Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
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La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).

La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder.

 

 

2. “Agere in persona Christi” (LG 10)

Para el esquema de las relaciones de Eucaristía y Apostolicidad hay que prestar especial atención también al actuar del sacerdote en la persona de Jesucristo. “Agere in persona Christi” es un aspecto que profundiza en la identificación sacramental del sacerdote consagrado con Jesús Cristo, el cual va más allá de un actuar “en nombre” o “en representación” del mismo. La identificación con el eterno Sumo Sacerdote aclara aún más también que la celebración eucarística no puede ser hecha, en cierto modo, por los solos hombre, sino por Jesucristo, que se presenta como autor y principal sujeto de su propio sacrificio, para entregarse en favor de los hombres.

Significativo, para el carácter de la ofrenda, del regalo, es también el hecho que la comunidad no puede darse a sí misma sus ministros. Su poder no nace de la voluntad de los hombres, sino de la consagración que el presbítero recibe a través del obispo.

El es también el que transmite al presbítero el poder para celebrar la Eucaristía y consagrar las ofrendas. Ninguna comunidad, ningún sacerdote puede, contra este poder del obispo, celebrar la Eucaristía. Apostolicidad, Sucesión y Eucaristía están relacionados los unos con los otros y no se pueden separar los unos de los otros.

 

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Un obispo es grande cuando gobierna la Iglesia “con el calor y la certeza de la fe, la concreción de las iniciativas y de las obras, la capacidad de responder a las interpelaciones de los tiempos no con concesiones o mimetismos sino tomando del patrimonio inalienable de la verdad”.

 

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Iglesia - Cristo nos dijo: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). «Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). «Las puertas del infierno no prevalecerán» (cf. Mt 16, 18). Son estas palabras que las sectas no soportan.
Son palabras de Dios. Son palabras que ningún hombre podrá jamás borrar. Con esta íntima certeza, -en la Iglesia- miremos serenos al futuro, sin dejar de orar y trabajar por un mundo mejor. Ciertamente, en el mundo hay quienes hablan de violencia y de muerte. Pero, juntamente con el Papa, nosotros queremos gritar al mundo: «¡El amor es más fuerte que la muerte!
¡El amor triunfará!».

 

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Capítulo 2 de la Segunda Epístola Católica de San Pedro - Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida.

 

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Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

 

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Como dice la carta a Diogneto: “Los cristianos ni por razón, ni por voz, ni por costumbres se deben distinguir de otros hombres. De hecho, no habitan en ciudades propias, ni usan una jerga que se diferencie, ni conducen un tipo de vida especial. Su doctrina no se sitúa en el descubrimiento del pensamiento de hombres multiformes, ni adhieren a una corriente filosófica humana, como hacen los otros. Viviendo en ciudades griegas y bárbaras, como le ocurrió a cada uno, y adecuándose a las costumbres del lugar en el vestido, en el alimento y en el resto, testimonian un método de vida social admirable e, indudablemente, paradojal. Viven en su patria, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos y de todo están desapegados como extranjeros. Cada patria extranjera es su patria, y cada patria es extranjera”, Cf. Carta a Diogneto V, 1-5.

 

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El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda relegar al pasado. En efecto, ante Él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el futuro del mundo son iluminados por su presencia. Él es « el que vive » (Ap 1, 18), « Aquél que es, que era y que va a venir » (Ap 1, 4). Ante Él debe doblarse toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua debe proclamar que Él es el Señor (cf. Flp 2, 10-11). Al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida.(1)

Jesús es la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad y así será para siempre, a través de la sucesión de las diversas épocas históricas. La encarnación del Hijo de Dios y la salvación que Él ha realizado con su muerte y resurrección son, pues, el verdadero criterio para juzgar la realidad temporal y todo proyecto encaminado a hacer la vida del hombre cada vez más humana.

 

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En memoria de los mártires cristianos, quienes perseverando en las doctrinas bíblicas enseñadas por la Iglesia católica [inclusive antes de estar finalizada la Biblia] no dudaron en ofrendar sus vidas, exaltando el nombre de Cristo y confesando ser ‘hijos de la Iglesia católica’ venerando a la sucesión apostólica. Jesucristo nos envió el Espíritu Santo para que santifique y asista con su Amor a la Iglesia. Las sectas son inventos desequilibrados y perversos. En la Iglesia, el Espíritu Santo santifica también nuestras almas, las llena de su Amor, de su Sabiduría, nos infunde la fe, nos da la verdad, nos llena de fortaleza para permanecer firmes en la fe en medio de las persecuciones que tengamos que sufrir, nos comunica el santo temor de Dios. Si estamos en gracia somos templos del Espíritu Santo y habita en nuestras almas. Procuremos vivir con toda pureza y santidad y amor para que viva dignamente en nosotros el Espíritu Santo. Jesús nos dice: «El Espíritu de Verdad os guiará hacia la Verdad completa».

 

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VÍA CRUCIS ESCUELA VENECIANA – S. XVIII
CATEDRAL PADUA . Italia

  

Los obispos, sucesores de los Apóstoles

 

(Lectura: carta de san Pablo a Tito, capítulo 1, versículos 5 y 7-9)

 

1. En los Hechos y en las cartas de los Apóstoles se documenta lo que leemos en la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II, a saber, que los Apóstoles «tuvieron diversos colaboradores en el ministerio» (n. 20). En efecto, entre las comunidades cristianas que se formaron rápidamente después de Pentecostés destaca sin duda alguna la de los Apóstoles y, en particular, el grupo de quienes en la comunidad de Jerusalén eran «considerados como columnas: Santiago, Cefas y Juan...», tal como lo atestigua san Pablo en la carta a los Gálatas (2, 9). Se trata de Pedro, a quien Jesús había designado cabeza de los Apóstoles y pastor supremo de la Iglesia; de Juan, el apóstol predilecto; y de Santiago, «hermano del Señor», reconocido como jefe de la Iglesia de Jerusalén.

Pero, junto a los Apóstoles, los Hechos mencionan a los «presbíteros» (cf. 11, 29-30; 15, 2. 4), que constituían con ellos un primer grado subordinado de jerarquía. Ante los progresos que realizaba la evangelización en Antioquía, los Apóstoles envían allí como representante suyo a Bernabé (Hch 11, 22). Los Hechos mismos nos dicen que Saulo (san Pablo), tras su conversión y su primer trabajo misionero, se dirigió junto con Bernabé (a quien en otro pasaje atribuyen la calificación de «apóstol»; cf. Hch 14, 14) a Jerusalén, centro de la autoridad eclesial, para consultar a los demás Apóstoles y llevar una ayuda material a la comunidad local (cf. Hch 11, 29). En la Iglesia de Antioquía, al lado de Bernabé y Saulo, se mencionan a «profetas y maestros... Simeón llamado Níger, Lucio el cirenense, Manahén» (Hch 13, 1). Desde allí envían a Bernabé y a Saulo, «después de la imposición de las manos» (cf. Hch 13, 2-3), a hacer un viaje apostólico. A partir de ese viaje, Saulo comienza a llamarse Pablo (cf. Hch 13, 9). Por otra parte, en la medida en que van surgiendo las comunidades, oímos hablar de la «designación de presbíteros» (cf. Hch 14, 23). Las cartas pastorales a Tito y a Timoteo, a los que Pablo constituyó jefes de comunidad (cf. Tt 1, 5; 1 Tm 5, 17), describen con precisión la tarea de esos presbíteros.

Después del concilio de Jerusalén, los Apóstoles envían a Antioquía, junto con Bernabé y Pablo, a otros dos dirigentes: Judas, llamado Barsabás, y Silas, personas muy estimadas entre los hermanos (cf. Hch 15, 22). En las cartas de san Pablo -no sólo en las que escribió a Tito y a Timoteo- se mencionan otros «colaboradores» y «compañeros» del Apóstol (cf. 1 Ts 1, 1; 2 Co 1, 19; Rm 16, 1. 3-5).

 

2. En un determinado momento la Iglesia tuvo necesidad de contar con nuevos jefes, sucesores de los Apóstoles. El concilio Vaticano II dice a este propósito que los Apóstoles, «a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, dejaron a modo de testamento a sus colaboradores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra comenzada por ellos, encomendándoles que atendieran a toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo los había puesto para apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28). Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio (cf. S. Clem. Rom., Ep. ad Cor. 44, 2)» (Lumen gentium, 20).

Esa sucesión está atestiguada en los primeros autores cristianos extrabíblicos, por ejemplo en san Clemente, san Ireneo y Tertuliano, y constituye el fundamento de la transmisión del auténtico testimonio apostólico de generación en generación. Escribe el Concilio: «Así, como atestigua san Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los Apóstoles obispos y sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el mundo (S. Ireneo, Adv. haer. III, 3, 1; cf. Tertuliano, De Praescr. 20, 4-8: PL 2, 32: CC 1, 202)» (Lumen gentium, 20).

 

3. De estos textos se deduce que la sucesión apostólica presenta dos dimensiones relacionadas entre sí: una, pastoral y otra, doctrinal, en continuidad con la misión de los mismos Apóstoles. A este propósito, basándose en los textos, hay que precisar lo que muchas veces se ha dicho, esto es, que los Apóstoles no podían tener sucesores porque habían sido invitados a realizar una experiencia única de amistad con Cristo durante su vida terrena y a desempeñar un papel único en la inauguración de la obra de salvación.

Es verdad que los Apóstoles tuvieron una experiencia excepcional, incomunicable a los demás en cuanto experiencia personal, y que desempeñaron un papel único en la formación de la Iglesia, es decir, tanto en el testimonio y la transmisión de la palabra y del misterio de Cristo gracias a su conocimiento directo, como en la fundación de la Iglesia de Jerusalén. Pero recibieron simultáneamente una misión de magisterio y de guía pastoral para el desarrollo de la Iglesia. Y esa misión era transmisible, y debía ser transmitida, conforme a la intención de Jesús, a sus sucesores, para proseguir la evangelización universal. Por tanto, en este segundo sentido, los Apóstoles tuvieron primero colaboradores y luego sucesores. Lo afirma muchas veces el Concilio (Lumen gentium, 18, 20 y 22).

 

4. Los obispos realizan la misión pastoral confiad los Apóstoles y poseen todos los poderes que ella comporta. Además, como los Apóstoles, la realizan con la ayuda de sus colaboradores. Leemos en la constitución Lumen gentium: «Los obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores, los sacerdotes y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey (cf. San Ignacio de Antioquía, Philad., Praef, 1, 1), de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno» (n. 20).

 

5. El Concilio insistió en esa sucesión apostólica de los obispos, afirmando que es de institución divina. Leemos también en la Lumen gentium: «Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien lo envió (cf. Lc 10, 16)» (n. 20).

En virtud de esa institución divina, los obispos representan a Cristo, de manera que escucharlos significa escuchar a Cristo. Así pues, además del sucesor de Pedro, también los otros sucesores de los Apóstoles representan a Cristo pastor. Por eso, enseña el Concilio: «En la persona de los obispos, a quienes asisten los presbíteros, el Señor Jesucristo, pontífice supremo, está presente en medio de los fieles» (Lumen gentium, 21). Las palabras de Jesús: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16), citadas por el Concilio, tienen una aplicación aún más amplia, porque fueron dirigidas a los setenta y dos discípulos. Y, en los textos de los Hechos de los Apóstoles, citados en los dos primeros párrafos de esta catequesis, hemos contemplado el florecimiento de colaboradores que había alrededor de los Apóstoles, una jerarquía que enseguida se desdobló en presbíteros (los obispos y sus colaboradores) y diáconos, sin excluir la participación de los simples fieles, colaboradores en el ministerio pastoral.

JUAN PABLO II - 08 de julio de 1992

 

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la Iglesia es apostólica en el sentido de que « sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los Obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia ».53 La sucesión de los Apóstoles en la misión pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden, es decir, la serie ininterrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. 54 Esta sucesión es esencial para que haya Iglesia en sentido propio y pleno.

 

La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Éste es un don que recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el Obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía. Pues « el Misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha enseñado expresamente el Concilio Lateranense IV. 61

 

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El criterio que asegura la unidad en la pluriformidad de las tradiciones litúrgicas es la fidelidad a la Tradición apostólica, es decir: la comunión en la fe y los sacramentos recibidos de los Apóstoles, comunión que está significada y garantizada por la sucesión apostólica.

 

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El ministro de este sacramento 1575 Fue Cristo quien eligió a los apóstoles y les hizo partícipes de su misión y su autoridad. Elevado a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, sino que lo guarda por medio de los apóstoles bajo su constante protección y lo dirige también mediante estos mismos pastores que continúan hoy su obra (cf MR, Prefacio de Apóstoles). Por tanto, es Cristo "quien da" a unos el ser apóstoles, a otros pastores (cf. Ef 4,11). Sigue actuando por medio de los obispos (cf LG 21).

1576 Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir "el don espiritual" (LG 21), "la semilla apostólica" (LG 20). Los obispos válidamente ordenados, es decir, que están en la línea de la sucesión apostólica, confieren válidamente los tres grados del sacramento del Orden (cf DS 794 y 802; CIC, can. 1012; CCEO, can. 744; 747).

 

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          Esta participación en la vida y en la misión trinitaria tiene una primera aplicación en los apóstoles, como primeros partícipes de la comunión y de la misión: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9; cf. 17,23); “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21). Jesús además reza por los discípulos para que sean envueltos en el mismo amor trinitario: como el Padre y el Hijo son uno, que los discípulos sean uno (cf. Jn 17,21).

          Esta referencia a la Trinidad hace remontar el ministerio del obispo hasta su fuente. La sucesión apostólica, además, no es sólo física y temporal, sino también ontológica y espiritual, mediante la gracia de la ordenación episcopal. En efecto, los obispos han sido mandados por los apóstoles, como sus sucesores, los apóstoles han sido enviados por Cristo y Cristo ha sido mandado por el Padre.

 

39.     El sello trinitario de la gracia del episcopado lo expresa en modo apropiado la liturgia romana de la ordenación episcopal: “Cuida, pues, de todo el rebaño que el Espíritu Santo te encarga guardar, como pastor de la Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen representas en la asamblea, en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerces, y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad”.

          Se pone además de manifiesto, a través de las palabras y los gestos de la ordenación con la imposición de las manos, un gesto que, según Ireneo de Lyon, evoca las dos manos del Padre, el Hijo y el Espíritu; este último plasma al elegido para la plenitud del sacerdocio, como el don del “Espíritu del Sumo sacerdocio” es revertido sobre Cristo y transmitido a los apóstoles, los cuales han fundado en todas partes la Iglesia.

 

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De la figura del obispo, como es expresada por las palabras y por los ritos de la ordenación, emerge la llamada a la santidad, su peculiar espiritualidad, su camino de santidad y de perfección evangélica. Es una tradición confirmada por los ritos de Occidente y de Oriente que confieren al obispo la plenitud de la santidad para vivirla delante de Dios y en comunión con los fieles.

          El antiguo Eucologio de Serapión expresa este concepto en la oración de la consagración del obispo: “Dios de verdad, haz de tu servidor un obispo viviente, un obispo santo en la sucesión de los Santos apóstoles; y dónale la gracia del Espíritu divino, que haz concedido a todos los siervos fieles, profetas y patriarcas”.

          Se trata de una llamada a la santidad, vivida en la caridad pastoral, en el servicio continuo del Señor, en la ofrenda de los santos dones, en el ministerio de la remisión de los pecados, agradando a Él con mansedumbre y pureza, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio de suave fragancia.

          De estas premisas emerge para el obispo la llamada a la santidad propia, a raíz del don recibido y del misterio de santificación a él confiado.

 

El obispo, sarmiento vivo injertado en la vid que es Cristo, su amigo, discípulo y apóstol, lleva en sí la llamada personal y ministerial a la comunión y a la misión.

          La identidad del obispo en la Iglesia tiene su fundamento en el dinamismo de la sucesión apostólica, entendida no sólo como investidura de autoridad sino como extensión trinitaria de la comunión y de la misión.  Elegido por el Señor, llamado a una constante comunión con él, enviado al mundo, él se identifica con la persona de Jesús en la transmisión de la vida divina, en la comunión del amor, en el sacrificio de su existencia.

 

El ministerio episcopal se encuadra en esta eclesiología de comunión y de misión que genera un obrar en comunión, una espiritualidad y un estilo de comunión.

          En efecto, en este ministerio se expresa la unidad de la sucesión apostólica en el Colegio de los obispos, bajo el ministerio petrino. Además, en el obispo converge la iglesia particular, la comunidad del pueblo de Dios, con los presbíteros, los diáconos, las personas consagradas, los laicos.

          Esta comunión en la unidad es sostenida por la caridad pastoral y por la esperanza sobrenatural en la actuación de designio divino con la fuerza del Espíritu Santo.

 

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Colaboración en el ministerio petrino - 69. La pertenencia al Colegio de los obispos, que no puede ser concebida sin la comunión con su Cabeza visible que es el Romano Pontífice, tiene varias formas de participación y de ejercicio de la colegialidad.

          Justamente en cuanto pertenece al Colegio episcopal, cada obispo en el ejercicio de su ministerio se encuentra y está en una viva y dinámica comunión con el obispo de Roma, Sucesor de Pedro y Cabeza del Colegio, y con todos los otros hermanos obispos esparcidos en el mundo entero. En tal comunión se actúa también la solicitud por todas las iglesias diseminadas por el mundo y la dimensión de misión, de cooperación y de colaboración misionera, que es propia del ministerio episcopal.

          Una específica forma de colaboración con el Romano Pontífice en la solicitud por toda la Iglesia es el Sínodo de los Obispos, donde tiene lugar un fructuoso intercambio de noticias y de sugerencias y son delineadas, a la luz del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia, las orientaciones comunes que, si son hechas propias por el Papa y por él son propuestas a toda la Iglesia, vuelven a las iglesias locales en beneficio de ellas mismas. En tal modo la Iglesia entera es válidamente sostenida para mantener la comunión en la pluralidad de las culturas y de las situaciones.

          Fruto y expresión de esta unión colegial es la colaboración de los obispos pertenecientes a todas partes del orbe católico en los organismos de la Santa Sede, en particular en los dicasterios de la Curia Romana y en varias comisiones, donde pueden eficazmente llevar su propia contribución como pastores de iglesias particulares.

 

En la persona del obispo, unido a su pueblo, convergen las características de la comunión eclesial. Se manifiesta en él la comunión trinitaria, porque él se convierte en signo del “Padre”; es presencia de Cristo, “cabeza, esposo y siervo”; es “ecónomo” de la gracia y hombre del Espíritu. Se cumple en el obispo la comunión apostólica, que lo hace testigo de la tradición viva del Evangelio, en conexión con la sucesión apostólica. Obra en él la comunión jerárquica que lo une al carisma petrino, como los apóstoles estaban unidos a Pedro en Jerusalén.

          En la gracia de su ministerio de maestro, sacerdote y pastor se hace concreta la unidad de la iglesia particular, que encuentra en él el punto de comunión entre los presbíteros y las diversas parroquias y asambleas locales; éstas, en comunión con él, se hacen “legítimas”. Él es, en fin, animador de la comunión de carismas y ministerios de los otros fieles de Cristo, consagrados y laicos, que encuentran en él el principio de unidad y de fuerza misionera.

          También en la persona del obispo se manifiesta la reciprocidad entre la Iglesia Universal y las iglesias particulares, que abiertas las unas a las otras, se reencuentran como porciones del pueblo de Dios y “portiones Ecclesiae” en la una, santa, católica y apostólica, la cual preexiste a ellas y en ellas se encarna como comunidades históricas, territoriales y culturales concretas.

 

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Una, santa, católica y apostólica

 

La iglesia particular lleva consigo toda la compleja realidad de la Iglesia como Pueblo de Dios; empeña a todos los bautizados en su múltiple y comprometida realidad sacerdotal, profética y real, junto con la variedad de ministerios ordenados y carismas.

          Se trata de un pueblo sellado por la gracia de los sacramentos, constituido Iglesia en Cristo y en el Espíritu para gloria del Padre. Pero es también un pueblo peregrino, radicado aquí y ahora en una tierra, en una historia, en una cultura.

          La iglesia particular es llamada continuamente a medirse con la riqueza de la Iglesia universal que ella misma actualiza, hace presente y operante. Es iglesia local, particular, pero proyectada en el plan escatológico que comprende: la unidad en la vida teologal, en el ministerio, en los sacramentos, en la vida, en la misión, en comunión con Pedro; la santidad en la riqueza del Evangelio vivido y en la madura y rica experiencia de los dones del Espíritu Santo; la catolicidad como cordial comunión con todos, en la apertura a la universalidad de la Iglesia y a sus múltiples riquezas, que han de ser integradas en la reciprocidad; la apostolicidad, en virtud de la tradición de fe y de vida sacramental que viene de los apóstoles, con la fuerza del mandato misionero hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos.

 

Iglesia universal, iglesia particular 

84.     El Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis notio, con el fin de especificar algunos valores y límites de la eclesiología de comunión y de la eclesiología eucarística, ha querido aclarar con razón algunos aspectos de la plenitud y de los límites de la iglesia particular, para que responda a su auténtica perspectiva católica.

          Así, por ejemplo, pone en guardia contra un concepto de iglesia particular que presente la comunión de cada iglesia de modo tal que debilite, en el plano visible e institucional, la concepción de la unidad de la Iglesia. “Se llega así a afirmar- observa el documento - que cada iglesia particular es sujeto en sí mismo completo, y que la Iglesia universal resulta del reconocimiento recíproco de las iglesias particulares. Esta unilateralidad  eclesiológica,  reductiva no sólo en el concepto de Iglesia universal sino también en el de iglesia particular, manifiesta una  insuficiente comprensión del concepto de comunión”.

          Justamente para no ensombrecer la comunión en su dimensión de universalidad, en el mismo documento se encuentra una afirmación iluminadora: “en la Iglesia nadie es extranjero: especialmente en la celebración de la Eucaristía, todo fiel se encuentra en su Iglesia, en la Iglesia de Cristo”. En efecto, cada fiel, pertenezca o no a la diócesis, a la parroquia o a la comunidad particular, en la celebración de la Eucaristía debe sentirse siempre en su Iglesia. Aún perteneciendo a una iglesia particular en la cual ha sido bautizado o vive o participa de la vida de Cristo, el fiel pertenece de algún modo a todas las iglesias particulares.

          Este misterio de unidad es confiado al ministerio del obispo en la referencia indisoluble de la iglesia particular a la Iglesia universal.

 

85.     En esta porción del Pueblo de Dios una comunidad perteneciente a la única familia de Dios, vive plenamente la referencia al Reino de Cristo, en el cual están integradas todas las riquezas de la catolicidad, prefiguradas en la Iglesia de Pentecostés.

          La referencia a la Iglesia de Jerusalén hace que cada iglesia tenga un vínculo necesario con Pedro, cabeza de esta Iglesia de los orígenes. Tal vínculo confiere carácter apostólico a cada iglesia local a través de la sucesión apostólica de los obispos. La comunión en la única Iglesia y en cada iglesia supone también la unidad en el carisma de Pedro y por ello la comunión con todas las otras iglesias dispersas por el mundo.

          En este designio de la unidad universal y de las peculiaridades particulares se manifiesta como una especie de plan trinitario, que sella y modela la existencia propia de cada iglesia en la Iglesia católica y la correspondiente mutua relación. Por ello, no carece de significado la realidad social, cultural, geográfica, histórica de cada iglesia. En la realidad de las iglesias locales dispersas por el mundo la Iglesia universal realiza el misterio de la unidad y de la reconciliación de todos en Cristo. Y esta comunión de todos los miembros de la Iglesia particular tiene el signo y el garante en el obispo.

 

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El Ministerio  Episcopal al  Servicio  del Evangelio  

100.  El triple ministerio de la enseñanza, la santificación y el gobierno, constituye un servicio al Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo. El obispo, pues, proclama con la palabra, celebra en la liturgia, vive y difunde con su servicio pastoral el Evangelio de la esperanza.

          No se trata de tres dimensiones diversas, sino de la única esperanza proclamada y acogida con la adhesión de la fe, celebrada en el corazón mismo del misterio pascual que es la Eucaristía, vivida de modo que ilumine e informe toda la vida personal y social de los creyentes.

          Sin embargo, aún considerando esta unidad es necesario también acoger la intención del Concilio, que en su magisterio sobre los tria munera respecto al obispo y a los presbíteros, prefiere anteponer a los otros ministerios el de la enseñanza. En ello el Vaticano II retoma idealmente la sucesión presente en las palabras que el Resucitado dirigió a sus discípulos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas... y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt. 28, 18-20). En esta prioridad dada a la tarea episcopal del anuncio del Evangelio, que es una característica de la eclesiología conciliar, todo obispo puede reencontrar el sentido de aquella paternidad espiritual que hacía escribir al apóstol San Pablo: “Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús” (1 Co 4,15).

 

La tarea de la predicación y la custodia del depósito de la fe implican el deber de defender la Palabra de Dios de todo aquello que podría comprometer la pureza y la integridad, aún reconociendo la justa libertad en la profundización ulterior de la fe. En efecto, en la sucesión apostólica, el obispo ha recibido, según el beneplácito del Padre, el carisma seguro de la verdad que debe transmitir.

 

El ministerio de salvación de la Iglesia     

128.    Según el espíritu de la colegialidad y de la comunión jerárquica todos los obispos continúan este anuncio que pone al centro de la predicación Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, único salvador del mundo.

          Aún cuando puedan escapar a nuestra consideración los caminos a través de los cuales Cristo ejerce esta salvación más allá de las estructuras sacramentales de su Cuerpo, al cual él mismo ha confiado el ministerio de la predicación y de la santificación, la Iglesia cree que toda la humanidad pertenece a Cristo, primogénito de toda creatura (cf. Col 1,15 ss).

          Por este motivo, el horizonte de la esperanza, que tiene como último término la reconciliación de todo y de todos en Cristo, ilumina a la Iglesia que anuncia la paz y la salvación a los que están lejos y a los que están cerca, “pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu”(Ef 2,17-18) y reanuda con confianza el múltiple diálogo de la salvación, para que también el futuro de la historia pertenezca al Señor, conocido y amado como nuestro Hermano, revelación del amor del Padre. “Por esta vía, - afirma la Gaudium et spes en la conclusión -  en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a una viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillará con la gloria del Señor”.  

 

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75 "Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que el mismo cumplió y promulgó con su boca" (DV 7).

La predicación apostólica...

76 La transmisión del evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:

— oralmente: "los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó"; 

— por escrito: "los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo" (DV 7).

 

continuada en la sucesión apostólica

 

77 "Para que este Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos, ´dejándoles su cargo en el magisterio´" (DV 7). En efecto, "la predicación apostólica, expresada de un modo especial en los libros sagrados, se ha de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos" (DV 8).

78 Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, "la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV 8). "Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a loa práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora" (DV 8).

79 Así, la comunicación que el Padre ha hecho de sí mismo por su Verbo en el Espíritu Santo sigue presente y activa en la Iglesia: "Dios, que habló en otros tiempos, sigue conservando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo" (DV 8).

 

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La Eucaristía hace la Iglesia. La Iglesia hace la Eucaristía. Estas dos clásicas expresiones del P. Henri De Lubac son perfectamente comprensibles sólo si se sobreentienden con la referencia a Cristo, es decir el Cristo de la Eucaristía, el sacerdote y la víctima, el donante y el don. En efecto. es Cristo en la Eucaristía con la autodonación de su cuerpo y de su sangre, con la actualización de su misterio pascual y de sus efectos salvadores, el que hace de la Iglesia su Cuerpo y la plasma como sacramento universal de salvación. Y es Cristo presente en la Iglesia, a través de la sucesión apostólica y ministerial del sacerdocio ordenado, por su presencia en cada sacerdote celebrante, el que hace, realiza la Eucaristía. Esta referencia al Cristo eucarístico y al Cristo sacerdotal nos permite comprender mejor el binomio de reciprocidad entre la Eucaristía que hace la Iglesia y la Iglesia que hace la Eucaristía, para no separar nunca la dimensión sacramental del sacerdocio y de la eucaristía, de la sucesión y transmisión de la presencia de Cristo en los apóstoles y sus sucesores por medio del Espíritu Santo. Sólo a ello, de manera exclusiva, ha confiado el ministerio eucarístico y la realidad misma del único sacerdocio de Cristo que en la actualización sacramental de su misterio pascual hace que la Iglesia nazca y renazca siempre de ese misterio.

 

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Iglesia universal, Iglesia local

 

Las plegarias eucarísticas, como hemos visto, expresan con un gran equilibrio el aspecto de la universalidad de la iglesia, de su santidad y de su apostolicidad. Si el lenguaje de la oración traduce la conciencia de la comunidad que se siente plenamente iglesia cuando celebra los misterios, revela con sus palabras que es sólo una realización de esa iglesia universal extendida por el mundo entero. El obispo que preside o el sacerdote que celebra confiesa la comunión en las cosas santas que se realiza por medio de la presencia de aquel que a su vez congrega esta iglesia y no puede ser circunscrito o privatizado por esa misma iglesia celebrante, ya que es Cristo quien preside y está presente en todas las asambleas eucarísticas sin que ninguna pueda monopolizar su presencia. La eucaristía revela de esta forma la plenitud y los límites de la iglesia celebrante. Y a su vez abre a la comunión por medio de un explícito recuerdo de todos los fieles esparcidos por el mundo. Signo de esta comunión es el recuerdo de los pastores, los obispos que en la sucesión apostólica y en la predicación de la verdad aseguran la verdad de esa iglesia que es una, santa y apostólica. Comunión en la verdad evangélica, en el amor que nace de la eucaristía, en la continuidad con los apóstoles que nace de la sucesión apostólica. Cuando la unidad reina, el recuerdo de los otros obispos es explícito. Cuando surgen las herejías el signo de excomunión es precisamente ignorar o cancelar los nombres de los obispos en la plegaria eucarística.

La anáfora alejandrina de San Marcos expresa ya lo que el canon romano precisará en las palabras del "Te igitur": "Acuérdate, Señor, de tu santa y única iglesia, católica y apostólica, extendida del uno al otro confín de la tierra; de todos los pueblos y de toda la congregación de tus fieles; envía desde el cielo la paz a nuestros corazones, y en la tierra concédenos también una vida pacífica".[45]

El canon romano, siguiendo las huellas del texto alejandrino, recuerda desde el principio que se ofrece el sacrificio vivo y santo "por tu iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero..." Y añade la memoria del papa del obispo y de todos los demás pastores que " fieles a la verdad", promueven la fe católica y apostólica".

 

Al límite, la eclesiología de comunión expresada por esta plegaria, hace intuir que existe una unidad eucarística entorno a los Obispos sucesores de los apóstoles, primeros ministros de la eucaristía. Pero a la vez, en la lógica de la sucesión apostólica, hay una eclesiología eucarística que apunta a la comunión con el sucesor de Pedro, el papa, este a su vez tiene en la eucaristía una expresión del primado, o si queremos una ministerialidad que se mide en su forma más alta por la presidencia de la eucaristía, con todas sus consecuencias. Lo que resulta implícito en las plegarias eucarísticas orientales, se explicita en el canon romano y en las plegarias del Misal Romano y constituye un elemento que merece una atención particular: la dimensión eucarística del primado del papa.[46]

El equilibrio de la comunión está expresado por las palabras que unen a los ministros celebrantes y a la asamblea: “ Nosotros tus siervos y todo tu pueblo santo...”

 

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Efectivamente, la unidad de la Iglesia está también fundamentada en la unidad del Episcopado(50). Como la idea misma de Cuerpo de las Iglesias reclama la existencia de una Iglesia Cabeza de las Iglesias, que es precisamente la Iglesia de Roma, que "preside la comunión universal de la caridad(51), así la unidad del Episcopado comporta la existencia de un Obispo Cabeza del Cuerpo o Colegio de los Obispos, que es el Romano Pontífice(52). De la unidad del Episcopado, como de la unidad de la entera Iglesia, "el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es principio y fundamento perpetuo y visible"(53). Esta unidad del Episcopado se perpetúa a lo largo de los siglos mediante la sucesión apostólica, y es también fundamento de la identidad de la Iglesia de cada época con la Iglesia edificada por Cristo sobre Pedro y sobre los demás Apóstoles.

 

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La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro"(72). En las Iglesias y comunidades cristianas no católicas, existen en efecto muchos elementos de la Iglesia de Cristo que permiten reconocer con alegría y esperanza una cierta comunión, si bien no perfecta(73).

 

Esta comunión existe especialmente con las Iglesias orientales ortodoxas, las cuales, aunque separadas de la Sede de Pedro, permanecen unidas a la Iglesia Católica mediante estrechísimos vínculos, como son la sucesión apostólica y la Eucaristía válida, y merecen por eso el título de Iglesias particulares(74). En efecto, "con la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, la Iglesia de Dios es edificada y crece"(75), ya que en toda válida celebración de la Eucaristía se hace verdaderamente presente la Iglesia una, santa, católica y apostólica(76).

 

Sin embargo, como la comunión con la Iglesia universal, representada por el Sucesor de Pedro, no es un complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus constitutivos internos, la situación de aquellas venerables comunidades cristianas implica también una herida en su ser Iglesia particular. La herida es todavía más profunda en las comunidades eclesiales que no han conservado la sucesión apostólica y la Eucaristía válida. Esto, de otra parte, comporta también para la Iglesia Católica, llamada por el Señor a ser para todos "un solo rebaño y un solo pastor"(77), una herida en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia.

 

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La sucesión apostólica permite a la Iglesia de Cristo Jesús proseguir su misión en la historia, transmitiendo a las nuevas generaciones el depósito integro de la fe que plasma las costumbres y regula la disciplina de los fieles. Gracias a los modernos medios de comunicación social, los católicos esparcidos por el mundo entero, como así también los numerosos fieles pertenecientes a las Iglesias y comunidades cristianas u otras entidades religiosas, han seguido con gran participación el excepcional período del final del Pontificado del Papa Juan Pablo II y el inicio de su sucesor Benedicto XVI. Se trató de una insigne gracia del Señor a su Iglesia que ha podido experimentar, entre otras cosas, la importancia de las estructuras colegiales en la sucesión apostólica y, en particular, en lo relativo a la elección del Pontífice Romano, por parte del colegio cardenalicio.

 

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Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas sobre el tema Eucaristía y sacerdocio, comunión que, a través de una mayor y recíproca profundización de la Celebración Eucarística y de la Divina Liturgia, está destinada a crecer: …“Aunque aún no estamos de acuerdo en la cuestión de la interpretación y el alcance del ministerio petrino, estamos juntos en la sucesión apostólica, estamos profundamente unidos unos a otros por el ministerio episcopal y por el sacramento del sacerdocio, y confesamos juntos la fe de los Apóstoles como se nos ha transmitido en la Escritura y como ha sido interpretada en los grandes concilios. En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo”, BENEDICTO XVI, Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (29 junio 2005).

 

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"Con Vosotros soy cristiano, y para Vosotros soy Obispo" (1): palabras de San Agustín repetidas durante las congregaciones generales que nos hacen caer en la cuenta que el Obispo es hombre de Iglesia, forma parte de la Iglesia; la vera Sponsa Christi, la "Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans" (2). La Iglesia, el Santo Pueblo fiel de Dios, que en su totalidad "in credendo falli nequit" (3). Esa Iglesia que se muestra al mundo en sus perceptibles aspectos de martyria, leitourgia, diakonia. Por eso , el Obispo, hombre de Iglesia, está llamado a ser hombre con sensus ecclesiae.

5. Varias veces hemos escuchado expresiones que son verdaderas imágenes vivientes del Obispo y su ministerio episcopal. Vuelven espontáneamente a la memoria las expresiones de la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, que en el contexto de una exposición que ilustra el misterio de la Iglesia, afirman que su naturaleza es descripta y reconocida mediante una variedad de imágenes, tomadas de la Sagrada Escritura y de la Tradición eclesiástica (4). También nosotros ahora, con la intención de concentrar nuestra atención en la figura del Obispo, sobre su misterio y su ministerio, deseamos repetir y evocar algunas de aquellas imágenes, que han sido recordadas en esta aula sinodal. Se trata de las imágenes del pastor, del pescador, del vigía solícito, del padre, del hermano, del amigo, del portador de consuelo, del siervo, del maestro, del hombre fuerte, del sacramentum bonitatis, etc. Son todas imágenes que muestran al Obispo como hombre de fe y hombre de visión, hombre de esperanza y hombre de lucha, hombre de mansedumbre y hombre de comunión. Imágenes que indican que entrar en la sucesión apostólica implica entrar en la lucha (agon) por el Evangelio

 

… Con especial vigor ha sido subrayado que el obispo está habilitado por la gracia del Orden Sacro a expresar un juicio auténtico en materia de fe y de moral. Los obispos, para repetir aquí una expresión del Concilio Vaticano II, son los "maestros auténticos, es decir, dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado, la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida" (23). Se trata, en definitiva, de reconocer la consonancia de la doctrina con la fe bautismal, "ut non evacuetur crux Christi" (1Cor 1,17). Esta tarea de la predicación vital y de la fiel custodia del depositum fidei está enraizado, como justamente ha sido señalado, en la gracia sacramental que ha incluido al obispo en la sucesión apostólica y le ha entregado la grave tarea de conservar la Iglesia en su carácter de apostolicidad. Por ello el obispo es llamado a cuidar y a promover la Traditio, o sea, la comunicación del único Evangelio y de la única fe a través de las generaciones hasta el fin de los tiempos, con fidelidad íntegra y pura a los orígenes apostólicos, pero también con el coraje e sacar de este mismo Evangelio y de esta misma fe la luz y la fuerza para responder a las nuevas preguntas que hoy surgen en la historia y que conciernen también a las cuestiones sociales, económicas, políticas, científico-tecnológicas, especialmente en el ámbito de la bíoética.

 

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Como siervo del Evangelio, corresponde al Obispo dar testimonio de Cristo muerto resucitado: muerto por nuestros pecados y resucitado para la esperanza de nuestra salvación. Este es el núcleo de la buena nueva anunciada por los apóstoles, que debe ser proclamado hoy por sus sucesores los Obispos con un lenguaje convincente y atrayente.

En su función profética, el Obispo debe tener en cuenta la adhesión personal del creyente a la Persona de Cristo que debe suscitar la fe y la aceptación de su contenido. En este sentido, debe tener en cuenta la particular cultura de su grey, para anunciar el Evangelio en términos actuales y asequibles. Asimismo, hay que predicar un Dios que no es estático, sino que nos ha prometido la salvación: en esa promesa radica nuestra esperanza.

En la civilización actual prevalece una cultura que privilegia la autonomía, el relativismo, la inmanencia y la autosuficiencia. De frente a esta situación, hay que proponer el kerigma cristiano con todo su peso de verdad revelada del cual el Obispo es Maestro auténtico por la autoridad recibida de Cristo, en su Diócesis en comunión con Pedro.

Han de ser subrayados algunos elementos de la común espiritualidad cristiana en la consideración de la espiritualidad episcopal: el discipulado en Cristo, y el poner el eje de la espiritualidad en la palabra de Dios: el Obispo la escucha en la Escritura, integra en la vida sus exigencias, y la anuncia a los hombres. Sin embargo, lo específicamente episcopal de la espiritualidad se determina a partir del orden sacramental recibido, como participación plena en el sacerdocio de Cristo, que configura al Obispo con Cristo Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia. El punto de partida es la condición de capitalidad en la Iglesia, recibida sacramentalmente, ejercida en la sucesión apostólica y puesta al servicio de la comunión en tensión misionera. La efusión del Espirito Santo sacramentalmente recibida continúa a lo largo de su ministerio. La lectio divina ejercida desde la cátedra episcopal es también fuente de vida en el Espíritu.

 

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Iglesia - Dios no abandona a su Iglesia y se cumple la promesa de Nuestro Señor:

"Estaré con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20); esto fastidia tanto a las sectas jehovistas, bautistas, mormones y otras miles que aparecen y desaparecen.

 

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La Iglesia Católica es «santa» en su doctrina, en su moral, en sus medios de santificación -los sacramentos- y en sus frutos. No quiere esto decir que todos los católicos sean santos. Esto es imposible dado la libertad humana.

 

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«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro y Pablo; ambos mártires de la Iglesia católica, 64/7ca. en Roma. ITALIA.

 

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La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

 

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Iglesia: Es la comunidad, la comunión (koinonia), al mismo tiempo espiritual y visible, de aquellos que acogen con fe la evangelización; comparten la misma esperanza en el Reino y participan a la misma caridad. Se entra a formar parte de la Iglesia a través del Bautismo, que sella la conversión. Principio de la comunión íntima con Dios - conocido y amado como Padre - es el Espíritu Santo: Espíritu filial de Jesucristo. El principio visible de unidad de los fieles de una Iglesia particular es el Obispo; en cambio, sobre el plano universal de la comunión de todos los fieles, el fundamento de unidad es el Romano Pontífice. Éste es el sucesor de Pedro y cabeza de la comunidad cristiana de Roma que "preside en la caridad" (San Ignacio de Antioquía). El principio sacramental de la unidad de la Iglesia es la Eucaristía: celebración memorial del misterio pascual, en donde los bautizados, unidos a sus legítimos pastores, se unen a Cristo y entre ellos, mediante los signos del pan y del vino consagrados. El Credo profesa la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El Espíritu de Amor, donado por Cristo a su Iglesia, la transforma necesariamente en una (cf. UR 4,3) y santa (cf. LG 39,1). Así el Espíritu de Verdad la hace católica y apostólica, manteniéndola fiel a la tradición (Parádosis) de los apóstoles y a su misión de difundir, a todos los hombres y en todos los tiempos, toda la plenitud (Plêrôma) de verdad y santidad que se encuentra en Jesucristo. Esta prerrogativa de indefectibilidad se concede a la Iglesia concreta guiada por el Papa y por los Obispos en comunión con Él, en donde subsiste la única Iglesia de Cristo (cf. LG 8,2). No obstante, ésta debe purificarse y convertirse constantemente para hacer brillar, siempre mejor, la gloria de su Señor, para recuperar la plena unidad con los hermanos separados y para adquirir mayor credibilidad en su misión ad gentes (cf. AG 6;  EN 77; RM 50; UUS 23; 98).

 

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Iglesia: Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia y, de esta manera, los creyentes pudieran ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu. Él es el Espíritu de vida, la fuente de agua que mana para la vida eterna. Por Él, el Padre da la vida a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales. El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo, ora en ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos. Él conduce la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con sus frutos. Con la fuerza del Evangelio, el Espíritu rejuvenece a la Iglesia, la renueva sin cesar y la lleva a la unión perfecta con su esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! Así, toda la Iglesia aparece como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La Iglesia también recibe el nombre de la Jerusalén de arriba y nuestra madre, y se la describe como la esposa inmaculada del Cordero inmaculado. Cristo la amó y se entregó por ella para santificarla; se unió a ella en alianza indisoluble, la alimenta y la cuida sin cesar. La enriqueció para siempre con bienes del cielo para que comprendamos cómo nos aman Dios y Cristo: este amor supera todo conocimiento. Pero, mientras la Iglesia peregrina en este mundo lejos de su Señor, se considera como desterrada, de manera que busca y medita gustosamente las cosas de arriba. Allí está sentado Cristo a la derecha de Dios; allí está escondida la vida de la Iglesia junto con Cristo en Dios hasta que se manifieste llena de gloria en compañía de su Esposo.

Constitución Lumen gentium, 4.6 – VATICANO II.

 

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Pedro primer Obispo de Roma con el símbolo de su martirio,

cruz invertida; Andrés discípulo Obispo mártir con cruz de aspa-su martirio

 

Iglesia - El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad:  "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

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«Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

Al comentar la segunda lectura, de la carta a los Efesios, el Cardenal Ratzinger se ha referido a los ataques que ha recibido el cristianismo en los últimos años. «Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas –dijo el cardenal alemán–, cuantas corrientes ideológicas, cuantas modas de pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo. Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar» aquí y allá por cualquier viento de doctrina parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos. Nada más real que la descripción hecha por Ratzinger, y nada más acorde con lo que hubiera dicho Juan Pablo II.
El cardenal alemán se ha limitado a decirles a los electores del nuevo Papa lo que, posiblemente, les habría dicho Juan Pablo II Magno: que no caigan en la tentación de poner en la Sede de Pedro a alguien que no tenga la fortaleza suficiente para resistir a la «dictadura del relativismo»; que elijan a alguien –y éstas son las palabras con que concluyó la homilía– «que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría».
2005-04-18 Inicio del Conclave – Vaticano, Roma, Italia.

 

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Cristo es –piedra angular- origen y principio de donde dimana la luz y santidad que le sirve de base, alimento y razón, a su Iglesia Católica. La Iglesia, madre y maestra, respetuosa con la verdad que Cristo le depositara hace 2.000 años, expone con detalles y datos históricos su trayectoria evangélica. Ininterrumpidamente predica a Jesucristo y las virtudes cristianas. Estas sectas (adventistas, álamos, bautistas, jehovistas, etc.)  inexistiendo durante no menos de 1.600 años, y, sin dicha trayectoria histórica, no pasan de tener algunos aviesos parlanchines. Estos, podrán ser menos honrados y veraces, pero han resultado siempre más hábiles en la manipulación y la maniobra inescrupulosa. Ricos en lisonjear, motes y requiebros, como de dividirse inventando por arte de magia, sectas y más sectas día a día.  Porque tanto da para todos: sola gracia, sola fe, sola escritura, solo Cristo, solo gloria a Dios… solo secta; ¡mala combinación la protesta con el resentimiento! ¡extraña y agria hermandad vomita quien es más etéreo que hombre cabal! Lobos rapaces que hacen -cada día- nacer nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

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«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo». Además, Benedicto XVI dijo estar «contento» por la presentación ayer del «Compendio» del Catecismo de la Iglesia Católica, «una nueva guía para la transmisión de la fe, que nos ayude a conocer mejor e incluso a vivir mejor la fe que nos une». «No se puede leer este libro como se lee una novela», advirtió el Pontífice, subrayando que «requiere meditarlo con calma en sus partes y permitir que su contenido, mediante las imágenes, penetre en el alma». «Espero que sea acogido de este modo y pueda convertirse en una buena guía para la transmisión de la fe», aseveró. El volumen, presentado ayer, de doscientas páginas, recoge en 598 preguntas y respuestas la síntesis de ese «Catecismo» que fue promulgado en 1992 por el Papa Juan Pablo II. El «Compendio» no ofrece añadidos ni cambios al contenido de aquel volumen de unas 700 páginas. 2005-06-29.

 

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La misión de la Iglesia tiene como fin la salvación de los hombres, la cual hay que conseguir con la fe en Cristo y con su gracia. Por tanto, el apostolado de la Iglesia y de todos sus miembros se ordena en primer lugar a manifestar al mundo, con palabras y obras, el mensaje de Cristo y a comunicar su gracia. Todo esto se lleva a cabo principalmente por el ministerio de la palabra y de los sacramentos, encomendando de forma especial al clero, y en el que los seglares tienen que desempeñar también un papel de gran importancia. Son innumerables las ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios. Lo avisa el Señor: «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos». Este apostolado, sin embargo, no consiste sólo en el testimonio de vida. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: «Porque la caridad de Cristo nos constriñe». En el corazón de todos deben resonar aquellas palabra del Apóstol: «¡Ay de mí si no evangelizare!» Mas, como en nuestra época se plantean nuevos problemas y se multiplican errores gravísimos que pretenden destruir desde sus cimientos la religión, el orden moral e incluso la sociedad humana, este santo Concilio exhorta de corazón a los seglares a que cada uno, según las cualidades personales y la formación recibida, cumpla con suma diligencia la parte que le corresponde, según la mente de la Iglesia, en aclarar los principios cristianos, difundirlos y aplicarlos certeramente a los problemas de hoy.
Decreto Apostolicam actuositatem, 6 – VATICANO II

 

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Iglesia -  Cristo, al instituir a los doce, “formó una especie de colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él.” (LG 19) Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás apóstoles forman un único colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el romano pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles”. (LG 22; cf CIC can. 330)

       El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf Mt 16,18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño. (cf Jn 21, 15-17) “Está claro que también el colegio de los apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro.” (LG 22) Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del papa.

       El papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles.” (LG 23) “El pontífice romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de vicario de Cristo y pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad.” (LG 22; CD 2; 9)

      “El colegio o cuerpo episcopal no tiene ninguna autoridad si no se le considera junto con el romano pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo.” Como tal, este colegio es “también sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia” que “no se puede ejercer... a no ser con el consentimiento del romano pontífice.” (LG 22; cf CIC can. 336) La potestad del colegio de los obispos sobre toda la Iglesia se ejerce de modo solemne en el Concilio Ecuménico”. (CIC can. 337,1) “No existe concilio ecuménico si el sucesor de Pedro no lo ha aprobado o al menos aceptado como tal.” (LG 22) Este colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unida del pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo una única cabeza, expresa la unidad del rebaño de Dios.” (LG 22).

 

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Iglesia - El crecimiento constante de la Iglesia naciente durante los primeros tres siglos hasta el Edicto de Milán a comienzos del cuarto siglo, se produjo por medio del testimonio y la influencia personal de miles de cristianos y sus familias. Al correr de más siglos, los ideales cristianos puestos en práctica por las personas y las familias, fue gradualmente transformando Occidente en una forma de cultura cristiana que conocemos como la Edad Media. En nuestros tiempos, luego de la disolución gradual de dicha cultura, en parte a través de eventos históricos tales como la Reforma, la era de la Ilustración y los conflictos titánicos de ideas e ideologías de los últimos dos siglos (Darwinismo, Marxismo, Freudianismo y otros), nos toca a nosotros hacer lo mismo. El éxito parcial de estas diversas herejías e ideologías en la escena mundial se ha debido en parte al hecho que un porcentaje grande de laicos católicos durante los últimos siglos, han estado ausentes del combate en el sentido apostólico, contentos en su ignorancia y dejando que el clero y los religiosos hicieran el trabajo pesado. Padre John McCloskey – 2005.

 

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Cristo vive en su Iglesia 

"No hay duda, amadísimos hermanos, que el Hijo de Dios, habiendo tomado la naturaleza humana, se unió a ella tan íntimamente, que no sólo en aquel hombre que es el primogénito de toda creatura, sino también en todos sus santos, no hay más que un solo y único Cristo; y, del mismo modo que no puede separarse la cabeza de los miembros, así tampoco los miembros pueden separarse de la cabeza. 

Aunque no pertenece a la vida presente, sino a la eterna, el que Dios sea todo en todos, sin embargo, ya ahora, él habita de manera inseparable en su templo, que es la Iglesia, tal como prometió él mismo con estas palabras: Mirad, yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo. Por tanto, todo lo que el Hijo de Dios hizo y enseñó con miras a la reconciliación del mundo no sólo lo conocernos por el relato de sus hechos pretéritos, sino que también lo experimentamos por la eficacia de sus obras presentes. 

Él mismo, nacido de la Virgen Madre por obra del Espíritu Santo, es quien fecunda con el mismo Espíritu a su Iglesia incontaminada, para que, mediante la regeneración bautismal, una multitud innumerable de hijos sea engendrada para Dios, de los cuales se afirma que traen su origen no de la sangre, ni del deseo carnal, ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios. Es en él mismo en quien es bendecida la posteridad de Abrahán por la adopción del mundo entero, y en quien el patriarca se convierte en padre de las naciones, cuando los hijos de la promesa nacen no de la carne, sino de la fe. Él mismo es quien, sin exceptuar pueblo alguno, constituye, de cuantas naciones hay bajo el cielo, un solo rebaño de ovejas santas, cumpliendo así día tras día lo que antes había prometido: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, y oirán mi voz, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor

Aunque dijo a Pedro, en su calidad de jefe: Apacienta mis ovejas, en realidad es él solo, el Señor, quien dirige a todos los pastores en su ministerio; y a los que se acercan a la piedra espiritual él los alimenta con un pasto tan abundante y jugoso, que un número incontable de ovejas, fortalecidas por la abundancia de su amor, están dispuestas a morir por el nombre de su pastor, como él, el buen Pastor, se dignó dar la propia vida por sus ovejas. 

Y no sólo la gloriosa fortaleza de los mártires, sino también la fe de todos los que renacen en el bautismo, por el hecho mismo de su regeneración, participan en sus sufrimientos. Así es como celebramos de manera adecuada la Pascua del Señor, con ázimos de pureza y de verdad: cuando, rechazando la antigua levadura de maldad, la nueva creatura se embriaga y se alimenta del Señor en persona. La participación del cuerpo y de la sangre del Señor, en efecto, nos convierte en lo mismo que tomamos y hace que llevemos siempre en nosotros, en el espíritu y en la carne, a aquel junto con el cual hemos muerto, bajado al sepulcro y resucitado." 

De los Sermones de San León Magno, papa (Sermón 12, Sobre la pasión del Señor, 3, 6-7; PL 54, 355-357)  Se conservan 144 cartas escritas por San León Magno. Una frase suya de un sermón de Navidad se ha hecho famosa. Dice así: "Reconoce oh cristiano tu dignidad, El Hijo de Dios se vino del cielo por salvar tu alma". Murió el 10 de noviembre del año 461.

 

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Pontífice - En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

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El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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IGLESIA… La Apostolicidad de la Iglesia – Obispo de Roma.

Para poder poner de relieve la relación de apostolicidad y Eucaristía, se debe colocar al inicio una reflexión sobre la apostolicidad de la Iglesia. A causa de la mediación histórica de la revelación es la Iglesia en su doctrina, en su vida sacramental y en su constitución como realidad social a lo largo del tiempo y en el cambio de generaciones, idéntica, realmente con la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares ; pero en especial con su origen histórico en la Iglesia primitiva de los apóstoles, es decir, del grupo prepascual y postpascual de los doce junto con los otros testigos de la resurrección y los más importantes misioneros de la Iglesia primitiva.

El origen del episcopado de los apóstoles pertenece también, según la interpretación católica, a la apostolicidad de la enseñanza y de la vida sacramental. Los obispos son, en el servicio de la dirección de la Iglesia confiada a ellos y en su testimonio autoritativo de la resurrección, sucesores de los apóstoles.

El ministerio apostólico de la Iglesia primitiva se prolonga, mediante la sucesión apostólica en el sacramento del orden, en continuidad del colegio apostólico en el colegio de los obispos, en una unidad histórica; y así la Iglesia posee un signo efectivo de su realidad apostólica.

En este sentido la constitución de la Iglesia descansa, especialmente el ministerio eclesial, en la “institución divina” (DH 101; 1318; LG 20).

El obispo de Roma es, como sucesor del apóstol Pedro, cabeza del colegio de los obispos y principio y fundamento de su unidad en la doctrina y la comunión (LG 18).

“Ustedes han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20).

Bajo estas premisas y presupuestos eclesiológicos hay que considerar la relación entre Eucaristía y Apostolicidad. La Iglesia se edifica de la celebración de la Eucaristía y la Iglesia realiza la Eucaristía. Por lo cual es muy estrecha la relación entre la una y la otra (ver, EE 26).

Esta interacción permite hablar también de la Eucaristía como “una, santa, católica y apostólica”.

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara –como la Encíclica lo retoma- en qué medida la Iglesia puede ser llamada apostólica en un triple sentido. En primer lugar la Iglesia está apoyada sobre el fundamento de los Apóstoles. Ella descansa sobre los apóstoles, a los que Cristo mismo ha elegido y enviado como sus testigos para anunciar la fe en la buena nueva que realiza la salvación.

Del mismo modo se encuentra la Eucaristía en sus manos protectoras, porque Cristo mismo les ha confiado a ellos el santísimo sacramento y estos, por su parte, han entregado con responsabilidad a sus sucesores. Así resulta una continuidad entre el obrar de los primeros apóstoles - nombrados por Cristo-y los portadores de la autoridad apostólica, los obispos, hasta hoy. A través de todos los siglos obedecieron ellos el encargo de Cristo: “Hagan esto en mi memoria ».

La Encíclica recuerda también el segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia fijado por el Catecismo: “Ella guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles » (Catecismo de la Iglesia Católica, 857). Decisiva, a este respecto es la profunda conexión con el origen apostólico, que está más allá de tiempos y lugares.

Lo que hicieron los Apóstoles, como ellos han celebrado la Eucaristía, de acuerdo a su contenido, fue conservado a lo largo de la historia de la Iglesia. “Según la fe de los Apóstoles” (EE 27) se celebra también hoy la Eucaristía. Inclusive fue el magisterio eclesial el que ha profundizado en los dos mil años de historia, cada vez más a fondo en el misterio de la Eucaristía, y ha precisado con estos conocimientos la doctrina sobre la Eucaristía.

Terminologías e interpretaciones teológicas fueron en cierto modo apoyadas como resultado de una intensa meditación, por el magisterio, por los concilios y escritos doctrinales y encíclicas pontificias, como resultado que permite comprender, cada vez más profundamente el sublime misterio de la Eucaristía.

De singular significado es también el tercer sentido de la apostolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía, como la presenta la Encíclica en el número 28. A semejanza de la conexión con los orígenes, que es al mismo tiempo fundamente de la Iglesia, la presencia de los primeros apóstoles aparece como presencia perdurable en la Iglesia. Ella sigue siendo instruida, santificada y dirigida por los apóstoles, por aquellos mismos que en su ministerio pastoral les suceden : el colegio de los obispos en unidad con el sucesor de Pedro, el pastor supremo de la Iglesia.

La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).

La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder….

Conferencia de Mons. Gerhard Ludwig Müller
Obispo de Regensburg, Alemania
Guadalajara, México - Jueves 7 de octubre de 2004

 

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Iglesia - ¡La Iglesia fundada por Jesucristo, lleva 2.000 años siendo Madre y Maestra!“. Desde el Gólgota en Jerusalem como desde la crucifixión en cruz invertida de San Pedro en el gólgota vaticano -esa admirable colina romana-, somos trayectoria evangélica y evangelizante.

 

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Iglesia - No dominio, sino servicio «gratuito» es la jerarquía en la santa Iglesia Católica, apostólica y con sede romana desde Pedro muerto mártir bajo Nerón, crucificado cabeza abajo y Pablo decapitado, ambos en Roma.

 

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Iglesia - El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en la encrucijada de tres continentes, el asiático, el africano y el europeo. Por este motivo, la interculturalidad de las corrientes espirituales de estos tres continentes pertenece a la forma originaria del cristianismo. Solo la difusión del Islam sustrajo al cristianismo de Oriente próximo gran parte de su fuerza vital, mientras echaba a las comunidades cristianas de Asia; en cualquier caso, a partir de entonces el cristianismo se convirtió en una religión europea. 2003-07-18 Cardenal + Joseph RATZINGER - Al día: S. S. BENEDICTO XVI  - P.M. - 2005

 

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ROMA - ROMANIDAD

El obispo de Roma sucesor de Pedro

 

(Lectura: evangelio de san Mateo, capítulo 16, versículos 15-19)

 

1. La intención de Jesús de hacer de Simón Pedro la «piedra» de fundación de su Iglesia (cf. Mt 16, 18) tiene un valor que supera la vida terrena del Apóstol. En efecto, Jesús concibió y quiso que su Iglesia estuviese presente en todas las naciones y que actuase en el mundo hasta el último momento de la historia (cf. Mt 24, 14; 28, 19; Mc 16, 15; Lc 24, 47; Hch 1, 8). Por eso, como quiso que los demás Apóstoles tuvieran sucesores que continuaran su obra de evangelización en las diversas partes del mundo, de la misma manera previó y quiso que Pedro tuviera sucesores, que continuaran su misma misión pastoral y gozaran de los mismos poderes, comenzando por la misión y el poder de ser Piedra o sea, principio visible de unidad en la fe, en la caridad, y en el ministerio de evangelización, santificación y guía, confiado a la Iglesia.

Es lo que afirma el concilio Vaticano I: «Lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester es que dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación de los siglos» (Cons. Pastor aeternus, 2; DS 3056).

El mismo concilio definió como verdad de fe que «es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal» (ib.; DS 3058). Se trata de un elemento esencial de la estructura orgánica y jerárquica de la Iglesia, que el hombre no puede cambiar. A lo largo de la existencia de la Iglesia, habrá, por voluntad de Cristo, sucesores de Pedro.

 

2. El concilio Vaticano II recogió y repitió esa enseñanza del Vaticano I, dando mayor relieve al vínculo existente entre el primado de los sucesores de Pedro y la colegialidad de los sucesores de los Apóstoles, sin que eso debilite la definición del primado, justificado por la tradición cristiana más antigua, en la que destacan sobre todo san Ignacio de Antioquía y san Ireneo de Lyón.

Apoyándose en esa tradición, el concilio Vaticano I definió también que «el Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado» (DS 3058). Esta definición vincula el primado de Pedro y de sus sucesores a la sede romana, que no puede ser sustituida por ninguna otra sede, aunque puede suceder que, por las condiciones de los tiempos o por razones especiales, los obispos de Roma establezcan provisionalmente su morada en lugares diversos de la ciudad eterna. Desde luego, las condiciones políticas de una ciudad pueden cambiar amplia y profundamente a lo largo de los siglos: pero permanece, como ha permanecido en el caso de Roma, un espacio determinado, en el que se puede considerar establecida una institución, como una sede episcopal; en el caso de Roma, la sede de Pedro.

 

A decir verdad, Jesús no especificó el papel de Roma en la sucesión de Pedro. Sin duda, quiso que Pedro tuviese sucesores, pero el Nuevo Testamento no da a entender que desease explícitamente la elección de Roma como sede del primado. Prefirió confiar a los acontecimientos históricos, en los que se manifiesta el plan divino sobre la Iglesia, la determinación de las condiciones concretas de la sucesión a Pedro.

 

El acontecimiento histórico decisivo es que el pescador de Betsaida vino a Roma y sufrió el martirio en esta ciudad. Es un hecho de gran valor teológico, porque manifiesta el misterio del plan divino, que dispone el curso de los acontecimientos humanos al servicio de los orígenes y del desarrollo de la Iglesia.

 

3. La venida y el martirio de Pedro en Roma forman parte de la tradición más antigua, expresada en documentos históricos fundamentales y en los descubrimientos arqueológicos sobre la devoción a Pedro en el lugar de su tumba, que se convirtió rápidamente en lugar de culto. Entre los documentos escritos debemos recordar, ante todo, la carta a los Corintios del Papa Clemente (entre los años 89-97), donde la Iglesia de Roma es considerada como la Iglesia de los bienaventurados Pedro y Pablo, cuyo martirio durante la persecución de Nerón recuerda el Papa (5, 1-7). Es importante subrayar, al respecto, que la tradición se refiere a ambos Apóstoles, asociados a esta Iglesia en su martirio. El obispo de Roma es el sucesor de Pedro, pero se puede decir que es también el heredero de Pablo, el mejor ejemplo del impulso misionero de la Iglesia primitiva y de la riqueza de sus carismas. Los obispos de Roma, por lo general, han hablado, enseñado, defendido la verdad de Cristo, realizado los ritos pontificales, y bendecido a los fieles, en el nombre de Pedro y Pablo, los «príncipes de los Apóstoles», «olivae binae pietatis unicae», como canta el himno de su fiesta, el 29 de junio. Los Padres, la liturgia y la iconografía presentan a menudo esta unión en el martirio y en la gloria.

 

Queda claro, con todo, que los Romanos Pontífices han ejercido su autoridad en Roma y, según las condiciones y las posibilidades de los tiempos, en áreas más vastas e incluso universales, en virtud de la sucesión a Pedro. Cómo tuvo lugar esa sucesión en el primer anillo de unión entre Pedro y la serie de los obispos de Roma, no se encuentra explicado en documentos escritos. Ahora bien, se puede deducir considerando lo que dice el Papa Clemente en esa carta a propósito del nombramiento de los primeros obispos y sus sucesores. Después de haber recordado que los Apóstoles «predicando por los pueblos y las ciudades, probaban en el Espíritu Santo a sus primeros discípulos y los constituían obispos y diáconos de los futuros creyentes» (42, 4), san Clemente precisa que, con el fin de evitar futuras disputas acerca de la dignidad episcopal, los Apóstoles «instituyeron a los que hemos citado y a continuación ordenaron que, cuando éstos hubieran muerto, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio» (44, 2). Los modos históricos y canónicos mediante los que se transmitió esa herencia pueden cambiar, y de hecho han cambiado a lo largo de los siglos, pero nunca se ha interrumpido la cadena de anillos que se remontan a ese paso de Pedro a su primer sucesor en la sede romana.

 

4. Este camino, que podríamos afirmar que da origen a la investigación histórica sobre la sucesión petrina en la Iglesia de Roma, queda afianzado por otras dos consideraciones: una negativa, que, partiendo de la necesidad de una sucesión a Pedro en virtud de la misma institución de Cristo (y, por tanto, iure divino, como se suele decir en el lenguaje teológico-canónico), constata que no existen señales de una sucesión similar en ninguna otra Iglesia. A esa consideración se añade otra, que podríamos calificar como positiva: consiste en destacar la convergencia de las señales que en todos los siglos dan a entender que la sede de Roma es la sede del sucesor de Pedro.

 

5. Sobre el vínculo entre el primado del Papa y la sede romana es significativo el testimonio de Ignacio de Antioquía, que pone de relieve la excelencia de la Iglesia de Roma. Este testigo autorizado del desarrollo organizativo y jerárquico de la Iglesia, que vivió en la primera mitad del siglo II, en su carta a los Romanos se dirige a la Iglesia «que preside en el lugar de la región de los Romanos, digna de Dios, digna de honor, con razón llamada bienaventurada, digna de éxito, dignamente casta, que preside la caridad« (Proemio). Caridad (ágape) se refiere, según el lenguaje de san Ignacio, a la comunidad eclesial. Presidir la caridad expresa el primado en la comunión de la caridad, que es la Iglesia, e incluye necesariamente el servicio de la autoridad, el ministerium Petrinum. De hecho, Ignacio reconoce que la Iglesia de Roma posee autoridad para enseñar: «Vosotros no habéis envidiado nunca a nadie; habéis enseñado a los demás. Yo quiero que se consoliden también esas enseñanzas que, con vuestra palabra, dais y ordenáis» (3, 1).

El origen de esta posición privilegiada se señala con aquellas palabras que aluden al valor de su autoridad de obispo de Antioquía, también venerable por su antigüedad y su parentesco con los Apóstoles: «Yo no os lo mando como Pedro y Pablo» (4, 3). Más aún, Ignacio encomienda la Iglesia de Siria a la Iglesia de Roma: «Recordad en vuestra oración a la Iglesia de Siria que, a través de mí, tiene a Dios por pastor. Sólo Jesucristo la gobernará como obispo, y vuestra caridad» (9, 1).

 

6. San Ireneo de Lyón, a su vez, queriendo establecer la sucesión apostólica de las Iglesias, se refiere a la Iglesia de Roma como ejemplo y criterio, por excelencia, de dicha sucesión. Escribe: «Dado que en esta obra sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia grandiosa y antiquísima, y por todos conocida, la Iglesia fundada y establecida en Roma por los dos gloriosos apóstoles Pedro y Pablo. Mostrando la tradición recibida de los Apóstoles y la fe anunciada a los hombres, que llega a nosotros a través de las sucesiones de los obispos, confundimos a todos los que, de alguna manera, por engreimiento o vanagloria, o por ceguera y error de pensamiento, se reúnen más allá de lo que es justo. En efecto, con esta Iglesia, en virtud de su origen más excelente, debe ponerse de acuerdo toda Iglesia, es decir, los fieles que vienen de todas partes: en esa Iglesia, para el bien de todos los hombres, se ha conservado siempre la tradición que viene de los Apóstoles» (Adv. haereses, 3, 2).

A la Iglesia de Roma se le reconoce un «origen más excelente», pues proviene de Pedro y Pablo, los máximos representantes de la autoridad y del carisma de los Apóstoles: el Claviger Ecclesiae y el Doctor gentium. Las demás Iglesias no pueden menos de vivir y obrar de acuerdo con ella: ese acuerdo implica unidad de fe, de enseñanza y de disciplina, precisamente lo que se contiene en la tradición apostólica. La sede de Roma es, pues, el criterio y la medida de la autenticidad apostólica de las diversas Iglesias, la garantía y el principio de su comunión en la «caridad» universal, el cimiento (kefas) del organismo visible de la Iglesia fundada y gobernada por Cristo resucitado como «Pastor eterno» de todo el redil de los creyentes.

JUAN PABLO II - AUDIENCIA GENERAL - Miércoles 27 de enero de 1993

 

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"La identificación de la conciencia con el conocimiento superficial y la reducción del hombre a la subjetividad no liberan, sino que esclavizan; nos hacen completamente dependientes de las opiniones dominantes y reducen día a día el nivel de las mismas opiniones dominantes." (Ratzinger, Verdad, 55) S.S. Benedicto XVI - P. P.

 

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Los malos pastores: aseglarados, no aman, como esposa su breviario


"¡Oh hija queridísima! Estos miserables de los que he hablado no tienen para consigo mismos ninguna consideración. Si la tuviesen, no caerían en tantos vicios, sino que vivirían como los que viven virtuosamente, que prefieren la, muerte antes que ofenderme y manchar su alma o disminuir la dignidad en que yo los he puesto, sino que aumentan la dignidad y belleza de sus almas. No que la dignidad del sacerdote en sí pueda crecer por la virtud o menguar por algún pecado, como te he dicho. Pero las virtudes son un adorno y una dignidad para el alma encima de la belleza que el alma tiene desde su principio, cuando yo la creé a imagen y semejanza mía. Los que así viven, conocen la verdad de mi bondad, su belleza y dignidad, porque la soberbia y el amor propio no los han ofuscado ni quitado la luz de la razón. Por no tener este amor propio, me aman a mí y desean la salud de las almas. Pero estos desgraciados, privados totalmente de la luz, van de vicio en vicio tranquilamente, hasta que caigan en el hoyo.

Del templo de su alma y de la santa Iglesia, que es un jardín han hecho establo de animales. ¡Oh carísima hija! ¡ Cuán abominable es en mi presencia que sus casas, que deberían ser hospedaje de mis siervos y de los pobres, tener en ellas como esposa a su breviario, y por hijos los libros de la santa Escritura, y deleitarse en ellos para exhortar a su prójimo a emprender una santa vida, las hayan convertido en guarida de personas inmundas y malvadas !

Su esposa no es el breviario. Más bien trata a esta esposa del breviario como a adúltera. Es un demonio en cuerpo de mujer la que inmundamente vive con él. Sus libros los constituyen la manada de sus hijos, y sin ninguna vergüenza se deleita con los hijos que ha tenido con tanta deshonestidad y maldad.

Las pascuas y días solemnes, en los que debería dar gloria y alabanza a mi Nombre con el Oficio divino y ofrecerme el incienso de humildes y devotas acciones, los pasa en el juego y entretenimiento con estas criaturas del demonio y se divierte con los seglares cazando, como si fuese un seglar más o un señor de corte.

¡ Oh hombre miserable, a qué estado has llegado ! Lo que tú debes cazar son las almas para gloria y alabanza de mi Nombre y estar en el jardín de la santa Iglesia, y no andar de caza por los bosques. Pero te has hecho bestia ; dentro de ti tienes los animales de muchos pecados mortales. Por esto eres cazador de bestias y el huerto de tu alma está lleno de maleza y de espinas, porque has tomado el gusto de ir por lugares desiertos buscando las bestias salvajes. Avergüénzate y considera tus pecados. Motivo tienes para avergonzarte a cualquier parte que te vuelvas. Pero tú no te avergüenzas, porque has perdido el santo y verdadero temor de mí. Como la mujer pública, que ha perdido el pudor, te vanagloriarás de tener inmejorable posición en el mundo, de tener mucha familia y muchos hijos.

Y, si no los tienes, procuras tenerlos para que sean tus herederos. Eres salteador y ladrón, porque tú sabes perfectamente que no les puedes dejar tus bienes; tus herederos son los pobres y la santa Iglesia.

i Oh demonio encarnado, espíritu sin luz ! Buscas lo que no debes buscar. Te precias y vanaglorias de lo que debería ser para ti motivo de confusión y de vergüenza delante de mí, que veo lo más íntimo de tu corazón, y delante de las criaturas. Estás ciego en verdad, y los cuernos de tu soberbia no te permiten ver tu misma ceguera.

i Oh queridísima hija ! Yo te he puesto sobre el puente de la doctrina de mi verdad para que os sirviera a vosotros, peregrinos, y os administrara los sacramentos de la santa Iglesia, mas él permanece en el río miserable debajo del puente y en el río de los placeres y miserias del mundo. Allí ejerce su ministerio, sin percatarse de que le llega la ola que le arrastra a la muerte y se va con los demonios, señores suyos, a los que ha servido y de los que se ha dejado guiar, sin recato alguno, por el camino del río. Si no se enmienda, llegará a la condenación eterna, con tan gran reprensión y reproche, que tu lengua no sería capaz de referirlo. Y él, por su oficio de sacerdote, mucho más que cualquier otro seglar. Por donde una misma culpa es más castigada en él que en otro que hubiera permanecido en el mundo. Y en el momento de la muerte, sus enemigos le acusarán más terriblemente, como te he dicho."

Santa Catarina de Siena, Doctor de la Iglesia: El Diálogo, CXXX.

Oración

 "¡Oh Dios, que escoges a los débiles y a los ignorantes para confundir a los sabios y a los poderosos, te suplicamos que suscites también hoy hombres y mujeres humildes que, siguiendo las huellas de Santa Catalina, estén llenos de amor ardiente por la Iglesia y por el Papa. Que ellos sean solícitos en la oración, para que los Pastores del rebaño de Cristo sean verdaderos guardianes y no mercenarios. Te lo pedimos por nuestro Señor, Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén".

 

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Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero
  
Aquesta divina unión,
del amor con que yo vivo,
hace a Dios ser mi cautivo,
y libre mi corazón;
mas causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero
que muero porque no muero.

¡Ay! ¡Qué larga es esta vida,
qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay! ¡Qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Y si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga,
más pesada que de acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir;
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerto do el vivir se alcanza,
no te tardes que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte;
venga ya la dulce muerte,
venga el morir muy ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera:
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte no seas esquiva;
vivo muriendo primero,
que muero porque no muero

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es perderte a ti,
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues a Él solo es el que quiero,
que muero porque no muero.

Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?:
Lástima tengo de mí,
por ser mi mal tan entero,
que muero porque no muero.

Santa Teresa de Jesús

 

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Odas de Salomón (texto cristiano del s. II)
(Hamman, coll. Ichtus 1957 I, pag. 26)

 

“El que beba del agua que quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna.” (Jn 4,14)

 

El Señor se da a conocer más y más. Se empeña en que se conozcan mejor los dones de la gracia recibida. Nos concede poder glorificar su nombre; nuestros espíritus cantan al Espíritu Santo. Porque ha brotado una fuente; se ha convertido en un torrente poderoso (Ez 47,1ss) Ha inundado el universo y lo arrastra hacia el templo. Los obstáculos de los hombres no han podido restañarlo, ni siquiera los que saben poner dique a las aguas. Porque se ha abocado sobre toda la tierra y la llena enteramente.

Todos los sedientos de la tierra han bebido del torrente; su sed ha sido saciada porque el Altísimo ha apagado su sed. Dichosos los servidores a quienes ha confiado esta agua; han podido calmar sus labios sedientos y levantar su voluntad paralizada. Las almas moribundas han sido liberadas de la muerte; los miembros agotados han sido reanimados y levantados. Esta agua ha dado vigor a sus pasos y luz a sus ojos. Todos han reconocida las aguas en el Señor; viven para siempre, gracias al agua viva. ¡Aleluya!

 

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San Ireneo de Lión (hacia 130-208) obispo, teólogo y mártir católico
Adversus haereses IV, 5-7; SC 100

 

“Abrahán vio mi día y se alegró” (Jn 8,56)


Como Abrahán era profeta vio, gracias al Espíritu, el día de la venida del Señor y el designio de su pasión, por la que él y todos los que creerían en el Señor serían salvados. Y se llenó de regocijo. (Gn 17,17) Abrahán no desconocía al Señor, porque deseaba ver su día... Deseaba ver este día para poder abrazar a Cristo, y habiéndolo visto, de modo profético, gracias al Espíritu, exultó de gozo.

Por esto, Simeón, uno de sus descendientes, colmó la alegría del patriarca y decía: “Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador a quien has preparado ante todos los pueblos.” (Lc 2,29ss) ... E Isabel dice, según algunos manuscritos: “Mi alma exulta en el Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.” La exultación de Abrahán descendía así sobre aquellos que esperaban a Cristo, que veían a Cristo y que creían en él. Y de sus hijos, esta exultación remonta hasta Abrahán...

Por esto, justamente, el Señor da testimonio diciendo: “Abrahán, vuestro padre exultó ante mi día: lo ha visto y se ha alegrado.” (cf Jn 8,56) No sólo referente a Abrahán dijo el Señor esta palabra, sino de todos aquellos que, desde el inicio, conocen a Dios y profetizan a Cristo. Porque recibieron esta revelación de parte del Hijo de Dios, este Hijo que en estos tiempos, que son los últimos, se hizo visible y palpable en la carne y que ha conversado con los hombres para suscitar hijos de Abrahán de las piedras (cf Mt 3,9) y convertir su descendencia en una multitud como las estrellas del cielo.

 

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Clemente de Alejandría (hacia 150-215) teólogo de la Iglesia Católica
El pedagogo, 1,6

 

“Aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz...” (Jn 3,21)


En el momento de nuestro bautismo quedamos iluminados, hechos hijos perfectos y recibimos el don de la inmortalidad. “Lo digo, palabra del Señor, sois todos dioses e hijos del Altísimo!” (cf Sal 81,6; Jn 10,34)

Damos diferentes nombres a estos efectos del bautismo: lo llamamos: gracia, iluminación, baño, perfeccionamiento. “Baño” pues somos purificados de nuestras faltas; “gracia” porque el castigo por nuestros pecados es perdonado; “iluminación” porque contemplamos la luz santa de nuestra salvación en la que llegamos a ver los misterios divinos; “perfeccionamiento” porque ya no nos falta nada. ¿Qué puede faltar a quien ha visto a Dios? Y ¿cómo se puede llamar “gracia de Dios” a algo que no sea perfecto? Pues, Dios perfecto no puede dar sino cosas perfectas...

Así pues, a penas alguien ha sido regenerado, es también iluminado, liberado de las tinieblas, y al mismo instante, agraciado con la luz... Hemos sido liberados de nuestros pecados que, como una nube, cubrieron al Espíritu divino. Y ahora, libre ya la mirada de nuestro espíritu, descubierta, luminosa, nos hace contemplar las cosas divinas.

 

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Orígenes (hacia 185-253) presbítero y teólogo de la Iglesia Católica
Peri Archôn, libro 2, cap. 6,2; PG 11, 210-211

 

“Nadie el puso la mano encima.” (Jn 8,20)


En Cristo vemos unos rasgos tan humanos que en nada son diferentes de la flaqueza común de todos los mortales, y al mismo tiempo, unos rasgos divinos que corresponden únicamente a la inefable y soberana naturaleza divina. Ante este hecho, la inteligencia humana demasiada estrecha queda impactada por una admiración tan grande que no sabe por dónde avanzar ni en qué dirección. Presintiendo a Dios en Cristo, no obstante, le ve morir. Si toma a Cristo por un hombre, no obstante, ve que resucita de entre los muertos con el botín de su victoria, después de haber aniquilado el imperio de la muerte. Nuestra contemplación se tiene que ejercitar con tanta reverencia y temor santo para considerar en Jesús la verdad de las dos naturalezas, evitando así atribuir a la inefable esencia divina cosas que son indignas de ella o que no le corresponden, y al mismo tiempo, evitando ver en los acontecimientos de la historia unas simples apariencias ilusorias.

Verdaderamente, dar a entender estas cosas al oído humano, intentar expresarlas en palabras, sobrepasa con mucho nuestra capacidad de lenguaje y nuestras fuerzas intelectuales. Pienso que incluso sobrepasa a las capacidades de los mismos apóstoles. Aún más, la explicación de este misterio trasciende probablemente todo el orden de las fuerzas angélicas.

 

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San Atanasio (295-373) obispo de Alejandría, doctor de la Iglesia Católica
Sobre la encarnación del Verbo, 21-22; SC 199, pag. 343ss

 

“Cuando hubiereis levantado al Hijo del Hombre, comprenderéis que Yo Soy.” (Jn 8,28)


Alguien podría preguntar: Si Cristo tenía que entregar su cuerpo a la muerte ¿por qué no lo hizo como todo hombre, por qué fue tan lejos hasta entregarlo a la muerte de cruz? Uno podría argumentar que hubiera sido más conveniente para él entregarlo en la dignidad, que no padecer el ultraje de una muerte en cruz. Esta objeción es demasiado humana; lo que sucedió al Salvador es verdaderamente divino y digno de su divinidad por varias razones.

Primero, porque la muerte que padecen los hombres les sobreviene a causa de la debilidad de su naturaleza. No pudiendo durar por mucho tiempo, se desgastan con el tiempo. Aparecen las enfermedades y habiendo perdido las fuerzas, mueren. Pero el Señor no es débil, es el poder de Dios, es el Verbo de Dios y es la vida misma. Si hubiera entregado su cuerpo en privado, en una cama, a la manera de los hombres, uno pensaría...que no tenía nada especial, diferente de los otros hombres....El Señor no podía padecer enfermedad, él que curaba las enfermedades de los demás...

¿Entonces, por qué no apartaba la muerte como apartaba las enfermedades? Porque poseía un cuerpo justamente para esto y para no impedir la resurrección... Pero, dirá alguno, hubiera tenido que desbaratar el complot de sus enemigos para conservar su cuerpo inmortal. Éste tal que aprenda, pues, que esto tampoco era conveniente al Señor. Lo mismo que no era digno del Verbo de Dios, siendo la vida, dar muerte a su cuerpo por propia iniciativa, no le era conveniente evitar la muerte que le infligían los otros... Esta actitud no significa en ningún modo una debilidad del Verbo, sino que le da a conocer como Salvador y Vida... El Salvador no venía a consumar su propia muerte sino la de los hombres.

 

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San Ambrosio (340-397) obispo de Milán, doctor de la Iglesia Católica
Carta 26, 11-20; PL 16, 1044-1046

 

El sol de justicia: la nueva ley en el templo


Una mujer culpable de adulterio fue conducida por los escribas y los fariseos ante el Señor Jesús. Ellos, como unos traidores, la acusaron de tal suerte que, si Jesús la absolvía, infringiría la ley, pero si la condenaba, parecería que negaba el motivo de su venida al mundo, el de perdonar el pecado de todos...

Mientras que ellos hablan, Jesús, con la cabeza agachada, escribe en el suelo con su dedo. Al darse cuenta de la expectación de ellos, Jesús levantó la cabeza y dice: “Aquel que entre vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra.” (Jn 8,7) ¿Hay algo más divino que esta sentencia: que condene el pecado aquel que esté sin pecado? ¿Cómo se puede tolerar que un hombre condene el pecado de otro hombre, excusando su propio pecado? ¿No se condenaría él mismo con más severidad condenando en otro lo que él mismo comete?

Jesús hablaba así escribiendo en el suelo. ¿Por qué? Es como si dijera: “¿Por qué te fijas en la paja en el ojo de tu prójimo y no quitas la biga del tuyo? (Lc 6,41) Jesús escribía en el suelo con el dedo con que había escrito la Ley (Ex 31,18) Los pecadores estarán inscritos en la tierra mientras que los justos están inscritos en el cielo, tal como Jesús dice a los discípulos: “Alegraos porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.” (Lc 10,20)

Al escuchar las palabras de Jesús, los fariseos se marchaban,” uno tras otro, empezando por los más viejos...” (cf Jn 8,12) El evangelista tiene razón cuando dice que “salieron” porque no querían estar con Cristo. Aquello que está “fuera” del templo es la letra; lo que está dentro son los misterios. Aquello que los fariseos buscaban en las enseñanzas divinas eran las hojas y no el fruto del árbol. Vivían en la sombra de la ley y no eran capaces de ver el sol de justicia. (Mt 3,20)

 

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San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia Católica - Confesiones

 

“...cuando habla aquel a quien Dios ha enviado, es Dios mismo quien habla, ya que Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu.” (Jn 3,34)



Señor, Dios mío, luz de los ciegos y virtud de los flacos. Sí, pero al mismo tiempo, luz de los que ven y fortaleza de los fuertes, mirad mi alma y oídla cómo clama desde lo profundo. (Sal 129,1) Pues si vuestros oídos no están también en lo profundo, ¿adónde iremos, adónde clamaremos?

“Vuestro es el día y vuestra es la noche.” (Sal 73,16) A vuestro albedrío vuelan los átomos del tiempo. Concededme generosa holgura para que medite en los secretos de vuestra ley, y no cerréis la puerta a los que llamamos a ella. (cf Mt 7,7) No fue en balde que Vos quisisteis que se escribiesen tantas páginas pobladas de misterios repuestos y sombríos. En la floresta escriptural y espesa y viva no faltan los ciervos que a ella se acogen y a su sombra se amparan; y van y vienen y campean y sestean y rumian pensativamente. Perfeccionadme, Señor, y relevadme esta umbrías profundas, estremecidas de misterios.

Vuestra palabra es mi gozo; vuestra palabra, superior a la afluencia de todos los deleites. Dadme lo que amo, pues yo amo. Don vuestro es que yo ame. No desamparéis vuestros dones, ni menospreciéis a vuestra hierbecilla sedienta. Todo lo que hallare en vuestros libros será para vuestra confesión, y diré la voz de vuestra alabanza, y beberé en vuestro raudal y consideraré las maravillas de vuestra ley, desde el principio en que creasteis el cielo y la tierra hasta el reino eterno que con Vos compare vuestra ciudad santa.

 

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San Máximo de Turín (hacia 420) obispo de la Iglesia Católica
Homilía sobre el Salmo 14

 

“Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago” (Jn 21,4)


Este día que ha hecho el Señor (Sal 117,24) penetra todo, contiene todo, abraza todo, cielo y tierra e infierno... Y cuál es este día del cielo sino Cristo del que dijeron los profetas: “el día al día le pasa el mensaje” (Sal 18,3) Sí, este día es el Hijo a quien el Padre que es la luz del día, anuncia los secretos de su divinidad. El es aquel día que dice por la boca del Sabio: “Haré brillar mi doctrina como amanecer, y llevaré su luz todo lo lejos que pueda.” (Eclo 24,32)... Así la luz de Cristo brilla eternamente, irradia y las tinieblas del pecado no pueden apagarla. “La luz resplandece en la tinieblas y las tinieblas no la sofocaron.” (Jn 1,5)


En la resurrección de Cristo, todos los elementos son glorificados; estoy seguro que el sol brilló en aquel día con un resplandor especial. ¿No tenía que participar en la alegría de la resurrección, él que se oscureció en la muerte de Cristo? (Mt 27,45)... Como un siervo fiel, se oscureció para acompañar a Cristo a la tumba. Hoy debe resplandecer para saludar la resurrección... Hermanos, alegrémonos en este día santo. Que nadie, al recordar sus pecados, se aleje del gozo común. Que nadie desespere del perdón. Le espera un favor inmenso. Si el Señor en la cruz perdonó al ladrón....¿cómo no nos colmará a nosotros con los beneficios de su gloriosa resurrección?

 

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Gregorio Magno (hacia 540-604) papa, doctor de la Iglesia
Homilías sobre los evangelios, 26, 2-6

 

“Id en seguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis.” (Mt 28,7)


Con una clara intención se dijo: “os precede a Galilea; allí lo veréis.” Galilea quiere decir: final del cautiverio. El redentor ya había pasado de la pasión a la resurrección, de la muerte a la vida, del castigo a la gloria, de la corrupción a la incorruptibilidad. Pero si los discípulos, después de la resurrección lo ven primero en Galilea, nosotros lo contemplamos en la alegría, en la gloria de su resurrección cuando abandonamos nuestros vicios para subir a las cimas de la virtud. Hay un camino a hacer: la noticia se da cerca del sepulcro, pero Cristo se deja ver en otra parte...

Había dos caminos: nosotros conocemos uno y no el otro. Había una vida mortal y una inmortal, una corruptible y otra incorruptible, un camino de muerte y otro de resurrección. Vino el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesús (1 Tim 2,5) tomó sobre si la primera vida y nos reveló la segunda, perdió una vida muriendo y nos reveló la segunda resucitando. Si nos hubiera prometido a nosotros que conocemos la vida mortal una resurrección de la carne sin darnos una prueba palpable ¿quién hubiera prestado fe a sus promesas?

 

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San Gregorio Magno (hacia 604) papa y doctor de la Iglesia Católica
Tratado Ephata II, pag. 629)

 

“Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago...” (Jn 21,4)


El mar es el símbolo del mundo actual, agitado por la tempestad de los asuntos y la marejada de la vida caduca. La orilla firme es la figura del reposo eterno. Los discípulos trabajan en el mar ya que todavía siguen en la lucha contra las olas de la vida mortal. Pero nuestro Redentor está en la orilla pues ya ha superado la condición de una carne frágil. Por medio de estas realidades naturales, Cristo nos quiere decir, a propósito del misterio de su resurrección: “No os aparezco ahora en medio del mar porque ya no estoy con vosotros en medio del bullicio de las olas.” Por esto dice a los mismos discípulos: “Cuando aún estaba entre vosotros ya os dije que era necesario que se cumpliera todo lo escrito sobre mí...” (cf Lc 24,44)

De aquí en adelante, ya no estaba con ellos de la misma manera. Estaba allí, apareciendo corporalmente a sus ojos, pero...su carne inmortal distaba mucho de sus cuerpos mortales. Su cuerpo en la orilla, cuando ellos todavía navegaban por el mar, indica bien a las claras que él había superado aquel modo de existencia pero que no obstante estaba con ellos.

 

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Bienaventurado Guerric d’Igny (hacia 1080) abad cisterciense
Sermón 1 para el día de la resurrección; PL 185ª, 143-144

 

“¿Por qué buscáis entre los muertos el que está vivo?” (Lc 24,5)

 

Para mí, hermanos, “la vida es Cristo y morir significa una ganancia” (Flp 1,21) Me voy, pues, a Galilea, a la montaña que Jesús nos ha indicado (Mt 28,10.16). Lo veré y lo adoraré para no morir ya más, porque todo aquel que ve al Hijo del Hombre y cree en él tiene la vida eterna, “aunque haya muerto, vivirá.” (Jn 11,25)


Hoy, hermanos, ¿cuál es el testimonio de la alegría que colma vuestro corazón por el amor de Cristo? Si alguna vez habéis experimentado el amor a Jesús, vivo o muerto, resucitado: hoy cuando los mensajeros proclaman su resurrección en la Iglesia, vuestro corazón exulta y exclama: “me han traído esta buena noticia: Jesús, mi Dios, vive. Al escuchar estas palabras, mi corazón que estaba hundido en la pena y en el desánimo, languideciendo de tibieza y cobardía, ha recobrado ánimo.” Hoy, la suave música de este gozoso mensaje reanima a los pecadores que estaban hundidos en la muerte. Sin este mensaje no habría más salida que desesperar y enterrar en el olvido a aquellos que Jesús, saliendo de los infiernos, habría dejado en el abismo.


Comprobarás que tu espíritu ha recobrado la vida en Cristo, si dices: “Si Jesús vive, esto me basta. Si él vive, yo vivo en él, mi vida depende de él. El es mi vida, él es mi todo. ¿qué me puede faltar si Jesús vive? Mejor aun: que todo lo demás me falte, no me importa, si sé que Jesús vive.”

 

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Guillermo de San Teodorico (1085-1148), monje benedictino y después cisterciense. Oraciones meditativas

 

“El sale y se retira a un lugar desierto”.

 

Oh tú, que eres mi refugio y mi fuerza, condúceme, como hiciste antiguamente con tu siervo Moisés, al corazón de tu desierto, a la llama que arde sin consumirse (cf. Ex 3), allí donde el alma, invadida por el fuego del Espíritu, se vuelve ardiente, sin consumirse, se purifica.

Allí no se puede residir y no se avanza más hasta tener desatados los vínculos de las trabas carnales, allí el que está, sin duda no se deja ver tal cual es, pero sin embargo se le entiende decir: “¡Yo soy el que soy!”Allí él hace bien al cubrirse el rostro para no mirar al Señor cara a cara (2R 19, 23), pero debe ejercer de sacerdote y escuchar, en la humildad de la obediencia, para distinguir lo que dice Dios al interior del corazón.

Mientras tanto, Señor, escóndeme en lo escondido de tu morada (Ps 27,5) durante el día adverso; escóndeme en lo escondido de tu rostro, lejos de las intrigas de las lenguas (Ps 31,2); pues tu yugo es suave y ligera tu carga (Mt 11,30), tú me las has impuesto. Y cuando tu me hagas sentir la distancia de tu servicio con el del siglo, con una voz tierna y dulce me pedirás sí es más agradable servirte a ti el Dios vivo, que a los dioses extranjeros. Entonces, yo adoro esta mano que pesa sobre mí te digo: “¡Ellos, los otros maestros, me han dominado, más que tú bastante tiempo! ¡Yo quiero pertenecerte a ti sólo, pues tu brazo me sostiene!

 

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Baudoin de Ford (hacia 1190) abad cisterciense
Homilía sobre la carta a los Hebreos 4,12; PL 204, 451-453

 

“El hombre creó en la palabra que Jesús le había dicho.”

 

“La palabra de Dios es viva.” (Heb 4,12) Toda la grandeza, la fuerza y la sabiduría de la palabra de Dios es lo que el apóstol significa aquí al decir que es “viva”. Cristo es la palabra, fuerza y sabiduría de Dios. Esta palabra estaba en principio junto al Padre eterno (Jn 1,1). Fue revelada en su tiempo a los apóstoles, anunciada por ellos y recibido humildemente por los fieles...

Esta palabra es viva porque el Padre le ha dado la vida en ella misma, como el Padre posee la vida en él mismo. (Jn 5,26) Así que no es solamente palabra viva sino que es la vida, tal como está escrito: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” (Jn 14,6) Y, dado que es la vida, es viva y vivificante, porque “así como el Padre resucita a los muertos, dándoles la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.” (Jn 5,21) Es palabra vivificante cuando llama a Lázaro a salir de la tumba: “Lázaro, sal fuera” (Jn 11,43) Cuando esta palabra es proclamada, la voz que la pronuncia resuena al exterior con una fuerza que, percibida en el interior, hace resucitar a los muertos, y despertando la fe, suscita nuevos hijos a Abrahán (Mt 3,9) Sí, esta palabra es vivificante, viviente en el corazón del Padre, en la boca de aquel que la proclama y en el corazón de aquel que cree y ama.

 

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Dos mil años de evangelización - En el monte de los Olivos, el día de la Ascensión, antes de subir al Padre, Jesús pronunció la profecía de la evangelización: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

«En estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización» Juan Pablo II. Los discípulos del divino Redentor acogieron esta consigna y desde entonces, a lo largo de la historia y en todos los meridianos del orbe, la Iglesia se torna católica catolizando, y no ha hecho otra cosa que ejecutar el mandato de su Señor: evangelizar. «Evangelizare Iesum Christum»: «Anunciar a Jesucristo» (cf. Ga 1, 16), como se expresa san Pablo con frase lapidaria y emblemática.

 

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Iglesia – de hombres pecadores. Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia de mártires, es decir, de cristianos auténticos, que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos, incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de ser tachados de traidores y farsantes.

Faltas del pasado - No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral»[Enc.Redemptoris missio.]

S.S. Benedicto PP XVI: MMVI.

 

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Europa e Iglesia - ¿Subsistirán la libertad, la igualdad, los derechos, la democracia, sin los supuestos cristianos en que descansan y a los que debe la civilización europea el ser la única liberal y universalista que ha existido?. El declive del cristianismo europeo, ¿forma parte de la crisis o decadencia intelectual, moral y política de Europa o se trata de fenómenos independientes? ¿Puede ser la crisis del cristianismo una causa principal de la descivilización europea o es la descivilización de Europa la causa del marasmo a aquel? ¿Qué influencia tiene el estatismo neutral y agnóstico y en buena medida nihilista, acosado por poderes indirectos de toda laya, en la situación del cristianismo? MMVI

 

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La Iglesia, consciente de su misión en el mundo, no cesa de proclamar el amor misericordioso de Cristo, que sigue dirigiendo su mirada conmovida hacia los hombres y los pueblos de todos los tiempos.

 

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La Iglesia católica no es de los hombres, es de Dios y aquí es donde duele: representa la belleza, la verdad, la bondad, la trascendencia de Dios y, aunque está hecha por hombres, no ha sucumbido en estos más de veinte siglos. A los hombres, lo que les ofrece es una versión moral de la existencia y un conjunto de senderos con norte claro para no desorientarse. ¿Por qué? Porque –queramos reconocerlo o no– el suceso de la manzanita de Eva ha dejado herida –no muerta– la naturaleza del hombre. Quizá sea éste el origen de los ataques a la Iglesia católica y a sus instituciones: no querer aceptar que el hombre debe ser sanado con un tratamiento eficaz –por cierto, muy radical, porque afecta a la totalidad del ser humano–, y recetado por los representantes de Dios en la tierra. Y en esa receta mágica se contempla cómo vivir con dignidad, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; cómo ser feliz a través de la familia; cómo entender que es más importante ser que hacer o tener; o cómo morir con dignidad de hijo de Dios, entre otras numerosas afirmaciones o vibraciones positivas.
¿Por qué es tan difícil conseguir una convivencia pacífica, basada en el respeto a la libertad de las conciencias, que no es lo mismo que libertad de conciencia? Porque el cristianismo va a la raíz de las cosas, no postula soluciones aguadas, ni banaliza los problemas, ni, mucho menos, trivializa la verdad... Al contrario, ofrece alternativas exigentes, pero basadas en el amor que Dios nos tiene, y con el que podemos afrontar todo aquello que nos parezca un escollo u obstáculo insalvable. Por eso, existen minorías minoritarias incapaces de asumir esta realidad, y, en lugar de respetarla o pasar olímpicamente, se revuelcan, atacan, buscan cómplices, y hacen daño. Lo mejor es ignorarlas, no hacerles propaganda, no colaborar con la mentira y dejar que transcurra el tiempo, ése que coloca las cosas y personas en su sitio.

 

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Iglesia – “Cada cual mira a la Iglesia según el estado de su propio corazón: Unos ven en la Iglesia solo pecadores y la condenan. Otros miran a sus santos con la esperanza de llegar a ser como ellos. Prefiero mirar a los santos, sabiendo que, de pecadores que eran, Cristo los transformó en hombres nuevos. Esa es la grandeza incomparable de la Iglesia”. Pbro. Jordi Rivero

 

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Iglesia - San Agustín a sus fieles: «Los santos mismos no están libres de pecados diarios. La Iglesia entera dice: Perdónanos nuestros pecados. Tiene, pues, manchas y arrugas (Ef 5,27). Pero por la confesión se alisan las arrugas, por la confesión se lavan las manchas. La Iglesia está en oración para ser purificada por la confesión, y estará así mientras vivieren hombres sobre la tierra» (Sermo 181, 5,7 en PL 38, 982)

 

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Historia e Iglesia - Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete».

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La Iglesia "...no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha padecido". Juan Pablo II, discurso del 1 de Septiembre 1999

 

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La Iglesia llama a todos a encarnar la fe en la propia vida, como el mejor camino para el desarrollo integral del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y para alcanzar la verdadera libertad, que incluye el reconocimiento de los derechos humanos y la justicia social. A este respecto, los laicos católicos, salvaguardando su propia identidad para poder ser "sal y fermento" en medio de la sociedad de la que forman parte, tienen el deber y el derecho de participar en el debate público en igualdad de oportunidades y en actitud de diálogo y reconciliación. Asimismo, el bien de una nación debe ser fomentado y procurado por los propios ciudadanos a través de medios pacíficos y graduales. De este modo cada persona, gozando de libertad de expresión, capacidad de iniciativa y de propuesta en el seno de la sociedad civil y de la adecuada libertad de asociación, podrá colaborar eficazmente en la búsqueda del bien común.

 

La Iglesia, inmersa en la sociedad, no busca ninguna forma de poder político para desarrollar su misión, sino que quiere ser germen fecundo de bien común al hacerse presente en las estructuras sociales. Mira en primer lugar a la persona humana y a la comunidad en la que vive, sabiendo que su primer camino es el hombre concreto en medio de sus necesidades y aspiraciones. Todo lo que la Iglesia reclama para sí lo pone al servicio del hombre y de la sociedad. En efecto, Cristo le encargó llevar su mensaje a todos los pueblos, para lo cual necesita un espacio de libertad y los medios suficientes. Defendiendo su propia libertad, la Iglesia defiende la de cada persona, la de las familias, la de las diversas organizaciones sociales, realidades vivas, que tienen derecho a un ámbito propio de autonomía y soberanía (cf. Centesimus annus, 45). En este sentido, "el cristiano y las comunidades cristianas viven profundamente insertados en la vida de sus pueblos respectivos y son signo del Evangelio incluso por la fidelidad a su patria, a su pueblo, a la cultura nacional, pero siempre con la libertad que Cristo ha traído... La Iglesia está llamada a dar su testimonio de Cristo, asumiendo posiciones valientes y proféticas ante la corrupción del poder político o económico; no buscando la gloria o los bienes materiales; usando sus bienes para el servicio de los más pobres e imitando la sencillez de la vida de Cristo" (Redemptoris missio, 43). Esta es una continua y permanente enseñanza del Magisterio social, de la así llamada Doctrina social de la Iglesia.

 

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IGLESIA Y JESÚS. No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica. Entre Cristo y la Iglesia no hay contraposición: son inseparables, a pesar de los pecados de los hombres que componen la Iglesia. Por tanto, no puede conciliarse con las intenciones de Cristo un eslogan que hace unos años estaba de moda: -Jesús sí; Iglesia no-”.
El pontífice Benedicto XVI  basó su meditación en el primer capítulo del Evangelio según san Marcos en el que se presenta el llamamiento de Jesús a los doce apóstoles. “La Iglesia -aclaró- comenzó a constituirse cuando unos pescadores de Galilea encontraron a Jesús, se dejaron conquistar por su mirada, por su voz, por su invitación cálida y fuerte: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres»”. “Precisamente, la luz de ese Rostro se refleja en el rostro de la Iglesia, a pesar de los límites y de las sombras de nuestra humanidad frágil y pecadora”.
”El Jesús individualista es un Jesús de fantasía-añadió-. No podemos encontrar a Jesús sin la realidad que Él creó y en la que se comunica, la Iglesia”.
”Entre el Hijo de Dios, hecho carne y su Iglesia, se da una continuidad profunda, inseparable y misteriosa, en virtud de la cual Cristo se hace presente hoy en su pueblo. Por este motivo, Jesús siempre es nuestro contemporáneo, contemporáneo en la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, está vivo en la sucesión de los apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que Él mismo siempre se nos da, es el motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene” concluyó el Santo Padre una intervención en la que en varios momentos dejó a un lado los papeles para explicar mejor su pensamiento.
CIUDAD DEL VATICANO- Benedicto XVI comenzó en la audiencia general de este miércoles un nuevo ciclo de catequesis dedicado a explicar. 2006-03-15

 

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Durante la reunión que celebramos los capellanes de aeropuertos en Loreto, del 25 al 27 de abril de 1995, una asistente francesa, manifestó que la Iglesia debía de pedir perdón por la pobreza que existe en el tercer mundo. Mons. Sergio Sebastiani, entonces Secretario General del Jubileo 2000, que desarrollaba una ponencia, y que había trabajado muchos años en Mozambique, le contestó: “Usted y yo sí que debemos pedir perdón por lo que no hacemos, pero no la Iglesia. Puedo asegurarle que en Mozambique está el cuarto o el quinto mundo y hay muchísimas zonas a las que no llegan los organismos internacionales ni las ongs. Allí sólo he encontrado sacerdotes, religiosos y religiosas, que comparten la pobreza, el hambre y las enfermedades con los nativos”.

 

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La Iglesia es la Iglesia de Jesucristo, es la Iglesia que él ha querido y fundado y en la cual él está presente.; la historia de 2000 años ininterrumpidos, habla de Él. Y la quiso católica-universal-global para que todos sean salvados por el amor de Dios.
Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y actúa en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio.
Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente así podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una específica comunidad en el discurrir del tiempo. MM.

 

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Iglesia - Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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Cristo, fundamento único de la Iglesia - (1 Cor 3, 1-23)

 

καθολικος [kazolikós (pronunciando th como en inglés, o como la z española), que significa universal]. La Iglesia es católica porque la Fe de Jesucristo es católica: universal. En los tres primeros siglos de la Iglesia, los cristianos decían "cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre". Posteriormente se usó el término "Católico", para distinguirse de quienes se hacían llamar cristianos, pero habían caído en herejías. Y así sellaban la universalidad de la salvación en Cristo Jesús Redentor.

Las cuatro notas de la Iglesia son las siguientes:

Unidad: Cristo Jesús fundó una sola Iglesia, que tiene un único fin, la salvación del hombre, y un único objetivo, dar gloria a Dios; por tanto, la Iglesia esta llamada a la unidad en la Fe, en el Culto y en el gobierno.

Santidad: la Iglesia, a pesar de los fallos y faltas de cada uno de los creyentes que aún peregrinan en la Tierra, es en sí misma santa pues Santo es su fundador y santos son sus fines y objetivos.

Catolicidad: con el significado de "universal" la Iglesia es Católica en cuanto busca anunciar la Buena Nueva y recibir en su seno a todos los seres humanos, de todo tiempo y en todo lugar; dondequiera que se encuentre uno de sus miembros, allí está presente la Iglesia.

Apostolicidad: la Iglesia fue fundada por Cristo-piedra angular-sobre el fundamento de Pedro- Cabeza de los Apóstoles, y constituyendo en autoridad y poder a todo el Colegio Apostólico; Pedro y los demás Apóstoles tienen en el Papa –Obispo de Roma- y los Obispos a sus sucesores, que ejercen la misma autoridad y el mismo poder que en su día ejercieron los primeros, proveniente directamente de Cristo.

Con el pontificado del Papa Dámaso (366-384) es cuando -por vez primera- se llama a la Iglesia de Roma, con sede sobre la tumba del apóstol Pedro en la colina vaticana, «Sede apostólica». Y hace 2000 años que la historia certifica la Iglesia.

 

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Tradición - ...guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe.

-I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Con todo, la Tradición, según el espíritu de los dos grandes precursores del Concilio Vat. II, J.A. Möhler y J.H. Newmann, no es una entidad petrificada; es una tradición viva. Es un acontecimiento en el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a la plenitud de la verdad, según la promesa del Señor (cf. Jn 16, 13), revelándonos sin cesar el Evangelio, que nos ha sido transmitido una vez para siempre, y haciéndonos progresar en la comprensión de la verdad revelada una vez para siempre (cf. Dei Verbum, 8; DS 3020). Según el obispo mártir san Ireneo de Lyon, es el Espíritu de Dios quien mantiene joven y vigoroso el patrimonio apostólico que nos ha sido transmitido una vez para siempre (cf. Adversus haereses III, 24, 1:  Sources chrétiennes, n. 211, París 1974, p. 472).

 

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La palabra "Iglesia" significa "convocación". Designa la asamblea de aquellos a quienes convoca la palabra de Dios para formar el Pueblo de Dios y que, alimentados con el Cuerpo de Cristo, se convierten ellos mismos en Cuerpo de Cristo.

 

La Iglesia es a la vez camino y término del designio de Dios: prefigurada en la creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su Cruz redentora y su Resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo. Quedará consumada en la gloria del cielo como asamblea de todos los redimidos de la tierra (cf. Ap 14,4).

 

La Iglesia es a la vez visible y espiritual, sociedad jerárquica y Cuerpo Místico de Cristo. Es una, formada por un doble elemento humano y divino. Ahí está su Misterio que sólo la fe puede aceptar.

 

La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la Comunión con Dios y entre los hombres.

 

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Iglesia - Porque la verdadera catolicidad es pluriforme: ‘unidad en la multiplicidad y multiplicidad en la unidad’ S. S. Benedicto XVI – P. P.

 

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"Cristo, alfa y omega” "El Señor es el fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones". "Vivificados y reunidos en su Espíritu, peregrinamos hacia la consumación de la historia humana, que coincide plenamente con el designio de su amor:  "Restaurar en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1, 10)" (n. 45). A la luz de la centralidad de Cristo, la Iglesia interpreta la condición del hombre contemporáneo, su vocación y dignidad, así como los ámbitos de su vida:  la familia, la cultura, la economía, la política, la comunidad internacional. Esta es la misión de la Iglesia ayer, hoy y siempre:  anunciar y testimoniar a Cristo, para que el hombre, todo hombre, pueda realizar plenamente su vocación. La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz.

 

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El irracionalismo actual no es otra cosa que el desarrollo de la irracionalidad que lleva en sus entrañas todo racionalismo. El irracionalismo no es la simple irracionalidad, sino la tesis de que en el saber todo da lo mismo. ¡He aquí las sectas!

 

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Iglesia - "Erit enim tempus cum sanam doctrinam non sustinebunt sed ad sua desideria coacervabunt sibi magistros prurientes auribus, et a veritate quidem auditum avertent ad fabulas autem convertentur" (2 ad Thimoteum 4, 3-4).

"Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que de acuerdo con sus pasiones se rodearán de maestros que halaguen sus oídos, y apartarán, por una parte, el oído de la verdad, mientras que, por otra, se volverán a los mitos". San Pablo que, con otros apóstoles siendo Iglesia Católica, también escribieron la Biblia.

 

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La Iglesia primitiva siempre ‘católica porque era y es universal’, en el siglo II, tomó tres decisiones: ante todo establecer el canon, subrayando así la soberanía de la Palabra y explicando que no sólo el Antiguo Testamento es "hai grafai", sino que, juntamente con él, el Nuevo Testamento constituye una sola Escritura y de este modo es para nosotros nuestro verdadero soberano. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia formuló la sucesión apostólica, el ministerio episcopal, consciente de que la Palabra y el testigo van juntos, es decir, que la Palabra está viva y presente sólo gracias al testigo y, por decirlo así, recibe de él su interpretación, y que recíprocamente el testigo sólo es tal si da testimonio de la Palabra. Y, por último, la Iglesia añadió un tercer elemento:  la "regula fidei", como clave de interpretación.

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

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«La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los “hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (I Pe, 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico».

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“CREO EN LA SANTA IGLESIA QUE ES UNA, SANTA, CATÓLICA, APOSTÓLICA, Así el Cristo la fundó según todos podemos constatar en la Santa biblia: (Cristo funda su Iglesia ‘una’; Cristo es la cabeza por tanto es ‘santa’; Cristo la envía a predicar a todos los confines del orbe, por tanto es ‘católica’; Cristo ordena el pregón del anuncio evangélico a los apóstoles, por tanto es ‘apostólica’. La Iglesia es cristiana porque proclama a Cristo; es evangélica y evangelizadora porque revela a Cristo... y un largo etc. de adjetivos le son propios.

¡2000 años sobre la tumba del apóstol Pedro y protegida por la promesa del Señor!  

 

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La Iglesia católica –que también es de este mundo– puede y debe muchas veces  proclamar su punto de vista a un asunto que no es dogmático, ni tampoco afecta al Depósito de la Fe; pero a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, considera que puede ofrecer un juicio sobre una cuestión que afecta para bien o para mal a millones de personas. En tales casos, no emite la Iglesia una declaración dogmática, ni tan siquiera un magisterio vinculante para el pueblo católico –en el que legítimamente se puede discrepar–, pero argumenta los bienes que resultan de una convivencia conjunta ante ciertas leyes discriminatorias, injustas, amorales y éticamente perversas, o impregnadas de fanatismo sea este religioso, político o militar. Leyes que son capaces de tener a las personas, las sociedades o al mundo en estado de ansiedad e inseguridad; leyes tejidas de un nihilismo que corrompe las costumbres buenas, sobornan el orden, la paz y sano estado habitual de las cosas

 

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Católico: Vive la vida sabiendo que ‘La Iglesia es Jesucristo difundido y comunicado’  Bossuet.

 

‘La Iglesia es Cristo que se extiende en el tiempo y en el espacio’  Moeller.

 

‘La Iglesia es un gran puente sobre el mundo’  Santa Catalina de Siena.

 

‘La Cabeza de la Iglesia es el Señor, y Cristo total es la Cabeza y el Cuerpo. Tenemos en el Cuerpo de la Iglesia una Cabeza divina; tenemos a Dios por cabeza’ San Agustín - sermones.

 

‘La Iglesia Católica está fundada por un Dios, las sectas por hombres’

 

‘La Iglesia es el pueblo unido al sacerdote, es el rebaño unido al Pastor’ San Cipriano

 

‘Llegará el momento en que -solo la Iglesia- defenderá al hombre y la cultura Cardenal Newman

 

IGLESIA CATÓLICA: este es el nombre propio de esta santa madre de todos nosotros; Ella es la esposa de nuestro Señor Jesucristo.´ San Cirilo de Jerusalem - (catequesis).

 

‘Amo dolorosamente a la Iglesia; ámola como a mi misma vida, también esa dolorosa’ Bernanos

 

‘La actual crisis de la Iglesia consiste en la paganización de la inmensa masa católica. El cristiano no es fermento, ni siquiera masa - es yeso´ Louis Evely

 

‘Que nadie se ilusione, que nadie se equivoque: fuera de esta casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie está salvo. Si alguien sale de ella, tornase responsable de su propia muerte’ Orígenes

 

‘La Iglesia arrebatóme el corazón; ella es mi patria espiritual, mi madre y mis hermanos’ Orígenes

 

‘Estoy adherido a la Iglesia como un árbol se adhiere al suelo’ San Anastasio

 

‘Es en la Iglesia  que el espíritu humano encuentra techo y fogón. Fuera de Ella es noche’ Chesterton

 

‘Que cada uno procure vivir la reunión (Iglesia); es allí que el Espíritu fructifica’. (Tradición apostólica).

 

La Iglesia, fiel a al verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y los Apóstoles cuando reconoce y promueve el principio de la libertad religiosa como conforme a la dignidad del hombre y a la revelación de Dios. Declaración Dignitatis humanae, 12-13 – Concilio Vaticano II

 

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Cristo es –piedra angular- origen, fundamento y principio de donde dimana la luz y santidad que le sirve de base, alimento y razón, a su Iglesia Católica. La Iglesia, madre y maestra, respetuosa con la verdad que Cristo le depositara hace 2.000 años, expone con detalles y datos históricos su trayectoria evangélica. Ininterrumpidamente predica a Jesucristo y las virtudes cristianas. Estas sectas (adventistas, álamos, bautistas, jehovistas, etc.)  inexistiendo durante no menos de 1.600 años, y, sin dicha trayectoria histórica, no pasan de tener algunos aviesos parlanchines. Estos, podrán ser menos honrados y veraces, pero han resultado siempre más hábiles en la manipulación y la maniobra inescrupulosa. Ricos en lisonjear, motes y requiebros, como de dividirse inventando por arte de magia, sectas y más sectas día a día.  Porque tanto da para todos: sola gracia, sola fe, sola escritura, solo Cristo, solo gloria a Dios… solo sectas y más sectas; ¡mala combinación la protesta con el resentimiento! ¡extraña y agria hermandad vomita quien es más etéreo que hombre cabal! Lobos rapaces que hacen -cada día- nacer nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error».

 

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La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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Iglesia es madre - Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia.

 

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Las dos madres -la Iglesia y María- son esenciales e inseparables en la vida cristiana. Se puede afirmar que la Iglesia, mediante la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos, ejerce una maternidad más objetiva, mientras que la Virgen representa una maternidad más interior, que se manifiesta sobre todo en la difusión de la gracia y en las relaciones personales. S.S. Juan Pablo II – 13 Agosto 1997

 

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Ambas, María y la Iglesia, son templos vivientes, santuarios e instrumentos por medio de los cuales se manifiesta el Espíritu Santo. Engendran de manera virginal al mismo Salvador: María lleva la vida en su seno y la engendra virginalmente; la Iglesia da la vida en el agua bautismal y en el anuncio de la fe, engendrándola en el corazón de los fieles. S.S. Juan Pablo II – 08 Enero 1984

 

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La Iglesia o convocación del pueblo de Dios

 

San Cirilo de Jerusalén – 313 + 386 ca.

Catequesis 18,23-25

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestia­les o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella po­see todo género de virtudes, cualquiera que sea su nom­bre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

 Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entra­da de la tienda del encuentro. Y es de notar que la prime­ra vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es pre­cisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oir mis pa­labras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desde el fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

 Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Igle­sia, y el poder del infierno no la derrotará.

 En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que es­taba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis –dice el Señor de los ejércitos–, añadiendo a continua­ción: Del oriente al poniente es grande entre las nacio­nes mi nombre.

 Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pa­blo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad.

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Las quince (15) marcas distintivas de La Iglesia:

 

Ø      El Nombre de la Iglesia Católica - No está confinada a una nación o gente en particular.

Ø      Antigüedad - Traza sus ancestros directamente a Jesucristo*.

Ø      Constante Duración - Duración substancial (a través de los siglos) sin cambios.

Ø      Extensa - Número de sus fieles.

Ø      Sucesión Episcopal - Desde los primeros Apóstoles a la  jerarquía presente.

Ø      Acuerdo Doctrinal - La misma doctrina y enseñanzas de la Iglesia primitiva.

Ø      Unión - Todos los miembros entre sí y con la cabeza visible, el Romano Pontífice.

Ø      Santidad - Doctrina que refleja la santidad de DIOS.

Ø      Eficacia - Eficacia de doctrina en el poder de santificar creyentes e inspirarlos a                       grandes logros morales.

Ø      Santidad de Vida - Defensores representantes de la Iglesia.

Ø      La gloria de Milagros - Trabajados en la Iglesia y bajo el auspicio de la Iglesia.

Ø      El don de Profecía Don encontrado entre los santos de la Iglesia y sus    portavoces.

Ø      La Oposición - que la Iglesia levanta entre aquellos que la atacan en los mismos terrenos que Cristo fuera atacado por sus enemigos.

Ø      El Triste Fin - de todos aquellos que luchan contra ella.

Ø      La Paz Temporal y Felicidad Terrenal - Todos aquellos que viven de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia y que defienden sus intereses.

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* 2000 años de historia y con sede sobre la tumba de Pedro en la colina vaticana en la ciudad de Roma donde murió crucificado cabeza abajo, en cruz invertida. Y San Pablo -no lejos- murió decapitado.

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San Roberto Belarmino (+ 1621) Roberto "el que brilla por su fama", Belarmino: "guerrero bien armado".  Su fama brilló por ser un guerrero en defensa de la verdadera fe. Jesuita, Arzobispo de Capua, Cardenal y doctor de la Iglesia Católica, defensor de la sana doctrina cristiana durante y después de la Reforma Protestante.

 

 

La Iglesia es la esposa de Cristo

 

San Cirilo de Jerusalén - 313 + 386 ca.

Catequesis 18,26-29 - II Corintios 11,7-29

 

«Católica»: éste es el nombre propio de esta Iglesia santa y madre de todos nosotros; ella es en verdad esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de dios (porque está escrito: Como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella, y lo que sigue), y es figura y anticipo de la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre, la cual, antes estéril, es ahora madre de una prole nume­rosa.

 En efecto, habiendo sido repudiada la primera, en la segunda Iglesia, esto es, la católica, Dios –como dice Pablo– estableció en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficen­cia, el gobierno, la diversidad de lenguas, y toda clase de virtudes: la sabiduría y la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y el amor a los hombres, y una paciencia insuperable en las persecuciones.

 Ella fue la que antes, en tiempo de persecución y de an­gustia, con armas ofensivas y defensivas, con honra y deshonra, redimió a los santos mártires con coronas de paciencia entretejidas de diversas y variadas flores; pero ahora, en este tiempo de paz, recibe, por gracia de Dios, los honores debidos, de parte de los reyes, de los hom­bres constituidos en dignidad y de toda clase de hombres. Y la potestad de los reyes sobre sus súbditos está limi­tada por unas fronteras territoriales; la santa Iglesia ca­tólica, en cambio, es la única que goza de una potestad ilimitada en toda la tierra. Tal como está escrito, Dios ha puesto paz en sus fronteras.

 En esta santa Iglesia católica, instruidos con esclareci­dos preceptos y enseñanzas, alcanzaremos el reino de los cielos y heredaremos la vida eterna, por la cual todo lo toleramos, para que podamos alcanzarla del Señor. Por­que la meta que se nos ha señalado no consiste en algo de poca monta, sino que nos esforzamos por la posesión de la vida eterna. Por esto, en la profesión de fe, se nos en­seña que, después de aquel artículo: La resurrección de los muertos, de la que ya hemos disertado, creamos en la vida del mundo futuro, por la cual luchamos los cris­tianos

 Por tanto, la vida verdadera y auténtica es el Padre, la fuente de la que, por mediación del Hijo, en el Espíritu Santo, manan sus dones para todos, y, por su benignidad, también a nosotros los hombres se nos han prometido verídicamente los bienes de la vida eterna.

 

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Iglesia - En pocas palabras: si Cristo fundó una Iglesia y el diablo la corrompió y luego tuvo que venir Lutero para "reformarla": ¿Qué papel hace Cristo prometiendo una Iglesia invencible? Y si eso fuera posible: ¿Cuál de las miles de divisiones del protestantismo heredó el "Espíritu de Verdad" del que Cristo habla y que promete con tanta certeza?.

 

Lo que nadie nos ha podido explicar es: ¿que tiene que ver los pecados de un pontífice con su acierto o no en la doctrina?
O lo que es lo mismo ¿qué tiene que ver el tocino con la velocidad?

Seguimos sin comprender, o más bien: siguen sin comprender y siguen dividiéndose entre ellos los protestantes engendrando sectas. Porque carecen de ‘autoridad’ echan de menos al ‘Magisterio’ y cada uno interpreta la doctrina según ha dormido la noche anterior. [bautistas no hay menos de 19 y los jehovistas, mormones, baptistas, etc.]

 

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Durante el luminoso medioevo - En términos cuantitativos, las catedrales góticas son tan asombrosas como las Pirámides egipcias. Sólo en Francia, durante noventa años, desde 1180 a 1270, se vio la construcción de 80 catedrales y casi 500 abadías.

 

UNIVERSIDADES - La síntesis del saber teológico, filosófico y de otras ciencias realizada por las Universidades en los siglos XIII y XIV, en que se forma el Humanismo, es impensable sin el cristianismo.

 

Iglesia - entre 1200 y 1400 se fundaron en Europa 52 universidades, 29 de ellas a carácter «pontificias». Según orden de antigüedad, no en importancia, puesto que la de París fue la más destacada, las fechas de fundación parecen ser las siguientes: Palencia (1208-12), Oxford (1214), París (1215), Padua (1222), Nápoles (1224), Salamanca (1228), Toulouse (1229), Bolonia (1230). Valladolid fue fundada a mediados del S. XIII (1250).

 

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“Las doctrinas centrales del cristianismo fueron capaces de inspirar y sostener relaciones sociales y organizaciones atractivas, liberadoras y eficientes”. Fueron las doctrinas de la Iglesia las que permitieron que el cristianismo se encontrara “entre los movimientos de revitalización más formidables y de mayor éxito en la historia”. Con los cristianos aparece un Dios que, de hecho —algo nunca visto hasta entonces—, se preocupa por todos los seres humanos, que los ama con locura y que pide y espera de sus seguidores un amor semejante entre ellos y fuera de ellos, incluso a sus enemigos y a quienes no les entienden. La Buena Nueva del cristiano,  era dos veces buena y nueva, pues al dar a la humanidad un Dios amoroso y misericordioso daba también a los hombres y a las mujeres su auténtica humanidad.

 

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500 años de cultura - Los Museos Vaticanos surgieron hace quinientos años en los jardines vaticanos, cuando el Papa Julio II colocó el grupo de mármol del Laocoonte, descubierto el 14 de enero de 1506, en un viñedo cerca al Coliseo. «Se trata de un aniversario que quiere recordar la historia de siglos de cultura y de arte que los pontífices romanos promovieron con constancia y competencia, recogiendo las obras del pasado para preservarlas del olvido y de la destrucción, destinándolas a las generaciones sucesivas».
«En momentos en que se habla de los museos como lugares de encuentro, de contacto y diálogo, de madurez y de reflexión entre religiones, culturas, experiencias y distintas concepciones del mundo, los Museos Vaticanos interpretan hoy, más que nunca y de manera ejemplar, este papel»

Por este motivo, recordó, S. S. Juan Pablo II los definía «una de las más significativas puertas de la Santa Sede abiertas al mundo». MMVI.II

 

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Iglesia - En realidad no existe otro debate de mayor calado para la Iglesia en este cambio de siglo. No se discute su aportación humanitaria para aliviar las diversas penalidades de los hombres, ni la legitimidad de sus posibles consuelos, ni la utilidad social de su educación, sino su pretensión de dirigirse a la razón del hombre, de ponerse en juego en el ámbito de lo que el hombre puede reconocer como verdadero. Sin embargo la Iglesia no puede renunciar a esta pretensión, pues "la cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana", como afirmó Su Eminencia Joseph Ratzinger en Madrid. Ahí radica la incomprensión de una parte de la cultura moderna; ahí radica también la fundamental novedad del cristianismo y su capacidad para responder a la espera del hombre. 2000

 

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Roma - "Roma tiene un influjo importante en la concepción y desarrollo del Pontificado, la Roma martirial e imperial". Por eso varios títulos la califican: "Roma mártir", "Roma artista", "Roma pecadora", “Roma cristiana”, “Roma santa”, “Roma docta” “Roma petrina”, “Roma crucificada”, “Roma victoriosa”, “Roma evangélica”, “Roma evangelizante”, “Roma depositaria de la fe cristiana”, “Roma católica”, “Roma apostólica”, “Roma universal”, “Roma materna”, “Roma bondadosa”, etc.  

 

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Alabemos con las poéticas palabras del teólogo san Gregorio Nacianceno, doctor de la Iglesia Católica, año 330+390:

 

« Gloria a Dios Padre y al Hijo,
Rey del universo.
Gloria al Espíritu,
digno de alabanza y santísimo.
La Trinidad es un solo Dios
que creó y llenó cada cosa:
el cielo de seres celestes
y la tierra de seres terrestres.
Llenó el mar, los ríos y las fuentes
de seres acuáticos,
vivificando cada cosa con su Espíritu,
para que cada criatura honre
a su sabio Creador,
causa única del vivir y del permanecer.
Que lo celebre siempre más que cualquier otra
la criatura racional
como gran Rey y Padre bueno ».

(9) Poemas dogmáticos, XXXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511

 

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«Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono (...). La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable (...). Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios (...). «El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85a potencia... ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: ¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones, electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!» Por Enrico Medi  2005.

 

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El Sabbat, culminación de la obra de los "seis días". El texto sagrado dice que "Dios concluyó en el séptimo día la obra que había hecho" y que así "el cielo y la tierra fueron acabados"; Dios, en el séptimo día, "descansó", santificó y bendijo este día (Gn 2, 1-3). Estas palabras inspiradas son ricas en enseñanzas salvíficas:

346 En la creación Dios puso un fundamento y unas leyes que permanecen estables (cf Hb 4, 3-4), en los cuales el creyente podrá apoyarse con confianza, y que son para él el signo y garantía de la fidelidad inquebrantable de la Alianza de Dios (cf Jr 31, 35-37, 33, 19-26). Por su parte el hombre deberá permanecer fiel a este fundamento y respetar las leyes que el Creador ha inscrito en la creación.

347 La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cf Gn 1, 14). "Operi Dei nihil praeponatur" ("Nada se anteponga a la dedicación a Dios"), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas.

348 El Sabbat pertenece al corazón de la ley de Israel. Guardar los mandamientos es corresponder a la sabiduría y a la voluntad de Dios, expresadas en su obra de creación.

349 El octavo día. Pero para nosotros ha surgido un nuevo día: el día de la Resurrección de Cristo. El séptimo día acaba la primera creación. Y el octavo día comienza la nueva creación. Así, la obra de la creación culmina en una obra todavía más grande: la Redención. La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera (cf MR, vigilia pascual 24, oración después de la primera lectura).

 

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Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios "cara a cara" (1 Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cf Gn 2, 2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra.

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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¡Que tu conducta nunca dé motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

 

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por visitarnos y pregonarnos

 

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

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Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia? Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado-Autor: Francisco Varo-Editorial: Planeta Testimonio-2006

 

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Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).