Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 13º misterio de Dios, pueblo de Dios, confiesa la fe de Apóstoles

CATOLICIDAD: La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera: este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.

 

 

En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: "Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos" (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.
Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que "estuvieran con él y también para enviarlos" (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: "Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios" (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como "ángeles" de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión. 





La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que "lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud", de modo que crezca el cuerpo de Cristo "para construcción de sí mismo en el amor" (Ef 4, 13. 16).

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida. S. S. BENEDICTO XVI – P.P.  2005-06.29 -

 

+++

 

Entre los primeros discípulos, Jesús llamó a dos hermanos, Simón y Andrés. Eran pescadores. "Les dijo:  "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron" (Mt 4, 19-20). Desde entonces, el mensaje evangélico ha sido llevado hasta los confines de la tierra, y nosotros estamos llamados a proseguir en la historia la misión confiada a los Apóstoles. Como el Señor llamó "juntamente" a Pedro y a Andrés para que fueran pescadores de hombres por el reino de Dios, también juntamente los sucesores de los Apóstoles están invitados a anunciar la buena nueva de la salvación, para que, por nuestras palabras y nuestra unión fraterna, el mundo crea.

 

La Iglesia es evangélica porque evangeliza en la universalidad (Katholikós) de su misión. Y lo hace con el Evangelio que es en primer lugar, la Obra de Cristo, lo que predica y lo que hace Jesucristo. Dar la vida por el Evangelio es lo mismo darla por Cristo Jesús. Y este Evangelio que es la Obra de Jesús, debe ser predicado en el mundo entero Mc. 13,10; 16,15. La Iglesia -solo ella con las palabras de Pedro en la sucesión apostólica- predica al mundo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Mt.16,18. Y por esta verdad absoluta, ‘las sectas manipuladoras de la Biblia’, o ‘las idolatrías ε?δωλολατρε?α contemporáneas’, la acosan, la persiguen sin tregua hasta el derramamiento de sangre. Como un yunque, en el que se han gastado tantos martillos durante 2000 años, la Iglesia ‘nuevo pueblo de Dios’ (Mc.6,30), -ofrece la salvación- teniendo como destinatarios a todos los pueblos. Esa es su misión católica y catolizante, para quien pregunte: ¿Quién es éste?, lo descubra con Pedro que le confiesa como Mesías (Mc 8,29). Es Jesús que con su obra, nos ha conseguido la salvación. Siendo luz, buena sal y fermento en el mundo, evangeliza la Iglesia Katholikós con su proposición universal; alumbrando el amor y la esperanza a tantos corazones destrozados.

 

Iglesia Católica año 153 - Ya el mártir san Justino, en su Primera Apología, escrita aproximadamente el año 153, proclamaba la realización del versículo del cántico, que dice:  "de Jerusalén saldrá la palabra del Señor" (cf. v. 3). Escribía:  "De Jerusalén salieron doce hombres hacia todo el mundo. Eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias al poder de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, no sólo no luchamos ya contra los enemigos, sino que, para no mentir y no engañar a los que nos interrogan, de buen grado morimos confesando a Cristo" (Primera Apología, 39, 3:  Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 118).

 

"Cuando venga el Consolador, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí" (Jn 15, 26).

 

+++

P: Me gustaría saber cómo está organizada la iglesia católica, desde el Papa al cura de pueblo, saber el "organigrama" de cargos e instituciones y sus designaciones.

R: El sistema es episcopal con reconocimiento de un primado de jurisdicción en el obispo de Roma. Los obispos rigen las diócesis cuyas parroquias están gobernados por los párrocos. Sobre cada conferencia nacional de obispos existe un primado de jurisdicción ejercido por el Papa. Naturalmente, esto resulta muy esquemático y deja fuera fenómenos eclesiales de enorme relevancia como pueden ser las órdenes religiosas, los movimientos de apostolado, etcétera.

Este Diálogo con César Vidal tuvo lugar el martes 27 de enero 2009 entre las 18:00 y las 19:00 horas.

-.-  

¡Evangélicos! ¿Quiénes son los evangélicos? Los evangélicos no son ni un grupo de personas como tampoco una iglesia. Durante la conferencia panamericana de protestantes en 1916, celebrada en la ciudad de Panamá, líderes episcopales, bautistas, metodistas y presbiterianos, “made in USA”, deciden a partir de ese momento denominarse todos ellos con el nombre genérico: “evangélicos”, para así no escandalizar, dar la impresión de estar divididos, ante los cristianos católicos Hispanoamericanos, a quienes venían a conquistar. Cada “evangélico” pertenece a una iglesia, comunidad o congregación particular, haciendo creer a muchos formar parte de un todo que no existe excepto en su imaginación, dividido como está el protestantismo en unas 30’000 denominaciones en la actualidad.

 

Ahora bien, ¿Cuál de estas 30’000 iglesias protestantes es la depositaria de la fe que heredamos nosotros de Jesús y los Apóstoles? ¿A cuál iglesia o secta debemos ingresar, luego de descubrir que estamos equivocados en pertenecer a La Iglesia: Una, Santa, Católica, Apostólica y con sede histórica en Roma sobre la tumba del apóstol Pedro?

 

+++

 

 

IGLESIA, PUEBLO DE DIOS

 

EL PUEBLO DE DIOS 

1. Centrando el tema 
Una leyenda rusa nos puede ayudar a centrar el tema. Se trata de la leyenda de la iglesia de Kitjez y dice así: En el norte de Rusia, en la región de Novgorot, en las selvas que circundan «el lago de las luces», san Vladimiro construyó la primera 
iglesia que existió en territorio ruso. Por esta razón es considerada como la iglesia más santa de toda Rusia. 
Cuando los tártaros devastaron el país, Dios hizo invisible esta iglesia para preservarla de la profanación y la destrucción. Solamente una vez al año, en el solsticio de verano, se hace visible, pero únicamente para aquellos que profesan la verdadera y recta fe de la vieja Rusia, tal y como fue predicada por san Vladimiro. Todos los años acuden allí peregrinos de toda Rusia: cristianos ortodoxos de las diversas sectas que existen en el país. Cada grupo acampa por su cuenta sobre las verdes colinas y en la primera tarde del solsticio estival inician con el canto de los salmos e himnos religiosos el servicio 
nocturno, que se prolonga hasta la mañana siguiente. 
Cada grupo está convencido de ver la iglesia de san Vladimiro y de celebrar dentro de ella el oficio divino. Cada grupo se siente en posesión de la recta fe, mientras observa con extrañeza a las otras gentes comportándose como si, también ellos, estuvieran dentro de la iglesia. Y entonces surgen los mutuos reproches. Pero ¿qué es lo que hacéis?, se dicen unos a otros. ¿Es que no véis que nosotros estamos dentro de la verdadera iglesia, mientras que vosotros os encontráis sobre una simple colina? Y es natural, porque vosotros no profesáis como nosotros la verdadera fe de san Vladimiro. 

2. ¿Tiene esto algo que ver con nuestra situación? 
Esta impresionante y hermosa leyenda nos puede servir para expresar, de modo gráfico, lo que ocurre con frecuencia en nuestras comunidades cristianas, tanto a nivel de Iglesia universal como a nivel de comunidad diocesana y parroquial. Hay entre nosotros demasiados capillismos, demasiadas divisiones, demasiados exclusivismos, como entre los grupos de la leyenda que acabamos de referir. ¿No será porque cada grupo nos imaginamos la Iglesia de una manera distinta y, 
cobijados dentro de ella, como si estuviéramos en posesión exclusiva de la verdad, excluimos a los otros, los acusamos o, cuando menos, los ignoramos? 
Y si cada uno tenemos nuestra propia imagen de Iglesia, cada uno mantenemos nuestra propia idea de la liturgia, nuestro propio concepto del apostolado, de la predicación, de la catequesis, de la piedad. En una sola palabra: cada uno tenemos nuestra propia pastoral. Lo que nos lleva a una dispersión de fuerzas que debilita y hasta neutraliza nuestros esfuerzos. No se trata solamente de un pluralismo, lo que sería legítimo y necesario, sino de una verdadera división que en no pocos casos llega a la confrontación y descalificación mutua. 
¿No encontramos aquí los ecos de aquella queja de Pablo contra los fieles de la comunidad de Corinto cuando les echa en cara sus divisiones? 
«Os ruego, hermanos, por el mismo Señor nuestro, Cristo Jesús, que os pongáis todos de acuerdo y no haya entre vosotros cisma, antes seáis concordes en el mismo pensar y el mismo sentir. Esto, hermanos, os lo digo porque he sabido... que hay entre vosotros discordias y cada uno de vosotros dice: Yo estoy con Pablo, yo estoy con Apolo, yo con Pedro y yo con Cristo. ¿Está acaso dividido Cristo?» 
(/1Co/01/10-13). 

Ante la realidad de nuestras divisiones cabe hacer la misma 
pregunta: ¿Está acaso dividida la Iglesia de Cristo? 

3. La Iglesia del Concilio 
Como nos dice nuestro obispo en la homilía que abre este libro, la 
Iglesia es, ante todo, un don de Dios. Brota de la iniciativa de Dios, es 
obra de Dios, es un designio eterno de salvación que tiene su origen 
en su amor infinito. Pretende unir a todos los hombres en la gran 
familia de los hijos de Dios. 
Este designio eterno se ha encarnado en el tiempo y en la historia y 
ha alcanzado su plenitud en la Iglesia de Cristo. Esta es la gran 
enseñanza del Concilio Vaticano II en su reflexión sobre la Iglesia. A él 
tenemos que acudir para captar su identidad, su naturaleza y su misión 
en el mundo. Esta es la única y verdadera Iglesia de Cristo, en la cual 
tenemos que cobijarnos todos, sin divisiones ni exclusivismos. 

4. Falsas imágenes sobre la Iglesia I/IMAGENES - FALSAS
Con este necesario punto de referencia podemos corregir los falsos 
clisés sobre la Iglesia que circulan por ahí y completar otras visiones 
parciales que, por acentuar desproporcionadamente algunos rasgos, 
con frecuencia secundarios y periféricos, terminan por configurar, más 
que una imagen, una caricatura de la Iglesia, a veces tan grotesca que 
hace reír. 
Desde luego, la Iglesia de Cristo nada tiene que ver con esa falsa 
imagen de una organización poderosa -algo así como una gigantesca 
multinacional- con fines políticos, culturales o económicos, que 
pretende abrirse paso en competencia con los grandes poderes de 
este mundo prometiendo recompensas en el «otro». 
La verdadera Iglesia de Cristo tampoco responde a esa idea, tan 
extendida por desgracia aun entre los mismos creyentes, que la 
identifica con la jerarquía, con una organización, con unas normas o 
con unos servicios que se solicitan en ciertos momentos importantes 
de la vida: cuando se quiere bautizar un niño, cuando hay que casarse 
o cuando se da sepultura a los difuntos... Algo así como un 
supermercado religioso. 
Está igualmente muy lejos de la verdad reducir a la Iglesia a una 
mera experiencia religiosa o mística que se enCIerra en el santuario de 
la conciencia individual sin más expresión externa y social que la 
ejemplaridad del testimonio moral del creyente. Algo así como una 
Iglesia invisible. 
La Iglesia de Cristo no puede reducirse a eso. Es verdad que ha 
sido dotada por Cristo de una autoridad sagrada: por eso es 
jerárquica. Es una comunidad organizada: por eso necesita de unas 
normas de convivencia. Ofrece unos serviCIos, como signos de la 
presencia salvadora de Cristo: por eso es sacramental. Pero en la 
Iglesia hay una realidad superior que sostiene, engloba y armoniza 
todos estos aspectos, y esta realidad se llama pueblo de Dios. Y éste 
es justamente el tema que nos ocupa. 
5. De la anécdota a la categoría 

En la elaboración de la «Constitución dogmática sobre la Iglesia», 
durante el Concilio Vaticano II, hubo un hecho que, si para un 
observador superficial pudiera parecer puramente anecdótico, reviste 
en sí mismo una gran importancia. Me estoy refiriendo a la decisión de 
anteponer el capítulo dedicado al «pueblo de Dios» al destinado a la 
«Constitución jerárquica de la Iglesia». Con ello se ha querido 
reconocer
que lo primero y fundamental en la Iglesia es su cualidad de 
«pueblo de Dios», constituido por los discípulos de Jesús, y que la 
jerarquía está al servicio del «pueblo de Dios». El padre Congar, que 
estima «de grandes consecuencias» dicha iniciativa, afirma que con 
ella se trata de «exponer la cualidad común de todos los miembros de 
la Iglesia, antes de lo que puede diferenciarles según la función o el 
estado de vida». 
«¿No es así -se pregunta el gran eclesiólogo- el camino seguido por 
el Señor, que primero hizo y reunió discípulos, después eligió a doce 
de entre ellos y los hizo sus apóstoles y, por último, eligió entre éstos a 
Simón Pedro para constituirlo como cabeza del Colegio Apostólico y de 
la Iglesia? ¿No es eso lo que hallamos al descubrir la jerarquía como 
servicio en el Nuevo Testamento?» (Y. M. ·Congar-Y. Esta es la 
Iglesia que amo, pp. 14-16).

 

 

La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Ahí se nos recuerda (9) que «El tiempo de la actividad misional discurre entre la primera y la segunda venida del Señor, en que la Iglesia, como la mies, será recogida de los cuatro vientos en el Reino de Dios». Por tanto, es ahora mismo cuando nos toca, a cada uno de nosotros, y cada cual en la medida de sus posibilidades, en su vida ordinaria, el hacer ese apostolado básico y transmisor de la Palabra de Dios. Sin embargo, no vaya a creerse que esto es labor, sólo, de la Iglesia en cuanto institución sino que la Esposa de Cristo, formada por todos los hijos de Dios, piedras vivas de la misma, ha de encontrar respuesta en todos esos mismos hijos. Así se nos recuerda, para aquellos que entiendan que su función en la Iglesia es de mero asistente sacramental, que «Los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos, sobre todo si, llamados por Dios, son destinados por los Obispos a esta obra» (41): Decreto Ad Gentes (Sobre la actividad misionera de la Iglesia) firmado por Pablo VI el 7 de diciembre de 1965 en el marco del Concilio Vaticano II.

 

6. Autoconciencia de la Iglesia como pueblo de Dios 
Todo esto coincide con la autoconciencia de la Iglesia. Según los 
datos que nos proporciona el NT, las primeras comunidades cristianas 
se sentían íntimamente ligadas a la historia del pueblo de Israel. 
Tenían perfectamente claro el carácter histórico del designio divino de 
salvación y que la Iglesia de Cristo era la culminación de un largo 
proceso que comenzó en el momento mismo de la creación. 
En un libro de la Iglesia primitiva, escrito hada la mitad del siglo II, 
titulado El Pastor de Hermas, se relata una misteriosa visión, que su 
protagonista refiere así: 

«Mientras yo dormía, hermanos, tuve una revelación que me fue 
hecha por un joven hermosísimo, diciéndome: 
-¿Quién crees tú que es la anciana de quien recibiste aquel librito? 

-La Sibila, contesté yo. 
-Te equivocas, me dijo; no lo es. 
-¿Quién es, pues?, le dije. 
-La Iglesia, me contestó. 
-¿Por qué, entonces, le repliqué yo, se me apareció tan anciana? 
-Porque fue creada, me contestó, antes de todas las cosas. Por eso 
aparece anciana y por causa de ella fue ordenado el mundo» (Padres 
Apostólicos, visión 2.a, cap. 4, número 1, p. 946, BAC). 

Según esta enseñanza, la creación es el primer acto de la historia de 
la salvación ordenado ya a la Iglesia de Jesucristo. Es el comienzo de 
la prehistoria de la Iglesia. 
Poseemos muchos y hermosísimos testimonios de la Iglesia primitiva 
en este mismo sentido. San Ireneo, en el siglo II, recogiendo 
acuciantes inquietudes de las primeras generaciones cristianas, se 
pregunta: «Si Cristo es la salvación, ¿por qué ha tardado tanto?» Y su 
respuesta es ésta: «Cristo estaba ya presente desde el principio del 
mundo... Y con Cristo, la Iglesia». Y Orígenes, en el siglo III, advierte: 
«No vayáis a creer que es únicamente desde la venida del Salvador en 
carne desde cuando yo llamo a la Iglesia su esposa: ella lo es desde el 
nacimiento del género humano y desde la creación del mundo. Más: 
teniendo a Pablo por guía, yo descubro todavía mucho más arriba el 
origen de este misterio; concretamente antes de la constitución del 
mundo», en la mente de Dios. 
Efectivamente, san Pablo nos habla de que la Iglesia tiene su origen 
en el designio oculto en la mente de Dios desde la eternidad, que 
empezó a descubrirse desde el principio del mundo hasta manifestarse 
plenamente en Cristo y en su Iglesia (cf. Ef 3,14). Y este designio 
histórico de salvación quiso Dios realizarlo no salvando a los hombres 
aisladamente, sino a través de un pueblo. «Por eso -nos dice el 
Concilio- eligió Dios al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él 
una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a sí mismo y los 
designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y 
santificándolo para sí. Pero todo esto sucedió como preparación y 
figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y 
de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de 
Dios hecho carne» (LG, 9). 
La comunidad de los primeros discípulos de Jesús se siente 
plenamente inserta en esta historia. Desde un principio aparece 
íntimamente ligado a la vida del pueblo judío: observa 
fundamentalmente la ley; realiza las prácticas rituales; paga los 
tributos; se reúne en el atrio del Templo... Pero poco a poco, con la 
experiencia personal de Cristo resucitado, va descubriendo que su 
vida tiene un sentido nuevo. Y llega al convencimiento de que en la 
muerte y la resurrección de Jesús se ha realizado el acontecimiento 
decisivo de la salvación en el que se habían cumplido las profecías del 
Antiguo Testamento. Cuando comprobaron que el pueblo judío, como 
tal, no aceptaba la persona y el mensaje de Jesús, las comunidades 
cristianas se fueron distanciando de él. Abandonando las prácticas de 
la antigua Ley, van surgiendo en su seno formas propias de vida y de 
culto, que le van configurando como el Israel nuevo de los últimos 
tiempos. Las principales prácticas de vida cristiana son: 

El bautismo de la conversión para la remisión de los pecados, como signo de agregación a la nueva comunidad, en sustitución de la circuncisión, porque para los que creen en Cristo «nada cuenta ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva creación» (Gál 6,15). 

La oración en común. Excluidos de las sinagogas y del templo, los cristianos se reúnen en sus casas para celebrar la liturgia de la palabra en la que se comentan las Escrituras, se recuerdan las palabras y los hechos de Jesús, al que se invoca como Señor (1 Cor 16,22), y se reza el Padrenuestro con la alegría de sentirse la comunidad de los hijos de Dios. 

La fracción del pan, en la que se actualiza «la última Cena de Jesús» (1 Cor 11,20-29), se vive su presencia y la esperanza de su pronta venida gloriosa. Esta comida, que san Pablo llama «la Cena del Señor», mantenía viva la conciencia de pertenencia al pueblo de Dios de los últimos tiempos, en el que se había hecho presente el reino de Dios. 

La «comunión fraterna» (Hch 2,42ss). Es éste otro elemento 
diferenciador que caracteriza a la comunidad de los discípulos de 
Jesús. Signos visibles de esta realidad comunitaria eran la comunión 
de vida, la unidad de sentimientos, la ayuda mutua, la solidaridad en el 
sufrimiento y en la persecución por el reino de Dios, la comunidad de 
bienes para que a nadie faltara lo necesario. 

La dirección o gobierno propio le la comunidad. Los cristianos ya no se sienten vinculados a las autoridades del antiguo pueblo de Israel. El gobierno de la comunidad de los discípulos de Jesús es ejercido por los apóstoles, ayudados por los presbíteros y los diáconos (Hch 11,30). 

La apertura a la gentilidad. Este proceso de desprendimiento del 
pueblo judío fue provocado, de modo especial, por la apertura del 
cristianismo a la gentilidad, de acuerdo con el universalismo del 
mensaje de Jesús. Los paganos convertidos eran admitidos en la 
comunidad cristiana por el bautismo, sin obligación de someterse a la 
Ley ni a la circuncisión. Como declaraba san Pablo a los gálatas, por la 
muerte y la resurrección de Jesucristo había sido eliminada la Ley 
como camino de salvación y ya sólo importaba la fe en Cristo. «Todos, 
pues, son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en 
Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya 
judío o griego, siervo o libre, varón o mujer, porque todos sois uno en 
Cristo Jesús. Y si todos sois de Cristo, luego sois descendencia de 
Abrahán, herederos según la promesa» (Gál 3, 26-29). 

Roma, centro de la cristiandad. El proceso de distanciamiento 
culminó con la destrucción del templo en la guerra judía de los años 
66-70, con lo que el judaísmo perdió su centro religioso. Para la 
naciente cristiandad, el centro del nuevo Israel dejó definitivamente de 
ser Jerusalén para desplazarse a Roma, donde murió Pedro, 
martirizado por la fe. A partir de entonces, la historia de la Iglesia tiene 
a Roma como centro del nuevo pueblo de Dios (cf. H. Kung, La Iglesia, 
pp.131-181). 

Jesús» (1,3ss). 

Una comunidad depositaria de las promesas 
La comunidad cristiana tiene también conciencia de ser la 
depositaria de las antiguas promesas. Ve en Jesús el Mesías 
prometido, en quien todas las promesas tienen su sí (2 Cor 1,20). 
Con él se ha hecho presente el reino de Dios entre los hombres (Mt 
4,23); ha llegado a los cautivos la liberación y a los pobres la 
bienaventuranza (Lc 4,16-21; Mt 5,3ss; Lc 6,20ss). 
Con la presencia de Jesús se hace realidad «todo lo que espera el 
hombre, todo lo que Dios ha prometido a su pueblo: la verdad, la vida, 
la luz, el pan y el agua viva, la resurrección, la gloria de Dios...». Todo 
esto «es más que una promesa, es ya un don» (X. Léon-Dufour, 
Vocabulario de Teología Bíblica, «Promesas»). 

El pueblo de la nueva alianza 
La comunidad cristiana tiene conciencia de ser el pueblo de «la 
nueva alianza». Cuando se reúne para celebrar «la Cena del Señor», 
es consciente de que se realizan las palabras de Jesús: «Esta es mi 
sangre de la nueva alianza que será derramada... para el perdón de 
los pecados» (Mt 26, 28; Lc 22,20; Mc 14,24; 1 Cor 11,25). 
Jesús, con su muerte en la cruz, es el mediador de una alianza 
nueva. La del Sinaí fue sellada con la sangre de animales (Ex 24,8). 
La del Calvario fue sellada con la sangre de Cristo, cuyo sacrificio 
realiza la unión definitiva entre Dios y los hombres. Jesús ordenó en la 
última Cena que este acto ritual de «la nueva alianza en su sangre» se 
renovara incesantemente en la nueva comunidad cristiana: «Haced 
esto en memoria mía» (Lc 22,19). Y san Pablo toma buena nota de la 
fidelidad con que las comunidades cristianas cumplen el mandato del 
Señor: «Pues cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, 
proclamáis la muerte del Señor hasta que él vuelva» (1 Cor 11,25). 
La eucaristía, como expresión de la nueva alianza, está en el 
corazón mismo de la Iglesia. 
San Pablo pone también de manifiesto la superioridad de la nueva 
alianza sobre la antigua (Gál 4,24ss; 2 Cor 3ss). La antigua alianza 
«engendra para la servidumbre», la nueva para la libertad. En la 
nueva se borran los pecados (Rom 11,27); Dios habita entre los 
hombres (2 Cor 6,16) y derrama en ellos el Espíritu Santo que cambia 
el corazón (Rom 5,5). La nueva alianza se abre y acoge tanto a judíos 
como a paganos, pues la sangre de Cristo ha hecho la unidad del 
género humano: «... por Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos, 
habéis sido acercados por la sangre de Cristo; pues él es nuestra paz, 
que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación, 
la enemistad... para hacer en sí mismo de los dos un solo hombre 
nuevo» (Ef 2,11-21). 

La Iglesia de Cristo 
La palabra «Iglesia» designa en el AT la asamblea del pueblo 
convocado por Dios. En el NT se pone en labios del mismo Jesús para 
designar el nuevo pueblo de Dios reunido por él. Los discípulos de 
Jesús siguen utilizando el nombre de «Iglesia» para designar a las 
comunidades cristianas, tanto a las comunidades locales como a la 
comunidad universal. Y para expresar su origen y pertenencia, con 
frecuencia se especifica: «la Iglesia de Dios», «la Iglesia de Cristo». 
El Concilio Vaticano II recoge muy bien este significado y sentido de 
Iglesia, en continuidad y en novedad con el Antiguo Testamento: «Así 
como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, 
se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el 
tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es 
designado como Iglesia de Cristo porque fue él quien la adquirió con 
su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados 
de unión visible y social» (LG, 9). Y a continuación el mismo Concilio 
nos ofrece una bellísima definición de la Iglesia como pueblo de Dios: 
«Es la comunidad de los creyentes que ven en Jesús al autor de la 
salvación y el principio de la unidad y de la paz». Este «pueblo 
mesiánico tiene por cabeza a Cristo..., su condición es la dignidad y la 
libertad de los hijos de Dios... Tiene por ley el nuevo mandamiento de 
amar como él mismo nos amó. Y tiene como fin el dilatar más y más el 
reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que, al final 
de los tiempos, él mismo también lo consume, cuando se manifieste 
Cristo, vida nuestra» (LG, 9). 

8. Valores de la Iglesia como pueblo de Dios 
Para el padre Congar, la Iglesia como pueblo de Dios «es una realidad fecunda», que entraña una gran riqueza de valores (cf. op. cit., pp. 35-36).

 

 

Valor teológico 
Hay que destacar, en primer lugar, su relación con Dios. La Iglesia 
es, ante todo, el pueblo de Dios. Dios es su origen, su sostén, su fin. 
Sin esta relación vertical con Dios, la Iglesia no tiene sentido. No ha 
nacido de ningún cálculo humano; no debe su origen a la voluntad 
asociativa de los hombres. La Iglesia procede de la iniciativa de Dios, 
de su elección. Es obra de su sabiduría y de su amor. Es un regalo, un 
don. 
Y como esta elección de Dios se ha realizado en su Hijo Jesucristo, 
el nuevo pueblo de Dios es la Iglesia de Jesucristo. 

Valor antropológico 
Pero la Iglesia como pueblo de Dios encierra también una referencia 
al hombre. Es Dios el que elige y llama, pero es el hombre el que ha de 
dar respuesta. No hay Iglesia sin la llamada de Dios, pero tampoco hay 
Iglesia sin la respuesta del hombre. La Iglesia es pueblo, pero no en 
un sentido inorgánico de multitud, masa o población, sino en el sentido 
de una comunidad de hombres, de hombres creyentes, de discípulos 
de Jesús, que han dado su respuesta libre y personal a la llamada de 
Dios en su Hijo Jesucristo. La Iglesia de Dios, por ser pueblo, es 
también la Iglesia de los hombres. 

Valor histórico 
Otro aspecto importante de su realidad histórica. La Iglesia como 
pueblo de Dios se inserta en la historia de la salvación. Como todo 
pueblo, la Iglesia tiene un pasado (el pueblo de Israel), un presente (la 
nueva comunidad de los discípulos de Jesús) y un futuro (un proyecto 
de comunión para todos los hombres). 
Por su naturaleza histórica, la Iglesia es un pueblo en marcha. Si por 
estar condicionada por el espacio y por el tiempo adopta formas 
históricas determinadas, en modo alguno puede afincarse en un lugar, 
en una época, en una cultura. Es una realidad dinámica, en continuo 
cambio, en renovación incesante, en tensión ininterrumpida hacia la 
perfección del reino, que ya está presente, pero todavía no ha llegado 
a su plenitud. 
Por su carácter histórico, la Iglesia como pueblo de Dios no puede 
sustraerse tampoco a la erosión e imperfección de lo terreno, a la 
transitoriedad de lo temporal, ni a la debilidad humana, ni al pecado. 
Es, a la vez, santa y pecadora y necesita de conversión y de perdón 
(cf. LG, 8). 
La Iglesia, en cada momento histórico, está llamada a ser fermento 
de la sociedad, dando sentido a todos los acontecimientos de la vida 
humana y ofreciendo, desde la fe, respuestas a los problemas, 
inquietudes y aspiraciones concretas de los hombres. En cada época 
histórica la Iglesia tiene una tarea específica, determinada por las 
circunstancias concretas en que le toca vivir y por las exigencias del 
evangelio. 
Al hilo de esta reflexión, una pregunta nos sale al encuentro: ¿cuál 
es la tarea de la Iglesia en el mundo de hoy? ¿Cuál es nuestra tarea?

9. La Iglesia como pueblo de Dios a lo largo de la historia 
Para responder a esta pregunta necesitamos algunos puntos de 
referencia. Por eso vamos a echar una mirada hacia atrás. 




La Iglesia de los mártires 
Durante los cuatro primeros siglos de la era cristiana, la conciencia de la Iglesia como pueblo de Dios estuvo articularmente viva. La comunidad cristiana se encontraba en una situación de especial dificultad. Dispersa en pequeñas comunidades dentro del ambiente pagano del Imperio romano, es rechazada y perseguida, tanto por parte de los judíos, que la consideraban como una secta herética, como por parte de los romanos, que veían en ella un peligro para la unidad del Imperio. En esta época, la pertenencia a la comunidad cristiana era fruto de una decisión personal libre, tras un prolongado catecumenado, y suponía una verdadera conversión. 
Como «pueblo de Dios», la comunidad cristiana se siente situada frente al mundo pagano; frente al «no pueblo de Dios». Y esta tensión crea en la comunidad cristiana una fuerte conciencia misionera, que la impulsa, siguiendo el mandato de Jesús, a anunciar a ese mundo la salvación del evangelio. Y esta tarea evangelizadora es asumida por toda la comunidad cristiana, en cuanto tal, bajo el estímulo y dirección de los que han recibido el carisma del ministerio. 
Es la época de «los mártires», de los grandes testigos de la fe, sellada frecuentemente con la propia sangre. Conservamos, como una verdadera joya, un texto del siglo II, que vale la pena recordar. Es la expresión viva de esta Iglesia testimonial. 

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su 
tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. Porque ni habitan 
ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan 
un género de vida aparte de los demás..., sino que, habitando 
ciudades griegas y bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, 
y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos 
y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar 
conducta, admirable y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan 
sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como 
ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es 
para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos, 
como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen. 
Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven 
según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía 
en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida 
sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se 
los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la 
vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan 
en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. 
Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. 
Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como 
malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la 
vida. Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos 
son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no 
saben decir el motivo de su odio» (_Carta-Diogneto, en Padres 
Apostólicos, pp. 850-851, BAC). 

La Iglesia de la época constantiniana 
Con la conversión del emperador Constantino y el «Edicto de Milán» (a. 313), la situación de la Iglesia cambió radicalmente. El cristianismo, de perseguido pasa a ser reconocido como religión oficial del Imperio. 
Y con ello se inicia un proceso de simbiosis entre la Iglesia y el Imperio. 

El Imperio se convierte en un Imperio cristiano y la Iglesia pasa a ser una Iglesia imperial. Así surge el concepto socio-religioso de «la cristiandad» y del «Sacro Romano Imperio». La Iglesia no sólo recibe la paz y la libertad de vivir a plena luz y con pleno derecho, sino que es reconocida como una sociedad pública y goza de una situación de privilegio dentro del Imperio. Situación que perduraría en los reinos bárbaros convertidos al cristianismo y prácticamente hasta la Edad 
Moderna. 
La Iglesia y la sociedad temporal se identifican. Ya no existe «un mundo fuera de la Iglesia». Frente al «pueblo de Dios» ya no existe un «no pueblo de Dios». La tensi6n Iglesia-mundo desaparece. Como consecuencia, decae el catecumenado y el espíritu misionero. El hecho de que todos estuviesen bautizados permitía pensar que todos estaban evangelizados. El sentido de pertenencia a la comunidad cristiana no es ya fruto de una conversión personal, sino consecuencia de un mimetismo sociorreligioso y de unos vínculos jurídicos por el hecho de formar parte de una sociedad cristiana y de haber recibido el bautismo. 

La Iglesia en el mundo moderno 
Al impulso de los grandes acontecimientos socioculturales: los 
descubrimientos, el humanismo, la Reforma, etc., el mundo moderno 
va tomando conciencia de la autonomía de las realidades temporales. 
Y así se inicia un proceso de secularización que trasciende a todos los 
planos de la vida humana y social. Dentro de este proceso, en sí 
legítimo, van surgiendo movimientos e ideologías que propugnan la 
separación y la ruptura entre la sociedad temporal y la Iglesia. La 
sociedad va adquiriendo un claro matiz secular, que llega hasta la 
esfera misma de la moral con la proclamación de una moral autónoma 
desligada de toda referencia a Dios. 
Surge un mundo nuevo, el mundo de «la modernidad», que se 
constituye fuera de la Iglesia, cuando no en oposición y en hostilidad 
hacia ella. La Iglesia vuelve a encontrarse, como en los primeros 
siglos, frente a un mundo «distinto», ajeno, hostil, que, lejos de aceptar 
los valores del evangelio, los contradice y los rechaza. Por otra parte, y 
como consecuencia de todo este proceso, el número de los que se 
profesan creyentes va disminuyendo, incluso en los países de tradición 
cristiana. El concepto sociorreligioso de «la cristiandad» se 
desmorona. 

Una Iglesia para el mundo de hoy 
Ante esta situación han ido surgiendo en la Iglesia movimientos 
renovadores que intentan recuperar de nuevo su identidad como 
pueblo de Dios. Son un testimonio de ello el florecimiento de los 
estudios bíblicos, el acercamiento a las fuentes mismas de la tradición, 
la reflexión teológica, los movimientos apostólicos, la participación más 
activa en la liturgia, el resurgimiento de la catequesis y de los grupos 
catecumenales, el ecumenismo, etc. 
Todo este esfuerzo, canalizado por el Concilio Vaticano II, ha 
contribuido grandemente a recuperar una conciencia de Iglesia que 
trata de devolver a los creyentes el sentido de pertenencia como 
opción libre y personal y como signo de conversión; y, a la vez, 
recordar su responsabilidad y solidaridad como miembros activos de Ia 
comunidad de los discípulos de Jesús. Se trata de volver a poner a la 
Iglesia en estado de misión frente a un mundo paganizado, no para 
condenarlo, sino para anunciarle la salvación de Dios en su Hijo, 
Jesucristo. Nuestra Iglesia quiere volver a ser «la Iglesia de los 
mártires», de los testigos de la fe. Y podemos afirmar que ya lo está 
siendo. 
Pero hay una notable diferencia entre la Iglesia de los comienzos y la 
Iglesia de hoy. Las primeras comunidades cristianas, con la esperanza 
puesta en la próxima venida del Señor, tenían sus ojos en los bienes 
celestiales, sin prestar demasiado interés por el mundo terrestre, 
según aquella sentencia de la Didajé: «Pasa este mundo y viene la 
gracia». Los cristianos de hoy hemos descubierto con más lucidez 
nuestra vocación terrena y tratamos de ser leales a nuestras tareas 
temporales como camino para llegar al señorío de Cristo, recreando 
así el mundo conforme al proyecto de Dios. 

10. Perspectivas pastorales 
Dentro de estas líneas de renovación, que el Vaticano II recoge y 
bendice, nos hemos de marcar unos objetivos pastorales que nos 
ayuden a reavivar nuestras comunidades cristianas como pueblo de 
Dios. 
Voy a poner el acento en algunos aspectos que considero más 
importantes y que os brindo (para vosotros y para mí) como otras 
tantas llamadas a la conversión, al comenzar la cuaresma. 

Despertar el sentido de nuestra responsabilidad, superando el clericalismo 
Nuestras comunidades cristianas necesitan recuperar el sentido de 
responsabilidad. Todos nos quejamos de la pasividad, de la falta de 
respuesta y de ese aire de indiferencia de que adolecemos los 
bautizados. Como alguien ha dicho, da la impresión de que nuestra 
religiosidad es una religiosidad de consumo. Acudimos a pedir 
«sacramentos» y otros servicios religiosos, pero rara vez aceptamos 
tareas que puedan comprometernos o sacarnos de nuestra 
comodidad. 
A veces atribuimos ese comportamiento (movidos quizá por un cierto 
mecanismo de defensa) al influjo del ambiente secularizante y 
hedonista que nos rodea o simplemente a la complejidad de la vida 
moderna, que absorbe nuestro tiempo. Y puede ser que en ello haya 
parte de razón. Pero ¿no tendríamos que preguntarnos si en el fondo 
no subyace un concepto de Iglesia identificada con la jerarquía, a la 
que cargamos con toda la responsabilidad, liberándonos nosotros de 
ella? ¿Una Iglesia a la que necesitamos, pero con la que no nos 
sentimos comprometidos? 
La conciencia de ser pueblo de Dios lleva consigo sentirse pueblo 
y asumir la responsabilidad de nuestra vocación común. En la Iglesia 
todos somos responsables porque la Iglesia somos nosotros. Como 
nos advierte el Concilio, dentro de la Iglesia «existe una auténtica 
igualdad en todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos 
los fieles en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo» (LG, 32). 

Despertar el sentido comunitario, 
superando el individualismo
 
El Concilio ha puesto fuertemente el acento en el sentido 
comunitario de la Iglesia. Eso significa precisamente que la Iglesia es 
pueblo de Dios. Dios salva incorporando a los hombres a un pueblo, a 
una comunidad. Y la Iglesia de Cristo es esa comunidad de los últimos 
tiempos. 
Es, por tanto, fundamental despertar este sentido de pertenencia a 
la Iglesia como comunidad de salvación. El creyente no es un individuo 
aislado, sino un miembro de la Iglesia. Las comunidades cristianas no 
son comunidades aisladas, sino integradas en la única y universal 
Iglesia de Cristo. Este sentido comunitario exige una opción personal y 
libre. «No se pertenece a la Iglesia simplemente por nacimiento, por 
descendencia, por tradición, sino por fe personal» (H. Kung, La Iglesia, 
p. 157). 
El bautismo de los niños, como signo de agregación a la Iglesia, lleva 
consigo una exigencia de personalización de la fe, que culmina en el 
descubrimiento e inserción en la comunidad de los creyentes. «Sin la 
comunidad de los creyentes la Iglesia no es nada» (ibíd., p. 158). «La 
comunidad de los creyentes... constituye la estructura fundamental de 
la Iglesia» (ibid., p. 148). 

Despertar el sentido de solidaridad, superando el personalismo 
Consecuentemente con lo que acabamos de decir, los creyentes 
necesitamos despertar igualmente el sentido de solidaridad. La solidaridad entre todos los fieles y la solidaridad entre los fieles y la jerarquía. El Concilio lo subraya con fuerza: «La distinción que el Señor estableció entre los sagrados ministros y el resto del pueblo de Dios lleva consigo la solidaridad, ya que los pastores y los demás fieles están vinculados entre sí por recíproca necesidad» (LG, 32). 

Esto comporta unas claras actitudes de interdependencia y de servicio. «Los pastores -son también palabras del Vaticano II-, siguiendo el ejemplo del Señor, deben ponerse al servicio los unos de los otros y al de los restantes fieles; éstos, a su vez, deben asociar gozosamente su trabajo al de los pastores y doctores. De esta manera todos rendirán un múltiple testimonio de admirable unidad en el cuerpo de Cristo. Pues la misma diversidad de gracias, servicios y funciones 
congrega en la unidad a los hijos de Dios, porque todas estas cosas son obra del único e idéntico Espíritu» (1 Cor 12,11) (LG, 32). 
Como ejemplar testimonio de este espíritu solidario pueden sernos aleccionadoras estas hermosísimas palabras de ·Agustín-san: «Si me asusta lo que soy para vosotros, también me consuela lo que soy con vosotros. Para vosotros soy obispo; con vosotros soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia; aquél indica un peligro, éste la salvación» (Serm. 340,1: PL 38,1483). 

Despertar el sentido misionero, 
superando el salvacionismo
 
El creyente no puede refugiarse en la actitud egoísta de su propia salvación. Debe vivir en plenitud su vocación misionera. La Iglesia, como pueblo de Dios, está enviada al mundo (a este mundo nuestro que se confiesa «no pueblo de Dios») para anunciarle, con su palabra y su testimonio, la verdad salvadora. «La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo» (LG, 17). 
Esta acción misionera comporta: 

-«Cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien 
constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo» (ibíd.). 
-Hacer «que todo lo bueno que se encuentre sembrado en el corazón y la mente de los hombres... se purifique, se eleve y perfeccione» (ibíd.). 
-«Orar y trabajar para que la totalidad del mundo se integre en el 
pueblo de Dios» (ibíd.). 
«Este pueblo mesiánico, aunque no incluye a todos los hombres 
actualmente, y, aunque parezca con frecuencia una pequeña grey, es, 
sin embargo, para todo el género humano un germen segurísimo de 
unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser 
comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como 
de instrumento de redención universal y lo envía a todo el universo 
como luz del mundo y sal de la tierra» (Mt 5,13-16) (LG, 9). 

¡ESTA ES NUESTRA TAREA Y ESTA ES NUESTRA GLORIA! 

11. Creo en la Iglesia
 
La Iglesia ha sido siempre objeto de fe. Ya en la forma más antigua 
del símbolo apostólico se profesa: «Credo sanctam Ecclesiam» (Creo 
en la santa Iglesia). Si eI pueblo de Dios es la categoría o estructura 
fundamental de la Iglesia, creer en la Iglesia es creer que la Iglesia es 
el nuevo pueblo de Dios y aceptar las responsabilidades que esta 
profesión lleva consigo. 
Me vais a permitir que, como síntesis de lo que os acabo de decir, 
concluya con mi profesión de fe en la Iglesia como pueblo de Dios: que 
os quisiera transmitir con el calor y el gozo de un verdadero creyente: 


1. Creo que la Iglesia tiene su origen en la voluntad amorosa de 
Dios, que ha querido salvar a los hombres no aisladamente, sino 
constituyendo un pueblo. 

2. Creo que la Iglesia es la realización histórica de ese designio 
eterno de Dios en su Hijo Jesucristo, en quien todos los hombres están 
llamados a encontrar su unidad. 

3. Creo que la Iglesia es la comunidad de discípulos de Jesús que 
forman el pueblo de la nueva alianza. 

4. Creo que dentro del pueblo de Dios todos los miembros 
participamos de la misma dignidad de hijos de Dios y sobre todos 
descansa una común responsabilidad, que nos hace solidarios. 

5. Creo que la Iglesia de Cristo está al servicio del reino de Dios, 
cuyo germen representa en medio del mundo. 

6. Creo que la Iglesia de Cristo está llamada a ser fermento de la 
historia humana y signo de salvación y de esperanza para todos los 
hombres. 

7. Creo que la Iglesia está presente en cada una de las 
comunidades cristianas reunidas en torno a sus obispos, sucesores de 
los apóstoles, y que estas comunidades cristianas están integradas en 
la única Iglesia de Cristo, reunida en torno al Papa, sucesor de Pedro y 
representante de Cristo en la tierra, signo visible de la verdad y vínculo 
de unidad. 

8. Creo que la Iglesia de Cristo en León está llamada a revitalizar su 
fe, fortalecer su esperanza y edificarse más profundamente en la 
caridad y, superando toda tentación de división, indiferencia y 
particularismo, ser un testimonio de unidad y de eficacia pastoral. 

9. Creo que nuestra pertenencia a la Iglesia nos exige una sincera y 
constante actitud de conversión, personal y comunitaria, para purificar 
nuestro corazón de todo egoísmo, liberar nuestra vida de toda 
esclavitud y, con la libertad de los hijos de Dios, vivir la dimensión 
misionera de nuestra fe, con un talante de generosidad, servicio y 
alegría. 

10. Creo que la Iglesia de Jesucristo es, a la vez, divina y humana, 
terrena y celestial, santa y pecadora, necesitada de purificación y de 
perdón; que «va peregrinando entre las persecuciones del mundo y 
los consuelos de Dios hasta manifestarse en todo su esplendor, al final 
de los tiempos» (LG, 8). 

Esta es la Iglesia en la que creo. Esta es la Iglesia de Cristo, en la 
que cabemos todos y en la que todos estamos llamados a reunirnos en 
el nombre del Señor. 

12. El rayo de luz que necesitamos 
Recordando la leyenda de san Vladimiro, con que comenzamos 
estas reflexiones, me atrevería a decir que el Concilio Vaticano II ha 
sido como el solsticio de verano en el cual la verdadera Iglesia de 
Cristo se nos ha hecho visible. 
Desearíamos también que se realizara en nosotros lo que cuenta 
Soloviev. Estaba un día Soloviev en la hospedería de un monasterio y 
había prolongado hasta hora muy tardía su conversación espiritual con 
un piadoso monje. Queriendo ir, al fin, a retirarse a descansar, salió al 
corredor al que daban las puertas, todas iguales y cerradas, de las 
habitaciones. En la oscuridad no conseguía identificar la puerta de la 
celda que le había sido asignada. Imposible, por otra parte, volver a la 
del monje al que acababa de despedir. Y no queriendo molestar a 
ninguno durante el riguroso silencio monástico nocturno, el filósofo se 
resignó a pasar la noche paseando lentamente, absorto en sus 
pensamientos, a lo largo del corredor del monasterio, convertido, de 
improviso, en misterioso e inhóspito. 
La noche fue larga y pesada, pero, al fin, pasó y las primeras luces 
del alba permitieron a aquel huésped fatigado y pensativo identificar, 
sin dificultad, la puerta de su celda, ante la cual había pasado tantas 
veces sin encontrarla. Y comentaba: esto les sucede muchas veces a 
los que buscan la verdad: pasan muy cerca de ella sin encontrarla, 
hasta que un rayo de sol de la divina sabiduría viene a hacerles tan 
fácil como feliz su consolador descubrimiento. La verdad está entre 
nosotros, nos impiden verla las tinieblas de nuestras actitudes quizá 
poco cristianas. 
Que nuestra conversión dé paso al rayo de luz que nos haga a 
todos conocer la puerta bendita: la verdadera Iglesia de Cristo.

P. DOMINGUEZ - SOIS IGLESIA
Reflexiones sobre la Iglesia como pueblo de Dios y sacramento de salvación - Edic. CRISTIANDAD. Madrid-1983.Págs. 23-35)

  

+++

 

 

Por una pertenencia activa, gozosa y fiel a la Iglesia

  

JUAN MARTIN VELASCO
Prof. de Teología
Instituto Superior de Pastoral
Madrid

 


I/PERTENENCIA / CRISIS: Los datos recogidos en multitud de estudios 
sociológicos muestran el deterioro considerable que presenta en la 
vida de los cristianos actuales la pertenencia a la Iglesia. Es verdad, y 
más verdad que cuando lo escribía Guardini hace ya sesenta años, 
que la Iglesia se ha despertado en las almas de los cristianos. Buena 
muestra de ello son la mayor participación de un número cada vez 
mayor de seglares en las tareas de la Iglesia y el florecimiento por 
todas partes de pequeñas comunidades cristianas en las que va 
aconteciendo y cristalizando el ser y la conciencia de la Iglesia. Pero 
hay que reconocer, al mismo tiempo, que son muchos los indicios que 
muestran un deterioro notable y numerosas perversiones en la 
realización de la pertenencia a la Iglesia.

1. La crisis de pertenencia en la Iglesia actual
Sin pretender ser exhaustivos, señalamos los que nos parecen más 

importantes. En primer lugar, el número muy elevado de cristianos que, 
de forma casi siempre callada, como si caminasen de puntillas, se van 
alejando de la Iglesia. Es ese bloque de católicos más o menos 
asiduamente practicantes hasta hace unos años y que en los dos 
últimos decenios abandonan la práctica, se alejan de la fe, se desvían 
de las normas morales de vida cristiana y dan muestras de una 
progresiva desidentificación de la Iglesia. Es verdad que muchos de 
ellos vivían su pertenencia eclesial de forma puramente pasiva, 
basándose casi exclusivamente en la tradición, la costumbre, la presión 
social, la cultura ambiental. Y es verdad, por tanto, que en muchos de 
ellos el abandono significa la manifestación de una situación no 
conscientemente asumida, pero ya existente en el foro de sus 
conciencias y que las circunstancias socio-culturales impedían 
manifestarse. Pero también es verdad que esa pertenencia pasiva, 
debidamente cuidada por la acción pastoral, podría haber 
evolucionado hacia formas más personalizadas de relación con la 
Iglesia y, sin embargo, ha seguido el camino contrario.
Además, también los cristianos que van haciendo el camino hacia la 
personalización de su cristianismo aparecen —bajo distintas formas 
que el más somero análisis de nuestro catolicismo actual pone de 
relieve— síntomas preocupantes en relación con su pertenencia a la 
Iglesia. Por ejemplo, en ese grupo de cristianos que —a partir de los 
movimientos reformadores surgidos en la Iglesia ya antes y, sobre 
todo, después del Concilio— han descubierto el valor de la pertenencia 
activa a la Iglesia y han comenzado a vivirla con entusiasmo, sobre 
todo a través de la participación en pequeñas comunidades eclesiales. 
Muchos de ellos hicieron estos descubrimientos a través de una forma 
social y políticamente comprometida de vivir el cristianismo, 
privilegiaron las razones sociales e ideológicas a la hora de agruparse, 
seleccionaron algunos aspectos de la vida cristiana en detrimento de 
otros y hoy, al ver a la Jerarquía insistir en algunos de esos elementos 
"menos-preciados" por ellos y al interpretar algunas de sus decisiones 
como intentos de orientar a la Iglesia en una dirección contraria a 
aquélla gracias a la cual se despertó su vida cristiana, denuncian esas 
orientaciones como contrarias al Evangelio y prescinden en la práctica 
de los grupos cristianos que siguen una orientación diferente y de la 
misma Jerarquía y reducen la comunión eclesial a la pertenencia a la 
propia comunidad y a la simpatía con los grupos o las comunidades 
afines a la propia en sensibilidad, forma de pensar y orientación.
Pero un deterioro semejante de la conciencia de pertenencia, aunque 
de signo diferente, se manifiesta en otros grupos de cristianos también 
preocupados por vivir personalmente su cristianismo y también 
agrupados en pequeños núcleos, comunidades o movimientos. 
También ellos han seleccionado aspectos de la vida cristiana, como el 
cultivo de la oración, la vida interior entendida de forma falsamente 
espiritualista; también ellos limitan en la práctica su pertenencia a la 
Iglesia a la pertenencia a su grupo o movimiento, y su adhesión a la 
Jerarquía se basa, sobre todo, en la convicción de que algunas de sus 
orientaciones coinciden con las del propio grupo, como muestra el 
hecho de que seleccionen a los representantes de la Jerarquía a los 
que se adhieren y muestren a algunos la adhesión que han negado a 
otros. También, pues, estos grupos de cristianos presentan carencias 
importantes en relación con la pertenencia, con la particularidad 
agravante de que se presentan a sí mismos como la única realización 
del cristianismo y tienden a excluir como herejes o cismáticos a quienes 
lo realizan de otra forma. En algunos casos se podría decir que, más 
que conciencia de pertenencia a la Iglesia, parecen tener conciencia 
de que la Iglesia les pertenece, y en exclusiva, a ellos.
CR/ECLESIALIDAD: Verdaderamente, aunque sea cierto que estamos 
viviendo "el siglo de la Iglesia", no podemos decir que el catolicismo 
actual sea un modelo de realización de la eclesialidad de la fe cristiana 
ni que los católicos actuales demos muestras de vivir de forma 
satisfactoria la pertenencia a la Iglesia. Ahora bien, si es verdad que la 
eclesialidad es un rasgo constitutivo del ser cristiano, si es verdad que 
no existe un cristianismo privado, esta erosión de la pertenencia 
amenaza con dañar la propia existencia cristiana y nos está 
exponiendo a los cristianos actuales a una verdadera perversión del 
cristianismo.
Por eso es importante que redescubramos los rasgos de la 
pertenencia eclesial y que nos ayudemos a despertar la conciencia y a 
purificar y revitalizar el sentimiento y la práctica de la pertenencia a la 
Iglesia.

2. Rasgos fundamentales de la pertenencia eclesial
I/PERTENENCIA / RASGOS: Todos tienen su raíz en la inclusión de la 
Iglesia en el orden del Misterio. Pertenecer a la Iglesia no es dar 
nuestro nombre a una asociación, apuntarnos a un club o sacar el 
carnet de un partido. Todas estas instituciones tienen en común el que 
surgen de la voluntad de asociarse de los miembros que las 
constituyen. La Iglesia, en cambio, es la última concreción visible de 
ese misterio de Dios, revelado en Jesucristo, que es su voluntad de 
salvar a los hombres haciendo de ellos su pueblo, convirtiéndolos en 
su familia santa. Por eso la pertenencia a la Iglesia no es, en primer 
término, el resultado de una opción por nuestra parte, es fruto de la 
convocación, de la llamada y del don de Dios Y antes de ser 
congregata, congregada, la Iglesia es congregans, es la que convoca 
a los que pasan a formar parte de ella. La pertenencia a la Iglesia está 
marcada por el carácter descendente y gratuito que caracteriza a 
nuestra relación con Dios. CON-DIOS /QUE-ES: No conocemos a Dios 
abarcándolo y dominándolo, como hacemos con los objetos; conocer a 
Dios es dejarse penetrar por él, dejar que se transparente su 
presencia a través de nuestra conciencia; no amamos a Dios 
haciéndolo objeto de nuestro deseo, como hacemos con los bienes del 
mundo; amar a Dios es dejarse invadir por su amor. Y pertenecer a la 
Iglesia no es elegirla por nuestra parte, sino dejarnos llamar y elegir 
por Dios para ser miembros de su heredad. La pertenencia es un don 
que se nos otorga y no un favor que hacemos. Por eso resulta extraño 
escuchar a veces a algunos cristianos las razones por las que no 
abandonan la Iglesia, sin caer en la cuenta de que hay que estar 
dando siempre gracias de que ella no nos haya abandonado a 
nosotros.


Pero, como todos los dones de Dios, éste es un don personal que está 
pidiendo la aceptación y que puede, para desgracia del hombre, ser 
rehusado. Por eso es indispensable personalizar la pertenencia, que 
no puede reducirse a la herencia biológica o cultural, a mero resultado 
del condicionamiento social o de la pertenencia jurídica a una nación o 
a un estado determinado. La llamada de Dios tiene como finalidad la 
constitución de un pueblo, pero Dios quiere constituirlo con personas 
que aceptan libremente su designio y responden personalmente a él.
La inclusión de la Iglesia en el orden del Misterio hace que la 
pertenencia a ella confiera a quienes aceptan su llamada una nueva 
dimensión. Por eso los textos cristianos llaman a los miembros de la 
Iglesia "santos" y "ungidos". La Iglesia forma parte del Misterio de Dios, 
porque es el sacramento de Cristo y está animada por su Espíritu. Y la 
pertenencia a la Iglesia, introducción en el Misterio de Dios, incorpora a 
Cristo y permite la comunión en su Espíritu. Este es el núcleo de la 
Iglesia; ahí está la piedra angular del edificio que constituye, y hasta 
esa profundidad y hasta esa altura introduce al hombre su pertenencia 
a la Iglesia. Todo lo demás que pueda obtenerse en ella es accidente 
insignificante, y todos los beneficios temporales o culturales que pueda 
ofrecer no compensarían el terrible vacío que dejaría en ella el olvido 
de la presencia de Jesucristo. "Si Jesucristo no constituye su riqueza, 
la Iglesia es miserable. Si el Espíritu de Jesucristo no florece en ella, la 
Iglesia es estéril".1
Por eso, también, la pertenencia a la Iglesia no se basa en razones 
humanas. El cristiano no se decide a pertenecer a la Iglesia ni, en los 
momentos de tentación y de duda, se resuelve a perseverar en ella, 
por razones humanas, de cualquier tipo, que puedan darse: la 
seguridad psicológica que ofrece, la belleza de sus celebraciones, la 
intensidad de los lazos afectivos entre sus miembros, la coherencia de 
su doctrina. La razón de pertenecer a la Iglesia es que en ella nos ha 
salido y nos sale permanentemente al encuentro Jesucristo y su 
Espíritu como revelación de Dios. El único fundamento por nuestra 
parte para la pertenencia es la respuesta viva de nuestra fe a esa 
revelación de Dios. Y las vacilaciones en la fe desestabilizan la 
pertenencia; y cuando la pertenencia es puesta en cuestión en el 
interior del corazón, se hace problemática la fe.
Pero precisamente porque la revelación del Dios de Jesucristo 
acontece con ese sacramento de Jesucristo que es la Iglesia, tal 
revelación no es una comunicación privada de Dios al hombre, ni la fe 
es la respuesta de una persona aislada. La revelación y el encuentro 
con ella se producen en la congregación de la Iglesia. Por eso la última 
concreción visible del misterio de Dios es esa nueva congregación de 
personas antes dispersas, ese nuevo pueblo, compuesto por los que 
antes no eran pueblo, que es la Iglesia. Y por eso también, la raíz de la 
congregación no son ni las iniciativas de sus miembros, ni la simpatía 
mutua que puedan sentir, ni la familiaridad de la carne, ni la afinidad 
ideológica. El lazo de unión en la nueva familia es mucho más hondo y 
une .de forma más estrecha. Es la comunión en la misma vida de Dios, 
la comunión en el mismo Espíritu, capaz de unir más allá de la afinidad 
de pensamiento, la confluencia de intereses y la sintonía afectiva —o 
la falta de todas estas condiciones— entre los congregados en la Iglesia.
La insistencia en esta condición misteriosa de la Iglesia confiere a la 
pertenencia eclesial una dimensión también misteriosa y 
verdaderamente  mística a la que es imposible renunciar si se quiere 
realizar con autenticidad y con hondura. Pero la Iglesia —precisamente 
por ser sacramento de Jesucristo— comporta igualmente un lado 
visible que determina la existencia de unos rasgos no menos visibles 
en la pertenencia eclesial.


Y, como sucede en otros aspectos del cristianismo, es la presencia de 
este lado visible y, sobre todo, su relación con su cara misteriosa lo 
que hace difícil la realización concreta e integral de la pertenencia 
eclesial. Porque la visibilización de Jesucristo que comporta ese 
sacramento de su presencia que es la Iglesia exige estructuras que 
tienen tendencia a endurecerse, a volverse rígidas y obstaculizar así la 
vida a la que tendrían que servir. Porque esa visibilización tiene lugar a 
través de personas que pueden no estar a la altura de su misión e 
incluso ser personalmente infieles a la presencia que están llamadas a 
visibilizar. Porque la condición sacramental de la Iglesia se encarnará 
en mediaciones cúlticas, sacramentales, jurídicas, todas ellas 
históricas, que con frecuencia se hacen inmutables y corren el riesgo 
de permanecer como fósiles, en lugar de transformarse para adaptarse 
a las nuevas condiciones de vida. Y la pertenencia a la Iglesia y la 
participación en el Misterio que visibiliza exige, por una parte, decir un 
"sí" decidido y sin reservas a la Iglesia concreta, que es la única que 
existe 2 y, por otra, mantener abiertas las concreciones de esa Iglesia 
(con frecuencia no sólo humana, sino demasiado humana) al ideal del 
Misterio al que remiten, contrastarlas con él e incluso reformarlas para 
que realicen mejor su función presencializadora.
Este lado visible de la Iglesia, hecho de fórmulas racionales en las que 
se reconoce la fe de los congregados en ella, de normas destinadas a 
expresar la forma que han de revestir las relaciones que los unen, de 
acciones rituales en las que la comunidad en su conjunto celebre la fe 
común en la presencia constituyente del Señor; este lado visible, 
formado sobre todo por las personas en las que se encarna la familia, 
el pueblo y la heredad a través de las cuales Dios quiere hacer llegar 
su designio a todos los hombres; esto, que es lo que permite la 
visibilización de la salvación, es lo que, debido a la rutina, a la debilidad 
o a la infidelidad de las personas y al peso y a la resistencia de las 
instituciones, puede convertirse en pantalla que impida brillar a la luz o 
en piedra de escándalo que haga a los hombres tropezar. Este lado 
visible es el que puede poner resistencia a la comunicación de la vida 
y, en ocasiones, convertirse en fuente de desilusión y de sufrimientos 
para personas despiertas a la acción del Misterio y capaces de medir 
la desproporción de la Iglesia concreta frente a la altura de su ideal y 
de su misión.


A este lado de la Iglesia se refieren las más frecuentes tentaciones 
contra una correcta pertenencia. Para algunos, porque, "chocados" 
por las limitaciones del lado visible, humano y demasiado humano, de 
la Iglesia, orientan su pertenencia hacia su cara invisible 
exclusivamente, y afirman tan sólo una Iglesia ideal que no existe más 
que en su fantasía; aceptan en teoría sus estructuras, pero rechazan 
la configuración histórica que de hecho revisten; reconocen la 
necesidad de los ministerios, pero prescinden de las personas que los 
encarnan de hecho, debido a las limitaciones o las deficiencias que 
arrastran; y al final, su afirmación de la Iglesia corre el peligro de 
reducirse a la afirmación de una teoría sobre la necesidad de la Iglesia 
y, por no confiar en lo visible, que es la condición de la realización 
efectiva, de la presencialización de la salvación, se quedan en una 
soledad orgullosa o desconfiada que tiene poco que ver con la 
economía de la encarnación en la que Dios ha querido comunicarnos 
su vida.
Para otros, porque, al absolutizar este lado visible, ignoran en la práctica su condición relativa; lo convierten en algo inmutable, insensible al paso del tiempo, separado de las circunstancias sociales y culturales; eluden confrontarlo perennemente con el Misterio al que sirve y en el que tiene su criterio de autenticidad; y al final, por una pretendida fidelidad a la Iglesia concreta, terminan por ser infieles a la Iglesia real: la que, por vivir de la presencia siempre actual del Misterio, no es anacrónica a ninguna época, sino que renueva permanentemente su visibilidad y rejuvenece onstantemente sus manifestaciones históricas, porque hace presente al que era ayer, es  hoy y será siempre y al que ha dicho con toda verdad: he aquí que hago nuevas todas las cosas (Hb 13 8; 2 Cor 5,17; Ap 21,5).

Pero, en general, no es tanto la comprensión de la pertenecia como su realización efectiva lo que constituye una real dificultad para los cristianos. Por eso enunciaremos a continuación algunos principios para el ejercicio de la pertenencia eclesial en tiempos de crisis de la institución como los nuestros.

 

3. Algunos principios para el ejercicio de la pertenencia a la 
Iglesia


-Nunca lo repetiremos bastante. Nuestra pertenencia a la Iglesia tiene 
su origen en una llamada gratuita que ha hecho de nosotros, que 
éramos no compadecidos, personas en las que se ha derramado la 
compasión de Dios; de nosotros, que no éramos pueblo, ha hecho un 
pueblo; de los enemigos por el pecado ha hecho hijos de su familia: 
pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal (/1P/02/09-11). 
Por eso el rasgo fundamental del ejercicio de la pertenencia como el 
del ejercicio de la existencia cristiana en su conjunto es el gozo 
agradecido de quien se ve beneficiario de un don que excede todas 
sus expectativas, que resulta inimaginable incluso para las mejores 
aspiraciones humanas, que excede cuanto nosotros podíamos 
esperar, y por eso se distingue de todos los otros gozos "motivados" 
—es decir, aquellos que son el resultado de la satisfacción de un 
deseo, de la solución de una necesidad— en que viene de más allá de 
nosotros, sobreabunda como la gracia y no es dominable por nosotros, 
porque no depende de nosotros. Desde ahí se comprenden las 
imágenes con que se ha simbolizado a la Iglesia. Ella es la barca que 
hace posible la travesía peligrosa de la vida; la viña plantada y cuidada 
por el Señor; la casa edificada sobre roca en la que encontramos 
refugio seguro y hogar cálido; ella es la madre en cuyo seno hemos 
nacido a la nueva vida. Por eso no tiene sentido una pertenencia que 
se ejerza bajo la forma de la obligación más o menos penosa 
—también en esto tenemos que pasar del régimen de la ley al de la 
gracia—, y menos todavía bajo la forma de un servicio que se preste o 
un favor que se haga a la Iglesia por el hecho de pertenecer a ella. 
Por eso también resultan difíciles de comprender los ejercicios de la 
pertenencia que, por dificultades para asimilar alguno de los aspectos 
de la visibilidad de la Iglesia o por disentir en relación con 
determinadas orientaciones de la jerarquía —cosa que puede ser 
legítima y hasta necesaria—, estando quienes la viven dentro de la 
Iglesia, establecen distancias y reservas y declaran pertenecer sólo 
parcialmente a ella. Porque, si es verdad que hay un largo camino 
hasta la pertenencia plena y que hay que respetar la situación de cada 
persona en relación con ella, lo que resulta difícil de entender es que 
las tensiones, los conflictos, las divergencias y los disentimientos en el 
seno de una Iglesia compuesta por cristianos de muy diferentes 
mentalidades y situaciones, justifiquen que ninguno de ellos se 
conforme con una pertenencia parcial a la Iglesia o se desidentifique 
en su interior en relación con ella. Al contrario, tales situaciones, que 
pueden justificar actitudes de crítica en relación con determinadas 
directrices incluso de la Jerarquía, exigen de los que se vean forzados 
a ellas un esfuerzo mayor de profundización en la pertenencia, de 
identificación más plena y de adhesión más cordial. Y es esta 
aceptación cordial de la pertenencia lo que dará validez a esas críticas 
y lo que evitará que los disentimientos se conviertan en disensiones 
que den lugar a rupturas en la comunión de la Iglesia.

-Pero (otra vez como toda la vida cristiana) la pertenencia a la Iglesia, 
además de don, es tarea. Pertenecer a la Iglesia exige del cristiano la 
puesta en ejercicio de una serie de actos y actitudes sin los que la 
pertenencia se reduciría o a dato jurídico o a realidad pretendidamente 
mística sin contenido real en la vida de las personas. Pertenecer a la 
Iglesia es haber sido convocado a formar parte del pueblo de Dios y, 
por tanto, ejercer en todos los niveles de la vida una existencia de 
miembro de ese pueblo, una vida de persona realmente congregada. 
La forma de vida del pueblo de Dios puede resumirse en una palabra: 
la comunión. Como todos los imperativos cristianos, ésta tiene su base 
en el indicativo de un hecho nuevo. En este caso, la participación por 
todos los miembros de la Iglesia del mismo espíritu que el Resucitado 
ha ganado para ellos. De esta unanimidad fundamental (un mismo 
Espíritu) se sigue, como primer nivel de la comunión eclesial, la 
necesidad de unas acciones comunes en las que todos los miembros 
de la Iglesia tenemos que colaborar: escucha de la Palabra, 
participación en los sacramentos, difusión del Evangelio, transformación

del mundo... Pero por debajo de estas acciones está la conciencia de la corresponsabilidad de una Iglesia que es cosa de todos y de cuya vida y crecimiento todos tenemos que responder. Más allá de esta actitud corresponsable se sitúa todavía la convivencia —en el sentido más fuerte; la co-existencia, en el sentido literal— con la vida misma de Dios que es la gracia; convivencia que, si no quiere quedarse en piadoso deseo, deberá manifestarse en la realización de una vida comunitaria que llegue a compartir en alguna medida hasta los bienes.

-Pero también la comunión puede sufrir distorsiones. Todos tendemos 
a representárnosla —y los miembros de la Jerarquía en todos sus 
grados más que el resto de los cristianos— como la adhesión de los 
demás a nuestra forma de entender y vivir el cristianismo. Nos 
representamos así la comunión como como un movimiento de abajo a 
arriba por el que los fieles se adhieren a las normas, la disciplina o la 
interpretación del evangelio que nosotros proponemos. La verdadera 
comunión, en cambio, actúa en todos los sentidos y fuerza a los 
diferentes grados jerárquicos a escuchar al Espíritu, presente en todo 
el pueblo de Dios, y permitir el desarrollo de todos sus dones. Así, el 
servicio de la comunión por la Jerarquía, más que imponer a los 
cristianos la propia "sensibilidad", deberá garantizar el desarrollo de 
todas las que caben dentro de la vasta Iglesia, sin conceder la 
preponderancia a ningún grupo o corriente ni marginar en la práctica a 
otros.

-Pero no nos quedemos tan sólo en las posibles desfiguraciones de la 
comunión. Aludamos al estilo de vida que comporta su realización. Vivir 
la comunión es fomentar la relación efectiva entre los diferentes 
miembros del pueblo de Dios. Es comunicarse y, por tanto, dialogar, es 
decir, escuchar la voz del otro como capaz de enriquecer la propia 
visión de la realidad y aportarle lealmente la que nuestra experiencia y 
nuestra reflexión nos han permitido adquirir. Y esta comunicación tiene 
que llegar a ser una verdadera communio in sacris, es decir, 
participación de las mismas raíces de nuestra vida cristiana: la fe, la 
esperanza y la caridad. Pero el diálogo supone que todos nos dejemos 
enseñar y que nadie se arrogue el oficio de maestro único, que sólo 
corresponde al Señor; vivir la comunión es buscar y fomentar las 
fuerzas centrípetas de nuestra vida, aquellas que parten del centro 
común y nos conducen a él, en lugar de aferrarnos cada uno a la 
parcial configuración que adquieren esas fuerzas cuando pasan por 
nuestra sensibilidad, nuestra mentalidad, nuestros intereses y nuestra 
historia. Ejercer la comunión significará, además, participar con las 
fuerzas propias en la mutua edificación —en la edificación de la casa 
común, de la comunidad—, en lugar de emplearlas en parapetarnos, 
defender nuestras posiciones y disolver lo que otros construyen, sólo 
por la razón de que no coincida con nuestros gustos. Ejercer la 
comunión supondrá, en ocasiones, denunciar las deficiencias que nos 
parezca ponen en peligro la identidad de la Iglesia, en cualquier nivel 
que esas deficiencias se produzcan. Y una Iglesia en la que el 
ministerio ordenado o los laicos callen las deficiencias que observan en 
los demás, por cobardía o por complacencia, será una Iglesia de 
componendas, de consensos humanos, pero sin comunión, porque 
ésta supone el Espíritu, y donde está el Espíritu están la verdad y la 
libertad. Cómo deba realizarse esta tarea para que no dañe a la 
realización de la comunión a la que quiere servir es cuestión delicada. 
Pero recordemos las normas sobre la corrección fraterna como posible 
punto de partida para ese necesario y difícil arte del disentimiento en el 
interior de la comunión. Y en un terreno en el que, tal vez como en 
ningún otro, estamos expuestos a la debilidad, a la equivocación y a la 
torpeza, no olvidemos que los escritos apostólicos están llenos de 
recomendaciones a la paciencia, a sobrellevarse mutuamente y, 
cuando sea necesario, al mutuo perdón, recordando que a nosotros 
nos han perdonado antes.3

-El ejercicio de la pertenencia eclesial se ha viciado a veces, en la vida 
de los cristianos, por reducirla a un acto por el que nos acogemos a la 
Iglesia —arca y tabla de salvación— para librarnos del naufragio en un 
mundo lleno de peligros. Pero el ser de la Iglesia no se agota en esas 
imágenes, ni nuestra pertenencia a ella puede reducirse a que nos 
acojamos a su amparo La Iglesia es luz, sal y fermento para la 
salvación del mundo Y pertenecer a ella comporta, por tanto, participar 
en su misión al mundo para servirlo y salvarlo. Porque una pertenencia 
vuelta exclusivamente hacia el interior desemboca con frecuencia en 
ese narcisismo espiritual que se ha denunciado como eclesiocentrismo. 
No; la Iglesia es —como el Dios de Jesucristo— por los hombres y para 
los hombres, y tiene que construirse en todos sus niveles, y también en 
estos más profundos con referencia a aquellos a los que ha sido 
enviada. ¡Cuántas pequeñas querellas internas, además, desaparecen 
con sólo mirar hacia las tareas urgentes que nos aguardan y que esas 
querellas están dificultando! Además de que el Señor ha dado como 
señal por excelencia de credibilidad para los suyos el amor mutuo y la 
unidad entre ellos (Jn 17,21), ya que mal podremos anunciar el 
proyecto de Dios de hacer de todos los hombres un pueblo si nos 
mostramos incapaces de realizarlo en los límites estrechos de nuestra 
misma comunidad

-El ejercicio de la pertenencia exige, sobre todo, de esos miembros que 
somos los hijos de la Iglesia (necesariamente diferentes por talante, 
mentalidad, intereses, sensibilidad e incluso por tener distintas 
funciones en su seno) fidelidad de cada cual a su don y a su tarea 
como don y tarea del Espíritu. El peligro aquí es que una tarea, un 
ministerio, por importante que sea, pretenda acaparar el Espíritu o 
pretenda interponerse entre El y el resto de los cristianos, haciendo 
vana la única mediación de Jesucristo. Desde la fidelidad al propio don 
como don del Espíritu, desde la transparencia al Espíritu que podemos 
llamar santidad —esa santidad a la que todos somos llamados—, no 
habrá peligro de que el ejercicio incluso apasionado de los propios 
carismas conduzca a la ruptura de la comunión, con tal de que esa 
fidelidad vaya acompañada del respeto cuidadoso, la aceptación y la 
promoción de los dones de los demás.

-La pertenencia eclesial, por último, tiene que ver también con nuestra 
forma de vivir el tiempo y la historia. Pertenecemos a una Iglesia que 
constituye el comienzo del final —si cabe hablar así— en la historia de 
la salvación. Por estar en la línea del final, no cabe esperar una etapa 
posterior a ella dentro de la historia. Esta es ya la era del Espíritu, y 
cualquier milenarismo está excluido por la donación del Espíritu que el 
Señor nos ha otorgado. Pero la Iglesia vive todavía en el tiempo y tiene 
que hacer crecer la presencia del Reino en el mundo, tiene que ir 
aproximándolo a él. Por tanto, la pertenencia a la Iglesia no significa 
anclarse en ninguna de las épocas pasadas de su historia ni mirar con 
nostalgia a otras, aunque nos parezcan mejores. Son muchos los datos 
que nos permiten dudar que lo sean de verdad. Y en todo caso, a 
nosotros nos toca construir la Iglesia en nuestro tiempo. Y si la 
pertenencia comporta fidelidad a la tradición, esta fidelidad exige de 
nosotros el esfuerzo por reasumirla e incluso recrearla en las 
circunstancias propias de nuestra época. Secularizado, envuelto en un 
clima cultural de increencia, alejado o en trance de alejarse de la 
Iglesia, injusto nuestro mundo, y nuestro mundo occidental, es la hora 
en que el Señor nos ha llamado a trabajar en su viña. Y no faltan 
indicios de que también en él —yo me atrevo a pensar que tanto como 
en otros momentos históricos— hay puntos de conexión para la 
edificación de una Iglesia con los materiales que él nos proporciona. Y 
no sería buena forma de pertenecer a la Iglesia intentar construirla en 
nuestros días con estilos que reproduzcan las formas de otro tiempo. 
Ni el neotomismo ni la neoescolástica, ni el neogótico ni el 
neoconfesionalismo, ni ninguno de estos viejos "neologismos prácticos" 
son fórmulas adecuadas para edificar la Iglesia ni fórmulas que 
proponer a los cristianos para pertenecer a ella. Con nuestra fidelidad 
a Dios, contemporáneo de todos los tiempos, a Jesucristo que era 
ayer, es hoy y será siempre, al Espíritu que sigue hablándonos a 
través de los signos de los tiempos, y a los hombres nuestros 
hermanos, a los que la convocación a la Iglesia nos envía a servir, 
podemos reconstruir con nuestra pertenencia gozosa, activa y fiel la 
Iglesia en nuestros días, haciéndola avanzar hacia el ideal de la que 
desciende de los cielos, ataviada como una novia, sin arruga y sin 
mancha, verdadera morada de Dios con los hombres (Ap 21).

-Pero bien sabemos que este ideal está lejos. Muchas cosas la afean 
hoy a la vista de todos: su connivencia con el poder, su debilidad 
frente a los poderosos y su rigor con los débiles: su miedo a la libertad; 
su acomodación al espíritu del mundo; sus rigideces y 
acantonamientos; su ridícula afición a la ampulosidad, el boato y la 
vanagloria; su tendencia a convertir las rutinas en leyes; su afán de 
dominio de las conciencias, cuya interioridad pertenece sólo a Dios; su 
afición a las fórmulas elocuentes y sonoras que no se corresponden 
con la realidad de su práctica... y así podríamos seguir casi 
indefinidamente. Y bien sabemos, además, que estas plagas de la 
Iglesia se las producimos entre todos: con nuestra infidelidad, nuestra 
torpeza, nuestros miedos, nuestra falta de fe y esperanza; con la 
lejanía de nuestras vidas en relación con el Evangelio; con nuestro 
lejano y superficial seguimiento del Señor. Por eso nuestra acusación a 
la Iglesia se vuelve contra nosotros y se torna invitación a la 
conversión como condición de una más perfecta pertenencia. Y aun 
siendo conscientes de estas plagas y arrugas de nuestra Iglesia 
concreta, somos también conscientes del beneficio inmenso que 
supone el simple hecho de pertenecer a ella (De Lubac); sabemos que 
en ella hemos orado y suspirado por la eternidad del Dios Santo; en 
ella hemos escuchado las palabras de vida eterna que el Señor pone 
en su boca; en ella hemos experimentado la gracia que nos transmite a 
través de sus sacramentos; por ella hemos experimentado lo eterno 
que habita dentro de nosotros (K. Rahner); en ella recibimos, sobre 
todo de los más pequeños, ejemplos admirables de paciencia, 
solidaridad, valentía, generosidad y seguimiento del Señor; y por eso, 
a pesar de todas sus manchas y arrugas, podemos decir a los 
cristianos de ahora como los cristianos de otros tiempos nos han dicho 
a nosotros: "¡No te separes de la Iglesia! Ningún poder tiene su fuerza. 
Tu esperanza es la Iglesia. Tu salud es la Iglesia. Tu refugio es la 
Iglesia. Ella es más alta que el cielo y más dilatada que la tierra. Ella 
nunca envejece: su vigor es eterno".4

 

 

SAL TERRAE 1988/05. Págs. 343-356

....................
1. H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Desclée de Brouwer, Bilbao 1961, 
p.218.
2. Cf K RAHNER, "Uber das ´Ja´ zur konkreten Kirche", en Theologische Akademie 
6, Knecht, Frankfurt a.M. 1969, pp. 9-28.
3. Recuérdense los pasajes relativos al "allellón" ("unos a otros") recogidos por G. 
LOHFINK en La Iglesia que Jesús quería, Desclée de Brouwer Bilbao 1986. pp. 
109-117. 
4. S. JUAN CRISOSTOMO (cit. por H. de Lubac en o. c., p. 208).

 

+++

 

PUEBLO DE DIOS – TEXTOS

 

1.     I/C. SOLOS NO PODEMOS SER CRISTIANOS.
-La Iglesia es el conjunto de hombres y mujeres que a lo largo de la historia se han ido transmitiendo el testimonio de JC hasta llegar a nosotros; es el lugar en el que podemos vivir y llenarnos de estos signos simples (pan, palabra... ) en los que reconocemos la presencia de JC; es el encuentro con otros, que como nosotros, quieren vivir el seguimiento de Jesús y sin los cuales nosotros estaríamos demasiado 
solos como para poder intentar ser cristianos.
........................................................................
2. JERARQUIA/C .
Decía ·Cipriano-SAN: "No quiero hacer nada por mi propio parecer sin tener en cuenta vuestro consentimiento y el del pueblo".
........................................................................
3. C/AGUSTIN-SAN:
La comunidad, un fruto del Espíritu 
«Rezar juntos, pero también hablar y reír juntos.
Intercambiar favores, leer juntos libros bien escritos. Estar juntos bromeando y juntos serios. Estar a veces en desacuerdo para reforzar el acuerdo habitual. Aprender algo unos de otros o enseñarlo los unos a los otros. Echar de menos a los ausentes con pena, acoger a los que llegan con alegría y hacer manifestaciones de este estilo y del otro, chispas del corazón de los que se aman y atraen, expresados en el rostro, en la lengua, en los ojos, en mil gestos de ternura, y cocinar los alimentos del hogar en donde las almas se unan en conjunto y donde varios no sean más que uno».
·Agustín-SAN
........................................................................
4.C/CONGAR.
En la estructura de la Iglesia del mañana será preciso contar con unos lugares en que el hombre se rehaga, encuentre de nuevo el significado de las cosas y de sí mismo, critique con lucidez sus propias alienaciones, se exprese libremente, comunique con los demás y experimente la fuerza del amor.
·CONGAR-Y
........................................................................
5. APOSTOL/ DOCE I/ PUEBLO-DE-DIOS 
Ya la elección de los doce para formar un grupo destacado de los demás discípulos indica que aquí se trata de la formación de una comunidad nueva, pero ese hecho es aclarado todavía más por el número doce que forman los elegidos. Cristo eligió doce y no fue por capricho o por casualidad.
El número doce tenía entre los semitas un 
simbolismo especial, como ya hemos dicho.
Para los israelitas era especialmente santo por los doce patriarcas y las doce tribus descendientes de ellos (Mt. 19, 28; Act. 26, 7). Israel era el pueblo de las doce tribus. La elección de los doce recuerda el número de los patriarcas; era, por tanto, como signo de plenitud. Del tiempo mesiánico se esperaba justamente la restauración de las doce tribus de Israel. 
Cuando Cristo elige a los doce, implícitamente está diciendo que ha llegado el tiempo de nacer un nuevo pueblo de doce tribus, un nuevo Israel, el Israel del espíritu que sustituirá al Israel de la carne, el pueblo de doce tribus del Nuevo Testamento que fue profetizado por Isaías y Jeremías. Los patriarcas aparecen como tipos de los doce y éstos como contratipos de lo que representaban los patriarcas. Los doce 
simbolizan el nuevo pueblo de Dios; a la vez son su comienzo y principio: sobre ellos descansa como sobre sus cimientos. Nace un nuevo pueblo de Dios y son instituidos nuevos patriarcas (cfr. Ia expresión epoíesen); son instituidos por Cristo, con lo que El desempeña un papel semejante al de Jacob. La comparación con Jacob, descendiente de Abraham, se aclara también en el hecho de que el cielo se abre sobre Cristo y los ángeles suben y bajan (/Jn/01/51); Jacob vio en sueños ángeles que subían y bajaban como por una escalera (Gen. 28, 10-11); San Juan cuenta además que en Samaría y junto al pozo de Jacob Jesús es comparado con Jacob (Jn 4, 1-42). En la elección de los doce se expresa, por tanto, la relación con el antiguo pueblo de las doce tribus y la diferencia de él. El nuevo pueblo nace del antiguo y crece sobre él y lo trasciende; y así resulta que en el reino de Dios los doce se sentarán en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (/Mt/19/28). 
La importancia del número doce se destaca después de la traición de Judas; como el número no estaba completo por culpa del suicidio de Judas (Jo. 20, 24; I Cor. 15, 5) se trató de completarlo. Fue elegido a suertes; se debía encontrar así al elegido por Dios (Act. 1, 21-26). La suerte eligió a Matías. Después no se llenaron ya más los huecos hechos por la muerte de los apóstoles (Act. 12, 2). El círculo de los doce fue evidentemente entendido como principio y fundamento del nuevo Israel; cuando cumplió su misión y el nuevo pueblo de Dios empezó a vivir, ya no necesitó existir. La expresión -frecuentemente repetida- «uno de los doce» indica hasta qué punto se tuvo conciencia de que el círculo de los doce formaba un grupo fijo y concreto.
(Mt. 26, 14; Mc. 14, 10. 20. 43; Lc. 22, 3. 47; lo. 6, 71; 20, 24).

SCHMAUS - TEOLOGIA DOGMATICA IV - LA IGLESIA - RIALP. MADRID 1960.Págs. 121 s.

 

 

+++

 

 

Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

+++

 

Parece que los políticos y novelistas de moda se han puesto de acuerdo para escupir sobre el cristianismo. Parece que el pensamiento único quiere dar una vuelta de tuerca y barrer la presencia cristiana de la vida europea. En realidad, esos políticos y escritores repiten la ingenuidad de Herodes, y me temo que tropezarán en la misma piedra, como ya tropezaron sus ilustrados padres. Paul Hazard nos dice que el Siglo de las Luces fue crítico hasta la extenuación, y que el centro de su crítica tenía un nombre propio: Jesucristo. Mucho más que una reforma, querían abolir la Cruz, eliminar la posibilidad de una comunicación entre Dios y el hombre.
Hazard lo explica en ese libro extraordinario que es El pensamiento europeo en el siglo XVIII, en una primera parte que titula El proceso al cristianismo. Podríamos pensar que exagera si no viéramos lo que estamos viendo, y si Julián Marías no hubiera dicho lo mismo en La perspectiva cristiana, otro lucidísimo ensayo que cobra ahora más actualidad que nunca. Desde que existe el cristianismo –explica nuestro pensador–, el ser humano se ha podido ver de una manera nueva. En primer lugar, creado. En segundo lugar, libre. Y, además, imagen de Dios y amado por Él para siempre, de manera que seguirá viviendo después de la muerte corporal y biológica. Todo ello representa una radical novedad, una innovación histórica de una magnitud incomparable con cualquier otra. Sin embargo, «se puede hablar de un proceso de descristianización en varias etapas, realizado por distintos equipos que se han ido relevando, con extraña continuidad, desde el siglo XVIII».
Por sí algún novelista desea tomar nota, un Dostoyevski ateo dispuso de media docena de años para pensar, preso en Siberia, sobre la vida humana y su sentido. Fruto de esa experiencia es Memorias de la casa muerta, un magnífico relato que inaugura el género de las memorias de presidio. Pero Dostoyevski vivió en Siberia una experiencia mucho más intensa que la carcelaria. Pudo leer el Nuevo Testamento, y en esas páginas descubrió que «nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero, además –y lo digo con un amor entusiasta–, no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, yo preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad».
En este asunto, el problema de nuestros políticos es que se ven obligados a negar la evidencia, pues está claro que la Historia no ha sido dividida por Julio César o Pendes, ni por Picasso o Fidel Castro, sino por Jesucristo. Y que su autoridad es radical e inaudita: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Hegel y Nietzsche –que no son curas ni profesores de Religión– afirman que la realidad histórica de Jesucristo ha hecho violencia a la Historia hasta convertirse en su quicio, hasta cambiar su derrotero de forma irreversible. Hoy, mientras releo a Hopkins, tan querido y tan bien traducido por Dámaso Alonso, me llaman la atención los títulos y piropos que dedica al Dios encarnado: Orgullo, Rosa, Príncipe, Héroe nuestro, Amor del corazón, Señor de las mareas, del antiguo diluvio, del año que termina... Y no me cabe duda de que es también Señor de los políticos.

José Ramón Ayllón – 2004.11.07-Esp-

 

+++

 

Dirigida por el Espíritu Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de exhortar a sus hijos a la purificación y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el rostro de la Iglesia.

 

+++

 

La Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos.

La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios. 2008-02-29

 

+++

 

La Iglesia no es enemiga de la historia, ni mucho menos. Es, si acaso en estos momentos de memorias como amnesias y de amnesias como memorias, la institución que, una vez más, está empeñada en salvar la historia, preservar la historia. A este paso, la verdad de la historia terminará por refugiarse entre los muros de lo sagrado, como aquel tiempo en el que el saber clásico greco-latino se refugió entre las tapias de las abadías y de los monasterios.

 

+++

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Benedicto XVI recordó que «’el gran Galileo’ consideraba que la Naturaleza y la Biblia eran dos libros escritos por el mismo Autor. El libro de la Naturaleza, escrito en lengua matemática, porque para construir el Universo es necesario el rigor de la matemática; la Biblia, siendo palabra de Dios, tenía que ser escrita en cambio en un lenguaje sencillo y accesible a todos, como deben ser los valores de nuestra existencia, que es una simbiosis de la esfera inmanente y de la esfera trascendental». 2008.I.

 

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

"En caso de hallar un enlace o subenlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail , suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio."

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad” . Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica: ¿por qué no lo sabemos?
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título: Jesús de Nazaret. La verdad de su historia.
Autor: Juan Antonio Martínez Camino, S.J. - Editorial: EDICEL

 

Recomendamos vivamente: Título: ¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).