Tuesday 23 May 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 15º misterio de Cristo esposa en plan de Dios; su dignidad celeste

Por R.P. José Luis Martín Descalzo - 2010 - Creo que no puedo escribir sobre las cosas que amo sin hablar también sobre la Iglesia, sobre mi querida Iglesia. Comprendo que, al hacerlo, no estoy muy de moda porque hoy lo que prima es hablar de ella, cuando menos, con desapego (y tantas veces con ferocidad) incluso entre los creyentes. Dicen que el signo de los tiempos es gritar: “Cristo sí, la Iglesia no”. Pero a mí eso me parece tan inverosímil como decir, “quiero el alma de mi madre, pero a mi madre no”. Y lamento no entender a quienes la insultan o desprecian “en nombre del Evangelio” o a quienes parecen sentirse avergonzados de su historia y piensan que sólo ahora o en el futuro vamos a construir la “verdadera y fiel Iglesia”. No sé, pienso que tal vez cuando ya esté en el cielo sentiré compasión hacia eso en lo que aquí abajo convertimos entre todos a la Iglesia, pero mientras esté en la tierra ya tengo bastante trabajo con quererla como para encontrar también tiempo para ver sus fallos.



Y voy a ver si explico las razones por las que la quiero. Para ser un poco sistemático, voy a reducirla a cinco fundamentales.


La primera es que ella salió del costado de Cristo. ¿Cómo podría no amar yo aquello por lo que Jesús murió? ¿Y cómo podría yo amar a Cristo sin amar, al mismo tiempo, aquellas cosas por las que El dio su vida? La Iglesia –buena, mala, mediocre, santa o pecadora, o todo eso junto– fue y sigue siendo la esposa de Cristo. ¿Puedo amar al esposo despreciándola?


Pero –me dirá alguien– ¿cómo puedes amar a alguien que ha traicionado tantas veces el Evangelio, a alguien que tiene tan poco que ver con lo que Cristo soñó que fuera? ¿Es que no sientes al menos nostalgia de la iglesia primitiva? Sí, claro, siento nostalgia de aquellos tiempos en los que –como decía san Ireneo– “la sangre de Cristo estaba todavía caliente”, y en los que la fe ardía con toda viveza en el alma de los creyentes. Pero, ¿es que hubiera justificado un menor amor la nostalgia de mi madre joven que yo podía sentir cuando ya mi madre era vieja? ¿Hubiera yo podido devaluar sus pies cansados y su corazón fatigado? 


A veces oigo en algunos púlpitos o tribunas periodísticas demagogias que no tienen ni siquiera el mérito de ser nuevas. Las que, por ejemplo, hablan de que la Iglesia es ahora una esposa prostituida. Y recuerdo aquel disparatado texto que Saint-Cyran escribía a san Vicente de Paúl y que es –como ciertas críticas de hoy– un monumento al orgullo:  “Sí, yo lo reconozco: Dios me ha dado grandes luces. El me ha hecho comprender que ya no hay Iglesia. Dios me ha hecho comprender que hace cinco o seis siglos que ya no existe Iglesia. Antes de esto la Iglesia era un gran río que llevaba sus aguas transparentes, pero en el presente lo que nos parece ser Iglesia no es nada más que cieno. La Iglesia era su esposa, pero actualmente es una adúltera y una prostituta. Por eso la ha repudiado y quiere que la sustituya otra que le sea fiel”.


Me quedo, claro, con san Vicente de Paúl, que, en lugar de soñar pasadas y futuras utopías, se dedicó a construir su santidad y, con ella, la de la Iglesia. Un río de cieno hay que purificarlo, no limitarse a condenarlo, sobre todo cuando nadie puede presentar ese supuesto libelo de repudio que Cristo habría dado a su esposa.


La segunda razón por la que amo a la Iglesia es porque ella y sólo ella me ha dado a Cristo y cuánto sé de El. A través de esa larga cadena de creyentes mediocres me ha llegado el recuerdo de Jesús y su Evangelio. Sí, claro, a veces lo ha ensuciado al transmitirlo, pero todo lo que de El sabemos nos llegó a través de ella.


Ella no es Cristo, ya lo sé. El es el absoluto, el fin; ella sólo el medio. Incluso es cierto que cuando digo “creo en la Iglesia” lo que estoy diciendo es que creo en Cristo, que sigue estando en ella, lo mismo que cuando afirmo que bebo un vaso de vino lo que realmente bebo es el vino, no el vaso. Pero, ¿cómo podría beber el vino si no tuviera vaso? El canal no es el agua que transporta, pero ¡qué importante es el canal que la trae!


El centro final de mi amor es Cristo, pero “ella es la cámara del tesoro donde los apóstoles han depositado la verdad que es Cristo”, como decía san Ireneo. Ella es “la sala donde el padre de familia celebra los desposorios de su Hijo” como escribía san Cipriano. Ella es verdaderamente –ahora es el río de san Agustín quien se desborda– “la casa de oración adornada de visibles edificios, el templo donde habita su gloria, la sede inconmutable de la verdad, el santuario de la eterna caridad, el arca que nos salva del diluvio y nos conduce al puerto de la salvación, la querida y única esposa que Cristo conquistó con su sangre y en cuyo seno renacemos para su gloria, con cuya leche nos amamantamos, cuyo pan de vida nos fortalece, la fuente de la misericordia con la que nos sustentamos”.


¿Cómo podría no amar yo a quien me transmite todos los legados de Cristo: la Eucaristía, su Palabra, la comunidad de mis hermanos, la luz de la esperanza?


Pero su historia es triste, está llena de sangres derramadas, de intolerancias impuestas, de legalismos empequeñecedores, de maridajes con los poderes de este mundo, de jerarcas mediocres y vendidos….sí es cierto.  Pero también está llena de SANTOS. Y esta es la tercera razón de mi amor.


La tercera razón de mi amor a la Iglesia es que está llena de santos. Siempre que yo me monto en un tren sé que la historia del ferrocarril está llena de accidentes. Pero no por eso dejo de usarlo para desplazarme. “La Iglesia –decía Bernanos– es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres de la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido horas de retraso. Pero hay que decir que, gracias a sus santos, la compañía no ha quebrado”. Es cierto, los santos son la Iglesia, son los que justifican su existencia, son los que no nos hacen perder la confianza en ella. Ya sé que la historia de la Iglesia no ha sido un idilio. Pero, a fin de cuentas, a la hora de medir a la Iglesia, a mí me pesan mucho más los sacramentos que las cruzadas, los santos que los estados pontificios, la gracia que el derecho canónico.


¿Estoy con ello diciendo que amo a la Iglesia invisible y no a la visible? No, desde luego. Pienso que tenía razón Bernanos al escribir que “la Iglesia visible es lo que nosotros podemos ver de la invisible” y que como nosotros tenemos enfermos los ojos, sólo vemos las zonas enfermas de la Iglesia. Nos resulta más cómodo. Si viéramos a los santos tendríamos obligación de ser como ellos. Nos resulta más rentable “tranquilizarnos” viendo sólo sus zonas oscuras, con lo que sentimos, al mismo tiempo, el placer de criticarlas y la tranquilidad de saber que todos son tan mediocres como nosotros. Si nosotros no fuésemos tan humanos, veríamos más los elementos divinos de la Iglesia, que no vemos porque no somos ni dignos de verlos.


Cuarta razón. Voy a atreverme a decir más: yo amo con mayor intensidad a la iglesia porque es imperfecta. No es que me gustes sus imperfecciones, es que pienso que sin ellas hace tiempo que me habrían tenido que expulsar a mí de ella. A fin de cuentas, la Iglesia es mediocre porque está formada de gente como nosotros, como tú y como yo. Y esto es lo que, en definitiva, nos permite seguir dentro de ella.


Bernanos decía con exacta ironía: “Oh, si el mundo fuera la obra maestra de un arquitecto obsesionado por la simetría o de un profesor de lógica, de un Dios deista, la santidad sería el primer privilegio de los que mandan; cada grado de la jerarquía correspondería  a un grado superior de santidad hasta llegar al más alto de todos, el Santo Padre, por supuesto. ¡Vamos! ¿Y nos gustaría una Iglesia así?  ¿Os sentiríais a gusto en ella?  Dejadme que me ría. Lejos de sentiros a gusto, os quedaríais en esta congregación de superhombres dándole vueltas entre manos a vuestra boina, lo mismo que un mendigo a la puerta del hotel Ritz. Por fortuna, la Iglesia es una casa de familia donde existe el desorden que hay en todas las casas familiares, siempre hay sillas a las que le falta una pata, las mesas están manchadas de tinta, los tarros de confites se vacían misteriosamente en las alacenas, todos lo conocemos bien, por experiencia”.


Sí, por fortuna en la Iglesia imperan las diversas extravagancias del Espíritu, que sopla donde quiere. Y gracias a ello nosotros podemos agradecerle a Dios cada noche que aún no nos hayan echado de esa casa de la que todos somos indignos. Tendremos, claro, que luchar por mejorarla. Pero sabiendo bien que siempre ha sido mediocre, como en las casas siempre hay polvo por muy cuidadosa que sea su dueña. No se sabe por dónde, pero el polvo entra siempre. Y una limpia el polvo en lugar de pasarse la vida enfadándose con él.


En rigor, todas esas críticas que proyectamos contra la Iglesia deberíamos volcarlas contra cada uno de nosotros mismos. Lo voy a decir en Latín con las preciosas palabras de san Ambrosio:  Non in se, sed in nobis vulneratur Ecclesia.  Caveamus igitur, ne lapsus noster vulnus Ecclesia fiat.


No en ella misma, sino en nosotros es herida la Iglesia. Tengamos, pues, cuidado, no sea que nuestros fallos se conviertan en heridas de la Iglesia.


La quinta y más cordial de mis razones es que la Iglesia es –literalmente– mi madre. Ella me engendró, ella me sigue amamantando. Y me gustaría ser como san Atanasio, que “se asía a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo”.  Y poder decir, como Orígenes, que “la Iglesia ha arrebatado mi corazón; ella es mi patria espiritual, ella es mi madre y mis hermanos”. ¿Cómo entonces sentirme avergonzado por sus arrugas cuando sé que le fueron naciendo de tanto darnos y darnos a luz a nosotros? 


Por todo ello espero encontrarme siempre en ella como en un hogar caliente. Y deseo –con la gracia de Dios– morir en ella, como soñaba y consiguió santa Teresa. Y ese será mi mayor orgullo en la hora final. Ese día me gustaría repetir un pequeño poema que escribí hace ya muchos años siendo seminarista, un poema muy malo, pero que conservo como era porque expresaba y expresa lo que hay en mi corazón.


Amo a la Iglesia, estoy con sus torpezas,

Con sus tiernas y hermosas colecciones de tontos,

Con su túnica llena de pecadores y manchas.

Amo a sus santos y también a sus necios.

Amo a la Iglesia, quiero estar en ella.

Oh madre de manos sucias y vestidos raídos

Cansada de amamantarnos siempre

Un poquito arrugada de parir sin descanso.

No temas nunca, madre, que tus ojos de vieja

Nos lleven a otros puertos.

Sabemos bien que no fue tu belleza quien nos hizo hijos tuyos,

Sino tu sangre derramada al traernos.

Por eso cada arruga de tu frente nos enamora

Y el brillo cansado de tus ojos nos arrastra a tu seno.

Y hoy, al llegar cansado y sucios, con hambre

No esperamos palacios, ni banquetes, sino esta casa,

Esta madre, esta piedra donde poder sentarnos.


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la Iglesia es el puente seguro que nos conduce a las glorias celestes prometidas por Jesucristo 

 

Presidir la Iglesia en el amor a Cristo:  ¿cómo no pensar, en el contexto de estas palabras, en la carta de san Ignacio a la Iglesia de Roma, a la que el santo mártir, que vino de Antioquía, primera sede de san Pedro, reconoce la "presidencia en el amor"? Su carta sigue diciendo que la Iglesia de Roma "está en la ley de Cristo"; aquí alude a las palabras de san Pablo en la carta a los Gálatas:  "Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo" (Ga 6, 2). Presidir en la caridad es ante todo preceder "en el amor de Cristo". Ahora bien, recordemos que el momento en el que a Pedro se le confiere definitivamente el primado después de la resurrección está relacionado con la pregunta repetida tres veces por el Señor:  "Simón de Juan, ¿me amas más que estos?" (Jn 21, 15 ss). Apacentar la grey de Cristo y amar al Señor es la misma cosa. Es el amor de Cristo el que guía a las ovejas por el recto camino y construye la Iglesia. No podemos dejar de pensar en el gran discurso con el que Pablo VI inauguró la segunda sesión del concilio Vaticano II. "Te, Christe, solum novimus", fueron las palabras determinantes de ese sermón. El Papa habló del mosaico de San Pablo extramuros, con la grandiosa figura del Pantocrátor y, postrado a sus pies, el Papa Honorio III, pequeño de estatura y casi insignificante ante la grandeza de Cristo. El Papa continuó: Esta escena se repite con plena realidad aquí, en nuestra asamblea. Esta fue su visión del Concilio, también su visión del primado: todos nosotros a los pies de Cristo, para ser siervos de Cristo, para servir al Evangelio: la esencia del cristianismo es Cristo, no una doctrina, sino una persona, y evangelizar es guiar a la amistad con Cristo, a la comunión de amor con el Señor, que es la verdadera luz de nuestra vida.




Presidir en la caridad significa -repitámoslo- preceder en el amor a Cristo. Pero el amor a Cristo implica el conocimiento de Cristo, la fe, e implica también la participación en el amor de Cristo: ayudarse mutuamente a llevar las cargas, como dice san Pablo. En su esencia íntima el primado no es un ejercicio de poder, sino "llevar las cargas de los demás", es responsabilidad del amor. El amor es precisamente lo contrario de la indiferencia hacia el otro, no puede admitir que en el otro se extinga el amor a Cristo, que se atenúen la amistad y el conocimiento del Señor, que "las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahoguen la Palabra" (Mt 13, 22). Finalmente, el amor a Cristo es amor a los pobres, a los que sufren. Sabemos bien cómo nuestros Papas estaban comprometidos con decisión contra la injusticia, en favor de los derechos de los oprimidos, de aquellos sin poder: el amor a Cristo no es algo individualista, sólo espiritual; concierne a la carne, concierne al mundo y debe transformar el mundo.

Por último, presidir en la caridad concierne a la Eucaristía, que es la presencia real del amor encarnado, presencia del cuerpo de Cristo ofrecido por nosotros. La Eucaristía crea la Iglesia, crea esta gran red de comunión que es el Cuerpo de Cristo, y así crea la caridad. Con este espíritu celebramos unidos a los vivos y a los difuntos la santa misa, el sacrificio de Cristo, del que brota el don de la caridad.

El amor sería ciego sin la verdad. Por eso, quien debe preceder en el amor recibe la promesa del Señor:  "Simón, Simón, he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca" (Lc 22, 32). El Señor ve que Satanás trata de "cribaros como trigo" (Lc 22, 31). Mientras que esta prueba atañe a todos los discípulos, Cristo ruega de modo especial "por ti", por la fe de Pedro, y en esta oración se basa la misión "confirma a tus hermanos". La fe de Pedro no viene de sus propias fuerzas; la indefectibilidad de la fe de Pedro está cimentada en la oración de Jesús, el Hijo de Dios:  "He rogado por ti, para que tu fe no desfallezca". Esta oración de Jesús es el fundamento seguro de la misión de Pedro por todos los siglos, y la oración después de la comunión puede decir acertamente que los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo I confirmaron "con valentía apostólica" a sus hermanos. En un tiempo en que vemos cómo Satanás "criba como trigo" a los discípulos de Cristo, la fe imperturbable de los Papas fue visiblemente la roca sobre la cual se apoya la Iglesia.

"Yo sé que está vivo mi Redentor", dice el texto de Job en la primera lectura de esta liturgia, lo dice en un momento de gran prueba; lo dice mientras Dios se esconde y parece ser su adversario. Cubierto por el velo del sufrimiento, sin conocer su nombre y su rostro, Job "sabe" que su Redentor vive, y esta certeza es su gran consuelo en medio de las tinieblas de la prueba. Jesucristo ha quitado el velo que cubría a Job el rostro de Dios. Sí, nuestro Redentor vive, y "todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen", dice san Pablo (2 Co 3, 18). Nuestro Redentor vive; tiene un rostro y un nombre: Jesucristo. Nuestros "ojos lo contemplarán". Los Papas difuntos nos dan esta certeza, y así nos guían "hacia la plena posesión de la verdad", confirmándonos en la fe en nuestro Redentor.
Amén. HOMILÍA DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
EN NOMBRE DEL SANTO PADRE - Martes 28 de septiembre de 2004

 

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Pentecostés.

 

La esencia del cristianismo es Cristo, no una doctrina, sino una persona, y evangelizar es guiar a la amistad con Cristo, a la comunión de amor con el Señor, que es la verdadera luz de nuestra vida.

 

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Evangelio - Pentecostés año 1249 Instituto católico de París


"Pero al instante les habló Jesús diciendo: ´¡Ánimo!, soy yo; no temáis´" (Mt 14,27).

Esta exhortación tranquilizadora del Señor dirigida a los discípulos, cansados en la barca agitada por la tormenta de la noche y asustados ante su milagroso caminar sobre las aguas del lago Tiberíades, son más actuales y pertinentes que nunca.

Sabemos muy bien por experiencia que no son la edad, nuestra energía o la mera ciencia humana las que hacen que sea eficaz nuestro ministerio sacerdotal, sino la dynamis Theou la "fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1,16). Estamos en la barca de Pedro, a veces en la oscuridad de las dificultades, en medio de la marea de obstáculos, pero sabemos que en nosotros está Su vida, la exousía, su poder sacro.

Conscientes de nuestros límites y de nuestras miserias, no podemos confiar en nuestras pocas fuerzas. Gritaremos como Pedro "¡Señor Sálvame!". Y en seguida Jesús extenderá su mano agarrándonos (cfr. Mt 14,31) y sentiremos su dulce y fructuoso reproche: por qué dudaste?" Agarrados por Cristo)"Hombre de poca fe. Así debemos permanecer, dejándonos alcanzar por Él, como hizo el apóstol que dijo: "…Cristo Jesús me alcanzó a mí" (Flp 3,12).

 

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Evangelio - Pentecostés año 1249 Instituto católico de París

 

Pentecostés - Algo estuvo oculto en Cristo desde los siglos eternos. Ese algo – la Iglesia – no se manifestó hasta que Cristo murió en la cruz. Poco después, Pablo recibió la luz necesaria para dar a conocer ese misterio escondido. Pero, ¿cuál es el lugar que ocupa la Iglesia en el propósito eterno de Dios? ¿Cuál es la razón de su existencia? ¿Cuál es su dignidad, su obra presente y su gloria final?

 

El misterio de Cristo


 

Rodrigo Abarca B.


Quiero compartir una palabra acerca del propósito supremo de Dios: el misterio de la voluntad de Dios, que es llenarlo todo de Cristo, desde lo más grande hasta lo más pequeño.

El apóstol Pablo es quien nos habla acerca del misterio de Dios. Esta es una expresión propia de él. En Colosenses, en Efesios, y en un versículo al final de Romanos se nos habla del misterio de Dios, y se nos dice que ese misterio estuvo escondido desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos. ¿Y en qué consiste ese misterio?

¿Qué es un misterio? Un misterio es algo secreto, es algo que no se ha manifestado, pues está oculto; y dice la Escritura, que Dios ha tenido desde la eternidad un misterio, un secreto guardado, en lo más profundo de su corazón y que ese misterio de Dios tiene que ver con el por qué Dios ha creado todas las cosas.

Cuando contemplamos lo que Dios ha hecho, nuestro corazón se maravilla: el espacio las galaxias, las estrellas innumerables en el cielo, el sol, la luna, los planetas que giran en sus órbitas, las cosas grandes y las cosas pequeñas, la vida sobre el planeta tierra; toda esa multiforme manifestación de formas de vida, todas diferentes, cada una expresando una inteligencia distinta.

No sabemos mucho de todas esas cosas. Sin embargo, he aquí que todo lo que Dios hizo tiene un propósito, una meta, y la Escritura dice que ese propósito permaneció oculto desde las edades sin fin. Dios no quiso contar ese secreto a los ángeles. Ellos no sabían por qué ni para qué fueron creados. Esperaron hasta que Dios decidió dar a conocer el secreto. ¿Y, entonces, en qué consiste ese secreto?

En  en adelante se nos habla acerca del misterio de Dios; de lo que estaba escondido en el corazón de Dios, y que es la razón por la cual El hizo, hace y hará por siempre todas las cosas. Y está resumido en el versículo 15 al versículo 19: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten; y Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia, Él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.” Ese misterio –dice el apóstol– trata acerca del Hijo de Dios. Pero antes, mira lo que dice en 1:13: “El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo”. En la Escritura esa frase, “el reino de su amado Hijo”, bien se puede traducir como “el reino del Hijo de su amor”. El Padre ha querido desde la eternidad dar la preeminencia a su Hijo, llenar a su Hijo con toda la gloria que El posee, y para eso el Padre creó todas las cosas, para que todas esas cosas que él ha hecho puedan glorificar a Cristo. ¡Bendito sea el Padre que quiso exaltar a su Hijo! Y para exaltarlo Él creó, y en todas las cosas que el Padre creó fue poniendo la imagen de su Hijo, no abiertamente, pero cada cosa que El hizo llevaba la impronta de su Hijo.

El lugar de la iglesia en el plan de Dios

Esto es algo que el Espíritu de Dios tiene que revelar en nuestro corazón: Todo lo que tú tocas, todo lo que tú ves, todo fue concebido a partir de Cristo. Pero estaba escondido. Los ángeles no lo sabían, el universo no lo sabía. Porque Dios tenía algo más en mente, algo que Él concibió en su corazón, para dar a su Hijo esa preeminencia. Dios tenía algo más, algo que también fue concebido en el seno de la deidad, y se ocultó dentro del Hijo. ¿Y en qué consiste eso? ¿De qué modo Dios el Padre hará a su Hijo preeminente sobre todas las cosas?

 dice: “Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de las tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra.” El misterio de la voluntad de Dios que ahora ha sido revelado es reunir todas las cosas en Cristo. ¿Qué significa reunir? ¡Reunir significa traer bajo el gobierno de Cristo la totalidad de las cosas para que Cristo pueda llenarlo todo! ¡Aleluya! Poner todo bajo su Hijo para que su Hijo pueda llenarlo todo, henchirlo todo de El mismo, desde lo más grande hasta lo más pequeño.

Desde los arcángeles hasta las más pequeñas criaturas invisibles y microscópicas, todo, todo fue creado para dárselo a su Hijo, que es el Hijo de su amor, a quien ama el Padre con toda intensidad. El Padre dijo: “Quiero honrar a mi Hijo, quiero que todos conozcan el amor con que amo a mi Hijo. ¿Cómo haré eso? Voy a crear miríadas de seres, voy a crear un universo y le voy a dar a mi Hijo la gloria, para que todos lo honren y lo amen, y se postren a sus pies. Yo quiero –dijo el Padre– darle todo a mi Hijo”.

Pero hicimos una pregunta, ¿Cómo el Padre va a hacer que Cristo su Hijo tenga la preeminencia en todo? Mire lo que dice Colosenses 1: 18: “Y Él es ...” ¿Quién es? ¿De quién está hablando? ¡De Cristo! “Y él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia, él (Cristo) que es el principio, el primogénito de entre los muertos...”. Si ligamos “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia” con la última frase (porque lo que sigue es un paréntesis explicativo), entonces leemos así: “Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia ... para que en todo tenga la preeminencia”.

“Cristo es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, para que en todo tenga la preeminencia”. Así el misterio de Dios empieza a aclararse. ¡Lo que Dios se propone es hacer que su Hijo sea preeminente haciéndolo cabeza de la iglesia! Mire lo que dice Efesios 1:20 al 23: “La cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos, y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad, y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero, y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas” ¿a quién? “a la iglesia”, lo mismo que Colosenses, “y lo dio por cabeza a la iglesia para que en todo tenga la preeminencia.” Y acá dice “Y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo”. Amén.

Dios quiso crear para su Hijo un cuerpo, para que Él pudiese ser contenido, revelado, y expresado por medio de ese cuerpo. El no quiso dar a conocer a su Hijo directamente, sino que quiso que su Hijo viniese a ser manifestado en toda su gloria, a través de la iglesia. ¿Que significa esto? Tal vez tú, cuando piensas en la iglesia, no la ves así. Pero necesitamos ahora ver las cosas desde la perspectiva de Dios, entender como Dios entiende. La iglesia no es un proyecto más, no es algo que se nos ocurrió a los hombres. No lo pensamos nosotros, y no es la obra de ningún hombre. No es el diseño, ni la inteligencia, ni la habilidad humana lo que pensó, lo que creó a la iglesia. Ella existe desde antes de que todo existiera. ¿Cómo? Estuvo escondida en Cristo desde la eternidad, porque ella es parte de Cristo, según el propósito de Dios. Ella está unida a Cristo y forma una sola cosa con Él.

Luego, ese cuerpo habría de ser la expresión perfecta de su Hijo. Dios habría de dar a conocer el misterio que estaba escondido desde los siglos a través de ese cuerpo. Ese cuerpo fue creado exclusivamente para Cristo, no tiene otra finalidad, otra razón de ser que Cristo. Todo lo que él puso en ese cuerpo, todo el diseño de Dios involucrado al crear ese cuerpo tiene que ver con Cristo, y solamente con Jesucristo.

 

 


La figura de Adán y Eva

¿Quién es ese cuerpo? Cuándo comenzamos a ver en el capítulo 1 de Génesis, encontramos lo siguiente. Dios dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”. Pasaron miles de años, antes de que pudiésemos entender qué quería decir “Hagamos al hombre a nuestra imagen”.

Cuando Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen” no se estaba refiriendo a meros individuos, sino a algo mucho más amplio, a un organismo, a un hombre corporativo. La imagen de Dios es Cristo. Colosenses dice: “Él es la imagen del Dios invisible”. Entonces el hombre fue creado para que Cristo pudiese entrar en él y pudiese expresarse a sí mismo a través de él. ¡Oh hermanos, qué gloria es esta!

La Escritura, para mostrarnos la relación de la iglesia con Cristo nos da una figura que muestra la íntima dependencia que existe entre ambos. Esa figura está en Efesios 5:30 al 32 “Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio”. ¿Qué misterio? No el misterio del hombre y la mujer, eso no es lo grande. ¿Qué es lo grande entonces? “mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” . Lo grande no es la relación hombre-mujer en el matrimonio, sino lo que eso prefigura, lo que eso revela: el misterio de Cristo y la iglesia. ¿Y cómo lo revela?

Cuando Dios hizo al hombre creó primero a Adán. Tomó a Adán del polvo de la tierra y luego dice que Adán estuvo vivo. La Escritura nos dice que Adán es figura del que había de venir. Adán no solamente es Adán, sino que también representa a Cristo, porque es figura de Cristo. Así que Adán es un tipo, es Adán pero también es un tipo, ¿tipo de quién? De Cristo. En Adán encontramos también a Cristo, prefigurado en la vida de Adán, en lo que Dios hizo en Adán. ¿Qué hizo Dios en Adán? Dice que tras haberlo formado, lo puso en el huerto y trajo a él a todos los seres vivientes para que viniesen a Adán, para que Adán les pusiese nombres.

Pero luego que terminó de poner nombres dice: “Mas para Adán no se halló ayuda idónea”, ¿en quién? Entre los animales. ¿Por qué no se halló ayuda idónea para Adán? ¿Por qué los animales no podían ser ayuda idónea para Adán? Porque no estaban hechos de la misma sustancia que Adán, y no podían pensar como Adán, no podían experimentar las cosas como las experimentaba Adán. El perro podía entender el cariño de Adán, pero Adán no podía hablar al corazón de ese perro. No tenía uno igual a él entre todos esos animales, ninguno.

Entonces, como no se halló ayuda idónea para Adán, Dios lo hizo caer en un profundo sueño (en las Escrituras el sueño es una figura de la muerte). Y mientras dormía Adán, Dios metió su mano en su costado, y de adentro de Adán sacó la carne de Adán, sacó los huesos de Adán, sacó la misma sustancia de Adán, e hizo una mujer, y se la trajo a Adán. Y cuando Adán se despertó, dijo: “Esta es ahora carne de mi carne, es hueso de mis huesos. Está hecha de lo mismo que estoy hecho yo; ésta es igual a mí, pero de otra manera. Yo soy varón, ella es varona. Soy yo mismo, pero de otra manera. Esta es ayuda idónea para mí”. Y se unió a su mujer y fueron una sola carne.



Algo dentro de Cristo

Queridos hermanos, esto –dice Pablo– prefigura el misterio de Cristo y la iglesia. Desde la eternidad Dios escondió algo dentro de Cristo. La iglesia no comenzó hace 2000 años, simplemente apareció en la tierra hace 2000 años, pero la iglesia estaba escondida desde la eternidad, con el Señor. La iglesia es más antigua que el universo, es más antigua que los ángeles celestiales, está junta desde la eternidad con el Hijo de Dios.

Un día, en el tiempo y en la historia humana, el Hijo de Dios entró en el mundo y se hizo carne. Fue llevado a la cruz, y fue clavado en la cruz. Y cuando Cristo murió en la cruz –dice Juan el apóstol– vino un soldado y clavó en su costado una lanza, ... ¿y qué salió del costado de Jesús? Sangre y agua. ¿Y qué es la sangre? ¿qué es el agua? La sangre y el agua son la vida de Cristo. Y ese día, invisible a los ojos humanos, pero visible para Dios, el Padre metió su mano dentro de Cristo y sacó a la iglesia. ¡Aleluya!.

Ella había estado oculta desde los siglos, pero ahora vino a la vida, hecha de la misma sustancia de Cristo, sacada de Cristo, de los huesos de Cristo, de la carne de Cristo, sangre de su sangre, vida de su vida, carne de su carne, hueso de sus huesos. Cada partícula de ella fue sacada de Cristo. Cada célula de ella fue tomada de Cristo. Ella es como Cristo, está hecha de Cristo, todo en ella es Cristo, nada en ella está fuera de Cristo. Ella, desde la cabeza hasta los pies es Cristo, pero de otra forma.

Ella fue sacada de Cristo para que fuese su ayuda idónea. ¿Ayudarlo a qué? Para que por medio de ella y a través de ella Cristo fuese expresado, revelado, manifestado, exaltado, glorificado, y tenga la preeminencia sobre todas las cosas.

La gloria de la iglesia

La iglesia es la ayuda idónea de Cristo. Por medio de ella Dios se ha propuesto llevar a cabo su plan. ¿Cómo es esto?, nosotros ya sabemos que Cristo el Señor fue exaltado. También sabemos que el Padre sujetó bajo Cristo todas las cosas. También sabemos que Él puso a Satanás bajo los pies de Cristo, y que no solamente puso a Satanás, sino que puso a todas las huestes espirituales de maldad bajo los pies de Jesucristo. Y no solamente eso, Él puso los reinos de este mundo bajo los pies de Jesucristo. Pero no sólo eso, Él también puso el universo entero a los pies de Jesucristo. Todo lo sujetó bajo sus pies. Y cuando dice “todo lo sujetó”, no se exceptúa nada. Nada dejó que no esté sujeto a los pies de Cristo. Dios lo dice, y sin embargo, al presente no vemos que todas las cosas le sean sujetas.

¿Cómo es que no vemos que todas las cosas estén sujetas a Cristo? Sal a la calle y mira, ¿cuántos están sujetos a Cristo? Todavía hay hombres que viven sus vidas sin reconocer al Señor Jesucristo. Todavía los demonios siguen actuando en el mundo. Todavía Satanás parece que hace y deshace. Todavía nos parece que las cosas no están sujetas a Cristo, todavía hay muerte, hay enfermedad, hay dolor, y entonces ¿por qué dice que todo está sujeto a Cristo, y, no obstante, nos parece que no todo está sujeto a Cristo? ¿Hay una contradicción?

Dios quiere que todo lo que ha sido hecho en Cristo, que ha sido obrado en Cristo, que ha sido ganado en Cristo, y recuperado, establecido, para siempre, sea manifestado a través de la iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Es a través de la iglesia que Dios va finalmente a someter, en la experiencia real, todo bajo los pies de Cristo, ¡Oh, hermanos qué responsabilidad tenemos!

A lo largo de toda esta dispensación, desde el momento en que Cristo ascendió a los cielos, y se sentó a la diestra de Dios, el Padre está obrando, el Espíritu Santo está obrando, para traer todo lo de Cristo a la tierra y encarnarlo en la iglesia. Todo lo que Cristo consiguió, Él lo quiere vaciar en la iglesia en la tierra. Por eso Pablo le escribe a los Colosenses: “El misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria”. Todo esto, dice el apóstol, tiene su comienzo cuando Cristo viene a morar en el corazón del creyente. Así comienza. Todas las riquezas de la gloria están en Cristo, todo lo que la iglesia es está en Cristo. No hay nada que añadir, no hay nada agregar, nada. Todo está completo, todo está terminado, todo se hizo perfecto en Cristo. Todo lo que la iglesia debe vivir y experimentar, todo está en Cristo. Pero ahora todo eso que está en Cristo debe ser traído a la tierra, y ser vivido y experimentado por la iglesia.

La tragedia presente de la iglesia

¿Sabes cuál es la tragedia de la iglesia? ¿Sabes en qué ha fallado la iglesia? En que otras cosas, a lo largo de los siglos, han usurpado a Cristo en la iglesia. Se han introducido las cosas del hombre, la imaginación humana, la inteligencia humana, las buenas intenciones humanas, los ministerios humanos. Hay mucho que no es de Cristo que se introdujo en la Iglesia. Y corrompió a la iglesia y la contaminó. “Os he desposado como a una virgen pura, para presentaros sin mancha”, dice Pablo: “Ustedes son de Cristo, son su novia, son carne de su carne, huesos de sus huesos, ustedes existen para que Él pueda ser manifestado, glorificado, vaciado completamente en ustedes, para que Él pueda llenarlo todo en todos.”

Pero, hermanos queridos, otras cosas entraron en la iglesia, cosas buenas, loables, inteligentes, sabias, pero que son menos que Cristo. Sí, no estamos hablando del pecado, estamos hablando de la habilidad humana, de la capacidad humana. Todas cosas que son buenas pero que son menos que Cristo, y son inútiles, y no sólo son inútiles, sino que no sirven, no sólo no sirven, sino que echan a perder, no sólo echan a perder, sino que traen muerte al cuerpo de Cristo. Porque la vida de la iglesia es Cristo.

Nosotros necesitamos que nuestra mente sea cambiada por el Señor, para mirar las cosas desde la perspectiva de Él. La iglesia le pertenece a Cristo, no nos pertenece a nosotros. Fue creada para Cristo, existe para Cristo, salió de Cristo, y volverá un día a Cristo. ¡Aleluya! Cuando ese día llegue, todo lo del hombre va a estar excluido de la iglesia, sólo va a quedar lo de Cristo. Hasta la mas pequeña piedra de la nueva Jerusalén va a proceder de Cristo.

La iglesia es de Cristo

No hay lugar para lo del hombre en la iglesia, no hay lugar para la carne en la iglesia, no hay lugar para nada que proceda del corazón humano en la iglesia, todo en ella, absolutamente todo, ha de venir de Jesucristo. Todo, todo lo demás tiene que ser excluido.

¿Qué cosas se han adentrado en la iglesia que deban ser excluidas? ¿Saben hermanos? La iglesia tiene una sola cabeza: Cristo. Y Pablo dice: “Yo fui hecho ministro en la iglesia”, pero esta palabra perdió el significado. ¿Sabe? Ahora cuando alguno dice “ministro” nos suena como algo eminente, alguien importante. ¡Cómo hemos echado a perder los vocablos que usan las Escrituras! Les hemos dado connotaciones que no tienen. “Yo fui hecho ministro en la iglesia”. ¿Sabes lo que quiere decir con eso Pablo?. Yo soy un siervo. La iglesia es más importante que yo, ¡Oh hermanos! Los que son pastores, los que son obreros, tienen que saber que la iglesia es más importante que su ministerio. Es más, tu ministerio no tiene ningún valor aparte de la iglesia. Tú existes para la iglesia, tú fuiste hecho para la iglesia, pero la iglesia es para Cristo. La iglesia no es para los hombres. Los hombres han hecho de la iglesia una cuestión de plataforma y desarrollo personal. Hay hombres que han dividido a la iglesia. Cada uno se ha repartido un pedazo de la iglesia, y llaman a eso la obra de Dios en la tierra. Pero la obra de Dios no es la obra de ningún hombre: es la obra de Cristo, y la obra de Cristo es la iglesia. Solamente suya. Realmente es suya. Hermanos, no queremos criticar a nadie, amamos a todos los hijos de Dios. Sin embargo, la iglesia es de Cristo y nosotros necesitamos modificar radicalmente nuestro concepto.

La dignidad de la Iglesia

Pablo, siervo de Jesucristo nos ha declarado este misterio. ¿Y saben? Nos dice: “Yo vivo para Él. Para decirle a la iglesia lo que ella es en Cristo.” ¿Cuántos le dicen a la iglesia, en nuestros días, de su gloria, de su herencia, de su posición celestial? ¿Te han dicho que Cristo y tú, iglesia querida, son una sola cosa, que tú tienes en ti la vida de Cristo, la gloria de Cristo, el poder de Cristo? ¿Que todos los recursos de Cristo son tuyos, Iglesia, que todo lo que Cristo es te ha sido dado y es tu herencia, es tu patrimonio y es tu propiedad?

Para eso existen apóstoles, para eso hay profetas y evangelistas, hay pastores, hay maestros: Para decirles a los santos cuánta gloria han recibido, cuánta herencia han recibido en Cristo, cuánta gracia se les ha dado en Cristo, qué posición celestial se le ha dado en Cristo, cómo Dios los exaltó y los sentó con Cristo en lugares celestiales. Y qué ministerio recibió la iglesia de Cristo, para que la multiforme sabiduría de Dios, dice Pablo, sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades, a los lugares celestiales. ¡Ah, hermano querido! La iglesia no sólo tiene un lugar en la tierra, tiene también un lugar en el universo. Aún los ángeles aprenderán de la iglesia el misterio eterno de Dios. Los ángeles sabrán de la iglesia por qué fueron creados. ¡Oh hermanos, qué grande, qué preciosa es la iglesia! Pero no es grande porque tenga grandeza propia, sino porque tiene la grandeza de Cristo.

“Yo vi descender a la ciudad de Jerusalén”, dice Juan. “Al final de todo, cuando todo se consumó, yo, Juan, vi descender del cielo a la desposada del Cordero, y tenía la gloria de Dios. Estaba vestida de la gloria de Dios. Toda ella era gloria de Dios”. ¡A él sea la gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades! Entonces todo expresará la gloria de Dios en la iglesia.

“¡Cristo en vosotros, la esperanza de gloria!” La gloria algún día estará totalmente revelada en la iglesia. El universo entero podrá contemplar en ella la gloria de Dios, y admirarla por todas las edades por los siglos de los siglos. Amén.

Ese es nuestro destino, hermanos. Nosotros que somos menos que el polvo, que no tenemos ningún mérito en nosotros mismos. Él quiso (el más alto, el más sublime) tomar al cuerpo que es la iglesia y levantarlo, y llevarlo a la estatura de la gloria, y a la posición de su Hijo. Y nosotros somos ese cuerpo, hermanos. Los más pequeños sentados con Cristo, en lo más alto. Para expresar que sólo Él tiene gloria, que no hay mérito en nosotros, que toda la gloria y todo el mérito le pertenecen a Él. Y solamente a Él, por los siglos de los siglos. Amén.


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IGLESIA, CUERPO DE CRISTO

 

FE - No sólo la fe en Dios que conduce la historia y hace que el mundo camine, sino también la fe en una Iglesia que es prolongación del Cuerpo celeste y glorioso de Cristo en la tierra y que conserva la posibilidad de actualizar su presencia y sus misterios para la construcción final del mundo.

 

ADRIEN NOCENT - EL AÑO LITÚRGICO: CELEBRAR A JC 1
INTRODUCCIÓN Y ADVIENTO SAL TERRAE SANTANDER 1979.Pág. 86


CARIDAD - Dice JUAN-CRISÓSTOMO: "¿Qué es el pan? Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen aquellos que lo reciben? Cuerpo de Cristo. No muchos cuerpos, sino un solo cuerpo. Si, pues, todos existimos por lo mismo y todos nos hacemos lo mismo, ¿por qué no mostramos luego también el mismo amor, por qué no nos hacemos también una sola cosa en este sentido?» (In ICor Hom. 24 en PG 61, 200).


CUERPO-DE-CRISTO: Un hecho tan fundamental como el de nuestra unidad real con un cuerpo, debe tener también consecuencias reales en nuestra vida diaria. Dicho de otra manera: Si la esencia de la eucaristía es unirnos realmente con Cristo y unos con otros, quiere decir que la eucaristía no puede ser mero rito y liturgia; no puede en absoluto celebrarse por completo en el ámbito del templo, sino que la caridad diaria y práctica de unos con otros es parte esencial de la eucaristía y esa diaria bondad es verdaderamente «liturgia» y culto de Dios. Más aún, sólo celebra realmente la eucaristía quien la completa con el culto diario de la caridad fraterna. Ignacio de Antioquía lo expresa de manera inimitable cuando dice que la fe es el cuerpo y la caridad la sangre de Cristo (Trall 8,1), ¡inseparabilidad de liturgia y vida! Y una vez más es el Crisóstomo quien se atreve a decir que los pobres son el altar vivo del sacrificio novotestamentario, que se construye con los miembros de Cristo. «Este altar es más espantoso incluso que el altar de nuestra iglesia, y desde luego mucho más espantoso que el de la antigua alianza. El altar de aquí (el que está en el templo) es maravilloso por razón de la ofrenda que se pone sobre él; pero el otro -el altar de la limosna- no lo es sólo por eso, sino porque se construye con las ofrendas que opera esa santificación. Además, el altar es aquí maravilloso porque, aun siendo por naturaleza de piedra, es santo cuando sostiene el cuerpo de Cristo; pero aquel altar (= los pobres, pudiéramos decir, el prójimo en general) es santo, porque él mismo es cuerpo de Cristo» (In 2Cor Hom. 17,20, en PG 61, 540). Es decir, la  liturgia de Cristo se celebra en cierto sentido con mayor realismo en el diario quehacer que en el acto ritual. Tomás de Aquino conservó esta intuición de los padres, al decir que el verdadero contenido de la eucaristía (res sacramenti) es la «sociedad de los santos» (Societas sanctorum en S. Th III, q. 80 a 4c). O cuando otra vez afirma: "En el sacramento del altar se designa una doble realidad: el verdadero cuerpo de Cristo y el cuerpo místico» (Ibid., q. 60 sed contra). Para los padres, digámoslo una vez más, la diaria caridad cristiana es de hecho una parte esencial del acto eucarístico y en ella empieza por cumplirse el que los cristianos sean cuerpo de Cristo, cosa que tiene en la celebración eucarística su centro determinante y cabalmente por ello también su centro exigente. 

Consideraciones finales 
Demos ahora brevemente una ojeada de conjunto a los diversos elementos reunidos hasta ahora. Partiendo de lo que acabamos de decir, se ve claro que la celebración eucarística da ciertamente a la noción de cuerpo de Cristo su apoyo concreto, salvándola de diluirse espiritualmente al situarla en un orden visible, en una realidad «corpórea». Pero es igualmente claro que excluye toda fosilización jurídica y ritualística, y empuja con poderosa energía al cumplimiento interior y personal del ser cristiano. Aquí no hay ya en realidad separación entre caridad y derecho, entre Iglesia visible e invisible, sino que se alcanza el verdadero corazón de la Iglesia, en que se unifican ambas realidades, tantas veces disociadas de hecho.
EU/JERARQUIA No sería difícil deducir esos dos lados de la existencia eclesiástica y señalarles aquí su punto de fusión. Cómo derivan de aquí el concepto y exigencia de la caridad y sólo aquí cobran su pleno sentido, lo acabamos de indicar por medio de algunos textos patrísticos, que fácilmente pudieran multiplicarse. 
La caridad, que constituye la esencia espiritual del cristianismo, se enraiza en el dato más concreto de éste: en la celebración del cuerpo 
de Cristo, y quien de este centro la desprende, la convierte en frase humanitaria sin fuerza, que nada tiene que ver con la caridad 
enseñada por Cristo. Pero de una puntual consideración de la celebración eucarística no se sigue sólo la exigencia de la caridad, sino también el imperativo del orden. Es precisamente Pablo, en quien no cabe sospechar apetencias jerárquicas (se ha querido y se quiere 
todavía encontrar en él una Iglesia espiritual, sin jerarquía), quien, al tratar de la celebración eucarística entre los corintios, hubo de sentar con todo énfasis el imperativo del orden. Así, una Iglesia que se entiende a sí misma por la eucaristía como cuerpo de Cristo, no es sólo una Iglesia de los que aman, sino con la misma necesidad una Iglesia de orden sagrado, una Iglesia ordenada jerárquicamente 
(jerarquía = orden sagrado). De hecho, también aquí, en la celebración eucarística, que se entendió como el vínculo de unidad de la Iglesia, hay que buscar el más antiguo punto de partida de la idea del primado, que parece abrirnos a la vez de la mejor manera el 
verdadero sentido del primado papal y su adecuado lugar teológico. 
Según los estudios do Ludwig Hertling, la Iglesia antigua entendió la forma concreta de su unidad, poco más o menos, así: sintiéndose la comunidad de la cena. Cada comunidad local particular se veía como la representación, como la manifestación de la Iglesia una de Dios y celebraba el misterio del cuerpo de Cristo bajo la presidencia del obispo y su presbiterio. La unidad entre las «iglesias particulares», ue se sentían como representación de la Iglesia universal, no era de naturaleza administrativa, sino que consistía en que «comulgaban» entre sí; es decir, admitían a la comunión con ellas recíprocamente a los miembros de otras comunidades que estuvieran presentes. Con los herejes (ora individuos, ora comunidades enteras), no se comulgaba, no se los admitía a la sociedad de comunión de las iglesias ortodoxas, quedando excluidos de la Iglesia y declarados como herejes. A la inversa, los grupos heréticos formaban entre sí 
sociedades semejantes de comunión, que comulgaban por su parte entre sí, pero no con la gran Iglesia. Pero ¿cómo saber si un forastero o peregrino pertenecía o no realmente a la sociedad ortodoxa de comunión? Aquí actuaba el principio episcopal de orden para la celebración eucarística. El cristiano que viajaba a otra comunidad recibía de su obispo la carta o letras de comunión, que lo acreditaban como miembro de la sociedad de comunión de la gran Iglesia. Para este procedimiento cada obispo poseía listas con las comunidades miembros de la gran comunión ortodoxa. En este punto, empero, Roma fue siempre tenida, por decirlo así, como el exponente de la recta sociedad de comunión. Era axioma que quien comulgaba con Roma, comulgaba con la verdadera Iglesia, aquel con quien Roma no comulga, no pertenece tampoco a la recta comunión, no pertenece en pleno sentido al «cuerpo de Cristo». Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo, preside la comunión general de la Iglesia, el obispo de Roma concreta y representa la unidad, que recibe la Iglesia de la cena del Señor.
Así la unidad de la Iglesia no se funda primariamente en tener un régimen central unitario, sino en vivir de la única cena, de la única 
comida de Cristo. Esta unidad de la comida de Cristo está ordenada y tiene su principio supremo de unidad en el obispo de Roma que 
concreta esa unidad, la garantiza y la mantiene en su pureza. El que no está en concordia con él se separa de la plena comunión de la 
Iglesia indivisiblemente una. De todo lo cual se sigue que el lugar teológico del primado es a su vez la eucaristía, en la cual tienen su 
centro común oficio y espíritu, derecho y caridad, que aquí hallan también su punto común de partida. 
Así pues, las dos funciones de la Iglesia -ser signo y misterio de fe- tienen su lugar en la eucaristía. Según eso, la Iglesia es pueblo de 
Dios por el cuerpo de Cristo, entendiendo aquí «cuerpo de Cristo» en el sentido pleno, que hemos tratado de elaborar en el presente 
trabajo. La tarea siempre nueva de los cristianos será luchar para que nunca se pierda la verdadera plenitud de la Iglesia: la caridad en que cada día se cumple de nuevo el misterio del cuerpo del Señor. 

JOSEPH RATZINGER - EL NUEVO PUEBLO DE DIOS- HERDER 101 BARCELONA ESPAÑA 1972.Págs. 99-102

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3. CULTO / RIQUEZA:
"Ante los casos de necesidad no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos" (·JUAN-PABLO-II, SRS n. 31:_SOLLICITUDO) 
San Juan CRISOSTOMO decía: «No pensemos que basta para nuestra salvación presentar al altar un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos. ¿Queréis de verdad honrar el Cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No le honréis en el templo con vestidos de seda y fuera le dejéis perecer de frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: Este es mi cuerpo, dijo también: Me visteis hambriento y no me disteis de comer. Y: Cuando no lo hicisteis con uno de esos más pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis. Cristo anda errante y peregrino, necesitado de techo; y tú te entretienes en adornar el pavimento, las paredes y los capiteles de las columnas, y en colgar lámparas con cadenas de oro. Al hablar así no es que prohíba que también se ponga empeño en el ornato de la Iglesia; a lo que exhorta es a que juntamente con eso, o, más bien, antes que eso, se procure el socorro de los pobres. A nadie se culpó jamás por no haber hecho lo primero; pero por no hacer lo otro se nos amenaza con el infierno».

 

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LA IGLESIA, ESPOSA DE CRISTO

 

El Antiguo Testamento describe la relación entre Dios y su pueblo con la imagen de la unión conyugal, pero se trata de una comunidad de amor. Es Oseas quien crea esa imagen (caps. 1-3): Yavé ama a su adúltera esposa -su pueblo- como el profeta sigue amando a su adúltera esposa. La castiga para moverla a conversión. Jeremías llama desposorios a la alianza del Sinaí (31, 32) y adulterio a la ruptura de la alianza (9, 2). Aunque Yavé entrega su infiel esposa a manos de sus enemigos (3, 1; 11, 15; 12, 7-9) no la repudia; porque no puede olvidar a quien amó de joven (2, 1-3). 
Ezequiel (cap. 16 y 23) amplía y desarrolla intuitivamente la imagen. 
Isaías dibuja la imagen de la amada de la juventud, a quien Dios vuelve a recibir con infinita misericordia (54, 4-8; 60, 15; 62, 5). El Cantar de los Cantares, desde que ha sido aceptado en el canon de la Sagrada Escritura, ha sido interpretado como representación del matrimonio de Dios con su pueblo; también el salmo 44 ha sido interpretado en el mismo sentido. 
Los profetas predican que en el tiempo de salvación venidero Dios volverá a desposarse con los hombres. Las ideas de la antigua 
teología judía ayudan también a entender la concepción paulina; fundándose en los profetas los rabinos interpretan la alianza del Sinaí 
como los desposorios de Dios con Israel. Yavé sale al encuentro del pueblo como un esposo y Moisés cumple el papel de acompañante de la esposa. También encontramos la idea de que la boda entre Dios y el pueblo se celebrará al fin de los tiempos; según eso este eón sería una especie de noviazgo. La teología judía no dice jamás que el Mesías enviado por Dios sea esposo del pueblo; sólo llama esposo del pueblo al Dios que envía al Mesías -
Aquí se ve sobre toda en qué se distingue la concepción paulina de la viejotestamentaria y de la de los teólogos judíos: según San Pablo 
es Cristo y no Dios quien adquiere la comunidad humana como esposa. 
EVA: Según San Pablo estos desposorios fueron ya profetizados y prefigurados en la infancia de la humanidad (Eph. 5, 31). 
La creación del primer hombre como varón y mujer (Gen. 2, 18-25) no puede según esto ser entendida exclusivamente como función del matrimonio, sino que significa también la misteriosa unidad entre Cristo y la Iglesia. La formación de Eva es un símbolo de la Iglesia que nace del costado de Cristo muerto. Cristo abandonó en cierto modo a su Padre celestial al asumir la naturaleza humana, y abandonó a su madre la sinagoga para reunirse con su esposa, la Iglesia. Dice el Concilio de Vienne: «El mismo Verbo de Dios, para obrar la salvación de todos, no sólo quiso ser clavado en la cruz y morir eN ella, sino que sufrió que después de exhalar su espíritu, fuera perforado por la lanza su costado, para que, al manar de él las ondas de agua y sangre, se formara la única inmaculada y virgen, santa madre Iglesia, esposa de Cristo, como del costado del primer hombre dormido fue formada Eva para el matrimonio; y así a la figura cierta del primero y viejo Adán que, según el Apóstol, es forma del futuro (Rom. 5, 14), respondiera la verdad en nuestro novísimo Adán» (D. 480). 
La propiedad decisiva del matrimonio, según la Escritura, es la unidad. Toda la creación está bajo la ley de la diferenciación y de la 
división: también el hombre está sometido a ella. Ni el varón solo ni la mujer sola realizan la plenitud de la humanidad. Sólo en Dios se da la suma plenitud dentro de la suma simplicidad y viceversa. En el ámbito de lo creado sólo se da la sencillez a costa de la plenitud y la plenitud a costa de la sencillez. Varón y mujer son, pues, distintas representaciones y distintos modos de realización de lo que llamamos 
hombre; sólo entre ambos representan toda la amplitud de lo humano. 
Pero ellos están, por tanto ordenados el uno al otro como miembros pertenecientes a la realidad una que es el "hombre». Esta recíproca ordenación se manifiesta claramente en el sentimiento de soledad de Adán y en el modo de ser creada la mujer (/Gn/02/18-25). Varón y mujer tienden naturalmente el uno al otro. En su diversidad corporal, anímica y espiritual se funda precisamente el hecho de que puedan y quieran completarse para lograr la plenitud de lo humano. En el intercambio vital se funda la unidad de varón y mujer que la Escritura expresa con la fórmula "convertirse en una sola carne». La expresión "una carne» o "un cuerpo» significa que varón y mujer se convierten en uno en toda la amplitud de su ser humano (cuerpo significa la totalidad del hombre en su realidad corporal) y que la unidad logra su expresión y sello en la comunidad de cuerpos. El matrimonio es imagen de la comunidad de ser y vida entre Cristo y la Iglesia justamente en el intercambio vital y en la unidad de varón y mujer fundada en ese intercambio. 
Según San Pablo la relación de varón y mujer -tal como es descrita en el Génesis- es un anteproyeoto y prefiguración de la relación entre Cristo y la Iglesia. Así supera y trasciende la idea viejotestamentaria, que también aparece en el Nuevo Testamento (Mt. 12, 39; Mc. 8, 38, Sant. 4, 4; y quizá Apoc. 2, 22). San Pablo en cambio usa la idea común del Antiguo Testamento para describir la relación entre el nuevo pueblo de Dios y su fundador.

ADAN: Según San Pablo - Cristo es el segundo Adán (/Rm/05/12-19; /1Co/15/02 /1Co/15/45-49). 
El primer Adán fue causa de toda la desgracia y el segundo Adán fue causa de la salvación. Pero al lado de Adán vivía y obraba Eva que 
había sido sacada de él. 
El hecho de que muchas veces los Santos Padres llamen a la Iglesia segunda Eva está en la dirección del pensamiento de San Pablo. 
Cuando Cristo vino y tomó a la Iglesia por esposa, pudo entenderse por fin el sentido pleno de la relación entre Adán y Eva. El varón 
significado en último término por Adán es Cristo y la mujer significada por Eva es la Iglesia. Entre la época empezada y caracterizada por Adán y la época de Cristo hay, pues, continuidad a pesar de las diferencias; ya que el matrimonio entre Cristo y la Iglesia es la plenitud del matrimonio fundado por Dios en el Paraíso entre Adán y Eva. San Agustín habla con especial frecuencia de la Iglesia como segunda Eva y esposa del segundo Adán. 
San Pablo da testimonio de la imagen de la Iglesia-esposa de Cristo en /2Co/11/02; describe su actividad apostólica; en cuanto apóstol es padre espiritual de la comunidad de Corinto, y en cuanto Padre quiere llevar a su hija espiritual como casta virgen ante su esposo. El 
momento de la entrada en la casa del esposo es la parusía. La esposa de que San Pablo habla aquí es la comunidad cristiana de Corinto; 
pero representa a la Iglesia total. Su virginidad consiste, según la descripción del Apóstol, en la pureza e integridad de la fe. Más 
ampliamente habla San Pablo de la Iglesia como esposa de Cristo en la Epístola a los Efesios (/Ef/05/21-33). El Apóstol usa para su 
descripción el salmo 44, el Cantar de los Cantares y, sobre todo, el Génesis 2, 24. Describe la Iglesia como esposa de Cristo; la ha ganado como esposa al morir. En la muerte se entregó por ella (Eph. 5, 2; Gal. 
2, 20; 1, 4;1 Tim. 2, 6; Tit. 2, 13; Act. 20, 28). Pero al sacrificar su vida por ella le regaló la vida eterna. En la resurrección y ascensión se manifestó esa vida en El mismo; al enviar el Espíritu Santo la infundió a la Iglesia. Entonces fue fundada no sólo una comunidad entre almas o del alma con el Logos, sino también una viva e íntima relación que abarca el cuerpo y el alma de sus miembros de toda la comunidad a la que fue enviado el Espíritu Santo. La Iglesia acepta la vida que se le regala para protegerla y cuidarla. La entrega de Cristo a su esposa no es un proceso transitorio y momentáneo; jamás termina porque su amor es incansable; vive siempre para su esposa, la cuida y protege como a su propio yo; la alimenta con su palabra y, sobre todo, con su carne y sangre eucarísticas. Al regalarla su cuerpo y sangre en el sacramento se convierte realmente en un solo cuerpo y en una sola carne con ella. La unidad entre Cristo y la Iglesia supera la de la comunidad matrimonial de varón y mujer en intimidad, fuerza y duración; Cristo atrae a la Iglesia con una fuerza que supera toda posibilidad humana. La unidad de varón y mujer es una débil imagen de la unidad entre Cristo y la Iglesia. Lo que aquí se intercambia es vida eterna e inmortal, no sólo vida terrena y perecedera como en el matrimonio de varón y mujer. Cristo se une a la Iglesia en último término por medio del amor personificado, es decir, por medio del Espíritu Santo. 
La unidad y totalidad que anhela toda la creación logra su plenitud en los desposorios entre Cristo y la Iglesia. Sobre el matrimonio 
cristiano cae un reflejo de esta unidad. El matrimonio de los bautizados es la consecuencia y representación de la unidad entre Cristo y la Iglesia. Pero lo significado en el matrimonio -la unidad de varón y mujer- es realizado en la unión de Cristo con la Iglesia; cierto que 
ocurre necesariamente de otra forma, porque las formas fisiológicas condicionan precisamente los límites de la unificación.
Ahora se entiende lo que significa la obediencia que San Pablo exige a la esposa y a la Iglesia, respectivamente. Se cumple cuando la Iglesia acepta los dones de Cristo -su esposo- y configura su vida hasta penetrar en la forma de vida propia de Cristo, es decir, en la vida que consiste en amar y entregarse a Dios. La forma existencial del amor es fundamental en la Iglesia considerada como esposa de Cristo. 

Aquí se ve también la viva relación entre la idea de la Iglesia-esposa de Cristo y la imagen de la Iglesia-cuerpo de Cristo. La esposa se 
convierte en cuerpo de Cristo aceptando su vida y el cuerpo de Cristo se convierte en esposa, por tener carácter personal. «La novia es 
primero extraña al novio y está frente a él a distancia y sólo deseando su vida y cuando de hecho recibe su vida se hace con él una caro, una sola carne y esposa; así la Iglesia, cuando representa a la humanidad que anhela la salvación y la plenitud de vida divina es sólo prometida de Cristo; pero cuando el Hijo de Dios cumple su anhelo y la da su vida enviándole el Espíritu Santo, se convierte con El en una sola carne; es decir, la esposa de Cristo se convierte en cuerpo de Cristo, se convierte en un solo ser místico con El» (J. Pinsk). La unión de ambas ideas está en el amor que Cristo concede a sus redimidos. El segundo versículo del capítulo quinto de la Epístola a los Efesios exhorta a los lectores a vivir en caridad y funda esta exigencia diciendo que también Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave. 

 

 


La esposa participa de la gloria de Cristo, pero esa gloria no está todavía revelada. La Iglesia espera la hora en que el esposo la lleve a casa de su padre; el día de la parusía Cristo le saldrá al encuentro desde el cielo para cuidarla con El. Encontramos esta interpretación escatológica de los desposorios en Eph. 5, 31 y en ll Cor. 11, 2; pero aparece con más claridad en los capítulos finales del Apocalipsis. El Vidente del Apocalipsis ve llegada la hora de las bodas del Cordero, y su Esposa, la comunidad de los elegidos, está dispuesta y adornada (/Ap/19/07-09). La esposa le llama en espíritu y anhelante: ven, y oye que el esposo contesta: sí, voy pronto (/Ap/22/17-20). Ella desea que llegue la hora y puede dejar de anhelarla, porque se acerca; y se adorna como una novia para el esposo (21, 2 9). Después se celebrarán las eternas bodas del Cordero; su esposa, la Iglesia, se adornará con vestidos radiantes y el esposo saldrá de su ocultamiento y dominará como rey. Bienaventurados los invitados a esta boda (19, 6-9). En Apoc. 21, 2. 9 la esposa se identifica con la Jerusalén celestial que baja a la tierra. Aquí se cumple ls. 61, 10, que dice que la nueva Sión aparece como una esposa adornada para su esposo. La razón objetiva de la identificación dicha es que la ciudad celeste de Dios se convertirá en morada de la comunidad de Dios; y está además constituida por la comunidad de los hombres justos y de los ángeles. 

Testimonio de los Santos Padres 
En los Santos Padres encontramos la imagen con distintas formulaciones, lo que demuestra que la idea de la Iglesia-esposa de Cristo había calado muy hondo en los corazones. Continuamente resuena el himno de júbilo y acción de gracias por la unión de amor en que los hombres han sido recibidos. Págs.302-306
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Los Santos Padres destacan en la imagen de la Iglesia-esposa de Cristo un momento o propiedad que no aparece expresamente en la Escritura; mientras que San Pablo destaca el momento de la unidad entre Cristo y la Iglesia, los Santos Padres subrayan la fecundidad de la Iglesia. Según ellos la Iglesia es a la vez virgen y madre; es virgen por la pureza de su fe; pero es a la vez la santa madre Iglesia, porque continuamente da a luz nuevos hijos, nuevos miembros del cuerpo de Cristo. Es cierto que la idea de la fecundidad de la Iglesia no es ajena a la Escritura, ya que la Iglesia debe crecer cada vez con más fuerza en la vida de Cristo; su unidad de corazón y de alma con Cristo debe ser cada vez mayor; la imagen de Cristo brillará así en ella cada vez con más esplendor (Col 2, 19; Eph. 2, 22; 4, 11-16). Aquí se alude a una forma de fecundidad que consiste en un enriquecimiento interior y en la creciente profundización e intensificación del vínculo con Cristo. Pero la forma de fecundidad de que hablan los Santos Padres consiste en que la Iglesia tiene continuamente nuevos hijos e hijas de su comunidad con Cristo; es un gran número que nadie puede contar (Apoc. 7, 9). Así surge junto a la idea de que la Iglesia es la comunidad unida a Cristo de los que creen en El (su cuerpo), la idea de que la Iglesia es su madre. 



I/MADRE - VIRGEN: Nace la idea de la Iglesia madre virgen, la encontramos por vez primera en una carta de los cristianos de Vienne y Lyon (del año 177) a las comunidades de Asia y Frigia, que habla de la persecución de los cristianos en Lyon (San Eusebio, Historia de la Iglesia 5, 1, 1-2, 8) y en la obra del Pastor de Hermas; es, por tanto, antiquísima. Los Santos Padres eran conscientes de la diferencia e incluso de la tensión y contraste de ambas ideas e intentan ponerlas de acuerdo con una dialéctica detallada. La síntesis de la maternidad y virginidad de la Iglesia se puede explicar, porque la comunidad entre la Iglesia y Cristo es espiritual. En esta unidad con Cristo fundada en el Espíritu y configurada por el Espíritu recibe la Iglesia la fecundidad que la capacita para dar a luz continuamente nuevos hijos de Dios. 
El nacimiento de los creyentes ocurre mediante la predicación y el bautismo. En el sermón sobre el bautismo, de Zenón, obispo de Verona (desde 362 al 371/2) se trata ampliamente la idea de que el bautismo es el seno de la Iglesia. Aparece también en la inscripción del batisterio de Letrán, compuesta por el papa León Magno y en el rito de la bendición del agua bautismal. 
Es ·Agustín-san quien estudia estas relaciones con más frecuencia y hondura; en la plática 12 sobre el Evangelio de San Juan (5) dice: «Un padre mortal engendra en su esposa un hijo que será su heredero. Dios engendra mediante la Iglesia y de la Iglesia hijos que no le sucederán sino que estarán con El eternamente.» Y así la Iglesia, elegida de entre el género humano por Cristo que se entregó por ella y  hecha también por Cristo su esposa virginal para que transmita su vida a los demás, se convierte en madre fecunda al hacer, por la palabra y el sacramento, de los pecadores justos, de los injustos santos, de los ateos cristianos e incluso Cristo mismo. Sólo una persona es comparable a ella en esa doble dignidad de virgen y madre: María. María da a luz a la Cabeza y la Iglesia a los miembros que por su pertenencia a la cabeza son también Cristo. San Agustín atribuye la fecundidad a la Iglesia total. La característica de la Iglesia en cuanto madre-virgen consiste, según San Agustín, en que los engendrados por ella se incorporan a su maternidad; en cuanto individuos son hijos de la Iglesia, pero en cuanto comunidad son ellos mismos la madre Iglesia. La maternidad espiritual (=sobrenatural) de la Iglesia no es propiedad de los individuos de forma que dentro de la Iglesia total haya miembros  a quienes compete ser madre y otros a quienes compete ser hijos; la Iglesia total es esposa de Cristo y la Iglesia total es madre virginal que engendra continuamente nuevos hijos que a su vez participan de esa su fecundidad sobrenatural causada por Cristo. La Iglesia total en cuanto esposa llena del Espíritu Santo y de la vida de Cristo obra el renacimiento y perdón de los pecados. La Iglesia realiza su efecto creador en la palabra y en los sacramentos; sólo ella puede realizarlo así. Los sacramentos son administrados por uno sólo, pero en el ministro visible del sacramento actúa la Iglesia total, la comunidad de los santos llena de la vida de Cristo. «El individuo actúa como miembro de esa comunidad que ha sido calificado y autorizado por Cristo para servirle; en él está representada la comunidad. La Iglesia y no el individuo es la verdadera madre de la nueva vida. Cuando un obispo le pregunta cómo renacen en el Espíritu Santo los niños que son llevados al bautismo con intenciones falsas y supersticiosas, contesta San Agustín: 

«El renacimiento no es impedido a los niños por el hecho de que los que los llevan a bautizar no tengan intención recta. Son prestados por ellos los servicios necesarios; se pronuncia el juramento bautismal; se hacen los servicios indispensables para que el niño sea santificado. Y el Espíritu Santo, que habita en los santos, de los que se forma en el fuego del amor aquella paloma plateada (cfr. Ps. 67, 14), obra lo que El obra, a veces incluso mediante el servicio de hombres que no sólo son ignorantes, sino indignos hasta merecer la condenación. Los niños no son llevados a recibir la gracia del Espíritu por quienes los llevan en brazos, aunque también por ellos, si son buenos creyentes, sino por la comunidad total de los santos y creyentes. Pues con buenas razones se puede suponer que son llevados al bautismo por todos los que se alegran de ello y por todos aquellos cuyo santo amor incondicional les ayuda a entrar en la comunidad del Espíritu Santo. Toda la madre Iglesia, que vive en los santos, es la que obra eso, porque es toda la Iglesia quien da a luz a todos y a cada uno» (Cartas, 98, número 5). Aquí se ve también la razón de que la Iglesia en cuanto comunidad unida con Cristo engendra la vida sobrenatural: es en cuanto totalidad la esposa de Cristo en quien el Espíritu Santo infundió el germen de la vida de Cristo. En el fondo es Cristo o el Espíritu Santo quien actúa por medio de la Iglesia (cfr. San Agustín, Sermón 99, 9; Contra epistolam Parmenidis 2, 11, 24; Plática 27, 6, sobre el evangelio de San Juan; Sermón 71, 13, 23). La producción de la vida sobrenatural y el perdón de los pecados competen, pues, a la totalidad de los justos; pero el ejercicio de ese poder creador está vinculado a los sacramentos, cuya realización está reservada por voluntad de Cristo a determinados miembros calificados para ello.
Según San Pablo el momento de las nupcias es la parusía; según los Santos Padres ocurren en la historia; por eso la Iglesia incluso dentro de la historia no sólo es la prometida sino la esposa. Hay algunas excepciones. San Agustín distingue dos nupcias: en la historia Cristo es prometido de la Iglesia inmaculada y sólo al fin de la historia serán las nupcias. Por otra parte, según él, la Iglesia es verdadera esposa de Cristo porque a través de ella Cristo da la vida a los hijos de la Iglesia en el bautismo. En general, los Santos Padres dicen que las bodas entre Cristo y la Iglesia ocurrieron en la pasión: Eva fue extraída del costado de Adán y la Iglesia nació del costado abierto de Cristo. 
Págs. 309-312- SCHMAUS TEOLOGIA DOGMATICA IV - LA IGLESIA - RIALP. MADRID 1960

 

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Evangelio según San Marcos.

P: ¿Por qué San Marcos escribió el Evangelio?

R: En la investigación –autor, lugar y fecha de composición- los tres conceptos van unidos, al menos en el caso de Marcos. San Marcos, que no es del grupo de los apóstoles, sino discípulo de los apóstoles, escribe el Evangelio a petición de la Iglesia, após el momento de la muerte -en Roma (crucificado cabeza abajo)- de Pedro, para preservar la predicación del apóstol. Entonces, vemos como la Iglesia Católica iba inscribiendo sus primeros pasos, lo que componen hoy parte de la Escritura. El testimonio mas antiguo que tenemos –entre otros-, es el de Papías de Hierápolis (años 60-130), dice así: «Marcos, que fue intérprete de Pedro, puso cuidadosamente por escrito, aunque sin orden, lo que recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho. Porque él no había oído al Señor ni lo había seguido, sino, como dije, a Pedro más tarde, el cual impartía sus enseñanzas según las necesidades y no como quien hace una composición de las sentencias del Señor, pero de suerte que Marcos en nada se equivocó al escribir algunas cosas tal como las recordaba» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, 3,39,14-15). El texto de Marcos se compuso en Roma, poco antes del año 70; esta apreciación no ha cambiado mucho en la investigación moderna.

[La presenza di Pietro a Roma è sostenuta dalla maggioranza degli specialisti, tra cui i più grandi storici protestanti dell´Ottocento e del Novecento. Ireneo di Lione attesta la presenza di Pietro ed il suo martirio nella capitale dell´Impero. Il grande storico Eusebio afferma, forse sulla base di un testo di Origene andato perduto, che Pietro fu crocifisso a testa in giù secondo la richiesta dello stesso apostolo (Storia ecclesiastica II, 25, 5-8 e III, 1, 2-3).
Il primo degli apostoli fu ucciso sotto Nerone probabilmente nel 67 d.C.].-

 

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Simón Pedro era -como la mayoría de los primeros discípulos del Señor- natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera nordeste del lago de Genesaret. Lo mismo que su padre Juan y su hermano Andrés, era pescador. Estaba casado, pues el Evangelio nos refiere cómo Jesús curó a su suegra, que vivía en Cafarnaúm. Pescador y príncipe de los apóstoles, primer papa y piedra sobre la cual se edifica la Iglesia. Éste es Pedro. Pedro dijo: «Señor, en tu palabra, echaré la red»

  

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad” . Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

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«El Islam sacraliza la violencia y considera que la voluntad de Dios es expandir el Islam por las buenas o por las malas»

 

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«El ‘corán’ enseña que el islam debe triunfar, la guerra es un modo natural de conquista y quienes se resistan deben ser eliminados. El musulmán acepta que Dios, Alá, le ha mandado a la conquista del mundo y si alguien se resiste, hay que forzarle, y el hecho forzarle significa la guerra».

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"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo". Aristóteles

 

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Juan XXIII: «La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en contradicción con aquel orden y, consiguientemente, en contradicción con la voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en conciencia...; más aún, en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y degeneraría en abuso» . (Carta enc. Pacem in terris l.c., 271. )

 

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a la primera luz del alba la comunidad cristiana alaba a Dios creador con loas y preces

 

Con un poco de ti, puedes salvar muchas vidas.
“Dar su propia sangre voluntaria y gratuitamente es un gesto de elevado valor moral y cívico” Papa Juan Pablo II VATICANO, 13 Jun. 04 (ACI)

 

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Como dice un Padre de la Iglesia “No debemos avergonzarnos de las cosas que Dios ha creado”. No sólo no debemos avergonzarnos de las cosas que Dios ha creado, sino que debemos también defenderlas, puesto que todo cuanto él ha creado es bueno. La sexualidad humana, el amor conyugal, la responsabilidad, la libertad, la salud corporal: se trata de dones de Dios que tenemos que atesorar.

 

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La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia ... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48).

1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios ... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción ... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39, 1).

1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).

1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, 313 + 386 ca. catech. ill. 18, 29).

 

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David estalló en un cántico de júbilo: «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sl 132,1)

 

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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gracias por venir a visitarnos

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

Recomendamos vivamente: PATROLOGÍA –

Domingo RAMOS-LISSON. Editorial EUNSA-Es. 2006

Profesor de patrología e Historia de la Iglesia (edad antigua) en la Universidad de NAVARRA-España. La aportación de los Padres de la Iglesia a la historia del pensamiento que va gestando la humanidad a través de los siglos, representa un legado riquísimo que las nuevas generaciones deben conocer. La valoración de esta herencia es ya un motivo más que suficiente para iniciar la lectura de las obras patrísticas. La motivación se acrecienta si es lector es cristiano y tiene interés por conocer las raíces del mensaje de Jesús, puesto que los escritores cristianos de los primeros siglos de la Iglesia son órganos vivos de la transmisión de la fe revelada.

Fe custodiada fielmente por la Iglesia católica y sólo ella hace dos mil años, desde el mismo Pentecostés.


‘HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUA’ José María Magaz Fernández –

Facultad de Teología San Dámaso - Madrid 2007 - 430 páginas

Un manual para tener una idea ordenada de los primeros siglos cristianos, hasta Agustín y la herejía pelagiana.


Elredo de Rielvaux (1110-1167), monje cisterciense

El Espejo de la caridad, III, 3,4 -  Observar el sábado -      En un principio debemos usar nuestras energías practicando buenas obras para, seguidamente, reposar en la paz de nuestra conciencia... Es la celebración gozosa de un primer sábado en el que reposamos de las obras serviles del mundo... y en el que ya no transportamos el peso de las pasiones.     Pero se puede abandonar la celda íntima donde se celebra este primer sábado y  reencontrar la posada del corazón, allí donde hay costumbre de «alegrarse con los que gozan, llorar con los que loran (Rm 12,15), «ser débil con los débiles, arder con los que se escandalizan» (2C 11,29). Allí el alma se sentirá unida a la de todos los hermanos por el cemento de la caridad; allí no se es turbado por el aguijón de la envidia, quemado por el fuego de la cólera, herido por las flechas de la sospecha; allí se nos libera de las mordeduras devoradoras de la tristeza. Si se atrae a todos los hombres en el jirón pacificado de su espíritu, donde todos se sienten abrazados, ardientes por un dulce afecto y donde no forma con ellos más que «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), entonces, saboreando esta maravillosa dulzura, enseguida el tumulto de las codicias se acalla, el alboroto de las pasiones se pacifica, y en el interior se produce un total desprendimiento de todas las cosas nocivas, un reposo gozoso y pacífico en la dulzura del amor fraterno. En la quietud de este segundo sábado, la caridad fraterna no deja ya que subsista ningún vicio... Impregnado de la pacífica dulzura de este sábado, David estalló en un cántico de júbilo: «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sl 132,1)

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).