Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: "Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos" (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.

 

“cum Petro et sub Petro” - En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación.

 

Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.


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«Al observar el cambiante y complejo panorama de hoy, la virtud de la esperanza experimenta pruebas severas dentro de la comunidad de los creyentes

Por esta misma razón, tenemos que ser apóstoles llenos de esperanza y alegre confianza en las promesas de Dios». El Papa Benedicto XVI, Obispo d Roma

 

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“…Para aquellos que están llenos de esperanza,

la oscuridad ni puede ni debe tener la última palabra

Esta es una de las muchas lecciones que podemos aprender de la escuela de la cruz.

Ciertamente, por un tiempo todo parece perdido:  El Salvador ha muerto.  No solo murió sino que murió una muerte ignominiosa.  Fue mofado y blasfemado, abandonado por sus seguidores y aún parece que hasta de Dios.  Sin embargo, en medio de esta oscuridad cataclísmica, siempre hubo una que nunca perdió la esperanza:  María, la Madre de Jesús… Jesús – muerto - fue puesto en sus brazos.  Sin embargo, ella tenía esperanza…ella conoce la oscuridad…Y fue en el medio de esta oscuridad que se aferró al ancla de la esperanza.  “¡Espera, espera!”  

…La esperanza consiste en poner nuestra confianza en las promesas de Cristo EN MEDIO DE LA OSCURIDAD.  La esperanza es precisamente lo que nos sostiene en la oscuridad. 

La esperanza consiste en sobrellevar y perseverar en la seguridad de las promesas de Cristo…” - ( Diácono Bill Steltemeier  - EWTN)

 

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"En los misteriosos designios de su sabiduría, Dios sabe cuándo es tiempo de intervenir. Y entonces, como la dócil adhesión a La Palabra del Señor hizo que se llenara la red de los discípulos, así también en todos los tiempos, incluido el nuestro, el Espíritu Santo hará eficaz la misión de La Iglesia en el mundo."

 

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Crucifixión de San Pedro en Roma, 64-67.ca. en cruz invertida.

 

LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA


Índice GENERAL

PRÓLOGO: Iglesia del tiempo presente 

SIGLAS

CAPITULO I. 
Israel de Dios
El primer éxodo
El segundo éxodo
El tercer éxodo 
La nueva Jerusalén .

CAPITULO II. 
Germen del reino
Humilde levadura 
La aurora esperada 
Sacramento de unidad

CAPITULO III. 
Pequeño rebaño 
En medio de lobos
El buen pastor
Las ovejas de Pedro
En el redil

CAPITULO IV. 
Viña querida 
Los labradores de la viña 
La vid y los sarmientos 
El vino de la Gluma mesa 
El lagar

CAPITULO V. 
Campo sembrado 
Campo estéril 
Campo bien dispuesto
El tiempo de la cosecha 

CAPITULO VI. 
Olivo fecundo
Olivo injertado 
El olivo de la paz
El olivo de la gloria

CAPITULO VII. 
Barca frágil
La barca de la Iglesia 
El ancla de la esperanza
La barca de Pedro

CAPITULO VIII. 
Edificio de Dios
La piedra angular
Sobre los Apóstoles
Piedras vivas
Templo del Espíritu 

CAPITULO IX. 
Mujer nueva
Virgen 
Esposa 
Madre 

CAPITULO X. 
Familia de Dios
Los hijos de Dios 
El Primogénito 
En torno a la Mesa

CAPITULO XI. 
Pequeña criada 
Grano de mostaza 
Sal de la tierra 
Luz del mundo 
La red barredera 

CAPITULO XII. 
Cuerpo de Cristo
La cabeza 
Los miembros 
La mano larga de Cristo
Cuerpo glorificado 

CAPITULO XIII. 
Pueblo de Dios 
Pueblo en esta tierra
Alimentado en la comunión 
Pueblo para Dios 

CAPITULO XIV. 
María de Nazaret
Nueva Eva 
Madre de la Iglesia
Primera peregrina en la fe

EPILOGO: 
Iglesia para el año 2000 

* * * * *

SIGLAS


AA Apostolicam actuositatem. Decreto del Concilio Vaticano II (1965). 

AG Ad gentes. Decreto del Concilio Vaticano II (1965).
CATIC Catecismo de la Iglesia Católica (1992). 
CP Constructores de la pan. Instrucción de la Comisión Permanente 
de la Conferencia Episcopal Española (1986). 
DH Dignitatis humanae. Declaración del Concilio Vaticano II (1965). 
DometViv Dominum et vivificantem. Carta encíclica de Juan Pablo II 
(1986). 
DV Dei Verbum. Constitución del Concilio Vaticano II (1965). 
EN Evangelii nuntiandi. Exhortación apostólica de Pablo VI (1975). 
ES Ecclesiam suam. Carta encíclica de Pablo VI (1964).
GS Gaudium et spes. Constitución del Concilio Vaticano II (1965). 
LG Lumen gentium. Constitución del Concilio Vaticano II (1964). 
MC Marialis cultus. Exhortación apostólica de Pablo VI (1974).
MD Mulieris dignitatem. Carta apostólica de Juan Pablo II (1988). 
PAGS Proclamar el Año de Gracia del Señor. Plan Pastoral 
1997-2000 de la Conferencia Episcopal Española (1997). 
PO Presbyterorum Ordinis. Decreto del Concilio Vaticano II (1965). 
PT Plan Trienal de la Conferencia Episcopal Española 1997-2000 
(«Proclamar el Año de Gracia del Señor») (1996). 
RM Redemptoris missio. Carta encíclica de Juan Pablo II (1990). 
RMa Redemptoris Mater. Carta encíclica de Juan Pablo II (1987).
SC Sacrosanctum Concilium. Constitución del Concilio Vaticano II 
(1963).
SRS Sollicitudo rei socialis. Carta encíclica de Juan Pablo II (1987).
TDV Testigos del Dios vivo. Reflexión de la Conferencia Episcopal 
Española (1985).
TMA Tertio millennio adveniente. Carta apostólica de Juan Pablo II 
(1994).
UR Unitatis redintegratio. Decreto del Concilio Vaticano II (1964).

 

  

PRÓLOGO

IGLESIA DEL TIEMPO PRESENTE


«El año 2000 nos invita a encontrarnos con renovada fidelidad y profunda comunión en las orillas de este gran río: el río de la Revelación, del Cristianismo y de la Iglesia, que corre a través de la historia de la humanidad a partir de lo ocurrido en Nazaret y, después, en Belén hace dos mil años. Es verdaderamente el "río" que con sus 
"afluentes", según la expresión del Salmo, "recrean la ciudad de Dios" (46/45,5)» (TMA 25e). 


Los planes de Dios, siempre cargados de ternura hacia el género 
humano y hacia el universo, desbordan totalmente cualquier lógica 
humana. Increíble nos resulta que, en los designios salvadores divinos, 
entremos en juego nosotros, los hijos de Adán, y no sólo como 
destinatarios, sino también como asociados a las mismas acciones 
salvíficas. «Aquel que nos creó sin nosotros, no podrá salvarnos sin 
nosotros» (SAN AGUSTÍN). 

Dios Padre asocia al plan de salvación a quienes creen en su Hijo, 
Jesucristo, reunidos en comunidad, como Iglesia, Asamblea 
convocada. Ésta aparece ya prefigurada desde el origen del mundo; 
es preparada por la historia del Pueblo de Israel; es constituida en los 
últimos tiempos; acoge una nueva Ley inscrita en los corazones por la 
arción del Espíritu 1 y llegará a su plenitud al final de los siglos 2. 

La Iglesia es el nuevo Pueblo, por el que se ponen al descubierto los 
planes más secretos del Padre: Cristo, el Hijo de Dios encarnado, es 
cabeza de todas las cosas. En Él somos elegidos de antemano, antes 
de la creación del mundo, para ser su nuevo pueblo 3. 
En la comunidad de discípulos se obra la nueva creación, porque 
todo lo viejo se desvanece como una niebla y su lugar lo ocupa la cruz 
de Cristo, que es paz y misericordia definitivas para quienes hagan de 
ella la norma perfecta de vida y de esperanza 4. 

Asi son las cosas de Dios: derrama su confianza en un grupo de 
personas humanas, pequeñas e imperfectas. Quienes conformamos la 
Iglesia nos sabemos herederos y solidarios del pecado estructural de 
este mundo y responsables directos de nuestras propias infidelidades 
5; nos sentimos doloridos por la lentitud de los procesos salvadores; 
estamos asustados por la magnitud de la tarea encomendada; 
tenemos conciencia de nuestra indignidad, que genera enfriamientos y 
huidas, y entorpece la posibilidad de que los demás seres humanos 
puedan percibir la bondad indescriptible de Dios; nos apresa el 
complejo de culpabilidad, al comprobar que las deficiencias de nuestro 
testimonio propician que existan personas que puedan concebir una fe 
cristiana sin Iglesia o, inclusive, que, a causa de nuestras fechorías, 
egoísmos e incoherencias, rechacen al Dios que hace maravillas. 

Nosotros, los discípulos de Jesucristo que caminamos en el último 
tramo del segundo Milenio, en vísperas de la conmemoración jubilar 
bimilenaria de la Encarnación del Verbo, hemos de sentir, como 
primera obligación, el elevar al Padre, con profundo sentimiento, la 
acción de gracias por el don de la misma Iglesia. Ella es plantada en la 
historia como «sacramento o signo e instrumento de la unión íntima 
con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Es la 
madre, en cuyo seno se generan abundantes frutos de santidad, 
madurados en el corazón de tantos hombres y mujeres, que, en cada 
generación y en cada época histórica, han sabido acoger sin reservas 
el don de la Redención 6. 

«Con la venida de Cristo se inician los "últimos tiempos" (cf. Heb 
1,2), la "última hora" (cf. 1 Jn 2,18); se inicia el tiempo de la Iglesia que 
durará hasta la Parusía» (TMA 10a). Ahora, en este tiempo «último», 
que es el tiempo de la Iglesia, ésta se siente impulsada a aceptar con 
mimo todo lo que el Espíritu quiere decirle 7, en este espacio 
prolongado de Adviento, que nos prepara el encuentro con Aquel, 
Señor del tiempo, que era, que es y que constantemente viene 8. 

La Iglesia, a las puertas del Tercer Milenio (nueva ocasión de 
anunciar «el año de gracia del Señor», cf Is 61,1ss; Lc 4,18ss), ha de 
recordar, con gozo, que ella misma es criatura nacida de la gracia y ha 
de proclamar, con esperanza, el jubileo reconciliador en medio de los 
pueblos 9, movida por las inspiraciones del Espíritu que es, 
indudablemente, el agente principal de la nuera evangelización 10. 

En vísperas de la fecha en que celebramos el gran Jubileo del año 
2000, conmemoración de la Encarnación del Redentor, la Iglesia debe 
comenzar por tomar conciencia del pecado de sus hijos y hacer 
memoria doliente de todas las circunstancias en las que, a lo largo de 
los siglos, éstos se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio. 
Esta inculpación tiene su vértice en el espectáculo lamentable que, a 
menudo, ofrecemos al mundo. En lugar del testimonio de una vida 
inspirada en los valores de la fe, presentamos, a veces, una imagen 
alejada de las exigencias bautismales 11, que es vehículo de 
escándalo para nuestros contemporáneos. En particular, son de 
lamentar los errores, demasiadas veces preñados de culpabilidad, 
cometidos con actitudes intolerantes, e incluso violentas, en el servicio 
a la verdad 12. 

La proximidad del Tercer Milenio del Cristianismo es ocasión propicia 
para que, en disposición sincera de profunda humildad, los cristianos 
nos preguntemos honradamente por las responsabilidades, 
individuales y comunitarias, que seguimos teniendo hoy con relación a 
los males de nuestro tiempo 13. 

Sin embargo, las rugosidades de la Iglesia, fruto tanto de su 
envejecimiento como de los pecados de quienes la integramos, no son 
más que la epidermis de una comunidad que ha sido consagrada, no 
por las obras de la vieja Ley de Moisés, sino por un nuevo documento 
de alianza, sellado con la sangre de Cristo, expresión última de la 
actitud de su amor obediente al Padre 14. 

A pesar de las muestras de vejez de la Iglesia terrena, Cristo la ama 
como a joven esposa, la consagra al Padre, la purifica por medio del 
Agua y de la Palabra, y la prepara, de este modo, para ser una Iglesia 
esplendorosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada 15. 

Esta Iglesia, consciente de sus culpabilidades y abierta al 
arrepentimiento 16, aprende que su origen, en el corazón dormido de 
Cristo en la cruz 17, determina su pensar y su actuar. Su naturaleza 
original la entraña en la amistad con Dios 18, le exige ser escaparate 
de unidad contra las dispersiones 19 y la convierte en cauce de 
reconciliación 20 y en muestra de paciencia y de tolerancia 21, a 
imagen y semejanza del mismo Dios, rico en misericordia y capaz de 
esperar hasta la extenuación. 

La celebración del Concilio Vaticano II contribuyó a que la Iglesia, 
que lleva en su esencia la búsqueda de la plena fidelidad a su 
Maestro, se planteara profundamente su propia identidad 22: Se 
reconoce, «a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos 
invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente 
en el mundo y, sin embargo, peregrina; de modo que en ella lo humano 
esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la 
acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que 
esperamos» (SC 2). 

De una parte, se esfuerza por conseguir el reflejo, en sí misma, de 
los rasgos que le señaló el Señor Jesucristo y se encuentran recogidos 
en el Evangelio. De otra, agradece el regalo divino de no haber 
perdido jamás los perfiles de su identidad más genuina: «El trabajo y el 
dolor del prolongado exilio la han deslucido, pero también la embellece 
su forma celestial» (SAN BERNARDO). 

En el momento presente, con un tono nuevo, inspirado en el 
lenguaje del Evangelio, del Sermón de la Montaña y de las 
Bienaventuranzas 23, y con la ayuda de los mártires de los tiempos 
modernos 24, la Iglesia reflexiona sobre su condición y se apresta para 
adentrarse en el nuevo Milenio, con el rostro rejuvenecido por la gracia 
y restaurado por la voluntad de ser fiel a su origen y a su misión. 

En este esfuerzo por conseguir recuperar la originalidad de su 
Misterio, traducido en Comunión para la Misión, se ayuda de imágenes, 
símbolos y parábolas, que la reflexión postpascual pone a su 
disposición, a través de los Escritos del Nuevo Testamento, arropados 
por la Tradición 25. 

Sin más pretensión que acompañar a los discípulos de Cristo en la 
meditación acerca de la identidad y de la misión que el Señor nos 
encomendó, nacen las consideraciones que siguen. 

Con soporte en diversas metáforas y alegorías, extraídas de la 
Escritura Santa y de la Patrística, desgranamos algunas reflexiones, 
que, de algún modo, pueden servir, a quienes formamos la Iglesia, 
para aproximarnos, con unción y con gozo, a los tiempos en que 
celebramos el Bimilenario de la Encarnación del Redentor. «A Él la 
gloria y el poder para siempre. Amén» (Ap 1,6). 

........................
1. Jer 31,33-34; Ez 36,27; 1 Jn 2,27. 
2. Cf. LG 2. 
3. Cf. Ef 1,4.9ss; Rom 16,25ss. 
4. Cf. 2 Cor 5,17ss; Gál 6,15-16. 
5. Cf. 1 Cor 5,11-12. 
6. Cf. TMA 32a. 
7. Cf. Ap 2,7ss; TMA 23a; 44b. 
8. Cf. Heb 13,8; Ap 4,8; TMA 20b; PT 31. 
9. Cf. RM 21-27; TMA 14, PT 16-17. 
10. Cf. RM 21-29; TMA 45b; PT 18. 
11. Cf. TMA 33a; PT 65-66.
12. Cf. TMA 35a. 
13. Cf. TMA 36a. 
14. Cf. Gál 3,21; Rom 8,32. 
15. Cf. Ef 5,25-27. 
16. Cf. Sant 5,15-16; 1 Jn 1,9. 
17. Cf. SC 5. 
18. Cf. Rom 5,10-11. 
19. Cf. Jn 11,52; Ef 2,15-18. 
20. Cf. Jn 20,23. 
21. Cf. Mt 13,30. 
22. Cf. TMA 19. 
23. Cf. TMA 20a. 
24. Cf. TMA 37c. 
25. Cf. LG 6.

ANTONIO TROBAJO - LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA. BAC 2000. MADRID 1997

 

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA


CAPITULO I. 
Israel de Dios
El primer éxodo
El segundo éxodo
El tercer éxodo 
La nueva Jerusalén

 

CAPÍTULO I

ISRAEL DE DIOS


¿Recuerdas, Iglesia mía, tus orígenes remotos, cuando puse en tu memoria la capacidad para descubrir el significad0 profundo que tuvo, en la historia, aquel pueblo que Yo saqué de los lomos de Abraham y de los grilletes del Faraón 

Aquella nación de Israel, de dura cerviz, iba a ser, sin embargo, mi 
pueblo. Puse mi mirada en aquella gente y me di a conocer como el 
único Dios que señorea cielos y tierra. Ningún mérito tenían. Como 
respuesta, por su parte, tan sólo les pedí que dejaran su tierra, se 
pusieran en camino y depositaran en Mí su total confianza. 

Fui Yo quien los elegí, por pura gratuidad, para que fueran míos y Yo 
fuera suyo. A pesar de ser una comunidad humana insignificante, 
perdida en medio de las grandes civilizaciones antiguas, en ellos y con 
ellos iba a obrar maravillas. Nada tenían en su pasado de arameos 
errantes que los hiciera merecedores de predilección alguna. Su 
patrimonio era la trashumancia; su patria era la tienda que cada 
atardecer plantaban en lugar diferente; sus bienes eran unas cabezas 
de ganado que pastaban en tierra de nadie; su norte era la 
supervivencia; sus divinidades eran las fuerzas naturales que les 
permitían respirar cada madrugada. 

En mis designios providentes estaba el plan de recuperar al género 
humano de toda la miseria en que había caído, por su falta de 
sensibilidad para entender mis amorosas caricias. Aquel pueblo, sin 
atractivo alguno, iba a ser el depositario de la Alianza, de mi Alianza, la 
que quería firmar con toda la raza humana, que Yo había creado y 
acunado, como si de la niña de mis ojos se tratara. 

Sus afanes terrenos los llevaron a estrenar nuevas esclavitudes. 
Con las manos encallecidas por el amasado del barro de las orillas del 
Nilo y con las espaldas amoratadas por el látigo de la crueldad egipcia, 
clamaron de nueva a Mí y Yo los escuché. Suscité de entre ellos a un 
tal Moisés, a quien Yo había sacado de las aguas, para ser el guía de 
aquel pueblo, que iba a emprender el camino hacia la libertad. 

Mi ángel pasó, con celeridad y poder, y rompió las cadenas a que 
estaba sometido mi pueblo. Volví a recordarles la Alianza y la firmamos 
en torno a un Cordero y a su sangre derramada, en el primer plenilunio 
de la primavera. Lo comieron en disposición de marcha, de pie, con el 
manto remangado, las sandalias puestas y el cayado en la mano. Lo 
comieron en actitud de pobreza, aderezado con pan ácimo y hierbas 
amargas1. Lo comieron fiándose de mi palabra, que nunca vuelve a mi 
boca de vacío. 

Así los conduje con mi mano, victoriosamente, contra toda lógica 
terrena y acabando con todas las estrategias humanas, hacia una 
Tierra de Promisión, donde podrían, por fin, constituir un reino de 
Profetas, Sacerdotes y Reyes. 

El primer éxodo

Pero el camino iba a ser largo. Necesitaban desprenderse de 
nostalgias, afianzarse como pueblo, purificar intenciones y renovar la 
fe en Mí. 

No les fue fácil en medio del desierto, aunque Yo estaba con ellos. 
Más de una vez abjuraron de mi nombre. Añoraron la engañosa 
felicidad de un pasado servil; se rebelaron ante pequeños 
contratiempos y carencias; murmuraron contra Mí y contra mis 
elegidos; se dejaron invadir por la desesperanza, a pesar de que 
habían visto mis obras2. 

Sabían que, tras las montañas resecas, estaba la Tierra fértil; tenían 
ante sus ojos unas orientaciones para afianzarse en su condición de 
pueblo elegido; disfrutaban del milagro de mi cercanía, evidenciada en 
alimentos inesperados y en aguas abundantes; gozaban de mi 
presencia palpable en la nube que aleteaba sobre el Arca, la cual 
contenía los tesoros de una liberación inmerecida. Pero no eran 
capaces de sobrellevar los sobresaltos y las privaciones de un éxodo 
que se prolongaba más de lo calculado por quienes se atribuían, 
presuntuosamente, el prodigio de la liberación. 

Pero Yo ya no podía abandonarlos. Había hipotecado mi palabra. Mi 
condición no me permitía desdecirme. El éxodo tenía que llegar a su 
fin. Aquel pueblo errante, acrisolado y purificado en mil soledades 
buscadas, peregrino esforzado por vericuetos de desierto, restaurado 
por el testimonio de los adelantados que habían pisado la Tierra 
Prometida y se habían alimentado de sus frutos ubérrimos, cruzó las 
aguas turbulentas de ríos desconoridosy tomó posesión, por fin, del 
objeto de sus esperanzas, al amparo de gritos jubilosos y de sonido de 
trompetas. 

El segundo éxodo

Ya estaban en la tierra con que habíán soñado sus antepasados. 
Pensaron que toda la utopía de mi Reino quedaba reducida a ser los 
más fuertes, los más numerosos y los más ricos. En estas tareas se 
emplearon durante siglos, con todo el ardor de quien se cree 
autosuficiente y con todas las artimañas de quien todo lo fía a sus 
propias capacidades. 

De vez en cuando, la fuerza de quienes los rodeaban caía solare 
ellos y los sometía a olvidadas humillaciones. Entonces, de nuevo, 
volvían sus ojos arrepentidos hacia Mí, y Yo, que veía el dolor de mi 
pueblo, arrancaba de la nada a hombres y mujeres que colocaba al 
frente de unas huestes derrumbadas. Ponía mis palabras en su boca 
y, con mi mano invisible, abajada al hombro de sólo trescientos3 o a la 
boca de un niño que había sido capaz de adivinar mi llamada4, 
rehabilitaba nombre y libertad de un pueblo al que me había prometido 
como herencia y que, sin embargo, se prendaba, con facilidad, de 
cualquier espejismo que le ofreciera efímeras seguridades. 

Yo estaba permanentemente a su lado, como rey y como protector. 
Pero aquel pueblo no quería ser menos que los pueblos de su entorno, 
que cifraban su estabilidad en la entrega de su albedrío en manos de 
seres mortales de cetro y corona. Transigí con ellos, me revestí de 
paciencia y hasta me comprometí con una monarquía, a la que ungí 
con el aceite de mejores tiempos. Pero todo era inútil. 

Aquel pueblo, alejado de la memoria de las maravillas del pasado, 
obradas por Mí en su favor, se lanzó a una carrera de infidelidades, 
injusticias, rivalidades y crímenes. Aunque pretendían tenerme 
contento con palabrerías, sacrificios y ofrendas rituales, su corazón, 
sin embargo, alejado de mi regazo, se iba haciendo progresivamente 
de piedra. 

Se imponía volver a la pureza primera, revivir los sentimientos de 
orfandad y de dependencia, reandar los caminos de un éxodo 
olvidado. 

A mis diligencias por restaurar el amor primero, respondió un gigante 
que venía del Norte, que arrambló con sueños de grandeza, redujo a 
cenizas las soberbias y dispersó a mi pueblo, como un vendaval de 
otoño desparrama las hojas del árbol que en primavera se había 
sentido invencible. 

De este modo, no sin el doloroso abandono, por parte de machos, 
de mi casa y de mi ternura, se hizo posible que la piedad y la 
misericordia, como las propias de una madre, se apoderaran de mis 
entretelas. Escuché aquellas elegías que, a orillas de los ríos de 
Babilonia, clamaban, entre sollozos, por la Jerusalén perdida y quise 
devolverlos al calor de la tierra y al amor de mis brazos. 

Así lo hice. Pero ya nada fue igual. Habían sido demasiado sutiles 
las trampas que los placeres babilónicos habían tendido a la mayor 
parte de los míos. La carencia de libertad y la memoria de mis primores 
se ahogaron en los agradables lagos artificiales del tener y del poder. 


Sólo un pequeño resto fue capaz de desenredarse de los cantares 
de sirenas, volver a ponerse en camino y unir manos y voluntades para 
rehacer lo que sólo eran ruinas, bajo el consuelo que emanaba de los 
escritos que guardaban la historia de mi predilección. Era lo más 
exquisito de aquel pueblo, arrancado de la boca del león, como si de 
dos patas o de la punta de una oreja se tratase5, quien se iba a 
encargar de esperar y de preparar nuevas épocas y nuevas 
maravillas. 

Todo se encaminaba a la rehabilitación de las viejas promesas. Ya 
iba abriendo brecha el convencimiento de que era Yo el único Señor 
de la Historia y de que de Mí, y sólo de Mí, podía llegar una salvación 
que nunca tuviera término y que alcanzara a todos los rincones de un 
universo que gemía, como con dolores de parto, esperando la 
liberación definitiva6. 

El tercer éxodo

Entonces, «en la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4), cuando el 
susurro de la brisa de mi Espíritu había traído una época de quietud 
histórica, me decidí a dar el paso decisivo en favor del olvidadizo 
género humano. Envié a mi Hijo, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley» 
(Gál 4,4), a quien quise llamar Emmanuel («Dios-con-nosotros»), para 
que quedara patente mi voluntad de estar para siempre contigo, mi 
Iglesia, y con quienes estaban llamados, en ti, a formar parte de mi 
familia. 

Aquel resto de Israel, ya viejo pueblo, había ido purificando sus 
criterios, que se acompasaban a los míos, y eran los «pobres» que se 
fiaban ciegamente de mis propósitos y sostenían, en la faz de la tierra, 
la esperanza. 


Mi Hijo, a quien os di como hermano, se llamó Jesús de Nazaret y, no 
sin resistencias y malentendidos, fue convocando a aquel residuo 
humano y lo reconvirtió de nuevo en pueblo 7. Él llamó a quienes eran 
mis elegidos, los arrancó de la esterilidad y del desamor, los puso en 
disposición de nuevo y último Éxodo, y los fue componiendo en 
unidad, arrancando de sus corazones y de sus apellidos las 
dispersiones a que el misterio de iniquidad los había condenado8. 
Aquel resto eras tú. 

Te constituyó como Asamblea, al amor de su corazón dormido en 
una Cruz, y te hizo espacio de reconciliación universal, aun a 
sabiendas de que tu condición humana te iba a arrastrar, una y otra 
vez, hacia nuevas idolatrías y nuevos distanciamientos. 

Sin embargo, esos tumbos de mis planes nunca podrían ser 
duraderos, porque mi Hijo, al volverse hacia Mí como vencedor del 
último enemigo, la muerte, gracias a su entrega obediente, te había 
regalado nuestro Espíritu de vida, de verdad, de consuelo y de unidad. 
Ya nada ni nadie podría matar jamás tu condición de pueblo que 
camina por la tierra con un solo corazón y una sola alma10 y al que Yo 
levanto constantemente, en medio de las naciones, como baluarte de 
esperanza. 

La nueva Jerusalén

Sobre el monte Sión, de tantos recuerdos contradictorios para Mí y 
para mis preferidos, a la sombra de un patíbulo, que representa el 
fracaso de todos los proyectos humanos tendentes a edificar su propia 
redención, erigí, con consistencia invencible, una nueva Jerusalén, mi 
nueva y concluyente ciudad, en la que puse mis delicias y entre cuyos 
muros habíais de habitar, sin temor alguno, tú y tus hijos, porque, con 
la sangre de mi Elegido, firmé contigo un protocolo de Alianza nueva 
que nadie podrá romper. 

Esta nueva ciudad de Jerusalén, nacida de mi promesa, bordada con 
primor por mi mano amorosa y sabia, es el regalo que Yo envío desde 
arriba. Baja, como una novia ataviada con los mejores aderezos11l, 
para ser madre fecunda y para engendrar hijos de libertad12. Esta 
Jerusalén del cielo, resplandeciente de gloria13, eres tú. 

Grabé mi nombre, a fuerza de luz en tus intimidades y puse mi marca 
dominadora en los pilares de sus murallas, que ya eran las tuyas14. 
De ellas emanarán, sin ocaso, nuevas armonías de paz que componen 
un cántico nuevo nunca estrenado e imposible de entonar por quienes 
no hayan querido obtener, en tu seno, cartas de cindadanía15. 

Tú eres mi nuevo Israel, el pueblo que me escogí como heredad 16, 
prefigurado en la comunidad humana que peregrinó en el primer 
desierto17, integrado por los convocados santos de los últimos 
tiempos18 y que tiene la encomienda de ofrecerme el culto espiritual 
de vuestra propia identidad19. 

Nadie queda excluido de poder traspasar tus murallas. Dentro de 
ellas, se ofrecerá el espectáculo impensable del abrazo fraterno y total, 
de los de lejos y de los de cerca20. Allí se me tributará un culto nuevo, 
en espíritu y en verdad, desprendido de cualquier atisbo de otro 
interés que no sea mi propia gloria. Esta tiene por objeto que tú y toda 
la condición humana tengáis vida y la tengáis en abundancias, gracias 
a la sangre de mi Hjo, derramada por vosotros y por todos los hombres 
22. 

Estos son tus orígenes, es tu propia historia y es tu destino. Haz 
memoria de todo ello y aprende que todo ocurrió y fue escrito de forma 
figurada 23. 

En las peripecias de aquel pueblo que fui sacando, en sucesivos 
éxodos, hacia el horizonte de la liberación, te has de ver como en un 
espejo. Debes aprender, de mis fidelidades y de sus olvidos, el camino 
que lleva a mi descanso 24. A éste tú y, en ti, todo el género humano 
sois invitados y conducidos por mi ternura, que no tiene fin25. 
........................
1. Cf. Ex 12,1ss. 
2. Cf. Ex 17,1-7; Sal 95,8-9. 
3. Cf. Jue 7,6. 
4. Cf 1 Sam 3,10-11.
5. Cf. Am 3,12. 
6. Cf. Rom 8,18ss.
7. Cf. 1 Pe 2,10. 
8. Cf Jn 11,52. 
9. Cf. SC 5. 
10. Cf. Hech 2,44; 4,32. 
11. Cf Ap 21,1-8. 
12. Cf. Gál 4,24-26. 
13. Cf Ap 21,2-3.10-14. 
14. Cf. Ap 3,12; 22,5. 
15. Cf. Ap 14,3.
16. Cf. Dt 10,8-9; 1 Re 8,51-53; Sal 16,5; Gál 6,16; Flp 3,3; Sant 1,1; Ap 7,4. 
17. Cf. Hech 7,38.
18. Cf Rom 1,7; 1 Cor 1,2. 
19. Cf. Rom 12,1. 
20. Cf Jn 10,16; 12,20.32; Col 1,24; Ef 4,13. 
21. Cf Jn 4,23; 10,10. 
22. Cf. Ef 1,7; Col 1,20.
23. Cf. 1 Cor 10,6.11. 
24. Cf. 1 Cor 10,6. 
25. Cf. Sal 30; 41; 92; 118.

ANTONIO TROBAJO - LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA; BAC 2000. MADRID 1997

  

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA


CAPITULO II. 
Germen del reino
Humilde levadura 
La aurora esperada 
Sacramento de unidad

 

CAPÍTULO II

GERMEN DEL REINO


Con esmero, Dios había entretejido sus planes desde antes del tiempo. Amaba con afecto infinito a aquellos seres a quienes había concebido a su imagen y semejanza, para hacerlos partícipes del mismo aliento de vida y de amor que lo traspasaba a El en su eternidad trinitaria, enamorada y fecunda. 

Los quería felices y en ellos puso su mirada entrañable. De sus 
manos fueron saliendo criaturas innumerables, a lo largo de seis 
profundos días. Estos seres estaban destinados a ser el espléndido 
escenario en que ellos, el género humano, hijos más que criaturas, 
pudieran vivir en paz y en amistad. 

En la tarde del día sexto, cuando su obra primera tocaba a su fin, los 
adornó, como alfarero meticuloso, de todos los dones necesarios. En 
ellos puso la semilla de la inteligencia, por la que podrían escudriñar 
los secretos de las cosas y apropiarse de la verdadera sabiduría, que 
habrá de ser aprendida en sencillez, compartida sin envidia y repartida 
profusamente en todas sus riquezas1. A ellos los capacitó con la fuerza 
de la voluntad, que sería un arma valiosa en su poder, para disponerse 
a dominar todo lo creado y para conseguir domesticarlo, no 
sin esfuerzo, para que contribuyera a redondear los planes divinos de 
plenitud. A ellos Dios les concedió el libre albedrío, el tesoro más 
preciado y más temible que fue la libertad; con ella estaría a su 
alcance la capacidad de sintonizar cordialmente con los proyectos de 
Dios, de hacerlos suyos y de ser sus colaboradores en la tarea de 
domeñar las energías que su Espíritu había dejado en las simas de 
una obra creada e inacabada. 

Con estos dones en sus frágiles manos, los seres humanos podrían 
llegar a adivinar los planes divinos, a quererlos como cosa suya y a 
desarrollarlos esforzadamente, mientras fuera tiempo. El Reino, nacido 
en la eternidad, encarnado en frágiles mortales, expandido por el 
Universo, volvería así al regazo de Dios, perfilado por las habilidades 
de su criatura preferida. Todo quedaría, de nuevo en la eternidad, 
sublimado en su presencia e inundado por su gracia. 

La obra divina, engendrada en el señorío providente y realizada por 
su Palabra, estaba asentada en el espacio y en el tiempo. Quedaban 
pendientes los remates arquitectónicos que, de conformidad con sus 
proyectos, se encomendaban al ser humano, no tanto para complacer 
al Creador cuanto para recibir aquella herencia, que le permitiría ser 
destinatario del don del Reino y poder disfrutarlo por siempre. 

Aquí se obró la tragedia. El ser humano, el hijo querido, optó por 
echar abajo los andamios del Reino y levantar otros que sirvieran a 
sus intereses bastardos, inducidos por el misterio deshumanizador que 
se adueñó de aquella criatura en un alarde consciente de rebeldía 
impensable. Con los materiales del proyecto divino, la raza humana se 
decidió a levantar un monstruo que rasgara las nubes de la soberanía 
de Yahveh. 

Dios tuvo que rehacer sus planes. Tras el descanso gozoso del 
séptimo día, era necesario componer un nuevo proyecto. El amor 
indestructible hacia aquella criatura movió a Dios a habilitar nuevos 
designios, que se iniciaran en un octavo día inacabable y, según los 
cuales, la Palabra tendrá que abajarse para hacerse como uno de 
nosotros en todo, menos en el pecado. Al Hijo encarnado entregó su 
Reino, ya que todo había sido hecho por El y para Él 2. 

Su mensaje en lenguaje humano fue brillante y nítido. «Se ha 
cumplido el plazo y ha llegado el Reino de Dios» (Mc 1,15; Mt 4,17), 
repitió a todos los puntos cardinales, entre las miradas torvas de 
quienes habían perdido definitivamente la clave que descifraba las 
intenciones concebidas para la plenitud humana. 

Con obras y palabras, el Verbo manifestó el Reino a los hombres. 
Pero, a fin de que no hubiera lugar a la menor duda, quiso que su 
Reino se revelara ante todo en su persona, obediente, servicial y 
entregada hasta la misma muerte 3. Su proclama y el sentido profundo 
de su vida fueron conducidos por el Padre y fueron entendidos y 
acogidos por los sencillos4. 

El Verbo hecho carne, constituido, en virtud de su actitud obediente, 
como Señor, Mesías y Sacerdote 5, derramó su Espiritu sobre aquellos 
pequeños que habían creído en Él y los constituyó en Linaje escogido, 
Sacerdocio real, Nación consagrada y Pueblo de su propiedad 6. 
Aquellos hombres y mujeres, fiados plenamente del Hijo, eran la 
Iglesia; en ellos estaba la Iglesia y lo que ella es en nuestros días. Su 
misión, que se prolonga en los discípulos de hoy, consiste en anunciar 
y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo, que es el Reino 
de Dios. 

Pero, sobre todo y ante todo, aquel pequeño número de personas, 
expropiadas de sí y entregadas a la voluntad expresada por la Palabra 
encarnada, es constituido como germen y comienzo del Reino en la 
tierra, que irá creciendo poco a poco. De ahí que, hoy, su misión sea, 
más que nada, anhelar la plena realización del Reino y esperar y 
desear, con todas las fuerzas, reunirse con el Rey en la gloria 7. 




Humilde levadura

LEVADURA: La pequeña Iglesia de Cristo no se puede identificar 
con el Reino de Dios. Este Reino es imposible de contener en 
esquemas terrenales, por perfectos que sean, y es incapaz de ser 
reducido a límites temporales. Siempre está más allá de todo lo que los 
humanos podemos decir o pensar, aunque el Espíritu no sólo nos 
conceda la capacidad de penetrar en la superficie del misterio 
escondido en los siglos, sino también la de ser, con indignidad por 
nuestra parte, embrión del Reino. 

El Hijo, que desentraña los secretos del Reino por medio de 
parábolas8, nos dejó dicho: «Sucede con el Reino de los cielos lo que 
con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, 
hasta que todo fermenta» (/Mt/13/33). 

De algún modo, la comparación también se refiere a la Iglesia, por 
cuanto, en su condición terrena, la presencia del Reino se hace 
germinal, como una realidad que está en sus comienzos todavía, pero 
de suerte que su energía transformante se injerta en la historia 
humana de modo irreversible. 

La levadura, si quiere llevar a buen término la misión que le es 
propia, debe permitir, paradójicamente, la aniquilación de su propia 
existencia, para que se pueda producir el efecto perseguido. Ella ha de 
diluir su identidad en medio de la masa; ha de morir, para que toda la 
medida de harina pueda fermentar. Si la levadura pretendiera, por un 
momento, crecer sobre sí misma, ensimismarse con orgullo en su 
función, hacerse fuerte y firme, mantenerse inconmovible en su 
condición, sucedería que no llegaría, en modo alguno, a cumplir lo que 
da razón a su existencia. Por tanto, no sólo desvirtuaría sus 
capacidades, sino que, incluso, perdería legítimamente el nombre que 
la define. 

Está ya escrito con otra imagen: «Yo os aseguro que el grano de 
trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la 
tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante» (/Jn/12/24). 
Así de dramática es la suerte de la levadura: morir para que otros 
tengan vida; desaparecer para que otros puedan existir. Así es de 
dramática... y de fascinante. 

La levadura sólo podrá convertirse en germen de pan sabroso 
cuando se sumerja, toda ella, en la totalidad de la masa del trigo 
molido. La Iglesia, pequeña comunidad de Dios, ha de ser como el 
fermento. «Anclada en el corazón del mundo», escribió de ella, con 
tono profético, el papa Pablo VI (cf. EN 76). Todo su ser ha de vivir en 
la tensión entre acertar, por un lado, a no perder la condición 
sobrenatural, porque no es de este mundo, y conseguir, por otro y a la 
par, penetrar en todas las realidades humanas, ya que ha de estar en 
el mundo 9. 

El fermento existe para la harina, y ambas, harina y levadura, existen 
para el pan. Iglesia y Mundo están destinados por Dios a llegar a 
compenetrarse profundamente. Llegarán a perder su identidad 
singular, pero generarán esa nueva criatura que es la Iglesia celeste. 
Esto ocurrirá cuando llegue el tiempo de la restauración universal 10, 
en que el ser humano y el universo, íntimamente unidos, sean 
perfectamente renovados en el Hijo, Jesucristo 11. 

La misión evangelizadora de la Iglesia, como la de la levadura en la 
masa, será aparentemente irrelevante, silenciosa, sólo perceptible 
para quienes tienen el don de una perspicacia sobrenatural. No 
obstante, cumplirá eficazmente su cometido, ya que, una vez iniciado el 
proceso fecundante, nada ni nadie podrá detenerlo. No será erróneo 
afirmar que el resultado feliz de su misión será tanto más rápido y tanto 
más seguro cuanto más discretamente se realice. 

Que la Iglesia sea germen del Reino justifica que, a la manera como 
actúa el fermento, se haga factible que todas las cosas se vean 
transformadas, desde lo más hondo y esencial de su ser. Si «lo que el 
alma es en el cuerpo, eso han de ser los cristianos en el mundo» 
(Carta a Diogneto), la obra humilde de la comunidad cristiana 
consistirá en fecundar de Reino de Dios la historia. Con esta gravidez, 
se podrá conseguir que todo lo creado se transfigure progresivamente 
en la nueva realidad de criaturas renovadas en Cristo y mudadas en 
familia de Dios 12. 

La aurora esperada

Ser germen del Reino de Dios fuerza a la Iglesia a dejarse apropiar 
por el sol resplandeciente que es Cristo y situarse en la historia como 
una aurora, añorada por la noche de los siglos. La Iglesia no es la luz, 
pero es una adelantada del pleno día, que toma prestada su 
luminosidad de la Palabra encarnada. Ésta, la Palabra de Dios, es la 
verdadera luz que, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre 13. 


Las tinieblas de la noche se enseñorearon del mundo por 
demasiados siglos. Los seres humanos, ciegos por la fuerza de la 
oscuridad consentida, clamaron siempre, a veces en afonía total, por 
un nuevo tiempo, en el que las ansias de felicidad luminosa se hicieran 
realidad. 

Cristo es el Sol de Justicia 14, que, levantado en la cruz, atrae hacia 
sí todas las cosas 15. Su Resurrección es el mediodía objetivo, que, en 
la Noche Santa, es capaz de romper las tinieblas que aprisionan al ser 
humano en la desesperanza. 

De su ser glorificado, traspasado en el madero, nació la Iglesia. Ésta 
tendrá como misión ser, para todos, el amanecer que ayuda a que, 
subjetivamente, sean desterradas las tinieblas del error, del pecado y 
de la muerte. 

La Iglesia proclama, con reflejo impropio, que se acerca una gran 
luz que brilla en medio de la noche. Por la misericordia entrañable de 
Dios, visitará a la raza humana un sol que nace de lo alto, para iluminar 
a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar sus 
pasos por el camino de la paz total 16.

 

 

ALBA - LUZ - MAGNO: La Iglesia «es llamada alba, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, ella misma se va iluminando con la luz de la justicia» (SAN GREGORIO MAGNO). Es su primer compromiso, porque ella no es la luz; no es más que una adelantada modesta, que preanuncia que la gloria del Señor está para llegar. 

Su función es similar a la de Juan Bautista, que no era la luz, sino 
testigo de la luz, enviado para que todos creyeran por él 17. La Iglesia 
es, como Juan, una voz, y sólo una voz, que clama en el desierto, 
pregonando que es necesario allanar el camino del sol que llega 18. 
Pobre de la Iglesia cuando se ha creído luz y ha dejado de mirar al 
futuro de donde viene el Señor, que es sol y escudo del género 
humano 19. 

La Iglesia anuncia que la noche ya ha pasado, pero no muestra 
todavía, en sí misma, la íntegra claridad del día, sino que, por ser 
transición entre la noche y el día, tiene algo de tinieblas y de luz al 
mismo tiempo. Por ello, los discípulos de Cristo que caminamos por 
esta vida en seguimiento de la verdad, en parte obramos ya según la 
luz, pero, en parte, conservamos todavía restos de las tinieblas, tanto 
en nuestro interior como en las actitudes y en los actos externos. 

No obstante, nuestra Iglesia, que no tiene por sí misma la claridad de 
la luz plena que es Cristo, sino que la recibe prestada de El, debe 
contribuir, en medio de las nieblas de la cultura de cada tiempo, a que 
personas e instituciones sean capaces de poder definir, al menos, los 
contornos de las cosas. 

La Iglesia, traspasada por la luminosidad divina y con la antorcha del 
Evangelio en sus manos, tiene la misión de ofrecer a todos la luz de las 
razones suficientes para la esperanza. 

Sacramento de unidad

El Señor Jesús ayudó a que sus contemporáneos comprendiesen la 
cercanía del Reinado de Dios, por medio de diferentes y múltiples 
signos maravillosos. Al ser el Reino de una naturaleza totalmente otra, 
no puede ser percibido desde nuestra condición terrena más que a 
través de señales, que dan a entender su presencia y su actividad. Y 
es que el Reino de Dios también está dentro de las coordenadas de 
discreción de todo lo que viene de las manos divinas. 

La Iglesia de Cristo debe, pues, pertenecer a este mismo género 
sacramental. Ella es instituida como la penúltima maravilla desgajada 
de la ternura divina, por cuanto es prenda y anticipo de la Nueva 
Humanidad (la última y definitiva maravilla), que Dios quiere crear 
cuando sea todo en todos 20. 

La nueva Humanidad, caracterizada por vivir en plena reconciliación 
y en alegre unidad, preanunciada en el milagro de Pentecostés 21, 
tiene en la comunidad de discípulos el espacio sacramental adecuado. 
Da a comprender que es posible ese último tiempo de paz y de 
felicidad universales, en la presencia paternal de Dios, porque ya ella, 
la Iglesia, vive, en su interior y en sus expresiones públicas, el gozo de 
la unidad y de la paz. 

La unidad entre todos los que formamos la Iglesia es más que signo 
y reclamo de la unión entre todos los seres humanos y aun de la 
reconciliación con todo lo creado. Si sólo fuera eso, la misión 
encomendada a los discípulos quedaría reducida a un proyecto 
intrahistórico, sujeto a los vaivenes de los tiempos, sometido a la 
fragilidad que generan los egoísmos connaturales y supeditado a las 
injerencias de los «mecanismos perversos» y de las «estructuras de 
pecado» que rodean al ser humano 22. 

Ser germen del Reino de Dios, en este sentido, implica, sobre todo, 
que la Iglesia ha de vivir y ha de proclamar que la unidad y la paz, 
profundas y definitivas, pertenecen a otra dimensión de la existencia, 
aunque hayan de tener en la ciudad terrena su punto de arranque y su 
plantación germinal. 

Dicho de otro modo, la paz universal, como realidad sacramental 
disfrutada ya en el seno de la Iglesia, solamente se sostendrá si es 
Dios su mantenedor y si Él es la razón última de su estabilidad y de su 
crecimiento, hasta que Cristo vuelva. 

Este Reino de unidad y de concordia tiene su imagen perfecta en la 
unión de Cristo con su Iglesia, al modo del matrimonio humano 23. En 
estos desposorios obrados en la humanidad de Cristo, «admirable 
intercambio», están la fuerza y la realidad sacramental con que Dios 
quiere construir y quiere hacernos ver la unidad de todo el género 
humano con Él y de los humanos entre nosotros mismos24. 

Por otra parte, la Iglesia, como sacramento del Reino, no ha de 
perder de vista que todo su decir y todo su hacer deben tener, como 
horizonte, el aparejo de los medios necesarios, que den la posibilidad a 
todos los humanos de descubrir que el Reinado de Dios está llegando 
a nuestra tierra. Este Reino, que ya está dentro de nosotros y en 
medio de nosotros 25, va fraguándose de forma inexorable, con 
nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros. 

Su presencia, detectable a través del escrutinio creyente de los 
«signos de los tiempos»26, carecerá de la espectacularidad que 
acompaña a algunos acontecimientos humanos. Su implantación se irá 
produciendo de forma apenas perceptible, por cuanto es el mismo 
Dios, siempre discreto, quien marca los plazos y maneja el timón de la 
Historia. 

Su condición de sacramento debe, primeramente, motivar a la Iglesia 
a que no sea obstáculo que impida, con sus divisiones y frialdades, la 
obra maravillosa de engendrar la gran familia humana y cósmica que 
Dios pretende. 

A la comunidad cristiana le pertenecerá acoger la gracia de ese 
Reino, compartir gozosamente el regalo y servir el don de la unidad, 
que se le ha hecho, con quienes no forman parte consciente de ella. 
........................
1. Cf. Sab 7,13.
2. Cf. Col 1, 16.
3. Cf. Mc 10, 45.
4. Cf. Mt 11,25. 
5. Cf. Hech 2,36; Hb 5,6; 7,17-21 
6.
Cf. 1 Pe 2,9; cf. Is 43,21.
7. Cf. LG 5. 
8. Cf. Mt 13,11. 
9. Cf Jn 17,14-16. 
10. Cf Hech 3,21.
11. Cf. Ef 1,10; Col 1,20; 2 Pe 3,10-13. 
12. Cf. GS 40b. 
13. Cf Jn 1,9.
14. Cf Ap 1,16. 
15. Cf. Jn 12, 32. 
16. Cf Lc 1,78-79. 
17. Cf Jn 1,6-8.
18. Cf. Jn 1,23. 
19. Cf. Sal 84,12. 
20. Cf. 1 Cor 15,28; Ef 1, 23. 
21. Cf Hech 2,5-11 
22. Cf SRS 16 36-40.
23. Cf Ef 5, 31-32. 
24. Cf. LG 1. 
25. Cf. Lc 17,20-21. 
26 Cf GS 4.11.44.

ANTONIO TROBAJO - LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA- BAC 2000. MADRID 1997

 

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El cristianismo está lleno de palabras hermosas; pero las palabras no lo son todo; a veces ni siquiera son lo más importante. En el cristianismo lo más importante son los hechos, los hechos de vida, las demostraciones prácticas de que creemos en un Dios Padre y amor, los testimonios vivos de que confiamos tanto en Dios que no tenemos miedo a nada ni a nadie, la fraternidad vivida día a día, junto a cada hombre y su necesidad concreta, su dolor personal, su necesidad específica.

 

Así, ante Dios, ni cuenta el estar repitiendo todo el día "Señor, Señor" (/Mt/07/21), sino cumplir su voluntad, una voluntad que no es difícil de conocer, pues su Palabra es clara y constante en repetirnos que quiere derecho y justicia, que quiere amor y fraternidad, que quiere paz y unidad entre los hombres, que quiere que vivamos con dignidad y que alcancemos un día, junto a Él, la plenitud de la vida.

 

"Tú que sigues a Cristo y lo imitas, tú que vives en la Palabra de Dios..., no es un lugar donde hay que buscar el santuario, sino en los actos, en la vida, en las costumbres... Si son según Dios, poco importa que estés en casa o en la calle, poco importa incluso que te encuentres en el teatro; si sirves al Verbo de Dios, estás en el Santuario, no te quepa duda alguna" (ORÍGENES) - L. GRACIETA

 

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La fe cristiana, al alba del nuevo milenio, se ve confrontada con el desafío de la increencia y de la indiferencia religiosa. El Concilio Vaticano II, hace ya cuarenta años, compartía esta grave constatación: «muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los problemas más graves de esta época y debe ser sometido a un examen especialmente atento» (Gaudium et spes, 19).

 

Obispo - En efecto, cada obispo, legítimamente consagrado en la Iglesia católica, participa de la plenitud del sacramento del orden. Como ministro del Señor y sucesor de los apóstoles, con la gracia del Paráclito, debe obrar para que toda la Iglesia crezca como familia del Padre, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu, en la triple función que está llamado a desarrollar, o sea la de enseñar, la de santificar y la de gobernar.

 

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Iglesia - Alrededor del año 58 de nuestra era vivían en Jerusalén varios miles de judíos creyentes, miembros de la Iglesia Católica recién fundada por Jesucristo que le ordenó ser “Católica y catolizante”. Así lo afirmaban los responsables de la Iglesia a Pablo: "Ya ves, hermano, cuantos miles de judíos son ahora creyentes y todos son fieles observantes de la Ley" (Hch 21,20).

 

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Iglesia de Cristo - ¿Por qué decimos que la Iglesia es Romana?

 

Un hecho histórico vino a poner esta nota en la Iglesia de Cristo: San Pedro, el primero entre los Apóstoles, fue a Roma y ahí murió, crucificado en cruz invertida*.

 

En los Evangelios aparece San Pedro con un lugar muy importante entre sus compañeros apóstoles, esta primacía es confirmada por Cristo resucitado. En los Hechos es quien tiene la dirección principal de la Iglesia naciente. Así se le consideró como signo de ser la Iglesia de Cristo el estar en comunión con Pedro. San Pablo mismo que tiene una parte tan importante en la propagación del cristianismo primitivo, confiesa que después de su conversión fue a estar unos 15 días con Pedro, no fuera a suceder que su mensaje no estuviera de acuerdo con él.

 

Este puesto importante de Pedro en toda la Iglesia lo sigue teniendo el sucesor de Él, en Roma, porque ahí murió en el año 64/7ca. dando su vida por Cristo como testimonio final de su amor al Maestro. Fue enterrado en la colina vaticana de la ciudad de Roma-Italia, bajo Nerón. Conocemos los nombres de todos los sucesores de Pedro hasta el presente. Hoy también los cristianos conservamos la comunión con la Iglesia de Roma. Por eso decimos que la Iglesia es Romana, siendo este un dato únicamente histórico y establecido por la evidencia cronológica irrefutable.

 

*[Siglo II o III]: Este escrito apócrifo pertenece a ambientes católicos; en muchas iglesias de la antigüedad se leía durante las celebraciones, pero nunca formó parte de los libros canónicos. La datación no es exacta, los estudiosos proponen distintas fechas. Se conoce con certeza citaciones de este libro hechas en el año 235. Allí se lee lo siguiente:

 

"Y Pedro, habiéndose acercado a la cruz, dijo: ‘Dado que mi Señor Jesús, quien bajó del cielo a la tierra, fue elevado en una cruz de pie, y quien decidió llamarme a mí, que soy terreno, a los cielos, mi cruz debe plantarse cabeza abajo, con mis pies hacia arriba, porque no soy digno de ser crucificado como mi Señor’. De modo que dieron vuelta la cruz y lo clavaron con los pies hacia arriba."

 

Pedro, así como los otros apóstoles, tuvo que recorrer un camino lento, no exento de dificultades, para seguir al Maestro. Con su respuesta de fe superó la prueba que la predicación de Cristo sobre la Eucaristía supuso para muchos de los discípulos. Sin duda la suya era una fe inicial, que llegaría a su plenitud en el momento de la Pascua. Sin embargo, el camino de la fe está lleno de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidades. Incluso Pedro llegó a conocer la amargura y la humillación de la negación, llegando a la conversión a través del arrepentimiento.

Junto al lago de Tiberíades Pedro descubre cómo Cristo resucitado se adapta a su pobre capacidad de amar y cómo podrá contar siempre con su presencia. De esto nace la esperanza y la confianza que le permitirán seguirlo hasta el final de su vida, que sellará con el martirio. Y así, él será capaz de describir la verdadera alegría e indicar la fuente dónde se puede conseguir, que es Cristo, creído y amado.

 

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Pedro, así como los otros apóstoles, tuvo que recorrer un camino lento, no exento de dificultades, para seguir al Maestro. Con su respuesta de fe superó la prueba que la predicación de Cristo sobre la Eucaristía supuso para muchos de los discípulos. Sin duda la suya era una fe inicial, que llegaría a su plenitud en el momento de la Pascua. Sin embargo, el camino de la fe está lleno de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidades. Incluso Pedro llegó a conocer la amargura y la humillación de la negación, llegando a la conversión a través del arrepentimiento.

Junto al lago de Tiberíades Pedro descubre cómo Cristo resucitado se adapta a su pobre capacidad de amar y cómo podrá contar siempre con su presencia. De esto nace la esperanza y la confianza que le permitirán seguirlo hasta el final de su vida, que sellará con el martirio, crucificado en cruz invertida –aquí en Roma. Y así, él será capaz de describir la verdadera alegría e indicar la fuente dónde se puede conseguir, que es Cristo, creído y amado.

 

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Cristo, fundamento único de la Iglesia - (1 Cor 3, 1-23)

 

καθολικος [kazolikós (pronunciando th como en inglés, o como la z española), que significa universal]. La Iglesia es católica porque la Fe de Jesucristo es católica: universal. En los tres primeros siglos de la Iglesia, los cristianos decían "cristiano es mi nombre, católico mi sobrenombre". Posteriormente se usó el término "Católico", para distinguirse de quienes se hacían llamar cristianos, pero habían caído en herejías. Y así sellaban la universalidad de la salvación en Cristo Jesús Redentor.

Las cuatro notas de la Iglesia son las siguientes:

Unidad: Cristo Jesús fundó una sola Iglesia, que tiene un único fin, la salvación del hombre, y un único objetivo, dar gloria a Dios; por tanto, la Iglesia esta llamada a la unidad en la Fe, en el Culto y en el gobierno.

Santidad: la Iglesia, a pesar de los fallos y faltas de cada uno de los creyentes que aún peregrinan en la Tierra, es en sí misma santa pues Santo es su fundador y santos son sus fines y objetivos.

Catolicidad: con el significado de "universal" la Iglesia es Católica en cuanto busca anunciar la Buena Nueva y recibir en su seno a todos los seres humanos, de todo tiempo y en todo lugar; dondequiera que se encuentre uno de sus miembros, allí está presente la Iglesia.

Apostolicidad: la Iglesia fue fundada por Cristo-piedra angular-sobre el fundamento de Pedro- Cabeza de los Apóstoles, y constituyendo en autoridad y poder a todo el Colegio Apostólico; Pedro y los demás Apóstoles tienen en el Papa –Obispo de Roma- y los Obispos a sus sucesores, que ejercen la misma autoridad y el mismo poder que en su día ejercieron los primeros, proveniente directamente de Cristo.

Con el pontificado del Papa Dámaso (366-384) es cuando -por vez primera- se llama a la Iglesia de Roma, con sede sobre la tumba del apóstol Pedro en la colina vaticana, «Sede apostólica». Y hace 2000 años que la historia certifica la Iglesia.

 

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Pedro y sus sucesores, cimiento de la Iglesia de Cristo - Evangelio de san Mateo, capítulo 16, versículos 13-19)

1. Hemos visto que, según la enseñanza del Concilio, que resume la doctrina tradicional de la Iglesia, existe un «cuerpo episcopal, que sucede al colegio de los Apóstoles en el magisterio y en el régimen pastoral» y que, más aún, este colegio episcopal «como continuación del cuerpo apostólico, junto con su cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal, si bien no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del Romano Pontífice» (Lumen gentium, 22).

Este texto del concilio Vaticano II nos habla del ministerio petrino del Obispo de Roma en la Iglesia, en cuanto cabeza del colegio episcopal. A este aspecto tan importante y sugestivo de la doctrina católica le dedicaremos la serie de catequesis que hoy comenzamos, proponiéndonos hacer una exposición clara y razonada, en la que el sentimiento de la modestia personal se una al de la responsabilidad que deriva del mandato de Jesús a Pedro y, en particular, de la respuesta del Maestro divino a su profesión de fe, en las cercanías de Cesarea de Filipo (Mt 16, 13-19).

2. Volvamos a examinar el texto y el contexto de ese importante diálogo, que nos transmite el evangelista Mateo. Después de haber preguntado: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16, 13), Jesús hace una pregunta más directa a sus Apóstoles: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo? «(Mt 16, 15). Ya es significativo el hecho de que sea precisamente Simón el que responda en nombre de los Doce: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Se podría pensar que Simón actúa como portavoz de los Doce, por estar dotado de una personalidad más vigorosa e impulsiva. Tal vez, de alguna manera, también ese factor influyó algo. Pero Jesús atribuye la respuesta a una revelación especial hecha por el Padre celeste: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17). Más allá y por encima de todos los elementos vinculados al temperamento, al carácter, al origen étnico o a la condición social («la carne y la sangre»), Simón recibe una iluminación e inspiración de lo alto, que Jesús califica como «revelación». Y precisamente en virtud de esta revelación Simón hace la profesión de fe en nombre de los Doce.

3. Entonces se produce la declaración de Jesús que, ya con la solemnidad de la forma, deja traslucir el significado comprometedor y constitutivo que el Maestro pretende darle: «Y yo te digo que tú eres Pedro» (Mt 16, 18). Sí, la declaración es solemne: «Yo te digo»; compromete la autoridad soberana de Jesús. Es una palabra de revelación, y de revelación eficaz, que realiza lo que dice.

Simón recibe un nombre nuevo, signo de una nueva misión. San Marcos (3, 16) y san Lucas (6, 14), en el relato de la elección de los Doce, nos confirman el hecho de la imposición de este nombre. También Juan nos lo refiere, precisando que Jesús hizo uso de la palabra aramaica «Kefas», que en griego se traduce por Petros (cf. Jn 1, 42).

Tengamos presente que el término aramaico Kefas (Cefas), usado por Jesús, así como el término griego petra que lo traduce, significan «roca». En el sermón de la montaña Jesús puso el ejemplo del «hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7, 24). Dirigiéndose ahora a Simón, Jesús le declara que, gracias a su fe, don de Dios, él tiene la solidez de la roca sobre la cual es posible construir un edificio, indestructible. Jesús manifiesta, también, su decisión de construir sobre esa roca un edificio indestructible, a saber, su Iglesia.

En otros pasajes del Nuevo Testamento encontramos imágenes análogas, aunque no idénticas. En algunos textos Jesús mismo es llamado, no la «roca» sobre la que se construye, sino la «piedra» con la que se realiza la construcción: «piedra angular», que asegura la cohesión del edificio. El constructor, en ese caso, no es Jesús, sino Dios Padre (cf. Mt 12, 10-11; 1 P 2, 4-7). Las dos perspectivas, por tanto, son diferentes.

En una tercera perspectiva se coloca el apóstol Pablo, cuando recuerda a los corintios que «como buen arquitecto» él puso «el cimiento» de su Iglesia, y precisa luego que ese cimiento es «Jesucristo» (cf. 1 Co 3, 10-11).

Con todo, en esas tres perspectivas diversas se puede descubrir una semejanza de fondo, que permite concluir que Jesús, con la imposición de un nombre nuevo, hizo partícipe a Simón Pedro de su propia cualidad de cimiento. Entre Cristo y Pedro existe una relación institucional, que tiene su raíz en la realidad profunda donde la vocación divina se traduce en misión específica conferida por el Mesías.

4. Jesús afirma a continuación: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Estas palabras atestiguan la voluntad de Jesús de edificar su Iglesia, con una referencia esencial a la misión y al poder específicos que él, a su tiempo, conferiría a Simón. Jesús define a Simón Pedro como cimiento sobre el que construirá su Iglesia. La relación Cristo-Pedro se refleja, así, en la relación Pedro-Iglesia. Le confiere valor y aclara su significado teológico y espiritual, que objetiva y eclesialmente está en la base del jurídico.

Mateo es el único evangelista que nos refiere esas palabras, pero a este respecto es preciso recordar que Mateo es también el único que recogió recuerdos de particular interés acerca de Pedro (cf. Mt 14, 28-31), tal vez por pensar en las comunidades para las que escribía su evangelio, y a las que quería inculcar el concepto nuevo de la «asamblea convocada» en el nombre de Cristo, presente en Pedro.

Por otra parte, también los otros evangelistas confirman el «nuevo nombre» de Pedro, que dio Jesús a Simón, sin ninguna discrepancia con el significado del nombre que explica Mateo. Y, por lo demás, tampoco se ve qué otro significado podría tener.

5. El texto del evangelista Mateo (16, 15-18), que presenta a Pedro como cimiento de la Iglesia, ha sido objeto de muchas discusiones ―que sería muy largo referir―, y también de negaciones, que, más que de pruebas basadas en los códices bíblicos y en la tradición cristiana, surgen de la dificultad de entender la misión y el poder de Pedro y de sus sucesores. Sin adentrarnos en pormenores, contentémonos aquí con hacer notar que las palabras de Jesús referidas por Mateo tienen un timbre netamente semítico, que se advierte también en las traducciones griega y latina; y que, además, implican una novedad inexplicable en el mismo contexto cultural y religioso judaico en que las presenta el evangelista. En efecto, a ningún jefe religioso del judaísmo de la época se le atribuye la cualidad de piedra fundamental. Jesús, en cambio, la atribuye a Pedro. Ésta es la gran novedad introducida por Jesús. No podía ser el fruto de una invención humana, ni en Mateo, ni en autores posteriores.

6. Debemos precisar también que la «Piedra» de la que habla Jesús es precisamente la persona de Simón, Jesús le dice: «Tú eres Kefas». El contexto de esta declaración nos da a entender aún mejor el sentido de aquel «Tú-persona». Después de que Simón declarara quién es Jesús, Jesús declara quién es Simón según su proyecto de edificación de la Iglesia. Es verdad que Simón es llamado Piedra después de la profesión de fe, y que ello implica una relación entre la fe y la misión de piedra, conferida a Simón. Pero la cualidad de piedra se atribuye a la persona de Simón, y no a un acto suyo, por más noble y grato que fuera para Jesús. La palabra piedra expresa un ser permanente, subsistente; por consiguiente, se aplica a la persona, más que a un acto suyo, necesariamente pasajero. Lo confirman las palabras sucesivas de Jesús, que proclama que las puertas del infierno, o sea, las potencias de muerte, no prevalecerán «contra ella». Esta expresión puede referirse a la Iglesia o a la piedra. En todo caso, según la lógica del discurso, la Iglesia fundada sobre la piedra no podrá ser destruida. La duración de la Iglesia está vinculada a la piedra. La relación Pedro-Iglesia repite en sí el vínculo entre la Iglesia y Cristo. Jesús, en efecto, dice: «Mi Iglesia». Eso significa que la Iglesia será siempre Iglesia de Cristo, Iglesia que pertenece a Cristo. No se convierte en la Iglesia de Pedro, sino, como Iglesia de Cristo, está construida sobre Pedro, que es Kefas en el nombre y por virtud de Cristo.

7. El evangelista Mateo refiere otra metáfora a la que recurre Jesús para explicar a Simón Pedro ―y a los demás Apóstoles― lo que quiere hacer de el: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 19). También aquí notamos en seguida que, según la tradición bíblica, es el Mesías quien posee las llaves del reino. En efecto, el Apocalipsis, recogiendo expresiones del profeta Isaías, presenta a Cristo como «el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir» (Ap 3, 7). El texto de Isaías (22, 22), que alude a un cierto Elyaquim, es considerado como una expresión profética de la era mesiánica, en la que la «llave» sirve para abrir o cerrar no la casa de David (como edificio o como dinastía), sino el «reino de los cielos»: la realidad nueva y trascendente, anunciada y traída por Jesús.

En efecto, Jesús es quien, según la carta a los Hebreos, con su sacrificio «penetró en el santuario celeste» (cf. 9, 24): posee sus llaves y abre su puerta. Estas llaves Jesús las entrega a Pedro, quien, por consiguiente, recibe el poder sobre el reino, poder que ejercerá en nombre de Cristo, como su mayordomo y jefe de la Iglesia, casa que recoge a los creyentes en Cristo, los hijos de Dios.

8. Jesús dice a Pedro: «lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Es otra comparación utilizada por Jesús para manifestar su voluntad de conferir a Simón Pedro un poder universal y completo, garantizado y autenticado por una aprobación celeste. No se trata sólo del poder enunciar afirmaciones doctrinales o dar directrices generales de acción: según Jesús, es poder «de desatar y de atar», o sea, de tomar todas las medidas que exija la vida y el desarrollo de la Iglesia. La contraposición «atar-desatar» sirve para mostrar la totalidad del poder.

Ahora bien, es preciso añadir enseguida que la finalidad de este poder consiste en abrir el acceso al reino, no en cerrarlo: «abrir», esto es, hacer posible el ingreso al reino de los cielos, y no ponerle obstáculos, que equivaldrían a «cerrar». Esa es la finalidad propia del ministerio petrino, enraizado en el sacrificio redentor de Cristo, que vino para salvar y ser puerta y pastor de todos en la comunión del único redil (cf. Jn 10, 7. 11. 16). Mediante su sacrificio, Cristo se ha convertido en «la puerta de las ovejas», cuya figura era la puerta construida por Elyasib, sumo sacerdote, con sus hermanos sacerdotes, que se encargaron de reconstruir las murallas de Jerusalén, a mediados del siglo V antes de Cristo (cf. Ne 3, 1). El Mesías es la verdadera puerta de la nueva Jerusalén, construida con su sangre derramada en la cruz. Y precisamente las llaves de esta puerta son las que Jesús confía a Pedro, para que sea el ministro de su poder salvífico en la Iglesia.

JUAN PABLO II - AUDIENCIA GENERAL - Miércoles 25 de noviembre de 1992

 

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«Es necesario estar en guardia ante la pretensión de constituirse arrogantemente en jueces de las generaciones precedentes, que han vivido en otros tiempos y circunstancias. Hace falta una sinceridad humilde para no negar los pecados del pasado, sin caer en fáciles acusaciones en ausencia de pruebas reales o ignorando las diferentes precomprensiones de entonces». S.S. Benedicto PP. XVI –Varsovia Polonia - 2006-05-25
 

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La Apostolicidad de la Iglesia.

Para poder poner de relieve la relación de apostolicidad y Eucaristía, se debe colocar al inicio una reflexión sobre la apostolicidad de la Iglesia. A causa de la mediación histórica de la revelación es la Iglesia en su doctrina, en su vida sacramental y en su constitución como realidad social a lo largo del tiempo y en el cambio de generaciones, idéntica, realmente con la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares ; pero en especial con su origen histórico en la Iglesia primitiva de los apóstoles, es decir, del grupo prepascual y postpascual de los doce junto con los otros testigos de la resurrección y los más importantes misioneros de la Iglesia primitiva.

El origen del episcopado de los apóstoles pertenece también, según la interpretación católica, a la apostolicidad de la enseñanza y de la vida sacramental. Los obispos son, en el servicio de la dirección de la Iglesia confiada a ellos y en su testimonio autoritativo de la resurrección, sucesores de los apóstoles.

El ministerio apostólico de la Iglesia primitiva se prolonga, mediante la sucesión apostólica en el sacramento del orden, en continuidad del colegio apostólico en el colegio de los obispos, en una unidad histórica; y así la Iglesia posee un signo efectivo de su realidad apostólica.

En este sentido la constitución de la Iglesia descansa, especialmente el ministerio eclesial, en la “institución divina” (DH 101; 1318; LG 20).

El obispo de Roma es, como sucesor del apóstol Pedro, cabeza del colegio de los obispos y principio y fundamento de su unidad en la doctrina y la comunión (LG 18).

“Ustedes han sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles” (Ef 2,20).

Bajo estas premisas y presupuestos eclesiológicos hay que considerar la relación entre Eucaristía y Apostolicidad. La Iglesia se edifica de la celebración de la Eucaristía y la Iglesia realiza la Eucaristía. Por lo cual es muy estrecha la relación entre la una y la otra (ver, EE 26).

Esta interacción permite hablar también de la Eucaristía como “una, santa, católica y apostólica”.

El Catecismo de la Iglesia Católica aclara –como la Encíclica lo retoma- en qué medida la Iglesia puede ser llamada apostólica en un triple sentido. En primer lugar la Iglesia está apoyada sobre el fundamento de los Apóstoles. Ella descansa sobre los apóstoles, a los que Cristo mismo ha elegido y enviado como sus testigos para anunciar la fe en la buena nueva que realiza la salvación.

Del mismo modo se encuentra la Eucaristía en sus manos protectoras, porque Cristo mismo les ha confiado a ellos el santísimo sacramento y estos, por su parte, han entregado con responsabilidad a sus sucesores. Así resulta una continuidad entre el obrar de los primeros apóstoles - nombrados por Cristo-y los portadores de la autoridad apostólica, los obispos, hasta hoy. A través de todos los siglos obedecieron ellos el encargo de Cristo: “Hagan esto en mi memoria ».

La Encíclica recuerda también el segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia fijado por el Catecismo: “Ella guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles » (Catecismo de la Iglesia Católica, 857). Decisiva, a este respecto es la profunda conexión con el origen apostólico, que está más allá de tiempos y lugares.

Lo que hicieron los Apóstoles, como ellos han celebrado la Eucaristía, de acuerdo a su contenido, fue conservado a lo largo de la historia de la Iglesia. “Según la fe de los Apóstoles” (EE 27) se celebra también hoy la Eucaristía. Inclusive fue el magisterio eclesial el que ha profundizado en los dos mil años de historia, cada vez más a fondo en el misterio de la Eucaristía, y ha precisado con estos conocimientos la doctrina sobre la Eucaristía.

Terminologías e interpretaciones teológicas fueron en cierto modo apoyadas como resultado de una intensa meditación, por el magisterio, por los concilios y escritos doctrinales y encíclicas pontificias, como resultado que permite comprender, cada vez más profundamente el sublime misterio de la Eucaristía.

De singular significado es también el tercer sentido de la apostolicidad de la Iglesia y de la Eucaristía, como la presenta la Encíclica en el número 28. A semejanza de la conexión con los orígenes, que es al mismo tiempo fundamente de la Iglesia, la presencia de los primeros apóstoles aparece como presencia perdurable en la Iglesia. Ella sigue siendo instruida, santificada y dirigida por los apóstoles, por aquellos mismos que en su ministerio pastoral les suceden: el colegio de los obispos en unidad con el sucesor de Pedro, el pastor supremo de la Iglesia.

La misión pastoral de los obispos se funda sobre el colegio apostólico instituido por Cristo. Esto implica necesariamente el sacramento del orden, es decir, la serie interrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas. “La sucesión es esencial, para que haya Iglesia en sentido propio y pleno” (EE 28).

La sucesión apostólica sirve como prueba de identidad para la auténtica transmisión de la fe. Ella es el garante para la autenticidad de la doctrina autoritativamente presentada. Con ello se menciona el criterio esencial de una transmisión autorizada de la fe, porque la interna identificación con la fe de los Padres, con la doctrina de la Iglesia y con el Papa como pastor supremo de la Iglesia, sin la sucesión sería solo un mecanismo vacío. La esencia de la sucesión (la única dotada de todo poder), se fundamenta en la aceptación íntima de la fe que cada uno ha recibido de la Iglesia y que está dotada de todo poder.

 

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Iglesia - Dios no abandona a su Iglesia y se cumple la promesa de Nuestro Señor:

"Estaré con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt. 28,20); esto fastidia tanto a las sectas jehovistas, bautistas, mormones y otras miles que aparecen y desaparecen.

 

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Cada día debe subir al cielo nuestra alabanza. Es nuestra acción de gracias, que florece al despuntar la aurora, en la oración de Laudes, para bendecir al Señor de la vida y la libertad, de la existencia y la fe, de la creación y la redención.

(©L´Osservatore Romano - 22 de Agosto de 2003)

 

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Todo el que busca la verdad, sea consciente o no, sigue un sendero que en último término lleva a Dios, que es la Verdad misma. S. S. Juan Pablo II (8-XI-2004)

 

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Es necesario  confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente:

Nada te turbe / Nada te espante
Todo se pasa / Dios no se muda
La paciencia todo lo alcanza / quien a Dios tiene
Nada le falta / Sólo Dios basta. (poes. 30)

 

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«La historia es el testimonio de los tiempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la maestra de la vida y nuncio de la antigüedad». Cicerón

 

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Es deber indeclinable de la Iglesia iluminar las realidades temporales con la luz del Evangelio y abogar para que sus hijos (es decir, todos y cada uno de los bautizados) tenga la oportunidad de conocer cuál es la opinión de la misma sobre determinadas materias. Asimismo es deber de la Iglesia ayudar a que los católicos tengan la posibilidad de vivir en una sociedad donde esos valores sean respetados y favorecidos recurriendo a los medios lícitos a los que cualquier ciudadano puede apelar y abogando para que esos valores sean tenidos en consideración por las leyes estatales. No parecería justo negarle a la Iglesia la posibilidad de expresarse libremente cuando todas las otras confesiones e instituciones –aún las civiles- que componen la sociedad lo pueden hacer. 

Por supuesto que nada de esto quita ni busca quitar la libertad que en definitiva tiene cada persona a la hora de decidir, sino sólo ilustrar y guiar hacia lo que se ve que es un bien a ser respetado por todos.

 

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El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros.

 

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La pregunta sobre la vida eterna

5. ¿Qué he de hacer para que la vida tenga valor, tenga sentido? Esta pregunta apasionante, en boca del joven del Evangelio suena así: «¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?». El hombre que pone la pregunta de esta manera ¿habla un leguaje comprensible para los hombres de hoy? ¿No somos nosotros la generación a la que el mundo y el progreso temporal llenan completamente el horizonte de la existencia? Nosotros pensamos ante todo con categorías terrenas. Si superamos los confines de nuestro planeta, lo hacemos para inaugurar los vuelos interplanetarios, para transmitir señales a otros planetas y enviarles sondas cósmicas.

Todo esto se ha convertido en el contenido de nuestra civilización moderna. La ciencia junto con la técnica ha descubierto de modo inigualable las posibilidades del hombre con respecto a la materia, y ha conseguido también dominar el mundo interior de su pensamiento, de sus capacidades, tendencias y pasiones.

Pero a la vez está claro que, cuando nos ponemos ante Cristo, cuando Él se convierte en el confidente de los interrogantes de nuestra juventud, no podemos poner una pregunta diversa de la del joven del Evangelio: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?». Cualquier otra pregunta sobre el sentido y valor de nuestra vida sería, ante Cristo, insuficiente y no esencial.

En efecto, Cristo no sólo es el «maestro bueno» que indica los caminos de la vida sobre la tierra. Él es el testigo de aquellos destinos definitivos que el hombre tiene en Dios mismo. Él es el testigo de la inmortalidad del hombre. El Evangelio que Él anunciaba con su voz está sellado definitivamente con la cruz y la resurrección en el misterio pascual. «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre Él». En su resurrección Cristo se ha convertido también en un permanente «signo de contradicción» frente a todos los programas incapaces de conducir al hombre más allá de las fronteras de la muerte. Más aún, ellos con este confín eliminan toda pregunta del hombre sobre el valor y el sentido de la vida. Frente a todos estos programas, a los modos de ver el mundo y a las ideologías, Cristo repite constantemente: «Yo soy la resurrección y la vida».

Por tanto, si tú, querido hermano y querida hermana, quieres hablar con Cristo adhiriéndote a toda la verdad de su testimonio, por una parte has de «amar al mundo»; porque Dios «tanto amó al mundo, que le dio su Hijo Unigénito»; y al mismo tiempo, has de conseguir el desprendimiento interior respecto a toda esta realidad rica y apasionante que es «el mundo». Has de decidirte a plantearte la pregunta sobre la vida eterna. En efecto, «pasa la apariencia de este mundo», y cada uno de nosotros estamos sometidos a este pasar. El hombre nace con la perspectiva del día de su muerte en la dimensión del mundo visible; y al mismo tiempo el hombre, para quien la razón interior de ser consiste en superarse a sí mismo, lleva consigo también todo aquello con lo que supera al mundo.

Todo aquello con que el hombre supera en sí mismo al mundo –aun estando radicado en él– se explica por la imagen y semejanza de Dios que está inscrita en el ser humano desde el principio. Y todo esto con lo que el hombre supera al mundo no solamente justifica el interrogante

sobre la vida eterna, sino que, incluso, lo hace indispensable. Ésta es la pregunta que los hombres se plantean desde hace tiempo, y no sólo en el ámbito del mundo cristiano, sino también fuera de él. Vosotros debéis tener también el valor de ponerla como el joven del Evangelio. El cristianismo nos enseña a comprender la temporalidad desde la perspectiva del Reino de Dios, desde la perspectiva de la vida eterna. Sin ella, la temporalidad, incluso la más rica o la más formada en todos los aspectos, al final lleva al hombre sólo a la inevitable necesidad de la muerte.

Ahora bien, existe una antinomia entre la juventud y la muerte. La muerte parece estar lejos de la juventud. Y así es. Más aún, dado que la juventud significa el proyecto de toda la vida, construido según el criterio del sentido y del valor, también durante la juventud se hace indispensable la pregunta sobre el final. La experiencia humana dejada a sí misma, da la misma respuesta que la Sagrada Escritura: «Está establecido morir una vez», y el escritor inspirado añade: «Después de esto viene el juicio». Y Cristo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá». Preguntad por tanto a Cristo, como el joven del Evangelio: «¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?».

 

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Getsemaní. Pensemos en lo que escribió Blaise Pascal: "Jesús quedará en agonía hasta el final del mundo: no hay que dormir mientras tanto". Santa Teresa de Jesús, cuenta en el libro de su vida: "[Por las noches] siempre pensaba un poco en la oración del huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron que se ganaban muchos perdones". Cristo, Dios y hombre, pasó por Getsemaní y la agonía de Getsemaní pasó por Cristo, hombre y Dios.

 

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Todo está delante de Él ‘Cristo Jesús’ y nada se escapa a su Providencia.

 

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“!Cuán miserable sería el alma que, invitada a encontrar su alegría en el Creador, fuese a buscarla en la creatura!” [C. de Foucauld]

 

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De la carta de san Clemente primero, Obispo de Roma - Pont. Papa [años 88-97ca.Roma], a los Corintios - (Caps. 19, 2-20, 12: Funk 1, 87-89)

 

Dios ha creado el mundo con orden y sabiduría
y con sus dones lo enriquece

 

No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y
tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.

 

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

 

 

Gracias por visitarnos

VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

 

Recomendamos vivamente: PATROLOGÍA

Domingo RAMOS-LISSON. Editorial EUNSA-Es. 2006

Profesor de patrología e Historia de la Iglesia (edad antigua) en la Universidad de NAVARRA-España. La aportación de los Padres de la Iglesia a la historia del pensamiento que va gestando la humanidad a través de los siglos, representa un legado riquísimo que las nuevas generaciones deben conocer. La valoración de esta herencia es ya un motivo más que suficiente para iniciar la lectura de las obras patrísticas. La motivación se acrecienta si es lector es cristiano y tiene interés por conocer las raíces del mensaje de Jesús, puesto que los escritores cristianos de los primeros siglos de la Iglesia son órganos vivos de la transmisión de la fe revelada.

Fe custodiada fielmente por la Iglesia católica y sólo ella hace dos mil años, desde el mismo Pentecostés.

 

Recomendamos vivamente: Filología e historia de los textos cristianos.

Giovanni María Vian – Editorial Ediciones Cristiandad – 2006. Este libro dibuja por primera vez una historia general de los textos cristianos y de su significado en la historia de la cultura, desde los orígenes de la Biblia al sc. XX, pasando por la confrontación con el judaísmo y el helenismo, el nacimiento de la filología cristiana con Orígenes, Eusebio y Jerónimo, la Edad Media entre el Oriente bizantino y el Occidente latino, el esplendor del humanismo, la gran erudición entre los siglos XVI y XVIII, la relación problemática de la tradición cultural cristiana con la modernidad.

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Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).