Sunday 19 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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EL EDICTO DE MILÁN: INITIUM LIBERTATIS, por Angelo Cardenal Scola. “El Edicto de Milán del año 313 tiene un significado histórico, porque marca el initium libertatis del hombre moderno”, afirmaba el ilustre cultor del derecho romano Gabrio Lombardi. Ello sugiere que las medidas, firmadas por los dos Augustos, Constantino y Licinio, determinaron no sólo el fin progresivo de las persecuciones contra los cristianos sino, sobre todo, el acta de nacimiento de la libertad religiosa. Con el Edicto de Milán aparecen por primera vez en la historia las dos dimensiones que hoy llamamos “libertad religiosa” y “laicidad del Estado”, aspectos decisivos para la buena organización de la sociedad política. Si la libertad religiosa no se convierte en libertad realizada situada en la cima de la escala de los derechos fundamentales, toda la escala se derrumba. La libertad religiosa es hoy la señal de un desafío mucho más vasto: el de la elaboración y la práctica, a nivel local y universal, de nuevas bases antropológicas, sociales y cosmológicas de la convivencia propia de las sociedades civiles en este tercer milenio. Este proceso no puede significar un retorno al pasado, sino que debe tener lugar respetando la naturaleza plural de la sociedad. Por tanto debe partir del bien práctico común de estar juntos. Sirviéndose del principio de comunicación entendido correctamente, los sujetos personales y sociales que habitan la sociedad civil deben narrarse y dejarse narrar buscando un reconocimiento mutuo, ordenado, con vistas al bien de todos.

El Edicto di Milán: Initium Libertatis

Discurso del Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán ?6 de diciembre 2012

 

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"La fidelidad a la verdad nos depara una inmesa libertad interior"

 

 

 

«Las afirmaciones contrarias a la verdad histórica ayudan sólo a quien intenta fomentar la animadversión y los enfrentamientos, desde luego, no sirven para mejorar la situación»

 

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Las civilizaciones no firman alianzas, ni tratados de paz ni declaraciones de guerra. No son sujetos políticos, sino vectores supranacionales de movilización: espacios, economías, mentalidades

 

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Incluso si Constantino hubiese querido cambiar así la fe de millones ¿cómo habría podido hacerlo en un concilio sin que se diesen cuenta no sólo millones de cristianos sino centenares de obispos? Muchos de los Obispos de Nicea eran veteranos supervivientes de las persecuciones de Diocleciano, y llevaban sobre su cuerpo las marcas de la prisión, la tortura o los trabajos forzados por mantener su fe. ¿Iban a dejar que un emperador cambiase su fe? ¿Acaso no era esa la causa de las persecuciones desde Nerón: la resistencia cristiana a ser asimilados como un culto más? De hecho, si el cristianismo antes del 325 hubiese sido tal como lo describen los personajes de Brown y muchos neognósticos actuales nunca habría padecido persecución ya que habría encajado perfectamente con tantas otras opciones paganas. El cristianismo fue siempre perseguido por no aceptar las imposiciones religiosas del poder político y proclamar que sólo Cristo es Dios, con el Padre y el Espíritu Santo.

 

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Constantino


 

¿Qué sucedió en el Concilio de Nicea?


El Concilio I de Nicea es el primer Concilio Ecuménico, es decir, universal, en cuanto participaron obispos de todas las regiones donde había cristianos. Tuvo lugar cuando la Iglesia pudo disfrutar de una paz estable y disponía de libertad para reunirse abiertamente. Se desarrolló del 20 de mayo al 25 de julio del año 325. En él participaron algunos obispos que tenían en sus cuerpos las señales de los castigos que habían sufrido por mantenerse fieles en las persecuciones pasadas que aún estaban muy recientes.

 

El emperador Constantino, que por esas fechas aún no se había bautizado, facilitó la participación de los obispos, poniendo a su disposición los servicios de postas imperiales para que hicieran el viaje, y ofreciéndoles hospitalidad en Nicea de Bitinia, cerca de su residencia de Nicomedia (en la actual Turquía). De hecho, consideró muy oportuna esa reunión, pues, tras haber logrado con su victoria contra Licinio en el año 324 la reunificación del Imperio, también deseaba ver unida a la Iglesia, que en esos momentos estaba sacudida por la predicación de Arrio, un sacerdote que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo. Desde el año 318 Arrio se había opuesto a su obispo Alejandro de Alejandría y fue excomulgado en un sínodo de todos los obispos de Egipto. Arrio huyó y se fue a Nicodemia, junto a su amigo el obispo Eusebio.

 

Entre los Padres Conciliares se contaban las figuras eclesiásticas más relevantes del momento. Estaba Osio, obispo de Córdoba (Esp.), que según parece presidió las sesiones. Asistió también Alejandro de Alejandría, ayudado por el entonces diácono Atanasio, Marcelo de Ancira, Macario de Jerusalén, Leoncio de Cesarea de Capadocia, Eustacio de Antioquía, y unos presbíteros en representación del Obispo de Roma, que no pudo asistir debido a su avanzada edad. Tampoco faltaron los amigos de Arrio, como Eusebio de Cesarea, Eusebio de Nicodemia y algunos otros. En total, fueron unos trescientos los obispos que participaron.

 

Los partidarios de Arrio, que contaban con las simpatías del emperador Constantino, pensaban que en cuanto expusieran sus puntos de vista la asamblea les daría razón. Sin embargo, cuando Eusebio de Nicodemia tomó la palabra para decir que Jesucristo no era más que una criatura, aunque muy excelsa y eminente, y que no era de naturaleza divina, la inmensa mayoría de los asistentes notaron en seguida que esa doctrina traicionaba la fe recibida de los apóstoles. Para evitar tan graves confusiones los Padres Conciliares decidieron redactar, sobre la base del credo bautismal de la iglesia de Cesarea. Un símbolo de fe que refleja de modo sintético y claro la confesión genuina de la fe recibida y admitida por los cristianos desde los orígenes. Se dice en él que Jesucristo es ‘de la substancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no hecho, homoousios tou Patrou (consustanial al Padre)’. Todos los Padres Conciliares, ecepto dos obispos, ratificaron el Credo, el Símbolo Niceo, el 19 de junio del año 325.

 

Además de esa cuestión fundamental, en Nicea se fijó la celebración de la Pascua en el primer domingo después del primer plenilunio de primavera, siguiendo la praxis habitual en la iglesia de Roma y en muchas otras. También se trataron algunas cuestiones disciplinares de menor importancia, relativas al funcionamiento interno de la Iglesia.

 

Por lo que respecta al tema más importante, la crisis arriana, poco tiempo después de Eusebio de Nicodemia, contando con la ayuda de Constantino, consiguió volver a su sede, y el propio emperador ordenó al obispo de Constantinopla que admitiera a Arrio a la comunión. Mientras, tanto, tras la muerte de Alejandro, Atanasio había accedido al episcopado en Alejandría. Fue una de las mayores figuras de la Iglesia en todo el siglo IV, que defendió con gran altura intelectual la fe de Nicea, pero que, precisamente por eso fue enviado al exilio por el emperador.

 

El historiador Eusebio de Cesarea, también cercano a las tesis arrianas, exagera en sus escritos la influencia de Constantino en el Concilio de Nicea. Si sólo se dispusiera de esa fuente, podría pensarse que el Emperador, además de pronunciar unas palabras de saludo al inicio a los adversarios y restaurar la concordia, imponiéndose también en las cuestiones doctrinales por encima de los obispos que participaban en el Concilio. Se trata de una versión sesgada de la realidad.

 

Atendiendo a todas las fuentes disponibles se puede decir que, ciertamente, Constantino propició la celebración del Concilio de Nicea e influyó en el hecho de su celebración, prestando todo su apoyo. Sin embargo, el estudio de los documentos muestra que el emperador no influyó en la formulación de la fe que se hizo en el Credo, porque no tenía capacidad teológica para dominar las cuestiones que allí se debatían, pero sobre todo porque las fórmulas aprobadas no coincidían con sus inclinaciones personales que se movían más bien en la línea arriana, es decir, de considerar que Jesucristo no es Dios, sino una criatura excelsa. 

Francisco Varo. Pag. 164 – ‘50 preguntas sobre Jesús’. Juan Chapa-ed. Rialp.2006  

 

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¿Manipuló Constantino el Concilio de Nicea?

 

 

 

Aunque "El Código da Vinci", tan vendido, carece en absoluto de credibilidad histórica y cualquier crítica en este sentido resulta superflua –bien lo advirtió De Prada-, valga un ejemplo entre mil. Guillermo Juan Morado nos escribe acerca de si «¿manipuló Constantino el Concilio de Nicea?». Esta es su respuesta.

 

Por Guillermo Juan Morado


Frente a la herejía de Arrio, que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo, el Concilio de Nicea (325) fijó la ortodoxia cristiana al definir que el Hijo es “consustancial” con el Padre (“homoousios”). Una palabra no bíblica, “consustancial”, es introducida en el Credo para defender, con términos nuevos, la peculiaridad de la fe cristiana, profesada desde los orígenes: Jesucristo es el Hijo encarnado, de la misma sustancia que el Padre, unido esencialmente al Padre. No es una criatura, ni una especie de ser intermedio entre Dios y los seres creados, sino “Dios de Dios y Luz de Luz”. Sólo si Jesucristo es verdadero Dios, nosotros estamos salvados.

La confesión de fe no se cambia en absoluto, sino que se explicita para hacer frente a explicaciones teóricas equivocadas que, con el pretexto de asimilar el cristianismo a la cultura helenística, terminaban por traicionar la herencia apostólica.

El
Concilio de Nicea tiene lugar en un momento particularmente significativo, por cuanto estaba cuajando la instauración de un sistema de Iglesia imperial. Un teólogo notable como Eusebio de Cesarea se sentía fascinado por la idea de la convergencia, en los planes de Dios, entre el Cristianismo y el Imperio. La Providencia había guiado los destinos de la historia para hacer coincidir la aparición del Mesías con la paz imperial; la monarquía celeste con la monarquía romana.

El emperador Constantino personificaba, a los ojos de Eusebio, esa feliz coincidencia. Su papel no era meramente político, sino también religioso. Hará falta esperar el genio de San Agustín para que se plantee la adecuada distancia entre la Ciudad terrena y la Ciudad de Dios.

En la “Vita Constantini”, Eusebio de Cesarea exagera el papel desempeñado por el Emperador en los concilios y, en concreto, en el
Concilio de Nicea. Al emperador le atribuye la tarea de abrir los debates, reconciliar a los adversarios, convencer a unos y doblegar a otros, instando a todos a la concordia. Constantino, según la imagen que de él nos da Eusebio, parece imponerse, incluso en cuestiones doctrinales, sobre los obispos reunidos en el Concilio.

¿Es real esta visión? ¿Puede sostenerse, con argumentos, la idea de que Constantino manipuló el
Concilio de Nicea, imponiendo a todos los Obispos la doctrina del “homoousios” con la finalidad de garantizar la unidad religiosa del Imperio?

La realidad se distancia de esta imagen trazada por Eusebio. Es verdad que el Emperador defendió la relación entre la Iglesia y el Imperio; entre el bien del Estado y el bien de la Iglesia, pero su participación en el
Concilio de Nicea, aunque destacada, fue mucho menos importante de lo que Eusebio de Cesarea nos quiere hacer creer.

El investigador J. M. Sansterre , en su obra “Eusebio de Cesarea y el nacimiento de la teoría cesaropapista”, examinó críticamente catorce textos que proceden del emperador, datados entre 325 y 335. Del análisis de esta documentación extrajo importantes conclusiones, decisivas para desmontar históricamente la construcción de Eusebio.

Constantino convocó el
Concilio de Nicea con la finalidad de fomentar la unidad y eliminar la herejía. Se sintió obligado a velar por las resoluciones dogmáticas y disciplinares, pero jamás aspiró a suplantar a los Obispos. La intervención imperial la entendía como meramente subsidiaria, puesto que la norma última en cuestiones doctrinales había de ser, como de hecho fue, las tradiciones y los cánones eclesiales y la asistencia del Espíritu Santo a los Obispos. Únicamente si los Obispos no conseguían hacer cumplir las decisiones conciliares, el Emperador estaba dispuesto a intervenir para aplicarlas; jamás para imponerlas él mismo.

Constantino no reclama para sí una supremacía sobre el concilio en cuestiones de fe; prerrogativa que, junto a otras, sí está dispuesto a reconocerle Eusebio, quien convierte al emperador en algo más que un guardián de la Iglesia, viendo en él la cúspide religiosa suprema del mundo visible.

El análisis de los documentos imperiales de 325 a 335 prueba, por tanto, de modo concluyente que el emperador no influyó en el
Credo de Nicea. Pero, además, idéntica conclusión se deduce del estudio de la cristología de Constantino, que se deja entrever en alguna de sus cartas. El emperador carecía de la preparación teológica necesaria para dominar los problemas que se abordaron en Nicea. Su cristología es decidamente pre-nicena, como muy bien ha explicado Alois Grillmeier en su importante estudio “Cristo en la tradición cristiana”.

Más allá de visiones precipitadas, bien sean polémicas o apologéticas, el estudio serio de las fuentes se presenta, también en este caso, como el único recurso para reconstruir, de modo fiable, el pasado.
2004.

 

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Sin amor no se puede comprender la Iglesia; en ella tiene lugar una nueva relación entre Dios y el ser humano. 

Tras la muerte y resurrección de Cristo, en la Iglesia tiene lugar una nueva relación entre Dios y cada hombre y mujer.


El don de la participación en la vida de la Trinidad se expresa en una nueva relación entre Dios y el hombre; el elemento principal de esta relación es la Iglesia.


La Iglesia, que Jesús vino a fundar sobre la Tierra, es la comunidad de los hijos que son tales en el Hijo, amados en el Amado. Es la Iglesia del amor.


Todo en la Iglesia viene del amor de la Trinidad. El corazón de la Iglesia es el «ágape», el amor que viene de lo alto y regresa a lo alto, convirtiéndose en la regla de vida de los discípulos de Jesús.


La Iglesia procede de Dios, de la Trinidad; Dios ha tenido tiempo para el hombre y los días del hombre se han convertido en el tiempo penúltimo, ese mientras, que tiene lugar entre la primera venida y su regreso.

En la escuela de María aprendemos a actuar siguiendo a Aquel que nos ha revelado al Dios Trinidad Amor, es decir, en la caridad.

Monseñor Forte – teólogo. Vat. 2004-03-03.

 

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"Los milagros fueron precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que la fe de La Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios". (San Jerónimo)


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Incluso si Constantino hubiese querido cambiar así la fe de millones de cristianos; ¿cómo habría podido hacerlo en un concilio sin que se diesen cuenta no sólo millones de católicos sino centenares de sus obispos? Muchos de los Obispos de Nicea eran veteranos supervivientes de las persecuciones de Diocleciano, y llevaban sobre su cuerpo las marcas de la prisión, la tortura o los trabajos forzados por mantener su fe. ¿Iban a dejar que un emperador cambiase su fe? ¿Acaso no era esa la causa de las persecuciones desde Nerón: la resistencia cristiana a ser asimilados como un culto más? De hecho, si el cristianismo antes del 325 hubiese sido tal como lo describen los personajes de Brown y muchos neognósticos actuales –incluyendo las miles de sectas jehovistas/ testigos de Jehová, bautistas, adventistas, etc.-, nunca habría padecido persecución ya que habría encajado perfectamente con tantas otras opciones paganas. El cristianismo fue siempre perseguido por no aceptar las imposiciones religiosas del poder político y proclamar que sólo Cristo es Dios, con el Padre y el Espíritu Santo.

 

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La historia no puede hacerse sin acudir a las fuentes. Estas fuentes son testimonios, y, como tales testimonios, pueden ser parciales. Para el estudio de los tres primeros siglos del cristianismo, las fuentes son escasas. Pero en este período que estudiamos —especialmente en el siglo IV— son muy numerosas. La abundancia de los escritos de este período se debe probablemente al hecho de que en él la educación retórica era tenida en grandísima consideración y permitía subir fácilmente en la escala social. Hablar hoy de retórica presenta una gran carga peyorativa, mas en aquella época no era así. De hecho, la educación que se recibía entonces se dividía en dos grandes momentos: gramática —correspondería a la escuela media— y retórica —estudios ya universitarios—. Había no sólo que decir las cosas, sino decirlas bien. Y para expresarse bien había que tener un buen conocimiento de los clásicos. Los hombres eminentes tenían la posibilidad de llegar muy alto en la escala social. Esto ocurría así hasta que, a causa de las reformas de Diocleciano y de Constantino, se impuso un orden social más estable para garantizar las ganancias fiscales.

Naturalmente las obras de mayor interés para la historia de la Iglesia son aquéllas de carácter religioso. Mas conviene tener presente la importancia que para el mismo propósito revisten también los autores paganos: en primer lugar, ellos nos permiten conocer mejor el contexto histórico-político y cultural en el cual se desarrollan los acontecimientos de la Iglesia; en segundo lugar, a tales acontecimientos los mismos autores hacen a veces referencia, revelando así su punto de vista diverso. Cultura profana y cultura cristiana, en cambio, fueron tal vez muy cercanas entre ellas: el filósofo pagano Temistio, por ejemplo, estuvo al servicio de emperadores cristianos; y Juliano, antes de volverse pagano, había recibido una educación cristiana.

 

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Roma - A pocos kilómetros de las murallas de Roma, el historiador nos podría mostrar un muro, cercano a la Via Appia, en el sitio llamado Ad Catacumbas, en el cual, en un lugar ligado a la memoria de Pedro y Pablo, algunos visitantes han dejado en la segunda mitad del siglo III y a comienzos del IV, algunos centenares de graffitti con los cuales invocaban la intercesión de los dos Apóstoles. Uno de estos devotos afirma ser ciudadano de Benevento, otros dos, quizá africanos, piden una buena navegación; pero la mayor parte son probablemente de la Urbe. Iban de visita a la Via Appia, especialmente el 29 de junio, día de la conmemoración conjunta de Pedro y Pablo en Roma. Estos son los primeros testimonios de peregrinos cristianos, evidentemente enmarcados en el desarrollo del culto a los mártires, donde la santificación del tiempo y del espacio se implican mutuamente.

Aun cuando la peregrinación cristiana se inserta en el contexto más amplio de la peregrinación practicada en muchas religiones, se distingue de éstas, especialmente a partir de la época de Constantino, con la creación de una red de lugares bíblicos objeto de veneración, ligados a tal o cual personaje o acontecimiento del Antiguo o del Nuevo Testamento, y especialmente a Cristo. Así nació el concepto de "Tierra Santa" en la cultura del pueblo cristiano. Los cristianos tenían ya su propia historia. Desde el siglo II, tienen también una geografía.

Sin embargo, a diferencia del Islam o del Judaísmo anterior al año 70, las peregrinaciones cristianas se colocan en la categoría de las adiaphora, es decir, de las prácticas indiferentes, ni recomendadas ni prohibidas. Esto explica la gran variedad de peregrinaciones cristianas en general y también a Tierra Santa. Ante todo, no es posible apreciar una continuidad perfecta entre las peregrinaciones de los tiempos bíblicos y los de época cristiana, aunque sean a Jerusalén, porque el motivo de la peregrinación puede ser muy diferente.

En cualquier caso, dependiendo del tipo de peregrinación, el peregrino hace memoria, actualiza los acontecimientos y personajes de la Historia Sagrada, o recoge el testimonio de la fe apostólica, por ejemplo, en Roma o en Compostela, y por tanto, se inserta en la trama de la Iglesia que peregrina a través de los siglos, es decir, en la comunión de los santos vivida y experimentada. Esto significa que el mismo peregrinar recibe su calificación particular de la finalidad perseguida y del tipo de lugar santo visitado.

 

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Sortija en oro- ca. 390 d.Cristo. Roma.

 

 

Constantino y Licinio, Galerio - EUROPA

En el verano del 306 Constantino

Un aniversario trascendental

 

Por LUIS SUÁREZ FERNÁNDEZ*

... En el verano del 306 Constantino, aclamado por los suyos -su poder viene de abajo y no de arriba- reconocido en todo el Occidente, la futura Europa, toma una decisión que dura siglos: suspender la persecución y aceptar la libertad religiosa...

 

EL libro de Dan Brown, llevado al cine, con amplia recaudación y movilización de fondos, ha puesto en marcha una nueva leyenda, entre las muchas que se han venido acumulando en torno al emperador Constantino, cuyo nombre ha sido borrado del mapa al sustituirlo por el de la «Sublime Puerta». Y, sin embargo, ahora que acaban de cumplirse mil setecientos años de su proclamación como augusto de las cuatro naciones de Occidente, entre ellas Hispania, que iniciaba entonces su andadura como nación, reivindicando la herencia romana y no otra alguna, parece oportuno que los historiadores fijemos la vista en esta efeméride, pues de ella se derivaron consecuencias trascendentales para los europeos. Roma había llegado a dominar el ecúmene, haciendo de él un «mar nuestro» rodeado de tierras, recogiendo además el patrimonio de una concepción del ser humano como persona, en términos de derecho, y no como individuo. Pero este avance, que permitía descubrir la existencia de un primer Motor, Causa del Universo, haciendo de éste una criatura, venía señalado también por profundas divisiones.

El «helenismo», como recordaría años más tarde el emperador Juliano al abandonar el cristianismo, había hecho progresos increíbles en el campo de la ciencia y del conocimiento de la persona humana, pero tropezaba con un obstáculo al parecer insalvable: encerraba al ser humano en una inmanencia radical, de la que no parecía haber otro medio de fuga que el de aceptar o rechazar abiertamente el placer; pues el mundo se encuentra ligado a un mecanismo que convierte a la existencia prácticamente en una angustia entre dos nadas. El «cristianismo» que recogía la herencia bíblica, ese salto en el tiempo como habría de recordarnos Jaspers al término de la Segunda Guerra mundial, afirmaba que, por ser Jesús Dios y Hombre, esa misma persona humana se trasciende a sí misma con una capacidad de amor hacia el mundo creado, hacia el prójimo y, en definitiva, hacia Dios, que es Trascendencia absoluta.

Muchas novelas y, después, películas del modelo «peplum» nos han inducido a error, como si el Imperio, durante doscientos cincuenta años, hubiese perseguido tenaz y cruelmente a los cristianos, montando espectáculos cooperadores de los que se desarrollaban en el circo máximo o en otros lugares semejantes. Conviene decir que, en ese gran monumento romano que aún sirve de meta a los turistas, nunca se produjeron cosas semejantes. Podríamos explicar la situación en otros términos. Roma dudó: el cristianismo aparecía sin duda como un gran peligro, una necesidad de cambio o una puerta que era necesario abrir para poder entender el humanismo que los helenistas preconizaban. Por eso había alternancias: momentos de dura y terrible persecución, a veces limitada a ciertas regiones, sucedidos por otros acordes con el consejo de Trajano a Plinio el Joven: procura no enterarte y así no tendrás que perseguir. El propio Diocleciano, a quien Constantino venía a suceder, vaciló durante la mayor parte de su gobierno y vino a ceder por las presiones de Galerio, un tradicionalista que quería anclarse en el tiempo y desarraigar las novedades. Comenzó la sistemática persecución, destinada a desarraigar el cristianismo. Y fracasó, como todos los totalitarismos que, hasta nuestros días, han intentado algo semejante.

 

En el verano del 306 Constantino, aclamado por los suyos -su poder viene de abajo y no de arriba- y reconocido en todo el Occidente, la futura Europa, toma una decisión que dura siglos: suspender la persecución y aceptar la libertad religiosa. Los obispos de Hispania, la más madura de todas las naciones de Occidente, aprovechan la nueva oportunidad para celebrar un Concilio en Iliberris, fijando bien las dimensiones de su fe.

 

Importa mucho señalar, frente a las tonterías que se divulgan, que ya entonces la divinidad de Cristo, perfecto hombre, estaba en la base de partida para el reconocimiento de la persona. Galerio aprendió la lección y fue él quien, el 311, promulgó ese texto que hemos confundido con el edicto de Milán, declarando al cristianismo religión lícita. No, señor Dan Brown, no siga aprovechándose de la estulticia de muchas personas para contar mentiras. Ni las liebres corren el mar ni las sardinas trepan por el monte. Y quien se vale de la credulidad o ignorancia para hacer fortuna, causa, acaso sin pretenderlo, un daño irreparable.

Pues ahí está la clave. Hace mil setecientos años, al reunirse Constantino y Licinio en Milán, para trazar el futuro, se puso la primera piedra del edificio europeo, aquel que ahora muchos pretenden derrumbar arrancando una a una las piedras que se emplearon. Fue entonces cuando se atisbó la idea clave de la europeidad, libertad religiosa, que iba a permitir crear la síntesis definitiva entre esas tres grandes contribuciones al patrimonio europeo: el antropocentrismo helénico, el ius romano y la calidad de la persona humana capaz de trascenderse, que aportaba el cristianismo de raíz judía. Cuando en 1947 los fundadores de la nueva Europa, Schuman, De Gasperi, Adenauer -y ahora lo ha recordado la señora Merkel- pusieron en marcha la nueva etapa, estaban pensando en esto y no en nacionalismos ni en estructuras económicas. Había que rectificar errores: los derechos humanos no son el resultado de una opción o de un consenso, pues forman parte de la naturaleza humana. Y se edifican sobre tres piedras clave: vida, libertad y propiedad. La aceptación de esto, pese a los muchos desvíos y abandonos que hemos de registrar, permitió a Europa emprender un camino que la colocaría por delante de todas las culturas.

Esto debemos conmemorar ahora, diecisiete siglos después. Aquel gesto de Constantino, hijo de una cristiana, Helena, que desde aquel instante superaba las deficiencias jurídicas de su condición resultó decisivo. Tal vez no se daba mucha cuenta de lo que hacía. Por eso dos decenios más tarde, pidió a su amigo Osio que le ayudara a hacer de la comunidad cristiana una sólida unidad de pensamiento y doctrina, que no permitiera dudas. En el tramo final de su existencia tomó la decisión lógica: si yo descubro en mi mundo en torno una fuerza superior e indudable, no puedo tolerarla, sino que debo amarla. Y por eso se bautizó. Estaba construyendo un futuro. El Imperio, en su parte oriental, la más cristiana, iba a durar todavía más de un milenio. Una lección, no cabe duda, que nada tiene que ver con ese retorno a la magia y a la leyenda fantástica que ahora nos quieren introducir en vez de la verdad. Pero únicamente la Verdad hace libres, no lo olvidemos.

*de la Real Academia de la Historia

2006-08-25 – España

 

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Historia – Inquisición - En efecto, la imposibilidad de acceder a la totalidad de la verdad partiendo de una disciplina particular es una convicción hoy ampliamente compartida. Por consiguiente, es necesaria la colaboración entre representantes de las diversas ciencias. Además, en cuanto se afronta un asunto complejo, los investigadores sienten la necesidad de aclaraciones recíprocas, respetando obviamente las competencias de cada uno. Por este motivo, la Comisión histórico-teológica para la preparación del gran jubileo con razón ha considerado que no podía reflexionar de modo adecuado sobre el fenómeno de la Inquisición sin escuchar antes a expertos en las ciencias históricas, cuya competencia fuera reconocida universalmente.

 

La cuestión, que guarda relación con el ámbito cultural y las concepciones políticas del tiempo es, en su raíz, exquisitamente teológica y supone una mirada de fe a la esencia de la Iglesia y a las exigencias evangélicas, que regulan su vida. Ciertamente, el Magisterio de la Iglesia no puede proponerse realizar un acto de naturaleza ética, como es la petición de perdón, sin antes informarse exactamente sobre la situación de ese tiempo. Pero tampoco puede apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, ya que a menudo tienen una sobrecarga de emotividad pasional que impide un diagnóstico sereno y objetivo. Si no tuviera en cuenta esto, el Magisterio faltaría a su deber fundamental de respetar la verdad. Por eso, el primer paso consiste en interrogar a los historiadores, a los que no se les pide un juicio de naturaleza ética, que sobrepasaría el ámbito de sus competencias, sino que contribuyan a la reconstrucción lo más precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres y de la mentalidad de entonces, a la luz del marco histórico de la época.

Sólo cuando la ciencia histórica haya podido reconstruir la verdad de los hechos, los teólogos y el mismo Magisterio de la Iglesia estarán en condiciones de dar un juicio objetivamente fundado.

En el umbral del tercer milenio, es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos, alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen guiar por el espíritu de perdón y reconciliación testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes mediante un diálogo leal y abierto.

Confío este deseo mío a vuestra consideración y a vuestra oración. Y, al tiempo que invoco sobre cada uno la constante protección divina, os aseguro mi recuerdo en la oración y de buen grado os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos una especial bendición apostólica. 31.10.1998 S. S. Juan Pablo II . Magno

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Se perfilan así diversos interrogantes: ¿se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una culpa vinculada a fenómenos históricos irrepetibles, como las cruzadas o la inquisición? ¿No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual (como hacen escribas y fariseos, según Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no se hallara situada en el tiempo? ¿Se puede acaso, por otra parte, negar que el juicio ético siempre tiene vigencia, por el simple hecho de que la verdad de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor? Cualquiera que sea la actitud a adoptar, ésta debe confrontarse con estos interrogantes y buscar respuestas que estén fundadas en la revelación y en su transmisión viva en la fe de la Iglesia. La cuestión prioritaria es, por tanto, la de esclarecer en qué medida las peticiones de perdón por las culpas del pasado, sobre todo cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte bíblico y teológico de la reconciliación con Dios y con el prójimo.  

 

Recomendamos vivamente: EDICIONES RIALP, MADRID, Beatriz Comella,

La Inquisición española, 1998. Con este libro la autora sintetiza la historia y el funcionamiento de la Inquisición española con rasgos esenciales del contexto religioso, social y económico.

 

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Elena Constancio Cloro Teodora

E INVENTOS SOBRE CONSTANTINO

 

Anillo en oro, romano del 375 d.C.  

  

El Código da Vinci

 

Un montaje descabellado –medias verdades, morbo esotérico y una pizca de escándalo– escrito para ganar dinero y para confundir a la gente

Por Guillermo Urbizu 


Debo confesar que lo leí en su primera edición. No se lo había dicho a nadie hasta ahora. Y actué como si no lo hubiera leído. He escuchado de todo sobre el libro de marras. Absolutamente de todo. La primera noticia la tuve por un poeta, que me hizo partícipe de su entusiasmo. Pero ya se sabe que los poetas son fácilmente impresionables, y más si son líricos. Después de aquello procuré informarme más a conciencia. Los pareceres de los demás son importantes. Es decir, le dije a mi mujer que leyera algunos pasajes y me dijera su opinión. Su sentido común es apabullante. A la semana tenía sobre la mesa el informe. Escueto y contundente, como es ella. "No pierdas el tiempo en majaderías. No merece ni una línea. Se trata de un montaje descabellado –medias verdades, morbo esotérico y una pizca de escándalo– escrito para ganar dinero y para confundir a la gente". Pensábamos lo mismo. Además, el criterio de mi mujer va a misa. Y ahí se quedó el tema.

Pero no habían pasado muchos días cuando recibí la llamada de una amiga, asimismo dedicada a esforzados menesteres literarios, que me contó el siguiente sucedido. Fue con su familia a Nueva York. Allí les esperaban varios matrimonios, más o menos conocidos, todos norteamericanos. Durante una de esas inverosímiles conversaciones en las que se habla de todo y de nada, una de las mujeres se enteró de que mi amiga y su familia eran nada menos que católicos. Los únicos de los allí presentes. Su extrañeza fue mayúscula, su pasmo gestual tomó proporciones vitriólicas. Sus palabras textuales fueron: "¿Cómo es posible que alguien pueda seguir siendo católico después de haber leído El código da Vinci?". Se trataba de lo que podríamos tipificar como una conversa literaria. Había asimilado todo lo escrito en esta novela como verdad absoluta, como dogma histórico, sin plantearse mucho más. Hasta esos extremos de papanatismo cultural estamos llegando. Gracias a una bochornosa falta de formación y a una publicidad desaforada.

A mí la historia de este libro me recuerda un poco a la de El caballo de Troya, de J.J. Benítez. Se trata de una añagaza de ficción con visos de reportaje periodístico. Es un collage virtual, una fantasía de proporciones golfas. Su verosimilitud se sustenta en la ignorancia del personal, en la pasión por lo retorcido y sesgado, por los secretismos paranoicos. Se comienza despreciando la asignatura de Religión, y se termina adorando cualquier barullo petulante. Lo que son las cosas.

Agradecemos al autor - Guillermo Urbizu - guilleurbizu@hotmail.com

El Semanal Digital el 26 de marzo de 2005 – Arvo.net 2006-02-26

 

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LOS DESCENDIENTES DE CONSTANTINO 

 

 

 

I. El cuadro histórico

 

Elena Constancio Cloro Teodora

 

Minervina Constantino I Fausta Constancio Basilina

 

Crispo

Gallo Juliano

Constantino II Constante Constancio II

 

Vamos a estudiar un período histórico entre dos colosos: Constantino y Teodosio. Cada uno de ellos es exponente de una política religiosa distinta. Eusebio de Cesarea, cronista de Constantino, presenta al emperador como “representante” de Dios, con una enorme majestad, tanto sobre los asuntos temporales como sobre la Iglesia. Sin embargo, san Ambrosio presenta de una manera muy distinta a Teodosio: es el emperador del servicio, no el patrón, sino el siervo del Imperio, el cual debe ser religiosísimo en su vida y en la inspiración de su gobierno.

 

Nos ocupamos ahora de la época de transición, la cual comienza a partir de la muerte de Constantino (+337) y termina con el fin de la dinastía constantiniana, es decir, con la muerte de Juliano (+363). Por tanto, casi treinta años. Dos grandes figuras ocupan el papado en estos años: Julio I y Liberio. En este tiempo crecerá enormemente el prestigio de la cátedra de Pedro43.

 

Constantino había unificado el Imperio. Sin embargo, a su muerte, y por voluntad suya, divide el Imperio entre sus tres hijos —tenidos con Fausta—. El más importante fue Constancio II, que se encargó de Oriente. Occidente se dividió, a su vez, entre Constantino II y Constante. Constantino II muere tres años después en su tentativa de invadir el territorio de su hermano en el norte de Italia, por lo que quedarán, a partir del 340, un emperador en cada parte del Imperio. Pasan diez años y muere Constante por una conjura de palacio, la cual lleva a Magnencio, un oficial del ejército, al trono. Esto provoca que Constancio marche en el 353 contra el usurpador y lo venza en la Galia. Hasta el 360 quedará como único emperador de todo el Imperio.

 

 

 

CONSTANTINO – Arqueología, descubierta [2005.07] en Roma una cabeza de Constantino. La enorme cabeza de Constantino encontrada en el Foro de Trajano, remonta a un período comprendido entre el 312 y el 320 después de Cristo. Alta de 60 centímetros, representa al Emperador según el esquema iconográfico del periodo en el que entraba triunfalmente a Roma, después la victoria sobre Massenzio a Ponte Silvio. Será expuesta al público el 17 de septiembre durante la ‘Noche blanca’. 2005-07-29.

 

Constancio II era cristiano, aunque arriano. Después del 353 cambiará mucho su política religiosa. Hasta esa fecha había tratado con el papa Julio II; a partir de entonces tratará con Liberio. Casado con Eusebia, no tenía hijos. Los únicos parientes cercanos eran unos primos, Gallo y Juliano. Según Ammiano Marcellino —el historiador pagano que nos habla de la vida de Constancio y de Juliano—, Constancio era un hombre de gran autocontrol, pero, a la vez, preso de una densa atmósfera de sospecha, así como de crisis política y militar. Encomienda sus primos, menores aún, a la custodia de su abuela paterna, Teodora, en un pueblo de Bitinia, confiando su educación cristiana a Eusebio de Nicomedia, a la sazón arriano. Cuando Juliano tiene doce años, el emperador trata de alejarlo a las montañas de Capadocia, a un pequeño pueblo, siempre bajo control. Juliano, en el 348, después de un corto período constantinopolitano, trató de instalarse en Nicomedia, donde fue influido por un rector pagano, Libanio, uno de los paganos más importantes de entonces. Allí se enamora del paganismo, especialmente de la filosofía de un neoplatónico, Máximo de Éfeso. Juliano tenía una inclinación natural a la interioridad: su rebelión está impregnada de misticismo.

Entretanto, Constancio confía Occidente a Gallo, con un título menor al suyo; lo envía como césar. Pero su desconfianza le lleva a matar a su primo al cabo de un año (353-354). Juliano dirá que él se salvó por fortuna, es más, por gozar de una predilección especial por parte de la emperatriz Eusebia —mujer, por otra parte, muy inteligente—. Le mandaron a Atenas —verdadera cuna del neoplatonismo pagano— a estudiar, lugar donde se reforzó su paganismo.

 

Constancio se encuentra con un grave problema militar: la presión de los persas en Oriente. Es así como conduce una gran expedición contra Persia. Pero en Occidente los pueblos bárbaros también comenzaban a hacer presión sobre el limes del Imperio —en concreto en la Galia, en Tréveris—. ¿Cómo controlar a la vez Oriente y Occidente? Según Zósimo, la emperatriz trenzó un discurso muy inteligente: le habló de Juliano, que había pasado toda su vida entre las letras; si triunfaba en Occidente, a fin y al cabo la fama iría hacia el emperador; si fracasaba, el emperador se libraba del peligro de muerte que suponía ir a Occidente; además, su ingenuidad le impediría tramar nada contra el emperador. Así es como Constancio envía a Juliano en calidad de césar. Juliano, consciente de su debilidad y teniendo reciente el recuerdo de la muerte de su hermano, escribe panegíricos alabando a su primo (años 356 y 358). En el 357 hizo una campaña inteligente y admirable contra los alamanos, derrotándolos en Estrasburgo; a lo largo del Rhin tenían continuos éxitos contra los francos. Esto llega a oídos de Constancio, que ordena enviar a Oriente la parte más consistente de sus tropas. El ejército se rebela y proclama augusto a Juliano. Es entonces cuando Juliano escribe una carta a su primo, contándole el estado de las cosas y cómo se había visto forzado a aceptar por la rebelión del ejército44. Constancio le escribe una carta muy dura, que provoca que Juliano marche contra Constancio, pasando por la Italia del norte y Aquileya, y tomando ciudades a su paso. Escribe varias cartas al senado y a distintas ciudades, justificando la forma de haber llegado a emperador por aclamación del ejército45. Constancio también sale al encuentro de Juliano, pero muere en Cilicia por una enfermedad. Juliano se encontraba en Naisso cuando se entera de la noticia: era el año 360. En esto ve la providencia del dios Sol, el cual le habría querido como único emperador.

 

Desde ese momento Juliano declarará su fe pagana y comenzará una política religiosa anticristiana. Quería extender su religión pagana incluso hasta Persia, por lo que su campaña oriental tendrá también connotaciones religiosas. Instaló para ello su cuartel general en Antioquía46, marchando sobre Persia en el 363. Se reveló como un buen general, y fue conquistando varias ciudades con facilidad, hasta que llegó al Tigris. Podía cruzar el río y tomar la capital, Tesifonte, pero se dejó convencer por un persa que le se ofreció para guiarlo por otro camino; da órdenes para recorrer Persia ocupando otras ciudades y, después, tomar la capital por sorpresa por otro lado. En esta expedición pasaron grandes calamidades, todo lo cual les obliga a retroceder. En la retirada muere misteriosamente Juliano, tras lo cual, el ejército aclamará a Joviano como emperador. Éste era cristiano, aunque un personaje un tanto oscuro. Joviano entabla relación con el emperador persa, cediendo territorios para firmar la paz y volver a Constantinopla. Pero también muere en el regreso a casa, en el 364. El ejército aclamará a Valentiniano, justo antes de entrar en Constantinopla. Con él comienza otro período, el teodosiano.

 

II. Política religiosa del período de transición

 

También los hijos de Constantino sostuvieron el cristianismo. Constancio II, después de la intentona de usurpación por parte del pagano Magnencio, actuó una serie de medidas antipaganas al final del 353 y principios del 354. Durante su visita a Roma en el 357 hizo remover el altar de la Victoria del senado. Naturalmente, todo esto fomentó la animosidad entre los paganos.

 

La difusión de la fe cristiana, por el contrario, fue facilitada —sería lentamente y excepción hecha para el campo—, también entre las clases elevadas. La conversión, por ejemplo, del famoso rector Mario Vittorino, en torno al 350, será inmortalizada por Agustín, cuando describe47 el exultante murmullo de los asistentes: «Vittorino, Vittorino...»

 

En el primer período de los sucesores de Constantino, además, se desarrolló la posición jerárquica privilegiada de Roma: Silvestre era sucedido, después de nueve meses de pontificado de Marcos, por Julio I (337-352). A él se dirigieron tanto los discípulos como los adversarios de Atanasio, el cual, después de retornar a su sede de Alejandría, había sido de nuevo expulsado por Constancio II en el 339. Por su parte, el papa convocó inmediatamente un sínodo en Roma en el 340, estableciendo que Atanasio conservase su cargo episcopal y afirmando que «de Roma debía ser decidido lo que era justo»; después celebró otro sínodo en Sérdica en el 342, el cual atribuyó al papa el derecho de decidir para toda la Iglesia. Atanasio pudo, por diez años (346-356) dedicarse en Alejandría a una fecunda actividad literaria y pastoral; es su “decenio de oro”. En el período, en cambio, en que Constancio está como único reinante, la cuestión de Atanasio causó al nuevo papa, Liberio (352-366), humillaciones por parte del emperador.


 

 Ciudadano romano - 200 ca. d.C.

  

 

1. Política religiosa de Constancio II

 

El filocristianismo de Constancio II, de hecho, no impidió que él se pusiera decididamente de parte del arrianismo. Le aconsejaba Eusebio de Nicomedia. Con su autoridad llevó la instigación también entre los obispos de Occidente: lo primero que hizo fue que éstos condenasen, en los sínodos de Arlés (353) y de Milán (355), a Atanasio, el cual fue forzado a dejar de nuevo, en el 356, Alejandría, y refugiarse junto a los monjes del desierto —allí escribiría la Vida de Antonio, inaugurando la gran tradición hagiográfica de la Iglesia—. El papa se había abstenido de aprobar esas decisiones sinodales. Constancio apresó al indómito Liberio, ya que —anota el historiador Ammiano Marcellino—, «deseaba ardientemente que el pronunciamiento fuese confirmado por la autoridad superior del obispo de la Ciudad eterna»; al final exilió a Liberio a la Tracia, llegando a chantagear su regreso a cambio de la condena de Atanasio y, comprometiendo para siempre su autoridad moral48; le quiso hacer firmar la fórmula antinicena; más que firmar una fórmula claramente arriana, parece que firmó una fórmula de compromiso. Incluso en el sínodo de Rímini, en el 359, el emperador quiso que fuese confirmada la retractación de la fórmula nicena. Atanasio, de todos modos, y con él Hilario de Poitiers —también exiliado en el 356—, no pudieron irse de la cabeza de Constancio II. A su tenacidad debemos la maravillosa arquitectura teológica del dogma trinitario49, así como las premisas “políticas” por las que se tendrá, ya con Teodosio, el triunfo de la ortodoxia.

 

Fue también éste el período de la plena afirmación del monacato. El egipcio Antonio arrastraba con su ejemplo a muchos hombres a la experiencia eremítica. Mas, ya antes de que él muriese (356), Pacomio canalizaba en forma más regular la vida monástica, fundando en Tabennisi, en la Tebaida, un gran cenobio, y dedicándose hasta su muerte —acaecida antes que la de Antonio, en el 346— a perfeccionar su organización.

 

2. Política religiosa de Juliano

 

Por lo que respecta a Juliano, es notable su profundo comportamiento anticristiano. Su reinado duró tan sólo tres años, concluyéndose con él esta edad de transición. Juliano abjuró del cristianismo50. Su actitud en contra del cristianismo se concretó en la supresión de las exenciones fiscales para el clero y en el edicto del 362, con el que se impedía a los cristianos enseñar gramática y retórica. De todos modos, la persecución será sin sangre; no será cruenta.

 

En realidad él nutría la ambición de formar una especie de Iglesia pagana, organizada sobre el modelo cristiano51. De hecho, favoreció en todas sus formas el paganismo, y por eso, posiblemente, quiso que fuese restituido al senado el altar de la Victoria. Cuando un incendio destruyó el templo de Apolo en Antioquía, Juliano atribuyó la responsabilidad a los cristianos, e hizo cerrar la iglesia principal de la ciudad, confiscando las propiedades. Además, intentó reconstruir el templo de Jerusalén, afrenta gravísima en los alrededores del Santo Sepulcro, que ya era meta de peregrinaciones, y asunto particularmente caliente en referencia al tema cristiano de la “destrucción del templo”. El obispo Cirilo, en un semón, había reclamado la profecía de Jesús a este propósito, y, cuando después de un incendio se echó por tierra el proyecto del emperador, exultó en una carta conmovida y de contenido escatológico.

 

Sin embargo, con referencia al arrianismo, Juliano dio la vuelta a la situación anterior. Si tenía antipatía hacia los cristianos, esta repulsa se centraba especialmente en los arrianos. Reclamó a Atanasio del exilio y convocó en el 362 el concilio de Antioquía. Aquí fue confirmada la fórmula nicena de la única ousia, mas al mismo tiempo fue acogida la confesión de las tres hipóstasis —personas— sostenida por Basilio. Atanasio, en el mismo concilio, venció a Basilio cuando se trató de consagrar obispo de Antioquía, en vez de Melecio —preferido precisamente por Basilio—, al presbítero Paulino, candidato del patriarca alejandrino. Juliano, sin embargo, tuvo fastidio por tal éxito de Atanasio y éste debió dejar la ciudad en el mismo 362.

 

¿Cuál es el juicio que los contemporáneos de Juliano tuvieron sobre él? En general podemos decir que todos lo juzgaron negativamente. Juliano era un intelectual, es más, atraído por las formas más elevadas del neoplatonismo. Las clases inferiores —especialmente las rústicas— no habrían podido seguirlo nunca. Los paganos cultos, por otra parte, sentían repugnancia por el exceso de sus holocaustos.

 

Los cristianos, de otro lado, mantuvieron en los debates con el Apóstata un comportamiento de crítica severa y de dura protesta: no faltaron, de hecho, las razones de temer que su política tuviera éxito, y personajes como Juan Crisóstomo, Gregorio de Nacianzo, Efrén el Sirio..., manifestaron más tarde su satisfacción por el fracaso de su política.

 

La desafortunada expedición persa, en particular, fue punto de mira de la propaganda cristiana. Se sostuvo la total responsabilidad del emperador y se juzgó como providencial su muerte. Se buscó también la manera de justificar el obrar del sucesor, el cristiano Joviano, que habría salvado milagrosamente lo poco salvable. Del otro lado, los autores paganos —Eutropio, Libanio, Ammiano, Zósimo— pusieron en evidencia el hecho de que la muerte de Juliano había inaugurado la etapa de las humillaciones, a partir de aquélla sufrida por Joviano a causa del deshonroso tratado por él concluido con Sapore. Libanio levantó hasta la duda de una traición, obrada para dañar al emperador pagano.

43Pensemos que si bien no tuvo un papel brillante el papado en tiempos de Constantino, sin embargo, éste reconoció una preeminencia sobre los demás obispos al Obispo de Roma. Es más, cuando Atanasio es exiliado de su sede de Alejandría, busca refugio junto al papa.

44No obstante, ya había hecho acuñar monedas con la efigie de los dos augustos.

45Nos ha llegado la Carta a los atenienses.

46Aquí tuvo que sufrir una mofa por parte de los mismos paganos, reacios a compartir su entusiasmo. Les replicó con un libelo irónico, El odiador del aburrimiento.

47Confesiones, l. VIII, 2,5.

48La tradición consideró papa no a él, sino a su antagonista, Félix II.

49Pensemos, entre otras, en las Cartas festivas del primero, y en el De Trinitate del segundo.

50Los primeros años de la vida de una persona influyen decisivamente en su futuro; a los seis años asistió al asesinato de sus padres y de sus primos. Vive una infancia sin padres; siempre guardará un profundo rencor contra Constancio II.

51Es muy posible que en lo profundo de su corazón Juliano fuera cristiano. Si bien fue educado en un ambiente pagano culto, tiene una gran simpatía por la caridad, por el amor fraterno, así como por el ascetismo; esto ya era una novedad para un pagano. Tiene un gran deseo de unirse a la divinidad, la cual era única para él; es más, entendía el Sol como una manifestación de la grandeza de Dios...

 

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Cuando, con el edicto de Constantino, se permitió a los cristianos expresarse con plena libertad, el arte se convirtió en un cauce privilegiado de manifestación de la fe. Comenzaron a aparecer majestuosas basílicas, en las que se asumían los cánones arquitectónicos del antiguo paganismo, plegándolos a su vez a las exigencias del nuevo culto. ¿Cómo no recordar, al menos, las antiguas Basílicas de San Pedro y de San Juan de Letrán, construidas por cuenta del mismo Constantino, o ese esplendor del arte bizantino, la Haghia Sophia de Constantinopla, querida por Justiniano?

Mientras la arquitectura diseñaba el espacio sagrado, la necesidad de contemplar el misterio y de proponerlo de forma inmediata a los sencillos suscitó progresivamente las primeras manifestaciones de la pintura y la escultura. Surgían al mismo tiempo los rudimentos de un arte de la palabra y del sonido. Y, mientras Agustín incluía entre los numerosos temas de su producción un De musica, Hilario, Ambrosio, Prudencio, Efrén el Sirio, Gregorio Nacianceo y Paulino de Nola, por citar sólo algunos nombres, se hacían promotores de una poesía cristiana, que con frecuencia alcanzaba un alto valor no sólo teológico, sino también literario. Su programa poético valoraba las formas heredadas de los clásicos, pero se inspiraba en la savia pura del Evangelio, como sentenciaba con acierto el santo poeta de Nola: "Nuestro único arte es la fe y Cristo nuestro canto".(12) Por su parte, Gregorio Magno, con la compilación del Antiphonarium, ponía poco después las bases para el desarrollo orgánico de una música sagrada tan original que de él ha tomado su nombre. Con sus inspiradas modulaciones el Canto gregoriano se convertirá con los siglos en la expresión melódica característica de la fe de la Iglesia en la celebración litúrgica de los sagrados misterios. Lo "bello" se conjugaba así con lo "verdadero", para que también a través de las vías del arte los ánimos fueran llevados de lo sensible a lo eterno.

En este itinerario no faltaron momentos difíciles. Precisamente la antigüedad conoció una áspera controversia sobre la representación del misterio cristiano, que ha pasado a la historia con el nombre de "lucha iconoclasta". Las imágenes sagradas, muy difundidas en la devoción del pueblo de Dios, fueron objeto de una violenta contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787, que estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un acontecimiento histórico no sólo para la fe, sino también para la cultura misma. El argumento decisivo que invocaron los Obispos para dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación: si el Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles, tendiendo un puente con su humanidad entre lo visible y lo invisible, de forma análoga se puede pensar que una representación del misterio puede ser usada, en la lógica del signo, como evocación sensible del misterio. El icono no se venera por sí mismo, sino que lleva al sujeto representado.(13)

 

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La formulación de la fe de la Iglesia en Jesucristo:
definiciones conciliares (I)

 

1. "Creemos... en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito (μονογεν?) del Padre, es decir, de la sustancia del Padre. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consubstancial al Padre (?μοο?σιον τ? πατρ?) por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos..." (cf. DS 125).

Este es el texto de la definición con la que el Concilio de Nicea (año 325) enunció la fe de la Iglesia en Jesucristo: verdadero Dios y verdadero hombre; Dios-Hijo, consubstancial al Padre Eterno y hombre verdadero, con una naturaleza como la nuestra. Este texto conciliar entró casi al pie de la letra en la profesión de fe que repite la Iglesia en la liturgia y en otros momentos solemnes, en la versión del Símbolo niceno-constantinopolitano (año 381; cf. DS 150), en torno al cual gira todo el ciclo de nuestras catequesis.

 

2. El texto de la definición dogmática conciliar reproduce los elementos esenciales de la cristología bíblica, que hemos venido analizando a lo largo de las catequesis precedentes de este ciclo. Estos elementos constituían, desde el principio, el contenido de la fe viva de la Iglesia de los tiempos apostólicos, como ya hemos visto en la última catequesis. Siguiendo el testimonio de los Apóstoles la Iglesia creía y profesaba, desde el principio, que Jesús de Nazaret, hijo de María, y, por tanto, verdadero hombre, crucificado y resucitado, es el Hijo de Dios, es el Señor (Kyrios), es el único Salvador del mundo, dado a la humanidad al cumplirse la "plenitud de los tiempos" (cf. Gál 4, 4).

 

3. La Iglesia ha custodiado, desde el principio, esta fe y la ha transmitido a las sucesivas generaciones cristianas. La ha enseñado y la ha defendido, intentando —bajo la guía del Espíritu de Verdad— profundizar en ella y explicar su contenido esencial, encerrado en los datos de la Revelación. El Concilio de Nicea (año 325) ha sido, en este itinerario de conocimiento y formulación del dogma, una auténtica piedra miliar. Ha sido un acontecimiento importante y solemne, que señaló, desde entonces, el camino de la fe verdadera a todos los seguidores de Cristo, mucho antes de las divisiones de la cristiandad en tiempos sucesivos. Es particularmente significativo el hecho de que este Concilio se reuniera poco después de que la Iglesia (año 313) hubiera adquirido libertad de acción en la vida pública sobre todo el territorio del Imperio romano, como si quisiera significar con ello la voluntad de permanecer en la una fides de los Apóstoles, cuando se abrían al cristianismo nuevas vías de expansión.

 

4. En aquella época, la definición conciliar refleja no sólo la verdad sobre Jesucristo, heredada de los Apóstoles y fijada en los libros del Nuevo Testamento, sino que refleja también, de igual manera, la enseñanza de los Padres del período postapostólico, que —como se sabe— era también el período de las persecuciones y de las catacumbas. Es un deber, aunque agradable, para nosotros, nombrar aquí al menos a los dos primeros Padres que, con su enseñanza y santidad de vida, contribuyeron decididamente a transmitir la tradición y el patrimonio permanente de la Iglesia: San Ignacio de Antioquía, arrojado a las fieras en Roma, en el año 107 ó 106, y San Ireneo de Lión, que sufrió el martirio probablemente en el año 202. Fueron ambos Obispos y Pastores de sus Iglesias. De San Ireneo queremos recordar aquí que, al enseñar que Cristo es "verdadero hombre y verdadero Dios", escribía: "¿Cómo podrían los hombres lograr la salvación, si Dios no hubiese obrado su salvación sobre la tierra? ¿O cómo habría ido el hombre a Dios, si Dios no hubiese venido al hombre?" (Adv. haer. IV, 33. 4). Argumento —como se ve— soteriológico, que, a su vez, halló también expresión en la definición del Concilio de Nicea.

 

5. El texto de San Ireneo que acabamos de citar está tomado de la obra "Adversus haereses", o sea, de un libro que salía en defensa de la verdad cristiana contra los errores de los herejes, que, en este caso, eran los ebionitas. Los Padres Apostólicos, en su enseñanza, tenían que asumir muy a menudo la defensa de la auténtica verdad revelada frente a los errores que continuamente se oían de modos diversos. A principios del siglo IV, fue famoso Arrio, quien dio origen a una herejía que tomó el nombre de arrianismo. Según Arrio, Jesucristo no es Dios: aunque es preexistente al nacimiento del seno de María, fue creado en el tiempo. El Concilio de Nicea rechazó este error de Arrio y, al hacerlo, explicó y formuló la verdadera doctrina de la fe de la Iglesia con las palabras que citábamos al comienzo de esta catequesis. Al afirmar que Cristo, como Hijo unigénito de Dios es consubstancial al Padre (?μοο?σιον τ? πατρ?), el Concilio expresó, en una fórmula adaptada a la cultura (griega) de entonces, la verdad que encontramos en todo el Nuevo Testamento. En efecto, sabemos que Jesús dice de Sí mismo que es "uno" con el Padre ("Yo y el Padre somos uno": Jn 10, 30), y lo afirma en presencia de un auditorio que, por esta causa, quiere apedrearlo por blasfemo (cf. Jn 10, 31). Lo afirma ulteriormente durante el juicio, ante el Sanedrín, hecho éste que va a costarle la condena a muerte. Una relación más detallada de los lugares bíblicos sobre este tema se encuentra en las catequesis precedentes. De su conjunto, resulta claramente que el Concilio de Nicea, al hablar de Cristo como Hijo de Dios, "de la misma substancia que el Padre" (?κ τ?ς ο?σ?ας το? πατρ?ς ), "Dios de Dios", eternamente "nacido, no hecho", no hace sino confirmar una verdad precisa, contenida en la Revelación divina, hecha verdad de fe de la Iglesia, verdad central de todo el cristianismo.

 

6. Cuando el Concilio la definió, se puede decir que ya estaba todo maduro en el pensamiento y en la conciencia de la Iglesia para llegar a una definición como ésta. Se puede decir igualmente que la definición no cesa de ser actual también para nuestros tiempos, en los que antiguas y nuevas tendencias a reconocer a Cristo solamente como un hombre, aunque sea como un hombre extraordinario, y no como Dios, se manifiestan de muchos modos. Admitirlas o secundarlas sería destruir el dogma cristológico, pero significaría, al mismo tiempo, la aniquilación de toda la soteriología cristiana. Si Cristo no es verdadero Dios, entonces no transmite a la humanidad la vida divina. No es, por consiguiente, el Salvador del hombre en el sentido puesto de relieve por la Revelación y la Tradición. Al violar esta verdad de fe de la Iglesia, se desmorona toda la construcción del dogma cristiano, se anula la lógica integral de la fe y de la vida cristiana. porque se elimina la piedra angular de todo el edificio.

 

7. Pero hemos de añadir inmediatamente que, al confirmar de modo solemne y definitivo esta verdad, en el Concilio de Nicea la Iglesia, al mismo tiempo, sostuvo, enseñó y defendió la verdad sobre la verdadera humanidad de Cristo. También esta otra verdad había llegado a ser objeto de opiniones erradas y de teorías heréticas. En particular, hay que recordar en este punto el docetismo (de la expresión griega "δοκε?ν" = parecer). Esta concepción anulaba la naturaleza humana de Cristo, sosteniendo que Él no poseía un cuerpo verdadero, sino solamente una apariencia de carne humana. Los docetas consideraban que Dios no habría podido nacer realmente de una mujer, que no habría podido morir verdaderamente en la cruz. De esta posición se seguía que en toda la esfera de la encarnación y de la redención teníamos sólo una ilusión de la carne, en abierto contraste con la Revelación contenida en los distintos textos del Nuevo Testamento, entre los cuales se encuentra el se San Juan: "... Jesucristo, venido en carne" (1 Jn 4, 2); "El Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14), y aquel otro de San Pablo, según el cual, en esta carne, Cristo se hizo "obediente hasta la muerte y una muerte de cruz" (cf. Flp 2, 8).

 

8. Según la fe de la Iglesia, sacada de la Revelación, Jesucristo era verdadero hombre. Precisamente por esto, su cuerpo humano estaba animado por un alma verdaderamente humana. Al testimonio de los Apóstoles y de los Evangelistas, unívoco sobre este punto, correspondía la enseñanza de la Iglesia primitiva, como también la de los primeros escritores eclesiásticos, por ejemplo, Tertuliano (De carne Christi, 13, 4), que escribía: "En Cristo... encontramos alma y carne, es decir, un alma alma (humana) y una carne carne". Sin embargo, corrían opiniones contrarias también sobre este punto, en particular, las de Apolinar, obispo de Laodicea (nacido alrededor del año 310 en Laodicea de Siria y muerto alrededor del 390), y sus seguidores (llamados apolinaristas), según los cuales no habría habido en Cristo una verdadera alma humana, porque habría sido sustituida por el Verbo de Dios. Pero está claro que también en este caso se negaba la verdadera humanidad de Cristo.

 

9. De hecho, el Papa Dámaso I (366-384), en una carta dirigida a los obispos orientales (a. 374), indicaba y rechazaba contemporáneamente los errores tanto de Arrio como de Apolinar: "Aquellos (o sea, los arrianos) ponen en el Hijo de Dios una divinidad imperfecta: éstos (es decir, los apolinaristas) afirman falsamente una humanidad incompleta en el Hijo del hombre. Pero, si verdaderamente ha sido asumido un hombre incompleto, imperfecta es la obra de Dios, imperfecta nuestra salvación, porque no ha sido salvado todo el hombre... Y nosotros, que sabemos que hemos sido salvados en la plenitud del ser humano, según la fe de la Iglesia católica, profesamos que Dios, en la plenitud de su ser, ha asumido al hombre en la plenitud de su ser". El documento damasiano, redactado cincuenta años después de Nicea, iba principalmente contra los apolinaristas (cf. DS 146). Pocos años después, el Concilio I de Constantinopla (año 381) condenó todas las herejías del tiempo, incluidos el arrianismo y el apolinarismo, confirmando lo que el Papa Dámaso I había enunciado sobre la humanidad de Cristo, a la que pertenece por su naturaleza una verdadera alma humana (y, por tanto, un verdadero intelecto humano, una libre voluntad) (cf. DS 146, 149, 151).

 

10. El argumento soteriológico con el que el Concilio de Nicea explicó la encarnación, enseñando que el Hijo, consubstancial al Padre, se hizo hombre, " por nosotros los hombres y por nuestra salvación", halló nueva expresión en la defensa de la verdad íntegra sobre Cristo, tanto frente al arrianismo como contra el apolinarismo, por parte del Papa Dámaso y del Concilio de Constantinopla. En particular, respecto de los que negaban la verdadera humanidad del Hijo de Dios, el argumento soteriológico fue presentado de un modo nuevo: para que el hombre entero pudiera ser salvado, la entera (perfecta) humanidad debía ser asumida en la unidad del Hijo: "quod non est assumptum, non est sanatum" (cf. S. Gregorio Nacianceno, Ep. 101 ad Cledon.).

 

11. El Concilio de Calcedonia (año 451), al condenar una vez más el apolinarismo, completó en cierto sentido el Símbolo niceno de la fe, proclamando a Cristo "perfectum in deitate, eundem perfectum in humanitate": "nuestro Señor Jesucristo, perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre (compuesto) de alma racional y del cuerpo, consubstancial al Padre por la divinidad, y consubstancial a nosotros por la humanidad (?μοο?σιον ?μ?ν  ... χατ? τ?ν ?νδρωπ?τητα") ´semejante a nosotros en todo menos en el pecado´ (cf Heb 4. 15), engendrado por el Padre antes de los siglos según la divinidad, y en estos últimos tiempos, por nosotros y por nuestra salvación, de María Virgen y Madre de Dios, según la humanidad, uno y mismo Cristo Señor unigénito..." (Symbolum Chalcedonense DS 301).

Como se ve, la fatigosa elaboración del dogma cristológico realizada por los Padres y Concilios, nos remite siempre al misterio del único Cristo, Verbo encarnado por nuestra salvación, como nos lo ha hecho conocer la Revelación, para que creyendo en Él y amándolo, seamos salvados y tengamos la vida (cf. Jn 20, 31).

 

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De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

 

 

 

Elena, Santa

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica


 

Fuente: Archidiócesis de Madrid

 

 

 

REINA

 

 

En un mesón propiedad de sus padres en Daprasano (Nicomedia) nació pobre en el seno de una familia pagana. Allí pudo, en su juventud, contemplar los efectos de las persecuciones mandadas desde Roma: vió a los cristianos que eran tomados presos y metidos en las cárceles de donde salían para ser atormentados cruelmente, quemados vivos o arrojados a las fieras. Nunca lo entendió; ella conocía a algunos de ellos y alguna de las cristianas muertas fueron de sus amigas ¿qué mal hacían para merecer la muerte? A su entender, sólo podía asegurar que eran personas excelentes.

San Ambrosio, que vivió en época inmediatamente posterior, la describe como una mujer privilegiada en dones naturales y en nobleza de corazón. Y así debía ser cuando se enamoró de ella Constancio, el que lleva el sobrenombre de Cloro por el color pálido de su tez, general valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano. Tenía Elena 23 años al contraer matrimonio. En Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del 274, el hijo que llegaría a ser César de Maximiano como Galerio lo fue de Diocleciano.

Pero no todo fueron alegrías. Elena fue repudiada por motivos políticos en el 292 para poder casarse Constancio con la hijastra de Maximiano y llegar a establecer así el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía. Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el hecho de verse separada de su hijo Constantino que pasó a educarse en el palacio junto a su padre y donde se reveló como un fantástico organizador y estratega.

Muerto Constancio Cloro en el 306, Constantino decide llevarse a su madre a vivir con él a la corte de Tréveris. En esta época aún no hay certeza histórica de que su madre fuera cristiana. Sí, cuando -por testimonio de Eusebio de Cesarea- aparezca sobre el sol el signo de la cruz con motivo de la batalla de Saxa Rubra y la leyenda "con este signo vencerás" que dio el triunfo a Constantino y lo hizo único Emperador de Roma, en el 312.

Aunque el emperador retrasará su bautismo hasta la misma muerte, es complaciente con la condición de cristiana que tiene su madre que daba sonados ejemplos de humildad y caridad. Incluso parece descubrirse la influencia materna tras el Edicto de Milán que prohibía la persecución de los cristianos y los edictos posteriores que terminan vetando el culto a los dioses lares. Agasaja a su madre haciéndola Augusta, acuña monedas con su efigie y le facilita levantar iglesias.

En el 326 Elena está con su hijo en Bizancio, a orillas del Bósforo. Aunque se aproxima ya a los setenta años alienta en su espíritu un deseo altamente repensado y nunca confesado, pero que cada día crece y toma fuerza en su alma; anhela ver, tocar, palpar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres. Organiza un viaje a los Santos Lugares en cuyo relato se mezclan todos los elementos imaginables pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse del desplazamiento de la primera dama del Imperio a los humildes a lejanos lugares donde nació, vivió, sufrió y resucitó el Redentor. Pero aparte de todo lo que de fantástico pueda haber en los relatos, fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz con resultados negativos entre los cristianos que no saben dar respuesta satisfactoria a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a indagar entre los judíos hasta encontrar a un tal Judas que le revela el secreto rigurosamente guardado entre una facción de ellos que, para privar a los cristianos de su símbolo, decidieron arrojar a un pozo las tres cruces del Calvario y lo cegaron luego con tierra.

Las excavaciones resultaron con éxito. Aparecieron las tres cruces con gran júbilo de Elena. Sacadas a la luz, sólo resta ahora la grave dificultad de llegar a determinar aquella en la que estuvo clavado Jesús. Relatan que el obispo Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión solemne, con toda la veneración que el asunto requería, rezando plegarias y cantando salmodias, para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo de una cristiana moribunda por si Dios quisiera mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al ser colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las cruces la pobre enferma que recuperó milagrosamente la salud.

Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.

No han faltado autores que atribuyan a la fábula el hecho de la invención por Elena basándose principalmente en que no hay noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un siglo después. Ciertamente es así, pero lo resuelven otros estudiosos afirmando que la fuente histórica que relata los acontecimientos es el historiador contemporáneo Eusebio de Cesarea al que en su Vita Constantini sólo le interesan los acontecimientos realizados por Constantino, bien porque sigue los cánones de la historia contemporánea, o quizá porque sólo le interesa adular a su anfitrión.

Murió Elena sin que sepamos el sitio ni la fecha. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a la Ciudad Eterna y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena, la mujer que dejó testimonio tangible y visible en unos maderos del paso salvador por la tierra de Jesús, el Hijo de Dios encarnado.
 

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Esta gran santa se ha hecho famosa por haber sido la madre del emperador que les concedió la libertad a los cristianos, después de tres siglos de persecución, y por haber logrado encontrar la Santa Cruz en Jerusalén.-

Nació en el año 270 en Bitinia (sur de Rusia, junto al Mar Negro). Era hija de un hotelero, y especialmente hermosa.-

Y sucedió que llegó por esas tierras un general muy famoso del ejército romano, llamado Constancio Cloro y se enamoró de Elena y se casó con ella. De su matrimonio nació un niño llamado Constantino que se iba hacer célebre en la historia por ser el que concedió libertad a los cristianos.-

Pero al morir Constancio Cloro, fue proclamado emperador por el ejército el hijo de Elena, Constantino, y después de una fulgurante victoria obtenida contra los enemigos en el puente Milvio en Roma (antes de la cual se cuenta que Constantino vio en sueños que Cristo le mostraba una cruz y le decía:
“ con éste signo vencerás” ), el nuevo emperador decretó que la religión Católica tendría en adelante plena libertad (año 313) y con éste decreto terminaron tres siglos de crueles y sangrientas persecuciones que los emperadores romanos habían hecho contra la Iglesia de Cristo.-

Constantino amaba inmensamente a su madre Elena y la nombró Augusta o Emperatriz, y mandó hacer monedas con la figura de ella, y le dio pleno poderes para que empleara el dinero del gobierno en las obras buenas que ella quisiera.

Elena que se había convertido al cristianismo, se fue a Jerusalén, y allá, con los obreros, que su hijo, el emperador, le proporcionó, se dedicó a excavar en el sitio dónde había estado el monte Calvario y allá encontró la cruz en la cual habían crucificado a Jesucristo (por eso la pinta con una cruz en la mano).-

En Tierra Santa hizo construir tres templos: uno en el Calvario, otro en el Monte de los Olivos, y el tercero en Belén. (Las invasiones e intolerancias musulmanas destruyeron gran parte de ellos).
Gastó su vida en hacer buenas obras por la religión y los pobres, y ahora reina en el cielo y ruega por nosotros que todavía sufrimos en la tierra.-

 

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"Sed maestros de la verdad, de la verdad que el Señor quiso confiarnos no para ocultarla o enterrarla, sino para proclamarla con humildad y coraje, para potenciarla, para defenderla cuando está amenazada." [S.S. Juan Pablo II]

 

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Pulsera en oro, romana con gemas del 375 d.C.

 

 

De hombres, hechos, notas y acontecimientos de tal época para comprender el contexto:

 

San Materno (siglo IV)

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica


 

Existen muchas leyendas acerca de este santo alemán, y se cuentan infinidad de prodigios que se dice realizó, pero los documentos históricos sobre él son más lacónicos y dicen simplemente que “Materno, el sabio obispo de Colonia, tomó parte activa en el Concilio de Roma en el 313 y en el de Arles al año siguiente”, y que “gozaba de la confianza del emperador Constantino”.

 

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Historia, calumnia e ignorancia - Abundan aún los ejemplos de casos en que juzgamos y decidimos, tomamos riesgos y los hacemos correr a los demás, convencemos al prójimo y le incitamos a decidirse, fundándonos en informaciones que sabemos que son falsas, o por lo menos sin querer tener en cuenta informaciones totalmente ciertas, de que disponemos o podríamos disponer si quisiéramos. Hoy, como antaño, el enemigo del hombre está dentro de él. Pero ya no es el mismo: antaño era la ignorancia, hoy es la mentira. MMVI

 

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PASADO HISTORIA - La inscripción del templo de Delfos, que inspiró a Sócrates: conócete a ti mismo. Se trata de una verdad fundamental: conocerse a sí mismo es típico del hombre. En efecto, el hombre se distingue de los demás seres creados sobre la tierra por su capacidad de plantearse la cuestión del sentido de su propia existencia. Gracias a lo que conoce del mundo y de sí mismo, el hombre puede responder a otro imperativo que nos ha transmitido también el pensamiento griego: llega a ser lo que eres.

Por tanto, el conocimiento tiene una importancia vital en el camino que el hombre recorre hacia la realización plena de su humanidad: esto es verdad de modo singular por lo que atañe al conocimiento histórico. En efecto, las personas, como también las sociedades, llegan a ser plenamente conscientes de sí mismas cuando saben integrar su pasado.

 

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Que la historia de los miembros de la Iglesia Católica tenga sus periodos negros, y que algunos cometieran crímenes en nombre de la fe, eso lo ha reconocido, y se ha arrepentido públicamente, la propia Iglesia Católica. Las referencias históricas están muy bien, pero a condición de que no se utilicen para ocultar la realidad, y la realidad es que aún hoy la Iglesia Católica sigue siendo insultada y agredida, se incendian o dinamitan iglesias, se asesinan a presbíteros [curas], sin que la Santa Sede exija venganza, ni siquiera recurra ante los tribunales; al contrario, la Iglesia clama por el perdón y la reconciliación. Todos los obispos lamentan incluso las caricaturas danesas sobre el señor Mahoma, en nombre del respeto a todas las religiones y recuerdan el deber de reciprocidad en la libertad de practicar la religión. Porque muchos están interesados en olvidar que, en todos los países musulmanes la práctica-apologética «en libertad total y sin aprehensión» de otra religión está prohibida, y en algunos, la libertad de religión existe solo como ‘etiqueta’ sobre el papel. De nada sirve hablar de libertad cuando el derecho de practicarla públicamente está condicionado por leyes político-mahomentanas que ‘incluso’ llaman a la pena de muerte a quien posee una Biblia (ej.:Arabia Saudita). La tolerancia sin verdad es hipocresía. Al islam lo que lo define es la conquista del poder mezclado con un elemento religioso. Falta coraje en el islam para decir que la raíz de la violencia está en unir política y religiónLa ideología marxista hacía lo mismo, sólo que ésta rechazaba a Dios. El comunismo causó más de cien millones de muertos y todavía es la causa de la opresión de centenares de millones de seres humanos. El islamismo es también opresor y lo malo es que el daño que puede hacer a Occidente no sólo está en el pasado sino también en el futuro.MMVI.II.

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Historia y libertad - “La libertad que Dios al hombre dio, no la quite el hombre en nombre de Dios”.

 

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Historia - Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos, pues es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda.

 

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HISTORIA - Para adentrarse en la época de la gran gesta hispánica [1492-1592] y analizar la magnitud del descubrimiento, es necesario penetrarlo estudiando el contexto histórico; solo así podremos llegar a un discernimiento moderado y con el sentimiento sano del deber o de una conciencia objetiva. Con este objetivo presentamos tantos temas y acontecimientos -aparentemente- en discontinuidad.

 

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Historia - El cristiano está advertido de que es necesario conocer la historia para distinguir los hechos. El cristiano a sus hermanos advierte que es imprescindible estudiar la historia para comprender el contexto histórico de los hechos. El cristiano nota que conociendo la historia, se percibe la riqueza de la Tradición, repara la grandeza del Magisterio y la magnanimidad de la salvación en la Escritura enseñada por la Iglesia.

 

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Historia - La historia de la Iglesia es una historia de muchos y diversos movimientos de reforma. Ver el libro de san Cipriano, De lapsis, escrito poco después de la persecución de Decio del año 250-251

-.- 2006 - También hoy la humanidad lleva en sí los signos del pecado, que le impide progresar con agilidad en los valores de fraternidad, justicia y paz, a pesar de sus propósitos hechos en solemnes declaraciones. ¿Por qué? ¿Qué es lo que entorpece su camino? ¿Qué es lo que paraliza este desarrollo integral? Sabemos bien que, en el plano histórico, las causas son múltiples y el problema es complejo. Pero la palabra de Dios nos invita a tener una mirada de fe y a confiar, como las personas que llevaron al paralítico, a quien sólo Jesús puede curar verdaderamente.

 

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Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico.

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). S.S. JUAN PABLO II – MAGNO

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16 Febrero festividad de Santa Juliana.

In Campania, ricordo di S. Giuliana, vergine e martire.

SS. Elia, Geremia, Isaia, Samuele e Daniele e compagni
A Cesarea in Palestina, ricordo dei SS. martiri Elia, Geremia, Isaia, Samuele e Daniele, cristiani egiziani, che, essendosi recati in Cilicia a confortare i confessori della fede condannati ai lavori forzati nelle miniere, furono per questo arrestati e, per opera del governatore Firmiliano, sotto l´imperatore Galerio Massimiano, crudelmente torturati ed infine uccisi con la spada. Dopo di essi ricevettero la corona del martirio, dopo due anni di carcere, anche Panfilo, presbitero, Valente, diacono di Gerusalemme, e Paolo, nativo della città di Iamnia; ma anche Porfirio, servitore di Panfilo, Seleuco della Cappadocia, Teodulo, vecchio servo della casa del governatore Firmiliano, e infine Giuliano di Cappadocia, che, giungendo proprio allora da fuori città, ed avendo baciato i corpi dei martiri, fu denunciato come cristiano, e il governatore ordinò che fosse bruciato a fuoco lento.

 

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La Iglesia, desde el inicio, es católica,

esta es su esencia más profunda, dice Pablo.

 

“El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, esta es su esencia más profunda. San Pablo explica y destaca esto en la segunda lectura, cuando dice:  "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 13). La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres”. S. S. Benedicto XVI – P.P. 2005

 

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“¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo. Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega.

 

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma san Pablo, «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Colosenses 2, 9). En un cierto sentido, una experiencia análoga es la de los discípulos Pedro, Santiago y Juan, recordada por la Fiesta de la Transfiguración celebrada precisamente ayer, a quienes Jesús, en el monte Tabor, les reveló su gloria divina, anunciando la victoria definitiva sobre la muerte. Luego, con la Pascua, Cristo crucificado y resucitado manifestará plenamente su divinidad, ofreciendo a todos los hombres el don de su amor redentor. Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores de Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. S. S. Benedicto XVI. 2005.

 

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San Clemente I – Obispo de la Iglesia católica ya en el año 95


“Clemente vio a los Apóstoles en persona, tuvo relación con ellos, oyó con sus propios oídos su predicación y conservaba aún ante su vista su tradición”. Con estos términos presenta San Ireneo, un siglo más tarde, a aquel que, tras los desdibujados episcopados de Lino y Cleto, aparece como la figura prominente de primer sucesor de Pedro.-
Es cierto que su intimidad con los Apóstoles contribuyó no poco a imponer la elección de Clemente a la comunidad romana, aun cuando resulte imposible el reconocer a ciencia cierta su nombre entre aquellos de los que asegura San Pablo que se hallan inscritos en el «Libro de la Vida»
En la carta que, hacia el año 95, dirigió en nombre de «la Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto» - a fin de exhortar a los cristianos de Corinto a la unidad y al amor - Clemente evoca con emoción la memoria de Pedro y Pablo.-
El espíritu que se deja entrever detrás de esta carta es el de un hombre que se nutría de la Escritura, el de un ciudadano que se mueve muy a sus anchas dentro del mundo grecolatino - cuya cultura había recibido - y el de un cristiano a quien había enseñado a orar el propio San Pablo ¿Fue llamado a dar su sangre por Cristo? Eso al menos es lo que atestigua la tradición a partir de fines del siglo IV.-
«Cristo dice Clemente
-obispo de la Iglesia Católica por allá en el 95ca.- pertenece a las almas sencillas y no a aquellos que se engríen por encima del rebaño»

 

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San Ireneo de Lión (hacia 130-208) obispo y mártir, doctor de la Iglesia Católica - Contra las herejías, IV, 5,2; PL... 

 

El Dios de los vivos -     En su respuesta a los saduceos que negaban la resurrección y, a causa de ello, despreciaban a Dios y ridiculizaban la Ley, Nuestro Señor y Maestro demostró a la vez la resurrección e hizo conocer a Dios. En cuanto a la resurrección de los muertos ¿no habéis leído la palabra de Dios que dice: -Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob?- Y añadía: -No es un Dios de muertos sino de vivos, porque todos viven gracias a él.- Con estas palabras se refirió claramente a aquel que habló a Moisés en la zarza ardiendo y que se declaró el Dios de los padres, el Dios de los vivos. ¿Quién es el Dios de los vivos sino el Dios viviente, fuera del cual no hay otro? Este fue anunciado por el profeta Daniel cuando respondió a Ciro, rey de los persas...:-No adoro ídolos hechos por mano de hombres sino al Dios vivo que hizo el cielo y la tierra y que es Señor sobre todo lo que vive.-  Y añadió: -Adoraré al Señor Dios mío, porque es el Dios viviente.- (cf Dn 14,5.25)
       Dios, a quien adoraron los profetas, el Dios vivo, es el Dios de los vivientes, como su Verbo que habló a Moisés en la zarza ardiendo y quien refutó a los saduceos y ha obrado la resurrección. El es quien, a partir de la Ley, ha demostrado a los ciegos estas dos cosas: la resurrección y el verdadero Dios. Si él no es el Dios de los muertos sino de los que viven, y si se llama el Dios de los padres que duermen el sueno de la muerte, sin duda alguna son vivos para Dios y no muertos. “Son hijos de la resurrección.” Ahora bien, la resurrección es Nuestro Señor en persona, como lo dice él mismo: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25) Y los padres son sus hijos, como lo dice el profeta: “En lugar de tus padres tendrás hijos...” (Sal 44,17)

 

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San Isaac de Santa Estela (s. VII) monje de Nínive, actual Mossoul en Iraq [Irak]


Discurso 58, primera serie - “Quien se humilla será ensalzado”.
(Lc 18,14)


        Hay una humildad que viene del temor de Dios y hay una humildad que de Dios mismo. Hay quien es humilde porque teme a Dios y hay quien es humilde porque conoce el gozo. El primero, que teme a Dios recibe la dulzura en su cuerpo, en el equilibrio de sus sentidos y un corazón contrito en todo tiempo. El segundo, el que se humilla porque conoce el gozo, recibe una gran simplicidad y un corazón dilatado a quien nada ni nadie puede retener en el amor.

 

Discursos ascéticos, 1ª serie, nº 34 - «El que se humille será ensalzado»


     Aquel que reconoce sus propios pecados... es más grande que aquel que, por su oración, resucita a los muertos. Aquel que gime durante una hora por su alma es más grande que el que abraza al mundo por su contemplación. Aquel a quien se le ha dado ver la verdad sobre sí mismo es más grande que aquel a quien le ha sido dado ver a los ángeles.

 

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El Alma:
1. Alma mía, descansa sobre todas y en todas las cosas siempre en Dios, que es el eterno descanso de los Santos. Concédeme Tú, dulcísimo y amantísimo Jesús, que descanse en Ti sobre todas las cosas criadas; sobre toda salud y hermosura; sobre toda gloria y honra; sobre todo poder y dignidad; sobre toda la ciencia y sutileza; sobre todas las riquezas y artes; sobre toda alegría y gozo; sobre toda la fama y alabanza; sobre toda suavidad y consolación; sobre toda esperanza y promesa; sobre todo merecimiento y deseo; sobre todos los dones y regalos que puedes dar y enviar; sobre todo gozo y dulzura que el alma puede recibir y sentir; y en fin, sobre todos los ángeles y arcángeles, sobre todo ejercito celestial; sobre todo lo visible e invisible; y sobre todo lo que no es lo que eres Tú, Dios mío.
2. Porque Tú, Señor, Dios mío, eres bueno sobre todo; Tú solo potentísimo; Tú solo suficientísimo y llenísimo; Tú solo suavísimo y agradabilísimo. Tú solo hermosísimo y amantísimo; Tú solo nobilísimo y gloriosísimo sobre todas las cosas, en quien están, estuvieron y estarán todos los bienes junta y perfectamente. Por eso es poco e insuficiente cualquier cosa que me das o prometes, o me descubres de Ti mismo, no viéndote ni poseyéndote cumplidamente. Porque no puede mi corazón descansar del todo y contentarse verdaderamente, si no descansa en Ti trascendiendo todos los dones y todo lo criado.

3. ¡Oh esposo mío amantísimo Jesucristo, amador purísimo, Señor de todas las criaturas! ¿Quién me dará alas de verdadera libertad para volar y descansar en Ti? ¡Oh! ¿Cuando me será concedido ocuparme en Ti cumplidamente, y ver cuán suave eres, Señor Dios mío? ¿Cuándo me recogeré del todo en Ti, que ni me sienta a mí por tu amor, sino a Ti solo sobre todo sentido y modo, y de un modo manifiesto a todos? Pero ahora muchas veces gimo y llevo mi infelicidad con dolor. Porque en este valle de miserias acaecen muchos males que me turban a menudo, me entristecen y anublan; muchas veces me impiden y distraen, halagan y embarazan para que no tenga libre entrada a Ti y no goce de tus suaves abrazos, los cuales sin impedimento gozan los espíritus bienaventurados. Muévate mis suspiros, y la grande desolación que hay en la tierra.

4. ¡Oh Jesús, resplandor de la eterna gloria, consolación del alma que anda peregrinando! Delante de Ti está mi boca muda, y mi silencio te habla. ¿Hasta cuándo tarda en venir mi Señor? Venga a mí, pobrecito tuyo, lléneme de alegría. Extienda su mano, y libre a este miserable de toda angustia. Ven, ven; pues sin Ti ningún día ni hora será alegre; porque Tú eres mi gozo, y sin Ti está vacía mi mesa. Miserable soy, y como encarcelado y preso con grillos, hasta que Tú me recrees con la luz de tu presencia, y me pongas en libertad, y muestres tu amigable rostro.

5. Busquen otros lo que quisieren en lugar de Ti, que a mí ninguna otra cosa me agrada, ni agradará, sino Tú, Dios mío, esperanza mía, salud eterna. No callaré, ni cesaré de clamar hasta que tu gracia vuelva y me hables interiormente.

Jesucristo:
6. Aquí estoy, a ti he venido, pues me llamaste. Tus lágrimas, y el deseo de tu alma, y tu humildad, y la contrición de tu corazón me han inclinado y traído a ti.

El Alma:
7. Y dije: Señor, yo te llamé, y deseé gozar de Ti, dispuesto a menospreciarlo todo por Ti. Pero Tú primero me despertaste para que te buscase. Seas, pues, bendito, Señor, que hiciste con tu siervo este beneficio, según la muchedumbre de tu misericordia. ¿Qué tiene más que decir tu siervo delante de Ti, sino humillarse mucho en tu acatamiento, acordándose siempre de su propia maldad y vileza? Porque no hay semejante a Ti en todas las maravillas del cielo y de la tierra. Tus obras son perfectísimas, tus juicios verdaderos, y por tu providencia se rige el universo. Por eso alabanza y gloria a Ti, ¡oh sabiduría del Padre! Alábete y bendígate mi boca, mi alma, y juntamente todo lo creado.

 

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San Beda el Venerable (hacia 673) monje, doctor de la Iglesia Católica
Homilías sobre los evangelios, I, 21; CCL 122, 149-151

 

“Sígueme!” (Mt 8,22) -     “Jesús vio a un hombre sentado al mostrador de los impuestos...” Su nombre era Mateo. “Sígueme” le dice. Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: “Sígueme, que quiere decir: “Imítame”. Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él. (cf Jn 2,6)...
      Mateo “se levantó y lo siguió”. No hay  que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaban a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.

 

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«El cristianismo es la única religión en la que Dios se hace tangible, se hace hombre para hablar a los hombres, y es Padre de hermanos a quienes les da incluso la libertad de rebelarse contra Él».

«En el Islam, en cambio Alá no se propone como Padre. Para los musulmanes, el ´Padre Nuestro´ es una blasfemia, el libre albedrío no se contempla y todos, desde los animales a los hombres, incluso la mano del hombre que mata, son un mero instrumento del poder de Alá».

«No hay que esperar pasivos e inertes la destrucción de la civilización cristiana, ha llegado el momento para los creyentes de levantar la cabeza, de hablar, de defender los valores cristianos practicándolos, volviéndolos a consagrar en los gestos, porque sólo así se pueden afrontar los desafíos modernos».

«¿Por qué no se tiene el valor de hablar abiertamente de Cristo?», se preguntó*, constatando el silencio mediático en torno a su persona que sólo se viola para atacarlo. «En cambio --concluyó la autora de «La expulsión de Cristo»-- no hay que tener miedo de hablar de civilización cristiana, no simplemente de civilización occidental, porque, caído el sistema soviético, somos un único pueblo cristiano en Europa, Rusia, América, Australia y parte de África y Asia».

*El libro de la escritora Rosa Alberoni, «La expulsión de Cristo». 2006-08-25

 

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Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005.
¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión, la Santísima Madre de Dios.

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen

 

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Gracias por venir a visitarnos

 

 

‘La verdad sobre El Código Da Vinci’
Autor:
José Antonio ULLATE

Editorial: LibrosLibres. Madrid, 2004.  189 pp. 

Ad maiorem Dei gloriam +

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).