Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Apologética > Cristo Jesús - 1º Vencedor porque es víctima; Señor cosmos Uno con el Padre

Uno con el Padre - En Jesús se cumple la promesa del nuevo Profeta. En Él se realiza plenamente lo que, en Moisés, aparece sólo de forma fragmentada: vive, de cara a Dios, no sólo como amigo, sino como Hijo, en la más estrecha unión con el Padre. Sus obras, sus hechos, sus padecimientos, su gloria se fundan en esto. La reacción de quienes le escuchaban era clara: esta enseñanza no procede de ninguna escuela.
Para comprender a Jesús son fundamentales las recurrentes referencias a que se retiró «al monte» y rezó toda la noche, solo con el Padre. Esta oración es el conversar del Hijo con el Padre. El alma humana de Jesús se implica en Su comunión filial con el Padre en el acto de la oración. Quien ve a Jesús ve al Padre ( Jn 14,9). El discípulo que sigue a Jesús es llevado, de este modo, a la comunión con Dios. Y esto es lo realmente salvífico: la superación de los límites de lo humano que, en el hombre, a través de la vinculación a Dios, como esperanza y como posibilidad, está ya establecida antes de la Creación.

De la Introducción a Jesús de Nazaret DE S.S. Benedicto XVI. 2006.XI.

 

+++

 

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 9 abril 2004).- Publicamos la homilía que pronunció el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en la celebración de la Pasión del Señor de este Viernes Santo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, en presencia de Juan Pablo II.

 

Predicación del Viernes Santo 2004
P. Raniero Cantalamessa

 

VICTOR QUIA VICTIMA

Vencedor porque es víctima

 

Escuchemos de nuevo las palabras sobre el Siervo de Yahveh cantadas en latín en la primera lectura, a la luz de la historia de la Pasión recién proclamada. El fragmento está construido según un esquema sencillísimo: se abre con un prólogo divino en el cielo; prosigue un largo monólogo de una multitud que, como hace el coro en las tragedias griegas, reflexiona sobre los hechos y saca de ellos sus propias conclusiones; concluye con Dios, que retoma la palabra para emitir su veredicto final.

La situación es tal que no puede ser comprendida adecuadamente más que partiendo de su epílogo; por esto Dios anticipa desde el inicio el resultado final: «He aquí que prosperará mi Siervo; será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera». Se alude a algo que nunca antes había sucedido, a pueblos que se maravillan, a reyes que cierran su boca: el horizonte se dilata hasta una absolutidad y universalidad que ninguna narración histórica, ni siquiera la de los Evangelios, sería capaz de producir, determinada como está por el tiempo y el espacio. Es la fuerza propia de la profecía que la hace querida e indispensable incluso después de que conozcamos su cumplimiento.

-.-

Toma la palabra la multitud. Antes de todo, casi para excusar la propia ceguera, aquella describe la irreconocibilidad del siervo. «No tenía apariencia ni presencia: ¿cómo podíamos reconocer “la mano de Dios” en lo que veíamos?».

Despreciable y deshecho de hombres,
varón de dolores y sabedor de dolencias,
como uno ante quien se oculta el rostro,
despreciable, y no le tuvimos en cuenta.

¡Pero he aquí la reflexión, la «revelación»! Asistimos al surgimiento de la fe en su «estado naciente».

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba
y nuestros dolores los que soportaba!
Nosotros le tuvimos por azotado,
herido de Dios y humillado.
Él ha sido herido por nuestras rebeldías,
molido por nuestras culpas.
Él soportó el castigo que nos trae la paz,
y con sus cardenales hemos sido curados.

Para comprender lo que sucede en este momento en la multitud, volvamos a pensar en lo que ocurre cuando la profecía se hace realidad. Por algo de tiempo, después de la muerte de Cristo, la única certeza sobre Él era que había muerto, y muerto en la cruz; que era «el maldito de Dios» porque estaba escrito: «Maldito todo el que está colgado de un madero» (Cf. Dt 21, 23; Ga 3, 13). Vino el Espíritu Santo, «convenció al mundo de pecado» y he aquí que brota la fe pascual de la Iglesia: «¡Cristo murió por nuestros pecados!» (Cf. Rm 4, 25); «Él, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo» (1 P 2, 24).

Nadie puede ser situado en el lugar del Siervo; por un lado está él, por otro «todos nosotros».

Todos nosotros como ovejas erramos,
cada uno marchó por su camino,
y Yahveh descargó sobre Él
la culpa de todos nosotros.

El profeta mismo que escribe se sitúa dentro de ese «nosotros». ¿Cómo se puede pensar que el Siervo sea una colectividad, un pueblo, si es justamente por los pecados de “su” pueblo que él es golpeado hasta la muerte (Cf. Is 53, 8)? El apóstol Pablo despejará toda duda al respecto: «Tanto judíos como griegos, están todos bajo el pecado... No hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3,9.22-23).

La Biblia conoce un criterio privilegiado para distinguir la verdadera de la falsa profecía: su cumplimiento. Es verdadera profecía la que se verificará, falsa profecía la que no tendrá cumplimiento (Cf. Dt 18, 21 s; Jr 28, 9). ¿Pero dónde, cuándo o en quién, se ha llevado a cabo lo que se dice de este Siervo de Dios? ¿No se puede pensar que el profeta hable de sí o de algún personaje del pasado, sin reducir todo el canto a un conjunto de piadosas exageraciones?

¿En qué desconocido personaje del tiempo se ha realizado “la cosa inaudita” que aquel narra? ¿Dónde están las multitudes justificadas y los reyes que cierran su boca? ¿De qué persona, fuera de Cristo, miles de millones de seres humanos dicen, sin vacilación, desde hace veinte siglos: “¡Él es mi salvación!” “¡Por sus llagas he sido sanado!”?

-.-

 

Retoma la palabra Dios:

Por las fatigas de su alma,
Verá luz, se saciará.
Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos
Y las culpas de ellos él soportará.

La mayor novedad, en todo el canto, no es que el Siervo permanezca como cordero manso y no invoque justicia y venganza de Dios, como hacían Job, Jeremías y muchos salmistas. La novedad mayor es que ni siquiera Dios trata de vengar al Siervo y hacerle justicia. Es más, la justicia que Él hace al Siervo no consiste en castigar a los perseguidores, sino en salvarlos; ¡no en hacer justicia a los pecadores, sino en hacer justos a los pecadores! «Justificará mi Siervo a muchos».

Este es el hecho «nunca oído» que el apóstol Pablo vio realizado en Cristo y proclama triunfalmente en la Carta a los Romanos: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3, 24-25).

Persiste, es cierto, una sombra oscura sobre la actuación de este Dios. «El Señor ha querido abatirlo con dolores». Nos horrorizamos ante el pensamiento de un Dios que «se complace» con hacer sufrir a su propio Hijo y, en general, a cualquier criatura. ¡No ha querido el medio, sino el fin! No el sufrimiento del Siervo, sino la salvación de muchos. «Non mors placuit sed voluntas sponte morienti», explica San Bernardo [1]; no le complace la muerte del Hijo, sino su voluntad de morir espontáneamente para la salvación del mundo.

Por eso le daré su parte entre los grandes
Y con poderosos repartirá despojos,
ya que indefenso se entregó a la muerte
y con los rebeldes fue contado,
cuando él llevó el pecado de muchos,
e intercedió por los rebeldes.

Esto es lo que le ha agradado verdaderamente a Dios, lo que Él hizo con sumo gozo. Nos lo ha recordado el apóstol Pablo con aquel texto que hemos escuchado como aclamación del Evangelio y que hace de nexo entre la profecía de Isaías y el relato de la Pasión:

Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte
y muerte de cruz.
Por lo cual Dios le exaltó
y le otorgó el Nombre,
que está sobre todo nombre (Flp 2, 8-9)

-.-


La pasión de Cristo, descrita proféticamente en Isaías e históricamente en los Evangelios tiene un mensaje especial para los tiempos que estamos viviendo. El mensaje es: ¡No a la violencia! El Siervo «no ha cometido violencia», si bien sobre Él se ha concentrado toda la violencia del mundo: fue golpeado, traspasado, maltratado, aplastado, condenado, quitado de en medio y finalmente arrojado en una fosa común («se le dio sepultura entre los impíos»). En todo ello no abrió la boca, se comportó como cordero manso llevado al matadero, no amenazó con venganza, se ofreció a sí mismo en expiación e «intercedió» por los que le daban muerte: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23,34).

Así venció a la violencia; la venció no oponiendo a ésta una violencia mayor, sino sufriéndola y mostrando toda su injusticia e inutilidad. Ha inaugurado un nuevo tipo de victoria que San Agustín ha condensado en tres palabras: «Victor quia victima»: vencedor porque es víctima [2].

El problema de la violencia nos angustia, nos escandaliza, actualmente que ésta ha inventado atemorizantes formas nuevas de crueldad y de obtusidad y ha invadido hasta los terrenos donde debería ser un remedio contra la violencia: el deporte, el arte, el amor. Nosotros, los cristianos, reaccionamos horrorizados a la idea de que se pueda hacer violencia y matar en nombre de Dios. Hay quien objeta sin embargo: ¿pero no está la misma Biblia llena de historias de violencia? ¿No es Dios llamado «el Dios de los ejércitos»? ¿No se le atribuye a Él la orden de destinar al exterminio ciudades enteras? ¿No es Él quien prescribe, en la Ley mosaica, numerosos casos de pena de muerte?

Si hubiera dirigido a Jesús, durante su vida, la misma objeción, con seguridad le habría respondido lo que dijo a propósito del divorcio: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así» (Mt 19, 8). También a propósito de la violencia, «al principio no fue así». El primer capítulo del Génesis nos presenta un mundo donde no es ni siquiera pensable la violencia, ni de los seres humanos entre sí, ni entre los hombres y los animales. Ni siquiera para vengar la muerte de Abel es lícito matar (Cf. Gn 4, 15).

El genuino pensamiento de Dios está expresado por el mandamiento «No matar», más que por las excepciones hechas a éste en la Ley, que son concesiones hechas a la «dureza del corazón» y de las costumbres de los hombres. La violencia forma parte ya de la vida, y la Biblia, que refleja la vida, intenta por lo menos con su legislación y la misma pena de muerte canalizar y contener la violencia para que no degenere en arbitrio personal y no se despedacen recíprocamente [3].

Pablo habla de un tiempo caracterizado por la «tolerancia» de Dios (Rm 3, 25). Dios tolera la violencia, como tolera la poligamia, el divorcio y otras cosas, pero va educando al pueblo hacia un tiempo en que su plan originario será «recapitulado» y nuevamente enaltecido, como para una nueva creación. Este tiempo llega con Jesús, que sobre el monte proclama: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra... Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan» (Mt 5, 38-39; 43-44).

Dios pronuncia en Cristo un definitivo y perentorio «No» a la violencia, oponiendo a ésta no simplemente la no-violencia, sino, más, el perdón, la benignidad, la dulzura: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). El verdadero sermón de la montaña, sin embargo, no es el que Jesús pronunció un día sobre una colina de Galilea; es el que pronuncia ahora desde lo alto de la cruz, en el monte Calvario, ya no con palabras, sino silenciosamente y con los hechos.

Si hay aún violencia, ya no podrá ni remotamente motivarse en Dios y recubrirse de su autoridad. Hacerlo significa hacer retroceder la idea de Dios a épocas primitivas, superadas por la conciencia religiosas y civil de
la humanidad.

No
se podrá ni siquiera justificar la violencia en nombre del progreso. «La violencia –dijo alguien— es la comadrona de la historia» (Marx y Engels). En parte es verdad. Es cierto que órdenes sociales nuevos y más justos son resultados a veces de revoluciones y guerras, como es verdad también lo contrario: que injusticias y males peores son resultado de aquellas. Pero justamente eso revela el estado de desorden en que se encuentra el mundo: el hecho de que sea necesario acudir a la violencia para enderezar el mal, que no se pueda obtener el bien si no haciendo el mal. Incluso aquellos que en un tiempo estaban convencidos de que la violencia es la comadrona de la historia han cambiado de parecer y hoy marchan ensalzando la paz. La violencia es comadrona sólo de más violencia.

Reflexionando sobre los acontecimientos que en 1989 llevaron a la caída de los regímenes totalitarios del Este sin derramamiento de sangre, en la encíclica Centesimus annus Juan Pablo II veía ahí el resultado de la acción de hombres y mujeres que habían sabido dar testimonio de la verdad sin recurrir a la violencia. Concluía formulando un deseo que, a quince años de distancia, resuena hoy más urgente que nunca: «Ojalá los hombres aprendan a luchar por la justicia sin violencia» [4]. Este deseo queremos ahora transformar en oración:

«Señor Jesucristo, no te pedimos que aniquiles a los violentos y a aquellos que se ensalzan infundiendo terror, sino que cambies su corazón y los conviertas. Ayúdanos a decir también nosotros: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Rompe esta cadena de violencia y de venganza que tiene al mundo entero con el aliento contenido. Tú has creado la tierra en la armonía y en la paz; que deje de ser “el jardín que nos hace tan feroces”».

En el mundo hay innumerables seres humanos que, como tú en la Pasión, «no tienen ni apariencia ni presencia, despreciados y rechazados, hombres y mujeres que conocen el padecimiento»: enséñanos a no cubrirnos el rostro ante ellos, a no huir de ellos, sino a hacernos cargo de su dolor y de su soledad.

María, «sufriendo con tu Hijo que moría en la cruz, tú has cooperado de forma del todo especial en la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad» [5]: inspira a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo pensamientos de paz y de perdón. Así sea.
--------------------------------------
[1] Bernardo de Claraval, De errore Abelardi, 8, 21 (PL 182, 1070).
[2] San Agustín, Confesiones, X,43.
[3] Cf. R. Girard, Des choses cachées depuis la fondation du monde, II, L’Ecriture judéo-chrétienne, París 1981.
[4] Juan Pablo II, Centesimus annus, III, 23.
[5] Lumen gentium, 61.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit.org]
ZS04040904

 

+++

 

El mal en el hombre y en el mundo

y el plan divino de salvación

 

1. Después de la catequesis sobre Dios Uno y Trino, Creador y Providente, Padre y Señor del universo, comenzamos otra serie de catequesis sobre Dios Salvador.

El punto fundamental de referencia de estas catequesis está constituido por los Símbolos de la fe, sobre todo por el más antiguo, que es llamado el Símbolo Apostólico, y por el llamado Niceno-Constantinopolitano. Son los Símbolos más conocidos y más usados en la Iglesia, especialmente en las "oraciones del cristiano" el primero, y en la liturgia el segundo. Los dos textos tienen una disposición análoga en el contenido, en el cual es característico el pasaje de los artículos que hablan de Dios, Padre Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles, y de los que hablan de Jesucristo.

El Símbolo Apostólico es conciso: (yo creo) "en Jesucristo, su único Hijo, (de Dios), nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen...", etc.

El Símbolo Niceno-Constantinopolitano amplía, en cambio, notablemente la profesión de fe en la divinidad de Cristo, Hijo de Dios, "nacido del Padre antes de todos los siglos... engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre", el cual -y he aquí el paso al misterio de la encarnación del Verbo- "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre". Y a este punto entre ambos Símbolos presentan los elementos del misterio pascual de Jesucristo y anuncian su nueva venida para el juicio.

Sucesivamente los dos Símbolos profesan la fe en el Espíritu Santo. Es necesario, por tanto, subrayar que su estructura esencial es trinitaria: Padre-Hijo-Espíritu Santo. Al mismo tiempo en ellos están inscritos los elementos más salientes de lo que constituye la acción "hacia fuera" (ad extra) de la Santísima Trinidad: por eso hablan primero del misterio de la creación (del Padre Creador), y seguidamente de los misterios de la redención (del Hijo Redentor), y de la santificación (del Espíritu Santo Santificador).

2. He aquí por qué siguiendo los Símbolos, después del ciclo de las catequesis referentes al misterio de la creación, o mejor, referentes a Dios como creador de todas las cosas, pasamos ahora a un ciclo de catequesis que se refieren al misterio de la redención, o mejor, a Dios como Redentor del hombre y del mundo. Y serán catequesis sobre Jesucristo (cristología), porque la obra de la redención, aunque pertenece (como también la obra de la creación) a Dios Uno y Trino, ha sido realizada en el tiempo por Jesucristo, Hijo de Dios que se ha hecho hombre para salvarnos.

Observamos enseguida que en este ámbito del misterio de la redención, la cristología se sitúa en el terreno de la "antropología" y de la historia. Efectivamente, el Hijo consubstancial al Padre, que por obra del Espíritu Santo se hace hombre naciendo de la Virgen María, entra en la historia de la humanidad en el contexto de todo el cosmos creado. Se hace hombre "por nosotros los hombres (propter nos homines) y por nuestra salvación" (et propter nostram salutem). El misterio de la Encarnación (et incarnatus est) es visto por los Símbolos en función de la redención. Según la revelación y la fe de la Iglesia, ello tiene por tanto un sentido salvífico (sotereología).

3. Por esta razón los Símbolos, al colocar el misterio de la Encarnación salvífica en el escenario de la historia, tocan a la realidad del mal, y en primer lugar la del pecado. Efectivamente, salvación significa sobre todo liberación del mal, y, en particular, liberación del pecado, aunque si obviamente el alcance del termino no se reduce a eso, sino que abraza la riqueza de la vida divina que Cristo ha traído al hombre. Según la Revelación, el pecado es el mal principal y fundamental porque en él está contenido el rechazo de la voluntad de Dios, de la verdad y de la Santidad de Dios, de su paterna bondad, como se ha revelado ya en la obra de la creación y sobre todo en la creación de los seres racionales y libres, hechos "a imagen y semejanza" del Creador. Precisamente esta "imagen y semejanza" es usada contra Dios, cuando el ser racional con la propia libre voluntad rechaza la finalidad del ser y del vivir que Dios ha establecido para la criatura. En el pecado está, por tanto, contenida una deformación particularmente profunda del bien creado, especialmente en un ser, que, como el hombre, es imagen y semejanza de Dios.

4. El misterio de la redención está, en su misma raíz, unido de hecho con la realidad del pecado del hombre. Por eso, al explicar con una catequesis sistemática los artículos de los Símbolos que hablan de Jesucristo, en el cual y por el cual Dios ha obrado la salvación, debemos afrontar, ante todo, el tema del pecado, esa realidad oscura difundida en el mundo creado por Dios, la cual constituye la raíz de todo el mal que hay en el hombre y, se puede decir, en la creación. Sólo por este camino es posible comprender plenamente el significado del hecho de que, según la Revelación, el Hijo de Dios se ha hecho hombre "por nosotros los hombres" y "por nuestra salvación". La historia de la salvación presupone "de facto" la existencia del pecado en la historia de la humanidad, creada por Dios. La salvación, de la que habla la divina Revelación, es ante todo la liberación de ese mal que es el pecado. Es esta una verdad central en la soteriología cristiana: "propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis".

Y aquí debemos observar que, en consideración de la centralidad de la verdad sobre la salvación en toda la Revelación divina y, con otras palabras, en consideración de la centralidad del misterio de la redención, también la verdad sobre el pecado forma parte del núcleo central de la fe cristiana. Sí, pecado y redención son términos correlativos en la historia de la salvación. Es necesario, por tanto, reflexionar ante todo sobre la verdad del pecado para poder dar un sentido justo a la verdad de la redención operada por Jesucristo, que profesamos en el Credo. Se puede decir que es la lógica interior de la Revelación y de la fe, expresada en los Símbolos, la que se nos impone al ocuparnos en estas catequesis ante todo del pecado.

5. A este tema nos hemos preparado, en cierto sentido, por el ciclo de catequesis sobre la Divina Providencia. "Todo lo que ha creado, Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia", como enseña el Concilio Vaticano I, que cita el libro de la Sabiduría: "Se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad" (cf. Sab 8, 1; DS 3003).

Al afirmar este cuidado universal de las cosas, que Dios conserva y conduce con mano potente y con ternura de Padre, dicho Concilio precisa que la Providencia Divina abraza de modo particular todo lo que los seres racionales libres introducen en la obra de la creación. Así se sabe que ello consiste en actos de sus facultades, que pueden ser conformes o contrarios a la voluntad divina; por tanto también el pecado.

Como se ve, la verdad sobre la Divina Providencia nos permite ver también el pecado en una justa perspectiva. Y bajo esta luz los Símbolos nos ayudan a considerarlo. En realidad, digámoslo desde la primera catequesis sobre el pecado, los Símbolos de la Fe apenas si tocan este tema. Pero precisamente por esto nos sugieren examinar el pecado desde el punto de vista del misterio de la redención, en la soteriología. Y entonces podemos enseguida añadir que si la verdad sobre la creación, y todavía más su Divina Providencia, nos permiten acercarnos al problema del mal y, especialmente, del pecado con claridad de visión y de precisión de términos en base a la revelación de la infinita bondad de Dios, la verdad sobre la redención nos hará confesar con el Apóstol: "Ubi abundavit delictum, superabundavit gratia": "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20), porque nos hará descubrir mejor la misteriosa conciliación, en Dios, de la justicia y de la misericordia, que son las dos dimensiones de esa su bondad. Podemos, por tanto, decir desde ahora que la realidad del pecado se convierte, a la luz de la redención, en ocasión para un conocimiento más profundo del misterio de Dios: de Dios que es amor (1 Jn 4, 16 ).

La fe nos pone así en atento diálogo con tantas voces de la filosofía, de la literatura, de las grandes religiones, que tratan no poco de las raíces del mal y del pecado, y con frecuencia ansían una luz de redención. Y precisamente a este terreno común la fe cristiana trata de llevar a todos la verdad y la gracia de la divina Revelación. 27.VIII.1986

 

+++

 

La revelación del Espíritu Santo en Cristo

 

1. En las catequesis anteriores hemos puesto de relieve que de toda la tradición veterotestamentaria afloran referencias, indicios, alusiones a la realidad del Espíritu divino, que parecen casi un preludio de la revelación del Espíritu Santo como persona, como se tendrá en el Nuevo Testamento. En realidad, sabemos que Dios inspiraba y guiaba a los autores sagrados de Israel, preparando la revelación definitiva que realizaría plenamente Cristo y que Él entregaría a los Apóstoles para que la predicasen y difundiesen en todo el mundo.

En el Antiguo Testamento existe, pues, una revelación inicial y progresiva, referente no sólo al Espíritu Santo, sino también al Mesías-Hijo de Dios, a su acción redentora y a su Reino. Esta revelación hace aparecer una distinción entre Dios Padre, la eterna Sabiduría que procede de Él y el Espíritu potente y benigno, con el que Dios actúa en el mundo desde la creación y guía la historia según su designio de salvación.

2. Sin duda no se trataba aún de una manifestación clara del misterio divino. Pero era ciertamente una especie de propedéutica en la futura revelación, que Dios mismo iba desarrollando en la fase de la Antigua Alianza mediante “la Ley y los Profetas” (cf. Mt 22, 40; Jn 1, 45) y la misma historia de Israel, puesto que “omnia in figura contingebant illis”: “todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos” (1 Co 10, 11; 1 P 3, 21; Hb 9, 24).

De hecho, en los umbrales del Nuevo Testamento hallamos algunas personas como José, Zacarías, Isabel, Ana, Simeón y sobre todo María, que ―gracias a la iluminación interior del Espíritu― saben descubrir el verdadero sentido del adviento de Cristo al mundo.

La referencia que los evangelistas Lucas y Mateo hacen al Espíritu Santo, por estos piadosísimos representantes de la Antigua Alianza (cf. Mt 1, 18.20; Lc 1, 15. 35, 41. 67; 2, 26-27), es la documentación de un vínculo y, podemos decir, de un paso del Antiguo al Nuevo Testamento, reconocido luego plenamente a la luz de la revelación de Cristo y después de la experiencia de Pentecostés. Es significativo el hecho de que los Apóstoles y Evangelistas empleen el término “Espíritu Santo” para hablar de la intervención de Dios tanto en la encarnación del Verbo como en el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. Merece destacar que en ambos momentos, en el centro del cuadro descrito por Lucas está María, virgen y madre, que concibe a Jesús por obra del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35; Mt 1, 18), y permanece en oración con los Apóstoles y los otros primeros miembros de la Iglesia en espera del mismo Espíritu (cf. Hch 1, 14).

3. Jesús mismo ilustra el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos que sólo con su ayuda será posible penetrar a fondo en el misterio de su persona y de su misión: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa... Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 13-14). Así, pues, el Espíritu Santo es el que hace captar la grandeza de Cristo, y de este modo “da gloria” al Salvador. Pero es también el Espíritu el que hace descubrir el propio papel en la vida y en la misión de Jesús.

Es un punto de gran interés sobre el cual deseo atraer vuestra atención con esta nueva serie de catequesis.

Si anteriormente hemos ilustrado las maravillas del Espíritu Santo anunciadas por Jesús y verificadas en Pentecostés y en el primer camino de la Iglesia en la historia, ha llegado el momento de subrayar que la primera y suprema maravilla realizada por el Espíritu Santo es Cristo mismo. Y hacia esta maravilla queremos dirigir ahora nuestra mirada.

4. En realidad, hemos reflexionado ya sobre la persona, la vida y la misión de Cristo en las catequesis cristológicas; pero ahora podemos reanudar sintéticamente ese razonamiento en clave pneumatológica, es decir, a la luz de la obra realizada por el Espíritu Santo en el Hijo de Dios hecho hombre.

Tratándose del “Hijo de Dios”, en la enseñanza catequística se habla de Él después de haber considerado a “Dios-Padre”, y antes de hablar del Espíritu Santo, que “procede del Padre y del Hijo”. Por esto la Cristología precede a la Pneumatología. Y es justo que sea así, porque también bajo el aspecto cronológico, la revelación de Cristo en nuestro mundo ocurrió antes de la efusión del Espíritu Santo, que formó a la Iglesia el día de Pentecostés. Más aún, dicha efusión fue el fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y la manifestación del poder adquirido por el Hijo ya sentado a la derecha del Padre.

5. Y sin embargo, parece imponerse ―como hacen observar justamente los orientales― una integración pneumatológica de la Cristología, por el hecho de que el Espíritu Santo se halla en el origen mismo de Cristo como Verbo encarnado venido al mundo “por obra del Espíritu Santo”, como dice el Símbolo.

Ha existido una presencia suya decisiva en el cumplimiento del misterio de la Encarnación, hasta el punto que, si queremos recoger y enunciar más completamente este misterio, no nos basta decir que el Verbo se hizo carne: hay que subrayar también ―como ocurre en el Credo― el papel del Espíritu en la formación de la humanidad del Hijo de Dios en el seno virginal de María. De esto hablaremos. Y sucesivamente trataremos de seguir la acción del Espíritu Santo en la vida y en la misión de Cristo: en su infancia, en la inauguración de la vida pública mediante el bautismo, en la permanencia en el desierto, en la oración, en la predicación, en el sacrificio y, finalmente, en la resurrección.

6. Del examen de los textos evangélicos emerge una verdad esencial: no se puede comprender lo que ha sido Cristo, y lo que es para nosotros, independientemente del Espíritu Santo. Lo que significa que no sólo es necesaria la luz del Espíritu Santo para penetrar en el misterio de Cristo, sino que se debe tener en cuenta el influjo del Espíritu Santo en la Encarnación del Verbo y en toda la vida de Cristo para explicar el Jesús del Evangelio. El Espíritu Santo ha dejado la impronta de la propia personalidad divina en el rostro de Cristo.

Por ello, toda profundización del conocimiento de Cristo requiere también una profundización del conocimiento del Espíritu Santo. “Saber quién es Cristo” y “saber quién es el Espíritu”: son dos exigencias unidas indisolublemente, que se influyen mutuamente.

Podemos añadir que también la relación del cristiano con Cristo es solidaria con su relación con el Espíritu. Lo hace comprender la Carta a los Efesios cuando desea los creyentes que sean “fortalecidos” por el Espíritu del Padre en el hombre interior, para ser capaces de “conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento” (cf. Ef 3, 16-19). Esto significa que para llegar a Cristo en el conocimiento y en el amor ―como ocurre en la verdadera sabiduría cristiana― tenemos necesidad de la inspiración y de la guía del Espíritu Santo, maestro interior de verdad y de vida.28.III.1990

 

+++

 

 

Cristo, vencedor de la muerte

 

S. S. Juan Pablo II
En la parroquia de Ntra. Sra. de Lourdes (8-Xl-1992)

1. "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".
Celebramos hace pocos días la conmemoración solemne de todos los fieles difuntos; y estamos todavía en un clima de reflexión y de oración por nuestros seres queridos difuntos. La triste peregrinación que durante el mes de noviembre lleva a tanta gente a los cementerios es un gesto de piedad y afecto, y una manifestación coral de fe y comunión eclesial.
También yo fui al cementerio de Verano [en Roma] el 1 de noviembre para celebrar el sacrificio divino y recordar a los muertos de nuestra ciudad. Me unÍ, de este modo, a toda la familia de los creyentes que en todas partes se recoge, congregada por la esperanza evangélica, en los lugares donde descansan los restos de sus seres queridos difuntos, y por ellos eleva a Dios una invocación llene de confianza.
La Iglesia proclama, al mismo tiempo, su fe en Cristo vencedor de la muerte: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». Estos dos artículos del Credo o Símbolo apostólico cobran un significado singular a la luz de la memoria de los fieles difuntos.
Nos recuerdan que no nos encaminamos hacia la nada. Por el contrario, nuestra existencia tiene una meta precisa y la fe abre, en medio de la tristeza de la separación humana, el horizonte luminoso de una vida que va más allá de esta existencia terrena y que será el puerto de llegada de todos los hijos de Dios, en Jesucristo.

2. Las lecturas de la santa misa de este XXXII domingo del tiempo ordinario hablan de la resurrección de los muertos y de la vida del mundo futuro. En el pasaje del evangelio de Lucas algunos saduceos se dirigen a Jesús con una pregunta insidiosa. Niegan que haya resurrección de los muertos, y quieren lograr que Jesús tome una posición al respecto, pero él les responde, como siempre, con una claridad cristalina.
El Señor afirma que los muertos resucitan. Esta es la afirmación más importante y solemne. Observa: "Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven" (Lc 20, 37-38).
Explica también cómo será la vida eterna, partiendo de la pregunta provocadora de los saduceos. A éstos, que con evidente ironía le preguntan de quién será esposa, después de la muerte, una mujer que tuvo durante su vida muchos maridos sucesivos, Jesús responde que los resucitados en el más allá "ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección" (Lc 20, 35-36).

3. Asi pues, en estas breves expresiones el divino Maestro reafirma dos veces consecutivas la verdad de la resurrección, agregando claramente que le existencia, después de la muerte, será diferente de le existencia en le tierre: desaparecerá la procreación, necesaria en el tiempo, según las palabras del Creador: "sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedle" (Gn 1, 28).
Y dado que la vida de los resucitados será semejante a le de los ángeles, nos da a entender que la persona humana estará libre de las necesidades relacionadas con la presente condición mortal.
Gracias a otros pasajes de la sagrada Escritura y a la reflexión de los padres de la Iglesia sabemos que el paraíso constituye le respuesta más elevada a nuestra necesidad íntima de felicidad, a través de la posesión directa del Bien infinito: Dios. San Agustín escribió: «lbi vacabimus, et videbimus; videbimus, et amabimus; amabimus, et laudabimus. Ecce quod erit in fine sine fine» (De civitate Dei, XXII, 30, 5: PL 41, 804). En el paraíso «descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin».

4. Un ejemplo de fe inquebrantable en el más allá nos lo propone también la primera lectura, tomada del libro de los Macabeos. Es el relato de los siete hermanos que, junto con su madre, afrontaron heroicamente la muerte con tal de no violar las prescripciones de la ley mosaica. Lo dicen, casi lo gritan al rey pagano que queria obligarlos a realizar una acción mala: «EI rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna» (2 M7, 9). Su testimonio heroico anticipa el testimonio de miles de mártires cristianos, orgullo y corona de la Iglesia primitiva. Muchos de ellos sacrificaron su vida, derramando su sangre por el Evangelio, precisamente en Roma.
El martirio a causa del Evangelio ha estado presente siempre en la Iglesia, y sigue estándolo aún hoy. Hay muchos otros martirios también en nuestro siglo. Se trata de una llamada divina singular dirigida a almas privilegiadas que, a través de la inmolación de su vida, imitan mucho más de cerca al Salvador Jesús, fecundando con el don total de sí mismas el amplio «campo de Dios» ( 1 Co 3, 9).
Aunque sólo a algunas personas se les pide este sacrificio extraordinario, todos los fieles que quieran seguir a Cristo con generosidad auténtica, antes o después deberán sufrir, precisamente a causa de esa fidelidad, una especie de martirio: del corazón, de los sentidos, de la voluntad o de los sentimientos.
En las horas difíciles, teniendo presente la valentía de los mártires y de los santos, no hemos de olvidar nunca las palabras del Símbolo apostólico: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». Son fuente de fortaleza y esperanza; luz y apoyo en la prueba. Sólo la certeza de la resurrección puede evitar que el creyente ceda frente a la seducción del mundo e imite a cuantos ponen toda su confianza en la condición mortal presente, preocupados únicamente por su interés inmediato.

 

+++

 

1. El apóstol Pablo, en el capítulo octavo de la carta a los Romanos, ilustrando la acción del Espíritu Santo, que nos transforma en hijos del Padre en Cristo Jesús (cf. Rm 8, 14-16), introduce el tema del camino del mundo hacia su plenitud según el designio divino. En efecto, como ya hemos explicado en las catequesis anteriores, el Espíritu Santo está presente y activo en la creación y en la historia de la salvación. Podríamos decir que llena el cosmos de amor y misericordia de Dios, y así dirige la historia de la humanidad hacia su meta definitiva.

El cosmos ha sido creado por Dios como habitación del hombre y teatro de su aventura de libertad. En diálogo con la gracia, cada ser humano está llamado a aceptar responsablemente el don de la filiación divina en Cristo Jesús. Por esto, el mundo creado adquiere su verdadero significado en el hombre y por el hombre. Éste, ciertamente, no puede disponer a su capricho del cosmos en que vive, sino que con su inteligencia y su voluntad debe llevar a cumplimiento la obra del Creador.

“El hombre —enseña la Gaudium et spes—, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de relacionarse a sí mismo y al universo entero con él, de modo que, con el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en toda la tierra” (n. 34).

 

2. Para que se realice el designio divino, el hombre debe usar su libertad en sintonía con la voluntad de Dios y vencer el desorden introducido por el pecado en su vida y en el mundo. Esta doble empresa no puede llevarse a cabo sin el don del Espíritu Santo. Lo subrayan con vigor los profetas del Antiguo Testamento. Así, el profeta Ezequiel dice: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. (...) Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 26-28).

Esta profunda renovación personal y comunitaria, esperada para la “plenitud de los tiempos” y realizada por el Espíritu Santo, implicará, de alguna manera, a todo el cosmos. Escribe el profeta Isaías: “Al fin será derramado desde arriba sobre nosotros el Espíritu. Se hará la estepa un vergel (...). Reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel; el producto de la justicia será la paz, el fruto de la equidad, una seguridad perpetua. Y habitará mi pueblo en morada de paz” (Is 32, 15-18).

 

3. Para el apóstol Pablo esta promesa se cumple en Cristo Jesús, crucificado y resucitado. En efecto, Cristo redime y santifica por medio del Espíritu a quien acoge en la fe su palabra de salvación, transforma su corazón y, como consecuencia, sus relaciones sociales.

Gracias al don del Espíritu Santo, el mundo de los hombres se convierte en “spatium verae fraternitatis”, espacio de una verdadera fraternidad (cf. Gaudium et spes, 37). Esa transformación del obrar del hombre y de las relaciones sociales se manifiesta en la vida eclesial, en el empeño puesto en las realidades temporales y en el diálogo con todos los hombres de buena voluntad. Este testimonio resulta signo profético y principio de fermentación de la historia hacia la llegada del Reino, superando todo lo que impide la comunión entre los hombres.

 

4. En esta novedad de vida en la construcción de la paz universal, por medio de la justicia y del amor, está llamado a participar, de modo misterioso pero real, también el cosmos. Como enseña el apóstol Pablo: “Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rm 8, 19-23).

La creación, vivificada por la presencia del Espíritu creador, está llamada a convertirse en “morada de paz” para toda la familia humana. La creación consigue este objetivo por la mediación de la libertad del hombre, que Dios ha puesto como su custodio. Si el hombre, de forma egoísta, por una falsa concepción de la libertad, se encierra en sí mismo, implica fatalmente en esta perversión a la creación misma.

Al contrario, por el don del Espíritu Santo, que Jesucristo derrama sobre nosotros desde su costado traspasado en la cruz, el hombre adquiere la verdadera libertad de hijo en el Hijo. Así puede comprender el verdadero significado de la creación y hacer que se convierta en “morada de paz”.

En este sentido, san Pablo puede afirmar que la creación gime y espera la revelación de los hijos de Dios. Sólo si el hombre, con la luz del Espíritu Santo, se reconoce hijo de Dios en Cristo y contempla la creación con sentimiento de fraternidad, todo el cosmos es liberado y redimido según el plan divino.5. La consecuencia de estas reflexiones es realmente consoladora: el Espíritu Santo es la verdadera esperanza del mundo. No sólo actúa en el corazón de los hombres, en el que introduce la estupenda participación en la relación filial que Jesucristo vive con el Padre, sino que también eleva y perfecciona las actividades humanas en el universo.

Como enseña el concilio Vaticano II, estas actividades “deben ser purificadas y llevadas a la perfección por la cruz y la resurrección de Cristo. Pues, redimido por Cristo y hecho criatura nueva en el Espíritu Santo, el hombre puede y debe amar las cosas mismas creadas por Dios. De Dios las recibe y las mira y respeta como provenientes de la mano de Dios. Dando gracias por ellas a su Bienhechor, y usando y gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu, entra en la verdadera posesión del mundo como quien no tiene nada y lo posee todo. “Pues todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1Co 3, 22-23)” (Gaudium et spes, 37). Miércoles 19 de agosto de 1998

 

+++

 

 

Cristo, Señor del cosmos y de la historia

 

Cristo, Señor del cosmos y de la historia Meditación sobre el cántico Colosenses 1, 3.12-20 de Juan Pablo II

 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 5 mayo 2004 - Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el himno a Cristo del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Colosenses (versículos 3, 12-20).

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda
la plenitud.
Y
por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

 

1. Hemos escuchado el admirable himno cristológico de la Carta a los Colosenses. La Liturgia de las Vísperas lo presenta a los fieles en las cuatro semanas en la que se articula como un cántico, carácter que quizá tenía desde sus orígenes. De hecho, muchos estudiosos consideran que el himno podría ser la cita de un canto de las Iglesias de Asia menor, incluido por Pablo en la carta dirigida a la comunidad cristianas de Colosas, que entonces era una ciudad floreciente y populosa.
El apóstol, sin embargo, nunca viajó a este centro de la Frigia, región de la actual Turquía. La Iglesia local había sido fundada por un discípulo suyo, originario de aquellas tierras, Epafras. Éste aparece al final de la carta junto al evangelista Lucas, «el médico querido», como lo llama san Pablo (4, 14), y junto a otro personaje, Marcos, «primo de Bernabé» (4, 10), en referencia quizá al compañero de Pablo (Cf. Hechos 12, 25; 13, 5.13), que después se convertiría en evangelista.

2. Dado que tendremos la oportunidad de volver en varias ocasiones a comentar este cántico, nos contentamos ahora con ofrecer una mirada de conjunto y evocar un comentario espiritual, escrito por un famoso Padre de la Iglesia, san Juan Crisóstomo (IV sec. d.C.), famoso orador y obispo de Constantinopla. En el himno emerge la grandiosa figura de Cristo, Señor del cosmos. Al igual que la divina Sabiduría creadora exaltada por el Antiguo Testamento (Cf. por ejemplo Proverbios 8, 22-31), «él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia»; es más «todo fue creado por él y para él» (Colosenses 1, 16-17).
Por tanto, en el universo, se despliega un designio trascendente que Dios actúa a través de la obra de su Hijo. Lo proclama también el «Prólogo» del Evangelio de Juan, cuando afirma que «todo se hizo por la Palabra y sin ella no se hizo nada de cuanto existe» (Juan 1, 3). También la materia con su energía, la vida y la luz llevan la huella del Verbo de Dios, «su Hijo amado». La revelación del Nuevo Testamento ofrece una nueva luz sobre las palabras del sabio del Antiguo Testamento, quien declaraba que «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5).

3. El Cántico de la Carta a los Colosenses presenta otra función de Cristo: él es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia (Cf. Colosenses 1, 18) y se realiza en «la sangre de su cruz» (versículo 20), manantial de paz y de armonía para toda historia humana.
Por tanto, no sólo el horizonte exterior a nuestra existencia está marcado por la presencia eficaz de Cristo, sino también la realidad más específica de la criatura humana, es decir, la historia. Ésta no está a la merced de fuerzas ciegas e irracionales, sino que, a pesar del pecado y el mal, se rige y está orientada --por obra de Cristo-- hacia la plenitud. Por medio de la Cruz de Cristo, toda la realidad está «reconciliada» con el Padre (Cf. versículo 20).
El himno traza, de este modo, un estupendo cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No somos una mota de polvo inútil, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un proyecto surgido del amor del Padre.

4. Como habíamos anunciado, damos ahora la palabra a san Juan Crisóstomo para que sea él quien culmine esta reflexión. En su «Comentario a la Carta a los Colosenses» se detiene ampliamente en este cántico. Al inicio, subraya el carácter gratuito de Dios, al «compartir la suerte del pueblo santo en la luz» (v. 12). «¿Por qué la llama "suerte"?», se pregunta Crisóstomo, y responde: «Para demostrar que nadie puede conseguir el Reino con sus propias obras. También en este caso, como en la mayoría de las veces, la "suerte" tiene el sentido de "fortuna". Nadie puede tener un comportamiento capaz de merecer el Reino, sino que todo es don del Señor. Por eso dice: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer"» (Patrología Griega 62, 312).
Esta gratuidad benévola y poderosa vuelve a emerger más adelante, cuando leemos que por medio de Cristo se han creado todas las cosas (Cf. Colosenses 1, 16). «De él depende la sustancia de todas las cosas --explica el obispo--. No sólo las hizo pasar del no ser al ser, sino que las sigue sosteniendo de manera que si quedaran sustraídas a su providencia, perecerían y se disolverían... Dependen de él. De hecho, sólo el hecho de inclinarse hacia él es suficiente para sostenerlas y reforzarlas» (Patrología Griega 62, 319).
Con mayor motivo es signo de amor gratuito lo que Dios realiza por la Iglesia, de la que es Cabeza. En este sentido (Cf. versículo 18), Juan Crisóstomo explica: «después de haber hablado de la dignidad de Cristo, el apóstol habla también de su amor por los hombres: "Él es la cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia", para mostrar su íntima comunión con nosotros. Quien está tan alto se unió a quienes están abajo» (Patrología Griega, 62, 320).
[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, uno de los colaboradores del Papa hizo una síntesis de su intervención en castellano. Estas fueron sus palabras:]
La liturgia de Vísperas nos presenta el admirable himno cristológico de la Carta a los Colosenses, del que en esta catequesis damos una visión de conjunto. En este himno se destaca la grandiosa imagen de Cristo como Señor del cosmos, «porque por medio de él fueron creadas todas las cosas ... todo fue creado por él y para él» (v. 16-17), de lo cual se deduce que el plan de Dios se lleva a cabo por medio del Verbo.
Este himno nos presenta también otra misión de Cristo: Él es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia, y que se realiza en la sangre de la cruz, fuente de paz y armonía para la humanidad. Este texto traza, pues, un cuadro estupendo del universo y de la historia, invitándonos a la confianza: no somos una mota de polvo insignificante, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que somos parte de un proyecto que brota del amor del Padre.

 

+++

 

El misterio de la creación - 1. En la indefectible y necesaria reflexión que el hombre de todo tiempo está inclinado a hacer sobre la propia vida, dos preguntas emergen con fuerza, como eco de la voz misma de Dios: "¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?". Si la segunda pregunta se refiere al futuro último, al término definitivo, la primera se refiere al origen del mundo y del hombre y es también fundamental. Por eso estamos justamente impresionados por el extraordinario interés reservado al problema de los orígenes. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos y ha aparecido el hombre, cuanto más bien en descubrir qué sentido tiene tal origen, si lo preside el caos, el destino ciego o bien un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios. Efectivamente, en el mundo existe el mal y el hombre que tiene experiencia de ello no puede dejar de preguntarse de dónde proviene y por responsabilidad de quién, y si existe una esperanza de liberación. "¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?", se pregunta en resumen el Salmista, admirado frente al acontecimiento de la creación (Sal 8, 5).

 

2. La pregunta sobre la creación aflora en el ánimo de todos, del hombre sencillo y del docto. Se puede decir que la ciencia moderna ha nacido en estrecha vinculación, aunque no siempre en buena armonía, con la verdad bíblica de la creación. Y hoy, aclaradas mejor las relaciones recíprocas entre verdad científica y verdad religiosa, muchísimos científicos, aun planteando legítimamente problemas no pequeños como los referentes al evolucionismo de las formas vivientes, en particular del hombre, o el que trata del finalismo inmanente en el cosmos mismo en su devenir, van asumiendo una actitud cada vez más partícipe y respetuosa con relación a la fe cristiana sobre la creación. He aquí, pues, un campo que se abre par un diálogo benéfico entre modos de acercamiento a la realidad del mundo y del hombre reconocidos lealmente como diversos, y sin embargo convergentes a nivel más profundo en favor del único hombre, creado —como dice la Biblia en su primera página— a "imagen de Dios" y por tanto "dominador" inteligente y sabio del mundo (cf. Gén 1, 27-28).

 

3. Además, nosotros los cristianos reconocemos con profundo estupor, si bien con obligada actitud crítica, que en todas las religiones, desde las más antiguas y ahora desaparecidas, a las hoy presentes en el planeta, se busca una "respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana...: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor?... ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?" (Declaración Nostra ætate, 1). Siguiendo el Concilio Vaticano II, en su Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, reafirmamos que "la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo", ya que "no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (Nostra ætate, 2). Y por otra parte es tan innegablemente grande, vivificadora y original la visión bíblico-cristiana de los orígenes del cosmos y de la historia, en particular del hombre —y ha tenido una influencia tan grande en la formación espiritual, moral y cultural de pueblos enteros durante más de veinte siglos— que hablar de ello explícitamente, aunque sea sintéticamente, es un deber que ningún Pastor ni catequista puede eludir.

 

4. La revelación cristiana manifiesta realmente una extraordinaria riqueza acerca del misterio de la creación, signo no pequeño y muy conmovedor de la ternura de Dios que precisamente en los momentos más angustiosos de la existencia humana, y por tanto en su origen y en su futuro destino, ha querido hacerse presente con una palabra continua y coherente, aun en la variedad de las expresiones culturales.

Así, la Biblia se abre en absoluto con una primera y luego con una segunda narración de la creación, donde todo tiene origen en Dios: las cosas, la vida, el hombre (Gen 1-2), y este origen se enlaza con el otro capítulo sobre el origen, esta vez en el hombre, con la tentación del maligno, del pecado y del mal (Gen 3). Pero he aquí que Dios no abandona a sus creaturas. Y así, pues, una llama de esperanza se enciende hacia un futuro de una nueva creación liberada del mal (es el llamado protoevangelio, Gen 3, 15, cf. 9, 13). Estos tres hilos: la acción creadora y positiva de Dios, la rebelión del hombre y, ya desde los orígenes, la promesa por parte de Dios de un mundo nuevo, forman el tejido de la historia de la salvación, determinando el contenido global de la fe cristiana en la creación.

 

5. En las próximas catequesis sobre la creación, al dar el debido lugar a la Escritura, como fuente esencial, mi primera tarea será recordar la gran tradición de la Iglesia, primero con las expresiones de los Concilios y del magisterio ordinario, y también con las apasionantes y penetrantes reflexiones de tantos teólogos y pensadores cristianos.

Como en un camino constituido por muchas etapas, la catequesis sobre la creación tocará ante todo el hecho admirable de la misma como lo confesamos al comienzo del Credo o Símbolo Apostólico: "Creo en Dios, creador del cielo y de la tierra", reflexionaremos sobre el misterio que encierra toda la realidad creada, en su proceder de la nada, admirando a la vez la omnipotencia de Dios y la sorpresa gozosa de un mundo contingente que existe en virtud de esa omnipotencia. Podremos reconocer que la creación es obra amorosa de la Trinidad Santísima y es revelación de su gloria. Lo que no quita, sino que por el contrario afirma, la legítima autonomía de las cosas creadas, mientras que al hombre, como centro del cosmos, se le reserva una gran atención, en su realidad de "imagen de Dios", de ser espiritual y corporal, sujeto de conocimiento y de libertad. Otros temas nos ayudarán más adelante a explorar este formidable acontecimiento creativo, en particular el gobierno de Dios sobre el mundo, su omnisciencia y providencia, y cómo a la luz del amor fiel de Dios el enigma del mal y del sufrimiento halla su pacificadora solución.

6. Después de que Dios manifestó a Job su divino poder creador (Job 38-41), éste respondió al Señor y dijo: "Sé que lo puedes todo y que no hay nada que te cohíba... Sólo de oídas te conocía; mas ahora te han visto mis ojos" (Job 42, 2-5). Ojalá nuestra reflexión sobre la creación nos conduzca al descubrimiento de que, en el acto de la fundación del mundo y del hombre, Dios ha sembrado el primer testimonio universal de su amor poderoso, la primera profecía de la historia de nuestra salvación. Miércoles 08 de enero de 1986

 

+++

 

 

Cristo, alegría del mundo,
Cristo,
alegría del mundo,
resplandor de la gloria del Padre.
¡Bendita la mañana
que anuncia tu esplendor al universo!

En el día primero,
tu resurrección alegraba
el corazón del Padre.
En el día primero,
vió que todas las cosas eran buenas
porque participaban de tu gloria.

La mañana celebra
tu resurrección y se alegra
con claridad de Pascua.
Se levanta la tierra
como un joven discípulo en tu busca,
sabiendo que el sepulcro está vacío.

En la clara mañana,
tu sagrada luz se difunde
como una gracia nueva.
Que nosotros vivamos
como hijos de luz y no pequemos
contra la claridad de tu presencia.

 

+++

 

San Patricio (hacia 400) monje misionero, obispo de la Iglesia Católica
Lorica
: “ La coraza” (Ef 6,14)

 

Afianzado sobre roca” (cf Mt 7,24) - Hoy me ciño con la fuerza poderosa de la invocación a la Trinidad, de la fe en Dios, uno y trino, Creador del universo.
Hoy me ciño de la fuerza de la encarnación de Cristo y de su bautismo, de la fuerza de su cruz y de su sepultura, de la fuerza de su resurrección y de su ascensión, de la fuerza de su venida gloriosa en el día del juicio.
Hoy me ciño de la fuerza del amor de los serafines, de la obediencia de los ángeles, del servicio de los arcángeles, de la esperanza de la resurrección en vistas a la recompensa, de las oraciones de los patriarcas, de las profecías de los profetas, de la predicación de los apóstoles, de la fidelidad de los confesores, de la inocencia de las vírgenes santas, de las acciones de todos los justos.
Hoy me ciño de la fuerza de los cielos, de la luz del sol, de la claridad de la luna, del esplendor del fuego, del resplandor de los relámpagos, de la rapidez del viento, de la profundidad del mar, de la estabilidad de la tierra, de la solidez de las piedras.
Hoy me ciño de la fuerza de Dios para guiarme, del poder de Dios para sostenerme, de la sabiduría de Dios para instruirme, del ojo de Dios para guardarme, del oído de Dios para escucharme, de la palabra de Dios para hablarme, de la mano de Dios para guiarme, del camino de Dios para precederme, del yelmo de Dios para protegerme, de las armas de Dios para salvarme de las trampas de los demonios, de la seducción de los vicios, de los abismos de la naturaleza, y de todos aquellos que me persiguen...
Cristo conmigo, Cristo delante de mí, Cristo detrás de mí, Cristo en mí, Cristo por encima de mí, Cristo por debajo de mí, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda, Cristo cuando me levanto, Cristo cuando me acuesto, Cristo en cada corazón que piensa en mí, Cristo en cada boca que me habla, Cristo en cada ojo que me mira, Cristo en cada oído que me escucha.
Hoy me ciño de la fuerza poderosa de la invocación a la Trinidad, de la fe en Dios, uno y trino, Creador del universo.

 

+++

  

Dios ha puesto a los musulmanes en nuestro camino. No se debe generalizar acerca de la agresividad en el Islam. También hay musulmanes amantes de la paz, personas de una exquisita y auténtica vida espiritual, muy capaces para el diálogo.

Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares – 2004.

 

+++

 

La Eucaristía, signo eficaz de la paciencia de Cristo.

 

+++

 

MADRE TERESA:  ’PERTENEZCO ENTERAMENTE AL CORAZÓN DE JESÚS

Y SOY HIJA DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

+++

 

Somos capaces, los humanos, de los gestos más bellos de amor y de magnanimidad, pero también somos capaces de las envidias más vulgares y de los resentimientos más injustos, que paralizan la acción de la gracia de Cristo en nosotros.

 

+++

 

Marco Aurelio: «Lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja»

 

+++

 

“Con razón sostiene Santo Tomás que la verdad de la naturaleza humana encuentra su plenitud de realización mediante la gracia santificante, en cuanto ésa es perfección de la naturaleza racional creada (Quodlib., 4,6). Qué iluminadora es esta verdad para el hombre del tercer milenio, en continua búsqueda de su propia autorealización”. S. S. JUAN PABLO II

 

+++

 

No prevalecerán – lo anunció Jesucristo -  ‘Ningún poder, terreno o espiritual, podrá apagar la luz de la palabra de Dios ni destruir la Iglesia de los mártires y de los santos. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo’.

 

+++

 

La era de la Iglesia empezó con la « venida », es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor. Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu (S. Ambrosio, Myst. 7,42).

 

+++

 

 "Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

 

+++

 

Lo que contamina al hombre - «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. [...] Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

En el pasaje del Evangelizo de este domingo Jesús corta de raíz la tendencia a dar más importancia a los gestos y a los ritos exteriores que a las disposiciones del corazón, el deseo de aparentar que se es -más que de serlo- bueno. En resumen, la hipocresía y el formalismo.

Pero podemos sacar hoy de esta página del Evangelio una enseñanza de orden no sólo individual, sino también social y colectivo. La distorsión que Jesús denunciaba de dar más importancia a la limpieza exterior que a la pureza del corazón se reproduce hoy a escala mundial. Hay muchísima preocupación por la contaminación exterior y física de la atmósfera, del agua, por el agujero en el ozono; en cambio silencio casi absoluto sobre la contaminación interior y moral. Nos indignamos al ver imágenes de pájaros marinos que salen de aguas contaminadas por manchas de petróleo, cubiertos de alquitrán e incapaces de volar, pero no hacemos lo mismo por nuestros niños, precozmente viciados y apagados a causa del manto de malicia que ya se extiende sobre cada aspecto de la vida.

Que quede bien claro: no se trata de oponer entre sí los dos tipos de contaminación. La lucha contra la contaminación física y el cuidado de la higiene es una señal de progreso y de civilización al que no se puede renunciar a ningún precio. Jesús no dijo, en aquella ocasión, que no había que lavarse las manos o los jarros y todo lo demás; dijo que esto, por sí solo, no basta; no va a la raíz del mal.

Jesús lanza entonces el programa de una ecología del corazón. Tomemos alguna de las cosas «contaminantes» enumeradas por Jesús, la calumnia con el vicio a ella emparentado de decir maldades a costa del prójimo. ¿Queremos hacer de verdad una labor de saneamiento del corazón? Emprendamos un lucha sin cuartel contra nuestra costumbre de descender a los chismes, de hacer críticas, de participar en murmuraciones contra personas ausentes, de lanzar juicios a la ligera. Esto es un veneno dificilísimo de neutralizar, una vez difundido.

Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera adonde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí». «¡Imposible! -exclamó la mujer- Entretanto el viento las ha dispersado en todas direcciones». Es ahí donde quería llegar San Felipe. «Ya ves –le dijo- como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca». 03.IX.2006

XXI Domingo del tiempo ordinario (B)
Deuteronomio 4, 1-2. 6-8; Santiago 1, 17-18.
21. 27; Marcos7, 1-8. 14-15. 21-23

 

+++

 

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).  

 

+++

 

 

¡Muchas gracias por vuestra visita!

La Iglesia testimonia el Evangelio por los caminos del mundo, ¡por eso es católica!; desde que Cristo la fundara, hace dos milenios. ¡Y nadie puede contra ella!

El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 16,10).

Si la presencia de Cristo es la que hace sentirse de veras en casa, es precisamente porque impulsa la libertad del cristiano más allá de los muros de la casa, pues es consciente de que el horizonte de su casa es el mundo.

 

+++

 

Siete libros sin imposturas ni ocultamientos:

España Frente al Islam - De Mahoma a Ben Laden -Dr.hist.César VIDAL-Ediciones

‘La esfera de los libros’.

Roma dulce hogar. De protestantes, nuestro camino al catolicismo. Ed. Rialp

Leyendas negras de la Iglesia. Vittorio Messori. Ed. Planeta+ Testimonio.

Nueve siglos de cruzadas. Luis María Sandoval. Ed. Criterio-Libros.

Por qué no soy musulmán. Ibn Warraq. Ediciones del bronce.

‘Islam para adultos’ Autor: Antonio López Campillo. Prólogo del doctor César VIDAL -Editorial ‘Adhara publicaciones’ 2005.

-.-

‘MANUEL II: DIÁLOGO CON UN MUSULMÁN’. Áltera (Barcelona-España), 2006;

154 páginas. Prólogo de JON JUARISTI.

El Papa y el islam

Por Gorka Echevarría Zubeldia

[un libro que recomendamos vivamente]

 

+++

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).