Thursday 23 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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En la solemnidad de los santos Pedro y Pablo el Pontífice recuerda que la Iglesia no es una comunidad de perfectos sino de pecadores necesitados del amor de Dios. 29 junio 2012 

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Los tres primeros siglos del cristianismo. Desde el nacimiento en Jerusalén hasta su establecimiento como religión oficial del Imperio Romano— se han convertido en uno de los campos de investigación más fértiles y más fascinantes de la historiografía contemporánea. Cuando tanto se habla del ocaso del cristianismo en Occidente, del fracaso de la fe en la edad moderna o de su rechazo por la mentalidad democrática y posmoderna, cualquier contacto con la Iglesia primitiva supone un consuelo y una experiencia iluminadora como pocas.

 

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La comunidad cristiana de Roma está estrechamente ligada a Pedro, pero ciertamente este apóstol no es su fundador. Generalmente se suele fechar la llegada de Pedro en el año 42.

 

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¡Pero si es imposible saber cuál es la Iglesia de Cristo partiendo de los cientos de miles de nombres de las denominaciones protestantes!. Entonces, ¿cómo podremos saberlo? (En la edición de 1986 del conocido libro de referencia protestante "The Christian Source Book" -New York: Ballantine Books- se nos dice que existen más de 21,000 denominaciones y sectas, según el último recuento, y que aparecen – anualmente - unas 270 nuevas). Pues bien, la respuesta es que podremos saber cuál es la Iglesia fundada por Cristo examinando las características de una determinada iglesia. Las características que la Iglesia Católica puede ofrecer son las así llamadas "cuatro notas". UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA. Y, desde que Cristo la fundara, 2000 años de historia con domicilio físico sobre la tumba del apóstol Pedro, crucificado en cruz invertida en el 64/67ca.bajo Nerón, y enterrado a la orilla derecha del rio Tiber en la colina vaticana de la ciudad de Roma,Italia. (Allí también decapitado Pablo, murió martir de la Iglesia Católica-Apostólica-Una y Santa).

 

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Entre los primeros discípulos, Jesús llamó a dos hermanos, Simón y Andrés. Eran pescadores. "Les dijo:  "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron" (Mt 4, 19-20). Desde entonces, el mensaje evangélico ha sido llevado hasta los confines de la tierra, y nosotros estamos llamados a proseguir en la historia la misión confiada a los Apóstoles. Como el Señor llamó "juntamente" a Pedro y a Andrés para que fueran pescadores de hombres por el reino de Dios, también juntamente los sucesores de los Apóstoles están invitados a anunciar la buena nueva de la salvación, para que, por nuestras palabras y nuestra unión fraterna, el mundo crea.

 

Los dos hermanos apóstoles Pedro y Andrés, patronos respectivamente de la Iglesia de Roma y de la Iglesia de Constantinopla, traen a nuestra memoria la llamada que recibieron del Señor para proclamar la buena nueva del Reino: «Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: .Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.» (Mt 4, 18-19).

Esta es la misteriosa llamada prefigurada en su condición de pescadores de hombres, que ahora cobra un significado nuevo y superior. Jesús mismo nos da el ejemplo perfecto de la tarea apostólica: «Recorría Jesús toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la buena nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4, 23).

 

La Iglesia católica, desde sus comienzos, ha estado, pues, en estrecho contacto con el mundo de los pescadores. Podemos imaginar que lo que atrajo de un modo especial a Cristo de aquellos pescadores e hizo que los eligiera para un tipo de trabajo muy distinto fue su valentía, su espirito de iniciativa, su disponibilidad al enfrentarse con los riesgos del viento y de las olas.

 

Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19).

Estas palabras de Jesús, que hemos escuchado, se repiten a lo largo de la historia y en todos los rincones de la tierra. Como el Maestro, hago la misma invitación a todos, especialmente a los jóvenes, a seguir a Cristo. Queridos jóvenes, Jesús llamó un día a Simón Pedro y a Andrés. Eran pescadores y abandonaron sus redes para seguirle. Ciertamente Cristo llama a algunos de Ustedes a seguirlo y entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No tengan miedo de recibir esta invitación del Señor! ¡No permitan que las redes les impidan seguir el camino de Jesús! Sean generosos, no dejen de responder al Maestro que llama. Síganle para ser, como los Apóstoles, pescadores de hombres.

 

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Lo necio de Dios es más sabio que los hombres - "Cristo eligió padres pobres, pero perfectos en la virtud; llevó una vida pobre, para que nadie se gloríe solamente de la nobleza del linaje o de las riquezas de la familia; llevó una vida pobre, para enseñarnos a despreciar las riquezas; vivió privado de dignidades, para apartar al hombre de un apetito desordenado de honores; soportó trabajos, hambre, sed y sufrimientos corporales de forma que los hombres no se retrajeran del bien de la virtud por dedicarse a los placeres y delicias a causa de la dureza de esta vida. 

Soportó, finalmente, la muerte para que nadie abandonara la verdad por miedo a la muerte; eligió la forma de muerte más reprobable, la muerte de cruz, para que nadie temiera como digna de vituperio la muerte por la verdad. Fue, por tanto, conveniente que el Hijo de Dios hecho hombre sufriera la muerte para que así su ejemplo animara a los hombres a la virtud, para que se realice lo que dice Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. (1 P 2, 21) 

Si Cristo hubiese vivido en el mundo como rico, poderoso y revestido de alguna gran dignidad, se podría haber pensado que su doctrina y sus milagros fuesen aceptados por la fuerza del favor de los hombres y por un poder humano; por lo tanto, para que constase con evidencia que eran obra de la fuerza de Dios, escogió todo lo ínfimo y despreciado del mundo: madre pobre, vida indigente, discípulos y mensajeros incultos y el ser rechazado y condenado, incluso a muerte, por los magnates del mundo, para que así manifiestamente constase que la aceptación de su doctrina y milagros no fue debida a un poder humano, sino divino. 

Hay aún otro aspecto que considerar en este punto y es que por la misma razón de la providencia por la que el Hijo de Dios hecho hombre quiso sufrir en si mismo la debilidad, por la misma razón también quiso que sus discípulos, a los que constituyó ministros de la salvación de los hombres, fueran despreciados en el mundo y para ello no los escogió cultos y nobles, sino iletrados y de sencilla condición social, es decir, sencillos pescadores. Y cuando los envía a buscar la salvación de los hombres, les manda guardar la pobreza, sufrir persecuciones y oprobios y soportar también la muerte por la verdad, de modo que su predicación no pareciera ordenada a alguna comodidad terrena y para que la salvación del mundo no fuera atribuida a sabiduría o fuerza humanas, sino únicamente a la fuerza y sabiduría de Dios. Por tanto tampoco en los apóstoles estuvo ausente la fuerza divina, que por ellos hacía cosas maravillosas, si bien a la vista del mundo aparecieran como despreciables. 

Este modo de actuar era necesario para la salvación del hombre a fin que los hombres aprendieran a no confiar soberbiamente en si mismos sino en Dios. Es también necesario para la perfecta santificación del hombre que éste se someta totalmente a Dios, que de él espere recibir todos los dones y que reconozca luego haberlos recibido de Dios mismo." 

De los Opúsculos teológicos de santo Tomás de Aquino, presbítero (De rationibus fidei, Ed. Leonina, t. 40, Romae 1969, pp. 56 ss.). 

 

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Queridos sacerdotes: el Señor bendice abundantemente su entrega diaria al servicio de la Iglesia y del pueblo, incluso cuando surgen obstáculos y sinsabores. Por eso aprecio y agradezco su correspondencia a la gracia divina, que les llamó a ser pescadores de hombres (cf. Mc 1, 17), sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo producidos por el vasto campo de trabajo apostólico, debido al reducido número de sacerdotes y a las muchas necesidades pastorales de los fieles que abren su corazón al Evangelio. 25.01.1998 – S.S. Juan Pablo II – Magno.

 

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Cristo llama a sus apóstoles a la fe y la confianza para entregarse a su misión de convertirse en "pescadores de hombres" (cfr. Lc 5,10). Cada miembro de la Iglesia, en particular los obispos, tiene que renovar sus esfuerzos, al inicio del tercer milenio, en su común empresa de anunciar la salvación en Cristo a todos y de llevar Cristo al mundo y el mundo a Cristo.

 

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Pedro, primado de la Iglesia - La voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un especial relieve dentro del Colegio Apostólico se manifiesta con numerosos indicios. Por otra parte, el mismo Pedro es consciente de esta posición particular que tiene. De este modo, cuando Jesús, dolido por la incomprensión de la muchedumbre tras el discurso sobre el Pan de vida, pregunta: «También vosotros queréis marcharos?», la respuesta de Pedro es perentoria: «Señor, ¿con quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna».

Jesús pronuncia entonces la declaración solemne que define, de una vez por todas, el papel de Pedro en la Iglesia: «Y yo, a mi vez, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Las tres metáforas a las que recurre Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que basará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien le parezca justo; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá establecer o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y seguirá siendo de Cristo. Es siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Describe con imágenes plásticas lo que la reflexión sucesiva calificará con el término primado de jurisdicción. (07-VI-2006)

 

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Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo,

según San Mateo (9,36-10,8)  En aquel tiempos Jesús dijo a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

Eligió a los doce y los envió - En el Evangelio de este domingo Jesús «llama» a sí a los doce y les constituye «apóstoles». Por lo tanto les «manda» hacer lo que hacía él: predicar el reino, cuidar a los enfermos, librar a la gente del miedo y de los poderes demoníacos. Les dice: «Gratis lo recibisteis. Dadlo gratis».
Aquel día Jesús decidió e inauguró la futura estructura de su Iglesia. Ella tendría una jerarquía, un gobierno, o sea, de los hombres por él «llamados» y «enviados» para continuar su obra. Es por esto que la Iglesia es definida «una, santa, católica y apostólica»: porque está fundada en los apóstoles.
Pero todo este asunto de mies y obreros, de rebaño y pastores, de gobernantes y gobernados hoy no goza de buena prensa. Vivimos en un clima de democracia y de igualdad entre los hombres. Si alguien debe ejercer una autoridad deben hacerlo, pensamos, en nuestro nombre, en cuanto que nosotros mismos, con las elecciones, le hayamos conferido el mandato. De aquí un difundido rechazo, o desestimación, ante la jerarquía de la Iglesia: Papa, obispos, sacerdotes.
Se encuentran continuamente personas, especialmente jóvenes de bachillerato y universitarios, que se han construido un cristianismo del todo ellos. Tienen, a veces, un marcado sentido religioso, sentimientos bellísimos. Dicen que, si quieren, se dirigen directamente a Dios, pero que no se les hable de la Iglesia, de los sacerdotes, de ir a Misa, y cosas así. «Cristo sí, la Iglesia no», es su lema.
No hay duda de que también la Iglesia pueda y deba ser más democrática, esto es, que los laicos deban tener más voz en la elección de los pastores y en el modo en que ejercen su función. Pero no podemos reducir, en todo, la Iglesia a una sociedad regida democráticamente. Ella no es decidida desde abajo, no es algo que los hombres ponen en pié por iniciativa propia, para su bien. ¡Si sólo fuera eso, ya no habría necesidad de la Iglesia, bastaría el Estado o una sociedad filantrópica! La Iglesia es institución de Cristo. Su autoridad no viene del consenso de los hombres; es don de lo alto. Por ello, incluso en la forma más democrática que podamos desear para la Iglesia, permanecerá siempre la autoridad y el servicio apostólico, que no es, o no debería ser jamás, superioridad, dominio, sino servicio «gratuito», dar la vida por el rebaño, como dice Jesús hablando del buen pastor.
Lo que tiene lejos a ciertas personas de la Iglesia institucional son, en la mayoría de las ocasiones, los defectos, las incoherencias, los errores de los líderes: inquisición, procesos, mal uso del poder y del dinero, escándalos. Todas cosas, lamentablemente, ciertas, si bien frecuentemente exageradas y contempladas fuera de todo contexto histórico. Los sacerdotes somos los primeros en darnos cuenta de nuestra miseria e incoherencia y en sufrirla.
Los ministros de la Iglesia son «elegidos entre los hombres» y están sujetos a las tentaciones y a las debilidades de todos. Jesús no intentó fundar una sociedad de perfectos. ¡El Hijo de Dios –decía el escritor escocés Bruce Marshall-- vino a este mundo y, como buen carpintero que se había hecho en la escuela de José, recogió los pedacitos de tablas más descoyuntados y nudosos que encontró y con ellos construyó una barca –la Iglesia-- que, a pesar de todo, resiste el mar desde hace dos mil años!
Hay una ventaja en los sacerdotes «revestidos de debilidad»: están más preparados para compadecer a los demás, para no sorprenderse de ningún pecado ni miseria, para ser, en resumen, misericordiosos, que es tal vez la cualidad más bella en un sacerdote. A lo mejor precisamente por esto Jesús puso al frente de los apóstoles a Simón Pedro, quien le había negado tres veces: para que aprendiera a perdonar «setenta veces siete». ZS05061001 - 2005-06-10

 

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HISTORIA ECLESIÁSTICA Y MISTERIO ECLESIAL

 

La historia de la Iglesia empieza así que el Misterio Sobrenatural da sus reflejos e interviene a través de las peripecias de unas tribus semíticas, elegidas por Dios a fin de que advenga Cristo. Desde Cristo, la historia de la Iglesia se desarrolla y oculta como antaño el Designio misterioso y salvador. Tanto antes como después de Jesús de Nazaret, el misterio de Cristo afecta al tiempo y lo atraviesa. Nosotros queremos seguir su emergencia en la historia de la Iglesia desde que ella es Cuerpo de Cristo.
Los acontecimientos sobrevenidos al pequeño grupo que fue
la Iglesia Católica son descritos por los historiadores profesionales. No vamos pues a describirlos, ni siquiera a resumirlos, sino a encontrar, en todas las vueltas y revueltas de una existencia, la ley que dirige esta existencia.
Para la Iglesia, la ley es «cristológica», en el sentido de que los misterios históricos del Señor Jesús informan y explican los destinos de su Cuerpo. En otros términos, la vida de la Iglesia no puede sino parecerse a la vida de su Cabeza, que es Cristo.
Es decir, que hay que desechar las concepciones simplistas -espontáneas o reflexionadas- que ven en esta historia una aventura idéntica a todas las demás, en que los móviles humanos, las circunstancias políticas y los determinismos naturales desempeñarían el mismo papel que en el destino de Tamerlán o de Napoleón. No se trata, claro está, de desconocer que las intenciones y los actos de los hombres tienen una influencia en el curso de la historia eclesiástica y que estas intenciones o estos actos raramente presentan un alto contenido espiritual. Pero sea lo que fuere de los hombres y sus métodos, de sus motivos y de sus proyectos, por encima de las peripecias humanas y a través de éstas, el Misterio sobrenatural está presente en la historia de la Iglesia, la dirige, se inserta en ella, emplea incluso en su provecho las flaquezas y las incapacidades del hombre. Así, todo se hace instrumento gracias al cual Dios, en su misericordia, realiza la vocación de la Iglesia y, por ella, provee al destino de la humanidad entera.

1. La ley de la existencia eclesial
Una ley dinámica preside la existencia del pueblo de Dios. ¿Cuál es? Se puede expresar de la manera siguiente: bajo los acontecimientos exteriores que los historiadores explican legítitimamente según sus métodos, el destino de la Iglesia es prolongar, efectivamente y en el mundo, la Encarnación del Verbo de Dios, perpetuar en él la obra de
la Redención. Así pues, la ley de existencia eclesial trasciende la existencia, así como la naturaleza de la Iglesia trasciende la naturaleza. Y esto significa que la Iglesia prolonga los misterios de la vida de Cristo, reproduce la historia del Señor, a fin de que el Cuerpo de Cristo adquiera la talla que espera y desea. Pero hay que medir las palabras. Si la Iglesia tiene por destino y misión propias perpetuar el misterio de Cristo, no lo hará a un ritmo distinto que el mismo Señor. El ritmo será su existencia concreta, con su densidad humana de alegrías y dichas, de actividades e impulsos, de penas y fracasos. Si la Iglesia no perpetuara la Redención a este ritmo y a sus expensas, la liturgia entera sería vacía por parte de la Catholica, sin homogeneidad con el Cristo que ama, que actúa, que trabaja, que 
sufre, que resucita.

Las misterios de Cristo. - Para mejor captar el sentido de esta ley de existencia volvamos unos instantes a los misterios de la vida de Cristo. Tradicionalmente, se les divide en misterios gozosos, dolorosos y gloriosos: Encarnación, Pasión, y Resurrección. Éstas son, en efecto, las tres fases características de la vida de Jesús. Ahora bien, estas tres fases, como ningún cristiano ignora, no son simplemente las vicisitudes cualesquiera de una vida, el resumen de una biografía. No son «sucesos diversos», acontecimientos puramente fortuitos cuyas relaciones con la historia universal nos escaparían o no ofrecerían ninguna importancia. 
No son solamente tres situaciones, perfectamente divisadas y comprendidas por la investigación histórica. Son tres actos indispensables, tres «épocas» por las cuales debe pasar Cristo a fin de estar plenamente «completo» y de que su obra redentora se cumpliera también -para emplear aquí el lenguaje de la Epístola a los I-lebreos-. 
Las tres épocas de su vida son tres estados, necesarios al mismo Cristo y a
la humanidad. Por lo demás, Jesús mismo lo declara expresamente. 
Cuando quiere dar el sentido de la Pasión a los discípulos de Emáus desanimados por el fracaso y la muerte del Maestro, el Señor, resucitado, les declara su necesidad: «¿Por ventura no era menester que el Cristo padeciese todas estas cosas para entrar así en su gloria?» (Lucas, 24, 26). La Pasión es la premisa necesaria de un 
acontecimiento: la Resurrección.
Gozosos, dolorosos y gloriosos, los misterios son los Momentos esenciales de
la Salvación. La misión redentora de Cristo se realiza en todos, puesto que «así el Padre lo ha decidido únicamente por su autoridad». Ésta es la ley cristológica.

Los misterios de la Iglesia.- Ahora bien, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Ya lo hemos repetido bastante. ¿Pero hasta dónde llega prácticamente la identificación mística entre el Cristo y la Iglesia? Ciertamente, sabemos que es real, más real que todo objeto de experiencia. No obstante, hay que saber todavía que la identificación sobrenatural entraña la identidad hasta en la existencia concreta.
Así como Cristo pasó por los tres misterios, así
la Iglesia Cuerpo de Cristo debe entrar en estas tres.«épocas», cuerpos y almas, ora sumergida en el misterio de la Encarnación, ora sometida al misterio de la Pasión, en todas partes y siempre llegando al misterio de la Resurrección (cf. Efesios, 2, 6, ss.). Es la vida de la Iglesia desde que existe, será su vida hasta el fin de los tiempos. Pero la Pasión de la Iglesia no conducirá nunca a la muerte de la Iglesia. Es imposible, porque Cristo ya no muere, porque la muerte ya no tiene imperio sobre él. Si la Cabeza es inmortal, el Cuerpo no perece, cuando los miembros, uno tras otro, entran en la muerte, como Cristo en el Calvario. San Agustín sintió muy vivamente que la identificación mística entre Cristo y su Cuerpo afectaba a la existencia histórica de la Iglesia, y  encontraba su explicación en esta frase de san Pablo: «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y miembros unos de otros» (Corintios, 12, 27). Y escribía: «Nosotros vamos, pues, allá donde Cristo pasó primero y él mismo sigue yendo allá donde nos procedió: Cristo, en efecto, pasó el primero como Cabeza, y sigue como Cuerpo» 1. En otra parte, él mira desarrollarse a través del tiempo el Cuerpo de Cristo y describe el espectáculo a que asiste: «El señor en persona, en su Cuerpo que es la Iglesia, fue joven antaño y ahora ha entrado en años... El Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, como un hombre único, fue primero joven, y ahora ya ha llegado al fin del siglo y ha llegado a una fértil ancianidad» 

2. Igualmente, escuchaba la plegaria de Cristo que subía a través de la Iglesia: «Él ruega en nosotros como Cabeza nuestra», «ya que no son sino un solo hombre, Cabeza y Cuerpo. Nosotros le rogamos pues, por él, en él, y expresamos nuestra plegaria con él y él la expresa con nosotros; nosotros la expresamos en él y él la expresa en nosotros.

3. Esta visión sobrenatural de la Iglesia en la historia de los hombres la encontramos hoy expresada por plumas muy diferentes, católicas o protestantes. Después de haber recordado a nuestra vez esos aspectos de la fe, nos queda meditar sobre cada uno de los misterios

consustanciales a la Iglesia: Encarnación, Pasión, Resurrección. El último nos retendrá menos, puesto que está ya presente en nuestro tiempo, escapa a las investigaciones humanas.

Il. El misterio de la Encarnación en la vida de la Iglesia
Para
el Hijo de Dios, el misterio de la Encarnación es el de su presencia entre los hombres, iluminadora, benéfica, enaltecedora. Para la Iglesia también existe un misterio de la presencia en el mundo, iluminadora, benéfica, enaltecedora.

Presencia de Jesucristo.- Con la Encarnación, empieza nuestra salvación, decía santo Tomás de Aquino. Con estas cuatro palabras: Verbum caro factum est, se abre la misión del Verbo. El Hijo de Dios se hará contemporáneo de una época y de una generación en una región muy limitada. Es necesario. Su palabra no puede tener alcance sino con esta condición, ya que él quiso la Encarnación real y leal. Nosotros 
sabemos el trabajo que el Hijo de Dios se había de tomar para hacer resonar la Palabra de Dios, hacerla comprender, dirigiéndose ora a la multitud, ora a los Apóstoles. Va y viene, habla y discute, reprende a unos y consuela a otros. El mezclarse con la multitud forma parte de la misión.
Si bien ésta es toda ella espiritual y sobrenatural, no es menos cierto que Cristo se preocupó por las necesidades materiales de la gente y no quiso ignorar la desgracia que llama indistintamente a todas las clases sociales: centurión, jefe de sinagoga, pescador, pagano, judío, hombre y mujer. De todos los acontecimientos se sirvió, para hacer levantar la aurora del Reino eterno, para la gloria de Dios, como declara expresamente antes de la Resurrección de Lázaro (Juan, 11, 4). Todas las cosas, muy corrientes como el pan, o muy humildes como el polvo y la saliva, se convirtieron en sus manos en un instrumento para despertar al hombre de su destino sobrenatural. Así los milagros, restableciendo las realidades temporales en el orden que el hombre desea sin poder conseguirlo, eran una revelación. La Palabra del Señor hacía de ellos el signo de un mundo superior a los deseos del hombre y el anuncio de
la Salvación.
Crist
o daba, pues, su presencia a los cuerpos, a las mismas cosas terrestres, para estar presente a las almas por medio de la palabra y de la santificación. Jesús es el misionero, el enviado del Padre (Hebreos, 3, 1), a fin de manifestar el Nombre de Nuestro Padre Celestial y salvar las almas en perdición.

Presencia de la Iglesia.- Lo que Cristo hizo, la Iglesia debe rehacerlo. 
No puede faltar a esta tarea, debe desearla, ya que ella es el Cuerpo de Cristo y sigue a su Cabeza, Luego la gracia de ser el Cuerpo de Cristo es en la Iglesia una inclinación permanente a hacerse presente en el mundo.
El misterio misionero de la Encarnación se desarrolla. Se cumple cuando el Cuerpo de Cristo proclama con ocasión o sin ella el mensaje de la Cabeza, cuando el Cuerpo de Cristo bautiza, hace la Eucaristía, recuerda todo lo que Jesús enseñó y mandó. Es preciso que la Iglesia anuncie a Cristo, que prosiga su obra. Debe mantenerse la continuidad. San Agustín escucha a Cristo hablar en la predicación de la Iglesia: «La fe sostiene con toda verdad que el Salvador del mundo nos fue enviado, puesto que el mismo Cristo es anunciado por Cristo, es decir, por el Cuerpo de Cristo extendido por toda
la tierra... El Cristo que es nuestra Cabeza es asimismo el Salvador de su Cuerpo. Así pues, Cristo anuncia a Cristo, el Cuerpo anuncia la Cabeza y la Cabeza protege su Cuerpo. 
4.
Porque se mantiene la continuidad, la Iglesia acude con premura a todas las tareas del Reino. Como Cristo, trastorna, desorienta, molesta. 
No puede evitarlo más de lo que lo evitaba el mismo Cristo. Nadie puede reducirla al silencio y la inacción, así como los fariseos no pudieron impedir que Cristo proclamara
la Buena Nueva. La misma gracia divina, formada en la Encarnación, derivada de la Encarnación, es la que opera ahora en el Cuerpo de Cristo el impulso hacia el mundo y la presencia en el mundo.
Así se perpetúa la función misionera de Jesucristo, el Testigo fiel (Apocalipsis, 1, 5). Por Cristo que está en ella, la Iglesia es el pueblo testigo «en Jerusalén, en toda la Samaria y la Judea, hasta los confines de la tierra». No puede dejar de serio. En el instante que precede a
la Ascensión -Cristo lo certifica muy expresamente-, la Iglesia será lo que él mismo era, el Enviado «venido al mundo para dar testimonio de la verdad» y «manifestar el nombre de Dios a los hombres» (Juan, 18, 37; 17, 6).
Tal es la misión propiamente eclesial. Su presencia en el mundo es esencialmente sobrenatural, ya que el Señor lo dijo claramente: «Mi Reino no es de este mundo» (Juan, 18,36).
Como
la de Cristo también la presencia de la Iglesia en el mundo es una presencia real entre los hombres. Pero ésta no será real si el Cuerpo de Cristo no concede una cierta atención al orden temporal, construido por las civilizaciones humanas, y si no lo influye de alguna manera. El motivo no es diferente para el Cuerpo y la Cabeza: el amor a los hombres, el deseo de elevarlos hasta la verdadera vida. El fin debe ser el mismo: salvar al hombre para la eternidad divina. Pero ya que la presencia en el orden temporal no es un medio directo y absolutamente indispensable de procurar la Vida Eterna, tampoco la Iglesia tiene una misión directa en lo que concierne a la organización de las ciudades terrestres. Hay que dar al César lo que es del César. La acción eclesial no es sustituir a los organismos temporales que se esfuerzan por construir un mundo mejor, sino que es más bien inspirar a los que construyen este mundo, recordándoles qué es el hombre, en qué condiciones se cimentan las sociedades, en qué condiciones se conduce la historia a su verdadera terminación. Ella es la única que puede hacerlo, puesto que es la única que conoce el sentido definitivo del hombre y del universo. «Así como Cristo tomó una verdadera naturaleza humana, la Iglesia toma igualmente sobre ella la plenitud de todo lo que es auténticamente humano y hace de ello una fuente de fuerza sobrenatural, en cualquier lugar y en cualquier forma que lo encuentre» 

5.Así pues, la trascendencia de la Iglesia en el mundo cambia inevitablemente el propio orden natural -como sucedió a Cristo cuando dejó caer sobre la historia universal esas pocas palabras, grávidas de repercusiones indefinidas: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.» Esta frase tenía una potencia explosiva, destructiva y constructiva a la vez. El futuro debía demostrarlo. 
El orden temporal era puesto en tela de juicio, la confusión del poder político y del poder religioso era recusada. La humanidad no tenía más que descubrir las formas nuevas del verdadero orden social. Porque
la Iglesia no ha puesto este principio bajo el celemín, ella es una fuente de rejuvenecimiento perpetuo. Por esta sola razón, habría que conceder que Pío XII opinó justamente: «Hoy como en el pasado, escribe, la Iglesia es la levadura de la humanidad» 6.
Si la presencia de la Iglesia es a menudo positiva por las sugerencias, los consejos, es al mismo tiempo, y casi siempre quizá, negativa porque es vigilante. La Iglesia pone en guardia, advierte, contradice, prohíbe. Proclama, en efecto, la necesidad para el hombre de poner una cierta distancia entre él mismo y sus deseos, de introducir un verdadero

desprendimiento en la busca de un orden temporal mejor. Pues la construcción de un mundo más fácil, más cómodo, más confortable, no 
es un fin absoluto. A la Iglesia corresponde recordar que el mejor medio de faltar a este fin relativo es también tender a él con frenesí y como el todo de
la existencia. Aquí el Cuerpo de Cristo repite por su cuenta las palabras de la Cabeza y las hace oír para provecho de cada generación: «¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mateo, 16, 26). Con el autor de la epístola a los hebreos, el Cuerpo de Cristo se va repitiendo: «no tenemos aquí ciudad fija» (13, 14).
Así la Iglesia vive y prosigue el misterio de la Encarnación hasta el fin de los tiempos, sea que cumpla su misión directa que es proclamar
la Buena Nueva, sea que cumpla su misión indirecta que es consagrar el mundo a Dios, inspirando a los organizadores de este mundo transitorio.
Este misterio de presencia llama a toda la Iglesia, afecta a todos sus miembros, pertenezcan a la jerarquía o al laicado. Nadie está dispensado de prolongar en su medida y a su manera la presencia en el mundo de los Hijos de Dios. Los medios no son los mismos para todos. A los miembros de la jerarquía corresponde la misión inmediatamente sobrenatural de santificación, predicación, gobierno (Mateo, 16, 18, ss; 28, 18, ss; etc.); al conjunto de la Iglesia corresponde la misión general de testimonio confiado por el Señor a todo el Cuerpo (Juan, 17, 20-23); al laicado corresponde la misión propia de consagrar el mundo a Dios, encarnando los valores cristianos en las instituciones temporales.
Es también un misterio de crecimiento sobrenatural, a veces visiblemente manifestado, a veces invisiblemente realizado. En todo caso, este crecimiento es cierto, porque Cristo no puede dejar de crecer. No es el resultado de cálculos o de ambiciones terrestres, aunque se mezclen en ellos ambiciones y cálculos terrestres. Es el misterio de la vida de Jesús el que pide desarrollarse en el Cuerpo Místico, como se desarrollaba en el Cuerpo histórico del Señor. En efecto, en el curso de su vida terreste, «Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia, ante Dios y ante los hombres» (Lucas, 2, 52), hasta que «se hizo perfecto y se convirtió en príncipe de salvación eterna» (Hebreov, 5, 9). Así el Cuerpo de Cristo, en este tiempo que se le ofrece, quiere crecer, «realizar su crecimiento en Dios» (Colosenses, 2, 19), a fin de «constituir este hombre perfecto en la fuerza de la edad que realiza la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13). El Cuerpo no puede no desear, querer, realizar este crecimiento, extenderse más por la superficie de la tierra, ser rico de todas las naciones y de todas las razas del mundo. Tales son los aspectos más importantes del misterio de
la Encarnación en la vida de la Iglesia. Se resumen en estas palabras: Presencia de Cristo en el mundo, Presencia misionera y Presencia creciente.

III. El misterio de la Pasión en la vida de la Iglesia
Con
el Misterio de la Encarnación y al mismo tiempo que él, el misterio de la Pasión es esencialmente apartamiento del mundo, fracaso y sufrimiento. Este misterio es inevitable en la Iglesia, como el de la Encarnación. Evidentemente, puédense explicar las desdichas de la Iglesia por las circunstancias, por la influencia combinada de las pasiones y de la necedad humanas. Pero bajo la trama de los acontecimientos se encuentra un secreto sobrenatural. La Iglesia va al Calvario, porque el Señor de la Iglesia fue a él. El Cuerpo sufrirá la Pasión puesto que el Cuerpo sigue a la Cabeza.

La Pasión
en la vida de Cristo.- En Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, la Pasión tomó dos formas, una incruenta y diaria, la otra dramática y mortal. Cristo entró en la Pasión mucho antes de subir al Calvario. Encontramos los primeros asomos en Belén, la noche de Navidad, en el curso de la huida a Egipto, en la sencillez de la vida en Nazaret, en el ministerio público en que se entrecruzan la hostilidad de los fariseos, la incomprensión de sus hermanos y la de sus discípulos. Además, el fracaso visible flota alrededor de su persona: los judíos no son arrastrados por el surco del nuevo Israel, y el Sanedrín no se ha convertido, lo mismo que Herodes o Pilatos. Es la forma ordinaria de la Pasión.
E
n cuanto a la circunstancia mortal, aconteció el Viernes Santo a las tres. Allí, en torno a la Cruz, estalla la humillación del fracaso definitivo. ¿Dónde están los favorecidos con milagros? ¿Dónde están los entusiastas del Día de Ramos? ¿Dónde están los mismos discípulos? Se oyen bien las burlas de los espectadores, pero no se ve en el número de los fieles sino algunas mujeres y un solo hombre.

La Pasión en la vida de la Iglesia.- La Iglesia no se ahorrará este misterio. Bajo una forma benigna o bajo una forma espectacular, la Pasión empieza para ella, como para Cristo, con la Encarnación, con la Presencia en el mundo. La Cruz, sufrimiento o fracaso, llegará inevitablemente y subsiste necesariamente. Como el servidor de Yahvé, la Iglesia «es visitada por el sufrimiento». Al Cuerpo de Cristo corresponde la Pasión de Cristo. Este Misterio fue señalado y anunciado por la Escritura, en muchas 
ocasiones. Había que decirlo y repetirlo, ya que no hay nada hacia lo cual sientan los hijos de la Iglesia una repugnancia más instintiva. San Pablo vio bien la incidencia de este misterio sobre su propia vida. Comprendió que se realizaba en su persona el misterio eclesial, pero ya que en él «la gracia de Dios no era inútil», se alegraba de ello:

«En este momento encuentro mi gozo en los padecimientos que sufro por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las pruebas de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia» (/Col/01/24).

La Cruz en la vida del cristiano y en la de la Iglesia es el complemento

aportado por la humanidad a los sufrimientos redentores. Porque Jesucristo padeció, su Cuerpo padece asimismo, en cada uno de sus miembros. La Pasión iniciada con la Cabeza prosigue en el Cuerpo entero.
En otra parte san Pablo hace valer el mismo misterio, pero lo considera en un aspecto inverso al que acaba de enunciar. «Porque sufrís las pruebas de Cristo, dice, en substancia, os hacéis cuerpo de Cristo, sois configurados con el Señor» (Filipenses, 3, 10). San Juan Crisóstomo comenta así el texto de los Filipenses: «Es como si Pablo dijera: nos hacemos el retrato (de Cristo)... es como si dijera: en esto nos hacemos Cristos» 7. En una exhortación dirigida a los cristianos de Corinto, el Apóstol inculca la misma verdad. Viendo los sufrimientos de los cristianos «acosados por todas partes», «perseguidos», «abatidos», añade para dar la explicación de estos acontecimientos:

«Traemos siempre, en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús, a fin de que
la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos. 
Porque nosotros, aunque vivimos, somos continuamente entregados en manos de la muerte por amor de Jesús, para que
la vida de Jesús se manifieste asimismo en nuestra carne mortal» (Corintios, 4, 10-11).

Así pues, el pensamiento de Pablo presenta dos movimientos. Porque somos la Iglesia, Cuerpo de Cristo, sufrimos la Pasión a fin de completar lo que Cristo hizo, y porque sufrimos la Pasión de Jesús nos hacemos el Cuerpo de Cristo que es
la Iglesia. Los dos acontecimientos son verdaderos a la vez y son solidarios. Si Pablo, en sus exhortaciones, desarrolló sobre todo el segundo movimiento, sugiere el primero cuando presenta la Iglesia bajo la forma del Servidor de Yahvé (Hechos, 13, 47; 11 Corintios, 6, 2).
La misma doctrina -solidaridad de la Iglesia en la Pasión de Cristo- se lee en la Epístola a los Hebreos. He aquí como describe su autor la suerte de la Iglesia:

«Corramos con aguante al término del combate que nos es propuesto,

poniendo los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe»; «salgamos, pues, a Él fuera de la ciudad cargados con su improperio (Hebreos, 12, 1-2; 13, 13).

San Pedro, por su lado, invita a los cristianos a no sorprenderse ni escandalizarse por
la prueba. Presenta la razón de ella con medias

palabras, como si estuviera seguro de ser bien comprendido:

«Carísimos: cuando Dios os prueba con el fuego de las tribulaciones, no lo extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria, antes bien, alegraos de ser participantes de la pasión de Cristo, para que cuando se descubra su gloria, os gocéis también con Él llenos de júbilo» (1 Pedro, 4, 12-13).

Pedro tiene razón. Ninguna pasión puede parecer extraña en
la Iglesia, puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, el Cuerpo del Servidor que padece y es perseguido a muerte.San Agustín, una vez más, da a esta verdad un relieve notable. La repitió a menudo, y a menudo en términos idénticos. La historia de la Iglesia y la historia de Cristo, piensa, están ligadas. A decir verdad, no hay dos historias, no hay más que una, la de Cristo, Cabeza y Cuerpo. También Agustín oye a Cristo dirigir a los miembros de su Cuerpo las palabras siguientes:

«Tú estás hoy en la tribulación, y soy yo quien estoy en ella (ego tribulor); otro está mañana en la tribulación, y soy yo quien estoy en ella (ego tribulor). 
Después de esta generación, otros vendrán y otros más: estarán en la tribulación, y seré yo quien estaré en la tribulación (ego tribulabor); hasta el fin de los siglos, cuando quienquiera que sea, en mi cuerpo, se encuentre en la tribulación, yo seré quien esté en la tribulación (ego tribulabor)» 8.

Una misma historia prosigue en la Cabeza y en el Cuerpo: «La Iglesia sufría en Cristo, cuando Cristo sufría por la Iglesia; así como Cristo sufría en la Iglesia cuando la Iglesia sufría por Cristo» 9.Así se explican, según el obispo de Hipona, ciertas palabras de Cristo que, fuera de la unión mística de Cristo y de la Iglesia, serían inexplicables. Cristo, escribe, no hubiera podido decir de sí y sólo para sí: «Mi alma está triste hasta la muerte», o bien: «Dios mío, por qué me has abandonado?» En realidad, es ya la Iglesia quien, en el Cristo en agonía, pronunciaba estas palabras, mientras aguardaba a pronunciarlas un día en la historia presente. «Los miembros hablaban de la Cabeza y la Cabeza hablaba por los miembros» 10. En una palabra, 
hay un Hombre único que dura hasta el fin de los tiempos, y son siempre sus miembros los que claman 11.
Si hace falta todavía otra garantía para este concepto de la existencia

eclesial, lo será santo Tomás de Aquino. Hablando del bautismo, escribe:

«Por éste el hombre es incorporado a Cristo y se hace miembro de Cristo. Conviene pues que ocurra al miembro lo que ocurrió a la Cabeza... Cristo tuvo un cuerpo capaz de sufrir... el cristiano conserva un cuerpo capaz de sufrir, con el cual podrá padecer por Cristo» 12.
Si hemos comprendido bien las lecciones dadas, es preciso decir que, en la vida de la Iglesia, las dificultades y los fracasos, la hostilidad y las

persecuciones, no constituyen algo «extraño». No es un simple malentendido lo que es su causa. El Calvario de la Iglesia no es simplemente imputable a algún error que el progreso de las «luces» o de las civilizaciones podría disipar. Sin duda, se presenta en la existencia del Cuerpo de Cristo cierto triunfo o éxito. Pero éxito y triunfos son efímeros, como lo fue en la vida de Cristo la acogida entusiasta de los judíos el día de Ramos, cuando su entrada en Jerusalén. En la Iglesia no hay éxito permanente y definitivo. Para ella, se trata de una cosa muy distinta. Un misterio sobrenatural se desarrolla en virtud de la unión mística de Cristo y de la Iglesia. Constituye la estructura misma de la Iglesia: «¿Cómo podríamos pertenecer a la Iglesia, sin participar en la Pasión de Cristo?» preguntaba justamente Erik Peterson 13.

IV. Conclusión
I/HT: A ojos del historiador que contempla el decurso de los siglos, la historia de la Iglesia está tan mezclada a la historia humana que a duras penas se distingue una de otra. De hecho, las apariencias humanas son análogas en una y otra, los fenómenos históricos se parecen en ambas partes, porque son fenómenos históricos. Pero, en realidad, los ojos de la fe distinguen la substancia sobrenatural de esta historia. Es el Misterio de la Encarnación y de la Pasión de Jesucristo indefinidamente presentes al universo y a su evolución, por y en
la Iglesia. A los acontecimientos efímeros, pronto desaparecidos de la escena, la Iglesia aporta el valor imperecedero, los metamorfosea en riquezas eternas, porque en ella, como en Jesucristo, la Encarnación -presencia en el mundo- y la Pasión -desprendimiento del mundo- se transmutan diariamente en Resurrección. Por la Iglesia la esperamos nosotros en el tiempo que Dios ha fijado.

«Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con él, gloriosos» (Colosenses, 3, 3-4).

Ahora ya, sin embargo, las arras de la Resurrección se dan a todos los que, a lo largo de las horas cotidianas, permanecen fieles a la llamada de la Encarnación y de la Cruz:

«Dios, que es rico en misericordia, movido del excesivo amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por el pecado, nos dio la vida juntamente en Cristo... y nos resucitó con Él, y nos hizo sentar sobre los cielos en Jesucristo» (Efesios, 2, 4-6).

Es, pues, una cosa realizada. La Iglesia, ya hoy, toma parte en
la 

Resurrección gloriosa invisiblemente, mientras avanza en la tierra 

visiblemente. No puede ser de otro modo, ya que «(Jesús) ya ha resucitado. Tenemos, pues, la Cabeza en el cielo. Y donde está la Cabeza, allá van también los miembros» 14.
Así adelanta la Iglesia a lo largo del tiempo, «destinada por Jesucristo», perseverando en la misma regla» (Filipenses, 3, 12; 16). Al ideal de la vida cristiana que describe Pablo para uso de los Filipenses, está sometida
la Iglesia. No es más que acoger los misterios del Señor, hacérselos suyos al mismo tiempo en la tierra y en los cielos, como el mismo Apóstol, modelo de la vida eclesial:

«Olvidando las cosas de atrás, y atendiendo solo y mirando a las de delante, ir corriendo hacia el hito ... »
«Conocerle a Él, y la eficacia de su resurrección, y participar de sus penas, 
asemejándome a su muerte ... »
«Pero nosotros vivimos ya como ciudadanos del cielo; de donde asimismo 
estamos aguardando al salvador Jesucristo Señor nuestro, el cual transformará nuestro vil cuerpo, y le hará conforme al suyo glorioso ... » (Filipenses, 3, passim).

A este precio, pero sólo a este precio, se realiza en la Iglesia y por
la Iglesia la verdadera historia. En el Cuerpo de Cristo y por él, se hace la historia real, que no es simplemente lucha política o competición económica; en él y por él, la duración conduce al Término trascendente, el tiempo pasa para la Eternidad, lo efímero se muda en Definitivo. Así, pues, -¿hay que repetirlo?- la verdadera humanidad, aquella en que sueña la imaginación de la gente y la de los constructores de imperios, no se realiza simplemente en las civilizaciones terrestres y las formas políticas, sino ante todo y esencialmente allí donde empieza el pueblo de Dios, allí donde permanece el Cuerpo de Cristo, allí donde los hombres se unen a la sombra de la Iglesia y en su Misterio.

ANDRÉ DE BOVIS
LA IGLESIA Y SU MISTERIO
Editorial CASAL I VALL
ANDORRA-1962.Págs. 146-159

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1. Enarratio in psalmum 86, 5; PL 37, 1102.
2. Enarratio in psalmum 36, 3, 4; PL 36, 585. Se conoce que San Agustín se creía en los últimos momentos de la historia.
3. Enarratio in psalmum 86, 1; PL 37 1081-1082.
4. Sermo 354, 1; PL 39, 1563.
5. Pío XII, Mensaje de Navidad 1945, Doc. Cath. 43 (1946), col. 37.
6. Alocución del 8 de marzo de 1952; Doc.
Cath. 49 (1952), col. 390.
7. In Philippenses Hom 11, n.9 2; PG 62, 266.
8. Enarratio in psalmum 101, 1; PL 37, 1296.
9. Epistula 140, 6, 18; PL 33, 545.
10. Enarratio in psalmum 40, 6; PL 36, 459; cf. En. in ps. 62, 2; 85, 1; 86, 8; 101,3; 3, etc.
11. Enarratio in psalmum 85, 5; PL 1085; cf. Sermo 137, 2; PL 38, 755.
12. Summa Theologica, 3ª. pars, qu. 69, art 3.
13. Citado por CH. JOURNET, L´Église du Verbe incarné, II, pág. 318.
14. SAN AGUSTIN, Sermo 1371, PL 38, 754.

 

 

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Reforma Protestante 

 

 

El término usual para el movimiento religioso que hizo su aparición en la Europa Occidental en el siglo XVI, y el cual, mientras clamaba ostensiblemente por una renovación interna de la Iglesia, condujo realmente a una gran revuelta contra ella y a un abandono de las principales creencias religiosas. Debemos rever las características generales de este movimiento desde las siguientes perspectivas: 

 

                                                   I.            Causas de la Reforma;

                                                 II.            Ideas y Propósitos Originales de los Reformista

                                              III.            Métodos de difusión de la Reforma;

                                               IV.            Difusión de la Reforma en los Vario Países;

                                                 V.            Diferentes Formas de la Reforma;

                                               VI.            Resultados y consecuencias de la Reforma

 

I. CAUSAS DE LA REFORMA

Las causas de la gran revuelta religiosa del siglo XVI, deben ser buscadas desde tan atrás como el siglo XIV. La doctrina de la Iglesia, es verdad, había permanecido pura; vidas santas eran todavía frecuentes en todas partes de Europa, y las numerosas instituciones medievales de beneficio de la Iglesia continuaron su curso ininterrumpidamente. Cualesquiera condiciones desafortunadas que existieran fueron en gran parte debido a influencias civiles y profanas o al ejercicio de la autoridad por eclesiásticos en esferas civiles; estas no tuvieron la misma intensidad en todos lugares, tampoco ocurrieron siempre de manera simultánea en el mismo país. La vida eclesiástica y religiosa mostró en varios lugares vigor y variedad; abundaron obras de educación y caridad; el arte religioso en todas sus formas tenía una fuerza viva; misioneros domésticos eran muchos e influyentes; la literatura piadosa y edificante era común y apreciada. Sin embargo, gradualmente y en gran parte debido al espíritu variadamente hostil de los poderes civiles, nutridos e intensificados por muchos elementos del nuevo orden, crecieron en muchas partes de Europa condiciones políticas y sociales que pusieron trabas a las sinceras actividades de reformación en la Iglesia, y que favorecieron a los arrojados e inescrupulosos, que encontraron una oportunidad única para liberar todas las fuerzas de la herejía y del cisma por tanto tiempo refrenadas por la armoniosa acción de las autoridades eclesiásticas y civiles.

 

A. Desde las invasiones bárbaras la Iglesia había efectuado una completa transformación y revitalización de las razas de la Europa Occidental y un glorioso desarrollo de la vida intelectual y religiosa. El papado había llegado a ser el poderoso centro de la familia Cristiana de las naciones, y como lo había hecho por los siglos, en unión con el episcopado y el clero, realizó una actividad de las más benéficas. Con la organización eclesiástica completamente desarrollada, llego a darse el que las actividades de gobierno de los cuerpos eclesiásticos no estuvieran más confinadas al ámbito eclesiástico, sino que afectaban casi toda esfera de la vida popular. Gradualmente, una lamentable actitud mundana fue manifestándose en muchos altos eclesiásticos. Su objeto principal –conducir a los hombres a su meta eterna– tomaba muy poco de su atención, y las actividades mundanas se volvieron en muchos casos su principal interés. Poder político, posesiones materiales, privilegiada posición en la vida pública, la defensa de derechos históricos antiguos, intereses terrenales de diversos tipos eran muy frecuentemente el principal propósito de muchos del alto clero. La solicitud pastoral, el propósito específicamente religioso y eclesiástico, fue bastante relegada a un segundo plano, sin dejar de considerar diversos intentos vivos y exitosos de rectificar los males existentes.

 

B. Conectados de cerca con lo anterior, existían diversos abusos en la vida del clero y del pueblo. En la Curia Papal los intereses políticos y una vida mundana eran con frecuencia prominentes. Muchos obispos y abades (especialmente en los países en los cuales también eran príncipes del territorio) se mostraban a sí mismos más como soberanos seculares que como siervos de la Iglesia. Muchos miembros de los capítulos de la catedral y otros eclesiásticos beneficiados estaban principalmente preocupados con su renta y en cómo hacer para aumentarla, especialmente a través de la unión de prebendas (incluso sedes episcopales) en las manos de una persona, que luego gozaba de una gran renta y mayor poder. La lujuria prevaleció abiertamente entre el alto clero, mientras el bajo clero era frecuentemente oprimido. La formación científica y ascética del clero dejaba mucho que desear, siendo el estándar de muchos muy bajo y la práctica del celibato no observada en todos lados. No menos seria era la condición de muchos monasterios masculinos e, incluso, femeninos (que eran frecuentemente hogares para las hijas solteras de la nobleza).

El prestigio formal del clero había sufrido así enormemente, y sus miembros eran en muchos lugares considerados con desprecio. Para el pueblo Cristiano, en muchos distritos la ignorancia, la superstición, la indiferencia religiosa y la inmoralidad eran corrientes. Sin embargo, esfuerzos vigorosos para restaurar la vida fueron hechos en la mayoría de las tierras, y lado por lado con este decaimiento moral aparecen numerosos ejemplos de sincera y recta vida cristiana. Tales esfuerzos, no obstante, eran muy frecuentemente confinados a círculos limitados. Desde el siglo catorce, la demanda por una "reforma de la cabeza y de los miembros" (reformatio in capite et in membris) había sido voceada con una cada vez mayor energía por hombres serios y sensatos, pero el mismo reclamo fue sostenido también por hombres que no tenían un deseo sincero de una renovación religiosa, aspirando meramente a reformas para los demás pero no para sí mismos y buscando solamente sus propios intereses. Este llamado por la reforma de la cabeza y de los miembros, discutido en muchos escritos y en conversaciones con insistencia acerca de los abusos existentes y con frecuencia exagerados, tendía necesariamente a rebajar aún más al clero a los ojos de las personas, especialmente porque los concilios del siglo XV, aunque bastante ocupados en tentativas de reforma, no tuvieron éxito en cumplirlas extensiva o permanentemente.

 

C. La autoridad de la Santa Sede también había sido seriamente dañada, en parte por culpa de algunos de sus ocupantes y en parte por acción de los príncipes seculares. La transferencia del Papa a Aviñón, en el siglo XIV, fue un grave error. Desde entonces el carácter universal del Papado quedó obscurecido en las mentes de los Cristianos. Ciertas fases del pleito con Luis el Bavaro y con los Espirituales Franciscanos claramente indicaban un declinar del poder papal. La explosión más severa ocurrió con el desastroso cisma papal (1378-1418) que familiarizó a los Cristianos de Occidente con la idea de que la guerra debía ser hecha, con todas las armas materiales y espirituales, contra uno a quien que muchos otros Cristianos consideraban como único Papa legítimo.

Después de la restauración de la unidad, los intentos de reforma de la Curia Papal no fueron consistentes. El Humanismo y los Ideales del Renacimiento fueron celosamente cultivados en Roma y, desafortunadamente, las tendencias paganas de ese movimiento, tan opuestas a la ley moral Cristiana, afectaron muy profundamente la vida de muchos altos eclesiásticos, hasta el punto que esas ideas mundanas, la lujuria, y la inmoralidad rápidamente ganaron terreno en el centro de la vida eclesiástica. Cuando la autoridad eclesiástica se debilitó en la cabeza-fontal, necesariamente decayó en todos los demás lugares. También había serios abusos administrativos en la Curia Papal. La cada vez mayor centralización de la administración eclesiástica había originado que muchos beneficios eclesiásticos en todas las partes de la Cristiandad fuesen conferidos a Roma, mientras que en la concesión de los mismos los intereses personales del peticionario, eran con mucha frecuencia considerados antes que las necesidades espirituales de los fieles. Los diversos tipos de restricción también se habían convertido en un grave abuso. La insatisfacción se sintió ampliamente entre el clero con las muchas tazas impuestas por la Curia en referencia a los beneficios eclesiásticos. En el siglo XIV esas tazas provocaron grandes quejas. Proporcionalmente a la pérdida de respecto de muchos por la autoridad papal, el resentimiento creció tanto contra la Curia como contra el Papado. Los concilios de reforma del siglo XV, envés de mejorar la situación, debilitaron más todavía a las más altas autoridades eclesiásticas por razón de sus tendencias y medidas anti-papales.

 

D. Mientras tanto, se había desarrollado en los príncipes y gobernadores una conciencia nacional, puramente temporal y en gran parte hostil a la Iglesia; las fuerzas del mal interfirieron más frecuentemente en cuestiones eclesiásticas y la influencia directa ejercida por laicos en la administración doméstica de la Iglesia aumentó rápidamente. En el transcurso de los siglos XIV y XV, surgió el moderno concepto de Estado. Durante el periodo precedente muchas cuestiones de una naturaleza secular o mixta habían sido reguladas o gobernadas por la Iglesia, en contacto con el desarrollo histórico de la sociedad Europea. Con la creciente auto-conciencia del Estado, los gobiernos seculares buscaron controlar todo lo que cabía dentro de su competencia, lo cual, aunque en gran parte justificable, era nuevo y ofensivo, y condujo luego a frecuentes colisiones entre Iglesia y Estado. El Estado, además, debido a la cercana conexión histórica entre los órdenes secular y eclesiástico, invadió el ámbito eclesial. Durante el curso del Cisma de Occidente (1378-1418) los papas adversarios buscaban el apoyo de los poderes seculares, y entonces dieron a los últimos ocasión abundante para interferir en asuntos puramente eclesiásticos. Nuevamente, para fortalecer su autoridad en la de cara a tendencias anti-papales, los papas del siglo XV hicieron en varias ocasiones ciertas concesiones a las autoridades civiles, tanto que éstas vinieron a considerar los asuntos eclesiásticos como dentro de su dominio. En lo futuro, la Iglesia habría de estar no sobre, sino subordinada al poder civil, y crecientemente amenazada con una total sujeción. De acuerdo a la autoconciencia nacional desarrollada en los varios países de Europa, el sentido de la unidad e interdependencia de la familia Cristiana de naciones se hizo más débil. La envidia entre las naciones aumentó, el egoísmo ganó terreno, se hizo más ancha la brecha entre la política y la moral y religión Cristianas, y peligrosas y descontentas tendencias revolucionarias se esparcieron rápidamente entre la gente. Mientras tanto, el amor por la riqueza recibió un gran incentivo con el descubrimiento del Nuevo Mundo, el rápido desarrollo del comercio y la nueva prosperidad de las ciudades. En la vida pública, se manifestó una polifacética e intensa actividad, presagiando una nueva era e inclinando la mentalidad popular a cambios en la hasta ahora indivisa provincia de la religión.

 

E. El Renacimiento y el Humanismo introdujeron parcialmente y nutrieron grandemente esas condiciones. El amor al lujo fue pronto asociado con el renacimiento del arte y de la literatura del paganismo Greco-Romano. El ideal religioso del Cristianismo estaba perdido de vista para una gran extensión de gente; la más alta cultura intelectual, anteriormente confinada en gran medida al clero, pero ahora común entre el laicado, asumió un carácter secular y fue en muchos casos nutrida activa y prácticamente por un espíritu, moralidad y perspectivas paganas. Un crudo materialismo apareció entre las clases más altas de la sociedad y en el mundo educado, caracterizado por un gran amor al placer, un deseo de adquisición, y una voluptuosidad de vida diametralmente opuesta a la moralidad Cristiana. Apenas un tímido interés en la vida sobrenatural sobrevivió. El nuevo arte de imprimir hizo que fuera posible diseminar abiertamente las obras de autores paganos y de sus imitadores humanistas. Poemas y romances inmorales, picantes sátiras sobre personalidades e instituciones eclesiásticas, trabajos y canciones revolucionarias, circularon en todas las direcciones y causaron inmenso daño. A medida que creció el humanismo, trabó una violenta guerra contra el Escolasticismo de aquel tiempo. El método teológico tradicional se había degenerado bastante debido al meticuloso, quisquilloso modo de tratar las cuestiones teológicas, y un sólido y fuerte tratamiento de la teología había infelizmente desaparecido de muchas escuelas y escritos. Los Humanistas cultivaron nuevos métodos y basaron la Teología en la Biblia y en el estudio de los Padres de la Iglesia, un movimiento esencialmente bueno que correctamente desarrollado debería haber renovado el estudio de la Teología. Pero la violencia de los Humanistas, su exagerado ataque al Escolasticismo y la frecuente obscuridad de su enseñanza suscitaron una fuerte oposición de parte de los Escolásticos más representativos. El nuevo movimiento, sin embargo, había ganado la simpatía del mundo laico y de la sección del clero devota al Humanismo. Se hizo demasiado inminente el peligro de que la Reforma no se quedara confinada a los métodos teológicos sino que se extendiera al contenido del dogma, y de que encontrara apoyo de difusión en los círculos humanistas.

El suelo estaba entonces listo para el crecimiento de movimientos revolucionarios en la esfera religiosa. Muchas graves advertencias fueron de hecho proclamadas, indicando el inminente peligro y urgiendo una fundamental reforma de las malas condiciones de entonces. Mucho había sido hecho en esa dirección por el movimiento de reforma en varias órdenes religiosas y por los esfuerzos apostólicos de individuos celosos. Pero una renovación general de la vida eclesiástica y un mejoramiento uniforme de las malas condiciones, empezando por Roma misma, el centro de la Iglesia, no fue prontamente asumido, y pronto fue necesario tan sólo un impulso externo para precipitar una revolución, que habría separar de la unidad de la Iglesia grandes territorios de Europa Central y a casi todo el Norte de Europa.

 

II. PROPÓSITOS E IDEAS ORIGINALES DE LOS REFORMISTAS

El primer impulso para la secesión fue proporcionado por la oposición de Lutero en Alemania y de Zuinglio en la Suiza Alemana a la promulgación por parte de León X de una indulgencia por contribuciones para la construcción de la nueva Basílica de San Pedro en Roma. Desde tiempo atrás había sido costumbre que los Papas confiriesen indulgencias por construcciones de servicio público (p. ej. Puentes). En tales casos, la verdadera doctrina de las indulgencias como una remisión de las penas del pecado (no de la culpa del pecado) había sido siempre sostenida, y las condiciones necesarias (especialmente la obligación de una contrita confesión para obtener la absolución del pecado) eran siempre inculcadas. Pero el donativo para un buen fin, prescrito apenas como una buena obra suplementaria a las condiciones principales para el lucro de la indulgencia, era con frecuencia prominentemente enfatizado. Los comisarios de la indulgencia buscaron colectar la mayor cantidad de dinero posible en conexión con la indulgencia. De hecho, muchas veces desde el Cisma de Occidente, las necesidades espirituales de las personas no recibieron tanta consideración como motivo para la promulgación de una indulgencia, como la necesidad de un buen fin por la promoción del cual podía ser lucrada la indulgencia, y la consecuente necesidad de obtener limosnas para ese fin. La guerra contra los Turcos y otras crisis, la erección de iglesias y monasterios y numerosas otras causas llevaron a la concesión de indulgencias en el siglo XV. Los consecuentes abusos eran intensificados por el hecho de que los mandatarios seculares frecuentemente prohibían la promulgación de las indulgencias dentro de sus territorios, consintiendo apenas con la condición de que una porción de los recibimientos les fuese dada a ellos. Sin embargo, en la práctica y, por consiguiente, en la mente del público la promulgación de indulgencias tomó un cariz económico y, como era frecuente, muchos vinieran a considerarlas como un impuesto opresivo. Vanamente levantaron sus voces hombres rectos contra ese abuso, lo que suscitó no poca amargura contra el orden eclesiástico y, particularmente, contra la Curia Papal. La promulgación de indulgencias para la nueva Basílica de San Pedro proporcionó a Lutero una oportunidad para atacar a las indulgencias en general, y ese ataque fue la causa inmediata de la Reforma en Alemania. Poco después, la misma razón condujo a Zuinglio a aplicar sus equivocadas enseñanzas, inaugurando con eso la Reforma en la Suiza Germana. Ambos declararon que estaban atacando tan solo a los abusos de las indulgencias; sin embargo, pronto enseñaron una doctrina en muchas formas contraria a la enseñanza de la Iglesia.

 

La gran aceptación que recibió Lutero en su primera aparición, tanto en círculos humanísticos como entre algunos teólogos y algunos de los laicos de buena línea, fue debida a una insatisfacción con los abusos existentes. Sus propias visiones erradas y la influencia de una porción de sus seguidores lo condujeron bien pronto a rebelarse contra la autoridad eclesiástica como tal, y consecuentemente a la abierta apostasía y al cisma. Sus principales partidarios en el origen estaban entre los Humanistas, el clero inmoral, y los más bajos grados de la nobleza terrateniente imbuida de tendencias revolucionarias. Pronto fue evidente que planeaba subvertir todas las instituciones fundamentales de la Iglesia. Empezando por proclamar la falsa doctrina de la "justificación por la sola fe", rechazo después todas las medicinas sobrenaturales (especialmente los sacramentos y la Misa), negó el mérito de las buenas obras (condenando así los votos monásticos y al ascetismo cristiano en general), y finalmente rechazó la institución de un genuino sacerdocio jerárquico (especialmente el papado) en la Iglesia. Su doctrina de la Biblia como la única regla de la fe, con el rechazo de toda autoridad eclesiástica, estableció el subjetivismo en cuestiones de fe. Por este asalto revolucionario, Lutero perdió el apoyo de muchas personas serias indispuestas a romper con la Iglesia, pero, por otro lado, conquistó a todos los elementos anti-eclesiásticos, incluyendo a numerosos monjes y monjas que dejaron los monasterios para romper sus votos y muchos sacerdotes que abrazaron su causa con la intención de casarse. El apoyo de su soberano, Federico de Sajonia, fue de gran importancia. Pronto después, príncipes seculares y magistrados municipales hicieron de la Reforma un pretexto para interferencias arbitrarias en asuntos puramente religiosos y eclesiásticos, para apropiarse de la propiedad eclesiástica y disponer de la misma a su voluntad, y para decidir qué fe deberían aceptar sus súbditos. Algunos seguidores de Lutero llegaron incluso a mayores extremos. Los Anabaptistas y los "Iconoclastas" revelaron las más extremas posibilidades de los principios defendidos por Lutero, mientras en la Guerra de los Campesinos, los elementos más oprimidos de la sociedad alemana pusieron en práctica la doctrina del reformista. Los asuntos eclesiásticos eran ahora reorganizados sobre la base de las nuevas enseñanzas; de aquí en adelante el poder secular es aún más claramente el juez supremo en cuestiones puramente religiosas y desconoce completamente cualquier autoridad eclesiástica independiente.

 

Un segundo centro de la Reforma fue establecido por Zuinglio en Zurich. Aunque se distinguió en muchos detalles de Lutero, y era mucho más radical que el último en su transformación del ceremonial de la Misa, los propósitos de sus seguidores eran idénticos a los de los luteranos. Consideraciones políticas jugaron un gran papel en el desarrollo del Zuinglianismo, y la magistratura de Zurich, después que una mayoría de sus miembros se hubo declarado a favor de Zuinglio, se convirtió en una celosa protectora de la Reforma. Decretos arbitrarios fueron promulgados por los magistrados con relación a la organización eclesiástica; los consejeros que permanecieron fieles a la Fe Católica fueron expulsados del consejo, y los servicios católicos fueron prohibidos en la ciudad. La ciudad y el cantón de Zurich fueron reformados por las autoridades civiles de acuerdo a las ideas de Zuinglio. Otras partes de la Suiza Alemana experimentaron un destino similar. La Suiza Francesa desarrolló más tarde su propia Reforma peculiar; esta fue organizada en Ginebra por Calvino. El Calvinismo es distinto del Luteranismo y del Zuinglianismo por una forma más rígida y consistente de doctrina y por el rigor de sus preceptos morales, que regulan la entera vida doméstica y pública de los ciudadanos. La organización eclesiástica de Calvino fue declarada ley fundamental de la República de Ginebra y las autoridades dieron su total apoyo al reformista en el establecimiento de su nuevo tribunal de ética. La palabra de Calvino era la autoridad suprema y él no toleró contradicción alguna a sus visiones y normas. El Calvinismo fue introducido en Ginebra y en el campo circundante a través de la violencia. Los sacerdotes Católicos fueron desterrados y las personas oprimidas y compelidas a asistir a los sermones Calvinistas.

 

El origen de la Reforma en Inglaterra fue completamente distinto. Aquí, el sensual y tiránico Enrique VIII, con el apoyo de Tomás Cranmer, a quien el rey nombró Arzobispo de Canterbury, apartó a su país de la unidad eclesial porque el papa, como el verdadero guardián de la ley Divina, se negó a reconocer el inválido matrimonio del rey con Ana Bolena estando viva su legítima esposa. Dejando la obediencia al papa, el despótico monarca se constituyó a sí mismo como el juez supremo incluso en asuntos eclesiásticos; la oposición de algunos hombres buenos como Tomás Moro y Juan Fisher termino en sangre. El rey, no obstante, deseaba mantener intocadas tanto las doctrinas de la Iglesia como la jerarquía eclesiástica, y originó una serie de doctrinas e instituciones rechazadas por Lutero y sus seguidores para que fuesen estrictamente prescritas por un Acta del Parlamento (Seis Artículos) bajo pena de muerte. En Inglaterra, el poder civil también se constituyó a sí mismo como el juez supremo en cuestiones de fe, y puso la base para ulteriores innovaciones religiosas arbitrarias. Bajo el siguiente soberano, Eduardo VI (1547-1553), el partido Protestante conquistó la supremacía y, de aquí en adelante, empezó a promover la Reforma en Inglaterra de acuerdo a los principios de Lutero, Zuinglio y Calvino. Aquí también la fuerza fue empleada para difundir las nuevas doctrinas. Este último esfuerzo del movimiento de Reforma fue prácticamente confinado a Inglaterra

 

III. EL MÉTODO DE DIFUSIÓN DE LA REFORMA

Los fundadores y colaboradores de la Reforma no fueron escrupulosos al elegir los medios para la extensión de la misma, valiéndose de cualquier factor que pudiese contribuir con su movimiento.

 

A. La denuncia de abusos reales y supuestos en la vida eclesial fue –especialmente al comienzo– uno de los principales métodos empleados por los reformistas para promocionar sus designios. Por esos medios ellos conquistaron a muchos que estaban insatisfechos con las condiciones existentes y estaban listos a apoyar a cualquier movimiento que prometía un cambio. Pero fue especialmente el explícito odio a Roma y a los miembros de la jerarquía, nutrido por las incesantemente repetidas y apenas pocas veces justificables quejas sobre los abusos, que más eficientemente apoyaron a los reformistas, quienes muy pronto atacaron violentamente la autoridad papal, reconociendo en ella la suprema defensora de la Fe Católica. De aquí, multitud de pasquines, muchas veces de lo más vulgares, contra el papa, los obispos y, en general, en contra de todos los representantes de la autoridad eclesiástica. Esos panfletos eran circulados por todos sitios entre el pueblo y, con eso, el respecto por la autoridad fue todavía más violentamente debilitado. Pintores prepararon caricaturas insolentes y degradantes del papa, del clero y de los monjes para ilustrar el texto de los hostiles panfletos. Trabada con todas las armas posibles –incluso las más reprensibles–, esa guerra contra los representantes de la Iglesia, como los supuestos causantes de todos los abusos eclesiales, preparó el camino para la recepción de la Reforma. No se mantuvo ya la distinción entre los abusos temporales y enmendables y las verdades cristianas sobrenaturales fundamentales; junto con los abusos, importantes instituciones eclesiásticas, que se descansaban sobre una fundación Divina fueron simultáneamente abolidas.

 

B. También se tomo ventaja de las divisiones existentes en muchos lugares entre las autoridades civiles y eclesiásticas. El desarrollo del Estado –en su forma moderna– entre los pueblos Cristianos de Occidente, dio cabida a muchas disputas entre el clero y el laicado, entre los obispos y las ciudades, entre los monasterios y los señores territoriales. Cuando los reformistas le quitaron al clero toda autoridad, especialmente toda influencia en asuntos públicos, permitieron a los príncipes y a las autoridades municipales finalizar esa larga contienda pendiente para su propia ventaja, atribuyéndose arbitrariamente todos los derechos en disputa, aboliendo la jerarquía cuyos derechos ellos usurparon, y estableciendo después por su propia autoridad una organización eclesial completamente nueva. El clero Reformado poseyó entonces, desde el comienzo, apenas aquellos derechos que las autoridades civiles estuviesen complacidas en asignarle. Consecuentemente, las Iglesias nacionales Reformadas fueron completamente subordinadas a la autoridad civil y los Reformistas, que habían encargado al poder civil la actual ejecución de sus principios, no tenían ahora medio alguno para librarse de esa servidumbre.

 

C. En el transcurso de los siglos un inmenso número de fundaciones habían sido hechas con fines religiosos, caritativos y educacionales, y habían sido provistas con ricos recursos materiales. Iglesias, monasterios, hospitales y escuelas tenían con frecuencia grandes rentas y extensivas posesiones, que suscitaban la envidia de los gobernadores seculares. La Reforma permitió a estos secularizar esa vasta riqueza eclesial, dado que los líderes de la Reforma constantemente vituperaron la centralización de tales riquezas en las manos del clero. Los príncipes y autoridades municipales fueron entonces invitadas a dividir la propiedad eclesiástica, y a emplearla para sus propios propósitos. Los principados eclesiásticos, que eran encargados a los inquilinos solamente como personas eclesiásticas para la administración y usufructo, fueron, a despecho de la ley en vigencia, por la exclusión de los inquilinos, transformados en principados seculares. De esa manera los Reformistas tuvieron éxito en privar a la Iglesia de la riqueza temporal provista para sus muchas necesidades y desviando la misma para su propio beneficio.

 

D. Las emociones humanas, a las cuales los Reformistas apelaron de las más diversas maneras, fueron otro medio de expansión de la Reforma. Las mismas ideas que estos innovadores defendían --libertad Cristiana, licencia de pensamiento, el derecho y capacidad de cada individuo de encontrar su propia fe en la Biblia y otros principios similares-- eran muy seductores para muchos. La abolición de instituciones religiosas que actuaron como un freno a la pecadora naturaleza (confesión, penitencia, ayuno, abstinencia, promesas) atrajo a los lujuriosos y frívolos. La guerra contra las órdenes religiosas, contra la virginidad y el celibato, contra las prácticas de una vida Cristiana más elevada, conquistó para la Reforma a un gran número de aquellos que, sin una vocación real, habían asumido la vida religiosa por motivos puramente humanos y mundanos, y que deseaban verse libres de obligaciones con relación a Dios, que se habían vuelto costosas, y para ser libres para satisfacer sus apetitos sensuales. Podían hacerlo de la manera más fácil, una vez que la confiscación de la propiedad de las Iglesias y monasterios posibilitó proveer el avance material de aquellos que antes eran monjes y monjas y de los sacerdotes que apostataron. En los innumerables escritos y panfletos dirigidos al pueblo, los Reformistas hicieron de eso su frecuente empeño para excitar los instintos humanos más bajos. Contra el papa, la Curia Romana y los obispos, sacerdotes, monjes y monjas que habían permanecido fieles a sus convicciones Católicas, los más increíbles pasquines y escritos difamatorios eran diseminados. En lenguaje de suma vulgaridad, doctrinas Católicas e instituciones eran deformadas y ridiculizadas. Entre los más pobres, la mayoría analfabeta, y los elementos abandonados de la población, las pasiones e instintos más bajos fueron estimulados y presionados para el servicio de la Reforma.

 

E. Al principio, muchos obispos demostraron gran apatía con relación a los Reformistas, no dando ninguna importancia al nuevo movimiento; les fue dado así un tiempo más largo a las cabezas del movimiento para expandir sus doctrinas. Incluso más tarde, muchos obispos inclinados-mundanamente, aunque permaneciendo fieles a la Iglesia, eran muy laxos en el combate contra la herejía y en el empleo de medios adecuados para prevenir su posterior avance. Lo mismo debe decirse del clero parroquial, que era en gran parte ignorante e indiferente, y contemplaba inútilmente el abandono de las personas. Los Reformistas, por otro lado, demostraron un mayor celo por su causa. No dejando medio alguno sin utilizar, por palabra o la pluma, por la constante interacción con personas de mentalidad similar, por la elocuencia popular, en el empleo de la cual los líderes de la Reforma eran especialmente hábiles, a través de sermones y escritos populares que apelaban a las debilidades del carácter popular, a través de la incitación del fanatismo de las masas, en suma, a través de una inteligente y celosa utilización de toda oportunidad y apertura que se les presento, ellos probaron su ardor por la expansión de sus doctrinas. Mientras tanto, procedieron con gran astucia, aparentando adherirse estrictamente a las verdades esenciales de la Fe Católica, retuvieron al principio muchas de las ceremonias externas del culto Católico, y declararon su intención de abolir sólo las cosas respaldadas por invención humana, buscando así engañar al pueblo con relación a los verdaderos fines de su actividad. Hallaron de hecho muchos opositores piadosos y celosos entre lo mejor del clero regular y secular, pero la gran necesidad, especialmente al comienzo, era una resistencia universalmente organizada y conducida sistemáticamente contra esta falsa reforma.

 

F. Muchas nuevas instituciones introducidas por los Reformistas favorecieron a la muchedumbre --p. ej. la recepción del cáliz por todas las personas, el uso de la lengua vernácula en el servicio divino, los himnos religiosos populares usados durante los servicios, la lectura de la Biblia, la negación de las diferencias esenciales entre el clero y el laicado--. En esa categoría deben ser incluidas doctrinas que tenían gran atracción para muchos --por ejemplo, la justificación por la sola fe sin referencia a las buenas obras; el rechazo de la libertad de voluntad, que ofreció una excusa para lapsos morales; la certeza personal de la salvación en la fe (confianza subjetiva en los méritos de Cristo), el sacerdocio universal, que parecía dar a todos una parte directa en las funciones sacerdotales y en la administración eclesiástica.

 

G. Finalmente, uno de los principales medios empleados para promover la expansión de la Reforma fue el uso de la violencia por parte de los príncipes y de las autoridades municipales. Los príncipes que permanecían Católicos eran expulsados y reemplazados por adherentes de la nueva doctrina, y las personas eran compelidas a asistir a los nuevos servicios. Los fieles adheridos a la Iglesia eran perseguidos de diversas maneras y las autoridades civiles se encargaron de que la fe de los descendientes de aquellos que se habían opuesto fuertemente a la Reforma fuese gradualmente destruida. En muchos lugares las personas eran apartadas de la Iglesia con una violencia brutal; en cualquier lugar, para engañar a las personas, el artificio empleado era el de retener el rito Católico fuera de circulación por un largo tiempo, prescribiendo para el clero reformado las vestimentas eclesiásticas del culto Católico. La Historia de la Reforma muestra incontestablemente que el poder civil fue el principal factor de su expansión en todas las tierras y, que en última instancia, no fueron intereses religiosos sino dinásticos, políticos y sociales los que resultaron decisivos. Añádase a esto el hecho de que los príncipes y los magistrados municipales que se habían unido a los Reformistas tiranizaron groseramente las conciencias de sus súbditos y ciudadanos. Todos deben aceptar la religión prescrita por el regulador civil. El principio "Cuius regio, illius et religio" (Los súbditos deben someterse a la elección de religión del jefe del territorio) es un fruto de la Reforma y fue puesto en práctica por ella y por sus adherentes en cualquier lugar en donde poseyeron la fuerza necesaria.

 

IV. LA DIFUSIÓN DE LA REFORMA EN LOS DIVERSOS PAÍSES

Alemania y la Suiza Alemana

La Reforma fue inaugurada en Alemania cuando Lutero fijó sus celebradas tesis en la puerta de la iglesia en Wittemberg, el 31 de Octubre de 1517
. Lutero fue protegido de las consecuencias de la excomunión papal y de la proscripción imperial por el Elector Federico de Sajonia, su soberano territorial. Mientras adoptaba exteriormente una actitud neutral, fomentó posteriormente la formación de comunidades luteranas dentro de sus dominios, después de que Lutero hubo retornado a Wittemberg y reasumió allí el liderazgo del movimiento de reforma, en oposición a los Anabaptistas. Fue Lutero quien introdujo las regulaciones arbitrarias para el culto Divino y las funciones religiosas; de acuerdo a estas, fueron establecidas comunidades luteranas, en donde un organizado cuerpo herético se opuso a la Iglesia Católica. Entre los otros príncipes Alemanes que prontamente se asociaron a Lutero y secundaron sus esfuerzos estuvieron:

·         Juan de Sajonia (el hermano de Federico);

·         El Gran-Maestro Albet de Prusia, que convirtió las tierras de su orden en un ducado secular, tornándose su señor hereditario al aceptar el Luteranismo;

·         Los Duques Enrique y Alberto de Mecklenburg;

·         El Conde Alberto de Mansfield;

·         El Conde Edzard, de Friesland del este;

·         Landgrave Felipe de Hesse, quien se declaró definitivamente a favor de la Reforma después de 1524.

Mientras tanto en varias ciudades imperiales de Alemania el movimiento de reforma fue iniciado por seguidores de Lutero –especialmente en Ulm, Augsburgo, Nuremberg, Nördlingen, Estrasburgo, Constanza, Mainz, Erfurt, Zwickau, Magdeburg, Frankfort-on-the-Main y Bremen. Los príncipes Luteranos formaron la Alianza de Torgau el 4 de mayo de 1526, para su defensa común. A través de su aparición en la Dieta de Séller en 1526, aseguraron la adopción de la resolución de que, con relación al Edicto de Worms, contra Lutero y sus doctrinas erradas, cada uno debería adoptar una actitud tal que pudiese responder ante Dios y el emperador. La libertad para introducir la Reforma en sus territorios fue conferida entonces a los mandatarios territoriales.

Los estados Católicos eran desalentados, mientras los príncipes Luteranos, se volvieron más extravagantes aún con sus demandas. Incluso los decretos enteramente moderados de la Dieta de Speyer (1529) delinearon una protesta de los Luteranos y de los estados Reformados.

Las negociaciones en la Dieta de Augsburgo (1530), en la cual los estados que rechazaban la fe Católica elaboraron su credo (la Confesión de Augsburgo), mostraron que la restauración de la unidad religiosa no sería efectuada. La Reforma se difundió más y más, siendo tanto el Luteranismo como el Zuinglianismo introducidos en otros territorios alemanes. Junto con los principados y ciudades mencionados arriba, para 1530 había hecho su camino hasta los principados de Bayreuth, Ansbach, Anhalt y Brunswick-Lunenburg y en los pocos años siguientes hasta Pomerania, Jülich-Cleve y Wurtemberg. En Silesia y en el ducado de Liegnitz la Reforma también hizo grandes avances. En 1531, la Liga de Esmalcalda, una alianza ofensiva y defensiva fue consolidada entre los príncipes Protestantes y las ciudades. Especialmente después de su renovación (1535), a esta Liga se sumaron otras ciudades y príncipes que se habían unido a la Reforma, por ejemplo, el Conde Palatino Ruperto de Zweibrücken, el Conde Guillermo de Nassau, las ciudades de Augsburgo, Kempten, Hamburgo y otras. Nuevas negociaciones y discusiones entre los partidos religiosos fueron instituidas en vistas al término del cisma, pero sin éxito. Entre los métodos adoptados por los Protestantes en la expansión de la Reforma, la fuerza era cada vez más libremente empleada. Habiendo quedado vacante la Diócesis de Namburg-Zeitz, el Elector Federico de Sajonia instaló por la fuerza en la sede al predicador Luterano Nicolás Amsdorf (envés del preboste de la catedral, Julius von Pflug, escogido por el capítulo) y él mismo asumió el gobierno secular. El Duque Enrique de Brunswick-Wolfenbuttel fue exilado en 1542, y la Reforma se introdujo en sus dominios por la fuerza. En Colonia incluso, la Reforma fue casi establecida por la fuerza. Algunos príncipes eclesiásticos fueron probados como delincuentes, sin tomar medidas contra las innovaciones que se esparcían diariamente en los círculos en ampliación. En Pfalz-Neuburg y en los estados de Halberstadt, Halle, etc., la Reforma halló entrada. El colapso de la Liga de Esmalcalda (1547) estancó de alguna manera el progreso de la Reforma: Julius von Pflug se instalo en la diócesis de Naumburg, el Duque Enrique de Brunswick-Wolfenbuttel recobró sus tierras y Hermann von Wied tuvo que abdicar de la Diócesis de Colonia, en donde la fe Católica fue entonces mantenida.

 

La fórmula de unión establecida por la Dieta de Augsburgo en 1547-48 (el Interim de Augsburgo) no tuvo éxito en sus propósitos, a pesar de haber sido introducida en muchos territorios protestantes. Mientras tanto, la traición del Príncipe Mauricio de Sajonia, quien hizo un tratado secreto con Enrique II de Francia, enemigo de Alemania, y formó una Confederación con los príncipes Protestantes Guillermo de Hesse, Juan Alberto de Mecklenburg y Alberto de Brandeburgo, para hacer guerra al emperador y a su imperio, quebró el poder del emperador. Por sugerencia de Carlos, el Rey Fernando convocó la Dieta de Augsburgo en 1555, en la cual, después de largas negociaciones, fue concluido el pacto conocido como la Paz Religiosa de Augsburgo. Este pacto contenía las siguientes provisiones en sus veintidós párrafos:

·         entre los estados imperiales Católicos y aquellos de la Confesión de Augsburgo (los Zuinglianos no estaban considerados en el tratado) deberían ser observadas la paz y la armonía;

·         ningún estado del imperio debería compeler a otro estado de sus dominios a cambiar de religión, tampoco debería hacer guerra contra los mismos en nombre de la religión;

·         si un dignatario eclesiástico asume la Confesión de Augsburgo, perdería toda su dignidad eclesial con todos oficios y emolumentos ligados a ella, sin pérdida, sin embargo, de su honor y posesiones privadas. Los estados Luteranos protestaron contra esta provisión eclesiástica;

·         a los que sostenían la Confesión de Augsburgo debería dejarse en posesión de toda propiedad eclesiástica que hubieran tenido desde el comienzo de la Reforma; después de 1555 ningún partido debería tomar cosa alguna de los demás;

·         hasta la conclusión de la paz entre los cuerpos religiosos en contienda –a ser efectuada en la próxima Dieta de Ratisbona– la jurisdicción eclesiástica de la jerarquía Católica estaba suspendida en los territorios de la Confesión de Augsburgo;

·         si se levanta cualquier conflicto entre los partidos con relación a derechos o tierras, debe hacerse primero un intento de solucionar las disputas por arbitración;

·         ningún estado imperial podía proteger a los súbditos de otro estado de las autoridades;

·         todo ciudadano del Imperio tenía el derecho de elegir cualquiera de las dos religiones reconocidas y de practicarla en otro territorio sin la pérdida de derechos, honor y propiedad (sin perjuicio, sin embargo, de los derechos del señor territorial sobre su campesinado);

·         esta paz debería incluir a los caballeros libres y a las ciudades libres del Imperio y las cortes imperiales tenían que guiarse exactamente por sus provisiones;

·         los votos podían ser administrados tanto en el nombre de Dios o de Su Santo Evangelio.

 

 

Por medio de esta paz, el cisma religioso en el Imperio Alemán fue definitivamente establecido; de aquí en adelante los estados Católicos y Protestantes son campos opuestos. Casi toda la Alemania, desde la frontera con Holanda en el Oeste hasta la frontera con Polonia en el Este, el territorio de la Orden Teutónica en Prusia, Alemania Central con excepción de la mayor parte de la porción occidental, y (en Alemania del Sur) Wurtemburg, Ansbach, Pfalz-Zwebrucken, y otros pequeños dominios, con numerosas ciudades libres, habían abrazado la Reforma Luterana. Por otra parte, en el sur y sureste, que permanecieron predominantemente Católicos, encontró seguidores más o menos numerosos. El Calvinismo también se expandió bastante ampliamente.

 

Pero la Paz de Augsburgo, falló en asegurar la armonía que se esperaba. Contrariamente a sus provisiones expresas, una serie de principados eclesiásticos (2 arzobispados, 12 obispados y numerosas abadías) fueron reformados y secularizados antes del comienzo del siglo XVII. La Liga Católica fue formada para la protección de los intereses Católicos y para contrabalancear la Unión Protestante. Pronto sobrevino la Guerra de las Treinta Años, una lucha de las más nefastas para Alemania, dado que dejo el país a sus enemigos del oeste y del norte, y destruyo el poder, la riqueza e influencia del Imperio Alemán. La Paz de Westfalia, concluida en 1648 con Francia en Munster y con Suecia en Osnabruck, confirmó definitivamente el status del cisma religioso en Alemania, ubicó a los Calvinistas y a los Reformados en la misma condición de los Luteranos y concedió inmediatamente a los estados subordinados al emperador, el derecho de introducir la Reforma. De aquí en adelante, los soberanos territoriales podían compeler a sus súbditos a adoptar una religión determinada, sometidos al reconocimiento de la independencia de aquellos quienes, en 1624, gozaron el derecho de sostener sus propios servicios religiosos. El Absolutismo del Estado en cuestiones religiosas había alcanzado ahora su más grande desarrollo en Alemania.

En la Suiza Alemana, fue trazado un curso similar. Después que Zurich había aceptado y de manera forzada introdujo la Reforma, Basilea siguió su ejemplo. En Basilea, Juan Ecolampadio y Wolfgand Capito se asociaron a Zuinglio, difundieron sus enseñanzas y obtuvieron una victoria para la nueva fe. Los miembros Católicos del Gran Concilio fueron expulsados. Siguieron resultados similares en Appenzell, cerca de Rhodes, Schaffhausen y Glarus. Después de una larga hesitación, la Reforma fue aceptada también en Berna, en donde un apóstata Cartujo, Frank Kolb, con Johann y Berthold Haller, predicaron el Zuinglianismo; todos los monasterios fueron suprimidos, y una gran violencia fue ejercida para forzar la penetración del Zuinglianismo en la gente del territorio. St. Gall, en donde Joachim Valdianus predicó, y una gran porción de Graubunden también adoptaron las innovaciones. En todo el imperio, el Zuinglianismo era un gran rival del Luteranismo, hasta el punto de que se inició un violento conflicto entre las dos confesiones, no obstante las constantes negociaciones por la unión. Los intentos no tendían a querer terminar la desafortunada división religiosa en Suiza. En Mayo de 1526, una gran disputa religiosa fue sostenida en Baden, estando los Católicos representados por Eck, Johann Faber y Murner y los Reformados por Ecolampadio y Berthold Haller. El resultado fue favorable a los Católicos; la mayoría de los representantes de los estados presentes se declararon en contra de la Reforma, y los escritos de Lutero y Zuinglio fueron prohibidos. Eso despertó la oposición de los estados Reformados. En 1527, Zurich formó una alianza con Constanza; Basilea, Berna; y otros estados Reformados se unieron a la Confederación en 1528. En defensa propia, los estados Católicos formaron una alianza en 1529, para la protección de la verdadera fe dentro de sus territorios. En la guerra resultante, los estados Católicos obtuvieron una victoria en Kappel, siendo Zuinglio herido mortalmente en el campo de batalla. Les fue concedida la paz a Zurich y a Berna, con la condición de que ningún lugar debería molestar a otro en nombre de la religión y de que los servicios Católicos deberían ser libremente mantenidos en los territorios comunes. La Fe Católica fue restablecida en ciertos distritos de Glarus y Appenzell; la Abadía de St. Gall fue restaurada para el abad, a pesar de que la ciudad permanecía Reformada. Sin embargo, en Zurich, Basilea, Berna y Schaffhausen, los Católicos fueron incapaces de asegurar sus derechos. Los Reformistas Suizos pronto compusieron afirmaciones formales de sus creencias; especialmente vale la pena mencionar la Primera Confesión Helvética (Confessio Helvetica I), compuesta por Bullinger, Myconius, Grynaeus y otros (1536), y la Segunda confesión compuesta por Bullinger en 1564 (Confessio Helvetica II): la última fue adoptada en la mayoría de los territorios Reformados de modelo Zuingliano.

 

Los Reinos del Norte: Dinamarca, Noruega y Suecia

La Reforma Luterana halló pronto una entrada a Dinamarca, Noruega (entonces unida a Dinamarca) y Suecia. Su introducción fue debida primeramente a la influencia real. El Rey Cristian II de Dinamarca (1513-1514) dio las bienvenidas a la Reforma como un medio para debilitar a la nobleza y especialmente al clero (que poseía extensas propiedades) extendiendo, consiguientemente, el poder del trono. Su primer intento para difundir las enseñanzas del Maestro Martín Lutero en 1520 tuvo poco éxito: los barones y prelados lo depusieron pronto por tiranía y eligieron en su lugar a su tío, el Duque Federico de Schleswig y Holstein. Éste, que era un seguidor secreto del Luteranismo, engañó a los obispos y a la nobleza y en su coronación, juró mantener la Religión Católica. Sentado en el trono, sin embargo, favoreció a los Reformistas, especialmente al predicador Hans Tausen. En la Dieta de Odensée, en 1527, concedió libertad religiosa a los Reformistas, permitió que el clero se casase y reservó para el rey la confirmación de todas los nombramientos episcopales. El Luteranismo se expandió por medios violentos y los fieles adherentes a la Iglesia Católica fueron oprimidos. Su hijo, Cristian III a quien ya había "reformado" Holstein, envió a prisión a los obispos daneses que protestaron contra su sucesión y cortó el apoyo a los barones. A excepción del obispo Ronow de Roskilde, que murió en la prisión (1544), todos los obispos aceptaron renunciar y refrenarse de hacer oposición a la nueva doctrina, después de lo cual fueron puestos en libertad y su propiedad restaurada. Todos los sacerdotes que se oponían a la Reforma fueron expulsados, los monasterios suprimidos y la Reforma introducida en todos lados por la fuerza. En 1537, el compañero de Lutero, Johann Bugenhagen (Pomeranus) fue llamado de Wittemberg a Dinamarca para establecer la Reforma de acuerdo a las ideas de Lutero. En la Dieta de Copenhague en 1546, fueron eliminados los últimos derechos de los Católicos; les fue negado el derecho de herencia y elegibilidad a cualquier oficio, y a los sacerdotes Católicos se les prohibió residir en el país bajo pena de muerte.

En Noruega, el obispo Olaus de Trondhjem apostató al Luteranismo pero fue compelido a dejar el país, como colaborador del rey depuesto, Cristian II. Con la protección de la nobleza danesa, Cristian III introdujo a la fuerza la Reforma en Noruega. Islandia resistió más al absolutismo real y a las innovaciones religiosas. El intrépido obispo de Holum, Jon Arason, fue decapitado y la Reforma se expandió rápidamente después de 1551. Algunos aspectos externos del periodo católico fueron mantenidos –el título del obispo y para algunos lugares las vestimentas litúrgicas y las formas de culto.

También en Suecia la Reforma fue introducida por motivos políticos por el gobernador secular. Gustavo Vasa, quien había sido dado a Cristiano III de Dinamarca en 1520 como rehén y que había escapado a Lubeck, allí se familiarizó con la enseñanza Luterana y reconoció los servicios que podría rendirle. Retornando a Suecia, se convirtió en el primer canciller imperial y, tras haber sido elegido Rey en la deposición de Cristiano II de Dinamarca, intentó convertir a Suecia en una monarquía hereditaria, pero tuvo que rendirse ante la oposición del clero y de la nobleza. La Reforma lo ayudó a llevar a cabo su deseo, a pesar de que la introducción de la misma fue difícil debido a la gran fidelidad del pueblo a la Fe Católica. Nombró a dos suecos para altos puestos, los hermanos Olaf y Lorenzo Peterson, que habían estudiado en Wittemberg y habían aceptado la enseñanza de Lutero; uno fue nombrado capellán de la corte en Estocolmo y el otro profesor en Upsala. Ambos trabajaron en secreto por la expansión del Luteranismo y conquistaron a muchos adherentes, incluyendo al archidiácono Lorenzo Anderson, quien luego fue nombrado canciller por el rey. En sus relaciones con el Papa Adriano VI y sus legados, el rey simuló la más grande fidelidad a la Iglesia, mientras daba un apoyo cada vez mayor a las innovaciones religiosas. Los dominicos, que ofrecieron una gran oposición a sus designios, fueron desterrados del reino, y los obispos que ofrecieron resistencia fueron sometidos a todo tipo de opresión. Después de una disputa religiosa en la Universidad de Upsala, el rey otorgó la victoria a Olaf Peterson y procedió a Luteranizar la Universidad, a confiscar la propiedad eclesiástica y a emplear todos los medios para compeler al clero a aceptar la nueva doctrina. Una rebelión popular le dio la oportunidad de acusar a los obispos Católicos de alta traición y, en 1527, el Arzobispo de Upsala y el Obispo de Westraes fueron ejecutados. Muchos eclesiásticos cedieron a los deseos del rey; otros resistieron y tuvieron que aguantar una violenta persecución, siendo ofrecida una heroica resistencia por las monjas de Wadstena. Después de la Dieta de Westraes, en 1527, grandes concesiones fueron hechas al rey ante el miedo de un posible sometimiento a Dinamarca, especialmente el derecho de confiscación de la propiedad eclesiástica, de los nombramientos y deposiciones eclesiásticos, etc. Algunos de los nobles fueron luego conquistados para el lado del rey, cuando fue establecido que era opcional retomar todos los bienes donados a la Iglesia por algún ancestral desde 1453. El celibato clerical fue abolido y el idioma vernáculo introducido en el servicio Divino. El rey se constituyó a sí mismo como la suprema autoridad en asuntos religiosos y apartó al país de la unidad Católica. El Sínodo de Orebro (1529) completó la Reforma, aunque la mayoría de los ritos externos, las imágenes en las Iglesias, las vestimentas litúrgicas y los títulos de arzobispo y obispo fueron mantenidos. Más tarde (1544), Gustavo Vasa convirtió el título del trono hereditario para su familia. Los numerosos levantamientos dirigidos contra él y sus innovaciones fueron aplacados con sangrienta violencia. En un periodo posterior, surgieron otras grandes contiendas religiosas, de igual carácter político.

El Calvinismo también se expandió a algunos lugares y Eric XIV (1560-68) se esforzó en promover esa expansión. Sin embargo, fue destronado por la nobleza debido a su tiranía y su hermano Juan III (1568-1592) fue nombrado rey. Juan III restauró la Fe Católica e intentó restaurar la tierra a la unidad de la Iglesia. Pero con la muerte de su primera esposa, la celosa Princesa Católica Catalina, su ardor declinó de cara a las numerosas dificultades, y su segunda esposa favoreció al Luteranismo. Con la muerte de Juan, su hijo Segismundo, entonces rey de Polonia y fuertemente Católico de sentimiento, se convirtió en rey de Suecia. Sin embargo, su tío, el Duque Carlos, el canciller del reino, dio un enérgico apoyo a la Reforma, y la Confesión de Augsburgo fue introducida en el Sínodo Nacional de Upsala, en 1593. Segismundo se descubrió impotente contra el canciller y la nobleza sueca; finalmente (1600) fue depuesto por la "verdadera doctrina" como un apóstata y Carlos fue nombrado rey. Gustavo Adolfo (1611-1632), hijo de Carlos, se valió de la Reforma para aumentar el poder de Suecia en sus campañas. La Reforma fue entonces exitosamente fortalecida en toda Suecia.

Francia y la Suiza Francesa

En ciertos círculos humanistas de Francia se originó en una temprana fecha un movimiento favorable a la Reforma. El centro de ese movimiento era Meaux, en donde el obispo Guillaume Briconnet favoreció las ideas humanistas y místicas, y donde enseñaban el Profesor Lefèvre de Etaples, G. Farel y J. de Clerc, que eran humanistas con tendencias Luteranas. No obstante, la Corte, la universidad y el Parlamento se opusieron a las innovaciones religiosas y la comunidad Luterana de Meaux fue disuelta. Centros más importantes de la Reforma fueron encontrados al Sur, en donde los Valdenses habían preparado el terreno. Aquí se dieron alborotos públicos en los cuales fueron destruidas imágenes de Cristo y de los santos. Los parlamentos en la mayoría de los casos tomaron medidas enérgicas contra los innovadores, aunque en ciertos lugares estos últimos hallaron protectores --especialmente Margarita de Valois, hermana del Rey Francisco I y esposa de Enrique de Albret, Rey de Navarra--. Los líderes de la Reforma en Alemania buscaron triunfar sobre el rey Francisco I, que por razones políticas era un aliado de los Príncipes Protestantes Alemanes; el rey, sin embargo, permaneció fiel a la Iglesia y suprimió a los movimientos de reforma en todas sus tierras. En los distritos del sudeste, especialmente en Provence y Dauphine, aumentaron los colaboradores de las nuevas doctrinas a través de los esfuerzos de Reformistas de Suecia y Estrasburgo, hasta que finalmente la profanación y el pillaje de iglesias llevaron al rey a tomar medidas enérgicas contra ellos. Después de que el Calvinismo se había establecido en Ginebra, su influencia creció rápidamente en los círculos franceses reformados. Calvino apareció en París como defensor del nuevo movimiento religioso en 1533, dedicó al rey francés en 1536 sus "Institutiones Christianae Religionis" y se fue a Ginebra en el mismo año. Expulsado de Ginebra, retornó en 1541 y comenzó allí el establecimiento final de su organización religiosa. Ginebra, con su academia inaugurada por Calvino fue un centro líder de la Reforma y afectó principalmente a Francia. Pierre le Clerc estableció la primera comunidad Calvinista en París; otras comunidades fueron establecidas en Lyón, Orléans, Angers y Rousen, las medidas represivas mostraron tener poco apoyo. El Obispo Jacques Spifamius de Nevers se convirtió al Calvinismo y, en 1559, París fue testigo de la asamblea de un sínodo general de Reformistas Franceses, los cuales adoptaron un credo Calvinista e introdujeron la constitución presbiteriana Suiza para las comunidades Reformadas. Debido al apoyo de los Valdenses, a la diseminación de literatura de la reforma desde Ginebra, Basilea y Estrasburgo, y al constante influjo de predicadores desde esas ciudades, los adherentes a la Reforma aumentaron en Francia. Con la muerte del rey Enrique II (1559), los Hugonotes Calvinistas aspiraron a tomar ventaja de la debilidad del gobierno para aumentar su poder. La Reina-Viuda, Catalina de Médicis, era una ambiciosa estratega, y siguió una política de servicio temporal. Las aspiraciones políticas pronto llegaron a estar entrelazadas con el movimiento religioso, que con eso asumió mayores proporciones y una mayor importancia. En oposición a la línea gobernante y a los poderosos y celosos duques Católicos de Guisa, los príncipes de la dinastía de los Borbones se convirtieron en los protectores de los Calvinistas; estos eran Antonio de Vendôme, Rey de Navarra, y sus hermanos, especialmente Luis de Condé. A ellos se unieron el Condestable Montmorency, el Almirante Coligny y su hermano Andelot, y el Cardenal Odet de Châtillon, obispo de Beauvais.

No obstante las leyes anti-clericales, el Calvinismo estaba logrando un constante progreso en el Sur de Francia, cuando en el 7 de enero de 1562, la reina-viuda, regente en nombre del pequeño Carlos IX, promulgó un edicto de tolerancia, permitiendo a los hugonotes la libre práctica de su religión fuera de los estados y sin armas, pero prohibiendo toda interferencia y actos de violencia contra instituciones Católicas, y ordenando la restitución de todas las Iglesias y de toda propiedad eclesiástica tomada de los Católicos. Volviéndose con eso sólo más audaces, los Calvinistas cometieron, especialmente en el Sur, revueltas y actos de violencia contra los Católicos, llevando a la muerte a sacerdotes católicos incluso en los suburbios de París. El incidente de Vassy, en Champagne, el 1 de Marzo de 1562, en el que el séquito del Duque de Guisa entró en conflicto con los Hugonotes, inauguró la primera guerra civil y religiosa en Francia. A pesar de que esta terminó con la derrota de los Hugonotes, ocasionó grandes pérdidas para los Católicos en Francia. Reliquias de santos fueron quemadas y saqueadas, magníficas iglesias reducidas a escombros, y numerosos sacerdotes asesinados. El Edicto de Amboise concedió nuevos favores a los nobles Calvinistas, aunque el anterior edicto de tolerancia fue retirado. Siguieron otras cinco guerras civiles, durante las cuales ocurrió la masacre del Día San Bartolomé (24 de agosto de 1572). No fue hasta la extinción de la dinastía de los Valois con Enrique III (1589) y con la accesión al trono de Enrique de Navarra (que abrazó el Catolicismo en 1593) de la dinastía de los Borbón, que las guerras religiosas alcanzaron su final con el Edicto de Nantes (13 de Abril de 1598); este confirió a los Calvinistas no solamente total libertad religiosa y admisión a todos oficios públicos, sino incluso una posición privilegiada en el Estado. Crecientes dificultades de naturaleza política surgieron y el Cardenal Richelieu proyecto a acabar con la influyente posición de los Hugonotes. La captura de su principal fortaleza, La Rochelle (28 de Octubre de 1628), finalmente quebró el poder de los Calvinistas Franceses como una entidad política. Más tarde, muchos de sus miembros regresaron al Catolicismo, quedando aún, sin embargo, numerosos adherentes al Calvinismo en Francia.

Italia y España

Aunque en ambas tierras aparecieron seguidores aislados de la Reforma, ninguna organización sólida o extensiva apareció. Aquí y allí en Italia individuos influyentes (p. ej. Vitoria Colonna y su círculo) favorecieron el movimiento de la Reforma, pero deseaban que el mismo ocurriera dentro de la Iglesia y no como una rebelión a la misma. Pocos italianos abrazaron el Luteranismo o el Calvinismo (por ejemplo, Juan Valdez, secretario del Virrey de Nápoles). En las ciudades de Turín, Pavía, Venecia, Ferrara (en donde la Duquesa Renata favoreció a la Reforma) y Florencia podían encontrarse adherentes a los Reformistas Alemanes y Suizos, aunque no tan extremados como sus prototipos. El más prominente tuvo que dejar el país --Pietro Paolo Vergerio, que luego huyó a Suecia y luego a Wittemberg; Bernardino Ochino, quien huyó a Ginebra y fue más tarde profesor en Oxford; Petrus Martyr Vermigli, quien huyó a Zurich y estuvo subsecuentemente activo en Oxford, Estrasburgo y nuevamente en Zurich. Por la vigorosa inauguración de la verdadera reforma eclesiástica en el espíritu del Concilio de Trento, a través de la actividad de numerosos hombres santos (tales como San Carlos Borromeo y Felipe Neri), a través de la vigilancia de los obispos y de la diligencia de la Inquisición, la Reforma fue excluida de Italia. En algunos círculos fueron reveladas tendencias racionalistas y anti-trinitarias e Italia fue el lugar de nacimiento de 2 herejes: Lelio Sozzini y su sobrino Fausto Sozzini, los fundadores del Socinianismo.

El curso de los eventos fue en España el mismo que en Italia. A pesar de algunas tentativas de diseminar escritos anti-eclesiales en el país, la Reforma no obtuvo éxito alguno, gracias al celo tenido por las autoridades públicas y eclesiásticas en contraatacar sus esfuerzos. Los pocos Españoles que aceptaron las nuevas doctrinas eran incapaces de desarrollar cualquier actividad reformadora en su tierra, y vivieron en el extranjero --p. ej. Francisco Enzinas (Dryander), que hizo una traducción de la Biblia para Españoles; Juan Diaz, Gonsalvo Montano, Miguel Servet, quien fue condenado por Calvino en Ginebra por su doctrina contra la Trinidad y quemado en la estaca.

Hungría y Transilvania

La Reforma fue difundida en Hungría por Húngaros que habían estudiado en Wittemberg y que habían abrazado el Luteranismo allí. En 1525, fueron decretadas rígidas leyes contra los adherentes de doctrinas heréticas, pero sus miembros continuaron creciendo, especialmente entre la nobleza, que deseaba confiscar la propiedad eclesial, y en las ciudades libres del reino. Las conquistas y victorias Turcas y la guerra entre Fernando de Austria y Juan Zapolya favorecieron a los Reformistas. Sumándose a los Luteranos estaban luego los seguidores de Zuinglio y Calvino en el país. Cinco estados Luteranos en la Alta Hungría aceptaron la Confesión de Augsburgo. Sin embargo, el Calvinismo gradualmente ganó el predominio, aunque las disputas domésticas entre las sectas reformadoras no cesaron de manera alguna. En Transilvania, comerciantes de Hermannstadt, que se habían familiarizado con la herejía de Lutero en Peipzig, expandieron la Reforma después de 1521. No obstante la persecución a los Reformistas, una escuela Luterana fue iniciada en Hermannstadt y la nobleza se empeñó en utilizar la Reforma como un medio de confiscación de las propiedades del clero. En 1529, las órdenes regulares y los más vigorosos luchadores de la Iglesia fueron sacados del estado. En Kronstadt, el predicador Luterano Johann Honter obtuvo el dominio en 1534, siendo abolida la Misa y el servicio Divino organizado según el modelo Luterano. En un sínodo ocurrido en 1544, la nación Sajona en Transilvania se decidió en favor de la Confesión de Augsburgo, mientras los rurales Magyars aceptaron el Calvinismo. En la dieta de Klausenburg, en 1556, la libertad religiosa general fue conferida y la propiedad eclesiástica confiscada para la defensa del país y para la erección de escuelas Luteranas. Entre los colaboradores de la Reforma prevalecieron divisiones de largo alcance. Además de los Luteranos, había Unitaristas (Socinianos) y Anabaptistas, y cada una de esas sectas trabó guerra contra las otras. Una minoría Católica sobrevivió entre los Walaquianos Griegos.

 

Polonia, Livonia y Courland

 

Los Polacos supieron de la Reforma a través de algunos estudiantes de Wittemberg y a través de la Fraternidad Bohemia y Moravia. El Arzobispo Laski de Gnesen y el Rey Segismundo I (1501-1548), enérgicamente se opusieron a la expansión de las doctrinas heréticas. Con todo, los colaboradores de la Reforma tuvieron éxito en ganar reclutas en la Universidad de Cracovia, en Posen y en Dantzig. De Dantzig la Reforma se expandió a Thorn y Elbing y ciertos nobles apoyaron las nuevas doctrinas. Bajo el gobierno del débil Segismundo II (1548-1572) había en Polonia, además de Luteranos y de Fraternidades Bohemias, Zuinglianos, Calvinistas y Socinianos. El Príncipe Radziwill y Juan Laski apoyaron el Calvinismo y la Biblia fue traducida al Polaco de acuerdo a la visión de ese partido en 1563. A pesar de los esfuerzos del Nuncio Papal, Aloisio Lipomano (1556-1568) la libre práctica de la religión fue secretamente conferida en las mencionadas tres ciudades y le era permitido a la nobleza tener servicios religiosos secretos en sus casas. Las diferentes sectas de la Reforma lucharon unas contra otras, la fórmula de fe introducida en el Sínodo General de Sandomir en 1570 por los Reformados, los Luteranos, y la Fraternidad Bohemia no produjeron unidad alguna. En 1573, los partidos heréticos aseguraron la paz religiosa de Varsovia, que confirió iguales derechos a los Católicos y a los "Disidentes", y estableció una paz permanente entre las dos partes. Por la celosa inauguración de la verdadera reforma eclesiástica, la diligente actividad de los legados papales y obispos capaces, y la labor de los jesuitas, fue evitado cualquier progreso de la reforma.

En Livonia y Courland, territorios de la Orden Teutónica, el curso de la Reforma fue el mismo que en el otro territorio de la Orden, Prusia. El Comandante Gothard Kettler de Courland se adhirió a la Confesión de Augsburgo y convirtió su tierra en un ducado secular hereditario, tributario de Polonia. En Livonia, el Comandante Walter de Plettenberg se esforzó en fortalecer el Luteranismo, que había sido aceptado en Riga, Dorpat y Reval desde 1523, esperando así hacerse independiente del Arzobispo de Riga. Cuando el Margrave Guillermo de Brandeburgo llego a ser el Arzobispo de Riga en 1539, el Luteranismo rápidamente alcanzó una posición exclusiva en Livonia.

Holanda

Durante el reinado de Carlos V, las diecisiete provincias de Holanda permanecieron totalmente inmunes a la contaminación de la nueva doctrina. Varios seguidores de Lutero habían de hecho aparecido allí, y se empeñaron en diseminar los escritos y doctrinas Luteranas. Sin embargo, Carlos V promulgó edictos estrictos contra los Luteranos y contra la impresión y divulgación de los escritos del Reformador. Los excesos de los Anabaptistas evocaron la supresión de su movimiento por la fuerza y, hasta 1555, la Reforma encontró pocas raíces en el país. En ese año, Carlos V concedió Holanda a su hijo, Felipe II, quien residió en el país hasta 1559. Durante ese periodo el Calvinismo hizo rápidos avances, especialmente en las provincias del norte. Muchos de los grandes nobles y la muy empobrecida baja nobleza, utilizaron la Reforma para incitar al pueblo amante de libertad contra la administración del rey, los oficiales y tropas españolas y la severidad del gobierno. El descontento continuó creciendo, debido principalmente a las severas órdenes del Duque de Alva y a la sangrienta persecución conducida por él. Guillermo de Orange-Nassau, gobernador de la Provincia de Holanda, tenía como propósito, por razones políticas, asegurar la victoria para el Calvinismo, y triunfó en muchos de los distritos del Norte. Luego se puso a sí mismo a la cabeza de la rebelión contra el dominio Español. En la resultante guerra, las provincias del norte (Niederlande) consiguieron su independencia, después de lo cual el Calvinismo gano el predominio en ellas. En 1581, todo ejercicio público de la Fe Católica fue prohibido. La "Confesión Belga" de 1562, tenía ya una fundación Calvinista; por los sínodos de Dodrecht en 1574 y 1618, el Calvinismo recibió una forma fija. Los Católicos del país (alrededor de dos quintos de la población) fueron sometidos a una violenta supresión. Entre los Calvinistas de Holanda surgieron violentos conflictos concernientes a la doctrina de la predestinación.

Inglaterra y Escocia

La Reforma recibió su forma final en Inglaterra durante el reinado de la Reina Isabel (1558-1603). Teniendo como base la liturgia establecida por el "Libro de la Oración Común" bajo Eduardo VI (1547-1543) y la confesión de los Cuarenta y dos Artículos compuestos por el Arzobispo Cranmer y por el Obispo Ridley en 1552, y después de que la Reina María (1553-1558) había fallado en restaurar a su país a la unión con Roma y a la Fe Católica, el predominio del Anglicanismo fue establecido en Inglaterra por Isabel. Los Cuarenta y dos Artículos fueron revisados y, como los Treinta y nueve Artículos de la Iglesia Anglicana, se convirtieron en 1562 en la norma de su credo religioso. La supremacía eclesiástica de la reina fue reconocida, un juramento para ese efecto (Juramento de Supremacía) era requerido bajo la pena de la pérdida de oficio y de la propiedad. Varios prelados y las universidades ofrecieron resistencia, la cual fue suprimida por la fuerza. La mayoría del bajo clero tomó el juramento, que era requerido con una severidad cada vez mayor a todos los miembros de la Cámara de los Comunes, a todos los eclesiásticos, abogados y profesores. En el aspecto externo, mucho de la antigua forma del culto católico fue mantenido. Después del fracaso del movimiento en favor de María Estuardo de Escocia, que se había escapado a Inglaterra en 1568, la opresión de los católicos ingleses continuo con una creciente violencia. Además de la Establecida Iglesia Anglicana estaban en Inglaterra los calvinistas noconformistas, quienes opusieron una organización presbiteriana popular a la jerarquía episcopal; al igual que los Católicos, ellos fueron muy oprimidos por los mandatarios de Inglaterra.

En Escocia la situación social y política dio un gran ímpetu a la Reforma, ayudada por la ignorancia y rudeza del clero (en gran medida resultado de los constantes feudos). La nobleza utilizó la Reforma como un arma en su guerra contra la casa real, la cual era apoyada por el alto clero. Ya bajo Jacobo V (1524-1542) los colaboradores de las doctrinas Luteranas (por ejemplo, Patricio Hamilton, Enrique Forest y Alejandro Seton, el confesor del rey, se volvieron Reformistas. Los dos primeros fueron ejecutados, mientras el último huyó al Continente). Sin embargo, las doctrinas heréticas continuaron encontrando nuevos adherentes. Con la muerte de Jacobo V, su hija y heredera tenía apenas 8 años. El oficio de regente cayó sobre Jacobo Hamilton, quien, a pesar de tener previamente sentimientos Protestantes, retornó a la Iglesia Católica y apoyó al Arzobispo David Beaton en sus enérgicas medidas contra los innovadores. Después de la ejecución del Reformista Jorge Wishart, los Protestantes formaron una conspiración contra el arzobispo, lo atacaron en su castillo en 1545 y lo llevaron a la muerte. Los rebeldes (entre ellos Juan Knox), acompañados por 140 nobles, entonces fortalecidos en el castillo. Knox se fue a Ginebra en 1546, abrazando allá el Calvinismo, y desde 1555 era el líder de la reforma en Escocia, en donde conquistó el dominio en la forma del Calvinismo. La confusión política prevaleciente en Escocia con la muerte de Jacobo V facilitó la introducción de la Reforma.

V. DIFERENTES FORMAS DE LA REFORMA

Las formas fundamentales de la Reforma fueron el Luteranismo, el Zuinglianismo, el Calvinismo y el Anglicanismo. Dentro de cada una de esas ramas, sin embargo, surgieron conflictos como consecuencia de los diversos puntos de vista de representantes individuales. Por negociaciones, compromisos y fórmulas de unión, fue buscado el establecimiento de la unidad, pero casi siempre sin un éxito duradero. Toda la Reforma, respaldada en la autoridad humana, presentó desde el comienzo, de cara a la unión Católica de fe, un aspecto de infeliz disensión. Además de esas principales ramas aparecieron otras numerosas formas que se desviaron de los puntos esenciales y gradualmente condujeron a las incontables divisiones del Protestantismo. Las principales de esas formas serán brevemente revisadas (para cualquier tratamiento ver los artículos separados).

·         Los Anabaptistas, que aparecieron en Alemania y en la Suiza Alemana pronto después del aparecimiento de Lutero y Zuinglio, aspiraban a volver a su concepción de la Iglesia de los tiempos Apostólicos. Ellos negaban la validez del Bautismo de los chiquillos, veían en la Sagrada Eucaristía meramente a una ceremonia recordativa y deseaban restaurar el Reino de Dios de acuerdo a sus propias perspectivas heréticas y místicas. Aunque atacados por los otros Reformistas, ellos ganaron colaboradores en muchas tierras. De ellos también salieron los Menonitas, fundados por Menno Simonis (+ 1561).

·         Los Schwenkfeldians fueron fundados por Kaspar de Schwenkfeld, canciller cortesano del Duque Federico de Liegnitz. Primeramente se asoció a Lutero, pero en 1525 se opuso al último en su Cristología, así como en su concepción de la Eucaristía y en su doctrina de la justificación. Atacado por los reformistas Alemanes, sus seguidores no estaban aptos a formar sino pocas comunidades. Los Schwenkfeldians todavía existen en la América del Norte.

·         Sebastián Franck (1499-1542), un espiritualista puro, rechazó toda forma externa de la organización eclesiástica y favoreció a una Iglesia espiritual e invisible. Se abstuvo de fundar una comunidad separada y buscó apenas la difusión de sus ideas.

·         Los Socinianos y otros Anti-Trinitarios. Algunos miembros individuales de los Reformistas iniciales atacaron la doctrina fundamental de la Santísima Trinidad, especialmente el Español Miguel Servet, cuyo escrito: "De Trinitatis erroribus", impreso en 1531, fue quemado por Calvino en Ginebra en 1553. Los principales fundadores de anti-Trinitarianismo fueron Lelio Sozzini, profesor de Jurisprudencia en Siena y su sobrino, Fausto Sozzini. Compelido a abandonar su tierra, ellos se mantuvieron en diversas partes y fundaron comunidades especiales Socinianas. Fausto diseminó su doctrina especialmente en Polonia y Transilvania.

·         Valentine Weigel (1533-1588) y Jacob Böhme (+ 1624), un zapatero de Gorlitz, representaban un panteísmo místico, enseñando que la revelación externa de Dios en la Biblia podría ser reconocida apenas a través de una luz interna. Ambos encontraron numerosos discípulos. Los seguidores de Böhme recibieron más tarde su nombre de Rosenkreuzer, porque era abiertamente supuesto que ellos estuvieran bajo la dirección de un guía escondido llamado Rozenkreuz.

·         Los Pietistas en Alemania tenían como su líder a Felipe Jacob Spener (1635-1705). El Pietismo fue primariamente una reacción contra la infructuosa ortodoxia Luterana y consideró a la religión principalmente como una cosa del corazón.

·         Las Comunidades de Inspiración originadas en Alemania durante los siglos diecisiete y dieciocho por diversos visionarios apocalípticos. Ellos consideraban que el Reino del Espíritu Santo ya había llegado, y creían en un don universal de profecía y en el millenium. Entre los fundadores de tales sociedades visionarias estaban Johann Wilhelm Petersen (+ 1727), superintendente en Luneberg, y Johann Konrad Duppel (n. 1734), un físico en Leiden.

·         Las Herrnhuter fueron fundadas por el Conde Nicolás de Zinzendorf (n. 1700; + 1760). En el Hutberg, como era conocido, él estableció la comunidad de Herrnhut, que consistía en una Hermandad bohemia y Protestantes, con una especial constitución. La atención estuvo sobre la doctrina de la Redención y una estricta moral fue inculcada. Esa comunidad de los Hermanos se difundió en muchas tierras.

·         Los cuáqueros fueron fundados por Juan Jorge Fox de Drayton en Leicestershire (1624-1691). Él apoyó a un espiritualismo visionario, y encontró en el alma de cada hombre una porción de la inteligencia Divina. Todos eran aptos a predicar, de acuerdo a lo que les era incitado por el espíritu. Los preceptos morales de esa secta eran muy estrictos.

·         Los Metodistas fueron fundados por Juan Wesley. En 1729, Wesley instituyó, con su hermano Carlos y sus amigos Morgan y Kirkham, una asociación en Oxford de cultivo de la vida ascética y religiosa, y de esa sociedad se desarrolló el Metodismo.

·         Los Bautistas se originaron en Inglaterra en 1608. Ellos sostuvieron que el Bautismo era necesario sólo para adultos, asumieron el Calvinismo en sus puntos esenciales y aplicaron el Sabbath a los sábados y no a los Domingos.

·         Los Swedenborgians son llamados así por su fundador Emmanuel Swedenborg (+ 1772), hijo de un obispo Protestante Sueco. Creyendo en su poder de comunicarse con el mundo de los espíritus y que tenía revelaciones Divinas, él procedió fundado en el último a fundar una comunidad con una especial liturgia, la "Nueva Jerusalén". Conquistó a numerosos seguidores y su comunidad se expandió a muchas tierras.

·         Los Irvingitas son llamados así por su fundador, Eduardo Irving, un nativo de Escocia y desde 1822 predicador en una capilla Protestante el Londres.

·         Los Mormones fueron fundados por José Smith, quien hizo su aparición con supuestas revelaciones en 1822.

Además de esas ramas secundarias más conocidas del movimiento de la Reforma, hay muchas diferentes denominaciones; la evolución de nuevas formas desde la Reforma siempre prosiguió, y deberá proseguir siempre, desde que la subjetiva arbitrariedad fue hecha principio por la enseñanza herética del siglo dieciséis.


VI. RESULTADOS Y CONSECUENCIAS DE LA REFORMA


La Reforma destruyó la unidad de la fe y de la organización eclesiástica de los pueblos Cristianos de Europa, separó a muchos millones de la verdadera Iglesia Católica y los sacó de la más grande porción de los medios saludables de cultivo y mantenimiento de la vida sobrenatural. Incalculable daño fue forjado así desde el punto de vista religioso. La falsa doctrina fundamental de la justificación por la sola fe enseñada por los Reformistas, produjo una lamentable superficialidad en la vida religiosa. El celo por las buenas obras desapareció, el ascetismo que la Iglesia había practicado desde su fundación fue eliminado, los fines caritativos y eclesiásticos ya no fueron propiamente cultivados, los intereses sobrenaturales fueron relegados a un segundo plano, y aspiraciones naturalistas a lo puramente mundano, se difundieron por todas partes. La negación de la institución Divina de la autoridad de la Iglesia, en lo que se refiere tanto a la doctrina como al gobierno eclesial, abrió bastante la puerta a toda excentricidad, dio aparición a la división sin fin en sectas y a las nunca terminadas disputas características del Protestantismo, y no pudo sino conducir a la completa falta de fe que necesariamente se desprende de los principios Protestantes; de la real libertad de creencia entre los Reformistas del siglo dieciséis no había siquiera un rasgo, todo lo contrario, la mayor tiranía en asuntos de consciencia fue mostrada por los representantes de la Reforma. El Cesaropapismo más fatal era entonces alimentado, desde que la Reforma reconoció a las autoridades seculares como suprema también en cuestiones religiosas. Así surgieron desde el comienzo mismo diversas "Iglesias nacionales" Protestantes, que son enteramente discordantes del universalismo Cristiano de la Iglesia Católica y dependen –su fe lo mismo que su organización– de la voluntad del mandatario secular. De esa manera, la Reforma fue un factor principal en la evolución del absolutismo real. En todas las tierras que encontraba ingreso, la Reforma fue la causa de sufrimientos indescriptibles entre el pueblo; ocasionó guerras civiles que duraron décadas con todos sus horrores y devastaciones; las personas fueron oprimidas y esclavizadas; incontables tesoros de arte y inestimables manuscritos fueron destruidos; entre los miembros de la misma tierra y raza fue sembrada la semilla de la discordia. Alemania en particular, la casa original de la Reforma, fue reducida a un estado de patética calamidad por la Guerra de los Treinta Años, y el Imperio Germánico fue con eso desalojado de la posición de liderazgo que había ocupado por años en Europa. Sólo gradualmente y debido a fuerzas que no se derivaron esencialmente de la Reforma, sino que fueron condicionadas por otros factores históricos, se fueron sanando las heridas sociales, pero la corrosión religiosa aun continúa a pesar de los sinceros sentimientos religiosos que caracterizaron en todos los tiempos a muchos individuos seguidores de la Reforma.

J.P.KIRSHC - Transcrito por Marie Jutras
Traducido por Bartolomé Santos - Enciclopedia Catolica

 

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La renuncia papal en la historia de la Iglesia

 

 

 

 

 

 

Pbro. Edwin Aguiluz Milla

San José, Costa Rica, 2 de junio de 2003

 

 

 

Entre los papas cuya cronología es segura, Juan Pablo II ocupa el tercer lugar en cuanto a duración en la Santa Sede. Lo más frecuente entre quienes establecen el cómputo es enumerar el actual pontificado como el cuarto, lo que obedece a que asignan el primer lugar a San Pedro, pese a que su cronología no se conoce con precisión.

 

Sin contar a San Pedro, el primer lugar lo ocupa Pío IX (16 de junio 1846 al 7 de febrero de 1878), quien fue elegido a los cincuenta y cuatro años y gobernó treinta y un años con siete meses y veintiún días). Le sigue León XIII (20 de febrero de 1878 al 20 de julio de 1903), elegido a los sesenta y ocho años, quien gobernó veinticinco años con cinco meses, y murió a los noventa y tres años. Se hizo célebre la jocosidad de un cardenal que llegó a decir de León XIII: “Nos habíamos propuesto elegir a un santo padre, no a un padre eterno”.

 

El Cardenal Karol Wojtyla, Arzobispo de Cracovia (Polonia) fue elegido para ocupar el solio pontificio el 16 de octubre de 1978. El día 22 del mismo mes y año comenzó su gobierno con el nombre de Juan Pablo II. En el pasado mes de mayo superó los veinticuatro años, seis meses y siete días de Pío VI en la silla apostólica.

 

Aunque oficialmente se ha descartado la intención de renunciar del Papa Juan Pablo II, la posibilidad de que lo haga sigue siendo un tema recurrente en los medios de comunicación pública. En unos y otros, es frecuente la evocación de datos históricos en busca de antecedentes de la renuncia papal. Comúnmente, el interés por el tema se centra en el hecho de que un pontífice pueda dejar de serlo. Esto puede acontecer tanto por renuncia o abdicación como por deposición o destitución. El tratamiento de estos temas en el plano divulgativo, con frecuencia, acusa imprecisiones y hasta errores notables. De ahí que, como historiador de la Iglesia, sintiera la necesidad de ofrecer un esbozo histórico sobre el tema para complementar la información que circula por los medios de comunicación.

 

El lector descubrirá en esta historia testimonios ejemplares de hombres santos, así como el antitestimonio de quienes no fueron fieles a la misión encomendada por Jesús. La historia de la Iglesia hemos de verla, como cristianos maduros, desde el enfoque del que Jesús nos proveyó: el de la convivencia del trigo con la cizaña hasta el tiempo de la siega (Mt 13.2430).

 

 

San Ponciano

 

Las fuentes históricas no son abundantes sobre la vida de este papa. Sucedió a Urbano I el 21 de julio del año 230. En el año 235, accedió a la jefatura del imperio romano Maximino el Tracio, quien desató una persecución contra, principalmente, los líderes de la Iglesia. El Papa fue desterrado a la isla de Cerdeña. Tras dos años de muchas penalidades, murió en el año 235 (quizás el 28 de noviembre) ó 236 de penuria y sufrimiento o, según una tradición, a garrotazos. Antes de su muerte, aunque no se sabe cuánto tiempo exactamente (acaso el 27 ó 28 de septiembre del 235), renunció al pontificado con la intención de despejar el camino para la elección de otro papa. No obstante, no hay consenso en aceptar esta renuncia como un hecho seguro.

 

 

San Silverio

 

Fue elegido papa probablemente el 1º o el 8 de junio del año 536 y murió en el 537, quizá el 2 de diciembre. Los territorios del antiguo Imperio Romano de Occidente estaban entonces divididos en diversos reinos resultantes de su ocupación por los pueblos “bárbaros”. El Imperio Bizantino (antiguo Imperio Romano de Oriente) permanecía en pie y con la pretensión de recuperar parte de aquellos territorios. Los ostrogodos intentaron tomar Roma, y aunque no lo consiguieron, destruyeron los suburbios. El Papa y los senadores pidieron auxilio al Imperio Bizantino, encabezado por el emperador Justiniano, quien había enviado a su general Belisario a arrebatar Italia a los ostrogodos. Teodora, la esposa de Justiniano, resentía del Papa que no aprobaba su política religiosa heterodoxa (apoyaba al monofisitismo, una herejía según la cual en Cristo no hay dos naturalezas –la humana y la divina–, sino solamente la divina). Aprovechando la presencia de sus soldados en Roma, la Emperatriz, acusándolo falsamente de traidor al Imperio, lo mandó secuestrar y conducir hasta Patara de Licia, en el Asia Menor. Belisario proclamó papa a Vigilio, diácono que aspiraba al pontificado y era favorecido por la Emperatriz (29 de marzo del 537). El obispo de Patara demostró la inocencia de Silverio ante el emperador Justiniano, por lo que éste lo liberó y lo envió a Roma de vuelta. De camino fue capturado por los partidarios de Vigilio, quienes, con el respaldo de Belisario, leal a Teodora, lo desterraron a la isla de Palmarola, en el Mar Tirreno, frente a Nápoles. No se sabe si murió en esa isla o en la de Ponza, ni si fue por malos tratos y hambre o por asesinato.

 

Una tendencia historiográfica sostiene que Silverio se vio forzado a renunciar el año 537, quizá el 11 de noviembre, a unas pocas semanas de su muerte. El Annuario Pontificio per l’anno 2002 acepta la abdicación de Silverio al considerar que el pontificado de Vigilio se legitimó tras la renuncia de aquél, con el reconocimiento de parte del clero romano, sanándose de ese modo los vicios de la elección. Otros autores consideran a Vigilio como antipapa hasta la muerte de Silverio. Según esta línea, Vigilio abdicó cuando murió Silverio, y es cuando el clero romano, movido quizá por la búsqueda de la paz y por temor a Belisario, lo eligió como Papa.

 

 

San Martín I

 

Elegido el 5 de julio del 649, a Martín le tocó hacerle frente a la herejía del monotelismo, según la cual en el Verbo hecho carne hay solamente una voluntad y una energía (la divina), y no dos (una humana y otra divina). Martín convocó un concilio en Letrán que condenó los postulados monotelitas, a la vez que censuró dos edictos imperiales que los favorecían. El emperador Constante II mandó apresar al Papa. El 17 de junio del 653 fue llevado a Constantinopla, adonde llegó en el otoño del mismo año. El Senado lo acusó de traición y lo condenó a muerte, aunque esta pena se le conmutó por el destierro al Quersoneso, en Crimea (península de la actual Ucrania). Partió a este exilio en abril del año 654. No sólo fue despojado de sus vestiduras episcopales, sino que se le maltrató en sumo grado. No se puede afirmar con exactitud la fecha de su muerte en el destierro, quizá fue el 16 de septiembre del 655, o el año siguiente. Es el último papa declarado mártir.

 

Se dice que renunció al pontificado, quizá un año antes de su muerte. En todo caso, podemos hacernos eco de lo sostenido por el Annuario Pontificio per l’anno 2002: que parece que no puso objeciones para la elección de su sucesor, San Eugenio I (10 de agosto del 654). El nuevo papa divulgó en los diferentes naciones lo que el emperador bizantino había hecho con Martín. El 2 de junio del 657 murió Eugenio.

 

 

Juan XII, León VIII, Benedicto V

 

El Papa León III, en el año 800, consagró al rey de los Francos, Carlomagno, como el nuevo “Emperador de los Romanos”. El nuevo imperio, en manos primero de los francos y después de diversas dinastías alemanas, sería llamado más adelante “Sacro Romano Imperio” y “Sacro Imperio Romano Germánico”. El germano Otón I ocupó el trono imperial el año 962, coronado como tal por el Papa Juan XII. Este papa (elegido el 16 de diciembre de 955) ha pasado a la historia como uno de aquellos que mancharon el nombre de la Iglesia en el “siglo de hierro”. Políticamente llegó a chocar con Otón I, quien se presentó en Roma con su ejército en el año 963. El Papa escapó, pero el Emperador promovió un sínodo de obispos en la Basílica de San Pedro que depuso, el 4 de diciembre del 963, a Juan XII, a la vez que eligió al papa León VIII, entronizado dos días después. El último es catalogado por diversos historiadores como un antipapa. Otón I reivindicó el derecho de los antiguos emperadores de Oriente de dar su aprobación tras la elección del Papa, a lo que añadió la obligación de que éste le jurara fidelidad. Juan XII volvió a Roma, donde convocó a sínodo que depuso a León VIII, el cual había huido de Roma. Juan XII murió el 14 de mayo del año 964.

 

En Roma, al margen de Otón I, los electores del pontífice eligieron a Benedicto V (en mayo, quizá el día 22, del año 964), lo que provocó que el Emperador acudiera a Roma a imponer nuevamente a León VIII. Así lo hizo en un sínodo que convocó en Letrán, en el que se tuvo que hacer presente Benedicto V, quien fue declarado usurpador y degradado a diácono (24 de junio del 964). Lo común es que se hable en este caso de deposición, aunque también abdicó. Sin duda, se trata de una abdicación forzada. Otón I lo desterró a Hamburgo, donde vivió hasta su muerte.

 

Determinar si Juan XII dejó de ser papa depende de si se considera válida o inválida su deposición. De ahí que diversos canonistas hayan negado la legitimidad del pontificado de León VIII hasta la muerte de Juan XII, el 14 de mayo del 965. Consideran que fue válido su pontificado desde esta última fecha hasta el 1º de marzo del 965. Otros autores consideran totalmente ilegítimo su pontificado, catalogándolo como un antipapa. El Anuario Pontificio en su última edición sigue sin pronunciarse al respecto. Se limita a decir que si la deposición de Juan XII fue válida, entonces debe considerarse legítimo el pontificado de León VIII. En cuanto a Benedicto V, incluirlo en la lista de los papas que renunciaron depende de si se considera un papa legítimo. Diversos autores se inclinan por la legitimidad de su pontificado, pero el Annuario Pontificio sigue sin definir la cuestión, señalando que si se considera a León VIII como un papa legítimo, Benedicto V es un antipapa.

 

 

Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI

 

El caso de Benedicto IX es complejo: en tres oportunidades ocupó el solio pontificio. Su primer período como papa corre entre 1032 (el Anuario Pontificio oscila entre los meses de agosto y septiembre, sin precisar la fecha; otra fuente da el 21 de octubre) y septiembre del 1044, cuando tiene que huir debido a una sublevación en Roma contra los Tusculanos, poderosa familia romana de la que él provenía. Los Crescencios, familia rival, lograron que fuera nombrado, el 20 de enero del 1045, un nuevo papa: Juan, Obispo de Sabina, quien adoptó el nombre de Silvestre III y que algunos canonistas consideran antipapa, aunque otros le reconocen el derecho de figurar en la lista de los papas legítimos y como tal consta en la lista de pontífices del Annuario Pontificio. Éste considera que el primer pontificado de Benedicto fue interrumpido por la intrusión de Silvestre III. El segundo período se da entre su llegada a Roma, el 10 de marzo de 1045, cuando depone y excomulga como antipapa a Silvestre III, y su renuncia bajo presión, el 1º de mayo del mismo año. Benedicto abdicó en la persona de Juan Graciano, su padrino, quién tomó el nombre de Gregorio VI (5 de mayo del 1045 al 20 de diciembre de del 1046), con la aceptación del clero y del pueblo romanos. Los autores se dividen en la calificación de Gregorio VI como papa o antipapa. El Annuario Pontificio lo incluye en la lista de los papas legítimos. A los dos años de gobierno de Gregorio, tanto Silvestre como Benedicto seguían pretendiendo derechos como pontífices. Por influencia del emperador Enrique III se reunió un sínodo en Sutri (1046), al que fueron convocados Silvestre, Benedicto y Gregorio. En el sínodo fue depuesto y abdicó Gregorio VI, y se anularon los derechos de Silvestre y Benedicto (20 de diciembre de 1046). Benedicto no se presentó, pero fue depuesto en un sínodo en Roma.

 

Gregorio VI ingresó como monje en el famoso monasterio de Cluny, hasta su muerte, donde gozó de la compañía espiritual del celebérrimo monje Hildebrando de Soano, el futuro papa Gregorio VII, gran reformador de la Iglesia.

 

Al poco tiempo fue elegido nuevo papa: Clemente II (24 de diciembre del 1046 al 9 de octubre del 1047). El tercer período de Benedicto IX transcurre octubre del 1047, según el Annuario Pontificio (otros autores precisan el 8 de noviembre del 1047), cuando, con el apoyo de su familia, los condes de Túsculo, violentamente tomó el solio papal, y su nueva renuncia, en agosto de 1048 según el Annuario Pontificio (otros la datan el 16 ó 17 de julio del mismo año), cuando se ve arrojado de Roma por el conde Bonifacio de Toscana por directriz del emperador Enrique III. Hay quienes sostienen que vivió el resto de su vida aferrado al deseo de retornar al papado, pero es muy probable la versión según la cual desistió de sus intentos bajo el consejo de Bartolomé, un santo monje, abad de Grottaferrata (Roma).

 

 

Celestino V

 

Pedro di Morone era un monje de origen campesino. Fue elegido papa el 5 de julio de 1294, cuando contaba con ochenta y cuatro años de edad, después de dos años de estar vacante la silla apostólica, tras la muerte de Nicolás IV. Fue entronizado el 29 de julio del mismo año y el quinto papa que se llamó Celestino. Gozaba de fama de santidad, y su elección fue celebrada multitudinariamente. Pero pronto se dio cuenta de que no contaba con las cualidades para el gobierno eclesiástico. Le faltó autoridad, seguridad, capacidad directiva y fuerza para no ser manipulado por los grupos políticos. Fue necesario debatir sobre la licitud y la conveniencia de la abdicación. Finalmente, el 13 de diciembre de 1294, alegando ignorancia, incapacidad y ser un hombre de maneras y lenguaje incultos, cambió sus vestiduras papales por las monacales que vestía antes, todo ello en un consistorio (reunión de los cardenales con el Papa). Entonces, se postró y pidió perdón por sus errores, los que solicitaba a la asamblea cardenalicia que reparara eligiendo un digno sucesor de San Pedro. Regresó a su convento. Bonifacio VIII, su sucesor, quiso llevar al papa dimisionario a Roma tanto para que le ayudara a apaciguar la oposición que su elección había provocado, como para evitar que sus adversarios restablecieran al último en el trono papal. Celestino huyó, pero fue capturado. Murió cautivo de Bonifacio VIII en una pequeña habitación del castillo de Fumone, el 19 de mayo de 1296.

 

El caso de Celestino V reviste especial significación por tres razones. La primera es que, mientras que en los anteriores casos existe algún grado de incertidumbre en cuanto a si la renuncia o la deposición se efectuaron o no, o a si fueron válidas, o a si hubo voluntad de abdicación, o a si el papa lo era realmente, en el caso de Celestino no cabe ninguna duda. La segunda es que se trata de una renuncia absolutamente voluntaria. La tercera es que con esta renuncia, Celestino formalizó en el derecho canónico la renuncia de los pontífices. En efecto, mediante un decreto, estableció la legitimidad de la renuncia papal. Su sucesor, Bonifacio VIII (1294-1303), fue quien profundizó en la regulación de la abdicación del Papa, mediante una decretal (carta pontificia con fuerza de ley referente a dudas sobre cuestiones canónicas), a la que pertenece el siguiente párrafo: “Nuestro antecesor, el Papa Celestino V, mientras gobernaba la Iglesia, constituyó y decretó que el Pontífice Romano podía renunciar libremente. Por lo tanto, no sea que ocurra que este estatuto en el transcurso del tiempo caiga en el olvido, o que debido al tema, esto se preste para futuras disputas. Hemos determinado con el cónsul de nuestros hermanos que debe ser colocado entre las otras constituciones para que quede perpetuamente en el mismo.”

 

 

Gregorio XII

 

El angustiante período del Cisma de Occidente fue ocasión para una nueva renuncia papal. El 9 de abril de 1378 fue elegido papa Urbano VI en un cónclave agitado y con la presión externa del pueblo romano que exigía que el nuevo papa fuera romano o italiano. El nuevo papa actuó con rigor para corregir costumbres insanas entre los eclesiásticos, por lo que chocó con los cardenales. Éstos, en su mayoría franceses, en Fondi declaran nula la elección de Urbano VI, y eligen a un nuevo pontífice: Clemente VII. Los reinos europeos se hacen partidarios de uno u otro papa (lo que se conoce como el problema de las “obediencias”). El 30 de noviembre de 1406 fue elegido papa legítimo Gregorio XII, en la línea sucesoria de la obediencia romana. Contaba con 80 años. Fue entronizado el 9 de diciembre del mismo año. En 1409, reinando Gregorio XII y prosiguiendo Benedicto XIII la sucesión de Clemente VI, ciertos cardenales de uno y otro bandos convocaron un sínodo en Pisa. Éste depuso a ambos papas, declarándolos herejes y cismáticos, a la vez que eligió a un nuevo Papa: Alejandro V. Dado que ni Gregorio ni Benedicto renunciaron, la crisis se agravó: ahora la cristiandad contaba con tres papas. Al morir Alejandro V, le sucedió Juan XXIII (sic), que se cuenta en la lista de los antipapas. Éste, después de convocar el Concilio de Constanza en 1415, fue apresado y obligado a renunciar. Por su parte, Gregorio XII, papa legítimo, también renunció el 4 de julio de 1415. Falleció el 18 de octubre de 1417, a los noventa años. Benedicto fue depuesto por el Concilio. En 1417 fue elegido Martín V como legítimo papa. Terminó así la más grave crisis de la Iglesia, que duró treinta y nueve años.

 

 

Pío VII: una renuncia firmada... pero no realizada

 

A Pío VII le tocó gobernar la Iglesia en los convulsos años de 1800 a 1823. Durante quince años tuvo que hacerle frente a Napoleón Bonaparte, cuya política eclesiástica era de la subordinación de la Iglesia a su gobierno, así como la extinción de los Estados Pontificios para incorporarlos a su imperio. Cuando por deseo de Napoleón y para negociar con éste, Pío VII fue a París a coronarlo como emperador en 1804, el Papa firmó su abdicación en previsión de una captura por parte de Napoleón. La detención no se realizó en ese momento, por lo que el Papa pudo volver a Roma y la renuncia no se llevó a efecto.

 

 

¿Pensó renunciar Pablo VI?

 

Se debate si Pablo VI (nacido en 1897 y fallecido en 1978) previó su renuncia. Los que se inclinan por una respuesta afirmativa, aducen algunos hechos, entre los que destacan los siguientes: 1) iniciativa de inhabilitar a los cardenales electores al alcanzar los ochenta años; 2) fijación en setenta y cinco años de la edad en que era recomendable que los obispos presentaran su dimisión, concretando la orientación del decreto del Concilio Vaticano II sobre el ministerio pastoral de los obispos (Christus Dominus, n.º 21); 3) una visita que, a poco más de los tres años de su elección, el 1 de septiembre de 1966, hizo a la tumba de San Celestino V, sobre la que oró. Si realmente deseó e intentó renunciar y, si la respuesta es afirmativa, la razón por la que no lo hizo, no tienen, por ahora, respuestas categóricas. Las respuestas, por el momento, siguen confinadas al mundo de la especulación.

 

 

La legislación actual

 

Todo lo aquí narrado, constituye los antecedentes históricos y jurídicos de lo previsto por el actual Código de Derecho Canónico, promulgado por la autoridad de Juan Pablo II en 1983, en el capítulo “Del Romano Pontífice y del Colegio Episcopal” (Parte II, Sección I), canon 332, párrafo 2: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie.” A diferencia de la renuncia a los demás oficios dentro de la Iglesia (canon 189, párrafo 1), no se requiere que sea aceptada por nadie por cuanto el Papa “tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente” (canon 331).

 

 

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Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

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«Señor: Dame una buena digestión y naturalmente alguna cosa que digerir. Dame la salud del cuerpo con el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma sana, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro, de manera que frente al pecado no me escandalice, sino que sepa encontrar la forma de ponerle remedio. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los refunfuños, los suspiros y los lamentos y no permitas que me tome demasiado en serio esa cosa tan invasora que se llama "yo". Dame el sentido del humorismo, dame el don de saber reír de un chiste, a fin de que sepa traer un poco de alegría a la vida y hacer partícipes a los otros. Amén». Tomás Moro (1478-1535) Sto. Tomás Moro, ruega por nosotros.

 

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«El diálogo fraterno y el respeto recíproco no constituirán nunca un límite o un impedimento al anuncio del Evangelio. Es más, el amor y la acogida constituyen la primera y más eficaz forma de evangelización. [...] La realidad actual de las migraciones requiere urgentemente de las comunidades cristianas un renovado anuncio evangélico. Interpela el compromiso pastoral y el testimonio de todos: clero, religiosos y laicos. [...] Si "globalización" es el término que mejor califica a la evolución actual histórica, también la palabra "diálogo" deber caracterizar la actitud mental y pastoral que todos tenemos que asumir de cara a un nuevo equilibrio mundial. El consistente número de unos doscientos millones de emigrantes los hace más urgente. Cada cultura constituye un acercamiento al misterio del hombre, también a su dimensión religiosa, y esto explica, como afirma el Concilio Vaticano II, por qué algunos elementos de verdad también se encuentran fuera del mensaje revelado, incluso en los no creyentes, que cultivan valores humanos elevados, a pesar de que no reconocen su manantial». S. S. JUAN PABLO II.

 

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El permisivismo es negación de libertad, porque libertad significa ante todo dominio, señorío de sí, y permisivismo supone abandono, sometimiento de la razón a lo irracional y de la voluntad libre a la pasión sin norma y sin cauce. (A. Orozco)


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Concluyamos nuestra reflexión con una oración de alabanza y de acción de gracias por la redención que Cristo ha obrado en nosotros. Lo hacemos con las palabras de un texto conservado en un antiguo papiro del siglo IV.

"Nosotros te invocamos, Señor Dios. Tú lo sabes todo, nada se te escapa, Maestro de verdad. Has creado el universo y velas sobre cada ser. Tú guías por el camino de la verdad a aquellos que estaban en tinieblas y en sombras de muerte. Tú quieres salvar a todos los hombres y darles a conocer la verdad. Todos juntos te ofrecemos alabanzas e himnos de acción de gracias". El orante prosigue:  "Nos has redimido, con la sangre preciosa e inmaculada de tu único Hijo, de todo extravío y de la esclavitud. Nos has liberado del demonio y nos has concedido gloria y libertad.
Estábamos muertos y nos has hecho renacer, alma y cuerpo, en el Espíritu. Estábamos manchados y nos has purificado. Te pedimos, pues, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo: confírmanos en nuestra vocación, en la adoración y en la fidelidad". La oración concluye con la invocación: ”Oh Señor benévolo, fortalécenos, con tu fuerza. Ilumina nuestra alma con tu consuelo... Concédenos mirar, buscar y contemplar los bienes del cielo y no los de la tierra. Así, por la fuerza de tu gracia, se dará gloria a la potestad omnipotente, santísima y digna de toda alabanza, en Cristo Jesús, el Hijo predilecto, con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén" (A. Hamman,
Preghiere dei primi cristiani, Milán 1955, pp. 92-94).

 

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS   

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas. 

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.   

“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).   

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).   

 

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«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

 

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005  expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
 
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.

2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.

3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.

4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.

5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.

6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.

7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.

8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.

9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.

10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.

 

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¡Laudetur Iesus Christus!

 

 

 

 

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«Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones.».

Lucio Anneo Séneca (4a.C-65d.C).

 

Cristianos: ¡no nos dejemos engañar por algunos grupos, veamos este ejemplo!

Recomendamos:ROMA, DULCE HOGAR, Scott Hahn y su esposa Kimberly cuentan el largo viaje que les llevó de protestantes-evangélicos calvinistas, hasta la casa paterna en la Iglesia Católica. Un camino erizado de dificultades, pero recorrido con gran coherencia y docilidad a la gracia, y cuyo motor era el amor a Jesucristo y a su Palabra en la Sagrada Escritura.

 

Recomendamos: “LO PRIMERO ES EL AMOR”, Scott Hahn muestra de nuevo una de sus mejores cualidades como autor: su gran capacidad para explicar las verdades esenciales de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, de un modo accesible y atrayente. En esta obra el incentivo es esta pregunta: ¿Qué clase de amor y qué clase de familia satisfacen nuestros más íntimos anhelos?. Con su clara prosa desarrolla una idea central de la fe cristiana: Dios, la Trinidad de Personas Divinas, es una familia que vive en una comunión de amor. Expone también Hahn la íntima conexión entre la familia divina, la familia de la fe, que es la Iglesia, y las familias de la tierra formadas por un hombre y una mujer. Ed. Patmos – Libros de espiritualidad-225.-

 

"Diccionario enciclopédico de las sectas", en su última edición (4ª) de 2005.

El autor es el sacerdote, D. Manuel Guerra Gómez. y la editorial la BAC - Es un grueso libro con más de mil páginas, (1104 pgs.). - Sinópsis. - ¿Qué es una secta? Uno de los méritos de esta obra consiste en haber formulado su definición tras exprimir las notas definitorias o comunes a las casi 1.500 (la mayoría implantadas en España e Iberoamérica) descritas en este diccionario y presumiblemente a todas las demás. El autor usa «secta» en su acepción técnica, no en la vulgar, que está cargada de connotaciones tan peyorativas que tiende a identificar acríticamente «secta» y «secta destructiva», a pesar de que estas últimas, es decir, las que «destruyen» a las personas o «dañan» gravemente su personalidad, no llegan al parecer al 10% del total. En esta obra aparecen dispuestas alfabéticamente las sectas religiosas, mágicas e ideológicas, las biografías de sus fundadores, así como, en y desde las sectas mismas, las realidades y cuestiones más importantes de teología dogmática, morales, sociopolíticas, psicológicas, filosófico-vitales, y otros temas complementarios. Trata también de averiguar las causas de la existencia y proliferación de las sectas y de señalar sus remedios. Ayuda a descifrar las claves de las corrientes, generalmente subterráneas, del pensamiento, acciones y movimientos contemporáneos.

MANUEL GUERRA GÓMEZ, catedrático en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, es Doctor en Filología Clásica y en Teología Patrística. Es conocedor de sánscrito, lengua de los libros religiosos del hinduismo, budismo y jinismo, que tanto han influido en las sectas, sobre todo en las de impronta oriental. Asimismo, es miembro de la International Association of Patristic Studies, de la Sociedad Española de Ciencias de la Religión y de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Ha publicado infinidad de artículos sobre temas filológico-teológicos y de historiografía religiosa, y 18 libros, entre los que cabe destacar por su cercanía con el tema de esta obra: "Los nuevos movimientos religiosos (Las sectas). Rasgos comunes y diferenciales" (Pamplona 1996) e "Historia de las religiones" (Madrid 1999).

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).