Monday 27 March 2017 | Actualizada : 2017-03-03
 
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En Pentecostés la Iglesia se manifestó una, santa, católica y apostólica; se manifestó misionera, con el don de hablar todas las lenguas del mundo, porque a todos los pueblos está destinada la buena nueva del amor de Dios. "El Espíritu —enseña también el Concilio— conduce a la Iglesia a la verdad total, la une en la comunión y el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la adorna con sus frutos" (ib., 4).

 

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Pedro, crucificado con los pies hacia arriba, Roma 64/7ca.

enterrado a la orilla derecha del Tiber, colina vaticana, hasta hoy. MMVI.

 

CATOLICIDAD: La finalidad de la misión es una humanidad transformada en una glorificación viva de Dios, el culto verdadero que Dios espera: este es el sentido más profundo de la catolicidad, una catolicidad que ya nos ha sido donada y hacia la cual, sin embargo, debemos avanzar siempre de nuevo. Catolicidad no sólo expresa una dimensión horizontal, la reunión de muchas personas en la unidad; también entraña una dimensión vertical: sólo dirigiendo nuestra mirada a Dios, sólo abriéndonos a él, podemos llegar a ser realmente uno. Como san Pablo, también san Pedro vino a Roma, a la ciudad a donde confluían todos los pueblos y que, precisamente por eso, podía convertirse, antes que cualquier otra, en manifestación de la universalidad del Evangelio. Al emprender el viaje de Jerusalén a Roma, ciertamente sabía que lo guiaban las palabras de los profetas, la fe y la oración de Israel.

En efecto, la misión hacia todo el mundo también forma parte del anuncio de la antigua alianza: el pueblo de Israel estaba destinado a ser luz de las naciones. El gran salmo de la Pasión, el salmo 21, cuyo primer versículo "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" pronunció Jesús en la cruz, terminaba con la visión: "Volverán al Señor de todos los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos" (Sal 21, 28). Cuando san Pedro y san Pablo vinieron a Roma, el Señor, que había iniciado ese salmo en la cruz, había resucitado; ahora se debía anunciar a todos los pueblos esa victoria de Dios, cumpliendo así la promesa con la que concluía el Salmo.
Catolicidad significa universalidad, multiplicidad que se transforma en unidad; unidad que, a pesar de todo, sigue siendo multiplicidad. Las palabras de san Pablo sobre la universalidad de la Iglesia nos han explicado que de esta unidad forma parte la capacidad de los pueblos de superarse a sí mismos para mirar hacia el único Dios.

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: "la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad" (Adversus haereses, I, 10, 2).

La unidad de los hombres en su multiplicidad ha sido posible porque Dios, el único Dios del cielo y de la tierra, se nos manifestó; porque la verdad esencial sobre nuestra vida, sobre nuestro origen y nuestro destino, se hizo visible cuando él se nos manifestó y en Jesucristo nos hizo ver su rostro, se nos reveló a sí mismo. Esta verdad sobre la esencia de nuestro ser, sobre nuestra vida y nuestra muerte, verdad que Dios hizo visible, nos une y nos convierte en hermanos. Catolicidad y unidad van juntas. Y la unidad tiene un contenido: la fe que los Apóstoles nos transmitieron de parte de Cristo.

Hemos dicho que catolicidad de la Iglesia y unidad de la Iglesia van juntas. El hecho de que ambas dimensiones se nos hagan visibles en las figuras de los santos Apóstoles nos indica ya la característica sucesiva de la Iglesia: apostólica. ¿Qué significa?

El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos. San Marcos nos dice que Jesús llamó a los Apóstoles para que "estuvieran con él y también para enviarlos" (Mc 3, 14). Casi parece una contradicción. Nosotros diríamos: o están con él o son enviados y se ponen en camino.

El Papa san Gregorio Magno tiene un texto acerca de los ángeles que nos puede ayudar a aclarar esa aparente contradicción. Dice que los ángeles son siempre enviados y, al mismo tiempo, están siempre en presencia de Dios, y continúa: "Dondequiera que sean enviados, dondequiera que vayan, caminan siempre en presencia de Dios" (Homilía 34, 13). El Apocalipsis se refiere a los obispos como "ángeles" de su Iglesia; por eso, podemos hacer esta aplicación: los Apóstoles y sus sucesores deberían estar siempre en presencia del Señor y precisamente así, dondequiera que vayan, estarán siempre en comunión con él y vivirán de esa comunión.

La Iglesia es apostólica porque confiesa la fe de los Apóstoles y trata de vivirla. Hay una unicidad que caracteriza a los Doce llamados por el Señor, pero al mismo tiempo existe una continuidad en la misión apostólica. San Pedro, en su primera carta, se refiere a sí mismo como "co-presbítero" con los presbíteros a los que escribe (cf. 1 P 5, 1). Así expresó el principio de la sucesión apostólica: el mismo ministerio que él había recibido del Señor prosigue ahora en la Iglesia gracias a la ordenación sacerdotal. La palabra de Dios no es sólo escrita; gracias a los testigos que el Señor, por el sacramento, insertó en el ministerio apostólico, sigue siendo palabra viva.

Con esto no queremos olvidar que el sentido de todas las funciones y los ministerios es, en el fondo, que "lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud", de modo que crezca el cuerpo de Cristo "para construcción de sí mismo en el amor" (Ef 4, 13. 16).

En este momento de la historia, lleno de escepticismo y de dudas, pero también rico en deseo de Dios, reconocemos de nuevo nuestra misión común de testimoniar juntos a Cristo nuestro Señor y, sobre la base de la unidad que ya se nos ha donado, de ayudar al mundo para que crea. Y pidamos con todo nuestro corazón al Señor que nos guíe a la unidad plena, a fin de que el esplendor de la verdad, la única que puede crear la unidad, sea de nuevo visible en el mundo.

El evangelio de este día nos habla de la confesión de san Pedro, con la que inició la Iglesia: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). He hablado de la Iglesia una, católica y apostólica, pero no lo he hecho aún de la Iglesia santa; por eso, quisiera recordar en este momento otra confesión de Pedro, pronunciada en nombre de los Doce en la hora del gran abandono: "Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 69). ¿Qué significa? Jesús, en la gran oración sacerdotal, dice que se santifica por los discípulos, aludiendo al sacrificio de su muerte (cf. Jn 17, 19). De esta forma Jesús expresa implícitamente su función de verdadero Sumo Sacerdote que realiza el misterio del "Día de la reconciliación", ya no sólo mediante ritos sustitutivos, sino en la realidad concreta de su cuerpo y su sangre.

En el Antiguo Testamento, las palabras "el Santo de Dios" indicaban a Aarón como sumo sacerdote que tenía la misión de realizar la santificación de Israel (cf. Sal 105, 16; Si 45, 6). La confesión de Pedro en favor de Cristo, a quien llama "el Santo de Dios", está en el contexto del discurso eucarístico, en el cual Jesús anuncia el gran Día de la reconciliación mediante la ofrenda de sí mismo en sacrificio: "El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).

Así, sobre el telón de fondo de esa confesión, está el misterio sacerdotal de Jesús, su sacrificio por todos nosotros. La Iglesia no es santa por sí misma, pues está compuesta de pecadores, como sabemos y vemos todos. Más bien, siempre es santificada de nuevo por el Santo de Dios, por el amor purificador de Cristo. Dios no sólo ha hablado; además, nos ha amado de una forma muy realista, nos ha amado hasta la muerte de su propio Hijo. Esto precisamente nos muestra toda la grandeza de la revelación, que en cierto modo ha infligido las heridas al corazón de Dios mismo. Así pues, cada uno de nosotros puede decir personalmente, con san Pablo: "Yo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).

Pidamos al Señor que la verdad de estas palabras penetre profundamente, con su alegría y con su responsabilidad, en nuestro corazón. Pidámosle que, irradiándose desde la celebración eucarística, sea cada vez más la fuerza que transforme nuestra vida. S. S. BENEDICTO XVI – P.P.  2005-06.29 - ZS05070104

 

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En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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Parábola. (Del lat. parab?la, y este del gr. παραβολ?).1. f. Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.2. f. Geom. Lugar geométrico de los puntos del plano equidistantes de una recta y de un punto fijos, que resulta de cortar un cono circular recto por un plano paralelo a una generatriz.

 

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LAUREL - Es ampliamente conocido el que la ninfa Dafne, que quiere decir laurel en griego, estaba siendo perseguida por el dios Apolo y que huyendo de éste buscó refugio en su padre el dios Teneo, que se había transformado en río, el cual para proteger a su hija de Apolo convirtió a ésta en árbol, en laurel. De ahí que los griegos consideraran al laurel como árbol sagrado y creyeran que el rayo, que procedía del dios supremo Zeus, no podía caer sobre él. Los romanos adoptaron también ésta parte la mitología griega hasta el punto de que Tiberio César, por ejemplo, cada vez que había tormenta se ponía hojas de laurel en la cabeza.

En distintos puntos de España, pero sobre todo en el País Vasco, existe la costumbre de colocar una rama de laurel en la puerta de los caseríos para protegerlos del rayo. La Iglesia Católica quiso cristianizar ésta práctica pagana que llegó a España con los romanos y llevó el laurel a ser bendecido en las iglesias el Domingo de Ramos, como si se tratara de las palmas que recibieron a Nuestro Señor a su entrada en Jerusalen en el inicio de la Pasión y así se hace hoy en día.(2007).

 

El laurel era un símbolo de victoria que lucían emperadores y generales victoriosos en Roma. Significaba que aquel hombre distinguido había sido tocado por los dioses y contaba con su favor. Ese es el sentido que en la Edad Media llevó a poetas y artistas y hombres de ciencias a recibir coronas de laurel y de ahí el verbo laurear (premiar). El Premio Nobel se distingue con una corona de laurel. Curiosamente el laurel es también árbol sagrado de los judíos, que creen que se trata de uno de los árboles del Paraíso. Siempre tiene hojas y está verde, es el símbolo de la eterna juventud.

Algo habrá que añadir a tan interesante juicio, pues el laurel es, sin duda, una planta maravillosa, cuyas hojas dan sabor a todos los guisos. Conviene distinguir el laurel común, de hoja grande y aromática, del laurus nobilis (o laurel de Apolo) de hoja pequeña, con el que se hacían las coronas de los vencedores en la guerra, en los deportes o en las justas poéticas. La hoja de laurel era el logotipo (como ahora decimos) de Lorenzo de Medici con el lema Ita ut virtus (= así es la virtud), es decir, perenne. Los romanos utilizaban la rama del laurel como aspersorio, para rociar los objetos que iban a ser bendecidos y alejar los malos espíritus.

Los griegos celebraban unas fiestas en Tebas cada nueve años en honor de Apolo. El niño que hacía de ministro de esas celebraciones llevaba una corona de laurel. El premio de los juegos en honor de Apolo era también una corona de laurel.

En Roma laureare era "coronar con laurel" (laurus) a los generales victoriosos y laus era "elogio, alabanza en público". Insisto en que me parece evidente la proximidad entre esas voces, incorporadas ya a nuestra lengua y nuestra cultura. El Diccionario etimológico de Roque Barcia asume el parentesco entre laurel y alabanza. En italiano láurea es el doctorado universitario. Nosotros damos la nota cum laude cuando la tesis doctoral es excelente. En español "dormirse en los laureles" significa apoltronarse confiando excesivamente en el éxito alcanzado. De la raíz lau se deriva galardón y lucro.

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Con referencia a la simbología del laurel, Antonio-Jorge Serra Mallol recuerda que "en las puertas de los caseríos vascos se pone una hoja de laurel para evitar la caída del rayo encima del edificio". Puede ser un resto de la simbología romana. Lo que prueba la tesis de Julio Caro Baroja sobre las profundas influencias del mundo romano en el vasco. A estas alturas nadie se cree la leyenda de que los romanos no entraron en la tierra de los vascos. 2007-04-20-L.D.ESP.

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Laura en griego antiguo significa -callejuela-

 

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

 

CAPITULO VI. 
Olivo fecundo
Olivo injertado 
El olivo de la paz
El olivo de la gloria

 

CAPÍTULO VI

OLIVO FECUNDO

El olivo es un árbol propio de las cuencas mediterráneas, cuyo cultivo se conoce desde épocas muy primitivas. Nada debe extrañar, pues, que sea abundante el empleo de su nombre para aplicarlo a diversos significados metafóricos. El olivo es, frente a la frondosidad y a la esbeltez de otros, un árbol que pasa desapercibido por su modestia y por su humildad, y que, por tener además la hoja persistente, puede ser utilizado con diversas cargas significativas. 

Dentro del Antiguo Testamento, el olivo aparece como signo de la renovación de la alianza primitiva. Cuando Noé, tras la hecatombe del diluvio, desde el Arca, suelta por segunda vez una paloma, ésta regresa con una rama de olivo en el pico 1. El acontecimiento no quiere significar únicamente que vuelve a comenzar la vida en la faz de la tierra. Ante todo y con pleno rigor, en la imagen se visualiza la generosidad de Yahveh, que otorga al hombre, de nuevo, la paz y la 
bendición. 

Por otra parte, al fiel creyente israelita se le compara con un olivo que está bajo la protección de Dios. De ahí que quien pone su confianza en el Señor puede exclamar con el salmista: «Yo, como un olivo verde en la casa de Dios, confío en su amor para siempre jamás» (Sal 52,10). 

A Israel también se le identifica, en alguna ocasión, con este mismo árbol, que es plantado por el mismo Dios y «adornado de frutos generosos», pero que, por separarse de la alianza con Yahveh y por no haber sido fiel a los compromisos religiosos, se ve humillado y maldecido por la voz del profeta: «Con gran estrépito el Señor te ha 
prendido fuego y se te han quemado tus guías» (Jer 11,16). 

Todas son prefiguraciones de la Iglesia, la cual es salvada de las catástrofes de esta tierra y es fortalecida en su identidad por el regalo de la paz, que Dios le hace con gratuidad. De este modo, será, en el nuevo tiempo, un signo, ante los pueblos, de que Dios no abandona jamás a sus elegidos. 

Sin embargo, la Iglesia, como nuevo pueblo de Israel, también correrá con los riesgos de olvidar el amor primero y de quedar reducida a la insignificancia. 

La hoja perenne, símbolo de la constante asistencia divina, puede marchitarse y ser reducida a cenizas. Ocurrirá cuando la indignidad de quienes integran la comunidad eclesial los conduzca a la pérdida de lo más esencial de su condición. Ésta es la de ser brotes de olivo, en torno a la mesa del Señor, y constituirse, por gracia, en árbol, que significa la esperanza y la paz, levantado en medio de los desiertos de esta tierra. 

 

Olivo-injertado -
Apoyado en el uso del término en la literatura bíblica precristiana, San Pablo acude a la imagen del olivo para, figuradamente, referirse, por una parte, al pueblo de Israel («olivo fértil o cultivado») y, por otra, a los cristianos procedentes de la gentilidad («olivo silvestre») 2.

La Carta a los Romanos nos presenta a los judíos como las primeras ramas del olivo cultivado, que, sin embargo, pasan por el grave trance de perder su condición. Las raíces están en los Patriarcas, en cuya sangre y en cuya fidelidad se preparó la venida del Mesías; pero la decisiva incorporación al olivo de Dios no es resultado de ser descendencia de Abraham, sino de tener la misma fe de Abraham 3. 

La imagen le sirve a Pablo para describir a la Iglesia como nuevo pueblo de Dios, en el que todos, judíos y gentiles, tienen su sitio, reconciliados por la cruz de Cristo. 

La gentilidad es comparada con el acebuche u olivo silvestre, estéril y montaraz, incapaz de sujetarse a ser árbol cultivado y de dejarse acompañar por otros de su misma condición. Su triste índole llegará a su fin desde el momento en que el mismo Dios proceda a injertar sus ramas de olivo silvestre en los lugares dejados por las ramas desgajadas del judaísmo. Desde entonces, los gentiles, miembros de la Iglesia de segundo turno, injertados en el olivo noble, participarán, plenamente, de la raíz y de la savia de éste. 

Sorprende el uso llamativo de la imagen, ya que, en buena técnica botánica, es la rama fértil la que se ha de injertar en el árbol silvestre. La extravagancia en el uso de la metáfora le sirve a Pablo para subrayar que los frutos cristianos del ámbito de la gentilidad no serían posibles sin la inserción en la fe israelita, de la que son herederos y  continuadores. 

El pueblo de Israel, sin embargo, no quedará sometido a la desgracia de ser rama desgajada del olivo, para arder en la pira de lo inservible; Dios tiene, en sus planes inescrutables, el proyecto de que esas ramas primigenias vuelvan a reverdecer, en su día, con un reinjerto definitivo. 

La Iglesia, compuesta por judíos y gentiles, ha de saberse inserta en Cristo, olivo rugoso y centenario, de hoja siempre viva. Su raíz se hunde en las profundidades últimas de una tierra con vocación de fertilidad. Su savia recorre todo el entramado de ramas, hojas y frutos. Sin el esfuerzo eclesial por mantener la unión con Cristo, jamas será posible la vitalidad de los injertos, la alegría del verdor y la feracidad de los frutos. 



 

plantación de oliveras

I/FIDELIDAD: Además, la Iglesia se ve en la obligación de cuidar de su propia fidelidad, con vigor, vigilancia y estabilidad, sin presunción alguna, para que en ella no se repita la historia del desgajamiento al que se autocondenó el viejo pueblo escogido 4. 


Pasar de ser acebuche a pertenecer a la categoría de olivo noble no es un título honorífico inerte. Los nuevos injertos, extraídos de su condición de silvestres, están destinados a facilitar que raíz y savia produzcan, por medio de ellos, frutos abundantes. A la sombra de las ramas del olivo rejuvenecido, que es la Iglesia, los viandantes tendrán 
derecho a cobijarse y a reponer sus fuerzas debilitadas, con la ingestión de la verde aceituna, de suave olor y de concentrada energía. 

Este fruto será la materia que Dios quiere emplear, por medio de la unción, para consagrar, señalar y dar nueva vida a sus elegidos. Los fortalecerá en los caminos de la vida. Los llenará de su Espíritu. Los dedicará a las funciones ministeriales. Los marcará, como propiedad inalienable, en los momentos en que han de salir al encuentro definitivo con el Señor Resucitado, que se les acerca, como Novio que acude a las bodas con la Amada. 

El olivo de la paz
Nada se opone a que concibamos a la Iglesia como una reencarnación, en el presente, de aquella paloma que Noé dejó salir del Arca de salvación y que regresó con la rama del olivo de la paz en su pico. 

Como se ha dicho, la Iglesia está vocacionada para ser nueva paloma de la paz, que aletea gozosa sobre el mundo, que sufre las consecuencias de catástrofes sin cuento. 

I/AGUSTIN: Ella existe para echarse a los aires de la tierra y para repartir, con profusión, el mensaje de la paz a quienes se arrastran dominados por las secuelas de las tendencias originales hacia el mal. 
«Ningún hombre cuerdo opinará contra la razón; ningún cristiano contra la Escritura; nadie que ame la paz, opinará contra la Iglesia» 
(SAN AGUSTIN). 

La Iglesia, cual paloma, regresará repetidamente al calor del Arca, para reponer fuerzas en la comunión fraterna y en la mesa compartida, y, repetidamente, volverá a elevar su vuelo sobre las cumbres y sobre los valles. Todos podrán percibir y acoger el mensaje de paz que Dios envía, una y otra vez, sobre los humanos. 

Su condición de enviada, además de elegida y de redimida, la convierte en destinataria de añejas bienaventuranzas: «¡Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación, que dice a Sión: "Ya reina tu Dios"!» (Is 52,7). 

La Iglesia, hija de gratuidad y deudora de agradecimiento, no podrá menos de esforzarse por construir en su seno un clima de paz y de salud. Sobrarán, en el entramado de las crujías del Arca, los rompimientos de comunión, las rivalidades, las descalificaciones, las dictaduras, las frialdades, las acepciones de personas. Nadie estará autorizado a ocupar la cubierta del Arca como posesión duradera o como espacio confortable. Los miembros de la Iglesia tienen la misión de anunciar que el Dios de la paz llega dispuesto a rehacer todas las alianzas, a rechazar cualquier tensión y a firmar los protocolos más amplios de nuevos tiempos de paz mesiánica, porque «Cristo es nuestra paz» (Ef 2,14). 

Con el testimonio y con la palabra de su pregón pacífico, la Iglesia contribuirá a crear en el mundo una atmósfera sana y venturosa. Así se facilitará que todos se sientan seducidos por la felicidad que se respira en el lugar de origen de los mensajeros. «La Iglesia se hace signo y fermento de paz cuando cristianos de distintas razas y lenguas, de distintos países y estados, de diversos bloques y continentes, celebran y viven juntos el misterio de la salvación y de la paz» (CP 129). 

Con el vuelo de las palomas de la paz que han de ser los cristianos, se conseguirá avanzar en la construcción de la paz, que, indudablemente, es don de Dios, pero que es también tarea eclesial. Con esta ayuda, irá asentándose ya sobre la tierra un anticipo del reino mesiánico, en el que se haga realidad la reconciliación universal, cuando las espadas se fundan para hacer arados y las lanzas se conviertan en podaderas 5. 

El olivo de la gloria
Para los griegos de la antigüedad, el olivo era un árbol consagrado a la divinidad suprema, Zeus. Una corona de sus ramas premiaba a los héroes y a los vencedores olímpicos. También se ponía sobre la tumba de los difuntos, como señal de apertura a la reconciliación con los dioses subterráneos. 

Inspirado en estas ideas, el Nuevo Testamento hablará de la corona de gloria que no se marchita. Por otra parte, la piedad de los fieles, proyectada en el arte paleocristiano, llevará las ramas de olivo a los sepulcros, para expresar plásticamente el deseo de que los muertos puedan descansar en la paz eterna. 

Los miembros de la Iglesia, como Pablo 6, han de vivir en permanente tensión, empeñados en el esfuerzo moral, con la mirada puesta en el momento en que el Señor venga a depositar sobre sus frentes las coronas inmarcesibles. 

Con más exigencia que el atleta que lucha por una corona perecedera, la Iglesia debe buscar hacerse digna de la corona de los vencedores, mediante el empleo de todas las posibilidades que le ofrecen las prácticas ascéticas 7 y con la sujeción y el respeto a la primacía de los valores del Evangelio 8. 

Todo el trayecto terreno de la Iglesia será un tiempo de expectación amorosa de la segunda venida de Cristo, supremo mayoral de las almas, que está a punto de llegar. Los discípulos de hoy deberemos luchar en buena lid, esforzarnos por llegar a la meta de la carrera, mantener la confianza, ser fieles hasta la muerte, como quienes aguantan la prueba del crisol. Sólo así se pondrá sobre nuestra cabeza la corona de olivo, digna de los vencedores 9. 

Una Iglesia dormida en el recuerdo de sus éxitos terrenos, acomodada a los valores dominantes de cada época, anquilosada en la inercia, acostumbrada a lo rutinario, sin generosidad para acoger la parresía (confiada audacia) del Pentecostés diario, acobardada ante los conflictos, sin celo por las cosas de Dios, será una triste Iglesia. 
Estará al borde de perder su identidad de anticipo de un Reino de Dios que vive en agitación, como le ocurrirá al atleta que olvida el gimnasio, el sudor y los controles. 

Otra hermosa comparación nos ofrecen los textos paulinos: los convertidos a la fe son la corona de los apóstoles 10. 

La Iglesia existe para evangelizar 11. Por decirlo de algún modo y juzgando con criterios humanos, la medida que verifica si ella está cumpliendo su misión es el numero de los convertidos a la fe mediante su actividad misionera. Ellos, los nuevos miembros de la comunidad, son la corona de olivo que se ciñe a las sienes de una Iglesia misionera. 

Nunca jamás la Iglesia puede olvidarse de que es comunión para la misión; de que lo suyo es llevar el primer anuncio a todos los rincones de la tierra; de que no debe conformarse con cuidar a las ovejas que ya están en el rebaño. 

Deplorable sería una Iglesia que se adormeciera con los métodos de una pastoral de mantenimiento y ahogara, en la inoperancia, la fuerza imperativa del Espíritu que la constituyó como Asamblea y la empujó a ser pregonera de un Mensaje que nadie podrá acallar. 
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1. Cf. Gn 8, 11.
2. Cf. /Rm/11/16ss. 
3. Cf. Rm 11, 11ss
4. Cf. Rm 11,18-21. 
5. Cf. Is 2,4. 
6. Cf. Hech 20,24; 1 Cor 9,24-26; Flp 3,12-14; 2 Tim 4,7. 
7. Cf. 1 Cor 9,25. 
8. Cf. 2 Tim 2,5. 
9. Cf. 2 Tim 4,8; Sant 1,12; 1 Pe 5,4; Ap 2,10; 3,11. 
10. Cf. Flp 4,1; 1 Tes 2,19. 
11. Cf. EN 14; RM 20.

ANTONIO TROBAJO-LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA-BAC 2000. MADRID 1997

 

 

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Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO VII. 
Barca frágil
La barca de la Iglesia 
El ancla de la esperanza
La barca de Pedro

 

CAPÍTULO VII

BARCA FRÁGIL

I/BARCA-FRAGIL: El símil de la barca para describir el viaje de la 
vida es muy abundante en las culturas del Oriente Medio. Los seres 
humanos cruzamos por el mar de los años, en tiempos calmos o en 
medio de tempestades terribles, zarandeados por mil caprichos del 
azar. Navegar es estar sometido a avatares imposibles de domesticar; 
es encontrarse con el misterio 1. 

Para los semitas el mar es el símbolo de todos los males que 
acechan al ser humano, en cuanto que es una fuerza imposible de 
dominar. Sólo la pericia del timonel de la nave, la experiencia de cómo 
ha de efectuarse la navegación y la claridad acerca de cuál ha de ser 
la arribada, permiten aventurarse a navegar mar adentro. 

En este contexto cultural es fácil descubrir los fundamentos que 
existen para que la metáfora pase a ser aplicada a la Iglesia y para que 
sea adoptada y ampliada por los escritores de los primeros siglos. 

No obstante, el empleo de esta figura literaria no se justifica 
únicamente como un recurso de la imaginación y del arte poética. El 
Nuevo Testamento y, en particular, las descripciones que los 
evangelios hacen de la vida de Cristo y de sus discípulos en el e
ntorno 
del Lago de Genesaret, ofrecen situaciones y semejanzas suficientes 
que permiten hablar de la comunidad cristiana como si de un frágil 
navío se tratase. 

Jesucristo comienza a convocar a su Iglesia a orillas del mar, 
llamando a hombres dedicados profesionalmente a la pesca y con 
formulaciones de imágenes tomadas de la vida marítima. 

El mundo, agitado por el desorden del pecado, es como un mar 
proceloso. En él abunda la pesca, que puede y debe ser recogida por 
aquellos, a los que Cristo encomienda participar en su misma misión, la 
de conducir a los hombres a vivir como hijos de Dios y hermanos entre 
sí. «Veníos detrás de mí y os haré pescadores de hombres» 
(/Mt/04/19; /Mc/01/17), dirá a los hermanos Simón y Andrés y, en 
seguida, a los hijos del pescador Zebedeo. 

La barca de la Iglesia

La Iglesia, pues, se asemeja a una barca, desde cuya cubierta se ha 
de llevar a cabo la obra evangelizadora. Esta consistirá en acoger, en 
la cesta de la comunidad, a los hombres dispersos por las 
profundidades y por las superficies del agua. Desde la barca se arroja 
la amplia red, que tiene la comisión de recoger a cuantos quieran 
incorporarse a la fe 2. En la Iglesia habrá sitio para cuantos se abran 
libremente a pertenecer a la comunidad de Jesucristo. 

Sin embargo, la perseverancia en el seno de la comunidad no 
siempre es fácil: la vida es como un viaje por mar. Quienes no 
conserven la fe ni la buena conciencia, se ponen en peligro evidente 
de naufragar, de volver a los abismos de los que fueron sacados, de 
no llegar jamás al verdadero puerto de la vida feliz en manos de Dios 
3. 

La pesca que nos narra el evangelista Juan, realizada en presencia 
y en nombre de Cristo Resucitado, es una imagen plástica para 
describir la vocación misionera de la Iglesia. La misión es recibida del 
Señor, es llevada a cabo por sus discípulos y tiene como ámbito el mar 
abierto del mundo. En la ausencia de Cristo, los discípulos, expertos en 
recursos humanos, son incapaces, sin embargo, de conseguir copo 
algunos. 

Sólo en el nombre del Señor, aun contra todas las apariencias y 
contra todas las previsiones humanas, será posible que la Iglesia 
postpascual comience con éxito inopinado la obra evangelizadora. 

Habrá ocasiones, en la historia de la Iglesia, en que la eficacia 
misionera será tal, que parecerá imposible mantener la unidad y la 
consistencia de la humilde red que ha realizado, como enviada, una 
pesca superabundante. Es la imagen evangélica de la barca que, en 
nombre de Cristo, lleva a cabo una redada, tan inesperada como 
copiosa, que hace peligrar la integridad de la red 5. 

En otro sentido, la Iglesia, como gigantesca barca de Noé, que ha 
servido para salvar de la destrucción a la raza humana y a la misma 
vida, es, también, de la que sale la inocente ave a buscar nuevas 
esperanzas y es la que recibe, en su interior, la prenda de la paz, 
llevada en el pico por la paloma, de vuelo rápido y de humilde 
mansedumbre 6. 

Los buscadores y portadores de paz tienen en la Iglesia su arca de 
salvación y su refugio consolador. En ella han de aprender la sencillez 
y la celeridad que, sobrevolando las miserias humanas, hacen posible 
el injerto del noble olivo de la gracia divina en los barbechos humanos. 

Cristo es quien gobierna la nave, si usamos el verbo gobernar con el 
sentido etimológico de «dirigir el rumbo» o de «manejar el timón». El 
mástil es la cruz; los dos timones son los dos Testamentos de la 
Revelación; la vela blanca es el Espiritu de Dios (SAN HIPÓLITO DE 
ROMA). Cristo crucificado, simbolizado en la madera sujeta con clavos 
que compone el navio, es el experto timonel de la Iglesia. Con su 
donación completa, consigue dirigir la frágil barquilla al puerto del 
Reino, a pesar del temible oleaje de las ruindades humanas y de las 
deshumanizaciones terrenas. 

«¿Debe seguir la mística navecilla a merced de las olas y ser llevada 
a la deriva?» JUAN XXIII). Las formas de presencia y de asistencia del 
Espiritu del Resucitado son múltiples, si bien siempre son discretas. 

En la larga singladura, la orientación de la barca, que es la Iglesia, 
se encuentra asegurada por el faro que, en lontananza y entre nieblas, 
señala la ruta cierta y el punto seguro, para conseguir un feliz 
desembarco. En el simbolismo sepulcral cristiano de los primeros 
tiempos, el faro es imagen de la venturosa llegada al puerto celeste. 

La Iglesia, marinera por el mar de la historia, puede a veces sentirse 
abandonada por el patrono y timonel que es Cristo. Es sólo una falsa 
alarma. Nunca faltará la luz lejana del Señor, que afianza en el 
mantenimiento del rumbo. 

Con ayuda del símil del faro, situado en la lejanía, se destacan, por 
una parte, la seguridad en el rumbo de la pequeña nave eclesial, 
asentada en la orientación constante que le ofrece la cruz de Cristo, y, 
por otra, la responsabilidad que tienen los marineros que pueblan la 
barca, porque en sus capacidades, aprendidas en la escuela de 
navegación de la intimidad con Cristo, está la suerte del buque, 
mientras se navega al encuentro de la luz salvadora que nunca 
desaparece del horizonte. 

El ancla de la esperanza

ANCLA /ESPERANZA - Un símbolo más, tomado también 
del mundo náutico, ofrece seguridad a la frágil barca de la Iglesia: el 
ancla de la esperanza. 

Este instrumento, indispensable en la navegación, puede parecer en 
tiempos de bonanza un objeto inútil y un peso muerto en la carga del 
navío. Sin embargo, su presencia en cubierta, siempre a punto, 
garantiza la estabilidad de la barca e infunde a los marineros la 
confianza necesaria para proseguir la navegación y para realizar las 
faenas de la pesca. 

Las promesas de Dios, cumplidas en Cristo, son el argumento que 
justifica la firmeza y la estabilidad; son la razón de la «esperanza a la 
que nos acogemos, como áncora segura y firme para nuestra vida» 
(/Hb/06/19). 

La virtud de la esperanza, en apariencia la menor de las teologales, 
puede pasar desapercibida y parecer, en alguna ocasión, como un 
trasto inservible. Sólo habrá que aguardar a los momentos de mar 
agitada para caer en la cuenta del servicio y de la tranquilidad que 
ofrece esta virtud. Será la que permite, siempre que sea necesario, 
aferrarse a las profundidades de la fe en las promesas de Cristo, que 
estará con su Iglesia todos los dias hasta el fin del mundo 7. 

Ya que nuestra salvación es objeto de esperanza 8, ésta, como 
ancla redentora, es «la cuerda de oro, suspendida de los cielos, que 
sostiene nuestras almas, levantando, poco a poco, hasta aquella altura 
a los que se agarran fuertemente de ella y sacándolos de las olas de 
los males mundanos» (SAN JUAN CRISÓSTOMO).

 

El evangelista Lucas narra que Jesús “dijo a Simón: ‘Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar’. Simón le respondió: ‘Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes’. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse... y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: ‘Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’... Jesús dijo a Simón: ‘No temas. Desde ahora serás pescador de hombres’. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5, 4-8. 10-11).

 

La barca de Pedro

La Iglesia es descrita en múltiples ocasiones como la barca de Simón 
Pedro. Con el empleo de esta imagen se dibuja el componente humano 
de la Iglesia y la voluntad de Cristo de entregar la navegación de su 
barca a las manos vicarias de Pedro y de los otros Apóstoles. 

En efecto, la barca anclada en las orillas del Mar de Genesaret es 
propiedad de Pedro 9, pero va a ser expropiada para, sin perder su 
identidad natural, convertirse en algo diferente. Se transformará en 
cátedra, que se pone a disposición del único Maestro, Cristo. 
I/AMBROSIO: La simbología es clara: la nave está varada en la 
orilla, en la que se agolpan los seres humanos, ansiosos de la Palabra 
que salva, y apunta su proa hacia altamar, a la que, obediente a la 
voluntad del Señor, se va a dirigir. «¿Por qué la elección de una barca, 
donde Cristo pueda sentarse y enseñar a la multitud, sino porque la 
barca es la Iglesia que, con sus velas atadas a la cruz de Cristo, bajo el 
soplo del Espiritu Santo, boga felizmente en este mundo?» (SAN 
AMBROSIO). 

De esta suerte, tras una larga noche de pesca, fiada sólo de las 
fuerzas de Pedro y de los suyos y, al parecer, condenada a la 
esterilidad y a la frustración, podrá conseguirse una pesca abundante 
en el nombre de Cristo 10. 

En la navegación por alta mar, mientras el Señor dormita y su 
presencia se hace oscura en un rincón de la cubierta, la Iglesia se 
alarmará cuando deba enfrentarse a vientos contrarios y a olas 
temibles 11. 

No le bastará con desprenderse del lastre de peso muerto que son 
sus propios pecados. Cuando la Iglesia prescinde de Cristo y dejamos 
que su fuerza se adormezca en lugares residuales, la comunidad, que 
en tiempos de calma cree poder avanzar sin riesgos, se llena de terror 
al comprobar que las dificultades se abalanzan sobre ella. 

La seguridad jactanciosa de la Iglesia es un pecado de presunción. 
El temor atenazante de la Iglesia es un delito de desesperanza. 

Ambas culpabilidades serán fuente de múltiples pecados eclesiales: 
el activismo autosuficiente, la paralización obsesiva, la merma de la 
oración y de la contemplación, la búsqueda de refugios coyunturales, 
la intolerancia y el dogmatismo, los silencios culpables y la pérdida de 
audacia, las idolatrías de las competencias humanas, o el escepticismo improductivo. 

Sólo sabiendo que el Señor está presente, aunque su actividad parezca inexistente, será posible arrinconar miedos y dudas, y experimentar una fe a prueba de tempestades. «Los obstáculos favorecen los designios de Dios: Él se sirve de las persecuciones para extender la fe. Tal es la grandeza de la Iglesia: combatida, triunfa; ultrajada, brilla más» (SAN JUAN CRISÓSTOMO). 

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1. Cf. Prov 30,19.
2. Cf. Mt 13, 47s. 
3. Cf. 1 Tim 1,19. 
4. Cf. Jn 21 4-6.
5. Cf. /Lc/05/01-06. 
6. Cf. Sal 55,7; Mt 10,16. 
7. Cf. Mt 28,20. 
8. Cf. Rm 8, 24.
9. Cf. Lc 5, 3. 
10. Cf. Lc 5, 1-6. 
11. Cf. Mt 8, 23-27; 14, 24-34.

ANTONIO TROBAJO-LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA-BAC 2000. MADRID 1997

  

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«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.
Joseph + Cardenal Ratzinger – 2005.03 Viernes Santo, Coliseo romano. Italia

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La barca de la Iglesia no es un acorazado

 

 En este compás de espera histórico, a la expectativa de que Dios nos conceda un nuevo "timonel" para la barca en que navegamos, es tiempo para pensar en la Iglesia. Se trata de elegir un Papa para la Iglesia. Es decir, que lo importante es la Iglesia. La de siempre en este momento de la historia de la humanidad. Por eso los cardenales electores lo primero que se plantean es como dar respuesta a lo que Dios exige hoy a la Iglesia y el mundo tienen derecho a esperar. Hay que tener en cuenta, como afirma el Cardenal Amigo, que la barca de la Iglesia no es un “acorazado inexpugnable”, sino más se parece a una “patera” cargada de tripulantes débiles que buscan la otra orilla con libertad de espíritu. Para ello necesitan el guía idóneo.

 

       Algunos quisieran otra Iglesia, pero la Iglesia es la que fundó Cristo. Esa es la que nos acoge a todos como madre, aunque a veces seamos hijos un poco díscolos. Tenemos derecho a desear para nuestra Iglesia lo mejor, que es la santidad. Pero no olvidemos que la Iglesia somos todos.

Pensemos que la Iglesia:

 

- Fue edificada por Cristo sobre la roca de Pedro para perpetuar su presencia entre nosotros.

 

 -Es el Pueblo de Dios, que peregrina por la historia hacia la casa del Padre.

 

 -Es el Cuerpo de Cristo. Todos somos miembros, y estaremos vivos en la medida que estemos unidos a la cabeza.

 

 -Es Esposa inmaculada de Cristo, y se le exige total fidelidad al compromiso contraído.

 

 -Es templo del Espíritu Santo, que es el que da vida a todo el Cuerpo con su presencia y sus dones.

 

 -Es el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo en la plenitud de los tiempos para secundar su misión.

 

 -Es como el sacramento de Cristo para salvar a toda la humanidad.

 -Tiene por Ley el amor, y está destinada a ser sal de la tierra y luz del mundo.

 

 -Por su medio recibimos la fe y la vida nueva en Cristo.

 

 -Ella es nuestra madre y educadora.

 

 -Seguirá a su Señor en la Pasión, sin triunfalismos ni éxitos humanos, pero buscando el Reino de los Cielos.

 

    Esta Iglesia vive en el tiempo, en nuestro tiempo. Tiene que desarrollar su misión en cada circunstancia histórica con nosotros. Y esta es nuestra responsabilidad. Diríamos que hay que ponerle "música" de hoy a una letra que es de siempre. Nos tenemos que hacer entender. Hay que responder con la doctrina de siempre a los interrogantes del hombre de hoy. Y este es el reto.

 

                Benedicto XVI dijo en su última audiencia: "El Señor nos ha dado muchos días de sol y ligera brisa, días en los que la pesca fue abundante, pero también momentos en los que las aguas estuvieron muy agitadas y el viento contrario, como en toda la historia de la Iglesia y el Señor parecía dormir..."Y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya y no la deja hundirse. Es El quien la conduce, por supuesto, a través de los hombres que ha elegido. Esta es una certeza que nada puede ofuscar y es por ello que mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios”

 

       El  nuevo "Pedro" tiene que seguir echando las redes. Los cardenales electores lo saben, y para ello rezan y esperan. Y nosotros con ellos.

http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=27981

Actualizado 4 marzo 2013

 

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LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA

 

CAPITULO VIII. 
Edificio de Dios
La piedra angular
Sobre los Apóstoles
Piedras vivas
Templo del Espíritu

 

CAPÍTULO VIII

EDIFICIO DE DIOS

 

Aunque ya en el Antiguo Testamento se emplea la metáfora de 
edificio de Dios, ésta nunca se aplica, de manera directa y propia, al 
pueblo de Israel. Toda teofanía santifica automáticamente el lugar en 
que se produce, que pasa a poder ser llamado morada de Dios 1. Pero 
casa de Dios es, ante todo, el lugar en que se hace presente Yahveh 
de una forma especial: el Santuario terreno, la Tienda de la fundación, 
el Templo. 

En un sentido más amplio, todo el quehacer de Israel, a fin de 
constituirse como pueblo, se describe como una obra de arquitectura. 
Ésta será tarea imposible sin la intervención divina: «Si el Señor no 
construye la casa, en vano se afanan los albañiles»2. 

En los escritos paulinos, la fórmula de casa de Dios se aplica 
directamente a la Iglesia del Dios vivo 3, formada por los que lo adoran 
en espíritu y en verdad 4. «Vosotros sois la casa que Dios edifica» 
(/1Co/03/09), dice San Pablo a la comunidad cristiana de Corinto. La 
comunidad viva, en su dimensión interior, es la nueva tienda de Dios 
con los hombres, el nuevo templo que Él edifica, la verdadera Casa del 
Rey, la ciudad santa. 

Con préstamos del Antig;uo Testamento 5, la literatura apostólica 
pasa a acentuar la presencia de Dios en el corazón de la comunidad, 
que lo ha aceptado como columna y como fundamento de la unidad. Él 
es quien construye y sostiene la nueva casa, preparada para una 
familia renovada desde sus raíces 6: «Nosotros somos templo de Dios 
vivo» (/2Co/06/16). 

En la Asamblea de los fieles, que ni es un templo material hecho por 
manos de hombre ni es una multitud de personas reunidas por su 
propia decisión, es donde Dios está y actúa de una forma dinámica. Es 
«la tienda de campaña que Dios ha montado entre los hombres. 
Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con 
ellos» (Ap 21,3). Así como en Cristo inhabita la plenitud de la 
divinidad7, así en la Iglesia reside el mismo Dios, vivo y verdadero. Él 
es quien consolida la obra de la salvación, por medio de la trabazón de 
todos sus miembros, en la unidad de una sola familia. 

Para llevar a cabo esta novedosa forma de edificar el nuevo templo, 
que es la Iglesia, el Padre entrega la responsabilidad a su Hijo, 
Jesucristo, quien se convierte en el arquitecto sublime, que supera en 
honor a la casa misma 8. Cristo es el hijo puesto al frente de la nueva 
estirpe. La obra que Él realiza, más que una casa material, es el 
edificio compuesto por los creyentes, en los que habita el mismo 
Espíritu de Dios: «Su casa somos nosotros, siempre que mantengamos 
la confianza y el júbilo que proporciona la esperanza» (Heb 3,6). 
El nuevo edificio de Dios se inicia gracias a la sangre de Cristo. De 
ella recibe su fuerza, su consistencia y su cohesión. El proceso de 
crecimiento se irá obrando lentamente, en la medida en que la nueva 
estirpe lime las aristas que le impiden ser piedra viva y útil en el 
ensamblaje de la nueva casa de Dios: «Edifícase cantando; se cimienta 
creyendo; se levanta esperando; se concluye amando. Ahora, pues, 
hállase en construcción; la dedicación tendrá lugar al fin de los siglos» 
(SAN AGUSTÍN). 


La piedra angular -
El acontecimiento de la muerte ignominiosa de Cristo es, 
paradójicamente, el momento en que Dios autoriza el comienzo de la 
edificación que ha de sustituir a los viejos lugares sagrados. Jesús de 
Nazaret, habitado por el Espíritu de Hijo de Dios para vivir la obediencia 
hasta las últimas consecuencias, se somete a que su cuerpo, el nuevo 
santuario de Dios, sea destruido y así pueda ser edificado en 
indestructibilidad al tercer día 9. Él es el verdadero templo, en el que 
reside la plenitud y donde se rinde a Dios el único culto agradable. 

Los defensores del viejo santuario son ciegos que sufren la 
incapacidad de comprender que la piedra que ellos desechan es la 
destinada por el Padre a ser la cabeza de ángulo de un nuevo templo, 
de naturaleza radicalmente distinta. 

La predicación primitiva de la Iglesia subraya esta idea, que 
denuncia las cerrazones de quienes han querido sujetar la fuerza 
divina entre cuatro paredes, por monumentales y hermosas que sean: 
«Jefes del pueblo y ancianos de Israel, Jesucristo Nazareno es la 
piedra rechazada por vosotros, los constructores, que se ha convertido 
en piedra angulan» (/Hch/04/08ss) 10. 

Cristo es el único que puede dar unidad y consistencia a la Iglesia, 
nuevo edificio levantado por la voluntad de Dios Padre sobre el 
cimiento de quien se sometió a la obediencia radical: «Nadie puede 
poner un cimiento distinto del que ya está puesto, y este cimiento es 
Jesucristo» (1 Cor 3,11). 

Los miembros de la Iglesia jamás podrán olvidar que están unidos 
vitalmente a la piedra fundamental que es Cristo. «No se puede tener 
acceso a Dios ni entrada en el templo sino por medio de aquel que lo 
edificó, Cristo, el constructor del templo grande y eterno que es la 
Iglesia» (LACTANCIO). Jesucristo es el punto de referencia obligado 
para cuanto la Iglesia pretenda. 

La conexión con El no podrá quedar reducida a la relación histórica 
que una ideología puede tener con su fundador. Por la fe en Él, viene 
sobre la Iglesia un influjo vital, que tiene sus fundamentos en la 
presencia permanente de Cristo a su lado 11. Sin Él, la comunidad 
cristiana será únicamente un edificio terreno, un cuerpo muerto, un 
poder fáctico en medio de las naciones. 

Jesucristo es, para el edificio vivo de la Iglesia, la piedra que hace de 
cabeza de ángulo y que le permite apuntar directamente hacia el cielo, 
de donde viene la gracia salvadora. 

Cristo es, para la nueva edificación de los hombres elegidos, la roca 
viva de la que mana el agua abundante que seca la sed, que fecunda 
la misión y que sostiene la esperanza 12. Es la peña abierta de la que 
mana el agua bautismal que hace hijos de Dios: «La casa está 
edificada sobre las aguas, porque vuestra vida se salvó por el agua y 
por el agua se salvará; mas el fundamento sobre el que se asienta la 
casa es la palabra del nombre glorioso y omnipotente, y se sostiene 
por la fuerza invisible del Dueño» (El Pastor de Hermas). 

Cristo es la roca firme sobre la que la Iglesia, cual constructor 
prudente, va construyendo su casa. Por su solidez, nada ni nadie 
podrán contra ella 13. Cristo, como Yahveh para el Pueblo de Israel, es 
la roca elevada, que se erige en baluarte de defensa segura de los 
que en ella se refugian 14. 

Por otra parte, Jesucristo, que es la piedra indispensable, termina 
siendo, para quienes se niegan a acoger la palabra y no son capaces 
de admitir su condición de cabeza de ángulo, la piedra de tropiezo y la 
roca donde se estrellan 15. 

El aviso de San Pablo de que «cada uno mire cómo edifica» 
(/1Co/03/10) está motivado, ya en los primeros tiempos de plantación 
de las Iglesias, por los pecados de quienes han sido llamados a 
colaborar en la construcción de la Iglesia. 

Habrá quienes quieran llevar a cabo la edificación sobre sí mismos, 
sobre las propias capacidades, lejos de la comunión con todos los 
demás hermanos. Habrá quienes pretendan encontrar la firmeza en el 
oro, en la plata y en las piedras preciosas de los poderes terrenos y de 
las influencias históricas. Habrá otros que, por el contrario, se 
acomoden a edificar con la madera, con el heno y con la paja de lo 
caduco, de lo imperfecto, de lo que no inspira confianza 16. Los habrá 
que aspiren a sustituir a la única piedra angular y a hacer, en nombre 
propio, un santuario impenetrable a la comunión, cerrado en el culto a 
la persona mortal, opaco para transparentar la mano del único 
arquitecto, sujeto a la fecha de caducidad marcada por la permanencia 
temporal en él. Existirán, en fin, quienes, acobardados por la exigencia 
de escuchar al único constructor y encogidos ante la grandeza de ser 
fieles a los únicos planos válidos, prefieran rendir vasallaje a otros 
templos, hechos por manos de hombres, y aun a los hombres mismos, 
siempre limitados y mortales. 

Sobre los Apóstoles

Cristo, la piedra angular y el cimiento de la Iglesia, nuevo santuario 
de Dios, asocia a su misión a algunos hombres. Estos realizarán, como 
Él y por estar unidos a El, la función vicaria de participar, también, de la 
categoría de ser eje de unidad y base de consistencia en el edificio. 
«Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas» 
(/Ef/02/20). 

La comunión eclesial, que brota del corazón de Cristo que busca la 
reconciliación universal, tiene como garantes a los Doce y a sus 
sucesores. La solidez y la estabilidad del edificio eclesial descansa 
sobre ellos. Son quienes, en nombre de Cristo y dando corporeidad al 
Señor, Única cabeza de ángulo, procuran situar las piedras, que son 
los cristianos, en el lugar oportuno que Dios les ha señalado con sus 
vocaciones y carismas. 

Evidentemente, la unidad, la hermosura y la consistencia de la Iglesia 
están condicionadas por la fidelidad que sus miembros presten a 
Cristo. Pero el Señor, cuando estaba a punto de volver al Padre, 
entregó su representación a los Doce y, en ellos, a los Obispos que 
habían de sucederles 17. Éstos, unidos a todo el colegio episcopal y al 
Romano Ponúfice, son en cada Iglesia particular vicarios de Cristo y 
apacientan en nombre del Señor a sus ovejas, como pastores propios, 
ordinarios e inmediatos 18. Fundadas en ellos, viven v se 
desenvuelven las Iglesias particulares o diócesis. 

Por ello, unidad, hermosura y consistencia dependerán del grado de 
docilidad, de adhesión y de obediencia que los miembros de la Iglesia 
presten a quienes representan la autenticidad de la Tradición eclesial. 
«El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los 
desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió (cf. Lc 10,16)» (LG 20). 


Su misión dentro del edificio de la comunidad es imprescindible; en 
ellos se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el 
mundo (SAN IRENEO DE LYON). Con ellos debe estar concertado el 
resto de los fieles, como lo están las cuerdas en la lira, para que la 
comunión suene en perfecta armonía (SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA). 

Hay mil modalidades de romper o de empequeñecer la comunión 
jerárquica, que es tanto como descoyuntar el ensamblaje sólido del 
edificio de Dios. Resquebrajamos el templo de Dios cuando 
rechazamos o seleccionamos, según gustos, las orientaciones de la 
Jerarquía; cuando prescindimos, en la práctica, de la presidencia 
efectiva del Obispo propio; cuando vivimos la fe en grupos cerrados, 
configurados en torno a una persona, a unas doctrinas particulares o a 
unas preferencias ideológicas; cuando menospreciamos la función del 
Magisterio eclesial; cuando sustituimos la fidelidad a la Iglesia universal 
por el vasallaje a las ideologías, a las tradiciones e, incluso, a los 
intereses meramente humanos 19. «Tendremos que amar a la Iglesia 
tal como es; sólo entonces la amaremos de verdad» (ROMANO 
GUARDINI). 

Entre los Doce, Cristo eligió, de forma particular, a Pedro, para que 
fuera la piedra sobre la que había de edificar su Iglesia 20. «Lo que 
propiamente es la Iglesia de Cristo, eso es figuradamente Pedro en la 
piedra; y, en esta figura, Cristo es la piedra, y Pedro es la Iglesia» (SAN 
AGUSTÍN). 

En el mismo contexto bíblico se adivina que la Iglesia es descrita 
como una ciudad, cuyas llaves son entregadas a quien la tradición va a 
llamar Príncipe de los Apóstoles. «A fin de que el episcopado fuera uno 
y no estuviera dividido, (Cristo) puso a Pedro al frente de los demás 
Apóstoles e instituyó en él para siempre el principio y fundamento, 
perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión» (LG 18). 

En Pedro y en su unión con los demás Apóstoles está contenida la 
comunión del Papa con el Colegio episcopal. En el ministerio del 
Obispo de Roma y de los demás obispos ha de estar el eje que 
garantiza y verifica la eclesialidad de cuantos conforman el edificio de 
Dios. 

Piedras vivas

En el templo del Dios vivo no hay seres inertes. La piedra angular 
que es Cristo, plena de vitalidad por su resurrección, transmite energía 
y vida a todos los demás componentes del nuevo edificio de Dios, en el 
que se le adora en espíritu y en verdad. Cristo sigue siendo el factor 
determinante. «Acercándoos a El, piedra viva rechazada por los 
hombres, pero escogida y preciosa para Dios, también vosotros, como 
piedras vivas, vais construyendo un templo espiritual dedicado a un 
sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios 
espirituales agradables a Dios» (1 Pe 2,4-5). «Cuando Pedro llama a la 
Iglesia casa espiritual, es porque todo lo que arranca en la Iglesia 
tiende a la vida espiritual y que su mayor gloria es interior, y, también, 
porque no se trata de una casa hecha de cal y de arena, sino de una 
casa mística, de piedras vivas, donde la caridad hace las veces de 
cemento» (SAN FRANCISCO DE SALEs). 

En la estructura del edificio de Dios nadie es extraño o advenedizo 
21; todos, sin distinción, son llamados a ensamblar el santuario 
perfecto de la Iglesia de Cristo. 

Uno solo es el edificio de Dios, porque uno solo es el Señor y una 
sola es la fe 22. La comunión eclesial, que es hija del Misterio y se 
convierte en Sacramento, es regalo y es exigencia. 

Participantes del amor unificante de la Trinidad, los cristianos 
estamos obligados tanto a limar en nosotros todas las aristas que 
impidan componer una Iglesia bien trabada, como a poner en juego 
todas las virtudes que sean necesarias para abrir caminos a la 
restauración de la unidad, lamentablemente rota, y para hacer crecer, 
con mayor rapidez y donaire, una Iglesia que, primeramente, es 
comunión y signo de comunión. 

«Padre, que sean uno, como Tú y yo somos uno, a fin de que el 
mundo crea» (cf. Jn 17,21), nos dijo el Señor Jesucristo. La unidad del 
edificio eclesial es la primera causante de su hermosura y de su 
solidez, del equilibrio de sus partes y de la justa colocación de las 
piedras vivas que son sus miembros. De este modo, la cohesión del 
cuerpo arquitectónico es signo y sacramento de la unión de todo el 
género humano, asegurada por la piedra angular que es Cristo. Y, de 
esta suerte, una Iglesia fuertemente unida por los lazos del amor (los 
únicos irrompibles) tiene en sí la garantía de la autenticidad y aparece, 
en medio del mundo, como argumento de credibilidad, que invita a la 
aceptación del Evangelio. 

Los miembros de la Iglesia somos piedras vivas en la casa que Dios 
construye. De la piedra cabeza de ángulo recibimos la vitalidad y la 
fecundidad. Somos miembros empapados del agua bautismal, que nos 
habilita para ejercer el sacerdocio común de todos los fieles y nos 
compromete con todo el entramado eclesial, del que somos 
corresponsables. 

Como piedras que, además, somos diferentes entre nosotros, los 
cristianos estamos vocacionados para realizar los ministerios y las 
funciones que el Espíritu nos encomienda, y para acoger los diferentes 
carismas, que habrán de servir para consuelo y para dinamismo de la 
totalidad, porque «a cada cual se le concede la manifestación del 
Espíritu para bien de todos» (1 Cor 12,7). 

Todos los miembros hemos de tener conciencia de que estamos 
cimentados sobre las mismas bases de la fe y del amor 23. Son las 
virtudes que Dios nos regala para evitar las grietas de la división y para 
fortalecer la cohesión unificadora 24. 

Fe y amor vienen de Dios, que es quien restablece, fortalece, 
robustece y consolida el edificio terreno de la Iglesia 25 mientras ella 
peregrina. Fe y amor son las virtudes que sostienen la esperanza 
eclesial de que, aunque se desmorone esta tienda que sirve de 
morada perecedera, Dios nos prepara en los cielos una morada 
eterna, no construida por manos de hombre 26. 

El símbolo del edificio se distorsiona levemente si pensamos que a él 
también se le conmina a un crecimiento permanente. Este forzamiento 
de la metáfora se justifica si se tiene en cuenta que es en Cristo, piedra 
angular, en quien la construcción eclesial va creciendo hasta formar un 
templo consagrado al Señor. En El, cada cristiano se integra con el 
conjunto, para llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios 27. 

Templo del Espíritu -
«¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios 
habita en vosotros?» (1 Cor 3,16) 23, El primer templo en que habita el 
Espíritu de la divinidad es el cuerpo de Cristo, resucitado de la muerte 
29. A su cuerpo glorioso está incorporada la Iglesia, que, en virtud de 
la asistencia del Espíritu, será indestructible 30. 

I/ES ES/I: El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia: «Lo que nuestro 
espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo 
es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo» (SAN AGUSTÍN). 

El Espíritu es quien rejuvenece a la Iglesia, la renueva sin cesar y la 
lleva a la unión perfecta con su esposo 31. Es, además, quien reaviva 
constantemente el recuerdo de su origen y de su identidad: «Lo que en 
la plenitud de los tiempos se realizó por obra del Espíritu Santo, 
solamente por obra suya puede ahora surgir de la memoria de la 
Iglesia» (DometViv 51). 

El Espíritu actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el 
santuario de la caridad32: por la Palabra divina, que tiene el poder de 
construir el edificio 33; por el Bautismo, mediante el cual va 
conformando el ensamblaje del templo de Cristo 34; por todos los 
demás sacramentos, que hacen crecer y curan a las piedras vivas de 
la Iglesia; por el ministerio de los apóstoles; por las virtudes que hacen 
obrar según el bien; por los carismas especiales, que preparan para 
asumir diversas tareas, las cuales contribuyen a renovar y a 
robustecer, más y más, la Iglesia 35. 

El edificio total de la Iglesia y el cuerpo propio de cada uno de sus 
miembros está inhabitado por el Espíritu. Este posibilita y motiva la 
filiación divina 36, habilita para dar al Padre el único culto digno de Él, 
conduce a la comunión con Dios y con los hermanos, y es fuerza 
fecundante que promueve y mantiene la abundancia de los frutos 37. 

Al ser la Iglesia templo del Espiritu, los que somos en él piedras vivas 
estamos obligados, con su asistencia y en virtud de su vigor, a 
disfrutar, con gozo, del don de la salud, a compartir la vida dentro de 
una comunidad que lucha por ser sana en actitudes y 
comportamientos, y a ser instrumento sanador de todas las 
enfermedades terrenas, corporales y espirituales. 

De ahí que la Iglesia y cada cristiano seamos como un gesto 
cariñoso permanente de Dios hacia este mundo. En nosotros y por 
nosotros, se manifiesta el Espíritu, Señor y dador de Vida. «Donde está 
la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; allí está la Iglesia y la totalidad de 
la Gracia» (SAN IRENEO DE LYON). 

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1. Cf. Gén 28,16s, Ex 34,26. 
2. Cf. Sal 127,1. 
3. Cf. 1 Tim 3,15.
4. Cf. Jn 4,23. 
5. Cf. Gén 28,22; 31,13; Jdt 18,31; 1 Sam 10,3; 1 Re 12,27; Is 56,7; etc. 
6. Cf. Heb 3,4. 
7. Cf. Col 2,9. 
8. Cf. Heb 3,3. 
9. Cf. Mc 14,58; Jn 2,19-22. 
10. Cf. Sal 118,22; Mt 21,42 y par. 
11. Cf. Mt 28,20.
12. Cf. Ex 17,5-6; 1 Cor 10,4.
13. Cf. Mt 7,24-25. 
14. Cf. 2 Sam 22,2; Is 17,10; Sal 31,4. 
15. Cf. Is 8,14; Lc 20,18; Rom 9,33; 1 Pe 2,8. 
16. Cf. 1 Cor 3,12. 
17. Cf Mt 28,18ss. 
18. Cf. LG 27; ChD 11. 
19. Cf. TDV 39. 
20. Cf. Mt 16,18. 
21. Cf. Ef 2,19. 
22. Cf. 1 Cor 12,4ss; Ef 4,5-6. 
23. Cf. Col 1,23. 
24. Cf. 1 Cor 8,1; Ef 3,17; 4,16. 
25. Cf. 1 Pe 5,10. 
26. Cf. 2 Cor 5,1. 
27. Cf. Ef 2,21-22 
28. Cf. 2 Co 6,16; Ef 2,21. 
29. Cf. Jn 2,21-22. 
30. Cf. Mt 16,18. 
31. Cf. LG 4; RM 21. 
32. Cf. Ef 4,16. 
33. Cf. Hech 20,32. 
34. Cf. 1 Cor 12,13. 
35. Cf. LG 7.12; AA 3; CATIC 798. 
36. Cf. Gál 4,6. 
37. Cf. Jn 15,5.8.16.

ANTONIO TROBAJO.LAS PARÁBOLAS DE LA IGLESIA-BAC 2000. MADRID 1997

 

 

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"La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que empieza a vivir, es decir, lo más inocente que en absoluto se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura. Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente". (Evangelium Vitae, nº58) de la Iglesia Católica.

 

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Todo el que busca la verdad, sea consciente o no, sigue un sendero que en último término lleva a Dios, que es la Verdad misma. S. S. Juan Pablo II (8-XI-2004)

 

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La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

1042 Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:

La Iglesia ... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo...cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48).

1043 La Sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

1044 En este "universo nuevo" (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4;cf. 21, 27).

1045 Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento" (LG 1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21, 2), "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). Ya no será herida por el pecado, las manchas (cf. Ap 21, 27), el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

1046 En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:

Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios ... en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción ... Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rm 8, 19-23).

1047 Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo, haer. 5, 32, 1).

1048 "Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres"(GS 39, 1).

1049 "No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" (GS 39, 2).

1050 "Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontramos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (GS 39, 3; cf. LG 2). Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna (San Cirilo de Jerusalén, 313 + 386 ca. catech. ill. 18, 29).

 

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

 

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EL HOMBRE VIVIENTE ES IMAGEN DE DIOS   

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, 
la luna y las estrellas que has creado, 
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, 
el ser humano, para darle poder? 
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, 
lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).   

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas. 

Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.   

“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).   

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).   

 

 

 

gracias por venir a visitarnos

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia católica
La fe de los sencillos - Una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia. 2005. ¡No falte en el bolsillo de cada cristiano para aprenderlo!

Creer, celebrar, vivir y orar, esta y no más es la fe cristiana desde hace 2000 años, enseñada por la Iglesia Católica sin error porque Cristo la ilumina y sólo Él la guía.

 

Recomendamos vivamente: Título:¿Sabes leer la Biblia?

Una guía de lectura para descifrar el libro sagrado - Autor: Francisco Varo – MMVI. Marzo - Editorial: Planeta Testimonio

 

 

 

Recomendamos vivamente: COMPRENDER LOS EVANGELIOS.

(Necesidad de la investigación histórica).

Vicente BALAGUER, Doctor en Teología y en Filología, profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Imparte habitualmente cursos sobre los Evangelios y sobre la interpretación de la Biblia. Editorial Eunsa – Astrolabio/Religión -

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'JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO'
Evangelio según San Lucas, Cap.3, vers.1º: El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene…

Crucifixión de San Pedro: fue crucificado al revés cabeza abajo - Pergamino con San Pedro en cruz invertida, de Maguncia- Alemania; entre el 900 y el 1000ca. - Museo Diocesano de la Catedral Maguncia (Mainz) Alemania - Pedro en su cruz, invertida. ¿Qué significa todo esto? Es lo que Jesús había predicho a este Apóstol suyo: "Cuando seas viejo, otro te llevará a donde tú no quieras"; y el Señor había añadido: "Sígueme" (Jn 21, 18-19). Precisamente ahora se realiza el culmen del seguimiento: el discípulo no es más que el Maestro, y ahora experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, toda la absurdidad de la violencia y de la mentira. No se puede huir del radicalismo del interrogante planteado por la cruz: la cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, y la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra. Dos actos de un único drama: el drama del misterio pascual: cruz y resurrección, muerte y vida, pecado y gracia.

La maternidad divina de María – Catecismo de la Iglesia
495 Llamada en los Evangelios 'la Madre de Jesús'(Jn 2, 1; 19, 25; cf. Mt 13, 55, etc.), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como 'la madre de mi Señor' desde antes del nacimiento de su hijo (cf Lc 1, 43). En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos] (cf. Concilio de Éfeso, año 649: DS, 251).
La virginidad de María
496 Desde las primeras formulaciones de la fe (cf. DS 10-64), la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto (Concilio de Letrán, año 649; DS, 503), esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne (cf. Rm 1, 3), Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios (cf. Jn 1, 13), nacido verdaderamente de una virgen [...] Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato [...] padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente» (Epistula ad Smyrnaeos, 1-2).

El acontecimiento histórico y transcendente – Catecismo de la Iglesia
639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: "Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: "(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).
El sepulcro vacío

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo"(Jn 20, 6) "vio y creyó" (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).