Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Leyendas Negras > México - 4º Cristiada, o revuelta de los Cristeros, Constitución 1917

Cada vez que nos instruimos con honestidad y apertura intelectual, podemos distinguir dónde se esconde enmascarada una mentira insidiosa. Un capítulo menos en la leyenda negra, tan falaz como voluminosa, valga la antítesis, pues no siempre una mentira se convierte en realidad, por muchas veces que se repita.... si sabemos desenmascararla, si con habilidad la descubrimos.

 

 

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Quería que me diera su opinión sobre el papel que desempeñó la Iglesia en el descubrimiento de América y sobre todo de fray Bartolomé de las Casas.

 

En el descubrimiento ninguno (lo que, por otra parte, es normal). Si se refiere al periodo de conquista y colonia, fue muy importante ya que estuvo vinculado a la educación, la culturización, la defensa de los indios y el cambio de creencias religiosas. 2. Mi opinión sobre Bartolomé de las Casas es menos generosa de lo que suele ser habitual. Seguramente, era hombre de buena fe pero muchos de sus juicios son disparatados.

Dr. en historia antigua César VIDAL, filósofo, teólogo 2005-04-12- L.D.España

 

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La Cristiada, o revuelta de los Cristeros

 

 Juan Pablo II ha recordado a menudo que nuestro siglo, dolorosamente surcado por enormes tragedias, ha conocido el regreso de los mártires como resultado de los diversos totalitarismos y, sobre todo, del clima ideológico y cultural que, después de doscientos años de sueños de la razón, ha querido violentar a la naturaleza y al hombre en nombre de la pretensión de la utopía y de su realización práctica. Entre otros, destaca, por el hecho en sí y por la remoción histórica a la que fue sometido, el martirio en México, acaecido a finales de los años veinte.

 

La revuelta, que duró tres años (1926-1929), fue llevada a cabo por el movimiento campesino autónomo más importante de América Latina durante en siglo XX y, sin duda, uno de los principales en el ámbito mundial. El levantamiento supuso la reacción de una sociedad campesina, tradicional y católica contra el autoritarismo del Estado nacido de la Revolución de 1917. Un evento de considerable importancia que, aunque parezca increíble, no es tratado en ningún libro de texto de historia. Cabe mencionar que el de los Cristeros fue el martirio típico del siglo XX, época caracterizada por los repetidos intentos de construir, más que una nueva sociedad, "hombres nuevos". Todos han dejado tras de sí un gran derramamiento de sangre y han compartido el empeño por desembarazarse, ideológica y materialmente, de la presencia histórica de la Iglesia.

 

¿Qué valor tiene profundizar?

 

La Cristiada pone de manifiesto cómo lo que permitió a cualquier hombre de nuestra tierra vivir en libertad fue la pertenencia a ese pueblo que es la Iglesia.

 

Todo lo que ocurrió expresa el talante de este pueblo y que la fuerza del individuo radica en la conciencia que tiene de lo que es y del ideal por el que vive. Los hombres que lucharon y murieron en la guerra cristera lo hicieron para afirmar su pertenencia a Cristo y, con ello, testimoniaron que la libertad no es una condición física o social, sino un reconocimiento de que el hombre depende de Dios y no del poder.

 

Es significativo el hecho de que el poder, en su afán por apoderarse de la persona y manipularla para sus fines, no esté en contra de tener ni de creer en un Dios, pero sí de la existencia de la Iglesia como realidad histórica y lugar donde se educa al pueblo en la libertad.

 

Antecedentes

 

El conflicto entre la Iglesia y el Estado mexicano, que llega a su máxima expresión con la persecución violenta del gobierno de Calles y la guerra de los cristeros, hunde sus raíces en la asunción, por parte de la elite gobernante (ya en época de los Borbones), de una mentalidad de corte liberal e ilustrada que ve en la Iglesia Católica al enemigo más peligroso del Estado, del progreso y la racionalidad. Los hombres pertenecientes a la facción victoriosa en las guerras de "Reforma" e intervención (1858-1867), con las que culminaba una larga serie de enfrentamientos entre los partidos históricos mexicanos - el liberal y el conservador - llevaron a la práctica una serie de medidas que proclamaban la separación tajante entre la Iglesia y el Estado y disminuían gravemente el papel social de la primera: sanciones a los funcionarios que asistían a actos religiosos, confiscación de todas las propiedades eclesiásticas y abolición de órdenes monásticas (son las llamadas Leyes de Reforma).

 

Durante la larga dictadura del general Porfirio Díaz (1876-1910), el conflicto entre la Iglesia y el Estado conoce un período de tregua. Bajo su gobierno, la Iglesia Católica llevó a cabo una "segunda evangelización", desarrollando numerosos movimientos de acción cívica y social dentro del espíritu renovador de León XIII. Estaba en plena expansión cuando sobrevino una revolución que, durante sus tres primeros años, le fue favorable.

 

La facción triunfante

 

Pero la caída del presidente demócrata Francisco Madero (febrero de 1913) volvió a atizar la revolución, y la facción triunfante se volvería en poco tiempo contra la Iglesia Católica. Los vencedores, hombres del norte, blancos marcados por la cercanía con la frontera norteamericana, imbuidos por los valores del protestantismo y del capitalismo anglosajones, desconocían el viejo México mestizo, indio, católico.

 

Para ellos, la Iglesia Católica encarnaba el mal, y no tenían los medios para comprender esta reflexión de Don Porfirio, el viejo jacobino que se había vuelto conciliador: «No hay riquezas considerables entre las manos de la Iglesia, y sólo hay levantamientos populares cuando el pueblo es herido en sus tradiciones inextirpables... La persecución de la Iglesia, esté o no concernido el clero, significa la guerra, y una guerra tal que el gobierno no puede ganarla más que contra su propio pueblo, gracias al apoyo humillante, despótico, costoso y peligroso de los Estados Unidos. Sin su religión México está perdido sin remedio».

 

El carrancismo, que agrupaba a las facciones victoriosas de la revolución, se distinguiría por su furioso anticlericalismo, al contrario del villismo y el zapatismo. Los carrancistas destruyeron iglesias, colgaron sacerdotes y cerraron conventos, y en pleno auge de su victoria emprendieron el sometimiento definitivo de la Iglesia, a la que consideraban su enemigo secular.

 

La Constitución de 1917

 

Elaborada por las victoriosas facciones carrancistas y obregonistas, estableció una política de suma intolerancia religiosa, mucho más que la de las Leyes de Reforma o la Constitución de 1857. En ella se repetían anteriores leyes reformistas, tales como la que prohibía los votos religiosos y la que prohibía a la Iglesia poseer bienes raíces. Pero la nueva Constitución fue más lejos. Se privó a la Iglesia de toda personalidad jurídica. Se prohibió el culto público fuera de las dependencias eclesiásticas, a la vez que el Estado se arrogaba el derecho de decidir el número de iglesias y de sacerdotes que habría. Se negó al clero el derecho de votar y a la prensa religiosa se le prohibió hacer comentarios relativos a los asuntos públicos. Asimismo, señaló que toda la educación primaria debía ser laica y secular, y que las corporaciones religiosas y los ministros de cultos estarían impedidos para establecer o dirigir escuelas primarias.

 

El gobierno de Obregón

 

Los católicos no ofrecieron una respuesta violenta cuando la Constitución entró en vigor, y se optó por iniciar una lucha pacífica para modificar aquellas partes que les afectaban directamente. Durante el gobierno del general Álvaro Obregón (1920-1924), quien logró el reconocimiento del gobierno norteamericano al dar cabida a sus intereses de explotar los yacimientos petrolíferos mexicanos, las relaciones entre la Iglesia y el nuevo Estado revolucionario estuvieron marcadas por una creciente tensión y la práctica imposibilidad de llegar a una conciliación benéfica para ambas partes. Los choques entre los miembros de la CROM, fuerte organización sindical de inspiración marxista-leninista apoyada oficialmente, y miembros de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) se convirtieron en noticia cotidiana. El suceso más grave ocurrió en enero de 1923, cuando el delegado apostólico del Vaticano, monseñor Ernesto Philipi, acudió al Cerro del Cubilete a consagrar a Cristo Rey. El gobierno del general Obregón interpretó tal acto como un abierto desafío a la autoridad y flagrante ataque a la Constitución y acordó que se aplicara a Philipi la sanción derivada del artículo 33 constitucional, obligándosele inmediatamente a abandonar el país.

 

El presidente Calles

 

A raíz de la toma de posesión del general Plutarco Elías Calles como presidente de la República, las relaciones entre el gobierno y los católicos entraron por un cauce de mayor tirantez. A decir de Jean Meyer, Calles fue el representante del grupo de hombres políticos que, en México, en España o en otros lugares, piensan que el catolicismo es incompatible con el Estado, que el católico no puede ser un buen ciudadano puesto que su primera lealtad es con Roma. Él mismo profesa un odio mortal a la Iglesia católica y aborda la cuestión con espíritu apocalíptico; el conflicto que empieza en 1925 es para él la lucha final, el combate decisivo entre las tinieblas y la luz. Calles proponía un nacionalismo nuevo, un Estado monolítico y una Revolución perpetua, en la cual los ciudadanos no deberían lealtad a nadie más que al propio Estado.

 

Calles preconiza el protestantismo y la Iglesia nacional como una necesidad lógica del Estado moderno. En su pensamiento racionalista, quería realizar el sueño del siglo XIX y absorber la religión dentro de la filosofía del Estado.

 

Un infructuoso intento

 

Los católicos, tradicionalmente separados de la política oficial, representaban un peligro en la medida en que eran dinámicos y emprendedores. Lo inacabado de la entidad nacional moderna puesta en obra por los liberales y el Porfiriato, impulsó al Estado revolucionario a suplir esa condición con la omnipresencia de un sistema centralizado de control y de represión que no dejaba ninguna alternativa.

 

El gobierno de Calles dio comienzo con un infructuoso intento de crear un cisma y una iglesia nacional. El 21 de febrero de 1925 un grupo de hombres de la CROM se apodera del templo de la Soledad, en el centro de Ciudad de México, y trata de establecer allí la "Iglesia Católica Mexicana", que tendría como autoridad al "patriarca" Joaquín Pérez. Este intento fallido (la parroquia es recuperada el día 23 por el pueblo) de dividir por la fuerza a la Iglesia suscitó una profunda impresión en la opinión pública, dando lugar a una gran movilización de los católicos en defensa de las iglesias y los sacerdotes.

 

Los choques de la población civil con las milicias comunistas y con las fuerzas policiales se multiplicaron, y se intensificó gravemente la represión en distintas regiones del país. El gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canabal, puso en vigor un decreto que obligaba a los sacerdotes a casarse para poder oficiar, y en Tamaulipas se prohibió oficiar a los sacerdotes extranjeros. El obispo de Huejutla, Manríquez y Zárate, elevó sus protestas en una carta pastoral, por lo que fue apresado posteriormente. A los once meses fue liberado bajo fianza y luego expulsado del país.

 

La Liga Nacional

 

Estas iniciativas de Calles motivaron que varios grupos de activistas católicos se juntaran para formar la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa en marzo de 1925, dirigida por el abogado Miguel Palomar y Vizcarra, oriundo de Jalisco. La nueva organización pretendía conquistar la libertad religiosa empleando medios que fueran "constitucionales" y también "los que se requiriesen para el bien común". La Liga, que ramificó sus representaciones por todas las entidades federativas, fue declarada ilegal por el gobierno, viéndose obligada a proseguir sus actividades en la clandestinidad. Paralelamente se crearía, en situación de emergencia, un Comité Episcopal que representaría a todo el episcopado mexicano, con el fin de tratar con el Gobierno todos los asuntos concernientes a la modificación de las leyes que entonces mantenían al clero en manos del Estado.

 

La "Ley Calles"

 

En los años 1925 y 1926 el régimen intensificó deliberadamente el conflicto. En octubre, el estado de Tabasco prohibió el culto católico, y en Chiapas, Hidalgo, Jalisco y Colima se adoptaron severas medidas contra los practicantes de la religión. Los acontecimientos se precipitaron con la Ley Calles de julio de 1926, que equiparaba las infracciones en materia de cultos con los delitos de derecho común. En ella se limitaba el número de sacerdotes a uno por cada seis mil habitantes y se ordenaba que aquellos se registraran ante las autoridades municipales, quienes otorgarían su respectiva licencia para ejercer. La Ley incluye también delitos relativos a la enseñanza confesional y sus disposiciones hacen desaparecer prácticamente la libertad de enseñanza en el país y el derecho de los padres a educar a sus hijos en la fe. Inmediatamente después de su entrada en vigor, se clausuraran numerosos templos, así como capillas particulares y conventos, y se incautaran escuelas religiosas en todos los rincones de la república.

 

La respuesta inmediata

 

La respuesta del clero y el laicado fue inmediata. En primera instancia, se presentó al Congreso una demanda de reforma constitucional firmada por dos millones de católicos, que fue desechada inmediatamente por las cámaras (con el pretexto de que, al haber manifestado su sumisión al Papa extranjero, habían perdido su calidad de ciudadanos mexicanos y por ende el derecho de petición). Frente a tal circunstancia, la Liga decidió entrar en lucha a través de medios que sobrepasaran a aquellos estrictamente legales, sin recurrir nunca a la violencia. De ese modo animó a la población católica a ejercer un boicot contra el Gobierno, a fin de presionarlo para que derogara los recientes decretos. El boicot incluía principalmente la abstención del pago de impuestos y el minimizar el consumo de productos ofrecidos por el Estado: no comprar lotería, no utilizar vehículos de motor para no comprar gasolina, y otras medidas. El boicot, a pesar de que el Gobierno lo negara y de que no consiguiera sus fines, tuvo graves repercusiones sobre la vida económica nacional. El general norteamericano Edwin B. Winans, invitado a la inauguración del campo militar de Torreón, cuenta que las actividades comerciales se habían reducido en un 75%, de agosto a diciembre de 1926, por los efectos conjugados de la baja del algodón, la plata y el plomo y por el boicot.

 

Se agrava la crisis

 

Después de haber agotado todos los recursos posibles, la Iglesia católica respondió con la suspensión del culto público en todo el país, a partir del 31 de julio de 1926, a fin de mostrar al mundo que la Iglesia en México no estaba en condiciones de ejercitar libremente su actividad y su misión. Con la aprobación del Vaticano, los obispos mexicanos interrumpieron todos los cultos públicos y retiraron el clero de las iglesias. El domingo primero de agosto de 1926 ningún sacerdote celebró misa en las iglesias parroquiales de México. Este acontecimiento, jamás visto en la historia nacional, produjo una enorme impresión en el pueblo. Durante los días anteriores a la suspensión, la gente se volcó en masa a las iglesias para la administración de los sacramentos, y hubo miles de bautismos, comuniones y matrimonios. Las casas se convirtieron en oratorios, y el Papa autorizó una liturgia breve para la misa, permitiendo a los sacerdotes celebrar en cualquier lugar y aún sin vestimenta sacra.

 

Ante el César

 

Al día siguiente de la suspensión de cultos, hubo brotes de inconformidad por todo el país. Tras los primeros levantamientos espontáneos, el gobierno cometió el error de arrestar a numerosos sacerdotes e intensificar la represión, lo que provocó aún más reacciones populares. La movilización de las milicias agraristas, la llegada de guarniciones ahí donde nunca habían visto soldados, el desarme general y las primeras exacciones, terminaron de convencer a los espíritus. Para el pueblo, conmocionado por la suspensión de los oficios y la represión oficial, las cosas estaban claras. A la lentitud poco convincente de la lucha civil, la población prefirió la guerra a la que Calles la convidaba. «El César es poderoso y quiere que de grado o de fuerza los pequeños lo veneren y casi lo adoren, pero muchas veces un hombre simple puede humillar la soberbia del poderoso», comentaba en 1968 el antiguo cristero Ezequiel Mendoza.

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Un capítulo menos en la leyenda negra, tan falaz como voluminosa, valga la antítesis, pues no siempre una mentira se convierte en realidad, por muchas veces que se repita.... si sabemos desenmascararla, si con habilidad la descubrimos.

 

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El levantamiento

 

En 1927, México vivía una situación crítica provocada por los sucesivos ataques que desde el gobierno de la nación se lanzaban contra la esencia de su identidad. Todo un pueblo, unido por un mismo grito: "¡Viva Cristo Rey!", se levantó en armas contra el poder.

 

Al tiempo en que Calles esperaba suprimir el "fanatismo" del pueblo cortándolo de raíz, un sector del pueblo en el occidente de México se levanta en armas. La "causa" era clara: luchaban por la apertura de cultos, por la religión y su libertad. La rebelión militar, iniciada el 1° de enero de 1927, consiguió arraigar en Zacatecas, Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Querétaro y Guanajuato, zona desde la cual se expandió a los alrededores y a centros más alejados. La sublevación fue masiva y unánime en todos los pueblos y rancherías de la región. Sin embargo, y pese a las primeras derrotas infringidas al movimiento, los militares no tenían los medios para lograr su objetivo de vencer a los sublevados. La represión y la búsqueda de una solución militar al conflicto echaban leña al fuego y propagaban la insurrección por las cuatro esquinas de la meseta central. Enfurecido por una represión sangrienta y por una verdadera persecución religiosa - todo sacerdote capturado en los campos era fusilado, todo acto religioso se consideraba un delito que podía castigarse con la muerte -, el pueblo se lanza activamente a la lucha, directa o indirectamente. Por cada cristero combatiente, "bravo", hay 9 pacíficos, "mansos" .

 

El jefe

 

En poco tiempo los combatientes levantados en enero de 1927 se convierten en guerrilleros. A principios de julio de 1927, eran ya 20,000, operando espontáneamente y sin organización. México tiene entonces 15 millones de habitantes en 2 millones de kilómetros cuadrados y un ejército de 50 a 70 mil hombres. Armados con fusiles tomados al enemigo, bien montados y siempre escasos de municiones, en su movimiento es notoria la ausencia de un jefe que les diera su nombre (no como ocurriera con Zapata y los zapatistas o Villa y los villistas). Aquellos insurgentes se llamaban al principio los "populares" o también los "defensores" o los "liberadores"; después los soldados del gobierno les dieron un mote que pasó a la historia. Como atacaban y morían ante el pelotón de ejecución al grito de ¡Viva Cristo Rey!, los llamaron Cristo-Reyes y después cristeros. Así fue como el ejército reconoció al jefe de esos insurgentes indomables .

 

Un pueblo en lucha

 

Durante todo el conflicto, los campesinos cristeros consiguieron conducir un movimiento sin cuadros exteriores e imaginaron un programa político en el seno de un pueblo. El cambio que el pueblo propugnaba se parecía poco a aquel que soñaba para él la "vanguardia" que imponía, haciendo uso de la fuerza, su revolución, su aculturación. Frente al anticlericalismo radical de los triunfadores de la "Revolución Mexicana", el pueblo tomó las armas para defenderse. El ejército estaba integrado hasta por mujeres y niños, movilizados en el aprovisionamiento, los contactos y la información, y condujo su combate bajo todos los frentes: producción, educación, moralización, salud, religión.

 

Un pueblo humilde, a menudo engañado por un poder que en vez de servirlo persigue sus propios intereses, pobre, pero decidido a salvar su dignidad. Todo se le pudo robar, pero no su pertenencia. A mediados de 1927, Luis Gutiérrez decía: «No queríamos abandonar la Iglesia en manos de los militares. ¿Qué haríamos sin ella, sin sus fiestas, sin sus imágenes, pues escuchaban pacientes los lamentos? El Gobierno nos quitó todo, nuestro maicito, nuestras pasturas, nuestros animalitos, y como si le pareciera poco, quiere que vivamos como animales, sin religión y sin Dios. Pero esto último no lo verán sus ojos, porque cada vez que se ofrezca hemos de gritar de a de veras: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva la unión popular!».

 

Guerrillas

 

El delegado apostólico Leopoldo Ruiz y Flores señalaba la falta de unidad bajo un solo mando y de un líder para el levantamiento. En 1928, Enrique Gorostieta, militar de carrera que había servido en el ejército federal bajo el presidente Huerta, personaje bastante misterioso, liberal y masón, adoptó la causa de los cristeros a pesar de no compartir su fe. Tras una eficaz campaña en los seis estados del centro-oeste, Gorostieta dio a conocer su plan de Los Altos el 28 de octubre de 1928, el día de la fiesta de Cristo Rey, en el que aceptaba el cargo de jefe militar del movimiento libertador. Su intención era devolver la libertad al pueblo mexicano y lograr la reconstrucción política de la nación, apoyándose en el texto original de la Constitución de 1857 sin las Leyes de Reforma. Enseguida se consolidó como jefe nacional de la insurrección y en poco tiempo se volvió un ejecutante notable de la guerra de guerrillas, que caracterizaría a la contienda. Tenía confianza en los "libertadores" y en el apoyo de todos los mexicanos, a quienes invitaba a unirse a la lucha que llevaría como lema "Dios, Patria y Libertad".

 

A mediados de 1928, dos años después de los inicios de la crisis, los cristeros no podían ser ya vencidos militarmente; y el gobierno menos todavía. Sostenido por Estados Unidos (que no podían permitirse la perspectiva de un vacío político en un país difícilmente estabilizado desde 1920, después de diez años de disturbios), dueño de las ciudades, de las vías férreas y de las fronteras, el presidente Calles resistía bien. La Iglesia Católica esperaba pacientemente, pues en otoño el general Obregón sucedería a Calles y ya se habían entablado negociaciones con él. Sin embargo, tras su reelección en julio de 1928, que no fue más que una formalidad - de ningún modo democrática -, fue asesinado por un joven católico, José de León Toral.

 

Un acuerdo necesario

 

La desaparición de Obregón pospuso un acuerdo casi concluido entre el Estado y la Iglesia. Entre tanto, la división creciente entre las facciones obregonistas y callistas desembocaría en un golpe militar pronto aplastado con el apoyo de Estados Unidos, acontecimiento que jugaría en favor de los cristeros. A principios de 1929, ya eran los propios senadores quienes se alarmaban e interpelaban al gobierno: «Hace ya dos años que combatimos a estos hombres y no hemos para nada acabado con ellos. ¿Será que nuestros soldados no saben combatir a los campesinos o que no se quiere terminar con la rebelión? ¡Entonces que se hable de una vez por todas y dejemos de echar aceite sobre el fuego! ¡No olviden que con tres estados más que se levanten de veras... cuidado con el poder público, señores!», exclamaba el senador Lauro Caloca, del estado de Zacatecas (13 de febrero de 1929). El cónsul norteamericano en Guadalajara, capital del occidente del país, en plena zona cristera, planteaba claramente el problema: «Es enteramente improbable que se logre la pacificación, a despecho de todos los esfuerzos del presidente y de los militares, antes de que se solucione la cuestión religiosa». Y su embajador Dwight Morrow, amigo personal de Calles, anotaba el 3 de mayo de 1929 que «si el gobierno no llega a un acuerdo con la Iglesia que permita la reanudación del culto, toda perspectiva de regreso a la normalidad está muy alejada».

 

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Un gran realismo

 

En junio de 1929 el movimiento cristero estaba en su apogeo. Las fuerzas se encontraban bastante equilibradas entre uno y otro bando y parecía inútil continuar por la vía de la contienda militar. Se imponía la necesidad de llegar a un acuerdo.

 

Entrado el año de 1929, el movimiento cristero contaba en el occidente con 25.000 hombres armados y organizados, «muy mal dotados de municiones, lo que los obliga a la guerrilla; hombres disciplinados y morales forman tropas como nunca hubo y como nunca habrá en México», escribía el general Gorostieta en su diario. En el resto del país, había otros 25.000 cristeros más o menos bien organizados, que iban viento en popa, en un momento en el que la federación se encontraba bastante mal.

 

Los Arreglos del 29

 

Para el gobierno, la única manera de salir del atolladero era entenderse con la Iglesia. Urgía hacerlo unos meses antes de las nuevas elecciones presidenciales, para evitar una posible alianza entre las fuerzas políticas urbanas, las facciones revolucionarias de oposición y los cristeros, que hubieran podido hacer el papel de brazo armado de la disidencia.

 

En junio de 1929 el entendimiento cristalizó en los llamados "arreglos", basados en el acuerdo que habían alcanzado (siempre oralmente, ya que nunca llegaron a firmarlo) el presidente Calles y monseñor Ruiz y Flores, por intermedio del embajador norteamericano y la diplomacia francesa, justo antes de la muerte de Obregón, acaecida un año antes. Roma, informada por Washington, dio su autorización, y monseñor Ruiz y Flores, nombrado delegado apostólico, llegó a México en la primera semana de junio. Entre el 12 y el 21 de junio todo quedó resuelto; el 22 la prensa publicaba los "arreglos": la ley no se modificaba, pero se suspendía su aplicación. Se garantizaba amnistía a los combatientes, así como la restitución de las iglesias y de los presbiterios.

 

Amnistía y represión

 

Reanudado inmediatamente el culto, las campanas repicaron en todo el país y se celebró la misa con el entusiasmo popular. Algunos cristeros quedaron consternados, pero depusieron las armas y aceptaron la amnistía en lo que valía.

 

Como consecuencia de los arreglos, los ciudadanos mexicanos obtuvieron la libertad de practicar la religión, pero ningún otro derecho. Al mismo tiempo en que los católicos se desmovilizaban, el gobierno incrementó la represión. En el campo, donde los cristeros eran un verdadero movimiento campesino además de un movimiento de resistencia católica, hubo una matanza de rebeldes indefensos al terminar la guerra, en la que habían perecido cerca de 90.000 combatientes y 150.000 civiles.

 

Estrategias más sutiles

 

Cambiando la estrategia y la modalidad de acción, los gobiernos sucesivos mantuvieron la política de neutralizar el papel social y político de la Iglesia, obligándola a retroceder al interior de los templos y marginándola de la vida civil. Simultáneamente, el Estado revolucionario vería en el protestantismo una alternativa cultural para todo el continente americano, la cual debería iniciar su marcha a partir del México "liberado". El país empezaría a llenarse de pastores protestantes norteamericanos, en medio del favor y el visto bueno del gobierno mexicano y la prensa oficial.

 

¿Miopía o realismo?

 

Mediante la firma de los Arreglos, la Iglesia vuelve a ser tolerada en México, pero viene apartada de la vida social y relegada exclusivamente al ámbito del culto. Esta es una de las causas de la mentalidad que hoy en día parece dominar, también dentro del entorno católico, según la cual la experiencia cristiana se reduce a algo que uno hace en la intimidad, pero no tiene que ver con la totalidad de la vida, incluidas sus facetas social, educativa y política.

 

La relación de los hechos aquí descrita podría llevar a pensar que la Iglesia fue "miope" al aceptar esta solución parcial al conflicto cristero, y que los mismos cristeros, al obedecerla y deponer las armas, tenían un horizonte de su lucha por la libertad muy limitado. Sin embargo, no es así. Muchas veces en la relación misma con el poder establecido, se requiere ir paso a paso para evitar un mayor sufrimiento del pueblo y derramamiento de sangre. En esto la Iglesia manifiesta un gran realismo debido a su interés por el hombre concreto y no por un proyecto "revolucionario" que deba realizarse a toda costa. La negociación de la paz también indica que la lucha que se libró no era una lucha por el poder, por derrocar al gobierno y sustituirlo por otro, sino por la libertad del pueblo y por conservar la presencia cristiana en México, a través de los Sacramentos y del Sacramento que es la Iglesia misma.

 

Franco Cinello y Pablo Mijangos. huellas-c - 14.X.2002

http://www.conoze.com/doc.php?doc=1499

 

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JESÚS MÉNDEZ MONTOYA - Nació en Tarímbaro, Mich. (Arquidiócesis de Morelia), el 10 de junio de 1880. Vicario de Valtierrilla, Gto. (Arquidiócesis de Morelia). Sacerdote que supo hacerse todo a todos no escatimó medios para intensificar la vida cristiana entre sus feligreses. Se sujetó a largas horas de confesionario de donde salían los cristianos convertidos o con anhelos de mayor perfección debido a sus prudentes consejos. Convivía con las familias pobres, era un catequista y guía para los obreros y campesinos; y un asiduo maestro de música que formó un buen coro para las celebraciones. El 5 de febrero de 1928 entraron las fuerzas federales para sofocar un pequeño grupo de cristeros y se dirigieron luego a la casa donde se ocultaba el Padre Jesús, quien trató de salvar un copón con hostias consagradas. Descubierto por los soldados, les pidió un momento para consumir el Santísimo Sacramento y le fue concedido. Después, con dulzura, se dirigió a una de sus hermanas y le dijo: «Es la voluntad de Dios. Que se haga su voluntad». Los soldados le llevaron a unos metros fuera del atrio del templo y lo sacrificaron con tres disparos. El sacerdote que aprovechó sus conocimientos humanos y su ciencia de Dios para hacer amar a Jesucristo, con su sangre proclamó su gran amor a Cristo Rey.

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HOMILÍA DEL SANTO PADRE S. S. Juan Pablo II Pont.Max.

 

Domingo 21 de mayo de 2000 - 1. "No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad" (1 Jn 3, 18). Esta exhortación, tomada del apóstol Juan en el texto de la segunda lectura de esta celebración, nos invita a imitar a Cristo, viviendo a la vez en estrecha unión con Él. Jesús mismo nos lo ha dicho también en el Evangelio recién proclamado: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí" (Jn 15,4).

A través de la unión profunda con Cristo, iniciada en el bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de las virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a los enemigos.

2. Dentro de la peregrinación jubilar de los mexicanos, la Iglesia se alegra al proclamar santos a estos hijos de México: Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos; José María de Yermo y Parres, sacerdote fundador de las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, y María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.

Para participar en esta solemne celebración, honrando así la memoria de estos ilustres hijos de la Iglesia y de vuestra Patria, habéis venido numerosos peregrinos mexicanos, acompañados por un nutrido grupo de Obispos. A todos os saludo con gran afecto. La Iglesia en México se regocija al contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad suprema siguiendo las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron su vida a Dios y a los hermanos, por la vía del martirio o por el camino de la ofrenda generosa al servicio de los necesitados. La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo en las diversas pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado, fruto de la fe arraigada en tierras mexicanas, la cual, en los albores del Tercer milenio del cristianismo, ha de ser mantenida y revitalizada para que sigáis siendo fieles a Cristo y a su Iglesia como lo habéis sido en el pasado.

3. En la primera lectura hemos escuchado cómo Pablo se movía en Jerusalén "predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo" (Hch 9, 28-29). Con la misión de Pablo se prepara la propagación de la Iglesia, llevando el mensaje evangélico a todas las partes. Y en esta expansión, no han faltado nunca las persecuciones y violencias contra los anunciadores de la Buena Nueva. Pero, por encima de las adversidades humanas, la Iglesia cuenta con la promesa de la asistencia divina. Por eso, hemos oído que "la Iglesia gozaba de paz [...] Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo" (Hch 9,31).

Bien podemos aplicar este fragmento de los Hechos de los Apóstoles a la situación que tuvieron que vivir Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros, mártires en el primer tercio del siglo XX. La mayoría pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos seriamente comprometidos en la ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente ejercicio de su ministerio cuando la persecución religiosa arreció en la amada tierra mexicana, desatando un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada en sus comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad mexicana en particular.

Tras las duras pruebas que la Iglesia pasó en México en aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza en un futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y compañeros mártires os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos.

4. "Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó" (1 Jn 3, 23). El mandato por excelencia que Jesús dio a los suyos es amarse fraternalmente como él nos ha amado (cf. Jn 15,12). En la segunda lectura que hemos escuchado, el mandamiento tiene un doble aspecto: creer en la persona de Jesucristo, Hijo de Dios, confesándolo en todo momento, y amarnos unos a otros porque Cristo mismo nos lo ha mandado. Este mandamiento es tan fundamental para la vida del creyente que se convierte como en el presupuesto necesario para que tenga lugar la inhabitación divina. La fe, la esperanza, el amor llevan a acoger existencialmente a Dios como camino seguro hacia la santidad.

Este se puede decir que fue el camino emprendido por José María de Yermo y Parres, que vivió su entrega sacerdotal a Cristo adhiriéndose a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por una actitud primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de Cristo encontró la guía para su espiritualidad, y considerando su amor infinito a los hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad.

El nuevo Santo fundó las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, denominación que recoge sus dos grandes amores, que expresan en la Iglesia el espíritu y el carisma del nuevo santo. Queridas hijas de San José María de Yermo y Parres: vivid con generosidad la rica herencia de vuestro fundador, empezando por la comunión fraterna en comunidad y prolongándoda después en el amor misericordioso al hermano, con humildad, sencillez y eficacia, y, por encima de todo, en perfecta unión con Dios.

5. "Permaneced en mí y yo en vosotros [...] El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 4.5). En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos ha exhortado a permanecer en Él, para unir consigo a todos los hombres. Esta invitación exige llevar a cabo nuestro compromiso bautismal, vivir en su amor, inspirarse en su Palabra, alimentarse con la Eucaristía, recibir su perdón y, cuando sea el caso, llevar con Él la cruz. La separación de Dios es la tragedia más grande que el hombre puede vivir. La savia que llega al sarmiento lo hace crecer; la gracia que nos viene por Cristo nos hace adultos y maduros a fin de que demos frutos de vida eterna.

Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, primera mexicana canonizada, supo permanecer unida a Cristo en su larga existencia terrena y por eso dio frutos abundantes de vida eterna. Su espiritualidad se caracterizó por una singular piedad eucarística, pues es claro que un camino excelente para la unión con el Señor es buscarlo, adorarlo, amarlo en el santísimo misterio de su presencia real en el Sacramento del Altar.

Quiso prolongar su obra con la fundación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que siguen hoy en la Iglesia su carisma de la caridad con los pobres y enfermos. En efecto, el amor de Dios es universal, quiere llegar a todos los hombres y por eso la nueva Santa comprendió que su deber era difundirlo, prodigándose en atenciones con todos hasta el fin de sus días, incluso cuando la energía física declinaba y las duras pruebas que pasó a lo largo de su existencia habían mermado sus fuerzas. Fidelísima en la observancia de las constituciones, respetuosa con los obispos y sacerdotes, solícita con los seminaristas, Santa María de Jesús Sacramentado es un elocuente testimonio de consagración absoluta al servicio de Dios y de la humanidad doliente.

6. Esta solemne celebración nos recuerda que la fe comporta una relación profunda con el Señor. Los nuevos santos nos enseñan que los verdaderos seguidores y discípulos de Jesús son aquellos que cumplen la voluntad de Dios y que están unidos a Él mediante la fe y la gracia.

Escuchar la Palabra de Dios, armonizar la propia existencia, dando el primer espacio a Cristo, hace que la vida del ser humano se configure a Él. "Permaneced en mí y yo en vosotros", sigue siendo la invitación de Jesús que debe resonar continuamente en cada uno de nosotros y en nuestro ambiente. San Pablo, acogiendo este mismo llamado pudo exclamar: "vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). Que la Palabra de Dios proclamada en esta liturgia haga que nuestra vida sea auténtica permaneciendo existencialmente unidos al Señor, amando no sólo de palabra sino con obras y de verdad (cf. 1 Jn 3,18). Así nuestra vida será realmente "por Cristo, con Él y en Él".

Estamos viviendo el Gran Jubileo del Año 2000. Entre sus objetivos está el de "suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad" (Tertio millennio adveniente, 42). Que el ejemplo de estos nuevos Santos, don de la Iglesia en México a la Iglesia universal, mueva a todos los fieles, con todos los medios a su alcance y sobre todo con la ayuda de la gracia de Dios, a buscar con valentía y decisión la santidad.

Que la Virgen de Guadalupe, invocada por los mártires en el momento supremo de su entrega, y a la que San José María de Yermo y Santa María de Jesús Sacramentado Venegas profesaron tan tierna devoción, acompañe con su materna protección los buenos propósitos de quienes honran hoy a los nuevos Santos y ayude a los que siguen sus ejemplos, guíe y proteja también a la Iglesia para que, con su acción evangelizadora y el testimonio cristiano de todos sus hijos, ilumine el camino de la humanidad en el tercer milenio. Amen.

 

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Muchos errores se cometen por ignorancia de la historia y esa ignorancia sirve también de arma tanto defensiva como ofensiva de quienes no están interesados en el conocimiento de la verdad sino en la confusión entre verdad y error, entre el bien y el mal.

 

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Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Chesterton afirma: "Si alguien me pregunta, desde el punto de vista exclusivamente intelectual, por qué creo en el cristianismo, sólo puedo contestarle que creo en él racionalmente, obligado por la evidencia".

 

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Los historiadores distinguen tres inquisiciones: la medieval, ejercida por los obispos locales, o por la Santa Sede con carácter puntual y esporádico (por ejemplo, la Cruzada contra los Albigenses); la española (y más tarde, por imitación, la portuguesa), creada a finales de 1400 por los Reyes Católicos con el beneplácito y bulas papales, con actuación restringida al territorio de la Corona española (y Portuguesa), o sea, también en América y en los territorios europeos (en particular italianos) dependientes de ella; y una tercera inquisición, la romana, la más moderna, fundada por el Papa Pablo III en 1542 e inspirada en el modelo centralista español, pero con ámbito teóricamente universal.

Y permanecen todas las otras ‘inquisiciones’ ejercidas por poderes - político como religioso - a ejemplo, la protestante. 

 

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Para no caer en el anacronismo, es necesario tener la humildad y la inteligencia de leer los hechos del pasado no con las categorías mentales de hoy, más, dentro el marco histórico temporal en que se efectuaron. 

 

Al igual que ocurre con cualquier otra expresión de la mente humana, quizás la objetividad plena es imposible, pero lo que se le pide a cualquier intelectual honrado es que, cuando menos, haga el esfuerzo de buscarla, tenga la valentía de acercarse serena y responsablemente al mayor grado de objetividad histórica posible.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999).
S.S. JUAN PABLO II MAGNO

 

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«La dominante cultura cínica de la amnesia se mueve en la abstracción de prescindir sistemáticamente del pasado, de la realidad, de la Historia y de la tradición, lo que le confiere empero un falso carácter innovador. Es una cultura neutral en la que está ausente la imaginación creadora. Ésta se suple, justamente, con el olvido o el rechazo de la realidad y de la tradición, para que parezca nuevo todo lo que produce. Y eso explica los absurdos proyectos y programas educativos vigentes, que parten del supuesto de que toda la cultura anterior carece de valor y debe ser desechada. Trátase de una inane y pervertida reproducción de la eterna polémica entre los antiguos y los modernos en la que el Estado como tal no solía tomar parte y que, por ende, impulsaba la cultura».

 

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"El relativismo es una auténtica dictadura que no conoce nada como definitivo, y deja como última medida ´el falso yo´ y sus pasiones"

 

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Gracias a la Iglesia Católica, antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro Universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo Scholasticus.

 

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Es bueno valorar acontecimientos y hechos que han sucedido en el pasado, reflexionar sobre ellos, para caminar con los talentos de la historia como bastón de guía.

 

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Una democracia sin valores degenera en dictadura encubierta. S. S. Benedicto  PP XVI – MMV

 

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"Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son discípulos míos" (Jn 14, 35).

 

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Jesús es el camino, y nadie llega al Padre sin caminar con ÉL. Jesús es la verdad, y nadie puede conocer al Padre sin creer en ÉL. Jesús es la vida, y nadie puede renacer al Padre sin morir con ÉL.[tomado de "Rayo de Luz"]

 

"Lo que hoy es cada uno, apenas uno mismo sabe." [San Agustín]

 

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“Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo. Ni un solo instante se deja descansar nuestra actividad de decisión. Incluso, cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir.” [Don José Ortega y Gasset].

 

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En realidad no existe otro debate de mayor calado para la Iglesia en este cambio de siglo. No se discute su aportación humanitaria para aliviar las diversas penalidades de los hombres, ni la legitimidad de sus posibles consuelos, ni la utilidad social de su educación, sino su pretensión de dirigirse a la razón del hombre, de ponerse en juego en el ámbito de lo que el hombre puede reconocer como verdadero. Sin embargo la Iglesia no puede renunciar a esta pretensión, pues "la cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana", como afirmó Su Eminencia Joseph Ratzinger en Madrid. Ahí radica la incomprensión de una parte de la cultura moderna; ahí radica también la fundamental novedad del cristianismo y su capacidad para responder a la espera del hombre. 2000

 

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“Nunca podemos ser felices los unos contra los otros”. S.S. J. Pablo II

 

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Cristianismo, ¿religión europea?

 

Valores para tiempos de crisis. Aceptar el desafío del futuro es el título del último libro de Benedicto XVI, publicado en Alemania en enero de 2005, y en Francia el 23 de junio, por la editorial Parole et silence. Ofrecemos un fragmento del mismo

 

En las discusiones sobre la historia de la misión cristiana, es corriente hoy en día decir que, por medio de la misión, Europa (Occidente) impuso su religión al mundo: habría ejercido un colonialismo religioso, parte del sistema colonial en general. La renuncia al eurocentrismo debería implicar, entonces, renunciar a la actividad misionera.
Esta tesis merece, para empezar, algunas observaciones de orden histórico. Como sabemos, el cristianismo no nació en Europa, sino en Asia, en el Próximo Oriente, punto de contacto de los tres grandes continentes que son Asia, África y Europa. Un contacto que nunca fue exclusivamente geográfico; Asia Menor fue el lugar de encuentro de las corrientes de pensamiento de los tres continentes. En ese sentido, la interculturalidad forma parte del cristianismo desde sus propios orígenes. Durante varios siglos, la actividad misionera se extendió tanto hacia el Este como hacia el Oeste. El cristianismo, que tenía su cuna en el Próximo Oriente, en seguida penetró en la India; la misión nestoriana llegó hasta China, y en cuanto al número de fieles el cristianismo asiático y el europeo iban más o menos a la par. Fue la expansión del Islam la que, en gran medida, redujo la vitalidad del cristianismo en el Próximo Oriente y aisló a las comunidades cristianas de India y Asia de los centros de Siria, Palestina y Asia Menor, contribuyendo así de forma decisiva a su desaparición.
¿Puede decirse que el cristianismo se hizo europeo a partir de entonces? La respuesta es, a la vez, sí y no. En efecto, la herencia de los orígenes, que se había constituido fuera de Europa, seguía siendo la raíz vital del conjunto, y por ello seguía constituyendo la crisis y la crítica de lo puramente particular, de lo europeo. Lo que llamamos europeo no es una masa monolítica, sino que forma temporalmente y culturalmente un conjunto muy complejo y heterogéneo.
En primer lugar, hubo un proceso de inculturación en el mundo griego y romano, seguido por la inculturación en el mundo germánico, en el mundo eslavo y en los nuevos pueblos latinos. Todas esas culturas han recorrido un largo camino desde la antigüedad, pasando por la Edad Media y la Edad Moderna, hasta la Edad contemporánea. En cada etapa de la Historia, el cristianismo tenía que nacer de nuevo; y no era cada vez más que sí mismo. Puede resultar útil observar algunos ejemplos.
Podemos recordar la historia de la conversión de san Agustín: la lectura del libro Hortensius, de Cicerón, había abierto en él como una brecha de nostalgia de la belleza eterna, nostalgia del encuentro y del contacto con Dios. A causa de la educación que había recibido, estaba claro para él que la respuesta a esa nostalgia despertada por la filosofía había de encontrarse en el cristianismo. Pasó, pues, del Hortensius a la Biblia, y sufrió un choque cultural. Cicerón y la Biblia –dos mundos tan diferentes– entraron en colisión, dos culturas chocaron. «No, no puede ser eso», tal fue la experiencia de san Agustín. La Biblia le pareció pura barbarie que no podía llegar a la altura de las exigencias espirituales derivadas de la filosofía romana. Podemos considerar el choque cultural sufrido por san Agustín como la expresión sintomática de la novedad y de la alteridad del cristianismo: este último no surgió de lo propio del espíritu latino, que no obstante manifestaba una espera latente de Cristo. Para hacerse cristiano, san Agustín –el mundo grecorromano– tuvo que proceder a un éxodo, durante el cual, finalmente, le fue dado de nuevo lo que había perdido.
El éxodo, la ruptura cultural, el muere y transfórmate que implica, es el esquema fundamental del cristianismo. Su historia comienza con Abraham, que recibe esta llamada de Dios: «Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre» (Gen 12,1). El éxodo de Israel al salir de Egipto, auténtico acontecimiento fundador del pueblo de Israel, estaba anticipado en el éxodo de Abraham, que fue también una ruptura cultural. En la línea de la fe de Abraham, podemos decir de la fe cristiana que nadie la encuentra sencillamente como se encuentra algo que ya nos pertenecía. Es algo que irrumpe desde fuera. Y siempre será así. La venida al cristianismo no puede ser cada vez sino un nacer de nuevo.
Romano Guardini ha subrayado un aspecto importante de este esquema fundamental del cristianismo y de la fe cristiana, que no brota de nuestra propia interioridad, sino que nos llega desde fuera. El cristianismo, la fe cristiana –dice–, no son un producto de nuestra experiencia íntima, sino un acontecimiento que, desde fuera, viene a nuestro encuentro. La fe reposa sobre la irrupción de algo –o de alguien– que nuestra experiencia nunca podría alcanzar por sí misma. Tal es el sentido de la noción de Revelación: algo que no es mío, algo que no existe en mí, viene hacia mí y me arranca a mí mismo, me arrastra más allá de mí mismo, crea algo nuevo. Este movimiento implica también la historicidad del cristianismo, que se funda en acontecimientos, no en una percepción de las profundidades de mi propio mundo interior a la que después llamaríamos iluminación. La Trinidad no es objeto de nuestra experiencia; es algo que se nos dice desde fuera y viene a nosotros como Revelación. De igual forma, la encarnación del Verbo es un acontecimiento cuya noticia no procede de una experiencia íntima. Esta venida desde fuera escandaliza al hombre en busca de autonomía y autosuficiencia; es, para todas las culturas, un escándalo. Cuando san Pablo dice que el cristianismo es un escándalo para los judíos, una locura para las naciones paganas, quiere expresar así la particularidad de la fe cristiana que, a todos, llega desde fuera. Pero precisamente esa irrupción novedosa, al atravesar el ámbito de nuestra experiencia, al sobrepasar nuestra conciencia de la identidad de las cosas, nos hace remar mar adentro, en una realidad dilatada, y nos abre de esa manera la posibilidad de unirnos unos con otros, más allá del pluralismo.

Joseph Cardenal Ratzinger, traducción del francés de Teresa Martín- 2005-10-21

 

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«La Navidad es un acontecimiento histórico y un misterio de amor, cuya importancia se descubre desde una humildad como la de María y la de José»: así de sencilla y hondamente lo ha explicado Benedicto XVI, en su mensaje navideño 2007.

 

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Es difícil calificar una institución –como la Iglesia Católica que, en sus dos mil años- nos ofrece con sus bibliotecas, monasterios y universidades, nada menos que el ‘patrimonio intelectual de la humanidad’.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Señor, dame una buena digestión

y, naturalmente, algo que digerir.

Dame la salud del cuerpo

y el buen humor necesario

para mantenerla.

 

Dame un alma sana, Señor,

que tenga siempre ante los ojos

lo que es bueno y puro

de modo que, ante el pecado,

no me escandalice,

sino que sepa encontrar el modo

de remediarlo.

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor!

"Marana tha, ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20). - Ad maiorem Dei gloriam.

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Recomendamos vivamente:

1º ‘Jesús, el Evangelio de Dios’ Edibesa - editorial. Es, sin lugar a dudas, una obra madura de un experimentado pastor y teólogo y un libro oportuno sobre Jesucristo, el protagonista de máxima trascendencia y de permanente actualidad. 2008.-

2º ‘Identidad cristiana’ - La bandera del logos - Coloquios universitarios - Autor: Antonio Aranda (ed.) - Editorial: EUNSA – 2008 - Estamos en el tiempo de la dialéctica: Logos frente a ideología; palabra frente a sistema; razón frente a voluntad de pasión, de sentimiento, de poder público y privado; realidades básicas frente a necesidades sometidas a la pulsión freudiana. Benedicto XVI ha asumido una responsabilidad histórica, en un mundo en que la palabra debe recuperar su dignidad básica, siempre en relación con la realidad y en referencia con el pensamiento. Uno de los problemas acuciantes del pensamiento cristiano, y de la necesaria pregunta por la identidad, es lo fragmentario y lo especializado. La praxis existencial de un cristiano, y de una institución cristiana, es la de la contribución a que los demás descubran la importancia de mantener una relación positiva con la verdad.

3º Jesús de Nazaret– al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’. 2007

Ser cristiano’- al siglo, Joseph Cardenal Ratzinger: ‘Benedicto XVI’- dedicó «a Romano Guardini, con gratitud y admiración». Editor: Desclée De Brouwer.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).