fríos a climas ardientes. Eran viajes para destruir la salud del más fuerte. Muchísimas noches tuvo que pasar a la intemperie o en ranchos miserabilísmos, durmiendo en el puro suelo. Los preferidos de sus visitas eran los indios y los negros, especialmente los más pobres, los más ignorantes y los enfermos.Fue en uno de esos viajes que, en la localidad de Quives (Canta), administró el sacramento de la Confirmación a Santa Rosa de Lima, entonces con 13 años.

 

Nada lo detenía en su celo apostólico de pastor que “da la vida por sus ovejas”. Se hacía entender por los aborígenes, ya sea hablándoles en su propia lengua, o hasta —cuando la lengua de éstos le era desconocida— de manera totalmente inexplicable y milagrosa, como varias veces le sucedió.?Su interés por los indios no se limitaba al bien de sus almas. Se empeñó también en mejorar sus condiciones de vida, especialmente de aquellos empleados en las grandes propiedades rurales y en las minas. Reivindicó que sus derechos fuesen debidamente respetados por los españoles y que hubiese verdadera armonía entre las clases sociales, como preconiza la doctrina social de la Iglesia.

Santo Toribio procuraba esmerarse en su vida de oración, de recogimiento y de penitencia. Y esto hasta tal punto, que a los demás les era difícil comprender cómo conseguía tiempo para llevar simultáneamente a tales extremos la oración, la penitencia y la acción. Dedicaba a la meditación varias horas al día, hecho inexplicable en medio de las múltiples ocupaciones que su cargo exigía. En materia de alimentación, los rigores del sacrificio iban hasta extremos inimaginables. Según testigos de la época, nunca se lo vio ingerir aves, huevos, mantequilla, leche, tortas y dulces. No comía por las mañanas, y su cena consistía en pan, agua y una manzana verde. En los días de abstinencia, también ayunaba, mientras que en las Cuaresmas pasaba semanas enteras sin comer, ingiriendo solamente un poco de pan seco y agua cuando se sentía en el límite de su resistencia.

 

Son abundantes los testimonios de su caridad, entrega y desinterés total por lo material: antes de poner su firma a cualquier decreto que lo requiriese, anteponía la palabra gratis. En una ocasión, cuando se desató una terrible peste en la ciudad que causó innumerables muertos y enfermos, muchos de ellos pobres que abarrotaban los hospitales, le mandó decir a su cuñado que gastase todo su dinero en socorrerlos y que si faltaba, que pidiese prestado que luego él lo devolvería. En otra, un altercado gravísimo entre dos nobles limeños terminó con la condena a muerte de uno de ellos. Sólo el perdón del otro, que los ruegos de medio Lima no consiguieron, podía salvar de la ejecución al condenado. Ya a punto de realizarse el ajusticiamiento, el arzobispo de Lima fue a buscarlo, se arrodilló a los pies del ofendido y suplicó por su perdón como si fuera para él mismo obteniéndolo. Fue, además, el primer antitaurino del que se tenga noticia en estas tierras. Mandaba cerrar las ventanas de su casa cuando había corridas en la plaza, que es donde antes se hacían, y tenía a su familia prohibido asistir a ellas.

 

La muerte lo sorprendió en el curso de su último viaje apostólico, en marzo de 1606. Hallábase en la ciudad de Saña (Lambayeque), donde pretendía celebrar los oficios de Semana Santa, cuando se sintió muy mal, y percibió que su fin estaba próximo, previsión que le fue confirmada por los médicos que lo atendieron. La noticia, lejos de causarle preocupación o tristeza, le dio gran alegría, hasta el punto de exclamar con el Salmista: Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domo Domini ibimus — “Yo me alegré con las cosas que me fueron dichas: iremos a la casa del Señor”. Pidió entonces que lo lleven a la iglesia parroquial y allí recibir los últimos sacramentos, habiendo distribuido sus pocos haberes entre los criados, indígenas y pobres de la ciudad. Volviendo a la casa donde se hospedaba consoló a los que se encontraban con él y pidió que se entonase el salmo “In te, Domine, speravi” (Señor, en ti esperé). Cuando se cantaba el versículo “In manos tuas…”, entregó el alma al Creador con la alegría y la confianza de aquellos que saben haber combatido el buen combate, terminado la carrera y alcanzado el premio de la gloria. Eran las tres y media de la tarde de Jueves Santo, 23 de marzo de 1606.

 

Su cuerpo fue embalsamado y sepultado en la iglesia local, siendo trasladado a Lima algunos meses después. A lo largo de todo el trayecto acudían las poblaciones indígenas y campesinas para prestar su último homenaje a quien calificaban, con razón, como su padre santo. En la capital, sus despojos fueron recibidos con todos los honores por las autoridades eclesiásticas, civiles, militares y por la población en general, glorificando la figura de un hombre al que ya todos tenían por santo. Fue entonces sepultado con toda pompa y solemnidad en la Catedral, donde se encuentra hasta hoy para veneración de los fieles. Su proceso de canonización fue iniciado de inmediato, con el reconocimiento de sus virtudes heroicas, siendo beatificado por el Papa Inocencio XI en 1679 e inscrito en el catálogo de los Santos por Benedicto XIII, el 10 de diciembre de 1726. (Continuará)///.

Alberto Royo Mejía   Sacerdote de la diócesis de Getafe (Madrid). Infocatolic.com

 

+++

 

"El mundo está sostenido por cuatro pilares: el conocimiento de los doctos, la justicia de los mejores, las oraciones de los virtuosos y el valor de los valientes". Esta inscripción se encontraba sobre la entrada de las Universidades españolas desde el Medioevo. 

 

+++


momia: Chachapoyas - Perú

  

DISCERNIR - A todos se les pide el saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de tantos medios de comunicación que no cesan de inventar, suponer o repetir ‘leyendas negras’, difamaciones o mentiras históricas… mienten sabiendo de mentir.

Los que escuchan no deben ser obligados a imposiciones ni compromisos, engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral “El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” (Mt 12, 35-37).

 

“Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Ef 4, 25.29).

 

+++

 

El Renacimiento y la Reforma han configurado el individuo occidental moderno, que no se siente agobiado por cargas externas, como la autoridad meramente extrínseca y la tradición. Hay muchos que sienten cada vez menos la necesidad de «pertenecer» a las instituciones (pese a lo cual, la soledad sigue siendo en gran medida un azote de la vida moderna), y no se inclinan a dar a las opiniones «oficiales» mayor valor que a las suyas propias. Con este culto a la humanidad, la religión se interioriza, de manera que se va preparando el terreno para una celebración de la sacralidad del yo; en el plano histórico, se cultiva el caldo del relativismo atenuando las responsabilidades importantes. Lo que importa señalar aquí y ahora es que, en ciertas prácticas de algunos grupos protestantes y la masonería en general, gustan recurrir constantemente a la mentira, a la desfiguración de los hechos quitándoles del contexto, o insisten recurrir llana y repetitivamente «sin vergüenza alguna» a las conocidas ‘leyendas negras’.

 

+++

 

Espléndida sonrisa peruana - 2007

 

Petición de perdón - Para concluir, quisiera haceros partícipes de una reflexión, que me interesa particularmente. La petición de perdón, de la que tanto se habla en este período, atañe en primer lugar a la vida de la Iglesia, a su misión de anunciar la salvación, a su testimonio de Cristo, a su compromiso en favor de la unidad, en una palabra, a la coherencia que debe caracterizar a la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, del que vive la Iglesia, pueden iluminar y sostener, de modo sobreabundante, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto a su autonomía. Por este motivo, la Iglesia no deja de trabajar, con los medios que le son propios, en favor de la paz y de la promoción de los derechos del hombre. En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto. 31. X. 1998 S.S. Juan Pablo II – Magno

 

+++

 

Nasca, Peru, MM.

 


 

HECHOS HISTÓRICOS - Se perfilan así diversos interrogantes: ¿se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una culpa vinculada a fenómenos históricos irrepetibles, como las cruzadas o la inquisición? ¿No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual (como hacen escribas y fariseos, según Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no se hallara situada en el tiempo? ¿Se puede acaso, por otra parte, negar que el juicio ético siempre tiene vigencia, por el simple hecho de que la verdad de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor? Cualquiera que sea la actitud a adoptar, ésta debe confrontarse con estos interrogantes y buscar respuestas que estén fundadas en la revelación y en su transmisión viva en la fe de la Iglesia. La cuestión prioritaria es, por tanto, la de esclarecer en qué medida las peticiones de perdón por las culpas del pasado, sobre todo cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte bíblico y teológico de la reconciliación con Dios y con el prójimo.  

 

La identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante todo, un correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?, ¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando se llega a la certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habría podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado.

 

La relación entre «juicio histórico» y «juicio teológico» resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es necesaria y determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico. Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: «El Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva... Ésa es la razón por la que el primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no se les pide un juicio de naturaleza ética, que rebasaría el ámbito de sus competencias, sino que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del contexto histórico de la época» 

 

+++


«La romanización Jurídica de España» rememora el pasado romano de la ciudad con el «Bronce II» de Borrotia, símbolo de la primera querella documentada en la Península Ibérica en al año 87 antes de Cristo.

 

+++

  

 

 

El respeto de los derechos de los pueblos indígenas

  

55. La reforma agraria no resuelve solamente el problema del latifundio. Esta contribuye también al reconocimiento y al respeto de los derechos de los pueblos indígenas.

A causa de los estrechos vínculos existentes entre la tierra y los tipos de cultura, de desarrollo y de espiritualidad de estos pueblos, la reforma agraria constituye una parte determinante del proyecto sistemático y coordinado de medidas que los gobiernos deben tomar para tutelar los derechos de los pueblos indígenas y para garantizarles el respeto de su integridad.

A través de la reforma agraria se deben encontrar las modalidades que permitan encarar, de forma equitativa y racional, el problema de la devolución de las tierras a los pueblos indígenas que las ocupaban anteriormente, sobre todo la devolución de las tierras arrebatadas, incluso recientemente, con una serie de violencias y discriminaciones. En este caso, la reforma agraria debe indicar los criterios que permiten localizar las tierras que éstos ocupaban e indicar las modalidades de reinserción, garantizándoles una efectiva protección de sus derechos de propiedad y de posesión.

La reforma debe consentirles el acceso a los servicios sociales y de producción y los medios necesarios para promover el desarrollo de sus tierras y para disfrutar de unas condiciones equivalentes a las que se han concedido a los demás sectores de la población.

En resumen, la reforma agraria debe ayudar a las comunidades indígenas a que salvaguarden y reconstruyan los recursos naturales y los ecosistemas de los que dependen su supervivencia y su bienestar. Esta debe conservar y promocionar su identidad, su cultura y sus intereses, apoyar sus aspiraciones de justicia social y garantizar un ambiente que les permita participar activamente en la vida social, económica y política del país.

Para realizar estos objetivos, los programas de reforma agraria deben respetar dos condiciones:

a) Se deberá poner en práctica, de forma adecuada, el delicado y necesario equilibrio existente entre la necesidad de conservar la propiedad común y la de privatizar la tierra. Las formas tradicionales de posesión de la tierra, basadas en la propiedad común, es decir en una forma de propiedad que se presta poco a la utilización de los modernos factores de producción y al empleo de las innovaciones tecnológicas, tienden a transformarse en propiedad privada a medida que la agricultura se desarrolla. Razones con fundamento hacen prever, incluso en el caso de los pueblos indígenas, la actuación de una política de asignación individual de la propiedad de la tierra.(52)

b) Los programas de reforma agraria deben ser definidos y adoptados con la participación y la cooperación de los pueblos interesados. La reforma agraria debe garantizar a los pueblos indígenas, por un lado, la posibilidad de disfrutar de los servicios sociales y de producción que éstos consideren oportunos para su organización social y para resolver sus problemas, y por otro lado, deben orientar hacia otras direcciones los factores de tipo económico y social que puedan causarles perjuicios.

 

+++

 


 

La creación de un Nuevo Mundo.

 

 

El descubrimiento, el encuentro y la conquista mutua, la renovación de lo viejo y la aparición del "nosotros" hispanoamericano

 

Descubrimiento

 

La palabra descubrir, según el Diccionario, significa simplemente «hallar lo que estaba ignorado o escondido», sin ninguna acepción peyorativa. En referencia a América, desde hace cinco siglos, ya desde los primeros cronistas hispanos, venimos hablando de Descubrimiento, palabra en la que se expresa una triple verdad.

1. España, Europa, y pronto todo el mundo, descubre América, un continente del que no había noticia alguna. Este es el sentido primero y más obvio. El Descubrimiento de 1492 es como si del océano ignoto surgiera de pronto un Nuevo Mundo, inmenso, grandioso y variadísimo.


2. Los indígenas americanos descubren también América a partir de 1492, pues hasta entonces no la conocían. Cuando los exploradores hispanos, que solían andar medio perdidos, pedían orientación a los indios, comprobaban con frecuencia que éstos se hallaban casi tan perdidos como ellos, pues apenas sabían algo -como no fueran leyendas inseguras- acerca de lo que había al otro lado de la selva, de los montes o del gran río que les hacía de frontera. En este sentido es evidente que la Conquista llevó consigo un Descubrimiento de las Indias no sólo para los europeos, sino para los mismos indios. Los otomíes, por poner un ejemplo, eran tan ignorados para los guaraníes como para los andaluces. Entre imperios formidables, como el de los incas y el de los aztecas, había una abismo de mutua ignorancia. Es, pues, un grueso error decir que la palabra Descubrimiento sólo tiene sentido para los europeos, pero no para los indios, alegando que «ellos ya estaban allí». Los indios, es evidente, no tenían la menor idea de la geografía de «América», y conocían muy poco de las mismas naciones vecinas, casi siempre enemigas. Para un indio, un viaje largo a través de muchos pueblos de América, al estilo del que a fines del siglo XIII hizo Marco Polo por Asia, era del todo imposible.

En este sentido, la llegada de los españoles en 1492 hace que aquellos que apenas conocían poco más que su región y cultura, en unos pocos decenios, queden deslumbrados ante el conocimiento nuevo de un continente fascinante, América. Y a medida que la cartografía y las escuelas se desarrollan, los indios americanos descubren la fisonomía completa del Nuevo Mundo, conocen la existencia de cordilleras, selvas y ríos formidables, amplios valles fértiles, y una variedad casi indecible de pueblos, lenguas y culturas...

Madariaga escribe: «Los naturales del Nuevo Mundo no habían pensado jamás unos en otros no ya como una unidad humana, sino ni siquiera como extraños. No se conocían mutuamente, no existían unos para otros antes de la conquista. A sus propios ojos, no fueron nunca un solo pueblo. «En cada provincia -escribe el oidor Zorita que tan bien conoció a las Indias- hay grande diferencia en todo, y aun muchos pueblos hay dos y tres lenguas diferentes, y casi no se tratan ni conocen, y esto es general en todas las Indias, según he oído» [...] Los indios puros no tenían solidaridad, ni siquiera dentro de los límites de sus territorios, y, por lo tanto, menos todavía en lo vasto del continente de cuya misma existencia apenas si tenían noción. Lo que llamamos ahora Méjico, la Nueva España de entonces, era un núcleo de organización azteca, el Anahuac, rodeado de una nebulosa de tribus independientes o semiindependientes, de lenguajes distintos, dioses y costumbres de la mayor variedad. Los chibcha de la Nueva Granada eran grupos de tribus apenas organizadas, rodeados de hordas de salvajes, caníbales y sodomitas. Y en cuanto al Perú, sabemos que los incas lucharon siglos enteros por reducir a una obediencia de buen pasar a tribus de naturales de muy diferentes costumbres y grados de cultura, y que cuando llegaron los españoles, estaba este proceso a la vez en decadencia y por terminar. Ahora bien, éstos fueron los únicos tres centros de organización que los españoles encontraron. Allende aztecas, chibchas e incas, el continente era un mar de seres humanos en estado por demás primitivo para ni soñar con unidad de cualquier forma que fuese» (El auge 381-382).


3. Hay, por fin, en el término Descubrimiento un sentido más profundo y religioso, poco usual. En efecto, Cristo, por sus apóstoles, fue a América a descubrir con su gracia a los hombres que estaban ocultos en las tinieblas. Jesucristo, nuestro Señor, cumpliendo el anuncio profético, es el «Príncipe de la paz... que arrancará el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones» (Is 25,7). Fue Cristo el que, allí, por ejemplo, en Cuautitlán y Tulpetlac, descubrió toda la bondad que podía haber en el corazón del indio Cuauhtlatoatzin, si su gracia le sanaba y hacía de él un hombre nuevo: el beato Juan Diego.

Así pues, bien decimos con toda exactitud que en el año de gracia de 1492 se produjo el Descubrimiento de América.


Encuentro

En 1492 se inicia un Encuentro entre dos mundos sumamente diferentes en su desarrollo cultural y técnico. Europa halla en América dos culturas notables, la mayo-azteca, en México y América central, y la incaica en Perú, y un conjunto de pueblos sumidos en condiciones sumamente primitivas.

La Europa cristiana y las Indias son, pues, dos entidades que se encuentran en un drama grandioso, que se desenvuelve, sin una norma previa, a tientas, sin precedente alguno orientador. Ambas, dice Rubert de Ventós, citado por Pedro Voltes, eran «partes de un encuentro puro, cuyo carácter traumático rebasaba la voluntad misma de las partes, que no habían desarrollado anticuerpos físicos ni culturales que preparasen la amalgama. De ahí que ésta fuera necesariamente trágica» (Cinco siglos 10).

Quizá nunca en la historia se ha dado un encuentro profundo y estable entre pueblos de tan diversos modos de vida como el ocasionado por el descubrimiento hispánico de América. En el Norte los anglosajones se limitaron a ocupar las tierras que habían vaciado previamente por la expulsión o la eliminación de los indios. Pero en la América hispana se realizó algo infinitamente más complejo y difícil: la fusión de dos mundos inmensamente diversos en mentalidad, costumbres, religiosidad, hábitos familiares y laborales, económicos y políticos. Ni los europeos ni los indios estaban preparados para ello, y tampoco tenían modelo alguno de referencia. En este encuentro se inició un inmenso proceso de mestizaje biológico y cultural, que dio lugar a un Mundo Nuevo.


La renovación de lo viejo

El mundo indígena americano, al encontrarse con el mundo cristiano que le viene del otro lado del mar, es, en un cierto sentido, un mundo indeciblemente arcaico, cinco mil años más viejo que el europeo. Sus cientos de variedades culturales, todas sumamente primitivas, sólo hubieran podido subsistir precariamente en el absoluto aislamiento de unas reservas. Pero en un encuentro intercultural profundo y estable, como fue el caso de la América hispana, el proceso era necesario: lo nuevo prevalece.

Una cultura está formada por un conjunto muy complejo de ideas y prácticas, sentimientos e instituciones, vigente en un pueblo determinado. Pues bien, muchas de las modalidades culturales de las Indias, puestas en contacto con el nuevo mundo europeo y cristiano, van desfalleciendo hasta desaparecer. Cerbatanas y hondas, arcos y macanas, poco a poco, dejan ya de fabricarse, ante el poder increíble de las armas de fuego, que permiten a los hombres lanzar rayos. Las flautas, hechas quizá con huesos de enemigos difuntos, y los demás instrumentos musicales, quedan olvidados en un rincón ante la selva sonora de un órgano o ante el clamor restallante de la trompeta.

Ya los indios abandonan su incipiente arte pictográfico, cuando conocen el milagro de la escritura, de la imprenta, de los libros. Ya no fabrican pirámides pesadísimas, sino que, una vez conocida la construcción del arco y de otras técnicas para los edificios, ellos mismos, superado el asombro inicial, elevan bóvedas formidables, sostenidas por misteriosas leyes físicas sobre sus cabezas. La desnudez huye avergonzada ante la elocuencia no verbal de los vestidos. Ya no se cultivan pequeños campos, arando la tierra con un bastón punzante endurecido al fuego, sino que, con menos esfuerzo, se labran inmensas extensiones gracias a los arados y a los animales de tracción, antes desconocidos.

Ante el espectáculo pavoroso que ofrecen los hombres vestidos de hierro, que parecen bilocarse en el campo de batalla sobre animales velocísimos, nunca conocidos, caen desanimados los brazos de los guerreros más valientes. Y luego están las puertas y ventanas, que giran suavemente sobre sí mismas, abriendo y cerrando los huecos antes tapados con una tela; y las cerraduras, que ni el hombre más fuerte puede vencer, mientras que una niña, con la varita mágica de una llave, puede abrir sin el menor esfuerzo. Y está la eficacia rechinante de los carros, tirados por animales, que avanzan sobre el prodigio de unas ruedas, de suave movimiento sin fin...

Pero si esto sucede en las cosas materiales, aún mayor es el desmayo de las realidades espirituales viejas ante el resplandor de lo nuevo y mejor. La perversión de la poligamia -con la profunda desigualdad que implica entre el hombre y la mujer, y entre los ricos, que tienen decenas de mujeres, y los pobres, que no tienen ninguna-, no puede menos de desaparecer ante la verdad del matrimonio monogámico, o sólo podrá ya practicarse en formas clandestinas y vergonzantes. El politeísmo, los torpes ídolos de piedra o de madera, la adoración ignominiosa de huesos, piedras o animales, ante la majestuosa veracidad del Dios único, creador del cielo y de la tierra, no pueden menos de difuminarse hasta una desaparición total. Y con ello toda la vida social, centrada en el poder de los sacerdotes y en el ritmo anual del calendario religioso, se ve despojada de sus seculares coordenadas comunitarias...

¿Qué queda entonces de las antiguas culturas indígenas?... Permanece lo más importante: sobreviven los valores espirituales indios más genuinos, el trabajo y la paciencia, la abnegación familiar y el amor a los mayores y a los hijos, la capacidad de silencio contemplativo, el sentido de la gratuidad y de la fiesta, y tantos otros valores, todos purificados y elevados por el cristianismo. Sobrevive todo aquello que, como la artesanía, el folklore y el arte, da un color, un sentimiento, un perfume peculiar, al Mundo Nuevo que se impone y nace.


Conquista

Al Descubrimiento siguió la Conquista, que se realizó con una gran rapidez, en unos veinticinco años (1518-1555), y que, como hemos visto, no fue tanto una conquista de armas, como una conquista de seducción -que las dos acepciones admite el Diccionario-. En contra de lo que quizá pensaban entonces los orgullosos conquistadores hispanos, las Indias no fueron ganadas tanto por la fuerza de las armas, como por la fuerza seductora de lo nuevo y superior.

¿Cómo se explica si no que unos miles de hombres sujetaran a decenas de millones de indios? En La crónica del Perú, hacia 1550, el conquistador Pedro de Cieza se muestra asombrado ante el súbito desvanecimiento del imperio incaico: «Baste decir que pueblan una provincia, donde hay treinta o cuarenta mil indios, cuarenta o cincuenta cristianos» (cp.119). ¿Cómo entender, si no es por vía de fascinación, que unos pocos miles de europeos, tras un tiempo de armas muy escaso, gobernaran millones y millones de indios, repartidos en territorios inmensos, sin la presencia continua de algo que pudiera llamarse ejército de ocupación? El número de españoles en América, en la época de la conquista, era ínfimo frente a millones de indios.

En Perú y México se dio la mayor concentración de población hispana. Pues bien, según informa Ortiz de la Tabla, hacia 1560, había en Perú «unos 8.000 españoles, de los cuales sólo 480 o 500 poseían repartimientos; otros 1.000 disfrutaban de algún cargo de distinta categoría y sueldo, y los demás no tenían qué comer»... Apenas es posible conocer el número total de los indios de aquella región, pero solamente los indios tributarios eran ya 396.866 (Introd. a Vázquez, F., El Dorado). Así las cosas, los españoles peruanos pudieron pelearse entre sí, cosa que hicieron con el mayor entusiasmo, pero no hubieran podido sostener una guerra prolongada contra millones de indios.

Unos años después, en la Lima de 1600, según cuenta fray Diego de Ocaña, «hay en esta ciudad dos compañías de gentiles hombres muy honrados, la una [50 hombres] es de arcabuces y la otra [100] de lanzas... Estas dos compañías son para guarda del reino y de la ciudad», y por lo que se ve lucían sobre todo en las procesiones (A través cp.18).

Se comprende, pues, que el término «conquista», aunque usado en documentos y crónicas desde un principio, suscitará con el tiempo serias reservas. A mediados del XVI «desaparece cada vez más la palabra y aun la idea de conquista en la fraseología oficial, aunque alguna rara vez se produce de nuevo» (Lopetegui, Historia 87). Y en la Recopilación de las leyes de Indias, en 1680, la ley 6ª insiste en suprimir la palabra «conquista», y en emplear las de «pacificación» y «población», ateniéndose así a las ordenanzas de Felipe II y de sus sucesores.

La conquista no se produjo tanto por las armas, sino más bien, como veíamos, por la fascinación y, al mismo tiempo, por el desfallecimiento de los indios ante la irrupción brusca, y a veces brutal, de un mundo nuevo y superior. El chileno Enrique Zorrilla, en unas páginas admirables, describe este trauma psicológico, que apenas tiene parangón alguno en la historia: «El efecto paralizador producido por la aparición de un puñado de hombres superiores que se enseñoreaba del mundo americano, no sería menos que el que produciría hoy la visita sorpresiva a nuestro globo terráqueo de alguna expedición interplanetaria» (Gestación 78)...

Por último, conviene tener en cuenta que, como señala Céspedes del Castillo, «el más importante y decisivo instrumento de la conquista fueron los mismos aborígenes. Los castellanos reclutaron con facilidad entre ellos a guías, intérpretes, informantes, espías, auxiliares para el transporte y el trabajo, leales consejeros y hasta muy eficaces aliados. Este fue, por ejemplo, el caso de los indios de Tlaxcala y de otras ciudades mexicanas, hartos hasta la saciedad de la brutal opresión de los aztecas. La humana inclinación a hacer de todo una historia de buenos y malos, una situación simplista en blanco y negro, tiende a convertir la conquista en un duelo entre europeos y nativos, cuando en realidad muchos indios consideraron preferible el gobierno de los invasores a la perpetuación de las elites gobernantes prehispánicas, muchas veces rapaces y opresoras (si tal juicio era acertado o erróneo, no hace al caso)» (América hisp. 86).


Luces y sombras de las Indias

A lo largo de una crónica, hay ocasión de poner de relieve los grandes tesoros de humanidad y de religiosidad que los misioneros hallaron en América. Eran tesoros que, ciertamente, estaban enterrados en la idolatría, la crueldad y la ignorancia, pero que una vez excavados por la evangelización cristiana, salieron muy pronto a la luz en toda su belleza sorprendente.

Estos contrastes tan marcados entre las atrocidades y las excelencias que al mismo tiempo se hallan en el mundo pre-cristiano de las Indias son muy notables. Nos limitaremos a traer ahora un testimonio. El franciscano Bernardino de Sahagún, el mismo que en el libro II de su magna Historia general de las cosas de Nueva España hace una relación escalofriante de los sacrificios humanos exigidos por los ritos aztecas, unas páginas más adelante, en el libro VI, describe la pedagogía familiar y escolar del Antiguo México de un modo que no puede menos de producir admiración y sorpresa:

«Del lenguaje y afectos que usaban cuando oraban al principal dios... Es oración de los sacerdotes en la cual le confiesan por todopoderoso, no visible ni palpable. Usan de muy hermosas metáforas y maneras de hablar» (1), «Es oración donde se ponen delicadezas muchas en penitencia y en lenguaje» (5), «De la confesión auricular que estos naturales usaban en tiempo de su infidelidad» (7), «Del lenguaje y afectos que usaban para hablar al señor recién electo. Tiene maravilloso lenguaje y muy delicadas metáforas y admirables avisos» (10), «En que el señor hablaba a todo el pueblo la primera vez; exhórtalos a que nadie se emborrache, ni hurte, ni cometa adulterio; exhórtalos a la cultura de los dioses, al ejercicio de las armas y a la agricultura» (14), «Del razonamiento, lleno de muy buena doctrina en lo moral, que el señor hacía a sus hijos cuando ya habían llegado a los años de discreción, exhortándolos a huir de los vicios y a que se diesen a los ejercicios de nobleza y de virtud» (17), y lo mismo exhortando a sus hijas «a toda disciplina y honestidad interior y exterior y a la consideración de su nobleza, para que ninguna cosa hagan por donde afrenten a su linaje, háblanlas con muy tiernas palabras y en cosas muy particulares» (18)... En un lenguaje antiguo, de dignidad impresionante, estos hombres enseñaban «la humildad y conocimiento de sí mismo, para ser acepto a los dioses y a los hombres» (20), «el amor de la castidad» (21) y a las buenas maneras y «policía [buen orden] exterior» (22).

Poco después nos contará Sahagún, con la misma pulcra y serena minuciosidad, «De cómo mataban los esclavos del banquete» (Lib.9, 14), u otras atrocidades semejantes, todas ellas orientadas perdidamente por un sentido indudable de religiosidad. Es la situación normal del mundo pagano. Cristo ve a sus discípulos como luz que brilla en la tinieblas del mundo (MT 5,14), y San Pablo lo mismo: sois, escribe a los cristianos, «hijos de Dios sin mancha en medio de una gente torcida y depravada, en la que brilláis como estrellas en el mundo, llevando en alto la Palabra de vida» (Flp 2,15-16).

La descripción, bien concreta, que hace San Pablo de los paganos y judíos de su tiempo (Rm 1-2), nos muestra el mundo como un ámbito oscuro y siniestro. Así era, de modo semejante, el mundo que los europeos hallaron en las Indias: opresión de los ricos, poligamia, religiones demoníacas, sacrificios humanos, antropofagia, crueldades indecibles, guerras continuas, esclavitud, tiranía de un pueblo sobre otros... Son males horribles, que sin embargo hoy vemos, por así decirlo, como males excusables, causados en buena parte por inmensas ignorancias y opresiones.

Primeras actitudes de los españoles

¿Cuales fueron las reacciones de los españoles, que hace cinco siglos llegaron a las Indias, ante aquel cuadro nuevo de luces y sombras?


-El imperio del Demonio.

Los primeros españoles, que muchas veces quedaron fascinados por la bondad de los indios, al ver en América los horrores que ellos mismos describen, no veían tanto a los indios como malos, sino como pobres endemoniados, que había que liberar, exorcizándoles con la cruz de Cristo.

El soldado Cieza de León, viendo aquellos tablados de los indios de Arma, con aquellos cuerpos muertos, colgados y comidos, comenta: «Muy grande es el dominio y señorío que el demonio, enemigo de natura humana, por los pecados de aquesta gente, sobre ellos tuvo, permitiéndolo Dios» (Crónica 19). Esta era la reflexión más común.

Un texto de Motolinía, fray Toribio de Benavente, lo expresa bien: «Era esta tierra un traslado del infierno; ver los moradores de ella de noche dar voces, unos llamando al demonio, otros borrachos, otros cantando y bailando; tañían atabales, bocina, cornetas y caracoles grandes, en especial en las fiestas de sus demonios. Las beoderas [borracheras] que hacían muy ordinarias, es increíble el vino que en ellas gastaban, y lo que cada uno en el cuerpo metía... Era cosa de grandísima lástima ver los hombres criados a la imagen de Dios vueltos peores que brutos animales; y lo que peor era, que no quedaban en aquel solo pecado, mas cometían otros muchos, y se herían y descalabraban unos a otros, y acontecía matarse, aunque fuesen muy amigos y muy propincuos parientes» (Historia I,2,57). Los aullidos de las víctimas horrorizadas, los cuerpos descabezados que en los teocalli bajaban rodando por las gradas cubiertas por una alfombra de sangre pestilente, los danzantes revestidos con el pellejo de las víctimas, los bailes y evoluciones de cientos de hombres y mujeres al son de músicas enajenantes... no podían ser sino la acción desaforada del Demonio.


-Excusa.

Conquistadores y misioneros vieron desde el primer momento que ni todos los indios cometían las perversidades que algunos hacían, ni tampoco eran completamente responsables de aquellos crímenes. Así lo entiende, por ejemplo, el soldado Cieza de León:

«Porque algunas personas dicen de los indios grandes males, comparándolos con las bestias, diciendo que sus costumbres y manera de vivir son más de brutos que de hombres, y que son tan malos que no solamente usan el pecado nefando, mas que se comen unos a otros, y puesto que en esta mi historia yo haya escrito algo desto y de algunas otras fealdades y abusos dellos, quiero que se sepa que no es mi intención decir que esto se entienda por todos; antes es de saber que si en una provincia comen carne humana y sacrifican sangre de hombres, en otras muchas aborrecen este pecado. Y si, por el consiguiente, en otra el pecado de contra natura, en muchas lo tienen por gran fealdad y no lo acostumbran, antes lo aborrecen; y así son las costumbres dellos: por manera que será cosa injusta condenarlos en general. Y aun de estos males que éstos hacían, parece que los descarga la falta que tenían de la lumbre de nuestra santa fe, por la cual ignoraban el mal que cometían, como otras muchas naciones» (Crónica cp.117).


-Compasión.

Cuando los cronistas españoles del XVI describen las atrocidades que a veces hallaron en las Indias, es cosa notable que lo hacen con toda sencillez, sin cargar las tintas y como de paso, con una ingenua objetividad, ajena por completo a los calificativos y a los aspavientos. A ellos no se les pasaba por la mente la posibilidad de un hombre naturalmente bueno, a la manera rousseauniana, y recordaban además los males que habían dejado en Europa, nada despreciables.

En los misioneros, especialmente, llama la atención un profundísimo sentimiento de piedad, como el que refleja esta página de Bernardino de Sahagún sobre México:

«¡Oh infelicísima y desventurada nación, que de tantos y de tan grandes engaños fue por gran número de años engañada y entenebrecida, y de tan innumerables errores deslumbrada y desvanecida! ¡Oh cruelísimo odio de aquel capitán enemigo del género humano, Satanás, el cual con grandísimo estudio procura de abatir y envilecer con innumerables mentiras, crueldades y traiciones a los hijos de Adán! ¡Oh juicios divinos, profundísimos y rectísimos de nuestro Señor Dios! ¡Qué es esto, señor Dios, que habéis permitido, tantos tiempos, que aquel enemigo del género humano tan a su gusto se enseñorease de esta triste y desamparada nación, sin que nadie le resistiese, donde con tanta libertad derramó toda su ponzoña y todas sus tinieblas!». Y continúa con esta oración: «¡Señor Dios, esta injuria no solamente es vuestra, pero también de todo el género humano, y por la parte que me toca suplico a V. D. Majestad que después de haber quitado todo el poder al tirano enemigo, hagáis que donde abundó el delito abunde la gracia [Rm 5,20], y conforme a la abundancia de las tinieblas venga la abundancia de la luz, sobre esta gente, que tantos tiempos habéis permitido estar supeditada y opresa de tan grande tiranía!» (Historia lib.I, confutación).

-Esperanza.

Como es sabido, las imágenes dadas por Colón, después de su Primer Viaje, acerca de los indios buenos, tuvieron influjo cierto en el mito del buen salvaje elaborado posteriormente en tiempos de la ilustración y el romanticismo. Cristóbal Colón fue el primer descubridor de la bondad de los indios. Cierto que, en su Primer Viaje, tiende a un entusiasmo extasiado ante todo cuanto va descubriendo, pero su estima por los indios fue siempre muy grande. Así, cuando llegan a la Española (24 dic.), escribe:

«Crean Vuestras Altezas que en el mundo no puede haber mejor gente ni más mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría porque luego [pronto] los harán cristianos y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser».


Al día siguiente encallaron en un arrecife, y el Almirante confirma su juicio anterior, pues en canoas los indios con su rey fueron a ayudarles cuanto les fue posible:

«El, con todo el pueblo, lloraba; son gente de amor y sin codicia y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron, mas crean Vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas, y el rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente que es placer de verlo todo, y la memoria que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué».

Así las cosas, los misioneros, ante el mundo nuevo de las Indias, oscilaban continuamente entre la admiración y el espanto, pero, en todo caso, intentaban la evangelización con una esperanza muy cierta, tan cierta que puede hoy causar sorpresa. El optimismo evangelizador de Colón -«no puede haber más mejor gente, luego los harán cristianos»- parece ser el pensamiento dominante de los conquistadores y evangelizadores. Nunca se dijeron los misioneros «no hay nada que hacer», al ver los males de aquel mundo. Nunca se les ve espantados del mal, sino compadecidos. Y desde el primer momento predicaron el Evangelio, absolutamente convencidos de que la gracia de Cristo iba a hacer el milagro.

También los cristianos laicos, descubridores y conquistadores, participaban de esta misma esperanza.

«Si miramos -escribe Cieza-, muchos [indios] hay que han profesado nuestra ley y recibido agua del santo bautismo [...], de manera que si estos indios usaban de las costumbres que he escrito, fue porque no tuvieron quien los encaminase en el camino de la verdad en los tiempos pasados. Ahora los que oyen la doctrina del santo Evangelio conocen las tinieblas de la perdición que tienen los que della se apartan; y el demonio, como le crece más la envidia de ver el fruto que sale de nuestra santa fe, procura de engañar con temores y espantos a estas gentes; pero poca parte es, y cada día será menos, mirando lo que Dios nuestro Señor obra en todo tiempo, con ensalzamiento de su santa fe» (Crónica cp.117).


Evangelización portentosamente rápida

Las esperanzas de aquellos evangelizadores se cumplieron en las Indias. Adelantaremos aquí solamente unos cuantos datos significativos:

-Imperio azteca.

1487. Solemne inauguración del teocali de Tenochtitlán, en lo que había de ser la ciudad de México, con decenas de miles de sacrificios humanos, seguidos de banquetes rituales antropofágicos.

1520. En Tlaxcala, en una hermosa pila bautismal, fueron bautizados los cuatro señores tlaxcaltecas, que habían de facilitar a Hernán Cortés la entrada de los españoles en México.

1521. Caída de Tenochtitlán.

1527. Martirio de los tres niños tlaxcaltecas, descrito en 1539 por Motolinía, y que fueron beatificados por Juan Pablo II en 1990.

1531. El indio Cuauhtlatóhuac, nacido en 1474, es bautizado en 1524 con el nombre de Juan Diego. A los cincuenta años de edad, en 1531, tiene las visiones de la Virgen de Guadalupe, que hacia 1540-1545 son narradas, en lengua náhuatl, en el Nican Mopohua. Fue beatificado en 1990.

1536. «Yo creo -dice Motolinía- que después que la tierra [de México] se ganó, que fue el año 1521, hasta el tiempo que esto escribo, que es en el año 1536, más de cuatro millones de ánimas [se han bautizado]» (Historia II,2, 208).

-Imperio inca.

1535. En el antiguo imperio de los incas, Pizarro funda la ciudad de Lima, capital del virreinato del Perú, una ciudad, a pesar de sus revueltas, netamente cristiana.

1600. Cuando Diego de Ocaña la visita en 1600, afirma impresionado: «Es mucho de ver donde ahora sesenta años no se conocía el verdadero Dios y que estén las cosas de la fe católica tan adelante» (A través cp.18).

Son años en que en la ciudad de Lima conviven cinco grandes santos: el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo (+1606), el franciscano San Francisco Solano (+1610), la terciaria dominica Santa Rosa de Lima (+1617), el hermano dominico San Martín de Porres (+1639) -estos dos nativos-, y el hermano dominico San Juan Macías (+1645).

Todo, pues, parece indicar, como dice el franciscano Mendieta, que «los indios estaban dispuestos a recibir la fe católica», sobre todo porque «no tenían fundamento para defender sus idolatrías, y fácilmente las fueron poco a poco dejando» (Hª ecl. indiana cp.45).

Así las cosas, cuando Cristo llegó a las Indias en 1492, hace ahora cinco siglos, fue bien recibido.

El nosotros hispanoamericano

El mexicano Carlos Pereyra observó, ya hace años, un fenómeno muy curioso, por el cual los hispanos europeos, tratando de reconciliar a los hispanos americanos con sus propios antepasados criollos, defendían la memoria de éstos. Según eso, «el peninsular no se da cuenta de que toma a su cargo la causa de los padres contra los hijos» (La obra 298). Esa defensa, en todo caso, es necesaria, pues en la América hispana, en los ambientes ilustrados sobre todo, el resentimiento hacia la propia historia ocasiona con cierta frecuencia una conciencia dividida, un elemento morboso en la propia identificación nacional.

Ahora bien, «este resentimiento -escribe Salvador de Madariaga- ¿contra quién va? Toma, contra lo españoles. ¿Seguro? Vamos a verlo. Hace veintitantos años, una dama de Lima, apenas presentada, me espetó: "Ustedes los españoles se apresuraron mucho a destruir todo lo Inca". "Yo, señora, no he destruido nada. Mis antepasados tampoco, porque se quedaron en España. Los que destruyeron lo inca fueron los antepasados de usted". Se quedó la dama limeña como quien ve visiones. No se le había ocurrido que los conquistadores se habían quedado aquí y eran los padres de los criollos» (Presente 60).


En fin, cada pueblo encuentra su identidad y su fuerza en la conciencia verdadera de su propia historia, viendo en ella la mano de Dios. Es la verdad la que nos hace libres. En este sentido, Madariaga, meditando sobre la realidad humana del Perú, observa: «El Perú es en su vera esencia mestizo. Sin lo español, no es Perú. Sin lo indio, no es Perú. Quien quita del Perú lo español mata al Perú. Quien quita al Perú lo indio mata al Perú. Ni el uno ni el otro quiere de verdad ser peruano... El Perú tiene que ser indoespañol, hispanoinca» (59).

Estas verdades elementales, tan ignoradas a veces, son afirmadas con particular acierto por el venezolano Arturo Uslar Pietri, concretamente en su artículo El «nosotros» hispanoamericano:

«Los descubridores y colonizadores fueron precisamente nuestros más influyentes antepasados culturales y no podemos, sin grave daño a la verdad, considerarlos como gente extraña a nuestro ser actual. Los conquistados y colonizados también forman parte de nosotros [... y] su influencia cultural sigue presente y activa en infinitas formas en nuestra persona. [...] La verdad es que todo ese pasado nos pertenece, de todo él, sin exclusión posible, venimos, y que tan sólo por una especie de mutilación ontológica podemos hablar como de cosa ajena de los españoles, los indios y los africanos que formaron la cultura a la que pertenecemos» (23-12-1991).

Un día de éstos acabaremos por descubrir el Mediterráneo. O el Pacífico.

Mucha razón tenía el gran poeta argentino José Hernández, cuando en el Martín Fierro decía:

·  «Ansí ninguno se agravie;

no se trata de ofender;

a todo se ha de poner

el nombre con que se llama,

y a naides le quita fama

lo que recibió al nacer».

José María Iraburu. – «Arbil.»

 

+++


Hilvanando hechos, acontecimientos y documentos…


 

ESPAÑA - 1492 - 6 DE SEPTIEMBRE

  

COLÓN EMPRENDE DESDE LA ISLA DE LA GOMERA «CANARIAS» LA ÚLTIMA

ETAPA DE SU PRIMER VIAJE HACIA EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA.

 

+++


ESPAÑA - 15 de Marzo de 1493Cristóbal Colón llega al puerto andaluz de Palos (Huelva), de vuelta del primer viaje a América y al mismo punto del que habían partido las tres carabelas ocho meses antes.

 

+++


 

ESPAÑA, 1493 – el 3 de mayo

 

LA ISLA DE LA PALMA ES INCORPORADA A LA CORONA DE CASTILLA Y SU

CAPITAL, SANTA CRUZ, ES FUNDADA POR ALONSO FERNÁNDEZ DE LUGO.

  

+++

 

Domingo Soto 1494 1560 - Dominicano perteneciente a la Escuela de Salamanca.Nace en Segovia, en 1494, y muere en Salamanca, en 1560.

Estudia en la Universidad de Alcalá y en la de París. Es profesor de Filosofía en Alcalá, se retira una temporada al monasterio benedictino de Montserrat, profesa en la orden de los predicadores en el convento de San Pablo de Burgos. De allí pasa a la Universidad de Salamanca como profesor de Teología. Es elegido por Carlos V como teólogo imperial para el Concilio de Trento. Defiende el diferencialde precios en la usura considerándolo compatible con el "justiprecio".

 -.-

Obras

"Summulae", Burgos, 1529

"De natura et gratia"

"In dialecticam Aristotelis commentarii", Salamanca, 1544

"In VIII libros physicorum", Salamanca, 1545

"De natura et gratia libri III, Venice, 1547

"De ratione tegendi et detegendi secretum", Salamanca, 1541

"De justitia et jure libri X", Salamanca, 1556

"Comment. in Ep. ad Romanos", Antwerp, 1550

"In IV sent. libros comment.", Salamanca, 1555-56

 

+++


De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

 

Hernando de Soto – 1496 ca.

 

Explorador y conquistador. Nació en Villanueva de la Serena, Badajoz, España, en 1496 o 1500; murió a las orillas del Mississippi a fines de junio de 1542. Le fue concedido el grado de capitán de caballería en 1516 por Pedrarias Dávila (conocido también como Pedro Arias de Ávila), gobernador del Darién, quien admiraba su valentía; y tuvo un papel activo en la conquista de algunas porciones de América Central. En 1523 acompañó a Francisco Fernández de Córdoba quien por órdenes de Pedrarias partió de Panamá con una expedición que exploró Nicaragua y Honduras, conquistando y colonizando el país a medida que avanzaban. En 1532 se unió a la expedición de Francisco Pizarro que salió de Panamá para la conquista del Perú. Reconociendo su importancia, Pizarro nombró a de Soto su segundo en el mando, aunque ello causo cierta oposición en los hermanos de Pizarro. En 1533 fue enviado al mando de una pequeña expedición para explorar las tierras altas del Perú y descubrió el gran camino real que llevaba a la capital. Poco después fue nombrado por Pizarro como embajador para visitar al Inca Atahualpa, señor del Perú, y fue el primer español en hablar con él. Después de la aprehensión de Atahualpa, de Soto se hizo muy amigo suyo y lo visitaba con frecuencia en su encierro. De Soto tuvo un papel importante en las batallas que completaron la conquista del Perú, incluida la batalla en la que cayó el Cuzco, la capital. Al regresar de una expedición se enteró de que Pizarro había ordenado la muerte de Atahualpa de forma traicionera, a pesar de que aquél había pagado un gran rescate. De Soto se sintió muy a disgusto con ese crimen y desencantado de Pizarro y sus hermanos, regresó a España en 1536, llevándose consigo unas 18,000 onzas de oro, que era su parte del botín tomado a los incas. Se asentó en Sevilla, y con el oro que había llevado a casa, pudo establecerse a lo grande, con porteros, pajes, chambelanes, caballerangos y otros servidores necesarios para la casa de un caballero. En 1537 se casó con Inés de Bobadilla (a veces llamada Leonor o Isabel), hija de su antiguo protector Pedrarias Dávila. Se había asentado en Sevilla para llevar una vida tranquila, pero las exageradas historias de Cabeza de Vaca respecto a la vasta región llamada entonces Florida despertaron su ambición de conquistar esa tierra que él consideraba tan rica como el Perú. Entonces vendió todas sus propiedades y se dedicó a preparar una expedición con ese propósito. Recibió fácilmente de Carlos V, a quién había prestado dinero, los títulos de Adelantado de la Florida y Gobernador de Cuba, amén del título de marqués de una parte de las tierras que conquistara, pudiendo él escoger qué parte sería esa.


La expedición consistía de 950 hombres de armas, ocho sacerdotes seculares, dos dominicos, un franciscano y un trinitario, y todos serían transportados en diez barcos. A esta flota se unió una con veinte barcos más que iba camino a Veracruz, pero que estaría bajo las órdenes de de Soto mientras ambas flotas llevaran el mismo rumbo. La escuadra completa partió de Sanlúcar el 6 de abril de 1538. En la mañana del domingo de Pascua, quince días después, llegaron a Gomera, una de las islas Canarias, donde se detuvieron una semana, continuando después su curso sin incidente alguno. Cuando estaban cerca de Cuba, los veinte navíos que iban rumbo a México se separaron de los otros para continuar su ruta. Los diez navíos de de Soto llegaron poco después a Santiago de Cuba, donde los miembros de la expedición fueron bien recibidos por los cubanos, las celebraciones en honor de los recién llegados duraron varias semanas. El nuevo Gobernador visitó los pueblos cercanos a Santiago e hizo cuanto estuvo en su poder para mejorar sus condiciones de vida. Al mismo tiempo, reunió todos los caballos que pudo y, como en Cuba había abundancia de buenos equinos, no tardó mucho en tener una buena cantidad de monturas para los hombres de la expedición a Florida. Por ese tiempo, la ciudad de La Habana fue saqueada e incendiada por los franceses y de Soto, al enterarse de ello, despachó al Capitán Aceituno con algunos hombres para reparar las ruinas. Como deseaba partir pronto para la conquista de la Florida, nombro a Gonzalo de Guzmán como Teniente-Gobernador para administrar justicia en Santiago y sus alrededores, mientras que para los asuntos de estado dotó de plenos poderes a su esposa. Mientras tanto, continuó preparando la expedición a la Florida. A fines de agosto de 1538, los navíos partieron para La Habana, mientras que de Soto fue por tierra con 350 caballos y el resto de la expedición. Los dos grupos llegaron a La Habana con diferencia de pocos días y de Soto hizo planes de inmediato para la reconstrucción de la ciudad. También encargó al Capitán Aceituno la construcción de una fortaleza para protección del puerto y de la ciudad frente a un posible ataque en el futuro. Al mismo tiempo, ordenó a Juan de Añasco, un experimentado y apto marino para que saliera en avanzada a explorar los puertos de la Florida y así facilitar las cosas para cuando partiera la expedición principal. Añasco volvió después de unos cuantos meses y presentó un reporte satisfactorio.


La expedición estuvo lista por fin y el 18 de mayo de 1539 partió de Soto con una flota de nueve navíos. Tenía consigo a 1,000 hombres sin contar los marineros, todos bien armados y constituyendo la que fue considerada la expedición mejor equipada de todas las que se prepararon para la conquista del Nuevo Mundo. Navegaron con tiempo poco favorable hasta el 25 de mayo cuando divisaron tierra y anclaron en una bahía a la que nombraron del Espíritu Santo (actualmente la bahía de Tampa). El ejército puso pie en tierra por primera vez el 30 de mayo, a dos leguas de una aldea india. Desde ese punto, los españoles hicieron sus exploraciones de ese territorio salvaje y desconocido hacia el norte y el oeste durante casi tres años. Pasaron por una región que la violencia del invasor Narváez había hecho hostil, donde fueron constantemente engañados por los indios, que trataron de alejarlos lo más posible contándoles historias de una gran riqueza que existía en lugares remotos. Vagaron por muchos lugares, siempre llevándose desilusiones, pero siempre engañados por cuentos de una riqueza enorme más adelante, lo que los hacía continuar. Trataron a los indios con brutalidad siempre que los encontraban, de manera que estaban en guerra permanente con ellos. Partiendo de Espíritu Santo, de Soto, ya con una pérdida considerable de hombres, atravesó las provincias de Acuera, Ocali, Vitachuco y Osachile (todas ellas en la parte occidental de la península de Florida) con el propósito de llegar al territorio de Apalache (situado en la parte nordoccidental de la Florida, junto al Golfo de México), ya que consideraba la fertilidad y las condiciones marítimas de aquella región favorables para sus propósitos. Finalmente llegó a esa provincia y la dominó después de pelear con los indios. En octubre de 1539 de Soto envió a Juan Añasco con treinta hombres a la bahía de Espíritu Santo donde había dejado los barcos y una parte de su expedición con órdenes de salir de allí con los barcos y costear hasta llegar a la bahía de Aute (St. Marks en la bahía de Apalache) en la provincia de Apalache. Allí debería reunírsele Pedro Calderón, quién tenía órdenes de continuar por tierra con el resto de la expedición así como con las provisiones y el equipo para acampar que habían sido dejados en la costa. Al mismo tiempo, Gómez Arias debería navegar a La Habana para poner a la esposa de de Soto al corriente de los progresos de la expedición. Después de muchas dificultades, Añasco llegó a la bahía del Espíritu Santo, donde comenzó a cumplir las órdenes de de Soto con los barcos. Llegó a Aute sin problemas y allí se le unió Calderón con las fuerzas de tierra en conformidad con lo acordado. Mientras tanto, Gómez Arias ya había cumplido su misión en La Habana, donde los triunfos de los españoles en la Florida fueron cumplidamente festejados. Entonces, de Soto ordenó a Diego Maldonado, un capitán de infantería que le había servido bien, a dejar su puesto y tomar dos navíos con los que debería de explorar la costa de la Florida a una distancia de cien leguas al oeste de Aute, y hacer una mapa de sus bahías y entradas. Maldonado llevó esto al cabo de manera exitosa y a su regreso en febrero de 1540 fue enviado a La Habana con órdenes de informar a la esposa del Gobernador y a los cubanos todo lo que habían hecho y visto. De Soto le dio también órdenes de regresar en octubre y reunirse con él en la bahía de Achusi, la que Maldonado había descubierto en su expedición. Debía traer con él la mayor cantidad posible de navíos así como de municiones de guerra, provisiones y vestimenta para los soldados. Pero estaba destinado que de Soto no volvería a ver a Maldonado ni se beneficiaría de las provisiones que aquél habría de traerle porque aunque Maldonado pudo cumplir sus órdenes al pie de la letra, cuando llegó a Achusi en el otoño no encontró el menor rastro de de Soto. Espero algún tiempo y exploró el país a una buena distancia, pero sin encontrarlo, por lo que se vio forzado a regresar a La Habana. Lo intentó de nuevo al año siguiente, y una vez más al otro año, pero siempre con el mismo resultado negativo.


Mientras tanto, de Soto había salido de la provincia de Apalache en marzo de 1540 con la intención de explorar el país hacia el norte. Exploró las provincias de Altapaha (o Altamaha), Achalaque, Cofa y Cofaque, todas ellas en la parte oriental y norte de Georgia, teniendo bastante éxito. Después se encaminó en dirección sudoeste intentando llegar a la costa en Achusi, donde había quedado de reunirse con Maldonado y los barcos con las provisiones. Pero cuando llegó a la provincia de Tuscaluza en el sur de Alabama, donde le habían dicho que había inmensas riquezas, los indios, en gran cantidad, opusieron una resistencia más tenaz y le presentaron la más feroz batalla que había tenido hasta ese momento. La batalla duró nueve horas y fue ganada por los españoles, aunque casi todos los oficiales y la tropa, incluido el mismo de Soto, estaban heridos. De acuerdo a Barcilasso, hubo 79 españoles y 11,000 indios muertos en la batalla y además el pueblo de Mauvila (ahora Mobile) fue destruido por un fuego que también consumió las provisiones de los españoles. Estando en Tuscaluza, de Soto se enteró de unos barcos españoles que estaban en la costa en Achusi. Eran los barcos que Maldonado había traído de La Habana con las provisiones. De Soto creyó que llegaría allí rápidamente, porque se le había informado que estaba a sólo treinta leguas de la costa. Pero sus soldados estaban tan exhaustos que se vio forzado a descansar unos días. Fatigados por las largas caminatas y las dificultades que habían encontrado y desilusionados de no haber encontrado ningún tesoro, algunos de los seguidores de de Soto se confabularon secretamente para abandonarlo, llegar a Achusi y navegar a México o al Perú. Al enterarse de ello, de Soto cambió de planes y en lugar de marchar hacia la costa para reunirse con Maldonado, llevó a sus hombres hacia el interior, con dirección oeste, sabiendo que no se atreverían a desertar estando los barcos tan lejanos. Tenía esperanzas de llegar a Nueva España (México) por tierra. En una batalla nocturna (diciembre de 1540), perdió cuarenta hombres y cincuenta caballos, además de tener muchos heridos, y durante los próximos cuatro meses fue atacado casi todas las noches. En abril de 1541 llegó a un fuerte rodeado de una empalizada y al asaltarlo, casi todos sus hombres fueron heridos y muchos fueron muertos. Se dice que más de 2,000 indios murieron en esa batalla, pero había tantos españoles heridos que de Soto se vio obligado a detenerse unos días para poderlos atender. A pesar de sus continuas pérdidas, de Soto continuó hacia el interior, atravesando varias provincias en lo que ahora son los estados de la Unión Americana del Golfo de México, hasta que llegó al Mississippi en algún punto de la parte norte del actual estado de Mississippi.


Cruzó el río y continuó hacia el noroeste hasta llegar a la provincia de Autiamque, en la esquina noroeste de Arkansas, donde pasó el invierno de 1541 al 42 en el río Dayas, ahora llamado Washita. En la primavera de 1542, volviendo sobre sus pasos, llegó al río Mississippi en mayo o junio. Allí, el 20 de junio de 1542 (según algunos estudiosos el 21 de mayo), cayó víctima de la fiebre y se preparó a morir. Hizo su testamento, nombró a Moscoso de Alvarado como su sucesor en el mando de la expedición y se despidió de todos. Al quinto día, murió de Soto sin haber podido llegar a la Nueva España por tierra. Sus compañeros enterraron su cadáver en un enorme hoyo que los nativos habían excavado para sacar tierra de construcción para sus casas. Sin embargo, como de Soto había dado a entender a los indios que los cristianos eran inmortales, fue desenterrado posteriormente al temer los españoles que los hostiles indios pudieran encontrar el cadáver y al verlo muerto hicieran un ataque. Entonces, hicieron un hueco en el tronco de un gran árbol y metieron allí al cadáver que hundieron en el Mississippi, al que llamaron el Grande. Los diezmados restos de la expedición bajo el mando de Moscoso trataron de continuar su camino hacia el este, pero rechazados por los indios flotaron Mississippi abajo hasta que, después de muchos infortunios, llegaron a Pánuco, en México. La expedición de de Soto, aunque terminó de manera desastrosa, fue uno de los intentos más elaborados y persistentes de parte de los españoles por explorar el interior de los Estados Unidos. Fue la primera exploración amplia de por lo menos seis de los estados del sur de ese país: Carolina del Sur, Georgia, Florida, Alabama, Mississippi y Arkansas, y la historia escrita de dichos estados con frecuencia comienza con narraciones que hablan de la expedición de de Soto. De esas mismas narraciones obtenemos también las primeras descripciones de los Cherokees, Seminolas, Creeks, Apalachians, Choataws y otras famosas tribus de los indios del sur de los Estados Unidos. La historia de esta expedición también narra el descubrimiento del río Mississippi y el primer viaje de unos europeos por él. Debe anotarse que Alonso de Pineda descubrió las bocas del Mississippi en 1519 y que Cabeza de Vaca lo cruzó cerca de sus bocas en 1528.

SMITH tr., Narrative of the Career of Hernando de Soto in the Discovery of Florida, by a Knight of Elvas (New York, 1866); SHIPP, History of Hernando de Soto (Philadelphia, 1881); BANCROFT, History of the United States (New York, 1883-85); LOWERY, The Spanish Settlements within the Present Limits of the United States (1901); GRAHAM, Hernando de Soto (1903); BOURNE, A Narrative of de Soto (New York, 1904).

VENTURA FUENTES
Transcrito por WGKofron
Traducido por Miguel Ángel Baglietto

 

+++

 

 

Evangelización americana - Soldados cristianos...

 

 

¿Cómo se explica la religiosidad de estos soldados cronistas?... Parece increíble. Cieza pasó a las Indias a los 15 o 17 años, Xerez y Alvar a los 17, Bernal Díaz del Castillo, a los 18... ¿De dónde les venía una visión de fe tan profunda a éstos y a otros soldados escritores, que, salidos de España poco más que adolescentes, se habían pasado la vida entre la soldadesca, atravesando montañas, selvas o ciénagas, en luchas o en tratos con los indios, y que nunca tuvieron más atención espiritual que la de algún capellán militar sencillico?

Está claro: habían mamado la fe católica desde chicos, eran miembros de un pueblo profundamente cristiano, y en la tropa vivían un ambiente de fe. Si no fuera así, no habría respuesta para nuestra pregunta.

El testimonio de los descubridores y conquistadores cronistas -Balboa, Valdivia, Cortés, Cabeza de Vaca, Vázquez, Xerez, Díaz del Castillo, Trujillo, Tapia, Mariño de Lobera y tantos otros-, nos muestra claramente que los exploradores soldados participaron con frecuencia en el impulso apostólico de los misioneros y de la Corona. Así Pedro Sancho de Hoz, sucesor de Xerez como secretario de Pizarro, declara que a pesar de que los soldados españoles hubieron de pasar grandes penalidades en la jornada del Perú, «todo lo dan por bien empleado y de nuevo se ofrecen, si fuera necesario, a entrar en mayores fatigas, por la conversión de aquellas gentes y ensalzamiento de nuestra fe católica» (+M.L. Díaz-Trechuelo: AV, Evangelización 652).

Eran aquellos soldados gente sencilla y ruda, brutales a veces, sea por crueldad sea por miedo, pero eran sinceramente cristianos. Otros hombres quizá más civilizados, por decirlo así, pero menos creyentes, sin cometer brutalidad alguna, no convierten a nadie, y aquéllos sí. En ocasiones, simples soldados eran testigos explícitos del Evangelio, como aquel Alonso de Molina, uno de los Trece de la Fama, que estando en el Perú se quedó en Túmbez cuando pasaron por allí con Pizarro. De este Molina nos cuenta el soldado Diego de Trujillo, en su Relación, una conmovedora anécdota:

Va Trujillo, acompañando a Pizarro en la isla de Puna, al pueblecito El Estero, y cuenta: «hallamos una cruz alta y un crucifijo, pintado en una puerta, y una campanilla colgada: túvose por milagro [pues no tenían idea de que hasta allí hubiera llegado cristiano alguno]. Y luego salieron de la casa más de treinta muchachos y muchachas, diciendo: Loado sea Jesucristo, Molina, Molina... Y esto fue que, cuando el primer descubrimiento, se le quedaron al Gobernador dos españoles en el puerto de Payta, el uno se llamaba Molina y el otro Ginés, a quien mataron los indios en un pueblo que se decía Cinto, porque miró a una mujer de un cacique. Y el Molina se vino a la isla de la Puna, al cual tenían los indios por su capitán contra los chonos y los de Túmbez, y un mes antes que nosotros llegásemos le habían muerto los chonos en la mar, pescando; sintiéronlo mucho los de la Puna su muerte» (Xerez 197). En poco tiempo, el soldado Molina, abandonado y solo, ya había hecho en aquella isla su iglesia, con cruz y campana, y había organizado una catequesis de treinta muchachos.

Gonzalo Fernández Oviedo cuenta también una curiosa historia sucedida a Hernando de Soto, que estaba en La Florida. Habiendo Soto hecho pacto con el cacique de Casqui, alzaron en el lugar una cruz, a la que los indios comenzaron a dar culto; pero la amistad se cambió en guerra al aliarse Soto con otro cacique enemigo del jefe de Casqui. Este le reprochó a Soto: «Dísteme la cruz para defenderme con ella de mis enemigos, y con ella misma me querías destruir». El jefe español, conmovido, se excusa diciéndole:

«Nosotros no venimos a destruiros, sino a hacer que sepáis y entendáis eso de la cruz», y le asegura luego que lo quiere «más bien de lo que piensas... porque Dios Nuestro Señor manda que te queramos como a hermano... porque tú y los tuyos nuestros hermanos sois, y así nos lo dice nuestro Dios» (Hª general XXVII, 28).

Recordemos, en fin, una información de 1779, procedente de San Carlos de Ancud, en el lejanísimo Chiloé, al fin del lejano Chile, en la que se dice que Tomás de Loayza, soldado dragón con plaza viva, llevaba catorce años enseñando a los indios «no sólo los primeros rudimentos de la educación, sino la doctrina cristiana y diversas oraciones, de tal manera que a la sazón aquellos eran maestros de sus padres» (cit. Guarda 57).

 

+++

 

«La Iglesia hubo de asumir la tarea de introducir la ley del Evangelio y la ética del sermón de la montaña entre gentes para quienes el homicidio era la más honrosa de las ocupaciones y la venganza era sinónimo de justicia... (Los bárbaros eran pueblos guerreros que asombraban a los romanos por sus costumbres y conductas salvajes)» …[…]… C. Dawson

También lo mismo sucedió con el descubrimiento del ‘nuevo mundo’ frente a las prácticas sanguinarias y antropófagas autóctonas.

 

+++


De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto:

 

 

Descubren 57 naves españolas hundidas bajo

las aguas de Panamá desde el siglo XV

 

ANTONIO ASTORGA

Luchando a babor contra los «piratas» del tesoro y a estribor contra los tiburones del océano, un equipo español ha desenterrado joyas arqueológicas submarinas.

 

MADRID. Año del Señor de 1631. Istmo de Panamá. 17 de junio. Archipiélago de las Perlas. El galeón español «San José» se había aventurado a la mar en el Puerto del Callao (Perú) repleto de lingotes de oro y monedas de plata. El barco busca desesperadamente parada y fonda para dejar el cargamento y redistribuirlo a España. Navega entre la isla Galera y la punta Garachiné; de repente, choca contra un bajo que no estaba cartografiado. El comandante es exculpado; le ordenaron el tráfago por el archipiélago, pero nadie le había advertido de la presencia de aquel obstáculo sumergido. El «San José» es desgarrado. Se produce una enorme vía de agua. El barco queda destrozado, se empieza a vaciar la carga y el galeón, partido, es trasladado hasta la costa, a un lugar con menos profundidad, para poder ser reparado y salvar a los tripulantes. Las actas del naufragio revelan cómo los buceadores de la zona recuperaron algunas piezas. Sufragada por el rey de España, por el comandante de la Flota y por el gobernador de Panamá, se organizó una expedición de buceo...

«Piratas» con sifones

...Trescientos setenta y un años después, el arqueólogo submarino Carlos León y el ingeniero Joaquín Alviz, presidente de la fundación española Icasur, han buceado sobre los restos del «San José» en aguas acechadas y pobladas de tiburones. ¿Qué fue de la carga? Pura quimera. En la escena del naufragio se han localizado rastros que delatan las huellas de los buscadores de tesoros. Los «piratas» del fondo del mar utilizan una especie de sifones -codos en la hélice- que colocan en la parte trasera del barco para provocan un agujero del tamaño de un cráter. El resultado final es la destrucción del rastro del barco. «De todos modos, si hubiera quedado algo lo habrían recuperado los buscadores de tesoros en su momento», explican.

El galeón «San José» está hundido en dos latitudes. En cualquier punto entre la isla del Rey y la isla Garachiné había (y puede haber) un bajo contra el que chocó el barco, que perdió parte de la carga (lingotes de plata). Lo que quedó se transportó hasta la isla de Contadora, donde se quemó para extraerle la clavazón. Carlos León contribuyó a estudiar los restos de la flota de azogue en la República Dominicana (Nuestra Señora de Guadalupe y Conde de Tolosa) y capitanea ahora, junto a la arqueóloga Beatriz Domingo Hay, la más importante misión arqueológica submarina española en aguas internacionales, auspiciada por la Fundación y por los ministerios de Cultura panameño y español. Bajo las aguas de Panamá se esconden 57 naves españolas; están hundidas desde el siglo XV y ya se han localizado a cuatro de ellas.

¿«La Vizcaína» de Colón?

Tras el hallazgo del «San José» se descubrieron unos cañones que pertenecieron a «La Boticaria» y a «La Candelaria» -dos barcos que se hundieron en el mismo lapso de tiempo en Punta Galeta- y otra nave sobre la que Joaquín Alviz y Carlos León se muestran más escépticos; en Panamá aseguran que se trataría, hipotéticamente, de la «La Vizcaína», el cuarto barco de Colón, localizado en la provincia de Colón, setenta kilómetros al noreste de la capital. De confirmarse este hallazgo revolucionaría toda la historiografía sobre el descubridor de América. Pero, por ahora, se trata de una mera suposición. La historia cuenta que, en su cuarto viaje, Cristóbal Colón abandonó un barco -«La Vizcaína»- porque, según revela en su diario de a bordo, estaba carcomido y se encontraba en muy mal estado. Hay investigadores en Panamá que sostienen que uno de los barcos hundidos en esa zona, llamada Nombre de Dios, es el de «La Vizcaína». Pero el equipo español alberga notables dudas al respecto: «Casi todos los textos nos dicen que ese barco lo deja Colón en Portobello y no en Nombre de Dios. De manera que tenemos dudas razonables». León y su equipo desvelarán la incógnita en función de la separación de las cuadernas del barco o del análisis de algunos materiales (cañones, monedas...): «Haremos una primera prospección y una planimetría sobre cómo están ahora mismo los restos para tratar de evaluar si son de esa época y si la nacionalidad es española. Después de eso se sabrá si es o no «La Vizcaína», barco que está generando una fabulosa polémica». Colón utilizó las maderas de uno de los barcos de su primer viaje para construir Fuerte Navidad, en República Dominicana. De los otros no se sabe nada. Sí sabemos que a «La Vizcaína» la abandonó físicamente y la dejó allí tal cual, después de haberla despojado de lo que poseía algún valor (arboladuras, cabos, jarcias, poleas, motones, todo lo que le podía servir, incluso el timón o la caña...) Carlos León recalca que «hasta que no hagamos un completo análisis de esos barcos no sabremos si se trata de «La Vizcaína». Para ello analizaremos desde las muestras de maderas hasta si tenía clavos metálicos o cabillas de madera. Sólo en la zona de Nombre de Dios se hundieron 20 galeones».


Luchando contra los cazatesoros

¿Por qué España ha intervenido tan poco en aguas extranjeras? El experto lo aclara: «Por falta de infraestructura». Carlos León apareció en República Dominicana en 1994 y la isla estaba dividida e invadida por varios cazatesoros. Desde entonces, los «piratas submarinos» «odian» a los arqueólogos submarinos. «Lo que no puede ser es que ellos estén expoliando los fondos, malvendiendo las piezas, no informando de lo que hay y destruyendo pruebas. Un yacimiento es el escenario de un naufragio. Si se mueve una pieza y se saca y saquea el cargamento, la madera queda expuesta a la intemperie destruyéndose en pocos años». ¿Alguna vez se han «encontrado» piratas y arqueólogos? En Panamá, por el momento, no. «Allí, ellos saben que estamos y nosotros sabemos que ellos andan por ahí, pero no hemos coincidido», dice León.

El objetivo y la obsesión de Carlos León y de todo su equipo es luchar contra el expolio del patrimonio panameño. Detenerlo. «Hemos aportado al gobierno panameño la información necesaria para declarar zona protegida y de patrimonio arqueológico las áreas en las que se han localizado los barcos hundidos». La nueva normativa obliga -a toda aquella embarcación que quiera hacer trabajos en esas aguas- a informar obligatoriamente al Instituto Nacional de Cultura de Panamá. El Istmo entra de este modo en una nueva dimensión para defender el patrimonio arqueológico sumergido. El proyecto (de 15 años) para la prospección, excavación, conservación y recuperación de los barcos españoles sumergidos en aguas de Panamá ha sido respaldado por la comunidad cultural, científica y académica internacional tras los convenios suscritos con el Instituto Nacional de Cultura de Panamá, el Ministerio de Economía y Finanzas panameño, la Universidad de Panamá, el Ministerio de Cultura español y la Universidad Complutense. Alviz y León han creado un equipo de arqueología submarina (restauradores, arqueólogos, ingenieros navales y especialistas en buceo, entre los que figuran conocidos expertos como Genoveva Enríquez, Jorge Pla, Beatriz Domingo, Alejandro Selmi y Cruz Apestegui) que ha dividido su trabajo en varias fases. Primero bucearon en archivos (como el de Indias de Sevilla y la cartografía del Naval) para fijar el número exacto de hundimientos en Panamá. Más tarde se creó un laboratorio de conservación de las piezas rescatadas a las que se aplican los últimos tratamientos. Cultura ha aportado inicialmente cien millones de pesetas para exponer los hallazgos en Panamá y España. «Para investigación, la Fundación Icasur ha financiado esta prospección con 50 millones de pesetas, de los que hemos invertido diez», explica León.

La amenaza del expolio

Pero, ¿cómo se detecta un pecio? La prospección arqueológica submarina se realiza sin remover el terreno para estudiar, investigar o examinar los datos sobre toda clase de restos históricos localizados bajo el mar. En la teledetección submarina se emplea un sonar (aparato que sirve para detectar la presencia y la situación de objetos u obstáculos sumergidos mediante la emisión de vibraciones de alta frecuencia) de barrido lateral, magnetómetros de protones, cámaras de vídeo arrastradas, detectores de metales y cámaras submarinas robotizadas. La prospección la capitanean buceadores con planeadores y torpedos de propulsión. Empero, no todos los naufragios han de ser excavados: sólo los que están amenazados por el expolio sistemático o por una construcción litoral, sostiene el «cuaderno de bitácora».

ABC. I. XII. MMII

 

+++

 

No somos buscadores de tesoros

 

ABC – 0I. XII. MMII

Junto a las 57 naves españolas que naufragaron en el litoral panameño hay 3 portuguesas, 1 francesa, 12 inglesas, 2 escocesas y 9 sin identificar. Las áreas de Panamá donde se han localizado los barcos hundidos son las siguientes: En la isla Naranjos-desembocadura del Río chagres (11 naves); en Portobello (19); en Nombre de Dios (23); San Blas (1); Archipiélagos de Mulatas (11); Archipiélago de las Perlas-Isla Chepillo (3); Isla Perico (1); Escudo Veragua-Ba-hía Almirante (2) y Río Chagres (3). «Nosotros no vamos en busca de tesoros ni nada que se le parezca, buscamos la reconstrucción de nuestra historia, de una historia compartida entre ambos países», advierte Joaquín Alviz. El gran tesoro sería descubrir «La Vizcaína», porque a un barco hundido a cien metros de la costa no le quedaría ya más tesoro que la madera. Hubo un gran número de flotas, como la de Tierra Firme gobernada por Antonio de Aguayo en 1563 (que perdió siete barcos en Nombre de Dios, cuando arreció un temporal y los tenía atracados en el puerto), que se hundieron a muy poca profundidad y cuyo cargamento se recuperó. «Sí buscamos proteger algunas piezas concretas que están aisladas, como los cañones». ¿Cuándo se hundieron esos barcos? La mayoría de los que están localizados se perdieron entre los siglos XVI y XVII y algunos en el XVIII. Los especialistas calculan que hay más de un centenar de naves desaparecidas en todo el litoral: «Todo esto es un documento vivo; es el que necesita cualquier nación para poder proteger su patrimonio», concluyen los arqueólogos.

 

+++

 

La Reconquista de España

 

Con fórmula tan dura como exacta, escribe Montherlant: «España es una de las naciones más odiadas de Europa porque es diferente y porque es noble, dos rasgos que sólo se le perdonarían si tuviera poder, y no lo tiene.» En América, como en Europa, los hispanistas son legión. Los que aman a España no por lo que hubiera podido o debería ser, sino por lo que fue y es, desgraciadamente, son mucho menos numerosos. Los nombres de los historiadores franceses que merecen ser citados se cuentan con los dedos. Por supuesto, Pierre Chaunu, antiguo director de la Casa Velázquez. José Pérez, Juan Descola, puede que dos o tres más, para no ser demasiado severo. Saludemos, pues, la llegada a este círculo reducido del historiador parisino Philippe Conrad, que se formó con el prestigioso profesor de la Sorbona Juan Bautista Duroselle. Redactor jefe de las revistas «Histoire-Magazine» y «Terre d´Histoire», autor de una treintena de obras, entre ellas un libro sobre la epopeya de los conquistadores Eldorado, Oro en la jungla (1991), y una biografía ilustrada de Franco (1997), Conrad ha publicado recientemente una Histoire de la Reconquista (1999). Este libro, inteligente, riguroso y saludable, es una buena síntesis cuya lectura es tan grata como interesante y sugestiva.

La Reconquista es la lucha paciente e incierta que, desde principios del siglo VIII hasta finales del XV, permitió a los reinos cristianos del norte de la península ibérica remplazar al poder musulmán. Son siete siglos de enfrentamientos, casi permanentes, que aunque no pueden hacer olvidar los períodos de treguas, las alianzas circunstanciales y puntuales entre príncipes cristianos y musulmanes, ni la existencia de contactos fructíferos entre dos civilizaciones, no por ello dejan de protagonizar toda la historia medieval de la Península.

La facilidad aparente de la conquista musulmana no podría explicarse sin la acción de dos poderosas quintas columnas en el interior de Hispania. Dos fracciones de la nobleza visigótica se disputaban el poder y el trono. La más endeble buscó apoyo en el extranjero norteafricano. Luego, los judíos, perseguidos durante los últimos decenios del reinado visigodo, también ayudarán y acogerán diligentemente a los conquistadores bereberes y árabes. La sequía, las cosechas mediocres, el mal aprovisionamiento, la contracción del comercio exterior son otros motivos que contribuyeron a agravar la situación.

La España de la reconquista se construyó en torno a un ideal: recuperar la Península como tierra cristiana. Pero la conversión sincera de todos al cristianismo pronto se reveló imposible. La unidad del reino se plan-teará en adelante como problemática y, finalmente, se tomarán dos decisiones drásticas. Bajo la unánime presión del pueblo cristiano -a pesar de la actitud más bien reservada e incluso frecuentemente protectora de la nobleza, del alto clero y de los monarcas-, los Reyes Católicos, y luego Felipe III, decretaron la expulsión de los judíos, y después de los moriscos. Los judíos ya habían sido desterrados de muchos países europeos en el siglo XIV. En 1492, fueron expulsados de España 200.000 que se negaron a convertirse al cristianismo. Bajo la dominación almorávide en el siglo XII el poder musulmán había organizado deportaciones masivas hacia el norte de Africa de poblaciones cristiano-mozárabes reticentes. A su vez, en 1609 se obligó a 300.000 moriscos a embarcar para Orán.

Más allá de la investigación erudita, Philippe Conrad invita a una amplia reflexión histórico-política sobre la aportación cristiana, judía y musulmana a la formación de la nación española. Recuerda el debate fundamental que enfrenta a dos escuelas desde hace más de medio siglo. La primera está representada, principalmente, por Américo Castro (Cf. España en su historia). Con él bastantes lingüistas y filólogos valoran los elementos judeo-islámicos de España. La obra de Castro está dominada, sobre todo, por una obsesión panjudaica. El papel predominante, a su entender, correspondería a los hebreos, no sólo en el terreno financiero y comercial, sino también en la mística, la filosofía, la literatura, las artes, la ciencia y la técnica.

Esta visión maniquea, este racismo inconfesado, esta fe ciega en la fuerza de la sangre, hoy paradójicamente de moda en ciertos medios, ha dado motivo a vivas críticas de historiadores ilustres. Para Claudio Sánchez Albornoz (Cf. España, un enigma histórico), sin duda el más eminente medievalista español del siglo XX, que fue uno de los exiliados presidentes de la República en tiempos de Franco, el arquetipo del español no ha nacido de la unión, sino por el contrario, de la lucha entre el Islam y la Cristiandad.

La armonía pluricultural de las tres religiones fue muy efímera. El modelo español fue, primero, asimilacionista y, luego, en el Siglo de Oro, exclusivista. ¿Cuál es la lección que hay que extraer? Prolonguemos el análisis de Conrad. Los ideólogos actuales, demasiado frecuentemente faltos de cultura histórica, se pelean en nombre de unos cuantos conceptos vácuos. Sus panaceas serían la exclusión, la asimilación, la integración, el pluralismo cultural o el multiculturalismo. Pero la historia de España y la de los pueblos de Europa demuestran todo lo contrario. Dejando a un lado la fantasía de los ideólogos, tanto el líder político como el intelectual auténtico está obligado a ser prudente, serio y responsable. Debe ayudar a conciliar armónicamente la dignidad y el respeto a los hombres con los de los pueblos a los que pertenecen. Levi Strauss y otros muchos, antes que él, comprendieron esto. No basta con promover el acercamiento y los contactos entre culturas. Hay también que poner y defender ciertas distancias y barreras, por supuesto ponderadamente. La xenofilia puede ser tan nociva para un pueblo como la xenofobia, y los excesos de una y otra adolecen, a igual título, de patología social.
Arnaud Imaz

 

+++


De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender, alumbrar e ilustrar el contexto: 


 

Alonso de Hojeda (1466 1515)

 

Compañero de Colón en el segundo viaje, en 1493, era Hojeda un hombre muy atractivo, «de los más sueltos hombres en correr y hacer vueltas y en todas las otras cosas de fuerzas», dice Las Casas, y añade: «todas las perfecciones que un hombre podía tener corporales, parecía que se habían juntado en él, sino ser pequeño». Obtuvo Hojeda la gobernación de la Nueva Andalucía -parte de la actual Colombia-Venezuela-, donde él y los suyos pasaron innumerables calamidades.

Hojeda siempre llevaba consigo una imagen de la Virgen que le había regalado en España el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, el del Consejo de Indias. Cuando al fin tuvieron que pasar a La Española en busca de socorros, fueron a dar en una costa cenagosa del sur de Cuba, y hubieron de caminar varias semanas con barro hasta las rodillas y la vida en peligro. Cada vez que descansaban sobre las raíces de algún mangle, allí plantaba Hojeda su imagen de la Virgen, exhortando a todos a que le rezasen y pusieran en ella su confianza. En la mayor angustia, hizo voto de regalar la imagen en el primer pueblo que hallasen, que fue Cueyba, en Camagüey, donde les acogieron compasivos unos indios infieles. Hojeda, en el lenguaje de la mímica, se ganó al cacique para hacer allí una ermita.

Y el padre Las Casas cuenta: «Yo llegué algunos días después de este desastre de Hojeda», y estaba la imagen bien guardada por los indios, «compuesta y adornada». Quiso Las Casas quedarse con ella, ofreciendo otra a los indios, pero éstos no quisieron ni oir hablar del tema. Y cuando al otro día fue a celebrar misa en la ermita, la imagen no estaba, pues el cacique se la había llevado al monte, y no la volvió hasta que se fueron los españoles. Según parece es ésta la actual Virgen de la Caridad del Cobre. Así que el primer santuario mariano de las Indias lo fundó un laico (Historia II,60). También Cortés, como veremos, hacía lo mismo al afirmarse en un lugar: lo primero de todo, un altar con una cruz y la imagen de la Virgen con su glorioso Niño. Y muchas flores.

Por lo demás, estos hombres que iban de exploración o de guerra con una imagen de la Virgen a la espalda no eran santos, sino cristianos pecadores, y no raras veces prevalecía en ellos el pecado sobre la gracia. Hojeda, por ejemplo, fue a veces muy duro con los indios, y Balboa tuvo que denunciarle en carta al emperador. Tampoco Fonseca, que le regaló la imagen de la Virgen, era un obispo demasiado ejemplar, si pensamos que tuvo en La Española sus buenos intereses económicos y un no pequeño repartimiento de indios. Eran pecadores, cristianos pecadores, para ser más exactos. Es decir, cristianos. Hojeda en 1510 entró en un convento de Santo Domingo, para dedicarse sólo a Dios.

 

+++

 

 

San Policarpo (69-155) obispo y mártir en la naciente Iglesia Católica - Carta a los Filipenses; SC 10, pag. 214-217; 221

 

“Igual que me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros.” (Jn 15,20) -
Hermanos míos, permanezcamos siempre sólidamente unidos a nuestra esperanza y a la prenda de nuestra justificación, a Cristo Jesús... Imitemos su paciencia y si padecemos por causa de su nombre, démosle gracias. Este es el modelo de vida que él nos ha presentado y en el que nosotros hemos creído. 
       Os exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia y a perseverar en la paciencia que habéis contemplado con vuestros propios ojos, no únicamente en el bienaventurado Ignacio, Zósimo y Rufus, sino también en otros miembros de vuestra comunidad, y en Pablo mismo y los otros apóstoles. Estad convencidos de que todos estos no han corrido en vano sino animados por la fe y la justicia y que ahora están junto al Señor, en el lugar que él les había prometido por haber sufrido con él. No amaron “el tiempo presente” (2Tim 4,10) sino a Cristo que murió por ellos y que Dios resucitó para ellos...
       Que Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y él mismo, el Sumo Sacerdote eterno, el Hijo de Dios, Jesucristo, os haga crecer en la fe y en la verdad, en toda dulzura y sin cólera, en paciencia y longanimidad, perseverancia y castidad. Que os conceda tener parte en la herencia de los santos y a nosotros juntamente con vosotros y a todos los que viven bajo el cielo y creen en Nuestro Señor Jesucristo y en su Padre que lo ha resucitado de entre los muertos. Orad por todos los santos. Pedid por los reyes y autoridades, orad por los que os persiguen y os odian y por los enemigos de la cruz. Así el fruto de vuestra vida será visible a todos y seréis perfectos en el Señor Jesucristo.

 

+++

 

Actualicemos unos con otros la bondad del Señor

"Date cuenta de cuál es el origen de tu existencia, de tu vida, de tu inteligencia y de tu sabiduría, y, lo que está por encima de todo, del hecho de que conozcas a Dios, tengas la esperanza del reino de los cielos, y aguardes la contemplación de la gloria, ahora, por cierto, de forma enigmática y como en un espejo, en aquel día, de manera más plena y pura; ser hijo de Dios, coheredero de Cristo, y, dicho con toda audacia, verte convertido en Dios: ¿de dónde, y por obra de quién, te vienen todas estas cosas?

Limitándonos a hallar en las realidades pequeñas que se hallan al alcance de nuestros ojos, ¿de quién procede el don y el beneficio de que puedas contemplar la belleza del cielo, el curso del sol, la órbita de la luna, la muchedumbre de los astros, y a aquel mismo que en todas estas cosas hace resonar, como en una lira, la armonía y el orden?

¿Quién te dió las lluvias, la agricultura, los alimentos, las artes, las casas, las leyes, la sociedad, una vida grata y a nivel humano, así como la amistad y familiaridad con aquellos con quienes te une un verdadero parentesco?

¿A qué se debe que puedas disponer de los animales, en parte como animales domésticos y en parte como alimentos?

¿Quién te constituyó dueño y señor de todas las cosas que hay en la tierra?

¿Quién otorgó al hombre, para no hablar de cada cosa una por una, todo aquello que le hace estar por encima de los demás seres vivientes?

¿Acaso no ha sido Dios, el mismo que ahora te solicita tu benignidad, por encima de todas las cosas, en lugar de todas ellas? ¿No habríamos de avergonzarnos, nosotros que tantos y tan grandes beneficios hemos recibido o esperamos de él, si ni siquiera le pagáramos con esto, con nuestra benignidad? Y si él, que es Dios y Señor, no tiene a menos llamarse nuestro Padre, ¿vamos nosotros a renegar de nuestros hermanos?

No consintamos en absoluto, hermanos y amigos míos, en administrar de mala manera lo que por don divino se nos ha concedido, que no tengamos que escuchar: «Avergonzaos, vosotros que retenéis lo ajeno, proponeos la imitación de la equidad de Dios, y nadie será pobre».


No nos dediquemos a acumular y guardar dinero, mientras otros tienen que luchar en medio de la pobreza, para no merecer el ataque acerbo y amenazador de las palabras del profeta Amós: «Escuchadlo, los que oprimís al pobre, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano?»

Imitemos aquella suprema y primordial ley de Dios, que hace llover sobre los justos y los pecadores, y hace salir igualmente el sol para todos; al mismo tiempo que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a disposición de todos sus habitantes; el aire se lo entrega a las aves, y las aguas del mar a los peces, y a todos ellos los subsidios para su existencia con toda abundancia, sin que haya autoridad de nadie que los detenga, ni ley que los circunscriba, ni fronteras que los separen; se lo entregó todo en común, con amplitud y abundancia, y sin deficiencia alguna; tanto para enaltecer la uniforme dignidad de la naturaleza con la equivalencia de sus dones como para poner de manifiesto las riquezas de su benignidad."

De los Discursos de San Gregorio Nacianceno, obispo (Oratio 14, De Pauperum amore, 23-25: PG 35, 887-890)


Oración -
Conviértenos a ti, Dios Salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu Palabra para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos. Por nuestro Señor.

 

+++ 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

 

¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

 

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos 

Recomendamos vivamente: EDICIONES RIALP, MADRID, Beatriz Comella,

La Inquisición española, 1998. Con este libro la autora sintetiza la historia y el funcionamiento de la Inquisición española con rasgos esenciales del contexto religioso, social y económico.

 

‘El Libro negro de las nuevas persecucionesanticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 –

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).