Monday 27 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

 

«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).
S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

 

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Análisis histórico - Con frecuencia en los análisis históricos se peca de falta de objetividad por juzgar con valores actuales los sucesos del pasado. Esto no significa relativizar el juicio valórico de los sucesos, sino extirpar ciertos moralismos actuales que no son reales, que suponen una "moral" moderna y postmoderna que juzga enloquecidamente las cosas. Desde una perspectiva objetiva tenemos que condenar sin reserva los errores ocurridos en l período analizado, pero sin rasgar vestiduras por la "monstruosa" noticia del descubrimiento y civilización europea en América, maldiciendo la hora en que se produjo al estilo del cuestionado activista verde Jacques Cousteau quien declaró en 1992 que la llegada de la Colón a América "fue un desastre peor que la lluvia de meteoritos que acabó con los dinosaurios en la prehistoria"

Aquí la premisa tribalista de "cada uno en su tierra sin invadir otra" queda desvanecida por el absurdo ante el dinamismo y realidad de la historia. Toda civilización es el fruto de una mezcla frecuentemente nada pacífica. La misma epopeya del Pueblo de Dios suponía conquistar una tierra prometida ocupada por tribus locales. Los mismos europeos provienen de invasiones y nuevas invasiones que mezclaron sus sangres e hicieron nacer las distintas culturas que dan alma al Viejo Mundo.

 

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DISCERNIR - A todos se les pide el saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de tantos medios de comunicación que no cesan de inventar, suponer o repetir ‘leyendas negras’, difamaciones o mentiras históricas… mienten sabiendo de mentir.

Los que escuchan no deben ser obligados a imposiciones ni compromisos, engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación es un acto moral “El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas y el hombre malo, del tesoro malo saca cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado” (Mt 12, 35-37).

 

“Por tanto, desechando la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen” (Ef 4, 25.29).

 

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El único momento histórico en que Europa tuvo su unidad fue con la cristiandad medieval. Era la Europa católica. La cristianitas de la Europa medieval era la patria común. La reforma luterana destruyó todo esto, separó a los países y creó los nacionalismos.

Vittorio Messori; escritor, periodista, comentarista e investigador histórico. 2005.

 

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ESPAÑA 1492 - Comprendiendo la cultura en que se gestó, llegaremos a una visión más equilibrada para cualificar la gesta hispánica ¡el descubrimiento de América!   

 

Francisco de Vitoria, al tener conocimiento en 1536 de las violencias cometidas durante la conquista de Perú, escribe su relección De indis, en la que declara que los indios no son seres inferiores a los que es legítimo esclavizar y explotar sino seres libres, con iguales derechos que los españoles y dueños de sus tierras y bienes. De este modo se inició el derecho de gentes.

 

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1500 – el 09 de marzo zarpa de Lisboa rumbo a Calcuta la flota mandada por el portugués Pedro Alvarez Cabral, quien al final descubrió Brasil.

 

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El 11 de mayo de 1544 sale de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) España, la expedición de Francisco de Orellana, primera que exploró el Amazonas.

 

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Catolicismo y unidad - Isabel fue, en verdad, una reina que profesó, a lo largo de toda su vida, con obras y palabras, la fe católica, hasta ese punto de la entrega de su persona a los suyos –su familia y sus reinos: su pueblo– que merece la calificación de heroica. Son conmovedoras las disposiciones últimas de su Testamento, legando todos sus bienes personales a los pobres y mandando que lo que fuese a gastarse en boato en sus exequias, que se diese a los pobres. Su conducta como reina estuvo inspirada en los ideales de justicia y de solidaridad, llevados a la práctica insobornable pero también misericordiosa y pacientemente: defendiendo siempre y con todo vigor a los más humildes. Lo atestiguan elocuentemente sus desvelos por la liberación de las gentes del campo en toda España.
La unidad de los reinos de España la aceptó y cuidó Isabel la Católica como un gran bien para todos: para su presente y su futuro. Un bien no solamente de naturaleza pragmática y utilitarista, a disposición de cualquiera, sino, sobre todo, de valor moral, humano y espiritual de la máxima importancia. ¿Cómo no van a ser los cristianos, máxime los situados en puestos de responsabilidad pública, los primeros en defender y promover el bien de la unidad de los pueblos y de las naciones, con el respeto exquisito a todas las legítimas diversidades, si los guía el mandamiento del amor mutuo que incluye los deberes de la justicia y de la solidaridad privada y pública, y aun los supera? Así lo enseñábamos los obispos en la Conferencia Episcopal Española no hace mucho tiempo.
Lo católico ha brillado en ella, como reina, cuando promueve la evangelización de la América recién descubierta, con un fino sentido cristiano del valor inalienable de todo ser humano: persona, creatura e hijo de Dios siempre. Así mandaba en su Codicilo, que adjuntó a su Testamento, a su hija, la heredera, doña Juana, y a su marido don Felipe: «Que no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y prevean por manera que no se exceda en cosa alguna».

+ Antonio Mª Rouco Varela - En la Misa del V Centenario de Isabel la Católica (10-XII-04)Madrid - España

 

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Isabel, ¿santa o villana?

 

Con la petición formal de la Conferencia Episcopal española para reabrir la causa de beatificación de la Reina Isabel la Católica, César Vidal escribe una reflexión en Calibán, que reproducimos a continuación. 

 

César VIDAL. Dr. en historia antigua, filosofía, teología. Licenciado en derecho.

 

Acusada de intolerante, racista e incluso sucia, Isabel la Católica vuelve a ser noticia una vez más en virtud de la publicación de varios libros relacionados con ella y el relanzamiento de su causa de beatificación. Sin embargo, ¿cómo fue realmente Isabel la Católica? La utilización que el régimen de Franco hizo de los Reyes Católicos facilitó la tarea de todos aquellos que sentían por otras razones una especial repulsión hacia su legado y deseaban denigrarlo. Los enemigos de la memoria relacionada con los Reyes Católicos han ido históricamente de los republicanos a los islamistas pasando por los separatistas vascos y catalanes que siempre han lamentado la tarea de reunificación nacional consumada ¬que no iniciada¬ por Isabel y Fernando. Sobre estas razones políticamente correctas, se ha ido labrando un cúmulo de leyendas especialmente contrarias a la reina de Castilla tachándola de sucia, intolerante, fanática y racista. Sin embargo, la realidad es que ninguno de esos mitos resiste la más elemental confrontación con las fuentes históricas. Empecemos por la leyenda relativa a una Isabel que no se cambiaba nunca de camisa aunque ésta apestara. Lo que nos enseñan las fuentes es que precisamente Isabel era una mujer de pulcritud sorprendente para su época; que se esforzó por hacer extensivas al conjunto de la población sus normas de conducta acentuadamente higiénica; que los informes de los médicos de la corte señalan su especial preocupación «por la higiene o los alimentos».

 

No era racista

No menos difícil de sostener es la acusación de racista lanzada sobre Isabel. No sólo fue ella la principal inspiradora de las Leyes de Indias que convertían a los indios americanos en súbditos de pleno derecho frente a las codicias de no pocos, sino que además el número de judíos que trabajaron para ella antes y después del Edicto de Expulsión fue muy numeroso. Nombres de gente de estirpe judía como Pablo de Santa María, Alonso de Cartagena, el inquisidor Torquemada, fray Hernando de Talavera, Hernando del Pulgar, Francisco Álvarez de Toledo o el padre Mariana entre otros muchos son muestra de hasta qué punto Isabel no fue nunca racista. Este tipo de ataques ha intentado sostenerse sobre todo en episodios como la expulsión de los judíos y el final de la Reconquista. La expulsión de los judíos significó un conjunto de dolorosísimos dramas humanos pero en su época la acción distó mucho de tener esa connotación tan negativa. Las fuentes históricas nos muestran no sólo que la medida fue precedida por otras similares en naciones como Inglaterra, Francia o Alemania, sino que incluso fue saludada con aprecio en Europa porque, a diferencia de lo ocurrido en otras naciones, los Reyes Católicos no actuaron movidos por el ánimo de lucro. En su momento, la decisión estuvo además relacionada con el proceso de Yuçé Franco y otros judíos que confesaron haber matado a un niño en la localidad de la Guardia en un remedo blasfemo de la Pasión de Jesús y, muy especialmente, con los intentos de ciertos sectores del judaísmo hispano por traer de vuelta a la fe de sus padres a algunos conversos. Actualmente, los historiadores tienden a considerar el caso del niño de la Guardia como un fraude judicial pero lo cierto es que en aquella época las formalidades legales se respetaron escrupulosamente y este hecho, unido a la gravedad del crimen, provocó una animadversión en la población que, en apariencia, sólo podía calmarse con la expulsión de un colectivo odiado. Por otro lado, Isabel se preocupó personalmente de que no se cometieran abusos en las personas y haciendas de los judíos expulsados como se puso de manifiesto en la Real Provisión de 18 de julio de 1492 que velaba por evitar y castigar los maltratos que ocasionalmente habían sucedido en algunas poblaciones como la actual Fresno el Viejo. Por si fuera poco, durante los ciento cincuenta años siguientes, la innegable hegemonía española en el mundo no llevó a nadie a pensar que la expulsión de los judíos hubiera sido un desastre ¬habría que esperar a la Edad Contemporánea para escuchar esa teoría¬ y, desde luego, difícilmente se hubiera podido sostener que el episodio había sido más grave que otros similares realizados en otras naciones europeas. Aún más fácil de comprender resulta el final de la Reconquista. Que los Reyes Católicos, tras reunir los territorios de Castilla y Aragón, ambicionaran concluir el proceso reconquistador era lógico y, desde luego, no chocaba con las trayectorias de otros monarcas anteriores. Con todo, la lucha contra el reino nazarí de Granada no fue provocada por ellos sino por la ruptura de los pactos previos por parte del rey moro y por las incursiones de agresión que los musulmanes desencadenaron contra las poblaciones fronterizas. No se trataba, desde luego, de una lucha meramente religiosa sino también nacional y no deja de ser significativo que cuando se supo que Granada había capitulado, los judíos danzaran para celebrarlo ya que también ellos habían sido víctimas de la intolerancia musulmana. Sin embargo, la grandeza ¬grandeza difícilmente negable ¬de Isabel de Castilla descansa no en el hecho de que los ataques contra ella sean de escasa consistencia, sino en que fue una reina verdaderamente excepcional en lo político, en lo humano y en lo espiritual. Por ejemplo, supo comprender el efecto pernicioso que sobre la economía ejercía la subida de impuestos y prefirió la austeridad presupuestaria al incremento de la presión fiscal.

 

¿Conversiones a la fuerza?

Asimismo fue enemiga resuelta de las conversiones a la fuerza y así lo dejó expresado en la Real Cédula de 27 de enero de 1500. Además, en agudo contraste con la figura de su hermanastro y antecesor Enrique IV el Impotente, Isabel fue partidaria de una adjudicación de funciones públicas que no derivara del favor real, sino de los méritos del aspirante. Esa circunstancia basta por sí sola para explicar buena parte de los méritos de gestión del reinado y, especialmente, el deseo que Isabel tenía de que las mujeres pudieran recibir una educación académica similar a la de los hombres. Como ella misma diría, «no es regla que todos los niños son de juicio claro y todas las niñas de entendimiento obscuro». Aún más notable es el aspecto humanitario de la personalidad de la reina. Por ejemplo, cuando en 1495 tuvo noticia de que Colón había traido de América indígenas a los que había vendido, dispuso que se procediera a su búsqueda y se les pusiera en libertad con cargo a las arcas del reino. Aunque fue una excelente mujer de estado, Isabel no dejó jamás de mostrar una profunda preocupación por la suerte de los más débiles y desfavorecidos. A ella hay que atribuirle el establecimiento de las primeras indemnizaciones y pensiones para viudas y huérfanos de guerra ¬una disposición tomada después de la guerra civil de Castilla cuando las arcas del tesoro estaban exhaustas¬ o la creación de los primeros hospitales de campaña durante la guerra de Granada. A todo lo anterior hay que añadir su ejemplaridad de vida o, de manera muy especial, su celo por la expansión del Evangelio por encima de cualquier otra consideración. Desde luego, el descubrimiento y la posterior colonización de América son incomprensibles sin una mención cualificada a las causas espirituales expresadas desde el primer momento por Isabel la Católica y recogidas en diferentes documentos de la época. Todo ello explica que su figura fuera muy estimada en su época y abundan los testimonios de españoles y extranjeros que la tuvieron por una mujer no sólo excepcional, sino tocada por la gracia de la santidad. De hecho, los ataques contra su persona procedieron exclusivamente de enemigos que temían lo que representaba e históricamente se han caracterizado por su falacia. Poco ha cambiado al respecto.

 

Ataques ignorantes

En la actualidad, los ataques contra Isabel arrancan o bien de una clara ignorancia histórica ¬como muestra la leyenda de su camisa sucia¬ o de una repugnancia ante sus logros excepcionales. En contra de esa visión marcada profundamente por el sectarismo se hallan los testimonios de la época y las opiniones favorables de personajes de la talla de Washington Irving, Walsh, Prescott, Pfandl, Marcel Bataillon, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset o incluso Johnson y Eisenhower, ambos presidentes de EE UU, entre muchos otros. Al final, como sucede con tantas otras cuestiones, sobre el frío y documentado análisis histórico prevalece la lucha política.

LA RAZÓN. 27 NOVIEMBRE 2002. ESP.

 

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Reyes Católicos

 

Isabel y Fernando
1451-52 - 1504-16
Reyes 1474-79 - 1504-16
España

 

Isabel, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, y Fernando, hijo de Juan II de Aragón y de Juana Enriquez, contrajeron matrimonio en Valladolid el 19 de Octubre de 1469, entre fuertes oposiciones al mismo. Isabel heredaría el trono de Castilla en 1474 después de la muerte de su hermano Enrique IV; había un conflicto sucesorio entre ella y Juana, hija de Enrique IV, de la que se decía era hija de D. Beltrán de la Cueva y no del rey, este conflicto prosiguió después de la coronación, ya que Alfonso V de Portugal, esposo de Juana, lanzó una ofensiva en apoyo de ésta, ofensiva que se disputó en las batallas de Toro y Albuera tras las cuales Isabel, que salió vencedora, fue reconocida reina por las Cortes de Madrigal. Mientras tanto Fernando era nombrado heredero a la muerte de su hermano Carlos. En 1468 recibió el trono de Sicilia y a la muerte de su padre en 1479, el de la corona de Aragón. Participó en las luchas a favor de su esposa Isabel y a partir de esta fecha se produjo la unión dinástica de Aragón y Castilla y el comienzo del reinado conjunto, siguiendo los acuerdos que se habían firmado en 1475 en la concordia de Segovia por los que ambos monarcas mantenían su igualdad en lo tocante a Justicia, moneda y expedición de privilegios, pero reservaba a Isabel la fidelidad de los tenedores de Castillos y las cuestiones de Hacienda. Este matrimonio ha sido considerado como el punto de partida de la unidad y de la grandeza de España. El primer objetivo de los nuevos monarcas fue el de restablecer la autoridad real para lo cual se sirvieron de una poderosa organización la Santa Hermandad creada en 1476 que era una especie de policía judicial que perseguía a los perturbadores del orden. También constituyeron el Consejo Real que sustituía a las Cortes y nombraron corregidores para controlar las ciudades y vincularon la dirección de la Mesta al Consejo Real. De este modo quedaba controlada la política del reino, aunque estas medidas pesaron más sobre el reino de Castilla que sobre el de Aragón. La siguiente misión era concluir la reconquista en el reino nazarí de Granada lo que consiguieron en 1492. La paz interior y la buena organización del reino permitieron que las arcas reales se llenaran y con ellas se acometieran nuevas empresas como el apoyo al almirante genovés Cristobal Colón que descubriría América en 1492, aportando riquezas para el reino y un fuerte expansionismo exterior. El éxito de la guerra antimusulmana y la presión de los confesores de la reina indujeron a los Reyes a unificar la religión de sus súbditos por lo cual en 1492 se procedió a expulsar a los judíos y los mudéjares granadinos, obligados a convertirse. Ya en 1478 se había creado La Inquisición para perseguir a los cristianos nuevos que volvían a sus antiguas creencias. El reino continuó ampliándose al conseguir Fernando de Carlos VIII de Francia la restitución de la Cerdaña y el Rosellón en virtud del tratado de Barcelona de 1493. Así mismo en Italia se enfrentó al monarca francés consiguiendo la conquista del reino de Nápoles en 1504. En ese mismo año fallecía la reina Isabel y aunque dejaba como regente de la heredera al trono, Juana I, a su marido Fernando el Católico, la nobleza castellana no lo apoyó por lo que éste marchó a sus estados de Aragón. De este modo quedaba encargado del gobierno de Castilla Felipe de Austria, el Hermoso, esposo de la reina Juana I de Castilla, la Loca. Pero la muerte de Felipe en 1506 obligó a restituir a Fernando, llamado por el Cardenal Cisneros a Castilla en 1507. Los últimos años de su reinado se caracterizaron por los enfrentamientos con Francia en terreno italiano. A la muerte de Fernando el Católico heredó el trono su nieto Carlos I de España. Desde el punto de vista artístico esta etapa se caracteriza por la supervivencia de la tradición gótica y la lenta penetración de los nuevos moldes renacentistas. Bajo el impulso de los monarcas o de la alta nobleza se erigieron numerosos edificios, iglesias, universidades, hospitales, castillos, etc., especialmente en tierras castellanas dada la supremacía económica de dicho reino en aquella época. En el campo de la pintura se superpusieron el estilo flamenco y la novedad renacentista. En este período continuaron desarrollando su obra pintores que ya habían comenzado tiempo atrás como Huguet, Gallego, Bermejo a la vez que el nuevo estilo renacentista asomaba a las obras de artistas como Rodrigo de Osona el Viejo o Pedro Berruguete.

  

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ESPAÑA – 1497

 

EL SEIS DE MAYO DE 1497: REAL CÉDULA POR LA QUE SE DECLARA LIBRE DE IMPUESTOS EL COMERCIO DE LAS INDIAS AMERICANAS.

 

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Urna con los ( probables) restos de Colón - Catedral de Sevilla - España- MMIII

 

ESPAÑA – 1498

 

EN SU TERCER VIAJE A AMÉRICA EL 5 DE AGOSTO DE 1498, COLÓN PISA POR PRIMERA VEZ TIERRA CONTINENTAL EN LA ENSENADA DE YACUA, SITUADA EN LA COSTA SUR DE LA PENÍNSULA DE PARIA, EN LA ACTUAL VENEZUELA.

 

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20 de Enero de 1500

 

El marino de Palos de la Frontera (Huelva), Vicente Yáñez Pinzón, compañero de Colón en los primeros viajes al Nuevo Continente, cruza por primera vez el equinoccio en un largo recorrido de la costa atlántica americana hasta acceder al actual Brasil meses antes de que lo hiciera Cabral.

 

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30 de Enero de 1500

 

El navegante de Palos de la Frontera (Huelva) Vicente Yáñez Pinzón descubre la desembocadura del río Amazonas.

 

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13 de Febrero de 1502

 

Sale para América la primera partida de vino español, procedente del pueblo onubense de Villalba del Alcor.

 

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DESCUBRIMIENTO DE BRASIL

 

Vicente Yáñez Pinzón, (c. 1461-1514), navegante y descubridor español, considerado uno de los marinos más experimentados de su tiempo, acompañó a Cristóbal Colón, junto con sus hermanos Martín Alonso y Francisco, en el primer viaje del descubrimiento de América al mando de la carabela Niña.

Vicente Yáñez Pinzón nació en el pueblo marinero de Palos de la Frontera (Huelva) hacia 1461. Criado en el seno de una rica familia de larga tradición marinera, tenía entre los marinos de aquella época una gran experiencia en las artes de navegación, que había adquirido desde su juventud acompañando sobre todo a su hermano Martín Alonso en viajes comerciales realizadas por la costa atlántica y mediterránea. Entre 1477 y 1479 se le conocen acciones de piratería por las costas catalanas y de Ibiza.

Se unió a los proyectos de Colón de la mano de su hermano Martín Alonso, el más importante armador y navegante de la comarca situada en la ría formada por el Odiel, cuya personalidad hizo que Vicente Yáñez permaneciera en un segundo plano durante los preparativos y el desarrollo del primer viaje del descubrimiento (1492), en el que tomó parte como capitán de la Niña y actuó siempre con lealtad a Colón.

 

Atraído por las expectativas de riqueza que abría el descubrimiento de las nuevas tierras americanas, tras el regreso a España y muerto su hermano Martín, Vicente Yáñez Pinzón firmó el 6 de junio de 1499 una capitulación, con Juan Rodríguez de Fonseca en nombre de los Reyes Católicos, que le autorizaba para efectuar nuevos descubrimientos en las Indias. La importancia de esta capitulación radica en que es la única que se conoce correspondiente a los viajes que se inauguran a partir de 1499. Quedó estipulado pagar a los reyes la quinta parte, una vez deducidos los gastos de armazón y viaje. El resto de las ganancias quedarían para los participantes. Vicente Yáñez Pinzón sería su capitán principal.

 

Para ello la familia Pinzón equipó a sus expensas cuatro carabelas pequeñas y unos 70 o 75 tripulantes que se hicieron a la mar desde el puerto de Palos en diciembre de 1499. Llegados a las islas de Cabo Verde, fueron arrastrados por una tormenta que les hizo alcanzar la costa del Brasil en enero de 1500, tres meses antes que llegase el descubridor oficial Pedro Álvares Cabral, tocando tierra en el cabo de San Agustín al que llamaron de Santa María de la Consolación. Navegó 600 leguas a lo largo de la costa en dirección noroeste, y descubrió la desembocadura del río Marañón (Amazonas) y del Orinoco, que llamó río Dulce. Prosiguió hacia el mar de las Antillas por la costa de las Guayanas y desde Paria se dirigió a la isla de La Española. Desde aquí siguió su viaje de exploración hacia las Lucayas (Bahamas) y, después de la pérdida de dos barcos y algunos hombres, emprendió viaje de regreso a España, donde llegó en septiembre de 1500. Desde el punto de vista económico este viaje representó un fracaso, que dejó a los Pinzón en la pobreza y a Vicente Yáñez al borde de una quiebra total, pero tuvo una gran importancia desde el punto de vista geográfico, ya que fue el primero en cruzar la línea del ecuador y en descubrir el Brasil y el Amazonas.

 

El 8 de octubre de 1501, Vicente Yáñez Pinzón recibió un gran honor y merced: fue armado caballero por el propio monarca Fernando II el Católico, en la torre de Comares del palacio real de la Alhambra, por lo mucho y bien que había servido en el descubrimiento de las Indias.

En 1505 Vicente Yáñez participó en la Junta de Toro que decidió la búsqueda del paso hacia la Especiería (las islas de las Especias o Molucas). Al mismo tiempo fue nombrado por concesión real capitán general y corregidor de la ciudad de Puerto Rico, con la misión de colonizar la isla de Borinquen (nombre dada por los indígenas a la isla de Puerto Rico), en un asentamiento que se había previsto realizar en un año y que Pinzón no cumplió. En 1508, el rey Fernando II el Católico convocó la Junta de Burgos para encontrar una solución a la ruta de la Especiería, y a ella citó a Vicente Yáñez, junto con Juan Díaz de Solís y Américo Vespucio. En dicha reunión se tomó el acuerdo de enviar una expedición que buscase un canal o paso interoceánico a la altura de la costa de Honduras, para cruzarlo y llegar a las islas de la Especiería, lo que venía a representar la continuidad del primer viaje de Colón. Vicente Yáñez, junto con Díaz de Solís, firmaron la capitulación de este viaje de exploración. En el mismo año de 1508 partieron hacia las Antillas, y desde allí hasta recalar en la costa de Honduras, que recorrieron en dirección norte prolongando los descubrimientos de Colón. Exploraron la costa oriental del Yucatán, siendo sus primeros descubridores, pero a la altura de Tampico, ante el fracaso de la expedición, dieron por concluida la exploración y regresaron a España. En agosto de 1509 llegaron a la península Ibérica, cinco años antes del fallecimiento de Vicente Yáñez Pinzón en Sevilla.

 

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22 de Febrero de 1512

 

Muere en Sevilla el navegante florentino Américo Vespucio, con cuyo nombre se bautizó el denominado ‘Nuevo Mundo’

 

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Corría el año 414 a.C. cuando el dramaturgo griego Sófocles terminó la redacción de una tragedia titulada Tereo. El argumento de la obra giraba en torno a la vida del rey tracio de ese nombre y causó, sin duda, un enorme impacto en los atenienses que llegaron a contemplarla. Desgraciadamente, esta tragedia no ha llegado hasta nosotros. De su contenido tan sólo se salvaron algunos fragmentos, que nos permiten hacernos una idea de su calidad. Entre ellos se encuentra uno especialmente oportuno para nuestra época, tan entregada a relativismos de todo tipo. Se trata, precisamente, de aquel que afirma: “No tengas miedo. Si hablas la verdad, nunca te desmoronarás”.

 

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Como no se puede negar la evidencia, lo que hay que hacer es intentar comprenderla. La mentalidad de Colón en aquellos sus primeros viajes a las Indias no se diferenciaba demasiado de la del común de las gentes de la época, y esa mentalidad, con la sola excepción de la Iglesia católica, era favorable a la esclavitud como institución social. Incluso santos tan grandes y doctos como San Buenaventura y Santo Tomás denuncian la naturaleza odiosa de la esclavitud, pero entienden que para crímenes odiosos puede ser pena adecuada. Lo cual no deja de ser lógico en el contexto de aquellos tiempos.


Pero como los indios no eran criminales, no existía título legal para hacerlos esclavos; por eso la reina Católica, en cuanto se asesoró debidamente, entre otros por el cardenal Cisneros, prohibió la venta de indios y ordenó, bajo severísimas penas, devolver todos los indios que trajera a España el almirante Colón. Esto ocurría en 1495, y desde ese momento comienza un apasionado debate entre la Corona, urgida por la Iglesia, y los encomenderos de Indias, urgidos por la concupiscencia humana.

ARVO NET. 2002.

 

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1416 – La Iglesia Católica auspició abolición de la esclavitud - Croacia

 

El Pontífice en la homilía rindió homenaje a la tradición de libertad y de justicia de esta república marinera en los siglos XV y XVI, que después pasó al imperio austriaco, y que ya en 1416, antes que muchos Estados, abolió la esclavitud.

S. S. JUAN PABLO II – CROACIA. 2003-06-06

  

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Francisco de Garay, (?-1523)

 

Descubridor y conquistador español. Nació en Sotopuerta (Vizcaya), y llegó a La Española con Cristóbal Colón en 1493. Fue nombrado, junto con Miguel Díaz, para elegir al sur de la isla el lugar de la futura villa de Santo Domingo. Tuvo cargos de regidor, alguacil mayor, procurador de la isla, teniente de la fortaleza de Yaquino y repartidor de indios. En 1515 pasó a Jamaica como teniente del gobernador.

Teniendo ese cargo, envió en 1519 tres buques comandados por Alonso Álvarez de Pineda con rumbo a la Florida y con el propósito de reconocer los litorales del golfo de México. Álvarez de Pineda cumplió con su misión y como fruto de ella se preparó el primer mapa que existe de esos litorales. En él aparecen tanto la península de Florida como Yucatán. Animado por el buen suceso de esa expedición, Garay envió otra en 1520, confiada a Diego Camargo para que penetrara en la región del Pánuco. Esta expedición terminó en un fracaso ya que Camargo fue atacado por los indios y obligado también a retirarse por algunos hombres de Hernán Cortés.

Un año más tarde Garay logró que se le concediera el título de adelantado y gobernador en una amplia zona que abarcaba desde Panzacola hasta cerca de lo que hoy es Tampico. Con el título de gobernador y adelantado, salió Garay de Jamaica en junio de 1523 llevando consigo más de 800 españoles y buen número de indios de Jamaica. Desembarcó Garay en el que llamó río de las Palmas que algunos han identificado con el Río Bravo o Grande del Norte. Tuvo allí pronto numerosos problemas que se agravaron cuando hombres de Pedro de Alvarado y Diego de Ocampo, por disposición de Hernán Cortés, lo atacaron. Vencido, fue llevado prisionero a la ciudad de México. Aunque Cortés lo recibió con cierta cordialidad, el hecho es que poco después de haber llegado, precisamente en Nochebuena de 1523 enfermó y tres días después murió. Algunos mapas europeos registraron el desafortunado intento de Garay nombrando a la región que quiso someter como ´Conquista Garayana´.

 

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Francisco de Xerez (1497-1565)

Secretario de Pizarro

 

En 1514 llegó a Tierra Firme este sevillano en la expedición de Pedrarias Dávila, y allí fue uno de los primeros pobladores. Fue más tarde secretario de Francisco Pizarro y le acompañó como escribano en el descubrimiento y conquista del Perú. Su Verdadera relación de la Conquista del Perú, aunque breve, es fuente imprescindible para el conocimiento de aquellos hechos. Transcribiendo largos parlamentos textuales de Pizarro, deja claros Xerez los principios que impulsaron aquellas acciones tan audaces: llevar a los indígenas al conocimiento de la santa fe católica, y sujetarlos al vasallaje del emperador Carlos.

Xerez narra con todo detalle, como testigo presencial, aquel drámatico encuentro de Cajamarca entre Pizarro y Atahualpa, y cuenta cómo lo primero que se trató fue de la fe cristiana. Y lo mismo refiere Diego de Trujillo (véase al final de la Relación de Xerez) en su mucho más breve Crónica, donde dice así: Estaba todavía Atahualpa en las andas en que le habían traído, cuando «con la lengua [el intérprete], salió a hablarle Fray Vicente de Valverde y procuró darle a entender al efecto que veníamos, y que por mandado del Papa, un hijo que tenía, Capitán de la cristiandad, que era el Emperador nuestro Señor. Y hablando con él palabras del Santo Evangelio, le dijo Atabalipa: "¿Quién dice eso?". Y él respondió: "Dios lo dice". Y Atabalipa dijo: "¿Cómo lo dice Dios?". Y Fray Vicente le dijo: "Veslas aquí escritas". Y entonces le mostró un breviario abierto, y Atabalipa se lo demandó y le arrojó después que le vio, como un tiro de herrón [disco de hierro, perforado, que se arrojaba en un juego] de allí, diciendo: "¡Ea, ea, no escape ninguno!"» (Xerez 110-112, 202)... Y allí fue la tremenda...

Esta primacía de la finalidad misionera, Xerez la resume, al terminar su Relación, en un poema dedicado al emperador, que dice así: «Aventurando sus vidas / han hecho lo no pensado / hallar lo nunca hallado / ganar tierras no sabidas / enriquecer vuestro estado: / Ganaros tantas partidas / de gentes antes no oídas / y también como se ha visto, / hacer convertirse a Cristo / tantas ánimas perdidas».

 

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La antigua Ciudad de Panamá fue fundada el 15

de agosto de 1519 por el noble segoviano Pedro

Arias Dávila, y recibió el título de ciudad en

1521, otorgado por el rey de España Carlos I.

  

 

La restauración del primer asentamiento de Colón en Panamá estará terminada para el año 2003

Redacción - Panamá.-
La restauración de la antigua Ciudad de Panamá, primer asentamiento español en tierra firme, que ayer cumplió 483 años desde su fundación, estará lista en el 2003, aseguró la directora de la fundación encargada del proyecto, Julieta de Arango. La directora del Patronato Panamá La Vieja, dijo que los trabajos de remodelación del campanario de la torre de la catedral, construida entre 1619 y 1626, así como varias de sus ventanas están «bastante adelantados». Explicó a Efe que para enero del próximo año comenzarán, con financianción española y del banco local Banistmo, un nuevo proyecto arquitectónico que conlleva la construcción de salas de teatro, de conferencias y una cafetería en la antigua ciudad. Los planos y detalles del nuevo proyecto ya han sido elaborados por técnicos españoles, como parte del acuerdo de colaboración con la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). La antigua Ciudad de Panamá fue fundada el 15 de agosto de 1519 por el noble segoviano Pedro Arias Dávila, y recibió el título de ciudad en 1521, otorgado por el rey de España Carlos I.

LA RAZÓN. 17 AGOSTO 2002- ESPAÑA

 

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Un pueblo fuerte, elegido para

una empresa grandiosa: ESPAÑA

 

Por José María Iraburu

Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda. El que desconozca el espíritu medieval hispano de conquista y evangelización que actuó en las Indias, y trate de explicar aquella magna empresa en términos mercantilistas y liberales, propios del espíritu burgués moderno -«cree el ladrón que todos son de su condición»-, apenas podrá entender nada de lo que allí se hizo, aunque conozca bien los hechos, y esté en situación de esgrimirlos. Quienes proyectan sobre la obra de España en las Indias el espíritu del colonialismo burgués, liberal y mercantilista, se darán el gusto de confirmar sus propias tesis con innumerables hechos, pero se verán condenados a no entender casi nada de aquella grande historia.

  

La Reconquista de España, 1492

Después de sesenta años de estudios medievalistas y de cuarenta vividos en América, don Claudio Sánchez Albornoz quiso anticipar su homenaje al Quinto Centenario del Descubrimiento, presintiendo que ya no estaría presente en su celebración, y publicó en 1983 una obra impresionante, La Edad Media española y la empresa en América.

En ella afirma «como verdad indestructible, que la Reconquista fue la clave de la Historia de España» y que «lo fue también de nuestras gestas hispanoamericanas» (pag. 7). «Repito lo que he dicho muchas veces: si los musulmanes no hubieran puesto el pie en España, nosotros no habríamos realizado el milagro de América» (pag. 70).

En efecto, en los años 711-725 los árabes musulmanes ocupan toda la península ibérica, salvo pequeños núcleos cristianos en Asturias y los Pirineos, y en esos mismos años, Pelayo en Asturias (718-737) -«un rey nuevo que reina sobre un pueblo nuevo», según Ibn Jaldún-, y en seguida Alfonso I (739-757), inician contra el Islam invasor un movimiento poderoso de reconquista que durará ocho siglos, en los que se va a configurar el alma de España.

«Desde el siglo VIII en adelante -escribe don Claudio-, la historia de la cristiandad hispana es, en efecto, la historia de la lenta y continua restauración de la España europea; del avance perpetuo de un reino minúsculo, que desde las enhiestas serranías y los escobios pavorosos de Asturias fue creciendo, creciendo, hasta llegar al mar azul y luminoso del Sur... A través de ocho siglos y dentro de la múltiple variedad de cada uno, como luego en América, toda la historia de la monarquía castellana es también un tejido de conquistas, de fundaciones de ciudades, de reorganización de las nuevas provincias ganadas al Islam, de expansión de la Iglesia por los nuevos dominios: el trasplante de una raza, de una lengua, de una fe y de una civilización» (pag. 125).

Aquellos ocho siglos España luchó, en el nombre de Dios, para recuperarse a sí misma, es decir, para reafirmar su propia identidad cristiana. La causa de Cristo y la de España, empujando hacia el sur espada en mano, con la cruz alzada, se habían hecho una sola.

Y «siempre en permanente actividad colonizadora, siempre llevando hacia el Sur el romance nacido en los valles septentrionales de Castilla, siempre propagando las doctrinas de Cristo en las tierras ganadas con la espada, siempre empujando hacia el Sur la civilización que alboreaba en los claustros románicos y góticos de catedrales y cenobios, siempre extendiendo hacia el mediodía las libertades municipales, surgidas en el valle del Duero, y siempre incorporando nuevos reinos al Estado europeo, heredero de la antigüedad clásica y de los pueblos bárbaros, pero tallado poco a poco, por obra de las peculiaridades de nuestra vida medieval, en pugna secular con el Islam» (pag. 126).

La divisa hispana en estos siglos fue lógicamente Plus ultra, más allá, más allá siempre...

Empresa popular y religiosa

La lucha contra el Islam invasor fue lo que, por encima de muchas divisiones e intereses contrapuestos, unió en una causa común a todos los reinos cristianos peninsulares, y dentro de ellos a reyes y nobles, clérigos y vasallos, oficios y estamentos. Todos empeñaban la vida por una causa que merecía el riesgo de la muerte. Y la Reconquista iba adelante, con tenacidad multisecular, como empeño nunca olvidado.

«Un valle, una llanura, una montaña, una villa, una gran ciudad eran ganadas al Islam porque el Señor había sido generoso; y como proyección de la merced divina, castillos, palacios, casas, heredades... Se habían jugado a cara o cruz la vida, habían tal vez caído en la batalla padres, hijos, hermanos... pero después, en lo alto de las torres, el símbolo magno de la pasión de Cristo. Y nuevas tierras que dedicar al culto del hijo de Dios. Y así un siglo, dos, cinco, ocho» (pag. 104)...

En seguida venían nuevos templos, fundaciones y donativos para monasterios fronterizos, conversión de mezquitas en iglesias, organización de sedes episcopales, constitución de municipios nuevos, pues sólo poblando se podía reconquistar.

En los audaces golpes de mano contra el moro, o en los embates poderosos de grandes ejércitos cristianos, todos invocaban siempre el auxilio de Cristo y de María, de Santiago y de los santos, alzando a ellos una oración «a medias humilde y orgullosa: «Sirvo, luego me debes protección» (pag. 103), y ofreciéndoles después lo mejor del botín conquistado, pues ellos eran los principales vencedores. Tras la victoria, el Te Deum laudamus.

En efecto, durante ocho siglos las victorias hispanas eran siempre triunfos cristianos: Fernando III vence en Córdoba, y hace devolver a Santiago las campanas arrebatadas por Almanzor, triunfa en Sevilla, y alza la santa Cruz sobre la torre más alta. Ni siquiera en tiempos calamitosos de crisis política y social, como en aquellos que precedieron al gran reinado restaurador y unificador de los Reyes Católicos, se olvidaba el empeño de la Reconquista.

El programa de gobierno de la reina Isabel al ascender al trono de Castilla, en 1474, expresaba su intención con estas sinceras palabras:

«el servicio de Dios, el bien de las Iglesias, la salvación de todas las almas y el honor de estos reinos». Finalmente, tras diez años de tenaz resistencia, caía en Granada el último bastión árabe. En 1492.

La Conquista de América, 1493

La Reconquista que España hace de sí misma no es sino una preparación para la Conquista de América, que se realiza en perfecta continuidad providencial. El mismo impulso espiritual que moviliza a todo un pueblo de Covadonga hasta Granada, continuó empujándole a las Canarias y a las Antillas, y de allí a Tierra Firme y Nueva España, y en cincuenta años hasta el Río de la Plata y la América del Norte. La Reconquista duró ocho siglos, y la Conquista sólo medio. Esta fue tan asombrosamente rápida porque España hizo en el Nuevo Mundo lo que en la península venía haciendo desde hace ocho siglos. Estaba ya bien entrenada.

Y del mismo modo, en continuidad con la tradición multisecular de avanzar, predicar, bautizar, alzar cruces, iglesias y nuevos pueblos para Cristo, ha de entenderse la rápida evangelización de América, esa inmensa transfusión de sangre, fe y cultura, que logró la total conversión de los pueblos misionados, fenómeno único en la historia de la Iglesia.

«Sin los siglos de batallas contra el moro, enemigo del Altísimo, de María, de Cristo y de sus Santos, sería inexplicable el anhelo cristianizante de los españoles en América, basado en la misma férvida fe» (pag. 106).

En las Indias, otra vez vemos unidos en empresa común a Reyes y vasallos, frailes y soldados, teólogos y navegantes. Otra vez castellanos y vascos, andaluces y extremeños, se van a la conquista de almas y de tierras, de pueblos y de oro. Otra vez las encomiendas y las cartas de población, los capitanes y adelantados, las capitulaciones de conquista, las libertades municipales de nuevos cabildos, los privilegios y fueros, la construcción de iglesias o la reconversión de los templos paganos, y de nuevo la destrucción de los ídolos y la erección de monasterios y sedes episcopales.

La Conquista, pues, teniendo la evangelización como lo primero, si no en la ejecución, siempre en la intención, era llegar, ver, vencer, repoblar, implantar las formas básicas de una sociedad cristiana, y asimilar a los indígenas, como vasallos de la Corona, prosiguiendo luego el impulso por una sobreabundante fusión de mestizaje, ante el asombro de la esposa india, que se veía muchas veces como esposa única y no abandonada.

La Conquista de las Indias es completamente ininteligible sin la experiencia medieval de la Reconquista de España.

Concretamente, «la política asimilista pero igualitaria de Castilla, única en la historia de la colonización universal -política que declaró súbditos de la Corona, como los castellanos, a los indios de América y que no convirtió en colonias a las tierras conquistadas sino que las tuvo por prolongación del solar nacional-, no podría explicarse sin nuestro medioevo» (pag. 128).

Los religiosos en la España del XVI

Otro factor que tuvo influjo decisivo en la acción de España en las Indias fue la reforma religiosa que, en la península, anticipándose a la tridentina, se venía realizando ya desde fines del siglo XIV. Eso hizo posible que, en los umbrales del siglo XVI, las Ordenes religiosas principales y las Universidades vivieran una época de gran pujanza.

Las más importantes Ordenes religiosas habían experimentado auténticas reformas, los jerónimos en 1373, los benedictinos de Valladolid en 1390. Los franciscanos, a lo largo del siglo XV, se afirmaron en la observancia; junto a ésta crecieron nuevas formas de vida eremítica, ya iniciadas en los eremitorios de Pedro de Villacreces (1395), y en 1555 culminaron su renovación con los descalzos de San Pedro de Alcántara (1499-1562). En cuanto a los dominicos, también durante el siglo XV vivieron intensamente el espíritu de renovación con Luis de Valladolid, el beato Alvaro de Córdoba, el cardenal Juan de Torquemada, o el P. Juan de Hurtado. La renovación cisterciense, por su parte, fue ligada a Martín de Vargas, la agustiniana a Juan de Alarcón, y la trinitaria a Alfonso de la Puebla.

Los Reyes Católicos, con la gran ayuda del franciscano Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1437-1517), arzobispo de Toledo, apoyaron y culminaron en su reinado la reforma de las Ordenes religiosas, ayudando así en grado muy notable a poner firmes fundamentos a la renovación religiosa de España en el siglo XVI. Esto que, como sabemos, tuvo una gran repercusión en el concilio de Trento, fue también de transcendencia decisiva para la evangelización de las Indias.

Con todo esto, y con la expulsión de los judíos y los árabes, obrada por un conjunto de causas, España en el XVI es un pueblo homogéneo y fuerte, que tiene por alma única la fe cristiana. Las universidades de Salamanca y Alcalá, bajo el impulso de hombres como Cisneros o Nebrija, se sitúan entre las principales de Europa, uniendo humanismo y biblismo, teología tomista y misticismo. Figuras intelectuales de la talla de Vitoria, Báñez, Soto, Cano, Medina, Carvajal, Villavicencio, Valdés, Laínez, Salmerón, Maldonado, hacen de España la vanguardia del pensamiento cristiano de la época. Igualmente en novela y teatro, poesía y pintura, España está viviendo su Siglo de Oro. En fin, el XVI en España es sobre todo el siglo de un pueblo unido en una misma fe, que florece en santos.

Un pueblo fuerte, elegido para una empresa grandiosa

Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda. El que desconozca el espíritu medieval hispano de conquista y evangelización que actuó en las Indias, y trate de explicar aquella magna empresa en términos mercantilistas y liberales, propios del espíritu burgués moderno -«cree el ladrón que todos son de su condición»-, apenas podrá entender nada de lo que allí se hizo, aunque conozca bien los hechos, y esté en situación de esgrimirlos. Quienes proyectan sobre la obra de España en las Indias el espíritu del colonialismo burgués, liberal y mercantilista, se darán el gusto de confirmar sus propias tesis con innumerables hechos, pero se verán condenados a no entender casi nada de aquella grande historia.

Oigamos aquí por última vez a don Claudio Sánchez de Albornoz:

«No, no fueron casuales ni el descubrimiento ni la conquista ni la colonización de América. El descubrimiento fue fruto de un acto de fe y de audacia pero, además, de la idiosincracia de Castilla. Otro hombre de fe y de audacia habría podido proyectar la empresa; es muy dudoso que otro pueblo con otra histórica tradición que el castellano a fines del s. XV le hubiese secundado. Un pueblo de banqueros como Génova o un pueblo como Venecia, de características bien notorias, difícilmente hubiese arriesgado las sumas que la aventuradísima empresa requería. Sólo un pueblo sacudido por un desorbitado dinamismo aventurero tras siglos de batalla y de empresas arriesgadas y con una hipersensibilidad religiosa extrema podía acometer la aventura...

«Pero admitamos lo imposible, que América no hubiese sido descubierta por Castilla; algo me parece indudable: sólo Castilla hubiese conquistado y colonizado América. ¿Por qué? He aquí el nudo del problema. La conquista no fue el resultado natural del descubrimiento. Imaginemos que Colón, contra toda verosimilitud, hubiese descubierto América al frente de una flotilla de la Señoría de Génova o de naves venecianas; podemos adivinar lo que hubiese ocurrido. Se habrían establecido factorías, se habrían buscado especias, se habría pensado en los negocios posibles... Podemos imaginar lo que hubiese ocurrido, porque tenemos ejemplos históricos precisos»
(pag. 23).

Si proyectamos el espíritu de hoy, burgués y liberal, comercial y consumista, sobre la empresa histórica de España en las Indias, la falsearemos completamente, y no podremos entender nada de ella.

Roma confía América a España para que la evangelice

Al regreso de Colón, los Reyes Católicos ven inmediatamente la necesidad de conseguir la autorización más alta posible para que España pueda cumplir la grandiosa misión que la Providencia le ha encomendado en América. El Tratado de Alcaçovas-Toledo, establecido con Portugal en 1479, había clarificado entre las dos potencias ibéricas las áreas de influjo en la zona de Canarias, Africa y camino del Oriente, pero nada había determinado de posibles navegaciones hacia el Oeste. Por eso, en cuanto Colón regresó de América, rápidas gestiones de los Reyes españoles consiguieron del papa Alejandro VI, antes del segundo viaje colombino, las Bulas Inter cætera (1493), en las que se afirman unas normas de muy alta transcendencia histórica.

«Sabemos, dice el Papa a los Reyes Católicos, que vosotros, desde hace tiempo, os habíais propuesto buscar y descubrir algunas islas y tierras firmes lejanas y desconocidas, no descubiertas hasta ahora por otros, con el fin de reducir a sus habitantes y moradores al culto de nuestro Redentor y a la profesión de la fe católica; y que hasta ahora, muy ocupados en la reconquista del reino de Granada, no pudisteis conducir vuestro santo y laudable propósito al fin deseado». Pues bien, sigue diciendo el Papa, con el descubrimiento de las Indias llegó la hora señalada por Dios, «para que decidiéndoos a proseguir por completo semejante empresa, queráis y debáis conducir a los pueblos que viven en tales islas y tierras a recibir la religión católica». Así pues, «por la autoridad de Dios omnipotente concedida a San Pedro y del Vicariato de Jesucristo que ejercemos en la tierra, con todos los dominios de las mismas... a tenor de la presente, donamos, concedemos y asignamos todas las islas y tierras firmes descubiertas y por descubrir a vos y a vuestros herederos». Y al mismo tiempo, «en virtud de santa obediencia», el Papa dispone que los Reyes castellanos «han de destinar varones probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y expertos para instruir a los residentes y habitantes citados en la fe católica e inculcarles buenas costumbres» (A. Gutiérrez, América pag. 122-123).

Roma, pues, envía claramente España a América, y en el nombre de Dios se la da para que la evangelice. En otras palabras, el único título legítimo de dominio de España sobre el inmenso continente americano reside en la misión evangelizadora.

El profesor L. Suárez, medievalista, recuerda aquí que ya Clemente V, hacia 1350, enseñaba que «la única razón válida para anexionar un territorio y someter a sus habitantes es proporcionar a éstos algo de tanto valor que supere a cualquier otro. Y es evidente que la fe cristiana constituye este valor» (La Cierva, Gran Hª pag.503).

El Patronato Real

El Patronato real fue históricamente el modo en que se articuló esta misión de la Corona de España hacia las Indias. El Patronato real sobre las Indias no fue sino una gran amplificación de la institución del patronato, desde antiguo conocida en el mundo cristiano: por él la Iglesia señalaba un conjunto de privilegios y obligaciones a los patronos o fundadores de templos o colegios, hospitales o monasterios, o a los promotores de importantes obras religiosas. El Padroao de los Reyes lusitanos fue el precedente inmediato al de la Corona española.

Por el real Patronato, los Reyes castellanos, como delegados del Papa, y sujetos a las leyes canónicas, asumieron así la administración general de la Iglesia en las Indias, con todo lo que ello implicaba: percepción de diezmos, fundación de diócesis, nombramientos de obispos, autorización y mantenimiento de los misioneros, construcción de templos, etc. Julio II, en la Bula Universalis Ecclesiæ, concedida a la Corona de Castilla en la persona de Fernando el Católico, dió la forma definitiva a este conjunto de derechos y deberes.

Pronto se crearon las primeras diócesis americanas, y las Capitulaciones de Burgos (1512) establecieron el estatuto primero de la Iglesia indiana. Cuando Roma vio con los años el volumen tan grande que iba cobrando la Iglesia en América, pretendió en 1568 suprimir el Patronato, pero Felipe II no lo permitió. Poco después, la Junta Magna de Madrid (1574) fue un verdadero congreso misional, en el que se impulsó la autonomía relativa de los obispos en las Indias para nombramientos y otras graves cuestiones. Las modernas Repúblicas hispanoamericanas mantuvieron el régimen del Patronato hasta el concilio Vaticano II, y en algunas todavía perdura, en la práctica al menos de algunas cuestiones.

Mal comienzo

España, en efecto, con la ayuda de Dios, era un pueblo bien dispuesto para acometer la empresa inmensa de civilizar y evangelizar el Nuevo Mundo. Sin embargo, a los comienzos, cuando todavía no existía una organización legal, ni se conocían las tierras, todavía envueltas en las nieblas de la ignorancia, el personalismo anárquico y la improvisación, la codicia y la violencia, amenazaron con pervertir en su misma raíz una acción grandiosa. Para empezar, Cristóbal Colón, con altos títulos y pocas cualidades de gobernante, fracasó en las Indias como Virrey Gobernador. Tampoco el comendador Bobadilla, que le sucedió en 1500, en Santo Domingo, capital de La Española, pudo hacer gran cosa con aquellos indios diezmados y desconcertados, y con unos cientos de españoles indisciplinados y divididos entre sí.

Alarmados los Reyes, enviaron en 1502 al comendador fray Nicolás de Ovando, con 12 franciscanos y 2.500 hombres de todo oficio y condición, Bartolomé de Las Casas entre ellos. En las Instrucciones de Granada (1501) los Reyes dieron a Ovando normas muy claras. Ellos querían tener en los indios vasallos libres, tan libres y bien tratados como los de Castilla:

«Primeramente, procuraréis con mucha diligencia las cosas del servicio de Dios... Porque Nos deseamos que los indios se conviertan a nuestra santa Fe católica, y sus almas se salven... Tendréis mucho cuidado de procurar, sin les hacer fuerza alguna, cómo los religiosos que allá están los informen y amonesten para ello con mucho amor... Otrosí: Procuraréis como los indios sea bien tratados, y puedan andar seguramente por toda la tierra, y ninguno les haga fuerza, ni los roben, ni hagan otro mal ni daño». Si los caciques conocen algún abuso, «que os lo hagan saber, porque vos lo castigaréis». Los tributos para el Rey han de ser con ellos convenidos, «de manera que ellos conozcan que no se les hace injusticia». En fin, si los oficiales reales hicieran algo malo, «quitarles heis el oficio, y castigarlos conforme a justicia... y en todo hacer como viéredes que cumple al servicio de Dios, y descargo de nuestras conciencias, y provecho de nuestras rentas, pues de vos hacemos toda la confianza» (Céspedes del Castillo, Textos n.14).

Ovando, caballero profeso de la orden de Alcántara, con gran energía, puso orden y mejoró notablemente la situación -Las Casas le elogia-, ganándose el respeto de todos. Pero en una campaña de sometimiento, en la región de Xaraguá, avisado de ciertos preparativos belicosos de los indios, ordenó una represalia preventiva, en la que fue muerta la reina Anacaona. La Reina Isabel alcanzó a saber esta salvajada, que ocasionó a Ovando, a su regreso, una grave reprobación por parte del Consejo Real.

El Testamento de Isabel la Católica

La reina Isabel veía que su vida se iba acabando, y con ésta y otras noticias estaba angustiada por la suerte de los indios, de modo que mes y medio después de hacer su Testamento, un día antes de morir, el 25 de noviembre de 1504, le añade un codicilo en el que expresa su última y más ardiente voluntad:

«De acuerdo a mis constantes deseos, y reconocidos en las Bulas que a este efecto se dieron, de enseñar, doctrinar buenas costumbres e instruir en la fe católica a los pueblos de las islas y tierras firmes del mar Océano, mando a la princesa, mi hija, y al príncipe, su marido, que así lo hayan y cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, y non consientan ni den lugar que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados. Y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean».

El terrible acabamiento de los indios

Se remediaron algunos de los abusos más patentes de la primera hora, pero las cosas seguían estando muy mal. De los 100 o 200.000 indígenas, o quizá un millón, de La Española, en 1517 sólo quedaban unos 10.000. En los años siguientes, aunque no en proporciones tan graves, se produjo un fenómeno análogo en otras regiones de las Indias. ¿Cómo explicarlo? No puede acusarse simultáneamente a los españoles de asesinos y de explotadores de los indios, pues ningún ganadero mata por sadismo el ganado que está explotando. Tuvo que haber, además de las guerras y malos tratos, otra causa...

Y la hubo. Hace tiempo se sabe que la causa principal de ese pavoroso declive demográfico se debió a las pestes, a la total vulnerabilidad de los indios ante agentes patógenos allí desconocidos. En lo referente, concretamente, a la tragedia de La Española, donde la despoblación fue casi total, estudios recientes del doctor Francisco Guerra han mostrado que «la gran mortalidad de los indios, y previamente de los españoles, se debe a una epidemia de influenza suina o gripe del cerdo» (La Cierva, Gran Hª pag. 517). El mexicano José Luis Martínez, en su reciente libro Hernán Cortés, escribe que el «choque microbiano y viral, según Pierre Chaunu, fue responsable en un 90% de la caída radical de la población india en el conjunto entonces conocido de América» (pag.19).

Por lo demás, no se conoce bien cuánta población tenía América en tiempos del descubrimiento. Rosenblat calcula que en las Indias había «al tiempo de la Conquista 13.385.000 habitantes. Pues bien, cuarenta años después, en 1570, ella se había reducido a 10.827.000» (Zorrilla, Gestación pag.81). Otros autores, como José Luis Martínez, siguiendo a Borah, Cook o Simpson, del grupo de Berkeley, dan cifras muy diversas, y consideran que el número «de 80 millones de habitantes en 1520 descendió a 10 millones en 1565-1570» (Cortés pag.19). Parece, sin embargo, que sí hay actualmente coincidencia en ver las epidemias como la causa principal del trágico despoblamiento de las Indias, pues caídas demográficas semejantes se produjeron también entre los indios sin acciones bélicas: «Tal es el caso, escribe Alcina, de la Baja California que, entre los años 1695 y 1740, pierde más del 75 por 100 de su población, sin que haya habido acción militar de ningún género» (Las Casas pag.54; +N. Sánchez-Albornoz, AV, Historia de AL pag.22-23).

Concretamente, el efecto de las epidemias en México, al llegar los españoles, fue ya descrito por el padre Mendieta, a fines del XVI, cuando da cuenta de las siete plagas sucesivas que abrumaron a la población india (Historia ecl. indiana IV,pag.36). La primera, concretamente, la de 1520, fue de viruela, y «en algunas provincias murió la mitad de la gente». De esa misma plaga leemos en las Crónicas indígenas: «Cuando se fueron los españoles de México [tras su primera entrada frustrada] y aun no se preparaban los españoles contra nosotros se difundió entre nosotros una gran peste, una enfermedad general... gran destruidora de gente. Algunos bien les cubrió, por todas partes [de su cuerpo] se extendió... Muchas gentes murieron de ella. Ya nadie podía andar, no más estaban acostados, tendidos en su cama. No podía nadie moverse... Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre murieron: hubo muertos por el hambre: ya nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otros se preocupaba... El tiempo que estuvo en fuerza esta peste duró sesenta días» (León-Portilla, Crónicas pag.122; +G. y J. Testas, Conquistadores pag.120).

De todos modos, en los comienzos y también después, la despoblación angustiosa de los indios en toda América, aunque debida sobre todo a las epidemias, tuvo otras graves causas: el trabajo duro y rígidamente organizado impuesto por los españoles, al que los indios apenas se podían adaptar; la malnutrición sufrida con frecuencia por la población indígena a consecuencia de requisas, de tributos y de un sistema de cultivos y alimentación muy diversos a los tradicionales; los desplazamientos forzosos para acarreos, expediciones y labores; el trabajo en las minas; las incursiones bélicas de conquista y los malos tratos, así como las guerras que la presencia del nuevo poder hispano ocasionó entre las mismas etnias indígenas; la caída en picado del índice de natalidad, debido a causas biológicas, sociales y psicológicas...

El sermón de fray Antonio de Montesinos, 1511

El primer domingo de Adviento de 1511 en Santo Domingo, el dominico fray Antonio de Montesinos, con el apoyo de su comunidad, predicó un sermón tremendo, que resonó en la pequeña comunidad de españoles como un trueno, pues en él denunciaba con acentos apocalípticos -no era para menos- los malos tratos que estaban sufriendo los indios:

«¿Estos no son hombres? ¿Con éstos no se deben guardar y cumplir los preceptos de caridad y de la justicia? ¿Estos no tenían sus tierras propias y sus señores y señoríos? ¿Estos hannos ofendido en algo? ¿La ley de Cristo, no somos obligados a predicársela y trabajar con toda diligencia de convertirlos?... Todos estáis en pecado mortal, y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes».

A todas estas exhortaciones y reprensiones morales gravísimas, que quizá no eran del todo nuevas para los oyentes, añadió Montesinos una cuestión casi más grave: «Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido?». Las Casas nos cuenta de Montesinos que «concluído el sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja»...
(Céspedes, Textos n.15).

Lo planteado por aquel fraile era sumamente grave: ¿Con qué derecho estamos, actuamos y mandamos aquí?

Un clamor continuo de protestas

La acción de España en las Indias fue sin duda mucho mejor que la realizada por otras potencias de la época en el Brasil o en el Norte de América, y que la desarrollada modernamente por los europeos en Africa o en Asia. Sin embargo, hubo en ella innumerables crímenes y abusos. Pues bien, la autocrítica continua que esos excesos provocó en el mundo hispano no tiene tampoco comparación posible en ninguna otra empresa imperial o colonizadora de la historia pasada o del presente. Por eso, al hacer memoria de los hechos de los apóstoles de América, es de justicia que, al menos brevemente, recordemos las innumerables voces que se alzaron en defensa de los indios, y que promovieron eficazmente su bien, evitando muchos males o aliviándolos.

Los Reyes Católicos, cortando en seco ciertas ideas esclavistas de Colón o reprochando acerbamente a Ovando su acción de Xaraguá, van a la cabeza de la más antigua tradición indigenista. De las innumerables denuncias formuladas al Rey o al Consejo de Indias por representantes de la Corona en las Indias, recordaremos como ejemplo aquella carta que Vasco Núñez de Balboa, en 1513, escribe al Rey desde el Darién quejándose del mal trato que los gobernadores Diego de Nicuesa y Alonso de Hojeda daban a los indios, que «les parece ser señores de la tierra... La mayor parte de su perdición ha sido el maltratamiento de la gente, porque creen que desde acá una vez los tienen, que los tienen por esclavos» (Céspedes, Textos n.18). En todo caso, las denuncias sobre abusos en las Indias fueron formuladas sobre todo por los misioneros.

Así, a finales del XV, llegaron a España las acusaciones de los franciscanos belgas Juan de la Deule y Juan Tisin (La Cierva, Gran Hª pag.523). En 1511 fue la explosión del sermón de Montesinos. En 1513, fray Matías de Paz, catedrático de Salamanca, escribe Del dominio de los reyes de España sobre los indios, denunciando el impedimento que los abusos ponen a la evangelización, y afirmando que jamás los indios «deben ser gobernados con dominio despótico» (Céspedes, Textos 31). José Alcina Franch hace un breve elenco de varias intervenciones semejantes (Las Casas 29-36). El dominico fray Vicente Valverde, en 1539, escribe al Rey desde el Cuzco acerca de los abusos sufridos por los indios «de tantos locos como hay contra ellos», y le refiere cómo «yo les he platicado muchas veces diciendo cómo Vuestra Majestad los quiere como a hijos y que no quiere que se les haga agravio alguno». En 1541, también desde el Cuzco, el bachiller Luis de Morales dirige al Rey informes y reclamaciones semejantes. También son de 1541 las graves denuncias que fray Toribio de Benavente, Motolinía, hace en su Historia de los indios de la Nueva España, contra los abusos de los españoles, sobre todo en los inicios de su presencia indiana, aunque también los defiende con calor de las difamaciones procedentes del padre Las Casas.

Ya desde los comienzos de la conquista, que es cuando los abusos se produjeron con más frecuencia, las voces de protesta fueron continuas en todas las Indias.

Podemos tomar en esto, como ejemplo significativo, la actitud de los obispos de Nueva Granada (Colombia-Venezuela), región que, como veremos más adelante, fue conquistada con desorden y mal gobernada en la primera época.

El primer obispo de Santa Marta, de 1531, fue el dominico fray Tomás Ortiz, cuya enérgica posición indigenista es tanto más notable si se tiene en cuenta su relación de 1525 al emperador Carlos, en la que informa que aquellos indios «comen carne humana y [son] sodométicos más que generación alguna... andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, insensatos» (Egaña, Historia pag.15). Este obispo, que fue primer protector de los indios en Nueva Granada, escribe a la Audiencia de La Española, denunciando los atropellos cometidos en una entrada, que dejó a los indios «escandalizados y alborotados y con odio a los cristianos». Su sucesor, el franciscano Alonso de Tobes, se enfrentó duramente a causa de los indios con el gobernador Fernández de Lugo.

El nuevo obispo, desde 1538, Juan Fernández de Angulo, en 1540 escribe con indignación al rey, y Las Casas hace un extracto de la carta en la Destrucción: «En estas partes no hay cristianos, sino demonios; ni hay servidores de Dios ni del rey, sino traidores a su ley y a su rey». Los indios están tan escandalizados que «ninguna cosa les puede ser más odiosa ni aborrecible que el nombre de cristianos. A los cuales ellos, en toda esta tierra, llaman en su lengua yares, que quiere decir demonios; y sin duda ellos tienen razón... Y como los indios de guerra ven este tratamiento que se hace a los de paz, tienen por mejor morir de una vez que no muchas en poder de cristianos».

En 1544, fray Francisco de Benavides, obispo de la vecina Cartagena de Indias, tercer protector de los indios en Nueva Granada, comunica al Consejo de Indias: «Yo temo que las Indias han de ser para que algunos no vayamos al Paraíso. Y la causa más principal es que no queremos creer que lo que tomamos a los indios de más de lo tasado, somos obligados a restituirlo».

En 1547, fray Martín de Calatayud, jerónimo obispo de Santa Marta y cuarto protector de los indios en Nueva Granada, estima que por entonces no hay posibilidad de evangelizar aquellos indios, «por ser de su natural de los más diabólicos de todas las Indias, y, sobre todo, por el mal tratamiento que les han hecho los pasados cristianos... tomándoles por esclavos y robándoles sus haciendas», y renuncia a su protectoría en protesta de tantos abusos de los españoles (Egaña pag.16,17).

En 1548, el vecino obispo de Popayán, el protector de los indios Juan del Valle, se manifiesta también en muy fuertes términos pro indigenistas.

En España, las Cortes Generales se hacen eco de todas estas voces, y en 1542, reunidas en Valladolid, elevan al emperador esta petición: «Suplicamos a Vuestra Majestad mande remediar las crueldades que se hacen en las Indias contra los indios, porque de ello será Dios muy servido y las Indias se conservarán y no se despoblarán como se van despoblando» (Alcina pag.34).

Y por lo que se refiere a las denuncias literarias de los abusos en las Indias, fueron muchos los libros y panfletos, relaciones y cartas, destacando aquí la enorme obra escrita por el padre Las Casas, de la que en seguida nos ocuparemos. Recordemos aquí algunos ejemplos (pag.36-41).

En 1542 el letrado Alonso Pérez Martel de Santoyo, asesor del Cabildo de Lima, envía a España una Relación sobre los casos y negocios que Vuestra Majestad debe proveer y remediar para estos Reinos del Perú.

En sentido semejante va escrita la Istoria sumaria y relación brevíssima y verdadera (1550), de Bartolomé de la Peña. De esos años es también La Destruyción del Perú, de Cristóbal de Molina o quizá de Bartolomé de Segovia. En 1550 el dominico fray Domingo de Santo Tomás, obispo de Charcas, autor de un Vocabulario y de una Gramática de la lengua general de los indios del Reyno del Perú (1560), escribe al Rey una carta terrible «acerca de la desorden pasada desde que esta tierra en tan mal pie se descubrió, y de la barbarería y crueldades que en ella ha habido y españoles han usado, hasta muy poco ha que ha empezado a haber alguna sombra de orden...; desde que esta tierra se descubrió no se ha tenido a esta miserable gente más respeto ni aun tanto que a animales brutos» (Egaña, Historia pag.364).

En 1556, un conjunto de indios notables de México, entre ellos el hijo de Moctezuma II, escriben a Felipe II acerca de «los muchos agravios y molestias que recibimos de los españoles», solicitando que Las Casas sea nombrado su protector ante la Corona. En 1560 fray Francisco de Carvajal escribe Los males e injusticias, crueldades, robos y disensiones que hay en el Nuevo Reino de Granada. También en defensa de los indios está la obra del bachiller Luis Sánchez Memorial sobre la despoblación y destrucción de las Indias, de 1566.

Esta autocrítica se prolonga en la segunda mitad del XVI, como en el franciscano Mendieta (Historia eclesiástica indiana, 1596, p.ej., IV,37), y todavía se prolonga en el siglo XVII, en obras como el Memorial segundo, de fray Juan de Silva (Céspedes, Textos n.70), la Sumaria relación en las cosas de Nueva España, de Baltasar Dorantes de Carranza; la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada; la Historia general de las Indias Occidentales, de fray Antonio de Remesal; el Libro segundo de la Crónica Mescelánea, de fray Antonio Tello; o los escritos de Gabriel Fernández Villalobos, marqués de Varinas, Vaticinios de la pérdida de las Indias, Desagravio de los indios y reglas precisamente necesarias para jueces y ministros, y Mano de relox que muestra y pronostica la ruina de América.

Por otra parte, era especialmente en el sacramento de la confesión donde las conciencias de los cristianos españoles en las Indias eran sometidas a iluminación y juicio. De ahí la importancia que para la defensa de los indios y la promoción de su bien tuvieron obras como la del primer arzobispo de Lima, fray Jerónimo de Loayza, publicada en 1560, Avisos breves para todos los confesores destos Reynos del Perú (Olmedo, Loaysa, Apénd. IV), o entre 1560 y 1570 las Instrucciones de los padres dominicos para confesar conquistadores y encomenderos.

Puede decirse, pues, que durante el siglo XVI la autocrítica hispana sobre la acción en las Indias fue continua, profunda, tenida en cuenta en las leyes y hasta cierto punto en las costumbres. Y esto nos lleva a considerar una realidad muy notable. Llama la atención que obras tan incendiarias como algunas de las citadas, no tuvieran dificultad alguna con la censura, en una época, como el XVI, en que cualquier libro sospechoso era secuestrado, sin que ello produjera ninguna reacción popular negativa.

La Inquisición, iniciada en la Iglesia a principios del siglo XIII, fue implantada en Castilla en 1480, y no estuvo ociosa. Sin embargo, en el tema de las Indias, los autores más duros, como Las Casas, no sólamente no fueron perseguidos en sus escritos, sino que recibieron promociones a altos cargos reales o episcopales. Las Casas fue Protector de los indios y elegido Obispo de Chiapas, y toda su vida gozó del favor del Rey y del Consejo de Indias.

Con razón, pues, han observado muchos historiadores que el hecho de que las máximas autoridades de la Corona y de la Iglesia permitieran sin límite alguno la proliferación de esta literatura de protesta -a veces claramente difamatoria, como en ocasiones la que difundió Las Casas-, es una prueba patente de que tanto en los que protestaban como en las autoridades que toleraban las acusaciones había una sincera voluntad de llegar en las Indias al conocimiento de la realidad y a una vida según leyes más justas.

En el tema de las Indias, si exploramos la España de la época, no hubo miedo a la verdad, sino búsqueda apasionada de la misma.

  

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La España olvidada del Norte de Africa

 

Ceuta y Melilla, son parte de España antes que otras zonas peninsulares y, por supuesto, siglos antes de que se inventase Marruecos y llegase a constituirse como estado soberano.

 

En nuestros días muchas veces se habla de cómo sinónimo de España de la península ibérica he incluso cuando se describe la España de las autonomías es fácil olvidarse de nuestros territorios situados en el norte de África.

Sin embargo, nuestras ciudades norteafricanas no son restos de un imperio colonial sino que forman parte de España desde hace muchos siglos. En concreto la Iberia romana ya tenía relación con la Mauritania romana (la Mauritania Tingitania estaba integrada administrativamente dentro de Hispania) y mantuvo la comunicación con la monarquía visigoda. La conquista islámica acrecentó la relación con un norte africano que cambiaba su fisonomía cristiana y occidental por la oriental musulmana. Con la llegada de los cristianos a Sevilla las miradas al otro lado del estrecho se hicieron insistentes. La reconquista del reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos posibilitó la continuación de la campaña hacia el sur. En 1497 el capitán Pedro de Estopiñán al servicio del Duque de Medinasidonia tomaba Melilla. Después el Cardenal Cisneros mantuvo el sueño de Isabel La Católica y los primeros años del siglo XVI sirvieron para asentar la posesión española de diversos peñones y plazas norteafricanas, quitándoselos a los piratas berberiscos que secuestraban a los pobladores de la costa levantina para servir de esclavos.

La ciudad de Ceuta fue posesión portuguesa desde su conquista por Juan I de Avis. Sin embargo, cuando Portugal se integro en la monarquía española de Felipe II sus posesiones africanas también lo hicieron creando el mayor imperio de la Historia. Posteriormente la separación de Portugal de España protagonizada por la rebelión de los Braganza en 1640 separó el destino de los lusos de los españoles para siempre excepto de los ceutíes que se mantuvieron bajo la soberanía española hasta nuestros días.

Las dos plazas han pasado por terribles momentos de asedio protagonizado por los rifeños de los alrededores. En 1860, 1901, 1921 fueron situaciones en que las plazas pudieron perderse al ser atacados los trabajadores del ferrocarril y los militares de los puestos fronterizos. A partir de 1925 con el desembarco de Alhucemas, del cual se ha cumplido el 75 aniversario, España pudo gozar de una paz bien garantizada en sus plazas y Protectorado. Cuando Marruecos consiguió su independencia el protectorado le fue entregado pero las plazas posesiones españolas desde tiempo inmemorial y pobladas por españoles cristianos no. Sin embargo, el reino de Marruecos ha pretendido su anexión de forma sistemática con la invasión pacífica de población musulmana rifeña. Los cuales curiosamente son bastante celosos y rebeldes a la autoridad marroquí.

No obstante, la nefasta política socialista llevada por su delegado Céspedes de nacionalizar a los musulmanes recién llegados provocó que la población musulmana se incrementase en gran número poniendo en juego la soberanía de las plazas, aunque el PSOE subiese en la misma proporción en número de votos. Entre ambas la población española rondará los 200.000 españoles pero población musulmana esta en un tercio y sube a la mitad en los colegios públicos. En la actualidad las ciudades gozan de un futuro prometedor en cuanto al comercio al ser las plazas de distribución de mercancías del norte de África. Sin embargo, la convivencia de las cuatro culturas, cristiana, islámica, sefardí e india (comerciantes indios expulsados de la Uganda de Idi Amín) esta en peligro por la violencia desatada por las mafias marroquíes por el control de la droga y el tráfico humano a la península.

A parte de las dos plazas que tienen sus autonomías y gozan sus presidentes de las mismas consideraciones que los demás presidentes autonómicos, aunque permanezcan en la marginación como cuando se celebró el 500 aniversario de la toma de Melilla, obviada por las máximas autoridades españolas. También existen otro diminutos territorios que no deben ser olvidados. El Peñón de Vélez de la Gomera es español desde 1508 cuando fue conquistado por Pedro Navarro y se trata de un islote pequeño con un fuerte, una Iglesia y a escasos 85 metros de la costa marroquí. En la actualidad no queda población civil y sus habitantes son los treinta soldados de guarnición militar. El Peñón esta unido desde 1934 a la costa por un istmo de arena debido a un terrible temporal.

El Peñón de Alhucemas se mantiene islote y se encuentra a 300 metros de tierra, tiene 1´5 hectáreas y su extensión es de 8 por 14 Km. Dispone como el anterior de un fuerte con almacenes, Iglesia y batería de costa. La isla de Alborán situada entre Melilla y Almería tiene 53 Hectáreas fue guarida del pirata Al Borani en el siglo XI y después ha sido expoliada por sus corales rojos únicos donde se pueden encontrar en el Mediterráneo occidental y donde la mafia siciliana todavía mantiene su tradición de saqueo marítimo dispone de guarnición y tiene Helipuerto. Contiene un faro y un cementerio con los fareros muertos en al isla. En cuanto a las islas Chafarinas son un antiguo refugio de piratas cercano a la frontera argelina y lo forman tres islas, Isabel II, Congreso y Rey. Su ocupación es de 1848 y mantiene una guarnición militar en la isla central de Isabel II. Su único poblador autóctono es Peluso y es cuidado con esmero por los soldados al ser la única foca monje que queda. Si alguien conoce alguna novía foca monje háganlo saber al ministerio de Defensa para la reproducción de la mascota. ARBIL. MM

 

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Otoño en el Rif, 505 años de presencia española

MELILLA

 

Antonio RAMÍREZ VÉLEZ
Dijo el gran Luis Rosales que el alma de la memoria es la palabra. El texto de la historia de Melilla está escrito fielmente a su verdad. Una verdad que recuerda aquella fecha de 1497, 17 de septiembre, en la que Pedro de Estopiñan Virues, Comendador del III Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso de Guzmán, por ende Gobernador de Andalucía, recala en las costas de la península de Tres Forcas y funda Melilla, antigua Rusadir de los fenicios. Se amplia España en un territorio sin dueño aparente y fecundo en escaramuzas por ser zona de paso y privilegiado punto geográfico cercano al Estrecho de Gibraltar, nexo entre dos continentes, festín de no pocas relaciones de comercio. Situada en la región del Gareb, que quiere decir poniente, Melilla es el segundo emplazamiento modernista del Mediterráneo tras Barcelona. Ello es obra, desde primeros del siglo XX, del arquitecto catalán y discípulo de Gaudí, Enrique Nieto. Se proyecta así una ciudad nueva, una Melilla moderna fuera de sus viejas murallas que tantos episodios históricos guarda al amparo de su protección. Melilla la Vieja y la Nueva, al fin y al cabo un mismo enclave modelado por los tiempos que desde hace más de cinco siglos mantiene su influjo en esta zona septentrional del continente africano y muy especialmente en lo que tras la constitución del Reino de Marruecos, largo tiempo después fue a llamarse la región del Rif. El Rif, hoy teñido de los mágicos colores del otoño marroquí y ungido de los más diversos olores de su insinuante particularismo, está entrelazado a Melilla en parentescos, indisoluble en vivencias pasadas y presentes, obligadamente enraizado en un futuro común. La convivencia y la esperanza compartida no están reñidas en modo alguno con las razones que da la historia, y la de Melilla, la que no admite por no caber conjeturas interesadas o especulaciones distorsionadas por la oportunidad, es nítidamente la de España. La de una España diversa, humanitaria, europea y extra peninsular; de vocación norteafricana por las obligaciones de vecindad y rasgos culturales y sociales antiguos. Aquí nunca se ocupó lo de otro, se fundó algo nuevo y se trazó un camino con vocación de andar con el próximo, que vendría después. Un camino que ni estuvo ni está exento de vicisitudes y obstáculos pero que en el sentir de ambos pueblos ha quedado claro, y permanece, la voluntad de compartir mas allá de los Intentos de reescribir la historia.
   De ayer nos quedan las piedras mudas que son testimonio de un pasado ya intocable pero, igualmente, mantenemos firme en el recuerdo las muchas generaciones de melillenses que con la existencia de su vivir escribieron una página de esta ciudad española en ese libro de historia que es España. También nos queda el legado de todos aquellos procedentes de otros confines que hicieron y hacen de Melilla su residencia, su aportación, en cualquier medida, forma parte del ya viejo diario de esta tierra. Una tierra, Melilla como Ceuta, y sus lugareños, en los que podrían apoyarse con mayor contundencia ¬quien deba¬ a la hora donde se producen tantas incomprensiones y desencuentros entre las dos orillas. Su conocimiento del entorno, la vida en sí tan comunicada con el vecino propician una situación de privilegio, un conocimiento hilvanado por el tiempo. Miramos el futuro con el peso, de la historia, desde un presente de ajetreo y con el necesario optimismo y anhelo de seguir alcanzándolo. Si Cicerón dijo aquello de «La Historia es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad», nuestro 505 aniversario de la fundación de Melilla como ciudad española es un punto y seguido.

LA RAZÓN. 18 SEPTIEMBRE 2002. ESP.

 

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ESPAÑA, 1509 - ARGELIA

 

ZARPA DEL PUERTO DE CARTAGENA LA ESCUADRA QUE, AL MANDO DEL CARDENAL CISNEROS, HABÍA DE CONQUISTAR ORÁN «ACTUAL TERRITORIO DE ARGELIA», EN JUNIO 1509.

 

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En busca de la huella hispana de Orán

ESPAÑA. 1509- ORAN - ARGELIA

ISAAC BLASCO

Orán. Tierra de leones. Albert Camus la inmortalizó en La Peste. Con casi un millón de habitantes, el enclave más occidentalizado de Argelia es también una isla de vestigios españoles en medio del Magreb.

«Marcel Jacques estuvo aquí. Junio de 1942. Laurent Choclot montó guardia en esta garita. 1903. Claude Perez sirvió a Francia desde este fortín. 1893». Al igual que las decenas de inscripciones visibles en las paredes de la inmensa fortaleza, el bar de oficiales ha resistido con decencia los embates del paso del tiempo. Una barra todavía en pie debió de dar cuenta de las muchas horas ahogadas en alcohol de unos soldados que, prácticamente confinados en el punto más alto de Orán, tuvieron un día la grave encomienda de preservar la identidad metropolitana de una ciudad que, hasta 1962, los franceses convirtieron en la joya de su colonia argelina. Algo así como una Niza en el norte de África de la que, hoy, sólo queda el recuerdo y edificios cercanos a la ruina. La más pura y sugestiva decadencia.

El castillo de Santa Cruz, a trescientos metros holgados sobre el nivel del cegador mar oranés, fue clave para el buen cumplimiento de esta misión. Curiosamente, las guarniciones francesas se lo debían al cardenal Cisneros. A Cisneros y a los otros miles de españoles que, desde 1509, se adentraron en estas tierras con el objetivo de materializar los designios de Isabel de Castilla, empeñada, aun desde el lecho de muerte, en llevar su fe cristiana más allá de la Península. Desde allí se controlaba toda la costa. Junto a la imponente fortaleza de Mazalquivir, a sólo unos kilómetros en dirección al Este, definía los puntos estratégicos de la defensa de la zona. Se guardaban de las tribus locales y, sobre todo, de los turcos -cuya impronta todavía hoy es apreciable en la ciudad-, que contribuyeron como pocos a acabar con la intermitente presencia española en el lugar, repartida entre los siglos XVI y XVIII.

Pero, en Orán, la historia oficial carece ahora de importancia. De la magnífica arquitectura militar desplegada por los ingenieros renacentistas al servicio de España que por allí pasaron quedan, en el mejor de los casos, vestigios dignos, como Rosalcázar, Santa Cruz o la propia Mazalquivir; en el peor, montones de escombros, como el Tambor de San José, un enclave alzado junto al río del vallecillo oranés para evitar que el enemigo se avituallara de agua: la reluciente placa que refiere la historia contrasta con el penoso estado de la construcción.

Los argelinos de hoy contemplan con indiferencia lo que queda de España en su tierra. Lo perciben ajeno y esperan, fieles a los ritmos de su cultura y a su forma de entender la vida, que el tiempo se encargue de ponerlos en el limbo. Mientras, construyen sus viviendas sobre lo que se va tornando ruina con el paso acumulado de los días.

Los vacilantes esfuerzos realizados por la Administración española para proteger este semienterrado patrimonio se han dado de bruces con la peculiar concepción conservadora de las autoridades locales, que estima una pena destinar un euro a remozar un puñado de piedras.

Aprecio por lo español

Los argelinos aprecian a los españoles, mucho más que a los franceses. Una suerte de leyenda les lleva a ver España como una tierra tan desfavorecida como la suya: los españoles son sus iguales. En la ciudad no es difícil encontrar gente con un perfecto manejo del castellano. Casi todos los mayores de cincuenta o sesenta años lo hablan. El interés por aprender español es pujante hasta el punto de que en Orán ya hay abierta una Antena Cervantes en contacto directo con la sede del Instituto en Argel.

Sin duda, el éxodo permanente de trabajadores procedentes del Levante ibérico que, durante la primera mitad del siglo XX, trataron de salir adelante en este lugar se ha encargado de perpetuar ante los oraneses la idea de que España continúa siendo un país de emigrantes. Aquí hay un barrio español, cuyos límites coinciden a grandes rasgos con el centro histórico de la urbe. El oranés es una mezcolanza desmadrada de árabe y francés salpicada con la lengua del autor de El Quijote, quien una vez pisó la ciudad con ocasión de una enigmática visita.

Claro que los millares de parabólicas que coronan los edificios, y los chamizos, se encargan de desbaratar este anacrónico mito de lo hispano, pero da la sensación de que en esta parte del Mediterráneo se toma de la otra únicamente aquello que interesa. Por ejemplo, la afición por el Real Madrid o por el Barça.

Integrismo y fútbol

Un niño corretea en la parte alta de la ciudad, a medio camino de Santa Cruz, donde se precisa escolta policial para transitar sin problemas. Va enfundado en una camiseta azulgrana, la del centenario de hace tres temporadas. Su padre -debe de ser su padre-, vestido «a la afgana», busca un lugar orientado a La Meca. Sidi El Houari, que así se llama el barrio de las alturas, está infestado de integristas. Las pintadas a favor del GIA, que desangra el país desde 1994, se cuentan por centenares. La realidad de la Argelia de hoy, inmersa en una grave crisis de identidad y lastrada aún por un proceso descolonizador traumático, se ha de buscar en estos promontorios porque la escenificación europea del resto de la ciudad le otorga una pinta falsa, como fuera del tiempo. El último atentado con víctimas mortales perpetrado por el GIA en Orán se produjo hace un lustro. En otros puntos de esta wilaya las cosas, sin embargo, son muy distintas. No digamos en el tramo que entre Orán y la capital del país, impensable por carretera si no es con el auxilio de las fuerzas de seguridad.

La ciudad, como la nación, se debate entre el deslumbrante oropel de lo occidental heredado del dominio francés y el paroxismo integrista que últimamente alimentan mitos como Bin Laden o el mulá Omar.

La presión de los visados

Mohamed Belmilud bascula más bien hacia el ala Oeste. Es de Canastel, un pequeño municipio cercano a la urbe, y hoy ha llegado a ella con la esperanza de obtener lo más preciado para un argelino: el visado. En un correcto español explica que desea irse a París a trabajar, donde un compatriota suyo está empleado en una factoría automovilística. Piensa utilizar España de paso. Es uno más de los miles que se apostan cada año a las puertas del Consulado General de España con su solicitud bajo el brazo.

La española es, junto a la de Marruecos, la única representación extranjera existente en Orán desde que todas las legaciones retiraron a sus diplomáticos tras el golpe de Estado que frustró el acceso del FIS al poder. El Consulado expide cerca de doce mil visados al año. La presión de los ciudadanos sobre los funcionarios, la de los «notables» especialmente es, de acuerdo con el tradicional juego de las sutilezas de las sociedades islámicas, enorme. Algunos funcionarios del Consulado evitan en lo posible la calle ante la desagradable perspectiva de que les aborden reiteradas veces a la espera de una promesa imposible de cumplir si no es por los cauces reglamentarios.

Baratijas y coches robados

Otros oraneses necesitan los papeles para alcanzar un anhelo de ida y vuelta, el que posibilita la línea marítima Alicante-Orán. Estos no consideran Europa ningún paraíso artificial, sino un medio de trabajo que les permite vivir -del pequeño comercio conocido como trabendismo- muy por encima de la media. Su paraíso es su casa, acaso también el diminuto puesto que regentan en el paseo comercial de la ciudad, más parecido a cualquier mercadillo español que al tradicional zoco árabe. Allí se prodigan los juguetes de Ibi, las alfombras de Crevillente, las baratijas de imitación sin origen preciso. Pero también electrodomésticos, ordenadores, fotocopiadoras, más de un coche robado en España. Artículos incongruentes que, si no hay suerte, dormirán el sueño de los justos en la aduana portuaria, uno de los sitios más surreales del Orbe.

Toros y leones

Orán significa tierra de leones. Camus, nacido en Argel, dio relevancia a este símbolo de la ciudad en su novela «La peste». Las puertas del Ayuntamiento oranés están flanqueadas por un par de ejemplares. Lo que no recoge la obra es el rastro taurino en Orán, concretado en una espléndida plaza con capacidad para doce mil espectadores que acogió hace cuarenta años faenas memorables de Dominguín, de El Cordobés, de figuras principales del toreo de la época. Hoy, los empleados del recinto, habilitado para espectáculos culturales y conciertos, confiesan que no han visto un toro ni en pintura. El recuerdo de España, también en su expresión más tópica, se diluye en Orán.

ABC X. VII. MMII-ESP.T

 

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Un pueblo de muchos santos -

En el XVI, América fue evangelizada por un pueblo muy cristiano que tenía muchos santos. Así lo quiso Dios. Quizá no haya habido en la historia de la Iglesia ningún pueblo que en una época determinada haya contado con un número tan elevado de santos. Todos ellos, directa o indirectamente, participaron en los hechos de los Apóstoles de América, y es justo que hagamos aquí breve memoria de ellos.


En la España peninsular, que tenía ocho millones y medio de habitantes, los santos muertos o nacidos en el siglo XVI son muchos: el hospitalario San Juan de Dios (+1550), el jesuita San Francisco de Javier (+1552), el agustino obispo Santo Tomás de Villanueva (+1555), el jesuita San Ignacio de Loyola (+1556), el franciscano San Pedro de Alcántara (+1562), el sacerdote secular San Juan de Avila (+1569), el jesuita Beato Juan de Mayorga y sus compañeros mártires (+1570), el jesuita San Francisco de Borja (+1572), el dominico San Luis Bertrán (+1581), la carmelita Santa Teresa de Jesús (+1582), el franciscano Beato Nicolás Factor (+1583), el carmelita San Juan de la Cruz (+1591), el agustino Beato Alonso de Orozco (+1591), el franciscano San Pascual Bailón (+1592), el franciscano San Pedro Bautista y sus hermanos mártires de Nagasaki (+1597), el jesuita Beato José de Anchieta (+1597), el franciscano Beato Sebastián de Aparicio (+1600), el obispo Santo Toribio de Mogrovejo (+1606), el franciscano San Francisco Solano (+1610), el obispo San Juan de Ribera (+1611), el jesuita San Alonso Rodríguez (+1617), los trinitarios Beato Juan Bautista de la Concepción (+1618), Beato Simón de Rojas (+1624) y San Miguel de los Santos (+1625), la carmelita Beata Ana de San Bartolomé (+1626), los jesuitas San Alonso Rodríguez (+1628) y San Juan del Castillo (+1628), el dominico San Juan Macías (+1645), el escolapio San José de Calasanz (+1648), el jesuita San Pedro Claver (+1654), y la capuchina Beata María Angeles Astorch (1592-1665).

 

Y los santos de la España americana deben ser añadidos a los anteriormente citados: los niños mexicanos tlaxcaltecas Beatos Cristóbal, Juan y Antonio (+1527-1529), el mexicano Beato Juan Diego (+1548), el franciscano mexicano San Felipe de Jesús (+1597), la terciaria dominica peruana Santa Rosa de Lima (+1617), el jesuita paraguayo San Roque González de Santa cruz (+1628), y el dominico peruano San Martín de Porres (+1639).

 

Esta España, peninsular y americana, que floreció en tantos santos, es la que, con Portugal, evangelizó las Indias.

 

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Vesalio y Copérnico - Seguramente menos conocida que su dedicación al derecho y las letras es la vocación científica de la Universidad de Salamanca, que muy pronto recogió los descubrimientos expuestos por Vesalio en su obra De humani corporis fabrica , de 1543. Con su obra, Vesalio sentó las bases de la moderna anatomía; demostrando su atención a los avances científicos de su tiempo, la Universidad de Salamanca fue una de las primeras en crear una cátedra de esta disciplina, porque, como dijo entonces -1550- el doctor Bustamante y quedó reflejado en los libros de Claustros, "para conocer e curar las partes interiores del cuerpo humano no basta la Anatomía escripta, sino que es necesario verla por el ojo".  

También en 1453 publicó Copérnico su libro De revolutionibus orbium coelestium, en el que, como es sabido, proclamaba contra la opinión general que es la Tierra la que gira en torno al Sol. La mayor parte de las instituciones europeas, incluidas sus principales universidades, rechazaron la obra de Copérnico y lo tacharon de insensato y hereje. Salamanca fue una excepción, y ya los Estatutos de 1561 marcaban que en la cátedra de Astrología podía leerse a Copérnico. En 1594, esa lectura se declaraba obligatoria.

  

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Vasco Núñez de Balboa (1475-1519)

 

Fue Balboa un hidalgo extremeño pobre, que desde 1501 viajó por el Caribe, viviendo oscuramente. Sin embargo, después de Hojeda y Nicuesa, entre 1510 y 1513 gobernó con mano prudente en Santa María de La Antigua, el único enclave de España en Tierra Firme. Y usando un mínimo de fuerza, en contraste con la brutalidad de sus predecesores, pudo establecer con los indios unas relaciones amistosas, respetando sus estructuras tribales, y llegando a ser árbitro entre tribus enfrentadas.

Pues bien, a este Balboa le eligió Dios para descubrir el Océano Pacífico, o como se decía entonces, con gran ignorancia, Mar del Sur. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo cuenta el acontecimiento muy bien contado:

«Un martes, veinte y cinco de septiembre de aquel año de mil quinientos y trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso arriba, vio desde encima de la cumbre dél la Mar del Sur, antes que ninguno de los cristianos compañeros que allí iban; y volvióse incontinente la cara hacia la gente, muy alegre, alzando las manos y los ojos al cielo, alabando a Jesucristo y a su gloriosa Madre la Virgen Nuestra Señora; y luego hincó ambas rodillas en tierra y dio muchas gracias a Dios por la merced que le había hecho en le dejar descubrir aquella mar... Y mandó a todos los que con él iban que asimismo se hincasen de rodillas y diesen las mismas gracias a Dios... Todos lo hicieron así muy de grado y gozosos, y incontinente hizo el capitán cortar un hermoso árbol, de que se hizo una cruz alta, que se hincó e fijó en aquel mismo lugar... Y porque lo primero que se vio fue un golfo o ancón que entra en la tierra, mandóle llamar Vasco Núñez golfo de San Miguel, porque era la fiesta de aquel arcángel desde a cuatro días» (Historia gral. XXIX,2 y 3).

Al modo de Colón, alzó Balboa una gran cruz y dió nombre cristiano a aquellos lugares. Más tarde se produjo una escena grandiosa que pasó a la historia. En aquellos parajes bellísimos, «llenos de arboleda», ante 26 hombres de armas, uno de ellos Francisco Pizarro, y cuando el sol iniciaba su caída en el horizonte, Balboa «llegó a la rivera a la hora de víspera, y el agua era menguante». Esperó a la pleamar, y «estando así creció la mar a vista de todos mucho y con gran ímpetu». Sólo entonces fue cuando Balboa, con la bandera real de Castilla y León, «con una espada desnuda y una rodela en la mano entró en el agua de la mar salada, hasta que le dio en las rodillas», y tomó posesión del Océano Pacífico en el nombre de Dios y de los Reyes Católicos.

 

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Bernal Díaz del Castillo (1496-1568)

 

Las crónicas que los autores literatos, como López de Gómara, escribían sobre las Indias, muy al gusto del renacimiento, daban culto al héroe, y en un lenguaje muy florido, engrandecían sus actos hasta lo milagroso, ignorando en las hazañas relatadas las grandes gestas cumplidas por el pueblo sencillo.

Frente a esta clase de historias se alza Bernal Díaz del Castillo, nacido en Medina del Campo, soldado en Cuba con Diego Velázquez, compañero de Cortés desde 1519, veterano luchador de ciento diecinueve combates. Siendo ya anciano de setenta y dos años, vecino y regidor de Santiago, en Guatemala, con un lenguaje de prodigiosa vivacidad, no exento a veces de humor, reivindica con pasión la parte que al pueblo sencillo, a los soldados, cupo tanto en la conquista como en la primera evangelización de las Indias. Como dice Carmen Bravo-Villasante, «en la literatura española su Historia verdadera de la Nueva España [1568] es uno de los libros más fascinantes que existen» (64).

En primer lugar, la importancia de los soldados en la conquista. Ciertamente fue Cortés un formidable capitán, pero, dice Bernal,

«he mirado que nunca quieren escribir de nuestros heroicos hechos los dos cronistas Gómara y el doctor Illescas, sino que de toda nuestra prez y honra nos dejaron en blanco, si ahora yo no hiciera esta verdadera relación; porque toda la honra dan a Cortés» (cp.212). ¿Dónde quedan los hechos heróicos y las fatigas de los soldados de tropa?... Yo mismo, «dos veces estuve asido y engarrofado de muchos indios mexicanos, con quien en aquella sazón estaba peleando, para me llevar a sacrificar, y Dios me dió esfuerzo y escapé, como en aquel instante llevaron a otros muchos mis compañeros». Y con esto, todos los soldados pasaron «otros grandes peligros y trabajos, así de hambre y sed, e infinitas fatigas» (cp.207). «Muy pocos quedamos vivos, y los que murieron fueron sacrificados, y con sus corazones y sangre ofrecidos a los ídolos mexicanos, que se decían Tezcatepuca y Huichilobos» (cp.208). Sí, es cierto que no es de hombres dignos alabarse a sí mismos y contar sus propias hazañas. Pero el que «no se halló en la guerra, ni lo vio ni lo entendió ¿cómo lo puede decir? ¿Habíanlo de parlar los pájaros en el tiempo que estábamos en las batallas, que iban volando, o las nubes que pasaban por alto, sino sólamente los capitanes y soldados que en ello nos hallamos?» (cp.212).

Tiene toda la razón. La conquista en modo alguno hubiera podido hacerse sin la abnegación heroica de aquellos hombres a los que después muchas veces se ignoraba, no sólo en la fama, sino también en el premio.

Por eso Bernal insiste: «y digo otra vez que yo, yo, yo lo digo tantas veces, que yo soy el más antiguo y he servido como muy buen soldado a su Majestad, y dígolo con tristeza de mi corazón, porque me veo pobre y muy viejo, una hija por casar, y los hijos varones ya grandes y con barbas, y otros por criar, y no puedo ir a Castilla ante su Majestad para representarle cosas cumplideras a su real servicio, y también para que me haga mercedes, pues se me deben bien debidas» (cp.210).

En segundo lugar, Bernal, con objetividad popular sanchopancesca, purifica las crónicas de Indias de prodigios falsos, como «el salto de Alvarado» (cp. 128), o de victorias fáciles debidas a maravillas sobrenaturales, como aquel triunfo que López de Gómara atribuía a una visible intervención apostólica:

«Pudiera ser, escribe Bernal con una cierta sorna, que los que dice el Gómara fueran los gloriosos apóstoles señor Santiago o señor san Pedro, y yo, como pecador, no fuese digno de verles; lo que yo entonces vi y conocí fue a Francisco de Morla en un caballo castaño, que venía juntamente con Cortés, que me parece que ahora que lo estoy escribiendo, se me representa por estos ojos pecadores toda la guerra... Y ya que yo, como indigno pecador, no fuera merecedor de ver a cualquiera de aquellos gloriosos apóstoles, allí había sobre cuatrocientos soldados, y Cortés y otros muchos caballeros..., y si fuera así como lo dice el Gómara, harto malos cristianos fuéramos, enviándonos nuestro señor Dios sus santos apóstoles, no reconocer la gran merced que nos hacía» (cp.34).

En tercer lugar, y este punto tiene especial importancia para nuestro estudio, Bernal afirma con energía la importancia de los soldados en la evangelización de las Indias. En un plural que expresa bien el democratismo castellano de las empresas españolas en América, escribe: hace años «suplicamos a Su Majestad que nos enviase obispos y religiosos de todas órdenes, que fuesen de buena vida y doctrina, para que nos ayudasen a plantar más por entero en estas partes nuestra santa fe católica». Vinieron franciscanos, y en seguida dominicos, que ambos hicieron muy buen fruto, cuenta, y en seguida añade:

«Mas si bien se quiere notar, después de Dios, a nosotros, los verdaderos conquistadores que los descubrimos y conquistamos, y desde el principio les quitamos sus ídolos y les dimos a entender la santa doctrina, se nos debe el premio y galardón de todo ello, primero que a otras personas, aunque sean religiosos» (cp. 208). En efecto, entonces como ahora, al hablar de la evangelización de las Indias sólo se habla de los grandes misioneros, y ni se menciona la tarea decisiva de estos soldados y cronistas que, de hecho, fueron los primeros evangelizadores de América, y precisamente en unos días decisivos, en los que todavía un paso en falso podía llevar a quedarse con el corazón arrancado, palpitando ante el altar de Huitzilopochtli.

Por lo demás, es Bernal Díaz del Castillo un cristiano viejo de profundo espíritu religioso, y cuando escribe lo hace muy consciente de haber participado en una gesta providencial de extraordinaria grandeza: «Muchas veces, ahora que soy viejo, me paro a considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece que las veo presentes. Y digo que nuestros hechos no los hacíamos nosotros, sino que venían todos encaminados por Dios; porque ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos y cincuenta soldados, y aun no llegábamos a ellos, en una tan fuerte ciudad como México?»... y sigue evocando aquellos «hechos hazañosos» (cp. 95).

 

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GARCILASO DE LA VEGA

 

entre 1498 y 1501: Nace en Toledo. 

1511: Su hermana Leonor casa con el corregidor de Toledo. 

1512: Muere su padre.

1517: Asiste en Valladolid a la entrada oficial de Carlos V en sus reinos de España.  

1519: Es condenado a tres meses de destierro y a pagar 4.000 maravedís de multa por su participación en un altercado en el Hospital de Nuncio, en Toledo.   

1520: Es nombrado contino del Emperador.   

1520-1521: Nace su primogénito, fruto de su relación con su amante doña Guiomar Carrillo.  

1521: Toma parte en la batalla que tiene lugar en las cercanías del castillo del cerro del Águila contra los comuneros toledanos, en la que es herido en el rostro.  

1522: Viaja a Vitoria para reclamar sus pagas atrasadas. Acompaña a la corte en Valladolid, Burgos, Logroño, Pamplona y Fuenterrabía

1523: Es nombrado caballero de la Orden de Santiago y Acroe de Flandes o gentilhombre de la casa de Borgoña. Participa en la campaña contra Navarra y Fuenterrabía.  

1524: Visita en Portugal a su hermano Pedro Laso. Probablemente, conoce a Isabel Freire.   

1525: Se casa con doña Elena de Zúñiga, dama de doña Leonor de Austria. El matrimonio se aloja en la casa de la madre del poeta, en Toledo. Es nombrado regidor de Toledo.   

1526: Asiste en Sevilla a la boda de Carlos V con Isabel de Portugal.  

1526-1527: Nace su segundo hijo (el primero de los habidos con su mujer doña Elena de Zúñiga).    

1527: Marcha con la corte del emperador a Valladolid, donde se celebran Cortes.  

1528: Prolongada estancia de Carlos V en Toledo, donde se celebran Cortes. Garcilaso compra en Toledo unas casas para su residencia. Muere su hermano Fernando en el asedio francés a Nápoles. Muere Baltasar de Castiglione en Toledo. Nace su tercer hijo, Iñigo de Zúñiga, que morirá 27 años después luchando contra los franceses en Ulpiano.  

1529: Redacta su testamento en Barcelona, poco antes de embarcar con la corte rumbo a Italia. Nace su 4º hijo, Pedro de Guzmán, que a los 14 años profesará en el convento de San Pedro Mártir, en Toledo.  

1530: Asiste a la coronación de Carlos V en Bolonia como Emperador de Romanos. A su regreso a España es enviado por la Emperatriz Isabel en misión diplomática a la corte de Francia.    

1532: Marcha con don Fernando Alvarez de Toledo a Alemania. Nace su 5º hijo, Sancha. Es desterrado tres meses a una isla del Danubio por haber asistido de testigo a la boda de un sobrino, no autorizada por la Emperatriz. El virrey de Nápoles, don Pedro de Toledo, le toma a su servicio como lugarteniente de la compañía de gente de armas.    

1533: Viaja a España con un mensaje del Virrey de Nápoles para Carlos V. Interviene en "la postrera lima" de la traducción que realiza Juan Boscán de "Il cortegiano", de Baltasar de Castiglione. A su regreso a Nápoles empieza la Égloga II.   

1534: Termina la Égloga II. Nace su 6º hijo, Francisco de la Vega, que morirá siendo niño. Muere Isabel Freire de parto. Comienza la composición de la Égloga I. Viaja a España en misión del Virrey de Nápoles. Es nombrado alcaide de Ríjoles. 

1535: Renuncia a la alcaidía de Ríjoles. Participa en la expedición a Túnez contra Barbarroja. Es herido en el brazo derecho y en la boca.   

1536: Campaña de Provenza. Es herido en Le Muy (19 de septiembre) y muere en Niza, veinticinco días después (14 de octubre). (En 1538 su mujer hace trasladar los restos de Garcilaso a Toledo, depositándolos en el sepulcro de la capilla del Rosario de la iglesia de San Pedro Mártir).   

  

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Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1510-1558)

 

Este sevillano se fue a las Indias en 1527, con la expedición de Pánfilo de Narváez. Bajó Alvar con un grupo a tierra en Tampa, Florida, y al volver a la costa se habían ido las naves. Ahí comenzó una odisea increíble. Como pudieron, construyeron unas embarcaciones y llegaron por el Golfo de México hasta la Isla del Mal Hado, hoy Galveston, donde fueron apresados por los indios. Alvar y tres compañeros supervivientes escaparon, y a pie, completamente perdidos entre indios hostiles, y en ocho años de marcha incesante, hicieron miles y miles de kilómetros, atravesando Texas, hasta llegar a Sinaloa, al extremo oeste, y descender al sur de México.

Todo esto lo narra en sus Naufragios y Relación de la jornada de la Florida, que publicó en 1542. Aún le pedía el cuerpo más aventura, y fue nombrado Adelantado del Río de la Plata, en Asunción, donde fue gobernador con no pocas vicisitudes que narra en Comentarios.

En la isla del Mal Hado, estando Alvar y sus compañeros presos de los indios, éstos, esperando que habría algún poder extraño en aquellos blancos barbudos, les llevaban enfermos para que los curasen, y ellos, jugándose la vida, intentaban el milagro:

Uno de ellos, Castillo «los santiguó y encomendó a Dios nuestro Señor, y todos le suplicamos con la mejor manera que podíamos les enviase salud, pues él veía que no había otro remedio para que aquella gente nos ayudase y saliésemos de tan miserable vida; y El lo hizo tan misericordiosamente que, venida la mañana, todos amanecieron tan buenos y sanos, y se fueron tan recios como si nunca hubieran tenido mal ninguno. Esto causó entre ellos muy gran admiración, y a nosotros despertó que diésemos muchas gracias a nuestro Señor, a que más enteramente conociésemos su bondad y tuviésemos firme esperanza que nos había de librar y traer donde le pudiésemos servir»...

«Por toda esta tierra, cuenta Alvar, anduvimos desnudos, y como no estabamos acostumbrados a ello, a manera de serpientes mudabamos los cueros dos veces al año... Nos corría por muchas partes la sangre, de las espinas y matas con que topábamos... No tenía, cuando en estos trabajos me veía, otro remedio ni consuelo sino pensar en la pasión de nuestro redentor Jesucristo y en la sangre que por mí derramó, y considerar cuánto más sería el tormento que de las espinas él padeció que no aquel que yo entonces sufría» (Naufragios cp.22).

Estos hombres, malos o buenos, malos y buenos, eran cristianos y misioneros, pues tenían una firmeza absoluta en su fe. Y así, por ejemplo, descubridores y conquistadores, donde quiera que llegaban, atacaban la antropofagia, que estaba difundida, en unos sitios más, en otros menos, por casi todas las Indias. Desde el principio, en un planteamiento netamente cristiano, y no en una ética meramente natural, enseñaban que la ofensa al hombre era aborrecible sobre todo porque era ofensa a su Creador divino. Así, por ejemplo, siendo Cabeza de Vaca, años después, gobernador del Paraguay, llegaron a él muchas quejas,

y él «mandó juntar todos los indios naturales, vasallos de Su Majestad; y así juntos, delante y en presencia de los religiosos y clérigos, les hizo su parlamento diciéndoles cómo Su Majestad lo había enviado a los favorecer y dar a entender cómo habían de venir en conocimiento de Dios y ser cristianos, por la doctrina y el enseñamiento de los religiosos y clérigos que para ello eran venidos, como ministros de Dios, y para que estuviesen debajo de la obediencia de Su Majestad, y fuesen sus vasallos, y que de esta manera serían mejor tratados y favorecidos que hasta allí lo habían sido. Y allende de esto, les fue dicho y amonestado que se apartasen de comer carne humana, por el grave pecado y ofensa que en ello hacían a Dios, y los religiosos y clérigos se lo dijeron y amonestaron; y para les dar contentamiento, les dio y repartió muchos rescates, camisas, ropas, bonetes y otras cosas, con que se alegraron» (Comentarios cp.16).

La lucha contra los ídolos era también uno de los primeros objetivos de los conquistadores, y así, por ejemplo, lo consideró Cabeza de Vaca como gobernador:

«Según informaron al Gobernador, adelante la tierra adentro tienen los indios ídolos de oro y de plata, y procuró con buenas palabras apartarlos de la idolatría, diciéndoles que los quemasen y quitasen de sí, y creyesen en Dios verdadero, que era el que había criado el Cielo y la Tierra, y a los hombres, y a la mar, y a los peces, y a las otras cosas, y que lo que ellos adoraban era el diablo, que los traía engañados». Esta primera evangelización elemental de los conquistadores, al venir propuesta por el gran jefe de los blancos, con frecuencia impresionaba sinceramente a los indios. «Y así, quemaron muchos de ellos, aunque los principales de los indios andaban atemorizados, diciendo que los mataría el Diablo, que se mostraba muy enojado... Y luego que se hizo la iglesia y se dijo misa, el Diablo huyó de allí, y los indios andaban asegurados, sin temor» (Comentarios 54).

Muchas crónicas primeras de las Indias nos muestran que los conquistadores, con eficacia frecuente, fueron exorcizando los pueblos indios, liberándolos del Demonio y de su servidumbre idolátrica. En general, los conquistadores procuraban sujetar a los indios por la amistad y la alianza, antes que por las armas.

Y así procedía también Cabeza de Vaca, que una vez, por ejemplo, subiendo por el río Iguatú, hizo asiento con su expedición en un lugar determinado, y en seguida mandó hacer una iglesia, celebrar la misa y los oficios, y alzar «una cruz de madera grande, la cual mandó hincar junto a la ribera». Reunió luego a los españoles y guaraníes amigos, que acompañaban la expedición, dándoles orden severa de que respetasen a los indios pacíficos de aquel lugar, y mandándoles que

«no hiciesen daño ni fuerza ni otro mal ninguno a los indios y naturales de aquel puerto, pues eran amigos y vasallos de Su Majestad, y les mandó y defendió [prohibió] no fuesen a sus pueblos y casas, porque la cosa que los indios más sienten y aborrecen y por que se alteran es por ver que los indios y cristianos van a sus casas, y les revuelven y toman las cosillas que tienen en ellas; y que si trajesen y rescatasen con ellos, les pagasen lo que trujesen y tomasen de sus rescates; y si otra cosa hiciesen, serían castigados» (Com. 53).

Al parecer, el hecho de que gobernadores, como Cabeza de Vaca, hicieran abierto apostolado misionero en sus expediciones de descubrimiento y conquista fue relativamente frecuente en las Indias. Gonzalo Fernández de Oviedo, por ejemplo, cuenta del gobernador Pedro de Heredia, fundador de Cartagena de Indias, que

«por las mejores palabras que podía les daba a entender [a los indios] la verdad de nuestra fe, y les amonestó que no creyesen en nada de aquello [falso], y que fuesen cristianos y creyesen en Dios trino e uno, y Todopoderoso, y que se salvarían e irían a la gloria celestial. Y con estas y otras muchas y buenas amonestaciones se ocupaba muchas veces este gobernador para enseñar a los indios y los traer a conocer a Dios y convertirlos a su santa Iglesia y fe católica» (Historia General XVII,28).

 

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Francisco López de Gómara (1511-1560)

 

Este soriano, que estuvo en Alcalá y en Roma, se hizo sacerdote y fue en España capellán de Hernán Cortés. Su Historia de las Indias y conquista de México comienza con una solemne Dedicatoria al emperador, en la que se expresa bien cómo un español idealista y literato veía las cosas de las Indias por 1552:

«La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias... Los hombres son como nosotros, fuera del color; que de otra manera bestias y monstruos serían, y no vendrían, como vienen, de Adán. Mas no tienen letras, ni moneda, ni bestias de carga: cosas principalísimas para la policía y vivienda del hombre; que ir desnudos, siendo la tierra caliente y falta de lana y lino, no es novedad. Y como no conocen al verdadero Dios y Señor, están en grandísimos pecados de idolatría, sacrificios de hombres vivos, comida de carne humana, habla con el diablo, sodomía, muchedumbre de mujeres, y otros así. Aunque todos los indios, que son vuestros súbditos, son ya cristianos por la misericordia y bondad de Dios, y por la vuestra merced y de vuestros padres y abuelos, que habeis procurado su conversión y cristiandad. El trabajo y peligro vuestros españoles lo toman alegremente, así en predicar y convertir como en descubrir y conquistar.

«Nunca nación extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas... Quiso Dios descubrir las Indias en vuestro tiempo y a vuestros vasallos, para que las convirtiéseis a su santa ley, como dicen muchos hombres sabios y cristianos. Comenzaron las conquistas de indios acabada la de moros, porque siempre guerreasen españoles contra infieles; otorgó la conquista y conversión el Papa; tomasteis por letra Plus ultra, dando a entender el señorío del Nuevo-Mundo. Justo es pues que vuestra majestad favorezca la conquista y los conquistadores, mirando mucho por los conquistados. Y también es razón que todos ayuden y ennoblezcan las Indias, unos con santa predicación, otros con buenos consejos, otros con provechosas granjerías, otros con loables costumbres y policía. Por lo cual he yo escrito la historia: obra, ya lo conozco, para mejor ingenio y lengua que la mía; pero quise ver para cuánto era». Y poco después, inicia gloriosamente su crónica: «Es el mundo tan grande y hermoso, y tiene tanta diversidad de cosas tan diferentes unas de otras, que pone admiración a quien bien lo piensa y contempla...»

Para Gómara la finalidad de España en las Indias es muy clara: «La causa principal a que venimos a estas partes es por ensalzar y predicar la fe de Cristo, aunque juntamente con ella se nos sigue honra y provecho que pocas veces caben en un saco» (cp.120). En otra obra importante narra Gómara la Conquista de México, y en ella se muestra admirador de Cortés y un tanto inclinado hacia lo maravilloso, como cuando refiere piadosamente una batalla en la que los españoles reciben la asistencia visible de los apóstoles Pedro y Santiago...

 

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Comercio marítimo de Castilla y Aragón (s.XVI):

 

El comercio con el norte de Europa (s.XVI):
Las relaciones comerciales entre los puertos del norte de España y Flandes son muy anteriores a la época de Carlos V. Como señala Sidney, "los mercaderes que comerciaban en Flandes poseían ya un gremio en 1336". En 1494, la Universidad de Mercaderes de Burgos, se convierte en el Consulado de Burgos, que tanta actividad comercial desarrolló durante años como elemento de exportación de lana, a través de las puertas del Cantábrico, fundamentalmente por el de Bilbao (su Consulado se creó en 1511) en cuya construcción (desviando el río) participó financieramente el Consulado de Burgos. El gran desarrollo que adquiere la Mesta tiene su culminación en 1526 en la que alcanza 3,5 millones de ovejas. Una buena parte de la lana obtenida era exportada a través de los puertos de Bilbao, Santander, Santoña, Laredo y Castro Urdiales con destino a Buedeos, Nantes, La Rochelle, El Havre, Amberes, Brujas y los de la Hansa. El 60 por 100 de la lana exportada se transportaba a Flandes y el 40 por 100 restante a Portugal, Italia y Berbería. Sobre la existencia de buques mercantes en Bilbao, existe una Cédula de 1504 en la que se estima la marina bilbaína en quinientos navíos; Alcalá Zamora cifra el monto de la flota vizcaína en al menos 25.000 toneladas. Cerezo señala que hasta el último cuarto del siglo XVI el comercio de la región castellana del norte era el de mayor incidencia en la economía española. El pujante comercio de las lanas (que algunos cifran en 6.000 balas anuales y un valor medio anual de más de 600.000 ducados) tenía como flete de retorno grandes partidas de trigo y bastimentos navales procedentes del norte de Europa, así como productos manufacturados: tejidos, tapicerías, libros, naipes, papel, etc. El mineral de hierro y el acero son sin duda otros productos importantes de la exportación vizcaína. Se exporta también cochinilla, añil, y cueros procedente de las Indias. Unos años después dela muerte de Carlos V se produce un descenso brutal de este comercio.
El comercio con el Mediterráneo (s.XVI):
Como ha escrito Alcalá-Zamora acerca de la marina de Corona de Aragón, es evidente que no había prolongado su prosperidad comercial de los siglos XIII y XIV. Las causas hay que buscarlas en la crisis del reino de Aragón en el siglo XV. La inseguridad de la navegación mediterránea como consecuencia de la piratería berberisca, alentada por la expansión turca, la exclusión del tráfico comercial indiano y, como señala Cerezo, las concesiones hechas por Carlos V a los genoveses. No obstante, Barcelona y Valencia siguen manteniendo un activo comercio de cabotaje con Francia e Italia. Por Barcelona se exportan artículos de coral, papel, cordelería, vidrio, loza, armas de diferentes tipos, miel, aceites y azafrán. En Valencia se comerciaba con arroz, vino, aceite, pasas, melazas, dátiles, azúcar, almendras y, sobre todo, seda. Gonzalo Anes afirma que Valencia fue el emporio de la seda del levante español.
Lana:
Por el puerto de Alicante se exportan las lanas castellanas de Cuenca y Toledo a Génova y Venecia.

El Honrado Concejo de la Mesta de la Corona de Castilla fue la corporación europea de ganaderos más importante de la Edad Media, e incluso de la Edad Moderna (permanecerá activo hasta el siglo XIX). Gracias a la magnífica gestión de esta institución, los españoles logran mantener el monopolio lanero en los mercados internacionales nada menos que durante cinco siglos. Llega a ser la principal fuente de divisas del Reino, y se cotiza en la bolsa de valores de Amsterdam. Efectivamente, será por mucho tiempo la institución mercantil española más admirada en Europa. El éxito de la Mesta se debe, sobre todo, a su carácter gremial, a su buena organización interna y al reconocimiento y la protección que recibe por parte de los monarcas.(Castiñeira)

Con las exportaciones citadas, tanto Barcelona como Valencia equilibraban el gasto constante que suponían sus importantes importaciones de trigo de Sicilia. Según Usher, el tonelaje de la marina mercante española en 1585 se cifraba en 175.000 toneladas, la segunda flota de Europa (Holanda 232.000 toneladas), pero como ha señalado el profesor Alcalá-Zamora, la coexistencia durante el quinientos de varias unidades de medida con idéntica o parecida denominación y distinto contenido, dificulta el cálculo. A pesar de lo cual, Chaunu estima en 157 por 100 el aumento del tonelaje unitario en la Carrera de Indias durante la primera mitad del siglo XVI, pero incluso aceptado este notable crecimiento de la flota mercante, el resultado no satisface las necesidades . Como ha escrito Vázquez de Prada, desde 1530 a 1540 los barcos flamencos y holandeses acaparan el 85 por 100 de la navegación entre los Países Bajos, España y Portugal. Bretones y vizcaínos se repartían el 15 por 100 restante. Este dato, unido a la ocasional participación extranjera en la Carrera de Indias y a las frecuentes requisas de barcos para empresas bélicas, confirma la insuficiencia de embarcaciones de la marina mercante española que, como ha señalado Vives, "llegó a ser angustiosa en tiempos de Carlos V", y que se haría más patente con el paso del tiempo, con lo que se pone de manifiesto que tanto la implantación del monopolio sevillano como las insuficientes medidas de política marítima adoptadas, contribuyeron a que no se produjera el desarrollo de la marina comercial que España precisaba para atender a las necesidades de sus dispersos y vastos territorios. (Ricardo Arroyo).

El Concejo de la Mesta (1273-1836): Desde la Antigüedad, los contrastes climáticos de la geografía ibérica habían favorecido los desplazamientos estacionales de los pastores en busca de pasto, o sea, la trashumancia ganadera. Por otro lado, con la Reconquista, la actividad ganadera se valoraría más que la agrícola, porque requería menos mano de obra y, se podía proteger a los animales con mayor facilidad que a los cultivos. A comienzos de la Edad Media era ya costumbre entre los numerosos pastores castellanos fazer mestas, es decir, celebrar reuniones locales, principalmente con el fin de devolver animales extraviados a sus dueños. Pero la institucionalización de un marco legal para todos los ganaderos del Reino y el reconocimiento oficial de la trashumancia a gran escala no llegaría hasta 1273, cuando Alfonso X el Sabio funda el Honrado Concejo de la Mesta. Esto se tradujo en un principio en la habilitación de rutas pastoriles específicas (cañadas reales, cordeles y veredas, así denominadas según su anchura legal), que conformarían una extensa red de vasos comunicantes que cubría toda la superficie peninsular. A lo largo de la Edad Media se conceden nuevos privilegios reales a los ganaderos de la Mesta, a la vez que una fiscalización por parte de la Hacienda Real. Surge así una auténtica legislación pastoril que incluye el impuesto de servicio y montazgo del peaje en los puertos reales. Por otra parte, la organización feudal del territorio permite a los señores y concejos locales percibir también tasas en pontazgos, verdes, pasos, castillerías, barcajes, etcétera transitados por las cabañas. Aunque todas estas disposiciones legales trajeron muchos beneficios, el proceso que vino a confirmar el esplendor del sector ganadero español fue la selección de la raza merina, ovejas que producían una lana blanca y fina de extraordinaria calidad. Será esta el producto que monopolizaría Castilla en los mercados europeos por cinco siglos. La expansión de la ganadería merina culmina en las postrimerías de la Edad Media con la política proteccionista emprendida por los Reyes Católicos. Pero los cambios socioeconómicos que siguieron a la invasión napoleónica del año 1808 (en los que también desempeñaron un importante papel las revueltas campesinas), y la pérdida del monopolio internacional, volvieron deficitarias las explotaciones trashumantes. Los ganaderos europeos llevaron a su suelo, más rico en pastos, ovejas merinas. Y los propios españoles no pudieron competir con ellos para salvaguardar una institución que constituyó el prestigio comercial de la nación durante siglos. Fue disuelto en 1836.

 

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La antigua Universidad de Alcalá

 

La antigua Universidad de Alcalá, conocida también como Universidad Complutense, fue unos de los centros más importantes de la vida intelectual europea de la edad moderna y base de la expansión cultural española en todo el orbe. Su vida fue larga (1499-1836), brillando con esplendor durante el siglo XVI, con un brillo más apagado en el XVII y entrando a partir de ese momento en una crisis, de la que se intentó salir a finales del siglo XVIII.

Los orígenes de la Universidad son profundas y se remontan al Estudio General, fundado por el rey castellano Sancho IV en 1293, intento frustado de crear la universidad; testigo luego recogido por el arzobispo Alonso Carrillo de Acuña, quien con las cátedras de gramática fundadas a mediados del siglo XV, volvió tímidamente a desear una verdadera universidad.

 

Fue el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros quien con renovados brios recogió los antecedentes, aportando una nueva forma de concebir la enseñanza universitaria. La fundación de la universidad de Alcalá coincide con los albores de una nueva época en la historia de la humanidad, el final de la edad media y el surgimiento de la edad moderna con su primera gran manifestación cultural el Renacimiento. Los años que van desde 1499 a 1517, año de la muerte del Cardenal, son claves para entender la historia de la Universidad de Alcalá y calibrar acertadamente todo lo que de novedoso se introdujo en este nuevo concepto de universidad. Los pilares sobre los que se sustenta tan magna obra son: la generosidad del fundador, la buena organización, la acertada elección de los primeros profesores, la construcción de espléndidos edificios universitarios, la protección que dispensaron papas y reyes a la universidad, lo acertado de los planes de estudios de las facultades y el continuo crecimiento en el número de colegios fundados; estos aspectos son las líneas maestras que marcan la época de esplendor.

Cisneros con la bula Inter Caetera (13 de abril de 1499) y las sucesivas bulas expedidas por los papas Alejandro VI, León X y Julio II consiguió dar forma legal a la universidad y dotarla de rentas; años después la reina Juana y el emperador Carlos V ratificaron con su protección la nueva fundación. En principio se crearon sólo tres facultades, la de Artes, Cánones y la de Teología, incluyéndose en 1514 la Facultad de Medicina. El armazón legal fueron las Constituciones de 1510 en las que se describían y regulaban hasta los mínimos aspectos tanto de la vida académica como de la vida diaria y cotidiana de los estudiantes y miembros de los colegios.

Hubo un deseo firme de que la nueva universidad tuviese unos rasgos propios que la diferenciasen del resto de universidades peninsulares; aunque bien es verdad que conserva elementos de alguna universidad fundada en la edad media como Salamanca o París, pero Cisneros intentó que se adecuase a la nueva época, participando activamente en la sociedad y en las estructuras de poder, sin ser sólo un centro exclusivo para el cultivo erudito del saber, como había estado recluído dentro de los muros de los conventos medievales.

La Universidad de Alcalá tenía en si misma tres grandes fines u objetivos. Primero un fin eminentemente religioso, así la universidad debía ser una institución de enseñanza para formar a eclesiásticos que recuperasen los valores de la espiritualidad antigua que se habían ido perdiendo en los siglos bajomedievales. Cisneros recogía uno de los retos más importantes de la época, la reforma de la Iglesia en España en sus dos grandes divisiones, las órdenes regulares y el clero secular; había que renovar no sólo la preparación intelectual del clero sino también los textos bíblicos, las fuentes escriturarias con los que se exponía la doctrina católica desde los pûlpitos, que se habían tergiversado. De ahí surgió la Biblia Políglota y el consiguiente desarrollo de las imprentas universitarias. Junto a este deseo de que la Universidad fuese un organismo de formación eclesiástica hay que situar un fin que podría llamarse político. La edad moderna española se caracterizó por una expansión militar en Europa, América y Africa; rasgo básico en la definición del Estado moderno fue la aportación de cualificados letrados y obispos a las estructuras de gobierno de la Monarquía Católica, capaces de dirigir los complejos asuntos de gobierno, personajes revestidos de una formación académica que únicamente se podía conseguir en las universidades. El tercer fin, un objetivo cultural, es la bûsqueda de adecuar la teología a los principios de la antigüedad clásica.

El nuevo modelo de universidad se basaba en lo que se conoce como Colegio-Universidad; modelo copiado por otras universidades españolas posteriormente fundadas. Para plasmar los objetivos señalados se creó una verdadera ciudad universitaria, dotada de un correcto sentido urbanístico y buenas infraestructuras. En ella se levantó la Universidad de Alcalá, formada en un principio por un único colegio mayor, el de San Ildefonso (en recuerdo del santo patrón de Toledo, sede de la diócesis eclesiástica) que era la cabeza que dirigía los destinos de la universidad; entre sus colegiales, en número de treinta y tres que en la primera época sólo podían estudiar teología, se elegiría anualmente al rector, personaje investido de un amplio poder académico, judicial y económico. Alrededor del colegio mayor, y bajo su tutela, se crearon diferentes colegios de artistas con becas para buenos estudiantes de origen humilde, capaces en el futuro de acceder a las facultades mayores. Cisneros creó cinco colegios menores: Santa Catalina para estudiantes que estudiasen la Física de Aristóteles, San Eugenio para gramáticos y estudiantes de lenguas, Santa Balbina para lógicos y summulistas y San Isidoro para gramáticos y estudiantes de griego. También en estrecha unión con el Colegio Mayor estaban dos colegios,uno para teólogos y médicos, el de la Madre de Dios, y otro para frailes de la orden de San Francisco, el de San Pedro y San Pablo.

A partir de este embrión creado desde 1500 a 1512, junto con un primitivo edificio de pobre mampostería, la Iglesia de San Ildefonso y el precioso Theatro Escolástico (hoy conocido como Paraninfo), se fue expandiendo la ciudad universitaria a lo largo del siglo XVI y XVII. Se fundaron distintos colegios menores, alrededor de treinta, por personas privadas, encabezadas por el rey Felipe II, como de las diferentes órdenes religiosas, creando una urdimbre de colegios que cubría los amplios terrenos de la ciudad universitaria. Para adecuar la ciudad a las nuevas necesidades se hicieron transformaciones urbanísticas que cambiaron la faz de la ciudad de Alcalá. De entre las muchas obras de arte que la cubren, ninguna como la espléndida fachada plateresca de la universidad finalizada en 1543, construída sobre la base de la antigua y que es la mejor representación de la grandeza de esta universidad en en el siglo XVI y de la protección de los reyes castellanos.

Más que nada fueron los profesores y estudiantes complutenses los que colaboraron a dar prestigio a la joven universidad, que pronto se convirtió en una de las tres grandes universidades de España, junto con Salamanca y Valladolid. Al menos hasta que murió el cardenal Cisneros el nivel de exigencia hacia el profesorado fue alto, imponiéndosele muchas horas de clase. Especialmente los primeros catedráticos de lenguas, medicina y teología se nos aparecen hoy como eruditos personajes, cumplidores con su trabajo, aún después de las preceptivas horas de clase. Para supervisar la calidad del profesorado, Cisneros ordenó que se realizaran visitas anuales a las cátedras para averiguar, interrogando al alumnado, el nivel de cumplimiento de las labores docentes. Personajes como Jorge Naveros, Jerónimo de Almonacid, Cipriano de Huerga, Gaspar Cardillo de Villalpando, Miguel Carrasco o el doctor Medina impulsaron la escuela teológica complutense en sus dos grandes corrientes, primero la nominalista, después la escolástica. Igualmente en Alcalá dieron clase y se formaron profundos pensadores, imbuidos de ideas renovadoras para la reforma de la Iglesia; son los erasmistas, un grupo encabezado por los hermanos Vergara, Agustín de Cazalla, Juan Valdés, Constantino de la Fuente o Mateo Pascual.

Durante el siglo XIX, y hasta 1836, fecha del traslado a Madrid, la Universidad estuvo condicionada por los avatares políticos y no pudo aguantar los empujes de los gobiernos liberales, deseosos de tener una universidad en la capital del Estado.

La Universidad de Alcalá es hoy una universidad que busca la conexión entre el presente y su esplendoroso pasado. Los avatares de la Historia, resumidos en que durante ciento cuarenta y un años Alcalá vivió sin universidad, siendo ocupados los espléndidos edificios de la edad moderna por el ejército e instituciones penitenciarias, hace necesario que se plantee una recreación del pasado para volver a impregnar a toda la ciudad y el área geográfica del espíritu universitario.

  

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Los vascos del Siglo XV

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 11 de febrero de 1999

 

La historia es deliciosa y aleccionadora. La contó hace medio milenio Fernando del Pulgar, en su «Crónica de los Reyes Católicos», y la recordé en «España inteligible», sin que nadie haya parecido enterarse. En 1481 llegaron noticias de que los turcos preparaban una gran expedición para conquistar el reino de Sicilia, del que era titular Fernando el Católico como parte del Reino de Aragón. Para defender este reino, los Reyes Católicos ordenan organizar una gran armada, con dos flotas, una gallega y otra andaluza. Y sus comisarios van a Vizcaya y Guipúzcoa, para pedir que organicen otra armada que se uniría a las otras dos.

Explican a los vascos que «son gente sabida en el arte de navegar, y esforzados en las batallas marinas, e tenían naves e aparejos para ello». Dice Pulgar: «Los moradores de aquellas tierras son gente sospechosa» y ponen muchas dificultades económicas y también «diciendo ser contra sus privilegios, e contra sus grandes libertades, de que los de aquella tierra gozan, e les fueron guardadas por los reyes de España, antecesores del Rey e de la Reyna».Hay alborotos, los comisarios están en peligro, pero les explican «con palabras dulces», que no vienen a «quebrantar sus franquezas» sino a guardárselas mejor, y que estaban más obligados a hacerlo «quanto eran más sabios en el arte de navegar, e esforçados en las batallas marinas», «e vosotros castellanos, más en número, más esforçados, e mucho más diestros en el arte de navegar, acordáys quedar holgando en vuestras casas, quedad, señores, enhorabuena.»

Los pueblos se aplacaron, la sospecha se mudó en orgullo y diligencia presurosa. «E en aquellas dos prouinçias de Vizcaya e de Guipuscua se armaron çincuenta naos... E juntáronse con esta flota de los puertos de Galicia e del Andalucía fasta veynte naos de manera que en toda el armada yvan setenta naos.» Reténgase lo que esta historia encierra. Se trata del reino de Sicilia, es decir, de la Corona de Aragón. Para defenderlo se movilizan armadas de Galicia y Andalucía, es decir, del reino de Castilla. Se pide la colaboración de los vascos, igualmente castellanos, incorporados al reino de Castilla desde el siglo XIV, y al final la armada tiene un contingente principal vasco.

Los recelos se han convertido en orgullo y entusiasmo. España funciona como una nación coherente y solidaria. No se olvide la participación conjunta en la reconquista de Granada, y el hecho de que la defensa del reino de Nápoles, de la Corona aragonesa, se hace sobre todo con tropas castellanas, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Todo esto en los años finales del siglo XV.

Los intentos actuales de negar todo esto, de sustituirlo por una serie de ficciones recién inventadas, son simplemente ridículos y lo incomprensible es que no sean tomados como tales, en particular por las innumerables personas cuerdas que residen en las comarcas afectadas, a quienes se intenta despojar de su realidad. Cómo lo toleran, lo permiten, en algunos casos participan de ello, es algo que escapa a la comprensión.

Un factor de explicación es la vergonzosa ignorancia histórica que padecen muchas personas, acentuada en las promociones más jóvenes: carecen de recursos para descubrir y rechazar lo falso, están dispuestas a admitir lo que se les dice, por inverosímil que sea. Añádase el talante imperativo y totalitario con que se presentan tales ficciones, lo que ejerce fuerte coacción sobre los espíritus débiles. Y la enorme difusión de los medios de comunicación partidistas o serviles, la reiteración incansable de lo falso, hace posible la sumisión a ello, la falta de resistencia.

Hay otro aspecto de la cuestión, que hay que tener en cuenta. Hace muchos años descubrí una extraña propensión: la de envidiar los males ajenos. Hay algunas regiones en que ciertos factores han hecho posible la existencia de esos grupos dedicados a la general falsificación y suplantación de lo real. Pues bien, por extraño que parezca, hay otras en que esas condiciones no se dan, y se pensaría que están libres de esas anomalías. El mimetismo, la imitación, hacen que se produzca una especie de «contagio» y se simulen actitudes que llegan a lo grotesco.

En todas partes hay pequeños grupos de resentidos, convencidos de su carencia de importancia, que han descubierto la posibilidad de alcanzar algún poder y una participación en los presupuestos, al menos locales.

Creo que es un error hablar de todo esto más allá de lo indispensable. Se le da una resonancia que por supuesto no merece, y que no alcanzaría nunca sin ayuda ajena. El que los nombres y los rostros de personas sin el menor interés aparezcan constantemente en las publicaciones o en las pantallas no tiene la menor justificación y sirve para que logren un influjo que por sí mismas nunca alcanzarían.

¿Quiere esto decir que frente a todos estos fenómenos se debe guardar silencio? Creo que es menester señalar, lo más concisamente posible, la falsedad de lo falso, la desfiguración de lo real, con las pruebas pertinentes. Y nada más.  los que no tienen el menor respeto a la realidad ni a las reglas del juego.

Otra cosa es cuando pasan a los hechos, desde la negación o la violación de las normas vigentes, es decir, de la legalidad. Esto no se puede aceptar, y hay que poner en marcha los mecanismos previstos por las leyes para que éstas se cumplan. Lo grave es que se pueda faltar impunemente a ellas, que sean desvirtuadas, a veces por los mismos que fingen aplicarlas. Y digo «fingen» porque se dan los casos de que decisiones importantes son alteradas y desvirtuadas por los mismos que las han tomado. El espectador ingenuo se pregunta cómo es esto posible: si una sentencia era justa, ¿cómo se la puede invalidar apenas pronunciada? Y si era injusta, ¿por qué se la promulgó en lugar de la nueva decisión?

Y no digamos si se trata de la violencia, la coacción, el atropello o el terrorismo. Con esto no se puede transigir con ningún pretexto; hay que tomarlo absolutamente en serio. Ante los números de circo es aconsejable desentenderse de ellos y no prestarles atención y resonancia, esto es, la realidad de que carecen. Frente a las conductas delictivas no es lícito encogerse de hombros, menos aún ser cómplices de ellas.

Los comisarios de los Reyes Católicos hablaron con «palabras dulces», como dice Fernando del Pulgar, con seguridades y buenas razones a aquellos vascos de fines del siglo XV, dispuestos a dejarse convencer, a los que se podía contentar. Hay que distinguir entre la buena y la mala fe; entre los que se pueden contentar y los que nunca se van a contentar, porque eso es precisamente lo que descartan desde el principio. Lo que era claro hace cinco siglos parece que ha dejado de serlo al cabo de tan largo tiempo.

(c) 1999 Prensa Española S.A.

  

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ALONSO DE OROZCO

 

Nació en Oropesa (Toledo) en 1500. Fue ordenado sacerdote en 1527, de la Orden de Frailes Ermitaños de San Agustín. El emperador Carlos V lo nombró predicador real en 1554 y, desde entonces, su vida estuvo ligada a la Corte. Escribió más de ochenta obras siendo uno de los primeros autores que hizo el uso del castellano para escribir libros de espiritualidad. Visitaba a los pobres y necesitados y fundó tres conventos en Madrid. Murió en 1591. Fue beatificado por el Papa León XIII en 1882. Fue canonizado por Juan Pablo II el pasado 19 de mayo de 2002.

 

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CARLOS I DE ESPAÑA Y CARLOS V DE ALEMANIA - (V.X.M.M.)

 

EMPERADOR. HIJO DE REYES Y PADRE DE REYES. CARLOS ES LA IMAGEN DEL PODER EN EL SIGLO XVI. EL HIJO DE JUANA I DE CASTILLA –QUE BESÓ LA MANO DE SU MADRE, CAUTIVA EN TORDESILLAS, CON SU IMPERIAL RODILLA EN TIERRA- ES EL CÉSAR Y EL HOMBRE EN LA ESPLÉNDIDA EXPOSICIÓN QUE HOY  INAUGURAN LOS REYES DE ESPAÑA Y 10 JEFES DE ESTADO.

 

NOS, CARLOS V, EMPERADOR ROMANO POR LA GRACIA DE DIOS, SIEMPRE AUGUSTO, REY DE ESPAÑA, DE SICILIA, DE JERUSALÉN, DE LAS BALEARES, DE LAS ISLAS CANARIAS E INDIAS, ASÍ  COMO DEL CONTINENTE  MÁS ALLÁ DEL OCÉANO, ARCHIDUQUE DE AUSTRIA, DUQUE DE BORGOÑA, DE BRABANTE, DE ESTIRIA, DE CARINTIA, DE CARNIOLA, DE LUXEMBURGO, DE LIMBURGO, DE ATENAS Y NEOPATRIA, CONDE DE HAUSBURGO, DE FLANDES Y DEL TIROL, CONDE PALATINO DE BORGOÑA, DE HENNEGAU Y DEL ROSELLÓN, LANDGRAVE EN ALSACIA, PRÍNCIPE EN SUABIA, SEÑOR EN ASIA Y EN ÁFRICA.

 

ERA UN DEVORADOR DE LIBROS DE CABALLERÍAS; SEÑOR DE EUROPA, BISNIETO DE CARLOS EL TEMERARIO. CÉSAR GERMÁNICO Y ROMÁNICO.  SOÑÓ UN IMPERIO DONDE JAMÁS SE PUSO EL OCASO LA UNIDAD DE EUROPA EN ARMONÍA. HA SIDO EL ÚNICO EMPERADOR DEL VIEJO Y NUEVO CONTINENTE. UN GOBERNANTE QUE TENÍA COMO OBRA DE REFERENCIA LA GUERRA DE LAS GALIAS.-

LA ELECCIÓN IMPERIAL DE 1519, QUE APORTÓ NUEVOS TÍTULOS Y NUEVOS TERRITORIOS A UN JOVEN DESGARBADO DE 19 AÑOS QUE HABÍA RECIBIDO UNA ABUNDANTE HERENCIA; EL ENCUENTRO CON MARTÍN LUTERO EN LA DIETA DE WORMS EN 1521; EL HORROR DEL SAQUEO DE ROMA LLEVADO A CABO POR SU EJÉRCITO EN 1527 Y EL ESPLENDOR DE SU CORONACIÓN A MANOS DEL PAPA EN BOLONIA EN 1530; LA CONQUISTA DE TÚNEZ POR UN EMPERADOR CRUZADO A LA CABEZA DE SU EJÉRCITO EN 1535; EL DESAFÍO AL COMBATE SINGULAR LANZADO EN 1536 CONTRA SU RIVAL, FRANCISCO I DE FRANCIA O LA VICTORIA SOBRE LOS PRÍNCIPES PROTESTANTES ALEMANES EN MUHLBERG EN 1547. LA IMAGEN MÁS PODEROSA DE ESE PODER INCARDINADO AL MONARCA MÁS GRANDE DE LA CRISTIANDAD ES LA RENUNCIA A TODOS SUS TÍTULOS TERRENALES Y SU ETERNO RETORNO A ESPAÑA.  EN YUSTE, ANTE LA MONÁSTICA SOLEDAD, QUEDARÍA EN PAZ CON SU CREADOR.-

 

HIJO VÁSTAGO DE JUANA DE CASTILLA “QUE LOCA NO ESTABA”,

DESPRENDIÉNDOSE DE LAS GLORIAS DEL MUNDO, DEMUESTRA CON CLAREZA Y COHERENCIA EL ALTO VUELO DE SU ESPÍRITU.-

 

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Si la España del XVI floreció en tantos santos, éstos no eran sino los hijos más excelentes de un pueblo profundamente cristiano. Alturas como la del Everest no se dan sino en las cordilleras más altas y poderosas.

 

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Estado e Iglesia en la España del siglo XVI

 

Título: Estado e Iglesia en la España del siglo XVI
Autor: Antonio Mª Rouco Varela
Editorial: Facultad de Teología San Dámaso (Madrid) –

Biblioteca de Autores Cristianos

La publicación del género tesis doctoral suele estar limitada a los ámbitos universitarios y científicos, interesados en la materia objeto de la investigación. En pocas ocasiones la publicación de las tesis doctorales traspasa las fronteras de lo meramente circunscrito a un interés propio de los especialistas. Por otra parte, el desarrollo de la metodología de este tipo de investigaciones no hace fácil su lectura, máxime cuando prima el lenguaje técnico y científico sobre el divulgativo. Son pocas las oportunidades en las que el lector no especialmente iniciado se encontrará con la publicación de una tesis doctoral que supere los obstáculos anteriormente citados y presente un interés nada desdeñable. El caso que nos ocupa es uno de ellos.
La tesis doctoral del hoy cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, puede sorprender a más de uno. En primer lugar, porque nos encontramos ante un texto que, como se señala en el prefacio a la edición alemana, se concluyó en diciembre de 1965, sobre una investigación cerrada bibliográficamente en invierno de 1964. La presente edición nada añade en fecha posterior a los parámetros anteriormente señalados. Sin embargo, como se indica en la contraportada de este libro, «una de las claves para entender la historia española del siglo XVI, y en general de la historia de la Reforma y la Contrarreforma en Europa, está en la respuesta a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El objetivo de la presente investigación es iluminar este problema a la luz de la historia del Derecho Canónico y Eclesiástico. Sigue siendo todavía uno de los pocos estudios científicos sobre la cuestión». Es cierto que los límites de este estudio se encuentran en el marco del Derecho Canónico y Eclesiástico del Estado, pero no es menos cierto que los horizontes de comprensión de la época, que se van desgranando a lo largo de sus páginas, no se circunscriben a esta perspectiva disciplinaria. A partir de los resultados de la Historia General de la Iglesia, de la Historia General de España, de la Historia del Derecho y de la Historia de las ideas políticas, el ya entonces joven profesor Rouco Varela es capaz de construir un marco interpretativo, que ofrezca una respuesta creíble a la no fácil cuestión de las relaciones entre Iglesia y Estado en aquel Siglo de Oro, con un manejo considerable de las fuentes primarias y secundarias que cualifican mucho a cualquier investigación.
La primera parte de este trabajo aborda la problemática de las relaciones entre Iglesia y Estado en el trasfondo de la historia contemporánea y de la política eclesial. Se centra en la común solicitud por la cristiandad en el siglo XVI, ante la amenaza de los factores internos y externos, haciendo particular hincapié en dos fenómenos históricos de rabiosa actualidad: el desarrollo de las configuraciones de los fenómenos de la nación y de los del Estado en la España del XVI. En la segunda parte se analiza la dimensión jurídica de las relaciones entre la Iglesia y el Estado desde muy diversos puntos de vista, que van desde la restricción pública de las inmunidades eclesiales, pasando por la dimensión financiera de la Iglesia en esa época, hasta la realidad histórica de la Inquisición española y la solicitud de los reyes de España por la vida eclesial en su conjunto.
Tres son los criterios que determinan la conclusión de este marco interpretativo: el criterio medieval canónico, el criterio estatal moderno y el factor regalista, que contiene dos medios jurídicos de defensa: el recurso de fuerza en el terreno procesal y la retención de Bulas en el administrativo. La solución que el autor plantea discurre por las siguientes veredas: «La regulación legal de las relaciones entre Iglesia y Estado tenía tantos niveles que es una empresa desesperada el querer encuadrarla en uno de los sistemas políticos eclesiásticos conocidos. En ningún caso se puede hablar de una Iglesia estatal: la base canónica, sobre la que se apoyaba todo el sistema jurídico, las formas legales canónicas, bajo las que se daba la intervención estatal en la vida de la Iglesia, la motivación religiosa recurrente de la misma no permiten llegar a la conclusión de que la Iglesia en España en el siglo XVI descendiera al nivel de un mero instrumento de los reyes, ni en el aspecto jurídico formal ni en el material. Por lo demás, creemos incluso que cualquier intento de poner bajo una fórmula sistemática unitaria la regulación legal de las relaciones entre Iglesia y Estado en la España del siglo XVI equivaldría a hacer violencia a la realidad político eclesial y a la de la Historia del Derecho. La contradicción interna de los tres principios jurídicos rectores determinantes, que sólo reflejaban los mismos contrastes de la realidad política que se encontraba en una revolución histórica, era ciertamente demasiado grande como para permitir que surgiera un sistema político eclesial firmemente ensamblado».
Una sorpresa final y un agradecimiento: hace ya mucho tiempo que el papanatismo cultural ha supuestamente recluido a don Marcelino Menéndez Pelayo a las cavernas de lo culturalmente incorrecto. Da gusto leer una cuidada interpretación del pensamiento del polígrafo montañés y cántabro, joya aún no explotada por el patriotismo constitucional vigente. Un agradecimiento sincero a la Facultad de Teología San Dámaso por poner un grano de arena significativo y significante en la publicación de la tesis doctoral de quien es su Gran Canciller.

Agradecemos al autor - José Francisco Serrano. I. MMII

 

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Existe una infinidad de cosas fascinantes en la Historia España. Y existe asimismo un desconocimiento enorme de nuestra propia cultura, tanto entre españoles como entre extranjeros. Hagamos lo posible por divulgar nuestro pasado y estemos orgullosos de él.

 

La herencia que le vino a España a través de Carlos V fue causa de muchas glorias militares, pero también de unos desgastes físicos y económicos gigantescos. La defensa de los territorios así heredados, tanto en Flandes como en Alemania, hubiera carecido de sentido en otra época o en otro lugar. No en la Europa del siglo XVI y no en la mentalidad religiosa del Gobierno y del pueblo español. En el ambiente de la Reforma y la Contrareforma, los intereses públicos dejaron de ser exclusivamente políticos y se revistieron del manto de la Religión. Las guerras, unas civiles, otras internacionales, eran motivadas en gran parte por las ideas religiosas. Muchos, naturalmente, se aprovecharon de esas ideas para conseguir sus fines. Francisco I y otros Reyes de Francia, por ejemplo, no vacilaron en aliarse con el turco en detrimento de la Cristiandad. En Inglaterra, Enrique VIII, bajo el pretexto de sentimientos religiosos, originaba el cisma que aún hoy perdura. Esos sentimientos religiosos no le impidieron ejecutar a tres de sus seis esposas, además de otras notables personalidades, como Tomás Moro. Los príncipes alemanes vieron en la rebeldía de Lutero no un ideal de reforma, sino una oportunidad para enriquecerse a costa de las propiedades de las iglesias, que con frecuencia fueron destruídas. Por ejemplo, en 1566 en los Países Bajos en un ambiente de anarquía general, más de 400 iglesias y monasterios fueron saqueados o destruídos en un plazo de cuatro días. Frailes y monjas fueron maltratados o asesinados. Sólo se salvó una pequeña parte de los tesoros y bibliotecas medievales. La gran catedral de Amberes, con sus inmensas riquezas artísticas, quedó sólo con las paredes desnudas, el tejado y las columnas. Hasta los mismos muertos fueron desenterrados y robados. Acontecimientos semejantes tuvieron lugar a través de Europa una y otra vez. Frente a la anarquía general, el Emperador Carlos V y sus ejércitos españoles, y más tarde su hijo Felipe II, lucharon en todos los campos de Europa con la idea y el fin de proteger la Religión. Esto no quiere decir que estuvieran enteramente libres de ambiciones políticas; pero éstas eran subordinadas a la misión que profundamente creían la Divina Providencia les había encomendado. Lo mismo se puede decir de la empresa americana. Naturalmente que el oro, el afán de enriquecerse y el hambre de aventuras, fueron impulsos importantes. Pero la idea motora no cabe duda que fue la evangelización de las tierras descubiertas.

 

Edad de Oro (Siglos XVI-XVII)

 

La Edad de Oro duró desde la muerte de Jorge Manrique en 1479 hasta la de Calderón en 1681.

 

“El matrimonio de Fernando con Isabel, completando así la unidad nacional, puso a su disposición uno de los más importantes Estados de Europa. Su victoria sobre los moros, y la conquista del reino de Granada, los matrimonios políticos de sus hijos, los éxitos de sus ejércitos en Italia, sus afortunadas maniobras diplomáticas, y finalmente el descubrimiento de América y la intoxicación de la ulterior conquista, y el enriquecimiento repentino de la nación española, todos estos triunfos dieron a España un prestigio tal como no se había conocido en Europa desde los mejores días del Imperio Romano.” (Louis Bertrand)

“El siglo de Oro de las artes españolas, con ser tan admirable, es sólo un asomo o un anuncio de lo que hubiera podiiido ser si, terminada la Reconquista, hubiéramos concentrado nuestras fuerzas y las hubiéramos aplicado a dar cuerpo a nuestros propios ideales. La energía acumulada en nuestra lucha contra los árabes no era sólo energía guerrera, como muchos creen; era energía espiritual. Si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente en que nos puso, lo mismo que la fuerza nacional se transformó en acción, hubiera podido mantenerse encerrada en nuestro territorio, en una vida más íntima, más intensa, y hacer de nuestra nación una Grecia cristiana.” (Angel Ganivet)

“Tal vez el período más español, más castellano de la cultura de España es el último tercio del siglo XVI, en plena Contrareforma, cuando Santa Teresa escribió su Camino de Perfección, el músico Victoria, también de Avila, compusoo su motete Ascendens Christus in altum y Fray Luis de León su breve Oda a la Ascensión; cuando el castellano Juan de la Cruz escribía sus ardientes poesías, y el Greco, nacido en Creta, pero toledano for espacio de cuarenta años, llenaba sus telas con el llamear del espíritu. El genio castellano voló hacia el cielo en un éxtasis místico, expresándose en inmortales obras maestras del arte y la literatura, en las que se vertieron grandes tesoros de vida y energía, de pensamiento y de dolor, de pasión y de fe. En un país de energías menos abundantes, la luz y la llama, tras esfuerzon tan duraderos y tenaces, hubieran podido apagarse definitivamente, expirando con la vida de Felipe II, a finales del siglo XVI. Pero España avanzó hacia nuevos triunfos. Fueron posibles gracias a la unidad que ofrecía la Religión, expresada en la literatura mística del siglo XVI y en los autos sacramentales del XVII, y gracias a un último intento de incorporar el pueblo al Renacimiento expresado en el arte de Ribera y Velázquez, en el teatro de Lope de Vega y Tirso de Molina, y en las novelas de Cervantes.” (Audrey Bell)

En aquel tiempo “el cuádruple furor de la Musas, de Dionisio, de Apolo y de Venus se había apoderado de toda España y había formado un pueblo de espíritus exaltados y románticos” (Karl Vossler)

“Dios nos concedió la victoria y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la Historia humana: El de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el Cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceylán, y las perlas que adornaban la cuna del Sol y el tálamo de la Aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco. Dichosa edad aquella de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España era, o se creía, el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas, o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura, y el entregar a la iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebatara la herejía. España, evengelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; es es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra...” (Menéndez y Pelayo)

“La España del Siglo de Oro es aún más grande que sus soberanos. Con todo, son estos muy grandes. La prudencia política de Fernanco, la nobleza de Isabel, la grandeza de alma de Carlos, la abnegación de Felipe para su ideal, la labor enorme y constante de los cuatro al servicio del Estadoo merecen respeto y admiración. Poseen la gloria de haber sido antimaquiavélicos en un tiempo en que imperaba el maquiavelismo. Ellos han sido los primeros soberanos modernos: Gracias a ellos, España, en general tan poco organizada, pudo dar el modelo de la organización del Estado, algo olvidado desde Roma, y desecado entre conceptos de legistas sin escrúpulos, y cuya restauración, aunque con insuficientes medios, habían de comprender aquellos príncipes. Los recursos que el Imperio les procuraba hiciéronles concebir con grandeza: Tuvieron una hacienda, un ejército, una administración, que los demás imitaron poco o mucho, aprovechándose de su experiencia aunque sin dejar de denigrarlos”. (Maurice Legendre)

“El español de la Edad de Oro observa el principio simple y medieval, pero amplísimo, de devoción a Dios, al Rey y a la Patria. La ambición de todos era propagar la fe, engrandecer el Imperio, enriquecerse a sí mismos y enriquecer al Rey”. (Audrey Bell)

Los Reyes Católicos ponen fin a la Edad Media e inauguran la Edad Moderna y el Renacimiento español. Mientras en el resto de Europa reinaba todavía en el siglo XV un sistema político feudal, España es el primer país de Europa que realiza su unidad territorial, inventa la nueva institución del Estado moderno y establece el primer imperio colonial. La historia de España en el siglo XVI es la historia de Europa. Los Reyes Católicos lucharon por la unidad religiosa de España, Carlos V luchó for la unidad religiosa de Europa. Fue una empresa quijotesca, guiada por un idealismo religioso que desangró y empobreció al país. Muchos intelectuales de la época estaban conscientes de la situación, pero no la hubieran cambiado si hubiera dependido de ellos mismos. El español del tiempo se consideraba como un instrumento de Dios, y su lucha era una lucha sagrada por el mantenimiento de una religión amenazada por dentro y por fuera. La economía tomaba segundo lugar. El deber y la gloria prevalecían. Los intereses materiales se entremezclaban con los fines religiosos, pero éstos determinaban el curso de los acontecimientos. Don Quijote, en la búsqueda de un ideal imposible, viviendo en un mundo ya fenecido, refleja la situacíon de la España del siglo XVI.

A pesar del declive del poder español durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, ambos reyes fueron entusiastas protectores de la literatura y de las artes, en las que España definitivamente continuaba siendo la primera potencia del mundo. El teatro español marcó la pauta al resto de Europa, que imitó o copió a Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón, y aún a otros de menos talla.

 

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III Duque de Alba

 

Fernando Alvarez de Toledo y Pimentel
1507 - Lisboa 1582 - General y consejero
España

 

La figura del duque de Alba se encuentra entre las más importantes de la historia del siglo XVI español. Su labor como militar implicado en los conflictos más destacados de su tiempo se compagina con la de cortesano, estableciendo a su alrededor un importante grupo de poder que recibirá la denominación de partido albista, enfrentado a los ebolistas de Ruy Gómez y Antonio Pérez. Don Fernando fue educado en las armas por su abuelo, Fadrique Alvarez de Toledo, ilustre militar que había participado en numerosas campañas con los Reyes Católicos y Carlos I. En 1522 don Fernando, con quince años, contrae matrimonio con María Enríquez, miembro de una de las más prestigiosas familias castellanas, lo que nos muestra la importancia de la política matrimonial en la alta nobleza De este enlace nacerán dos hijos: Fadrique y Diego. Pronto el de Alba decidió participar en la guerra, abandonando su hogar para ponerse a las órdenes del condestable de Castilla y rendir Fuenterrabía (1524). Esta hazaña le valió su entrada en el ejército imperial con el que participara en la toma de Argel (1535) y en la famosa batalla de Mühlberg (1547) donde el emperador vencerá a los protestantes. Con el nuevo monarca, Felipe II, don Fernando tendrá un destacado papel tanto militar como político, defendiendo los postulados más rígidos e intransigentes con los que afianzar el papel de España en Europa. Participará en las guerras de Italia y en Flandes donde su papel será destacado como sofocador de la revuelta, lo que motivará el encendido odio de la población hacia su persona. Como gobernador de los Países Bajos promovió la creación del Tribunal de los Tumultos e impulsó nuevos tributos lo que convirtieron su gobierno en tremendamente impopular, propiciando su caída en 1573. De regreso a España fue apresado por el rey ya que don Fernando apoyaba el matrimonio de su hijo Fadrique frente al rechazo del monarca. Debemos considerar que los enlaces matrimoniales de la nobleza debían contar con el beneplácito real. Pero rápidamente el de Alba participará en un episodio militar: la conquista de Portugal tras ser Felipe II nombrado rey del país vecino en las cortes de Thomar (1580). Su heroico papel motivará el nombramiento de condestable de Portugal y miembro de la Orden del Toisón de Oro. Poco tiempo tuvo de disfrutar de ambos honores ya que don Fernando falleció en Lisboa en 1582, a los 75 años.

 

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AUGE Y CAÍDA DEL IMPERIO ESPAÑOL

 

1516: A la muerte de Fernando de Aragón, la Corona española recae sobre Carlos I de España y V de Alemania, el cual reúne bajo un solo cetro los reinos españoles de Castilla y Aragón, más los dominios italianos y europeos de los Habsburgo.

1519: Carlos es coronado emperador del Sacro Imperio Romano (28 de junio), lo que envuelve a España en interminables guerras; el monarca se enfrenta al Imperio Otomano, toma prisionero en Pavía a Francisco I de Francia e intenta resolver el grave problema de la Reforma.

1556: Carlos abdica y se confina en el monasterio de Yuste (donde muere dos años más tarde), dividiendo sus dominios entre su hijo Felipe II y su hermano menor Fernando I. La mayor parte del Imperio permanece en manos de la rama española de la Casa de los Austria.

1571: Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, derrota a los turcos en la batalla naval de Lepanto.

1588: Desastre de la Armada Invencible contra Inglaterra. El declive de España se hace más notable.

1700: Con la muerte de Carlos II, termina la dinastía de los Habsburgo y estalla la Guerra de Sucesión española, en la que se ven envueltas Francia, Inglaterra y Austria.

1714: La guerra termina. Francia impone a Felipe de Anjou (Felipe V), nieto de Luis XIV, como rey de España. España pierde Bélgica, Luxemburgo, Milán, Nápoles, Cerdeña, Menorca y Gibraltar

 

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El despotismo perfecto parte de convertir la verdad en mentira y la mentira en verdad.

 

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"Se recurre con frecuencia a la calumnia, la mentira, el infundio, sin preocuparse de contrastar la información para comprobar su veracidad. Ello obedece a la táctica de que se sabe que una vez vertida una información negativa sobre algo o alguien, cosa que es muy fácil, demostrar la verdad requiere un gran esfuerzo y tiempo y gran parte del daño queda hecho de todas maneras." (Jesús Sáiz Luca de Tena y Mercedes Soto Falcó)

 

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«Usted no debe decirnos lo que dijo el soldado ni ninguna otra persona, señor», respondió el Juez: «Esto no es evidencia.»

 

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paisaje de la América del norte - gracias por venir a visitarnos 

 

Si alguna frase o proposición se hubiere deslizado en la presente Web, no del todo conforme a la fe católica, la reprobamos, sometiéndonos totalmente al Supremo Magisterio del Papa, jefe venerado de la Iglesia universal, en comunión con todos los Obispos del mundo entero –efectiva catolicidad, universalidad tal como el Cristo pidió.

 

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La libertad religiosa no es una dádiva del gobierno, es un derecho humano fundamental que todo gobierno que se diga democrático, además de respetarlo, debe fortalecerlo.

 

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Benedicto XVI: el amor «es la fuerza que renueva el mundo».

 

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Tras la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética, se constituyó una Comisión para la rehabilitación de las víctimas de la represión política. Su Presidente, Vladimir Paulovich Naumov, afirmó en 1996: «Ningún estamento como la Iglesia sufrió tanto durante el comunismo. Medio millón de sacerdotes fueron perseguidos, deportados o encerrados en campos de concentración. 200.000 fueron exterminados, por orden de Stalin».

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Cien millones de muertes atribuidas directamente a los regímenes comunistas de todo el mundo, en 90 años de existencia, no han sido suficientes para que los partidos comunistas hayan dejado de existir en las democracias modernas.- 2007

 

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El perdón libera el espíritu, desata la alegría, produce magnanimidad y hace noble al culpable como al inocente.

 

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Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

 

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«Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono (...). La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable (...). Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios (...). «El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85a potencia... ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: ¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!» Por Enrico Medi  2005.

 

 

Por venir a visitarnos, nuestro agradecimiento.

Anno Domini 2007 - "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

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«Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio.

Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte sino con tu buena voluntad». San Pedro Crisólogo (hacia 380?ca.450), Obispo de Rávena, doctor de la Iglesia - Sermón 168, 4-6; CCL 24B, 1032

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¡¡¡ paz y bien !!! Paix et bien!!! frieden und guten! Pace e bene! Peace and godness! “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

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In Obsequio Jesu Christi.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).