Saturday 20 September 2014 | Actualizada : 2014-09-14
 
Inicio > Islam > Biblioteca - 1º Alejandría incendio, queman libros; sarracenos mahometanos

y Bibliotecas antiquísimas cristianas de monasterios y arzobispado cristiano, están siendo robadas, saqueadas, quemadas, destruidas en MOSUL-IRAK IRAQ por fervorosos seguidores de Mahoma… y los que hablan de cultura y tolerancia, eh ahí el silencio... Junio – Julio 2014


El espacio más bello del mundo dedicado a la exposición de libros - El Salone Sistino /1587-1589), con su alegre decoración, es sin duda el espacio más bello del mundo dedicado a la exposición de libros. Se lo debemos al Papa Sixto V que murió el 27 de agosto de 1590, a los 69 años de edad. Fue sepultado provisoriamente en el Vaticano, pero poco después fue trasladado a la basílica de Santa María la Mayor y depositado en un magnífico sepulcro de la regia capilla del Pesebre.

 


«Queman libros y luego hombres, el «bibliocausto» precede al Holocausto»


P: El otro día tuve una discusión histórica sobre el Islam y la biblioteca de Alejandría. Según un conocido mío, la Biblioteca no fue destruida por los mahometanos, sino por los cristianos, y que fueron los musulmanes los que conservaron lo poco que quedó. Yo tenía entendido que la quemaron los que acompañaban a Alí. ¿Podría aclararme este punto, por favor?

 

R: Qué amigos tan ignorantes tiene usted, perdone que se lo diga. Fue un califa el responsable del incendio totalmente querido de la biblioteca alegando como razón que si lo que contenía no estaba en el Corán no hacía falta y que si estaba, no hacía falta.

 

P: ¿Por qué llama al sátrapa de Marruecos Sultán? ¿Se le puede aplicar al de Arabia? Si nuestro rey se convirtiera al Islam, se le podría llamar Sultán?

 

R: Lo que no se le puede llamar es sátrapa. Los sátrapas eran unos respetabilísimos funcionarios del rey de Persia. Don César VIDAL 2004-10-19; dr. en historia antigua, filósofo y teólogo. España

 

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La vivacidad cultural de las comunidades cristianas, entre las que circulaban y se traducían los códices con rapidez, sería favorecida por la actividad de Orígenes, quien fundó en Cesarea una biblioteca que competía con las famosas y nutridas de la Antigüedad y en la que se alternaban los textos cristianos y paganos; biblioteca que, por desgracia, sería vituperada y quemada por los invasores árabes en 638. El gran heredero espiritual de aquella biblioteca de Cesarea fue San Jerónimo, símbolo por excelencia de la síntesis entre el amor a las letras y el deseo de Dios. En una de sus cartas, al defenderse de quienes lo acusan de citar a autores profanos en sus obras, Jerónimo nos recuerda que el apóstol Pablo también incorporó en sus epístolas a diversos poetas griegos. Jerónimo nos demuestra que los autores cristianos estaban ya en condiciones de enfrentarse de igual a igual con un universo cultural ajeno a la Iglesia cristiana, pero del que ésta no podía (ni quería) prescindir, si en verdad deseaba asumir un destino cultural imperecedero. A esta decisiva mediación cultural añadirá Jerónimo la titánica empresa de una traducción al latín de la Biblia, llamada desde el siglo XVI Vulgata, que acabará por erigirse en el texto canónico de todo Occidente.


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328, el 9 de mayo: el gran Atanasio es elegido obispo patriarca de Alejandría.


 

 

Escritores cristianos antiquísimos, antes de las invasiones mahometanas: 

Los escritores de Alejandría y Egipto: Arrio, Alejandro de Alejandría, Atanasio, Serapión de de Thmuis, Dídimo el Ciego, Teófilo de Alejandría, Sinesio de Cirene, Nonno de Panópolis, Cirilo de Alejandría, Apéndice: Dos papiros litúrgicos de Egipto

 

Los fundadores del monaquismo egipcio: San Antonio, Ammonas, Pacomio, Orsiesio, Teodoro, Macario, el Egipcio, Macario el Alejandrino, Evagrio Póntico, Paladio, Isidoro de Pelusio, Shenute de Atripe, Los «Apophthegona Patrum»

 

Los escritores de Asia Menor : Eusebio de Nicomedia, Teognites de Nicea, Asterio el Sofista, Marcelo de Ancira, Busilio de Ancira, Los Padres Capadocios, Basilio el Grande, Gregorio de Nacianzao, Gregorio de Nisa, Anfiloquio de Iconio, Asterio de Amasea.

 

Los escritores de Antioquía y Siria: Eustacio de Antioquía, Aecio de Antioquía, Eunomio de Cícico, Eusebio de Cesarea, Acacio de Cesarea, Gelasio de Cesarea, Euzoio de Cesarea, Eusebio de Emesa, Nemesio de Emesa, Cristianismo y maniqueísmo, Hegemonio, Tito de Bostra, Cirilo de Jerusalén, Apolinar de Laodicea, Epifanio de Salamis, Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, Policronio de Apamea, San Juan Crisóstomo, Acacio de Berea, Antíoco de Ptolemaida, Severiano de Gábala, Macario de Magnesia, Hesiquio de Jerusalén, Nilo de Ancira, Marco el Ermitaño, Diadoco de Fótice, Nestorio, Euterio de Tiana, Proclo de Constantinopla, Genadio de Constantinopla, Basilio de Seleucia
Historiadores eclesiásticos de Constantinopla, Felipe de Sido, Filostorgio, Sócrates, Sozomeno, Teodoreto de Ciro.

 

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La ciudad de Alejandría nunca fue destruida (aunque ocurrieron en ella muchos choques violentos) y menos por cristianos.

 

La gran biblioteca de Alejandría fue destruida por Julio César, según cuentan muchos historiadores romanos paganos. La atribución de este hecho a los cristianos proviene de Gibbon en el siglo XVIII. Gibbon se refiere a la destrucción de un templo pagano por el emperador Teófilo, pero no hay ninguna prueba ni indicio de que en ese templo quedaran restos de la gran biblioteca, destruida antes de Cristo y luego saqueada muchas veces durante la época del Imperio pagano.


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La vivacidad cultural de las comunidades cristianas, entre las que circulaban y se traducían los códices con rapidez, sería favorecida por la actividad de Orígenes, quien fundó en Cesarea una Biblioteca que competía con las famosas y nutridas de la Antigüedad y en la que se alternaban los textos cristianos y paganos; Biblioteca que, por desgracia, sería vituperada y quemada por los invasores árabes mahometanos en 638. El gran heredero espiritual de aquella Biblioteca de Cesarea fue San Jerónimo, símbolo por excelencia de la síntesis entre el amor a las letras y el deseo de Dios. En una de sus cartas, al defenderse de quienes lo acusan de citar a autores profanos en sus obras, Jerónimo nos recuerda que el apóstol Pablo también incorporó en sus epístolas a diversos poetas griegos. Jerónimo nos demuestra que los autores cristianos estaban ya en condiciones de enfrentarse de igual a igual con un universo cultural ajeno a la Iglesia cristiana, pero del que ésta no podía (ni quería) prescindir, si en verdad deseaba asumir un destino cultural imperecedero. A esta decisiva mediación cultural añadirá Jerónimo la titánica empresa de una traducción al latín de la Biblia, llamada desde el siglo XVI Vulgata, que acabará por erigirse en el texto canónico de todo Occidente.

 

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Se suele recurrir al perverso comentario difundido por la progresía imperante acerca de las bondades del régimen islámico en la Edad Media, se suele recurrir a nombrarlo como “mas avanzado” que su contrapartida cristiana. Suelen aludir que en el Al-Andalus residía la luz y la civlización y en la España cristiana eran poco menos que brutos… Es propaganda islámica, ya en tiempos de Pelayo los cronistas musulmanes se referían a él y sus seguidores como burros y otros apelativos cariñosos. No me extraña de los islámicos, siempre que les das en las narices, incluso con su mismo libro te llaman inculto o hipócrita… Prueba de lo que realmente son.

 

Analicemos los hechos. Los muslimes del Al-Ándalus, que eran en gran medida gobernados en principio por cristianos visigóticos witizanos CONVERSOS, atesoraban gran conocimiento debido a todo lo que durante GENERACIONES se acumuló en bilbiotecas y demás. El Islam no trajo nada nuevo. De hecho si llegaron a existir notables islámicos en el campo de la filosofía fué por el desarrollo de las tesis aristotélicas que ya eran conocidas por los visigodos, y en gran parte utilizando los libros que ya existían antes de la dominación islámica.

Ésto les gano no pocas batallas con sus “hermanos” musulmanes mas fieles a la sunna. Lo que provocó no una, ni dos, sino TRES invasiones desde África para reconducir a los “herejes islámicos” a la senda del verdadero Islam.

 

Almohades, Almorávides y Benimerines.

Por su parte la zona cristiana, no vivía en la oscuridad, mientras la zona musulmana se identificaba con las tesis aristotélicas, la zona cristiana se identificaba con las tesis platónicas. Cierto es que las aristotélicas se pueden considerar un paso mas avanzadas en ciertos aspectos. Y las platónicas un punto mas conservadoras. Pero NUNCA existió una diferencia como de la noche al día. A excepción, de la diferencia que existía entre los hispanos EN SU CONJUNTO, ya fueran cristianos o musulmanes, con los INVASORES ISLÁMICOS, ya fueran árabes o imzigh, que profesaban el Islam puro y duro, tal cual su profeta les indicó… Lo cual, provocó no pocas DEPURACIONES de “herejes” e hispanos convertidos en la zona musulmana.

Entretanto la progresía actual, sigue aplicando las dosis pertinentes de propaganda islámica.

http://www.alertadigital.com/2012/08/06/el-mito-de-la-tolerancia-musulmana-en-al-andalus/

 

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Desde el siglo I en Siria y en Irak: Católicos Caldeos, Católicos Siriacos, Grecocatolicos, Católicos Maronitas

 

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Ortodoxos Asirios, Ortodoxos Griegos, y Siriacos Ortodoxos Jacobitas, así como Ortodoxos Armenios. ..Su riqueza histórica es impresionante, al igual que su Liturgia. Son de fundación Apostólica y del siglo I. Sus fieles son gente de bien.

 

 

 

De los cristianos matados, perseguidos, forzosamente exilados nadie dice nada. Mucho menos de las importantísimas bibliotecas con textos antiquísimos y con toda seguridad únicos, de las obras de arte,...ni la Unesco, ni la Onu, ni siquiera casi la misma Santa Iglesia. ¡Que los están matando! y esto es irrecuperable. Cuando el Señor nos diga: ¡Me mataron en Irak, en Siria, en...! Qué le vamos a decir. 2014 Julio

 

 

 

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Contra el bulo: los cristianos antiguos NO destruyeron la Biblioteca de Alejandría ni ninguna otra

 

José Ángel Antonio – 2009.X.14

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=14916


Amenábar impacta con sus imágenes de cristianos quemadores de libros... algo que no está demostrado en absoluto.


Mientras los talibanes volaban soldados rusos, civiles o milicias tayikas, en Occidente no importaba gran cosa. Cuando volaron las esculturas monumentales de dos budas, saltaron a la prensa como bárbaros. Occidente ha sacralizado el arte y la cultura más que a la persona.

Amenábar, con Ágora, dice que quería expresar su amor por la astronomía, pero casi ningún espectador lo entiende así. Los espectadores que saben de astronomía antigua creen que el director hace trampas con su Hipatia creyente (sin pruebas) en el heliocentrismo y, más aún, en las órbitas elípticas, algo que repugnaría a cualquier neoplatónico (Hipatia lo era), convencido de la perfección ontológica de lo esférico. 


Lo que sí entienden los espectadores es el verdadero mensaje de la película: según cita un presentador de televisión, que "hay que ver que hijos de putas son los cristianos"


El efecto psicológico (buscado o no) que Amenábar consigue meter en la cabeza del espectador es que "los malvados cristianos quemaron la Biblioteca de Alejandría". Una búsqueda por Internet demuestra que eso es lo que consigue: 


"me dió una angustia terrible la escena en la que los cristianos arrasan la Biblioteca, quemando libros.  (...) deja a los cristianos de la época a la altura del betún, pero fueron ellos los que encumbraron a asesinos al rango de santos" [Erinnia, en Meneame.net]


"los cristianos de aquella época se cargaron a conciencia la civilización grecorromana: saquearon la Biblioteca de Alejandría, cerraron la Academia de Platón y otras escuelas filosóficas" [Ulises31, en Meneame.net]


"¿El incendio de la mayor biblioteca del mundo en su tiempo y por extensión dado el momento mayor centro de conocimiento del mundo así como un punto de inflexión en la forma de transmitir y entender el mundo no merece una película?. Se siente que en ese momento y lugar los fanáticos fueran cristianos."  [Buf, comentando en Público]

"El momento de la quema de los rollos de papiro o pergaminos es tremendo, tiene una gran fuerza." [Julyexd, en FilmAffinity]

"El relato toma como punto de partida la destrucción de la biblioteca de dicha ciudad, a manos de un grupo de exaltados cristianos, que claman venganza por un ataque de los llamados paganos". [Edgar, en Filmaffinity]

Los espectadores han aprendido la lección: los cristianos antiguos odiaban la cultura y quemaban libros, incluyendo la Biblioteca de Alejandría.


Sin embargo, esto no es cierto. NO hay pruebas de que los cristianos destruyeran la Biblioteca de Alejandría ni ninguna otra de la antigüedad. Simplemente, no las hay. Ni siquiera indicios. Con una sola y dudosa excepción en Antioquía, que luego comentaremos.

Ningún texto de los que comentan la muerte de Hipatia (Sócrates Escolástico, el mucho más tardío Damascio, etc...) recoge para nada una quema de libros o destrucción de ninguna biblioteca.

El historiador ateo Edward Gibbon (y casi seguro masón), en su monumental y elegante "Auge y declive del Imperio Romano" (escrita entre 1776 y 1789), echa la culpa en su capítulo 28 al patriarca Teófilo de Alejandría de haber destruido el Serapeum (Templo de Serapis) con su valiosa biblioteca. Parece que esta afirmación de Gibbon es la que han recogido otros, como el divulgador y físico Carl Sagan (su serie Cosmos tuvo 600 millones de espectadores en 60 países y aún se vende en nuestros quioscos... con todos sus errores), y se ha repetido hasta la saciedad.

Efectivamente, parece demostrado que Teófilo dirigió la ocupación y destrucción del templo pagano de Serapis en el año 391, siguiendo las indicaciones del emperador Teodosio. Lo que no está demostrado es que en el templo hubiese ninguna biblioteca

Sobre la destrucción del Serapeum escribió el cristiano Sofronio (De la expulsión de Serapis) en un texto que se ha perdido. También Rufino Tiranio, un cristiano latino ortodoxo que vivió en Alejandría desde el 372 y murió en el 410: no habla nada de libros quemados ni destruidos en su "Historia Eclesiástica". El pagano Eunapio de Antioquía (muerto después del 400 dC), en su "Vida de Antonio" (dentro de la serie "Vidas de los Filósofos") es muy anticristiano, habla de los cristianos tan mal como puede, pero cuando menciona la destrucción del Serapeum no habla ni de derramamiento de sangre ni de libros. También Sócrates Escolástico, Hermias Sozomen, Teodoreto y Paulo Orosio hablan de la destrucción del Serapeum... pero no de libros ni librerías. 

Orosio, un amigo de San Agustín que murió en el 415, dice en su "Historia de los paganos", que en algunos casos había "cofres de libros en los templos", y que "me dicen que cuando estos templos fueron saqueados nuestros hombres se los llevaron". Es el único testimonio -cristiano o pagano- que habla de libros... y lo que dice es que hubo libros paganos que los cristianos guardaron, no que quemaron ni destruyeron. En cualquier caso, no se refiere a ninguna "biblioteca del Serapeum" ni a "la Biblioteca de Alejandría". 

Otra historia, más antigua, que habla de libros en Alejandría, es la del emperador Juliano el Apóstata. En el año 361 los alejandrinos, siempre dados al motín sangriento, aprovechando un cambio de gobierno, matan brutalmente al obispo arriano Jorge de Alejandría. Al nuevo emperador Juliano, que es pagano y anticristiano, no le importa gran cosa el asesinato: se limita a pedir a su prefecto Ecdicio (en una carta cuyo texto conservamos) que le haga llegar la biblioteca del difunto Jorge, que parece que era grande y con muchos libros de historia.

Se puede sospechar que quizá el obispo arriano Jorge había confiscado libros de templos paganos... pero no se puede demostrar, y en cualquier caso no hay ningún indicio de quema ni destrucción de libros. Esta es la última mención que tenemos a alguna biblioteca en Alejandría: los libros de Jorge que el pagano Juliano requisó.

Entonces... la quema de libros y librerías que sale en la película de Amenábar, que alude Carl Sagan en "Cosmos", que comenta Gibbon en su libro del siglo XVIII... ¿qué base histórica o documental tiene? Respuesta: ninguna. 


Pero, aunque no quemaran aquellos cristianos antiguos la biblioteca de Alejandría... ¿no quemarían muchas otras? 

La respuesta es: no, ¿por qué deberían? Es "no", porque no hay pruebas. Según  James Hannam, especialista inglés en Historia de la Ciencia, doctor por la Universidad de Cambridge, "no afirmo haber analizado todas y cada una de las fuentes antiguas, pero sí una buena parte y solo he localizado un ejemplo de destrucción deliberada de un biblioteca completa registrada por un cronista".

Hannam, autor del libro sobre ciencia medieval "God´s Philosophers", recoge un pasaje de la gran enciclopedia bizantina Suda, que habla del emperador Joviano, que afirma que, en Antioquía (Siria):

"El emperador Adriano había construido un hermoso templo para adorar a su padre Trajano, que, por órdenes del emperador Juliano, el eunuco Teófilo había convertido en una biblioteca. Joviano, por insistencia de su mujer, quemó el templo con todos los libros en él, con sus concubinas riendo y prendiendo el fuego".

El autor de este párrafo (el único que se conoce en que un cristiano quema una biblioteca en la Antigüedad), parece ser un tal Juan de Antioquía, del que solo sabemos que era cristiano, grecohablante y que debió vivir entre los siglos VI y X, muy, muy posterior a los hechos narrados.

Pero resulta rarísimo que en las obras del historiador pagano Amiano Marcelino, que fue contemporáneo a los hechos y estuvo con Joviano en Antioquía no diga ni una palabra sobre bibliotecas quemadas en la ciudad (ni tampoco sobre bibiotecas en pie), cuando en sus libros protesta a menudo cuando se cerraban (nunca quemaban o destruían) bibliotecas en otras ciudades. 

Por otro lado, aunque el emperador Joviano era oficialmente cristiano (con su gusto por las concubinas se ve que no era un asceta platónico), el retor Temistio insiste en que mostraba gran tolerancia hacia los paganos. Tampoco el gran orador pagano Libanio, que vivió en Antioquía en esa época, dice nada de una quema o destrucción de una librería. Es elocuente este silencio, porque de Libanio, ejemplo de buen idioma griego utilizado en las academias bizantinas durante siglos, conservamos muchísimos textos: discursos, conferencias y más de 1.500 cartas. Nada de librerías quemadas. 

Más aún, no hay ningún rastro en los textos que nos han llegado de que Adriano construyera un templo a Trajano en Antioquía. 

Por eso concluye Hannam como especialista en Historia de la Ciencia: 

"Si supiéramos que la quema de bibliotecas era el tipo de cosa que Joviano u otros cristianos hacían de verdad, podría haber causa para creer que pasó aquí, pero como es el único ejemplo, no podemos aceptarlo solo para reforzar nuestros prejuicios. Y aún así es el único registro de una librería destruida deliberadamente por cristianos que he podido encontrar en las fuentes y aquellos con un hacha trituradora anti-cristianos deberían usar este caso, en vez del de Alejandría. Más aún, este caso demuestra que a los escritores cristianos no les molestaba dejar constancia de un hecho así, ni repetirlo de otras fuentes. Contrariamente a las alegaciones de muchos escépticos, los escribas cristianos no se esforzaron en censurar esta fechoría de Joviano aunque fuera un emperador cristiano". 

Pero, si los cristianos no quemaban bibliotecas, y no hay ninguna prueba de que quemaran nada con letras en Alejandría... ¿quién destruyó la famosa biblioteca de Alejandría con sus 500.000 volúmenes (según Sagan)? 


Para empezar, lo de los 500.000 volúmenes es más que dudoso. El historiador Lionel Casson, en su libro "Libraries of the Ancient World", examina la capacidad de los edificios que albergaron bibliotecas famosas en la Antigüedad y establece su tamaño: la Biblioteca Palatina del Templo de Apolo en Roma (6.000 rollos), la de los baños de Caracalla en Roma (7.500 rollos), la de Adriano en Atenas (10.000 libros) y la de Pérgamo (30.000).

Dice Plutarco que después de que los combates de César quemasen muchos libros en Alejandría, Marco Antonio regaló a Cleopatra como compensación los 200.000 libros de la Biblioteca de Pérgamo. Casson demuestra que es imposible meter doscientos mil rollos en los edificios de Pérgamo: 30.000 es un número realista. 

De igual forma, Séneca, en su obra de juventud "Sobre la tranquilidad de la mente", habla de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, le echa la culpa a las guerras de Julio César y considera que se quemaron unos 40.000 libros. Esta parece la cifra más seria para evaluar el tamaño de la Biblioteca Real de Alejandría. 

¿Quién destruyó, en cualquier caso, la Biblioteca? Antes del s.I y II, nadie habla de la destrucción de la Biblioteca. Es en el siglo I, muerta la dinastía Julia, la familia de Julio César, que tenemos autores hablando de su destrucción y diciendo que fue Julio César en su guerra contra Pompeyo y el faraón Ptolomeo, hermano de Cleopatra, en el 47-48 aC: lo dicen Séneca, Plutarco, Gelio... y mucho más tarde el muy pagano y anticristiano Amiano Marcelino (muerto entre el 391 y el 400 dC).

Incluso si Julio César no lo destruyó todo, a Alejandría le pasaron muchas cosas antes de que hubiera motines de cristianos descontrolados en la ciudad: hubo un motín sangriento de judíos en el 116 dC, una masacre ordenada por Caracalla en el 215, el emperador Aureliano (filósofo estoico, el "emperador sabio" de "Gladiator", y muy anticristiano) saqueó Alejandría en el 273 y redujo a escombros la zona del palacio, Diocleciano (cruel perseguidor de cristianos) la resaqueó en el 297... Hubo un par de terremotos, y, ya en la Edad Media, se hundió la parte clásica de la ciudad en el mar, por lo que hacer arqueología es complicado. 

Cuando Teófilo destruye el Serapeum, no hay pruebas de que queden libros. En la época de Hipatia, no hay pruebas de ninguna biblioteca. Cuando en el 640 los musulmanes conquistan Alejandría, la ciudad es una sombra de su pasado. La conquista la narra con todo detalle el cronista cristiano copto Juan de Nikiu (murió después del 640) y no recoge ninguna destrucción de bibliotecas por parte de los musulmanes.

Los rumores acerca de que el califa Omar dijo: "si los libros refuerzan el Corán son innecesarios, si lo refutan, son falsos" parecen circular ya en el siglo IX, porque hay un manuscrito en siríaco de este siglo, escrito por un monje, en que el califa aparece debatiendo con un cristiano y usando esa frase (se menciona en The Vanished Library, según Hannam). Pero no aparece ninguna orden de quemar libros. 

En el siglo XII el cronista Abd Al Latif habla de las ruinas del Serapeum en Alejandría, recordando que tenía muchos libros. En el siglo XIII el gran obispo cristiano jacobita Gregorio Bar Hebreus (Abd Al Faraj, en árabe), cuenta la historia de que Omar dijo la frase famosa y ordenó quemar los libros de la Biblioteca... pero ambos textos se escribieron más de 500 años después de los hechos, y en el caso del obispo cristiano cabe dudar de narración, ya que con mucho gusto querría presentar a sus opresores musulmanes como enemigos de la cultura.

RESUMEN

Después de la quema de libros durante las luchas de César en el s.I aC, lo que quedara de la biblioteca de Alejandría desapareció en infinitos saqueos, muchos a cargo de paganos (Aureliano, Caracalla, Diocleciano...). No hay pruebas de que hubiese libros en el Serapeum en su destrucción del 391. No hay textos que recojan destrucciones de bibliotecas antiguas a cargo de cristianos. El único caso, dudoso, es el de Antioquía... y sirve para demostrar que, si se hubieran producido, la enciclopedia bizantina Suda y otros textos (cristianos y paganos, como los de Amiano Marcelino) nos lo hubieran transmitido, como nos han transmitido otras barbaridades... incluyendo la muerte de Hipatia a manos de unos descontrolados.

Si nadie ha censurado el caso de Hipatia (que nos ha llegado por cronistas cristianos en toda su crudeza), sólo los más crédulos pueden pensar en conspiraciones que censuren la destrucción de bibliotecas a manos de cristianos. Simplemente, esto no pasó: las guerras, los bárbaros, los incendios fortuitos y la falta de transmisión escrita en tiempos que copiar un texto costaba mucho tiempo y dinero se encargaron de ello.

No fue culpa de los cristianos. De hecho, casi todo lo que se salvó para Occidente, fue gracias a una institución, la Iglesia, en que miles de hombres dedicaron su vida, en celibato y pobreza, a copiar textos antiguos, en condiciones duras y rodeados de violentas guerras.


"Tres cosas teme mi corazón, y una cuarta me da miedo: calumnia en la ciudad, motín popular, y falsa acusación: todo ello es peor que la muerte (...)" [ Eclesiástico, cap.26, v. 5 ].

 

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En Alàndalus, su capital Córdoba se convierte en el centro del mundo. Maimonides y Averrroes dejan sus huellas en el pensamiento posterior, siglos de prosperidad de tolerancia racial y religiosa. ¿Qué opinión le merece?


Debe estar usted de broma porque Maimónides tuvo que salir huyendo para evitar que lo mataran después de obligarle a convertirse al islam (lea mi "El médico de Sefarad") y Averroes también se exilió porque después de que quemaran sus libros por las calles se temía que le hicieran algo semejante. Si a eso le llama usted tolerancia...

Don César VIDAL dr.en historia, y filosofía y teología, es abogado;2005-01-11 L.D. 


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El incendio de la Biblioteca de Alejandría.  El califa Omar argumentó de la siguiente manera: «Los libros de la biblioteca, o bien contradicen el Corán, y entonces son peligrosos, o bien coinciden con el Corán, y entonces no son necesarios».


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¿Quién destruyó los escritos de Epicuro de la Biblioteca de Alejandría? Siempre había escuchado que fueron algunos cristianos, pero creo que usted no piensa lo mismo. ¿Quién los quemó?


La biblioteca de Alejandría sufrió dos incendios terribles. El primero fue casual y se produjo durante la guerra alejandrina que mantuvo César aliado con Cleopatra, el segundo fue absolutamente voluntario y se debió al califa Omar que alegaba que si lo que había en la biblioteca no estaba en el Corán era prescindible y si lo estaba, también resultaba prescindible.

 César VIDAL-Dr.en historia antigua, filosofía, teología, licenciado en derecho – Esp. 2005.05.03 


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Su Eminencia el doctor Giuseppe Cardenal Gaspare Mezzofanti (1774-1849), que era también profesor de lenguas orientales y de griego a la Universidad de Bologna, Italia, conocía bien 58 lenguas con sus relativos dialectos. A los núcleos históricos de la Biblioteca (otrora Pontificia) de Bologna,  en el curso de los siglos XIX y XX, importantes ofertas, donaciones y adquisiciones de fondos especiales, la han enriquecido. Ya en el 1857, la librería políglota del Cardenal Giuseppe Gaspare Mezzofanti, fue adquirida por el Papa Pío IX a un valor de 2000 escudos que, posteriormente donó el mismo Papa, a la Biblioteca de Bologna.

 

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El cristianismo entre los siglos VI y VIII era el factor que determinaba la vida de pueblos enteros. Mientras Bizancio sometía a la Iglesia al poder imperial, en Europa la autonomía del papado respecto al poder político garantizó cuanto había de bueno en las diversas tradiciones, favoreciendo una síntesis extremadamente original: la Edad Media. Largo fue es verdad y penoso camino con enfrentamientos,. Mientras que en el islamismo la separación -en los albores del tercer milenio-, es imposible por el carácter de ‘estructura política religiosa’ que lo anquilosa produciendo orgías de masacres, persecuciones, odios perennes, consecuentes con ‘el llamamiento al asesinato’, según la ley coránica.

 

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La raíz greco-judeo-latina es la base de la civilización occidental. Y la ética de Aristóteles, la de la convivencia cívica, se debe largamente al monaquismo cristiano, ciertos y algunos Padres de la Iglesia que la supieron preservar, estudiar, copiar, traducir y transmitir. Magna y tan poco valorada la labor de esos monjes en la transposición de una lengua a otra, la difícil transliteración del griego al siríaco, de este luego al árabe, etc). No es cuestión de desprecio al arabismo, es cuestión de ubicar los hechos y unificarlos, adentrarnos en la historia, su realidad cultural, con la mayor objetividad y racionalidad posibles, recurrir a las fuentes reconocidas apodícticas, huyendo de capciosas ocurrencias islamistas.


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Las conquistas árabes supusieron en un primer periodo algo parecido a las de los pueblos germánicos en Europa occidental: la brillante civilización sasánida quedó arruinada, ciudades enteras fueron masacradas y otras abandonadas, la academia de Gundishapur, un faro intelectual del mundo en la época, asolada y su magnífica biblioteca quemada. También fue arruinada la cultura bizantina en el Oriente Próximo y quemada la biblioteca de Alejandría, que ya había sufrido incendios en otros momentos. Algunos dudan de que su última destrucción correspondiera a los musulmanes, pero lo cierto es que aquel centro cultural no volvió a desempeñar ningún papel desde entonces.


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Toulouse- Francia: 2005-11-05 - Al final de la tarde una turba de jóvenes mahometanos incendian una biblioteca pública.


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Durante la responsabilidad del gobierno del Sr. Zapatero- Robos…

¿Por qué tanta indiferencia a un depósito del saber? - 2007.VIII.

 

Biblioteca Nacional: Hubo un agujero en la seguridad

 

Desaparición de láminas de dos incunables de la «Cosmographia» de Ptolomeo

 

POR JESÚS GARCÍA CALERO

La Biblioteca Nacional (BN) tuvo un agujero de seguridad entre agosto y octubre de 2006, tal y como se desprende de las quejas de numerosos trabajadores, que ha conocido ABC, al día siguiente de denunciarse la desaparición de láminas de dos incunables de la «Cosmographia» de Ptolomeo. A pesar de que su directora, Rosa Regàs, afirmó ayer que las medidas no cambian desde 1990, lo cierto es que se refería a las condiciones generales de seguridad, que atañen a asuntos como incendios y se aprobaron entonces. Pero las disposiciones relativas al acceso de investigadores y lectores sí han cambiado, bajo sus indicaciones, para armonizarlas con el criterio de la nueva dirección. Lo corroboran decenas de usuarios, algunos que llevan décadas investigando, y todos coinciden en que algo ocurrió entre agosto y octubre del año pasado:

«Era alucinante —comenta A., que desea mantener su nombre completo en el anonimato—; acostumbrados a que revisaran nuestras pertenencias tanto a la entrada como a la salida meticulosamente, abriendo carpetas y todo, no daba crédito cuando me vi entrando y saliendo a diario de la sala de Raros —la Cervantes— sin ser revisado». Hasta 2006 no se permitían abrigos, ni bolsos de más del tamaño de un libro, se controlaban todo tipo de objetos y se revisaban las carpetas al entrar y al salir. Todo ello sumado a las cámaras y detectores de libros.

Pero en agosto de 2006, los vigilantes, además, dejaron de rondar por la sala, por orden de la directora técnica, Teresa Malo. Se llegó a pedir a los asistentes y bibliotecarios que vigilasen, lo que produjo roces laborales porque no es su responsabilidad ni su función de servicio al público. Según relatan varios empleados, hubo fuertes discusiones entre Malo y el jefe de seguridad, el comisario Eduardo Raldúa, quien no estaba de acuerdo con relajar los controles según la orden de la dirección.  ‘ABC’ ESP. 2007-08-26

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Expolio en la biblioteca de Regàs – Ministra en el gobierno socialista.

 

LA desaparición de dos mapamundis de Ptolomeo en sendos incunables custodiados en la Biblioteca Nacional representa un hecho de extraordinaria gravedad. La pésima gestión de Rosa Regàs al frente de la principal biblioteca de España es ya algo más que una anécdota para convertirse en un auténtico problema. El nuevo ministro de Cultura debe intervenir de inmediato si no quiere que el asunto se le vaya de las manos en los pocos meses que faltan para el final de la legislatura. Regàs ha conseguido convertirse en protagonista por su facilidad para buscar la discordia: está enfrentada con los funcionarios, es incapaz de encontrar un gerente a su gusto y ha provocado polémicas absurdas como el traslado -felizmente anulado- de la estatua de Menéndez Pelayo. El sectarismo político e intelectual del que hace gala la veterana escritora catalana supera los límites del sentido común más elemental. Una vez dijo en Buenos Aires que se sentía perseguida e insultada por las calles de Madrid. Hace poco se superó a sí misma mostrando su alegría por el hecho, puramente imaginario, de que se lean pocos periódicos, ya que -según su particular juicio- la prensa va siempre en contra del Gobierno. Regàs ha distinguido con frecuencia a ABC con una singular antipatía que, como es natural, no influye en absoluto en el juicio objetivamente negativo que merece su labor en una institución de máxima relevancia. No obstante, lo que hasta ahora podía entrar en el terreno del debate cultural y político se ha convertido con este último episodio en una gravísima quiebra de su función como directora, que debería encontrar una respuesta inmediata por parte del Gobierno.

Una situación como ésta exige un serio replanteamiento de las medidas de seguridad en la Biblioteca Nacional y del acceso de según qué personas a fondos tan valiosos. Parece, sin embargo, que el asunto de la seguridad no era una de las prioridades de Regàs. Ahora habrá que confiar en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que han realizado más de una vez brillantes operaciones en la lucha contra el expolio del patrimonio, como es el caso de la recuperación hace unos años por la Guardia Civil del ejemplar del Beato de Liébana robado en la Seo de Urgel. Es cierto, por supuesto, que la mejor política de protección del patrimonio requiere una labor de carácter preventivo. Los gestores culturales están al servicio de las instituciones y de la propia cultura española, y no del Gobierno de turno. Es absurdo tener al frente de la Biblioteca Nacional a una persona obsesionada por enfoques puramente sectarios y partidistas y que hace gala de un «progresismo» trasnochado y atrincherado. Lo peor de todo es que la directora malgasta su tiempo en ocupar un protagonismo que no le corresponde, cuando debería atender a las cuestiones que realmente importan para el buen funcionamiento de una institución que, de largo, le supera.

 

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La Gran Biblioteca de Alejandría

 

La Gran Biblioteca de Alejandría, llamada así para distinguirla de la pequeña o "hermana" biblioteca en el Serapeum, fue fundada por los primeros Ptolomeos con el propósito de ayudar al mantenimiento de la civilización Griega en el interior de la muy conservadora civilización Egipcia. Si bien es cierto que el traslado de Demetrio Phalero a Alejandría en el año 296-295 a.C., está relacionado con la organización de la biblioteca, también lo es que por lo menos el plan de esta institución fue elaborado bajo Ptolomeo Sotero (muerto alrededor de 284 A.C.), y que la finalización de la obra y su conexión con el Museo fue la obra máxima de su sucesor, Ptolomeo Philadelpho. Como Estrabón no hace mención de la biblioteca en su descripción de los edificios del puerto, parece claro que no estaba en esta parte de la ciudad, además, su conexión con el Museo, permite ubicarla en el Brucheion o noreste de la ciudad.


Se cuentan muchas anécdotas acerca de los medios que fueron utilizados para la adquisición de los libros. Los barcos que entraban al puerto eran forzados a entregar cualquier manuscrito que llevasen y a tomar copias en su lugar. La copia oficial del trabajo de tres grandes tragedias provenientes de Atenas fue retenida por el incumplimiento en el depósito de quince talentos que habían sido prometido por su devolución. La rivalidad entre Alejandría y Pérgamo llegó a ser tan intensa que con el fin de perjudicar a la segunda la exportación del papiro fue prohibida. La necesidad los llevó a perfeccionar el método de preparar pieles para recibir la escritura; este nuevo y mejor material es conocido como "charta pergamena", del que se deriva la palabra inglesa "parchment". Esta rivalidad fue también la ocasión de la composición de muchas obras espurias y de invenciones para darle a los manuscritos la apariencia de una falsa antigüedad, y también de apresuramientos y malas copias. El cálculo del número de libros así obtenidos es variado, y las discrepancias se deben en parte al hecho de que las informaciones provienen de diversos períodos. Se dice que Demetrio Phalero dijo que el número de rollos de papiro era de 200.000, pero que el esperaba aumentarlo hasta 500.000. En el tiempo de Callimaco se habla de 490.000 rollos; más tarde, Aulo Gellio y Ammianus Marcellius hablan de 700.000 rollos. Orosio, por otra parte, habla sólo de 400.000, al tiempo que Séneca dice que 40.000 rollos fueron quemados (probablemente un error por 400.000).

El primer bibliotecario fue Zenodoto (234 A.C.). Seguido por Eratóstenes (234-195 A.C.); Aristófanes de Bizancio (195-181 A.C.); y Aristarco de Samotracia (181-171 A.C.), todos nombres de famosos estudiosos. La inclusión en esta lista de Calímaco y Apolonio de Rodas tiene poca autoridad y parece cronológicamente imposible. El trabajo de estos hombres consistió en la clasificación, catalogación y edición de las obras de la literatura Griega y ejercieron una profunda y permanente influencia no sólo por la forma de los libros, de sus subdivisiones y su disposición sino también por la transmisión de textos en todas las fases de la historia de la literatura.

Después de Aristarco la importancia de la biblioteca fue poca. En el 47 A.C. César se vio impelido a quemar su flota para impedir que cayera en manos de los Egipcios. El fuego se extendió a los documentos y al arsenal naval y destruyó 400.000 rollos. Es más probable según el relato de Orosio que esto no ocurrió en la biblioteca misma, por cuanto los rollos había sido trasladados de ella al puerto para embarcarlos a Roma; esta opinión es confirmada por la narración del autor de la "Bellum Alexadrinum" según la cual Alejandría había sido construida de tal manera que estuviera a salvo de una gran conflagración.
Séneca y Gellio también hablan sólo de la quema de los manuscritos, este último presentándola como de completa. Menos cuidadosamente Plutarco y Dio Cassio hablan de la quema de la biblioteca, pero de haber sido este el caso se debería encontrar mención de tal hecho Cicerón y en Estrabón.

 

La pérdida de libros fue parcialmente reparada por el regalo a Antonio por parte de Cleopatra, en el año 41 D.C., de 200.000 volúmenes provenientes de la biblioteca de Pérgamo. Domiciano extrajo e hizo transcripciones de la biblioteca. Bajo Aurelio, en el año 272 de nuestra era, una gran parte del Brucheion fue destrozada y es muy probable que la biblioteca también pereciera en este tiempo. La pequeña biblioteca de Serafis se supone que pereció cuando el Templo de Serafis fue destruido por Teóphilo, pero no hay una narración definitiva de este hecho. En la época de Gibbon, la más generalizada versión de la destrucción de la biblioteca fue la de que al momento de la captura de la ciudad por los Musulmanes en el 642 D.C., Juan Philoponos, habiendo hecho amistad con el general Amrou, le demandó el regalo de la biblioteca. Amrou le refirió el dato al Califa Omar y recibió esta respuesta: Si los escritos de los Griegos concuerdan con el libro de Dios, ellos no son necesarios, y no necesitan ser preservados; y si están en desacuerdo, son perniciosos, y deben ser destruidos.

 

En consecuencia ellos fueron usados en los baños como leña por seis meses. Esta historia es ahora generalmente desacreditada, principalmente porque se basa sólo sobre la autoridad de Abulpharagius, un escrito de seis siglos después, de la que los primeros escritores, especialmente Eustaquio y Elmacin, no hacen mención de ella. Por otra parte, el acto es contrario «en parte»a las costumbres musulmanas; además, Juan Philoponos vivió cerca de un siglo después de la captura de la ciudad y la narración del tiempo que los rollos duraron como combustible de los baños es absurdo. Finalmente, está la evidencia dada antes de la anterior destrucción de la biblioteca.

 

SANDYS, A History of Classical Scholarship (Cambridge, 1903); RITSCHL, Opuscula Philologica, I; SUSEMIHL, Geschichte der gr. Litteratur in der Alexandrinerzeit (Leipzig, 1891); DZIATZKO, in PAULY-WISSOWA, Real-Encyclopædie, III, 409-414.
GEORGE MELVILLE BOLLING - Transcrito por Thomas J. Bress
Traducido por José Octavio Lara, Pbro. Parroquia Nuestro Señor de los Cristales.

 

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‘Biblioteca divina’

Filología e historia de los textos cristianos.

Giovanni Maria Vian

 

Por JUAN MANUEL DE PRADA. Escritor

LEO en estos días un libro que fervorosamente les recomiendo, recién publicado en España por Ediciones Cristiandad bajo el título de Filología e historia de los textos cristianos. Su autor, Giovanni Maria Vian, con quien compartí semanas inolvidables en el último abril romano, traza la vertiginosa historia de los textos cristianos, desde sus orígenes a nuestra época; lo hace, además, con una vocación de amenidad que no se riñe con la erudición y permite al lector pasearse por sus páginas como si estuviera presenciando episodios de una fulgurante epopeya. Y como epopeya, en verdad, debe calificarse el esfuerzo de tantos hombres sabios que, alumbrados por el quod divinum horaciano, acometieron la empresa de fijar por escrito las enseñanzas del Mesías; empresa que, a la postre, amén de fundar una colección de libros de Dios -bibliotheca divina-, salvaría la cultura occidental. Frente al furor biblioclasta de otras religiones, que apenas hubieron alcanzado cierto grado de hegemonía se dedicaron a destruir el patrimonio que las precedía, el cristianismo nació con el muy diverso propósito de resguardar, asimilar y enriquecer el pensamiento y la literatura grecolatinos, pese a proceder de una cultura «enemiga» que lo había perseguido con ferocidad. ¿Por qué el cristianismo, en lugar de arrasar ese legado, se encargó de su protección y estudio? El libro de Vian, al dilucidar este enigma, explica la genealogía misma de la cultura occidental (que es tanto como decir cristiana), preservada por la fe en la Palabra que ha caracterizado a los discípulos de Jesús.

Esta misión providencial del cristianismo ya se nos anticipa en el prólogo del Evangelio de Juan, donde se identifica a Jesús con el logos, término que generalmente se ha traducido como Verbo, pero que alude a un ser divino preexistente, creador del mundo, que sin embargo se hace carne y acampa entre nosotros. La identificación de ese Dios cristiano con el logos establece, ya desde sus inicios, la especial vinculación del cristianismo con la palabra. Saulo de Tarso, que con el renovado nombre de Pablo se convertiría en el gran propagandista de la religión naciente, sentó con su predicación a los gentiles los cimientos de esta fecunda epopeya de difusión cultural. San Pablo escribió además en griego una serie de epístolas que formarían el primer corpus textual cristiano. Sus seguidores, imitando este ejemplo de ecumenismo, adoptarían como propia la llamada Biblia de los Setenta; de este modo, al releer la ley mosaica en la lengua de Platón, el cristianismo multiplicó ad infinitum sus posibilidades de influencia cultural.

El siguiente paso en este prodigioso proceso de salvamento cultural consistiría en injertar las ramas de la cultura pagana en el tronco cristiano. San Justino aseguró que las semillas del logos (el Verbo cristiano) eran innatas al género humano y, por lo tanto, ya habían alumbrado con sus destellos a los filósofos y poetas paganos. Una vez integrada en el patrimonio cultural cristiano, la teoría de Justino decretaría la absolución de unos textos que, de lo contrario, habrían corrido una suerte aciaga y propiciaría, por ejemplo, que la cuarta égloga de Virgilio fuese leída como un anuncio de la llegada del Mesías. Muchos siglos después, Dante elegiría a Virgilio como guía en su viaje de ultratumba, completando de este modo la «canonización» del paganismo.

La vivacidad cultural de las comunidades cristianas, entre las que circulaban y se traducían los códices con rapidez, sería favorecida por la actividad de Orígenes, quien fundó en Cesarea una biblioteca que competía con las famosas y nutridas de la Antigüedad y en la que se alternaban los textos cristianos y paganos; biblioteca que, por desgracia,
sería vituperada y quemada por los invasores árabes en 638. El gran heredero espiritual de aquella biblioteca de Cesarea fue San Jerónimo, símbolo por excelencia de la síntesis entre el amor a las letras y el deseo de Dios. En una de sus cartas, al defenderse de quienes lo acusan de citar a autores profanos en sus obras, Jerónimo nos recuerda que el apóstol Pablo también incorporó en sus epístolas a diversos poetas griegos. Jerónimo nos demuestra que los autores cristianos estaban ya en condiciones de enfrentarse de igual a igual con un universo cultural ajeno a la Iglesia cristiana, pero del que ésta no podía (ni quería) prescindir, si en verdad deseaba asumir un destino cultural imperecedero. A esta decisiva mediación cultural añadirá Jerónimo la titánica empresa de una traducción al latín de la Biblia, llamada desde el siglo XVI Vulgata, que acabará por erigirse en el texto canónico de todo Occidente.

San Jerónimo, por cierto, tuvo ocasión de conocer una nueva forma de vida cristiana venida de Oriente. Nos estamos refiriendo, claro está, al monaquismo, uno de los fenómenos más importantes, duraderos y característicos del cristianismo desde comienzos del siglo IV. La opción monástica, que se configuró como un intento radical de imitatio Christi, fue también la principal vía de conservación y propagación de la palabra escrita. Quizá el más hermoso y perdurable emblema de la significación del cristianismo como argamasa que favoreció la transmisión de la cultura nos lo brinde aquel famoso pasaje de las Confesiones donde San Agustín nos narra, con estupefacta y reverencial perplejidad, el efecto que le causó descubrir que su mentor, San Ambrosio, era capaz de leer en silencio, sin bisbisear ni mover los labios, algo completamente insólito en la Antigüedad. La figura titánica de San Agustín (quien, antes de su conversión, había sido maestro de retórica) revela, por cierto, un espíritu curioso, capaz de acoger la cultura clásica con generosidad, pero también de juzgarla y superarla, inventando ideas y formas de las que se nutrirían los cristianos venideros.

De nuestro San Isidoro, autor de unas Etymologiae que sintetizan y ordenan todo el saber antiguo, rescata Vian unos versos que condensan el espíritu de coexistencia pacífica del cristianismo y la cultura clásica: «He aquí muchos escritos sagrados, he aquí muchos escritos profanos. De ellos, si amas la poesía, toma, lee. Verás prados llenos de espinas y muchas flores. Si no quieres las espinas, coge las rosas». Si el cristianismo no se hubiera preocupado de cuidar ese prado florido, hoy contemplaríamos un yermo invadido por la niebla. Esta misión providencial se hará todavía más patente en los siglos posteriores, injustamente tachados de oscuros. En los scriptoria de los monasterios medievales («alegres fábricas del saber», en luminosa acuñación de Umberto Eco), miles de monjes amanuenses se quemarían las pestañas para transcribir un legado que, a la postre, vencería las asechanzas del fuego y la vesania de los hombres. Luego, los humanistas del Renacimiento recogerían esa gran herencia medieval, propiciando un nuevo e inagotable diálogo con la Antigüedad pagana.

Giovanni Maria Vian nos ofrece una historia cultural del cristianismo, concebido como biblioteca divina -«libros que se buscaron y se encontraron, se leyeron y se tradujeron, se copiaron y se transmitieron»- que ampara, estimula y enriquece la incesante biblioteca humana. El invento de Gutenberg aguardaba, fragante de tinta fresca, el momento de multiplicar aquel inabarcable legado que el cristianismo había librado de la incuria o la mera disgregación en el olvido. La luz del Verbo había alumbrado la singladura de las palabras a través de océanos procelosos y arrecifes de sombra, hasta dejarlas, quince siglos después, en la orilla segura y benéfica de la imprenta. Nuestra genealogía cultural no se puede explicar (ni siquiera se puede concebir) sin esta epopeya emocionante; una epopeya que algunos falsificadores con mando en plaza pretenden negar y -lo que aún resulta más oprobioso- hurtar a nuestros hijos. 2006-03-17’ABC’ESP.

 

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  «Suele ser común, incluso entre algunos autores de libros de Historia, referirse a la tolerancia religiosa de los romanos. Sin embargo, ésa es, como mucho, una verdad a medias. Es cierto que los romanos solían no oponerse a los cultos de los países conquistados. Sin embargo, actuaban así porque, siendo profundamente religiosos e irrenunciablemente pragmáticos, no deseaban indisponerse con divinidades desconocidas. Una vez que creían conocer al dios en cuestión y cómo tratarle, por supuesto, no tenían empacho en declarar determinadas religiones como ilícitas y en adoptar medidas represivas concretas, si así lo juzgaban conveniente. Augusto, por ejemplo, ordenó quemar libros sagrados de la religión etrusca porque le parecía que podían contener profecías incómodas políticamente. Por lo que se refiere a Tiberio – y con él otros emperadores – no se sintió cohibido a la hora de descargar su cólera sobre determinadas religiones orientales. La situación para San Pablo, por lo tanto, no resultaba fácil. De hecho, ya existía un precedente que podía usarse para condenarle y proscribir el cristianismo, e incluso unos de sus colaboradores lo había sufrido en carne propia». Dr. Historiador, escritor y abogado, don César VIDAL.2004.09.17 L.D. España

 

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SARRACENOS

 

Vinieron los sarracenos

y nos molieron a palos,

que Dios ayuda a los malos

cuando son más que los buenos

 

Pregunta don Graciano por el origen de esa conocida cuarteta y si pertenece a un poema mayor.

 

Antes de nada, debe recordarse que “sarracenos” (= moros, musulmanes) se deriva de una palabra árabe que significa “orientales”. Claramente se alude a las luchas centenarias que llamamos Reconquista. José María Iribarren recoge un texto referido a las hazañas del maestre don Rodrigo Manrique (padre del aún más famoso Jorge Manrique, siglo XV). Ahí se dice: “No suele vencer la muchedumbre de los moros al esfuerzo de los cristianos, cuando (estos) son buenos, aunque no (sean) tantos”. La idea seguramente es mostrenca; la han pensado muchas personas en las más diversas circunstancias. Lo más divertido es que la cuarteta famosa da la vuelta a la lógica histórica y al deseo de los cristianos de vencer a los moros. Es un ejemplo maravilloso de esa mezcla de fatalismo e ironía, que tanto se cultiva en España. Aunque lo parezca, la cuarteta no fue un invento de “la venganza de don Mendo”, de Pedro Muñoz Seca. 2005-06-23 L.D. AMANDO DE MIGUEL.

 

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ISLAM ¡QUEMAR LIBROS, ES ORDEN!-España 2004

 

Los imanes obligan a los presos árabes a quemar libros y aparatos de televisión y radio en las cárceles ESPAÑOLAS - 2004-10-07

 

Bajo amenazas y coacciones, tampoco les dejan leer prensa, ni cualquier otro texto que no sea el Corán Les impiden, además, ser atendidos por personal sanitario femenino También gozan de media hora más de patio para terminar su rezo

 

Han impuesto en las prisiones una disciplina de corte islamista. Los imanes se han hecho dueños del colectivo de presos árabes en las cárceles hasta el punto de que una señal suya es suficiente para que ninguno acuda a la revisión médica si es una mujer la que les va a poner las manos encima. Les obligan a romper los aparatos de televisión, los de radio y les prohíben leer prensa o libros que no sean el Corán. En los cacheos, a los funcionarios no les dejan tocar el libro sagrado «con sus manos impuras». La oración es sagrada. Si por motivos de reglamento ésta es interrumpida, al día siguiente hay plante. En la cárcel de Almería, los internos árabes gozan del privilegio de media hora más «de patio» que el resto para que así puedan terminar su rezo. Juan C. Serrano  2004.10.07 Madrid – ESPAÑA.  La Razón.

De esta forma, los imanes impiden que lean prensa ni libros que no sean el Corán y tampoco les dejan escuchar la radio ni ver la televisión, hasta el punto de que en varias ocasiones estos aparatos han sido destruidos a golpes….

 

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INCENDIOS DE BIBLIOTECAS.

 

EN EGIPTO Y EN CHINA LOS PRIMEROS INCENDIOS DE BIBLIOTECAS.

 

Desde la destrucción de la Biblioteca de Tebe por parte de Akhenaton (1358 a.C.) a las empresas destructoras de los mongoles que destruyeron completamente 36 bibliotecas en Bagdad en el 1258…

 

El egipciano Akhenaton que en el 1358 a.C. destruyó la biblioteca de Tebe (después hizo construir otra pero -los religiosos- por venganza, a su muerte la incendiaron). Shih Huang Ti, el fundador de la dinastía Ch’in, que desea eliminar para siempre las obras de Confucio como de otros filósofos y, consecuentemente, dio fuego a todos los libros escritos antes de él: tres mil años de cronología cancelados en un día.

 

Sobre la biblioteca de Alejandría de Egipto podemos decir que, según algunas fuentes, en su máximo esplendor contenía entre 700.000 y un millón de rollos –papiros y pergaminos- griegos, egipcianos, babilónicos, asirios, fenicios y persas. Era el sueño de Tolomeo I,  recoger en un único lugar el saber universal y hacerlo traducir al griego. Según la tradición, fue Julio César, en la campaña contra el último de los Tolomeo, en el año 48 a.C.,  quien destruyó la biblioteca. En realidad, en aquella ocasión quemáronse sólo algunos depósitos de libros, y no el edificio central. Otros narran que fue Aureliano, en el 267 d.C., al aplicar el fuego durante la guerra contra la región Cenobita. Pero la versión que parece mejor fundada y que tiene más sostenedores merecedores de crédito, es la que se atribuye el incendio a los árabes. Fue el emir Amr Ibn al-As a dar todo a las llamas, en el año 641: «Si el contenido de los libros está acorde con el libro de Allah, nosotros podemos perderlos {no lo necesitamos}, desde el momento que el libro de Allah es más que suficiente. Si en vez contienen cualquier cosa de deforme, no tenemos ninguna necesidad de conservarlos. Procede y destrúyelos», le ordenó el califa Omar. Fueron necesarios seis meses para quemar todo.

 

Las obras del sofista Protágoras, excluido de la ciudad, fueron quemadas en la plaza pública de Atenas en el 411 a.C. ¿Cuál fue su culpa? Haber escrito, y no poder acertar –acerca de los dioses- «ni cómo son ni cómo no son, exponiéndose así a muchas cosas: la oscuridad del argumento y la brevedad de la vida humana», recuerda Diógenes Laercio.

 

Tácito, en los «Anales», revoca el episodio del Senador republicano Cremuzio Cordo, cuyos escritos fueron ignorados por Tiberio porque había osado exaltar a Bruto: «Si quieren culpar mis palabras, a tal punto soy inocente en los hechos», defiéndese Cremuzio. Después asistió a la hoguera de sus libros y se dejó morir de tristeza y melancolía.  También Augusto hizo quemar las obras históricas «desagradables». Calígula redujo a cenizas los versos de Homero y de Virgilio, mientras Diocleciano ordenó que fueran quemados todos los libros cristianos. Sin olvidar la cantidad enorme de libros que se perdieron a causa de las devastaciones de los sarracenos (mahometanos) a mediados del siglo IX. { 846 d.C. Los mahometanos (musulmanes-sarracenos)  llegan a Ostia, remontan el Tiber y – tras cometer crímenes horrendos- saquean los tesoros y las bibliotecas de las basílicas extramuros, incluida San Pedro, profanando uno de los lugares más santos del cristianismo.}

 

En su historia de dos milenios también la Iglesia sufrió devastaciones de sus libros y hemerotecas; basta recordar algunas más recientes como las operadas por los fanáticos de la Revolución Francesa que también destruyeron obras de arte irreemplazables en las bibliotecas, catedrales, monasterios y universidades; los feroces incendios de los nacional-socialistas, bolcheviques y comunistas, los nazis, los republicanos social-comunistas de la República española; robos e incendios con leyes llamadas de la ‘amortización’ en diversos países europeos, o las hogueras de libros cristianos en Pakistán y Arabia Saudí.-

 

También miembros de la Iglesia autorizaron destrucción de libros e, incluso, hasta de libros de edificación espiritual. En el contexto histórico, se destruyeron libros necesarios y otros innecesarios como –si hoy día- aceptáramos libremente como conquista y necesidad, la adquisición de libros apologéticos del terror, de la pornografía, de las drogas, del crimen en general y hasta la justificación de la violencia hacia las mujeres y los niños, la aniquilación de los minus-válidos o de personas ancianas, la mejor manera de robar por Internet, o del crimen perfecto o aprender a fabricar una bomba química-nuclear.

 

Obviamente faltó y falta el sentido común, recordemos a Teodosio y Valentiniano –se lee en el Código giustinianeo- en el año 448 de nuestra era, ordenaron la destrucción por el fuego de los tomos del filósofo Porfirio y «de cualquier escrito que ofenda Dios o turba las almas». El apóstol San Pablo con acertado espíritu de sensatez, en su predicación alentó a los nuevos cristianos a eliminar aquellos escritos ciertamente ofensivos y aniquiladores de la dignidad inherente a cada persona humana: «Portaron sus libros todos juntos y los quemaron en presencia de todos. Así la Palabra de Dios crecía potentemente y se reforzaba» recitan los Hechos de los Apóstoles. Tal era el deseo de alejarse definitivamente del politeísmo y creencias anteriores; esto nada tiene que ver con el afán de destruir todo aquello que no sea acuerdo a mis ideas y, tanto menos, por sentido contrario, querer justificar la difusión letal de ideas ofensivas a toda persona, como ser: comunismo, nazismo, islamismo, todo tipo de nacional-socialismo, terrorismo, la carnicería del aborto, etc. Si a inicios del tercer milenio puede ser un horror eliminar por el fuego una biblioteca, eliminar con agujas esterilizadas a una persona, parece ser muy normal  (aberrante y lamentable…)

 

Ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser humano inocente ‘no hay privilegios ni excepciones para nadie’. S.S. Juan Pablo II.

 

En esto, nadie puede inducir que la Iglesia Católica alimentaría tales hogueras.

 

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INQUISICIÓN DE IZQUIERDA - SIGLO XX -

 

 

De cartas y destrucción de libros

 

 

Pío Moa

 

Durante la guerra civil esa furia contra la cultura (“burguesa” o “reaccionaria”) alcanzó un verdadero paroxismo con la devastación de cientos de bibliotecas, a veces valiosísimas, guardadas en domicilios privados, monasterios, edificios públicos, etc

 

En los últimos años he tenido que trabajar tan intensamente (a veces me he sentido realmente agotado), que he reducido al mínimo mi vida social y me ha sido imposible contestar al gran número de cartas enviadas por lectores. Había en ellas de todo, desde maldiciones explícitas (pocas) hasta palabras de ánimo (la mayoría), libros y numerosas aportaciones de datos o conocimientos que me han venido muy bien. No obstante, ya digo, la falta de tiempo me ha impedido corresponder en la gran mayoría de los casos, y ello, unido a veces a mi mala memoria para nombres y caras, me ha hecho quedar bastante mal con muchas personas. Pido disculpas y espero que, si me leen aquí, sepan comprender el problema.

 

En los últimos días he revisado estas cartas, que suponen ya un montón considerable, y entre ellas encuentro una comunicación enviada por Gonzalo Fernández de la Mora poco antes de su muerte, con membrete de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que merece la pena reproducir:

 

“Como ampliación de nuestra reciente charla sobre la destrucción por el Gobierno socialista de los fondos de publicaciones de Editora Nacional, Instituto de Estudios Políticos, Instituto de Cultura Hispánica, Secretaría General del Movimiento, Sindicatos, etc., le adjunto fotocopia del artículo del ex director general de Archivos, José Antonio García Noblejas, donde se refiere a destrucciones de documentos durante la guerra civil.

 

“Natalio Rivas, en su biografía del ministro López Ballesteros, narra la destrucción de más de un millón de legajos del Ministerio de Hacienda entre 1936 y 1939.

 

 “Personalmente he sido testigo del envío a papel de los fondos del Instituto de Estudios Políticos donde pude adquirir, la víspera de la destrucción una remanente decena de ejemplares de mi libro La partitocracia.

 

“La experiencia con mi libro El Estado de obras fue aún peor, pues mis cartas no fueron contestadas, mis gestiones tropezaron con un muro de silencio y no pude adquirir el resto de la edición que, como toda la serie Doncel, fue reducida a pasta de papel.

 

“Al lado de este masivo holocausto intelectual, las tachaduras a que condenaba nuestra Inquisición resultan nimias”

 

Creo que el documento merece la pena ser conocido. Como se recordará, en 1931, apenas estrenada la república, fueron quemadas importantes bibliotecas, y en la revuelta de 1934 sufrieron el mismo destino otras como la de la universidad de Oviedo o la de un palacio, por entonces muy conocido, de Portugalete, importante museo artístico además. Y durante la guerra civil esa furia contra la cultura (“burguesa” o “reaccionaria”) alcanzó un verdadero paroxismo con la devastación de cientos de bibliotecas, a veces valiosísimas, guardadas en domicilios privados, monasterios, edificios públicos, etc. Alberti dedicó algún poema a aquel “deporte” tan definitorio.

 

Seguramente las autoridades socialistas actuales estarán en condiciones de desmentir esta información de Fernández de la Mora, o de corroborarla. En este último caso debe reconocerse que la afición de nuestra izquierda a destruir libros no ha cesado en la democracia actual. 2005.03.14 LD. ESPAÑA

 

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Lectura indiscriminada ¿o volver a la censura?

 

 

Perdamos el miedo a hablar de una ética de la lectura. Debemos asumir una actitud responsable ante el material impreso. Existen libros malos de la misma manera que existen ideologías malas (el nazismo, el racismo). Leer sin ponderación alguna es un acto de vanidad; presuntuosamente se minusvalora el poder de un libro. Un lector maduro es un lector que se aconsejará, que tomará en cuenta sus circunstancias (disponibilidad de tiempo, estudios) para saber si debe o no debe leer un determinado libro. Se trata de sustituir la censura por una ética de la lectura. Un lector maduro pondera la conveniencia de las lecturas. Un lector inmaduro es un lector que lee indiscriminadamente.

 

Por Héctor Zagal Arreguín

Fulguraciones

 

Jack Smith es uno de los mejores novelistas del presente siglo. Su libro Fulguraciones es considerado por la crítica como "la" novela de finales del XX. Factura impecable, trama sólida, personajes vivos: Fulguraciones es una obra maestra de la literatura anglosajona.

 

El asunto es sencillo. El personaje central, Calvin Truman, impulsa el resurgimiento del Ku Klux Klan en el sur de California. Calvin es un defensor de los valores tradicionales de la cultura WASP amenazados, en su opinión, por los mexicanos, las feministas, los judíos, los negros y los gays. A lo largo del libro, Smith va argumentando por boca de Calvin las razones por las que homosexuales, mujeres y minorías raciales deben ser despojados de la ciudadanía norteamericana. El autor recoge con crudeza y pinceladas de trazos finos, los defectos e inconvenientes que se han generado en la sociedad yanqui en torno a los barrios de inmigrantes, los movimientos gays y las actitudes feministas. Al mismo tiempo, resalta las virtudes y simpatía de Calvin: un tipo agradable y afable, que captura la benevolencia del lector desde el primer momento. Finalmente, Calvin es brutalmente masacrado junto con su familia sin que se encuentre a los asesinos. Todo hace suponer que fue venganza de una minoría.

 

En tan sólo un año, las ventas de Fulguraciones en Estados Unidos reportan 15 millones de ejemplares, y ocupa el primer lugar de ventas en Inglaterra, Alemania y Australia. Actualmente se prepara la traducción castellana y pronto se venderá en España.

 

¿Le gustaría a usted que su hijo de nueve años leyera Fulguraciones? Si la respuesta es negativa, tiene usted suerte. Fulguraciones no existe.

 

La Cabaña del Tío Tom 

 

La opinión norteamericana del siglo XIX estaba poco sensibilizada sobre la esclavitud. A la mayoría de los americanos, la venta y compra de negros —como si fuesen cosas— le parecía un hecho normal. La novela La cabaña del tío Tom removió los corazones y las inteligencias de muchos estadounidenses; sin ese libro muchos hubieran continuado indiferentes ante la brutalidad e inmoralidad de la esclavitud. La emancipación de los afroamericanos fue suscitada en buena medida por la novela de Harriet Elizabeth Sowe.

 

Nadie puede dudar de que hay libros que promueven valores positivos, libros que animan a la solidaridad, al respeto de los derechos humanos, a la compasión. Un colega —poeta escéptico dedicado a la televisión— lo dice de manera curiosa: "después de leer las novelas de Luis de Wohl se me antoja ser bueno". Por supuesto que en mi opinión los gustos literarios de mi amigo son muy cuestionables. Después de leer al cursilísimo de Wohl, lo único que me queda es una fuerte migraña. Al margen de sus decadentes gustos, mi colega acierta al señalar un hecho: "hay libros que animan a ser mejor".

 

Pero así como hay libros que animan a ser mejores, también existen libros que propician "contravalores". Mein Kampf (Mi lucha) de Hitler es un texto poco aconsejable para promover la solidaridad y el pluralismo en la sociedad multicultural. A nadie nos gustaría que Mein Kampf se convirtiera en un nuevo best seller en Alemania.

 

Un libro es un conjunto de imágenes e ideas. Los libros son tramas y argumentos que mueven la sensibilidad y la inteligencia. Los norteamericanos que leyeron La cabaña del tío Tom fueron removidos por el sufrimiento del pobre esclavo Tom y su familia. Los jóvenes guardias de Auschwitz alimentaron su odio contra los judíos con las páginas de Mi lucha. Las ideas y las imágenes escritas por Hitler contribuyeron a inmunizar a los SS contra el sufrimiento humano: la tortura de niños y ancianos judíos les parecía algo razonable, tal vez, hasta moralmente bueno.

 

¿Leer o no leer? 

 

La conclusión salta a la vista. Existen libros que en ocasiones conviene leer y existen libros que en ocasiones conviene no leer. Platón —quien ha sido catalogado como fascista y totalitario por algunos— se percató del poder de la palabra escrita. En La República —donde describe su ciudad ideal— el filósofo griego pone especial atención en lo que los poetas enseñan a los niños. Platón propone desterrar de su ciudad ideal la poesía heroica, pues las traiciones e infidelidades de los dioses deforman la religiosidad de los niños. El cristianismo romano también tempranamente advirtió el riesgo de algunas lecturas. San Basilio el grande —autor del pequeño tratado Cómo leer la literatura pagana— recomienda leer algunos clásicos que fomentan valores como la justicia y la valentía, a través de las hazañas de héroes de la antigüedad, pero también pone en guardia contra las lecturas paganas que fomentan el vicio.

 

Los neoilustrados se escandalizan —como sus abuelos— cuando escuchan hablar de libros buenos y libros malos, libros recomendables y libros inconvenientes. Clasificar éticamente los libros es —afirman mientras se tiran de los pelos— una actitud inquisidora, pueril, intolerante, cerril, totalitaria, mojigata: clasificar libros en "buenos" o "malos" es un renacimiento del Santo Oficio y del fundamentalismo islámico.

 

¡Cuidado! Palabras como "intolerancia" y "censura" se han convertido en armas arrojadizas que se lanzan contra el enemigo y lo descalifican de inmediato. Tan sólo estoy señalando un hecho: los libros promueven una actitud ante la vida. Como hay actitudes buenas y actitudes malas, luego, habrá libros buenos y libros malos. A nadie en sus cinco sentidos se le ocurriría afirmar que violar y asesinar niños es una actitud positiva. En consecuencia, un libro que promoviera tácitamente tal actitud no sería un libro bueno. Incluso un liberal furibundo tendría que reconocer su carácter nocivo.

 

Lo diré de otra manera. Se afirma que los libros son alimentos de la inteligencia. (La metáfora es cursi y azucarada, pero verdadera: continuemos con ella). Un pastel de chocolate es un alimento y, en ese sentido, es bueno. Sin embargo, el pastel puede resultarle perjudicial a un diabético, a un ulceroso, a un bebé, a un individuo que padece migraña. Sólo a un imbécil se le ocurriría afirmar que el médico es un "fascista", "totalitario" o "mojigato" porque precave contra los riesgos del pastel en cada caso. Al diabético se lo prohíbe taxativamente, al bebé se lo permite en pequeñas raciones, y al enfermo de migraña se lo permite únicamente en determinadas circunstancias. El paciente es libre de comer el pastel que le apetezca, pero le subirá el azúcar o le sangrará la úlcera. Ciertamente, también él conoce su propio cuerpo y percibe en cierta medida qué le hace o no daño, pero si es sensato, aceptará que el médico conoce mucho mejor los mecanismos fisiológicos y la acción del azúcar sobre ellos. La prescripción del médico es un criterio insoslayable.

 

Con los libros sucede algo muy similar.

 

Hay libros convenientes o libros inconvenientes; sólo los hipócritas y los analfabetos niegan el vértigo que ocasionan algunas lecturas.

 

Quien, en la adolescencia, haya leído Herman Hesse, sabe a lo que me refiero. Un libro influye: yo nunca recomendaría Una temporada en el infierno de Rimbaud, a un enfermo de depresión, le vendría mejor una novela de Agatha Christie o algún ensayo de Alfonso Reyes.

 

Perdamos el miedo a hablar de una ética de la lectura. Debemos asumir una actitud responsable ante el material impreso. Existen libros malos de la misma manera existen ideologías malas (el nazismo, el racismo).

 

Libros prohibidos 

 

La expresión "libro prohibido" evoca calabozos, oscurantismo, cacería de brujas y quema de herejes; encapuchados dogmáticos, verdugos de la intelligentzia y de los bourgois bien-pensant. Trataré de exorcizar el término.

 

Tradición es un conjunto de creencias, de convicciones, de mentalidades, de costumbres aceptadas, habitualmente de una manera tácita, por una comunidad dada. Dos filósofos —Gadamer y McIntyre— han reivindicado el concepto de tradición. Un prejuicio típicamente ilustrado es afirmar que la pertenencia a una tradición es algo malo y, que por el contrario, no pertenecer a una tradición es bueno. Para los liberales ilustrados el ideal cultural es la asepsia ideológica, carecer de presupuestos tradicionales para estar abiertos a otras tradiciones. Atacan a los comprometidos con una tradición esgrimiendo contra ellos calificativos como "dogmáticos", "intolerantes", "fanáticos". Por el contrario, los liberales se vanaglorian de pluralistas, open mindness y tolerantes. El "burgués bien pensante" pretende reducir al mínimo las repercusiones comunitarias de las tradiciones, de suerte que cada quien pueda vivir y pensar de acuerdo a su propia tradición en la intimidad de su casa, sin el "obstáculo" de otra tradición ajena. Propugna las "tradiciones privadas", mientras que sus oponentes (yo entre ellos), proponen una tradición pública.

 

Varios filósofos han demostrado que la asespsia ideológica, la neutralidad, la objetividad, la ausencia de compromisos con una tradición es un mito. Cualquier individuo racional pertenece a una tradición. Todos vivimos comprometidos con determinadas creencias y pautas de comportamiento. La racionalidad humana requiere necesariamente de una tradición. No hay diálogo multicultural si no hay tradición previa. El pluralismo y la tolerancia dentro de este diálogo multicultural, sólo son posibles en la medida en que los interlocutores comparten algunos valores tradicionales. Pongo un ejemplo muy sencillo. Un fan de la selección de fútbol brasileña sólo puede "pelearse" con un seguidor de la selección francesa porque tienen algo en común. Las trifulcas entre los seguidores de Brasil y los de Francia son posibles gracias a que ambos entienden las reglas de fútbol y aceptan la autoridad de la FIFA. Un aficionado al criquet no se pelea con un fan del Real Madrid. El diálogo —incluso en términos duros, de lucha— exige un punto común en el terreno de las creencias. El simple hecho de discutir supone reconocer el valor de la palabra: ya estamos inmersos en una tradición de reverencia al logos.

 

Por supuesto, hay de tradiciones a tradiciones. Algunas son muy particulares; se circunscriben a una comunidad pequeña (las tradiciones de una fraternidad estudiantil en Harvard), otras son más generales (los albures mexicanos) y otras tradiciones son más universales (reconocer del valor de la vida humana, del diálogo, de la tolerancia).

 

Las tradiciones posibilitan el sentido de una serie de acciones y pensamientos. Por ejemplo, el guarismo "10010" sólo tiene sentido en la tradición de los números arábigos. Julio César no hubiera podido leerlo, pues sus signos numéricos eran letras. Incluso este número cambia su significado dependiendo del sistema que usemos, decimal o binario. Otro ejemplo más pedestre: muchos chistes pierden su gracia fuera de un grupo de amigos. Cuando un extraño los escucha no los entiende. Un último ejemplo: el testimonio de los Evangelios sólo tiene sentido pleno para los cristianos. Por eso santo Tomás escribió la Summa Contra Gentiles —una obra para convertir musulmanes— procurando no recurrir a la autoridad bíblica.

 

A toda tradición corresponde una antitradición: la negación de las creencias, principios y costumbres vertebrales de la tradición en que se vive. Y así como una tradición cultural suele reconocer un libro canónico, un resumen o exposición de los principios madre (e.gr. el reglamento de fútbol para los futbolistas), así suele reconocer libros prohibidos. Un libro anticatólico rechaza o cuestiona principios fundamentales del canon.

 

Es ingenuo suponer el desarrollo de comunidades culturales sin libros prohibidos. Toda comunidad posee un antilibro. Algunas reconocen abiertamente el "anticanon", mientras que otras o esconden la lista negra, o no lo explicitan. La revolución cultural en tiempo de Mao Tse Tung prohibió las obras de Shakespeare; la Inquisición, las de Voltaire; y el poder judicial norteamericano, el filme antiabortista El grito silencioso.

 

En la sociedad neoliberal lo más frecuente es negar la existencia del anticanon. Esta negación parte del supuesto que el anticanon debe ser un listado oficialmente promulgado. No hace falta, sin embargo, dicha promulgación. El libro Sobre el cielo de Aristóteles es un antilibro de la astronomía contemporánea. Los estudiantes de astronomía no estudian directamente dicha obra, pues la tradición contemporánea niega la astronomía aristotélica. Un recetario de hechizos y embrujos es un libro prohibido en una Facultad de Medicina, el chamanismo y la brujería están expulsados de la comunidad médica. Quizá algunos pocos médicos estudien los rituales, pero lo hacen para rescatar elementos como la herbolaria, porque es compatible con la medicina moderna tradicional, o bien porque consideran que es un antecedente de la propia tradición. En cualquier caso, los estudiantes se forman con libros de texto, libros canonizados por la comunidad de expertos, y no con libros de sortilegios.

 

La atracción de lo prohibido 

 

Hablando acerca del atractivo de los llamados libros prohibidos y de quienes tengan acceso a ellos estén bien formados académicamente, Jaime Torres Bodet escribió: El mal escritor lleva, en su ineficacia, un precioso antídoto. Los peligros principian con el talento. ¿Cuántos caramelos de miel de abeja o cuántos relatos de Ohnet sería preciso absorber para intoxicarse? No es fácil averiguarlo. Bastan, en cambio, algunos centígramos de heroína, dos o tres capítulos de Nietzsche o una página de Spinoza para empezar a sentirse exento de algunas obediencias tradicionales. Sin método y sin maestros, el parroquiano de ciertas salas de lectura podría compararse con un enfermo que se aplicara todos los días—y solamente por fe en los prospectos— las inyecciones de acción menos previsible: hoy un centímetro cúbico de los Vedas; mañana, cinco gramos de Byron o de Gógol... 

 

Somos hijos de la Ilustración: individualistas e idólatras del progreso. La burguesía adora las innovaciones y abomina de la violación de su intimidad: tiene desplantes de adolescente: no a la tradición, no a la autoridad.

 

A diferencia de otras culturas donde la tradición es respetada (piénsese en la veneración oriental a los ancianos y a la autoridad), la cultura burguesa es celosa de su individualidad y amante del futuro. Mientras que las culturas orientales veneran la tradición, el bourgois semeja un adolescente renuente a aceptar otra autoridad que su conciencia y otra incardinación en el mundo que sus intereses y caprichos. Los ilustrados burgueses rinden reverencia el libre mercado y a la intimidad de la conciencia.

 

En coordenadas culturales de la burguesía es lógico que los "libros prohibidos" resulten atractivos. Los adolescentes gustan de ir contra corriente, de utilizar pelo corto cuando se usa largo, y largo cuando se usa corto. Los adolescentes desprecian los consejos, son intromisiones: "yo sé lo que hago con mi vida". No es de extrañar que los grandes consumidores de "libros subversivos" —Nietzsche, Sade, Sartre— sean los adolescentes. Usualmente tampoco los entienden, pero "se sienten" mayores, como cuando fuman y beben; quien quebranta la ley experimenta un fino placer. Tampoco es de extrañar —mantengo el paralelismo— que la cultura burguesa sea atraída por los libros prohibidos. Tanto para los adolescentes como para los burgueses, estas lecturas ejercen la fascinación de la novedad. El pensamiento burgués venera el futuro: avanzar es anular la tradición. He aquí la razón por la cual la mejor manera de lograr un best seller es presentarse como antitradicional. He aquí la razón por la cual tantos y tantos lectores devoran ataques contra su propia tradición. Los libros sobre ángeles sólo tuvieron éxito cuando el materialismo imperaba; los "valores" se pusieron de moda cuando lo habitual fue el pragmatismo cínico.

 

¿Por qué leer lo prohibido? 

 

¿Qué de bueno hay en leer un libro contra la propia tradición? La respuesta es compleja. Se me ocurren tres motivos. Primero, para defender la propia tradición: no podemos defendernos de un enemigo que no conocemos. Segundo, para cambiar de tradición. Tercero, para enriquecer la propia tradición.

 

Un libro prohibido es un ataque radical a los principios de la propia tradición, cuestiona mi horizonte de comprehensión, dicho en terminología gadameriana. Un libro de texto, un handbook, es la sistematización de tal tradición, la antítesis del libro prohibido. Quien lee un libro prohibido debe saber lo que está haciendo, debe saber que ninguna tradición es inmune a los ataques de tradiciones rivales. Los libros, especialmente los libros bien escritos, influyen y pueden llegar a modificar mis creencias y costumbres. Recuérdese a Torres Bodet, hay un encanto, un embrujo en los textos perfectamente bien escritos, ese es el riesgo.

 

Un lector maduro pondera la conveniencia de las lecturas. Un lector inmaduro es un lector que lee indiscriminadamente.

 

No estoy afirmado que el lector ponderado no lea libros prohibidos; afirmo que reconoce en un libro prohibido un ataque contra sus convicciones y si lo lee, tiene un motivo proporcionado y procura adquirir la herramienta intelectual adecuada para digerir el texto prohibido.

 

El problema verdadero radica en que el lector inmaduro no está dispuesto a reconocer nunca sus limitaciones y carencias intelectuales. El bourgois antes está dispuesto a reconocer que es gordo y feo que aceptar la necesidad de estudiar más.

 

Antítesis del lector maduro es el individuo que ni siquiera sabe que pertenece a una tradición. Proclama una "apertura" total, signo de su estulticia: nadie está exento de juicios previos (pre-juicios). El lector frívolo no se considera perteneciente a ninguna tradición y se vanagloria de "leer de todo". Se autoengaña y su falta de compromiso intelectual le obliga a ir de un lugar a otro según soplen los vientos culturales. La conciencia de pertenencia a una tradición no es un handicap, es una ventaja, pues conocer los propios límites es, de alguna manera, superarlos.

 

Todo individuo racional parte de unos presupuestos que no son negociados ni discutidos, son presupuestos a partir de los cuales se negocia o se discute. Así, un comprador y un vendedor de bienes raíces no discuten sobre la licitud de la propiedad privada de la tierra, sencillamente la presuponen. Con base en esta suposición negocian. Todos partimos de algún punto.

 

No pago para que me peguen 

 

Un expresidente mexicano cortó el subsidio a una revista política que lo atacaba. Su argumento: "no pago para que me peguen". La idea es interesante. ¿Tiene sentido leer sin motivo proporcionado un libro que ataca mi propia tradición? Pongo otro ejemplo. Ariel Gómez lee la Anti Oda a la madre de Ariel Gómez. El poeta, llamémosle Cornelio Saucedo, es magistral. Ritmo, metáfora, brillantez, se dan cita en la Anti Oda. En ella, Cornelio afirma que la madre de Ariel es una ramera pendenciera, frívola y voluble que se prostituye para financiar un grupo terrorista. El poeta ataca a la madre de Ariel. ¿Qué sentido tiene que Ariel lea la Oda? ¿Por qué leería un insulto poético —artísticamente bello— a su madre? Mutatis mutandi algo similar ocurre con los libros prohibidos. Que un católico romano lea la Letanía de Satán de Baudelaire sin justificación es una actitud inmadura. El católico cree en la existencia de Dios y del demonio. Leer una serie de versos blasfemos es inmaduro. Que un librepensador lea tal poema es comprensible; para el librepensador, Satán es un mito. Los versos de Baudelaire carecen de cariz blasfemo, no ofenden sus creencias; no así para un católico. Otro caso, ¿tiene sentido que un judío lea "por gusto" un libro antisemita? Podrá leerlo por motivos específicos: conocer la naturaleza de las calumnias, detectar al infame escritor o prever un ataque con la comunidad judía, pero leerlo simple y llanamente por curiosidad, por "gusto", denotaría una falta de sensibilidad. Sólo los tontos pagan para que se les pegue. Sólo los ingratos festejan las ofensas poéticas contra sus padres.

 

Un malentendido y falso pluralismo nos hace pensar que es conveniente leer sin ponderación, sin consejo. No es raro que quienes presumen de leer de todo, suelen ser tipos que con crasas dificultades leen un libro al año. Quienes están habituados a leer saben que hay más libros que tiempo. Son individuos que disciernen y que no echan en saco roto los consejos de los demás. Si yo pretendo hornear una lasagna "comible" y no cocino frecuentemente, lo sensato es revisar un recetario o pedir consejo a una persona con experiencia, no a un profesor de filosofía.

 

Censura y lectura 

 

Los censores me aterran. A lo largo del tiempo la censura no sólo se ha mostrado cruel e injusta, sino también ineficaz. Es imposible detener con prohibiciones las ideas. La experiencia lo demuestra.

 

Ningún hombre, ninguna institución humana puede consagrarse como intérprete único, absoluto y exclusivo de la verdad. Ni siquiera para nosotros los católicos, el Magisterio es el poseedor absoluto de la verdad. El Magisterio se pronuncia sobre muy pocos asuntos y pocas veces lo hace invocando su infalibilidad. Por otra parte, el ámbito de la Iglesia es espiritual y religioso; lo que no tiene que no esta ligado a la fe, moral y costumbres no es de su incumbencia directa. Por tanto, los listados de textos prohibidos son algo sujeto a revisión. No olvidemos, por ejemplo, que santo Tomás fue prohibido durante un tiempo por el obispo de París, y que la condena inquisitorial contra Galileo ha sido revocada por Juan Pablo II. Ni siquiera la Iglesia católica, a la que los ilustrados consideran como la prohibidora par excellence, elabora listados definitivos de libros prohibidos.

 

Como es sabido, después del Vaticano II, se abolió la pena canónica contra quienes leen libros del Index sin autorización. Ya no hay excomunión por leer a Voltaire. Lo que pocos saben es que no se abolió la prohibición moral. Esto quiere decir que cada católico ha de cuidar con sentido de responsabilidad su propia fe y que la Iglesia apela más al afán de sus hijos para preservar su fe, que a la amenaza de la excomunión. Se trata de sustituir la censura, por una ética de la lectura. Un lector maduro es un lector que se aconsejará, que tomará en cuenta sus circunstancias (disponibilidad de tiempo, estudios) para saber si debe o no debe leer un determinado libro. Es absurdo que un católico que jamás ha leído el Evangelio, lea De servo arbitrio de Lutero.

 

Leer sin ponderación alguna es un acto de vanidad; presuntuosamente se minusvalora el poder de un libro. Cuando yo empeño mi inteligencia en leer un texto que ataca mi tradición debo hacerlo conscientemente, sabiendo que su lectura puede hacer tambalear mis convicciones. A veces valdrá la pena hacerlo. Ojalá los nazis hubieran leído textos subversivos antinazis.

 

Pero no deben olvidarse dos puntos. Primero, que así como hay venenos corporales, también hay venenos intelectuales. Un libro que propicia el machismo, el racismo, el asesinato de homosexuales, la paidofilia, es venenoso. En contadas ocasiones será razonable probar un veneno, quizá como tratamiento contra el cáncer, tal vez para hallar un antídoto. Pero un veneno se prueba de manera controlada. Hay tradiciones inhumanas, impregnadas de veneno. Segundo, leer un "libro prohibido" es una aventura. No toda aventura es buena (el narcotráfico), ni toda aventura es mala (irse de backpack a la Tarahumara). Pero lo razonable es cuestionarse si estamos preparados para afrontar dicha aventura. Si tenemos salud, tiempo y dinero; será provechosa. Una aventura fuera de nuestra propia tradición exige un previo conocimiento de nuestras convicciones, habilidad argumentativa y humildad intelectual. Me causan risa los estudiantes mexicanos que hablan inglés perfectamente, pero no saben escribir en español. ¿Nos entendemos? La mayoría de los lectores de los libros "negros" no llega a dialogar con el autor, ni siquiera digiere intelectualmente sus argumentos.

 

En conclusión, más que una cultura de la censura deseo promover una ética de la lectura. No pocas ocasiones la censura se ha mostrado contraproducente e injusta.

 

Es muy fácil que el censor se convierta en un instrumento del poder político (por ejemplo, la Inquisición española se convirtió en un mano de la corona de España que llegó, incluso, a desafiar la autoridad del Papa). Además, el censor puede equivocarse, recuérdese la cantidad de ataques que llovieron sobre Blondel, acusado falsamente de modernismo, y es preferible liberar al culpable que encarcelar al inocente.

 

Es mejor hacer consciente a los lectores de la importancia de discernir, de procurarse lecturas que amplíen su horizonte de comprehensión, no que lo destruyan. Cuando observo la historia del pensamiento cristiano desde la ilustración, me surge la duda de si la intelligentzia cristiana no habrá asumido una postura excesivamente defensiva, que la lleva a descuidar la construcción y comprehensión del nuevo mundo. Desde la Ilustración, los intelectuales cristianos han estado más a la defensiva y pocas veces ha ido un paso adelante. Se ha dedicado demasiado a prohibir y refutar, en lugar de construir y asimilar.

 

Cuando las obras de Aristóteles llegaron a la cristiandad medieval hubo dos actitudes. Las de quienes prohibieron a Aristóteles, pues el filósofo pagano atacaba puntos cruciales de la fe (la inmortalidad del alma, la providencia divina, la creación) y la de quienes estudiaron al Filósofo para incorporar elementos rescatables a la tradición cristiana. Tal fue el caso de Tomás de Aquino. El resultado fue un monumento teológico fundamental para los católicos. El Aquinate fue un lector maduro de Aristóteles.

 

Frente a una civilización que se autodenomina poscristiana, me preguntó si no harán falta lectores maduros que superen la estrechez de mente del conservadurismo arqueológico y la frivolidad escéptica y acomodaticia de los burgueses de la cultura. En cualquier caso sé que mi posición es escandalosa, por "retrógrada" para los burgueses y por "escéptica" para los conservadores. Como siempre, quedo mal con todo mundo. Mi esperanza es que este artículo caiga en las manos de un lector maduro. 


(*)Ensayista y articulista. Doctor en Filosofía. Profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana. Consejero editorial de ISTMO. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Autor, entre otras publicaciones, de Ética para adolescentes posmodernos y de Ética de los negocios: hacia las organizaciones del tercer tipo.

 

Fuente: Revista Istmo, Año 41 - Número 241 - Marzo/abril 1999

2004-07-10

 

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LA BIBLIOTECA AMBROSIANA Y CULTURA EN LA IGLESIA CATÓLICA

 

La Iglesia Católica, celosa de la cultura, hasta el fuego del 1943 que destruyó 55.000 preciosos volúmenes, guardó allí las primeras ediciones de Keplero y de Galileo, los diálogos sobre el arte poética del Tasso, el vocabulario de la Crusca pertenecientes a Federico Borromeo (Cardenal y Arzobispo de Milán 1564 + 1631), varias obras de Cartesio y tantísimos clásicos.

 

La Biblioteca Ambrosiana de Milán-Italia, fue fundada en el 1609 por el Cardenal Federico BORROMEO, primera en Italia abierta al público y una de las más importantes del mundo. Tiene un patrimonio de cerca de 700.000 volúmenes estampados, de los cuales mas de 10.000 del ‘500, poco menos de 3.000 incunables (los libros entre el 1450 y el 1500, cerca de 30.000 manuscritos que van del V al XVIII siglo. Entre estos, está el célebre «Codice Atlantico» de Leonardo, el Virgilio de Tetrarca, autógrafos del Boccacccio, Ariosto, Galileo, Beccaria, Manzini. El bombardeo del 15-16 agosto del 1943 destruyó 55.000 volúmenes editados en buena parte en el XVI y el XVII siglo. El prefecto que la dirige desde el 1989 es Monseñor Gianfranco RAVASI, notísimo biblista y teólogo de la Iglesia Católica. 2005

 

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¿Qué opinión le merece la reclamación de compensaciones según la Ley de Memoria Histórica para todos aquellos descendientes de los musulmanes expulsados de la Península? ¿No tendrían que hacer lo mismo con todos los descendientes de aquellos que tuvieron que emigrar a los reinos cristianos del norte?

 

1. Una locura digna de un frenopático*. 2. Exacto. que paguen primero la aniquilación de la cultura europea más importante en el s. VIII y luego hablamos. Se necesita descaro...

Diálogo con César Vidal tuvo lugar entre las 17:00hs. y las 18:00 del martes 12 de septiembre 2006-

*frenopatía.(Del gr. φρ?ν, φρεν?ς, inteligencia, y  -patía).1. f. Parte de la medicina que estudiaba las enfermedades mentales.2. f. Enfermedad mental.

 

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Así lo muestra una exposición de incunables y libros impresos

La Iglesia católica fuente de cultura y civilización

 

SUBIACO (Italia), 16 septiembre 2003 .- La historia del libro no puede entenderse sin tener en cuenta la contribución que ofrecieron los monjes católicos benedictinos, demuestra una exposición que tiene lugar en el monasterio de Santa Escolástica en la localidad de Subiaco, cercana a Roma.
La muestra presenta hasta finales de diciembre una muestra sobre el «boom» de la escritura y la imprenta monásticas titulada «Museo del Libro» en la que se exponen manuscritos miniados, incunables y obras tipográficas de gran rareza.

La creación de la Biblioteca de Santa Escolástica se remonta al mismo San Benito (480-547), patriarca del monaquismo occidental, pues en su regla presupone la utilización de los libros para la lectura privada y comunitaria.


Pero los primeros libros se perdieron a causa de las devastaciones de los sarracenos (mahometanos) a mediados del siglo IX.


Una de las piezas más valiosas que se pueden contemplar es el famoso «Lattanzio sublacense», un incunable el 1465, considerado el primer escrito de este tipo realizado por dos monjes alemanes (Sweynheim y Pannartz) que trajeron a Italia el sistema de imprenta con caracteres móviles.


También existe un ejemplar raro del «De Civitate Dei» de san Agustín.


La Biblioteca, situada en un claustro románico del siglo XII, es una de las más ricas entre las bibliotecas de las once grandes abadías católicas de Italia.

En total contiene cien mil volúmenes, 3.780 pergaminos, 440 códices manuscritos, 250 incunables, una colección de salmos del siglo X y una explicación de la Biblia del siglo XI.
ZS03091601

 

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LA BIBLIOTECA DE ALEXANDRÍA - EGIPTO

 

 

 

 

En el año 331 antes de nuestra era el Gran Alejandro fundó Alejandría frente a la isla de Pharos. Pronto se convirtió en un punto de encuentro de culturas, el faro que alumbraba una nueva civilización. Allí acudieron los sabios más famosos de la Antigüedad en torno a una institución científica fundada por Ptolomeo Soter a finales del siglo lV a.C. Se trataba del «Mouseion» o Recinto de las Musas. Pudieron desarrollar su trabajo gracias a la ingente multitud de documentos que los faraones fueron depositando en la Biblioteca Real o «Bibliotheca», el centro de enseñanza y de investigación más importante durante siete siglos.

 

La Alejandría helenística (323 a.C.- 391 d.C.) con sus tres épocas: la ptolemáica, la romana y la bizantina; la Edad Media y Moderna (641-1798) con la difusión de los conocimientos helenísticos a través de las tradiciones árabe, judía y cristiana; la Edad Contemporánea (1798-1952) donde se recoge la invasión y ocupación francesa, el comienzo de la dinastía Muhammad`Alí, la ocupación inglesa, la independencia del país y la proclamación de la República Árabe de Egipto; finalmente, la Pirámide del Conocimiento: una biblioteca para el siglo XXI (1974-2002) con las principales fases del proyecto de la nueva Bibliotheca Alexandrina y sus consiguientes contenidos. 

 

ABC. 2003-07-06 - España

 

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La leyenda de la Bibliotheca Alexandrina llega

a Madrid con una exposición sobre su historia


 

  

La muestra, inaugurada por la Reina en la Biblioteca Nacional, promociona también su nueva sede.

 

La Reina inauguró ayer en la Biblioteca Nacional la exposición con la que ésta homenajea «la memoria y la apuesta de futuro» de la Bibliotheca Alexandrina, inaugurada el pasado 16 de octubre. La Biblioteca Nacional se convierte así en la «ventana» de esta biblioteca, cuya construcción financió la Unesco y que proyectó el Gobierno egipcio en el lugar donde estuvo la legendaria biblioteca ptolemaica. Al acto acudieron también la ministra de Cultura, Pilar del Castillo; el presidente de la Fundación Winterhur ¬patrocinadora de la muestra¬, Jaime de Marichalar, y el embajador egipcio, Mohamed El Amir Khalil.

Juan Carlos Rodríguez - Madrid.-
Como el homenaje de un hijo al fundador de su estirpe. Así se resume la exposición que ayer le brindó la Biblioteca Nacional al pasado mítico y al renacido futuro de la Bibliotheca Alexandrina, de algún modo la que han querido imitar todas las grandes bibliotecas del mundo. Un homenaje que cobra forma en una exposición con trescientas piezas ¬esculturas, terracotas, monedas, instrumentos musicales, mapas¬, pero fundamentalmente, como no podía ser de otro modo, con libros: manuscritos griegos, latinos, árabes, hebreos, incunables y ediciones raras de grandes autores helenísticos, casi todos de la Biblioteca Nacional, pero también de la de su homónima francesa, de la Real Academia de Historia, Archivo de Simancas, la Real Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial o la Biblioteca de la Universidad Complutense.
   Cuando las dos bibliotecas de Alejandría ardieron, muchas de sus obras no se llegaron a perder gracias a los copistas árabes. Más tarde, Al-Andalus hizo de eslabón de Occidente. En esa cadena está la Biblioteca Nacional ¬y las otras grandes bibliotecas españolas¬, que posee algunas de las ediciones que en el Renacimiento recuperaron a filósofos como Herodoto ¬cuya obra comenzó a difundirse en la propia biblioteca de Alejandría y del que se exhibe una «Historiae», de 1570¬, Aristóteles, Euclides, Arquímedes, Dioscórides, Galeno, Homero y Claudio Ptolomeo. Ahora, esas joyas de la bibliofilia y nuestra cultura se exhiben como reconocimiento a Alejandría. «Con esta exposición, la Biblioteca Nacional rinde homenaje a un acontecimiento cultural sin precedentes por largo tiempo esperado: el resurgir de la Bibliotheca Alexandrina. Nuestra intención era bien sencilla, unir en el presente la herencia del pasado con su permanencia hacia el futuro», según Luis Racionero, director de la Biblioteca Nacional.
   La muestra es también un recorrido por la densa historia de la ciudad de Alejandría, desde que en el 323 a.C. la fundaran Alejandro Magno hasta la inauguración el pasado mes de octubre de la nueva Bibliotheca, de la que también se exhiben fotografías, carteles e imágenes del nuevo edificio.

De Homero a Alfonso X

La muestra se erige en torno a una espectacular cabeza faraónica de uno de los monarcas Ptolomeo que por primera vez sale del Museo Arqueológico de Madrid. Entre las joyas bibliográficas, destaca el Libro de las Esferas de Alfonso X El Sabio, cuya Escuela de Traductores de Toledo jugó un papel fundamental en la transmisión hacia Occidente del saber recogido en la legendaria Bibliotheca Alexandrina. Entre los incunables destacan además la «Cosmografía de Ptolomeo», «La Materia medicinal de Dioscórides» o varias ediciones de la «Odisea» de Homero, entre ellas una fechada en Colonia en 1541.
   La exposición, que podrá contemplarse hasta el 21 de septiembre, finaliza con un espacio en el que una pantalla táctil permite consultar manuscritos árabes digitalizados por la Bibliotheca Alexandrina, así como realizar una breve visita virtual al Museo de Manuscritos de la actual biblioteca.
2003-07-10 LA RAZÓN. ESP.

 

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«Queman libros y luego hombres, el «bibliocausto» precede al Holocausto»

  

-Dice que hay cientos de crónicas sobre el origen del libro y de las bibliotecas pero ni una sola historia sobre su destrucción...

-Es un tema tabú, un verdadera caja de Pandora que guarda los secretos de acontecimientos culturales bastante penosos. También reserva sorpresas: mientras se repudiaba la eliminación de los libros de Thomas Mann en Alemania, en Estados Unidos se eliminaba el «Ulises» de Joyce.

-Asocia la destrucción de los libros a un trauma...

-Desde un punto de vista psicológico, el «biblioclasta» es un enfermo que sufre de un complejo apocalíptico, ya que juzga que la purificación se obtiene por medio de la destrucción de lo que define como nocivo. Por eso decía Heine que se comienza por quemar libros y luego hombres. El «bibliocausto» precede al Holocausto.

-Su crónica se abre con los sumerios y se cierra con Irak. ¿Es el eterno retorno de la infamia?

-Correcto. Son 55 siglos de destrucción de los libros. Me parece extraño haber comenzado mi crónica en Uruk, ciudad de la antigua Súmer y haber concluido en Irak, donde se destruyó un millón de libros.

 

-También los grandes hombres destruyeron libros: Platón, Hipócrates, Gutenberg... ¿La envidia intelectual es el peor de los fanatismos?

-Todos los dogmatismos son condenables, pero resultan abominables cuando son avalados por intelectuales. Platón fue acusado de quemar los libros de Demócrito, pero también diseñó una república ideal donde los poetas no serían aceptados. David Hume pedía que se destruyeran todos los libros de metafísica. Martin Heidegger entregó ejemplares a sus alumnos para que los quemaran en 1933, una vez que se había incorporado al partido nazi.

-¿Ha habido gobernantes que protegieran los libros o la cultura siempre ha sido un instrumento de propaganda política?

Debo decir que, de una forma curiosa, los libros se queman en nombre de una cultura que pretende sustituir a otra. Shi Huandi, en el año 213 a.C., quemó todos los libros chinos, excepto los de los filósofos de la escuela legalista, porque eran los que defendían su régimen.

-¿Hitler era bibliófilo?

-Un bibliófilo perverso. Hitler era un lector fanático de Schopenhauer, devoto de los libros de magia y tenía una biblioteca de más de 16.000 libros. Se cuenta que el 10 de mayo de 1933, le dieron la noticia de las quemas de libros mientras estaba reunido con unos amigos, y Hitler comentó algo así como: «¡Qué travesuras las de Goebbels!».

-Afirma que la destrucción de los escritos de los gnósticos merecería otro libro. ¿Por qué?

-En el caso de los antiguos gnósticos, sobre todo los de Alejandría, me ha sorprendido que quienes los refutaron los citaron para conservar, secretamente, su mensaje. Hay algo fascinante en ese proceso, porque pienso que hubiera bastado con quemar los libros de Basílides y desaparecerlos, pero hubo cierta voluntad por parte de los censores de salvar esas obras. Además de esto, muchos de los que atacaron a los gnósticos fueron después condenados como herejes, como es el caso de Hipólito de Roma, y algunos asumieron al final de su vida las verdades de los gnósticos.
2004.

 

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El destino del libro

 

Por Julián Marías, de la Real Academia Española

Publicado en el diario ABC de Madrid, el 6 de junio de 1996


Cuando llega la Feria del Libro, se reflexiona sobre él, su función, sus posibilidades. Se hacen balances y, sobre todo, estadísticas. Ahora se multiplican acerca de casi todo –con excepción de las cosas interesantes–, casi siempre con tal irresponsabilidad que se están convirtiendo en un factor capital de desorientación.

Cada vez se publican más libros, y una altísima proporción de ellos parece inverosímil. Pero siempre ha ocurrido así: desde mi niñez he sido infatigable indagador de las librerías de viejo o de lance, que son las más interesantes, y me ha asombrado el hecho de que en todas las épocas se han escrito, y lo que es más, impreso, tantos libros absurdos. Al lado de esto, en estas librerías se descubre lo que ha sido en diversos tiempos la cultura real de un país, y esto me ha llevado a tener de la historia de España una idea más atractiva que la dominante.

Por lo demás, en ella está el depósito de la cultura, la consistencia real de un país, que no se agota, ni mucho menos, en las novedades. Mi preocupación creciente por lo que he llamado "decadencia evitable" tiene uno de sus motivos en la tendencia actual a que los libros no duren ni permanezcan, sino que se publiquen, vendan –acaso se lean– y desaparezcan. Si esta propensión continúa, será muy difícil evitar la decadencia. Y si se miran las estadísticas de venta de algunos libros, precisamente aquellos que alcanzan cifras astronómicas, es difícil eludir el pesimismo; a menos que se piense que es un fenómeno superficial, efímero y sin importancia, como lo que sucede con la gran mayoría de los programas de televisión, que son muestras de una patología colectiva, cuya única atenuante es ser "inducida" y a última hora falsa.

Llevo muchos años reflexionando sobre lo que hubiera sido la historia de la humanidad si lo que se ha conseguido en nuestro tiempo –la fijación de los sonidos y por tanto de la palabra– hubiera sido posible en épocas remotas. Fue menester convertir lo motor y auditivo en algo visual –la escritura– para conservar el decir humano, transformándolo en algo bien distinto. "Verba volant, scripta manent". Ahora las palabras no vuelan, sino que permanecen, se archivan, repiten, a veces se usan como proyectiles. Con la escritura, lo sucesivo y fugaz se convierte en algo visual, sinóptico y permanente. Este colosal "azar" histórico –tan colosal que no se puede ver como un azar– es la causa de la existencia del libro.


La imagen, la electrónica, todas las técnicas actuales pronostican la decadencia del libro; si se trata del libro como instrumento, repertorio de datos, fuente de información, sin duda puede ser así, y no hay por qué lamentarlo. Pero hay otro libro: aquel cuyo destino es ser "leído", no hojeado o consultado. Algo en que se "entra", permanece, habita. Se lee de una "sentada", o con interrupciones, pero en continuidad: se "vuelve" al libro, que nos espera. Ello supone sosiego, holgura, lo que los griegos llamaban "skholé" (de donde viene escuela) y los latinos "otium"; en suma, la posibilidad humana de "quedarse".

Quedarse ¿dónde? En uno mismo, lo que expresa la maravillosa palabra española "ensimismarse". Y en la lectura, se queda uno ensimismado con otra persona, el autor. Quevedo escribió:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos

Y todavía añade estos dos admirables versos:

Y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos


Una maravillosa compañía que no quita la soledad; un diálogo silencioso; una extraña amistad con los vivientes lejanos, acaso desconocidos, que no se interrumpe cuando mueren y que nace con los muertos hace siglos.

Hay una función humana para la que el libro en su sentido más estricto es esencial: el pensamiento. Se trata de fijarse en las cosas, avanzar, parar y volver, en perspectivas nuevas, no aisladas sino que se suman, anticipan, recuerdan, entrelazan. Es la forma de lo que se llama sistema, la posibilidad de fundamentación y justificación. El libro realiza la continuidad de un pensamiento que no se detiene, que va y viene, y por eso la creación del verdadero pensamiento exige escribir libros. En el libro se puede "morar" porque tiene una estructura temporal y sucesiva, como la vida; y es camino o método.

El que intenta pensar en el sentido radical del término, el de la "teoría", se da cuenta de que en rigor no lo hace hasta que puede "escribir" eso que había pensado sin último rigor; y cuando quiere poseer la estructura plena de ello, diríamos su interna arquitectura, no tiene más remedio que emprender la construcción de un libro, que tendrá que cumplir las condiciones requeridas por aquella forma de pensamiento.

En otras dimensiones de la vida, el libro es igualmente insustituible. Es necesario para conservar y salvar la continuidad histórica, algo que se ha perdido en inquietante proporción, porque la fragmentación anula el conocimiento. La historia es razón, porque descubre la conexión de los acontecimientos, y es la única manera de que el hombre sepa donde está.

Y si se trata de la imagen de la vida humana, de lo que aporta la ficción, necesaria desde los comienzos de la humanidad, se ve que su forma plena, la novela, reclama la realización en forma de libro. La unidad de la narración crea el ámbito de vidas humanas en las que el lector penetra y, lo que es más, permanece; entra en su mundo, convive con los personajes, los acompaña en largas trayectorias; es decir, no solo conoce, sino que "asiste" a sus vidas. Nada de esto es posible sin el libro, nada lo puede sustituir.


Pero hay que preguntarse qué es el libro, porque no se trata de un conjunto de hojas reunidas, sino de una delicada construcción que depende de su asunto, de su finalidad, del público al que está destinado. La historia de los géneros literarios es algo apasionante y con demasiada frecuencia olvidado. ¿Por qué la filosofía ha acertado en unas épocas y ha fracasado en otras? ¿Por qué la novela del siglo XIX encontró tantas veces su camino, y después ha vacilado con tanta frecuencia? El peligro de "degenerar", de faltar a las condiciones del género adecuado, es constante.

El libro tiene que ser abarcable y transitable. Tiene que poder ser efectivamente leído, no solo hojeado, consultado; el libro que se da por leído es un fracaso. Y, sobre todo en el libro teórico, de pensamiento, es esencial que se pueda volver atrás, releer, porque en él no se entiende del todo la primera página hasta que se ha llegado a la última, y hay que volver a tomar posesión de lo que sólo se había vislumbrado. No es fácil escribir verdaderos libros; ni siquiera leerlos.

© Prensa Española S.A.

 

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Libros

 

Autora: Zenaida Bacardí de Argamasilla

Libro: Con las Alas Abiertas

 

 

No leas todo lo que te sale al paso, sino todo lo que estás en condiciones de asimilar. 

Un libro es la mejor destilería para el vino que damos a probar a los demás.  Es dulce, cuando robustece la vida; amargo, cuando la deshace, y plenitud, cuando se consagra en el altar. 

El libro es un goteo, una fisura, una filtración que trabaja por dentro.  Es un ejemplo, una enseñanza, un horizonte. 

Un libro es ciencia, riqueza, idea, mundo, amor, alma.  Un libro es inspiración, poesía, hechos, dolor, pensamientos, fe.  Es la vida, traducida en letras.  Es la emoción presentada en frases.  Es el amor, cantando su sonoridad.  Es el idioma de cada ser humano, sacado a relucir. 

Un libro, lo mismo te enseña un paisaje y remonta el vuelo, que te corta las alas y te mete en un abismo.  Lo mismo convierte sus palabras en notas, en cuerdas y en poesías, que enmudece tu corazón con la sombra de un pecado. 

El libro se espiga, se selecciona, se escoge.  Porque a veces es el diablo apretando sus garras para aprisionarte la vida, y otras es un Dios repartiendo su luz para enseñarle a caminar.  Lo mismo es un rayito de sol que entra a calentarte el corazón, que una flecha nevada que te congela. 

Un libro es un sueño, un ideal, un pensamiento, un hecho, que va quedando dentro de ti, rondando tu vida y dejando su huella. 

Es una figura, una moral, una trama.  Es lo bello, lo triste, lo trágico.  Es el trasiego de la vida haciéndose surco en tu corazón. 

Nunca te internes en un libro sin saber qué mundo se le mueve dentro, qué corriente llevan sus aguas y por qué espacios se le mueve Dios. 

Un libro es un compañero con el que pasas muchas horas.  Es un flechazo certero y contundente.  Es una reflexión que te entra de golpe en la inteligencia y la mueve en otra dirección. 

Un libro puede ser una devastación en el alma o un Dios entre las manos. 

Hay libros que son una confusión, un desgarrón en nuestra vida, queriendo destruir las normas religiosas, las tradiciones, los conceptos y las costumbres cristianas de nuestra sociedad. 

Hay libros que se olvidan y libros que se quedan; libros de estante y libros que se manosean; libros para hojearlos y libros para saborearlos; libros para adornar y libros para releer;  libros que pasan sobre tu vida y libros que te marcan, te calan, te graban. 

Un libro puede tener todo el dolor del mundo, todas las emociones del amor, todos los cauces de la vida.  Pero si no te identificas con él, ¡es letra muerta! 

Hay libros que devoran y libros que enaltecen; libros que elevan y libros que hunden; libros que ayudan a vivir y libros que se escurren por la vida; libros que levantan los sueños y libros que aplastan la voluntad. 

Hay libros espada, libros flechas, libros rosas.  Hay libros riqueza, libros ruinas, libros donde sangra la vida ¡y libros donde vive Dios! 

Hay libros de publicidad, no de contenido; hay libros para perder el tiempo, no para hacerte crecer. 

Hay libros crudos, inmorales, sin miramientos, y libros para la dignidad y el respeto; libros de autores escandalosos y libros de escritores con solidez y seguridad. 

Hay libros de un momento de moda, y libros con consistencia para durar; libros valiosos en sus materiales y libros jugosos en su pulpa. 

Hay libros de selva… tan tupidos que amedrentan, tan solitarios que aíslan, tan confuso y enredado el bien con el mal, que uno no sabe por dónde transitar.  Son parajes húmedos, que calan enfriando y estrujando el corazón.  Para entrar en ellos hay que hacerlo con una coraza protectora, para no correr el riesgo de perder el camino o dejar de ver el rayito de sol que nos ayude a discernir y a situarnos. 

Para esos libros de selva se necesita mucho carácter, mucha  formación y mucho criterio. 

Hay libros de mar… Son hondos, profundos.  Calman la sed.  Ponen sal a la vida.  Enriquecen por dentro.  Dejan volar el pensamiento.  Son libros de fuerza, de corrientes, de olas, de lágrimas, de suavidad y de ternura.  Son libros para mover la vida, conocer las mareas, batallar con la corriente, bucear los tesoros, nadar en inmensidades ¡y chocar con Dios! 

Los libros de mar son transparentes, de perlas, de algas, de corales. 

Hay libros de arena… Su terreno es tan movedizo, que te hundes; su sol tan recalcitrante, que te ciega; su viento tan arrasador, que te tambalea.  Son libros que te atraen porque brillan, pero ya dentro, manchan, emborronan, ensucian.  Son libros que despiertan curiosidad, pero en el fondo son como un veneno invisible, como una droga para el alma como un silenciador de la conciencia. 

Los libros de arena son peligrosos, y el peligro siempre atrae.  Cuando buscamos claridad, se nos queman las alas.  Cuando buscamos caminos firmes, desaparecen nuestras huellas en la arena.  Cuando queremos salvar el alma, muchas veces es demasiado tarde. 

¡De esta etapa de lecturas peligrosas datan las cicatrices que llevan muchos hombres toda la vida! 

Cuando vayas a leer un libro, recuerda que eres tú dentro de otro; que el libro no es un objeto, es una convivencia; que estás recibiendo una silenciosa influencia, un toque en tu personalidad, un enlace con otro sentir y otro pensar… 

Que alguien está pintando tu cielo, moviendo tus cuerdas, ¡y quedándose en tu vida!

 

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846 – Invasión, saqueo, destrucción, incendios, pillajes, violaciones, etc. por parte de las turbas musulmanas, en la ciudad santa del cristianismo ‘Roma’. Parte de la memoria histórica y patrimonio cultural de la humanidad, fue robado, quemado y destruido.

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«El fanatismo y la ignorancia de los seguidores de Mahoma, les llevó a robar, destruir e incendiar los antiguos papiros y códices de la biblioteca vaticana. Así, parte del patrimonio y memoria escrita de la humanidad, han quedado aniquilados para siempre». Henry W. McCannwhy. 

 

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Justicia sin misericordia, es crueldad. Tomás de Aquino

 

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cayendo la tarde, se lleva las fatigas del día y e hombre eleva su plegaria a Dios

 

 

¿Por qué gran parte de la jerarquía mahometana casi nunca denuncia las posibles – y muchas veces tan evidentes - actividades de terrorismo en las mezquitas italianas, españolas y del orbe?

 

¿Por qué hay tantos imanes al servicio del terrorismo islamista?

 

¿Qué tiene el islamismo tan atrayente al homicidio, terrorismo y crimen?

 

¿Qué hay en el trasfondo del islam tan fértil para atraer al desprecio de la propia vida y obsesionarse para matar la ajena en nombre de Dios?   

 

¿Qué nutre – detrás de las apariencias e intenciones – el islam para tener dificultades en condenar siempre y abiertamente el islamismo terrorista?

 

¿Por qué la clerecía islámica condena ‘a pena de muerte’ sin tapujos ni disfraces, a quien blasfema contra Dios o minimiza al señor Mahoma, o cuestiona al ambiguo Corán como libro iluminado, y no emana ‘fatwas’ contra quienes indiscriminada y bestialmente matan a seres humanos?

 

¡Buenos, caritativos y sinceros musulmanes – amantes de la vida, la paz y de la libertad – a menudo se muestran reticentes en denunciar y limpiar las mezquitas de las actividades terroríficas, tráficos no siempre lícitos y personas implicadas en obras impropias a un lugar de culto!

 

«Y quien calla consiente - o quien consiente, suele callar»

 

«Hay silencios que matan»

 

“Hoy no es aceptable para quien quiere participar verdaderamente en la sociedad de las Naciones en sentido pleno, y no sólo fingir que reconoce principios para después pensarse si éstos no son conformes al Corán.”

2004.05.

 

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a espaldas quedó el mar de Galilea y Pedro va detrás del llamado de Cristo, en la iglesia Católica


 

Todas las acciones de terroristas islamistas degradan y corrompen el débil tejido en el que se basa la civilización; el que diferencia civiles de militares, iglesias y campos de batalla.

 

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Algunos comentaristas hablan del Islam calificándolo de religión pacifista, cuando en realidad su extensión por el mundo no se efectuó mediante un proselitismo misionero pacífico, sino con guerras sangrientas; y su intransigencia hacia otras creencias, o la falta de ellas, es una realidad histórica que continúa en nuestros días, como puede comprobarse con sólo visitar cualquier país musulmán.

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

Preguntaba el monje: "Todas estas montañas y pájaros, y estos ríos y la tierra

y las estrellas… ¿de dónde vienen?".

Y preguntó el maestro: "Y de dónde viene tu pregunta?":¡Busca en tu interior!

 

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado

la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

En el ‘Magnificat’ María nos habla también de sí, de su glorificación ante todas las generaciones futuras: «Ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí». De esta glorificación de María nosotros mismos somos testigos «oculares». ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? ¿Qué rostro, más que el suyo, han buscado reproducir en el arte? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en el Magnificat (o mejor, había dicho de ella el Espíritu Santo); y ahí están veinte siglos para demostrar que no se ha equivocado.

 

Su fe indefectible que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, durante más de dos mil años, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, aquella y siempre misma fe. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amen ¡Gracias!

 

 

Gracias por venir a visitarnos 

Cinco libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden - Dr. hist. César VIDAL -

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce. 

† Al Jesús histórico, Pablo lo conoció a través de la primera comunidad cristiana, es decir, por la mediación de la Iglesia Católica.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).