Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1492 - 17º América - gesta hispánica: Quijote Cervantes Saavedra

 

Corría el año 414 a.C. cuando el dramaturgo griego Sófocles terminó la redacción de una tragedia titulada Tereo. El argumento de la obra giraba en torno a la vida del rey tracio de ese nombre y causó, sin duda, un enorme impacto en los atenienses que llegaron a contemplarla. Desgraciadamente, esta tragedia no ha llegado hasta nosotros. De su contenido tan sólo se salvaron algunos fragmentos, que nos permiten hacernos una idea de su calidad. Entre ellos se encuentra uno especialmente oportuno para nuestra época, tan entregada a relativismos de todo tipo. Se trata, precisamente, de aquel que afirma: “No tengas miedo. Si hablas la verdad, nunca te desmoronarás”.

 

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P.¿Cuáles son los tres mejores clásicos de la literatura mundial?

 

No es fácil reducirlo a tres. Por supuesto, Cervantes, Shakespeare y Homero están en la lista, pero no me atrevería a omitir la Biblia como obra de conjunto o a Dante.

 

 

P.¿Por qué se empeñan en igualar Islam y Cristiandad, y Cristo y Mahoma, diciendo que el problema son los "radicales"? ¿Por qué no se desvela de una vez que el Corán promueve el asesinato y que Mahoma era un asesino, saqueador?

 

La verdad es que resulta imposible comparar a alguien que murió en la cruz perdonando a sus enemigos con alguien que impuso el islam con la espada y que además exterminó, por ejemplo, a tribus judías, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Del 24 de enero 2006 con César Vidal –L-D-Esp.

 

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El reyno de Indias.

 

Análisis filosófico e histórico de las ideas que rompieron la unidad hispanoamericana y la concepción acertada

 

La primera falsificación en nuestra común historia hispanoamericana ha sido la mutilación de nuestro mapa, esto es, la omisión del enfoque geopolítico: la visión integral y conjunta de las Américas -el antiguo Reyno de Indias-, fragmentado desde el siglo pasado en multitud incontable de repúblicas, en diversa medida artificiales y pretendidamente «soberanas».

El «Reyno de Indias» con todo, no es el producto de la imaginación calenturienta de ningún nostálgico historiador.

Establecido por Don Carlos I de Castilla por Real Cédula de 1519 (ratificada por Ordenanza de Felipe II de 1573) tuvo vigencia jurídica en la Recopilación de las Leyes de Indias de 1682 (Ley I, Título I, Libro III) y en la Novísima Recopilación de 1805 (Ley VIII, Libro III, Título V) y efectivo imperio político hasta su funesta desintegración en las guerras civiles decimonónicas.

Desintegración expresamente prevista como posible por el emperador Carlos V, y a la cual conjuró durante tres centurias con cláusulas fundacionales como ésta: "Y porque es nuestra voluntad y lo hemos prometido y jurado que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas. Y mandamos que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra Real Corona de Castilla, desunidas ni divididas en todo o en parte, ni a favor de ninguna persona. Y considerando la fidelidad de nuestros vasallos y los trabajos que los descubridores y pobladores pasaron en su descubrimiento y población para que tengan mayor certeza y confianza de que siempre estarán y permanecerán unidas a nuestra Real Corona, prometemos y damos nuestra fe y palabra real por Nos y por los Reyes, nuestros sucesores, de que para siempre jamás no serán enajenadas ni apartadas, ni en todo, ni en parte... por ninguna causa o razón o a favor de ninguna persona y si Nos o nuestros sucesores hiciéramos alguna donación o enajenación contra lo susodicho sea nula y por tal lo declaramos...".

Fernando VII, cautivo de Napoleón en Bayona, quebrantó -más o menos forzadamente- dicha solemne prohibición. De ahí toman origen nuestros males a partir de 1808.

Mas, la nulidad insalvable con que Carlos I fulminara cualquier eventual enajenación y fractura, constituyó, sin embargo, la fuente de nuestro legitimismo fernandista.

Volvamos, pues, la mirada inquisidora a aquel fecundo pasado común que, pese a las fronteras antojadizas que subsiguieron a las guerras de emancipación, pervive en este presente también radicalmente común, que prepara y anuncia (para bien o para mal de nuestros pueblos) un futuro también común.

El primer sofisma de la historiografía liberal -en que tantos antiliberales han caído- ha sido la fabricación masiva de nuestras campanudas «historias nacionales»: no hay ni puede haber -más que como enfoques parciales pero complementarios- v.g., una historia argentina, o peruana, o colombiana, etc.

Tampoco ha habido en sentido estricto «historias virreynales».

Los antiguos virreynatos americanos no engendraron naciones, ni su fraccionamiento afectó a la integridad de la nación o Estado subsiguiente.

Téngase presente que esos virreynatos o capitanías generales no fueron sino divisiones administrativas, y no políticas, del Reyno de Indias. Este punto capital de la cuestión ha sido poco atendido por nuestros historiadores y constitucionalistas.

El titular de la «soberanía» era (valga la aparente perogrullada) el «Soberano» e, institucionalmente, la Corona, encarnada en él.

Producida la secesión, las divisiones territoriales virreynales (o capitanías y reales audiencias) no sucedieron políticamente a la Corona ni, consiguientemente, la heredaron territorialmente.

De suyo, y dada su indivisa naturaleza política, la Corona no admite «sucesores».

Aconteció, sin embargo (y en general), que las nuevas autoridades, al tiempo de la secesión, asumieron «de hecho» el dominio (más o menos efectivo) sobre aquellas regiones sobre las cuales ejercían nominalmente su acción de gobierno.

Los conflictos limítrofes subsiguientes sólo podían tener algún sentido jurisdiccional en el marco integrador del Imperio. Convertidos en falsos enfrentamientos «nacionales» beneficiaron únicamente a las potencias anglosajonas dominantes.

En líneas generales puede argüirse que la posesión (principio del derecho privado recogido por el derecho internacional público) vale o fija títulos, salvo el caso de flagrante despojo o usurpación manifiesta de una anterior, real y pacífica posesión jurídica y política (como es el ejemplo paradigmático de nuestras Islas Malvinas, ocupadas violentamente por el Reino Unido en 1833).

La posesión efectiva estableció, ordinariamente, los alcances «soberanos» de los nuevos Estados surgidos de la fragmentación.

La no posesión, en cambio, engendró derechos, que llamaré «en expectativa», mantenidos, en tanto que tales, hasta una determinada y concluyente apropiación (sin perjuicio de los reclamos del opositor), tal como, v.g., aconteció con la llegada del Estado chileno trasandino a las bocas del Magallanes o la incorporación, a fines del s. XIX, de la Patagonia austral por parte del Estado argentino cisandino.

Esta es la realidad histórica comprobable en cada situación concreta y, sin perjuicio naturalmente, de las singularidades específicas de cada una de ellas.

La fragmentación del reyno de Indias

La «secesión de la secesión», asimismo, se explica, no por difusos motivos legales, jurídicos o sociológicos, sino por razones de política internacional vinculadas al equilibrio entre las potencias, como es el caso típico de la República Oriental del Uruguay, garantizada en 1830 por Gran Bretaña como artera división política del estuario del Plata, ambicionado por el Imperio del Brasil.

Por lo expuesto, cabe calificar -al menos en tanto que principio- como falacia o ficción legal a la regla enunciada en la cláusula «uti possidetis iuris» (poseeréis como de derecho poseías).

Los Estados americanos, sucesores presuntos de sus espacios verreynales (o capitanías), no poseyeron (ni, por consiguiente, continuaron poseyendo) lo que jamás antes habían poseído.

El único posesor (planteada en estos términos ambiguos la cuestión) había sido la Corona, esto es, el Rey. La posesión legítima lo era del Reyno de Indias en su totalidad nominal inajenable (pese a que, en oportunidades circunstanciales y parciales -como lo sucedido v.g., con la Florida- aquella prudente cláusula carolina hubiese sido violada).

No es menester, por ello, acudir a un recurso retórico para explicar la posterior viabilidad de los Estados americanos y de sus variadas dificultades geopolíticas. Todas ellas se explican, sin más, en el «statu quo» internacional emergente, que es uno de los sabios criterios de política clásica que da sustento actual a la defensa de nuestros Estados locales o «nacionales» frente a la globalización espúrea que los amenaza. Pero, cuya mejor y más eficaz defensa -quede ya dicho- está constituida por la progresiva (pero ininterrumpida) integración en torno a la Corona, principio institucional capaz, por su misma naturaleza supraestadual o supranacional, de fijar pautas comunes de verdadera política exterior frente a los modernos imperialismos que nos acosan, a salvo siempre (y con protección más adecuada) todas las particularidades regionales (o «nacionales») que tengan valor intrínseco de sobrevivencia o perduración.

Al principiar el s. XIX (1810) los americanos éramos españoles, no en función de sujetos de la «nación española» (pretensión absurda de las Cortes de Cádiz de 1812), sino en calidad de miembros de una de las Españas plurales: las Españas atlánticas, súbditos, por ende, de un mismo y único Soberano, a título específico y jurídico de Rey de Castilla.

Crisis ideológica

La invasión napoleónica a la península y los trágicos y oscuros sucesos de Bayona, que conllevan a la usurpación y sustitución dinástica, constituyen el detonante de la crisis ideológica incubada desde la segunda mitad del s. XVIII y claramente manifestada durante el mediocre reinado de Carlos IV.

El «despotismo ministerial» de los Borbones no impidió (antes fomentó) la difusión del virus iluminista que afectó marcadamente a un sector importante de la clase dirigente en la España peninsular y en América.

La corrupción intelectual (que es la más grave de las corrupciones porque -como afirma Santo Tomás- no tiene en sí misma remedio) que produce la Ilustración engendra en la esfera política el Liberalismo: etiqueta genérica que incluye la más variada gama de errores teológicos y filosóficos: subjetivismo, individualismo, naturalismo, racionalismo, jansenismo, estatismo, etc.

La causa eficiente de todas estas desviaciones doctrinales (que, en su orden, se presentan como tesis o principios -más bien dogmas- políticos) pertenece al plano contemplativo: es la inmanencia cognoscitiva, que se sistematiza con Descartes (s. XVIII) y desemboca en el idealismo absoluto alemán (Hegel, s. XIX), quintaesencia del iluminismo y fuente común de los panteísmos políticos del s. XX (fascismo, nacional socialismo y socialismo marxista), contra los cuales se alzó doctrinalmente la tradición, tanto en la pluma de sus más caracterizados expositores, cuanto por la acción de su dirigencia delegada cuando aquellos totalitarismos paganos se cebaron en la carne de la España peninsular, como también -recordémoslo- se habían cebado en el Austria católica de Dollfus, el canciller mártir del nazismo.

Porque, si como nos lo enseñó el Padre Sardá y Salvany el «liberalismo es pecado», el «nazismo es un crimen».

El contenido racionalista de la inmanencia cartesiana se origina, a su vez, en el conceptualismo racionalista de la escolástica tardía y, particularmente, en la negación de los co-principios reales del ser: esencia y existencia, tal como aparecen formulados en Francisco Suarez.

El Dieciocho es un siglo de contienda doctrinal entre las tendencias centralizantes de los Borbones (que da lugar, entre otros males, al regalismo) y las corrientes escolásticas dominadas, bien por los principios de un tomismo rígido, bien por los postulados suarecianos (en aquellas aulas regenteadas por la Compañía de Jesús).

En ese concreto contexto de enervamiento intelectual ha de valorarse la difusión de las doctrinas iluministas que llegaban de Francia.

El drama vital de los pueblos iberoamericano lo constituyó la circunstancia de que la disolución del orden monárquico legítimo coincidiera con la penetración del veneno liberal (triunfante en la revolución francesa).

Empero, aquel mortífero veneno no alcanzó a la población común (las gentes), ni afectó con igual virulencia a las clases dirigentes (nobleza y clero), lo cual explica la recia y decidida reacción popular (en la Península y en América) contra el invasor francés revolucionario, manifestada en el movimiento juntista.

Al producirse el lamentable divorcio entre los estamentos populares y las clases jerárquicas (fenómeno que, por ningún motivo, se debe generalizar ya que se manifestó muy variablemente), éstas, al disociarse de su base popular, se «ideologizarán» y oscilarán, pendularmente, desde las «derechas reaccionarias» hasta las «izquierdas subversivas», sin abandonar jamás el campo de las burguesías «ilustradas», común a ambas.

El pueblo, convertido en «masa», desvinculado de sus líderes naturales y más o menos sometido por instinto de supervivencia a los caudillos locales, conservará (en un proceso de degradación paulatino) los valores centrales y esenciales del Antiguo Régimen, los cuales quedarán marginados del ordenamiento legal que subsigue o sustituye al ordenamiento normativo indiano (Leyes de Indias y legislación castellana supletoria).

Tal el sino trágico de Martín Fierro.

Nace así la correlación entre «pueblos reales» y «ficciones estatales» que todavía hoy dibuja al mapa íberoamericano.

A esas «ficciones legales», recogidas por las constituciones «de papel» (Alberdi), debemos oponerle nuestra constitución natural, clamando -al estilo del franciscano Castañeda en el anárquico Buenos Ayres de 1820-: «Por Castilla somos gente»; y no merced a ningún mito liberal o sajón.

La descripción efectuada no afecta sólo al s. XIX o a la primera mitad del s. XX. Es todavía hoy más actual que nunca, como lo atestiguan las minorías revolucionarias de Cuba, Chiapas, Nicaragua, o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: un mismo origen burgués y universitario, en muchos casos de educación católica, en disenso abismal con el orden concreto de las cosas: punto central de las ideologías utópicas.

No hallo yo diferencia alguna entre los ideólogos del ayer (un Miranda, un Monteagudo, un Castelli) y los infinitos Mirandas, Monteagudos o Castellis de hoy, que han invertebrado a la nación, convirtiéndola en una «sociedad en estado deliberativo».

Tampoco veo diferencias entre los militares de cabezas confusas del pasado (al modo de los Lavalles) y estas Fuerzas Armadas del presente, dislocadas de sus funciones específicas.

Ni la hay tampoco entre los mercantilistas y parásitos de los gobiernos del siglo anterior y los hodiernos Rivadavias al servicio de los «holdings» financieros del planeta.

Asimismo, el prototipo del liberal español comecuras y desarraigado (que tan perfectamente encarna el intuitivo y desprolijo Domingo Faustino Sarmiento) se repite en nuestros días en infinidad de mediocres imitadores que, con aquél, continúan vociferando que «la raza española es incapaz de comprender el gobierno de los hombres libres». ¡Oh supina ignorancia de la historia! ¡Oh desdén inaudito de la propia y libérrima identidad!

 

 

Guerras civiles

La crisis política e ideológica del s. XIX sumerge a las Españas en guerras civiles irresolubles que se prolongan con diversa intensidad y características, a lo largo del s. XX.

La presión metafísica del Antiguo Régimen llega vitalmente hasta nuestros días y contra ella se empecinan todas las corrientes de la Revolución.

Aquel orden de la tradición (combatido ferozmente a lo largo de siglo y medio) es la torre evangélica edificada sobre dura roca (Mt, 7, 24-27), que se asienta sobre los pilares ontológicos e inconmovibles de la naturaleza, la historia y la experiencia, a diferencia de la endeble construcción revolucionaria establecida sobre las movedizas arenas de las utopías, las abstracciones y las ideologías.

Aquellas «guerras civiles» de la Revolución (en visión que ya nos brindara en 1922 Marius André) desembocan en la «independencia» de los principales núcleos revolucionarios. Al margen de la voluntad específica de éstos para separarse (no siempre claramente comprendida en los niveles populares como es el caso elocuente de Méjico y el Alto Perú), la continuidad monárquica se tornó inviable por diversas situaciones históricas, condicionadas siempre por el tono ideológico impreso por el liberalismo:

I) En primer lugar, el zanjón divisorio socavado por las Cortes de Cádiz al decretar la unificación de la «Nación española», haciendo tabla rasa de la organización institucional existente y ahondando la separación entre «españoles peninsulares» y «españoles americanos».

«Golpe de estado institucional» le llamó (con agudeza) Felipe Ferreiro y suministró los motivos «legales» que justificaron el comienzo de la, impropiamente, llamada «guerra de emancipación».

1812 es precisamente el año en que el enigmático San Martín da principio de ejecución al plan general de sublevación, que o bien se inspiró o bien es el mismo que el plan escocés Maitland, hallado y publicado por Rodolfo Terragno.

II) La incomprensión de Fernando VII con relación al verdadero significado de las Juntas formadas en América en su nombre. Incomprensión fatal que, dadas las características tornadizas del monarca, era difícilmente superable.

III) En este mismo plano el retorno de Fernando VII a las prácticas abusivas del «despotismo ministerial» no facilitó, para nada, la comprensión y posible solución del conflicto americano.

IV) Ha de notarse que, cualquiera sea el nombre, aún impreciso, que los redactores del Manifiesto de los Persas (1814) se dieron a sí mismos («absolutistas») queda siempre bien en claro (de la acabada lectura de todo el Documento) que no se propiciaba la vuelta al estado anterior al diluvio de 1808, sino la progresiva y remozada restauración del régimen institucional abandonado por los Borbones.

V) El predominio intelectual de los liberales durante el decenio de 1810-1820 (no obstante el gobierno absoluto instaurado por el Rey en consonancia con las exigencias del Congreso de Viena) generó una atmósfera de duplicidad, principalmente en el ambiente militar, con referencia a los sucesos americanos. En el interior de dicha duplicidad (en algunos casos verdaderos actos de traición y felonía) ha de verse la mano de la Logia (masónica), en gran medida documentada por la moderna historiografía.

VI) En este orden nótese que casi todos los militares que luchan en América, y de manera particular los más sobresalientes, son militares españoles. Y más concretamente aún: son militares del ejército español; se han formado en España, han luchado en España, primero contra los británicos, luego contra los franceses. Sólo un anacronismo (verdadero dislate) hará de ellos ciudadanos «venezolanos» o «argentinos», como son los casos emblemáticos de Bolívar y de San Martín.

VII) Estos militares «españoles» se enfrentan a otros militares «españoles», en ocasiones con ejércitos cuya base popular combate nominalmente a favor del Rey.

VIII) El «Ejército», como institución de naturaleza política y pretoriana, aparece en las Españas después del vendaval napoleónico. No existe como tal en el Antiguo Régimen.

Sus jefes se contaminaron al contacto con los oficiales británicos y, casi sin excepción, fueron captados por las logias durante el transcurso de la guerra anglo-española contra Napoleón.

Esto explica claramente la naturaleza liberal congénita del Ejército metropolitano y de sus hijuelas americanas, naturaleza que nunca logró superar y que va, desde un Maroto, Espartero o Serrano. O bien, desde las crónicas y fracasadas intervenciones golpistas de siglo y medio hasta la novedosa actividad antinarcótica de los ejércitos hispanoamericanos.

IX) ¿Qué diferencias sicológicas se podrán encontrar entre los «generales», «generalísimos» o «mariscales» que, sin solución de continuidad, «se pronuncian» en la Metrópoli y en América a lo largo del siglo XIX? Todos ellos, en mayor o en menor medida, son el prototipo del militarote liberal, prepotente y sabelotodo... y en muchas oportunidades... también masón, marionetas burlescas en manos del imperialismo yanki.

¡Qué lejos estamos de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán!

X) Dije alguna vez que el estallido de la Corona provocó el «caudillismo» y es esto tan verdadero que las «democracias latinoamericanas» (para desesperación de los constitucionalistas liberales) jamás han logrado superar esa impronta de cuna que sus ejércitos «libertadores» les han impreso en los albores de la «emancipación» del «Amo español», convirtiendo a la unidad plurisecular y fecunda de la monarquía católica en el coto de caza de las Naciones anglosajonas.

Incomprensión fatal

Aquel malentendido trágico entre el Rey y su pueblo (en 1814) impulsó a éste a prescindir de aquél para poder salvaguardar los otros objetivos del trilema tradicional. Ahora, ya sin el Rey, defender y conservar a Dios y a la Patria. Esfuerzo heroico de todos los Pueblos Americanos hasta este hoy de apostasía sincretista y mimética.

Esfuerzo en gran medida vano, porque la desunión que subsiguió a la ausencia del Rey -eje común de la compleja organización institucional hispánica- hizo cruda verdad la profecía de nuestro Martín Fierro:

"Los hermanos sean unidos
porque esa es la ley primera;
tengan unión verdadera,
en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos pelean
los devoran los de ajuera".

Así, pues, más allá de las planificaciones específicamente militares y del plan global de interferencia británica (veta ésta abierta a la avidez de los investigadores) la guerra de independencia, tal como se presentó, fue una «cuestión de hecho», fruto, en primera instancia, de la catástrofe de la monarquía española en Bayona y que abrió el cauce a las guerras intestinas que llenan tan dolorosamente todo el siglo XIX hispanoamericano y que constituyen la razón principal de la crónica inestabilidad de las repúblicas surgidas en su consecuencia, como tantas veces lo he destacado.

La excepción del Brasil, salvado de la balcanización general merced al sistema monárquico, es un ejemplo notorio de la seriedad del desastre mejicano (devorado por los poderosos E.E.U.U.); o centroamericano (cuya partición instigó la misma potencia); o sudamericano: campo de acción propicio de la Gran Bretaña, principalmente en el estratégico Cono Sur.

Esta afirmación de carácter institucional en nada modifica la apreciación política que merezca la proclividad británica de los Braganza en su conflicto geopolítico con la Confederación Argentina y el Estado Oriental y las simpatías de estirpe que sintamos por los «gaúchos» separatistas del Rio Grande do Sul, cuya segregación -con todo- Rosas se negó a reconocer en razón del «statu quo» europeo al que tenían acceso los Braganza.

"En América española -señala Griffin- la abolición de la monarquía significó una ruptura mucho mayor con el pasado que en el caso de los Estados Unidos, o más claramente aún, en el caso del Brasil. En los tiempos coloniales el rey había sido no sólo la incuestionable fuente de toda la secular autoridad, había sido también el Ungido del Señor... La consumación de la Independencia y la adopción de la forma republicana de gobierno (la monarquía hecha en el país probó ser ilusoria) significaba que había una crisis total del Estado. Los primeros gobiernos republicanos carecían totalmente de la clase de sanción moral que la monarquía española había gozado. Se mantuvieron muchas de las leyes coloniales y los procedimientos, pero el Estado se halló en muchos casos acéfalo y el mito de la soberanía popular no fue efectivo..." (Charles Griffin, El período nacional en la historia del nuevo mundo, cit. por Ots Capdequi en El Estado español en Indias, p. 184).

 

 

Los caudillos

"Hemos arado en el mar", diría Simón Bolívar en su lecho de muerte. No fue menester esperar una generación. El fracaso estruendoso fue visible para sus mismos protagonistas.

De cada militar intrépido nacería un caudillo o, muchas veces, un «caudillejo». El proceso americano es funcionalmente análogo al proceso peninsular, como que brotan de un mismo conflicto generador.

En España advendrá por imperio militar el trienio liberal (1821-1823) y desde 1833 hasta 1923 (e incluso 1936 ya que el golpe de estado republicano inicial sólo se convirtió en Alzamiento merced al concurso activo de la Comunión Tradicionalista, preparada por Fal Conde y el Gral. Sanjurjo con las masas carlistas manifestándose en Pamplona) la ininterrumpida intervención del Ejército en los asuntos políticos del Estado; no en vano el modelo español de «pronunciamiento» inspirará a los imitadores americanos. (Basta pensar, entre nosotros, en el famoso «pronunciamiento» de Urquiza en 1852, tan decantado como cosa original por los historiadores nativos).

En América cada «caudillejo» administrará su propio feudo y, con una visión mezquina de la totalidad, fomentará una ilusoria «soberanía nacional» que sólo se opondrá a los hermanos comunes de la gran confraternidad hispanoamericana, pero jamás a los verdaderos garantes del desencuentro: los Estados anglosajones.

Excepción gloriosa es, en ese marco de rivalidad, estrechez y anarquía, la extraordinaria figura de Don Juan Manuel de Rosas (el Hernandarias del siglo XIX), uno de los pocos verdaderos caudillos americanos que enfrentó (y enfrentó con éxito) al Reino Unido y a la Francia revolucionaria coaligados, incluso en un marco de incomprensión por parte de sus colegas federales que le eran más próximos.

En Juan Manuel jamás se eclipsó el sentido geopolítico (y aún dinástico) de la antigua totalidad, pero político realista y clásico como fue, claramente advirtió que el carácter casi irreversible del proceso desintegrador únicamente se podía contener salvando -en cuanto de él dependía- el espacio geográfico instalado por el genio previsor de Carlos III (inspirado por Ceballos) en la gigantesca Cuenca hidrográfica del Plata.

No hay en Juan Manuel gestos «nacionalistas», ni reivindicaciones «patrioteras» o «virreynalistas». Su manejo de los conflictos con los unitarios de Montevideo, con el Paraguay y con el Alto Perú (Bolivia) es una prueba cabal de lo que digo.

En todos los casos se percibe un notorio sentido de empirismo político, ubicado en el cuadro concreto del «status quo» ya entonces instalado.

También su programa de «conquista del desierto», es una clara señal de que difícilmente se podía reclamar como propio aquello sobre lo cual no se ejercía señorío.

"Ingenieros -recordaba Julio Irazuzta- tergiversaba sobre los detalles, pero no se equivocaba sobre el conjunto, al considerar la época de Rosas como una restauración del antiguo régimen" (Vida política de Juan Manuel de Rosas, T.I, p. 28).

Ese estilo convocador americanista (y ese fue el lenguaje publicista y común de la época) es el mismo que reconocerá en un inesperado y glorioso 2 de Abril de 1982, fecha que las generaciones futuras de la siega (porque la siega advendrá cuando la mies fecunde) tendrán como hito demarcador del resurgir integral y magnífico de la América española.

En Don Juan Manuel se encarna el Restaurador de las Leyes, en aquel Buenos Ayres de la década de 1820 desquiciado por la anarquía y por el estado declinante y terrorista (recuérdese tan sólo el fusilamiento del gobernador legal Manuel Dorrego), a que le habían sometido los Varela, los Del Carril, los Agüero, la logia liberal -unitaria en general-, antepasados perfectos de los autores del «estatutejo» que reniega del nombre trinitario de la ciudad a la que pretende regir y cuyo «código de convivencia» (como si la solidaria fundación de Don Juan de Garay fuese un anónimo consorcio) es la hechura exacta del «soviet» que la tiraniza.

Es la crisis ideológica de principios del XIX y el desprestigio personal del monarca (que arrastra en su eclipse a la misma Corona) lo que da, valga la paradoja, «estabilidad» a las guerras civiles que ambas causas, simultáneamente, desencadenan, suscitando el recurrente surgimiento de «caudillos populares» o «caudillos elitistas» (un Facundo Quiroga o un Juan Lavalle).

En rigor de verdad, el fenómeno no era absolutamente nuevo en América. Recordemos las «guerras civiles» libradas durante el s. XVI por los diversos conquistadores (remitámonos, por ejemplo, a la espantosa lucha entre pizarristas y almagristas en el Perú).

Aquel desorden de guerreros ambiciosos (aunque en su estilo -que es el estilo de aquel formidable siglo- generosos y leales) renace, a modo de enfermedad congénita, en ese malhadado siglo XIX.

El juntismo

Pero así como el solo prestigio institucional de la lejana (geográficamente lejana) Corona bastó para someter a aquellos ariscos combatientes del XVI, del mismo modo la inacción incomprensible del Soberano (por los motivos antes someramente expuestos) dará ocasión a que la independencia de hecho alcanzada por el cautiverio de aquél deviniera (o se convirtiera) en declaraciones formales de independencia, como la muy concreta del Congreso reunido en Tucumán que la declaró en 1816 respecto de todas las «Provincias de Sudamérica» (y no como aquí se usa celebrar: la de la, entonces inexistente, «República Argentina»).

Incomprensible inacción o injustificada incomprensión del Rey Fernando VII, que no aprovechó la corriente de afecto, confianza y devoción que un siglo [XVI y XVII] de Austrias meticulosos (a la cabeza Felipe II) y otro [XVIII] de Borbones administradores (prolijos burócratas; con Carlos III como modelo) habían establecido entre el Monarca (rey de Indias a fuer de Rey castellano) y sus más que leales vasallos indianos. Extremo de continuidad institucional que hizo de aquel Reyno, el Reyno de Indias, un ámbito común (ahora que se suspira por la integración) de floreciente vida espiritual, cultural, artística, social, económica.

Fue la Corona la que contuvo (sin un solo soldado, como lo recordaba siempre don Felipe Ferreiro) los gérmenes disgregadores que -como ya lo noté- al doble conjuro de la incapacidad real (un Carlos IV dominado por el siniestro Godoy y un voluble Fernando VII) se desbordarán inconteniblemente a partir de 1812, fecha verdaderamente clave en razón de la nefasta Constitución liberal española que fijó las bases de la disolución final de un Imperio.

1810 representa todavía el esfuerzo legitimista (más o menos sincero según los personajes) por encauzar en la persona del Rey cautivo ese pandemonium de fuerzas atomizantes que subsistieron siempre al socaire de rivalidades de campanario (muchas veces -v.g. Buenos Ayres y Montevideo- de carácter casi puramente económico).

Las juntas de 1810 constituyen el último esfuerzo común por salvaguardar la integridad de la Monarquía, y si bien el sometimiento a la lejana Corona (ahora espiritual e institucionalmente lejana) progresivamente se debilitó, empero, el sentimiento instintivo de la población (enfeudado -por ausencia de su único verdadero protector: el Rey- a sus minorías burguesas) conservó durante décadas la nostalgia de la unidad perdida; y americanos, a secas, fuimos los que habitamos las tres Américas -desde la California al Cabo de Hornos- hasta que la nación anglosajona que despojara territorialmente a Méjico, nos despojara, quizás para siempre, de nuestro gentilicio, convirtiéndonos en americanos de segunda categoría.

La primacía de la Corona garantizó -a lo largo de tres siglos- la continuidad institucional, la unidad política y la totalidad territorial.

Los infortunados conflictos europeos, y no la lenta maduración de algún grupo revolucionario, produjo lo que Chiaramonte adecuadamente llamó el "brusco estallido de la independencia". Ella no es fruto de una deliberada y previa proposición doctrinaria: ni la acción ideológica de la Ilustración (que es la tesis de nuestra historiografía liberal), ni el nunca bien documentado influjo del Padre Suárez (que es la posición de G. Furlong) ni, tampoco, el resultado de los estudios escolásticos con fuente en Santo Tomás (original enfoque de Enrique De Gandía).

Los sucesos americanos de 1810 no responden a pautas filosóficas ni teoréticas; obedecen, más bien, -como lo vengo notando- a una determinada situación fáctica de corte político y pragmático.

El Juntismo es inexplicable fuera del contexto de la Ley de Siete Partidas como ya, lúcidamente, lo advirtiera Juan Bautista Alberdi, y dentro de este marco legal (por ende, en Mayo no hay en Buenos Ayres, propiamente hablando, ninguna revolución) las Juntas de España y las Juntas americanas respondieron analógicamente a una misma coyuntura: un legitimismo fernandista en oposición al carácter intruso de los Napoleónidas (José I).

El día en que, particularmente los argentinos, dejemos de «ideologizar» a Mayo, encontraremos las raíces comunes de nuestra identidad iberoamericana compartida.

El ya citado Chiaramonte nos ilustrará, en un párrafo conciso, acerca de la condición nacional tal como, en verdad y fuera de todo anacronismo, se vivía y se trasuntaba al alborear el s. XIX: "Sin embargo, el único sentimiento nacional presente en los hombres de la época es el sentimiento nacional español, mientras que el patriotismo «argentino» tan invocado en las páginas del «Telégrafo Mercantil» designa uno de los tantos particularismos existentes en América hispana y coexistentes con el más amplio sentimiento de la nacionalidad española. Pues la voz «argentina»... denomina sólo a Buenos Aires y el territorio cercano a ella, así como «argentinos» se aplica a los criollos y españoles que viven allí, con excepción de las castas..." (Chiaramonte José C., La Ilustración en el Río de la Plata, p. 19).

La democracia caudillista que emerge de la anarquía desatada a consecuencia de la Independencia se enmarca en la esfera del municipio feudal indiano, tal como, en la práctica, se desenvolvió en América, una vez efectuado el traspaso legal por Castilla.

Este crecimiento ha sido sagazmente analizado, entre nosotros, por el insigne historiador José María Rosa.

En su ya clásico Del Municipio indiano a la Provincia argentina apunta: "Los municipios indianos del s. XVI y XVII no se asemejan a los españoles del mismo tiempo. En cambio, y mucho, a las «ciudades» de la Castilla medieval con sus milicias combativas, caudillos conductores de la hueste, alcaldes elegidos por el común, distribuyendo justicia según los usos lugareños y regimientos de vecinos que administran la ciudad por voluntad de sus convecinos. En una palabra la «república» de los vetustos fueros del s. XI al XIV resurge en Indias. Debió producirse este salto atrás por la semejanza de la conquista de Indias con la reconquista española. Los pobladores del XVI, como sus bisabuelos del XI, llegaban a tierras lejanas a asentar en lugares peligrosos que exigían el ejercicio constante de las armas. La ciudad indiana tuvo necesariamente que ser una ciudadela dispuesta para el combate, como lo había sido la castellana de otros siglos: la poblaban guerreros y la gobernaban capitanes. Los fundadores del Nuevo Mundo como los del mundo viejo, ganaban a punta de espada el derecho a manejar su bastión avanzado de la cristiandad. La misma ley histórica que creara a la libertad foral de las «cibdades» castellanas dio nacimiento a la autonomía de las ciudades Indianas. Milicia y caudillo fueron en las unas como en las otras, la realidad de la conquista..." (p. 16/17).

En el mismo sentido se expide Ots Capdequi al expresar que "En las nuevas ciudades de Indias estas mismas instituciones municipales, caducas en la Metrópoli, cobraron savia joven en un mundo de características sociales y económicas tan distintas, y jugaron un papel importantísimo en la vida pública de los nuevos territorios descubiertos...", y si bien decayeron con las tendencias centralizadoras de la Corona, con todo, el mismo autor acota que "... Es necesario llegar a los años precursores de la independencia para que los cabildos municipales vuelvan a recobrar su perdida significación, haciéndose intérpretes de los anhelos generales de la ciudad..." (El Estado español en Indias, p. 61/62).

Empero, aquel fenómeno tan peculiar -milicia y caudillo-(que dejará hasta el día de hoy una huella indeleble en la realidad institucional americana) se consolida durante los siglos subsiguientes adquiriendo estabilidad en razón de que, así como en Castilla predominó el Rey por sobre un Juan de Padilla, también en América predominó la Corona, hasta que el desgraciado suceso de Bayona reanimó las adormecidas fuerzas centrífugas.

Este caudillismo indómito, sólo sofrenado por la autoridad moral y el prestigio político de la Corona, atizado por las potencias sajonas dominantes, marcará el derrotero de las más diversas repúblicas «coloniales» en que, precipitada y desordenadamente, se fragmentó al antiguo y exuberante Reyno de Indias.

 

 

El ocaso de la cristiandad

El
proceso, con todo (y ya lo dije antes), es en gran medida semejante al desarrollado en la España metropolitana postfernandina, bien que en ella la inmediación de la Corona (usurpada en la línea Isabelina-Alfonsina) contuviera, más en la apariencia que en los hechos, el fantasma de la desintegración.

El ejemplo más característico de ello lo brinda la caótica situación atravesada por la península en la década de 1870 (expatriación de Isabel II, golpe de estado, dictadura del Gral. Serrano, anarquía callejera, efímero reinado de Amadeo I, primera república, federalismos y cantonalismo, etc.).

El esfuerzo heroico del carlismo de esa época (1872/1876), con Carlos VII, aunque fracasase ante la pretendida «restauración» de Sagunto, puso las bases del relativo «orden» que los Alfonsos (XII y XIII) intentaron imponer, mediante la alternancia partidocrática de liberales y conservadores. «Orden» que, naturalmente, no impidió el desarrollo paulatino de la revolución (que explotaría en la gran contienda civil de 1936) y la disolución o decadencia final de España en el plano internacional.

Declinación de la Hispanidad toda, que también arrastró a América, sometida a las políticas humillantes y desestructurantes de Washington y que va, desde los despojos brutales del viejo virreynato de Méjico hasta la inicua guerra petrolífera entre bolivianos y paraguayos.

Líneas disolventes que emanaban (y emanan) de la «Casa Blanca» (tan adecuadamente estudiadas por nuestro Carlos Ibarguren en su siempre recomendable obra De Monroe a la buena vecindad) y que sólo tuvieron como freno las corrientes geo-políticas y geo-económicas del Reino Unido con su influjo hegemónico y decisivo en el Cono Sur continental (ABC): Brasil, Argentina, Uruguay y Chile.

Apogeo del espejismo de una «América blanca» al sur del Río Bravo (una de las tantas zonceras criollas inventariadas por el impagable Arturo Jauretche) consolidada en una minoritaria clase dirigente rioplatense, ociosa y frívola, mimetizada con los cánones «culturales» de Londres y París y divorciada de la realidad sociológica de las masas nativas.

Lejos estamos de aquellos años (fines del s. XVIII) en que "La América española -al decir de José María Rosa- había llegado a lo que es hoy el desiderátum de las naciones: a bastarse a sí misma, a la autarquía. ¿La causa? El monopolio español: el tan mentado, tan desprestigiado monopolio español... (que) produjo... sobre todo industrialmente, la autonomía de América..." (Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, p. 12/13).

Tres ejes coordinados marcan así el nacimiento y configuración de ese terrible «complejo de inferioridad» que constituye, por así decirlo, el anti-caracter sacramental de toda la «tilinguería latinoamericana» de izquierdas y derechas (y más aún de las primeras que de las segundas, máxime si son revolucionarias):

A) La usurpación dinástica, que se inicia con Isabel II y que con esta infausta soberana marcará también su propio bastardismo biológico. Usurpación consentida por la entente de las potencias europeas revolucionarias y por la presión indirecta de Gran Bretaña, decisiva también a la hora de comprender los fracasos militares del carlismo.

B) La presencia masónica (política, militar y financiera) de los E.E.U.U. en todas las cuestiones «latinoamericanas», no dominadas desde Londres. Evóquese a Méjico, Nicaragua, Panamá, Santo Domingo, etc.

Sólo esto: no hay Plutarco Calles en Méjico (anticlericalismo, indigenismo, socialismo), sin la acción disolvente y directa de la Masonería norteamericana. No hay canal de Panamá sin el ataque letal a la integridad territorial de la Nueva Granada.

C) La acción directiva del Reino Unido, económicamente determinante en la destrucción del Paraguay, la instalación de una oligarquía anglófila chilena y el dominio económico exclusivo en el estuario del Plata (Uruguay y Argentina).

A este respecto señala Pedro de Paoli: "Socialmente (hablando) las masas populares con la independencia política... salieron perdiendo. Las oligarquías criollas que enseguida surgieron en cada república se mostraron más despiadadas y explotadoras que la española, indolente y pacífica, al par que celosa guardiana del poderío español, lo que constituía una valla para la intromisión inglesa en América, intromisión siempre nefasta al pueblo latinoamericano..." (Sarmiento, Ed. Theoria, p. 71).

Dominio económico que se mantiene indiscutido hasta la crisis mundial de 1945 y que ahora se resuelve en las redes globalizadas de las potencias financieras, pero con un dominio geopolítico, todavía hoy intocado, en el Atlántico Sur, con su fundamental proyección hacia la Antártida.

La España del 98 que cae de rodillas ante el coloso sajón del Norte es también la España americana.

No sin dolor insólito la espada que la hunde y la desangra se clava -precisamente-, no en Navarra, no en Galicia, no en Castilla, no en Cataluña, no en Canarias, sino en nuestra mágica Cuba, en nuestro Puerto Rico borinqueño, en nuestras lejanas (pero jamás olvidadas) Filipinas hispánicas.

El mensaje tradicional

Es el único verdadero cuerpo de las Españas vivientes el que se conmueve y sacude. Es ese antiguo y delicado cuerpo mestizo decapitado por la revolución. Es una España (son unas Españas), invertebrada (Ortega) la que emerge de aquellas contiendas civiles que llenan el s. XIX y parte del XX.

Y, por esto mismo, el mensaje tradicional es tan americano como español, es -si se quiere- más americano que español, porque la fractura de América sólo podrá superarse alguna vez por la voz convocante de aquella Corona que le dio ser y vida.

Sólo el legitimismo político vio lo esencial del integral problema hispanoamericano: sin Rey legítimo no habrá verdadera restauración.

Sin la legitimidad que brota del orden divino y natural jamás España recuperará su vocación evangélica: ser instrumento providencial en la edificación de la Cristiandad temporal.

Esta es la única integración a la que aspiramos: la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

Cualquier otra integración que no se apoye en esta piedra angular, camufla y prepara el imperio despótico y plebeyo del Anticristo.

Ya San Pío X alertaba en su encíclica E Supremi Apostolatus de 1903 que el "Hijo de perdición (de que habla San Pablo) parece ya encontrarse entre nosotros".

Y, sin duda alguna que -haya o no nacido ya físicamente- el clima intelectual y moral que le precederá y le acompañará durante todo su perversísimo reinado hallase instalado en el planeta, difundido, sin posibilidad de disenso alguno, por los medios masivos de comunicación social, puestos todos (casi sin excepción) a su satánico servicio.

La herejía del Anticristo -descrita por San Pablo en la 2da. Carta a los Tesalonicenses (cap. II)- no es otra que la adoración idolátrica del Hombre "Hasta sentarse en el templo de Dios mostrándose como si fuera Dios" (2,4).

Tiempo en que, como gravemente profetiza San Pablo, "Los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extrema de oír, recurrirán a una caterva de maestros (que los adularán) según sus propias concupiscencias. Cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas" (II Tim. 4, 3-5).

Empero, el Papa santo nos infunde coraje al recordarnos que "(más) cerca está la derrota cuando el hombre, alucinado por la esperanza del triunfo, se levanta con mayor audacia".

También Juan Pablo II en Dominum et Vivificantem rescata la "Dimensión esjatológica" -son palabras suyas- que caracteriza dirigidas al nuevo milenio, suspirando con el Espíritu y la Esposa (Apoc. 22,17) «¡Ven, Señor Jesús!»: "Oración que se orienta hacia un momento concreto de la historia en el que se pone de relieve la «plenitud de los tiempos» marcada por el año dos mil".

Así, pues, en esta babel sincretista y veleidosamente ecuménica (que canaliza -con todos sus viejos errores y nuevas necedades- la «new age»), será menester clamar, una vez más, y clamarlo -si Dios nos auxiliara- hasta el supremo homenaje del martirio, que sólo Cristo Jesús es el único Señor de los milenios, que sólo Él es el único Mediador entre el Padre y los hombres, que fuera de Él absolutamente "Ningún Nombre se nos ha dado bajo el cielo mediante el cual podamos ser salvados" (Act. 4,12).

En esta «feria de todas la religiones» (según la gráfica imagen de Jacques Ploncard D´Assac), la única, la casta, la virginal Esposa del Cordero ha sido colocada en el serrallo vil donde yacen las concubinas, degradada por la traición de sus legítimos custodios.

"Cristo, virgen en su Carne -atesta San Jerónimo- es monógamo en su espíritu, ya que ha desposado una sola Iglesia".

El «pluralismo» -que es de suyo un mal (pasible a lo sumo de ser tolerado por fuerza mayor)- se nos propone oficialmente como un bien.

Pluralismo monista, por lo demás, negación rotunda de toda genuina pluralidad metafísica.

Ese «pluralismo» religioso y doctrinal, al cual -por ahora con violencia moral- se nos presiona a entrar, tiene sólo un nombre en la terminología teológica: apostasía. Las Santas Escrituras llaman a la perversión de la «viña escogida», a la idolatría de la Esposa: "Fornicar con los reyes de la tierra".

Este lenguaje, que parece duro, es, sin embargo, el lenguaje del Espíritu Santo.

 

 

Restauración de la cristiandad

Una
sola cosa es, por lo tanto, necesaria. Sólo una nos urge, de manera particular a los laicos: la restauración política de la Cristiandad temporal. En ella, con todos los defectos propios de las obras humanas, salvan los hombres fácilmente sus almas.

Con todo, a esta altura de la decadencia, esa restauración ha de tener por meta principal la formación doctrinal de las inteligencias. Lo propio de la inteligencia es «ordenar», y donde el orden intelectual está ausente suenan a falsete los gritos de guerra.

"Hubo un tiempo (expresa León XIII en Inmortale Dei) en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad... organizado de este modo el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza...".

¿Y qué produce, en cambio, el Estado de las apostasías?

En la fidelísima Cuba, cuarenta años de revolución han dejado la escalofriante estadística de 32% de católicos nominales. Y este es, justamente, el modelo que se nos propone desde la «teología de la liberación». He ahí el espejo grato al «socialismo cristiano», infiltrado hoy en gran parte de la Iglesia Católica.

Ahora bien, ¿cuál es la realidad en nuestras sociedades sometidas al predominio de la «economía liberal de mercado»? La respuesta es desoladora.

Aquí también ha soplado el vendaval de la Revolución, y no el soplo santificador del Espíritu Santo.

En esta sociedad de consumo masivo -donde la visita dominical al «shopping» ha suplantado a la misa dominical-, ¿cuál es la formación doctrinal que reciben nuestros pueblos?

Capitalistas en sus economías (perversamente capitalistas en sus modernas burguesías apátridas, insensibles al clamor de los pobres), han sido, no obstante, intelectualmente captados por el marxismo. Un marxismo que, renunciando a alcanzar sus utópicos y descabellados objetivos económicos, ha vestido la toga de Gramsci y, con sus métodos sutiles y capciosos de penetración, domina ahora toda la dimensión «cultural» de nuestras patrias, particularmente de sus clases consumistas y dirigentes.

Los más pobres son todavía en nuestros días (treinta años después de la ola de «cheguevarismo») víctimas propiciatorias de una minoría de intelectualoides disfrazados de capitanes.

Méjico no necesita a los «Comandantes Marcos», le alcanzan y sobran los corajudos Cristeros de Cristo Rey, en cuyas carnes mordió con fiereza el «terrorismo de Estado», herencia, la más espantosa, de la Revolución francesa, aplicado por primera vez contra los humildes campesinos católicos de La Vendée, que por millares pagaron con su sangre «el ser católicos».

En nuestro suelo es el mismo Juan Pablo II quien nos propone como primer beato «argentino» a un mártir de la Cruzada española (Héctor Valdivieso Sáez); paradoja apostólica que nuestras clases dirigentes -huérfanas del «sense of humour» divino y acartonadas en su solemnidad sarmientina- han sido incapaces de percibir y saborear.

Es urgente, es imperioso, es imprescindible, que restauremos la Cristiandad. Desde lo doctrinal, desde lo político, desde lo jurídico, desde lo moral, desde lo económico, desde lo cultural.

Restaurar la Cristiandad es principiar por enseñar el catecismo. Así se construyó la Cristiandad europea durante la Edad oscura (Belloc). Así la edificó España en América. Sólo así lograremos reconquistarla.

Los padres en sus hogares, los maestros en sus aulas, los comunicadores sociales en sus medios gráficos, radiofónicos y televisivos, los sacerdotes en sus homilías, los médicos en sus hospitales, los jueces en sus sentencias, los políticos en sus magistraturas, los legisladores en sus leyes, los militares en sus funciones, los catequistas en sus clases, los escritores en sus libros, los artistas en sus expresiones de arte, todos sin excepción, han de enseñar la «santa doctrina». La de siempre. Aquella que se contiene en el brevísimo «Astete» que construyó y consolidó el Reyno de Indias.

También lo han de predicar los tradicionalistas, mas en las trincheras donde se libran los combates de verdad y no en la curialesca refutación a los maniqueos de cartón.

(Curiosamente, la Junta porteña de 1810 imponía a los niños y jóvenes la enseñanza del catecismo con la obra «Tratado de las obligaciones del hombre», no de los «derechos humanos». Como lo advertía San Antonio María Claret en el siglo pasado: "El mundo está saturado de sociología y falto de catecismo").

Es una obra de justicia, pero también de misericordia: "Enseñar al que no sabe". Y el hombre de nuestros centros bursátiles, de nuestros parlamentos deliberativos, de nuestros mercados globalizados, de nuestros medios informáticos, de nuestras «discoteques» y hoteles de lujo, de nuestras instituciones profanas y vacías no sabe que:

"La ciencia más acabada
es que el hombre en gracia acabe,
pues al fin de la jornada,
aquél que se salva, sabe,
y el que no, no sabe nada".

Nosotros bien podemos gritar también a los poderes públicos: "¡Déjennos hacer la experiencia de la Cristiandad!".

Esa Cristiandad que se expresa en el Santuario neogótico de Luján, erigido como voto de protesta nacional contra la legislación antirreligiosa de la generación de 1880. Allí, en las vidrieras de una de sus naves laterales encuéntranse, proclamando la factibilidad de la magna empresa, las imágenes de los emperadores Constantino y Carlomagno, principales forjadores de una Europa cristiana.

(Delicada presencia, por lo demás, de la Francia católica y legitimista en nuestras pampas americanas, intencionalmente querida por el ejecutor de aquella Obra imponente: el Padre Salvaire).

 

 

La encarnación de la corona

Ahora
bien, la monarquía tradiciónal es la «representación física de la tradición» es la forma natural de la sociedad hispanoamericana, entendiendo por forma la insuperable definición que nos dejara Leonardo Castellani: "La estructura esencial de cada cosa".

Esa representación física se opone a todo el aparataje abstracto, normativista y subjetivo de las ideologías utópicas de la Revolución, cualquiera sea su signo ideológico.

Es una suerte de encarnación de lo político que sostiene y modela a toda la organización social del mismo modo analógico en que la Encarnación del Verbo alcanza y santifica el orden completo de las cosas creadas.

La primacía de la contemplación

Aquella
«amathía» señalada por Platón, esa «indocilidad» congénita de la Revolución ante el orden misterioso del ser, ese «no querer ver» y, consiguientemente, ese «no querer someterse» ante la divina Presencia, que el orden natural y la Revelación nos manifiestan, constituye la característica ceguera y obstinación del hombre contemporáneo.

No se superará, ciertamente, con el retorno al conceptualismo escolástico de los s. XVII y XVIII, antecedente universitario del racionalismo posterior.

No. La filosofía cristiana debe retornar a la contemplación fecunda y gozosa que jamás debió abandonar, la que brota del «corazón» pascaliano, aquella «thélesis» helénica, iluminada por Santo Tomás de Aquino (ajeno al amargo sabor de las fórmulas secas) y que su genio metafísico sintetizara en la expresión: "Voluntas ut intellectus".

Este es el bravo desafío para nuestros jóvenes discípulos: no más la repetición monocorde y automática de conceptos ajenos, sino la búsqueda constante y luminosa de la verdad, del bien, de la belleza, que conlleva a la «theoría» o visión rutilante del Creador y de sus creaturas.

En estas horas de tinieblas digamos también nosotros con la voz de la Iglesia (Vísperas de los miércoles): "Expelle noctem cordium" (arroja la noche de nuestros corazones) y, con el Himno de Pentecostés: "Infunde amorem cordibus" (infunde en ellos el fuego sagrado de tu amor), porque únicamente donde sopla el Espíritu de Dios, alienta allí la verdadera libertad: "Ubi Spiritus Domini, ibi libertas" (Lec. VI, II Dom. de Adviento).

Abandonemos, entonces (en la certera fórmula del cardenal Newman) "La prisión de nuestros propios razonamientos" y, solidarios entre sí, seamos los testigos animosos del ser, aplicándonos el consejo patrístico: "En lo necesario unidad, en lo opinable libertad, en todo la caridad" (In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas).

Este es el modo natural y sobrenatural de proponer y explicar el tradicionalismo a los oídos americanos: porque aquella monarquía legítima, que es la síntesis de nuestra verdad, de nuestro bien y de nuestra belleza específicos (la cosmovisión americana que nos propusiera el gran maestro Nimio de Anquín, o bien Carlos Alberto Disandro, príncipe de humanistas, y también, recientemente, el profesor Caturelli), porque esa institución raigal (que no es adorno sino sustancia) estuvo en nuestro pasado común, configurándolo y constituyéndonos en el ser, y deberá estar en nuestro futuro, si hemos de conservar, en la era de las globalizaciones, nuestra propia identidad, sin caer en los alienantes espejismos de las imitaciones.

Seamos hoy, entonces, lo que fuimos. Aseguremos de este modo, nuestro futuro singular.

Nos hemos dejado seducir por las ideologías. También en nuestras filas ha penetrado el enemigo dialéctico. A diferencia del exquisito poema de Kavafis «los bárbaros han llegado» y se han instalado en el interior de la Ciudad.

Con mi voz se alza esta noche la voz de la tradición que no muere.

Esta trágica centuria que ya fenece ha contemplado: dos guerras de exterminio a escala mundial, el furor antirreligioso más diabólico en Méjico y en España (décadas de 1920 y 1930), la persecución sistemática en las naciones del ahora disuelto bloque soviético, los campos de concentración, los bombardeos atómicos, las guerras subversivas, el terrorismo político, las masacres colectivas, la flamante agresión informática, la marginación de poblaciones enteras, el genocidio legal del aborto, la promoción mediática de las más inconcebibles perversiones morales, el monopolio planetario de la información y, por ende, la uniformización de las conciencias.

Ninguna de las causas filosóficas y teológicas que desencadenaron estos siniestros ha sido removida; antes bien, son objeto, ya no de loa, sino de idolátrico culto. Una vez más se cumple aquella sentencia mellana: "Levantaron monumentos a las premisas y cadalsos a las consecuencias".

Conclusión: la resurrección de las Españas

El siglo XXI adviene en medio de los más sombríos pronósticos. La euforia filantrópica que lo acompaña es la prueba cabal y contundente de nuestro humano pesimismo.

De semejante modo comenzó, cronológicamente -embriagado en las bacanales delirantes del progreso indefinido-, el que ahora concluye; hasta que la debacle del 14´ colocó en el centro de la catástrofe a los, hasta entonces, despreciados profetas del dolor: Donoso Cortés, Kierkergaard y León Bloy.

También ahora, quizás, aparezcamos como una voz disonante en el concierto de «las visiones falsas y seductoras» (2,14), a que alude Jeremías en sus Lamentaciones.

Nuestro mensaje, sin embargo, nace desde la Esperanza sobrenatural y se apoya en el triunfo definitivo de la Cruz: "Per crucem ad lucem".

En el único que es, que era y que ya viene. "Mirad que vengo pronto" (Apoc. 22,21).

En este orden, que es el orden vital, el siglo XXI nos pertenece.

La tradición no es, por lo tanto, una ensoñación, no es una ilusión óptica, ni un fantasma nostálgico que surge del olvido.

Tampoco es -como me propuse mostrar- una cuestión exclusivamente «española».

Entendemos nuestro tradicionalismo como un planteo pendiente de nuestra común historia íberoamericana. El nuestro es un tradicionalismo americanista, ajeno por completo a los viejos debates y cuyos derroteros contingentes son solamente conocidos por Dios.

Mas, la tradición no es un lujo, un no sé qué de esteticismo decadente o de romántica mirada detenida en el ayer.

La tradición es un constitutivo esencial de nuestra naturaleza humana y si de ella nos despojáramos -según la bravía expresión de Vázquez de Mella- restaría únicamente un ser mutilado, privado y desnudo de toda su propia, específica e insustituible identidad existencial.

De modo tal que no miramos a la historia por nostalgia, sino por necesidad.

Los "Mil cachorros sueltos del león español", que Rubén Darío cantaba en su "Oda a Roosvelt", en la medida en que juntos vuelvan a ser «el león español», enfrentarán seguros el milenio que viene.

Unidos en Cristo o dominados.

En cinco siglos sólo la Corona institucional, encarnada en el Rey, ha sido en América el eje común de la unidad.

Sepamos ver en esto el servicio insustituible que la historia, «magistra vitae» (maestra de la vida), nos ofrece.

Las ideologías empecinadas en falsificarla nos han arrebatado nuestra antigua condición de hijos legítimos, "Y si hijos, también herederos", parafraseando el lenguaje paulino.

"Somos una nación mistificada", repetía siempre nuestro Leonardo Castellani. He aquí el origen de todos nuestros males.

Carlos Obligado describe, en su delicado poema Patria, el desarrollo de esta mistificación. Aquello que el poeta profiere de su tierra argentina, si vale para ella, es porque vale primero para toda la América hispana:

"Tal se te finge en tácita conjura,
siempre a tu Dios y a tu pasado extraña,
siempre como te urde y desfigura
diabólica y masónica patraña,
jamás sincera, entera y verdadera:
¡fundada en Cristo por misión de España!"
Dr. Ricardo Fraga.

 

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«No se descubrirá nunca nada, si se considera satisfecho de lo ya descubierto». Séneca.

 

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Textos clásicos: Carlos V sobre Lutero.

 

El rey Carlos I de España, tras dar todas las oportunidades de rectificar, en defensa de los intereses intelectuales y morales de sus súbditos y responder a los dictados de su conciencia se opone a los errores de Lutero.

 

El 18 de abril de 1521, ante el Emperador Carlos V, a la sazón de 21 años, y la Dieta del Imperio reunida en Worms fue instado Lutero a retractarse de sus doctrinas. Este se negó a admitir otra autoridad que la de las Escrituras -y su interpretación-. Cuando Carlos V le oyó rechazar toda autoridad de la Iglesia dijo: "Ya basta; si niega la autoridad de los concilios no quiero oírlo más", e hizo que lo despidiesen.

Lutero salió gesticulando como vencedor y aclamado por muchos partidarios suyos alemanes, en tanto que los mozos de espuelas de los nobles españoles gritaban por su parte "¡al fuego! ¡al fuego!"

Si los dos nuncios apostólicos, Caracciolo y Aleandro, pudieron quedar temerosamente cogitabundos oyendo las aclamaciones de los alemanes a Lutero, les consoló sin duda, la decidida actitud católica del joven Carlos, el cual, preocupado no menos que ellos de los graves peligros que amenazaban a la religión por causa de aquel fraile, aquella misma noche, después de haber cenado, se encerró en su recámara, y a solas, sin consejeros ni secretarios, redactó en lengua francesa una protestación de fe que al día siguiente quería leer en público.

Amaneció el día 19 de abril, viernes, y en seguida los dos nuncios se dirigieron a palacio. Pronto se reunieron los electores y demás príncipes, e, interrogados sobre lo que convenía hacer en el negocio luterano, pidieron tiempo para consultar. Respondió el César: "Bien, yo deseo primeramente manifestaros mi parecer" Y sacó fuera una hoja escrita de su propia mano en francés y otra con la traducción alemana que fue leida a los electores y príncipes estando presente el de Sajonia, con lo que muchos se quedaron más pálidos que si fueran muertos.

Daremos el texto de la traducción castellana, tal como la trae fielmente el cronista Fr. Prudencio de Sandoval. Así habló Carlos V:

 

"Vosotros sabéis que yo desciendo de los emperadores cristianísimos de la noble nación de Alemania, y de los Reyes Católicos de España, y de los archiduques de Austria y duques de Borgoña. Los cuales fueron hasta la muerte hijos fieles de la santa Iglesia romana y han sido todos ellos defensores de la fe católica y sacros cánones, decretos y ordenamientos y loables costumbres para la honra de Dios y aumento de la fe católica y salud de las almas.

"Después de la muerte, por derecho natural y hereditario, nos han dejado las dichas santas observancias católicas, para vivir y morir en ellas a su ejemplo. Las cuales como verdadero imitador de los dichos de nuestros predecesores, habemos, por la gracia de Dios, guardado hasta agora. Y a esta causa, yo estoy determinado de las guardar, según que mis predecesores y yo las habemos guardado hasta este tiempo; especialmente lo que ha sido ordenado por los dichos mis predecesores ansí en el concilio de Constancia como en otros. Las cuales son ciertas, y gran vergüenza y afrenta nuestra que un solo fraile contra Dios, errado en su opinión, contra toda la cristiandad, así del tiempo pasado, de mil años ha y más, como del presente, nos quiera pervertir y hacer conocer según su opinión que toda la dicha cristiandad sería y habría estado, todas horas en error.

"Por lo cual, yo estoy determinado de emplear mis reinos y señorios, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma; porque sería gran vergüenza a mi y a vosotros, que sois la noble y muy nombrada nación de la Alemaña, y que somos, por privilegio y preeminencia singular, instituidos defensores y protectores de la fe católica, que en nuestros tiempos no solamente herejía, más ni suspición de ella, ni diminución de la religión cristiana, por nuestra negligencia en nosotros se sintiese, y que después de nos quedase en los corazones de los hombres, para nuestra perpétua deshonra y daño y de nuestros sucesores.

Ya oísteis la respuesta pertinaz que Lutero dió ayer en presencia de todos vosotros. Yo os digo que me arrepiento de haber tanto dilatado de proceder contra el dicho Lutero y su falsa doctrina. Estoy deliberado de no le oir hablar más, y entiendo juntamente dar forma en mandar que sea tornado, guardando el tenor de su salvoconducto, sin le preguntar ni amonestar más de su malvada doctrina y sin procurar que algún mudamiento se haga de como suso es dicho, e soy deliberado de me conducir y procurar contra él como contra notorio hereje. Y requiero que vosotros os declaréis en este hecho como buenos cristianos y que sois tenidos de lo hacer, como me lo habéis prometido.

Hecho en Worms, a 19 de abril de 1521. De mi mano. - Yo el rey."

 

Tomado de Ricardo García-Villoslada, MARTIN LUTERO - Tomo I. El fraile hambriento de Dios, Capítulo XVII, Páginas 567/570 (Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, Serie Maior, 1973).

ARBIL V.MMII

 

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EL 8 DE MAYO DEL 1521 – LA DIETA DE WORMS CONDENA LAS PREDICACIONES Y ESCRITOS DE LUTERO.

 

Era el siglo XVI, siglo de hierro en el que Europa asiste a cambios decisivos. La reforma religiosa protestante con su «también» despiadada inquisición, desemboca en la tragedia de las guerras de religión; el descubrimiento de América, el «estado moderno» que prosigue su difícil obra de construcción, al tiempo que el saber y la imagen del mundo dominantes durante siglos entran en una crisis irreversible de la que surgirá el pensamiento de la modernidad, con sus bienes y sus males.

 

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 La primera expedición al Polo Sud – un historiador noruego ha encontrado en Australia la única fotografía conocida de la expedición que llegó por vez primera al Polo sud. Harald Ostgaard Lund descubrió la imagen después de haber analizado durante meses más de 700.000 fotografías que componen la gallería digital custodiada en los archivos de la Biblioteca Nacional australiana. La fotografía muestra al explorador Roald Amundsen con otros tres miembros de la expedición, que miran la bandera noruega, izada sobre la tienda de campo instalada por los mismos. Amundsen llegó al Polo Sud el 14 de diciembre de 1911, precediendo al aventurero británico Sir Robert Falcon Scott. A la guía de la expedición Terra Nova (financiada por mitad del mismo gobierno británico), Scott llegó al Polo Sud el 17 de enero de 1912, pero encontrando la bandera dejada por Amundsen, comprendió de haber sido precedido. (Epa. 2009.X.07).

 

De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

ESPAÑA 1521 - EL 20 DE AGOSTO DE 1521 GUERRA DE LAS GERMANÍAS: LAS TROPAS DEL EMPERADOR CARLOS I DERROTAN A LOS SUBLEVADOS EN ORIHUELA (ALICANTE).

 

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ESPAÑA   1522 SEP. 06 -   TRAS DAR LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO EN BARCO, LLEGAN A SANLÚCAR DE BARRAMEDA «CÁDIZ» JUAN SEBASTIÁN ELCANO Y 16 HOMBRES MÁS, ÚNICOS SUPERVIVIENTES DE LA EXPEDICIÓN DE MAGALLANES.

 

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11 de Marzo de 1526 - Carlos I de España contrae matrimonio en Sevilla con Isabel de Portugal.

 

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ESPAÑA 1526 – LAS CAROLINAS -   EN AGOSTO DE 1526 TORIBIO ALONSO DE SALAZAR DESCUBRE EN EL PACÍFICO LAS ISLAS CAROLINAS, ASÍ LLAMADAS EN HONOR DE CARLOS I DE ESPAÑA.

 

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ESPAÑA, EL 10 DE JUNIO DE 1539. - EL CONQUISTADOR ESPAÑOL HERNANDO DE SOTO, AL FRENTE DE 600 HOMBRES, DESEMBARCA EN LA BAHÍA DEL ESPÍRITU SANTO – HOY TAMPA, EN FLORIDA. EE. UU. DE AMÉRICA.

 

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2 de Marzo de 1542 – CATARATAS DEL Iguazú

 

El jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca descubre en el Nuevo Mundo las cataratas del Iguazú.

 

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ESPAÑA. 1544 - AMAZONAS - SALE DE SANLÚCAR DE BARRAMEDA LA EXPEDICIÓN DE FRANCISCO DE ORELLANA, LA PRIMERA QUE EXPLORÓ EL AMAZONAS.

 

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30 de Marzo de 1544

 

El padre Bartolomé de las Casas es consagrado en Sevilla obispo de la diócesis mexicana de Chiapas. Fue en la Iglesia de San Pablo, aún hoy hermosa iglesia en el corazón sevillano. España. MMII.

 

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Francisco de Vitoria, lo que separa

y lo que une a los hombres: 1539

 

La alegoría de la guerra y la esperanza de la paz. Las pinturas representan la victoria del hombre sobre los males del mundo. Lo que separa a los hombres es la guerra, el odio, la crueldad, la venganza, la injusticia, la esclavitud. Lo que los une es la paz, la liberación de la esclavitud, el espíritu de igualdad y de concordia.

 

Código de verdades fundamentales, principios jurídicos y conclusiones morales, la conferencia de Francisco de Vitoria sobre el derecho de guerra, pronunciada en la Universidad de Salamanca el 19 de junio de 1539, es el documento más representativo de su doctrina de paz, por su perfección técnica, por su influencia histórica y por su proceso de reflexión académica sobre la política del emperador Carlos V. Su teoría de la guerra justa se integra en este código moral de paz:

 

- El concepto de paz dinámica: la paz es el fin natural de la Humanidad. Todos los hombres y todos los pueblos tienen derecho a vivir en paz. Es un fin en sí mismo, tiene un valor absoluto. Pero Vitoria no reducía la paz a simple ausencia de guerra, a pura combinación de intereses nacionales, o a frágil equilibrio de alianzas diplomáticas y militares. De acuerdo con el concepto agustiniano define la paz por la tranquilidad en el orden de la justicia y la libertad, pero en cuanto posibles. Las condiciones de paz pueden ser distintas, según sean distintas sus condiciones históricas.

 

- La paz esencialmente es dinámica. Y su dinamismo exige la revisión constante de opciones y actitudes; es el resultado de la justicia y de la equidad, de la moderación y de la prudencia política. Hay que saber ceder de sus propios derechos en bien de la paz, «porque muchas leyes justas en sí mismas no son convenientes en razón del bien común», no sólo del Estado sino también de la Comunidad internacional. Las leyes de la Comunitas Orbis son universales y obligan por igual a todos sus miembros con independencia de su poder, religión o cultura.


- La guerra, en cambio, no es un fin en sí misma; es justa en cuanto puede ser un medio necesario de paz; su legitimidad y validez moral deriva de la necesidad, a veces, de recurrir a las armas para defender o restablecer la justicia internacional. La guerra por naturaleza es una institución histórica sometida a las normas generales del derecho natural y de gentes. Y, en virtud de este derecho, la competencia legítima para hacer la guerra corresponde, en última instancia, a la autoridad del Orbe. Por voluntad o común acuerdo de las naciones, Vitoria preveía la posibilidad de llegar a la derogación de la guerra como medio legítimo en la solución de conflictos.
- La causa de la guerra justa trasciende los intereses privativos del monarca y aun del propio Estado, ya que dice relación al bien común de la comunidad política, y por solidaridad natural al bien común de la Comunidad del Orbe, de la que el Estado forma parte. Vitoria había excluido ya como causas de guerra la diversidad de religión, la expansión territorial del imperio y la gloria o el interés personal del Príncipe. La injuria, recibida, realizada y consumada, dice Vitoria, es la única causa justa de guerra. Se hace la guerra para castigar el crimen del agresor actualmente culpable. Es inicua, por tanto, la guerra preventiva contra un agresor meramente posible.


- Por razones de paz y por el bien común de la Humanidad reconoce, sin embargo, la legitimidad de la guerra en defensa de la patria, para el castigo de los criminales y para venganza y satisfacción de la injuria recibida. Los príncipes o Jefes de Estado tienen el deber de garantizar la paz y seguridad de sus pueblos. Vitoria reconoce a todo pueblo el derecho a su propia existencia y a vivir en paz; el derecho a defender su propio territorio y a la seguridad de fronteras. Sin embargo, «si para recuperar un territorio han de seguirse mayores males para el bien común, es indudable que el gobernante está obligado a ceder de sus derechos y aun abstenerse de recurrir a la guerra».
- En virtud de la solidaridad universal, un Estado tiene derecho a intervenir en defensa de los aliados, víctimas de la agresión injusta, cuando expresamente ellos lo pidan. En el caso, sin embargo, de que sean lesionados derechos fundamentales de las personas, lícitamente cualquier Estado puede intervenir, aun contra la voluntad de los oprimidos. Pero sólo para defenderlos y protegerlos hasta su liberación y seguridad futura.


- «Supuesto que los príncipes son quienes tienen autoridad para hacer la guerra, el primero de sus deberes consiste en no andar buscando ocasiones y pretextos para la guerra, sino desear, en cuanto puedan, vivir en paz con todos los pueblos. Porque es de extremo salvajismo buscar motivos, y alegrarse de que existan, para matar y destruir a los hombres que Dios creó y por los que murió Cristo. Por fuerza y contra su voluntad los príncipes deben sentirse obligados a acudir a la guerra».


- Vitoria reconoce la moralidad de la guerra, a condición de que la gravedad del crimen sea proporcional a la gravedad de los males que necesariamente desencadena la guerra; cuando la guerra sea un medio indispensable contra la agresión, se hayan agotado previamente los caminos posibles de solución pacífica; se utilice únicamente para garantizar la paz y la seguridad; y exista esperanza razonable de victoria, capaz de restablecer y garantizar una paz justa. No basta la justicia de la causa; es necesario también la utilidad del sacrificio.


- Los gobernantes o Jefes de Estado que se creen víctimas de la agresión están obligados a examinar diligentemente los motivos que les inducen a tomar las armas, a escuchar los argumentos y razones del adversario, y, si ellos lo piden, están obligados a celebrar congresos y conferencias para discutir cara a cara el litigio en cuestión. No basta que la guerra pueda ser legítimamente declarada por la autoridad competente del Estado agredido, no basta que esa guerra sea un medio necesario, en cuanto que no hay otro remedio para contener la agresión. No se crea que una vez estallada la guerra, ya por lo mismo todo es lícito entre los beligerantes. La potencia de las armas no legitima cualquier uso para fines políticos y militares.


- «Declarada ya por causas justas la guerra, es preciso emprenderla no para exterminio del pueblo contra el que se lucha, sino para la recuperación del propio derecho y para defensa de la patria, de suerte que de esa guerra el resultado final sea la paz y la seguridad». Nadie puede ser excusado de violar las normas del Derecho natural por cualquier razón que sea. Las autoridades subalternas y hasta los simples soldados tienen el deber se negarse a colaborar en una guerra claramente injusta.


- «Terminada la guerra se debe usar de la victoria con moderación y prudencia cristiana». Es superinicuo que pague el pueblo los delirios de sus gobernantes.
Agradecemos al autor - Luciano Pereña. VII. MMII.   ALFA Y OMEGA – Esp.

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

1547 - NACE EN ALCALÁ DE HENARES-MADRID, MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA, EL MÁS GRANDE LOS ESCRITORES ESPAÑOLES Y UNO DE LOS GENIOS LITERARIOS DE LA HUMANIDAD, AUTOR DE “DON QUIJOTE”.

CONSIDERADA POR LA REAL ACADEMIA DE LOS PREMIOS NÓBELES DE SUECIA COMO:  LA MEJOR PIEZA LITERARIA NUNCA ESCRITA. (SEGÚN COMUNICADO DEL VIII DE MAYO EN EL MMII).

 

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1547. 29. 09? Cervantes, bautizo…

 

MIGUEL DE CERVANTES ES BAUTIZADO EN ALCALÁ DE HENARES. ALGUNOS INVESTIGADORES APUNTAN COMO FECHA DE SU NACIMIENTO EL 29.9.

 

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Miguel de Cervantes Saavedra 1547 616

 
Dramaturgo, poeta y novelista español, autor de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, considerada como la primera novela moderna de la literatura universal. Miguel de Cervantes Saavedra tuvo una vida azarosa de la que poco se sabe con seguridad. Nació en Alcalá de Henares (Madrid), probablemente el 29 de septiembre de 1547. Pasó su adolescencia en varias ciudades españolas (Madrid, Sevilla) y con poco más de veinte años se fue a Roma al servicio del cardenal Acquaviva. Recorrió Italia, se enroló en la Armada española y en 1571 participó con heroísmo en la batalla de Lepanto, donde comienza el declive del poderío turco en el Mediterráneo. Allí Cervantes resultó herido y perdió el movimiento del brazo izquierdo, por lo que fue llamado el Manco de Lepanto. En 1575, cuando regresaba a España, los corsarios le apresaron y llevaron a Argel, donde sufrió cinco años de cautiverio (1575-1580).

Liberado por los frailes trinitarios, a su regreso a Madrid encontró a su familia en la ruina. Se casa en Esquivias (Toledo) con Catalina de Salazar y Palacios. Arruinada también su carrera militar, intenta sobresalir en las letras. Publica La Galatea (1585) y lucha, sin éxito, por destacar en el teatro. Sin medios para vivir, marcha a Sevilla como comisario de abastos para la Armada Invencible y recaudador de impuestos. Allí acaba en la cárcel por irregularidades en sus cuentas. Después se traslada a Valladolid. En 1605 publica la primera parte del Quijote. El éxito dura poco. De nuevo es encarcelado a causa de la muerte de un hombre delante de su casa. En 1606 regresa con la Corte a Madrid. Vive con apuros económicos y se entrega a la creación literaria. En sus últimos años publica las Novelas ejemplares (1613), el Viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses (1615) y la segunda parte del Quijote (1615). El triunfo literario no lo libró de sus penurias económicas. Dedicó sus últimos meses de vida a Los trabajos de Persiles y Segismunda (de publicación póstuma, en 1617). Murió en Madrid el 22 de abril de 1616 y fue enterrado al día siguiente.

Su obra: poesía y teatro

Cervantes centró sus primeros afanes literarios en la poesía y el teatro, géneros que nunca abandonaría. Su obra poética abarca sonetos, canciones, églogas, romances, letrillas y otros poemas menores dispersos o incluidos en sus comedias y en sus novelas. También escribió dos poemas mayores: Canto de Calíope (incluido en La Galatea) y Viaje del Parnaso (1614). La valoración de su poesía se ha visto perjudicada por su publicación dispersa en otras obras, por la celebridad alcanzada por el autor en la novela e incluso por su propia confesión en este famoso terceto del Viaje del Parnaso:

 

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

 

Aunque en otras ocasiones se enorgullece de sus versos, en su tiempo no logró ser aceptado como poeta.

Tampoco tuvo mejor suerte en el teatro, por el que se sintió atraído desde joven. Al regreso del cautiverio llegó a estrenar con éxito varias comedias. Pero tampoco sus contemporáneos lo aceptaron como dramaturgo. Cervantes, con una concepción clásica del teatro, tuvo que soportar el triunfo arrollador de Lope de Vega en la renovación de la escena española con su Arte nuevo de hacer comedias. De la primera época (1580-1587), anterior al triunfo de Lope de Vega, se conservan dos tragedias: El trato de Argel y La destrucción de Numancia. A la segunda época pertenecen las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados (1615). Las comedias son El gallardo español, La casa de los celos y selvas de Ardenia, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran Sultana doña Catalina de Oviedo, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas. Y éstos son los entremeses: El juez de los divorcios, El rufián viudo, La elección de los alcaldes de Daganzo, La guarda cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso.

Prosa: La Galatea

En la prosa narrativa Cervantes empezó escribiendo una novela pastoril que fue su primer libro publicado, con el título de Primera parte de La Galatea (1585). Como en otras novelas de su género, los personajes son pastores convencionales que cuentan sus penas amorosas y expresan sus sentimientos en una naturaleza idealizada. La Galatea se compone de seis libros en los cuales se desarrollan una historia principal y cuatro secundarias. La principal refiere los amores de los pastores Elicio y Galatea, a la cual su padre quiere casar con el rico Erastro. Y las secundarias añaden otros tantos episodios amorosos protagonizados también por pastores. Lo más importante reside en que ya en esta primera novela Cervantes aparece como un escritor renovador. Acepta las convenciones del género pastoril, pero a veces rompe el patrón idílico en las relaciones entre los pastores y en la geografía —convencional y real a un tiempo— del río Tajo. Lo más innovador es la integración de cuatro historias secundarias que acaban confluyendo en la acción principal y dejando abierta la posibilidad de una continuación. Esta segunda parte prometida fue a menudo recordada por Cervantes, hasta en la dedicatoria del Persiles, pero no se publicó nunca.

 

Novelas ejemplares

Entre 1590 y 1612 Cervantes fue escribiendo una serie de novelas cortas que, después del reconocimiento obtenido con la primera parte del Quijote en 1605, acabaría reuniendo en 1613 en la colección de Novelas ejemplares. Teniendo en cuenta las dos versiones conservadas de Rinconete y Cortadillo y de El celoso extremeño, se cree que Cervantes introdujo en ellas algunas variaciones encaminadas a la ejemplaridad social, moral y estética de estas novelas o narraciones cortas, y después las ordenó de acuerdo con un criterio artístico que obedece a la visión orgánica del conjunto. En el prólogo Cervantes proclama su novedad: "Yo soy —dice— el primero que he novelado en lengua castellana". En efecto, así fue, pues en la literatura española no había entonces tradición de novela corta; las que circulaban eran adaptaciones o traducciones de los novellieri italianos. Cervantes españolizó el género, lo ennobleció y creó la novela corta en la literatura castellana.

La colección se abre con La gitanilla, fantasía poética creada en torno a la figura de Preciosa y la relación entre la gitanilla y un joven capaz de renunciar a su alcurnia por amor. En contraste con tan embellecido marco sigue El amante liberal, novela bizantina de amor y aventuras, con las adversidades que Ricardo y Leonisa han de superar antes de su matrimonio. Después del idealismo, el amor y la aventura de estas dos primeras novelas se cae en los bajos fondos del hampa sevillano con Rinconete y Cortadillo, en cuyas páginas sobresalen la mejor ironía y humor cervantinos. Su crítica social, que constituye una denuncia de la degradación moral de la España del siglo XVI, culmina en el insuperable cuadro realista de la cofradía de Monipodio, que negocia todo el crimen de Sevilla. El contraste entre Rinconete y Cortadillo y las dos primeras novelas se prolonga hacia la cuarta, La española inglesa, en la cual, sobre un fondo de guerras de religión entre España e Inglaterra, se desarrollan las pruebas que han de superar Ricaredo e Isabela antes de su unión matrimonial.


Tras tantas aventuras y dichas amorosas, vuelve la crítica de la sociedad con la narración de un intelectual trastornado por un hechizo amoroso en El licenciado Vidriera, cuyo protagonista cree que es de vidrio y hace gala de una extraña lucidez e ingenio. Los juegos mentales de Vidriera dejan paso a la violencia sexual y la reconciliación en La fuerza de la sangre, donde se cuenta la violación de Leocadia por un joven de la nobleza toledana y el posterior compromiso matrimonial entre ambos. Curiosamente, el ingenio y el impulso de los instintos son las fuerzas que derriban los muros levantados contra natura por el viejo Carrizales en El celoso extremeño, con el popular motivo del viejo y la niña en la casa-prisión en la que el indiano Carrizales encierra a su joven esposa. Por el contrario, la más celebrada libertad en nada merma el recato de Constanza en La ilustre fregona, entre las andanzas toledanas de Carriazo y Avendaño, prendado éste de la bella fregona de la Posada del Sevillano, hija natural del padre de Carriazo.

Amores y aventuras, disfraces y casualidades, engaños y reparaciones entre gentes de la nobleza configuran las intrigas de Las dos doncellas y La señora Cornelia. Los engaños de las doncellas Teodosia y Leocadia componen una intriga con temas pastoriles y técnicas de la novela bizantina. La señora Cornelia, localizada en ambientes estudiantiles y de la alta sociedad de Bolonia, cuenta la azarosa historia de amor de Cornelia hasta su boda con el duque de Ferrara. Y de tales ambientes nobiliarios descendemos a la vileza moral, la marginación social, la estafa y la corrupción en El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. Como otro burlador burlado, el alférez Campuzano sale de su casamiento engañado con sus mismas artimañas y enfermo de sífilis. Esta pálida sombra del desengaño barroco es buena imagen de la caída del ideal cervantino del heroico soldado de Lepanto. El interés del Coloquio se centra en tres aspectos: la corrupción social denunciada por Berganza en la narración de su vida, las cínicas disquisiciones filosóficas de ambos perros sobre las convenciones sociales y la maldad en el mundo, y la integración de teoría y práctica narrativas que constituyen la renovación formal más importante en el curso de la novela occidental. He aquí el magistral cierre de la colección de doce historias en once novelas, porque El casamiento y El coloquio forman una sola: ambas comparten el tema del engaño-desengaño, y El casamiento es el marco en el que se introduce El coloquio, que el sifilítico alférez Campuzano escribió mientras se curaba en el hospital y que es ahora un diálogo leído por su amigo el licenciado Peralta.

En este cierre de las Novelas ejemplares se representa el proceso completo de la creación literaria: el alférez Campuzano se presenta como autor del Coloquio; el perro Berganza es el narrador del mismo al contar en él su vida; su compañero Cipión actúa como interlocutor crítico que corrige y matiza al narrador, y el licenciado Peralta interviene como lector del texto escrito por Campuzano. Si a ello se añade que El coloquio de los perros pretende superar las limitaciones de la novela picaresca incluyendo la perspectiva que allí faltaba, la del destinatario, y que el delirio producido por la fiebre de Campuzano en El casamiento engañoso da verosimilitud poética a sus desvaríos acerca del diálogo racional de unos perros, se comprenderá mejor la extraordinaria lección de teoría y práctica narrativas de esta genial mentira dotada de asombrosa coherencia artística: la verosimilitud literaria depende de sus reglas poéticas, no de su confrontación con la realidad externa.

 

Don Quijote: sus orígenes

Es posible que Cervantes empezara a escribir el Quijote en alguno de sus periodos carcelarios a finales del siglo XVI. Mas casi nada se sabe con certeza. En el verano de 1604 estaba terminada la primera parte, que apareció publicada a comienzos de 1605 con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El éxito fue inmediato. En 1614 aparecía en Tarragona la continuación apócrifa escrita por alguien oculto en el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, quien acumuló en el prólogo insultos contra Cervantes. Por entonces éste llevaba muy avanzada la segunda parte de su inmortal novela. La terminó muy pronto, acuciado por el robo literario y por las injurias recibidas. Por ello, a partir del capítulo 59, no perdió ocasión de ridiculizar al falso Quijote y de asegurar la autenticidad de los verdaderos don Quijote y Sancho. Esta segunda parte apareció en 1615 con el título de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. En 1617 las dos partes se publicaron juntas en Barcelona. Y desde entonces el Quijote se convirtió en uno de los libros más editados del mundo y, con el tiempo, traducido a todas las lenguas con tradición literaria.

Algunos cervantistas han defendido la tesis de que Cervantes se propuso inicialmente escribir una novela corta del tipo de las "ejemplares". Esta idea se basa en la unidad de los seis primeros capítulos, en los que se lleva a cabo la primera salida de don Quijote, su regreso a casa descalabrado y el escrutinio de su biblioteca por el cura y el barbero. Otra razón es la estrecha relación sintáctica entre el comienzo de cada capítulo y el final del anterior. Y también apoya esta tesis la semejanza entre los seis primeros capítulos y el anónimo Entremés de los romances, donde el labrador Bartolo, enloquecido por la lectura de romances, abandona su casa para imitar a los héroes del romancero, defiende a una pastora y resulta apaleado por el zagal que la pretendía, y cuando es hallado por su familia imagina que lo socorre el marqués de Mantua. Pero la tesis de la novelita ejemplar es rechazada por otros estudiosos que consideran que Cervantes concibió desde el principio una novela extensa. Éstos argumentan que la unidad de la primera salida de don Quijote —sin Sancho Panza, para que no pueda presenciar la grotesca ceremonia en que su amo es armado caballero— adelanta la composición circular que se repite, ampliada, en las otras dos salidas; la semejanza con el Entremés de los romances puede ser una manifestación más de la presencia constante del romancero en el Quijote, y las relaciones sintácticas entre final y comienzo de capítulo no son exclusivas de la primera salida.

 

Propósitos de Cervantes con el Quijote

Lo que sí resulta seguro es que Cervantes escribió un libro divertido, rebosante de comicidad y humor, con el ideal clásico del deleitar aprovechando. Por eso quiso crear una obra para todos los lectores, según las capacidades de cada cual. Su ambición de totalidad abarca desde el lector más inocente hasta el más profundo, de modo que todo cuanto preocupa al ser humano parece incluido en sus páginas.

Cervantes afirmó varias veces que su primera intención era mostrar a los lectores de la época los disparates de las novelas de caballerías. En efecto, el Quijote ofrece una parodia de las disparatadas invenciones de tales obras. Pero significa mucho más que una invectiva contra los libros de caballerías. Por la riqueza y complejidad de su contenido y de su estructura y técnica narrativa, la más grande novela de todos los tiempos admite muchos niveles de lectura, e interpretaciones tan diversas como considerarla una obra de humor, una burla del idealismo humano, una destilación de amarga ironía, un canto a la libertad o muchas más. También constituye una asombrosa lección de teoría y práctica literarias. Porque, con frecuencia, se discute sobre libros existentes y acerca de cómo escribir otros futuros, ya desde la primera parte: escrutinio de la biblioteca de don Quijote, lectura de El curioso impertinente en la venta de Juan Palomeque y disputa sobre libros de caballerías y de historia, revisión crítica de la novela y el teatro de la época en la conversación entre el cura y el canónigo toledano. En la segunda parte de la novela algunos personajes han leído ya la primera y hacen la crítica de la misma. La primera parte será así el punto de referencia de las discusiones sobre teoría literaria incluidas en la segunda. Teoría y ficción se integran con perfecta armonía en el coloquio entre Sansón Carrasco, don Quijote y Sancho, en episodios como la cueva de Montesinos y el retablo de Maese Pedro; y la teoría se ilustra con la práctica en las narraciones interpoladas en el relato principal, las cuales constituyen otras tantas formas de novelar representativas de los géneros narrativos anteriores a Cervantes.

Entre otras aportaciones más, el Quijote ofrece asimismo un panorama de la sociedad española en su transición de los siglos XVI al XVII, con personajes de todas las clases sociales, representación de las más variadas profesiones y oficios, muestras de costumbres y creencias populares. Sus dos personajes centrales, don Quijote y Sancho, constituyen una síntesis poética del ser humano. Sancho representa el apego a los valores materiales, mientras que don Quijote ejemplifica la entrega a la defensa de un ideal libremente asumido. Mas no son dos figuras contrarias, sino complementarias, que muestran la complejidad de la persona, materialista e idealista a la vez.

 

Personalidad de Don Quijote

Muchos episodios del Quijote ejemplifican otros tantos casos de amor. El de don Quijote representa una concepción del amor caballeresco sustentada en la tradición del amor cortés. Por eso, antes de cada aventura, don Quijote invoca siempre a su amada Dulcinea y pide su amparo, porque ella es su señora y por ella se fortalecen las virtudes del caballero. En este sentido, Dulcinea del Toboso es uno de los ideales más sublimes de cuantos ha creado la mente humana.

Don Quijote es también un modelo de aspiración a un ideal ético y estético de vida. Se hace caballero andante para defender la justicia en el mundo y desde el principio aspira a ser personaje literario. En suma, quiere hacer el bien y vivir la vida como una obra de arte. Se propone acometer "todo aquello que pueda hacer perfecto y famoso a un andante caballero". Por eso imita los modelos, entre los cuales el primero es Amadís de Gaula, a quien don Quijote emula en la penitencia de Sierra Morena. Como en la segunda parte don Quijote ya es personaje literario —protagonista de la primera—, en su tercera salida busca sobre todo el reconocimiento. Y lo encuentra en quienes han leído la primera parte: Sansón Carrasco, los duques... Ni siquiera cuando es vencido por el Caballero de la Blanca Luna y tiene que abandonar la caballería andante renuncia a su concepción de la vida como obra de arte: piensa en hacerse pastor, con lo cual el mito renacentista de la Arcadia pastoril sustituye al mito medieval de la caballería andante. De todo ello se desprende que el Quijote es una magna síntesis de vida y literatura, de vida vivida y vida soñada, como explica E. C. Riley; una genial integración de realismo y fantasía y una insuperable manifestación de las dificultades de novelar las complejas relaciones humanas desde múltiples perspectivas abarcadoras de la realidad siempre escurridiza. Todo lo humano es relativo. Ésta es la base de la generosa comprensión cervantina, que evita los dogmatismos y huye de simplificaciones. He aquí la genialidad del neologismo baciyelmo, creado por Sancho Panza para zanjar la disputa entre don Quijote, convencido de que se trata del yelmo de Mambrino, y los demás, que ven una bacía de barbero.

 

El Quijote como juego literario

Muchos componentes del Quijote obedecen a su condición de novela concebida como un juego. Su construcción se sustenta en el artificio narrativo del manuscrito encontrado. Este procedimiento es parodia del mismo recurso empleado en los libros de caballerías. Pero Cervantes va mucho más allá, adueñándose de la máxima libertad artística que un autor haya logrado jamás. Varios elementos sobresalen en tan fecundo proceso. En la ficción, el historiador moro Cide Hamete Benengeli aparece como primer autor del Quijote, un morisco toledano es su primer traductor y el mismo Cervantes aparece ficcionalizado como segundo autor, que entrega a los lectores una historia sobre la cual podrá comentar lo que quiera porque la conoce toda de antemano por la traducción del morisco. Este juego de autores, traductores, narradores y lectores produce una gran libertad creadora a la vez que siembra la ambigüedad y la duda en muchas páginas, por ejemplo en el relato de la cueva de Montesinos. Cualquier perspectiva es posible. Siempre se podrá acusar de los engaños al moro Cide Hamete, al morisco traductor y aun al impresor, a quien, en la segunda parte, se culpa de las incoherencias cometidas en torno al robo del rucio de Sancho en la primera.

El sistema lúdico abarca también la misma locura del protagonista. La locura era un motivo frecuente en la literatura del renacimiento, como prueban las obras de Ariosto y de Erasmo de Rotterdam. Don Quijote actúa como un paranoico enloquecido por los libros de caballerías. Unos lo consideran un loco rematado, otros creen que es un "loco entreverado", con intervalos de lucidez. En general se admite que don Quijote actúa como loco en lo concerniente a la caballería andante y razona con sano juicio en lo demás. Pero los escritores españoles Arturo Serrano Plaja y Gonzalo Torrente Ballester interpretan la locura de don Quijote como un juego codificado en la ficción según unas reglas que el caballero respeta siempre. Entrega su vida a un ideal sublime y se estrella contra la realidad porque los demás no cumplen las reglas del juego. Don Quijote finge estar loco y decide jugar a caballero andante. Para ello acude a los libros de caballerías, transforma la realidad y la acomoda a su ficción caballeresca: imagina castillos donde hay ventas, ve gigantes en molinos de viento.., y cuando se produce el descalabro también lo explica según el código caballeresco: los malos encantadores le han escamoteado la realidad, envidiosos de su gloria.


Semejante juego narrativo resulta enriquecido por el perspectivismo y el relativismo, que se manifiestan en toda la novela, ya en la variedad de nombres que se atribuyen al hidalgo manchego: Quijada, Quesada, Quejana, Quijana y Alonso Quijano. Perspectivismo y relativismo aparecen también en la forma de muchos nombres comunes, como el neologismo baciyelmo, que resuelve una cuestión sin excluir ninguna perspectiva. En esto se revela la comprensión cervantina ante todo lo humano. Y la misma libertad que Cervantes reclamó para sí como creador se la concedió en idéntico grado a don Quijote, el primer personaje auténticamente libre de la literatura universal. El comienzo de la novela es bien conocido: "En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo". Con estas palabras Cervantes destaca que los hechos que va a contar no ocurrieron en tierras lejanas, como las historias de la caballería andante, sino muy cerca, en La Mancha, ni tampoco en tiempos remotos, sino ayer mismo. Se han dado muchas explicaciones a este comienzo de la novela: un octosílabo de un romance anónimo, negativa a decir el nombre del pueblo natal de don Quijote por deseo de incluir a toda La Mancha, comienzo característico de los cuentos populares, rechazo del autor al pueblo donde supuestamente estuvo preso y comenzó la novela. Sin negar estas razones Leo Spitzer y Avalle-Arce explican el comienzo del Quijote como una defensa de la libertad del creador y del personaje con repercusiones fundamentales en la evolución literaria. La literatura anterior a Cervantes se regía por unas convenciones restrictivas. En aquellos modelos tradicionales la cuna del héroe determinaba su vida futura. Amadís era hijo de reyes, nació en Gaula y estaba llamado a ser héroe. Lazarillo nació en el Tormes, era hijo de padres viles y será un antihéroe. En cambio Cervantes no especifica la cuna, ni la genealogía, ni el nombre exacto de don Quijote para que pueda caminar libre de todo determinismo, creando su propia realidad. Por eso a partir del Quijote la vida del personaje literario será más libre. Porque, como señala Carlos Fuentes, Cervantes ha puesto a dialogar a Amadís de Gaula con Lazarillo de Tormes y en el proceso ha disuelto para siempre la interpretación unívoca del mundo.

 

Los trabajos de Persiles y Segismunda

Finalmente, el Persiles fue tal vez el libro más querido de la fantasía de Cervantes, quien ya no tuvo tiempo para hacer las últimas correcciones en un texto no del todo acabado y se puso a escribir el prólogo tres días antes de morir. Viejo y cansado de tanta experiencia amarga, Cervantes lo sublima todo refugiándose en el mundo fantástico inventado por él. Acude a la novela bizantina y renueva sus técnicas con el fin de superar el género y crear una gran epopeya cristiana en prosa. De este modo, Cervantes ocupó hasta sus últimos días la vanguardia narrativa de su tiempo, acercando la novela a la poesía, a la vez que con esta idealizada novela de aventuras construye una hermosa ficción llena de modernidad y cosmopolitismo.

La novela cuenta la peregrinación de Persiles y Segismunda desde el norte de Europa hasta Roma. El viaje se enriquece con la diversidad de lugares recorridos, desde la geografía nórdica de la mítica isla Bárbara, Islandia, Noruega, Irlanda y Dinamarca, hasta las tierras ya conocidas de Portugal, España, Francia e Italia. Su complejidad aumenta con la constante aparición de nuevos personajes en el recorrido y con la interpolación de historias particulares en la peripecia de los amantes protagonistas. Y el interés y la intriga de la trama se intensifican por acumulación de arriesgadas navegaciones, naufragios, piraterías, desafíos, batallas, cautiverios, fugas, raptos, encuentros, separaciones y aventuras de toda índole.

 

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1616:Fallece Miguel de Cervantes Saavedra


23 de Abril de 2011 - 09:10:12 - Pedro García Luaces -

El 23 de abril de 1616 fallecía Miguel de Cervantes Saavedra, la cima de la literatura española. Moría el mismo día que el otro gran genio del siglo, William Shakespeare, una coincidencia engañosa, puesto que Inglaterra no había adoptado aún el calendario gregoriano, luego hubo al menos ocho días de diferencia entre una y otra muerte.

Cervantes nació en Alcalá de Henares y vivió largo tiempo en Córdoba y Sevilla antes de iniciar una vida de armas embarcándose hacia Italia. No fue el ansia de gloria y aventura lo que le llevó a Italia, sino su huida de la justicia, pues pesaba sobre él una orden de destierro y la amputación pública de su mano derecha por haber herido en un duelo a un maestro de obras, don Antonio de Sigura.

En Italia se enrola en La Marquesa con el tercio de Miguel de Moncada y acude al golfo de Lepanto a enfrentarse al turco. Cervantes tiene fiebre pero se niega a permanecer en la cama y pide un puesto en la vanguardia «para morir peleando por Dios y por su rey». Recibió tres arcabuzazos que le dejarían manco, pero aún participaría en la campaña de Túnez, con tanto valor que don Juan de Austria y el duque de Sessa le facilitaron cartas de recomendación cuando decidió licenciarse.

Rumbo a casa, cuando ya vislumbraba la costa de Barcelona, fue apresado por una galera de piratas berberiscos, que al ver sus cartas le tomaron por un personaje notable y pidieron un alto precio por su rescate, prolongándose su cautiverio por cinco años. Cuatro veces trataría de escapar el manco de Lepanto, hasta que unos frailes trinitarios pudieron negociar su liberación por 500 ducados. Ya en su patria, Cervantes inició una vida de letras que habría de darle la inmortalidad, aunque sus primeras obras, dramas teatrales, no llegaron al nivel que demandaba todo un Siglo de Oro, donde en competencia estaba nada menos que Lope de Vega.

Cervantes llevó una vida desgraciada, sin suerte en el dinero ni en el amor. Buscó desesperadamente un protector y vagó de un lado a otro en busca de una posición estable que le permitiera escribir y vivir con dignidad. Murió en la pobreza, rodeado de muy pocos, entre ellos Lope de Vega, con quien había mantenido disputas enconadas. No encontró en vida la suerte, pero dejaba un milagro literario a la posteridad.

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10 de marzo de 1549 – ESPAÑA

 

Nace en Montilla, Córdoba, Francisco Solano que fue elevado a Santo por Benedicto XIII en 1726.

 

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Pedro de Valdivia (1497 † 1554)

Conquistador y poblador de Chile

 

El extremeño Valdivia fue desde 1539 conquistador y poblador de Chile, la tierra de los araucanos. De ellos dijo Alonso de Ovalle: «Los indios de Chile, a boca de todos los que los conocen y han escrito de ellos, [son] de los más valerosos y más esforzados guerreros de aquel tan dilatado mundo» (Histórica relación 56). En situación militar tan hostil, era necesario unir a las armas el valor de la fe. Y así lo hacía Valdivia:

Habiendo «llegado el ejército de los cristianos al valle de Mapocho», cuenta Mariño de Lobera, supieron que se les venía encima la indiada, cantando victoria anticipadamente. Los españoles, sin atemorizarse, se pertrecharon «de las cosas necesarias para tal conflicto, y ante todas cosas la oración, la cual siempre tiene el primer lugar entre todas las municiones y estratagemas militares. Y muy en particular invocando todos el auxilio del glorioso Apóstol Santiago, protector de las Españas y españoles en cualquier lugar donde se ofrece lance de pelea.

Tras esto se siguió un breve razonamiento del general [Valdivia] a sus soldados, en que sólamente les daba un recuerdo de que eran españoles y mucho más de que eran cristianos, gente que tiene de su parte el favor y socorro del Señor universal» (Crónica 26). En otra ocasión, «estando los dos ejércitos frente a frente, se apeó [del caballo] el gobernador [Valdivia], postrándose en tierra en voz alta con hartas lágrimas, profesando y haciendo protestación de nuestra santa fe católica, y suplicando a Nuestro Señor le perdonase sus pecados y favoreciese en aquel encuentro, interponiendo a su gloriosa Madre, y diciendo otras palabras con mucha devoción y ternura» (71). Pláticas igualmente devotas pone el cronista en labios del teniente Alonso de Monroy (40).

Por otra parte, la religiosidad de Valdivia no se despertaba sólo en la guerra, sino que se mantenía igualmente en la paz. Según escribe el historiador chileno Gabriel Guarda, citando crónicas antiguas (197-202), Valdivia, «conociendo que Dios le quería para que fuese instrumento de que estos gentiles viniesen al conocimiento de su santísima fe, muy contento y muy animado comenzó a publicar su jornada [a alistar personas] y buscó lo primero dos sacerdotes que le acompañasen y fuesen capellanes de su ejército y ministros del evangelio entre los infieles».

Su buen intento se fue realizando, y en 1550 el Cabildo de Concepción podía escribirle al príncipe Felipe que Valdivia, al fundar esa ciudad, comenzó por reunir a los indios para «darles a entender y mostrarles quién fue su Creador y que así les daría maestro a sus hijos para que lo deprendiesen y a ellos lo declarasen y fuesen cristianos y viviesen el verdadero conocimiento del Creador de todas las cosas criadas».

De él testificaba también Diego García de Cáceres en 1548: «los indios le tienen afición porque aún cuando se venía entraban caciques llorando, pensando que no había de volver más allá; porque este deponente no ha visto tratar hombre tan bien a los indios como él trata, y esto hace tanto que a muchos, que no son tan buenos cristianos, les pesa que tenga tanto cuidado de que no se les haga mal». Y añade el mismo testigo que, al fundar Valdivia la ciudad de su nombre, no quiso hacer repartimiento de los indios, sino que «en lugar de encomenderos señaló personas que atendiesen al bien de los indios, los cuales les doctrinasen y sosegasen en la paz y quietud», y también tuvo cuidado de que en su encomienda de Quillota los indios fueran adoctrinados por un maestro de escuela. En fin, otro testigo ocular, Góngora Marmolejo, pudo asegurar: «Yo me hallé presente con Valdivia al descubrimiento y conquista, en la cual hacía todo lo que era en sí como cristiano». Por lo demás, tanto Valdivia como Martín García Oñez de Loyola, ambos gobernadores, murieron despedazados por los naturales.

Entre los primeros conquistadores y gobernadores de Chile no fue Valdivia el único buen cristiano. Escribe Guarda: «De don García Hurtado de Mendoza y de Francisco de Villagra, sucesores de Valdivia en el gobierno de Chile, hay varios testimonios acerca de su cristiandad. Más relevantes, sin embargo, son los relativos a sus otros sucesores, Pedro de Villagra y Rodrigo de Quiroga, ambos veteranos de la conquista» (201).

 

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Juan Fernández Navarrete – 1526 1579

 

Pintor Español nacido en Logroño en 1526; murió en Segovia en 1579 (en Toledo, febrero, 1579 o el 28 de marzo de 1579). Es llamado “el Mudo”, debido a que perdió la audición cunado tenía tres años, y en consecuencia la capacidad de hablar. Sus padres, que tenían una buena posición económica y quizás eran nobles de nacimiento, lo llevaron con los monjes Hieronimitas  de Estrella, donde Fray Vicente, un hermano con talentos especiales, fue su primer profesor en arte. Los talentos de Navarrete fueron descubiertos tempranamente porque el manifestaba todo lo que deseaba a través de rápidos y vigorosos bocetos en blanco y negro. Puede haber sido discípulo de Becerra, un gran pintor de frescos Español, pero es cierto que de joven acudió a los grandes centros Italianos de arte, y bajo el cuidado de Titiano, adquirió en Venecia las técnicas y conocimientos del color, que le dieron el nombre del “Titiano Español”. Regresó a España como un pintor de reputación, y viajó ampliamente en su ciudad natal, dejando obras de sus manos en las ciudades más importantes. En 1568 fue hecho pintor de Felipe II, recibiendo un salario de doscientos ducados “aparte de la paga por su trabajo”, y fue comisionado para decorar el Escorial. En 1575 completó una “Natividad” donde hay tres luces dominantes; una de la vela de San José, una de la gloria, y la más radiante de todas es la del Niño, como en la “Notte” de Correggio. En una “Sagrada Familia” pintó accesorios muy extraños como un perro, un gato y una perdiz, que el rey le hizo prometer nunca más pondría “elementos tan indecorosos en una sagrada figura”. A pesar de ser llamado el Titiano Español, Navarrete no era un imitador de ningún Italiano; era original y pintaba rápida, libre y espontáneamente. Su composición, especialmente en grupos de figuras, era magistral y solo superada por la de Velásquez. “El hablaba a través de su lápiz, con la bravura de Rubens pero sin su aspereza.” La obra de Navarrete influenció de manera muy importante el desarrollo del arte Español y después de su muerte Lope de Vega escribió: “Nada de lo que pintó era estúpido”. No obstante su débil salud, era una compañía agradable, jugaba cartas, leía y escribía mucho, era de mente abierta y generoso. Cundo su patrón ordenó que se cortara la “Última Cena” de Titiano por ser muy larga para un lugar en el refectorio del Escorial. Fue el Mudo quien protestó sobremanera. En el refectorio en Estrella, donde recibió su primera instrucción en pintura, están algunas de sus mejores pinturas. Las siguientes obras podrían ser mencionadas: “Sagrada Familia”, en Weimar; “San José en Prisión”, en San Petersburgo; “San Jerónimo”, en el Escorial; “Sagrada Familia”, en el Escorial.

STIRLING-MAXWELL, Anales de los artistas en España (Londres,1891) VIARDOT, Les Musees d´Espagne, d´Angleterre et de Belgique (Paris, 1843); FORD, Libro de mano para viajeros en España (Londres, 1847).

LEIGH HUNT
Transcrito por Joseph P. Thomas
Traducido por Alonso Teullet

 

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PÉREZ ANTONIO 1534 - Nació el 6 de mayo de 1534, secretario de FELIPE II y después uno de sus peores enemigos.

 

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Pedro Cieza de León (1518? 1560)

Tratamiento con los indios

 

Extremeño de Llerena, en las Indias desde 1535, Cieza luchó en las guerras civiles del Perú, y fue cronista de La Gasca. También este soldado escritor, la mejor fuente de la historia de los incas y de la conquista del Perú, se nos muestra en la Crónica de la conquista del Perú y en El señorío de los incas como hombre cristiano empeñado en una empresa evangelizadora. Así expresa en el Proemio de su Crónica su inesperada vocación de escritor:

«Como notase tan grandes y peregrinas cosas como en este Nuevo Mundo de Indias hay, vínome gran deseo de escribir algunas de ellas, de lo que yo por mis propios ojos había visto... Más como mirase mi poco saber, desechaba de mí este deseo, teniéndolo por vano... Hasta que el todopoderoso Dios, que lo puede todo, favoreciéndome con su divina gracia, tornó a despertar en mí lo que ya yo tenía olvidado. Y cobrando ánimo, con mayor confianza determiné de gastar algún tiempo de mi vida en escribir esta historia. Y para ello me movieron las causas siguientes:

«La primera, ver que en todas las partes por donde yo andaba ninguno se ocupaba en escribir nada de lo que pasaba. Y que el tiempo consume la memoria de las cosas de tal manera, que si no es por rastros y vías exquisitas, en lo venidero no se sabe con verdadera noticia lo que pasó.

«La segunda, considerando que, pues nosotros y estos indios todos, todos traemos origen de nuestros antiguos padres Adán y Eva, y que por todos los hombres el Hijo de Dios descendió de los cielos a la tierra, y vestido de nuestra humanidad recibió cruel muerte de cruz para nos redimir y hacer libres del poder del demonio, el cual demonio tenía estas gentes, por la permisión de Dios, opresas y cautivas tantos tiempos había, era justo que por el mundo se supiese en qué manera tanta multitud de gentes como de estos indios había fue reducida al gremio de la santa madre Iglesia con trabajo de españoles; que fue tanto, que otra nación alguna de todo el universo no lo pudiera sufrir. Y así, los eligió Dios para una cosa tan grande más que a otra nación alguna».

Cieza de León reconoce que en aquella empresa hubo crueldades, pero asegura que no todos actuaron así, «porque yo sé y vi muchas veces hacer a los indios buenos tratamientos por hombres templados y temerosos de Dios, que curaban a los enfermos». Sus escritos denotan un hombre de religiosidad profunda, compadecido de los indios al verlos sujetos a los engaños y esclavitudes del demonio...

«hasta que la luz de la palabra del sacro Evangelio entre en los corazones de ellos; y los cristianos que en estas Indias anduvieren procuren siempre de aprovechar con doctrina a estas gentes, porque haciéndolo de otra manera no sé como les irá cuando los indios y ellos aparezcan en el juicio universal ante el acatamiento divino» (Crónica cp.23).

 

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Don Benito Arias Montano – 1527 1598 –

HUMANISTA ESPAÑOL

 

Don Benito Arias Montano es uno de los humanistas más insigne que dio España al siglo XVI. Nacido en Fregenal de la Sierra en el año de 1527, llegó a Alájar en 1559. Desde entonces, la Peña de Alájar ha quedado vinculada a su biografía como el lugar paradisíaco de estudio y descanso del hombre mas ilustre que pisó estas tierras.

La fama universal de Arias Montano ha llevado la voz de Alájar a miles de rincones del planeta, porque en ella se fraguó gran parte de la historia moderna de Europa.

Arias Montano estudió en Sevilla Gramática, Retórica y Filosofía, y llegó a dominar a la perfección varias lenguas orientales. Su inteligencia le permitió ampliar estudio en la Universidad de Alcalá, ordenándose sacerdote en León. Muy pronto ocupó altos cargos, y en 1562 acompañó al obispo de Segovia, don Martín Pérez de Ayala, al Concilio de Trento, donde intervino brillantemente, Felipe II lo nombró catedrático de lenguas Orientales en el Monasterio de El Escorial. Posteriormente fue consejero para los asuntos de Flandes y Portugal, influyendo decisivamente en los procesos políticos-sociales de estos territorios.

¿Cómo se explica la presencia de un hombre de semejante talla en un remoto poblado de la Sierra de Huelva¿ La historia al uso ha encontrado, de forma reiterada, una justificación espigada de la numerosa correspondencia que Arias Montano mantuvo con el rey y su secretario. Propone que el disfrute de la vida y el paisaje son las causas para que Arias Montano, desde sus 32 años, tenga estancias continuadas, aunque intermitente, en La Peña de Alájar: «Juntas todas las bellezas naturales que este lugar posee no creo que haya pieza en Europa que le lleve ventaja» (Moreno Alonso M., 1979; 116). Sin embargo, son raíces más profundas las que desvelan la estancia de Arias Montano en La Peña. Estas razones sólo se pueden desvelar siguiendo sus pasos por los rincones del reino.

A sus 43 años se le encomendó la misión más importante de su vida: en 1568 se le envió a los paises Bajos para supervisasr los trabajos filológico de la Biblia Políglota, que se publicó con el nombre de Biblia Regia, en 8 tomos en la ciudad de Amberes entre 1560 y 1573, en la imprena de Plantino, muy vinculado a círculos eramistas.

 

En estos años, el Duque de Alba había reprimido cruelmente a los flamencos. En 1572, Arias Montano, como consejero político, escribe su primer informe, recogiendo la tensa situación creada por el Duque. Ello fué el detonante para que Felipe II nombrara a Luis de Requesens como nuevo gobernador de los Países Bajos, al cual se le ordena que siguiera estrechamente los consejos de Arias Montano. Así, en 1574 se da una amnistía general por recomendación del humanista: «el gobierna al gobernador fácilmente y recibe del rey más cartas y paquetes que el Gobernador». (Bens Rekars, 1973).

En 1575, Arias Montano deja Amberes y marcha a Roma con la intención de persuadir a los cardenales para que acepten la Biblia políglota. En Roma encuentra una seria oposición por catalogarse de judaizante. En 1576, Montano asume su cargo de director de la biblioteca de el Escorial, hasta 1586.

En este último periodo, Arias Montano hubo de realizar otra delicada misión política. Don Sebastian, rey de Portugal y sobrino de Felipe II, proyectó una cruzada contra el infiel. En 1578, Montano es enviado para hacerle desistir de sus planes. Con ello, Felipe II se habia ganado a los nobles, que eran hostiles al proyecto del rey de Portugal. No convencido, el rey fanático inicia la cruzada y muere en combate en el desierto norte africano.

Sucede a Sebastián su tio-abuelo el cardenal Enrique. Este pensó obtener la dispensa papal para casarse y tener herederos. Sin embargo, Portugal iba a caer, como fruta madura, en manos de Felipe II con la ayuda de Arias Montano. Este argumentó que la dispensa papal constituiría una ofensa para el cristianismo, al mismo tiempo que elaboraba una lista de funcionarios portugueses adictos a la Unión ibérica.

Muerto Enrique en 1580, el Duque de Alba invadió Portugal, sin apenas oposición. Nuevamente Arias Montano es llamado para «lavar la conciencia» de Felipe II, quien le encarga la elaboración de un documento en que justifique la toma y anexión de Portugal.

 

Con estos antecedentes, Arias Montano llegó a ser uno de los hombres más influyentes y doctos de Europa y movió, desde la sombra, a peones y caballeros de la intriga política. Sin embargo, las críticas de los grupos reaccionarios e intransigentes de España no se hicieron esperar. Como casi todo ser progresista, en aquella estrecha sociedad fué enviado y denunciado a la Santa Inquisición. León de Castro, catedrático de Lenguas en salamanca, le acusa de tendencia judaizante en la Biblia Regia de Amberes. Defendido por el padre Mariana (SACERDOTE CATÓLICO), logra salvar tan amargo trance, pero «el resto de su vida va a oscilar entre el miedo y la esperanza a medida que sus adversarios insistan en sus acusaciones ante el Tribunal de la Inquisición».(Bens Recars, 1973, pp.12).

Estas críticas y la cruda visión de la realidad llevaron a Arias a acercarse, en su estancia en Amberes, a los círculos de la secta «la familia del amor», que, liderado por el editor Plantino, proclamaba un rechazo a los cargos públicos, la intimidad personal, la libertad, la indiferencia ante todo rito exterior de cualquier religión organizada y el cultivo de la sabiduría superior. El familismo de montano explica su persistente afán de retiro a la Peña, su hastío de la vida en El Escorial y de la intriga política y su renuncia a un obispado y de otras dignidades que le ofrecieron.

Por estas razones en el santuario de Nuestra Señora la Reina de los Angeles, que acoge una imagen gótica del siglo XIII y es hoy símbolo de la Sierra y lugar de la romería del Poleo (Escalera Reyes, J., 1992), Arias Montano encontró la paz y el aislamiento necesario para proseguir sus estudio. En su retiro, Arias Montano llevaba una vida idílica, rodeado de libros, cuadros flamencos, instrumentos científicos y plantas exóticas que le enviaban sus amigos extrangeros. En la Peña mantenía una nutrida correspondencia, especialmente con la Corte y los Países Bajos, que alargaba la sombra de este habitante de Alájar por toda Europa.

 

El gran humanista contribuyó a modificar profundamente su lugar de reflexión y trabajo: Edificó con mayor solidez la ermita, construyó una casa, plantó vides y frutales. Además, su influencia se dejaba sentir en el entorno, porque poseía propiedades en Orullos, Fregenal y Galaroza y fundó una escuela en Aracena.

Arias Montano murió el 6 de julio de1598 en Sevilla, asistido por la viuda e hijas de su amigo Simon Tovar. Pero dejaba un inmenso legado, porque tras su muerte, el grupo que había formado en El Escorial continuó transcribiendo sus escritos. 8 años después de su muerte el Index español condenó todas sus obras y sólo volvieron a circular cuando, muerto el espíritu eramista, ya no eran dañina las ideas de Montano.

 

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VITA CHRISTI

 

Un breve sumario de los principales misterios de la vida de Cristo.
Preámbulo para antes de la Vida de Cristo

Fray Luis de Granada. 1527 – 1591

 

AL CRISTIANO LECTOR

 

El tratado precedente (1), cristiano lector, sirve para el uso de la oración vocal, la cual con palabras humildes y devotas habla y negocia con Dios. Esta manera de orar, entre otros muchos provechos que tiene, uno y muy principal es, ser un grande estímulo y incentivo de devoción, cuando más derramado y frío está nuestro corazón. Porque como él sea tan malo de recoger en este tiempo, por el distraimiento de los pensamientos, no tenemos entonces otro más fácil remedio que apegarlo a las palabras de Dios, que son como unas brasas y saetas encendidas, para que con ellas se encienda y despierte a devoción.

Mas el tratado presente servirá al uso de la oración mental, que se hace con lo íntimo del corazón, en la cual entreviene la consideración de las cosas celestiales, que es la principal causa de la devoción, como dice el santo Doctor (2). De manera que así como los niños unas veces andan en pies ajenos, y otras, cuando ya son mayores, en los suyos proprios, así el siervo de Dios debe tratar en la oración con Él, unas veces con palabras ajenas, pronunciándolas con toda devoción, y otras con las suyas propias, que es con las que su devoción o su necesidad le enseñare. En esta cuenta entra el ejercicio de la consideración de las cosas divinas, que es el proprio pasto y mantenimiento de nuestra ánima.

Y entre otras muchas cosas que hay que considerar, una de las más principales es la vida y pasión de Cristo, que es universalmente provechosa para todo género de personas, así principiantes como perfectas. Porque éste es el árbol de vida que está en medio del paraíso de la Iglesia, donde hay ramas altas y bajas, las altas para los grandes, que por aquí suben a la contemplación de la bondad, caridad, sabiduría, justicia y misericordia de Dios, y las bajas para los pequeños, que por aquí contemplan la grandeza de los dolores de Cristo y la fealdad de sus pecados, para moverse a dolor y compasión.

Este es uno de los más propios ejercicios del verdadero cristiano, andar siempre en pos de Cristo, y seguir al Cordero por doquiera que va. Y esto es lo que Isaías nos enseñó cuando, según la translación caldea, dijo que los justos y los fieles serían la cinta de las renes de Cristo, y que andarían siempre al derredor de él (3). Lo cual espiritualmente se hace cuando el verdadero siervo de Cristo nunca se aparta de Él, ni le pierde jamás de vista, acompañándole en todos sus caminos, meditando en todos los pasos y misterios de su vida santísima. Porque verdaderamente no es otra cosa Cristo, para quien tiene sentido espiritual, sino como dice la Esposa, un suavísimo bálsamo derramado (4): el cual, en cualquier paso que le miréis, está siempre echando de sí olor de santidad, de humildad, de caridad, de devoción, de compasión, de mansedumbre y de todas las virtudes. De donde nasce que así como el que tiene por oficio tratar o traer siempre en las manos cosas olorosas, anda siempre oliendo a aquello que trata, así el cristiano que de esta manera trata con Cristo, viene por tiempo a oler al mismo Cristo, que es, a parescerse con Cristo en la humildad, en la caridad, en la paciencia, obediencia y en las otras virtudes de Cristo.

Pues para este efecto se escribió este presente tratado, que es de los principales pasos y misterios de la vida de Cristo, poniendo brevemente al principio de cada uno la historia de aquel paso, y después apuntando con la misma brevedad algunas piadosas consideraciones sobre él, para abrir el camino de la meditación al ánima devota. De las cuales, unas sirven para despertar la devoción, otras para la compasión, otras para la imitación de Cristo, y otras para su amor, y para el agradecimiento de sus beneficios, y para otros propósitos semejantes. Imité en este tratado a otro que S. Buenaventura hizo, llamado Árbol de la Vida del Crucificado (5), que para este mismo efecto por este santo Doctor fue compuesto, y púselo así en este breve compendio, para que pudiese traerse en el seno lo que debe siempre andar en el corazón, y así pudiese el hombre decir con la esposa de los Cantares: Manonico de mirra es mi amado para mí, entre mis pechos morará (6). Al cabo, después de la subida del Señor al cielo, puse la venida a juicio, y la gloria del paraíso, y las penas del infierno, y el camino para lo uno y para lo otro, que es la muerte, tratando de la memoria de ella, que son las cuatro postrimerías en que el hombre debe siempre pensar para no pecar. Y después declaré brevemente de la manera que el hombre se había de haber en estos santos ejercicios. Más antes que descendamos a tratar en particular de estos misterios, quise poner un breve preámbulo del misterio de la encarnación de Cristo, que ayuda mucho para la consideración y inteligencia de su vida santísima.

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Notas

1. Supra, pp. 87127 2. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa

5. S. BUENAVENTURA/Ubertino de Casale, Arbor vitae Crucifixi.

6. Ct 1, 12.

 

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LAZARILLO - José Luis Madrigal: «Francisco Cervantes de Salazar puede ser el autor del Lazarillo» - Francisco Cervantes de Salazar, un humanista toledano que se marchó a México hacia 1550.

ANTONIO ASTORGA

 

El filólogo José Luis Madrigal ha realizado un extenso estudio sobre la autoría del clásico de la picaresca española. Ha explorado la vida de Francisco Cervantes de Salazar, sus relaciones con otros autores de la época, sometiendo sus obras a análisis lingüístico comparado con el Lazarillo por medio de ordenador, y concluye que puede ser el padre de este libro hasta ahora anónimo

 

MADRID. José Luis Madrigal es filólogo,  licenciado por la Complutense y doctor por la Universidad de Nueva York (CUNY), y, actualmente, imparte clases en el Queensborough Community College (CUNY). Ya publicó hace algunos años el trabajo «Las ironías de Lázaro» en la Revista de Filologia Española, que es un estudio previo a las investigaciones realizadas ahora en torno a la autoría del gran clásico  de la picaresca española. «Mi investigación presenta una hipótesis -explica a ABC- sobre quién pudo escribir el Lazarillo, pero sería imprudente afirmar rotundamente que he descubierto al autor. Aclarado esto, la conclusión a la que llego en mi estudio es que el autor del libro es Francisco Cervantes de Salazar, un humanista toledano que se marchó a México hacia 1550.

Método

-¿Cuál ha sido el método seguido en su investigación?

-En todo estudio de atribución hay dos partes bien diferenciadas que, en el mejor de los casos, deben complementarse. Por un lado, está la evidencia externa, es decir, documentos, testimonios de contemporáneos, afinidades ideológicas o religiosas entre el texto y el posible autor; por otro lado, está la evidencia interna, que consiste, sobre todo, en el análisis estilístico. Mi investigación hace primero una reconstrucción del contexto histórico e ideológico en donde surgió el Lazarillo; se centra luego en un círculo de humanistas y hombres de letras que viven en Toledo hacia 1540 y, finalmente, analiza detenidamente la obra de Cervantes de Salazar, poniendo especial atención en su manera de escribir.

-¿Cómo siguió el rastro de Cervantes de Salazar?

-Me interesó, en primer lugar, la intención de la obra y, más en concreto, la problemática de la pobreza, que era un asunto candente en los años previos a la publicación del Lazarillo. Si Ud. lo lee, de inmediato identifica una serie de personajes catalogados en la época como pobres: la viuda, el huérfano, el ciego, el pobre envergonzante en la figura del Escudero... Está claro que el autor trataba de manera más o menos festiva un asunto de actualidad. En 1545, por ejemplo, hay un debate entre dos teólogos, Domingo Soto y Robles, sobre el tratamiento de los pobres. ¿Qué se puede hacer con ellos? ¿Hay que ponerlos a trabajar; tienen derecho a mendigar; cuál es la definición de pobre? Lázaro de Tormes es un huérfano, pobre maltratado por su sociedad. Tras estudiar todos los tratados sobre la pobreza escritos por esos años, conjeturé que el autor del Lazarillo compartía ideas con un humanista toledano, el maestro Alejo de Venegas.

-¿Y cuáles eran estas ideas?

-Básicamente, Venegas responsabiliza a los ricos del estado de los pobres, especialmente por su vanidad y ansias de gastar en exceso . Lo peor, según Venegas, es el efecto negativo que esta actitud tiene en el funcionamiento de la sociedad. Debido a que la honra mundana es lo único que cuenta, nadie quiere trabajar, pues el trabajo -y especialmente el trabajo manual- no se ve como una actividad «honrada». El tema de la honra mal entendida es, por cierto, uno de los temas del Lazarillo, como queda ilustrado en el personaje del Escudero. Curiosamente, según el mismo Venegas, los únicos que no se guían por la «negra honra» son los pobres, que están dispuestos a venderla por un «par de bodigos» de pan, como hacen Lázaro y su mujer en su «menage a trois» con el Arcipreste.

-¿Y qué tiene que ver Venegas con Cervantes de Salazar?

-Cervantes de Salazar es su discípulo predilecto. Debo confesarle que, pese a ello, nunca se me pasó por la cabeza que este Cervantes de Salazar pudiera ser el autor del Lazarillo. Los datos biográficos, sin embargo, no podían ser más coincidentes con el posible autor del Lazarillo. Cervantes nace en Toledo entre 1514 y 1522, estudia en Salamanca y, entre varias obras que edita en 1546, hay un Apólogo sobre la pobreza de un tal Luis Mexía, con algunas referencias al Lazarillo.

-¿Qué le llevó entonces a cambiar de opinión?

-Hace unos meses, leyendo un catálogo de obras latinas, topé con unos diálogos publicados en México en 1554  cuyo autor era Franciscus Cervantes Salazarus. Cuando me fijé en el segundo apellido tuve el presentimiento de que había dado, por fin, con el tan buscado autor del Lazarillo. La lectura de esos diálogos me confirmó que Cervantes de Salazar jugaba con su segundo apellido cuando creaba personajes de ficción. Naturalmente, un anagrama es poca cosa, pero a mí esto, decididamente, me puso sobre la pista de la autoría.

Cervantes y Velasco

- ¿De qué manera?

-Me puse a leer con mucho más cuidado su obra y la documentación existente. Y así descubrí otro dato muy importante. Cervantes de Salazar, afincado ya en México, se cartea con Juan López de Velasco. Este Velasco es el cosmógrafo de la Corona y un humanista muy importante de la segunda mitad del siglo XVI. Pero es, sobre todo, el editor del Lazarillo castigado que sale en 1573. Las ocho cartas conservadas que Velasco envía a Cervantes a México no tienen desperdicio. Hay una, en concreto, fechada en el mismo año de 1573, en donde el cosmógrafo, tras mencionar que está al cuidado de los escritos históricos de su amigo, le anima para que siga escribiendo porque un autor de su talla, le dice, no puede quedar «en tinieblas». Ahí yo veo una velada referencia al Lazarillo.

-Cervantes se marcha a México...

-Sí. Hacia 1549. La causa, sin embargo, no se sabe. No parece huir de nadie. Supongo que la razón más importante es su deseo de aventura. Poco después de llegar a México, se ordena sacerdote y trata, como otros, de hacer carrera dentro de la Iglesia. Llega a ser canónigo. Hay algunos testimonios que lo acusan, quizá injustamente, de ser «poco eclesiástico y nada casto», un poco como el Arcipreste del Lazarillo.

-¿Y no le resulta algo extraño que el autor del Lazarillo pudiera estar relacionado con la Inquisición?

-No. La Inquisición era una institución muy compleja. Además, recuerde que estamos en 1573; el Lazarillo debe redactarse, según mis cálculos, entre 1542 y 1549 a más tardar. En esas casi tres décadas muchas cosas cambiaron en España y en la vida personal de Cervantes de Salazar.

-Si la obra de Cervantes de Salazar es poco original, ¿cómo es posible que escribiera el Lazarillo?

-En primer lugar, otros son los que dicen que no es original. No sabemos, para empezar, todo lo que escribió, porque algunas obras suyas parecen haber quedado sin publicar. Lo que se conserva tiene bastante interés, incluidas sus ediciones y comentarios. La originalidad, en todo caso, es un concepto relativamente moderno que los estudiosos a veces utilizan con demasiada alegría. Shakespeare escribió obras en colaboración y todas, sin excepción, están basadas en obras de otros. ¿Se atrevería alguien a decir que Shakespeare no es original? La originalidad en el siglo XVI hay que cifrarla en otras cosas. Cervantes de Salazar termina el «Diálogo de la Dignidad del hombre» del maestro Pérez de Oliva. Es cierto que ni la obra es suya ni el tema es particularmente original: es un tópico de la retórica, como el discurso de las Armas y las Letras de don Quijote. Pero eso no quiere decir que no tenga su originalidad, por lo menos en la disposición del argumento. Por ejemplo, Cervantes hace que un mismo interlocutor, en lugar de dos, defienda y ataque al Hombre. Nadie lo había hecho antes. Pero, vamos, lo más interesante de esta continuación es que, nada más iniciarse, Cervantes habla de la «fama» en los mismos términos que leemos en el Prólogo del Lazarillo. Veamos. Dice en «Dignidad del hombre»: «Si (la fama) quitásemos de en medio, pocos o ninguno acometería grandes cosas... porque como el camino para ella sea dificultoso y áspero, si ... no quedasse alguna fama, sin duda todos se irían por el ancho y apacible... Por lo cual ... dijo Cicerón "la honra sustenta las artes...» Y en el Lazarillo se dice: «Porque, si así no fuese (ganar fama), muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: «La honra cría las artes»».

Paralelismo inusual

-¿Y no podría ser que ésta fuera una cita muy común en la época?

-Lo era. Pero la construcción es demasiado igual, ¿no le parece? No hay un paralelismo de esta naturaleza en ninguna otra obra consultada, hasta el punto de que algunos han visto en este pasaje de la Dignidad una especie de «terminus post quem» en la redacción del Lazarillo, es decir, que el Lazarillo no puede estar escrito antes de 1546.

-¿Ha hecho análisis estadístico?

-Si le digo la verdad, soy algo escéptico con respecto a la estilometría. Me parece más interesante rastrear paralelismos lingüísticos. Mi estadística es sencilla. Si en un texto de 1000 palabras se detectan siete u ocho frases idénticas con respecto al corpus de alguien que pensamos que puede ser el autor, muy posiblemente ese texto fue escrito por ese autor. En buena medida, es la técnica que se está empleando ahora para determinar la autoría de un escrito. Hay un investigador, Donald Foster, que hace años, con una técnica parecida a la mía, atribuyó un poema a Shakespeare con pruebas casi irrefutables. Se armó bastante revuelo, porque el tal poema estaba bastante mal escrito y muchos cuestionaron (todavía lo cuestionan ahora) esa atribución. Yo, en mi análisis, presento docenas de frases de ese tipo que sólo se leen en el Lazarillo y en la «Crónica de la Nueva España».

-¿Podría darnos algún ejemplo?

-Mi estudio tiene más de 200 ejemplos de coincidencias que he agrupado en varios niveles en función del mayor o menor grado de frecuencia aleatoria, desde frases nominales hasta giros sintácticos peculiares. Le daré un primer ejemplo del primer nivel, el de menor valor discriminatorio. El Lazarillo llama por dos veces «ciudad insigne» a la ciudad de Toledo. Así, en principio, parece una frase hecha en el español de la época, ¿no es así? Y quizá lo era, !ojo! Pero en el corpus de obras del siglo XVI que he cotejado (desde «La Celestina» hasta «La Gitanilla» de Cervantes), sólo aparece, y, frecuentemente, en la «Crónica de Nueva España» de Cervantes de Salazar: «la más insigne ciudad deste Nuevo Mundo», «muy insigne ciudad de México», «insigne ciudad de Tlaxcala», etc. Pasemos al segundo nivel. Ahí incluyo, sobre todo, modismos y refranes. Fíjese, por ejemplo, en el modismo «a costa ajena», que aparece así en el Lazarillo:  «En cofradías y mortuorios que rezamos a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador...». En la CNE dice:  «Cuando comen a costa ajena son tragones y apenas se hartan por mucho que les den, y cuando de su hacienda, muy templados y abstinentes...»

Refranes

-Pero, para sostener una autoría, no parecen muchos ejemplos.

-La CNE utiliza al menos seis refranes que están también en el Lazarillo, una cifra respetable teniendo en cuenta que el Lazarillo contiene sólo 18.000 palabras. Pero lo que llama la atención una vez más no es sólo la coincidencia, sino el modo cómo se emplea. Se dice en el Lazarillo: «Parescíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejía de día rompía yo de noche», y en la Crónica: «Abriendo los enemigos de noche lo que ellos con tanto trabajo cegaban de día, como la tela de Penélope». No dudo que esta analogía pertenecía al acervo cultural de la época, pero yo no la he encontrado en ningún sitio salvo en estos dos textos. Hay otra expresión o, por mejor decir, un juego de palabras, todavía más llamativo: «Quisieron mis hados o, por mejor decir, mis pecados» (Laz) y «Vamos no donde los  hados, sino donde Dios y los pecados de nuestros enemigos nos llaman» (CNE). Para mí este ejemplo constituye una prueba casi irrefutable de la relación entre los dos textos.

-¿Y no cabe la posibilidad de que lo hubiera «copiado» del mismo Lazarillo publicado varios años antes?

-Cervantes, en efecto, pudo leer el Lazarillo. Pero, ¿lo había leído también cuando escribió ese pasaje sobre la «fama» que citábamos antes y que está publicado en 1546? Todo puede ser; el investigador debe sopesar todas las posibilidades. Mi posición, sin embargo, es que si la CNE ofrece tantos paralelismos con el Lazarillo es porque estamos en presencia de un mismo idiolecto.

-¿Asegura que Cervantes de Salazar es el autor del Lazarillo?

-A mi juicio, no hay otro candidato que reúna tantas posibilidades. Todo cuadra, desde la evidencia externa hasta la interna. En una o dos semanas quien quiera puede ir a www.artifara.com (revista de Aldo Ruffinatto) y comprobarlo. Aunque, en investigación nunca está dicha la última palabra. 

ABC. 7 DIC. 2002. ESP.

 

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ESPAÑA, OBISPOS PROTESTAN EN 1552…

 

Protesta hecha por los Padres españoles que suscriben contra el decreto de suspensión del Concilio general de Trento, y leída en la Sesión XVI por el Rmo. Sr. Salvador Alepus, arzobispo de Sacer.

Los Prelados que contradijeron al decreto de suspensión del Concilio de 28 de abril de 1552, fueron los siguientes:
Padres que no se conformaron al decreto de la III abertura del Concilio, sesión XVII, y cuya oposición dio motivo a declarar las palabras del mismo decreto en el cap. XXI de la Sesión XXIV.
Cédula de Felipe II, en que manda la observancia del Concilio.

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"Habiéndose en fin congregado este sacrosanto y ecuménico Concilio, pretendido tantos años ha por todo el orbe cristiano, y procurado a expensas de tantos trabajos, en la ciudad de Trento, con el fin de extirpar las herejías, disipar los cismas, reformar las costumbres, y conciliar la paz entre los príncipes cristianos; y no habiéndose aun satisfecho después de su convocación, no decimos a todos estos objetos por que ha sido congregado, pero ni aun a sólo uno completamente, y en especial a la reforma necesaria de los abusos, de que consta han nacido, y se fomentan todos los males que afligen a la Iglesia: Nos los infrascritos arzobispo y obispos, impelidos del remordimiento de nuestras propias conciencias, hemos resuelto contradecir al enunciado decreto de suspensión del Concilio, y a todas las circunstancias y condiciones contenidas en él, así en la substancia como en el modo; según por la presente lo contradecimos y repugnamos. Lo primero, porque las causas que en él se alegan para la suspensión del Concilio, es a saber, las guerras y alborotos de Alemania (que aun en el mismo decreto se dice hay esperanzas de que en breve se sosegarán) no parece son tan urgentes, que por ellas se deje de proseguir el Concilio, a lo menos en las materias pertenecientes a la reforma; antes bien la convocación de este mismo Concilio se calificó de oportunísima para tranquilizar y apaciguar las discordias de los príncipes, y consiguientemente su prosecución. Lo segundo, porque dicha suspensión más parece disolución, que justa, moderada y necesaria suspensión: pues aunque faltasen todos los demás obstáculos que nos ha enseñado a temer tan repetida experiencia; no será fácil que se vuelvan a congregar los Prelados de tan diversas y remotas provincias, ni faltarán a los enemigos de la Iglesia católica ocasiones y motivos para suscitar y fomentar guerras y disensiones, con las que estorben y frustren la reasunción de este Concilio, cuyo nombre es tan odioso entre ellos; que es lo mismo que vemos ahora procuran con gran empeño por diferentes medios, y lo procurarán con mucho mayores conatos si ven que tienen estos el próspero efecto que desean, y que nos han precisado a desistir de la obra comenzada. Además de esto, nos amedrenta el gravísimo escándalo, y la confirmación casi cierta de las herejías, que es manifiesto se ha de seguir de esta suspensión tan larga, no sólo entre los mismos enemigos de la Iglesia, sino entre la mayor parte de los católicos: pues juzgarán que abandonamos la causa de Dios y la pública, no por otra razón que por el miedo de las persecuciones, falta de tolerancia en los trabajos, y lo que es peor, por desconfiar de nuestra propia causa, y de la protección divina, siendo así que todos saben estamos muy seguros y remotos de todos los daños de la guerra, en la misma ciudad donde en otra ocasión en que había guerras no menos peligrosas, perseveró no obstante con resolución y confianza el mismo Concilio en esta obra divina hecho por cierto que ni nosotros mismos lo podemos negar. En esta atención, y habiéndosenos de pedir de nuestras propias manos las almas que han de perecer por privarlas de este saludable y único remedio, y teniendo también otras causas que nos obligan en conciencia; no podemos dejar de contradecir expresamente a dicho decreto, o por decirlo mejor, lo contradecimos y repugnamos absolutamente en cuanto está de nuestra parte. Y para que se vea que buscamos por todos medios arbitrios de concordia, y no se crea que rehusamos todo temperamento suave y proporcionado a las presentes circunstancias; pues no condenamos que se tenga consideración a las dificultades del tiempo, y a la ausencia de casi todos los Prelados de la nación Alemana; pedimos que insistiendo este santo Concilio en el método que basta aquí ha seguido y observado, prorrogue la Sesión indicada para primero de mayo, a otro término moderado, y señale día fijo que por sí mismo llame los Prelados al Concilio, de manera que no deban aguardar otra convocación, declaración, o intimación para que todos puedan y estén obligados a concurrir al lugar del Concilio. Añadiendo no obstante, que si los inconvenientes referidos cesasen antes del término que se ha de señalar, cuide su Santidad de que vuelvan a proseguir el Concilio todos los Prelados; quienes podrán entre tanto volver, si les pareciere, a sus propias iglesias. Respecto de las últimas palabras del decreto, en que se recomienda la observancia de cuanto tiene establecido este santo Concilio; las aprobaríamos sin duda, si se publicasen sin esta cláusula: en cuanto toca a los obispos de derecho; pues parece dan ocasión, y serán manantial de pleitos. Pedimos, pues, que todo esto se haga así, y no de otro modo: y protestamos que a ejecutarlo en otros términos, ni nosotros, ni este santo Concilio seremos responsables en ningún tiempo de los perjuicios que se sigan, tanto por la publicación del decreto de suspensión, como por cualquier otro acto hecho, o que se haga, emprendido, o que se emprenda por cualesquier personas que sean, contra la autoridad y poder de este Concilio general, y de todos los concilios generales. Pedimos en fin al notario del Concilio que inserte en las actas juntamente con el decreto estas nuestras letras de contradicción, atestación y protesta, y que él mismo, u otros nos den, si fuese necesario, uno o muchos instrumentos auténticos copiados de ella".

Los Prelados que contradijeron al decreto de suspensión del Concilio de 28 de abril de 1552, fueron los siguientes:
El arzobispo de Sacer.

El obispo de Lanciano.

El obispo de Venosa.

El obispo de Tuy.

El obispo de Astorga.

El obispo de Ciudad-Rodrigo.

El obispo de Castel-mar.

El obispo de Badajoz.

El obispo de Elna.

El obispo de Guadix.

El obispo de Pamplona.

El obispo de Calahorra contradijo precisamente a la suspensión, sin distinguir entre la suspensión o prorrogación del Concilio.

Padres que no se conformaron al decreto de la III abertura del Concilio, sesión XVII, y cuya oposición dio motivo a declarar las palabras del mismo decreto en el cap. XXI de la Sesión XXIV.
"El Rmo. Sr. Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, presentó una esquela del tenor siguiente: Aquellas palabras del decreto (sesión XVII): proponentibus Legatis, ac Praesidentibus, a proposición de los Legados y Presidentes, no me gustan, por ser nuevas, nunca usadas en los Concilios hasta ahora; y por no ser necesarias, ni convenientes, en especial en estos tiempos. Por tanto pido al notario de este santo Concilio que inserte este voto mío en las actas, junto con el mencionado decreto, y me dé un testimonio auténtico de ello".

Pedro arzobispo de Granada.

El Rmo. Sr. Juan Francisco Blanco, obispo de Orense, presentó una esquela del tenor siguiente: "No me gustan aquellas palabras: Proponentibus Il. et r. D. D. L. a proposición de los Ilmos. y Rmos. SS. Legados; tanto porque no es costumbre ponerlas en semejantes decretos, como porque dan a entender cierta limitación, que no es conforme al orden de un concilio general; y además de esto porque no se hallan en la Bula de convocación de este Concilio, a la que debe conformarse el decreto de su abertura: en cuya consecuencia pido, que a no borrarse dichas palabras, inserte el Rmo. Sr. secretario este voto mío después del mismo decreto: en lo demás me conformo".

Juan obispo de Orense.

El Rmo. Sr. Andrés Cuesta, obispo de León, dijo estas palabras: "Me conformo al decreto, con tal que propongan los Legados lo que juzgare el Concilio digno de proponerse".

El Rmo. Sr. Antonio Gorrionero, obispo de Almería, dijo las mismas palabras que el reverendísimo obispo de León.

Cédula de Felipe II, en que manda la observancia del Concilio.
Don Felipe, por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, Islas y tierra firme del mar Océano, Conde de Flandes, y de Tirol, etc. Al Serenísimo Príncipe don Carlos, nuestro muy caro y muy amado hijo, e a los Prelados, Cardenales, Arzobispos y Obispos, y a los Duques, Marqueses, Condes, Ricos-homes, Priores de las órdenes, comendadores, y subcomendadores, y a los Alcaides de los castillos, y casas fuertes y llanas, y a los del nuestro Consejo, presidentes y oídores de las nuestras audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra casa y corte, y chancillerías, y a todos los corregidores, asistentes, gobernadores, alcaldes mayores y ordinarios, y otros jueces y justicias cualesquier de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a cada uno y cualesquier de vos en vuestra jurisdicción, a quien esta nuestra carta fuere mostrada, salud y gracia: Sabed que cierta y notoria es la obligación que los Reyes y príncipes cristianos tienen a obedecer, guardar y cumplir, y que en sus reinos, estados y señoríos, se obedezcan, guarden y cumplan los decretos y mandamientos de la santa madre Iglesia, y asistir, y ayudar, y favorecer al efecto y ejecución, y a la conservación de ellos, como hijos obedientes, y protectores, y defensores de ella.

 

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No hay mayor mentira que la verdad mal entendida.

 

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La fuente de la infalibilidad en la Iglesia. -¿No serán estas explicaciones una paradoja? ¿Cómo concebir, se dirá, que una sociedad en que cada uno puede equivocarse individualmente sea infalible colectivamente? Aceptemos la paradoja, por un instante, si es que lo es. Constituye una avenida hacia el Misterio de la Iglesia.

Ahora y siempre, es seguro que la infalibilidad de la Iglesia no encuentra su explicación en el hombre. No descansa en la ciencia y la inteligencia de los fieles; no depende tampoco de la santidad de los miembros de la Iglesia, aunque la santidad sobrenatural y la rectitud de la fe no sean magnitudes separables, en la vida y en la 
historia católicas. Tampoco proporciona la infalibilidad pura y simplemente la constitución jerárquica, como si en la sola disciplina se encontrara el secreto de la resistencia a las herejías y a los errores.
La infalibilidad de la Iglesia creyente es un don de Dios. La «Luz Verdadera» que es la Verdad de Dios en Jesucristo, fue concedida a la Iglesia y la Iglesia no puede faltar a la verdadera fe, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, porque su Cabeza es Luz y Verdad. Pero la Cabeza no será nunca arrancada del Cuerpo. La Iglesia recibirá, pues, en materia de fe, discernimiento y conocimiento verdaderos.
En el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, la propia visión que Jesús tiene de su Padre, de él mismo, de la Iglesia, es la que llega a ser en cierto modo la inteligencia de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Tal es la fe, «audición de la Palabra», en la asamblea de los fieles. Así, pues, es radicalmente inimaginable que la Iglesia entera «se deje 
llevar aquí y allá de todos los vientos de opiniones por la malignidad de los hombres, que engañan con astucia para introducir el error» (Efesios, 4, 14). El pensamiento de Cristo prosigue en el pensamiento de la Iglesia. Si la fe de la Iglesia entera pudiera 
descarriarse, entonces el Espíritu Santo nos habría engañado cuando inspiraba a San Pablo escribir estas líneas: «No hay más que un cuerpo y un Espíritu (de verdad), un solo Señor, una sola fe ... » (Efesios, 4, 4-5), ya que todos no hacemos «sino uno en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios», para «constituir ese Hombre perfecto en la fuerza de la edad que realiza la plenitud de Cristo» (Efesios, 4, 13).
En otras formas y de una manera más precisa, el mismo pensamiento reaparece en otras partes. La Iglesia, dice San Pablo, tiene su fundamento en Cristo (1 Corintios, 3, 11), que constituye la piedra angular (Efesios, 2, 20). Si es así, no hay que temer que el error se introduzca oficialmente en la casa de Dios. ¿Acaso Cristo no se ha «hecho por Dios sabiduría para nosotros»? (1 Corintios, 1, 30). ¿No está acaso hoy como ayer en posesión de la Vida eterna? (Juan, 6, 60).
Por otra parte, el mismo Cristo resumió y presentó la esencial y permanente garantía de verdad en la Iglesia cuando dijo: «Estaré con vosotros para siempre hasta el fin del mundo» (Mateo, 28, 20). 

Si Cristo está con la Iglesia, ¿estaría sin el Espíritu de Verdad, sin su Espíritu? Henos, pues, llevados a tomar conciencia de que la infalibilidad no es una propiedad de los miembros de la Iglesia, una especie de cualidad hereditaria, de la cual los hijos de la Iglesia pudieran sacar alguna seguridad y vanidad. La infalibilidad es más bien una creación perpetuada por el Señor, un don gratuitamente concedido en cada instante. No es una cosa, es un acontecimiento de gracia, como Pentecostés, pero un Pentecostés continuo y sin brillo exterior. La infalibilidad es la luz de Cristo, pero es necesario que Cristo envíe sin cesar su Espíritu para que se dé efectivamente la Luz Verdadera. Todos los días, pues, el Señor renueva su Presencia en la Iglesia; todos los días, la Luz increada se ofrece en participación a la Iglesia universal.
«Mientras estoy en el mundo, yo soy la Luz del mundo», dijo Cristo (Juan, 9, 5). Y Jesús está todos los días en la Iglesia, para iluminar el mundo. Está en ella por su Presencia Real y por su Sacrificio Redentor. Allí es donde irradia la Luz y dispensa la Vida. Ya que la luz viene de la Cruz en el Calvario, brilla en la Resurrección, y no tiene otra fuente.
Cristo había declarado, de una forma general y bastante enigmática, dirigiéndose a los judíos incrédulos: «Cuando habréis levantado en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo soy» (Juan, 8, 28). Esta frase puede traducirse así: «Cuando habréis levantado al Hijo del Hombre en el madero de la Cruz, elevación que es preludio y promesa de su elevación gloriosa a la derecha del Padre, entonces se os dará toda la luz sobre mí, sobre mi Divinidad, entonces llegaréis a la verdad definitiva». La infalibilidad de la fe, hoy como antaño, no puede venir sino de la 
Pasión y de la Resurrección. Sumergidos en estos misterios (Romanos, 6, 1 ss), los bautizados son iluminados, phôtizomenoi, como decían los Padres griegos. Si así sucede en el bautismo, ¿cómo no había de venir a la Iglesia la luz infalible de la fe, más fundamentalmente aún de la Eucaristía, que es el sacramento del Sacrificio Redentor? El Misterio eucarístico es realmente, como se decía en la Edad Media de todos los sacramentos, ad eruditionem, para la iluminación de la fe. ¿No es la Eucaristía el sacramento por excelencia de la Vida eterna (Juan, 6, 51-58)? Y la Vida eterna ¿no es precisamente «que te conozcan a Ti, único Dios verdadero y al que Tu enviaste, Jesucristo» (Jn 17, 3)? Si, cosa imposible, llegase a ocurrir que el sacrificio eucarístico cesara para siempre en la Iglesia, entonces Cristo dejaría de enviar su
Espíritu a la Iglesia, la fe de la cristiandad se disgregaría progresivamente hasta desaparecer.
La fuente de la infalibilidad en la Iglesia es pues sacramental. 
San Cirilo de Alejandría lo ha escrito: «Quienquiera que participa en Cristo recibiendo su carne santa y su sangre, poseerá también su espíritu», que es Espíritu de Verdad. Estas palabras se aplican muy bien a la Iglesia entera. Dicen, a su vez, que el fundamento de la infalibilidad es sacramental y muy particularmente eucarístico.

 

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Citar continuamente la Biblia, allí es donde está el triunfo de la fe en Jesucristo, enseñada por su ‘única y católica Iglesia’ hace dos mil años ininterrumpidos.

 

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Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios.

 

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“Durante su vida mortal fue María, de corazón tan piadoso y sensible para con los hombres, que nadie se ha afligido tanto por las penas propias, como María por las ajenas” Expresión simbólica del modo de ser de la Virgen, que ya en el siglo IV resaltaba San Jerónimo, doctor de la Iglesia.

 

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«Él mismo sobre el madero llevó nuestros pecados…», dice san Pedro (1 Pedro 2, 24). Y san Pablo escribe a los Gálatas: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: maldito todo el que está colgado de un madero, a fin de que llegara a los gentiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa» (Gálatas 3, 13s).

La misericordia de Cristo no es una gracia barata, no supone la banalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y en su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en Cristo, muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más quedamos tocados por la misericordia del Señor, más solidarios somos con su sufrimiento, más disponibles estamos para completar en nuestra carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Colosenses 1, 24).

 

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El camino hacia la «madurez de Cristo», como dice, simplificando, el texto en italiano [español]. Más en concreto tendríamos que hablar, según el texto griego, de la «medida de la plenitud de Cristo», a la que estamos llamados a llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos quedarnos como niños en la fe, en estado de minoría de edad. Y, ¿qué significa ser niños en la fe? Responde san Pablo: significa ser «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina» (Efesios 4, 14). ¡Una descripción muy actual!

Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento… La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir en el error (Cf. Efesios 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse llevar «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.

Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. «Adulta» no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da la medida para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad. San Pablo nos ofrece, en oposición a las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, una bella frase: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como «un címbalo que retiñe» (1 Corintios 13, 1).

Pasemos ahora al Evangelio, de cuya riqueza quisiera sacar tan sólo dos pequeñas observaciones. El Señor nos dirige estas maravillosas palabras: «No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos» (Juan 15, 15). Muchas veces no sentimos simplemente siervos inútiles, y es verdad (Cf. Lucas 17, 10). Y, a pesar de ello, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos da su amistad. El Señor define la amistad de dos maneras. No hay secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha al Padre; nos da su plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Nos da su confianza, nos da el poder de hablar con su yo: «este es mi cuerpo…», «yo te absuelvo…». Nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad, el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). Nos ha hecho sus amigos y, nosotros, ¿cómo respondemos?

El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. «Idem velle – idem nolle», era también para los romanos la definición de la amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, al llevar nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: «pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 39). En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Dios. Cuanto más amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!

El otro elemento del Evangelio que quería mencionar es el discurso de Jesús sobre llevar fruto: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16). Aquí aparece el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he destinado para que vayáis… Tenemos que estar animados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios, nos ha sido dado para que llegue también a los demás.

Hemos recibido la fe para entregarla a los demás, somos sacerdotes para servir a los demás. Y tenemos que llevar un fruto que permanezca. Pero, ¿qué queda? El dinero no se queda. Los edificios tampoco se quedan, ni los libros. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todo esto desaparece. Lo único que permanece eternamente es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que queda, por tanto, es el que hemos sembrado en las almas humanas, el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Entonces, vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así la tierra se transforma de valle de lágrimas en jardín de Dios.

Volvamos, por último, una vez más a la carta a los Efesios. La carta dice, con las palabras del Salmo 68, que Cristo, al ascender al cielos, «subiendo al cielo, dio dones a los hombres» (Efesios 4, 8). El vencedor distribuye dones. Y estos dones son apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Nuestro ministerio es un don de Cristo a los hombres para edificar su cuerpo, el mundo nuevo. Vivamos nuestro ministerio de este modo, ¡como don de Cristo a los hombres! Pero, en este momento, pidamos sobre todo con insistencia al Señor que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén.

Cardenal + Ratzinger – al día S.S. BENEDICTO XVI – P.P. 2005.04

 

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San Ignacio de Antioquia (hacia año 110) obispo y mártir de la Iglesia católica - Carta a los Efesios, 3-4, 9 

 

“La Escritura dice: ‘Mi casa es una casa de oración.” (Lc 19,46) -   Os exhorto a caminar según el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, príncipe indefectible de nuestra vida es el pensamiento de Dios. Del mismo modo, los obispos, extendidos por toda la tierra, están en el pensamiento de Cristo Jesús. De manera que os conviene caminar según el pensamiento de vuestro obispo. Es lo que ya hacéis. El conjunto de vuestros presbíteros, dignos de Dios, está unido al obispo como las cuerdas lo son a la cítara. Así, en el acorde de vuestros sentimientos y en la armonía de vuestra caridad, cantáis a Jesucristo. Que cada uno de vosotros se haga miembro del coro para que, en la armonía de vuestros acordes y sobre el tono de Dios, cantéis a una sola voz las alabanzas del Padre, por Jesucristo.
       Sois las piedras del templo del Padre, talladas para el edificio construido por Dios el Padre, elevadas hasta la cumbre por Jesucristo, que es la piedra angular, por el Espíritu Santo. Vuestra fe os eleva a las alturas y la caridad es el camino que os eleva hasta Dios. Sois todos compañeros de ruta, portadores de Dios y de su templo, portadores de Cristo, llevando los objetos sagrados, adornados de los preceptos de Jesucristo. Con vosotros me siento lleno de alegría... Mi gozo consiste en ver que viviendo en una vida nueva, no aspiráis a nada fuera del amor de Dios.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

La naturaleza canta las glorias del Creador y el hombre

sepa gozar en armonía con todo lo creado.

 

 

  

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.


Anno Domini 2011 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor! 


Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía. 

Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

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2º Recomendamos vivamente:‘Inquisición’  historia crítica.

Autores: Catedrático e historiador ‘Ricardo García Cárcel’ y la licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona-España ‘Doris Moreno Martínez’, investigadora. (Editado por Ediciones Temas de Hoy. Esp.). Cerca de doscientos años después de que Juan Antonio Llorente redactara su clásica ‘Historia crítica de la Inquisición’, los autores de este libro han querido escribir una nueva historia crítica del Santo Oficio, elaborada con la intención de huir del resentimiento, del morbo, los sectarismos, pero con fiel memoria –racional y sentimental- de las victimas de aquella institución, que fue muchas cosas al mismo tiempo: tribunal con jurisdicción especial, empresa paraestatal, instrumento aculturador, símbolo de representación y de identificación ideológica, arma en manos de otros poderes, poder en sí mismo. En este libro se examina la poliédrica identidad de la Inquisición y se responde a muchas preguntas que han inquietado a los historiadores: ¿por qué y para qué se creó el Santo Oficio?. ¿Por qué duro tanto? ¿Fueron los inquisidores hombres o demonios? Los procedimientos penales de la Inquisición ¿fueron normales o excepcionales?. ¿Cuántas víctimas hubo?. ¿Fue la Inquisición culpable del atraso cultural español respecto a Europa?. ¿Gozó de la complicidad o del rechazo de la sociedad?.

 

 

Recomendamos vivamente:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia. 

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, al honor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

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Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

In Obsequio Jesu Christi. +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).