Tuesday 21 February 2017 | Actualizada : 2017-02-03
 
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Parábola. (Del lat. parabŏla, y este del gr. παραβολ).1. f. Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.2. f. Geom. Lugar geométrico de los puntos del plano equidistantes de una recta y de un punto fijos, que resulta de cortar un cono circular recto por un plano paralelo a una generatriz.

 

En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación. Dos mil años navega la barca de Pedro, como Cristo ordena: ‘pescadora de hombres’.-

¿Se puede confiar en quien que ha mentido en algo tan fundamental? No! Las sectas con sus predicadores que acomodan la Biblia, interpretando según sus conveniencias, mienten y no merecen nuestra confianza.

 

Jerusalén-Roma: primera etapa de la progresión cristiana [habría que tener a la vista el atlas de la antigüedad cristiana de F. Van der Meer-Ch. Moharmann, Paris-Bruxelas 1960]. Nacida en la ciudad santa de los judíos, la Iglesia planta la cruz, mientras aún vivían Pedro y Pablo, en la capital del Imperio, hacia la que convergen todas las rutas terrestres y marítimas. Imaginamos el asombro del pescador de Galilea y de Pablo de Tarso (fabricante de tiendas), cuando, al llegar a Roma, vieron todos aquellos templos, todas aquellas termas, todos aquellos palacios cuyas solas ruinas, burlándose del paso del tiempo, estremecen nuestros corazones todavía hoy. Han bastado una apología genial y una sola generación de hombres para recorrer –en sentido inverso- los caminos abiertos por las legiones, para surcar todo el Mediterráneo, para evangelizar Efeso, Filipos, Corinto, Atenas y llegar, más allá de Roma, «a los límites de Occidente»[1 Clem., 5. Cf. Rom 15, 23-28. Imaginar, como se ha hecho, que «los límites de Occidente» pudieran significar Roma es un torpe contrasentido, pues para un romano, Roma es el centro y no una frontera]; que para cualquiera que quiera entenderlo no pueden indicar más que España. Esta religión nueva se va implantando con tanto vigor que llega a inquietar, en el año 64, al emperador Nerón, y provoca la primera persecución, la que costó la vida a Pedro, primer Obispo de la Ciudad Eterna, donde en cruz invertida, fue martirizado.

 

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El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.
Al siglo:Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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La Iglesia esposa de Cristo, la viña del Señor

La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como al página del Evangelio según Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugerente imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que hemos ya escuchado hablar en los domingos precedentes. La perícopa inicial de la narración evangélica hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto situado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar sumamente familiar a quienes escuchaban a Jesús, y de la que --como en otras referencias de los profetas (Cf. Oseas 10,1; Jeremías 2,21; Ezequiel 17,3-0; 19,10-14; Salmos 79,9-17)-- se comprendía que la viña hacía referencia a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha escogido, los mismos cuidados que un esposo fiel ofrece a su esposa (cfr Ezequiel 16,1-14; Efesios 5,25-33).

 

La imagen de la viña, junto a la de las bodas, describe por tanto el proyecto divino de la salvación, y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el Evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a quienes le escuchan y a la nueva hora de la historia de la salvación. No se fija tanto en la viña, sino más bien en los viñadores, a quienes los "servidores" del dueño piden, en su nombre, el arrendamiento. Los servidores son maltratados e incluso asesinados. ¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietarios de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él le escucharán. Sin embargo, sucede lo contrario: los viñadores le matan porque es su hijo, es decir, el heredero, convencidos de apoderarse fácilmente de la viña. Nos encontramos, por tanto, ante un salto de calidad frente a la acusación de violación de la justicia social, como se puede ver en el cántico de Isaías. Aquí vemos con claridad cómo el desprecio por la orden impartida por el dueño se convierte en desprecio de él: no es simple desobediencia a un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la Cruz.

La denuncia de esta página evangélica interpela a nuestra manera de pensar y actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la Cruz en aquel momento, sino de la presencia de la Cruz en todos los tiempos. Interpela, de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia, Dios, si bien nunca abandona su promesa de salvación, ha tenido que recurrir al castigo. En este contexto, el pensamiento se dirige espontáneamente al primer anuncio del Evangelio del que surgieron comunidades cristianas, en un primer momento florecientes, que después desaparecieron y que hoy sólo son recordadas por los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo.

Desembarazándose de Dios, al no esperar de Él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que quiere y ponerse como la única medida de sí mismo y de su acción. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha "muerto", ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y únicos dueños de la creación, ¿pueden verdaderamente construir una sociedad en la que reinen la libertad, la justicia y al paz? ¿O no sucede más bien --como lo demuestran cotidianamente las crónicas-- que se difunden el poder arbitrario, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.

Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su destino a los viñadores infieles, el dueño no abandona a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si bien en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por este motivo Jesús, citando el Salmo 117 [118] --"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular" (versículo 22)--, asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte, no permanecerá en la tumba, es más, precisamente lo que parecerá un fracaso total, será el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte le seguirá la gloria de la resurrección. La viña seguirá entonces dando uva y será arrendada por el dueño "a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo" (Mateo 21,41).

 

La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales, volverá en el discurso de la Última Cena, cuando al despedirse de los apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.
Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Juan 15,1-2). A partir del acontecimiento pascual, la historia de la salvación experimentará, por tanto, un giro decisivo, y los protagonistas serán esos "nuevos labradores" que, injertados como brotes en Cristo, verdadera vid, llevará frutos abundantes de vida eterna (Cf. Colecta de la liturgia de este domingo). Entre estos "labradores" nos encontramos también nosotros, injertados en Cristo, quien quiso convertirse Él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, quien nos entrega su sangre, a sí mismo, en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.

El consolador mensaje que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, quien se convirtió en el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa. Renovaremos significativamente este anuncio durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tiene por tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Quisiera saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Acojo también con alegría a los delegados fraternos de otras iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores les expreso el reconocimiento de todos por el comprometedor trabajo que han realizado en estos meses y por el cansancio que les espera en las próximas semanas.

 

Cuando Dios habla, siempre exige una respuesta; su acción de salvación exige la cooperación humana; su amor espera ser correspondido. Que no suceda nunca, queridos hermanos y hermanas, lo que narra el texto bíblico sobre la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agraces" (Cf. Isaías 5,2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón del hombre, por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea. De hecho, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la conforman. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el Reino de Dios (Cf. Marcos 1,14-15), pero el Reino de Dios es la misma persona de Jesús, que con sus palabras y obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. En este sentido es interesante la consideración de san Jerónimo: "Quien no conoce las Escrituras, no conoce la potencia de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24,17).

En este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: "¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Corintos 9,16); grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mateo 9,37), repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Se hace entonces indispensable el que los cristianos de todo continente estén dispuestos a responder a quien pida razón de la esperanza que les habita (Cf. 1 Pedro 3,15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio.

Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a plantearnos juntos, durante las próximas semanas de las sesiones sinodales, cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine a todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida. Al participar en la celebración eucarística, experimentamos cada vez más el íntimo lazo que se da entre el anuncio de la Palabra de Dios y el Sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se nos ofrece a nuestra contemplación. Por este motivo "la Iglesia -como subraya el Concilio Vaticano II-- ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia" (Dei Verbum, 21)

Con razón el Concilio concluye: "Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que ´permanece para siempre´" (Dei Verbum, 26).

Que el Señor nos permita acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos alcance este don María Santísima, quien "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lucas 2,19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que nunca separe la inteligencia del corazón. Que nos ayuden también los santos, en particular el apóstol Pablo, a quien estamos descubriendo cada vez más este año como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. ¡Amén!

2008.X.05 Benecicto XVI. Pont.Max.

 

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Antiquísima pintura figurando a Pablo.

 

Carta de San Pablo a los Colosenses 1,12-20. 


Y darán gracias con alegría al Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia luminosa de los santos. Porque él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados. El es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él. El existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él. 18,vs  Él es también la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia. El es el Principio, el Primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que él tuviera la primacía en todo, porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz.

 

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Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO III. 
Pequeño rebaño 
En medio de lobos
El buen pastor
Las ovejas de Pedro
En el redil

 

CAPÍTULO III
PEQUEÑO REBAÑO

 

No podía menos de ser así: una cultura con raíces en el nomadismo 
y en la trashumancia ganadera, a través de los eriales del Oriente 
Medio, obviamente tenía que servirse de la imagen del rebaño, para 
ser aplicada metafóricamente al Pueblo de Israel, primero, y a la 
Iglesia, después. 

Los planes divinos, traducidos a lenguajes poéticos y proféticos, son 
expresados por medio de la parábola de un pastor que se preocupa y 
ocupa de su rebaño. Él es el que conduce el hato a pastos fértiles, de 
aguas tranquilas; repone sus fuerzas y aparta de valles tenebrosos; 
concede seguridad y ahuyenta temores 1. Él es quien reúne 
amorosamente a la grey, lleva en sus brazos a los corderos y conduce 
con delicadeza a las ovejas recién paridas 2. Él es quien, en persona, 
busca a sus ovejas dispersadas en días de densos nubarrones, las 
lleva a la majada, busca a las extraviadas, trae a las descarriadas, 
venda a las heridas, robustece a las flacas y cuida de las robustas 3. 

La finura de Dios en el Antiguo Testamento se encarna en 
Jesucristo, que llega a la historia para conducir, con cayado de 
misericordia, a las gentes que viven, asustadas e indigentes, en la 
dispersión. Siente compasión por ellas, porque las ve como ovejas sin 
pastor 4, y se decide a desterrar la orfandad de una humanidad que 
sufre, consciente o impensadamente, la carencia de rumbo y de 
fraternidad. 

Por eso, elige un exiguo grupo de personas, que participan de la 
misma disgregación que las demás, al que constituye en primer 
destinatario de su delicadeza y primer colaborador en la tarea de 
conseguir un solo rebaño, bajo el cayado de un solo pastor 3. En una 
perla, que parece extraída del tesoro joánico, les dirá: «No temas, 
pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el Reino» 
(/Lc/12/32). 

Este pequeño rebaño ya no podrá ser, en modo alguno, un calco 
exacto del viejo rebaño de Israel, que fue reunido en repetidas 
ocasiones, para sufrir, a continuación, nuevas y más dolorosas 
disgregaciones. 

Este hatillo, que es la Iglesia, va a ser pastoreado directamente por 
la fuerza divina. Ésta lo recompondrá a partir de las divisiones y de los 
espantos; lo conducirá a las praderas apropiadas, para que crezca y 
se multiplique; y pondrá sobre él pastores que lo apacentarán y que 
contribuirán a ahuyentar los temores y los riesgos de llegar a perderse 
una vez más 6. 

Será el rebaño de los últimos tiempos, al que todas las ovejas están 
invitadas a pertenecer, sea cual sea su origen y sean cuales sean las 
causas de su descarrío. 

En medio de lobos

Pero este rebaño escogido deberá estar alerta, porque es enviado 
como ovejas en medio de lobos 7. El misterio del mal, escondido en los 
abismos de la humanidad, estará al acecho para, desde fuera, 
abalanzarse, de mil formas, sobre una Iglesia peregrina, cuya 
condición será caminar «entre las persecuciones del mundo y los 
consuelos de Dios» (SAN AGUSTIN). 
La vigilancia, que no es sospecha, invitará también a atisbar, con 
serena lucidez, los posibles peligros que tengan su origen en el interior 
del mismo rebaño. Éste habrá de mostrar especial cuidado en escapar 
de las dentelladas que puedan llegar, y llegarán, de parte de los falsos 
profetas, disfrazados de ovejas, pero que, por dentro, son lobos 
rapaces 8. Igualmente habrá de estar precavido frente a aquellos 
pastores haraganes que se apacientan a sí mismos, en lugar de cuidar 
del rebaño 9. 

Unos y otros serán fáciles de identificar: «El fruto revela el cultivo de 
un árbol y la palabra del hombre descubre su corazón» (Eclo 27,6). En 
efecto, las acciones externas, que nacen en el corazón y en la mente, 
son argumento firme para reconocer la calidad de las personas 10. 

Sin embargo, a pesar de que los discípulos de Cristo podemos ser 
considerados como ovejas llevadas al matadero 11, nada ni nadie 
habrá que pueda apartarnos del amor de Cristo 12, ya que «si Dios 
está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). 

Sucederá que a aquella diminuta grey le sobrevendrán días, ya 
preanunciados por los Profetas, en que ocurrirá que el pastor sea 
herido y se produzca la desbandada. La ruptura de la comunión sólo 
será un espejismo pasajero, porque la compañía del Resucitado, que 
parte la Palabra y el Pan 13, reconducirá a los dispersos al calor de la 
comunidad y al gozo de la esperanza. 

La Iglesia conoce, por la experiencia de siglos, que la mansedumbre 
de oveja no acalla ni crueldades ni vesanias. La tensión y el conflicto, 
que se anuncian como compañeros inseparables de la gestación del 
Reino 14, estallarán, de cuando en cuando, en sangre derramada 
injustamente, que se unirá a la sangre del Cordero que quita el pecado 
del mundo 15. 

Para entonces, que es ahora, los discípulos habrán pasado por la 
experiencia de comprobar, entre penumbras, que la asistencia del 
Señor Resucitado no es, ni mucho menos, una promesa inane, 
escogida para cerrar hermosamente el Evangelio de Mateo. 

El «sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de 
este mundo» (Mt 28,20) es para la Iglesia, peregrina en esta tierra, una 
afirmación tajante, que sustenta la plena seguridad de su 
cumplimiento. Por cuanto el Señor y Mesías lo dejó dicho, el poder del 
abismo nunca podrá con la fragilidad del rebaño 16; podrán pasar 
cielos y tierras, pero sus palabras jamás pasarán 17. 

PEGUY: Habrá nacido definitivamente, en el corazón manso de 
las ovejuelas de Cristo, la virtud de la esperanza, «esta niñita 
esperanza que atravesará los mundos; esta niñita de nada, ella sola, 
que es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos» (CHARLES 
PÉGUY). 

El buen pastor - La esperanza se sostiene en el cayado del buen pastor, el 
Resucitado, que, por la sangre de la alianza eterna, vino a ser el gran 
pastor de las ovejas 18. 

Él está en el origen de la Iglesia; es el dueño del rebaño, la puerta 
del redil, el pastor que es capaz de dar la vida por sus ovejas. Es 
pastor convertido en cordero inmolado en favor de las ovejas 19, para 
darles la vida 20. Su aliento ahogado y su sangre derramada son 
transfundidos, para constituir la Iglesia, el pequeño rebaño, al que Él 
alimenta con su propia carne de cordero sacrificado 21. 

Pero su grey, la conquistada con su muerte, no queda reducida a un 
grupo de selectos. Hay otras ovejas que no son de su redil. Las hay de 
todos los colores, edades y subespecies, pero todas tienen en común 
la no pertenencia al rebaño. 

Algunas son extrañas, porque nunca estuvieron en el aprisco y ni 
siquiera saben que existe; otras lo son porque nunca lo sintieron como 
propio, aunque, durante algún tiempo, hayan estado con el resto; hay 
otras que lo son porque, a plena conciencia, prefirieron alejarse en 
busca de otros pastos. A todas ha de llegar la tutela del pastor y todas 
han de tener reservado un espacio cálido en el seno del rebaño. 

A estas ovejas, ajenas o descarriadas, se dirige el mimo de las 
destrezas del mayoral y, a su semejanza, las de los otros pastores que 
colaboran con él e, inclusive, de las mismas ovejas que son claramente 
conscientes de su pertenencia al hato. 

El primer pastor, con escándalo de quienes no saben de cariños, se 
echa a los senderos de la vida, deja al resto del rebaño a buen 
recaudo y busca, por todas las veredas de la vida, a quienes no están 
en el redil. Su gozo, cuando las halla y las conduce junto al resto, es 
inmenso, porque ha cumplido así su misión de que no se pierda ni uno 
solo de los pequeños que le han sido encomendados por el Padre 22. 

La Iglesia se debe inspirar en esta pedagogía divina, para hacer de 
los pecadores y de los equivocados el objeto de sus preferencias y de 
sus sudores apostólicos, al modo como el Hijo del Hombre vino a 
buscar y a rescatar lo que estaba perdido 23. 

La misión que el Padre encomienda a Jesucristo, y que Este entrega, 
a su vez, a la Iglesia, es poner toda la industria necesaria, a fin de que 
llegue a haber, en el día que sólo el Señor de cielos y tierra sabe, un 
solo rebaño, bajo la guía de un solo pastor 24. Este rebaño, por fin 
reunido, podrá pastar para siempre en los recuperados verdes campos 
de un Edén de permanente primavera. 

Las ovejas de Pedro - Hasta que llegue el momento último, el lugar del mayoral ha de estar ocupado por otros pastores, vicarios suyos, elegidos por él, que habrán de tener, en la vida y en las actitudes del Buen Pastor, la única escuela autorizada para convocar y congregar al rebaño de Dios. Al 
frente de ese grupo de pastores, el primer pastor coloca a Simón Pedro,

que en otro tiempo fue pescador de peces y ahora es pescador de hombres,

 para que cuide de ovejas y corderos, con maestría minuciosa y entrañable, después de sufrir en cabeza propia el dolor de la infidelidad 25. 

La primera lección del Buen Pastor es el ejercicio de la generosidad sin límites, de la capacidad inmensa de comprensión y de la donación de un

perdón manirroto hacia el mismo Pedro y, en él, hacia cuantos, en la

historia, hayan pasado por la tortura de haberle negado ante cualquier público 26. 

De este modo, la Iglesia, el pequeño rebaño, cada uno de quienes 
formamos parte del redil, sea cual sea nuestro ministerio, carisma o 
función, sabremos hacer el camino en el tiempo arrastrando, por un 
lado, la conciencia de la infidelidad y disfrutando, por otro, de la 
seguridad de la indulgencia gratuita. 

Ambas disposiciones serán el salvoconducto necesario para escapar 
de presunciones y no caer en desesperanzas. Pedro, los demás 
pastores y aun las mismas ovejas del rebaño, experimentaremos en 
carne propia que llevamos un tesoro increíble en unas vasijas de frágil 
barro 26. 

Esta experiencia primera de Pedro le autorizará a compartir con los 
demás la necesidad de ejercer la vocación de apacentar al rebaño no 
a la fuerza, sino de buen grado, como Dios quiere; no por intereses 
torcidos, sino con animo generoso; no como tiranos, sino como 
modelos del rebaño 28. 

En la miseria del pecado y en la debilidad de la naturaleza, por parte 
del ser humano, y en la misericordia, por la de Jesucristo, se fundamenta

 que Simón, el hijo de Juan, sea llamado, desde entonces, «Piedra».

Así, él y sus sucesores reciben la misión de confirmar en la fe a sus

hermanos y de servir de referencia visible a la comunión universal

de los discípulos. «Donde se halla Pedro, allí se halla la Iglesia»

(SAN ANIBROSIO) 

El ministerio del Obispo de Roma continúa en el tiempo siendo fuente de

unidad y garantía de fidelidad al Maestro y Señor. 

El carisma de Pedro de ser «servidor de los servidores de Dios» lo 
convierte en el dulce Cristo en la tierra, en el Vicario universal de 
Quien se dignó dejar en manos humanas la capacidad para ser 
instrumentos de reconciliación y de esperanza. La Iglesia universal, 
rebaño de Cristo, que entrega a Pedro la misión de apacentar corderos

y ovejas, ve en el Obispo de Roma el principio y fundamento perpetuo

 y visible de unión. El Primado de Pedro sirve de vínculo de amor y de

paz entre todos los creyentes. El1 Papa preside la Asamblea universal

 de los fieles en la caridad, protege las diferencias legítimas y, al tiempo,

cuida de que la pluriformidad sirva a la comunión eclesial, en lugar de

dañarla 29. 

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, que presiden y sirven a 
las Iglesias particulares, se unen al sucesor de Pedro, Obispo de 
Roma, para formar con él un colegio que asume la solicitud universal 
por todas las Iglesias. 

En el redil - El pequeño rebaño de Cristo, que, aunque diminuto, nunca podrá renunciar a su vocación de universalidad, recibe la cohesión entre sus 
miembros de la misma persona del pastor, uno, único y primero. Habrá 
de ser un solo rebaño, acogido en un único redil, mimado por las 
caricias de un Buen Pastor. 

Los miembros del rebaño vivirán profundamente unidos, sin renunciar

a su propia identidad y a las peculiaridades diversas, que contribuyen

al enriquecimiento de la totalidad. Sin embargo, la comunión mutua de almas y corazones, sin más excepción que las preferencias puestas en los menos dotados o en quienes tienen más dificultades para integrarse en la comunidad, es, a la vez, regalo del Buen Pastor y tarea del rebaño. 

La unidad sólida, como resultado de gracia divina y de esfuerzo 
humano, será un atrayente reclamo para quienes aún no han 
traspasado la puerta del redil, ni saben de las caricias del Buen Pastor, 
ni han degustado la alegría de la concordia. 

Por otra parte, la unidad no es, en el rebaño, razón que justifique el 
yugulamiento de la libertad de todos o de cada uno. Tal vez lo haya 
sido o lo pueda ser para quienes no han llegado a entender la fe como 
un obsequio de fidelidad a Cristo, que fue capaz de ser el cordero 
inmolado por amor a sus ovejas, apacentadas y conducidas por El 
hacia fuentes de aguas vivas 30. No se puede concebir que, en el 
seno del rebaño, falte la autonomía indispensable para poder llegar a 
vivir en la libertad de los hijos de Dios. Esta libertad es el don que se 
hace a quienes han buscado sinceramente la Verdad y han sido 
poseídos por ella 31. 

La Iglesia, sin nada que empañe su origen en el amor trinitario, 
deberá esforzarse por ser un espacio intelectualmente habitable, 
donde todos los hombres de buena voluntad puedan comunicar la paz 
y la palabra, tengan la posibilidad de aportar su habilidad y su 
quehacer, y gocen de la satisfacción de saberse escuchados, 
comprendidos, perdonados, acompañados y queridos. 

Los rebaños de la antigüedad bíblica eran trashumantes, como aún 
lo son algunos entre nosotros. No es ésta una cualidad secundaria o 
irrelevante a la hora de trasladar su significado a la Iglesia. La 
comunidad cristiana sabe que no tiene aquí patria definitiva. Se 
desgajó del corazón de Dios y a su regazo ha de volver, mientras 
ocupa su tiempo terreno en colaborar a que se incorporen a su 
comunión cuantos, por el camino, aparecen como ovejas sin pastor, 
desorientados a lo largo y ancho de las trochas de la vida. 

Más de una vez, el largo peregrinaje y los sinsabores del camino 
habrán empujado al rebaño, o a parte de él, a buscar apriscos 
cómodos, que pudieran erigirse como oasis definitivos. Esta tendencia 
es renovar, de diversos modos, la vieja inclinación pecaminosa de 
negarse a hacer de la vida un éxodo permanente hacia la Tierra 
Prometida y de querer construir, con las seguridades y comodidades 
de este siglo, un paraíso decisivo. Los cristianos han de saber que 
«habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en 
todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra 
extraña es para ellos patria, y toda patria es tierra extraña» (Carta a 
Diogneto). 
.......................
1. Cf. Sal 23. 
2. Cf Is 40,11. 
3. Cf. Ez 34,11-16. 
4. Cf Mt 9,36; Mc 6,34. 
5. Cf. Jn 10,16. 
6. Cf Jer 23,2-4. 
7. Cf. Mt 10,16. 
8. Cf. Mc 7,15. 
9. Cf Ez 34,8. 
10. Cf Mt 7,16; Lc 6,43-44 
11. Cf Sal 44,23; Rom 8,36. 
12. Cf Rom 8,35. 
13. Cf. Lc 24,13-35.
14. Cf Mt 11,12. 
15. Cf. Jn 1,29. 
16. Cf. Mt 16,18. 
17. Cf. Mt 24,35. 
18. Cf. Heb 13,20. 
19. Cf Ap 5,6. 
20. Cf. Jn 10,11-16. 
21. Cf. Jn 6,54-56. 
22. Cf. Mt 18,12ss, Lc 15,4ss. 
23. Cf. Mt I8,11. 
24. Cf. Jn 10,16. 
25. Cf. Jn 21,15ss. 
26. Cf. Jn 18,15-18.25-27; Lc 22,61-62. 
27. Cf. 2 Cor 4,7. 
28. Cf. 1 Pe 5,2-3. 
29. Cf. LG 18.22-23. 
30. Cf. Ap 5,6; 7,14-17 
31. Cf. Jn 8,32; Rom 8,21.

ANTONIO TROBAJO-LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA-BAC 2000. MADRID 1997

Agradecemos a Mercaba.com

 

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El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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Pedro y Pablo, el primero crucificado en cruz invertida y el segundo decapitado;

ambos en Roma  64/67ca. mártires de la Iglesia Católica.

 

La fe de la Iglesia es anterior a la fe del fiel, el cual es invitado a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los sacramentos confiesa la fe recibida de los Apóstoles, de ahí el antiguo adagio: "Lex orandi, lex credendi" ("La ley de la oración es la ley de la fe") (o: "legem credendi lex statuat supplicandi" ["La ley de la oración determine la ley de la fe"], según Próspero de Aquitania, siglo V, ep. 217). La ley de la oración es la ley de la fe, la Iglesia cree como ora. La Liturgia es un elemento constitutivo de la Tradición santa y viva (cf. DV 8).

 

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Pedro - Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y estableció que este poder, instituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a los sucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente por su autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo, a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75). San Paciano, Epist. 3 ad Sempronium n.11 Obispo de la Iglesia católica en Barcelona-ESPAÑA [murió 391 ca.].

 

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Ministros de Cristo - Será un sacerdote de la Antigua Alianza, Zacarías, padre de Juan Bautista, quien anuncie solemnemente la llegada inminente "del Sol que surge de lo alto para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1,78-79).

Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, "Mediador único entre Dios y los hombres" (1Tm 2,5). Sólo del hecho de prefigurar el sacerdocio de la Nueva y Eterna Alianza, el sacerdocio de la Antigua recibe su majestad y su gloria.

San Pablo resumirá con frase lapidaria la dignidad y las funciones del sacerdocio ministerial cristiano: "Que los hombres nos consideren como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios" (1Co 4,1).

 

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Pontífice - En la homilía de San Juan de Letrán, S. S. Benedicto XVI - P. P. explicó de manera insuperable el ministerio del Papa y de los obispos como garantía de que esa red de testigos que es la Iglesia, extendida en el espacio y en el tiempo, permanece fiel a su origen y fuente que es Cristo. Ninguna comunidad (tampoco la Iglesia), ningún hombre (tampoco el Papa) “posee la Verdad”, ni puede imponerla a persona alguna. Y sin embargo los cristianos sabemos que la Verdad no es una idea, sino el Misterio de Dios que se ha revelado en la carne y ha montado su tienda entre nosotros, para ser accesible a todos los hombres. Para la Iglesia, Cristo no es una posesión que se defiende, sino la presencia viva de Dios que continuamente le da forma, le mueve a cambiar, le saca de la tentación de fosilizarse, le llama a una conversión muchas veces dolorosa, y le urge a comunicar su tesoro a los hombres de todo tiempo y lugar. 2005-04

 

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El Papa no es un soberano absoluto que lo que piensa y quiere es ley. Al contrario, su ministerio es garantía de la obediencia hacia Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, mas debe vincularse constantemente él propio y la Iglesia a la obediencia hacia la Palabra de Dios, en frente a todos los tentativos de acomodamientos y diluentes, como así también afrontar cualquier oportunismo”. 

2005-05-07 – S. S. Benedicto XVI – San Juan de Letrán.

 

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Papado - Un gran sabio, S.S. Benedicto PP. XVI [en el siglo Joseph Ratzinger], que hoy 2006 es Papa, cuyo verdadero sentido reside en ser «abogado de la memoria cristiana». El Papa, enseña Ratzinger, desarrolla la memoria cristiana y la defiende de las amenazas provenientes de una subjetividad olvidadiza de su fundamento, por una parte, y por la otra, de una presión del conformismo cultural y social.

 

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San Pedro y san Pablo, considerados las columnas de la Iglesia universal. San Pedro, la "piedra" sobre la que Cristo fundó su Iglesia; san Pablo, el "instrumento elegido" para llevar el Evangelio a los gentiles. El pescador de Galilea que, superada la prueba de los días oscuros de la pasión de su Señor, deberá confirmar a sus hermanos en la fe y apacentar la grey de Cristo; el fariseo celoso que, convertido en el camino de Damasco, se transformará en heraldo de la salvación que viene por la fe.

Un arcano designio de la Providencia los trajo a ambos a Roma, para sellar con la sangre su testimonio:  Pedro, crucificado; Pablo, decapitado. El primero, sepultado al pie de la colina Vaticana; el segundo, en la vía Ostiense.

 

¡Qué grande es la elocuencia del altar central de la basílica San Pedro , sobre el cual celebra la Eucaristía el Sucesor de San Pedro pensando que, en un lugar cercano a ese altar, él mismo, Pedro crucificado, ofreció el sacrificio de su propia vida en unión con el sacrificio de Cristo crucificado sobre el Calvario, y resucitado...

 

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Pedro, Obispo de Roma y mártir de la persecución de Nerón. Durante el período real y toda la época republicana, el territorio de la orilla derecha del Tíber era conocido como Ager Vaticanus y se extendía al norte hasta la desembocadura del Cremera y al sur, por lo menos hasta el Gianicolo. En época imperial, a partir del s. II d.C., se atestigua la presencia del topónimo Vaticanum que incluía una zona que corresponde, aproximadamente, a la del actual Estado de la Ciudad del Vaticano. En época romana dicha zona se hallaba fuera de la ciudad, ocupada por villas, los jardines de Agripina - madre del Emperador Calígula (37-41 d.C.) - y por amplias necrópolis ubicadas a lo largo de las principales calles. En los jardines de la madre, Calígula construyó un circo (Gaianum), más tarde reestructurado por Nerón (54-68 d.C.). A lo largo de la Via Trionfale, que desde Plaza San Pedro se dirige en dirección norte hacia Monte Mario, han sido excavados varios núcleos de tumbas. A lo largo de la Via Cornelia, que se dirigía en cambio en dirección oeste, surgía la necrópolis donde también se encuentra la tumba del apóstol Pedro, muerto durante la persecución de Nerón y sepultado en ese lugar. Su tumba fue meta de peregrinaciones y objeto de veneración desde el s. II d.C. La necrópolis fue luego sepultada durante la construcción de la basílica dedicada al apóstol según los deseos del Emperador Constantino (306-337 d.C.), y actualmente [MMVI] se puede visitar sólo parcialmente.

[En un lugar impreciso cerca de la Basílica vaticana surgía el santuario de la diosa frigia Cibeles, del cual proceden numerosos altares inscritos, que más adelante tuvo que ser cerrado a consecuencia de las disposiciones promulgadas por el Emperador Teodosio contra los cultos paganos en 391 y 392. Entre los numerosos altares inscritos hallados en aquel lugar, se halla (Museos vaticanos) un ara dedicada a Cibeles y Atis, con el pino sacro de Atis, un toro y un carnero, para recordar los sacrificios realizados, y objetos de culto. En dicha ara se encuentra la fecha precisa de la dedicatoria: 19 de julio de 374 d.C.].

 

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Cuando el primer Vicario de Cristo llegó a Roma, los cristianos la identificaban como la otra “Babilonia la grande”, la ciudad construida sobre siete colinas (Apocalipsis 17,9); era la capital de los nuevos opresores idólatras, metrópoli grande, lujosa y pecadora (14,8;17,5;18,1ss), con un gran poder político, militar y económico. No menos corrompido era su emperador Nerón César (54-68), nombrado por San Juan en el libro de las revelaciones como la Bestia, el 666, que es un número de hombre (13,18). Ahora bien, en el año 64 el maniático monarca mandó a incendiar la ciudad, metiéndole la culpa a los cristianos, que eran considerados como una secta judía, hostiles a la sociedad pagana, y acusados de rendirle tributo a Jesucristo en vez que al emperador y a sus ídolos. El historiador romano Tácito narra como a los cristianos se les colocaba pieles de animales para ser devorados por los leones y los mastines en el circo, o untándoles grasa de cerdo para ser luego amarrados a los postes en los jardines imperiales o en la Vía Apia, como antorchas humanas en la noche.(17) cumpliendo así la célebre frase de Tertuliano: “la sangre de los mártires es semilla para nuevos cristianos” (18) (comparar con Apocalipsis 18,24).
 
En esta misma persecución fue hecho prisionero el apóstol Pedro en la cárcel mamertina, y luego
crucificado boca abajo en un acto de humildad, cerca al circo romano, en la colina vaticana. Aquí fue enterrado por sus seguidores en un cementerio contiguo; se decía que una pared de color rojo marcaba el lugar. Treinta años después el Papa San Anacleto construía un oratorio donde los fieles se reunían. También se encuentra el testimonio del Papa San Clemente Romano, quien escribió una carta contemporánea del evangelio de San Juan (90 d.C.), en la que narra la muerte gloriosa del pescador de Galilea.(19) En el siglo II, San Ignacio de Antioquía, San Papías, San Clemente de Alejandría, Tertuliano, el obispo Dionisio de Corintio y el llamado canon moratoriano; confirman el martirio de los príncipes de la iglesia “Pedro y Pablo” en Roma.(20) De los relatos no cristianos resalta la crónica de Celso al emperador Adriano (117-38), quien asegura que el nombre de Pedro gozaba de popularidad en la capital del imperio.(21) A principios del siglo III San Ireneo, obispo de Lyon, escribe la lista de los obispos de la Ciudad Eterna, en la que dice que “después de los santos apóstoles (Pedro y Pablo) hubieran fundado la iglesia, pasó a ocupar el episcopado romano Lino (mencionado por San Pablo en 2Timoteo 4,21), y después le sucedió Anacleto y tras éste Clemente (Romano), quien conoció en persona a Pedro”. (22) En el año 251, San Cipriano llama a la iglesia romana como “la silla de Pedro y la iglesia principal” (23). Igual opinión tiene en el siglo IV el historiador eclesiástico, Eusebio de Cesarea, basado en documentos del siglo II.(24)
 
En cuanto a las pruebas arqueológicas del sepulcro de Pedro, se tienen noticias antes que se construyera la basílica que lleva su nombre, por el emperador Constantino en el siglo IV, exactamente encima de la tumba del santo apóstol, en donde los primeros cristianos celebraban la eucaristía y enterraban en las paredes y en el suelo de las galerías a los mártires, incluyendo varios Papas (siglos I-IV). A principios del siglo XIX, las catacumbas del Vaticano fueron identificadas en su totalidad, y a finales del mismo siglo se descubrió la cripta de los Papas con los epitafios del siglo III, de Ponciano, Fabiano, Cornelio y otros. En el Vaticano se encuentran además los restos de muchos Papas de los tiempos modernos, como los cuerpos incorruptos de San Pío X y del Beato Juan XXIII, que están expuestos a la veneración pública. Asimismo, en las excavaciones efectuadas en 1915 en la gruta de la basílica de San Sebastián, se halló un muro cubierto con invocaciones a los apóstoles Pedro y Pablo, donde sus reliquias fueron llevadas por un tiempo, debido a las persecuciones del emperador Valeriano (253-60).
 
Desde el año 1941 se realizaron nuevas investigaciones en las catacumbas del Vaticano por orden del Papa Pío XII, el grupo estaba conformado por cuatro expertos del instituto pontificio de arqueología cristiana. Encontraron pinturas, mosaicos con símbolos de los inicios de la iglesia como el pez, la paloma, el ancla y el cordero; figuras de Cristo y escenas bíblicas, imágenes religiosas, monedas, tumbas de cristianos y paganos. En el año 1958 bajo el pontificado de Juan XXIII se dio la noticia que los arqueólogos habían dejado al descubierto un grueso muro de color rojo, al lado hallaron varias cajas de plomo llenas de restos de diferentes personas y animales domésticos. En una de las cajas se verificó por pruebas de laboratorio los huesos de un hombre robusto entre los 60 y 70 años de edad, del siglo Primero de nuestra era; los mismos fueron identificados plenamente por Pablo VI en 1968, como las “reliquias de San Pedro”, que ya habían sido mencionadas en el año 200, por el clérigo romano Cayo, como el “trofeo” del Vaticano.(25) Los huesos del apóstol fueron depositados en una capilla debajo del altar mayor de la basílica de San Pedro, y permanecen visibles en una urna con un cristal.
 
En otra basílica romana “San Pedro in Vincoli”, se conservan según se cree las Cadenas con que ataron al santo apóstol en Jerusalén, y que fueron encontradas en una peregrinación por Eudoxia, esposa del emperador Teodosio II. Una parte de dichas Cadenas quedaron en Constantinopla, y algunos eslabones fueron enviados a Roma. Posteriormente, el Papa San León el Grande, unió milagrosamente estos eslabones con otros que se conservaban de la preciada cadena.
 
Por otra parte, de la permanencia de San Pablo, aparece constatada al final del libro de los hechos de los apóstoles, en la epístola a los romanos, y en la segunda carta a Timoteo; cuando estaba preso en la misma cárcel mamertina, aquí en una de sus celdas se puede observar la columna en la que se dice que fueron atados los dos santos. El apóstol de los gentiles por ser ciudadano romano fue decapitado en la periferia de la ciudad. La tradición cristiana asegura que la cabeza del santo mártir dio tres vueltas sobre la tierra, y en cada punto brotó una fuente; es por eso que este lugar es conocido como “tre fontane”. La tumba de este otro príncipe de los apóstoles está en la basílica de San Pablo Extramuros, edificada también por Constantino el Grande. La iglesia se mantuvo en su forma original hasta 1823, fecha del incendio que la destruyó, siendo consagrada nuevamente en 1854. En las paredes de su interior se exhiben los Retratos de los 263 Papas sucesores de San Pedro. Igualmente, en la basílica de San Juan de Letrán, construida por el mismo emperador, es la catedral oficial del romano pontífice, y recibe el título de “iglesia madre de la cristiandad”. Aquí reposa desde hace mil años las cabezas de los santos apóstoles, en dos relicarios de oro en una urna debajo del altar mayor. Hay otra reliquia de San Pedro, la mesa donde se cree celebraba la misa en las catacumbas. Esta basílica a lo largo de su historia ha estado expuesta a terremotos, saqueos e incendios; y por eso ha sido restaurada en varias ocasiones.
 
 La Iglesia Católica celebra el martirio de San Pedro y San Pablo el 29 de junio del año 67, esta es una de las fiestas religiosas más antiguas y solemnes del calendario litúrgico. En el siglo IV se acostumbraba oficiar tres misas el mismo día; una en la basílica de San Pedro, la segunda en San Pablo Extramuros, y la tercera en las catacumbas de San Sebastián. 

 

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO IV. 
Viña querida 
Los labradores de la viña 
La vid y los sarmientos 
El vino de la Gluma mesa 
El lagar

 

CAPITULO IV

VIÑA QUERIDA

 

«Voy a cantar, en nombre de mi amigo, un canto de amor dedicado a 
su viña» (Is 5,1). Esta viña del Antiguo Testamento es el pueblo amado 
de Israel 1. En él, y en esta alegoría, está figurada la Iglesia, la viña 
que Dios plantó con ternura 2. 

En el marco de la historia terrena, como en una fértil colina que 
recuerda el jardín del Paraíso, la mano humana de Dios, que es 
Jesucristo, plantó y cuidó con primorosidad su propia viña: cavó el 
terruño y arrancó las piedras de la parcela; eligió las cepas y las colocó 
en el surco. No se contentó con ello; la dotó de todo lo necesario para 
ser la envidia de los transeúntes: levantó una torre en medio del viñedo 
y la aderezó con un lagar excavado en la arcilla 3. 

Dios, en persona, encalleció sus manos y ensudoró su frente, en 
aras de sacar adelante una viña como no la ha habido en la historia: 
un viñedo que llenó esta tierra; su sombra cubrió los montes y sus 
ramas tapaban la altura de los cedros; extendía sus sarmientos hasta 
el mar y sus retoños llegaban hasta el Gran Rio 4. 

Es Israel. Y es la Iglesia, elegida, plantada, cuidada, extendida. Sus 
frutos, como los traídos a hurtadillas de la Tierra Prometida 5, habían 
de ser motivo de asombro y causa del restablecimiento de la 
esperanza. 

Por desgracia, aquella viña querida prefirió responder con ingratitud. 
El Señor esperaba que diera uvas sabrosas, pero dio agrazones 6. Se 
convirtió en una viña degenerada y bastarda 7. 

Fueron algunos de los hijos de Israel, pero también lo son algunos 
de la Iglesia. En mil ocasiones, la comunidad de discípulos de Cristo, 
acariciada como la viña amada, ha respondido a los mimos con frutos 
amargos, que ahuyentan al caminante, que se ha detenido fugazmente 
a su lado, deseoso de satisfacer su apetito o de halagar su paladar. 

¡Cuánta ingratitud hemos mostrado hacia el dueño de la viña con 
nuestra esterilidad! ¡Cuántas amarguras ha causado el raquítico fruto 
de una Iglesia introvertida! ¡Cuántas frustraciones han sufrido las 
gentes de buena índole que se han acercado a los discípulos de Cristo 
y se han encontrado con respuestas desabridas! ¡Cuántos momentos 
históricos se han visto defraudados por los silencios insípidos o por las 
respuestas acibaradas de una Iglesia inoportuna! ¡Cuántos contagios 
en cadena se han producido en medio de los pueblos cuando alguno 
sufre el mal sabor de las agraces uvas eclesiales y resulta que son 
otros los que padecen las molestias de la dentera! 

Los labradores de la viña

La viña amada fue entregada en arriendo a unos labradores 
indignos, al pueblo israelita. Los sinópticos resumen, en pocos versos, 
toda la historia trágica de los desagradecimientos de aquel pueblo 8, 
los cuales culminaron con el asesinato del hijo del dueño. Los profetas 
preanunciaron la ira de Dios sobre aquellos arrendatarios 9 y los 
evangelios rehacen la maldición. 

Esta historia de desamor no pertenece a un pasado remoto. El 
nuevo pueblo de Dios no debe sentirse confirmado en gracia y en 
justicia. De alguna manera se puede repetir la peripecia triste de los 
primeros labradores cuando el componente humano y terreno de la 
Iglesia ahoga el soplo del Espíritu, cuando hace oídos sordos al Dios 
que pasa en cada persona y en cada acontecimiento, cuando condena 
al silencio o a la descalificación a los nuevos profetas incómodos, o 
cuando vuelve a reducir al Hijo al hazmerreír de lo ridículo, fuera de 
sus dominios amurallados. 

Estas posibles respuestas nunca podrán ser las definitivas, porque 
el dueño tomó la decisión irrevocable de arrendar la viña a nuevos 
labradores, los cuales sí entregarán los frutos a su tiempo. Siempre, 
aunque se multipliquen las ingratitudes, quedará un resto para dar los 
frutos correspondientes al Reino 10. 

Este Reino se nos ha entregado en arrendamiento. La viña ha sido 
puesta a nuestro cuidado. Ciertamente, es tiempo de tener en la 
memoria los signos del pasado y de esmerarse por no repetir las 
ignominias de los primeros labradores. Pero, ante todo, es tiempo de 
tomar conciencia de ser depositarios de los frutos que de la viña —el 
Reino— espera su dueño y de estar abiertos a la esperanza de que 
sea el labrador que se fatiga, el primero en participar del fruto de su 
trabajo 11. 

Los discípulos de Cristo, nuevos labradores, sabemos que en la 
capacidad de nuestras débiles manos, que son habilidades prestadas, 
ha quedado la viña bienquerida. 

A nosotros nos corresponde seguir cuidando, con delicadeza y con 
clarividencia, la fertilidad del Reino de Dios, que jamás agota sus 
frutos. A nosotros se nos encomienda contribuir a extenderlo hasta 
límites insospechados por la mente humana. Nosotros hemos de ser 
quienes tengamos la viña dispuesta, para cuando el Hijo Resucitado 
sea enviado, de nuevo, a recoger los frutos últimos y ofrecérselos al 
Padre, en compañía festiva de los mismos labradores que supieron ser 
criados fieles y solícitos 12. 

La vid y los sarmientos

La misma imagen de la viña, el contexto agrícola mediterráneo en 
que se desenvuelven los orígenes del cristianismo, el lenguaje 
narrativo y plástico de Jesús de Nazaret y la perspicacia teológica del 
autor del cuarto evangelio avalan la identificación de Cristo con una 
vid, cuyos sarmientos son sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera y mi 
Padre es el viñador... Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» 
(/Jn/15/05). 

Los sarmientos, la comunidad de discípulos, gozan de la misma 
naturaleza de la vid, que es Cristo. En El estamos injertados y Él es 
quien nos comunica la vida, porque toda la iniciativa es suya. Sin Él 
nada es posible. Acoger su vida consiste en ser receptivos al amor, 
que es su regalo, y a su palabra, que es espíritu vital 13. 

La señal de estar unidos a Cristo, por la fe (que es la acogida de la 
palabra) y por la caridad (que es el amor participado del Padre), es el 
cumplimiento de sus mandatos, en particular del «mandamiento» por 
antonomasia, el del amor fraterno. 

El primer fruto de esta inserción vital en Cristo no puede ser otro que 
un gozo indescriptible. Sólo en cuanto que estamos incorporados a la 
savia de Cristo va a ser posible producir los frutos apetecidos y 
abundantes 14, que sirven de pasaporte para los gozos eternos. 

La Iglesia no es constituida por ningún poder terreno; es el poder de 
Dios el que la erige, la consolida y la proyecta, según la palabra de 
Cristo: «No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a 
vosotros» (Jn 15,16). La savia de Cristo, que nos llega por estar 
injertados en El y que se extiende hasta los ápices de cada sarmiento, 
es el principio interior que anima a la Iglesia. Ni Pedro, ni Pablo, ni 
Apolo. Sólo Cristo, con la unión amorosa al Padre, es la fuente de vida 
de la Iglesia. 

Curiosamente, la alegoría se rompe, en su exactitud biológica, desde 
el momento en que a cada sarmiento se le concede la libertad para 
seguir unido a la cepa o para desgajarse del tronco materno y 
vivificante. Cada sarmiento tiene en sus ramas la capacidad de 
arriesgarse a la independencia autosuficiente. 

Ésta será campo abonado para la inutilidad y para la esterilidad. El 
resultado final es catastrófico: el sarmiento se enmustia hasta secarse; 
es amontonado en pilas, fuera del terreno de la viña; y su destino final 
es el fuego que reduce a cenizas las soberbias humanas. 

El sarmiento de la cepa mediterránea crece, generalmente, pegado 
a la tierra; por ella serpentea, buscando el rincón exacto en que 
dejarse caer, para mejor cobijar sus pámpanos y para preparar la cuna 
apropiada al fruto de sus uvas sabrosas. Es violentar, aunque de 
forma legítima, el significado de la alegoría que presenta a la Iglesia 
con vocación de inserción en esta tierra, en fidelidad a la cepa que se 
abaja a los infiernos de este mundo. La Iglesia es enviada a 
arrastrarse por los recovecos terrenos, a fin de llevar, a cada palmo de 
tierra, la alegría de saberse parte cooperante en la extensión del Reino 
de Dios. 

La Iglesia es invitada a entusiasmarse con la vitalidad de la uva 
nueva, que es acogida amorosamente en su seno, en apariencia árido 
e improductivo. Así, la comunidad cristiana, unida a Cristo y con la 
potencia de su encarnación, «derrama su luz reflejada en cierto modo 
sobre todo el mundo, especialmente en cuanto que sana y eleva la 
dignidad de la persona humana, fortalece la consistencia de la 
sociedad de los hombres e impregna de sentido y de más profunda 
significación la actividad cotidiana de los seres humanos» (GS 40). 

De este modo, los discípulos de Cristo, como sarmientos injertados 
en Él, disponemos a ser el canal por el que transita la savia divina. 
Esta será la que haga posible el crecimiento y la maduración de la uva 
que ha de servir para aderezar el banquete final del Reino. 

El vino de la última mesa

La Iglesia, que es sarmiento, es también cosecha de Dios, uva 
abundante, que preanuncia los vinos de solera que se consumirán, 
entre algazara, en el banquete de los cielos nuevos 15. 

La condición de la Iglesia, pues, es la de convertirse, a lo largo del 
tiempo, en uva triturada. Como pies mercenarios pisan los racimos, así 
los poderes de este mundo se encargarán de atentar contra la 
integridad de la comunidad cristiana. Serán evidencias del poder del 
mal, pero, ante todo, serán purificaciones de los deslices de una Iglesia 
que estará tentada permanentemente de asimilarse a las instituciones 
de este mundo. 

Las persecuciones serán los estipendios que ha de pagar una 
comunidad cuyo destino es ser la pequeña criada del Reino. Ésta 
carga sobre sus espaldas con el trabajo de mantener la identidad de la 
casa y de ir envejeciendo hasta la muerte, para que todos puedan 
tener acceso a un hogar gratificante. 

En torno a la mesa, y a su tiempo, se podrá degustar el vino bueno, 
elaborado, según el proyecto divino, no sólo con las capacidades 
eclesiales, sino, ante todo, con el propio ser de la comunidad, inmolado 
en el altar sacrificial de cada día y destinado a adornar el Banquete 
final. 

La Iglesia en el mundo, como las uvas prensadas, ha de someterse a 
un proceso que no es precisamente de disgregación, sino de 
transformación. Las circunstancias temporales, como «signos de los 
tiempos», verdadero «lugar teológico», fuerzan a la comunidad 
cristiana a repensar continuamente si es fiel a la voluntad de su 
Fundador en planteamientos y acciones, y si está respondiendo 
adecuadamente a las necesidades de las personas y de las 
instituciones contemporáneas. 

Este camino de lealtades habrá de ser recorrido con el dolor de la 
agitación interior y con la incomprensión de quienes, desde fuera (y a 
veces desde dentro), sólo aciertan a manejar esquemas existenciales 
de este mundo. Será un proceso continuado de verdadera agonía 
(lucha), que contribuirá a aparcar la ganga mundana que haya podido 
agregarse, con el correr del tiempo, a la Iglesia. Por este camino, la 
Iglesia recompondrá el vino de pureza primigenia que la constituye y 
consolida en la identidad de nueva criatura, invitada, por gratuidad 
divina y docilidad propia, a engalanar la mesa dispuesta por el amor de 
Dios. 

La Iglesia, vino extraído de la tierra, adquiere la categoría de ser 
vino nuevo para la Mesa de las Bodas del Cordero cuando en la 
Eucaristía mezcla su humanidad con la divinidad de Cristo. Entonces, 
ese mismo vino se convierte en el alimento que proyecta a la Iglesia, 
empapada en él, a seguir repitiendo el mismo camino, una y otra vez. 

La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia; de este 
modo, el vino humano, unido al divino, es homenaje de acción de 
gracias al Padre y es lluvia de regocijo y de fecundidad para las 
sequías de esta tierra. 

La Iglesia, a la vez viña, viñadora y vino, será la que conduzca de la 
mano a los pequeños de esta tierra, para llevarlos a la Mesa, cuyo 
mantel, lavado en la sangre del Cordero, ha sido colocado por el 
mismo Dios Padre. Allí, en fiesta interminable, se consumirá en 
fraternidad universal el vino nuevo, nacido de la única vid que es Cristo 
y elaborado con las uvas trituradas de una Iglesia martirial. 

El lagar

El cosechero, que es Dios, elige a la Iglesia como si de un lagar se 
tratase 16. En su ámbito se recoge la uva de toda la tierra, que ha de 
ser prensada. En los tórculos de madera se significa la cruz de Cristo 
17. Él es quien hace posible alcanzar la esperada cosecha del mosto, 
que ha de convertirse en la autenticidad del amor 18. 

El lagar, que es un espacio de purificación dolorosa y de 
transformación esperanzada 19, aparece, sin embargo, como un lugar 
irrelevante. El protagonismo es de la prensa y de la uva. 

El lagar místico se limita a dar cobijo a la maravilla que se obra en el 
suelo de sus pizarras añosas y grises. Asi es la Iglesia. 

Su condición sacramental, por una parte, alberga la fuerza de Cristo, 
que, por medio del dolor y de la muerte, es capaz de repartir vida y 
felicidad. 

Su pertenencia a esta tierra, por otra, le permite, sin estridencias, 
establecerse como bodega atrayente, a la que pueden ser conducidos 
todos los frutos de los viñedos humanos. Sea cual sea la calidad de 
sus racimos, todos podrán convertirse en el vino bueno, el cual se 
elabora con ayuda de la sangre de Cristo, derramada en el árbol de la 
cruz. 

La túnica del Cordero, teñida de rojo, «como la del que pisa el 
lagar», es, para la Iglesia, bandera de enganche, que anuncia la fuerza 
liberadora de Dios y en la que figura el verdadero nombre propio de 
quien la lleva: el Rey de reyes y el Señor de señores 20. 
........................

1. Cf. Is 5,7. 
2. Cf Mt 21,33ss. 
3. Cf. Is 5,2. 
4. Cf Sal 80,9-12. 
5. Cf. Núm 13,23.
6. Cf. Is 5,2. 
7. Cf. Jer 2,21. 
8. Cf. Mt 21,33-39; Mc 12,1ss; Lc 20,9ss. 
9. Cf. Is 5,5-6; Sal 80,13-14. 
10. Cf. Mt 21,43; Rom 11,5. 
11. Cf. 2 Tim 2,6. 
12. Cf. Mt 24,45; 25,21ss; Lc 12,37.43. 
13. Cf. Jn 6,63. 
14. Cf. Jn 15, 1-12.
15. Cf. Is 25,6.
16. Cf. Is 5,1s. 
17. Cf. Ap 14,19ss. 
18. Cf. Ef 14,15.
19. Cf. Ap 19,15. 
20. Cf Is 63,1ss; Ap 19,15-16.

ANTONIO TROBAJO-LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA-BAC 2000. MADRID 1997

 

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO V. 
Campo sembrado 
Campo estéril 
Campo bien dispuesto
El tiempo de la cosecha

 

CAPÍTULO V

CAMPO SEMBRADO

 

«Vosotros sois el campo que Dios cultiva» (1 Cor 3,9). Esta 
formulación de labranza divina expresa una imagen plástica que no 
podía faltar en un lenguaje que tiene como soporte una cultura agraria. 
El ser humano nace profundamente unido a la tierra: de ella sale y a 
ella volverá. Pero es más que tierra, porque Dios quiso poner en él un 
hálito de vida 1. 

Dios aparece como el Señor de la tierra. La tierra es de su dominio. 
Pero Él quiere entregarla al ser humano, en propiedad subrogada y en 
depósito. 

La madre tierra, salida de las manos providentes de Dios, destinada 
a ser el bello jardín en que el género humano goce de plena felicidad, 
se convertirá, por desgracia, en tierra árida, necesitada del sudor del 
labrador. Este, con fatiga, conseguirá ponerla al servicio de su 
supervivencia 2. 

Sin embargo, la esterilidad del suelo, signo del pecado humano, no 
podrá ser definitiva. Dios se presenta como el labrador de un nuevo 
terreno y promete a sus hijos humanos la herencia de esa nueva tierra, 
para que la desbrocen y no se vean obligados a sembrar entre cardos 
3. 

El Evangelio de Cristo nos revelará que, en la tierra, Dios deposita la 
simiente del Reino como si se tratara de un tesoro escondido. Estos 
caudales merecen que el experto en piedras preciosas se arriesgue a 
enajenar sus posesiones y se adueñe del valioso hallazgo, mediante la 
compra de la finca en la que se halla la riqueza oculta 4. 

Este campo, fecundado con riquezas sin cuento por la 
magnanimidad de Dios, es la Iglesia, la labranza en la que el Señor de 
todo pone su arado. «La Iglesia ha sido plantada como un paraíso en 
este mundo» (SAN IRENEO DE LYON). 

Como el labrador espera, día a dia, la respuesta fecunda de los 
surcos, así Dios ha puesto toda su esperanza en la parcela que el Hijo 
querido regó con su propia sangre. Éste fue enviado a rescatar de la 
esterilidad los secadales de esta tierra, sembrados de sal por la 
ingratitud humana. 

Pasa el sembrador esparciendo, con temblor y esperanza, su 
simiente por el vasto campo, oreado con meticulosidad. La arada de 
Dios, la Iglesia, sin embargo, acoge muy desigualmente el derroche de 
la sementera. 

No faltarán nunca los surcos agradecidos que, contra vientos y 
soles, contra aguaceros y fríos mundanos, sean capaces de permitir la 
multiplicación de la semilla divina y sean pródigos para ponerla a 
disposición de nuevas siembras. 

Estos surcos son los hombres y las mujeres de Iglesia que sostienen 
la esperanza del sembrador y que, además, contagian a otros granos 
la posibilidad de seguir creyendo en el futuro de una humanidad 
reconciliada y liberada 5. 

La Iglesia, en fin, es sabedora de que está permanentemente 
desafiada a responder a una evidente misión: «El mundo del mañana 
será de aquellos que le ofrezcan unas mejores razones para esperar» 
(PIERRE TEILHARD DE CHARDIN). 

Campo estéril -
La semilla habrá sido seleccionada y los cuidados del labrador 
seguirán siendo exquisitos. Pero nuestra comunidad de elegidos, 
campo preparado para dar buena cosecha de frutos del Reino, podrá 
perder la ansiada feracidad. 

Tal vez pueda convertirse en camino pateado y reseco. La semilla se 
perderá en las esterilidades generadas por una superficie dura y árida. 
Cualquier pajarraco que pase, equipado con los valores de la paganía, 
podrá arramblar fácilmente con la simiente, esparcida con la 
generosidad del voleo y con el mimo de la ilusión. 

Otras veces serán los pedregales, que dificultan la fidelidad, los que 
ahoguen las buenas intenciones, las conversiones fulminantes y las 
alegrías primeras. No es nada fácil, en cualquier tiempo, 
comprometerse, en totalidad, con el mensaje evangélico. Hoy, esta 
adhesión es especialmente complicada, por estar inmersos en una 
cultura de pensamiento débil y de provisionalidad constante, que se 
vuelve intransigente con quienes pretenden sostener proposltos firmes 
y vitalicios. 

Habrá ocasiones en que el grano esparcido será condenado a la 
esterilidad prematura por los cardos de la molicie y por la exuberancia 
de los valores materiales. Los afanes de esta tierra, las prisas, los 
ruidos, el atractivo de lo inmediato, son enemigos sutiles del proceso 
de crecimiento y de maduración del grano, que ha de medrar en 
silencio, con paciencia y sin agobios 6. 

La figura de la sementera no es sólo una metáfora para describir las 
respuestas de la Iglesia a la siembra de la Palabra. Es también un 
aviso, previo y consolador, para todos los discípulos, que reciben la 
vocación de proseguir, en el tiempo, con la tarea de la siembra. 
Sembrarán entre lágrimas y cosecharán entre cantares, dice la 
Escritura 7. 

Nuestras miopías y nuestras premuras nos conducirán, más a 
menudo de lo que se debe, a invertir la formulación: son las 
tentaciones de una Iglesia que se lanza a la tarea evangelizadora 
cargada de entusiasmos humanos, y que se desmorona al comprobar 
lo exiguo, lo raquítico o lo vano del fruto. 

Una Iglesia que siembra entre cantares no originados en el taller de 
la subordinación a la fuerza del Espiritu, es una Iglesia condenada a 
rumiar, tarde o temprano, las lágrimas amargas de la inutilidad de los 
esfuerzos y de la ingratitud de los surcos. 

Hoy, en el viejo Occidente, con más claridad que en otros momentos 
históricos del pasado, la Iglesia que evangeliza debe aceptar, con 
humildad, que tiene la encomienda de ofrecer a los ciudadanos de la 
postmodernidad un anuncio, determinante para sus vidas, que, sin 
embargo, parece no interesar a nadie. Los discípulos del Crucificado 
podemos tener la impresión de que sembramos en balde, condenados 
a que los enemigos se coman la cosecha 8. Sólo la teología de la Cruz, 
desnuda y levantada a los cuatro vientos, será la que dé sentido y 
hondura a una misión aparentemente absurda. 

Evangelizar y vivir la fe a la intemperie, en feliz carencia de soportes 
culturales y sociales, a semejanza de las primeras fraternidades 
apostólicas, serán las condiciones de los discípulos de este tiempo. La 
Iglesia de nuestros dias, especialmente la que camina en tierras de 
antigua cristiandad, comprueba, día a dia, que está repitiendo la 
experiencia de Cristo que sube a la Jerusalén de las descalificaciones, 
de las persecuciones y de la exclusión 9. 

El tempero del terruño no dependerá de las capacidades y de los 
afanes humanos, por purificados que éstos sean. Será Dios, que envía 
su lluvia sobre buenos y malos 10, el que atempere la tierra, según sus 
designios y para que rebrille su protagonismo. El mismo Dios ha 
querido que el labrador, la Iglesia, sea un comparsa en sus planes 
salvadores. Ni más ni menos. Imprescindible, pero, al fin y al cabo, 
comparsa. A esta comunidad le corresponde armarse de tensa 
resignación, al modo como el labrador, que aguarda el fruto precioso 
de la tierra, espera con paciencia las lluvias, tempranas y tardías 11. 

La experiencia que vive el agricultor será lección excelente para la 
Iglesia, que ha de estar constantemente sanándose de las 
presunciones y de las desesperanzas, las cuales, en oleadas 
sucesivas, descargan sobre unos discípulos demasiado hijos de este 
mundo. 

Campo bien dispuesto - Por otra parte, la Iglesia se ha de mostrar como un campo receptivo  a las gracias que Dios siembra a voleo sobre ella y, en ella, sobre el universo. El labrador divino ha escogido su campo, en elección gratuita y amorosa; ha trabajado, con sus propias manos de artífice avezado, la parcela que El se escogió como heredad 12; ha realizado a su tiempo, con tino y con cariño, la arada esperanzadora; ha sembrado, y siembra en ella hasta que sea momento, el grano escogido y abundante de los nuevos tiempos. 

La Iglesia, como finca divina, está imbuida de la idea de que su identidad

ha quedado expropiada, a fin de que, en ella y por ella, se cobren los prodigios de Dios. Ni se pertenece a sí misma ni tiene capacidades que no sean prestadas ni puede proceder con autonomía plena ni cabe que se dirija por modas, por ocurrencias o por caprichos propios. 

Por sí misma, es sólo un campo yerto, a la manera del criado inútil 
que no hace más que lo que tiene que hacer 13. Nada vale ni nada 
significa un barbecho, si no es con relación a las intenciones del 
labrador. Por él existe; con su mano se redime; a sus objetivos 
responde; en la niña de sus ojos está. 

A la Iglesia, como a una tierra bienquista, no le concierne otra cosa 
que estar hambreando la semilla que el labrador le regala, y estar 
disponible para plegarse, rápida y maternalmente, sobre el grano que 
el sembrador echa en sus surcos. El Hijo, mano larga del Padre, a 
quien Este entrega su arada, no dejará de regalar a su heredad gracia 
sobre gracia 14. 

El mensaje de Dios viene al encuentro de su Iglesia «en cada 
hombre y en cada acontecimiento» (Prefacio III de Adviento). 
Lamentable sería que la comunidad cristiana no quisiera o no acertara 
a adivinar las caricias que le hace el amor divino, y no se esforzara por 
escrutar el significado, próximo y último, de estas insinuaciones. Dios 
está viniendo del futuro a fecundar, con su mesurada omnipotencia, 
esta Iglesia. Ella ha de ser canal esponjoso, que acoge los dones y los 
transmite, con diligencia, a las parcelas que existen en la cercanía y en 
la lejanía. 

Desgraciadamente, más de una vez en el discurrir de los siglos, esta 
Iglesia, la agricultura de Dios y la reguera de su gracia, ha perdido, 
oscurecido o malversado la simiente de Reino o el agua de la vida, que 
se le donan de lo alto. 

La pérdida atenuada de identidad y la merma de las funciones 
cooperadoras con la obra salvífica de Cristo son pecados eclesiales, 
que no siempre han nacido de la desorientación ante los signos del 
paso de Dios o de la impertinencia en la administración de palabras y 
de silencios. 

A menudo, la culpa mayor se ha gestado en la soberbia, finamente 
camuflada, de las propias suficiencias. Una Iglesia fuerte socialmente, 
poderosa en sus recursos terrenos, fiada de las valías de sus 
miembros, aferrada a la inmovilidad de sus criterios coyunturales, es 
como el campo que, un mal día, se empecina en nulipreciar el sol, la 
lluvia, el abono y la maestría del labrador. El destino final de esa finca 
no necesita glosa alguna. 

Nuestra Iglesia cayó, ha caído y tal vez siga cayendo en un yerro 
más, inserto en este arco semántico de la labranza: es el pecado de 
llegar a pensar que el Reino, y ella misma, son, en exclusiva, producto 
de herramientas humanas; que la suerte del mundo y de la 
evangelización depende, totalmente, de nuestros arados, mellados y 
anacrónicos; y que se ha de rendir pleitesía total a nuevos labradores, 
que, de cuando en cuando, como presuntos redentores, son 
engendrados por el poder demoníaco y por la imbecilidad humana en 
el seno de la Iglesia. 

«Ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que hace crecer, es 
el que cuenta» (1 Cor 3,7). La comunidad de Corinto, que provoca en 
Pablo la frase lapidaria, no será, precisamente, ejemplo de esta 
disposición anímica, ni lo serán tantas y tantas comunidades que se 
han obcecado en los pecados de endiosamiento de personas y de 
ideologías. 

El modelo cabal deberá ser una humilde mujer, María de Nazaret, la 
madre de Cristo, la figura de la Iglesia. Ella, cual campo dispuesto, 
expropiada de sus propios planes, acoge sin reservas la lluvia 
fecundante de Dios y ofrenda el obsequio de su fe a la voluntad de 
Aquel que la hace llena de gracia y la convierte en cauce para hacer 
cosas grandes 15 «La superficie de la tierra, o sea, el rostro o la cara 
de la tierra, es decir, lo más digno de la tierra, rectisímamente 
representa a la madre del Señor, la Virgen María, a quien, regándola, 
la inundó de gracias el Espíritu Santo» (SAN AGUSTÍN). 

El tiempo de la cosecha

Llega la hora de recoger el fruto. Es el día de la Fiesta de las 
Tiendas 16, cuando el Pueblo de Israel ha de acercarse a quien da el 
incremento de las semillas, para ofrecerle frutos hermosos, ramos de 
palmera, ramas de árboles frondosos y sauces de las riberas 17. Es el 
tiempo de cosechar y de agradecer lo cosechado. Es la sazón de 
evaluar los esfuerzos realizados en la sementera, porque «el perezoso 
que no ara en otoño, en la siega busca, pero no encuentra» (Prov 
20,4). 

El tiempo de las mieses doradas se cumple con la Encarnación del 
Hijo. Jesucristo contempla su obra, como una faena realizada en la 
parcela del dueño de los sembrados. Ya las mieses están a punto; su 
abundancia y su madurez reclaman la presencia urgente de 
segadores. Sin embargo, los segadores son pocos 18. 

Estos, los elegidos del Señor, son llamados a cosechar lo que el 
Maestro ha ido sembrando, «porque en eso tiene razón el refrán, que 
uno siembra y otro siega» (Jn 4,37). 
Pero los obreros siguen siendo pocos. Muchas son las causas de 
estas ausencias: la falta de conciencia del sacerdocio común de los 
fieles; el empobrecimiento de los ministerios laicales; los absentismos 
de la vida consagrada y apostólica; las actitudes funcionariales de 
muchos clérigos; la escasez de vocaciones de especial consagración; 
la somnolencia del gigante dormido que son los laicos... 

El gran obstáculo que se opone al adelantamiento de la cosecha no 
es, precisamente, la superabundancia de la mies. Es la escasez, en 
número y en calidad, de quienes han de manejar la hoz. 

La Iglesia de Cristo vive en los últimos tiempos, cuando el Mesías 
echa mano de la hoz y del pisón, porque la mies ya está madura y el 
lagar lleno 19. La nueva Babilonia de esta cultura del bienestar ya es 
como una era en tiempo de trilla 20. 

Trigo y cizaña han ido creciendo, a la par, en la arada de Dios. Pero 
no será misión de una Iglesia precipitadamente intolerante y celosa en 
exceso proceder a la arrancada prematura de la mala semilla que, en 
la noche, plantó el enemigo. El discernimiento final está únicamente en 
las manos de Dios 21. 

La Iglesia no debe estar preocupada más que de pensarse muy bien 
cuál es su calidad como sembradora, porque «el que siembra maldad, 
cosecha desventura» (Prov 22,8), pero «el que siembra según justicia, 
cosecha el fruto del amor» (Os 10,12). En efecto, «con Dios no se 
juega: lo que uno siembre, eso cosechará» (Gál 6,7) 22. 

La Iglesia, labradora arrendataria y campo labrado, a la vez que todo 
lo fió de Dios, sabe también que todo está subordinado a la aportación 
que ella misma hace a la obra divina. Su actitud íntima debe ser la de 
«confiar como si todo dependiera de Dios y trabajar como si todo 
dependiera de ella» (SAN IGNACIO DE LOYOLA). 

Más aún, nunca deberá pretender que la fecundidad, generada en 
su seno y con su trabajo, revierta en beneficio propio. Los frutos de 
glorificación de Dios y de santificación de la raza humana nunca son 
efectos que la Iglesia se debe atribuir a sí misma ni resultados que ella 
puede acaparar. 

La Iglesia existe para ofrecer la Buena Noticia a todos; para dar y 
para darse; para encarnar el espíritu de servicio del Maestro, hasta dar 
la vida, si fuese necesario; para estar en permanente extroversión. 

Tal vez el Padre quiso, tal vez quiere y tal vez quiera que a la Iglesia 
le toque, temporalmente, experimentar la soledad del barbecho, el 
silencio de Dios, la noche oscura de la vacilación, el abandono de la 
asistencia del Espíritu, la ausencia del novio, la más completa 
esterilidad. 

Mas nunca esta situación será la definitiva. En esta seguridad estará 
anclada la esperanza. En esta sorpresa estará la ocasión de gracia, 
para que, quien puede creerse arada abandonada de Dios, sepa que, 
así, está asemejándose al grito y a la sangre de Getsemaní y 
completando en su carne lo que falta a la pasión del Gólgota 23, 
mientras llega la «hora veinticinco». 

Las cosechas de cada sementera y la recolección final tienen su 
posibilidad en la existencia de un campo fértil, que sea capaz de 
acoger y de hacer medrar la semilla. Es el dueño del terreno quien lo 
dispone convenientemente, para que pueda ser un jardín atractivo. En 
medio de un mundo de sequías y de desiertos, la Iglesia debe ser 
como un vergel, que suscite la atención de los peregrinos, cansados y 
sedientos. El amor fraterno y el clima de libertad harán de ella un 
espacio feliz, en medio de tanta esclavitud, de tanta frustración y de 
tanto dolor. Las relaciones entre sus miembros exhalarán un perfume 
de limpieza y de salud que atraerá a cuantos no tengan embotado el 
sentido de la trascendencia. 

Evidentemente, no siempre la Iglesia ha sido ni es ese espacio 
liberado ni ese ámbito de disfrute compartido que garantiza la 
credibilidad de las creencias que sus miembros dicen sostener y vivir. 

No obstante, la Iglesia, que en su componente terreno no consigue 
responder plenamente a la gracia que la invita a ser oasis fértil, 
esconde venturosamente, en sus entrañas, el principio que la vitaliza, 
el Espíritu de Jesucristo Resucitado. 

Él, milagrosa e inmerecidamente, la capacita para ser, en verdad, 
labranza de Dios, con cuyos frutos se elaboran el pan, el vino y el 
aceite. 

Estos bienes son los que han de componer la mesa que, en el Día 
del Señor, tendrá como comensales a todos los que hayan querido oír 
y acoger la voz insinuante de quien llamaba a su puerta para decirles: 
«Si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y 
él conmigo» (Ap 3,20). 
........................
1. Cf. Gén 2,7; 3,19. 
2. Cf Gén 3,17. 
3. Cf. Jer 3,19; 4,3.
4. Cf. Mt 13,44.
5. Cf. Mt 13,8.23.
6. Cf. Mt 13,4-7.19-22. 
7. Cf. Sal 16,5.
8. Cf. Lev 26,16.
9. Cf. Lc 18,31ss. 
10. Cf. Mt 5,45. 
11. Cf Sant 5,7.
12. Cf. Dt 9,26. 
13. Cf. Lc 17,10. 
14. Cf. Jn 1,16. 
15. Cf. Lc 1,47-55. 
16. Cf. Lev 23,33ss; Dt 16,13-15. 
17. Cf. Lev 23,40. 
18. Cf. Mt 9,37. 
19. Cf. Jl 4,13. 
20. Cf. Jer 51,33. 
21. Cf. Mt 13,24ss. 
22. Cf. 2 Cor 9,6. 
23. Cf. Col 1,24.

ANTONIO TROBAJO-LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA-BAC 2000. MADRID 1997

Agradecemos a mercaba.com

 

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Ministerio petrino  - Pedro, en nombre de los Apóstoles, fue el primero en profesar la fe: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). «Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser el guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo. La cátedra de Roma es, ante todo, cátedra de este credo. Desde lo alto de esta cátedra, el Obispo de Roma debe repetir constantemente: Dominus Iesus, ‘Jesús es el Señor’».

Pedro, una vez convertido, debía confirmar a sus hermanos. Eso mismo hace el titular del ministerio petrino: «debe tener conciencia de que es un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles sus fuerzas, y necesita constantemente purificación y conversión. Pero debe tener también conciencia de que del Señor le viene la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerlos unidos en la confesión de Cristo crucificado y resucitado».

El Señor confirió a Pedro y, después de él, a los Doce, los poderes y el mandato de atar y desatar. Parte esencial de esta misión es la potestad de enseñar, simbolizada en la cátedra donde se sienta el obispo de Roma para dar testimonio de Cristo.

Esta potestad de enseñanza asusta a muchos hombres, dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no constituye una amenaza para la libertad de conciencia, si no es una presunción contrapuesta a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato para servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, implica un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración, así como frente a todo oportunismo (7-V-2005).

El servicio de la potestas docendi –y, análogamente, de la potestas regendi et sanctificandi – que el Papa ejerce no se limita a la explicación fiel de la Palabra de Dios, sino que pasa también por la obediencia a la fe de la Iglesia, porque, en su ministerio petrino de decidir y enseñar, el Papa está unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos y a las interpretaciones vinculantes surgidas a lo largo del camino de la Iglesia peregrinante. La potestad de enseñanza es, por lo tanto, una potestad de obediencia y un servicio a la verdad.

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Iglesia Católica año 153 - Ya el mártir san Justino, en su Primera Apología, escrita aproximadamente el año 153, proclamaba la realización del versículo del cántico, que dice:  "de Jerusalén saldrá la palabra del Señor" (cf. v. 3). Escribía:  "De Jerusalén salieron doce hombres hacia todo el mundo. Eran ignorantes; no sabían hablar, pero gracias al poder de Dios revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios. Y nosotros, que antes nos matábamos los unos a los otros, no sólo no luchamos ya contra los enemigos, sino que, para no mentir y no engañar a los que nos interrogan, de buen grado morimos confesando a Cristo" (Primera Apología, 39, 3:  Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 118).

 

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Iglesia católica en Roma 150 ca. - La historia de las catacumbas de San Calixto se remonta a fines del siglo II después de Cristo, cuando la Iglesia de Roma inició la excavación de cementerios propios, reservados a los cristianos. Entre las más de sesenta catacumbas que rodean a Roma, las catacumbas de San Calixto revisten una importancia primaria por la extensión y la profundidad de las excavaciones, por el gran número de tumbas, por la variedad y riqueza de las inscripciones y de las pinturas; por la cripta de los papas y otras criptas de mártires.
Aunque a comienzos del siglo V la Iglesia volvió a sepultar a los muertos en superficie, las catacumbas, que habían llegado a ser los verdaderos santuarios de los mártires, durante siglos continuaron siendo visitadas por los fieles, que acudían a rezar sobre la tumba de los mártires y a renovar ahí su fe. La invasión de los godos en el siglo VI y de los longobardos en el siglo VIII, dañaron gravemente las catacumbas y obligaron a los papas a trasladar los cuerpos de los mártires y de los santos a las iglesias de la ciudad, por razones de seguridad. Y así las catacumbas fueron gradualmente abandonadas. Con el transcurrir del tiempo desmoronamientos del terreno y el crecimiento de la vegetación obstruyeron y ocultaron el ingreso a las catacumbas, de suerte que se perdió hasta el vestigio de la mayor parte de las mismas. En la tarda Edad Media ni siquiera se sabía dónde se encontraban.
Una parte fue descubierta tan solo unos siglos después por el gran arqueólogo maltés Antonio Bosio (1575-1629), pero las catacumbas de San Calixto fueron descubiertas, exploradas y documentadas solamente en 1852, gracias a los esfuerzos de Giovanni Battista de Rossi, que es considerado el Padre y Fundador de la Arqueología cristiana.
I. El territorio calixtiano - 1. Ubicación
A pocos centenares de metros más allá de la moderna y muy frecuentada Vía Cristoforo Colombo que lleva al EUR, es dable sumergirse en un lugar de la Roma de hace 2000 años, la Roma imperial y la Roma de la Iglesia primitiva. Basta recorrer la vía Apia Antigua, saliendo de la puerta de San Sebastián y se encuentran las iglesias del "Dómine, quo vadis?" (Señor, ¿adónde vas?), las catacumbas de Pretextato, las catacumbas de San Sebastián, las ruinas del circo de Majencio y la tumba de Cecilia Metela. Justamente en el centro de estas antiguas glorias, encerrada entre la vía Apia Antigua, la Ardeatina y el callejón de las Siete Iglesias, hay una isla verde, que custodia en sus entrañas un cofre de testimonios antiguos: las Catacumbas de San Calixto, que en los años oscuros y luminosos de las persecuciones hospedaron las tumbas de los papas y de tantos cristianos mártires y no mártires.
Desde 1930 el papa Pío XI ha confiado este tesoro a los Hijos de Don Bosco, para que lo conserven celosamente y lo señalen a la admiración de los fieles.
Se trata de alrededor de treinta hectáreas de terreno, de las que unas quince están ocupadas por las catacumbas. Las galerías del "complejo calixtiano" distribuidas a veces en cuatro planos, alcanzan una longitud de aproximadamente veinte kilómetros. Numerosísimas las tumbas, tal vez medio millón. El complejo resulta formado por varios núcleos cementeriales que se extendieron con el tiempo: las Criptas de Lucina, el Cementerio de San Calixto, el Cementerio de Santa Sotera, el Cementerio de los santos Marcos, Marceliano y Dámaso, llamado también de Basileo, y el Cementerio de Balbina.
Entre los cementerios subterráneos de la Iglesia primitiva, el de San Calixto tiene un lugar de honor, porque fue el primer cementerio oficial de la comunidad cristiana de Roma. En la vasta zona comprendida actualmente bajo tal denominación fue sepultada una multitud de santos y mártires: 16 papas, de los cuales 9 en la célebre Cripta de los Papas, donde se conservan todavía cinco inscripciones originales en griego juntamente con un espléndido poema de Dámaso.
Al lado de la Cripta de los Papas está la no menos famosa Cripta de Santa Cecilia , donde ella permaneció sepultada durante siglos. Criptas igualmente importantes son las de San Cornelio, San Eusebio y San Cayo.
Se sabe además que en la superficie a flor de tierra de este cementerio, en una pequeña basílica, era venerado San Tarcisio, el joven protomártir de la Eucaristía.
2. El Cementerio de San Calixto
El Papa Ceferino, a comienzos del siglo III, nombró a Calixto administrador del cementerio. Por esto el cementerio tomó el nombre de Catacumbas de San Calixto; lo cual contrasta con la costumbre, según la cual las antiguas necrópolis cristianas eran denominadas o por los mártires en ellas venerados y por el fundador o por la localidad donde se hallaban.
El "Area prima" preexistía a Calixto y la Cripta de los Papas preexistía como galería subterránea familiar. Calixto, elegido Papa en el año 217 y luego martirizado, fue sepultado en un cementerio de la Vía Aurelia.
Para entender la historia de este cementerio, hace falta decir previamente que en el siglo I los cristianos no tenían cementerios propios. Sepultaban a sus seres queridos en áreas cementeriales paganas, abiertas a todos.
Hacia el año 150 surgen los primeros cementerios cristianos, que se desarrollan alrededor de los sepulcros de familia, cuyos ricos propietarios, recién convertidos o simpatizantes, permiten a los cristianos ser sepultados ahí.
Con el tiempo las áreas funerarias se ensanchan, también con donaciones y adquisiciones de nuevas propiedades, a veces por impulso de la Iglesia misma.
Tan solo en el siglo IV el Cementerio de Calixto tuvo un desarrollo grandioso.
A comienzos del siglo V, cesó el uso ordinario de sepultar en una catacumba, a motivo de las invasiones barbáricas. Las visitas de los peregrinos, sin embargo, continuaron por otros cuatro siglos, pero entre fines del siglo VIII y comienzos del siglo IX, las catacumbas, privadas de los cuerpos gloriosos de los mártires, fueron abandonadas e ignoradas por toda la baja Edad Media.
3. La ciudad subterránea
El "complejo calixtiano", formado ahora por cuatro catacumbas ocupa casi 15 hectáreas de terreno. La catacumba, además, alcanza el IV piso a 30 m de profundidad.
Quien baja a esas galerías ve abrirse delante de sí, a medida que se adentra en ellas, una red de laberintos.
Etimológicamente, el nombre "catacumba" significa "lugar cerca de la cavidad", es decir, cerca del área donde fue excavado el antiguo cementerio cristiano de San Sebastián; con este nombre se quiso indicar después todos los cementerios cristianos.
Los paganos solían llamar sus cementerios con el vocablo griego "necrópolis", la "ciudad de los muertos". Los cristianos, en cambio, prefirieron el nombre de "cementerio" -"koimetérion" en griego-, es decir, "lugar del sueño". La palabra, inventada por ellos, deriva del verbo griego "koimao" que precisamente significa "dormir". El cementerio era, pues, para los cristianos simplemente "el lugar del sueño" en espera de la resurrección de los muertos. Esto explica también por qué los cristianos amaban llamar el día de la muerte de un mártir "dies natalis" (día natalicio), es decir, el día del nacimiento a la verdadera vida.
Desde el punto de vista emotivo una visita a las catacumbas es uno de los momentos más atrayentes de una estadía romana.
La inmensa red subterránea ejerce una fuerza de atracción irresistible. El visitante siente dentro de sí un impulso incontenible a adentrarse en los sugestivos laberintos, siente la fascinación profunda del silencio. MM.

 

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"Misericordias Domini in aeternum cantabo, cantaré eternamente las misericordias del Señor..." (cf. Sal 88, 2).

 

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"El viento de la soberbia arrastra toda virtud. La humildad es la base de las buenas obras". (S. Agustín).

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«La historia es el testimonio de los tiempos, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la maestra de la vida y nuncio de la antigüedad». Cicerón

 

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Vocación: Dios es quien llama, y el hombre es el convocado. La llamada es siempre a amar, es decir, a servir, y también a hacer rendir los talentos. Está en la naturaleza del hombre este deseo de conocer y responder a la vocación, deseo que tiene implicaciones también sociales: una sociedad en la que los hombres no pueden ejercer aquello a lo que se sienten llamados será muy defectuosa, como detectaba ya Platón en La República.

 

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"Es más fácil desintegrar un átomo que un pre-concepto" - Albert Einstein.

 

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Un libro histórico —como son los evangelios por ejemplo— merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro. Es decir, cuándo el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), cuando el autor del libro conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad), y, por último, cuando ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad).

 

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«El hombre en el dolor trabaja para sí y labora contra su perdición»

 

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«Al que está hambriento, hasta las cosas amargas le parecen dulces».

 

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Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí; debe anunciarlo

 

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Abraham Lincoln: «Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo».

 

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Grave falta se comete al mentir para dañar el buen nombre del prójimo o manifestar sin causa justa sus pecados y defectos, aunque sean verdad.

 

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El mensaje bíblico - El cuidado de la creación

22. La primera página de la Biblia relata la creación del mundo y de la persona humana: « Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya: a imagen de Dios le creó; macho y hembra los creó » (Gn 1, 27). Palabras solemnes expresan la tarea que Dios les confía: « Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra » (Gn 1, 28).

La primera tarea que Dios les encomienda —es evidente que se trata de una tarea fundamental— se refiere a la actitud que deben tener con la tierra y con todos los seres vivientes. « Henchir » y « dominar » son dos verbos que se pueden malentender con facilidad e incluso pueden parecer una justificación de ese dominio despótico y desenfrenado que no se preocupa por la tierra y por sus frutos y hace estragos con ella a su propio favor. En realidad « henchir » y « dominar » son verbos que, en el lenguaje bíblico, sirven para describir la dominación del rey sabio que se preocupa por el bienestar de todos sus súbditos.

 

El hombre y la mujer tienen que cuidar la creación, para que ésta les sirva y para que esté a disposición de todos y no sólo de algunos.

23. La naturaleza profunda de la creación es la de ser un don de Dios, un don para todos, y Dios quiere que se quede así. Por eso la primera orden que Dios da es la de conservar la tierra respetando su naturaleza de don y bendición, y de no transformarla en instrumento de poder o motivo de conflictos.

El derecho-deber de la persona humana de dominar la tierra nace del hecho de ser imagen de Dios: corresponde a todos y no sólo a algunos la responsabilidad de la creación. En Egipto y en Babilonia este privilegio era sólo de algunos. En la Biblia, en cambio, el dominio pertenece a la persona humana por ser tal y, por lo tanto a todos. Es más, es la humanidad conjuntamente la que se debe sentir responsable de la creación.

Dios deja al hombre en el jardín para que lo labre y lo cuide (cf. Gn 2, 15) y para que se alimente de sus frutos. En Egipto y en Babilonia el trabajo es una dura necesidad impuesta a los hombres en beneficio de los dioses: en realidad, en beneficio del rey, de los funcionarios, de los sacerdotes y de los terratenientes. En la narración bíblica, en cambio, el trabajo es algo para la realización de la persona humana.

 

La tierra es de Dios quien la ofrece a todos sus hijos

24. El israelita tiene el derecho de propiedad de la tierra, que la ley protege de muchas formas. El Decálogo prescribe: « no codiciarás la casa de tu prójimo, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo » (Dt 5, 21).

Se puede decir que el israelita se siente verdaderamente libre y plenamente israelita sólo cuando posee su parcela de tierra. Pero la tierra es de Dios, insiste el Antiguo Testamento, y Dios la ha dado en herencia a todos los hijos de Israel. Se debe por lo tanto repartir entre todas las tribus, clanes y familias. Y el hombre no es el verdadero dueño de su tierra sino que es más bien un administrador. El dueño es Dios. Se lee en el Levítico: « La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes » (25, 23).

En Egipto la tierra pertenecía al faraón y los campesinos eran sus esclavos y de su propiedad. En Babilonia había una estructura feudal: el rey entregaba las tierras a cambio de servicios y de fidelidad. No hay nada parecido en Israel. La tierra es de Dios que la ofrece a todos sus hijos.

 

25. De ahí derivan varias consecuencias. Por un lado, nadie tiene el derecho de quitar la tierra a la persona que la cultiva, en caso contrario se viola un derecho divino; ni siquiera el rey puede hacerlo.(16) Por otro lado, se prohibe toda forma de posesión absoluta y arbitraria a propio favor: no se puede hacer lo que se quiere con los bienes que Dios ha dado para todos.

Sobre esta base la legislación ha ido añadiendo, impulsada siempre por situaciones concretas, muchas restricciones al derecho de propiedad. Algunos ejemplos: la prohibición de recoger los frutos de un árbol durante los cuatro primeros años (cf. Lv 19, 23-25), la invitación a no cosechar la miés hasta el borde del campo y la prohibición de recoger los frutos y las espigas olvidados o caídos, porque pertenecen a los pobres (cf. Lv 19, 9-10; 23, 22; Dt 24, 19-22).

A la luz de esta visión de la propiedad se entiende la severidad del juicio moral expresado por la Biblia sobre los abusos de los ricos, que obligan a los pobres y a los campesinos a ceder sus fundos familiares. Los Profetas son los que más condenan estos abusos. « ¡Ay, los que juntáis casa con casa, y campo con campo anexionáis! » grita Isaías (5, 8). Y su contemporáneo Miqueas añade: « Codician campos y los roban, casas, y las usurpan; hacen violencia al hombre y a su casa, al individuo y a su heredad » (2, 2).

 

 

Por venir a visitarnos, os agradecemos.-

Benedicto PP XVI: 2008.I.01 ‘Día mundial de la paz’ como cada primero de enero. Familia humana: comunidad de paz’ lema 01 enero para el 2008. 40 aniversario de la celebración de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968-2008) ‘la celebración de esta Jornada, fruto de una intuición providencial del Papa Pablo VI’.-

Anno Domini 2008 - Dominus illuminatio mea - "The Lord is my light"
El Señor es mi luz, Salmo 27.

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¿Por qué repetimos y recomendamos algunos libros? - No responde esta habitual insistencia a ningún imperativo ni legal, ni moral, ni de compromiso alguno. El único compromiso es el del servicio a la conformación de una cultura católica que hoy es más necesaria que nunca.

Recomendamos vivamente:

1º ‘HISTORIA DE LA IGLESIA ANTIGUAJosé María Magaz Fernández –

Facultad de Teología San Dámaso - Madrid 2007 - 430 páginas

Un manual para tener una idea ordenada de los primeros siglos cristianos, hasta Agustín y la herejía pelagiana.

2º ‘El origen de la vida’ - Título: ‘Origen del hombre’ Ciencia, filosofía y Religión
Autor: Mariano Artigas-Daniel Turbón - Editorial: EUNSA – 2008.
Este libro es el ejemplo de una sencilla y comprensible presentación del estado actual de la investigación  sobre los orígenes de la vida que no esconde, ni mutila, ni cercena, los datos de la realidad objeto de estudio. Es una magnífica síntesis que debe ser tenida en cuenta.

3º ‘Europa y la Fe’. Editor: Ciudadela Libros. Autor: Hilaire Belloc.
Páginas: 237 - ISBN: 978-84-96836-23-5 -

En esta obra se trata con un realismo histórico apabullante el tema de Europa y su relación con la fe católica. No se debería desconocer este ensayo histórico admirable en que su autor explica cómo la Iglesia católica ayudó a salvar a Occidente, en las Edades oscuras, preservando lo mejor de la civilización griega y romana, y cómo los europeos, todavía hoy, nos beneficiamos de instituciones sociales y de forma políticas de indudable origen católico como los Parlamentos. Es muy posible que no se haya escrito una mejor visión de conjunto de la civilización occidental que este libro.

4º ‘Jesús de Nazaret’ – ‘Benedicto XVI’. 2007;al siglo: Joseph Cardenal Ratzinger

5º ‘El Libro negro de las nuevas persecuciones anticristianas’, Thomás Grimaux es el autor - Favre, 160 páginas. Valeurs Actuelles, 2008 -. Todo un acierto.

6º ‘LA LEYENDA NEGRA’, de PHILIP W. POWELL (1913-1987), publica la editorial Áltera en su colección ‘Los Grandes Engaños Históricos’. 2008 – Como también:

‘LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA’. Autor Vittorio MESSORI – Editorial “PLANETA-TESTIMONIO” 10ª EDICIÓN – Óptimo libro para defenderse del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo en lo que concierne a la Iglesia.

Grüss Gott. Salve, oh Dios.

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).