Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > España - 1492 - 18º historia; ideal de la caballería en La Araucana

Tras el descubrimiento del nuevo mundo, la gran cuestión que surgió y que los entendidos discutieron fue:  "Dime qué es un hombre. ¿Los indios tienen alma?". Hoy, recorriendo el mundo entero, ¿quién podría pretender que no se formule aún con tanta urgencia, con tanta extrañeza? Frente a los puntos de referencia que se desplazan o se esfuman, el hombre moderno titubea, duda de sí mismo, y el combate antirracista llega a un punto muerto. Este combate es como una guerra de desgaste; es, sin duda alguna, el más duro de todos los combates por los derechos del hombre.


Tiene por objeto la igualdad fundamental de todos los hombres, y constituye una especie de desafío del espíritu contra la naturaleza, puesto que en los hombres se acentúa más la diversidad que la igualdad. Reconocer que el otro, en su diversidad, es verdaderamente igual a mí, resulta difícil y entraña innumerables consecuencias. Nada más natural que decir "todo hombre es mi hermano", y vivir esta fraternidad, sobre todo cuando la Biblia, en el relato de Caín y Abel, revela nuestro origen:  todos somos descendientes de un criminal fratricida.

 

niño peruano momificado.

 

HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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1480 - Los Reyes Católicos promulgan la primera ley reguladora del libro impreso. Por ella queda libre del pago de todo tipo de tributos la introducción en España de libros extranjeros.

 

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taíno, na.  (De or. arahuaco).

 

 

 

1. adj. Se dice del individuo perteneciente a los pueblos amerindios del gran grupo lingüístico arahuaco que estaban establecidos en La Española y también en Cuba y Puerto Rico cuando se produjo el descubrimiento de América. U. t. c. s.

 

2. adj. Perteneciente o relativo a los taínos.

 

3. m. Lengua hablada por los taínos.

 

 

 

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araucano, na. 1. adj. Se dice del individuo de alguno de los pueblos amerindios que, en la época de la conquista española, habitaban en la zona central de Chile y que después se extendieron por la pampa argentina. U. t. c. s.

2. m. mapuche (? idioma de los araucanos).

 

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PASADO - El gran Montalembert escribía: «Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada». Todos, creyentes o no, católicos o laicos, nos guste o no, tenemos una deuda con el pasado y todos, en lo bueno y en lo malo, estamos comprometidos con él.

 

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PASADO HISTORIA - La inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

 

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Petición de perdón - Para concluir, quisiera haceros partícipes de una reflexión, que me interesa particularmente. La petición de perdón, de la que tanto se habla en este período, atañe en primer lugar a la vida de la Iglesia, a su misión de anunciar la salvación, a su testimonio de Cristo, a su compromiso en favor de la unidad, en una palabra, a la coherencia que debe caracterizar a la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, del que vive la Iglesia, pueden iluminar y sostener, de modo sobreabundante, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto a su autonomía. Por este motivo, la Iglesia no deja de trabajar, con los medios que le son propios, en favor de la paz y de la promoción de los derechos del hombre. En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto. 31. X. 1998 S.S. Juan Pablo II – Magno

 

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El ideal de la caballería en La Araucana

 

de Alonso de Ercilla y Zúñiga: Caballeros en el Flandes Indiano.

 

Profundo estudio del autor, la época histórica donde se enmarca, tratando el tema de la guerra justa, su obra literaría, en especial La Araucana, el primer gran poema épico dedicado a la conquista de América y libro de valor intrínseco en la conformación de la identidad cultural chilena, y profundiza en el ideal caballeresco, con sus luces y sus sombras, que impulsa al autor y a los conquistadores, esos hombres que estuvieron, más allá de sus fallas, dispuestos a combatir no sólo a los hombres que se opusieran a Cristo, la Iglesia y el Rey sino también contra todo obstáculo. Hombres, clima, tierra, frutos, fieras, insectos, enfermedades, lo desconocido y hostil. Ideales caballerescos que también poseen en muchas ocasiones los indios.

 

Sobre el autor, la fuente y el contexto.

 

"Don Alonso de Ercilla tan ricas Indias en su ingenio tiene,
Que desde Chile viene a enriquecer la musa de Castilla."
Lope de Vega, Laurel de Apolo

 

Alonso de Ercilla, conquistador, poeta y caballero.

Nació don Alonso de Ercilla en Madrid el 7 de Agosto de 1553, ligado a la nobleza y hombre culto. Fue paje del futuro Rey Felipe II, a quien dedicaría su obra La Araucana. Cuando el príncipe marchó a Inglaterra a casarse con María Tudor, un joven Ercilla formó parte de su séquito. Pero Ercilla no sólo acompañó a su príncipe en las lides del amor sino que, producto de su época y de su ferviente deseo de aventuras al servicio del Rey, decidió partir a las Indias.

Ercilla y Zúñiga tuvo indudablemente origen noble. En 1555, cuando ya había acaecido la muerte de Pedro de Valdivia en manos araucanas, se embarcó el joven Alonso rumbo a las Indias. Salió del puerto de San Lucár de Barrameda el 15 de Octubre. La nave capitana de la expedición llevaba consigo a los nombrados Virrey del Perú y Gobernador de Chile, Andrés Hurtado de Mendoza y Jerónimo de Alderete. Este último falleció en la isla de Taboga producto de una fiebre tropical, en abril de 1556. Ese mismo año el gran Emperador, Carlos V, abdicó a favor de su hijo Felipe II. Mientras tanto nuestro autor siguió camino a Lima, donde permaneció hasta principio de 1557.

El Virrey del Perú, Hurtado de Mendoza, nombró a su propio hijo Don García como nuevo Gobernador de Chile quien tenía bajo sus órdenes al futuro autor de la Araucana. Corría aún el año 1557 cuando Ercilla llega finalmente a Chile, escenario de sus aventuras y de su obra inmortal.

Cantó el poeta las batallas y entreveros en los que fue protagonista pero sin esmerarse por remarcar su presencia. Las hazañas narradas nunca son de su potestad pues él se ocupó de reseñar las de aquellos que resaltaron como arquetipos caballerescos. Sólo se ocupó nuestro autor de decir que estuvo allí donde se dieron los sucesos pues eso garantiza otra cuestión: la fidelidad y el rigor del relato que realizó.


"Ciento treinta mancebos florecientes
fueron en nuestro campo apercebidos:
hombres trabajadores y valientes
entre los más robustos escogidos,
de armas e instrumentos convenientes
secreta y sordamente prevenidos:
yo con ellos también, que vez ninguna,
dejé de dar tiento a la fortuna. "
(i)


Estuvo Don Alonso en tierra de guerra araucana durante los años 1557 y 1558 hasta que un lamentable incidente que lo alejó de la tierra en la que todo lo arriesgó. Se trató de un conflicto con otro caballero, don Juan de Pineda, durante una justa suscitado para desgracia de nuestro autor en presencia de Don García. Ante este incidente, que no pasó de unos duros puñetazos entre ambos hidalgos, el gobernador ordenó que ambos fueran ejecutados al alba del día siguiente. Corría el mes de junio de 1558. Ninguno de los gentilhombres que acudieron como intercesores de Ercilla (muy respetado entre los suyos) pudo hacer nada ante el gobernador que, airado, se retiró a sus habitaciones. Sólo la intervención de una joven dama, que mantenía amistosas relaciones con Don García, pudo evitar tan infeliz desenlace. Es a ella, y a la Providencia, a quien debemos La Araucana.

Ercilla logró sortear, una vez más, la muerte pero no pudo escapar al destierro. Luego de una prisión de tres meses, de la que salía para participar de cuanto entrevero con los indios se suscitara, salió hacia Lima durante los primeros días del caluroso verano chileno. Jamás regresaría a esa tierra, al menos no físicamente. Sólo diecisiete meses pasó nuestro autor en tierras australes.

En Lima, donde tampoco gozaba del favor del gobierno pues recordemos que el Virrey era el progenitor del Gobernador de Chile, pasó Ercilla no pocas penurias económicas y ciertas deshonras no propicias para un caballero de su alcurnia. Ante esto no tardó en pedir rescate a su Señor don Felipe II quien, hacia fines de 1560 y por Real Cédula, ordenó que se le diese algún cargo relativo a sus dotes como guerrero y buen vasallo.

Luego de aventuras guerreras, penurias y éxitos económicos casó don Alfonso con doña María de Bazán y fue nombrado por el rey gentilhombre de la Corte y Caballero de la Orden de Santiago (ii). Desde 1580 ejerció como censor de libros por encargo del Consejo de Castilla. Falleció el 29 de noviembre de 1594, apenas un siglo después de iniciada la Conquista de América.

La Araucana, entre la crónica y la épica.


La obra de Ercilla, compuesta en octavas reales, dividida en tres partes y con un total de treinta y siete cantos, representa el primer gran poema épico dedicado a la conquista de América.

"Chile tiene el honor -dice Roque Esteban Scarpa- gracias a don Alonso de Ercilla y Zúñiga, de ser la única nación posterior a la Edad Media cuyo nacimiento es cantado en un poema épico como lo fueron España con el Cantar del Mio Cid, Francia con la Chanson de Roland o el pueblo germano con Los Nibelungos".(iii)

Más allá de lo retórico de esta comparación, lo cierto es que la obra de Ercilla representa una concreta mixtura entre la crónica y la épica. En ella el autor se esfuerza por dar a conocer la realidad de la guerra de Chile. No importa demasiado el carácter ambiguo de su descripción histórica pues Ercilla es, como dice Maritain, un ´cazador de esencias´ que no se somete a un rigor histórico sino a brindar un testimonio de hechos que lo tuvieron como testigo y protagonista, destacando en éste lo más sublime de la guerra y también lo más bestial. El carácter de ´poeta cronista´ que lo distingue puede en principio verificarse en su esfuerzo de imparcialidad, su ausencia de idealizaciones o abstracciones a la hora de describir, indistintamente en indios y europeos, lo bello, bueno y verdadero, pero también lo bajo, cruel e innoble.

La primera parte de la obra consta de quince cantos y se ocupa de narrar los comienzos de la Conquista de Chile. Con una visión renacentista de paisaje y del hombre americanos, Ercilla describe las hazañas bélicas que protagonizan españoles y araucanos, sin dudar un ápice (en virtud de aquella ´caza de esencias´ que mentáramos) en exaltar, cuando cuadra, la bravura de los indios. Es interesante señalar a este respecto que, si bien el autor de La Araucana no deja de reconocer el carácter guerrero de los araucanos, tampoco elude el hecho mismo de la justicia que enmarca la guerra contra ellos. Se trata, en suma, de indígenas doblemente reacios: al Rey y a Dios. Es por eso que, aún cuando admira el espíritu guerrero indio, no ceja en su labor de reconocer la necesidad de combatirlo.

La primera parte de La Araucana, costeada por su autor, fue publicada en 1569 y, ante la buena acogida, Ercilla decidió publicar la Segunda parte en 1578 y la tercera en 1589. El poema completo, con sus tres partes, se publicó en Madrid en 1590.

Cuestión esencial es la relación entre La Araucana y el Quijote. Según menta José Toribio Medina, sin duda Ercilla y Cervantes debieron conocerse durante la campaña de Portugal y las Islas Azores, emprendida por Felipe II entre 1580 y 1582, en la cuál ambos escritores-soldados participaron.

Es sin embargo Cervantes mismo quien puede darnos mayor información acerca de su deferencia hacia la obra de Ercilla. En su obra magna, al describir el escrutinio que el cura y el barbero realizan en la biblioteca del ´caballero de la triste figura´, destaca tres libros especiales. Vale la pena transcribir el bello diálogo:

" -Y aquí vienen tres [libros]
, todos juntos: La Araucana, de Don Alonso de Ercilla, La Austríada de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrato, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.

"-Todos esos tres libros - dijo el cura - son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guardensé como las más ricas prendas de poesía que tiene España." (iv)

Este ensalzamiento del más grande de la literatura española puede darnos alguna idea sobre lo importante de la obra ercillana. Mas sin duda la íntima unión que se expresa entre ambos autores es la pasión por el sentido heroico de la existencia expresada en la obra literaria. Se trata, en suma, de lo descrito por Cervantes con diamantinas palabras en el famoso discurso de las ´armas y la letras´.

Ercilla y Cervantes pertenecieron a la España que no quiere dejar de ser medieval y que renuncia a trocar la caballería por el mercantilismo. Son dos hombres de letras a caballo entre la España medioeval y la del Renacimiento.

Por otro lado no puede desconocerse el valor intrínseco de La Araucana en la conformación de la identidad cultural chilena. Ha sido justamente Sarmiento, siempre tan dado a las cosas de allende la cordillera, quien ha retratado está cuestión con su eximia prosa:

"La historia de Chile está calcada sobre La Araucana, y los chilenos, que debían reputarse vencidos con los españoles, se revisten de las glorias de los araucanos a fuer de chilenos estos y dan a sus más valientes tercios (...) y a sus naves [los nombres] de Lautaro, Colocolo, Tucapel, etc. Y creemos que estas adopciones han sido benéficas para formar el carácter guerrero de los chilenos, como se ha visto en la guerra reciente con el Perú"
. (v)

Muy debajo de La Araucana en los peldaños de la literatura se encuentra La Argentina de Martín del Barco Centenera. Sin discutir las deficiencias literarias de ésta última es interesante comprobar que se caracteriza por ser también una obra fundacional, en la que se imprime la fisonomía de un pueblo. Pero La Araucana, más allá de su valor cultural fundacional, es una obra excelente desde el punto de vista literario. Es claro que no se ha visto exenta de críticas referidas sobre todo a su valor como fuente historiográfica. Ha sido especialmente el importante publicista chileno Diego Barros Arana quien ha objetado el carácter de crónica versificada de la obra. El juicio del etnólogo es terminante:
"hay que tomar con reserva en las investigaciones etnográficas de los pueblos aborígenes los datos de poemas y crónicas versificadas."
(vi)

Es importante preguntarse hasta que punto es fundamentada esta crítica. ¿Se ha dejado llevar Ercilla por su fantasía de poeta o por sus ideales caballerescos al retratar al indígena, o bien hay datos que se corroboran por otras fuentes? Creemos suficiente remitirnos a lo dicho en este mismo apartado. Ercilla es un poeta que narra y lo hace describiendo esencias lejos, muy lejos, de la pretensión de
"describir los hechos tal cual sucedieron"
, aunque sin soslayar la importancia de la objetividad de su narración.

Otra crítica realizada a La Araucana es la aparente ausencia de protagonista. Es cierto que Ercilla no dedica la obra a la narración de las proezas de un personaje en particular. Pero no menos verdadero es el hecho de su constante mención a sus camaradas de armas. Casi cien nombres de caballeros españoles aparecen atiborrando sus páginas. Pero creemos además que el hecho de no personalizar la obra en un hombre en particular tiene que ver con la idea que el autor tiene de la epopeya americana, idea que resume de alguna manera la percepción que debe tenerse de aquel excelso acontecimiento.

"Hablar de heroísmo y de conquistadores - dice Blanco Fombona refiriéndose a la Conquista - parece redundancia. Aducir ejemplos, sería citar la vida de todos y cada uno de ellos."
(vii)

 

 


El contexto histórico: la Conquista de Chile, la rebelión indígena y la guerra justa.


El período que nos ocupa es el que enmarca la llegada de Ercilla a Chile y lo más álgido de la lucha contra el araucano. El primer término cronológico que enmarca es la muerte de Pedro de Valdivia. En ese sentido podemos hablar del período posvaldiviano, que se desliza desde la muerte del conquistador en 1553 hasta 1561, momento en que termina el gobierno de Don García Hurtado de Mendoza. (viii)

La muerte de Pedro de Valdivia produjo en Chile una disputa entre los posibles sucesores del cargo de gobernador ya que ni Alderete ni Francisco de Aguirre, designados por Valdivia como sucesores, se encontraban dentro del territorio. Tres fueron los que se llegaron a plantear ocupar dicho cargo: Francisco de Aguirre, Rodrigo de Quiroga y Francisco de Villagra. Este último, valeroso caudillo y guerrero, fue quien finalmente, con el apoyo de los Cabildos del Sur (La Imperial, Valdivia y Concepción), logró convertirse de hecho, en Gobernador de Chile. Esto se hizo sin esperar el consentimiento del Virreinato del Perú pues la situación era de emergencia. Se necesitaba de un jefe que condujera a los españoles en contra de la amenaza de los araucanos, que, comandados por Lautaro, ya habían demostrado su tremenda capacidad guerrera derrotando a Valdivia en Tucapel.

Villagra tomó el mando según los dispuesto por los cabildos y se puso inmediatamente en campaña organizando una fuerza de alrededor de 150 soldados (cantidad notable para el período), con los que se dirigió hacia el territorio araucano. Allí, en la planicie de Marigüeño cercana a Laraquete, lo esperaba Lautaro con 15.000 conas. El enfrentamiento se produjo el 26 de febrero de 1554 y en él, los araucanos, utilizando la misma táctica de ataques en oleadas, lograron infringir una terrible derrota a los españoles de los cuales sólo sobrevivieron unos 50 hombres. A esta batalla se refirió Ercilla sin soslayar la figura de Villagra, exaltado con las virtudes propias del caballero:


"Villagrán la gran batalla en peso tiene
que no pierde una mínima su puesto;
de todo lo importante se previene;
aquí va, y allí acude, y vuelve presto:
hace de capitán lo que conviene
con osada experiencia, y fuera desto,
como usado soldado y buen guerrero
se arroja a los peligros el primero." (ix)


Esta terrible derrota hizo que el temor que ya existía hacia los araucanos por la muerte de Valdivia, se transformara en pánico. Producto de esto fue el abandono de la ciudad de Concepción, narrada bellamente por Ercilla, en la que sus habitantes fugaron desordenadamente al ver llegar a los maltrechos y derrotados sobrevivientes de la batalla. El propio Villagra y su malherida hueste debió emprender el camino hacia Santiago, dejando absolutamente desamparadas a las otras ciudades sureñas.

Evidentemente esto sirvió para avivar la disputa por el cargo de Gobernador que aún no estaba definido oficialmente. El cabildo de Santiago sin embargo decidió respaldar a Villagra, quien afirmaba que había sido derrotado por falta de hombres y recursos, y le dio los fondos para organizar un nuevo cuerpo militar, pues la amenaza araucana apuntaba al parecer ahora al mismo Santiago.

Villagra salió nuevamente en persecución de Lautaro, pero éste desarrolló una táctica de guerrillas, atacando y luego huyendo a un refugio secreto en un lugar llamado Peteroa, cercano al río Mataquito. Sin embargo, en la madrugada del 1 de abril los españoles cayeron sobre los desprevenidos araucanos quienes, a pesar de su tenaz resistencia, fueron masacrados. Allí aconteció la muerte del gran caudillo Lautaro que Ercilla tristemente describió para la posteridad:


"Por el siniestro lado, ¡oh dura suerte!,
rompe la cruda punta , y tan derecho,
que pasa el corazón más bravo y fuerte
que jamás se encerró en humano pecho;
de tal tiro quedó ufana la muerte;
viendo de un solo golpe tan gran hecho
y usurpando la gloria al homicida,
se atribuye a la muerte esta herida." (x)


La cabeza del noble aborigen fue llevada a Santiago y exhibida orgullosamente como trofeo en la Plaza de Armas. Así, cuando llegó el nuevo gobernador, don García Hurtado de Mendoza (y con él nuestro autor), ya se había superado la grave crisis ocasionada por Lautaro.

Sin duda era don García hombre de gran decisión y energía para su joven edad, aunque a veces no poco cruel.xi Don García trajo a Chile lo que fue el más poderoso ejército español para su época: cerca de cuatrocientos hombres, o tal vez más, bien equipados, con tal cantidad de armas y caballos que sirvieron por mucho tiempo a las necesidades del naciente dominio hispánico.

Cómo hemos dicho, después de tomar posesión del cargo en La Serena, se dirigió Don García por mar hacia el Sur, sin pasar por Santiago, y desembarcó en la Isla Quiriquina en el invierno de 1557. Allí construyó el mentado fuerte de Penco para establecerse, pues no se atrevía a pasar al continente mientras no llegara la caballería que venía por tierra con 500 caballos.

Más tarde ya en el continente se produjeron los primeros enfrentamientos con los araucanos. Estos ya había elegido un reemplazante en el cargo de Gran Toqui que había ocupado Lautaro.

La designación recayó en Caupolicán, fuerte mocetón aunque, al parecer, sin la capacidad estratégica de su antecesor. Dos batallas se produjeron en éste período: la de Lagunillas y Millarapue, en las cuáles se impuso la superioridad bélica de los europeos que ésta vez estaban muy bien abastecidos de cañones y arcabuces. Los indígenas, a pesar de su temeridad en la batalla, fueron masacrados masivamente. A estas trágicas derrotas se sumó tiempo más tarde, la captura de Caupolicán en Pilmaiquén por parte del capitán español Reinoso, quien ordenó que se sometiera al toque a una muerte terrible: que una estaca le atravesara las entrañas hasta fallecer.

A éste hecho se suma el suplicio de Galvarino a quien se le habían cercenado sus brazos como forma de amedrentar el resto de los araucanos y mostrar la violencia y crueldad con que se llevó a cabo la Guerra de Arauco. Ercilla, que fue testigo presencial de este hecho lo narra con inusitada impresión:


"Donde sobre una rama destroncada
puso la diestra mano, yo presente,
la cual de un golpe con rigor cortada
sacó luego la izquierda alegremente
que del tronco también saltó apartada." (xii)


Sea por los excesos de autoridad de su hijo o por los suyos propios de los cuales se recibieron numerosas acusaciones, el hecho es que don Andrés Hurtado de Mendoza, padre de García, fue destituido de su cargo y junto a él, su hijo.

La guerra contra el araucano, como la emprendida contra todos los indígenas rebeldes durante la conquista de América, se encuentra enmarcada en el concepto de guerra justa. Esta noción fue profusamente tratada y estudiada, mediante un encargo del Rey, por los teólogos de la Universidad de Salamanca entre los que destaca Francisco de Vitoria. Es este un indicio más de la importancia brindada por España a mantener la ´cosas nuevas´, presentadas por el Nuevo Mundo, en el ámbito de la legalidad y la legitimidad aseguradas por una doble fuente potestativa: el Rey y la Iglesia.

En sus lecciones y disertaciones en la citada universidad Vitoria se explayó sobre la cuestión de la guerra justa y son esas reflexiones las que compiladas llegan a nosotros bajo la forma de las
"Relecciones sobre los indios y el Derecho de Guerra"
. En la última parte de esta obra, realizada según el método de la escolástica, Vitoria explícita la cuestión de si es lícito o no a los cristianos hacer la guerra, a lo cual responde afirmativamente partiendo del doble basamento de la Tradición (especialmente San Agustín y Santo Tomás) y las Sagradas Escrituras. Sin embargo la cuestión más interesante (y especialmente referida a nuestro trabajo) es el examen que Vitoria realiza acerca de las causas para realizar la guerra justa. Enumera en primer término cuatro motivaciones erróneas:

"La diversidad de religión no es causa justa para una guerra (...) no es causa justa de una guerra el deseo de ensanchar el imperio (...) Tampoco es causa justa de una guerra la gloria o cualquiera otra ventaja del príncipe" - y termina apuntando: "La única y sola causa justa de hacer la guerra es la injuria recibida"
(xiii)

Es claro que el Vitoria no se refiere a cualquier injuria sino a aquella de suyo tan grave que implique un daño irreparable a los propios. En ese caso el príncipe, que es el único que puede declarar la guerra justa, no sólo puede sino que debe propiciar los medios de la reparación. En el caso de los araucanos esto se explícita, no por la renuencia a aceptar la fe cristiana o la potestad del Rey sino por los ataques realizados contra los súbditos directos de éste y el obstáculo presentado en la esencial propagación de la fe católica, misión primera de España.

Pero para esclarecer aún más un concepto de suyo complejo como es el de la guerra justa es necesario remitirse también a Ercilla quien en el último canto de su obra hace explícitas las razones de la guerra contra los indios rebelados apoyándose en el derecho de gentes como noción derivada del derecho natural.


"Por ella [la guerra] a los rebeldes insolentes
oprime la soberbia y los inclina,
desbarata y derriba a los potentes
y la ambición sin término termina;
la guerra es de derecho de las gentes
el orden militar y disciplina
conserva la república y sostiene,
y las leyes políticas mantiene."
(xiv)


El si vis pacem parabellum latino encuentra así su paralelo en el "el que quiera bevir en paz, que se apareje para la guerra" (xv) del Infante Don Juan Manuel. Ese es el criterio sobre el que descansa la expresión de nuestro autor. Aún cuando se trate de una terrible realidad la guerra parece ser, en la época de Ercilla y en muchas otras, el único recurso para mantener el orden y poder así cumplir la misión evangelizadora y civilizadora que España asumió para y en América.

En el sentido indicado Ercilla es un ejemplo preclaro. Él llegó de España ya formado por la literatura renacentista, por la teología y por las discusiones jurídicas sobre el Nuevo Mundo que ya señaláramos.

Nos parece interesante culminar este apartado con palabras de Anderson Imbert:

" La poesía manaba de su alma de español del Renacimiento, lector de Virgilio, de Lucano y de Ariosto, soldado del reino católico de Felipe II, enemigo del indio, no por codicia, sino porque el indio era enemigo de su fe."
(xvi)

 

 



Presencias y ausencias del ideal caballeresco en La Araucana.

"En él se resumió la guerra"
Alonso de Ercilla. La Araucana.

Las diversas acepciones del término caballero o caballería.

Al igual que en la mayoría de los cronistas de la época Ercilla menciona el término ´caballero´ en varios sentidos (xvii). Esta diversidad de acepciones evidencia, según Nelly Porro, "no sólo el desgaste de la palabra sino el de un ideal, aún más deteriorado que el término que lo representa". (xviii)

El primer verso de La Araucana incluye el término caballería en el sentido primigenio y original del término. Así lo explícita Ercilla cuando se refiere al

"valor, los hechos, las proezas
de aquellos españoles esforzados,
que a la cerviz de Arauco no domada
pusieron duro yugo por la espada"
(xix)

He ahí la presentación de la obra que, como se ha dicho, es un canto a los trabajos conquistadores de los españoles pero también a la valentía, aunque infiel y digna de ser batida, de los indígenas. En ese sentido podemos decir que Ercilla imprime a su obra un carácter épico que se sostiene en la acepción principal y original del término ´caballería´.

En el resto de la obra se retorna a este sentido original pero se utiliza la palabra para designar otras cuestiones, a saber:

Aparece, en primer término, el sentido elemental del caballero como hombre de a caballo, más allá de que haya sido o no armado como tal.

En este sentido es interesante ver la diferenciación social que realiza entre el infante y el caballero cuando analiza el caso de Valdivia al decir:

"A Valdivia mirad, de pobre infante
Si era poco el estado que tenía,
Cincuenta mil vasallos que delante
Le ofrecen doce marcos de oro al día."
(xx)

Esta diferenciación social puede basarse, con los matices propios de la situación indiana, en aquella otra definición primigenia que Cardini explicita entre milites y rustici y que tenía implicancia en las funciones sociales y en los ´géneros de vida´, en tanto los caballeros tenían el privilegio de llevar armas y estaban exentos de las cargas impositivas merced a su dedicación a la defensa de los rustici y la sociedad toda. (xxi)

Pero, en el caso de Ercilla y la apreciación acerca del origen social del gran capitán, no está implícita la negación de la alta estima que Ercilla le tiene a pesar de no haberlo conocido. Más adelante, al narrar el combate en el que Valdivia ofrenda su vida, Ercilla revaloriza al soldado que éste fue:

"pero el Gobernador osadamente
que también hasta allí estuvo confuso,
les dice: Caballeros, ¿qué dudamos?
¿Sin ver los enemigos nos turbamos?"
(xxii)

Esto habla a las claras de que, independientemente de que estuviesen presentes en algunas ocasiones la codicia y la falta de escrúpulos, lo majestuoso es que aquellos que cayeron en esos vicios se redimieron con muerte gloriosa en el justo combate. El caso de Valdivia resulta ejemplo preclaro de lo dicho.

Pero la diferenciación entre caballero e infante (xxiii) no remite exclusivamente al origen sino también, y principalmente, a las dotes como guerrero. En no pocas ocasiones Ercilla destaca la diferencia existente entre el caballero, arrojado e impertérrito ante el peligro, y el infante, muchas veces vencido por el miedo. Por ejemplo cuando se refiere a los ´peones´ (xxiv) que
"casi moverse al trote no podían, que con sólo el temor los detenían."
(xxv)

En otro pasaje nuestro autor comenta que ante la falta de guerreros Don García optó por hacer mover
"al común y caballeros, alegres (los primeros) de llevar tan buena guía"
. (xxvi)

Por otro lado Ercilla habla de una caballería cristiana. Lo hace al referirse a dos batallas que, gloria también del Imperio Español, representan una diferencia importante con el contexto de la araucanía. Se trata de las batallas de San Quintín y de Lepanto.

"..mas la fuerza y virtud tan conocida
de aquella audaz caballería cristiana
la multitud pagana contrastando,
iba de punto en punto mejorando."
(xxvii)

Aún hay otro sentido con el que Ercilla utiliza el término caballería y es el asignado a los propios araucanos. Más esto, que puede resultar ciertamente contradictorio, se expresa en la traslación que nuestro autor realiza de las virtudes españolas a los personajes indios de su obra. (xxviii)


 

 


 

 

Defectos y virtudes del caballero.

Bazán Lazcano adjudica la decadencia del ideal caballeresco a cierta ´deshumanización´ paradojalmente asociada al ´humanismo´ en clave renacentista. (xxix) Consideramos que, en modo muy general, esta explicación es satisfactoria. Es justamente el espíritu renacentista, con su sobrevaloración de lo útil por encima de lo bueno, de lo mercantil sobre lo bello y del ahorro sobre lo honroso y verdadero, el que propicia el quiebre de la institución de la caballería. Sin embargo esto no se da con tanta facilidad en el caso de España que permanece ´atrasada´ en la adquisición de todos los hábitos propios del capitalismo mercantil. Este ´atraso´ (afortunado según se mire) está explicado en parte por la irrupción de América en la historia de la mano de España pues la conquista hizo que los hombres de España se inflamaran en las ideas caballerescas que "nutrieron su alma y los llevaron así a vastas realizaciones".(xxx)

De todas formas no podemos decir que el traspaso de la caballería, tal el objeto parcial de nuestro trabajo, haya sido tan puro cómo para destacar una caballería medieval en América. Y es que el ´hecho americano´ pulió cada una de las instituciones que España desinteresadamente ofreció. Esto nos lleva a considerar que podemos hablar de una caballería indiana en el mismo sentido que hablamos de una Iglesia indiana: se trata de instituciones imposibles de explicar sin recurrir a su origen. (xxxi) Es por este contraste que podemos hablar de la continuidad o no del ideal caballeresco en tanto se respeta la institución originaria.

Una cuestión también esencial es la que plantea Tudela Velasco al referirse a
"la antinomia entre los postulados ideales de la caballería y el real cumplimento de los mismos.."
(xxxii)

La autora citada se ocupa de la degradación del ideal caballeresco en España pero no de ésta en America. Consideramos, a modo de hipótesis, que el problema grave no es la falta del debido respeto al ideal sino justamente el hecho de que este ideal se vea subvertido por la mala práctica. Mientras un caballero sea objeto de sanción por el no cumplimiento de los deberes la caballería puede seguir andando pero el problema se suscita cuando la mala praxis constante genera un cambio en el ideal propio de la institución caballeresca.

Desde otro punto de vista Roxana de Andrés Díaz manifiesta que la decadencia de la caballería se remota al mismo siglo XIII, momento en el que se produce la llamada ´sacralización´ de la vida militar. Consideramos cuestionable esta perspectiva de la que nos ocuparemos en el apartado correspondiente a la religiosidad del caballero. (xxxiii)

La caballería americana se vió en cierta medida ´flexibilizada´ por las ´cosas nuevas´ del Nuevo Mundo. La distancia espacial y cultural, la realidad de una conquista inédita y el enfrentamiento a costumbres culturales radicalmente distintas, hacen de la caballería (como muchas otras cuestiones del ´trasplante´) una institución que ciertamente pierde el destello original. Tal parece ser la idea general. Lo que procuramos realizar en este trabajo es el escrutinio de las diversas manifestaciones indianas de la caballería y su contraste con el ideal original. En las conclusiones procuraremos esbozar nuestra idea al respecto, emergente de la tarea emprendida.

Las cuestiones dadas en torno al problema de la pervivencia o pérdida del ideal caballeresco son claramente visibles en La Araucana donde Ercilla demuestra rigurosamente cómo muchas cosas permanecen al margen no ya de lo caballeresco sino también de la más elemental cosmovisión ética religioso.(xxxiv)

"Sólo diré que es opinión de sabios
que adonde falta el rey sobran agravios".
(xxxv)

No es posible eludir que cierta falta de autoridad, sobre todo en lugares de guerra constante como el Flandes indiano (xxxvi) que fue Chile, es la que explica en parte el relajamiento de las costumbres y pone en peligro la pervivencia de ideales superiores como el de la caballería. Pero es también innegable que el autor de La Araucana pone a nuestra disposición todo un concierto de ejemplos que atestiguan hasta qué punto el ideal de la caballería se conserva sino intacto al menos plenamente vigente.

Antes de continuar con el escrutinio de los defectos y virtudes del caballero es menester dejar en claro cuáles eran estos según el ideal al que hacemos referencia.

Según Llulio es competencia del caballero mantener la fe católica, combatir contra los infieles, defender y ayudar al señor de quien se es vasallo [el capitán en el caso del caballero conquistador], participar en los torneos y las partidas de caza; defender la tierra y si es dominio suyo, gobernarla con sabiduría. El caballero debe ser amante del Bien Común pues
"para la común utilidad de las gentes fue establecida la caballería"
. Debe ejercitarse además en la virtud, específicamente en las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) y las cardinales (justicia, prudencia, fortaleza, templanza), sin que por ello falten la sabiduría, la lealtad, la largueza, la magnanimidad. (xxxvii) Pero, por sobre todo lo otro o, para mejor decirlo, a partir de todo lo otro, el caballero debe saber que su mayor obligación es para con Dios, de quien se reconoce vasallo y deudor absoluto.

La lealtad, también nombrada en los textos como fidelidad, es esencial en el oficio de la caballería. Se trata en principio de cumplir la palabra empeñada en la obediencia al jefe y, además, no traicionar la fe jurada hacia la protección y defensa de todos los estados de la sociedad. (xxxviii)

"Observamos que la lealtad -dice Porro- virtud ideal, aparece en la obligación de guardar pleito homenaje o lo recibido en encomienda."
(xxxix)

Pero la lealtad, que es una virtud suprema en el caballero durante el combate, está especialmente enfocada en la imagen del capitán por el que la batalla adquiere o pierde sentido. De ahí que si el jefe no es apto o adolece de flaquezas indisimulables, la obediencia desfallece. Si no existen en el capitán cualidades que naturalmente lo impongan como jefe es poco probable que coseche la lealtad de sus caballeros. (xl) Pero cuando el capitán lo es en todo el sentido del término los caballeros no dudan en su arroja por acompañarlo en lo que la batalla depare.


"Con gran presteza, del amor movidos,
adonde Villagrán ven se arrojaban
y los agudos hierros atrevidos
de nuevo en sangre nueva remojaban"
(xli)


Sin duda lo opuesto a la lealtad es la traición y quien cae en ella merece la muerte. "Es traidor quien no sirve al Rey y olvida la lealtad que le debe y la obligación que cómo caballero tiene de seguir a sus mayores." (xlii)

Más es traidor también quien abandona a sus compañeros de armas, por cobardía. Así cómo la lealtad es manifestación de la valentía y el arrojo, la traición es secuela de la cobardía. No hay cosa que repugne más al caballero.

"Si la caballería conviene tan fuertemente con el valor -dice Llulio - que echa de su Orden todos los amigos del deshonor, si no recibía a los que tiene valor, lo aman y lo mantiene, se seguiría que la caballería se podría destruir algo con la vileza, lo que no podría restablecer con la nobleza."


La cobardía es de suyo una noción anticaballeresca. Se trata de la negación más absoluta del ideal sólo comparable, quizás, con la afrenta al Rey y a la Iglesia.

El caballero, aún junto a sus camaradas, combate sólo. Incluso la enseñanza militar que recibía estaba orientada al combate individual:
"en él se resumió la guerra" sintetiza Ercilla. (xliii) El arrojo y la intrepidez imponen la lucha cuerpo a cuerpo con el sólo auxilio de la destreza en el manejo del caballo, la protección de la armadura y la proximidad, siempre cuidada, del compañero de armas. Para el caballero no es admisible, por deshonrosa, la emboscada. No se traiciona a nadie, ni siquiera al enemigo.

Y si la traición es de total talante anticaballeresco lo es también la masacre o la crueldad para con el enemigo ya vencido. Lo dice nuestro autor al contar el término de una batalla en la que un grupo de españoles
"hasta allí cristianos que los términos lícitos pasando, con crueles armas y actos inhumanos, iban la victoria deslustrando."
(xliv)

De este modo se comprende cómo la victoria no tiene sentido para el caballero si se comenten crueldades que deslucen o degeneran el fin último de la pela: la preponderancia de la religión verdadera y la civilización sobre el error y la gentilidad.

Creemos necesario recurrir a unos significativos versos ercillanos que sintetizan lo expresado hasta ahora:

"Tener en mucho un pecho se debría
a do el temor jamás halló posada,
temor que honrosa muerte nos desvía
por una vida infame y deshonrada:
en los peligros grandes la osadía
merece ser de todos estimada:
el miedo es natural en el prudente
y el saberlo vencer, es ser valiente."
(xlv)

Por otro lado la negación de la cobardía y la afirmación del valor se evidencia en la defensa del caballero a los pobres, los desprotegidos de toda jaez, los huérfanos y las viudas.

La Araucana es pródiga en ejemplos acerca del socorro a las viudas y huérfanos. Es interesante verificar que esta protección de las viudas, especificada en todos los códigos caballerescos, nos se acota a las mujeres españolas. Muy por el contrario. Ercilla narra constantemente la asistencia a las viudas araucanas en páginas llenas de caridad y amor cristiano hacia los infieles. Por caso ponemos el encuentro de Ercilla con Tegualda, la joven viuda de un mapuche muerto en asalto al fuerte español. La mujer le ruega al conquistador que le deje llevar el cuerpo de su amado a lo que Ercilla accede sin condicionamiento alguno:

"Movido pues a compasión de vella
firme en casto ya amoroso intento,
de allí salido me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento."
(xlvi)

Cómo ya ha quedado esbozado el caballero no entiende la vida sin honor y, sin éste, la muerte pierde sentido. La honra es, según nos dice García Morente, "el reconocimiento en forma exterior y visible de la valía interior e invisible." (xlvii)

El honor no representa para el caballero más que el ideal al que se debe aspirar, la forma ideal que todo hombre, y más aún un paladín de la caballería, debe propugnar hacer de sí mismo. La honra es lo que diferencia al hombre que se es del que se debería ser.

"...entre lo que cada uno de los hombres es realmente - continua García Morente - y lo que en el fondo de su alma quisiera ser, hay un abismo. Ennoblécese, empero, nuestra vida real por el continuo esfuerzo de acercar lo que en efecto somos a ese ser ideal que quisiéramos ser..." (xlviii
)

Nada más abyecto para el caballero que la evidencia de sus propias miserias o flaquezas. Pero, y esto lo explica magistralmente García Morente, no hay hipocresía en esta actitud. El caballero no muestra sus vicios no por fingimiento o hipocresía sino por respeto al ideal, al arquetipo. Si se finge, podemos decirlo, no se es caballero. En este sentido el caso modelo de la negación del ideal honroso del caballero parece ser el de los cobardes Infantes de Carrión que nos describe el Cantar del Mio Cid. Allí encontramos el antitestimonio que dichos infantes pregonan y del cuál, y he aquí la base de la distinción, terminan por hacer gala. Al fin terminan por reconocer y defender su propia infamia. Todo ante el estupor y la airada respuesta de los veros caballeros.

El caballero español y cristiano no puede aceptar lo infame y deshonroso pero no por él mismo sino por el ideal arquetípico al que propende constantemente. No se trata de presentarse a sí mismo como un caballero puro sino cómo un pecador que aborrece el pecado y pugna por superarlo. En este sentido se explica la defensa y el respeto que el caballero debe imponer a los demás acerca de su persona: no se trata de la defensa de sí mismo sino de lo que él representa.

Una imagen precisa de lo dicho nos ofrece Ercilla cuando narra la predisposición de los caballeros en Chile al enfrentar la posibilidad de huir ante los embates del araucano.

"La vida ofreced acabar contenta
por no estar al rigor de ser juzgado;
teme más que a la muerte alguna afrenta
y el verse con el dedo señalado"
(xlix)

Es decir que el honor mancillado y el estigma que esto supone es, para el caballero, algo imposible de pensar. El sentido del honor ínsito en el caballero le hace desprenderse de toda comodidad o ventaja en el combate. Se sabe acompañado por Cristo y eso le basta para afrontar las penurias y la muerte. Ercilla reafirma esto cuando comenta cómo uno de los españoles, a punto de entrar en combate, se anima a solicitar mayor cantidad de gente para emprenderlo, a lo que un hidalgo responde:

"A Dios plugiera
fuéramos sólo doce y dos faltaran
que doce de la fama nos llamaran."
(l)

Pero es menester ver, como dice Guarda, el anverso y el reverso de la medalla del conquistador.

Cierto es que, a veces, la justicia administrada era de una crueldad sorprendente: los desnarigamientos y desorejamientos estaban a la orden del día y el mismo Ercilla nos relata el terrible castigo dado a Galbarino al caer prisionero cuando, en modo atroz, se le cortan ambas manos y se lo deja libre. (li)

Otra falla característica del caballero conquistador que, por otra parte, no es hipócrita en ocultarla, es la codicia. Ercilla tampoco la oculta y se lamenta de ella en canto triste:

¡Oh incurable mal! ¡Oh gran fatiga,
con tanta diligencia alimentada!
¡Vicio común y pegajosa liga
del provecho y bien público enemiga! (
lii)

Y otro gran cronista como Bernal Díaz, al mentar a sus camaradas casi martirizados, es veraz al decir: "...murieron cruelísima muerte por servir a Dios y Su Majestad, e dar luz a los que estaban en tinieblas...y también por buscar riquezas, que todos comúnmente venimos a buscar." (liii) Cómo se ve, no sólo se oculta la codicia sino que se la ubica con absoluta franqueza entre las cuestiones que a América los trajeron. Por ello sería un error, cuando no una infamia, hacer de la codicia el rasgo central del conquistador. Primero porque el afán de riquezas es un objetivo nimio en relación a la misión que el caballero conquistador hace suya y por la que ofrenda la vida. Y, segundo, porque hacer del español de la empresa indiana poco menos que un capitalista es no sólo un absurdo sino un desacierto histórico francamente insoslayable. El consumismo, el afán de acumulación y la compulsión del ahorro y la mezquindad no son vicios que puedan adjudicársele al caballero sin realizar una grosera deformación histórica. (liv)

La Araucana, en fin, si bien expresa las condiciones del antitestimonio español, exalta sobre todo a una estirpe de hombres que dieron a España y la Iglesia el dominio cultural, político y espiritual de la cuarta parte del globo.

Lo cierto es que esos hombres estuvieron, más allá de sus fallas, dispuestos a combatir no sólo a los hombres que se opusieran a Cristo, la Iglesia y el Rey sino también contra todo obstáculo. Hombres, clima, tierra, frutos, fieras, insectos, enfermedades: todo allí resulta desconocido y casi hostil.


 

 

 

 

La importancia de la ´caballería´ araucana.

Es menester aclarar en un principio que no existió tal caballería indígena, al menos no en el sentido europeo del término. Si hablamos de caballería araucana es por dos razones: primero por que se trata de fuerzas indígenas montadas a caballo lo cual remite a la definición básica del caballero y, segundo porque es el mismo Ercilla quien, sin hacerlo en forma explícita pero haciéndolo al fin, considera que muchos ideales caballerescos están presentes en los indios. En este sentido puede pensarse que el autor plantea ideales que exceden los lindes de una cultura, la europea, para plantarse en cualquier tiempo y lugar. Se trata del honor, de la valentía, de la entrega por una causa. Este no es un dato menor en la obra del español pues, como ya hemos enfatizado, si algo distingue a La Araucana es la desprejuiciado alabanza de las virtudes guerreras indígenas. Es claro que esto no hace separar un ápice a Ercilla de la plena convicción de la guerra justa pero si lo establece cómo un autor verídico (en el sentido de que está munido de rigor histórico) y justo. Además se verifica en nuestro autor lo que en todo noble guerrero: el reconocimiento de la valía del enemigo.

Sólo en este sentido muy general podemos hablar de una caballería araucana.

La cuestión central es que, más allá del valor personal del indígena, su organización militar era excelente. En su Crónica Bibar describe impresionado las formaciones guerrearas araucanas comparándolas incluso con la falange romana. Indudablemente el aspecto y la ferocidad de los indios hacían de ellos enemigos implacables.

"Su aspecto debía ser aterrador -dice Zapater- las armaduras de cuero, las cabezas de felino mostrando los colmillos, los adornos de plumas, las pinturas faciales, su valor individual, explican el asombro y admiración que provocaron en los conquistadores españoles." (lv)

Puede decirse que los indígenas son los grandes protagonistas de la obra ercillana. Nuestro autor los admira profundamente y nada le impide exaltar y embellecer sus cualidades. Pero, como dice Solar Correa, Ercilla fue
"historiador para los españoles y poeta para los araucanos."
(lvi)

Esta exaltación del araucano le permite a nuestro autor describir a indios que hablan de astronomía, discuten sobre regímenes políticos (sobre la noción de Bien Común por ejemplo), se tratan entre sí como pares y a sus mujeres las llaman galante y respetuosamente ´señoras´.

Pero hay algo esencial que entender y es que, más allá de la soberbia prestancia con que Ercilla describe a los araucanos y la falta de protagonismo aparente de los españoles, estos últimos son los que siempre terminan venciendo. Al respecto es sintomático que el primer libro de la obra termine con el triunfo del precitado Villagrán en las márgenes del Mataquito y con la muerte del gran Lautaro. Al finalizar el libro segundo vemos a la mesnada gloriosa de Don García paseando sus estandartes victoriosos por la Araucanía luego de haber vencido a Galvarino. Y, al fin, en el término del tercer libro, eliminado Caupolicán, los españoles quedan dueños de todo el país.

Pero es preciso detenerse en el hecho de que los indígenas de Ercilla son, en realidad, almas españolas en cuerpos araucanos: piensan, sienten y obran del mismo modo que el peninsular del siglo XVI. Más esto no obsta para continuar considerando que Ercilla carece de rigor histórico sino que consolida la idea de que se trata de un hombre de su tiempo y que le es difícil (tanto como a nosotros hoy) abstraerse de la realidad física y metafísica de su época. Es por eso que los más genuinos y brillantes aspectos del alma hispánica están presentes en los araucanos que Ercilla nos describe: el orgullo nacional (es esencia saber que los mapuche carecían del concepto de nacionalidad), la preocupación religiosa, el culto a la mujer, la generosidad, el pundonor. Hasta el amor del mapuche, casi exclusivamente fisiológico, aparece en el poema transfigurado como sentimiento noble y poético.

Y también, he aquí lo que más nos interesa, Ercilla convierte a los araucanos en poco menos que caballeros medievales y no duda en atribuirles todas sus virtudes y cualidades.

¿Hasta que punto estos anacronismos son sancionables? ¿Afectan la realidad histórica que Ercilla permitió descubrir? Creemos que no, a no ser que seamos nosotros lo que planteemos el anacronismo y juzguemos la obra ercillana con los ojos de un historiador o un etnógrafo del siglo XXI.

El caballero y la religión.

"Siempre el benigno Dios por su clemencia
nos dilata el castigo merecido".
Alonso de Ercilla, La Araucana.

La intervención sobrenatural.

El hecho de la conquista de América, llevado a cabo por hombres y por ende con cosas sublimes y miserables, contó además con la intervención divina, presente en toda la historia humana. En este sentido la empresa indiana tuvo a su favor, según Ezcurra Medrano, "...una especial protección de Dios que se manifestó muchas veces en acontecimientos de carácter sobrenatural y sin la cuál el esfuerzo meramente humano hubiera sido impotente para triunfar sobre una raza belicosa y una naturaleza hostil." (lvii)

Otra cuestión, concomitante pero que no desmerece la intervención divina en los sucesos históricos de la conquista, es el carácter profundamente religioso del hombre español del siglo XVI. Existe cierta determinación vital por lo religioso en ese hombre que cargaba en su mochila la doble gloria de la Reconquista y de la propagación de la religión, una fe inquebrantable y una certeza única de que la verdad reposa en la Iglesia Católica. Al respecto decía Maeztu:

"Y así puede decirse que la misión histórica de los pueblos hispánicos consiste en enseñar a todos los hombres de la tierra que si quieren pueden salvarse, y que su elevación no depende sino de su fe y su voluntad."
(lviii)

Queremos evitar nosotros caer en el error tan común de realizar una tajante separación entre el clérigo y el soldado, entre el operario espiritual y el militar. Lo cierto es que, como quedó dicho, ambos participaron de la misma empresa desde distintos oficios. Desconocer esto puede derivar en agrias imputaciones hacia el conquistador separando a éste del pensar y el accionar del teólogo y el misionero. A modo de ejemplo citamos al jesuíta Blas Valera quien al hablar de la conquista del Nuevo Mundo dirá que fue
"providencia y batalla suya a favor del Evangelio, que no fortaleza de los españoles."
(lix)

La manifestación de la tarea común queda testimoniada en la participación de los mismos sacerdotes regulares en más de un entrevero contra los indígenas, sobre todo en el Flandes indiano que Chile fue. (lx)

Ercilla recala constantemente en la vinculación estrechísima entre caballería y religión. Lo hace, como recalcamos más arriba, con la constante mención a la caballería ´cristiana´, pero también al hacer referencia a la analogía entre la labor del clérigo y la del soldado. Y es que el oficio del caballero, al igual que el del Orden Sagrado, implica un voto eterno. Cuando se es recipiendario del orden de la caballería, se lo es para siempre. Se trata de la adquisición de un estado, al que se puede faltar y degradar, pero que no se pierde en modo alguno.

Aparece aquí el concepto, utilizado por Roxana de Andrés Díaz y por Franco Cradini, de la ´sacralización´ de la caballería. El rito de la investidura del caballero es, para la época en la que escribe y combate Ercilla, claramente contrapuesto al otrora laical. La confesión y el baño, por lo que el caballero quedaba limpio en alma y cuerpo, la vela de armas y la bendición, la comunión matinal hablan de un modo sacral de recibir y vivir el oficio de la caballería. La literatura militar y religiosa de la época es mas que explícita a este respecto. (lxi)

Ahora bien, en virtud de esa misma religiosidad del hombre español del siglo XVI y la consiguiente consagración de sus armas a la causa de Dios y de la Iglesia, la intervención sobrenatural es una constante en toda acción española.

La primera alusión al respecto dada en La Araucana es parte del relato autobiográfico del autor que narra su llegada a tierras chilenas en medio de una tormenta y un ataque de los mapuche. En ese momento, cuando nada podía estar peor, a merced del mal clima y de los indígenas:


"Cayó un rayo de súbito, volviendo
en viva llama aquel nubloso velo;
y en forma de lagarto discurriendo,
se vió hender una cometa del cielo;
el mar bramó, y la tierra resentida
del gran peso gimió como oprimida"
(lxii)


La ayuda sobrenatural puede verse también en la visión que el propio autor tuvo de la Virgen María. Esta visión, ocurrida durante un sueño del caballero, explicita la constante protección de Nuestra Señora hacia los españoles. Este ejemplo, sumado a la rica descripción que el autor realiza de las batallas de San Quintín y de Lepanto, combates en los que el rezo colectivo del Rosario aseguró la victoria hispana, da una completa idea acerca de la importancia del culto a María y de la efectiva participación de Ella en la conquista. Es por ello que no es extraña la constante invocación a Nuestra Señora en la batalla. Cuenta Rosales que, durante el gobierno del precitado Villagra, un caballero de nombre Miguel de Velasco disparaba gritando: "Nuestra Señora de la Nieves, Cierra España, Cristianos." (lxiii)

La acción milagrosa de Dios es uno de las constantes de la obra. Lo dice así Ercilla:

"Y manifiesto vemos hoy en día
que, porque la ley sacra se extendiese
nuestro Dios los milagros permitía
y que el natural orden se excediese,
presumirse podrá por esta vía
que para que a la fe se redujese
la bárbara costumbre y ciega gente
usase de milagros claramente."

Por otro lado, la ayuda sobrenatural presente en el poema contrasta con la presencia del demonio y lo demoníaco. He ahí la presencia de lo preternatural que, bajo la absurda imitatio dei que el diablo propaga, se convierte en un obstáculo para la enseñanza del Evangelio que debe ser combatido de igual manera por clérigos y caballeros. (lxiv)

Más la presencia del diablo contrasta con la del Creador cuando Dios mismo se aparece en el límpido cielo anterior al asalto de La Imperial e interpela a los indígenas:

"¿a dónde andáis, gente perdida?
Volved, volved el paso a vuestra tierra
No vais a la Imperial a mover guerra."
(lxv)

Ercilla incluso da fecha a la concreción de este milagro que hace huir despavoridos a los atónitos mapuche: 23 de abril del "año quinientos y cincuenta y cuatro sobre mil por cierta cuenta".

Vemos, además, en Ercilla una constante alusión a las deidades paganas. Las reminiscencias de Ariosto, Virgilio y, sobre todo, Lucano, y se hallan en muchos detalles de la obra. Pero, y esto es resultado de nuestro escrutinio de la misma, la concepción y el plan de La Araucana, transitan por andariveles distintos a los de la epopeya clásica. Se trata, ya lo hemos dicho, de una narración épica realizada por un español del Renacimiento pero, a la vez, profundamente medieval.



Caballería y sentido cristiano de la muerte.

Ha sido Manuel García Morente quien mejor explica, a nuestro modesto entender, la imagen de la muerte que tiene el caballero:

"El desprecio a la muerte tampoco procede ni de fatalismo, ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna." (lxvi)

Pero el sentido caballeresco de la muerte que es, cómo hemos dicho, el mismo que el cristiano, no sólo remite a la muerte que se ofrenda sino también a la que se quita al enemigo. El problema de la muerte del enemigo, más moderno que medieval, estaba en rigor explicado en el pensamiento de San Bernardo quien en su célebre
De laude novae militiae
aclara las dudas acerca de la justicia del que mata y muere por la causa de Cristo. Citamos in extenso por la importancia del texto para explicar este punto de nuestro trabajo.

"La muerte que se da o recibe por amor de Jesucristo, muy lejos de ser criminal es digna de mucha gloria. Por una parte se hace una ganancia para Jesucristo, por otra es Jesucristo mismo el que se adquiere; porque este recibe gustoso la muerte de su enemigo en desagravio suyo y se da más gustoso todavía a su fiel soldado para su consuelo. Así el soldado de Jesucristo mata seguro a su enemigo y muere con mayor seguridad. Si muere a sí se hace el bien; si mata lo hace a Jesucristo, porque lleva en vano a su mano la espada, pues es ministro de Dios para hacer venganza sobre los malos y defender la virtud de los buenos." (
lxvii)

El caballero siente desprecio por la muerte. No le teme más que a un muerte poco ´honrosa´ y lejos se halla de nuestro temor febril hacia el término de la vida. Más aún, el final del conquistador siempre es cristiano.
"Id alegre, hermano mío -exhorta Zumárraga- pues vais por camino tan trillado por donde han ydo cuantos han nacido; ya aún en la compañía hallareys al Hijo de Dios con su sagrada Madre."
(lxviii)

Sin duda la cuestión del fin cristiano del conquistador es una de las más importantes para reconocer las manifestaciones de la fe presentes en el Nuevo Mundo. Y es que en el fin del hombre, el gran tema de ayer, de hoy y de siempre, a pesar de las variantes temporales, hay una unidad general de enfoque que hace aquilatar la profundidad de las convicciones y madurez de la fe. A ese respecto sabemos que el caballero español, nos lo dice García Morente, es un
"impaciente de la eternidad"
.

Conocida es el cristiano fin de Pizarro, quien muere cruelmente y tiene tiempo de perdonar a sus asesinos, hacer profesión de fe y lucidez necesaria para realizar todo esto en forma solemne. (lxix)

No se trata, es menester aclararlo, de jugar temerariamente la vida o de adquirir la muerte casi mediante el suicidio. Se busca la gloria de una buena muerte pero no entregar la vida en una inmolación temeraria rayana con el nihilismo. Se combate, nos dice Ercilla, con
"ánimo feroz y matando, la muerte se dilataba."
(lxx)

"La meta de todos los caballeros -dice Sáenz- debía ser según los viejos poemas francos ´conquerre lit en paradis´. Esos rudos hombres de guerra, que había galopado por tantos caminos, sufrido la inclemencia de tantos climas, dormido tantas veces al raso, y pasado tantos días sin poder casi quitarse las armas, se hacía una idea ingenua de la beatitud eterna: ´el reposo es una buena cama´. No será muy teológico pero era una imagen esperanzadora."
(lxxi)

Esta imagen de la muerte cristiana contrasta con la que el autor expresa de la muerte del indígena que termina sus días sin aceptar la verdadera Fe. Es el caso de Lautaro que, aún cuando afronta la muerte con hombría y entereza de ánimo, pierde la salvación eterna cuando su
"alma, del mortal cuerpo desatada, bajó furiosa a la infernal morada." (lxxii) Más cuando nuestro autor no escatima palabras de exaltación para con la honrosa muerte de los bravos araucanos no podemos olvidar aquello de la traslación de las virtudes caballerescas al hombre del Arauco. Esto es bien claro en la narración que Ercilla realiza de un sangriento combate que tiene cómo final la eliminación de todos los mapuche, incluso el cacique Lautaro.


"¡Morir!, ¡morir!, no dicen otra cosa
Morir quieren, y así la muerte llaman
Gritando: ¡Afuera vida vergonzosa!"
lxxiii


Lo cierto es que el caballero español no teme a la muerte sino a la vida deshonrosa, manchada por el dolor de la traición, la cobardía o la pérdida del decoro. La vida, si es vivida como corresponde, sólo es tránsito hacia la eternidad. Al caballero cristiano español la cabe a la perfección aquello del Apóstol de los Gentiles: "Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos" (Rom. 14,8; Flp. 1,20)

La cuestión de la ´demonización´ del indio.


Ha sido Vicente Sierra quien develara las claves del sentido misional de la conquista de América en su obra homónima. Los conquistadores, incluidos los del Flandes indiano, tuvieron bien en claro la labor misional que subsidiaban pues, huelga decirlo, la prevalencia de ese sentido estaba dado por el interés de los Reyes Católicos y sus continuadores. El antitestimonio, parte inescindible de cualquier emprendimiento humano, no hace más que confirmar lo antedicho.

Pero así como la evangelización fue preocupación esencial y aneja a la conquista también lo fueron los obstáculos para su cabal realización. De esa forma, cuando los indígenas no supieron ni quisieron sujetarse a la ´civilización´ y al ´evangelio´, impidiendo a su vez la fidelidad de otros, se los combatió férreamente. (lxxiv)

En la base de la infidelidad se encuentra la explicación demonológica, es decir, la influencia del demonio en el retardo o la no aceptación de la fe y la civilización (planteadas como parte de un mismo esquema). El concepto de ´demonización´, bastante utilizado en los trabajos actuales de historia de la Iglesia, es bastante ambiguo y muchas veces mal utilizado. Según cierto sentido, más ideológico que historiográfico, se demonizó a los indígenas como forma de legitimar las conquistas y las subsecuentes atrocidades. Esta perspectiva, centrada en la dialéctica materialista, suele primar lamentablemente en muchos trabajos sobre la historia de la evangelización.

Aquí hablamos de demonización en el sentido dado durante los tres siglos de evangelización: el español, sea éste laico o religioso, concibe que América era hasta la llegada del cristianismo civitas diaboli y que la verdadera religión, la de Cristo, podía salvar a aquellos que se encontraban bajo el diabólico yugo. (lxxv)

Alonso de Ercilla, como soldado y vero devoto, no escapa a esta cuestión doctrinal al iniciar su narración poética:


"Gente es sin Dios ni ley, aunque respeta
aquel que fue del cielo derribado
que como grandioso y gran profeta
es siempre en sus cantares celebrado"
(lxxvi)


No duda nuestro autor en dar al araucano un carácter idolátrico al afirmar que todas las ceremonias están determinadas por la adoración a los demonios y al diablo. Son los hijos de Eponamón y, cómo tales, adversarios de la fe católica. En este sentido, más que legitimar la conquista como dicen algunos teóricos, se libra una guerra que tiene resonancia sobrenaturales. ¿No es ese, acaso, el sentido de gran parte de las acciones caballerescas? ¿No se realiza el combate en nombre del Rey pero también en el de Jesucristo? La comprensión de esta cuestión es esencial.

De acuerdo a lo dicho el combate del caballero español en las Indias es el que se entabla permanentemente en la historia: el de los cristianos como soldados de Cristo y el de los esbirros de Satanás. Pero, a riesgo de ser repetitivos, volvemos a decir que esa lucha en América no tiene cómo protagonista a la totalidad de los indígenas sino contra aquellos que levantan las armas infieles contra el Rey que propaga la Fe verdadera y, por ende, contra Jesucristo.

Las armas indígenas son ilícitas en tanto éstos
"en desprecio del Santo Sacramento la recebida ley y fe jurada habían pérfidamente quebrantado." (lxxvii) Y representan los indios no sólo un obstáculo para a conversión de aquellos naturales que aceptan la evangelización sino también la sola posibilidad de vivir en paz: "estupros, adulterios y maldades, por violencia sin término concluyen, no reservando edad, estado y tierra..."
(lxxviii)

Según nuestro autor los indios no hacen más que cumplir con la misión que el propio demonio les impone. Así nos dice que el diablo se les apareció a los indígenas poco antes del asalto a La Imperial en forma de
"dragón horrible y fiero, con enroscada cola envuelta en fuego" y en medio de una terrible y confusa tormenta. En ese momento les dijo que rápidamente ´caminaran´ sobre el pueblo español "amedrentado (...) y que al cuchillo y fuego le entregasen sin dejar hombre a vida y muro alzado."
(lxxix)

Pero, cómo ya hemos citado, no tuvo éxito el demonio porque poco después de su tétrica aparición Dios mismo entró en escena, en histórico milagro que Ercilla ubica perfectamente en la cronología de la Guerra del Arauco. (lxxx)

El corolario de esta cuestión debe ser el hecho, de suyo innegable, de la conversión de la América indígena a la fe católica. Y es que sin la aceptación de este hecho no se comprende y, menos se honra, el esfuerzo y la abnegación de tanto clérigo y caballero en el combate por la evangelización y la hispanización del indio. Y es Ercilla quien nos brinda un fuerte testimonio de esto cuando, al narrar el famoso suplicio de Caupolicán, tan señalado por los ´indigenistas´, nos cuenta también la aceptación de la Santa Fe católica por el otrora temible cacique, tan soslayada por aquellos.


"Pues mudóle Dios en un momento,
obrando en él su poderosa mano,
pues con lumbre de fe y conocimiento
se quiso baptizar y ser cristiano"
lxxxi


En ese hecho fundamental se resume de alguna manera la epopeya americana: el indígena que antes de morir arenga a sus hombres para que reconozcan al verdadero y único Dios. Es menester dejar sentado, entonces, que la mentada demonización jamás obnubiló el verdadero sentido de España y la Iglesia en América: la insoslayable e imprescindible evangelización.


 

 

 

 

A modo de conclusión.

En este trabajo hemos procurado presentar una visión panorámica de la cuestión de la caballería en Indias a partir del examen de la Obra de Alonso de Ercilla y Zúñiga, protagonista, testigo y narrador de uno de los sucesos más aciagos de la conquista como fue la Guerra del Arauco.

Luego de una breve presentación del autor, la obra y la circunstancia histórica que narra la gesta, nos hemos abocado al análisis de algunos puntos específicos referidos a la caballería, esto es, las diversas acepciones del término en la obra estudiada, los defectos y virtudes del caballero en Chile y, para terminar, la relación entre caballería y religión.

Una primer conclusión. Aún con la ausencia de ciertas cuestiones que se verifican en la caballería medioeval, el ideal esencial de la conquista indiana es el de la caballería. Y esto, lo repetimos, tanto para la conquista militar y política como para la espiritual. El sentido caballeresco comprobado en Ercilla y los suyos, y esto para ejemplificar a partir de lo estudiado, se realiza también en la acción misional de los jesuítas, mercedarios, franciscanos o dominicos. Unos y otros son miles Christi, soldados de la cristiandad empeñados en diversas tareas pero con un fin común.

"Toda España, en su Siglo de Oro, -dice el P. de Vizcarra- estaba convencida de que Dios le había confiado la misión de defender en Europa el catolicismo, contra los turcos y herejes, y de propagarlo entre los infieles del mundo recién descubierto. Por eso todos los españoles se sentía, en cierto modo, paladines del catolicismo, aunque fuesen atrevidos capitanes o simples soldados." (lxxxii)

En este sentido superior puede decirse, y decimos, que la caballería española no pierde su fulgor en América. Lo dice también Don Ramiro de Maeztu citando a Santa Teresa:

"Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, ya no durmáis
que no hay paz sobre la tierra."
lxxxiii


Una vez verificada esta cuestión, partiendo de una generalización pero también de una comprobación elemental, podemos establecer la pervivencia o ausencia del ideal caballeresco en la conquista de Indias.

Es indudable que la ausencias son comprendidas por el nuevo contexto histórico suscitado. Más, si bien es cierto que muchas cuestiones se perdieron en el ´trasplante´, la esencia del ideal permaneció intacto.

Verdad es que el ideal se había visto perturbado en la Castilla que le diera origen. Lo dice con claridad meridiana Fernández de Oviedo cuando lamenta que
"no todos los blasones de armas son probados"
. Pero la empresa indiana, que empezó donde terminó la Reconquista, dio nuevos bríos al ideal y, si bien aparejó cuestiones novedosas, también vigorizó aquellas que resultaban originales y esenciales.

Por otro lado es preciso indicar que el ideal caballeresco es intemporal pues no puede ni debe circunscribírselo a un tiempo determinado ya que las virtudes que lo nutren y explican son necesarias y universales. No referimos, para ser claros, a la restauración de la caballería que tanta falta hace en estos tiempos aciagos y oscuros.

Y, a propósito, no quisiéramos terminar este trabajo sin unos versos del inolvidable Padre Castellani, que pone en palabras lo que nosotros sentimos y anhelamos:

Dueña de la historia, viento de tus cascos.
Te vas sin irte, aún queda tu hidalguía en el alma serena del jinete.
Te vas sin Irte inmortal Caballería.
No has de morir, aún se escucha
tu música romántica y bravía
y entre trompas y timbales sueñas
te vas sin irte, INMORTAL CABALLERIA..

·- ·-· -··· ·· ·-··

Sebastián Sánchez. tizona@ciudad.com.ar

 

 

Bibliografía.
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Notas

-i.- Alonso de ERCILLA y ZÚNIGA, "La Araucana", Porrúa, México, 1988 [1590], II Parte, Canto XVII, p. 248

-ii.- La Orden de los Caballeros de Santiago de la Espada nació a la luz de la devoción que en España se le propicia al Apóstol. Trece caballeros comenzaron a defender, a partir del año 1161, a aquellos que peregrinaran en señal de devoción a Santiago. En un principio se constituyeron como organización eclesiástica según la Regla de San Agustín pero con una diferencia: los clérigos llevaban vida conventual pero los caballeros podían contraer matrimonio. En 1175 el Papa Alejandro III tomó a la orden bajo su protección y aprobó sus estatutos. Parte del documento del Papa exigía a los caballeros de la misma que debían ser: "... humildes y pobres, sin propiedad alguna, caritativos con los huéspedes necesitados, y sin murmuración ni discordia, prontos siempre para socorrer a los cristianos y en especial a los canónigos, monjes, templarios y hospitalarios." Cf. Alfredo SÁENZ: "La caballería. La fuerza armada al servicio de la Verdad desarmada.", Buenos Aires, Gladius, 1991, pp. 45y ss. Asimismo, para comprender la importancia de la devoción a Santiago Apóstol en América, véase: Zacarías de VIZCARRA: "La vocación de América", Buenos Aires, Gladius, 1995, especialmente parte V.

-iii.- Del Prólogo breve, Alonso de ERCILLA, "La Araucana", Selección y notas de Roque Esteban Scarpa, Andrés Bello, Santiago, 1982.

iv.- Miguel de CERVANTES SAAVEDRA: "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", Buenos Aires, Sopena, 1938, I Parte, Cap. VI, p. 42.

-v.- Citado por Roberto CASTILLO SANDOVAL en: ¿´Una misma cosa con la vuestra´?: el legado de Ercilla y la apropiación poscolonial de la Patria araucana en el Arauco domado, en: Revista Iberoamericana, Vol. LXI, (170-171), 1995, p. 232.

-vi.- Citado por Horacio ZAPATER: "Aborígenes chilenos a través de cronistas y viajeros" , Andrés Bello, Santiago, 1978, p. 12.

-vii.- R. BLANCO FOMBONA: "El conquistador español del siglo XVI", Madrid, Mundo Latino, 1951, p. 45.

-viii.- A efectos de realizar una sucinta descripción del período que enmarca los hechos narrados en La Araucana hemos recurrido al trabajo de Carlos ARAMAYO ALZERRICA: "Forjadores de América", Santiago, Francisco de Aguirre, 1975; al de Leopoldo CASTEDO: "Resumen de la Historia de Chile", Santiago de Chile, 1954, Tomo I y finalmente al de Sergio VILLALOBOS: Breve Historia de Chile, Santiago, Universitaria, 1983.

-ix.- "La Araucana", I, c. V, p. 84. Al respecto es interesante observar cómo ERCILLA enumera las virtudes propias del capitán al tiempo que lo distingue del caballero. TUDELA VELASCO se refiere a esta cuestión y pondera las virtudes propias del capitán haciendo referencia hace lo propio cuando indica que debe ser ´sabidor´ de su oficio, elocuente para animar a la hueste y celoso guardián del orden. Cf. María Isabel Pérez de TUDELA VELASCO: La ´dignidad´ de la caballería en horizonte intelectual del s. XVI, en: "La España Medieval", V, Estudios en memoria del Prof. D. Claudio SANCHEZ ALBORNOZ, Vol. II, Madrid, Universidad Complutense, 1986, p.827.

-x.- "La Araucana", I, c. XIV, p. 200.

-xi.- Esto quedó demostrado desde el primer momento que llegó a Chile la primera medida que adoptó después de tomar posesión del cargo en La Serena en abril de 1557, fue apresar a los dos personajes que se disputaban el cargo de gobernador, Aguirre y Villagra, encadenarlos y embarcarlos hacia Perú. Esta medida fue considerada injusta pues ninguno de los dos viejos conquistadores pensaba desconocer la autoridad de García Hurtado y ambos habían arriesgado su vida más de una vez por consolidar y acrecentar los dominios de España en Chile. Esta actitud, más lo que tuvo con Ercilla y sobre todo la forma en que trató a los araucanos capturados (suplicios de Galvarino y Caupolicán), dejaron la imagen de hombre cruel, estricto e inflexible de Mendoza tanto para sus compañeros como para la posteridad.

-xii.- "La Araucana", II, c. XXII, p. 314.

-xiii.- Francisco de VITORIA: "Relecciones sobre los indios y el derecho de guerra", Espasa Calpe, Madrid, 1946, pp. 117- 121. Al respecto es importante conocer las divergencias dadas entre el P. Vitoria y el dominico Bartolomé de Las Casas acerca de la legitimidad del Imperio Español en América. Mientras el teólogo de la escuela salmantina reconoce al menos ocho causas de la expansión de España sobre el Nuevo Mundo, Las Casas alude a la evangelización como razón única y niega la legitimidad de los justos títulos de los Reyes españoles. Cf. Ramón MENENDEZ PIDAL: "El P. Las Casas y Vitoria, con otros temas de los siglos XVI y XVII", Buenos Aires, Espasa Calpe, 1966, pp. 9 y ss.

-xiv.- "La Araucana", III, c. XXXVII, p. 501.

-xv.- Infante DON JUAN MANUEL: "Libro del cavallero et del escudero", citado por Francisco GARCÍA FITZ: La didáctica militar en la literatura castellana, Anuario de Estudios Medievales, 19, Barcelona, 1989, p. 278.

-xvi.- Enrique ANDERSON IMBERT: "Historia de la Literatura hispanoamericana", Vol. I , FCE, México, 1954, pp. 72 y ss.

-xvii.- Cf. Nelly PORRO GIRARDI: Rasgos medievales en la caballería indiana.. La institución a través de cronistas peruanos (1533-1653), en: VI Congreso del Instituto Internacionales de Historia del Derecho Indiano, Diciembre de 1980, Valladolid, Casa Museo de Colón, 1983. Seguimos en parte de esta clasificación los ítems planteados por esta autora.

-xviii.- Ibidem, p. 365.

-xix.- "La Araucana", I, C. I, p. 15.

-xx.- Ibidem, I, C. III, p. 45.

-xxi.- Cf. Franco CARDINI: El guerrero y el caballero, p. 86.

-xxii.- Ibidem, I, C. III, p. 48.

-xxiii.- Cf. Nelly PORRO GIRARDI: Op. Cit. p. 369.

-xxiv.- Ibidem.

-xxv.- "La Araucana": I, C. VI, p.94.

-xxvi.- Ibidem: I, C, XIII, p.189.

-xxvii.- Ibidem: II, c. XXIV, p. 345.

-xxviii.- Vid. apartado sobre la importancia de la ´caballería´ araucana.

-xxix.- Marcelo BAZAN LAZCANO, La caballería en América, en: Nuestra Historia, 5, Buenos Aires, 1969.

-xxx.- Marcelo BAZAN LAZCANO, Op. Cit., p. 278.

-xxxi.- Quizás la comparación con la Iglesia no sea del todo apropiada pues se trata de una ´institución´ universal cuyo fin último es la salvación de todos los hombres. Sin embargo, y a afectos del análisis, dejamos intacta esta parte de nuestro texto.

-xxxii.- PEREZ de TUDELA VELASCO: Op. Cit., p.816.

-xxxiii.- Cf. Roxana de ANDRÉS DÍAZ: Las fiestas de caballería en la Castilla de los Trastámara, en: "La España Medieval", T.V, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1986, pp. 84 y ss.

-xxxiv.- Evitaremos caer en generalizaciones ideologizadas que pretenden mostrar lo ´esencialmente perverso´ de los conquistadores. Cómo dijo alguna vez Céspedes del Castillo los conquistadores no eran ángeles del cielo ni monstruos de crueldad, sólo hombres empeñados en una de las más maravillosas empresas de la historia.

-xxxv.- "La Araucana", I, C. IV, p. 62.

-xxxvi.- La expresión ´Flandes indiano´ adjudicada a Chile es autoría del P. Diego de Rosales que la utiliza sabiendo que la sola mención de ese Estado europeo en perpetua guerra tiene clara significación para los españoles. Cf. "Historia general del Reino de Chile. Flandes Indiano", Valparaíso, 1837 (3Vols.)

-xxxvii.- Raimundo LLULIO: "Libro de la Orden de la Caballería", citado por Azucena Adelina FRABOSCHI: "La educación del caballero medieval", EDUCA, Buenos Aires, 2001.

-xxxviii.- Todo la Europa medieval y, por supuesto Castilla, estuvo instaurada en torno al orden tripartito que le otorgan los principios cristianos. Así, la sociedad se compone del clero cuya ocupación es asistir, mediante la oración y el ministerio pastoral, a las necesidades espirituales de la sociedad. Por otro lado, los guerreros, que con la fuerza de la espada debían hacer respetar la justicia y todos los bienes excelentes que propician el Bien Común. Función esencial del caballero es proteger a los débiles, sobre todo a los huérfanos y viudas, y defender con su vida a la Iglesia. Por último se encuentran los campesinos, que con su esfuerzo cultivaban la tierra y con su trabajo abastecían sus propias necesidades y las de los otros dos estados.
No cabe aquí el esquema mecanicista del materialismo histórico que pretende acotar la sociedad feudal (y todas las sociedades históricas) a un mero planteo de clases y de lucha entre ellas. Los estados de la sociedad medioeval no implican lucha entre ellos sino más bien armonía, es decir, que se basamentaban en la justicia.

-xxxix.- Nelly PORRO GIRARDI. Op. Cit. p. 386.

-xl.- Cf. Manuel GARCÍA MORENTE: "Idea de la hispanidad", Madrid, Espasa Calpe, 1961, p. 72.

-xli.- "La Araucana", I, C. Vi, p. 90.

-xlii.- Raimundo LLULIO: "Libro de la Orden de Caballería", citado por Alfredo SÁENZ: "La caballería", Buenos Aires, Gladius, 1991, p. 76.

-xliii.- "La Araucana", I, c. III, p. 52. Cf. asimismo Francisco GARCÍA FITZ: Op. Cit., p.274.

-xliv.- Ibidem: II, c. XXVI, P. 367.

-xlv.- Ibidem, I, C. VII, p. 99. Otro ejemplo precioso que expresa muy bien el tema de la valentía y la lealtad en el caballero es el de Pedro LOZANO: "Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán", T. IV, Buenos Aires, 1874, pp. 248 y 249. Allí relata el jesuíta la muerte del conquistador Juan Gregorio Bazán y su yerno, Diego Gómez de Pedraza. Transcribimos parte del texto: "Herido como estaba [Bazán] se fue retirando a un bosque cercano sin dejar de pelear (...) a esta sazón su yerno (...), ya mal herido, tiraba a ganar el mismo bosque por otro lado y atribuyendo Don Sancho de Castro a fuga la presente retirada, gritó: "señor Diego Gómez de Pedraza, vuesa merced es caballero, vuelva, no huya. Replicó pronto Pedraza muy sobre sí: yo caballero soy, no voy huyendo sino a mejorar de lugar saliendo de esta estrechura y para que nadie crea es cobardía, aquí me quedo y moriré como caballero. Apeóese del caballo e intentó socorrer a su suegro pero ya era en vano porque estaba muerto y cargando otra multitud bárbara sobre él, le mataron de la misma manera a flechazos. Este fue el fin desgraciado aunque tan honroso de estos dos caballeros..."

-xlvi.- "La Araucana", II, c. XX, p. 287.

-xlvii.- Cf. GARCÍA MORENTE: Op. Cit., p. 75.

-xlviii.-
Ibidem.

-xlix.- "La Araucana", I, C. V, p. 87.

-l.- Ibidem: I, C. IV, p. 65.

-li.- Vid. nota 11.

-lii.- "La Araucana": I, C. III, p. 45.

-liii.- Citado por Gabriel GUARDA: "Los laicos y la cristianización de América, Siglos XV -XIX", Santiago, Nueva Universidad, Universidad Católica de Chile,1973, p. 188.

-liv.- Lamentablemente no han sido pocos los desaciertos de esta especie, motivados las más de las veces por cuestiones de índole ideológica y otras por crasa ignorancia. Tomando un ejemplo entre cientos recordamos el libro del P. Gustavo GUTIERREZ : "Dios o el oro en Indias. Siglo XVI" , Lima, Instituto Bartolomé de Las Casas, 1989.

-lv.- ZAPATER, Op. Cit. p 79.

-lvi.- Eduardo SOLAR CORREA: "Semblanzas literarias de la colonia", Santiago, Editorial Francisco de Aguirre, 1969, p. 10.

-lvii.- Alberto EZCURRA MEDRANO: Lo sobrenatural de la conquista, en: Gladius, Buenos Aires, 24, Agosto 1992, p. 11. El tratamiento del tema de lo sobrenatural en la conquista remite en realidad a un tema de otro orden cuál es el de la posición del historiador católico frente a la intervención de Dios en la historia. Tema éste que excede con mucho el marco de este trabajo pero que nos preocupa sobremanera en la determinación de lo que es y, Dios mediante, lo que será nuestra tarea historiográfica.

-lviii.- Ramiro de MAEZTU: "Defensa de la Hispanidad", Buenos Aires, Poblet, 1952, p. 75.

-lix.- Citado por Gabriel GUARDA: Op. Cit., p. 184.

-lx.- Pedro MARINO de LOVERA describe la actuación del clérigo Nuño de Abrego en el ataque que las fuerzas mapuche lideradas por Lautaro (combate descrito por Ercilla) hicieron a la ciudad de Concepción en diciembre de 1555. Allí se dice cómo el sacerdote "con su espada y rodela a la puerta de la fortaleza arrimado a un lado, y al otro Hernando Ortiz, sin apartarse ninguno de los dos un punto de su puesto sobre apuesta, más por estar picados entre sí que por picar a los enemigos, aunque en efecto hicieron tal estrago en ellos que pudiera cualquiera de los dos aplicarse el nombre de Cid [sin] hacerle agravio". Cf. de este autor: "Crónica del Reino de Chile", Madrid, BAE, T. CXXXI, 1960, p. 183.

-lxi.- Significativa es, en este sentido, la plegaria de caballeros que se encuentra en muchos Libros de las Horas desde el siglo XIV al XVI y que por su valor intrínseco nos proponemos compartir con el lector:
"Obtenedme el don de esta gracia divina que será la protectora y la señora de mis cinco sentidos, que me hará trabajar en las siete obras de misericordia, creer en los doce artículos de fe y practicar los mandamientos de la Ley, y que, por fin, me librará de los siete pecados capitales, hasta el último día de mi vida." Citado por Alfredo SÁENZ: Op. Cit., p. 131.

-lxii.- "La Araucana", II, C. XVI, p. 233.

-lxiii.- Diego de ROSALES: Op. Cit., T. II, P.344.

-lxiv.- Vid. apartado sobre la ´demonización´ del indio.

-lxv.- "La Araucana": I, C. IX, p. 125.

-lxvi.- Manuel GARCÍA MORENTE: Op. Cit., p. 65.

-lxvii.- SAN BERNARDO, "Obras Completas", citado por Gabriel GUARDA: Op. Cit., p.183.

-lxviii.- Cf. Joaquín GARCÍA ICAZBALCETA: "Fray Juan de Zumárraga. Primer Obispo y Arzobispo de México", Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952, p. 39.

-lxix.- En su testamento de 1539 el gran conquistador se arrepiente de sus flaquezas en bello texto que bien vale la pena reproducir: "...con mi malicia e ignorancia e persuasión del diablo muchas veces ofendí mi Dios y Criador y Redentor, quebrando sus mandamientos e no cumpliendo las obras de misericordia ni usando mis cinco sentidos como se debía, ni haciendo las obras que según nuestra Santa Fe Católica era obligado...". Citado por GUARDA: Op. Cit. p. 229 y ss. Véase la notable identidad de estas palabras con la oración de la caballería que hemos transcripto en la nota 60.
-lxx.- "La Araucana": II, C. XXII, p. 311.
-lxxi.- Alfredo SÁENZ: Op. Cit. p. 175 - 176.
-lxxii.- "La Araucana": I, C. XIV, p. 200.
-lxxiii.- Ibidem: I, C. XV, p. 214.
-lxxiv.- Vid. 1. c. Los argumentos sobre la guerra justa.
-lxxv.- Hemos analizado este tema en nuestro trabajo La lucha contra el demonio en la evangelización americana, en: Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, N°46/47, Junio y Julio de 2001. Asimismo hacemos hincapié en el concepto de ´demonización´ en: Demonología en Indias. Idolatría y mímesis diabólica en la obra de José de Acosta, trabajo aceptado para publicación en Revista Complutense de Historia de América.
-lxxvi.- "La Araucana", I, C. I, p. 21.
-lxxvii.- Ibidem: II, C. XVI, p. 234.
-lxxviii.- Ibidem: I, C. XI, p. 159.
-lxxix.- Ibidem: I, C. IX, p. 124.
-lxxx.- Vid. apartado sobre la ayuda sobrenatural.
-lxxxi.- "La Araucana": III, C. XXXIVI, p.473.
-lxxxii.- Zacarías de VIZCARRA: Op. Cit., p. 36. La cursiva es nuestra.
-lxxxiii.- Citado por Ramiro de MAEZTU: Op. Cit., p. 117.

Agradecemos al autor - ARBIL. VIII. MMII

 

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ESPAÑA. 1554 EL 6 DE JUNIOCÉDULA AUTÓGRAFA DE CARLOS I EN LA  QUE RECONOCE COMO HIJO NATURAL SUYO A DON JUAN DE AUSTRIA

 

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ESPAÑA. EL 25 DE JULIO DE 1554 - LA REINA INGLESA MARÍA TUDOR SE CASA EN LA CATEDRAL DE WINCHESTER CON EL FUTURO REY DE ESPAÑA FELIPE II

 

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ESPAÑA, 1556 Y 1598 b- El padre Alonso Orozco fue, además, predicador de Felipe II, rey de España entre 1556 y 1598, y autor de obras que se han convertido en clásicos de la espiritualidad.

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La Armada Española

 

La Armada Española, también llamada la Armada Invencible (infra), y más correctamente La Armada Grande, fue una flota (I) que pretendía invadir Inglaterra y poner un fin a la larga serie de agresiones inglesas contra las colonias y posesiones de la Corona española; (II) sin embargo fue totalmente destruida luego de una semana de combates y un crucero desastroso; (III) esto condujo a la decadencia gradual del poder marítimo de España; (IV) los católicos en general apoyaron a la Armada, pero con algunas notables excepciones.

 

I. LA PROVOCACIÓN INGLESA

Hasta el comienzo del reinado de Isabel (1558), Felipe había sido su mejor amigo. La intercesión de este ayudó a salvar su vida después de la rebelión de Wycliffe (1554). Él facilitó su advenimiento, la apoyó contra las demandas de María Estuardo, e intervino poderosamente en su favor para prevenir que ayuda francesa fuese enviada a Escocia. Cuando Inglaterra surgió triunfante en el tratado de Edimburgo (1560), Isabel le envió una comisión especial para darle las gracias con el Lord católico Montague a su cabeza, a quien había dispensado de las leyes inglesas para que pudiera practicar el Catolicismo durante la misión de embajador.

Siendo ahora completa la victoria del Protestantismo, fue mostrada una mayor frialdad. Conforme el tiempo fue pasando, el embajador español fue tratado irrespetuosamente, su casa fue asediada, los visitantes de su capilla encarcelados; naves españolas fueron robadas impunemente en el Canal. En 1562, Hawkins se abrió camino por medio de la violencia a los mercados prohibidos de las Indias Orientales, siendo su principal mercancía los esclavos capturados en África Oriental. En 1564 y 1567 se repitieron las mismas medidas violentas, pero la última terminó en un desastre para él. Mientras tanto el partido protestante en los Países Bajos empezaba a rebelarse en 1566 y era subvencionado por Inglaterra.

En 1568, habiendo atracado en Plymouth una nave española con la paga para todo el ejército español en Flandes, el dinero fue tomado por el gobierno inglés. Se desataron represalias en ambos lados, el comercio fue paralizado, y la guerra estuvo a punto de estallar, tanto con ocasión del levantamiento del norte (1569) como en la vez de la conspiración de Ridolfi en 1571. El imprudente embajador español, Don Gerau Despes, fue entonces expulsado de Inglaterra, habiendo Felipe despedido previamente de España al embajador español, Dr. Mann, un sacerdote apóstata cuya selección, obviamente, fue considerada un insulto. Mientras la flota española estaba luchando por la causa de la Cristiandad en contra de los Turcos en Lepanto (1572), Drake saqueó tres veces las colonias casi indefensas en el mar español, de donde regresó con un enorme botín (1570, 1571, 1572-73).


Relaciones ligeramente mejores se establecieron entre los dos países hacia el final de ésta década, cuando Isabel temió que, con el decaimiento del poder español en los Países Bajos, Francia pudiese conquistar el país para sí. Así, en 1578 un embajador español fue recibido en Londres, a pesar de que al mismo tiempo Drake recibió el permiso para navegar en su gran viaje bucanero alrededor del mundo. A su regreso la opinión pública empezó a condenar en voz alta al "ladrón maestro del Nuevo Mundo", pero Isabel se manifestó intensamente en su favor, le concedió el honor de la caballería, y tres años después, inmediatamente antes de enviar su ejército a luchar en contra de los españoles en los Países Bajos, lo envió nuevamente para estropear las Indias Orientales. Fue entonces que Drake "convenció España de que en su propia defensa debía aplastar a Inglaterra" (J.R. Seeley, Growth of British Policy).

Mr. Froude y los panegiristas mayores de la Reina Isabel constantemente justifican las acciones de piratería inglesas como actos de venganza contra las crueldades de la Inquisición, y sostienen que Felipe había dado motivos para la guerra animando complots contra el trono y la vida de Isabel. El motivo primordial de la Armada, dicen ellos, era derrocar el Protestantismo. Pero estas declaraciones no pueden probarse y están desorientadas (vease Laughton, p. xxii; Pollen, The Month, February, March, April, 1902). Es cierto que los ineficaces esfuerzos de España por cerrar al resto de Europa el tráfico con sus colonias fueron imprudentes, injustos quizás, y actuaron como incentivo para el tráfico secreto e ilegal. Pero también debe recordarse que los monopolios comerciales florecieron en Inglaterra con tal magnitud que es posible que sus piratas hayan tomado esa profesión a causa de que el comercio legal estuviera tan impedido (Dascent, Acts of Privy Council, VII, p. xviii). Por otro lado, uno tiene que condenar sin reserva las crueldades de Alva y de los Inquisidores españoles que agriaron mucho la pelea una vez comenzada.

II. EL CONFLICTO


Desde julio de 1580 Felipe empieza a considerar a los piratas ingleses bajo una nueva perspectiva. Él, entonces, había validado por la fuerza su pretensión a la corona de Portugal, por lo que se hizo señor de las extensas y ricas colonias portuguesas. Si él no se propusiera defenderlas pronto, éstas se perderían o serían robadas. Él ahora era, además, el señor de una considerable flota. El peligro de los Turcos había sido reducido enormemente. Las guerras religiosas habían desgastado las fuerzas de Francia. Jaime de Escocia había roto los lazos con los que Isabel lo había atado durante su niñez, y demostró cierta intención de ayudar a su madre, la Reina María, y ella podría persuadir a los católicos ingleses a que apoyasen al ejército que debía enviarse para liberarla. Pero Felipe llegó a esta conclusión tan lenta y silenciosamente que es difícil decir cuando pasó de la aprobación especulativa de la guerra a la determinación real de luchar.

En abril, mayo, y junio de 1587, Drake atravesó la costa de España, y, contrariando el deseo de Isabel, atacó las naves españolas, en Cádiz quemó a las que estaban a medio acabar y todavía no tripuladas, e hizo enorme daño a la armada española. Felipe, finalmente convencido de que tenía que luchar, empezó a poner su máximo empeño. Pero su ineficacia como organizador nunca fue más evidente. Lento, inactivo, y no sólo ignorante del secreto del poder marino, sino incluso negándose a admitir que hubiese cualquier necesidad de consejo y dirección especiales, desperdició meses preparando los planes de la campaña mientras la construcción y provisiones de la flota permanecían abandonados.


Los españoles de esos días eran tenidos por los mejores soldados del mundo, pero en cuanto a las maniobras navales y al uso de artillería pesada estaban muy atrás de sus rivales. La peor de todas las torpezas fue cometida después de la muerte del Marqués de Santa Cruz, Don Álvaro de Bazan el mayor, marinero veterano, el único comandante naval de reputación que poseyó España. Felipe después de considerar largamente definió que el Duque de Medina Sidonia debería sucederlo. Fue vano el intento del Duque de expresar su falta de habilidad e inexperiencia en temas navales. El rey insistió, y el gran noble fielmente dejó su espléndido castillo para intentar lo imposible, y cometer de buena fe los más desastrosos errores de comando.


Un notable comentario sobre la ineficacia de los enormes preparativos se ofrece en las cartas del nuncio papal en la corte de Felipe. Él informa, a fines de febrero de 1588, que había estado hablando con los otros enviados de Alemania, Francia, y Venecia, y que ninguno de ellos podía imaginarse que la flota pretendiese atacar a Inglaterra a final de cuentas, porque a todos les parecía demasiado débil. El mes siguiente él fue confirmado por uno de los consejeros personales de Felipe--ellos se sentían seguros de que todo iría bien una vez que consiguieran poner un pie en Inglaterra (Archivos Vaticanos, Germania, CX sq., 58, 60).


La Armada partió de Lisboa el 20 de mayo de 1588. Consistía de aproximadamente 130 naves y 30.493 hombres; pero por lo menos la mitad de las naves eran de transporte, y dos tercios de los hombres eran soldados. Iba rumbo a Flandes dónde debería unirse al Príncipe de Parma, quién había construido varios pontones y transportes para armar a su ejército. Pero la flota se vio forzada a detenerse casi inmediatamente en el puerto de Coruña para reabastecerse. El almirante ya estaba sugiriendo que se suspendiera la expedición, pero Felipe insistió, y navegó el 12 de julio, de acuerdo al viejo estilo entonces observado en Inglaterra. Esta vez el viaje prosperó, y una semana después la Armada se había reunido nuevamente en Lizard y prosiguió al día siguiente, sábado 20 de julio, hacia el este rumbo a Flandes.

Luces de faro notificaron su llegada a los ingleses, quienes se apresuraron en partir de Plymouth y lograron escapar de los españoles en la noche, poniendo a su favor el factor del clima, una ventaja que nunca perdieron. Las naves de guerra de la Armada estaban ahora formadas en media luna, las de transporte permanecían entre los cuernos, y en esta formación avanzaron lentamente por el canal, mientras los ingleses cañoneaban a los de atrás, causando así la pérdida de tres de las principales embarcaciones. Todavía en la tarde del sábado 27 de julio, los españoles estaban anclados en los caminos de Calais, con urgente necesidad de reabastecerse, es cierto, pero con sus números todavía casi intactos.

De acuerdo a las mejores autoridades modernas, estos números, que habían sido ligeramente favorables a España al inicio, ahora que los ingleses habían recibido refuerzos y los españoles habían sufrido pérdidas, estaban a favor de los ingleses. Había aproximadamente sesenta navíos de guerra en ambas flotas, pero en cuanto al número y al calibre de las armas la ventaja estaba con los ingleses, y en cuanto a la artillería y las tácticas navales no había punto de comparación.


Howard no permitió que su enemigo se reabasteciera en ningún momento. La noche siguiente, cuando la marea creció, algunos brulotes navegaron por entre la Armada. Los españoles, preparados para este peligro, deslizaron sus cables, sin embargo sufrieron algunas pérdidas por las colisiones. El lunes siguiente la gran batalla se realizó cerca al puerto de Gravelines, donde los españoles fueron completamente sobrepasados y derrotados. Habla mucho de su heroísmo que sólo se notifica que una nave haya sido capturada; pero tres se hundieron, cuatro o cinco huyeron hacia la costa, y el Duque de Medina Sidonia tomó la resolución de liderar el muy dañado grupo remanente a través del norte de Escocia e Irlanda, y de ahí de regreso a España. Pero para tan difícil viaje no disponían de ningún mapa ni un solo piloto en toda la flota. Más y más naves se perdían ahora a cada tempestad y a cada punto de peligro. El 13 de septiembre el duque regresó a Santander, habiendo perdido la mitad su flota y cerca de tres cuartos de sus hombres.


III. LA SECUELA


Grandes como fueron los efectos del fracaso de la Armada, son sin embargo, frecuentemente sobredimensionados. La derrota sin duda puso límites a la expansión española, y aseguró el poder de su rival. A pesar de ello, es un error suponer que este cambio fue inmediato, obvio, o uniforme. Las guerras religiosas en Francia, promovidas por Isabel, terminaron debilitando a ese país de tal manera que España parecía estar, a dos años de la Armada, más cerca que nunca de la dominación universal, y la consumación de esta fue evitada por la reconciliación de Enrique IV con el Catolicismo, lo que, al reunir a Francia, restauró el equilibrio de poder en Europa, tal como fue reconocido por España en la Paz de Vervins en 1598.


Ni siquiera el cambio de poder marítimo fue inmediato u obvio. En realidad Inglaterra siempre había sido superior en el mar, como muestra claramente la historia de Drake y sus compañeros. Su debilidad estaba en la pequeñez de su armada permanente, y su necesidad de munición adecuada. España se demoró tanto en rehabilitar su fuerza marítima que Inglaterra tuvo amplio tiempo para organizar y armar una flota superior. Pero, aunque España hubiese fallado en el mar, seguía siendo el principal poder en tierra, y, habiendo reconocido su inferioridad naval, fortaleció a sus defensas terrestres con tal éxito que la depredación de Inglaterra en sus colonias después de su derrota fue incomparablemente menor de las que habían ocurrido antes. Su decadencia sobrevino porque las causas de la derrota no se remediaron. El trabajo de esclavos y sus consecuentes corrupciones en las colonias, y la falta de organización y de un gobierno libre en casa, se unieron al afán de poder en el extranjero --éstas, y no cualquier derrota aislada, por grande que fuese, fueron las causas de la decadencia del gran poder mundial del siglo dieciséis.


IV. LA COOPERACIÓN CATÓLICA


Entre los muchos temas periféricos que encuentra el estudiante de la historia de la Armada, el de la cooperación o favor del Papa, y del partido católico inglés es, evidentemente, importante para los católicos. No queda duda de que por más que el predominio español no fuese deseado por los católicos de Inglaterra, Francia, y Alemania, o de Roma, el sufrimiento y el enojo generales causados por las guerras religiosas fomentadas por Isabel, y la indignación causada por su persecución religiosa, además de la ejecución de María Estuardo, causaron que los católicos en todos lados simpatizaran con España, hasta el punto de considerar la Armada como una cruzada contra el más peligroso enemigo de la Fe.


El Papa Sixto V acordó renovar la excomunión de la reina, y conceder un gran subsidio a la Armada, pero, sabiendo de la lentitud de España, no daría nada hasta que la expedición hubiese realmente desembarcado en Inglaterra. De esta manera había evitado gastar millones de coronas, evitando también el reproche por haber procedido fútilmente contra la reina hereje. Esta excomunión había sido, desde luego, muy merecida, y existe una proclamación que lo justifica, que se habría publicado en Inglaterra si la invasión hubiera sido exitosa. Fue firmada por el Cardenal Allen, y se titula "Una Advertencia a la Nobleza y al Laicado de Inglaterra". Se pretendía que este documento comprendiese todo lo que pudiera ser dicho en contra de la reina, y la acusación es, por consiguiente, más completa y fuerte que cualquier otra emitida por los exiliados religiosos, que generalmente eran muy reservados en sus quejas. Allen también tuvo el cuidado de confiar su publicación al fuego, y sólo la conocemos a través de uno de los ubicuos espías de Isabel que había robado previamente una copia.


No hay duda de que todos los exiliados por motivos religiosos en esta época compartían los sentimientos de Allen, pero no así los católicos en Inglaterra. Ellos siempre habían sido lo más conservadores con los partidos ingleses. El resentimiento que sintieron al ser perseguidos los llevó a culpar a los ministros de la reina, pero no a cuestionar su derecho a gobernar. Para ellos el gran poder de Isabel era evidente, las fuerzas e intenciones de España eran de cantidades desconocidas. Ellos podían, debían, y se resistieron hasta que se pusiera delante de ellos una justificación completa, y esto de hecho nunca se intentó. Conforme a lo que sabemos del clero católico que trabajaba entonces en Inglaterra, por ejemplo, no podemos encontrar que cualquiera de ellos haya usado la religión para adelantar la causa de la Armada. Protestantes y católicos contemporáneos también concuerdan que los católicos ingleses eran enérgicos en sus preparativos contra la Armada.


Siendo así, era inevitable que los líderes católicos en el extranjero perdieran influencia por haber estado del lado de España. Por otro lado, dado que el Papa y todos aquellos entre quienes ellos vivían habían sido de la misma opinión, era evidentemente injusto culpar tan severamente su deseo de tener una perspectiva política. De hecho, los cambios no vinieron sino hasta cerca del final del reinado de Isabel, cuando, durante las apelaciones contra el arcipreste, los viejos líderes, sobre todo el Padre Jesuita Robert Persons, fueron acusados libremente por la alianza española. Los términos de la acusación fueron exagerados, pero la razón para el reclamo no puede ser negada.

La literatura que se ha recogido en torno a la Armada es voluminosa, y, claro, ha sido ampliamente influenciada por prejuicios nacionales y religiosos de las naciones involucradas. Cualquier detalle puede bastar parar indicar cómo el viento ha estado soplando. Casi todos los escritores han escrito sobre la Armada "Invencible", pensando que estaban usando un epíteto aplicado a su flota por los propios españoles, y que profesamente traicionaba el orgullo español. Hoy parece que era apenas uno de los insultos que panfleteaban los ingleses contemporáneos, y que no se encuentra en ningún escritor español de la época (Laughton, pág. xix). En el lado inglés, los más representativos de la escuela antigua son J. L. Motley, Rise of the Dutch Republic, y J. A. Froude, History of England, XII, y English Seamen of the Sixteenth century. El último escritor es notoriamente inexacto, pero la peor falta de ambos es su confianza en evidencias teñidas o incluso groseramente prejuiciadas. La más antigua visión española es ofrecida por F. Estrada, De Bello Belico, y L. Carrera de Córdoba, Felipe Segundo, 1619. Pero todos estos escritores han sido reemplazados por la publicación de los papeles del estado inglés y español, sobre todo por J. K. Laughton y J. S. Corbett, en las publicaciones de la Navy Record Society (Londres, 1892-93), I, II, y las colecciones españolas del Capitán C. Fernandez Duro, La Armada Invencible (Madrid, 1884), y Armada Española, II, III (Madrid, 1896); y Martin Hume, Calendarios españoles. Todavía, el principal desiderátum en la actualidad es una colección más amplia de periódicos españoles que ilustran la guerra naval entera desde el principio. D. de Alcedo y Herrera, Piraterías y agresiones de los Ingleses en la América española (Madrid, 1882) contiene poco sobre el periodo en revisión. La historia más erudita de la batalla publicada hasta ahora es la de un estudiante americano, W. F. Tilton, Die Katastrophe der spanischen Armada (Friburgo, 1894). J. S. Corbett, Drake and the Tudor Navy, esfuerzos por reconciliar las viejas tradiciones inglesas con los descubrimientos modernos, y no siempre científicamente. Sobre el Papa y los católicos vease J. A. v. Hubner, Sixte Quint (París, 1870, la mejor edición); T.F. Knox, Letters of Carinal Allen (Londres 1882).

J.H. POLLEN
Trascrito por M. Donahue
Traducido por Bartolomé Santos

 

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ESPAÑA 1562, AGOSTO 26 - EL 26 DE AGOSTO DE 1562 NACE EL POETA Y SACERDOTE ESPAÑOL BARTOLOMÉ L. DE ARGENSOLA

 

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ESPAÑA, 1 de Enero de 1567 -   Pragmática de Felipe II contra la actitud levantisca de los moriscos en Granada, origen de la guerra de las Alpujarras.

 

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01 de Enero de 1568 - Como ampliación de la Pragmática del año anterior, se decreta por Felipe II que los musulmanes deberán disponer a sus hijos en edades comprendidas entre 3 y 15 años, a las autoridades eclesiásticas para la enseñanza de la religión cristiana y la lengua castellana.

De acuerdo con el momento histórico era la forma más apropiada a la integración en el país de acogida, y/o de permanencia en el mismo.

En el 2004 ningún país europeo obliga en el aspecto religioso, y tanto menos hacer posible alguna discriminación, mientras que en tantos países musulmanes aún continua inapelable tal diferencia.

 

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ESPAÑA, 24 de Marzo de 1570 - El castillo de Tíjola (Almería) es conquistado a los moriscos, después de tres días de fragoso combate, utilizándose, incluso, artillería, y destruido.

 

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ESPAÑA 1571

 

Se recibe en Madrid la primera noticia de la victoria de Lepanto por una carta del capitán general de la armada de Venecia.

 

El pueblo llano y las autoridades, agradecen a la Santísima Virgen María, Madre de Jesucristo y bienaventurada siempre llamada por todas las generaciones.

 

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ESPAÑA - 1 de Enero de 1578 - Muere la Venerable Catalina de los Ángeles, nacida en Torredonjimeno (Jaén). Se hizo Religiosa del Convento de Franciscanas de Jaén, en donde se destacó por su santidad y espíritu de mortificación y penitencia, que le valieron ser incluida en el catálogo de Venerables de la Orden de San Francisco de Asís.

 

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ESPAÑA 1579 - Siete provincias norteñas de Holanda se rebelan contra la dominación española.

Los jesuitas evangelizan en la India.

"La noche oscura del alma" de San Juan de la Cruz.

 

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ESPAÑA. 16 DE ABRIL DE 1581 - FELIPE II ES PROCLAMADO REY DE PORTUGAL, EN EL MONASTERIO DE TOMAR (centro de Portugal), TRAS LA CONQUISTA DE DICHO TERRITORIO PENINSULAR POR LAS TROPAS ESPAÑOLAS. NO TRANSITÓ POR LISBOA DEBIDO A UNA EPIDEMIA EXISTENTE EN TAL REGIÓN.

 

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ESPAÑA 1580 – QUEVEDO

 

La revisión de las obras completas en prosa de Quevedo sale a la luz en ocho tomos

 

Ciento cincuenta años después de la edición de Fernández Guerra era urgente una actualización

La Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, que dirige Luis Miguel Enciso, hará posible, por fin, la edición crítica y anotada de las «Obras completas» en prosa de Francisco de Quevedo. El apoyo económico de Enciso hará realidad el proyecto que la editorial Castalia y la Universidad de Santiago de Compostela comenzaron hace cinco años: una ingente investigación que recuperará casi cincuenta obras en prosa del poeta madrileño, la gran mayoría de ellas casi desconocidas e inencotrables, que mejora y corrige la última edición de Aureliano Fernández Guerra en 1852

 

Juan Carlos Rodríguez - Madrid.-
Ciento cincuenta años después de que la imprenta de Rivadeneyra diera a la luz los primeros volúmenes de las «Obras» de Francisco de Quevedo compiladas, editadas y completadas por el primer gran «quevedista» de nuestro tiempo, Aureliano Fernández Guerra, urgía una revisión de aquella edición y de la amplia obra prosística del insigne poeta nacido en 1580 en las inmediaciones de la calle Mayor de Madrid. Y eso es lo que se había propuesto Pablo Jauralde, director de la Colección Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica de la Editorial Castalia y reconocido quevedista.
   El patrocinio de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales de Luis Miguel Enciso, siempre atenta a cualquier aniversario, hará posible que los trabajos de Jauralde y del catedrático de Literatura Española de la Universidad de Santiago de Compostela, Alfonso Rey Álvarez ¬que dirige a un vasto equipo de 22 colaboradores, que ya lleva casi cinco años trabajando, de España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos¬, se vean por fin recompensados por la publicación de su proyecto.

Sin la poesía

Otra deuda pendiente con la cultura que salda Enciso, aunque ¬difícil de otro modo, dada la prodigalidad de Quevedo¬ se quede fuera la poesía, por la única razón de que ésta sí está publicada en reiteradas ediciones casi por completo. La última es del año 1965. Aún así Alfonso Rey Álvarez prevé la publicación de ocho tomos de «Francisco de Quevedo: Obras completas en prosa. Edición crítica y anotada». El primero, de dos volúmenes ¬ya entregados a la imprenta¬, llegará a las librerías en la primavera del próximo año. El último, el octavo, que recoge su epistolario, está previsto que lo haga en el segundo semestre de 2006.
   «Aunque bastantes títulos de Quevedo se siguen citando por la edición de Fernández Guerra, a falta de mejores y más actualizadas versiones, el transcurso de tanto tiempo se ha dejado sentir negativamente», señala Enciso. Los motivos son varios, como apunta Rey Álvarez: «Los criterios de Fernández Guerra resultan precarios desde el punto de vista de la crítica textual contemporánea y, por otro lado, el que fue primer quevedista no tuvo la oportunidad de manejar numerosas ediciones, manuscritos y documentos que se han ido descubriendo en el último siglo y medio».
   La edición nació con numerosos objetivos, según cita Jauralta. El primero es ordenar las obras por un criterio cronológico y temático: escritos crítico-literarios, burlescos, picarescos, históricos, políticos, morales, apologéticos, religiosas o incluso traducciones. Quevedo en su máxima expresión. «Estaba muy cerca de todos los órdenes de la vida», según Jauralde.
   Astrana Marín, en 1932, y Felicidad Buendía, en 1958, ya intentaron continuar la labor de Fernández-Guerra. «Aportaron innovaciones que sería injusto desconocer ¬según el plan de trabajo de Rey Álvarez¬, pero sus respectivas ediciones son de limitada utilidad, al carecer de aparato erudito y notas explicativas. En algunos aspectos, incluso, suponen un retroceso con relación a Fernández-Guerra. Esta situación ha propiciado una lectura parcial y truncada de la obra de Quevedo, reducida a los pocos títulos asequibles en las librerías. Tal deficiencia sólo puede salvarse por medio de unas obras completas».

Gran desconocimiento

Jauralde estima que tan sólo «el 5 ó 10 por ciento» de la obra en prosa de Quevedo se conoce o se ha difundido y, lo que considera aún más escandaloso, que «el 30 por ciento no se ha podido leer jamás». De ahí que de las cincuentas obras que recogerá la nueva edición crítica ¬al margen de las de atribución dudosa y apócrifas, como «La sombra de Mos de la Forza»¬ apenas estén a disposición de los lectores unas pocas. Muchas de ellas son, por completo, desconocidas. Así le sucede a «España defendida», que Jauralde cita como una «obra espléndida que sólo se editó minoritariamente en 1918 y que no ha estado jamás en el mercado. Hacía falta rescatar sus textos, limpiarlos y pulirlos».
   Será, cuando se concluya, un «corpus fidedigno» de la obra de Quevedo: «Vamos a rescatar obras desatendidas, como el Discurso de las privanzas e incorporar hallazgos recientes, como por ejemplo Execración por la fe católica ». Aunque Jauralde cita otras muchas obras, dignas de considerarse maestras y, desafortunadamente, apenas difundidas. Es también el caso de «La constancia y paciencia del santo Job», que escribió ya cercana su muerte, o, en el polo opuesto, la burlesca «Visita y anatomía de la cabeza de Richealieu».

14 dic. 2002. Esp.

 

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Francisco de Quevedo;

conciencia crítica de una época

 

Manuel Marín Campos es miembro de la Real Academia de Córdoba


Qué difícil resulta, para un hombre, convertirse en la conciencia crítica de su tiempo! Francisco de Quevedo y Villegas fue el intelectual, del Siglo XVII, que se constituyó en la conciencia crítica del reinado de Felipe IV de Habsburgo. Cuando, en 1630, comenzaba a madurar el pensamiento político de Felipe IV, Francisco de Quevedo era el primer intelectual de la nación. Se trataba de un escritor culto experimentado y dotado de uno penetrante capacidad crítica¬analítica que creyó durante su existencia en muy pocas ideas y en escasos principios. En la mentalidad de Quevedo existió mas escepticismo que pesimismo. Nació, Francisco de Quevedo, señor de la Torre de Juan Abad, en Madrid, en 1580, en el reinado de Felipe II de Habsburgo, cuando España y Portugal quedaron fundidas en la unidad monárquica ibérica bajo el cetro de este gran monarca,y, falleció en su señorío de Villanueva de los Infantes en Ciudad Real, en la gobernación de Felipe IV el año, 1645 cuando se encontraba encendida la Guerra de los Treinta Años.
   Estudió en el Colegio Imperial de los hijos de San Ignacio de Loyola. De esta institución pasó a las aulas de la Universidad de Alcalá de Henares y Valladolid. A través de este destacado intelectual se puede valorar la participación de los jesuitas, en grandeza y belleza, del Siglo de Oro Español. Lope de Vega, el creador del drama rural del Siglo XVII, Pedro Calderón de la Barca, el más brillante cultivador de los autos sacramentales y Francisco de Quevedo, «el más realista pensador» del reinado de Felipe IV, fueron discípulos del Colegio Imperial que regentaba los jesuitas de Madrid.
   En 1613 formaba parte, como Secretario, del servicio de Pedro Téllez de Girlón, III duque de Osuna. Con ello inició su participación en la política española. Conoció lo caída del duque de Lerma, del conde de Uceda, del duque de Osuna, del marques de les Siete Iglesias y del conde-duque de Olivares.
   En este movimiento de caídas y encumbramientos de grandes hombres que se embriagaron con el poder y el mando, bebió una visión escéptica del ejercicio del poder y del fervor por el mando. Creía, con firmeza, que algo transitorio condensaba toda la actividad del hombre por muy encumbrado que se encontrara en le pirámide social. En medio del silencio de sus meditaciones, Francisco de Quevedo se reía, se burlaba.. se mofaba de los hombres de su época y de las ideas de su tiempo. Muy pocas ideas, del reinado de Felipe IV, merecieron el respeto de Francisco de Quevedo.
   El primer hecho histórico que hirió su sensibilidad fue la caída del Virrey de Nápoles, Pedro Téllez de Girón III duque de Osuna. Como consecuencia de ello Quevedo, Secretario del Virrey, fue procesado y encarcelado. El duque de Osuna, hombre omnipotente en la política de su época, murió en medio del más triste abandono. El sentido de la fidelidad inspiró a Quevedo, un soneto, cargado de triste nostalgia, que comenzaba exponiendo:
   «Faltar pudo a su Patria el grande Osuna
   pero no a su defensa sus hazañas;
   dieronle muerte y cárcel las Españas
   de quien él hizo esclava la fortuna.
   
   Este hecho que, salpicó su vida, lo obligó a meditar en el carácter fugaz de lo vida. Así participó, también, en el pensamiento característico de los hombres de la Contrarreforma.
   Su obra «Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablo», de 1626, es una novela de arboladura social donde proyectó una visión de la forma en que vivió el pueblo español. La situación socio-económica del pueblo quedó encuadrada en las páginas de esta novela inspirada en la sociedad que se extendió por los reinados de Felipe III y Felipe IV de Habsburgo. Las masas populares carecieron de trabajo y se vieron agobiadas por los excesos de presión fiscal.
   Julián Juderías describió la situación socio-económica del pueblo del reinado de Felipe IV, con estas palabras: «El hambre padecido por el pueblo, que abandonaba las aldeas, dejaba caer las casas, poblaba los caminos, se aglomeraba en las ciudades a las puertas de los conventos, y a veces se atrevía a insultar al monarca y a quemar las casas de los gobernantes, explica la existencia de elementos dañinos e inútiles como vagos, mendigos, gitanos, ladrones y pícaros».
   Así, como lo novela «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha», de Miguel de Cervantes, satirizó los ideales, ya caducos de Ia monarquía de Felipe III, «La historia de la vida del Buscón, llamado don Pablo», de Francisco de Quevedo, recoge una burla de los sueños de grandeza del conde-duque de Olivares gobernando una España empobrecida y arruinada.
   Francisco de Quevedo aún cuando se abrió camino en la Corte de Felipe IV gracias al amparo que le dispensó el conde-duque de Olivares no fue, nunca, un incondicional ni del monarca ni del valido. Antes que vasallo y antes que súbdito fue la conciencia crítica del reinado. Fue un intelectual de oposición. Se sintió en oposición a las gestiones de Felipe IV y a la política del conde-duque de Olivares.
   El día 7 de Diciembre de 1639, Francisco de Quevedo fue detenido por dos alcaldes de corte, cuando se encontraba en el palacio del duque de Medinaceli y conducido a una celda del convento de San Marcos, de León. Permaneció recluido, en este convento, hasta 1643, en que con le caída del conde-duque de Olivares, se reintegró a la sociedad. Se ha atribuido, esta privacidad de libertad a una carta en verso que encontró Felipe IV, bajo su servilleta, que exponía:
   «Felipe, que el mundo te aclama
   rey del infiel tan temido,
   despierta que por dormido
   nadie te teme ni te ama;
   oespierta, rey, que le fama
   por todo el orbe, pregona
   que es de león tu corona
   y tu dormir de lirón.
   Mira que la adulación
   te llama a un fin siniesto».
    ¿Padre nuestro!
   En esta estrofa critica la despreocupación del monarca por los problemas de Estado y lo alertó de que la adulación que practicaba el conde-duque de Olivares para mantenerse en la privanza, podía resultar peligrosa para el desarrollo de su reinado.
   En otra estrofa, de este poema, conocido por el título de «Padre nuestro» se pronunció contra la política tributaria del conde-duque de Olivares, exponiendo:
   
   «En Navarra y Aragón
   no hay quien tribute un real;
   Cataluña y Portugal
   son de la misma opinión;
   sólo Castilla y León
   y el noble pueblo andaluz
   llevan a cuesta la cruz.
   Católica Majestad
   ten de nosotros piedad
   pues no te sirven los otros
   así como nosotros».
   
   Quevedo fue acusado de murmurador y enemigo del gobierno. Existe una tendencia encaminada a atribuir a Quevedo el cultivar relaciones confidenciales con las instituciones de Luis XIII, de Francia.
   El enemigo, dentro de la política exterior, del conde-duque de Olivares, fue el cardenal Richelieu, de Francia. ¿Nunca fueron hombres de la misma talla!
   La oposición, de este intelectual, del Siglo XVII, a la política financiera de Felipe III y Felipe IV, quedó evidente a través de una sátira titulada «Poderoso Caballero es don Dinero», donde se expresaba en estos términos:
   
   Nace en las Indias honrado
   donde el mundo entero lo acompaña
   viene a morir a España
   y es en Génova enterrado
   y pues quien lo trae al lado
   es hermoso aunque fiero,
   poderoso Caballero es Don Dinero.
   
   A través de esta letrilla critica la política de los juros que emitieron los Habsburgos, con la garantía de las expediciones de metales preciosos de los Virreinatos Españoles de Hispanoamérica. Los juros o cédulas de deuda pública eran suscritos por banqueros entre los que se encontraban los Fugges y Wellser, de Alemania; los Scotz, de Flandes; los Grimaldi, Dorias, Centuriones, Gentiles, Lomelinos y Spínolas, de Génova y los Dueñas, de Medina del Campo. Así, la plata y el oro de los Virreinatos Hispanoamericanos, debidamente amonedado, pasaba a poder de estos financieros europeos para rescatar los juros que se encontraban en sus cajas blindadas.
   Completaron la producción intelectual de Quevedo las obras «Política de Dios», de 1626; «Los sueños» y «El caballero de las Tenazas», de 1627; «La cuna y la sepultura», de 1634; «Marco Bruto» y «La vida de San Pablo», de 1644, como cierre, definitivo de su ciclo de producción.
   A través de estas creaciones se definió Quevedo y Villegas como el más brillante intelectual de su tiempo y como la conciencia crítica del reinado de Felipe lV de Habsburgo.

Agradecemos al autor – L.R. ESPAÑA. 02. SEP. 2002

 

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FRAY LUIS DE LEÓN  1527 1591

 

A NUESTRA SEÑORA

 

No viéramos el rostro al padre Eterno
alegre, ni en el suelo al Hijo amado
quitar la tiranía del infierno,
ni el fiero Capitán encadenado;
viviéramos en llanto sempiterno,
durara la ponzoña del bocado,
serenísima Virgen, si no hallara
tal Madre Dios en vos donde encarnara.

Que aunque el amor del hombre ya había hecho
mover al padre Eterno a que enviase
el único engendrado de su pecho,
a que encarnando en vos le reparase,
con vos se remedió nuestro derecho,
hicistes nuestro bien se acrecentase,
estuvo nuestra vida en que quisistes,
Madre digna de Dios, y ansí vencistes.

No tuvo el Padre más, Virgen, que daros,
pues quiso que de vos Cristo naciese,
ni vos tuvistes más que desearos,
siendo el deseo tal, que en vos cupiese;
habiendo de ser Madre, contentaros
pudiérades con serlo de quien fuese
menos que Dios, aunque para tal Madre,
bien estuvo ser Dios el Hijo y Padre.

Con la humildad que al cielo enriquecistes
vuestro ser sobre el cielo levantastes;
aquello que fue Dios sólo no fuistes,
y cuanto no fue Dios, atrás dejastes;
alma santa del padre concebistes,
y al Verbo en vuestro vientre le cifrastes;
que lo que cielo y tierra no abrazaron,
vuestras santas entrañas encerraron.

Y aunque sois Madre, sois Virgen entera,
hija de Adán, de culpa preservada,
y en orden de nacer vos sois primera,
y antes que fuese el cielo sois criada.
Piadosa sois, pues la seriente fiera
por vos vio su cabeza quebrantada;
a Dios de Dios bajáis del cielo al suelo,
del hombre al hombre alzáis del suelo al cielo.

Estáis agora, Virgen generosa,
con la perpetua Trinidad sentada,
do el Padre os llama Hija, el Hijo Esposa,
y el Espíritu Santo dulce Amada.
De allí con larga mano y poderosa
nos repartís la gracia, que os es dada;
allí gozáis, y aquí para mi pluma,
que en la esencia de Dios está la suma.

 

Fray Luis de León (atribuído)

 

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SU VIDA

 

"En lo natural fue pequeño de cuerpo, en debida proporción; la cabeza, grande, bien formada, poblada de cabello algo crespo; el cerquillo, cerrado; la frente, espaciosa; el rostro, más redondo que aguileño; trigueño el color; los ojos, verdes y vivos. En lo moral, el hombre más callado que se ha conocido, si bien de singular agudeza en sus dichos, con extremo abstinente y templado en la comida, bebida y sueño; de mucho secreto, verdad y fidelidad; puntual en promesas y palabras, compuesto, poco o nada risueño". Así lo definió Francisco Pacheco en su Libro de verdaderos retratos.


Fray Luis nació en Belmonte (Cuenca) -que no en Belmonte de Tajo, como afirman algunos manuales o ediciones críticas de sus obras- el mismo año en que nacía Felipe II (1527). Era hijo del abogado y consejero áulico Lope de León y de Inés Varela. Su familia se traslada -y él con ellos- enseguida a Madrid, y él mismo, cuando ha cumplido los catorce años se marcha a estudiar a Salamanca (la ciudad más importante en la vida de Fray Luis). Ingresa pronto, y allí, en los agustinos, en cuya orden profesa en 29 de enero de 1544. Estudia, con Fray Juan de Guevara filosofía, y con Melchor Cano teología. La exégesis bíblica se la dirigió Cipriano de la Herga. Bachiller en Toledo y doctor en Teología por Salamanca. Y empieza la carrera de las cátedras: la de Biblia, la de Santo Tomás; tras la cárcel, la de Filosofía Moral, de nuevo la de Biblia ... Pero desde el 27 de marzo de 1572 hasta el 7 de diciembre de 1576, Fray Luis estuvo en la cárcel; de esta época son estos dos brevísimos versos:

"Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado"


La causa de que se le abriera un proceso inquisitorial, se cifra -por un lado- en la defensa que Fray Luis hacía del texto hebreo del Antiguo Testamento frente a las versiones latinas de la "Vulgata", actitud que bastantes de sus enemigos relacionaron pronto con ciertos antecedentes judíos por parte materna, a lo que quisieron sacar partido. Por otro lado, se le acusó de haber efectuado la versión en castellano del "Cantar de los Cantares", pese a la prohibición del Concilio de Trento de traducir textos sagrados a un idioma vulgar. Pero, a juicio de no pocos historiadores, en el asunto latía un problema de fondo más importante: las enconadas disputas entre distintas órdenes religiosas, a lo que se unía el manifiesto celo inquisitorial de la época.
Fue al salir de la cárcel, incorporado a la Cátedra de Teología Eclesiástica, cuando Fray Luis pronunció la ya mítica frase "decíamos ayer..." en la primera clase a la que asistió; clases en las que por cierto, se ganó un gran prestigio entre los alumnos.
La muerte le llega siendo Provincial de su Orden en Madrigal y sus restos reposan en la Capilla de la Universidad de Salamanca.

LA ÉPOCA

 

LA LÍRICA DE FRAY LUIS

Poeta, prosista, erudito, traductor, ascético. Pero Fray Luis es -sobre todo- un poeta, aunque para él la poesía no fuera algo fundamental:
"Entre las ocupaciones de mis estudios, en mi soledad, y casi en mi niñez, se me cayeron como de entre las manos estas obrecillas, a las cuales me apliqué más por inclinación de mi estrella que por juicio o voluntad".
Fue, para él, la poesía un escape, un refugio en sí mismo, un desahogo a veces, aunque en su dimensión final llegue a alcanzar cotas de grandiosidad musical y estética. Pero, posiblemente, esa nada relevante motivación poética de Fray Luis sea la que haga que sus versos nos lleguen pausados, lentos, apacibles, pero -al mismo tiempo- con ritmo, incansables, sin parones. Y todo ello se consigue elevar por encima de lo humano, a través de un lenguaje que intenta expresar fielmente sus ideas y sentimientos sobrenaturales, pero un lenguaje elaborado...
"De las palabras que todos hablan, elegir las que convienen"
El propio Fray Luis dividió sus poesías en tres apartados: las originales, las traducciones de poetas profanos y las traducciones o versiones bíblicas. No se publicaron hasta 1631; las editó Quevedo, utilizando a Fray Luis como antídoto al culteranismo (dentro del marco de la endiablada lucha verbal que mantenían Quevedo y Góngora, cada uno con sus respectivos secuaces detrás). La edición de Quevedo no fue la mejor, por no utilizarse los manuscritos de Fray Basilio Ponce de León, que eran los más fieles. No será hasta fines del XIX, cuando se haga una edición notable de sus poesías.
Vamos a recoger aquí el aspecto que se refiere a su producción de poesía original, dejando a un lado las traducciones, del tipo que sean, y considerando, eso sí, que supo recrear con ellas la obra elegida, supo llevar hasta ellas algo nuevo.

 

FRAY LUIS NO ES MÍSTICO

Algunos críticos, el que más Menéndez Pelayo, ha afirmado el carácter místico de Fray Luis, basándose en la presencia de ese carácter en algunas de sus poesías. En este sentido, la "Oda a Francisco Salinas", ha sido el argumento fundamental de quienes pensaban así. Pero Fray Luis no es místico, incluso Dámaso Alonso ni siquiera acepta su carácter ascético, porque...
"Fray Luis de León estaba hecho para la armonía (es decir, para la unión con la causa armónica del mundo), pero no la poseyó nunca en la vida, y sólo la expresó como anhelo (aunque maravillosamente) en su arte. Fray Luis de León no es un místico: quizá hay una sola estrofa en toda su poesía en que se describe la unión, aunque de un modo impresionantemente escueto y por vía intelectual".
Y es, precisamente, en la citada "Oda a Francisco Salinas" (músico y compañero suyo en la Universidad de Salamanca), en la que se patentiza la unión con la armonía del mundo, así como con su primera causa, aunque sólo por momentos.
Es, desde luego, en sus poesías originales donde Fray Luis alcanza su auténtica personalidad literaria, al mismo tiempo que su exquisitez en el más alto grado. Y se trate del tema de que se trate: la serenidad y la humildad de la vida del campo, la alegría que confiere la virtud, la sugestión de la vida interior, cualquier aspecto bueno de la sociedad o las mismas desventuras de la España del momento. Siempre, Fray Luis proyectará al verso esa armonía y equilibrio, de que habla Dámaso Alonso y que caracterizan a la Escuela Salmantina. Y junto a ellos, y según el caso manifestará su fuerza, su entrega de espíritu:

"Bien como la ñudosa
carrasca, en alto risco desmochada
con hacha poderosa,
del ser despedazada
del hierro torna rica y esforzada,
querrás hundirle, y crece
mayor que de primero; y, si porfía
la lucha, más florece;
y firme al suelo envía
al que por vencedor ya se tenía."

O su deseo de libertad, a través de su momento espiritual más difícil, mediatizado por su estancia en la cárcel:

"Dichoso el que jamás ni ley, ni fuero,
ni el alto tribunal, ni las ciudades
ni conoció del mundo el trato fiero."

 

LA LIRA, CONSTANTE METRICA

Fray Luis de León vive literiariamente a caballo entre Garcilaso de la Vega y Luis de Góngora; coetáneo de S. Juan (aun quince años mayor Fray Luis mueren los dos en 1591). Pero, y refiriéndose a los dos primeros Dámaso Alonso dice que Fray Luis es ´habitante de un mundo estético distinto al de Garcilaso y al de Góngora". Cierto es, pero hay un aspecto, un importante aspecto que Fray Luis toma, en su pleno derecho, de Garcilaso; sabido es que éste introdujo en España, procedente de Italia, la forma estrófica de la "lira", aunque él sólo la utilizara con ocasión de la ya famosa "Canción a la flor de Gnido". Bien, pues será Fray Luis de León quien se erija en el prototipo de cultivador de la lira, una estrofa breve, condensadora, de contención. Esta misma estrofa pasará de Fray Luis a San Juan de la Cruz, en quien se espiritualiza al máximo.


Posiblemente el arquetipo de lira en la poesía de Fray Luis de León, sea el que utilizó en la "Oda a la vida retirada", por otro lado, y en su primera estrofa, uno de los mitos más grandes de la poesía española. Se trata de una oda en la que Fray Luis tiene como modelo próximo a Horacio (su "Beatus ille"), aunque no es tan cercana la imitación como en otros casos y respecto al mismo Horacio.
Por su parte, la perfección compositiva, y en ello han coincidido muchos críticos literarios, llega a su mejor dimensión en uno de los poemas menos significativos de Fray Luis, porque no es de los más emocionales ni de los más espirituales. El tema, por contra, es de raíz española. La "Profecía del Tajo", en donde se nos cuenta la historia de don Rodrigo, el último rey godo, que forzó a la Caba,
tras lo que, el padre de ésta, el conde don Julián, llama a los musulmanes para que le venguen; éstos, venidos del Norte de África, destruyen el reino visigótico en la mítica batalla de Guadalete. Se trata del entronque máximo de Fray Luis con la historia y con la cultura españolas de la Edad Media, y ello, pese y junto a su saber clásico y bíblico.
Cualquiera de las Odas a "Felipe Ruiz", la "Noche serena", "En la Ascensión", son composiciones conocidas por el mundo literario desde que Fray Luis las escribiera, aunque a él -como afirmó- "se le cayeran de las manos". Y quizá por ello, quizá por otra razón, la poesía de Fray Luis adolece -a menudo- de prosaísmo, de utilización de nombres equívocos sin ninguna función estilística, de repeticiones y de rimas facilonas o incorrectas. Algún critico ha querido explicarlo, todo ello, argumentando que estaba en función del logro de la sobriedad, la expresividad y la simplicidad que Fray Luis buscaba. Pienso que no es así; que esas lagunas palpables en la poesía de Fray Luis son las propias de un poeta que no tenía un mayor interés en componer versos que el de ejercitarse escribiendo, o en casos muy, pero que muy concretos, en denunciar levísimamente una situación de injusticia personal, en reflejar un estado anímico interesante o en describir las ventajas de la vida retirada del campo.
Pese a ello, pese a todo ello ...
"Fray Luis de León forma -junto a Garcilaso, Lope de Vega y Góngora- el cuarteto de los más extraordinarios poetas que ha tenido España".


LA PROSA DE FRAY LUIS

Al igual que en poesía, tampoco la producción literaria en prosa de Fray Luis de León es abundante. Además, la casi generalidad de la crítica ha venido a coincidir en la apreciación de que el valor máximo de la obra de Fray Luis, conjuntamente considerada, está en su producción lírica, pese a que para él fuera la menos apreciada. Sin embargo, también la mayor parte de la crítica coincide al afirmar que su producción prosística encierra un inmenso valor, el valor de la recreación literaria.

Marcada por la lengua que en cada caso utilizó, la prosa de Fray Luis de León exige una previa división:
1.- Composiciones escritas en lengua latina.
2.- Composiciones escritas en lengua castellana.
En este estudio, evitaremos las latinas porque -de manera manifiesta- no pueden incidir en la literatura española directamente, y ello pese a que, en general, tanto su prosa en latín como su prosa en castellano se adscriben por entero a fórmulas exegéticas (que es lo mismo que comentadas) acerca de contenidos encerrados, bien en las Sagradas Escrituras, bien en las obras de los Santos Padres. Pese a ello, en un intento de completar al máximo, ofrecemos este breve cuadro de sus obras latinas en prosa, que, en general no son más que comentarios a tratados teológicos o a pasajes de la Biblia. Estas son:


"In Cantica Canticorum explanatio" (Salamanca, 1580). Se trata de la versión latina de la misma obra que, previamente realizara en castellano y que comentamos en su apartado correspondiente.

"In Psalmum vigesimun sextum explanatio" (Salamanca, 1582).

Diversos comentarios a fragmentos y capitulos de: "Eclesiastés", "Cántico de Moisés", "Abdías", "Epístola de San Pablo a los Gálatas", entre varios más.

"De utriusque Agni typici atque inmolationis legitimo tempore". (Salamanca, 1590).

Diversos tratados teológicos; entre otros, éstos: "De Fide", "De Spe", "De Charitate", "De Creatione rerum" y "De Incarnatione".

Junto a todo ello, algunas oraciones religiosas escritas expresamente con finalidades concretas o dirigidas a personajes determinados.
Gracias a la labor del padre Cámara, agustino como Fray Luis y que fuera obispo de Salamanca, todas las obras latinas del conquense fueron impresas en dicha ciudad entre los años 1891 y 1895, ocupando siete distintos volúmenes.
La producción prosística de Fray Luis que nos debe interesar es la compuesta en lengua castellana, de la que él fue un notabilísimo cultivador literario. Como decíamos al comienzo, no se trata de una obra extensa; solamente cinco titulos, y uno de ellos "Exposición del Salmo Miserere Mei" prácticamente no ha requerido la atención ni de críticos ni de historiadores de la literatura. Las otras cuatro, a las que nos referiremos aquí, con más o menos intensidad, son:


"Traducción literal y declaración del Cantar de los Cantares". (1561).

"Exposición del libro de Job". (1799).


"La perfecta casada". (Salamanca, 1583).

"De los nombres de Cristo". (Salamanca, 1583).

Es necesario decir, antes de nada, que las ediciones más importantes hechas de las obras castellanas en prosa de Fray Luis, son las de la Bilbioteca de Autores Españoles y las de Clásicos Castellanos, y ellas entre la multitud de ediciones que desde su propia época se han venido realizando.
En una lectura de Fray Luis, por somera que sea, es fácil darse cuenta de que no se trata de un autor exclusivamente original en cuanto a los temas tratados, sino que éstos siempre tienen una procedencia en la que él, en unos casos, bebe literalmente, y en otros, recrea a partir de ella. Son unas fuentes siempre de carácter religioso, que las podemos encontrar, sobre todo, en las Sagradas Escrituras; en menor medida, en las obras de los Santos Padres; en ocasiones, en autores clásicos, tanto latinos como griegos; y esporádicamente, en escritores más próximos a Fray Luis de León, como Luis Vives o Guevara (a través de su "Libro para los recién casados" que, parece ser, incide en "La Perfecta casada" del agustino).
Los dos libros que siguen más de cerca la fuente en la que se basan son la "Exposición del Cantar de los Cantares" (lo llamaremos a partir de ahora así para evitar su titulo original, mucho más largo), y la "Exposición al Libro de Job". En el primero, Fray Luis veía un verdadero poema bucólico, al tiempo que un canto de amor entre sus protagonistas, Salomón y su esposa. A raíz de ahí, lleva a cabo una versión maestra del libro bíblico, en la que no le basta con ofrecernos el espíritu que sus contenidos encierran, sino que no duda en traducirlo al pie de la letra, con toda la carga de estilo que la fuente originaria lleva consigo, y con toda la dificultad, por tanto, de sus formas. Sainz de Robles ha llegado a decir que más que una versión,
"es una verdadera copia".

TRADUCCIÓN LITERAL Y DECLARACIÓN DEL CANTAR DE LOS CANTARES

Es la primera obra en prosa de Fray Luis, y como casi todas, la escribió exclusivamente para una persona: su prima Isabel Osorio, monja del convento del "Sancti Spiritus" de Salamanca. Como conocía las disposiciones del Concilio de Trento y de la Inquisición Española sobre traducción de libros sagrados, debió guardar enseguida el manuscrito, pero un criado del convento de su prima sacó una copia que se debió difundir sin conocimiento del autor, y que fue la que sus enemigos emplearon en su ya famoso proceso inquisitorial que le costó unos años de cárcel.
Sorprende en este su primer escrito en prosa, cómo un religioso se extiende en consideraciones sobre el amor entre esposos, con pasión, entusiasmo y ternura, sin adentrarse prácticamente nada en interpretaciones de tipo místico, mucho más esperables, tanto por su condición personal como por la de la destinataria del libro.
Fray Luis emplea un procedimiento semejante en la composición de este libro y en la de "Exposición del Libro de Job". Se trata de un proceso muy sencillo que pasa por dos etapas sucesivas; en la primera de ellas, traduce literalmente los versículos del libro-fuente originario, para llegar -en un segundo momento- a una exposición o comentario, muy amplio, de sus contenidos.

EXPOSICIÓN DEL LIBRO DE JOB

Es ésta la obra más extensa de todas las que escribió en castellano; aunque el hecho se discute, parece que la escribió a instancias de la madre Ana de Jesús, amiga y sucesora de Santa Teresa en la Orden carmelitana. Es sin duda, su texto más inconexo, menos unitario, y ello porque su composición se dilató en unos veinte años. Su disparidad lo es, tanto en cuanto a las ideas que encierra como en cuanto a la forma de exponerlas y tratarlas. El libro tuvo, además, la desgracia de editarse casi dos siglos después de la fecha final de redacción, en concreto en 1779, y gracias al Padre Merino. No están muy claras las razones por las que se produjo tal demora en su publicación; parecen como más probables las que apunta Juan Alborg en su Tomo I de "Historia de la Literatura Española", en donde viene a decir que debió tener -Fray Luis- dificultades con las autoridades eclesiásticas en relación con el texto hebreo que utilizó y que, a la postre fue el que tradujo al castellano.

LA PERFECTA CASADA

Dedicó la obra a doña María Varela Osorio con motivo de su boda. Sáinz de Robles define acertadamente el librito en estos términos: "Breviario inefable de la vida doméstica de la mujer honesta, y graciosa sátira antifeminista respecto de aquellas damas preocupadas de afeites, amoríos y disipaciones mundanas".
Uno de los problemas principales que se han desatado en torno a esta obra ha sido el de las fuentes literarias en que se fija Fray Luis; que si huellas de "La Celestina", que si reminiscencias de la lírica popular de los siglos anteriores, que si influencias del "Libro de las virtuosas e claras mujeres" de Álvaro de Luna, que si -¡cómo no!- concomitancias con el "Corbacho" del Arcipreste de Talavera, etc. Sin poner en duda el conocimiento que de todas esas obras tuviera Fray Luis de León (erudito, lector incansable), está más clara y matizada la fuente en la que bebe su "Perfecta casada": de nuevo es la Biblia, concretándose la referencia en este caso, y según el estudio ya citado de Alborg, en el capítulo XXXI del "Libro de los Proverbios", del que Fray Luis hace un detenido comentario, exponiendo detalladamente el contenido de cada uno de sus versículos.
No hay, en tal sentido, otras influencias; hay, en todo caso, una amplia serie de precedentes incluídos en la llamada corriente literaria antifeminista de la Edad Media, y ello es así, porque Fray Luis en su libro no se limita a ironizar sobre ciertas costumbres o modos de vida de determinadas mujeres, sino porque de la forma en que expresa eso, se desprende una complacencia; es como si el autor se solazara al contar tales episodios, que a menudo no sobrepasan el carácter de anécdotas.
Lo que sorprende en "La Perfecta Casada" es el trabajo literario de un autor acerca de un tema que él no ha vivido, como es el matrimonio. La experiencia que,
en tal sentido, pudiera tener Fray Luis era claramente indirecta, basada en sus connaturales dotes de observación y en unos lejanos -y probablemente etéreos- recuerdos del propio hogar y de la propia familia. Ello no es impedimento para que Fray Luis se permita aconsejar a la mujer casada sobre obligaciones, tareas domésticas, trabajos de cocina o simples arrogancias de mujer en tal estado, así como ironizar en torno a esas otras mujeres que olvidan los deberes de esposa en beneficio de aspectos o aficiones nada propias de su condición. Y todo ello lo hace con un sorprendente dominio del lenguaje escrito -como casi siempre-, llegando incluso a construir un relato -fragmentado en capítulos-, pero unitario, debido a la técnica de ir fusionando el aspecto que termina con el que enseguida va a comenzar.
Y no sólo mediante el empleo del estilo directo, sino que -en otras ocasiones- utilizará la interrogación con respuesta en el apartado siguiente, o la más escueta duda que inmediatamente desvelará.

DE LOS NOMBRES DE CRISTO

Aunque menos entretenida, menos ligera que "La Perfecta Casada", "De los nombres de Cristo" es la obra más consistente de las escritas en prosa por Fray Luis.
Pese a que el autor afirma, en la dedicatoria que hace a don Pedro Portocarrero, que compuso la totalidad de la obra en el período en que estuvo en la cárcel, no parece que fuera exactamente así, por ser ése un período de desasosiego del lírico agustino, mientras que en esta obra sobresalen con mucho la serenidad y el equilibrio. Es -con toda probabilidad- cierto que escribiera en la prisión la primera parte, pero que la terminara, corrigiera y diera a imprenta en período de libertad.
La obra se compone de una serie de exposiciones -casi discursos- sobre el sentido -o sentidos- simbólico/s de los adjetivos calificativos dados a Cristo en las Sagradas Escrituras. La estructura es dialogada, para lo que Fray Luis inventa tres personajes: tres frailes agustinos llamados Marcelo (en que aparece traspuesto el autor), Sabino y Juliano, quienes descansando en una finca de la orden, en los días primeros del verano, conversan sobre esos nombres dados a Cristo en los textos bíblicos: Pimpollo, Faces o Cara de Dios, Camino, Pastor, Monte, Padre del Siglo Futuro, Brazos de Dios, Rey de Dios, Príncipe de Paz, Esposo, Hijo de Dios, Amado, Jesús y Cordero. En primer lugar, se van citando los pasajes bíblicos en que cada nombre aparece, para -posteriormente- comentarlos y discutirlos. No hay en el libro ninguna propuesta de ningún sistema teológico, como algún crítico ha querido ver, sino que se recogen -con exclusividad- los contenidos esenciales que se insertan en la Biblia o en los Santos Padres acerca de la teología de Cristo; es, en tal sentido, la utilización de un caudal de contenidos, que están a su disposición.
Al igual que en su poesía, "De los Nombres de Cristo" es la medida, el equilibrio, la contención y la armonía. A propósito de ello, dice Menéndez Pelayo:
Puede decirse que la estética está infundida y derramada de un modo latente por las venas de la obra, y no sólo en el estilo, que es, a mi entender, de calidad superior al de cualquier otro en castellano, sino en el temple armónico de las ideas.

EL LENGUAJE

Sencillo pero de amplios significados. Construye sus obras en base a un lenguaje de oraciones breves, en las que predomina la coordinación y la yuxtaposición sobre la subordinación, y en el que ésta nos llega sobre las premisas más elementales. Claro en sus exposiciones, nada dado a las disquisiciones, a veces resulta reiterativo, y de ahí que pueda parecer retórico. Repite y repite hasta el cansancio en su deseo de que no quede ningún contenido en el aire, en su deseo de llegar y de llegar ampliamente.
Lector y relector de los clásicos, él mismo es un clásico en la armonía, en el equilibrio, en la medida, en la sobriedad, en la precisión de sus estructuras lingüísticas. Modelo de rigor y propiedad en su léxico; castizo a menudo, sencillo casi siempre; elegante en el epíteto, que emplea plástica y descriptivamente, al tiempo.
Maestro de la lengua castellana, molde y modelo, Fray Luis de León es un excelente poeta que escribió también en prosa, con mayor o menor acierto.

TEXTOS DE FRAY LUIS

Viene, a continuación, una pequeña muestra de textos de Fray Luis, tanto en verso como en prosa.

 

 

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Juaristi rastrea en un libro los mitos

que forjaron la identidad española

 

 

Sostiene que el imaginario hispánico se basa en la cultura árabe

A través de las crónicas y leyendas de la Edad Media, el escritor Jon Juaristi indaga en su libro «El reino del ocaso. España como sueño ancestral» en los procesos de formación, desarrollo y disolución de los mitos nacionales. Un ensayo en el que «he intentado hacer un inventario y una descripción histórica de la mente y saberes básicos de la imaginación española». El ensayista sostiene que el Islam sirve de base a muchos mitos españoles.

 

Marta Borcha - Madrid.-
«Lo que llamamos España es, ante todo, un conjunto unitario de imágenes. Un imaginario», señaló ayer Juaristi durante la presentación de su libro. A pesar de que hay «hechos irrefutables» que avalan la pluralidad de nuestro país, como las distintas lenguas, las culturas regionales o los conflictos religiosos, Juaristi sostiene que España es, antes que todo ello, «un ámbito de transacciones, no siempre pacíficas, guiadas por el designio de construir una unidad que se tiende a suponer perdida».
   Publicado por la editorial Espasa dentro de su colección Ensayo y Pensamiento, «El reino del Ocaso» revela que el modelo mítico que subyace en el entorno legendario del origen europeo no es primordial en el imaginario de nuestro país: «España permaneció al margen de los modelos generales sobre los que los países de su entorno geográfico habían elaborado sus propios mitos de origen, inspirados en la materia de Troya, porque durante toda la Edad Media convivieron en España diferentes mitologías con raíces diversas y relacionadas entre sí de manera conflictiva».
   No porque en la España de la Edad Media se desconociera la «Eneida» o las historias troyanas de Dares y Dictis, aclaró Juaristi, «sino porque aquí hubo varios imaginarios en discordia».
   Los tres imaginarios fundamentales que pueden encontrarse en la Península Ibérica corresponden a las tres culturas que se desarrollan en la España del medievo, la cristiana, la musulmana y la judía, y Jon Juaristi constata en su ensayo ¬que se basa principalmente en fuentes árabes¬ que los mitos de los vencidos forman parte esencial de la idea del origen que han desarrollado los vencedores: «La visión de España en el Islam de los siglos X y XI es una tierra de maravillas, mítica, sobre la que la imaginación islámica proyecta sus propios mitos y leyendas. España sirve a la cultura islámica como pretexto para desarrollar una memoria preislámica». Hechos que llevan a Juaristi a defender la tesis de que «el imaginario islámico está presente en la constitución del imaginario español» y que la novela como «forma de la imaginación española madura es el resultado del choque entre dos imaginarios antagónicos: el islámico y el hispánico».
   Don Rodrigo, Hércules, la reina de Saba, Du L-Qarnayn, Salomón y otros muchos personajes aparecen en «El reino del ocaso» como protagonistas de la historia de España y sirven a Juaristi para analizar las leyendas sobre el origen de nuestro país. A su juicio, y evocando a María Zambrano, España «tiene mucho de comunidad imaginada» y durante los nueve siglos de convivencia de las culturas musulmana y cristiana vivió en un «sueño ancestral», en un «sueño imaginario con narraciones míticas, hasta que el mito dejó paso a la novela». Con el nacimiento de «El Quijote», aseguró Juaristi, se instaura un nuevo tipo de imaginación, «la novelesca», y desparecen «estos mitos y héroes como representación poética del mundo».
   Serafín Fanjúl, catedrático de Literatura Árabe, señaló durante la presentación del libro que esta obra de Juaristi será una referencia a la hora de estudiar los mitos.2004-02-25.

 

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“Ser bueno no es aburrido” e instó a rechazar la idea de que se están perdiendo algo si no pecan. “Pensamos que tratar con el diablo reservándonos una pequeña autonomía frente a Dios es, después de todo, bueno o incluso necesario. Pero mirando al mundo alrededor nuestro podemos ver que no es así”: S. S. Benedicto XVI. El MMV.XII.VIII. Piazza Spagna-Roma.Italia.

 

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Fe, verdad y tolerancia - Está muy extendida la pretensión de que la convivencia entre culturas exige (al menos, de la europea) la asunción del relativismo, y que la paz entre las religiones requiere el abandono de su pretensión de expresar la verdad. Se va difundiendo cada vez más la convicción de que sólo renunciando la fe cristiana a sus pretensiones de ser la verdad puede el cristianismo reconciliarse con la modernidad. ¿Es posible o deseable seguir manteniendo hoy día la pretensión de ser la verdad absoluta? ¿Cómo puede compaginarse esta pretensión con la búsqueda de la paz entre las religiones y entre las culturas? El libro de Ratzinger, hoy Benedicto XVI, contiene un esclarecedor planteamiento de estas preguntas y una excelente respuesta. La libertad no puede consistir en la destrucción de la verdad, sino que, por el contrario, es la verdad la fuente y la condición de la libertad. Y también de la paz. La aparente paradoja se desvanece si comprendemos que la verdad y el amor son idénticos. Ésta es, según Ratzinger, la suprema garantía de la tolerancia. 2005-08-23 Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA

 

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No hay vida humana sin libertad, se entiende no sin una absoluta sino sin cierta dosis, mayor o menor, de ella. Sí cabe vida humana sin libertad política. Defender la libertad, amarla, tomársela no es sólo un asunto político. Pero existe otra forma de corromper la libertad aún más peligrosa y consiste, cosa bastante usual, en entenderla como ausencia de normas o ideales, e incluso como pura insumisión. En una de sus versiones, se pretende que sólo la inexistencia de la verdad en sentido religioso o moral permitiría la libertad. Según esta paradójica pretensión, y en contra de la idea cristiana, sería la verdad lo que nos haría siervos. En suma, que la libertad vendría a ser el ilimitado derecho a hacer nuestra real gana, por utilizar la hispánica expresión.

Solo la verdad puede hacernos libres, como lo enseña Jesucristo.

 

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Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Hoy la tierra y los cielos me sonríen
hoy llega hasta el fondo de mi alma el sol
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado
Hoy creo en Dios!

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.


Anno Domini 2009 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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«Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte sino con tu buena voluntad». San Pedro Crisólogo (hacia 380?ca.450), Obispo de Rávena, doctor de la Iglesia - Sermón 168, 4-6; CCL 24B, 1032

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¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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In Obsequio Jesu Christi.

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Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, al honor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

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CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

In Obsequio Jesu Christi.

 

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Recomendamos vivamente:

1º ‘CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL’. Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que la Iglesia Católica, y en modos que muchos de nosotros hemos olvidado o nunca sabido. Como la Iglesia construyó la civilización occidental es una lectura esencial para redescubrir esta relegada verdad. De un modo senillo y muy atractivo. 2007.

Autor: Thomas E. WOODS Jr.-Editorial: CIUDADELA. 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).