Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Patrología > Patrología - 14.2 Iglesia barca petrina olas amenazan, Basilio Hilario Leon Mag


La escena evangélica de la barca amenazada por las olas, evoca la imagen de la Iglesia que surca el mar de la historia dirigiéndose hacia el pleno cumplimiento del Reino de Dios. Jesús, que ha prometido permanecer con los suyos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 29,20), no dejará la nave a la deriva. En los momentos de dificultad y tribulación, sigue oyéndose su voz: "¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). Es una llamada a reforzar continuamente la fe en Cristo, a no desfallecer en medio de las dificultades. En los momentos de prueba, cuando parece que se cierne la "noche oscura" en su camino, o arrecian la tempestad de las dificultades, la Iglesia sabe que está en buenas manos.

 

+++

 

Padres de la Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que, con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas, la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos.

Son de verdad "Padres" de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del Evangelio, recibió de ellos la vida. Y son también sus constructores, ya que por ellos —sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre Cristo—fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales.

La Iglesia vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, entre los goces y penas de su caminar y de su trabajo cotidiano.

Fueron, por tanto, sus Padres y lo siguen siendo siempre; porque ellos constituyen, en efecto, una estructura estable de la Iglesia y cumplen una función perenne en pro de la Iglesia, a lo largo de todos los siglos. De ahí que todo anuncio del Evangelio y magisterio sucesivo debe adecuarse a su anuncio y magisterio si quiere ser auténtico; todo carisma y todo ministerio debe fluir de la fuente vital de su paternidad; y, por último, toda piedra nueva, añadida al edificio santo que aumenta y se amplifica cada día, debe colocarse en las estructuras que ellos construyeron y enlazarse y soldarse con esas estructuras.

Guiada por esa certidumbre, la Iglesia nunca deja de volver sobre los escritos de esos Padres —llenos de sabiduría y perenne juventud— y de renovar continuamente su recuerdo. De ahí que, a lo largo del año litúrgico, encontremos siempre, con gran gozo, a nuestros Padres y siempre nos sintamos confirmados en la fe y animados en la esperanza.

Nuestro gozo es todavía mayor cuando determinadas circunstancias nos inducen a conocerlos con más detenimiento y profundidad. Eso es lo que sucede al tratar de entender a un Padre de la Iglesia.

 

+++

“cum Petro et sub Petro” - En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación.

 

La única Iglesia fundada por Cristo sigue viva y presente en el tiempo y el espacio de la historia.

Y todo por recordar hasta el último suspiro que la única Iglesia fundada por Cristo sigue viva y presente en el tiempo y el espacio de la historia, que no hay corte ni refundación posible entre aquel inicio al pie de la cruz y la hora que marcan nuestros relojes digitales. Y todo por abatir con el cayado de Pedro la falsa tramoya de una Iglesia postconciliar, que ahora sí, por fin, estaría abierta al mundo para superar antiguas lacras y pecados, democrática y popular, libre de resabios ministeriales y sacramentales. Ahora sí es la Iglesia de Jesús, proclaman: aunque dé la espalda a la continuidad histórica en la que solamente pueden encontrarse los gestos y palabras verdaderos de aquel Jesús que murió y resucitó, y que dejó a sus apóstoles el fardo inenarrable de que cuanto atasen en la tierra, quedaría atado en el cielo.

Por suerte siempre está Pedro, para atraer sobre sí la tempestad.

¡Gracias! Benedicto PP XVI - 2007-VII.

 

+++

 

 

En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación.

 

+++

 

Pedro, primado de la Iglesia - La voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un especial relieve dentro del Colegio Apostólico se manifiesta con numerosos indicios. Por otra parte, el mismo Pedro es consciente de esta posición particular que tiene. De este modo, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la muchedumbre tras el discurso sobre el Pan de vida, pregunta: «También vosotros queréis marcharos?», la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿con quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna».

Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo, a mi vez, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Las tres metáforas a las que recurre Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que basará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca justo; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y seguirá siendo de Cristo. Es siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Describe con imágenes plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término primado de jurisdicción.

(07-VI-2006)

 

+++

 

Nuestra reflexión de hoy se centra en el apóstol san Andrés, el segundo entre los Doce. Su nombre griego es signo de una cierta apertura cultural de su familia. Fue el primero en ser llamado por Jesús. Después condujo ante Él a su hermano Simón Pedro diciéndole “Hemos encontrado al Mesías”, lo que demuestra su gran espíritu apostólico. Gozó de preciosos momentos de intimidad con Jesús.

Los evangelios lo citan particularmente en tres ocasiones: en la multiplicación de los panes, donde destaca por su  realismo, al indicar la insuficiencia de los pocos recursos de que disponían; escuchando las palabras del Maestro sobre el fin del mundo ante la vista de los muros del templo de Jerusalén; y antes de la Pasión, cuando con Felipe, hace de intérprete de la profecía sobre la extensión del Evangelio a los paganos, a un pequeño grupo de griegos.

La tradición relata su muerte en Patrás, donde sufrió el suplicio de la cruz, pidiendo al igual que Pedro, ser crucificado de manera diversa al Maestro, en una cruz en aspa, que por eso se llama cruz de San Andrés. Miércoles 14 de junio de 2006 S.S. Benedicto PP XVI

 

+++

 

El mensaje siempre perenne de Cristo - En el Evangelio Jesús se acerca a sus discípulos caminando sobre las aguas y les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14, 27). Hoy también Jesús se dirige a vosotros, jóvenes de Europa, y os dice: ¡No tengáis miedo! Aunque las olas del egoísmo sacudan con fuerza la barca común de Europa y los vientos de la llamada cultura de la muerte se ciernan sobre vosotros... ¡tened ánimo, no dudéis!: Cristo, Señor del tiempo y de la historia, está siempre con vosotros dispuesto a extender su mano y agarraros -como lo hizo con el apóstol Pedro- cuando la inseguridad, la duda o el miedo amenacen con ahogar vuestro entusiasmo y optimismo juveniles. También vosotros podéis caminar sobre las aguas sin hundiros si mantenéis fija la mirada en Aquél que os llama por vuestro propio nombre y os dice: «Ven». Recordad siempre este Evangelio en los momentos de dificultad. No olvidéis que después de la tormenta viene la calma, que el dolor y la prueba aceptados con confianza en Dios dejan paso a la alegría serena, a la libertad madura, a la confesión gozosa de Jesús como Señor de la propia existencia, amigo fiel, salvador cercano y fraterno, dador de vida y esperanza. No os avergoncéis de postraros ante él -al igual que hicieron los discípulos en la barca cuando amainó el viento- diciéndole: «Realmente eres Hijo de Dios».

 

+++

 

Virgen madre, Madre siempre virgen,
dirige una súplica materna a tu Hijo.
Lleva hasta el puerto
la barca de la Iglesia,
evitando los escollos y venciendo los oleajes.

 

+++

 

Siguiendo con el tema de la colegialidad y de la comunión del Colegio Apostólico, el altar recuerda la proa de una barca levantando olas. El Nuevo Testamento contiene muchos pasajes donde la barca constituye el marco de experiencias significativas para los apóstoles como grupo o colegio.

 Cuando Jesús aplaca el mar y los vientos, los Apóstoles, reunidos a bordo de una embarcación, reciben por primera vez la revelación de que Jesús es algo más que un simple hombre. Ellos se asombran: "¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?" (cfr. Mt, 8, 23:27; Lc 8, 22:25, Mc 4, 37:41).

 Jesús hace subir a los Apóstoles a una barca, para encontrarse a solas con ellos, a fin de adiestrarlos (Mc, 6, 32).

 Después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que los Apóstoles atravesaran el mar de Galilea en una barca. Aunque pasa la noche rezando en la colina, el Señor nunca pierde de vista a los Apóstoles. Al levantarse una tempestad, Jesús se dirige hacia ellos caminando sobre las aguas y diciendo: "Soy yo, no temáis". Una vez en el barco, éste alcanza la orilla en seguida, mientras los Apóstoles se quedan perplejos porque - como cuenta Marco - no han entendido el significado de la multiplicación de los panes (cfr, Jn 6, 16:21; Mt 14, 22:27; Mc 6, 45).

La barca tiene un significado especial no sólo para el Colegio Apostólico, sino también para la persona de Pedro.

 En la serie de apariciones pascuales, desde la barca de San Pedro los Apóstoles (Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé y otros dos), después de pescar una cantidad enorme de peces, reconocen al Cristo Resucitado en la orilla. (cfr. Jn, 21, 1:8).

 Jesús predica desde una barca, supuestamente la de Pedro, delante de la multitud reunida en la orilla (cfr. Mt. 13, 2; Mc 3, 9; 4:1)

 La fe de Pedro es confirmada por Cristo, ante los Apóstoles, después de que Cristo le manda ir hacia él caminando sobre las aguas. Tras este acontecimiento, los Apóstoles adoran al Señor y exclaman: "¡Verdaderamente, eres Hijo de Dios!" (Mt 14, 28:33).

 En otro episodio sucesivo a la Resurrección, desde la barca de Pedro los Apóstoles, solicitados por Jesús, calan sus redes y hacen una pesca milagrosa. Y entonces Pedro es el que lleva hacia la orilla las redes llenas de peces (cfr. Jn, 21, 4:11), símbolo de la Iglesia.

Además de las asociaciones arriba mencionadas, la barca también tiene un significado eucarístico en lo que atañe el Colegio Apostólico, y, por ende, valora el uso de este símbolo como base del altar que custodia el Santísimo Sacramento.

 Después de la multiplicación de los panes, Jesús se encamina con sus Apóstoles a bordo de una barca, y pronuncia su sermón "sobre la levadura de los Fariseos" (Mt 16, 5:12; Mc 8; 14).

 Una referencia bíblica a la Eucaristía, especialmente significativa, se encuentra en el Evangelio de San Marcos. Después de la multiplicación de los panes, que prefigura la Eucaristía, las Escrituras dicen que los Apóstoles no se llevaron consigo más que "un pan" (cfr. Mc 8, 14). Esto significa que Jesús es ese "único pan", hecho de Pan celestial. En esta ocasión, Jesús intenta hacerles decir cuál es el significado del milagro de los panes, así como el de Sus palabras y Sus enseñanzas sobre la Eucaristía en ese acontecimiento milagroso.

La barca también se utiliza como símbolo de toda la Iglesia, frecuentemente definida como la "Barca de Pedro". En este sentido, la crucifixión completa adecuadamente el mástil del humilde barco de pesca de Pedro. El movimiento de la escultura, incluido el de los tejidos, similares a un sudario, que se encuentran en la parte posterior -una alusión al sudario y a la Resurrección- representa una nueva asociación con la obra del Espíritu Santo, que proporciona el "viento" para las velas de la Barca de Pedro, viento que empuja siempre a la Iglesia hacia el Señor, en cumplimiento de la promesa.

  

+++

 

La barca de la Iglesia

 

«No temas: desde ahora, serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). El pasaje evangélico de hoy nos narra la vocación de Simón Pedro y de los primeros Apóstoles. Después de haber hablado a la multitud desde la barca de Simón, Jesús les pide que se alejen de la costa para pescar. Pedro replica manifestando las dificultades que habían encontrado la noche anterior, durante la cual, aun habiendo bregado, no habían logrado pescar nada. Sin embargo, se fía del Señor y realiza su primer gesto de confianza en él: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5).

El sucesivo prodigio de la pesca milagrosa es un signo elocuente del poder divino de Jesús y, al mismo tiempo, anuncia la misión que se confiará al Pescador de Galilea, es decir, guiar la barca de la Iglesia en medio de las olas de la historia y recoger con la fuerza del Evangelio una multitud innumerable de hombres y mujeres procedentes de todas las partes del mundo.

La llamada de Pedro y de los primeros Apóstoles es obra de la iniciativa gratuita de Dios, a la que responde la libre adhesión del hombre. Este diálogo de amor con el Señor ayuda al ser humano a tomar conciencia de sus límites y, a la vez, del poder de la gracia de Dios, que purifica y renueva la mente y el corazón: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres». El éxito final de la misión está garantizado por la asistencia divina. Dios es quien lleva todo hacia su pleno cumplimiento. A nosotros se nos pide que confiemos en él y que aceptemos dócilmente su voluntad.

2. ¡No temas! ¡Cuántas veces el Señor nos repite esta invitación! Sobre todo hoy, en una época marcada por grandes incertidumbres y miedos, estas palabras resuenan como una exhortación a confiar en Dios, a dirigir nuestra mirada hacia él, que guía el destino de la historia con la fuerza de su Espíritu, no nos abandona en la prueba y asegura nuestros pasos en la fe.

Amadísimos hermanos y hermanas, dejad que esta íntima convicción impregne vuestra existencia. Dios llama a todos los creyentes a que lo sigan; les pide que se conviertan en cooperadores de su proyecto salvífico. Como Simón Pedro, también nosotros podemos proclamar: «Por tu palabra, echaré las redes ». ¡Por tu palabra! Su palabra es el Evangelio, mensaje perenne de salvación que, si se acoge y vive, transforma la existencia. El día de nuestro bautismo nos comunicaron esta «buena nueva», que debemos profundizar personalmente y testimoniar con valentía.

La misión ciudadana, que ya ha entrado en el centro de su celebración, pide a todos los cristianos que proclamen el Evangelio con la palabra, pero sobre todo con la coherencia de su vida. En esta extraordinaria empresa apostólica sentid el apoyo incesante de Jesucristo, nuestro Señor, el primer misionero, enviado por el Padre al mundo.

3. Queridos hermanos y hermanas de la parroquia del Niño Jesús, en Saccopastore, me alegra estar hoy en medio de vosotros y visitar vuestra hermosa iglesia. A todos os saludo con afecto: al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, a vuestro joven párroco, don Antonino De Siati, y a los sacerdotes que colaboran con él, así como a las religiosas de la Caridad de Santa Juana Antida, que viven en estrecho contacto con las obras parroquiales y prestan un generoso servicio a los numerosos ancianos y enfermos de la comunidad. Saludo, asimismo, a cuantos participan más directamente en la vida de la parroquia y a los numerosos grupos de formación, servicio y apostolado, y en particular a las personas y a las familias de origen filipino, que desde hace algún tiempo se reúnen semanalmente aquí para la celebración litúrgica festiva.

Sé que hay muchos ancianos en vuestra comunidad. A ellos en particular, como a todos los ancianos de Roma, los saludo con afecto, y los invito cordialmente a la oración constante y confiada por sus propias necesidades y por el éxito de la misión ciudadana. Amadísimos hermanos y hermanas, vuestro testimonio de fe ha de ser para todos, pero especialmente para los jóvenes, un ejemplo de cómo se debe acoger a Cristo en la propia vida.

Me congratulo con los colaboradores, religiosos y laicos, por las iniciativas de caridad y socialización promovidas en la parroquia. Os honra la solidaridad concreta que manifestáis hacia cuantos tienen necesidades, tanto en vuestro territorio como lejos de aquí. Me refiero a las diversas iniciativas de caridad que realizáis, como el apoyo a una leprosería de África central, la ayuda a las poblaciones damnificadas por el terremoto de las regiones centrales italianas y vuestro vínculo fraterno con el instituto Lido dei Pini. Continuad vuestro esfuerzo, con el espíritu del Verbo de Dios que, al encarnarse, vino al encuentro de todos y a cada uno trajo la salvación.

4. Vuestra comunidad es numerosa; surge cerca de un recodo del río Aniene y está situada en la zona denominada Saccopastore. Hasta la década de 1930, los pastores venían aquí desde los Abruzos para pasar los meses de invierno con sus rebaños. Después, dado el progresivo asentamiento de muchas familias, comenzó la actividad litúrgica en una capillita, dedicada al Niño Jesús, que constituyó en la zona el primer lugar de culto y reunión. El título de esa capilla, elegido por la gente de entonces con referencia a la inauguración que había tenido lugar en la víspera de Navidad de 1952, pasó luego a la parroquia, erigida jurídicamente en 1957. Aquí han trabajado con gran celo diversos sacerdotes, entre los cuales quisiera recordar al primer párroco, monseñor Giuseppe Simonazzi, cuyo recuerdo está aún vivo.

El nombre de vuestra parroquia hace referencia al misterio del Verbo encarnado, a Dios, que vino a poner su morada entre nosotros para salvar y redimir a todo el hombre y a todos los hombres: los de ayer, los de hoy y los de las generaciones futuras. Se trata del misterio de la elevación del tiempo humano a la dimensión divina, en sí misma trascendente y eterna. Este es también el contenido del jubileo del año 2000. Jesús, Dios hecho hombre, es el único Salvador. A él dirigimos nuestra mirada, mientras nos acercamos a la histórica meta del comienzo del tercer milenio. Os exhorto a prepararos con esta disposición interior para el acontecimiento jubilar.

5. «Aquí estoy, mándame» (Is 6, 8). El relato de la vocación de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, subraya la pronta respuesta del profeta a la llamada del Señor. Después de contemplar la santidad de Dios y tomar conciencia de las infidelidades del pueblo, Isaías se prepara para la ardua misión de exhortar al pueblo de Israel a cumplir los grandes compromisos de la alianza, con vistas a la venida del Mesías.

Como sucedió con el profeta Isaías, proclamar la salvación implica para cada creyente redescubrir ante todo la santidad de Dios. «Sanctus, sanctus, sanctus», fórmula que se repite en toda celebración eucarística. Quien se encuentra con un cristiano debe poder vislumbrar en él, a pesar de la inevitable fragilidad humana, el rostro santo del Altísimo.

La Virgen, morada del Espíritu Santo, nos obtenga el don de una constante adhesión a la llamada divina, y nos ayude especialmente a confiar en él en toda circunstancia, para que podamos colaborar totalmente en su obra de salvación. Amén.

 

+++

 

"Pero al instante les habló Jesús diciendo:

´¡Ánimo!, soy yo; no temáis´" (Mt 14,27).

 

Esta exhortación tranquilizadora del Señor dirigida a los discípulos, cansados en la barca agitada por la tormenta de la noche y asustados ante su milagroso caminar sobre las aguas del lago Tiberíades, son más actuales y pertinentes que nunca. Sabemos muy bien por experiencia que no son la edad, nuestra energía o la mera ciencia humana las que hacen que sea eficaz nuestro ministerio sacerdotal, sino la dynamis Theou la "fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1,16). Estamos en la barca de Pedro, a veces en la oscuridad de las dificultades, en medio de la marea de obstáculos, pero sabemos que en nosotros está Su vida, la exousía, su poder sacro.

 

Conscientes de nuestros límites y de nuestras miserias, no podemos confiar en nuestras pocas fuerzas. Gritaremos como Pedro "¡Señor Sálvame!". Y en seguida Jesús extenderá su mano agarrándonos (cfr. Mt 14,31) y sentiremos su dulce y fructuoso reproche: por qué dudaste?" Agarrados por Cristo)"Hombre de poca fe, . Así debemos permanecer, dejándonos alcanzar por Él, como hizo el apóstol que dijo: "Cristo Jesús me alcanzó a mí" (Flp 3,12).

 

Examinemos, por tanto, si la gracia del Jubileo, que en estos días pasa en abundancia a través de nosotros como agua viva en un cauce fluvial, puede extenderse con mayor eficacia a todos los fieles a nosotros confiados en el ejercicio de nuestro ministerio. Nosotros también somos invitados a acercarnos a los hombres descarriados de este tercer milenio, como hizo Jesús con los discípulos en la barca durante la tormenta, y a repetirles "¡Ánimo, soy Jesús, no temáis!" (cfr. Mt 14,27).

No podemos ser un obstáculo a la acción sacramental de Cristo, como una máscara que hiciera difícil a los hombres reconocer en nosotros el rostro amable y misericordioso de Jesús, como un muro que obstaculizara a nuestros fieles el acceso a la Puerta Santa que es el Verbo encarnado.

 

Podríamos repetir con mayor generosidad los gestos de perdón y de ofrecimiento de salvación, sobre todo dispensando con renovada fe y un mayor sentido de la responsabilidad los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

¡Convertirnos para convertir! (cfr. San Gregorio Nazianzeno, Orationes 2,71), siguiendo el ejemplo elocuente de san Pablo, vencido por la sorpresa de un encuentro sin precedentes con Cristo en el camino hacia Damasco.

Convertirnos, ante todo acercándonos, nosotros mismos, con regularidad al sacramento del Perdón: nuestra unión con Cristo, Sacerdote y Hostia, nos llevará a ser, como decía san Ignacio de Antioquía, "trigo de Dios para ser hecho pan mundo de Cristo" (cfr. Epistola ad Romanos 4,1), por el bien de los hermanos.

Concluiremos estas reflexiones invocando la materna intercesión y el constante patrocinio de la Reina de los Apóstoles y de la Madre de la Iglesia: María, Madre de los Sacerdotes y de las gentes, Estrella en los albores del tercer milenio, sigue guiándonos a nosotros tus hijos sacerdotes para que, tras el ejemplo de la fe y del amor de Pedro y de Pablo, sepamos ser auténticos misioneros de tu Hijo, impregnando cada vez más profundamente el terreno de su vida interior con el manantial del Sacerdocio Sumo y Eterno de Cristo. Hasta la efusión de sangre en la coherencia cotidiana de nuestra espléndida identidad.

 

+++

 

El Señor se aparece a siete de sus discípulos

 

21 Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberíades; y se manifestó de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos.

3 Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada.

4 Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. 6 El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. 7 Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar. 8 Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. 9 Al descender a tierra, vieron unas brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. 10 Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar. 11 Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, no se rompió la red. 12 Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú, quién eres?, sabiendo que era el Señor. 13 Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. 14 Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.

Apacienta mis ovejas

15 Después de aparecerse a sus discípulos y de comer con ellos, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» El le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 16 Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» El le contesta: «Sí, Señor; tú sabes que te quiero». El le dice: «Pastorea mis ovejas». 17 Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si le quería y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas». 18 «Te lo aseguro: Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 19 Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

El discípulo amado

20 Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado en su pecho, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? 21 Cuando Pedro le vio, dijo a Jesús: Señor, y éste ¿qué? 22 Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué te va a ti? Tú, sígueme. 23 Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué te va a ti? 24 Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero. 25 Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén

 

+++

 

 

Los milagros de Jesús como signos salvíficos

 

1. No hay duda sobre el hecho de que, en los Evangelios, los milagros de Cristo son presentados como signos del reino de Dios, que ha irrumpido en la historia del hombre y del mundo. “Mas si yo arrojo a los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios”, dice Jesús (Mt 12, 28). Por muchas que sean las discusiones que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros (a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos), es cierto que no se pueden separar los “milagros, prodigios y señales”, atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos que obraban “en su nombre”, del contexto auténtico del Evangelio. En la predicación de los Apóstoles, de la cual principalmente toman origen los Evangelios, los primeros cristianos oían narrar de labios de testigos oculares los hechos extraordinarios acontecidos en tiempos recientes y, por tanto, controlables bajo el aspecto que podemos llamar crítico-histórico, de manera que no se sorprendían de su inserción en los Evangelios. Cualesquiera que hayan sido en los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sobre las leyes. Aquel que revea a Dios como Padre Creador y Señor de lo creado, cuando realiza estos milagros con su propio poder, se revea a Sí mismo como Hijo consubstancial con el Padre e igual a Él en su señorío sobre la creación.

2. Sin embargo, algunos milagros presentan también otros aspectos complementarios al significado fundamental de prueba del poder divino del Hijo del hombre en orden a la economía de la salvación.

Así, hablando de la primera “señal” realizada en Caná de Galilea, el Evangelista Juan hace notar que, a través de ella, Jesús “manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos” (Jn 2, 11). El milagro, pues, es realizado con una finalidad de fe, pero tiene lugar durante la fiesta de unas bodas. Por ello, se puede decir que, al menos en la intención del Evangelista, la “señal” sirve para poner de relieve toda la economía divina de la alianza y de la gracia que en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento se expresa a menudo con la imagen del matrimonio. El milagro de Caná de Galilea, por tanto, podría estar en relación con la parábola del banquete de bodas, que un rey preparó para su hijo, y con el “reino de los cielos” escatológico que “es semejante” precisamente a un banquete (cf. Mt 22, 2). El primer milagro de Jesús podría leerse como una “señal” de este reino, sobre todo, si se piensa que, no habiendo llegado aún “la hora de Jesús”, es decir, la hora de su pasión y de su glorificación (Jn 2, 4; cf. 7, 30; 8, 20; 12, 23, 27; 13, 1; 17, 1), que ha de ser preparada con la predicación del “Evangelio del reino” (cf. Mt 4, 23; 9, 35), el milagro, obtenido por la intercesión de María, puede considerarse como una “señal” y un anuncio simbólico de lo que está para suceder.

3. Como una “señal” de la economía salvífica se presta a ser leído, aún con mayor claridad, el milagro de la multiplicación de los panes, realizado en los parajes cercanos a Cafarnaum. Juan enlaza un poco más adelante con el discurso que tuvo Jesús el día siguiente, en el cual insiste sobre la necesidad de procurarse “el alimento que permanece hasta la vida eterna”, mediante la fe “en Aquel que El ha enviado” (Jn 6, 29), y habla de Sí mismo como del Pan verdadero que “da la vida al mundo” (Jn 6, 33) y también que Aquel que da su carne “para vida del mundo” (Jn 6, 51). Está claro que el preanuncio de la pasión y muerte salvífica, no sin referencias y preparación de la Eucaristía que había de instituirse el día antes de su pasión, como sacramento-pan de vida eterna (cf. Jn 6, 52-58).

4. A su vez, la tempestad calmada en el lago de Genesaret puede releerse como “señal” de una presencia constante de Cristo en la “barca” de la Iglesia, que, muchas veces, en el discurrir de la historia, está sometida a la furia de los vientos en los momentos de tempestad. Jesús, despertado por sus discípulos, orden a los vientos y al mar, y se hace una gran bonanza. Después les dice: “¿Por qué sois tan tímidos? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4, 40). En éste, como en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús de inculcar en los Apóstoles y discípulos la fe en su propia presencia operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos de la historia, en los que se podría infiltrar en el espíritu la duda sobre a asistencia divina. De hecho, en la homilética y en la espiritualidad cristiana, el milagro se ha interpretado a menudo como “señal” de la presencia de Jesús y garantía de la confianza en Él por parte de los cristianos y de la Iglesia.

5. Jesús, que va hacia los discípulos caminando sobre las aguas, ofrece otra “señal” de su presencia, y asegura una vigilancia constante sobre sus discípulos y su Iglesia. “Soy yo, no temáis”, dice Jesús a los Apóstoles que lo habían tomado por un fantasma (cf. Mc6, 49-50; cf. Mt 14, 26-27; Jn 6, 16-21). Marcos hace notar el estupor de los Apóstoles “pues no se habían dado cuenta de lo de los panes: su corazón estaba embotado” (Mc 6, 52). Mateo presenta la pregunta de Pedro que quería bajar de la barca para ir al encuentro de Jesús, y nos hace ver su miedo y su invocación de auxilio, cuando ve que se hunde: Jesús lo salva, pero lo amonesta dulcemente: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14, 31). Añade también que los que estaban en la barca “se postraron ante Él, diciendo: Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” (Mt 14, 33).

6. Las pescas milagrosas son para los Apóstoles y para la Iglesia las “señales” de la fecundidad de su misión, si se mantienen profundamente unidas al poder salvífico de Cristo (cf. Lc 5, 4-10; Jn 21, 3-6). Efectivamente, Lucas inserta en la narración el hecho de Simón Pedro que se arroja a los pies de Jesús exclamando: “Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc 5, 8), y la respuesta de Jesús es: “No temas, en adelante vas a ser pescador de hombres” (Lc 5, 10). Juan, a su vez, tras la narración de la pesca después de la resurrección, coloca el mandato de Cristo a Pedro: “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas" (cf. Jn 21, 15-17). Es un acercamiento significativo.

7. Se puede, pues, decir que los milagros de Cristo, manifestación de la omnipotencia divina respecto de la creación, que se revela en su poder mesiánico sobre hombres y cosas, son, al mismo tiempo, las “señales” mediante las cuales se revela la obra divina de la salvación, la economía salvífica que con Cristo se introduce y se realiza de manera definitiva en la historia del hombre y se inscribe así en este mundo visible, que es también obra divina. La gente —como los Apóstoles en el lago—, viendo los milagros de Cristo, se pregunta: “¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41), mediante estas “señales”, queda preparada para acoger la salvación que Dios ofrece al hombre en su Hijo.

Este es el fin esencial de todos los milagros y señales realizados por Cristo a los ojos de sus contemporáneos, y de todos los milagros que a lo largo de la historia serán realizados por sus Apóstoles y discípulos con referencia al poder salvífico de su nombre: “En nombre de Jesús Nazareno, anda” (Act 3, 6).

JUAN PABLO II - 02 de diciembre de 1987

 

+++

 

 

Jesús invita a sus discípulos a tener esta misma seguridad y confianza cuando la tempestad amenaza su barca, como relata san Marcos en el pasaje evangélico de hoy: "¡Ánimo! Soy yo, no tengáis miedo". San Agustín, particularmente estimado en vuestra Iglesia de Túnez, al que habéis dedicado una hermosísima exposición en la antigua basílica de Cartago, comenta el episodio de la tempestad calmada insistiendo en la confianza que nos proporciona la presencia de Cristo en medio de nuestras dudas y dificultades. "Los discípulos -afirma en uno de sus sermones (LXXV)- se habían turbado al verlo sobre el mar y pensaban que era un fantasma. Pero al subir él a la barca, quitó la fluctuación mental de sus corazones, pues peligraban en la mente por las dudas más que en el cuerpo por las olas. (...) Pero mayor (que el viento) es que intercede por nosotros, porque en esa fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y confortándonos".

Cristo, además de infundir confianza en sus discípulos, también confirma su fe, y san Agustín, contra las herejías de su tiempo, establece un vínculo entre el episodio de la tempestad calmada y el misterio de la Navidad, reafirmando la fe de la Iglesia en la verdadera humanidad de Cristo.

Comenta así las palabras de
Jesús al subir a la barca con los discípulos: "¡Ánimo! Soy yo, no tengáis miedo. Esto es, no os espante tanto mi dignidad que no queráis reconocer mi realidad; aunque camino sobre el mar, aunque tengo bajo los pies el orgullo y ostentación seculares, como oleaje rabioso, aparecí como hombre verdadero, y mi Evangelio dice de mí la verdad al afirmar que nací de una virgen y que soy el Verbo encarnado".

El argumento del evangelio de san Marcos, y el de san Agustín, me parece cercano al tema que quiso abordar el Papa Juan Pablo II en su reciente Mensaje para la Jornada mundial de la paz: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien". Confianza, esperanza, valentía ante la tempestad, ante el mal que a veces inunda nuestras sociedades. Sólo si Jesús nos acompaña en la barca de nuestra vida seremos capaces de luchar contra el mal y de tener la paz que imploramos, que tantos pueblos piden a grandes gritos, a menudo gritos de dolor y sufrimiento.

 

+++

 

Siguiendo con el tema de la colegialidad y de la comunión del Colegio Apostólico, el altar recuerda la proa de una barca levantando olas. El Nuevo Testamento contiene muchos pasajes donde la barca constituye el marco de experiencias significativas para los apóstoles como grupo o colegio.
- Cuando Jesús aplaca el mar y los vientos, los Apóstoles, reunidos a bordo de una embarcación, reciben por primera vez la revelación de que Jesús es algo más que un simple hombre. Ellos se asombran: “¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?” (cfr. Mt, 8, 23:27; Lc 8, 22:25, Mc 4, 37:41).
- Jesús hace subir a los Apóstoles a una barca, para encontrarse a solas con ellos, a fin de adiestrarlos (Mc, 6, 32).
- Después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que los Apóstoles atravesaran el mar de Galilea en una barca. Aunque pasa la noche rezando en la colina, el Señor nunca pierde de vista a los Apóstoles. Al levantarse una tempestad, Jesús se dirige hacia ellos caminando sobre las aguas y diciendo: “Soy yo, no temáis”. Una vez en el barco, éste alcanza la orilla en seguida, mientras los Apóstoles se quedan perplejos porque - como cuenta Marco - no han entendido el significado de la multiplicación de los panes (cfr, Jn 6, 16:21; Mt 14, 22:27; Mc 6, 45).
La barca tiene un significado especial no sólo para el Colegio Apostólico, sino también para la persona de Pedro.
- En la serie de apariciones pascuales, desde la barca de San Pedro los Apóstoles (Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Bartolomé y otros dos), después de pescar una cantidad enorme de peces, reconocen al Cristo Resucitado en la orilla. (cfr. Jn, 21, 1:8).
- Jesús predica desde una barca, supuestamente la de Pedro, delante de la multitud reunida en la orilla (cfr. Mt. 13, 2; Mc 3, 9; 4:1).
- La fe de Pedro es confirmada por Cristo, ante los Apóstoles, después de que Cristo le manda ir hacia él caminando sobre las aguas. Tras este acontecimiento, los Apóstoles adoran al Señor y exclaman: “¡Verdaderamente, eres Hijo de Dios!” (Mt 14, 28:33).
- En otro episodio sucesivo a la Resurrección, desde la barca de Pedro los Apóstoles, solicitados por Jesús, calan sus redes y hacen una pesca milagrosa. Y entonces Pedro es el que lleva hacia la orilla las redes llenas de peces (cfr. Jn, 21, 4:11), símbolo de la Iglesia.
Además de las asociaciones arriba mencionadas, la barca también tiene un significado eucarístico en lo que atañe el Colegio Apostólico, y, por ende, valora el uso de este símbolo como base del altar que custodia el Santísimo Sacramento.
- Después de la multiplicación de los panes, Jesús se encamina con sus Apóstoles a bordo de una barca, y pronuncia su sermón “sobre la levadura de los Fariseos” (Mt 16, 5:12; Mc 8; 14).
- Una referencia bíblica a la Eucaristía, especialmente significativa, se encuentra en el Evangelio de San Marcos. Después de la multiplicación de los panes, que prefigura la Eucaristía, las Escrituras dicen que los Apóstoles no se llevaron consigo más que “un pan” (cfr. Mc 8, 14). Esto significa que Jesús es ese “único pan”, hecho de Pan celestial. En esta ocasión, Jesús intenta hacerles decir cuál es el significado del milagro de los panes, así como el de Sus palabras y Sus enseñanzas sobre la Eucaristía en ese acontecimiento milagroso.
La barca también se utiliza como símbolo de toda la Iglesia, frecuentemente definida como la
“Barca de Pedro”. En este sentido, la crucifixión completa adecuadamente el mástil del humilde barco de pesca de Pedro. El movimiento de la escultura, incluido el de los tejidos, similares a un sudario, que se encuentran en la parte posterior -una alusión al sudario y a la Resurrección- representa una nueva asociación con la obra del Espíritu Santo, que proporciona el “viento” para las velas de la Barca de Pedro, viento que empuja siempre a la Iglesia hacia el Señor, en cumplimiento de la promesa.
El sencillo tabernáculo de bronce lleva incluidos las espigas de trigo y los racimos de uva para la Eucaristía. Los peces, que aluden a Pedro como pescador y a la misión de los apóstoles como “pescadores de hombres”, (Mt. 4:19, Mc. 1: 17) se hallan también en el tabernáculo, junto a unos candelabros y una lámpara votiva. El pez es también el símbolo antiguo de Cristo, tomado de la palabra griega ΙΧΘΥΣ, que significa pez, como acrónimo de la frase: “Jesucristo, Hijo de Dios Salvador”.

 

+++

 

San Pedro mártir, Obispo de Roma, crucificado en cruz invertida
 

La convivencia y larga amistad con el Maestro, a quien, escuchando su llamada, fueron siguiendo primeramente por los alrededores del lago y después a través de Galilea y de Judea; por los altos, por los campos y pueblos, les fue abriendo poco a poco los horizontes insospechados: en las palabras y en los milagros obrados ante ellos, se revelaba la voluntad de Dios Padre de salvar a todos los hombres por medio de la muerte y resurrección de su Hijo.

A partir de entonces, aquel primer grupo de pescadores (aumentado hasta constituir el grupo escogido de los Doce) iban a ser los continuadores de la obra de Jesús a través del inmenso mar del mundo. Impulsados por el viento del Espíritu, recibieron la misión de transmitir a todas las gentes su propia experiencia —desde los días de Tiberíades hasta el acontecimiento renovador de Pentecostés—, sin otro objetivo que el de llenar de hombres la barca de la Iglesia.

4. Así comenzó su navegación la nueva barca de Pedro. Y continuando su misión, tenéis entre vosotros al Sucesor de aquel pescador de Galilea. Ha venido para animar vuestra fe y confianza en el Señor, que os ha agregado a El desde el día del bautismo.

No se me oculta que, en medio de vuestras afanosas tareas, pueda a veces insinuarse el desaliento o adensarse la neblina que cubre la fe. Es entonces cuando habéis de saber recurrir a la oración y recordar que el Señor no os abandona, que habéis sido llamados por Jesús para estar con El en su barca, donde El vela por vosotros; aunque a los ojos humanos pudiera dar la impresión de haberse rendido al sueño: “¡Hombres de poca fe! ¿Por qué teméis?” (Mt 8, 26). La fe incondicionada y sin temores en la presencia cercana del Señor ha de ser la brújula que oriente vuestra vida de trabajo y de familia hacia Dios, de donde viene la luz y la felicidad.

 

+++

 

 

Basilio de Seléucide (hacia 468) obispo de la Iglesia Católica
Homilía 26 sobre el Buen Pastor; PG 85, 299-308)

 

“Yo soy el buen pastor, el verdadero pastor.” (Jn 10,11) - Abel, el primer pastor fue agradable al Señor que acogió su sacrificio y más aún que los dones ofrecidos, acogió al que los sacrificaba. (cf Gn 4,4) La Escritura alaba también a Jacob, pastor de los rebaños de Laban, mencionando sus desvelos por las ovejas. “De día me consumía el calor y de noche el frío, sin poder dormir.” (Gn 31,40) Dios le recompensó por su labor. También Moisés fue pastor en las montañas de Madan, prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios que disfrutar de los placeres en el palacio de Faraón. Dios, agradado por esta elección, se dejó ver a Moisés, en recompensa de su decisión. (cf Ex 3,2) Y después de la visión, Moisés no abandonó su oficio de pastor y su cayado gobernaba los elementos. (Ex 14,16) Pastoreó al pueblo de Israel. También David fue pastor, pero su cayado fue transformado en cetro real y recibió la corona. No te extrañes que todos estos pastores buenos estén cerca de Dios. El mismo Señor no se avergüenza de ser llamado pastor (Sal 22; 79) Dios no se avergüenza de pastorear a los hombres, como tampoco ser avergüenza de haberlos creado.
Pero, miremos ahora a nuestro pastor, Cristo. Miremos su amor por los hombres y su ternura para conducirnos a pastos abundantes. Se alegra con las ovejas que están a su alrededor y busca a las que están descarriadas. Ni montañas ni bosques son obstáculo, él baja a los valles tenebrosos (Sal 22,4) para llegar al lugar donde está la oveja perdida... Le vemos en los infiernos, da órdenes para salir de allí. Así busca el amor de sus ovejas. Aquel que ama a Cristo conoce su voz y le sigue.

 

+++

 

 

San Hilario (hacia 315-367) obispo de Poitiers, doctor de la Iglesia Católica
De Trinitate VII, 33-35, 41

 

Los apóstoles nos indican el camino de la vida - El Señor no nos ha dejado una doctrina incierta y dudosa sobre sus misterios, no nos ha abandonado al error que puede nacer de una comprensión ambigua. Escuchémosle, pues, cuando revela a los apóstoles el conocimiento perfecto de esta fe. Dice, en efecto: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6) Aquel que es el camino no nos ha dejado errar por caminos tortuosos y sin salida. La verdad no nos ha engañado con mentiras. La vida no nos ha abandonado al error que mata. Y porque ha manifestado, para nuestra salvación, los dulces nombres de sus designios –camino para conducirnos a la verdad, verdad para establecernos en la vida--- reconozcamos el sacramento que nos conduce a esta vida: “Nadie va al Padre sino por mí.” (Jn 14,6) El camino hacia el Padre pasa por el Hijo...
En el misterio del cuerpo que ha adoptado, el Señor manifiesta la divinidad que está en el Padre: “Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Desde ahora lo conocéis, pues ya lo habéis visto.” (Jn 14,7) El Señor hace distinción entre el tiempo de la visión y el tiempo del conocimiento porque dice que ya hemos visto aquello que conoceremos más tarde.

-.-

San Hilario de Poitiers nació a comienzos del siglo IV padre de la Iglesia † 367. Crecido en un ambiente poco cristiano fue bautizado años más tarde, después de un camino de búsqueda de la verdad que lo llevó a la fe en Cristo, el Verbo encarnado, salvador del mundo. Posteriormente, fue elegido obispo de su ciudad dedicando toda su vida a defender la fe en la divinidad de Cristo frente a los arrianos, llegando a sufrir por ello el destierro. Entonces escribió un tratado sobre la Trinidad, en el que muestra cómo la Escritura da testimonio claro de la divinidad del Hijo. En otros libros interpreta también los sucesos del Antiguo Testamento como prefiguraciones de la venida de Cristo al mundo. El punto de partida de la reflexión de Hilario es la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, recibida en el bautismo. Dios Padre, que es amor, comunica plenamente su divinidad al Hijo. Éste compartió nuestra condición humana, de tal manera que sólo en Cristo, Verbo encarnado, la humanidad encuentra la salvación. Asumiendo la naturaleza humana, Él ha unido a sí a todo hombre. Por eso, el camino hacia Cristo está abierto para todos, aunque por nuestra parte se requiere siempre la conversión personal.

 

+++

 

 

San Gregorio Magno (hacia 540-604) papa, doctor de la Iglesia
Homilía 30, 1-10

 

“El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado.” (cf Jn 14,26) - El Espíritu os enseñará todo. Porque si el Espíritu no toca el corazón de los que escuchan, la palabra de los que enseñan sería vana. Que nadie atribuya a un maestro humano la inteligencia que proviene de sus enseñanzas. Si no fuera por el Maestro interior, el maestro exterior se cansaría en vano hablando.
Vosotros todos que estáis aquí, oís mi voz de la misma manera; y no obstante, no todos comprendéis de la misma manera lo que oís. La palabra del predicador es inútil si no es capaz de encender el fuego del amor en los corazones. Aquellos que dijeron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32) habían recibido este fuego de boca de la misma verdad. Cuando uno escucha una homilía, el corazón se enardece y el espíritu se enciende en el deseo de los bienes del reino de Dios. El auténtico amor que le colma, le provoca lágrimas y al mismo tiempo le llena de gozo. El que escucha así se siente feliz de oír estas enseñanzas que le vienen de arriba y se convierten dentro de nosotros en una antorcha luminosa, nos inspiran palabras enardecidas. El Espíritu Santo es el gran artífice de estas transformaciones en nosotros.

 

+++

 

León Magno † 461

 

Continuando nuestro camino entre los Padres de la Iglesia, auténticos astros que brillan desde lejos, en el encuentro de hoy vamos a considerar la figura de un Papa que en 1754 fue proclamado por Benedicto XIV doctor de la Iglesia: se trata de san León Magno. Como indica el apelativo que pronto le atribuyó la tradición, fue verdaderamente uno de los más grandes Pontífices que han honrado la Sede de Roma, contribuyendo en gran medida a reforzar su autoridad y prestigio. Primer Obispo de Roma que llevó el nombre de León, adoptado después por otros doce Sumos Pontífices, es también el primer Papa cuya predicación, dirigida al pueblo que le rodeaba durante las celebraciones, ha llegado hasta nosotros. Viene espontáneamente a la mente su recuerdo en el contexto de las actuales audiencias generales del miércoles, citas que en los últimos decenios se han convertido para el Obispo de Roma en una forma habitual de encuentro con los fieles y con numerosos visitantes procedentes de todas las partes del mundo.

San León era originario de la Tuscia. Fue diácono de la Iglesia de Roma en torno al año 430, y con el tiempo alcanzó en ella una posición de gran importancia. Este papel destacado impulsó en el año 440 a Gala Placidia, que entonces gobernaba el Imperio de Occidente, a enviarlo a la Galia para resolver una situación difícil. Pero en el verano de aquel año, el Papa Sixto III, cuyo nombre está ligado a los magníficos mosaicos de la basílica de Santa María la Mayor, falleció; y como su sucesor fue elegido precisamente san León, que recibió la noticia mientras desempeñaba su misión de paz en la Galia.

Tras regresar a Roma, el nuevo Papa fue consagrado el 29 de septiembre del año 440. Así inició su pontificado, que duró más de 21 años y que ha sido sin duda uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. Al morir, el 10 de noviembre del año 461, el Papa fue sepultado junto a la tumba de san Pedro. Sus reliquias se conservan todavía hoy en uno de los altares de la basílica vaticana.

El Papa san León vivió en tiempos sumamente difíciles: las repetidas invasiones bárbaras, el progresivo debilitamiento de la autoridad imperial en Occidente y una larga crisis social habían obligado al Obispo de Roma —como sucedería con mayor evidencia aún un siglo y medio después, durante el pontificado de san Gregorio Magno— a asumir un papel destacado incluso en las vicisitudes civiles y políticas. Esto no impidió que aumentara la importancia y el prestigio de la Sede romana.

Es famoso un episodio de la vida de san León. Se remonta al año 452, cuando el Papa en Mantua, junto a una delegación romana, salió al encuentro de Atila, el jefe de los hunos, y lo convenció de que no continuara la guerra de invasión con la que ya había devastado las regiones del nordeste de Italia. De este modo salvó al resto de la península. Este importante acontecimiento pronto se hizo memorable y permanece como un signo emblemático de la acción de paz llevada a cabo por el Pontífice.

No fue tan positivo, por desgracia, tres años después, el resultado de otra iniciativa del Papa, que de todos modos manifestó una valentía que todavía hoy nos sorprende: en la primavera del año 455, san León no logró impedir que los vándalos de Genserico, tras llegar a las puertas de Roma, invadieran la ciudad indefensa, que fue saqueada durante dos semanas. Sin embargo, el gesto del Papa que, inerme y rodeado de su clero, salió al encuentro del invasor para pedirle que se detuviera, impidió al menos que Roma fuera incendiada y logró que no fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, San Pablo y San Juan, en las que se refugió parte de la población aterrorizada.

Conocemos bien la acción del Papa san León gracias a sus hermosísimos sermones —se han conservado casi cien en un latín espléndido y claro— y gracias a sus cartas, unas ciento cincuenta. En estos textos, el Pontífice se muestra en toda su grandeza, dedicado al servicio de la verdad en la caridad, a través de un ejercicio asiduo de la palabra, que lo muestra a la vez como teólogo y pastor. San León Magno, constantemente solícito por sus fieles y por el pueblo de Roma, así como por la comunión entre las diferentes Iglesias y por sus necesidades, apoyó y promovió incansablemente el primado romano, presentándose como auténtico heredero del apóstol san Pedro: los numerosos obispos, en gran parte orientales, reunidos en el concilio de Calcedonia, fueron plenamente conscientes de esto.

Este concilio, que tuvo lugar en el año 451, con 350 obispos participantes, fue la asamblea más importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia. Calcedonia representa la meta segura de la cristología de los tres concilios ecuménicos anteriores: el de Nicea, del año 325; el de Constantinopla, del año 381; y el de Éfeso, del año 431. Ya en el siglo VI estos cuatro concilios, que resumen la fe de la Iglesia antigua, fueron comparados a los cuatro Evangelios: lo afirma san Gregorio Magno en una famosa carta (I, 24), en la que declara que «acoge y venera los cuatro concilios como los cuatro libros del santo Evangelio», porque sobre ellos —sigue explicando san Gregorio— «se eleva la estructura de la santa fe, como sobre una piedra cuadrada». El concilio de Calcedonia, al rechazar la herejía de Eutiques, que negaba la verdadera naturaleza humana del Hijo de Dios, afirmó la unión en su única Persona, sin confusión ni separación, de las dos naturalezas humana y divina.

Esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue afirmada por el Papa en un importante texto doctrinal dirigido al obispo de Constantinopla, el así llamado «Tomo a Flaviano», que al ser leído en Calcedonia, fue acogido por los obispos presentes con una aclamación elocuente, registrada en las actas del Concilio: «Pedro ha hablado por la boca de León», exclamaron al unísono los padres conciliares. Sobre todo a partir de esa intervención, y de otras realizadas durante la controversia cristológica de aquellos años, resulta evidente que el Papa sentía con particular urgencia la responsabilidad del Sucesor de Pedro, cuyo papel es único en la Iglesia, pues «a un solo apóstol se le confía lo que a todos los apóstoles se comunica», como afirma san León en uno de sus sermones con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo (83, 2). Y el Pontífice supo ejercer esta responsabilidad tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a través de sus escritos y mediante sus legados. Así mostraba cómo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comunión, característica de la única Iglesia de Cristo.

Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que estaba produciéndose de la Roma pagana a la cristiana —en un período de profunda crisis—, san León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Impulsó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y por la pobreza. Se enfrentó a las supersticiones paganas y a la acción de los grupos maniqueos. Vinculó la liturgia a la vida diaria de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y la limosna, sobre todo con motivo de las Cuatro témporas, que marcan en el transcurso del año el cambio de las estaciones.

En particular, san León Magno enseñó a sus fieles —y sus palabras siguen siendo válidas para nosotros— que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada uno. Lo subraya en un sermón (64, 1-2) a propósito de la Pascua, que debe celebrarse en todo tiempo del año, «no como algo del pasado, sino más bien como un acontecimiento del presente». Todo esto se enmarca en un proyecto preciso, insiste el santo Pontífice: así como el Creador animó con el soplo de la vida racional al hombre modelado con el barro de la tierra, del mismo modo, tras el pecado original, envió a su Hijo al mundo para restituir al hombre la dignidad perdida y destruir el dominio del diablo mediante la nueva vida de la gracia.

Este es el misterio cristológico al que san León Magno, con su carta al concilio de Éfeso, dio una contribución eficaz y esencial, confirmando para todos los tiempos, a través de ese concilio, lo que dijo san Pedro en Cesarea de Filipo. Con Pedro y como Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Por este motivo, al ser a la vez Dios y hombre, «no es ajeno al género humano, pero es ajeno al pecado» (cf. Serm. 64). Con la fuerza de esta fe cristológica, fue un gran mensajero de paz y de amor. Así nos muestra el camino: en la fe aprendemos la caridad. Por tanto, con san León Magno, aprendamos a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a vivir esta fe cada día en la acción por la paz y en el amor al prójimo.

05.III.2008- S.S, Benedicto XVI. Pont. Max. Obispo de Roma

 

+++

 

Tertuliano (hacia 220) teólogo
De praescriptione, 20-21; CCL 1, 201-203)

 

“...os he dado a conocer todo lo que he oído del Padre.” (Jn 15,15) - Cristo escogió entre sus discípulos a aquellos que acercó más estrechamente a sí mismo para enviarlos a todos los pueblos. Uno de ellos se excluyó de su número. Por esto, encomendó a los otros once, en el momento de su retorno al Padre después de su resurrección, de ir a predicar a todos los pueblos y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Al instante, los apóstoles –cuyo nombre significa ‘enviados’—escogieron a Matías en el lugar de Judas, según la profecía contenida en un salmo de David. (Sal 108,8) Recibieron, por la fuerza del Espíritu prometido, el don de obrar prodigios y el don de lenguas. Primero en Judea dieron testimonio de la fe en Cristo Jesús y constituyeron las comunidades. De ahí partieron hacia el mundo entero para anunciar entre las naciones la misma doctrina y la misma fe...
¿Cuál fue la predicación de los apóstoles? ¿Qué les reveló Cristo? Yo diría que no hay que intentar saberlo por otro camino que por el de las mismas comunidades que los apóstoles fundaron personalmente, anunciándoles tanto de viva voz como por escrito la fe en Jesucristo. Si esto es verdad, no hay que dudar que toda doctrina que concuerda con las comunidades apostólicas, madres y fuentes de la fe, se debe considerar como verdadera porque contiene lo que las comunidades recibieron de los apóstoles, los apóstoles de Cristo y Cristo de Dios.

 

+++

 

 

Evangelio según San Juan 15,18-21. Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios. 

San Cipriano (hacia 200-258) obispo de la Iglesia Católica-África-Cartago, mártir  - Carta 56, 1-9

 

“...no pertenecéis al mundo, porque yo os elegí y os saqué del mundo, por eso el mundo os odia.” (Jn 15,19) - El Señor quiere que nos alegremos, que saltemos de gozo cuando nos vemos perseguidos (Mt 5,12), porque cuando hay persecución es cuando se merece la corona de la fe. (Sant 1,12). Es entonces cuando los soldados de Cristo se manifiestan en la pruebas, entonces se abren los cielos a sus testigos. No combatimos en la filas de Dios para tener una vida tranquila, para esquivar el servicio, cuando el Maestro de la humildad, de la paciencia y del sufrimiento llevó el mismo combate antes que nosotros. Lo que él ha enseñado lo ha cumplido antes, y si nos exhorta a mantenernos firmes en la lucha es porque él mismo ha sufrido antes que nosotros y por nosotros.
Para participar en las competiciones del estadio, uno tiene que entrenarse y ejercitarse y se considera feliz si bajo la mirada de la multitud le entregan el premio. Pero aquí hay una competición más noble y deslumbrante. Dios mismo mira nuestro combate, nos mira como hijos suyos y él mismo nos entrega el premio celestial. (1 Cor 9,25) Los ángeles nos miran, nos mira Cristo y nos asiste. Pertrechémonos con todas nuestra fuerzas, libremos el buen combate con un ánimo animoso y una fe sincera.

 

+++

 

Evangelio según San Juan 14,23-29. - Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman ! Me han oído decir: ´Me voy y volveré a ustedes´. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Santa Teresa de Jesús (l515-1582) carmelita, fundadora y doctora de la Iglesia - Relaciones 54 y 56

 

“...El que ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él.”.” (Jn 14,23) - Estaba una vez recogida con esta compañía que traigo siempre en el alma y parecióme estar Dios de manera en ella, que me acordé de cuando San Pedro dijo: “Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo.” (Mt 16,16); porque así estaba Dios vivo en mi alma. Esto no es como otras visiones, porque lleve fuerza con la fe; de manera que no se puede dudar que está la Trinidad por presencia y por potencia y esencia en nuestras almas. Es cosa de grandísimo provecho entender esta verdad. Y como estaba espantada de ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: “No es baja, hija, pues está hecha a mi imagen”.
Estando una vez con esta presencia de las tres personas que traigo en el alma, era con tanta luz que no se puede dudar el estar allí Dios vivo y verdadero, y allí se me daban a entender cosas que yo no las sabré decir después... Yo estaba pensando cuán recio era el vivir que nos privaba de no estar así siempre en aquella admirable compañía, y dije entre mí: Señor, dadme algún medio para que yo pueda llevar esta vida. Díjome: ‘Piensa, hija, cómo después de acabada no me puedes servir en lo que ahora, y come por Mí, y duerme por Mí, y todo lo que hicieres sea por Mí, como si no lo vivieses tú ya, sino Yo, que esto es lo que decía San Pablo.”

 

+++

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

 

San Gregorio de Nicea (hacia 395) monje y obispo de la Iglesia Católica
Primer discurso sobre la resurrección; PG 46, 603, 606, 626, 627

 

La generación de la nueva creación (Rm 8,22) - Ha llegado el reino de la vida y ha sido derrotado el poder de la muerte. Ha aparecido un nacimiento nuevo y una vida nueva, una manera distinta de ser, una transformación de nuestra misma naturaleza. Este nacimiento no es “por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios.” (Jn 1,13)...
“Este es el día que hizo el Señor...” (Sal 117,24) Día muy distinto de los del comienzo, porque en este día Dios ha hecho un cielo nuevo y una tierra nueva, como dice el profeta (Is 65,17). ¿Qué cielo? El firmamento de la fe en Cristo. ¿Qué tierra? El corazón bueno, como dice el Señor, la tierra que se empapa de la lluvia que desciende sobre ella, la tierra que hace germinar una mies abundante. (Lc 8,15) En esta creación, el sol es la pureza de vida; las estrellas son las virtudes; el aire, una conducta intachable; el mar, la riqueza profunda de la sabiduría y el conocimiento; la hierba y el follaje son la buena doctrina y las enseñanzas divinas de las que se alimenta el rebaño, es decir, el pueblo de Dios; los árboles frutales son la práctica de los mandamientos. En este día el hombre es creado realmente, aquel que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. (Gn 1,27). ¿No inaugura este día del Señor un mundo totalmente nuevo para ti?...El mayor privilegio de este día de gracia es que ha destruido la muerte y ha dado a luz al Primogénito de entre los muertos.... ¡Qué buena y hermosa noticia! Aquel que por nosotros se hizo igual a nosotros, para hacernos hermanos suyos, lleva su propia humanidad al Padre para llevar con él a todos los de su raza, la humanidad entera.

 

+++

 

Inicio del sermón de san León Magno, Pont.Max. sobre las bienaventuranzas - (Sermón 95, P2: PL 54, 461-462)

 

Meteré mi ley en su pecho - Amadísimos hermanos: Al predicar nuestro Señor Jesucristo el Evangelio del reino, y al curar por toda Galilea enfermedades de toda especie, la fama de sus milagros se había extendido por toda Siria, y, de toda la Judea, inmensas multitudes acudían al médico celestial. Como a la flaqueza humana le cuesta creer lo que no ve y esperar lo que ignora, hacía falta que la divina sabiduría les concediera gracias corporales y realizara visibles milagros, para animarles y fortalecerles, a fin de que, al palpar su poder bienhechor, pudieran reconocer que su doctrina era salvadora.

Queriendo, pues, el Señor convertir las curaciones externas en remedios internos y llegar, después de sanar los cuerpos, a la curación de las almas, apartándose de las turbas que lo rodeaban, y llevándose consigo a los apóstoles, buscó la soledad de un monte próximo. Quería enseñarles lo más sublime de su doctrina, y la mística cátedra y demás circunstancias que de propósito escogió daban a entender que era el mismo que en otro tiempo se dignó hablar a Moisés. Mostrando, entonces, más bien su terrible justicia; ahora, en cambio, su bondadosa clemencia. Y así se cumplía lo prometido, según las palabras de jeremías: Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Yudá una alianza nueva. Después de aquellos días -oráculo del Señor -meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.

Así, pues, el mismo que habló a Moisés fue el que habló a los apóstoles, y era también la ágil mano del Verbo la que grababa en lo íntimo de los corazones de sus discípulos los decretos del nuevo Testamento; sin que hubiera como en otro tiempo densos nubarrones que lo ocultaran, ni terribles truenos y relámpagos que aterrorizaran al pueblo, impidiéndole acercarse a la montaña, sino una sencilla charla que llegaba tranquilamente a los oídos de los circunstantes. Así era como el rigor de la ley se veía suplantado por la dulzura de la gracia, y el espíritu de hijos adoptivos sucedía al de esclavitud en el temor.

Las mismas divinas palabras de Cristo nos atestiguan cómo es la doctrina de Cristo, de modo que los que anhelan llegar a la bienaventuranza eterna puedan identificar los peldaños de esa dichosa subida. Y así dice: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Podría no entenderse de qué pobres hablaba la misma Verdad, si, al decir: Dichosos los pobres, no hubiera añadido cómo había de entenderse esa pobreza; porque podría, parecer que para: merecer el reino de los cielos basta la simple miseria en que se ven tantos por pura necesidad, que tan gravosa y molesta les resulta. Pero, al decir: Dichosos los pobres en el espíritu, da a entender que el reino de los cielos será de aquellos que lo han merecido más por la humildad de sus almas que por la carencia de bienes.

Pedro está extenuado, desanimado. Ya ha pasado la noche y el Señor dice a los discípulos, cansados de bregar y decepcionados por no haber pescado nada:  "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis" (Jn 21, 6). Normalmente los peces caen en la red durante la noche, cuando está oscuro, y no por la mañana, cuando el agua ya es transparente. Con todo, los discípulos se fiaron de Jesús y el resultado fue una pesca milagrosamente abundante, hasta el punto de que ya no lograban sacar la red por la gran cantidad de peces recogidos (cf. Jn 21, 6).

 

Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas, (Sermón 95, 2-3: PL 54,462)

 

Dichosos los pobres en el espíritu - No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues´ aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo.

Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un rnomento  pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo.

Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar.

¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda. del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro lo hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud.

Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo.

 

Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas- (Sermón 95, 4-6: PL 54, 462-464)

 

La dicha del reino de Cristo - Después de hablar de la pobreza, que tanta felicidad proporciona, siguió el Señor diciendo: Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Queridísimos hermanos, el llanto al que está vinculado un consuelo eterno es distinto de la aflicción de este mundo. Los lamentos que se escuchan en este mundo no hacen dichoso a nadie. Es muy distinta la razón de ser de, los gemidos de los santos, -la causa que produce lágrimas dichosas. La santa tristeza deplora el pecado, el ajeno y él propio. Y la arnargura no es motivada por la manera de actuar de la justicia divina, sino por la maldad humana. Y, en este sentido, más hay que deplorar la actitud del que obra mal que la situación del que tiene que sufrir por causa del malvado, porque al injusto su malicia le hunde en el castigo, en cambio, al justo su paciencia lo lleva a la gloria.

Sigue el Señor: Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Se promete la posesión de la tierra a los sufridos y mansos, a los humildes y sencillos y a los que están dispuestos a tolerar toda clase de injusticias. No se ha de mirar esta herencia como vil y deleznable, corno si estuviera separada de la patria celestial, de lo contrario no se entiende, quién podría entrar en el reino, de los cielos. Porque la tierra prometida a los sufridos, en cuya posesión han de entrar los mansos, es la carne de los santos. Esta carne vivió en humillación, por eso mereció una resurrección que la transforma y la reviste de inmortalidad gloriosa, sin temer nada que pueda contrariar al espíritu, sabiendo que van a estar siempre de común acuerdo. Porque entonces el hombre exterior será la posesión pacífica e inamisible del hombre interior.

Y, así, los sufridos heredarán en perpetua paz y sin mengua alguna la tierra prometida, cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Entonces lo que fue riesgo será premio, y lo que fue gravoso se convertirá en honroso.

 

+++

 

«A mí me parece que hoy día la pregunta sobre Dios propiamente tal se ha convertido en el verdadero problema central. La concepción evolucionista del mundo busca una explicación sin vacíos de la realidad, en que la "hipótesis Dios" (como en Laplace) se vuelve definitivamente superflua. Toda la disposición de ánimo concluye que Dios no aporta nada a la explicación del mundo, y, por consiguiente, tampoco contribuye en nada a resolver mi propia vida. Así, la cuestión de si podemos y debemos vivir nuestra vida con o sin Dios, hoy día se ha convertido en el verdadero problema de fondo. Explicaciones pseudocientíficas de la Biblia que reducen a Jesús a la figura de un rabino un poco extraño, se tornan necesarias cuando se presume que Dios no puede ser un sujeto activo en la historia. En esta forma, la cristología se anula por sí sola. El Jesús humanitario que al fin les queda como sobra es, en último término, una figura insignificante. Con esto, también cae por sí sola la eclesiología, porque entonces la Iglesia pasa a ser sólo una organización humana, nada más. En este sentido, hoy día yo quisiera hablar de una clara primacía de la pregunta sobre Dios». entrevista concedida por el cardenal Joseph Ratzinger al director de la revista «Humanitas», Jaime Antúnez, publicada en el año 2001 en el libro «Crónica de las ideas - En busca del rumbo perdido» (Ediciones Encuentro).

 

+++

 

 

La esperanza de la vida nueva en Cristo 

"Ahuyenta, Señor, con la luz diurna de tu sabiduría, las tinieblas nocturnas de nuestra mente, para que, iluminados por ti, te sirvamos con espíritu renovado y puro. La salida del sol representa para los mortales el comienzo de su trabajo; adereza, Señor, en nuestras almas una mansión en que pueda continuar aquel día que no conoce el ocaso. Haz que sepamos contemplar en nosotros mismos la vida de la resurrección, y que nada pueda apartar nuestras mentes de tus deleites. Imprime en nosotros, Señor, por nuestra constante adhesión a ti, el sello de aquel día que no depende del movimiento solar. 

Cada día te estrechamos en nuestros brazos y te recibimos en nuestro cuerpo por medio de tus sacramentos; haz que seamos dignos de experimentar en nuestra persona la resurrección que esperamos. Por la gracia del bautismo llevamos escondido en nuestro cuerpo el tesoro que tú nos has dado; que este mismo tesoro vaya creciendo en la mesa de tus sacramentos; haz que nos alegremos de tus dones. Tenemos en nosotros, Señor, el memorial tuyo, recibido de tu mesa espiritual; haz que alcance su realidad plena en la renovación futura. 

Te pedimos que aquella belleza espiritual que tu voluntad inmortal hace brotar en la misma mortalidad nos haga comprender nuestra propia belleza. Tu crucifixión, oh Salvador nuestro, fue el término de tu vida mortal; haz que nosotros crucifiquemos nuestra mente para obtener la vida espiritual. Que tu resurrección, oh Jesús, haga crecer nuestro hombre espiritual; que la visión de tus signos sacramentales nos ayude a conocerla. Tus disposiciones divinas, oh Salvador nuestro, son figura del mundo espiritual; haz que nos movamos en él como hombres espirituales. 

No prives, Señor, a nuestra mente de tu manifestación espiritual, y no apartes de nosotros el calor de tu suavidad. La mortalidad latente en nuestro cuerpo derrama en nosotros la corrupción; que la aspersión de tu amor espiritual borre de nuestros corazones los efectos de la mortalidad. Concédenos, Señor, que caminemos con presteza hacia nuestra patria definitiva y que, como Moisés desde la cumbre del monte, podamos ya desde ahora contemplarla por la fe." 

De los Sermones de San Efrén, diácono (Sermo 3, De fine et admonitione 2. 4-5: Opera, edición Lamy 3, 216-222)  

  

+++

 

-El teólogo católico Henri de Lubac, dijo: “No es verdad, como se dice en ocasiones, que le hombre no puede organizar el mundo de espaldas a Dios. Lo que sí es verdad es que el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre”-. La modernidad creció entre los brazos de la tecnología y de las ideas del humanismo ateo y ha sido capaz de oscurecer el corazón de la humanidad con las grandes tiranías del siglo XX: el comunismo, el nazismo y el fascismo. Los monstruos de la razón no necesitan más lenitivo que el pensar el sentido de la razón. Nuevos e igualmente terribles asoman ya en el siglo XXI: ‘terrorismo’ sea islámico o no.

 

+++

 

La Iglesia si por algo se ha caracterizado es por hablar cuando corrían tiempos de silencios impuestos o sospechosos; y por callar cuando las palabras habían perdido su valor y su precio-aprecio. La Iglesia no dejará de proclamar, en éste y en otros aniversarios, que “la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 153). ONU. 09-2005.

 

+++

 

En realidad no existe otro debate de mayor calado para la Iglesia en este cambio de siglo. No se discute su aportación humanitaria para aliviar las diversas penalidades de los hombres, ni la legitimidad de sus posibles consuelos, ni la utilidad social de su educación, sino su pretensión de dirigirse a la razón del hombre, de ponerse en juego en el ámbito de lo que el hombre puede reconocer como verdadero. Sin embargo la Iglesia no puede renunciar a esta pretensión, pues "la cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana", como afirmó Ratzinger en Madrid. Ahí radica la incomprensión de una parte de la cultura moderna; ahí radica también la fundamental novedad del cristianismo y su capacidad para responder a la espera del hombre. 2000

 

+++

 

La Iglesia es experta en humanidad y conocedora y orientadora del “bien común” de las sociedades. El cardenal Renato R. Martino señaló, en un reciente Congreso en Roma [2005] sobre “La Iglesia y el orden internacional”, que la propuesta cristiana referente al nuevo orden de la humanidad refleja “una visión universal de la historia humana y de las vicisitudes individuales que el Evangelio de la paz propone. Esta visión se ha puesto y sigue poniéndose como un factor de agregación, como vínculo unitario para los pueblos de la tierra”. La Iglesia, como nos recuerda el reciente Compendio de Doctrina Social, es la primera realidad que contribuye a la creación de una auténtica comunidad internacional. Considera que la ONU ha contribuido a promover el respeto a la dignidad de la persona humana, la libertad de los pueblos y la exigencia del desarrollo. Pero no olvida que algunas de sus soluciones no afrontaban los problemas de forma correcta. Ahí están las Cartas de Juan Pablo II, por ejemplo, a la señora Nafis Sadik o a la señora Gertrude Mongella, sobre población, desarrollo y mujer.

La Iglesia si por algo se ha caracterizado es por hablar cuando corrían tiempos de silencios impuestos o sospechosos; y por callar cuando las palabras habían perdido su valor y su precio-aprecio. La Iglesia no dejará de proclamar, en éste y en otros aniversarios, que “la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 153). 2005.-

 

+++

 

La razón política constructora de los fundamentos de la política de respuesta a la necesidad de la Historia, que está en la base de la creación y del funcionamiento de las Naciones Unidas, ha olvidado pronto las raíces de la Ilustración que tenía como horizonte la paz perpetua que no se perpetúa. Los nuevos ilustrados, como los viejos, padecen una amnesia generalizada para la memoria de Dios, y de la Revelación, en la historia. Olvidan, por ejemplo, como nos recuerda el canadiense David Warren, que se puede hablar de un humanismo cristiano y que es un error concebir la Ilustración como ruptura total con el cristianismo. Las pretensiones de la razón están más en deuda con Santo Tomás de Aquino que con Voltaire, y no digamos nada con San Agustín. Las ideas que movieron el París de 1789 ya estaban en el París de 1277.

 

Lo que la Iglesia propone a la ONU es el desafío de la calidad moral de todas y cada una de las civilizaciones. Sin una cultura moral, si una razón moral, las máquinas de la democracia y de la economía libre no pueden funcionar correctamente. La ONU necesita una cultura moral capaz de orientar las energías liberadas por la política. George Weigel nos recuerda, en un reciente libro, que la Primera Guerra Mundial fue producto de una crisis moral de la civilización, de una quiebra en la razón moral de una cultura que había dado a luz la misma “razón moral”. Una crisis moral que aún está presente en la ONU- 2005.

 

+++

 

"Mientras el Evangelio nos obliga a los cristianos a amar y a perdonar: no nos obliga a ser ingenuos"

 

+++

 

Lo que la Iglesia propone a la ONU es el desafío de la calidad moral de todas y cada una de las civilizaciones. Sin una cultura moral, si una razón moral, las máquinas de la democracia y de la economía libre no pueden funcionar correctamente. 2005-09-15 ONU.

 

+++

 

El sucesor de Pedro llamó a estos fenómenos «pecados sociales», que «ponen de manifiesto una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre».
«Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social», señaló.  2005-09-15

 

+++

 

Muchos bautizados, influenciados por innumerables propuestas de pensamiento y de costumbres, son indiferentes a los valores del Evangelio e incluso se ven inducidos a comportamientos contrarios a la visión cristiana de la vida, lo que dificulta la pertenencia a una comunidad eclesial. Aun confesándose católicos, viven de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes, con consecuencias morales y espirituales de diversa índole. Este desafío pastoral os ha movido, queridos Hermanos, a buscar soluciones no sólo para señalar los errores que contienen tales propuestas y defender los contenidos de la fe, sino, sobre todo, para proponer la riqueza trascendental del cristianismo como acontecimiento que da un verdadero sentido a la vida y una capacidad de diálogo, escucha y colaboración con todos. S. S. Benedicto XVI - 2005-09-15

 

+++

 

En la práctica pastoral, la necesidad de revisar nuestras mentalidades, actitudes y conductas, y ampliar nuestros horizontes, comprometiéndonos a compartir y trabajar con entusiasmo para responder a los grandes interrogantes del hombre de hoy. Como Iglesia misionera, todos estamos llamados a comprender los desafíos que la cultura postmoderna plantea a la nueva evangelización del Continente. El diálogo de la Iglesia con la cultura de nuestro tiempo es vital para la Iglesia misma y para el mundo. S. S. Benedicto XVI - 2005-09-15

 

+++

 

En realidad no existe otro debate de mayor calado para la Iglesia en este cambio de siglo. No se discute su aportación humanitaria para aliviar las diversas penalidades de los hombres, ni la legitimidad de sus posibles consuelos, ni la utilidad social de su educación, sino su pretensión de dirigirse a la razón del hombre, de ponerse en juego en el ámbito de lo que el hombre puede reconocer como verdadero. Sin embargo la Iglesia no puede renunciar a esta pretensión, pues "la cuestión de la verdad es la cuestión esencial de la fe cristiana", como afirmó Ratzinger en Madrid. Ahí radica la incomprensión de una parte de la cultura moderna; ahí radica también la fundamental novedad del cristianismo y su capacidad para responder a la espera del hombre. 2000

 

+++

 

"Las herejías han consistido en la impotencia para esperar lo más. La metafísica bíblica es la metafísica del sí. La medida de Dios es la superabundancia". [Ensayo sobre el pensamiento hebreo, Tresmontant, 1962]

 

+++

 

"Sólo un saber ´radical´ puede superar los problemas radicales -de radical desorientación- que afectan a la vida humana individual y colectiva." [Ortega y Gasset]

 

+++

 


"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).-

“En la grandeza y hermosura de las criaturas, proporcionalmente se puede contemplar a su Hacedor original… Y si se admiraron del poder y de la fuerza, debieron deducir de aquí cuánto más poderoso es su plasmador...; si fueron seducidos por su hermosura, ... debieron conocer cuánto mejor es el Señor de ellos, pues es el autor de la belleza quien hizo todas estas cosas”.

Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, ahora y por siempre: ‘alfa y omega’

 

 

 

Gracias por visitarnos

 

Recomendamos: Dr.César VIDAL, Editorial: Espasa-bolsillo.

‘El legado del cristianismo en la cultura occidental’

 

Recomendamos vivamente: PATROLOGÍA –

Domingo RAMOS-LISSON. Editorial EUNSA-Es. 2006

Profesor de patrología e Historia de la Iglesia (edad antigua) en la Universidad de NAVARRA-España. La aportación de los Padres de la Iglesia a la historia del pensamiento que va gestando la humanidad a través de los siglos, representa un legado riquísimo que las nuevas generaciones deben conocer. La valoración de esta herencia es ya un motivo más que suficiente para iniciar la lectura de las obras patrísticas. La motivación se acrecienta si es lector es cristiano y tiene interés por conocer las raíces del mensaje de Jesús, puesto que los escritores cristianos de los primeros siglos de la Iglesia son órganos vivos de la transmisión de la fe revelada.

Fe custodiada fielmente por la Iglesia católica y sólo ella hace dos mil años, desde el mismo Pentecostés.

 

Recomendamos vivamente: Filología e historia de los textos cristianos.

Giovanni María Vian – Editorial Ediciones Cristiandad – 2006. Este libro dibuja por primera vez una historia general de los textos cristianos y de su significado en la historia de la cultura, desde los orígenes de la Biblia al sc. XX, pasando por la confrontación con el judaísmo y el helenismo, el nacimiento de la filología cristiana con Orígenes, Eusebio y Jerónimo, la Edad Media entre el Oriente bizantino y el Occidente latino, el esplendor del humanismo, la gran erudición entre los siglos XVI y XVIII, la relación problemática de la tradición cultural cristiana con la modernidad.

+


Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).