Wednesday 29 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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Alrededor del año 33 - En Pentecostés la Iglesia se manifestó una, santa, católica y apostólica; se manifestó misionera, con el don de hablar todas las lenguas del mundo, porque a todos los pueblos está destinada la buena nueva del amor de Dios. "El Espíritu —enseña también el Concilio— conduce a la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la adorna con sus frutos" (ib., 4).

 

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Años 40.ca. Iglesia Católica - ya «inmediatamente después de la muerte y la resurrección de Cristo, en torno a los años 40 d.C., la Iglesia Católica cantaba en el famoso himno contenido en Carta de San Pablo a los Filipenses»: «Cristo, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios» (Flp 2,6).

 

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Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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La Iglesia primitiva ‘católica porque era y es universal’, (ya se le reconocía como católicos) en el siglo II, tomó tres decisiones: ante todo establecer el canon, subrayando así la soberanía de la Palabra y explicando que no sólo el Antiguo Testamento es "hai grafai", sino que, juntamente con él, el Nuevo Testamento constituye una sola Escritura y de este modo es para nosotros nuestro verdadero soberano. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia formuló la sucesión apostólica, el ministerio episcopal, consciente de que la Palabra y el testigo van juntos, es decir, que la Palabra está viva y presente sólo gracias al testigo y, por decirlo así, recibe de él su interpretación, y que recíprocamente el testigo sólo es tal si da testimonio de la Palabra. Y, por último, la Iglesia añadió un tercer elemento:  la "regula fidei", como clave de interpretación.

La Tradición engendra la Escritura: “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”.
-II Tesalonicenses 2,15

 

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La Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (cf. Lc 2,19-51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios” (Dei Verbum 8). Estas palabras preparan la afirmación del número siguiente. “...Por eso la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (ibid. 9). Concilio Vaticano II

 

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Nace la Iglesia - Una de las más importantes consecuencias de Pentecostés es el Nacimiento de la Iglesia, que no es lo mismo que su Institución, pues Cristo ya la había formado e instituido desde la elección de los Doce y la elección de Pedro al frente de ellos (Mateo 16:18).
Sin embargo, los Doce (ya con Matías en vez de Judas Iscariote), seguían sin afrontar el gran reto de comenzar la predicación del Evangelio. Seguían ocultándose, y se reunían entre ellos, en casas -y con ellos participaba también la Sma. Virgen-, pero aun no empezaban la gran tarea que el Maestro les había encomendado:

"Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación." (Marcos 16:15)

Es después de Pentecostés que salen a las calles de Jerusalén, y abiertamente, con valor y con inspiración, hablan a los judíos y predican la Buena Nueva. Ahora pasan de ser Discípulos, a ser Apóstoles; lo que aprendieron, ahora lo enseñan, lo que Cristo les dijo y les enseñó, ahora ellos lo transmiten a las demás personas.

Que el Espíritu Santo nos permita hacer lo mismo, que nos haga pasar de Discípulos a Apóstoles, y que no estemos escondidos o reunidos solos en un grupito, sino que salgamos al exterior, al mundo, a predicar la Buena Nueva, a TODA la Creación, como encargó a los cristianos el Divino Maestro.

 

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«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

Tras una noche de dura fatiga sin ningún resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc 5,4). La red se llena de peces, hasta el punto de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».

 

¿Qué es la ´Economía de la Salvación´?

Responde el P. Jon M. de Arza, IVE

 

Pregunta:
En muchos escritos de la iglesia católica se utiliza el término ´Economía de la Salvación´. Soy economista y, sin embargo, no le encuentro sentido al término economía cuando se habla de salvación. Podría explicarmelo? Saludos y que Dios lo bendiga.

 

Respuesta:

Estimado:

Por “economía de la salvación” se entiende un régimen o el conjunto de todo lo dispuesto por Dios en orden a la salvación de los hombres, y la administración que de los bienes espirituales y de la gracia ha confiado en su Iglesia (se habla de “economía sacramental”, que consiste en la dispensación de los sacramentos. “La Tradición común de Oriente y Occidente llama ´la Economía sacramental´; ésta consiste en la comunicación (o ´dispensación´) de los frutos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia ´sacramental´ de la Iglesia.” (CIC, 1076). Es el Plan (Providencia) y la ejecución del mismo, que Dios dispuso para nuestra salvación. “Tal es el Misterio de Cristo, revelado y realizado en la historia según un plan, una ´disposición´ sabiamente ordenada que san Pablo llama ´la Economía del Misterio´ y que la tradición patrística llamará ´la Economía del Verbo encarnado´ o ´la Economía de la salvación´. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1062). “Economía del Verbo Encarnado”, es la Economía bajo el régimen de la gracia, bajo la administración de Cristo, por decir así. “La Promesa hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá ´la imagen´ y la restaurará en ´la semejanza´ con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu ´que da la Vida´. (Catecismo de la Iglesia Católica, 705).

Así, ´el fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal´ (Catecismo de la Iglesia Católica, 122);  y la Virgen maría participa en la economía del Nuevo Testamento: ´Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna... Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora´ (CIC, 969). Esta Economía o designio de salvación, será conocida por todos en el Juicio Final: “Entonces El pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.” (CIC, 1041).

Le recomiendo, en general, la Segunda Parte del Catecismo de la Iglesia Católica en la que se desarrolla esta economía en cada uno de los sacramentos de la Iglesia.

MMVIII

 

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Se Cumple la Promesa - Era Pentecostés: Πεντηκοστης, día celebrado por los judíos al final de la Pascua. PENTECOSTÉS hace referencia al Quincuagésimo Día después de Pascua, y aparece ordenado por Dios en Éxodo 34,22 y Deuteronomio 16,10, donde se le llama "la Fiesta de las Semanas".

Y ese día, al enviar al Espíritu Santo, Jesucristo demuestra una vez más que cumple sus Promesas. Ya Dios había cumplido la más importante de sus promesas, la de Enviar al Redentor, cuyo cumplimiento significó la Plenitud de los Tiempos.
Y Cristo, a lo largo de su recorrido terrenal con sus discípulos, una y otra vez les prometió el envío del Espíritu Santo, como nos cuentan los Evangelios:

«Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre.» (Juan 14:16)
«Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.» (Juan 15:26)
«Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré.» (Juan 16:7)
«Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.» (Lucas 24:49)
«Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días». (Hechos 1:5)
«A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» (Hechos 1:7-8)

La promesa de enviar al Espíritu Santo era tan importante, que fue lo último que dijo Cristo a sus discípulos antes de elevarse al cielo, y esa promesa se CUMPLIÓ. En Pentecostés encontramos por lo tanto, una prueba más de que Dios cumple sus promesas, y que podemos esperar, con confianza, que cumplirá lo que nos ha prometido: Su Palabra es Veraz.

http://www.luxdomini.com/pentecostes.htm  que agradecemos. 2006-06-13

 

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LA IGLESIA DE LOS COMIENZOS

 

1. I-ABEL I/PREHISTORIA ABEL/I
En la relación con la elaboración de la «ciudad de Dios», San Agustín habla de la «iglesia de Abel». Antes de él no se encuentra esa expresión. Abel es para ·Agustín-san el comienzo de los hombres que no viven humanamente ni según su voluntad, sino a modo divino y según la voluntad de Dios (De civitate Dei XIV, 1; Explicación del Salmo 142, núm. 3; PL 37, 1846). En el Sermón 341 (cap. 9, núm. ll; PL 39, 1499) dice: «Todos nosotros somos miembros de Cristo y a la vez su cuerpo. No só1o los que vivimos en este lugar y ahora, sino, ¿qué voy a decir?, desde Abel el justo hasta el fin de los tiempos, todos los hambres que engendran y son engendrados, que pasan toda su vida viviendo justamente, forman el cuerpo de Cristo... La Iglesia que ahora peregrina errante es añadida a la iglesia triunfante en la que tenemos a los ángeles como conciudadanos... y en una sola iglesia, la ciudad y estado del gran Rey.» Cfr. Explicación del Salmo 90 (Sermo. 2, núm. 1; PL 37, 1159). 

En la explicación del salmo 118 (Sermo. 29, núm. 9; PL 37, 1589) dice: «La Iglesia que no ha faltado desde el principio del género humano, cuyo primogénito fue el santo Abel, fue sacrificada como testimonio de que en el futuro la sangre del 
Salvador sería derramada por el hermano ateo.» 

En la Ciudad de Dios (lib. 18, cap. 51; PL 41, 614) dice: «Y así prosigue la Iglesia su peregrinación entre persecuciones por parte del mundo y consolaciones por parte de Dios, y así fue siempre en el mundo en esos días perversos, no sólo desde que Cristo se encarnó, sino desde Abel, a quien mató su impío hermano. Y así seguirá siendo hasta el fin de los tiempos.» En el libro 15 (cap. 17; PL 4l, 460) explica San Agustín por qué no llama a Adán padre de la ciudad de Dios (como, por lo demás, antes había hecho): «Adán es el padre de ambas generaciones, de la que tiene como descendencia la ciudad terrena y de la que tiene como descendencia la ciudad celestial. Pero después de la muerte de Abel, en la que se representa el gran misterio, cada una de las generaciones tiene su propio padre: Caín y Set con sus 
respectivos hijos... y las características de las dos ciudades... empiezan a destacarse cada vez con más claridad.» En la explicación del Salmo 61 (núm. 6; PL 36, 733) explica: 

CIUDADES «Todos los que anhelan lo terreno, todos los que prefieren la felicidad terrestre, todos los que buscan lo suyo y no lo de Jesucristo, pertenecen a la ciudad misteriosamente llamada Babilonia y de la que es rey el diablo. Pero todos los que buscan lo de arriba, los que anhelan lo celestial, los que viven esta vida 
cuidadosamente para no ofender a Dios, los que se protegen contra el pecado... pertenecen a la ciudad que tiene por rey a Cristo. La primera es, en cierto modo, más vieja en este mundo. Pero no más digna. La ciudad terrena nació primero y la ciudad de Dios nació más tarde. Aquélla empezó con Caín, ésta con Abel. 
Estos dos cuerpos (corpora) actúan bajo dos reyes, pertenecen a dos ciudades, están en recíproca oposición hasta el fin del mundo, hasta que en la mezcla se haga la separación» Según San Agustín son Caín y Abel los principios y a la vez las manifestaciones típicas de los dos reinos. 

En la época inmediatamente posterior a San Agustín aparece raras veces la idea de la Iglesia de Abel. La encontramos en San Gregorio Magno; según él, pertenecen al cuerpo de Cristo todos los justos desde Abel hasta los últimos elegidos (Explicación de Ezequiel, lib. 2, cap. 5, núm. 2; PL 76, 985). En cambio se repite a menudo la idea de una iglesia de los comienzos, por ejemplo, en Fulgencio de Ruspe y en Casiodoro. San Isidoro de Sevilla dice que la iglesia comienza el día de Pentecostés. En la primera Escolástica es defendida casi por todos la idea de la iglesia del  principio: véanse, por ejemplo, Ruperto de Dacia, Godofredo de Admont (+1165), Hugo de San Víctor (+1141). Anselmo de Havelberg dice expresamente que la Iglesia empieza con el justo Abel y se completa con los últimos elegidos. Todos sus miembros -desde Abel hasta el fin de los tiempos- forman unidad por la unidad de la fe (De unitate fidei; PL 188, 1141). Lo mismo piensan, por ejemplo, San Bruno (+1101), Odón de Ourskamp, Godofredo de Babion, Pedro Lombardo, Zacarías Crisopolitano y numerosos autores de comentarios anónimos de la Sagrada Escritura, especialmente de las epístolas de San Pablo. Durante esta época Abel es considerado muchas veces como justo, mártir y virginal. En la primera Escolástica se estudió también el problema de por qué la iglesia empezó con Abel. Siguiendo a San Agustín contestaron los teólogos que porque Abel no había sido como Adán malo y bueno a la vez, sino sólo bueno y por eso podía ser un «tipo» de Cristo, que fue sacrificado y a la vez virginal. (Cfr. Roberto de Melún, Pedro de Poitiers, Esteban Langton.) También en la Alta Escolástica encontramos la tesis de la iglesia del 
principio o de Abel, por ejemplo, en Guillermo de Auvergne, Alberto Magno, Tomás de Aquino, Mateo de Aquasparta y Bartolomé de Bolonia.) Tomás de Aquino dice que los padres antiguos pertenecieron al mismo cuerpo de la Iglesia a que nosotros pertenecemos (Suma Teológica, III, art. 1, q. 8, ad. 3). 

2. La tesis de que la Iglesia ha existido desde el principio o desde Abel presupone una idea determinada de iglesia, a saber, más espiritual-personal que jurídico-jerárquica. Esta última se desarrolló a partir de la mitad del siglo XIII aunque ya estaba fundamentada en la teología precedente y, como veremos, es atestiguada claramente por la Sagrada Escritura. Sólo la concepción de la Iglesia como comunidad de creyentes en Cristo jerárquicamente ordenada constituye el concepto pleno y completo de Iglesia. Bajo este aspecto es problemática la doctrina de la iglesia del principio.

 La eclesiología de San Agustín, lo mismo que su doctrina de la Trinidad, significa una hipoteca para la teología posterior. Al fondo de tales ideas está la filosofía platónica. A consecuencia de su estilo platónico de pensar, San 
Agustín apenas puede ver la importancia de lo concreto y visible. Bajo la influencia de San Agustín los teólogos postridentinos distinguen también entre la Iglesia conforme al estado del Nuevo Testamento y la Iglesia conforme al estado del Antiguo Testamento (por ejemplo, Tomás Stapleton). El teólogo dominico español Báñez habla de dos conceptos de Iglesia; según el uno es la comunidad de los que profesan la fe en Dios y en este sentido existe una Iglesia desde el principio hasta el fin de los tiempos; según el otro concepto, es la comunidad de los unidos no sólo por la fe, sino además por el bautismo; en este segundo sentido la Iglesia puede ser entendida en general o en particular (generaliter o specialiter). Según esta última precisión la Iglesia es la unidad visible de los fieles bautizados, unidos en Cristo su única Cabeza y bajo el representante de Cristo en la tierra. El desarrollo de este concepto especial de la Iglesia condujo a hacer alguna claridad en la eclesiología. A su luz se debe hablar de una preparación de la Iglesia de Cristo más que de una Iglesia anterior al Cristo histórico. Es cierto que en la época de la preparación encontramos una especie de anteproyecto de la Iglesia de Cristo. La expresión «preparación» implica un doble pensamiento: la orientación hacia la Iglesia y su prefiguración. 

3. La tesis de prefiguración de la Iglesia, que precede y prepara su verdadera figura, aclara la relación y la diferencia entre las épocas precristiana y cristiana. También antes de Cristo se salvaban los hombres, pero todos los que se salvaban se salvaban por la Iglesia. 

4. Antiguo Testamento, Nuevo Testamento - La propiedad que tiene la revelación viejotestamentaria de ser prefiguración de la Iglesia afecta en primer lugar al conocimiento. Respecto a la Iglesia escondida de la revelación viejotestamentaria valen también las palabras de San Agustín: «En el Antiguo Testamento está escondido el Nuevo, en el Nuevo se revela el Antiguo» (Quaestiones in Heptateuchum, lib. 2, cap. 73). Sólo el Nuevo Testamento nos abre la comprensión del Antiguo (De civitate Dei XV, 2). En definitiva nos enteramos por boca de Cristo de cómo debe ser interpretado el Antiguo Testamento. Del mismo modo que los muchos signos y simbolos

 referidos  al Mesías sólo se entendieron del todo en Cristo, los símbolos referidos a la Iglesia sólo se entienden del todo en Cristo y en la Iglesia por El fundada. Dice San Agustín: «Todo lo que contemplas ahora en la Iglesia de Cristo, todo lo que ves cumplirse sobre la tierra en nombre de Cristo, fue profetizado hace siglos» (De catechizandis rudibus, 27).

 

NOE/I:El grupo de justos salvados de la catástrofe del diluvio en el arca de Noé es un presagio de la futura comunidad de Cristo. «En el símbolo del diluvio, en el que los justos fueron salvados en el arca, está profetizada la futura iglesia, que salva de la muerte de este mundo para su Rey y Dios por medio de Cristo y del misterio de la Cruz» (De catechizandis rudibus, 18). «Los que fueron salvados en el arca representan el misterio de la futura iglesia, que flota sobre las olas del mundo y se salva del naufragio por la madera de la cruz» [Ibidem, 27). Como las promesas y símbolos no son palabras y signos vacíos, sino que son portadores de la virtud de Dios en ellos está ya la Iglesia ocultamente presente. Hubo un tiempo, según San Agustín, en que la Iglesia sólo se realizaba en Abel o en Enoch (Explicación del Salmo 128, 2). También Lutero interpreta el Antiguo Testamento como testimonio sobre Cristo. Pero esta relación no existe sólo en el conocimiento, sino que existe además en el ámbito real de la Salvación (San Agustín, Sobre el salmo 67, 19), ya que las promesas y símbolos del Antiguo Testamento no eran palabras y signos vacíos, sino que tenían fuerza y virtud divinas; en ellos estaba ocultamente presente la Iglesia como fuerza activa, aunque todavía no tenía su actual figura. 

IV. Fases de la preparación I/PREPARACION:ALIANZA
1. La preparación de la Iglesia se desarrolla en tres fases principales. Podemos hablar también de tres períodos de la prehistoria de la Iglesia. Coinciden con los grados del Antiguo Testamento: Alianza de Dios con Noé, la vocación de Abraham, la misión de Moisés. En la línea ascendente de alianzas que va de Noé a Moisés está prefigurada la Alianza que Dios quería hacer con los hombres llegada la plenitud de los tiempos. La intimidad de la alianza se expresa en el hecho de que el Antiguo Testamento hable a menudo de los desposorios entre Dios y el pueblo de la Alianza. 
La Alianza se funda en la iniciativa de Dios (Gen. 15, 9-18; 17, 2; Ex. 19, 4-6; 24, 5-8. 11; Am. 3, 2; 9, 7; Os. 2, 16-26; 11, 1; 2, 16. 3-14; Gen. 15, 5; 17, 4). Es un gracioso regalo al pueblo (cfr. Ps. 89, 4;1 Reg. 3, 6; ls. 55, 3), que El ha escogido para socio suyo. Pero la alianza implica una obligación del pueblo. Sólo puede adorar a Yavé y debe observar su ley (Decálogo, libro de la Alianza, colección de Ex. 34, 11-26). Dios ha hecho grandes promesas a su pueblo (la tierra de Caná: Gen. 15, 7; 17, 8; ler. 32, 22). Y le ha dado numerosa descendencia, pero espera de él fidelidad al pacto. Fue el amor la única razón de la alianza. Pero el amor de Dios tiene fuerza de mandato. Quien es llamado por Dios a la alianza no puede negarse a hacerla. Dios dirigió su llamada primero a un hombre determinado, pero a través de él a todo el pueblo. No obligó al pueblo, sino que respetó su libertad. El pueblo pudo rebelarse, de hecho, contra la alianza. El pueblo prefirió muchas veces la vida entregada a la naturaleza, con su encanto y magia, a la vida entregada a Dios. Justamente en la frecuente

 rebelión contra Dios se demuestra que los orígenes de la alianza no están en la profundidad del corazón humano, sino fuera del hombre, en Dios. La alianza no puede ser explicada ni psicológica, ni antropológica, ni históricamente, sino sólo teológicamente; es el modo en que Dios se hizo cargo del pueblo para darle bendición y salvación. 
El cuidado de Dios para el pueblo implica la instauración de su reino en él, ya que el hombre sólo logra su auténtica existencia, cuando se entrega y somete a Dios. Dios no impidió la caída del pueblo ni su apartamiento, pero El permaneció fiel a la alianza y por medio de castigos llamó de nuevo al pueblo a la fidelidad prometida en la alianza. Los profetas enviados por El tenían la misión de interpretar las desgracias nacionales como juicios de Dios, despertar la conciencia del pueblo y moverle a conversión. La alianza viejotestamentaria está justamente caracterizada por las repetidas infidelidades del pueblo, por la llamada de Dios a penitencia, por la conversión del pueblo y por las nuevas y repetidas rebeldías. 
Cada pacto de alianza atestiguado en el Antiguo Testamento apunta sobre sí mismo al grado próximo. Pero tampoco el último -el mosaico- es el final, sino que es a la vez cumplimiento y promesa. La alianza hecha con Noé logrará su figura definitiva y plena en lo que Isaías y el Apocalipsis de San Juan llaman el cielo nuevo y la tierra nueva (Apoc. 21, 1; 20, 11; 3, 12; 21, 2; ls. 65, 17; 66, 22; 2 Pet. 3, 13). Este estado definitivo está prefigurado en la alianza del Antiguo Testamento, pero sólo se realiza activa y eficazmente por la venida de Cristo y por su obra. 
Al principio la alianza del Antiguo Testamento no abarcaba más que un estrecho y limitado círculo, ya que había sido pactada entre Dios y el pueblo elegido por El; pero el pueblo tenía la promesa de que algún día abarcaría toda la tierra (Gen. 12, 2; 22, 
18; Is. 42, 22; 52, 10; 54, 2). 

2. Considerados en particular los distintos grados de la alianza debemos citar en primer lugar la alianza con Noé (/Gn/09/08-17). Después del diluvio Dios pactó alianza con los hombres y con los animales, de que ya no habría más diluvios de allí en adelante, sino que se continuaría ininterrumpidamente el ritmo natural de siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche para bendición de los hombres. En el pacto con Noé Dios promete salud y salvación terrenas. El arcoiris debía ser garantía de la promesa divina (Gen. 9, 13. 17). En él se expresa que el cielo y la tierra seguirán estando unidos. El grupo de justos salvados en el arca de Noé representaba un anteproyecto de la futura comunidad de Cristo. San Agustín nos dice: «En el símbolo del diluvio, en el que los justos fueron salvados en el arca está profetizada la futura iglesia, que salva de la muerte de este mundo para su Rey y Dios por medio de Cristo y del misterio de la Cruz» (De atechizandis rudibus, 18). Los que fueron salvados en el arca representan el misterio de la futura  iglesia,
 que flota sobre las olas del mundo y se salva del naufragio por la madera de la cruz (Ibidem, 27). Noé y su descendencia tenían que ser fieles a Dios y evitar sobre todo el derramamiento de sangre (Gen. 9, 4), porque la sangre era tenida por sede de la vida.
ABRAHAN / ALIANZA: El pacto con Noé deja abierta la cuestión de cómo seguirá la historia; logra figura concreta en la vocación de Abraham (Gen. 15, 7-21; 17, 3-8. 
10-14). Abraham fue sacado por Dios de su círculo de vida y de cultura y enviado hacia un tenebroso futuro. Se le hacen tres promesas: le nacerá un hijo; será patriarca de un gran pueblo, del que saldrá el Salvador; a Abraham y a su pueblo les corresponderá un país. El pacto entre Dios y Abraham se funda en la iniciativa de Dios, pero sólo se verifica porque Abraham sigue la llamada de Dios. Por su obediencia y fe Abraham es el padre de todos los creyentes. Quienes como él se entregan a Dios creyendo totalmente, serán para siempre sus verdaderos hijos (Mt.  3, 9; lo. 8, 33. 40; Rom. 4, 2. 3. 9. 12. 16; Gal. 3, 6; 3, 14. 29; 4, 22; 11, 8. 17). El Dios de la alianza es para siempre el «Dios de Abraham». También el pacto con Abraham tiene su signo: la circuncisión. 
Abraham se convierte en padre de muchos pueblos y como signo su antiguo nombre Abram es cambiado por el de Abraham (Gen. 17, 1-8). Abraham se convierte de hecho en padre de las doce tribus de Israel por medio de su nieto Jacob o Israel. El Dios de Abraham es también Dios de Isaac y Dios de Jacob y se llama también «el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob». En este nombre se expresa su obra en la historia sagrada. Los doce hijos de Jacob o Israel fueron Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín. De ellos descendió Israel organizada en doce tribus; por eso es llamada también generación de Israel (l Par. 16, 13; Neh. 9, 2), casa de Israel (Ex. 16, 31; Mt. 8, 6), comunidad de los hijos de Israel (Ex. 12, 13; dr. Gen. 32, 32; 36, 31; 45, 21; 46, 8- Ex. 1, 1. 7. 9. 13; 2, 23. 25; 3, 9).
Hay que subrayar el hecho de que los hijos de Jacob son doce. El número «doce» tenía en el antiguo Oriente un simbolismo especial, tal vez debido a que el año está dividido en doce meses. En el Antiguo Testamento le encontramos también en el número de los patriarcas y de las tribus descendientes de ellos (Ex. 24, 4), en los panes de la proposición (Lev. 24, 5) y en algunos sacrificios (Num. 7, 3. 84-89). Como las doce tribus descendientes de los doce patriarcas que constituían a Israel (Gen. 48, 7. 16. 24; Ex. 1, 9; 4, 22; 5. 2- 6 5; Jos. 7 15- lo. 11, 39; I Sam. 9, 9; Jue. 4, 7; 2 Para. 9, 13; 12, 1; 1 Macab. 1, 12. 21; Mt. 2, 8; Lc. 1, 54; Act. 4, 10; Rom. 11, 2; Eph. 2, 12) prefiguran el neotestamentario pueblo de Dios fundado sobre los doce apóstoles, el número «doce» tiene significación histórico-salvadora. Le encontraremos también muchas veces en el Nuevo Testamento. 
El pacto con Abraham fue recogido, continuado y terminado de hacer en la vocación de Moisés, que había nacido en Egipto de una de las doce tribus, a saber, de la tribu de Leví. Moisés recibió la misión de liberar a las tribus de Israel de la esclavitud de los egipcios y llevarles hasta la tierra prometida a Abraham. También aquí tiene Dios la iniciativa. Pero para que la voluntad de Dios se cumpliera, tuvo que actuar el encargado y enviado por El. Moisés fue el mediador de las enseñanzas y auxilios que Dios daba al pueblo de Israel. Para que el pueblo se pusiera a disposición de Moisés tuvo que superar por una parte la pereza y holganza, el miedo y desconfianza de Israel, y por otra la resistencia de los egipcios. Por mandato expreso de Dios -transmitido por medio de Moisés- el pueblo se puso en marcha. La descendencia de Abraham se convierte en pueblo de Dios que peregrina por el desierto. Las tribus sacadas por Moisés de Egipto sintieron la insegura vida del desierto como una difícil exigencia. Volvieron a anhelar la vida esclavizada pero segura de Egipto. Cuando supieron que tenían que elegir entre la seguridad y la libertad, quisieron escoger la seguridad. Continuamente se rebelan contra Moisés. Muchas veces fue necesaria la intervención de Dios, para que se continuara lo empezado (Ex. 3-18). Entre los lugares del desierto adquiere simbolismo especial el monte Sinaí, llamado Horeb en el Deuteronomio. En este monte fue hecha y sellada la alianza entre Dios y el pueblo; la misma alianza hecha antes con Moisés se hace ahora con todo el pueblo. Dios dio la ley de la alianza bajo la forma del decálogo (Ex. 20, 2-17) y de los preceptos o ritos cultuales (Ex. 34). La alianza se hizo entre truenos y relámpagos (Ex. 9, 16-19, 20, 1824, 17) y rociando con sangre de animales el altar levantado por Moisés (Ex. 24, 3-8). Se añadió el banquete de la alianza (Ex. 24, La alianza viejotestamentaria que logra su punto culminante en el monte de Sinaí, es confirmada por Dios en la alianza con David y su casa (2 Sam. 23, 5; 7, 8. 17; Ps. 89, 4; Is. 16, 5) y con la tribu sacerdotal (Jer. 33, 20-22; Deut. 33, 9; Num. 18, 19). Toda la historia de la humanidad y sobre todo la de Israel es así representada como realización del eterno plan divino de salvación y como prehistoria de la Iglesia de Cristo.

SCHMAUS - TEOLOGIA DOGMATICA IV - LA IGLESIA - RIALP. MADRID 1960.Págs. 73-81. Agradecemos a mercaba.com

 

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PEDRO, PIEDRA DE LA IGLESIA DE JESÚS - El evangelista san Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, atestigua un hecho singular:  Jesús, "fijando su mirada en él, le dijo:  "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas", que quiere decir "Piedra"" (Jn 1, 42).

Jesús no solía cambiar el nombre a sus discípulos. Si se exceptúa el sobrenombre de "hijos del trueno", que dirigió en una circunstancia precisa a los hijos de Zebedeo (cf. Mc 3, 17) y que ya no volvió a usar, nunca atribuyó un nuevo nombre a uno de sus discípulos. En cambio, sí lo hizo con Simón, llamándolo "Cefas", nombre que luego fue traducido en griego por Petros, en latín Petrus.
Y fue traducido precisamente porque no era sólo un nombre; era un "mandato" que Petrus recibía así del Señor. El nuevo nombre, Petrus, se repetirá muchas veces en los evangelios y acabará sustituyendo a su nombre originario, Simón.

El dato cobra especial relieve si se tiene en cuenta que, en el Antiguo Testamento, el cambio del nombre por lo general implicaba la encomienda de una misión (cf. Gn 17, 5; 32, 28 ss, etc.). De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro una importancia particular dentro del Colegio apostólico se manifiesta a través de numerosos indicios:  en Cafarnaúm, el Maestro se hospeda en la casa de Pedro (cf. Mc 1, 29); cuando la muchedumbre se agolpaba a su alrededor a la orilla del lago de Genesaret, entre las dos barcas allí amarradas Jesús escoge la de Simón (cf. Lc 5, 3); cuando en circunstancias particulares Jesús se llevaba sólo a tres discípulos, a Pedro siempre se le nombra como primero del grupo:  así sucede en la resurrección de la hija de Jairo (cf. Mc 5, 37; Lc 8, 51), en la Transfiguración (cf. Mc 9, 2; Mt 17, 1; Lc 9, 28) y, por último, durante la agonía en el huerto de Getsemaní (cf. Mc 14, 33; Mt 26, 37).

Además, a Pedro se dirigen los recaudadores del impuesto para el templo y el Maestro paga sólo por sí y por Pedro (cf. Mt 17, 24-27); Pedro es el primero a quien lava los pies en la última Cena (cf. Jn 13, 6) y ora sólo por él para que no desfallezca en la fe y pueda confirmar luego en ella a los demás discípulos (cf. Lc 22, 30-31).

Por lo demás, Pedro mismo es consciente de su situación peculiar:  es él quien a menudo toma la palabra en nombre de los demás; habla para pedir la explicación de una parábola (cf. Mt 15, 15) o el sentido exacto de un precepto (cf. Mt 18, 21) o la promesa formal de una recompensa (Mt 19, 27). En particular, es él quien resuelve algunas situaciones embarazosas interviniendo en nombre de todos. Por ejemplo, cuando Jesús, entristecido por la incomprensión de la multitud después del discurso sobre el "pan de vida", pregunta:  "¿También vosotros queréis iros?", Pedro da una respuesta perentoria:  "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 67-69).

Igualmente decidida es la profesión de fe que, también en nombre de los Doce, hace en Cesarea de Filipo. A Jesús, que le pregunta "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?", Pedro responde:  "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 15-16). Acto seguido, Jesús pronuncia la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia:  "Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (...). A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16, 18-19).

Las tres metáforas que utiliza Jesús son en sí muy claras:  Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca oportuno; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá decidir o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo. Siempre es la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Así queda descrito con imágenes muy plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término:  "primado de jurisdicción".

Esta posición de preeminencia que Jesús quiso conferir a Pedro se constata también después de la resurrección:  Jesús encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro, distinguiéndolo entre los demás Apóstoles (cf. Mc 16, 7); la Magdalena acude corriendo a él y a Juan para informar que la piedra ha sido removida de la entrada del sepulcro (cf. Jn 20, 2) y Juan le cede el paso cuando los dos llegan ante la tumba vacía (cf. Jn 20, 4-6); después, entre los Apóstoles, Pedro es el primer testigo de la aparición del Resucitado (cf. Lc 24, 34; 1 Co 15, 5). Este papel, subrayado con decisión (cf. Jn 20, 3-10), marca la continuidad entre su preeminencia en el grupo de los Apóstoles y la preeminencia que seguirá teniendo en la comunidad nacida con los acontecimientos pascuales, como atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1, 15-26; 2, 14-40; 3, 12-26; 4, 8-12; 5, 1-11. 29; 8, 14-17; 10; etc.).

Su comportamiento  es  considerado tan decisivo que es objeto de observaciones y también de críticas (cf. Hch 11, 1-18; Ga 2, 11-14). En el así llamado Concilio de Jerusalén Pedro desempeña una función directiva (cf. Hch 15 y Ga 2, 1-10) y, precisamente por el hecho de ser el testigo de la fe auténtica, Pablo mismo reconoce en él su papel de "primero" (cf. 1 Co 15, 5; Ga 1, 18; 2, 7 s; etc.).

Además, el hecho de que varios de los textos clave referidos a Pedro puedan enmarcarse en el contexto de la última Cena, en la que Cristo le confiere el ministerio de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22, 31 s), muestra cómo el ministerio confiado a Pedro es uno de los elementos constitutivos de la Iglesia que nace del memorial pascual celebrado en la Eucaristía.

El hecho de insertar el primado de Pedro en el contexto de la última Cena, en el momento de la institución de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de este primado:  Pedro, para todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar a la comunión con Cristo; debe cuidar de que la red no se rompa, a fin de que así perdure la comunión universal. Sólo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida diaria.

 

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EL MISTERIO EN EL NACIMIENTO

 

 

 DE LA IGLESIA

 

Descendiendo el curso de los siglos con el pueblo judío, hemos 
llegado al fin a la época en que los historiadores fijan el nacimiento de la Iglesia. Es el momento en que ella aparece a pleno día. Deja el secreto de su prehistoria. ¿No pasa entonces el misterio a la experiencia? ¿No se ha convertido en Iglesia de hecho, simple y verificable como todas las existencias históricas? 
¿Cesa el Misterio de la Iglesia en Palestina, en el siglo primero de 
nuestra era? 
¿Qué dicen de ello los cristianos? 
Que el nacimiento de la Iglesia es un hecho histórico, manifiesto por los métodos del estudio histórico, nadie lo duda. Por lo demás, hace ya mucho tiempo -y no se deja de volver a hacerlo-, se han catalogado, rotulado todos los hechos y gestos de Jesús de Nazaret al instituir la Iglesia, se han fechado sus palabras y sus actos, comentado y discutido todos sus detalles. La aparición de la Iglesia es, para los historiadores, un hecho como la aparición 
de toda sociedad humana.
No son los teólogos católicos quienes lo discutirán. Tampoco 
serían ellos los que nos impidieran subrayar este punto de vista, 
puesto que ellos dan al proceso de institución jurídica un relieve 
predominante y casi exclusivo 1. Ciertamente, están obligados a 
ello, pero de escucharles uno acabaría por creer que la fundación 
de la Iglesia no fue sino un acto como tantos otros, idéntico a la 
decisión por la cual un individuo decide fundar una sociedad 
cualquiera, deportiva, de socorros mutuos, de investigación 
científica, etc.... El nacimiento de la Iglesia entonces sólo sería 
cosa de un «acta» notarial y de un buen método para poner en 
práctica esta «acta».
En tales condiciones se concibe que unos cristianos - los 
protestantes por ejemplo, y también otros - estén poco tentados 
de adherirse a una concepción que, según creen, ignora el 
sentido de la Revelación y prefieran declarar -demasiado 
unilateralmente a su vez- que el nacimiento 
de la Iglesia es un «acontecimiento» de gracia, pura y 
simplemente un misterio invisible, del cual importa más creer 
gracias a la fe que existe, y que es trascendente, que discernir si 
se inscribe en la historia y cómo se inscribe. Estos cristianos no 
tendrían necesidad de ser estimulados para decir que la 
institución de la Iglesia, en el sentido jurídico de los católicos 
romanos, es una realidad demasiado mezquina para haber 
constituido en toda su verdad el nacimiento de la Iglesia.
Por fortuna, no es necesario escoger entre estos puntos de vista 
como si se opusieran. El nacimiento de la Iglesia es a la vez 
institución, acto que «es cosa de derecho», visible, verificable, 
histórico y acontecimiento sobrenatural, invisible por consiguiente 
y trascendente a la historia. Por decisión divina estas dos caras 
de la misma realidad no son separables, sino esencialmente 
solidarias una de otra.
El nacimiento de la Iglesia es misterio de fe y es historia. Es un 
hecho que sobrepasa el tiempo y los hombres que son sus 
actores. Sin embargo, este hecho se presenta en la historia bajo 
apariencias visibles, en gestos humanos. El Catecismo. Romano 
lo ha dicho hace mucho tiempo: la fundación de la Iglesia es un 
misterio que sólo se reconoce en la fe, si bien se puede percibir 
algo de la Iglesia aunque se sea turco o judío o incrédulo 
-añadiremos para nuestro tiempo -. Es por otra parte bastante 
curioso que un protestante, Karl Barth, se complazca en citar este 
texto 3.
Nuestra intención es recordar en la fundación de la Iglesia los 
aspectos visibles y jurídicos - la «institución» -, pero sin omitir por 
ello la obra divina e invisible, el «acontecimiento» carismático 4 . 
Estos dos elementos son solidarios y en su solidaridad se sitúa el 
misterio del nacimiento de la Iglesia.

I. Fundación de la Iglesia y misterio de Cristo
En la historia religiosa de la humanidad, la fundación de la Iglesia 
no es un episodio como otros. Se relaciona con el Cristo histórico, 
y basta abrir los ojos para percibirlo, y es solidario también del 
Misterio total, que es el Cristo en su Plenitud (Colosenses, 1, 25 
ss.). Hay que abrir los «ojos de la fe» para distinguirlo. La 
fundación de la Iglesia, en efecto, se realiza a lo largo de la 
existencia histórica del Señor, en el mismo Hombre Dios, antes de 
la Resurrección y después de la Resurrección. En ciertos 
aspectos, se prosigue hasta el fin de los tiempos. Es lo que 
trataremos de mostrar en las páginas que siguen. 
A decir verdad, es el mismo Cristo quien nos invita a pensar que 
la constitución de la Iglesia es un misterio sucesivo. Algunas de 
sus palabras abren esta perspectiva. 
En Cesarea, después de la confesión de Pedro: «Tú eres el 
Cristo, Hijo de Dios», Jesús declara: «Edificaré mi Iglesia». Habla 
en futuro. Por más que designe a Pedro como cabeza, por más 
que haya reunido ya los doce primeros discípulos, no considera 
que su Iglesia esté construida. También en futuro habla cuando 
anuncia que Pedro recibirá las llaves del Reino de los Cielos, el 
poder de atar y desatar. (Mateo, 16, 18-19). También de futuro se 
trata cuando Cristo confía a los Doce ese mismo poder de atar y 
de desatar (Matea, 18, 18). ¿Cuál es este futuro? ¿Dónde está 
situado en la vida de Cristo? En el momento en que estas 
palabras son pronunciadas, no lo sabemos.
Después de la última Cena, cuando Cristo ha celebrado la 
Eucaristía con los Apóstoles, conversa con ellos y les anuncia un 
acontecimiento futuro, la venida del Espíritu Santo (Juan, 14, 16). 
Ahora bien, el Espíritu Santo tiene una misión eclesial. A él, en 
efecto, se asigna la misión de conservar la verdad, de 
interiorizarla en los miembros de la Iglesia (Jn 16, 13; 14, 20-26), 
de mantener la unidad de la asamblea en Jesucristo (Juan, 14, 
20). Así Cristo insinuará que la fundación de la Iglesia se extiende 
hasta más allá de su muerte, puesto que el Espíritu Santo no 
puede venir hasta que él mismo haya dejado a los suyos.
Estas pocas indicaciones son suficientes para invitarnos a seguir 
las etapas de la fundación de la Iglesia, a descubrir cuanto sea 
posible su Misteriosa sucesión.

II. El primer tiempo de la fundación eclesial antes de la 
Resurrección

La Iglesia fue deseada por Cristo 5. Mas para medir la extensión 
y la profundidad de su intención, es mejor situarse en el punto de 
donde se abarca todo el misterio según sus dimensiones 
humanas y divinas.
¿Cuál es este punto privilegiado? La última Cena.
¿Por qué? Porque Cristo, en el transcurso de la última cena dio 
el sentido definitivo de su misión, de su vida y de su muerte, 
aclarando de manera decisiva las alusiones o las declaraciones 
que había hecho anteriormente.
La tarde del jueves 6, habiendo llegado a Jesús «su Hora», 
reunió a su alrededor a los doce compañeros para la última cena, 
antes de la prisión y la muerte. Es un instante único. Va a suceder 
el cumplimiento de la profecía sobre el Reino de Dios y la Iglesia. 
En estas pocas horas se resumirá la «institución» y se descubrirá 
el «acontecimiento», que da a la institución su perpetua eficacia.
Entonces la intención que anima al Señor desde el comienzo de 
su ministerio adquiere un sentido preciso. Se trata de realizar el 
reino de Dios -por una parte ligándolo para siempre al Misterio del 
Cristo Salvador -por otra parte confiando sus destinos a las 
manos de los Doce y de sus sucesores. Este advenimiento del 
Reino había frecuentado a los videntes del Antiguo Testamento y 
éstos lo habían representado bajo la imagen de un banquete 
escatológico (Isaías, 15, 16 ss). Cristo recoge, pues, esta imagen. 
(Mateo, 8, 11; 22, 14 ss.). Más aún, aquella tarde, anticipa el 
banquete de los últimos tiempos, con el pan y el vino sobre 
aquella mesa, y promete que la esperanza del Reino se colmará 
infaliblemente: «Ardientemente he deseado comer con vosotros 
esta Pascua antes de mi pasión; porque os digo que ya no la 
comeré otra vez hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de 
Dios» ... ; «ya no beberé el zumo de la vid hasta que llegue el 
Reino de Dios» (Lucas, 22, 15-16 y 18).

La intención de Cristo. - ¿Cómo comprende Cristo el Reino de 
Dios de que habla en esas últimas horas y cómo concibe que 
debe cumplirse?
Para responder a estas preguntas, hay que retroceder a los tres 
años que precedieron a la última Cena. Ellos prepararon, 
esbozaron, la fundación de la Iglesia, que se realiza en el 
transcurso de esta velada. Muchas veces apareció entonces el fin 
del Señor, que no es solamente enseñar la Buena Nueva, sino 
constituir el verdadero pueblo y conducir la historia de los 
hombres a su término por medio del pueblo de la Alianza, que es 
precisamente realizar el Reino de Dios.
Repitiendo durante la Cena la expresión «Reino de Dios», Cristo 
despertaba pensamientos y deseos familiares a sus comensales. 
Evocaba imágenes gloriosas: el Señor Yahvé manifestaría un día 
su poder a todas las naciones del mundo y se daría a conocer 
como el único Señor, como el único Dueño del tiempo, como el 
único Rey de todos los pueblos; no habría límites en el Reino de 
Dios; su extensión sería universal, puesto que Dios es el dueño 
de todos. Claro está que, como ha dicho y repetido la Escritura, el 
advenimiento del Reino de Dios no puede acaecer sin que Israel 
sea su instrumento y los Apóstoles lo dudan menos que nadie.
Anunciar el Advenimiento del Reino de Dios es anunciar al mismo 
tiempo el último período de la Historia, aquél en que la existencia 
de Israel ya no será discutida, en que el pueblo de Dios 
reconstituido ya no deberá temer la muerte y los enemigos que 
hasta entonces tan tristemente le habían maltratado. Una vez 
establecido, el Reino de Dios es imperecedero, es la última época 
del mundo, es «escatológico» (Mateo, 25, 31-46). Israel, pueblo 
de Dios, pueblo del Reino de Dios ¿puede ser otra cosa que el 
pueblo definitivo?
Evocando estos pensamientos, Jesús, en el transcurso de su 
ministerio, había encontrado el acuerdo fundamental de sus 
oyentes: el Reino de Dios no podía imaginarse sino a través de 
un pueblo consagrado a Dios, instrumento de Dios, mediador de 
la salvación universal, y este pueblo era evidentemente Israel. 
Simultáneamente, Jesús sugería la perpetuidad de Israel.
Si Cristo debe explicarse más ampliamente, es porque en ciertos 
puntos Él introduce innovaciones. Y el acuerdo con sus oyentes 
cesa.
En efecto, Cristo aseguraba que el pueblo de Dios ya no sería 
una entidad política o racial (Marcos, 12, 17). ¿Cómo iba a serlo, 
por otra parte, el pueblo de Dios, si el mismo 
Reino no lo es (Juan, 18, 33)? En este Reino, pues, no se entrará 
por derecho de nacimiento, la pertenencia al Reino no será una 
herencia en que uno se instala porque padre y madre la han 
transmitido. El Reino es un mundo espiritual, cuya carta, espiritual 
también, es el Sermón de la Montaña, cuyos valores están 
constituidos por las Bienaventuranzas y por la justicia interior 
(Mateo, 5, 1 ss.; cf. Marcos, 10, 14-15). Igualmente, el Reino de 
Dios no puede ser privilegio de una nación con exclusión de otra, 
de una raza en detrimento de las demás. Para pertenecer a este 
Reino, es preciso y suficiente tomar como programa personal las 
Bienaventuranzas, seguir a Cristo adonde vaya (Mateo, 16, 
24-26), después de haberse unido a Él y al Reino por medio del 
bautismo (Juan, 3, 5; Marcos, 16, 16).
Cristo prosigue pues, el eterno Designio, bien conocido de los 
judíos: constituir el pueblo del Reino de Dios. Pero es un pueblo 
cuyos súbditos serán tomados de la masa de todos los pueblos 
de la historia, sin distinción de color, de raza o de patria. Las 
únicas condiciones de la nueva ciudadanía son la justicia y la 
obediencia a los guías del pueblo (Mateo, 16, 19; 18, 16). Por ello 
también, el Reino de Dios es universal en derecho y la igualdad 
reina entre todos, también en derecho.
Esto era nuevo. Pero hay más novedades aún. Los judíos 
pensaban que el Reino de Dios se cumpliría terrenalmente. Sin 
duda las grandiosas imágenes que los profetas habían empleado 
para describir el advenimiento del Reino hubieran debido intrigar 
a los lectores de sus oráculos 7 e incitarlos a preguntarse: ¿,En 
qué lugar se cumplirá el Reino de Dios? ¿Será en la tierra? ¿Será 
más allá de la historia presente y por encima de nuestro mundo? 
En realidad los judíos, en conjunto, no habían retenido mucho 
más que el cumplimiento terrestre... Pero ahora habla Jesús. Y Él 
lo afirma: el Reino de Dios se realiza en la tierra, pero al mismo se 
cumple más allá, más arriba de nuestra historia, ante Dios, en el 
tiempo en que cada uno será definitivamente recompensado o 
castigado según sus méritos o sus deméritos. Así pues, el Reino 
de Dios aparece como terrestre y presente, futuro y trascendente 
a la tierra (Mateo, 25, 31-46; cf. 13, 36-43).
Tal es el Reino de que hablaba Cristo durante la última Cena. 
Pero queda una pregunta: ¿Tendrá todavía Israel un papel 
exclusivo que desempeñar en el advenimiento del Reino? Todos 
lo creían, alrededor de Jesús, y no quería soltar prenda. Por lo 
demás, las profecías que Cristo pretende cumplir dicen 
claramente que Israel subsistirá indefinidamente. No obstante, 
Cristo afirma explícitamente que el privilegio de los judíos es 
abolido en razón de sus infidelidades: «El Reino de Dios os será 
quitado para ser confiado a un pueblo que le haga dar frutos» 
(Mateo, 21, 43; cf. 8, 11-12, 21, 34-36; 22, 1-14; comp. con 
Lucas, 13, 6-9; 14, 15-24). Existe pues una antinomia cuyos 
elementos parecen inconciliables.
Esta antinomia es tanto más irritante cuanto Jesús se presenta 
como el Mesías, es decir como el Rey de Israel.
Lo hace sin duda en una perspectiva particularísima, dándose el 
título de «Hijo del Hombre», pero su reivindicación no es 
discutible. En otras partes, Cristo describe el Reino del Hijo del 
Hombre y sus habitantes (Mateo, 13, 41); en otras partes también, 
habla de «su Reino» (Mateo, 16, 28; Juan, 18, 36). Jesús es, pues, Rey del Reino de Dios. Lo es igualmente de Israel, aceptando el título de rey que le daba la buena gente, y dejando recordar su origen davídico.
Así pues, en la persona de Cristo, Israel y el Reino de Dios coinciden y parecen identificarse exactamente. Pero entonces, ¿cómo puede Cristo declarar en el mismo momento que el Reino de Dios será quitado a Israel y confiado a otro pueblo?

El acto de fundación.- Cristo, al parecer, hablaba en enigma. Él mismo declaró que anunciaba el «secreto del Reino de los cielos». Éste, ya explicado durante los años del ministerio público, se aclarará más aún durante la última Cena. Allí es, en efecto, donde aparece la fundación del nuevo Israel, salido del antiguo, allí es donde el nuevo Israel se hace distinto del antiguo pueblo que, sin embargo, continúa.
Los Doce pues, están reunidos alrededor de Cristo, en la estancia encojinada, en el piso superior. No son invitados de azar, comensales casuales o de conveniencia.
Son los Doce, escogidos por Cristo para «ser sus compañeros» (Marcos, 3, 14). Ellos no han escogido a su Maestro (Juan, 15, 16), han sido llamados y, esta noche, convocados una vez más. El Maestro ha hecho de estos humildes unos encargados de misión, representantes de su propia persona (shaliah): «Quien os escucha me escucha» (Lucas, 10, 16). «Quien os recibe me recibe» (Mateo, 10, 40, Juan, 13, 20). Lo hayan o no comprendido desde el primer día, los doce compañeros se han convertido en personajes oficiales en el orden que se instaura. La madre de los dos hijos de Zebedeo, por lo menos ella, sí lo había comprendido bien (Mateo, 20, 20).
Escogidos doce, se han convertido en «los Doce», tantos como tribus en Israel. Aquella tarde se reunieron, sólo doce, representando las tribus. Ellos son «el Resto». Significan también el pueblo por venir, son su principio, tal como Cristo ha querido, a fin de promover el advenimiento del Reino de Dios. Si bien no son más que un «pequeño rebaño», a ellos con todo ha decidido Dios confiar el cuidado del Reino entero (Lucas, 12, 32). En medio de ellos está el rey pacífico, Hijo del Hombre, hijo de David, que les ha convocado. Es la asamblea oficial del pueblo en devenir. Por 
ello Jesús había empleado, para designarla de antemano, el mismo nombre que designaba antaño la asamblea oficial del Israel del desierto (Deuteronomio, 9, 10). La había llamado: «mi ekklesia» (Mateo, 16, 18; cf. 18, 17), palabra de que deriva «iglesia». Tal es la asamblea del nuevo Israel, cuyo verdadero Mesías, Jesús, es Rey para siempre.
La ekklesia está pues, alrededor de la mesa, sus miembros comerán juntos la Pascua. Así como antaño en Egipto la primera Pascua había sido el origen en la constitución del pueblo elegido, así ahora es ella el momento decisivo en la constitución del nuevo pueblo, que sucede así al antiguo Israel. Nova et vetera.
Es una comida. En todas las civilizaciones del mundo, la comida tiene un sentido por sí misma, cuando es tomada en común. Significa intimidad, familiaridad, y la crea. Es la consagración de un acercamiento, sanciona una amistad, funda una comunión. Esa noche, alrededor de Jesús, la cena conserva su sentido: el lazo de la ekklesia es afecto al Señor, amistad de todos con todos. No es un azar que el mismo Cristo reanude la enseñanza sobre la caridad, antes de la cena y en términos apremiantes (Juan, 13, 33-36; 15, 1-17; 17, 21-26). Pablo había comprendido bien las cosas cuando escribía más tarde: «Puesto que no hay sino un solo pan, todos nosotros no formamos sino un cuerpo» (1 Co, 10, 17), una sola familia.
Con esta cena suena el final de una época. Es al mismo tiempo el principio de otra. Juan, en su relato, introduce la cena con solemnidad. En efecto, Jesús va a morir. Con todo, no es únicamente la perspectiva de la muerte la que da la gravedad del instante, sino los acontecimientos que le son solidarios. Es el fin de una era: «Ya no comeré otra vez esta Pascua (de la Antigua Ley)», dice Cristo. La Alianza mosaica ha terminado, pero se perfila un cumplimiento: «... hasta que tenga su cumplimiento esta Pascua (es decir que sea terminada y renovada) en el Reino de Dios» (Lucas, 22, 16). Un mundo desaparece, pues, ya que Cristo va a morir: «ya no beberé el zumo de la vid». Con Cristo muere la ley antigua (Gálatas, 3, 13), y todo lo que sostiene y supone la ley antigua. Otro mundo surge, el advenimiento del Reino que llega (Lucas, 22, 18) y que llega en la celebración eucarística.
Este mundo nuevo es la Iglesia. Para mejor advertirlo, consideremos la cena en que estos acontecimientos suceden.
PAS/NUEVO-EXODO: Es la cena pascual. La primera Pascua había sido para el pueblo hebreo la señal de la partida. Habían dejado Egipto en nombre de Yahvé, para convertirse en el pueblo de Dios en la Alianza del Sinaí. Lo mismo ocurre a los Doce en el curso de la última cena. La historia vuelve a empezar, se prepara un nuevo Éxodo. No se trata ya de dejar Egipto, sino la mentalidad de esta raza que es la suya y que rehúsa reconocer en Jesús al Mesías auténtico y en su comunidad al Verdadero Israel, instrumento del Reino de Dios. Ahora hay que dejar la incredulidad y seguir al Hijo del Hombre, sin mirar atrás (Lucas, 9, 62). Más aún, hay que reproducir la imagen del Hijo de Dios (Romanos, 8, 29). Esto significa convertirse en el pueblo de Dios, procurar el Reino de Dios, siguiendo al hijo de David, al Rey Jesús.

 

 

A los doce, como a los hebreos en el, Sinaí, se ofrece y concede la Alianza (Éxodo, 19, 3-8). Pero ésta es nueva y eterna, Jesús la proclama y la instaura (Lucas, 22, 20), cumpliendo así la predicción de Jeremías (31, 3-14). Es un nuevo pacto que supera el antiguo, así como el Reino descrito por Jesús supera el Reino previsto por los profetas. Como la Antigua, la Nueva Alianza no recibe consagración y validez sino en el sacrificio. Pero éste es 
nuevo, más profundo, más total. No se trata ya simplemente de una destrucción o inmolación ritual (Levítico, 16 y 17), sino que se trata de volver a Dios a través de la muerte. El Rey Mesías es quien pasará primero (Juan, 13, l), el Hijo de Dios será el sacrificio, con su cuerpo, su sangre, su alma: «Éste es mi cuerpo, que se da por vosotros» (Lucas, 22, 19), «ésta es mi sangre del nuevo Testamento, la cual será derramada por muchos para 
remisión de los pecados» (Mateo, 26, 28). Él se pone a la cabeza, porque es el Rey. Así es sellada la Alianza con la sangre, y el pueblo que sigue a la Cabeza elegida por Dios se convierte, en la sangre de la Alianza, en el pueblo de Dios, como en el Sinaí. También como en el Sinaí (Éxodo, 24, 9-12), cada uno de los Doce es invitado ahora a comprometerse personalmente en la 
Alianza, a ratificar por su cuenta el sacrificio, participando en él ritualmente y aceptándolo espiritualmente para el instante en que deberá entregar su vida a Dios como Cristo. Es la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Que cada uno de ellos se convierta en aquello que recibe: «Tomad y comed ... » «Tomad y bebed ... ».
Así se cumple la fundación del Nuevo Israel. En adelante su destino está soldado al Sacrificio personal del Señor Jesús, irrevocablemente.
En efecto, para siempre la nueva comunidad está unida al sacrificio de Jesucristo, a su Muerte, a su Resurrección. Para que nadie lo ignore, Cristo declara formalmente: «Haced esto en memoria mía». Habrá pues que repetir el sacramento del sacrificio, mantener la virtud de la Redención en medio de la Iglesia. Es un deber, y por lo mismo es un poder. Los Once que quedan -Judas acaba de salir- reciben así la misión de perpetuar la nueva Alianza perpetuando el Sacrificio que la funda. Lo harán mientras exista Iglesia, es decir hasta el fin de los tiempos (Mateo, 28, 20), mientras haya pecados por borrar, es decir hasta el fin del mundo pecador.
Todo ha terminado. Jesucristo ha dicho lo esencial. ¿Qué se ha hecho de la Ekklesia del Señor? ¿Qué son ahora los Primeros de la Ekklesia? 
Son sacerdotes, puesto que tienen la misión del sacrificio, a fin de  perpetuarlo. Son sacerdotes para procurar el advenimiento del Reino de Dios por medio del único Sacrificio. Son sacerdotes para introducir en el sacrificio del Señor el pueblo por venir cuyo principio ellos mismos son.
Pero son también jefes. Son jefes porque Jesucristo les confía -sólo a ellos- la iniciativa de la Eucaristía y la misión de reunir al pueblo con vistas a la celebración del sacrificio. Por otra parte, el deber que incumbe a los apóstoles de dirigir la Ekklesia, Cristo no lo había dejado a la sombra. Antes de la última Cena, los Doce fueron expresamente designados como conductores de hombres, jefes para regir la Iglesia de Dios (Mateo, 16, 18-20; cf. Hechos, 20, 28) y para sancionar, de ser preciso, los delitos (Mateo, 18, 15-28).
Sacerdotes, jefes, los Doce son también instituidos doctores. Al repetir la Eucaristía según la orden del Señor, proclamarán al mismo tiempo que la gracia de la salvación viene por la Eucaristía, enseñarán cuál es la economía de la Misericordia, tal como el Señor la revela por primera vez al declarar: «Éste es mi Cuerpo que se da por vosotros». «Ésta es mi sangre derramada por todos para la remisión de los pecados». La celebración eucarística es una lección de cosas, por así decirlo, ya que celebrar la Eucaristía es declarar con actos y palabras que la salvación es real, que el Reino de Dios se acerca, que Jesucristo es Salvador, aquí y en este momento, bajo estos ritos y en esta asamblea dirigida por los apóstoles o sus sucesores. Además, el 
Señor, mucho antes de la última Cena, había impuesto esta misión doctrinal. En términos explícitos había confiado: «Quien os escucha me escucha»

(Lucas, 10, 16) y lo había repetido (Mateo, 10, 7-27; 18, 18) en favor de los Doce, así como había encomendado a Pedro: «Te daré las llaves del Reino 
de los Cielos, y lo que tú atares en la tierra, atado será en el cielo, y lo que desataras, desatado será en el cielo» (Mateo, 16,.19) 9.
Así termina en lo esencial la constitución de la Iglesia. Jesús establece el derecho en el pueblo de Dios. Las estructuras definitivas son colocadas cuando Jesús ha terminado de «instituir» los ritos eucarísticos y cuando ha terminado la «ordenación» de los hombres habilitados para perpetuarlos.
Desde ahora al celebrar la Eucaristía -«Haced esto en memoria mía»-, los Apóstoles y sus sucesores obedecerán a su triple deber. Jefes de la Iglesia, deberán convocar al pueblo a la Mesa del Señor; doctores, enseñarán el misterio de la salvación cumpliéndolo sacramentalmente; sacerdotes, perpetuarán la obra de la Redención en el único Sacrificio.
Tal es el derecho divino. Es inmutable, y para preservarlo de toda desviación, Cristo permanecerá presente a los Apóstoles y a la Iglesia hasta el fin de los tiempos (Mateo, 28, 20).

El acontecimiento de gracia. - Acabamos de seguir los contornos visibles de la «institución». Pero por sí misma ésta no posee valor alguno. Lo que le confiere alcance y sentido trascendentes es el poder divino. Éste transforma la decisión de Cristo en acto eficaz para toda la duración de la historia humana. Pero esta gracia transformadora, Cristo, en el momento de la Cena, todavía no la ha merecido para su Iglesia, sólo el Sacrificio total podrá 
obtenerla, como insinúan las mismas palabras de Jesús durante la última Cena.
Así, pues, cuando Cristo deja el Cenáculo, todavía no ha terminado de fundar su Iglesia. Ha trazado sus estructuras. Pero el pueblo eclesial -su germen, los Doce- no es todavía la mansión santa, el pueblo de Dios, el instrumento de la salvación. Es en su Pasión cuando Cristo merece definitivamente esta gracia, y es en su Resurrección cuando esta gracia es puesta irrevocablemente a 
disposición de la Iglesia.
Entonces, pero sólo entonces, se cumple el «acontecimiento» y se termina la obra absolutamente sobrenatural de la fundación eclesial. La venida del Espíritu Santo, en Pentecostés, será la eclosión de la Redención que ha fundado la Iglesia. Mientras espera ese día, la Iglesia no es todavía todo lo que debe ser. No puede conceder el perdón de los pecados, puesto que el cuerpo del Señor todavía no ha sido entregado para la remisión de los pecados. No puede transmitir la vida eterna, puesto que Jesús no ha triunfado todavía, en la Resurrección, definitivamente de la muerte, triunfando del pecado. No puede derramar el Espíritu Santo porque Cristo no es todavía «espíritu vivificador», «no se había comunicado aún el espíritu, ya que Jesús no había sido glorificado» (Juan, 7, 39).
La Pasión y la Resurrección de Jesucristo son el acontecimiento sobrenatural que da al grupo de los Once la gracia de ser una comunidad sobrenatural en el poder de Dios. En adelante estará abierta la fuente de donde los primeros discípulos recibirán fuerza de cohesión, perseverancia e irradiación en la fe, impulso y fervor en la caridad. En adelante estará adquirida la participación en la santidad del propio Señor. Y los Apóstoles obtendrán todas estas 
gracias, no como un privilegio individual pura y simplemente, sino como un privilegio conferido en su persona y la Iglesia como tal.
El misterio del Calvario y de Pascua es pues, para la fundación de la Iglesia, el instante capital. La Iglesia adquiere consistencia divina. Se convierte, en Cristo que sufre y que resucita, en el pueblo de Dios, el verdadero, el que Dios ha querido desde toda la eternidad y para el cual el Israel según la carne había sido deseado. Se convierte en el pueblo que renuncia a la 
servidumbre del pecado, que conserva la fe, la esperanza y la caridad, es «la raza elegida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo rescatado» (1 Pedro, 2, 9). Solidario de Cristo a causa de la Pasión y Resurrección, -la Iglesia será su Esposa para siempre (Efesios, 5, 23-30).
Por este mismo hecho, la Iglesia se convierte en el instrumento eficaz de la salvación. Unida a Cristo, como la Esposa a su Esposo, como el Cuerpo a la Cabeza, ella prolonga a Cristo. Su existencia y su palabra son ya Verbum Domini, la Palabra del Señor (Hechos, 9, 2; cf. 6, 7; 12, 24; 19, 20). Su crecimiento y su acción serán en adelante el advenimiento progresivo del Reino de Dios y la efusión de la vida divina (Efesios, 2,20 ss; 4, 12-13, 16; 
Colosenses, 2, 19).
Estas verdades contenidas en la Escritura, los Doctores de la Iglesia las han expresado de diferentes modos.
Pío XII las repetía en las encíclicas Haurietis aquas y Mystici Corporis, de las cuales bastará recordar esta frase que reúne el «acontecimiento» y la «institución»: «El Divino Redentor inició la edificación del Templo Místico de la Iglesia cuando, en sus conversaciones, formuló sus mandamientos, y la terminó cuando, glorificado, fue colgado en la Cruz».

Institución y acontecimiento. - Ahora se comprende por qué la Cena es, en la fundación de la Iglesia, un momento decisivo. Ella remite, en efecto, a las dos dimensiones de la edificación de la Iglesia: la «institución» y el «acontecimiento» de gracia.  El Señor resume en ella todos los actos institucionales que había planteado en el decurso de su vida: reunión, formación e instrucción de los Doce, y colocación de su misión. Todo esto se encuentra en el curso de la celebración del Jueves Santo.
Pero a todos estos actos el Señor asigna explícitamente un sentido carismático. Todas las decisiones, todos los mandamientos formulados antes por Cristo se ordenan, en el acto eucarístico, a la Redención. En el Misterio redentor, los gestos constitucionales reciben de Cristo valor de eternidad y eficacia sobrenatural. En la misión dada Jesucristo infunde la gracia y en 
las funciones el poder salvador. Cuando Cristo prescribe: «Haced esto en memoria mía» une «esto» -el Sacrificio Redentor- al "hacer» de los Apóstoles, a su acción jurídica y visible, a su misión.

 


III. El segundo momento de la fundación,después de la Resurrección
Jesús, al anunciar que se dará el Espíritu Santo a los Apóstoles a fin de ayudarles a cumplir su misión eclesial, daba a entender que la Iglesia no estaría realmente terminada hasta que hubiera venido el Espíritu; ya lo hemos dicho. Ahora bien, Jesús ha resucitado de la muerte, es glorificado «predestinado Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santificación por su resurrección de entre los muertos» (Romanos, 1, 4). Convertido en espíritu 
vivificador (Corintios, 15, 45), puede enviar al Espíritu Santo. 
Incluso es necesario que lo envíe, ya que sólo el Espíritu puede transmitir a la primera comunidad los bienes que pertenecen a Jesucristo (Juan, 16, 14-15). Pero esa hora hay que separarla.

La institución confirmada. -Hasta ese momento, que el Padre ha fijado por su sola autoridad, Jesús, entre la Resurrección y la Ascensión, vuelve a sus Apóstoles. Vuelve a la tarea, por así decirlo, de la institución de la Iglesia, repite a los Once su misión, repasa con ellos los deberes impuestos, renueva los poderes encomendados. Una vez más, se inclina sobre la estructura de su Iglesia, la presenta al Espíritu Santo que promete de nuevo y cuya 
venida Él anticipa.
Es entonces impresionante encontrar en boca de Cristo voluntades parecidas a las que expresaba antes de la Resurrección y palabras idénticas para formularlas. Cristo después de la Resurrección es exactamente el mismo de antes de la Resurrección.
Antes de morir, el Señor había dicho dirigiéndose a su Padre: 
«Así como tú me has enviado al mundo, así yo los he enviado también a ellos al mundo» (Juan, 17, 18). Ahora, apareciéndose a los diez apóstoles en Jerusalén, en ausencia de Tomás, declara: «Como el Padre me ha enviado, así también yo os envío». Dicho esto alentó sobre ellos y añadió: «Recibid el Espíritu Santo. A aquellos a quienes perdonaréis los pecados, les serán 
perdonados; a aquellos a quienes los retuviéreis, les serán retenidos» (Juan, 20, 21-23). Estas pocas palabras repiten también, parcialmente al menos, los poderes concedidos a los Apóstoles cuando Cristo les decía: «Todo lo que atáreis en la tierra atado será en el cielo, y todo lo de desatáreis en la tierra 
será desatado en el cielo» (Mateo, 18, 18).
Igualmente también, Cristo resucitado recapitulaba los poderes de enseñar y de gobernar. Éstos son definitivamente confiados a Pedro -en presente esta vez-, cuando la aparición en el lago de Genezaret. Solemnemente y por tres veces, Jesús encarga a Pedro que apaciente el rebaño de Cristo: «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos» (Juan, 21, 15-18) 11.
Más tarde aún, el Señor vuelve sobre la misión doctrinal de los Apóstoles para subrayar otro aspecto bien preciso: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y la Samaria y hasta los confines de las tierra« (Hechos, 1, 8; Lucas, 24, 47-48). Es la misma misión que les había sido confiada cuando su designacíón como Apóstoles (Mateo, 1o, 18-20) y repetida poco antes de la prisión del Maestro. (Juan, 15, 27.) 
Es instructivo ver a Cristo glorificado y «espíritu vivificador» refrendar los estatutos de su Iglesia. En una especie de premisa a la efusión del Espíritu Santo, consagra los elementos funcionales de su comunidad. Según el relato de Mateo la última preocupación del Señor antes de la Ascensión es confirmar los deberes de los jefes de su Iglesia: «Formad discípulos», -deberán santificar a los hombres -: « ... bautizándolos en el nombre del 
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», deberán gobernar e instruir: 
« ... enseñándoles a observar todo lo que yo os he prescrito» (Mateo, 28, 19-20) 12.
Así pues lo que Jesús humilde y perseguido establecía en su Iglesia, el Señor, Juez de los vivos y de los muertos, lo consagra expresamente en la gloria de la Resurrección, y lo ofrece al Paráclito como un instrumento destinado a realizar los designios de Dios.

El acontecimiento de la gracia: la efusión del Espíritu. -Ha llegado el momento en que el Espíritu Santo animará el instrumento constituido por Cristo: es la fiesta de Pentecostés. En este día en la Iglesia, tal como ha sido estructurado por Cristo, se derrama el Espíritu Santo cuya venida Cristo ha merecido. Desde este momento la Iglesia, hasta entonces confinada y silenciosa en el Cenáculo, se anima, entra en movimiento , y Jerusalén lo 
advertirá sin tardanza y sin complacencia.
El acontecimiento evoca la creación del primer hombre. Dios había modelado primero el cuerpo, y después «insufla un hálito de vida» (Génesis, 2, 7). Así Jesús formó primero el cuerpo de la Iglesia y ahora le insufla un alma que es el Espíritu Santo.A la comunidad primera como tal fue dado el Espíritu Santo, a los jefes de la Iglesia se hizo el don, porque eran jefes y para que lo 
fuesen como hay que serlo (Hechos, 1, 15; 2, 1; 2, 44-47; cf. Juan, 17). Lo que se les concedió con el Paráclito fue una gracia comunitaria y pública, la gracia de ser Iglesia y de hacer «profesión de Iglesia». Ello se ve bien en seguida. «Divulgado el suceso, acudió una gran multitud y quedaron atónitos» (Hechos, 2, 6). Entonces Pedro aprovecha la ocasión. El miedoso del Viernes Santo toma la palabra, dice el mensaje, el ofrecimiento de la salvación, el deber de reanudar el Éxodo, de agregarse al pueblo de Dios cuya Cabeza ellos son, ellos, los Doce y los ciento veinte hermanos (Hechos, 2, 38-40).
Muchos oyentes respondieron a la convocación y entraron en el verdadero Israel: «Recibieron la doctrina y fueron bautizados» (Hechos, 2, 41) y «perseveraban todos en las instrucciones de los apóstoles y en la comunión fraterna, en la fracción del pan (la Eucaristía) y en la oración» (ib., 2, 42). La Iglesia emprende la marcha, vive: predicación de los apóstoles, santificación de los creyentes, caridad para con los menos favorecidos, comunidad de 
bienes (ib., 2, 42, 4, 32-34), ayuda a las viudas (ib., 6, 1-6), envío de las primeras misiones (ib., 11, 19-26), castigo de los pecados graves (íb., 5, 1 ss.), etc...
Manifiestamente el Espíritu Santo sostiene y consagra la triple misión dada por el Señor Jesús antes y después de la Resurrección: santificar, instruir, gobernar. El Paráclito se revela verdaderamente como Espíritu del Señor Jesús «recibiendo el bien de Cristo» para impartirlo a los apóstoles (Juan, 16, 14-15). 

Así por la efusión del Paráclito se termina la «ordenación» que Cristo empezó a conferir a los Doce durante su ministerio público y que Él condujo al punto decisivo cuando declaró: «Haced esto en memoria mía». El Espíritu Santo concede a esos humildes ser «hombres de Iglesia», les otorga el valor y la eficacia sobrenaturales.
A este respecto, el Pentecostés es el último acto de la fundación eclesial. Ella atestigua que la institución y el don del Espíritu están ligados uno a otro según la promesa del Señor, que la Constitución de la Iglesia y el Acontecimiento de gracia son solidarios para siempre, el Espíritu inspirando a la Iglesia y la Iglesia sirviendo al Espíritu, comprendiendo sus designios, 
realizándolos en cuanto permite la humana debilidad.
Igualmente la Iglesia tiene plena conciencia de la importancia que presenta el Pentecostés en el misterio de su fundación.
San Agustín pregunta: «¿Dónde empezó, pues, la Iglesia?» y contesta: «Allí donde el Espíritu Santo descendió del cielo y llenó a los ciento veinte discípulos reunidos en un solo lugar 14. La teología oriental y la teología de los ortodoxos grecorrusos son tradicional y justamente sensibles a la importancia del Misterio de Pentecostés para el nacimiento de la Iglesia. «La sociedad de los creyentes, escribe un teólogo ortodoxo, el día de la venida del Espíritu Santo, se convirtió en Iglesia en el sentido propio del término, es decir, una sociedad natural, divina y humana, el Cuerpo de Cristo». 
Si bien las enseñanzas de la Sede Apostólica han insistido oficialmente y más a menudo sobre la «institución» en el curso de la existencia terrestre de Jesús, la Iglesia, tomada en su conjunto, no ignora que el cumplimiento eclesial se encuentra en el Pentecostés. En aquel día, decía santo Tomás de Aquino, fue plantada la Iglesia. San Buenaventura se expresaba en los 
mismos términos. Recientemente, Pío XII, exhortando a los cristianos a rogar especialmente por las misiones en la fiesta de Pentecostés, recordaba a todos que en este día fue fundada la Iglesia bajo el soplo del Espíritu. En 1943 había ya expresado la importancia del Pentecostés, cuando el Señor «manifestó y promulgó su Iglesia enviando de manera visible el Espíritu Santo sobre sus discípulos» 
Conclusión de la Iglesia en el Paráclito, tal es el acontecimiento del Pentecostés, que no hay que interpretar como un adiós de Cristo a su Iglesia después de terminarla. La Promesa de Jesús Resucitado se mantiene: «En cuanto a mí, dijo, estoy con vosotros para siempre hasta el fin del mundo» (Mateo, 28, 20). Por otra parte, precisamente antes de la Pasión, Cristo había ligado su presencia y su sacrificio con la Ekklesia para siempre n la Eucaristía. Si desciende el Espíritu sobre la Iglesia en Pentecostés, es a fin de realizar las promesas de Cristo. Ya que sólo en el Espíritu puede Cristo permanecer presente a sus fieles y rescatarlos del pecado y de la muerte (Efesios, 3, 17). Sólo en el Espíritu los cristianos recibirán el testimonio del Padre sobre el Hijo (Juan, 15, 26-, I Corintios, 12, 3), sólo por el Espíritu se 
universalizará la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía.
La Ascensión, es pues muy cierto, no era una ceremonia de despedida. El Pentecostés no consagraba una separación y una ausencia. Muy al contrario. Una y otra fiesta son conjuntamente la inauguración oficial de la Iglesia unida en el Espíritu a Jesucristo resucitado.

 

 

IV. La fundación eclesial continúa
I/FUNDACION- CONTINUA: La obra de Jesús en favor de la Iglesia puede circunscribirse entre los comienzos de su ministerio público y la fiesta de Pentecostés.
Pero en ciertos aspectos la fundación de la Iglesia desborda esos pocos años para extenderse desde ellos a toda la era cristiana. El Misterio de la fundación eclesial alcanza y engloba todas las generaciones progresivamente. Si la «institución» está estrictamente localizada en la existencia histórica de Jesús, la fundación es contemporánea de cada instante de nuestra historia.
¿Cómo comprender este misterio? ¿Cómo comprender que Jesús sigue trabajando siempre en la fundación de su Iglesia?

La Iglesia en el peligro del hombre. - Reflexionemos. Cristo 
construyó su Iglesia. Le dio vida. Ella avanza, se extiende, desde 
Pentecostés.
Pero ella debe recorrer toda la historia antes del fin de los 
tiempos, y debe recorrerla en medio de los hombres, porque está 
a su vez compuesta por hombres. Se le ofrece una tarea ilimitada: 
conquistar el pueblo de Dios de la masa de la humanidad, 
mantenerlo pueblo de Dios, acrecentarlo en fin hasta «constituir 
este Hombre perfecto, en la fuerza de la edad que realiza la 
plenitud de Cristo» (Efesios, 4, 13). Todo está hecho, pero sin 
embargo, todo está por hacer. Jesús lo sabía muy bien, cuando 
rogaba, momentos antes de su prisión, diciendo: «Que sean 
todos uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que ellos 
también sean uno en nosotros» (Juan, 17, 21). Si el modelo que 
debe reproducir la unidad eclesial es la unión de las Personas en 
la Santísima Trinidad, como pide Jesús, entonces la tarea es 
infinita. Digamos más aún: es imposible. La misma Iglesia es 
imposible, humanamente hablando.
En efecto se levanta contra la Iglesia por construir la incredulidad 
de todos, de los mismos cristianos. ¡Ya sabemos lo que costó a 
los Doce creer! Bastante vemos al día siguiente a Pentecostés 
que la mayoría de los judíos de Jerusalén no se rinde. El mismo 
peligro subsiste contra la Iglesia de todos los siglos y en su 
interior. ¿Cómo será posible la unanimidad de la fe? ¿Cuánto 
tiempo durará después de Pentecostés? 
El peligro de la Iglesia son también los pecados de toda especie 
que sus miembros no evitan, no rehúsan. No puede vivir y 
sobrevivir sino en un mundo en que el pecado no triunfe, ya que 
es el pecado de los individuos lo que disgrega las familias, las 
comunidades, las sociedades. Infaliblemente, el pecado hará 
perecer también a la Iglesia, a menos que el Señor le ponga 
remedio y salve a su pueblo de la ruina.
Sólo él y nadie más puede hacerlo. El Cuerpo de Jesucristo -y 
sólo él- se da «para la remisión de los pecados», y "para la vida 
del mundo». La Iglesia no será preservada de la disolución y de la 
muerte engendradas por el pecado sino por el cuerpo de Cristo, 
en su Pasión y en su Resurrección. La Iglesia no puede ser el 
pueblo escatológico e imperecedero más que si los pecados de 
los bautizados son borrados en la sangre de Cristo, más que si 
los hijos de la Iglesia reciben la vida eterna en la Resurrección de 
Cristo, más que si los cristianos son incesantemente convertidos 
por el Sacrificio Redentor. Si no, la Ekklesia se derrumbará antes 
del Fin.
Pero esta obra de conversión es siempre urgente. El pecado 
entra en la Iglesia con el pecador y en ella renace continuamente. 
Bien se ve en los primeros días de la Iglesia primitiva. Hubo en 
seguida Ananías y Safira, codiciosos y mentirosos (Hechos, 5, 
1-10), hubo las murmuraciones de los helenistas contra los 
hebreos (Hechos, 6, l), las divisiones entre fieles en Corinto 
(Corintios, 1, 10-13), el caso de incesto también en Corinto (ib., 5, 
1- 13) y otras muchas miserias... La Iglesia no puede subsistir con 
el empuje original, como un barco corre sobre su derrotero. No 
hay ley de inercia en el orden sobrenatural. Sólo la acción del 
Señor en persona es capaz de mantener la Iglesia en vida, sólo él 
puede, en su Pasión-Resurrección, «rescatarnos de toda 
iniquidad y purificar un pueblo que le pertenezca como propio, 
fervoroso en el bien obrar» (Tito, 2, 14).
Así pues la existencia de la Iglesia y su perduración no son 
posibles más que si Cristo sigue haciendo su Iglesia, sigue 
fundándola transformando los corazones, convirtiendo los 
espíritus. En este sentido, la fundación de la Iglesia no puede ser 
un acto situado pura y simplemente en el pasado, debe continuar, 
reanudarse incesantemente. Es tanto como decir que el Señor 
debe seguir destruyendo los pecados renacientes, dando la vida 
sobrenatural, enviando el Espíritu Santo.

El misterio eucarístico. -Y ciertamente este acontecimiento se 
produce. Cristo está obrando constantemente (Juan, 5, 17). 
Plantó el árbol de la Cruz en medio de la Iglesia, la tarde de la 
última Cena, lo plantó para siempre, al decir: «Haced esto en 
memoria mía.» Y ahora, cada vez que los ritos eucarísticos se 
cumplen, el Señor actualiza el Sacrificio pasado y transmite la 
virtud sobrenatural de la Pasión y de la Resurrección. Es la Misa 
del domingo, la Misa cotidiana, en todas las Iglesias, en todos los 
oratorios de nuestra tierra.
En el acto eucarístico se prosigue, se extiende indefinidamente la 
obra Redentora, se prolonga tantas veces cuanto «se hace esto 
en memoria de Jesucristo».
Por lo demás, es él mismo quien vuelve: «Este es mi Cuerpo» -Es 
él quien padeció y murió bajo Poncio Pilatos-, «dado por 
vosotros» -Es él quien resucitó, siempre vivo para interceder en 
nuestro favor-. Por él y con él existe la efusión del Espíritu Santo, 
la Pasión continuada para destruir el pecado, la Resurrección 
comunicada para dar la Vida a las víctimas del pecado.
El Señor Jesús vuelve pues a la Hora eucarística, 
misteriosamente, con su Pasión y su Resurrección, tan 
eficazmente como antaño en su «Hora», cuando levantado sobre 
el madero de la Cruz merecía para él y para todos los hombres la 
gracia de la Resurrección. Para esta Hora, Cristo llama a todos 
los creyentes. Es él mismo, quien lo hace. En efecto, el día del 
Señor, por la voz de los Apóstoles y de sus sucesores, Cristo, 
cabeza de su Iglesia, convoca a los suyos a la asamblea de la 
Salvación, como convocó antaño a los Apóstoles para la última 
Cena. Cuando los fieles están reunidos a su alrededor, el Señor 
les presenta su Cuerpo y su Sangre, como lo hizo con los Doce: 
«Tomad y comed ... »: que todos se hagan semejantes a él, tanto 
como posible sea a la flaqueza del hombre, que todos 
comprendan los designios del Hijo de Dios sobre ellos mismos, 
sobre el mundo, que enciendan su caridad en la suya, su 
abnegación en la suya, que animen su renuncia en la suya y 
sostengan su gozo en el suyo.
Tal es la «comunión». Cristo instituye la reunión de todos, no 
solamente en torno a él, sino en él, por la fe, la esperanza y la 
caridad. El Señor, el mismo en todos, es la unidad invisible, pero 
real: el mismo espíritu, el mismo amor, la misma vida en el Señor y 
en todos los que le acogen en la comunión. Así el pueblo es 
atado a su Jefe, así los miembros del Cuerpo están unidos a su 
Cabeza y entre sí, desembarazados de los odios separadores y 
acordes en la unanimidad. Es la fundación de la Iglesia que 
prosigue, como en la primera Eucaristía. «Puesto que no hay sino 
un solo pan para todos, no formamos sino un solo cuerpo, ya que 
participamos de este pan único» (1 Corintios, 10, 17).
Es Cristo quien hace su Iglesia en la Eucaristía, pero no la hace 
sin nosotros. Espera y exige que cada bautizado obre con él, que 
cada uno se conforme «a la imagen del Hijo de Dios», que «es 
nuestra Paz», que «nos reconcilia a todos en un solo Cuerpo por 
medio de la Cruz». Aquí el misterio de la Iglesia se apodera de 
cada fiel, envuelve y condiciona su existencia.
La obra del cristiano, en el Instante Eucarístico, es dejarse hacer 
por Cristo, en favor de la Iglesia. Ahora bien, Cristo quiere 
«presentársela a sí mismo sin mácula ni arruga ni cosa 
semejante, sino santa e inmaculada» (Efesios, 5, 25, 57), quiere 
«transfigurar en sí mismo su Cuerpo que es la Iglesia, cuya 
Cabeza él se ha dignado ser» 16. En la comunión eucarística, el 
Señor invita a entrar en la unanimidad de la fe y de la caridad, a 
unirse cada uno con todos, y cada uno con el Señor: «Que todos 
sean uno... que sean consumados en la unidad ... » (Juanl, 17, 
21-23). Que todos reciban en el Espíritu Santo «la unidad del 
Espíritu por medio de este lazo que es la paz. No hay sino un 
cuerpo y un Espíritu, así como no hay sino una esperanza al 
término de la llamada que habéis recibido: un solo Señor, una 
sola fe, un solo bautismo ... » (Efesios, 4, 3-5). En este instante, 
en verdad, «todos vosotros sois una sola cosa en Cristo Jesús» 
(Gálatas, 3, 28), sois la Iglesia en Cristo.
Así pues, cada día, Cristo prosigue la obra empezada hace veinte 
siglos; cada día envía su Espíritu a reunir el pueblo, para 
conservarlo en la verdad y en la caridad. Si cesara de hacerlo un 
solo momento, el pueblo de Dios volvería a sus pasiones 
terrestres, a sus desórdenes, a sus divisiones. Pronto disperso 
por la superficie de la tierra, ya no sería el pueblo de Dios. Para 
evitar este infortunio, Cristo está obrando siempre, construyendo 
su Iglesia en el misterio eucarístico.

 



Nuestro misterio. - En el misterio eucarístico, la fundación de la 
Iglesia se convierte en nuestro misterio y nuestro deber. 
Atravesando el tiempo con el Señor, la edificación de la Iglesia se 
ofrece como una tarea siempre actual y como obra propia de 
cada generación cristiana. En la celebración eucarística la 
fundación de la Iglesia es repetida y debe serlo por los hombres 
de todos los tiempos.
Tal es la vocación eclesial del creyente. Es participar, en la 
comunión sacramental, en el sacrificio Redentor y en la fundación 
de la Iglesia. Unido al Hijo de Dios, el cristiano realiza su misión 
personal: convertirse en sacrificio como el Señor Jesús, 
convertirse en él en poder de aproximación y radiación de 
caridad, convertirse como él en luz para la fe de los demás. Todo 
esto es su parte en la edificación de la Iglesia. En este sentido el 
misterio de la fundación eclesial es nuestro y reclama la 
colaboración de todos.
Y he aquí que surge el problema personal. La responsabilidad de 
fundar la Iglesia no ha sido quitada de nuestros hombros por el 
hecho de que Cristo sea su Fundador en un sentido soberano y 
único. No lo es más por el hecho de que los Apóstoles sean las 
columnas de la Iglesia. Lo que ha hecho Cristo para edificar la 
Iglesia, lo ha hecho comunicándonos la fuerza y la inteligencia 
sobrenaturales a fin de asociarnos a su obra. A cada uno de los 
cristianos corresponde su parte, aunque por falta de talentos o de 
medios esta parte sea mínima. Ésta es siempre de renuncia para 
evitar las desuniones, de lucidez para conocer y amar a la Iglesia, 
de abnegación para sostenerla. Ahora bien, todo esto que es 
gracia, no es recibido en plenitud sino en el sacramento 
eucarístico en la Hora en que Cristo, en nosotros y por nosotros, 
sigue haciendo la Iglesia.


V. Conclusión
La fundación de la Iglesia, misterio sacramental
Las dimensiones del misterio de la fundación eclesial llenan el 
universo visible e invisible, comprenden lo histórico y lo divino, lo 
jurídico y lo espiritual. Este misterio es sacramental.
Al emplear esta expresión de «misterio sacramental», queremos 
decir a la vez que es un acontecimiento obscuro a las solas luces 
naturales de la razón y que este acontecimiento se produce en 
realidades sensibles e históricas, que se expresa en signos 
humanos que revelan y actualizan el poder de Dios.
Que la fundación eclesial es un misterio sacramental, todo lo que 
hemos expuesto anteriormente invita a pensarlo. Basta pues 
subrayar algunos rasgos.

La acción sacramental de Cristo.- En el transcurso de su vida 
terrestre, Cristo realizó los actos, hizo los gestos que convocaban 
al pueblo de Dios. Determinó los deberes y otorgó los poderes 
correspondientes.
Tales son los signos sensibles que significan la constitución del 
nuevo Israel. Al instituirlos, Cristo promulgaba la salvación y la 
forma de la salvación, los caminos y el alcance de la Redención. 
Palabras, frases, gestos, decisiones, prescripciones, ritos, 
describen la gracia futura, la presentan, la revelan, y en este 
sentido son los signos de la Salvación que Dios nos dirige en 
Jesucristo.
Pero no son simples signos, palabras y gestos vacíos, como los 
dibujos animados. Lo que Jesús significa, lo que prescribe, lo 
opera, lo hace real. ¿Acaso no es justamente el Hijo de Dios? ¿No 
es acaso el Verbo divino, la Palabra eterna? Y ésta es siempre 
creadora y todopoderosa. «Mis palabras son espíritu y vida», dijo 
el mismo Señor (Juan, 6, 63). Las palabras que pronuncia Jesús, 
sus gestos, adquieren en efecto su eficacia en la Pasión y la 
Resurrección; en los misterios del Hijo de Dios se hacen causa de 
la gracia. Los signos sensibles son signos operatorios. Son signos 
sacramentales.
Así, cuando Cristo promete a su Iglesia la infalibilidad, ella la 
recibe. Cuando declara que el Sacrificio Redentor será hecho 
contemporáneo de todas las generaciones mediante la Eucaristía, 
la gracia que proclama es concedida, la obra que anuncia se 
realiza. Cuando designa a los Doce como gobernantes, doctores 
y sacerdotes en su Iglesia, se hacen realmente gobernantes, 
doctores, sacerdotes.
La fundación de la Iglesia, pues, no es comparable a la redacción 
de estatutos o a la promulgación de una constitución. Es un 
misterio sacramental, en que los gestos de institución operan lo 
que significan, actúan ex opere operato, confieren la gracia divina 
que anuncian, porque son los actos del Hijo de Dios, nuestro 
Redentor.
Si bien Cristo no administró nunca por sí mismo el sacramento 
del bautismo, debemos decir -sin paradoja alguna- que no ha 
cesado de administrar el sacramento que hace a la Iglesia 
perpetua, «ordenando», enviando y formando a los Apóstoles 
durante tres años. La liturgia de este sacramento duró toda la 
vida histórica del Señor, cumpliéndose en varias etapas, desde el 
ministerio público hasta las últimas palabras pronunciadas en el 
momento de la Ascensión. En el interior del sacramento -el 
Sacramento de la Iglesia- que Jesús administraba, situó la 
Eucaristía en el primer plano, como un punto de llegada, 
preparando para ella largamente, explicándola con cuidado (Juan, 
6 y Lucas, 22). Los Apóstoles fueron los sujetos inmediatos y los 
beneficiarios de esos ritos sacramentales y lo fueron en favor de 
las generaciones por venir.
El sacramento primordial instituido y administrado por Jesucristo, 
es pues, el carácter de la Iglesia Indefectible, conferido a los doce 
hijos de Israel. Entonces la humanidad entera pasa el Nuevo y 
Eterno Testamento, puesto que el Sacramento es eficaz para 
todos en la Pasión y la Resurrección del Hijo de Dios.

Misterio contemporáneo de cada generación.- Ahora bien, la 
fundación de la Iglesia no es un simple hecho diverso de la 
historia de Israel en el siglo I. Es Misterio; trasciende por lo tanto 
al tiempo. Es Misterio sacramental; se inscribe pues 
sensiblemente en el 
tiempo, haciéndose así contemporáneo de todas las épocas 
después de Cristo, por medio de los signos litúrgicos trazados 
sobre nuestro presente.
Así el acto total que funda la Iglesia habita nuestra duración, visible 
e invisiblemente. A los ojos que saben discernir la realidad 
absoluta, la edificación de la Iglesia por Jesucristo y sus enviados 
es lo que constituye la trama de nuestra historia, pasado, presente 
y futuro. Constituye el Acontecimiento hacia el cual convergen 
misteriosamente y al cual se ordenan secretamente los demás 
acontecimientos de nuestro tiempo, opacos o relucientes, a fin de 
que se constituya «el Hombre perfecto, en la fuerza de la edad, 
que realiza la plenitud de Cristo» (Efesios, 4, 11-13).

ANDRÉ DE BOVIS-LA IGLESIA Y SU MITERIO- Editorial CASAL I VALL- ANDORRA-1962.Págs. 29-54

.................
1. Hay excepciones, naturalmente.
2. Catechismus Romanus, Primera Parte, cap. 10, nº. 17 y 18. Amberes, 1587, 
páginas 84-85. 
3. Kirchliche Dogmatik, IV, 1, 1953, págs. 735-736.
4. El término «institución» es utilizado por los teóIogos católicos para designar 
el aspecto jurídico, organizador, de las palabras de Jesús respecto a la 
Iglesia. El
término «acontecimiento» en el sentido de gracia divina, es 
utilizado con bastante frecuencia por los protestantes actuales. Cf., por 
ejemplo, el título del libro de J. L. LEUBA, La institución y el acontecimiento, 
que ha contribuido a extender esta terminología, aun entre los católicos.
5. El acuerdo entre cristianos sobre este punto está más extendido hoy que a 
principios del siglo XIX. Cf. F. M. BRAUN, Nouveaux aspects du probléme de 
I´Église, 1942.
6. Según la cronología tradicional.
7. Por ejemplo, en ISAÍAS: 11, 6-9; 25, 6-8; 60, 18-22.
9. «Atar y desatar»: esta expresión designa las decisiones jurídicas y 
doctrinales (cf, Biblia de Jeru- salén sobre este texto, en nota).
11. Notemos de paso que la triple repetición no es simplemente una alusión a 
la triple negación de Pedro, sino más verosílmente la colación solemne en 
forma jurídica de una misión, según los usos contemporáneos. - Apacentar 
significa, si nos referimos al capítulo 10 de Juan, dirigir y enseñar.
12. Para comprender exactamente el sentido de este texto, hay que recordar 
que "formar discípulos» no equi- vale a «tener alumnos», sino a «reunir 
fieles en la sumisión», como indica por otra parte el fin del mismo texto: 
«guardad todo lo que os he prescrito». El texto paralelo de Marcos pone de 
relieve la función y la misión doctrinales.
14. In ep. Joannis ad Parthos, P. L., 35, 1991. - Nótese que San Agustín 
atribuye, a los ciento veinte discípulos el don del Espíritu, mientras que en 
realidad sólo fue concedido a los Doce reunidos en el Cenáculo (cf. Bible de 
Jérusalem sobre este texto de los Hechos).
16. SAN AGUSTÍN, En. in. ps., 87, 3; P. L., 37, 1111. - Cf. Pío XII, Mystici Corporis. 
Mediator Dei.

 

+++

«Duc in altum» (Lc 5,4) dijo Cristo al apóstol Pedro en el Mar de Galilea.

Tras una noche de dura fatiga sin ningún resultado, Jesús invita a Pedro a remar mar adentro y a echar de nuevo la red. Aun cuando esta nueva fatiga parece inútil, Pedro se fía del Señor y responde sin dudar: «Señor, en tu palabra, echaré la red» (Lc 5,4). La red se llena de peces, hasta el punto de romperse. Hoy, después de dos mil años de trabajo en la barca agitada de la Historia, la Iglesia es invitada por Jesús a «remar mar adentro», lejos de la orilla y las seguridades humanas, y a tirar de nuevo la red. Es hora de responder de nuevo con Pedro: «Señor, en tu palabra, echaré la red».

 

JESÚS Y LA IGLESIA

 

JESÚS anunció el Reino y lo que vino fue la Iglesia. Con estas palabras sintetizaba Loisy su desilusión y desconcierto al comparar el magnífico mensaje del evangelio con la triste realidad de una institución anquilosada en el conservadurismo, la incomprensión y el anatema. 
Millones de personas estarían dispuestas a repetir la misma frase, pensando que la burocracia, el poder, el dinero, el legalismo, han prevalecido a menudo sobre los valores cristianos. Más que hablar de «Jesús y la Iglesia» preferirían hacerlo de «Jesús contra la Iglesia» o «la Iglesia contra Jesús». Porque ésta se ha convertido con frecuencia en obstáculo para creer en El, y porque, si Jesús volviese, tendría que acusamos nuevamente de haber convertido «la casa de mi Padre en 
una cueva de ladrones».
Creo que la única manera de superar este escándalo es volver a los orígenes, recordar lo que los evangelios nos cuentan sobre el tema. 
Pero ya en esto tropezamos con una dificultad. Los evangelios no reproducen los hechos históricos de manera fría y descarnada. Cada uno de ellos (Mateo, Marcos, Lucas, Juan) los presenta de forma peculiar, según los intereses e inquietudes de sus respectivas comunidades. Por eso, más que de una visión de la Iglesia debemos 
hablar de distintas visiones, todas ellas verdaderas y complementarias, como cuatro afluentes de un mismo río. Algunos pretenden «destilar» estas diversas aportaciones para obtener la historia pura de las relaciones entre Jesús y la Iglesia. Me temo que el resultado final sea un producto incoloro, inodoro e insípido. Es preferible el agua de un manantial, aunque no sea químicamente pura.
Centraré, pues, mi exposición en el evangelio de Mateo, que dedica gran interés a nuestro tema. Renuncio a un análisis minucioso -imposible en el breve tiempo del que dispongo- para presentar una síntesis de las ideas principales. Se trata de recorrer el mismo camino que, según Mateo, recorrió la primera comunidad. La fidelidad histórica es secundaria. Lo importante es conocer ese itinerario, identificarnos con sus metas, sus temores, sus ilusiones, para seguir siendo la auténtica comunidad de seguidores de Jesús.

I El presupuesto

I/INSTITUCION J/I I/J: SEGÚN MATEO, que coincide en esto con Marcos y Lucas, las primeras palabras pronunciadas por Jesús en su actividad pública, 
cuando aún marcha en solitario, sin discípulos, fueron éstas: 
«Arrepentíos, porque el Reinado de Dios está cerca» (4,17). Este 
anuncio del Reino es fundamental para comprender las palabras y los 
hechos de Jesús, incluida la fundación de la Iglesia.
El «Reinado de Dios» sintetiza las mayores esperanzas del pueblo 
judío en tiempos de Jesús; incluye libertad política frente a la opresión 
romana, justicia social, paz, bienestar, fidelidad a Dios. Es normal que 
así sea, porque cuando se instaure ese reinado será el mismo Señor 
quien gobierne al pueblo, no una potencia extranjera o un rey terreno 
lleno de debilidades.
La idea de Dios como rey era muy antigua en Israel, anterior incluso 
a la aparición de la monarquía en el siglo XI antes de Cristo. Muy 
pronto, los israelitas admiten que Dios ejerce su realeza a través de un 
ser humano, representante suyo en la tierra. Pero El sigue siendo el 
verdadero rey de Israel. Por eso, cuando al cabo de cinco siglos 
desaparece la monarquía y los babilonios destierran a los descendientes de David, muchos judíos no se angustian. Lo importante es que Dios venga a reinar en persona. Uno de los mayores profetas de esta época, al que conocemos como Deuteroisaías, no sueña ya con un descendiente de David, sino que se entusiasma pensando en la aparición de Dios como rey:

«¡Qué hermosos son sobre los montes 
los pies del heraldo que anuncia la paz, 
que trae la buena nueva, que pregona la victoria! 
Que dice a Sión: Tu Dios es rey» (Is 52,7).

Y un pasaje al final del libro de Sofonías explica los motivos de este gozo:

«Grita, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; 
festéjalo exultante, Jerusalén capital.
Que el Señor ha expulsado a los tiranos, 
ha echado a los enemigos.
El Señor dentro de ti es el Rey de Israel 
y ya no temerás nada malo.
Aquel día dirán a Jerusalén:
No temas, Sión, no te acobardes. 
El Señor, tu Dios, es dentro de ti 
un soldado victorioso, 
que goza y se alegra contigo 
renovándote su amor. 
Se llenará de júbilo por ti 
como en día de fiesta. 
Apartará de ti la desgracia 
y el oprobio que pesa sobre ti.
Entonces yo mismo trataré con tus opresores, 
salvaré a los inválidos, reuniré a los dispersos,
les daré fama y renombre en la tierra 
donde ahora los desprecian» (Sof 3,14-19).

Estos y otros textos dejan claro que, cuando Dios reine, Israel encontrará su libertad e independencia, vivirá en paz y prosperidad, será fiel a Dios. Y después de siglos de espera, Jesús irrumpe anunciando que ese momento está cerca. Podemos imaginar la conmoción que supuso entre la gente y las ilusiones que despertó. Toda su vida la consagrará a proclamar el mensaje del Reino con sus palabras y a anticiparlo con su acción. Limitándonos a este segundo aspecto, y de forma muy esquemática, podemos decir:

 

MILAGROS: En primer lugar, Jesús anticipa el Reino curando las enfermedades. Los «milagros» de Jesús no son simples obras de misericordia ni puras manifestaciones de su poder. 
Son «signos» de ese mundo futuro en el que ya no habrá llanto, ni lágrimas, ni sufrimiento. Curar la enfermedad significa devolver al hombre la armonía con lo más personal de sí mismo, su propio cuerpo y su espíritu. Al mismo tiempo, cada enfermo sanado supone una victoria sobre las fuerzas del mal (los demonios) que encadenan al hombre y se oponen al Reinado de Dios.
En segundo lugar, Jesús anticipa el Reino perdonando los pecados. 
Los relatos de este tipo no son tan frecuentes como los anteriores, pero se orientan en una línea parecida. Porque el pecado es una forma de esclavitud, que ata interiormente al hombre y no le permite situarse rectamente ante Dios y los demás. El perdón de los pecados trae paz y alegría, hace sentirse amado por Dios. Y anticipa el gozo del Reino definitivo.
IMAGEN- -PROYECTO: Pero, si Jesús hubiese anticipado el Reino sólo de estas dos maneras, su obra habría acabado con El. 
Además, habría destacado un aspecto exclusivamente personalista, cuando lo esencial del reino es su carácter comunitario. Por eso Jesús lo anticipa de una tercera forma: creando un grupo de personas dispuestas a reproducir lo mejor posible las condiciones del mundo futuro. Quienes lo vean podrán decir: parecido a eso será la sociedad en la que Dios reine.
Así, como proyecto y esbozo de futuro, como anticipación de la realidad definitiva, es como tiene sentido la Iglesia. Esto excluye el triunfalismo que pretende identificarla plenamente con el Reino de Dios, reivindicando incluso territorios pontificios y autoridad política. 
Pero también excluye la crítica radical que niega toda relación entre el Reino y la Iglesia.



II Los invitados
PARA UNA TAREA
como la que Jesús desea encomendar a su grupo 
(anticipar el Reinado de Dios) cabría esperar una gran selección. 
Toda asociación religiosa, política, cultural, es tanto más exigente 
cuanto más altas son las metas que se propone. Hace veinte siglos 
ocurría lo mismo. Los esenios, por ejemplo, no admitían a jóvenes en 
su comunidad. El escritor judío Filón nos indica las causas en su 
Apología de los hebreos: «Entre los esenios no hay niños, ni 
adolescentes, ni jóvenes, porque el carácter de esta edad es 
inconstante e inclinado a las novedades a causa de su falta de 
madurez. Hay, por el contrario, hombres maduros, cercanos ya a la 
vejez, no dominados ya por los cambios del cuerpo ni arrastrados por 
las pasiones, más bien en plena posesión de la verdadera y única 
libertad». Algo parecido podríamos decir de los sicarios, que junto a 
unas convicciones firmísimas (fanáticas en ciertos puntos) exigían 
arriesgar la vida al servicio de la revolución antirromana.


CRITERIO-LLAMAR APOSTOL /QUIEN-ES Precisamente porque 
la selección es un dato arraigado en la historia y la sicología, nos 
llaman la atención los criterios que emplea Jesús. Se dirige al lugar 
menos adecuado para llamar a las personas menos adecuadas. 
Después del bautismo, «al enterarse de que habían detenido a Juan, 
Jesús se retiró a Galilea. Dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaúm, 
junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que 
había dicho el profeta Isaías: País de Zabulón y país de Neftalí, camino 
del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que 
habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y 
sombra de muerte una luz les brilló» (Mt 4,12-16, citando Is 8,23-9,1).
Se expresa aquí, a nivel geográfico, lo que será la actitud de Jesús 
durante toda su vida. No se dirige a las regiones ricas, influyentes, 
donde reside el gobierno del país, florece la cultura y se encuentran 
los centros del poder religioso, político y económico. Jesús elige la 
Galilea de los paganos. La tierra olvidada y mal vista, de la que no 
puede salir nada bueno, sin pasado ni futuro, madre de incultura y revoluciones.
Y el material humano que elige está en perfecta consonancia con la 
tierra. Llama a las personas más extrañas, incluso peligrosas: a los 
pobres, los que sufren, los no violentos, los que tienen hambre y sed 
de justicia, prestan ayuda, son limpios de corazón, trabajan por la paz y 
viven perseguidos por su fidelidad. Es gente muy diversa: unas están 
necesitadas de ayuda o carecen de algo, otras adoptan una actitud 
positiva ante los demás. Aunque entonces como ahora muchos 
pueden sintonizar con algunas de las bienaventuranzas, el criterio de 
selección manifestado por Jesús supone una «subversión de todos los 
valores».
Y el desconcierto aumenta en pasajes posteriores, cuando Jesús 
dice sin tapujos que ha venido a interesarse por «los enfermos», a 
buscar a «las ovejas perdidas de la casa de Israel»; o cuando elogia a 
los sencillos, invita a los «agobiados y cargados», acoge a extranjeros 
y paganos. Todo esto se concreta en pecadores y descreídos, 
recaudadores de impuestos y prostitutas, niños e ignorantes, personas 
que la sociedad bienpensante, de derecha o de izquierda, margina y rechaza.


III El programa
ES SORPRENDENTE que Jesús invite a estas personas, de las que tan poco cabría esperar. Y aún más sorprende la enorme confianza que Jesús deposita en ellas. Las llama «sal de la tierra» y «luz del mundo», y les propone un programa altísimo, no de ofertas y privilegios, sino de responsabilidad y exigencias. Este programa lo desarrolla en el «Sermón del monte», que prefiero calificar como «discurso sobre la actitud cristiana». No es una exposición exhaustiva (al estilo del programa electoral de un partido político), pero refleja el tipo de hombre nuevo que Jesús desea para sus seguidores. 
Resulta imposible comentar un texto tan rico de contenido en pocas 
palabras. Me limitaré a enunciar sus temas capitales y a sugerir 
algunas ideas.
El discurso desarrolla la actitud cristiana ante la ley (Mt 5,21-48), las 
obras de piedad (6,1-28), el dinero y la providencia (6,19-34), el prójimo (7,1-12); termina con unos «requisitos para mantener la actitud  cristiana»

(7,13-27).
La primera parte se dirige contra el legalismo de los escribas 
utilizando seis casos concretos: asesinato, adulterio, divorcio, 
juramento, venganza, amor al prójimo. En ocasiones, Jesús lleva la ley 
a sus consecuencias más radicales (primer y segundo caso); en otras, 
cambia la ley o la norma de conducta por otra más exigente (talión, 
amor al enemigo); en otras, anula la ley en vigor (divorcio, juramento). 
LEGALISMO/J: En conjunto, estas diversas actitudes se oponen al legalismo, forma larvada de escapar al espíritu de la ley ateniéndose a la letra de la misma. El problema consiste en saber cómo atenerse al espíritu. La conducta de Jesús puede iluminarnos: 1) nunca produce la impresión de sentirse agobiado por leyes y normas; para El, la voluntad del Padre es lo esencial, pero dicha voluntad es algo más rico, vivo y personal que una colección de decretos; 2) siempre concede más importancia a la misericordia que al cumplimiento del precepto (ver Mt 9,13; 12,7; 23,23), porque para Dios el hombre es más importante que todas las leyes; 3) a veces cumple la ley para no escandalizar, pero con espíritu crítico, atacándola más que defendiéndola (ver Mt 17,24-27); 4) en general no concedió valor a las tradiciones religiosas, sobre todo a las farisaicas; las consideraba «preceptos humanos» (afirmación que muchos considerarían blasfema), que a menudo impedían el cumplimiento de cosas más importantes (Mt 15,1-9). Esta batalla de Jesús contra el legalismo conserva toda su vigencia. Después de siglos, la Iglesia católica se ha convertido con frecuencia en la hija predilecta del fariseísmo y de la hipocresía casuística. La abundancia de normas, orientaciones y decretos supone una carga insoportable para millones de personas, en contra del espíritu de Jesús, que hablaba de un yugo suave y ligero (Mt 11,30). Prescindiendo de que a esos leguleyos se les puede reprochar lo mismo que a los del tiempo de Jesús: «Lían fardos insoportables y los cargan en las espaldas de los demás, mientras ellos, no quieren 
empuñarlos ni con un dedo» (Mt 23,4).
La segunda parte (6,1-18) se centra en las obras de piedad; 
prácticas que no se consideraban necesarias para la salvación, pero sí 
muy convenientes para agradar a Dios. A propósito de ellas Jesús 
enuncia un principio general (6,1), que luego aplica a tres casos 
concretos: limosna, oración y ayuno. No condena estas prácticas, pero 
contrapone dos posturas: la del hipócrita que busca publicidad y 
obtiene su recompensa de los hombres, y la del cristiano, que procura 
pasar inadvertido y recibe su recompensa de Dios. En este tema, 
aunque se cometen siempre muchos fallos, creo que los cristianos 
tenemos las ideas claras. La lástima es que no seamos consecuentes 
con la teoría.
En cierto modo, estas dos primeras partes son negativas: indican 
cómo no debe actuar el discípulo de Jesús. A partir de ahora trata 
Mateo aspectos positivos de la conducta cristiana. Y un puesto capital 
lo concede al tema del dinero y de la fe en la Providencia. El 
evangelista sabe el enorme peligro que supone la riqueza. Por treinta 
monedas de plata traicionó Judas a Jesús (26,14-16). Esto demuestra 
que el afán de enriquecerse «ahoga la palabra de Dios y la deja 
estéril» (13,22); por eso es tan difícil que entre un rico en el reino de 
los cielos (19,23). Mateo, con esta convicción y esta enseñanza de 
Jesús, insiste desde ahora en la importancia de no querer 
enriquecerse (6,19-21), de ser generosos (6,22-23), de captar la 
alternativa radical entre Dios y Mammón, dios de la riqueza (6,24), de 
confiar en la Providencia, poniendo las necesidades primarias por 
debajo del valor supremo del Reino (6,25-34). En este caso, como en 
el del legalismo, la Iglesia ha permanecido poco fiel a la enseñanza y al 
ejemplo de Jesús. Nunca han faltado seguidores eximios de la pobreza 
evangélica; algunos quizá incluso más radicales que el mismo Jesús, ya 
que éste manifestaba la libertad suprema de dormir en el suelo y comer 
en casa de un rico. Pero, si tomamos en conjunto la historia de la 
comunidad cristiana, no es dicha orientación la predominante. La 
alternativa radical de Jesús entre el servicio a Dios y el servicio a los 
bienes terrenos (Mt 6,24) ha dado paso a una componenda 
vergonzante, que pretende vivir bien y con la conciencia tranquila.
La sección final del discurso (7,1-12) es la menos elaborada. Tras 
hablar de la actitud ante el prójimo y sus defectos (7,1-5), sigue una 
frase misteriosa (7,6), una exhortación a la oración de petición (7,7-1 
1) y la síntesis final, que empalma con 5,17 y resume en pocas 
palabras todo lo que Jesús espera de sus discípulos. En estos casos, 
como en el de las obras de piedad, la teoría es clara y conocida. Otra 
cosa es la práctica, que deja mucho que desear.
El discurso termina con los requisitos para mantener una actitud 
cristiana (7,13-27). Conviene saber que se trata de una decisión seria 
y difícil (7,13-14), que cabe el peligro de ser engañado por los falsos 
profetas (v.15-20), o de engañarse uno mismo, pensando que todo es 
cuestión de palabras o de obras portentosas (v.21-23). Lo importante 
es responder a la voluntad de Dios poniendo en práctica lo que se 
acaba de escuchar (v.24-27). La ortopraxis es más importante que la 
ortodoxia.
Este discurso programático deja sin tratar ciertos puntos. A veces 
nos gustaría que fuese más concreto. Pero asombra por su genial 
trabazón de ideas y su ideal de vida. Este hombre nuevo es el que 
desea Jesús para formar parte de su comunidad, reflejando y 
anticipando el futuro reinado de Dios. Un hombre libre del legalismo, 
del deseo de aparentar, del dinero y la codicia, del orgullo que juzga y 
condena a los demás, de la desconfianza en Dios. Libertad que 
permite amar con plenitud, perdonar sin límites incluso a los enemigos. 
Es el hombre nuevo con vistas a la nueva sociedad, tan distinta de la 
que conocemos.

 


IV La decisión y la duda
ESTE PROGRAMA de Jesús debía chocar inevitablemente a ciertos 
sectores. El legalista, que sólo es feliz con innumerables reglas que 
determinan hasta los menores actos de su vida (reglas que le ofrecen 
seguridad sicológica y le permiten condenar a los demás), escuchará a 
disgusto el mensaje de Jesús. Es peligroso, conduce al libertinaje, no 
da certeza. Quien interpreta la piedad como una moda social que 
permite adquirir buena fama se siente condenado por este programa. 
Igual que la persona convencida de ser fiel a Dios en medio de la 
abundancia económica y el egoísmo. O la que considera sus propios 
defectos como cosas sin importancia en comparación con los graves 
pecados ajenos. Veinte siglos de pequeñas y grandes tradiciones no 
han conseguido limar las aristas de esta actitud de Jesús. Y aunque 
desde instancias muy diversas se acepten y bendigan los nuevos 
fariseísmos y los eternos egoísmos, el Evangelio será siempre el único 
punto válido de referencia.
Precisamente por su pureza, por su desinterés, el mensaje de Jesús 
suscita también un fuerte atractivo en otros sectores. Son muchos los 
que encuentran en él un sentido para su vida, una meta que alcanzar, 
un compromiso. Y, poco a poco, los dos grupos clarifican sus 
posturas. En los capítulos 11-12 de Mateo asistimos a este proceso. 
Por una parte, la desconfianza de «esta generación» (1 1,7-19), que 
da paso a la obstinación de Corozain y Betsaida (1 1,20-24). Por otra, 
la reacción de los sencillos, que entienden y aceptan el mensaje 
(11,25-30). El final de estos capítulos enfrenta de modo programático 
las consecuencias de ambas actitudes. Unos terminan peor de lo que 
estaban, dominados no por un espíritu inmundo, sino por otros siete 
más (12,43-45). Frente a ellos, los que escuchan a Jesús dejan de ser 
un grupo más o menos interesado en su persona para convertirse 
expresamente en su familia: «Aquí están mi madre y mis hermanos» 
(12,46-50).

Sin embargo, no hemos llegado aún al momento fundacional de la 
Iglesia. Antes de que el grupo se consolide, Mateo introduce un 
importante discurso, que no cabría esperar en este momento. Se trata 
de las siete parábolas del reino (Mt 13). Más que reflejar la realidad 
histórica (es probable que Jesús pronunciase estas parábolas en 
distintas ocasiones), el texto refleja las inquietudes e interrogantes de 
la comunidad de Mateo, años después de la desaparición de Jesús. Es 
probable que el evangelista haya situado aquí este discurso para 
aclarar posibles dudas entre los seguidores de Jesús antes de que 
adquiriesen su compromiso pleno. Esos interrogantes, que conservan 
su vigencia, podemos resumirlos en cinco puntos: 
1) ¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?; 
2) ¿qué actitud adoptar con quienes no viven ese mensaje?; 
3) ¿tiene algún futuro esto tan pequeño?; 
4) ¿vale la pena?; 
5) ¿qué ocurrirá a quienes no acepten el mensaje? 

A la primera pregunta responde la parábola del sembrador. Unos no 
aceptan el mensaje del reino porque no lo captan, no les dice nada, no 
responde a sus necesidades ni a sus deseos. Para ellos, la formación 
de una comunidad de hombres libres, generosos entregados a los 
demás, carece de sentido. Otros aceptan la idea con alegría, pero les 
falta coraje y capacidad de aguante en las persecuciones. Otros dan 
más importancia a las necesidades primarias que al gran objetivo final 
del Reinado de Dios, Sin embargo, la parábola es optimista. Existe una 
tierra buena que acogerá la semilla y la hará fructificar. Y aquí 
introduce Jesús un matiz que, por desgracia, olvidamos con frecuencia. 
La producción no siempre es la misma: en unos casos cien, en otros 
sesenta o treinta. Pero, en cualquier tipo de rendimiento, la tierra es 
buena. Esta idea no acabamos de aceptarla. Siempre exigimos el 
rendimiento cien, rechazando que una tierra buena -un buen cristiano- 
pueda producir sólo treinta. Lo rechazamos en nosotros porque hiere 
nuestro narcisismo; en los demás, porque hiere nuestra intolerancia. 
Jesús, que nunca pecó de narcisista ni de intransigente, acepta ese 
fruto medio, humanamente escaso, y lo recompensa; igual que pagará 
el salario completo al obrero que comienza su trabajo a las cinco de la 
tarde.
A la segunda pregunta (¿qué actitud adoptar con quienes no viven 
el mensaje?) responde la parábola del trigo y la cizaña. La 
interpretación alegórico posterior (13,36-43) equipara al campo con el 
mundo, la buena semilla con los ciudadanos del Reino y la cizaña con 
los secuaces del diablo. Pero es posible que en la parábola primitiva 
«la finca» no se refiriese al mundo sino a la comunidad cristiana, en la 
que surgían personas indeseables. Al menos, desde el punto de vista 
de otros miembros de la comunidad. La reacción espontánea es 
entonces la intolerancia. Lc 9,51-56 cuenta cómo Santiago y Juan 
pretendieron fundar la Inquisición sin necesidad de procesos ni piras; 
les bastaba invocar el rayo, «fuego del cielo», para acabar con los 
enemigos de la Iglesia. Jesús se opuso a ello (lástima que los Papas y 
obispos posteriores no acostumbrasen leer el evangelio). Y también se 
opone a estas decisiones drásticas dentro de la comunidad, porque es 
fácil equivocarse y que paguen justos por pecadores.
A la tercera pregunta (¿tiene algún futuro esto tan pequeño?) 
responden dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. 
En ambos casos se trata de algo insignificante a primera vista. Pero 
basta esperar para asombrarse con los resultados. La comunidad 
cristiana no debe desanimarse si es pequeña en número. Su eficacia 
será grande, y Jesús invita al optimismo. Pero optimismo no es 
triunfalismo. La parábola del grano de mostaza sólo se comprende a 
fondo cuando la comparamos con la que probablemente le sirvió de 
modelo: la parábola del cedro, contada por Ezequiel seis siglos antes 
(Ez 17,22-24). Después del exilio, y para expresar la gloria futura del 
pueblo de Dios, anuncia el profeta:
«Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbrado; 
del vástago cimero arrancaré un esqueje 
y yo lo plantaré en un monte elevado y señero, 
lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.
Echará ramas, se pondrá frondoso 
y llegará a ser un cedro magnífico; 
anidarán en él todos los pájaros, 
a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves.
Yo, el Señor, lo digo y lo hago.»

La imagen vegetal y la referencia a los pájaros del cielo que anidan 
en las ramas son comunes a Ezequiel y Mateo. No creo que se deban 
a pura casualidad. Pero, mientras el profeta elige un árbol «alto y 
encumbrado», el majestuoso cedro, Jesús se contenta con un arbusto 
que «cuando crece sobresale por encima de las hortalizas» 
(/Mt/13/32). Detalle de humor, no exento de crítica. Estas sencillas 
parábolas abordan el problema tan discutido hace pocos años de la 
Iglesia de masa o de minoría y el papel del cristianismo como fermento 
del mundo. Es absurdo querer solucionar en dos palabras lo que ha 
ocupado miles de páginas, sin llegar a un acuerdo. Pero es evidente 
que la Iglesia no debe angustiarse cuando parece pequeña y como 
perdida en medio del mundo. Su futuro está asegurado.
ESTIMA: Muy relacionada con la anterior está la cuarta pregunta (¿vale la pena?), a la que responden las parábolas del tesoro y de la piedra preciosa. Ambas subrayan el valor del Reino describiendo la actitud de la persona que lo vende todo por conseguir un tesoro o una joya. Lo hace con enorme alegría, deseoso de poseer algo tan preciado. Pero el problema sigue en pie, porque el valor del Reino no es tan patente como el de un tesoro o una piedra preciosa. Por eso creo que estas parábolas nos enseñan algo muy importante: 
es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por poseerlo, no hará perceptible su valor. A la pregunta inicial (¿vale la pena?), estas parábolas parecen responder: «No preguntes si el Reino vale la pena; demuestra que sí con tu actitud».
A la última pregunta (¿qué ocurrirá a quienes no aceptan el Reino?) 
contesta la séptima parábola, la de la red que recoge toda clase de 
peces, buenos y malos. Jesús establece una distinción radical entre 
ellos. Pero esta parábola tan dura conviene completarla con otros 
pasajes, como Mt 25,31-46, donde se nos dice quiénes son los buenos 
y los malos. Son buenos quienes, sin saberlo incluso, se preocupan 
por los más pequeños, débiles y abandonados. No creo que la 
parábola de la red sirva de fundamento bíblico al principio «extra 
Ecclesiam nulla salus» (fuera de la Iglesia no hay salvación). Más que 
a pensar en el posible castigo de los otros nos anima a recordar 
nuestra propia responsabilidad.

V La búsqueda de identidad comunitaria

A PARTIR de ahora, Mateo refleja una tensión creciente entre las 
posturas favorable y opuesta a Jesús. La desconfianza detectada en 
los capítulos anteriores da paso al escándalo de los nazarenos 
(13,53-58), el asesinato de Juan Bautista (14,1-12), el escándalo de 
los fariseos (15,1-20) y el enfrentamiento con fariseos y saduceos 
(16,1-12). De estos grupos no cabe esperar nada; a lo sumo, que 
repitan con Jesús lo ocurrido a Juan.
En el polo opuesto, la familia de Jesús cierra filas en torno a El y lo 
conoce de forma cada vez más plena. Por dos veces Jesús alimenta a 
su comunidad (14,13-21; 15,32-39), la salva en el peligro (14,22-33) y 
anticipan la salud de los tiempos mesiánicos (15,2931); y el grupo se 
amplía con la aceptación de Jesús por parte de los de Genesaret 
(14,34-36) y la fe de la cananea (15,21-28). A través de estos 
episodios el Señor desvela el misterio de su misión y de su persona. Y 
no extraña que todo culmine en la confesión de Pedro («Tú eres el 
Mesías, el Hijo de Dios vivo»), a la que sigue la referencia explícita de 
Jesús a la edificación de su Iglesia.
A partir de este momento, estas personas que se han entusiasmado 
con el mensaje de Jesús, superando la desconfianza, el rechazo, el 
escándalo, van a encontrar su identidad comunitaria a medida que 
descubren el misterio de Jesús.
De hecho, la confesión de Pedro sólo supone un primer paso, e 
incluso peligroso. Se presta a interpretaciones triunfalistas, contrarias 
al pensamiento de Jesús. Porque El no entiende el mesianismo como 
un título de gloria o una garantía de triunfo político, sino como una 
misión de servicio, que implica la victoria final, pero a través del 
sufrimiento y de la muerte. Este tema es capital en los capítulos 16-20 
de Mateo, donde todo lo que se dice está enmarcado en los tres 
anuncios de la pasión y resurrección (16,21-28; 17,22-23; 20,17-19). 
El contenido de los mismos podemos esbozarlo del modo siguiente, 
que ayuda a captar la relación entre episodios tan variados:

1ª. predicción de la pasión y resurrección (16,21-28)
1. La transfiguración (17,1-13) 
2. Instrucción sobre la fe (17,14-21)
2ª. predicción (17,22-23)
1. Instrucción sobre el tributo (17,24-27) 
2. Los peligros del discípulo en la vida comunitaria: 
- ambición (18,1-5) 
- escándalo (18,6-9) 
- despreocupación por los pequeños (18,10-14)
3. Las obligaciones del discípulo:
- la corrección fraterna (18,15-20)
- el perdón (18,21-35)
4. El desconcierto de los discípulos:
- ante el matrimonio y el celibato (19,3-12) 
- ante los niños (19,13-15) 
- ante la riqueza (19,16-29) 
- ante la recompensa (19,30-20,16)

3ª. predicción (20,17-19)
1. Petición de la madre de los Zebedeos y reyerta (20,20-28)
2. «Que se nos abran los ojos» (20,29-34)

Este esquema no coincide con el que ofrecen generalmente las 
traducciones de la Biblia. En algunos puntos es discutible. Pero tiene 
la ventaja de que deja ver la estrecha relación entre el misterio de 
Jesús y la identidad de la comunidad cristiana. Sólo cuando 
recordamos que Jesús murió y resucitó encontramos fuerza para creer 
y superar los peligros de ambición, escándalo y despreocupación. 
Sólo Cristo muerto y resucitado nos permite la verdadera corrección 
fraterna y el perdón. Sólo este misterio ilumina el desconcierto ante el 
celibato, los pequeños, la riqueza y la recompensa. La estructura de 
estos capítulos demuestra que, según Mateo, para que exista auténtica 
comunidad cristiana no basta el llamamiento de Jesús ni la aceptación 
inicial del evangelio; hay que acoger el misterio de la muerte y 
resurrección e imitar a Jesús, que no vino a ser servido sino a servir. 
Su sufrimiento y triunfo posterior justifican los sufrimientos, renuncias y 
alegrías de la comunidad.
Cuando se comparan estos capítulos con los documentos de 
Qumrán (Regla de la comunidad, Documento de Damasco, etc.) se 
advierten profundas diferencias. Jesús no está obsesionado por 
separar a su grupo de las otras personas; no habla de castigos y 
sanciones; ni estipula minucias. No organiza jerárquicamente a su 
comunidad, determinando con exactitud las funciones, estableciendo 
tiempos fijos para los determinados grados de incorporación. Se limita 
a esbozar algunos temas capitales y, sobre todo, a imbuirlos de un 
espíritu.
AMBICION / PELIGRO: Dada la imposibilidad de tratarlos todos deseo 
hacer referencia al menos al peligro de ambición y el escándalo que 
comporta. La cuestión es tan trascendental que, además de la 
instrucción contenida en 18,1-5, vuelve a surgir al final de este bloque 
(20,20-28). De la curiosidad por saber «quién es el más grande en el 
Reino de Dios» (18,1) se pasa al deseo de sentarse «uno a tu derecha 
y el otro a tu izquierda» (20,21). Sin duda, se trata de ambición 
política, porque ni Juan ni Santiago ni su madre están pidiendo un 
puesto especial en la otra vida, sino en el reino que esperan inaugure 
Jesús dentro de poco en Jerusalén. Esta ambición terrena, este deseo 
de ocupar los primeros puestos, no sólo crea divisiones entre los doce, 
sino que provoca un grave escándalo al resto de la comunidad. Con 
frecuencia se ha pensado que /Mt/18/06-10 habla del peligro de 
escandalizar a los niños. Era fácil caer en esta trampa porque 
inmediatamente antes Jesús ha puesto a un chiquillo en medio de los 
discípulos para que lo tomen como ejemplo (18,2-4). Sin embargo, las 
palabras griegas son distintas en ambos pasajes. En el primer caso se 
trata efectivamente de un niño (paidíon), pero cuando habla del 
escándalo Jesús se refiere a «esos pequeños (tôn mikrôn toútôn) que 
creen en mí». No son pequeños por la edad, sino por su situación 
dentro de la comunidad. Y lo que puede escandalizarles, según el 
contexto, es la ambición de los discípulos. Lástima que se predique 
tanto contra ciertos escándalos olvidando que más daño hace a la 
comunidad el afán de dominio.
En este problema, como en todos los otros, la comunidad cristiana 
debe reconocer sus deficiencias e identificarse con los ciegos de 
Jericó, figuras que cierran este bloque (20,29-34). La petición de los 
Zebedeos y la reyerta posterior entre los doce demuestran que ni ellos 
ni nosotros hemos asimilado el mensaje de Jesús. Sólo cabe pedirle: 
«Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David». Y luego: «Señor, 
que se nos abran los ojos». La ceguera física se convierte en símbolo 
de la espiritual. Pero, igual que los ciegos de Jericó «al momento 
recobraron la vista y lo siguieron», también la comunidad cristiana 
espera que la curen de su ceguera y seguir a su Señor.

VI La crisis y su superación

DE HECHO, los capítulos siguientes de Mateo nos conducen hasta 
Jerusalén, donde tiene lugar el drama final. Jesús adopta una actitud 
desafiante en su entrada (21,1-11) y la purificación del templo 
(21,12-17). Y la higuera maldecida y sin fruto se convierte en símbolo 
de esas autoridades religiosas y civiles que se oponen a El hasta 
condenarlo a muerte: sacerdotes, senadores, fariseos, herodianos, 
saduceos, letrados (ver 21,23-23,39).
El destino trágico de Jesús anticipa el drama del fin del mundo, 
desarrollado en los capítulos 24-25. Era casi inevitable tratar este 
tema, que apasionaba a los contemporáneos. Pero Jesús no se deja 
enredar en banales cuestiones sobre los signos que precederán al fin 
o el momento exacto en que tendrá lugar. Aprovecha el tópico para 
exhortar a su comunidad a la vigilancia (24,37-44), la buena conducta 
(24,45-50), a estar preparada (25,1-13), a la responsabilidad 
(25,1430) y a preocuparse por los hermanos mas pequeños 
(25,31-46).
Se acercan momentos difíciles y se cumplirá lo profetizado en el libro 
de Zacarías: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». La triple 
negación de Pedro refleja la profunda crisis de la comunidad, 
empezando por los más íntimos. Afortunadamente, la Iglesia de Jesús 
no es la «jerarquía». De lo contrario, se habría quedado solo. Pero al 
pie de la cruz permanecen firmes «muchas mujeres», entre ellas la 
madre de los Zebedeos, que parece haber entendido el misterio de 
Jesús mucho mejor que sus hijos. Y resulta también irónico que Mateo, 
tan crítico con los ricos y la riqueza, nos hable al final de «un hombre 
rico de Arimatea» (27,57), el único discípulo de Jesús que se preocupa 
de recoger el cuerpo y sepultarlo. La crisis es, pues, aguda, pero no 
total. Gracias a las personas más inesperadas, que se mantienen 
fieles en todo momento.
Dos de ellas serán las primeras testigos de la resurrección y, a pesar de ser mujeres, recibirán el encargo de indicar a los once lo que deben hacer (28,11l). Cuando se reúnan con Jesús en Galilea, algunos de ellos dudarán (28,17). Pero todos, entre la veneración y la duda, recibirán la misión de extender el mensaje a todo el mundo y la garantía de la presencia de Jesús hasta el final.


El Reino, anticipado en la Iglesia
ANTICIPADO: ASÍ TERMINA
Mateo su evangelio. Su intención 
ha sido más catequética que histórica. No ha pretendido recordar 
fríamente los hechos, sino engarzarlos en un gran esbozo teológico, 
que sirva para educar a su comunidad y, a través de ella, a todos 
nosotros. La falta de espacio me ha obligado a omitir ciertos datos 
esenciales para el evangelista (como la oposición entre el antiguo y el 
nuevo Israel, la apertura a los paganos, el discurso de la misión) y a 
tratar todo con excesiva rapidez. Pero estas páginas no pretenden ser 
una presentación exhaustiva del tema, sino animar a la lectura 
personal del evangelio.
Quisiera terminar recordando las palabras de Loisy: «Jesús anunció 
el Reino y lo que vino fue la Iglesia». Aun reconociendo las graves 
injusticias de que fue víctima, no podemos aceptar sus palabras. La 
visión anterior nos llevaría a decir: «Jesús anunció el Reino, y para 
anticiparlo edificó la Iglesia». Es posible que nuestra comunidad haya 
reflejado y anticipado muy poco ese mundo definitivo. Incluso puede 
haber dado una imagen contraria. Pero, a pesar de todas las 
inconsecuencias, traiciones e hipocresías, sigue proclamando que 
Jesús y su mensaje son la única verdad absoluta, el único camino, 
fuente de vida. Con ello condena al mismo tiempo su propio pasado y 
sus deficiencias Presentes y queda abierta a la posibilidad de 
conversión. No es tarea nuestra condenar a nadie, ni arrancar la 
cizaña, sino esforzarnos por reproducir el modelo futuro, el Reinado de 
Dios. 

J. L. SICRE DIAZ- Cátedra de Teología Contemporánea
Colegio Mayor CHAMINADE. Madrid 1984. Págs. 9-42

 

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Lo que ha sido predicado una vez por el Señor, o lo que en Él se ha obrado para salvación del género humano, debe ser proclamado y difundido hasta los últimos confines de la tierra, comenzando por Jerusalén, de suerte que lo que una vez se obró para todos en orden a la salvación alcance su efecto en todos en el curso de los tiempos. Para que esto se realizara plenamente, Cristo envió de parte del Padre al Espíritu Santo, para que llevara a cabo interiormente su obra salvífica e impulsara a la Iglesia a extenderse a sí misma. El Espíritu Santo obraba ya, sin duda, en el mundo antes de que Cristo fuera glorificado. Sin embargo, el día de Pentecostés descendió sobre los discípulos para permanecer con ellos para siempre; la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; comenzó la difusión del Evangelio por la predicación; fue, por fin, prefigurada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe por medio de la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla, comprende y abraza en la caridad todas las lenguas y supera así la dispersión de Babel. Fue en Pentecostés cuando empezaron los hechos de los Apóstoles, del mimo modo que Cristo fue concebido cuando el Espíritu Santo vino sobre la Virgen María, y Cristo fue impulsado a la obra de su ministerio cuando el mismo Espíritu Santo descendió sobre Él mientras oraba. El mismo Señor Jesús, antes de dar voluntariamente su vida para salvar al mundo, de tal manera organizó el ministerio apostólico y prometió enviar el Espíritu Santo, que ambos están asociados en la realización de la obra de la salvación en todas partes y para siempre.
Decreto Ad gentes, 3-4  - VATICANO II

 

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¡Gloria al Jesucristo, base y fundamento de su Iglesia!

¡Buenaventura eres Tú, Oh María, Madre de mi Maestro!

 

“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

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«Brilla para todos aquellos que están en la casa» - Llenar el mundo de luz, ser sal y luz, es tal como el Señor ha descrito la misión de los discípulos. Llevar hasta los confines de la tierra la buena noticia del amor de Dios. Es eso a lo que todos los cristianos, de una u otra manera, deben consagrar su vida... La gracia de la fe no nos ha sido conferida para tenerla escondida, sino bien al contrario, para brillar delante de los hombres...
       Quizás algunos se preguntarán cómo pueden comunicar este conocimiento de Cristo a los demás. Yo os respondo: con naturalidad, con simplicidad, viviendo exactamente tal como lo hacéis en medio del mundo, dándoos cuenta que estáis en vuestro trabajo profesional o al cuidado de vuestra familia, participando de todas las nobles aspiraciones de los hombres, respetando la legítima libertad de cada uno... La vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, el Señor nos llama a santificar nuestras tareas habituales, porque también ahí reside la perfección cristiana.
        No olvidemos que la casi totalidad de los días que María ha pasado en esta tierra se han desarrollado de manera muy semejante a los días de millones de otras mujeres, consagradas, como ella, a su familia, a la educación de sus hijos, a los quehaceres del hogar. De todo esto Maria santifica hasta el más mínimo detalle, eso que muchos consideran, equivocadamente, como insignificante y sin valor... ¡Bendita vida ordinaria que puede, de tal manera, estar llena del amor de Dios! Porque he aquí cual es la explicación de la vida de María: su amor llevado hasta el olvido total de sí, contenta de encontrarse en el lugar en el cual Dios la quería. Por eso el más pequeño de sus gestos no ha sido nunca banal, sino al contrario, aparecía lleno de significado... Nos toca a nosotros intentar ser como ella en las circunstancias precisas en las que Dios ha querido que vivamos.


 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«En la creación no hay nada aislado, y el mundo es, junto a la Sagrada Escritura, una Biblia de Dios», nos enseña San Efrén de Siria (306373).


Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º ‘HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUAJosé María Magaz Fernández –

Facultad de Teología San Dámaso - Madrid 2007 - 430 páginas

Un manual para tener una idea ordenada de los primeros siglos cristianos, hasta Agustín y la herejía pelagiana.

2º ‘El origen de la vida’ - Título: ‘Origen del hombre’ Ciencia, filosofía y Religión
Autor: Mariano Artigas-Daniel Turbón - Editorial: EUNSA – 2008.
Este libro es el ejemplo de una sencilla y comprensible presentación del estado actual de la investigación  sobre los orígenes de la vida que no esconde, ni mutila, ni cercena, los datos de la realidad objeto de estudio. Es una magnífica síntesis que debe ser tenida en cuenta.

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

Las ilustraciones que adornan un expuesto, no son obligatoriamente alusivas al texto. Estando ya públicas en la red virtual, las miramos con todo respeto y sin menoscabo debido al ‘honor y buena reputación de las personas’. De allí, hayamos acatado el derecho a la intimidad, a la dignidad-mérito-honra-respetabilidad-pundonor, a la propia imagen y a la protección de datos. Tomadas de Internet, las estampas, grabados o dibujos que adornan o documentan este sitio web ‘CDV’, no corresponden ‘necesaria e ineludiblemente’ al tema presentado; sino que tienen por finalidad –a través del arte- hacer agradable la presentación. Tributamos homenaje de sumisión y respeto a todas las personas, particularmente cuyas imágenes aparecen publicadas, gracias.-

Si de manera involuntaria se ha incluido algún material protegido por derechos de autor, rogamos que se pongan en contacto con nosotros a la dirección electrónica, indicándonos el lugar exacto- categoría y URL- para subsanar cuanto antes tal error. Gracias. ‘CDV’.-

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CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente, y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

Grüss Gott. Salve, oh Dios.


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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).