Saturday 25 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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«La razón es que la libertad religiosa encarna los valores trascendentales, que son los fundamentos de la fe y de nuestra humanidad: el carácter sagrado de la vida y la dignidad de la persona». También son los valores de la democracia. Cuando se violan, sea por regímenes teocráticos, comunistas, o por Gobiernos formalmente democráticos, entonces se debilita la libertad política general». MMVI.

 

 

“… Lo que no logró el cisma entre las Iglesias de Oriente y Occidente fue capaz de hacerlo la Reforma protestante. El antiguo cisma no solo no perjudicó a la Iglesia de Roma sino que reafirmó su primacía, el catolicismo creció y se multiplicó expandiéndose por los cuatro confines, mientras los ortodoxos se mantenían confinados en sus antiguos territorios orientales con la importante adicción de Rusia. Pero el auge del protestantismo tuvo, a la larga, un efecto devastador para los católicos. El triunfo de la revolución burguesa que traería consigo la modernidad y la democracia, de clara raíz protestante, puso al catolicismo a la defensiva. A finales del siglo XIX el apogeo del protestantismo y la crisis del catolicismo parecían imparables…

 

“… La historia, sin embargo, estaba lejos de estar escrita; hoy, menos que nunca. Cuando a principios del siglo XX se produce la primera gran quiebra de la civilización burguesa, sorprende al protestantismo mal pertrechado para hacerla frente. La quiebra del sistema burgués es, en más de un sentido, la quiebra de los principios protestantes que lo fundamentan. Se hace preciso, como señala Claudio Magris (siempre entre los más lúcidos pensadores de nuestro s. XX), recurrir a una tradición más antigua y profunda «capaz de abrirse a la comprensión y expresión de la crisis contemporánea, posmoderna, al mundo incierto, fragmentario y tentacular nacido de las ruinas de la totalidad moderna». Ahí se encuentra la tradición católica, muy anterior al Estado-nación y la democracia.”

 

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Los tres primeros siglos del cristianismo. Desde el nacimiento en Jerusalén hasta su establecimiento como religión oficial del Imperio Romano— se han convertido en uno de los campos de investigación más fértiles y más fascinantes de la historiografía contemporánea. Cuando tanto se habla del ocaso del cristianismo en Occidente, del fracaso de la fe en la edad moderna o de su rechazo por la mentalidad democrática y posmoderna, cualquier contacto con la Iglesia primitiva supone un consuelo y una experiencia iluminadora como pocas.

 

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S.S. Benedicto XVI en su catequesis, refiriéndose a san Pablo como modelo de teólogo, señaló: «La originalidad de su cristología no va nunca en detrimento de la fidelidad a la Tradición. El kerigma de los Apóstoles preside siempre la reelaboración personal de Pablo; cada una de sus argumentaciones parte de la tradición común, en la que se expresa la fe compartida por todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. Y así san Pablo ofrece un modelo para todos los tiempos sobre cómo hacer teología y cómo predicar. El teólogo, el predicador no crean nuevas visiones del mundo y de la vida, sino que están al servicio de la verdad transmitida. Su deber es ayudar a comprender hoy, tras las antiguas palabras, la realidad del Dios con nosotros, y, por tanto, la realidad de la vida verdadera». 05 de noviembre 2008

 

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El Espíritu Santo, alma de la Iglesia y principio de comunión

Pero para comprender la misión de la Iglesia hemos de regresar al Cenáculo donde los discípulos permanecían juntos (cf. Lc 24, 49), rezando con María, la «Madre», a la espera del Espíritu prometido. Toda comunidad cristiana tiene que inspirarse constantemente en este icono de la Iglesia naciente. La fecundidad apostólica y misionera no es el resultado principalmente de programas y métodos pastorales sabiamente elaborados y «eficientes», sino el fruto de la oración comunitaria incesante (cf. Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 75). La eficacia de la misión presupone, además, que las comunidades estén unidas, que tengan «un solo corazón y una sola alma» (cf. Hch 4, 32), y que estén dispuestas a dar testimonio del amor y la alegría que el Espíritu Santo infunde en los corazones de los creyentes (cf. Hch 2, 42). El Siervo de Dios Juan Pablo II escribió que antes de ser acción, la misión de la Iglesia es testimonio e irradiación (cf. Enc. Redemptoris missio, 26). Así sucedía al inicio del cristianismo, cuando, como escribe Tertuliano, los paganos se convertían viendo el amor que reinaba entre los cristianos: «Ved –dicen– cómo se aman entre ellos» (cf. Apologético, 39, 7).

Concluyendo esta rápida mirada a la Palabra de Dios en la Biblia, os invito a notar cómo el Espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como «sí a la vida» que Dios quiere para cada una de sus criaturas. Este «sí a la vida» tiene su forma plena en Jesús de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redención. A este respecto, nunca olvidemos que el Evangelio de Jesús, precisamente en virtud del Espíritu, no se reduce a una mera constatación, sino que quiere ser «Buena Noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos...». Es lo que se manifestó con vigor el día de Pentecostés, convirtiéndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misión prioritaria.

Nosotros somos los frutos de esta misión de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Espíritu Santo. No lo olvidemos jamás, porque el Espíritu del Señor se acuerda siempre de cada uno y quiere, en particular mediante vosotros, jóvenes, suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés.

 

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IGLESIA, REALIDAD DE FE

 

1. I/ MISTERIO - FE


En la fe hace el hombre la afirmación del Dios vivo revelado en Cristo. La fe viva es un proceso intelectual, pero es más que eso justamente por ser viva. No es sólo fe intelectual, sino entrega del yo humano a Dios por medio de Cristo; en ella participa el hombre de la vida de Dios. La fe es, por tanto, realización vital. La participación en la vida de Dios Padre es concedida por la participación en la vida de Jesucristo (Jn 14, 6). El «sí» a Dios está, pues, incluido en el «sí» a 
Cristo. Sólo en esa afirmación de Cristo puede vivir la fe. Cristo a su vez es accesible en la Iglesia, cuya cabeza es el mismo Cristo. Por eterno decreto de Dios, Cristo está tan referido a la Iglesia, que sin ella no puede entendérsele plenamente, lo mismo que sin ella no puede llegarse a El. En la Iglesia está representada la nueva humanidad cuyo padre y patriarca es Jesucristo. Adán fue el primer padre de la humanidad terrena en un sentido biológico. Cristo es el primer padre del hombre celestial que vive en el Espíritu Santo y nace del Espíritu Santo (Rom. 5, 12-21; I Cor. 15, 44-49; lo. 3, 3). La misión del Hijo de Dios está ordenada a la configuración de esta humanidad. «Cristo vino al mundo para fundar la Iglesia» (Santo Tomás de Aquino, Explicación del Evangelio de San Mateo 16, 18). En el eterno decreto del Padre de enviar a su Hijo al mundo fuimos elegidos antes de la constitución del mundo para participar en Cristo de todos los dones espirituales de 
bendición (/Ef/01/03). Este es el eterno misterio de Dios en que se funda la salvación de los hombres. Hasta la plenitud de los tiempos estaba oculto en la profundidad del Padre, pero ahora ha sido revelado en Cristo. En El quiso dar el Padre un nuevo principio a la humanidad. La nueva humanidad ha sido sacada por la palabra de Dios del modo de existencia carnal y del mundo y ha sido convocada en el Espíritu Santo como comunidad nueva, que está ante el Padre, santa e inmaculada, alabándole y glorificándole por su obra salvadora (Eph. 1, 1-14), configurada por los sacramentos con Cristo, su cabeza. 

La humanidad, que ha logrado en Cristo un nuevo modo de vida existe eternamente ante el Padre como idea divina de la verdadera humanidad viviente. Este es el eterno misterio de la humanidad: el haber sido llamada a participar en la vida del Hijo de Dios encarnado. 
En esta participación la humanidad se transciende a sí misma hasta 
Dios y llega así a ser ella misma. En el misterio de Cristo oculto desde 
la eternidad y revelado en la plenitud de los tiempos está incluido el 
misterio de los hombres. La vida de Cristo, según la eterna economía 
divina, quiere extenderse a todos los hombres obedientes a la palabra 
de juicio y gracia que Dios dirige a los hombres en Cristo. La comunidad

de los llamados por Cristo, de los participantes en su vida, es la Iglesia. Tiene una determinada estructura, porque está ordenada jerárquicamente. En razón de su relación a Cristo podemos llamarla en cierto sentido extensión del misterio de Cristo sobre la historia. 

2. Cristo sólo deja comprender su misterio más íntimo en la entrega 
creyente al Padre, que se revela en El. Lo mismo vale de todo lo que 
pertenece a Cristo. Por tanto, el misterio de la Iglesia pertenece a los 
contenidos y realidades de la revelación divina; completa y plenifica a 
Cristo y su obra es la totalidad intentada por Dios en su eterno plan de 
salvación. Sólo la fe concede la virtud visual necesaria para captar el 
misterio de la Iglesia en la plenitud de su sentido. El sentido propio y 
verdadero de la Iglesia no se abre a la mera reflexión y pensamiento 
naturales, que estudian la Iglesia bajo los aspectos que les son 
accesibles como fenómeno histórico, como estructura sociológica, 
como potencia política, como poder educador, etc. Es cierto que el 
pensamiento natural puede percibir muchos elementos de la Iglesia, 
pero no puede darse cuenta de su situación y sentido divinos. Al 
incrédulo le falta la única facultad que capacita para ver el misterio de 
la Iglesia: la fe. Ante la Iglesia está como un daltoniano ante una 
sinfonía de colores; puede captar elementos y partes, pero no puede 
darse cuenta del sentido de la totalidad. La realidad salvadora que se 
nos ha hecho accesible en Cristo no puede ser lograda ni por la carne 
ni por la sangre (/Mt/16/17); sólo se revela a quien mira con los ojos 
de la fe. 
De la diferencia de ambos métodos vale lo que dice H. Thielicke sobre

la distinción del método teológico y científico-natural en un ejemplo. En su obra Mensch zwischen Konstruktionen (München, 1957, 14-16), dice: 
«La Pasión según San Mateo de Bachn tiene también un aspecto 
físico; bajo este punto de vista la obra de Bach consiste en una serie 
ordenada de tonos y vibraciones, cuya investigación está, por 
supuesto, tan justificada, como la interpretación musical o religiosa de 
la obra de arte. Pero habría que decir que se trata de dos modos de 
consideración que no pueden adicionarse ni pueden mezclarse. Bajo 
cada uno de esos puntos de vista se ve, a pesar de la identidad de la 
cosa, un objeto distinto. Tan falso sería decir que la estadística de las 
vibraciones es la ´Pasión según San Mateo´ de Bach -peor aún decir 
que tal estadística es la esencia de la obra- como querer negar el 
aspecto cuantitativo y físico de la obra de arte en nombre de la calidad 
musical. Sería lo mismo que pretender negar la validez absoluta de una 
idea por el hecho de que es pensada en el transcurso temporalmente 
cuantitativo de ciertas funciones cerebrales. No pueden ser unidos 
ambos aspectos y su unión lleva a conclusiones grotescas; habría que 
decir, por ejemplo, que el nacimiento del Fausto se debió a determinadas

características de la Fissura sylvii, de Gothe, como dijo Th. Bovet. 
Tan pronto como interpreto una obra de arte hablo de una cualidad 
para cuya descripción no puedo usar las medidas cuantitativas 
pertenecientes a un ámbito completamente distinto, porque la cantidad 
no dice nada de la esencia. Sería un materialista físico -permítaseme la 
expresión- si dijera que una sinfonía de Beethoven es una serie de 
vibraciones determinadas o que un cuadro de Rembrandt es un 
determinado tejido impregnado de sustancias oleaginosas. Y al revés: 
sería un fantástico idealista si negara a esas obras la fisiología de su 
corporeidad, por así decirlo, y creyera que sólo está permitido hablar 
de validez eterna y de valores musicales. También aquí reconocemos, 
por tanto, claramente que se trata de dos caras y de dos aspectos de 
la misma cosa.» 

3. CREER- QUÉ ES: En vista de que la fe es imprescindible, es de 
gran importancia examinar qué significa creer en la Iglesia. Debemos 
hacer una distinción muy importante. En sentido propio y estricto sólo 
puede creerse en Dios y no en una criatura por muy digna que sea. El 
mundo extracristiano desconocía por completo el hecho de que un 
hombre crea en Dios con incondicional entrega; sólo ha sido posible 
después de la autorrevelación de Dios. La distinción aquí necesaria se 
expresa mejor en latín y en las lenguas románicas que en alemán. 
Decimos: credo Deo o credo in Deum; con ello queremos decir que 
creemos lo que Dios nos dice en la Revelación o que nos entregamos 
a El. Sin embargo, la formulación respecto a la Iglesia es: credo Deo 
ecclesiam. Frente a Dios el hombre puede hacer un acto de fe en 
sentido doble: tomando en serio el hecho de que Dios se revele, y 
entregándose a El en la fe. Pero lo que Dios comunica o crea no 
puede ser creído de ninguna de las dos maneras; sólo puede ser 
contenido u objeto de la fe en la que tomamos en serio la palabra de 
Dios y a Dios mismo. Aparece claro en el símbolo apostólico de la fe; 
está construido trinitariamente: primero se confiesa la fe en el Padre, 
Creador, después la fe en el Hijo, Salvador y, finalmente, la fe en el 
Espíritu Santo. Todas las fórmulas antiguas citan la fe en la Iglesia; 
siempre está unida al Espíritu Santo. Aparece como su primera obra, 
antes que la comunidad de los santos, el perdón de los pecados, la 
resurrección de la carne y la vida eterna; porque todas esas cosas son 
concedidas por la Iglesia, pero ella vive del Espíritu Santo. 
El hombre cree en Dios por amor de Dios, por Dios mismo; en la fe 
viva se entrega a Dios. La Iglesia es objeto de la fe que el hombre 
tiene a Dios. Podemos decir con una distinción escolástica que Dios es 
objeto formal de la fe y la Iglesia es objeto material de ella. En la 
entrega a Dios le creemos su revelación sobre la Iglesia. En este 
sentido es objeto de la fe la Iglesia que predica el Evangelio y exige 
creer en él; es un misterio de la fe. 

4. Esta distinción es tan importante que la teología la ha tenido 
siempre en cuenta. Dice, por ejemplo, Pedro Crisólogo (Sermón 57; 
fPL 52, 360 C): «Cree en Dios, quien confiesa a la Iglesia en Dios.» 
Paschasius Radbertus explica así la diferencia (De fide, spe et caritate, 
I, 6, núms. 1 y 2; PL 120, 1402-1404): «Nadie puede decir con razón: 
creo en mi prójimo o en un ángel o en una criatura. En la Sagrada 
Escritura encontraréis por todas partes que esa fe sólo se refiere a 
Dios... Es cierto que decimos: creo en este hombre, del mismo modo 
que decimos: creo en Dios; pero no creemos ni en este hombre ni en 
ningún otro. Porque ellos no son ni la Verdad ni la Bondad, ni la Luz ni 
la Vida, sino que sólo participan de ellas. Por eso dice el Señor en el 
Evangelio cuando quiere aludir a su identidad esencial con el Padre: 
vosotros creéis en Dios, creéis también en mí. Si no fuera Dios, no se 
podría creer en El; por tanto, con esas palabras se revela a Sí mismo 
como Dios. No decimos por tanto; creo en la santa Iglesia católica, sino 
que dejamos la partícula «en» y decimos: Creo la Santa Iglesia 
católica, lo mismo que decimos creo la vida eterna y la resurrección de 
la carne. De otra forma parecería que creemos en las criaturas y eso 
no está permitido. Creemos sólo en Dios y en su única majestad.» 
Según Rufino de Aquileya la preposición «en» separa al creador de las 
criaturas, lo divino de lo humano (Comentario al Símbolo de los 
Apóstoles, 26; PL 21, 373 A-B). Santo Tomás de Aquino piensa lo 
mismo; dice en la Suma Teológica (II 2 q. 1, art. 9 ad 5): «Cuando se 
dice «creo en la Iglesia católica», hay que entenderlo del hecho de que 
nuestra fe se refiere al Espíritu Santo que santifica a la Iglesia, de 
forma que resulta este sentido: creo en el Espíritu Santo que santifica 
a la Iglesia. Pero es mejor y corresponde al uso general suprimir la 
partícula «en» y decir sencillamente creo la santa Iglesia católica, tal 
como se expresa también el papa León.» De modo parecido dice San 
Alberto Magno (In 3 Sent. d. 34, art. 6): «Cinco artículos de la fe se 
refieren al Espíritu Santo, respecto a El mismo y respecto a sus 
dones... Entre los regalos y dones el primero es aquel mediante el que 
santifica y une la Iglesia... Creo la Santa Iglesia católica, es decir, creo 
en el Espíritu Santo que santifica la Iglesia católica, es decir, la Iglesia 
universal...» 
La distinción se remonta a ·Agustín-SAN, que habla de una fe en 
Dios (in Deum), de una fe a Dios (Deo) y de una fe frente a la verdad 
que Dios revela (Credo Deum). Dice, por ejemplo, en un sermón sobre 
el Evangelio de San Juan (In lo trat. 29, n. 6; PL 35, 1631): 
«No intentes entender para creer, sino creer para entender; pues si 
no creéis, no entenderéis. Mientras yo he aconsejado la obediencia 
para posibilitar la comprensión de la fe... vemos que EL (Cristo) dice: 
Quien quiera cumplir la voluntad de mi Padre, reconocerá mi doctrina. 
¿Qué significa: reconocerá? Significa: entenderá. Pero, ¿qué significa: 
quien quiera cumplir la voluntad de mi Padre? Significa: creer. Todos 
están de acuerdo en que «reconocerá» significa «entenderá». Pero 
para entender que las palabras «quien quiera cumplir la voluntad de mi 
Padre» se refieren a la fe necesitamos que el Señor nos lo explique 
mejor y que nos demuestre que el cumplimiento de la voluntad del 
Padre pertenece realmente a la fe... El Señor dice claramente «es obra 
de Dios que creáis en quien El ha enviado». Que creáis en El, no que 
le creáis. También los demonios le creyeron pero no creyeron en El. 
De sus apóstoles podemos decir al contrario: «creemos a Pablo», pero 
no podemos decir «creemos en Pablo»; creemos a Pedro, pero no 
creemos en Pedro... ¿Qué significa, pues, creer en EL? Estar unidos a 
El por la fe, amarle por la fe, dirigirse a El por la fe y estar unido a sus 
miembros.» 

En el espíritu de San Agustín se mueve Fausto de Reij (De Spiritu Sancto,

I, 2; PL 62, 11 A): «Creo la Iglesia como madre del renacimiento, pero no creo en la Iglesia como si fuera la autora de la salvación.» El Catecismo Romano dice a este respecto: «La confesión de una santa Iglesia católica es necesariamente cosa de la fe. Pero mientras que en (latín: in) las tres Personas de la Trinidad -en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo- creemos de manera que fundamos en (latín: in) ellos nuestra fe, variamos la expresión y no decimos: creemos en (latín: in) la santa Iglesia católica, sino 
sencillamente: creemos la santa Iglesia católica. La diferencia de expresión alude a la diferencia entre Dios creador y lo creado, y a la vez significa que atribuimos a Dios todos los dones de gracia de la Iglesia».

5. Así entendida la fe, el Catecismo Romano exige la fe para la 
verdadera comprensión de la Iglesia cuando escribe: «Finalmente, hay 
que enseñar en qué medida pertenece a los artículos de la fe el creer 
en una Iglesia. Pues, aunque todos perciben con sus sentidos y razón 
que en la tierra hay una iglesia, una comunidad de hombres 
consagrados a Cristo, el Señor, y parece que no necesitan de la fe 
para saberlo, porque ni los judíos ni los turcos dudan de ello, sólo el 
entendimiento iluminado por la fe puede reconocer los misterios 
implicados en la santa Iglesia de Dios; las conclusiones racionales no 
le fuerzan ni le obligan a conocerlos. Por tanto, como este artículo 
trasciende las facultades y fuerzas de nuestro conocimiento no menos 
que los otros, confesamos con plena razón que conocemos el origen, 
los oficios y las dignidades de la Iglesia con los ojos de la fe y no con la 
razón humana» (parte I, cap. 10, cuestión 17). 

6. Según esto la Iglesia es también objeto de las profesiones de fe 
en todas sus variantes. En ellas expresa el orante su fe en la Iglesia. 
Pero no es el individuo aislado quien al orar cumple su fe en la 
profesión de fe, sino que es el yo definido por su pertenencia a la 
comunidad de hombres solidarios por la palabra de Dios en el Espíritu 
Santo. En cierto modo no reza el yo individual sino el yo social, no reza 
el hombre en cuanto persona, sino el hombre en cuanto miembro. En 
la oración y confesión del individuo reza pues, y confiesa su fe la 
comunidad misma; en el yo individual habla el nosotros de la totalidad. 
En la profesión de fe el creyente realiza su fe en nombre de toda la 
Iglesia (Tomás de Aquino, Suma Teológica II, 2 q. 1 a. 9 ad 3; in 3 
Sent. d. 25 q. 1, art. 2 ad 4). Resulta, por tanto, que en los símbolos de 
la fe la Iglesia expresa por boca de sus miembros su fe en la Iglesia, es 
decir, en sí misma. Se profesa a sí misma y su misterio que es un 
elemento del misterio de la salvación. Por raro que parezca que la 
Iglesia crea en sí misma y tenga que creer en sí misma, es seguro que 
la Iglesia sólo en la fe logra una recta interpretación de sí misma en 
cuanto nuevo pueblo de Dios fundado por Cristo. Sin la fe no puede 
tener tal conciencia de sí misma; sin la fe la Iglesia misma se 
malentendería, pues lo que ve inmediatamente en su propia existencia 
es lo humano con sus debilidades y limitaciones, no lo divino. En la fe 
la Iglesia se afirma a sí misma en cuanto continuación y prolongación 
del misterio de Cristo, a pesar de todas las experiencias que hace 
inmediatamente en sí misma. En la autoconciencia creyente obrada por 
Dios la Iglesia se vuelve sobre sí misma y se afirma. Esta 
autointerpretación está implicada en la fe en Dios que se revela en 
Cristo. 
En esta autointerpretación la Iglesia se confiesa la única santa 
Iglesia apostólica, la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la 
verdad divina. La afirmación de sí misma es una oración frente a Dios, 
ya que es justamente afirmación de Dios mismo; y frente a los hombres 
es un testimonio de Cristo que la Iglesia tiene que dar en el Espíritu 
Santo hasta la vuelta de Cristo según el mandato del Señor mismo 
(Apoc. 1, 9). Dentro de la Iglesia dan este testimonio unos ante otros, 
especialmente los portadores del oficio de enseñar ante los fieles que 
escuchan. 
En el artículo noveno del Símbolo apostólico la Iglesia es, según 
esto, tanto objeto como sujeto de la fe. Es lo uno siendo lo otro. El 
individuo no puede cumplir su fe más que en cuanto miembro de la 
Iglesia y la Iglesia cumple su fe por medio de los creyentes. 

7. Surge aquí la cuestión de si todas estas reflexiones no se mueven 
en un círculo intelectual cerrado. Así es en realidad, pero no son lo 
que se llama un circulus vitiosus. Estamos más bien en el círculo de la 
fe que es algo perfecto y total en sí mismo. Quien lo ve sólo desde 
fuera se quedará perplejo como ante un enigma. Para entender estas 
reflexiones hay que tener en cuenta que la Iglesia nos testifica la 
Revelación ocurrida en Cristo. Este testimonio tiene fuerza de 
convicción porque la Iglesia tiene la autoridad de Cristo. Pero este 
mismo hecho nos es a su vez garantizado por la Iglesia. La razón por la 
que el testimonio de la Iglesia tiene garantía absoluta -a saber, su 
autoridad divina- nos es garantizado también por el testimonio de la 
Iglesia sobre sí misma. En su testificación sobre Cristo está incluido el 
testimonio sobre sí misma. Sobre su testimonio de sí misma descansa 
su testimonio de Cristo. Su testimonio de sí misma soporta su 
testimonio de Cristo y su testimonio de Cristo soporta el testimonio que 
da de sí misma. Su testimonio sobre sí misma sólo es verdadero, si lo 
es su testimonio de Cristo. Ambas testificaciones se fundan y 
condicionan recíprocamente. 
¿Cómo puede justificarse este círculo? Porque la Iglesia tiene 
conciencia inmediata del misterio de Cristo y, por tanto, de su propio 
misterio. «En último término todo debe referirse a una certeza 
inmediata. También esta certeza es inmediata: la Iglesia católica ha 
oído de labios del Señor mismo lo que debe ser; a ella le habla cuando 
dice: «me quedo con vosotros hasta el fin del mundo»; también se 
dirigen a ella aquellas palabras: «como mi Padre me envió, yo os envío 
a vosotros». A su cabeza aseguró el Señor: «tú eres Pedro, y sobre 
esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no 
prevalecerán contra ella». Ella misma ha oído éstas y parecidas 
palabras, que más tarde fueron inscritas en su centro por varones a 
quienes sólo ella conoce, a quienes sólo ella podía dar los predicados 
apropiados, a quienes, fuera de su círculo, jamás se les hubieran 
podido ocurrir esos predicados; ella misma vio las obras y los milagros 
del Señor y escuchó sus palabras y sermones; querer obligarla a 
buscar y dar otros argumentos sería lo mismo que obligar a uno que 
ha visto un hecho él mismo y está plenamente cierto de él a que exija a 
otro hombre que le testifique que ha visto ese hecho, como si lo vivido 
por él mismo sólo pudiera ser cierto para él cuando otro le dice que él 
lo ha vivido. No hay certeza mayor que la inmediata; de nuestra propia 
existencia nadie nos puede dar certeza más que nosotros mismos. 
Tampoco este saber es mediato, sino inmediato» (J. A. Moler, Mece 
Untersuchungen (1835) 341). Quien entra en la Iglesia por la fe 
participa de este saber inmediato que se conserva en el recuerdo de la 
Iglesia. 




8.ESCANDALO  - FE - Sólo consigue la visión de la fe quien se libera del orgullo y vanidad, de toda afirmación de sí mismo frente a Dios. Como el hombre está siempre expuesto a la tentación de afirmarse a sí mismo contra Dios, está siempre en peligro de ver a la Iglesia falsa o torcidamente. La tentación es fomentada por el escándalo de la Iglesia y el hombre cae en ella cuando se escandaliza de la Iglesia. La razón de este escándalo es la misma que en Cristo: la unión de lo divino a lo humano, el destierro de Dios en la debilidad humana (/Flp/02/06-08). 

·Möhler describe así la unión de lo divino y lo humano en la Iglesia 
(Symbolik 36) I/DIVINO-HUMANA 


«Por Iglesia en la tierra entienden los católicos la comunidad visible de todos los creyentes, fundada por Cristo, en la que bajo la dirección de Cristo y por medio de un apostolado ininterrumpido y ordenado son continuadas hasta el fin del mundo las actividades desarrolladas por el mismo Cristo durante toda su vida terrena para purificación y santificación de la humanidad, y en la que a lo largo de los tiempos son llevados todos los pueblos hacia Dios. Por tanto, se ha confiado algo tan grande e importante a una unión visible de hombres. La razón última de la visibilidad de la Iglesia es la encarnación del Logos divino; si se hubiera infundido en el corazón de los hombres sin haber asumido la figura de siervo y sin haberse manifestado en un cuerpo humano, habría sido también fundada una Iglesia invisible e interna. 
Pero al encarnarse, la Palabra se pronunció a sí misma de modo 
humano, externamente inteligible, habló a los hombres como hombre, 
padeció y actuó humanamente, para recuperar a los hombres y 
llevarlos al reino de Dios; el medio que eligió para conseguir su fin 
correspondía plenamente a los métodos generales de educación 
condicionados por la naturaleza y necesidades del hombre. Esto fue 
decisivo para la creación y constitución del medio por el que Cristo 
quería actuar en el mundo y para el mundo, incluso después de 
haberse marchado del mundo. La divinidad había actuado en Cristo 
humanamente, y humana iba a ser la forma de proseguir su obra. La 
predicación de su doctrina necesitaba ahora una mediación visible y 
humana, y tenía que ser confiada a mensajeros que enseñaran y 
educaran a la manera humana y visible; tenían que ser hombres 
quienes hablaran y trataran con los hombres, para llevarles la palabra 
de Dios; y como en el mundo de los hombres lo grande sólo prospera 
dentro de una comunidad, Cristo fundó también una comunidad y su 
divina palabra, su viva voluntad y su generoso amor crearon una 
íntima fuerza cohesiva en los suyos, de forma que a su organización 
externa correspondiera un impulso amoroso puesto en el corazón de 
los creyentes y así nació entre ellos una viva e íntima unión recíproca y 
se pudo decir: ahí están, ahí está su Iglesia, la institución en la que El 
pervive, en la que sigue actuando su espíritu y resonando la eterna 
Palabra por El pronunciada. La Iglesia visible desde el punto de vista 
desarrollado es, pues, el Hijo de Dios que se encarna continuamente 
en figura humana, que se renueva y rejuvenece sucesivamente hasta 
el fin de los tiempos; es la continua encarnación del Hijo de Dios; la 
Sagrada Escritura llama por eso a los creyentes cuerpo de Cristo. Es, 
pues, claro que, aunque la Iglesia se compone de hombres, no es 
puramente humana. En Cristo hay que distinguir lo divino y lo humano, 
pero ambas cosas forman unidad en El; y así se prolonga y continúa 
en la Iglesia como totalidad indivisa. La Iglesia, su permanente 
manifestación, es a la vez divina y humana, es la unidad de ambas 
cosas. 
Es Cristo quien actúa ocultamente en las estructuras terrenas y 
humanas de la Iglesia, que tiene un aspecto humano y otro divino, sin 
que puedan separarse uno del otro. Ambos aspectos intercambian por 
eso sus predicados: lo divino, Cristo vivo y el Espíritu Santo, es lo 
infalible en la Iglesia, pero también lo humano es infalible porque lo 
divino no existe para nosotros sin lo humano, lo humano no es infalible 
de por sí, pero lo es por ser órgano y manifestación de lo divino. Ahora 
entendemos por qué pudo ser confiado a los hombres algo tan grande 
y tan importante.» 


 KENOSIS/I:

 El autoextrañamiento de Dios en la Iglesia es más amplio y profundo que el que hizo en Cristo, ya que en la Iglesia lo divino entra en la imperfección y pecaminosidad humanas; se confía a manos que pueden estar sucias. Por eso está más oculto que en Cristo. Pero la debilidad tiene por otra parte un límite en la indestructibilidad e infalibilidad que Cristo prometió a la Iglesia. 
Así es tentado el hombre de escandalizarse de la Iglesia, sólo por la 
fe puede vencer esa tentación. Gracias a la fe se da cuenta de que la 
Iglesia, por ser la continuación del misterio de Cristo, está sometida a 
la misma ley que condujo a Cristo hasta la muerte (Mt 16, 21; Lc 24, 
26), muerte que fue un escándalo para los judíos y una locura para los 
paganos. La gloria de Dios está presente en la Iglesia, pero sólo se 
revela en las formas a la vez veladas de lo humano, finito y limitado. Lo 
eterno se manifiesta en figura temporal: sólo puede llegar hasta 
nosotros en figura temporal para que lo temporal pueda ser transformado

en eterno. En la fe el hombre logra a la vez la seguridad de que lo oculto se revelará algún día. El escándalo es así superado; quien no lo supera creyendo, será vencido por él. El judío y el pagano se rieron de Cristo (Rom. 1, 16; I Cor. 1, 20-31; ACT. 17, 18-20, 32) y también creerán que la Iglesia es una locura o un engaño. 

SCHMAUS - TEOLOGIA DOGMATICA IV
LA IGLESIA - RIALP. MADRID 1960.Págs. 18-28

  

Sanctum", pero "Credo Ecclesiam." En castellano traducimos "Creo 
en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo." Y también "creo en la 
Iglesia." El texto castellano del Credo no acusa esta diferencia de 
la preposición en latín. Y esta diferencia de preposición señala una 
divergencia profunda de los niveles de adhesión. Lo precisaremos 
más adelante.

 

 

I. Por parte del Nuevo Testamento

Encontramos dos palabras muy importantes y cuidadosamente distinguidas: el Reino de Dios (o "de los cielos ) y la Iglesia. Toda la predicación de Jesús puede resumirse en esta frase: "El Reino se ha adentrado hasta nuestra vida", a la manera como se dice: "El amor ha entrado en mi vida." Por el contrario, el Evangelio habla muy raras veces de la Iglesia. 

a) El Reino (de Dios o de los cielos)
La expresión "de los cielos" es una manera judía de designar a 
"Dios". 
Características del Reino según las parábolas llamadas del Reino: 

-Es algo muy humilde (el grano) pero que tiene un futuro 
prodigioso. 
-Es algo desconcertante ("sólo los pequeños tienen acceso a él..."), 
discreto (no se le observa a la manera de un hecho cualquiera) 
pero que aporta una alegría inmensa porque es el Amor 
absolutamente gratuito (la perla preciosa). 
-Es algo hecho para todos, a excepción de los ricos, en todo género 
de riquezas. Los ricos se excluyen ellos mismos del Reino, porque 
están hartos, satisfechos y no esperan lo inesperado. 
-Es algo que sólo la fe puede acoger. No se manipula el Reino, no 
se adueña uno de El, se le acoge (el sembrador). 

.En realidad, todo el Evangelio tiende poco a poco a demostrar que 
el "Reino" es de hecho Jesús mismo. O el Espíritu de Jesús, su 
Amor, esa fuerza prodigiosa que sale de El y se expande por todas 
partes. 

b) La Iglesia
En griego ekklesia, palabra tomada del vocabulario profano para 
traducir un término hebreo (Kahal) que significa Convocación. 

Esta palabra tenía dos sentidos: 

Primer sentido: "Reunión sobre convocación individual." Este sentido conviene muy bien a la Iglesia de Jesucristo: nosotros respondemos a la invitación de Dios en Jesucristo y nos encontramos en la Iglesia. No se une uno a la Iglesia, nos unimos a 
Dios en la Iglesia. (Y esta es la razón por la que se dice: "Creo en Dios" y "Creo a la Iglesia".) En definitiva la Iglesia no tiene por qué hacer reclutamiento alguno. Es el pueblo de Dios, convocado por el Espíritu de Dios. En la práctica, la Iglesia no tiene por qué preocuparse en absoluto por la propaganda hacia sí misma. Su único fin es ayudar a los hombres a prestar atención a la llamada personal de Dios. No es un fin en sí misma. 

Segundo sentido: el pueblo visto como fuerza política a diferencia de la masa inconsistente. La reunión y no el metro. Este sentido conviene también a la Iglesia de Cristo pero con menos precisión. Esto nos haría recordar que la Iglesia existe en la Historia y que como todo grupo es una fuerza social que tiene su influencia  social. En el Evangelio vemos que la Iglesia tiene un pequeño comienzo (difícil de precisar) con el grupo de los discípulos y entre ellos los Doce. La Iglesia va adquiriendo cada vez más auge después de Pentecostés afirmándose como el nuevo pueblo de Dios, sucesor de Israel. 


II. Reino de Dios e Iglesia

Hay que distinguir bien estas dos realidades (a continuación del Nuevo Testamento). 
El Reino es una realidad espiritual, divina, sobrehumana, sobre la que el hombre no entra en juego. Realidad que el hombre no puede más que aceptar. 
En lugar del "Reino" se puede hablar también del "Evangelio" (San Pablo) o del "Espíritu" (San Juan). Este poder, esta energía espiritual procede de Jesús, en Jesús y por Jesús. Esta energía 
espiritual se insinúa en nuestro mundo para poner al hombre de pie, abrirle las manos y el corazón a sus hermanos, abrirle los ojos a la presencia de Dios y colorear la vida de una esperanza de 
inmortalidad. El que cree, es decir, espera y acoge este Amor venido "de otra parte", éste planta el Reino sobre la tierra.

 

 


CONSTRUYE-CONTINUE:

La Iglesia es una realidad visible, social, hecha del real humano. Es algo que los hombres construyen, que edifican y vuelven a edificar si se desmorona, con los materiales de que se dispone en cada época: por eso, la Iglesia de cada época semeja forzosamente a los grupos del momento: sinagoga judía, imperio romano, monarquía carolingia, etc. Pero esta construcción de la Iglesia no se hace sobre un fundamento cualquiera. El fundamento de la Iglesia es la predicación y la acción de los apóstoles. Es el sentido de la palabra "apostólica" aplicado a la Iglesia. Es la razón del lugar central del Nuevo Testamento en el pensamiento y en la acción de 
la Iglesia. Y la primera vocación del obispo es morir, suscitar esta fidelidad de la Iglesia presente en la Iglesia apostólica. La Iglesia de cada época habla y obra de modo diferente a la Iglesia primitiva, evidentemente. Pero no puede, en cada época, pensar y obrar de manera contradictoria con la Iglesia primitiva. El Nuevo Testamento tiene así, en la Iglesia, un papel crítico permanente. 
Las relaciones entre el Reino y la Iglesia han sido pensadas de 
manera muy diferente según las épocas y las diversas teologías. 
Se ha dicho y se sigue diciendo que la Iglesia es la cara visible del 
Reino, pero esta vinculación me parece demasiado fuerte. Yo 
prefiero decir: la Iglesia es el "lugar" visible en donde se manifiesta 
el Reino, donde se desarrolla y donde brilla. Subrayando 
enérgicamente que no hay equivalencia entre las dos realidades. 
La Iglesia no es la concesionaria exclusiva del Reino. La fuerza 
espiritual que es el Reino obra por todas partes, dentro y fuera de 
la Iglesia. Pero la Iglesia es el lugar privilegiado donde el Reino 
conserva toda su virulencia, su pureza, su expresividad (esta 
última palabra quiere significar que en la Iglesia es donde mejor se 
deja reconocer el Reino). 
En la Iglesia es donde el Reino expresa mejor todas sus 
dimensiones tales como las reveló el Evangelio. CoN esto no 
quiero decir que toda la Iglesia brille con todas las cualidades del 
Reino. Se puede admitir muy bien que una de las cualidades del 
Reino (el respeto a los pobres, por ejemplo) sea más viva fuera de 
tal Iglesia que dentro de esta Iglesia. Digo simplemente que por la 
gracia de Dios y por la presencia de Cristo Jesús, el conjunto de 
las características del Reino se manifiesta ante todo y sobre todo 
en la Iglesia. Pero la Iglesia tiene que reconocer con frecuencia la 
presencia del Reino fuera de ella. Así, el calificativo de "santa", 
aplicado a la Iglesia, no significaría que la Iglesia es santa en sí 
misma, sino que lleva en ella la santidad del Reino. 
Además, la Iglesia no es un fin. Es una parada, la parada 
indispensable hasta que el Reino gane a la Humanidad entera. La 
Iglesia es para la Humanidad y no la Humanidad para la Iglesia. 
Este sería el sentido de ´´católica", es decir, universal. La Iglesia 
está esencialmente hecha para lo universal. 
Gracias a estas precisiones, podamos quizá comprender mejor dos 
expresiones tradicionales de la Iglesia: 

Esposa de Cristo
Una esposa es la mujer de X. Cierto que una mujer casada no es 
solamente esposa. Es sobre todo una persona autónoma, es 
también madre, ciudadana, vecina, etc. Pero, en cuanto esposa es 
un ser "en relación" con su marido. Se define por su marido: 
Señora de Antonio López. 
Al aplicar la palabra de esposa a la Iglesia, se quiere decir que la 
Iglesia es únicamente un ser en relación a Cristo. Depende 
enteramente de Jesús, no existe más que a causa de Cristo y para 
Cristo. 

Cuerpo de Cristo
Esta expresión puede ser peligrosa en la medida eh que se piensa 
que el cuerpo de alguien es él mismo. Y se ha dicho: "Cristo y la 
Iglesia es un todo." No es justo. La Iglesia y Cristo son dos, aun 
cuando estén unidos de manera indisoluble. La Iglesia es una 
expresión imperfecta, muy imperfecta de Jesucristo. 
Prefiero emplear la palabra "Cuerpo" ante todo como expresión de 
una realidad visible. La Iglesia es una sociedad palpable, presente, 
accesible. Es la Iglesia de los cristianos conocidos como tales con 
el Papa actual y una organización que toma tierra un poco aquí. 
Hablar de "Iglesia invisible" es un impasse, un punto muerto. El 
Reino es invisible, no la Iglesia. 
La palabra Cuerpo evoca también el crecimiento. La Iglesia es una 
realidad que crece. Pero esto no es lo más importante. La Iglesia 
es el lugar de un crecimiento posible de Cristo. En ella, por ella, y 
a su lado, Cristo sigue creciendo hasta que toda la Humanidad sea 
Cristo. En la Iglesia, la humanidad de los cristianos encuentra ya la 
vida de Cristo. Y este encuentro ya actual hace esperar la 
extensión del mismo encuentro para todos los hombres. Porque el 
fin de la Iglesia es siempre la comunidad universal. 

 


III. Características de toda Iglesia
I/CARACTERÍSTICAS:
Para nosotros, católicos, la palabra Iglesia evoca generalmente la sociedad mundial de la Iglesia con el Papa a su cabeza. Y todos tendríamos tendencia a pensar que cada Iglesia local no es más que una sección de esta sociedad mundial. 
Según los escritos de San Pablo, es más bien todo lo contrario. 
Cada Iglesia local es perfectamente la Iglesia: "La Iglesia que vive 
en Corinto, en Roma..." Pero evidentemente cada una de estas 
Iglesias locales se sabe, se siente y se quiere en unión con las 
otras Iglesias. Los sacerdotes, los obispos son los vínculos vivos 
de las Iglesias entre sí. Son los ministros de tal comunidad y son 
reconocidos como tales por las otras comunidades. Esta manera 
de ver la Iglesia por la base cambia mucho con la manera de ver la 
Iglesia por la cumbre. Pero la Iglesia es también tradicional. 
Permite comprender que todos los cristianos son absolutamente 
iguales entre sí. Permite situar a los ministros (sacerdotes-obispos) 
en el interior de las comunidades, a su servicio, como testigos de 
la presencia de Cristo resucitado y como lazo entre las Iglesias. 
Hace descubrir de manera nueva la función del Papa: no la de 
presidente director general sino la del que tiene el cuidado de la 
unidad y del diálogo entre todas las Iglesias. En la medida en que 
se subraya la originalidad de cada Iglesia, el Papa aparece todavía 
más necesario para favorecer la comunicación y el diálogo (cf. el 
Papa Juan XXIII). 
Estos grupos humanos que llamamos Iglesias, ¿en qué condiciones 
serán verdaderamente la Iglesia de Jesucristo? Estas 
características son tradicionalmente en número de cuatro (las 
notas de la Iglesia). 

a) Toda Iglesia es una comunidad de Fe. En todas las épocas la 
Iglesia se siente solicitada por todos: grupos políticos, fuerzas 
culturales, testigos del pasado, etc. Y en todas las épocas la 
Iglesia ha de luchar y reformarse por permanecer ella misma: la 
que tiene como primer descubrir y hacer descubrir a Jesucristo y al 
Dios a quien El llamaba su Padre. Para permanecer la comunidad 
que vive del Espíritu y trata de compartir su experiencia. 
Es la nota llamada de santidad: la Iglesia es una sociedad humana 
que se interesa, vive y depende de lo suprahumano. Y si 
contribuye al progreso de la Humanidad, es anunciando algo que 
supera lo humano. 

b) Toda Iglesia es una comunidad, es decir, un grupo donde se 
comparte, se intercambia, se afronta algo, se circula en una 
solidaridad de base. Esta solidaridad de base es un primer 
principio que no se pone en tela de juicio. El cristiano que se 
sienta a mi lado en la misa puede ser totalmente diferente de mí 
sobre muchos aspectos, incluso en la expresión de su fe. Y yo no 
haré absolutamente nada para camuflar todas nuestras 
divergencias. Pero se siente convocado como yo por Cristo, y, 
entonces, me reconozco solidario de él en esta convocación. No 
tengo ningún derecho a hacer un cristiano de segunda o de 
tercera clase. 
Es la nota llamada de la unidad que con demasiada frecuencia se 
ha confundido con la uniformidad. La unidad no es posible más 
que en la diversidad. La unidad es aceptación de la distancia, 
voluntad del diálogo y fe de que esta unidad, realizada en Cristo 
nos puede ser dada por Cristo día tras día. 

c) Toda Iglesia se siente y se proclama la seguidora de la primera 
comunidad cuyo testimonio (el Nuevo Testamento) ocupa el primer 
puesto en las reuniones de las comunidades. La solidaridad en el 
espacio con las otras Iglesias se dobla con una solidaridad en el 
tiempo con el pasado y sobre todo con el primer pasado 
fundacional: la Iglesia Apostólica. Por lo mismo, uno de los 
cuidados fundamentales de cada Iglesia es la fidelidad. Ser fiel no 
es copiar ni repetir. Es por el contrario traducir. El que no traduce 
traiciona. El movimiento natural de la Iglesia es siempre diálogo y 
recogimiento: diálogo con su tiempo, recogimiento sobre la 
tradición apostólica. 
Es la nota llamada apostólica. 

d) Toda Iglesia está abierta a lo que no es ella, a la política, a la cultura, a la ciencia, al ateísmo, a las otras religiones... La Iglesia es una realidad porosa. Lo que no es la Iglesia entra en ella y ella se mezcla con el exterior. 
Es la nota llamada católica, nota que siente el diálogo, el enfrentamiento, la presencia, la acción y la colaboración con "los otros". 

Estas cuatro notas son las características de la Iglesia o, para 
emplear una palabra moderna, son la estructura de la Iglesia, su 
tejido genético. Ellas son las que hacen que la Iglesia sea la Iglesia 
y nada más, lo mismo que los cromosomas de cada uno hacen que 
sea él y no otro. La Iglesia puede tomar cualquier forma, pero 
tendrá y deberá tener siempre esta "configuración" de comunidad 
una, santa, católica y apostólica. 
Pero es evidente que estas notas son siempre "ideales" en relación 
a la realidad de cada comunidad cristiana. Estas cuatro notas 
juzgan y critican la realidad de las comunidades, les obligan a 
reformarse constantemente, pues sólo haciéndose cada vez más 
santas, católicas y apostólicas, las Iglesias se convertirán en 
signos cada vez más convincentes del Reino de Dios. 

IV. Función de la Iglesia
Hace unos siglos, la Iglesia hacia todo, era la Madre omnipotente y 
omnisciente. Había enseñado a hacer escuelas, hospitales, había 
enseñado escultura, canto, había hecho la paz y la guerra. Lo 
regía todo, se mezclaba en todo, hablaba de todo. 
Actualmente, algunos la dejarían en el retiro más estricto. Incluso 
muchos cristianos se preguntan para qué puede servir este 
antepasado sino para repetir ciertos recuerdos del pasado. De 
golpe se nos dice que la Iglesia del mundo nuevo es el mismo 
mundo. La Iglesia no sería una parte, estaría por todas partes, 
sería la Humanidad. 
Pero no salimos de la confusión. La Iglesia envolviendo a la 
Humanidad o la Humanidad absorbiendo a la Iglesia, en cualquiera 
de los casos, el diálogo se ha extinguido y consecuentemente el 
progreso. Es algo excelente que el mundo moderno haya enviado 
a la Iglesia a su lugar propio, pero la Iglesia tiene un lugar y debe 
mantenerlo. 
Este lugar se define por las tres virtudes llamadas teologales: fe, 
amor y esperanza. 

a) La Iglesia no da la fe, sólo el Espíritu despierta la fe en el que le 
abre su corazón. Pero la Iglesia debe repetir sin cesar al hombre 
moderno las palabras de Jesús: "El Reino está aquí, a la puerta." 
Este Reino, que sólo la fe puede descubrir y acoger. 
En un mundo ahíto y no obstante disminuido, el testimonio de que 
hay un tesoro inagotable al alcance de la fe es la tarea urgente de 
la Iglesia. Si no dice esto en todos los tonos, desde el susurro a la 
vociferación, ¿quién lo dirá? 

b) La Iglesia no es el monopolio del amor (o de la caridad). Pero 
con otros grupos humanos, religiosos o ateos, ha de repetir que el 
amor es la única realidad esencial. "Hace falta de todo para 
construir el mundo." No, no hace falta más que el amor. Es digno 
de notar que el hermoso capítulo 13 de la Primera Carta a los 
Corintios, el himno de la Caridad, se sitúa en una reflexión sobre la 
Iglesia. La vía superior a todas las demás, he aquí la primera 
preocupación de la Iglesia. 
En un mundo abarrotado y no obstante desierto, la Iglesia ha de 
testimoniar que el amor es posible ya que existe. El amor está 
aquí, niño silencioso, extranjero incomprendido, poeta perseguido, 
militante ridiculizado. El amor está aquí, en su pobreza que es una 
llamada irresistible si no se cierran los ojos.

 


c) La Iglesia es hija de la Resurrección. Ella dijo que el futuro esperado por los judíos era ahora el presente, lo tangible. La Humanidad guarda siempre el gusto por el futuro y le confía todas sus esperanzas todavía no cumplidas. Pero el escepticismo acecha a muchos hombres y Teilhard de Chardin temía una "huelga de la esperanza". ¿De qué sirve avanzar si el horizonte retrocede en la misma medida? 
La Iglesia debe dar testimonio de la esperanza, de la certeza 
evangélica de que toda nuestra vida, toda nuestra acción camina 
hacia un futuro inimaginable. Este futuro se llama Jesucristo 
resucitado, el hombre divinizado, la vida humana bañada en la 
vitalidad divina, la muerte disuelta, la unidad realizada, "la vida, 
vivida finalmente como habría que vivirla". 
Estos tres ejes de la acción de la Iglesia, estas tres preocupaciones 
fundamentales de la fe, la esperanza y el amor, estas tres razones 
de vivir, de hablar y de actuar no son válidas solamente de la 
Iglesia hacia el mundo. Son sobre todo válidas de la Iglesia hacia 
sí misma. Es ella, en cuanto Iglesia, la que debe predicar la fe, la 
esperanza y la caridad. Porque muchas de las Iglesias no dan la 
impresión de que Dios es el más importante y que la fe es la clave 
de todo, vista la importancia que dan al dinero, a los honores, a la 
influencia cultural, política, social, etc. Muchas Iglesias no dan la 
impresión de que el amor es la vía superior a todas las demás, 
visto el lugar que ocupan entre ellas la voluntad de tener razón, el 
autoritarismo, la susceptibilidad, el orgullo, la sospecha, etc. 
Muchas Iglesias no dan la impresión que la esperanza es la 
certeza del futuro, dado el pesimismo y el desánimo que se siente 
en ellas sobre su propio futuro. Resulta evidentemente difícil 
predicar la esperanza cuando uno mismo se confiesa agonizante. 


V. Reflexiones sobre las formas modernas de la Iglesia Las cuatro "notas" de la Iglesia son la "estructura" de la Iglesia, su tejido genético de base, cualesquiera que sean las formas que pueda tomar la Iglesia. Porque la Iglesia adquiere formas muy diversas, según las épocas, y según lo "que se hace" en esta época en forma de vida social. Lo que me parece característico de nuestra época, es que la Iglesia toma, al mismo tiempo, formas diversas, aparentemente, incluso, contradictorias. 
Tres formas llaman mi atención, pero evidentemente hay otras más: la Iglesia bajo forma de religión oficial, la Iglesia en forma de grupo contestatario, la Iglesia en forma de comunidad mística o simplemente "paralela". 

a) La Iglesia "oficial" es la única admitida como la religión establecida del país en cuestión (la Iglesia católica en Francia, por ejemplo). A ella se dirigen para solemnizar y sacralizar los 

momentos claves de la existencia, para la educación moral de los niños y de los jóvenes. Aunque hay separación legal entre la Iglesia y el Estado, el poder cuenta con ella para asegurar cierta 
unidad espiritual de la nación (con todos los matices que se quiera). Esta "forma oficial" de la Iglesia está evidentemente plagada de equívocos y, estos últimos años, no se ha cesado de 
denunciar esta colisión de la Iglesia con el sentimiento religioso de la masa, con el poder, con la moral, etc. ¿Es una traición al Evangelio? ¿Es rigurosamente imposible a la Iglesia vivir bajo "esta 
forma oficial"? Personalmente pienso que no. Es una posición difícil, ciertamente. Con ello la Iglesia se ensucia las manos (¿es un ideal tener las manos limpias?) La Iglesia está en contacto con la masa, está unida a preocupaciones vitales aun cuando estas preocupaciones sean interesadas (la educación, la necesidad de descanso, los interrogantes religiosos...). 
El diálogo que la Iglesia, en esta posición debe mantener con sus interlocutores (el Estado, la Escuela, la Cultura, el Ejército, etc.) es un diálogo reñido, pero diálogo. Lo que dice es escuchado, porque tiene un auditorio. 
Temo que las críticas demasiado negativas contra esta forma de Iglesia oficial provienen de una concepción idealizada de la Iglesia. 
Se la querría totalmente diferente de los demás grupos humanos. 
Pero la Iglesia es humana y está sometida a las leyes de las sociedades humanas, por lo mismo, entre otros imperativos, sometida a la ley de la ambigüedad. si se decide a obrar y a conectar con lo real. Pero creo también que sería muy peligroso para la Iglesia no tener más que esta forma oficial. 

b) La Iglesia "contestataria". Recluta sus adeptos en los estratos de 
la sociedad que han tomado una posición crítica frente a la forma 
de esta sociedad. Se organiza según los modelos de grupos 
contestatarios de la política, del sindicalismo o de la cultura. Una 
parte de la Acción Católica de Francia es este tipo y muchas de las 
llamadas comunidades de base. Para }os miembros de estos 
grupos, la Iglesia aparece un poco como "el maquis de este 
mundo". Su función esencial es inquietar, despertar la utopía, 
sacudir a los adormilados, criticar a los poderes de turno. Tal 
Iglesia subraya y vive uno de los rasgos esenciales del Evangelio 
que es la "contestación". Quien lee el Evangelio con ojo un poco 
nuevo queda atónito al constatar hasta qué punto Jesús es 
también un contestatario (de la religión, de la moral, de la 
política...). Contradice más bien que bendice. 
Esta forma de Iglesia "crítica" se lleva mal con la Iglesia oficial. Pero 
parece que estas malas relaciones son necesarias para la salud 
de ambas. Porque el gran peligro de la Iglesia contestataria es la 
evolución hacia la secta en el sentido estricto del término: 
impresión de ser los únicos en ver claro, gran susceptibilidad hacia 
los otros pequeños grupos demasiado semejantes, argucias sobre 
la línea "pura" o "derecha". En resumen, un motor que corre el 
peligro de girar en el vacío porque ya no conecta con nada. Sin 
hablar de una agresividad bastante estridente que olvida la 
tolerancia evangélica ("El que no está contra vosotros está con 
vosotros"). 
El hecho de ser minoritarias lleva con frecuencia a las Iglesias de este tipo "crítico" a creerse más "puras" que las otras. Es un error de óptica. No hay Iglesia pura. Las Iglesias contestatarias han tomado de los grupos contestatarios su forma, su escala de valores, sus tipos de organización y de acción. Es una opción que tiene sus grandes ventajas y sus inconvenientes muy serios. Y la gran ventaja de las comunidades críticas es que son un acicate de progreso para toda la Iglesia y la sociedad. Sin ellas, fácilmente se duerme en la facilidad o en la evasión.

c) La Iglesia "paralela". Parece que el comienzo fulminante de la vida monástica en el siglo IV coincidió con el fin de las persecuciones y el comienzo de una vida "oficial" de la Iglesia. Se creó entonces una Iglesia paralela, pero que guardaba sus lazos con la Iglesia oficial ya que muchos obispos fueron antiguos monjes. 
Nuestro mundo moderno segrega también sus sociedades "paralelas", gentes que abandonan el terreno y se echan por la línea de banda porque la necesitan para respirar, contemplar, crear, amar, conocerse, escucharse, en una palabra, vivir a un ritmo que llaman "natural" (término de lo más equívoco, puesto que desde que el hombre entra en escena, no existe naturaleza pura). 

Yo creo que actualmente se crean Iglesias paralelas cuyas 
preocupaciones esenciales son de orden afectivo y místico. No 
emigran forzosamente a los desiertos de cuevas, puesto que han 
encontrado soledades más agobiantes en las ciudades modernas. 
La acción, la lucha, el compromiso les parecen menos urgentes 
que la contemplación, el diálogo, el compartir comunitario, el 
compromiso amistoso con el vecino, la recreación de los lazos 
humanos. Dios es una palabra que canta para ellos, la oración 
gratuita y lenta les parece tan indispensable como la fuente en la 
plaza, el amor concreto es su compromiso. Una mirada les parece 
más importante que una idea. 
Se les acusa de deserción, y es verdad que no hay tantos fugitivos 
en estas comunidades. Pero la auténtica contemplación es una 
marcha al desierto y el amor concreto del prójimo inmediato no 
permite muchas escapatorias. Además, ¿quién se atrevería a 
afirmar, según estudio histórico, que las comunidades paralelas 
son el desecho de la evolución social, de los restos destinados al 
naufragio? Ciertos valores absolutamente indispensables en la 
Iglesia (la contemplación, por ejemplo, el sentido de la adoración y 
de la acción de gracias y todos los valores llamados místicos), no 
pueden, quizá, guardar su vigor más que en estas Iglesias 
paralelas. 


CONTESTACIÓN ACEPTAR: Los defectos de estas comunidades son muy visibles: el irrealismo, las fijaciones sobre los problemas psicológicos (en una vida de acción se aprende a relativizarlos), la contemplación tomada como una droga y el miedo de las corrientes de aire. Como contraveneno, la acogida es absolutamente necesaria. San Benito decía que un monasterio debe tener su puerta siempre abierta a los transeúntes, sobre todo para los que venían a decir cosas desagradables. 
Porque el mayor peligro de las Iglesias "paralelas" es un sutil 
fariseísmo cuya mejor expresión sería: "Aquí mantenemos lo 
esencial: la oración y el amor." ¿En nombre de qué se distingue 
esto esencial de lo superfluo y de lo facultativo? La acción para 
mantener la esperanza en medio de las luchas y contradicciones, 
el diálogo a la vez comprensivo y candente con la sociedad y las 
gentes tal cual son, ¿es facultativo a juicio del Evangelio? 
¿Jesucristo vivió en Qumran o en Cafarnaum? 
De esta manera la tentación principal de los cristianos de hoy 
parece ser cierto sectarismo: "Nosotros somos la verdadera 
Iglesia." Y la tentación de los pastores responsables sería, a mi 
modo de ver, querer amalgamar todas estas tendencias en una 
tregua de unión inodora, sin sabor y probablemente inestable. 
Quizá sea necesario que el obispo y los sacerdotes vuelvan a ser 
itinerantes, peregrinos que vayan de comunidad en comunidad, 
respetando profundamente la originalidad de cada Iglesia y 
empujando a cada Iglesia al diálogo con lo que no es ella. (Los 
Hechos de los Apóstoles reflejan una situación muy parecida de 
tensión y de intercambio entre Iglesias judías y griegas.) 
Cada Iglesia es libre de aceptar, contestar y ser contestada, en 
nombre de estas cuatro notas que son la garantía de la 
originalidad de toda IglesIa. Ninguna puede estimarse más pura 
que otras. Que cada una se acuerde del ejemplo tipo de la 
antioración: "Señor, yo te bendigo porque no soy como los 
demás..."

PAUL GUERIN - YO CREO EN DIOS
Las palabras de la fe, hoy - Edic. MAROVA. MADRID 1978. Págs. 103-117

LIBRO UTILIZADO PARA ESTE CAPITULO
Hans KUNG, Qu´est~ce que l´Eglise? Desclée de Brouwer, 1972. 
Edición castellana: Herder, Barcelona España

 

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Las pequeñas comunidades cristianas en cuanto comunidades de fe tratan precisamente de asimilar el mensaje de Cristo y de retrasmitirlo a los que nos rodean. Lo que pretenden en este sentido las pequeñas comunidades cristianas es ayudar a sus miembros a pasar de una fe infantil a una fe adulta, responsable y misionera, en que se analiza lo que pasa en el mundo a la luz del evangelio.

1. Paso de la fe infantil a la fe adulta

 

FE/INFANTIL

Afectados en lo más profundo de su ser, los testigos de este trascendental acontecimiento lo anuncian a todo el mundo. Son como los antiguos pregoneros que transmitían acontecimientos decisivos para el país, tales como el nacimiento del príncipe heredero o una gran victoria militar. Lo hacían de pie, a trompetazo limpio, con pocas pero decisivas palabras, con una gran seguridad y convencimiento de lo que anunciaban y de la trascendencia que tenía su pregón.

El papel de los pregoneros es decisivo en estos casos. No es como cuando se trata de un adoctrinamiento o transmisión de ideas. En este caso basta ayudar a los alumnos a que reflexionen por ellos mismos, pues, en realidad, ellos por sí solos pueden llegar a percibir la idea que se trasmite. En el caso de los acontecimientos históricos, si no hay quien nos cuente lo que ha pasado porque él mismo lo ha visto o lo trasmite en cadena ininterrumpida, no podremos nunca saber lo que ha sucedido y seguiremos ignorantes del gran acontecimiento.

Esto es precisamente lo que pasa con el anuncio de Cristo. Si no hay quien trasmita a los hombres esta buena nueva, la gente no llegará a saber que Dios está cerca de nosotros y lo que Dios ha hecho por nosotros.

Es cierto que en los países cristianos, mal o bien, todos han oído hablar de Cristo. El domingo es el día del Señor, los años se cuentan a partir de Cristo, y todo el mundo sabe que el 25 de diciembre celebramos el nacimiento del Señor y en semana santa su muerte y resurrección. Pero para muchos este mensaje se ha convertido en letra muerta, sin resonancia vital. Más que un anuncio de algo impactante se ve por muchos como un elemento puramente folklórico de la vida social. Esto hace necesario volver a anunciar a muchos cristianos viejos el mensaje de Cristo, su buena nueva, como por vez primera. casi como si se tratara de paganos que no han oído hablar nunca de Cristo y con el inconveniente que ahora no nos vamos a encontrar con el factor sorpresa como en la evangelización misional, sino frecuentemente con muchos prejuicios y resistencias.

La Iglesia trata de anunciar a Cristo de diferentes formas. Algunos misioneros y especialmente los redentoristas, intentan hacerlo con las misiones populares, muy renovadas en cuanto al fondo y a la forma en los últimos años. Se anuncia la palabra de Dios por medio de asambleas populares en las casas y después en lugares públicos. Y se trata después de organizar, como consecuencia de la sacudida producida por el pregón, pequeñas comunidades cristianas, que sirvan de fermento al pueblo. «Las pequeñas comunidades releen el evangelio eterno desde su situación concreta, y así van balbuceando una nueva hermenéutica, una nueva catequesis, una nueva liturgia, una nueva espiritualidad. Nueva, pero no novedosa, nueva, pero no diferente, nueva. por renovada, actualizada, encarnada. Porque el Espíritu hace nuevas todas las cosas. Las pequeñas comunidades, en ósmosis mutua con teólogos y pastores, pueden ser una permanente fuerza de renovación eclesial, de vitalidad cristiana, de entusiasmo misionero, de testimonio significante ante el mundo no creyente, ante el mundo ateo, o ante el mundo simplemente indiferente»2.

Como dice Puebla, n. 1090 «sin descuidar la necesaria y urgente presencia de los medios masivos, urge intensificar el uso de los medios de comunicación grupal que, además de ser menos costosos y de más fácil manejo, ofrecen la posibilidad del diálogo y son más aptos para una evangelización de persona a persona que suscite adhesión y compromiso verdaderamente personal». En este sentido el cursillo de cristiandad con su fin de semana impacto es un verdadero pregón o anuncio de Cristo a trompetazo limpio. Y los ejercicios de san Ignacio, en silencio absoluto, constituyen un buen método para anunciarnos a nosotros mismos el mensaje de Cristo en un fructífero desdoblamiento del yo en soledad que nos hace estar especialmente predispuestos a oir la palabra de Dios.

 

b)

En un segundo momento la palabra de Dios se convierte en catequesis-catecumenado. Una vez que el creyente llega a convencerse por el anuncio y el testimonio.de los pregoneros en cadena que Jesús vive, que ha vencido a la muerte y que es, por consiguiente, el Señor, sentado a la derecha del Padre, es decir, Dios, pasa lógicamente a preguntarse qué es lo que el Señor Jesús nos dijo que deberíamos creer y hacer. Esto es la catequesis y el catecumenado. El catequista no habla de pie, sino sentado. No trata de impactarnos con una buena nueva, sino de enseñarnos con calma y serenidad sin prisas, el contenido del mensaje cristiano. La catequesis es fundamentalmente pedagógica, clara, accesible y ordenada. El catequista no habla a trompicones y en un clima de entusiasmo contagioso, sino sistemáticamente, con calma y precisión. No ha de quedar lugar a dudas sobre lo que se quiere enseñar.

En realidad la catequesis debe prolongarse toda la vida. Porque la formación —no sólo la religiosa— ha de ser continua. El hombre crece y se desarrolla, pasa por situaciones distintas y por eso percibe el mensaje cristiano, a medida que transcurre el tiempo, desde puntos de vista diferentes. Por otra parte, el mismo mensaje cristiano con el correr de la historia, la maduración del hombre y el progreso de la ciencia y los medios de comunicación se siente obligado a reconceptualizarse para hacerse comprensivo a los hombres en cada etapa básica de su vida. En este proceso de formación catequética continuada hay que distinguir algunos momentos decisivos: la infancia, el paso a la mayoría de edad y la jubilación. Con la infancia el niño llega al uso pleno de la razón entre los seis y siete años y los doce o trece. No hay por qué dejar de bautizar al niño al nacer, aunque no podamos pedirle permiso para ello. NIÑOS/BAU: El bebé está absolutamente indefenso en ese momento y los adultos deben proporcionarle lo mejor que ellos creen tener objetivamente: lengua, cultura, comportamientos morales y religiosos. De no hacerlo, el niño no llegaría a ser de hecho "homo sapiens».

Otra cosa muy diferente será hacia los 17 ó 18 años. El niño se hace mayor de edad y ha de ser tratado como tal. Al niño hay que educarle de tal modo que al nacer se le proteja al cien por ciento y en su mayoría de edad se le pueda responsabilizar al cien por ciento. A eso debe orientarse el catecumenado de confirmación. El joven hacia los 18 años debería hacer un año o dos de catecumenado serio y profundo. Hasta entonces quizás ha creído en Dios y en Cristo porque se lo dijeron en casa, en el colegio o en la sociedad. A partir de ese momento es él y sólo él quien debe decir sí o no al cristianismo. Pero no puede hacerlo a lo loco, sin pensarlo, frívolamente o dejándose llevar simplemente de la inercia anterior o de la moda de ahora. Si concluye que no, mala suerte para él, porque Dios existe de verdad y Jesús es el Señor. Su vida sin Dios va a ser mas chata, más frágil y va a tener menos horizontes. Pero su opción será responsable y madura y eso es lo que cuenta desde el punto de vista personal. Y, si dice que sí, entonces tendrá la obligación de ser un cristiano coherente con su fe.

Entre los 60 y 65 años habría que poner otro catecumenado, el de la jubilación. Es un momento decisivo en la vida: llega la cesantía en el trabajo, los hijos se van de casa, comienzan los achaques y dolencias, y se comienza a pensar en la muerte como algo próximo e inminente. Hay mucho tiempo libre, pero no hay ilusión ni energía para dar sentido al ocio y llenarlo de contenido. Y tanto a los hombres como a las mujeres (a éstas quizás un poco menos porque se distraen con las labores caseras) empieza a pesarles la soledad.

El catecumenado de la tercera edad debe valorar a la luz del evangelio el papel del ocio, de la soledad, de la experiencia adquirida con los años, de lo mucho que los mayores pueden aportar con su consejo y a nivel de servicios humanos y apostólicos. Y sobre todo tiene que poner de relieve la realidad del más allá, el sentido de la evolución trascendental y de ese nuevo parto que es la muerte, que es ciertamente doloroso como el primer parto, pero que nos permite iniciar la vida en plenitud.

 

c) Teología

La tercera forma de la palabra de Dios es la teología. Teología es la ciencia de Dios y sobre Dios. Cuando el mensaje divino es recibido en ambientes más o menos cultos, surge necesariamente la teología. A veces hablamos de teología popular, pero es un uso incorrecto de la palabra. Existe una fe popular muy importante y básica, porque la fe no es patrimonio exclusivo de los sabios, sino todo lo contrario. Pero la teología es ciencia y toda ciencia tiene unos requisitos y unas exigencias que no se dan a nivel popular. La teología deberá tener más en cuenta la fe popular, deberá partir de ella, como la antropología cultural debe partir de las costumbres del pueblo, pero ella en sí misma es ciencia y debe comportarse rigurosamente como ciencia.

Es evidente que el objeto de la teología es Dios y todo lo demás en cuanto de una manera u otra dice relación a Dios y tiene por lo mismo algo de divino. Ya hace años hemos superado los extremismos de la teología radical de la muerte de Dios. Sin Dios -así de sencillo- no hay teología.

El campo de la teología es, según eso, trascendental y amplísimo, hasta el punto de que casi todas las ciencias de un modo u otro tienen algo que ver con la teología y especialmente la hermenéutica, la historia y la filosofía.. Sin negar la autonomía de las ciencias, la teología se sirve de ellas y ella misma se configura rigurosamente como ciencia para garantizar últimamente el mensaje cristiano y para descubrir todas las virtualidades del mismo a medida que los cristianos lo van viviendo a lo largo de los siglos. En este sentido es correcto distinguir entre lo que dice literalmente el texto o palabra de Dios y lo que no está dicho, pero sí pensado. El descubrimiento de estas virtualidades está previsto en los escritos del nuevo testamento. Precisamente el Espíritu que nos envía Jesús tiene la tarea de hacernos entender poco a poco el mensaje de Cristo en toda su plenitud. En un principio somos niños que no pueden comer alimento sólido, sino sólo leche y miel. Más tarde podremos tomar alimentos propios de los adultos.

Por eso los teólogos no pueden contentarse con repetir monótonamente lo que se ha dicho antes. Tienen que investigar, que abrir nuevos caminos, aunque para eso a veces ronden el precipicio. Pero, eso si, siempre que sean muy rigurosos científicamente, siempre que se dejen interpelar con humildad por los otros teólogos en un clima de diálogo constructivo y siempre que se haga un esfuerzo de parte y parte entre el magisterio de la Iglesia y los teólogos para integrar adecuadamente esos dos carismas necesarios e imprescindibles para servicio del pueblo de Dios.

 

d) La

Es quizás la forma más difícil de presentar la palabra de Dios y, por otra parte, constituye un medio extraordinario que tiene la Iglesia para llegar al pueblo de Dios. Gracias a la homilía dominical millones y millones de cristianos oyen todas las semanas la palabra de Dios. Nadie quizás en el mundo tiene la misma oportunidad. Como decía un dirigente comunista, ya quisiéramos para nosotros tener esa extraordinaria capacidad de convocatoria.

Pero la homilía es un género oratorio extraordinariamente difícil. En primer lugar el que hace la homilía sabe que cuenta con poco tiempo. La homilía es una parte integral de la eucaristía. Por eso mismo no debe ocupar una parte desproporcionada de la misa. El ideal es que no pase de una tercera parte de la misma, es decir, 10 ó 15 minutos como máximo. El sacerdote debe, pues, acostumbrarse a dar un mensaje en poco tiempo. La homilía debe ser una pequeña filigrana muy bien trabajada: tres o cuatro ideas básicas bien ordenadas entre si, una frase estimulante para empezar y otras más o menos de impacto para terminar. El final debe venir a pico y no planeando cansonamente, lo que siempre pero especialmente en una breve alocución como es la homilía, resulta especialmente oneroso. Las ideas deben ser claras y estimulantes y, si es posible, han de estar salpicadas de fulgurantes expresiones metafóricas, tal como ocurre en los evangelios.

El contenido de la homilía es básicamente la palabra de Dios igual que en el kerigma o pregón, la catequesis o la teología. Pero en la homilía la palabra de Dios tiene una esencial intencionalidad. Mientras el pregón tiende a impactar y sorprender promoviendo un si a Cristo, la catequesis se orienta a presentar la enseñanza de Jesús de un modo sistemático y completo y la teología aspira a profundizar científicamente en la palabra de Dios, la homilía tiende a aplicar la palabra de Dios a una situación determinada. Quien hace la homilía debe estar al tanto de lo que afecta existencialmente a quienes participan en la eucaristía, tanto a nivel internacional, nacional, social, eclesial, de grupo y personal. En la homilía no se trata de repetir otra vez la palabra de Dios que se acaba de leer, sino de iluminar con ella lo que pasa en el mundo, lo que les pasa a los participantes, ayudándoles con la palabra de Dios en la mano a ponerse en marcha con entusiasmo para seguir a Cristo en las buenas y en las malas, poniendo mucho empuje en la empresa y optando por la fe, la esperanza a toda prueba y un amor llevado hasta las últimas consecuencias.

Son muy pocos los sacerdotes que saben hacer la homilía. Deberían prepararse mejor en cuanto al fondo y a la forma. Ciertos locutores de radio, que hacen comentarios breves y enjundiosos sobre los acontecimientos del día, nos podrían servir de modelo. Y quizás no estaría mal que diéramos a algunos seglares bien preparados la oportunidad de hacer la homilía. Seria quizás un éxito.

 

e) Aplicación a las pequeñas comunidades cristianas

Tanto el kerigma, como la catequesis-catecumenado, la teología y la homilía tienen una gran importancia para la buena marcha de las pequeñas comunidades cristianas y al mismo tiempo quedan profundamente afectadas por ellas. La comunidad de vez en cuando debe dejarse interpelar por la palabra de Dios como si fuera la primera vez que oye hablar de Cristo. Un retiro en el silencio de vez en cuando puede ser decisivo y trascendental.

Al mismo tiempo la comunidad puede convertirse en misionera para pregonar el mensaje de Cristo por medio de asambleas populares o, incluso, en actos públicos. Respecto a la catequesis-catecumenado, las pequeñas comunidades cristianas tienen que someterse a un proceso de formación continua con el fin de actualizar constantemente en ellas la palabra de Dios. Y, por otra parte, deben ofrecer comunitariamente a sus niños una adecuada catequesis y un catecumenado a los jóvenes de la comunidad y a los que inician su tercera edad. Esta comunitarización de la catequesis y el catecumenado podría constituir una interesante aportación a la Iglesia. En cuanto a la teología ésta es de suma importancia para el futuro de las pequeñas comunidades. Sin una buena base éstas terminarán necesariamente por empobrecerse. Es necesario que algunos miembros de las comunidades estudien teología en serio, sea escolarmente o a distancia, y retrasmitan al resto de las comunidades el fruto de su aprendizaje.

Por otra parte, las comunidades deberán ofrecer a la teología científica una base existencial imprescindible a partir de lo que ocurre en el mundo y en la historia visto desde la base y de una práctica cristiana que se ocupa más de la ortopraxis que de la ortodoxia aunque sin descuidar a ésta última. Sólo así y solamente así podremos hablar de una teología popular hecha por el pueblo y desde el pueblo.

TEOLOGIA/DEBE-SERSalamanca 1971, 16-57.

4. M. Heidegger Zur Seinsfrage, Frankfurt 1956, 36.

5. X. Zubiri, El hombre y yo, Madrid 1985.

 

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Pentecostés, gloria de la Iglesia Católica para el anuncio bíblico.

 

«A estos doce los envió en misión»


Espíritu eterno de Amor,
que procedes del Padre y del Hijo,
te damos gracias por todas las vocaciones
de apóstoles y de santos que han fecundado a la Iglesia.
Te pedimos que continúes tu obra.
Acuérdate del momento en que, en Pentecostés
has descendido sobre los apóstoles reunidos en oración
con María, la madre de Jesús,
y mira a tu Iglesia que hoy
tiene particular necesidad de sacerdotes santos,
de testigos fieles y autorizados de tu gracia,
que tiene necesidad de hombres y mujeres consagrados
que irradien el gozo de aquellos que viven sólo por el Padre,
de aquellos que hacen suya la misión y la ofrenda de Cristo,
de aquellos que construyen, en la caridad, el mundo nuevo.

Espíritu Santo, Fuente eternal de gozo y de paz
eres tú quien abre el corazón y el espíritu a la llamada divina;
eres tú quien vuelve eficaz todo impulso
hacia el bien, hacia la verdad, hacia la caridad.
Tus gemidos inexpresables
se elevan al Padre desde el corazón de la Iglesia,
que sufre y lucha por el Evangelio.
Abre el corazón y el espíritu de hombres y mujeres jóvenes,
a fin de que una nueva floración de santas vocaciones
muestre la fidelidad de tu amor,
y que todos lleguen a conocer a Cristo,
la luz verdadera venida al mundo
para ofrecer a cada ser humano
la esperanza segura de la vida eterna. Amén

Juan Pablo II - Oración por las vocaciones en la 35 Jornada mundial de las vocaciones, 3 de mayo 1998

 

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Vivir la fe hoy

Si en la montaña encontramos un fósil, por ejemplo un cefalópodo «ceratites», que vivió hace más de 300 millones de años, observaremos que la concha no protege vida alguna, pero la espiral que la constituye es tan perfecta que nuestra inteligencia reconoce en la espiral la obra del animal que la realizó, puesto que no es sino la imagen de su acción. Conocer obras fruto de un ser no visible, nos acerca a la experiencia de aceptar las acciones que tienen un origen no visible. Como tantas obras humanas, fruto de amores o sacrificios que no podemos ver, pero que dan fe de su existencia por los frutos que han engendrado. Esto nos conduce a juzgar lo irracional que sería creer sólo en lo que se ve, cuando innumerables acciones cotidianas muy reales y muy nobles se deben a causas espirituales no perceptibles por los sentidos. De modo semejante a como ciertas espirales de fósiles nos dan fe de que existió un ser no visible ahora, que reconozcamos en nuestra vida interior anhelos de renovación, nos hace pensar que en esa vida nuestra, tan íntima, actúa una inteligencia, y un Amor, que nos tiene en cuenta y quiere ennoblecernos. Vista así la realidad, material o espiritual, podemos decir que ya no es opaca, sino que nos transparenta la presencia de quien realiza esas obras. Eso no lo acepta nuestra cultura actual que limita la realidad a lo visible. Con ello choca nuestra fe, que no se reduce a unas concretas ideas, sino que supone una opción fundamental ante la realidad. Es una opción por lo que no se ve, que no se considera irreal, sino como lo auténticamente real, y que posibilita toda la realidad. Es una forma de «conversión» que hace que no nos quedemos por inercia en lo visible, que descuidaría nuestro verdadero ser. La fe tiene siempre algo de ruptura arriesgada y de salto, porque implica la osadía de ver, en lo que no se ve, lo auténticamente real, lo básico, lo infinito, lo eterno: Dios. Existe una presencia de la eternidad, subyacente a la existencia. Y se requiere esa disyunción entre lo que somos temporalmente y lo que seremos eternamente, para permitirnos el esfuerzo moral y llegar a ser nosotros mismos. De ahí la necesidad del tránsito de nuestro ser por el tiempo.

Card. Ricardo Mª. CARLES  - Barcelona-España. 2006-07-12 – L.R.ESP.

 

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Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio - Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.

Más, para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).

La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento.

Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés, de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes.

La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza" (Rom. 15,4).

Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos

15. La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. mas los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación.

 

El Señor Jesús nos dijo: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Tenemos la certeza de conocer la verdad. Ella nos ha sido dada por Jesús y comunicada por la Santa Iglesia Católica. Lo que Ella nos enseña –desde hace 2000 años- en la ininterrumpida sucesión apostólica acerca de Jesús, es la Verdad. Nosotros también podemos decir, al igual que San Pablo: “Sé de quién me he fiado” (2 Tim 1, 12). Es posible extraer un proyecto para nuestro tiempo de la gran tradición de la Iglesia, del saber de sus Padres, de las meditaciones de los santos. La religión católica da respuestas que hablan a los tiempos modernos, porque el mensaje de Cristo es perenne y universal. No nos podemos hacer ilusiones, es duro poner fin a una cultura que está bastante alejada del contenido y la conciencia del cristianismo. Vivimos una gran ofensiva, diría que contra Jesucristo. Se cuestiona el Evangelio, no sólo que fuera el Hijo de Dios, sino también su figura histórica, y con ello, también el saber de la Iglesia y su misión.

¡Pero si es imposible saber cuál es la Iglesia de Cristo partiendo de los cientos de miles de nombres de las denominaciones protestantes!. Entonces, ¿cómo podremos saberlo? (En la edición de 1986 del conocido libro de referencia protestante "The Christian Source Book" -New York: Ballantine Books- se nos dice que existen más de 21,000 denominaciones y sectas, según el último recuento, y que aparecen – anualmente - unas 270 nuevas). Pues bien, la respuesta es que podremos saber cuál es la Iglesia fundada por Cristo examinando las características de una determinada iglesia. Las características que la Iglesia Católica puede ofrecer son las así llamadas "cuatro notas". UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA. Y 2000 años de historia con domicilio ´Sede apostólica´ física sobre la tumba del apóstol Pedro, crucificado en cruz invertida en el 64/67ca.bajo Nerón, y enterrado a la orilla derecha del rio Tiber, en la colina vaticana de la ciudad de Roma,Italia. (Allí también decapitado Pablo, murió mártir de la Iglesia Católica).

 

La horrible palabra dogma - Es bastante típico de nuestra época confusa, llena de fuegos fatuos irreflexivos, el hecho de que la palabra dogma se haya convertido para muchos casi-casi en un improperio. Se habla de postura dogmática y con ello se quiere decir postura ergotista. Se califica a una persona de dogmática y con ello se pretende expresar que es un testarudo obstinado. Se proclama con indignación que en la época actual no queda ya lugar para dogmas. Pero el mayor reproche va dirigido a las iglesias, acusándolas de dogmatismo extremado en sus doctrinas.  El maestro que nos enseña que dos por dos son cuatro nos está enseñando un dogma, un dogma aritmético. Naturalmente soy muy libre de desconfiar de él considerándole un testarudo obstinado y ergotista. Pero si quiero llegar a algún resultado en aritmética, no tendré más remedio que aceptar su dogma globalmente. Claro que en este caso resulta fácil de comprobar. En otros terrenos es a veces más difícil. Pero el concepto de dogma no queda agotado con la traducción de la palabra griega. Un dogma es un artículo de fe o de doctrina, que es obligatorio aceptar si se desea pertenecer al credo o doctrina correspondiente, y la aceptación del dogma o de los dogmas es lo que constituye la calidad de socio. Y no existe ninguna doctrina -tanto si es religiosa como política o científica- que no tenga dogmas: No existe, ni puede tampoco existir, pues la falta de dogmas sería la libertad sin límites, y la libertad sin límites es la anarquía, es decir, lo contrario de una doctrina. Toda doctrina establece límites. El liberal tiene que creer en los principios del liberalismo, pues de lo contrario no será liberal. El cristiano, cualquiera que sea su confesión, deberá creer en Cristo, pues de lo contrario no será cristiano. Los cristianos, los judíos y los mahometanos creen en el dogma: «NO hay más que un solo Dios». Quien cree en quince dioses o en dos o en setecientos, no podrá ser ni cristiano, ni judío, ni mahometano. En todas las doctrinas existen cuestiones facultativas, que pueden aceptarse, pero que no es obligatorio aceptar. Los dogmas son simplemente aquellas cosas que estamos obligados a aceptar si queremos «pertenecer a ello», son el hueso duro del fruto y sin él no puede haber fruto. La sangre es líquida, los tendones y músculos son elásticos, los tejidos son blandos, pero los huesos tienen que ser duros, si queremos caminar derechos.

 

Iglesia de Cristo - ¿Por qué decimos que la Iglesia es Romana?

 

Un hecho histórico vino a poner esta nota en la Iglesia de Cristo: San Pedro, el primero entre los Apóstoles, fue a Roma y ahí murió, crucificado en cruz invertida*.

En los Evangelios aparece San Pedro con un lugar muy importante entre sus compañeros apóstoles, esta primacía es confirmada por Cristo resucitado. En los Hechos es quien tiene la dirección principal de la Iglesia naciente. Así se le consideró como signo de ser la Iglesia de Cristo el estar en comunión con Pedro. San Pablo mismo que tiene una parte tan importante en la propagación del cristianismo primitivo, confiesa que después de su conversión fue a estar unos 15 días con Pedro, no fuera a suceder que su mensaje no estuviera de acuerdo con él.

Este puesto importante de Pedro en toda la Iglesia lo sigue teniendo el sucesor de Él, en Roma, porque ahí murió en el año 64/7ca. dando su vida por Cristo como testimonio final de su amor al Maestro. Fue enterrado en la colina vaticana de la ciudad de Roma-Italia, bajo Nerón. Conocemos los nombres de todos los sucesores de Pedro hasta el presente. Hoy también los cristianos conservamos la comunión con la Iglesia de Roma. Por eso decimos que la Iglesia es Romana, siendo este un dato únicamente histórico y establecido por la evidencia cronológica irrefutable.

*[Siglo II o III]: Este escrito apócrifo pertenece a ambientes católicos; en muchas iglesias de la antigüedad se leía durante las celebraciones, pero nunca formó parte de los libros canónicos. La datación no es exacta, los estudiosos proponen distintas fechas. Se conoce con certeza citaciones de este libro hechas en el año 235. Allí se lee lo siguiente:

"Y Pedro, habiéndose acercado a la cruz, dijo: ‘Dado que mi Señor Jesús, quien bajó del cielo a la tierra, fue elevado en una cruz de pie, y quien decidió llamarme a mí, que soy terreno, a los cielos, mi cruz debe plantarse cabeza abajo, con mis pies hacia arriba, porque no soy digno de ser crucificado como mi Señor’. De modo que dieron vuelta la cruz y lo clavaron con los pies hacia arriba."Desde hace ininterrumpidos 2000 años «La eficacia de la Iglesia no depende de su inteligencia, sino del Espíritu Santo que la conduce». «A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel, cuando los hombres que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo acabaron destruyendo su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en Pentecostés el Espíritu muestra con el don de las lenguas que su presencia une y transforma la confusión en comunión», subrayó S.S. Benedicto XVI. «Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana». Menos programa y más Espíritu. «A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto», continuó el Papa. «Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra repuesta se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios», afirmó el Pontífice Benedicto PP XVI. 2006-06-04.-

 

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Somos minoría y eso no nos tiene que asustar. Pero recordemos que una minoría sólo sobrevive cuando está unida. Por eso, la unidad con los obispos es la clave del futuro.

 

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Remar mar adentro ¿para ir a dónde? La respuesta es clara:  para ir al encuentro del hombre, misterio insondable; y para ir a todos los hombres, océano ilimitado. Esto es posible en una Iglesia misionera, capaz de hablar a la gente y, sobre todo, capaz de llegar al corazón del hombre porque allí, en ese lugar íntimo y sagrado, se realiza el encuentro salvífico con Cristo. Remar en la barca de Pedro: ¡pescador de hombres!

 

Ser pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido al reducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio. Proseguir acogiendo la invitación del Señor a trabajar por el Reino de Dios y su justicia, que lo demás vendrá por añadidura (cf. Lc 12, 31).

 

En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a la palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu del Señor puede hacer eficaz la misión de la Iglesia en el mundo.

 

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

¡Gloria y alabanza a ti, Santísima Trinidad, único y eterno Dios!

San Juan Crisóstomo (†14 de septiembre de 407) meditando el libro del Génesis, guía a los fieles de la creación al Creador, que es el Dios de la condescendencia, y por eso llamado también «padre tierno», médico de las almas, madre y amigo afectuoso. Une a Dios Creador y Dios Salvador, ya que Dios deseó tanto la salvación del hombre que no se reservó a su único Hijo. Comentando los Hechos de los Apóstoles propone el modelo de la Iglesia primitiva, desarrollando una utopía social, casi una «ciudad ideal». Trataba de dar un rostro cristiano a la ciudad, afrontando los principales problemas, especialmente las relaciones entre ricos y pobres, a través de una inédita solidaridad.

Gracias por venir a visitarnos

 

Cristianos: ¡no nos dejemos engañar por algunos grupos, veamos este ejemplo!

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

Recomendamos vivamente: «Con ojos nuevos» (Rialp) el «diario» de su conversión. [Alessandra Borghese desciende de una afamada familia italiana de empresarios, aristócratas, cardenales y Papas. En los ochenta se trasladó a Nueva York, donde vivió con «ardor» tanto su trabajo en American Express como la diversión. Su matrimonio con el hijo un armador griego duró apenas dos años. Tras volver a Europa se dedicó al mundo del arte. Esta romana tuvo su particular y progresiva «caída del caballo» después de asistir, por compromiso, a una misa, invitada por su amiga la princesa alemana Gloria Von Thurn und Taxis. A partir de ahí, sintió la necesidad de dirigirse espiritualmente con un sacerdote. Su «redescubrimiento» de la fe católica le ha llevado a mirar «con ojos nuevos» su existencia y todo lo que le rodea. Autora de varios bestseller, prepara otro sobre un viaje a la India. Colabora con la revista «Gente» y con «Style», mensual del «Corriere della Sera»]. 2006.07.

 

"Diccionario enciclopédico de las sectas", en su última edición (4ª) de 2005.

El autor es el sacerdote, D. Manuel Guerra Gómez. y la editorial la BAC - Es un grueso libro con más de mil páginas, (1104 pgs.). - Sinópsis. - ¿Qué es una secta? Uno de los méritos de esta obra consiste en haber formulado su definición tras exprimir las notas definitorias o comunes a las casi 1.500 (la mayoría implantadas en España e Iberoamérica) descritas en este diccionario y presumiblemente a todas las demás. El autor usa «secta» en su acepción técnica, no en la vulgar, que está cargada de connotaciones tan peyorativas que tiende a identificar acríticamente «secta» y «secta destructiva», a pesar de que estas últimas, es decir, las que «destruyen» a las personas o «dañan» gravemente su personalidad, no llegan al parecer al 10% del total. En esta obra aparecen dispuestas alfabéticamente las sectas religiosas, mágicas e ideológicas, las biografías de sus fundadores, así como, en y desde las sectas mismas, las realidades y cuestiones más importantes de teología dogmática, morales, sociopolíticas, psicológicas, filosófico-vitales, y otros temas complementarios. Trata también de averiguar las causas de la existencia y proliferación de las sectas y de señalar sus remedios. Ayuda a descifrar las claves de las corrientes, generalmente subterráneas, del pensamiento, acciones y movimientos contemporáneos.

MANUEL GUERRA GÓMEZ, catedrático en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, es Doctor en Filología Clásica y en Teología Patrística. Es conocedor de sánscrito, lengua de los libros religiosos del hinduismo, budismo y jinismo, que tanto han influido en las sectas, sobre todo en las de impronta oriental. Asimismo, es miembro de la International Association of Patristic Studies, de la Sociedad Española de Ciencias de la Religión y de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Ha publicado infinidad de artículos sobre temas filológico-teológicos y de historiografía religiosa, y 18 libros, entre los que cabe destacar por su cercanía con el tema de esta obra: "Los nuevos movimientos religiosos (Las sectas). Rasgos comunes y diferenciales" (Pamplona 1996) e "Historia de las religiones" (Madrid 1999).

 

Las sectas y su invasión del mundo hispánico: una guía  (2003) también por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. - Sinopsis. - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre las más de 20.000 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación

 

Recomendamos vivamente:

1ª) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 

"En caso de hallar un documento en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por E-Mail, suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo documentos fieles al Magisterio".

 

Uno de los mayores inconvenientes que todos nosotros tenemos es la vergüenza, vergüenza de alabar al Señor en público dando testimonio de lo que el hizo con nosotros, y además, ... por la gracia concedida gratuitamente nos consideramos superior a los otros recriminando sus pecados como si fuéramos intachables.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).