Monday 24 April 2017 | Actualizada : 2017-03-29
 
Inicio > Temas Católicos > 1 - Iglesia 18º Cenáculo Espíritu Sto; imágenes de la Iglesia, cosmos y Reino

«La Iglesia es una, santa, católica, apostólica… y misionera».
«La Iglesia «habla todos los idiomas» y «sale al encuentro de todas las culturas».
«La Iglesia tuvo su inicio solemne con la venida del Espíritu Santo».
«Las características esenciales de la Iglesia»: una, santa, católica y apostólica».
«La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera, y desde el día de Pentecostés el Espíritu Santo no deja de incitarla a echarse a los caminos del mundo, hasta los últimos confines de la tierra y hasta el final de los tiempos».

 

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Dado que la realidad nos indica que un enorme contingente de católicos que viven en el mundo actualmente no conocen a cabalidad los principios doctrinales de la fe que profesan, viviendo lo que podría denominarse un catolicismo "light" (para utilizar un término de moda), pareciera entonces imprescindible e impostergable encontrar, 40 años después de la conclusión del Concilio Vaticano II, una nueva formulación catequética dentro y fuera de la Eucaristía, que sirva para explicitar a los fieles laicos los fundamentos básicos de nuestra religión, sus dogmas de fe, su teología moral, etc., de manera que ello conduzca a que todo fiel católico encuentre la justificación del sentido de vivir una vida coherentemente cristiana; en fin, una fórmula que devuelva al fiel laico una formación básica doctrinal, ética y moral, así como la conciencia de la importancia de pertenecer a la única Iglesia de Cristo y el orgullo bueno de ser católico. MMV.

 

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The Crucifixion, about 1315–20, Giotto di Bondone. Tempera and gold leaf on panel, 17 11/16 x 12 13/16 in. (45 x 32.5 cm). Musée des Beaux-Arts, Strasbourg, Inv. N. 167. Photo M. Bertola

 

Reunidos en torno a la tumba del apóstol san Pedro, recordemos que su amor a Jesús fue el motivo por el cual lloró, arrepentido, y decidió obedecer sus mandamientos. También los penitentes deberían esforzarse por cumplir los mandamientos sólo por amor. Basta para ello la revelación del corazón traspasado de Jesús. (...) Nada es necesario, excepto el amor de Jesús. Todo lo demás es consecuencia.

El Espíritu Santo está sobre la cátedra de Pedro. Hemos repetido aquí, hoy, lo que aconteció a la
Iglesia reunida en el Cenáculo en la primera Pascua. Los penitentes están llamados por ese mismo Espíritu a cumplir los mandamientos por amor, con un corazón dispuesto al perdón, a fin de que también ellos puedan ser liberados "de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Rm 8, 21).

 

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Desde Pentecostés la iglesia deviene evangelio a todos los pueblos de todas las lenguas

Pentecost, about 1320–25, Giotto di Bondone. Tempera and gold leaf on panel, 17 15/16 x 17 5/16 in. (45.5 x 44 cm). The National Gallery, London, Bequeathed by Geraldine Emily Coningham in memory of her husband, Major Henry Coningham, and of Mrs. Coningham of Brighton, 1942, NG5360

 

La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

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Esta es la Iglesia desde Pentecostés:

una, santa, católica y apostólica.

 

EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA


La Iglesia, Sacramento del Espíritu Santo 


Las anteriores reflexiones nos indican el rumbo que debemos tomar a la hora de pensar la realidad de la Iglesia. La Iglesia debe ser pensada no a partir del Jesús carnal, sino a partir del Cristo resucitado, que sigue hoy existiendo en forma de Espíritu. La Iglesia, pues, debe entenderse a partir del Espíritu Santo, si bien no tanto como la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, sino como la fuerza y el modo de actuar mediante el que el Señor permanece presente en la historia y 
prosigue su obra de instauración de un mundo nuevo. La Iglesia es el Sacramento, signo e instrumento del Cristo vivo hoy y resucitado. es decir, del Espíritu.

a) El simbolismo en los milagros de Pentecostés: el Espíritu está en la Iglesia. 
En el relato de Pentecostés, San Lucas (Hech 2, 1-13) desea 
mostrar cómo nació la Iglesia y cómo está grávida de las fuerza del 
Espíritu de Cristo. En aquel día se hizo patente a los ojos de todos la 
nueva forma de actuación y presencia de Cristo en el mundo a través 
de su Espíritu. ¿Qué significa concretamente para la Iglesia la 
presencia actuante del Espíritu de Cristo? Para el Lucas de los Hechos 
de los Apóstoles, como para toda la Iglesia primitiva, era evidente: 
significa la inauguración del tiempo de la plenitud, en el que los 
hombres pueden ya considerarse hermanados y redimidos y aguardan 
únicamente la consumación final. Pero ya ahora viven las realidades 
definitivas que se han manifestado por medio de la resurrección. El 
modo en que se expresa dicha verdad tiene sus raíces en el 
simbolismo judaico de la época, que es preciso que intentemos 
decodificar. Así, era creencia general en aquella época el que en los 
tiempos postreros (los de la plenitud alcanzada) el Espíritu sería 
derramado sobre toda carne y todos profetizarían. Lucas lo muestra 
concretamente al narrar cómo, en el día de Pentecostés, el Espíritu 
descendió sobre los Apóstoles y sobre todos cuanto se hallaban 
reunidos con ellos en oración (Hech 2, 1-4). Con esto pretende 
comunicar la verdad de que, con Jesús resucitado y con la Iglesia, los 
hombres habían entrado en la última fase de la revelación. En adelante 
ya no tenemos que esperar nada sustancial de parte de Dios. Dios nos 
ha dicho en Jesucristo el «Sí» y el «Amén» definitivos y nos ha salvado 
(cfr. 2 Cor 1, 20). También se creía entonces que al final de los 
tiempos habría de ser abolida y superada la confusión de las lenguas, 
debida al orgullo de los hombres (Torre de Babel, Gn. Il). Sería una 
señal de la reconciliación y la comunión fraterna de todos con todos. 
Las lenguas no serían ya motivo de separación y de incomprensiones, 
sino de encuentro y de unión. Al narrar el hecho de Pentecostés, San 
Lucas presenta al Espíritu descendiendo en forma de lenguas de 
fuego. Todos los presentes, árabes, judíos, romanos, etc., entienden 
en su propia lengua el mensaje de Pedro.
Lo que con ello pretende enseñar es que el mensaje de la Iglesia 
está destinado a reconstruir la primitiva unidad del género humano y la 
mutua concordia entre los hombres. Que reinará en ella el shalom de 
Dios, es decir, la paz, la amistad, el Espíritu fraterno de comprensión y 
de humanidad. Decía perfectamente el Concilio Vaticano II que la 
Iglesia es el «sacramento visible de la unidad salvífica» (LG, 9). Pero 
aún hay más. San Lucas está interesado en poner de relieve el 
carácter universal de la Iglesia, la cual ha sido enviada a hablar todas 
las lenguas y habrá de crecer hasta llegar a expresarse en todos los 
idiomas. Por eso enumera Lucas hasta 12 pueblos diversos que oyen 
en sus respectivas lenguas la misma novedad de Cristo. Según la 
concepción oriental, de la que participan Lucas y sus oyentes, cada 
pueblo estaba consagrado a un símbolo del zodíaco. Los pueblos que 
él cita (Hech 2,9-11), partos, medos, elamitas, etc., corresponden 
exactamente, incluso en el orden en que son citados, a las figuras del 
zodíaco. Con ello intentaba transmitirnos la verdad de que la Iglesia 
tiene una dimensión cósmica, está destinada a todos los pueblos de la 
tierra y su misión, como la de Cristo, es de carácter universal. El relato 
de Pentecostés acerca de la estrepitosa venida del Espíritu Santo está 
cargado de intenciones teológicas, expresadas en un lenguaje 
simbólico que resulta familiar a sus lectores. Para entenderlo 
necesitamos decodificarlo y captar su mensaje fundamental: ahora la 
Iglesia es el sacramento del Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo 
y el propio Cristo resucitado que actúa en el mundo. Mediante el 
Espíritu, la Iglesia ha aparecido en el mundo para llevarlo a su 
definitiva perfección en Dios. Con San Ireneo podemos decir: «Donde 
está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de 
Dios, allí está la Iglesia y toda la gracia». La Iglesia vive del Espíritu. De 
ahí que no carezca de sentido el texto del Padrenuestro que aparece 
en la variante del texto de Cesarea, contenido en el código D, y en el 
que, en lugar de decir «venga a nosotros tu Reino», se dice: «venga 
sobre nosotros vuestro Espíritu y que él nos purifique» (cfr. las 
variantes al texto de Lc 11, 2). Este texto es considerado por 
autorizados exegetas como el más antiguo del Evangelio de San Lucas 
y como el que expresa perfectamente la concepción teológica que 
Lucas tenía de la Iglesia y de su relación con el Espíritu Santo.

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ALMA- El alma de la Iglesia 
«Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, 
el Evangelio en letra muerta, la Iglesia no pasa de simple organización, la autoridad se convierte en dominio, la misión en propaganda, el culto en evocación, y el quehacer de los cristianos en una moral propia de esclavos».

«Pero en él, el cosmos se levanta y gime en la infancia del Reino, Cristo ha resucitado, el Evangelio aparece como potencia de vida, la Iglesia como comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, el hacer humano lago divino» 

(Ignatios Lattaquié texto leído en el Consejo Ecuménico de las Iglesias reunido en Upsala

 

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"Esto es mi Cuerpo". - Reunidos en el Cenáculo, hemos escuchado la narración evangélica de la última Cena. Hemos escuchado palabras que brotan de lo más profundo del misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Jesús toma pan, lo bendice y lo parte, y luego lo da a sus discípulos, diciendo:  "Esto es mi Cuerpo". La alianza de Dios con su pueblo está a punto de culminar en el sacrificio de su Hijo, el Verbo eterno hecho carne. Las antiguas profecías están a punto de cumplirse:  "Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. (...) ¡He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad!" (Hb 10, 5-7). En la Encarnación, el Hijo de Dios, que es uno con el Padre, se hizo hombre y recibió un cuerpo de la Virgen María. Y ahora, la víspera de su muerte, dice a sus discípulos:  "Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros".

Con profunda emoción escuchamos, una vez más, estas palabras, pronunciadas aquí, en el Cenáculo, hace dos mil años. Desde entonces, han sido repetidas, de generación en generación, por quienes participan del sacerdocio de Cristo a través del sacramento del orden sagrado. De este modo, Cristo mismo repite continuamente estas palabras, mediante la voz de sus sacerdotes en todos los rincones del mundo.

2. "Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía".

Obedeciendo al mandamiento de Cristo, la Iglesia repite estas palabras todos los días en la celebración de la Eucaristía. Estas palabras brotan de lo más profundo del misterio de la Redención. Durante la celebración de la cena pascual en el Cenáculo, Jesús tomó el cáliz lleno de vino, lo bendijo y lo dio a sus discípulos. Esto formaba parte del rito pascual en el Antiguo Testamento. Pero Cristo, el Sacerdote de la alianza nueva y eterna, usó  esas  palabras  para  proclamar el misterio salvífico de su pasión y muerte. Bajo las especies del pan y del vino instituyó los signos sacramentales del sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre.

"Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor. Tú eres el Salvador del mundo". En toda santa misa proclamamos este "misterio de la fe", que durante dos milenios ha alimentado y sostenido a la Iglesia en su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. Lumen gentium, 8). En cierto sentido, Pedro y los Apóstoles, en la persona de sus sucesores, han vuelto hoy al Cenáculo para profesar la fe perenne de la Iglesia:  "Cristo murió, Cristo resucitó, Cristo volverá de nuevo".

3. De hecho, la primera lectura de la liturgia de hoy nos remonta a la vida de la primera comunidad cristiana. Los discípulos "acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42).

Fractio panis. La Eucaristía es un banquete de comunión en la alianza nueva y eterna, y también el sacrificio que hace presente el poder salvífico de la cruz. Y ya desde el inicio el misterio eucarístico siempre ha estado unido a la enseñanza y a la comunión de los Apóstoles, y a la proclamación de la palabra de Dios, anunciada primero por los profetas y ahora, una vez para siempre, por Jesucristo (cf. Hb 1, 1-2). Dondequiera que se pronuncien las palabras "Esto es mi Cuerpo" y la invocación del Espíritu Santo, la Iglesia se fortalece en la fe de los Apóstoles y en la unidad cuyo origen y vínculo es el Espíritu Santo.

4. San Pablo, el Apóstol de los gentiles, comprendió claramente que la Eucaristía, como participación nuestra en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es también un misterio de comunión espiritual en la Iglesia. "Aun siendo muchos, (...) somos un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan" (1 Co 10, 17). En la Eucaristía, Cristo, el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas, sigue presente en su Iglesia. La Eucaristía es la presencia sacramental de Cristo en todos los que participan de un solo pan y de un solo cáliz. Esta presencia es la mayor riqueza de la Iglesia.

A través de la Eucaristía, Cristo construye la Iglesia. Las manos que partieron el pan para los discípulos en la última Cena se iban a extender en la cruz para reunir a todos en torno a él en el reino eterno de su Padre. Mediante la celebración de la Eucaristía, Cristo impulsa sin cesar a hombres y mujeres a ser miembros efectivos de su Cuerpo.

5. "Cristo murió, Cristo resucitó, Cristo volverá de nuevo".

Este es el "misterio de la fe" que proclamamos en toda celebración de la Eucaristía. Jesucristo, el Sacerdote de la alianza nueva y eterna, redimió el mundo con su sangre. Resucitado de entre los muertos, fue a prepararnos un lugar en la casa de su Padre. En el Espíritu que nos ha hecho hijos amados de Dios, en la unidad del Cuerpo de Cristo, aguardamos su vuelta con gozosa esperanza.

Este año del gran jubileo es una oportunidad especial para que los sacerdotes acrecienten su aprecio por el misterio que celebran en el altar. Por esta razón, deseo firmar la Carta a los sacerdotes para el Jueves santo de este año aquí, en el Cenáculo, donde se instituyó el único sacerdocio de Jesucristo, en el que todos participamos.

Al celebrar esta Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, nos unimos a la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. Unidos a la Cabeza, estamos en comunión con Pedro, con los Apóstoles y sus sucesores, a lo largo de los siglos. En unión con María, con los santos, con los mártires y con todos los bautizados que han vivido en la gracia del Espíritu Santo, exclamamos:  ¡Marana tha!, "¡Ven, Señor Jesús!" (cf. Ap 22, 17). Llévanos a nosotros, y a todos tus elegidos, a la plenitud de gracia en tu reino eterno. Amén. 23.06.2000

 

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LA IGLESIA, TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

 

TEMPLO/RELIGIÓN - EL TEMPLO DE JERUSALÉN
En todas las religiones el Templo desempeña un papel preponderante. El hombre que busca la salvación, estando como está sumergido en un mundo profano, busca los caminos de la comunicación con el mundo de lo divino. El itinerario por excelencia  que le conduce a ello se lo ofrecen las múltiples celebraciones litúrgicas que van jalonando su existencia. Pero una liturgia no se puede celebrar en cualquier sitio, ya que su eficacia depende de su relación con un espacio que escapa a los caracteres del mundo profano y que comunica de una manera misteriosa con las energías del 
mundo de los dioses. En estos espacios sagrados -una montaña, una fuente, etc.- se levantan los santuarios donde se da culto válido a las divinidades. La concepción espontánea que el hombre pagano se forja del templo es significativa de su búsqueda religiosa. Este hombre espera la salvación de lo que es estable y sólido, de lo que no está sometido a los imprevistos de la historia.
Hay que llegar a la época del rey Salomón para que Israel tenga su 
templo en el monte Sión, que era la capital del reino. Hubo algunas 
resistencias. Algunos temían que la existencia de un templo de piedra 
favorecería la asimilación de la religión de la Alianza a las religiones 
paganas. Hasta entonces Israel no disponía más que de un santuario 
portátil, en torno al cual se reunía el pueblo en las grandes ocasiones. 
Destruido en el momento de la toma de Jerusalén, el templo de 
Salomón fue reconstruido al volver del exilio y se convirtió en el centro 
religioso del judaísmo.
No se puede comprender el significado del templo en Israel, sin 
recurrir a las reacciones de los profetas. Ahora bien: para ellos está 
muy claro que Dios no está ligado a su Templo. Si el culto que en él se 
le da es formalista, Yahvé está ausente de él, porque lo que quiere 
Yahvé es un culto arraigado en el corazón del hombre. Como el pueblo 
es infiel a su Dios, hay que esperar del futuro mesiánico la vuelta de 
Yahvé a un Templo nuevo. El culto antiguo será condenado, para dar 
paso al culto definitivo de los últimos tiempos. En esta nueva casa de 
Dios hasta las naciones tendrán acceso.
Entre tanto, ciertas corrientes importantes como el esenismo se 
pronunciaron en contra del Templo de Jerusalén, su culto y sus 
peregrinaciones, manifestando a su manera el carácter facultativo de 
esta institución.

EL CUERPO DE CRISTO, TEMPLO DEFINITIVO
El Templo de Jerusalén ocupa un lugar importante en la vida de 
Jesús de Nazaret. María, su Madre, le presentó en él pocas semanas 
después de su nacimiento. Allí le volvemos a encontrar a la edad de 
doce años, enseñando en medio de los doctores. Durante toda su vida 
pública fue a él regularmente en peregrinación, para orar allí y predicar 
la Buena Nueva.
Por tanto, Cristo sigue la tradición de su pueblo, procurando 
encarnar el ideal del judío piadoso para quien el Templo de Jerusalén 
había sido ocasión de las más auténticas efusiones espirituales 
(véanse los salmos). Pero al mismo tiempo que sigue esta tradición 
viva, condena todo lo que se opone al culto verdadero, separando lo 
puro de lo impuro. Por eso no deja de tener razón San Juan cuando 
coloca el episodio de Cristo arrojando a los vendedores del Templo, 
después de su primera subida a Jerusalén. Jesús no puede entrar en 
el Templo, sin antes haberle restituido a la verdad. El Templo es una 
casa de oración y no una casa de comercio.
Pero en este primer gesto de Cristo referente al Templo, San Juan 
ve en seguida la condenación del propio Templo, ya que el verdadero 
Templo de la Nueva Alianza es el cuerpo de Cristo, y para confirmarlo, 
el signo que de él dará Cristo es su propia pasión.
En efecto, con la intervención del Hombre-Dios se produjo un cambio 
radical. Solo El es capaz de dar a Dios un culto que le sea agradable: 
el culto de la obediencia del corazón, que llega hasta la muerte y 
muerte de cruz. Así, en su pasión, su cuerpo se convierte en el único 
Templo en el que se puede ofrecer un sacrificio digno de este nombre, 
la única realidad visible que debe ser reconocida como sagrada. Con la 
pasión de Cristo el Templo de Jerusalén se desacraliza y entonces es 
cuando se aprecia su caducidad. No hay espacios sagrados, ni 
siquiera el monte Sión. El culto verdadero es el culto en espíritu y en 
verdad. Solamente Cristo es en él Sacerdote y Hostia. Todo 
particularismo ha sido barrido. En Cristo muerto y resucitado todos 
tienen acceso al culto verdadero, pero únicamente en El.

 



LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO,

TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO


 
Como la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, ella es en este mundo el único templo donde se celebra un culto agradable a Dios. Cristo continúa en ella ofreciendo el único sacrificio de la Nueva Alianza; en ella el Espíritu obra en cada uno de los miembros de su Cuerpo, para que de ellos salga esta oración filial: "Padre, hágase tu voluntad".
Así, pues, el Templo de la Nueva Alianza está hecho de piedras vivas: "Hermanos, por la misericordia de Dios, yo os exhorto para que ofrezcáis vuestras personas como hostias vivas, santas, agradables a Dios. Este es el culto espiritual que habéis de practicar" (/Rm/12/01).La Iglesia de Cristo no tiene ninguna institución comparable al Templo de Jerusalén, porque no es posible que la tenga. La Iglesia es, ante todo, las personas que la componen. Estaría muy bien que los 
cristianos tomaran la costumbre de considerarla así.
Con demasiada frecuencia, cuando piensan en la "Iglesia" piensan en la "institución". Esto es grave para la comprensión del misterio eclesial. Y es muy difícil dar este cambio, porque incluso donde no se olvidan de las personas, sucede algunas veces que no se las considera más que cuando están reunidas efectivamente por la Iglesia. 
¡Como si la Iglesia no existiera más que en el momento en que celebra sus reuniones! En esto existe una deformación, muy propia del clero, que hay que superar, y que nos ayudarán a superar los recientes trabajos conciliares. La Iglesia es el pueblo de Dios. Se desenvuelve en una institución, pero no se reduce a eso. En cualquier parte donde se encuentre uno de sus miembros existe la Iglesia, porque ante todo existe en sus miembros. Tiene que tomar un aspecto institucional, cuando reúne a sus miembros para celebrar la Eucaristía, pero cuando no los reúne y sus miembros se encuentran dispersos entre los demás hombres, la Iglesia debe existir como la levadura en la masa, debe levantarse como la luz del mundo, debe proporcionar a los hombres el signo de la salvación que de una vez para siempre nos ganó Jesucristo.
Dicho esto, solo falta añadir que la misión de la Iglesia-institución la obliga a construir iglesias de piedra -el culto verdadero debe tener necesariamente una dimensión litúrgica-, pero el significado de estos edificios, su concepción y hasta la manera de estar repartidos dependen por completo de las exigencias del culto espiritual, accesible a todos.

MAERTENS-FRISQUE - NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IV
MAROVA MADRID 1969.Pág. 198

 

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Preparación a la venida del Espíritu Santo
María presente en el Cenáculo

 

1. “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1, 14). Con estas sencillas palabras el autor de los Hechos de los Apóstoles, señala la presencia de la Madre de Cristo en el Cenáculo, en los días de preparación para Pentecostés.

En la catequesis precedente ya entramos al Cenáculo y vimos que los Apóstoles, obedeciendo la orden recibida de Jesús antes de su partida hacia el Padre, se habían reunido allí y “perseveraban... con un mismo espíritu” en la oración. No estaban solos, pues contaban con la participación de otros discípulos, hombres y mujeres. Entre estas personas que pertenecían a la comunidad originaria de Jerusalén, San Lucas autor de los Hechos, nombra también a María, Madre de Cristo. La nombra entre los demás presentes, sin añadir nada de particular respecto a Ella. Pero sabemos que Lucas es también el Evangelista que manifestó de forma más completa la maternidad divina y virginal de María, utilizando las informaciones que consiguió con una precisa intención metodológica (cf. Lc 1, 1 ss.; Hch 1, 1 ss.) en las comunidades cristianas, informaciones que al menos indirectamente se remontaban a la primerísima fuente de todo dato mariológico: la misma Madre de Jesús. Por ello, en la doble narración de Lucas, así como la venida al mundo del Hijo de Dios está presentada en estrecha relación con la persona de María, así ahora se presenta el nacimiento de la Iglesia vinculado con Ella. La simple constatación de su presencia en el Cenáculo de Pentecostés basta para hacernos entrever toda la importancia que Lucas atribuye a este detalle.

2. En los Hechos María aparece como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. Sobre la base del Evangelio de Lucas y otros textos del Nuevo Testamento, se formó una tradición cristiana acerca de la presencia de María en la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha resumido afirmando que Ella es un miembro excelentísimo y enteramente singular (cf. Lumen gentium, 53) por ser Madre de Cristo, Hombre-Dios, y por consiguiente Madre de Dios. Los Padres conciliares recordaron, en el mensaje introductorio, las palabras de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de leer, como si quisieran subrayar que, como María había estado presente en aquella primera hora de la Iglesia, así deseaban que estuviese en su reunión de sucesores de los Apóstoles, congregados en la segunda mitad del siglo XX en continuidad con la comunidad del Cenáculo. Reuniéndose para los trabajos conciliares también los Padres querían perseverar “en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús” (cf. Hch 1, 14).

3. Ya en el momento de la anunciación María había experimentado la venida del Espíritu Santo. El Ángel Gabriel le había dicho: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Por medio de esta venida del Espíritu Santo a Ella, María fue asociada de modo único e irrepetible al misterio de Cristo. En la Encíclica Redemptoris Mater escribí: “En el misterio de Cristo María está presente ya ‘antes de la creación del mundo’ (cf. Ef 1, 4) como Aquella que el Padre ‘ha elegido’ como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad” (n. 8).


4. Ahora bien, en el Cenáculo de Jerusalén, cuando mediante los acontecimientos pascuales el misterio de Cristo sobre la tierra llegó a su plenitud, María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia. Es verdad que Ella misma es ya “templo del Espíritu Santo” (Lumen gentium, 53) por su plenitud de gracia y su maternidad divina, pero Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso hacia la misión que Jesucristo, al venir al mundo, recibió del Padre (cf. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la Iglesia (cf. Jn 17, 18). María, desde el inicio, está unida a la Iglesia, como uno de los “discípulos” de su Hijo, pero al mismo tiempo destaca en todos los tiempos como “tipo y ejemplar acabadísimo de la misma (Iglesia) en la fe y en la caridad” (Lumen gentium, 53).

5. Lo ha puesto muy bien de relieve el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Iglesia, donde leemos: “La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo” (Lumen gentium, 63).

“Pues en el misterio de la Iglesia -prosigue el Concilio-,... precedió la Santísima Virgen presentándose de forma eminente... Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo” (Lumen gentium, 63).

La oración de María en el Cenáculo, como preparación a Pentecostés, tiene un significado especial, precisamente por razón del vínculo con el Espíritu Santo que se estableció en el momento del misterio de la Encarnación. Ahora bien, este vínculo vuelve a presentarse, enriqueciéndose con una nueva relación.

6. Al afirmar que María “precedió” en el orden de la fe, la Constitución parece referirse a la “bienaventuranza” escuchada por la Virgen de Nazaret durante la visita a su parienta Isabel tras la anunciación: “¡Feliz la que ha creído!” (Lc 1, 45). El Evangelista escribe que “Isabel quedó llena de Espíritu Santo” (Lc 1, 41) mientras respondía al saludo de María y pronunciaba aquellas palabras. También en el Cenáculo de Pentecostés en Jerusalén según el mismo Lucas, “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 4). Por lo tanto, también Aquella que había concebido “por obra del Espíritu Santo” (cf. Mt 1, 18) recibió una nueva plenitud de Él. Toda su vida de fe, de caridad, de perfecta unión con Cristo, desde aquella hora de Pentecostés quedó unida al camino de la Iglesia.

La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia y de aquella perseverancia en la oración en compañía de Ella, la Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración “en compañía de María” se trasluce su particular mediación, nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Como su mística Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo.

7. Como se ve, la breve mención que hace el autor de los Hechos de los Apóstoles acerca de la presencia de María entre los Apóstoles y todos aquellos que “perseveraban en la oración” como preparación a Pentecostés y a la “efusión” del Espíritu Santo, encierra un contenido sumamente rico.

En la Constitución Lumen gentium el Concilio Vaticano II ha dado expresión a esta riqueza de contenido. Según el importante texto conciliar, Aquella que en el Cenáculo en medio de los discípulos perseveraba en la oración, es la Madre del Hijo, predestinado por Dios a ser “el primogénito entre muchos hermanos” (cf. Rm 8, 29). Pero el Concilio añade que Ella misma cooperó “a la regeneración y formación” de estos “hermanos” de Cristo, con su amor de Madre. La Iglesia, a su vez, desde el día de Pentecostés, “por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios” (Lumen gentium, 64). La Iglesia, por consiguiente, convirtiéndose así también ella en madre, mira a la Madre de Cristo como a su modelo. Esta mirada de la Iglesia hacia María tuvo su inicio en el Cenáculo. Miércoles 28 de junio de 1989

 

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DISTINTAS IMÁGENES DE LA IGLESIA


S U M A R I O


Autoconciencia de la Iglesia
Factores determinantes de la formación de la imagen de la Iglesia
La acción de la circunstancia histórica como factor de imagen
El rol social rasgo determinante de la imagen de Iglesia

Imágenes de Iglesia presentes en la Iglesia actual
La Iglesia exorcista
La Iglesia «Arca de salvación»
La Iglesia Mater et Magistra
La Iglesia profética y servidora

Conclusión
Autoconciencia de la Iglesia

IMÁGENES-DISTINTAS:

LAS DISTINTAS IMÁGENES DE LA IGLESIA, de las que vamos a tratar, no son las formas figurativas,

simbólicas, en las que la fe cristiana ha visto prefigurado y anunciado en la Sagrada Escritura el misterio de la Iglesia, tal como las presenta el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen Gentium 6.
Tampoco son unas imágenes fruto de la elaboración especulativa en 
las que el teólogo pretende simbolizar su comprensión del ser 
misterioso de la Iglesia. Lo que intentaremos presentar son las 
imágenes que la Iglesia se forma de sí misma, su autoconciencia tal 
como aparece expresada en una imagen más o menos consciente y 
explicitada.
Esto equivale a hablar de la identidad de la Iglesia, no como puede 
definirse en una reflexión teórica, sino como es vivida y experimentada 
por la Iglesia. ¿Cómo se entiende a sí misma la Iglesia? 
Consiguientemente, ¿cómo se sitúa en la sociedad? ¿Qué postura 
toma al enfrentarse con los problemas que tienen planteados los 
hombres contemporáneos? ¿Qué tareas asume como quehaceres 
propios de ella dentro de la trama apretada de los roles sociales? La 
respuesta a estas preguntas está en función de esa autoconciencia 
que tiene de sí misma la Iglesia y que puede expresarse en una cierta 
imagen de sí misma. De ahí la importancia del estudio y análisis de 
esas imágenes, reveladoras de una conciencia de identidad y 
explicativas de posturas, compromisos y acciones de la Iglesia y de los 
distintos grupos cristianos.
El estudio de las imágenes de Iglesia puede hacerse desde una 
perspectiva histórica, atenta a los cambios de imagen, y 
consecuentemente a la evolución de la autoconciencia, que se han 
producido en la larga marcha de la comunidad cristiana a través de 
veinte siglos de historia. La Iglesia que nace en el tenso ambiente de la 
Palestina inmediatamente anterior a la guerra judeo-romana, que se 
inserta en el mundo espiritualmente atormentado del helenismo y del 
imperio, que ha de encontrar su puesto vértice en las estructuras 
piramidales de la sociedad feudal y más tarde ha de hacerse un lugar 
en la sociedad técnico-científica moderna, tiene que sufrir, 
inevitablemente, una serie de cambios en la conciencia de su 
identidad.
En todas esas variadas circunstancias, y por imperativo de su ser 
histórico, ha tenido que negociar su identidad ante los nuevos factores 
importantes y determinantes de cada circunstancia histórica. Y el 
resaltado de esa negociación da lugar a la aparición de un conjunto de 
rasgos definidores de su identidad (actitudes, actuaciones, universos 
conceptuales, simbólicos...), que esbozan una imagen de sí misma, con 
frecuencia explicitada verbalmente. Conocer esas imágenes, penetrar 
su sentido, no es satisfacer una curiosidad de erudito; es ponerse en 
contacto con el ser real de la Iglesia tal como, de hecho, se ha ido 
realizando en la historia. La Iglesia no es una teoría.
Es esa entidad que ha vivido en la historia, que está ahí, no como 
nosotros la soñamos o deseamos, sino como ella misma se ha hecho, 
viviendo las tantas veces difíciles circunstancias de su historia 1.
Pero las imágenes de Iglesia también pueden descubrirse y 
analizarse en la realidad viva de la Iglesia actual. Esa imagen, o 
imágenes, son la expresión de una determinada autoconciencia actual 
que nos explica el lugar en el que se encuentra hoy situada la Iglesia 
en nuestro mundo, sus tomas de postura ante nuestros problemas, sus 
intervenciones e inhibiciones, tantas veces polémicas, sus discursos y 
sus indiferencias, sus intereses y sus silencios. Patentizarlas, no sólo 
tiene el interés de una clarificación de la propia identidad, sino también 
el de facilitar esa valoración critica que debiera formar parte del 
proceso permanente de conversión y reforma, en el que, según nos 
recuerda el Concilio Vaticano II (Unitatis Redintegratio 6), ha de vivir 
empeñada la Iglesia. Es este estudio de las imágenes actuales de 
Iglesia el que pretendo hacer. Pero, antes de adentrarnos en él, creo 
que es necesario recordar algunas de las circunstancias en las que se 
gestan las imágenes de Iglesia.


Factores determinantes de la formación de la imagen de Iglesia

I/IDENTIDAD-ESENCIAL: LA IMAGEN DE IGLESIA
nace en cada época como resultado de un conjunto de factores, que actúan como determinantes de una cierta autoconciencia que tiende a expresarse en una imagen simbólica. Pero hay que recordar que esa autoconciencia no es la primera expresión de la identidad de la comunidad cristiana. Antes de ese momento la Iglesia poseía ya su propia identidad y tenía una conciencia de si misma. Lo que se detecta en este momento, en esta época determinada, es una concreción de su identidad referida a una situación y circunstancia nueva, que, de un modo más o menos profundo, la afecta y configura históricamente. Hay pues, siempre, un factor fundamental previo, constituido por la identidad original de la comunidad cristiana, hecha por su referencia a Jesús de Nazaret, a su fuerza de seducción carismática, a su mensaje de la proximidad del Reino de Dios y a la experiencia de Pascua. Esta identidad original se ha expresado en unas imágenes, que se pueden 
calificar de imágenes esenciales, en cuanto que reflejan la identidad esencial de la Iglesia. Se encuentran en los testimonios escritos de los primeros tiempos cristianos, en el Nuevo Testamento, y son destacadas fuertemente por la tradición que reconoce en ellas su identidad más profunda. Es la comprensión de la Iglesia como Nuevo Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu. La coherencia con ellas es una exigencia y garantía para la validez de cualquier otra imagen.
Junto a las imágenes originales y dentro de ese factor previo fundamental hay que situar las imágenes históricas, en las que, en un 
momento determinado, plasmó la Iglesia su identidad. Se trata de un conjunto de imágenes sedimentadas que construyen el suelo histórico sobre el que se asienta hoy la Iglesia. Como tradición viva y vivida son las mediadoras entre la Iglesia de las imágenes originales y la comunidad actual.

Porque de hecho han conformado en un cierto momento la identidad 
de la comunidad cristiana, se puede decir de ellas que de un modo 
más o menos explícito, más o menos consciente, tal vez en forma 
dialéctica, tienen aún una presencia activa en nuestra Iglesia, que es 
como es, porque en el pasado fue así. A algunas de ellas se las puede 
encontrar aún hoy reflejando la autoconciencia de la Iglesia actual en 
sectores amplios de fieles, entreveradas con otras imágenes actuales, 
condicionándolas. En todo caso, están presentes como factores 
posibilitadores del cambio, mantenedores de la continuidad en la 
identidad e inspiradoras dialécticas de la aparición de nuevas 
imágenes.
Como factor inmediatamente determinante de la negociación de 
identidad, de la que saldrá la autoconciencia del momento y el dibujo 
de la nueva imagen, hay que señalar la circunstancia socio-cultural 
que vive la Iglesia. Esa circunstancia viene a ser algo así como el 
molde en el que tiene lugar la moderación de la nueva imagen. La 
manera de entenderse a sí mismos que tienen el hombre y la sociedad 
de una época determinada y, consiguientemente, la manera de 
comprender a la Iglesia que tiene esa sociedad, influyen de modo 
decisivo en el proceso de formación de la autoconciencia que la Iglesia 
tenga de sí misma en esa época. Los psicólogos modernos han puesto 
de relieve que los individuos y los grupos sociales elaboran la imagen 
de sí mismos en confrontación con la imagen que los otros hombres se 
han formado de ellos y asimilando las formas de vida y los tipos de 
existencia que descubren en su entorno. Ese mismo proceso se da 
también en el grupo social que es la Iglesia. Confrontación con la idea 
y juicios de valor emitidos sobre ella por los contemporáneos; 
asimilación de las formas de comprender la relación social que tiene la 
época. La circunstancia socio-cultural aporta los materiales y 
esquemas representativos con los que hay que construir la imagen de 
identidad y que en cada momento son válidos para afirmarse 
socialmente y para obtener el reconocimiento social. Naturalmente, 
esos materiales han de ser susceptibles de admitir una elaboración 
coherente con la experiencia y las imágenes originales y en una 
referencia de continuidad vital con las imágenes históricas del pasado. 
Sólo así podrán ser aceptadas como válidas para reflejar su propia 
identidad de Iglesia.
Finalmente, al hablar de la Iglesia y de los factores que influyen en 
la formación de su autoconciencia, es necesario como factor último y 
definitivo con el Espíritu y su acción de animación en el interior de ella. 
Gracias al Espíritu mantiene la Iglesia su identidad y unidad a lo largo 
de su existencia histórica. Él es el que ilumina y asegura la coherencia 
con las imágenes originales. En el reconocimiento de su protagonismo 
en la vida de la Iglesia se encuentra el fundamento para afirmar la 
continuidad con las imágenes históricas. EI Espíritu está igualmente 
activo en todos y cada uno de los momentos de la vida de la Iglesia. Lo 
está hoy en nuestra Iglesia como lo estuvo en la Iglesia de las 
catacumbas, en la de las grandes catedrales, o en la que se reformaba 
en Trento. Pero su acción se realiza a través de las mediaciones de los 
factores históricos circunstanciales que matizan y limitan su eficacia en 
cada momento.

 

 

La acción de la circunstancia histórica como factor de imagen

I/ROLES-QUE-ASUME:
ANALIZANDO CON MÁS DETALLE la acción del factor de la circunstancia socio-cultural en el nacimiento de la autoconciencia de la Iglesia y de la imagen de identidad correspondiente, se descubre que actúa provocando una 
interpretación del mundo contemporáneo y suscitando un proceso de interacción entre el que podríamos llamar yo eclesial y la circunstancia sociocultural. La interpretación del mundo que hace la Iglesia la sitúa a ella misma ante el mundo y en ese mismo mundo con el que se confronta. El proceso de situación se realiza poniéndose en referencia con ciertos puntos de orientación, socialmente culturales. La referencia a esos puntos puede tener un sentido positivo o negativo.
En un sentido positivo hay que destacar, ante todo, la relación que 
se establece con los importantes, los significantes, del momento, es 
decir, la relación con «los pudientes», «los influyentes» y «los 
dirigentes» de la circunstancia histórica en que se realiza la situación. 
Ante ellos se negocia la propia identidad y ellos son los que con su 
reconocimiento explícito o implícito, con su aceptación o rechazo, con 
su interés o indiferencia definen y afirman la identidad del momento. En 
sentido negativo, se establecen fronteras de exclusión, tras las que se 
destierran en exilio forzoso «los 
tabús» del momento, «los exiliados» de esta hora, «los marginados» 
por las convenciones establecidas. En un sentido neutro se abre la 
ancha zona de «los insignificantes», los que no pintan nada y que, 
consiguientemente, carecen de interés para situarse socialmente.
La referencia positiva a «los importantes» es la que determina 
fundamentalmente la situación social. Pero esa definición positiva 
recibe su complemento caracterizador con la referencia a los puntos de 
orientación negativo y neutro. Cuando se da una coherencia y 
coincidencia con la circunstancia socio-cultural del momento en los tres 
sentidos de referencia, queda definida la situación de una institución 
establecida, en nuestro caso de una Iglesia establecida. Este análisis 
nos permite comprender hasta qué punto el proceso de situación en la 
circunstancia socio-cultural encierra una trampa y constituye una 
peligrosa tentación en la que las instituciones carismáticas como la 
Iglesia corren el riesgo de perder su componente profético esencial. 
Los riesgos del proceso ponen al descubierto cuántas ambigüedades y 
oscuridades pueden esconderse en la autoconciencia de un 
determinado momento histórico y en las imágenes que la reflejan.


El rol social - rasgo determinante de la imagen de Iglesia

EN ESTRECHA RELACIÓN con la comprensión del mundo entorno y con la situación ante el mundo, nacida de esa comprensión, se desarrolla el proceso de interacción con la circunstancia socio-cultural. En este proceso hay que conceder una importancia particular al rol, el papel, que el grupo social, la institución, para nosotros la Iglesia, pretende representar en la sociedad. Los sociólogos están de acuerdo en que es en término de los roles que desempeña, y con los que se  identifica, cómo se puede llegar a comprender más rápidamente a una persona o a un grupo social. «Su recordar, su sentido del tiempo y del espacio, su capacidad de percepción, su conciencia de sí mismo, sus funciones psicológicas, están modeladas y orientadas por la configuración específica de los roles que asume en su sociedad 2.
 -INTEGRADORA -INNOVADORA: Estos roles están limitados, naturalmente, tanto por el tipo de grupo que ha de desempeñarlos como por la clase de sociedad en la que ha de ejercerlos. El rol que socialmente desempeñe la Iglesia ha de orientarse necesariamente en uno de los dos sentidos en los que los grupos religiosos actúan dentro de la sociedad. O bien su rol tiene un sentido de integración de la sociedad, ejerciendo una acción de fundamentación, cohesión y estabilización, función integradora de la religión, o bien su acción se ejerce en un sentido innovador, operando como principio de concienciación y motivación para la transformación 
de la sociedad, función innovadora de la religión 3. El sentido de las 
dos funciones es muy diferente y, consiguientemente, también lo es la 
forma de situarse en la sociedad, que va implicada en ellas. Por eso, el 
rol asumido por el grupo puede ser reconocido o ignorado, aceptado, 
discutido o rechazado. Un rol que actúa como función integradora 
puede decirse que tiende hacia la consolidación social y será 
reconocido y aceptado por todas las fuerzas conservadoras del 
establecimiento social. Por el contrario, el rol que actúa en un sentido 
innovador, tiende al cambio social. Encontrará la resistencia y 
oposición de los factores de conservación del sistema social 
establecido. También encontrará, no sólo el reconocimiento de los 
factores de innovación, sino también la manipulación táctica 
oportunista de otros intentos de innovación de la sociedad.
El rol asumido por la Iglesia en una circunstancia histórica 
determinada define su actitud ante la misma, sus acciones, su mismo 
lenguaje. Es lo que sucede con los personajes de una representación 
teatral. Cada uno habla, actúa y se sitúa en la escena conforme al 
papel que le toca representar. No es el mismo el lenguaje o la 
conducta del intelectual o del burócrata, de la feminista o de la beata, 
del obrero industrial o del campesino. Con la Iglesia sucede algo 
semejante. Toda su personalidad resulta afectada por el rol asumido. 
Su conducta no tiene nada de arbitrario. Y si en algún caso pareciese 
incoherente, desentonando con el rol adoptado, inmediatamente 
surgiría entre la corona de espectadores sociales que la rodean la 
perplejidad y la protesta, del mismo modo que el público abronca al 
actor que no representa bien su papel.
La identificación con el rol penetra hasta la misma estructura 
organizativa de la Iglesia que se flexibiliza y tiende a modificarse hasta 
corresponder con las exigencias del rol asumido. Sucede como si en la 
estructura institucional del grupo social se articulase la voz de un 
lenguaje fundamental, que transparente la identidad y comunica el 
mensaje contenido en el rol con el que se quiere estar presente en la 
sociedad. El papel asumido debe, pues, caracterizar a la persona, que 
lo vive en la representación, en su totalidad. Del mismo modo, en su 
totalidad, debe caracterizar a todo el grupo, a toda la Iglesia, que en un 
momento determinado de la historia ha asumido un cierto rol. Cuando 
falta esa identificación con el rol, se produce un falseamiento en la 
identidad del grupo, una crisis de identidad. Aparece una crisis de 
eficacia. Nadie, ni el mismo grupo, cree en él. Su inconsecuencia es la 
demostración de que él es el primero en dudar de la validez de su rol. 
Por eso se impone una nueva negociación de identidad y el encuentro 
del rol apropiado.

 

Imágenes de Iglesia presentes en la Iglesia actual

TENIENDO PRESENTES todos estos factores que coinciden en la formación de las distintas imágenes de Iglesia, vamos a describir y analizar algunas de esas imágenes que, de modo explícito, o sólo como sugerencia, se dibujan en la rica y compleja realidad de la vida cristiana actual. Esas imágenes son el reflejo de una autoconciencia de la Iglesia. Expresan el modo de entender la propia identidad que tiene el grupo cristiano que se identifica con ella. Pero esa identificación las más de las veces es parcial. Esto permite que distintas imágenes de la Iglesia se superpongan en un grupo. La realidad es compleja. La vida se resiste a todo encasillamiento. La imagen nos da un reflejo parcial de la realidad viva. Algunas de estas imágenes se han formado en el pasado, en circunstancias y situaciones históricas pasadas, pero siguen teniendo sentido hoy para muchos grupos de creyentes. Se han acomodado a las nuevas circunstancias históricas. Otras han nacido en respuesta a las nuevas condiciones de vida que debe afrontar actualmente la humanidad y la comunidad cristiana. Todas tienen una fundamentación en las imágenes originales y en la identidad y actividad de la primera Iglesia. En esa referencia buscarán su justificación.


 

La Iglesia exorcista

I/EXORCISTA: ALLÁ POR LOS AÑOS SESENTA el teólogo norteamericano Harvey Cox, por entonces profesor de Eclesiología en la Universidad de Harvard, escribió un brillante ensayo sobre «la ciudad secular» que se convirtió en uno de los «best-sellers» más espectaculares de nuestro tiempo. En su estudio de la sociedad secular atribuía a la Iglesia el rol de «exorcista cultural». Naturalmente, se trata de un exorcismo desmitologizado, secular, en el que «la Iglesia seguirá... expulsando los significados míticos que oscurecen las realidades de la vida y estorban la acción humana» 4. De hecho esta Iglesia exorcista secular vendría a prolongar aquella importante actividad de expulsar demonios, ejercida por Jesús en su vida pública y 
confiada por él a sus discípulos, que parece estar en estrecha relación con el anuncio de la proximidad del Reino de Dios y de la consiguiente salvación (cf Mc 3, 14s).
La función de exorcizar, expulsar demonios, supone una visión especial del mundo y del hombre, como amenazados, dominados o poseídos por fuerzas demoníacas, obradoras de mal. Es una visión pesimista del mundo, muy consciente de la densidad de mal que lleva entrañado la vida del hombre. El hombre es débil. Se presiente 
amenazado por fuerzas poderosas, ante las cuales se encuentra indefenso. Cualquier día pueden irrumpir en su vida en forma de desgracia absurda, irracional; en forma de enfermedad, de accidente, de pérdida, de cualquier modo que sea, de su integridad. Esa manera de ver las cosas y la conciencia que la acompaña, tienen una expresión mítica en forma de poderes y fuerzas personalizados en demonios, y una traducción secular desmitificada, en la que las fuerzas del mal se identifican como las fuerzas alienantes y esclavizadoras de ciertas estructuras de poder económico o político. Ante una u otra forma de expresar la realidad amenazante la Iglesia se siente llamada a desempeñar el rol de «exorcizar demonios».


Frente a este mundo y a esta condición del hombre, la Iglesia se sitúa como la que posee poder para liberar y para proteger con su acción a los que se encuentran amenazados. Su identidad es la de la presencia de la fuerza benefactora de Dios en medio del mundo amenazado. Contar con ella es garantía de seguridad. Estar fuera o contra ella es quedarse a la intemperie, desamparado. Su fuerza y su poder son los de su Señor; el poder de Dios que llega con su Reino a liberar al hombre esclavizado por las fuerzas del mal. En su versión sagrada, la Iglesia actúa por los cauces sacrales de sacramentos y sacramentales, patronazgo de santos y protección en lugares y tiempos sacralizados. En su traducción secular la Iglesia actúa comprometida en las luchas socio-políticas por la liberación del hombre. En esa lucha le corresponde un importante papel en el proceso de concienciación del hombre alienado por las fuerzas del mal.
Cuando la acción exorcista se comprende en su versión sacral, su 
sentido hay que comprenderlo en la línea de la función integradora de 
la sociedad que realizan los grupos religiosos. Con su indudable acción 
personalizadora, pero también con el claro riesgo de derivar en una 
acción de sentido conservador y alienante. Cuando la acción se 
plantea desde la perspectiva secular es la expresión de la función 
innovadora del grupo social, que también realiza la religión. La Iglesia 
se entierra en los fundamentos mismos de la sociedad, ofreciéndole 
una sólida cimentación en valores sociales esenciales, denunciando 
falsas fundamentaciones, posibilitando la estabilidad justa de la 
realidad social. Esa acción revestirá formas más o menos religiosas, 
más o menos seculares. En todo caso, la Iglesia es consciente de que 
su área es la de asumir la función exorcizadora y que tiene el deber de 
ejercerla al servicio de la sociedad. Ese es su rol, su papel en la 
representación social. Su manera de situarse en la escena social, sus 
actitudes, su lenguaje, su misma estructura aparecen determinadas 
por el cumplimiento del papel exorcizador. Es lo que se espera de ella.
En el desempeño de su papel la Iglesia exorcista se sitúa ante «los 
importantes» que son, ante todo, los que reconocen y valoran su 
tarea, porque comparten su visión del mundo amenazado por fuerzas 
del mal y aprecian su poder exorcizador. Son las gentes que se sienten 
dominadas o amenazadas por los poderes demoníacos. Gentes que 
buscan la protección de la bendición y de la oración de la Iglesia. Son 
las multitudes del pueblo, los sucesores de aquel «pueblo del país» 
que rodeaba a Jesús. Pero también se sienten profundamente 
interesados por la Iglesia exorcista «los importantes» de la situación 
social establecida, directamente empeñados en el mantenimiento de su 
mundo, frente a todas las fuerzas que lo amenazan. Para estos 
importantes la Iglesia es un baluarte, un escudo eficaz frente a las 
fuerzas subversivas. La Iglesia se convierte en una fuerza social 
conservadora y, en este sentido, aliada con las fuerzas constitutivas de 
la situación, frente a las presiones que intentan transformarla. Las 
fuerzas portadoras de tales amenazas se convierten en «tabús», 
mundos exiliados y excomulgados, a los que hay que aislar y de los 
que hay que aislarse. Para ello se montarán los procesos 
inquisitoriales necesarios, la caza de brujas. Para estos importantes la 
Iglesia exorcista puede llegar a ser un instrumento indispensable de 
represión.
Pero puede suceder que actuando en el sentido de su función 
integradora de la sociedad y en el desempeño de su rol exorcizador, la 
Iglesia se convierte en una fuerza personalizadora y concienciadora de 
primera importancia, al denunciar las formas de mal presentes y 
arraigadas en las situaciones establecidas y al comprometerse en el 
consiguiente proceso de liberación. Se trata de un ejercicio del rol 
exorcista que se ha dado repetidamente en la historia. Comunidades 
tradicionales, sin perder sus características de religiosidad popular 
tradicional, en un momento determinado se convierten en comunidades 
cristianas comprometidas en el proceso de liberación social. Las 
mismas formas de religiosidad popular se hacen agentes eficaces de 
concienciación. La realidad actual de amplios sectores de la Iglesia 
latinoamericana es un ejemplo claro de esta forma de actuación.
El lenguaje empleado por la Iglesia exorcista es fundamentalmente 
ético, moralizante, discernidor del bien y del mal. El mundo, el hombre, 
su situación real y sus proyectos se entienden siempre desde una 
perspectiva eminentemente moral. El punto de partida de todas sus 
reflexiones es el análisis de la realidad. En ella está planteada la lucha 
entre el bien y el mal que amenaza en todo momento la vida de los 
hombres. Se trata de concienciarse de esa situación y de encuadrar 
todos los acontecimientos socio-políticos y todos los proyectos 
evangelizadores dentro de ese marco dialéctico.
Finalmente hay que decir que las estructuras de organización de 
esta Iglesia, en su expresión original, es fuertemente clerical. Son los 
consagrados los que tienen los ojos capaces de detectar las distintas 
formas de presencia del mal. Son ellos también los que, en virtud de su 
consagración, están en posesión del poder sagrado, la «sacra 
potestas». La acción de los laicos queda reducida, normalmente, a la 
función de «monaguillo». Una ayuda en el ejercicio de unas funciones 
reservadas a los clérigos. Pero este mismo tipo de Iglesia está muy 
abierto a la aparición de lo carismático y profético, que surge allí donde 
el Espíritu quiere. El discernimiento, el poder de curación y de expulsar 
demonios son dones del Espíritu, que los comunica a quien quiere. De 
ahí también la facilidad con que puedan aparecer formas de 
estructuración carismática primarias en torno al portador del carisma. 
La formación de estos grupos, muy conscientes de las exigencias de 
liberación, pueden producir, y de hecho han producido, fuertes 
tensiones y luchas en el interior de la Iglesia, máxime cuando ésta se 
ha convertido en uno de los factores que impiden la liberación.


 




La Iglesia «Arca de salvación»
LA IMAGEN QUE DEFINE ESTA IGLESIA está tomada de la narración bíblica del diluvio universal (Gen 6,13-8,22). Es el arca donde Noé, sus hijos y los animales escogidos por él se salvan en medio de la catástrofe que destruye el mundo. La 
imagen se incorpora al mundo de la apocalíptica, cuando se espera como inminente el fin del mundo. Se piensa que está a punto de desencadenarse otra catástrofe destructora, no por el agua, sino por el fuego (2 Pet 3,5-7). Este punto de vista es asumido por la predicación de Jesús: «Como sucedió en los días de Noé, así será 
también en los días del Hijo del Hombre» (Lc 17,26). 
Consiguientemente, lo único importante es salvarse, asegurar la salvación en la prueba inminente. La imagen ha recibido muy pronto una interpretación eclesial en la antigua tradición patrística. Y a lo largo de la Edad Media encontrará su expresión teológica en la afirmación del principio que declara que «fuera de la Iglesia no hay 
salvación».
La imagen se fundamenta, pues, en una visión radicalmente 
pesimista de la historia. Este mundo está condenado y metido en un 
proceso fatal de disolución que desemboca en su destrucción. Ante 
esta dramática realidad, lo único que debe interesar al hombre, lo 
único verdaderamente importante, es conseguir salvarse en medio de 
la crisis, que está llegando ya. Esa salvación la asegura la Iglesia y 
nada más que la Iglesia. Para eso ha sido puesta por Dios. Para eso 
se pertenece a la Iglesia. Esa es su única razón de ser. Por eso hay 
que estar dentro de ella y cumplir todas las condiciones que aseguran 
su pertenencia a ella. Cualquier otra finalidad es secundaria. Las 
acciones que no vayan dirigidas a asegurar la consecución de ese fin 
son secundarias y carecen de importancia.
APOCALÍPTICO MOVIMIENTOS-APICOS: La crisis inminente y la 
salvación en la crisis fue la idea animadora de todos los movimientos 
apocalípticos en tiempos de Jesús. El movimiento iniciado por él no fue 
una excepción. Esa misma visión del mundo en crisis final se repite una 
y otra vez en los movimientos apocalípticos de todos los tiempos. Se 
proclama que el mundo está a punto de destrucción. A veces hasta se 
adelanta la fecha exacta en que se producirá la gran catástrofe. Se 
grita la urgencia de la salvación. Pero esa salvación sólo puede 
alcanzarse en la «verdadera Iglesia», en el grupo que se considera a 
sí mismo «Arca de salvación».
Las primeras generaciones de cristianos esperaban como 
inminentes el fin de este mundo y la segunda venida del Señor que le 
daría su última culminación. La dilación de la parusía, de esta llegada 
de Cristo, definitiva y gloriosa, produjo un desplazamiento en la 
comprensión crítica de la realidad. El acento puesto en la crisis final del 
mundo y de la historia pasa a la crisis personal producida por la muerte 
del hombre y por su juicio particular ante Cristo. El esquema 
apocalíptico se mantendrá en esta forma particularizada, dando origen 
a esa manera singular de comprenderse la Iglesia como «Arca de 
salvación».
La visión del mundo que tiene esta Iglesia es la de una realidad 
sometida a juicio y a castigo por sus pecados. Realidad condenada. El 
último juicio está en las manos de Dios pero se presiente cercano. En 
todo caso se adelanta para cada uno en el juicio particular. Hay una 
contraposición radical de la Iglesia frente a este mundo. Ella no 
pertenece a este mundo. Por eso es el lugar privilegiado donde es 
posible encontrar la salvación. Por estar el mundo condenado, sin 
futuro, y por ser ella «el resto», que se salva, la Iglesia se desinteresa 
de este mundo y de su futuro, para mirar, en cambio, más allá de este 
mundo, al «siglo futuro», a la nueva creación. Proclama la condena de 
este mundo; rompe con él. Espera la llegada de un mundo nuevo.
La privatización de la visión escatológica, originada por la dilación 
de la parusía dio lugar a un proceso paralelo de privatización de la 
manera de situarse la Iglesia ante este mundo. Son los puntos de vista, 
los intereses y los problemas del individuo los que se imponen frente a 
los planteamientos sociales. Ante todo cuentan los pecados 
personales, no los pecados sociales. Lo que llega amenazador, lo que 
hay que temer y ante lo que hay que estar alerta es la muerte del 
hombre, el juicio particular, la suerte eterna del individuo. Todo esto 
supone un cambio profundo de horizonte de comprensión de la 
realidad de este mundo. Deja de dominar la conciencia de desinterés y 
ruptura con la realidad mundana. Lo que urge y se hace problema 
preocupante pertenece al ámbito privado. Con la realidad socio-política 
puede establecerse, y de hecho se establece, un acuerdo tácito, que 
reconoce la autonomía y los límites en los que se mueve cada uno. 
Traspasar esos límites es una «peligrosa politización»; un pecado 
condenable. Se ha producido la domesticación religiosa de la Iglesia. 
Se ha pasado de una función abiertamente innovadora de la realidad 
social, como se pensaba en la apocalíptica, a otra función restringida a 
lo privado que, socialmente, se manifiesta en acciones de 
compensación ilusorias.
El rol de la Iglesia «Arca de salvación» resulta afectado por todo 
este proceso de privatización y por la nueva forma de situarse ante el 
mundo que va implicada en él. Se produce un cambio notable en la 
circunstancia social ante la que se sitúa la Iglesia. «Los importantes» 
en un primer momento eran para este modo de comprender la Iglesia 
todos los oprimidos por un mundo de pecado, «los perdidos» del 
mundo, los que necesitan y esperan su liberación. Con el cambio se 
convierten en «importantes» todos los hombres pecadores, a los que 
la Iglesia garantiza el éxito en la prueba final: últimos sacramentos, 
auxilios espirituales, bendiciones, indulgencias, sufragios por el difunto, 
reposo en tierra sagrada... Lo que originalmente era el mundo de 
contravalores, «la maldad del hombre que cundía por toda la tierra» 
(Gen 6,5), la iniquidad acrecida (cf Mt 24,12), que da lugar a la ira de 
Dios, pasa a ser los pecados personales del individuo, conforme a una 
ética privada que pone sus acentos en los mandamientos divinos, 
lanza sus anatemas, denuncia escándalos peculiares y extiende sus 
silencios cómplices sobre los pecados sociales.
El lenguaje que habla esta Iglesia es, inicialmente, un lenguaje 
profético de denuncia de la injusticia que domina al mundo y anuncio 
de la proximidad del Dios que viene a juzgar. Denuncia de la situación 
de pecado. Anuncio de esperanza de liberación para los oprimidos. El 
cambio que implica la privatización de la perspectiva escatológica 
genera un nuevo tipo de lenguaje, con sus formas propias, 
encaminadas a expresar los nuevos acentos y contenidos. Se 
desinteresa de las cuestiones de este mundo y de las perspectivas 
socio-políticas. Lo importante es el término final. Por eso se insiste 
obsesivamente en «los novísimos», ese tramo último y decisivo, que 
espera inevitablemente a todos los hombres y en los que se juega su 
destino eterno. «Misiones», «Ejercicios», la predicación en general, se 
centrará en el tema de las verdades últimas y eternas. La catequesis 
se orienta hacia esos mismos objetivos. Con una perspectiva 
individual, lo que importa es llenar al creyente de «santo temor de 
Dios», hacerle sentir la urgencia de la salvación, convencerlo de la 
importancia de todo el sistema de seguridad que ofrece la Iglesia, arca 
segura de salvación.
La organización estructural de esta Iglesia refleja el rol asumido y la 
conciencia de su identidad. Inicialmente, la Iglesia «Arca de salvación» 
se estructura en función de las exigencias de la misión profética de 
anuncio del fin inminente. Todo el grupo vive la tensión de la espera 
escatológica, pero la autoridad se reconoce, sobre todo, en los 
apóstoles y «los profetas», encargados de proclamar el mensaje de la 
proximidad del fin. La dilación de la parusía y el consiguiente 
desplazamiento hacia una escatología intermedia privatizada concentra 
la autoridad y el poder en los responsables del sistema de seguridad 
personal que tiene la Iglesia, los que tienen poder para comunicar los 
sacramentos de penitencia, eucaristía y unción última, los que tienen la 
responsabilidad de dirección, admisión y exclusión dentro de ese 
espacio privilegiado de salvación, que es la Iglesia. Los otros, los 
laicos, «tienen derecho a recibir del clero, conforme a la disciplina 
eclesiástica, los bienes espirituales, y especialmente los auxilios 
espirituales necesarios para la salvación»5. Ese es su derecho 
fundamental. Y el deber también fundamental de los clérigos es 
satisfacer ese derecho.

 

La Iglesia «Mater et Magistra»
MADRE -MAESTRA:  LOS DOS CALIFICATIVOS
tienen una historia larga como expresiones definitorias de la identidad de la Iglesia. Decir que la Iglesia es «Madre» ha llegado a ser una imagen clásica en la tradición de los Padres. En cierta manera, se encuentra ya en los Evangelios. «Estos son mi madre...; quien cumple la voluntad de Dios es... mi madre...» (Mc 3,34s). Pablo ya escribía a los gálatas: «La Jerusalén de arriba es libre; ésta es nuestra madre» (Gál 4,26). Estos gérmenes iniciales se desarrollan pronto como consecuencia de la experiencia de la vida cristiana. «Los cristianos se hacen, no nacen», decía Tertuliano 6. La experiencia de ese hacerse en el seno de la Iglesia es la que fundamentó el título. Y unida al proceso de gestación 
del cristiano va la función pedagógica de la enseñanza. En esta función encuentra continuidad la función de enseñar que Jesús desempeñó a lo largo de su vida pública. La Iglesia, asistida por el Espíritu del Señor, depositaria de las enseñanzas del Maestro, se hace también ella Maestra, portadora de verdad y de luz para los creyentes y para todo el mundo.

A
EUROPA HIJA-DE-LA-I I/ALUMBRA-EUROPA: Las circunstancias socio-políticas que siguieron al hundimiento del Imperio Romano de occidente colocaron a la Iglesia en una situación del todo nueva, que dio una comprensión y una extensión también nuevas a ambos calificativos. Las nuevas unidades y estructuras socio-políticas, 
surgidas de la gran crisis, encuentran en la fe cristiana el principio más importante de su cohesión interna y de definición de la propia identidad. De este modo la maternidad de la Iglesia se temporaliza y se politiza. Europa nace en el seno de la Iglesia. Por otra parte, la Iglesia no es sólo la depositaria de la verdad de la revelación divina; en este momento es también la depositaria y la conservadora del saber y de la cultura humana. El magisterio de esta Iglesia se seculariza. Los pueblos jóvenes encuentran en la Iglesia su sabio pedagogo. El ejercicio de ambas funciones da a la Iglesia un puesto relevante y origina unas actitudes ante la sociedad que inevitablemente derivan hacia una conciencia de superioridad y una actitud de proteccionismo. Su acción se extiende a todos los ámbitos de la vida.

 

 

I/MUNDO-MODERNO: El nacimiento del mundo moderno cuestiona radicalmente esta situación. Con el cuestionamiento llega también la problematización y negación de las dos funciones que le dieron origen. 
«La crisis de la conciencia europea» (PAUL HAZARD), que inicia la Ilustración es un proceso de emancipación espiritual y de desplazamiento sociológico de la Iglesia, que afecta a toda Europa7. 
Nace una sociedad nueva y un mundo nuevo. Hay que afrontar 
problemas inéditos y andar caminos desconocidos. En esa nueva 
situación la Iglesia pretende reasumir su función de «Madre y 
Maestra», tal como la había desempeñado en el pasado. Pero ahora 
las circunstancias son totalmente distintas. La Iglesia no es ya la 
depositaria única de todo el saber. La ciencia y la técnica son 
seculares. Los problemas que hay que solucionar son tremendamente 
complicados. Las dimensiones del mundo son planetarias. Es aquí 
donde aparece la conciencia de Iglesia que se expresa en la imagen 
de «Madre y Maestra», que vamos a analizar.
La visión que se tiene del mundo sigue siendo la de un menor de 
edad, necesitado por lo tanto de tutela y de instrucción, aunque se 
rebele y pretenda afirmar su adultez y autonomía. Es un mundo 
adolescente, que va andando su camino entre peligros de «malas 
compañías» y la seducción de falsos amigos corruptores. Los saberes 
del hombre moderno, que constituyen su orgullo, ciencias positivas, 
ciencias del espíritu, técnica, son vistas y valoradas con cierto recelo y 
escepticismo. Necesitan la verdad que las fundamente y la luz que les 
dé sentido. Las crisis políticas y socioeconómicas que sacuden al 
mundo son un indicio de su debilidad, de la precariedad de los logros y 
progresos realizados. La Iglesia debe volver a desempeñar su doble 
función de «Madre y Maestra». Falta autoridad; falta luz y dirección. 
Todo ello puede y debe proporcionarlo la Iglesia, como lo aportó 
sabiamente en otros momentos difíciles de la historia humana. Posee 
la verdad y la luz que le confió Cristo, el que dijo que era Luz y Verdad 
para el mundo. Tiene la autoridad de su Señor que, antes de enviarla 
al mundo entero, anunció a sus discípulos, en la montaña de Galilea, 
que se le había dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). 
Está dotada de la experiencia y sabiduría acumulada a lo largo de 
muchos siglos de existencia. Por todo esto la Iglesia «Madre y 
Maestra» está persuadida de que su deber es volver a ocupar en la 
sociedad el puesto de pedagoga. El mundo que hoy crece, a pesar de 
su aparente autosuficiencia, es débil e inseguro. Necesita de la 
protección y orientación de la Iglesia.
En el cumplimiento de esta función la Iglesia realiza unas acciones 
decididamente restrictivas y correctivas de los impulsos innovadores, 
que tantas veces han amenazado el difícil equilibrio social y político de 
nuestro tiempo. Una acción moderada y moderadora, que converge 
con las fuerzas sociales de la moderación y conservación. Su campo 
de iluminación se extiende a toda la compleja vida moderna, tanto en el 
ámbito privado como en el público. En lo privado se actualiza, 
proyectándola sobre las nuevas situaciones, la ética tradicional 
cristiana. En el ámbito público se elabora todo un amplio cuerpo de 
doctrina social y económica, la «Doctrina social de la Iglesia». Se 
enseña, se corrige o se condena a todos los factores que en alguna 
manera determinan o influyen en la formación del mundo moderno.
Estos factores del mundo moderno son «los importantes» ante los 
que la Iglesia afirma su propia identidad. Se trata de grupos dirigentes 
y pudientes que en el momento concreto determinan la vida política, 
social, económica o intelectual de nuestro mundo. Ante ellos se sitúa y 
a ellos va destinada primordialmente su orientación pedagógica. 
Captar la atención benévola de estos grupos no es fácil ni 
desinteresado. Es fruto de una negociación social. El reconocimiento 
de que la Iglesia sigue siendo un poder fáctico importante suscita un 
cierto interés y respeto. La Iglesia entra así en el juego de poderes. 
Puede acrecentar el poder de unos o de otros. Queda atrapada en el 
juego del poder. Por otra parte, la sucesión de los distintos grupos 
importantes de acuerdo con los cambios políticos dan a su presencia y 
acción las apariencias de un interesado oportunismo.
Marginadas por los desplazamientos que impone el paso de la 
historia quedan amplias zonas de valores, temáticas y grupos 
humanos, que en su día fueron importantes, o que lo serán mañana, 
pero que hoy no tienen voz ni significan nada en la sociedad 
establecida. Tampoco lo significan para esta Iglesia que desea 
establecerse, ser admitida y oída, para realizar con eficacia la función 
que se ha marcado. Para ello, tan importante como alcanzar la 
aceptación positiva de los importantes es respetar sus «tabús». Claro 
que esos silencios, impuestos por este juego de negociación con los 
importantes, han tenido que ser confesados y lamentados por esta 
Iglesia Madre y Maestra, condenada a vivir pendiente de la actualidad 
de las primeras planas de periódicos, revistas y televisiones.
El rol asumido ha tenido como resultado un impresionante 
incremento de la actividad magisterial de la Iglesia. En siglo y medio 
ese magisterio ha hablado más que en los dieciocho siglos anteriores. 
Su enseñanza cubre, prácticamente, toda la actividad humana. 
Paralelamente se ha desarrollado el interés por la educación y la 
dedicación a las tareas educativas. La casi totalidad de los Institutos 
religiosos dedicados a la enseñanza nacen en contacto con este 
mundo moderno que es preciso educar. En ambas actividades, 
magisterio y educación, la acción de la Iglesia tiende a desarrollarse 
con un sentido de fundamentación social y de cohesión, que la abren a 
acusaciones de conservadurismo, siempre que ha tenido que afrontar 
situaciones conflictivas.
El lenguaje de esta Iglesia es fuertemente escolástico en sus 
presupuestos ideológicos y en la estructura de su pensamiento. El 
necesario diálogo con las modernas ciencias del hombre le impone la 
temática: son todos los problemas que se le plantean al hombre, 
enfocados desde la perspectiva de una Iglesia que se sitúa fuera y por 
encima del mundo moderno. La actitud se mantiene aun cuando los 
receptores de las enseñanzas pertenezcan a la Iglesia y estén 
identificados con ella. En estos casos se mantiene el tono doctoral 
sobre el pastoral. El acercamiento a los fieles, que han de recibir esas 
enseñanzas, se piensa que debe ser una de las tareas fundamentales 
de la Teología dentro de esta Iglesia. La consecuencia de todo ello es 
una notable ineficacia en el ejercicio del rol. El amplio cuerpo de 
Doctrina del Magisterio está ahí, en crecimiento continuo. La temática 
abordada es las más de las veces de suma importancia. La audiencia 
es escasa. ¿Problema de devaluación por inflación? Es posible, pero 
también hay que tener en cuenta estas deficiencias del lenguaje.
La estructura organizativa de la Iglesia «Madre y Maestra» tiende a 
desarrollar y potenciar la acción de los órganos a través de los cuales 
enseña y educa a los fieles. Los sujetos detentadores de la autoridad y 
poder magisterial, sean personales o colectivos, alcanzan un relieve y 
reconocimiento especial. De hecho el mismo gobierno de la Iglesia se 
realiza en forma de Magisterio y por cauces magisteriales. Esto supone 
un abierto fortalecimiento de la estructura jerárquica, depositaria del 
poder de enseñar auténticamente, es decir, con una autoridad que 
obliga en conciencia y en nombre de Cristo. También se tiende al 
robustecimiento de las normativas canónicas y disciplinares, impuestas 
con un sentido de afirmación de la autoridad y de intencionalidad 
pedagógica. Pero estas potenciaciones estructurales de lo magisterial 
y disciplinar dan lugar a choques y recelos ante otras instancias de 
magisterio teológico y formación existentes en la Iglesia. En 
consecuencia se desarrollan y potencian los órganos de control. Se 
reafirma la centralización y la dependencia de los centros de 
enseñanza eclesiásticos. El Magisterio es, de hecho, la cabeza 
pensante y dirigente de la Iglesia.

 

 

La iglesia profética y servidora
DEFINEN LA IMAGEN
dos calificativos, «profética», «servidora», de gran prestigio en toda la tradición cristiana. Los dos corresponden a títulos cristológicos con los que la primera comunidad cristiana expresó su experiencia de lo que había sido la vida de Jesús de Nazaret. De este modo confesaba al mismo tiempo su fe en el valor permanente de las dos funciones. Históricamente, la Iglesia se ha sentido identificada con los dos títulos en aquellos momentos en los que se ha sentido

sensible a sus orígenes carismáticos, o cuando ha pretendido reencontrar una identidad evangélica, que se veía desdibujada. Hoy las dos funciones están vivas en la inspiración y el desarrollo de todos los movimientos eclesiales de base. Son también rasgos que caracterizan la nueva imagen de Iglesia ofrecida por el Concilio.
PROFETICA-: Aunque los dos títulos están estrechamente 
relacionados entre sí, y pertenecen a la descripción de un mismo 
mundo religioso, el mundo de la profecía, tiene cada uno rasgos y 
matices propios que hay que señalar. El carácter de profética nos pone 
directamente en contacto con la Palabra de Dios, que es dicha a los 
hombres. Una Palabra que, unas veces es denuncia, otras esperanza 
o consuelo, pero que siempre es una Palabra provocativa y 
responsabilizadora para aquellos a quienes se dirige. La calificación de 
servidora significa, ante todo, relación de dependencia respecto a otro 
al que se sirve. Entraña disponibilidad y atención a las necesidades y 
exigencias de aquellos a quienes se sirve. Los dos rasgos definidores 
de la imagen se integran en un tipo de vida que pretende reproducir el 
estilo y el camino seguido por Jesús.
La comprensión del mundo que tiene esta Iglesia profética y 
servidora difiere notablemente de la que tenían las imágenes 
anteriores. El mundo, la sociedad, es, ante todo, el término hacia el 
que se dirige la misión profética y el servicio encomendado. Es el 
destinatario de la Palabra de Dios, de la que es portador el Profeta. 
Esa Palabra es siempre salvadora, liberadora, creadora. Es una 
Palabra que nace del amor y de la misericordia de Dios y expresa su 
amor. Originalmente, como en Dios, que envía a su Hijo porque ama al 
mundo (Jo 3,16), como en Cristo, que se entrega por la vida del mundo 
(Jo 6,52), también en la Iglesia debe haber un amor fundamental al 
mundo y una comprensión del mundo desde el amor. Pero esa visión 
del mundo no esconde sus problemas, sino que los pone al 
descubierto. La Palabra va dirigida en primer lugar a los pobres, a los 
oprimidos, a los pequeños. Como recordaba Pablo VI, es la respuesta 
de Dios al grito de los pobres8. Quiere ser la voz de los que no tienen 
voz. De un modo semejante, el servicio, como en Cristo, es siempre la 
expresión del amor. «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por 
los amigos» (Jo 15,13). Y sus amigos eran los pecadores (Mt 11,l9). El 
servicio no se ofrece a los poderosos, sino a lo perdido (Mt 
10,6;15,24). De este modo, palabra y servicio vuelven a la Iglesia hacia 
este mundo, hacia sus espacios más dolorosos y conflictivos, pero no a 
distancia, ni desde fuera, sino en la proximidad que hace el amor y 
desde dentro.
Desde esta perspectiva, la Iglesia profética y servidora se sitúa 
dentro del mundo, como enviada a él y solidaria con él. Se siente 
comprometida en la transmisión de un mensaje que hay que llevar a su 
destino, entregar a aquellos a los que va dirigido. Por eso se preocupa 
por hacer que se entienda la palabra que tiene que comunicar y que 
se haga creíble a aquellos a los que va dirigida. La garantía de la 
verdad de lo que se dice tiene que ser, ante todo, la misma Iglesia 
profética que vive lo que transmite, porque cree en ello. Por otra parte, 
la función servidora exige una situación integrada dentro del mundo de 
aquellos a quienes se sirve. Se pertenece a ese mundo y se vive 
solidario con él, puesto que se le ha de servir.
En este planteamiento, la acción de la Iglesia debe coincidir y 
colaborar con otros muchos factores, que sirven en el mundo y de los 
que el mundo se sirve. Ignorar esos factores, o retirar la mano a la 
colaboración, sería situarse fuera del mundo y traicionar su identidad 
profética y servidora. No se piense, sin embargo, en una posición 
indiferenciada dentro del mundo. «Los importantes» ante los que se 
sitúa la Iglesia y que la definen en su identidad están en esta imagen 
claramente definidos. Son «los pobres» a los que se anuncia la Buena 
Nueva (Mt 11,5), «lo perdido» (Lc 15,ó.9.24.32; 19,10), «los 
oprimidos» (Lc 4,18). Se produce una corrección radical y paradójica 
de los puntos de vista y de los criterios con los que grupos e 
instituciones plantean la negociación de su identidad social. «Lo 
importante» es «lo insignificante». Estos nombres de importantes no 
son tópicos abstractos. Son en cada momento histórico y en cada 
sociedad nombres concretos de hombres y mujeres, de grupos 
humanos, en referencia a los cuales debe encontrar su identidad y su 
definición la Iglesia profética y servidora. Si no se refiere a esos 
términos como a «los importantes» y definitorios para ella, habrá que 
decir que su imagen no es la de «la Iglesia profética y servidora», sino 
alguna de las anteriormente descritas, u otra imagen de las múltiples 
en que puede expresarse el misterio de la Iglesia.
La función social asumida se puede desarrollar en cualquiera de los 
sentidos fundamentales en los que actúan socialmente los grupos 
religiosos. Como portadora de una palabra profética, la Iglesia es un 
factor de innovación social. Conciencia a aquellos a los que se dirige la 
palabra; los despierta a la acción y a la responsabilidad. Sea el que 
sea el contenido de la palabra profética, en último término es un 
impulso a la creación de la utopía cristiana de justicia total. Al centrarse 
esa acción en los pobres y oprimidos, la acción innovadora se orienta 
a una transformación de la sociedad. La función de servicio se 
desarrolla preferentemente por los cauces de integración y cohesión 
del grupo social. Incorpora a la convivencia del grupo todos los 
elementos olvidados y marginados, a los que sirve especialmente.
En todo caso, la acción de la Iglesia profética y servidora es 
potenciativa de todo aquello que encuentra con su palabra y con su 
servicio; nunca restrictiva o domesticadora de los impulsos de 
renovación. Asume, de este modo, un rol de agente de renovación y 
transformación de la sociedad. ¿Un rol político? Ciertamente; pero no 
puede ser de otro modo, si quiere ser fiel a sí misma, a sus rasgos de 
identidad. Ya Jesús fue crucificado, después de haber sido juzgado y 
condenado por todas las instancias de poder del mundo de su tiempo. 
La causa de la condena fue política: «rey de los judíos». ¿Un error de 
los que lo juzgaron? Sí y no. Jesús anunciaba la proximidad del Reino 
de Dios. Lo anunciaba preferentemente a los pobres y a lo oprimido y 
perdido. Este mensaje entraña implicaclones políticas inevitables. 
Anuncia un cambio radical del mundo y de la sociedad. La estrategia 
no es la de la revolución violenta que seguían los grupos zelotes; pero 
el término de la acción afecta al mundo y a la sociedad en todos sus 
niveles. También en lo político. Estas implicaciones no las puede negar 
la Iglesia profética y servidora, que prolonga el profetismo y servicio de 
Jesús. Todo esto resulta profundamente incómodo para los que 
quisieran una Iglesia que desempeñase un rol social de mantenimiento 
y tranquilizante. Por eso se buscará por todos los medios desactivar 
toda la carga política del mensaje cristiano, interpretándolo en un 
sentido de pseudoespiritualización, de resignación, de soluciones 
ilusorias, relegadas en forma de compensación a otro mundo más allá 
del nuestro. Y si a pesar de todo no se consigue acallar a la Iglesia 
profética y servidora, se la condena, como a Jesús, como blasfema y 
peligrosa, y como a él, se la crucifica. Es lógico. Y es el drama y la 
gloria de muchas de las Comunidades cristianas de Latinoamérica.
En la Iglesia profética y servidora hay una preocupación especial 
por el lenguaje, por su inteligibilidad, que lo haga accesible al pueblo y 
a los sencillos. Los contenidos evangélicos del anuncio de la 
proximidad del Reino de Dios, de las Bienaventuranzas y del Sermón 
de la Montaña se destacan en un primer plano. Se intenta traducir su 
sentido a las situaciones de los pobres, oprimidos de hoy. Se 
acrecienta el interés por la Biblia, la Palabra, por su interpretación 
obvia y directa, cuando se la escucha en las situaciones de hoy. Se 
busca el sentido en la lectura viva y comunitaria de la reunión litúrgica 
del Pueblo de Dios. Una lectura hecha desde el fondo de la pobreza, el 
subdesarrollo y la marginación. Leído desde ahí el mensaje del 
Evangelio, vuelve a encontrar su gusto original de mensaje de 
esperanza y de liberación. Todo ello supone la presencia de la Iglesia 
profética y servidora en los niveles marginados de nuestra sociedad. 
Se piensa que se reencuentran los lugares de nacimiento; que se 
retorna a la patria perdida.
La organización estructural de la Iglesia profética y servidora tiende 
a reflejar esa especial conciencia de su identidad. Es una Iglesia 
fundamentalmente carismática, dominada por el reconocimiento y la 
atención a la presencia del Espíritu en toda la Comunidad. Se acentúa 
la importancia de la estructura diakónica. Se piensa en una Iglesia toda 
ministerial, en la que se reconozca toda la rica complejidad de 
ministerios y servicios que el Espíritu hace nacer en el Pueblo de Dios. 
Estos ministerios responden a las necesidades reales de la 
Comunidad. Se integran en la confesión y comunión de un mismo 
Espíritu, un mismo Señor, un mismo Dios «que obra todo en todos» (I 
Cor 12,ó). Se ejercitan en la comunión y en la corresponsabilidad. Y es 
en la referencia a la acción universal del Espíritu donde tiene su 
indiscutible verdad teológica la autoconciencia de una Iglesia que nace 
del Pueblo. Es que, como recordaba Pedro el día de Pentecostés, en 
todo el Pueblo está el Espíritu (cf Áct 2,17s). No se niega lo jerárquico: 
se afirma su origen y sentido carismático.

 

 

Conclusión -
AL TERMINAR ESTA DESCRIPCIÓN de distintas imágenes de la 
Iglesia actual quiero recordar, ante todo, su limitación. A las imágenes 
presentadas habría que añadir otras muchas en las que la Iglesia 
actual plasma su autoconciencia y su identidad, mientras vive este 
momento histórico, tan rico y complejo. Lo presentado no pretende 
reflejar más que unas imágenes que por su arraigo, o por su 
actualidad, tienen una particular significación.
Debo reconocer también que ninguna de estas imágenes 
transparenta perfectamente una identidad y realidad que con dificultad 
puede encerrarse en los rasgos de una sola imagen. Realidad y 
conciencia de identidad es mucho más rica. Pero en esos rasgos hay 
algunos que destacan con firmeza singular. Son aquellos que expresan 
una coherencia con las imágenes originales de la Iglesia o con el rostro 
de Jesús tal como nos han descrito su vida y actitudes los Evangelios. 
Otros rasgos, por el contrario, nos hieren; nos resultan difícilmente 
aceptables y reconocibles. Ante ellos tomamos una actitud defensiva o 
condenatoria. Sin embargo, hay que decir que unos y otros definen la 
imagen de la Iglesia. Su ambigüedad responde a la realidad de una 
Iglesia que es a la vez santa y pecadora, que necesariamente tiene 
que vivir en la historia y encarnarse en la limitación de las distintas 
culturas. En la ambigüedad de la imagen va implicada la permanente 
necesidad de una conversión que confesaba el Concilio: «La Iglesia 
peregrina en este mundo es llamada por Cristo a esta perenne 
reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, 
necesita permanentemente» (UR 6).
«Las Iglesias particulares, recordaba Pablo VI en su carta encíclica 
Evangelii Nuntiandi 9, profundamente amalgamadas, no sólo con las 
personas, sino también con las aspiraciones, las riquezas y límites, las 
maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que 
distinguen a tal o cual conjunto humano, tienen la función de asimilar lo 
esencial del mensaje evangélico, de trasvasarlo, sin la menor traición a 
su verdad esencial, al lenguaje que esos hombres comprenden y, 
después, de anunciarlo en ese mismo lenguaje.» Esa función de 
«digestión» del mensaje evangélico que tienen las Iglesias particulares 
es una llamada a la negociación de identidad de la Iglesia, y 
consiguientemente una invitación a la creación de imagen, ante todo 
grupo cultural o subcultural, ante cada circunstancia histórica. Este 
imperativo de encarnación, con todo lo que encierra de aceptación de 
límites y concreciones, plantea el problema de la génesis de la imagen 
de identidad de la Iglesia como al momento de culminación de la 
realización de la Iglesia particular, en la que tiene su ser la Iglesia 
universal. De ahí la importancia de asegurar la rectitud del proceso 
genético.
La génesis de una nueva imagen no puede ser el resultado de la 
espontaneidad, la improvisación, o del juego ciego e irracional de los 
distintos factores, que concurren en ella. Debe ser el fruto de una 
conjunción consciente de la fidelidad a los impulsos discernidos del 
Espíritu con la aceptación reflexiva de los factores históricos que 
actúan en la formación de las diversas imágenes de Iglesia. Esos 
factores han sido señalados al comienzo de este estudio. No voy a 
recordarlos ahora. Quiero únicamente, antes de terminar, poner de 
relieve los caracteres que en estos momentos asumen dos de los 
factores allí indicados: las imágenes originales y la circunstancia 
socio-cultural. La forma en que se presentan esos dos factores debe 
ser tenida en cuenta hoy en todo proceso de formación de imagen de 
Iglesia.


en el mar de Galilea en primero de los apóstoles, Pedro, oye a Cristo y le sigue


PUEBLO-DE-DIOS: Como fruto de los estudios de la moderna ciencia 
bíblica, las que llamamos «imágenes originales» de la Iglesia han 
adquirido para nosotros unos contenidos muy precisos. La imagen de 
«Pueblo de Dios» nos ha redescubierto con nueva luz la noción clave 
de «comunión». Es la esencia de la Comunidad cristiana, que conlleva 
la exigencia de corresponsabilidad de todos los miembros de la Iglesia 
y fundamenta el ser de la Iglesia concreta, particular. La imagen de 
«Cuerpo de Cristo» (I/CUERPO-DE-CRISTO) pone de relieve que el 
ser de la Iglesia es esencialmente «diaconía», servicio. Toda su 
estructura debe manifestarse en forma carismático-ministerial. Ese 
abanico de ministerios se integran en formas «colegiales», que nacen 
de la «comunión» y son la expresión de «la comunión». La imagen de 
«Templo del Espíritu» (I/TEMPLO-DEL-ES) recupera la presencia del 
Espíritu en toda la Iglesia. Es su obra. Él es el que la unifica, la 
santifica, la universaliza y hace posible su misión. La Iglesia «Templo 
del Espíritu» debe ser testigo de la transcendencia; el lugar de la 
proclamación festiva de que, en virtud del hecho de Cristo, el mundo y 
la humanidad están definitivamente penetrados de Dios. Las nuevas 
posibles imágenes de la Iglesia deben buscar la coherencia con esta 
comprensión de las imágenes originales. En confrontación con ellas se 
prueba y se confirma la autenticidad del ser cristiano de toda 
Comunidad.
La cultura técnico-científica de nuestro mundo moderno ha hecho 
aparecer una nueva circunstancia socio-cultural, que debe incidir de 
un modo determinante en la formación de las futuras imágenes de la 
Iglesia. Por una parte, estamos viviendo un fenómeno de aproximación 
de todos los continentes culturales junto con un fáctico 
empequeñecimiento de las dimensiones del espacio del encuentro 
humano. Al mismo tiempo, y como consecuencia del fenómeno aludido, 
se multiplica la cantidad e intensidad de la comunicación interhumana. 
De este modo, asistimos al nacimiento de una creciente unidad y 
solidaridad sociocultural de ámbito planetario. Son múltiples los 
factores que coinciden en una presión permanente, que apunta hacia 
la unidad humana. Pero, simultáneamente, con la apariencia de un 
contrafenómeno, se produce una reafirmación de las individualidades y 
peculiaridades de grupos y culturas que gritan de todas las formas y 
en toda ocasión su propia identidad. Es como si la tensión dialéctica 
entre lo uno y lo múltiple se exacerbase hasta la exasperación. Los dos 
polos se endurecen. Los dos determinan la nueva circunstancia. Las 
nuevas imágenes de Iglesia deben abrirse sin miedo a los dos polos de 
tensión. En la comunión y su exigencia de atención a lo particular y 
concreto debe abrirse el camino que lleve a la Iglesia hacia el futuro.

JOAQUÍN LOSADA ESPINOSA - DISTINTAS IMÁGENES DE LA IGLESIA
Cátedra de Teología Contemporánea
Colegio Mayor CHAMINADE. Madrid 1984. Págs. 9-58

................. .. 
1. Es el punto de vista adoptado por H. FRIES en su estudio sobre Cambios en la imagen de la Iglesia y desarrollo histórico dogmático, en «Mysterium Salutis» IV/I, Madrid 1973, pp. 231-296.
2. A BRITTAN, Meanings and Situations, London 1973, p. 169, citando a H. GERTH-C. W. MILLS, Character and Social Structure, London 1954, p. 11.
3. Cf. G. THEISSEN, Sociología del movimiento de Jesús. El nacimiento del 
Cristianismo primitivo, Santander 1979, pp. 8ss.
4. H. Cox, La Ciudad secular, Barcelona 1968, p. 184.
5. Codex Iuris Canonici (1917), c. 682. El punto de vista del nuevo Código, de acuerdo con la teología del Vaticano II, es en este aspecto más comprensivo del puesto del laico en la Iglesia.
6. TERTULIANO, Apolog., XVIII 4.
7. Cf. P. HAZARD, La crisis de la conciencia europea (1680-1715). Madrid, 
1952.
8. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelica Testificatio, sobre la renovación de la vida religiosa, Roma 1971, n. 17.
9. PABLO Vl, Exhortación apostólica sobre la evangelización del mundo 
contemporáneo, Evangelica testificatio, n. 63. Roma 1975.

Agradecemos a mercaba.com

 

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 "Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 21). El texto del evangelio de san Juan, recién proclamado, nos lleva con la mente y el corazón al Cenáculo, al lugar de la última Cena, donde Jesús, antes de su pasión, ruega al Padre por los Apóstoles. Acaba de confiarles la sagrada Eucaristía y los ha constituido ministros de la nueva Alianza, continuadores de su misión para la salvación del mundo.

De las palabras del Salvador brota el ardiente deseo de rescatar a la humanidad del espíritu y de las lógicas del mundo. Al mismo tiempo, surge la convicción de que la salvación pasa a través de ese ser "uno", que, según el modelo de la vida trinitaria, debe caracterizar la experiencia diaria y las opciones de todos sus discípulos.

2. "Ut unum sint!", "¡Que todos sean uno!" (Jn 17, 21). El Cenáculo es el lugar de la unidad que nace del amor. Es el lugar de la misión:  "Para que el mundo crea" (Jn 17, 21). No hay auténtica evangelización sin plena comunión fraterna.

Por eso, al atardecer del primer día de la semana, cuando se aparece en el Cenáculo a sus discípulos, el Resucitado reafirma el nexo estrecho que existe entre misión y comunión, diciéndoles:  "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21), y añade:  "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).

También en el Cenáculo, el día de Pentecostés, los Apóstoles reunidos con María, la Madre de Jesús, reciben el Espíritu Santo, que se manifiesta "como una ráfaga de viento impetuoso que viene del cielo y llena toda la casa en la que se encontraban, mientras unas lenguas como de fuego se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos" (Hch 2, 3). Del don de Cristo resucitado nace la humanidad nueva, la Iglesia, en la que la comunión vence las divisiones y la dispersión, engendradas por el espíritu del mundo y simbolizadas en la narración bíblica de la torre de Babel:  "Cada uno los oía hablar en su propia lengua" (Hch 2, 6). Los discípulos, habiendo llegado a ser uno por obra del Paráclito, se convierten en instrumentos de diálogo y de paz, y comienzan su misión de evangelización de los pueblos.

3. "Que todos sean uno". Este es el misterio de la Iglesia querida por Cristo. La unidad fundada en la verdad revelada y en el amor no anula al hombre, su cultura y su historia, sino que lo introduce en la comunión trinitaria, donde todo lo que es auténticamente humano queda enriquecido y potenciado.

Esta liturgia, concelebrada por obispos y sacerdotes católicos de tradición oriental y de tradición latina, también es una expresión de ese misterio. En la humanidad nueva, que nace del corazón del Padre y que tiene como Cabeza a Cristo y vive por el don del Espíritu, existen diversas tradiciones, ritos y disciplinas canónicas que, lejos de menoscabar la unidad del Cuerpo de Cristo, la enriquecen con los dones que aporta cada uno. En ella se repite continuamente el milagro de Pentecostés:  hombres de lenguas, tradiciones y culturas diversas se sienten unidos en la profesión de la única fe dentro de la única comunión, que nace de lo alto.

Con estos sentimientos saludo a todos los presentes. Saludo especialmente a los señores cardenales Lubomyr Husar, arzobispo mayor de Lvov de los ucranios, y a Marian Jaworski, arzobispo de Lvov de los latinos, así como a los obispos de los respectivos ritos, a los sacerdotes y a los fieles. Saludo a cada uno de los miembros de la comunidad eclesial, que manifiesta su riqueza multiforme de modo original en esta tierra, donde se encuentran la tradición oriental y la occidental. Vuestra coexistencia en la caridad está llamada a convertirse en modelo de una unidad que vive en el seno de un legítimo pluralismo y está garantizada por el Obispo de Roma, el Sucesor de Pedro.

4. En efecto, ya desde los orígenes vuestra Iglesia ha podido beneficiarse de múltiples relaciones culturales y de testimonios cristianos de diversa proveniencia. Según la tradición, en los albores del cristianismo el mismo apóstol san Andrés, visitando los lugares donde nos encontramos, testimonió su santidad. En efecto, se cuenta que, al contemplar los acantilados del Dniéper, bendijo la tierra de Kiev y dijo:  "En estos montes brillará la gloria de Dios". De ese modo anunciaba la conversión a la fe cristiana del gran príncipe de Kiev, el santo bautista Vladimiro, gracias al cual el Dniéper ha llegado a ser el "Jordán de Ucrania" y la capital Kiev una "nueva Jerusalén", madre del cristianismo eslavo en la Europa del Este.

¡Qué testimonios de santidad se han sucedido en vuestra tierra desde el día de su bautismo! Destacan en los comienzos los mártires de Kiev, los príncipes Boris y Hlib, que soléis definir "portadores de pasión", pues aceptaron el martirio de manos de su hermano, sin empuñar las armas contra él. Diseñaron el rostro espiritual de la Iglesia de Kiev, donde el martirio en nombre del amor fraterno, en nombre de la unidad de los cristianos, se ha manifestado como un auténtico carisma universal. También la historia del pasado reciente lo ha confirmado ampliamente.

5. "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados, vuestra vocación" (Ef 4, 4). Las vicisitudes de los mártires de vuestra Iglesia son la realización de las palabras del apóstol san Pablo, que se acaban de proclamar en la lectura de la epístola. Decía a los cristianos de Éfeso:  "Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Ef 4, 1-3).

La independencia recuperada ha abierto un período nuevo y prometedor, que compromete a los ciudadanos, como solía recordar el metropolita Andrej Septyckyj, a fijarse como objetivo "construir la propia casa", Ucrania. Desde hace diez años el país es un Estado libre e independiente. Este decenio ha mostrado que, a pesar de las tentaciones de ilegalidad y corrupción, sus raíces espirituales son fuertes. Deseo de todo corazón que Ucrania siga alimentándose de los ideales de la moral personal, social y eclesial, del servicio al bien común, de la honradez y el sacrificio, sin olvidar el don de los diez mandamientos. Su fe viva y la fuerza de recuperación de su Iglesia son sorprendentes:  las raíces de su pasado se han transformado en prenda de esperanza para el futuro.

Amadísimos hermanos y hermanas, la fuerza del Señor, que ha sostenido vuestro país, es una fuerza dulce, que hay que secundar. Actúa a través de vuestra fidelidad y de vuestra generosidad para responder a la invitación de Cristo.

En este momento particular, deseo rendir homenaje a los que os han precedido en la fe y que, a pesar de las grandes pruebas soportadas, han custodiado la sagrada Tradición. Que su ejemplo luminoso os anime a no tener miedo. Rebosantes del Espíritu de Cristo, sed solícitos en la construcción de vuestro futuro según su proyecto de amor.

6. El recuerdo de la secular fidelidad de vuestra tierra al Evangelio nos lleva hoy de modo natural al Cenáculo y a las palabras que pronunció Cristo en la víspera de su pasión.
La Iglesia vuelve constantemente al Cenáculo, donde nació y donde comenzó su misión. La Iglesia necesita volver a ese lugar donde los Apóstoles, después de la resurrección del Señor, quedaron llenos del Espíritu Santo y recibieron el don de lenguas para poder anunciar en medio de los pueblos y las naciones del mundo las maravillas de Dios (cf. Hch 2, 11).

Hoy queremos volver espiritualmente al Cenáculo para comprender mejor las razones de la unidad y de la misión, que han guiado hasta aquí, a orillas del Dniéper, los pasos de intrépidos heraldos del Evangelio para que, entre la multitud de las lenguas, no faltara la de los habitantes de la Rus´.
"Ut unum sint". Queremos unirnos a la oración del Señor por la unidad de sus discípulos. Es una ardiente invocación por la unidad de los cristianos. Es una oración incesante, que se eleva desde corazones humildes y dispuestos a sentir, pensar y trabajar generosamente para que se realice el deseo de Cristo. Desde esta tierra, santificada por la sangre de innumerables mártires, elevo con vosotros mi oración al Señor para que todos los cristianos vuelvan a ser "uno", según el anhelo de Jesús en el Cenáculo. Quiera Dios que los cristianos del tercer milenio se presenten al mundo con un solo corazón y una sola alma.

Encomiendo este ardiente deseo a la Madre de Jesús, que desde el principio ora con la Iglesia y por la Iglesia. Ella nos sostenga, como en el Cenáculo, con su intercesión, y nos guíe por el camino de la reconciliación y de la unidad, para que en toda la tierra los cristianos finalmente anuncien juntos a Cristo y su mensaje de salvación a los hombres y mujeres del nuevo milenio. 21.06.2001

 

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-Si los templos permanecen cerrados, es muy probable que los fieles no puedan penetrar en ellos.

-Si el Santísimo no se expone nunca, es probable que no se pueda adorar.

-Si el Sagrario está oculto en alguna capilla lateral, es muy probable que el feligrés lo tenga más difícil.

-Y si no existen reclinatorios, a lo mejor nadie se arrodilla.

-Y si el sacerdote no se arrodilla ante el Santísimo, es muy probable que los fieles no lo hagan.

-Y si cada feligrés comulga bajo las dos especies y cada cual introduce la forma consagrada en el cáliz, como si se tratara de una galleta fontaneda, es muy probable que la fe se resienta o que se produzcan accidentes, como que se derrame el anguis.

 

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El no tiene..., tu si..., es tu hermano...
Si aún no eres capaz de dar la vida por el, por lo menos..., comparte con el tus bienes...
Si no..., ¿cómo puedes llamarte cristiano?

San Agustín

 

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"Una identidad clara y firme, primer rasgo del retrato del cristiano"

 

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Cristo es clave para la ‘fidelidad creativa’ a los desafíos actuales. Juan Pablo II magno.

 

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alabamos a Dios el Creador, junto a la naturaleza y el cosmos todo

 

 

Gracias por elegirnos. Gracias por seguirnos. Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

 

"En caso de hallar un enlace o subenlace en desacuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica, notifíquenos por e-mail , suministrándonos categoría y URL, para eliminarlo. Queremos proveer sólo sitios fieles al Magisterio."

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad” . Un requisito fundamental para el cristiano del siglo XXI, es tener: "una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia".

 

Recomendamos: ‘Título: Buscando a Dios’
Autor: Esther de Waal
Editorial: Sígueme

 

Recomendamos: ‘El legado del cristianismo en la cultura occidental’

Dr.César VIDAL, Editorial: Espasa-bolsillo.

 

Recomendamos: Título: Repensar la ciencia
Autor: Natalia López Moratalla - Editorial: EIUNSA

 

«Cien preguntas sobre el Islam» Doctor y Pbro. árabe don Samir Khalil Samir, Sin prejuicios y sin ingenuidad. Editado por ‘encuentro-actualidad’.

Señor doctor Samir Khalil Samir, sacerdote católico jesuita profesor de la Universidad St. Joseph de Beirut y del Pontificio Instituto Oriental de Roma, es hoy en día uno de los mayores especialistas en relaciones entre cristianismo e islam.  –

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).