Thursday 23 October 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
Inicio > Filosofía > Jean Guitton - 1º fuerza de la verdad; Jean J. Rousseau filósofo ilustrado

Jean Guitton es, definitivamente, un cristiano unamuniano:

«La voluntad es la pieza maestra del hombre, puesto que le permite ser lo que él hace de sí mismo. Si no tuviéramos voluntad seríamos autómatas. No estaríamos dados a nosotros mismos. La voluntad es el órgano del amor».

 

Jean GUITTON, gran filósofo católico y francés.

 

+++

 

“Cuando un hombre no es perseguido por su creencia, no resulta fácil saber lo que cree y a qué profundidad lo cree. En realidad, lo que yo creo, es lo que aceptaría sostener bajo la ironía, bajo el silencio o el desprecio de los que estimo; es aquello por lo que soportaría que me quemaran el dedo meñique. Sólo se cree realmente aquello por lo que aceptaría sufrir, o llegado el caso ser tomado por un imbécil”. (11-12).

 

+++

 

«Como en el tardío período grecorromano, también nuestro tiempo vive un mundo caracterizado por un vivaz pluralismo, donde la fe cristiana es una elección deliberada» MMV.

 

+++ 

 

El gran filósofo católico y francés, Jean Guitton en su última visita a España, dijo: «Antes de dejar este mundo, quisiera expresar solemnemente, íntimamente, profundamente, a mis amigos españoles lo que les debo. Porque gracias a España conocí a los grandes místicos. En la parte más alta de mí mismo, debo a España lo que tengo de más íntimo».

 

+++

 

Por más vueltas que le de a la crisis, siempre me parece retornar al mismo punto de partida: el debilitamiento de la certeza. Pero el mundo de la fe está inmerso en el universo de las mentes. Y existe en las mentes de esta época, por razones múltiples, una crisis de la idea de verdad. Jean GUITTON. Filósofo fr. 1999

 

+++

Paris

 

Jean Guitton

 

Se podría decir que Jean Guitton fue uno de los pocos pensadores lúcidos católicos del siglo XX. En medio de un ambiente filosófico francés generalmente hostil, este hombre, doctorado en letras, supo ganarse el respeto de todo el mundo, era una persona querida, estimada, mas allá de sostener posturas muchas veces diametralmente opuestas a lo «normal» por entonces. Y llámese en este caso «normal» el ateísmo, el marxismo, el relativismo.

Escribió hasta pocos días antes de morir en 1999, a los 97 años. Una vida fecundísima. Una de sus últimas obras, «Mi testamento filosófico» escrita a los 95 años, es una representación imaginaria de su propia muerte, donde debate con viejos amigos y filósofos contemporános, Bergson entre ellos. Allí, las ideas determinan el juicio de cada uno. Y su destino, lógicamente.

Guitton estaba convencido de la necesidad del ejercicio de la espiritualidad del laico en la Iglesia, persuadido de que no solo los religiosos, sacerdotes o personas consagradas estaban llamados a un camino de adoración y fe, sino que ello era también misión y destino de todas las personas, mas alla del grado de su entrega. Por ello, fue el único laico que participó en el Concilio Vaticano II.

Fue miembro de la Academia Francesa y luego su presidente. Escribió numerosísimas obras, muchas de ellas traducidas a una cantidad enorme de idiomas y prevaleció entre los pensadores de la época. En sus escritos no impone, dialoga, razona y llama a la reflexión.

Nacido en París en 1901 y muerto en la misma ciudad casi un siglo después, su desaparición física repercutió ampliamente en la vida intelectual francesa y del mundo, a tal punto, que el ex presidente francés Jacques Chirac llegó a comentar cuando se enteró de su muerte: «Ha iluminado el siglo con su pensamiento exigente, orientado hacia lo esencial: la búsqueda del sentido de la vida, que para él era lo mismo que la búsqueda de Dios».

Recomendamos de Jean Guitton

Mi testamento filosófico: Una de sus últimas obras, en la que narra su lenta muerte en un lecho mientras no deja de discutir postulados filosóficos con sus ocasionales visitantes.

Sabiduría cotidiana: Libro un poco mas difícil de conseguir, pero que repasa la importancia de las virtudes y de los actos de sencillez en el trabajo y en la vida diarios.

Por Mariano Martín Castagneto – conoze.com

 

+++

 

 

La fuerza de la verdad

 

Jean Guitton, uno de los pensadores católicos de referencia en la segunda mitad del siglo XX, analizó la crisis de fe postconciliar en Lo que yo creo. Razones por las que creer. Escrito en 1971, conserva hoy plena actualidad. La editorial Belacqua acaba de publicar este ensayo en español. El filósofo francés reivindicaba un catolicismo sin miedo a proclamar la verdad de su doctrina. El aggiornamiento del Concilio, la reconciliación de la Iglesia con el mundo, no puede hacerse al precio de admitir que la fe es meramente personal y subjetiva, según Guitton, amigo personal de Pablo VI y primer laico que intervino en el Concilio Vaticano II. Éste es un extracto del capítulo Crisis actual de la fe católica, cuya publicación en estas páginas agradecemos a la gentileza de Belacqua:

 

Es evidente que el problema de la fe, aunque silenciado a menudo, permanece en el centro de todos los demás. ¿Qué sería la religión sin la fe? Me impresiona la tendencia a sustituir con una especie de inquietud y de incertidumbre sobre la fe esencial la certeza de antaño…, demasiado triunfalista, sin duda. Pero ¿qué sería una fe sin una certeza deslumbradora, desbordante? ¿Podría morirse, o incluso sufrir, por una incertidumbre?
Antes, el hombre de Iglesia enseñaba una verdad procedente de Dios, en la que el hombre apenas entraba. Esa verdad, que era expresada por unas fórmulas consagradas, tenía el carácter de ser definida y casi definitiva. Era una esencia que sólo los católicos poseían en toda su pureza. Muchas personas se asombraban hasta el escándalo de aquel estado de ánimo de los católicos. Lo tildaban de intolerancia, de ignorancia, de estupidez, de odio al hombre… Otros, por el contrario, extraían de aquel estado de ánimo un amor absoluto a la verdad que les parecía poseída por aquella forma de cristianismo más que por las otras. Y sucedía que el incrédulo tuviera cierto respeto a aquella Iglesia intransigente e inasimilable. Si una doctrina en la Historia se considera como verdadera, debía mantener una actitud similar a la actitud católica y ser intransigente sobre su contenido: esa intransigencia es la señal de que se posee la verdad.
Para demostrar nuestro liberalismo, nuestro respeto a la persona humana y a la libertad, parecemos (hoy) admitir doctrinas que son opuestas a las nuestras. Decimos que nuestros adversarios tienen mucho que enseñarnos. Por ejemplo, sostenemos que los ortodoxos y los anglicanos poseen más que nosotros el espíritu de los Padres, la colegialidad, el sentido de las condiciones humanas, del matrimonio; que los protestantes poseen más que nosotros la idea de la fe, el sentido de la gracia; que los budistas poseen más que nosotros el sentido de la vida espiritual; que los ateos poseen más que nosotros el amor al hombre… Damos tanto peso a la tesis adversaria, que perdemos la confianza en la nuestra; no tenemos ya aquel orgullo, aquella alegría, aquella paz, aquella certeza de poseer lo que nadie más posee en plenitud.
El estado de ánimo puede inducir al compromiso político: si no se sabe ya hasta qué punto es verdadera una doctrina, será bueno aferrarse a un ideal más palpable, a una urgencia más inmediata. La de hacer cesar la injusticia, la desigualdad que existe en el mundo.

 

Lo humano y lo divino
Para caracterizar la crisis actual, yo diría que existen dos tipos de verdades en la fe. Las verdades de tipo vertical son las verdades que Jesús llamaría duras, cuando decía: «Esta palabra es dura»; son las verdades difíciles, como el llamamiento a cargar con la cruz, a no ceder ante las potencias. Por otra parte, existen unas verdades de tipo horizontal, por ejemplo, las que nos impulsan a vivir, a amarnos, a amar, a trabajar, a acrecentar en nosotros, alrededor de nosotros, la felicidad. Y desde luego es bueno decir a los espíritus tentados con pensamientos taciturnos que tienen el deber de ser dichosos. Ama a Dios es un llamamiento vertical. Ama al prójimo, horizontal. Los dos caminos son idénticos, ya que Dios es indivisible. Pero únicamente los creyentes, los adoradores, pueden cumplir el acto vertical.
Compruebo que, en términos generales, hasta el Papa Juan, el magisterio cargaba el acento sobre la dureza, la altura, la dificultad y, podría decirse, el escándalo y la locura del misterio y de la moral. Llegó Juan XXIII. Comprendo perfectamente su gran designio de amor. No definir los aspectos de la verdad que obligarían a los católicos condenar a los hermanos. ¡Unión! ¡Unir a los cristianos entre ellos! ¡Unir a los hombres entre ellos! ¡Ser el pastor del rebaño unánime y de todas las moradas!
El Concilio Vaticano II, tan distinto de todos los demás, ha tenido el mérito singular de cargar el acento sobre aquellas verdades de tipo horizontal que la Iglesia había descuidado, o más bien tenido por evidentes. Se había insistido en el lado sagrado de la liturgia. Pero los lenguajes antiguos hacían incomprensible la liturgia al pueblo. Y se había centrado la atención sobre el pecado de la carne, que parecía casi el único. Se olvidaba la escena del Juicio Final, en el que el criterio decisivo es un deber estricto de amor y de reparto con los que lo necesitan. Pero si se llegara hasta el extremo de esos puntos de vista, ¿habría aún un pecado de la carne? En la medida en que se disminuye el sentido del pecado, se disminuye también el sentido de la Redención.
El peligro de la época actual sería que considerásemos las verdades verticales como símbolos de las verdades horizontales. Jesús enseña que el amor del hombre hacia el hombre deriva del amor del hombre hacia Dios. Pues bien, es posible que un día lleguemos a considerar que el amor del hombre hacia Dios es un símbolo imaginario del amor del hombre hacia el hombre. Entre ese cristianismo puramente humano y la religión de Mao no habría una gran diferencia. La especie humana quedaría agrupada en una sola comunidad unida por una sola religión. Desde luego, los católicos podrían continuar creyendo en sus mitos… A veces releo al más agudo de nuestro adversarios, Feuerbach: «En el puesto de la divinidad debemos colocar la especie o la naturaleza humana; en el puesto del más allá que se eleva por encima de nuestra tumba hasta el cielo, el más allá que se eleva por encima de nuestra tumba sobre esta tierra, es decir, el futuro histórico, el futuro del hombre». Y a veces pienso que, si Feuerbach volviera a aparecer entre nosotros, diría: «Creo que he convencido a los cristianos».
No seré yo quien se queje de que la liturgia se ha simplificado a fin de que el pueblo pueda entender finalmente el Antiguo y el Nuevo Testamento; de que los sacerdotes no sean ya unos personajes hieráticos; de que se pueda hablar libremente del sexo y del amor, de que la religión sea más evangélica, más ecuménica… ¡Había deseado tanto que todo eso se convirtiera un día en realidad! Pero lo que es de temer es que, a raíz de una mutación en las fórmulas y en las formas, la esencia que preservaban esas fórmulas y esas formas sea puesta en entredicho. Entonces, el remedio sería peor que la enfermedad. El día en que se insista únicamente sobre el hombre, sobre el mundo mejor, llegará un momento en que las personas de espíritu, primero, y el pueblo, después, se preguntarán si los misterios de la religión tienen un sentido real, si no son los símbolos de la obra del hombre.
En este momento de la historia del hombre, en el que parece que la sal se hace insípida, parece prepararse para la Humanidad una época de mayores pruebas. A pesar de las apariencias de confort y de progreso, es muy probable que no tarde en llegar una época de privaciones para todos. Los peligros crecen en intensidad con los progresos. Y en este trance difícil, las Iglesias cristianas pronuncian cada vez menos las palabras sacrificio y cruz, y dejan oír más unas promesas de felicidad sobre la tierra. Sé muy bien el daño que ha hecho un modo de presentar la religión como una huída del mundo, una depreciación de la tierra y de sus alegrías. Pero no por ello deja de ser cierto que las exigencias más duras son las que infunden la verdadera fuerza.
En Occidente, la juventud está desamparada; uno de los motivos de su malestar es que no se exige ya lo suficiente de ella. ¿Por qué disminuyen las vocaciones? Sencillamente, porque para aceptar una vida heroica hay que tener un convencimiento radical…
Por más vueltas que le de a la crisis, siempre me parece retornar al mismo punto de partida: el debilitamiento de la certeza. Pero el mundo de la fe está inmerso en el universo de las mentes. Y existe en las mentes de esta época, por razones múltiples, una crisis de la idea de verdad. Jean GUITTON. Filósofo fr. - 
2004-03-14. ESP.

 

+++

 

¿A su juicio cual fue la revolución histórica mas importante? Yo creo que para bien el cristianismo, para mal la revolución francesa, ya que hizo que la gente pensara que todo eran derechos y no había obligaciones.

 

Comparto su visión positiva del impacto del cristianismo. Para el fenómeno negativo hay varios candidatos. Desde luego, el marxismo o la revolución rusa son dos de los más notables.

 

+++

 

¿Cómo valora que el que es considerado casi unánimemente el mayor filósofo del siglo XX (Martin Heidegger) colaborara activamente con el régimen y la ideología nacionalsocialista? Otro tanto podría decirse de Sartre y otros con el comunismo ¿No supone esto una seria advertencia para desconfiar de la típica visión occidental que pone a los intelectuales en más allá del bien y del mal?

 

Sí, son ejemplos bastante obvios. Por otro lado, conociendo la fortuna que hizo Voltaire con el tráfico de esclavos o como Rousseau chuleaba a las viudas no me sorprende.

Este diálogo con Don César VIDAL ‘filósofo’ tuvo lugar entre las 17.00hs. y las 18.00hs. del martes 30 de enero.2007-Esp.

 

+++

 

APRENDER A VIVIR Y A PENSAR

Jean Guitton

Un cristiano unamuniano

 

Por Agapito Maestre

 

Este pequeño libro es una joya de la literatura ética del siglo XX. He aquí un tratado de ética vitalista de la mejor tradición francesa, que encuentra la vida, buena o mala, siempre deliciosa.

 

Hallar el método acertado para degustarla es el secreto que nos trasmite esta obra, que podría ser catalogada dentro del género memorialístico. Expertos son en él los franceses, porque no sólo disfrutan la vida, también la repasan con morosidad. En efecto, la tradición memorialista francesa considera que sólo se vive la vida, sí, repasándola. Escribiéndola.

 

Jean Guitton, que casi llegó a centenario (1901-1999), se entregó con delectación a la escritura de estas breves pero sabrosas memorias poco después de cumplir los 50 años. Como todas las memorias, esta joyita ética tiene una gran eficacia literaria, porque el tiempo pasado le ha ayudado al autor a perfeccionar, a retocar las ideas, hasta dejarlas limpias de la pedantería del informe, o de las impurezas del diario y las notas de trabajo.

 

Aprender a vivir y a pensar muestra con brillantez "lo poco que saben los sabios cuando carecen de libros y de notas"; "pero ese poco, cuando ha salido de sus entrañas, lo enseñan bien". También Guitton ha escrito en esta ocasión desde las entrañas. Tenía la necesidad de expresar a sus lectores las habilidades que había adquirido en su oficio de pensar, de filosofar, inseparable de su vivir. Vincular pensamiento y acción, en la tradición cartesiana, es la propuesta de Guitton, que en este asunto no estaría alejado del aforismo de Nietzsche: "Las verdades más preciosas son las que se descubren al final; pero las verdades más preciosas son el conocimiento de los métodos".

 

¿Métodos? Sí, el principal de ellos es entregarse por completo al trabajo y al reposo: "No toleres ni el trabajo a medias, ni el reposo a medias. Entrégate por entero o detente absolutamente". O, dicho con palabras de Santa Teresa: "Lo poco que podemos, hagámoslo con todo el corazón".

 

La excelencia, al fin, consiste en aceptar nuestros propios límites: "Si un día somos llamados a hacer grandes cosas, es por las pequeñas por las que es necesario llegar a ellas. Ciertamente es conveniente agrandar sin cesar el espíritu, el horizonte o el coraje, pero aplicándose en tareas precisas y en consecuencias modestas, aceptando las lagunas necesarias y los fallos".

 

Al margen de las razones que existan para aprender a vivir, o sea, a pensar, sólo quien se entrega voluptuosamente a la vida, a la gran tarea de vivir, podrá complacerse, disfrutar de todas sus grandezas y miserias. Se trata, en todo caso, de sentirse querido y acariciado por la vida. Por la existencia.

 

Quien lea este libro, escrito en plena madurez intelectual, y no se sienta acariciado por la vida, por tanta vida aquí desparramada, nunca entenderá el oficio del pensamiento, el destino sagrado de una profesión melancólica que ha hecho del pensar la otra cara de la acción. Pensar, sí, es oponerse, negar a otro, después de haber asumido su pensamiento. El poeta Auden, por poner un ejemplo, niega a Eliot porque, previamente, lo ha seguido. También Guitton dice algo parecido de Pascal respecto a Montaigne; en realidad, de la fe respecto a la duda.

 

Es, pues, necesario la turbación para pensar. La irritación calma, bonita expresión de Guitton, es imprescindible para pensar: "Hay autores que excitan el pensamiento. Cada uno debe encontrar el suyo (…) Pascal no deja apenas de leer a Montaigne, cuyo espíritu era contrario al suyo, y le afectaban más los argumentos de los escépticos que a los escépticos mismos (…) Cada uno debe reconquistar aquello que cree con el sudor de su frente. Para esta reconquista lo mejor es sufrir que se nos ataque".

 

Una vez más, la cruz; o sea, sin sufrimiento no hay conocimiento. He aquí una buena guía, a veces dura y flagelante, tanto para pensar como para vivir. Su autor fue amigo personal y, seguramente, consejero de Pablo VI. Fue el seglar por antonomasia del Concilio Vaticano II. Y, cómo se me iba a olvidar, fue maestro y amigo de Luis Althusser, uno de los marxistas más importantes del siglo XX, que antes que marxista fue ferviente católico. Éste dijo de Guitton: "Fue quien me enseñó a escribir". Guitton, incluso en los peores momentos del filósofo marxista, siempre fue fiel a la amistad de Althusser. Por encima de todo, dijo, estoy con mi amigo.

 

Aunque publicado por primera vez en 1957, Aprender a vivir y a pensar sigue siendo actual para dogmáticos y escépticos, para creyentes y ateos, porque a todos enseña la facultad de anticipar, de imaginar un futuro reglado por lo posible: la vida con sus penalidades y alegrías. Enseñarnos que no hay espíritu humano sin profundidad, originalidad, grandeza e invención es la última lección de Guitton: "La originalidad existe en cada uno de nosotros, pues cada uno de nosotros difiere de los demás (…) La profundidad es el poder ir más allá de las apariencias". Pero nada de esto es posible sin voluntad, sin amor. Guitton es, definitivamente, un cristiano unamuniano:

«La voluntad es la pieza maestra del hombre, puesto que le permite ser lo que él hace de sí mismo. Si no tuviéramos voluntad seríamos autómatas. No estaríamos dados a nosotros mismos. La voluntad es el órgano del amor».

JEAN GUITTON: ‘APRENDER A VIVIR Y A PENSAR’.  Encuentro (Madrid), 2007, 94 páginas.

 

+++

 

«Lo que yo creo», de J. Guitton

 

 

Guitton, Jean.
Lo que yo creo. Razones por las que creer.
Barcelona, ESPAÑA: Belacqva, 2004.

 

La figura y el pensamiento de Jean Guitton (1901-1999) resultan emblemáticos de la aventura intelectual y existencial del siglo XX. Guitton, recordado como uno de los grandes filósofos contemporáneos, supo inscribir su palabra y su reflexión en medio de los retos que el anticlericalismo y el materialismo plantean a un creyente que ha hecho del pensar filosófico su modus vivendi.

En su obra Lo que yo creo, Guitton hace una síntesis última de su trasegar por los territorios de la fe y del saber. Dulcis in fondo reza el proverbio latino. Y Guitton lo realiza plenamente. Dejando el vino mejor para el final, reflexiona, integra y decanta lo que después de setenta años de vida puede ofrecer. Dulce don de una vida plena de diálogo, de fe, de pensamiento.

Guitton, viviría veinte años más luego de la escritura de estas ‘memorias’ [“este libro es una especie de testamento en el que quisiera exponer con sinceridad lo que lo que realmente creo” (74)]. Sin embargo, aún desde ese hoy lejano 1971, año en el que escribe estas “Razones por las que creer”, sus palabras revelan una lucidez asombrosa que no acusa ningún anacronismo. Palabras que hablan de la perennidad de una fe que no regatea nada a la razón, sino que dialoga con ella y la apuntala. Fe profunda que no rehuye el testimonio, sino que sabe que sólo en la confrontación con el Poder secularizado, puede dar cuenta real de sí misma:


“Cuando un hombre no es perseguido por su creencia, no resulta fácil saber lo que cree y a qué profundidad lo cree. En realidad, lo que yo creo, es lo que aceptaría sostener bajo la ironía, bajo el silencio o el desprecio de los que estimo; es aquello por lo que soportaría que me quemaran el dedo meñique. Sólo se cree realmente aquello por lo que aceptaría sufrir, o llegado el caso ser tomado por un imbécil”. (11-12)


Guitton sabe de lo que habla. En el adverso ambiente intelectual francés, Guitton logró carta de ciudadanía para el pensamiento católico. Elegido miembro de la Academia Francesa en 1961, supo –antes y después- elaborar y proponer una forma mentis que, anclada en la Tradición eclesial, dialogó valientemente con propios y extraños. No por casualidad fue el primer observador laico en el Concilio Vaticano II. Fidelidad al hecho cristiano y apertura a las interrogantes del pensamiento laicista.

Casi parafraseando a Shakespeare, puede leerse en Guitton otra disyuntiva, tan abismal como la del bardo inglés: ‘Creer o no creer he ahí la cuestión’, parece decir Guitton. Sobre el particular, apuesta convencido por la fe y desliza un rotundo reproche a la conciencia creyente, demasiado prudente frente al fenómeno de la increencia:


“…a los ojos de un hombre que está penetrado de fe, el incrédulo es un ser que ha sido hecho para ver, para gozar de lo que ve, pero que, por una especie de ceguera, no puede levantar los párpados. Pero el creyente sabe que ese estado de ceguera no durará. Unos segundos más, y los ojos del incrédulo se abrirán de par en par… (…) Y entonces volviéndose hacia mí, dirá: ‘¡Cuánta razón tenía usted al creer sin ver! Pero, al mismo tiempo, ¡cuan equivocado estaba al sentir tanto respeto hacia mí, al no informarme suficientemente, sobre todo al no haber sido más categórico y más firme! ¿Por qué dejarme en esa noche antecedente en la que he perdido la materia preciosa del tiempo?”
(15).


Guitton estructura su libro mitad memoria, mitad reflexión intelectual, en cuatro “partes” y un “apéndice”. La estructura lógica y coherente, agrupa en cada apartado los núcleos de sentido que desea transmitir al lector. Primero, fiel a su praxis filosófica, examina la cuestión central del libro: el problema de la fe; presentando su estatuto en el mundo finisecular y la necesidad de dar -como bien dice la Escritura- ‘razones de nuestra esperanza’. Para ello acude sobre todo a un método existencial, construyendo un discurso donde las referencias a la propia historia intelectual y al particular trayecto espiritua, son fundamentales.

En la segunda parte titulada “Lo que yo pienso” (61-89), Guitton aparece en toda su claridad intelectual. Da cuenta con total honestidad de los temas que jalonan su discurso de filósofo (católico).

“Ha llegado el momento de definir lo que yo pienso en el interior de lo que yo creo, es decir, cómo pienso lo que creo, puesto que mi profesión consiste en pensar.
Pero ¿cómo expresarlo en muy pocas páginas, cuando cada afirmación es el resultado de un gran número de reflexiones y de circuitos y, cómo decía Descartes, un largo reguero de consideraciones? (61).


Para explicar su iter temático, usa “una parábola, una imagen”, una sugestiva metáfora, al representar “la verdad religiosa en forma de una pirámide compuesta de niveles sucesivos. Podría decirse, [afirma Guitton] que contemplo la armonía de las verdades bajo la forma de una estructura” (ídem.) Y en dicha estructura son tres los problemas que convocan e inquietan –de modo progresivo- al filósofo: Dios, Jesús y la Iglesia.

Para Guitton, el de Dios es el problema capital, aquél que da sentido a todas las reflexiones sucesivas, a las inquisiciones fervientes en busca del sentido. Aún a aquellas ligadas a la persona de Jesús y la del rol y la legitimidad de la Iglesia. Y así podemos preguntarnos, pero ¿quién es Dios para Jean Guitton? A la pregunta el filósofo responde básicamente en dos tonos: uno más intelectual y otro más orante, más íntimo: “ser trascendente (…) capaz de amar y de juzgar a los hombres, distinto del mundo aunque presente íntimamente en este mundo” (79). Dios personal que no se agota en la idea panteísta del Cosmos divinizado, en la figura de un dios que hubo o que vendrá, sino que es un Ser personal “con el cual puedo sostener un diálogo (…) en frente del cual puedo encontrarme un día cara a cara en una radiante o espantosa soledad” (ídem).

El tono decididamente personal y, por ende, más auténtico se percibe en el tercer apartado “Motivos más secretos” (93-132). Hermosísimo espacio textual que junto con el “Credo de Jean Guitton” (157-159) constituye la perla preciosa de toda la obra. Allí, este pensador que se declara –paradójicamente- de un temperamento iconoclasta y contradictorio abre las puertas a los territorios más profundos de su subjetividad:

“Lo que yo busco, muy al contrario de Proust, es una visión global, total, concentrada en un punto, sintética visión de mí mismo en mí mismo. Me ejercito en contemplar, como un cuadro, o más bien como una espiral, mi existencia pasada. Los acontecimientos, las coyunturas, buscando sus enigmáticas semejanzas”


Desde esta realidad rotundamente personal, Guitton encuentra y cuenta –rozando la poesía- su experiencia de Dios:


“Existo. Y, a mi lado, por encima de mí, en el cielo y en la sombra y en toda esa ordenación aleatoria que la ciencia nos descubre (…), existe un capitán NEMO, diría Julio Verne, Otro, humorista, con poder soberano, deliciosamente fuerte y amistoso, maestro de casualidades, artista de las duraciones, que juega a crear unas circunstancias, a distribuirlas alrededor de mis temores y deseos. ¿Qué quiere ese Otro, ese Desconocido? Lo descifraré mejor, a medida que transcurra el tiempo. Pero de lo que no puedo dudar es que ese Otro existe, como existo yo y todavía más. ¿Qué nombre darle? Tal vez sería preferible no darle nombre”.
(96)


Pero Guitton sabe que el Innombrable, se ha acercado a nosotros y ha dicho su Nombre. La cuestión de Jesús y de la Iglesia se resuelve –de hecho- en la experiencia de que el Misterio ha entrado amorosamente en nuestra historia. Y que permanece en nuestra temporalidad a través de esa comunión transhistórica que es la Iglesia. Cuerpo o Pueblo que hace presente a Otro más grande que ha ya tomado nuestra carne.

En el apartado final “Perspectivas futuras” (135-155), Guitton se interroga sobre el porvenir. Conciente de habitar un tempo de mutaciones, “la época de ordenadores y de los cosmonautas” (134), Guitton reflexiona sobre la adhesión “a una fe que ya cuenta con veinte siglos de existencia” (ídem). La clave se evidencia en la continuidad de lo esencial: “resulta imposible pretender creer si no se está convencido de que, a pesar de la diferencia de las culturas y de los lenguajes, la esencia de la fe no ha experimentado ningún cambio” (136).

Quizás sea esa permanencia de lo esencial lo que le permite a Guitton leer con certeza existencial la crisis finisecular del XX; crisis que aún persiste en el milenio que comienza. Ésta tiene que ver -como gustan decir incluso aquellos que están en las antípodas de Guitton- con ‘la deslegitimación de los metarrelatos fundacionales’. Guitton, que no hace uso de la tecnolexia posmoderna, lo enuncia con meridiana sencillez:


“El síntoma de la gran mutación es que se han puesto en tela de juicio los principios supremos sobre los cuales descansaba la humanidad (…) La muerte de Dios amenaza de muerte al hombre. En consecuencia, se impone a toda mente la elección entre “el ser y la nada”, lo misterioso y lo absurdo, elección que se cumplirá a plena luz. Y es posible que antes de un siglo”
(154).


¿Veremos -en menos de un siglo- resolverse la aguda contradicción entre una cultura trascendente y respetuosa del Misterio y otra (¿contra?) cultura hoy dominante que se reduce nihilistamente al absurdo? No tengo como Guitton la profunda intuición de quien logra otear lúcidamente el futuro. Lo cierto es que sus ‘razones para creer’, enunciadas en este libro-memoria-testamento constituyen un faro luminoso y necesario para leer las sinuosas mutaciones del presente y para anunciar las razones de esperanza que la praxis y pensamiento cristiano están llamados a ofrecer en esta hora del mundo.
Erasto Antonio Espino Barahona. MLitt., MEd.
Universidad Santa María La Antigua (Panamá)
Universidad de La Sabana (Colombia)

2004-11-10- Esp.

 

+++

 

JEAN JACQUES ROUSSEAU

 

Jean Jacques Rousseau es el contrapunto al optimismo intelectual de los «filósofos ilustrados». Veía en la razón una grave amenaza y una causa de que sobre el hombre graviten cadenas cada vez más pesadas.

 

Por José OCARIZ BRAÑA
En Historia sencilla del pensamiento político


Jean Jacques Rousseau nació en Ginebra, en 1712, de una familia de artesanos relojeros, pero la mayor parte de su vida la pasó en Francia. Su madre murió poco después de traerlo al mundo y, cuando todavía era un adolescente, su padre tuvo que exiliarse, con lo que Jean Jacques quedó abandonado y tuvo que ganarse la vida como pudo yendo de un sitio a otro. A los veintinueve años marchó a París, donde se relacionó con los «filósofos» y colaboró en la «Enciclopedia» escribiendo varios artículos sobre música y sobre economía. Muy pronto, sin embargo, surgiría una profunda y definitiva enemistad entre Rousseau y los «filósofos». En 1750 ganó un premio de la Academia de Dijon con su Discurso sobre las ciencias y las artes y posteriormente escribió bastantes obras literarias y políticas, entre las cuales las más importantes son Discurso sobre el origen de la desigualdad, Emilio, El contrato social y Confesiones.

Jean Jacques Rousseau es el contrapunto al optimismo intelectual de los «filósofos ilustrados». Éstos tenían una fe ilimitada en la razón y en su capacidad liberadora, aquél veía en ella una grave amenaza y una causa de que sobre el hombre graviten cadenas cada vez más pesadas.

Lo que Rousseau escribió está íntimamente relacionado, directamente o por contraste, con su propia vida; con su personalidad compleja y contradictoria, sensual y atormentada, con sus vivencias más hondas y con su formación autodidacta. Se enfrentó intelectualmente al racionalismo de los «ilustrados» sin dejar él mismo de ser un racionalista; de una afectividad exacerbada, fue incapaz de establecer relaciones duraderas; preconizando una gran dedicación a la educación de los niños, envió a todos los suyos —ilegítimos— al hospicio y no los volvió a ver; tuvo amantes de distinto nivel social, frecuentó los salones de damas «ilustradas» y llegó a casarse con una sirvienta analfabeta.

Durante toda su vida, Rousseau tuvo dos sentimientos que, combinados, explican, en gran parte, sus escritos políticos: en primer lugar, el de que obraba mal a pesar de considerarse un hombre bueno, y en segundo lugar, el de que la sociedad era profundamente injusta y que le perseguía sin tregua. Este último sentimiento fue agravándose hasta convertirse en manía persecutoria de nivel netamente patológico. Murió en 1778.

La inevitable necesidad de autojustificación llevó a Rousseau al convencimiento de que el hombre, naturalmente bueno, actúa mal, forzado por la sociedad que lo corrompe al privarle de verdadera libertad. Esta conclusión, que expone como habiéndola comprendido, con absoluta claridad, en una especie de visión intelectual, la erige en el principio de toda su teoría política. Una vez formulado este principio, intentará explicar por qué las cosas son de esta manera y cuál debe ser el camino a seguir para salir de esta triste situación.

¿Cuál ha podido ser la causa de que el hombre, naturalmente bueno, con un sentimiento de compasión hacia los demás, haya podido llegar a la depravación en que se encuentra? La razón es clara para Rousseau: porque, en la sociedad, ha perdido la libertad. Esto ha sucedido porque la división del trabajo llevó a la propiedad privada; ésta, a la desigualdad, con la consiguiente dominación de unos sobre otros, y, finalmente, por la opresión también política, consecuencia de la económica, a la pérdida de libertad, que hace que el hombre ya no sea dueño y responsable de sus actos. Además, esta desigualdad hace que la misma razón se pervierta, haciendo que el estudio y la misma filosofía sólo sirvan para intentar demostrar la propia superioridad y para justificar las consecuencias de la pérdida de libertad, tanto a nivel personal como político. Rousseau piensa, pues, haber demostrado que, mientras no se cambien las condiciones sociales, no serán posibles la verdadera libertad y felicidad del hombre, que seguirá forzado a actuar mal.

Dadas estas premisas y conclusiones, parecería lógico esperar que Rousseau propusiese volver a la situación de primitiva igualdad, aboliendo la propiedad privada, cosa que, sin embargo, no hace, pues afirma que los acontecimientos históricos que condujeron a la propiedad privada no pueden desandarse.

Para justificar su teoría recurre al modelo del «Contrato Social», recurso todavía muy utilizado en su época, pero que, dada su visión del hombre primitivo y de la sociedad, era innecesario y, en gran medida, contradictorio. El hombre primitivo no sería un ser social ni moral; sería como un animal, libre y feliz, capaz de satisfacer sus necesidades de nutrición, reproducción y descanso. No conociendo el lenguaje, invento social, no podría razonar ni tener, por tanto, ninguna regla moral; sería un ser benévolo, ya que la búsqueda de su propio bienestar vendría condicionada por su repugnancia ante el sufrimiento ajeno, por su única virtud natural: la compasión.

¿Cómo es posible recurrir, entonces, a la idea de un contrato social por parte de unos seres que viven felices en su situación de libertad, que no se sienten amenazados por los demás, todos ellos benévolos, cuando, además, no son ni sociales, ni morales, ni racionales? Aun cuando las explicaciones de Rousseau no son del todo claras, parece que considera como causa determinante de la asociación de los hombres la necesidad de defenderse mejor de ciertos sucesos de la Naturaleza, como terremotos, inundaciones, etc. En cualquier caso, a pesar de que en algunos pasajes pueda parecer lo contrario, no hay que perder de vista que el modelo de contrato social no pretende ser algo histórico, sino simplemente metafórico. Lo que Rousseau quiere decir es que el lenguaje, los valores morales, los derechos, e incluso la razón, son adquiridos por el hombre en la sociedad y que no son previos a ella. Sólo considera como estrictamente natural, en el nivel individual, el sentimiento de compasión.

El hombre ha pasado de una vida animal, puramente instintiva y estúpida, a una vida más rica en que las relaciones se desarrollan en base a unas normas inventadas en sociedad; el hombre se ha civilizado. El problema estriba en que, por accidente, los hombres han creado una estructura social con tanta desigualdad que de ella se ha seguido una reata de consecuencias negativas que hacen que la sociedad esté corrompida y sea causa de corrupción del hombre, incluida su razón; se ha llegado a un extremo en que «un hombre que piensa es un animal depravado».

Como es imposible, y ni siquiera deseable, volver a la situación de bondad natural previa a la sociedad, el objetivo es, pues, claro para Rousseau: habrá que restaurar al hombre en su bondad natural, devolviéndole su libertad primigenia, mediante la unión de la razón, producto de la sociedad, con el sentimiento de benevolencia, previa a ella, y para esto será preciso eliminar las graves desigualdades que pervierten al hombre, haciéndolo egoísta y agresivo. Ahora bien, ¿cómo es posible compaginar la libertad del hombre con las exigencias de la irrenunciable vida social, es decir, con la necesidad de someterse a un orden moral? Para Rousseau sólo existe una solución: aplicar fielmente el «Contrato Social». Por él, todos y cada uno de los individuos hacen entrega a la comunidad de todos sus derechos (en el sentido de pretensiones, reivindicaciones); como esta cesión se hace a la comunidad total y no a ninguna otra persona o grupo, la voluntad y los derechos de cada individuo no quedan sometidos a los de ningún otro, sino a la «Voluntad general» de esa persona colectiva de la cual él es una parte. Esa voluntad general busca siempre el bien común, es decir, la defensa de la persona y de la propiedad de cada miembro, y, por tanto, lo mismo que buscaba cada uno de los individuos en el «estado de naturaleza». De esta forma, además de quedar garantizada la moralidad, cuando se obedece a la «Voluntad general», queda también garantizada la libertad individual, ya que se está obedeciendo a sí mismo.

Para que este «obedecerse a sí mismo» sea auténtico, es preciso que la soberanía resida realmente en la comunidad, cuya voluntad es la «Voluntad general», y que ésta no quede suplantada por la de un grupo o asamblea de representantes. El poder legislativo ha de quedar directamente en manos de la comunidad, y la voz y voto de cada ciudadano han de tener idéntico valor.

El gobierno puede adoptar las formas de monarquía, aristocracia o democracia, según sean las circunstancias del país (tamaño, clima, etc.), pero estará siempre subordinado a las decisiones de la comunidad, de las cuales es un mero administrador. Aun cuando las preferencias de Rousseau van hacia una aristocracia electiva, subraya que lo fundamental es que no sólo se reconozca la suprema soberanía de la comunidad, sino que ésta produzca la voluntad general a través de un sistema legislativo de democracia directa. Cuando alguna ley deba elaborarse por un grupo de personas, se requerirá para su aprobación un referéndum de la comunidad.

Para Rousseau la voluntad general es absoluta e infalible; ella determina qué es el bien común. Si algún individuo disiente con respecto a alguna ley de la comunidad, y está bien formado como ciudadano, reconocerá que, a pesar de su punto de vista, esa ley tiende también a su bien y la obedecerá. Si se diese el caso de que se opusiera a la voluntad general, por tanto al bien común, debería ser obligado a obedecer. Rousseau llega a decir que se le obligaría a ser libre.

El radicalismo de concebir la voluntad general como absoluta e infalible e identificar su aceptación con la verdadera libertad viene suavizado por la distinción que Rousseau hace entre voluntad general y voluntad de todos. La voluntad general no se equivoca, pero es concebible que la mayoría, o todos, se equivoquen buscando cada cual lo que considera su provecho particular. Esta posibilidad es, sin embargo, tanto más pequeña cuanto más grande sea la mayoría y cuanto mejor formados estén los ciudadanos, cuanto más «virtuosos» sean.

De la necesidad de ciudadanos virtuosos deduce Rousseau la necesidad de crear una alta moralidad social. Para ello, considera necesario que el Estado regule la actividad económica, de forma que se evite la excesiva desigualdad; deberá regular también la religión y la opinión pública, para que los ciudadanos aprendan a pensar, en primer lugar, en el bien común. Habrá que establecer un sistema de censura, con el fin de evitar que las opiniones de los ciudadanos puedan corromperse, y una «religión civil», cuyo contenido será determinado por la voluntad general, de forma que la atención de los ciudadanos se dirija hacia el bien de la comunidad en lugar de pensar en otro mundo. Con estas medidas podrá conseguirse la virtud del patriotismo, por la que los ciudadanos identificarán el bien de la patria con el propio bien.

Una dificultad para establecer este tipo de sociedad es que exigiría unos ciudadanos virtuosos y que éstos sólo podrían conseguirse en esa sociedad ya establecida. Por ello, Rousseau indica que habría que acercarse a esa situación estable, en la medida de lo posible, por medio de unos legisladores transitorios que iniciarían el proceso y lo dejarían tan pronto como la estructura de la sociedad y el nivel moral de los ciudadanos. hubieran alcanzado un nivel adecuado.

Para concluir, conviene resaltar que, según Rousseau, el Estado es un producto del contrato social, por tanto convencional, y que no tiene ningún sentido hablar de ley natural o derechos naturales; no hay más ley y derechos que los que propone la voluntad general. También puede señalarse que Rousseau vuelve al concepto de libertad de los clásicos griegos, consistente en la participación en la «res publica».
©1988 by José OCARIZ BRAÑA.
©1988 by EDICIONES RIALP, S. A.

Agradecemos al autor - Arvo. net - MMV.XII.II.

 

+++

 

Parece que los políticos y novelistas de moda se han puesto de acuerdo para escupir sobre el cristianismo. Parece que el pensamiento único quiere dar una vuelta de tuerca y barrer la presencia cristiana de la vida europea. En realidad, esos políticos y escritores repiten la ingenuidad de Herodes, y me temo que tropezarán en la misma piedra, como ya tropezaron sus ilustrados padres. Paul Hazard nos dice que el Siglo de las Luces fue crítico hasta la extenuación, y que el centro de su crítica tenía un nombre propio: Jesucristo. Mucho más que una reforma, querían abolir la Cruz, eliminar la posibilidad de una comunicación entre Dios y el hombre.
Hazard lo explica en ese libro extraordinario que es El pensamiento europeo en el siglo XVIII, en una primera parte que titula El proceso al cristianismo. Podríamos pensar que exagera si no viéramos lo que estamos viendo, y si Julián Marías no hubiera dicho lo mismo en La perspectiva cristiana, otro lucidísimo ensayo que cobra ahora más actualidad que nunca. Desde que existe el cristianismo –explica nuestro pensador–, el ser humano se ha podido ver de una manera nueva. En primer lugar, creado. En segundo lugar, libre. Y, además, imagen de Dios y amado por Él para siempre, de manera que seguirá viviendo después de la muerte corporal y biológica. Todo ello representa una radical novedad, una innovación histórica de una magnitud incomparable con cualquier otra. Sin embargo, «se puede hablar de un proceso de descristianización en varias etapas, realizado por distintos equipos que se han ido relevando, con extraña continuidad, desde el siglo XVIII».
Por sí algún novelista desea tomar nota, un Dostoyevski ateo dispuso de media docena de años para pensar, preso en Siberia, sobre la vida humana y su sentido. Fruto de esa experiencia es Memorias de la casa muerta, un magnífico relato que inaugura el género de las memorias de presidio. Pero Dostoyevski vivió en Siberia una experiencia mucho más intensa que la carcelaria. Pudo leer el Nuevo Testamento, y en esas páginas descubrió que «nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero, además –y lo digo con un amor entusiasta–, no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, yo preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad».
En este asunto, el problema de nuestros políticos es que se ven obligados a negar la evidencia, pues está claro que la Historia no ha sido dividida por Julio César o Pendes, ni por Picasso o Fidel Castro, sino por Jesucristo. Y que su autoridad es radical e inaudita: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Hegel y Nietzsche –que no son curas ni profesores de Religión– afirman que la realidad histórica de Jesucristo ha hecho violencia a la Historia hasta convertirse en su quicio, hasta cambiar su derrotero de forma irreversible. Hoy, mientras releo a Hopkins, tan querido y tan bien traducido por Dámaso Alonso, me llaman la atención los títulos y piropos que dedica al Dios encarnado: Orgullo, Rosa, Príncipe, Héroe nuestro, Amor del corazón, Señor de las mareas, del antiguo diluvio, del año que termina... Y no me cabe duda de que es también Señor de los políticos.
José Ramón Ayllón – 2004.11.07-Esp-

 

+++

 

Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia.

 

+++

 

La Iglesia consecuente con el mandato del Señor a ser católica, debe afrontar una amplia acción misionera, que tenga en cuenta las nuevas situaciones de Europa, -y no solo- cada vez más multiétnica y multicultural.

 

+++

 

San Pablo escribe a Timoteo para fortalecerlo en la "buena-bella batalla" (1 Tim 6, 12) de la que él dio testimonio al ser derramado en libación. Dar testimonio de la verdad es esencial para el coraje de ser obispo, sobre todo en las causas más significativas y urgentes como son hoy el Evangelio de la familia y de la vida. Si es alarmante la proporción del desafío, es estimulante la capacidad de gozosa proclamación de esta causa central de la humanidad, la creciente dinámica de la defensa de la familia y de la humanidad, en donde se juega el futuro de la Iglesia.

 

+++

 

El obispo está llamado a asumir no sólo el papel petrino de apaciguar el rebaño que ya está reunido, sino también la misión paulina de llegar a aquellos que aún no se unieron al rebaño y ofrecerlos a Cristo. Pedro y Pablo. El Pastor y el misionero. Estos dos aspectos constituyen parte integrante del papel del obispo en la Iglesia.

 

+++

 

“Señor Jesucristo,
Camino, Verdad y Vida,
rostro humano de Dios
y rostro divino del hombre,
enciende en nuestros corazones
el amor al Padre que está en el cielo
y la alegría de ser cristianos.

Ven a nuestro encuentro
y guía nuestros pasos
para seguirte y amarte
en la comunión de tu Iglesia,
celebrando y viviendo
el don de la Eucaristía,
cargando con nuestra cruz,
y urgidos por tu envío.

Danos siempre el fuego
de tu Santo Espíritu,
que ilumine nuestras mentes
y despierte entre nosotros
el deseo de contemplarte,
el amor a los hermanos,
sobre todo a los afligidos,
y el ardor por anunciarte
al inicio de este siglo.

Discípulos y misioneros tuyos,
queremos remar mar adentro,
para que nuestros pueblos
tengan en Ti vida abundante,
y con solidaridad construyan
la fraternidad y la paz.

Señor Jesús, ¡Ven y envíanos!

María, Madre de la Iglesia,
ruega por nosotros.
Amén”.
S. S. BENEDICTUS PP. XVI – VAT.  MMV.XI.XXX.

 

+++

 

Juan Pablo II, Pont. Max. (1920-2005), conocido como el ‘Magno’.
Homilía ante los trabajadores en Luxemburgo, mayo 1985

 

“Hacedlos fructificar” (cf Lc 19,13): trabajo humano y Reino de Dios.


      Cuando Dios creó la humanidad, el hombre y la mujer, dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla.” (cf Gn 1,28) Este es, de alguna manera, el primer mandamiento de Dios, relacionado con el orden de la creación. El trabajo humano corresponde a la voluntad de Dios. Cuando decimos: “Hágase tu voluntad...” nos referimos también al trabajo que llena todas las jornadas de nuestra vida. Nos damos cuenta que cumplimos esta voluntad del creador cuando nuestro trabajo y las relaciones humanas que genera están impregnados de los valores de la iniciativa, del coraje, de la confianza, de la solidaridad que son otros tanto reflejos de la imagen de Dios en nosotros...
      El creador ha dotado al hombre del poder de dominar la tierra. Le confía el dominio de la naturaleza por el propio trabajo, por sus capacidades para llegar a un desarrollo feliz de su propia personalidad y de la comunidad entera. Por su trabajo, el hombre obedece a Dios y responde a su confianza. Esto no está ajeno a la petición del Padrenuestro: “Venga a nosotros tu reino.” El hombre actúa para que el plan de Dios se realice, consciente de ser imagen y semejanza de Dios y de haber recibido de él su fuerza, su inteligencia, sus aptitudes para realizar una comunidad de vida por el amor desinteresado hacia sus hermanos. Todo lo bueno y positivo en la vida del hombre se desarrolla y llega a su meta auténtica en el Reino de Dios. Habéis escogido bien el lema: “Reino de Dios, vida del hombre,” porque la causa de Dios y la causa del hombre están ligadas la una a la otra. El mundo progresa hacia el Reino de Dios gracias a los dones de Dios que permiten el dinamismo del hombre. Dicho de otro modo: orar para que venga el Reino de Dios significa orientar todo el ser hacia aquella realidad que es el fin último del trabajo del hombre.

 

+++

 

La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con soberbia, nos imaginemos ya perfectos.

 

Es inevitable que haya muchas dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos, no seríamos criaturas de carne y hueso.

 

Siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos delirios más o menos vehementes.

Advertir en el cuerpo y en el alma el aguijón de la soberbia, de la sensualidad, de la envidia, de la pereza, del deseo de sojuzgar a los demás, no debería significar un descubrimiento.

 

Es un mal antiguo, sistemáticamente confirmado por nuestra personal experiencia; es el punto de partida y el ambiente habitual para ganar en nuestra carrera hacia la casa del Padre, en este íntimo deporte.

 

Por eso enseña San Pablo: yo voy corriendo, no como quien corre a la ventura, no como quien da golpes al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros, venga yo a ser reprobado.

El cristiano no debe esperar, para iniciar o sostener esta contienda, manifestaciones exteriores o sentimientos favorables.

 

La vida interior no es cosa de sentimientos, sino de gracia divina y de voluntad, de amor. Todos los discípulos fueron capaces de seguir a Cristo en su día de triunfo en Jerusalén, pero casi todos le abandonaron a la hora del oprobio de la Cruz.

Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, con el corazón firmemente anclado en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas.

 

Cuando hay amor, hay entereza: capacidad de entrega, de sacrificio. de renuncia. Y, en medio de la entrega, del sacrificio y de la renuncia, con el suplicio de la contradicción, la felicidad y la alegría.

 

Una alegría que nada ni nadie podrá quitarnos.

En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia.

 

El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada.

 

Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día.

 

Nos busca, como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado.

 

Jesucristo siempre está esperando que volvamos a El, precisamente porque conoce nuestra debilidad.

 

+++

 

Sed siempre humildes y amables; sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Dios acepta y recibe con agrado a la Iglesia como sacrificio cuando la Iglesia conserva la caridad que derramó ella el Espíritu Santo: así, si la Iglesia conserva la caridad del Espíritu, puede presentarse ante el Señor como una hostia viva, santa y agradable a Dios. 

+++

 

Evangelio según San Juan (3,16-18)
En aquel tiempo Jesús dijo a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

La fuente del amor
En la liturgia del día la segunda lectura, de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, es la que más directamente evoca el misterio de la Santísima Trinidad: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros». Pero ¿por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios, para añadirnos también el enigma de que él es «uno y trino»? Hay hoy día algunos a los que no les disgustaría dejar aparte la Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y musulmanes, que profesan la fe en un Dios rígidamente único.

¡Los cristianos creen que Dios es trino porque creen que Dios es amor! Es la revelación de Dios como amor, hecha por Jesús, la que ha obligado a admitir la Trinidad. No es una invención humana. Dios es amor, dice la Biblia. Así que está claro que si es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, no dirigido a alguien. Entonces nos preguntamos: ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ama a los hombres. Pero los hombres existen desde hace algunos millones de años, no más. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios? No puede de hecho haber comenzado a ser amor en cierto punto del tiempo, porque Dios no puede cambiar. Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

Y he aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con un amor infinito, esto es, en el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une.

El Dios de la revelación cristiana es uno y trino porque es comunión de amor. La teología se ha servido del término «naturaleza» o «sustancia» para indicar en Dios la unidad, y del término «persona» para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es una regresión, un compromiso entre monoteísmo y politeísmo. Es un paso adelante que sólo Dios mismo podía hacer que diera la mente humana.

Pasemos ahora a algunas consideraciones prácticas. La Trinidad es el modelo de toda comunidad humana, desde la más sencilla y elemental, que es la familia, a la Iglesia universal. Muestra cómo el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de intenciones, de pensamiento, de voluntad; diversidad de sujetos, de características y, en el ámbito humano, de sexo. Y vemos precisamente qué puede aprender una familia del modelo trinitario.

Si leemos con atención el Nuevo Testamento, observamos una especie de regla. Cada una de las tres personas divinas no habla de sí, sino de la otra; no atrae la atención sobre sí, sino sobre la otra. Cada vez que el Padre habla en el Evangelio lo hace siempre para revelar algo del Hijo. Jesús, a su vez, no hace sino hablar del Padre. El Espíritu Santo, cuando llega al corazón de un creyente, no enseña a decir su nombre, que en hebreo es «Rûah», sino que enseña a decir «Abbà», que es el nombre del Padre.

Intentemos pensar qué produciría este estilo si se transfiriera a la vida de una familia. El padre, que no se preocupa tanto de afirmar su autoridad como la de la madre; la madre, que antes de enseñar al niño a decir «mamá» le enseña a decir «papá». Si este estilo fuera imitado en nuestras familias y comunidades, éstas se convertirían verdaderamente en un reflejo de la Trinidad en la Tierra, lugares donde la ley que rige todo es el amor. ZS05052002
[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]

+++

 

--Benedicto XVI vino a la abadía después de la elección. ¿Qué significado tiene esta visita?

--Abad Power: La Iglesia de Roma se fundó sobre dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo, no sobre uno ni sobre el otro, sino sobre los dos juntos. Es algo que a veces se olvida, dada la importancia de san Pedro y del Vaticano.
El Santo Padre decidió reconocer de nuevo este antiguo lazo, tomando posesión de la Basílica de San Pablo junto (de hecho al día siguiente) de la de San Pedro. Las catedrales del obispo de Roma son las cuatro basílicas patriarcales: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán (ésta es propiamente la catedral de la diócesis de Roma), y Santa María la Mayor.
El Papa vino a San Pablo, por tanto, para venerar al apóstol y tomar posesión de la cátedra, por tanto, no vino en primer lugar para visitar a los monjes de la Abadía. Ahora bien, obviamente, la comunidad monástica, en calidad de «capítulo» de la Basílica, le dio la bienvenida. 2005.04

 

+++

 

«Espíritu Santo, llena mi alma
con la abundancia de tus dones.

Dame el don de la SABIDURÍA
para gustar las cosas que Dios ama
y apartarme de los valores
que me apartan del Evangelio de Jesús.

Dame el don de INTELIGENCIA
para vivir con fe viva
toda la riqueza de la verdad cristiana.

Dame el don de CONSEJO
para que en medio de los acontecimientos
pueda descubrir lo mejor
y crecer en la fe bautismal.

Dame el don de FORTALEZA
de manera que sea capaz de vencer
todos los obstáculos que encuentre
en el camino del seguimiento de Jesús.

Dame el don de CIENCIA
para discernir claramente
entre el bien y el mal,
la falsedad y la mentira,
el camino ancho y la puerta estrecha
que conduce al Reino.

Dame el don de PIEDAD
para amar a Dios como Padre
y reconocer en los hombres y mujeres
a los hermanos que tengo que servir
y donde Dios me está esperando.

Dame el don de TEMOR DE DIOS
para escuchar y acoger con fidelidad
la plenitud de la revelación
realizada en el Hijo de Dios,
Jesús de Nazaret, el Mesías.»

 

+++

 

El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, « abandonado » por el Padre, él se « abandona » en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La co-presencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática.

 

+++

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

+++

 

¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

+++

 

Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

+++

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por venir a visitarnos 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

‘APRENDER A VIVIR Y A PENSAR’

(Las reflexiones que componen esta pequeña obra, tienen por objeto ayudar al Hombre moderno a lograr la unidad).

Autor: Jean GUITTON – filósofo eminente

Editorial. ENCUENTRO (bolsillo)

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

+++

 

Aspiramos a superarnos, a corregirnos, a hacer bien lo que todavía hacemos mal, a dejar de hacer mal lo que ya deberíamos hacer mejor que nadie. Tenemos aún muchos defectos, y por ello pedimos públicamente disculpas a nuestros lectores.

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Señor, que mis obras sean conformes con mis palabras.      

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).