Tuesday 17 January 2017 | Actualizada : 2016-12-24
 
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"Sed maestros de la verdad, de la verdad que el Señor quiso confiarnos no para ocultarla o enterrarla, sino para proclamarla con humildad y coraje, para potenciarla, para defenderla cuando está amenazada." [S.S. Juan Pablo II]

 

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«Dios habló a nuestros padres en distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. Ahora, en esta etapa final, ha hablado por el Hijo. Pues envió a su Hijo, la Palabra eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les contara la intimidad de Dios. Jesucristo, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre; Él, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna. La economía cristiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo nuestro Señor.
Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos, gusto en aceptar y creer la verdad. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones».
Constitución Dei Verbum, 4-5 – VATICANO II

 

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La Iglesia una, santa, católica y apostólica». «Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se convierte en unidad; unidad que sin embargo sigue siendo multiplicidad».Que Dios nos guíe hacia la plena unidad de modo que el esplendor de la verdad, que sólo puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo». S. S. BENEDICTO XVI - 2005-06-29.

«La Iglesia no es santa por sí misma, sino que de hecho está formada por pecadores, lo sabemos y lo vemos todos», pero ésta «viene santificada de nuevo por el amor purificador de Cristo». «Dios no sólo ha hablado, nos ha querido (...) hasta la muerte de su propio hijo», S. S. Benedicto XVI – 29 Junio 2005 Festividad de San Pedro y Pablo; ambos mártires de la Iglesia católica, 64/7ca. en Roma. ITALIA.

 

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La iglesia del Espíritu

 

1.     El Espíritu en la Biblia

Se sabe que el hebreo es una lengua muy concreta. Las realidades divinas se transmiten en la Biblia mediante palabras que tienen siempre un sabor preciso.. Así, la palabra «espíritu» en hebreo («ruah») evoca el viento, el aire, el espacio. Se piensa generalmente en el viento violento a causa de pentecostés. Pero según H. Cazelles 1 éste no es el sentido primero ni el más extendido de «ruah». La «ruah» (femenino) es la atmósfera, es el aire, una cosa amplia y abierta donde se respira, donde uno se siente a gusto. Todo lo contrario de lo encerrado, de lo sofocante. Cuando el Señor viene a visitar al hombre y a la mujer en el Edén, lo hace al «soplo del día», cuando se está bien y se comienza a respirar. Estaba previsto, por tanto, que Dios y el hombre se sintieran «a gusto». Dios, que nunca carece de «ruah», de soplo, desea que el hombre tenga espacio, aire.

«Ser salvado», en hebreo, se dice «yacha» : estar a sus anchas, a gusto. De hecho, el hombre está apagado, le falta aire, se marchita por no poder respirar a sus anchas. Esa es la razón por la qué el Señor envía su soplo a esta tierra. Hay por tanto una realidad que escapa completamente al hombre (el viento, el aire, la vitalidad de Dios), pero de la que el hombre depende totalmente para vivir, en el sentido fuerte de la palabra vivir.

La palabra «ruah» implica también un matiz de violencia: el viento que barre las resistencias y arrastra a la acción. La imagen del viento se alterna con la del fuego (Hech 2). Aquí, me quedaría en una dominante más tranquila, la de un paisaje de montañas, de un espacio despejado con atmófera tonificante, imágenes tan atrayentes para el hombre urbano que sufre la polución.

Desde esta perspectiva (que es la del antiguo testamento), se está lejos dejas meditaciones trinitarias, que son la base de la teología griega y que faltan por completo de nuestra espiritualidad occidental. Pero Ratzinger observa 2 que el texto original griego del símbolo de los apóstoles no tiene artículo: «Creo en un Espíritu santo». El credo se sitúa, por tanto, en el plano de la historia de la salud: creo que hay en la historia un Espíritu santo, un soplo de lo alto que va a permitir a los hombres respirar. El Espíritu santo que ha dilatado a Cristo en la resurrección, le ha dado un espacio y un tiempo infinito. Así querría el Espíritu dar espacio y tiempo a los hombres demasiado encerrados y con demasiadas prisas. La resurrección ha hecho proyectar, en la historia, el fin de la historia: la esperanza puede despojarse de toda impaciencia.

Así, dejando descansar aquí las imágenes de movimiento (presentes también en la Biblia), conservaría como evocadoras del Espíritu las imágenes de distensión, de calma, del hombre que se toma tiempo, que deja venir las cosas, que se siente a gusto, en su sitio. ¿Parece una imagen evocadora de un lujo? «Tener tiempo para vivir», ¿se ha convertido esto en un sueño inaccesible? ¿No se ve obligado el hombre moderno, al límite de sus fuerzas, a poner orden en su existencia y a redefinir lo que da valor a la vida? Y no sólo desde un punto de vista individualista, sino a escala comunitaria, hasta la de la comunidad mundial. ¿De qué debe estar hecha y de qué debe verse liberada nuestra vida para que pueda florecer la alegría?

2. Una iglesia «fuera de sí misma» (según los Hechos de los apóstoles)

El relato del capítulo segundo de los Hechos nos muestra a la iglesia en su estado naciente sin ninguna sobrecarga institucional. Creo que este capítulo nos da los elementos fundamentales de la iglesia, su arquitectura primera.

Se ve que, desde el comienzo, la iglesia es un pueblo convocado entre personas de todas las partes («todas las naciones que hay bajo el cielo») y que la iglesia es un pueblo reunido alrededor del colegio apostólico (que acaba de ser completado en el capítulo primero con la elección de Matías). Es la primera estructura básica de la iglesia: tiene un centro visible y tiene un proyecto que abarca a la humanidad entera. Estos dos polos van a crear forzosamente en la iglesia una tensión permanente, pues no se tratará nunca de elegir entre estos dos polos. La iglesia es para la multitud, para la masa, pero para encarnar en ella el proyecto de Dios. No son los apóstoles quienes reagrupan el pueblo de Dios (cf. Hech 2, 37); pero son el signo visible de esta llamada, de esta convocatoria divina (cf. v. 42). Llamada que no se detendrá ante ninguna frontera (cf. v. 39) y que prohibirá a la iglesia elegirse una o varias patrias: ni Jerusalén, ni Roma, ni Europa, ni la cristiandad, ni ninguna forma histórica de organización. La historia de la iglesia es un poco la historia de sus mudanzas (siempre forzadas, pero ¿a quién le gusta mudarse?).

En el capítulo segundo de los Hechos, se ve otra dinámica. La «casa» se llena con un gran viento, el fuego se apodera de los apóstoles y se ponen a hablar en una lengua que no es la suya. Los que los oyen se quedan estupefactos: les hablan en su propia lengua. La iglesia está así abierta en los dos sentidos. Invadida por el soplo de Dios, no existiendo más que por él, pero para propagarlo, darlo, hacer vivir de él a los hombres. La iglesia no existe más que por Dios y para los hombres. Tal es su estatuto según el capítulo segundo de los Hechos.

3. La hija del viento (vínculo entre Espíritu e iglesia)

Respecto a la fe, lo que define a la iglesia es el proyecto de Dios: permitir a los hombres respirar. Y lo que es el lugar de la iglesia es la vida de los hombres.

El primer deber de la iglesia es por tanto la contemplación. No servirá bien a los hombres más que si piensa sin cesar en Dios. Esto me parece especialmente cierto en el día de hoy. Sobre todo si la iglesia (y éste es su deber) quiere estar próxima, bañada, inmersa en la humanidad. No es el interlocutor de los hombres, no es ella quien ama al mundo, es el Padre por el Hijo en el Espíritu. Ella es también objeto de amor como todos los demás y signo de amor para todos los demás. Cuando olvida este amor que la atraviesa, la iglesia sucumbe a todas las tentaciones de la facilidad: hacerse admitir, volverse útil, ajustar su hoja de servicios, acudir en apoyo de la moral y de la religión. Yo creo que la iglesia tiene en este siglo algo mejor que hacer. Debe dar testimonio de la única libertad verdadera que es la libertad de la fe: «Por encima de mí, el sol y nada más». Aprender a reírse de las modas y opiniones que, parece ser, «no se discuten».

 

 

Proclamar que no hay más que un solo Señor y un solo Dios (1 Cor 8, 5-6). Proclamar que no hay más que una sola verdad, que esta verdad no es un catecismo sino una persona de quien nadie es propietario y menos que nadie la iglesia. Renunciar a todo dogmatismo para ser capaz de denunciar los innumerables dogmatismos venideros (si no, la paja y la viga...). Tener el valor de decir, en medio de este mundo transformado en supermercado, que solo Dios es indispensable pero que no se compra, que se recibe cuando se comparte. Tener el valor de decirlo, pero sobre todo de hacerlo.

La hija del viento, la Bohemia, despreciada y celosa, que da miedo y envidia, así es como me imagino la figura de la iglesia en este siglo. Feliz por ser pobre, libre por ser amante, secreta por ser amada. Pero sin ningún desprecio hacia el mundo, pues el mensaje de la iglesia es la felicidad de los hombres. Por tanto, hay que hacer lo imposible para hacerse comprender. Poco importa después de todo que la iglesia sea ridiculizada si se escucha el evangelio. No es la religión lo que hay que salvar sino los hombres. La iglesia no puede refugiarse en los espacios verdes de la espiritualidad (las antiguas sacristías), los hombres tienen necesidad de aire en los bajos fondos de la política, de la economía, en medio de las luchas por la santidad física y moral. Ahí es donde la iglesia de nuestro tiempo (es decir, todos los cristianos) deberá acostumbrarse a las pullas de los expertos, a la indignación de los fanáticos, sin hacer el papel de madre ultrajada («¿por qué no me comprenden?») ni de profeta de mal agüero («Soy vuestra última oportunidad»).

Libertad de conducta y de servicio verdaderamente desinteresado son, creo yo, los dos acentos principales de la acción de la iglesia en nuestro tiempo. Renunciando a toda influencia, la iglesia tendrá, de hecho, una verdadera influencia, la del poeta, del artista, sometido únicamente al impulso de la inspiración y movido sin cesar por la necesidad de inscribir esta inspiración en un decir y en un abrir que cada uno puede asumir bajo su propia responsabilidad.

4. Una iglesia de la profecía

Así pues, parece que el carisma más necesario a nuestra época es, para la igleia, el de la profecía, el más deseable, dice Pablo (1 Cor 14, 1), el que viene en segundo lugar en la jerarquía enunciada en 1 Cor 12, 28. En el pueblo de la nueva alianza, es una gracia dada a todos. Gracia cuya autenticidad se verifica con dos criterios: el amor y la fe en Jesús, Dios encarnado (cf. 1 Cor y 1 in). Si el profeta habla en el amor y para el amor, si cree y profesa que «Jesús ha venido en la carne», entonces es Dios quien habla en él. El profeta de la nueva alianza es el que está dominado por el Espíritu de Jesús, el Profeta. Como él, denunciará la hipocresía, la estupidez y la suficiencia. Por instinto, escogerá lo esencial y encontrará las evidencias primarias que la rutina o la pereza habían camuflado.

«El Espíritu sopla donde quiere» y por esa razón la iglesia debe estar a la escucha de todos aquellos que pueden ser el eco de su voz. Actualmente se tiene bastante tendencia a imponer al Espíritu un sentido único: de la base hacia la jerarquía. Justa inversión de las cosas, se dice, pues en otras épocas los obispos acaparaban las luces de lo alto. Esto no es a la fuerza una razón para negarles ahora el derecho a profetizar.

Si resumimos (un poco rápidamente) el profetismo como «zarandear al hombre», es cierto que los guardianes de una institución son poco dados por naturaleza a poner esta institución en tela de juicio. El despertar vendrá por eso, con mucha frecuencia, de la base (o del exterior), pero no únicamente. La imagen de una base siempre innovadora y de una cima siempre conservadora es un mito. La base es muchas veces muy conservadora. Una de las ventajas esenciales que veo en una autoridad central (como la del papa) es poder lanzar iniciativas verdaderamente innovadoras. La historia conoce muchos de estos ejemplos, en especial en el movimiento misionero. También en esto la iglesia (todos los cristianos) debe estar libre ante las modas y no tener más que una preocupación: la sensibilidad al Espíritu que sopla desde los cuatro vientos.

La misión de la iglesia en el mundo es, por tanto, la atención, la apertura, la acogida del Espíritu a fin de que los hombres puedan respirar el aire de Dios.

5. La vía real del diálogo

La misión de la iglesia impone su organización interna: en sí misma, la iglesia debe ser, de la cumbre a la base, atención, escucha, acogida del Espíritu. En cada siglo, la iglesia adopta más o menos los modelos de organización que «hay en el mercado», lo que es natural. Pero debe estar vigilante: pues los modelos disponibles deben ser criticados en nombre de su misión: la escucha del Espíritu.

Actualmente, la iglesia romana se aleja cada vez más del modelo autoritario, aunque teóricamente siga siendo una monarquía. Tendría cierta tendencia a adoptar el modelo burocrático, o hasta tecnocrático. Tecnocrático, es decir, según la línea de pensamiento y acción definida por los «expertos» que, más o menos hábilmente, tratan de hacer que la masa lo acepte. Burocrático, es decir, el conjunto de comisiones, delegaciones, juntas y comités que desean coordinar, entrelazar, pero que muchas veces tienen como consecuencia la despersonalización, en nombre de la línea general que se quiere establecer; la riqueza de posiciones y oposiciones desaparece tras las línea media, resultante de las diversas tendencias. Como dicen las malas lenguas, «habrá un episcopado pero no obispos, un laicado pero no laicos».

Y sin embargo la tecnocracia y la burocracia responden a necesidades que son verdaderas necesidades: la de hacer evolucionar y la de coordinar. Pero estas necesidades no deberían hacer olvidar los imperativos del Espíritu que mueve a cada individuo y a cada comunidad a producir su originalidad y a enriquecer el cuerpo único con sus carismas únicos (cf. 1 Cor 12).

La iglesia debería ser el lugar en que cada uno pueda hablar, ser él mismo, respetado como tal y respetuoso del otro en cuanto otro. Este es, sin duda, el sentido en que se desarrollará la catequesis de la confirmación en la medida en que este sacramento se vaya desplazando de la infancia hacia la juventud. A los niños se les habla fácilmente de integración en la comunidad ya existente. A los jóvenes se les hablará de construcción de la comunidad a partir de los dones de cada uno, a partir de la cualidad personal de vida que el Espíritu quiera crear en cada uno.

El fin primero es que cada uno viva en plenitud, respire a fondo bajo la influencia del Espíritu. Cada uno y cada comunidad según el ritmo que es el suyo.

Hacer evolucionar a la iglesia es un deseo sano. Las tendencias a la regresión no son despreciables: regresión hacia una religión-refugio o una religión-droga, hacia una religión a remolque de proyectos políticos o una religión que deserta de los campos de batalla. El análisis lúcido de las exigencias «religiosas» tal como las recibe diariamente el sacerdote de una parroquia, con practicantes habituales o con personas que acuden ocasionalmente, con adolescentes o con adultos, este análisis lleva forzosamente a fortalecer las convicciones, los proyectos y las orientaciones. Es la tarea de los encargados de mantener el rumbo, de señalar los escollos, de evitar los arrecifes. Pero no creo que la iglesia tenga necesidad de un comisariado de planificación. La experiencia demuestra que la obsesión por uña pastoral coherente lleva a una pastoral raquítica. La lógica no es un fin, sino un medio al servicio de la vida. Es la vida la que constituye el único fin válido.- Por eso, yo apoyaría con gusto una pastoral incoherente, única forma, a mi entender, de respetar todos los gérmenes de vida, todas las promesas de libertad.

La iglesia saldría ganando, me parece, si recuperara costumbres colegiales. Es decir, las costumbres del progreso por el diálogo. Así es como funcionaban las iglesias de los primeros siglos: intercambiaban sus diversas expresiones de fe (credos, oraciones litúrgicas, disciplinas de vida...); practicaban la hospitalidad como medio de control: Abriéndose a lo universal, pensaban que se aproximaban a lo esencial.

Así hizo Juan XXIII cuando el concilio Vaticano II: no tenía ningún plan preciso de reforma, solamente estaba convencido de que permitiendo un diálogo muy amplio abriría los caminos de la renovación. Dando demasiada importancia a una autoridad central (como autoridad reguladora) o a las orientaciones comunes de acción, se demuestra, en mi opinión, una falta de confianza en el Espíritu. El Espíritu sopla donde quiere, anima a toda la iglesia y a la humanidad entera. Lo importante es favorecer al máximo los contactos posibles dentro de la iglesia y en la humanidad para que todas las promesas del Espíritu se integren y se fecunden, para que todo pueda nacer y llegar a la madurez. Diálogo en el interior del mundo cristiano, diálogo en el interior del mundo religioso, diálogo de la fe con los ateísmos, diálogo de la fe con la moral, la política, la cultura, etcétera.

Esta necesidad de diálogo permanente no elimina a las autoridades centrales (obispos, papa). Muy al contrario. Subraya su necesidad. Cada vez se acudirá más a estas autoridades para eliminar los particularismos y provocar los intercambios.

En este plano volvemos a encontrarnos con la burocracia, es decir, con todas las instituciones de coordinación. La tendencia burocrática, en el sentido peyorativo del término, es una tiranía camuflada: «Cómo se atreve a no pensar como todo el mundo?». Y la psicosociología puede ser un hábil instrumento de chantaje al servicio de este autoritarismo hipócrita: el grupo se convierte en la eminencia gris del poder.

Pero la necesidad de hacer comunicar es una necesidad ineluctable, que debe por eso mismo encarnarse en instituciones de comunicación, con la condición de tener personas, grupos a quienes comunicar: En la iglesia católica francesa hay demasiados abonados ausentes, siglas sonoras que no representan ya gran cosa. Ahora bien, la comunicación es interesante y fructuosa en la medida en que sea vida lo que comunique y no solamente ideas. La iglesia.no es una universidad, es un cuerpo.

6. Iglesia, lugar de paso

Quizá a la iglesia de hoy la corresponda sentirse como una organización un poco original que tenga en cuenta su estatuto básico: ser la iglesia del Espíritu.

Podría resumirse el capítulo diciendo que la iglesia es una institución con dos entradas: por una parte, todo lo que en ella significa el proyecto de Dios revelado en Jesucristo (el «misterio» de los efesios) y por otro lado toda la vida de los hombres.

a) El Espíritu sopla donde quiere, pero se ha manifestado ante todo y sobre todo en el Mesías y en la historia sagrada que precedió al Mesías («Habló por los profetas»). Es él, el Espíritu, quien, en la iglesia, hace del Libro (la Biblia) una palabra y quien hace del Mesías una presencia: en el servicio, en la misión, en los sacramentos (en que la llamada al Espíritu -la epíclesis- es fundamental). Lo que es esencial en la iglesia, lo que no puede desaparecer (aun cuando se exprese en formas diversas) es todo lo que es testimonio de Jesucristo, que ha recibido la plenitud del Espíritu. Todo lo que recuerda visiblemente el proyecto de Dios: Biblia, sacramentos, ministerios. Todo lo que recuerda el origen y la ratón de ser de la iglesia: encarnar el proyecto de Dios en la historia. Esta encarnación es la obra del Espíritu: en la Biblia se menciona el Espíritu santo siempre que toma cuerpo o se encarna lo divino (creación - encarnación - pentecostés).

b) Otra entrada: la vida de los hombres, sus peticiones, sus gritos, sus esperanzas. Todo esto es también fermentación del Espíritu, pero oscura, titubeante, un poco a ciegas (cf. Rom 8). Esta fermentación, en la iglesia, aflora sobre todo (no únicamente) por la base, pues los cristianos son en primer lugar hombres y mujeres de nuestro tiempo.

¿Cómo organizar la iglesia en una institución en que el Espíritu hable al espíritu, en que el diálogo sea verdaderamente una obra espiritual? No una obra sobre todo política: estar al corriente, tantear la opinión, estar en el viento; sino una obra de fe: escuchar el viento y dejarse arrastrar por él, hacer sitio al soplo de Dios para que todo el mundo respire.

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1. Dans le mystére de l´Esprit Saint, 1968.

2. Foi chrétienne hier et aujourd´hui, Paris 1969, 237.

Paul Guerin- El Credo, hoy - Edic. Sígueme.Salamanca 1985, págs. 133-142

 

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La iglesia del perdón

1.     El perdón en la Biblia

 

Cuando Jesús, en Lc 24, 47-49, envía a los discípulos en misión, les promete el Espíritu santo y caracteriza su misión así: «En nombre del Mesías se predicará el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todos los pueblos». Por otra parte, en la primera predicación de los Hechos (2, 38), Pedro establece el vínculo entre don del Espíritu y remisión de los pecados.

El perdón de que es signo la iglesia no es humano. Es una realidad extraterrestre, pero de la que la tierra tiene una necesidad primordial si no quiere perecer en la asfixia del mal, en la espiral de la violencia, en la epidemia del engaño.

Puede establecerse un cuadro más o menos sombrío de la contaminación espiritual que amenaza a la humanidad. La Biblia, como es bien sabido, se caracteriza por la combinación sorprendente de un pesimismo muy lúcido ante el estado presente del hombre y un optimismo desmesurado en cuanto a su porvenir. La Biblia no disminuye para nada la gravedad del mal. En oposición a las palabras tranquilizantes como «Eso no es grave... ya pasará... no es culpa vuestra», la Biblia insiste: «Es muy grave, esto os lleva a la muerte y será porque así lo habéis querido». Pero está también el perdón de Dios y esta realidad autoriza todas las esperanzas. Dios es el que perdona y muestra precisamente que es Otro («Yo soy Dios y no hombre») perdonando. Dios hace lo que el hombre no es capaz de hacer. El hombre no está hecho para afrontar el mal; ante el mal, el hombre es como un niño, desconcertado («¿Por qué existe eso?»), miedoso (con reacciones de agresividad reveladoras) o fascinado hasta perderse en él. Ante el mal, el hombre es el deudor insolvente de la parábola (Mt 18, 23-25).

Para perdonar de verdad, es decir, no borrar sino transformar, hace falta un amor absolutamente lúcido y perfectamente desinteresado, un amor no alcanzado por el pecado y que desee apasionadamente la salvación del otro. Cuando Dios dice en Isaías: «No me gusta destruir», hay que traducir: Dios no quiere dejar que el mal haga su obra. El hombre no compra este perdón (Miq 6, 7): en la parábola de Mateo, el perdón de Dios es gratuito.

Sólo Dios perdona y decide perdonar. En el «Padre. nuestro» el pequeño «así como» de la quinta petición es muy importante: «perdónanos... así como nosotros perdonamos a...». Nuestro perdón no es verdaderamente la condición del perdón de Dios: es sobre todo la señal de que el perdón de Dios ha penetrado seriamente en nosotros. Además, sólo con esta condición de sentirse verdaderamente perdonados sin humillación, podemos perdonar sin humillar. Y toda la iglesia debe acordarse de ello en el ministerio de la penitencia: transmite el perdón porque es perdonada. Cada vez que quiere presentarse por encima de los demás, el anuncio del perdón suena a falso.

«Perdón» es por tanto una palabra sagrada, una palabra del reino, una palabra divina como «espíritu». La iglesia, realidad humana, reivindicada por Dios, está consagrada a este perdón. Lo vive porque es humana y por tanto pecadora, lo proclama, lo celebra y permite que lo vivan todos aquellos que ven la gravedad del mal y no aceptan el poder de las tinieblas, ni sobre ellos ni sobre el mundo. ..

2. ¿Iglesia del perdón o de la ley?

De hecho, muchas personas tienen la impresión de que la iglesia es más la iglesia de la ley que la iglesia del perdón. Querría aclarar este punto y establecer algunas distinciones que me parecen importantes.

La iglesia cristiana no es sólo una religión (eso es lo que yo creo), pero es también una religión. Tiene, por tanto, una función social: consolidar el equilibrio espiritual y moral que cada sociedad edifica frente al caos que siempre la amenaza. Y en especial en el dominio moral, la religión aporta una cautela divina al conjunto de las reglas morales, de las prohibiciones que la sociedad impone a sus miembros para permitir esta vida en común. Toda religión ha dado a la moral la autoridad de Dios. La religión cristiana ha sido en esto como las otras. Ha justificado esta autoridad divina de la ley moral por el dogma de la creación. El orden del cosmos (= mundo en armonía) viene de Dios; la ley natural, las leyes naturales son la expresión de la voluntad divina. Contradecirlas, o cambiar algo en ellas, es iniciar una rebelión contra Dios (cf. Rom 13, 1-7).

Esta visión es criticada en la actualidad de dos maneras.

a) Sobre el vínculo que se establece entre Dios y el mundo en esta afirmación de la creación. Es una manera de entender este vínculo. Pero se puede entender de forma completamente distinta. Se puede decir por ejemplo, con R. M. Rilke, que «Dios crea el mundo como el mar crea los continentes, retirándose». Parece que la Biblia, por ejemplo, insiste más en la distancia que se instaura entre Dios creador y el mundo creado que en la proximidad entre uno y otro. También parece que en el antiguo testamento «creación» significa más «llamada», «vocación» que «tomar entre manos», y también en esto la distancia tiene carácter primario.

b) Sobre el hecho de que el hombre, surgiendo al término de la creación (en el pensamiento bíblico) es creado creador, socio de Dios. Adán y Eva traducen: iguales e independientes. No se trataba de su verdad y por tanto es su pérdida. Socios: capaces de diálogo dejados a su iniciativa y sobre todo a su responsabilidad de responder o no al amor de Dios que es su vida. El hombre no es en primer lugar un ejecutante, es por encima de todo un creador que está llamado a abrirse al Creador primero. El hombre es también un origen, es por tanto origen de la ley (precisando: origen originario y no originante).

En mi opinión, el actual movimiento de secularización de la moral es una experiencia bienhechora. Dios no acabará reducido al paro porque no se le consulte ya qué hay que hacer. En primer lugar, porque la moral no es el elemento específico del nuevo testamento. «Puede decirse en sentido amplio que la enseñanza moral dada por la iglesia primitiva estaba bastante vinculada con el movimiento general que animaba a la sociedad grecorromana para el perfeccionamiento de la moralidad pública, tarea a la que se aplicaron en el siglo I diversos organismos. Los maestros cristianos aceptaron como dada la estructura social existente con sus problemas y sus peligros bien conocidos. Hasta cierto punto, podían hacer suyas buena parte de las críticas fundamentales y de los consejos que los moralistas serios de otras escuelas proponían con insistencia a sus contemporáneos». 1

Este comentario de Dodd no debe hacernos concluir que la moral no tiene importancia en el evangelio (todo su libro dice lo contrario). El cristianismo tiene razones propias para proponer la moral de todo el mundo: «En resumen todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos» (Mt 7, 12).

La palabra «moral» tiene mala prensa. Y es una pena, pues es muy importante «moralizar», es decir, encontrar las vías concretas de una mayor humanización. El hombre no es un dato, algo completamente hecho, es una tarea a realizar y es preciso estar en todo momento despejando el bosque de la historia para abrir los caminos de su realización. La iglesia no puede dejar de participar en esta tarea, en primer lugar como institución social y sobre todo como iglesia cristiana: la fe es una respuesta activa a la llamada activa de Dios. Mientras los hechos no se enderecen, la fe no es un «Amén», un sí. Aceptar ser amado por Dios es amar también. No hay reciprocidad humana al amor de Dios por el hombre: quien se sabe amado por Dios es invitado por san Juan no a pagar a Dios en actitud recíproca sino a amar a su hermano, y por tanto a construir el mundo. («Para hacer un mundo, hace falta amor y nada más»). Convertirse a Dios es necesariamente alejarse del «deja vivir» y creer la vida humana que es victoria continua sobre la disipación de los deseos incontrolados y sobre las necesidades que se autodenominan ineludibles.

En esta moral que se debe hacer en todo momento (lo que no quiere decir que siempre deba volver a comenzar), la iglesia tiene por tanto su lugar, su voz. A partes iguales con otras instancias. Y hará muy bien en no ponerse en el papel de quien baja del Sinaí, tras haber recibido sobre la cuestión (moral) luces definitivas.

De forma paradójica, puede decirse que absolutizar la moral, en la actualidad, es quitarle lo que tiene de serio. Pienso en especial en las formas negativas de la ley moral que son las prohibiciones. No hay vida moral ni crecimiento humano sin prohibiciones, sin « no» -es acompañados de sanciones apropiadas. Estas prohibiciones han estado sacralizadas desde siempre (cf. el decálogo). Pero esta sacralización («es Dios quien lo prohíbe») provoca un aplastamiento o bien una rebelión desproporcionada con el alcance real de las prohibiciones, que quieren señalar los peligros serios de tal comportamiento para el individuo y la sociedad. Tomarse en serio las prohibiciones que forman parte de la vida moral supone justamente que la religión se prohíbe absolutizar las prohibiciones. Estas son la voz de la experiencia secular de la humanidad y no la voz atronadora de lo eterno.

No presentar a un Dios de la naturaleza, Dios evidente, imponente, Dios del orden que se debe conservar, no hablar ya de Dios así, no es dejar de hablar de Dios. Se puede hablar de Dios de otra manera (y, pienso yo, salir ganando). Un Dios que llama, que convoca, que provoca, un Dios que tiene en cuenta en primer lugar el primer don que ha dado al hombre: su libertad. Creo que un Dios así se comprende mejor como el Dios de la vida. Se ve mejor su deseo primordial: que el hombre viva en toda su verdad y el nombre de Dios sea santificado, es decir, que Dios sea reconocido en lo que verdaderamente es: un Padre que hace vivir. Por tanto, por lo mismo que Dios no pierde nada dejando la iniciativa moral al hombre, la iglesia no pierde nada abandonando cierto monopolio de la emisión de las consignas morales. Tiene muchas otras cosas que hacer que sí son competencia propia de la iglesia.

3. El pecado y el perdón

La iglesia debe hablar del pecado y del perdón. Y es indudable que existe el desorden moral: el dejar las cosas a su aire, el instinto desbocado, el desprecio, el sadismo, la corrupción, la mentira, el cinismo, el orgullo, la dictadura, la opresión... Contra esta manera renovada sin cesar, la sociedad eleva sin cesar diques de protección: leyes, educación, costumbres, policía, opinión, justicia... Y la iglesia debe participar ocupando su lugar en esta moralización, tratando de moderar el idealismo que ha contaminado a tantos cristianos. Es difícil prescindir de todo idealismo cuando se medita en el proyecto sobrehumano de Cristo: «Sed perfectos como vuestro Padre...». Pero el idealismo no debe ser la única voz de la conciencia del cristiano (y de muchos otros). El análisis de la realidad es también un componente esencial de la reflexión moral. El idealismo habla en primer lugar de lo que «debería ser», en lugar de ver también lo que es y lo que podría ser en la etapa inmediata. Es este idealismo quien ha provocado tantos impotentes en el dominio de la política, a pesar de tratarse de un trabajo sumamente moral: humanizar la jungla social.

 

 

Sin embargo, más allá del desorden moral, la iglesia debe revelar un desorden más fundamental: el pecado. El pecado toma apariencia de vicio y adquiere también rostro de virtud. «Lo contrario del pecado no es la virtud, es la gracia» (F. Mauriac). .

San Pablo, al reflexionar sobre su pasado de fariseo intransigente, ve en ello el pecado. Y sin embargo todo estaba minuciosamente reglamentado. Como en el examen de conciencia del fariseo de la parábola, que constata con satisfacción que todo está en su lugar exacto, que tiene una vida perfectamente reglamentada.

El pecado es justamente esta ausencia de fisura, esta invulnerabilidad, esta pretensión de no estar herido. Cinismo del vicioso, del arrivista que justifica su mala conducta, ridiculizando la llamada a la justicia, a la verdad: cierra la trampa. Fanatismo de los doctrinarios y de los políticos que están en posesión del secreto de la felicidad y no quieren recibirlo de ningún otro; poseen la verdad, ésta no les viene de otra parte, y menos todavía de otras personas. Infantilismo de los miedosos, de los perezosos que quieren inmediatamente (y preparado por «los demás») un mundo sonriente, aséptico, al abrigo; sin dramas, ni muertes, ni horrores, un mundo confortable en que se vean los toros desde la barrera: rechazan toda provocación, toda bofetada del viento. Ceguera de las buenas conciencias, preocupadas ante todo de lo correcto, del deber, del orden, de la seguridad interior: para ellas no debe existir el mal, ni ningún desorden, ni siquiera ningún exceso; no quieren oír el grito de la locura, a los locos se les encierra y si es preciso se los hace desaparecer.

Podría prolongarse la enumeración. -El pecado es el rechazo del Otro y de los otros, es el rechazo de Dios en cuanto que es Dios, por ser de otra parte, y de los otros, por ser otros, y por tanto diferentes. El pecado no es forzosamente el ateísmo, pues hay ateísmos que son tales en relación con la idea de Dios: no se quiere a un Dios que se parezca demasiado al hombre. Por el contrario, el pecado puede ser la religión, pues hay religiones que son la sacralización, la bendición de los egoísmos, de los prejuicios, la negativa a plantearse las cosas.

Y ésta puede ser quizá la raíz del pecado: se está en un lugar determinado y se decide que ese lugar es el bueno, que no hay otro mejor y que es mejor no moverse. El pecado conoce todos los matices desde una especie de testarudez enfurruñada hasta el orgullo declarado, pasando por el engaño más o menos consciente («la verdad es que no me daba cuenta») o la duda que se autodenomina motivada y que enmascara la cobardía («habría que estar seguro de no equivocarse»).

El Dios bíblico es el Dios que viene de otra parte y que nos provoca. Es seguro que cierto ateísmo es pecado, en este rechazo de lo que está en otra parte. Bien entendido, de este ateísmo y de todas las demás formas de pecado descritas más arriba, se puede decir: «Hay pecado, sin duda ninguna», pues el pecado procede del secreto de la conciencia y de la única clarividencia de Dios. Pero en general se puede describir el pecado como una negativa a emigrar o el rechazo a recibir algo que sea verdaderamente distinto por no aceptar que se está herido.

4. Las vías del perdón

Y sin embargo la salvación comienza con la aceptación de la carencia. Lo que la tradición llama humildad es esta mirada sencilla del hombre insatisfecho que confiesa sin complejos: «La cosa no está tan bien». No se acusa, no escurre el bulto, sólo constata: «Yo estoy ahí, pero ése no es mi lugar, pues no es el lugar que Dios sueña para mí». Humildad que reconoce también su impotencia: «Sinceramente, no podría llegar por mis propios medios». Se abre a la propuesta de perdón que se expresa en los evangelios a través de los milagros de Jesús frente a tantas situaciones sin remedio: el ciego de nacimiento, el paralítico desde hacía treinta y ocho años, el leproso excluido, la mujer pública catalogada, la esposa infiel condenada...

La gracia de Dios no tiene más que un solo camino de acceso hacia el hombre, el que traza el mismo hombre (la conversión - la fe) bien partiendo de su alegría: es la acción de gracias que reconoce su fuente; o bien a partir de su angustia: es la llamada a la salvación que tanto abunda en los salmos: «Tú, tú libras de la fosa, pones en el camino del porvenir, fuerzas las murallas, haces saltar los obstáculos, liberas de la opresión de la angustia».

El mal en que me han colocado, en que he sentido complacencia, el mal que ha salido de mí casi fatalmente, el mal que se escondía a mi alrededor y que me ha rodeado, este mal es algo sobre lo que ya no tengo control, pero el Dios de Jesucristo es el que da testimonio de su identidad profunda perdonando, es decir, cogiendo este mal y quitándole su carácter de fatalidad y por tanto dándome poder sobre este mal. Dios nos perdona: nos devuelve el gusto de tomar iniciativas, la certeza de ser amados, tal como somos y allá donde estemos.

Dios no nos transporta a una situación de ensueño, como cuando se consuela a un niño que ha tenido una pesadilla: «No ha sido nada, ha sido un sueño». El mal no es un sueño, y nada desaparece: el carácter no se cambia ni la situación se invierte milagrosamente. Pero lo que parecía un agujero negro se convierte en camino con un horizonte; lo que parecía fatalidad inexorable se convierte en lucha, esperanza y victoria posible. Lo que era mortal se convierte en resurgimiento de vida.

El perdón es esta intervención de Dios que solicita al hombre. Pedir el perdón (mejor que pedir perdón) no es un abandono ni un atropello (si se siente así, hay que revisarlo). Es el reconocimiento de la verdad: «No quiero capitular ante el mal, pero soy incapaz de vencerlo, es decir, de transformarlo». Este odio que me acecha, por ejemplo, es algo a lo que no querría ceder, pero soy perfectamente capaz de contenerlo, de rechazarlo o de neutralizarlo con una piedad equívoca. Creo que sólo el diálogo en verdad con el amor absoluto podrá liberar este odio, dejarlo correr, ponerlo en otras manos que se encarguen de él y me liberen del mismo. No como un cirujano que extrae un tumor, sino algo parecido a la luz que disipa los temores nocturnos y «pone» las cosas en su sitio.

Dios perdona: «Pone» el pecado (que es cerrazón, repliegue) en la corriente de la vida. La palabra y el amor sin condiciones liberan de la inquietud por uno mismo y deja agresividad que acompaña a la falta de agradecimiento y a la condena. El paisaje se ilumina, se tiene deseo de recorrerlo en todos los sentidos.

5. Iglesia, sacramento del perdón

Esta realidad del perdón está en el corazón de la realidad «iglesia», como sacramento, signo de la salvación. Esto debe ser, en mi opinión, su centro de gravedad. ¿Es que la iglesia debe preocuparse de hablar del pecado? El pecado se desvela cuando se habla de la exigencia evangélica. Cuando se pide que se abran las puertas y se observa el punto en que están bloqueadas y chirrían las puertas. Es el amor quien constituye el objeto de la predicación evangélica, en todas las formas en que se puede dar el amor: hablar, escuchar, acompañar, dejar marchar, consolar, estallar, decir que sí, decir que no, tener paciencia, provocar, explicarse, callarse, actuar, dejar hacer, etc. El amor que invade todos los sectores de la vida y no puede admitir la existencia de zonas prohibidas. El comercio, la política, la producción, la especulación, la violencia, la abstracción, el placer, la imaginación, etc., todo esto debe explicarse con la exigencia de amor que es para la humanidad una necesidad tan imperiosa como el respirar o hablar.

Y sin embargo hay un peligro terrible en convertir la exigencia de amor en centro del cristianismo. Este peligro tiene un nombre: fariseísmo. El fariseísmo aparece en el mismo momento en que se pone una ley como primer principio, incluyendo la ley evangélica. Desde el momento en que se juzga por los hechos, por ejemplo, por los hechos de compromiso al servicio de los demás: Desde el momento en que el criterio de valor es el comportamiento, por ejemplo, el comportamiento militante.

Ahora bien, en el corazón del evangelio (y por tanto en el corazón de la iglesia) está la afirmación de que no hay criterio de admisión, de que las acciones no constituyen el valor del hombre y que ninguna ley da seguridad ante Dios. La única seguridad del hombre es el amor incondicional que Dios le manifiesta, la única grandeza del hombre es la pobreza del corazón, su único valor verdadero está no en hacer sino en acoger.

«Así pues, la salvación y la penitencia han intercambiado sus posiciones respectivas. Si, para el pensamiento judío, la penitencia es lo primero, si condiciona para el pecador, la esperanza en la gracia, ahora, es la gracia la que engendra la conversión. Los que se sientan a la mesa del rico, son los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos, y no personas ya en proceso de curación. No se pregunta a los publicanos y pecadores que están en la mesa con Jesús -como tampoco al hijo pródigo- el grado de su progreso moral. Es lo que demuestran las parábolas de la oveja y de la dracma perdidas. No hablan de condiciones previas que el hombre deba satisfacer antes de que le sea impartida la gracia; se trata únicamente de volver a encontrar lo que se había perdido; así, y no de otra manera, es como describen la alegría que hay en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 7-10). Lejos de ser una intervención del hombre que prepara la gracia, la penitencia, puede decirse, es "ser encontrado"».2

No es el amor que se debe practicar lo que ocupa el centro, sino el amor que se debe recibir: tal es el sentido de los sacramentos del bautismo, penitencia, eucaristía. Una iglesia sin sacramentos es una iglesia que, infaliblemente, se desliza hacia el moralismo evangélico y el legalismo cristiano.

El perdón de Dios debe predicarse, creo yo, antes del deber de amar y sobre todo antes de la incapacidad de amar. Por otra parte, amar no pasa a ser puro deber más que en la soledad. Debería ser una respuesta y es así como Cristo nos lo propone: «Venid a la mesa de Dios y él os dará la alegría nupcial». La certeza de este amor, inalterable e inagotable, libera de la impaciencia y del grave peso que rezuman, casi inevitablemente, del moralismo evangélico. Bornkamm 3 nota cómo Jesús denuncia en los fariseos su falta de alegría. Muchas veces nos llega el mismo reproche: «Sois unos pesados». Somos pesados porque nos sentimos presionados: «Es preciso que los hombres se liberen» y si es preciso se les obligará a ser libres. Somos pesados porque ponemos por delante las cosas que hay que hacer y no la vida y el amor que se pueden recibir. No inventamos el amor, no lo creamos, sólo podemos transmitirlo.

Además, en el campo del mundo, debemos acostumbrarnos a la cizaña, lo mismo que el Señor, después del diluvio, se resigna a la maldad de los hombres. Se sueña en un mundo de generosidad pura, se sueña en un mundo de total distensión, y todas nuestras paredes se llenan con imágenes de este sueño: sonrisas inalterables, cielos azules, cuerpos esbeltos y luminosos, o bien, puños dinámicos, rostros indomables, grupos unidos para lo mejor y para lo peor. Pero, de hecho, hay tanta, si no más, fatiga, despecho, rencor, estupidez, perversidad, pasotismo, etcétera.

Confieso que me producen un poco de estupefacción los teóricos modernos que unen en la misma ideología a Marx y a Freud, a pesar de todos los problemas de impedancia que se plantean entre los dos sistemas. ¿Cómo unir el optimismo lúcido de uno con la lucidez pesimista del otro?

¿Por qué el mal? No tengo ni idea. El mal existe y existirá. No puedo sofocarlo, es una hidra de innumerables cabezas. Como cristiano, no bajo los brazos, tiendo las manos hacia un amor que «ha destruido el odio».

En la práctica de la iglesia cristiana, parece que la celebración del perdón es algo esencial. Esencial para la iglesia que vive del perdón de Dios (¡debería ser tan diferente!) y esencial para el mundo cuya salvación es la acogida de un amor que perdona. He dicho deliberadamente «la celebración del perdón» y no el discurso sobre el perdón. Pues se trata de acoger.

Por eso todos los esfuerzos litúrgicos sobre los sacramentos de la reconciliación (bautismo - penitencia - eucaristía) son esenciales para la evangelización. Es preciso que estos sacramentos sean verdaderos signos de la salvación. Para que la salvación sea una realidad que nos haga señales hoy en día. Y para que aprendamos a caminar, sin temor ni ilusión. Para que sepamos combinar la lucidez y la esperanza.

6. Un testimonio

«Un día me di de bruces con el pecado en toda su desnudez. Se planteó en toda su crudeza el problema de perdonar. Era el hecho mismo de perdonar el que me sublevaba: consentir en olvidar todo, en no tener ya nada en el corazón. No me preocupaban los hechos que tenía que realizar para llegar a ello, Dios no me los exigía entonces. Sólo me mostraba, muy claramente, hasta dónde quería que llegara y que estuviera dispuesto a ir hasta ese punto. Todo mi ser respondía que no, me era insoportable el pensar que sí. Entonces, comprendí casi físicamente lo que era el pecado: decir no a Dios. Estaba entonces al borde del infierno pero prefería el infierno a decir que sí; por otra parte, bailaban ante mí aquellas breves palabras: "Amad a vuestros enemigos... a fin de que seáis hijos de vuestro Padre...". Dije sí conscientemente. En aquel instante, que no duró mucho, lo elegía él, contra mí, pues tenía la impresión de que diciendo sí me perdía, renunciaba a ser yo: "El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo". Ahora, cuando vuelvo a pensar en aquello, no tengo ni amargura ni nada parecido, sino alegría y agradecimiento hacia Dios que obtuvo aquello de mí. ¡Qué sorprendente es la libertad!».4

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1. C. H. Dodd, Morale de l´Evangile, Paris 1958.
2. G. Bornkamm, Jesús de Nazaret, Salamanca 1975, 89.
3. Ibid., 90.
4. B. Bro, On demande des pécheurs, Paris 1969, 142-143.

Paul Guerin- El Credo, hoy- Edic. Sígueme.Salamanca 1985, págs.143-156

 

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La iglesia de la comunión

 

1.     La «comunión» en la tradición

«Comunión de los santos» es la traducción literal de «communio sanctorum». Pero este genitivo plural puede ser del género neutro (las cosas santas) o masculino (los seres santos). Por eso es necesario ver qué es lo que entendían con esta expresión la Biblia y la tradición: «comunión de los santos» que es una de las características del misterio de la iglesia, es decir, de su identidad profunda.

 

Pannenberg dice que, en su origen, esta expresión designa la comunión con los santos mártires y la participación en los sacramentos de la iglesia. Estos dos sentidos son igualmente originales. «La adición de las palabras "comunión de los santos" designa por tanto la iglesia en cuanto institución en que se toma parte en los misterios divinos que comunican la salvación, en que se está en comunión con los mártires que son ya participantes de esta salvación». 1

 

Para Pannenberg, fueron los reformadores quienes insistieron en otro sentido que se hizo predominante (incluso entre los católicos): a saber, la comunión de los cristianos entre sí, ya que la palabra «santo» designaría a los fieles, según san Pablo. Sin embargo no es éste, históricamente, el primer sentido ni puede ser, teológicamente, el más decisivo.

«La palabra "sanctorum" no corresponde primitivamente a personas; significa, más bien, los dones sagrados, la realidad santa que es dada por Dios a la iglesia en la celebración eucarística, para ser el verdadero vínculo de la unidad. La iglesia no se define por sus funciones y su organización, sino por su culto: como comunidad en una mesa alrededor del Resucitado que en todos los lugares la congrega y la une». 2

´Si dirigimos ahora nuestra atención hacia la Biblia, se nota cierta reserva del antiguo testamento. Las comidas sacrificiales llamadas «de comunión» son de hecho comidas que se toman «ante Dios». En el antiguo testamento no hay, propiamente hablando, comunión con el Dios santo. Pero el nuevo testamento habla de comunión con el Hijo y en el Hijo con el Padre (cf. 1 Jn). Esta comunión es «en el Espíritu»: el Espíritu se apodera de los hombres y los introduce en el diálogo del Padre y del Hijo. No se trata, por tanto, de una especie de fractura del mundo divino por el hombre: es el Espíritu quien invade al hombre y lo hace participar de manera divina, y por tanto misteriosa, en la vida trinitaria.

Esta vida trinitaria será la base de la teología griega: si el hombre ha sido creado a imagen de Dios, su secreto está en Dios y en especial el secreto de esta unidad que obsesiona a la humanidad. Entre los griegos, no se plantea primeramente el principio de una naturaleza divina común a las tres divinas personas: lo que se contempla en primer lugar son las tres personas. «El método de los Padres es siempre integral, prescinde de todo monismo centrado exclusivamente en el Verbo o en el Espíritu santo y aspira a una teología equilibrada y articulada sobre las tres personas divinas. Considera la trinidad de las personas antes que la esencia una de la divinidad; parte de las hipótesis y a continuación precisa las procesiones para afirmar la unidad de la naturaleza considerada como contenido de las personas» 3. Esta observación puede ser muy fecunda para pensar el misterio de la comunión de que la iglesia es signo. Signo y no encarnación.

En esta palabra «comunión» se trata de una realidad extraterrestre pero que quiere encarnarse en lo terrestre. No presentarse ante la historia como una aparición, ni barrer la historia, sino encarnarse en la historia, aceptando por tanto sus leyes, sus caminos, para santificarla de verdad. Y la mediación de esta encarnación es precisamente la iglesia, parte también de la historia humana, sector de lo terrestre, pero también brote de eternidad, matriz de una comunión que va a llevar a un nivel divino todas las esperanzas de unidad expresadas en la vida de los hombres.

2. La comunión hoy

«Creo en la iglesia única». En efecto, hay que decir «creo» pues se trata de algo que no es evidente, que no es ya evidente. En el siglo mismo en que se ha despertado la pasión del ecumenismo, en que los cristianos de las diversas iglesias quieren superar las querellas de sus padres, los vínculos que unen a los miembros de cada iglesia se distienden, y en especial dentro de la iglesia romana que se vanagloriaba de ofrecer la apariencia de una institución bien soldada: contestación de una autoridad única, fragmentación de un único lenguaje de la fe, diversificación de las formas de celebrar, aceptación de sensibilidades y mentalidades muy variadas. Parece que la operación verdad emprendida por el concilio Vaticano II ha hecho caducar la operación unidad emprendida por el concilio de Trento. En otras épocas, el mismo sacerdote encontraba de un extremo a otro de la catolicidad una comunidad capaz de dialogar en la eucaristía con él; los monaguillos de todo el mundo, balbuceaban las mismas respuestas en latín. Ahora, basta ir de una a otra parada del autobús para tener la impresión de que se trata de otra religión. Es claro que un poco de espíritu crítico y un poco de cultura histórica podrán contribuir a eliminar las nostalgias de los unos y a relativizar las inquietudes de los otros. ¿Qué ocultaba la fachada de la unidad? ¿No ha habido, en el pasado de la iglesia, formas muy válidas de vivir la unidad en medio de una prodigiosa diversidad?

Sin embargo, no se puede negar el hecho de que la unidad, la comunión, no se deja notar de forma inmediata. Lo que se observa es la división, la desunión. Por eso hay que tratar de comprender este fenómeno que, en mi opinión, es de siempre, pero que hoy día parece adquirir mayor relieve y que provoca una especie de escándalo: «¿No es el mismo Dios, el mismo Cristo? ¿Por qué tantas incomprensiones, segregaciones, excomuniones?».

Un cristianismo fragmentado

 

FE / IDEOLOGIA: Propongo la siguiente hipótesis de explicación que puede, introduciendo cierta claridad, permitir una cierta superación de las reacciones demasiado afectivas. Yo creo que la fe cristiana va siempre envuelta con una ideología. La fe es ese movimiento profundo del ser humano que va al encuentro del Dios revelado en Jesucristo. La ideología es el conjunto de ideas, de creencias, de mitos, de imaginaciones, de prejuicios, de experiencias, conjunto propio del grupo del que cada uno forma parte. Hay una ideología «obrera» y una ideología «científica». Cada una de estas ideologías tiene su visión del individuo, de la sociedad, de la naturaleza, de las relaciones de los unos con los otros. Tiene su escala de valores con valores prioritarios y valores que ceden ante otros. La palabra ideología tiene muchas veces mala prensa. Y algunos presumen de no tenerla. No es nada de que presumir. Todo el que piensa, hace proyectos, decide y actúa tiene forzosamente una ideología: ve las cosas y las personas dentro de un orden determinado. Lo que ocurre muchas veces, por el contrario, es que se adopta sin ningún discernimiento la ideología del rincón en que se vive, o, lo que es peor todavía, que se tiene la propia ideología como si fuera la verdad. Su orden de valores es el orden, su ángulo de visión es el punto de vista «objetivo», su ordenamiento es la jerarquía (= el orden sagrado).

Ahora bien, a partir del momento en que la fe en Dios, en Jesucristo, se apodera de un hombre, de una mujer, de un grupo humano, se producirá inevitablemente una mezcla, composición e interpretación de la fe y de la ideología propia de estos seres, de estos grupos, pues la fe quiere ser luz para la vida, sentido para la historia, principio de acción y de comprensión. A no ser quedándose en un grito puro o de alojarse en un silencio a la larga insoportable, la fe se va a presentar, decir, celebrar y vivir a través de una ideología. Si se habla de la fe, se va a utilizar el lenguaje del grupo, un lenguaje que no se inventa, que se recibe y que lleva necesariamente la ideología del grupo en cuestión. Y lo mismo ocurre con la acción de la fe, con la celebración de la fe. La fe no puede escapar a la necesidad de justificación, de presentación, de enunciado, de lógica, de comunicación.

Todo esto se hará a través de la compleja red de las diversas ideologías en circulación. La fe se adhiere por tanto a una ideología, planta en ella sus raíces, se alimenta de ella y a su vez influye en ella. Puede darle una justificación muy alta, « sacralizarla» y como integrarla a la vez hasta el punto de que sus partidarios la consideren como si formara parte integrante de su fe. Y se observa con curiosidad, con inquietud o espanto aquel o a aquella que parece vivir su fe en una filosofía, una práctica, una pedagogía, una política completamente extrañas a las que se profesa. «Es un marciano».

Esta teoría del vínculo tan estrecho entre fe e ideología puede hacer comprender ciertas reacciones. Hay cristianos muy sinceros que llegan a integrarse en tal o cual comunidad. No se trata de rechazos afectivos sino de una impresión de extrañeza que se siente con gran fuerza: el lenguaje, las reacciones, las «maneras» del grupo son verdaderamente de otro país y para llegar a comprender que la fe en Jesucristo se expresa a través de todo eso, hace falta un esfuerzo continuo de traducción simultánea que es agotador y esteriliza el impulso espiritual. Estos cristianos sinceros que tienen necesidad absoluta de la iglesia, de la comunidad, se ven impulsados entonces a buscar o a constituir otras comunidades en que la fe pueda expresarse en su propia ideología.

Se trata en estos casos de cristianos que tienen la experiencia de la fe, que muchas veces han emigrado de una ideología a otra. Pero también se dan casos de personas en búsqueda que, ante comunidades cristianas con una ideología que para ellos es extraña, rechazan entonces no sólo lo que ven sino todo lo que pueda estar asociado con ello. La fe es para los demás, no para ellos.

Nos encontramos, pues, ante un cristianismo cada vez más fragmentado, con la conclusión extraída muchas veces precipitadamente de que no hay unidad posible entre todos estos fragmentos dispersos. Se tiene entonces la tentación de poner la fe en un lugar reservado, una especie de «club mediterráneo» de las almas en que todo el mundo quedaría implicado. Ni promarxista ni liberal, ni científico y literario, ni gran burgués ni sindicalista anarquizante; ya no habría más que cristianos. Esta tentación traiciona, de hecho, cierta ideología. Bajo pretensión de puro espiritualismo, se encontrarían en seguida asociados bastante próximos. Pasando la semana en la incertidumbre, el equívoco y el conflicto, se pide a algunas zonas de la vida que sean «reservas» en que no haya ni rastro de contaminación moral. Algunos sueñan así en el matrimonio, y otros en la fe con el deseo de comunidades en que «por fin se nos hable de Dios». Lugares de una espiritualidad con gran velocidad ascensional, de recogimiento de acción rápida, de una fraternidad de degustación inmediata.

La ruptura entre vida de fe y vida habitual es una tentación perpetua de la religión que distingue lo sagrado (con personas, lugares y tiempos reservados) de lo profano (lo que está--«fuera del templo»). Pero la fe cristiana rechaza esta distinción; para el cristianismo, hay lugar privilegiado de atracamiento para Dios: todo lo humano, santificado por Cristo, puede ser signo del Padre. Y como el cristianismo es una religión de salvación histórica, es toda la historia humana la que está llamada a ser consagrada.

4. Interés de un cristianismo fragmentado

La división entre cristianos no es por necesidad obra del Maligno. Puede ser, en un primer momento, consecuencia lógica de una voluntad de vivir la fe en su vida, en su grupo, en su cultura, de vivir la fe teniendo en cuenta la vida real. Lo que lleva a hablar con el acento del terruño, a cantar con un timbre típico, a caminar con un aire característico. Todo esto nos enraíza en alguna parte y nos hace extranjeros en otra.

La iglesia de los siglos pasados, apasionada por la unidad a toda costa había experimentado de tal manera el peligro de esta fragmentación que había intentado imponer una ideología común en forma de filosofía tomista que convirtió en la filosofía de los cristianos, en su filosofía privilegiada.

Pero no es más que una filosofía y, al convertirla en puerta de entrada de la fe, se abandona prácticamente la evangelización de sectores sociales o culturales que no pueden adoptar tal filosofía (por ejemplo, el sector científico que, en los dos últimos siglos, elaboraba una ideología cuyo valor no querían admitir los cristianos). Es cierto, los científicos podían creer, aunque muchas veces dejando a la puerta de la iglesia sus «ideas» de científicos. Ahora bien, se ha visto que la evangelización debía dirigirse también a las mentalidades colectivas, a las reacciones del grupo. En este plano, no se puede escapar a cierta amalgama fe-ideología y tampoco se puede evitar un cierto enfrentamiento de los diversos conjuntos «fe-ideología». Es la voluntad de evangelizar todo lo humano en sus dimensiones colectivas (esenciales) lo que va a provocar la fragmentación del cristianismo vivido, según las culturas, medios y proyectos de sociedad. Sobre todo si estas realidades son antagónicas, que es lo normal: el progreso de la sociedad humana brota de estos antagonismos. Y la política interviene por fuerza en la fragmentación del cristianismo, pues la política es la promoción de la sociedad a partir de estos antagonismos naturales.

Así pues, un cristianismo en orden disperso puede ser un cristianismo más vivo y con mayor irradiación.

5. Una unidad a construir

¿Y la unidad? ¿Y la comunión? En otras épocas; era algo que parecía venir dado. «Digo que la iglesia es una porque los fieles que la componen tienen una fe, participan en los mismos sacramentos y están sometidos a la misma autoridad ejercida por los obispos, bajo la dirección de un mismo jefe que es nuestro santo padre el papa»4. Es una definición latina. Los griegos no parten de lo que es común, sino de la diversidad (de las personas adivinas - de las iglesias) y se busca luego por qué procesiones (en el caso de la trinidad) o por qué ministerios (en el de la iglesia) se establece la comunicación y la unidad.

Me parece que la iglesia de nuestro tiempo vivirá la comunión en este sentido. La diversidad será considerada como el don básico y como una riqueza. Como la característica de una iglesia en diálogo con un mundo diverso. La comunión será una tarea a realizar. Tarea que no es facultativa o simplemente útil. Tarea indispensable para la misión: si el diálogo es imposible entre cristianos por ser demasiado diferentes, es inútil predicar una reconciliación venidera. Inútil predicar la gracia de Cristo, más fuerte que toda división. Inútil predicar el diálogo posible con Dios. En la lógica cristiana, la comunión es posible entre nosotros porque Dios la ha hecho posible de él a nosotros. Si la conclusión brilla totalmente por su ausencia, es que la premisa es una ilusión.

6. Las vías de la comunión

Pero no hay que quedarse en esta proclamación de principios. Si la comunión es una tarea a realizar, en esta tierra y en nuestro tiempo, hay que construir con los materiales de que disponemos y siguiendo también los consejos de la sabiduría humana.

Si existe una solidaridad cristiana, debe aprovechar todas las ocasiones de ejercitarse. Al menos es posible encontrarse entre cristianos sin tener que renunciar a su originalidad: pienso en el silencio de la oración, en la complicidad de la fiesta, y en todos los vínculos que pueden establecer en tantas ocasiones: alegrías, penas, dificultades. San Pablo, en lucha casi continua con las iglesias judaizantes para escapar de su influencia y crear comunidades auténticamente gentiles, dedica una energía preciosa a la famosa colecta para sostener materialmente a las iglesias de Judea.

El capítulo segundo de la carta a los gálatas constituye un material precioso para una meditación sobre la comunión. Se ve en él la apasionada defensa de la libertad en el Espíritu. «Ante aquéllos ni por un momento cedimos dejándonos avasallar, para que la verdad de la buena noticia siguiera con vosotros (= los paganos)». Se observa la necesidad del diálogo: «Subí a Jerusalén por una revelación y les expuse la buena noticia que pregono a los paganos... para evitar que mis afanes de ahora o de entonces resulten inútiles». Se aprecian signos visibles de comunión: «Nos darán la mano en señal de comunión... Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres de allí, y eso en concreto lo tomé muy a pecho».

Volviendo a nuestra situación actual, se puede decir que la comunión entre ideologías diferentes será posible en la medida en que cada ideología tome conciencia de su carácter relativo. «Yo os digo la verdad», dice una señora integrista a un sacerdote después de un sermón que la había desconcertado. «En ese caso, señora, no podemos hablar». ¡Es evidente! Esta mujer, sin saberlo del todo, adora una imagen tallada de Dios. No se le pide que renuncie a sus ideas, se le pide que distinga entre sus ideas y Dios. Se le pide que no se considere poseedora de Dios. Y por tanto que acepte otras vías de acceso hacia el misterio. El pluralismo cristiano se apoya en la santidad, es decir, en la alteridad radical de Dios. Concebimos a Dios a nuestra manera, evidentemente, pero Dios está siempre más allá de lo que nosotros podamos pensar sobre él. Por eso es accesible de muchas maneras.

Lo que es también importante para el diálogo es que cada uno se sienta cómodo en su propia ideología. Demasiados cristianos, demasiados sacerdotes se sienten incómodos con su ideología. Están crispados, como un perro con un hueso. Por lo general esto se debe a que la adquisición de esta ideología es reciente. Todavía no ha pasado el tiempo necesario para hacerse a ella y por tanto para alejarse un poco. Estos nuevos ricos no se sienten demasiado «familiarizados» con sus muebles. Como dice J. Le Du a propósito de la moral y de las relaciones padres-hijos en este terreno: «Teniendo todo en cuenta, la acción educativa la realiza mejor un hombre que dispone de una moral un poco tradicional y no demasiado liberalizadora, pero que tenga hacia ella una actitud serena y libre, que un hombre que puede considerarse como la punta más adelantada de una actitud vanguardista y que tenga hacia ella una actitud crispada y militante, en el mal sentido de la palabra». 5

Quien se reconozca cristiano «de tal ideología» sin complejo ni agresividad estará presto al diálogo. No será prosélito respecto al otro. Lo importante es ganar para Cristo y no para sus ideas. Lo importante es creer como se es y enriquecer el cuerpo de Cristo con su propia riqueza humana.

7. El ministerio de la comunión

La comunión en la iglesia tiene, forzosamente, una carta visible, un aspecto institucional, en especial por el ministerio de la comunión, el servicio de la unidad que es el ministerio sacerdotal, episcopal (y papal). Este ministerio es para realizar (en el sentido fuerte de la palabra) la comunión entre los cristianos, pues es antes que nada ministerio apostólico, vínculo auténtico con los orígenes, con lo que fundó la iglesia: la palabra y los hechos de Jesucristo. Es ministerio de comunión porque los obispos y sacerdotes presiden los sacramentos y el anuncio de la palabra que hacen presente a Jesucristo, lo convierten en alguien contemporáneo, fuerza de unidad entre todos.

Antes de abordar este punto esencial, esta característica estructural de la iglesia, querría anotar la importancia de los lugares de comunión. Son diversos, pudiendo ser bien lugares de peregrinación, de concentración, o bien parroquias, reuniones federales, encuentros regionales o nacionales. Lo importante es que estos «lugares» sean realmente encuentros de personas diversas, de grupos diferentes. La ventaja de la parroquia (enfermo condenado varias veces pero que se empeña en vivir) es tener una base geográfica, abierta a cualquiera que desee entrar en ella: fieles habituales u ocasionales, militantes motivados o personas movidas por impulsos religiosos. Esta posibilidad material, visible, institucional, me parece esencial para encarnar la idea central de la comunión en la iglesia: Dios nos acepta tal como somos, es su amor quien nos congrega, amor gratuito, sin condiciones. Son precisos lugares un poco particulares (no particularistas) para recibir verdaderamente esta palabra y este amor, encarnarla en nuestra vida concreta y en nuestra propia cultura. Pero también son necesarios lugares para no olvidar que somos congregados (en pasiva) por Otro, que nuestro centro de gravedad está fuera de nosotros, de nuestro clan, de nuestros méritos, de nuestros pecados. Que estamos atraídos por una potencia que no podemos poseer aun cuando podamos recibirla.

«Para saber si acogemos verdaderamente el evangelio como un don de la gracia, tanto hoy en día como en el tiempo de la controversia entre Pablo y los judaizantes (ef. Gál 2, 11-16; 3, 26-29; Rom 15, 7-13), no hay más que una prueba: la forma en que consentimos en encontrarnos entre los cristianos. O bien, exigimos para reunirnos que cada uno haya dado ya pruebas en materia de observancia de la ley, sea en relación con las prescripciones religiosas o con las exigencias de la justicia. Nos comportamos entonces como si sólo valiéramos a los ojos de Dios por nuestras obras. Y nos hacemos radicalmente cómplices de todo sistema sociopolítico en el que los hombres sólo son reconocidos en función de lo que hacen y no en primer lugar por el simple hecho de existir. Por el contrario, si estamos dispuestos a escuchar el evangelio con el primer cristiano que llegue tomando como única base la fe, esto quiere decir que, en realidad, esta fe nos basta para reunirnos ante Dios y que estamos dispuestos a amar a este hermano por sí mismo».

«Esta acogida común de la gracia no implica que se enmascaren los conflictos que oponen a los cristianos. Más vale reconocer que están comprometidos en las luchas que dividen a la sociedad de que son miembros hasta el punto de que llegan a veces a dar a las exigencias éticas del evangelio interpretaciones contradictorias. Pero en medio de los conflictos declarados pueden encontrar en la buena nueva del perdón de Dios la fuerza de dar los primeros pasos en el camino de la plena reconciliación».

«La unidad hacia la que tienden los cristianos no tiene ninguna uniformidad. Cada uno debe poder articular el único evangelio con su propio proyecto histórico y, gracias a este esfuerzo de interpretación, profesar su fe en un lenguaje que sea verdaderamente el suyo. Pero esta búsqueda sólo se realizará en la fidelidad al don de la gracia si se permanece en comunión con los otros creyentes. Por eso, las profesiones de fe deben hacer la función de "simbolos", es decir, de signos de reconocimiento entre cristianos. Sin embargo, desde los orígenes de la iglesia, constatamos que la fe común se expresa en una pluralidad de fórmulas entre las cuales hay una igualdad sencillamente proporcional. La forma en que cada comunidad traducía su fe en su medio humano era original. Pero correspondía a la manera en que las otras la expresaban en su propio entorno cultural. La hospitalidad que estas iglesias practicaban entre sí permitía verificar esta proporcionalidad. La búsqueda de nuevas fórmulas de fe quiere reivindicar hoy en día todos sus derechos a un necesario pluralismo. Estas tentativas requieren, hoy como ayer, una incesante confrontación entre las diferentes fórmulas propuestas. De esta manera se convertirán en símbolos de fe. No se puede tratar de renovar la inteligencia y la expresión de la fe si no es mediante una referencia constante a la universalidad de la iglesia». 6

Si volvemos ahora la atención al ministerio sacerdotal, la primera constatación es que el ejercicio de este ministerio es hoy especialmente difícil. Los obispos, por ejemplo, se dan cada vez más cuenta de que no hablan de planetas lejanos; también ellos están situados cultural, social y políticamente. Cada vez se discute más su derecho a decir una palabra universal. Yo creo que esto sería algo muy difícil. La toma de conciencia de esta dificultad puede provocar una sana humildad: la iglesia no se congrega en torno al obispo sino en torno a Jesucristo. Sólo Jesucristo es realmente universal «porque el Señor es Espíritu». La misión de un obispo quizá no sea primariamente decir una palabra valedera para todos.

Sacerdote, obispo, su misión es antes que nada presidir la eucaristía. Y esta presidencia es, de por sí, signo de comunión. Aceptado como ministro de toda la iglesia y no solamente de tal iglesia, el presidente establece un vínculo con todas las demás comunidades eucarísticas. Y su deber es poner en comunicación a las diversas comunidades, de todas las maneras posibles y realistas. Por la razón bien sencilla de que cada uno sólo puede alcanzar su propia verdad en el diálogo con lo que no es él. Hombre y mujer existen por el diálogo recíproco. Lo mismo ocurre con todo cristiano en su vida de fe. La iglesia que vive de diálogo «conyugal» con el Dios de Jesucristo debe vivir del mismo diálogo «conyugal» entre sus diversos miembros.

La presidencia de la eucaristía tiene también otro sentido: testimoniar la alteridad del Dios de Jesucristo. En otras épocas se decía que el sacerdote representa a Jesucristo. De hecho, es toda la comunidad la que es signo de Jesucristo. El obispo, el sacerdote, es aquel que, estando dentro de la comunidad, está sin embargo frente a ella (cf. el diálogo del presidente y de la asamblea al comienzo de la celebración). Expresa, de forma limitada, la alteridad de Cristo Señor, la preeminencia de Cristo Señor. No somos nosotros quienes convocamos a Cristo, es él quien nos convoca a nosotros; la comunidad depende de Cristo y de esto es signo el presidente. Con otros signos: el lugar de honor concedido a la Biblia y el hecho de que nosotros «recibimos» el rito eucarístico, de que hagamos gestos que no inventamos, los gestos de Cristo en su cena.

El presidente está ahí («Elevemos nuestro corazón») para abrir sin cesar la comunidad a esta gracia que nos supera a todos y que viene a nosotros. Y en la vida ordinaria las intervenciones de los obispos y de los sacerdotes deberán ir, creo yo, en el mismo sentido: abrir un testimonio de fe al testimonio fundador (el nuevo testamento), abrir una forma de creer en la experiencia creyente de referencia (el antiguo testamento), abrir una forma de vivir la fe a la experiencia sacramental que es el signo privilegiado de Jesucristo resucitado. Y la comunicación que los ministros de la iglesia tratarán de hacer pasar de un grupo a otro tendrá el mismo fin: abrir, abrir, abrir.

Efectivamente, el diálogo auténtico (y por tanto con otros que son verdaderamente otros) es una forma privilegiada del misterio pascual: morir para vivir de verdad, morir a su estrechez, morir a su miedo, abrir la puerta, arriesgar su palabra, su confianza.

De hecho, este diálogo no es directo. Pasa por el desvío de la apertura al Señor. «Comunión de los santos» es en primer lugar acogida de los dones divinos y luego acogida de los hermanos distintos. La iglesia edifica la unidad comunicando la gracia de Dios, la palabra de Dios que viene a contradecir la suficiencia humana y le enseña el secreto de la vida: el misterio pascual. «El que se guarda se perderá. El que se pierde se encontrará»; traduzcamos: quien quiere salvar por encima de todo su originalidad, su particularismo, su forma de creer y de vivir, se encontrará en seguida ante un objeto de museo, un cristianismo disecado. Quien arriesga su originalidad en el diálogo (aun cuando este diálogo sea enfrentamiento, altercado), en la misión común, en la escucha del Viento que no conoce fronteras, se encontrará verdaderamente a sí mismo, nota única de la sinfonía universal (católica).

La solicitación divina a abrirse toma muchas veces apariencia de una solicitación humana a cambiar, a comunicar. Pero no se rinde al otro, se rinde al Otro, el único que puede establecer el vínculo. Sólo este desvío por el Otro salva a la vez la verdad irreductible de cada uno y la voluntad de hacer un solo cuerpo. Aquí se encuentra el otro secreto de la vida que es el ritmo trinitario: la unidad no es posible ni real si no es por una salida del mano a mano. Para evitar toda posesión del otro o toda capitulación ante el otro, hay que aceptar encontrarse en un lugar distinto de uno mismo o del otro.

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1. W. Pannenberg, La fe de los apóstoles, Salamanca 1974, 171.
2. J. Ratzinger, Foi chrétienne hier et aujourd´hui, Paris 1969, 240.
3. P. Evdokimov, en Le mystére de I´Esprit Saint, Paris 1968, 73.
4. Catéchisme de Versailles, 1907.
5. Jusqu´oú iront-ils?, 12.
6.F. Bussini, Donner lieu á l´Eglise: Lumiére et Vie 123, 62-63.

Paul Guerin- El Credo, hoy- Edic. Sígueme.Salamanca 1985, págs. 157-171

 

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San Pedro Damián (1007-1072) ermitaño, obispo, doctor de la Iglesia Católica - Sermón 42, para la fiesta de S. Bartolomé; PL 144, 726-728

 

“Como la lluvia y la nieve caen del cielo...así será la palabra que sale de mi boca...” (Is 55,10) -   Los apóstoles son las perlas preciosas que San Juan dice haber visto en el Apocalipsis y que constituyen las puertas de la Jerusalén celestial. (Ap 21,21)... En efecto, cuando los apóstoles, por sus signos y prodigios hacen brillar la luz divina, abren las puertas de la gloria de la Jerusalén celestial a todos los pueblos convertidos a la fe cristiana. Y todos los que se salvan, gracias a ellos, entran en la vida, como un viajero entra por una puerta... De ellos dice el profeta: “¿Quiénes son ésos que vuelan como nubes...?” (Is 60,8) Estas nubes se condensan en agua cuando riegan la tierra de nuestro corazón con la lluvia de su doctrina para hacerla fértil y portadora de gérmenes de buenas obras...
Bartolomé, cuya fiesta celebramos 24.08, quiere decir en arameo: “hijo del portador de agua”. Es hijo de este Dios que levanta el espíritu de sus predicadores a la contemplación de las verdades de arriba, de manera que puedan regar con eficacia y en abundancia, con la lluvia de la palabra de Dios, el campo de nuestros corazones. Ellos beben el agua de la fuente con el fin de podernos saciar a nosotros de esta misma agua.

 

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La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado?».

Dar limosna de lo que tenemos y de lo que somos. Sin otra mirada atenta que la de Dios, de cuya mano tomamos lo que compartimos con los hermanos.

 

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Decía el escritor inglés Gilbert K. Chesterton que «la idea que no trata de convertirse en palabra es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra».  

 

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La Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos.

La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios. 2008-02-29

 

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La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios.

 

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«Es fuerte la tentación del hombre de construirse un sistema de seguridad ideológico: también la misma religión puede convertirse en elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo. Cuando se incurre en esa tentación, se "permanece cegado por el egoísmo" y, para evitar caer en ella, animémonos a seguir el Evangelio.

¡Dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios! Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, aquello que la Biblia llama el ´gran pecado´: el orgullo». Benedicto P.M. XVI. 2008.III.

 

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Ante Dios uno vale lo que ama. Es una auténtica revolución. En el mundo se usan otros criterios de valoración. Ante Dios existe sólo un valor: el amor.

Al final de la vida se pesará a todos con la balanza de la caridad y cada uno valdrá lo que ha amado (Cf. Mateo 25).

La madre Teresa de Calcuta, resumiendo el Evangelio, decía: «El Evangelio está todo en cinco dedos: lo habéis hecho a mí».

Pero ¿por qué cuenta sólo la caridad?. La respuesta es, una vez más, la revolución del cristianismo: porque Dios es amor. Si tu estás en el amor tienes a Dios contigo, y si tienes a Dios contigo estás ya en el paraíso; por el contrario, si te falta Dios, no tienes nada».

El pasaje de la mujer pecadora que lava los pies a Jesús y los seca con sus cabellos en la casa de un notable fariseo, muestra esta mujer, en aquel momento, y declara con su gesto: yo creo que tú eres el amor. Yo tengo el amor, no lo había encontrado hasta hoy, pero ahora que te he encontrado he comprendido que Dios es amor.

Y Jesús dice a Simón que le había invitado: tú eres aparentemente bueno pero tu corazón es de hielo, tú ante Dios no vales nada. Esta mujer en cambio ha comprendido, ha encontrado el amor. Y bien, esta mujer es más grande que tú.

Nosotros vamos el templo, escuchamos la palabra de Dios, recibimos la Eucaristía, pero ¿cuántas veces no entra en nosotros la caridad?». Porque lo único cierto es que, cada uno vale lo que ama. 2008.III.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

«En la creación no hay nada aislado, y el mundo es, junto a la Sagrada Escritura, una Biblia de Dios», nos enseña San Efrén de Siria (306373).

 

gracias por venir a visitarnos

 

Las sectas y su invasión del mundo hispánico: una guía  (2003) también por Manuel Guerra Gómez, editada por Eunsa. - Sinopsis. - Para visitar con provecho a una ciudad desconocida, aconsejan el uso de una Guía con su plano, la descripción de sus monumentos, etc. Esta obra pretende prestar un servicio similar con respecto a las sectas implantadas en el mundo hispano. Para no correr el riesgo de extraviarse entre las más de 20.000 sectas inventariadas hasta el momento, para poder recorrer sus nombres que cambian con frecuencia y para ni acumular más inseguridad e inquietud, se presenta esta Guía en el mercado. El autor trata de reflejar la realidad de cada secta con la mayor objetividad posible y de perfilar sus señales de identidad de acuerdo con los datos -no siempre completos- que facilitan su identificación

 

Recomendamos vivamente:

1ª) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

 2ª) NUEVE SIGLOS DE CRUZADAS. Autor el argentino-español Luis María SANDOVAL PINILLOS – Editorial CRITERIO-LIBROS. Idóneo para denunciar o aclarar invenciones contra la Iglesia, como para hacer, junto a una necesaria crítica, una apología sin complejos del derecho que asistía a los cristianos de defenderse.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).