Monday 24 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 14º cuerpo Cristo dogma catolicidad verdad universal unidad Pablo

 

Verdad es sinónimo de dogma. Sin embargo y es comprensible, para algunos es la horrible palabra dogma - Es bastante típico de nuestra época confusa, llena de fuegos fatuos irreflexivos, el hecho de que la palabra dogma se haya convertido para muchos casi-casi en un improperio. Se habla de postura dogmática y con ello se quiere decir postura ergotista. Se califica a una persona de dogmática y con ello se pretende expresar que es un testarudo obstinado. Se proclama con indignación que en la época actual no queda ya lugar para dogmas. Pero el mayor reproche va dirigido a las iglesias, acusándolas de dogmatismo extremado en sus doctrinas.

El maestro que nos enseña que dos por dos son cuatro nos está enseñando un dogma, un dogma aritmético. Naturalmente soy muy libre de desconfiar de él considerándole un testarudo obstinado y ergotista. Pero si quiero llegar a algún resultado en aritmética, no tendré más remedio que aceptar su dogma globalmente. Claro que en este caso resulta fácil de comprobar. En otros terrenos es a veces más difícil.

 

En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación. Dos mil años navega la barca de Pedro, como Cristo ordena: ‘pescadora de hombres’.-

¿Se puede confiar en quien que ha mentido en algo tan fundamental? No! Las sectas con sus predicadores que acomodan la Biblia, interpretando según sus conveniencias, mienten y no merecen nuestra confianza.

 

Pero el concepto de dogma no queda agotado con la traducción de la palabra griega. Un dogma es un artículo de fe o de doctrina, que es obligatorio aceptar si se desea pertenecer al credo o doctrina correspondiente, y la aceptación del dogma o de los dogmas es lo que constituye la calidad de socio. Y no existe ninguna doctrina -tanto si es religiosa como política o científica- que no tenga dogmas: No existe, ni puede tampoco existir, pues la falta de dogmas sería la libertad sin límites, y la libertad sin límites es la anarquía, es decir, lo contrario de una doctrina. Toda doctrina establece límites. El liberal tiene que creer en los principios del liberalismo, pues de lo contrario no será liberal. El cristiano, cualquiera que sea su confesión, deberá creer en Cristo, pues de lo contrario no será cristiano.

Los cristianos, los judíos y los mahometanos creen en el dogma: «NO hay más que un solo Dios». Quien cree en quince dioses o en dos o en setecientos, no podrá ser ni cristiano, ni judío, ni mahometano. En todas las doctrinas existen cuestiones facultativas, que pueden aceptarse, pero que no es obligatorio aceptar. Los dogmas son simplemente aquellas cosas que estamos obligados a aceptar si queremos «pertenecer a ello», son el hueso duro del fruto y sin él no puede haber fruto.

La sangre es líquida, los tendones y músculos son elásticos, los tejidos son blandos, pero los huesos tiene que ser duros, si queremos caminar derechos.

 

+++

 

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que "estuvieran con él y también para enviarlos" (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: "Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios" (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como "ángeles" de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.

La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que "lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud", de modo que crezca el cuerpo de Cristo "para construcción de sí mismo en el amor" (Ef 4, 13. 16).

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).


Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

 

+++

 

LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO


Si Dios habló en el pasado, debe seguir hablando en el presente. Si se dio a conocer entonces, debe seguir haciéndolo ahora. Si, entre muchas palabras, tuvo una más claramente perceptible y más fácilmente inteligible que las otras, una palabra pronunciada como nosotros lo hacemos, emitiendo sonidos articulados, dicha palabra tiene que seguir hablando, porque lo propio de la palabra es hablar, expresarse, darse a conocer, comunicarse, manifestar las interioridades de quien la pronuncia... Si Dios, en otro tiempo, se dio a conocer a través de un cuerpo humano con la finalidad de hacerse visible y tangible (1 Jn 1,1-3), aquel cuerpo, realizador de la presencia divina entre nosotros, debe seguir estando presente entre los hombres para conseguir efectos similares a los entonces logrados. ¿Estamos 
imponiendo condiciones a Dios? En modo alguno. Somos plenamente

conscientes de que una de las características fundamentales del Dios que comenzó a dársenos a conocer en tiempos ya remotos es que no admite ningún tipo de condiciones que el hombre pueda imponerle para chantajearlo. Ni siquiera a la hora final de las labores, porque, como dice, con plena justicia teológica, uno de los himnos de Vísperas: «Ahora que nos pagas, nos lo das de balde, que a jornal de gloria no hay trabajo grande». 
Nuestro anterior raciocinio surge de una lógica muy diferente a la deducción humana; surge de la lógica divina a la que Dios mismo quiso acostumbrar paulatinamente a los humanos: ¿Creéis, acaso, que soy como vosotros? He dicho una cosa, ¿y no la voy a cumplir? (Nm 23,19). 
Sin duda alguna que fue esta incomprensible lógica divina la que llevó al

apóstol Pablo a definir a Jesús como el sí (2 Cor 1,19), el sí de Dios a todas sus palabras anteriores. Y. como consecuencia inevitable de esta lógica divina, si hubo un cuerpo real en el pasado para hacer visible y tangible a nuestro Dios, debe seguir habiendo un cuerpo verdadero, y de alguna manera experimentable, que siga siendo la epifanía abierta y manifiesta de nuestro Dios a través del tiempo. Una epifanía que continúe la de Cristo, que, en otro tiempo, la encarnó plenamente (Col 1,19; 2,9). Y esto es lo que debe ser la Iglesia: el cuerpo de Cristo, la forma epifánica o manifestativa de la realidad divina encarnada en Cristo. 
Estamos diciendo con toda la claridad posible que, cuando hablamos 
de la Iglesia como cuerpo de Cristo, no entendemos la palabra 
«cuerpo» como habitualmente es utilizada entre nosotros. Esperamos 
que esto se vaya clarificando a lo largo de nuestra exposición. 
Anticipemos, por elemental necesidad pedagógica, que, al hablar del 
cuerpo de Cristo, al utilizar la palabra cuerpo para designar la realidad 
eclesial, no pensamos en el cuerpo como la parte visible, extensa y 
material del hombre en su contraposición al alma. Entendemos por 
cuerpo la plena realidad humana, destacando su aspecto y capacidad 
de relación; entendemos por cuerpo la totalidad del «yo» en cuanto se 
relaciona, o es capaz de hacerlo, consigo mismo, con los otros, con el 
totalmente Otro y con lo otro, con las cosas que le rodean. La palabra 
«cuerpo» aplicada a Cristo, en la expresión «cuerpo de Cristo», debe 
ser entendida en el marco de las dimensiones aludidas. El cuerpo de 
Cristo es Cristo mismo en su enseñanza, en su conducta, en su muerte 
y resurrección, destacando la plena coherencia que existe entre los 
puntos mencionados: la enseñanza o doctrina rubricada por la conducta

y culminada, de forma necesaria, en la muerte y resurrección. 
El cuerpo de Cristo es todo aquello que Cristo manifestó ser para el 
hombre y el mundo. 
Si consideramos a la Iglesia como el cuerpo de Cristo es porque 
pensamos que tenemos en ella su presencia salvadora; porque 
creemos que ella continúa ofreciendo al hombre de todos los tiempos 
el acontecimiento salvífico con su eficacia liberadora; porque sabemos 
que, en ella, su palabra inamordazable sigue hablando, a pesar de 
todos los intentos de «encadenarla» o reducirla al silencio, y sigue 
situando al hombre que de un modo o de otro la escucha ante el 
inevitable dilema de la elección decisiva; porque estamos convencidos 
de que ella tiene y cumple una esencial tarea reconciliadora a todos los 
niveles y con múltiples recursos; porque, en su irrenunciable tarea 
evangelizadora, entra el colocar al hombre, en cualquiera de las fases 
en que su existencia se encuentre, por encima de toda ley reguladora y 
por encima de cualquier tipo de conveniencias sociopolíticas, aunque, 
como le ocurrió a Jesús de Nazaret, esto lleve a Ios fariseos 
implacables -que los hay de muchas clases en todos los tiempos y 
latitudes- a rasgarse las vestiduras puritanas declarando blasfema 
dicha pretensión; porque, desde la finalidad claramente encomendada 
por su fundador, es sembradora de esperanza en el callejón sin salida 
de la existencia humana; porque, como continuadora de quien se 
autopresentó como la «luz del mundo», ella tiene por misión proyectar 
luz vivificadora sobre la pantalla negra en que se sumerge nuestra vida 
en su etapa final. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, Cristo mismo a lo 
largo de todos los tiempos y en las más diversas geografías, sin 
limitación alguna impuesta por fronteras excluyentes de cualquier tipo.
¿Cómo puede ser esto? Es inevitable que aparezca el viejo interrogante, que ya Nicodemo presentó a Jesús cuando éste comenzó a descubrirle el proyecto de Dios. Es posible porque Dios lo hizo posible. Sólo por eso. La apertura, la automanifestación de Dios en la historia, que tuvo lugar de forma definitiva en Jesucristo, culmina justamente en la creación del cuerpo de Cristo. Únicamente así se hará posible que la apertura clara y profunda de la historia a Dios, rea]izada de forma completa en Jesús de Nazaret, siga siendo una realidad creadora de optimismo en el devenir implacable del tiempo.
En expresión del apóstol Pablo, «Cristo hizo de los dos pueblos 
-judíos y paganos, representantes de la humanidad entera en aquel 
tiempo- uno solo» (Ef 2,14-18). El es nuestra paz. Su muerte en la cruz 
es la reconciliación de los hombres entre sí y con Dios. Cayeron así las 
fronteras. Cristo es el espacio abierto por Dios para el hombre y el 
mundo en orden a su reconciliación necesaria. Y este espacio abierto 
por Dios en un tiempo ya lejano continúa siendo eficaz a través de los 
tiempos gracias a la acción incesante del Espíritu. Es el Paráclito, el 
Espíritu Santo, el Espíritu de Dios o el Espíritu de Cristo -términos o 
expresiones que indican la misma realidad- quien únicamente puede 
descubrirnos esta dimensión abierta, que es una dimensión salvífica o 
salvadora, que continúa en oferta permanente para el hombre de todos 
los tiempos. 
Desde este punto de vista, la Iglesia se identifica con Cristo, es el 
cuerpo de Cristo, ya que ella es dicha dimensión o espacio abierto e 
ilimitado puesto a disposición de todo hombre; es el Cristo continuado y 
presente gracias a la acción operante del Espíritu. 
Para facilitar la comprensión del tema que estamos desarrollando, la 
Iglesia considerada como cuerpo de Cristo, nos ha parecido oportuno 
presentarlo ofreciendo las siguientes consideraciones complementarias.

Pero, antes de entrar en su desarrollo pormenorizado, creemos oportuno hacer la observación siguiente: en nuestra exposición renunciamos intencionadamente a la utilización del calificativo «místico» para aplicárselo a la expresión «cuerpo de Cristo». No hablaremos del «cuerpo-místico de Cristo». Y ello por varias razones: 

-El adjetivo calificativo, cualquiera que sea, debe servir para clarificar 
el sentido o contenido del nombre o sustantivo al que es aplicado. 
Ahora bien, añadir a la expresión «cuerpo de Cristo» el calificativo de 
«místico» no cumple este requisito en modo alguno. Decir que el 
mencionado calificativo nos orienta hacia la consideración de un 
cuerpo «misterioso» equivale a no decir nada, porque este aspecto de 
«misterioso» o de misterio se halla claramente implicado en la misma 
expresión «cuerpo de Cristo». Se entiende por sí mismo que, al decir 
que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, no se hace referencia a un cuerpo 
físico. Dicho de otro modo: el añadir «místico» no aclara nada dicha 
expresión. Más aún, creemos que sirve únicamente para añadir mayor 
confusión, ya que debemos explicar el calificativo mismo «místico». 

-El creador y único utilizador de la metáfora en el Nuevo Testamento, 
el apóstol Pablo, utiliza la expresión «cuerpo de Cristo» sin ninguna 
clase de calificativos. Por algo será. Somos nosotros los obligados a 
conocer sus razones, no a cambiar su terminología. 

-El calificativo de «místico», dado a la expresión paulina, apareció 
muy tardíamente en la reflexión teológica y, por lo que sabemos, sin 
gran fortuna. Queremos decir que dicha invención no consiguió el 
efecto para el cual fue creada: el iluminar o clarificar la naturaleza de 
dicho cuerpo, el cuerpo de Cristo, al que se le llamó «místico». 

 

 

SENTIDO METAFÓRICO DE LA PALABRA «CUERPO»

 

Las múltiples imágenes utilizadas a lo largo y ancho del Nuevo Testamento para presentar a la Iglesia hablan elocuentemente de dos cosas importantes: de la grandeza inabarcable del tema o del misterio por un lado, y por otro, de la insuficiencia radical de cualquier término, imagen o metáfora para describirla adecuadamente. No entramos aquí en la calificación valorativa de la mayor o menor idoneidad de cada una de las aludidas imágenes en orden a describir el misterio eclesial. Sí afirmamos con pleno convencimiento que la presentación de la Iglesia como «el cuerpo de Cristo» ofrece grandes ventajas sobre otras denominaciones teniendo en cuenta una doble consideración: 

a) Que ésta, la imagen del cuerpo, tiene a Cristo como punto de 
referencia inmediato; ahora bien, Cristo siempre resulta una figura 
atrayente, y esto tiene, a su vez, la gran ventaja de partir de algo 
plenamente aceptable para llegar a descubrir el misterio eclesial como 
una realidad atractiva también. 

b) Al utilizar la imagen del cuerpo para presentar a la Iglesia, las 
deficiencias o fallos existentes en ella no se manifiestan directamente ni 
en un primer plano; las aludidas limitaciones repelentes aparecerán, 
más bien, como una derivación lógica, no de la Iglesia en sí, sino de 
aquellos que aceptan ser miembros de dicho cuerpo al nivel que sea; 
ahora bien, lo defectuoso nunca debe mostrarse en lugar destacado 
del escaparate. 
Cuando hablamos de la Iglesia como cuerpo de Cristo estamos 
utilizando una metáfora. Imitamos así al apóstol Pablo, que fue el 
primero en recurrir a ella. ¿Qué aspecto pretendía aclarar de la Iglesia 
al presentarla utilizando esta imagen? Lo primero y más elemental que 
sugiere la metáfora empleada es la de un organismo vivo. La Iglesia es 
un organismo vivo. Y como tal organismo vivo se halla regida por unas 
leyes inalterables de crecimiento continuo y de desarrollo incesante. 
Estamos ante un proceso necesario en el que cada uno de los miembros

 que integran dicho organismo debe cumplir una tarea ineludible. Ninguno puede excusarse de cumplir la misión que su misma categoría de miembro vivo le confiere dentro del cuerpo al que pertenece. 
La imagen del cuerpo, utilizada únicamente por Pablo, dentro de los 
escritos del Nuevo Testamento, para describir a la Iglesia, no fue una 
creación genial, sino más bien una importación afortunada. El la tomó 
de su entorno cultural, en el que la referida imagen era utilizada para 
poner de relieve la necesaria colaboración de todos los miembros 
dentro del cuerpo social al que pertenecen. Tengamos en cuenta que 
también nosotros empleamos la palabra «cuerpo» en este sentido 
metafórico. Hablamos de cuerpos legislativos, de órganos de gobierno, 
cuerpos ejecutivos... Esta utilización era frecuente en el tiempo en que 
nacieron los escritos del Nuevo Testamento. Lo demuestra claramente 
la fábula de Menenio Agripa, transmitida en su forma más clara por Tito 
Livio. Dice así: 

«Reinaba el terror en Roma a consecuencia de una disensión entre 
los cónsules y el ejército. Este, por instigación de un tal Sicinio, cesó de 
obedecer a los cónsules y se retiró al Monte Sacro. Sin la unión de 
todos los ciudadanos, la situación parecía desesperada. Para lograr 
esta unión se decidió enviar un parlamentario, orador elocuente, 
Menenio Agripa, que, por sus orígenes plebeyos, era popular. Llegado 
al parlamento, recurrió a un antiguo procedimiento oratorio y se limitó a 
contar esta fábula: 
«En el tiempo en que el cuerpo humano no formaba como hoy un 
todo en perfecta armonía, sino que cada miembro tenía su opinión y su 
lenguaje, todos estaban indignados al tener que tomar sobre sí el 
cuidado, la preocupación y la molestia de proveer el estómago, en 
tanto que él, ocioso en medio de ellos, no hacía otra cosa que disfrutar 
de los placeres que se le procuraban. Todos, de común acuerdo, 
tomaron una decisión: las manos, de no llevar el alimento a la boca; la 
boca, de no recibirlos; los dientes, de no masticarlos. Pero queriendo, 
en su cólera, reducir al estómago por el hambre, de repente, los 
miembros, también ellos, y el cuerpo entero, cayeron en un agotamiento completo. Entonces comprendieron que la función del estómago no era ociosidad, y que si ellos lo alimentaban a él, él los alimentaba a ellos enviando a todas partes del cuerpo el principio de vida y de fuerza repartido en todas las venas, el fruto de la digestión, la sangre". 
Comparando después la disensión interna con la cólera del pueblo 
contra el Senado, Menenio Agripa doblegó los ánimos de aquellos 
hombres». 

¿Conocía Pablo esta fábula? Lo menos que puede decirse es que 
estaba al tanto de la mentalidad plasmada en ella. Recordemos la 
descripción que hace de la Iglesia en 1 Co 12, partiendo de la imagen 
del cuerpo: Hay en él diversidad de miembros y de funciones; todos 
son respetables y ninguno despreciable; cada uno debe cumplir su 
misión dentro del cuerpo, la que su misma naturaleza le confiere; todos 
deben trabajar, realizando la propia tarea para el bien del conjunto, sin 
tensiones ni disensiones, sin altanería ni infravaloración, dentro de la 
armonía requerida para que el organismo desarrolle plenamente su 
vida. 
El centro de gravedad de la imagen paulina podía ser formulado así: 
el creyente, individualmente considerado, es a la Iglesia lo que un 
miembro del cuerpo humano es al conjunto del organismo. Un miembro 
del cuerpo humano, cualquiera de ellos, puede servir de ejemplo: lo es 
en la medida en que se halla inserto en el conjunto del organismo vivo 
y cumple en él su tarea específica. En el momento en que se rompe 
dicha inserción o no se cumple la misión específica del miembro en 
cuestión, dejaría de ser tal miembro. Pues bien, exactamente igual 
ocurre en la Iglesia. El creyente, individualmente considerado, es 
miembro de la Iglesia, y solamente en cuanto tal existe en su calidad de 
creyente. Y. siguiendo en la línea de la imagen, en el momento en que 
un miembro rompe la pertenencia mencionada o deja de cumplir su 
misión específica, queda excluido del organismo eclesial, se 
autoexcluye o es amputado. 
Debemos notar, sin embargo, que Pablo no considera la imagen del 
cuerpo como el principio fundamental a partir del cual debe 
desarrollarse el pensamiento eclesial. Tampoco es para él la 
representación directa de la Iglesia. Cuando utiliza el cuerpo como 
imagen o metáfora lo hace con la finalidad de aclarar el aspecto o 
punto de vista al que nos acabamos de referir. 

II

 

‘Las sectas están escasas en el conocimiento de Cristo y son extravagantes en los comportamientos, muchas veces en nada cristianos. De allí, multiplicadas como renacuajos traviesos y sin auténtico sostén bíblico, muchas finalizan haciendo comercio de la Biblia’, y todas –lamentablemente- manipulando y mintiendo. Y así se cumple el dicho evangélico de. "Por sus frutos los conoceréis".

 

SENTIDO PROPIO DE LA PALABRA «CUERPO» 

El sentido metafórico de la palabra «cuerpo» no agota todas las 
posibilidades que el término posee. Es necesario dar un paso más. 
Para el Apóstol, la palabra, además de tener el sentido metafórico 
explicado, posee un significado propio. Habría que distinguir, por tanto, 
dos cosas bien distintas: la comparación de la Iglesia con un cuerpo 
en cuanto organismo vivo, en cuyo caso la formulación adecuada sería 
la siguiente: la Iglesia es como un cuerpo, y la definición de la Iglesia 
como un cuerpo, en cuyo caso la formulación adecuada seria ésta: la 
Iglesia es el cuerpo de Cristo. 
Este esencial cambio de perspectiva aparecerá teniendo en cuenta 
los distintos enfoques que el Apóstol da a la palabra «cuerpo»: 

a) El pasaje paulino que con mayor claridad utiliza la palabra cuerpo 
como imagen-metáfora de la Iglesia (/1Co/12/12ss) incluye dos 
afirmaciones fundamentales que prohíben restringir el término al 
campo de la simple comparación. Inmediatamente después de iniciada 
la metáfora, afirma: Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu 
para no formar más que un cuerpo... Y todos hemos bebido de un solo 
Espíritu (1 Cor 12,13). Por tanto, es el Espíritu el que constituye a los 
bautizados en miembros de dicho cuerpo. Más aún, la acción del 
Espíritu en cada bautizado tiene la finalidad de constituir un solo 
cuerpo. 
Aquí no se acentúa ni la diversidad de los miembros ni la aportación 
particular de cada uno al buen funcionamiento del conjunto, que son 
los dos aspectos característicos del cuerpo entendido en sentido 
metafórico. Aquí lo que se pone de relieve es la igualdad de los 
miembros dentro del cuerpo. Más aún, se pretende acentuar que no 
son los miembros los que constituyen al cuerpo -como ocurre en el 
caso en el que la palabra cuerpo es utilizada en sentido metafórico; 
son los ciudadanos los que constituyen el cuerpo social-, sino que es el 
cuerpo el que constituye a los miembros. Precisamente por eso, una 
vez que Pablo desarrolla ampliamente la metáfora, pasa al lenguaje 
directo y afirma: Vosotros sois el cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27). 

b) La igualdad de los miembros, a la que acabamos de referirnos, no 
nace de una consideración democrática de la sociedad eclesial, sino 
de la naturaleza íntima y más específica del cuerpo al que somos 
unidos por la acción del Espíritu. Dicha igualdad, que nace de la 
unidad del cuerpo, es presentada por Pablo en estos términos: Todos 
sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los 
bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni 
griego; ni esclavo ni libre ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros 
sois uno en Cristo Jesús (/Gá/03/26-28). La igualdad de los miembros 
se halla originada por el único cuerpo en el que son recibidos «por 
igual» miembros diferentes, ya que, a nivel social, seguirán siendo 
distintos. 

c) Si la Iglesia como tal, y los creyentes en cuanto miembros 
individuales de la misma, son constituidos en el cuerpo de Cristo 
gracias a la acción del Espíritu, es evidente que la palabra «cuerpo» 
tiene un significado diferente a la de simple organismo, que es 
constituido por sus miembros, como acabamos de decir. La nueva 
perspectiva nos obliga a pensar en el cuerpo como un lugar, una 
atmósfera, un espacio o ámbito vital que recibe en sí, sin ninguna clase 
de limitaciones de ningún tipo, a todos aquellos que voluntariamente se 
acercan a él, a los que quieren vivir y respirar en él, a los que deciden 
buscar su seguridad en él, a quienes buscan dar sentido a su vida 
desde él. Este «espacio» vital comunica la vida a cuantos la buscan en 
él. 
Insistimos en que la palabra cuerpo es entendida ahora en sentido 
propio. Sin embargo, la realidad misteriosa del mismo nos obliga una 
vez más, para hacerla inteligible de alguna manera, a presentarla 
desde la imagen o categoría «espacial». Lo mismo le ocurrió a Pablo. 
El no encontró una forma más adecuada para hacer comprensible la 
realidad misteriosa de la Iglesia. El la definió como un cuerpo, el cuerpo 
de Cristo, en el que o en la que cabe todo el mundo. Casi es inevitable 
utilizar o hacer referencia a lo «espacial», sencillamente porque 
nosotros vivimos en un lugar. De ahí la fuerza de la definición de la 
Iglesia al ser presentada como «el cuerpo de Cristo»: es como un 
espacio vital, un lugar habitable, una casa confortable, que no sólo 
dignifica a sus habitantes, sino que les proporciona incluso la misma 
posibilidad de nacer y poder realizarse como miembros de dicho 
cuerpo. Sin él, sin el cuerpo de Cristo, no existiría tal posibilidad. 
Este «espacio», animado por la presencia y acción del Espíritu, hace 
que unos y otros, los más diversos miembros por razón de la 
procedencia y otras causas especificativas, tengamos libre acceso al 
Padre. Por eso ya no somos extraños ni forasteros, sino 
conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el 
cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo 
mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un 
templo santo en el Señor (Ef 2,19-22). 

d) El sentido propio de la palabra «cuerpo», aunque tenga que ser 
iluminado desde la imagen espacial mencionada, se pone de relieve 
desde el crudo realismo con que el Apóstol habla de él, tanto cuando 
se refiere al creyente como cuando se refiere a Cristo: el cuerpo es 
para el Señor y el Señor para el cuerpo (/1Co/06/13). En esta frase 
paulina, como casi siempre en sus cartas, el cuerpo designa no la 
parte corpórea, extensa y material del hombre en su contraposición al 
alma, sino al hombre en su totalidad, al yo en cuanto expresa toda la 
realidad del ser humano. Desde este significado, la frase anteriormente 
citada debería ser traducida en los siguientes términos: el individuo en 
cuanto creyente, su «yo» total, pertenece al Señor y viceversa. Nos 
hallaríamos, por tanto, en el núcleo mismo de la doctrina paulina sobre 
la identidad del cristiano con Cristo. Recuérdese el Yo soy Jesús a 
quien tú persigues (Hch 9,4), cuando Pablo perseguía a los cristianos. 
En el epistolario paulino esta identidad aparece no como ocurrencia 
fugaz, sino como una constante casi obsesiva de su pensamiento: 
-el cristiano está muerto a la Ley por el cuerpo de Cristo (Rom 7,4); 
-experimenta la muerte de Cristo en su propio cuerpo (Rom 6,3ss); 
-en la eucaristía participa en el cuerpo de Cristo (1 Cor 11,24ss); 
-todos hemos sido reconciliados con el Padre en su cuerpo (Ef 
2,16s; Col 1,22); 
-los cristianos somos llamados como miembros de un solo cuerpo 
(Col 3,15). 

El tremendo realismo de los textos citados no puede diluirse 
relegándolos al terreno de la metáfora. La identidad de los cristianos 
con el cuerpo de Cristo es mucho mayor que la unión de los miembros 
de una sociedad entre sí y con la autoridad respectiva. 

e) ¿Cómo deberíamos traducir este crudo realismo con que se habla 
del cuerpo de Cristo? Evidentemente, la expresión no puede tener el 
sentido que habitualmente damos a la palabra cuerpo. Digamos una 
vez más que no puede tratarse de la parte material y visible del hombre 
en contraposición al alma considerada como el principio vital. Esto 
equivaldría a manejar las categorías filosóficas griegas. Las categorías 
bíblicas son muy distintas. Y, desde éstas, cuando hablamos del 
cuerpo de Cristo, necesariamente debemos entender toda la realidad 
existente en Cristo, su «yo» completo. Dentro de la primera carta a los 
de Corinto encontramos dos textos cuyo paralelismo proyecta una gran 
luz en nuestra cuestión. Uno de ellos, a propósito de la participación en 
la eucaristía, habla de «hacerse reo del cuerpo y de la sangre de 
Cristo» (1 Cor 11,27). El otro, a propósito del escándalo dado a los 
débiles, habla de «pecar contra Cristo». El cuerpo y la sangre de Cristo 
son expresiones sinónimas de Cristo mismo. Tanto en una expresión 
como en la otra se halla recogida y concentrada toda la realidad del 
acontecimiento salvífico.
En el punto de partida tenemos, lógicamente, una clara referencia al 
Crucificado, al cuerpo de Jesús colgado en la cruz. Esta primera 
consideración lleva implícita la idea de todo el acontecimiento salvífico 
en cuanto tal: su muerte y su presencia. Ahora bien, esta realidad 
abarca todo cuanto Jesús hizo para la salud del hombre. Por ello, 
cuando hablamos de la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo, resulta 
inevitable pensar también en el cuerpo eucarístico (1 Cor 10, 16s). El 
cuerpo o la realidad eucarística es como la célula original y originante a 
partir de la cual nace, crece y se desarrolla el cuerpo de Cristo, que es 
la Iglesia. Y todo esto es lo que nos hace pensar -lo que hizo pensar a 
Pablo- en el ámbito-espera-espacio en el que dicho acontecimiento se 
hace presente y eficaz en la Iglesia. 

III

 


INFLUENCIA PAULINA

 

¿Cómo pudo Pablo llegar a una concepción tan genial, sobre la identificación de Cristo con su cuerpo, que es la Iglesia y son los creyentes en cuanto miembros insertos en ella? Los genios, aunque lo sean, nunca parten de cero; siempre tienen algún punto de referencia para sus creaciones. ¿Qué fue lo que le estimuló a Pablo para llegar a esta representación y a una definición tan singular y profunda de la Iglesia? Se apuntan varias posibilidades que, fundamentalmente, pueden quedar reducidas a dos: su entorno cultural por un lado, y por otro, su vivencia personal. Ambas causas habrían influido en la persona del Apóstol para recurrir tanto a la comparación como a la definición de la Iglesia, teniendo como punto de referencia el término «cuerpo» 

 

Su entorno cultural. E1 entorno cultural paulino había creado un mito que tenía como finalidad primordial explicar la unidad de los hombres. Una unidad que debía llegar más allá de la interrelación mutua, más allá de la unidad moral -como podía ocurrir en el caso de la fábula expuesta de Menenio Agripa-, hasta la explicación de esta unidad con el mundo y con Dios. Una unidad que llegaba a considerar todas las posibilidades o realidades mencionadas: los hombres, el mundo, Dios, como una verdadera identidad. Para explicar esta amplia y compleja unidad se hicieron muchos intentos tanto en el mundo judío como en el pagano.

a) Mundo pagano. El mito aludido adquiere en este mundo cultural 
pagano dos modalidades claramente diferenciadas. La primera, 
procedente en cuanto a su origen del Irán, representaba a la divinidad 
de tal modo que en ella se hallaba comprendido el universo entero. 
Este Dios-mundo es imaginado como un cuerpo gigante, que unía en 
él las diferentes partes del mundo, que, por lo mismo, eran consideradas como sus miembros. Dicho de otro modo: las diversas partes del mundo eran consideradas como otros tantos miembros de este cuerpo universal, el Dios-mundo.
Serapis (el Sol), que era el dios más grande de Egipto, consultado 
por Nicocreonte, rey de Chipre, para saber qué clase de divinidad era, 
contestó: «La naturaleza de mi divinidad es la que voy a darte a 
conocer: mi cabeza es el ornato del cielo, mi vientre es el mar, mis pies 
son la tierra, mis orejas son el aire y mi ojo resplandeciente a lo lejos 
es la luz brillante del sol». En definitiva, estamos ante un mito 
cosmológico centrado en la explicación de la armonía de la naturaleza en su relación con Dios.
Este mito cosmológico es convertido en mito antropológico, para explicar la inclusión del hombre dentro de esta armonía, al pasar por el tamiz de la gnosis, esencialmente preocupada por el problema de la salvación del hombre. Este nuevo tamiz nos ofrece la versión mitológica siguiente: las almas, que eran los miembros del Dios-redentor, más exactamente del Anthropos-redentor, habían caído en la materia a causa de una falta. El Dios-anthropos viene a liberarlas mediante la comunicación de un conocimiento (llamado técnicamente «gnosis») salvador. Una vez hecho esto, las reúne, las une a sí y sube al cielo con ellas, en su cuerpo así reconstruido.
¿Se vio influido Pablo por estos mitos para presentar a la Iglesia como cuerpo de Cristo? Creemos que es difícil demostrar tal influencia, 
aunque no existan razones definitivas para excluirla.

b) Mundo judío. Es más probable que Pablo haya conocido las 
especulaciones del mundo judío sobre el particular. Se hallan 
orientadas en varias direcciones, que mencionamos a continuación:

-Especulaciones sobre Adán. En la descripción fantástica del rey 
de Tiro (Ez 28,12ss) se halla subyacente la figura de Adán, que sería 
el primer hombre, el hombre perfecto, quien, a raíz de una falta, cayó 
de su perfección y grandeza originales. Las especulaciones judías 
presentan a Adán en posesión de la Sabiduría (Sab 10,1), que le 
proporcionaba el poder sobre todas las cosas. Este hombre primero y 
perfecto era considerado algo así como el depósito de la divinidad. 
Pero, además, Adán es un ser ancestral, que determina la suerte de 
las generaciones siguientes. Por eso, de alguna manera, Adán se 
identifica con sus descendientes.
En la literatura apócrifa se expone frecuentemente el aspecto de 
Adán como el ser primero determinante de la suerte de cada hombre y 
de todos en general. Esta consideración llevó a la afirmación rabínica 
siguiente: «Todo hombre debe considerarse como el primer hombre». 
«Adán contiene en sí todas las almas».
Especulaciones más tardías decían que Adán había sido modelado 
con el polvo de distintos países: para formar su cabeza había sido 
tomado el polvo de la Tierra Santa; el tronco de su cuerpo había sido 
formado con el polvo recogido en Babilonia, y para los demás 
miembros del cuerpo se había utilizado el barro de distintos países. 
Esta estructura cósmica o cosmopolita de Adán explicaría que todos los 
hombres fuesen uno, que constituyesen una unidad en Adán. 
Precisamente por eso, las mismas especulaciones judías hablaban de 
la recuperación de lo perdido: Adán sería restablecido en la humanidad 
del tiempo último.
Nótese, sin embargo, que la dimensión cósmico-universal de Adán, en las especulaciones mencionadas, es puesta de relieve por un principio necesario de solidaridad universal, no por razones eclesiales.

-Para expresar y explicar esta misma realidad, que subyace a la 
concepción paulina, prefieren otros autores recurrir al concepto de la 
personalidad corporativa, es decir, al principio o la mentalidad según la 
cual una persona encarna, personifica y, de alguna manera, determina 
la suerte del clan, de la tribu o del pueblo, de forma general. Una 
persona que de alguna manera incluye en sí a todos aquellos que 
descienden o simplemente dependen de ella. Esta idea de la 
personalidad corporativa es eminentemente bíblica. Aparece de forma 
destacada en la figura misteriosa del Hijo del hombre, que incluye en sí 
a todos los santos del Altísimo, según la descripción que nos hace el 
profeta Daniel (Dn 7).
En la misma línea deberíamos citar, probablemente, la presentación 
que se nos hace del Siervo de Yahvé e incluso el «yo» de algunos 
salmos: en ambos casos tendríamos una persona individual con 
significado y alcance colectivos. El Siervo de Yahvé incluiría en sí a 
todos los fieles a Yahvé e incluso a todos los hombres, lo mismo que el 
«yo» de algunos salmos no haría referencia únicamente a una persona 
singular, sino que en ella estarían incluidos todos aquellos que se 
hallan animados por los mismos sentimientos o se hallan en las mismas 
circunstancias.
Estas representaciones serían válidas en la línea de la solidaridad. 
Este sería el principio fundamental desde donde serían explicadas. 
¿Podría, desde estas representaciones, darse el salto al nivel de la 
identificación en el que se sitúa el apóstol Pablo cuando llega a la 
afirmación siguiente: vosotros sois el cuerpo de Cristo? 

2. La vivencia personal. En el encuentro con Cristo, camino de 
Damasco, Pablo tiene la experiencia personal de que perseguir a la 
Iglesia, a los cristianos, es perseguir a Jesús. Esta fue una sacudida 
violenta que le hizo despertar del sueño en que vivía. Le invita y le 
obliga a la reflexión.
Esta reflexión le llevará a descubrir la dimensión profunda de la vida 
cristiana; le hace comprender la unión vital e íntima de los cristianos 
con Cristo y que el Apóstol formula con la expresión pregnante «en 
Cristo». Vivir «en Cristo» no significa simplemente vivir en un 
determinado espacio o lugar, sino que alude a una vida orgánica 
similar a la que tiene la rama en el árbol, y que la tiene gracias a él. El 
mismo Pablo utiliza esta imagen: estamos injertados en él (Rom 6,5). 
Y, en un lenguaje más directo, el Apóstol expresa la misma realidad de 
la identificación con Cristo en la carta a los Gálatas: He sido 
crucificado con Cristo. Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2,20).
Sin duda alguna que la experiencia más profunda y aleccionadora en 
nuestro terreno fue la participación en el cuerpo eucarístico de Cristo. 
Lógico. Si puede y debe hablarse de la unión vital e íntima de los 
cristianos con Cristo, ningún momento más importante y significativo 
que el de la participación eucarística para expresar esta realidad 
misteriosa. El lo expresa así: El cáliz de bendición que bendecimos, 
¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1 Cor 10,16s).

 

La participación sacramental en el cuerpo de Cristo nos hace cuerpo de Cristo.


Hablar del cuerpo y de la sangre de Cristo equivale a hablar de Cristo glorificado, de Jesús resucitado, que tiene un cuerpo «espiritual», idéntico con el crucificado y distinto de él. La participación en Cristo, en el acontecimiento cristiano, en toda la realidad que Cristo es y significa para el hombre, produce la comunión con él. Una comunión que no debe ser entendida mágicamente. En realidad, la palabra «comunión», para ser traducida de forma adecuada, de modo que abarcase todo su significado, debería ser traducida por dos términos distintos: donación y participación. La «donación» acentuaría la acción de Cristo. La «participación» pondría de relieve la acción de los creyentes, la fe. Los dos términos unidos expresarían la conexión necesaria de los dos elementos para que una acción sea realmente eficaz a nivel personal y no pueda correr el riesgo de ser remitida al terreno de lo mágico.

IV 


RAZONES DEL PENSAMIENTO PAULINO 

Este nuevo subapartado puede parecer una variante del anterior. Acaso lo sea. De todos modos creemos que puede contribuir a aclarar alguno de los aspectos que consideramos fundamentales para comprender todo el alcance de la designación paulina para entender la expresión «cuerpo de Cristo» para designar a la Iglesia. Las que mencionamos a continuación pueden servir para conseguir este objetivo.

1. Una de las más importantes la encontró el apóstol Pablo en su entorno, como ya hemos dicho. Tanto en el Antiguo Testamento como en el judaísmo contemporáneo era frecuente la representación del primer hombre como un ser perfecto, casi divino, una especie de depósito de la divinidad (Ez 28,12ss; Sab 10,1).
Este primer hombre, Adán, es ancestral, y, como tal, determina la 
suerte de las generaciones siguientes, y, aunque perdido por la culpa, 
en el tiempo último sería restablecido en un cuerpo perfecto.
En el ámbito extrabíblico -la gnosis, por ejemplo- existe también la 
creencia del hombre perfecto de los orígenes (el Urmensch=el hombre 
original), que incluye en si todas las almas de los redimidos.
En tiempos de Pablo, la imagen del cuerpo podía designar al Estado 
e incluso al cosmos. En la literatura griega, el cosmos es descrito como 
un ser vivo: Platón y la Estoa hablan del «cuerpo» animado del «todo», 
de la totalidad del universo y del hombre. Zeus es su cabeza y su 
centro.
Añadamos que la palabra cuerpo designa en el Apóstol toda la persona. Una prueba bien clara es que él intercambia frecuentemente el pronombre personal con dicha palabra.

2. Otra razón la encuentra Pablo en la situación angustiosa en que 
vive el hombre, en la experiencia humana, que «gime» por la liberación del cuerpo de pecado (Rom 6,6) y de muerte (Rom 7,24; 8,10). Este punto de partida, experimentable por el hombre universal, le hace levantar los ojos hacia arriba. Y desde este «gemido» torturante escucha el Apóstol la respuesta de Dios, que ofrece el cuerpo de Cristo como única contrapartida y solución al cuerpo de pecado y de muerte.

3. Esta respuesta de Dios es verdaderamente urgente y apremiante. 
Por eso no se puede hablar de ella teniendo únicamente en cuenta la 
intervención definitiva de Dios al final de los tiempos. Desde la urgencia 
de la respuesta, en orden a que el hombre tenga ya garantizada la 
esperanza y el consuelo necesarios, el apóstol Pablo prescinde en esta 
ocasión de la categoría temporal -la intervención divina tendría lugar al 
fin de los tiempos- y utiliza la categoría espacial: el cuerpo de Cristo es 
el espacio ya actual donde el hombre puede encontrar la respuesta 
divina como única contrapartida a su experiencia de un cuerpo de 
pecado y de muerte.
El lenguaje eclesial le invitaba también a hacerlo así. La comunidad 
cristiana, ya antes que Pablo -como nos consta claramente por la 
tradición referente a la última Cena-, hablaba de la «sangre de Cristo». 
Hay una frase que podríamos considerar clásica. Es la siguiente: «la 
sangre de Cristo purifica los pecados». Esta frase pretendía poner de 
relieve los frutos de la muerte salvadora de Jesús de Nazaret. 
Evidentemente, las consecuencias benefactoras de la muerte de Cristo 
llegaban a la comunidad cristiana y seguían siendo eficaces en ella. 
Esto era, en definitiva, lo que quería ponerse de relieve al hablar de la 
sangre de Cristo; al hablar de la sangre de Cristo se pretendía 
acentuar todo lo que es Cristo para el hombre; todo lo que su entrega 
significa y todo el beneficio que al hombre puede reportarle.
Ante este lenguaje, ya habitual en la Iglesia, Pablo encuentra las 
cosas casi hechas: lo que se decía y era comprendido fácilmente por 
todos los creyentes cuando se hablaba de la «sangre de Cristo» él lo 
amplía y aplica al cuerpo, con unas ventajas innegables por su parte 
en esta apropiación. Porque, al hablar del cuerpo de Cristo, resultaba 
ya absolutamente inadecuado plantearse la cuestión sobre si se refería 
al cuerpo del Crucificado o al del Resucitado. Se trata del cuerpo de 
Cristo. Es el cuerpo de Jesús de Nazaret muerto en la cruz. Pero es el 
cuerpo de Jesús de Nazaret, muerto en la cruz, crucificado y, al mismo 
tiempo, llegando en cuanto a su eficacia hasta nosotros Por tanto, son 
identificados el cuerpo crucificado y el resucitado, en cuanto significan 
y son en realidad el lugar, espacio, habitación o esfera donde se hace 
presente permanentemente la bendición divina, la reconciliación y el 
señorío de Cristo. Identidad que se realiza plenamente en el cuerpo de 
Cristo, que es la Iglesia.

4. Pablo comprende evidentemente el riesgo grave que está corriendo al «localizar» la eficacia redentora de la obra de Cristo vinculándola a su cuerpo, que es la Iglesia. Aquí encontraríamos, probablemente, una explicación satisfactoria a la innegable evolución progresiva que hubo en su pensamiento sobre el tema o problema o misterio eclesial. En un primer momento, reflejado claramente en las cartas que llamamos estrictamente paulinas (Rom y 1 Cor, por lo que se refiere a nuestra cuestión, al tema de la Iglesia como tal), la expresión «cuerpo de Cristo» únicamente es utilizada una vez (1 Cor 12,27). En los demás pasajes la frase es más genérica. En ellos a lo sumo que llegamos es a oír hablar de «un cuerpo», «un cuerpo en 
Cristo», o se utiliza la metáfora «como» un cuerpo. Dicho de otro modo: 
Pablo utiliza la imagen como una «invitación» e incluso como un mandato: los cristianos son exhortados a ser un cuerpo en Cristo. El utiliza el imperativo. Y, como ocurre siempre en su pensamiento, lo utiliza porque se supone ya el indicativo: el indicativo es descriptivo y habla de los cristianos como un cuerpo, ellos son ya un cuerpo, participan en el cuerpo de Cristo. El indicativo, que posibilita y facilita el imperativo, no puede ser más claro para el Apóstol desde la relación estrecha e íntima del cristiano con Cristo: 
-han sido bautizados en su muerte (Rom 6,1-5) -han sido crucificados e incluso sepultados con é] (Rom 6,4ss) -participan en su cuerpo eucarístico (1 Cor 10,16s) -glorifican a Dios en sus cuerpos (2 Cor 4,10-12).

5. Desde el riesgo apuntado en la razón anterior se comprende la 
puntualización que, al respecto, hacen las cartas posteriores (nos 
referimos a las cartas a los de Colosas y a los de Efeso). En ellas, la 
cabeza, que en las cartas anteriores es mencionada como un miembro 
más, es presentada con entidad propia y claramente diferenciada 
frente a las demás partes del organismo; la cabeza es aquí -en las 
cartas llamadas deuteropaulinas- la fuente y el «lugar» de la autoridad 
y señorío, a la que todo el cuerpo debe honor y obediencia (Col 2,10); 
es como el canal a través del cual la vida divina llega al cuerpo (Ef 
1,22ss). En cuanto cabeza, Cristo ama, santifica y salva a su cuerpo 
(Ef 5,25); es el principio desde el que y hacia el que crece todo el 
cuerpo (Col 2,19; Ef 4,15). En estas cartas es sumamente importante el 
tema del crecimiento. Es una de las novedades que ellas introducen.
UNIVERSO QUE - ES:Otro rasgo, no menos importante porque lo 
mencionemos al final, es que dichas cartas, al acentuar la supremacía 
de Cristo en cuanto cabeza, no lo limitan a la Iglesia. Tanto Colosenses 
como Efesios presentan a Cristo como la cabeza del «todo». Aquí y así 
surge la idea de la «recapitulación», de dar o poner una cabeza a una 
realidad, la del mundo, que sin ella sería acéfalo; se trata de dar el 
sentido último a la creación, que únicamente así se convierte en 
«universo», aquello que está vuelto u ordenado hacia el Uno (que 
únicamente es quien lo puede dar sentido). Por eso, en el pensamiento 
del cuerpo es necesario incluir una referencia a toda la obra de Dios, 
no sólo en la redención, sino también en la creación. Bastaría, para 
darnos cuenta de ello, reflexionar sobre los himnos cristológicos de 
Colosenses (1,15-23) y Efesios (2,11-22).


DIMENSIÓN PERSONAL 

La Iglesia, los creyentes, somos el cuerpo de Cristo. De forma análoga a como nosotros somos españoles. Lo somos por haber nacido en un lugar concreto, por estar configurados por nuestro suelo y nuestra historia, por estar determinados por los intereses patrios, por vivir de nuestros recursos y realizarnos dentro de nuestras posibilidades La comparación pretende únicamente hacernos caer en la cuenta de que una imagen «espacial» -como es la del cuerpo o la de la patria- puede tener y tiene de hecho connotaciones personales importantes. Hemos podido comprobar que la imagen del cuerpo es utilizada en su dimensión espacial y mítica. El apóstol Pablo tuvo la genialidad de «historificarla». Historificación que consistió en cargar la mencionada imagen espacial y mítica con todo el contenido de la fe cristiana. Vació en el modelo existente la nueva realidad cristiana. Y, al historificarla, le dio una dimensión personal. Lo que, en principio, podía haber tenido un sentido mítico, lo tradujo en categorías relacionales que hablan de la realización individual del ser creyente.
La metáfora del cuerpo acentúa en los creyentes su aspecto de 
miembros de un organismo viviente. Es el cuerpo vivo el que da a los 
miembros la categoría de tales. No es imaginable un miembro muerto. 
Quedaría excluido del cuerpo. Cada uno debe cumplir su misión en el 
conjunto vivo, llegando a constituir una comunión o koinonía de vida y 
de justicia. Es el nuevo ser que nace como consecuencia de la nueva 
relación con el Otro y con los otros. Y esto tanto a nivel personal como 
eclesial, ya que el primer aspecto es irrealizable sin su referencia al 
segundo.
Es miembro del cuerpo de Cristo todo aquel que participa de su 
misterio, el que participa en el misterio de su muerte y resurrección, 
con todas las implicaciones que dicha participación comporta; todo 
aquel que concibe dicho cuerpo como el espacio-habitación-atmósfera 
en la que vive y respira, donde experimenta un nuevo ser; todo aquel 
que descubre en dicho espacio el señorío determinante de su vida; 
todo aquel que lo experimenta como el lugar vital de la fe, como el 
espacio creador de la esperanza y realizador de la libertad; todo aquel 
que vive en él la única posibilidad que le es ofrecida al hombre de 
escapar de las garras del mundo considerado como el poder antidivino 
y generador de muerte; todo aquel que percibe con claridad suficiente 
cómo se entrecruza el aspecto eclesial con el sacramental, 
descubriendo en el cuerpo de Cristo todo el acontecimiento salvífico 
que Dios sigue ofreciendo a cada hombre; todo aquel que se siente en 
el cuerpo de Cristo participando simultáneamente en el Crucificado 
-por su muerte al pecado, a todo lo antidivino- y en el Resucitado, que 
es el Señor y dador de vida nueva; todo aquel que sabe descubrir la 
corresponsabilidad con los demás miembros de dicho cuerpo; todo 
aquel que se hace consciente de que el ser creyente se constituye por 
un continuo recibir para dar constantemente.
El continuo recibir del que acabamos de hablar pone de relieve 
nuestra asunción, nuestro recibimiento, el ser admitidos dentro del 
cuerpo de Cristo. La Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo no debe ser 
imaginada como la suma total de una serie de sumandos parciales, que 
serían todos los creyentes. Los cristianos, tanto a nivel de creyente 
individual como de grupo, constituyen la Iglesia sólo después de haber 
sido constituidos en Iglesia, sólo después de haber entrado a formar 
parte del cuerpo de Cristo. Es el cuerpo el que constituye a los miembros,

 no los miembros los que constituyen al cuerpo. Y este ser anterior, la anterioridad del cuerpo, significa lo siguiente: el lugar de la salud no está al alcance de la mano; se halla por encima de las posibilidades humanas; es la gran oferta de Dios, que pone ante el hombre la posibilidad de un nuevo ser, de un nuevo nacimiento determinante de una nueva existencia. Como consecuencia, todos los miembros del cuerpo participan de la misma igualdad fundamental, a pesar de la diversidad de funciones que realicen en el mismo. Las diferencias seguirán existiendo en otros aspectos, pero en el terreno 
de la salvación quedan conjuradas por una total neutralidad. 
Finalmente, la unidad debe provocar no la uniformidad, pero sí la 
unanimidad en el esfuerzo y en el trabajo por los intereses del 
Cuerpo.

FERNANDEZ RAMOS- SOIS IGLESIA- Reflexiones sobre la Iglesia como pueblo de Dios- y sacramento de salvación- Edic. CRISTIANDAD. Madrid-1983.Págs. 45-67

 

+++

 

EL MISTERIO DE LA IGLESIA EN CRISTO

 

Las páginas precedentes han presentado la génesis de la Iglesia, tal como se realiza en Cristo, visible e invisiblemente. Mas, conocer la génesis de un ser es ya percibir su naturaleza. Podemos pues abordar la pregunta central: ¿Cuál es la naturaleza de la Iglesia? Para muchos la pregunta parece de poco alcance. Para saber qué es la Iglesia, piensan, hasta abrir los ojos y examinar su funcionamiento. ¿Y qué ven? Una sociedad internacional, jerarquizada y organizada, que agrupa bajo la dirección de un jefe supremo a cuatrocientos millones de adheridos. La Iglesia es una potencia. Unos se alegran, pues les parece que la fuerza de la Iglesia está al servicio del orden moral o de un orden político que ellos aprueban; los otros se inquietan por ello y se irritan, porque esta potencia parece oponerse a su- empresas.
Para todos los cristianos, la pregunta reviste una extrema importancia. No todos, sin embargo, dan la misma resuesta.
El pensamiento protestante se opone aquí a tomar en consideración el pensamiento católico. En efecto, se inclina a pensar que existe una 
real incompatibilidad entre el orden natural y el orden sobrenatural, entre la gracia y la naturaleza y, por consiguiente, entre los elementos 
constitucionales y jurídicos y el acontecimiento de gracia. No es éste el 
lugar de explicar qué motivos se invocan para justificar esta tendencia. 
Importa solamente considerar su incidencia sobre el concepto de Iglesia. Veámoslo. Es imposible que las estructuras de gobierno y de jurisdición pertenezcan a la Iglesia esencialmente; es imposible igualmente que el magisterio ejercido por ciertos miembros de la jerarquía de jurisdición forme parte intrínseca de una Iglesia divina. Se estará en lo cierto, piensa el protestantismo, si se sostiene que la Iglesia es una realidad de orden espiritual e interior, que está esencialmente constituida, sea por los elegidos y los futuros elegidos, sea por los justos actualmente reconciliados con el Señor. 
Comprendida así, la Iglesia de Cristo se retira del plano terrestre y 
encuentra su auténtica existencia en el misterio de Dios que llama a los 
elegidos, como piensa Juan Hus antes de la Reforma, en el siglo XV; o 
bien abandona el terreno de las apariencias, para subsistir en el secreto de las conciencias, no dejando en la plaza pública sino comunidades llamadas «iglesias», cuyo lazo con la Iglesia de Cristo es bastante flojo. Así piensa Lutero en el siglo XVI.
En cualquier hipótesis, se establece una separación entre la Iglesia 
-acontecimiento de gracia- y las iglesias -asambleas de hombres-. 
Estos dos órdenes no son esencialmente solidarios. Sin duda la Iglesia 
puede ser llamada «Cuerpo de Cristo», si queremos conservar el lenguaje paulino. Pero esta denominación no ha sido empleada sino con cierta reserva después de Lutero. Se comprende, puesto que la expresión «Cuerpo de Cristo» evoca una Iglesia estructurada visiblemente 1.
En la ortodoxia grecorrusa, se encuentran a veces expresiones muy 
próximas a las que son corrientes en el protestantismo en materia de 
eclesiología. En efecto, el pensamiento del Oriente cristiano es 
tradicionalmente sensible a la realidad del Misterio divino en la Iglesia 
--y con razón. Por el mismo hecho, en muchos, es menor el interés 
concedido al aspecto institucional de la Iglesia.
Si consideramos ahora las opiniones que se manifiestan entre los católicos, no es difícil diagnosticar las mismas tendencias, menos acusadas evidentemente, pero reales.
A algunos, como obsesionados por el aparato institucional de la Iglesia, por la «administración», parece costarles mucho descubrir otra cosa dentro de la Iglesia, cuando lo consiguen. Otros están tentados de introducir un separatismo protestante entre los elementos constitucionales de la Iglesia y el misterio de la gracia. Acogen éste, prestos a sospechar de aquéllos, pretenden superar el orden institucional para mejor llegar al orden carismático. Deploran con amargura la existencia de una organización jurídica, reprochándole, no sin alguna razón, que es demasiado lenta, demasiado pesada. No estarían lejos de pensar, por poco que se les empujara, que todos los déficits de la Iglesia deben ser atribuidos a esta causa.
Otros, en fin, cediendo a un misticismo excesivo, a fuerza de proclamar que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, llegan a identificar a cada uno de los cristianos en particular con Cristo.
Tal es el panorama de las opiniones y tendencias entre los que hablan de la Iglesia. Aunque esta presentación sea bastante elemental, permite por lo menos darse cuenta de que la naturaleza de la Iglesia es objeto de discusión. ¿Qué es, pues, le Iglesia? Sin duda todos los cristianos, católicos, ortodoxos, protestantes, admiten que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. ¿Pero qué poner bajo esta expresión?

I. La Iglesia, cuerpo de Cristo
 Antes de contestar a esta pregunta, conviene formular otra previamente: ¿La Iglesia instituida por Jesucristo se reconoce a sí misma como Cuerpo de Cristo, cree que se la debe tener por el Cuerpo de Cristo? La respuesta a esta pregunta impedirá los despistes que ocurrían si la expresión, admitida por la mayoría de los cristianos, no fuese más que una piadosa fórmula o un título sin alcance real y oficial.
De hecho, el magisterio de la Iglesia ha tomado posiciones varias veces y ha dado una respuesta afirmativa. La última declaración en esta materia y la más importante, es la de Pío XII en 1943, en la encíclica Mystici Corporis. En plena guerra, el Sumo Pontífice proclamaba en ella la vocación de todas las generaciones humanas a la unidad y a la paz en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica, apostólica y romana. Pío XII no era el primero en proponer esta verdad. Otros le habían precedido, que se habían 
expresado más sucintamente: Pío XI en 1928, en la encíclica Mortalium 
ánimos, León XIII en 1897, en la encíclica Divinum illud, y mucho antes 
Bonifacio VIII, en 1302, en la bula Unam Sanctam, para no citar sino 
algunos de los textos más conocidos.
Si la expresión «Cuerpo de Cristo» se ha visto añadir en el curso de los siglos el adjetivo «mistico», ello no varía nada de la fe católica. Ésta se remonta a los Padres de la Iglesia, quienes, a su vez, la tomaron de la doctrina de San Pablo.
El Apóstol de los Gentiles no empleó formalmente la expresión «La Iglesia Cuerpo de Cristo» sino en las últimas epístolas, la epístola a los 
Colosenses y la epístola a los Efesios (entre los años 60 y 62 después de JC). En estas dos últimas cartas, ora habla de Cristo Cabeza de la Iglesia, lo cual insinúa que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, ora escribe expresamente: «La Iglesia Cuerpo de Cristo» (Colosenses, 1, 15-20, 24; 2, 19; Efesios, 1, 18-23; 2, 14-16; 4, 4, 12, 15-16; 5, 21-23, 30).
En las epístolas anteriores se expresa indiscutiblemente el mismo  pensamiento, pero de manera más encubierta, sea que san Pablo declare: «vosotros sois el cuerpo de Cristo», sea que escriba: 
«vuestros cuerpos son los miembros de Cristo». Estas últimas frases están tomadas de la epístola a los Romanos, compuesta en 57-58, y de la primera epístola a los Corintios, compuesta el 57 o poco antes.
Que estas diferentes maneras de hablar son la profundización de la 
iluminación recibida en el camino de Damasco, cuando Saulo el 
perseguidor aprendió que Jesús era una sola cosa con sus fieles, es algo que no puede ofrecer dudas, y ya no se discute.
Por lo demás, la afirmación de que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, ¿no está ya implicada en la historia de la fundación de la Iglesia que hemos tratado? 
En efecto, en el decurso de los años en que Cristo funda la Ekklesia, se debió constatar que ésta había adquirido cuerpo y consistencia a medida que la misión del Señor se declaraba y se realizaba. 
Precisemos: mientras Cristo va descubriendo su estructura divina y explica su papel de redentor durante su vida pública, la misma Iglesia sólo está en el estado de la organización y de la institución. Pero cuando el Señor ha llegado al término glorioso, cuando ha conquistado, a través de la muerte, para su naturaleza humana, todos los privilegios de la Divinidad; cuando acaecida la Resurrección, Cristo se ha convertido en «espíritu vivificador», entonces la Iglesia, de muda e inerte que era, se hace viviente, se anima, se extiende. Desde entonces, su voz es «Palabra del Señor» (Hechos, 6, 7; 12, 24; 19, 20); desde entonces, opera la santificación en el Espíritu Santo (Hechos, 2, 37-41, etc ... ).
Hay pues un paralelismo entre la elaboración de la Iglesia y los 
Acontecimientos que alcanzan al alma y al cuerpo de Jesucristo, como 
si la Iglesia no pudiese ser plenamente ella misma sino cuando Cristo 
se hubiese convertido en «Hijo de Dios con poder según el Espíritu de 
santidad en virtud de la resurrección de los muertos» (Romanos, 1, 4). 
Al constatar este paralelismo, uno se ve invitado a pensar que se funda 
en una estrecha relación entre Cristo y la Iglesia, que ésta es 
esencialmente solidaria de Jesucristo.
¿Esta relación no es sino transitoria, y no subsiste sino entre el bautismo de Jesús y la Ascensión? ¿O bien es una relación definitiva? 
¿Fue la Iglesia solidaria de la humanidad de Cristo por unos años solamente, o bien lo es todavía ahora y para siempre? A esta pregunta las fuentes de la Revelación responden y el magisterio presenta la respuesta: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo indefectiblemente. Ser el Cuerpo de Cristo es su misma definición.
¿Cómo comprender este artículo de fe? Para un espíritu latino, estas palabras no revelan inmediatamente su secreto. E incluso a ningún espíritu humano esta definición descubre de sopetón el misterio real. Bastante sabemos que entre los cristianos las respuestas no son unánimes. Pero después de veinte siglos que la Iglesia Católica medita estas fórmulas, bajo la luz del Espíritu «que conduce a la verdad entera», unas certezas son manifiestas, y es posible una visión de conjunto.

II. El Horizonte en que aparece el «Cuerpo de Cristo»
Para obtener esta visión de conjunto, no hay que considerar solamente las palabras «Cuerpo de Cristo». Los vocablos no son lo único que aquí cuenta, sino lo mismo todo el contexto en que estas palabras son reveladas. Para encaminarse hacia el sentido pleno, hay que discernir qué intención divina en ellos se encarna.
Ahora bien, la Eucaristía atestigua suficientemente que Dios, aquí como en otras partes, piensa revelar lo que Él es para los hombres, a saber el Amor Salvador. «Dios es Amor». Tal es la substancia de toda la Revelación. Tal es también la substancia del mensaje que revela el Cuerpo de Cristo. También Pío XII resumió justamente la enseñanza de la Revelación sobre este punto, al escribir que la Iglesia es el testimonio permanente de la Caridad divina con respecto a la humanidad 2. 
Es este testimonio lo que Cristo establece al construir la Iglesia, como una Morada donde él será «el Primogénito de una multitud de  hermanos»

(Romanos, 9, 28). Al construir la Iglesia, en efecto, Cristo descubre al hombre los aspectos innumerables de la «insondable riqueza» (Efesios, 3, 8) de la Caridad Divina.
Pero la Caridad es, como la Sabiduría Divina, infinita en sus 
manifestaciones.
Existe el amor activo y constructor. Éste quiere, en beneficio de los 
hijos de Dios, un hogar espiritual que sea su albergue y su familia. 
Jesús se presenta, pues, como arquitecto obrero que construye la casa 
de Dios, casa del pueblo. Jesús se dedica a ello efectivamente. Pone 
los fundamentos, después de haber escogido la materia (Mateo, 16, 
18; Efesios, 2, 20-22). Mejor aún, es el mismo Cristo quien se hace su 
fundamento (Marcos, 12, 10-11; 1 Corintios, 3, 11), de suerte que 
sobre él y con él, en una obra común, los fieles edifican y levantan el 
Cuerpo de Cristo (Efesios, 2, 22; 4, 12 ss.). La Iglesia, fruto de este 
amor, será el Templo de Dios.
Existe el amor sacrificial. Jesucristo, por la Iglesia, se entrega hasta 
la muerte y muerte en Cruz. San Pablo lo había comprendido bien 
cuando escribía: «Ha amado a la Iglesia y se ha entregado por ella a 
fin de santificarla ... » (Efesios, 5, 25-26). Más que el mejor de los 
esposos, el Señor Jesús ha querido a su Iglesia. «Se sustenta y cuida 
la propia carne», escribe también el Apóstol, aludiendo al amor del 
marido a su mujer, y añade: «Así como Cristo a su Iglesia» (Efesios, 5, 
29). Pablo recogía así la imagen de que Dios se sirvió en el Antiguo 
Testamento para expresar su ternura respecto al pueblo elegido. 
Oseas había hablado de ello admirablemente (Oseas, cap. 2; cf. 
Ezequiel, cap. 16). Pero hoy, bajo la nueva Alianza, y en favor de la 
nueva Alianza, la caridad se eleva al punto culminante: el sacrificio 
total. «No hay prueba más grande de amor que dar la propia vida por 
aquellos a quienes se ama» (Juan, 15, 13). Al término de la historia, el 
Señor recibirá la Iglesia que ha rescatado para sí al precio de su 
sangre. Entonces ella será hermosa como la novia engalanada para su 
esposo (Apocalipsis, 21, 3-9). La Iglesia, fruto del amor sacrificial, es la 
Esposa de Cristo.
Existe en fin el amor de unión, amor que transforma y diviniza. Jesús 
lo revela en el discurso sobre la viña. Los judíos conocían bien esta 
imagen, por haberla leído en el Antiguo Testamento, donde la viña 
designa a Israel. Por esta viña, como un propietario consciente de su 
riqueza, Dios vela con precaución y a veces con inquietud. La viña es 
su tesoro, en ella pone sus esperanzas. Cristo al recoger la imagen la 
perfecciona; enseña ahora la unión transformadora: «Yo soy la vid, 
vosotros los sarmientos... Quien permanece en mí, como yo en él, da 
mucho fruto... No sois vosotros quienes me habéis escogido, sino yo 
quien os ha escogido a vosotros y os he instituido para que vayáis y 
deis fruto y un fruto que no perezca» (Juan, 15, 5-16 passim). La 
imagen es enriquecida y profundizado aún por las palabras que la 
introducen y acompañan: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» 
(Jn 14, 18), palabras en que vibra silenciosamente la ternura más 
humana del Señor para con los suyos. Y añade estas palabras que 
descubren el misterio de la unión: «Quien ha recibido mis 
mandamientos y los observa, ése es el que me ama. Y el que me ama 
será amado de mi Padre; y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a 
él» (Jn, 14, 21), «vendremos a él y haremos nuestra mansión dentro de 
él» (Juan, 14, 23). Unos instantes más tarde, en la larga plegaria que 
precede a la prisión, Cristo reemprende este tema del amor unificador. 
Éste es presentado por Cristo como el elemento constitutivo de la 
Iglesia universal y ruega a su Padre que realice esta gran obra. La 
Iglesia, fruto del amor transformador, es la Viña animada de la misma 
vida que el Hijo de Dios.
Añadamos, para terminar esta breve meditación, que el amor de Cristo no se vuelve atrás: «Yo estaré con vosotros para siempre hasta el fin del mundo». Es la nueva Alianza. Y es Eterna, como la Caridad Divina.
Sobre este horizonte destaca la expresión «Cuerpo de Cristo» 
aplicada a la Iglesia. Hay que recordarlo, para no degradar la expresión 
en un mero rótulo, o en un concepto abstracto, para percibir de 
antemano su tonalidad cálida, su substancia viva, como el Amor Divino 
que es su Autor.

III. ¿Cuál es el sentido del «Cuerpo de Cristo»?
Queda todavía un largo camino por recorrer a fin de determinar con más precisión el sentido completo de la expresión «Cuerpo de Cristo». ¿Es una metáfora, o designa la realidad?

El pensamiento de San Pablo. - Para responder a estos interrogantes, hay que acudir primero a san Pablo que es el responsable de esta denominación. ¿Qué quería decir. Es posible descubrirlo examinando su pensamiento en la epístola a los Colosenses y en la epístola a los Efesios, y luego comparándolo con las primeras expresiones de la epístola a los Romanos y de la primera a los Corintios ¿Qué es el «Cuerpo de Cristo» en qué piensa el autor de estas epístolas? 
Es el conjunto de los creyentes que se han reunido en la misma fe en nombre del Señor Jesús. La palabra «iglesia» no se refiere aquí 
simplemente a la comunidad local de Éfeso, de Colosas o de Corinto, 
sino que se refiere a «la Iglesia de Dios», es decir, la Iglesia Universal, 
doquiera que esté, Iglesia de la cual la comunidad de Éfeso, de Colosas o de Corinto es una célula. De esta Iglesia universal es Cristo la Cabeza, como dice san Pablo en la misma epístola a los Efesios; es esta Iglesia la que es Cuerpo de Cristo, es la Iglesia de todas partes (cf. I Corintios, 12, 28), aunque no exista sino en comunidades locales.

CARISMA/AUTORIDAD: Otro punto merece examen y es importante. 
En el pensamiento de san Pablo, ¿es la asamblea de los fieles un cuerpo organizado, o una asamblea de hombres inspirados por el Espíritu pero desprovistos de estructura institucional? La respuesta no ofrece dudas. Aun entre los protestantes, la mayoría firmaría hoy esta frase de uno de ellos: Pablo no fue nunca un «hermano del Libre Examen» (P. H. Menaud). Por otra parte, bastaba a Pablo estar persuadido, como todos los cristianos de entonces, de que la Iglesia era sucesora del pueblo de Dios, para que estuviera lejos de imaginar la reunión de los cristianos como una horda tumultuosa en una emigración al azar. Que haya dones carismáticos en Corinto, el Apóstol no disiente de ello, no lo discute, no lo niega tampoco, pero no son los beneficiarios de los carismas los que gobiernan. Menos aún tienen el derecho de gobernar contra los Apóstoles o por encima de los 
Apóstoles. Pablo no lo hubiera tolerado. La Iglesia es un «orden», un 
organismo en que el Señor «dio a unos ser apóstoles, a otros ser profetas, o bien evangelistas, o bien pastores y doctores, organizando así los santos para la obra de su ministerio, con vistas a la construcción del cuerpo de Cristo (/Ef/04/11-12). Claro está que concordia y cohesión, en el Cuerpo, son sólo obra del Señor, pero a fin de cuentas existen concordia y cohesión reales, «de quien (Cristo) todo el cuerpo trabado y conexo entre sí recibe por todos los vasos y conductos de comunicación, según la medida correspondiente a cada miembro (Elesios, 4, 16; cf. Colosenses, 2, 19).
Así pues, no hay que confundir los papeles y usurpar las atribuciones. Hay una jerarquía, repite Pablo: 

«Estáis edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, en 
Jesucristo, el cual es la principal piedra angular» (Efesios, 2, 20).

No es la primera vez que Pablo recuerda la existencia de grados, puestos determinados, cuya ordenación nadie está autorizado para turbar, ya que «formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros» (Romanos, 12, 5). 
Estas últimas palabras constituyen una invitación a respetar el orden 
funcional de la Iglesia. Es la misma invitación que leemos en la epístola 
a los Corintios, en que san Pablo termina sus explicaciones sobre el 
organismo eclesial y sus recomendaciones de unidad, con las 
siguientes palabras:

«Vosotros, pues, sois el Cuerpo de Cristo, y miembros unidos a otros 
miembros. Así es que ha puesto Dios en la Iglesia, unos en primer lugar 
apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercero doctores ... » (1 Corintios, 
12, 27).

La conclusión es inevitable: la realidad social, que Pablo llama al mismo tiempo «Iglesia» y «Cuerpo de Cristo», es una institución estructurada, donde hay jefes, grados en la autoridad. En cuanto a Pablo, es sabido que no pensaba dejar prescribir los derechos que tenía de su misión apostólica, y llegaba a ejercerlos con algún quebranto.
Pero no habríamos visto todo el panorama paulino si no buscáramos qué ideas acarrea también la expresión «Cuerpo de Cristo». Acabamos de ver que se asocia estrechamente a la idea de jerarquía, de organismo, de funciones. ¿Hay otras nociones que rodeen la expresión «Cuerpo de Cristo» o que le estén íntimamente vinculadas? 


CUERPO-DE-CRISTO/I: Un lector moderno de san Pablo, al leer que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, piensa inmediatamente que la expresión designa una reunión de hombres agrupados con el mismo fin, para una misma cosa. Piensa inevitablemente en los «cuerpos constituidos», en un «cuerpo de ejército», etc... y asimila a estos términos «Cuerpo» de Cristo». Que el lector moderno se pare lo antes posible por este camino. Es una falsa pista. Jamás, en la obra de Pablo, la palabra «cuerpo» tiene el sentido de grupo de hombres unidos moralmente en una misma intención. Más aún, esta acepción es gnorada del Antiguo y del Nuevo Testamentos. No hay pues razón 
alguna para dar este sentido a «Cuerpo de Cristo» en el Apóstol.
Mas entonces, ¿qué sentido inmediato hay que dar a la expresión? 
El sentido más evidente. El «Cuerpo de Cristo» es Cristo en persona, el único Cristo que padeció, murió y resucitó, y sobre el cual la muerte ya no tiene ningún imperio. Para prevenir otra equivocación, subrayemos que «Cuerpo de Cristo» designa a Cristo según su humanidad - cuerpo y alma - y según su divinidad. No hay que leer pues esta palabra como si designara el cuerpo de carne de Cristo con exclusión de su alma y de su divinidad. Bajo la palabra «cuerpo», la mentalidad semítica comprende el ser concreto entero.
Queda por sacar la conclusión, por sorprendente que parezca. 
Pablo afirma que la Iglesia, asamblea de los fieles y organismo visible, 
en los cuales los ministros constituyen una jerarquía, se identifica con el Cristo de la historia, actualmente resucitado y glorificado. Tal es el 
sentido inmediato que puede sacarse al lenguaje paulino.

¿Identificación entre Cristo y la Iglesia?. -.La afirmación de que la 
Iglesia es el Cuerpo de Cristo es desorientadora, si se retiene de ella el 
sentido real. Que haya provocado una oposición cerrada es cosa que 
no puede extrañar. Pues al fin y al cabo la cuestión es la siguiente: 
¿hay que tomar en serio el verbo «ser» en esta frase, y creer que san 
Pablo quiso decir a los cristianos que existe una verdadera identidad 
entre Cristo y la Iglesia? 
Habremos dado un paso hacia la respuesta si nos vemos obligados a 
constatar que todo el «evangelio» de Pablo conduce al reconocimiento 
de esta identidad, y que por consiguiente la afirmación «la Iglesia es el 
Cuerpo de Cristo» no es en su doctrina un bloque heterogéneo, una 
especie de aerolito.
Unas notas bastarán. Nadie puede dudar que en san Pablo se encuentran frecuentemente expresiones como ésta: ser cristiano es estar sumergido en Cristo, estar unido a Cristo en su muerte, en su resurrección, estar incluido en su misterio. Un texto lo dirá más elocuentemente que todo comentario:

«Si hemos sido injertados con él por medio de la representación de su 
muerte, igualmente lo hemos de ser representando su resurrección» 
(Romanos, 6, 5).

Esta frase del Apóstol fue escrita con ocasión del bautismo. En efecto, por el bautismo se produce este acontecimiento (Romanos, 6, 1-8). Pero se produce también por la Eucaristía:

«El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre 
de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la participación del cuerpo del 
Señor?» (1 Corintios, 10, 16-17).

Si Pablo afirma la unión con Cristo, no la entiende en absoluto en un 
sentido puramente moral, como simple unión de pensamiento y de 
afecto, sino en un sentido mucho más profundo, que hay llamar un 
poco burdamente «ontológico». Escribió, en efecto: «Si hemos sido 
injertados en Cristo ... », y en otra parte: «Si Cristo está en vosotros ... 
» (Romanos, 8, 10), «y yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino 
que Cristo vive en mí (Gálatas, 2, 20), «somos hechura suya, criados 
en Jesucristo ... » (Efesios, 2, 1 0). Se multiplicarían fácilmente las citas 
de este género.
En una palabra, hay en los escritos de Pablo, cuando tratan de las 
relaciones con Cristo, un realismo indiscutible, muy desorientador para 
un espíritu moderno. Este realismo se resume en una fórmula breve, 
que es característica de la manera del Apóstol: «En Cristo», «en Cristo 
Jesús». Este realismo no puede ser endulzado, si se quiere comprender la significación del pensamiento paulino.
¿Qué se encuentra pues bajo estas fórmulas tan realistas? ¿Quiere 
Pablo dar a entender a los cristianos: «Sois una reunión de hombres 
que es Cristo en verdad, y la Iglesia es un cuerpo vivo por el que 
circula misteriosamente la propia vida de Cristo»? Esto es efectivamente lo que el Apóstol quiere inculcar a los primeros fieles de Jesús.
¿Pero qué realidad se oculta en esta misteriosa identidad? Para hacerlo comprender, Pablo explicaba también: la propia vida del Señor es transferida a sus fieles, de suerte que «vuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Colosenses, 3, 3; Romanos, 6, 1 l), pues también Cristo a su vez está ya oculto en Dios. Dicho de otro modo, «su palabra (es decir, el pensamiento y la volun tad de Jesús) reside en vosotros en abundancia» (Colosenses, 3, 16). Animados por la vida del Señor, instruidos por su pensamiento, conducidos por su amor, «somos hechura suya, criados en Jesucristo para obras buenas, preparadas por Dios desde la eternidad para que nos ejercitemos en ellas» 
(Efesios, 2, 10), "unidos a él como a vuestra raíz, y edificados sobre él» 
(Colosenses, 2, 7-, 11 Corintios, 5, 17).
Hay pues coexistencia de Cristo y de los fieles en la Iglesia. 
Podríamos decir igualmente: presencia de Cristo en los fieles, puesto 
que «en vuestros corazones habita Jesucristo, por la fe» (Efesios, 3, 
17). Diríamos también con la misma exactitud: presencia de los fieles 
en Cristo, puesto que los bautizados son «criados en Jesucristo», 
subsisten cristianos en Cristo glorificado. Coexistencia y copresencia.
También es Cristo el único Viviente que constituye la unidad de 
todos: «Todos vosotros sois una cosa en Jesucristo» (Gálatas, 3, 28; 
asimismo «no hay sino un Cuerpo y un Espíritu» (Efesios, 4, 4).
En otras circunstancias, Pablo repite el mismo pensamiento, pero lo 
desarrolla en una perspectiva histórica, en que se extiende el 
crecimiento de la Iglesia, en la que el mismo Cristo adquiere toda su 
talla en el crecimiento de la Iglesia. Horizonte inmenso y revelación 
inaudita, al pie de la letra.
Según el Apóstol, Cristo, considerado en su total verdad, no es 
solamente la individualidad, limitada en el tiempo y en el espacio, que 
encontraron los fariseos o los humildes de Palestina, sino que abarca 
la colectividad eclesial, se extiende hasta el término de la historia, 
desbordando las fronteras políticas o geográficas. Así Cristo hállase en 
devenir, Hombre Nuevo o -si se prefiere- Humanidad nueva en busca 
de sus miembros (Efesios, 4, 15). En esta perspectiva, la Iglesia es el 
espacio humano que Cristo llena (Efesios, 1, 22), ella es el Cuerpo que 
la vitalidad divina de Cristo fuerza a crecer para «construirse él mismo 
en la caridad» (Efesios, 4, 16), ella es el tiempo en que Cristo se da 
progresivamente su propia perfección y edifica el «Hombre perfecto» 
(Efesios, 4, 13), que es el Cristo Total.
En una palabra, Cristo se ha dado entero al mundo con Jesús de 
Nazaret y sin embargo no se ha dado entero, ya que le faltan 
demasiados de sus miembros humanos para ser llamado ya «el 
Hombre perfecto». Hay que esperar pues con firme esperanza el 
advenimiento de Cristo en su plenitud. Este advenimiento se realiza en 
la Iglesia, en tanto que ella «crece de todas maneras hacia Él que es 
su Cabeza, Cristo» (Efesios, 4, 15), por sus «vasos y conductos de 
comunicación», «a fin de que trabajen en la perfección de los santos 
en las funciones de su ministerio» (Colosenses, 2, 9; Efesios, 4, 12).
Un célebre texto de san Pablo resume y concentra su pensamiento: 
«La Iglesia, escribe, ...es su Cuerpo (de Cristo), el Pleroma (es decir, la 
Plenitud) en el cual Aquel que lo completa todo en todos halla el 
complemento» (/Ef/01/23). Dos sentidos son posibles para este texto.
Según el primero, la Iglesia es el espacio llenado por Cristo. La 
Iglesia es plenitud porque Cristo la llena con su presencia. Según la 
segunda interpretación, la Iglesia es el espacio en que Cristo se realiza 
él mismo 1. 
En el primer caso, la Iglesia es colmada y por tanto completada por 
Cristo; en el segundo, ella completa a Cristo. Una y otra interpretación 
designan la misma Iglesia, organismo jerárquico, conjunto de 
ministerios, ejercicio de poderes diferentes, asamblea de fieles. Esta 
Ekklesia es Cristo. La completa porque es homogénea a su Cabeza y 
prolonga a Cristo en el tiempo; es completada por Cristo porque 
depende de la Cabeza y se ve colmada por la plenitud de Cristo.
Pablo da a esta verdad un relieve sorprendente. Él no había 
olvidado lo que comprendió en el camino de Damasco, cuando Cristo 
se reveló al perseguidor de la Iglesia: «Yo soy aquel a quien tú 
persigues» (Hechos, 9, 5). Pablo ahora lo veía, Cristo y la Iglesia son 
una sola cosa, puesto que atacar a ésta es injuriar a Aquél.
Por otra parte, Cristo durante su vida terrestre había pronunciado 
palabras que anunciaban la misma verdad, pero como en sordina. 
Había dicho a los que enviaba en misión: «Quien os escucha me 
escucha» (Lucas, 10, 16), y a los Doce, después de haber 
determinado sus poderes: «Quien os recibe me recibe» (Mateo, 10, 
40-, cf. Marcos, 9, 17, Lucas, 9, 48). San Juan, por su lado, refiere una 
frase análoga: «Quien recibe al que yo enviare, a mí me recibe» (13, 
20). Hay pues ciertamente, entre Cristo y sus enviados, una verdadera 
continuidad.
Pero el discurso de Jesús sobre la verdadera Viña profundiza estas 
perspectivas (Juan, 15). En esta exposición, en efecto, Cristo enseña 
que la solidaridad entre él y sus discípulos trasciende todos los lazos 
jurídicos, que es una simbiosis, una comunidad de vida, una comunión 
con la vida misma del Padre y del Hijo (Juan, 17, 21-23, 26). Es pues 
inevitable. Sin embargo, afirma Cristo, la comunión de los fieles en Dios 
se expresará visiblemente en la unidad de los fieles gobernados por el 
pastor Pedro (Jn, 12, 21-23; cf. 21, 15-17).

 

 

IV. ¿Cómo se realiza esto?
Si bien sólo a la luz divina debemos el poseer la verdad sobre el Cuerpo de Cristo, no nos está prohibido tratar de comprender la realidad que Dios revela, tanto como está permitido a la flaqueza humana. Así la Virgen María preguntaba al arcángel Gabriel que le anunciaba el misterio de la Encarnaciói: «¿Cómo ha de ser esto?» Asimismo nosotros le preguntamos: «¿cómo es que Cristo e Iglesia pueden identificarse de alguna manera?» A nuestra pregunta, como a la de la Virgen María, se da la respuesta: «Vendrá el Espíritu Santo...» 

Tal es el principio de toda respuesta en esta indagación. El Misterio de la Encarnación como el Misterio de la Iglesia remiten el creyente al Espíritu. En él todas las cosas divinas, imposibles para el hombre, se cumplen fácilmente y con suavidad. Ésta es la explicación que daba san Agustín a los oyentes de sus sermones 7.

En el Espíritu Santo, La Iglesia Cuerpo de Cristo. - Puesto que san Agustín, doctor del Cuerpo Místico, nos invita a ello, reflexionemos sobre el papel del Espíritu.
I/ES: En la Santísima Trinidad, el Espíritu es el lazo de amor que une 
eternamente el Padre y el Hijo. El Espíritu es para el Padre y el Hijo su 
«nuestro amor» subsistente y personal. En él y por él se realiza la 
comunicación perfecta entre el Padre y el Hijo, «comercio admirable» 
que muy difícilmente evoca la comunicación entre las personas 
humanas, aun cuando la llamemos completa. El Espíritu Santo es la 
unidad amante en Dios, el amor recíproco entre el Padre y el Hijo.
Así pues el Espíritu Santo es esencialmente Dios comunicable, Dios 
«dable», si está permitido hablar as!. San Cirilo de Alejandría intentaba 
expresar estas cosas con una bonita metáfora: «El Espíritu Santo es 
como el Perfume de la Esencia de Dios; perfume vivo de Dios; perfume 
vivo y activo que trae a las criaturas lo que es de Dios y les asegura 
por sí mismo la participación de la Substancia que está por encima de 
todo» 8. Asimismo, como afirmaba santo Tomás, el nombre más 
expresivo del Espíritu Santo es el de «Don», mientras que Agustín le 
llama, en el mismo sentido, «la Gracia», es decir, el Beneficio gratuito, 
el Favor divino 9. Todas estas denominaciones intentan expresar que 
Dios se comunica por el Espíritu, se derrama y se da en participación 
en el Espíritu Santo.
Ahora bien, el Paráclito es, desde la Anunciación, el Espíritu del hijo 
de María, del Hombre Dios 10. Fue dado a Jesús de Nazaret, como a 
ningún hombre. Irrevocablemente, ya que «Jesús vive eternamente» 
(Hebreos, 7, 24).
También el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Jesús, hace a Cristo 
comunicable. Lo hace «dable» y de hecho lo derrama. Gracias al 
Paráclito, Jesús puede convertirse en «nuestro», ser «nosotros» en 
cierta forma muy real: «Cuando somos iluminados por el Espíritu, es 
Cristo quien en él nos ilumina... Bebiendo el Espíritu, nos hallamos con 
que bebemos a Cristo» 11. Así pues, recibir al Paráclito es hacerse 
conforme a Jesucristo (Romanos, 8, 29), es introducirse en Jesucristo, 
puesto que Jesucristo mismo se introduce en el hombre con su Espíritu 
y vive en el hombre por su Espíritu: «únicamente por el Espíritu, Cristo 
se forma en nosotros y graba en nosotros sus propios rasgos, haciendo así revivir en la naturaleza del hombre la belleza de la divinidad 12.
En efecto, ¿acaso quien viene al hombre no es el Espíritu, el mismo 
para Cristo y para los fieles? «Todo entero en la Cabeza, se halla 
también entero en cada uno de sus miembros 13.
De Cristo a la Iglesia pasa el Espíritu, ambiente divino en que se 
realiza la simbiosis del Cuerpo y de la Cabeza. Así la Iglesia puede 
decir con la misma verdad que cada uno de sus miembros: «Yo vivo, o 
más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí» (Gálatas, 2, 
20). En el Espíritu, por lo tanto, y sólo en el Espíritu, cada uno de los 
miembros del Cuerpo se une a los demás miembros (Efesios, 2, 17-, 2, 
22). «Así estamos los unos en los otros todos y cado uno en el 
Espíritu, puesto que hemos sido bautizados en un solo Cuerpo en el 
Espíritu», escribe san Basilio, mientras que Agustín declara: «Es el 
mismo Espíritu Santo quien nos une». La transfusión del único 
Paráclito de Cristo a la Iglesia realiza la unión entre Cristo y la Iglesia.
Empleando este lenguaje, hemos intentado penetrar el pensamiento 
de Pablo: «Hemos sido injertados con él» (Romanos, 6, 5). Hemos 
empleado imágenes biológicas, como el propio san Pablo. Mas para 
profundizar más el sentido de la Revelación en este punto, podemos 
tomar otro camino y aclarar el cuadro de la existencia sobrenatural de 
la Iglesia. He aquí alguno de sus rasgos.
En el Espíritu las almas cristianas reciben la luz sobre Cristo, reconocen y confiesan que él es el Señor (Corintios, 12, 3). Así Cristo se hace habitante de los espíritus convertidos a su Verdad (Efesios, 3, 16-17). También en el Espíritu son transmitidos a los miembros de la Iglesia los deseos del Señor y sus intenciones, que se convierten en deseos e intenciones de ellos. En el Espíritu se mantiene la propia plegaria de Jesús: «Abba, Padre» (Gálatas, 4, 6; Romanos, 8, 15). En el Espíritu los fieles contemplan al Hijo de Dios, se adhieren a él, pues «el Espíritu no lo muestra desde fuera, sino que conduce a conocerlo en él» 14. Es también el Espíritu Santo el que comunica al alma 
cristiana la caridad cuya fuente es el mismo Dios. El amor de Dios es 
derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado 
(Rm, 5, 5). Por el Espíritu desciende pues en el alma la caridad que 
viene de Dios y le pertenece todavía, aun cuando se nos haya dado 
(Juan, 17, 26). En el Espíritu es concedido el amor que se mueve en 
Jesucristo, que es su vida antes de ser la nuestra y que sigue siendo 
su vida, aun cuando se convierta en la nuestra.
Así pues, no es nada sorprendente que el amor sobrenatural impulse 
a los cristianos a imitar el amor del Hijo a su Padre del Cielo y a sus 
hermanos de la tierra: compasión con respecto a los débiles y los pobres, perdón de las ofensas, abnegaciones ocultas, sacrificios absolutos... Así, en el Espíritu, el Cristo Cabeza se hace existir en sus miembros, mejor o peor por causa de nuestra culpa, pero realmente, por su omnipotencia.
Por tener en el Espíritu los mismos sentimientos que Cristo, por vivir 
en el Espíritu Santo de la misma vida que Cristo, la Iglesia es el tiempo 
y el espacio en que Cristo prolonga su existencia de Hijo de Dios. «Así 
el Cuerpo de Cristo es la Iglesia. Así como el cuerpo y la cabeza son un 
solo hombre, así (Pablo) declara que Cristo y la Iglesia son una sola 
realidad "en el Espíritu» 15. Para expresar esta verdad brevemente, 
los Padres de la Iglesia y los teólogos católicos declaran: el Espíritu 
Santo es el alma de la Iglesia. Esto indica lo suficiente que el Alma de 
la Iglesia no se sitúa primero en el nivel humano, natural y creado, sino 
que es Increada, Eterna, Divina.

En el Espíritu Santo, Jesús es la Cabeza de la Iglesia. -El Espíritu Santo comunica a la Iglesia Cristo, lo derrama, lo universaliza en cuanto la Iglesia es universal, lo temporaliza en cuanto la Iglesia está en el tiempo. Así, en el Espíritu Santo, Cristo y la Iglesia se identifican misteriosa y sobrenaturalmente.
Decir esto no es desconocer ni mucho menos que Cristo es en la Iglesia la Cabeza, el Jefe, el Primero. No igualamos Cristo y los miembros terrestres de su Cuerpo. Jesucristo es el «Primogénito». como dice san Pablo; todos los miembros de la Iglesia, incluido el Papa, no son sino sus humildes hermanos».

 Sólo Cristo es el Primero y sólo Cristo posee el derecho de enviar el Espíritu Santo, una vez adquirido este derecho por su muerte. Sólo él puede así elevar la Iglesia al rango de Esposa y hacer de ella su Cuerpo (Efesios, 5, 25 y ss.), porque sólo él puede pedir el Espíritu y ser escuchado con seguridad (Juan, 14, 16; 16, 7).
Desde que la Iglesia es Iglesia, Cristo no cesa pues de enviarle el Espíritu de Dios, que es su Espíritu. En el Paráclito, el Señor mueve a la Iglesia, la gobierna, la orienta, la dirige. Él es la Cabeza, que piensa el camino para el Cuerpo, que decide el camino para el Cuerpo. En el sentido estricto de «gobernar» y de «orientar», Cristo es absolutamente el único que lo hace real y eficazmente. Nadie más lo hace en su Cuerpo.
¿Qué queremos decir con esto? Que Cristo rige su Iglesia inmediatamente, inspirando a los miembros de su Cuerpo, en el Espíritu, el activarse, el consagrarse al servicio de su gloria. A veces Cristo suscita en ellos una acción más adaptada a las circunstancias, iniciativas conformes a necesidades nuevas o más urgentes. En todos los casos es sólo la Vida del Señor la que crece en los miembros de su Cuerpo, como antaño se desplegaba en Jesús, frente a la muchedumbre, ante los sumos sacerdotes, ante los fariseos o ante Pilatos. Y siempre el Cristo Cabeza inspira a todos el mismo deseo: «Padre, glorifica Tu Nombre» (Juan, 12, 28). Enviando su Espíritu, Cristo no cesa de iluminar la fe, de despertar la esperanza, de avivar la caridad. ¿No es Él «el pastor y el obispo de nuestras almas» (1 Pedro, 2, 25)? El gobierno de la Iglesia por la Cabeza se realiza aquí a manera de invitación secreta, de inspiración interior, de moción invisible que el Espíritu Santo derrama en toda la Católica, tanto sobre el laicado como sobre la jerarquía.


CABEZA  -  Decir que Cristo es la Cabeza de la Iglesia es decir también otra cosa. Es afirmar que, en el Espíritu, Jesús rige su Iglesia mediatamente y de forma ordinaria por medio de los sucesores de Pedro y de los Apóstoles. Éstos, en efecto, fueron constituidos instrumentos visibles al servicio de Cristo, a fin de que por ellos, visiblemente, el Señor ejerciera su regencia y diera vida, movimento, crecimiento a su Cuerpo. El gobierno de Jesucristo penetra así, pues, a través de las mediaciones contingentes que son los hombres de la Iglesia, se encarna asimismo en las formas históricas. Papas y obispos no son sino hombres, y no obstante, por su mediación, el Señor dirige el Cuerpo entero. No son sino instrumentos. No son en absoluto los 
equivalentes de Cristo -¿es preciso decirlo?-. El Papa no es el «substituto» de Cristo, como si hubiese en la Iglesia dos cabezas, Cristo antes y el Papa hoy. Una suposición tal sería absurda y blasfema. En verdad, sólo Cristo puede ser llamado Cabeza de la Iglesia.

V. Momento en que la Iglesia se hace y permanece «Cuerpo de Cristo» ¿Dónde se hace la Iglesia Cuerpo de Cristo? ¿Cuándo ocurre esto? Sin duda, una respuesta a esta pregunta se ha dado virtualmente más arriba. Pero conviene presentarla explícitamente.
Y es ésta. La Iglesia ha recibido del Hijo de Dios su constitución de cuerpo de Cristo de dos maneras diferentes. Lejos de oponerse, son solidarias una de otra. La primera es visible, institucionalmente se cumple cuando Cristo determina las estructuras del nuevo Israel, su misión, sus poderes, sus deberes. La segunda se sitúa en el misterio Redentor del mismo Cristo, Pasión y Resurrección, con la brillante manifestación del Pentecostés.

La misión jurídica. -La misión jurídica se halla en el origen de la Iglesia Cuerpo de Cristo. A veces se quería apartar esta verdad, tan humilde y desproporcionado parece el acto institucional, con lo que tiene de jurídico y de histórico, a la grandeza trascendente: Cuerpo de Cristo. No obstante, la verdad está aquí al desnudo. La institución jurídica es el lazo primordial que une la Iglesia a Jesús y le da una aptitud radical para convertirse en el Cuerpo de Cristo en toda su verdad. San Pablo será el árbrito de la disensión. Si alguien tiene alguna palabra que decir en la doctrina del Cuerpo de Cristo, es precisamente él.
Ahora bien, cuando expone esta doctrina, el Apóstol establece 
explícitamente la relación con la institución realizada por Cristo. Ésta no 
tenía otro fin que procurar la existencia del Cuerpo de Cristo y su 
vitalidad conquistadora:
«Y así él mismo a unos ha constituido apóstoles, a otros profetas y a 
otros evangelistas, y a otros pastores y doctores, a fin de que trabajen 
en la perfección de los santos en las funciones del ministerio, en la 
edificación del Cuerpo de Cristo» (Efesios, 4, 11-12).
Además, el mismo trabajo no es un elemento adventicio y heterogéneo al Cuerpo de Cristo, puesto que precisamente la función de los ministerios y del trabajo es procurar el crecimiento del Cuerpo. 
Pablo que acaba de decirlo lo repite de otra forma:
«Todo el cuerpo trabado y conexo entre sí recibe por todos los 
vasos y conductos de comunicación, según la medida correspondiente 
a cada miembro el aumento propio del cuerpo» (Efesios, 4, 16; cf. 
Colosenses, 2, 19).
Un poco antes, Pablo había marcado ya la misma relación entre la 
fundación institucional, jerárquica, y el Cuerpo vivo de Cristo cuando 
escribía:
«Estáis edificados (vosotros, el Cuerpo) sobre el fundamento de los 
apóstoles y profetas» (Efesios, 2, 20; cf. 2, 16). En realidad, San Pablo 
había expresado la misma convicción, aunque rápidamente y de forma 
implícita, en la primera parte de la epístola a los Corintios (12, 27-28).
En estos diversos textos, Pablo no hace más que repetir y 
desarrrollar la enseñanza de Jesús mismo. En efecto, Cristo había 
declarado: «En verdad os lo digo, quien recibe al que yo enviare, a mi 
me recibe» (Juan, 13, 20). Estas pocas palabras afirman la identidad 
entre los discipulos y el Señor, porque éstos son enviados por su 
Maestro. En varias ocasiones, Jesús repitió esta enseñanza. Tiende 
realmente a subrayar que la identidad entre Maestro y discípulos se 
funda en la misión dada, en el acto constitucional (Mateo, 10, 40; cfr. 
Lucas, 10, 16).
No puede discutirse pues, que la esencia de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, se encuentra ya implicada, anunciada, realizada precisamente en virtud de la misión jurídica que la constituye.

El Misterio redentor. -Pero sólo en el Misterio redentor la Iglesia se 
completa como Cuerpo de Cristo, según toda la verdad.
En efecto, sobre el madero de la Cruz, Cristo merecía a un elevado 
precio ser la Cabeza de su Iglesia, mereciendo darle su Espíritu y su 
vida.
Desde entonces, el pequeiío grupo de los Apóstoles ya no es 
simplemente un círculo de amigos alrededor de Cristo, sino que es el 
organismo sobrenatural por donde circula la vida del Señor. Todos los 
que en el futuro se agregarán al grupo original acrecentarán el Cuerpo 
aldheriéndose a la Cabeza. A este Cuerpo entero, que crece de tamaño y edad, la Cabeza envía el Espíritu, como prometió. Con el Espíritu transmite a todos sus miembros «sus insondables riquezas», luz, amor, fuerza, sabiduría... Una vez realizada la Redención, en todos los fieles penetra la vida del Sefior. De la Cabeza deriva hacia aquellos que dependen de la comunidad eclesial, hace de ellos miembros vivos de Cristo. Y todos juntos, reunidos por su gracia, son el Cuerpo del Hijo de Dios, la Iglesia.
Muriendo y resucitando, el Señor se unía a la Iglesia para siempre y 
hacía de ella su Cuerpo (Efesios, 5, 24). «Todos vosotros sois una sola 
cosa en Cristo Jesús» (Gálatas, 3, 28). En adelante, «vosotros sois el 
cuerpo de Cristo y miembros unidos a otros miembros» (1 Corintios, 
12, 27), ya que el Espíritu es común al Jefe y a los fieles.
Desde entonces también, en la Redención, la Iglesia recibe el poder 
de irradiar la fuerza redentora de Cristo, así como el cuerpo del Hijo del 
Hombre, antes, dejaba «salir de él una fuerza» curativa (Lucas, 8, 46). 
¿Cómo podía ser de otro modo? Si la Iglesia se ha convertido en Cuerpo de Cristo, ¿cómo no había de ser instrumento de salvación? 
Por ella, Jesús resucitado sigue obrando sobrenaturalmente. Por su Cuerpo, la Cabeza instruye y rescata. Cuando el Cuerpo realiza los gestos redentores deseados por la Cabeza, entonces la salvación se esparce hacia la humanidad; cuando habla, es el Jefe quien habla (Lucas, 10, 16), cuando enseña, es el Espíritu de Jesús el que convence (1 Corintios, 2, 3-5). Desde ahora, por muy humano que sea, «el pequeño rebaño» prosigue la acción del Salvador, porque se ha hecho Cuerpo de Cristo.
Ahora bien, lo que la Iglesia es por voluntad de Jesucristo, no puede 
seguir siéndolo sin su voluntad permanente. La Iglesia es Cuerpo de 
Cristo por gracia, se mantiene Cuerpo de Cristo por gracia. Jesucristo 
se emplea pues siempre en concederle la gracia de ser Cuerpo de Cristo. Y lo hace en cada celebración eucarística.
Invisiblemente presente a los asistentes y al sacerdote, Cristo 
inspira el deseo y da la fuerza de hacer lo que prescribe. Pues Jesús 
se acerca, se ofrece en persona en la comunión, a fin de establecer, 
de consolidar la paz y la unanimidad entre los miembros de la asamblea eclesial. Con el único Señor, éstos reciben el lazo de fraternidad sobrenatural, se convierten en un solo Viviente con Cristo -en tanto que se dejen trabajar por su Espíritu... San Juan Crisóstomo, comentando a San Pablo (I Corintios, 10, 16-17), escribía justamente: «Nosotros somos este mismo Cuerpo (el de Jesucristo). ¿Cuál es este pan? El Cuerpo de Cristo. ¿En qué se convierten los que lo reciben? En Cuerpo de Cristo; no varios cuerpos, sino un solo Cuerpo»18.

VI. Conclusión
Hemos tratado de describir el misterio. Es preciso ahora expresarlo con alguna precisión. Luego, diremos donde se encuentra concretamente, en el tiempo y el espacio de nuestra humanidad, la Iglesia Cuerpo de Cristo.

En busca de una expresión correcta.- Para llegar a una formulación 
conveniente -aunque no exhaustiva-, es necesario primero apartar las 
representaciones aberrantes. Las hay de varias clases.
Pío XII protestaba en la enciclica Mystici Corporis contra un misticismo extravagante que haría de todo cristiano una personificación de Cristo. ¿En qué autoridad podría apoyarse un concepto tal? Jamás Pablo denominó «Cristo» al bautizado considerado aisladamente. 
Ninguno puede merecer este calificativo excesivo, sea cual fuere su función en la Iglesia, si nos tomamos el trabajo de hablar con algún rigor. Es la Iglesia entera la que es Cristo, según San Pablo; es la asamblea universal, «con sus vasos y conductos de comunicación», con todos sus miembros, la que es denominada Cuerpo de Cristo. Sí, San Pablo dijo: «Cristo vive en mi», no dijo nunca «Yo soy Cristo», lo cual hubiera sido un absurdo. La subjetividad de Jesucristo no se confunde nunca con la de los cristianos, aun cuando éstos actúen sobrenaturalmente.
Igualmente, hay que descartar toda expresión que sugiera el 
panteismo. El cristiano -¿es preciso decirlo?- no merece ninguno de los 
atributos divinos. Si está permitida una identificación entre Cristo y la 
Iglesia, ésta no es un derecho natural, sino un don gratuito, merecido 
únicamente por el sacrificio del Hijo de Dios. Todo es misericordia, todo 
es gratuidad. Y si, por gracia, la Iglesia no puede dejar de ser Cuerpo 
de Cristo, todo cristiano puede romper el lazo que lo une a la Cabeza 
de la Iglesia.
Hay que evitar aún otros errores. San Pablo, con su mismo lenguaje, 
descarta toda identificación grosera, que conduciría a formar una 
mezcla de Cristo y de la Iglesia. Los términos empleados por el Apóstol 
marcan claramente la distinción necesaria. Así, la imagen de la Cabeza: la Cabeza manda, gobierna, domina, y el Cuerpo obedece. Así también la imagen del Esposo y la Esposa: la unión no es amalgama y confusión. Lo mismo ocurre, en fin, cuando escribe el Apóstol que la Iglesia es el Pleroma de Cristo. Sea cual fuere su interpretación, estas palabras implican que la Iglesia no desaparece en Cristo, puesto que precisamente ella lo completa y puesto que ella es colmada por Cristo. 
La identidad entre Cristo y la Iglesia no es, pues, «física». Esto sería 
declarar equivalentemente que las personas humanas quedan abolidas 
en el Cuerpo de Cristo.
La unión de la Iglesia y de Cristo no tiene, pues, esencialmente nada 
que ver con la unión hipostática. Sin duda ésta es un término de 
comparación que puede ayudar a entrar en la comprensión del misterio 
de la Iglesia. Pero si la fórmula del teólogo Moehler -«La Iglesia es la 
Encarnación continuada» - quisiera decir unión hipostática entre Cristo 
y la Iglesia, habría que recusarla absolutamente. La Iglesia, en efecto, 
no está unida a Dios según la persona, sino según ciertas operaciones.
Sin embargo, para evitar estos errores, no es preciso pasar al 
extremo opuesto y reducir la expresión: «la lgIesia es el Cuerpo de 
Cristo» a una simple metáfora, y la solidaridad entre Cristo y los 
cristianos a una simple unión «moral». Esto no sería por definición sino 
el conocimiento de Cristo, la adhesión a su persona, la obediencia a 
sus mandamientos. Pablo no reconocería su pensamiento bajo este 
disfraz.
¿Qué decir, pues, si uno quiere expresarse correctamente? 
Simplemente esto: la unión entre Cristo y la Iglesia es una realidad 
única, que no encuentra ningún equivalente en nuestra experiencia. La 
unión entre la Cabeza y el Cuerpo es misteriosa, por más que podamos 
encontrar alguna analogía de ella en la unión de los miembros del cuerpo humano, en la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio. 
Porque es sobrenatural, escapa a nuestra comprensión intelectual. Así, 
pues, nos limitamos a llamarla «mística», es decir, supraintelectual, 
supranatural.
Pero no hay que ver en este adjetivo que la unión entre Cristo y la 
Iglesia sea irreal. Es más real que las uniones de la tierra, puesto que 
es operada por la Omnipotencia divina y consolidada en ella. Más real 
que otra unión cualquiera de la tierra lo es también porque la unión 
mística se funda en la fidelidad de Dios y no en la fidelidad de los 
hombres. Más real en fin, porque es una participación en la unión de 
las Personas Divinas entre si. «Que sean uno como nosotros somos 
uno», «que sean también uno en nosotros», había pedido el mismo 
Señor (Jn, 17, 21-23). La vida sobrenatural de los miembros de Cristo 
no es, pues, lo mismo que la vida de la Cabeza de la Iglesia.
La unión es tan real, tan sólida, que es indefectible. Nunca ocurrirá 
que Cristo deje de ser la Cabeza de su Cuerpo. Lejos de ello, la unión 
está llamada a aumentar. Es dada a la Iglesia como un hecho, pero 
también como una esperanza. El Cuerpo de Cristo está destinado a 
«crecer de todas maneras hacia aquel que es la Cabeza, Cristo» 
(Efesios, 4, 15), hasta la plenitud de su talla, al término de la Historia.

¿Dónde está el Cuerpo Místico de Cristo? - Si esto es así, si el 
Cuerpo de Cristo es a la vez un presente y un futuro, ¿en qué tiempo y 
en qué lugar se encuentra realmente el Cuerpo de Cristo? ¿En el 
futuro escatológico y en la visión beatífica? ¿En el curso de nuestra 
historia terrestre? ¿Y en qué punto de esta historia? 
Esta cuestión no adquirió importancia sino a partir de la Reforma. 
Cuando los protestantes disociaron el «Cuerpo de Cristo» y la 
comunidad jerárquica, se planteaba este problema: si el Cuerpo de 
Cristo no es esta comunidad visible y jerárquica, ¿dónde está? La 
Reforma contestaba que el Cuerpo de Cristo es realidad interior, 
justificación y unión espiritual a Cristo. De este modo el Cuerpo de 
Jesucristo se hacía invisible.
Después de lo que hemos leido en las epístolas de san Pablo, 
¿quién no ve la flagrante infidelidad al pensamiento paulino? Jamás el 
Apostol aplica la noción de Iglesia Cuerpo de Cristo solamente a la 
clase de los justificados o de los predestinados, menos aún solamente 
de los elegidos. «Cuerpo de Cristo» es una definición, concisa en las 
palabras, amplia en la significación, que expresa a la vez el aspecto 
visible e invisible, las funciones ministeriales y la unión sobrenatural de 
los miembros entre sí y con la Cabeza, que recuerda el origen 
histórico-jurídico, a saber la institución realizada por Cristo y fundada 
en los Apóstoles (comp. con Juan, 15, 16).
Por ello el Cuerpo de Cristo no puede realizarse plenamente sino 
donde la asamblea de los fieles se une a los Apóstoles por medio del 
lazo de la fe, de la obediencia y de los sacramentos. No puede serlo 
auténticamente allí donde falte uno de estos tres elementos. Solamente 
pues en la Iglesia una, santa, católica, apostólica y romana se realiza 
de manera presente el Cuerpo de Cristo en la verdad total 19. Es esta 
doctrina la que recuerda Pío XII en la encíclica Mystici Corporis. 
Pertenece a la fe católica 20. «Así pues, están en un peligroso error 
los que creen poder pertenecer a Cristo, Cabeza de la Iglesia, sin dar 
su fiel adhesión a su Vicario en la tierra» 21. San Agustín había dicho 
antaño en el mismo sentido: «Que se hagan pues Cuerpo de Cristo, si 
quieren vivir del Espíritu de Cristo. Nadie vive del Espíritu de Cristo, 
sino el Cuerpo de Cristo» 22.

Epílogo. - Así, cuando decimos que la Iglesia una, santa, católica, apostólica y romana es el Cuerpo de Cristo, decimos dos cosas esenciales. La primera es ésta: la Iglesia es una realidad humana, sociológica, histórica. Y la segunda, ésta: esta humilde realidad es habitada por la vida de Cristo, vive de ella y la extiende a lo lejos, cada vez más lejos. Por ello la fe no duda en escuchar a Pablo y en identificar místicamente Cristo y la Iglesia. No es preciso pues cortar en la Católica entre las realidades históricas y la realidad divina, como si fueran extrañas una a otra. Es el conjunto, la conjunción de estas dos realidades, la humana y la divina, lo que constituye en toda verdad el Cuerpo de Cristo, es decir el misterio de la Iglesia Católica.Esto expresa también el Designio Redentor universal.

ANDRÉ DE BORIS- LA IGLESIA Y SU MISTERIO - Editorial CASAL I VALL
ANDORRA-1962.Págs. 55-79

....................
1. Estas frases esquematizan y endurecen, reconozcámoslo, el pensamiento 
protestante, que en este punto es actualmente complejo y movible. 
2. Encíclica Haurietis aquas, Acta Apostolicae Sedis 48 (1956), pág. 328.
6. La primera interpretación es más segura desde el punto de vista exegético. 
La segunda se ha ganado en su favor la adhesión de los Padres de la Iglesia. Se comprende, ya que precisamente es coherente con el conjunto del pensamiento paulino en la epístola a los Efesios, donde Pablo muestra que Cristo está en camino de terminación, que debe llegar a la plenitud de su edad.
7. Sermo 71, 12, 28; P. L., 38, 460; íd., 23, 37; P. L., 38, 466; íd., 258, 2; P. L., 38. 
1232.
8. In Joannem XI, 2; P. G., 74, 452-453. Cf. Santo Tomás, Contra Geiitiles, IV, cap. 21.
9. Sermo 144, 1, 1; P. L., 40, 191.
10. Cf. Romanos, 8, 9; II Corintios, 3, 17; Gá!atas, 4, 6, textos que recuerda la encíclica Mystici Corporis, Acta Apostolicae Sedis 35 (1943), pág. 219.
11. San ATANASIO, Primera carta a Serapion, 19; P. G., 26, 573-576.
12. San CIRILO DE ALEJANDRÍA, Thesaurus, 34 ; P. G., 75, 609.
13. Mystici Corporis, Acta Ap. Sed. 35 (1943), pág. 219.
14. SAN BASILio, De Spiritu Sancto, 47; P. G., 32, 153.
15. SAN JUAN Crisóstomo, In 1 am ep. ad Corinthios, Hom. 30, nº 1; P. G., 61, 250; cf. Santo Tomás, In III Sentent., D. 13, q. 2, a. 1, ad. 2.
18. In 1 am Ep. ad Corinthios, Hom., 24, nº. 2; PG., 61, 200.
19. Hablando en términos rigurosos, diremos que el Cuerpo de Cristo no se 
realiza adecuadamente sino en la Iglesia Católica. Esto supone que el Cuerpo de Cristo puede encontrar realizaciones inadecuadas, en grados diversos, fuera de la Iglesia Católica. Es el caso, Evidente, de la Ortodoxia grecorrusa,
20. Antes de Pío XII, Pío IX enseña la misma doctrina en 1861, Clemente VIII en 1595. Pío XII la repite, después de Mystici Corporis, en la encíclica Orientales omnes y en la encíclica Humani Generis (Acta ap. Sed., 1951, pág. 640).
21. Mystici Corporis.
22. In Johannis evangelium, tractatus 26, n.9 13; PL, 35, 1612.

 

+++

 

La Edad Media guarda numerosas sorpresas a todo el que desea correr la aventura de adentrarse por sus intimidades. Siglo oscuro y ruidos de armas. Señores feudales con sus mesnadas guerreras. Castillos defensores con puentes levadizas y celadas astutas por las encrucijadas de los caminos. Invasión de los bárbaros, en una palabra, que ha preparado este precario estado de cosas y ha liquidado una cultura decadente y cansada. Brilla ahora mucho más el ejercicio de las armas que el conocer la cultura clásica. Y entre los nobles llega a ser un timbre de gloria el ser analfabeto: "El señor no firma porque es noble", terminan algunos documentos del tiempo.

 Pero la ciencia no ha desaparecido. Se ha refugiado en los monasterios. La Iglesia, por los monjes sobre todo, es la gran y única educadora de los pueblos. Clérigo y letrado. son ahora palabras sinónimas. Para penetrar, pues, bien la Edad Media es preciso conocer también la vida apretada y fecunda de los monasterios. Entrar en ellas con el ánimo purificado y sereno, dócil y abierto a toda sugerencia. Descalzarse, previamente, de toda predisposición a lo complicado y vertiginoso, a las velocidades supersónicas y a las carreras contra reloj. Para sorprender mejor a aquellos hombres, enjambres de Dios elaborando, en, sus celdas, la miel dulcísima de las ciencias del espíritu para el bien de las almas.

 

+++

 

 

SAN AGUSTÍN - IGLESIA, CUERPO DE CRISTO

 

CRISTO TOTAL - En la Iglesia occidental quien con más vida y frecuencia predica a la Iglesia como cuerpo de Cristo es ·Agustín-san; esta idea está en el centro de su pensamiento, sobre todo en la Explicación de los Salmos. En la Explicación al salmo 3, 9 dice: «Este salmo puede también ser entendido de la persona de Cristo de otro modo, a saber, si El (Cristo) habla como totalidad. Como totalidad, digo, con el Cuerpo cuya Cabeza es. Hablan, pues, a la vez la Iglesia y su Cabeza en medio de las tormentas de persecución desatadas en toda la tierra -sabemos cómo se ha cumplido esto ya-: Señor, ¡cuántos son los que se alzan contra mí... Pero tú, Señor, eres escudo en torno mío y me proteges. En Jesús, naturalmente, pues en aquel hombre fue también asumida la Iglesia por el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros... Con derecho, pues, dice también la Iglesia: tú eres escudo en torno mío, mi gloria. Pues no se atribuye a sí misma el ser ensalzada, porque sabe, por gracia y misericordia de quién es ensalzada. Quien te ensalza a ti, mi Cabeza, a Aquel que subió al cielo como Primogénito de entre los muertos... Levántate, Señor, sálvame, Dios mío! Así puede hablar el Cuerpo a su propia Cabeza.» 
Cfr. también la Explicación al salmo 15, 5; 21, 4; 37, 6. En la Explicación al salmo 17, 2, dice: «Aquí hablan Cristo y la lglesia, es decir, el Cristo total, cabeza y cuerpo: quiero amarte, Dios mío, mi fortaleza.» 

En el comentario al salmo 127, 3, dice: «Hay muchos hombres y, sin embargo, un solo hombre, muchos cristianos y un solo Cristo. Los cristianos mismos con su cabeza, que subió al cielo, son un solo Cristo. No es Aquel uno y nosotros muchos, somos uno en El. Un solo hombre, pues, Cristo, cabeza y cuerpo.» 

En la Explicación del salmo 26 (sección 2, 2) dice: «El nos salvó con su sangre y nos incorporó a El y así nos hizo miembros suyos, para que también nosotros fuéramos Cristo en El. Todos nosotros estamos en El porque en cierto modo el Cristo total es cabeza y cuerpo.» 

En la Explicación del salmo 60, 3, dice: 
«Nuestra vida en esta peregrinación no puede estar sin tentaciones; porque nuestro adelanto no pueden ocurrir más que por nuestras tentaciones, ni nadie se conoce a sí mismo si no en la tentación, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha sido atacado... A nosotros, es decir, a su Cuerpo, nos quiso El prefigurar ya en su propio cuerpo, en el cuerpo con que murió y resucitó y subió a los cielos, para que los miembros confiaran seguir adonde la Cabeza nos precedió. Nos prefiguró en Sí, por tanto, cuando fue tentado por Satanás... En Cristo fuiste tentado tú, porque Dios asumió carne tuya,. Oprobio tuyo, honor tuyo y, por tanto,

tentación tuya, victoria tuya. Si fuimos tentados en El, en El vencimos al demonio... Acordémonos del Evangelio: sobre esta piedra quiero edificar mi Iglesia... (Mt. 16, 18). ¿Pero quién se hizo piedra? Oye a San Pablo: pero la roca era Cristo (I Cor. 10, 4). En El, por tanto, estamos edificados. Por eso la roca en que estamos edificados fue antes atacada por el viento, la lluvia y las corrientes, cuando Cristo fue tentado por el demonio. Mira sobre qué solidez quiso fundarte.» 
Cfr. también Ps. 142 3- 26, 2, 11; 18, 2, 10; 37, 6; 74, 4; 30; Sermón 1, 3. En la homilía 2i sobre el Evangelio de San Juan, 8, dice: 

«Dejad, pues que nos felicitemos y demos gracias, porque no sólo 
nos hemos hecho cristianos, sino Cristo. ¿Entendéis, hermanos; os 
dais cuenta de la gracia de Dios en nosotros? Admiraos, alegraos, 
nos hemos hecho Cristo. Pues si El es la Cabeza y nosotros los 
miembros, el hombre total es El y nosotros. Lo dice el apóstol Pablo: 
para que no fuéramos ya niños llevados de aquí para allá por el 
viento de las doctrinas. Pero antes había dicho: hasta que todos 
nosotros lleguemos a la unidad de la fe y al conocimiento del HiJo de 
Dios, al varón perfecto, a la edad de la plenitud de Cristo. La plenitud 
de Cristo son, pues, la Cabeza y los miembros. ¿Qué significa 
«Cabeza y miembros»? Cristo y la Iglesia. Pues nos lo atribuiríamos 
soberbiamente, si no se hubiera dignado atribuirnoslo Aquel que por 
San Pablo dice: pero vosotros sois el Cuerpo y los miembros de 
Cristo. Por tanto, cuando el Padre muestra algo a los miembros de 
Cristo, lo muestra a Cristo. Ocurre un milagro enorme pero verdadero; 
se muestra a Cristo, lo que Cristo sabía, y se muestra a Cristo por 
Cristo. Es algo maravilloso y grande, pero la Escritura así lo dice. 
¿Qué significa lo que he dicho es mostrado a Cristo por Cristo? Es 
mostrado a los miembros por la Cabeza. Mira, medita esto: imagina 
que quisieras levantar algo con los ojos cerrados; la mano no sabe 
adónde tiene que ir y sin duda la mano es un miembro tuyo, pues no 
está separada de ti; abre los ojos; ahora la mano sabe adonde tiene 
que ir: el miembro sigue a la cabeza que indica. La cabeza indica para 
que los miembros vean; la cabeza enseña para que aprendan los 
miembros; sin embargo, cabeza y miembros son un solo hombre. Él 
no quiso separarse de nosotros, sino que se unió a nosotros. Estaba 
lejos de nosotros, muy lejos; ¿qué hay más alejado que el hombre y 
Dios7 ¿Qué tan distanciado como la injusticia y la justicia, como la 
mortalidad y la eternidad? Mira cuán lejos estaba el Verbo al principio, 
Dios en Dios por quien todo fue hecho. ¿Y cómo se ha acercado 
hasta llegar a ser lo que nosotros somos y nosotros en El? El Verbo 
se hizo carne y habitó entre nosotros.» 

En su obra De peccatorum meritis et remissione (lib. 1, cap. 31), 
dice: 
«Si la esencia divina, a pesar de la distancia, pudo asumir la 
sustancia humana por amor nuestro, de manera que era una sola 
persona y el Hijo del hombre que estaba en la tierra era el mismo en 
el cielo debido a la participación de la carne en la divinidad, cuánto 
más digno de creer es que los demás hombres santos y creyentes en 
El se hagan un Cristo con el hombre Cristo, de forma que, ascendiendo ellos por su gracia y comunidad, El, el Cristo uno, que bajó del cielo suba al cielo! Y así dice también el Apóstol: del mismo modo que nosotros tenemos muchos miembros en un solo cuerpo, pero todos son miembros del cuerpo, porque son muchos, pero un solo cuerpo: así también Cristo. No dijo: así también de Cristo, es decir cuerpo de Cristo o miembros de Cristo, sino: así también Cristo, llamando Cristo a la Cabeza y al Cuerpo.» 

En De praedestinatione sanctorum (15, 31) dice: 
«En nuestra Cabeza se nos aparece la fuente misma de la gracia, 
desde donde fluye por todos sus miembros según la medida de cada 
uno. Por la gracia el hombre -sea quien sea- se hace de Cristo desde 
el principio de su fe, por ia gracia por la que aquel hombre fue Cristo 
desde el principio: renacido por el mismo Espíritu, por el que El nació; 
en el mismo Espíritu ocurre en nosotros el perdón de los pecados, en 
que ocurrió que El no tuviera pecado alguno... Del mismo modo, pues, 
que El solo fue predestinado a ser nuestra Cabeza, todos nosotros 
fuimos predestinados a ser sus miembros... Nos hace creer en Cristo, 
quien nos hizo Cristo en quien creemos; hizo en los hombres el 
fundamento de la fe y la plenitud en Jesús, el mismo que hizo al 
hombre fundador de la fe y cumplidor, el mismo que le hizo Jesús.» 
El Sermón 144, 5, dice: 
«Vuestra fe, amadísimos, sabe bien, y nosotros sabemos, que lo 
habéis aprendido bajo la enseñanza del celestial Maestro en quien 
ponéis vuestra confianza: que nuestro Señor Jesucristo, que ya 
padeció y resucitó por nosotros, es la Cabeza de la Iglesia, y que la 
Iglesia es su Cuerpo y que en su Cuerpo la unidad de los miembros y 
la obra vinculadora del amor representan la salud. Quien se enfría en 
el amor, está enfermo en el Cuerpo de Cristo. Y aquel a quien ya ha 
ensalzado nuestra Cabeza es poderoso incluso para curar a los 
miembros enfermos: si no se han desgarrado por un ateísmo 
excesivo, sino que están en relación con el Cuerpo hasta que ocurre 
la curación. Pues no hay que desesperar de la curación de lo que 
está todavía en relación con el Cuerpo: pero lo que ha sido separado 
y cortado no puede ni ser sanado ni recuperado. Y como Aquél es 
Cabeza de la Iglesia y la Iglesia su Cuerpo, el Cristo total es la Cabeza 
y Cuerpo juntamente. Aquella ya ha resucitado. Tenemos, pues, 
nuestra Cabeza en el cielo. Nuestra Cabeza intercede por nosotros. 
Nuestra impecable e inmortal Cabeza ruega a Dios por nuestros 
pecados: para que también nosotros, resucitando al fin y llevados a la 
gloria celestial, sigamos a nuestra Cabeza. Pues donde está la 
Cabeza deben estar también los demás miembros. Pero nosotros 
somos miembros ya mientras estamos aquí; no nos desanimemos: 
pronto seguiremos a la Cabeza. Pues, hermanos, ved el amor de 
nuestra Cabeza. Está ya en el cielo y está sufriendo aquí abajo, 
mientras sufra aquí abajo la Iglesia. Aquí abajo pasa hambre Cristo, 
pasa sed, está desnudo, es extraño, está enfermo, está en la cárcel. 
Pues todo lo que sufre su cuerpo aquí abajo, dice que lo sufre 
también El... «Yo estaba hambriento y me disteis de comer..., pues 
todo lo que hacéis a uno de mis pequeños, a mí me lo hacéis» 
(/Mt/25/42-45). Y así también en nuestro cuerpo la cabeza está 
arriba, mientras que los pies están en tierra; sin embargo, cuando en 
una multitud alguien te pisa el pie, ¿no dice la cabeza: me has 
pisado? Y así clama también Cristo, con quien nadie tropieza: «Tenía 
hambre y me disteis de comer.» 

El Sermón 19, 1-4, dice: 
«Hay hombres que tengan fe y no amor? Hay muchos que creen y 
no aman... «Dices que hay un Dios. Tu fe es cierta, pero también los 
demonios tiemblan y creen» (/St/02/19). Por tanto, si sólo crees y no 
amas, eso tienes en común con los demonios. Pedro dijo: «Tú eres el 
Hijo de Dios» y le fue contestado: «Bienaventurado tú, Simón Bar 
Jona, pues no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre 
celestial» (Mt. 16, 16-17). Encontramos que también los demonios 
dicen: «¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios?» El Apóstol 
confiesa al Hijo y al Hijo confiesan también los demonios: la profesión 
parece igual, el amor es desigual. Los apóstoles creen y aman, los 
demonios creen y temen; el amor espera recompensa, el temor 
castigo. Nadie se ufane, pues, por cualquier don de la Iglesia, en caso 
de que destaque dentro de la Iglesia por algún don que le haya sido 
confiado; tenga más bien en cuenta si tiene amor. Pues también 
Pablo enumera muchos de Dios en los miembros de Cristo, que son la 
Iglesia, y dice que a todos los miembros son confiados dones 
especiales y que es imposible poseer todos los mismos dones. Pero 
nadie quedará sin dones: «apóstoles, profetas, doctores, luego el 
poder de milagros, las virtudes; después las gracias de curación, de 
asistencia, de gobierno, los géneros de lenguas» (/1Co/12/28). Así se 
dijo y vemos un don en éste y otro en aquél. Que nadie se ofenda, 
pues, de que a él no se le haya dado lo que a otro fue dado. Tenga 
amor, no envidia al poseedor, y tendrá junto con él lo que él mismo no 
tiene. Pues lo que tiene mi hermano, si no lo envidio, sino que le amo, 
yo lo tengo. En mí no tengo nada, pero lo poseo en él: no sería mío si 
no estuviéramos en el mismo Cuerpo y bajo la misma Cabeza. 
La mano izquierda, por ejemplo, lleva un anillo y la derecha no; ¿se 
queda ésta sin adorno por eso? Considera las manos por separado: 
ves que lo que tiene la una no lo tiene la otra. Considera el conjunto 
del cuerpo que comprende ambas manos, y ve cómo lo que una mano 
no tiene lo tiene la otra. Los ojos ven adónde van y los pies van hacia 
donde los ojos han previsto; pero los ojos no pueden andar, ni los 
pies ver. Pero el pie te dirá: también yo tengo luz, pero no en mí, sino 
en el ojo; pues el ojo no ve para él solo y para mí no. Y los ojos 
contestarán: nosotros andamos también no por nosotros, sino 
mediante los pies; pues los pies no se llevan a sí mismos solos y no a 
nosotros. Cada uno de los miembros cumple, pues, en particular, 
divididos los oficios, lo que el alma manda; y sin embargo, radican en 
un solo cuerpo y se mantienen en unidad; no se apoderan de lo que 
los otros miembros tienen, aunque ellos mismos no tengan aquellos 
miembros, ni tienen por ajeno lo que poseen en común en el mismo 
cuerpo. Y, finalmente, hermanos: si un miembro choca con algo bajo, 
¿qué miembro le negará su ayuda? ¿Qué parece en el cuerpo 
humano más en último lugar que el pie? Y en el pie mismo ¿qué más 
alejado que la planta? Y sin embargo eso más alejado está en tan 
estrecha relación con toda la estructura del cuerpo que, cuando se 
clava una espina, todos los miembros colaboran para sacar la espina: 
las rodillas se doblan, se curva la espalda.... uno se sienta para sacar 
la espina; y el hecho de sentarse es cosa de todo el cuerpo. ¡Cuán 
pequeña es la parte lastimada! Tan pequeña es la parte en que pudo 
clavarse una espina y, sin embargo, el apuro de un lugar tan pequeño 
y menudo no es descuidado por todo el cuerpo: los demás miembros 
no sufren y en aquel lugar sufren todos. El Apóstol nos ha dado en 
esto una parábola de amor, animándonos a que nos amemos entre 
nosotros, como los miembros en el cuerpo: «Si padece un miembro, 
todos los miembros padecen con él, y si un miembro es honrado, 
todos los otros a una se gozan. Pues vosotros sois el Cuerpo de 
Cristo y sus miembros» (/1Co/12/26-27). Si se aman los miembros 
que tienen su cabeza en la tierra, ¿cómo tendrán que amarse los 
miembros que tienen su Cabeza en el cielo? Claro que no se amarían 
si fueran abandonados por su Cabeza; pero como esta Cabeza es 
Cabeza y está ensalzada y está a la derecha de Dios Padre, de forma 
que sigue trabajando en la tierra, no en sí sino en sus miembros, da 
modo que al final dice: «tuve hambre, tuve sed; fui extraño», y ellos 
contestan: «¿cuándo te vimos hambriento o sediento?», y El 
responde también: Yo, la Cabeza, estaba en el cielo, pero en la tierra 
estaban sedientos los miembros -dice al final: «lo que no hicisteis a 
uno de mis pequeños a Mí me lo negasteis» (Mt/25/35-45). A esta 
Cabeza estamos unidos única mente por el amor.
Y así, hermanos, vemos a cada miembro en su oficio cumplir su 
propia tarea: que el ojo ve, pero no hace; que la mano, en cambio, 
hace pero no ve, el oído oye pero ni ve ni hace; la lengua habla, pero 
ni oye ni ve; y aunque todos ellos son distintos y están separados por 
sus oficios, tienen, unidos por la única estructura del cuerpo, algo 
común a todos. Los oficios son diversos, el bienestar uno solo. El 
amor es en los miembros de Cristo lo que la salud y bienestar en los 
miembros del cuerpo. En mejor lugar está el ojo: está puesto arriba 
como en una almena de vigilancia, para desde allí ver, contemplar, 
mostrar; gran honor hay en los ojos, por lo fogoso del sentido, por la 
movilidad, por cierto poder que los otros miembros no tienen. Por eso 
los hombres suelen jurar por sus ojos más que por ningún otro 
miembro. Nadie dice a otro: te quiero como a mis oídos; y sin embargo 
el sentido del oído no está lejos del ojo, es el más cercano a él. 
Diariamente dicen los hombres: te amo como a mis ojos. Y también el 
Apóstol alude a que el amor a los ojos es mayor que el amor a los 
demás miembros: cuando se siente abandonado por el amor de la 
Iglesia de Dios dice: «pues yo mismo testifico que, de haber sido 
posible, los ojos mismos me hubiera arrancado para dároslos» 
(/Ga/04/15). Nada hay, pues, en el cuerpo más sublime y honrado 
que los ojos, y tal vez nada más pequeño que el dedo pequeño del 
pie. Pero está más en orden el dedo sano que el ojo enfermizo y 
legañoso, pues la salud, que es común a todos los miembros, es más 
valiosa que los oficios de cada uno. Y así ves en la Iglesia a uno que 
tiene un oficio pequeño y amor para él, y a otro tal vez con un oficio 
más importante pero que no tiene amor. Sea aquél el dedo pequeño 
del pie y éste el ojo. Pertenece más a la estructura del cuerpo el que 
ha conservado la salud. Finalmente es una carga para el Cuerpo, 
quien siempre está enfermizo; y todos los miembros se esfuerzan por 
curar al enfermo, y la mayoría de las veces cura. Pero si no es curado 
y se pudre de modo que no puede curar, los demás miembros tienen 
que aconsejar que sea cortado y separado del conjunto del cuerpo.»

El Sermón 3 dice:
«El oficio de la palabra y el cuidado en que nosotros padecemos 
dolores de parto por vosotros, hasta que Cristo haya sido formado en 
vosotros, nos impulsa a advertir a vuestra niñez, a vosotros que, 
renacidos del agua y del Espíritu, véis a nueva luz este manjar, esta 
bebida sobre la mesa del Señor y que los recibís con inocente 
devoción, sobre lo que significa este tan grande y divino sacramento, 
este tan celebrado y noble medicamento, un sacrificio tan puro y 
suave que hoy es inmolado, no ya en una ciudad terrena de 
Jerusalén o en el tabernáculo erigido por Moisés, ni en el templo 
construído por Salomón, sombras todas del futuro, sino inmolado 
según las profecías «desde la aurora al atardecer» y ofrecido según 
la gracia de la Nueva Alianza como sacrificio de alabanza a Dios. Ya 
no se elige entre los rebaños de animales un sacrificio cruento; 
ninguna oveja o cabrito son arrastrados ya hasta el altar de Dios: el 
sacrificio de nuestro tiempo es la carne y sangre del sacerdote mismo. 
Pues sólo de El se profetizó en los Salmos: «Tú eres sacerdote 
eternamente según el orden de Melquisedec». Y leemos en el libro 
del Génesis que Melquisedec, sacerdote del Señor, llevó pan y vino 
cuando fue a bendecir a nuestro padre Abraham. 
Cristo, pues, nuestro Señor, que sacrificó en la Pasión por nosotros 
lo que había recibido de nosotros al nacer, constituido eternamente 
como Sumo Sacerdote, fijó el orden de sacrificio que véis: el de su 
cuerpo y sangre. Pues su cuerpo traspasado por la lanza manó la 
sangre y agua, que perdonan nuestros pecados. Acordándoos de 
esta gracia, luchando por vuestra salvación con temor y temblor 
-porque es Dios quien obra en vosotros-, entrad en comunidad con 
este altar. Reconoced en el pan lo que pendió de la Cruz y en el cáliz 
lo que se derramó de su costado. Pues también los sacrificios de la 
Antigua Alianza con toda su abigarrada pluralidad eran una imagen 
del único sacrificio venidero. Pues Cristo mismo es el cordero, por la 
inocencia de su sencillo ánimo, y el cabrito, por su semejanza a la 
carne de pecado. Y todo lo que fue prefigurado de múltiples modos 
en los sacrificios del Antiguo Testamento, pertenece al único sacrificio 
que ha sido revelado en el Nuevo. 
Recibid, pues, y comed el Cuerpo de Cristo, vosotros que en el 
Cuerpo de Cristo os habéis hecho miembros de Cristo; recibid y 
bebed la sangre de Cristo. No os volváis a desatar, comed el vínculo 
de vuestra unidad; conoced vuestra dignidad, bebed vuestro precio. 
Del mismo modo que esto se convierte en vosotros, al comerlo y 
beberlo, así vosotros os convertís en Cuerpo de Cristo, Si vivís 
piadosa y dócilmente... Recibiendo en El la vida sois una carne con 
El. Pues este misterio no significa la carne de Cristo de modo que os 
separe de ella. El Apóstol dice que esto estaba profetizado en la 
Escritura: «Ambos serán una sola carne» (I Cor. 10, 17). Y en otro 
lugar dice de la Eucaristía misma: «un único pan, un cuerpo único, 
somos nosotros a pesar de ser muchos». Así empezáis a recibir ahora 
lo que habéis empezado a ser... 
Y lo recibiréis dignamente si os cuidáis de la «levadura de las falsas 
doctrinas», para que seáis «pan ázimo en pureza y verdad»; o si 
conserváis la levadura del amor, que «una mujer puso en tres 
medidas de harina, hasta que todo fermentara». Pues aquella mujer 
es la sabiduría de Dios, que vino a carne mortal por una Virgen y 
predicó su Evangelio por toda la tierra que había repartido después 
del diluvio entre los tres hijos de Noé, como en tres medidas, hasta 
que toda ella fermentara. Esto es el «todo», llamado ´holon´ en griego, 
en que vosotros, conservando el vínculo de la paz, seréis «conforme 
al todo», es decir, Katholon, de donde viene el nombre de Iglesia 
católica.» 

 


El tema de la unidad entre Cristo y los cristianos esta tratado con especial fuerza en un sermón sobre la primera epístola de San Juan (Sermón 10, 3). A-DEO/A-H 


«En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios» (/1Jn/05/02). ¿Qué es esto hermanos? Inmediatamente antes, San Juan habla del Hijo de Dios, no de los hijos de Dios; Juan nos puso a considerar el Cristo único, y nos dijo «Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ése es nacido de Dios, y todo el que ama al que le engendró, ama al engendrado de El», es; decir, al Hijo nuestro Señor Jesucristo. Y continúa. «en esto reconocemos que amamos a los hijos de Dios»; como que quisiera decir: en esto reconoceremos que amamos al Hijo de Dios; pero dice «hijos de Dios» habiendo dicho inmediatamente antes Hijo de Dios. Pues los hijos son el Cuerpo del unigénito Hijo de Dios; como El es la Cabeza y nosotros los miembros, sólo hay un Hijo de Dios. Quien ama, pues, a los hijos de Dios, ama al Hijo de Dios; y quien ama al Hijo de Dios ama al Padre: y nadie puede amar al Padre si no ama al Hijo; y quien ama al Hijo, ama también a los hijos de Dios. ¿Que hijos o niños de Dios? Los miembros del Hijo de Dios. Y justamente por amarlos se hace El mismo, por el amor, un miembro del conjunto del Cuerpo de Cristo; y así será un Cristo único que se ama a sí mismo et erit unus Christus amans seipsum. Pues cuando los miembros se aman unos a otros, se ama a sí mismo el Cuerpo. Y cuando un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y cuando un miembro es honrado, todos los miembros se 
alegran con él. Y ¿cómo continúa San Pablo?, pero vosotros sois cuerpo de Cristo y sus miembros (l Cor. 12, 26 s.). Juan hablaba poco antes del amor fraternal y decía: «quien no ama al hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve? (4, 20). Y cuando amas al hermano, ¿acaso amas sólo al hermano y no a Cristo? ¿Como va a ser eso, si amas a un miembro de Cristo? Por tanto, cuando amas a un miembro de Cristo, amas a Cristo; cuando amas a Cristo, amas al hijo de Dios, y si amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor es, por tanto, indivisible. Elige lo que quieres amar. Lo demás se sigue por sí solo necesariamente. Di: yo amo sólo a Dios, a Dios Padre. Mientes. Si le amas, no le amas a El solo, sino que si le amas, amas también al Hijo. Sí, dices, amo al Padre y al Hijo, pero sólo a Ellos: a Dios Padre y a nuestro Señor Jesucristo, que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, al Verbo por quien todo fue hecho, que se hizo carne y habitó entre nosotros, sólo a Ellos amo. Mientes; pues si amas a la Cabeza también amas a los miembros; pero si no amas a los miembros, tampoco amas a la Cabeza. ¿No temes la voz de la Cabeza, que desde el cielo grita por sus miembros: «Saulo, Saulo, por qué me persigues»? (/Hch/09/04). Le persigue, dice, quien persigue a sus miembros; le ama, quien ama a sus miembros. Sabéis quienes son los miembros de Cristo: la Iglesia de Dios. «Conoceremos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios» (/1Jn/05/02). ¿Cómo? No es distinto hijos de Dios, ¿y Dios? Sí, pero quien ama a Dios, ama sus mandamientos. ¿Y cuáles son los mandamientos de Dios? Un nuevo precepto os doy, que os améis los unos a los otros (Jn 13, 34). Nadie se disculpe con otro amor ni invocando otro amor; este amor es así, ni más ni menos: del mismo 

modo que él es unidad, junta en unidad a todos los que de él proceden y les funde como el fuego. Ahí está el oro; se funde la masa y se hace unidad pero si la llama del amor no enciende el fuego, los muchos no pueden juntarse en unidad. Conocemos que amamos a Dios en que amamos a los hijos de Dios.»
Podríamos citar muchos más textos de Santos Padres; todos ellos atestiguan que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. SCHMAUS - TEOLOGIA DOGMATICA IV- LA IGLESIA - RIALP. MADRID 1960.Págs. 286-294

 

+++

 

Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al Magisterio de la Iglesia, garantido por la Escritura y la Palabra de Cristo.".

+++

 

El alma cristiana es sana y generosa, agradecida y leal. A nadie desprecia, ni siquiera desecha a los pecadores, sabe que el odio engendra las tinieblas y que, al detestar a los enemigos, es a menudo a los hermanos a quienes se desprecia – saepe fratem odisti, et nescis.

 

+++

 

Su Santidad Juan Pablo II, «heraldo del Evangelio de Cristo en el corazón de las culturas». Ya conocido como: Juan Pablo Magno - 01.01.2004

 

+++

 

Arder muchas veces – siempre - en deseos de amor, entrega y afecto hacia la Santa Madre Iglesia y hacia el Papa, Vicario de Cristo.

 

+++

 

El mundo no está amenazado por malas personas sino por aquellos que permiten el mal.  Einstein

 

+++

 

...propter veritatem, quae permanet in nobis,
et nobiscum erit in aeternum.

...en razón de la verdad, que permanece en nosotros,
y estará con nosotros eternamente.

2 San Juan 2.

 

+++

 

La mentira y el error están en desacuerdo con la realidad. Cuando un mundo se construye contra la realidad, ese mundo está abocado a la ruina, y mientras ésta llega va arruinando a los hombres.

 

+++

 

La vida cristiana no es solamente una vida entre cristianos. Hace falta un profundo respeto hacia todas las personas, cualquiera que sea su creencia o ideología. Un "discípulo" de Cristo es uno que aprende continuamente, como el propio nombre indica. Es uno que está dispuesto a dialogar en serio con los demás, y a descubrir los elementos de verdad que cada planteamiento contiene. 2004 – Esp. Jutta Burggraf

 

+++

 

Es perverso llamar diálogo a lo que es una negociación. La base definitiva de un diálogo es que no hay violencia, mientras la negociación se puede lograr mediante consenso o chantaje

 

+++

 

El lenguaje es para el poder otro territorio que dominar.

 

+++

 

"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".-

Crisis ecológica y crisis moral - La crisis ecológica contemporánea es un aspecto preocupante de una más profunda crisis moral y es efecto de una equivocada concepción de un desarrollo desmedido que no tiene en cuenta el ambiente natural, sus límites, sus leyes y su armonía, especialmente en cuanto se refiere al uso-abuso del progreso científico-tecnológico. La tierra sufre a causa del egoísmo del hombre.

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Gracias por leernos y por sugerirnos ideas y comentarios. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

"En caso de hallar un enlace o subenlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail , suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio."

 

Recomendamos vivamente:

Recomendamos vivamente:

1º ‘HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUAJosé María Magaz Fernández –

Facultad de Teología San Dámaso - Madrid 2007 - 430 páginas

Un manual para tener una idea ordenada de los primeros siglos cristianos, hasta Agustín y la herejía pelagiana.

2º ‘El origen de la vida’ - Título: ‘Origen del hombre’ Ciencia, filosofía y Religión
Autor: Mariano Artigas-Daniel Turbón - Editorial: EUNSA – 2008.
Este libro es el ejemplo de una sencilla y comprensible presentación del estado actual de la investigación  sobre los orígenes de la vida que no esconde, ni mutila, ni cercena, los datos de la realidad objeto de estudio. Es una magnífica síntesis que debe ser tenida en cuenta.

 

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia. 

Imprimir   |   ^ Arriba

'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).