Saturday 1 November 2014 | Actualizada : 2014-10-13
 
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"Que estás en el cielo" - Esta expresión bíblica no significa un lugar ["el espacio"] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios Padre no está "fuera", sino "más allá de todo" lo que acerca de la santidad divina puede el hombre concebir. Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:

Con razón, estas palabras ´Padre nuestro que estás en el Cielo´ hay que entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él Aquél a quien invoca (San Agustín, serm. Dom. 2, 5. 17).

 

 

El "cielo" bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).

El símbolo del cielo nos remite al misterio de la Alianza que vivimos cuando oramos al Padre. El está en el cielo, es su morada, la Casa del Padre es por tanto nuestra "patria". De la patria de la Alianza el pecado nos ha desterrado (cf Gn 3) y hacia el Padre, hacia el cielo, la conversión del corazón nos hace volver (cf Jr 3, 19-4, 1a; Lc 15, 18. 21). En Cristo se han reconciliado el cielo y la tierra (cf Is 45, 8; Sal 85, 12), porque el Hijo "ha bajado del cielo", solo, y nos hace subir allí con él, por medio de su Cruz, su Resurrección y su Ascensión (cf Jn 12, 32; 14, 2-3; 16, 28; 20, 17; Ef 4, 9-10; Hb 1, 3; 2, 13).

Cuando la Iglesia ora diciendo "Padre nuestro que estás en el cielo", profesa que somos el Pueblo de Dios "sentado en el cielo, en Cristo Jesús" (Ef 2, 6), "ocultos con Cristo en Dios" (Col 3, 3), y, al mismo tiempo, "gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celestial" (2 Co 5, 2; cf Flp 3, 20; Hb 13, 14):

Los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo (Epístola a Diogneto 5, 8-9).

 

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Plenitud del tiempo y espacio, sin tiempo ni espacio.

 

El Cielo: plenitud de intimidad con Dios

 

El cielo en la palabra de S. S. Juan Pablo II

Audiencia general (21-VII-1999).

 

Cuando haya pasado la figura de este mundo, los que hayan acogido a Dios en su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor, par lo menos en el momento de la muerte, podrán gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye la meta de la existencia humana. Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen Maria, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo de dicha» (n. 1024).

Hoy queremos tratar de comprender el sentido bíblico del «cielo», para poder entender mejor la realidad a la que remite esa expresión.

2. En el lenguaje bíblico el «cielo», cuando va unido a la «tierra», indica una parte del universo. A propósito de la creación, la Escritura dice: «En un principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1).

En sentido metafórico, el cielo se entiende como morada de Dios, que en eso se distingue de los hombres (cf. Sal 104, 2s; 115 16, Is 66, 1). Dios, desde lo alto del cielo, ve y juzga (cf. Sal 113, 4-9) y baja cuando se le invoca (cf. Sal 18, 7.10; 144, 5). Sin embargo, la metáfora bíblica da a entender que Dios ni se identifica con el cielo ni puede ser encerrado en el cielo (cf. I R 8, 27); y eso es verdad, a pesar de que en algunos pasajes del primer libro de los Macabeos «el cielo», es simplemente un nombre de Dios (cf. 1 M3, 18.19. 50. 60; 4, 24. 55).

A la representación del cielo como morada trascendente del Dios vivo, se añade la de lugar al que también los creyentes pueden, por gracia, subir, como muestran en el Antiguo Testamento las historias de Henoc (cf. Gn 5, 24) y Elias (cf. 2 R 2, 11). Asi el cielo resulta figura de la vida en Dios. En este sentido, Jesús habla de «recompensa en los cielos» (Mt 5, 12) y exhorta a «amontonar tesoros en el cielo» (Mt 6, 20; cf. 19, 21).

3. El Nuevo Testamento profundiza la idea del cielo también en relación con el misterio de Cristo. Para indicar que el sacrificio del Redentor asume valor perfecto y definitivo, la carta a los Hebreos afirma que Jesús «penetró los cielos», (Hb 4, 14) y «no penetró en un santuario hecho par mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo» (Hb 9, 24). Luego, los creyentes, en cuanto amados de modo especial por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos del cielo.

Vale la pena escuchar lo que a este respecto nos dice el apóstol Pablo en un texto de gran intensidad: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2, 4-7). Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, el cual, como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre.

4. Así pues, la participación en la completa intimidad con el Padre, después del recorrido de nuestra vida terrena, pasa par la inserción en el misterio pascual de Cristo. San Pablo subraya con una imagen especial muy intensa este caminar nuestro hacia Cristo en los cielos al final de los tiempos: «Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes junta con ellos (los muertos resucitados), al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pares, mutuamente con estas palabras» (1 Ts 4, 17-18).

En el marco de la Revelación sabemos que el «cielo» o la «bienaventuranza»" en la que nos encontraremos no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.

Es preciso mantener siempre cierta sobriedad al describir estas realidades últimas, ya que su representación resulta siempre inadecuada. Hoy el lenguaje personalista logra reflejar de una forma menos impropia la situación de felicidad y paz en que nos situará la comunión definitiva con Dios.

El Catecismo de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesial sobre esta verdad afirmando que, «por su muerte y su resurrección, Jesucristo nos ha «abierto el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial a quienes han creído en él y han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él" (n. 1026).

5. Con todo, esta situación final se puede anticipar de alguna manera hoy, tanto en la vida sacramental, cuyo centro es la Eucaristía, como en el don de si mismo mediante la caridad fraterna. Si sabemos gozar ordenadamente de los bienes que el Señor nos regala cada día, experimentaremos ya la alegría y la paz de que un día gozaremos plenamente. Sabemos que en esta fase terrena todo tiene limite; sin embargo, el pensamiento de las realidades últimas nos ayuda a vivir bien las realidades penúltimas. Somos conscientes de que mientras caminamos en este mundo estamos llamados a buscar «las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios" (Cal 3, 1), para estar con él en el cumplimiento escatológico, cuando en el Espíritu él reconcilie totalmente con el Padre «lo que hay en la tierra y en los cielos» (Cal 1, 20).

 

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El «hombre celestial» según San Pablo

 

1. De las palabras de Cristo sobre la futura resurrección de los muertos, referidas por los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), hemos pasado a la antropología paulina sobre la primera Carta a los Corintios, capítulo 15, versículos 42-49.

 

En la resurrección el cuerpo humano se manifiesta —según las palabras del Apóstol— «incorruptible, glorioso, lleno de poder, espiritual». La resurrección, pues, no es sólo una manifestación de la vida que vence a la muerte —como un retorno final al árbol de la Vida, del que el hombre fue alejado en el momento del pecado original—, sino que es también una revelación de los últimos destinos del hombre en toda la plenitud de su naturaleza psicosomática y de su subjetividad personal. Pablo de Tarso —que siguiendo las huellas de los otros Apóstoles experimentó en el encuentro con Cristo resucitado el estado de su cuerpo glorificado—, basándose en esta experiencia, anuncia en la Carta a los Romanos «la redención del cuerpo» (Rom 8, 23), y en la Carta a los Corintios (1Cor 15, 42-49) el cumplimiento de esta redención en la futura resurrección.

2. El método literario que San Pablo aplica aquí, corresponde perfectamente a su estilo. Se sirve de antítesis, que a la vez acercan lo que contraponen y de este modo resultan útiles para hacernos comprender el pensamiento paulino sobre la resurrección: tanto en su dimensión «cósmica», como en lo que se refiere a la característica de la misma estructura interna del hombre «terrestre» y «celeste». Efectivamente, el Apóstol, al contraponer Adán y Cristo (resucitado) —o sea, el primer Adán al último Adán— muestra, en cierto sentido, los dos polos, entre los cuales, en el misterio de la creación y de la redención, está situado el hombre en el cosmos: también se podría decir que el hombre ha sido «puesto en tensión» entre estos dos polos con la perspectiva de los destinos eternos, que se refieren, desde el principio hasta el fin, a su misma naturaleza humana. Cuando Pablo escribe: «El primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo hombre fue del cielo» (1Cor 15, 47), piensa tanto en Adán-hombre, como también en Cristo en cuanto hombre. Entre estos dos polos —entre el primero y el último Adán— se desarrolla el proceso que él expresa con las siguientes palabras: «Como llevamos la imagen del hombre terreno, llevamos también la imagen del celestial» (1Cor 15, 49).

3. Este «hombre celestial» —el hombre de la resurrección, cuyo prototipo es Cristo resucitado— no es tanto la antítesis y negación del «hombre terreno» (cuyo prototipo es el «primer Adán»), cuanto, sobre todo, es su cumplimiento y su confirmación. Es el cumplimiento y la confirmación de lo que corresponde a la constitución psicosomática de la humanidad, en el ámbito de los destinos eternos, esto es, en el pensamiento y en los designios de Aquel que, desde el principio, creó al hombre a su imagen y semejanza. La humanidad del «primer Adán», «hombre terreno», diría que lleva en sí una particular potencialidad (que es capacidad y disposición) para acoger todo lo que vino a ser el «segundo Adán», el Hombre celestial, o sea, Cristo: lo que Él vino a ser en su resurrección. Esa humanidad de la que son partícipes todos los hombres, hijos del primer Adán, y que, juntamente con la heredad del pecado —siendo carnal— es, al mismo tiempo, «corruptible», y lleva en sí la potencialidad de la «incorruptibilidad».

Esa humanidad, que en toda su constitución psicosomática se manifiesta «innoble» y, sin embargo, lleva en sí el deseo interior de la gloria, esto es, la tendencia y la capacidad de convertirse en «gloriosa», a imagen de Cristo resucitado. Finalmente, la misma humanidad, de la que el Apóstol dice —conforme a la experiencia de todos los hombres— que es «débil» y tiene «cuerpo animal», lleva en sí la aspiración a convertirse en «llena de poder» y «espiritual».

4. Aquí hablamos de la naturaleza humana en su integridad, es decir, de la humanidad en su constitución psicosomática. En cambio, Pablo habla del «cuerpo». Sin embargo, podemos admitir, basándonos en el contexto inmediato y en el remoto, que para él se trata no sólo del cuerpo, sino de todo el hombre en su corporeidad, por lo tanto, también de su complejidad ontológica. De hecho, no hay duda alguna de que si precisamente en todo el mundo visible (cosmos), ese único cuerpo que es el cuerpo humano, lleva en sí la «potencialidad de la resurrección», esto es, la aspiración y la capacidad de llegar a ser definitivamente «incorruptible, glorioso, lleno de poder, espiritual», esto ocurre porque, permaneciendo desde el principio en la unidad psicosomática del ser personal, puede tomar y reproducir en esta «terrena» imagen y semejanza de Dios también la imagen «celeste» del último Adán, Cristo. La antropología paulina sobre la resurrección es cósmica y, a la vez, universal: cada uno de los hombres lleva en sí la imagen de Adán y cada uno está llamado también a llevar en sí la imagen de Cristo, la imagen del Resucitado. Esta imagen es la realidad del "otro mundo", es la realidad escatológica (San Pablo escribe: «llevaremos»); pero, al mismo tiempo, esa imagen es ya en cierto sentido una realidad de este mundo, puesto que se ha revelado en él mediante la resurrección de Cristo. Es una realidad injertada en el hombre de «este mundo», realidad que en él está madurando hacia el cumplimiento final.

5. Todas las antítesis que se suceden en el texto de Pablo ayudan a construir un esbozo válido de la antropología sobre la resurrección. Este esbozo es, a la vez, más detallado que el que emerge del texto de los Evangelios sinópticos (Mt 22, 30; Mc 12, 25; Lc 20, 34-35), pero, por otra parte, es, en cierto sentido, más unilateral. Las palabras de Cristo referidas por los Sinópticos, abren ante nosotros la perspectiva de la perfección escatológica del cuerpo, sometida plenamente a la profundidad divinizadora de la visión de Dios «cara a cara», en la que hallará su fuente inagotable tanto la «virginidad» perenne (unida al significado esponsalicio del cuerpo), como la «intersubjetividad» perenne de todos los hombres, que vendrán a ser (como varones y mujeres) partícipes de la resurrección. El esbozo paulino de la perfección escatológica del cuerpo glorificado parece quedar más bien en el ámbito de la misma estructura interior del hombre-persona. Su interpretación de la resurrección futura parecería vincularse al «dualismo» cuerpo-espíritu que constituye la fuente del «sistema de fuerzas» interior en el hombre.

6. Este «sistema de fuerzas» experimentará un cambio radical en la resurrección. Las palabras de Pablo, que lo sugieren de modo explícito, no pueden, sin embargo, entenderse e interpretarse según el espíritu de la antropología dualística [1], como trataremos de demostrar en la continuación de nuestro análisis. Efectivamente, nos convendrá dedicar todavía una reflexión a la antropología de la resurrección a la luz de la primera Carta a los Corintios. 03.II.1982

Notas

[1]. «Paul ne tient absolument pas compte de la dichotomie grecque "âme et corps"... L’apôtre recourt à une sorte de trichotomie où la totalité de l’homme est corps, âme et esprit... Tous ces termes sont mouvants et la division elle-même n’a pas de frontière fixe. Il y a insistance sur le fait que le corps et l’âme sont capables d’être "pneumatiques", spirituels» (B. Rigaux, Dieu l’a ressuscité. Exégèse et théologie biblique, Gembloux, 1973, Duculot, pp. 406-408).

 

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Camino de eternidad

¿CÓMO SERÁ EL CIELO?

 

Por Antonio Orozco-Delclós

El día 1 de noviembre la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos. Incontable número de hombres y mujeres que, hechos de la misma pasta que nosotros, vivieron en la tierra, luchando contra viento y marea, camino de la eternidad. Ahora pertenecen a la Iglesia Triunfante. ¿Cómo es su vida? ¿Cómo será la nuestra si seguimos alguna de sus muy diversas sendas?


«Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman»[2]. Sabemos que supera toda posible imaginación, porque la generosidad de Dios y su poder son infinitos. «Sabemos que si esta nuestra casa terrestre se desmorona, tenemos habitación de Dios en los Cielos»[3]; porque «esta es la promesa que Él mismo nos ha hecho: la vida eterna»[4].

Dios mismo, que nos ha creado con un ansia hondísima de vivir siempre, nos asegura que, en efecto, más allá del tiempo -breve en todo caso- nos espera la eterna plenitud del gozo: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida»[5].

Es claro que todo hombre tendrá vida eterna. Pero cuando en la Escritura Santa se habla de «vida eterna», se refiere sólo a la de los bienaventurados, porque la otra, la de los que se autocondenen a la lejanía de Dios, más que vida, será lo suyo una agonía interminable.

«Queridísimos -escribe San Juan-, nosotros somos ahora hijos de Dios, mas lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos que cuando se manifieste Jesucristo, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es»[6]. No como al través de velos o sombras, sino en Sí mismo [7]. Seremos semejantes al Jesús del Tabor. Endiosados, extasiados, con­templaremos y viviremos en el torrente inefable de Amor que es Dios. Escucharemos el diálogo eterno de las tres divinas personas. Asistiremos a la eterna generación del Hijo y a la espiración del Espíritu Santo.

La juntura de todos los bienes

A gentes poco ilustradas se les puede antojar algo monótono pasar la eternidad contemplando -simple­mente contemplando- a Dios. Pero sucede que en ello se encuentra «la juntura de todos los bienes», según el decir de San Juan de la Cruz, porque Dios es toda la Verdad, toda la Bondad, toda la Belleza, toda la Sabiduría, todo el Amor. Por lo demás, amar no es pasividad sin más: es una contemplación que suscita una actividad intensísima, la entrega de toda la persona en un éxtasis de sumo gozo.

«Si el amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el amor en el Cielo?»[8], donde el Amor se posee y se vive en toda su maravilla. «Vamos a pensar lo que será el Cielo (...) ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: "ni ojo vio, ni oído oyó..." Vale la pena, hijos míos, vale la pena»[9].

Cuenta Francisca Javiera del Valle, cómo «allá... en inmensas y dilatadas alturas, fue arrebatada mi alma por una fuerza misteriosa y con tanta sutileza, que así como nuestro pensamiento, en menos tiempo de abrir y cerrar los ojos, recorre de un confín a otro confín, allí con esa mayor ligereza me veía allá, en aquellas inmensas y dilatadas alturas, donde siempre están todos como en el centro de Dios metidos, vayan donde vayan, recorran lo que quieran. Siempre se hallan en el centro de Dios y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia que se derrama, y siempre está derramándose. Y como lo que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas y felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que Dios brota de sí. Es Dios cielo dilatado y por eso siempre se está viendo y gozando nuevos cielos, con inconcebibles bellezas y hermosuras, y todas estas bellezas y hermosuras siempre las ve y las goza el alma como en el centro de Dios. Y recorriendo aquellos anchurosos cielos nuevos siempre el alma se halla eternamente feliz».

No hay riesgo de cansancio o hastío. «Aquí -dice Malon de Chaide- dura siempre una alegre primavera, porque está desterrado el erizado invierno; ni la furia de los vientos combaten los empinados árboles, ni la blanca nieve desgaja con su peso las tiernas ramas; aquí el enfermizo otoño jamás desnuda las verdes arboledas de sus hojas (...)»

«Cuando demos el gran salto, Dios nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte, para que contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para siempre. Y como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos descubriendo maravillas nuevas por toda la eternidad. Nos saciará sin saciarnos, no nos empalagará jamás su dulzura infinita»[10].

Lo único necesario

«Allá no se sabe qué cosa es dolor, no hay enfermedad, no llega a ti muerte porque todo es vida, no hay dolor porque todo es contento, no hay enfermedad porque Dios es la verdadera salud. Ciudad bienaventurada, donde tus leyes son de amor, tus vecinos son enamorados; en ti todos aman, su oficio es amar y no saben más que amar; tienen un querer, una voluntad, un parecer; aman una cosa, desean una cosa, contemplan una cosa y únense con una cosa: Unum est necessarium»[11]. Una sola cosa es necesaria.

Si somos fieles, seremos como los ángeles, que «vueltos a mirar aquella fuente de amor dulcísima, arden con un sabroso fuego, adonde ¿quién podrá decir lo menos de lo que gozan? Están rendidos a aquella divina, pura, antiquísima hermosura de Dios; llévalos el amor enlazados y presos de un dulce y libre lazo de amor, para que tornen a la fuente y principio de donde salieron; y como ven aquel Sol de infinita belleza, amante eterno de sí mismo, vanse aquellas mentes angélicas, atónitas, enajenadas de sí, libres, sin libertad, presas, sin prisión, como las mariposas a la llama. Allí se encienden y no se queman; arden y no se consumen; apúranse y no se gastan. Oh sol resplandeciente, hermosura infinita, espejo purísimo de la gloria ¿Quién podrá decir lo que sienten los que te gozan?» [12].

Nadie puede decir lo indecible. He aquí el testimonio de Teresa de Jesús: «Ibame el Señor mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz que el Señor me daba entender como un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más».

Y así, según San Agustín, «este Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo. Cuanto más insaciablemente seáis saciados de la Verdad, tanto más diréis a esta insaciable: amén, es verdad. Tranquilizaos y mirad: será una continua fiesta».

Asistiremos pasmados a la eterna generación del Verbo y a la espiración del Espíritu Santo. Veremos y paladearemos el cariño infinito que nos tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Dios Uno y Trino, y con la Trinidad del Cielo la Trinidad de la tierra, Jesús -Verbo que enlaza una y otra Trinidad-, María y José. Los grandes amores, las Personas infinitamente buenas serán nuestra compañía, nuestra conversación, nuestro gozo eternos. Todas las maravillas del amor divino y del amor humano las gozaremos en plenitud. Ciertamente «será una continua fiesta».

Un futuro que ya es

No son éstos sueños vanos, no sólo consuelo para los afligidos de este valle de lágrimas. Son objeto de una esperanza certísima, fundada en la palabra de Dios. Al extremo de que San Pablo, por su esperanza teologal, se consideraba en la tierra ya en el Cielo: «Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo»[13]. Por eso, el cristiano de fe ardiente, se adelanta a todos, vive desde el futuro, un futuro que ya es: Cristo Jesús. Viene de lo Eterno, camino hacia la Eternidad, sin perder un instante.

¿Cómo será mi Cielo?

Depende, claro es. Depende de mi caridad en el instante de cruzar la frontera del tiempo [14]. Mi belén eterno depende de la medida del amor a Dios que haya conquistado en este tiempo fugaz. Qué bien se entiende la urgencia del Fundador del Opus Dei: «Tened prisa en amar»; «todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad». La eternidad, lejos de lo que algunos piensan, nos revela e ilumina todo el valor del tiempo. Nos enseña que aun eso, que aparece sin importancia, tiene un valor de eternidad [15]. Porque cada momento, cada ocupación, puede -y requiere- llenarse con todo el amor divino que se lleve en el corazón. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» [16].

Este es el camino para arribar al Cielo: La santidad "grande" está en cumplir los "deberes pequeños" de cada instante [17]. No es poco, porque no es fácil. Pero la gracia de Dios nos lo hace asequible, nos eleva hasta esa medida divina.

Fe, esperanza, amor -vida teologal- en los mil detalles de la vida ordinaria. Incrementando así, cada día un poco, las virtudes humanas y las sobrenaturales. Pequeños detalles de prudencia, de justicia, de fortaleza, de templanza. El cuidado en las pequeñas cosas -no sólo de las grandes- que pertenecen al culto divino, a la santa pureza, a la vocación recibida. Así, día a día, paso a paso llegará el momento de oír la voz de Jesús: «Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor»[18]. «Yo mismo -dice Dios- seré tu recompensa inmensamente grande»[19].

El cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, coexisten en lo más íntimo de mi ser. El tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Yo no paso, mi yo no envejece, al contrario, se aproxima a la juventud eterna de Dios. A cada paso, se enriquece con las obras que hace a impulsos del Amor.

Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi razón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los cielos[20].
NOTAS
(1) JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Viviendo y muriendo.
(2) 1. Cor 2,9.
(3) 2. Cor, 5,1.
(4) 1 Jn 2,25.
(5) Apc 2,10.
(6) 1 Jn 3,2.
(7) Cfr. 1 Cor. 13,12.
(8) Camino, 428.
(9) B. JOSEMARÍA ESCRIVÁ.
(10) Mons. ÁLVARO DEL PORTILLO.
(11) PEDRO MALÓN DE CHAIDE, s. XVI, La conversión de la Magdalena.
(12) Ibid.
(13) Fil 4,1.
(14) Cfr. SANTO TOMÁS, Sobre la caridad, 204; S.Th. I-II, q. 114, a.4.
(15) Cfr. B. JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Camino, 814.
(16) Ibid., 817.
(17) Mt 25,23.
(18) Gen 15, 1.
(19) B. JOSEMARÍA ESCRIVÁ. Amigos de Dios, 54.

www.arvo.net - 2003-10-29

 

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El cielo - Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):

Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos ... y de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron;... o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte ... aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura (Benedicto XII: DS 1000; cf. LG 49).

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en El", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):

Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (San Ambrosio, Luc. 10,121).

Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.

Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).

A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica":

¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios, ...gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada (San Cipriano, ep. 56,10,1).

En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con El "ellos reinarán por los siglos de los siglos´ (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).

 

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CIELO - Ascensión: misterio anunciado  - Los símbolos de fe más antiguos ponen después del artículo sobre la resurrección de Cristo, el de su ascensión. A este respecto los textos evangélicos refieren que Jesús resucitado, después de haberse entretenido con sus discípulos durante cuarenta días con varias apariciones y en lugares diversos, se sustrajo plena y definitivamente a las leyes del tiempo y del espacio, para subir al cielo, completando así el “retorno al Padre” iniciado ya con la resurrección de entre los muertos.

En esta catequesis vemos cómo Jesús anunció su ascensión (o regreso al Padre) hablando de ella con la Magdalena y con los discípulos en los días pascuales y en los anteriores a la Pascua.

2. Jesús, cuando encontró a la Magdalena después de la resurrección, le dice “No me toques, que todavía no he subido al Padre; pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).

Ése mismo anuncio lo dirigió Jesús varias veces a sus discípulos en el período pascual. Lo hizo especialmente durante la última Cena, “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre..., sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía” (Jn 13, 1-3). Jesús tenía sin duda en la mente su muerte ya cercana, y sin embargo miraba más allá y pronunciaba aquellas palabras en la perspectiva de su próxima partida, de su regreso al Padre mediante la ascensión al cielo: “Me voy a Aquel que me ha enviado” (Jn 16, 5): “Me voy al Padre, y ya no me veréis” (Jn 16, 10). Los discípulos no comprendieron bien, entonces, qué tenía Jesús en mente, tanto menos cuanto que hablaba de forma misteriosa: “Me voy y volveré a vosotros”, e incluso añadía: “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo” (Jn 14, 28). Tras la resurrección aquellas palabras se hicieron para los discípulos más comprensibles y transparentes, como anuncio de su ascensión al cielo.

3. Si queremos examinar brevemente el contenido de los anuncios transmitidos, podemos ante todo advertir que la ascensión al cielo constituye la etapa final de la peregrinación terrena de Cristo, Hijo de Dios, consustancial al Padre, que se hizo hombre por nuestra salvación. Pero esta última etapa permanece estrechamente conectada con la primera, es decir, con su “descenso del cielo”, ocurrido en la encarnación. Cristo «salido del Padre” (Jn 16, 28) y venido al mundo mediante la encarnación, ahora, tras la conclusión de su misión, «deja el mundo y va al Padre” (cf. Jn 16, 28). Es un modo único de «subida”, como lo fue el del “descenso”. Solamente el que salió del Padre como Cristo lo hizo puede retornar al Padre en el modo de Cristo. Lo pone en evidencia Jesús mismo en el coloquio con Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo” (Jn 3, 13). Sólo Él posee la energía divina y el derecho de “subir al cielo”, nadie más. La humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa “casa del Padre” (Jn 14, 2), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Sólo Cristo puede abrir al hombre este acceso: Él, el Hijo que “bajó del cielo”, que “salió del Padre” precisamente para esto.

Tenemos aquí un primer resultado de nuestro análisis: la ascensión se integra en el misterio de la Encarnación, que es su momento conclusivo.

4. La ascensión al cielo está, por tanto, estrechamente unida a la “economía de la salvación”, que se expresa en el misterio de la encarnación, y sobre todo, en la muerte redentora de Cristo en la cruz. Precisamente en el coloquio ya citado con Nicodemo, Jesús mismo, refiriéndose a un hecho simbólico y figurativo narrado por el Libro de los Números (21, 4-9), afirma: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto así tiene que ser levantado (es decir crucificado), el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Jn 3, 14-15).

Y hacia el final de su ministerio, cerca ya la Pascua, Jesús repitió claramente que era Él el que abriría a la humanidad el acceso a la “casa del Padre” por medio de su cruz: “cuando sea levantado en la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). La “elevación” en la cruz es el signo particular y el anuncio definitivo de otra “elevación”, que tendrá lugar a través de la ascensión al cielo. El Evangelio de Juan vio esta “exaltación” del Redentor ya en el Gólgota. La cruz es el inicio de la ascensión al cielo.

5. Encontramos la misma verdad en la Carta a los Hebreos, donde se lee que Jesucristo, el único Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, “no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9, 24). Y entró “con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna”: “penetró en el santuario una vez para siempre” (Hb 9, 12). Entró como Hijo “el cual, siendo resplandor de su gloria (del Padre) e impronta de su substancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hb 1, 3).

Este texto de la Carta a los Hebreos y el del coloquio con Nicodemo (Jn 3, 13), coinciden en el contenido sustancial, o sea en la afirmación del valor redentor de la ascensión al cielo en el culmen de la economía de la salvación, en conexión con el principio fundamental ya puesto por Jesús: “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn 3, 13).

6. Otras palabras de Jesús, pronunciadas en el Cenáculo, se refieren a su muerte, pero en perspectiva de la ascensión: “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y... adonde yo voy (ahora) vosotros no podéis venir” (Jn 13, 33). Sin embargo dice enseguida: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho, porque voy a prepararos un lugar” (Jn 14, 2).

Es un discurso dirigido a los Apóstoles, pero que se extiende más allá de su grupo. Jesucristo va al Padre ―a la casa del Padre― para “introducir” a los hombres que sin El no podrían “entrar”. Sólo Él puede abrir su acceso a todos: Él que “bajó del cielo” (Jn 3, 13), que “salió del Padre” (Jn 16, 28) y ahora vuelve al Padre “con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna” (Hb 9, 12). Él mismo afirma: “Yo soy el Camino... nadie ve al Padre sino por mí” (Jn 14, 6).

7. Por esta razón Jesús también añade, la misma tarde de la vigilia de la pasión: “Os conviene que yo me vaya”. Sí, es conveniente, es necesario, es indispensable desde el punto de vista de la eterna economía salvífica. Jesús lo explica hasta el final a los Apóstoles: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7). Si. Cristo debe poner término a su presencia terrena, a la presencia visible del Hijo de Dios hecho hombre, para que pueda permanecer de modo invisible, en virtud del Espíritu de la verdad, del Consolador-Paráclito. Y por ello prometió repetidamente: “Me voy y volveré a vosotros” (Jn 14, 3. 28).

Nos encontramos aquí ante un doble misterio: El de la disposición eterna o predestinación divina, que fija los modos, los tiempos, los ritmos de la historia de la salvación con un designio admirable, pero para nosotros insondable; y el de la presencia de Cristo en el mundo humano mediante el Espíritu Santo, santificador y vivificador: el modo cómo la humanidad del Hijo obra mediante el Espíritu Santo en las almas y en la Iglesia ―verdad claramente enseñada por Jesús―, permanece envuelto en la niebla luminosa del misterio trinitario y cristológico, y requiere nuestro acto de fe humilde y sabio.

8. La presencia invisible de Cristo se actúa en la Iglesia también de modo sacramental. En el centro de la Iglesia se encuentra la Eucaristía. Cuando Jesús anunció su institución por vez primera, muchos “se escandalizaron” (cf. Jn 6, 61), ya que hablaba de Comer su Cuerpo y beber su Sangre”. Pero fue entonces cuando Jesús reafirmó: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?... El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve para nada” (Jn 6, 61-63).

Jesús habla aquí de su ascensión al cielo: cuando su Cuerpo terreno se entregue a la muerte en la cruz, se manifestará el Espíritu “que da la vida”. Cristo subirá al Padre, para que venga el Espíritu. Y, el día de Pascua, el Espíritu glorificará el Cuerpo de Cristo en la resurrección. El día de Pentecostés el Espíritu sobre la Iglesia para que, renovando sobre la Iglesia para que, renovado en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo, podamos participar en la nueva vida de su Cuerpo glorificado por el Espíritu y de este modo prepararnos para entrar en las “moradas eternas”, donde nuestro Redentor nos ha precedido para prepararnos un lugar en la “casa del Padre” (Jn 14, 2). 05.IV.1989

 

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MARÍA ASUNTA AL CIELO - Deseo rezar hoy con todos vosotros el "Angelus Domini": esta oración de Nazaret, la oración de la Anunciación.

La rezamos en el día de la Asunción de María al cielo. La Anunciación resuena hoy en esta oración como acorde final. Es un acorde de glorificación, que se añade a todos los misterios de la vida terrena de la Madre de Dios: misterios gozosos y dolorosos. La Asunción misma de la Madre al cielo completa los misterios gloriosos de su Hijo: la resurrección y ascensión al cielo. Siguiendo las huellas del que ha resucitado y subido al cielo, María, su Madre, es asunta al cielo y coronada de esa gloria que corresponde a la Madre de Dios.

Deseo también hoy, aquí, en Castelgandolfo, dirigir la mirada, junto con vosotros, hacia Aquella a quien el gran Pablo VI indicaba como "señal grande" y llamaba con espíritu profético: "Comienzo de un mundo mejor".

Por mucho que el mundo pueda pesar sobre nosotros, por mucho que pueda encerrar en si de mal, de pecado, de sufrimiento, la mirada de la fe, fija en la Madre de Dios, vuelve a descubrir siempre en ella el "comienzo de un mundo mejor". Este es el fruto particular de la fiesta de la Asunción de María al cielo.

2. Como sabéis, en los últimos días de septiembre y primeros de octubre iré a Irlanda y luego a la Sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, en los Estados Unidos de América. Son nuevas etapas de mi programa apostólico que he emprendido como Pastor Supremo de la santa Iglesia. Quiero encomendar desde ahora este viaje a María, Asunta al cielo, Madre de la Iglesia, para que, con su protección materna, pueda marcar pasos alegres y duraderos en el camino de la caridad, de la justicia, de la paz.

3. Expreso un deseo de felicidad a cuantos pasan en merecido descanso el período tradicional de vacaciones en estos días de agosto, llamado precisamente "ferragosto". Deseo de corazón que este descanso de las apremiantes preocupaciones cotidianas del trabajo sea para todos ocasión muchísimo más propicia para estar más en contacto con la naturaleza, cofre de las bellezas inefables de Dios Creador, y dispensadora generosa, en el mar o en los montes, de vigorizante bienestar físico. Pero sobre todo me complazco en desear que a las renovadas energías del cuerpo se una estrechamente el enriquecimiento del espíritu, que, con la contemplación de tantas maravillas, pueda unirse más fácilmente a Aquel que es su fuente y principio increado.

Y no puedo olvidar a quienes la falta de bienes materiales no permite un bien merecido descanso fuera de la propia casa, aunque estén necesitados y quizá más que otros de atención y cuidados.

A estos hermanos y hermanas nuestros dirijo mi particular palabra de consuelo y de comprensión paterna: su aceptación humilde de las incomodidades se convierte en incremento espiritual para ellos mismos y para bien de toda la Iglesia.

La Virgen Asunta al cielo asista a todos con la generosidad inefable de que sólo es capaz la Madre de Dios.

4. Finalmente, no puedo menos de recordaros a los aquí presentes que tomáis parte consciente en los hechos de la Iglesia universal, la noble figura del cardenal John Joseph Wright, Prefecto de la Sagrada Congregación para el Clero, a quien el Señor llamó a sí el viernes pasado, 10 de agosto. El ha coronado con una santa muerte una existencia gastada totalmente por Cristo y por la Iglesia: como sacerdote, como obispo en los Estados Unidos de América, como cardenal al frente de un dicasterio importante, se ha mantenido fiel a su lema: resonare Christum corde romano. Lema que dice todo sobre su vida. Efectivamente, el cardenal Wright, ha sido una voz segura que ha predicado a nuestro Señor con una fidelidad, una rectitud que nacían de su innato sensus Ecclesiae.

El cardenal Wright, se ha hecho amar siempre de cuantos le han conocido, porque ocultaba bajo su simpatía una claridad de ideas y una bondad y dulzura singulares.

Todos nosotros confiamos que el Señor le haya reservado la suerte de los justos; y, por esto, rezamos, confiando su alma inmortal a la intercesión materna de la Virgen Asunta al cielo.

Miércoles 15 de agosto de 1979
Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María

 

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Lectura del Evangelio según San Lucas. 22, 39-46

Salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos;
y lo siguieron los discípulos.
Al llegar al sitio, les dijo: "Orad, para no caer en la tentación".
Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra
y, arrodillado, oraba diciendo:
"Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz.
Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba.
En medio de su angustia, oraba con más insistencia.
Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo.
Y levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos,
los encontró dormidos por la pena, y les dijo:
"¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación".

 

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Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra; en ambos consiste el acabamiento de nuestra felicidad y salvación. En efecto, teniendo un cuerpo terreno y un espíritu que viene del cielo, somos a la vez tierra y cielo, y oramos para que en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu. se cumpla su voluntad. Por eso debemos pedir con cotidianas y aun continuas oraciones que se cumpla sobre nosotros la voluntad de Dios tanto en el cielo como en la tierra; porque ésta es la voluntad de Dios, que lo terreno se posponga a lo celestial, que prevalezca lo espiritual y divino.

También puede darse otro sentido, hermanos amadísimos, que puesto que manda y amonesta el Señor que amemos hasta a los enemigos y oremos también por los que nos persiguen, pidamos igualmente por los que aún son terrenos y no han empezado todavía a ser celestes, para que asimismo se cumpla sobre ellos la voluntad de Dios, que Cristo cumplió conservando y reparando al hombre. Porque si ya no llama El a los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el Apóstol dice que el primer hombre salió del barro de la tierra y el segundo del cielo, nosotros, que debemos ser semejantes a Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos v llueve sobre justos e injustos (Mt 5,45), con razón pedimos y rogamos, ante el aviso de Cristo, por la salud de todos, que como en el cielo, esto es, en nosotros, se cumplió la voluntad de Dios por nuestra fe para ser del cielo, así también se cumpla su voluntad en la tierra, esto es, en los que no creen, a fin de que los que todavía son terrenos por su primer nacimiento empiecen a ser celestiales por su nacimiento segundo del agua y del Espíritu."

S. Ciprián de Cartago, Tratado sobre el “Padre Nuestro”, 14 – 17.

 

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JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS,
Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO”

 

659 "Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios" (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf.Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1). Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo "como un abortivo" (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol (cf. 1 Co 9, 1; Ga 1, 16).

660 El carácter velado de la gloria del Resucitado durante este tiempo se transparenta en sus palabras misteriosas a María Magdalena: "Todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.

661 Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Solo el que "salió del Padre" puede "volver al Padre": Cristo (cf. Jn 16,28). "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3, 13; cf, Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre" (Jn 14, 2), a la vida y a la felicidad de Dios. Solo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre, "ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino" (MR, Prefacio de la Ascensión).

662 "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"(Jn 12, 32). La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo. Es su comienzo. Jesucristo, el único Sacerdote de la Alianza nueva y eterna, no "penetró en un Santuario hecho por mano de hombre, ... sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro" (Hb 9, 24). En el cielo, Cristo ejerce permanentemente su sacerdocio. "De ahí que pueda salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor"(Hb 7, 25). Como "Sumo Sacerdote de los bienes futuros"(Hb 9, 11), es el centro y el oficiante principal de la liturgia que honra al Padre en los cielos (cf. Ap 4, 6-11).

663 Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: "Por derecha del Padre entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada" (San Juan Damasceno, f.o. 4, 2; PG 94, 1104C).

664 Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

 

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JESÚS SUBE A LOS CIELOS Y ESTÁ PRESENTE CON NOSOTROS

San Anselmo (1033-1109), monje, obispo, doctor de la Iglesia
Oración
74, PL 158, 1010-1012

 

“¿Por qué lloras?”     “Mujer, ¿por qué lloras?” Amantísimo Señor, ¿cómo es que quieres saber porque llora ella? ¿No te había visto cruelmente inmolado, agujereado por los clavos, suspendido en el madero como un ladrón, entregado a las burlas de los impíos? ¿Cómo puedes ahora decirle: “Mujer, ¿por qué lloras?  Ya que no pudo arrancarte de la muerte, hubiera querido, por lo menos, embalsamar tu cuerpo a fin de protegerlo de toda corrupción el mayor tiempo posible… Y ahora, para colmo, cree haber perdido ese cuerpo que conservaba la esperanza de poseer todavía. Con ello se desvaneció toda esperanza para ella ya que no tiene aquello que quería conservar como recuerdo de ti. ¿Cómo puedes, pues, preguntarle ahora: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿Qué buscas?”.
     Oh mi buen Señor, es tu fiel discípula, rescatada con tu sangre, que está atormentada por el deseo de verte. ¿Es que vas a dejarla mucho tiempo con esta pena? Ahora que tú estás libre de toda corrupción ¿has perdido la compasión? Llegado a la inmortalidad, ¿has olvidado la misericordia?. No; tu dulce bondad, Amigo mío te hace intervenir sin tardar para que, aquella que llora a su Señor, no dé paso a la amargura de corazón.
     “¡María!” Oh Señor, has llamado a tu sierva por su nombre familiar, y ella reconoce inmediatamente la voz familiar de su Señor. “María”. ¡Palabra tan dulce, tan desbordante de ternura y de amor! Maestro, te es imposible de decirlo más corto y más fuerte: “¡María! Sé que eres tú. Sé qué es lo que quieres. ¡Aquí me tienes! No llores más. Soy yo, a quien tu buscas.” Inmediatamente las lágrimas cambian de naturaleza: ¿Cómo se pueden parar, ahora que brotan de un corazón en fiesta?

 

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La Divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios, y sin embargo se esfuerzan ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta (GS 16).

 

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“Seamos resplandecientes y nuestras lámparas sean brillantes. Como hijos de la luz ofrecemos cirios a la verdadera Luz que es Cristo”

 

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«Cristo sigue resucitando:
Cada vez que nos queremos,
cada vez que abrimos y ofrecemos nuestras manos,
cada vez que compartimos con el otro,
cada vez que nos superamos,
cada vez que cargamos con el prójimo,
cada vez que perdonamos,
cada vez que damos lo que tenemos,
cada vez que ofrecemos lo que somos,
cada vez que creamos y engendramos,
cada vez que rompemos ataduras,
cada vez que sembramos alegría,
cada vez que cultivamos esperanza,
cada vez que hacemos comunión, familia,
cada vez que nos hacemos como niños,
cada vez que en amor
florecen nuestras manos,
cada vez que oramos en Espíritu
y en Espíritu gritamos.


Dios nos trae la Pascua, no nos hace la pascua. En estas horas luminosas y alegres, tanto como oscuras y tristes, cuando Occidente parece que ha renunciado a sus raíces cristianas, sintiéndose orgulloso de su progreso material y creyéndose autosuficiente, da la espalda a la Vida y a la Salvación. Pero sin Él, sin nuestro Padre-Dios, Creador, la criatura se diluye. Por eso, en esta Pascua, tan llena de significado para el pueblo español, se nos pide, más que en otros momentos, perseguir ideales altos, muy altos, humanizadores y humanizantes. ¡Cuántos más, mejor! Y es tarea del cristiano intentarlo, ser la sal y fermento en el silencio, y compromiso en la vida diaria; así hacemos patente y presente la Pascua, así nos parecemos más a Cristo.

 

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‘Pasarán las cosas, oh Dios, pasarán las cosas y pasaré también yo; ¡Tú nunca pasarás, Tú, amor eterno!’

 

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Recristianizar una sociedad cada vez más pagana no será fácil.

Y las sectas escondidas detrás de máscaras ‘pesudo-cristianas’,

progresan en el carnaval de la ignorancia materialista - hedonista.

 

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Sobre los altares es suficiente con que brille la Hostia Sagrada. Sino, como dijo san Hilario + 367 ca., construiríamos iglesias para destruir la fe.

 

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).