Tuesday 2 September 2014 | Actualizada : 2014-08-20
 
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En todo el proceso de completar el canon la lista de libros del NT entendemos mejor que fue la Biblia la que salió de la Iglesia y no la Iglesia de la Biblia. Por eso, verdaderamente no hay separación entre "Biblia" y "Tradición". La Biblia forma parte de la Tradición de la Iglesia católica. No es cuestión de fe, de historia es materia.-

 

 

EL ÁGUILA DE SAN JUAN EN LA BANDERA ESPAÑOLA

 

P: ¿Cuál es la manera correcta de denominar a la bandera española con el águila imperial? ¿Preconstitucional, inconstitucional, franquista?

 

R: 1. No es el águila imperial sino de san Juan. 2. No es franquista y fue paralela a la constitución hasta 1981. Lo he contado esta mañana en el programa de don Federico. Lo siento, pero no tengo la culpa de que haya ignorantes que la llamen el pollo o el aguilucho.

 

P: ¿Es lo mismo sacar a la calle la bandera de la Segunda República que la bandera que representa el régimen fascista posterior? ¿Es delito la apología de alguno de los dos regímenes?

 

R: La bandera de la segunda república –pre-constitucional– no se puede comparar con el águila de san Juan que es muy anterior al régimen de Franco. ¡Pero sí la incluyó en el escudo Isabel la Católica, que se hizo coronar el día de san Juan!

Este diálogo con César Vidal* tuvo lugar entre las 17:00 y las 18:00 del martes 13 de Marzo 2007. (César VIDAL es protestante).

 

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El Águila de San Juan figura en el escudo de armas de los Reyes Católicos

 

El águila de San Juan

Con referencia a la polémica suscitada por el uso en el escudo de España del águila de San Juan,calificándolo de «franquista» y «anticonstitucional», llamo la atención sobre el hecho de que en el sello conmemorativo a la aprobación de la vigente Constitución,emitido por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, con valor facial de 5 pesetas, se veía una bandera roja y gualda, con el escudo de España sobre el águila de San Juan y una leyenda que decía: «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho».
   Luego parece ser que la mencionada águila de San Juan no está en contradicción con el tipo de régimen imperante, ya que sólo es un símbolo heráldico empleado en distintos períodos de la Historia de España, a partir de los Reyes Católicos. Según el criterio de estas personas, poco versadas en historia y heráldica, ¿cómo calificarían al escudo de Don Juan Carlos I de España, que lleva acoladas las aspas de San Andrés (usadas desde Carlos I en las antiguas banderas de España y que adoptaron los carlistas como símbolo), además de llevar en punta del escudo el Yugo y las Flechas de Fernando e Isabel (más tarde adoptadas por FE y de las JONS)? Siguiendo el raciocinio de esas personas, calificarían el escudo de «carlista y falangista» Gonzalo de Porras / Madrid - . L.R.ESP. 2007.III.14

 

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«Sólo aceptando la novedad de Cristo como Hijo de Dios tiene sentido el nacimiento de los evangelios y de la Iglesia que los escribe».

 

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El profesor Juan Chapa, de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, ha publicado en Inglaterra cuatro nuevos papiros de fragmentos del evangelio de San Juan. Proceden de «excavaciones en antiguos basureros de Oxirrinco (Egipto)».

Ni simple literatura, ni solamente Historia, los evangelios son algo más: son un itinerario de fe contado por quienes conocieron a Jesús a quienes desean conocerle.

 

Jesús en los sinópticos y en San Juan

¡Es el Señor!


«Los evangelios no pretenden ser literatura religiosa; son relatos testimoniales de hechos que tuvieron lugar en un país y tiempo precisos»: así lo afirmó don José Miguel García, profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología San Dámaso, al comienzo de su intervención sobre Jesús de Nazaret en los evangelios sinópticos, quien también se refirió a una cuestión fundamental: ¿cómo surgió la fe de los apóstoles? Responde que «la fe no es una decisión subjetiva arbitraria. Su inicio fue un encuentro excepcional, ante el que surge una correspondencia. Aquel hombre generó en ellos un apego afectivo y una convivencia/seguimiento. Viendo su vida, oyendo las cosas que decía, siendo testigos de los milagros que realizaba, poco a poco se hicieron una pregunta decisiva: ¿Quién es éste? » De este modo, en lo que esto incidió en la redacción de los evangelios, «podemos afirmar que los evangelios narran lo que algunos judíos oyeron y vieron con sus propios ojos, contemplaron y tocaron con sus propias manos».
Don Enrique Farfán, catedrático de Sagrada Escritura en el Instituto de Estudios Canónicos de Valencia, habló sobre Jesús de Nazaret y el evangelio de San Juan, y afirmó que el Papa ha realizado en su libro «una búsqueda esforzada y amorosa, para ir componiendo un retrato de Cristo que incorpora desde la sabiduría de los antiguos escritores de la Iglesia, hasta los mejores hallazgos de la exégesis moderna». Así, al recorrer el evangelio de Juan, «el Papa va trazando ante los ojos del lector la imagen del Jesús que ha recordado Juan, en la memoria de la Iglesia, a la luz de la Resurrección», y para ello se vale de las célebres imágenes joaneas. Sobre una de ellas, la imagen del agua, comentó que, «como principio que es de la vida natural, desde antiguo es imagen del Espíritu prometido. Así clama Jesús en el último día de la fiesta, ofreciendo el agua de vida a los sedientos, llamando a los muertos a la vida». Y terminó el profesor Farfán diciendo que, «con este hermoso libro, viene a decirnos el Papa lo mismo que el apóstol Juan desde la barca: Es el Señor. Y, como Pedro, también nosotros sentimos la urgencia de arrojarnos al agua para ganar enseguida la orilla y esperar a que nos pregunte el Señor si le queremos». Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo - 2007-12-28

 

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Juan con María rumbo a Efeso.

 

a) El Evangelio de Juan: un tejido hecho con tres hilos:

* La palabra texto quiere decir tejido. Así, el texto del evangelio de Juan es como un bonito tejido, hecho con tres hilos muy distintos y, al mismo tiempo, muy parecidos. Estos tres hilos se combinan tan bien entre ellos que nos confundimos y, a veces, ni siquiera percibimos cuándo se pasa de un hilo a otro.
a) El primer hilo: son los hechos de la vida de Jesús, acaecidos por el año 30 d.C y recordados por testigos oculares, las personas que han vivido con Jesús y que vieron las cosas que Él hizo y las palabras que enseñó. Es el Jesús histórico, conservado en los testimonios del Discípulo Amado (1 Jn 1, 1).
b) El segundo hilo: son los hechos y los problemas de la vida de las comunidades de la segunda mitad del siglo primero. Partiendo de la fe en Jesús y convencidas de la presencia del Resucitado en medio de ellas, las comunidades han iluminado estos hechos y problemas con las palabras y los gestos de Jesús. Así, por ejemplo, los litigios que tenían con los fariseos, acabaron por influir profundamente la narración y la transmisión de las discusiones entre Jesús y los fariseos.
c) El tercer hilo: son los comentarios hechos por el evangelista. En algunos pasajes, nos resulta difícil percibir cuándo Jesús deja de hablar y cuándo el evangelista comienza a hacer sus comentarios (Jn 2, 22; 3, 16-21; 7, 39; 12, 37-43; 20, 30-31).

* En los cinco capítulos que describen la despedida de Jesús (Jn 13 al 17), se nota la presencia de estos tres hilos: aquél en el que Jesús habla, aquél en el que hablan las comunidades y aquél en el que habla el evangelista. En estos capítulos los tres hilos están entrelazados de tal modo que el conjunto se presenta como una composición de extraña belleza e inspiración, donde es difícil distinguir qué es de uno y qué es de otro.

b) Los capítulos 13 al 17 del Evangelio de Juan:

* La larga conversación (Jn 13, 1 a 17, 26), que Jesús tuvo con sus discípulos en la última cena, en la vigilia de su prendimiento y muerte, es el Testamento que nos dejó. En él se expresa la última voluntad de Jesús respecto a la vida en comunidad de sus discípulos/as. Era una conversación amistosa, que quedó en la memoria del Discípulo Amado. Jesús, así quiere dar a entender el evangelista, quería alargar al máximo este último encuentro de amistad, momento de gran intimidad. Lo mismo sucede hoy. Hay modos y modos de conversar... Una conversación superficial que lanza palabras al aire y que revela el vacío de las personas, y hay una conversación que va profundamente al corazón. Todos nosotros, alguna vez, tenemos estos momentos para compartir amistosamente, lo cual ensancha el corazón y se convierte en fuerza cuando llega la dificultad. Ayuda a tener confianza y a vencer el miedo.

* Estos cinco capítulos (Jn 13 a 17) son también un ejemplo de cómo la comunidad del Discípulo Amado catequizaban. Las preguntas de los tres discípulos, Tomás (Jn 14, 5), Felipe (Jn 14, 8) y Judas Tadeo (Jn 14, 22), eran también las preguntas de las comunidades de finales del siglo primero. Las respuestas de Jesús a los tres era un espejo en el que las comunidades encontraban una repuesta a sus dudas y dificultades. Así, nuestro capítulo 14 era (y aún es hoy) una catequesis que enseña a las comunidades cómo vivir sin la presencia física de Jesús.

 

San Pedro, La Virgen María, Cristo Jesús, San Juan y San Pablo.

 

c) El capítulo 14, 1-12: Una respuesta a las eternas preguntas del corazón del hombre:

Juan 14, 1-4: Las comunidades preguntaban: "¿Cómo vivir en comunidad con ideas tan distintas?". Jesús responde con una exhortación: "¡No se turbe vuestro corazón! En la casa de mi Padre hay muchas moradas". La insistencia en tener palabras de ánimo que sirviesen de ayuda para superar las turbaciones y las divergencias, es signo de que debían existir tendencias muy distintas entre las comunidades, queriendo una ser más verdadera que la otra. Jesús dice: "¡En la casa de mi Padre hay muchas mansiones!". No es necesario que todos piensen de la misma forma. Lo que importa es que todos acepten a Jesús como revelación del Padre y que, por amor suyo, tengan actitudes de servicio y de amor. Amor y servicio son el cemento que pega entre sí los ladrillos de la pared y hace que las distintas comunidades se conviertan en una Iglesia sólida de hermanos y hermanas.

Juan 14, 5-7: Tomás pregunta: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Jesús responde: "¡Yo soy el camino, la verdad y la vida!". Tres palabras importantes. Sin camino, no se camina. Sin verdad, no se acierta. ¡Sin vida, sólo hay muerte! Jesús explica el sentido. Él mismo es el camino, porque "Nadie va al Padre sino por mí". Ya que, Él es la puerta, por la que las ovejas entran y salen (Jn 10, 9). Jesús es la verdad, porque mirándole a él, vemos la imagen del Padre. "¡Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre!". ¡Jesús es la vida, porque caminando como Jesús ha caminado, estaremos unidos al Padre y tendremos la vida en nosotros!

Juan 14, 8-11: Felipe pide: Le dice Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". Jesús le responde: "¡El que me ha visto a mí, ha visto al Padre!". Felipe ha expresado un deseo que era el de muchas personas de la comunidad de Juan y continúa siendo el deseo de todos nosotros: ¿qué debo hacer para ver al Padre del que tanto habla Jesús? La respuesta de Jesús es muy bella: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". No tenemos que pensar que Dios sea lejano, como alguien distante y desconocido. Quien quiera saber cómo es y quién es Dios Padre, le basta mirar a Jesús. ¡Él lo ha revelado en las palabras y en los gestos de su vida! "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí". Por su forma de ser Jesús revelaba un rostro nuevo de Dios que atraía al pueblo. A través de su obediencia, estaba totalmente identificado con el Padre. En cada momento hacía lo que el Padre le mostraba hacer (Jn 5, 30; 8, 28-29.38). ¡Por eso, en Jesús todo es revelación del Padre! ¡Y, los signos y obras que realiza son las obras del Padre! De la misma manera, nosotros, en nuestro modo de vivir y de compartir, tenemos que ser una revelación de Jesús. El que nos ve, tiene que poder ver y reconocer en nosotros algo de Jesús.
Lo que es importante meditar aquí es preguntarme: "¿Qué imagen me hago de Jesús?". ¿Soy como Pedro que no aceptaba un Jesús siervo y sufriente y quería un Jesús a su propia medida? (Mc 8, 32-33). ¿Soy como aquéllos que saben decir sólo?: "¡Señor! ¡Señor! (Mt 7, 21). ¿Soy como aquéllos que quieren sólo un Cristo celeste y glorioso y olvidamos a Jesús de Nazaret que caminaba con los pobres, acogía a los marginados, curaba a los enfermos, reinsertaba a los excluidos y que, por causa de este compromiso con el pueblo y con el Padre, fue perseguido y matado.

Juan 14, 12: La promesa de Jesús. Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es un privilegio sólo de él, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través de Él, podemos llegar a hacer las mismas cosas que Él hacía por el pueblo de su tiempo. Él intercederá por nosotros. Todo lo que le pedimos, él se lo pedirá al Padre y lo obtendrá, con tal que sea para servir (Jn 14, 13).

 

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Dijo Jesús: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (San Juan, 8, 32). Hace veinticinco años (04/03/1979) lo recordaba Juan Pablo II: “Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: Conoceréis la verdad y la verdad os librará. Estas palabras encierran una exigencia y una advertencia: la exigencia de una relación honesta con la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundice en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo”. (Redemptor hominis, 12.3). “Veritatis Splendor”: (06/08/1993): “en algunas corrientes ateas del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como la fuente de los valores”.

 

Si la Iglesia Católica no es "la fe entregada una vez a los santos" entonces, ¿cual de todas las sectas, grupos e iglesias protestantes, es depositaria de esa fe? La respuesta pública de un predicador bautista porteño fue “todas” (así respondió en Catholic. net). Al dicho bautista se le preguntó: ¿como que todas? Por ejemplo, me quiero bautizar con mi familia en la fe de Cristo, tengo un bebe de seis meses ¿lo puedo bautizar?. Veamos: doctrina según ‘luteranos’ si; ‘calvinistas’ no; ‘bautistas’ en Nueva York, no en Birmingham Alabama, etc. etc. Conclusión: mejor me hago zoroástrico, puesto que vosotros los cristianos, no sabéis ni lo que dijo Cristo; o sea, cada secta bajo ‘sola scriptura’ enseña cualquier cosa.

 

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EL APOSTOL S. JUAN – 8ºB

 

La muerte del último apóstol

Murió anciano, siendo emperador Trajano hacia el año 104, setenta años después de la Ascensión del Señor a los cielos. Su sepultura en Efeso está atestiguada desde el siglo II y allí parece que residió los últimos años de su vida después de un exilio en la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis con especial iluminación divina.

Es de destacar que no consta que muriese de martirio, aunque parece que lo padeció y no murió por intervención milagrosa de Dios. El Apóstol más agudo en el conocimiento de nuestro Señor y que más intimidad tuvo con la Madre de Dios debía dar testimonio con su muerte en la ancianidad. La vejez hace de la muerte una compañera de camino muy cercana, pues ha visto muchos fallecimientos, adquiriendo así esa sabiduría que sólo dan los años. Sin embargo, para Juan la muerte es especial, distinta a los demás ancianos porque había visto morir a Jesús, y vio subir al cielo con cuerpo y alma a la Madre del Señor.

Esas dos experiencias marcan el sentido de la muerte para el apóstol Juan de una manera decisiva, sin olvidar lo ya sabido por la revelación de Dios a Israel y la misma experiencia humana.
Juan sabía que el privilegio de la inmortalidad le fue negado al hombre después del pecado de Adán y Eva. No es la pena más grave después del pecado original, pero no es prudente despreciarla. La muerte se transformó de ser un dulce tránsito en un terrible castigo.

No sabemos cómo tendría Dios previsto el paso de los hombres a la vida eterna si no hubiese existido el pecado; lo más probable es pensar en un tiempo de prueba -oportunidad de amar- y una vez consolidado el libre amor, transformar los cuerpos y las almas en más gloriosos en un Paraíso celeste superior al terrenal, pues el cielo es vivir plenamente en Dios y confirmados en esa felicidad.
La experiencia de la edad influye en Juan para ver claramente la vanidad de las cosas. El cuerpo se debilita, envejece, se llena de achaques y limitaciones en todos los sentidos, hasta que se acaba la vida y el alma se separa del cuerpo. Al poco tiempo el cuerpo se descompone convirtiéndose en menos que polvo. Asusta contemplar como se descompone un cadáver. Se ha dicho que "lo que llamáis capa vegetal de la tierra no son sino miles de sudarios superpuestos de miles de generaciones".

¡Nadie escapa de la decandencia del cuerpo, ni de la muerte! ¡Nadie!

En cuanto al alma ocurre algo peculiar. En algunos las facultades disminuyen de tal modo que su actividad intelectual, o simplemente humana, puede llegar a ser casi nula. Otros mejoran esa actividad, aunque el cuerpo envejezca, adquiriendo una madurez y una sabiduría admirables. Unos aprenden viviendo, otros no aprenden nada. Muchos casos habría visto Juan que le preparan para bien morir.

Unos mueren alegres, otros mueren rabiando. A muchos les sorprende la muerte como si no supiesen que también iba para ellos; otros la esperan gozosos como el que espera abrir la puerta de la dicha eterna. Algunos desesperados, otros con esperanza optimista. Unos con dolor, otros dulcemente. Hay a quien le sorprende la muerte de un modo repentino; en cambio a otros les avisa y casi deciden ellos cuándo les parece bien dar el último paso. Hay tantas muertes como hombres. Y Juan vería muchas.

La Sagrada Escritura recuerda algunas muertes tremendas como la de la perversa reina Jezabel comida por los perros, y quizá Juan mismo fue testigo de la horrible y repentina muerte del perverso Herodes comido de gusanos delante de todos. Sería particularmente doloroso para Juan recordar la muerte del traidor Judas que se suicidó.

La duración de la vida es insegura. Nadie sabe cuanto tiempo vivirá. Es más, la experiencia de la fluidez del tiempo y sin posibilidad de recuperar es un gran interrogante. Algunos aprovechan el tiempo como un tesoro: "El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio,por amor de Dios!" . Juan sabía bien que el sentido de la vida lo da la eternidad, no el número de años.

La muerte de Jesús es la luz fundamental para entender la muerte y aprender a morir. Juan había estado al pie de la Cruz viendo la lenta agonía de su querido Maestro. Pudo escuchar las siete palabras que dejan entrever la intensidad de la oración de Cristo y su inmenso dolor como un océano de lágrimas que ahoga el fuego del infierno.

Jesús sufrió todos los dolores que los hombres pueden pasar en el cuerpo y en el alma. Hambre, sueño, angustia, sudor de sangre, latigazos en todo el golpe, golpes innumerables, los clavos atravesando sus manos y sus pies, la asfixia de la respiración casi imposible, los calambres, las fiebres,sed lacerante, los calores y los sudores fríos. Y junto a ellos el dolor del alma al saber que, a pesar de todo, muchos no se salvarían permaneciendo obstinadamente en el pecado. Y lo más fuerte de todo era esa extraña separación del Padre que le hace tomar las palabras del salmo 21: "¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". Tres horas de agonía anunciada con total conciencia del sufrimiento que iba a padecer, sin el lenitivo de la inconsciencia y sin ningún atenuante. ¿Cómo podía olvidar Juan aquellas horas tremendas?

El gran grito final resonaría en sus oídos con una fuerza extraordinaria: "Y Jesús, dando una gran voz, expiró", Juan lo expresa con más precisión pues escribe: "entregó el espíritu" . La potencia de la gran voz indica que Jesús tenía fuerza y entregó su vida cuando quiso, como ya había profetizado. Los soldados se sorprendieron de la muerte de Jesús, anterior a la de los otros dos crucificados, y los fenómenos del cielo y la tierra confirmaban lo extraño de aquella muerte misteriosa pues se hizo de noche y se produjo un terremoto que llenó de pavor a todos; las piedras se quebraron. Era un grito de libertad y de entrega. Aquella voz sólo se puede entender como la libertad de la entrega. Cristo llevó la libertad humana al extremo de la entrega amorosa al Padre y a los hombres.

La última palabra de Jesús confirma el sentido del gran grito. La cuenta Lucas: "Y Jesús, dando una gran voz, dijo: En tus manos encomiendo mi espíritu" . O como escribe Juan: "Consumatum est (está cumplido)" . El amor y la justicia se unen en el Sacrificio perfecto realizado por el Sacerdote perfecto, Jesucristo, que se entrega a la muerte por amor, anulando los sacrificios de la antigua ley en un sacrificio de valor infinito del Hombre-Dios.

Juan, mirando a Cristo muerto, sabe que la muerte ha sido vencida, pues ya no es una puerta al infierno, sino al cielo para los que quieren unirse a Cristo. Los dolores de la muerte son una oportunidad de unirse a Cristo Redentor. La posible agonía de su amado Jesús desparece por fin.
Cristo resucitado le completaría el sentido la muerte. Juan ha visto la gloria del cuerpo de Jesús. Las heridas de los clavos son ya condecoraciones, y todo el cuerpo del Señor habla de gloria. Las palabras de Cristo resucitado son un canto a la esperanza y la alegría. Las penas de la muerte estaban allí pero se convertían de castigo en salvación.

La Asunción de María en cuerpo a los cielos fue otro espaldarazo a la fe y la esperanza de Juan. No sabemos cuántos años vivió con la Madre de Dios, pero no es difícil suponer que estuvo con ella hasta el momento tan deseado y feliz de su tránsito al cielo con su divino Hijo. El cuerpo de María no conoció la corrupción como no la había experimentado su alma, y en el momento adecuado Dios la toma toda para sí y la glorifica como a Jesús. Le dió un tiempo para ayudar a aquellos hijos que obedecían a su Hijo, hasta que ya no fue tan necesaria su presencia en la tierra.

Estas luces sobre la muerte nos permiten conocer a un Juan que sabe morir. La muerte ya no era para él una enemiga que roba la vida, sus placeres, y los escasos éxitos conseguidos. Sino que la muerte es una puerta abierta hacia la comunión definitiva con el Amado que espera el alma purificada en un abrazo infinito. La muerte de Juan anciano enseña a morir como Dios quiera, cuando Dios quiera y del modo que estime más conveniente, pero con ansias vivas de eternidad.

Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Los 12 apóstoles. 2ª ed Eunsa pedidos a eunsa@cin.es

2003-02-07 - www.encuentra.com

 

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Anunciación - por Dalí

 

Juan, el teólogo

«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 

Los Apóstoles eran compañeros de camino de Jesús, amigos de Jesús, y su camino con Jesús no era sólo un camino exterior, desde Galilea hasta Jerusalén, sino un camino interior, en el que aprendieron la fe en Jesucristo, no sin dificultad, pues eran hombres como nosotros. Pero precisamente por eso, porque eran compañeros de camino de Jesús, amigos de Jesús que en un camino no fácil aprendieron la fe, son también para nosotros guías que nos ayudan a conocer a Jesucristo, a amarlo y a tener fe en él.

Ya he hablado de cuatro de los doce Apóstoles: de Simón Pedro, de su hermano Andrés, de Santiago, el hermano de Juan, y del otro Santiago, llamado "el Menor", el cual escribió una carta que forma parte del Nuevo Testamento. Y comencé a hablar de san Juan evangelista, exponiendo en la última catequesis antes de las vacaciones los datos esenciales que trazan las fisonomía de este Apóstol. Ahora quisiera centrar la atención en el contenido de su enseñanza. Los escritos de los que quiero hablar hoy son el Evangelio y las cartas que llevan su nombre.

Un tema característico de los escritos de san Juan es el amor. Por esta razón decidí comenzar mi primera carta encíclica con las palabras de este Apóstol: "Dios es amor (Deus caritas est) y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 4, 16). Es muy difícil encontrar textos semejantes en otras religiones. Por tanto, esas expresiones nos sitúan ante un dato realmente peculiar del cristianismo.

Ciertamente, Juan no es el único autor de los orígenes cristianos que habla del amor. Dado que el amor es un elemento esencial del cristianismo, todos los escritores del Nuevo Testamento hablan de él, aunque con diversos matices. Pero, si ahora nos detenemos a reflexionar sobre este tema en san Juan, es porque trazó con insistencia y de manera incisiva sus líneas principales. Así pues, reflexionaremos sobre sus palabras.

Desde luego, una cosa es segura: san Juan no hace un tratado abstracto, filosófico, o incluso teológico, sobre lo que es el amor. No, él no es un teórico. En efecto, el verdadero amor, por su naturaleza, nunca es puramente especulativo, sino que hace referencia directa, concreta y verificable, a personas reales. Pues bien, san Juan, como Apóstol y amigo de Jesús, nos muestra cuáles son los componentes, o mejor, las fases del amor cristiano, un movimiento caracterizado por tres momentos.

El primero atañe a la Fuente misma del amor, que el Apóstol sitúa en Dios, llegando a afirmar, como hemos escuchado, que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Juan es el único autor del Nuevo Testamento que nos da una especie de definición de Dios. Dice, por ejemplo, que "Dios es Espíritu" (Jn 4, 24) o que "Dios es luz" (1 Jn 1, 5). Aquí proclama con profunda intuición que "Dios es amor". Conviene notar que no afirma simplemente que "Dios ama" y mucho menos que "el amor es Dios". En otras palabras, Juan no se limita a describir la actividad divina, sino que va hasta sus raíces.

Además, no quiere atribuir una cualidad divina a un amor genérico y quizá impersonal; no sube desde el amor hasta Dios, sino que va directamente a Dios, para definir su naturaleza con la dimensión infinita del amor. De esta forma san Juan quiere decir que el elemento esencial constitutivo de Dios es el amor y, por tanto, que toda la actividad de Dios nace del amor y está marcada por el amor:  todo lo que hace Dios, lo hace por amor y con amor, aunque no siempre podamos entender inmediatamente que eso es amor, el verdadero amor.

Ahora bien, al llegar a este punto, es indispensable dar un paso más y precisar que Dios ha demostrado concretamente su amor al entrar en la historia humana mediante la persona de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Este es el segundo momento constitutivo del amor de Dios. No se limitó a declaraciones orales, sino que -podemos decir- se comprometió de verdad y "pagó" personalmente. Como escribe precisamente san Juan, "tanto amó Dios al mundo, -a todos nosotros- que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16). Así, el amor de Dios a los hombres se hace concreto y se manifiesta en el amor de Jesús mismo.

San Juan escribe también: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). En virtud de este amor oblativo y total, nosotros hemos sido radicalmente rescatados del pecado, como escribe asimismo san Juan:  "Hijos míos, (...) si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre:  a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero" (1 Jn 2, 1-2; cf. 1 Jn 1, 7).

El amor de Jesús por nosotros ha llegado hasta el derramamiento de su sangre por nuestra salvación. El cristiano, al contemplar este "exceso" de amor, no puede por menos de preguntarse cuál ha de ser su respuesta. Y creo que cada uno de nosotros debe preguntárselo siempre de nuevo.

Esta pregunta nos introduce en el tercer momento de la dinámica del amor:  al ser destinatarios de un amor que nos precede y supera, estamos llamados al compromiso de una respuesta activa, que para ser adecuada ha de ser una respuesta de amor. San Juan habla de un "mandamiento". En efecto, refiere estas palabras de Jesús: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34).

¿Dónde está la novedad a la que se refiere Jesús? Radica en el hecho de que él no se contenta con repetir lo que ya había exigido el Antiguo Testamento y que leemos  también  en  los  otros  Evangelios: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19, 18; cf. Mt 22, 37-39; Mc 12, 29-31; Lc 10, 27). En el mandamiento antiguo el criterio normativo estaba tomado del hombre ("como a ti mismo"), mientras que, en el mandamiento referido por san Juan, Jesús presenta como motivo y norma de nuestro amor su misma persona: "Como yo os he amado".

Así el amor resulta de verdad cristiano, llevando en sí la novedad del cristianismo, tanto en el sentido de que debe dirigirse a todos sin distinciones, como especialmente en el sentido de que debe llegar hasta sus últimas consecuencias, pues no tiene otra medida que el no tener medida.

Las palabras de Jesús "como yo os he amado" nos invitan y a la vez nos inquietan; son una meta cristológica que puede parecer inalcanzable, pero al mismo tiempo son un estímulo que no nos permite contentarnos con lo que ya hemos realizado. No nos permite contentarnos con lo que somos, sino que nos impulsa a seguir caminando hacia esa meta.

Ese áureo texto de espiritualidad que es el librito de la tardía Edad Media titulado La imitación de Cristo escribe al respecto:  "El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido por ninguna cosa baja. El amor quiere ser libre, y ajeno de toda afición mundana (...), porque el amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios. El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado. Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien" (libro III, cap. 5).

¿Qué mejor comentario del "mandamiento nuevo", del que habla san Juan? Pidamos al Padre que lo vivamos, aunque sea siempre de modo imperfecto, tan intensamente que contagiemos a las personas con quienes nos encontramos en nuestro camino.

09.VIII.2006

 

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Juan, el vidente de Patmos

 

En la última catequesis meditamos en la figura del apóstol san Juan. Primero, tratamos de ver lo que se puede saber de su vida. Después, en una segunda catequesis, meditamos en el contenido central de su evangelio, de sus cartas: la caridad, el amor. Y hoy volvemos a ocuparnos de la figura de san Juan, esta vez considerándolo el vidente del Apocalipsis.

Ante todo, conviene hacer una observación: mientras que no aparece nunca su nombre ni en el cuarto evangelio ni en las cartas atribuidas a este apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de san Juan en cuatro ocasiones (cf. Ap 1, 1. 4. 9; 22, 8). Es evidente que el autor, por una parte, no tenía ningún motivo para ocultar su nombre y, por otra, sabía que sus primeros lectores podían identificarlo con precisión. Por lo demás, sabemos que, ya en el siglo III, los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis. En cualquier caso, podríamos llamarlo también "el vidente de Patmos", pues su figura está unida al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado "por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús" (Ap 1, 9).

Precisamente, en Patmos, "arrebatado en éxtasis el día del Señor" (Ap 1, 10), san Juan tuvo visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirán en gran medida en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del título de su libro, "Apocalipsis", "Revelación", proceden en nuestro lenguaje las palabras "apocalipsis" y "apocalíptico", que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe inminente.

El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo I, tuvieron que afrontar grandes dificultades -persecuciones y tensiones incluso internas- en su testimonio de Cristo. San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana.

En efecto, la primera y fundamental visión de san Juan atañe a la figura del Cordero que, a pesar de estar degollado, permanece en pie (cf. Ap 5, 6) en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios. De este modo, san Juan quiere transmitirnos ante todo dos mensajes: el primero es que Jesús, aunque fue asesinado con un acto de violencia, en vez de quedar inerte en el suelo, paradójicamente se mantiene firme sobre sus pies, porque con la resurrección ha vencido definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jesús, precisamente por haber muerto y resucitado, ya participa plenamente del poder real y salvífico del Padre.

Esta es la visión fundamental. Jesús, el Hijo de Dios, en esta tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto. Y, sin embargo, está en pie, firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene en sus manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere decir: "Tened confianza en Jesús; no tengáis miedo de los poderes que se le oponen, de la persecución. El Cordero herido y muerto vence. Seguid al Cordero Jesús, confiad en Jesús; seguid su camino. Aunque en este mundo sólo parezca un Cordero débil, él es el vencedor".

Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, que nadie era capaz de soltar. San Juan se presenta incluso llorando, porque nadie era digno de abrir el libro y de leerlo (cf. Ap 5, 4). La historia es indescifrable, incomprensible. Nadie puede leerla. Quizá este llanto de san Juan ante el misterio tan oscuro de la historia expresa el desconcierto de las Iglesias asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban sometidas en ese momento. Es un desconcierto en el que puede reflejarse muy bien nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo. Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por parte de Dios.

Pues bien, sólo el Cordero inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de dar sentido a esta historia, que con tanta frecuencia parece absurda. Sólo él puede sacar lecciones y enseñanzas para la vida de los cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte anuncia y garantiza la victoria que ellos también alcanzarán, sin duda. Todo el lenguaje que utiliza san Juan, con intensas imágenes, está orientado a brindar este consuelo.

Entre las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran dos muy significativas: la de la Mujer que da a luz un Hijo varón, y la complementaria del Dragón, arrojado de los cielos pero todavía muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero a la vez representa a toda la Iglesia, el pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo siempre de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada y perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer al final vence. No vence el Dragón. Esta es la gran profecía de este libro, que nos infunde confianza. La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero.

Por este motivo, el Apocalipsis de san Juan, aunque continuamente haga referencia a sufrimientos, tribulaciones y llanto -la cara oscura de la historia-, al mismo tiempo contiene frecuentes cantos de alabanza, que representan por así decir la cara luminosa de la historia. Por ejemplo, habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: "¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado" (Ap 19, 6-7). Nos encontramos aquí ante la típica paradoja cristiana, según la cual el sufrimiento nunca se percibe como la última palabra, sino que se ve como un momento de paso hacia la felicidad; más aún, el sufrimiento ya está impregnado misteriosamente de la alegría que brota de la esperanza.

Precisamente por esto, san Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con un último deseo, impregnado de ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Señor: "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 20). Es una de las plegarias centrales de la Iglesia naciente, que también san Pablo utiliza en su forma aramea: "Marana tha". Esta plegaria, "¡Ven, Señor nuestro!" (1 Co 16, 22) tiene varias dimensiones. Desde luego, implica ante todo la espera de la victoria definitiva del Señor, de la nueva Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo. Pero, al mismo tiempo, es también una oración eucarística: "¡Ven, Jesús, ahora!". Y Jesús viene, anticipa su llegada definitiva. De este modo, con alegría, decimos al mismo tiempo: "¡Ven ahora y ven de manera definitiva!". Esta oración tiene también un tercer significado: "Ya has venido, Señor. Estamos seguros de tu presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ¡ven de manera definitiva!". Así, con san Pablo, con el vidente de Patmos, con la cristiandad naciente, oremos también nosotros: "¡Ven, Jesús! ¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y que triunfe la paz!". Amén. 23.VIII.MMVI.

[Como hemos podido ver, S.S. Benedicto XVI ha cumplido la hazaña de sintetizar y aclarar con simplicidad, el sentido del Apocalipsis en un discurso de solo 1200 palabras].

 

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El ángel «me mostró la ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios» (Ap 21, 10-11).

La página del libro del Apocalipsis nos invita a elevar nuestra mirada hacia la Jerusalén celestial, llena de luz, resplandeciente como una piedra preciosa, como jaspe cristalino. En las representaciones de esta capilla, que hoy inauguramos, se reflejan las visiones que san Juan tuvo en la isla de Patmos, donde se encontraba «por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (Ap 1, 9).

En la pared frontal destaca la imagen de la ciudad santa, rodeada de «una muralla grande y alta con doce puertas» (Ap 21, 12). Sobre ella resplandece la gloria de la Trinidad, que ilumina a la multitud de los beatos, situados más abajo, de tres en tres, como iconos vivos del gran misterio.

Recorriendo las otras paredes nuestra mirada puede contemplar, a través de imágenes y símbolos, una síntesis grandiosa de toda la «economía» de la salvación.

2. La imagen de la Redemptoris Mater, que resalta en la pared central, pone ante nuestros ojos el misterio del amor de Dios, que se hizo hombre para darnos a nosotros, seres humanos, la capacidad de convertirnos en hijos de Dios (cf. san Agustín, Sermo 128:  PL 39, 1997).

DEDICACIÓN DE LA CAPILLA "REDEMPTORIS MATER"

 

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 Moneda griega del 390 a.C. encontrada en Éfesos-Turquía

 

CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA” - "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es El quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catech. R. 1, 10, 1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipóli to, t.a. 35).

Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es "Una" y "Apostólica" (como añade el Símbolo nicenoconstantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa ("Credo ... Ecclesiam"), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catech. R. 1, 10, 22).

 

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

 

Ya el profeta Jeremías advertía:  "El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo:  ¿quién lo conoce?" (Jr 17, 9). La traición de Judas, y también la de Pedro, muestran la gran debilidad de la naturaleza humana.

ORACIÓN - Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

 

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"En la actividad, no sean descuidados... sean cariñosos unos con otros... Que la esperanza los tenga alegres... Practiquen la hospitalidad... Bendigan... Tengan igualdad de trato unos con otros... Pónganse al nivel de la gente humilde... No muestren suficiencia... No devuelvan a nadie mal por mal... No se dejen vencer por el mal, venzan al mal a fuerza de bien" (Rm 12, 9-21).

 

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«La escritura de la historia se ve obstaculizada a veces por presiones ideológicas, políticas o económicas; en consecuencia, la verdad se ofusca y la misma historia termina por encontrarse prisionera de los poderosos. El estudio científico genuino es nuestra mejor defensa contra las presiones de ese tipo y contra las distorsiones que pueden engendrar» (1999). S.S. JUAN PABLO II

 

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Pasarán las cosas, oh Dios, pasarán las cosas y pasaré también yo; ¡Tú nunca pasarás, Tú, amor eterno!’

 

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Recristianizar una sociedad cada vez más pagana no será fácil.

Y las sectas escondidas detrás de máscaras ‘pesudo-cristianas’,

progresan en el carnaval de la ignorancia materialista y hedonista.

 

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Predicación y fidelidad de la Iglesia Católica a la revelación de Cristo:

“No podemos callar lo que hemos visto y oído” (He 4, 20)

 

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Hoy en día se persigue y fustiga a los católicos con impunidad escandalosa. Y se les condena a tener que aceptar ‘en silencio y de manos atadas’ toda calumnia, injuria y sospecha. No sea que además de todas sus afrentas se les acuse de prepotentes por replicar conforme al derecho de toda persona a defender su honra.

 

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La diferencia que existe entre un mártir y un fanático: mártir es el que es capaz de morir por amor de Dios. Fanático religioso, o de cualquier otro tipo, es el que es capaz de matar, a sí mismo y a los demás, por su dios.

 

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“El deber de la memoria forma parte de la conciencia y la historia de la Iglesia y que todos los historiadores deben tener presente a la hora de promover la verdad de un siglo XX marcado por la sangre de los mártires. Hoy nuestro lenguaje abusa de la palabra mártir, porque se habla de martirio en sentido laico e incluso para los kamikazes islámicos, pero el sahid o suicida no tiene nada que ver con el mártir cristiano”. “El mártir cristiano no se mata para matar a otras personas, sino que da la propia vida para que otros no sean asesinados, para no abandonar la propia fe, para sostener a los otros creyentes y, en definitiva, por amor”.

 

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Semilla de nuevos cristianos - El diccionario de la Real Academia Española expone, en su primera acepción, que mártir es toda aquella «persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana». Nada más. Desde las persecuciones del Imperio Romano a los cristianos de la Iglesia primitiva y hasta nuestros días, ha habido una constante en la Historia de la Iglesia católica: el martirio. Que no es otra cosa que el testimonio de la fe llevado hasta las últimas consecuencias. En España, por suerte para la Iglesia, pues «la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos», según explica su Magisterio, la circunstancia de los que han sido asesinados por odio a la fe se ha repetido con frecuencia. Y de manera más especial y cruenta durante la II República y la Guerra Civil, donde la religión fue objeto de condena a muerte, a pesar de que estos «hombres y mujeres de toda condición antes de morir perdonaron a sus verdugos», según recordó Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación de 233 de ellos en 2001.

2003-12-10 LA RAZÓN. ESP.

 

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Salmo - Cap.104 - Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad
30  Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra.
31  ¡Sea por siempre la gloria de Yahveh, en sus obras Yahveh se regocije!
32  El que mira a la tierra y ella tiembla, toca los montes y echan humo.
33 A Yahveh mientras viva he de cantar, mientras exista salmodiaré para mi Dios.
34  ¡Oh, que mi poema le complazca! Yo en Yahveh tengo mi gozo.
35  ¡Que se acaben los pecadores en la tierra, y ya no más existan los impíos! ¡Bendice a Yahveh, alma mía!

 

 

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Compendio del Catecismo de la Iglesia católica: ¿por qué no lo sabemos?
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Cristianos: ¡no nos dejemos engañar por algunos grupos, veamos este ejemplo!

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).