Thursday 23 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 11º Resurrección, religión y necesidad de la Iglesia para salvarse

Los tres primeros siglos del cristianismo. Desde el nacimiento en Jerusalén hasta su establecimiento como religión oficial del Imperio Romano— se han convertido en uno de los campos de investigación más fértiles y más fascinantes de la historiografía contemporánea. Cuando tanto se habla del ocaso del cristianismo en Occidente, del fracaso de la fe en la edad moderna o de su rechazo por la mentalidad democrática y posmoderna, cualquier contacto con la Iglesia primitiva supone un consuelo y una experiencia iluminadora como pocas.

 

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Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, según San Mateo (9,36-10,8)

En aquel tiempos Jesús dijo a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

Eligió a los doce y los envió

En el Evangelio de este domingo Jesús «llama» a sí a los doce y les constituye «apóstoles». Por lo tanto les «manda» hacer lo que hacía él: predicar el reino, cuidar a los enfermos, librar a la gente del miedo y de los poderes demoníacos. Les dice: «Gratis lo recibisteis. Dadlo gratis».

Aquel día Jesús decidió e inauguró la futura estructura de su Iglesia. Ella tendría una jerarquía, un gobierno, o sea, de los hombres por él «llamados» y «enviados» para continuar su obra. Es por esto que la Iglesia es definida «una, santa, católica y apostólica»: porque está fundada en los apóstoles.

Pero todo este asunto de mies y obreros, de rebaño y pastores, de gobernantes y gobernados hoy no goza de buena prensa. Vivimos en un clima de democracia y de igualdad entre los hombres. Si alguien debe ejercer una autoridad deben hacerlo, pensamos, en nuestro nombre, en cuanto que nosotros mismos, con las elecciones, le hayamos conferido el mandato. De aquí un difundido rechazo, o desestimación, ante la jerarquía de la Iglesia: Papa, obispos, sacerdotes.

Se encuentran continuamente personas, especialmente jóvenes de bachillerato y universitarios, que se han construido un cristianismo del todo ellos. Tienen, a veces, un marcado sentido religioso, sentimientos bellísimos. Dicen que, si quieren, se dirigen directamente a Dios, pero que no se les hable de la Iglesia, de los sacerdotes, de ir a Misa, y cosas así. «Cristo sí, la Iglesia no», es su lema.

No hay duda de que también la Iglesia pueda y deba ser más democrática, esto es, que los laicos deban tener más voz en la elección de los pastores y en el modo en que ejercen su función. Pero no podemos reducir, en todo, la Iglesia a una sociedad regida democráticamente. Ella no es decidida desde abajo, no es algo que los hombres ponen en pié por iniciativa propia, para su bien. ¡Si sólo fuera eso, ya no habría necesidad de la Iglesia, bastaría el Estado o una sociedad filantrópica! La Iglesia es institución de Cristo. Su autoridad no viene del consenso de los hombres; es don de lo alto. Por ello, incluso en la forma más democrática que podamos desear para la Iglesia, permanecerá siempre la autoridad y el servicio apostólico, que no es, o no debería ser jamás, superioridad, dominio, sino servicio «gratuito», dar la vida por el rebaño, como dice Jesús hablando del buen pastor.

Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.

Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!

Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete». 2005-VI-10

 

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Cristo, diáfano sol sin ocaso. “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5),  "La Iglesia, desde la tradición apostólica que tiene su origen en el mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que se llama con razón ´día del Señor´ o domingo" (SC 106). El día de la Resurrección de Cristo es a la vez el "primer día de la semana", memorial del primer día de la creación, y el "octavo día" en que Cristo, tras su "reposo" del gran Sabbat, inaugura el Día "que hace el Señor", el "día que no conoce ocaso" (Liturgia bizantina). El "banquete del Señor" es su centro, porque es aquí donde toda la comunidad de los fieles encuentra al Señor resucitado que los invita a su banquete (cf Jn 21,12; Lc 24,30):   El día del Señor, el día de la Resurrección, el día de los cristianos, es nuestro día. Por eso es llamado día del Señor: porque es en este día cuando el Señor subió victorioso junto al Padre. Si los paganos lo llaman día del sol, también lo hacemos con gusto; porque hoy ha amanecido la luz del mundo, hoy ha aparecido el sol de justicia cuyos rayos traen la salvación (S. Jerónimo, pasch.).

 

La Iglesia no es una asociación humana, nacida de ideas o intereses comunes y tampoco una suma de Iglesias locales, sino el cuerpo viviente de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, donde todos reciben su cuerpo y se convierten realmente en su cuerpo». Benedicto PP. XVI. 2008.X.15

 

La diferencia que hacía Pablo de Tarso entre "templo de Dios" y "casa de Dios".

«Con el término ´templo de Dios´ atribuye a la Iglesia las características de pureza y separación propias del edificio sagrado, al mismo tiempo que se aplica a una comunidad viva de fe el concepto de un espacio material lleno de presencia divina.

Con ´casa de Dios´ se refiere a la Iglesia como estructura comunitaria de afectuosas relaciones interpersonales de carácter familiar», manifestó el Papa Benedicto PP. XVI. 2008.X.15, Roma.

Que la enseñanza del Apóstol san Pablo nos ayude a comprender mejor el misterio de la Iglesia, así como a amarla y cooperar responsablemente en su edificación. Que Dios nos bendiga.

 

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La Iglesia de la ‘resurrección’

La palabra «resurrección»

 

Fin del evangelio de la transfiguración según san Marcos (9, 9-10): «Mientras bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que este hombre resucite de la muerte". Esto se les quedó grabado, aunque discutían qué querría decir aquello de "resucitar de la muerte"».

Efectivamente es una palabra que puede dar lugar a equívoco: muchas veces se traduce por «volver a la vida», mientras que en sentido estricto significa «entrar en una vida nueva». Por otra parte, no es más que una palabra, ligada a cierta representación del mundo (la tierra y los infiernos) y evocadora de cierta imagen (el hombre postrado que se levanta). Los autores del nuevo testamento no dudan en emplear.otras palabras, que transmiten otras comparaciones: despertarse del sueño, subir a lo alto (ascensión en la gloria - sentado a la derecha de Dios - proclamación real de Jesús el Señor). Utilizan también la expresión «estar vivo», «vivir», que toman en el sentido fuerte: «No busquéis entre los muertos al que está vivo», con una vida que va a ser inmortal.

Sin embargo, parece que la palabra «resurrección» 1 es, en el nuevo testamento, « el lenguaje de referencia», es decir, la expresión que no se debe olvidar nunca, que se debe tener siempre presente en el espíritu. En primer lugar porque expresa la acción de Dios: la resurrección de Jesús no es el coronamiento de una evolución previsible, sino la intervención de la voluntad divina: Dios se compromete a fondo en nuestra historia resucitando a Jesús, haciéndole subir del abismo.

Además, la palabra «resurrección» es sumamente valiosa porque, con un simbolismo de la época (subir de los infiernos), expresa bien el paso «a través de la muerte»: Jesús ha sido engullido en la sima, «ha venido de muy lejos».

La muerte de Jesús no es un mal momento que se deba pasar, pensando que en seguida todo volverá a ser como antes. En la cruz, Jesús de Nazaret muere, y su resurrección será un nacimiento: «primogénito de entre los muertos». Cierto es que Jesús resucitado no es un Jesús distinto («Soy yo, no temáis»), pero es un Jesús verdaderamente otro. «Se apareció con aspecto diferente» (Mc 16, 12). «No me detengas»: las relaciones de amistad, de ternura respetuosa, de admiración, van a dejar lugar a la fe, reconocimiento de la presencia en la ausencia: nada más ser reconocido, «él desapareció» (Lc 24, 31).

Lo que era ya no es, «es un ser nuevo». Hay que insistir en este punto para que la proclamación de la resurrección no parezca que acaba con la obra de la muerte. Resucitar no es recuperar; lo que se ha perdido, perdido está, y es necesario para que nazca algo verdaderamente nuevo. « Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante» (Jn 12, 24).

A la salida de una catequesis sobre la resurrección, una señorita ya mayor, que acababa de perder a su madre, plantea al conferenciante algunas preguntas angustiosas: «¿No es verdad que volveremos a encontrar a nuestros muertos?». El conferenciante no tuvo valor para decir «no»: esta mujer acababa de perder su seguridad, estaba desamparada, había pasado su vida en un capullo protector, arropada por una madre claramente abusiva que había mantenido a su hija en estado infantil para guardarla para sí. Aquella madre había muerto, a Dios gracias. Su resurrección será una entrada en una novedad de vida total, un nacimiento al amor perfectamente desinteresado. No, la hija no volverá a encontrar a su madre. En el mundo de Dios, no hay ni madre ni hija, ni esposo ni esposa. «Serán como ángeles (= viven para Dios): son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección» (Lc 20, 36).

Algunos se lamentan, como si fuera una ingratitud, del olvido que borra poco a poco el recuerdo de padres o de amigos difuntos. Creo que este olvido inevitable puede vivirse como un alejamiento: dejar marchar. Los que vivían de nosotros (y nos hacían vivir) tienen que vivir ahora de Dios, el único que puede hacerles nacer a su verdadera dimensión: la de hijos e hijas de Dios en el Hijo único.

La palabra «resurrección» es de gran valor por una tercera razón: conserva una gran sobriedad sobre «el más allá de la muerte». Resucitar indica simplemente que el sepulcro está abierto, que se ha atravesado la muerte, que son posibles otro nacimiento y otra vida. En la controversia con los saduceos, Jesús rechaza toda imaginación sobre la vida de los resucitados y afirma con fuerza únicamente que hay una resurrección. De la misma manera, los relatos de las apariciones del Cristo resucitado no nos dicen lo que fue de él. Los «detalles» no son descriptivos, proceden del género apocalíptico o del género apologético. Lo que quieren decirnos esencialmente es esto: la resurrección de Jesús no es una ilusión (los famosos «detalles» de Lucas y de Juan para vencer el escepticismo griego sobre la resurrección: «Tocadme, un fantasma no tiene ni carne ni hueso, como veis que yo tengo»). La resurrección de Jesús es la introducción de la vitalidad divina en la condición humana, la aparición de la novedad absoluta en el desarrollo de las cosas humanas o más claramente el fin de la historia, cosas todas que la Biblia expresa con las imágenes de apariciones, revelaciones, Apocalipsis (luz celestial, apariciones de ángeles, presencia súbita de Jesús, temor...). La resurrección es algo real pero inimaginable. Se ha abierto una brecha en el muro de la fatalidad, y esta brecha desemboca en una luz cegadora para nuestra vista.

Así, la palabra «resurrección» contiene sin duda los elementos del misterio pascual: muerte y vida nueva. Pero el nuevo testamento no limita su utilización a la muerte corporal y a la vida nueva en el reino de Dios. La palabra «resurrección» se aplica a la vida presente: «Fue él quien os asoció a su resurrección, por la fe en la fuerza que lo resucitó a él de la muerte» (Col 2, 12). Con otras palabras, esta misma convicción aparece reflejada en Juan: «Se acerca la hora, o mejor dicho, ha llegado, en que los muertos escucharán la voz del Hijo de Dios y al escucharla tendrán vida» (Jn 5, 25). «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3, 1.4).

Y la famosa frase de Romanos (6, 4) donde se sopesan cuidadosamente los términos: «Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su muerte nos sepultó con él, para que, así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva».

2. La vida. ¿Qué vida?

Es muy importante, creo yo, señalar que la resurrección es la clave, la llave de nuestra vida humana concreta. Hablar de resurrección únicamente a propósito de la vida corre el peligro, en nuestros tiempos, de dejar a nuestros contemporáneos bastante perplejos: «Por más que lo deseamos no tenemos ningún medio de verificarlo». Por el contrario, hay una verificación posible de lo que aporta a la vida humana la resurrección: «Tú, el Viviente que haces vivientes», esto sí se puede experimentar.

Henos aquí ante nuestra vida, y no la vida religiosa, ni la vida espiritual, sino la vida de todo el mundo. Esta vida sugerida por palabras mágicas como: seguridad, sueño, descanso, comprender, hablar, ser amado, ser útil, forzar al futuro, combatir, no ceder, obligar a lo visible a emitir lo invisible, decirse, oír...

¿Qué es vivir? Me gustaría responder: todo lo que contienen estas palabras. Vivir sería no poner nada entre paréntesis, no encerrar nada en el fondo de un agujero, sembrar todo lo posible, esperar todas las flores. No renunciar a nada, no encoger nunca los hombros. Sería amar como proclama san Pablo: «El amor lo cubre todo, lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo».

Soportar también, pues la vida tiene asperezas, desafíos, pasos en el vacío, angustias. Y esto debe ser vivido, incluso esta muerte incomprensible y fascinante. Habrá que vivir también la muerte. No dejar nada de lado, no arrojar nada al cubo de la insignificancia.

Sin duda alguna, al individuo le es imposible hacerlo. Pero somos un conjunto; por eso nos corresponde a todos vivir todo. Y en cuanto a cada uno, lo que puede hacer es acoger todo lo que se presente, producir todo lo que germine y saber también decir que no: «Todo sarmiento que produce fruto se poda a fin de que produzca todavía más».

¿Dónde conseguiremos esta seguridad? ¿La buscaremos en una filosofía, una religión, una práctica política acompañada de una utopía (como el marxismo)? Al comienzo de Godspell, varios filósofos y sabios de todos los tiempos se agitan sobre el escenario en una bella feria de las ideologías. En una esquina hay un hombre desnudo y mudo. Es él quien nos hará vivir. Las ideas no hacen vivir, lo único que hacen es explorar la noche como si fueran proyectores, pero los conos de luz se perfilan sobre el círculo de la noche intacta. Lo que hace vivir es una cara, una palabra, una presencia, una confianza ofrecida. La vida no se entrega mediante un pensamiento sino con una confesión: «Eres Tú quien me hace vivir».

3. El Resucitado

La iglesia es la comunidad de los que hacen esta confesión a Jesucristo. De quienes le reconocen el derecho a decir: «Yo soy la resurrección y la vida».

La resurrección adquiere por fuerza en la iglesia este aspecto de testimonio. La resurrección es en primer lugar palabra. Y a través de esta palabra sobre la resurrección es como descubrimos la realidad de la resurrección tanto para Jesús como para nosotros. Esto tiene su base en el nuevo testamento. Los apóstoles no llevan a sus oyentes al sepulcro vacío para que constaten con sus propios ojos que Jesús no está allí y por tanto que ha resucitado. Los apóstoles proclaman la resurrección y es en esta proclamación donde sus oyentes pueden encontrar, si creen, al Cristo resucitado. Ciertamente, los apóstoles han «visto» al Señor Jesús nacido de la muerte. Su «experiencia» era además, como la nuestra, una experiencia en la fe 2, pero esta experiencia es intransmisible. El primer lugar de reencuentro con Cristo resucitado es el testimonio de los creyentes: «Hay un ser Viviente que hace vivir».

La iglesia es el lugar de este testimonio: Jesucristo, alguien a quien podemos llamar «Tú» pues él mismo nos dice hoy «Yo soy» (Jn 8, 28: «Cuando levantéis en alto a este Hombre, entonces comprenderéis que yo soy el que soy»).

¿Cuándo será transparente la iglesia y dejará de ocultar al único que es Interesante? Para que haya los menos pretextos posibles para rehuir la pregunta: « Jesucristo, ¿qué piensas de esto?». Y nosotros, los cristianos, deberemos repetir sin cesar la letanía de nuestra fe. Ciertamente, una ciudad situada en lo alto de una montaña, una luz puesta sobre el candelero, es decir, nuestras acciones inspiradas por el Señor Jesús y visibles a los ojos de los hombres serán la primera alerta, el signo de que en medio de las ruinas y de las casas abandonadas sigue habiendo vida. Pero pronto o tarde, tendremos que hablar, y no solamente, ni en primer lugar, del cristianismo, sino de Cristo. Para que lo antes posible los demás no tengan ya necesidad de escucharnos: «Ya no creemos por lo que tú cuentas; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es realmente el salvador del mundo» (Jn 4, 42).

Después de todo, quizá el mejor lenguaje de la fe sea la letanía, la melodía que da vueltas sin cesar alrededor del mismo nombre: Jesucristo Nuestro Señor. Que no se aleja de él, que está en continuo vaivén entre este nombre y la vida.

¿Qué diremos de Jesucristo, de este contemporáneo? Diremos lo que vemos de él, lo que tenemos como signos de su presencia aquí y ahora.

Diremos que es pan para ser compartido y tomado: el que vivifica. Jesús es vino, el que anima la fiesta, da fervor, reanima. Jesús es comunión, el que congrega, une, pone cara a cara, mano con mano. Jesús es palabra, interpelación, reproche: el que llama y absuelve. Jesús es agua: frescor, apaciguamiento, renovación: renueva, irriga, fecunda.

Está en los sacramentos y en toda la vida. «Sois vosotros quienes lo ponéis». Puede ser; sin embargo tenemos más bien la impresión de encontrarlo, de constatarlo. Un hombre sencillo encontrado y nos invade Cristo, él el pobre Dios, el que enseña que recibir es la mayor riqueza. Al consolar a un niño pensamos en aquel para quien el verdadero poder es debilidad por ser poder sólo del amor. El silencio nos acoge, y está junto a nosotros, puerta hacia el invisible secreto del mundo a que él se refiere simplemente como « mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios». Nos detenemos ante un rostro de dolor y vernos en él su rostro, desfigurado y transfigurado. A causa de él, no apartamos los ojos y ofrecemos nuestra mirada a fin de que el sufrimiento encuentre un lugar de reposo: el corazón de Jesucristo («Venid a mí los que estáis cansados...»). Una esperanza nos solicita y Jesús marcha a nuestro lado, despejando el horizonte, prolongando el camino hasta el infinito.

Jesucristo, presente pero sin resultar pesado, que está verdaderamente ahí y es a la vez inasequible, que provoca, que participa y nos deja siempre la tarea de tomar partido. Presencia real en la ausencia consentida. No es un fantasma: camina sobre el mar, pisa lo imposible pero sin dejar de ser él. Ante el eco de su voz en nosotros, ante la riqueza de nuestra captura, sólo nos queda decir: «Es el Señor» (Jn 21).

Antes de ser la iglesia de la resurrección, la iglesia Qs en primer lugar la iglesia del Resucitado. Es la parte de, la humanidad que testimonia, porque es la realidad: «Hay una fuente, una palabra, una llamada, una puerta, un reposo».

4. La iglesia de la resurrección

Con esta expresión quisiera decir dos cosas:

a) la iglesia es la que anuncia la resurrección de la vida de los hombres;

b) la iglesia es la que se somete, como su Señor, al ritmo pascual de muerte real para una resurrección real.

a) La iglesia es la que anuncia: la vida merece la pena ser vivida, la vida que es una conquista perpetua, una tarea a realizar, un proyecto (un logos) que encarnar, que inscribir en una personalidad, una historia, una promoción colectiva. ¿Es una persecución del viento? ¿Es una caza sin presa? ¿A qué precio se paga el progreso futuro de la humanidad? Y, dicho más brutalmente, ¿a dónde nos lleva todo esto?

La resurrección de Jesús nos da la certeza de una realización: la vida es una conquista que Dios consagra. El término de la historia está ahí, en Jesucristo resucitado. No como una recompensa concedida antes del fin del trabajo, sino como un centro de atracción que incita a la historia a seguir siempre hacia adelante, a no detenerse en el camino, pues se trata de un camino victorioso. No es que debamos abandonarnos a un «sentido de la historia» infalible. Es cierto que la historia nos hace, pero también nosotros hacemos la historia. Esto lo sabemos desde que un hombre ha puesto todo el peso de su esperanza sobre las leyes del destino y las ha forzado. El compromiso total de Jesús ha hecho brotar la resurrección.

La iglesia proclama que todo el hombre, toda la historia reciben la promesa de la resurrección. La esperanza no es una droga, un sonajero tranquilizador para niños miedosos. La esperanza es nuestra respuesta a las esperanzas que Dios pone en nosotros. En Jesucristo resucitado Dios ha afirmado su presencia, su voluntad de salvar al mundo entero, nos ha tendido la mano y nos ha dado el Espíritu que es la energía creadora, el principio de la renovación, la fuerza inagotable. La única sabiduría consiste, por tanto, en apostar por el futuro, apostar por los otros y sobre todo apostar por la palabra de Dios, como lo hizo Jesucristo, que lo arriesgó todo y ganó.

Para mí, lo más emocionante en el itinerario espiritual de R. Garaudy es la obstinación de este hombre por saber si la esperanza no es más que una palabra y si encuentra no una respuesta sino Alguien que responde.

b) La iglesia es la iglesia de la pascua, del paso por la muerte. « Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo. Ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo» (Mt 10, 24-25).

Cristo murió porque se negó a ser el Mesías que se esperaba y porque quiso transformar la antigua alianza en una alianza nueva, universal. Mantuvo firmemente el rumbo entre corrientes contrarias. Su prueba fue renunciar a lo tangible, a lo seguro, a lo confirmado, para caminar hacia lo nunca visto, lo nunca experimentado y ni siquiera imaginado. La consecuencia de semejante lógica fue desaparecer y la consecuencia de semejante lógica fue la que Dios creó: la resurrección, la novedad perfecta, la vida a la altura de Dios.

La iglesia de Jesucristo no tiene más que un camino a seguir: el de Jesucristo. Este camino es:

- fidelidad a su misión, y por tanto rechazo de la facilidad (o de las facilidades), amor desinteresado a los hombres, sin inquietud por sí mismo, perseverancia en el testimonio de Jesucristo;

- fe en el poder de Dios, y por tanto aceptación de la muerte y falta de previsiones sobre el futuro (sobre su resurrección venidera).

Comentemos brevemente.

Fidelidad a su misión y rechazo de las facilidades. Las tentaciones no faltan en la iglesia de hoy: dedicarse a lo religioso, dedicarse a la política, dedicarse a la cultura, predicar la cruzada o la revolución, excitar o calmar. Creo que muchas veces deberá negarse a elegir y que esto le costará muchos apoyos, que esto desanimará muchas generosidades impacientes. Pero la iglesia no puede elegir entre razón y fe, entre religión y fe, entre mística y política, entre Dios y el hombre. No por razones dé oportunismo, sino a causa de Jesucristo. La iglesia debe defender una mística comprometida y una política que acepte un absoluto más allá de sí misma.

Por lo mismo, la iglesia no puede elegir entre fidelidad y adaptación, no puede renegar de sus orígenes ni de su tiempo. Por ejemplo, aun cuando cada vez sean menos los cristianos que van a misa, la iglesia deberá seguir diciendo que la eucaristía es el signo de la fe en Jesucristo y al mismo tiempo deberá imaginar celebraciones que sean de nuestro tiempo.

Todas estas posturas, impuestas por la fidelidad a la misión, no son posturas que atraigan a las multitudes. Sobre todo si la iglesia decide por fin respetar totalmente la libertad de los hombres (por fidelidad a Cristo) y negar todo medio de presión y especialmente los medios de presión moral (culpabilidad, conformismo...). «Si apeláis a la libertad y a la responsabilidad, os vais a quedar con muy poca gente», decían a un sacerdote. Negativa a atraer por atraer (es Jesucristo quien debe atraer y no la iglesia), negativa a ser inmediatamente útil (siempre a causa de Jesucristo): ¿es que Jesús es utilizable? No trata de reclutar para el reino de la tierra, recluta para el reino de Dios y, al mismo tiempo, el reino de la tierra se salva porque conoce una superación.

La iglesia testimoniará a Jesucristo muerto y resucitado no alimentando ninguna inquietud sobre sí misma. «¿Qué llegará a ser la iglesia?» es una pregunta inútil. La única pregunta válida es: «¿Qué pasará con los hombres?». La iglesia no puede perecer, quedar

reducida a la nada, pues Jesucristo ha resucitado, «El que es, que era y vendrá». Siempre habrá un Convocante que suscitará su pueblo en todos los siglos.

«Pero, se dirá, ¿es que no queréis abrir los ojos? ¿No veis todas las ruinas entre las que avanzan los cristianos? La iglesia se está haciendo jirones, el cuarenta y uno por ciento de los franceses la consideran completamente superada 3. Instituciones venerables se vienen abajo (vida religiosa, profesores de religión en la enseñanza pública, clero...) o están a punto de hacerlo (catecismos, vida litúrgica). Las construcciones recientes (catecumenado, acción católica) siguen el mismo camino si es que no están ya desmoronadas».

No es de extrañar que muchas personas abandonen la casa cuando se anuncia que se va a caer el tejado o que el subsuelo está minado. Pero tampoco hay que exagerar. Hay todavía lugares donde se puede hablar de Jesucristo, donde se puede celebrar a Jesucristo, donde se puede compartir una esperanza. Por tanto es viable, pues el único interés de las instituciones de la iglesia es el testimonio de Jesucristo. Poco importan las corrientes de aire.

Y en cuanto a prever la pastoral de mañana o de pasado mañana, prefiero el consejo de Jesús: «No os inquietéis por el día de mañana; bástale al día de mañana su malicia». Sí, a cada década le basta con su pena. Serán los cristianos del año 2000 los que deban hacer la iglesia del año 2000.

«¡Pero la iglesia está a punto de morir!» 4. ¿Qué cosa mejor se puede desear a la iglesia de Jesucristo?

Está claro que debe morir. Pero está resucitada si cree en la fuerza de Dios que resucitó a Jesucristo de entre los muertos (cf. Col 2, 12), guardándose de imaginar esta resurrección venidera: es el secreto de Dios.

La única tarea de la iglesia es creer y amar, comprometerse a fondo en su fe y en su amor. Por el poder del Espíritu esta fe y este amor lograrán, una vez más, imponerse en el futuro.

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1. Cf. X. Léon-Dufour, Résurrection de Jésus et mystére pascal, Paris 1971.
2. P. Guérin, Je crois en Dieu, Paris 1974, 76-77.
3. Panorama aujourd´hui, n.° 88, Enquéte Sofres.
4. La «muerte» de la iglesia. Algunos traducirán esta «muerte» como rechazo de toda institución. No es en absoluto mi opinión. En primer lugar porque es imposible desde el punto de vista humano: un ideal no es viable si no es sostenido por una institución. En segundo lugar porque es contrario a la lógica del cristianismo, que es una religión de la historia: voluntad de encarnar el proyecto de Dios en la historia real, y por tanto siguiendo sus leyes. Además, el rechazo de la institución me parece un reflejo suicida. Ahora bien morir no es suicidarse. Morir es una acción, es una pasión, un hecho sufrido y no provocado. La salud es obstinarse en vivir, en tener, en explotar todas las oportunidades posibles todavía. Llega un momento en que es preciso morir y ahí es donde Cristo nos enseña la sabiduría suprema: «Haz de esta muerte un acto de fe, una generosidad. En lo más hondo de la impotencia total, cree en el poder de Dios». Pero tanto si es en la vida individual como en la vida colectiva, no hay que adelantar esta intervención de Dios («la hora» de san Juan). Y en la espera se vive lo más activamente posible. Sigue siendo todavía la mejor forma de prepararse a morir.

Lo que entiendo por muerte de la iglesia es el planteamiento a fondo y la reestructuración profunda de su organización, por el movimiento de la historia (evoluciones de todas clases) y bajo la presión del ideal evangélico, única razón de ser última de la iglesia.

Paul Guerin - El Credo, hoy - Edic. Sígueme.Salamanca 1985, págs. 173-184

Agradecemos a mercaba.com

 

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NECESIDAD DE LA IGLESIA PARA SALVARSE

 

Hoy día no compartimos ya la opinión de Francisco Javier de que sin misiones los hombres deberán ir todos y sin remedio al infierno. Al lado de su referencia a la salvación y tal vez incluso antes que esa referencia inmediata, las misiones se fundan en que de ese modo la Iglesia realiza su propia dinámica interna, el estar abierta para todos, al expresar simbólicamente la hospitalidad de Dios que ha convidado a todos los hombres a ser comensales en el banquete de bodas de su Hijo. Aquel desbordamiento divino, que es característico de la acción de Dios en la creación y en la historia de la salvación, se expresa también en las misiones con 
las que la Iglesia se abre a sí misma y realiza, juntamente con Dios e imitándole, el desbordamiento de la caridad divina hacia fuera. Las misiones tienen además que realizarse para que la historia llegue a su término, para que el cuerpo desgarrado de la humanidad logre de nuevo su unidad. La esencia del pecado está en la disociación del individuo por el egoísmo. El pecado es un misterio de separación, de desgarro, por el que la humanidad se escinde en el egoísmo de los muchos, de los que cada uno sólo se conoce y se entiende a sí mismo. La esencia, empero, del advenimiento de Cristo es la unión, la reducción de los miembros dispersos de la humanidad a un solo cuerpo. Su signo es pentecostés, el milagro de entenderse, que crea la caridad y reduce lo separado a la unidad. Así, en las misiones la glesia realiza su verdadera esencia de historia de la salvación, el misterio de la unión. Se dan las misiones para completar el milagro de pentecostés, para curar la escisión que divide al cuerpo de la humanidad y para llevarla desde Babilonia a la realidad de pentecostés. Así sólo en las misiones aparece completamente a la vista lo que es la Iglesia: servicio del misterio de la unión, que Cristo quiso operar en su cuerpo crucificado.

JOSEPH RATZINGER - EL NUEVO PUEBLO DE DIOS
HERDER 101 BARCELONA ESPAÑA1972.Pág. 118

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Para el cristiano de hoy se ha hecho algo inconcebible que el cristianismo, más exactamente la Iglesia católica, sea el único camino de salvación; con ello se ha hecho problemático, desde dentro, el absolutismo de la Iglesia y, consiguientemente, también la estricta seriedad de su pretensión misional y hasta de todas sus exigencias. En la meditación sobre la encarnación, Ignacio de Loyola hace todavía meditar al ejercitante sobre cómo el Dios trino ve caer al infierno a todos los hombres. Francisco Javier podía todavía oponer a los creyentes mahometanos cuya piedad era vana por completo, puesto que, piadosos o impíos, criminales o virtuosos, tendrían en todo caso que ir al infierno, porque no pertenecían a la única Iglesia que salva. Hoy día, un nuevo concepto de humanidad nos prohíbe sencillamente mantener tales ideas. No podemos creer que el hombre que está a nuestro lado y es un magnífico ejemplar de abnegación y bondad, haya de ir al infierno por no ser un católico practicante. La idea de que todos los hombres «buenos» se salvan es hoy tan evidente para el cristiano normal como lo fuera antaño la creencia contraria. Desde Belarmino, que fue uno de los primeros en tener en cuenta este deseo humanitario, han tratado las teólogos de explicar de 
distintas formas cómo la salvación de todos los hombres «decentes» sea a la postre precisamente una salvación por medio de la Iglesia, pero estas construcciones eran demasiado artificiosas como para impresionar vivamente. 

En la práctica quedó la idea de que «las personas decentes» van al cielo y que, por lo mismo pueden salvarse sola moralitate. A decir verdad, esto se concede por lo pronto únicamente para los infieles o incrédulos, mientras que los creyentes siguen aguantando el peso del rígido sistema de las exigencias eclesiásticas.
El creyente se pregunta un poco confuso por qué han de resultar las cosas tan sencillas para los de fuera, cuando tan difíciles se nos hacen a nosotros. Y llega a sentir su fe como carga y no como gracia. En todo caso, le queda la impresión de que, en definitiva, hay dos caminos de salvación: el camino de la simple moralidad, enjuiciada de un modo muy subjetivo, para los que están fuera de la Iglesia, y el camino eclesiástico. El cristiano no puede tener la sensación de que haya tomado el camino más agradable; en todo caso, su fe queda sensiblemente lastrada por la apertura de un camino de salvación al margen de la Iglesia. Es evidente que el empuje misional de la Iglesia sufre de una manera muy sensible bajo esta incertidumbre interna.
Como respuesta a esta cuestión, que es seguramente la que más pesa sobre los cristianos de hoy, quiero mostrar con unas indicaciones brevísimas que sólo hay un camino de salvación, el camino que pasa por Cristo. Pero este camino tiene de antemano un radio doble: alcanza "al mundo", "a los muchos" (es decir, a todos); pero al mismo tiempo se dice que su lugar propio es la Iglesia. Así, por su esencia misma pertenece a este camino una referencia de los «pocos» y «los muchos», que en cuanto relación de unos para otros, es parte de la forma en que Dios salva, no expresión del fracaso de la voluntad divina. Ello comienza ya por el hecho de que Dios separa al pueblo de Israel de todos los otros pueblos del mundo como pueblo de su elección. ¿Significará acaso esto que sólo Israel es elegido y que todos los otros pueblos son arrojadas a la perdición? De momento parece 

efectivamente como si la coexistencia del pueblo escogido y de los pueblos no escogidos hubiera de pensarse en este sentido estático: como una yuxtaposición de dos grupos diversos. Pero muy pronto se ve que no es así; porque en Cristo la coexistencia estática de judíos y gentiles se torna dinámica, de suerte que también los gentiles precisamente por su no elección pasan a ser elegidos, sin que por eso resulte definitivamente ilusoria la 
elección de Israel, como lo demuestra Rom 11. Por ahí se ve que Dios puede escoger a los hombres de dos maneras: directamente o a través de su aparente reprobación. Dicho más claramente: se comprueba que Dios divide ciertamente la humanidad entre los «pocos» y los «muchos», división que retorna constantemente en la Escritura: «Estrecho es el camino que conduce a la vida, y pocos son los que lo encuentran» (Mt 7,14); «los trabajadores son pocos~ (Mt 9,37); «pocos son los escogidos» (Mt 22,14); "no temas, rebaño pequeñito" (Lc 12,32); Jesús da su vida en rescate por "los muchos" (Mc 10,45); la antítesis de judíos y gentiles, de Iglesia y no Iglesia repite esta división en pocos y muchos. Pero Dios no divide a la humanidad en pocos y muchos para arrojar a éstos en la fosa de la perdición y salvar a aquéllos, ni tampoco para salvar a los muchos fácilmente y a los pocos con muchos requisitos, sino que utiliza a los pocos casi como el punto de apoyo de Arquímedes con el que puede sacar de quicio a los muchos, como palanca con que atraerlos a sí. Todos tienen su puesto en el camino do la salvación que es diverso sin perder su unidad.
Esta contraposición sólo puede entenderse rectamente si se advierte que tiene por base la contraposición de Cristo y la humanidad del Uno y los muchos. Aquí se ve bien claramente el contraste: la verdad es que toda la humanidad merece la reprobación y sólo Uno la salvación. Con ello se pone de manifiesto algo muy importante que ordinariamente casi se pasa por alto en este contexto, pese a ser lo más decisivo: el carácter gratuito de la salvación, el hecho de que es una muestra de favor y misericordia absolutamente libre, porque la salvación del hombre consiste en que es amado por Dios y su vida se encuentra a fin de cuentas en los brazos del amor infinito. Sin ese amor todo lo demás sería vacío para él. Una eternidad sin amor es el infierno, aunque no le pasara al hombre nada más. La salvación del hombre consiste en ser amado por Dios; mas para el amor no hay ningún título jurídico, ni se apoya tampoco en las excelencias morales o de cualquier otro tipo. El amor es esencialmente un acto libre, de lo contrario, no es amor. Eso lo pasamos por alto las más veces con todo nuestro moralismo. En realidad ninguna moralidad, por subida que fuere, puede transformar la libre respuesta al amor en un título jurídico. Así, la salvación sigue siendo gracia libre, aun prescindiendo del pecado. Pero del pecado no se puede propiamente prescindir, porque aun la moralidad más alta sigue siendo la moralidad de un pecador. Nadie puede negar 
honradamente que hasta las más altas decisiones morales del hombre están de alguna manera y en algún momento corroídas por el egoísmo, por muy sutil y oculto que sea. Queda, pues, en pie que en la antítesis entre Cristo, el Uno, y nosotros, los muchos, nosotros somos indignos de la salvación, seamos cristianos o no cristianos, creyentes o incrédulos, morales o inmorales; nadie "merece" realmente la salvación, fuera de Cristo.

Pero aquí cabalmente viene el admirable intercambio. A los hombres todos conviene la reprobación, a Cristo sólo la salvación. En el sagrado intercambio acontece lo contrario: él sólo toma sobre sí la perdición entera y deja así libre el lugar de la salud para todos nosotros. Cualquier salvación que puede darse para los hombres, estriba en este intercambio fundamental entre Cristo, el Uno, y nosotros, los muchos; y admitir esto es la humildad de la fe. Con esto pudiera propiamente terminar todo; pero, sorprendentemente, se añade ahora que, por voluntad de Dios, continúe este gran misterio de la representación, del que vive toda la historia, en una entera plenitud de representaciones que tiene su coronamiento y unión en la coordinación de Iglesia y no iglesia, de creyentes y gentiles. La antítesis de Iglesia y no iglesia no significa una coexistencia ni una contraposición, sino una 

referencia mutua en que cada parte posee su función. A los pocos que constituyen la Iglesia se les ha encomendado, en prosecución de la misión de Cristo, la representación de los muchos, y la salvación de unos y otros acontece únicamente en su mutua coordinación y en su común subordinación bajo la gran representación de Jesucristo, que los abarca a todos. Ahora bien, si la humanidad se salva en esta representación por Cristo y en su prosecución mediante la dialéctica de los pocos y de los muchos, 
ello quiere decir también que todo hombre y sobre todo los creyentes tienen su función ineludible en el proceso general de la salvación de la humanidad. Si los hombres, y ciertamente que en su mayoría, se salvan sin pertenecer en sentido pleno a la comunidad de los creyentes, ello se debe a que hay una Iglesia como realidad dinámica y misionera, y a que los llamados a la Iglesia cumplen la misión propia de los pocos. Ello quiere decir que se da todo el peso de la auténtica responsabilidad y el peligro de un fallo real, de una perdición real. Aun cuando sabemos que hay hombres, muchos hombres, que se salvan estando aparentemente fuera de la Iglesia, sabemos sin embargo, también, que la salvación de todos supone siempre la referencia de los pocos y de los muchos; hay una vocación ante la que el hombre puede hacerse culpable, y una culpa por la que puede perderse. Nadie 
tiene derecho a decir que si otros se salvan sin la entera responsabilidad de la fe católica ¿por qué no puedo salvarme también yo? Pero ¿por dónde sabes tú que la plena fe católica no sea cabalmente tu misión de todo punto necesaria, que Dios te ha impuesto por razones que no debes regatear, porque pertenecen a las cosas de las que dijo Jesús: «ahora no lo entiendes, pero lo entenderás más adelante» (cf. Jn 13,36)? Así, cabe decir con  respecto a los paganos modernos que el cristiano puede saber que la salvación de los mismos está asegurada por la gracia de Dios, de la que depende también su propia salvación; pero que, con respecto a su posible salvación, no puede dispensarse de la responsabilidad de su propia existencia de creyente, sino que cabalmente la incredulidad de aquéllos debe ser para él el más fuerte aguijón para una fe más llena, al sentirse incluido en la función representativa de Jesucristo, de quien depende la salvación del mundo y no sólo la de los cristianos.


Para terminar, quisiera aclarar algo más estas ideas con una breve exposición de dos textos bíblicos en que cabe reconocer una toma de posición ante este problema. Sea primero el texto difícil y oprimente en que se expresa con particular énfasis el contraste entre los pocos y los muchos: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos» (/Mt/22/14). ¿Qué quiere decir este texto? No dice desde luego que muchos sean reprobados, como quiere comúnmente deducirse de él; por de pronto sólo afirma que hay 

diversas formas de elección divina. Más exactamente todavía, dice 

claramente que hay dos actos divinos distintos, que tienden ambos a la elección, sin que se nos aclare si los dos alcanzan también su fin. Pero si se contempla la marcha de la historia sagrada, tal como la expone el Nuevo Testamento. queda ilustrada esta palabra del Señor. De la coexistencia estática del pueblo escogido y de los pueblos no escogidos se hizo en Cristo una relación dinámica, de forma que los gentiles precisamente por su no elección vinieron a ser escogidos y luego, por la elección de los gentiles, vuelven también los judíos a su elección.
Así estas palabras del Señor pueden convertirse para nosotros en doctrina importante. La cuestión sobre la salvación de los hombres se plantea falsamente siempre que se plantea desde abajo, acerca de la manera como los hombres se justifican. La cuestión de la salvación humana no es cuestión de autojustificación, sino de justificación de Dios por su libre misericordia.
Se trata de mirar las cosas desde arriba. No hay dos modos de justificarse los hombres, sino dos modos con que Dios los elige; y estos dos modos de elección divina son el camino único de salud en Cristo y en su Iglesia, salud que estriba en la coordinación de los pocos y de los muchos y en el servicio representativo de los pocos que continúan la representación de Cristo.
El segundo texto es el del gran banquete (/Lc/14/16-24 par). 
Este evangelio es por de pronto, en sentido muy radical, una buena nueva, al contar que, al cabo, el cielo se llena hasta los topes con todos aquellos a los que hay que empujar de algún modo, con gentes que son totalmente indignas, que con relación al cielo son ciegos, sordos, cojos y mendigos. Un acto radical de gracia, consiguientemente; ¿y quién impugnará que también todos nuestros paganos europeos de hoy puedan entrar de igual manera en el cielo? Todo el mundo tiene esperanza por razón de este pasaje. Por otra parte, sigue en pie la responsabilidad. Está el grupo de aquellos que son rechazados para siempre. ¿Quién sabe si entre estos fariseos rechazados no habrá también muchos que creían poder considerarse buenos católicos y eran en realidad fariseos? Y, a la verdad, ¿quién sabe, a la inversa, si entre aquellos que no aceptan la invitación no se encuentran cabalmente también los europeos a quienes se les ha ofrecido el cristianismo, pero lo han dejado caer? En conclusión, para todos hay a la vez esperanza y amenaza. En este punto de intersección entre la esperanza y la amenaza, de que emanan la responsabilidad y el alto gozo de ser cristiano, debe el cristiano de hoy gobernar su existencia en medio de los nuevos paganos, que sabe están colocados en la misma esperanza y amenaza, porque tampoco para ellos hay otra salvación que aquella en que cree el 
cristiano: Jesucristo Señor.

JOSEPH RATZINGER - EL NUEVO PUEBLO DE DIOS
HERDER 101 BARCELONA - España, 1972.Págs. 367-373

 

 

 

Necesidad de la Iglesia para salvarse


I. Doctrina eclesiástica 
1. La Iglesia no es una institución salvadora más entre muchas otras, sino la única institución salvadora fundada por Cristo y necesaria para todos. La razón de ello está en que es el Cuerpo de Cristo. Y Cristo es el camino; la verdad y la vida (Jn 14, 6). No hay otro camino de salvación aparte de ella. «En ningún otro hay salud, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos» (Act. 4, 12). 
Sólo el Evangelio de Cristo tiene la virtud de salvar a los hombres. 
«Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal. 1, 8). 
Cristo vive y obra en la Iglesia y por la Iglesia. En ella y por ella 
actualiza el Espíritu Santo la obra de Cristo hasta el fin de los 
tiempos. En la Iglesia, y sólo en ella, está El presente como Señor 
crucificado y glorificado que quiere dar parte a todos los hombres 
en su muerte y resurrección. Si no hay salvación alguna sin Cristo, 
sin la Iglesia, en la que está actuando Cristo, tampoco hay 
salvación. Cristo actúa en la Iglesia como Cabeza, de la que no se 
puede separar el Cuerpo. Las palabras «sin Cristo no hay 
salvación» significan, por tanto, que sin la Iglesia -Cuerpo místico 
de Cristo- no hay salvación. Si el hombre sólo puede llegar al 
Padre por Cristo (Jn. l4, 6) y Cristo sólo obra por medio de la 
Iglesia, a la salvación sólo0 se puede llegar a través de la Iglesia. 

2. La Iglesia siempre tuvo el convencimiento de que es el camino de salvación, el único camino salvador para los hombres. Ha expresado muchas veces esa su autocomprensión y la ha expresado por causa de su conciencia de ser responsable de la salvación de los hombres. Todas sus manifestaciones en ese sentido intentan mover al hombre a entrar en la Iglesia. La fórmula más expresiva es la de que fuera de la Iglesia no hay salvación, que ella es la única que da la bienaventuranza. El IV concilio de 
Letrán, 1215, declara: 
«Y una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se contiene verdaderamente en el sacramento del altar bajo las especies de pan y vino, después de transustanciados, por virtud divina, el pan en el cuerpo y el vino en la sangre, a fin de que, para acabar el misterio de la unidad, recibamos nosotros de lo suyo lo que El recibió de lo nuestro. Y este sacramento nadie ciertamente puede realizarlo sino el sacerdote que hubiere sido debidamente 
ordenado, según las llaves de la Iglesia, que el mismo Jesucristo concedió a los Apóstoles y a sus sucesores. En cambio, el sacramento del bautismo (que se consagra en el agua por la invocación de Dios y de la indivisa Trinidad, es decir, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo) aprovecha para la salvación, tanto a los niños como a los adultos fuere quienquiera el que lo confiere 
debidamente en la forma de la Iglesia. Y si alguno, después de recibido el bautismo, hubiere caído en pecado, siempre puede repararse por una verdadera penitencia. Y no sólo los vírgenes y continentes, sino también los casados merecen llegar a la bienaventuranza eterna, agradando a Dios por medio de su recta fe y buenas obras» (D. 430). 

En la bula Unam Sanctam del papa Bonifacio VIII (1302) se dice: 

«Por apremio de la fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y Santa Iglesia católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente la creemos y simplemente la confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados, como quiera que el Esposo clama en los cantares: «Una sola es mi paloma, una sola es mi perfecta. Única es ella de su madre, la preferida de la que la dio a luz» (Cant 6, 8). Ella representa un solo cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo, y la cabeza de Cristo, Dios. En ella hay «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» {Eph. 4, 5). Una sola, en efecto, fue el arca de Noé en tiempo del diluvio, la cual prefiguraba a la única Iglesia, y, con el techo en pendiente de un codo de altura, llevaba un solo rector y 
gobernador, Noé, y fuera de ella leemos haber sido borrado cuanto existía sobre la tierra. Mas a la Iglesia la veneramos también como única, pues dice el Señor en el Profeta: «Arranca de la espada, oh Dios, a mi alma y del poder de los canes a mi única» (Ps. 21, 21). Oró, en efecto, juntamente por su alma, es decir, por sí mismo, que es la cabeza, y por su cuerpo, y a ese cuerpo llamó su única Iglesia, por razón de la unidad del esposo, la fe, los 
sacramentos y la caridad de la Iglesia. Esta es aquella túnica del Señor, inconsútil (lo. 19, 23), que no fue rasgada, sino que se echó a suertes. La Iglesia, pues que es una y única, tiene un solo cuerpo, una sola cabeza, no dos como un monstruo, es decir, Cristo y el vicario de Cristo, Pedro y su sucesor, puesto que dice el Señor al mismo Pedro: «Apacienta a mis ovejas» (lo. 21, 17). Mis ovejas dijo, y de modo general, no estas o aquéllas en particular; por lo que se entiende que se las encomendó todas. Si, pues, los griegos u otros dicen no haber sido encomendados a Pedro y a sus sucesores, menester es que confiesen no ser de las ovejas de Cristo, puesto que dice el Señor en Juan que hay un solo rebaño y un solo pastor (lo. 10, 16)» (D. 468). 

Con más claridad se expresa aún el Concilio de Florencia (1432): «Fielmente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá «al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles» (Mt. 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que solo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica» (D. 714). 

El papa Pío IX, en la Singulari quadam contra el racionalismo e indiferentismo o equiparación de todas las formas religiosas, se expresa de la manera siguiente respecto a la necesidad de la Iglesia para salvarse: 
«En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que esta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado, perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna. Ahora bien, ¿quién será tan arrogante que sea capaz de señalar los límites de esta ignorancia, conforme a la razón y 
variedad de pueblos, regiones, caracteres y de tantas otras y tan numerosas circunstancias? A la verdad, cuando, libres de estos lazos corpóreos, «veamos a Dios tal como es» (I Jo. 3, 2), entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; mas en tanto nos hallamos en la tierra agravados por este peso mortal, que embota el alma, mantengamos firmísimamente según la doctrina católica 
«que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo» (Eph. 4, 5): 

Pasar más allá en nuestra inquisición, es ilícito» (D. 1647). 

Parecida formulación encontramos en el proyecto que los teólogos prepararon para aconsejar al Concilio Vaticano. El capítulo 6 y 7 del proyecto se ocupan de nuestra cuestión. Dice el texto: «¡Ojalá entiendan todos cuán necesaria es esta sociedad, la Iglesia de Cristo, para conseguir la salvación! Esta necesidad corresponde a la grandeza de la comunidad y a la unión con 
Cristo, su Cabeza, de su Cuerpo místico. Pues a ninguna otra comunidad alimenta y favorece como a Iglesia suya; sólo a ella a la que ama y por la que se entregó, para santificarla y purificarla en las aguas del bautismo por medio de la palabra de la vida. El quiso hacerla su gloriosa Iglesia sin mancha ni arruga ni otra falta alguna. Debía ser santa e incólume. 
Por tanto, enseñamos: La Iglesia no es una comunidad libre, respecto a la que es indiferente conocerla o no, entrar en ella o no entrar. Es absolutamente necesaria, y no sólo a consecuencia del mandato de Nuestro Señor, por el que el Salvador de todos los pueblos mandó entrar en su Iglesia; es también necesaria en cuanto medio, porque en el orden salvífico instituido por la Providencia divina no puede ser conseguida la comunidad con el Espíritu Santo, ni la participación en la verdad y en la vida, si no es 
en la Iglesia y por la Iglesia, cuya Cabeza es Cristo. 
Además es dogma de fe: fuera de la Iglesia nadie puede ser salvado. Cierto que no todos los que viven en una invencible ignorancia de Cristo y de la Iglesia se condenarán por esa su ignorancia. Pues a los ojos del Señor que quiere que todos los hombres se salven y lleguen a] conocimiento de la verdad, esa ignorancia no es culpable. Además El regala su gracia a todo el 
que se esfuerza según sus posibilidades, de forma que ése puede alcanzar la justificación y la vida eterna. Pero no recibe esa gracia nadie, que por propia culpa se haya separado de la unidad de la fe o de la comunidad de la Iglesia por su propia culpa, y haya muerto así. Quien no está en este arca perecerá en el diluvio. Por eso rechazamos y abominamos las ateas doctrinas de la igualdad de las religiones, que contradicen a la razón humana. Así quieren 
los hijos de este mundo negar la distinción entre lo verdadero y lo falso y decir la puerta para la vida eterna está abierta para todos y es indiferente la religión de que procedan; sobre la verdad de una religión sólo hay mayor o menor probabilidad, pero jamás certeza. También condenamos la atea opinión de quienes cierran a los hombres el reino de los cielos con la falsa excusa: es inconveniente y en cualquier caso no es necesario para la salvación abandonar la religión en que se ha nacido, y crecido y en la que uno ha sido educado, aunque sea falsa. Hasta acusan a la lglesia, que declara que ella es la única religión verdadera y que condena y rechaza todas las demás religiones y sectas separadas de su comunidad. Piensan que la injusticia puede tener parte en la justicia o la tiniebla en la luz, o que Cristo puede hacer un convenio con Satanás.» 

Il. Doctrina de la Escritura y de los Padres 
1. Con esta autointerpretación la Iglesia expresa lo que dicen la 
Escritura y la Tradición. Según el testimonio de la Escritura Cristo 
encargó a los Apóstoles adoctrinar a todos los pueblos y bautizar 
a los que crean. La salvación depende de si los hombres dan fe a 
las palabras de los Apóstoles y se hacen bautizar (Mt. 28 19 y 
sig.). «Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia 
desoye, sea para ti como gentil o publicano» (Mt. 18, 17) «EI que 
creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se 
condenara» (Mc. 16, 16). En la predicación de los Apóstoles, la fe 
en sus palabras y la fe en Cristo coinciden. Sólo en Cristo hay 
salvación. Pedro declara ante el Sanedrín: «En ningún otro hay 
salvación» ( c., 2). 

2. En los Padres la fe en la necesidad de la Iglesia para salvarse 
se expresa en la fe en la unidad de la Iglesia. Se manifestó en la 
Iglesia antigua, aparte de en la lucha contra las herejías, en los 
esfuerzos por extender la fe en Cristo, y en él están dispuestos a 
dar la vida por la pertenencia a la Iglesia. La tesis de la necesidad 
de la Iglesia para salvarse es formalmente expresada en las 
palabras de San Ireneo, de que nadie puede tener parte en el 
Espíritu Santo, si no viene a la Iglesia (Contra las herejías III, 24, 
1). Con inexorable decisión declara ·Cipriano-san: «Para poder 
tener a Dios por padre, hay que tener a la Iglesia por madre» 
(Carta 74, 7). Y en otra ocasión: «Nadie puede ser bienaventurado 
excepto en la Iglesia» (Carta 4, 4). El año 256 escribe al obispo 
Jubaianus con la mayor concisión: «fuera de la Iglesia no hay 
salvación» (Carta 73, 21). Esta afirmación acuña la fórmula que 
más claramente expresa la pretensión de la Iglesia de ser la única 
que da la salvación. Por lo demás también Orígenes dice: «fuera 
de la Iglesia nadie se salva» (In libr Jesu Nave homil. 3, 5). 
Con frecuencia ven los Padres prefigurada la necesidad de la 
Iglesia para salvarse en el arca de Noé. El arca es un «tipo» de la 
Iglesia que salva a los hombres del diluvio del pecado. Sin el arca 
perecerían. 

Ill. Interpretación de la doctrina de la Iglesia 
La Iglesia es necesaria para la salvación no en razón de un 
precepto positivo de Cristo, sino en razón de su sentido y esencia. 
Seria positivismo teológico injustificado ver en la necesidad de la 
Iglesia para la salvación únicamente una necessitas praecepti El 
realismo teológico, que entiende a la Iglesia como Cuerpo de 
Cristo, ve en su necesidad para la salvación una necessitas medii. 
De ello no hay dispensa como de una ley positiva. La Iglesia es el 
medio salvador instituido por Cristo, porque en ella están 
depositados los bienes de la salvación. La necesidad de la Iglesia 
para la salvación se funda en la ontología de la Iglesia, instituida 
por Dios o por Cristo, respectivamente. Cristo no confió sus bienes 
salvadores a nadie excepto a su Esposa, la Iglesia. Ella los hace 
accesibles al hombre mediante la palabra y el sacramento.

SCHMAUS - TEOLOGIA DOGMATICA IV
LA IGLESIA - RIALP. MADRID 1960.Págs. 786-791

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También los que no pertenecen formalmente a la Iglesia tienen 
posibilidades de salvación. Están ordenados a ella por su votum, 
por su deseo de salvación. Gracias a él también están abiertas 
para ellos las puertas de la eficacia salvadora de la Iglesia. 
Mediante el votum caen en el salvador campo de influencia de la 
Iglesia. Los hombres que se salvan por su votum de entrar en la 
lglesia son salvados no en la Iglesia, sino por la Iglesia. El principio 
«fuera de la Iglesia no hay salvación» se aproxima a la 
significación de que sin la Iglesia no hay salvación. No expresa un 
principio personal, sino objetivo. No estatuye quién se salva, sino 
por qué se salva. No se delimita el círculo de los hombres 
salvados, sino que se describe el camino por el que se salvan 
todos los que se salvan. Todo el que se salva, se salva por Cristo 
y sólo por Cristo. No hay otro camino hacia Dios. Pero Cristo no se 
comunica inmediatamente a los individuos aislados. Habría podido 
hacerlo. Pero determinó de otro modo el camino de la salvación. 
Se apodera del individuo sólo en la comunidad, a saber, por medio 
de la Iglesia, su instrumento. La actuación salvadora de Cristo 
pasa por la Iglesia. Lo mismo que el Padre celestial nos infunde su 
vida divina por medio de su Hijo hecho hombre, es decir, lo mismo 
que la gracia emprende el camino que pasa por la naturaleza 
humana de Cristo para llegar a nosotros, Cristo actúa también 
santificadora y salvíficamente sobre el ser humano en la Iglesia y 
por la Iglesia. Normalmente obra la salvación por medio de la 
palabra de la predicación de la Iglesia y de la realización de sus 
sacramentos. En la palabra y en el sacramento se apodera Cristo 
del hombre y lo presenta ante la faz del Padre. No tenemos por 
qué discutir los motivos que Dios haya tenido para elegir este 
camino de salvación. Quien quiera llegar a Dios debe emprender 
ese camino, si lo conoce. No puede llegar por cualquier otro 
camino a la bienaventuranza y a la salvación, si conoce el camino 
elegido por Dios. Salirse de él significaría apartarse de la voluntad 
de Dios. Pero a la vez hay que pensar que Cristo mismo, que es 
quien obra la salvación en la Iglesia, no se vinculó formalmente a 
la palabra y al sacramento en su obra salvadora (Santo Tomás). 
Cierto que remitió a los hombres a la palabra y al sacramento, de 
forma que nadie que conozca esta disposición divina puede 
despreciarlos, sin perder su salvación. Pero Cristo sigue siendo 
libre en su acción. Su brazo no se ha acortado; puede llegar 
donde quiera. Puede bendecir y consagrar donde plazca a su 
amor inescrutable. Sólo el Cristo operante en la Iglesia da la 
salvación, pero su obra salvadora no se limita al espacio de la 
Iglesia. Puede llegar donde quiera, más allá de la Iglesia saltando 
todas las murallas y obstáculos. No tiene límites. Cierto que no 
podemos comprender ni siquiera captar esa actividad de Cristo. 
Ocurre totalmente en lo oculto. No podemos hacer más que 
presentirla, cuando nos encontramos con un amor desinteresado 
e incondicional, con la sinceridad y la nobleza y fidelidad. Cuando 
la actividad salvífica de Cristo se realiza del modo normal 
establecido por Dios, por la palabra y el sacramento, es 
comprensible para nosotros. Entonces se puede decir: aquí está 
Cristo y allí también. Cuando el hombre no hace fracasar con su 
resistencia la obra de Cristo, de esa obra salvadora puede 
decirse: quien cree y se bautiza, será salvado (Mc. 16, 16). Sin 
embargo, la forma extraordinaria (vía extraordinaria) de la obra 
salvadora de Cristo, por mucho menos perceptible que sea, no es 
menos real. Nos es garantizada por la seguridad de que Dios 
quiere la salvación de todos los hombres (I Tim. 2, 4). Nadie se 
pierde si él mismo no quiere perderse, estar lejos de Dios. Pero 
todo el que se salva es salvado por Cristo que obra en la Iglesia, 
que es la Cabeza de su Cuerpo, la Iglesia. Con otras palabras: 
para todos es la Iglesia, por ser el Cuerpo e instrumento de Cristo, 
la madre que los engendra para la vida eterna, la conozcan o no. 
Quien es salvado, sin saber nada de la Iglesia o sin creer que la 
Iglesia católica es la Iglesia de Cristo, se encuentra en la situación 
del niño que no sabe a quién debe la vida. No hay, según eso, 
salvación sin la Iglesia. Pero en determinadas circunstancias 
puede haber salvación sin incorporación formal a la Iglesia. 
Ineludible presupuesto por parte del hombre es el estar dispuesto 
a recibir la salvación de la Iglesia, es decir, el deseo de entrar en 
la Iglesia (votum Ecolesiae). Este deseo puede ser despertado 
expresamente y puede estar incluido en otro acto (por ejemplo, en 
el amor de Dios). 
En estas reflexiones hay que distinguir entre la situación de los 
bautizados no-católicos y la de los no-bautizados. Sus 
posibilidades de salvación son muy diversas. Por el bautismo el 
hombre es incorporado a Cristo. El carácter bautismal es el 
fundamento ontológico de la incorporación a la Iglesia. Cierto que 
no da la plena incorporación pero sí una incorporación disminuida. 
Hay que decir también de esa incorporación, que quienes 
participan de ella sola, son privados de muchos dones y auxilios 
divinos, que pueden disfrutarse en la Iglesia católica, de forma que 
no pueden estar seguros de su eterna salvación (Pío XII, encíclica 
Mystici Corporis). 

a) Quien está en la Iglesia católica como miembro pleno de la 
vida comunitaria, experimenta el poder salvador de Cristo en su 
fuerza original con pureza no turbada y con plenitud inagotable. 
Quien no está de ese modo en la vida comunitaria, como los 
pertenecientes a grupos cristianos no-católicos, también es 
alcanzado y traspasado por las fuerzas salvadoras de Cristo, pero 
está excluido de la abundancia desbordante de la actividad de 
Cristo. No percibe la palabra de Dios en su indivisa totalidad, sino 
en una selección hecha por los hombres. De los sacramentos sólo 
recibe algunos. EI torrente de la salvación fluye para él por un 
cauce más estrecho y menos profundo, que a quien está viviendo 
dentro de la comunidad católica. De nuevo hemos de acentuar 
que aquí sólo hablamos de las vías ordinarias de la actividad 
salvadora de Cristo, que ocurre precisamente en la predicación 
eclesiástica de la palabra y en realización de los sacramentos. 
Hay que hacer todavía otra distinción. Lo que acabamos de 
decir sobre la diferencia en la fuerza y abundancia de la acción 
salvífica de Cristo, vale de los caminos, por los que el poder 
salvador de Cristo entra en el hombre y penetra en su «yo», de las 
instituciones, procesos, medidas y acciones objetivas que sirven a 
la salvación. Pero es distinto de ello el modo en que el hombre se 
abre a esa actividad salvadora, la fuerza con que admite en su yo 
el poder salvador de Cristo, para que lo transforme, lo transfigure 
y lo llene de la vida de Cristo. Quien está en la totalidad de la vida 
de la Iglesia normalmente será llenado de la vida de Cristo (gracia 
santificante), que de tan múltiples y diversos modos golpea y llama 
a su «yo». Pero es posible, que por anómalo que sea tal estado 
lleve en sí la estructura de Cristo (el carácter bautismal indeleble), 
pero que esté privado de la vida de Cristo, porque se cierra a la 
actividad salvadora de Cristo y se aparta intencionadamente de El 
(estado de pecado mortal). También se puede suponer, que quien 
está apartado por invencible error de la abundancia de la vida de 
la comunidad de la Iglesia, pero lleva en sí la señal y los rasgos de 
Cristo (el bautizado no católico), participe de la vida de Cristo. La 
afirmación de que la Iglesia es la única institución salvadora no 
niega a los bautizados no-católicos la posibilidad de estar unidos a 
Cristo. Tampoco niega que el bautizado no-católico pueda hace. 
una vida santa. La Iglesia católica, a pesar de su afirmación de 
que ella es la única que da la salvación, cree en la eficacia de los 
sacramentos válidamente administrados en las comunidades 
cristianas no-católicas. Reconoce sobre todo el bautismo, en caso 
de que sea administrado según la doctrina y preceptos del Señor. 
Lo mismo vale bajo determinadas condiciones del orden y de la 
eucaristía. «En aquellas comunidades no- católicas, en que se 
conserva todavía el oficio apostólico por la vía de la sucesión 
epìscopal legítima -tal como ocurre en la Iglesia oriental separada 
de Roma, y en las comunidades jansenistas y viejo-católicas- la 
Iglesia reconoce todavía actualmente la validez de todos los 
sacramentos, en la medida en que su realización sólo dependa del 
poder de orden y no del poder de jurisdicción. En todas estas 
comunidades se recibe, pues, según la doctrina católica, el 
verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre del Señor, no porque 
sean iglesias cismáticas, es decir, no por sus características, sino 
porque, a pesar de sus características, conservan todavía una 
herencia católica primitiva. Lo que en ellas puede santificar y 
salvar es lo católico que conservan» (K. Adam, Das Wesen (Ies 
Katholizisnlus, 12 ed., 1949, 207). Esto vale de las comunidades 
orientales no unidas con Roma. Presupuesto para la eficacia 
santificadora de los sacramentos es, por parte del sujeto de ellos, 
la buena fe. Quien, estando en invencible error respecto a la 
verdadera Iglesia de Cristo, recibe los sacramentos en una 
comunidad cristiana no católica, quiere estar con Cristo y está con 
El de hecho, aunque se engaña respecto a dónde debe buscarse 
la plenitud de Cristo. Quien reconoce a la Iglesia católica como la 
Iglesia de Cristo y, a pesar de ello, se aparta de ella, niega la 
obediencia a Cristo y está, por tanto, separado de El. Tal error 
invencible puede estar unido al exacto conocimiento de todos los 
razonamientos que aduce la teología apologética y dogmática, 
para demostrar que la Iglesia católica es la verdadera Iglesia de 
Cristo. La rectitud y validez lógicas de una argumentación no es lo 
mismo que su fuerza de convicción interior. Para esta convicción 
se necesitan determinadas disposiciones, estados y preferencias. 
Uno puede conocer, por ejemplo, exactamente todas las razones 
aducidas a favor del Primado y rechazarlo sin mala voluntad, 
porque le impiden reconocer la validez de esas razones ciertas 
dificultades insuperables. 

b) ¿Qué ocurre con los no bautizados? Su situación es, 
naturalmente, más desfavorable que la de los bautizados 
no-católicos. Pero tampoco están sin posibilidad de salvación. Tal 
posibilidad tiene también en ellos una base objetiva, 
ontológico-espiritual y otra base subjetiva ético-personalista. La 
primera consiste en la consecratio mundi ocurrida por la 
Encarnación y obra de Cristo.

J/CENTRO:Por la Encarnación, derramamiento de sangre y Resurrección del Señor todo el mundo fue elevado a un estado nuevo.

CREACION Por Cristo fue creada una nueva situación histórica. La nueva situación consiste en que en Cristo fue asumida en la más estrecha relación con el Verbo divino una parte de materia de este mundo, el cuerpo de Cristo formado de las entrañas de María por obra del Espíritu Santo, y consiste en que esa materia en la Resurrección de Cristo fue trasladada y elevada al estado de glorificación. Desde estos acontecimientos cae una luz nueva sobre la creación. Se infundió a la creación una nueva pertenencia a Dios, que le da una dignidad celestial, que trasciende y supera grandemente la dignidad que tiene el mundo en razón de su carácter de creación. Todo hombre que entra en el mundo toma parte en ese estado del mundo, en la nueva situación producida por Cristo. Cuando Cristo se le aparece ante su mirada espiritual, es llamado a decidirse. Tiene que aceptar o negar la 
situación cristiana del mundo. Mientras Cristo no aparezca en su horizonte, no puede decidirse conscientemente a favor o en contra de la situación creada por El. Pero si se dirige a Dios lo hace en la historia configurada por Cristo. Su entrega a Dios está caracterizada, en consecuencia, por la pertenencia a la situación cristiana. Y viceversa: esa situación influye en su anhelo de Dios. 
Este es a su vez actuación y activación de la nueva situación del mundo. En él influye, en definitiva, Cristo mismo. Cristo es además inmediatamente activo cuando con la fuerza de su gracia se apodera de quienes, aunque no están incorporados a El por el bautismo, pertenecen a El por la consecratio mundi y se abren a El en su anhelo de Dios sin conocerlo ni saber nada de El. Según la Epístola a los Efesios Cristo es también la Cabeza del universo. 
Los no-bautizados de buena fe no llevan el signo que sólo el bautismo da. Sin embargo, tienen confusa y oscuramente los rasgos de Cristo. Si se dejan llevar por su conciencia moral en la que les habla el Dios revelado en Cristo, participarán también de la salvación por Cristo y por la Iglesia, su Cuerpo. El ilustre teólogo De Lugo dice: 
«Dios da suficiente luz para salvarse a toda alma que llega al uso de razón...

 

Las diversas escuelas filosóficas y comunidades religiosas de la humanidad comunican una parte de la verdad... y la regla es: el alma que busca a Dios de buena fe, que busca su verdad y su amor, concentra la atención bajo la influencia de la gracia en estos elementos de verdad -sean pocos o muchos- que le son ofrecidos en los libros sagrados, en las instrucciones, en los 
cultos y reuniones de la Iglesia, secta o escuela filosófica en que haya crecido. Se alimenta de esos elementos o mejor dicho: la gracia divina alimenta y salva el alma bajo las cáscaras de esos elementos, de verdad»

(Sobre la fe, sec. 19, 7. 10; 20, 107). 

Mediante esta doctrina de las posibilidades de salvación de los 
que no pertenecen o pertenecen no plenamente a la Iglesia 
romano-católica, no se vacía de contenido el dogma de que fuera 
de la Iglesia no hay salvación. Tal dogma dice que sin la Iglesia no 
hay salvación, que todo el que se salva, se salva por ella, lo sepa 
o no, lo quiera o, con un error inculpable, no lo quiera. Esta 
relación con la Iglesia es relación de causa de la salvación. Pero 
quien está bajo la influencia salvadora de la Iglesia pertenece de 
algún modo a ella, sea potencial sea actualmente. La unión 
salvífico-causal con la Iglesia limita tanto más con la incorporación 
a la Iglesia, cuanto más fuerte es la causalidad salvadora. La 
relación ontológica entre causalidad salvadora y la pertenencia a 
la Iglesia implica, que aquel que rechaza formalmente, a pesar de 
conocerla, la pertenencia a la Iglesia, pierde también la causalidad 
salvadora. Y viceversa: implica el reconocimiento de la causalidad 
salvadora de la Iglesia para quien ve de suyo que tiende también a 
la incorporación a la Iglesia. Para los bautizados no católicos existe 
en relación a la Iglesia romano-católica la seria obligación, 
importantísima para la salvación, de examinar ante Dios la 
legitimidad de su no-pertenencia a la Iglesia católica y, dado el 
caso, convertirse a ella. Y así el principio «sin la Iglesia no hay 
salvación» vuelve a remitir al principio «fuera de la Iglesia no hay 
salvación», en el que «fuera de la Iglesia» significa lo mismo que 
sin incorporación a la Iglesia no hay salvación. Para quien 
reconoce a la Iglesia romano-católica como Iglesia de Cristo, no 
sólo no hay salvación sin la causalidad salvadora de la Iglesia, 
sino que tampoco la hay sin su plena incorporación a ella. Quien 
pertenece a la Iglesia como miembro en sentido pleno, tiene toda 
la posibilidad de salvación ofrecida por Cristo. Realiza en su fe y 
en su amor a Cristo lo que El ha fundado e instituido 
objetivamente. Quien no pertenece a la Iglesia católica se queda 
por debajo de las posibilidades de salvación ofrecidas por Cristo. 
Mientras lo haga sin mala voluntad, no le será para condenación. 
Pero seguirá estando privado de muchos bienes salvadores. 
Esta interpretación del dogma de que sólo la Iglesia salva hace 
justicia, por una parte, a la seriedad del dogma y, por otra, está 
lejos de decretar la condenación sobre quienes no viven dentro de 
los muros de la Iglesia. 


INTOLERANCIA / ERROR

 

No se puede, por tanto, reprochar a la Iglesia, que la comprensión de sí misma como medio necesario para salvarse implica intolerancia. El dogma no representa ninguna intolerancia ni espiritual ni civil: no representa intolerancia espiritual porque no niega a nadie la salvación; ni civil, porque predica y exige el amor al prójimo a todos los hombres. La Iglesia es intolerante frente al error. Ello estriba en la esencia del error. Quien no es intolerante frente al error destruye los fundamentos de la vida humana. Quien no es intolerante frente al error contra la Revelación, destruye los 
fundamentos de la fe. Sólo el escéptico podría predicar tolerancia en el terreno de la verdad natural. La tolerancia frente a los errores contra la Revelación divina sólo podría ser predicada por quien ve en ella no la comunicación de verdades, sino sólo una llamada de Dios. Con el dogma de su necesidad salvadora la Iglesia profesa su ser Cuerpo de Cristo y que Cristo es el único mediador de la salvación. Lo que rechaza no es la posibilidad de salvación de quienes no pertenecen a la Iglesia, sino la afirmación de que hay muchos caminos igualmente válidos hacia la salvación, que junto a ella hay otras comunidades cristianas igualmente válidas. Cuando otras comunidades cristianas se llaman Iglesias, la apariencia de derecho no les viene de estar separadas de la Iglesia romano-católica, sino de lo que tienen de común con ella. 
Por tanto, quien pertenece a una comunidad cristiana no católica 
no se salvará por negar el papado o el carácter sacrificial de la 
Eucaristía o el culto a los santos, sino por el bautismo y la palabra 
de Dios, que las comunidades cristianas no-cató1icas conservaron 
al apartarse de la Iglesia católica. Como dice Pío XI también las 
partes de una montaña de oro son de oro (Discurso del 9 de 
enero de l927 sobre las Iglesias orientales separadas). En la 
palabra de la predicación y en el bautismo obra Cristo o la Iglesia 
una, respectivamente, que es instrumento de Cristo. Pero Cristo 
no da la salvación por negar la verdad. De la autoconciencia de la 
Iglesia se sigue, por tanto, necesariamente que rechace las 
comunidades separadas. Si las reconociera como hermanas 
legítimas con los mismos derechos, se negaría a sí misma, en 
cuanto Iglesia de Cristo. La pretensión de ser la única Iglesia 
salvadora, es decir, de ser el único camino hacia la salvación se 
deduce necesariamente de la unidad de la Iglesia. Como sólo hay 
una Iglesia, hay sólo una esperanza de salvación (Eph. 4, 4). 
Cuando la Iglesia se afirma decididamente como único Cuerpo de 
Cristo frente a todas las demás comunidades cristianas, obra 
como Cristo obró cuando ante los jueces judíos y romanos se 
confesó Hijo de Dios. Sin esa confesión no habría sido crucificado, 
pero tampoco habría sido en ella el rey de la verdad. 
La distinción entre un camino salvador ordinario en la Iglesia y 
por la Iglesia y otro extraordinario sólo por la Iglesia, no proclama 
dos caminos de salvación. Sigue habiendo uno solo. Pero tienen 
distintos recorridos. Quien de buena fe busca a Dios fuera de la 
Iglesia, se mueve ciertamente por el camino de la salvación. Sin 
embargo, dentro de la historia no llega adonde debería llegar si 
caminara en el sentido querido por Cristo, no llega el bautismo. El 
bautizado no-católico ha recorrido el camino hasta ese punto, pero 
no lo continúa porque cree que no continúa. En realidad sigue el 
camino. Quien llega hasta el fin, llega a ser miembro de la Iglesia 
católica en sentido pleno. La plena incorporación representa, por 
tanto, encarnarse, unirse, convertirse a Dios del modo que Cristo 
hizo posible y quiso. Quien en sus esfuerzos por llegar a Dios no 
llega a la Iglesia católica, no logra la encarnación plena de su 
anhelo de Dios. Pero tampoco será acogido en una acción 
salvadora inmediatamente procedente de Dios. Sino que será 
incorporado también al movimiento que partiendo de Cristo y 
pasando por la Iglesia y a través de ella alcanza a los hombres y 
les regala la salvación. 

* * * 

I/2-VIDAS - Para terminar vamos a citar un texto de ·Agustin-san (Sermón 124 sobre el evangelio de San Juan; BKV, VI, 387 y sig.) que refleja la situación intrahistórica de la Iglesia y a la vez celebra su figura final: 
«La Iglesia conoce dos vidas proclamadas y recomendadas por Dios. La una se hace en la fe, la otra en la contemplación. La una en el tiempo de peregrinación, la otra en la patria eterna; la una en 
esfuerzo, la otra en descanso; la una en camino, la otra en la patria; la una en el escenario de la actividad, la otra en la recompensa de la visión; la una se aparta del mal y obra el bien, la otra no conoce mal del que deba apartarse, está en posesión de un gran bien para disfrutarlo. La una lucha con el enemigo, la otra reina sin enemigos; la una es fuerte en las contrariedades, la otra no conoce contrario; la una doma los placeres carnales, la otra se entrega a las delicias espirituales; la una está preocupada por el cuidado de vencer, la otra está despreocupada gozando en paz la victoria; la una tiene que pedir auxilio en las tentaciones, la otra se alegra sin tentación alguna en el Auxiliador mismo; la una asiste al necesitado, la otra está donde no hay necesitados; la una perdona pecados ajenos, para que le sean perdonados los propios, la otra no padece nada que tenga que perdonar, ni hace cosa alguna por la que tenga que ser perdonada; la una es azotada por los males, para que no se ensoberbezca en los bienes, la otra está libre de males con tal abundancia de gracia, que participa del bien supremo sin ninguna tentación de vanidad; por tanto, la una es buena, pero desgraciada, la otra es mejor y feliz. La de aquí es representada por San Pedro, la de allá por San Juan. Esta se prolonga aquí abajo hasta el fin del mundo y allí encuentra su final; la otra es demorada, para ser realizada al fin del mundo, pero no tendrá fin en el mundo futuro.»

SCHMAUS - TEOLOGIA DOGMATICA IV - LA IGLESIA
RIALP. MADRID 1960.Págs. 796-806)

 

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Te adoro, Creador incomprensible - Creador incomprensible, yo te adoro. Soy ante ti como un poco de polvo, un ser de ayer, de la hora pasada. Me basta retroceder sólo unos pocos años, y no existía todavía...

Las cosas seguían su curso sin mi. Pero tú existes desde la eternidad.

¡Oh Dios! Desde la eternidad te has bastado a ti mismo, el Padre al Hijo y el Hijo al Padre. ¿No deberías también poder bastarme a mí, tu pobre criatura.. En ti encuentro todo cuanto puedo anhelar. Me basta si te tengo...

¡Dáteme a mí como yo me doy a ti. Dios mío! ¡Dáteme tú mismo! Fortaléceme, Dios todopoderoso, con tu fuerza interior; consuélame con tu paz, que siempre permanece; sáciame con la belleza de tu rostro; ilumíname con tu esplendor increado; purifícame con el aroma de tu santidad inexpresable; déjame sumergirme en ti y dame de beber del torrente de tu gracia cuanto puede apetecer un hombre mortal, de los torrentes que fluyen del Padre y del Hijo: de la gracia de tu amor eterno y consustancial.

(Obispo de la Iglesia Católica y Cardenal: Newman)

 

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«En este Año de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más decididamente a dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.

27. La Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad. En la celebración eucarística la Iglesia renueva continuamente su conciencia de ser «signo e instrumento» no sólo de la íntima unión con Dios, sino también de la unidad de todo el género humano.[25] La Misa, aun cuando se celebre de manera oculta o en lugares recónditos de la tierra, tiene siempre un carácter de universalidad. El cristiano que participa en la Eucaristía aprende de ella a ser promotor de comunión, de paz y de solidaridad en todas las circunstancias de la vida. La imagen lacerante de nuestro mundo, que ha comenzado el nuevo Milenio con el espectro del terrorismo y la tragedia de la guerra, interpela más que nunca a los cristianos a vivir la Eucaristía como una gran escuela de paz, donde se forman hombres y mujeres que, en los diversos ámbitos de responsabilidad de la vida social, cultural y política, sean artesanos de diálogo y comunión.»

Lean los últimos párrafos de la reciente Carta Apostólica "Mane nobiscum Domine" de Juan Pablo II, coherente con la más pura Tradición cristiana; en nuestra sección ‘Eucaristía’ {use nuestro buscador} Gracias. 2004-10-22.

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

“¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8, 2).

La belleza de la naturaleza nos recuerda que Dios nos ha encomendado la misión de "labrar y cuidar" este "jardín" que es la tierra (cf. Gn 2, 8-17).

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad” pareticularmente en el oscuro camino de las sectas, sean bautistas, adventistas, jehovistas, rodriguistas, fernandistas, sapiatistas, etc. etc.

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

Cristianos: ¡no nos dejemos engañar por algunos grupos, veamos este ejemplo!

Recomendamos: ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

"Diccionario enciclopédico de las sectas", en su última edición (4ª) de 2005.

El autor es el sacerdote, D. Manuel Guerra Gómez. y la editorial la BAC - Es un grueso libro con más de mil páginas, (1104 pgs.). - Sinópsis. - ¿Qué es una secta? Uno de los méritos de esta obra consiste en haber formulado su definición tras exprimir las notas definitorias o comunes a las casi 1.500 (la mayoría implantadas en España e Iberoamérica) descritas en este diccionario y presumiblemente a todas las demás. El autor usa «secta» en su acepción técnica, no en la vulgar, que está cargada de connotaciones tan peyorativas que tiende a identificar acríticamente «secta» y «secta destructiva», a pesar de que estas últimas, es decir, las que «destruyen» a las personas o «dañan» gravemente su personalidad, no llegan al parecer al 10% del total. En esta obra aparecen dispuestas alfabéticamente las sectas religiosas, mágicas e ideológicas, las biografías de sus fundadores, así como, en y desde las sectas mismas, las realidades y cuestiones más importantes de teología dogmática, morales, sociopolíticas, psicológicas, filosófico-vitales, y otros temas complementarios. Trata también de averiguar las causas de la existencia y proliferación de las sectas y de señalar sus remedios. Ayuda a descifrar las claves de las corrientes, generalmente subterráneas, del pensamiento, acciones y movimientos contemporáneos.

MANUEL GUERRA GÓMEZ, catedrático en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, es Doctor en Filología Clásica y en Teología Patrística. Es conocedor de sánscrito, lengua de los libros religiosos del hinduismo, budismo y jinismo, que tanto han influido en las sectas, sobre todo en las de impronta oriental. Asimismo, es miembro de la International Association of Patristic Studies, de la Sociedad Española de Ciencias de la Religión y de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Ha publicado infinidad de artículos sobre temas filológico-teológicos y de historiografía religiosa, y 18 libros, entre los que cabe destacar por su cercanía con el tema de esta obra: "Los nuevos movimientos religiosos (Las sectas). Rasgos comunes y diferenciales" (Pamplona 1996) e "Historia de las religiones" (Madrid 1999).

† San Pablo, Obispo de la Iglesia Católica: “No eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz la que sostiene a ti” (Rom 11,18). †

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).